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Es la última hora

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«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

Bergoglio gobierna la Iglesia con sus delirios de grandeza

sanroberto

«para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social: desde la familia a la política y a la economía. Es decir, la cultura de las relaciones. El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto).

Esta es la boca de un masón. Y no de cualquier masón, sino de un hombre que está sentado en el Trono de la Bestia. Un hombre con delirios de grandeza.

Él habla la palabra de la fraternidad, que es su evangelio: «la ciudadela fundada por Chiara Lubich, que está inspirada en el Evangelio de la fraternidad – esa fraternidad universal-» (Ib). El movimiento de esta persona no se inspira en el Evangelio de Jesús, sino en la carne y la sangre, en la amistad entre los hombres, en la mente de cada hombre que quiera formar una unidad en la mentira.

«no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13) los que creen en el Nombre de Jesús. El poder de ser hijos de Dios lo da la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, aceptado, obedecido, por la mente del hombre. No se es hijo de Dios por el evangelio de la fraternidad, por ninguna palabra humana, por ningún afecto humano.

El hombre tiene que unirse a la Verdad de la Palabra de Dios para ser Iglesia, para ser de Cristo. No tiene que unirse a Cristo, sino a la Verdad que enseña Cristo, a su doctrina inmutable, para ser de Él. Aquel hombre que, con su mente, se une a la mentira que nace de la palabra de todo hombre, no es Iglesia, no está unido a Cristo, aunque tenga un Bautismo, aunque sea sacerdote, aunque se siente en la Silla de Pedro. Bergoglio no está unido a Cristo, porque su mente no acepta la verdad que nace de la mente de Cristo.

Someterse al Evangelio de Jesús, a las enseñanzas que Cristo dio a Sus Apóstoles, que nadie puede cambiar, y que la Iglesia ha enseñado siempre, eso es pertenecer a la Iglesia Católica, ser Iglesia, que muy pocos lo comprenden. Muy pocos han comprendido que Chiara Lubich no es de la Iglesia Católica. Y el mismo Bergoglio lo confirma al poner la inspiración de ese movimiento en un evangelio falso, que es anatema en la Iglesia Católica: el evangelio de la fraternidad. Bergoglio habla para los suyos: para la gente masónica que está dentro de la Iglesia Católica. Pocos entienden que Bergoglio no es de la Iglesia Católica.

Bergoglio predica como un masón: la palabra del humanismo, de la fraternidad universal, del amor en la que toda idea humana tiene valor, porque simboliza que los hombres son hermanos. Es el ideal del masón. La fraternidad es «uno de los lemas de la Orden. Es la palabra secreta de muchos grados masónicos. Es el título de muchas logias (…)» (Diccionario de la masonería – Frau Abrines Lorenzo, Tomo 1, pag 320).

Bergoglio no es católico, sino que pertenece a la religión de la masonería: «Cada Logia Masónica es un templo de la religión; y sus enseñanzas son instrucciones en religión» (Albert Pike, Morals and Dogma, pag. 213 – 13° Cavaliere dell’Arco Reale di Salomone – ver texto). La masonería no es un grupo de amigos que se reúnen para tratar diversos temas, sino que es la Iglesia del Anticristo, es una religión de orden mundial, en la que se engloba a todo el mundo, a todas las creencias, a todas las mentes de los hombres. Esa iglesia, que el demonio ha ido manteniendo durante siglos, para oponerse a la Iglesia de Pedro, que es la auténtica Iglesia de Cristo.

Para el masón, toda la Palabra de Dios es un símbolo: «la Biblia es usada entre los masones como símbolo de la voluntad de Dios, en cualquier modo que ésta pueda expresarse» ( Albert G. Mackey en su “Lessico della Massoneria” bajo el término ‘Biblia’- ver texto). Por lo tanto, nunca Bergolgio va a dar la Voluntad de Dios cuando habla o cuando escribe. Sino que va a dar el símbolo de esa Voluntad de Dios: va a dar su interpretación, su visión humana, su idea que concibe en su mente. A todos aquellos que esperan que Bergolgio diga algo del Sínodo, que quite ese cisma que se ha levantado, y que ponga las cosas en su sitio, es que no han comprendido el juego del lenguaje de un masón.

Un masón nunca puede hablar como un católico, con una fe católica: nunca va a decir, Bergoglio, la verdad católica, lo que quiere escuchar todo católico que se precie: la Verdad como es, como está en el Evangelio, como la Iglesia siempre la ha enseñado. Esto no lo puede hacer Bergoglio, porque pertenece a la iglesia del Anticristo, que es la iglesia de la masonería. Y se dedica a jugar con las palabras, con las verdades reveladas, con los dogmas. A jugar: a dar vueltas a la tortilla para que sólo se vea su mentira como una verdad que todos tienen que seguir. Sólo resalta lo que él quiere explicar, lo que la gente quiere oír.

Bergoglio no cree en Dios, sino en su concepto, que en su mente tiene, de Dios. Es el símbolo que él ha sacado de la sagrada Escritura. Es su símbolo, su interpretación. Por eso, “Dios no existe”; “Jesús no es un espíritu”, etc… Sólo un hombre masón, arrogante, que tiene un delirio de grandeza, se atreve a decir tantas herejías desde la Silla de Pedro y quedarse tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dicho nada. Sólo un hombre que tiene delirios de grandeza puede hacer esto.

Muchos sacerdotes, piensan lo mismo, pero lo callan. Ocultamente obran su pecado, porque saben lo que es la dignidad del Sacramento del Orden en la Iglesia. Saben lo que es ser sacerdote, aunque ellos vivan otra cosa. Pero ya se ve, desde el Vaticano, la Jerarquía propia de la masonería, la jerarquía bergogliana, la propia que vive y obra su delirio de grandeza, la cual no le interesa el sacerdocio de Cristo para nada, ni Su Iglesia, sino que sólo viven para un plan masónico.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, con un nuevo gobierno, con un nuevo evangelio, comandado por su delirio de grandeza; y que es la misma iglesia del Anticristo. Él está sentado en el Trono de la Bestia. Es ya su Trono (no es el Trono de Pedro), porque Bergoglio ha puesto en el Vaticano el gobierno de la Bestia: su gobierno horizontal. La masonería ha tomado posesión oficial del Vaticano en la persona misma de Bergoglio, en la obra misma que este hombre se ha dedicado a hacer en su tiempo de gobierno en la Iglesia. Obra masónica y, por tanto, obra demoniaca, obra que pertenece al Anticristo, unido a esa mente, a esas intenciones maquiavélicas.

Bergoglio se ve a sí mismo con centro del mundo: «Estaremos siempre con el Señor» (ver texto). Bergoglio hizo que la gente coreara esto tres veces. Esto es lo propio de un líder de masas, no de un pastor de almas, que se cree el centro de todos. Bergoglio lleva a las masas al juego de su lenguaje humano, de su obra humana en la Iglesia. Entretiene a las masas con el lenguaje de su simbolismo, ocultándoles la verdad, para que todos hablen de él, para bien o para mal. Pero que hablen de él, que es lo que quiere: está sediento de la gloria del mundo.

Todo tiene un sentido para Bergoglio, menos para los demás. Lo que piensen los otros, eso no le interesa. Sólo busca su sentido masónico, que es una interpretación simbólica, en su gobierno: una ética humanista, fraternal, globalizante. Y, por eso, Bergoglio es un hombre que genera muchas reacciones cada día. Y, muchas de ellas, agresivas y violentas.

Cada día el mundo se despierta con una frase que este hombre ha dicho; con una entrevista nueva; con una herejía, la cual se va añadiendo a su lista como lo único que puede hablar este hombre a la Iglesia.

Bergoglio no puede decir una verdad católica, porque él está metido en su idea fija de lo que debe ser la Iglesia. Esa idea, que le obsesiona, es el nexo que usa para ser social, para estar en la realidad de la vida. Es una idea que forma parte de su vida de manera esencial: si la quita, su vida ya no tiene sentido. Esa idea, carente de toda verdad, es el centro de su existir. Por eso, este hombre no puede convertirse: está atrapado en su mente. Una mente pragmática, pero incurable. La vida le ha hecho un eterno demonio: su forma de vivir, su manera de poner su idea obsesiva como obra, como acto en su existencia. Todo son sus pobres, su comunismo, su libertad, su diálogo, su fraternidad. Pero no le interesa la Iglesia Católica. ¡Le trae sin cuidado!

«La cultura de las relaciones»: Para ser Iglesia hay que fantasear con una nueva cultura. Bergoglio es el nuevo Kant, pero en moderno. Kant, en su herejía, era lógico en la mente. Bergoglio, en su idea loca, es precisamente, un hombre que desvaría.

A Bergoglio no le gusta la teología, el orden del pensamiento: coge de aquí, de este filósofo; coge de allá, de aquel teólogo, y cocina su idea. Una idea sin el orden de la lógica, pero con un fin en el pensamiento. Un fin oscuro, secreto, que sólo él comprende, le da sentido. Los demás, no comprenden por qué se dedica a decir herejías todo el día. Y menos comprenden a la Jerarquía de la Iglesia que calla ante esas herejías.

Bergoglio habla la moderna herejía, que tiene que abarcar todas las verdades fundamentales, absolutas, dogmáticas, para ocultarlas con ideas mentirosas, pero fabricadas con un lenguaje de salón, puestas en una bandeja de plata: el lenguaje del simbolismo. De esa manera, quien lee, quien escucha, queda agradado por el lenguaje, sin ver el contenido de la mente, de lo que se está diciendo, que es todo una mentira.

Todo es relación en la creación y en las criaturas. Las Personas Divinas se comunican según una relación real, que no puede ser comprendida por la mente del hombre.

Los hombres, en sus vidas, buscan la relación, de muchas maneras, para darse uno al otro.

La relación es algo que está ahí, es real, pero nadie piensa en ella: se da sin más. Se da en la vida diaria, sin necesidad de hacer un acto mental para tener una relación. Se piensan las cosas, se obran y surgen las relaciones.

Pero para Kant, la relación es un ser mental, una idea. No es algo real. Para Kant, como para Bergoglio, no existe la Verdad: la verdad sólo está en la mente del hombre. No está fuera de ella. Entonces, el hombre, para vivir su vida, tiene que crearse, él mismo, con su mente, las relaciones con los demás, que significa crearse una ley para poder obrar en la vida: es la ley de la gradualidad.

Hay que crear «la cultura de las relaciones»: de las múltiples relaciones que el hombre tiene en su vida: familiar, social, económica, sexual, política, etc… De estas muchas relaciones, hacer un común; juntarlas todas en una cultura, que defina la vida de todos los hombres. En esa cultura de las relaciones, se da la ley de la gradualidad: los grados distintos, en las diversas facetas de la vida, para constituir una comunidad armónica, ordenada, fraternal, liberal, pragmática, movida por una caridad ficticia: «una ciudadela que es testimonio vivo y eficaz de comunión entre personas de distintas naciones, culturas y vocaciones, prestando atención sobre todo al vivir cotidiano, manteniendo entre ustedes la mutua y continua caridad» (Ib).

La comunión entre distintos credos, culturas, naciones, vocaciones: unir las múltiples mentes de los hombres, con sus diversas ideas, filosofías, en un lenguaje que sirva para todos. Un lenguaje que gobierne todas las mentes, en que todos se pueden apoyar para construir esa ciudad, ese mundo de todos y para todos.

«Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en una ciudad, un símbolo por excelencia de la convivencia y la relación humana» (ver texto). La Nueva Jerusalén es un símbolo, pero no una realidad divina. Esa Nueva Jerusalén hay que entenderla como una ciudad del mundo, en donde se dé lo humano: «la convivencia y la relación humana». La Iglesia está llamada a ser ciudad del mundo, a ser del mundo.

No hay nada divino en esa ciudad, porque es un símbolo de la Voluntad de Dios: «¡Qué bien, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen muy sugerente del Apocalipsis, todos los pueblos y todas las naciones agrupados en esta ciudad, como en una tienda de campaña, será ”la tienda de Dios” .Y en este marco glorioso no habrá más aislamiento, ni intimidaciones ni discriminaciones de cualquier tipo – social, étnica o religiosa – porque todos seremos uno en Cristo» (Ib.). Todo es un símbolo, una imagen del Evangelio, que hay que ponerla en la realidad de la vida actual, según lo que pide el mundo. Así habla un hombre que tiene delirios de grandeza, que busca el nuevo orden mundial, la nueva iglesia para todos: «qué bien poder contemplar todas la naciones, todos los pueblos, todos los hombres…agrupados en esta ciudad….todos seremos uno en Cristo». Para Bergoglio es el vocablo humano: todos, sin excluir a nadie. Todos: santos y demonios. Todos: justos y pecadores. Todos. La comunión con todos: la cultura de las relaciones, la ley de la gradualidad, la ciudadela de todos los pueblos.

Para el Evangelio de Jesús no son todos, porque: «los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Ap 21, 8). Este pasaje, tan importante para poder comprender qué es la Nueva Jerusalén, Bergoglio lo tiene que callar, porque va en contra de la idea masónica, que él sigue a ciegas: «La masonería es el adelanto hacia la luz en todas las líneas del progreso, moral, intelectual y espiritual» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Y, entonces, la idea católica del infierno hay que superarla, hay que llevarla hacia adelante e interpretarla como otro símbolo, no como una palabra real, dogmática, absoluta. Hay que desarrollarla en el lenguaje positivo de la vida: la ley de la gradualidad.

El infierno es un grado del intelecto del hombre: una idea que el hombre ha concebido, que es una proporción, una relación entre su vida religiosa y su vida humana de su tiempo. En este tiempo actual, hay que hablar a la Iglesia en positivo, avanzando de esos grados negativos a los grados positivos, que pertenecen al pasado, y que hay verlos y entenderlos de otra manera, simbólicamente. No son realidades, son sólo una manera de pensar antigua, propia de un grado de perfección intelectual, que ya no tiene valor para el mundo actual.

Bergoglio usa un lenguaje que dice: «para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social» (ver texto). La linfa espiritual del Evangelio es la santidad. Pues bien, para ser santos hay que imaginar, hay que fantasear, hay que experimentar la cultura. Es el lenguaje del símbolo. Es la interpretación de la Sagrada Escritura según la mente del hombre, según su cultura, según los tiempos que vive, según lo que pide y exige el mundo actual.

¿Qué es la cultura? Es cultivar (= labrar, cuidar) la inteligencia en productos, en obras, en servicios para el hombre. Y una cultura que integre todos los campos de la vida social, humana, significa: crear el habitante del mundo. Crear el nuevo orden mundial. Crear una nueva religión mundial. Crearlo todo según la mente del hombre, según su ley de la gradualidad.

Bergoglio está hablando del nuevo orden mundial, que es la idea eje del masón. Todo es llevar al hombre a vestirse de lo humano, a presentarse ante los demás con la educación de un hombre que acepta a los demás, que lo tolera todo, que lo abarca todo, no por la verdad que cree el hombre, sino por la mentira que obra.

Para el masón, sólo existe la verdad que se encuentra en su mente. Fuera de ella, todo es mentira. Todo. Todos son grados del intelecto, pero no la verdad. En el progreso de todas las líneas humanas, se alcanza la verdad. En el progreso, en la gradualidad, en ver la vida como una proporción entre lo espiritual y lo humano.

Por tanto, el masón busca la mentira en todos los hombres. No puede buscar la verdad, porque ésta es una gradación, un desarrollo de toda idea humana. Busca todos los simbolismos para unirlos, para tolerarlos, para acogerlos, para formar una gradación de la mente del hombre, una perfección en su inteligencia. Perfección que no es la verdad. Es sólo un símbolo, pero no la verdad: «los símbolos se inventan con el fin de ocultarla (la verdad), y no de proclamarla» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Nunca Bergoglio puede proclamar la verdad. Nunca. Siempre la oculta, para que se vea su mentira. Esto es el delirio de grandeza.

El masón quiere todas las obras de los hombres, quiere todas las ideas que han concebido los hombres, a lo largo de toda su historia, y ponerlas en grados, para aunarlas, para ocultarlas, en una mente humana modelo, maestra de todas, que tiene el grado mayor, que sólo uno puede poseer, el Anticristo. Quiere llevar a todos los hombres hacia el Uno: hacia una unidad mental, no real. Una unidad impuesta por una cabeza humana, que es una cabeza demoniaca, que contempla en ella misma todas las ideas de los hombres, las abarca todas.

La ley de la gradualidad es la propia de los masones. Todo en la masonería se concibe en los grados. Pero no se puede comprender la masonería en los grados, porque son sólo éstos símbolos que ocultan otras cosas. La masonería sólo se puede comprender en la mente del Anticristo. Los demás, trabajan para esta mente diabólica. Bergoglio trabaja para la mente del Anticristo.

El Anticristo es maestro en unir mentes humanas, todas con sus ideas, todas son mentiras, son símbolos que ocultan la verdad, porque sólo existe una mente verdadera: la de Él.

Bergoglio predica que hay que experimentar el nuevo orden mundial: «una nueva cultura en todos los campos de la vida social». En esa nueva cultura estarán todas las mentes de los hombres, en una ley de gradación, unidas en una mente maestra, en un arquitecto del mundo, que es el Anticristo.

Bergolgio sólo atiende a su lenguaje simbólico: «El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto). Ser sabio es una gradación en la mente del hombre: hay que instruirse, hay que estudiar, hay que filosofar, hay que pensar… La fe es un acto de la mente del hombre para Bergoglio… La perfección del hombre es un acto de la mente del hombre, es una obra de la ley de la gradualidad.

Pensamiento que es totalmente contrario a la Palabra de Dios: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y son necios los que desprecian la sabiduría y la disciplina» (Prov 1, 7). No pecar, no ofender a Dios es el comienzo de la vedad divina. Es la verdadera instrucción, enseñanza. Pero el masón ha quitado la ley del pecado. Luego, ya no hay temor de Dios. Este pasaje de la Sagrada Escritura, sólo hay que entenderlo de manera simbólica, no real.

Si no existe este comienzo, si los hombres no aprenden esta sabiduría (= quitar sus pecados, mirarlos, arrepentirse de ellos), que es una disciplina para todo el hombre, para dominar su cuerpo y sus pasiones desenfrenadas, entonces el hombre habla, piensa y obra como un necio. Esto es lo que es Bergoglio: un necio, que vive de su lenguaje humano, en el cual no es posible hallar una verdad.

En el lenguaje humano que buscan en el Sínodo se quiere poner la ley de la gradualidad: el grado homosexual, el grado de los malcasados, el grado del Papa emérito, el grado de los sacerdotes que se casan, el grado de las uniones libres….Todo es un grado en la mente del hombre… Todo es un grado en la masonería.

La ley de la gradualidad es dividir la verdad absoluta en muchas partes, en muchas medidas, y seguir avanzando hasta conseguir el grado mayor, la cima en el grado, que sólo uno puede tener: el Anticristo. Y todos haciendo un común en esa mente, atados por una lenguaje humano, que se rige por una ley: la ley de la gradualidad.

¿Entienden por qué en el Sínodo en la primera semana sólo se han dedicado a esto: lenguaje humano, ley de la gradualidad, acompañar a todos en sus vidas de pecado? Estamos ante la religión del Anticristo, ante su iglesia, ante su trono en el Vaticano.

A mucha gente todavía le cuesta entender este punto, porque sólo se queda en el exterior del hombre Bergoglio, pero no sabe penetrar lo que hay en él. Él lo sabe esconder de manera maravillosa, porque es maestro de su propio lenguaje. Y todos quieren aprender de ese lenguaje, que es barato y blasfemo. Y nadie quiere aprender de la Palabra de Dios, que sale de la boca de los humildes, de los sencillos, de los disponibles a la Voluntad de Dios. Por eso, hay tantos falsos profetas por todas partes; tantos falsos doctores de la ley; tanto intelectual del demonio, que sólo habla doctrinas del demonio. Pero nadie quiere dar la Verdad como es.

Bergoglio tiene delirios de grandeza sólo por esto: desde la Sede de Pedro, siendo un sacerdote, siendo un Obispo, no se puede predicar la cultura de las relaciones, el evangelio de la fraternidad, el nuevo orden mundial, la iglesia ecuménica, en la que todos se salvan…. porque esto no es la Mente de Cristo. Esto no es lo que ha enseñado la Iglesia. Esto no es lo que está en el Evangelio. Todos han perdido el juicio en la Iglesia si callan ante las locuras de un hombre que sólo habla para él mismo, pero no para la Iglesia.

Es necesario no dar la obediencia a un hombre que sufre delirios de grandeza y que no sabe ver su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de un hombre que no se arrepiente públicamente de las muchas herejías que ha dicho durante más de 18 meses en la Iglesia. No se puede. Hay que enfrentarlo y hay que invitarlo a que deje ese cargo para que su alma pueda salvarse. Pero él no va a escuchar esto, porque vive centrado en su delirio: ser grande entre los hombres; alcanzar el grado mayor entre ellos; ir a la profundidad de la inteligencia sin la verdad del amor. Sólo con el odio de su mentira.

Francisco: el Obama de la Iglesia

siuncardenal

La popularidad de Francisco ha crecido como la espuma desde que usurpó la Silla de Pedro, que es comparable a la forma como Barack Obama fue recibido por el mundo en el año 2008. Es decir, esa popularidad es un montaje llevado a cabo por el Vaticano, gobernado por masones, como lo fue el de Obama.

Esa popularidad no es un don del Espíritu, no es algo que nace entre los miembros de la Iglesia, sino una ayuda que el Espíritu del demonio hace en ese hombre, algo fabricado por la Jerarquía infiltrada, para poder atraer toda la atención del mundo y de la Iglesia hacia una persona sin letras, vulgar, del pueblo, sin ninguna inteligencia espiritual, que sólo vive su vida de acuerdo a sus medidas racionales, pero que es incapaz de ser imitador de Cristo en su sacerdocio, porque no tiene la vocación divina para ello.

Esa popularidad es siempre en contra de la Voluntad de Dios, un mal que Dios ni quiere ni permite en Su Iglesia, porque no se está en la Iglesia para ser popular, para mendigar un aplauso del mundo, para ser reconocido por los gobernantes o personas influyentes del mundo. Dios no necesita los medios de publicidad del mundo para hacer llegar su Evangelio, que es la Palabra llena de Verdad, que ningún hombre en el mundo quiere escuchar ni seguir.

Dios no necesita un Francisco para llenar Su Iglesia de almas, de gente inculta, pervertida en sus mentes humanas, que sólo viven para sus lujurias, sus deseos en la vida, sus soberbias, sus orgullos como hombres.

Dios no quiere a hombres soberbios en Su Iglesia: quiere personas humildes, que pisen su orgullo y lo mantengan en el suelo, para que puedan ser instrumentos de la Voluntad Divina.

Pero cuando el demonio se sienta en el Trono de Pedro, el mal sólo es querido por el demonio, no por Dios. Dios se cruza de brazos en todo cuanto sucede en el Vaticano y en las demás diócesis que pertenecen a Roma. Y deja que el demonio obre sin más, porque es su tiempo: el tiempo del Anticristo. Tiempo para condenar almas al infierno.

Al igual que Obama ha sido una decepción para el pueblo americano, así este hombre, al que llaman Papa sin serlo, y al que le han puesto un nombre de blasfemia, -queriendo recordar a San Francisco de Asís, pero sin seguir su Espíritu, sino en contra de la misma espiritualidad que vivió este Santo-, se ha convertido en un desastre, en un fracaso para toda la Iglesia Católica y para el mundo.

Los católicos verdaderos no han sabido ver el engaño de este hombre, cuando los bastiones del anti-catolicismo, como son los masones, los ateos, los de la teología de la liberación, toda la jerarquía tibia y pervertida que inunda la Iglesia, han salido a luchar por esta persona y a declararle su amor incondicional.

Los católicos verdaderos se han olvidado bien pronto de las palabras del Señor: «Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo y el mundo los oye» (1 Jn 4, 5). Y aquello de: «No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguno ama al mundo, no está en el la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15).

Este olvido señala sólo una cosa: dentro de la misma Iglesia Católica hay muchas almas que aman al mundo y lo que hay en el mundo. Hay mucha Jerarquía que habla del mundo, habla de los hombres, habla para ellos y como ellos, y ellos los escuchan, porque se les dice lo que ellos quieren oír. Llena de fábulas ha estado- este año y medio- la Iglesia. De entre los católicos verdaderos, hay mucha gente que sólo es católica de nombre, de etiqueta (= va a misa, comulga, se confiesa, reza, etc.), pero que sólo vive para el mundo, no para Cristo. Se dicen “católicos verdaderos” y son sólo eso: una figura vacía de la fe católica. Almas sin fe católica, llenas de otra fe, que obran en la Iglesia de acuerdo a esa fe inventada por ellos mismos, incapaces de rechazar las fábulas, las doctrinas del demonio que Francisco y los suyos han ofrecido a toda la Iglesia.

Toda la pantalla de Francisco es su lenguaje humano. Francisco es experto en oratoria humana. Es una pantalla, una maqueta, una invención, una pintura, que al exterior se ve bonita, hermosa, agradable, pero que esconde una gran maldad, que sólo se nota cuando se acepta ese lenguaje. Francisco ora una palabra barata, que llega a todo el mundo, que gusta por su extravagancia, pero que es una blasfemia, porque carece de verdad.

Francisco ha seducido con su palabra humana: ha hecho la obra del demonio, la que siempre hace la serpiente para entrar en el alma de los hombres. Satanás sedujo a Eva con la palabra humana; Eva sedujo a Adán con la palabra humana. Seducir la mente de las personas, sus sentimientos, sus vidas, con algo que les atraiga, que les guste, que se sientan bien con ellos mismos y con quien les habla. Francisco seduce con su palabra vulgar, engañosa, ignorante, oscura, llena de maldad y de regocijo en el mal. Y muchos han dado –y siguen dando- oídos a esa palabra de un hombre sin sentido común, sin dos dedos de frente.

Cristo nunca seduce con Su Palabra, sino que es siempre Luz: expone Su Verdad, su doctrina, la muestra, la vive, la obra sin más; pero deja en libertad al alma para seguirla o despreciarla. Cristo señala el camino, pero no lo impone a la mente del hombre.

Pero la obra del demonio y, por tanto, la de Francisco es seducir; es decir, es llevar, no es exponer una doctrina, no es dar luz, sino que es tapar la luz; es conducir hacia la tiniebla, mostrar una oscuridad como una luz, es maniatar al alma, en un sentimiento, en una idea, con una obra, -aparentemente buena en lo exterior de las formas-, para que el alma acepte esa doctrina, aun cuando en su interior vea que no puede ser aceptada. Es la seducción del mal, más potente que el don de la Verdad. La Verdad arrastra sin coartar la libertad; pero el mal seduce, se impone, se obsesiona con algo, y produce la obsesión en la misma mente de la persona, imprimiendo en el alma una necesidad engañosa, una exigencia que no es tal.

Esto es el marketing que se hace con Francisco. Es necesario obedecer a un “Papa”, seguirlo, aunque su doctrina, su enseñanza esté errada. Aunque hable barbaridades, como las ha dicho, o declare cosas vergonzantes y heréticas, que supondrían la inmediata renuncia de quien las dice; pero, sin embargo, es necesario seducir, entrar en ese juego del demonio si se quiere seguir en la Iglesia con un plato de comida. Esta es la seducción más refinada llevada a cabo por todos los medios de comunicación, que asisten a Francisco, por toda la Jerarquía, que lo obedece, aunque vean con sus entendimientos humanos, que ese hombre miente descaradamente a toda la Iglesia y a todo el mundo.

Todos ven los errores de este hombre cuando habla; pero otros se encargan de taparlos, de interpretarlos, de darles la vuelta y presentarlos como un bien para toda la Iglesia, como un valor, como “doctrina católica”. Esta es la etiqueta favorita que se pone al magisterio demoniaco y satánico de un hombre sin fe católica, de un pordiosero de la riqueza del mundo, de un piernas-largas, que recorre el mundo, para estar en todas las portadas importantes de la vida social de la gente. Esta es la maldad que todos pueden ver en el Vaticano, en sus webs, en autores que se dicen expertos en política vaticanista, como un Sandro Magister, y que son sólo expertos en seguir la seducción del Vaticano, en ampliarla, en darle mayor publicidad y cobertura. Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Un hombre que besa a los niños y abraza a los enfermos no es nunca noticia. Todos los Papas han hecho lo mismo, pero ninguno de ellos ha dado publicidad a esos actos. Con Francisco, hay un fotógrafo preparado para cualquier ocasión, que convenga tomar la foto a un hombre, que ama el mundo y a los hombres.

Se fotografían sus pecados, cuando besa los pies de las mujeres o ancianos en su taimado ministerio sacerdotal; o cuando se reúne con hombres de pecado para una oración de blasfemia; o cuando bendice unas hojas de coca. Esas fotos revelan su gran pecado. Y nadie, dentro de la Iglesia, lo denuncia, le exige la renuncia. Nadie se atreve a levantarse ante ese hombre, porque todos están bajo el engaño de la seducción del demonio. Todos atrapados. Si viendo sus pecados, nadie hace nada, sino que todos se conforman y aplauden esos pecados, tan manifiestos, tan claros, tan convincentes; entonces, ¿para qué sirve tanta teología, tanta filosofía, si tampoco razonando las cosas, la gente va a discernir el pecado de este hombre? ¿A qué se dedica la Jerarquía de la Iglesia que no es capaz de levantarse contra un Obispo hereje y cismático en la Iglesia?

Es necesario acercar a este hombre, que no tiene ninguna inteligencia, con gente que tampoco tiene inteligencia espiritual, gente del mundo y para el mundo, y que sólo están en la Iglesia por un sentimentalismo, por una cercanía, por un afecto humano, natural, que es también el trabajo del demonio en ellos. Es necesario acercarlo en su pecado –y para mostrar su pecado- y ponerlo a otros como ejemplo de lo que tienen que hacer, si quieren seguir en la Iglesia. Francisco, en los medios de comunicación, es ejemplo de cómo vivir pecando y en el pecado habitual. Y, por eso, gusta a todos los pecadores, ya del mundo, ya de la Iglesia. Les habla en su lenguaje de pecado y en su vida pecaminosa. Los invita a seguir en su pecado y sólo a luchar por las cosas propias de los hombres.

Francisco no es inteligente: luego no sabe llegar a las mentes inteligentes de los hombres. Pero Francisco es un vividor: vive y deja vivir. Luego, el demonio trabaja en él vía afecto, cariño, abrazo, beso, cercanía con los hombres, con los selfies, con el abajamiento a todo lo natural, a todo lo humano. Y, por eso, este hombre se pone una nariz de payaso, pone una pelotita al lado del sagrario, hace muchas cosas que ningún Papa se atrevería a hacer, porque ellos sabían bien lo que es Cristo y lo que exige Cristo a un Papa legítimo en Su Iglesia. Francisco, para llegar a los hombres, lo hace seduciendo los sentimientos de ellos: sus gustos, sus caprichos, sus deseos, sus apegos, sus miserias, sus pecados. Y, en esa seducción, los invita a seguir en sus sentimientos pecaminosos, como algo bueno para sus vidas.

Francisco ha abierto un camino de maldad, golpeando la doctrina católica, con su magisterio masónico, marxista y protestante.

Al igual que el presidente Obama le encantaba disculparse por América, Francisco le gusta pedir disculpas por la Iglesia Católica, resaltando que son los errores de Ésta los culpables de que el mundo esté mal. Es el juego político de presentar al mundo una Iglesia pasiva, callada, tolerante, que no combate el mal de otros, sino que reconoce su propio mal, con el solo fin de no ofender la sensibilidad de nadie, de acomodarse a las distintas necesidades que los hombres tienen hoy en sus vidas sociales y culturales.

En sus entrevistas con los medios de comunicación de izquierda, Francisco busca impresionar, llamar la atención, decir una palabra clave para el hombre, para la masa, pero nunca convertir, nunca dar ejemplo de la verdad, nunca testimoniar -con la propia vida- la verdad, que es Cristo. Francisco no habla en nombre de Cristo, sino en su propio nombre, en su propio lenguaje, en su propia estructura mental de la vida de la Iglesia. Todo, en esas entrevistas, es para que se vea que la Iglesia deja de estar –con Francisco- ‘obsesionada’ con el aborto, con el matrimonio gay, con las verdades absolutas, dogmáticas; y así abrir el camino al diálogo, al conocimiento del otro, a la escucha del hombre, a experimentar el mundo que nos rodea. Francisco es el innovador del mundo en la Iglesia. Es el que mete la vida del mundo, de la profanidad, de la vulgaridad, del paganismo, dentro de la Iglesia. Es la puerta al Anticristo, a su aparición.

Al tratar de complacer a los medios de comunicación y al mundo moderno, Francisco quiere ganarse su respeto, mostrándose pasivo, neutro y débil. Francisco piensa que al hablar continuamente y sin sentido de los pobres, de una manera vana, vacía, sin verdad, será respetado y escuchado por todos. Un hombre que pregunta: por qué es noticia la caída del mercado de valores, pero no la muerte de un anciano; es un hombre que desea que en los medios de comunicación haya una lista de muertes, en la que se juzgue a todo el mundo -y se le condene- por no haber hecho algo contra esos ancianos que mueren. Un hombre así es un hombre que no sirve para gobernar nada, un error de la masonería en el gobierno. Un error impuesto por muchos, pero necesario para el plan en la Iglesia. Un hombre que declara que no es quién para juzgar, pero que en la práctica de su lenguaje humano, juzga y condena a todo el mundo, es un fracaso para todos, incluso para la masonería, que lo ha impuesto en la Iglesia.

Francisco es un hombre que complace a sus enemigos y que, al mismo tiempo, ataca a sus “amigos”: da un manotazo a los católicos practicantes, fieles a la Gracia, a la Verdad Revelada, a la Cruz de Cristo. Francisco ha insultado y ha dañado severamente el trabajo de grupos pro-vida y pro-matrimonio con todas sus declaraciones; y ha pasado al ataque con grupos en la Iglesia, que viven lo de siempre, la liturgia tradicional, que es –para este hombre- una ideología maldita, una explotación de las clases altas de la Iglesia, que hay que erradicar. Todos tienen que hacer una liturgia para el pobre, porque “la Iglesia es pobre y para los pobres”. Esta necedad es la que se impone en todas las diócesis en el mundo.

En su lumen fidei, todos pueden constatar su racionalismo puro, que le lleva a predicar una fe masónica. Es la anulación del magisterio de la Iglesia en lo referente a la Revelación y a la Inspiración Divina

En su evangelium gaudium, se ve al hombre marxista, comunista, que hace de la Iglesia un pueblo, un conjunto de hombres con un solo ideal: el bien común humano. Con un solo fin: el temporal, el humano, el profano. Anula toda la obra de la Redención y, por tanto, la obra de la Elevación del hombre por la Gracia.

Golpea al capitalismo, llamándolo “una nueva tiranía”, rechazando el mercado libre, y haciendo un llamamiento inútil y absurdo para que los gobiernos reacondicionen sus sistemas financieros para atacar la desigualdad. Un hombre que no es capaz de ver su error, sino que lo exalta, diciendo: «Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política». Es precisamente este su afecto, su sentimentalismo herético, su gran error como gobernante. Con el sentimiento quiere gobernar unas almas que han decidido en sus vida luchar contra todo error en el mundo y en la Iglesia. Y este hombre sólo les propone el error -que combaten-, como un bien que ya no deben combatir, sino aceptar. Habla como un enemigo de la fe católica, pero sin embargo, no es capaz de reconocerlo:

«Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor». Sólo le interesa poner de manifiestos su mente, como el culmen de la verdad que todos tienen que seguir, en el mundo y en la Iglesia: «Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (EG – n 208). Este hombre, que no está esclavizado a esa mentalidad individualista, sino que vive una mentalidad global, socializante, comunista, humanista, salvadora del hombre y del mundo, no ha comprendido que son precisamente los mercados libres los que han levantado -constantemente- a los pobres y han ayudado a salir de la pobreza, mientras que el socialismo, el comunismo, su mentalidad globalizante, sólo ha trabajado por afianzar al pobre a su pobreza, matando e impidiendo de mil formas la riqueza y todo bien para el hombre.

Él se pone como modelo a seguir para quitar las cadenas indignas que atan a los hombres a un estilo de vida humana, que nace de un pensamiento errado sobre el hombre. Este endiosamiento de Francisco es su gran fracaso como líder de la Iglesia. Un hombre que sólo vive para su mente humana, para su vida humana, para sus conquistas como hombre. Que no es capaz de mover un dedo para salvar un alma del pecado, porque ya no cree en el pecado como ofensa a Dios.

Francisco comunista al cien por cien. Olor nauseabundo. Olor a tiranía en su gobierno horizontal. Orgullo en un hombre que se ha creído con la solución a los problemas del mundo. Y la Jerarquía que lo está obedeciendo, ¿también se ha hecho comunista como este hombre? ¿También se ha endiosado, como este hombre?

Al igual que Obama, Francisco es incapaz de ver los problemas que están realmente en peligro en el mundo y en la Iglesia. Al igual que Obama confunde a los fieles con el enemigo, al enemigo con su amigo. Al igual que Obama ha caído en picado en su popularidad. Francisco es un negocio barato en la Iglesia. No es a largo plazo. No se puede sustentar por más tiempo un fraude que todos ven, pero que todos deben callar, por el falso respeto a un hombre que no es Papa. Por el falso nombre que le han colocado.

Y, así como Obama siguió jugando al golf en sus vacaciones, mientras los hombres no paraban de cortar cabezas de otros, así Francisco ha seguido ultimando su último escrito sobre la ecología, que será su gran abominación en la Iglesia: ama a la creación; ama a esos hombres que cortan cabezas porque son tus hermanos, son una parte de la creación; son algo sagrado, divino; ama a los homosexuales, a las lesbianas, a los ateos, a los masones, a los que abortan, a los grandes pecadores, a los herejes… Ámalos porque todos somos hermanos, hijos de Dios. Todos somos uno en la mente necia, estúpida e idiota de este hombre, que sólo mira su ombligo en la vida. Todo es hacer silencio cuando se comprueba que se ha errado el camino, pero nunca hablar para arrepentirse y declararse culpable de las propias acciones. Así actúan todos los líderes impuestos por la masonería: cumplen su cometido y, cuando fallan, se encarga la misma élite masónica de reparar el daño. Ellos siguen en lo suyo, en sus vidas, en sus conquistas, en sus orgullos.

Francisco es un desparpajo, una marioneta de muchos, un juego de la masonería, una decadencia en la Jerarquía de la Iglesia, un exabrupto que era necesario amplificar y remover, para dar a la Iglesia otra cara que nadie se ha atrevido a ponerla porque no era tiempo.

Salir de Roma: es lo único que hay que hacer. Renunciar a una Iglesia que ya no es la Católica, sino sólo un montaje de la masonería en Roma. El Vaticano es ya sólo un asunto de la élite masónica. Dios se ha retirado. ¿Todavía no lo han captado?

La conciencia social comunista

«Yo diría que, en el fondo, es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo. La responsabilidad es de todos. Es mía, como obispo. Es de todos los cristianos. Es de quienes gastan el dinero sin una clara conciencia social» (El Jesuita – pag 105). Así habla un comunista en la Iglesia.

Gastar el dinero sin una clara conciencia social: Ya no existe el pecado de avaricia, de codicia, de usura, de egoísmo, de idolatría del dinero, sino sólo hay que ver la conciencia social: vives para los problemas de la gente o vives sólo para tus problemas.

No existe el pecado, sino los problemas. Y, entonces, claro, los países viven una situación de pecado, porque no toman conciencia social.

La Jerarquía del demonio siempre habla como Francisco: lleva a la calle, al mundo; pone al hombre como el centro de todo.

«Creo en el hombre. No digo que es bueno o malo, sino que creo en él, en la dignidad y la grandeza de la persona» (El Jesuita – pag 160). Creo en el hombre, pero no en Dios.

Y, por eso, continúa: «hay gente que pasa hambre. Esto revela una falta de conciencia social. Cuanto mucho unas pocas veces damos una limosna, incluso, sin mirar a los ojos a los pobres, como una forma de lavar culpas» (El Jesuita – pag 106).

Está atacando directamente la doctrina católica sobre la limosna, que expía los pecados. Ataca a la Palabra de Dios: “Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna” (Tb 12, 8-9)

No laves tus culpas haciendo limosnas de vez en cuando, tienes que tener una conciencia social. Déjate del pecado, de su expiación, de la salvación del alma. Llena el estómago de una gente que pasa hambre y te vas cielo directamente:

«es un deber compartir la alimentación, el vestido, la salud, la educación con nuestros hermanos. Algunos podrán aseverar: “¡Qué cura comunista éste!”. No, lo que digo es Evangelio puro. Porque, ojo, vamos a ser juzgados por esto. Cuando Jesús venga a juzgarnos le va a decir a algunos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste.” Y, entonces, se le preguntará al Señor: “¿Cuándo hice esto porque no me acuerdo? Y el responderá: “Cada vez que lo hiciste con un pobre lo hiciste conmigo.” Pero también le va a decir a otros: “Váyanse de acá, porque tuve hambre y no me dieron de comer.” Y, también, nos reprochará el pecado de haber vivido echándole la culpa por la pobreza a los gobernantes, cuando la responsabilidad, en la medida de nuestras posibilidades, es de todos» (El Jesuita – pag 107).

Así interpreta este hombre el pasaje sobre el Juicio Final: en clave comunista: has dado de comer, al cielo. No has dado de comer, al infierno.

¡Si el juicio final fuera así de sencillo, entonces no habría ese juicio, porque todos se iban a salvar. ¿Quién no ha dado una comida a un pobre? Cualquier hombre ha hecho eso. Pero la cuestión no está en dar la comida o en no darla. La salvación está en dar de comer como lo hizo Cristo. Y la condenación está en dar de comer como lo hacen los hombres. Cristo, para dar algo material, primero enseña y da lo espiritual: «Buscad primero el Reino de Dios y los demás por añadidura». En este pasaje el Señor enseña la caridad del prójimo por amor a Él. Francisco enseña la caridad del prójimo por amor al prójimo. Enseña su comunismo: la conciencia social.

«Si bien en la doctrina del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos para la reflexión y para la acción, es sin duda ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso» (Pablo VI).

No see puede ser marxista sin amar su ideología; no se puede predicar la teología de los pobres y no ser marxista en la ideología. Quien ama el comunismo quiere una sociedad y una Iglesia totalitaria y violenta.

Francisco quiere una Iglesia comunista:

—«¿Usted quiere decir que no hubo una condena en bloque como suele pensarse popularmente?»

—«Claro. Tampoco hablaría de una condena en el sentido legal de ciertos aspectos, sino de una denuncia. La opción preferencial por los pobres es un mensaje fuerte del post concilio. No es que no haya sido proclamado antes, pero el post concilio lo enfatizó. La mayor preocupación por los pobres que irrumpió en el catolicismo en los años sesenta constituía un caldo de cultivo para que se metiera cualquier ideología. Esto podría llevar a que se desvirtuara algo que la Iglesia pidió en el Concilio Vaticano II y viene repitiendo desde entonces: abrazar el camino justo para responder a una exigencia evangélica absolutamente insoslayable, central, como la preocupación por los pobres, lo que a mi juicio aparece maduro en la conferencia de obispos de Aparecida» (El Jesuita – pag. 82-83).

La Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis Nuntius, condenó los desvíos de la teología de la liberación:

«La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista (…)obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres» (Declaracion).

Se pone la atención sobre aspectos ruinosos para la fe y la vida cristiana. No es sólo una denuncia de algo que está mal; es una condena de la teología de la liberación que sigue la ideología marxista. Porque hay una teología católica de la liberación, que no tiene nada que ver con lo que propone esta teología de los pobres, que «está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada» (Ibidem).

El Concilio Vaticano II no dio ningún mensaje fuerte sobre la opción por los pobres, porque en la Iglesia no existe esta opción. En la Iglesia ni se opta por los pobres ni por los ricos. La opción por los pobres es el lenguaje propio del marxismo, de la ideología marxista. No es el lenguaje propio de un católico. El católico en la Iglesia sólo mira a Cristo y sólo elige a Cristo. Lo demás, es marxismo.

«El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma» (Ibidem). Es claro que es una condena de esta teología: lo que se aparta gravemente de la de la Iglesia es para ser condenado, no para hablar de ello, no para ser denunciado de alguna manera.

«Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres» (Ibidem). La teología de la liberación se apoya en una filosófica condenada por la Iglesia (el Racionalismo), que corrompe el significado de los pobres en la Iglesia por basarse sólo en la idea racional del pobre, anulando la idea evangélica que Cristo predicó.

El Papa Bendicto XVI recordando esta condena, dijo que «en ella se subrayaba el peligro que implicaba la aceptación acrítica, por parte de algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo. Sus consecuencias más o menos visibles, hechas de rebelión, división, disenso, ofensa y anarquía, todavía se dejan sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas un gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas». (Documento)

—«Entonces ¿considera que hubo teólogos de la liberación que equivocaron el camino?»

—«Desviaciones hubo. Pero también hubo miles de agentes pastorales, sean sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos jóvenes, maduros y viejos, que se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra, son fuente de nuestro gozo. El peligro de una infiltración ideológica fue desapareciendo en la medida en que fue creciendo la conciencia sobre una riqueza muy grande de nuestro pueblo: la piedad popular. Para mí lo mejor que se escribió sobre religiosidad popular está en la exhortación apostólica de Paulo VI Evangelii Nuntiandi y lo repite el documento de Aparecida en lo que es para mí su página más bella. En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo» (El Jesuita – pag. 82-83).

Desviaciones hubo, pero no equivocaron el camino. Hubo cantidad de gente que se comprometieron con el marxismo: son fuente de nuestro gozo. La ideología marxista decreció porque existió la conciencia de la piedad popular. ¡Terrible herejía la que manifiesta este hombre! El error sólo se combate con la verdad. Si la teología de la liberación ha decaído es porque se ha dicho la Verdad, no porque se dé una conciencia que no existe.

La conciencia de la piedad popular es el creacionismo o evolucionismo, que es puro comunismo: «En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo». Esto se llama populismo, que es una vertiente del marxismo. La fe está en el pueblo, no en la Jerarquía. Hay que interpretar el Evangelio según la sabiduría popular, no según la sabiduría divina, que es dada a la Jerarquía, que la tienen los Obispos y sacerdotes en el Poder Divino que se les confiere en la ordenación: guiar, enseñar y santificar. El pueblo no sabe nada, no enseña nada, no es guía de nada. Es la Jerarquía la que tiene la sabiduría, el poder, el camino para santificar.

Los problemas de la gente no son los problemas de la Iglesia, no son los problemas de Cristo. Cristo viene a salvar al hombre, no viene a resolver problemas de la gente. Y, por eso, Cristo pone a sus sacerdotes para llevar a las almas al Reino de Dios, que no pertenece al pueblo, no es de este mundo, no está mirando, no está abocado a resolver los asuntos de los hombres, que es lo que busca la teología de la liberación. Del pueblo no se saca nada. Es del Corazón de Cristo donde se saca la Verdad, la Vida y la Gracia para el pueblo, para los hombres.

• Francisco es un revolucionario comunista, que aprendió el comunismo de una mujer:

«Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino de Careaga, una paraguaya simpatizante del comunismo (…) Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (El Jesuita – pag 34). «Tanto me enseñó de política» (pág. 147-148).

Una mujer (vida) que luchó por una idea revolucionaria toda su vida (tempranamente comenzó a militar en el febrerismo, movimiento de fuerte tinte socialista, con un programa antiimperialista, de liberación nacional) y que, cuando se encontró con el dolor en su vida (el 13 de septiembre de 1976 fue secuestrado su yerno, Manuel Carlos Cuevas, marido de su hija Mabel. Otro 13, esta vez de junio del 77, fue secuestrada su hija menor, Ana María, en ese entonces de apenas 16 años y embarazada de tres meses), decidió transformar ese dolor en odio hacia la verdad. No supo aceptar ese sufrimiento por amor a Dios, sino que fundó un movimiento que habría de convertirse en un símbolo mundial de lucha y resistencia: las Madres de Plaza de Mayo (texto).

Esta mujer, que desapareció y finalmente fue asesinada por la dictadura del General Videla, «Actualmente, está enterrada en la iglesia de Santa Cruz. La quería mucho» (El Jesuita – pag 34).

¿Qué hace una terrorista enterrada en una Iglesia Católica? ¿No hay cementerios comunes para esta clase de personas?

«Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

1. a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

2. a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

3. a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184).

Esta mujer, ¿mostró alguna señal de arrepentimiento? ¿Dejó sus ideas marxistas, revolucionarias, para solo luchar por Cristo? Ciertamente que no. Y, entonces, Francisco cometió un grave sacrilegio y una profanación del lugar sagrado. E hizo este pecado sólo por su amor al comunismo, que le ciega para ver la Verdad.

Francisco cuenta la profanación como un logro y una fiesta. Francisco lloró (noticia) cuando el cuerpo de esta mujer fue encontrado e hizo todas las diligencias para que fuese enterrada en el jardín de la Iglesia Santa Cruz (noticia), junto a María Ponce de Bianco, una de las tres madres secuestradas con ella. Con posterioridad también fueron sepultadas allí la Hermana Léonie Duquet y la activista Ángela Auad (activista social argentina del Partido Comunista Marxista Leninista, que actuaba con la asociación de las Madres de Plaza de Mayo).

Su hija la recuerda de esta manera: “Gracias por la ideología que no abandonaste en los momentos aún más difíciles. Gracias por el anhelo de justicia e igualdad social que supiste transmitirnos. …además de una revolucionaria con mayúsculas, fuiste una gran madre” (noticia)

Francisco le debió mucho a esta mujer, a esa ideología marxista que le enseñó y que nunca más abandonó Francisco; y, por eso, la enterró en una Iglesia. Quien ama el pecado obra el pecado. Quien ama la idea comunista, obra como tal. Ya no sabe discernir lo que es bueno y lo que es malo. Sólo vive para los hombres y mujeres comunistas, pero no para los demás.

Y ¿en qué se basa Francisco para obrar así? En su teología de la liberación. Para esta teología el compromiso de Jesús con los oprimidos de su tiempo provocó un enfrentamiento con los poderes religiosos-políticos y económicos que lo llevó a la muerte. Jesús es un hombre revolucionario que trabaja por la idea del hombre, la idea de los pobres, oprimidos por el hombre, esclavos de los hombres.

Y, entonces, Cristo muere porque los hombres se oponen a esta idea. Cristo trajo una idea revolucionaria al hombre y murió por esa idea. Para la teología de la liberación, María se convirtió en hija de su hijo; es decir, que María, una vez que fue asesinado su hijo en la cruz, tomó conciencia y se comprometió en la idea revolucionaria de su hijo: hay que luchar por los oprimidos, por los desaparecidos, por los perseguidos por la justicia de los hombres. Y, por eso, se reúne con los Apóstoles para iniciar la iglesia de la revolución. Por eso, las Madres de Plaza de Mayo están haciendo lo mismo que hizo María: luchando por sus hijos y, de esa manera, están obrando el Reino de Dios, es decir, creando una sociedad igualitaria, justa y fraterna.

Y, entonces, se entierra a las madres comunistas, revolucionarias, en la Iglesia porque han trabajado por el Reino de Dios, por una sociedad de amigos comunistas. Grave profanación de la Iglesia Católica a manos de un Obispo comunista.

«Hay también quienes ven actitudes de revanchismo. ¿Cree que el papel, por caso, de la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, ayuda a la búsqueda de la reconciliación?» (El Jesuita – pag 139). La pregunta que le hacen a Francisco es ¿si esta mujer, que es un monumento al odio, sirve para la reconciliación del mundo? Es una pregunta con malicia. Es una pregunta para que se descubra el verdadero pensamiento de Francisco.

Hebe de Bonafini ha apoyado a figuras como el Che Guevara, Augusto Sandino, Yasir Arafat, Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales. También ha manifestado apoyo a los aborígenes americanos. Se ha manifestado en contra del neoliberalismo y del FMI, vistos por ella como la «corporación del poder». Ha manifestado su apoyo a las FARC en Colombia (noticia) . Ha manifestado su apoyo a las madres de los presos etarras. En el año 2000 publicó una carta abierta en la página web de la asociación que preside, en la cual expresaba que de los más de 650 presos vascos, muchos están presos simplemente por lo que piensan, o por lo que escriben, o por «conocer a alguien que conoce a alguien» (noticia) .

Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 declaró (noticia) :

«Cuántas veces nos dijeron qué era el capitalismo, qué era la represión, qué era Estados Unidos, cómo se formaban los militares para torturar. […] Por eso cuando pasó lo del atentado y yo estaba en Cuba visitando a mi hija, sentí alegría. Y me puse contenta, por qué no. A algunos les parecerá mal. Cada uno evaluará y pensará. Yo no voy a ser falsa. Brindé por mis hijos, brindé por tantos muertos, contra el bloqueo, por todo lo que se me venía a la cabeza. Brindé por los valientes. Brindé por los hombres que hicieron una declaración de guerra con el cuerpo. Una declaración de guerra inesperada para todos. Pero una declaración de guerra para algo que EE.UU no puede atacar porque no sabe a quién, ni cómo, ni dónde llegar(…)No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada. No me dolió para nada, porque siempre digo en mis discursos, decimos las madres, que nuestros hijos serán vengados el día que el pueblo, algún pueblo sea feliz. […] Yo sentí que la sangre de tantos en ese momento era vengada. […] En ese atentado no murieron pobres, poblaciones, no murieron niños, no murieron viejos».

Esta mujer, que brinda por la muerte, por la guerra, por el odio, por la venganza, ¿ayuda a la reconciliación? Y contesta:

“Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Pongámonos en los sentimientos humanos: de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos. Hay que comprender lo que sienten. Y, por tanto, lo que hace es para la reconciliación. Esta mujer se topó con el cinismo de gobiernos que la basureaban. Ellos son los malos de la película, que odian y no permiten la paz. Esta mujer es una santa porque lucha por una idea santa: su hijos.

Esta mujer es una víctima de la sociedad que no comprende su sufrimiento. Esta mujer es la buena; enemiga de todo lo bueno y amiga de todos los malos. A esta mujer hay que dedicarle una palabra de comprensión y de consuelo. A las demás mujeres, católicas, que también han perdido sus hijos, a las mujeres a quienes los seguidores de Bonafini asesinaron a mansalva, nada de nada.

Los buenos, para Francisco son Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el Cardenal Mindszenty Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78), iglesia comunista que va en busca de la destrucción de toda idea religiosa.

Francisco encomia a los peores lobos, todos rojos, y reduce a la nada a quienes debería tener por arquetipos.

A esta mujer, que odia a todo el mundo, que se moviliza para protestar, la gloria de la Iglesia, pero a los católicos que hacen una marcha en contra del preservativo los fustiga:

«Dejamos de lado una catequesis riquísima, con los misterios de la fe, el credo y terminamos centrándonos en si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo» (El Jesuita – pag 89). Predica el Evangelio, da de comer, pero no te metas con el sexo. Que cada uno haga lo que quiera en el campo sexual:

«Y dentro de la moral —aunque no tanto en las homilías como en otras ocasiones— se prefiere hablar de la moral sexual, de todo lo que tenga algún vínculo con el sexo. Que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable. Y entonces, relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicancias más allá de las cuestiones sexuales» (Ibidem).

El Evangelio que predica Francisco no es el de Cristo: es uno sin moral. Jesús no predicó una moral ni para el alma ni para el cuerpo. Jesús predicó una idea política y eso es lo que importa. Lo moral, si esto se puede o no se puede, eso es un dolor de cabeza. Déjate de moralidades, de leyes, de teologías sexuales. Si quieres usar el preservativo, úsalo. Eso no interesa. Lo que interesa es tu conciencia social: acuéstate con un homosexual para hacerle feliz.

“Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (El Jesuita – pag 90).

Los grupos de élite ilustrada son los católicos pro vida, que querían movilizarse con sus familias para hacer frente a esa embestida legal contra la Ley natural que Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner quería coronar. Monseñor Baseotto, fue difamado, calumniado y perseguido por haber osado recordarle a este señor las prescripciones evangélicas pertinentes.

Esta embestida legal es para Francisco una coyuntura legislativa, no es una acción pecaminosa, deleznable, ruinosa de la sociedad. Y, por ser eso, entonces no vale la pena movilizar a la juventud. No hay que combatir el error. Es más sagrado el chico que la coyuntura legislativa. Esta es la contradicción. Si no se lucha contra el error, contra la maldad, los chicos se abortan, viven del sexo desenfrenado, viven fuera de lo sagrado. Y, entonces, los malos ya no son los gobernantes, los que ponen esa ley antinatural, sino que los malos son esos grupos de élite ilustrada que permitieron que sus hijos vieran cosas desagradables: travestís, feministas…

¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instan a concurrir a todos en defensa del Bien?

Así piensa un comunista: es la conciencia social, no es el pecado. Es lo bueno y lo malo que cada uno ve con su mente humana y en la sociedad. Es inventarse una moral, sin moral, sin ley divina y sin ley natural. Una moral para una sociedad degenerada, que sólo vive de acuerdo a su filosofía de la vida, mirando al hombre, pero sin acordarse, para nada, de Dios.

Quien no ofrenda su vida por Cristo, la hace por el hombre. Y se convierte en una persona totalitaria y violenta, como Francisco. Tuvo su maestro en una mujer violenta, marxista, revolucionaria, que odiaba la verdad en el hombre, que convirtió la vida del hombre en un pasaje oscuro y tenebroso en su mente humana. De tal palo, tal astilla. Así es Francisco: el oscuro comunista que lleva a las almas al fondo del precipicio de donde nadie puede salir.

Francisco: un destructor de la Iglesia

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Desde que Francisco se sentó en la Silla de Pedro, que ha usurpado, ha dado al mundo y a la Iglesia un torrente de herejías, blasfemias, doctrinas ofensivas, contradictorias, marxistas, llenas de imprecisiones teológicas, con un alto índice de ignorancia en todos sus escritos.

Francisco es el que destruye la Verdad Absoluta y vive su vida con verdades relativas, verdades que agradan a todos los hombres, menos a Dios.

Francisco es una bala perdida, que hace daño a cualquiera, que va dirigida sin norte, sin camino, sin precisión, con el solo fin de hacer ruido y destrozar.

Francisco es una fuente constante de preocupación y de vergüenza atroz para todos los auténticos católicos, que vemos en la Tradición de la Iglesia y en Su Magisterio, el orden divino que el Señor ha querido en Ella, para salvar las almas del mundo, del demonio y de la carne.

• Francisco lleva las almas al mundo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG – n.2).

1. La vida interior debe estar siempre clausurada, por su misma definición. No es una vida exterior, para el hombre, para el mundo. Es la vida para el alma. Y sólo para el alma. Quien siga esta doctrina sin sentido, pierde la fe, la esperanza y la caridad. Quien no vela para santificar su propia alma, no puede nunca salvar ni santificar las almas de los demás. Quien no se refugia en el desierto de todo lo humano, quien no se separa del mundo y de los hombres, quien no vive buscando sólo a Dios en su vida, entonces las obras que hace en la Iglesia y en su vida particular son siempre del demonio.

2. Quien tiene vida interior sabe ocuparse de todas las cosas: el prójimo, los pobres, etc.; sabe tener la alegría que da el Espíritu. No tiene la alegría que la palabra amor significa para el hombre. Sabe hacer con la fuerza del Espíritu todas las obras divinas que el Señor le pone en su camino. No tiene el entusiasmo mundano, profano, que Francisco predica en todo su evangelium gaudium, un escrito que sólo sirve para limpiarse el trasero, pero no para tener fe ni practicarla.

3. No clausures tu vida interior, sino que vive tu espiritualidad para los demás: esto es el populismo, marxismo, comunismo, milenismo, etc. La Iglesia tiene que conquistar el mundo. Esto es todo el resumen del pensamiento de Francisco.

• Francisco da a las almas la misma doctrina del demonio : «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifica y festejan» (EG n. 24)

1. Si se niega la vida interior como una clausura, entonces la Iglesia es para la vida exterior, no es para la vida interior, que es lo que primero quiere el demonio; que el alma esté en todos los problemas del mundo y viendo multitud de soluciones.

2. Al no existir vida interior, la Iglesia es una comunidad: no es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, no son almas que siguen a Cristo y que están unidas místicamente unas a otras en el Espíritu de Cristo. Se niega el Espíritu de Cristo y la unión mística entre las almas y Cristo. Y se pone un conjunto de hombres, un pueblo, un grupo de amigos, que cada uno piensa lo que quiere y obra como quiere.

3. Esta comunidad son un grupo de hombres que se dicen discípulos y misioneros: discípulos de la mente de los hombres; y misioneros de las obras de los hombres. Es decir, es una comunidad de hombres, que piensan como los hombres, que viven para las ideas, las razones, las filosofías, las teologías que otros les dan; y que sólo obran lo que piensan: obras, voluntades, caprichos, deseos humanos.

4. Y son un grupo de ineptos que

I. primerean: es decir, «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y lega a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (EG – n. 24). Es claro ver, cómo Francisco, en esta frase, ha perdido el juicio.

a. Si es Dios quien ama primero, entonces el alma no tiene que hace nada. Dios, en ese amor, le indica al alma lo que tiene que realizar. Luego, no hay que tomar iniciativas, no hay que ir al encuentro de nadie, no hay que buscar a los lejanos, no hay que reparar, sanar, las enfermedades de nadie.

b. La vida espiritual no es para adelantarse al Espíritu, sino para seguir al Espíritu.

c. Esta forma de hablar de Francisco, este su lenguaje humano, revela, al que tiene vida espiritual, que este hombre no tiene ninguna fe en nada. Los demás no captan la idiotez de esta frase: Francisco es un estúpido en su pensamiento humano: hay que salir, hay que tomar iniciativas, hay que resolver problemas, hay que moverse, etc. Esta estupidez es fruto de su necedad: no hay que clausurar la vida interior. Y el estar dando vueltas a esta estupidez, hace de Francisco un idiota. Y un idiota es el que ha perdido el juicio, el que no tiene dos dedos de frente.
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II. Se involucran: «Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos» (Ibidem): esta es la ceguera más total de Francisco.

a. Un hombre sin discernimiento espiritual: como Jesús lavó los pies, entonces todo el mundo a lavar los pies de los demás. Francisco ha roto la Verdad Evangélica y obra la verdad que tiene en su pensamiento humano. Ha anulado la Verdad Absoluta, el dogma del lavatorio de los pies, para poner su verdad relativa, que agrada a todo el mundo, pero que es un pecado de sacrilegio. Y lo comete convencido que es una obra santa y virtuosa: «Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

b. Es su ceguera total. Es su condenación en vida: Seréis felices si laváis los pies a todo el mundo. Seréis santos, justos, hijos de Dios, cometiendo un pecado. Francisco tuerce el Evangelio, interpreta como quiere las Palabras del Señor, y ofrece al alma una doctrina del demonio: una mentira, un error, una confusión, un engaño. Hay que hacer obras y gestos que agraden a los demás, que quiten distancias entre los hombres: hay que darle al hombre lo que el hombre quiere. Puro humanismo. Puro sentimentalismo. Pura idiotez de vida. No practiques las virtudes con el prójimo, sino que pon en práctica las ideas que más te unan al otro, que más te acerquen a la vida del otro, que más te lleven a entender al otro. Porque, claro: hay que tocar «la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

c. Si has llegado hasta aquí, leyendo, y no te sale decir a Francisco: hereje, cismático, maldito, idiota, estúpido, loco…es que estás con Francisco, es que lo defiendes, es que luchas en la Iglesia por estas ideas totalmente contrarias al Evangelio, a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, y a lo que todos los santos han vivido.

d. La carne sufriente de Cristo está en la Eucaristía. Y en nadie más. Y decir eso, que este hombre proclama siempre, es decir, no sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo: es el pueblo el que sufre, no es Cristo el que sigue sufriendo místicamente en cada alma. No es Jesús, que vive en la Gloria de Su Padre, pero que sufre, realmente, pero de manera mística, todavía. No, son los hombres. Pobrecitos los hombres, cómo sufren. Lloremos por los hombres. Vivamos para tocar los sufrimientos de los hombres. Y toda esta bazofia de Jerarquía y de fieles que piensan así, no se dan cuenta que mientras exista el pecado en este mundo, existe la Cruz de Cristo y todos los dolores místicos de Jesús y de María. Y, por tanto, los dolores de la humanidad no valen nada, no sirven para nada, no son camino para dar una felicidad a los hombres si se quitan. Como hoy toda la Jerarquía ha pedido la fe, entonces predican la teología de los pobres, el ecologismo y las idioteces que cada uno encuentra en su estúpida cabeza humana.

e. Y tiene que llegar a decir, como Francisco: «Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz». No tengas olor a Cristo, sino olor a hombre. Que los demás te vean mundano, profano, carnal, materialista, vulgar, plebeyo, naturalista, cósmico, ecológico. Pero no huelas a castidad ni a humildad, ni santidad, ni hagas en tu vida la Voluntad del Padre. Te voy a enseñar lo que hay que hacer en la Iglesia: sé un hombre; sé como un hombre; piensa como los hombres; vive como ellos, obra como ellos. Y, entonces, los hombres escucharán tu voz. ¡Qué barbaridad lo que está escrito en esta basura del Evangelium gaudium!. Hoy la gente es una ignorante de la vida espiritual, y dice que esta bazofia es doctrina católica. ¡Por favor! Da pena cómo están tanta Jerarquía que sigue defendiendo los escritos de Francisco como si fueran una obra llena de sabiduría divina. Es que Francisco no dice una sola cosa de la Tradición. No enseña ninguna cosa del Magisterio. No ofrece el Evangelio, sino que le quita y añade sus palabras humanas para presentar un libro de fábulas a la Iglesia. Esto es su evangelium gaudium: un libro de fábulas, un cuento chino para entretener a los idiotas como él, es decir, a todos los que le obedecen, le siguen, le respetan, le hacen la pelota y se creen santos en sus vidas de herejía y pecado.
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III. Acompañan: «Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites» (EG n. 24). Tienes que acompañar al budista, al ateo, al musulmán, al evangélico, a Fidel Castro, a Obama, a los terroristas, a los cismáticos, a los herejes, a los ecologistas, a los masones, a los homosexuales, lesbianas, etc… y no maltratar límites. No toques sus vidas, sus pensamientos humanos, sus proyectos, … déjalos vivir a sus anchas, sin juzgarlos. Acompaña la idea del hombre, su obra, su capricho en la vida, su pecado, su herejía. Acompaña a Francisco mientras te predica una herejía: ten oídos atentos a esa herejía. Pero no pongas límites, no lo maltrates con tus juicios. No le digas que es un hereje. Sino que tienes que acompañarlo: tienes que decirle que su doctrina es tradicional católica, vale para la Iglesia y para todo el mundo. Acompaña la idea humana, acompaña al hombre. Espera al hombre, que puede equivocarse, pero no lo corrijas si se equivoca, porque lo que importa, no es la Verdad, sino el hombre.

IV. Fructifican: «La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora».

a. Si se anula la vida interior, entonces Dios no puede producir frutos divinos en las almas. Y, por tanto, el hombre obra sus obras humanas con sus frutos humanos. A estos frutos humanos, se refiere este inepto Obispo.

b. El trigo y la cizaña son dos cosas opuestas: el trigo son las almas que viven para salvarse y santificarse. La cizaña son las almas que viven para condenarse y condenar a los demás. Por tanto, si se ve que la cizaña obra, hay que cuidar el trigo, hay que oponerse a los herejes, hay que batallar contra el mal, hay que alarmarse, hay que despertarse y no creerse salvos ni santos. Si ves que el mal avanza -dice el idiota de Francisco-, no te quejes, no busques profecías alarmistas, no seas negativo, no seas maleducado con los que viven para condenarse, sino que haz tu obra humana: encarna la Palabra.

c. El hombre no tiene que buscar la manera de que el Evangelio se encarne en la vida de los demás. El hombre sólo tiene que predicar el Evangelio. Predicarlo. No imponerlo. Dar el camino de salvación a los demás. No decirle las obras que tiene que hacer en su vida. No llevarle a hacer obras humanas, materiales, naturales, carnales. El hombre de fe señala sólo el camino y deja en libertad para que cada uno elija salvarse o condenarse.

d. Es la Palabra de Dios la que se encarna en cada hombre cuando éste se abre a Su Enseñanza, cuando el hombre pone su mente en el suelo, cuando el hombre pisa su orgullo, cuando el hombre se niega a sí mismo. Y, entonces, Dios penetra con Su Palabra en el corazón del hombre y lo transforma en un ser divino, en un hijo de Dios que sólo busca dar gloria a Dios, no a los hombres.

e. El hombre tiene que vivir su vida para llenarse de enemigos, porque tiene tres enemigos que debe vencer constantemente: mundo, demonio y carne. Y aquel que no viva batallando contra sí mismo, contra los demás y contra el demonio, es un alma condenada en vida, que sólo vive para agradar a los demás y bailar con ellos en sus estúpidas vidas humanas y en las obras idiotas que hace en la Iglesia.

f. Dios sólo libera, Dios sólo manifiesta Su Poder en las almas humildes, no en la humanidad. Dios se cruza de brazos ante los hombres que se creen dioses, como Francisco.

V. Festejan: «Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización».

a. Siervos inútiles somos: una vez que se ha hecho la obra exterior, a esconderse, como lo hacía Jesús, que se iba al monte a pasar los tiempos en oración con Su Padre. Nada de festejos, nada de estar agradeciendo a los hombres. Porque dad gratis lo que habéis recibido gratis. Y el que recibe gratis un don de Dios sólo tiene que agradecer a Dios por ese don y por haber puesto un instrumento dócil para que llegue ese don.

b. Francisco quiere la publicidad del mundo: haz una obra y que todo el mundo la vea, la festeje, hable de ella. De esa manera, se arrastra a las almas hacia las obras de los hombres. Ven las almas que Francisco besa a los niños y quedan maravilladas, quedan con un sentimiento de estupidez ante ese hombre. Se les cae la baba.

Francisco hace bailar a los hombres para una vida carnal, material, natural y humana. Muchas almas quedan cegadas por las obras exteriores de este hombre, que sólo tiene palabras para combatir los males sociales, que sólo habla para convencer al hombre que debe conquistar el mundo, pero que no sabe decir una sola palabra para condenar el pecado del alma, no sabe poner un camino de penitencia a la Iglesia, y no quiere aceptar que sólo se puede dar gloria a Dios, en Su Iglesia, atacando a los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

Para Francisco, los enemigos del hombre son los dogmas, la enseñanza auténtica de la Iglesia y la tradición patrística. En la medida en que se combaten, se va produciendo la ruptura con la Verdad, el aniquilamiento del Amor y la esclavitud a la vida de pecado.

La Iglesia vive, con Francisco, sin Verdad: todo es mentira, error, confusión, ignorancia, en sus escritos, en sus palabras, en sus obras. La Jerarquía y los fieles se han vuelto obtusos para discernir la verdad, y obran cualquier cosa que su cabeza les dice que es bueno hacerlo.

La Iglesia camina, con Francisco, sin Amor: todo es el amor al hombre, del hombre, para el hombre, con el hombre. El Amor Divino se aniquila, desparece, se tritura, se pervierte, porque se da culto a la mente y a las obras del hombre, dentro de la Iglesia.

La Iglesia, con Francisco, está maniatada a la idea protestante y marxista: un cúmulo de errores nacen constantemente de las obras de la Jerarquía que obedece a Francisco. Se vive para pecar y para conseguir un milenismo carnal o evolucionismo de la vida humana.

El grave problema de la Iglesia es Francisco. Y no hay otro problema. Francisco, al no ser Papa, todo cuanto hace es nulo para Dios. Éste es el problema. Gravísimo problema que pone a la Iglesia fuera de la Voluntad de Dios.

Y muchos no han comprendido este problema. Y, entonces, están en la Iglesia mirando a donde mira Francisco, poniendo los ojos en donde no hay que ponerlos, dando atención a lo que no merece ninguna atención.

La Iglesia es Cristo. Los demás, somos nada en la Iglesia. El centro de atención, en la Iglesia, es Cristo, no los pobres, no los hombres, no sus problemas en el mundo. Lo que importa, en la Iglesia, es atender al Corazón de Cristo, no estar pendientes de los sentimientos de los hombres, ni de sus deseos, ni de sus pensamientos, ni de sus necesidades humanas y materiales.

Quien no mira a Cristo mira al hombre, y no puede entender lo que es Dios Padre. Tanto que se habla del Dios creador, de que Dios es Padre de todos los hombres, y nadie sabe buscarlo en Cristo.

Todos yerran el camino queriendo encontrar al Padre en las cosas del mundo, en las ideas de los hombres, en las obras materiales.

«El que Me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?» (Jn 14, 9). Es lo que la gente pide a Francisco: que le muestre, en su protestantismo, en su comunismo, en su ecologismo, a un Dios creador, Padre, que sólo existe en su cabeza humana, pero que no es el verdadero Dios.

Francisco hace que la Iglesia no mire a Cristo, sino al mundo. Y fabrica un dios según su lenguaje humano. Un dios que gusta al mundo, porque no tiene ninguna Verdad Absoluta: está lleno de verdades a medias, de errores sin cuento, de fábulas sin camino, de ignorancias que sólo un loco de atar puede seguir. Es el dios de cada cultura, de cada mente, de cada idea humana.

Si la Iglesia no mira a Cristo no puede obrar la Voluntad del Padre. Y se encuentra en una situación sin salida. El camino es Cristo, no los hombres, no el pueblo de Dios. La dignidad de los hombres, el sentido a la vida humana, se encuentra siguiendo el camino que Cristo ha puesto y que es Él Mismo. Los hombres no tienen que solucionar sus problemas sociales para ser hombres, para vivir con dignidad. No se puede atacar los males sociales sin atacar el pecado en cada alma en particular. Si se hace esto, se produce lo que Francisco ha obrado: la apostasía de la fe. La Iglesia camina en contra de Cristo: ha apostatado de la Verdad, que es Cristo, del Camino, que es Cristo, de la Vida, que es Cristo.

Cristo es tres cosas: Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Camino de la Cruz. Cristo es la Verdad en cada hombre. Cristo es la Vida para cada alma. Y sin Cruz, sin amor a la Verdad, sin las obras divinas, los hombres se pierden en todo el espectro humano.

Sólo se sirve a Cristo crucificando la propia voluntad, para poder hacer la Voluntad de Dios. Sólo se puede obrar esta Voluntad, aceptando como un niño la Verdad, que viene de Dios, que Revela Dios. Y sólo se puede dar la Vida a las almas, una Vida Divina, buscando la santidad, la perfección, en donde no existe el pecado.

Hoy la Iglesia vive en sus caprichos, haciendo lo que le da la gana con el dogma, con la Tradición, con el Magisterio; muchos, en la Jerarquía y entre los fieles, son unos demonios soberbios, orgullosos, que con palabras se dicen humildes, pobres, pero con las obras de sus manos, matan las almas con toda su herejía que viene de su mente. La Jerarquía se ha creído que hay que vivir pecando para agradar a Dios, porque ninguno de ellos cree en el dogma del pecado.

Cristo es el que hace caminar al hombre hacia la Verdad Absoluta. Cristo no da al hombre verdades a medias. Y, por eso, una Jerarquía que no habla claro en la Iglesia no pertenece a Cristo, sino al demonio.

Muchos se preguntan: ¿por qué Francisco no habla claro? Y no saben contestarse. No saben decir: no puede hablar claro porque no es el Papa legítimo. Un Papa verdadero nunca hace lo que hace Francisco; nunca habla como habla Francisco; nunca va hacia el mundo para tenerlo a sus pies, sino que va al mundo para darle una patada.

La Jerarquía de la Iglesia ya no sabe estar en el mundo sin ser del mundo: quiere estar en el mundo sin ser de Cristo, apoyando todas las barbaridades que se dan en el mundo. Por eso, hay sacerdotes que son budistas, evangélicos, musulmanes, que son de todos, menos de la Iglesia Católica.
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No existe el Papa emérito

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Dos Papas, ahora, hay en la Iglesia. Y eso es un signo de decadencia, no sólo dentro de la Iglesia sino, también, en el mundo entero.

Decadencia, porque a nadie le interesa la verdad de las cosas, sino que todos buscan la verdad que más les agrade para sus vidas humanas.

Decadencia, porque muchos en la Iglesia comienzan a mandar sin tener cargo de ello; comienzan a discutirlo todo, menos lo que hay que poner en entredicho.

Dos Papas para un holocausto, para una purificación, para abrir la puerta al Anticristo.

Es un dogma de fe, es algo revelado que sólo puede haber un Papa; no dos. Y, sin embargo, vivimos con dos Papas: uno de ellos es el legítimo: Benedicto XVI; el otro: un cualquiera, un usurpador de la Silla de Pedro.

Pero esta visión no es compartida por muchos en la Iglesia. Es más, en la Iglesia se sigue la otra versión: el auténtico, Francisco; el otro: es el otro, el que se ha dedicado a descansar, a hacer su vida porque es muy humilde, porque tiene mucha vida espiritual.

Por eso, a nadie le interesa ir a la teología y ver si realmente existe un Papa emérito, si se puede dar un Papa emérito.

Y quien se moleste en ir a los teólogos, comprobará que nunca, en la Iglesia, se puede dar un Papa emérito.

El Primado de Jurisdicción es perenne por Voluntad de Jesucristo. En otras palabras, la suprema potestad jerárquica de la Iglesia es ejercida por la persona del Papa y hasta su muerte. Y esto es siempre: un Papa sucede a otro Papa. En un Papa se da la sucesión de Pedro. Es algo perenne. Sólo, cuando no haya hombres en la tierra, no será posible la sucesión de Pedro en la Iglesia. El Poder de Dios, que es el Primado de Jurisdicción, se da siempre en un Papa legítimo, en la sucesión de Pedro en la Iglesia.

El Poder de Dios es siempre en la Iglesia, perdura siempre, porque hay un Papa que es Papa hasta la muerte; desde que es elegido hasta que muere.

El Primado legítimo de la Iglesia perdura siempre por Voluntad de Dios, no por voluntad de los hombres. El Papa es legítimo no porque es un privilegio de la persona de Pedro, no porque sea algo de la persona del Papa, sino porque es un don de Dios a Pedro, al Papa.

Pedro nunca puede renunciar a ser Papa. Puede renunciar al gobierno de la Iglesia, pero nunca al don de Dios. No se termina un Papado por un acto de humildad o porque falten las fuerzas físicas, o por una enfermedad, o por otra cualesquiera razón. Porque el Primado no es un premio ni un privilegio de la persona de Pedro. Se es Papa por Voluntad de Jesucristo; porque Cristo ayuda, con Su Espíritu, a ser Papa. Es una ayuda externa, eficaz, a la persona de Pedro, para que pueda realizar su misión de ser el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. Se termina un Papado porque Dios lo quiere.

Pedro no tiene el Primado de honor en la Iglesia: no es una institución, no es un cargo como los demás. Pedro tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, todo el Poder de Dios sobre la Iglesia. No una parte, que comparte con los Obispos. Todo el Poder Divino está en las manos del Papa.

«Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituído por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema» (CVI. XX ecuménico (sobre la fe y la Iglesia) – Sesión IV -(18 de julio de 1870) – Cap. 1. De la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro- [Contra los herejes])

Y este Primado de Jurisdicción es perenne, perdura siempre. Y, para que sea eterno, es necesario, se exige que el sucesor de Pedro reine hasta que muera, sea Papa hasta la muerte. No puede el Papa, por voluntad propia, dejar de ser Papa. No puede. Porque el Primado de Jurisdicción no descansa en la persona de Pedro, en su voluntad propia, en sus dotes espirituales o morales, sino en la Voluntad de Jesucristo.

Pedro ha sido elegido el Primero por Jesucristo para desempeñar el cargo del Primado: para gobernar la Iglesia con la misma Autoridad Divina. Pero, Pedro no ha sido elegido para un premio o para un privilegio de su persona, sino por vocación divina y para una obra divina en la Iglesia. Ha sido elegido por elección de Dios y para una obra de Redención. Y, por tanto, a la persona del Papa no le compete decir que no a este cargo, cuando lo ha aceptado. Porque no es un privilegio de su persona, no está en su voluntad propia decir que no. Es un don de Dios para su vida en la Iglesia. Es como el sacerdocio, es como el matrimonio: hasta la muerte.

Un Papa no puede renunciar a ser Papa; puede renunciar al gobierno temporalmente, por una causa grave (enfermedad, etc); pero no a la vocación de ser Papa. Porque ser Papa no es una institución, no es un honor, es una elección divina. No se tiene el Primado de honor, no se es cabeza de una institución humana para un poder humano, para un gobierno humano, unas obras humanas. Se es Vicario de Cristo. Y, por tanto, se es cabeza de un gobierno divino que sólo Cristo guía en Su Iglesia. Se es Cabeza con Cristo, en la Cabeza Invisible de la Iglesia, para realizar un Poder Divino en la Iglesia, una Obra Divina en Su Iglesia.

Por tanto, no puede darse el Papa emérito. Es el error de muchos, empezando por el mismo Papa Benedicto XVI. Y esto debe ser corregido.

El Papa, cuando renunció, lo hizo mal: abrió la puerta a la confusión y a la anulación del dogma del Papado.

Tenía que haber renunciado, pero no tenía que haber convocado un Cónclave, porque la Sede no estaba vacante, porque sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios sobre toda la Iglesia, porque sigue vivo. Su Primado no pasa a otro Papa por renuncia, sino por sucesión del Espíritu de Pedro (= porque muere). Este Espíritu sólo se puede recibir cuando ha muerto el Papa anterior. Sólo hay un Papa. Sólo se da el Espíritu de Pedro en un Papa, en un solo Vicario de Cristo: «Pedro vive y emite el juicio hasta ahora y siempre en sus sucesores» (Celestino I – Concilio de Éfeso- D 112)

El Primado de Jurisdicción, que posee el Papa Benedicto XVI, es perenne. Viene por sucesión del Espíritu de Pedro. Es Pedro quien se sucede en cada Papa. Y, por tanto, no puede haber dos Papas, porque Pedro sólo puede estar en un Papa, no en dos. Dios ha dejado Su Iglesia en manos de un solo hombre, no en manos de dos. Pero la ha dejado en el Papa legítimo, sin abandonarlo a sus solas fuerzas humanas.

Ese hombre, que es el Papa legítimo, tiene toda la fuerza espiritual, para guiar la Iglesia, aunque le fallen las fuerzas humanas, físicas, naturales. Tiene una ayuda divina eficaz para ser Papa hasta la muerte. Porque no se es Papa por privilegio de la persona, porque se tenga o no se tenga una vida espiritual. No se es Papa porque se sea muy humilde o muy pecador. No se deja de ser Papa por un acto de humildad ni por un acto de voluntad propia, sino por Voluntad de Dios. El Papado no descansa en la persona del Papa. El Papado descansa en la Voluntad de Dios. Dios es el que decide cuándo un hombre es Papa y cuándo deja de ser Papa. La persona del Papa no puede decidir no ser Papa. Como un sacerdote no puede decidir, por sí mismo, dejar de ser sacerdote; ni un matrimonio puede decidir no estar más unidos por el Sacramento.

Los hombres sólo podemos renunciar, en la vocación divina, a los humano, a lo externo, a lo material, de esa vocación: gobierno, predicación, apostolado, etc. Pero no se puede renunciar al don divino, al Espíritu que da esa vocación.

Ser Papa no es un honor, es una vocación. No es una gloria de hombres, es para dar Gloria a Dios. Esto es tan importante que muchos no lo comprenden. Ser Papa es lo máximo que un hombre puede tener en su vida. El Papa está por encima de todas las cosas humanas, de todos los poderes humanos, de todas las inteligencias humanas, de todas las obras de los hombres. Por eso, nadie juzga a un Papa. No se puede juzgar. El juicio del Papa recae en Dios.

Se corrige a un Papa si peca, como lo hizo San Pablo con San Pedro, y como lo han hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Por eso, es necesario corregir al Papa Benedicto XVI: pecó abriendo la puerta a la destrucción del Papado, como así todos pueden contemplar en Francisco. Y Benedicto XVI tiene que levantarse de su pecado si quiere salvarse, porque no es cualquier pecado. Es un pecado que lleva a la Iglesia a un cisma declarado. Un gravísimo pecado.

Dos Papas hay en la Iglesia porque se toma el dogma como algo simbólico, como algo de los tiempos, de las circunstancias de la vida de los hombres, de sus culturas, de sus formas de pensar, de gobernar la vida, como un mito, como una parábola, como algo que el hombre puede hacer y deshacer con su pensamiento humano.

No se puede sostener lo que muchos dicen: que el Papa Benedicto XVI hizo un acto de humildad y dejó su puesto a otro. No se sostiene, porque sigue teniendo el Poder de Dios. El Poder de Dios no pasa a otro por un acto de humildad ni de renuncia. No pasa porque se esté enfermo o porque ya no se pueda razonar bien. El Poder de Dios pasa a otro sólo por Voluntad de Dios. Y es Voluntad Divina que el Papa muera para que ese Poder esté en otro hombre. Y si otro hombre quiere gobernar la Iglesia, estando el Papa legítimo vivo, lo hace sin el Poder de Dios, lo hace con un poder humano. Porque el Primado de Jurisdicción se obtiene por sucesión de Pedro, no por renuncia de Pedro. Si Pedro renuncia, sigue teniendo el Primado de Jurisdicción en sus manos, en su corazón, en todo su ser, porque el Papado es una vocación divina, no es un llamado de los hombres, un nombre de los hombres, una figura humana, un concepto humano. Si Pedro muere, entonces el Primado de Jurisdicción pasa a otro. El Papa legítimo nunca posee el Primado de honor: nunca se es Papa emérito; nunca se es una institución; nunca se tiene un cargo de honor, como lo puede tener un Obispo emérito.

Por eso, Francisco es el que ha robado la Silla de Pedro: gobierna la Iglesia con un poder humano y, por tanto, todo lo que hace es nulo para Dios. Para los hombres, queda escrito en sus libros humanos, pero Francisco no puede gobernar la Iglesia de Cristo porque el Poder de Dios lo tiene el Papa legítimo, el que tiene la sucesión de Pedro, el que es Papa porque fue elegido cuando murió el anterior Papa. Francisco gobierna la Iglesia haciéndola caminar hacia el error, la mentira, el engaño, la oscuridad. Lo hace con un poder humano: Dios no está en el gobierno de Francisco, porque tampoco está ni en su alma ni en su corazón. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión de Pedro. Luego, no es Papa. Y, por eso, es el gran engaño del siglo. Y muchos se lo comen, sin discernir nada espiritualmente.

Y el gran pecado de Francisco es aceptar un cargo que sabía que no podía aceptar. No tiene excusa Francisco en su pecado. Aceptó porque está sediento de la gloria del mundo. No tiene ninguna sed de dar gloria a Dios en lo que hace en la Iglesia.

Ser Papa no es una institución, no es un honor, no es una elección de hombres, no es porque lo deciden así los hombres en la Iglesia o porque las circunstancias así lo exigen. Se es Papa por Voluntad de Cristo. Y se es Papa hasta la muerte. Y si se renuncia, se sigue siendo Papa. Y los Cardenales, si hubieran tenido un poco de fe en el Papado, habrían hecho un gobierno ad casum, ad tempus, hasta la muerte del Papa Benedicto XVI para poder elegir a otro como Papa.

Pero, desde hace mucho tiempo la Jerarquía está en la Iglesia sin vida espiritual, dedicándose a un negocio en la Iglesia, por eso, les resulta impensable esperar a la muerte del Papa para elegir a otro. No les entra en la cabeza, porque tenían muchas prisas para destruir la Iglesia.

Este Primado de Jurisdicción constituye una Iglesia bajo una sola forma invariable de gobierno: el de Cristo en Su Vicario: la verticalidad. Es invariable porque el Primado es perenne, es eterno, es siempre lo mismo. El Poder de Dios es para algo eterno en la Iglesia, no es para cambios según la mente de los hombres. No cambia según las modas de los hombres, según su progreso, según sus culturas. Dios siempre gobierna Su Iglesia para un objetivo divino: salvar almas y santificarlas. Se gobierna la Iglesia con un Papa para llevar a todos los hombres al cielo. Luego, no hay dos formas de gobierno, no hay múltiples formas de gobierno, no hay necesidad de un gobierno horizontal, ni externo al Papado. No se puede dar la opción por los pobres. El Evangelio no es ni de los pobres ni de los ricos. El Evangelio es Cristo. La Iglesia ni es pobre ni es rica. La Iglesia es Cristo. Y, por eso, el Vértice de la Iglesia se basta para gobernar toda la Iglesia. El Vértice es Cristo y Su Vicario. Los demás, no gobiernan nada en la Iglesia.

Por eso, Francisco es la utopía en el gobierno de la Iglesia. No sabe en dónde se ha sentado. Sin Poder Divino y con una inteligencia cero en la vida de la Iglesia. Y, por eso, le viene el batacazo. No es el hombre apropiado para destruir la Iglesia. Es el hombre apropiado para confundirlo todo, para dar a todo el mundo lo que a todo el mundo le gusta. Por eso, da una de cal y otra de arena.

El Papa Benedicto XVI erró al declarar la Sede Vacante. Primer error. No hay Sede Vacante hasta que no muera el Papa Benedicto XVI. Sólo está vacante el gobierno de la Iglesia, no el Papa. El Papa sigue vivo y coleando. Los dones de Dios son para siempre, no para un tiempo. Y sólo el pecado, pone un óbice al don de Dios, no las enfermedades, ni los pensamientos de los hombres.

Segundo error: proclamar al Papa Benedicto XVI como Papa emérito. El Papa no tiene el Primado de honor, sino de Jurisdicción. No puede darse, en la Iglesia, la institución del Papa Emérito. Si se da, como lo ha sido, supone anular el dogma del Papado en su raíz. Si el Papa es emérito entonces se dice que nunca tuvo el Primado de Jurisdicción, que no fue elegido por Dios en la muerte del Papa Juan Pablo II. Y, entonces, es necesario negar todos los Papas, porque no hay sucesión de Pedro.

Poner al Papa Benedicto XVI como Papa emérito es inventarse una nueva forma de ser Papa en la Iglesia que no pasa por la sucesión de Pedro (= por la muerte del Papa), sino por la renuncia de Pedro. Pedro nunca renunció a ser Pedro, sino que murió para dar Su Espíritu a su sucesor en el Trono de Pedro.

Y, por eso, Francisco dice su gran herejía: «Creo que él es una institución: hace 70 años, los obispos eméritos casi no existían. Y ahora hay tantos. ¿Qué sucederá con los Papas eméritos? Creo que debemos verlo a él como a una institución» (Entrevista en el avión). Ya se ha inventado el nuevo Papado. Un Papa sólo tiene el Primado de Jurisdicción. No puede tener el Primado de honor. Ni siquiera cuando renuncia al gobierno de la Iglesia, como ha hecho Benedicto XVI. Sigue teniendo, en su renuncia, el Primado de Jurisdicción. Francisco, como no posee la fe católica, lo que hace es anular el Papado, como así lo ha hecho poniendo su gobierno horizontal en la Iglesia, que significa el cisma declarado.

Con Francisco se ha anulado el Papado en la Iglesia. Y, por eso, no hay más Papas cuando muera Benedicto XVI. Eso es clarísimo, porque ya la Jerarquía se acomoda a lo que tiene. Ya no va a luchar por un Papa, porque ni siquiera el Papa Benedicto XVI lucha por seguir siendo Papa.

La situación de la Iglesia es muy crítica. Y nadie quiere ver la verdad, y todos dicen muchas cosas para acallar a tanta gente que no está conforme con la actuación de Francisco ni con la Jerarquía que lo apoya. Ellos son los primeros en mentir a toda la Iglesia. Y quien no vea a Francisco como el primer mentiroso, es que no ve nada en la Iglesia. Se contenta en la Iglesia con gente que le gusta decir sus mentiras, sus ideas y que todo el mundo las apruebe porque son Jerarquía.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no aprende a ser humilde y a llamar a las cosas por su nombre, entonces toda Ella se va a perder en lo que viene a la Iglesia.

Es cuestión de días la destrucción de la Iglesia

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Hoy en la Iglesia se va en busca de una nueva santidad, una nueva comunidad y un nuevo lenguaje.

Una nueva santidad: «Existe una ‘clase media de la santidad’» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). No existe la santidad ni de la clase burguesa, ni de la clase media, ni de las clase baja. Estas burdas palabras de un hereje manifiestan su idea de la Iglesia.

Dios, como es tan humano, como ha descendido a las realidades terrenas, como se preocupa de los problemas, de los sufrimientos de los hombres, entonces hay hombres, acomodados a su vida humana, que por su ciencia, por su positivismo de la vida, por su dogmatismo, por su capitalismo, se hacen inhumanos. Creen más en su dinero, en su filosofía, en sus dogmas, en sus ritos litúrgicos, que en los hombres que sufren y que no tienen un trabajo, un dinero, un alimento que llevarse a la boca. Y Cristo sufre en esos hombres. Y, por eso, la santidad está en la gente de la clase media que quiere hacer una Iglesia para los pobres, que se preocupe por ser muy humana, como Dios lo es.

Las clases medias están llamadas a la santidad porque le es lícito ocuparse plenamente de los intereses terrenales, de los derechos humanos, de la justicia social, imitando así a los santos. La Jerarquía que sigue a unos dogmas, no se ocupa de eso. Están tarados en sus verdades, que hoy al pueblo de Dios no le interesa.

La santidad es, entonces, -se concibe-, como una lucha de clases.

Hay gente poderosa, hay sacerdotes, Obispos, clase alta, que está en la Iglesia dando culto a unos dogmas, a unas verdades, a unas leyes divinas, y descuidan a los hombres en sus necesidades materiales, sociales, humanas, naturales, carnales, afectivas. Y esa gente es culpable porque no imita a Cristo, que se ha hecho tan humano. Gente que no sufre con los hombres, sino que hace sufrir a los hombres imponiendo su dogmatismo, su rigidez, su idea de lo que es Cristo. Ya Cristo es otra cosa. Es la cultura de la vida. Su Cruz es lo que el hombre adquiere con su inteligencia, pero ya no es la obra de Cristo, ya no es el sufrimiento de Cristo. Ya es el hombre el que sufre: «La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía» (EL JESUITA – Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio, pag. 41). Ahora hay que hacer una iglesia que pinte el sufrimiento de los hombres, no a Cristo sufriendo por los hombres. Es que las llagas de los hombres son el cuerpo de Cristo. El dolor de los hombres es la manifestación de ese Dios tan humano, de ese Dios que está con los hombres y camina el mismo camino que ellos. Ya Cristo no es el camino del hombre. Caminante, no hay camino. Es el hombre el que hace el camino. Es Cristo el que camina en el camino del hombre. Cristo es el camino en el hombre, pero no es -Él Mismo- el Camino de todo hombre. Es el hombre el que guía su propio camino. Y a eso lo llaman santidad ordinaria: «Veo la santidad en el pueblo de Dios paciente: una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar a casa el pan, los enfermos, los sacerdotes ancianos tantas veces heridos pero siempre con su sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que tanto trabajan y que viven una santidad escondida» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

¿Toda mujer que cría a sus hijos es santa? ¿Todo hombre que trabaja para llevar el pan a su casa es santo? ¿Todo enfermo es santo? ¿Todos los sacerdotes son santos? ¿Todas las religiosas son santas porque trabajan y viven una santidad escondida? Para Francisco, sí. Son gente santa, porque pertenecen a las clase media. Una clase que no se acomoda a los dogmas, sino que vive para su vida humana, su vida social, libre de los dogmas, de las verdades de la fe, de las imposiciones de la fe. Porque la fe hay que entenderla como un recuerdo de la vida de Cristo, como una memoria del pasado de Cristo, que ahora hay que ponerla, de otra manera, en el presente. La clase alta, burguesa, para Francisco no es santa, porque no da dinero a los pobres, porque son avariciosos y lujuriosos. Y la clase baja, la de los pobres, ellos son dioses, no sólo santos. Hay que estar al servicio de los pobres, hay que mirar constantemente al pobre. Son el mismo Cristo. Hay que formar la iglesia donde se dé culto a los pobres.

Para Francisco hay mucha gente de la clase media, que vive su vida con muchas dificultades, que tiene otra idea de lo que es Cristo. Gente con sus verdades, con sus visiones de la vida, con sus intereses particulares, a las que hay que hacer caso. Gente común, que vive su vida, pero sin dogmas, sin leyes divinas que aten, sin el lenguaje de los clérigos, de la Jerarquía alta de la Iglesia. Es el lenguaje de la calle, es la gente del pueblo de Dios. Es la gente común con una santidad ordinaria. ¿Por qué las mujeres no pueden enamorarse de los sacerdotes y dejar que ellos se casen también? Hay que hacer caso a las nuevas ideas que el pueblo tiene sobre Cristo y sobre la Iglesia. Por eso, hay que consultar al pueblo, hacer un referendum para ver lo que opina y ponerlo como santidad en la Iglesia.

La santidad consiste en obrar, en cada segundo de la vida, la Voluntad de Dios. Y eso no es nada fácil porque se trata de no hacer ni la voluntad propia, ni la de los hombres, ni la del demonio. Y quien no sepa discernir espíritus, entonces vive como Francisco en la Iglesia: haciendo lo que le da la gana. Y a eso lo llama santidad escondida, ordinaria.

«Esta es, para mí, la santidad común. Yo asocio frecuentemente la santidad a la paciencia: no solo la paciencia como hypomoné, hacerse cargo de los sucesos y las circunstancias de la vida, sino también como constancia para seguir hacia delante día a día. Esta es la santidad de la Iglesia militante de la que habla el mismo san Ignacio» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Por supuesto, que San Ignacio no habla de esto. Esta es la coletilla de Francisco, para dar importancia a sus palabras baratas.

Quien haya leído a San Ignacio, verá que él pone la santidad en la obediencia a Dios. Y él explica las cuatro clases de obediencia que el alma tiene que tener en la Iglesia si quiere ser de Cristo. San Ignacio ni habla de hacerse cargo de los sucesos y circunstancias de la vida, porque eso impide la obediencia a Dios. Ni tampoco habla de la constancia como virtud humana, sino como la fuerza para perseverar en la Verdad, en el dogma, luchando contra el demonio que lleva a desobedecer la Palabra de Dios.

“La llave del cielo es la obediencia, así como la inobediencia lo hizo y hace perder.” (San Ignacio – Constituciones). La llave del cielo no es resolver los problemas de los hombres. No es criar hijos, ni ganar dinero, ni trabajar en la iglesia de cualquier manera. Hay que criar los hijos para el cielo, para Cristo, no para el mundo, no para la sociedad. Hay que ganarse el Pan del Cielo, el Pan de Ángeles, con la oración y con la penitencia. Y lo demás, el pan material viene por añadidura. Hay que trabajar para dar la Verdad en la Iglesia. Hay que luchar por salvar almas, no cuerpos, no estructuras sociales, económicas, políticas. Hay que ser de Cristo, no del mundo.

San Ignacio dice palabras muy fuertes sobre la obediencia, que hoy nadie sigue: «Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas. Porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro, que dio los diez mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.» (Constituciones – Regla 13). Cuando la Jerarquía verdadera dice la verdad en la Iglesia, entonces hay que someterse a ella completamente. No hay que obedecer al pueblo de Dios, a lo que los hombres piensan sobre su vida, a lo que los hombres lloran por sus vidas. La gente se lamenta porque tiene problemas económicos y de todo tipo. Pero la gente no llora por sus pecados. Y no lo hace porque existe una Jerarquía infiltrada que ha enseñado a la gente a vivir de su mentira dentro de la Iglesia. A vivir pecando en la Iglesia. A dar culto a su pecado.

Y esto es Francisco: el que se inventa una nueva iglesia con una nueva santidad: «Esta Iglesia con la que debemos sentir es la casa de todos, no una capillita en la que cabe solo un grupito de personas selectas. No podemos reducir el seno de la Iglesia universal a un nido protector de nuestra mediocridad» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Llama mediocres a la gente que vive de la Tradición, de los dogmas, de la ley divina, de las enseñanzas del auténtico Magisterio de la Iglesia. Para él, eso es mediocridad. La santidad es ser una Iglesia llena de pecadores, de gente que vive su vida y trata de resolver sus problemas, sin importar quitar el pecado, porque ya no existe el pecado, sino el lenguaje humano del pecado. El pecado no es un dogma sino es el fruto de lo que el hombre piensa y ve en su vida. El dogma produce un grupito de personas selectas: una clase social alta, una jerarquía en posiciones de mandar lo que no le gusta a la gente. Y hay que ser una jerarquía que agrade a la gente, que hable lo que la gente quiere escuchar.

Se quiere ofrecer la visión de Jesús sin un lenguaje moralizante, con un lenguaje nuevo, porque no es posible presentar a Jesús como Dios, sino como un amigo, como un hermano, como alguien cercano al hombre. Hoy la gente no busca a Dios por ser Dios, sino que busca a Dios porque es un amigo, un compañero de la vida, uno más entre los hombres que no juzga a nadie, sino que tiene misericordia con todo el mundo y todo lo perdona.

Y, por tanto, es necesario presentar la Iglesia no como la depositaria de la única verdad, sino abierta al diálogo con el ser humano, para que aprenda lo que el hombre ha obrado con su libertad, y que es una verdad que la Iglesia no ha meditado.

Las necesidades de los hombres, en las sociedades modernas, tienen mayor valor que la doctrina que Cristo predicó hace 20 siglos. La complejidad de la vida humana, su diversidad, sus diferencias, han puesto al hombre en un camino nuevo, un camino que Cristo no recorrió porque eran otros tiempos, otras culturas, otras mediciones de la vida espiritual.

La Iglesia tiene que acercarse a hablar con los hombres sobre sus problemas en sus vidas, sobre sus heridas, sobre sus deseos actuales, marcados por la ciencia y la técnica humana, por el pensamiento humano, por la actividad de los hombres. Es el hombre el que se guía a sí mismo y quiere que Cristo y la Iglesia vayan detrás de su pensamiento humano.

Cristo enseñó una doctrina espiritual, pero hay muchas formas diferentes para vivir esa enseñanza. Y cada persona tiene que encontrar la forma que se adapte a su manera de ser, a su manera de ver la vida, a su concepción de lo que es el mundo y Dios.

Los hombres son libres y, por tanto, hay que respetar esa libertad para poder comprender el sentido de la vida.

La verdad ya no hace libres, porque la verdad son muchas cosas, es algo relativo, algo de la conciencia de cada uno. La única verdad es vivir libremente. Practicar el deseo de hacer lo que el hombre quiera en su vida.

Y, entonces, aparece la nueva santidad: la forjada con el propio pensamiento humano. Cada hombre decide lo que es agradable a Dios, lo que es voluntad de Dios, lo que es bendición de Dios.

De esa manera, se forma una nueva iglesia, un conjunto de hombres, cada uno con su idea de la espiritualidad, viviendo su forma de ser, su manera de comprender lo divino, su culto al dios de su razón.

Y esta nueva comunidad necesita un lenguaje que congregue muchos pensamientos diferentes, discordes, contrapuestos, absurdos, pero todos válidos para los hombres. Porque es sólo el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo. Es la opinión del hombre, no es el juicio de Dios. Ya Dios no hace Justicia, porque ha muerto por todos y sufre con todos.

Este pensamiento, aquí expuesto, es de muchos en la Iglesia Católica. Y no es de ahora, sino que el hombre lleva trabajando, en su mente, para hacer de la Iglesia un nido de demonios encarnados.

Está escrito: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18b).

Esto es Verdad, pero hoy todos pueden ver que el infierno está prevaleciendo sobre la Iglesia; los escándalos se suceden día tras día. Y esto es posible porque el hombre ha abierto, de par en par, su mente al demonio. Y quien abre la mente, cierra su corazón.

La fe se obra con el corazón dado a la escucha de la Palabra de Dios. Cuando el hombre asiente a la Revelación Divina, cuando somete su pensamiento humano a lo que le dice Dios sobre su vida, entonces el hombre vive y obra la fe.

Pero cuando el hombre cierra su corazón a la enseñanza de Dios, de forma automática, su mente se abre a las ideas que el demonio pone en ella.

La actual Iglesia está enferma, porque piensa la vida espiritual. Y quien piensa no cree.

La Iglesia está enferma de su soberbia que no quiere quitar. Es una enfermedad crónica, grave, que es imposible de curar ya. Y, por eso, la Iglesia tiene que ser destruida definitivamente por el infierno.

La actual Iglesia es una estructura, es un conjunto de normas, de leyes, de principios, que sólo condenan a las almas, porque se impide la obediencia a Dios. La Jerarquía está obedeciendo a una estructura. Y, por eso, todos callan ante Francisco. Los Obispos se someten a la estructura que viene Roma. Y lo hacen sabiendo que Francisco es un hereje. Esto es una realidad que todos saben, pero que deben callar.

La Iglesia, en esa estructura, se inventa un lenguaje humano para que sacerdotes y Obispos, sigan dando la obediencia a un hereje. Porque, ahora, la santidad es de otra manera: como la quiere el hombre, como se la pinta en su mente humana.

La Iglesia está enferma en su estructura, una estructura sin Vida Divina. Es una estructura llena de vida humana, mundana, carnal, material, afectiva.

Es cuestión de días la destrucción de las estructuras viejas de la Iglesia. Sobre esta iglesia, el infierno prevalece, porque no es la verdadera Iglesia, la que Cristo fundó en Pedro, y que es llevada sólo por el Espíritu de la Iglesia.

Sobre esas estructuras viejas, Francisco está levantando su bazofia de iglesia. Una nueva iglesia sin futuro, sin un camino de verdad, sin una guía de hombres. En esa nueva iglesia, todo vale, todos opinan, todos deciden, todos eligen sus caminos, sus cultos, sus dogmas, sus pecados, sus conquistas. Todo es relativo a como los hombres quieran vivir. Relativo a su libertad. Se es libre para pensar lo que se quiera; se es libre para obrar lo que se desee; se es libre para vivir de la manera como cada uno lo crea conveniente.

Esta iglesia del demonio sólo tiene un objetivo: crear el ambiente adecuado para poder acoger al Anticristo. Los hombres, si siguen empeñados en su visión dogmática de la vida, entonces no pueden entender el lenguaje del Anticristo.

Su lenguaje es muy simple: él habla para la mente de cada hombre. Y, por tanto, él habla para dar a cada hombre una idea. Esa idea es la que cada hombre ha pensado. No es una idea nueva; no es antigua ni presente ni del futuro. Es la idea de cada uno. Una idea diferencial, que se diferencia de la de los demás hombres. Una idea única para el hombre, autosuficiente, sin posibilidad de rebatirla, de discutirla, de anularla; porque está idea es sólo una perfección en el hombre. Y, cada hombre, tiene su grado de perfección respecto a su idea. Por eso, es necesario respetar, tolerar, las ideas de los demás hombres, porque son grados de perfección en la inteligencia humana.

El Anticristo no va a dar una doctrina nueva. Va a ofrecer lo que cada hombre busca en su vida. Va a poner en las manos de los hombres el gusto por la libertad de pensamiento: sé libre para pensar y hallarás tu verdad, tu grado de perfección en la vida.

Esta santidad nueva ya es de muchos en la Iglesia Católica: piensa a Cristo como quieras. Piensa los dogmas como quieras. No juzgues a nadies, no condenes a nadie por sus vidas. Todos son santos, todos son ejemplo para los hombres. Todo es uno en el pensamiento del hombre. Cualquier idea vale porque lleva a la idea del hombre. Quedarse en los dogmas, conduce a la idea de Dios. Pero ya Dios se ha hecho muy humano y, por eso, Dios sólo quiere la idea del hombre, lo que lleve al hombre. La Voluntad de Dios es lo que el hombre obra todos los días en su vida. Es la rutina de su vida. Sus obras son perfectas si se ocupan de resolver problemas entre los hombres. Hay que hacer una nueva iglesia llena de hombres con estas ideas de tener a un Dios tan humano, tan hombre, tan sentimental tan tierno, tan homosexual con los hombres, tan pecador con los pecadores.

Estamos en los tiempos del Anticristo

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Para que un Papa hable ex cathedra no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, se llamen bulas, encíclicas, decretos, etc., en los que con toda solemnidad defina alguna verdad revelada. Lo único que se necesita que el Papa hable como Papa y sea maestro de la Verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve, homilía, etc., no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.

Aunque el Papa se dirija a un hombre, en una carta, está enseñando a toda la Iglesia. Las entrevistas que hizo Juan Pablo II y las de Benedicto XVI (incluso las que ha hecho habiendo renunciado al Papado) son documentos ex cathedra. Un Papa nunca se desliga de la Iglesia cuando habla como Papa. Por eso, un Papa no puede tener vida privada. Es para toda la Iglesia y es para todo el tiempo en que vive, hasta su muerte.

Lo único que compromete la infalibilidad de un Papa es un error doctrinal. Otro tipo de errores (modo de resolver un asunto, etc.) no van contra la infalibilidad.

Por eso, nunca un Papa puede enseñar la herejía. Nunca. Si la enseña, entonces es necesario concluir que no es Papa.

De aquí es claro que Francisco no es Papa, porque enseña la herejía. Ahí tienen sus homilías, sus declaraciones a la prensa, sus encíclicas, que claramente no son el magisterio vivo de Pedro en la Iglesia.

Y muchos se confunden en esto de la enseñanza ex cathedra. Y, por eso, siguen sin ver a Francisco como lo que es: no es Papa. Sí, como hombre también se equivoca, pero dice cosas que están bien.

Un Papa nunca se equivoca en cuestiones doctrinales. Nunca. Por eso, mandar hacer una encuesta es una equivocación doctrinal; llamar por teléfono a una mujer malcasada, es el inicio de un cisma; convocar un sínodo para destruir la familia es consagrar la Iglesia a Satanás; poner como modelo de teología la obra de un hereje y de un cismático, como es Kasper, es hacer que el mundo se ponga a los pies de Francisco.

El colapso de la Iglesia Católica no es signo de división en Ella, sino sólo da a entender que se ha perdido la fe en mucha Jerarquía. Lo que divide la Iglesia es su participación en la creación de una nueva iglesia mundial, una religión mundial, que es lo que hemos visto desde hace más de un año, cuando Francisco inicia la falsedad de su Papado.

Francisco se ha ido al mundo para hablar a todos de hacer una nueva forma de adoración a Dios. Esas son sus dos declaraciones a la prensa, y sus diálogos con los judíos, protestantes, musulmanes y jefes de gobierno.

La liquidación del Papado, poniendo su gobierno horizontal con todo el aparato económico, es claro ejemplo de división en toda la Iglesia. El gobierno de la Iglesia es, en estos momentos, una dictadura. Todos tienen que obedecer lo que viene de Roma. Y lo que viene de ahí es el comunismo y el protestantismo. Ya no es el catolicismo. Ya de Roma no viene la Verdad, sino la mentira. Y una mentira que todos pueden ver.

Los Obispos del mundo están con la soga al cuello; porque ven la herejía en el que se sienta en la Silla de Pedro, pero tienen que callar. Y el que calla otorga, hace alarde de sabiduría mundana. Y, por eso, «cuando el error no es combatido termina siendo aceptado; cuando la verdad no es defendida termina siendo oprimida» (San Félix III, Papa).

Todos van a aceptar lo que proponga Francisco en el Sínodo: una herejía; porque ahora no combaten las palabras de Francisco y de Kasper. Sólo muy contados Obispos y Cardenales, viejos por experiencia, que tienen sabiduría divina, han hablado. Los demás, la mucha Jerarquía que queda, está dividida; y muchos dando coba a Francisco.

Ya la Verdad no se defiende en la Iglesia. La gente habla y habla de tantas cosas, da sus opiniones sobre todo, comienzan a criticar a todo el mundo, a los Papas anteriores y, después, siguen besando el trasero de Francisco, lo siguen llamando Papa. Es algo sin sentido común. Algo que no entra en la cabeza, cómo esta de ciega la gente.

Si se pierde la Verdad, se pierde el alma.

El alma sólo se alimenta de la Vida Divina. Y ésta es la Obra de la Palabra de Dios. Dios obra Su Palabra en el corazón de la persona que acepta la verdad. Y obrar la Palabra Divina es vivir de manera divina en lo humano.

Cuando no se enseña la Verdad, entonces se enseña a caminar hacia el infierno del alma.

Cuando no se combate el pecado, entonces éste se hace vida en las almas.

Cuando el amor no es vencido por la mentira, entonces hace caminar al alma hacia la verdad de su vida.

La muerte de muchas almas es porque han aceptado la mentira que viene de Roma, que está en la boca de Francisco todos los días, que es la propaganda de la Jerarquía que apoya a Francisco, que es la obra de tantos fieles de la Iglesia que se han creído maestros de todo en Ella.

La Iglesia no es un juego de los hombres, sino la posesión de la Verdad en el corazón del que cree en Jesús. Quien cree en la Palabra del Verbo Encarnado, obra la Iglesia. Quien no cree, la destruye con su palabra humana.

Quien no quiera poseer la Verdad, sino que va buscando las verdades de los hombres, entonces hace de la Iglesia su propio negocio entre los hombres.

La Iglesia se ha convertido en una ONG por la falta de fe de toda su Jerarquía. No es que la Jerarquía vaya tras el dinero o el puesto en el gobierno eclesial. Eso no es el problema, porque siempre el pecado de avaricia, de orgullo, de lujuria, está en todos los hombres. El problema de la Iglesia actual es que su Jerarquía no cree en nada. Sólo cree en lo que encuentra con su razonamiento humano en todas las cosas divinas. Han abajado a Dios a su concepción humana, a su visión humana, a su ley humana.

Y este problema: no hay fe; es lo que va a producir el cisma en toda la Iglesia.

El cisma significa alejarse de la Verdad. Y esto se puede hacer de muchas maneras.

Francisco ya lo ha hecho con el Papado: se ha alejado del dogma del Papado con su gobierno horizontal. Y nadie ha captado este cisma. Nadie lo llama cisma. Porque todos han perdido la fe en el Papado. Se han dedicado, durante 50 años, a triturar al Papa reinante. Y esa desobediencia de muchos Cardenales y Obispos, es el fruto del gobierno horizontal.

Ese gobierno no sólo lo componen ocho cabezas más los secretarios y otros elementos añadidos. Ese gobierno está compuesto por la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, que son más de la mitad de Ella. Hay más Jerarquía que se viste de lobo, que Jerarquía auténtica. Son pocos los sacerdotes, los Obispos, que tengan fe en Cristo y en Su Obra, la Iglesia.

No se puede decir que son más los verdaderos, porque entonces no se puede comprender la situación a la que ha llegado toda la Iglesia: a un colapso en la fe, en la verdad. Si nadie lucha por toda la Verdad, entonces todos se pierden en la mentira, y van caminado hacia el infierno. Y la Jerarquía que ya no enseña la verdad lanza a las almas al fuego del infierno. Todos quieren ese gobierno horizontal porque es lo que han practicado durante 50 años a espaldas del Papa reinante. Claro, nadie lo llama cisma.

Muchos fieles se están alejando de la Verdad al aceptar la mentira que viene de Francisco todos los días. Si Francisco no es Papa, entonces lo que enseña siempre aleja de la verdad. A la larga, produce el alejamiento de la verdadera doctrina y eso lleva, de forma inevitable, al cisma.

No se cae en la cuenta de que Francisco es un falso Profeta. Y todo aquel que escucha y aprende de un falso Profeta, se coloca en la mentira, en el engaño, en el error.

No se cae en la cuenta de la gravedad de lo que significa tener a un usurpador sentado en el Trono de Pedro. Como lo ven una persona amable, humilde, cariñosa, buena,.., ahí está la trampa del demonio.

Francisco es el mayor engaño de Satanás a la Iglesia. A muchos les cuesta creer que un Papa pueda ser hereje y cismático. A mucha Jerarquía no les entra en la cabeza que la figura del Anticristo y del Papa sea una misma. Se aferran a la idea de que el Vicario es luz siempre en la Iglesia, la seguridad última para saber dónde está la Verdad, porque donde está el Papa está la Iglesia. No pueden entender que no haya Papa en la Iglesia o que un Papa sea el Anticristo.

Y no lo comprenden sólo por su falta de fe, porque viven de espaldas a la Palabra de Dios, que es clara cuando se trata de la Iglesia: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). En estas palabras se dice que la Iglesia es perdurable y, por tanto, la dignidad de Pedro también lo es. Si la Iglesia no perdura, no llega hasta el final, sino que es vencida por el demonio, entonces también la figura de Pedro se tiene que acabar.

Si Satanás pone su Papa en la Iglesia, es claro que la Iglesia ha acabado, porque ese Papa ya no tiene la dignidad de Pedro, no es el sucesor de Pedro. Y, por tanto, esa Iglesia, que lidera, no es la de Cristo, sino la del demonio.

Si no se puede creer que Satanás puede poner su Papa en la Silla de Pedro, entonces hay que anular la Palabra de Dios. Muchos lo hacen y, por eso, siguen llamando a Francisco como Papa. No ven el engaño del demonio en la Silla de Pedro. Y, por lo tanto, no ven la falsa iglesia que Francisco está montando sobre los restos de la Iglesia Católica.

Hoy las almas no atienden a la Verdad de la Palabra, sino que están en la Iglesia buscando sus verdades, sus razonamientos, sus ideales, sus políticas, sus espiritualidades. Todos se han inventado la Fe en Cristo y las obras en la Iglesia. Nadie vive de fe auténtica en Ella.

Por eso, se está al inicio de la mayor herejía de todas. Y esa herejía hará temblar al mundo, porque el mundo vive de lo que la Iglesia ofrece. Si ésta construye la Verdad, entonces el mundo camina hacia su salvación; pero si ésta destruye la Verdad, el mundo se impone en la misma Iglesia y lo acaba todo, lo destruye todo.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

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