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El discurso vacío de verdad en Bergoglio

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Bergoglio se ha fijado un término a su falso pontificado:

«Yo tengo la sensación que mi Pontificado va a ser breve. Cuatro o cinco años» (ver)

1. Está enseñando que Dios no lo ha elegido como Papa: todo Papa es hasta la muerte. Están vendiendo la idea de tener falsos papas por un tiempo determinado.

2. Y, después, enseña que fueron los hombres los que lo pusieron en ese cargo para un tiempo. El tiempo necesario para destruir el centro de la Iglesia, que es el Papado.

3. Además, está aclarando las palabras del Cardenal McCarrick, cuando un hombre muy influyente le obligó a votar, a hacer campaña por Bergoglio en el Cónclave:

«Él dijo: “Él podría hacerlo, ya sabes”. Le dije: “¿Qué podría hacer?”. Él dijo: “Él podría reformar la Iglesia. Si usted le diera 5 años, él podría ponernos de nuevo en el objetivo. Él tiene 76 años, si él tuviera 5 años, el Señor, obrando a través de Bergoglio, en 5 años podría hacer que la Iglesia surgiera de nuevo”».

«Yo no soy de la idea de poner una edad, pero sí soy de la idea de lo que hizo Benedicto»: Benedicto XVI no renunció al Papado, sino que le obligaron a renunciar. Él sigue siendo Papa, aunque le pese a Bergoglio y a todos los modernistas que lo siguen.

Bergoglio es de la idea de que hay que renunciar. Ya no cree en el dogma del Papado. Se inventa su propio papado, su propia figura de papa, su propia iglesia. Y hay muchos que lo siguen en este pensamiento diabólico.

«A Benedicto no hay que considerarlo como una excepción. Sino como una Institución. Por ahí sea el único en mucho tiempo, por ahí no sea el único. Pero es una puerta abierta institucional. Hoy día el Papa emérito no es una cosa rara, sino que se abrió la puerta, que pueda existir esto».

El Papa emérito no existe en Dios, sino sólo en la cabeza de los hombres soberbios.

Se ha acabado el Papado en la Iglesia. Éstas son las palabras de quien ha hecho eso, de quien se ha encargado de dirigir un movimiento para quitar un Papa y ponerse él mismo como falso papa.

¡Qué pocos creen en esto, porque ven la bondad humana de Bergoglio!

El Papa, en la Iglesia Católica, no es una institución, sino que es la misma Iglesia: «allí donde está Pedro, está la Iglesia». Pedro es un Carisma en la Iglesia, no es una institución de los hombres. No es una jerarquía que ponen los hombres, como el cardenalato. El Papa es la Voz de Cristo, el Vicario de Cristo.

No queremos en la Iglesia hombres institucionalizados. No nos interesa un hombre que se convierte en institución. Queremos un Papa, una Cabeza que una en la Verdad a todos sus miembros; que enseñe sólo la Verdad en la Iglesia, que sea camino, en la Verdad, para salvar y santificar a la Iglesia.

No queremos a un hombre con este pensamiento que refleja lo que es su vida:

«…lo único que me gustaría es poder salir un día, sin que nadie me conociera, e irme a una pizzería a comer una pizza».

Vete a tu pueblo a comer tu pizza. Pero deja de demoler la Iglesia con tus fantasías hegelianas.

Bergoglio: hombre de mundo, hombre puesto para destruir la Iglesia.

El objetivo que tiene Bergoglio es llevar a la Iglesia a sus orígenes en el pensamiento del hombre. Es decir, refundarla totalmente.

El falso pontificado de ese hombre, al que muchos llaman su papa, y que se ha puesto un nombre para denigrar lo santo, Francisco, tiene en su agenda cambios en la esencia de lo que es la Iglesia.

No sólo cambia a personas, poniendo otros Cardenales, que son todos hombres de herejía, de cisma, que llevan, -sin lugar a dudas-, hacia la apostasía de la fe a muchos; sino que comenzó su falso pontificado poniendo una estructura externa para dirigir la Iglesia: su gobierno horizontal.

Ese conjunto de hombres hace que la Iglesia se rompa en mil pedazos.

Ya no hay una Cabeza que una en la Verdad, sino que sólo existen mentes humanas que dialogan para ver cómo cambiarlo todo en la Iglesia.

Bergoglio anula toda Verdad en la Iglesia. Y esto es lo que muchos no han comprendido, porque sólo están en el juego del lenguaje. Pero no viven los dogmas, la verdad revelada y dogmática. Cada uno se hace su propia doctrina, su propia vida de Iglesia, su propio sacerdocio. Cada uno es jefe de su propia cabeza, de su propia existencia humana.

Bergoglio es sólo un hombre que habla la mentira. Y, por eso, gusta a todo el mundo. Sus discursos son importantes para el mundo.

Un hombre con una sola filosofía: “oler a oveja”. Oler a mundo, oler a hombre, pensar y obrar como lo hace un hombre en el mundo. El olor a Cristo, propio de todos los Santos, la unción de Cristo no se puede encontrar ni en la palabra ni en la obra de Bergoglio.

Por eso, sus entrevistas son de una ordinariez exquisita. Él habla así: con olor a oveja. Habla lo que la gente quiere escuchar. Habla para agradar al hombre. Habla para encontrar en el hombre un hueco, un pensamiento, una obra en la que él, – el papa Bergoglio -, sea el centro, la imagen, la irradiación de una vida para el mundo.

Están adorando a un hombre, en la Iglesia y en el mundo. Es el nuevo fan, la nueva cultura, la nueva moda de muchos. Gente que vive en sus pecados lo tiene como su ídolo. Es la institución del nuevo y falso papado: una figura de papa vacía de toda verdad, centrada sólo en el lenguaje humano.

De esta manera, Bergoglio, y todos los que lo siguen, quieren llevar a la Iglesia a sus “cimientos”. Es la herejía de siempre. Cuando el hombre no pone el cimiento de su vida en la Roca de la verdad, entonces el hombre va en busca de sus filosofías, de sus teologías, de sus lenguajes maravillosos en que todo está en decirse unas palabras bonitas, una idea que guste al propio pensamiento humano.

El hombre, queriendo salir de la verdad, del dogma, de la ortodoxia, se queda en su propia idea de la vida. Y así construye su vida: en su soberbia manifiesta.

Es el objetivo de ese hombre:

«Prefiero una Iglesia accidentada, a una que está enferma por cerrarse» (18 de mayo de 2013): la Iglesia está enferma porque se encierra en la verdad, en el dogma, en el lenguaje ortodoxo. Tiene que salir hacia el lenguaje heterodoxo. Tiene que vivir accidentada, en el pecado, en el error, en la confusión de ideas, de doctrinas. Que nadie luche por una doctrina, sino que todos luchen por una obra: los pobres, la hermandad universal, la libertad del pensamiento humano, el progresismo de tener una cultura de muchas religiones.

«El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, y nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto; nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio, para comunicar el gozo de la fe, del encuentro con Cristo” (19 de mayo de 2013).

Iglesia autorreferencial: la que está enferma por cerrarse en la Verdad, en la ley santa de Dios, en el lenguaje ortodoxo.

Lo autorreferencial es un lenguaje de los modernistas para negar el pecado de orgullo y de soberbia de aquellos que hablan de esta manera: autorrefiriéndose como sabios para todo el mundo.

Si El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo, entonces la Iglesia vive en el misterio, encerrada en la Verdad que Dios ha revelado, y que la Iglesia ha enseñado en todo su magisterio auténtico.

Bergoglio siempre ataca la verdad con una verdad: «El Espíritu Santo nos introduce en el misterio del Dios vivo».

Para poner su mentira: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica y de una Iglesia autorreferencial, cerrada en su recinto».

El Espíritu Santo no nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica. Nunca hace esto el Espíritu Santo. El Espíritu Santo hace una Iglesia Santa, capaz de luchar contra los gnósticos y contra toda iglesia gnóstica. El Espíritu Santo guarda la Verdad, salvaguarda a la Iglesia en la Verdad. Y, en la Verdad, se lucha contra toda idea contraria a la Verdad.

Pero Bergoglio, dando una verdad, quiere reflejar su mentira: lo gnóstico y el modernismo. Estas dos ideas son lo principal en el discurso de este hombre. En vez de hablar de la santidad de Dios y de la Iglesia, habla de la autorreferencialidad.

¡Muchos no han aprendido a leer a Bergoglio! Y no caen en la cuenta de cómo engaña Bergoglio en cada frase bonita que dice.

Una vez que ha lanzado su tesis, su mentira, pone la obra de la mentira: «nos impulsa a abrir las puertas para salir, para anunciar y dar testimonio de la bondad del Evangelio».

¡Qué maestro de la oratoria es este hombre! ¡Maestro de la maldad consumada!

Dios no impulsa a salir: es el lenguaje propio del demonio.

Dios mueve al hombre, su corazón, para que haga la Voluntad de Dios. Es la moción divina, diferente al impulso del demonio. Dios no pone al hombre en la actividad enfermiza de hacer cosas por Él, que es la que tienen mucho católicos, sólo de nombre.

El mundo no cambia con la palabra de los hombres ni con sus obras humanas, aunque sean perfectísimas. El mundo cambia con corazones llenos de amor divino, que es lo que menos tiene la Jerarquía y los fieles en la Iglesia. No saben lo que es el amor de Dios porque no conocen  a Dios.

No hay que abrir las puertas para salir al mundo; hay que abrir las puertas del corazón para entrar en el Misterio de Dios, que está escondido al mundo. No se puede salir al mundo para dar lo santo a los perros. Hay que esconder el tesoro del rey en lo más íntimo del corazón.

Bergoglio, cuando predica, nunca lleva al alma hacia su interior, hacia la vida interior con Cristo, sino que la saca de su interior para mostrarle la exterioridad, la superficialidad del mundo. Es así, de esta manera, cómo los falsos profetas engañan a muchos hombres, haciéndoles creer que si no predican el Evangelio, con la máxima evangélica de “a tiempo y a destiempo”, no hacen nada por Dios.

Hace más un corazón abierto al Misterio de Dios, contemplando a Dios en Espíritu y en Verdad,  que millones de hombres que dan de comer a los pobres.

Si la vida consistiera en dar de comer a los que no lo tienen, Jesús hubiese enseñado la forma de hacerlo. Es muy fácil: repartan la comida con los demás. Eso es todo. Repartan dinero para todos. Fabriquen dinero y todos tendrán para comprar la comida.

Pero a Jesús no le interesó llenar estómagos de la gente, solucionar problemas sociales. Jesús vino para llevar al hombre al interior de Dios. Y eso es muy difícil porque necesita de un corazón humilde, de sacerdotes humildes, de fieles que sólo vivan para la Palabra de la Verdad, no para el lenguaje de los hombres.

Bergoglio tiene su idea de Dios, su propio lenguaje:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba es la luz y el Creador. Este es mi Ser» (1 de octubre 2013).

Esto es lo que se llama la herejía del subordinacianismo.

En estas palabras se niega la verdadera Trinidad de Personas en Dios. Sola una, el Padre es el verdadero Dios; las demás, la segunda y la tercera persona, quedan subordinadas, clara y de manera disimulada, insinuando por debajo, que no existen como Dios. Jesús existe como la Encarnación de ese Dios, que es sólo el Padre.

Este error está unido a la falsa noción de la divinidad misma. Para Bergoglio, Dios es un Dios de sorpresas. Esa es su noción clave de la divinidad.

Sólo la doctrina trinitaria ortodoxa ha mantenido incólume la verdadera noción de Dios, que es conocida por la razón y por la revelación.

Bergoglio no cree en esta doctrina católica: no creo en un Dios católico.

Bergoglio sigue a los herejes gnósticos, que pretendieron adaptar las teorías emanatistas acerca de los eones y de los intermediarios entre Dios y las cosas, al dogma cristiano.

Bergoglio es gnóstico y tiene la caradura de predicar que no se dé una Iglesia gnóstica: «nos salvaguarda del peligro de una Iglesia gnóstica».

¿Ven qué falacia en el pensamiento y en el lenguaje de Bergoglio? Se contradicen: se piensa como gnóstico, pero se habla en contra de la idea gnóstica. Esta es la demencia que muchos no ven en Bergoglio. Es un hombre sin lógica, sin sentido común. Si estás en la idea gnóstica de lo que es Dios, entonces sigue tu pensamiento hasta el final, con todas las consecuencias: vete de la iglesia a levantar tu idea gnóstica de Dios, a hacer tu iglesia gnóstica.

Pero Bergoglio se queda en la Iglesia siendo un maestro consumado en hablar un lenguaje de mentira, para condenar a las almas.

Al hacer esto, Bergoglio está diciendo una cosa: mi lenguaje sólo sirve para entretener a la gente. Doy muchas cosas, que en sí mismas son una contradicción, pero lo que más importa es obrar.

Os digo que no hay que tener una iglesia gnóstica, pero la obro: pongo un gobierno horizontal donde se realice el mismo trabajo que hicieron los gnósticos para cambiar el dogma: a base de ideas, de lenguaje humano, a base de ser un papa radical, se consigue lo que oculto en mi predicación.

Es su fariseísmo: se predica una cosa, se obra lo contrario.

Hay que lanzar la idea, sembrar una palabra falsa, como lo hacen los falsos profetas, pero todo eso es para despistar a la gente de lo que realmente se está llevando a cabo en la Iglesia.

Mientras Bergoglio entretiene a todo el mundo con sus nefastas homilías, entrevistas, discursos que sólo sirven para limpiarse el trasero, otros en el gobierno horizontal están obrando sin que nadie se dé cuenta.

Nuevos libros, nuevas leyes, nuevos documentos, nuevas liturgias, nuevos sacramentos… Necesitan tiempo para sacar todo eso. Y necesitan una cabeza como papa que imponga todo eso, que haga obedecer la nueva doctrina a base de excomuniones.

¡Qué pocos ven esto en la Iglesia!

Bergoglio no predica la doctrina de Jesús porque no cree en Jesús.

Al decir: Jesús es su Encarnación; Bergoglio se está refiriendo a la emanación de Dios, no a la Encarnación del Verbo.

Para Bergoglio, Jesús no es Dios. Es una emanación, un agua que fluye, un pensamiento que se alcanza en un grado de perfección. Y de aquí nace la ley de la gradualidad. Por lo tanto, la Iglesia no es Divina, no es Santa, no tiene un fin divino que haya que cumplir. En la Iglesia no se está para salvar el alma, sino para liberar a la gente de sus problemas sociales.

Jesús, para Bergoglio, no es Dios: «¿Pero Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (28 de octubre del 2013).

«Dios es Espíritu» (Jn 4, 24). Si Jesús es Dios, entonces Jesús es Espíritu. Si Jesús no es Dios, entonces Jesús no es Espíritu. Es sólo un hombre.

Al preguntarse si Jesús es un Espíritu, y responderse que no es, claramente está negando la Divinidad de Jesús. Jesús no es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, no es el Verbo, el Hijo de Padre, no es una Persona Divina. Jesús es una persona humana, un hombre santo en la gloria.

Bergoglio está exponiendo la herejía de Arrio, en la que se niega que Jesús sea Dios. Jesús no es Dios hecho hombre, sino un ser creado por Dios, semejante a Dios, tiene atributos divinos, pero no es Dios ni en Sí ni por Sí Mismo.

Dos dogmas principales ha negado Bergoglio: la Trinidad y la Divinidad de Jesús.

Una abominación ha puesto en la Iglesia: su gobierno horizontal, del que parte todo el cisma en la Iglesia. Un cisma institucionalizado por la propia Jerarquía, querido por Ella. Levantado en el mismo centro de la Iglesia. Quitado el Papado para poner la figura de un Papa que, en su tiempo, será poseída por el Anticristo.

Sin estas dos verdades dogmáticas, nadie en la Iglesia puede salvarse. Nadie.

Y con esa abominación, los que obedezcan a ese falso papa y trabajen en esa falsa iglesia, se condenan sin remedio, sin misericordia. Porque esa abominación es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Bergoglio no puede salvarse por su cara bonita, porque exteriormente parezca una buena persona.

Bergoglio, si quiere salvarse, tiene que hacer, públicamente, un acto de fe en la que niegue sus creencias sobre Dios, sobre Jesús y sobre la Iglesia.

Y hasta que no haga esto, a ese hombre sólo hay que olvidarlo, juzgarlo, condenarlo, maltratarlo, despreciarlo, llevarlo a juicio, excomulgarlo.

Por supuesto, que nadie va a hacer esto. Porque todos buscan lo mismo que Bergoglio: el negocio, la empresa en el Vaticano.

Y aquellos católicos que tengan a  Bergoglio como su papa, se van a condenar. Un hereje no puede ser camino de salvación en la Iglesia. Nunca.

¿Qué es Dios para Bergoglio?

Es sólo un pensamiento, un concepto humano.

«…de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo» (18 de enero del 2015).

De Dios se dice que es Dios de las sorpresas: Bergoglio no da una verdad revelada sobre Dios ni dogmática. El Dios de las sorpresas sólo existe en su mente humana. Bergoglio da su concepto de Dios: el Dios de las sorpresas. El Dios de la vida humana, del lenguaje humano, de las obras humanas. En ese concepto, está un amor que ama primero y que da una sorpresa al hombre.

¿Dónde queda la Providencia de Dios? En el olvido del hombre. Dios guía al hombre en las sorpresas de la vida, no en su providencia. Dios no es un camino de verdad, de certeza, eterno, sino un conjunto de cosas que pasan al hombre sin que nadie le avise de ello.

Las profecías divinas, con este Dios de las sorpresas, se anulan todas. Y tienen que anularse porque el único que rige el mundo es la mente del hombre. Es el único que sabe lo que es el bien y el mal.

«Cada uno de nosotros tiene su propia visión del Bien y también del Mal» (1 de octubre 2013).

¿Cuál es ese Dios de las sorpresas?

Es el hombre con su visión propia del bien y del mal. Es el nuevo yo: es ese dios, que soy yo mismo, que ama a toda la creación, y que está continuamente saliendo de su yo encerrado, de su autorreferencialidad, de sus temores, de sus deseos, de su reino, en donde se excluyen a los demás. Hay que dejar esa mundanidad asfixiante que sólo se puede sanar:

«…tomándole el gusto al aire puro del Espíritu Santo, que nos libera de estar centrados en nosotros mismos, escondidos en una apariencia religiosa vacía de Dios» (EG, n. 97).

La Iglesia tiene que descentrarse de su propio lenguaje rígido. Y tiene que aprender a hablar el lenguaje del mundo. Para eso se ha puesto el gobierno horizontal.

La Iglesia no tiene que dar la máxima ortodoxia: eso es repetirse siempre en su propio lenguaje.

«A veces, escuchando un lenguaje completamente ortodoxo, lo que los fieles reciben, debido al lenguaje que ellos utilizan y comprenden, es algo que no responde al verdadero Evangelio de Jesucristo» (EG, n. 91).

El lenguaje ortodoxo es oscuridad para el hombre. ¡Qué gran blasfemia! ¡Cómo ataca lo sagrado, lo divino, lo eterno!

Hay que emplear un lenguaje heterodoxo. Un lenguaje que responda al concepto de evangelio, el evangelio de la alegría, el evangelio de los pobres, el evangelio de recaudar dinero para vivir felices.

«No tengas la psicología de la computadora», que tiene todo el saber en ella. O, si lo prefieren, con estas palabras:

«Un corazón que ame la ley, porque la ley es de Dios, pero que ame también las sorpresas de Dios, porque su ley santa no es un fin en sí misma» (13 de octubre del 2014).

La Iglesia usa un lenguaje que el mundo no comprende. Un lenguaje de computadora, de fin en sí mismo. Un lenguaje ortodoxo que la imposibilita de dialogar con el mundo. Y si no habla con el mundo, no puede anunciar el Evangelio.

La Iglesia es misionera, no autorreferencial. No tiene que estar centrada en la verdad, sino en el mundo.

Hay que hacerse un uno con el mundo. Si se encierra en sí misma impide ir al encuentro real con el otro.

La realidad, no está en la vida de la gracia, sino que está en los derechos sagrados del hombre:

«…tierra, techo y trabajo. Es extraño pero si hablo de esto para algunos resulta que el Papa es comunista.  No se entiende que el amor a los pobres está al centro del Evangelio. Tierra, techo y trabajo, eso por lo que ustedes luchan, son derechos sagrados» (28 de octubre del 2014).

El hombre tiene que luchar por su tierra, no por la tierra que Dios prometió a Abraham, que es el Cielo; tiene que luchar por su techo, y no tiene que seguir el pensamiento ortodoxo de Cristo: «Las raposas tienen sus cuevas, y las aves del cielo sus nidos; mas el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9, 57). Y tiene que luchar por su trabajo, haciendo de la Palabra de Dios una mentira: «Necio, esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Si sigues a Bergoglio, todo eso será para Bergoglio. Él sólo pide dinero. Y no otra cosa.

No vivas tu vida para tener una casa, un techo, un trabajo, una tierra. Vive tu vida para desprenderte de todas las cosas, aunque las tengas todas, y así obrar lo divino en lo humano.

Pero Bergoglio lleva a la lucha de clases. Tú tienes una casa y yo no. Voy a luchar por mi casa, porque es mi derecho sagrado. Soy dios para mí mismo: yo soy el que entiendo lo que es bueno y lo que es malo para mi propia vida.

Bergoglio no entiende que el amor a Cristo –no el amor a los pobres- está en el centro del Evangelio. Él predica su evangelio: el de los pobres. Para su Iglesia: la iglesia de los pobres.

Y hace esto para abarcar a todo el universo, a todos los hombres en una fraternidad sin límites. Y cuando se hace esto, entonces el yo encuentra a su dios en sí mismo, y el hombre descubre una vida llena de sorpresas.

La ley de Dios, al ser santa, es un fin en sí misma. Pero, al no tener el fin en sí misma, automáticamente, todo está regido por el azar, por las sorpresas, por el fin, por el objetivo que cada hombre se ponga en su vida.

Cada hombre hace su ley en el pecado y la llama santa.

Esto es Bergoglio. ¿Todavía no se han dado cuenta?

Es un discurso vacío de la verdad. Por lo tanto, es un discurso lleno de mentiras.

¿Queréis llevar la Iglesia a sus orígenes? Entonces prediquen del infierno, de la cruz, de la penitencia, del pecado. Porque la Iglesia nació en el Dolor del Calvario, no en el lenguaje, no en el diálogo de los Apóstoles con la gente del mundo.

Fue el Dolor de Cristo y de Su Madre el origen de la Iglesia. Lo demás: la cultura de los tiempos es sólo eso: cultura. La Iglesia no es una institución, sino la Vida de Dios en la tierra. El Reino de Dios en la tierra. Y quien haga de ese Reino una conquista humana, un reino material, humano, la Justicia de Dios lo enterrará en el infierno.

Poco tiempo queda para ver la Justicia de Dios en Bergoglio. Ese hombre es ya un demente. Y lo que queda por ver es su degradación como persona y como sacerdote.

Bergoglio niega la Creación Divina y la Omnipotencia de Dios

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«La acción del hombre participa de la potencia de Dios y es capaz de construir un mundo apto a su doble vida corporal y espiritual; construir un mundo humano para todos los seres humanos y no para un grupo o una clase privilegiada» (ver texto)

Este es el orgullo de un hombre sin sabiduría divina: «construir un mundo apto a su doble vida corporal y espiritual». Bergoglio quiere construir un Paraíso en la tierra ¡Este es su fin en su gobierno en la maldita iglesia que ha levantado en el Vaticano! Para eso trabaja, para eso se levanta cada día: para recibir el aplauso de la gente que busca vivir una vida sin Dios. A toda esa gente, Bergoglio les da lo que piden. Y sólo de esa manera, consigue adeptos para su maldita iglesia.

Y quiere su comunismo: «construir un mundo humano…no para un grupo o una clase privilegiada». Es su lucha de clases, porque pone el pecado como un mal social, como un mal que producen las clases pudientes en contra de las clases pobres y miserables. Quiere un mundo para todos los hombres en igualdad de condiciones; que todos tengan de todo. Y eso es imposible, un absurdo, porque existe el pecado como ofensa a Dios. Y, por tanto, se da, tanto en los ricos, como en los pobres, la avaricia, el poder, el orgullo, la autodependencia, vivir como a uno le dé la gana sin contar con los demás. Y sean comunistas, ateos, liberales, conservadores, socialistas, adinerados, pobres…todos quieren una cosa: pecar; vivir pecando. Y, por tanto, es un absurdo un mundo para todos los hombres en que no se den diferencias. Un auténtico absurdo, que es lo que viven y predican todos los comunistas, como Bergoglio.

Después del rotundo fracaso del Sínodo, este hombre tiene que conseguir acaparar, de nuevo, a la gente que ha comenzado a distanciarse de él.

Tiene que hablar bien del Papa legítimo, Benedicto XVI. Tiene que inaugurar un busto para él, para que todos vean que él continúa la obra de Benedicto XVI. Todos miran, ahora, al Papa Benedicto XVI después del escándalo del Sínodo. Todos le buscan, porque comienzan a ver lo que es Bergoglio: uno que se aprovecha de la situación de la Iglesia para hacer su negocio en Ella, que es lo que hacen todos los dictadores en el mundo.

Pero el problema de Bergoglio es que no sabe esconder su herejía: cuando dice una verdad, al mismo tiempo, tiene que decir una mentira. No sabe callar su mente, que es propia de un demonio. Es la mente de un hombre que sólo vive para lo que hay en su inteligencia humana: y su inteligencia está rota por su gran soberbia. ¡Es una locura! Y esa rotura la revela a todo el mundo con su espíritu orgulloso: aquí estoy yo para levantar un busto al Papa verdadero, pero también para deciros que Dios no ha creado el universo de la nada.

«Cuando leemos en el Génesis el pasaje de la Creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas»: esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

¡Qué falta de lucidez tiene este hombre cuando habla de Dios! ¡Cómo se palpa su locura!

Dios tiene poder para hacer todas las cosas: si Bergoglio niega esto, lo niega todo. ¡Está negando la Omnipotencia de Dios! En el concepto que este hombre tiene de Dios, Dios no es Omnipotente.

Dios ha creado el mundo, pero lo que combate Bergoglio es esto: el mundo comenzó a ser; entonces, ¿de dónde le viene al mundo el que después de haber recibido el ser ya no lo pierda y se convierta en lo que es?

En otras palabras: el mundo ¿depende absolutamente de Dios para que siga siendo mundo, o son los hombres los que se encargan de hacer y de conservar el mundo?

Bergoglio niega que el mundo dependa absolutamente de Dios, porque Dios «no es un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas». Este es el lenguaje propio de su herejía: es un lenguaje barato, pero que da una blasfemia: Dios no es «capaz de hacer todas las cosas» ¡Una gran blasfemia! Y muchos la aplauden. Muchos. Porque les gusta el lenguaje barato de este hombre: «corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago». Este lenguaje barato no significa que esté exento de pecado: no; es un lenguaje barato lleno de pecado: falta al respeto a lo que es Dios. A Dios nunca se le puede relacionar con un mago. Bergoglio no sabe hablar de Dios, porque quiere poner a Dios en el lenguaje hortera de la calle: abaja a Dios al hombre. Por eso, su pecado apesta en la Iglesia: es el pecado de un orgulloso, que se cree que sabe algo de Dios, porque habla de una manera barata al pueblo.

Así que Dios creó el mundo y prescinde de él: «Él ha creado a los seres y los ha dejado desarrollar según las leyes internas que Él ha dado a cada uno, para que se desarrollaran, para que llegaran a la propia plenitud».

¡Leyes internas! ¿Qué serán esas leyes? ¿Leyes psicológicas? ¿Leyes biológicas? ¿Leyes sexuales? ¿Leyes psiquiátricas?.. ¿En dónde queda la ley natural? ¿En dónde la Ley Eterna de Dios en toda la Creación? Esto, para Bergoglio, no existe en su concepto de Dios.

Cada ser ha desarrollado una vida según unas “leyes internas”. Y así ha llegado, cada ser, a su propia plenitud. ¡Una gran blasfemia! La criatura sola, sin el concurso inmediato de Dios (porque Dios no puede hacerlo todo), llega a su plenitud. Dios no es la Vida que lo sustenta todo, sino que cada ser tiene su vida y así, en la evolución de sus leyes, llega a la perfección, a la santidad, a la plenitud de todo. ¡La ley del pecado no se da! ¡La ley de la gracia no se puede dar! ¡La ley divina nunca se va a dar con Bergoglio!

La creación de Dios, a causa de la ley del pecado, está como está: un desastre. No hay plenitud. Dios creó el Universo, creó a un ángel que se rebeló contra Él; y ese ángel metió la ley del pecado en la Ley Eterna, que rige toda la Creación. Imposible que la Creación, ni siquiera la material, llegue a su plenitud en lo material. Imposible. Porque la ley del pecado es destrucción de toda plenitud.

Los cuerpos de los hombres, por la ley del pecado original, nacen llenos de abominación. Y por más que crezcan, que se desarrollen naturalmente, como cuerpos, el hombre, al mirar su cuerpo, mira su muerte, mira una cosa que se va a morir pronto. Y se muere porque este cuerpo no es plenitud, no puede llegar a la perfección por más desarrollo en su vida carnal que tenga.

Bergoglio es anatema: se carga la ley Eterna para dar sus leyes internas, para contar la fábula de la Creación según Bergoglio.

Y ¿qué dice la Iglesia?

El Concilio Vaticano I (D 1784): «Todas las cosas que ha creado, Dios las cuida y las gobierna con su providencia…». Esto es de fe divina y católica. Esto es un dogma de fe, enseñado en el Magisterio auténtico de la Iglesia. Esto no es una opinión teológica. Dios conserva indirecta y directamente Su Creación. Bergoglio se carga este dogma con su lenguaje barato y blasfemo.

Dios tiene poder para cuidarlo todo, para gobernarlo todo con Su Providencia.

Y ¿qué dice la Sagrada Escritura?

Sab 11,25s: «Nada de lo que hiciste aborreces… Y ¿cómo habría permanecido algo si Tú no hubieses querido? ¿Cómo algo que no hubiera sido llamado por Ti se habría conservado?».

Dios conserva todas las cosas de manera directa e inmediata. Es Su Voluntad: «si Tú no hubieses querido»; «algo que no hubiera sido llamado por Ti». Dios lo conserva todo, concurre con todas las cosas con su sola Voluntad. Su Voluntad Divina es Poder. Por encima de la voluntad de los hombres, de su libertad, se encuentra el Poder de la Voluntad de Dios, que niega Bergoglio.

Sab 1,7: «Porque el Espíritu del Señor llena la tierra y El, que todo lo mantiene unido, tiene conocimiento de toda palabra».

Dios todo lo mantiene unido. Tiene poder para eso. Dios asiste con Su Omnipotencia a todas las cosas. Dios llena con Su Presencia y mantiene unido en el ser todas las cosas, para que no desaparezcan.

Un ser no puede vivir, no puede crecer, no puede desarrollarse –ni siquiera materialmente- sin la Omnipotencia de Dios.

Un hombre no puede pensar si Dios no le ayuda, no concurre con él. Un hombre no puede moverse, si Dios no gobierna sus movimientos. Un hombre no puede obrar si Dios no lo lleva en sus manos.

Hchs 17,24-28: «Dios, que hizo el mundo y todo lo que hay en él, que es Señor del cielo y de la tierra, no… como si de algo estuviera necesitado, el que a todos da la vida, el aliento y todas las cosas… Pues en El vivimos, nos movemos y existimos».

El hombre vive y se mueve y existe en Dios. Y no en un sentido panteísta.  Todas las cosas han recibido de Dios, y no sólo al principio de su creación, sino que continuamente reciben de Dios, la vida, el ser, el movimiento. Es decir, que Dios conserva todas las cosas directa e inmediatamente. Todas las cosas dependen de Dios absolutamente para que puedan desarrollarse en su vida natural.

Hebr 1,2s: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa»

Todo está sostenido por la Palabra Poderosa del Hijo. ¿Tiene o no tiene Poder Dios? Con su sola Palabra lo sostiene todo. No sólo lo ha creado todo. Sino que lo conserva, lo gobierna todo.

¿Qué dice Bergoglio?

«Él ha dado la autonomía a los seres humanos del universo al mismo tiempo en el que les ha asegurado su presencia continua, dando el ser a cada realidad».

¿Captan la herejía?

Dios es presencia continua, pero no el que conserva en el ser. Dios está ahí presente, viendo cómo las criaturas nacen, crecen, mueren, se desarrollan, evolucionan… Dios es un espectador de Su Creación, pero no gobierna nada. Son las criaturas las que, con su autonomía, se gobiernan a sí mismas.

Dios ha dado el ser a cada realidad, pero ha dado la autonomía a todo ser. Dios no conserva en el ser. Sólo ha creado al ser, pero con la autonomía de cada ser, ese ser ha llegado a su plenitud.

Dios está presente, pero no conserva en el ser: “así ha ido adelante la creación durante siglos y siglos, milenios y milenios hasta que se ha convertido en la que conocemos hoy, precisamente porque Dios no es un demiurgo o un mago, sino el creador que da el ser a todos los entes». Dios es, sólo, el Creador. Y nada más. No tiene poder para más. No es un mago. ¡Ésta es su gran blasfemia!

¿Qué dicen los santos?

San Agustín (R 1694): «Hay quienes dicen que solamente el mundo ha sido creado por Dios, y que todo lo demás ya lo realiza el mundo mismo, así como Dios lo ha ordenado y lo ha mandado, pero que Dios mismo no es el que lo realiza… Tenemos que creer y, si podemos, también que entender que hasta ahora Dios sigue actuando, de tal manera que, si la actuación de Dios se sustrajera a las cosas creadas por El, éstas perecerían».

San Agustín pone entre las cuerdas el pensamiento de Bergoglio. San Agustín condena a Bergoglio.

San Gregorio Magno (R 2310): «Una cosa es ser, y otra es ser principalmente; una cosa es ser pudiendo experimentar cambios y otra es ser sin posibilidad de cambio. En efecto todas estas cosas son, pero no son principalmente, porque de ninguna manera subsisten en sí mismas, y si no fueran sostenidas por la mano del que las gobierna, de ningún modo pueden existir… En efecto todas las cosas han sido creadas de la nada, y la esencia de ellas tendería de nuevo a la nada, a no ser que el autor de todas las cosas mantuviera dicha esencia con la mano de su gobierno».

Todo está en la mano del gobierno de Dios. Nada está en la mano de los gobiernos de los hombres. Nada. Nada son las criaturas sin el Creador: no pueden subsistir. Lo que hoy conocemos, esa creación que ha ido adelante es sólo por Dios, no por la Creación misma.

Bergolgio dice que, como Dios no es un mago, no es un demiurgo, entonces nada hace en Su Creación. Está anulando la dependencia de todas las cosas a Dios. Dependencia Absoluta.

¿Quién hace los milagros? El hombre: «el científico debe ser movido por la confianza que la naturaleza esconde, en sus mecanismo evolutivos, potencialidades que corresponde a la inteligencia y la libertad descubrir y actuar para llegar al desarrollo que está en el diseño del Creador».

¿Ven la gran soberbia de este hombre? ¿Captan su gran blasfemia?

¿Quién puede medir la Mente del Creador y ver lo que el Creador quiere para Su Creación? ¿Un científico? ¿Un teólogo? ¿Bergoglio?

«Mis pensamientos no son vuestro pensamientos»: lo que hay en la naturaleza de cada ser es un misterio. Y la inteligencia de los hombres, por más que quiere conocer lo que es una naturaleza no llega a su misterio. Y si no llega a ese misterio con su inteligencia humana, tampoco sabe obrar lo conveniente para dar a esa naturaleza lo que pide esa naturaleza. Dios es el gobierna cada ser que ha creado y lo lleva a la perfección de ese ser. El diseño del Creador sólo está en el Creador, no en la inteligencia ni en la libertad de cada hombre. ¡Ésta es su gravísima blasfemia! ¡Que todo esté en la libertad e inteligencia de los hombres para descubrir y actuar y así llegar a un Paraíso en la tierra!

Nadie puede entrar en la Mente de Dios para saber cuál es el diseño del Creador. Nadie puede descubrir en la naturaleza el misterio de la Creación. Nadie. Es lo que pretende este hombre.

Pero la mente de Bergoglio se centra en esto:

«cuando, en el sexto día del pasaje del Génesis, llega la creación del hombre, Dios da al ser humano otra autonomía, una autonomía diferente de la que tiene la naturaleza, que es la libertad. Es decir, le hace responsable de la creación, también para que domine la Creación, para que la desarrolle y así hasta el final de los tiempo».

Bergoglio niega que Dios concurra con todas las criaturas, física e inmediatamente, cuando obran, porque ha puesto en el hombre: la autonomía.

Bergoglio, al final de su discurso, va a decir una gravísima blasfemia:

«la acción del hombre, cuando transforma su libertad en autonomía –que no es libertad, sino autonomía– destruye la creación y el hombre toma el lugar del Creador. Y este es el pecado grave contra Dios Creador»

La libertad se transforma en autonomía. Y es ésta – la autonomía- el pecado contra Dios, al destruir la Creación.

¿Qué es la autonomía para Bergoglio? Es algo que viene de Dios: «Dios da al ser humano otra autonomía»; y que es diferente a la libertad, que es también otra autonomía:   «una autonomía diferente de la que tiene la naturaleza, que es la libertad».

Así que la naturaleza del hombre tiene dos autonomías: una, la propia del ser humano; y otra, la libertad.

Esa autonomía de la naturaleza es una ley interna: «las leyes internas que Él ha dado a cada uno».

No existen, en la naturaleza humana, dos autonomías. Sólo existe en la naturaleza humana la ley natural. Y no hay más leyes internas ni autonomías. Y esa ley natural no es una ley interna: es la ley Eterna de Dios, inscrita en la naturaleza humana. Es algo divino que mueve al hombre a la verdad de su ser humano. Es algo divino que mueve al hombre hacia la verdad de su vida. Es algo divino que produce en el hombre la verdad de su existencia humana.

Bergoglio niega todo esto y pone dos autonomías en los hombres, dos leyes internas. Todo es un invento de la cabeza de este hombre. Todo es una fábula. Y con esas dos leyes internas, quiere explicar el pecado contra Dios Creador.

¿Ya han captado la gravísima blasfemia? ¿Ya ven por dónde va Bergoglio en este discurso?

«El Big-Bang, que hoy se pone en el origen del mundo, no contradice la intervención creadora divina sino que lo exige. La evolución en la naturaleza no contrasta con la noción de Creación, porque la evolución presupone la creación de los seres que evolucionan».

Todo en la mente de este hombre es la lucha entre Creación y evolución. Él se decanta por la evolución, por los seres que evolucionan, suprimiendo el que Dios lleve a cabo todas las cosas

Is 26,12: «Yahvé, Tú nos pondrás a salvo, que también llevas a cabo todas nuestras obras».

Es Dios el motor de toda la Creación. No es la evolución en la naturaleza.

Sal 146,7s: «Cantad a Yahvé en acción de gracias… El que cubre de nubes los cielos, el que lluvia a la tierra prepara, el que hace germinar en los montes la hierba, y las plantas para usos del hombre».

¿Quién cubre el cielo de nubes? ¿La evolución del agua y del viento, que producen las nubes? ¿Los cambios climatológicos? No; solo Dios, que mueve al agua y las nubes en el ser de cada una para que obren lo que tienen que obrar.

¿Quién hace germinar la hierba? ¿La semilla que se siembra? ¿La tierra donde se cultiva? ¿El agua que se echa? ¿El sol que calienta? No; es Dios quien, con Su Ley Eterna, con Su Providencia, lo mueve todo, en cada ser, para que obren aquello para lo cual han sido creados.

No existe la evolución de la naturaleza. Existen los cambios en ella, los desarrollos naturales, su crecimiento, su decrecimiento. Pero cada naturaleza es siempre la misma en su esencia. No evolucionan. Sólo cambian en lo exterior de ellas.

Mac 7,22s: Les decía (la madre de los Macabeos): «Yo no sé cómo aparecisteis en mis entrañas, ni fui yo quien os regaló el espíritu y la vida, ni tampoco organicé yo los elementos de cada uno; pues así el Creador del mundo, el que modeló al hombre en su nacimiento y proyectó el origen de todas las cosas…».

¿De dónde viene el hijo? ¿Del semen del padre?¿Del óvulo de la madre? ¿Cómo crece en el vientre de la madre? ¿Ese crecimiento es una evolución de su naturaleza o es una obra divina en la naturaleza? Ese ser nuevo, ¿se va desarrollando por sus leyes internas, o es Dios el que concurre con esa naturaleza para que llegue al orden divino que Él ha establecido en esa naturaleza?

Bergoglio se queda sólo en la evolución de la naturaleza, negando incluso que Dios haya creado el Universo: «El Big-Bang, que hoy se pone en el origen del mundo, no contradice la intervención creadora divina sino que lo exige».

El Big-Bang es exigido en la creación divina: ya Dios no crea de la nada, sino de algo: del Big-Bang.

El mundo ha sido creado solamente por Dios, sin el Big-Bang. No hace falta el Big-Bang. Es inútil. Es una leyenda de los científicos, a la cual Bergoglio es fan.

Dios crea de la nada. NADA. Este es el Misterio. Y, por tanto, no existe el Big-Bang, porque nadie conoce el Misterio de la Creación. ¿Qué pasó en ese principio? ¿Cómo fue ese principio? ¿Cómo se crea algo de la nada?

Los científicos se rompen la cabeza con esto; pero Bergoglio cuenta sus fábulas a sus oyentes, cayendo en gravísimas blasfemias y herejías.

El Concilio IV de Letrán, en contra de los Albigenses (D 428), dice: «Creemos firmemente y claramente confesamos que uno solo es el verdadero Dios, eterno…: un solo principio de todas las cosas, creador de todas las cosas visibles e invisibles, espirituales y corporales: el cual con su poder omnipotente creó de la nada simultáneamente desde el principio de los tiempos a ambas creaturas, la espiritual y la corporal, esto es a los ángeles y todo lo de este mundo…».

Sólo hay un principio en la Creación: Dios. No existe el principio del Big-Bang.

«Si alguno no confiesa que el mundo y todas las cosas, que se hallan en él, tanto espirituales como materiales, han sido creadas por Dios de la nada en cuanto a toda su substancia…: sea anatema» (D 1805).

Bergoglio es anatema, porque no confiesa que Dios ha creado todas las cosas de la nada, sino que predica que las ha creado del Big-Bang.

Por una parte, niega que Dios cree de la nada; por otra parte, dice que Dios es creador. Y, por tanto, en esta contradicción, tiene que negar la Omnipotencia de Dios, no sólo en el acto creador, sino en todo lo demás. Dios ya no conserva todas las cosas, no concurre con ellas, sino que las deja en su autonomía, en sus leyes internas. Así, Bergoglio se carga la ley Eterna. Y, al final, es el hombre el dios de la creación: el pensamiento del hombre, lo que el hombre piensa y cree.

Como ven, no hay en este discurso ninguna verdad. Ni siquiera cuando habla del Papa Benedicto XVI. Son sólo flores para captar la atención de aquellos que ya miran a Benedicto XVI como el Papa verdadero. Y esto le sienta a Bergoglio como una patada en el vientre.

Bergoglio pierde popularidad y credibilidad. Y ahora son los otros los encargados de mantener la popularidad de este hombre, diciendo cosas como estas:

Cardenal Vincent Nichols, arzobispo de Westminster:

«El impulso del Papa Francisco para hacer que la Iglesia sea más acogedora con los gays no debe ser interrumpido por la violenta reacción de los obispos conservadores. Es preciso ir más lejos».

«Estoy decepcionado porque no se usó un lenguaje más fuerte acerca de la necesidad de respetar, recibir y valorar a quienes mantienen relaciones homosexuales»

«Este retroceso no es de ninguna manera algo definitivo y espero que el Sínodo del año próximo reinstale la actitud más acogedora hacia los gays»

«El Papa Francisco rompió las normas como parte de un proceso de diálogo y discernimiento para el futuro de la Iglesia» (ver texto).

Todo es convencer a las masas para que sigan confiando en un hereje, en un cismático, en un hombre que se ha vuelto loco en su pensamiento humano. Sólo vean su gran locura en este discurso a los científicos.

Le quieren sacar las castañas del fuego en su gran derrota, que ha sido el Sínodo. Y ya no pueden.

¿Quién defiende a Bergoglio en su fracaso? La jerarquía pervertida que unida a él quiere destruirlo todo en la Iglesia. Los católicos pervertidos, que ya no pueden ver la maldad de este hombre, sino que la siguen a ciegas. La gente del mundo que quiere a un pervertido, como Bergoglio, líder de la Iglesia.

Estamos en el tiempo de la perversión de las inteligencias humanas. Y, en este tiempo, no hay ni puede haber medias tintas: o estás con unos, o con los otros. O se tiene toda la Verdad, o se poseen todas las clases de herejías.

Ustedes deciden con quiénes quieren estar: o con Cristo; y, por tanto, en la Iglesia remanente, la que no es de masas; o con el demonio; y, por tanto, con la iglesia mediática del Vaticano. Todo se hace para ganar adeptos a la causa de la masonería en Roma.

La blasfemia de Bergoglio contra la Maternidad Divina

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«El Evangelio que acabamos de escuchar, lo acogemos hoy como el Evangelio del encuentro entre los jóvenes y los ancianos: un encuentro lleno de gozo, de fe y de esperanza» (ver texto).

Así comienza un hereje su homilía: poniendo su idea humana por encima de la Mente de Cristo, del Evangelio de Jesucristo, de la Palabra del Pensamiento del Padre.

No podemos acoger una blasfemia como ésta: el Evangelio de Jesucristo no es el evangelio del encuentro con los hombres y, menos, del encuentro entre los jóvenes y los ancianos.

El Evangelio de Jesús es una Ley Eterna; el falso evangelio del encuentro es una idea masónica, protestante y comunista, sin gozo, sin fe y sin esperanza.

La Palabra de Dios no es para hacer un encuentro entre los hombres, sino para hacer una selección entre ellos: es para poner espada, división; es para indicar el camino de la salvación y hacer que el alma elija un camino en su vida.

El Evangelio de Jesucristo es el que lleva al Cielo; el evangelio del encuentro es el que lleva al infierno. Elijan uno de ellos. Elijan a Cristo o a un Obispo que no sabe leer el Evangelio de Jesús, que sólo sabe malinterpretarlo con sus palabras baratas y llenas de blasfemias.

Tienen que elegir ya. Tienen que saber escupir cada palabra de Bergoglio y decirle a la cara: tú no eres el Papa verdadero de la Iglesia Católica, porque no hablas como Jesucristo, no eres la Voz de Cristo en la tierra, sino que hablas como tu padre, el demonio: eres la misma voz del demonio.

Si no se atreven a decir esto, están haciendo como todos esos católicos, tibios y pervertidos en sus juicios, que buscan una razón para lavar las babosidades de este hombre cuando habla; son como toda esa Jerarquía, que se ha acomodado al lenguaje herético de un hombre, y que no tiene ninguna vergüenza en llamar a esta doctrina como católica, cuando es claramente anticatólica.

¡Da asco Bergoglio! ¡Pero más asco dan los católicos y la Jerarquía que apoyan y obedecen a Bergoglio! ¡Porquería demoníaca es lo que abunda en toda la Iglesia!

Si Bergoglio es un ser que ha perdido el juicio, es decir, un idiota, uno que no sabe pensar ni hablar una verdad, porque no hay verdad ni en su mente ni en su boca humana, más locos son todos esos católicos, que sólo son de nombre, pero no de obras, que alaban a Bergoglio, que lloran las palabras de un mentiroso, que repiten las herejías de un demonio en la Iglesia.

¡Bastardo es el nombre de Bergoglio: es el nombre de la Bestia! Nombre que se ha escondido en la falsedad de Francisco.

Francisco es un farsante (= su nombre es falsedad, porque no tiene el Espíritu de San Francisco de Asís, que es el motivo por el cual lo eligió); Bergoglio es el demonio en persona (= su nombre es su vocación en la vida: Bergoglio viene Beriko (Beriko, Berko, Bergo, Bergolio, Bergoglio), que significa burro, asno, persona incapaz de pensar la verdad. Es una hernia en el pie (Beriko, bernia, hernia); es un malestar que no se quita en la vida; es un dolor de cabeza, que ninguna medicina lo saca).

«María nos muestra el camino: ir a visitar a la anciana pariente, para estar con ella, ciertamente para ayudarla, pero también y sobre todo para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

En estas palabras ha anulado todo el Misterio de la Maternidad Divina.

¡Qué hombre tan cegado por lo humano! ¡Qué hombre tan inculto! ¡Qué demonio es Bergoglio!

La Virgen María va a aprender de una criatura humana, de la sabiduría de la vida humana: clarísima herejía, blasfemia contra la Santidad de la Virgen María.

¿Dónde están las Glorias de María en esta homilía? En ninguna parte, en ninguna palabra, en ningún párrafo.

¿Dónde están las glorias del hombre en esta homilía? En todas partes: desde el principio hasta el final.

Conociendo la mente de este sinvergüenza, es lógico que trate así a la Virgen María: sin ningún respeto, sin ninguna obediencia a Su Misterio, sin ninguna alabanza a su persona humana.

¿Quién es la Virgen María? La Madre de Dios. Y, por ser Madre, tiene la perfecta sabiduría humana, no sólo la divina. Luego, por ser Madre de Dios, la Virgen María no tiene que aprender de nadie, y menos de una mujer, lo que es la sabiduría de la vida.

Si no ponen a la Virgen María en su puesto, entonces caen en la blasfemia de este hombre, de esta piltrafa humana, de esta sabandija demoníaca.

La Virgen María, por Su Maternidad, no es una mujer como las demás. Es una persona humana con dos naturalezas. Este es Su Misterio, Su Gloria.

¿Quién es Jesús? Es el Verbo Divino que tiene dos naturalezas: la Divina y la Humana. Jesús no es un hombre: no pertenece a la naturaleza humana. El hombre sólo posee una sola naturaleza: la suya propia de su especie: la humana.

Jesús posee dos naturalezas: no es un hombre, no pertenece a la naturaleza humana. Posee otra naturaleza en su ser. ¡Este es el Misterio de la Encarnación! Nadie enseña este gran Misterio. Todos colocan a Jesús como Hombre. Y no es un Hombre como los demás.

En Él se resuelve la unión hipostática: el Verbo, que es Dios, se une a otra naturaleza, la del hombre, y surge así un nuevo ser, que es Dios y Hombre, al mismo tiempo.

En este Misterio, participa en grado supremo, Su Madre, la Virgen María.

La Virgen María, para poder ser Madre de Dios, tiene que ser elevada a esa unión hipostática. Y cuando el Verbo asume la naturaleza humana, en el vientre de María, asume la persona humana de Su Madre. Y esto significa, que María posee la misma Naturaleza Divina del Verbo por asunción. En otras palabras, María es Divina.

No sólo la Virgen María es divina por la Gracia, que la hace ser Hija de Dios por adopción; no sólo participa de la Naturaleza Divina por la gracia. Sino que es divina por su Maternidad; no sólo por su Bautismo.

Esta es la Gloria de María: tener por Hijo al mismo Hijo del Padre. Es algo que no se puede explicar, alcanzar con la mente humana. Es algo que supone una elevación del ser humano de María al Ser Divino, en que la Virgen pasa a ser Divina por la unión del Verbo con su naturaleza humana, en Su Seno Virginal.

Y, por tanto, María es poseída por toda la Sabiduría Divina. Y, en esa Sabiduría Divina, conoce lo que es el hombre, su valor y su sabiduría. María no necesita leer un libro para conocer lo que es el hombre. María no necesita que otra persona le enseñe lo que es la vida humana. No tiene ninguna necesidad porque lo sabe todo. Esta es Su Grandeza, que anula ese bribón con sus palabras de blasfemia, porque no cree en el dogma de la Maternidad Divina.

Hoy día la Jerarquía de la Iglesia no cree en esta divinidad de la Virgen, en Su Maternidad que la hace divina. No cree. Hace falta ser niños para poder creer en la Virgen María y para poder decir: María es Divina. Hay que poner la mente en el suelo y pisotear toda filosofía y toda la teología. Sólo los niños creen en las Grandezas del alma de Su Madre. Los hombres, los adultos, los sabios, ven sólo a María como una simple mujer

Como somos tan hombres, tan humanos, tan carnales, tan materiales, tan de la tierra, entonces lloramos y nos divertimos con las palabras necias de un estúpido: «para aprender de ella, que ya es mayor, una sabiduría de vida».

Es Isabel la que aprende de la Virgen María, porque la alaba en Su Maternidad Divina.

¿Por qué va la Virgen María a visitar a su prima Isabel?

Lo dice la misma escritura: «Así que oyó Isabel el saludo de María, exultó el niño en su seno, e Isabel se llenó del Espíritu Santo, y clamó en voz en grito: ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!» (Lc 1, 41-42)

Santa Isabel engrandece la Gloria de la Virgen María: su maternidad divina.

Bergoglio alaba a los hombres, los engrandece.

¿Quién tiene la razón? ¿Una Santa o un demonio? ¿Quién está dando lo que es la Virgen María, la verdad de su vida, de su persona, de su unión con Dios? ¿Lo da Bergoglio o lo da Santa Isabel? ¿Con quién te quedas: con Bergoglio o con los Santos de Dios? ¿A qué iglesia perteneces: a la de Bergoglio o a la de Jesús?

Ya hay que elegir. Ya hay que ponerse o de parte del Anticristo o de parte de Cristo.

Hay mucha gente que no sabe discernir nada. Están en la Iglesia con una estupidez morrocotuda.

La Virgen María lleva en su Seno al Santificador; y ¿cuál es su obra? Santificar un seno de una mujer que ha creído en el Mesías, pero que tiene un hombre, un sacerdote, que no ha creído y, por eso, se quedó mudo. ¿En qué cabeza cabe que la Virgen María vaya a escuchar las palabras de un anciano que no cree ni puede hablar? ¿En qué está pensando Bergoglio al hacer de este encuentro con Isabel una tertulia social? Es lo que quiere este hombre: la sociedad, lo cultural, lo humano. Pero aborrece a Cristo y a Su Madre.

La Virgen Maria hace una obra: santificar. Y la hace, no sólo como instrumento del Verbo, que está en Su Seno Virginal. Es su misma Maternidad la que obra: es el mismo Verbo unido a Su Madre. Son los dos, al mismo tiempo, los que santifican el hijo de esa mujer. Porque, para esto, el Verbo se encarna en el Seno de una Virgen: para llevar a la santidad a todas las almas, a través de Su Madre, la Virgen María. Jesús y Su Madre no se pueden separar en la Iglesia, en la Obra de la Redención. No se puede amar a Jesús y no amar a Su Madre. No se puede dar culto a Jesús y no dar culto a la Virgen María. No se puede. Quien no es devoto de la Virgen María, aunque comulgue no puede salvarse.

¿Predica esto Bergoglio? ¿Habla alguna vez Bergoglio de la santidad? Ninguna. Claramente no lo predica. Y, entonces, ¿por qué le llaman Papa? ¿Por qué le obedecen? ¿Por qué lloran con sus homilías oscuras y llenas de errores por todas partes? ¿Por qué hacen publicidad a un burro?

«Podemos pensar que la Virgen María, estando en la casa de Isabel, habrá oído rezar a ella y a su esposo Zacarías con las palabras del Salmo Responsorial de hoy: «Tú, Dios mío, fuiste mi esperanza y mi confianza, Señor, desde mi juventud… No me rechaces ahora en la vejez, me van faltando las fuerzas, no me abandones… Ahora, en la vejez y en las canas, no me abandones, Dios mío, hasta que describa tu poder, tus hazañas a la nueva generación» (Sal 70,9.5.18). La joven María escuchaba, y lo guardaba todo en su corazón».

«Podemos pensar…»: esto es todo en Bergoglio: su mente…Podemos pensar, recordar, imaginar, ilusionarnos, soñar…. Se pone a pensar, se pone a interpretar, se pone a malinterpretar, se pone a destruir la Palabra de Dios con la misma Palabra de Dios. ¿Por qué no va a los Santos Padres y dice lo que ellos han dicho de este pasaje? Porque no cree en la Tradición Divina, ni en los Santos, ni en nadie. Sólo cree en lo que hay en su estúpida cabeza humana, que es una cabeza de chorlito.

Aprende, Obispo necio, estúpido e idiota, lo que significa este pasaje de otro Obispo:

«Bien pronto se manifestó los beneficios de la llegada de María y de la Presencia del Señor; pues en el momento mismo en que Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre, y ella se llenó del Espíritu Santo. Considera la precisión y exactitud de cada una de las palabras: Isabel fue la primera en experimentar la gracia, porque Isabel escuchó según las facultades de la naturaleza, pero Juan, en cambio, se alegró a causa del Misterio. Isabel sintió la proximidad de María, Juan la del Señor; la mujer oyó la salutación de la Mujer, el hijo sintió la presencia del Hijo; ellas proclaman la gracia, ellos, viviéndola interiormente, logran que sus madres se aprovechen de este don hasta tal punto que, con un doble milagro, ambas empiezan a profetizar por inspiración de sus propios hijos» (De la exposición de San Ambrosio, obispo, sobre el Evangelio de San Lucas – Libro 2, 19.22-23.26-27; CCL 14, 39-42).

La Virgen María no fue a casa de Isabel para dialogar con esa mujer, sino para santificar su seno.

La Virgen María no fue a la casa de Isabel para aprender de ella una sabiduría de la vida, sino para profetizar lo que viene con el Hijo que tiene en su seno virginal: Misericordia y Justicia, que es el Magnificat, que Bergoglio ni se molesta en nombrar, porque ha anulado la misión de la Virgen María en la Iglesia: ser profeta de Su Hijo; ser Apóstol de Su Hijo; ser mártir con su Hijo.

«María supo escuchar a aquellos padres ancianos y llenos de asombro, hizo acopio de su sabiduría, y ésta fue de gran valor para ella en su camino como mujer, esposa y madre». ¿Ven la gran blasfemia de este hombre? ¿Ven cómo no predica el Evangelio de Jesucristo, sino que predica lo que le da la gana?

¿No ven que Bergoglio no puede ser el Papa de los católicos porque no da la unidad de la fe? No lleva a la Tradición, no continúa la línea de los Papas, no hace nada para salvar a la Iglesia del error y de la mentira. No une en la Verdad: desune con su mentira, con sus errores, con sus palabras llenas de sin sentido. Sólo está interesado en su humanidad, en los hombres, pero no en Cristo, no en Su Obra, no en su Plan de Salvación.

¿Todavía no lo disciernen? ¿Qué más hay que decir para que comprendan la situación de toda la Iglesia?

¿Qué más hay que escribir para que comprendan que, a partir de ahora, la Jerarquía va a dar un cambio sustancial en todo? Si están apoyando las palabras de un hereje, también van a apoyar las reformas malditas que ese hereje quiere. Y van a destruir toda la Iglesia, como lo hace el mismo Bergoglio: con palabras baratas, sentimentales, que agradan los oídos de todos los hombres.

¿Todavía no ven lo que viene a la Iglesia? ¿Todavía rezan por el Sínodo? Todos se van a abrazar en un mismo lenguaje: igualdad, libertad y fraternidad. Y van a consentir con el pecado, y lo van a obrar como si fuera un vaso de agua en sus vidas.

La Virgen María enseña sólo un camino: el de Su Hijo. Y llama a todos a caminar por ese Camino. Y no es fácil ese caminar, porque el hombre tiene que aprender la humildad: tiene que aprender a no mirar su vida humana ni su humanidad: es el negarse a sí mismo que Bergoglio no lo quiere ni lo vive, sino que muestra, en todo su obra en la Iglesia, lo contrario: sean hombres, busquemos los derechos humanos, seamos justos con todos, vivamos en la fraternidad, en la igualdad de todas las mentes humanas, y amémonos en la creación porque es algo maravilloso: Dios todo lo ha creado bueno, todo es hermoso, todo es amable. Todo consiste en el cristal como se lo mire. Y, por eso, anulemos las Verdades Absolutas que impiden esta unión global, este levantamiento del hombre por encima de Dios.

Bergoglio se ha hecho un dios; la Jerarquía de la Iglesia se ha hecho un dios. Todo el mundo juega a ser dios. Y nadie quiere reconocer los derechos de Dios sobre todas las criaturas. Y eso es lo que viene ahora: la Justicia de Dios. Y nadie se puede esconder de Su Justicia.

Los gobernantes de las naciones se les va a ir de la mano todo su plan; los que gobiernan la Iglesia en Roma van a quedar al desnudo, con todas sus verguenzas al aire; y los católicos, tan ufanos para proclamar las herejías de un hereje, van a quedar mudos y espantados ante lo que viene a la Iglesia.

Francisco: el Obama de la Iglesia

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La popularidad de Francisco ha crecido como la espuma desde que usurpó la Silla de Pedro, que es comparable a la forma como Barack Obama fue recibido por el mundo en el año 2008. Es decir, esa popularidad es un montaje llevado a cabo por el Vaticano, gobernado por masones, como lo fue el de Obama.

Esa popularidad no es un don del Espíritu, no es algo que nace entre los miembros de la Iglesia, sino una ayuda que el Espíritu del demonio hace en ese hombre, algo fabricado por la Jerarquía infiltrada, para poder atraer toda la atención del mundo y de la Iglesia hacia una persona sin letras, vulgar, del pueblo, sin ninguna inteligencia espiritual, que sólo vive su vida de acuerdo a sus medidas racionales, pero que es incapaz de ser imitador de Cristo en su sacerdocio, porque no tiene la vocación divina para ello.

Esa popularidad es siempre en contra de la Voluntad de Dios, un mal que Dios ni quiere ni permite en Su Iglesia, porque no se está en la Iglesia para ser popular, para mendigar un aplauso del mundo, para ser reconocido por los gobernantes o personas influyentes del mundo. Dios no necesita los medios de publicidad del mundo para hacer llegar su Evangelio, que es la Palabra llena de Verdad, que ningún hombre en el mundo quiere escuchar ni seguir.

Dios no necesita un Francisco para llenar Su Iglesia de almas, de gente inculta, pervertida en sus mentes humanas, que sólo viven para sus lujurias, sus deseos en la vida, sus soberbias, sus orgullos como hombres.

Dios no quiere a hombres soberbios en Su Iglesia: quiere personas humildes, que pisen su orgullo y lo mantengan en el suelo, para que puedan ser instrumentos de la Voluntad Divina.

Pero cuando el demonio se sienta en el Trono de Pedro, el mal sólo es querido por el demonio, no por Dios. Dios se cruza de brazos en todo cuanto sucede en el Vaticano y en las demás diócesis que pertenecen a Roma. Y deja que el demonio obre sin más, porque es su tiempo: el tiempo del Anticristo. Tiempo para condenar almas al infierno.

Al igual que Obama ha sido una decepción para el pueblo americano, así este hombre, al que llaman Papa sin serlo, y al que le han puesto un nombre de blasfemia, -queriendo recordar a San Francisco de Asís, pero sin seguir su Espíritu, sino en contra de la misma espiritualidad que vivió este Santo-, se ha convertido en un desastre, en un fracaso para toda la Iglesia Católica y para el mundo.

Los católicos verdaderos no han sabido ver el engaño de este hombre, cuando los bastiones del anti-catolicismo, como son los masones, los ateos, los de la teología de la liberación, toda la jerarquía tibia y pervertida que inunda la Iglesia, han salido a luchar por esta persona y a declararle su amor incondicional.

Los católicos verdaderos se han olvidado bien pronto de las palabras del Señor: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye» (1 Jn 4, 5). Y aquello de: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en el la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15).

Este olvido señala sólo una cosa: dentro de la misma Iglesia Católica hay muchas almas que aman al mundo y lo que hay en el mundo. Hay mucha Jerarquía que habla del mundo, habla de los hombres, habla para ellos y como ellos, y ellos los escuchan, porque se les dice lo que ellos quieren oír. Llena de fábulas ha estado- este año y medio- la Iglesia. De entre los católicos verdaderos, hay mucha gente que sólo es católica de nombre, de etiqueta (= va a misa, comulga, se confiesa, reza, etc.), pero que sólo vive para el mundo, no para Cristo. Se dicen “católicos verdaderos” y son sólo eso: una figura vacía de la fe católica. Almas sin fe católica, llenas de otra fe, que obran en la Iglesia de acuerdo a esa fe inventada por ellos mismos, incapaces de rechazar las fábulas, las doctrinas del demonio que Francisco y los suyos han ofrecido a toda la Iglesia.

Toda la pantalla de Francisco es su lenguaje humano. Francisco es experto en oratoria humana. Es una pantalla, una maqueta, una invención, una pintura, que al exterior se ve bonita, hermosa, agradable, pero que esconde una gran maldad, que sólo se nota cuando se acepta ese lenguaje. Francisco ora una palabra barata, que llega a todo el mundo, que gusta por su extravagancia, pero que es una blasfemia, porque carece de verdad.

Francisco ha seducido con su palabra humana: ha hecho la obra del demonio, la que siempre hace la serpiente para entrar en el alma de los hombres. Satanás sedujo a Eva con la palabra humana; Eva sedujo a Adán con la palabra humana. Seducir la mente de las personas, sus sentimientos, sus vidas, con algo que les atraiga, que les guste, que se sientan bien con ellos mismos y con quien les habla. Francisco seduce con su palabra vulgar, engañosa, ignorante, oscura, llena de maldad y de regocijo en el mal. Y muchos han dado –y siguen dando- oídos a esa palabra de un hombre sin sentido común, sin dos dedos de frente.

Cristo nunca seduce con Su Palabra, sino que es siempre Luz: expone Su Verdad, su doctrina, la muestra, la vive, la obra sin más; pero deja en libertad al alma para seguirla o despreciarla. Cristo señala el camino, pero no lo impone a la mente del hombre.

Pero la obra del demonio y, por tanto, la de Francisco es seducir; es decir, es llevar, no es exponer una doctrina, no es dar luz, sino que es tapar la luz; es conducir hacia la tiniebla, mostrar una oscuridad como una luz, es maniatar al alma, en un sentimiento, en una idea, con una obra, -aparentemente buena en lo exterior de las formas-, para que el alma acepte esa doctrina, aun cuando en su interior vea que no puede ser aceptada. Es la seducción del mal, más potente que el don de la Verdad. La Verdad arrastra sin coartar la libertad; pero el mal seduce, se impone, se obsesiona con algo, y produce la obsesión en la misma mente de la persona, imprimiendo en el alma una necesidad engañosa, una exigencia que no es tal.

Esto es el marketing que se hace con Francisco. Es necesario obedecer a un “Papa”, seguirlo, aunque su doctrina, su enseñanza esté errada. Aunque hable barbaridades, como las ha dicho, o declare cosas vergonzantes y heréticas, que supondrían la inmediata renuncia de quien las dice; pero, sin embargo, es necesario seducir, entrar en ese juego del demonio si se quiere seguir en la Iglesia con un plato de comida. Esta es la seducción más refinada llevada a cabo por todos los medios de comunicación, que asisten a Francisco, por toda la Jerarquía, que lo obedece, aunque vean con sus entendimientos humanos, que ese hombre miente descaradamente a toda la Iglesia y a todo el mundo.

Todos ven los errores de este hombre cuando habla; pero otros se encargan de taparlos, de interpretarlos, de darles la vuelta y presentarlos como un bien para toda la Iglesia, como un valor, como “doctrina católica”. Esta es la etiqueta favorita que se pone al magisterio demoniaco y satánico de un hombre sin fe católica, de un pordiosero de la riqueza del mundo, de un piernas-largas, que recorre el mundo, para estar en todas las portadas importantes de la vida social de la gente. Esta es la maldad que todos pueden ver en el Vaticano, en sus webs, en autores que se dicen expertos en política vaticanista, como un Sandro Magister, y que son sólo expertos en seguir la seducción del Vaticano, en ampliarla, en darle mayor publicidad y cobertura. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Un hombre que besa a los niños y abraza a los enfermos no es nunca noticia. Todos los Papas han hecho lo mismo, pero ninguno de ellos ha dado publicidad a esos actos. Con Francisco, hay un fotógrafo preparado para cualquier ocasión, que convenga tomar la foto a un hombre, que ama el mundo y a los hombres.

Se fotografían sus pecados, cuando besa los pies de las mujeres o ancianos en su taimado ministerio sacerdotal; o cuando se reúne con hombres de pecado para una oración de blasfemia; o cuando bendice unas hojas de coca. Esas fotos revelan su gran pecado. Y nadie, dentro de la Iglesia, lo denuncia, le exige la renuncia. Nadie se atreve a levantarse ante ese hombre, porque todos están bajo el engaño de la seducción del demonio. Todos atrapados. Si viendo sus pecados, nadie hace nada, sino que todos se conforman y aplauden esos pecados, tan manifiestos, tan claros, tan convincentes; entonces, ¿para qué sirve tanta teología, tanta filosofía, si tampoco razonando las cosas, la gente va a discernir el pecado de este hombre? ¿A qué se dedica la Jerarquía de la Iglesia que no es capaz de levantarse contra un Obispo hereje y cismático en la Iglesia?

Es necesario acercar a este hombre, que no tiene ninguna inteligencia, con gente que tampoco tiene inteligencia espiritual, gente del mundo y para el mundo, y que sólo están en la Iglesia por un sentimentalismo, por una cercanía, por un afecto humano, natural, que es también el trabajo del demonio en ellos. Es necesario acercarlo en su pecado –y para mostrar su pecado- y ponerlo a otros como ejemplo de lo que tienen que hacer, si quieren seguir en la Iglesia. Francisco, en los medios de comunicación, es ejemplo de cómo vivir pecando y en el pecado habitual. Y, por eso, gusta a todos los pecadores, ya del mundo, ya de la Iglesia. Les habla en su lenguaje de pecado y en su vida pecaminosa. Los invita a seguir en su pecado y sólo a luchar por las cosas propias de los hombres.

Francisco no es inteligente: luego no sabe llegar a las mentes inteligentes de los hombres. Pero Francisco es un vividor: vive y deja vivir. Luego, el demonio trabaja en él vía afecto, cariño, abrazo, beso, cercanía con los hombres, con los selfies, con el abajamiento a todo lo natural, a todo lo humano. Y, por eso, este hombre se pone una nariz de payaso, pone una pelotita al lado del sagrario, hace muchas cosas que ningún Papa se atrevería a hacer, porque ellos sabían bien lo que es Cristo y lo que exige Cristo a un Papa legítimo en Su Iglesia. Francisco, para llegar a los hombres, lo hace seduciendo los sentimientos de ellos: sus gustos, sus caprichos, sus deseos, sus apegos, sus miserias, sus pecados. Y, en esa seducción, los invita a seguir en sus sentimientos pecaminosos, como algo bueno para sus vidas.

Francisco ha abierto un camino de maldad, golpeando la doctrina católica, con su magisterio masónico, marxista y protestante.

Al igual que el presidente Obama le encantaba disculparse por América, Francisco le gusta pedir disculpas por la Iglesia Católica, resaltando que son los errores de Ésta los culpables de que el mundo esté mal. Es el juego político de presentar al mundo una Iglesia pasiva, callada, tolerante, que no combate el mal de otros, sino que reconoce su propio mal, con el solo fin de no ofender la sensibilidad de nadie, de acomodarse a las distintas necesidades que los hombres tienen hoy en sus vidas sociales y culturales.

En sus entrevistas con los medios de comunicación de izquierda, Francisco busca impresionar, llamar la atención, decir una palabra clave para el hombre, para la masa, pero nunca convertir, nunca dar ejemplo de la verdad, nunca testimoniar -con la propia vida- la verdad, que es Cristo. Francisco no habla en nombre de Cristo, sino en su propio nombre, en su propio lenguaje, en su propia estructura mental de la vida de la Iglesia. Todo, en esas entrevistas, es para que se vea que la Iglesia deja de estar –con Francisco- ‘obsesionada’ con el aborto, con el matrimonio gay, con las verdades absolutas, dogmáticas; y así abrir el camino al diálogo, al conocimiento del otro, a la escucha del hombre, a experimentar el mundo que nos rodea. Francisco es el innovador del mundo en la Iglesia. Es el que mete la vida del mundo, de la profanidad, de la vulgaridad, del paganismo, dentro de la Iglesia. Es la puerta al Anticristo, a su aparición.

Al tratar de complacer a los medios de comunicación y al mundo moderno, Francisco quiere ganarse su respeto, mostrándose pasivo, neutro y débil. Francisco piensa que al hablar continuamente y sin sentido de los pobres, de una manera vana, vacía, sin verdad, será respetado y escuchado por todos. Un hombre que pregunta: por qué es noticia la caída del mercado de valores, pero no la muerte de un anciano; es un hombre que desea que en los medios de comunicación haya una lista de muertes, en la que se juzgue a todo el mundo -y se le condene- por no haber hecho algo contra esos ancianos que mueren. Un hombre así es un hombre que no sirve para gobernar nada, un error de la masonería en el gobierno. Un error impuesto por muchos, pero necesario para el plan en la Iglesia. Un hombre que declara que no es quién para juzgar, pero que en la práctica de su lenguaje humano, juzga y condena a todo el mundo, es un fracaso para todos, incluso para la masonería, que lo ha impuesto en la Iglesia.

Francisco es un hombre que complace a sus enemigos y que, al mismo tiempo, ataca a sus “amigos”: da un manotazo a los católicos practicantes, fieles a la Gracia, a la Verdad Revelada, a la Cruz de Cristo. Francisco ha insultado y ha dañado severamente el trabajo de grupos pro-vida y pro-matrimonio con todas sus declaraciones; y ha pasado al ataque con grupos en la Iglesia, que viven lo de siempre, la liturgia tradicional, que es –para este hombre- una ideología maldita, una explotación de las clases altas de la Iglesia, que hay que erradicar. Todos tienen que hacer una liturgia para el pobre, porque “la Iglesia es pobre y para los pobres”. Esta necedad es la que se impone en todas las diócesis en el mundo.

En su lumen fidei, todos pueden constatar su racionalismo puro, que le lleva a predicar una fe masónica. Es la anulación del magisterio de la Iglesia en lo referente a la Revelación y a la Inspiración Divina

En su evangelium gaudium, se ve al hombre marxista, comunista, que hace de la Iglesia un pueblo, un conjunto de hombres con un solo ideal: el bien común humano. Con un solo fin: el temporal, el humano, el profano. Anula toda la obra de la Redención y, por tanto, la obra de la Elevación del hombre por la Gracia.

Golpea al capitalismo, llamándolo “una nueva tiranía”, rechazando el mercado libre, y haciendo un llamamiento inútil y absurdo para que los gobiernos reacondicionen sus sistemas financieros para atacar la desigualdad. Un hombre que no es capaz de ver su error, sino que lo exalta, diciendo: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política». Es precisamente este su afecto, su sentimentalismo herético, su gran error como gobernante. Con el sentimiento quiere gobernar unas almas que han decidido en sus vida luchar contra todo error en el mundo y en la Iglesia. Y este hombre sólo les propone el error -que combaten-, como un bien que ya no deben combatir, sino aceptar. Habla como un enemigo de la fe católica, pero sin embargo, no es capaz de reconocerlo:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor». Sólo le interesa poner de manifiestos su mente, como el culmen de la verdad que todos tienen que seguir, en el mundo y en la Iglesia: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG – n 208). Este hombre, que no está esclavizado a esa mentalidad individualista, sino que vive una mentalidad global, socializante, comunista, humanista, salvadora del hombre y del mundo, no ha comprendido que son precisamente los mercados libres los que han levantado -constantemente- a los pobres y han ayudado a salir de la pobreza, mientras que el socialismo, el comunismo, su mentalidad globalizante, sólo ha trabajado por afianzar al pobre a su pobreza, matando e impidiendo de mil formas la riqueza y todo bien para el hombre.

Él se pone como modelo a seguir para quitar las cadenas indignas que atan a los hombres a un estilo de vida humana, que nace de un pensamiento errado sobre el hombre. Este endiosamiento de Francisco es su gran fracaso como líder de la Iglesia. Un hombre que sólo vive para su mente humana, para su vida humana, para sus conquistas como hombre. Que no es capaz de mover un dedo para salvar un alma del pecado, porque ya no cree en el pecado como ofensa a Dios.

Francisco comunista al cien por cien. Olor nauseabundo. Olor a tiranía en su gobierno horizontal. Orgullo en un hombre que se ha creído con la solución a los problemas del mundo. Y la Jerarquía que lo está obedeciendo, ¿también se ha hecho comunista como este hombre? ¿También se ha endiosado, como este hombre?

Al igual que Obama, Francisco es incapaz de ver los problemas que están realmente en peligro en el mundo y en la Iglesia. Al igual que Obama confunde a los fieles con el enemigo, al enemigo con su amigo. Al igual que Obama ha caído en picado en su popularidad. Francisco es un negocio barato en la Iglesia. No es a largo plazo. No se puede sustentar por más tiempo un fraude que todos ven, pero que todos deben callar, por el falso respeto a un hombre que no es Papa. Por el falso nombre que le han colocado.

Y, así como Obama siguió jugando al golf en sus vacaciones, mientras los hombres no paraban de cortar cabezas de otros, así Francisco ha seguido ultimando su último escrito sobre la ecología, que será su gran abominación en la Iglesia: ama a la creación; ama a esos hombres que cortan cabezas porque son tus hermanos, son una parte de la creación; son algo sagrado, divino; ama a los homosexuales, a las lesbianas, a los ateos, a los masones, a los que abortan, a los grandes pecadores, a los herejes… Ámalos porque todos somos hermanos, hijos de Dios. Todos somos uno en la mente necia, estúpida e idiota de este hombre, que sólo mira su ombligo en la vida. Todo es hacer silencio cuando se comprueba que se ha errado el camino, pero nunca hablar para arrepentirse y declararse culpable de las propias acciones. Así actúan todos los líderes impuestos por la masonería: cumplen su cometido y, cuando fallan, se encarga la misma élite masónica de reparar el daño. Ellos siguen en lo suyo, en sus vidas, en sus conquistas, en sus orgullos.

Francisco es un desparpajo, una marioneta de muchos, un juego de la masonería, una decadencia en la Jerarquía de la Iglesia, un exabrupto que era necesario amplificar y remover, para dar a la Iglesia otra cara que nadie se ha atrevido a ponerla porque no era tiempo.

Salir de Roma: es lo único que hay que hacer. Renunciar a una Iglesia que ya no es la Católica, sino sólo un montaje de la masonería en Roma. El Vaticano es ya sólo un asunto de la élite masónica. Dios se ha retirado. ¿Todavía no lo han captado?

Las necedades de Francisco hablando de la Santísima Trinidad

final6

Solo hay un Dios; un Ser, que es Dios; un Ser que es Trino.

La Fe Católica da culto a un Dios en la Trinidad y a una Trinidad en la Unidad.

Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo: tres Personas distintas en Una Misma Esencia, en un Mismo Dios. No hay tres dioses, uno para cada Persona, sino que hay un solo Dios: son Tres en Uno. Los Tres son Uno.

Las Tres Personas no se confunden, no están separadas, no hay una diferencia entre ellas, no hay una diversidad de Personas. Son Tres en Una. Los Tres son Uno. Este es el Misterio. Por eso, predicar la diversidad en la unidad es la blasfemia contra el Espíritu. No hay diferencias en Dios. En los hombres, hay desunión por la soberbia de sus pensamientos. Pero, en Dios, sólo hay unidad. Y es una unidad que ningún hombre sabe explicar con palabras humanas.

Dios Padre es el Creador de Todo.

Dios Hijo es la Revelación del Padre.

Dios Espíritu Santo es el Don del Padre y del Hijo.

Dios Padre crea con la Palabra de Su Hijo. Y esa Palabra es la Obra del Espíritu. Padre, Hijo y Espíritu Santo son los creadores de todo el Universo. Todo tiene su origen de la Santísima Trinidad, pero no todo viene de la Santísima Trinidad. Y no todo vuelve a Dios.

«Hoy celebramos la solemnidad de la Santísima Trinidad, que presenta a nuestra contemplación y adoración la vida divina del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo: una vida de comunión profunda y de amor perfecto, origen y meta de todo el universo y de toda criatura» (texto).

El demonio no tiene su origen en Dios ni tiene su meta en Dios. No se puede predicar que toda criatura vuelve a Dios. Dios ha creado todo el universo y le ha puesto un fin último. Pero hay criaturas, creadas por Dios, ángeles y almas, que por su pecado, ya no son de Dios, ya no vuelven a Dios. Y este es el Misterio del Mal. No cumplen con el fin que Dios ha puesto a cada criatura. Un fin de bondad, un fin de amor, un fin de santidad. Sino que han elegido pecar, vivir en el infierno. Y el infierno no lo creó Dios, sino el demonio. El infierno es la obra de la Justicia Divina en la obra del demonio.

Dios nunca hace el mal, nunca peca. El demonio es el que obra el mal, obra el pecado que no puede hacer Dios. Luego, es el demonio el que se inventa el infierno. El infierno ha nacido en la mente del demonio, es la obra de esa idea soberbia, orgullosa y lujuriosa de ese ser espiritual, creado por Dios, pero transformado en otra cosa por su pecado. El demonio es un ser degradante, que ha perdido toda bondad divina, espiritual. Y que sólo puede transmitir la maldad de su pecado.

Y, en esa obra del demonio, que es el infierno, Dios actúa con Su Justicia. Y el infierno es eterno porque el pecado del demonio es para siempre. No hay vuelta atrás. No hay perdón divino a su pecado. No hay arrepentimiento. El demonio, viviendo en el infierno, no puede volver a Dios. Y debe seguir viviendo en su infierno siempre.

Francisco no sabe de lo que está predicando. Predica su consuelo humano: todos somos buenos, todos hemos salido de Dios, todos volvemos a Dios, porque Dios es amor, Dios nos ama. Por eso, cae en estos errores, porque no sabe hablar ninguna Verdad. Habla para confundirlo todo.

«En la Trinidad reconocemos también el modelo de la Iglesia, a la que hemos sido llamados a amarnos como Jesús nos amó. Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo».

Dios Hijo revela la Mente de Su Padre. Jesús vive entre los hombres para revelar a Su Padre, para hablar de Su Padre, para obrar las Obras de Dios, que son las Obras de la Santísima Trinidad.

Y la Iglesia es la Obra del Espíritu. La Iglesia nace en la Obra del Hijo: la Cruz Redentora. Y Jesús hace esa Obra por Voluntad de Su Padre: va a la Cruz por mandato de Su Padre. Es el Espíritu del Padre y del Hijo el que lo lleva a la Cruz.

En la Cruz, nace la Iglesia. Pero la Iglesia no es la Santísima Trinidad. Quien vea a Dios no puede contemplar la Iglesia. Quien ve a Dios contempla a Dios. Y Dios tiene muchas obras. Y en ninguna de ellas está Dios. Las obras de Dios no son Dios. Dios crea y pone Su Gloria en lo que crea. Pero la Creación y Dios son seres diferentes.

En la Iglesia, obra la Santísima Trinidad, pero nadie puede hacer la Iglesia mirando a la Trinidad, sino recibiendo de Ella las obras que Ella quiere que se hagan. En la Trinidad no reconocemos el modelo de la Iglesia: la Iglesia no es Una en la Trinidad. Y no es Trina en la Unidad. La Iglesia es la obra de la Santísima Trinidad. Los hombres, en la Iglesia, si quieren ser Iglesia, si quieren pertenecer a la Iglesia, deben:

1. Primero: creer en el Verbo Encarnado y Crucificado. Sin la fe en Cristo, el Espíritu no puede obrar ni en el alma ni en la Iglesia. El corazón que está rebosando de la Palabra Divina, obra esa Palabra con la fuerza del Espíritu. Y, de esa manera, hace Iglesia, es de la Iglesia. La Iglesia es para las almas, no para Dios. El modelo de la Iglesia son las almas que creen en Cristo. Si no hay almas llenas de fe en la doctrina de Cristo, no hay Iglesia. Por eso, Cristo funda Su Iglesia en la fe de Pedro. No funda Su Iglesia en Él Mismo, en la Santísima Trinidad, sino en un hombre, un alma que cree en el Dios que se Revela a Sí Mismo en Jesucristo.

2. Segundo: una vez que el alma cree en la Palabra, comienza a obrar la Voluntad del Padre. Comienza a hacer obras de fe. Según sea la fe de ese alma en Cristo, así serán sus obras en la Iglesia. En la medida en que cree, en la medida en que crece en la fe, en esa medida obra la Voluntad de Dios. Y cuanto más un alma se va purificando de sus pecados, de sus apegos, de sus errores, más comprende la Voluntad del Padre y más es Iglesia.

3. Tercero: la Voluntad de Dios sólo la puede realizar el Espíritu del Padre y del Hijo. Y, por tanto, cuanto más el alma se deje guiar por el Espíritu, que es el que le da la verdad, que es la único que llena el corazón con la Sabiduría divina, con la Gracia de Dios, con la Fuerza del Amor de Dios, más el alma se espiritualiza, se hace gloriosa, se hace una con la Trinidad

Por tanto, en la Iglesia no hemos sido llamados a amarnos como Jesús nos amó. Esta es un frase bonita y vacía porque se dice fuera de su contexto. En la Iglesia, Dios da la vocación al alma para una obra divina, santa, sagrada, que Él quiere de ese alma. Y, en esa obra, estará el amor al prójimo, el amor que Cristo da al hombre por tener su Mismo Espíritu.

Y decir: «Es el amor el signo concreto que manifiesta la fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo». Es decir una payasada. Creer en la Santísima Trinidad no es creer en Dios Amor. Quien cree en la santísima Trinidad no manifiesta un amor, sino una obra de fe. Dios es Amor, pero la criatura no es amor. Por más que ame el hombre, si no tiene fe en Cristo, no está manifestando la fe en la santísima Trinidad.

Primero hay que creer en la Palabra, en el Evangelio; hay que hacer las obras de esa fe; hay que dejarse guiar por el Espíritu para poder comprender las obras de Dios. Y eso es lo que manifiesta, en el alma, la fe en la santísima Trinidad. Pero el hombre que ama no revela nada en ese amor, si ese amor no se apoya en la fe, en la Revelación de Dios en Jesucristo.

Francisco habla así por lo que sigue: «Es el amor el distintivo del cristiano, como nos dijo Jesús: “Por esto sabrán que sois mis discípulos: si tenéis amor los unos por los otros” (Jn 13, 35). Es una contradicción pensar en cristianos que se odian ¡es una contradicción! Esto es lo que busca siempre el diablo, que nos odiemos, porque él pretende siempre sembrar la cizaña del odio. Él no conoce el amor. El amor es de Dios». Habla de lo que le conviene: Dios es amor.

Y Dios es Amor, pero Dios es el que enseña Su Amor al hombre. Esto es lo que no dice Francisco. Y lo enseña con Su Espíritu. El Espíritu del Padre y del Hijo lleva al alma a realizar las obras del Amor Divino. Y, por tanto, el distintivo del cristiano: no es el amor, sino la fe en Cristo. Si se tiene fe en Cristo, se tiene amor de Cristo. Si no hay fe, no hay amor. ¡Cuántos son los cristianos de boca que dicen que aman pero que no creen en nada!

Porque se tiene fe en Cristo, el alma recibe el Espíritu de Cristo que la hace ser discípula de la Palabra. Y cuanto más aprende el alma de la Palabra, entonces más ama como Cristo amó a los hombres. Cristo los amó en la Cruz. Cristo nunca amó a los hombres con un beso ni con un abrazo. Un cristiano que no se crucifica con Cristo no ama a los hombres.

Pero Francisco va a lo que le conviene: no nos odiemos, sino que amémonos. Predica su amor de sentimiento humano, de compasión humana. Y nunca Cristo amó a los hombres humanamente, sino divinamente. Y el discípulo de Cristo tiene que aprender a amar a los hombres de manera divina, no de forma humana. Los tiene que amar con una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillaciones, de desprendimiento de todo lo humano y material.

«Todos estamos llamados a testificar y a anunciar el mensaje de que “Dios es amor”, que Dios no está lejos o es insensible a nuestros asuntos humanos. Él está cerca, está siempre a nuestro lado, camina con nosotros para compartir nuestras alegrías y nuestros dolores, nuestras esperanzas y nuestras fatigas». Esta es la vida al revés. Ésta es la estupidez de ese hombre. Éste es su pecado: el humanismo. Ésta es su obsesión: el dinero.

La fe la pone Francisco en decir: Dios es Amor. En una frase que gusta a todo el mundo. Una frase con tres palabras. No hay que anunciar que Dios es Amor, sino el Evangelio de Jesucristo, el Evangelio del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Así hablan los protestantes, los pentecostales, los que no creen en la Palabra del Hijo, sino que creen en su palabra humana.

Anuncien la palabra humana: Dios es Amor y todo va de perlas. Porque Dios «no está lejos o es insensible a nuestros asuntos humanos». Pero, ¿no dice el Padre, por el profeta Isaías: «Porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos vuestros caminos» (55, 8)?. Luego, Dios no está pendiente de ningún asunto humano, de ninguna vida humana. Dios es sensible para con el alma que deja su vida de pecado. Pero Dios no mueve un dedo por el hombre que vive en su pecado. A Dios no le interesa los problemas de los hombres, sino sus almas, lo que hay en sus almas: el pecado o la Gracia. A Francisco le trae sin cuidado la vida espiritual de los hombres, sino sólo su vida humana, mundana, carnal, material, social, económica, que es para lo que vive en la Iglesia.

Dios no comparte la vida de los hombres: ni sus alegrías ni sus penas. La Trinidad no es un facebook social, en la que los hombres presentan a Dios sus vidas sociales para que Dios les dé un abrazo. Dios no camina con el hombre para compartir las cosas del hombre. Esto es hablar sin fe en la Trinidad, sin fe en la Palabra de Dios, sin fe en la Iglesia.

Dios da Su Gracia al hombre para que el hombre viva de forma divina en su vida humana. Dios odia la vida social de los hombres: los hombres están metidos en sus cosas humanas, hablando de los suyo, pero nadie hace caso a la Gracia. Nadie vive de la Gracia. Nadie sabe usar la Gracia en su vida social. Y, entonces, ¿para qué queréis tanta vida social sin el valor de la Gracia? Dios no se fatiga mirando a los hombres. Es el hombre el que tiene que dejar sus fatigas humanas, su vida humana, sus obras humanas, para poder llegar a lo que Dios quiere de su vida. Dios espera a que el hombre deje de ser hombre, de pensar como hombre, de obrar como hombre, de vivir como hombre, para que comience a pensar como el Padre, a obrar como el Espíritu y a vivir como el Hijo. Si el alma no imita a Cristo, Dios no hace nada por el hombre, sino que lo deja en su estúpida vida, con los brazos cruzados esperando a ver si el hombre se convierte de sus pecados y comienza a mirar a Dios.

«Nos ama hasta tal punto que se hizo carne, que se ha hecho hombre, vino al mundo no para juzgarlo sino para que el mundo se salve por medio de Jesús (cfr. Jn 3, 16-17). Este es el amor de Dios en Jesús. Este amor que es tan difícil de entender, pero que nosotros los sentimos cuando nos acercamos a Jesús y él nos perdona siempre, nos espera siempre, nos ama tanto. Este amor de Jesús que nosotros sentimos es el Amor de Dios». ¡Qué estúpidas palabras! ¡Cuánto sentimentalismo barato! ¡Cuánta necedad! ¡Cuánta locura hay en esa mente!

El Verbo se Encarnó no porque ama al hombre, sino porque lo quiere salvar de su pecado, de su infierno. Este es el sello de su protestantismo: sólo poner de relieve la misericordia, el perdón; pero nunca la justicia, el infierno, el sufrimiento, la penitencia por el pecado. Y, entonces, lleva a las almas hacia una vida fácil: Dios nos ama tanto, Dios lo perdona todo, Dios siempre espera al hombre, Dios es muy bueno con todo el mundo. Así hablan los protestantes: no hay pecado. Y si lo hay, ya Dios lo perdonó. Pero la vida no se hace mirando el pecado, sino a Dios que es amor. Y, entonces, tiene que resolver su discurso con una herejía:

«El Espíritu Santo, don de Jesús Resucitado, nos comunica la vida divina y así nos hace entrar en el dinamismo de la Trinidad, que es un dinamismo de amor, de comunión, de servicio recíproco, de compartir. Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Trinidad. Una familia que se ama y se ayuda, los unos a los otros, es reflejo de la Trinidad. Una parroquia en la que se quieren mucho y se comparten los bienes espirituales y materiales es un reflejo de la Trinidad».

1. El Espíritu Santo es el don del Padre y del Hijo, no es el don de Jesús Resucitado: «Y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16). Y «Como me envío Mi Padre, así s envío yo. Diciendo esto, sopló y les dijo: Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20, 21-22). Es claro que el Espíritu lo da el Padre y el Hijo.

2. El Espíritu Santo no nos comunica la Vida Divina. Es la Gracia la que comunica la Vida de Dios. El Espíritu Santo hace al alma hija de Dios. Y sin esa filiación divina, el alma no puede recibir la Gracia, la Vida Divina. Por eso, primero es el Bautismo, donde la persona se hace hija de Dios por el Espíritu. Y el Espíritu le trae la Gracia al alma, con la cual ésta puede empezar a obrar esa filiación divina.

3. La Trinidad no tiene ningún dinamismo. No es una actividad como la piensa el hombre. La Trinidad es Dios. Y punto y final. La Gracia Divina señala al alma el camino para hacer las obras de la santísima Trinidad en la vida humana. Y es un camino de Cruz, porque el alma tiene que asemejarse al Crucificado, al Verbo Encarnado; y es una Verdad que el alma tiene que vivir de la mano del Espíritu; y es una Vida que el alma tiene que desarrollar con la Voluntad del Padre.

4. Esta obra de la Trinidad en el alma no le lleva al hombre a compartir su vida con los demás, sino a dar a cada hombre lo que quiere Dios. Dios, cuando ama al hombre lo hace desaparecer de todo lo humano, de toda vida social. Lo lleva al desierto para que aprenda lo que Dios quiere de su vida.

No se ama a Dios para compartir con los hombres. Esta es la herejía que se vive en todas partes. El hombre, si no es social, si no mira la vida de los hombres, entonces no ama. Los santos se apartaron de toda vida social para amar a los hombres, para amar al mundo. Jesús se apartaba de las masas y se escondía en el silencio y en la soledad de todo lo humano para estar con Su Padre Dios. Jesús no compartía con nadie su vida con Su Padre. Porque no hay que dar los tesoros divinos a los cerdos. Lo divino es para una obra divina que los hombres nunca saben comprenderla. Se vive una vida humana para una obra divina, no para una obra social. Hoy se da el culto al hombre: todos mirando lo que no importa nada, lo que es un cero a la izquierda para Dios: la vida de los hombres. Todos dándose importancia en sus vidas humanas. Y ningún hombre vale algo para Dios. Somos todos unos demonios encarnados.

5. Dios sólo se refleja a Si Mismo. El hombre, en su vida humana no refleja a Dios. Sólo los santos que están en el Cielo reflejan a Dios. Los que estamos aquí en la tierra, reflejamos muchas veces al demonio en todo lo que hacemos. Por eso, labia fina y mordaz decir que una persona que ama, una familia que ama, una parroquia que se ama mucho refleja a Dios. Sólo son estúpidas y bellas palabras para ocultar la Verdad: os digo esto porque os odio. Y estoy aquí, sentado en esta Silla, para destruir la Iglesia.

Francisco: un hombre que no quiere salvarse

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

«¿Y quien es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el Anticristo, que niega a la vez al Padre y al Hijo». (1 Jn 2, 23).

Francisco es el mentiroso, porque niega que Jesús sea el Mesías prometido por la Santísima Trinidad:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». ( Entrevista a Francisco del fundador del periódico “la repubblica”).

Sólo por decir esta frase, lo que hace Francisco en la Iglesia Católica es NULO.

Nula su elección a la Silla de Pedro; nulas sus predicaciones, sus enseñanzas desde esa Silla; nulas sus obras en la Iglesia, porque todo aquel que niega al Padre y al Hijo es el anticristo.

Si Francisco no cree en un Dios católico, es más dice que no existe un Dios católico, entonces no cree en el Padre, que engendra a Su Hijo, y no cree en el Hijo, que es engendrado por Su Padre. Y, por tanto, no cree que el Hijo se encarnó para ser el Redentor de los hombres. Francisco cree en un dios al que llama Padre, y en un Jesús, al que llama la encarnación de ese dios. Y dice que la Iglesia Católica se ha inventado eso de un Dios católico. Y, ahora, hay que pensar como piensa Francisco a Dios. Ahora, la moda es no creer en un Dios católico. Ahora, esa es la cultura como hay que interpretar el Evangelio: según el concepto de dios que tiene Francisco en su cabeza. Según la fábula de ese hombre, así tiene que ser el culto a Dios en la Iglesia Católica.

Sólo por esto, no hay obediencia a Francisco. ¡Sólo por esto! No se puede obedecer a uno que ni cree en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. No se puede obedecer a un hombre que niega la enseñanza de la Iglesia sobre Dios.

«Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados,ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios (…)» (símbolo Quicumque vult).

Francisco no quiere salvarse, porque no profesa la fe católica, sino su fe humana, su fe masónica, su fe comunista, su fe idólatra.

Un hombre que cree en dios, pero no en el Dios católico, en el Dios que enseña la fe católica, lo está negando TODO en la Iglesia.

Un hombre que no profesa la fe católica, ni se salva ni puede salvar a los demás.

No se puede obedecer a un hombre que da culto a su mente humana. Y, en ese mente humana, ha construido un dios para él mismo.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿para qué os sirve tanta teología si tenéis una venda en los ojos para no ver la Verdad?

Francisco, al decir que no cree en un Dios católico, ¿está actuando con la autoridad de Cristo en la Iglesia? ¿Le ha dado Cristo poder a Francisco para decir: Yo creo en Dios, no en un Dios católico? ¿Le ha dado Cristo a Francisco autoridad en Su Iglesia para enseñar lo que hay en su mente: no existe un Dios católico, existe Dios?

La respuesta es clara: Francisco no tiene ese poder de Cristo.

Entonces, viene la pregunta: ¿qué poder tiene Francisco para decir eso? ¿Si Cristo no se lo ha dado, quién se lo ha dado?

Respuesta: los hombres que han colocado a ese hombre en la Silla de Pedro, para que todo el mundo lo llame Papa, sin serlo. No ha sido Dios el que ha elegido a Francisco para Papa.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿por qué obedecéis a uno que no es Papa? ¿Por qué la obediencia a un hombre que no habla en nombre de Cristo ni con la autoridad de Cristo? ¿Por qué obedecéis a un hombre que no habla las mismas palabras de Cristo, sino que se inventa el Evangelio según está en su cabeza?

Respuesta:

«(…) pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la Verdad para volverlos a las fábulas» (2 Timoteo 4:3,4).

No queréis escuchar la verdad de siempre, sino que os inquietáis en el asiento y saltáis como gacelas cuando os presentan los dogmas, las tradiciones, las enseñanzas de siempre. Huis de la Verdad para lanzaros a vuestra mentira, que nace de vuestras mentes, y que queréis enseñarla poniendo a Cristo por testigo de vuestras soberbias. Por eso, obedecéis las fábulas de ese hombre en la Iglesia.

Mas os valiera salir de la Iglesia para enseñar vuestras herejías, que quedaros dentro de Ella, oprimiendo a los humildes de corazón, porque quieren seguir la única Verdad, que es Cristo. Al Cristo, que es «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

¿Quién se han creído los teólogos que es Francisco? ¿Qué hace tanta Jerarquía, que sólo están en la Iglesia tocándose el ombligo, y diciendo que, por pertenecer a la Iglesia Católica, obedecen a Francisco porque se sienta en la Silla de Pedro?

¿Se puede caer en mayor absurdo? Sí. Todavía la soberbia del hombre puede realizar mayor pecado de soberbia.

Si seguís a uno que no cree en el Dios católico, tampoco vosotros creéis en el Dios católico. Seguís la fábula de un hombre sobre Dios; ya no seguís el Evangelio que enseña que Dios es católico. Dios es como lo enseña la Tradición, el Magisterio auténtico de la Iglesia, la Palabra de Dios. Dios no es como lo enseña Francisco. Francisco no conoce a Dios, ¿cómo va a guiar a la Iglesia hacia la Voluntad de Dios? Francisco no ama a Dios, ¿cómo va a amar a los hombres si no sabe darles la Voluntad de Dios?

Por eso, ahora, os acomodáis para seguír una fábula y declaráis obediencia a uno que cuenta cuentos en la Iglesia. ¡Esto sí que es absurdo! Y arremetéis contra aquellos que no obedecen a Francisco. ¡Más absurdo todavía!

La verdad es mentira, y la mentira es la verdad. Es lo que mucha Jerarquía está predicando en la Iglesia, está enseñando en la Iglesia.

Francisco no soporta la sana doctrina:

«No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

Son sus mismas palabras: es imposible ver el aborto como siempre, ver el matrimonio homosexual como siempre, ver el uso de los anticonceptivos como siempre.

¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿Todavía queréis pensar el aborto como un crimen social, pero no como una ofensa a Dios que exige la excomunión? ¿Todavía pensáis que no hay que juzgar al homosexual, porque es libre de vivir como le da la gana, según el invento de su mente humana, y no juzgarlo como lo juzga Dios: abominación? ¿Todavía os gusta pensar que la crisis de los matrimonios no es debido al uso de los anticonceptivos, sino a la opresión que la Iglesia hace a las pobres familias que tienen muchos hijos y que ya no aguantan más, y hay que procurarles el placer del pecado sin el remordimiento de la conciencia?

No podemos seguir insistiendo en el pecado como ofensa a Dios y, por tanto, ahora hay que meter la fábula del pecado como un mal que cada hombre se inventa en su bella cabeza humana, y que debe ser quitado atendiendo sólo a la mente del hombre. Veamos en la Iglesia otros caminos para dar un gusto a la gente en su vida humana. Salvemos a los hombres enseñándoles a pecar.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

«Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no solo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

¿Se puede obedecer a un hombre que no cree que en la Iglesia Católica está toda la Verdad? No; no se puede. Las demás iglesias son del demonio. Y si quieren salvarse, tienen que dejar sus pecados, porque la única Verdad que salva sólo la pueden encontrar en la Iglesia Católica.

Un hombre que enseña que en los judíos, en los musulmanes, en los ortodoxos, en los budistas, el Espíritu siembra la Verdad, eso no sólo es una herejía, no sólo es un cisma, sino una provocación a toda la Iglesia Católica.

Aquí estoy yo, como Papa, como Obispo de Roma, como el que se sienta en la Silla de Pedro, para que comprendáis que la Verdad también la poseen las demás iglesias. Hay que enseñar que Dios perdona todo pecado, porque ya no existe el pecado. Hay que enseñar a ser tiernos con la gente, a darles cariñitos, a ser amables con todo el mundo, porque todo el mundo es buenísimo.

Y, ante esto de Francisco, sólo queda una cosa:

«(…) no os mezcléis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal ni comer» (1 Cor 5, 11).

No estamos en la Iglesia para obedecer a un idólatra, como es Francisco. No hay unión con él, no hay obediencia a él, no hay ni siquiera respeto porque se siente en la Silla de Pedro, porque es un ladrón de esa Silla.

En la Iglesia, no estamos para ver qué cosa hace Francisco: ni comer con él. Ni alimentarnos de su palabra. Vomitar su palabra. Anular su palabra. Condenar su palabra. Escupirle a su rostro su misma palabra.

En la Iglesia Católica estamos para negar a Francisco, para tumbarle sus enseñanzas del demonio, para poner un camino de salvación a todo aquel que busca la Verdad y sólo la Verdad en la Iglesia Católica.

Porque «el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30). Francisco no está con Cristo, sino contra Él y, por tanto, sus obras son para la condenación de muchas almas dentro de la Iglesia y fuera de Ella. Está desparramando la Gracia de Cristo, la está inutilizando, la está anulando. Y eso es muy grave dentro de la Iglesia Católica para estar pidiendo obediencia a Francisco.

Es hora de no obedecer a Francisco ni a ningún Obispo que apoye a Francisco.

En la Iglesia Católica hay que tener las cosas claras:

La Iglesia está donde está el Papa. La Iglesia es si hay un Papa.

Por tanto, la Iglesia no está en Francisco, porque no es Papa, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de Cristo. No es nada en la Iglesia Católica, porque no sigue la fe católica. Sigue su fe y se condenará por seguir esa fe. Y el Católico, si quiere salvarse, tiene que seguir al verdadero Papa: Benedicto XVI. Hasta que muera, en él está la Iglesia.

Y al verdadero Católico le trae sin cuidado que ese Papa haya renunciado, porque para Dios no hay tal renuncia. Y, aunque Benedicto XVI, no haga nada por la Iglesia y se dedique a otras cosas, sigue siendo el Papa; sigue estando en él todo el Papado. Porque se es Papa hasta la muerte. ¡Y ay de aquel que toque a Su Ungido!

Que un idólatra, como Francisco, no engañe a las almas en la Iglesia. Que se vaya a su ciudad, a su pueblo, a seguir su iglesia como le dé la gana. Que renuncie al cargo que otros le han encomendado hacer si quiere salvar su vida.

Pero, mientras siga en ese cargo, con Francisco ni comer, ni un saludo, ni sentarse a mirar qué cosa hace con todos los demás. A Francisco hay que humillarlo hasta que se le asomen las vergüenzas en su cara.

Francisco es un gran castigo para toda la Iglesia. Es una maldición. Y más le valiera morirse antes de que el Señor venga sobre su vida:

«(…) y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen, mejor le sería que le echasen al cuello una muela asnal y le arrojasen al mar» (Mc 9, 42).

Cuando no se busca la verdad de la vida, el sentido de la vida, es mejor morir, porque se vive para condenarse. Y es preferible morir antes de cometer el pecado contra el Espíritu Santo, del cual no hay perdón. Un hombre que decide acabar su vida porque ha vivido de espaldas a la fe católica, un hombre que entiende eso, entonces tiene posibilidad de convertirse, antes de morir. Pero un hombre que no ha comprendido su pecado y que quiere seguir viviendo para continuar pecando, entonces llega a la perfección de su pecado, donde ya no hay salvación.

Por eso, Francisco: vete de la Iglesia, renuncia al gobierno en la Silla de Pedro, para poder salvarte. Si te empeñas en seguir, tu condenación es clara y segura.

Judas se condenó porque lo dice Jesús

Virgen María Reina-

“Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. (…) El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia” (Sermones de la Casa Pontificia – Cuaresma – 18 de abril 2014).

El P. Cantalamessa no comprende el pecado de Judas. La traición de Judas es su pecado contra el Espíritu Santo, del cual ya no hay perdón.

Judas sintió que había hecho mal, pero no se arrepintió de ello. No podía, por su pecado. Su pecado va contra la Misma Misericordia y no puede hallar nunca confianza en Dios cuando ha pecado.

El mayor pecado de Judas fue su traición a Jesús. En esa traición está la duda contra la Misericordia Divina.

Este es el punto. Sólo de ese pecado, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo se puede salir de forma extraordinaria, que sólo Dios conoce. Sólo Dios puede dar la Gracia del arrepentimiento. Y Dios no se la dio a Judas. Su forma de morir es clara: no es una muerte arrepentida. No es una muerte penitente. No es una muerte en la que el alma confíe en el perdón de Dios.

“Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada” (Ibidem): grave error en el predicador, que no sabe discernir por las obras exteriores la voluntad del hombre. Quien se suicida es clara que está pecando. La obra exterior del que se suicida es una obra de pecado. Luego, el alma del que se suicida está en las manos de Satanás. Dios puede arrebatarle ese alma a Satanás. La pregunta es si Dios lo hizo. Y la respuesta la da el mismo Dios:

«Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12). La Palabra de Dios nunca miente y hay que interpretarla en Dios, no en el hombre. El P. Cantalamessa la interpreta con su razón humana: “pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno” (Ibidem).

Dios nunca habla en perspectiva del tiempo ni de la eternidad. Dios habla Su Mente. Y en la Mente Divina hay tres ciencias: lo que nunca se va a dar; lo que puede darse, pero no se da (porque existe una condición); lo que se va a dar de forma absoluta.

Jesús, cuando da Su Palabra, no pone una condición, sino que la dice de forma absoluta: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición». Se ha perdido el hijo de la perdición. No dice: si se arrepiente, si cambia, si obra esto u lo otro, entonces se va a perder. Jesús no pone una condición cuando habla. Luego, Jesús está dando el conocimiento absoluto de la condenación de Judas. Judas se condenó porque lo dice Jesús.

El P. Cantalamessa hace lo imposible para negar este hecho, esta Verdad: “El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno”. Esto es otro grave error doctrinal en el predicador.

La Iglesia tiene toda la Verdad, porque la Iglesia es guiada por el Espíritu de la Verdad, que lleva a todas las almas, que pertenecen a la Iglesia, hacia la plenitud de la Verdad. La Iglesia, al igual que sabe quién es santo, también sabe quién se condena. Quien niegue este conocimiento, niega la Verdad, niega la Iglesia.

En la Iglesia nos regimos por la Palabra de la Verdad, no por las palabras de los hombres, no por las filosofías de los hombres, no por sus teologías, ni por sus opiniones humanas. La Iglesia sabe quién está en el Infierno, porque el Infierno no está vacío. La Iglesia enseña a no pecar y, por tanto, enseña a apartarse de aquellos pecados que conducen al infierno. La Iglesia conoce cuándo un alma está en pecado. Y la Iglesia enseña que si ese alma, muere en ese pecado, se va al infierno. Esto es una verdad que no se puede negar.

En el último segundo de la vida de un alma, Dios puede obrar y sacar el arrepentimiento al alma para que se salve. En ese misterio nadie se puede meter. Pero cuando las cosas son claras con un alma, como en la vida de Judas, hay que ser sencillos cuando se explica esa vida a la Iglesia. Es lo que no hace el P. Cantalamessa. Da una mentira para decir que Judas se arrepintió.

¡Cuánto cuesta a los sacerdotes predicar las cosas como son! ¡Cómo les gusta poner de su cosecha para meter más confusión en la Iglesia! Y terminan negando una Verdad: la traición de Judas, que es lo que marca la Pasión. Sin traición, no hay Pasión. Esto es lo que el P. Cantalamessa no sabe explicar, porque niega lo fundamental:

“¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible” (Ibidem).

El P. Cantalamessa no ha comprendido el misterio de iniquidad en los hombres. Y, entonces, se dedica -en su homilía- a hablar sobre el dinero. Y no ve que el dinero es el invento de Satanás. No lo capta. Y no lo puede captar.

Todos los ídolos que tiene el hombre: el dinero, el sexo, la razón, el poder, etc…, son el fruto de la obra del demonio en la mente de los hombres.

El demonio trabaja en la mente de cada hombre, y le lleva a su ídolo. El ídolo de Judas: el dinero. ¿Quien maneja a Judas?: Satanás. El enemigo de Dios en Judas: Satanás.

El alma es amiga de Dios porque sigue al Espíritu Divino; el alma es enemiga de Dios porque sigue al espíritu del demonio. Esta es la única Verdad. El alma hace una obra de pecado o hace una obra divina porque sigue a un espíritu. Nunca el alma obra sola. Nunca. Siempre hay un ángel o un demonio a su lado para salvarla o perderla.

Satanás es el Enemigo de Dios. Y eso es claro por la Sagrada Escritura. ¿Quién se rebeló en los Cielos? Lucifer. ¿Quién tentó al hombre en el Paraíso? Satanás. ¿Qué es lo que sale de la boca del Falso Profeta? El espíritu del demonio.

No hay mayor ciego que el que no quiere ver. No hay mayores ciegos que esta Jerarquía que se empeña en negar el pecado, en negar el infierno, en negar la Justicia de Dios, y que todo está en transmitir una doctrina totalmente contraria a la verdad, donde Dios perdona todo pecado, donde todo el mundo se salva, donde el infierno está vacío.

Hoy no se enseña la Verdad en la Iglesia. Esta predicación de este Padre es el ejemplo de esto. No se llaman a las cosas por su nombre. No se dice sí, sí; y no, no. Es todo una confusión, una amalgama de cosas, un no querer transmitir la Verdad de la Palabra de Dios, sino dar las palabras humanas a los hombres para tenerlos cegados, ensimismados en sus pecados. Y así nadie lucha por quitar el pecado, sino que todos tienen la idea de que están salvados.

Y, claro, se dedican a hacer predicaciones en lo que se habla de la justicia social, de los derechos de los hombres, de las crisis económicas, de que el dinero es muy malo; y se termina haciendo política para negar la Palabra de Dios. Es lo que hace este predicador. Su visión del problema del hombre:

“¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso -cosa que resulta horrible decir- a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?” (Ibidem).

¿Qué hay detrás? Satanás está detrás. Entonces, ¿qué hay que predicar? Predica cómo combatir al demonio. Predica cómo combatir el pecado de usura. Predica cómo combatir el pecado de avaricia. Predica qué penitencia hay que hacer para no caer más en el pecado de avaricia y de usura. Predica qué significa la ley de Dios y cómo seguirla en los negocios, en las empresas económicas. Predica eso y enseña la Verdad, pero no hagas política. No te quejes, como un político, de que existen malos administradores, de que hay hombres que dañan a otros porque emplean las drogas, el sexo, etc. No hagas una compaña política. No subleves a la gente con mitines políticos.

Los sacerdotes no cuidan las almas en la Iglesia. No les enseñan la Verdad, sino que les hablan de los que ellas quieren escuchar. Y, por eso, todos contentísimos con Francisco. Francisco es del pueblo, es de la masa vulgar, ignorante de la verdad, plebeya, que sólo quiere oír sobre justicias sociales y derechos humanos, pero que no quieren escuchar la Verdad.

El P. Cantalamessa no predica la Verdad. Entonces, ¿para qué se pone a predicar? ¿Qué objeto tiene esa predicación en la Iglesia? ¿Por qué enseña la mentira? Es un sacerdote ciego, guía de ciegos.

La traición de Judas es la cima del pecado. Y esa cima sólo se puede obrar siguiendo a Satanás en su interior. Porque para matar al Hijo de Dios, hecho carne, es necesario un plan del demonio, una mente demoníaca; no es suficiente una mente humana. La avaricia del dinero no mata al Hijo de Dios. Lo que hay detrás de esa avaricia; la intención de conseguir un dinero para hacer una obra del demonio, ése es el pecado de Judas. El demonio enseñó a Judas cómo obrar ese pecado. Y, por eso, haciéndolo, automáticamente se condenó. Judas comete el mismo pecado de Lucifer, del cual no hay perdón, no hay misericordia, no es posible confiar en la Misericordia, porque el alma se pone en la Justicia Divina. Y sólo en esa Justicia, donde ya no hay Misericordia. Es un pecado perfecto. Y, por eso, se llama pecado contra el Espíritu Santo. Se impide al Espíritu de la verdad guiar al alma hacia la verdad del arrepentimiento. Se cierran todos los caminos para ese alma. Y, por eso, es el trabajo del demonio en la mente del hombre. Si el demonio no trabaja para llevar al hombre a la perfección de ese pecado, entonces el hombre no comete el pecado contra el Espíritu y puede salvarse.

Francisco: asesino de almas en la Iglesia

Primer anticristo

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser”.

¡No hay mayor ciego que el que no quiere ver!

¿Qué hacen los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, los fieles, obedeciendo a un hombre que no cree en el Dios católico?

¿A qué se dedican en la Iglesia Católica? ¿Cuál es su negocio? ¿Para qué están en la Iglesia Católica?

Para Francisco no existe un Dios católico, entonces ¿qué hace gobernando la Iglesia Católica? ¿A qué se dedica en ese gobierno? ¿Qué valor tienen las palabras y las obras de un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad?

Resulta absurdo que muchos Pastores, que tienen cursos de filosofía y teología, no saben discernir lo que es Francisco.

¿Para qué tanta filosofía? ¿De qué les sirve su brillante teología?

Hay almas, sin tanta filosofía ni tanta teología, que saben ver la maldad de ese hombre con sólo mirarlo a los ojos, con sólo escuchar sus palabras, con sólo fijarse en una de sus obras en la Iglesia.

Un Papa verdadero nunca se equivoca, es infalible en materia de fe y costumbres. Esto es lo que enseña el Magisterio de la Iglesia, en su Constitución dogmática, «Pastor Eternus».

Y Francisco está hablando de una materia de fe, la más importante, que es la existencia de Dios. Y si Francisco fuera verdadero Papa, entonces tendría que decir: Yo creo en el Dios católico.

Pero Francisco dice lo contrario. Y la Santísima Trinidad, el Dios católico, el único Dios que Es, que Existe, es el primer dogma que el alma debe aceptar, creer, si quiere estar en la Iglesia, si quiere salvarse, si quiere santificarse.

La doctrina de la santísima Trinidad es irreformable, porque es una Verdad Absoluta.

Y, cuando un hombre no cree en la santísima Trinidad no tiene fe divina, no tiene la fe católica.

Y, si un sacerdote o un Obispo, niega la Santísima Trinidad, entonces queda excomulgado de la Iglesia.

Francisco dice que no cree en un Dios católico. Está diciendo que no cree en la Santísima Trinidad. Está diciendo que no tiene fe en la Santísima Trinidad. No posee la fe divina. No posee la fe católica. Francisco está excomulgado.

Francisco no usa un lenguaje de símbolos, un lenguaje abstracto, no está hablando en parábolas; sino que está siendo muy claro. Sencillamente, confiesa, da testimonio, y lo hace de forma pública, ante todos, ante el mundo, ante la Iglesia, que no tiene Fe: “Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios”.

Y, entonces, ¿por qué obedecéis a un hombre que no obedece a Dios?

¿Por qué os sometéis a un hombre que no se somete ni al Padre, ni al Hijo ni al Espíritu Santo?

¿Por qué vivís con la ilusión de que un hombre pueda dar solución a los problemas de la Iglesia cuando él no ve cuál es su problema: su falta de fe en Dios?

Francisco cree en su concepto de Dios, pero no cree en el Dios católico. Francisco cree en su dios, el que encontró en su mente humana.

¿Qué soluciones divinas puede dar un hombre que no cree en Dios, en el Dios verdadero, en el Dios único, en el Dios Absoluto?

¿Qué camino divino pone en la Iglesia un hombre que no camina hacia Dios en su pensamiento humano, que no sabe hace de su pensamiento humano la escuela de la Verdad?

¿Qué verdad puede dar a la Iglesia un hombre que sólo mira su mente humana?

¡Qué ciegos están todos en la Iglesia!

Y comenzando por Francisco, que es el mayor ciego, y acabando por los fieles, que sólo viven para dar un beso a Francisco, para decir, por sus bocas, lo bueno que es Francisco, para engañar a los demás con sus vanas palabras, y hacer de la Iglesia el reino de la mentira.

¿Qué os creéis que es la Iglesia? ¿Un conjunto de opiniones humanas? ¿Un reunirse para dialogar en la verdad y así transformar el mundo?

Pero, ¿qué os creéis que es la Verdad? ¿Ser tolerante con los pensamientos de los otros? ¿Admitirles sus errores, sus mentiras, sus pecados?

Francisco cree en un dios que está por encima del Dios católico, de la Santísima Trinidad. Un dios que todo lo incluye y todo lo abarca.

Pero es un dios simbólico, no un Dios teológico.

El Dios teológico es el Dios que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo y que da una ley divina a los hombres. Es el Dios de la Iglesia Católica.

Pero el dios de Francisco es un padre que es la luz. Pero, ¿de qué luz está hablando Francisco? Es un padre que es Creador. Pero, ¿qué es lo que crea ese dios? Porque si no cree en el Dios que crea todo de la nada, entonces, ¿qué cosa crea ese dios? ¿Crea las cosas de la nada o es simplemente un constructor del universo? ¿Es un dios que coge una materia ya formada, ya creada, y empieza a transformarla hasta crear algo nuevo?

Y esa luz, que es Dios, ¿qué es lo que tiene? ¿De dónde viene? Esa luz, ¿ilumina o es oscuridad? Esa luz, ¿es algo divino, humano, preternatural, material?

Francisco ha dicho su idea de Dios, pero no ha enseñado la Verdad en la Iglesia Católica. Y, entonces, ustedes sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, ¿pueden obedecer a un Obispo que no enseña la Verdad, dentro de la Iglesia Católica?

Yo como sacerdote, me niego a obedecer a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad. Y no sólo me niego, sino que lo ataco porque está excomulgado por su mismo pecado. Un pecado que condena su misma alma, porque quien no cree en la Santísima Trinidad no puede salvarse.

Francisco no quiere salvarse. ¿Por qué siguen a uno que quiere condenarse? ¿Por qué aprenden de uno que quiere condenarse? ¿Por qué le hacen el juego a un hombre que vive para condenarse?

¿Todavía les cuesta discernir lo que es Francisco? Después de un año, en que Francisco ha sido claro en todas sus declaraciones, en todas sus homilías, en todas sus obras, ¿le siguen besando el trasero?

La fe de Francisco es una fe masónica. ¿Todavía lo no ven? ¿No lo captan?

Francisco se ha abierto a todo el conjunto de lo religioso, a todas las iglesias, a todas las confesiones. ¿Todavía no captan? Francisco está con los judíos, con los protestantes, con los musulmanes, con los ateos, con los cismáticos, con los católicos, con los no-católicos,… Y ¿todavía no captan?

Francisco cree en Dios. ¿En cuál dios? En un dios que es algo neutro, indefinido y abierto a toda comprensión. No es un Dios personal, como la santísima Trinidad. Un Dios que es Tres Personas. En ese Dios, Francisco no cree.

Francisco no cree en un conocimiento objetivo de Dios. Francisco cree en un concepto simbólico de Dios, en que cada hombre puede introducir, meter su representación de dios, como lo concibe en su mente humana, según el grado de su perfección intelectual.

Y, entonces, Francisco predica la revolución de la ternura, es decir, la revolución de la herejía: convivamos todos los seres humanos de todas las creencias, porque en cada mente humana hay un símbolo de lo que dios. Y cada mente humana debe trabajar por pulir ese concepto que tiene de dios. Un concepto válido, porque es necesario creer en algo para dar a la vida un sentido.

Entonces, hagamos un evangelio de la fraternidad, donde todos sean tolerantes con el pensamiento del otro, porque nadie puede llegar a definir lo que realmente, específicamente, es Dios. Dios es algo real, pero en la práctica de los hombres, dios es muchas cosas. Hagamos una iglesia que crea en dios, como un ser real, pero no especifiquemos, no pongamos dogmas, leyes divinas, leyes morales, porque eso es lo que divide a los hombres.

¿Todavía no captan la fe masónica de Francisco?

¡Hay que estar ciegos, realmente ciegos, para no saber discernir de las declaraciones de Francisco su claro pensamiento: él no cree ni en Cristo ni en la Iglesia Católica! Él se ha inventado su falso Cristo y su falsa Iglesia.

Su falso Cristo: “Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor”.

Sacerdotes, Obispos, Cardenales: ¿es Jesús la encarnación de Dios?

Cojan la teología. Repasen la teología. Jesús es el Verbo Encarnado. Jesús no es Dios Encarnado.

«Jesucristo, su encarnación». Encarnación, ¿de qué? ¿de quién?

El Padre envía a Su Hijo al mundo para que nazca en el seno de una Mujer: eso se llama la Encarnación del Verbo. El Verbo que une dos naturalezas: la humana y la divina. En Jesús hay una unión hipostática: la naturaleza humana está unida a la Persona Divina del Verbo. Jesús no tiene persona humana. El Verbo asume una humanidad, sin persona humana.

Esto es lo que enseña la teología.

Y Francisco, ¿qué enseña? Que Jesús es la Encarnación de dios. Por supuesto, de su dios, de su concepto de dios, que es algo abstracto, algo mental, una conquista del pensamiento humano; pero no es una persona, no es un ser específico, no es algo concreto, no es algo vital, no es divino. Para Francisco, Jesús es un hombre, una persona humana.

«Pero, ¿Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria.» (Francisco, 28 de octubre 2013).

¿Todavía no captan la grave herejía de Francisco? Pone a Cristo en la gloria sin Persona Divina; con una persona humana. Jesús es un hombre glorioso, pero no es el Verbo.

Cojan sus teologías y vean lo que se deduce de esta herejía de Francisco. De esta simple frase, Francisco anula todo el dogma en la Iglesia. ¡Sólo por decir que Jesús no es un Espíritu, sino un hombre en la gloria.

¿Qué hacen ustedes, sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, siguiendo al idiota de Francisco?

¿No ven que Francisco es un asesino de almas? ¿Todavía están ciegos?

Francisco ha matado su alma con su pensamiento humano, con su concepto de Dios, con su idea de la fraternidad, con su obsesión por el dinero, por su popularidad en el mundo.

Francisco es gente del mundo. Es un inútil. Es un don nadie. No se merece ni un abrazo, ni un saludo, ni una misericordia, porque está condenado almas, dentro de la Iglesia Católica, con su doctrina comunista y protestante. ¡Condenando almas! ¡Ése es su trabajo en la Iglesia Católica! Y eso significa: formar una nueva iglesia, una nueva estructura de iglesia, donde estén sacerdotes, Obispos, Cardenales y fieles, que sigan su mismo pensamiento humano.

¡La Iglesia Católica está dando culto a la mente de un hombre! ¡Eso es una abominación! Un hombre que, claramente, no dice la Verdad con sencillez, sino que todo lo retuerce, todo lo desvirtúa, para imponer su criterio en la Iglesia.

Y, ¿por qué sacerdotes, Obispos, Cardenales, seguís el pensamiento de ese hombre? Porque os habéis vuelto esclavos de vuestras mismas estructuras en la Iglesia. Os habéis fabricado vuestras propias obediencias. Y, claro, si no obedecéis, ahora, a Francisco, se os acaba vuestro negocio en la Iglesia: el dinero y el poder que tenéis. Preferís predicar una verdad que no moleste a Francisco, que la Verdad clara, oponiéndoos a lo que dice Francisco. Hacéis el juego a Francisco, sabiendo que está hablando herejías, porque si os oponéis perdéis el dinero y la posición en la Iglesia.

Esta es la verdad: aquel que quiera ser sacerdote, Obispo, Cardenal, en la Iglesia Católica tiene que hacer su ministerio en la soledad, en el abandono de toda una Jerarquía que ya no obedece a Cristo, a la Verdad, sino que tiene miedo de quedarse sola ante el mundo, ante los hombres, porque vive esclava de sus pasiones, de su dinero, de su confort en la vida, de sus conquistas humanas en la vida, de su popularidad entre los hombres.

Y, por eso, tenéis mayor pecado que Francisco: veis la Verdad, pero acogéis la mentira, sabiendo el gran daño que se produce en toda la Iglesia.

Y, por eso, se renueva, cada día, el pecado del Papa Benedicto XVI: puso a la Iglesia en manos de traidores. Ese pecado es el pecado de toda la Jerarquía que no se levanta en contra de Francisco.

El pecado es un acto de desobediencia a Dios

Clavado-en-cruz.

El pecado es un acto humano, es una obra de la voluntad libre de cada persona, es algo que todo hombre puede realizar sin coacción, sin impedimento de ningún tipo, sin estar sujetos a algún pensamiento o a alguna estructura de la vida.

Se peca no porque hay problemas en la vida o porque alguien u otro nos lleva al pecado, nos empuja, o nos seduce. Se peca porque la persona quiere pecar.

El pecado no es un conflicto interno, no es algo que pasa en nuestro interior y que, después, se trasluce en una obra. El pecado es obrar un pensamiento que no es de Dios, que no proviene de la Verdad, que va en contra de la Voluntad de Dios.

Todo pecado es una desobediencia a Dios. Aun el más mínimo, el más leve. El pecado no es una obra mala humana o un error que se comete o una ignorancia que se dice.

Siempre el pecado es una obra en contra de lo que Dios quiere para la vida. Es ir en contra de una ley divina. Y, por tanto, no hay que fijarse en la obra del pecado, sino en aquella ley divina que transgrede.

Si no se tiene esto claro, se pone el pecado en muchas cosas que no son el pecado.

No es pecado no dar dinero a los pobres, porque no hay una ley divina que obligue a dar dinero a los pobres.

Es pecado comulgar en la mano, porque hay una ley divina que exige adorar a Dios en Espíritu y en Verdad; entre Dios y la criatura hay dependencia absoluta. Dios está arriba, el hombre abajo. El hombre tiene que someterse a Dios en todo; tiene que estar en la presencia de Dios abajado, con el rostro en el suelo, sin osar levantar sus ojos a Dios. Y, por eso, Dios se muestra en los accidentes del pan y del vino, para que la criatura pueda abrir su boca y dejar que Dios entre en ella. Pero no se puede tocar a Dios porque nadie está en la misma altura que Dios. Dios tiene que elevar al hombre para que lo pueda tocar; por eso, consagra las manos de sus sacerdotes para este fin.

No es pecado desobedecer una cabeza que Dios no ha puesto como Papa, no elegida por Dios, como por ejemplo, a Francisco. Pero es pecado desobedecer a un Papa elegido por Dios, como Pablo VI, Juan Pablo II, Benedicto XVI. Quien se oponga a estos Papas está pecando, pero quien se oponga a Francisco, no peca. Porque Cristo ha puesto su ley en la Iglesia a través de una Cabeza elegida por Él. Y todos tienen que seguir a esa cabeza si quieren cumplir con la ley divina.

Es pecado no seguir un dogma en la Iglesia. Por ejemplo, decir que Jesús no hizo milagros, es un pecado que va contra una Verdad Divina: Jesús es el Verbo Encarnado. Predicar que Jesús no es un Espíritu, es un pecado, porque va contra la Divinidad del Verbo. Predicar que el pecado es un conflicto entre los hombres, es un pecado, porque va contra la ley de Dios sobre el Amor Divino: quien va en contra del Amor Divino comete pecado. Es pecado apoyar a los homosexuales, bautizarles sus hijos, enseñarles que deben estar en la Iglesia, porque los homosexuales van contra el sexto mandamiento de la ley de Dios. Quien ensalza un pecado ya se ha hecho pecado en eso que ensalza.

Hoy día, hay en la Iglesia muchas personas que no ven el pecado, y que, después, llaman pecado a lo que no es. Y eso ocurre sólo porque no creen en el pecado. Esta es la única razón. Y no hay otra.

Cuando el hombre sólo se fija en sus problemas de la vida, ya no mira su pecado. Cuando el hombre sólo vive para solucionar problemas, ya no mira su pecado. Cuando el hombre vive su vida para conquistar algo humano, ya no mira el pecado. Cuando el hombre ensalza al hombre, ya no se fija en el pecado.

El pecado no está fuera del hombre: es una elección del mismo hombre. Y una elección libre, independientemente de todo los demás. Lo demás, puede o no puede condicionar, limitar, la visión del hombre en su vida, pero se peca igual, ya si se viva o no se viva bajo esas condiciones.

Sólo algo grave, algo impuesto y que anula la libertad de la persona, quita el pecado. Queda la obra mala, pero no se hace el pecado.

El hombre tiene capacidad para pecar y para no pecar. Y esa capacidad es total, al cien por cien. Por eso, nunca hay que ver las circunstancias de la vida para juzgar un pecado, sino sólo hay que ver la libertad de la persona: en qué medida ha sido libre para pecar.

Como hoy no se enseña el pecado en la Iglesia, por eso, se enseña una espiritualidad amorfa, amanerada, ofuscada, mentirosa, que engaña a los hombres, porque pone el pecado en algo interior del hombre, pero no en su voluntad libre. Se pone el pecado en la conciencia del hombre, y eso es un error.

Porque la conciencia no es la voluntad libre. Por la conciencia, el hombre conoce que ha pecado, ya que la conciencia da una noticia del mal, del error, del pecado.

Si se dice que el pecado es algo de la conciencia, algo interior, entonces se está diciendo que el hombre crea su pecado, lo inventa, pero que también él mismo se juzga y se quita su mismo pecado.

Quien dice que el bien y el mal es una cosa del hombre, de su interior, de su pensamiento, está expresando esta doctrina. Francisco lo dice: “Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal (…)Cada uno…debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe”. Para Francisco el pecado nace en el interior de cada uno porque cada hombre tiene una visión del bien y del mal. Es una visión distinta en cada hombre y, por tanto, según sea el pensamiento de cada hombre sobre el bien y el mal, así será el pecado.

Luego, ya no existe el pecado, sino la visión que el hombre tiene del mal. El mal va cambiando según lo que piense el hombre, según el hombre evolucione en su pensamiento. Por eso, no es igual el pecado en cada época de la historia. Y, por eso, ya no hay pecados como los de hace 2000 años, porque el hombre ha progresado en su pensamiento. Y ya, como consecuencia, no existe la verdad, sino la visión que cada hombre tiene del bien y de la verdad. Todo es relativo, todo es como lo vea el hombre en relación a muchas cosas. Ya no hay nada fijo, no hay dogmas, no hay nada que permanezca, sino que todo cambia.

Y, según esta visión que tenga el hombre del bien y del mal, viene el conflicto: “El hombre entra en conflicto consigo mismo (..) se cierra en su propio egoísmo” (7 de septiembre). Así explica Francisco el pasaje del Génesis cuando Adán peca, cuando Caín peca: Existe la armonía en toda la Creación (ya no existe Dios, sino la armonía), pero el hombre deja de ver esa armonía (ya el hombre no ve a Dios, no peca contra Dios, sino contra la armonía) para fijarse en su pensamiento. Y ahí nace el conflicto. En esa visión del mal que tiene el hombre, viene el desorden en la creación. Y, por eso, Adán acusa a su mujer; Caín mata a Abel. El hombre tiene que volver a la armonía corrigiendo en su interior esa visión del bien y del mal. Él mismo hombre se juzga y se auto- absuelve. Su misma conciencia lo hace todo. El hombre diviniza su conciencia, su yo interior.

En consecuencia, no existe el pecado, sólo existen los conflictos entre los hombres porque, en su interior, no ven bien las cosas. Y, por eso, el diálogo es fundamental para resolver los problemas. Las guerras es sólo cuestión de ponerse de acuerdo los hombres, de dejar sus conflictos, sus visiones erradas del bien y del mal.

Por eso, hay que acoger a todos los hombres de todas las religiones, porque no se da el pecado de desobediencia a Dios, sino sólo las malas interpretaciones, los lenguajes humanos que se emplean y que no producen un acuerdo, una unidad entre los hombres.

Por eso, Francisco no juzga al pecador ni absuelve su pecado, porque no existe el pecado. La homosexualidad no es pecado. Es la visión que cada uno tiene de la lujuria, de su propio sexo. “Si el homosexual cree en Dios, ¿quién soy yo para juzgarlo?”. No importa que el homosexual tenga un problema, lo que importa es ponerle un camino para que viva su problema y alcance a Dios, corrigiendo su visión de la lujuria que tiene. Ya Dios le mostrará qué es su vida, porque Dios lo perdona todo, Dios no se cansa de perdonar, Dios es Misericordioso. Hay que vivir en la confianza de un Dios que todo lo perdona. No hay que mostrarle el infierno para que salga de su vida. No hay que atemorizar a la gente, porque hay que amar a Dios sin temor, sin miedos.

Todo el problema sólo está en una cosa: el pecado es siempre una desobediencia a Dios. Y esto es lo que no se acepta.

El homosexual desobedece a Dios. Y, por tanto, hay que juzgar su persona y su pecado. Dios lo juzga, Dios lo castiga, Dios corrige al que peca. Y el sacerdote, en la Iglesia, actúa en nombre de Cristo, en su Persona, para juzgar, para condenar, para castigar al pecador y su pecado. Los demás, tienen que ver el pecado y tratar a esa persona como la trata Dios. Dios pone un abismo con el homosexual, porque su pecado es abominación. Luego, no es cualquier pecado. No es una mentira piadosa, sino un pecado que exige un estilo de vida totalmente contrario a la verdad. Luego, no se puede dar esperanzas en la Iglesia al homosexual. Hay que dejarlo en su vida de pecado hasta que no corrija su pecado. No se puede abrazar al homosexual porque no tiene derecho a pecar, no tiene derecho a exigir vivir su pecado ante Dios ni ante los hombres. No tiene derecho a exigir que los demás acepten su pecado, su estilo de vida, porque Dios no lo acepta. Su estilo de vida es una desobediencia a Dios. Y, por sólo esto, hay que condenar al homosexual, hay que anatematizarlo, hay que alejarlo de la Iglesia. Y eso es ponerle un camino para que vea lo que es su pecado y, si quiere, que lo quite.

Pero si no se hace esto, entonces el homosexual nunca va a quitar su pecado, porque ya todos acogen su pecado como algo bueno para los hombres y para Dios.

Vivimos en la Iglesia precisamente esto: no existe el pecado. Luego, todos al Cielo, todos somos santos con nuestros pecados. Ya no hay que luchar por quitar el pecado, sino sólo por dar de comer a los pobres, por aceptar a los homosexuales, etc.

Hay que compartir con el pecado de los hombres para ser fraternos, para ser hermanos. Éste es el evangelio de la fraternidad de Francisco: justifiquen el pecado de su hermano, aprúebenlo, apláudanlo, y así amarán a sus hermanos. Todos nos besamos y nos abrazamos y nos vamos al cielo felices de amarnos unos a otros.

Cuando el hombre ya no llama al pecado con el nombre de pecado, es que dejó de creer en el pecado. Y quien no cree en el pecado, tampoco cree en el Amor de Dios. Porque todo pecado es lo opuesto al Amor de Dios. Y quien no cree ni en el pecado ni en el amor de Dios, sólo cree en su pensamiento humano. Yo me lo guiso, yo me lo como, yo soy el rey palomo.

Francisco no es Papa, sino un lobo vestido de piel de oveja

Primer anticristo

Francisco no es Papa, sino un lobo vestido de piel de oveja, que está sentado en la Silla de Pedro para engañar a la Iglesia.

Engaña a las almas de la Iglesia con el error, la mentira y la falsedad, que introduce entre verdades, entre frases bonitas, entre citas del evangelio, de los santos, del Magisterio de la Iglesia.

Él habla como un falso profeta, para agradar a los hombres, pero él no cree en nada de lo que dice, sino que sólo cree en lo que tiene en su pensamiento.

Su pensamiento es claro: el de un comunista, el de un marxista, es decir, el de un hombre que se mete en los problemas del mundo y quiere dar soluciones humanas, políticas, a los hombres. Pero esas soluciones las da apoyado en su idea de cómo debe ser el amor entre los hombres: un amor para una comunidad, para un bien común, sin que los hombres tengan derecho a sus bienes privados, sin que posean algo para ellos mismos, sino que todo lo pongan en común. Por eso, va contra el dogma, que es el bien privado de toda la Iglesia, es lo que guarda la Iglesia como un tesoro que no se puede romper, dividir, aniquilar, dejar a un lado.

El poner todo en común es la idea marxista que quiere imitar el Evangelio pero sin el Espíritu. Quiere poner ese amor que predica Jesús pero como lo ve el mundo, según las necesidades actuales de los hombres, según las culturas de los hombres.

Por eso, este lobo vestido de piel de oveja lucha en la Iglesia por sus pobres, que no son los pobres de Cristo, sino que son los pobres del mundo.

Cristo evangeliza a los pobres de espíritu, porque sólo ellos tienen abiertos sus corazones a la Palabra de Dios. Cristo no hace caso del que tiene hambre material, sino del que tiene hambre de Su Palabra.

Pero Francisco tergiversa el Evangelio, lo adultera, pone las frases que a él le gustan, para meter su mentira, su idea de lo que debe ser el amor en la Iglesia.

Y muchos no se han dado cuenta de este lenguaje engañoso que emplea este lobo, que se viste de humildad, de caridad con los hombres, de una sonrisa amable, pero que, en su corazón, sólo vive para él mismo.

Todos pueden leer sus escritos y ver la basura que contienen. Un verdadero Papa nunca escribe esa basura. Él lo hace para tirar una piedra y, después, esconder la mano. Él predica sus herejías convencido de que está diciendo la verdad, pero sabe que muchos en la Iglesia siguen otras cosas. Pero eso a él no le importa, porque sólo vive para lo que tiene en su mente humana.

Y así siempre lo ha hecho: su idea humana es su vida. Por eso, él se atiene a su teología de los pobres, que niega el Evangelio, que se opone a la Verdad, a los dogmas en la Iglesia.

Pero eso, a él no le interesa, porque no cree en la Verdad. Tiene que estar en una Iglesia que se rige por unos dogmas que no puede cambiar, pero él está con sus mentiras, poniendo sus falsedades en todo lo que hace.

Pero el problema de este lobo vestido de piel de oveja es el auditorio que lo escucha. Porque él habla a una Iglesia que ha perdido la fe. Ya no cree en la Palabra de Dios, sino que hay mucha gente en la Iglesia que vive preocupada por su vida humana, por sus problemas, por sus negocios en la vida, y que sólo ve la Iglesia como algo social, pero no como un fin en su vida, no como un camino en su vida, no como la única vida.

Y éste es el verdadero problema que vivimos: como la Iglesia ha perdido la fe en Cristo, entonces se deja engañar por un lobo vestido de piel de oveja. Y se deja engañar muy fácilmente, sin poner oposición, sin enfrentarse a ese lobo, sino que deja la cosa como está, y sigue viviendo su vida, sin preocuparse por la Iglesia, por la verdad en la Iglesia.

Hoy día, la Verdad es cualquier cosa menos Cristo. Porque las almas ya no se atienen a los dogmas de la Iglesia, porque las almas ya no saben leer el Evangelio con sencillez, porque las almas ya viven en el pecado como si fuera el camino de su vida, entonces están en la Iglesia apostatando de su fe, viviendo la herejía sin más. Y, por eso, se tragan las fábulas que Francisco dice diariamente en la Iglesia.

Hoy los sacerdotes explican a sus fieles sus fábulas del Evangelio, pero no dan la Palabra de Dios como es, no la explican como es, sino que cada uno da la interpretación de lo que tiene en su mente.

Por eso, hoy día es difícil ser Iglesia y hacer la Iglesia que Cristo quiere. Muy difícil, porque la Iglesia está llena de gente que da su opinión del Evangelio. Y en la opinión no hay camino para la verdad, para encontrar la Verdad. Sólo la Verdad es camino para la Verdad Plena.

El diálogo, que tanto predica Francisco, es sólo eso: dar opiniones para encontrar un acuerdo entre los hombres. Y, donde hay diálogo, no hay fe en la Iglesia. Donde está el diálogo está la apertura al mundo y, por tanto, la renuncia a la fe.

“Esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe” (1 Jn 5, 4). Hoy las almas en la Iglesia son vencidas por el mundo por su falta de fe. Por eso, Francisco vence en la Iglesia. Francisco gana terreno en la Iglesia. Francisco engaña a la Iglesia, porque ésta no tiene fe.

Francisco es un pecador que enseña su pecado en medio de la Iglesia, y “sabemos que todo el que ha nacido de Dios no peca” (1 Jn 5, 18); luego, Francisco no es hijo de Dios, no ha nacido de Dios. Peca y manifiesta su pecado con claridad. Vive su pecado. Por eso, Francisco habla como se habla en el mundo. Y, por eso, recibe premios de los hombres del mundo, porque apoya al hombre que permanece en su pecado. En consecuencia, el mundo apoya a Francisco. Luego, Francisco es del mundo. Francisco, al ser del mundo, no tiene fe. No lucha contra el mundo, sino que busca el mundo para ser como el mundo. Y si está sentado en la Silla de Pedro, entonces conduce a la Iglesia hacia el mundo.

El mundo reconoce a Francisco, pero Dios no reconoce a Francisco como hijo suyo, porque Francisco no confiesa a Jesús, no puede confesar que Jesús ha venido en carne, porque no tiene fe en Jesús, no vive de la Palabra de Dios, no enseña el Evangelio como está escrito, no gobierna la Iglesia dando la Mente de Cristo, no pone un camino de salvación y de santificación a las almas.

Su evangelio de la fraternidad condena a las almas al infierno, da el pensamiento de un hombre del mundo, adultera la Palabra de Dios llenándola de fábulas que no se pueden vivir en la vida real de los hombres.

Para discernir el espíritu de una persona sólo hay una cosa: la verdad o la mentira. No busquen el discernimiento de espíritus ni en la humildad, ni en la penitencia, ni en la cruz, ni en las obras de caridad.

Muchos se pone la careta de la humildad, del sacrifico y muchos mueren por un ideal humano. Y parecen santos, y sólo son demonios encarnados. El demonio puede imitar de Cristo cualquier cosa: su pureza, su humildad, su muerte en Cruz, su amor a los pobres. Pero lo que el demonio nunca puede imitar, nunca puede dar, nunca puede predicar, es la Verdad. El demonio nunca dará testimonio de la verdad como es, porque es mentiroso y padre de la mentira.

Por eso, para discernir a un hombre en la Iglesia, lo que dice San Juan: “Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye. Nosotros somos de Dios. El que conoce a Dios nos escucha; el que no es de Dios no nos escucha. Por aquí conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error” (1 Jn 4, 5).

Verdad y mentira; verdad y error; Cristo y el mundo. Son dos espíritus diferentes.

Francisco habla del mundo y el mundo lo oye, lo aplaude. Luego, Francisco es del mundo. No es hijo de Dios. Luego, lo que da en la Iglesia es la mentira, el error. Consecuencia, Francisco no tiene el Espíritu de Pedro, porque no es hijo de Dios. Luego, no es Papa. Es un anticristo.

Así es de sencillo todo, pero las almas no aprenden a discernir nada y se dejan llevar por cualquier viento de doctrina en la Iglesia. Señal de que esas almas tampoco son de Dios, sino del mundo. Tenemos una Iglesia mundana. Y eso es muy preocupante. Eso significa la ruina de toda la Iglesia.

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