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Con Bergoglio la Iglesia no puede subsistir, sino que camina hacia su destrucción

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Todos hablan de una clara división en el Sínodo, pero nadie pone el dedo en la llaga de quién es la culpa de esta división.

El culpable: Bergoglio, falso Papa, al cual todos están sometidos. Le obedecen y no son capaces de discernir este falso Papado, que los va a llevar a todos hacia la destrucción de la Iglesia.

Toda división es una guerra civil, interna, espiritual, que trae siempre la mentira, nunca la verdad. Si los Obispos, sacerdotes están divididos entre ellos, entonces toda la Iglesia camina hacia la mentira, hacia un futuro de muerte, de desolación, de destrucción: «Todo reino dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 25b).

Con Bergoglio la Iglesia no puede subsistir. Esto hay que predicarlo fuertemente. Y no puede subsistir porque en sí misma está dividida.

Bergoglio, al no ser el Papa legítimo, divide el Papado. Y si se divide la cabeza, toda la Iglesia está en sí misma dividida: cardenales divididos, obispos divididos, sacerdotes dividido, fieles divididos. Luego, esta Iglesia así dividida no puede subsistir, sostenerse, no puede quedar en pie. Porque esta iglesia no es la de Cristo, no es la de Pedro, que une en la Verdad. Es la de Bergoglio que divide con la mentira. Y esta iglesia tiene que caer, y de manera estrepitosa, como nunca se ha visto en la historia.

Bergoglio ha dividido la cabeza, la gracia del Papado, la verdad de un Papa. Por eso, él no es Papa, sólo es un Obispo que en Roma está gobernando su estilo de iglesia, su estructura de iglesia, su sociedad religiosa, que es ecuménica, abierta a tres cosas: idea masónica, idea protestante e idea comunista.

Cuesta entender que el mal que Bergoglio ha hecho a la Iglesia Católica viene del mismo Bergoglio. No vienen de los anteriores Papas. Esto, muchos católicos –y católicos intelectuales- no saben discernirlo. Sólo critican a todo el mundo, a todos los Papas, al Concilio…. Y ponen una razón: su falso amor a la Iglesia, que nace de su falsa idea de la verdad.

Hoy, por amor a la Iglesia, se destruye la misma Iglesia.

Nadie es fiel a la Gracia para mantener a la Iglesia en su Ser Divino. Y ser fiel a la Gracia es poseer la Verdad como Verdad. Los hombres tienen una verdad en sus mentes que no reflejan la Verdad que está en la Mente de Cristo. La Gracia es Cristo, es un ser divino, que procede del mismo Corazón de Cristo, para obrar Su Iglesia en cada alma.

Y ser fiel a la Gracia es ser fiel a la Verdad como nace de la Mente de Cristo. Ser infiel a la Gracia, es quedarse en las verdades múltiples que todo hombre adquiere con su razón. Ser fiel a la Gracia es lo que se llama humildad.

Muchos dicen: es que no sé teología, no sé las leyes canónicas, y por eso, no juzgo si Bergoglio es Papa o no. Para mí es el Papa legítimo, porque está en la Silla de Pedro, un Cónclave lo ha elegido. Y conclusión: hay que unirse a esa figura extraña, a ese Papa que dice herejías, para estar en comunión con toda la Iglesia. Esta es la barbaridad que la Jerarquía propone a toda la Iglesia.

No hay que saber teología ni filosofía ni ser un canonista para discernir que Bergoglio no es Papa. Porque el Papa no es una cuestión de la ley canónica ni es el resultado de un análisis teológico de la situación de la Iglesia. El Papa es el fruto de la fidelidad a la Gracia. Si los Cardenales no son fieles a la Gracia del Papado, entonces siempre eligen a un falso Papa como Papa de la Iglesia.

No hay que saber teología para elegir a un Papa o para discernir si ese Papa es legítimo o no. Sólo hay que tener unión con Cristo. Sólo hay que ser humildes. Sólo hay que practicar la fe, profesar la fe verdadera, obrar la fe que Cristo da al alma en Su Iglesia.

Cardenales, sin oración y sin penitencia, eligieron a un falso Papa. Unos soberbios que sólo quieren la Iglesia para destruirla desde dentro, desde su misma vestidura sacerdotal.

Muchos no saben lo que es profesar la fe: no se saben los dogmas que hay que creer para salvarse. No saben lo que es la Verdad Absoluta. No saben leer el lenguaje de los hombres de Iglesia; cuando un sacerdote les predica no saben ver lo que les está diciendo, sino que se tragan todo lo que les dice como si fuera una verdad que hay que seguir en la Iglesia. No saben oponerse a ese lenguaje humano, que en la predicación o en las charlas o en los escritos, se les da.

Y no saben hacer esto por una sola cosa: son soberbios en sus mentes. No han aprendido a ser humildes, a abajar su cabeza. No saben lo que es la humildad. Y ponen la humildad en formas exteriores: como Bergoglio es el Papa, entonces hay que ser humildes y someterse a él en la Iglesia. Hay que unirse al Papa.

La vida de la Iglesia de un alma no es su vida espiritual propia. No se vive en la Iglesia como se vive en el interior de cada alma.

En la vida interior de cada alma, sólo Dios y el alma importan. Lo demás, no tiene interés alguno. Pero en la vida eclesial, lo que importa es la Verdad de la Iglesia: no el alma, no una Jerarquía, no unos hombres, no unas ideas, no un lenguaje humano.

En la Iglesia, el valor está en la Verdad, porque la Iglesia es Cristo. Y no es otra cosa que Cristo. Y cuesta entender que la Iglesia sea sólo Cristo, porque enseguida los hombres van buscando las obras de los hombres en la Iglesia.

En la Iglesia hay que buscar a Cristo. Y sólo a Cristo. Luego, interesa tener bien claro quién es Cristo. Y como esto es lo menos claro en la Iglesia actual, entonces todo el mundo buscando a los hombres, a sus lenguajes, a sus vidas acomodadas, a sus obras apostólicas.

Cristo y su doctrina es una misma cosa: no se puede separar a Cristo de lo que Él enseñó a Sus Apóstoles; y que la Iglesia, en su largo caminar, ha transmitido, ha enseñado. No se puede separar. Porque Cristo es la Palabra del Padre, que es la Obra del Espíritu. Su Palabra es una Obra. Su enseñanza es una obra divina en la Iglesia. No se puede admitir la doctrina de Cristo y hacer una obra diferente, una obra humana, en la Iglesia.

Quien acepta el dogma lo obra sin más, y es de Cristo. Quien no lo acepta, obra en contra del dogma, y es del Anticristo.

Esta es la división que contemplamos en el Sínodo: gente que ya no acepta el dogma, pero que con el ropaje exterior se dicen sacerdotes, Obispos, Cardenales… Se visten de sacerdotes, de otros Cristos, pero hablan como el mismo demonio y, por tanto, hacen las obras, en sus ministerios sacerdotales, que son del mismo demonio.

Esto, antes en el Sínodo no se veía: quien hablaba, era comedido. Se ceñía a la doctrina de siempre, aunque pensase otra cosa; aunque después obrara lo contrario, en lo oculto.

Pero ahora, no. Ahora, hablan con un lenguaje herético, que divide la asamblea: divide el Sínodo claramente. Y, después, vestidos como sacerdotes, como otros Cristos, dan a conocer a todo el mundo, ese lenguaje nuevo, como si fuera una verdad que la Iglesia tiene que seguir.

Esto es el cisma declarado desde la cabeza de la Iglesia: Bergoglio ha querido ese Sínodo para dar a conocer la voz de la gente, el pensamiento de los hombres, para producir el cisma de manera oficial.

Muchos no acaban de ver esto, porque no ven a Bergoglio como falso Papa.

¿No tenéis la inteligencia de la Gracia para ver que un Papa nunca puede decir herejías? Y, si las dice, entonces no es Papa. ¿No enseña esto el mismo Magisterio de la Iglesia? Entonces: no sois Iglesia, porque no obedecéis el Magisterio auténtico de la Iglesia. No obedecéis la doctrina de Cristo, que es Cristo mismo.

Y si no obedecéis a Cristo, en Su Iglesia, no tenéis la inteligencia para ver que Bergoglio no es el Papa verdadero.

Muchos están en la Iglesia sólo con una actitud humana, social, externa, sin ninguna vida espiritual. Hoy día, la Jerarquía da culto a Buda para hacer su misa en la Iglesia. Y los fieles, después de escuchar la misa, se van a adorar a tantos dioses que están instalados en su vida humana.

Nadie tiene vida espiritual, ni sabe lo que es eso. Y, ante un hombre que habla claro su herejía, como es Bergoglio, están de acuerdo con él, por sólo una razón: está gobernando la Iglesia. Como es el que lleva la batuta, ahora en la Iglesia, entonces hay que llamarlo Papa, y hay que hacer unión con él para estar en comunión con todos en la Iglesia.

Todos temen decir esto: Bergoglio destruye la Iglesia.

Hablan de la división que en la Iglesia se está produciendo desde hace 50 años; división conocida por todos, pero sujetada por un Papa legítimo. Y esa división no creó un cisma dentro de la Iglesia. Creó apostasía de la fe, creó herejías que no se combatieron. Pero no llegó al cisma, porque había una cabeza que impedía ese cisma. Una cabeza elegida por Dios, que regía la Iglesia en medio de una división que el mismo Dios ha querido.

En este Misterio nadie profundiza, porque ven la Iglesia con ojos humanos; pero no tienen las agallas de ponerse las lentes divinas para mirar lo que el hombre no es capaz de ver.

Si Dios le dio el permiso a Satán de destruir la Iglesia, entonces no podemos ver la división actual sin ir a esta profecía, sin penetrar en esta profecía, sin discernirla adecuadamente:

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«Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo» (Testimonio Monseñor Rinaldo Angeli, 13/10/1884; P. Domenico Pechenino – Ephemerides Liturgicae (1955) 58-59; cardenal Nasalli Rocca, Bolonia, 1946).

100 años que ya se han cumplido. 100 años que, para Dios y para Satanás, no son 100 años justos, medidos como el hombre los mide. Son 100 años espirituales, en que se da libertad al demonio de obrar lo que quiera entre los hombres del mundo y de la Iglesia.

No sólo el demonio obra en el mundo, que es lo natural, porque el mundo se halla en las manos del demonio; sino que obra también en la Iglesia.

Esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia nunca ha entendido: este obrar del demonio en la misma Jerarquía, en el mismo Papado. Por eso, León XIII escribía en su exorcismo:

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«Los enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado y le han dado de beber ajenjo, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales para realizar todos sus impíos designios. Allí, en el lugar sagrado donde está constituida la Sede del beatísimo Pedro y Cátedra de la Verdad para iluminar a los pueblos, allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad, para que, con el designio inicuo de herir al Pastor, se dispersen las ovejas» (AAS 23(1890- 91), p.743)

Allí, en el trono de Pedro, está Satanás: «en el lugar sagrado… allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad».

Esto es lo que vio León XIII: que el mismo Satanás se ponía como Papa.

Y nadie quiere profundizar en esta gran verdad.

En el trono de satanás está sentado, ahora mismo, Bergoglio, voz de satanás en la Iglesia, bufón del Anticristo, hombre poseído por la mente de su padre, el diablo. Por eso, Bergoglio es un hombre loco: está en su mente, dando vueltas a su idea de lo que debe ser la iglesia. No puede estar en la Mente de Cristo.

Sólo un Vicario de Satanás es capaz de destruir la Iglesia. No se puede destruir la Iglesia con un Vicario de Cristo, con un Papa legítimo. No se puede. En 50 años, el demonio no ha podido vencer a la Iglesia, porque tenía el katejón: el Papa legítimo. Y ese Papa legítimo es el mismo Cristo en la tierra.

Un Papa legítimo sostiene el cisma: lo impide.

Juan XXIII no destruyó la Iglesia convocando el Concilio. No la destruyó. Ninguno de los Papas que le sucedieron destruyeron la Iglesia con las obras que hicieron en Ella. Ninguno de ellos.

Sólo Bergoglio es el que destruye la Iglesia. Sólo él.

Sólo Bergoglio lanza el cisma en la Iglesia. Sólo él.

Han quitado al Papa legítimo, lo han hecho renunciar, y ahora, ¿cuál es el objetivo del Sínodo?

El objetivo de Bergoglio, del cardenal Walter Kasper, de todo el clan masónico que gobierna la Iglesia, y de la Iglesia de hoy (= de toda esa Jerarquía bergogliana, que sigue a Bergoglio; de todos esos fieles que han hecho de Bergoglio un ídolo para su ruina espiritual) es que la mayoría salga de ese Sínodo con un mandato a una pastoral más suelta, más cómoda, más liberal, independiente, sin estar sujeta a Roma, sino que cada uno decida en su diócesis lo que se va a hacer o no va a hacer, y –sobre todo- recalcando, diciendo que la doctrina no va a ser tocada.

Esta es la manipulación del Sínodo: y por eso, nadie conoce quién habla en el Sínodo, para que la gente en sus parroquias no se levanten. Y cada párroco, en el silencio, va a ir haciendo y deshaciendo en su diócesis, como le da la gana.

Este Sínodo extraordinario es sólo abrir una puerta falsa a la Iglesia: no tocamos la doctrina, pero hagan ustedes lo que quieran en sus diócesis. Saquemos un documento, con un lenguaje humano apropiado, en que no se toque el dogma, pero dejemos libertad para legitimar el pecado.

Ese lenguaje humano querido en este Sínodo: un lenguaje que trae división oficial. Si me han permitido decir en el sínodo que los homosexuales hay que acogerlos y darles la comunión, entonces hagámoslo realidad en la vida cotidiana de las diócesis.

¿En qué se han puesto de acuerdo todos los padres sinodales? En que se adelanten los procesos de nulidad del matrimonio. ¿En qué hay división? En la doctrina de Cristo. Todos divididos en la Verdad. Todos han querido la división en la Verdad. Todos exponen sus puntos de vista de cómo debe ser la pastoral hoy día. Pero nadie se ha preocupado por enseñar la Verdad de siempre, la Mente de Cristo, lo que quiere Cristo de Su Iglesia hoy día. A nadie le interesa la Verdad. A nadie le interesa Cristo. Nadie ama a Cristo. «El Amor no es Amado». El Amor es dejado a un lado por el lenguaje humano. Todos aman las bellezas de sus palabras humanas. Pero nadie ama la Palabra del Pensamiento del Padre.

¿Quién los ha dividido? Bergoglio, al convocar este Sínodo. Bergoglio, que ha dividido la cabeza, al poner al Papa legítimo como Papa emérito, divide a toda la Jerarquía: hablen lo que quieran en este Sínodo y como lo quieran. Pero eso sí, a puerta cerrada, para no escandalizar a los fieles en la Iglesia. Para que nadie entienda la jugada. Vamos a ponernos de acuerdo en el lenguaje de la Iglesia, que tiene que ser más realista, no tanto dogmático. Y todos, en sus parroquias a trabajar en este lenguaje moderno de la nueva iglesia, hasta el año que viene, en que ya quitemos los dogmas. ¿Ven el cisma ya declarado? ¿O todavía no lo ven?

Este Sínodo es ratificar lo que ya está sucediendo en toda la Iglesia, lo que durante 50 años se ha dado por los miembros de la Jerarquía, pero de manera oculta, como ha hecho Bergoglio toda su vida: declaraba una cosa a los medios, y con una llamada telefónica obraba otra.

Ya el pecado no hay que sujetarlo, no hay que permitirlo, sino aprobarlo, quererlo como un bien para toda la Iglesia.

Los anteriores Papas habían sujetado la división declarada en toda la Jerarquía.

Ahora, con una falsa cabeza es el “hágalo usted mismo” pastoral; con Bergoglio, no se sujeta la división, sino que se imprime la forma para que las almas cometan el pecado con la misma aprobación de la Jerarquía de la Iglesia.

Nadie quiere ver que el Papa León XIII está demostrando a toda la Iglesia que los Cardenales pueden elegir a un falso Papa en la Iglesia.

Un Papa ha hablado en la Iglesia, pero nadie le hace caso. Todos están pendientes de sus lenguajes humanos. Y eso es señal de que el dogma ya no es dogma en la Iglesia. Los hombres han cambiado el concepto de la misma Verdad. Ya la Verdad Absoluta es una evolución de la mente del hombre y, por eso, los dogmas hay que entenderlos según esa evolución, ese cambio.

Por eso, el tarado de Bergoglio ha dicho hoy que la ley santa no tiene fin en sí misma. Es esto: como yo concibo el concepto de Dios según mi mente, entonces yo pongo a la ley de Dios mi fin humano, social, interesado..

Así está la Iglesia: con un hombre que la lleva, a pasos agigantados, hacia su destrucción.

Bergoglio es decadencia, destrucción e iniquidad

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Bergoglio es tres cosas: decadencia, destrucción e iniquidad.

1. Decadencia en su sacerdocio porque no tiene el Espíritu de Cristo y, por lo tanto, se dedica a hacer obras para el hombre, para el mundo, lo social, lo político. Obras sin Cristo, sin verdad, que no son camino para llevar las almas al Cielo, que es lo que todo sacerdote tiene que ser en la Iglesia.

Y esta decadencia en lo espiritual se refleja en todo el actuar humano de este hombre. Si se vive una vida espiritual contraria a la vocación divina, entonces la vida humana es de acuerdo a esa decadencia. Y, por eso, sus obras, sus escritos, sus palabras, son también, en lo humano, una insensatez. Si un sacerdote o un Obispo no enseña la verdad en la Iglesia, tampoco enseña a vivir rectamente en lo humano. Tampoco es maestro de lo humano, porque no es maestro de lo divino.

Bergoglio no es maestro de nada: es decadencia. No reforma nada, no innova nada, no señala ningún camino. Su magisterio no es papal; está en un cargo que no es papal. En el mundo, hay hombres que, sin ser católicos, son más interesantes, en sus vidas y en sus escritos, que Bergoglio. No merece la pena dedicarse a leer los libros de este hombre ni a seguir su vida: no tiene nada que ofrecer ni al hombre ni a la Iglesia. Es un degenerado en lo humano y en lo espiritual.

2. Destrucción de Cristo y de Su Iglesia, porque está en ese cargo para aniquilar toda la doctrina de Cristo y todo el Magisterio de la Iglesia. No levanta la Iglesia en la Verdad, sino que las destruye con su mentira, con sus engaños, con sus bonitas palabras sociales, políticas, económicas, humanas, naturales, carnales, que agradan a todo el mundo, porque está sediento de la gloria de los hombres. Busca el aplauso, la alabanza, el conseguir un encuentro, una idea motriz que aúne a los hombres y se dediquen a obrar anulando la Iglesia.

Su gobierno horizontal es el eje de su destrucción, es el motor. Aquí inicia su nueva iglesia con una nueva doctrina. Esa nueva iglesia es falsa en todo, porque está apoyada, no en Pedro, sino en muchas cabezas, en una horizontalidad. Y, en esa falsedad, tiene que predicarse un falso cristo: el de su misericordia barata, sin Justicia. Es una doctrina que lleva tres ideas claves: la idea de la masonería, la del protestantismo y la del comunismo. Con estas tres filosofías, Bergoglio da su lenguaje ambiguo a todo el mundo. Por eso, su magisterio no es papal.

Los otros Papas se centraban en la doctrina católica. Y tenían otras ideas, pero no producían ambigüedad. En Bergoglio lo principal es su ambigüedad. Y, después, él da un poco de doctrina católica, pero de pasada, en su lenguaje barato y blasfemo, para contentar a los católicos. Bergoglio habla para todo el mundo, pero no para la Iglesia Católica. Los otros Papas hablaban para la Iglesia Católica; después tenían palabras para los demás. Esta es la gran diferencia entre un destructor y un constructor.

Bergoglio destruye la Verdad; los otros Papas se dedicaron a defender la Verdad, la Iglesia Católica. Bergoglio no defiende la Verdad porque no hay verdad en él. Por eso, se ha enojado contra los Cardenales que han escrito el libro sobre la doctrina católica del matrimonio. Él quiere que todo el mundo piense como él. Esto es lo propio de un destructor: va seduciendo a los demás para que acepten su idea destructora. Es lo propio de un falso Papa: no hay verdad en él; no hay línea de catolicidad; no hay continuidad en el Papado.

En los otros Papas, sí había verdad, sí había continuidad con los anteriores. Y, por eso, eran legítimos. Nunca cayeron en la herejía, ni material ni formalmente. Bergoglio, desde el principio, cae en la herejía. Desde el principio de su reinado, que no es pontificado. Es un falso pontificado. Es un falso Papa. Esto es lo que a la gente le cuesta decir, porque no ha comprendido lo que es un Papa en la Iglesia, la misión de un Papa en la Iglesia.
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Bergoglio no sabe lo que es un Papa. Ha vivido toda su vida rodeado de Papas y nunca los ha obedecido. Nunca se ha sometido a la mente de un Papa. Nunca. Siempre ha hecho en la Iglesia lo que ha querido y como lo ha querido. Y, por supuesto, ha sido hábil en darse a conocer a los Papas. Es fácil poner cara de santo. Es fácil vestirse de humildad, bajar la cabeza delante de un Papa y besarle el anillo. Eso lo hacen todos. Y la humildad no está en eso. Se es humilde porque se da testimonio de la Verdad ante cualquiera, sea Papa, sea Obispo, sea sacerdote, sea fiel la Iglesia. Y esto es lo que nunca ha hecho este hombre. Se pone la careta de humildad y de pobreza, que es como consigue engañar a todo el mundo. Y, después, obra el pecado. Así inició su reinado en el Vaticano: quiso pagar el alquiler de su habitación y después, a los pocos días, lava los pies a las mujeres, insultando a Cristo en la Misa más importante de todas. Esto es destruir la Iglesia con las ropas de la humildad y de la pobreza. Esto es ser un lobo vestido de piel de oveja. Y esto es lo que mucha gente no sabe discernir porque ya no tiene vida espiritual. Y enseguida salen con la política: es que los tradicionalistas no perdonan a Bergoglio que haya lavado los pies a las mujeres.

La Iglesia es Cristo y es para hacer las mismas obras de Cristo en Ella. Esto es lo que no hace Bergoglio. Y nunca lo va a hacer. Nunca. Él hace sus obras en su falsa iglesia con su falso doctrina sobre Cristo.

3. Iniquidad es la obra de Bergoglio en el Vaticano.

El Misterio de iniquidad se ha abierto con la subida al poder de este hombre. Es el hombre que necesitaba el demonio, que es el que actúa en todo el grupo masónico que rige el Vaticano, para poner al Anticristo en el Trono de Pedro.

Lo único que le interesa al demonio es poner su hombre rigiendo la Iglesia Católica. Esto ha sido toda su lucha desde que Cristo inició Su Iglesia en el Calvario. Por eso, en la historia de la Iglesia ha habido tantas cosas: cismas, herejías, apostasías, etc. Es el demonio el que ha turbado la Iglesia con su misma Jerarquía, que se ha prestado para este servicio.

Los hombres de la Iglesia tienen la historia de 2000 años de Iglesia y no han aprendido nada. Sube un Bergoglio y todos lo adoran. Esto es la iniquidad.

La iniquidad se manifiesta en sus obras: el Papa en la Iglesia es obediencia. Todos tienen que obedecer. Pongamos a un hombre, que es un demonio, para que todos le obedezcan. Esta fue la primera jugada del demonio, en la que todos o casi todos cayeron. Han dado obediencia a uno que no se lo merece.

La primera obra de la iniquidad en el Vaticano: poner a Bergoglio como Papa para conseguir el sometimiento de todos. Que todos sigan lo que diga ese falso Papa. Así se va abriendo el camino para algo más en la Iglesia. Si todos se acomodan a un falso Papa y lo llaman como verdadero, entonces el demonio puede hacer más en el Papado. Se rompe la Iglesia desde Su Cabeza, no desde sus miembros. Los miembros pueden ser cismáticos y herejes, pero si la cabeza es recta, la Iglesia sigue sin más, porque la sostiene Su Cabeza, Su Papa legítimo. Pero si se consigue hacer renunciar al Papa legítimo y poner el Papa del demonio, entonces la Iglesia cae en toda la decadencia y se destruye por sí misma.

Como todos han dado obediencia a uno que no es Papa, entonces viene ahora la jugada maestra del demonio. Un Bergoglio no puede sostenerse mucho tiempo en la Iglesia. Todos, los buenos y los malos, ven la calidad de ese hombre. Todos acaban por darse cuenta de lo que, en verdad, hay en ese hombre. Y ese hombre es sólo un vividor. Y no más. No es un teólogo. No es un intelectual. El demonio necesita una cabeza que rompa el dogma. Y esto es lo que viene ahora.

Una vez conseguido quitar la verticalidad; una vez que se han puesto a los hombres en los puestos claves en el vaticano y fuera de él, en las demás diócesis; ahora es necesario un hombre inteligente. Porque la división es muy clara, en todos los aspectos. Y la Verdad está ahí para todo el mundo. Pero los hombres no les gusta la verdad, sino sus verdades. Y esta es la fuerza que tiene ahora el demonio en toda la Jerarquía.

Es una Jerarquía que está sometida a un lenguaje humano, que le incapacita para decir éste es hereje, cismático, no lo sigan. ¿Quién en sus parroquias escucha de labios de sus sacerdotes que Bergoglio es hereje? Nadie. No se atreven porque siguen una teología que les impide juzgar al otro y que les oscurece la mente para decir: esto es mentira, esto es herejía, esto no se puede seguir.

La verdadera teología católica ya no está en la Jerarquía. Ha sido el trabajo de muchos años para conseguir esto. La Jerarquía ya no tiene las ideas claras sobre lo que es la verdad y sobre lo que es la mentira. Son muy pocos los que se apoyan en la verdad Absoluta. Son muy pocos los que dicen que existe una única verdad. Por eso, no pueden llamar a Bergoglio como falso Papa. No pueden. En sus teologías, ya no se da esta verdad. Los hombres de la Iglesia están oscurecidos por toda la política que en el Vaticano se muestra. Y prefieren hacer lo políticamente correcto que predicar la Verdad, que dar testimonio de la verdad. Por eso, dicen: hay que seguir obedeciendo a Roma.

Esto es otra obra de la iniquidad en la mente de toda la Jerarquía. Es el trabajo del Anticristo, que posee la mente: la pervierte. Pone muchas ideas y lo confunde todo. Hay mucha Jerarquía contaminada por el demonio. Y esto es un triunfo del demonio en muchos sacerdotes y Obispos. Esto, después, se refleja en todos los demás miembros de la Iglesia. ¿De qué se llena ahora todas las parroquias? De gente tibia y pervertida que no sabe nada del dogma, de la tradición de la Iglesia. Sacerdotes y fieles que se dedican a lo social, a lo político, a lo económico. Y lo hacen en nombre de Cristo.

Con Bergoglio han aparecido todos los tibios en la Iglesia. Todos. Toda esa gente que vive cualquier cosa en una misa, en un apostolado, en unos sacramentos, menos la verdad. Y, claro, les agrada la doctrina de Bergoglio: vivimos en nuestro pecado y ya podemos comulgar. La ley de la iniquidad: conseguir que el pecado ya no sea pecado, ya no se mire como pecado, sino como un valor. Las soluciones pastorales que son soluciones políticas, de intereses creados por los hombres.

¿Qué viene ahora para la Iglesia? Un falso Sínodo. Es la jugada maestra del demonio. Todos tienen que obedecer a Bergoglio, aunque mande un pecado. Es la fuerza del demonio: ha puesto a un hombre como Papa. Y todos en la Iglesia tienen que obedecerlo. Durante 18 meses nadie se ha levantado para decir: no obedezco a Bergoglio. Esta es la señal de lo que viene después de ese Sínodo. El pecado va a ser una ley, una obligación: tienes que dar la comunión a los malcasados. Si no la das, excomulgado, porque no obedeces al Papa.

Esto es el cisma, que nadie ve, que a nadie le interesa, porque nadie se pone en la verdad. Nadie sabe lo que es la Verdad. Todos están en sus verdades, que no es la de Cristo. Nadie llama a las cosas por su nombre. Nadie. Todos siguen su teología ambigua, que les oscurece todavía más y que les lleva a condenar la misma doctrina católica. Todos critican a todos los papas anteriores. Y nadie critica a Bergoglio. Es la obra maestra del demonio.

Bergoglio es un patán: eso todo el mundo lo ve. Pero todos tienen miedo de decirlo con claridad. Bergoglio ya no le sirve más al demonio. Pero tiene que quitarlo de la manera más honrosa. Él lo ha llevado a la santidad: todo el mundo lo proclama santo en sus herejías. No ha podido matarlo para oscurecer más a los tibios y pervertidos en la Iglesia. Pero puede hacerle renunciar de una manera que la Iglesia la acepte: acepte el engaño de su renuncia. Todos los tienen como Papa, todos han aceptado su gobierno horizontal, y él está creando división en todas partes. Una forma de renunciar: me voy y deje a este personaje que siga con todo este lío, que aclare las cosas. Dejo a un hombre de mi gobierno horizontal. Y yo me dedico a mi vida que me gusta tanto.

Es necesario poner las nuevas leyes en el gobierno horizontal: es un poder político, en donde se nombran jefes como se hace en el mundo: por votación, por referéndum. Hagamos leyes para poner papas eméritos sin necesidad de cónclaves. Esto es lo que viene ahora a la Iglesia. Hay que romper el dogma. Y hay que empezarlo a hacer ya. El sínodo es el principio. La familia es el comienzo de la obra de la iniquidad. Y después vendrán otras cosas, porque todo está unido.

No es fácil romper la Iglesia desde la cabeza. Pero no es imposible. Y el demonio no se va a echar para atrás una vez que ha conseguido su objetivo: poner su bufón en el Trono de Pedro. Ahora tiene que continuar su obra: hay que poner al temido, al que da excomuniones si no le obedecen.

Los tres pecados sociales de la humanidad

Ana-Catalina-Emmerick.

«Sólo hay una Iglesia, la Iglesia Católica Romana. Aunque no hubiera en la tierra sino un solo católico, ése sería la Iglesia única y universal, esto es, la Iglesia Católica, la Iglesia de Jesucristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del Infierno (…) muchos sacerdotes no saben lo que son, muchos fieles desconocen su propio carácter e ignoran lo que es la Iglesia de que forman parte. Para que ninguna potestad humana pueda destruir la Iglesia, Dios ha elevado la consagración sacerdotal a carácter indeleble. Mientras quede en la tierra un solo sacerdote debidamente consagrado, vivirá Jesucristo, como Dios y como Hombre, en la Iglesia en el Santísimo Sacramento del Altar» (Ana Catalina Emmerick – Tomo 1 – Libro 3 – Visiones del poder sacerdotal – 9. Palabras sobre la Iglesia Católica).

Muchos, que se dicen católicos, no saben lo que son, porque no viven la Gracia, que los Sacramentos dan al alma.

La Gracia es la unión con Cristo. Y, cada alma, se une a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo, como un sarmiento se une a la Vid. La Gracia es lo que une a Cristo. Sin Gracia, la unión que una vez se tenía, se va pudriendo, hasta que el sarmiento se cae o lo cortan de la vid.

Sin la fidelidad a la Gracia, las almas viven en la decadencia espiritual, sin poder recibir la Vida de Cristo, sin poder imitarlo, sin tener entrada a su pensamiento divino.

Por eso, hay tantas almas que revolotean en las cosas humanas, materiales, naturales, cayendo en estados de tibieza espiritual y haciendo que su mente se vaya pervirtiendo con todas las cosas humanas.

La Gracia da al alma un conocimiento divino, que enseña al hombre a pensar rectamente, no sólo las cosas divinas, sino las humanas.

Cuando el hombre cae en errores, en dudas, en temores, es por su falta de fe, que le viene por no ser fiel a la Gracia. Y permanece en lo humano, viendo la vida desde el punto de vista del hombre, sin posibilidad de mirar para arriba, de elevar su alma hacia lo divino, de entender la vida como la ve Dios.

Muchos católicos no son católicos. Tienen la etiqueta de católicos, se llaman a sí mismos católicos, pero ya no están unidos a Cristo, porque han echado en un saco roto la Gracia.

Y, entonces, están en la Iglesia sólo para una cosa: destruirla.

El Anticristo sólo tiene un fin en toda su obra: destruir la humanidad entera para destruir al sacerdote. Sabe que cuando aniquile a todos los sacerdotes, ya no habrá Iglesia. Y como hay sacerdotes que a pesar de su pecado, viven en el mundo y siguen siendo sacerdotes, el fin es claro. Por eso, muchos no han comprendido la gravedad del momento. Es el tiempo del Anticristo: el tiempo del pecado social que destruye la Iglesia.

Los tres grandes pecados sociales de la humanidad:

a. La humanidad ha pecado en Adán y Eva;

b. La humanidad ha pecado matando al Hijo de Dios, Jesucristo.

c. La humanidad peca rechazando la Iglesia que Jesús le dejó.

El plan de Dios en el Paraíso fue desbaratado y cambiado su resultado. Adán lo desbarató con su pecado, lo cambió con su vida; e hizo del Paraíso el lugar para iniciar la obra del demonio entre la humanidad.

Todo hombre que nace recibe dos espíritus: uno bueno y otro malo. Y, por tanto, en todo hombre se da una lucha espiritual entre estos dos espíritus. El hombre permanece en medio de esta batalla, y es llevado a obrar lo bueno o lo malo, según escuche a uno u a otro espíritu.

Ningún hombre está sólo en su vida. Ningún hombre obra sólo en su vida. Si obra un bien es porque escuchó al buen espíritu; si obra un mal es porque dio oídos al mal espíritu.

Es el espíritu el que hace pensar y obrar a los hombres; el que los mueve; el que les indica el camino de sus vidas.

Por eso, un hombre sin fe, sin la gracia, es un hombre perdido en la obra del mal espíritu. Pero un hombre fiel a la Gracia que ha recibido, entonces sus obras son las del buen espíritu.

Y todo está en la vida espiritual en discernir los espíritus para nunca equivocarse, para no caminar siguiendo al mal espíritu.

Adán no discernió el espíritu que movía a Eva, y quedó atrapado en la obra del mal espíritu, iniciando la maldad en el mismo Paraíso.

El desconcertante desorden, la infelicidad de la vida de los hombres, las tinieblas de la ignorancia en las mentes humanas, el odio manifiesto en las obras humanas, el mal con toda la gama de sus manifestaciones, las guerras y las violencias constantes, la posibilidad de preferir la muerte eterna en la desesperación del Infierno, son el fruto de ese pecado de Adán. Pecados sociales que vienen de un solo pecado.

De una sola obra de pecado, le vienen al hombre multitud de otros pecados, que hacen de la vida social un auténtico infierno. De esta manera, el hombre ha respondido al Amor de Dios en el Paraíso: con el pecado. Una monstruosa ingratitud, consumada en Adán y en la primera mujer, que poseían toda la Gracia, pero que prefirieron pecar, amar su pecado, vivir de su pecado.

Por el pecado de uno solo, todos hemos pecado. Es el pecado social que pocos comprenden.

Porque todos hemos pecado en Adán, entonces construimos nuestras vidas, nuestras familias, nuestros países en el pecado. Son vidas de pecado, son familias de pecado, son países para pecar, donde reina el pecado.

Y este es el sentido del pecado social: cada alma comete su pecado personal y eso se irradia en todo lo demás: familia, matrimonio, trabajo, iglesia, parroquia, comunidad, sociedad, nación, mundo entero. El pecado individual se hace social al participarlo a los demás en la vida, al comunicarlo al otro, al hacer que el otro también lo viva, lo obre en su misma vida.

El solo pecado de Adán se convirtió en el pecado de su mujer, al comunicárselo a ella, al unirse a ella, al vivirlo con ella. Y se convirtió en un pecado de los dos, de su matrimonio, un pecado social; y de los dos, nacieron otros pecados sociales; y concibieron a sus hijos en el pecado; y los educaron en el pecado. Y la familia se convirtió en un sitio de pecado social. Y el pecado se fue extendiendo socialmente, en todas las cosas, en todos los hombres, por todo el mundo.

A la rebelión de la humanidad en Adán y Eva, Dios responde con dos cosas: Justicia y Misericordia.

Con la Justicia castiga el pecado en la humanidad entera. Desde su origen hasta el fin, el hombre comerá el pan con el sudor de su frente. La Justicia pesará sobre la humanidad hasta el fin de los tiempos.

Con la Misericordia, Dios ofrece la promesa de la Redención. Para eso, escoge un pueblo, el pueblo preferido, que Dios quiere santo, pero que no se vuelve nunca santo a pesar de la lluvia de gracias y de milagros. Un pueblo que responde siempre con la ingratitud a la predilección divina.

Un pueblo lleno de profetas, que enseñan la Palabra de Dios, las obras que Dios quería, la vida que tenían que vivir los hombres en su estado de pecado, sin la gracia, para preparar el camino al Señor, que venía a implantar el Reino de Dios en la tierra.

Un pueblo que andaba entre la justicia y la misericordia, y que sólo aprendía la verdad a base de dolor, de sufrimientos, de expiación de los pecados. Un pueblo duro de cerviz porque no poseía la Gracia, que quita esa dureza, esa soberbia de mente.

Un pueblo que, a pesar de tantas gracias, cuando el Salvador nace lo combate, lo asedia, le hace la vida imposible.

El pecado social de ese pueblo elegido es tan grande que termina por matar al Hijo de Dios. Ese deicidio es más grave que el pecado de Adán en el Paraíso. Dios ha amado a su pueblo hasta lo más increíble, hasta darle a su mismo Hijo. Y su pueblo lo ha puesto en una Cruz. Ha clavado al Amor en el Odio del madero.

Y Jesús responde a esa obra de odio, suspendido en la Cruz, con una Obra de Amor: entrega a la humanidad Su Iglesia.

Esta Obra es la que culmina el pecado de Adán y abre el pecado del pueblo elegido. Adán no fue el que mató a Jesús, sino fue el pueblo que Dios había elegido.

Y, por eso, el pueblo judío no puede salvarse. Es un pecado social que incide en todo el pueblo elegido. En este deicidio se dan las dos cosas en Dios: Justicia y Misericordia.

Por la Justicia, el pueblo elegido anda errante por toda la tierra, sin posibilidad de establecerse como pueblo. Al tenerlo todo de Dios, como pueblo de Su Elección, lo perdió todo, hasta lo mínimo material. No hay providencia divina sobre el pueblo judío.

Misericordia, porque una parte del pueblo judío fue fiel al Salvador. Luego, también una parte de ese pueblo judío errante se va a salvar en el tiempo que Dios fije para eso. Y ese pueblo errante judío que se convertirá anulará, como pueblo, el pecado del pueblo elegido contra Jesús.

El pecado en el Paraíso fue de un solo hombre; el pecado del deicidio fue de un pueblo, de muchos hombres, de un grupo social. Jesús anuló el pecado de Adán en la Cruz. Pero todavía no está anulado el pecado social del pueblo judío. Jesús puso a toda la humanidad en un nuevo camino. Ya no es el camino que nace fuera del Paraíso, sino que es el camino que nace dentro de la Iglesia Católica, en la que es posible expiar todo pecado de los hombres.

Jesús entrega Su Iglesia a toda la humanidad, pero ésta se vuelve a oponer a esa Obra de Amor. Y comienza a maquinarse la destrucción del Cuerpo de Cristo, así como se maquinó la muerte de Su Cabeza.

Comienza una guerra agotadora, que se combate sin tregua desde hace más de dos mil años. Y, en este tiempo, las heridas han sido muy dolorosas, porque el pecado social sigue. Han sido muchos los esfuerzos de los hombres, en todas las épocas, para destruir a Cristo y a Su Iglesia.

Y esta batalla, que sigue su curso, que no descansa, es en estos momentos, de una furia que sólo las almas inconscientes no advierten; sólo los tibios no pueden verla. Y que llevará a la Iglesia hacia la persecución, con gran cantidad de víctimas entre el clero y los fieles.

En este tiempo en que vivimos dentro de la Iglesia se dan dos cosas muy importantes:

a. decadencia en todo el clero;

b. abominación en el Vaticano.

Son dos pecados sociales diferentes, pero que se enlazan uno con otro.

En la decadencia, observamos cómo la Jerarquía de la Iglesia va abandonando la línea de la gracia y ya no son otros Cristo, sino otros hombres, que hacen una obra de teatro en las misas, cuando se ponen a confesar, en la administración de los diferentes sacramentos. No tienen vida de oración, no saben discernir espíritus, no saben luchar contra el demonio en las almas, no enseñan la verdad a su rebaño, no lo guían hacia la santidad de la vida, no lo gobiernan en la verdad de la ley de la gracia. Es la grave decadencia, la grave corrupción de lo que es la esencia de la Iglesia: la Jerarquía. Sin un sacerdote debidamente consagrado no hay Iglesia; y sin un sacerdote que no sea otro Cristo, la Iglesia le pertenece al Anticristo.

En la abominación, se ve con claridad el fin que toma todo en la Iglesia: un fin humano, material, natural, sentimental, inicuo, carnal, de apostasía clara de la fe. La abominación comenzó cuando se puso el gobierno horizontal en la Iglesia. Y ha ido creciendo, de tal manera, que en estos momentos, es una obra de gran envergadura, que todavía no sale a luz, pero que ya está instalada en el mismo Vaticano.

Es una abominación que exige de la Jerarquía obediencia a un falso Papa, sabiendo que es falso. Se impone en las estructuras del Vaticano, que son sólo un conjunto de obras burocráticas, sin ninguna salida, sin ningún camino hacia la verdad, el silencio y el sometimiento a todo cuanto venga de Roma. Y, por eso, Francisco es intocable. A pesar de su gran pecado, nadie lo puede tocar. Es la abominación, que conducirá al cisma, un grave cisma que romperá la Iglesia en mil pedazos.

Muchos se van a condenar dentro de la Iglesia, porque ya no saben luchar contra el Enemigo. Ya no saben ver la batalla siempre en acción. Ya no disciernen nada. No saben discernir la hora de la Justicia que viene cuando el hombre destruya la Iglesia, quitando la Eucaristía. Y será la misma Jerarquía la que la destruya. Serán los mismos miembros de la Iglesia los que la destruyan.

Y, en esa hora, se producirá la mayor abominación en todos los aspectos: no sólo los hombres han matado al Salvador, sino que matarán también su Obra de Redención. Será el momento de la condenación en vida de mucha Jerarquía y de muchos fieles, que renegarán del amor a Cristo para poner su corazón en el amor a una criatura, que se hará pasar por Cristo: el Anticristo.

Esta abominación exigirá en Dios dos cosas: Justicia y Misericordia.

Justicia, porque todos los Enemigos de Cristo, dentro de Su Iglesia, perecerán y se condenarán. Toda la Jerarquía infiltrada se irá para el infierno directamente. No puede quedar como pueblo errante, porque el pecado es contra la Iglesia, que es la salvación para la humanidad. Fuera de Ella, no hay salvación. No puede quedar fuera de la Iglesia, viviendo una vida, porque esa vida es sólo para el infierno, sin posibilidad de salvar a ningún miembro de esa Jerarquía abominable. Fuera del pueblo elegido todavía había salvación, pero no fuera de la Iglesia.

Misericordia, porque la Iglesia remanente entrará en un tiempo de paz, en donde la Virgen María aplastará de nuevo, por segunda vez, la cabeza de Satanás. Quedará atado el demonio para que la Iglesia vaya hacia el Reino Glorioso.

Y será la nueva iglesia, la del Espíritu, la que anule la obra de destrucción que la Jerarquía infiltrada va a obrar dentro de poco.

Dios, en el Paraíso, ofreció al hombre una Obra Gloriosa; y el hombre la despreció;

Dios se hizo Hombre para que el hombre se divinizará; y el hombre despreció el don de ser hijo de Dios en el Hijo;

Dios, en la Cruz, ofreció a la humanidad, Su Reino glorioso; y el hombre lo despreció.

Son tres pecados sociales que van en contra de una obra social de Dios. En esos pecados sociales sólo hay que ver la batalla de espíritus para poder entender qué Dios quiere del hombre y de la Iglesia.

Y, cuando un falso Papa está sentado en el Trono que ha usurpado, entonces es claro que Dios quiere del hombre que salga de esa iglesia que no es Su Iglesia, para poder permanecer en la Verdad.

Y es lo que muchos no van a hacer, porque están pillados por la abominación en el Vaticano.

Francisco: un destructor de la Iglesia

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Desde que Francisco se sentó en la Silla de Pedro, que ha usurpado, ha dado al mundo y a la Iglesia un torrente de herejías, blasfemias, doctrinas ofensivas, contradictorias, marxistas, llenas de imprecisiones teológicas, con un alto índice de ignorancia en todos sus escritos.

Francisco es el que destruye la Verdad Absoluta y vive su vida con verdades relativas, verdades que agradan a todos los hombres, menos a Dios.

Francisco es una bala perdida, que hace daño a cualquiera, que va dirigida sin norte, sin camino, sin precisión, con el solo fin de hacer ruido y destrozar.

Francisco es una fuente constante de preocupación y de vergüenza atroz para todos los auténticos católicos, que vemos en la Tradición de la Iglesia y en Su Magisterio, el orden divino que el Señor ha querido en Ella, para salvar las almas del mundo, del demonio y de la carne.

• Francisco lleva las almas al mundo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien» (EG – n.2).

1. La vida interior debe estar siempre clausurada, por su misma definición. No es una vida exterior, para el hombre, para el mundo. Es la vida para el alma. Y sólo para el alma. Quien siga esta doctrina sin sentido, pierde la fe, la esperanza y la caridad. Quien no vela para santificar su propia alma, no puede nunca salvar ni santificar las almas de los demás. Quien no se refugia en el desierto de todo lo humano, quien no se separa del mundo y de los hombres, quien no vive buscando sólo a Dios en su vida, entonces las obras que hace en la Iglesia y en su vida particular son siempre del demonio.

2. Quien tiene vida interior sabe ocuparse de todas las cosas: el prójimo, los pobres, etc.; sabe tener la alegría que da el Espíritu. No tiene la alegría que la palabra amor significa para el hombre. Sabe hacer con la fuerza del Espíritu todas las obras divinas que el Señor le pone en su camino. No tiene el entusiasmo mundano, profano, que Francisco predica en todo su evangelium gaudium, un escrito que sólo sirve para limpiarse el trasero, pero no para tener fe ni practicarla.

3. No clausures tu vida interior, sino que vive tu espiritualidad para los demás: esto es el populismo, marxismo, comunismo, milenismo, etc. La Iglesia tiene que conquistar el mundo. Esto es todo el resumen del pensamiento de Francisco.

• Francisco da a las almas la misma doctrina del demonio : «La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifica y festejan» (EG n. 24)

1. Si se niega la vida interior como una clausura, entonces la Iglesia es para la vida exterior, no es para la vida interior, que es lo que primero quiere el demonio; que el alma esté en todos los problemas del mundo y viendo multitud de soluciones.

2. Al no existir vida interior, la Iglesia es una comunidad: no es el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, no son almas que siguen a Cristo y que están unidas místicamente unas a otras en el Espíritu de Cristo. Se niega el Espíritu de Cristo y la unión mística entre las almas y Cristo. Y se pone un conjunto de hombres, un pueblo, un grupo de amigos, que cada uno piensa lo que quiere y obra como quiere.

3. Esta comunidad son un grupo de hombres que se dicen discípulos y misioneros: discípulos de la mente de los hombres; y misioneros de las obras de los hombres. Es decir, es una comunidad de hombres, que piensan como los hombres, que viven para las ideas, las razones, las filosofías, las teologías que otros les dan; y que sólo obran lo que piensan: obras, voluntades, caprichos, deseos humanos.

4. Y son un grupo de ineptos que

I. primerean: es decir, «sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y lega a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos» (EG – n. 24). Es claro ver, cómo Francisco, en esta frase, ha perdido el juicio.

a. Si es Dios quien ama primero, entonces el alma no tiene que hace nada. Dios, en ese amor, le indica al alma lo que tiene que realizar. Luego, no hay que tomar iniciativas, no hay que ir al encuentro de nadie, no hay que buscar a los lejanos, no hay que reparar, sanar, las enfermedades de nadie.

b. La vida espiritual no es para adelantarse al Espíritu, sino para seguir al Espíritu.

c. Esta forma de hablar de Francisco, este su lenguaje humano, revela, al que tiene vida espiritual, que este hombre no tiene ninguna fe en nada. Los demás no captan la idiotez de esta frase: Francisco es un estúpido en su pensamiento humano: hay que salir, hay que tomar iniciativas, hay que resolver problemas, hay que moverse, etc. Esta estupidez es fruto de su necedad: no hay que clausurar la vida interior. Y el estar dando vueltas a esta estupidez, hace de Francisco un idiota. Y un idiota es el que ha perdido el juicio, el que no tiene dos dedos de frente.
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II. Se involucran: «Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos» (Ibidem): esta es la ceguera más total de Francisco.

a. Un hombre sin discernimiento espiritual: como Jesús lavó los pies, entonces todo el mundo a lavar los pies de los demás. Francisco ha roto la Verdad Evangélica y obra la verdad que tiene en su pensamiento humano. Ha anulado la Verdad Absoluta, el dogma del lavatorio de los pies, para poner su verdad relativa, que agrada a todo el mundo, pero que es un pecado de sacrilegio. Y lo comete convencido que es una obra santa y virtuosa: «Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

b. Es su ceguera total. Es su condenación en vida: Seréis felices si laváis los pies a todo el mundo. Seréis santos, justos, hijos de Dios, cometiendo un pecado. Francisco tuerce el Evangelio, interpreta como quiere las Palabras del Señor, y ofrece al alma una doctrina del demonio: una mentira, un error, una confusión, un engaño. Hay que hacer obras y gestos que agraden a los demás, que quiten distancias entre los hombres: hay que darle al hombre lo que el hombre quiere. Puro humanismo. Puro sentimentalismo. Pura idiotez de vida. No practiques las virtudes con el prójimo, sino que pon en práctica las ideas que más te unan al otro, que más te acerquen a la vida del otro, que más te lleven a entender al otro. Porque, claro: hay que tocar «la carne sufriente de Cristo en el pueblo».

c. Si has llegado hasta aquí, leyendo, y no te sale decir a Francisco: hereje, cismático, maldito, idiota, estúpido, loco…es que estás con Francisco, es que lo defiendes, es que luchas en la Iglesia por estas ideas totalmente contrarias al Evangelio, a lo que la Iglesia ha enseñado durante siglos, y a lo que todos los santos han vivido.

d. La carne sufriente de Cristo está en la Eucaristía. Y en nadie más. Y decir eso, que este hombre proclama siempre, es decir, no sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo: es el pueblo el que sufre, no es Cristo el que sigue sufriendo místicamente en cada alma. No es Jesús, que vive en la Gloria de Su Padre, pero que sufre, realmente, pero de manera mística, todavía. No, son los hombres. Pobrecitos los hombres, cómo sufren. Lloremos por los hombres. Vivamos para tocar los sufrimientos de los hombres. Y toda esta bazofia de Jerarquía y de fieles que piensan así, no se dan cuenta que mientras exista el pecado en este mundo, existe la Cruz de Cristo y todos los dolores místicos de Jesús y de María. Y, por tanto, los dolores de la humanidad no valen nada, no sirven para nada, no son camino para dar una felicidad a los hombres si se quitan. Como hoy toda la Jerarquía ha pedido la fe, entonces predican la teología de los pobres, el ecologismo y las idioteces que cada uno encuentra en su estúpida cabeza humana.

e. Y tiene que llegar a decir, como Francisco: «Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz». No tengas olor a Cristo, sino olor a hombre. Que los demás te vean mundano, profano, carnal, materialista, vulgar, plebeyo, naturalista, cósmico, ecológico. Pero no huelas a castidad ni a humildad, ni santidad, ni hagas en tu vida la Voluntad del Padre. Te voy a enseñar lo que hay que hacer en la Iglesia: sé un hombre; sé como un hombre; piensa como los hombres; vive como ellos, obra como ellos. Y, entonces, los hombres escucharán tu voz. ¡Qué barbaridad lo que está escrito en esta basura del Evangelium gaudium!. Hoy la gente es una ignorante de la vida espiritual, y dice que esta bazofia es doctrina católica. ¡Por favor! Da pena cómo están tanta Jerarquía que sigue defendiendo los escritos de Francisco como si fueran una obra llena de sabiduría divina. Es que Francisco no dice una sola cosa de la Tradición. No enseña ninguna cosa del Magisterio. No ofrece el Evangelio, sino que le quita y añade sus palabras humanas para presentar un libro de fábulas a la Iglesia. Esto es su evangelium gaudium: un libro de fábulas, un cuento chino para entretener a los idiotas como él, es decir, a todos los que le obedecen, le siguen, le respetan, le hacen la pelota y se creen santos en sus vidas de herejía y pecado.
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III. Acompañan: «Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites» (EG n. 24). Tienes que acompañar al budista, al ateo, al musulmán, al evangélico, a Fidel Castro, a Obama, a los terroristas, a los cismáticos, a los herejes, a los ecologistas, a los masones, a los homosexuales, lesbianas, etc… y no maltratar límites. No toques sus vidas, sus pensamientos humanos, sus proyectos, … déjalos vivir a sus anchas, sin juzgarlos. Acompaña la idea del hombre, su obra, su capricho en la vida, su pecado, su herejía. Acompaña a Francisco mientras te predica una herejía: ten oídos atentos a esa herejía. Pero no pongas límites, no lo maltrates con tus juicios. No le digas que es un hereje. Sino que tienes que acompañarlo: tienes que decirle que su doctrina es tradicional católica, vale para la Iglesia y para todo el mundo. Acompaña la idea humana, acompaña al hombre. Espera al hombre, que puede equivocarse, pero no lo corrijas si se equivoca, porque lo que importa, no es la Verdad, sino el hombre.

IV. Fructifican: «La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora».

a. Si se anula la vida interior, entonces Dios no puede producir frutos divinos en las almas. Y, por tanto, el hombre obra sus obras humanas con sus frutos humanos. A estos frutos humanos, se refiere este inepto Obispo.

b. El trigo y la cizaña son dos cosas opuestas: el trigo son las almas que viven para salvarse y santificarse. La cizaña son las almas que viven para condenarse y condenar a los demás. Por tanto, si se ve que la cizaña obra, hay que cuidar el trigo, hay que oponerse a los herejes, hay que batallar contra el mal, hay que alarmarse, hay que despertarse y no creerse salvos ni santos. Si ves que el mal avanza -dice el idiota de Francisco-, no te quejes, no busques profecías alarmistas, no seas negativo, no seas maleducado con los que viven para condenarse, sino que haz tu obra humana: encarna la Palabra.

c. El hombre no tiene que buscar la manera de que el Evangelio se encarne en la vida de los demás. El hombre sólo tiene que predicar el Evangelio. Predicarlo. No imponerlo. Dar el camino de salvación a los demás. No decirle las obras que tiene que hacer en su vida. No llevarle a hacer obras humanas, materiales, naturales, carnales. El hombre de fe señala sólo el camino y deja en libertad para que cada uno elija salvarse o condenarse.

d. Es la Palabra de Dios la que se encarna en cada hombre cuando éste se abre a Su Enseñanza, cuando el hombre pone su mente en el suelo, cuando el hombre pisa su orgullo, cuando el hombre se niega a sí mismo. Y, entonces, Dios penetra con Su Palabra en el corazón del hombre y lo transforma en un ser divino, en un hijo de Dios que sólo busca dar gloria a Dios, no a los hombres.

e. El hombre tiene que vivir su vida para llenarse de enemigos, porque tiene tres enemigos que debe vencer constantemente: mundo, demonio y carne. Y aquel que no viva batallando contra sí mismo, contra los demás y contra el demonio, es un alma condenada en vida, que sólo vive para agradar a los demás y bailar con ellos en sus estúpidas vidas humanas y en las obras idiotas que hace en la Iglesia.

f. Dios sólo libera, Dios sólo manifiesta Su Poder en las almas humildes, no en la humanidad. Dios se cruza de brazos ante los hombres que se creen dioses, como Francisco.

V. Festejan: «Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización».

a. Siervos inútiles somos: una vez que se ha hecho la obra exterior, a esconderse, como lo hacía Jesús, que se iba al monte a pasar los tiempos en oración con Su Padre. Nada de festejos, nada de estar agradeciendo a los hombres. Porque dad gratis lo que habéis recibido gratis. Y el que recibe gratis un don de Dios sólo tiene que agradecer a Dios por ese don y por haber puesto un instrumento dócil para que llegue ese don.

b. Francisco quiere la publicidad del mundo: haz una obra y que todo el mundo la vea, la festeje, hable de ella. De esa manera, se arrastra a las almas hacia las obras de los hombres. Ven las almas que Francisco besa a los niños y quedan maravilladas, quedan con un sentimiento de estupidez ante ese hombre. Se les cae la baba.

Francisco hace bailar a los hombres para una vida carnal, material, natural y humana. Muchas almas quedan cegadas por las obras exteriores de este hombre, que sólo tiene palabras para combatir los males sociales, que sólo habla para convencer al hombre que debe conquistar el mundo, pero que no sabe decir una sola palabra para condenar el pecado del alma, no sabe poner un camino de penitencia a la Iglesia, y no quiere aceptar que sólo se puede dar gloria a Dios, en Su Iglesia, atacando a los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne.

Para Francisco, los enemigos del hombre son los dogmas, la enseñanza auténtica de la Iglesia y la tradición patrística. En la medida en que se combaten, se va produciendo la ruptura con la Verdad, el aniquilamiento del Amor y la esclavitud a la vida de pecado.

La Iglesia vive, con Francisco, sin Verdad: todo es mentira, error, confusión, ignorancia, en sus escritos, en sus palabras, en sus obras. La Jerarquía y los fieles se han vuelto obtusos para discernir la verdad, y obran cualquier cosa que su cabeza les dice que es bueno hacerlo.

La Iglesia camina, con Francisco, sin Amor: todo es el amor al hombre, del hombre, para el hombre, con el hombre. El Amor Divino se aniquila, desparece, se tritura, se pervierte, porque se da culto a la mente y a las obras del hombre, dentro de la Iglesia.

La Iglesia, con Francisco, está maniatada a la idea protestante y marxista: un cúmulo de errores nacen constantemente de las obras de la Jerarquía que obedece a Francisco. Se vive para pecar y para conseguir un milenismo carnal o evolucionismo de la vida humana.

El grave problema de la Iglesia es Francisco. Y no hay otro problema. Francisco, al no ser Papa, todo cuanto hace es nulo para Dios. Éste es el problema. Gravísimo problema que pone a la Iglesia fuera de la Voluntad de Dios.

Y muchos no han comprendido este problema. Y, entonces, están en la Iglesia mirando a donde mira Francisco, poniendo los ojos en donde no hay que ponerlos, dando atención a lo que no merece ninguna atención.

La Iglesia es Cristo. Los demás, somos nada en la Iglesia. El centro de atención, en la Iglesia, es Cristo, no los pobres, no los hombres, no sus problemas en el mundo. Lo que importa, en la Iglesia, es atender al Corazón de Cristo, no estar pendientes de los sentimientos de los hombres, ni de sus deseos, ni de sus pensamientos, ni de sus necesidades humanas y materiales.

Quien no mira a Cristo mira al hombre, y no puede entender lo que es Dios Padre. Tanto que se habla del Dios creador, de que Dios es Padre de todos los hombres, y nadie sabe buscarlo en Cristo.

Todos yerran el camino queriendo encontrar al Padre en las cosas del mundo, en las ideas de los hombres, en las obras materiales.

«El que Me ha visto a Mí ha visto al Padre; ¿cómo dices tú: Muéstranos al Padre?» (Jn 14, 9). Es lo que la gente pide a Francisco: que le muestre, en su protestantismo, en su comunismo, en su ecologismo, a un Dios creador, Padre, que sólo existe en su cabeza humana, pero que no es el verdadero Dios.

Francisco hace que la Iglesia no mire a Cristo, sino al mundo. Y fabrica un dios según su lenguaje humano. Un dios que gusta al mundo, porque no tiene ninguna Verdad Absoluta: está lleno de verdades a medias, de errores sin cuento, de fábulas sin camino, de ignorancias que sólo un loco de atar puede seguir. Es el dios de cada cultura, de cada mente, de cada idea humana.

Si la Iglesia no mira a Cristo no puede obrar la Voluntad del Padre. Y se encuentra en una situación sin salida. El camino es Cristo, no los hombres, no el pueblo de Dios. La dignidad de los hombres, el sentido a la vida humana, se encuentra siguiendo el camino que Cristo ha puesto y que es Él Mismo. Los hombres no tienen que solucionar sus problemas sociales para ser hombres, para vivir con dignidad. No se puede atacar los males sociales sin atacar el pecado en cada alma en particular. Si se hace esto, se produce lo que Francisco ha obrado: la apostasía de la fe. La Iglesia camina en contra de Cristo: ha apostatado de la Verdad, que es Cristo, del Camino, que es Cristo, de la Vida, que es Cristo.

Cristo es tres cosas: Camino, Verdad y Vida. Cristo es el Camino de la Cruz. Cristo es la Verdad en cada hombre. Cristo es la Vida para cada alma. Y sin Cruz, sin amor a la Verdad, sin las obras divinas, los hombres se pierden en todo el espectro humano.

Sólo se sirve a Cristo crucificando la propia voluntad, para poder hacer la Voluntad de Dios. Sólo se puede obrar esta Voluntad, aceptando como un niño la Verdad, que viene de Dios, que Revela Dios. Y sólo se puede dar la Vida a las almas, una Vida Divina, buscando la santidad, la perfección, en donde no existe el pecado.

Hoy la Iglesia vive en sus caprichos, haciendo lo que le da la gana con el dogma, con la Tradición, con el Magisterio; muchos, en la Jerarquía y entre los fieles, son unos demonios soberbios, orgullosos, que con palabras se dicen humildes, pobres, pero con las obras de sus manos, matan las almas con toda su herejía que viene de su mente. La Jerarquía se ha creído que hay que vivir pecando para agradar a Dios, porque ninguno de ellos cree en el dogma del pecado.

Cristo es el que hace caminar al hombre hacia la Verdad Absoluta. Cristo no da al hombre verdades a medias. Y, por eso, una Jerarquía que no habla claro en la Iglesia no pertenece a Cristo, sino al demonio.

Muchos se preguntan: ¿por qué Francisco no habla claro? Y no saben contestarse. No saben decir: no puede hablar claro porque no es el Papa legítimo. Un Papa verdadero nunca hace lo que hace Francisco; nunca habla como habla Francisco; nunca va hacia el mundo para tenerlo a sus pies, sino que va al mundo para darle una patada.

La Jerarquía de la Iglesia ya no sabe estar en el mundo sin ser del mundo: quiere estar en el mundo sin ser de Cristo, apoyando todas las barbaridades que se dan en el mundo. Por eso, hay sacerdotes que son budistas, evangélicos, musulmanes, que son de todos, menos de la Iglesia Católica.
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Francisco invoca al demonio en el Vaticano

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Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

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La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

El Anticristo es un astro divino

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Dios es Espíritu, Satanás es espíritu. Dios es Espíritu de Perfección; Satanás es espíritu de pecado, sin ninguna perfección.

El hombre tiene que alcanzar la espiritualidad; pero debe elegir uno u otro espíritu.

Los que siguen a Cristo, siguen su Espíritu, que los lleva a la perfección del Amor.

Los que siguen a Satanás matan su espíritu, hacen de su espíritu una carne y una sangre corrompida y repugnante, porque en el pecado no hay perfección, no hay belleza, no hay armonía, orden ni vida.

Sólo hay una batalla en la vida: la del Bien contra el Mal. De esta lucha se originan todos los enfrentamientos, contiendas, guerras.

Desde hace 20 siglos, la Palabra de Dios, que es Perfección, ha hablado a todos; pero han sido pocos los que la han escuchado y la han puesto en práctica. Muchos han hecho de esa Palabra su política, su negocio, su filosofía, su iglesia, su espiritualidad.

Muchos han hecho de la Perfección la cultura de sus mentes, la ciencia de sus labios, la técnica de sus lujurias. Pero pocos viven de Fe; pocos son los que aceptan la Palabra sin poner nada de su inteligencia humana.

Satanás pone su mente para formar su espiritualidad, y ofrece al hombre un camino de pecado, donde el pecado no existe.

Satanás es el que remeda al Espíritu Divino en todo: todo lo imita, todo lo obra, pero nada es perfecto en sus obras, sino sólo es abominación lo que hace.

«Será persona que estará muy en alto, en los alto como un astro. No un astro humano que brille en un cielo humano. Sino un astro de una esfera sobrenatural, el cual, cediendo al halago del Enemigo, conocerá la soberbia después de la humildad, el ateísmo después de la fe, la lujuria después de la castidad, el hambre de oro después de la evangélica pobreza, la sed de honores después de la ocultación» (María Valtorta – 20 de agosto).

Satanás produce Su Anticristo: es un Cristo que sigue al espíritu del demonio. Un Obispo, que ha dejado de ser Obispo –porque perdió el Espíritu de Cristo- y se ha transformado en un hombre, que se viste como Obispo, pero que tiene el espíritu de Satanás. Se ha transformado en una abominación.

Satanás lo imita todo: imita un sacerdocio que vive la pobreza, la obediencia, la castidad; un sacerdocio que hace actos de humildad, que predica una auténtica fe. Pero que, llegado un tiempo, todo eso se transforma, se cambia, se desvirtúa, porque no era verdadero en el corazón de la persona. Era algo estudiado; algo adquirido; pero nunca vivido.

El Anticristo no es un astro humano que brilla en el cielo humano: no es un hombre del mundo, un gobernante del mundo, un economista, un masón, un judío, un científico y menos un filósofo.

El Anticristo vivió en una esfera sobrenatural, porque es un astro del Sacerdocio, del cielo divino; un astro divino. El Anticristo pertenece a la Jerarquía de la Iglesia; sale de la Iglesia Católica, pero no es de la Iglesia porque ha perdido el Espíritu de Cristo.

Por tanto, el Anticristo es un Obispo que ataca a Cristo y a Su Iglesia. Es un hombre que se viste de Obispo, pero que no es Obispo. Tiene la careta de Obispo, que se la pone para predicar en la Iglesia las cosas de Dios; pero posee otra vida, una doble vida, en la que se quita la careta, y habla y obra como es: como un demonio.

Ese Obispo no es conocido en su vida privada. En su vida pública sólo se ve lo exterior de pertenecer a la Jerarquía: predica, celebra misa, da charlas, sacramentos, etc.

Pero lo que hace es sin el Espíritu de Cristo: son sólo cosas exteriores, apariencia externa, ritos, palabras, obras, sin Espíritu. Es sólo representar una comedia, una obra de teatro. Es algo que se ha aprendido durante muchos años y se hace con rutina. Se hace con la mente puesta en otra vida, no en la que se está representando en la Iglesia.

Pero ese Obispo tiene una vida privada que nadie conoce y nadie sabe cómo es.

«Será menos espantoso ver caer una estrella del firmamento que ver precipitar en las espirales de Satanás a esta criatura ya elegida, la cual copiará el pecado de su padre de elección. Lucifer, por soberbia, se convirtió en Maldito y el Oscuro. El Anticristo, por soberbia en esta hora, se convertirá en el Maldito y el Oscuro después de haber sido un astro de Mi Ejército» (Ibidem).

Este Obispo fue elegido por el Señor para ser Obispo; como Lucifer fue creado por Dios para ser Ángel de Luz. Este Obispo es una criatura ya elegida por Dios, con una perfección, con una vocación divina, porque tiene el Espíritu de Cristo. Pero su pecado, que es el mismo de Lucifer, lo precipitó en las espirales de Satanás. Y perdió esa perfección, esa vocación. Y se convirtió en una abominación en su vocación al sacerdocio.

Lucifer dijo: «No serviré». El Anticristo dice lo mismo. Lucifer, cuando fue creado por Dios, lo vio todo con su entendimiento angélico, pero no se sometió al Entendimiento Divino. Una vez que comprendió la Verdad que Dios le ponía a sus ojos, dijo, con su voluntad: «No me someto a esa Verdad».

El Anticristo, una vez que ha comprendido con su inteligencia humana toda la Verdad Revelada, toda la Fe que Cristo ha dado a Su Iglesia, dice: «No quiero esa Verdad Revelada; no me someto». Y, para decir, eso hay que ser un Obispo de lo alto. Un Obispo de la Alta Jerarquía, la que convive con los Papas, la que sabe de los asuntos privados de los Papas, la que sabe cómo funciona todo en el Vaticano. No es un Obispo cualquiera. Es un Obispo en el que todos han confiado porque es un astro elegido: cuando habla en público no dice ninguna herejía; es recto en todo, porque se ha aprendido muy bien la doctrina de Cristo, pero no es capaz de ponerla en práctica. Por eso, su caída es espantosa. Cae en los lazos de Satanás, que es el espíritu de la mente. Está en las espirales de las ideas humanas, dando vueltas a muchas cosas, sin centrarse en la Verdad.

«Como premio por su abjuración, que sacudirá los Cielos bajo un estremecimiento de horror y hará temblar las columnas de Mi Iglesia en el temor que suscitará su precipitar, obtendrá la ayuda completa de Satanás, quien le dará las llaves del pozo del abismo para que lo abra» (Ibidem).

El Anticristo ya está en la Iglesia Católica, pero nadie sabe decir quién es. Es uno de los Obispos. Un Cardenal, uno de gran rango, de gran posición en la Jerarquía. Pero es un Obispo que ha abjurado de su Fe en Cristo. Esa abjuración es algo secreto, que nadie conoce, pero real. Es decir, se ve, se palpa en el ambiente de la Iglesia: hizo temblar las columnas de la Iglesia. En su abjuración, la Eucaristía y la Virgen María temblaron. Estos dos dogmas, estas dos verdades, que son el sostenimiento de la fe en las almas. Un alma, para seguir a Cristo, para imitar a Cristo, sólo tiene que alimentarse de Cristo y de Su Madre: Comunión y Santo Rosario.

En la abjuración de este Obispo se produjo un hecho en contra de estas dos columnas, que hizo que la devoción a la Eucaristía y al Santo Rosario, se fuera perdiendo, diluyendo. Hace 50 años, casi se anula la Eucaristía. Señal de que en ese tiempo sucedió esa abjuración. Y la devoción a la Virgen María ha caído en picado.

Y no hay que pensar en el Anticristo como un hombre ya entrado en años. Se puede ser Cardenal sin ser Obispo. Por eso, no es fácil discernir a ese Obispo, a ese astro divino. Fue una persona con una gran inteligencia para hacer el bien, que conoce toda la verdad, pero que abjuró de Ella completamente.

Y esa persona tiene las llaves del pozo del abismo para que lo abra y salgan todos los demonios en la Iglesia.

Ese pozo ya fue abierto, pero nadie sabe quién lo abrió. Sólo pusieron a un bufón como falso Papa para ir calentando el ambiente y dar el camino al Anticristo. Un hombre sin inteligencia, que habla lo que el Anticristo quiere. Habla vulgaridades, habla para tapar la verdad, habla para confundir, habla para obrar, después, en lo oculto, con una llamada telefónica, la maldad. Un hombre que no sabe esconder su maldad, sino que la dice para buscar publicidad entre los hombres. El Anticristo se esconde y obra la maldad sin que nadie se dé cuenta. Francisco es sólo un payaso, que hace sus payasadas, pero que le llegó el turno, porque es necesario abrir ese pozo del todo.

«Pero que lo abra del todo para que salgan los instrumentos de horror que Satanás ha fabricado durante milenios para llevar a los hombres a la total desesperación, de tal modo que, por sí mismos, invoquen a Satanás como Rey y corran al séquito del Anticristo, el único que podrá abrir de par en par las puertas del Abismo para hacer salir al Rey del Abismo, así como Cristo ha abierto las puertas de los Cielos para hacer salir la gracia y el perdón, que hacen a los hombres semejantes a Dios y reyes de un Reino Eterno, en el que Yo Soy el Rey de Reyes» (Ibidem).

El Anticristo no se dedica a llenar estómagos de la gente, no se dedica a dialogar con los hombres de otras religiones, no se dedica a fraternizar con nadie. El Anticristo va contra Cristo y contra Su Iglesia; es decir, contra toda Verdad Revelada. Su misión: destruir la Iglesia completamente.

Y usa todas las herejías que Satanás ha inventado durante 20 siglos. Por eso, la Nueva Era anuncia ese instrumento de horror que Satanás ha fabricado. En la nueva Era están todos los errores, mentiras, engaños, que una mente humana puede vivir. Es una abominación, una abjuración de la Verdad.

Pero ese cúmulo de errores hay que llevarlo dentro de la Iglesia. Hay que hacer que la Iglesia dé culto a la mente de Satanás. Hay que sacar nuevos libros, nuevos reglamentos, nuevas liturgias, un nuevo evangelio; porque hasta que no se anule toda Verdad en la Iglesia, el Anticristo no se muestra, no es reconocido por nadie. Hasta que no se quite de Roma lo externo de 20 siglos, el Anticristo no aparece. El Anticristo aparece en su iglesia, no en la de Cristo. Él destruye todo lo que lleve a Cristo. No deja nada, por su abjuración.

Y tiene la misión de hacer salir al Rey del Abismo, «a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca» (2 Ts 2, 8b).

El Anticristo no es cualquier personaje del mundo. Hay muchos anticristos en el mundo y en la Iglesia, pero ninguno es el Anticristo. Nadie puede conocer a esa persona, porque se esconde detrás de una máscara. Y hoy día es muy fácil ponerse una máscara artificial, no sólo espiritual, para pasar desapercibido, para ocultarse de todos.

«Así como el Padre me ha dado a Mí todo poder, Satanás le dará a él todo poder, y especialmente el poder de seducción, para arrastrar a su séquito a los débiles y a los corrompidos por las fiebres de las ambiciones como lo está él, su jefe. Pero en su desenfrenada ambición aún encontrará demasiado escasas las ayudas sobrenaturales de Satanás y buscará otras ayudas en los enemigos de Cristo, los cuales, armados con armas cada vez más mortíferas, cuanto les podía inducir a crear su libídine hacia el Mal para sembrar desesperación en las muchedumbres, le ayudarán hasta que Dios no diga su Basta y les aniquile con el fulgor de su figura» (Ibidem).

Las hablas del Anticristo son fáciles de discernir: hablar para seducir; nunca habla para decir una verdad. Si dice una verdad, es para, a continuación, decir su mentira. Seduce con su palabra, seduce con sus obras. Sólo sabe seducir, llevar a la mentira, al engaño, porque su mente se opone a toda Verdad Revelada. Ante un dogma, siempre tiene una razón, una idea, una filosofía que anula ese dogma.

Pero no se para sólo en la seducción, sino que va al mundo para ponerlo en contra de Cristo y de Su Iglesia. Y mete en la Iglesia el mundo. Abre la Iglesia a las ideas del mundo. Rebaja lo sagrado, lo divino, lo perfecto, a una razón humana, a un concepto simbólico, a una parte de la inteligencia humana.

El Anticristo da culto a su sabiduría humana; sólo vive expectante de los descubrimientos de su ciencia; sólo hace caso de lo que su pensamiento puede entender. Es incapaz de creer, de seguir al Espíritu, porque ha perdido el conocimiento de la Verdad. Sólo puede conocer lo que su mente dice como verdad. Sólo puede obedecer lo que su mente le dice que es recto. Sólo, para él, la vida consiste en amar su inteligencia humana.

Por eso, en su mente humana llega a la total abominación de toda verdad. No puede comprender ninguna verdad. Y, por eso, no puede ser salvado. Él mismo, en su inteligencia humana, se ha salvado: ha encontrado una idea para ser salvo. Y, por eso, se convierte en un Mesías, en el Salvador de los hombres.

El Anticristo sabe jugar con todas las ideas de los hombres: siempre tiene una razón ante cualquier pensamiento humano. No es capaz de aprender de otro hombre: él lo sabe todo, lo entiende todo, lo puede todo.

Por eso, él viene haciendo cosas maravillosas, milagros que el demonio sabe hacer. Él no viene sólo predicando y dando dinero a los pobres. Él tiene un poder que ningún hombre posee. Por eso, puede llegar a todas las inteligencias humanas. Puede llegar a la mente de los hombres. Puede ver sus mentes, lo que piensan, de una forma mágica, por el poder que tiene de Satanás.

El Anticristo no es un hombre vulgar, como Francisco. Es un hombre de calidad, de inteligencia sobrehumana, que sabe medir sus palabras, que sabe hablar cuando hay que hacer, que sabe esconderse para no ser notado, que sabe destruirlo todo a su paso.

Por eso, los que promulgan el sedevacantismo desde el Beato Juan XXIII, desconocen las manipulaciones perpetradas por el Anticristo en la Iglesia, a través de la Jerarquía infiltrada, que sirve a la masonería.

Si esos Papa hubieran tenido parte con el Anticristo, entonces la Iglesia habría desaparecido hace mucho. El Anticristo atacó a cada uno de esos Papas, para impedir, de muchas maneras sus Pontificados en la Iglesia.

Si esos Papas hubiesen sido verdaderamente heréticos, es decir, excomulgados y desposeídos de su cargo, la Iglesia ya se habría disuelto por el poder del Anticristo. Y lo que impidió que se manifestase ese poder es el Papa: «sólo falta que el que lo retiene sea apartado» (2 Ts 2, 7b). Una vez, apartada la Cabeza de la Iglesia, entonces se abre todo el pozo del abismo. El Anticristo es para la última hora de los últimos tiempos. No es para estar 50 años llenos de maldades, esperando nada. El Anticristo viene a salvar ( a ser Salvador, Mesías), no viene a hacer proselitismo, a hacer propaganda, política desde la Silla de Pedro.

La Iglesia no hubiera sobrevivido 50 años con Papas herejes. Es un imposible teológico, metafísico y espiritual. Es insostenible el sedevacantismo. Y menos decir que la sucesión petrina ha sido continuada, en forma clandestina, desde la elección del Papa Juan XXIII, por el cardenal Siri. La Iglesia no la sostienen los pensamientos de los hombres, sino el Espíritu de Cristo, que es el que sabe luchar contra el Anticristo.

Ni los lefebvrianos ni los que ahora se oponen a todos los Papas, saben batallar contra el demonio, porque se han dejado seducir por él, se han dejado ganar de su juego mental, de las ideas que el demonio pone en la mente de los hombres y las hace ver como divinas. No saben ver lo que significa ser Papa en la Iglesia: el que se opone al Anticristo. Se quita el Papa, la puerta abierta a todo mal.

Es con Francisco, cuando se nota más la presencia del Anticristo en la Iglesia. Es con él, cuando el impedimento se ha quitado, aunque no del todo, porque todavía vive el Papa verdadero. Y mientras viva, sigue siendo el Papa, el Vicario de Cristo, el que se opone al Anticristo, sigue siendo la piedra que el Señor usa para combatir al Goliat de la Masonería.

Por eso, hay que rezar mucho por el Papa Benedicto XVI, porque es la piedra que ahora sostiene todo el edifico de la Iglesia.

Almas satanizadas

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Satanás es un ser con una inteligencia para el Mal: piensa el mal y nunca puede tener una idea para obrar el bien. Por eso, es el demonio de la mente humana; el demonio que se encuentra en todo hombre cuando nace.

Estuvo en el Paraíso para introducir en la mente de Adán la idea del mal. Y está en cada hombre para llevarlo, a través de la idea, hacia el mal.

El Mal es el diablo; es el ángel que se rebeló cuando fue creado por Dios y que arrastró a muchos al infierno. El Mal es lucifer, pero no sólo él, sino todos los demás que se unen a él para idear el Mal.

El Mal en el espíritu del demonio no es una idea, como en el hombre. El hombre, para obrar un mal, necesita pensar el mal. El demonio no tiene necesidad de pensar el Mal. Sólo lo obra porque lo ve en su entendimiento.

Este Misterio del Mal no se puede comprender con la razón humana, porque el hombre no sabe definir lo que es el Espíritu.

Dios es Espíritu, pero en Él no hay ningún Mal. El demonio es espíritu; pero en él está todo el Mal.

El Mal no pertenece al hombre, como tampoco el Bien es del hombre. Dios es el Bien; el demonio es el Mal. Son dos realidades que están desde toda la eternidad. El demonio no es eterno, pero el Mal sí lo es.

El Mal es lo contrario al Bien. Donde está el Bien ahí está el Mal. Pero el Mal no obra si no hay un ser que lo acepte.

El Mal, en sí mismo no existe, no es nada. El Mal existe porque existe el Bien. Pero, en sí mismo, no se da el Mal.

Dios existe desde toda la eternidad. Y en Dios sólo se da el Bien; no se da el Mal. Pero el Mal existe como concepto, no como realidad, en Dios. En Dios, se da la idea del Mal, porque Dios conoce todas las ideas. Pero Dios no obra ni puede obrar el Mal, la idea del Mal.

Cuando Dios crea a Lucifer, éste se opone a Dios y, automáticamente, entra en él todo el Mal. Lucifer se convierte en un ser que recibe toda idea del Mal. Y sólo puede tener, en su entendimiento angélico, la idea del mal. No puede obrar ningún bien, porque el bien no es una idea, sino sólo Dios. Desde ese momento, esa idea del Mal se convierte en una obra constante en él. Por eso, el demonio sólo ve el mal que está en su entendimiento y lo obra sin más. No tiene que pensar el mal, porque ya tiene toda idea del Mal. El demonio conoce todas las ideas para obrar cualquier mal. El demonio lo conoce todo en el mal y lo obra. Dios conoce toda idea del mal, pero nunca obra el mal, porque es el Bien.

Y entonces, ¿qué es el mal en el hombre? Es la obra del demonio a través del hombre.

Adán, al aceptar la idea del demonio, acepta obrar para el demonio y cae en el principio del mal, cae en el fondo del pecado. Adán lo tenía todo en el Paraíso; al pecar, se queda sólo con todo el mal que el demonio le ofrece.

Todo hombre que acepta lo que el demonio le propone, cae en la tiniebla y en la oscuridad del pecado, y se convierte en el instrumento del demonio. Es a través del hombre, que hace oído al demonio, cómo el pecado entra en el mundo. Cuando el hombre escucha a Dios, entonces hace el Bien. Eso es la fe: una obra divina. Pero el hombre que escucha al demonio, nunca puede hacer el bien, sino el mal que el demonio le pone. Y donde está la idea del mal, allí no está la fe, la obra divina. El hombre obra el pecado movido por el demonio. El hombre, cuando peca, no peca solo. Está siempre el demonio detrás, aunque no crea en él, aunque no lo perciba, aunque viva su vida de espaldas a todo lo espiritual.

Por eso, para acabar con el mal en el mundo hay que acabar con el demonio. Si no se va a la raíz del problema, el demonio sólo juega con los males en el mundo. Y los hombres se dedican a quitar males, pero nacen otros, que llevan a otros males. Y así el demonio va tejiendo su mundo de pecado en el hombre, a través del hombre, con obras aparentemente buenas.

El hombre sólo puede hacer un bien de la mano de Dios: es el Espíritu Divino el que mueve a hacer un bien. Si el hombre no es humilde, si no obedece a la Palabra de Dios, si no tiene fe en Cristo, entonces siempre va a hacer un mal, aunque ese mal sea en apariencia un bien humano o natural o material. Donde hay una raíz de soberbia, siempre habrá un demonio detrás.

Por eso, la vida espiritual es atacar la soberbia, para así fijarse en el demonio y combatirlo.

Si no se ataca al demonio, entonces el hombre no sabe dejarse mover por Dios para hacer el bien. Es el demonio el que pone toda idea del mal.

El hombre tiene que discernir sus pensamientos para quitar toda idea del demonio. El demonio sólo trabaja en la mente del hombre. Es experto en llevar al hombre a la síntesis, a la meditación, al análisis; es experto en hacer que el hombre se queda dando vueltas a su razón humana, a su filosofía, a su teología, y de ahí sacar una idea para el mal. Una idea que para el hombre es buena, la cree buena, pero es toda demoníaca. El hombre no percibe que su idea es del demonio. El hombre se da cuenta después, cuando lo pone en obra y ve sus consecuencias malas.

Hay solo una batalla: el bien contra el Mal. Dios, cuando hace un bien es para batallar contra el mal.

“Entonces se entabló una guerra en el Cielo: Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón que fue precipitado”. Ésta es la terrible realidad que al hombre le cuesta entender.

Dios creó a Lucifer; Dios hizo un bien. Y lucifer se enfrenta a Dios, obrando un mal.

Dios, cuando hace un bien es para luchar contra el Mal. El bien es siempre una batalla contra el mal. Sólo, en el Cielo, el bien es premio, ganancia, paz, felicidad, amor. Pero, fuera del Cielo, en la Creación, el bien es lucha. Nunca hay que descansar cuando se hace un bien. Se hace un bien para seguir batallando, para seguir haciendo otro bien. Se hace un bien para purificar el corazón del mal. Se hace un bien para ganar un mal, para liquidar el mal, para anular el mal.

Por eso, la Cruz es el triunfo del Bien sobre el Mal. Es la Luz en el Camino hacia el Cielo. Es la Vida en el Sendero hacia la Eternidad.

Quien camina haciendo el bien anda quitando el pecado en todo su alrededor. Si no se quita el pecado, entonces no se camina bien; entonces el camino está torcido.

Un mundo que crece en el pecado es un mundo donde no hay una gota de bien. El mal se disfraza de bien, de cosas buenas en apariencia; pero son sólo males, ideas del mal.

Si no se limpian las almas del pecado, entonces sólo se vive limpiando los males exteriores. Y eso que se limpia es un mal, no es una obra buena; es sólo una idea del mal, pero disfrazada de bien.

El demonio sabe jugar con la mente de los hombres como quiere.

Vivimos en un mundo lleno de mal, con una apariencia buena, incluso perfecta. Es todo eso: apariencia. Y, por eso, el demonio triunfa en todas partes.

Vivimos en una Iglesia con una Jerarquía disfrazada de bondad, pero que es toda Ella del demonio. En sus mentes sólo está la idea del mal. Y ningún bien. Porque es la Jerarquía que el mismo demonio ha puesto en la Iglesia para destruirla. Es una Jerarquía inventada por la mente del demonio, movida por el mismo demonio, guiada en todo por el demonio.

Francisco pertenece a esa Jerarquía del demonio. Y si eso no saben verlo, entonces no sabrán combatir al demonio en la Iglesia. Para hacer el bien en la Iglesia hay que batallar contra el mal que hace Francisco. Quien aplaude a Francisco, obra el mismo mal que él hace en la Iglesia, que es el mal del demonio.

Quien no sabe discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, entonces sólo sabe criticar a toda la Jerarquía y a todo el Papado.

Quien no sabe ver la acción del demonio, ni en el mundo, ni en la Iglesia, entonces sólo está trabajando para el mismo demonio. ¡Cuántos dicen que están en la Iglesia para defenderla de todos los males, y no saben defenderla del demonio! Si la pasan criticando todo, viendo males donde no hay; pero no entienden la obra del demonio, ni en sus almas ni en la de otros.

El hombre escucha al demonio cuando piensa. El hombre, para no escuchar al demonio, tiene que saber pensar, tiene que saber meditar, tiene que sabe hacer filosofía.

Y sólo se consigue esto con la oración y con la vida de penitencia. Para aprender a pensar: ora; para aprender a ver las ideas del demonio en tu mente, haz penitencia.

Quien aprende a discernir sus pensamientos, todos sus pensamientos, aprende a hacer el bien que Dios quiere. Pero quien no aprende a dejar sus pensamientos a un lado, sino que se afana en ellos, entonces siempre estará escuchando al demonio en su mente. Y siempre se va a equivocar en la Iglesia.

Quien no ve al demonio en su vida, tampoco lo ve en los demás. Quien no ve su pecado, tampoco ve el pecado de los demás.

En la Iglesia, hay una Jerarquía que enseña a pecar claramente. Y muchos la apoyan, porque son hombres buenos, con una cara sonriente, que dan un beso a los pobres, que son amables con todo el mundo.

Toda Jerarquía que no enseñe a batallar contra el demonio, pertenece al demonio. Y se enseña a luchar contra el demonio, no hablando de él, sino obrando contra él.

Una Jerarquía que no batalla el pecado, que no quita el pecado, sino que se dedica a quitar la hambruna del mundo, ésa es del demonio.

Una Jerarquía que habla del aborto como una injusticia social, ésa es la Jerarquía del demonio. El aborto es la obra del demonio en la mujer. Y, por eso, es necesario hacer exorcismos sobre la mujer que aborta. Pero hoy a la mujer que aborta se la lleva al psicólogo para no hacer nada.

Una Jerarquía que no se centre en el pecado de cada alma, es una Jerarquía que condena a las almas al infierno con sus obras en la Iglesia, que pueden ser maravillosas, pero son del demonio, para despistar a las almas.

Vivimos en un mundo de almas satanizadas; almas que han escuchado la voz del demonio y que sólo se dedican a obrar el mal.

Y la Jerarquía que actualmente gobierna la Iglesia son almas satanizadas: enseñan una espiritualidad sin verdad, sin luz, sin camino, sin vida.

La gente no se ha dado cuenta, pero ya en muchos sacerdotes está la obra del demonio en sus misas: son misas para el demonio, donde sólo se obra la idea del mal; pero ya no hay Vida en esa misa; ya no se da la Eucaristía.

Los tiempos son gravísimos. Ya no hay tiempo. Ya se inicia la nueva iglesia, la iglesia negra, la iglesia del demonio, que obra sólo el mal, y nada más que el mal.

No se puede obedecer a un hombre que se pone por encima de Dios

Santísimo Cristo de la Misericordia de Cantillana

Santísimo Cristo de la Misericordia de Cantillana

DECLARACION DEL DIRECTOR DE LA OFICINA DE PRENSA DE LA SANTA SEDE

El Padre Federico Lombardi, S.I. Director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, ha efectuado esta mañana la siguiente declaración:
”En el ámbito de las relaciones personales pastorales del Papa Francisco ha habido diversas llamadas de teléfono. Como no se trata absolutamente de la actividad pública del Papa no hay que esperar informaciones o comentarios por parte de la Oficina de Prensa. Las noticias difundidas sobre esa materia -ya que están fuera del ámbito propio de las relaciones personales- y su amplificación mediática no tienen por lo tanto confirmación alguna de fiabilidad y son fuente de malentendidos y confusión. Por lo tanto hay que evitar deducir de esta circunstancia consecuencias relativas a la enseñanza de la Iglesia”.

Francisco ha tirado la piedra y ahora esconde la mano. Esto significa las declaraciones de Lombardi. Lo demás, es negar la Verdad como es. Ningún Papa verdadero tiene vida privada. Lo privado, en todo Papa, queda siempre en lo privado, es decir, nadie lo conoce. Y este hecho no es de vida privada, sino de vida pública. Lombardi miente, porque sabe lo que ha hecho Francisco.

– Entonces, ¿Francisco habló directamente con vos y te dijo que sí, que podías comulgar?
– Sí, me dijo eso. Pero yo no sé si es en todos los casos. Momentáneamente es en el mío.
– Después de eso, ¿fuiste a pedir confesión, comunión?
– No. Todavía, no.
– Pero ¿te sientes ahora con todo el derecho de hacerlo cuando quieras?
– Sí, pero lleva su tiempo comulgar… Tenía que estar tranquila y hacerlo con fe. No lo quiero hacer arrebatadamente…y volver a la Iglesia tranquila. (Declaraciones de la mujer)

Las brechas de un cisma están apareciendo por todos los lados.

Un cisma encubierto, que nadie percibe, porque se trabaja en lo oculto, pero que necesariamente tiene que explotar algún día. Y hasta que no lo haga, se ven las brechas de ese cisma.

Y hay muchos que viendo esas brechas, todavía les cuesta discernir lo que es Francisco. Y muchos que son de la Jerarquía, que andan ilusionados con que este hombre haga algo bueno por la Iglesia.

Francisco muestra gestos pastorales caracterizados por la herejía y por el cisma. Y a estos gestos muchos los denominan como la sencillez, la humildad, la santidad de Francisco.

No ven el orgullo de Francisco, sino que lo llaman un acto humilde, un acto de amor al prójimo, un acto de sencillez, de verdad, de saber dar el Evangelio como es. Lo llaman vida privada de Francisco.

Nadie ve el cisma, la herejía. Y, cuando no se ve, sólo significa una cosa: que ya nadie cree en los dogmas. Ya nadie cree en la ley divina. Ya nadie cree en las verdades absolutas.

Y eso da lugar a una cosa: la lucha por la verdad que cada uno tiene en su pensamiento humano.

Y esa lucha, si la hace un hombre que se arroga un poder, -que no posee-, como es Francisco, se llama cisma. Francisco ha iniciado el cisma. Lo ha hecho de forma encubierta, pero tiene que mostrarse a las claras en algunas obras que él hace en la Iglesia, porque se obra lo que se piensa.

Se llama a una mujer para que pueda comulgar, porque así se piensa: tú, mujer, no estás en pecado; por lo tanto, comulga. Y no importa tu situación canónica. Vete a confesar, sigue en tu pecado, recibe la comunión, y lo demás, no interesa.

Para aquel que sepa un poco de teología y de derecho canónico, ve la monstruosidad que ha hecho Francisco en esta llamada.

Si hay una situación de un matrimonio canónico, primero hay que resolver eso. Si no se anula el matrimonio de ese hombre, entonces, ¿qué queda entre ese hombre y esa mujer? Una monstruosidad. Por una parte, él sigue casado por la Iglesia con otra mujer; y la mujer está casada con él por lo civil. Dos matrimonios distintos; dos uniones distintas. Y con eso, entonces la mujer va a confesar, ¿qué cosa? ¿Qué piensa confesar esa mujer después de diez años en que no le ha importado nada la vida espiritual, que no sabe los mandamientos de Dios, que no sabe lo que es la Eucaristía, que no sabe lo que es el Matrimonio? ¿Qué cosa va a confesar si no cree en el pecado? ¿De qué se le va a absolver? ¡Qué cosa más absurda! Y ¿habrá un sacerdote que la absuelva? Por supuesto, que lo habrá. Y el sacerdote, ¿cómo piensa absolver eso? ¿Sólo por la palabra de la mujer que le dice que Francisco le da permiso? ¿Disciernen el lío que hay en esa llamada telefónica?

Con una llamada telefónica, Francisco anula el adulterio. Se ha puesto por encima de la ley divina.

Dos cosas ha hecho Francisco:

1. Se ha puesto por encima de la ley de Dios: existe el dogma de la indisolubilidad del matrimonio y el mandamiento de Dios: no fornicarás.

a. «Cuanto a los casados, precepto es, no mío, sino del Señor, que la mujer no se separe del marido, y de separarse, que no vuelva a casarse o se reconcilie con el marido, y que el marido no repudie a su mujer» (1 Cor 7, 10-11).

Aquí está enunciada la indisolubilidad del matrimonio como precepto divino, como ley divina.

El Señor es claro en su Evangelio:

«El que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera contra aquella, y si la mujer repudia al marido y se casa con otro, comete adulterio» (Mc 10, 11-12).

«Todo el que repudia a su mujer y se casa con otra, adultera, y el que se casa con la repudiada por el marido, comete adulterio» (Lc 16, 18).

Ese hombre tiene un matrimonio que crea un vínculo indisoluble. Por tanto, no pude estar con esa mujer. Para estar, primero hay que anular el matrimonio. Francisco dice: no importa ese matrimonio. Confiesa y comulga. Y, además, no importa tu adulterio; el pecado contra el sexto mandamiento no es pecado. No existe. Lo anulo con esta llamada telefónica.

2. Ha puesto su orgullo en la Iglesia:

Su voluntad es ley en la Iglesia. Su idea de lo que es un matrimonio y de lo que es el pecado, es lo que hay que seguir en la Iglesia. Su visión de la vida de ese hombre y de esa mujer es la visión que hay que tener en la Iglesia.

Francisco ha aprobado el adulterio. Y no ha dado ninguna razón teológica. Y tampoco sabe darla. Sólo ha dicho que lo están estudiando. Pues, en la duda no se hace nada; no se permite nada.

La gente ve a Francisco como una persona formada porque habla con la gente, habla de la vida común, porque está metido en los asuntos sociales. No está dando vueltas a los dogmas.

Para un teólogo, para un canonista, Francisco es un personaje vulgar, sin información, sin cultura, sin inteligencia, sin sabiduría.

Estas situaciones no se pueden resolver con una llamada telefónica. Eso es sólo propaganda para Francisco. Y no es más que eso.

Aquí se ve la intención de Francisco. Porque todo hombre que no se ajusta a la ley de Dios, automáticamente su intención en la obra que hace no es divina, sino que es con malicia y demoniaca.

Aquel que rebase la ley divina, como lo ha hecho Francisco, es del demonio.

Porque una cosa es pecar. Otra cosa es institucionalizar el pecado, aprobarlo, encumbrarlo, justificarlo.

Una cosa es que por debilidad se peque. Eso, cualquier hombre lo obra. Eso no es ponerse por encima de la ley de Dios. Eso es ir en contra de la ley divina, pero no ponerse por encima. El pecador humilde, ve su pecado y se arrepiente de él y lo confiesa.

Francisco se ha puesto por encima de la ley divina y ha enseñado su pecado a esa mujer y a ese hombre. Les enseña a ponerse por encima de la ley de Dios.

Aunque tengas un matrimonio por la Iglesia, puedes estar junto a esa mujer sin anularlo y sin casarte de nuevo.

Aunque estés con ese hombre, y adulteres con él, continua haciendo eso, que en tu caso no es pecado. Yo, que soy un santo, te digo que eso no es pecado.

Esto es lo que ha hecho Francisco: su orgullo, que le pone por encima de Dios, de la ley de Dios. Esto no lo llamen humildad. Llámenlo obra demoniaca, porque es el mismo pecado que hizo Lucifer.

Ponerse por encima de Dios, de su ley, es no querer convertirse, es mirar a la condenación, es anular toda verdad, todo dogma; es vivir de acuerdo al pecado y hacer que otros vivan de ese pecado.

Francisco es un hombre que no sabe ver el pecado en una persona; entonces, ¿cómo va a saber ver la santidad de una persona? ¿Ustedes creen que va a canonizar algo el próximo día? Imposible. Y no porque sea un hereje, porque sea un pecador, sino porque no tiene poder divino para ser Papa. Tiene un poder humano que lo coloca como un falso Papa, como un impostor, como un usurpador. Y, como no tiene poder divino para ser Papa, entonces no puede canonizar a nadie, porque no puede hablar como Papa, que es lo que se necesita para hacer santos: que el Papa hable como Papa.

Es muy grave esa llamada que ha hecho Francisco. Y muchos no ven esa gravedad. Es el inicio de la nueva iglesia en Roma. Así tienen que obrar: desprevenidamente, a lo bruto; imponiendo su pensamiento, guste o no guste a los demás.

Así ellos inician su nueva iglesia, con estas brechas, que van marcando un camino de maldad. Y ¡ay del que siga ese camino! ¡ay del que no vea la maldad que tiene ese camino!. ¡Ay de aquel que siga llamando a Francisco como bendición de Dios, como persona formada, inteligente, como excelente predicador de la Palabra de Dios, como el que sabe llegar al corazón de las gentes y a sus vidas!.

¡Despierten ya! Quien no sepa ver a Francisco como es; quien no sepa ver que Francisco no es lo que dice ser; quien se empeñe en seguir buscando una razón para afirmar la santidad de ese hombre, su humildad, sus sencillez, es que pertenece al demonio; es que su vida no es recta; es que vive como Francisco vive: haciendo lo que le da la gana en la Iglesia.

Se es Papa para custodiar la Verdad, no para destruirla.

Francisco la destruye. Luego, no es Papa. ¿Todavía no tenéis inteligencia?

Un verdadero Papa está por encima de toda ley positiva, pero nunca puede ponerse por encima de la ley divina. Y aquí tienen otra señal de que Francisco no es Papa. El Papa que Dios elige puede ser muy pecador, pero nunca se pondrá por encima de Su Ley. Un Papa que eligen los hombres hace eso que ha hecho Francisco: se pone por encima de Dios.

Por tanto, no puede haber obediencia a un hombre, que dice ser Papa, y que actúa por encima de Dios. Francisco no es lo que dice ser. No es Papa porque combate contra Dios, contra Su Ley.

¿Con qué autoridad le dice a esa mujer que puede comulgar cuando ha rebasado él la Autoridad Divina?

¿Quién se ha creído que es Francisco para interpretar la ley de Dios?

¿En qué cabeza cabe que para resolver un asunto tan complicado como es este, se use el teléfono y se dejen las cosas sin resolver?

¿No ven la locura de ese hombre? ¿No ven cómo ha engañado a esa mujer? ¿No ven cómo engaña a toda la Iglesia?

En los pasillos del Vaticano hay ya Cardenales que están diciendo: “¿Qué pretende este pequeño argentino?”, “Hemos cometido un error”. La Jerarquía sabe que Francisco está jugando con fuego. La Jerarquía de la Iglesia no es tonta. Pero, claro, por debajo hay cantidad de intereses que no son los de Cristo, que son los de los hombres. Hay división y cisma en el Vaticano. No hay más ciego que el que no quiera ver.

Y ya tiene que haber un distanciamiento: los que están con Francisco, los que se oponen a Francisco. Es necesario separar el trigo de la cizaña. Y ¡cuánto va a costar! ¡Cuánto sufrimiento para toda la Iglesia!

Y aquí el único que sufre con todo esto: Jesucristo. De nuevo ha sido crucificado en la Eucaristía. De nuevo se pisotea la Eucaristía, una vez que se ha anulado la Penitencia y el Sacramento del Matrimonio.

Por tanto, no se puede decir y quedarse tan tranquilo que “las noticias difundidas sobre esa materia -ya que están fuera del ámbito propio de las relaciones personales- y su amplificación mediática no tienen por lo tanto confirmación alguna de fiabilidad y son fuente de malentendidos y confusión”. Ahora, quien ha mentido ha sido esa mujer y ese hombre. Quien ha mentido ha sido la prensa que ha recogido las declaraciones de esa mujer y de ese hombre, que han sido claras. No es tan fácil, Lombardi. Este cuento ya nadie se lo cree, sólo los tontos como él y muchos que le dan oídos a Francisco. Francisco tiene una boca que no sabéis atarla. Y, por eso, tenéis que salir con estas inmundicias que revelan el cisma que ya habéis abierto en la Iglesia.

Judas se condenó porque lo dice Jesús

Virgen María Reina-

“Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. (…) El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia” (Sermones de la Casa Pontificia – Cuaresma – 18 de abril 2014).

El P. Cantalamessa no comprende el pecado de Judas. La traición de Judas es su pecado contra el Espíritu Santo, del cual ya no hay perdón.

Judas sintió que había hecho mal, pero no se arrepintió de ello. No podía, por su pecado. Su pecado va contra la Misma Misericordia y no puede hallar nunca confianza en Dios cuando ha pecado.

El mayor pecado de Judas fue su traición a Jesús. En esa traición está la duda contra la Misericordia Divina.

Este es el punto. Sólo de ese pecado, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo se puede salir de forma extraordinaria, que sólo Dios conoce. Sólo Dios puede dar la Gracia del arrepentimiento. Y Dios no se la dio a Judas. Su forma de morir es clara: no es una muerte arrepentida. No es una muerte penitente. No es una muerte en la que el alma confíe en el perdón de Dios.

“Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada” (Ibidem): grave error en el predicador, que no sabe discernir por las obras exteriores la voluntad del hombre. Quien se suicida es clara que está pecando. La obra exterior del que se suicida es una obra de pecado. Luego, el alma del que se suicida está en las manos de Satanás. Dios puede arrebatarle ese alma a Satanás. La pregunta es si Dios lo hizo. Y la respuesta la da el mismo Dios:

«Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12). La Palabra de Dios nunca miente y hay que interpretarla en Dios, no en el hombre. El P. Cantalamessa la interpreta con su razón humana: “pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno” (Ibidem).

Dios nunca habla en perspectiva del tiempo ni de la eternidad. Dios habla Su Mente. Y en la Mente Divina hay tres ciencias: lo que nunca se va a dar; lo que puede darse, pero no se da (porque existe una condición); lo que se va a dar de forma absoluta.

Jesús, cuando da Su Palabra, no pone una condición, sino que la dice de forma absoluta: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición». Se ha perdido el hijo de la perdición. No dice: si se arrepiente, si cambia, si obra esto u lo otro, entonces se va a perder. Jesús no pone una condición cuando habla. Luego, Jesús está dando el conocimiento absoluto de la condenación de Judas. Judas se condenó porque lo dice Jesús.

El P. Cantalamessa hace lo imposible para negar este hecho, esta Verdad: “El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno”. Esto es otro grave error doctrinal en el predicador.

La Iglesia tiene toda la Verdad, porque la Iglesia es guiada por el Espíritu de la Verdad, que lleva a todas las almas, que pertenecen a la Iglesia, hacia la plenitud de la Verdad. La Iglesia, al igual que sabe quién es santo, también sabe quién se condena. Quien niegue este conocimiento, niega la Verdad, niega la Iglesia.

En la Iglesia nos regimos por la Palabra de la Verdad, no por las palabras de los hombres, no por las filosofías de los hombres, no por sus teologías, ni por sus opiniones humanas. La Iglesia sabe quién está en el Infierno, porque el Infierno no está vacío. La Iglesia enseña a no pecar y, por tanto, enseña a apartarse de aquellos pecados que conducen al infierno. La Iglesia conoce cuándo un alma está en pecado. Y la Iglesia enseña que si ese alma, muere en ese pecado, se va al infierno. Esto es una verdad que no se puede negar.

En el último segundo de la vida de un alma, Dios puede obrar y sacar el arrepentimiento al alma para que se salve. En ese misterio nadie se puede meter. Pero cuando las cosas son claras con un alma, como en la vida de Judas, hay que ser sencillos cuando se explica esa vida a la Iglesia. Es lo que no hace el P. Cantalamessa. Da una mentira para decir que Judas se arrepintió.

¡Cuánto cuesta a los sacerdotes predicar las cosas como son! ¡Cómo les gusta poner de su cosecha para meter más confusión en la Iglesia! Y terminan negando una Verdad: la traición de Judas, que es lo que marca la Pasión. Sin traición, no hay Pasión. Esto es lo que el P. Cantalamessa no sabe explicar, porque niega lo fundamental:

“¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible” (Ibidem).

El P. Cantalamessa no ha comprendido el misterio de iniquidad en los hombres. Y, entonces, se dedica -en su homilía- a hablar sobre el dinero. Y no ve que el dinero es el invento de Satanás. No lo capta. Y no lo puede captar.

Todos los ídolos que tiene el hombre: el dinero, el sexo, la razón, el poder, etc…, son el fruto de la obra del demonio en la mente de los hombres.

El demonio trabaja en la mente de cada hombre, y le lleva a su ídolo. El ídolo de Judas: el dinero. ¿Quien maneja a Judas?: Satanás. El enemigo de Dios en Judas: Satanás.

El alma es amiga de Dios porque sigue al Espíritu Divino; el alma es enemiga de Dios porque sigue al espíritu del demonio. Esta es la única Verdad. El alma hace una obra de pecado o hace una obra divina porque sigue a un espíritu. Nunca el alma obra sola. Nunca. Siempre hay un ángel o un demonio a su lado para salvarla o perderla.

Satanás es el Enemigo de Dios. Y eso es claro por la Sagrada Escritura. ¿Quién se rebeló en los Cielos? Lucifer. ¿Quién tentó al hombre en el Paraíso? Satanás. ¿Qué es lo que sale de la boca del Falso Profeta? El espíritu del demonio.

No hay mayor ciego que el que no quiere ver. No hay mayores ciegos que esta Jerarquía que se empeña en negar el pecado, en negar el infierno, en negar la Justicia de Dios, y que todo está en transmitir una doctrina totalmente contraria a la verdad, donde Dios perdona todo pecado, donde todo el mundo se salva, donde el infierno está vacío.

Hoy no se enseña la Verdad en la Iglesia. Esta predicación de este Padre es el ejemplo de esto. No se llaman a las cosas por su nombre. No se dice sí, sí; y no, no. Es todo una confusión, una amalgama de cosas, un no querer transmitir la Verdad de la Palabra de Dios, sino dar las palabras humanas a los hombres para tenerlos cegados, ensimismados en sus pecados. Y así nadie lucha por quitar el pecado, sino que todos tienen la idea de que están salvados.

Y, claro, se dedican a hacer predicaciones en lo que se habla de la justicia social, de los derechos de los hombres, de las crisis económicas, de que el dinero es muy malo; y se termina haciendo política para negar la Palabra de Dios. Es lo que hace este predicador. Su visión del problema del hombre:

“¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso -cosa que resulta horrible decir- a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?” (Ibidem).

¿Qué hay detrás? Satanás está detrás. Entonces, ¿qué hay que predicar? Predica cómo combatir al demonio. Predica cómo combatir el pecado de usura. Predica cómo combatir el pecado de avaricia. Predica qué penitencia hay que hacer para no caer más en el pecado de avaricia y de usura. Predica qué significa la ley de Dios y cómo seguirla en los negocios, en las empresas económicas. Predica eso y enseña la Verdad, pero no hagas política. No te quejes, como un político, de que existen malos administradores, de que hay hombres que dañan a otros porque emplean las drogas, el sexo, etc. No hagas una compaña política. No subleves a la gente con mitines políticos.

Los sacerdotes no cuidan las almas en la Iglesia. No les enseñan la Verdad, sino que les hablan de los que ellas quieren escuchar. Y, por eso, todos contentísimos con Francisco. Francisco es del pueblo, es de la masa vulgar, ignorante de la verdad, plebeya, que sólo quiere oír sobre justicias sociales y derechos humanos, pero que no quieren escuchar la Verdad.

El P. Cantalamessa no predica la Verdad. Entonces, ¿para qué se pone a predicar? ¿Qué objeto tiene esa predicación en la Iglesia? ¿Por qué enseña la mentira? Es un sacerdote ciego, guía de ciegos.

La traición de Judas es la cima del pecado. Y esa cima sólo se puede obrar siguiendo a Satanás en su interior. Porque para matar al Hijo de Dios, hecho carne, es necesario un plan del demonio, una mente demoníaca; no es suficiente una mente humana. La avaricia del dinero no mata al Hijo de Dios. Lo que hay detrás de esa avaricia; la intención de conseguir un dinero para hacer una obra del demonio, ése es el pecado de Judas. El demonio enseñó a Judas cómo obrar ese pecado. Y, por eso, haciéndolo, automáticamente se condenó. Judas comete el mismo pecado de Lucifer, del cual no hay perdón, no hay misericordia, no es posible confiar en la Misericordia, porque el alma se pone en la Justicia Divina. Y sólo en esa Justicia, donde ya no hay Misericordia. Es un pecado perfecto. Y, por eso, se llama pecado contra el Espíritu Santo. Se impide al Espíritu de la verdad guiar al alma hacia la verdad del arrepentimiento. Se cierran todos los caminos para ese alma. Y, por eso, es el trabajo del demonio en la mente del hombre. Si el demonio no trabaja para llevar al hombre a la perfección de ese pecado, entonces el hombre no comete el pecado contra el Espíritu y puede salvarse.

Francisco adora el pensamiento del hombre

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«Mi Doctrina no es Mía, sino de Aquel que me ha enviado. Quien quiera hacer la Voluntad de Él conocerá si Mi Doctrina es de Dios o es Mía» (Jn 7, 16- 17).

En la Iglesia Católica seguimos una Doctrina sobrenatural, no humana, no natural, que no puede circunscribirse a nada de la vida de los hombres. No es una Doctrina de hombres, sino de Dios. Y, por tanto, nadie en la Iglesia Católica tiene el derecho de cambiar ni una tilde a esa Doctrina.

No se puede negar las Verdades que están en las Sagradas Escrituras y que toda la Tradición de la Iglesia, con Su Magisterio auténtico, enseña. Quien las niegue y obre en consecuencia, automáticamente se pone fuera de la Iglesia Católica.

Negar la fe Católica se puede hacer de muchas maneras. Desde negar una verdad, y eso convierte a la persona en un hereje; negando muchas verdades; y eso significa que la persona es apóstata de la fe; creando una nueva iglesia, y eso es el cisma.

En las virtudes teologales, no hay parvedad de materia. Es decir, cuando se niega una verdad de fe, se comete siempre un pecado mortal. En otras palabras, el hereje, por negar una verdad, automáticamente, sale fuera de la Iglesia por su pecado mortal de herejía. No son pecados veniales. No son cualquier pecado.

La herejía, la apostasía de la fe, el cisma; son pecados contra la fe; pecados de infidelidad a la Gracia y a la vocación que se ha recibido, por parte del Señor.

Un sacerdote, un Obispo, que cae en herejía o en apostasía, se pone en un camino de condenación. Porque la fe es un medio necesario para la salvación. No abrazar la fe, no asentir a los dogmas de la fe, es no salvarse. No hay excusa de pecado en quien cae en herejía o en la apostasía de la fe.

Un sacerdote que ya no cree en los dogmas, ya no se puede salvar por los caminos ordinarios que Dios ha puesto en la Iglesia. La fe divina se pierde por la herejía o apostasía formal, porque no hay parvedad de materia. O se cree en una Verdad como Absoluta, como dogma, o no se cree en esa Verdad. No creer que exista el Infierno es herejía. Y predicar que no existe el infierno o enseñarlo así, es ponerse fuera de la Iglesia Católica.

Ya estamos en el tiempo, no de los herejes, sino de la apostasía de la fe. El que apostata de la fe ya niega muchas verdades, no sólo una. Ya es infiel en muchas cosas. Y, en esa persona, ya no hay fe divina, no hay fe teológica. A la persona le parece que sigue creyendo en Dios, pero en la realidad no es así, porque obra lo que Dios no dice. En su pensamiento, dice que cree en Dios. Pero la fe no es un pensar sobre Dios, sino un obrar lo que Dios dice.

Estamos viviendo, dentro de la Iglesia, con sacerdotes, con Obispos, que se declaran católicos, pero que obran en contra de la fe divina, que enseñan muchas herejías. Y lo hacen revestidos de autoridad. Y eso crea confusión en toda la Iglesia. Y es la manera cómo el demonio la ataca.

La gente, en la Iglesia, no busca la Fe Verdadera, una Fe fuerte, consolidada en la Verdad, que es Cristo, para así estar en pie contra todo ataque del enemigo. Sino que muchos, dentro de la Iglesia, se conforman con una Fe débil, con un viento suave, agradable, que les gusta, porque ven a una Jerarquía amable, humana, cariñosa, dedicada a los asuntos de los hombres. Gente que no refuerza su Fe con la vida de los Sacramentos, con la oración, con la vida de la Gracia, sino que se deja llevar por muchas novedades que los sacerdotes, los Obispos, dan en la Iglesia. Gente que ya no pone de su parte y que cae en el pecado, cae en la herejía, cae en la apostasía de la fe, ante cualquier palabra amable, barata, de un sacerdote.

Francisco predica que Jesús no es un Espíritu, y todos se lo creen. Han caído, con los primeros vientos suaves de maldad, en la herejía. Son personas que no están preparadas para una batalla fuerte contra el mal, sino que se les cae la baba por la amabilidad de un personaje que no tiene Fe, que no sólo es un hereje, no sólo es un apóstata, sino que es un cismático: ha creado un nuevo cisma: un cisma en el cisma.

Mucha gente dentro de la Iglesia Católica ya no son católicos, es decir, ya no tienen la Fe teológica o Fe divina. Se han convertido en herejes, en apostatas de la fe, en cismáticos. Y es necesario defenderse contra esa gente, porque obran la maldad del demonio dentro de la Iglesia.

En la Iglesia Católica hay infiltración: sacerdotes, Obispos, que predican herejía y que enseñan a vivir sin fe. Y a esos sacerdotes, a esos Obispos, no se les puede escuchar, no se les puede obedecer, porque .por sus pecados de infidelidad, ya no pertenecen a la Iglesia Católica. Esos sacerdotes, esos Obispos, no vienen del Señor, no son Pastores de Cristo, no son sacerdotes para Cristo, no son los representantes fieles a Cristo que den una Fe firme para ganar el Cielo en la tierra. Sino que, todo lo contrario, enseñan una falsa fe, que condena al alma de manera automática.

Estamos ante una situación muy grave. Es un tiempo, no como los que se han vivido durante 50 años, sino totalmente nuevo. El cisma comienza a verse en todas partes. Un cisma en el cisma. Un cisma creado hace 50 años, pero que se manifiesta ahora, que rompe a luz ahora. Un nuevo cisma en que muchos se han endiosado: sus razones, sus pensamientos filosóficos, teológicos, son su dios dentro de la Iglesia Católica. Adoran a su mente humana. Adoran a hombres en sus obras. Y ya son incapaces de adorar al Verdadero Dios porque han perdido la Fe. Creen estar con Dios, servir a Dios, pero no hacen las obras de Dios, no hacen lo que Dios dice en Su Palabra.

«El mundo no puede aborreceros a vosotros, pero a Mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas» (Jn 7, 7). Esos sacerdotes, esos Obispos, no hablan contra el mundo, sino a favor del mundo. Y, por tanto, el mundo los ama. El mundo está con ellos. Y ellos aman el mundo. Ellos yo no aman la Iglesia Católica.

Una Jerarquía que bautiza a una persona de un matrimonio lesbiano es una Jerarquía que ha apostatado de la Fe divina, que no obra en la Iglesia lo que Dios dice, sino que obra lo que su mente humana le dice.

Y esa Jerarquía, que hizo esa obra demoniaca en la Iglesia, ya no es de la Iglesia Católica, por su pecado de apostasía, de infidelidad a la Gracia y la vocación recibida. No hubo bautismo, por el pecado de la Jerarquía. Si esas dos mujeres hubiesen bautizado esa niña en otra iglesia no católica, entonces el bautismo sería válido, si en esa iglesia se bautiza con la intención que se hace en la Iglesia Católica. Pero como es bautizo lo realizó una Jerarquía apóstata de la fe, que ya no pertenece a la Iglesia, que por su pecado, no pueden dar sacramentos ni recibirlos, entonces no quedó bautizada esa persona. Esta es la maldad que nadie cuenta porque a nadie le interesa ya la vida espiritual de las almas. Sólo ven ese acto cono algo social, algo cultural, un derecho humano que hay que darle a ese niño, porque qué culpa tiene el niño.

Tres cosas son el eje del pensamiento de Francisco:

1. Su campaña política:

“Para mí, el corazón del Evangelio es de los pobres. He escuchado, hace dos meses, que por esta razón una persona dijo: ‘¡Este Papa es comunista!’. ¡No! Ésta es una bandera del Evangelio, no del comunismo: del Evangelio. La pobreza sin ideología, la pobreza… Y por este motivo creo que los pobres están al centro del anuncio de Jesús. Basta leerlo. El problema es que después esta actitud hacia los pobres, algunas veces, en la historia ha sido ideologizada” (entrevista de unos jóvenes belgas al Papa Francisco, el 31 de marzo del 2014, realizada en el Palacio Apostólico Vaticano)

Esta es la opinión de Francisco. Su opinión, que va en contra del Magisterio de la Iglesia, de la Palabra de Dios y de toda la Tradición. Francisco está haciendo su campaña política desde Roma. Está llenado la Iglesia de su ideología comunista, marxista, que es su teología de los pobres.

Decir que el corazón del Evangelio es de los pobres es, sencillamente, una herejía. Porque el corazón del Evangelio es la Palabra de Dios, es el Verbo, es el Padre, es el Espíritu Santo. Punto y final. Lo demás, son las ganas de Francisco de hacer su ideología comunista.

Y se atreve a juzgar que en la historia esta actitud hacia los pobres ha sido ideologizada, y no cae en la cuenta de que está haciendo política, demagogia, proselitismo: está dando su ideología sobre el evangelio y sobre los pobres. Éste es el fariseísmo de este hombre.

“¡Este Papa es comunista! ¡No! Ésta es una bandera del Evangelio, no del comunismo”. Francisco no es capaz de escuchar la Verdad: “Este Papa es comunista”. Sino que defiende su verdad: “ésta es una bandera del evangelio, no del comunismo”. Está haciendo, claramente su política en la Iglesia. Éste es su engaño, su palabra que miente, su palabra que da la falsedad siempre. Y no le importa quien esté a su lado. Habla la mentira como si se bebiese un vaso de agua.

El centro del Evangelio: Jesús. ¡Basta leerlo, Francisco! ¡Basta leerlo con un corazón sencillo, con una mente humilde, con un Espíritu abierto a la verdad! ¡Basta leerlo para comprender que tú, Francisco, no lees el Evangelio! ¡Que te dedicas a dar tus brillantes pensamientos a los tontos e idiotas como tú!

2. Derechos humanos:

“Todos somos hermanos. Creyentes, no creyentes, o de una confesión religiosa o de la otra, judíos, musulmanes… ¡Todos somos hermanos! El hombre está al centro de la historia, y para mí esto es muy importante: el hombre está al centro. En este momento de la historia, el hombre ha sido expulsado del centro, ha resbalado hacia la periferia, y al centro – al menos en este momento – está el poder, el dinero y nosotros tenemos que trabajar por las personas, por el hombre y la mujer, que son la imagen de Dios” (Ibidem)

Todos somos hermanos del error, de la mentira, del engaño, del fariseísmo, de la maldad, de la hipocresía, del pecado, del demonio. Esto es lo que no dice Francisco.

“Todos somos hermanos”. No, Francisco. Tú eres hijo del demonio. Pero no eres hijo de Dios. Tú eres un hombre, hijo de hombre, con una carne y con una sangre. Pero eres un hombre sin Verdad. Luego, no eres hermano de los hijos de Dios, de los hombres que tienen la Verdad en sus corazones. Tú eres un hombre que no posee, en su corazón, la Verdad. Luego, eres hermano de otros hombres que no poseen en sus corazones la Verdad. Tú eres infiel a la Verdad, porque eres fiel a tu pensamiento humano.

Dios no ha creado hermanos entre los hombres. Dios ha creado un Adán. Y ese Adán ya pasó, ya no sirve, ya no hay que mirar a Adán y sacar de Él los hermanos. No hay que mirar la Creación como algo bueno, porque Adán la anuló. Ahora, hay que mirar al Nuevo Adán.

En la Iglesia Católica tenemos al Nuevo Adán y a la Nueva Eva, que son Jesús y la Virgen María, que engendran hijos por la Gracia. Y los que viven en Gracia, son hermanos en la Fe en Cristo y en la Fe en Su Iglesia. Hermanos en una misma Fe, en un mismo Señor, en un mismo Bautismo.

Y los que no creen no tienen Fe. Y los que atacan la doctrina de Cristo, la Iglesia Católica, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, no tienen Fe. Y los que gobiernan la Iglesia con su gobierno horizontal, no tienen Fe. Y Francisco, que dice herejías continuamente, no tiene Fe.

¡No todos somos hermanos! En un mundo donde el 80 por cien de los que mueren diariamente se van al infierno, es claro, que no todos somos hermanos en la Fe.

Francisco no has comprendido: ¡No todos somos hermanos! ¡Es imposible! ¡Hasta un niño se da cuenta de que los hombres no son hermanos!

Pero no sólo hablas de que todos somos hermanos, sino que vas más allá: “El hombre está al centro de la historia, y para mí esto es muy importante: el hombre está al centro”. Clara blasfemia contra el Espíritu Santo.

La historia es de Dios, no de los hombres. La historia la escribe Dios con su Dedo, no la escriben los hombres con sus vidas humanas. ¡Cuántos hombres que no son historia divina, que no pertenecen a Dios! El centro de la Creación es Dios. El centro del Universo es Dios. El centro de la tierra es Dios. El centro de la historia es Dios. El hombre es sólo un ser que depende, de forma absoluta, de Dios. Sujeto a Dios, quiera o no quiere, le guste o no le guste. El hombre, en su alma, está marcado con un fin divino, que debe buscar y encontrar en su vida humana. El hombre está llamado a adorar a Dios dejando su vida humana aparcada, como inservible, como inútil, para revestirse, para transformarse en un ser divino, a Imagen y Semejanza de Dios.

Francisco, en esas palabras da culto al hombre, adora al hombre. Y pone los derechos del hombre por encima del derecho divino que Dios exige a todo hombre: salvar y santificar su alma.

Francisco trabaja por los derechos humanos, pero no trabaja para llevar al hombre al Cielo. Por eso, se esfuerza por reunir en una sola iglesia a todos los hombres: hay que respetar sus ideas humanas, sus derechos humanos, sus obras humanas, sus vidas humanas. El derecho divino para salvar al hombre del pecado queda anulado por el diálogo que Francisco quiere con todos los hombres para inventarse su nueva iglesia, que lleva a la condenación a todas las almas. Y, en consecuencia, debe caer en su gravísimo error:

3. Justicia Social:

“hemos entrado en una cultura del descarte”: “son expulsados los niños – no queremos niños- menos familias pequeñas: no se desean niños, son expulsados los ancianos: tantos ancianos mueren por una eutanasia escondida, porque no se ocupan de ellos y mueren. Y ahora son expulsados los jóvenes” (Ibidem).

Francisco anula la Justicia Divina, que es la que pone el camino de la Misericordia para salvar las almas del demonio y del pecado. Y lucha por su justicia social, por los males sociales, para crear una iglesia social, que se dedique a dar de comer, a resolver problemas humanos, a controlar la vida de los demás si no piensan como ellos.

Francisco llora por los niños, por los ancianos, por su cultura del descarte. Y no llora por sus almas, porque ha anulado el pecado como ofensa a Dios.

Francisco está negando a Cristo y a la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Y lo niega, no sólo con sus palabras baratas y blasfemas, sino con sus obras llenas de maldad en toda la Iglesia.

Y, por eso, a Francisco no se le puede seguir, no se le puede obedecer, no hay que escucharlo para aprender de él algo; hay que escucharlo para contraatacar su herejía y su blasfemia. Hay que oponerse al dictador Francisco para no caer fuera de la Iglesia, donde él está.

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