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Francisco: el Obama de la Iglesia

siuncardenal

La popularidad de Francisco ha crecido como la espuma desde que usurpó la Silla de Pedro, que es comparable a la forma como Barack Obama fue recibido por el mundo en el año 2008. Es decir, esa popularidad es un montaje llevado a cabo por el Vaticano, gobernado por masones, como lo fue el de Obama.

Esa popularidad no es un don del Espíritu, no es algo que nace entre los miembros de la Iglesia, sino una ayuda que el Espíritu del demonio hace en ese hombre, algo fabricado por la Jerarquía infiltrada, para poder atraer toda la atención del mundo y de la Iglesia hacia una persona sin letras, vulgar, del pueblo, sin ninguna inteligencia espiritual, que sólo vive su vida de acuerdo a sus medidas racionales, pero que es incapaz de ser imitador de Cristo en su sacerdocio, porque no tiene la vocación divina para ello.

Esa popularidad es siempre en contra de la Voluntad de Dios, un mal que Dios ni quiere ni permite en Su Iglesia, porque no se está en la Iglesia para ser popular, para mendigar un aplauso del mundo, para ser reconocido por los gobernantes o personas influyentes del mundo. Dios no necesita los medios de publicidad del mundo para hacer llegar su Evangelio, que es la Palabra llena de Verdad, que ningún hombre en el mundo quiere escuchar ni seguir.

Dios no necesita un Francisco para llenar Su Iglesia de almas, de gente inculta, pervertida en sus mentes humanas, que sólo viven para sus lujurias, sus deseos en la vida, sus soberbias, sus orgullos como hombres.

Dios no quiere a hombres soberbios en Su Iglesia: quiere personas humildes, que pisen su orgullo y lo mantengan en el suelo, para que puedan ser instrumentos de la Voluntad Divina.

Pero cuando el demonio se sienta en el Trono de Pedro, el mal sólo es querido por el demonio, no por Dios. Dios se cruza de brazos en todo cuanto sucede en el Vaticano y en las demás diócesis que pertenecen a Roma. Y deja que el demonio obre sin más, porque es su tiempo: el tiempo del Anticristo. Tiempo para condenar almas al infierno.

Al igual que Obama ha sido una decepción para el pueblo americano, así este hombre, al que llaman Papa sin serlo, y al que le han puesto un nombre de blasfemia, -queriendo recordar a San Francisco de Asís, pero sin seguir su Espíritu, sino en contra de la misma espiritualidad que vivió este Santo-, se ha convertido en un desastre, en un fracaso para toda la Iglesia Católica y para el mundo.

Los católicos verdaderos no han sabido ver el engaño de este hombre, cuando los bastiones del anti-catolicismo, como son los masones, los ateos, los de la teología de la liberación, toda la jerarquía tibia y pervertida que inunda la Iglesia, han salido a luchar por esta persona y a declararle su amor incondicional.

Los católicos verdaderos se han olvidado bien pronto de las palabras del Señor: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye» (1 Jn 4, 5). Y aquello de: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en el la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15).

Este olvido señala sólo una cosa: dentro de la misma Iglesia Católica hay muchas almas que aman al mundo y lo que hay en el mundo. Hay mucha Jerarquía que habla del mundo, habla de los hombres, habla para ellos y como ellos, y ellos los escuchan, porque se les dice lo que ellos quieren oír. Llena de fábulas ha estado- este año y medio- la Iglesia. De entre los católicos verdaderos, hay mucha gente que sólo es católica de nombre, de etiqueta (= va a misa, comulga, se confiesa, reza, etc.), pero que sólo vive para el mundo, no para Cristo. Se dicen “católicos verdaderos” y son sólo eso: una figura vacía de la fe católica. Almas sin fe católica, llenas de otra fe, que obran en la Iglesia de acuerdo a esa fe inventada por ellos mismos, incapaces de rechazar las fábulas, las doctrinas del demonio que Francisco y los suyos han ofrecido a toda la Iglesia.

Toda la pantalla de Francisco es su lenguaje humano. Francisco es experto en oratoria humana. Es una pantalla, una maqueta, una invención, una pintura, que al exterior se ve bonita, hermosa, agradable, pero que esconde una gran maldad, que sólo se nota cuando se acepta ese lenguaje. Francisco ora una palabra barata, que llega a todo el mundo, que gusta por su extravagancia, pero que es una blasfemia, porque carece de verdad.

Francisco ha seducido con su palabra humana: ha hecho la obra del demonio, la que siempre hace la serpiente para entrar en el alma de los hombres. Satanás sedujo a Eva con la palabra humana; Eva sedujo a Adán con la palabra humana. Seducir la mente de las personas, sus sentimientos, sus vidas, con algo que les atraiga, que les guste, que se sientan bien con ellos mismos y con quien les habla. Francisco seduce con su palabra vulgar, engañosa, ignorante, oscura, llena de maldad y de regocijo en el mal. Y muchos han dado –y siguen dando- oídos a esa palabra de un hombre sin sentido común, sin dos dedos de frente.

Cristo nunca seduce con Su Palabra, sino que es siempre Luz: expone Su Verdad, su doctrina, la muestra, la vive, la obra sin más; pero deja en libertad al alma para seguirla o despreciarla. Cristo señala el camino, pero no lo impone a la mente del hombre.

Pero la obra del demonio y, por tanto, la de Francisco es seducir; es decir, es llevar, no es exponer una doctrina, no es dar luz, sino que es tapar la luz; es conducir hacia la tiniebla, mostrar una oscuridad como una luz, es maniatar al alma, en un sentimiento, en una idea, con una obra, -aparentemente buena en lo exterior de las formas-, para que el alma acepte esa doctrina, aun cuando en su interior vea que no puede ser aceptada. Es la seducción del mal, más potente que el don de la Verdad. La Verdad arrastra sin coartar la libertad; pero el mal seduce, se impone, se obsesiona con algo, y produce la obsesión en la misma mente de la persona, imprimiendo en el alma una necesidad engañosa, una exigencia que no es tal.

Esto es el marketing que se hace con Francisco. Es necesario obedecer a un “Papa”, seguirlo, aunque su doctrina, su enseñanza esté errada. Aunque hable barbaridades, como las ha dicho, o declare cosas vergonzantes y heréticas, que supondrían la inmediata renuncia de quien las dice; pero, sin embargo, es necesario seducir, entrar en ese juego del demonio si se quiere seguir en la Iglesia con un plato de comida. Esta es la seducción más refinada llevada a cabo por todos los medios de comunicación, que asisten a Francisco, por toda la Jerarquía, que lo obedece, aunque vean con sus entendimientos humanos, que ese hombre miente descaradamente a toda la Iglesia y a todo el mundo.

Todos ven los errores de este hombre cuando habla; pero otros se encargan de taparlos, de interpretarlos, de darles la vuelta y presentarlos como un bien para toda la Iglesia, como un valor, como “doctrina católica”. Esta es la etiqueta favorita que se pone al magisterio demoniaco y satánico de un hombre sin fe católica, de un pordiosero de la riqueza del mundo, de un piernas-largas, que recorre el mundo, para estar en todas las portadas importantes de la vida social de la gente. Esta es la maldad que todos pueden ver en el Vaticano, en sus webs, en autores que se dicen expertos en política vaticanista, como un Sandro Magister, y que son sólo expertos en seguir la seducción del Vaticano, en ampliarla, en darle mayor publicidad y cobertura. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Un hombre que besa a los niños y abraza a los enfermos no es nunca noticia. Todos los Papas han hecho lo mismo, pero ninguno de ellos ha dado publicidad a esos actos. Con Francisco, hay un fotógrafo preparado para cualquier ocasión, que convenga tomar la foto a un hombre, que ama el mundo y a los hombres.

Se fotografían sus pecados, cuando besa los pies de las mujeres o ancianos en su taimado ministerio sacerdotal; o cuando se reúne con hombres de pecado para una oración de blasfemia; o cuando bendice unas hojas de coca. Esas fotos revelan su gran pecado. Y nadie, dentro de la Iglesia, lo denuncia, le exige la renuncia. Nadie se atreve a levantarse ante ese hombre, porque todos están bajo el engaño de la seducción del demonio. Todos atrapados. Si viendo sus pecados, nadie hace nada, sino que todos se conforman y aplauden esos pecados, tan manifiestos, tan claros, tan convincentes; entonces, ¿para qué sirve tanta teología, tanta filosofía, si tampoco razonando las cosas, la gente va a discernir el pecado de este hombre? ¿A qué se dedica la Jerarquía de la Iglesia que no es capaz de levantarse contra un Obispo hereje y cismático en la Iglesia?

Es necesario acercar a este hombre, que no tiene ninguna inteligencia, con gente que tampoco tiene inteligencia espiritual, gente del mundo y para el mundo, y que sólo están en la Iglesia por un sentimentalismo, por una cercanía, por un afecto humano, natural, que es también el trabajo del demonio en ellos. Es necesario acercarlo en su pecado –y para mostrar su pecado- y ponerlo a otros como ejemplo de lo que tienen que hacer, si quieren seguir en la Iglesia. Francisco, en los medios de comunicación, es ejemplo de cómo vivir pecando y en el pecado habitual. Y, por eso, gusta a todos los pecadores, ya del mundo, ya de la Iglesia. Les habla en su lenguaje de pecado y en su vida pecaminosa. Los invita a seguir en su pecado y sólo a luchar por las cosas propias de los hombres.

Francisco no es inteligente: luego no sabe llegar a las mentes inteligentes de los hombres. Pero Francisco es un vividor: vive y deja vivir. Luego, el demonio trabaja en él vía afecto, cariño, abrazo, beso, cercanía con los hombres, con los selfies, con el abajamiento a todo lo natural, a todo lo humano. Y, por eso, este hombre se pone una nariz de payaso, pone una pelotita al lado del sagrario, hace muchas cosas que ningún Papa se atrevería a hacer, porque ellos sabían bien lo que es Cristo y lo que exige Cristo a un Papa legítimo en Su Iglesia. Francisco, para llegar a los hombres, lo hace seduciendo los sentimientos de ellos: sus gustos, sus caprichos, sus deseos, sus apegos, sus miserias, sus pecados. Y, en esa seducción, los invita a seguir en sus sentimientos pecaminosos, como algo bueno para sus vidas.

Francisco ha abierto un camino de maldad, golpeando la doctrina católica, con su magisterio masónico, marxista y protestante.

Al igual que el presidente Obama le encantaba disculparse por América, Francisco le gusta pedir disculpas por la Iglesia Católica, resaltando que son los errores de Ésta los culpables de que el mundo esté mal. Es el juego político de presentar al mundo una Iglesia pasiva, callada, tolerante, que no combate el mal de otros, sino que reconoce su propio mal, con el solo fin de no ofender la sensibilidad de nadie, de acomodarse a las distintas necesidades que los hombres tienen hoy en sus vidas sociales y culturales.

En sus entrevistas con los medios de comunicación de izquierda, Francisco busca impresionar, llamar la atención, decir una palabra clave para el hombre, para la masa, pero nunca convertir, nunca dar ejemplo de la verdad, nunca testimoniar -con la propia vida- la verdad, que es Cristo. Francisco no habla en nombre de Cristo, sino en su propio nombre, en su propio lenguaje, en su propia estructura mental de la vida de la Iglesia. Todo, en esas entrevistas, es para que se vea que la Iglesia deja de estar –con Francisco- ‘obsesionada’ con el aborto, con el matrimonio gay, con las verdades absolutas, dogmáticas; y así abrir el camino al diálogo, al conocimiento del otro, a la escucha del hombre, a experimentar el mundo que nos rodea. Francisco es el innovador del mundo en la Iglesia. Es el que mete la vida del mundo, de la profanidad, de la vulgaridad, del paganismo, dentro de la Iglesia. Es la puerta al Anticristo, a su aparición.

Al tratar de complacer a los medios de comunicación y al mundo moderno, Francisco quiere ganarse su respeto, mostrándose pasivo, neutro y débil. Francisco piensa que al hablar continuamente y sin sentido de los pobres, de una manera vana, vacía, sin verdad, será respetado y escuchado por todos. Un hombre que pregunta: por qué es noticia la caída del mercado de valores, pero no la muerte de un anciano; es un hombre que desea que en los medios de comunicación haya una lista de muertes, en la que se juzgue a todo el mundo -y se le condene- por no haber hecho algo contra esos ancianos que mueren. Un hombre así es un hombre que no sirve para gobernar nada, un error de la masonería en el gobierno. Un error impuesto por muchos, pero necesario para el plan en la Iglesia. Un hombre que declara que no es quién para juzgar, pero que en la práctica de su lenguaje humano, juzga y condena a todo el mundo, es un fracaso para todos, incluso para la masonería, que lo ha impuesto en la Iglesia.

Francisco es un hombre que complace a sus enemigos y que, al mismo tiempo, ataca a sus “amigos”: da un manotazo a los católicos practicantes, fieles a la Gracia, a la Verdad Revelada, a la Cruz de Cristo. Francisco ha insultado y ha dañado severamente el trabajo de grupos pro-vida y pro-matrimonio con todas sus declaraciones; y ha pasado al ataque con grupos en la Iglesia, que viven lo de siempre, la liturgia tradicional, que es –para este hombre- una ideología maldita, una explotación de las clases altas de la Iglesia, que hay que erradicar. Todos tienen que hacer una liturgia para el pobre, porque “la Iglesia es pobre y para los pobres”. Esta necedad es la que se impone en todas las diócesis en el mundo.

En su lumen fidei, todos pueden constatar su racionalismo puro, que le lleva a predicar una fe masónica. Es la anulación del magisterio de la Iglesia en lo referente a la Revelación y a la Inspiración Divina

En su evangelium gaudium, se ve al hombre marxista, comunista, que hace de la Iglesia un pueblo, un conjunto de hombres con un solo ideal: el bien común humano. Con un solo fin: el temporal, el humano, el profano. Anula toda la obra de la Redención y, por tanto, la obra de la Elevación del hombre por la Gracia.

Golpea al capitalismo, llamándolo “una nueva tiranía”, rechazando el mercado libre, y haciendo un llamamiento inútil y absurdo para que los gobiernos reacondicionen sus sistemas financieros para atacar la desigualdad. Un hombre que no es capaz de ver su error, sino que lo exalta, diciendo: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política». Es precisamente este su afecto, su sentimentalismo herético, su gran error como gobernante. Con el sentimiento quiere gobernar unas almas que han decidido en sus vida luchar contra todo error en el mundo y en la Iglesia. Y este hombre sólo les propone el error -que combaten-, como un bien que ya no deben combatir, sino aceptar. Habla como un enemigo de la fe católica, pero sin embargo, no es capaz de reconocerlo:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor». Sólo le interesa poner de manifiestos su mente, como el culmen de la verdad que todos tienen que seguir, en el mundo y en la Iglesia: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG – n 208). Este hombre, que no está esclavizado a esa mentalidad individualista, sino que vive una mentalidad global, socializante, comunista, humanista, salvadora del hombre y del mundo, no ha comprendido que son precisamente los mercados libres los que han levantado -constantemente- a los pobres y han ayudado a salir de la pobreza, mientras que el socialismo, el comunismo, su mentalidad globalizante, sólo ha trabajado por afianzar al pobre a su pobreza, matando e impidiendo de mil formas la riqueza y todo bien para el hombre.

Él se pone como modelo a seguir para quitar las cadenas indignas que atan a los hombres a un estilo de vida humana, que nace de un pensamiento errado sobre el hombre. Este endiosamiento de Francisco es su gran fracaso como líder de la Iglesia. Un hombre que sólo vive para su mente humana, para su vida humana, para sus conquistas como hombre. Que no es capaz de mover un dedo para salvar un alma del pecado, porque ya no cree en el pecado como ofensa a Dios.

Francisco comunista al cien por cien. Olor nauseabundo. Olor a tiranía en su gobierno horizontal. Orgullo en un hombre que se ha creído con la solución a los problemas del mundo. Y la Jerarquía que lo está obedeciendo, ¿también se ha hecho comunista como este hombre? ¿También se ha endiosado, como este hombre?

Al igual que Obama, Francisco es incapaz de ver los problemas que están realmente en peligro en el mundo y en la Iglesia. Al igual que Obama confunde a los fieles con el enemigo, al enemigo con su amigo. Al igual que Obama ha caído en picado en su popularidad. Francisco es un negocio barato en la Iglesia. No es a largo plazo. No se puede sustentar por más tiempo un fraude que todos ven, pero que todos deben callar, por el falso respeto a un hombre que no es Papa. Por el falso nombre que le han colocado.

Y, así como Obama siguió jugando al golf en sus vacaciones, mientras los hombres no paraban de cortar cabezas de otros, así Francisco ha seguido ultimando su último escrito sobre la ecología, que será su gran abominación en la Iglesia: ama a la creación; ama a esos hombres que cortan cabezas porque son tus hermanos, son una parte de la creación; son algo sagrado, divino; ama a los homosexuales, a las lesbianas, a los ateos, a los masones, a los que abortan, a los grandes pecadores, a los herejes… Ámalos porque todos somos hermanos, hijos de Dios. Todos somos uno en la mente necia, estúpida e idiota de este hombre, que sólo mira su ombligo en la vida. Todo es hacer silencio cuando se comprueba que se ha errado el camino, pero nunca hablar para arrepentirse y declararse culpable de las propias acciones. Así actúan todos los líderes impuestos por la masonería: cumplen su cometido y, cuando fallan, se encarga la misma élite masónica de reparar el daño. Ellos siguen en lo suyo, en sus vidas, en sus conquistas, en sus orgullos.

Francisco es un desparpajo, una marioneta de muchos, un juego de la masonería, una decadencia en la Jerarquía de la Iglesia, un exabrupto que era necesario amplificar y remover, para dar a la Iglesia otra cara que nadie se ha atrevido a ponerla porque no era tiempo.

Salir de Roma: es lo único que hay que hacer. Renunciar a una Iglesia que ya no es la Católica, sino sólo un montaje de la masonería en Roma. El Vaticano es ya sólo un asunto de la élite masónica. Dios se ha retirado. ¿Todavía no lo han captado?

Judas se condenó porque lo dice Jesús

Virgen María Reina-

“Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. (…) El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia” (Sermones de la Casa Pontificia – Cuaresma – 18 de abril 2014).

El P. Cantalamessa no comprende el pecado de Judas. La traición de Judas es su pecado contra el Espíritu Santo, del cual ya no hay perdón.

Judas sintió que había hecho mal, pero no se arrepintió de ello. No podía, por su pecado. Su pecado va contra la Misma Misericordia y no puede hallar nunca confianza en Dios cuando ha pecado.

El mayor pecado de Judas fue su traición a Jesús. En esa traición está la duda contra la Misericordia Divina.

Este es el punto. Sólo de ese pecado, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo se puede salir de forma extraordinaria, que sólo Dios conoce. Sólo Dios puede dar la Gracia del arrepentimiento. Y Dios no se la dio a Judas. Su forma de morir es clara: no es una muerte arrepentida. No es una muerte penitente. No es una muerte en la que el alma confíe en el perdón de Dios.

“Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada” (Ibidem): grave error en el predicador, que no sabe discernir por las obras exteriores la voluntad del hombre. Quien se suicida es clara que está pecando. La obra exterior del que se suicida es una obra de pecado. Luego, el alma del que se suicida está en las manos de Satanás. Dios puede arrebatarle ese alma a Satanás. La pregunta es si Dios lo hizo. Y la respuesta la da el mismo Dios:

«Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12). La Palabra de Dios nunca miente y hay que interpretarla en Dios, no en el hombre. El P. Cantalamessa la interpreta con su razón humana: “pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno” (Ibidem).

Dios nunca habla en perspectiva del tiempo ni de la eternidad. Dios habla Su Mente. Y en la Mente Divina hay tres ciencias: lo que nunca se va a dar; lo que puede darse, pero no se da (porque existe una condición); lo que se va a dar de forma absoluta.

Jesús, cuando da Su Palabra, no pone una condición, sino que la dice de forma absoluta: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición». Se ha perdido el hijo de la perdición. No dice: si se arrepiente, si cambia, si obra esto u lo otro, entonces se va a perder. Jesús no pone una condición cuando habla. Luego, Jesús está dando el conocimiento absoluto de la condenación de Judas. Judas se condenó porque lo dice Jesús.

El P. Cantalamessa hace lo imposible para negar este hecho, esta Verdad: “El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno”. Esto es otro grave error doctrinal en el predicador.

La Iglesia tiene toda la Verdad, porque la Iglesia es guiada por el Espíritu de la Verdad, que lleva a todas las almas, que pertenecen a la Iglesia, hacia la plenitud de la Verdad. La Iglesia, al igual que sabe quién es santo, también sabe quién se condena. Quien niegue este conocimiento, niega la Verdad, niega la Iglesia.

En la Iglesia nos regimos por la Palabra de la Verdad, no por las palabras de los hombres, no por las filosofías de los hombres, no por sus teologías, ni por sus opiniones humanas. La Iglesia sabe quién está en el Infierno, porque el Infierno no está vacío. La Iglesia enseña a no pecar y, por tanto, enseña a apartarse de aquellos pecados que conducen al infierno. La Iglesia conoce cuándo un alma está en pecado. Y la Iglesia enseña que si ese alma, muere en ese pecado, se va al infierno. Esto es una verdad que no se puede negar.

En el último segundo de la vida de un alma, Dios puede obrar y sacar el arrepentimiento al alma para que se salve. En ese misterio nadie se puede meter. Pero cuando las cosas son claras con un alma, como en la vida de Judas, hay que ser sencillos cuando se explica esa vida a la Iglesia. Es lo que no hace el P. Cantalamessa. Da una mentira para decir que Judas se arrepintió.

¡Cuánto cuesta a los sacerdotes predicar las cosas como son! ¡Cómo les gusta poner de su cosecha para meter más confusión en la Iglesia! Y terminan negando una Verdad: la traición de Judas, que es lo que marca la Pasión. Sin traición, no hay Pasión. Esto es lo que el P. Cantalamessa no sabe explicar, porque niega lo fundamental:

“¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible” (Ibidem).

El P. Cantalamessa no ha comprendido el misterio de iniquidad en los hombres. Y, entonces, se dedica -en su homilía- a hablar sobre el dinero. Y no ve que el dinero es el invento de Satanás. No lo capta. Y no lo puede captar.

Todos los ídolos que tiene el hombre: el dinero, el sexo, la razón, el poder, etc…, son el fruto de la obra del demonio en la mente de los hombres.

El demonio trabaja en la mente de cada hombre, y le lleva a su ídolo. El ídolo de Judas: el dinero. ¿Quien maneja a Judas?: Satanás. El enemigo de Dios en Judas: Satanás.

El alma es amiga de Dios porque sigue al Espíritu Divino; el alma es enemiga de Dios porque sigue al espíritu del demonio. Esta es la única Verdad. El alma hace una obra de pecado o hace una obra divina porque sigue a un espíritu. Nunca el alma obra sola. Nunca. Siempre hay un ángel o un demonio a su lado para salvarla o perderla.

Satanás es el Enemigo de Dios. Y eso es claro por la Sagrada Escritura. ¿Quién se rebeló en los Cielos? Lucifer. ¿Quién tentó al hombre en el Paraíso? Satanás. ¿Qué es lo que sale de la boca del Falso Profeta? El espíritu del demonio.

No hay mayor ciego que el que no quiere ver. No hay mayores ciegos que esta Jerarquía que se empeña en negar el pecado, en negar el infierno, en negar la Justicia de Dios, y que todo está en transmitir una doctrina totalmente contraria a la verdad, donde Dios perdona todo pecado, donde todo el mundo se salva, donde el infierno está vacío.

Hoy no se enseña la Verdad en la Iglesia. Esta predicación de este Padre es el ejemplo de esto. No se llaman a las cosas por su nombre. No se dice sí, sí; y no, no. Es todo una confusión, una amalgama de cosas, un no querer transmitir la Verdad de la Palabra de Dios, sino dar las palabras humanas a los hombres para tenerlos cegados, ensimismados en sus pecados. Y así nadie lucha por quitar el pecado, sino que todos tienen la idea de que están salvados.

Y, claro, se dedican a hacer predicaciones en lo que se habla de la justicia social, de los derechos de los hombres, de las crisis económicas, de que el dinero es muy malo; y se termina haciendo política para negar la Palabra de Dios. Es lo que hace este predicador. Su visión del problema del hombre:

“¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso -cosa que resulta horrible decir- a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?” (Ibidem).

¿Qué hay detrás? Satanás está detrás. Entonces, ¿qué hay que predicar? Predica cómo combatir al demonio. Predica cómo combatir el pecado de usura. Predica cómo combatir el pecado de avaricia. Predica qué penitencia hay que hacer para no caer más en el pecado de avaricia y de usura. Predica qué significa la ley de Dios y cómo seguirla en los negocios, en las empresas económicas. Predica eso y enseña la Verdad, pero no hagas política. No te quejes, como un político, de que existen malos administradores, de que hay hombres que dañan a otros porque emplean las drogas, el sexo, etc. No hagas una compaña política. No subleves a la gente con mitines políticos.

Los sacerdotes no cuidan las almas en la Iglesia. No les enseñan la Verdad, sino que les hablan de los que ellas quieren escuchar. Y, por eso, todos contentísimos con Francisco. Francisco es del pueblo, es de la masa vulgar, ignorante de la verdad, plebeya, que sólo quiere oír sobre justicias sociales y derechos humanos, pero que no quieren escuchar la Verdad.

El P. Cantalamessa no predica la Verdad. Entonces, ¿para qué se pone a predicar? ¿Qué objeto tiene esa predicación en la Iglesia? ¿Por qué enseña la mentira? Es un sacerdote ciego, guía de ciegos.

La traición de Judas es la cima del pecado. Y esa cima sólo se puede obrar siguiendo a Satanás en su interior. Porque para matar al Hijo de Dios, hecho carne, es necesario un plan del demonio, una mente demoníaca; no es suficiente una mente humana. La avaricia del dinero no mata al Hijo de Dios. Lo que hay detrás de esa avaricia; la intención de conseguir un dinero para hacer una obra del demonio, ése es el pecado de Judas. El demonio enseñó a Judas cómo obrar ese pecado. Y, por eso, haciéndolo, automáticamente se condenó. Judas comete el mismo pecado de Lucifer, del cual no hay perdón, no hay misericordia, no es posible confiar en la Misericordia, porque el alma se pone en la Justicia Divina. Y sólo en esa Justicia, donde ya no hay Misericordia. Es un pecado perfecto. Y, por eso, se llama pecado contra el Espíritu Santo. Se impide al Espíritu de la verdad guiar al alma hacia la verdad del arrepentimiento. Se cierran todos los caminos para ese alma. Y, por eso, es el trabajo del demonio en la mente del hombre. Si el demonio no trabaja para llevar al hombre a la perfección de ese pecado, entonces el hombre no comete el pecado contra el Espíritu y puede salvarse.

El tiempo de la decadencia de la Jerarquía

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Francisco no es Papa porque haya sido elegido por los Cardenales como Papa, y después se hizo hereje y, por tanto, ya no puede ser Papa. No, no es eso.

Francisco nunca ha sido Papa. No es el verdadero Papa. Los cardenales herejes eligieron a un hombre ya hereje, y lo pusieron en la Silla de Pedro, que no le corresponde. Fue todo muy bien planeado, para que exteriormente todos aceptaran a un Papa que no es Papa.

La razón por la que Francisco no es Papa es por su herejía, su vida de apostasía de la fe. Esa vida, que no es de ahora, sino que viene de muchos años atrás, le impide ser miembro de la Iglesia. Lo que hace en la Iglesia es sólo una pantomima, un cuento, su negocio, su visión política de Cristo y de la Iglesia.

Benedicto XVI es el Papa verdadero, pero no cayó en herejía, como muchos hacen creer. Se mantuvo fiel a la Verdad, con algunos errores, que le llevaron a su pecado. Él sigue siendo Papa, aunque como hombre haya renunciado. Y, por tanto, no hay posibilidad de elegir un nuevo Papa hasta que no muera. Un Papa que renuncia sigue siendo Papa a los ojos de Dios.

En consecuencia, no hay que ver a Francisco como Papa, sino como el que lo llaman Papa: es decir, Francisco no es lo que parece ser: no es Papa. Es un hombre con un falso nombre de Papa. Es un imitador del Papa. Es un falsificador del Papado. Es un payaso que se viste con una sotana blanca para entretener a las masas dentro de la Iglesia. Francisco ni siquiera es Obispo, por su pecado de apostasía de la fe. Está incapacitado para ejercer el ministerio sólo por su pecado.

Francisco es un hereje manifiesto y, por lo tanto, pierde inmediatamente toda jurisdicción. Ya no tiene poder ni sobre una diócesis, ni menos sobre toda la Iglesia.

Desde hace tiempo, en la Iglesia no se combaten a los herejes y, por eso, tenemos una Jerarquía que realmente no es de la Iglesia Católica.

Una Jerarquía que se ha acostumbrado a su herejía, a su vivir sin fe, sólo con unas ideas en sus cabezas sobre Dios, sobre la Iglesia, sobre Cristo, pero son incapaces de vivir la fe católica. Se saben la teología, pero para representar un papel en la Iglesia, un papel exterior, para que todos los llamen santos y les hagan reverencias. Pero no viven en sus corazones esa teología.

Muchos hombres andan confundidos y no ven la realidad de los acontecimientos que se están desarrollando en el Vaticano, en contra de la Voluntad de Dios.

Francisco, que todo lo confunde, que pone entre dicho la auténtica Verdad, ya la gente lo ha hecho santo. La gente hace santo a un hereje manifiesto. Y la gente ya no cae en la cuenta de lo que significa la herejía.

El pecado que pone al alma fuera de la Iglesia, por sí mismo, automáticamente, sin necesidad de que la Iglesia diga algo, es la herejía.

La herejía, y por tanto, la apostasía de la fe, no tienen parvedad de materia. O se es hereje o no se es hereje. O se cree en los dogmas o no se creen. Pero no se pueden creer a partes. No se puede tomar un trozo de la Verdad y dejar otro. Hay que creer en toda la Verdad. Y aquel que no crea en toda la verdad, ya no es de la Iglesia.

Porque la Iglesia es la Verdad Absoluta. No hay verdades relativas en Ella. En la Iglesia sólo se vive de dogmas. Y aquel que no acepte un dogma, no acepta los demás; porque todos los dogmas están unidos entre sí.

Francisco, desde que era sacerdote, ya era un hereje. Y nunca quitó su herejía, sino que ha ido creciendo en su herejía, hasta convertirse en un hombre cismático, un hombre que obra un cisma.

Francisco hasta que no fue elegido por los Cardenales, permanecía en su apostasía de la fe. Pero, una vez, en el podio, se ha convertido en un cismático, que es mucho más grave para toda la Iglesia.

Un hombre cismático es aquel que se inventa su iglesia, su religión, como jefe de esa iglesia. Actúa como líder para obrar un cisma, para apartarse de la verdadera Iglesia construyendo su iglesia.

Desde el momento en que puso su gobierno horizontal, comenzó su cisma en la Iglesia. Y a través de gestos, de sonrisas, de besos a niños, a enfermos, de palabras a todo el mundo, de obras en contra de la Verdad, ha ido consolidando ese cisma. Por eso, hace una pantomima: representa una obra ante los demás y da a cada uno lo que quiere escuchar, lo que quiere ver.

Ahora, va a dar a la Iglesia Católica lo que quiere: beatificar a Juan Pablo II. Francisco es un limpiabotas: acicala las sandalias de la gente, para que le den dinero, y le permitan seguir trabajando en su negocio en la Iglesia.

Y todavía nadie entiende que Francisco no puede beatificar, no puede canonizar a nadie, que lo que se va a producir el 27 de abril es una pantomima: Francisco dará a la Iglesia, para tener contentos a los tradicionalistas, la canonización de Juan Pablo II. Pero solo será una farsa más, entre las muchas que lleva desde hace más de un año.

Todos los días da una falsa misa. Y nadie dice nada. Nadie se da cuenta de ese hecho. Francisco no puede celebrar misa, porque es un hereje. Si celebra, hace su teatro, y da un poco de pan a la gente.

Estas cosas, la gente no las capta, porque está en la Iglesia viviendo sus verdades, pero no vive la Verdad, que es Cristo.

¿Qué ha hecho Francisco por Cristo en la Iglesia? Nada. Absolutamente nada. Todo es por sus pobres, por su popularidad, por su dinero, por caer bien a todo el mundo. Todo ha sido congraciarse con el mundo y atacar la Tradición. Nada para salvar el alma de una persona.

¿Qué sufrimientos tiene Francisco, que se sienta con arrogancia en la Silla de Pedro?

¿Qué persecuciones tiene por parte del mundo, de los hombres?

A él todo le parece bueno, feliz. El mundo lo felicita por su gobierno en la Iglesia. Los judíos están felices con él; los protestantes no caben de júbilo de tener a otro protestante como líder de la Iglesia Católica; los musulmanes aplauden la vida de lujuria de Francisco; los homosexuales han encontrado a su hombre en Francisco, un hombre que no los juzga, sino que los ama como son.

¿Dónde está el padecer con Cristo?

¿Dónde está el ser perseguido por amor a Cristo, por dar testimonio de la Verdad, que es Cristo, por enfrentarse a los hombres y al mundo por amor a Cristo?

Francisco sólo da testimonio de su verdad, la que tiene en su mente, pero es incapaz de dar una Verdad como hay que darla en la Iglesia: arriesgándose a quedarse sólo con Cristo, porque todos se oponen, todos persiguen al que es de la Verdad. Francisco no quiere ser perseguido por la gente, quiere que la gente lo aúpe más todavía en su vida de pecado.

Francisco no da a Cristo, no presenta a Cristo en medio de la Iglesia; no imita a Cristo delante de la Iglesia. Habla de muchas cosas y sólo dice lo que el pueblo quiere escuchar. Pero no se enfrenta a nadie para ponerlo entre las cuerdas e indicarle el camino de la Verdad. Él vive en su herética ternura, en sus lágrimas babosas por el hombre, en presentar a los hombres la obra de su mente humana.

Juan XXIII sufrió por su pecado, al permitir cambiar cosas que no debería haber tocado. Y hasta su muerte le pesó el nuevo concilio, que sólo trajo discordia y desunión a la Iglesia.

Pablo VI se equivocó en las reformas litúrgicas, y cuando se dio cuenta de lo que había desatado, fue cuando dijo: “el humo de Satanás se ha introducido en la Iglesia”. Se arrepintió, pero el daño ya estaba hecho. Y tuvo que cargar con ese daño hasta su muerte.

Juan Pablo II se esforzó por dar la Verdad a toda la Iglesia, y lo maniataron, le taparon la boca, lo humillaron y lo dejaron morir sin poder conseguir lo que el Señor le pedía. Toda la Jerarquía que lo rodeaba era desobediente a sus mandatos, y fue perseguido por Ella.

Benedicto XVI tuvo que sufrir el desgaste del Papado, la traición al Papa, la desobediencia de muchos en la Iglesia. Y no le dejaron acabar su Papado, sino que lo echaron afuera, lo desligaron de su misión como Papa.

Y Francisco, ¿qué cosa ha sufrido si para él todo es de color de rosa? Sólo sufre porque ve que hay muchos que no le siguen en el juego de su pensamiento humano. Sólo sufre porque ve que su idea comunista no produce el fruto que él esperaba. Sólo sufre porque no tiene toda la popularidad que busca. Francisco sólo sufre por algo humano, pero no sabe sufrir por la Verdad, por Cristo en la Iglesia.

Cristo Jesús sufrió y padeció, y en vez de hacerlo santo, los hombres lo mataron.

Esta es la señal del seguidor de Cristo: los hombres siempre persiguen a quien da a Cristo. Siempre. Cuando la Jerarquía predica un Cristo y la gente aplaude, entonces no se dio a Cristo, sino un juego de palabras sobre Cristo.

¡Cuánta confusión, cuánta ignorancia hay en la Iglesia, cuántos son los analfabetos de Cristo y de Su Iglesia!

¡Cuántos no saben discernir lo que es un sacerdote en la Iglesia!

Francisco, en un solo año ha puesto patas arriba muchas cosas que no debiera haber tocado. Y no se ha arrepentido de ninguna de ellas. No ha sufrido por su pecado, porque no ve su pecado. Y ¿qué creen que va a seguir pasando? Miedo da pensar el cambio tan radical que va a dar todo dentro de poco.

Francisco no ha sido capaz de negarse al bautismo de la niña de las mujeres lesbianas, ¿es que no saben discernir ese hecho y lo que representa para toda la Iglesia? ¿No ven ahí el cisma que ya va apareciendo por todos los lados, que ya no se encubre, ya no se oculta?

Francisco está poniendo sus simpatizantes en todos los Obispados; gente que piensa como él: en plan destructor, en plan masónico, en plan protestante. Está todo bien preparado: cambio total en la Iglesia, normas nuevas, y que todo el mundo adore a Francisco.

Francisco, ¿qué ha sufrido para ser adorado, para ser amado, para ser escuchado, para ser creído? Al Cielo nadie entra sin Cruz. Y Francisco porta una cruz sin dolor, sin sufrimiento: su cruz de la fraternidad, en la que todos se salvan porque son muy buenas personas, son santas, son justos, son hijos de Dios.

¿Qué valor tiene lo que predica Francisco sin la Cruz, sin el dolor, sin la Verdad?

¿Para qué sirve amar al hermano si no se le da la Voluntad de Dios, que siempre crucifica al hermano?

¿Qué es un amor sin la ley de Dios, sin la ley natural, sin la norma de moralidad?

Se ama al otro dándole una cruz, un camino de sufrimiento moral para su vida. Francisco se dedica a dar besos y abrazos a todo el mundo. Francisco se dedica a dar de comer, a dar dinero, a regalar biblias, que es lo que hace siempre un mal político para ganarse al pueblo. Francisco se dedica a enseñar una doctrina sin moral, sin ética, sin verdad. ¿Dónde está la Cruz que salva, la Cruz que santifica, la Cruz que lleva al Cielo por el camino estrecho?

Viene la decadencia de la Jerarquía en la Iglesia.

Se va a mostrar a toda la Iglesia una Jerarquía que se conforma, que se adapta al pensamiento de Francisco, que adula la idea comunista de Francisco.

Una Jerarquía que ya hace su campaña política dentro de la Iglesia, que ya promueve discordias y desuniones entre todos, que ya no guardan el depósito de la fe, que ya no van a celebrar sacramentos, porque han apostatado de la fe.

Buenos sacerdotes: muy pocos.

Santos sacerdotes: escasos.

Sacerdotes que se opongan a Francisco: con los dedos de una mano se pueden contar.

Todos callan, por muchos motivos, y nadie da la cara por Cristo. Todos dan la cara por sus intereses humanos en la Iglesia, por sus negocios, por sus pamplinas como hombres.

La Iglesia es un nido de avispas donde se pierde la fe. Gente dispuesta a matar almas, a llevarlas al precipicio, al abismo. Gente ciega, sorda, que no ve su maldad, su pecado, sino que ensalza su malicia por encima de toda ley divina y natural.

La gente no se da cuenta de ese personaje, que es Francisco, que lleva una sotana blanca, y que engaña a todo el mundo –no sólo a la Iglesia, también a los que no son de la Iglesia- con su palabra barata y blasfema. Un hombre que da al pueblo lo que éste quiere oír, para tener contento al pueblo, para recibir de él una caricia, un aplauso, un dinero, un poder humano.

Francisco: hombre ambicioso, hombre lujurioso, hombre de codicia infernal.

Y el pueblo se ha idiotizado porque quiere, porque le interesa, tener un hombre que no los juzga por su pecado, que no los señala por su pecado, sino que les da un consuelo en su pecado. Un hombre que los aplaude cuando pecan. Les habla de un amor tan raquítico en la Verdad, que sólo infla la mente, pero que deja vacío el corazón. Y el pueblo anda soñando con ese amor, anda ilusionado con esa patraña. Y no quiere despertar de su sueño. Pero cuando lo haga, será demasiado tarde para muchos.

Un hombre que lleva a la Iglesia al abismo del infierno con su sonrisa maquiavélica. Se ve, en esa sonrisa, que no todo es oro lo que reluce. Se ve la maldad de ese hombre, que busca una sola cosa en la Iglesia: su maldito dinero.

¿Cómo va a quitar la hambruna del mundo si no dispone de dinero? Ese pobre idiota está obsesionado en cómo conquistar los corazones de los políticos para que le den dinero. Cómo asociarse a las otras religiones para acaparar más recursos económicos. Cómo perseguir a la Iglesia, desbaratando la Tradición, para quedarse con el dinero de todos. Aquel que no quiera obedecer a Francisco, le van a quitar todo, y Francisco se repartirá la ganancia.

¿Qué creen que viene ahora a la Iglesia? ¿Rosas? ¿Alegría? ¿Felicidad? Un aguijón de maldad por parte de toda la Jerarquía, que comulga con ese idiota.

El consejo económico: la maldición del dinero

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M = ¿Quién es en verdad Francisco, el que se sienta en la Silla de Pedro? ¿Es para bien del católico y la Iglesia o para mal…?

Maestro = Todo se cumple, todo llega, las amenazas comienzan, el pastor herido se dispersan las ovejas, el demonio triunfa, se hace la guerra espiritual y el mundo cae enfermo, y algunos de muerte. Yo os quiero prevenir sobre este hermano y su trabajo agotador para destruir lo que había e implantar su religión, su modo que no es el mío.

Benedicto XVI Papa hasta la muerte, Francisco, impuesto, no elegido, suplanta una Silla que sólo es del Papa, y él lo sabe, y lo acepta. Amén.

M = ¿Ya puedo empezar o ha llegado el momento de avisar a la gente sobre el engaño por ejemplo sobre el que se sienta en la Silla de Pedro…, cómo en mis sueños…?

Maestro = Debes por encima de todo defenderme de toda calumnia y no verdad, ya que los tiempos están próximos y el enemigo al acecho con el engaño en todo.

Dile a tus hermanos que más que nunca pidan la ayuda del Espíritu Santo para discernir en donde está el bien y donde el mal para separarlos y combatirlos. Amén” (Jesús a un alma – Enero 2014).

Un hombre sin fe es lo que tenemos en Roma, vigilando los movimientos de todos para que en la Iglesia se acepte su pensamiento modernista, comunista, marxista.

Un hombre del pueblo y para el pueblo, pero no un sacerdote de Cristo.

Un hombre que pertenece al demonio, que tiene una mano negra que avanza, poco a poco, pero con seguridad, con el único fin de destruir la Iglesia y, por tanto, acabar con todas las verdades que hay en la Iglesia.

Francisco trae la revolución marxista a la Iglesia. Y no trae otra primavera que el comunismo. El modo que quiere implantar en la Iglesia es el modo del comunismo, que significa: todo vale y nada vale.

Todo vale para el que tiene la sartén por el mango, para el que gobierna, para el que tiene el dinero en el bolsillo; pero nada vale para los demás. Eso es sólo el comunismo: un común para que unos pocos vivan bien y los demás a aguantarse.

El comunista en la Iglesia pone al pueblo como el centro de todo. Es la opinión del pueblo lo que cuenta y, por eso, hay hacer una encuesta a ver si metemos los preservativos y a ver si damos la comunión a los divorciados. Es la opinión de la mayoría. Es lo que piensa la masa del pueblo. Es la idea que circula por el pueblo. Es la cultura que se impone en el pueblo. Es el amor que tiene el pueblo. Es la vida que vive el pueblo. Es la verdad que cree el pueblo. Es el pueblo.

Y, entonces, se llama a la Iglesia como pueblo. Ya no hay que llamarla Cuerpo Místico de Cristo. Eso suena a salvajada religiosa, tradicionalista. Ahora, hay que ser políticos, hay que ser del tiempo en que vivimos. Hay que ir con los tiempos.

“Del mismo modo que el administrador fiel y prudente tiene la tarea de cuidar atentamente lo que le ha sido confiado, así la Iglesia es consciente de la responsabilidad de proteger y gestionar con atención sus bienes, a la luz de su misión de evangelización y con una atención especial a los más necesitados. En particular, la gestión de los sectores económicos y financieros de la Santa Sede está estrechamente ligada a su misión específica, no sólo al servicio del ministerio universal del Santo Padre, sino también en relación con el bien común, en la perspectiva del desarrollo integral de la persona humana” (MOTU PROPRIO “FIDELIS DISPENSATOR ET PRUDENS” PARA LA GESTIÓN DE LOS BIENES ECONÓMICOS DE LA SANTA SEDE – 24 de febrero de 2014). Este es el comunismo de Francisco, un hombre obsesionado por el dinero en la Iglesia. Un judas, que sólo vivía de lo que la gente echaba en la bolsa de los dineros y que estaba sólo a su cargo.

Como Francisco quiere quitar la hambruna del mundo, entonces crea su consejo para la economía. Mayor estupidez no hay en un Obispo.

¿Qué hizo el Señor con los dineros? Se los dio al traidor. No se preocupó de los dineros, porque no hace falta en la Iglesia tener dinero para ser Iglesia, para predicar el Evangelio. No hace falta.

El dinero no está unido a la Evangelización. La Iglesia da la Palabra de Dios gratis. “Dad gratis lo que recibisteis gratis”. Esta Verdad evangélica nadie la vive en el Vaticano. Nadie.

¿Cuál son los bienes de la Iglesia? Las almas y sólo las almas. Son los bienes espirituales y divinos. Son los tesoros del Cielo. Son las cadenas que llevan al Cielo lo que hay que procurar en la Iglesia. Hay que encadenar a las almas al cielo. Y eso sólo se hace con la oración y con la penitencia. No se hace con el dinero.

El dinero esclaviza a los hombres a sus fines humanos en la Iglesia, a sus conquistas materiales en la Iglesia, a sus pensamientos humanos en la Iglesia. Tener dinero en la Iglesia es una cadena que impide volar al Cielo.

Por eso, este lenguaje comunista: “la Iglesia es consciente de la responsabilidad de proteger y gestionar con atención sus bienes, a la luz de su misión de evangelización y con una atención especial a los más necesitados”; es lo que va a destruir la Iglesia.

Una Iglesia que protege su dinero, ya no las almas; que vela sólo por su dinero, por sus bienes materiales, económicos, sociales, políticos. Ya no son las almas los bienes de esa iglesia.

Es necesario proteger el dinero para hacer un común, para quitar el hambre del mundo, para los más necesitados.

Cristo nunca puso esto en Su Iglesia. No mandó a Pedro a proteger el dinero para dárselo a los más necesitados. Esto sólo lo hace Francisco: un ser puesto por el demonio para destruir la Iglesia.

Pedro castigó a Ananías y a Safira al fuego del infierno por su pecado de avaricia y de usura. Un matrimonio que se entregó a la Iglesia, pero fue una mentira esa entrega. Y Pedro castigó su pecado con la muerte eterna.

Así hay que tratar a los avariciosos dentro de la Iglesia, con el poder divino en un sacerdote. Pedro nunca puso un consejo económico, porque no hace falta en la Iglesia. Eso sólo hace falta en el mundo. Y esto es señal de cómo Francisco ha dejado la puerta abierta para que entre en Roma el comunismo sin disfraz. Él mismo es un comunista declarado. Está haciendo el trabajo del marxismo, que ocultamente ha obrado durante 50 años en la Iglesia.

La misión de evangelización de la Iglesia se hace gratis. Esto es lo que muchos no entienden, lo que muchos no quieren entender.

La Iglesia no está para ayudar a los más necesitados. La Iglesia está para salvar las almas de los ricos y de los pobres. Eso es la Iglesia de Cristo. Lo que Francisco pone es su modo comunista de hacer una nueva iglesia enfocada a proteger su dinero y a dar de comer a los pobres. Una iglesia que no vela por la salvación del alma, sino de los cuerpos, de las vidas humanas, materiales.

¿Para qué ha puesto Francisco un consejo económico? Para acabar de destruir el Papado. Y sólo para esto. Y nada más que para esto. Lo demás, la ayuda a los necesitados, el cuento chino de Francisco, para quedar bien con los sacerdotes y Obispos políticos que hay en la Iglesia.

Esto es sólo su lenguaje comunista, que como todo comunista da sus promesas al pueblo, para que esté contento el pueblo y para que el pueblo vea que se trabaja para él. Así siempre obra un político: habla sus buenas promesas, da sus discursitos bonitos, que a todos gusta. Y, mientras tanto, por debajo, va destruyendo la Verdad de la Iglesia.

Este motu propio de Francisco es su basura ideológica, comunista, marxista, idealista.

Francisco cae en una herejía en este documento: “la gestión de los sectores económicos y financieros de la Santa Sede está estrechamente ligada a su misión específica, no sólo al servicio del ministerio universal del Santo Padre, sino también en relación con el bien común, en la perspectiva del desarrollo integral de la persona humana”. La economía está ligada, está unida, de forma estrecha, al Papa, al bien común y al desarrollo de la persona humana. Esta es su clara herejía.

No se vive para una gestión económica; no se vive para tener dinero; no se vive para tener un status social; no se vive porque hay dinero; no se predica porque hay dinero; no se es santo porque hay dinero; no se salva el alma porque hay dinero; las almas no ven su pecado porque hay dinero; las almas no hacen oración porque hay dinero…

El dinero no le sirve ni al Papa ni a la Iglesia para ser Iglesia, para formar la Iglesia, para obrar en la Iglesia lo que Dios quiere.

La Iglesia de Cristo se hace sin dinero, sin consejos económicos, sin dedicarse a una empresa económica, que mueva el dinero para un fin humano.

Cuando nació la Iglesia, cuando Cristo edificó su Iglesia, lo hizo en su muerte, en la ruina más total en lo humano y en lo económico.

Cristo no tuvo un centavo cuando construye su Iglesia en el Calvario. Porque no hace falta el dinero para dar comienzo a la Iglesia. No hace falta el dinero para predicar el Evangelio, como lo hicieron los apóstoles. No hace falta el dinero para morir mártir, como lo hizo San Esteban. ¡No hace falta el dinero para tener fe en Cristo! ¡No hace falta el dinero para creer en la Iglesia!

Las almas se salvan sin dinero, dándoles la Verdad del Evangelio. Las almas sólo necesitan el alimento de la Verdad para poder vivir en un mundo que es del demonio. Y es la Verdad lo que niega Francisco a las almas en la Iglesia. Esto es lo que nunca da Francisco en la Iglesia: la Verdad sencilla del Evangelio. Él da su opinión, que es su mentira. Y, con esa opinión, lleva a las almas hacia el infierno. Y van con el estómago repleto de comida.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo, y, por tanto, no busca un bien común, sino el bien de Cristo, que es Su Cabeza. Y el bien de Cristo es un bien divino, que vale para todas las almas de Su Iglesia. Ése es el bien común, el de Dios. Y ése es el que hay que buscar en la Iglesia. Y ese bien divino no se apoya en un bien económico, no depende de un bien económico, no está ligado a un bien económico.

Ese bien divino, común en la Iglesia, está ligado sólo a la vida espiritual de cada alma. Si cada alma es fiel a la Gracia que ha recibido, entonces el bien común divino se da a toda la Iglesia, se manifiesta en toda la Iglesia; pero si las almas viven en sus pecados, la Iglesia se convierte en una pocilga común, donde los hombres tendrán su dinero, su comida, su bienestar en la vida, pero sus almas están malditas por su pecado.

Este motu propio, que es toda una herejía, es el principio de la destrucción del Papado.

Aquí comienza la sucesión de cabezas en la Iglesia. Un gobierno que se dedica a proteger sus bienes económicos por encima de los bienes espirituales, significa buscar la persona adecuada para gobernar la Iglesia hacia ese fin: hay que tener dinero para dar de comer a los pobres. Entonces, hay que montar un negocio en la Iglesia que dé dividendos, que rente para tener una economía estable para el fin común de los necesitados. Y hay que saber gobernar ese negocio. Y Francisco no sabe eso.

Y esto que promulga Francisco no es nuevo en Roma, sino que se ha hecho, pero de manera oculta. Ahora se pone al descubierto, porque las cosas son de otra manera en Roma. Los falsos sacerdotes, Obispos, Cardenales, que forman el Vaticano se afanan como hormiguitas para resolver la nueva iglesia, a gusto de la masonería, a gusto del Anticristo, a gusto de los poderes del mundo.

¡Se afanan! ¡No duermen! ¡Día y noche para llegar a un acuerdo entre los hombres para finiquitar la Iglesia!

La Iglesia no necesita reformas. La Iglesia no necesita cambios. La Iglesia no necesita renovar las leyes, sus estructuras. La Iglesia no necesita de un consejo económico.

La Iglesia necesita a Cristo: que los sacerdotes sean otros Cristos para poder guiar a todo el rebaño hacia el Cielo.

Los sacerdotes tienen el deber y la obligación de alimentar a las almas con la Verdad. Y han dejado a las almas desprovistas de la Verdad. Nadie se ocupa en la Iglesia de dar la doctrina sana de Cristo. Todos preocupados por el maldito dinero, por proteger su maldito dinero, por hacer valer su maldito dinero, por aparentar resolver los problemas que trae no tener el maldito dinero.

El consejo de economía compuesto por quince miembros es una maldición para toda la Iglesia. Quince cabezas para destruir la Iglesia. Y siete de ellas laicos, gente que sabe de economía, pero que no tiene ni idea de la vida espiritual de la Iglesia, de cómo funciona la Iglesia.

La Iglesia funciona sin dinero. No hace falta el consejo económico. Sólo hace falta gente que administre las cuentas y que ponga al día los movimientos que toda institución tiene. Sólo hace falta gente sin avaricia y sin usura en ese trabajo.

Pero el consejo económico es para hacer de la Iglesia una empresa, porque hay que alimentar a todos los hambrientos del mundo. Esa es la estupidez de Francisco. Eso es lo que está en su programa de gobierno. Y todos trabajando para ese comunismo.

Por tanto, sólo queda ver cómo a Francisco lo echan de su propio gobierno, porque él sólo sabe firmar documentos, pero no sabe ser político, no sabe gobernar ni su propia alma. Él sólo sabe hablar de muchas cosas para llevar a las almas a una ilusión, a un engaño, a un romanticismo, a su modo de entender la Iglesia.

Francisco enseña a pecar en su mensaje para la Cuaresma

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Francisco enseña a pecar. Pone el amor de Cristo en compartir y el estilo de Dios en presentarse pobre. Esto significa que para seguir a Cristo hay que pecar. Compartan sus errores, sus pecados, sus mentiras y todo va de maravilla.

Cristo ama al hombre expiando su pecado. Por tanto, el amor de Cristo al hombre es reparar, expiar, quitar el pecado. Todo hombre, para seguir a Cristo, debe ponerse a la tarea de combatir su propio pecado, de purificar su corazón de tantas maldades que tiene en él. Si el hombre no hace esto, si no pone su vida en penitencia, el hombre se condena por su pecado, aunque Cristo haya muerto por él.

El modo de amarnos Cristo es en la Cruz y, por tanto, Cristo está entre los hombres para llevarlos a la Cruz, no para hacer vida social con ellos, que es lo que predica Francisco: “Lo que nos da verdadera libertad, verdadera salvación y verdadera felicidad es su amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros”.

La Verdad es lo que hace libre al alma, el amor lleno de justicia, de rectitud, de verdad. Y, en ese amor justo, se encuentra la Misericordia. La verdad no está en compartir, sino en expiar el pecado del otro.

Jesús no tiene un amor lleno de compasión, de ternura, que quiere compartir con nosotros. Esto sólo son palabras bellas sin contenido, sin verdad.

Jesús ve al hombre pecador. Por tanto, Jesús ve un mal en cada hombre. Un mal que le impide llegar a la salvación.

Y Jesús, para quitar ese mal, no pone una escuela para que los niños sean educados en el bien social, que es lo que ha hecho Francisco con su proyecto educativo global llamado Red Mundial de Escuelas para el Encuentro o Scholas Ocurrentes, con el objetivo de condenar a las almas de los niños con su “cultura del encuentro”: “Si la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo eduquen y que le quiten el hambre. En eso tenemos que ponernos de acuerdo” (Francisco en Brasil en la entrevista con el periodista Gerson Camarotti, de la cadena Globo News, 29-07-2013 – Ver Video). Este proyecto es del demonio, como es claro ver en las mismas palabras de Francisco. La educación ya no pertenece a la Iglesia Católica, que es la que tiene la verdad y la única que puede enseñar la Verdad a los niños, sino a todo el mundo, a todas las religiones. Y, por tanto, se está diciendo que las otras religiones son verdaderas y enseñan a salvarse. Francisco manda a que los papás envíen a sus hijos a estas escuelas para llevarlos al infierno. Esto nunca lo hace un verdadero Pontífice. Esto lo hace Francisco porque no es el Papa verdadero, sino un impostor.

Jesús no da al hombre un amor para compartir. De aquí se sigue su cultura del encuentro, su doctrina comunista, marxista. De esta idea suya filosófica, pero no evangélica.

Esta idea de poner el amor en el compartir viene de su humanismo, en la que el hombre tiene que ser social por naturaleza. Y, en ese ser social, en ese buscar un bien común para todos los hombres, necesita una igualdad entre ellos. Esa igualdad está en compartir, no sólo los bienes materiales, sino también todo lo demás: las mentiras, los errores, las herejías, los pensamientos, las obras humanas, las vidas humanas, sin una norma de moralidad, sin una verdad, sin una ley divina, sin una ley moral, sin una ley natural.

Porque lo primero es compartir. Como el amor de Cristo es dar su misericordia, entonces no importa cómo esté el hombre: si vive en sus pecados, si obra la maldad, si tiene un pensamiento errado sobre su vida, etc. No importa la moralidad del hombre, sino la sociabilidad. Primero es lo sociable, primero la comunidad, el grupo de hombres. Y si se consigue esto, entonces el hombre tiene libertad en la vida.

La verdadera libertad está en dar al otro hombre, al prójimo, un amor lleno de compasión. Este es el gran error de Francisco. De esta manera, tiene que anularlo todo: el pecado, la cruz, la penitencia, la justicia divina, la verdad. No pueden existir verdades absolutas, sino que todo es relativo, porque hay que dar una compasión al prójimo. Ya no se puede dar la Voluntad de Dios, ya no vale dar una justicia, ya no se puede castigar al otro, sino hay que mirarlo con ojos de idiota, escondiendo los pecados del otro, ensalzando sus pecados, justificando sus pecados, haciendo valer sus pecados en todas partes.

Por eso, Francisco predica una pobreza y una miseria que es del demonio.

1. “La pobreza de Cristo que nos enriquece consiste en el hecho que se hizo carne, cargó con nuestras debilidades y nuestros pecados, comunicándonos la misericordia infinita de Dios”. Esto no es la pobreza de Cristo.

a. La Encarnación es Redentora, no es pobre; es decir, no es un signo de pobreza, sino de Justicia Divina.

b. Cargar con nuestros pecados es la Obra de la Redención del hombre; es decir, no tiene nada que ver con la pobreza.

c. Comunicar la Misericordia Infinita no lo hace Cristo, porque Cristo no comunica la Misericordia del Padre, sino que Cristo tiene Misericordia con los hombres. Tener y comunicar son cosas totalmente diferentes. No porque Cristo tenga la Misericordia, la comunica, la da. Cristo ofrece Su Misericordia a todo hombre, pero deja a todo hombre la libertad para aceptar o renunciar a Ella. Y. cuando el alma acepta esa Misericordia, eso no es signo de la pobreza.

Todo este párrafo, ¿qué es? Palabrería barata y blasfema. Sólo eso. No enseña ninguna verdad para la vida espiritual.

2. “La pobreza de Cristo es la mayor riqueza: la riqueza de Jesús es su confianza ilimitada en Dios Padre, es encomendarse a Él en todo momento, buscando siempre y solamente su voluntad y su gloria”. Esto, tampoco es la pobreza de Cristo.

a. la riqueza de Jesús es ser el Hijo del Padre; es decir, el Verbo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Ésa es la mayor riqueza de Jesús: ser el Verbo. Por tanto, no ser una persona humana. Jesús es Dios. Ésta es la riqueza de Jesús. La mayor riqueza. Y, entonces, ¿cuál es la pobreza de Jesús? Siendo Dios, se anonadó a Sí Mismo: «existiendo en la forma de Dios, no reputó codiciable tesoro mantenerse igual a Dios, antes se anonadó a Sí Mismo, tomando la forma de siervo y haciéndose semejante a los hombres» (Flp 2, 7).

Jesús, que es Dios, aparece entre los hombres como mortal. Ése es su anonadamiento. Debe esconder Su Gloria, la que tienen con el Padre. Sólo la mostró a sus tres apóstoles escogidos. A los demás, se mostró como hombre mortal. Ésta es la pobreza de Cristo: su mortalidad. Y es su muerte la que enriquece a los hombres. Su muerte, su amor reparador del pecado de los hombres; su amor que expía el pecado; su amor que lleva a la penitencia del pecado; su amor que le lleva a morir por los hombres que viven en sus pecados.

b. Jesús no necesitaba confiar ilimitadamente en Su Padre, porque es Dios. Y, en Dios, sólo hay Amor, no confianza, no Misericordia. El Padre no mira a Su Hijo con Misericordia, porque su Hijo no tiene pecado. Jesús no pecó nunca. Luego, Jesús no es digno de Misericordia. El Padre mira con Amor a Su Hijo. Y sólo con Amor. Por tanto, Su Hijo no busca la Misericordia de Su Padre, porque no ha pecado, sino que busca el Amor de Su Padre, porque es Su Hijo.

c. Jesús no se encomienda a Su Padre, porque Él es el Mediador entre los hombres y Su Padre. Jesús no se pone en manos de Su Padre para que lo salve. Jesús no viene a salvarse, sino a Salvar a todos los hombres. Jesús no necesita encomendarse a Su Padre porque sólo está en el mundo para ser el Redentor de los hombres, el Mediador de los hombres. Gravísima herejía el de Francisco. ¡Cómo se ve que no sabe nada de teología! Cuando predica es para decir estas salvajadas constantemente. Y se queda tan tranquilo. Y los demás, callan sus salvajadas. Eso es lo grave.

d. Jesús no busca la voluntad de Su Padre constantemente ni su Gloria. No puede buscarla, porque es Dios. Jesús tiene la Voluntad de Su Padre y la Gloria de Su Padre. ¿qué va a buscar si ya lo tiene? Jesús viene a hacer una Obra que quiere Su Padre: la Obra de la Redención. Viene a poner el camino para que los hombres puedan salvarse y santificarse. Jesús sólo busca poner este camino, porque está regido, en todo, por la Voluntad Divina, por ser Dios. Una Voluntad Divina que tiene que obrar en medio de los hombres, entre muchas voluntades humanas, que se oponen a esa Voluntad Divina. Y Jesús trabaja entre los hombres para poner este camino de salvación y de santificación.

3. “Cuando Jesús nos invita a tomar su “yugo llevadero”, nos invita a enriquecernos con esta “rica pobreza” y “pobre riqueza” suyas, a compartir con Él su espíritu filial y fraterno, a convertirnos en hijos en el Hijo, hermanos en el Hermano Primogénito”. Esta es la basura intelectual de Francisco.

i. Tomar el yugo de Cristo es aceptar la Voluntad de Dios, que es siempre una cruz para el alma, un sufrimiento en la vida, una renuncia en la vida, una penitencia en la vida. Porque Cristo da al hombre su muerte. Ésa es su riqueza, que es su pobreza. Y Cristo le enseña al hombre a morir a todo lo humano, a todo lo material, a todo lo natural, a todo lo carnal, a todo lo espiritual. Es una muerte a todo. Por eso, el Calvario es un despojo total: sólo queda una cosa: la Voluntad de Dios, que ha triunfado sobre las voluntades de los hombres, sobre sus obras, sobre sus vidas; y sobre la voluntad del demonio.

ii. Cristo pone al hombre el camino de su muerte. Cristo lo ofrece a todo el hombre, pero Cristo no comparte este camino, no lo regala al hombre, no lo dona al hombre. Porque, en este camino, el hombre tiene que merecer. La salvación del hombre es gratuita; es decir, todo hombre puede salvarse por la muerte de Cristo. A todos los hombres llega esa salvación. Cristo murió por todos los hombres, pero esto no significa que Cristo haya salvado a todos los hombres. Es lo que Francisco predica: todos salvados, todos al cielo, porque Cristo ha compartido su misericordia con todos. Hagan obras buenas humanas y ya se salvan. Y no importa que sea un budista o un judío. No importa el pecado, el error, la herejía, el cisma, la apostasía. Eso no importa, porque Cristo da un amor de compasión, no da un amor lleno de verdad absoluta, sino lleno de verdades relativas, culturales, artísticas, filosóficas, psicológicas, etc. Esta es la salvajada de Francisco.

iii. Cristo no comparte su espíritu filial y fraterno. ¿Dónde está eso en el Evangelio? Sólo está en la mente de Francisco. Sólo el Verbo es Hijo del Padre. Jesús no es hijo adoptivo de Dios. Jesús no se bautizó, no recibió el sacramente del Bautismo, porque no hace falta. Él no tiene pecado como hombre. Él es Dios. Él viene a poner el Bautismo, que le sirve a los hombres, porque están en sus pecados. Y el Bautismo hace al hombre hijo adoptivo de Dios. Y ser hijo adoptivo de Dios no es ser hijo natural de Dios, como lo es Jesús. Luego, Jesús no comparte su espíritu filial. Es el invento de ese hereje. Y menos Jesús comparte la fraternidad, porque Jesús no tiene hermanos carnales. Jesús no es hermano de ningún hombre. Jesús no viene de Adán. Y, por eso, puede quitar el pecado de Adán. En la concepción de Jesús sólo está la Virgen María, la Mujer. No está el hombre. Luego, Jesús no viene de Adán, de un hombre y de una mujer. Luego, Jesús no es hermano de nadie. Jesús viene del Espíritu y de una Mujer. Los hombres vienen de un hombre y de una mujer. ¿Dónde está la fraternidad? Habrá semejanza en la carne, en la naturaleza humana, pero no en la concepción del hombre. Los hombres son hermanos por su concepción. Sólo por su concepción. Pero los hombres no son hermanos por su vida social, por su comunidad, por su cultura, etc. Existe el amor al prójimo, pero no el amor fraterno cuando se trata de hombres que no son hermanos por carne y sangre.

iv. Jesús no nos convierte en hijos en el Hijo. ¿Qué estupidez es ésta? El Bautismo es el sello del Espíritu de Dios en el alma. Y, por ese sello, el alma recibe la filiación divina, que es adoptiva para el hombre, no natural. El hijo adoptivo de Dios necesita la Gracia para alcanzar a Dios. Con el solo Bautismo, el hijo adoptivo no pertenece a Dios. Por eso, el Bautismo quita el pecado para que la persona viva en Gracia y sea de Dios. ¡Cuántas personas hay bautizadas en otras religiones, pero sus pecados les impide ser de Dios!. El Bautismo los hace hijos adoptivos, pero ponen un obstáculo a ese Bautismo: sus pecados. El Bautismo quita el pecado original y todos los pecados de esa persona. Pero si la persona no tiene arrepentimiento de sus pecados y sigue viviendo en sus pecados, no se quita los pecados personales, sino que queda un óbice en el alma, que impide la Gracia.

Ser hijo en el Hijo sólo significa una cosa: alcanzar la Gloria divina. Hasta que el alma no llegue al Cielo no puede ser hijo en el Hijo. Es un don que no se puede alcanzar por el Bautismo, por el sólo hecho de bautizarse. Para ser hijo en el Hijo, hay que primero morir en el Hijo. Y, después de muchas muertes místicas, de mucho purgatorio, viene la Gloria del Cielo.

4. “Se ha dicho que la única verdadera tristeza es no ser santos ; podríamos decir también que hay una única verdadera miseria: no vivir como hijos de Dios y hermanos de Cristo”. Esto es sólo la estupidez de ese hombre. Quien es santo vive como un hijo de Dios. Pero no vive como hermano de Cristo. Quien no vive como hijo de Dios vive como hijo del demonio. Así vive Francisco. Ésa es su gran miseria. Y lo triste es que quiere seguir siendo del demonio. Ésa es la tristeza: comprobar cómo ese hombre destruye la Verdad en la Iglesia. Y los demás se quedan tan tranquilos, como si este mensaje de Cuaresma fuera la verdad en la Iglesia. Hay que ser idiotas, como Francisco, para no ver la maldad que encierra este mensaje. Hay que ser necios, tontos, palurdos, pecadores, demonios.

Francisco no es un santo sino un político comunista en la Iglesia

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«La política, tan denigrada, es una altísima vocación, es una de las formas más preciosas de la caridad, porque busca el bien común. Tenemos que convencernos de que la caridad “no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macro-relaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas”. ¡Ruego al Señor que nos regale más políticos a quienes les duela de verdad la sociedad, el pueblo, la vida de los pobres!» (Evangelii gaudium, 205).

Estas palabras del hereje Francisco son la clave de su comunismo.

La política –dice Francisco- es una de las formas más preciosas de la caridad: esto es una auténtica herejía. Es una frase muy bella y muy herética. Son palabras baratas para ganarse al mundo. Y son palabras blasfemas que van en contra de la Verdad.

La política no pertenece a la Iglesia, sino al mundo. Cristo nunca hizo política ni enseñó a hacer política, porque la política no proviene de la Verdad, sino de la mentira.

Todas las políticas hacen aguas, fallan, porque, aunque tengan una base moral y ética, no poseen la Verdad. Es el juego del lenguaje humano: eso es sólo la política. Es ver, con el pensamiento de los hombres, los caminos para resolver todos sus asuntos. Es lo más contrario al dogma y a la moralidad, porque la política no se basa en algo absoluto, sino relativo, condicionado a muchas cosas.

Dios nunca da una vocación para ser político. No puede darla. Dios ayuda a los hombres, que viven en Gracia, y que se dedican a ese negocio mentiroso para que pongan leyes de acuerdo a la verdad, a las normas de la moralidad, a la ley divina. ¡Que pongan leyes correctas, pero que no busquen solucionar cosas, porque no se puede en política!

La caridad no lleva a hacer política, sino a ir en contra de toda política. Porque la caridad es totalmente desinteresada. No le interesa las formas económicas, las leyes de los hombres, los reglamentos en las sociedades, porque la caridad se basta a sí misma. Nunca un político hace caridad. ¡Nunca! Siempre la Caridad se da sin la política.

Jesús ni se preocupó por el dinero, ni por los sistemas políticos de su época, porque sabe lo que es el hombre: mentiroso.

Dios puso a Su Pueblo los Profetas. Y, cuando el Pueblo, se cansó de los Profetas, empezó a poner Reyes, que Dios no quería, pero que permitió por la dureza de los corazones de los hombres. Y, por los Reyes, vino toda la decadencia al Pueblo Elegido. Los Profetas eran perseguidos porque eran los únicos que decían la verdad al Pueblo y a todos los Reyes.

La política no sirve para solucionar el mundo. No sirve. Porque no está en el plan de Dios. Dios quiere Reyes Católicos, entregados a la Gracia, pero esto es imposible en estas condiciones. Hasta que no se consolide el Reino Glorioso, todos los reyes del mundo, al final acaban perdiéndose en las cosas del mundo. Esto es un hecho, una realidad, algo que todos pueden ver a lo largo de toda la historia de los hombres.

Los gobiernos humanos son un conjunto de problemas sin solución alguna. Todos son así, porque el hombre no vive en la Gracia para obrar la verdad en todo el actuar social de los hombres. Vive en su pecado y obra su pecado. Luego, todos son problemas sin resolver.

Francisco sólo entiende de su comunismo, porque eso es lo que a él le interesa: su maldito comunismo. Él vive para obrar en la Iglesia sus ideas comunistas, su teología de la liberación, de los pobres. Eso es claro en Francisco. Desde joven, una mujer le enseñó el comunismo. No aprendió a santificarse leyendo a los santos, sino aprendió a condenarse y llevar a las almas al infierno con el manifiesto comunista.

Y, ahora, quiere meter a Dios en el comunismo. Y no se puede tolerar tamaña desfachatez. Él pide al Señor que envíe políticos que les duela la vida de los pobres. Esto es el comunismo.

Ningún santo se atrevería a hacer esta oración, porque no es la Voluntad de Dios. No la escucha Dios. Es imposible que la escuche. Y ¿por qué? Porque «pobres siempre tendréis». No me pidáis que quite a los pobres, a los machacados, a los que no tienen alimento o dinero, porque eso no salva a los pobres.

Los pobres están para que los hombres hagan penitencia por sus pecados. Para eso están los pobres: para recordar al hombre que es un maldito pecador. Y si hay pobres, no es porque haya problemas políticos ni económicos, sino porque hay pecado de avaricia, de usura, de ambición de poder, de envidias personales, de culto al dinero, de culto a la magia negra, que es lo que mueve las economías: el demonio es el que mueve todos los sistemas económicos: liberales, capitalista, sociales, comunista, etc. Y quien hace que el demonio se mueva en todos los mercados del mundo bursátil: la masonería.

Francisco no va a la raíz del problema en su comunismo, porque es masón. Y habla como un masón y obra como ellos.

“Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil” (Evangelii gaudium, 53): este es el lenguaje del masón. Ellos buscan la fraternidad universal. Por tanto, no pueden aceptar que el poderoso se coma al más débil. Todos somos hermanos, todos tenemos que disfrutar de los bienes de todo el mundo. No tiene que haber desigualdad entre ricos y pobres, entre poderosos y débiles. Así habla un marxista de talante humanista, como es Francisco. Así habla el masón. El masón no permite la competitividad, la ley del más fuerte, la ley privada, porque eso va en contra de la fraternidad.

“Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida” (Evangelii gaudium, 53). ¿Quiénes son los culpables de que no haya trabajo, no haya dinero, de que haya cantidad de problemas en el mundo? La gente que tiene dinero, la gente capitalista, la gente con una empresa privada, la gente que hace competencia en su negocio. Éste es el lenguaje de un masón.

Pero así no habla un Santo. Así no habla Jesús en Su Evangelio cuando está con los políticos, con los jefes de la Iglesia, del mundo, del gobierno.

«Id y decid a esa zorra: Yo expulso demonios y hago curaciones hoy, y las haré mañana, y al día tercero consumaré Mi Obra. Pues he de andar hoy, y mañana, y el día siguiente, porque no puede ser que un Profeta muera fuera de Jerusalén» (Lc 13, 32-33).

Nunca Francisco diría a Obama: zorra; o a Giorgio Napolitano, babosa roja; o a Vladímir Putin, dragón infernal. Porque es como ellos: una zorra, un comunista, un anticristo.

Jesús combate a todos los políticos. Francisco no combate a nadie, sino que suelta su doctrina comunista para ejercer él el poder en el mundo, para que sus ideas las tomen en cuenta la gente del mundo.

Francisco, en su evangelii gaudium, sólo hace política, el juego político, que consiste en decir muchas cosas y en poner a los hombres en contra, para que la idea prevalezca. Y, por eso, arremete contra el capitalismo, porque le interesa ese juego para hacer su negocio en la Iglesia. No importa haber creado malestar entre los capitalistas. Lo que importa es lanzar la idea política, que es dada en la bandeja de la caridad, del amor hacia los pobres, del amor fraterno.

Esta es la idea del anticristo: la fraternidad. Y hay que predicar eso a todo el mundo del demonio. Y eso lo tiene que predicar el que se sienta en la Silla de Pedro, porque él es un anticristo.

El Anticristo quiere crear un malestar mundial en la economía, porque tiene que aparecer él cuando las cosas estén mal por un conflicto mundial. Hay que enfrentar a los capitalistas con una doctrina comunista, pero lanzada desde la Iglesia. Y es necesario hacer eso para que entren en la Iglesia los poderes del mundo: ya sean los capitalistas, ya los comunistas. Los primeros en entrar son los comunistas en la Iglesia, por debajo de las faldas del que se sienta en la Silla de Pedro.

Francisco arropa el comunismo en Roma. Francisco quiere la idea comunista en Roma. Francisco está decidido a hacer comunismo en su gobierno horizontal. Por eso, habla con su humanismo, con su preocupación por la vida de los pobres, de la gente sin recursos. Y, por eso, enfrenta a los hombres: pone la lucha de clases: ricos – pobres; poderosos – débiles; etc.
Es el lenguaje de un marxista humanista, es decir, de un masón.

«¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema! Molesta que se hable de ética, molesta que se hable de solidaridad mundial, molesta que se hable de distribución de los bienes, molesta que se hable de preservar las fuentes de trabajo, molesta que se hable de la dignidad de los débiles, molesta que se hable de un Dios que exige un compromiso por la justicia» (Evangelii Gaudium, 203): ésta es su palabrería barata. Así habla un político para tratar de convencer a los demás de que su idea es la correcta, de que ellos están equivocados. Y mete a Dios en su blasfemia.

«¡Cuántas palabras se han vuelto molestas para este sistema!»: palabras, palabras, palabras. Lenguaje humano, razones que se dan para nada. Porque el sistema capitalista le trae sin cuidado la ética, la solidaridad mundial, la distribución de los bienes, el trabajo, la dignidad de los débiles, que Dios exija justicia. Todo esto son palabras baratas de Francisco para no decir nada. Si el capitalismo no funciona es porque hay gente que vive en pecado y que obra ese capitalismo. Y la gente que vive en pecado no le interesa esas palabras de Francisco. El capitalismo mueve dinero en lo privado. Ahí está todo su negocio: mover dinero privadamente. Lo demás: si hay trabajo, si hay bien común, si hay justicia, eso no le toca al capitalismo, sino a los hombres, con sus leyes. Y como las leyes son inicuas, entonces hay mucho pecado en todas partes.

Francisco nunca va a decir: «¡Cuánto pecado hay en este sistema!» Porque sólo habla como un político, no como un santo que enseña la vida espiritual, las normas morales, las normas éticas a los economistas, Nunca Francisco habla así: enseñando la verdad. Francisco habla para hacer política, su política, su lenguaje barato.

Estamos ante un hombre que, sentado en la Silla de Pedro, está gobernando la Iglesia con su doctrina comunista, que es un marxismo humanista, su teología de los pobres. Lleva un año con la misma doctrina del demonio. Siempre hablando de lo mismo. Todo es dar vueltas a lo mismo: ¿cómo salvar cuerpos? ¿cómo quitar la hambruna del mundo?

¡Y todavía hay gente en la Iglesia que dice que Francisco es un santo! ¡Esto sí que es absurdo! Porque el que Francisco se dedique a esto, es normal, ya que es un hereje por los cuatro costados: un comunista que sólo vive para su idea del bien y del mal, para su dios, que es el maldito dinero. Su obsesión le marca desde que se sentó en la Silla de Pedro. Es un loco obsesivo que siempre está en su misma idea: los pobres, los pobres, los pobres. Y de ahí no sale. ¿Por qué? Por su avaricia descontrolada. Su apego al dinero.

Jesús nunca habló de los pobres, ni de los problemas del mundo, ni de los hombres, ni de los políticos, porque no estaba apegado ni al dinero, ni al pensamiento de los hombres, ni a sus políticas, etc.

Jesús vino a echar demonios, a curar enfermedades, a obrar la Voluntad de Dios. No vino a hacer política. Y cuando le tocó hablar a los políticos, les dijo: zorra sois.

Francisco es lo más contrario a Cristo porque está apegado al dinero, a la mente de los hombres, a sus políticas, a sus culturas, a sus ideas en la vida. Francisco nunca puede imitar a Cristo. Francisco siempre imita a los hombres del mundo, porque es como ellos.

Y hay gente en la Iglesia que, a estas alturas, no ha comprendido lo que es ese hombre, ese hereje, ese anticristo. Esto es lo que no se comprende. Porque Francisco ha sido claro en sus palabras: son las de un hombre que no cree en nada. ¡Es clarísimo! Y hay gente en la Iglesia que vive en un mundo ilusorio, creyéndose que Francisco tiene la sartén por el mango, que sabe lo que está haciendo, que se opone a la gente del mundo para decirles cómo tienen que vivir.

La Iglesia está llena de gente estúpida como Francisco. Gente que no sabe discernir nada, que no entiende la vida espiritual, que cree que la Iglesia es la de los bautizados en Cristo. Y ahí se paran. Gente llena de una ignorancia de la doctrina de Cristo supina. No saben ni las bases de esa doctrina. No se saben -ni siquiera- los diez mandamientos. No saben lo que Dios les pide en la Iglesia, para sus almas. Sino que viven en la Iglesia como viven en el mundo: un negocio social.

Están para reunirse en sociedad y ver los problemas de todos y dar soluciones a todos, menos a sus almas.

Esto es lo que hace Francisco diariamente: se dedica a charlar de muchas cosas, a creerse importante por lo que dice, y a imprimir en los hombres su comunismo. A Francisco sólo le interesan las almas para condenarlas. ¡Sólo para eso!

Y hay gente que no sabe ver esto tan claro, porque es como Francisco, vive como Francisco, obra como Francisco.

Francisco ha abierto las puertas de la Iglesia al mundo: su nueva iglesia es la iglesia del mundo. Y no es otra cosa. Sólo se ve mundo por todas partes en la Iglesia. Sólo se ve interés por las cosas del mundo en la Iglesia. Sólo se analizan las cosas del mundo en la Iglesia. Sólo se convive con la gente del mundo en la Iglesia. Es un signo de que todo va mal en la Iglesia, de que esta no es la Iglesia de Cristo. Esta es la Iglesia del Anticristo.

Y queda muy poco tiempo ya. Hay que salir de Roma. Roma: ramera. Roma: maniatada por el demonio. Roma: usurpadora de la Verdad. Pone la mentira como una verdad.

Una Iglesia sumergida en el error

Jesus Rey

La Iglesia se halla sumergida en el error, acogido y propagado por muchos, desconociendo la Verdad del Evangelio: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?” (Rm 6, 2).

Las tinieblas del pecado han descendido sobre la Iglesia porque vive en el pecado. Jesús ha dado muerte al pecado con Su Muerte, pero muchos siguen viviendo según la carne y, por tanto, “no pueden agradar a Dios” (Rm 8, 8). Sólo los que “son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) y, por tanto, no viven según la carne, sino que son de Cristo.

Cristo no pertenece al mundo, Cristo no da la alegría del mundo, sino al Espíritu de Dios. Cristo no vino al mundo para dejar al hombre en sus pensamientos humanos, en sus vidas humanas, en sus obras humanas, sino que vino para darle una nueva Vida, que no es de este mundo, que no se puede encontrar en este mundo, porque es un don de Dios.

Pero hay que ganarse ese don de Dios luchando contra el pecado, que impide que se manifieste el Espíritu de Dios en el hombre. Y, en consecuencia, impide la verdadera alegría en el corazón.

Hay que arrancar de sí las raíces del pecado, que son las vestiduras del hombre viejo, para poder vestirse del hombre nuevo, del Nuevo Adán, que quiere asumir toda carne y llevarla a la Gloria de Dios.

Pero si los hombres desechan la Palabra de Dios, que es el camino para salvar y santificar al hombre, entonces Cristo no puede habitar en los corazones de los hombres y sus vidas se pierden sólo en las oscuridades del mundo.

Si el mundo está pervertido por el pecado, va a alcanzar la máxima perversión por la apostasía de la Iglesia, porque un gran mal significa para el mundo que un hereje esté sentado en la Silla de Pedro.

Si en la Iglesia primitiva, los gentiles obtuvieron la salvación por el pecado de los judíos: “su reprobación es reconciliación del mundo” (Rom 11, 14), ¿qué será del mundo, del pueblo gentil, ahora que la Iglesia vuelve la espalda a Su Salvador? ¿Qué castigo no vendrá al mundo y a la Iglesia?

En la Iglesia primitiva había fe en la Palabra para transformar los corazones de los hombres sin Dios. Las almas creían sencillamente en el Evangelio y daban testimonio de la Verdad con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos.

Pero en la Iglesia del siglo XXI, las almas carecen de fe en la Palabra de Dios y han vuelto a lo de antes, a lo que los fariseos vivían y obraban: en las promesas de un Mesías terreno, temporal, humano. Hoy se busca en la Iglesia el Paraíso en la tierra, la felicidad en la tierra, a un Mesías, a un rey, a un hombre que dé palabras de apoyo, de confianza, de seguridad en las cosas materiales, en lo humano de la vida.

Las almas han perdido el objeto de la fe: a Cristo. Ya no miran la Vida que Cristo ofrece en cada Eucaristía, sino que andan mirando sus vidas humanas y buscando un camino para ser feliz en esas vidas de hombre.

Las almas en la Iglesia prefieren a un gobernante que les hable de forma bella, agradable, que se ocupe de los asuntos del mundo, que a un gobernante que les diga la Verdad.

No quieren escuchar la Verdad, pero sí quieren acoger la mentira como verdad. Están dispuestos a morir por la mentira de sus vidas y a enseñar esas mentiras a otros en la Iglesia. Y eso da lugar a que se extienda la apostasía como una mancha de aceite hasta que llegue a su culmen.

Cristo ha abandonado a Su Iglesia. Cristo calla ahora en Su Iglesia. No se manifiesta por su Jerarquía, que debe ser la Voz de Cristo en la Iglesia. Y eso es un castigo para toda la Iglesia. Porque la Iglesia es lo que son sus primicias: “si las primicias son santas, también la masa; si la raíz es santa, también las ramas” (Rm 11, 16).

Y la Jerarquía de la Iglesia no es santa, sino pecadora, pervertida, corrupta. Por lo tanto, también la masa, también el Cuerpo de Cristo está lleno de pecadores, de perversión y de corrupción. Y, donde reina el pecado, no reina Cristo. Donde se comulga con la mentira no puede haber unión con la Verdad. Donde se obedece al error es imposible vivir la libertad de los hijos de Dios.

Cristo calla en Su Jerarquía porque ésta mira el pecado como solución para la vida de la Iglesia en muchos. Pero Cristo no calla en las almas de la Iglesia, porque cada alma ha sido redimida por la sangre de Cristo. Y, por lo tanto, Cristo guía, ahora, a su Iglesia desde el Cielo. Él solo, sin necesidad de hablar por ninguna cabeza en Su Iglesia.

Porque quien ha jubilado al Papa Benedicto XVI también ha jubilado la Voz de Cristo en la Iglesia.

Quien haya hecho renunciar al Papa Benedicto XVI al Papado, también ha hecho renunciar la Voz de Cristo en la Iglesia.

Si no hay Cabeza en la Iglesia, Cristo calla en toda cabeza de la Iglesia. Pero no puede callar en sus almas. Por eso, ahora sólo hay que hacer caso, en la Iglesia, a los profetas de Dios. Sólo a ellos. A los demás, ni caso.

Lo que haga Francisco y los suyos: ni caso. No hay obediencia a un judas en la Iglesia. Se obedece a Cristo, no a uno que parece de Cristo en su semblante exterior, pero sus obras son las de un anticristo.

El negocio de la Iglesia es la salvación de las almas. Quien quiera poner el negocio de la Iglesia en quitar la hambruna de los pobres del mundo, ése es del anticristo. Ése es un judas. Tiene el mismo pensamiento de Judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trecientos denarios y se dio a los pobres? Esto lo decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón” (Jn 12, 6). Francisco el ladrón del dinero, el que roba el dinero en la Iglesia.

“Pero, hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? Mira de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho no está la vida en la hacienda” (Lc 12, 14).

La vida de la Iglesia no está en pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de los pobres. La vida de la Iglesia está en caminar detrás de las huellas ensangrentadas de Cristo para subir al Calvario, con Él, y alcanzar la Vida Eterna.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia no sigue a Cristo, no sube al Calvario, sino que mira, de nuevo a Cristo, para juzgarle y crucificarle en cada miembro de la Iglesia. Porque esto es lo que significa la apostasía de la fe: andar por el camino de la rebelión contra Dios, de la idolatría, de la blasfemia, de la impiedad, pervirtiendo todo en la Iglesia, anulando toda Verdad en la Iglesia, aniquilando la Vida de Cristo en la Iglesia.

Y, por tanto, persiguiendo a aquellos que siguen la doctrina de Cristo, que siguen los dogmas de siempre, que no negocian con la Verdad de la Iglesia.

No se puede negociar con los dones de Dios, con los tesoros divinos, con las gracias divinas, con los misterios de Dios, porque no pertenecen a nadie. Sólo a Dios. Los hombres son sus administradores. Pero si los hombres se pervierten, esos dones vuelven a Dios, no quedan entre los hombres. Por tanto, que nadie se engañe cuando le ofrezcan un evangelio lleno de felicidad, que dicen que es de Cristo, pero que es sólo la perversión de su mente humana.

Quien no vive a Cristo en su corazón, pierde los dones de Dios y sólo ofrece en la Iglesia lo adulterado de su pensamiento. Y lo ofrece como una mentira encubierta, maquillada de verdad.

Por eso, hay que combatir la doctrina de Francisco, porque no es la de Cristo en la Iglesia. Es la doctrina de un pervertido, de un amanerado, de uno que se ha olvidado de mirar los dones de Cristo, para observar los regalos que los hombres le hacen.

Hoy Francisco da a la Iglesia la Resurrección, pero olvidando el drama del Calvario, dejando el sufrimiento como una calamidad en la vida, pero no como camino de salvación. Muchos creen que el Nuevo Testamento es sólo alegría, diversión, la búsqueda de nuevos horizontes, porque Dios ya lo perdonó todo. No quieren oír hablar de castigos ni de profetas que anuncian tiempos difíciles.

Hoy no se quiere hablar de la muerte en la Iglesia, ni del infierno, ni del purgatorio, porque no hay que asustar a la gente, no hay que tener miedo, hay que dar el amor en la Iglesia, no hay que atemorizar con los castigos. Esto es lo que mucha gente saca de la doctrina de Francisco: todo es Misericordia. Dios todo lo perdona, Dios todo lo aguanta, Dios es bueno con todos. Y, por tanto, seamos santos con nuestros pecados en la Iglesia.

Francisco presenta un evangelio amable, cariñoso, de besos y de abrazos, de que todo va bien en todas partes, de que existe la esperanza para todos los hombres, de que todos se salvan, ninguno se va al infierno, porque lo dice Francisco, lo predica Francisco. Ha hablado el maestro de los tontos en la Iglesia: Francisco. Ha hablado el engañabobos en la Iglesia: Francisco.

Francisco habla de la necesidad de la alegría, pero no habla de la necesidad de ver el pecado para estar alegres en Dios. Francisco presenta una alegría humana, superficial, que le gusta a todos los hombres, pero que no es la alegría del Evangelio. Es la alegría de los que van bailando, corriendo al infierno.

Francisco dice que la humanidad está enferma de fraternidad y no ve que la enfermedad del hombre es el pecado. No pone el dedo en la llaga, porque sólo quiere ser hombre amable con los hombres. Sólo quiere decirles a los hombres: ¡qué bueno es la vida! ¡qué bello es vivir! Pero no le da al hombre la solución de su enfermedad: que es quitar su pecado, luchar contra su pecado, meter su vida humana en el desierto de todo lo humano para vivir a Cristo en su corazón.

Esto no lo enseña Francisco porque no lo vive. Él vive su estúpida vida. Y hace que los demás lo imiten, viviendo sus estúpidas vidas en la Iglesia, llamado a todo fraternidad, cuando habría que llamarlo todo engendro demoniaco.

Francisco quiere una Iglesia mundana, pero no quiere la santidad, que es crucifixión del mundo. Quiere aferrarse a su vida mundana, pero no puede acogerse a la Verdad de Cristo, a la vida divina que Cristo le ofrece en un camino de Cruz, de desprendimiento de todo lo humano. Él no puede comprender esto. Por eso, cuelga de su cuello una cruz con un cristo con los brazos cruzados, porque ya no hay que crucificarse, sufrir, ya que Cristo ha sufrido por todos. Ahora, a descansar en la vida: a comer, a ser felices, a ganar dinero y a morir contentos, que todos nos salvamos, que ya cristo negoció la salvación de todos los hombres y al Cielo sin sufrir más en la vida, con los sufrimientos que cada cual tenga en su vida. Esto es su mente. Esto es lo que piensan muchos en la Iglesia: esta espiritualidad cómoda, acomodada a la vida humana, que sólo pone la mira en los problemas de los hombres para vivir solucionando problemas humanos. Y eso da felicidad al hombre.

Por eso, a Francisco no le gustan los profetas. No puede con ellos, porque los Profetas ponen verde a Francisco, lo niegan como Vicario de Cristo, y le dan el nombre de falso profeta.

Pero, como Francisco se cree sabio, como él se que cree más que todos los profetas, él hace como los falsos profetas: habla en contra de la Verdad para decir sus mentiras en la Iglesia. Y así tapa a los profetas.

Francisco nunca va a escuchar a un Profeta, porque no cree en el Espíritu de Profecía. Sólo cree en su mente humana. Sólo habla en la Iglesia lo que se inventa su mente humana. Sólo sale de su boca la arrogancia de su mente humana.

Y los que los siguen, los que hacen coro a su estupidez doctrinal, son los que se niegan a reconocer la Verdad en la Iglesia, que son muchos, porque sólo quieren vivir felices en el mundo y en sus vidas.

La Iglesia ha perdido la fe en la Palabra de Dios. Por eso, lo que viene a la Iglesia no es nada bueno. Y el mismo Francisco tendrá que callar su boca ante la maldad que va a contemplar en la Iglesia, en esa iglesia que él quiere de la alegría y del bienestar.

Jesús no ha hecho una sola familia humana

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“A través de tu sabiduría, inspira a los líderes de los gobiernos y a los empresarios, así como a todos los ciudadanos del mundo, a encontrar soluciones de caridad para finalizar la hambruna mundial y asegurar el derecho de todo ser humano al alimento” (Oración de la Campaña “Una Sola Familia Humana, Alimentos para Todos”).

Este es el negocio de Francisco en la Iglesia: pedir dinero para quitar el hambre en el mundo. Y ¿en qué basa este negocio? En una herejía: “Nos enviaste a tu Hijo a compartir su propia carne y sangre y a enseñarnos tu Ley de Amor. A través de su muerte y resurrección nos has formado en una sola familia humana” (Oración de la Campaña “Una Sola Familia Humana, Alimentos para Todos”).

Quien rece esta oración, es seguro que Dios no lo escucha, sino que lo escucha el demonio. Porque Dios no da dinero para remediar el hambre del mundo. Jesús dio de comer haciendo un milagro, no pidiendo dinero a los ricos del mundo.

“Jesucristo (…) mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre).

La gravedad de estas palabras ponen a Francisco como, no sólo hereje en la Iglesia, sino apóstata de la fe.

Decir una herejía es proclamar una mentira como verdad; pero ser apóstata es enseñar una mentira como verdad. Los herejes son falsos profetas, que dan sus mentiras por todas partes, para llenar el mundo de mentiras; pero un apóstata hace más que un falso profeta: enseña a obrar la mentira con el poder que tiene en la Iglesia. Esto es lo que hace Francisco, por eso, él actúa como anticristo, enseña lo opuesto a Cristo. Y lo enseña para que se obre en la Iglesia. Eso es la oración de Cáritas: han aprendido de la doctrina de Francisco.

Jesús no nos ha constituido en humanidad nueva por su Resurrección. Esto, Francisco, se lo ha sacado de la manga. Jesús da al hombre Su Gracia, pero no regenera la humanidad. Jesús da a cada hombre la oportunidad de salir de su pecado y vivir en Gracia, pero no da a cada hombre la Gracia, no quita el pecado de la humanidad entera, no hace una humanidad nueva y, mucho menos, en total comunión con la Voluntad de Dios.

Predicar esto es sencillamente negar el pecado original, negar la Obra de la Redención del hombre por Cristo y negar la Obra de la Santificación del hombre por el Espíritu.

Como Cristo ha muerto y resucitado, entonces todo el mundo es bueno y se va al cielo. Esto es, en resumen, lo que dice Francisco. Una gran barbaridad. Una gran herejía. Y esto es lo que se pone para pedir dinero: como todos somos una gran familia humana, nueva, porque Cristo lo ha hecho, entonces hay que acabar con los conflictos de los hombres pidiendo dinero a los ricos, porque, claro, son los ricos los culpables de que los pobres no tengan qué comer.

Son los líderes de los gobiernos y los empresarios de todo el mundo los culpables de que haya gente que pase hambre. Este es el argumento de Francisco. Insostenible, pero apoyado en la Iglesia por la misma Jerarquía.

Como Cristo ha “hecho de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la enemistad” (Ef 2, 15), entonces, todos somos hermanos y no hay que llamar a nadie enemigo. Esta es la falsedad que propone Francisco. Él no distingue entre hijos de Dios e hijos de los hombres. Sino que mete a toda la humanidad como hija de Dios. Esto es lo inconcebible.

Cristo ha derribado el muro, porque ha quitado el pecado de Adán, que ponía al hombre enemigo de Dios. Pero Cristo no quita el pecado de cada hombre. Cada hombre, para quitar su pecado, tiene que ponerse a los pies de Cristo y recibir de Él el perdón por sus pecados y la Gracia para vivir una vida nueva: “al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos” (Flp 2, 10).

No podemos meter a todo el mundo en el bote de la salvación, como lo quiere Francisco, y llamar a todo el mundo hermanos.

Cristo ha quitado la enemistad, pero los hombres siguen siendo enemigos porque están en sus pecados, permanecen en sus pecados. ¿Es que no tenéis inteligencia?

“Os exhorto, en el Señor, a que no viváis ya como viven los gentiles, en la vanidad de sus pensamientos, obscurecida su razón, ajenos a la vida de Dios por su ignorancia y la ceguera de su corazón (…) despojaos del hombre viejo (…) vestíos del hombre nuevo” (Ef 4, 17.22.23).

Para ser de Cristo no es suficiente con que Cristo haya quitado la enemistad; es que cada hombre tiene que quitar su enemistad con Dios, tiene que despojarse de su hombre viejo de pecado, tiene que revestirse del hombre nuevo en la gracia; y así será hijo de Dios. Y sólo así habrá fraternidad entre los hijos de Dios.

Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña lo que le da dinero en su negocio en la Iglesia. Su tapadera para llenarse el bolsillo de dinero: “son muchos los que andan (…) que son enemigos de la Cruz de Cristo. El término de ésos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas” (Flp 3, 18-19).

Ahí tienen a Francisco que sólo habla del dinero porque su corazón sólo está puesto en el dinero. Sólo habla del hombre porque su corazón sólo sigue al hombre.

¿A quién se le ocurre pedir dinero para quitar el hambre en el mundo? Sólo a un comunista, como Francisco. Esta es la doctrina del demonio puesta en obra por Francisco en la Iglesia, apoyado por toda la Jerarquía que calla su herejía, aplaudido por tantos fieles que son como él: herejes y apóstatas de la fe.

Jesús no pidió dinero a los ricos de su tiempo, porque no hace falta sacar de la hambruna al hombre. No hace falta darle alimentos al hombre. Lo único que hace falta es hacer ver al hombre que está en pecado y que salga de su pecado. Y, cuando hace eso, entonces el hombre tiene para comer.

Jesús, para pagar los impuestos, hizo un milagro: de la boca del pez resolvió el problema. ¿Todavía no creéis en la Palabra de Dios que da todo lo necesario sin mover un dedo, sin pedir dinero a nadie, sin buscar dinero en ningún sitio? Francisco no cree y, por supuesto, la Iglesia está llena de gente que ha hecho su propia providencia pidiendo dinero a los ricos del mundo. Y ya no creen en la Providencia Divina.

Jesús no ha formado una sola familia humana con su muerte y su resurrección. Esta es la mayor estupidez de Francisco. Para el que tenga fe en la Palabra de Dios se le cae la cara de vergüenza leyendo esta frase.

“No os unáis en yunta desigual con los infieles” (2 Cor 6, 14). ¿A quién se hace caso: a Francisco o a san Pablo?

“¿Qué consorcio hay entre la justica y la iniquidad?” (v. 14). ¿Qué unión hay entre la justicia de los hijos de Dios y la iniquidad de los hijos de los hombres? ¿Dónde está la sola familia humana que ha creado Jesús si todavía hay pecado entre los hombres, si hay hombres que son demonios, si existen personas que no quieren la verdad en sus vidas?

Es que no se puede dar una sola familia humana. Es que esto es el abc de la vida espiritual. Cristo quita el pecado de Adán, que es la enemistad entre el hombre y Dios; pero Cristo no quita el pecado en cada hombre. Luego, no hay fraternidad, no hay amor entre los hombres, no hay una sola familia humana.

Luego, pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de la gente es sólo el negocio de Francisco en la Iglesia. ¡Un negocio muy peligroso!

Francisco, ¿quieres dinero? Dame poder en tu iglesia.

Esto es una tapadera lo de pedir dinero; el fondo es ése: hay que sujetar la iglesia en Roma con el poder del mundo, hay que meter en Roma el poder del mundo. Y así puede entrar el Anticristo. Una iglesia manejada por el mundo es la iglesia del Anticristo.

Esto es lo que no se enseña en Roma, porque se pone la careta de lo humanitario, de hacer una caridad, de ayudar a los más necesitados; porque eso es lo que vende, eso es lo que mantiene a Francisco en el poder: ser popular con la gente pobre, con la gente enferma, con la gente con problemas. Ése es su proselitismo, su ideología, su lenguaje doble y embustero en cada homilía. Y así, sin que nadie se dé cuenta, la iglesia es manejada por el poder del mundo.

Francisco habla para un pueblo que tiene sus problemas diciéndoles lo que ellos quieren escuchar: os voy a conseguir dinero para quitar vuestros problemas. Esto encanta a la gente. Y todo el mundo se pone a pedir dinero para sacar de la hambruna a la gente.
¡Gran negocio de Francisco en la Iglesia! ¡Gran negocio!

El profeta de Dios siempre habla lo que el pueblo no quiere escuchar. Y, por eso, es siempre impopular entre la gente del pueblo. Francisco es un falso profeta. Eso se ve a la legua. Eso es tan claro que todo el mundo se da cuenta de las estupideces de ese hombre. Pero, por el falso respeto humano, todavía se le llama Papa.

Así somos los hombres: tan humanos, tan sentimentales, tan afectivos, que nos cuesta decir a ese idiota: eres un maldito. Deja ya de llamarte Papa, deja ya de hacer tu teatro en la Iglesia. Deja ya de decir tus discursitos que no valen para nada.

Pero esto la gente no lo hace porque no vive buscando la verdad, sino que quiere –eso- un hombre sentado en la Silla de Pedro, porque tiene que haber un hombre. ¡A ver! Es como muchos, que van a la Iglesia los domingos porque toca ir a Misa.

Hoy no se vive de fe en la Iglesia, sino de rutinas, de compromisos, de culturas, de actos sociales, y por tanto, es igual quien esté sentado en la Silla de Pedro. Eso no interesa. Porque no se vive buscando el sentido de la vida y, por eso, se cae en la trampa de Cáritas, y se da dinero cuando Dios no quiere el dinero para quitar el hambre en el mundo. Pero, como lo dice la Iglesia, como está avalado por la palabra de uno que se llama Papa, entonces a dar dinero, a caer en el engaño.

Quien vive de fe no puede hacer comunidad entre Cristo y Belial (cf. 2 Cor 6, 15). No podemos hacer una Iglesia para servir a dos señores: al dinero y a Dios. El dinero es del demonio: que se lo quede el demonio. Cristo da la Gracia a los hombres para resolver todos sus problemas. Cristo no da dinero a nadie. Y a quien se lo pide, Cristo le da un castigo, porque pide mal, no pide en Su Nombre, la salvación de su alma.

Cristo viene a salvar las almas, no a quitar el hambre del mundo. Francisco quiere quitar el hambre del mundo. ¿Y todavía lo llaman Papa? ¿Cuándo vais a despertar del engaño?

Un sacerdote verdadero hace la oración de san Pablo: “doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, para que, según los ricos tesoros de su Gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por Su Espíritu, que habite Cristo por la fe en vuestros corazones y, arraigados y fundados en la Caridad, podáis comprender, en unión con todos los santos, cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad y conocer la Caridad de Cristo, que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda la Plenitud de Dios” (Ef 3, 14).

Que habite Cristo en vuestros corazones, no que tengáis el estómago lleno de alimento y el bolsillo repleto de dinero. Cristo es el Poderoso para dar a los hombres la felicidad que necesitan. No son los políticos ni los empresarios del mundo los que ponen ese camino para encontrar la felicidad en la vida. Se es feliz con la Gracia de Cristo. Se es infeliz con el estómago lleno.

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