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Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

Francisco adora el pensamiento del hombre

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«Mi Doctrina no es Mía, sino de Aquel que me ha enviado. Quien quiera hacer la Voluntad de Él conocerá si Mi Doctrina es de Dios o es Mía» (Jn 7, 16- 17).

En la Iglesia Católica seguimos una Doctrina sobrenatural, no humana, no natural, que no puede circunscribirse a nada de la vida de los hombres. No es una Doctrina de hombres, sino de Dios. Y, por tanto, nadie en la Iglesia Católica tiene el derecho de cambiar ni una tilde a esa Doctrina.

No se puede negar las Verdades que están en las Sagradas Escrituras y que toda la Tradición de la Iglesia, con Su Magisterio auténtico, enseña. Quien las niegue y obre en consecuencia, automáticamente se pone fuera de la Iglesia Católica.

Negar la fe Católica se puede hacer de muchas maneras. Desde negar una verdad, y eso convierte a la persona en un hereje; negando muchas verdades; y eso significa que la persona es apóstata de la fe; creando una nueva iglesia, y eso es el cisma.

En las virtudes teologales, no hay parvedad de materia. Es decir, cuando se niega una verdad de fe, se comete siempre un pecado mortal. En otras palabras, el hereje, por negar una verdad, automáticamente, sale fuera de la Iglesia por su pecado mortal de herejía. No son pecados veniales. No son cualquier pecado.

La herejía, la apostasía de la fe, el cisma; son pecados contra la fe; pecados de infidelidad a la Gracia y a la vocación que se ha recibido, por parte del Señor.

Un sacerdote, un Obispo, que cae en herejía o en apostasía, se pone en un camino de condenación. Porque la fe es un medio necesario para la salvación. No abrazar la fe, no asentir a los dogmas de la fe, es no salvarse. No hay excusa de pecado en quien cae en herejía o en la apostasía de la fe.

Un sacerdote que ya no cree en los dogmas, ya no se puede salvar por los caminos ordinarios que Dios ha puesto en la Iglesia. La fe divina se pierde por la herejía o apostasía formal, porque no hay parvedad de materia. O se cree en una Verdad como Absoluta, como dogma, o no se cree en esa Verdad. No creer que exista el Infierno es herejía. Y predicar que no existe el infierno o enseñarlo así, es ponerse fuera de la Iglesia Católica.

Ya estamos en el tiempo, no de los herejes, sino de la apostasía de la fe. El que apostata de la fe ya niega muchas verdades, no sólo una. Ya es infiel en muchas cosas. Y, en esa persona, ya no hay fe divina, no hay fe teológica. A la persona le parece que sigue creyendo en Dios, pero en la realidad no es así, porque obra lo que Dios no dice. En su pensamiento, dice que cree en Dios. Pero la fe no es un pensar sobre Dios, sino un obrar lo que Dios dice.

Estamos viviendo, dentro de la Iglesia, con sacerdotes, con Obispos, que se declaran católicos, pero que obran en contra de la fe divina, que enseñan muchas herejías. Y lo hacen revestidos de autoridad. Y eso crea confusión en toda la Iglesia. Y es la manera cómo el demonio la ataca.

La gente, en la Iglesia, no busca la Fe Verdadera, una Fe fuerte, consolidada en la Verdad, que es Cristo, para así estar en pie contra todo ataque del enemigo. Sino que muchos, dentro de la Iglesia, se conforman con una Fe débil, con un viento suave, agradable, que les gusta, porque ven a una Jerarquía amable, humana, cariñosa, dedicada a los asuntos de los hombres. Gente que no refuerza su Fe con la vida de los Sacramentos, con la oración, con la vida de la Gracia, sino que se deja llevar por muchas novedades que los sacerdotes, los Obispos, dan en la Iglesia. Gente que ya no pone de su parte y que cae en el pecado, cae en la herejía, cae en la apostasía de la fe, ante cualquier palabra amable, barata, de un sacerdote.

Francisco predica que Jesús no es un Espíritu, y todos se lo creen. Han caído, con los primeros vientos suaves de maldad, en la herejía. Son personas que no están preparadas para una batalla fuerte contra el mal, sino que se les cae la baba por la amabilidad de un personaje que no tiene Fe, que no sólo es un hereje, no sólo es un apóstata, sino que es un cismático: ha creado un nuevo cisma: un cisma en el cisma.

Mucha gente dentro de la Iglesia Católica ya no son católicos, es decir, ya no tienen la Fe teológica o Fe divina. Se han convertido en herejes, en apostatas de la fe, en cismáticos. Y es necesario defenderse contra esa gente, porque obran la maldad del demonio dentro de la Iglesia.

En la Iglesia Católica hay infiltración: sacerdotes, Obispos, que predican herejía y que enseñan a vivir sin fe. Y a esos sacerdotes, a esos Obispos, no se les puede escuchar, no se les puede obedecer, porque .por sus pecados de infidelidad, ya no pertenecen a la Iglesia Católica. Esos sacerdotes, esos Obispos, no vienen del Señor, no son Pastores de Cristo, no son sacerdotes para Cristo, no son los representantes fieles a Cristo que den una Fe firme para ganar el Cielo en la tierra. Sino que, todo lo contrario, enseñan una falsa fe, que condena al alma de manera automática.

Estamos ante una situación muy grave. Es un tiempo, no como los que se han vivido durante 50 años, sino totalmente nuevo. El cisma comienza a verse en todas partes. Un cisma en el cisma. Un cisma creado hace 50 años, pero que se manifiesta ahora, que rompe a luz ahora. Un nuevo cisma en que muchos se han endiosado: sus razones, sus pensamientos filosóficos, teológicos, son su dios dentro de la Iglesia Católica. Adoran a su mente humana. Adoran a hombres en sus obras. Y ya son incapaces de adorar al Verdadero Dios porque han perdido la Fe. Creen estar con Dios, servir a Dios, pero no hacen las obras de Dios, no hacen lo que Dios dice en Su Palabra.

«El mundo no puede aborreceros a vosotros, pero a Mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas» (Jn 7, 7). Esos sacerdotes, esos Obispos, no hablan contra el mundo, sino a favor del mundo. Y, por tanto, el mundo los ama. El mundo está con ellos. Y ellos aman el mundo. Ellos yo no aman la Iglesia Católica.

Una Jerarquía que bautiza a una persona de un matrimonio lesbiano es una Jerarquía que ha apostatado de la Fe divina, que no obra en la Iglesia lo que Dios dice, sino que obra lo que su mente humana le dice.

Y esa Jerarquía, que hizo esa obra demoniaca en la Iglesia, ya no es de la Iglesia Católica, por su pecado de apostasía, de infidelidad a la Gracia y la vocación recibida. No hubo bautismo, por el pecado de la Jerarquía. Si esas dos mujeres hubiesen bautizado esa niña en otra iglesia no católica, entonces el bautismo sería válido, si en esa iglesia se bautiza con la intención que se hace en la Iglesia Católica. Pero como es bautizo lo realizó una Jerarquía apóstata de la fe, que ya no pertenece a la Iglesia, que por su pecado, no pueden dar sacramentos ni recibirlos, entonces no quedó bautizada esa persona. Esta es la maldad que nadie cuenta porque a nadie le interesa ya la vida espiritual de las almas. Sólo ven ese acto cono algo social, algo cultural, un derecho humano que hay que darle a ese niño, porque qué culpa tiene el niño.

Tres cosas son el eje del pensamiento de Francisco:

1. Su campaña política:

“Para mí, el corazón del Evangelio es de los pobres. He escuchado, hace dos meses, que por esta razón una persona dijo: ‘¡Este Papa es comunista!’. ¡No! Ésta es una bandera del Evangelio, no del comunismo: del Evangelio. La pobreza sin ideología, la pobreza… Y por este motivo creo que los pobres están al centro del anuncio de Jesús. Basta leerlo. El problema es que después esta actitud hacia los pobres, algunas veces, en la historia ha sido ideologizada” (entrevista de unos jóvenes belgas al Papa Francisco, el 31 de marzo del 2014, realizada en el Palacio Apostólico Vaticano)

Esta es la opinión de Francisco. Su opinión, que va en contra del Magisterio de la Iglesia, de la Palabra de Dios y de toda la Tradición. Francisco está haciendo su campaña política desde Roma. Está llenado la Iglesia de su ideología comunista, marxista, que es su teología de los pobres.

Decir que el corazón del Evangelio es de los pobres es, sencillamente, una herejía. Porque el corazón del Evangelio es la Palabra de Dios, es el Verbo, es el Padre, es el Espíritu Santo. Punto y final. Lo demás, son las ganas de Francisco de hacer su ideología comunista.

Y se atreve a juzgar que en la historia esta actitud hacia los pobres ha sido ideologizada, y no cae en la cuenta de que está haciendo política, demagogia, proselitismo: está dando su ideología sobre el evangelio y sobre los pobres. Éste es el fariseísmo de este hombre.

“¡Este Papa es comunista! ¡No! Ésta es una bandera del Evangelio, no del comunismo”. Francisco no es capaz de escuchar la Verdad: “Este Papa es comunista”. Sino que defiende su verdad: “ésta es una bandera del evangelio, no del comunismo”. Está haciendo, claramente su política en la Iglesia. Éste es su engaño, su palabra que miente, su palabra que da la falsedad siempre. Y no le importa quien esté a su lado. Habla la mentira como si se bebiese un vaso de agua.

El centro del Evangelio: Jesús. ¡Basta leerlo, Francisco! ¡Basta leerlo con un corazón sencillo, con una mente humilde, con un Espíritu abierto a la verdad! ¡Basta leerlo para comprender que tú, Francisco, no lees el Evangelio! ¡Que te dedicas a dar tus brillantes pensamientos a los tontos e idiotas como tú!

2. Derechos humanos:

“Todos somos hermanos. Creyentes, no creyentes, o de una confesión religiosa o de la otra, judíos, musulmanes… ¡Todos somos hermanos! El hombre está al centro de la historia, y para mí esto es muy importante: el hombre está al centro. En este momento de la historia, el hombre ha sido expulsado del centro, ha resbalado hacia la periferia, y al centro – al menos en este momento – está el poder, el dinero y nosotros tenemos que trabajar por las personas, por el hombre y la mujer, que son la imagen de Dios” (Ibidem)

Todos somos hermanos del error, de la mentira, del engaño, del fariseísmo, de la maldad, de la hipocresía, del pecado, del demonio. Esto es lo que no dice Francisco.

“Todos somos hermanos”. No, Francisco. Tú eres hijo del demonio. Pero no eres hijo de Dios. Tú eres un hombre, hijo de hombre, con una carne y con una sangre. Pero eres un hombre sin Verdad. Luego, no eres hermano de los hijos de Dios, de los hombres que tienen la Verdad en sus corazones. Tú eres un hombre que no posee, en su corazón, la Verdad. Luego, eres hermano de otros hombres que no poseen en sus corazones la Verdad. Tú eres infiel a la Verdad, porque eres fiel a tu pensamiento humano.

Dios no ha creado hermanos entre los hombres. Dios ha creado un Adán. Y ese Adán ya pasó, ya no sirve, ya no hay que mirar a Adán y sacar de Él los hermanos. No hay que mirar la Creación como algo bueno, porque Adán la anuló. Ahora, hay que mirar al Nuevo Adán.

En la Iglesia Católica tenemos al Nuevo Adán y a la Nueva Eva, que son Jesús y la Virgen María, que engendran hijos por la Gracia. Y los que viven en Gracia, son hermanos en la Fe en Cristo y en la Fe en Su Iglesia. Hermanos en una misma Fe, en un mismo Señor, en un mismo Bautismo.

Y los que no creen no tienen Fe. Y los que atacan la doctrina de Cristo, la Iglesia Católica, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, no tienen Fe. Y los que gobiernan la Iglesia con su gobierno horizontal, no tienen Fe. Y Francisco, que dice herejías continuamente, no tiene Fe.

¡No todos somos hermanos! En un mundo donde el 80 por cien de los que mueren diariamente se van al infierno, es claro, que no todos somos hermanos en la Fe.

Francisco no has comprendido: ¡No todos somos hermanos! ¡Es imposible! ¡Hasta un niño se da cuenta de que los hombres no son hermanos!

Pero no sólo hablas de que todos somos hermanos, sino que vas más allá: “El hombre está al centro de la historia, y para mí esto es muy importante: el hombre está al centro”. Clara blasfemia contra el Espíritu Santo.

La historia es de Dios, no de los hombres. La historia la escribe Dios con su Dedo, no la escriben los hombres con sus vidas humanas. ¡Cuántos hombres que no son historia divina, que no pertenecen a Dios! El centro de la Creación es Dios. El centro del Universo es Dios. El centro de la tierra es Dios. El centro de la historia es Dios. El hombre es sólo un ser que depende, de forma absoluta, de Dios. Sujeto a Dios, quiera o no quiere, le guste o no le guste. El hombre, en su alma, está marcado con un fin divino, que debe buscar y encontrar en su vida humana. El hombre está llamado a adorar a Dios dejando su vida humana aparcada, como inservible, como inútil, para revestirse, para transformarse en un ser divino, a Imagen y Semejanza de Dios.

Francisco, en esas palabras da culto al hombre, adora al hombre. Y pone los derechos del hombre por encima del derecho divino que Dios exige a todo hombre: salvar y santificar su alma.

Francisco trabaja por los derechos humanos, pero no trabaja para llevar al hombre al Cielo. Por eso, se esfuerza por reunir en una sola iglesia a todos los hombres: hay que respetar sus ideas humanas, sus derechos humanos, sus obras humanas, sus vidas humanas. El derecho divino para salvar al hombre del pecado queda anulado por el diálogo que Francisco quiere con todos los hombres para inventarse su nueva iglesia, que lleva a la condenación a todas las almas. Y, en consecuencia, debe caer en su gravísimo error:

3. Justicia Social:

“hemos entrado en una cultura del descarte”: “son expulsados los niños – no queremos niños- menos familias pequeñas: no se desean niños, son expulsados los ancianos: tantos ancianos mueren por una eutanasia escondida, porque no se ocupan de ellos y mueren. Y ahora son expulsados los jóvenes” (Ibidem).

Francisco anula la Justicia Divina, que es la que pone el camino de la Misericordia para salvar las almas del demonio y del pecado. Y lucha por su justicia social, por los males sociales, para crear una iglesia social, que se dedique a dar de comer, a resolver problemas humanos, a controlar la vida de los demás si no piensan como ellos.

Francisco llora por los niños, por los ancianos, por su cultura del descarte. Y no llora por sus almas, porque ha anulado el pecado como ofensa a Dios.

Francisco está negando a Cristo y a la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Y lo niega, no sólo con sus palabras baratas y blasfemas, sino con sus obras llenas de maldad en toda la Iglesia.

Y, por eso, a Francisco no se le puede seguir, no se le puede obedecer, no hay que escucharlo para aprender de él algo; hay que escucharlo para contraatacar su herejía y su blasfemia. Hay que oponerse al dictador Francisco para no caer fuera de la Iglesia, donde él está.

Francisco no pertenece a la Iglesia Católica

Primer anticristo

“Cuando busco más a fondo – dijo el Papa – me parece que es más bien una especie de moda [“fashion” en el original inglés de la noticia]. Y si se trata de una moda, por lo tanto, no es una cuestión que necesite mucha atención. Sólo es necesario mostrar un poco de paciencia y amabilidad con las personas que son adictas a una cierta moda. Pero considero de gran importancia profundizar en las cosas, porque si no profundizamos, ninguna forma litúrgica, ésta o aquélla, nos puede salvar “. (Francisco al Arzobispo Jan Graubner, de Olomouc – Ver original)

¿Qué creían que Francisco iba a hacer cuando se sentó en la Silla de Pedro? Anular la Eucaristía. Pero necesita tiempo. Dio un palo a los Franciscanos de la Inmaculada, porque siguen una liturgia que ha santificado a muchas almas en la Iglesia durante siglos. Y eso no le gusta a Francisco porque él vive para condenar almas, no para indicarles el camino de la santidad.

La liturgia para este hombre del demonio, sentado en la Silla de Pedro, para hablar las palabras del demonio, que es su padre espiritual, es sólo una moda, es sólo el tiempo de los hombres, sus culturas, sus ideologías lo que hace la liturgia. Y, por tanto, en un mundo abocado a dar culto al hombre, hay que hacer una liturgia, una eucaristía que dé culto al hombre.

“Sólo es necesario mostrar un poco de paciencia y de amabilidad”: éste es el gran engaño de Francisco: un lobo que se viste de paciencia y de amabilidad, para después, atacar la verdad en la Iglesia, para destruir las almas y darles el alimento de la condenación. Con una sonrisa Francisco destruye la Verdad en la Iglesia. Con un gesto de amabilidad. Con su nefasto evangelio de la fraternidad, Francisco da a la Iglesia el camino de la condenación.

“La liturgia no es una cuestión que necesite mucha atención”; es decir, Cristo es una basura en la Iglesia. A Cristo no hay que atenderlo. La Misa no es lo importante en la Iglesia. Los sacerdotes no son lo principal en la Iglesia: si un sacerdote celebra como un payaso una Eucaristía eso es bueno, eso es la moda, eso tiene que ser una Misa. Lo importante es vestirse como un payaso. Eso es la moda. Eso es lo que quieren las nuevas generaciones de sacerdotes.

¿Qué se puede esperar de un hombre que está sentado en la Silla de Pedro y que no ama la Eucaristía? Y quien no ama a Cristo, quien no le dedica el tiempo de su vida e intenta imitarlo hasta en los más pequeños detalles de una celebración eucarística, entonces destruye la misma Iglesia.

La Iglesia es la Eucaristía. Según se trate la Eucaristía así está la Iglesia. Según los sacerdotes y los Obispos celebren una Eucaristía, así se obra la verdad en la Iglesia o la mentira. Todo depende de cómo el sacerdote celebre una misa. Todo en la Iglesia está pendiente de la acción eucarística de los consagrados.

Si la Jerarquía no cuida a Cristo en la Santa Misa, se acabó la Iglesia. Si la Jerarquía ve la Santa Misa como una moda, la consecuencia es clarísima: se destruye la Eucaristía, se anula a Cristo en la Iglesia. Se acaba la Iglesia.

Esta verdad no se medita en profundidad por los sacerdotes y Obispos. Muchos de ellos ya no celebran la Misa, sino que hacen su comedia en el altar, porque no sólo hay que tener intención de celebrar la misa, sino que es necesario tener fe en lo que se obra.

Muchos dicen las palabras correctas de la consagración, con una recta intención, pero no tienen fe. Porque la intención no está en decir las palabras, sino en creer en lo que se dice.

Muchos dicen las palabras pero no creen en lo que están diciendo. Ésta es la obra de teatro de muchos sacerdotes y Obispos. Y esto es lo que hace Francisco cada día: dice las palabras de la consagración, pero no cree en ellas. Tiene intención de decir las palabras, pero no tiene intención de obrar lo que dice, porque no cree.

Éste es el punto que muchos no disciernen en los Sacramentos. La intención no está en lo exterior de la acción, de las palabras. La intención está en la voluntad de la obra. Se dicen unas palabras, se hacen unos gestos, unos ritos, para una obra sobrenatural. Si se anula esa obra sobrenatural, sólo queda la obra natural, lo exterior de acción litúrgica.

Y para anular la obra sobrenatural es necesario no tener fe en lo que se está realizando.

Si un sacerdote se viste de payaso para celebrar una misa, eso señala que no tiene fe y, por tanto, está haciendo una comedia. Y, cuando da la comunión, está obligando a dar culto a las personas a un trozo de pan. Se adora a un pan, pero no a Cristo. Y esto produce dentro de la Iglesia una Justicia Divina. La acción de ese sacerdote que celebra de esa manera abre la puerta del infierno para hacer caminar a toda la Iglesia hacia la condenación. Y esa acción de ese sacerdote se siente en toda la Iglesia, no sólo en ese lugar que se hizo ese sacrilegio.

Cuando un sacerdote, de forma clara, predica herejías; es decir, va en contra de los dogmas, de las verdades de la Iglesia, y así lo predica a sus fieles; entonces sólo hace su obra de comedia en el altar. Es el caso de Francisco y de todo su gobierno horizontal, que es un gobierno de herejes. Claramente predican y obran sus herejías, porque van en contra de muchos dogmas, que hay que creer para tener fe.

Quien anule un dogma, ya pierde la fe. Por el solo hecho de no creer en la Inmaculada, la persona ya no tiene fe. Por el solo hecho de no creer en el infierno, la persona ya no tiene fe. O se creen en todos los dogmas o no hay fe. O estás con Dios o estás con el demonio, pero no puedes servir a dos señores.

Es muy fácil perder el don de la fe, hoy día, dentro de la Iglesia. Se está predicando mentiras, engaños, herejías, falsedades. Y eso quita la fe de las almas. Y las almas ya no creen en el pecado, ni en el purgatorio, ni en el infierno, ni en otras muchas verdades, y eso la pérdida de la fe. Eso es la apostasía de la fe.

Predicar mentiras desde el púlpito es llevar a la Iglesia hacia la condenación. Y es lo que se está haciendo en toda la Iglesia desde que Francisco subió a la Silla de Pedro.

Predicar un comunismo y un protestantismo, como lo hace Francisco todos los días, eso es la apostasía de la fe. Estamos ante una Iglesia sin fe, que va camino del infierno llevada por las palabras tiernas, amables, pacientes, dulces de un hereje.

¡Esta es la realidad que muchos no quieren aceptar en la Iglesia! ¡Esta es la única realidad!

Muchos sacerdotes y Obispos engañan a muchas almas en la Iglesia porque ya han perdido la fe en Cristo, la fe en la Palabra de Dios, la fe en la Obra de Cristo, que es la Iglesia. Y, por eso, son como los fariseos: construyen su iglesia a su manera humana, según sus ideales humanos, según las modas de los hombres, según sus culturas, según la necedad que haya en cada mente humana.

Y esto es solo Francisco: un hombre sin sabiduría divina, sin la gracia divina, sin el Espíritu Divino y, por tanto, un hombre que no sólo es pecador, como todos los hombres somos, sino que es un amador de su pecado. Ama su pecado. Y quien ama su pecado, odia la ley divina.

«Amo tu ley y odio mi iniquidad» (Sal 119, 113). No se puede amar la ley de Dios, no se puede cumplir los mandamiento de Dios si se ama el pecado, si se vive en el pecado, si se hace del pecado una vida, una obra, un bien, una verdad, un derecho, una obligación.

Quien ama su pecado en la Iglesia destruye la Iglesia. Cristo ha puesto un camino para quitar el pecado: el sacramento de la Penitencia. Ya no hay excusa para seguir en el pecado. Ya está la Gracia que vence todo pecado. Pero como las almas no creen en el pecado, entonces hacen de la confesión un lugar para desahogarse, pero no para quitar el pecado. Y quien no cree en el pecado, quien no va a la confesión para quitar el pecado, ya perdió la fe, ya no puede salvarse. Y aquel sacerdote que en la confesión dice que ya no existen pecados, que ese pecado que le dice el penitente no es pecado, entonces ya no absuelve, porque ya no tiene fe.

Quien ama su pecado, destruye la Iglesia, porque está dentro de Ella obrando su iniquidad. Y eso produce la división de toda la Iglesia. Eso marca un camino de demonios dentro de la Iglesia. Quien ama su pecado, obra su pecado y, por tanto, obra lo que el demonio quiere dentro de la Iglesia. Camina junto al demonio realizando lo que él quiere en la Iglesia.

No son tiempos en la Iglesia para estar diciendo que todo va bien y que ya Dios quitará está situación, que ya Dios resolverá. Que es mejor seguir a Francisco, acomodarse a sus estupideces; que no importa sus palabras; que no son magisteriales; que la infalibilidad de un Papa no hay que verla así, hay que entenderla de otra manera. Ya Benedicto XVI renunció, y la vida sigue. Por tanto, hay que apoyar a Francisco porque así lo quiere Dios. Así piensan muchos por su falta de fe.

Si creyeran en las mentiras que dice Francisco, entonces tendrían fe y lucharían en contra de Francisco, y le dirían que se vaya de la Silla de Pedro, porque está haciendo mucho mal con sus mentiras, con sus engaños, con sus declaraciones, con sus escritos, con su evangelio de la fraternidad, con su cultura del encuentro. ¡Muchísimo daño! Pero ya ven las mentiras de Francisco como verdades. Se acabó la Iglesia.

Si hubiera fe en la Jerarquía de la Iglesia entonces obrarían en contra de Francisco. Pero han perdido la fe y todos están haciendo su comedia en la Iglesia. Todos se dedican a hacer una iglesia más humana, más fraterna, más materialista, más comunista, más protestante, más pecadora. Y ¿por qué? Porque no tienen fe. En consecuencia, está en la Iglesia para agradar a los hombres, para contentar a Francisco y para decir que hay que obedecer al Papa.

Y la Iglesia no la hace Francisco ni su gobierno de herejes. La Iglesia no vive de herejías, ni de mentiras, ni de fraternidades, ni de comunismos. La Iglesia es la Obra de la Verdad. Y la Verdad es Cristo. Y aquellos, como Francisco y toda la Jerarquía que le acompaña, que le da culto a su necio pensamiento de hombre, que sólo mira el comunismo y el protestantismo, haciendo de la Iglesia una opción para caminar hacia el infierno,, no son Iglesia, no hacen Iglesia, no pertenecen a la Iglesia verdadera, a la Iglesia Católica.

Francisco no es de la Iglesia Católica. Él se ha inventado su iglesia en Roma. Y a consolidar esa nueva iglesia es por lo que está trabajando. Y, por eso, le importa poco la liturgia y la celebración de la santa misa. Él está para profundizar en su pecado y hacer que toda la Iglesia camine en su mismo pecado. Y hay que tomar partido ya en la Iglesia: o con Francisco o en contra de Francisco. O con el anticristo o en contra del anticristo. O con la mentira o en contra de la mentira.

Después de un año de la renuncia de Benedicto XVI sólo queda una cosa: irse de las estructuras de Roma porque ya no sirven para ser Iglesia ni para hacer la Iglesia. Esa es la enseñanza que ha dejado la renuncia del Papa verdadero, auténtico, legítimo, que es Benedicto XVI.

Francisco es un impostor, un lobo vestido de Papa, que sólo sirve para condenar a las almas al infierno. Y las lleva con una sonrisa en los labios, con un gesto de amabilidad, con un abrazo infernal.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

No somos de la iglesia de Francisco

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La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

Francisco sólo busca la popularidad en la Iglesia

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“esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos [Lc. 22, 32]. Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno”. (CONCILIO VATICANO I – SESION IV (18 de julio de 1870) Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice ).

Enseña el Magisterio de la Iglesia que la Sede de Pedro siempre está intacta de todo error. Y, además, enseña que es Pedro, al tener este carisma de la verdad y de la fe, el que conserva a la Iglesia sin error.

El Papa verdadero nunca habla, enseña, gobierna con la mentira, con el error, con la herejía, con la falsedad de la vida. Siempre el Papa verdadero dice, obra y gobierna con la Verdad.

Es así que Francisco dice mentiras, herejías, errores, enseña a vivir de cara al mundo, gobierna la Iglesia con la mentira, y obra el engaño en todas las cosas.

Luego, Francisco no es el Papa verdadero, sino uno que se hace llamar Papa sin serlo, un impostor, una falsa cabeza con un falso gobierno en la Iglesia.

Pedro nunca dice una herejía en la Iglesia. Nunca. Ahí tienen las herejías de Francisco: son clarísimas. Luego, no se puede obedecer a Francisco porque no es Pedro.

No se puede llamar a Francisco como Papa, porque no es Pedro. Francisco hace que la Sede de San Pedro caiga en el error, en la mentira, en el engaño. Luego, no la mantiene intacta. No conserva la Verdad en la Iglesia. Hace que la Iglesia esté dividida: conservadores, tradicionalistas, progresistas, modernistas. Esta es la política que hay en la Iglesia actualmente. Hay división. No hay unidad, porque Francisco no es el Papa verdadero. Y, por tanto, está produciendo la división en la Iglesia, en toda la Iglesia.

El Cardenal Burke dice la verdad: “No sé exactamente cómo podría clasificarse este documento, pero no creo que se lo pueda considerar parte del Magisterio“. Y es removido de su cargo.

Esta es la señal de que Francisco no está en la Verdad, no ve su mentira, su error, sus herejías. Y, cuando alguien de los Cardenales se opone a él, valientemente, en vez de reconocer su error, lo quita de en medio.

Así es todo ahora en Roma. Quien hable en contra de Francisco, lo liquidan, lo mandan callar. Esto es gobernar con la dictadura, no con el Espíritu Santo, no con la verdad.

Francisco no ve su pecado. Luego, no puede gobernar la Iglesia con la Verdad, sino con la mentira.

Y la Iglesia no ha puesto el dedo en la llaga todavía con Francisco. Sigue buscando razones, pretextos, excusas, para justificar a un hereje, como Francisco.

El dedo en la llaga consiste en llamar Francisco: hereje. Y hacer que salga del gobierno de la Iglesia, que se vaya de la Silla de Pedro, porque es un hombre inútil para la Iglesia. Que lo destituyan, que lo destronen, porque hace que la Sede de Pedro esté contaminada con el error.

La gente va despertando del bodrio de Francisco, pero despierta mal. Sólo se escucha que Francisco es un enigma, que no se puede comprender lo que piensa, que es oscuro, pero nadie se atreve a decir: Francisco no es Papa porque es un hereje. Y ningún Papa verdadero es hereje. Todo Papa, aunque sea pecador, gobierna la Iglesia con la verdad, por causa del carisma que tiene sólo el Papa.

Francisco es un mentiroso, un pecador, dice herejías, y, no tiene ese carisma de la verdad y de la fe. Luego, no es Papa.

Si Francisco, siendo mentiroso, pecador, enseñara la verdad, gobernara la Iglesia con la verdad, entonces sería Papa verdadero. Pero no puede hacer eso, porque no posee el carisma de la verdad y de la fe. Luego, es un falso Papa. Dios no lo ha elegido como Papa. Si lo hubiera elegido, le habría dado ese carisma de la infalibilidad.

¿Lo quieren más claro?

¿Cuándo van a llamar a Francisco hereje, falso Papa, impostor? ¿Cuándo van dejarse de medias verdades con Francisco?

Francisco confronta el humanismo con el cristianismo. ¿Es que no se han dado cuenta?

La doctrina principal del cristianismo es la salvación de las almas del pecado. Reparar el pecado, expiar el pecado, aniquilar el pecado.

Francisco propone salvar a los pobres, a los miserables, a los miembros de la sociedad que están económicamente más desprotegidos. Ésa es el camino equivocado que Francisco ha metido a la Iglesia desde que está en la Sede de Pedro. Camino lleno de errores, que le ha llevado a escribir un auténtico panfleto comunista, como es la Evangelii gaudium. Ahí está el pensamiento de un hereje, no de un Papa que siempre debe mirar por la Verdad de la doctrina y centrarse en lo único importante: las almas, no los cuerpos.

Y este gobierno de Francisco es lo que enfrenta a la Iglesia con la doctrina verdadera, con el cristianismo. Por eso, Francisco ama el mundo y odia la Iglesia. Por eso, el mundo y los gays aplauden a Francisco. Y la Iglesia se halla dividida, preocupada, sin ver el camino de la verdad en la Iglesia.

Y Francisco propone este camino errado hacia los pobres sólo por una cosa: buscar la popularidad entre los hombres, en el mundo, aunque, para ello, tenga que hacer que la Iglesia se levante contra él.

Si la Iglesia se levanta, entonces tiene a sus guardias, para hacer callar a quien ose responderle en la Iglesia. Francisco es un dictador. ¿Es que no se han dado cuenta? ¿Por qué la gente sigue aceptando la falsa humildad de un hereje? En esa falsa humildad se esconde el humanismo de Francisco que contraataca al cristianismo, al catolicismo verdadero.

Llamen a Francisco con su nombre real: hereje. Y déjense de complacencias con él, de cariñitos. No es Papa, luego hay que quitarlo de la Silla de Pedro. Hay que destronarlo.

Un Papa verdadero nunca se equivoca en la Iglesia, aunque sea pecador. Nunca. Luego, Francisco no es el Papa verdadero. Es un impostor. Y aquellos Cardenales que lo eligieron son también impostores.

La Obra de la Redención de Jesús está olvidada en la Iglesia. Francisco ni la mienta, porque no cree en el Sacrifico de Cristo. Sólo cree en su mente humana. Y ahí está todo el contenido de su falsa fe en Dios y en la Iglesia.

Francisco busca la admiración del mundo, a través de actos públicos, a través de declaraciones de todo tipo; Francisco busca la popularidad, ser un hombre para el hombre, caerle bien al hombre y al mundo, decirle al hombre y al mundo lo que quieren escuchar. Y, entonces, no se puede enseñar la Verdad cuando el orgullo va en busca de popularidad, de aplauso, de alabanzas humanas.

Quien busca ser popular se hace infiel a la Verdad de Cristo. Cristo huía al monte para no estar con el pueblo. Francisco huye de Cristo para estar en el mundo.

Quien se hace popular no sigue el camino de la Cruz de Cristo, no sigue las huellas ensangrentadas de Cristo, no se abraza a Cristo Crucificado, sino que sólo besa el trasero de los hombres y del mundo para caer en la idolatría del pensamiento humano.

El que busca la popularidad no puede hablar en nombre de Cristo, no es la Voz de Cristo en la tierra. Es sólo un farsante, un embaucador, un hipócrita que no tiene vida espiritual ninguna.

Francisco busca su popularidad personal en nombre de Jesús. Está blasfemando el nombre de Jesús. Está tomando en vano el Nombre de Jesús. Lo usa para su bien privado en la Iglesia, no para el bien común de la Iglesia.

La Iglesia no es lo que enseña Francisco, no es lo que predica Francisco, no es lo que obra Francisco.

La Iglesia es de Cristo. Y sólo de Cristo. Y Cristo sólo pone una cabeza que nuca se equivoca, que nunca cae en la herejía, que nunca lleva a la Iglesia por camino errados: ¿De qué le sirve a nadie, a los pobres, tener todas las necesidades materiales, económicos, humanas, si su alma se pierde por toda la eternidad?

Francisco sólo hace su política marxista en la Iglesia: su teología de los pobres. Y se olvida de la razón por la que es sacerdote: expiar el pecado de todos los hombres para poder salvarlos y santificarlos.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo, sino el espíritu contrario a Cristo. Por eso, promueve el humanismo, ensalza el humanismo, anima a que todos hagan lo mismo en todas las diócesis. Y eso es oponerse a Cristo, negar a Cristo, anular a Cristo en la Iglesia.

Francisco está sustituyendo a Cristo con el deseo hunano, no de promover la justicia social, sino de buscar la admiración de todos por sus buenas obras. El deseo de ser popular, de ser del pueblo, de estar con el pueblo, en medio del pueblo, viviendo con el pueblo; eso mata el cristianismo, porque se hace con el espíritu del mundo, sin el Espíritu de Cristo.

Por eso, Francisco cae continuamente en el error. Luego, no es un verdadero Papa. Es un farsante, y así hay que nombrarlo sin tener miedo a nadie en la Iglesia.

Porque este es el principal temor de la gente: sublevarse en la Iglesia contra el Papa. No se puede hacer esto cuando el Papa es verdadero. Pero, cuando no es verdadero, entonces hay que levantarse contra ese hereje, que está destruyendo la Iglesia con su popularidad barata.

Hay que linchar a Francisco, sacarlo de la Silla de Pedro, porque un verdadero Papa guarda los tesoros de la Iglesia en su corazón y no permite que nadie en la Iglesia destruya la Verdad que Cristo le ha dado en su Pontificado. Hay que animar al Papa Benedicto XVI a que vuelva a ser Papa, porque él es el Papa verdadero puesto por Cristo en Su Iglesia hasta la muerte.

La mentira se acerca para toda la Iglesia

“Maldita serás entre todos los ganados y entre todas las bestias del campo. Te arrastrarás sobre tu pecho y comerás el polvo todo el tiempo de tu vida. Pongo enemistad entre ti y la Mujer, entre tu linaje y el Suyo; Éste te aplastará la cabeza mientras tú le acechas el calcañar… Por ti será maldita toda la tierra.” (Gn 3, 14.17).

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La maldición divina sobre el demonio repercute sobre el mundo y sobre el hombre. Y todo queda bajo el dominio del demonio en esa maldición.

Por eso, el jefe del mundo, su príncipe, es el demonio.

Y la maldición divina sobre el hombre que peca incide sobre toda su vida, no sólo material y humana, sino espiritual. Y, por eso, la muerte que tiene que pasar el hombre es una maldición en su vida humana.

Jesús quitó la maldición divina sobre el hombre, pero no sobre el demonio, porque Jesús viene a salvar al hombre no al demonio. Viene a liberar al hombre de las garras del demonio.

Por eso, la Iglesia es una bendición de Dios para el hombre. Las gracias, los sacramentos, todos sus tesoros espirituales y celestiales son bendición de Dios.

Pero el hombre, en la Iglesia, se encuentra en la misma situación que en el Paraíso: está sujeto al pecado, como Adán y Eva, que lo tenían todo, pero no tenían la inmunidad para no pecar.

En la Iglesia se está como en el Paraíso: la gracia de los sacramentos, la vida divina que da esa gracia, no da la inmunidad para no pecar, no somos inmaculados. Sólo la Virgen María, como criatura humana, tiene ese don de ser Inmaculada. No podía pecar por más que el demonio la tentara. Y la Virgen sufrió, en su vida humana, grandes persecuciones del demonio. Pero nunca cayó en ninguna de ellas. Nunca hizo como Eva: oír al demonio y seguir la mentira que le ponía el demonio.

Los sacerdotes, los Obispos, los fieles todos en la Iglesia estamos sujetos al pecado. Y podemos caer en cualquier momento, porque Dios no da la gracia para no pecar sino sólo cuando Él lo quiere y al alma que Él lo quiere. Esa una gracia gratis que nadie puede merecer en su vida humana.

Y, por tanto, en la Iglesia se da esa contradicción de tener sacerdotes y Obispos que tratan las cosas divinas y cometen, al mismo tiempo, el pecado.

Como no son fieles a la gracia que han recibido en el Sacramento del orden, entonces, han habido Papas, sacerdotes, Obispos, fieles que eran auténticos demonios disfrazados de corderos y de gente buena en la Iglesia.

Esto siempre ha sido así desde que Jesús fundó su Iglesia: el primer sacerdote y Obispo pecador y demonio fue Judas. Y como Judas muchos en la Iglesia en 20 siglos.

Esto no tiene que sorprender ni escandalizar a nadie, porque es una realidad en la historia de la Iglesia.

Lo que tiene que sorprender a la Iglesia es lo que está pasando actualmente. Y de esto nadie se escandaliza. Y es lo más grave de todo.

El demonio usa tres tácticas para alcanzar su objetivo en todas las cosas donde mete su pata:

a. el engaño: el demonio seduce antes de poner su mentira. Esa seducción es la tentación al alma. Tentación que se reviste de muchas cosas que el demonio pone. No hay una tentación igual en las almas. El demonio tiene muchas artes para seducir y muchos caminos para llevar al alma hacia donde él quiere.

En el engaño, todavía el alma no ha caído en el pecado, pero está en vías de caer. Si el alma no se aparta de la tentación, el alma siempre cae en ella, aunque el demonio descanse por momentos y no ataque al alma. El descanso del demonio no significa que ya no hay tentación. La tentación finaliza cuando se la vence, no cuando el demonio deja de atacar. Y hay muchas almas que no saben discernir las tentaciones y creen que el demonio se fue, y no, no se fue, sino que viene con algo más grande, y el alma perece en el pecado.

El demonio es muy hábil y nunca insiste con una tentación, sino que da muchas vueltas buscando por dónde entrar en el castillo del alma. El alma tiene que estar muy vigilante en todo, porque cuando menos se lo espera, viene la fuerza del demonio y la hace caer.

Por eso, hoy las almas caen con gran facilidad en el pecado, porque no viven atentas a lo que el demonio va haciendo en toda su vida: en lo natural, en lo carnal, en lo humano, en lo material, en lo espiritual. Se dejan llevar por muchos pensamientos, muchos sentimientos, por muchas obras, que pueden ser buenos, pero que los pone el demonio para hacer caer al alma en el pecado.

En la Iglesia, durante ocho meses el demonio ha trabajado en el engaño de muchas maneras. Una continua tentación del demonio, no sólo a través de Francisco, sino a través de toda la Jerarquía de la Iglesia que se une a Francisco, de muchos fieles que aplauden a Francisco, y de todos los medios de comunicación social que se han embobado con Francisco y los suyos, y que no han sabido atacarlos como conviene.

Nadie ha enfrentado al demonio en ellos, en la tentación que ellos han dado a la Iglesia, en la seducción, a través de las palabras y de las obras, que han dado a la Iglesia. Y quien no ataca la tentación, cae en el pecado.

El demonio ha seducido a la Iglesia durante ocho meses de muchas maneras. Pero el demonio no se queda sólo en la seducción, sino que tiene que pasar al otro estado para que el alma caiga en el pecado y viva de ese pecado.

b. la mentira: Una vez que el alma gusta de la seducción, queda embobada por la seducción, por sus sentimientos que atraen al alma hacia la maldad, el alma queda cogida en el pecado, es decir, el alma acepta la mentira de la seducción y cae en el pecado.

Cuando el alma acepta en su corazón esa mentira, entonces se pone a obrar el pecado.

Quien en estos ochos meses no haya enfrentado a Francisco y a los suyos para no quedar cogido en la seducción, en el engaño, va quedar cogido en el pecado de la mentira que el demonio ahora va a hacer en la Iglesia.

Porque el demonio seduce para un pecado, para una mentira, para una obra de mentira. El demonio no trabaja gratis para jugar con el alma. El demonio se esfuerza seduciendo al alma para que siga la mentira que él quiere.

Y el demonio en la Iglesia ha trabajado en estos ochos meses para que las almas sigan una cabeza que miente, que da la falsedad, que engaña, que vive el error en todo momento, que pone el pecado como algo bueno en la Iglesia. Y ese trabajo es para coger a la Iglesia en una mentira, en un pecado.

¿Cuál es esa mentira? ¿Cuál es ese pecado? El fruto de anular el Papado.

El gobierno horizontal no está para ayudar al Papa en la Iglesia, sino para poner cabezas que gobiernen la Iglesia. Eso lo saben todos. Eso es lo que en el mundo se hace: quien gobierna una empresa es aquel que pertenece al Consejo de esa empresa, al Consejo que dirige esa empresa. Del Consejo sale el gobernante siempre.

El gobierno horizontal es para poner cabezas en la Iglesia sin pasar por un Cónclave. Ya los cardenales no van a tener que reunirse, encerrarse para elegir a un Papa.

Poner un gobierno horizontal en la Iglesia fue la obra de Francisco. Es lo que le pidió el demonio a Francisco. Y no le pidió otra cosa porque Francisco no sabe gobernar nada. Es un soplamocos que se dedica sólo a entretener a la gente, a la masa del pueblo.

El demonio tiene que hacer su jugada maestra y poner una cabeza distinta a Francisco en la Iglesia para seguir su obra maldita en la Iglesia. Porque el demonio no sólo seduce al alma, sino que la obliga a vivir en el pecado.

Ahora el demonio tiene que obligar a toda la Iglesia a vivir en el pecado que él quiere. Que la Iglesia siga a una cabeza intelectual en Ella.

Francisco no es intelectual. Francisco es un vividor. Pero Francisco no tiene le fuerza en la Iglesia para hacer que todos vivan lo que él vive. Sólo un intelectual tiene esa fuerza.

El demonio conoce muy bien lo que es el hombre. El hombre es su razón. Y el hombre vive para su razón. Y si ve un pensamiento bueno que le gusta va tras ello.

Por eso, el demonio, como conoce cómo está la Iglesia, que no tiene fe, que vive de razones, que vive buscando una idea en la vida para ser feliz, entonces hace caer a la Iglesia en esta mentira: que sigan una cabeza que hable a la mente del hombre, que es lo que no puede hacer Francisco, porque sólo habla al sentimiento del hombre, pero no a su mente.

A Francisco ningún intelectual lo sigue. Sólo los intelectuales que viven lo mismo que él lo siguen, porque ya han asimilado esa filosofía de la vida que llevan.

Pero pregunten a cualquier judío, a cualquier protestante, a cualquier persona del mundo intelectual, que no se deje engañar por cualquier razón, y les dirá que lo que dice Francisco es un fraude, no vale para nada. Porque Francisco no da ideas al hombre, sino sólo sentimientos, que son muy bonitos pero que no sirven en la práctica para vivir en la Iglesia, porque en la Iglesia hay muchas normas que impiden vivir esos sentimientos como lo hace Francisco.

A Francisco le interesa poco la fe católica. Él vive los suyo. Y punto. Pero él no es capaz de hacer que otro viva lo que él vive, porque para eso, es necesario una inteligencia, un camino intelectual diferente a la doctrina de Cristo que está en la Iglesia.

Por eso, hace falta una cabeza que cambie todo en la Iglesia, que dé unas nuevas normas a toda la Iglesia para vivir lo que ya viven muchos sacerdotes y Obispos como Francisco en la Iglesia.

Por eso, viene la maldición en la Iglesia con una nueva cabeza que debe salir del gobierno horizontal. Un cabeza a la que tiene que someterse la Iglesia si quiere estar dentro de las estructuras de Roma. Y, por eso, el momento para salir de Roma no va a ser que quiten la Eucaristía, sino que ponga otra cabeza.

Ese es el momento para renunciar a todo en la Iglesia. En ese momento muchos van a abrir sus ojos, pero será tarde porque no han batallado contra Francisco en estos ocho meses en que el demonio ha tentado a toda la Iglesia, la ha seducido brillantemente. Y, después, les va a resultar difícil la salida, por el mido que va a imponer esa cabeza a toda la Iglesia con sus anatemas.

Los hombres tienen miedo a las leyes de la Iglesia. Tienen miedo a las bocas humanas de la Iglesia. Pero no temen a Dios. y, por eso, muchos van a ser cogidos en la maldición que viene ya a la Iglesia.

c. la lujuria: Una vez que el demonio ha conseguido poner un camino al alma en el pecado, entonces el alma vive para su pecado, para su lujuria, no sólo carnal sino espiritual, que es lo que vemos desde hace 50 años en la Iglesia: una Iglesia lujuriosa, acomodada a toda su vida humana que no le interesa la vida divina que Dios ofrece en la Iglesia.

La nueva cabeza en la Iglesia será para acabar de finiquitar con la Eucaristía y con todos los sacramentos y toda fe católica, y poner lo nuevo. Eso nuevo es la lujuria de la vida que los que sigan en Roma obrarán en todo.

Por eso, Roma ya es la gran ramera que fornica con todo el mundo para llegar a poner en práctica el pecado en la Iglesia.

El gobierno horizontal es sólo un gran absurdo en la Iglesia

“El Colegio o Cuerpo de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. Porque el Romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente” (Lumen Gentium n.22).

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Sólo Pedro tiene en la Iglesia plena, suprema y universal potestad. Sólo Pedro, no un gobierno horizontal.

Luego, Pedro está solo en el gobierno. Él es la cabeza. Y debajo de él, en comunión con Pedro, los Obispos, “quedando a salvo el poder primacial” de Pedro sobre los Obispos. Nadie puede tocar ese poder del Primado, nadie puede coger para sí ese Poder del Primado de Pedro. Nadie se arroga en la Iglesia la Autoridad Divina.

Luego, es un absurdo el gobierno horizontal. Un auténtico absurdo.

Pedro no necesita para gobernar de nadie en la Iglesia, porque tiene todo el Poder sobre él. No necesita consultar, preguntar, decidir en otros, dilogar con otros, porque el gobierno vertical de la Iglesia es una cuestión de fe, no de diálogo universal, que es lo que se proclama ahora en la nueva iglesia de Roma.

No se hace un gobierno horizontal para ayudar a Pedro, sino para eliminar a Pedro.

Este es el único sentido del gobierno horizontal. Y aunque se diga que todo se hace bajo Pedro, es sólo una mentira más, porque en el gobierno horizontal todos están al mismo nivel en la autoridad. No hay sometimiento a una Cabeza. Hay un diálogo y de él nace un plan de gobierno.

En el gobierno horizontal nadie está por debajo. Nadie. Sólo se dice que se hacen las cosas como siempre, bajo Pedro, pero eso es sólo la frase bonita para acallar las conciencias.

El gobierno horizontal anula a Pedro de raíz, no sólo en el tiempo. Sus frutos se van a ver en el tiempo, pero las consecuencias de poner ese gobierno horizontal en la Iglesia ya se han visto en toda la Iglesia. Son la división en toda la Iglesia.

Los Obispos en la Iglesia no pueden ejercer la potestad sin el consentimiento de Pedro, porque sólo Pedro ha sido establecido como Roca y portador de las llaves de la Iglesia, y Pastor de toda la Grey de la Iglesia (cf. Mt 16, 18-19; cf. Jn 21, 15).

El Colegio de los Obispos cuando se agrupa bajo una sola Cabeza, la de Pedro, entonces forma la unidad de la Iglesia. Cuando obedece a Pedro, cuando se somete a Pedro, cuando no dialoga con Pedro, entonces gobiernan con Pedro la Iglesia.

El gobierno horizontal no se agrupa bajo una sola Cabeza, porque ya no existe la Cabeza Visible en la Iglesia. Benedicto XVI renunció a ser Cabeza Visible. Pusieron una falsa cabeza. Esa falsa cabeza es la que tienen en el gobierno horizontal. ¿Para qué sirve eso a la Iglesia verdadera? Para nada.

Ellos se agrupan no bajo esa falsa cabeza, sino al mismo nivel de la falsa cabeza. Están todos a la par, porque si no se ponen a la par no pueden dialogar entre sí.

El gobierno horizontal es sólo un conjunto de hombres. Y nada más. Habrá uno de ellos que diga lo que hacen los demás, pero no son nada en la Iglesia. Serán algo en la nueva iglesia de Roma, pero para la verdadera Iglesia son un cero a la izquierda.

El gobierno horizontal no produce la unidad en la Iglesia, la unidad en la verdad, es decir, no da ni puede dar a la Iglesia ninguna verdad, ningún camino para hacer en la Iglesia la Voluntad de Dios. Sólo da la mentira a la nueva iglesia, que es lo que vive y obra Roma ahora. Es el camino de Roma: la condenación de las almas.

Esto es muy grave y nadie lo ha meditado.

Teniendo a Benedicto XVI vivo, pero con una renuncia para ser Cabeza Visible se produce en la Iglesia dos divisiones:

1. la división del gobierno, de la autoridad, del poder: en esta división, los sacerdotes y Obispos tienen una autoridad por su ministerio en la Iglesia. Esa autoridad es sólo espiritual, es decir, que no puede nacer de una cabeza visible, por la renuncia de Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia. Los Obispos no poseen una autoridad delegada por la Cabeza Visible, por su renuncia y, por tanto, no ejercen nada en la Iglesia: “Esta misma potestad colegial puede ser ejercida por los Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial o, por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un verdadero acto colegial” (Lumen Gentium n.23).

Benedicto XVI no puede mandar nada en la Iglesia, no puede dar su autoridad en la Iglesia, no puede llamar a los Obispos a un acto colegial por el cual se dé la potestad, ya que permanece en el pecado de su renuncia. Los Obispos sólo obedecen a un falso Pedro, que los guía por el camino de la incredulidad y de la mentira en la Iglesia. Esta es la división mayor que hay en la Iglesia.

2. la división en los sacerdotes y Obispos de la Iglesia: unos están con Benedicto XVI, otros con Francisco, otros no siguen a nadie. Esto produce una anarquía en la práctica, en la vida ordinaria de la Iglesia. Un vivir sin ley, sin una regla clara en cómo se debe comportar la Iglesia de cara al mundo y a los hombres. Un vivir para acomodarse a las circunstancias de cada día en la Iglesia, pero sin buscar la Verdad de la Iglesia.

Hay muchos pensamientos encontrados en la misma Jerarquía que dan lugar a la anarquía: cada uno hace lo que le parece que es bueno y que es malo en la Iglesia. Unos dicen una herejía, otros dan algo profano, otros enseñan teorías contrarias al dogma, etc. Y nadie pone remedio a esto. Ni se va a poner.

Por eso, en esta situación hay que tomar una decisión clave, porque el alma no puede estar así siempre: a ver qué dice Francisco, a ver qué dice aquel Obispo, a ver qué dice aquel sacerdote. Se necesita claridad en el gobierno de la Iglesia, y nadie la está dando.
Todos están viendo las contrariedades de unos y de otros. Y todo el mundo está con miedo: a ver qué pasa ahora en la Iglesia.

Ante una Iglesia que no da la verdad en Roma, sólo queda una cosa: renunciar a esa nueva iglesia, porque no es la Iglesia que Jesús ha fundado. Es otra cosa, llámese como se llame. Eso no interesa. Lo que interesa es saber que Roma está hora mintiendo a toda la Iglesia.

Si las almas no se ponen en este punto, entonces nunca van a renunciar a Roma. Y, después, va a ser más difícil salir de Roma.

Roma ahora tapa la verdad de lo que pasa porque es lo que interesa a unos pocos. Roma ahora entretiene a toda la Iglesia con un encuesta y con cuestiones sin importancia alguna para la Iglesia.

A Roma no le interesa nada de eso, ni la familia, ni la encuesta ni ningún asunto.

A Roma le interesa otra cosa: cómo hacer funcionar el gobierno horizontal para que no se quede en una mera estatua inútil que no sirve para nada.

Esto es lo que interesa a Roma. Tiene que sacar unas normas por las cuales se rija ese gobierno y se vea que ése es el gobierno de la nueva iglesia y no otra cosa.

Mientras, el bufón Francisco sigue haciendo su trabajo: entretenie a la Iglesia con sus mentiras, con su falso amor a los pobres, a los enfermos, con su inútil verborrea en toda la Iglesia.

Y muchas almas han empezado a darse cuenta de lo que es ese hombre sin amor a la Iglesia. Se han dado cuenta, pero siguen esperando algo bueno de la Iglesia. Siguen en el error.

No hay que esperar nada de nada. Así de sencillo. Sólo hay que esperar destrucción tras destrucción en la Iglesia. Y no otra cosa.

La Iglesia ya está harta de inútiles palabras, de pronunciamientos más o menos alegres, para salvar la situación que un hereje crea en todas partes, y sólo se quiere claridad que Roma no es capaz de dar a nadie. Roma sigue y seguirá con su juego hasta el final.

Por eso, las almas tienen que decidir o estar con Roma o estar en contra de Roma. Pero no se puede estar un día sí y otro no.

Esto es muy grave para todos, porque Roma es el centro del mundo. Y de Roma ha venido siempre la verdad. Y ahora Roma se ha convertido en una Ramera que tendrá su Justicia Divina muy pronto.

Y aquel que le pille la Justicia de Dios estando en Roma, no hay salvación. Quien mire a la Justicia Divina queda convertido en estatua de sal. Roma ya ha pecado y no quiere salir de su pecado y se dispone a ser engullida por Dios.

La Iglesia sigue su camino por otro sitio. Y ya no importa el lugar, porque no es tiempo de un lugar para encontrar la Verdad.

La Verdad sigue estando en la Iglesia Católica, pero no la que se funda ahora en Roma. En la Iglesia de siempre, que ahora sólo vive en los corazones de sus almas de una forma misteriosa, que nadie entiende y nadie puede explicar.

Y es Cristo quien lleva a Su Iglesia hacia Su Verdad, la que la Iglesia tiene que alcanzar en su militancia hasta llegar al Cielo.

La Iglesia militante sigue caminando, pero de otra manera distinta. Y habrá que dejar muchas cosas porque todo se va a impedir a quien no quiera seguir a Roma.

Hay que seguir sólo al Espíritu de la Iglesia, ya no a Roma. Y hay que obrar sólo en ese Espíritu lo que Dios quiera para ser Iglesia y para formar la Iglesia en estos últimos tiempos.

Tiempos del anticristo. Tiempos en que debe aparecer la mayor fuerza espiritual de todas contraria a Cristo.

Y hasta que no aparezca, la Iglesia va a seguir un rumbo sólo de destrucción de toda fe y de toda moral, de toda Tradición y de todo Dogma.

Desde el inicio de la supresión de la eucaristía, 3 tiempos y medio hay que contar hasta el fin. Y en el último tiempo: el anticristo. 3 años y medio, de los cuales dos son en sede vacante. Y el resto con Pedro Romano hasta el fin: “Bienaventurado el que llegue a 1335 días” (Dn 12, 12).

Y ese fin no es nada bueno. Es un fin apocalíptico, en que todo lo sagrado, todo lo divino, todo lo santo, todo lo que tenga nombre de sacerdocio o de religioso quedará aniquilado.

Por eso, o toca ser mártir o toca esconderse hasta el fin. Que cada uno siga al Espíritu y haga lo que Éste quiere para su alma.

No es un tiempo nada bueno para nadie. Pero es un tiempo necesario para toda la Iglesia porque sólo así se purifica la Iglesia de todos sus pecados y puede pasar al siguiente estado espiritual y místico en Dios.

El gobierno masónico en la Iglesia

Y vi otra Bestia que subía de la tierra, y tenía dos cuernos semejantes a los del Cordero y hablaba como Dragón” (Ap. 13, 11).

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Una bestia con dos cuernos que habla como dragón es el sacerdocio que no es sacerdocio, que tiene la pantalla del sacerdocio pero que es otra cosa.

Sacerdote ‘bestia’, es decir, sacerdote masón.

La bestia, en la Sagrada Escritura es el que se enfrenta a Dios. Pero se enfrenta a Dios como Cordero, es decir, como sacerdocio. Y esa bestia habla como un Dragón, es decir, habla en contra de los mandamientos y de la ley de Dios.

El dragón es aquél que vomita su sopor sobre los animales, su inmundicia sobre los demás. Y los vence en lo que vomita.

En la Iglesia se da lo que se llama la masonería eclesiástica, es decir, diáconos, sacerdotes, Obispos, Cardenales, que tienen la pantalla del sacerdocio, de la consagración al orden, que hacen todo como cualquier sacerdote, pero que no son sacerdotes.

Están en el sacerdocio con un fin: el de la masonería. Son masones que estudian todo lo del sacerdocio con el fin de instalarse en la Iglesia para destruirla.

Hacen vida de sacerdotes, se dedican a celebrar misas, a predicar, y a todo el ministerio sacerdotal, pero con el fin de alcanzar los puestos más altos en la Iglesia.

Para estos sacerdotes la vida del sacerdocio no existe. Sólo existe la pantalla, el teatro que hacen en la Iglesia. Lo que existe, para estos sacerdotes, es la vida masónica que llevan y que está oculta para todos.

La masonería triunfa porque se oculta. Ellos tienen la norma de ocultarse, de que nadie sepa sus planes, el siguiente movimiento que van a hacer. Y así pueden introducirse en todos los campos de la Iglesia y planear su estrategia sin que se conozca a la luz.

Por eso, Benedicto XVI era masón, pero nadie lo conocía. Era masón en todo. Estudió toda la teología y se ordenó como sacerdote sólo con la intención de llegar al poder.

Benedicto quería irse de la Iglesia, pero no lo dejaron. La Iglesia está manejada por el demonio desde 1972. Quien gobierna la Iglesia desde ese tiempo era la masonería, pero oculta, sin descubrirse a nadie.

Eso no quiere decir que los Papas eran malos. No. Tampoco Benedicto XVI era mal Papa. Era bueno, conducía a la Iglesia hacia la verdad, pero era masón.

La masonería, desde 1972, gobernaba la Iglesia, pero no podía actuar de forma inmediata y rápida.

Tenía que dar tiempo para que las cosas en la Iglesia cambiaran, se transformaran al gusto de ellos.

Sólo un Papa les hizo frente: Juan Pablo II. Los demás se dejaron vencer. Por eso, el Beato Juan Pablo II tiene la garantía de la Iglesia porque dio la Verdad, aunque sufrió por Ella.

Se hicieron muchas cosas para desacreditar al Papa Juan Pablo II, pero nadie pudo hacer que renunciara a su cargo, como se lo pedían de forma insistente.

Hay que contemplar a la Iglesia, desde 1972, con la perspectiva del gobierno de los masones en la Iglesia. Un gobierno oculto, que nadie veía, que nadie entendía, pero que iba dando las directrices a todos para que, en el momento clave, alguien subiera a la Silla de Pedro y comenzara lo público de la masonería en la Iglesia.

Lo público de la masonería en la Iglesia es lo que los masones quieren que se sepan, pero no es el gobierno de la masonería en la Iglesia.

Siempre el masón se esconde aunque aparezca. Esta es su estrategia.

Y, cuando el masón gobierna algo, no es la persona la que gobierna, sino la masonería, que siempre está detrás y que nadie sabe quién es.

Francisco es masón, pero no gobierna la Iglesia. Es otro quien le dicta lo que tiene que hacer.

Francisco da lo público que a la masonería le interesa que la gente conozca. Pero Francisco no da lo que realmente está sucediendo ahora en la Iglesia.

Francisco ha puesto su residencia fuera de las habitaciones privadas de los Papas en el Vaticano. Y la ha puesto para así estar en contacto con la masonería, para estar libre y poder entrar y salir sin que en Roma se den cuenta.

A Francisco hay que verle como masón, no como sacerdote. A Francisco hay que atacarle como masón, no como sacerdote. A Francisco le importa muy poco el sacerdocio. Es la pantalla para hacer todo lo demás.

El plan de la masonería es muy simple: acabar con la Iglesia. Pero se necesita personas que hagan esto sin rechistar, sin poner su idea, su verdad, porque la masonería ya tiene su fin: destruir toda verdad. Y no le interesan los medios para esto, los caminos para esto, lo que piensan los hombres para llegar a este fin.

Los masones son sólo una idea puesta a la fuerza. No es una idea que se va poniendo, quitando acá y quitando allá.

Francisco ha puesto lo que quería la masonería en él: quitar el Papado. Y lo ha hecho a la fuerza. Al mes, lo proclamó y a los seis meses lo puso sin que nadie dijera nada.

Así trabaja la masonería. Una idea que no se discute y que se pone por que sí.

Se da tiempo para los cambios en la Iglesia, propio de un nuevo gobernante, y cuando ya se ve que todo está listo, se escribe un documento para anular la Palabra de Dios sobre la Autoridad Divina en la Iglesia.

Francisco ha hecho su trabajo. Y ahora tiene que irse. Porque la masonería tiene que seguir poniendo la idea a la fuerza.

Desde 1972, la masonería ha puesto sus ideas, pero de forma oculta y ha dado tiempo para que emergieran y se consolidasen en la Iglesia.

Pero una vez que ha tomado el poder de la Iglesia, ya no le interesa el tiempo. Ahora, está a la vista de todos y, por eso, todo viene ya para la Iglesia.

Y hay mucha gente que no se espera lo que viene por estar sólo metida en su vida humana oyendo a un Dragón que sólo vomita las palabras del demonio.

Si Francisco tuviera otra misión en la Iglesia de la masonería, lo hubiera dado a conocer en el mes primero de su elección. Pero en ese mes hizo dos cosas: lavar los pies a dos mujeres y poner el gobierno horizontal.

Eso define el gobierno público de la masonería.

Eso es lo que la masonería quería dar a entender a toda la Iglesia.

Pero no se ve lo que está detrás de todo eso. Porque Francisco no es la masonería. Trabaja para ella, como trabajó Benedicto XVI, que es el ladrón de la Silla de Pedro, es el que robó la Silla de Pedro para entregársela a la masonería.

Benedicto XVI es verdadero Papa, pero inútil. Verdadero por la sucesión apostólica, pero no para ser Papa como Jesús lo quería.

Benedicto XVI no tenía que atacar a la Iglesia en la Verdad, como lo ha hecho Francisco. Sólo tenía que pasar la Silla de Pedro a otro.

Por eso, Benedicto XVI sólo pecó contra Cristo y su Espíritu, pero no pecó contra la santidad de la Iglesia.

Francisco pecó contra la santidad de la Iglesia porque ha destrozado la Verdad en la Iglesia en el Papado y eso significa dividir la Verdad, dividir la Iglesia, dividirlo todo en la Iglesia.

Pero Benedicto XVI sólo dio a la masonería lo que ésta le pidió: la Silla. Éste era el objetivo principal de su mandato en la Iglesia. y no otra cosa.

Lo demás, no era tiempo de tocarlo.

Francisco dio a la masonería lo que ésta le pidió: el Papado. Pero no lo demás.

La masonería ahora quiere a otro para seguir dividiendo la Iglesia.

Cuando la masonería hace público su gobierno, siempre va por partes, pero con decisión, firme en una cosa. Quiere hombres para destrozar una idea y sólo una.

Y esto lo tiene que hacer la masonería en la Iglesia por lo que es la Iglesia. La Iglesia vive de dogmas. Y para atacarlos hay que ir de los más fuertes a los más débiles. Hay que suprimir los que son columnas en la Iglesia, los que lo deciden todo en la Iglesia. Si se quitan éstos, los demás se caen por su propio peso.

Como ya la masonería no obra en lo oculto, no tiene que hacer el trabajo oculto de antes. Ahora obra públicamente. Eso es lo que hace Francisco: la obra pública de la masonería, lo que la masonería quiere que haga mientras esté en la Silla. Lo demás, no interesa.

Benedicto XVI hizo su trabajo, Francisco ha hecho su trabajo. Ahora tiene que irse para que venga otro a hacer el siguiente trabajo, la siguiente idea que se pone a la fuerza y que va contra una verdad en la Iglesia.

Por eso, ahora todo está en calma. Francisco dice sus herejías en cada homilía de Santa Marta. Y nadie dice nada. Todos felices de ese charlatán, que es para muchos el santo de todos los tiempos.

El gobierno horizontal, calentando silla, viendo cosas y no haciendo nada. No puede obrar hasta que no se quite el siguiente dogma en la Iglesia. Se entretienen en las cosas que les da Francisco, que es su obsesión: buscar dinero. Y no más. No hay mayor interés en la Iglesia que estar escuchando a un idiota blasfemar sus mentiras a todo el mundo y ver cómo todo el mundo cae a sus pies.

Las almas siguen ciegas en lo que está pasando en la Iglesia y no se dan cuenta de lo que viene a la Iglesia. Es un trastorno para todos, incluso para el mundo, porque muchos tendrán que dejar la iglesia que se instala en Roma y buscar la Verdad allí donde le dejen.

Y eso es una conmoción para todos. De ahí nacerá la verdad para muchos en el corazón. Porque muchos están en su paganismo en el mundo y no encuentran la verdad en la Iglesia. Y cuando vean que hombres van en busca de la verdad a otra parte que no es Roma y que no es el mundo, ahí estará la Iglesia de siempre, con sus verdades de siempre que siempre atraen a todos, así sean los más viles pecadores de todos los tiempos.

Quieren destruir la verdad, pero no pueden. La pueden perseguir, ocultar, matar cuerpos, derrumbar iglesias, pero la Verdad sólo está en el corazón que cree. Y nadie puede matar el corazón, porque es algo divino.

Las almas tienen que despertar porque queda nada. Dentro de poco, Francisco tendrá que dimitir y otro le sucederá para quitar el amor en la Iglesia.

Y, cuando se haga eso, muchas almas despertarán, pero no será suficiente. No sólo hay que despertar del sueño, hay que ponerse a luchar por el amor herido en la Iglesia, por la verdad combatida en la Iglesia, por la vida destrozada en la Iglesia.

Y entre el despertar y el ponerse a la batalla corre un tiempo que, para muchos, es perdido y no tendrán más solución que seguir en la mentira que les da Roma.

Las almas no están preparadas a lo que viene. No lo están porque la caridad de muchos se ha enfriado en la Iglesia.

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