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Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

La conciencia social comunista

«Yo diría que, en el fondo, es un problema de pecado. Desde hace unos cuantos años, la Argentina vive una situación de pecado, porque no se hace cargo de la gente que no tiene pan, ni trabajo. La responsabilidad es de todos. Es mía, como obispo. Es de todos los cristianos. Es de quienes gastan el dinero sin una clara conciencia social» (El Jesuita – pag 105). Así habla un comunista en la Iglesia.

Gastar el dinero sin una clara conciencia social: Ya no existe el pecado de avaricia, de codicia, de usura, de egoísmo, de idolatría del dinero, sino sólo hay que ver la conciencia social: vives para los problemas de la gente o vives sólo para tus problemas.

No existe el pecado, sino los problemas. Y, entonces, claro, los países viven una situación de pecado, porque no toman conciencia social.

La Jerarquía del demonio siempre habla como Francisco: lleva a la calle, al mundo; pone al hombre como el centro de todo.

«Creo en el hombre. No digo que es bueno o malo, sino que creo en él, en la dignidad y la grandeza de la persona» (El Jesuita – pag 160). Creo en el hombre, pero no en Dios.

Y, por eso, continúa: «hay gente que pasa hambre. Esto revela una falta de conciencia social. Cuanto mucho unas pocas veces damos una limosna, incluso, sin mirar a los ojos a los pobres, como una forma de lavar culpas» (El Jesuita – pag 106).

Está atacando directamente la doctrina católica sobre la limosna, que expía los pecados. Ataca a la Palabra de Dios: “Buena es la oración con el ayuno, y mejor la limosna que acumular tesoros de oro; porque la limosna libra de la muerte, y es ella que borra pecados y hace hallar misericordia y vida eterna” (Tb 12, 8-9)

No laves tus culpas haciendo limosnas de vez en cuando, tienes que tener una conciencia social. Déjate del pecado, de su expiación, de la salvación del alma. Llena el estómago de una gente que pasa hambre y te vas cielo directamente:

«es un deber compartir la alimentación, el vestido, la salud, la educación con nuestros hermanos. Algunos podrán aseverar: “¡Qué cura comunista éste!”. No, lo que digo es Evangelio puro. Porque, ojo, vamos a ser juzgados por esto. Cuando Jesús venga a juzgarnos le va a decir a algunos: “Porque tuve hambre y me diste de comer, tuve sed y me diste de beber, estaba desnudo y me vestiste, estuve enfermo y me visitaste.” Y, entonces, se le preguntará al Señor: “¿Cuándo hice esto porque no me acuerdo? Y el responderá: “Cada vez que lo hiciste con un pobre lo hiciste conmigo.” Pero también le va a decir a otros: “Váyanse de acá, porque tuve hambre y no me dieron de comer.” Y, también, nos reprochará el pecado de haber vivido echándole la culpa por la pobreza a los gobernantes, cuando la responsabilidad, en la medida de nuestras posibilidades, es de todos» (El Jesuita – pag 107).

Así interpreta este hombre el pasaje sobre el Juicio Final: en clave comunista: has dado de comer, al cielo. No has dado de comer, al infierno.

¡Si el juicio final fuera así de sencillo, entonces no habría ese juicio, porque todos se iban a salvar. ¿Quién no ha dado una comida a un pobre? Cualquier hombre ha hecho eso. Pero la cuestión no está en dar la comida o en no darla. La salvación está en dar de comer como lo hizo Cristo. Y la condenación está en dar de comer como lo hacen los hombres. Cristo, para dar algo material, primero enseña y da lo espiritual: «Buscad primero el Reino de Dios y los demás por añadidura». En este pasaje el Señor enseña la caridad del prójimo por amor a Él. Francisco enseña la caridad del prójimo por amor al prójimo. Enseña su comunismo: la conciencia social.

«Si bien en la doctrina del marxismo, tal como es concretamente vivido, pueden distinguirse estos diversos aspectos, que se plantean como interrogantes a los cristianos para la reflexión y para la acción, es sin duda ilusorio y peligroso olvidar el lazo íntimo que los une radicalmente, el aceptar los elementos del análisis marxista sin reconocer sus relaciones con la ideología, el entrar en la práctica de la lucha de clases y de su interpretación marxista, omitiendo el percibir el tipo de sociedad totalitaria y violenta a la que conduce este proceso» (Pablo VI).

No see puede ser marxista sin amar su ideología; no se puede predicar la teología de los pobres y no ser marxista en la ideología. Quien ama el comunismo quiere una sociedad y una Iglesia totalitaria y violenta.

Francisco quiere una Iglesia comunista:

—«¿Usted quiere decir que no hubo una condena en bloque como suele pensarse popularmente?»

—«Claro. Tampoco hablaría de una condena en el sentido legal de ciertos aspectos, sino de una denuncia. La opción preferencial por los pobres es un mensaje fuerte del post concilio. No es que no haya sido proclamado antes, pero el post concilio lo enfatizó. La mayor preocupación por los pobres que irrumpió en el catolicismo en los años sesenta constituía un caldo de cultivo para que se metiera cualquier ideología. Esto podría llevar a que se desvirtuara algo que la Iglesia pidió en el Concilio Vaticano II y viene repitiendo desde entonces: abrazar el camino justo para responder a una exigencia evangélica absolutamente insoslayable, central, como la preocupación por los pobres, lo que a mi juicio aparece maduro en la conferencia de obispos de Aparecida» (El Jesuita – pag. 82-83).

La Congregación para la Doctrina de la Fe, Libertatis Nuntius, condenó los desvíos de la teología de la liberación:

«La presente Instrucción tiene un fin más preciso y limitado: atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista (…)obedece a la certeza de que las graves desviaciones ideológicas que señala conducen inevitablemente a traicionar la causa de los pobres» (Declaracion).

Se pone la atención sobre aspectos ruinosos para la fe y la vida cristiana. No es sólo una denuncia de algo que está mal; es una condena de la teología de la liberación que sigue la ideología marxista. Porque hay una teología católica de la liberación, que no tiene nada que ver con lo que propone esta teología de los pobres, que «está enraizada en la Palabra de Dios, debidamente interpretada» (Ibidem).

El Concilio Vaticano II no dio ningún mensaje fuerte sobre la opción por los pobres, porque en la Iglesia no existe esta opción. En la Iglesia ni se opta por los pobres ni por los ricos. La opción por los pobres es el lenguaje propio del marxismo, de la ideología marxista. No es el lenguaje propio de un católico. El católico en la Iglesia sólo mira a Cristo y sólo elige a Cristo. Lo demás, es marxismo.

«El presente documento sólo tratará de las producciones de la corriente del pensamiento que, bajo el nombre de «teología de la liberación» proponen una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma» (Ibidem). Es claro que es una condena de esta teología: lo que se aparta gravemente de la de la Iglesia es para ser condenado, no para hablar de ello, no para ser denunciado de alguna manera.

«Préstamos no criticados de la ideología marxista y el recurso a las tesis de una hermenéutica bíblica dominada por el racionalismo son la raíz de la nueva interpretación, que viene a corromper lo que tenía de auténtico el generoso compromiso inicial en favor de los pobres» (Ibidem). La teología de la liberación se apoya en una filosófica condenada por la Iglesia (el Racionalismo), que corrompe el significado de los pobres en la Iglesia por basarse sólo en la idea racional del pobre, anulando la idea evangélica que Cristo predicó.

El Papa Bendicto XVI recordando esta condena, dijo que «en ella se subrayaba el peligro que implicaba la aceptación acrítica, por parte de algunos teólogos, de tesis y metodologías provenientes del marxismo. Sus consecuencias más o menos visibles, hechas de rebelión, división, disenso, ofensa y anarquía, todavía se dejan sentir, creando en vuestras comunidades diocesanas un gran sufrimiento y una grave pérdida de fuerzas vivas». (Documento)

—«Entonces ¿considera que hubo teólogos de la liberación que equivocaron el camino?»

—«Desviaciones hubo. Pero también hubo miles de agentes pastorales, sean sacerdotes, religiosos, religiosas, laicos jóvenes, maduros y viejos, que se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra, son fuente de nuestro gozo. El peligro de una infiltración ideológica fue desapareciendo en la medida en que fue creciendo la conciencia sobre una riqueza muy grande de nuestro pueblo: la piedad popular. Para mí lo mejor que se escribió sobre religiosidad popular está en la exhortación apostólica de Paulo VI Evangelii Nuntiandi y lo repite el documento de Aparecida en lo que es para mí su página más bella. En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo» (El Jesuita – pag. 82-83).

Desviaciones hubo, pero no equivocaron el camino. Hubo cantidad de gente que se comprometieron con el marxismo: son fuente de nuestro gozo. La ideología marxista decreció porque existió la conciencia de la piedad popular. ¡Terrible herejía la que manifiesta este hombre! El error sólo se combate con la verdad. Si la teología de la liberación ha decaído es porque se ha dicho la Verdad, no porque se dé una conciencia que no existe.

La conciencia de la piedad popular es el creacionismo o evolucionismo, que es puro comunismo: «En la medida, pues, en que los agentes pastorales descubren más la piedad popular la ideología va cayendo, porque se acercan a la gente y su problemática con una hermenéutica real, sacada del mismo pueblo». Esto se llama populismo, que es una vertiente del marxismo. La fe está en el pueblo, no en la Jerarquía. Hay que interpretar el Evangelio según la sabiduría popular, no según la sabiduría divina, que es dada a la Jerarquía, que la tienen los Obispos y sacerdotes en el Poder Divino que se les confiere en la ordenación: guiar, enseñar y santificar. El pueblo no sabe nada, no enseña nada, no es guía de nada. Es la Jerarquía la que tiene la sabiduría, el poder, el camino para santificar.

Los problemas de la gente no son los problemas de la Iglesia, no son los problemas de Cristo. Cristo viene a salvar al hombre, no viene a resolver problemas de la gente. Y, por eso, Cristo pone a sus sacerdotes para llevar a las almas al Reino de Dios, que no pertenece al pueblo, no es de este mundo, no está mirando, no está abocado a resolver los asuntos de los hombres, que es lo que busca la teología de la liberación. Del pueblo no se saca nada. Es del Corazón de Cristo donde se saca la Verdad, la Vida y la Gracia para el pueblo, para los hombres.

• Francisco es un revolucionario comunista, que aprendió el comunismo de una mujer:

«Allí tuve una jefa extraordinaria, Esther Balestrino de Careaga, una paraguaya simpatizante del comunismo (…) Me enseñaba la seriedad del trabajo. Realmente, le debo mucho a esa gran mujer» (El Jesuita – pag 34). «Tanto me enseñó de política» (pág. 147-148).

Una mujer (vida) que luchó por una idea revolucionaria toda su vida (tempranamente comenzó a militar en el febrerismo, movimiento de fuerte tinte socialista, con un programa antiimperialista, de liberación nacional) y que, cuando se encontró con el dolor en su vida (el 13 de septiembre de 1976 fue secuestrado su yerno, Manuel Carlos Cuevas, marido de su hija Mabel. Otro 13, esta vez de junio del 77, fue secuestrada su hija menor, Ana María, en ese entonces de apenas 16 años y embarazada de tres meses), decidió transformar ese dolor en odio hacia la verdad. No supo aceptar ese sufrimiento por amor a Dios, sino que fundó un movimiento que habría de convertirse en un símbolo mundial de lucha y resistencia: las Madres de Plaza de Mayo (texto).

Esta mujer, que desapareció y finalmente fue asesinada por la dictadura del General Videla, «Actualmente, está enterrada en la iglesia de Santa Cruz. La quería mucho» (El Jesuita – pag 34).

¿Qué hace una terrorista enterrada en una Iglesia Católica? ¿No hay cementerios comunes para esta clase de personas?

«Se han de negar las exequias eclesiásticas, a no ser que antes de la muerte hubieran dado alguna señal de arrepentimiento:

1. a los notoriamente apóstatas, herejes o cismáticos;

2. a los que pidieron la cremación de su cadáver por razones contrarias a la fe cristiana;

3. a los demás pecadores manifiestos, a quienes no pueden concederse las exequias eclesiásticas sin escándalo público de los fieles» (CIC 1184).

Esta mujer, ¿mostró alguna señal de arrepentimiento? ¿Dejó sus ideas marxistas, revolucionarias, para solo luchar por Cristo? Ciertamente que no. Y, entonces, Francisco cometió un grave sacrilegio y una profanación del lugar sagrado. E hizo este pecado sólo por su amor al comunismo, que le ciega para ver la Verdad.

Francisco cuenta la profanación como un logro y una fiesta. Francisco lloró (noticia) cuando el cuerpo de esta mujer fue encontrado e hizo todas las diligencias para que fuese enterrada en el jardín de la Iglesia Santa Cruz (noticia), junto a María Ponce de Bianco, una de las tres madres secuestradas con ella. Con posterioridad también fueron sepultadas allí la Hermana Léonie Duquet y la activista Ángela Auad (activista social argentina del Partido Comunista Marxista Leninista, que actuaba con la asociación de las Madres de Plaza de Mayo).

Su hija la recuerda de esta manera: “Gracias por la ideología que no abandonaste en los momentos aún más difíciles. Gracias por el anhelo de justicia e igualdad social que supiste transmitirnos. …además de una revolucionaria con mayúsculas, fuiste una gran madre” (noticia)

Francisco le debió mucho a esta mujer, a esa ideología marxista que le enseñó y que nunca más abandonó Francisco; y, por eso, la enterró en una Iglesia. Quien ama el pecado obra el pecado. Quien ama la idea comunista, obra como tal. Ya no sabe discernir lo que es bueno y lo que es malo. Sólo vive para los hombres y mujeres comunistas, pero no para los demás.

Y ¿en qué se basa Francisco para obrar así? En su teología de la liberación. Para esta teología el compromiso de Jesús con los oprimidos de su tiempo provocó un enfrentamiento con los poderes religiosos-políticos y económicos que lo llevó a la muerte. Jesús es un hombre revolucionario que trabaja por la idea del hombre, la idea de los pobres, oprimidos por el hombre, esclavos de los hombres.

Y, entonces, Cristo muere porque los hombres se oponen a esta idea. Cristo trajo una idea revolucionaria al hombre y murió por esa idea. Para la teología de la liberación, María se convirtió en hija de su hijo; es decir, que María, una vez que fue asesinado su hijo en la cruz, tomó conciencia y se comprometió en la idea revolucionaria de su hijo: hay que luchar por los oprimidos, por los desaparecidos, por los perseguidos por la justicia de los hombres. Y, por eso, se reúne con los Apóstoles para iniciar la iglesia de la revolución. Por eso, las Madres de Plaza de Mayo están haciendo lo mismo que hizo María: luchando por sus hijos y, de esa manera, están obrando el Reino de Dios, es decir, creando una sociedad igualitaria, justa y fraterna.

Y, entonces, se entierra a las madres comunistas, revolucionarias, en la Iglesia porque han trabajado por el Reino de Dios, por una sociedad de amigos comunistas. Grave profanación de la Iglesia Católica a manos de un Obispo comunista.

«Hay también quienes ven actitudes de revanchismo. ¿Cree que el papel, por caso, de la presidenta de las Madres de Plaza de Mayo, Hebe de Bonafini, ayuda a la búsqueda de la reconciliación?» (El Jesuita – pag 139). La pregunta que le hacen a Francisco es ¿si esta mujer, que es un monumento al odio, sirve para la reconciliación del mundo? Es una pregunta con malicia. Es una pregunta para que se descubra el verdadero pensamiento de Francisco.

Hebe de Bonafini ha apoyado a figuras como el Che Guevara, Augusto Sandino, Yasir Arafat, Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo Morales. También ha manifestado apoyo a los aborígenes americanos. Se ha manifestado en contra del neoliberalismo y del FMI, vistos por ella como la «corporación del poder». Ha manifestado su apoyo a las FARC en Colombia (noticia) . Ha manifestado su apoyo a las madres de los presos etarras. En el año 2000 publicó una carta abierta en la página web de la asociación que preside, en la cual expresaba que de los más de 650 presos vascos, muchos están presos simplemente por lo que piensan, o por lo que escriben, o por «conocer a alguien que conoce a alguien» (noticia) .

Sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001 declaró (noticia) :

«Cuántas veces nos dijeron qué era el capitalismo, qué era la represión, qué era Estados Unidos, cómo se formaban los militares para torturar. […] Por eso cuando pasó lo del atentado y yo estaba en Cuba visitando a mi hija, sentí alegría. Y me puse contenta, por qué no. A algunos les parecerá mal. Cada uno evaluará y pensará. Yo no voy a ser falsa. Brindé por mis hijos, brindé por tantos muertos, contra el bloqueo, por todo lo que se me venía a la cabeza. Brindé por los valientes. Brindé por los hombres que hicieron una declaración de guerra con el cuerpo. Una declaración de guerra inesperada para todos. Pero una declaración de guerra para algo que EE.UU no puede atacar porque no sabe a quién, ni cómo, ni dónde llegar(…)No voy a ser hipócrita, no me dolió para nada. No me dolió para nada, porque siempre digo en mis discursos, decimos las madres, que nuestros hijos serán vengados el día que el pueblo, algún pueblo sea feliz. […] Yo sentí que la sangre de tantos en ese momento era vengada. […] En ese atentado no murieron pobres, poblaciones, no murieron niños, no murieron viejos».

Esta mujer, que brinda por la muerte, por la guerra, por el odio, por la venganza, ¿ayuda a la reconciliación? Y contesta:

“Hay que ponerse en el lugar de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos, que eran carne de su carne; ni supo cuánto tiempo estuvieron encarcelados, ni cuántas picaneadas, cuántos latigazos con frío soportaron hasta que los mataron, ni cómo los mataron. Me imagino a esas mujeres, que buscaban desesperadamente a sus hijos, y se topaban con el cinismo de autoridades que las basureaban y las tenían de aquí para allá. ¿Cómo no comprender lo que sienten?” (pág. 139).

Pongámonos en los sentimientos humanos: de una madre a la que le secuestraron sus hijos y nunca más supo de ellos. Hay que comprender lo que sienten. Y, por tanto, lo que hace es para la reconciliación. Esta mujer se topó con el cinismo de gobiernos que la basureaban. Ellos son los malos de la película, que odian y no permiten la paz. Esta mujer es una santa porque lucha por una idea santa: su hijos.

Esta mujer es una víctima de la sociedad que no comprende su sufrimiento. Esta mujer es la buena; enemiga de todo lo bueno y amiga de todos los malos. A esta mujer hay que dedicarle una palabra de comprensión y de consuelo. A las demás mujeres, católicas, que también han perdido sus hijos, a las mujeres a quienes los seguidores de Bonafini asesinaron a mansalva, nada de nada.

Los buenos, para Francisco son Angelelli, Mugica, los palotinos, las monjas francesas, los curas tercermundistas con el Padre Pepe Di Paola a la cabeza (pág. 106), los grandes heresiarcas “Hesayne, Novak y De Nevares” (pág. 140), los “teólogos de la liberación” que “se comprometieron como lo quiere la Iglesia y constituyen el honor de nuestra obra” (pág. 82), los redactores de “Nuestra Palabra y Propósitos”, publicaciones ambas del Partido Comunista (pág. 48), y hasta el mismísimo Casaroli, a quien insensatamente pone de ejemplo (pág. 78), omitiendo que fue el artífice de aquella siniestra y ruinosa felonía denominada Ostpolitik. Para el Cardenal Mindszenty Casaroli era la imagen negra y enlodada de la “Iglesia de los Sordos”, negociadora ruin de la sangre mártir. Para Bergoglio, Casaroli es un modelo de la “Iglesia Misionera” (pág. 78), iglesia comunista que va en busca de la destrucción de toda idea religiosa.

Francisco encomia a los peores lobos, todos rojos, y reduce a la nada a quienes debería tener por arquetipos.

A esta mujer, que odia a todo el mundo, que se moviliza para protestar, la gloria de la Iglesia, pero a los católicos que hacen una marcha en contra del preservativo los fustiga:

«Dejamos de lado una catequesis riquísima, con los misterios de la fe, el credo y terminamos centrándonos en si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo» (El Jesuita – pag 89). Predica el Evangelio, da de comer, pero no te metas con el sexo. Que cada uno haga lo que quiera en el campo sexual:

«Y dentro de la moral —aunque no tanto en las homilías como en otras ocasiones— se prefiere hablar de la moral sexual, de todo lo que tenga algún vínculo con el sexo. Que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable. Y entonces, relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicancias más allá de las cuestiones sexuales» (Ibidem).

El Evangelio que predica Francisco no es el de Cristo: es uno sin moral. Jesús no predicó una moral ni para el alma ni para el cuerpo. Jesús predicó una idea política y eso es lo que importa. Lo moral, si esto se puede o no se puede, eso es un dolor de cabeza. Déjate de moralidades, de leyes, de teologías sexuales. Si quieres usar el preservativo, úsalo. Eso no interesa. Lo que interesa es tu conciencia social: acuéstate con un homosexual para hacerle feliz.

“Con ocasión de la llamada Ley de Salud Reproductiva, algunos grupos de élites ilustradas de cierta tendencia querían ir a los colegios para convocar a los alumnos a una manifestación contra la norma porque consideraban, ante todo, que iba contra el amor […] Pero el Arzobispado de Buenos Aires se opuso a que los chicos participaran por entender que no están para eso. Para mí es más sagrado un chico que una coyuntura legislativa […] De todas maneras, aparecieron algunos colectivos con alumnos de colegios del Gran Buenos Aires. ¿Por qué esta obsesión? Esos chicos se encontraron con lo que nunca habían visto: travestis en una actitud agresiva, feministas cantando cosas fuertes. En otras palabras, los mayores trajeron a los chicos a ver cosas muy desagradables” (El Jesuita – pag 90).

Los grupos de élite ilustrada son los católicos pro vida, que querían movilizarse con sus familias para hacer frente a esa embestida legal contra la Ley natural que Ginés González García, Ministro de Salud de Néstor Kirchner quería coronar. Monseñor Baseotto, fue difamado, calumniado y perseguido por haber osado recordarle a este señor las prescripciones evangélicas pertinentes.

Esta embestida legal es para Francisco una coyuntura legislativa, no es una acción pecaminosa, deleznable, ruinosa de la sociedad. Y, por ser eso, entonces no vale la pena movilizar a la juventud. No hay que combatir el error. Es más sagrado el chico que la coyuntura legislativa. Esta es la contradicción. Si no se lucha contra el error, contra la maldad, los chicos se abortan, viven del sexo desenfrenado, viven fuera de lo sagrado. Y, entonces, los malos ya no son los gobernantes, los que ponen esa ley antinatural, sino que los malos son esos grupos de élite ilustrada que permitieron que sus hijos vieran cosas desagradables: travestís, feministas…

¿Es que hay algo más desagradable que pudiera ver un joven, que la ruina de su patria y del lugar santo, sin intentar siquiera una reacción vigorosa y entusiasta? ¿Es que la culpa de la desagradable visión no la tienen los degenerados que arman el espectáculo indecente de su impudicia, sino los que instan a concurrir a todos en defensa del Bien?

Así piensa un comunista: es la conciencia social, no es el pecado. Es lo bueno y lo malo que cada uno ve con su mente humana y en la sociedad. Es inventarse una moral, sin moral, sin ley divina y sin ley natural. Una moral para una sociedad degenerada, que sólo vive de acuerdo a su filosofía de la vida, mirando al hombre, pero sin acordarse, para nada, de Dios.

Quien no ofrenda su vida por Cristo, la hace por el hombre. Y se convierte en una persona totalitaria y violenta, como Francisco. Tuvo su maestro en una mujer violenta, marxista, revolucionaria, que odiaba la verdad en el hombre, que convirtió la vida del hombre en un pasaje oscuro y tenebroso en su mente humana. De tal palo, tal astilla. Así es Francisco: el oscuro comunista que lleva a las almas al fondo del precipicio de donde nadie puede salir.

No existe el Papa emérito

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Dos Papas, ahora, hay en la Iglesia. Y eso es un signo de decadencia, no sólo dentro de la Iglesia sino, también, en el mundo entero.

Decadencia, porque a nadie le interesa la verdad de las cosas, sino que todos buscan la verdad que más les agrade para sus vidas humanas.

Decadencia, porque muchos en la Iglesia comienzan a mandar sin tener cargo de ello; comienzan a discutirlo todo, menos lo que hay que poner en entredicho.

Dos Papas para un holocausto, para una purificación, para abrir la puerta al Anticristo.

Es un dogma de fe, es algo revelado que sólo puede haber un Papa; no dos. Y, sin embargo, vivimos con dos Papas: uno de ellos es el legítimo: Benedicto XVI; el otro: un cualquiera, un usurpador de la Silla de Pedro.

Pero esta visión no es compartida por muchos en la Iglesia. Es más, en la Iglesia se sigue la otra versión: el auténtico, Francisco; el otro: es el otro, el que se ha dedicado a descansar, a hacer su vida porque es muy humilde, porque tiene mucha vida espiritual.

Por eso, a nadie le interesa ir a la teología y ver si realmente existe un Papa emérito, si se puede dar un Papa emérito.

Y quien se moleste en ir a los teólogos, comprobará que nunca, en la Iglesia, se puede dar un Papa emérito.

El Primado de Jurisdicción es perenne por Voluntad de Jesucristo. En otras palabras, la suprema potestad jerárquica de la Iglesia es ejercida por la persona del Papa y hasta su muerte. Y esto es siempre: un Papa sucede a otro Papa. En un Papa se da la sucesión de Pedro. Es algo perenne. Sólo, cuando no haya hombres en la tierra, no será posible la sucesión de Pedro en la Iglesia. El Poder de Dios, que es el Primado de Jurisdicción, se da siempre en un Papa legítimo, en la sucesión de Pedro en la Iglesia.

El Poder de Dios es siempre en la Iglesia, perdura siempre, porque hay un Papa que es Papa hasta la muerte; desde que es elegido hasta que muere.

El Primado legítimo de la Iglesia perdura siempre por Voluntad de Dios, no por voluntad de los hombres. El Papa es legítimo no porque es un privilegio de la persona de Pedro, no porque sea algo de la persona del Papa, sino porque es un don de Dios a Pedro, al Papa.

Pedro nunca puede renunciar a ser Papa. Puede renunciar al gobierno de la Iglesia, pero nunca al don de Dios. No se termina un Papado por un acto de humildad o porque falten las fuerzas físicas, o por una enfermedad, o por otra cualesquiera razón. Porque el Primado no es un premio ni un privilegio de la persona de Pedro. Se es Papa por Voluntad de Jesucristo; porque Cristo ayuda, con Su Espíritu, a ser Papa. Es una ayuda externa, eficaz, a la persona de Pedro, para que pueda realizar su misión de ser el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. Se termina un Papado porque Dios lo quiere.

Pedro no tiene el Primado de honor en la Iglesia: no es una institución, no es un cargo como los demás. Pedro tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, todo el Poder de Dios sobre la Iglesia. No una parte, que comparte con los Obispos. Todo el Poder Divino está en las manos del Papa.

«Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituído por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema» (CVI. XX ecuménico (sobre la fe y la Iglesia) – Sesión IV -(18 de julio de 1870) – Cap. 1. De la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro- [Contra los herejes])

Y este Primado de Jurisdicción es perenne, perdura siempre. Y, para que sea eterno, es necesario, se exige que el sucesor de Pedro reine hasta que muera, sea Papa hasta la muerte. No puede el Papa, por voluntad propia, dejar de ser Papa. No puede. Porque el Primado de Jurisdicción no descansa en la persona de Pedro, en su voluntad propia, en sus dotes espirituales o morales, sino en la Voluntad de Jesucristo.

Pedro ha sido elegido el Primero por Jesucristo para desempeñar el cargo del Primado: para gobernar la Iglesia con la misma Autoridad Divina. Pero, Pedro no ha sido elegido para un premio o para un privilegio de su persona, sino por vocación divina y para una obra divina en la Iglesia. Ha sido elegido por elección de Dios y para una obra de Redención. Y, por tanto, a la persona del Papa no le compete decir que no a este cargo, cuando lo ha aceptado. Porque no es un privilegio de su persona, no está en su voluntad propia decir que no. Es un don de Dios para su vida en la Iglesia. Es como el sacerdocio, es como el matrimonio: hasta la muerte.

Un Papa no puede renunciar a ser Papa; puede renunciar al gobierno temporalmente, por una causa grave (enfermedad, etc); pero no a la vocación de ser Papa. Porque ser Papa no es una institución, no es un honor, es una elección divina. No se tiene el Primado de honor, no se es cabeza de una institución humana para un poder humano, para un gobierno humano, unas obras humanas. Se es Vicario de Cristo. Y, por tanto, se es cabeza de un gobierno divino que sólo Cristo guía en Su Iglesia. Se es Cabeza con Cristo, en la Cabeza Invisible de la Iglesia, para realizar un Poder Divino en la Iglesia, una Obra Divina en Su Iglesia.

Por tanto, no puede darse el Papa emérito. Es el error de muchos, empezando por el mismo Papa Benedicto XVI. Y esto debe ser corregido.

El Papa, cuando renunció, lo hizo mal: abrió la puerta a la confusión y a la anulación del dogma del Papado.

Tenía que haber renunciado, pero no tenía que haber convocado un Cónclave, porque la Sede no estaba vacante, porque sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios sobre toda la Iglesia, porque sigue vivo. Su Primado no pasa a otro Papa por renuncia, sino por sucesión del Espíritu de Pedro (= porque muere). Este Espíritu sólo se puede recibir cuando ha muerto el Papa anterior. Sólo hay un Papa. Sólo se da el Espíritu de Pedro en un Papa, en un solo Vicario de Cristo: «Pedro vive y emite el juicio hasta ahora y siempre en sus sucesores» (Celestino I – Concilio de Éfeso- D 112)

El Primado de Jurisdicción, que posee el Papa Benedicto XVI, es perenne. Viene por sucesión del Espíritu de Pedro. Es Pedro quien se sucede en cada Papa. Y, por tanto, no puede haber dos Papas, porque Pedro sólo puede estar en un Papa, no en dos. Dios ha dejado Su Iglesia en manos de un solo hombre, no en manos de dos. Pero la ha dejado en el Papa legítimo, sin abandonarlo a sus solas fuerzas humanas.

Ese hombre, que es el Papa legítimo, tiene toda la fuerza espiritual, para guiar la Iglesia, aunque le fallen las fuerzas humanas, físicas, naturales. Tiene una ayuda divina eficaz para ser Papa hasta la muerte. Porque no se es Papa por privilegio de la persona, porque se tenga o no se tenga una vida espiritual. No se es Papa porque se sea muy humilde o muy pecador. No se deja de ser Papa por un acto de humildad ni por un acto de voluntad propia, sino por Voluntad de Dios. El Papado no descansa en la persona del Papa. El Papado descansa en la Voluntad de Dios. Dios es el que decide cuándo un hombre es Papa y cuándo deja de ser Papa. La persona del Papa no puede decidir no ser Papa. Como un sacerdote no puede decidir, por sí mismo, dejar de ser sacerdote; ni un matrimonio puede decidir no estar más unidos por el Sacramento.

Los hombres sólo podemos renunciar, en la vocación divina, a los humano, a lo externo, a lo material, de esa vocación: gobierno, predicación, apostolado, etc. Pero no se puede renunciar al don divino, al Espíritu que da esa vocación.

Ser Papa no es un honor, es una vocación. No es una gloria de hombres, es para dar Gloria a Dios. Esto es tan importante que muchos no lo comprenden. Ser Papa es lo máximo que un hombre puede tener en su vida. El Papa está por encima de todas las cosas humanas, de todos los poderes humanos, de todas las inteligencias humanas, de todas las obras de los hombres. Por eso, nadie juzga a un Papa. No se puede juzgar. El juicio del Papa recae en Dios.

Se corrige a un Papa si peca, como lo hizo San Pablo con San Pedro, y como lo han hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Por eso, es necesario corregir al Papa Benedicto XVI: pecó abriendo la puerta a la destrucción del Papado, como así todos pueden contemplar en Francisco. Y Benedicto XVI tiene que levantarse de su pecado si quiere salvarse, porque no es cualquier pecado. Es un pecado que lleva a la Iglesia a un cisma declarado. Un gravísimo pecado.

Dos Papas hay en la Iglesia porque se toma el dogma como algo simbólico, como algo de los tiempos, de las circunstancias de la vida de los hombres, de sus culturas, de sus formas de pensar, de gobernar la vida, como un mito, como una parábola, como algo que el hombre puede hacer y deshacer con su pensamiento humano.

No se puede sostener lo que muchos dicen: que el Papa Benedicto XVI hizo un acto de humildad y dejó su puesto a otro. No se sostiene, porque sigue teniendo el Poder de Dios. El Poder de Dios no pasa a otro por un acto de humildad ni de renuncia. No pasa porque se esté enfermo o porque ya no se pueda razonar bien. El Poder de Dios pasa a otro sólo por Voluntad de Dios. Y es Voluntad Divina que el Papa muera para que ese Poder esté en otro hombre. Y si otro hombre quiere gobernar la Iglesia, estando el Papa legítimo vivo, lo hace sin el Poder de Dios, lo hace con un poder humano. Porque el Primado de Jurisdicción se obtiene por sucesión de Pedro, no por renuncia de Pedro. Si Pedro renuncia, sigue teniendo el Primado de Jurisdicción en sus manos, en su corazón, en todo su ser, porque el Papado es una vocación divina, no es un llamado de los hombres, un nombre de los hombres, una figura humana, un concepto humano. Si Pedro muere, entonces el Primado de Jurisdicción pasa a otro. El Papa legítimo nunca posee el Primado de honor: nunca se es Papa emérito; nunca se es una institución; nunca se tiene un cargo de honor, como lo puede tener un Obispo emérito.

Por eso, Francisco es el que ha robado la Silla de Pedro: gobierna la Iglesia con un poder humano y, por tanto, todo lo que hace es nulo para Dios. Para los hombres, queda escrito en sus libros humanos, pero Francisco no puede gobernar la Iglesia de Cristo porque el Poder de Dios lo tiene el Papa legítimo, el que tiene la sucesión de Pedro, el que es Papa porque fue elegido cuando murió el anterior Papa. Francisco gobierna la Iglesia haciéndola caminar hacia el error, la mentira, el engaño, la oscuridad. Lo hace con un poder humano: Dios no está en el gobierno de Francisco, porque tampoco está ni en su alma ni en su corazón. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión de Pedro. Luego, no es Papa. Y, por eso, es el gran engaño del siglo. Y muchos se lo comen, sin discernir nada espiritualmente.

Y el gran pecado de Francisco es aceptar un cargo que sabía que no podía aceptar. No tiene excusa Francisco en su pecado. Aceptó porque está sediento de la gloria del mundo. No tiene ninguna sed de dar gloria a Dios en lo que hace en la Iglesia.

Ser Papa no es una institución, no es un honor, no es una elección de hombres, no es porque lo deciden así los hombres en la Iglesia o porque las circunstancias así lo exigen. Se es Papa por Voluntad de Cristo. Y se es Papa hasta la muerte. Y si se renuncia, se sigue siendo Papa. Y los Cardenales, si hubieran tenido un poco de fe en el Papado, habrían hecho un gobierno ad casum, ad tempus, hasta la muerte del Papa Benedicto XVI para poder elegir a otro como Papa.

Pero, desde hace mucho tiempo la Jerarquía está en la Iglesia sin vida espiritual, dedicándose a un negocio en la Iglesia, por eso, les resulta impensable esperar a la muerte del Papa para elegir a otro. No les entra en la cabeza, porque tenían muchas prisas para destruir la Iglesia.

Este Primado de Jurisdicción constituye una Iglesia bajo una sola forma invariable de gobierno: el de Cristo en Su Vicario: la verticalidad. Es invariable porque el Primado es perenne, es eterno, es siempre lo mismo. El Poder de Dios es para algo eterno en la Iglesia, no es para cambios según la mente de los hombres. No cambia según las modas de los hombres, según su progreso, según sus culturas. Dios siempre gobierna Su Iglesia para un objetivo divino: salvar almas y santificarlas. Se gobierna la Iglesia con un Papa para llevar a todos los hombres al cielo. Luego, no hay dos formas de gobierno, no hay múltiples formas de gobierno, no hay necesidad de un gobierno horizontal, ni externo al Papado. No se puede dar la opción por los pobres. El Evangelio no es ni de los pobres ni de los ricos. El Evangelio es Cristo. La Iglesia ni es pobre ni es rica. La Iglesia es Cristo. Y, por eso, el Vértice de la Iglesia se basta para gobernar toda la Iglesia. El Vértice es Cristo y Su Vicario. Los demás, no gobiernan nada en la Iglesia.

Por eso, Francisco es la utopía en el gobierno de la Iglesia. No sabe en dónde se ha sentado. Sin Poder Divino y con una inteligencia cero en la vida de la Iglesia. Y, por eso, le viene el batacazo. No es el hombre apropiado para destruir la Iglesia. Es el hombre apropiado para confundirlo todo, para dar a todo el mundo lo que a todo el mundo le gusta. Por eso, da una de cal y otra de arena.

El Papa Benedicto XVI erró al declarar la Sede Vacante. Primer error. No hay Sede Vacante hasta que no muera el Papa Benedicto XVI. Sólo está vacante el gobierno de la Iglesia, no el Papa. El Papa sigue vivo y coleando. Los dones de Dios son para siempre, no para un tiempo. Y sólo el pecado, pone un óbice al don de Dios, no las enfermedades, ni los pensamientos de los hombres.

Segundo error: proclamar al Papa Benedicto XVI como Papa emérito. El Papa no tiene el Primado de honor, sino de Jurisdicción. No puede darse, en la Iglesia, la institución del Papa Emérito. Si se da, como lo ha sido, supone anular el dogma del Papado en su raíz. Si el Papa es emérito entonces se dice que nunca tuvo el Primado de Jurisdicción, que no fue elegido por Dios en la muerte del Papa Juan Pablo II. Y, entonces, es necesario negar todos los Papas, porque no hay sucesión de Pedro.

Poner al Papa Benedicto XVI como Papa emérito es inventarse una nueva forma de ser Papa en la Iglesia que no pasa por la sucesión de Pedro (= por la muerte del Papa), sino por la renuncia de Pedro. Pedro nunca renunció a ser Pedro, sino que murió para dar Su Espíritu a su sucesor en el Trono de Pedro.

Y, por eso, Francisco dice su gran herejía: «Creo que él es una institución: hace 70 años, los obispos eméritos casi no existían. Y ahora hay tantos. ¿Qué sucederá con los Papas eméritos? Creo que debemos verlo a él como a una institución» (Entrevista en el avión). Ya se ha inventado el nuevo Papado. Un Papa sólo tiene el Primado de Jurisdicción. No puede tener el Primado de honor. Ni siquiera cuando renuncia al gobierno de la Iglesia, como ha hecho Benedicto XVI. Sigue teniendo, en su renuncia, el Primado de Jurisdicción. Francisco, como no posee la fe católica, lo que hace es anular el Papado, como así lo ha hecho poniendo su gobierno horizontal en la Iglesia, que significa el cisma declarado.

Con Francisco se ha anulado el Papado en la Iglesia. Y, por eso, no hay más Papas cuando muera Benedicto XVI. Eso es clarísimo, porque ya la Jerarquía se acomoda a lo que tiene. Ya no va a luchar por un Papa, porque ni siquiera el Papa Benedicto XVI lucha por seguir siendo Papa.

La situación de la Iglesia es muy crítica. Y nadie quiere ver la verdad, y todos dicen muchas cosas para acallar a tanta gente que no está conforme con la actuación de Francisco ni con la Jerarquía que lo apoya. Ellos son los primeros en mentir a toda la Iglesia. Y quien no vea a Francisco como el primer mentiroso, es que no ve nada en la Iglesia. Se contenta en la Iglesia con gente que le gusta decir sus mentiras, sus ideas y que todo el mundo las apruebe porque son Jerarquía.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no aprende a ser humilde y a llamar a las cosas por su nombre, entonces toda Ella se va a perder en lo que viene a la Iglesia.

Un gesto infame que exige una renuncia

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Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

Es cuestión de días la destrucción de la Iglesia

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Hoy en la Iglesia se va en busca de una nueva santidad, una nueva comunidad y un nuevo lenguaje.

Una nueva santidad: «Existe una ‘clase media de la santidad’» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). No existe la santidad ni de la clase burguesa, ni de la clase media, ni de las clase baja. Estas burdas palabras de un hereje manifiestan su idea de la Iglesia.

Dios, como es tan humano, como ha descendido a las realidades terrenas, como se preocupa de los problemas, de los sufrimientos de los hombres, entonces hay hombres, acomodados a su vida humana, que por su ciencia, por su positivismo de la vida, por su dogmatismo, por su capitalismo, se hacen inhumanos. Creen más en su dinero, en su filosofía, en sus dogmas, en sus ritos litúrgicos, que en los hombres que sufren y que no tienen un trabajo, un dinero, un alimento que llevarse a la boca. Y Cristo sufre en esos hombres. Y, por eso, la santidad está en la gente de la clase media que quiere hacer una Iglesia para los pobres, que se preocupe por ser muy humana, como Dios lo es.

Las clases medias están llamadas a la santidad porque le es lícito ocuparse plenamente de los intereses terrenales, de los derechos humanos, de la justicia social, imitando así a los santos. La Jerarquía que sigue a unos dogmas, no se ocupa de eso. Están tarados en sus verdades, que hoy al pueblo de Dios no le interesa.

La santidad es, entonces, -se concibe-, como una lucha de clases.

Hay gente poderosa, hay sacerdotes, Obispos, clase alta, que está en la Iglesia dando culto a unos dogmas, a unas verdades, a unas leyes divinas, y descuidan a los hombres en sus necesidades materiales, sociales, humanas, naturales, carnales, afectivas. Y esa gente es culpable porque no imita a Cristo, que se ha hecho tan humano. Gente que no sufre con los hombres, sino que hace sufrir a los hombres imponiendo su dogmatismo, su rigidez, su idea de lo que es Cristo. Ya Cristo es otra cosa. Es la cultura de la vida. Su Cruz es lo que el hombre adquiere con su inteligencia, pero ya no es la obra de Cristo, ya no es el sufrimiento de Cristo. Ya es el hombre el que sufre: «La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía» (EL JESUITA – Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio, pag. 41). Ahora hay que hacer una iglesia que pinte el sufrimiento de los hombres, no a Cristo sufriendo por los hombres. Es que las llagas de los hombres son el cuerpo de Cristo. El dolor de los hombres es la manifestación de ese Dios tan humano, de ese Dios que está con los hombres y camina el mismo camino que ellos. Ya Cristo no es el camino del hombre. Caminante, no hay camino. Es el hombre el que hace el camino. Es Cristo el que camina en el camino del hombre. Cristo es el camino en el hombre, pero no es -Él Mismo- el Camino de todo hombre. Es el hombre el que guía su propio camino. Y a eso lo llaman santidad ordinaria: «Veo la santidad en el pueblo de Dios paciente: una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar a casa el pan, los enfermos, los sacerdotes ancianos tantas veces heridos pero siempre con su sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que tanto trabajan y que viven una santidad escondida» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

¿Toda mujer que cría a sus hijos es santa? ¿Todo hombre que trabaja para llevar el pan a su casa es santo? ¿Todo enfermo es santo? ¿Todos los sacerdotes son santos? ¿Todas las religiosas son santas porque trabajan y viven una santidad escondida? Para Francisco, sí. Son gente santa, porque pertenecen a las clase media. Una clase que no se acomoda a los dogmas, sino que vive para su vida humana, su vida social, libre de los dogmas, de las verdades de la fe, de las imposiciones de la fe. Porque la fe hay que entenderla como un recuerdo de la vida de Cristo, como una memoria del pasado de Cristo, que ahora hay que ponerla, de otra manera, en el presente. La clase alta, burguesa, para Francisco no es santa, porque no da dinero a los pobres, porque son avariciosos y lujuriosos. Y la clase baja, la de los pobres, ellos son dioses, no sólo santos. Hay que estar al servicio de los pobres, hay que mirar constantemente al pobre. Son el mismo Cristo. Hay que formar la iglesia donde se dé culto a los pobres.

Para Francisco hay mucha gente de la clase media, que vive su vida con muchas dificultades, que tiene otra idea de lo que es Cristo. Gente con sus verdades, con sus visiones de la vida, con sus intereses particulares, a las que hay que hacer caso. Gente común, que vive su vida, pero sin dogmas, sin leyes divinas que aten, sin el lenguaje de los clérigos, de la Jerarquía alta de la Iglesia. Es el lenguaje de la calle, es la gente del pueblo de Dios. Es la gente común con una santidad ordinaria. ¿Por qué las mujeres no pueden enamorarse de los sacerdotes y dejar que ellos se casen también? Hay que hacer caso a las nuevas ideas que el pueblo tiene sobre Cristo y sobre la Iglesia. Por eso, hay que consultar al pueblo, hacer un referendum para ver lo que opina y ponerlo como santidad en la Iglesia.

La santidad consiste en obrar, en cada segundo de la vida, la Voluntad de Dios. Y eso no es nada fácil porque se trata de no hacer ni la voluntad propia, ni la de los hombres, ni la del demonio. Y quien no sepa discernir espíritus, entonces vive como Francisco en la Iglesia: haciendo lo que le da la gana. Y a eso lo llama santidad escondida, ordinaria.

«Esta es, para mí, la santidad común. Yo asocio frecuentemente la santidad a la paciencia: no solo la paciencia como hypomoné, hacerse cargo de los sucesos y las circunstancias de la vida, sino también como constancia para seguir hacia delante día a día. Esta es la santidad de la Iglesia militante de la que habla el mismo san Ignacio» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Por supuesto, que San Ignacio no habla de esto. Esta es la coletilla de Francisco, para dar importancia a sus palabras baratas.

Quien haya leído a San Ignacio, verá que él pone la santidad en la obediencia a Dios. Y él explica las cuatro clases de obediencia que el alma tiene que tener en la Iglesia si quiere ser de Cristo. San Ignacio ni habla de hacerse cargo de los sucesos y circunstancias de la vida, porque eso impide la obediencia a Dios. Ni tampoco habla de la constancia como virtud humana, sino como la fuerza para perseverar en la Verdad, en el dogma, luchando contra el demonio que lleva a desobedecer la Palabra de Dios.

“La llave del cielo es la obediencia, así como la inobediencia lo hizo y hace perder.” (San Ignacio – Constituciones). La llave del cielo no es resolver los problemas de los hombres. No es criar hijos, ni ganar dinero, ni trabajar en la iglesia de cualquier manera. Hay que criar los hijos para el cielo, para Cristo, no para el mundo, no para la sociedad. Hay que ganarse el Pan del Cielo, el Pan de Ángeles, con la oración y con la penitencia. Y lo demás, el pan material viene por añadidura. Hay que trabajar para dar la Verdad en la Iglesia. Hay que luchar por salvar almas, no cuerpos, no estructuras sociales, económicas, políticas. Hay que ser de Cristo, no del mundo.

San Ignacio dice palabras muy fuertes sobre la obediencia, que hoy nadie sigue: «Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas. Porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro, que dio los diez mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.» (Constituciones – Regla 13). Cuando la Jerarquía verdadera dice la verdad en la Iglesia, entonces hay que someterse a ella completamente. No hay que obedecer al pueblo de Dios, a lo que los hombres piensan sobre su vida, a lo que los hombres lloran por sus vidas. La gente se lamenta porque tiene problemas económicos y de todo tipo. Pero la gente no llora por sus pecados. Y no lo hace porque existe una Jerarquía infiltrada que ha enseñado a la gente a vivir de su mentira dentro de la Iglesia. A vivir pecando en la Iglesia. A dar culto a su pecado.

Y esto es Francisco: el que se inventa una nueva iglesia con una nueva santidad: «Esta Iglesia con la que debemos sentir es la casa de todos, no una capillita en la que cabe solo un grupito de personas selectas. No podemos reducir el seno de la Iglesia universal a un nido protector de nuestra mediocridad» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Llama mediocres a la gente que vive de la Tradición, de los dogmas, de la ley divina, de las enseñanzas del auténtico Magisterio de la Iglesia. Para él, eso es mediocridad. La santidad es ser una Iglesia llena de pecadores, de gente que vive su vida y trata de resolver sus problemas, sin importar quitar el pecado, porque ya no existe el pecado, sino el lenguaje humano del pecado. El pecado no es un dogma sino es el fruto de lo que el hombre piensa y ve en su vida. El dogma produce un grupito de personas selectas: una clase social alta, una jerarquía en posiciones de mandar lo que no le gusta a la gente. Y hay que ser una jerarquía que agrade a la gente, que hable lo que la gente quiere escuchar.

Se quiere ofrecer la visión de Jesús sin un lenguaje moralizante, con un lenguaje nuevo, porque no es posible presentar a Jesús como Dios, sino como un amigo, como un hermano, como alguien cercano al hombre. Hoy la gente no busca a Dios por ser Dios, sino que busca a Dios porque es un amigo, un compañero de la vida, uno más entre los hombres que no juzga a nadie, sino que tiene misericordia con todo el mundo y todo lo perdona.

Y, por tanto, es necesario presentar la Iglesia no como la depositaria de la única verdad, sino abierta al diálogo con el ser humano, para que aprenda lo que el hombre ha obrado con su libertad, y que es una verdad que la Iglesia no ha meditado.

Las necesidades de los hombres, en las sociedades modernas, tienen mayor valor que la doctrina que Cristo predicó hace 20 siglos. La complejidad de la vida humana, su diversidad, sus diferencias, han puesto al hombre en un camino nuevo, un camino que Cristo no recorrió porque eran otros tiempos, otras culturas, otras mediciones de la vida espiritual.

La Iglesia tiene que acercarse a hablar con los hombres sobre sus problemas en sus vidas, sobre sus heridas, sobre sus deseos actuales, marcados por la ciencia y la técnica humana, por el pensamiento humano, por la actividad de los hombres. Es el hombre el que se guía a sí mismo y quiere que Cristo y la Iglesia vayan detrás de su pensamiento humano.

Cristo enseñó una doctrina espiritual, pero hay muchas formas diferentes para vivir esa enseñanza. Y cada persona tiene que encontrar la forma que se adapte a su manera de ser, a su manera de ver la vida, a su concepción de lo que es el mundo y Dios.

Los hombres son libres y, por tanto, hay que respetar esa libertad para poder comprender el sentido de la vida.

La verdad ya no hace libres, porque la verdad son muchas cosas, es algo relativo, algo de la conciencia de cada uno. La única verdad es vivir libremente. Practicar el deseo de hacer lo que el hombre quiera en su vida.

Y, entonces, aparece la nueva santidad: la forjada con el propio pensamiento humano. Cada hombre decide lo que es agradable a Dios, lo que es voluntad de Dios, lo que es bendición de Dios.

De esa manera, se forma una nueva iglesia, un conjunto de hombres, cada uno con su idea de la espiritualidad, viviendo su forma de ser, su manera de comprender lo divino, su culto al dios de su razón.

Y esta nueva comunidad necesita un lenguaje que congregue muchos pensamientos diferentes, discordes, contrapuestos, absurdos, pero todos válidos para los hombres. Porque es sólo el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo. Es la opinión del hombre, no es el juicio de Dios. Ya Dios no hace Justicia, porque ha muerto por todos y sufre con todos.

Este pensamiento, aquí expuesto, es de muchos en la Iglesia Católica. Y no es de ahora, sino que el hombre lleva trabajando, en su mente, para hacer de la Iglesia un nido de demonios encarnados.

Está escrito: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18b).

Esto es Verdad, pero hoy todos pueden ver que el infierno está prevaleciendo sobre la Iglesia; los escándalos se suceden día tras día. Y esto es posible porque el hombre ha abierto, de par en par, su mente al demonio. Y quien abre la mente, cierra su corazón.

La fe se obra con el corazón dado a la escucha de la Palabra de Dios. Cuando el hombre asiente a la Revelación Divina, cuando somete su pensamiento humano a lo que le dice Dios sobre su vida, entonces el hombre vive y obra la fe.

Pero cuando el hombre cierra su corazón a la enseñanza de Dios, de forma automática, su mente se abre a las ideas que el demonio pone en ella.

La actual Iglesia está enferma, porque piensa la vida espiritual. Y quien piensa no cree.

La Iglesia está enferma de su soberbia que no quiere quitar. Es una enfermedad crónica, grave, que es imposible de curar ya. Y, por eso, la Iglesia tiene que ser destruida definitivamente por el infierno.

La actual Iglesia es una estructura, es un conjunto de normas, de leyes, de principios, que sólo condenan a las almas, porque se impide la obediencia a Dios. La Jerarquía está obedeciendo a una estructura. Y, por eso, todos callan ante Francisco. Los Obispos se someten a la estructura que viene Roma. Y lo hacen sabiendo que Francisco es un hereje. Esto es una realidad que todos saben, pero que deben callar.

La Iglesia, en esa estructura, se inventa un lenguaje humano para que sacerdotes y Obispos, sigan dando la obediencia a un hereje. Porque, ahora, la santidad es de otra manera: como la quiere el hombre, como se la pinta en su mente humana.

La Iglesia está enferma en su estructura, una estructura sin Vida Divina. Es una estructura llena de vida humana, mundana, carnal, material, afectiva.

Es cuestión de días la destrucción de las estructuras viejas de la Iglesia. Sobre esta iglesia, el infierno prevalece, porque no es la verdadera Iglesia, la que Cristo fundó en Pedro, y que es llevada sólo por el Espíritu de la Iglesia.

Sobre esas estructuras viejas, Francisco está levantando su bazofia de iglesia. Una nueva iglesia sin futuro, sin un camino de verdad, sin una guía de hombres. En esa nueva iglesia, todo vale, todos opinan, todos deciden, todos eligen sus caminos, sus cultos, sus dogmas, sus pecados, sus conquistas. Todo es relativo a como los hombres quieran vivir. Relativo a su libertad. Se es libre para pensar lo que se quiera; se es libre para obrar lo que se desee; se es libre para vivir de la manera como cada uno lo crea conveniente.

Esta iglesia del demonio sólo tiene un objetivo: crear el ambiente adecuado para poder acoger al Anticristo. Los hombres, si siguen empeñados en su visión dogmática de la vida, entonces no pueden entender el lenguaje del Anticristo.

Su lenguaje es muy simple: él habla para la mente de cada hombre. Y, por tanto, él habla para dar a cada hombre una idea. Esa idea es la que cada hombre ha pensado. No es una idea nueva; no es antigua ni presente ni del futuro. Es la idea de cada uno. Una idea diferencial, que se diferencia de la de los demás hombres. Una idea única para el hombre, autosuficiente, sin posibilidad de rebatirla, de discutirla, de anularla; porque está idea es sólo una perfección en el hombre. Y, cada hombre, tiene su grado de perfección respecto a su idea. Por eso, es necesario respetar, tolerar, las ideas de los demás hombres, porque son grados de perfección en la inteligencia humana.

El Anticristo no va a dar una doctrina nueva. Va a ofrecer lo que cada hombre busca en su vida. Va a poner en las manos de los hombres el gusto por la libertad de pensamiento: sé libre para pensar y hallarás tu verdad, tu grado de perfección en la vida.

Esta santidad nueva ya es de muchos en la Iglesia Católica: piensa a Cristo como quieras. Piensa los dogmas como quieras. No juzgues a nadies, no condenes a nadie por sus vidas. Todos son santos, todos son ejemplo para los hombres. Todo es uno en el pensamiento del hombre. Cualquier idea vale porque lleva a la idea del hombre. Quedarse en los dogmas, conduce a la idea de Dios. Pero ya Dios se ha hecho muy humano y, por eso, Dios sólo quiere la idea del hombre, lo que lleve al hombre. La Voluntad de Dios es lo que el hombre obra todos los días en su vida. Es la rutina de su vida. Sus obras son perfectas si se ocupan de resolver problemas entre los hombres. Hay que hacer una nueva iglesia llena de hombres con estas ideas de tener a un Dios tan humano, tan hombre, tan sentimental tan tierno, tan homosexual con los hombres, tan pecador con los pecadores.

La condenación de las almas en vida

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«Y Adán conoció a Eva, su mujer, y concibió y parió a Caín. Y dijo: “Adquirí un hombre del Señor”» (Gn 4, 1).

Para comprender cómo un hombre se hace un demonio es necesario entender que todo hombre es libre, con una libertad total, sin que nada ni nadie pueda impedir esa libertad.

Sin el don de la libertad, que Dios da a todo hombre, no hay ni salvación ni condenación. En último término, quien se salva y se condena es la misma persona, a causa de su libertad. Dios la juzga en su ser libre, en lo que la persona ha escogido para su vida.

Adán, cuando peca, conoce a su mujer, a Eva, y concibe, en su pecado, un hijo. Ese hijo viene con todo el pecado original, de una manera directa, porque el padre es el mismo que cometió el pecado. No es un descendiente de Adán.

Luego, ese hijo, Caín, adquiere toda la magnitud del pecado original, no una parte, sino que en ese hijo está toda la maldad de ese pecado. Por eso, el nombre de Caín significa, en hebreo, adquirir, comprar, obtener. Adán obtuvo un hijo con su pecado; compró un hijo con su pecado.

Pero Dios hace a Caín libre. Y, a pesar de que recibe todo el pecado de su padre, Caín puede salvarse.

«Y aconteció, después de días, ofrecer Caín -de los frutos de la tierra- sacrificio al Señor» (Gn 4, 3). Caín, en su libertad ofrece al Señor su trabajo; pero Dios no le hace caso: «pero a Caín y a sus sacrificios no atendió» (Gn 4, 5). Dios atiende a Abel, pero no a Caín. Y la razón es muy sencilla: Caín es fruto del pecado de Adán. El primer fruto, en el cual está todo el demonio. Dios mira lo que hay en el alma de Caín: una obra demoníaca. Y Dios sabe cómo es esa obra del demonio en Caín. Por qué está ahí y para qué está ahí. Caín no lo sabe totalmente. Caín ha nacido con eso. Él es inocente de cargar con el pecado de su padre. Pero lo carga, lo siente, permanece en él, sin que él pueda quitarlo, rechazarlo, impedirlo.

Dios rechaza el trabajo de Caín porque sabe que las obras de Caín no son buenas. En apariencia son buenas, pero están torcidas por el demonio, que habita en él. Y el Señor le amonesta a Caín: «¿Por qué te has enfurecido y por qué andas cabizbajo? Si hubieras ofrecido rectamente, andarías erguido, pero si no has obrado bien ¿estará el pecado a la puerta? Cesa, que él siente apego por ti y tú debes dominarle a él» (Gn 4, 6-7).

Caín, inocente de lo que su padre ha puesto en él, por generación, es libre para aceptar eso o rechazarlo. Sus obras están viciadas por eso; pero sigue siendo libre. Él hace esas obras libremente, sin que el demonio le impida en su voluntad. El demonio le sugiere la obra y Caín, con su voluntad libre, lo obra. Este es el Misterio del Mal y de la libertad del hombre.

Caín puede rechazar con su voluntad la obra del demonio en su alma. Pero, en la práctica, no la rechaza, sino que la quiere. Por eso, se entristece porque las obras de su hermano sí son agradables a Dios. Ya no mira a su hermano con pureza, sino con malicia. Y, por eso decide matarlo: «Y cuando estuvieron en el campo, se alzó Caín contra Abel, su hermano, y lo mató» (Gn 4, 8).

Aquí comienza, con Caín, la raza maldita de los hombres. Caín es el fruto primero del pecado de Adán. Es decir, la serpiente convenció a Adán para que engendrara un hijo fuera de la Voluntad de Dios. Y ese conocimiento que recibió Adán del demonio era para formar una humanidad del demonio. Era necesario que Adán diera al demonio un hijo para que éste comenzara su humanidad maldita, diabólica. Por eso, los gigantes vienen de Caín. En Caín está una fuerza tan maligna como para hacer de la naturaleza humana una abominación, una desviación. Y no hay que entenderlo como una evolución del ser humano, sino como la caída de la especie humana en una degradación. Por eso, el Señor tuvo que castigar al hombre con el diluvio.

«Ahora, pues, maldito serás de la tierra, que abrió su boca para recibir de mano tuya la sangre de tu hermano» (Gn 4, 11): no hay lugar en la tierra para Caín. Las obras de Caín son malditas siempre. Sus hijos, sus vidas, sus pensamientos. «Cuando la labres, te negará sus frutos, y andarás por ella fugitivo y errante» (Gn 4, 12). Caín vive condenado en vida; es lo que significan estas palabras. No hay bendición en las obras de Caín. No hay camino en la vida de Caín. No hay verdad en el pensamiento de Caín. Siempre Caín huirá de toda Verdad, caminará por sendas de pecado, de mentira, de error. Y sus obras son para el infierno.

Caín mata a su hermano Abel. Por este pecado, viene la maldición de Dios, porque el alma de Caín queda totalmente poseída por el demonio para obrar sólo lo que el demonio quiere. Es una posesión absoluta, que no se puede quitar con nada. No es posible la liberación por dos cosas: el pecado de Adán, transmitido a Caín, y el propio pecado de Caín.

El demonio iba trabajando el alma de Caín para que obrase el pecado que le permitía ocupar su alma de manera perfecta. Y Caín aceptó en su alma ese pecado, y lo obró con su voluntad libre. Y es un pecado perfecto, que lleva a la condenación en vida.

Ante la realidad del pecado de Caín, es más fácil comprender cómo un astro divino, un sacerdote, un Obispo, puede transformarse en el Anticristo.

El Anticristo viene de la unión sexual entre un Obispo y una mujer entregada al demonio: “Durante este tiempo, nacerá el Anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa virgen que tendrá comunicación con la antigua serpiente madre de la impureza. Su padre será un obispo. Al nacer vomitará blasfemias y tendrá dientes: en una palabra, será un demonio encarnado; lanzará gritos espantosos y hará prodigios y no se alimentará sino de impurezas… a la edad de 12 años llamará la atención por las ruidosas victorias que alcanzará» (Mensaje de La Salette – 1846).

Un Obispo concibe un hijo de su pecado. Todo sacerdote que se acuesta con una mujer siempre engendra un anticristo. Porque el sacerdote está para engendrar “cristos” en las almas. Si engendra un hijo con una mujer, comete el mismo pecado de Adán. Adán tenía una mujer para engendrar hijos de Dios. Escucha al demonio y obra un pecado: engendra un hijo para el demonio.

Este Obispo no se acuesta con cualquier mujer, sino con falsa virgen; es decir, una persona religiosa, que se hace pasar por virgen, que está en un convento, pero que, en vez de dedicarse a la oración, tiene trato con el demonio en ese convento. Es una mujer que ha escuchado al demonio, como Eva, y va tras un Obispo para hacerle caer en el pecado. En una falsa virgen que quiere un hijo de un Obispo, según el conocimiento que el demonio le ha dado.

De ese encuentro sale el Anticristo, que al nacer tendrá la obra del demonio: vomita blasfemia. Es decir, esa alma está condenada. Es un demonio encarnado. Es un alma poseída totalmente por el demonio, como Caín. Pero es un alma libre. Nace con la carga del pecado de su padre y con lo que su madre ha hecho para engendrarlo. Nace con el espíritu del Anticristo, que le viene por vía paterna. Y nace para una obra demoníaca. Un alma muy inteligente, porque a los doce años alcanza muchas e importante victorias.

El demonio va llevando a esa alma hacia lo que quiere de él. Por eso, esa alma es un Obispo; un astro divino, un hombre que tiene la vocación al sacerdocio. Un hombre que alcanza una gran dignidad en el Vaticano. Pero un hombre que tiene que cometer su pecado para ser el Anticristo, para convertirse en el Maldito, en el Innombrable.

El Anticristo es otro Caín: tiene que matar a su hermano Abel. Tiene que matar a un Obispo para ser el Anticristo. Y si el Anticristo tiene que sentarse en la Silla de Pedro, tiene que matar a un Papa.

Las profecías ya se han cumplido. Y, cuando esto ocurre, ya no hay más profecías, sino que sólo se dan los hechos, las obras.

Estamos en el tiempo del Anticristo, en los Últimos Tiempos: «Verás muchos cambios en la iglesia. Los cristianos que recen serán pocos. Muchas almas caminan hacia el infierno. Las mujeres perderán el pudor y la vergüenza. Satanás tomará su forma para hacer caer a muchos. En el mundo habrá crisis comunes. El gobierno caerá. El papa pasará horas de agonía; al final yo está ahí para conducirlos al paraíso. Tendrá lugar una gran guerra. Muertos y heridos incalculables. Satanás cantará su victoria pero será el momento en que todos verán a mi hijo aparecer sobre las nubes y el juzgará a cuantos han despreciado su sangre inocente y divina. Entonces mi Corazón Inmaculado triunfará» (Teresa Musco, 20 de mayo de 1951).

Esto es lo que estamos observando: cambios radicales, constantes en la Iglesia. Se cambia para mal; se cambia para condenar a las almas; se cambia para destrozar la Tradición; se cambia para negar la verdad; se cambia para configurarse a las modas de los hombres, a sus pensamientos, a sus ideales en la vida.

Y tenemos un Papa que está pasando su agonía. Y la pasa solo, sin el apoyo de nadie. Callado, porque no puede hablar. Le han relegado a una habitación y ahí permanece, como un tonto, como un loco, como un enfermo mental.

Y ya se huelen las guerras, las crisis de todo tipo, las revueltas; porque estamos en el Fin. No estamos esperando el Fin. Ya es el Tiempo. Ya no hay más Tiempo.

«Sábete hija mía que Satanás reina en los más altos puestos. Cuando Satanás llegue a la cima de la iglesia, entiende que este instante habrá conseguido seducir a los espíritus de los grandes científicos y será el momento en que ellos intervendrán con armas potentísimas con las cuales es posible destruir gran parte de la humanidad» (Teresa Musco, 13 de agosto de 1951).

Satanás ya llegó a la cima de la Iglesia. Ya ha puesto al maldito Francisco gobernando la Iglesia. Y lo ha hecho en el momento en que los hombres del mundo tienen un gran progreso científico y técnico para el mal, para poder producir la tercer guerra mundial con sólo apretar un botón.

Iglesia y mundo se unen para la obra del Anticristo. Francisco está poniendo el camino para que entren en el Vaticano toda clase de personajes que destruyan la Iglesia con sus falsas apariencias de bondad humana, de amor al prójimo, de deseo de encontrar la paz entre todos los hombres. Él ya habla de su Iglesia Universal y de liderazgo en esa Iglesia. Él quiere ser uno que contribuya a la obra del Anticristo. Él es otro anticristo, otro Caín. Pero su obra es distinta al Anticristo.

Él sólo mueve las masas con su palabra barata y blasfema. Es el charlatán del pueblo de Dios. Es el que entretiene a los hombres con una sonrisa, besando a los niños, abriendo su boca para no decir nada. Siempre que la abre es para meter la pata. Francisco es un tarado espiritual. Ni sabe gobernar la Iglesia ni sabe guiar su alma hacia la verdad de la vida. Es un vividor de su ignorancia en la Iglesia. Se alimenta de su orgullo. Y obra su impureza en todo lo que hace en la Iglesia.

Por eso, Francisco huele mal. Huele a podrido. Su obra es destruir las conciencias de los hombres. Su obra es negar a las almas el camino de la salvación. Su obra es para que los hombres vean en sus vidas la necesidad de ponerse por encima de toda ley divina. Francisco enseña a pecar. Y sólo puede enseñar eso. Se pone una careta de verdad para ocultar su obra: exteriormente dice palabras bien concertadas, que gustan a todos, menos a los que saben de qué está hablando. Pero con una llamada telefónica imprime la verdad de su pecado en las almas.

Francisco es el típico idiota que se las da de sabiondo, pero que enseguida se ve su juego, porque es un ignorante, habla como un plebeyo, y vive como un loco de atar. Si no quieres obrar como Obispo, si no quieres atenerte a los principios morales, religiosos, éticos, si no quieres dar la verdad en la predicación del Evangelio, ¿para qué eres Obispo? Si sigues dando tus mentiras a la Iglesia, es que eres un hombre loco de atar.

«Qué de estragos hacen en medio de la juventud y de los niños el pecado de la impureza. La familia cristiana ha dejado de existir. Rogad incansablemente. . . Roma será castigada. . . Rusia se impondrá sobre todas las naciones, de manera especial sobre Italia, y elevará la bandera roja sobre la cúpula de san Pedro; la basílica será rodeada de leones muy feroces» (Madre Elena Aiello – 27 de marzo de 1959).

Huele a comunismo en el Vaticano. Se abren las puertas para que entre en Roma la destrucción de todo. Porque hay que quitar los 20 siglos de riquezas espirituales, que están en Roma, para hacer la Catedral al Anticristo. Hay que despejar el área. Hay que hacerlo todo nuevo sólo para una persona, que tiene en su alma la destrucción, la muerte; que es otro Caín: un maldito.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo

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Francisco es un hombre necio, que clama su mentira, ignorante de la vida de la Iglesia y que pone su obra en agradar a los hombres. No sabe nada de lo que es la Verdad en la Iglesia. No sabe obrar la Verdad, no sabe ser de la Verdad, no sabe guiar hacia la Verdad.

Francisco se sienta en la Silla de Pedro para invitar a la Iglesia a un camino que no es el de Cristo, que no conduce a la santidad de la vida, que no lleva el sello de la Verdad. Y, por tanto, Francisco se dirige, desde esa Silla, a la gente simple, a la gente que no tiene sentido de la vida espiritual, a la gente boba, que vive su vida de acuerdo a la inteligencia del hombre, según la sabiduría de los hombres, pero que no ha aprendido a discernir las palabras de los hombres en el Espíritu.

Francisco no habla una sabiduría que no es de este mundo, que no es de los jefes de este mundo, sino que habla la sabiduría que está condenada a perecer, la que crucifica a Cristo y a la Iglesia, porque es la propia de los hombres sin espíritu (cf. 1 Co 2, 6), que sólo hablan de lo que tienen en su mente humana, de lo que han conseguido con su razón humana, con su idea loca de la vida.

Francisco no habla de esa sabiduría entre los perfectos, porque él no busca la perfección, las obras santas en la Iglesia. Y, por tanto, no puede dar lo que no tiene, lo que no busca, lo que no ha aprendido nunca. Él da su vida de pecado en medio de la Iglesia, como algo que todos deberían seguir en la Iglesia. Y muchos se equivocan con Francisco porque viven la misma vida de pecado en la Iglesia. No saben ver a un hereje porque no saben ver sus mismos pecados que cometen en sus vidas. Y, por eso, quieren defender a Francisco como el Papa elegido. Y no se dan cuenta que quien eligió a Francisco para sentarse en la Silla de Pedro es el mismo que han elegido ellos para sus vidas : al demonio.

¿Por qué la Iglesia no llama Francisco con el nombre de hereje ? Porque vive en el mismo pecado que vive ese hereje. Quien vive en el pecado elige al pecador para que lo gobierne en la vida. El Espíritu Santo nunca pone a un hereje como Papa. Pondrá a un hombre pecador, pero que sabe reconocer su pecado y que llama al pecado con el nombre de pecado. El humilde ve su pecado y no hace propaganda de su pecado, sino que lo quita, lucha contra su pecado y no quiere que nadie lo sepa. Pero el soberbio manifiesta su pecado ante todo el mundo para que todos le den publicidad : « El sabio esconde su ciencia, la boca del necio anuncia la ruina » (Prov. 10, 14).

La misma Iglesia está haciendo propaganda de un hereje. Luego, está anunciando su misma ruina. La Verdad ha sido impedida en la Iglesia, ya no se escucha, ya no se dice por la boca de lo que son suyos. La Verdad, ahora la dicen otros, que no tienen nada que ver con la Iglesia, pero que son humildes en su corazón para ver la Verdad. Muchos de los que dicen que pertenecen a la Iglesia no es verdad, no pertenecen, sino que son maridaje con las obras del diablo y del mundo, que ha puesto su morada en medio de la Iglesia. Y muchos que están fuera de la Iglesia son las almas que llevan en el corazón la Iglesia y que ven la Verdad de todas las cosas en el Espíritu : « Y otras ovejas tengo que no son de este aprisco ; ésas tengo Yo que recoger, y oirán Mi Voz, y vendrá a ser un solo rebaño, un solo pastor » (Jn 10, 16).

Francisco enseña a pecar, porque esa es su vida, su obra, su dedicación en la Iglesia. Por eso, sus palabras son dulces en la Iglesia, porque agradable es el pecado. Sus palabras están llenas de mentira encubierta y eso las hace sabrosas para los hombres que, como él en su vida simple, pueblerina, están en la Iglesia para vivir su pecado, su endiosamiento en todas las cosas de la Iglesia.

Francisco, cuando habla, tapa la Verdad, la oculta, y eso hace sabroso su pensamiento ; porque así obra la persona necia, la persona sin inteligencia, la persona que se cree algo porque entiende algo con su mente humana : habla lo sabroso que ha conseguido con su inteligencia, pero ocultando la verdad, que no es sabrosa para su mente.

En el espíritu del mundo, los sabios son los que hacen el mal, los que hablan la mentira, los que ponen su vida como modelo para los demás. Pero, en el Espíritu de Dios, los sabios son los que obran las virtudes, los que enseñan las falacias de los discursos con la Verdad clara de la sabiduría divina, los que imitan la Vida de Aquel que es la Eterna Sabiduría, de Aquél que es, no sólo el Modelo para todo hombre, sino el Artífice de la vida de todo hombre.

Muchos, con Francisco, no se dan cuenta de que allí, en la Iglesia, desde la Silla de Pedro, se encuentra la muerte, se encuentra el engaño, se encuentra la desnudez de toda Verdad. No han caído en la cuenta de esto. No ven el camino hacia lo profundo del infierno que lleva Francisco a toda la Iglesia.

« Fuente de Vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre la violencia » (Prov. 10, 11). Francisco no da lo que tiene en su corazón abiertamente, sino que se pone una careta, una pantalla de santidad, de justicia, de amor hacia el hombre y hacia los pobres. Le interesa estar con una máscara en su negocio en la Iglesia, porque no sabe romper con los dogmas que tiene la Iglesia igual que ha roto con el dogma del Papado.

Para quitar el Papado ha sido fácil. Sólo hay que sentarse en la Silla de Pedro y poner un gobierno horizontal con la sola decisión suya. Facilísimo. Y nadie se le vino encima, por la falsa obediencia a un Papa. Un verdadero Papa mantiene la verticalidad en la Iglesia, porque la Iglesia se sostiene sólo en Su Vértice. Pero la Iglesia se derrumba si se quita el Vértice.

El Vértice en la Iglesia es sólo el Papa. Los demás, abajo, por debajo, en obediencia al Papa. Y, por tanto, nunca puede darse un gobierno horizontal en la Iglesia. Nunca. Si se da, eso va en contra del dogma del Papado : « Tú eres Pedo y sobre esta Piedra » edifico lo demás, lo que está por debajo de esta Piedra, lo que nadie puede entender sino sólo Pedro.

La Sabiduría en la Iglesia sólo la tiene Pedro. A Pedro todos oyen. A Pedro todos obedecen. La astucia del demonio es poner un hombre que habla lo que el hombre quiere escuchar, para que amen a ese hombre como a su Salvador en la Iglesia, como a un santo, como a un justo, por el oficio que ese hombre tiene en la Iglesia.

Es triste ver cómo la Iglesia no tiene discernimiento espiritual, no vive de cara a Dios, no obra las obras de Dios, no ama con el amor de Dios. Y, por eso, se deja engañar de un embaucador de la Verdad, de uno que coge la palabra divina y la tuerce como quiere, la destroza con el aplauso de tantos embaucadores -como él- en la Iglesia.

Si pasa esto en la Iglesia es porque se lleva ya tiempo en el mismo juego. Esto no viene de ahora, es el fruto de un tiempo en que los hombres de la Iglesia sólo se han dedicado a mentir a toda la Iglesia. Los Papas en la Iglesia se ha dedicado a decir la Verdad, a obrar la Verdad, pero los que están abajo, los que deberían estar en obediencia al Papa, se han rebelado, y han puesto en la Iglesia lo contrario a lo que los Ellos decían.

La rebeldía y la desobediencia de muchos en la Iglesia al Papa es el fruto que vemos, hoy día, en la Silla de Pedro, en el que se sienta, ahora, en esa Silla. Francisco es el negocio de los rebeldes y desobedientes a Cristo en la Iglesia. Lo han comprado para que lleve a la Iglesia hacia su ruina. Lo han vendido para hacer entrar en la Iglesia el poder del mundo. Y lo han llevado a la cima para destronarlo como necio, que es. Porque Francisco no se da cuenta de lo que pisa sus pies, de dónde está parado.

La Iglesia, en estos momentos, pertenece al demonio. La Iglesia que se muestra en Roma. La verdadera Iglesia no se muestra en Roma, sino que está escondida en muchos corazones fieles a la Palabra y que no la cambian por más dulces, en sus palabras, que dé Francisco.

La falsa iglesia, que ya está revelándose al mundo en Roma, es sólo la del demonio y, por tanto, regida por los hombres que dan culto al demonio. Y esos hombres se ponen todavía la careta. Son sacerdotes, Obispos, fieles, que hablan bonito, pero que obran la maldad en la Iglesia. Sus caretas son fáciles de ver, porque la Verdad, aunque esté oculta, resplandece en ellos.

La Verdad ilumina la tiniebla. Nada está oculto cuando la Verdad da Su Luz. « No se pone una luz bajo la mesa », sino que se coloca encima para que dé la luz a todo el mundo. Cristo es la luz del mundo e ilumina a todo hombre, porque ha vencido al mundo, al demonio, a los hombres que sólo viven para pecar.

Con la Resurrección de Cristo, las cosas ya no son como antes. A Cristo lo mataron porque lo persiguieron a muerte y Él se dejó matar, por Voluntad del Padre. Pero la muerte de Cristo es la Victoria de la Vida sobre el pecado, sobre toda mentira, sobre todo engaño. Y ya no es posible para el demonio actuar como lo hizo con Cristo. El demonio tiene que ponerse una careta para ir en contra de la Verdad. Ya no puede ir abiertamente, porque la Luz de Cristo lo ilumina todo. La Verdad ilumina las caretas que se ponen los herejes, como Francisco, para que la gente vea que ese hombre no es de Dios, que debajo de esa careta, está la boca del demonio.. Ya nada hay escondido con la Resurrección de Cristo. Ya no se puede esconder la Verdad. Y la Verdad de Francisco es su pecado que ya no oculta, que ya lo obra sin más en medio de la Iglesia.

Por eso, Francisco tiene que hablar medias palabras, pero no sabe obrar en contra de la Verdad abiertamente, como lo hizo quitando el Papado. No tiene inteligencia, no tiene poder para eso, no le dejan. Eso se ve por las guerras internas que hay en su gobierno horizontal, las contradicciones de todos, la división que muestran ocho hombres que, también, tienen que usar la careta en la Iglesia.

Pero es tiempo de quitarse las caretas y que cada uno en la Iglesia elija el camino : o hacia el Cielo o hacia el infierno.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo. Francisco muestra muchas caras que no pertenecen a Cristo, sino que son su invento de lo que debería ser Cristo en el mundo de hoy. Y Cristo está por encima de todo tiempo, de toda historia de los hombres, porque es el mismo ayer, hoy y siempre. No cambia. No puede amoldarse a las modas de los hombres, a las culturas de los hombres, a la evolución del pensamiento de los hombres. La Verdad yace en un corazón humilde desprovisto de las bases y de los apoyos de los hombres, para vivir sólo la Obra Divina a la cual ha sido llamado desde toda la eternidad. La Iglesia es para los humildes que nunca cambian de careta, sino que siempre tienen el rostro de cristo en sus almas, en sus corazones y en sus espíritus.

Francisco sólo busca la popularidad en la Iglesia

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“esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos [Lc. 22, 32]. Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno”. (CONCILIO VATICANO I – SESION IV (18 de julio de 1870) Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice ).

Enseña el Magisterio de la Iglesia que la Sede de Pedro siempre está intacta de todo error. Y, además, enseña que es Pedro, al tener este carisma de la verdad y de la fe, el que conserva a la Iglesia sin error.

El Papa verdadero nunca habla, enseña, gobierna con la mentira, con el error, con la herejía, con la falsedad de la vida. Siempre el Papa verdadero dice, obra y gobierna con la Verdad.

Es así que Francisco dice mentiras, herejías, errores, enseña a vivir de cara al mundo, gobierna la Iglesia con la mentira, y obra el engaño en todas las cosas.

Luego, Francisco no es el Papa verdadero, sino uno que se hace llamar Papa sin serlo, un impostor, una falsa cabeza con un falso gobierno en la Iglesia.

Pedro nunca dice una herejía en la Iglesia. Nunca. Ahí tienen las herejías de Francisco: son clarísimas. Luego, no se puede obedecer a Francisco porque no es Pedro.

No se puede llamar a Francisco como Papa, porque no es Pedro. Francisco hace que la Sede de San Pedro caiga en el error, en la mentira, en el engaño. Luego, no la mantiene intacta. No conserva la Verdad en la Iglesia. Hace que la Iglesia esté dividida: conservadores, tradicionalistas, progresistas, modernistas. Esta es la política que hay en la Iglesia actualmente. Hay división. No hay unidad, porque Francisco no es el Papa verdadero. Y, por tanto, está produciendo la división en la Iglesia, en toda la Iglesia.

El Cardenal Burke dice la verdad: “No sé exactamente cómo podría clasificarse este documento, pero no creo que se lo pueda considerar parte del Magisterio“. Y es removido de su cargo.

Esta es la señal de que Francisco no está en la Verdad, no ve su mentira, su error, sus herejías. Y, cuando alguien de los Cardenales se opone a él, valientemente, en vez de reconocer su error, lo quita de en medio.

Así es todo ahora en Roma. Quien hable en contra de Francisco, lo liquidan, lo mandan callar. Esto es gobernar con la dictadura, no con el Espíritu Santo, no con la verdad.

Francisco no ve su pecado. Luego, no puede gobernar la Iglesia con la Verdad, sino con la mentira.

Y la Iglesia no ha puesto el dedo en la llaga todavía con Francisco. Sigue buscando razones, pretextos, excusas, para justificar a un hereje, como Francisco.

El dedo en la llaga consiste en llamar Francisco: hereje. Y hacer que salga del gobierno de la Iglesia, que se vaya de la Silla de Pedro, porque es un hombre inútil para la Iglesia. Que lo destituyan, que lo destronen, porque hace que la Sede de Pedro esté contaminada con el error.

La gente va despertando del bodrio de Francisco, pero despierta mal. Sólo se escucha que Francisco es un enigma, que no se puede comprender lo que piensa, que es oscuro, pero nadie se atreve a decir: Francisco no es Papa porque es un hereje. Y ningún Papa verdadero es hereje. Todo Papa, aunque sea pecador, gobierna la Iglesia con la verdad, por causa del carisma que tiene sólo el Papa.

Francisco es un mentiroso, un pecador, dice herejías, y, no tiene ese carisma de la verdad y de la fe. Luego, no es Papa.

Si Francisco, siendo mentiroso, pecador, enseñara la verdad, gobernara la Iglesia con la verdad, entonces sería Papa verdadero. Pero no puede hacer eso, porque no posee el carisma de la verdad y de la fe. Luego, es un falso Papa. Dios no lo ha elegido como Papa. Si lo hubiera elegido, le habría dado ese carisma de la infalibilidad.

¿Lo quieren más claro?

¿Cuándo van a llamar a Francisco hereje, falso Papa, impostor? ¿Cuándo van dejarse de medias verdades con Francisco?

Francisco confronta el humanismo con el cristianismo. ¿Es que no se han dado cuenta?

La doctrina principal del cristianismo es la salvación de las almas del pecado. Reparar el pecado, expiar el pecado, aniquilar el pecado.

Francisco propone salvar a los pobres, a los miserables, a los miembros de la sociedad que están económicamente más desprotegidos. Ésa es el camino equivocado que Francisco ha metido a la Iglesia desde que está en la Sede de Pedro. Camino lleno de errores, que le ha llevado a escribir un auténtico panfleto comunista, como es la Evangelii gaudium. Ahí está el pensamiento de un hereje, no de un Papa que siempre debe mirar por la Verdad de la doctrina y centrarse en lo único importante: las almas, no los cuerpos.

Y este gobierno de Francisco es lo que enfrenta a la Iglesia con la doctrina verdadera, con el cristianismo. Por eso, Francisco ama el mundo y odia la Iglesia. Por eso, el mundo y los gays aplauden a Francisco. Y la Iglesia se halla dividida, preocupada, sin ver el camino de la verdad en la Iglesia.

Y Francisco propone este camino errado hacia los pobres sólo por una cosa: buscar la popularidad entre los hombres, en el mundo, aunque, para ello, tenga que hacer que la Iglesia se levante contra él.

Si la Iglesia se levanta, entonces tiene a sus guardias, para hacer callar a quien ose responderle en la Iglesia. Francisco es un dictador. ¿Es que no se han dado cuenta? ¿Por qué la gente sigue aceptando la falsa humildad de un hereje? En esa falsa humildad se esconde el humanismo de Francisco que contraataca al cristianismo, al catolicismo verdadero.

Llamen a Francisco con su nombre real: hereje. Y déjense de complacencias con él, de cariñitos. No es Papa, luego hay que quitarlo de la Silla de Pedro. Hay que destronarlo.

Un Papa verdadero nunca se equivoca en la Iglesia, aunque sea pecador. Nunca. Luego, Francisco no es el Papa verdadero. Es un impostor. Y aquellos Cardenales que lo eligieron son también impostores.

La Obra de la Redención de Jesús está olvidada en la Iglesia. Francisco ni la mienta, porque no cree en el Sacrifico de Cristo. Sólo cree en su mente humana. Y ahí está todo el contenido de su falsa fe en Dios y en la Iglesia.

Francisco busca la admiración del mundo, a través de actos públicos, a través de declaraciones de todo tipo; Francisco busca la popularidad, ser un hombre para el hombre, caerle bien al hombre y al mundo, decirle al hombre y al mundo lo que quieren escuchar. Y, entonces, no se puede enseñar la Verdad cuando el orgullo va en busca de popularidad, de aplauso, de alabanzas humanas.

Quien busca ser popular se hace infiel a la Verdad de Cristo. Cristo huía al monte para no estar con el pueblo. Francisco huye de Cristo para estar en el mundo.

Quien se hace popular no sigue el camino de la Cruz de Cristo, no sigue las huellas ensangrentadas de Cristo, no se abraza a Cristo Crucificado, sino que sólo besa el trasero de los hombres y del mundo para caer en la idolatría del pensamiento humano.

El que busca la popularidad no puede hablar en nombre de Cristo, no es la Voz de Cristo en la tierra. Es sólo un farsante, un embaucador, un hipócrita que no tiene vida espiritual ninguna.

Francisco busca su popularidad personal en nombre de Jesús. Está blasfemando el nombre de Jesús. Está tomando en vano el Nombre de Jesús. Lo usa para su bien privado en la Iglesia, no para el bien común de la Iglesia.

La Iglesia no es lo que enseña Francisco, no es lo que predica Francisco, no es lo que obra Francisco.

La Iglesia es de Cristo. Y sólo de Cristo. Y Cristo sólo pone una cabeza que nuca se equivoca, que nunca cae en la herejía, que nunca lleva a la Iglesia por camino errados: ¿De qué le sirve a nadie, a los pobres, tener todas las necesidades materiales, económicos, humanas, si su alma se pierde por toda la eternidad?

Francisco sólo hace su política marxista en la Iglesia: su teología de los pobres. Y se olvida de la razón por la que es sacerdote: expiar el pecado de todos los hombres para poder salvarlos y santificarlos.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo, sino el espíritu contrario a Cristo. Por eso, promueve el humanismo, ensalza el humanismo, anima a que todos hagan lo mismo en todas las diócesis. Y eso es oponerse a Cristo, negar a Cristo, anular a Cristo en la Iglesia.

Francisco está sustituyendo a Cristo con el deseo hunano, no de promover la justicia social, sino de buscar la admiración de todos por sus buenas obras. El deseo de ser popular, de ser del pueblo, de estar con el pueblo, en medio del pueblo, viviendo con el pueblo; eso mata el cristianismo, porque se hace con el espíritu del mundo, sin el Espíritu de Cristo.

Por eso, Francisco cae continuamente en el error. Luego, no es un verdadero Papa. Es un farsante, y así hay que nombrarlo sin tener miedo a nadie en la Iglesia.

Porque este es el principal temor de la gente: sublevarse en la Iglesia contra el Papa. No se puede hacer esto cuando el Papa es verdadero. Pero, cuando no es verdadero, entonces hay que levantarse contra ese hereje, que está destruyendo la Iglesia con su popularidad barata.

Hay que linchar a Francisco, sacarlo de la Silla de Pedro, porque un verdadero Papa guarda los tesoros de la Iglesia en su corazón y no permite que nadie en la Iglesia destruya la Verdad que Cristo le ha dado en su Pontificado. Hay que animar al Papa Benedicto XVI a que vuelva a ser Papa, porque él es el Papa verdadero puesto por Cristo en Su Iglesia hasta la muerte.

Francisco: pagano

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“La conciliación con el espíritu del mundo no solo debilita la fe, lleva a su pérdida total.”(San Pio X)

Francisco es el pagano que abre a la Iglesia hacia las conquistas del mundo masónico.

Francisco es un líder para el mundo, no es un líder para la Iglesia. En él está el comienzo de lo que, desde siglos, la masonería ha querido en el mundo.

Para la masonería la Iglesia es sólo un conjunto de normas que no sirven para gobernar, porque suponen una obediencia a Dios. Y esa obediencia está en total oposición a su postulado: el poder despótico.

Lo principal para un masón es gobernar con despotismo, es decir, una idea y llevada a la fuerza, puesta sólo por voluntad de una persona.

Para conseguir este despotismo en la Iglesia, es necesario presentar la verdad dividida, es decir, que de ella puedan nacer muchas verdades.

Este ha sido el trabajo de muchos teólogos en estos 90 años pasados, desde que San Pío X anatematizó el modernismo.

Este Papa salvó a la Iglesia de un caos en su tiempo, pero su doctrina ha sido abolida por la misma Iglesia, porque entró en Ella Satanás durante el Pontificado de Pablo VI.

Pablo VI, buen Papa, pero débil en el gobierno, que permitió que la verdad se dividiera y produjera todos esos males que vemos en todas partes en la Iglesia Católica.

Cuando la verdad se divide, la Iglesia se resquebraja. Y si la Iglesia se parte en muchas partes, entonces el mundo y el hombre desaparecen.

Esta es la idea de la masonería.

Para hacer que el hombre desaparezca como hombre en la tierra, es necesario dividir la Verdad. Y, entonces, el hombre ya no es verdad, ya no vive una verdad, ya no obra una verdad.

Ser hombre, para el masón, es ser cualquier cosa. Por eso, un ateo es hombre verdadero, un homosexual es un hombre verdadero, un budista es un hombre verdadero, porque en ellos hay una parte de la verdad. Y esa parte es la verdad para ellos. No tienen que buscar la verdad fuera de ellos.

El ateo tiene su dios en la razón, no tiene que buscar a Dios en la Iglesia Católica. El homosexual tiene su vivir en su sexo, no tiene que buscar al sexo opuesto para dar sentido a su vida. El budista ha hecho de su razón su divinidad en sí mismo, no tiene que dar a su razón la fe en Cristo, porque cristo vive en su interior, al ser una emanación de la luz divina, de una consciencia divina que está en todo el Universo.

Cuando la verdad se divide, la verdad está en cada uno, en cada hombre, en cada cultura, en cada sociedad, en cada familia, en cada obra del mundo, pero no está en Dios.

Este ha sido el trabajo de la masonería durante siglos en el mundo. Y así ha conseguido un mundo pagano, donde hay muchas verdades y, cada uno, sigue las que les interesa para vivir y para obrar.

La masonería ha ido preparando el terreno, sin tocar a la Iglesia, porque ésta es para lo último. El cambio en la Iglesia se produce cuando en el mundo no es posible el cambio hacia la verdad, cuando ya en el mundo todos viven sus verdades y no hay otras que no sean las suyas.

Esto significa el paganismo: el hombre se apoya en ‘su verdad’, la que a él le ayuda a vivir en el mundo. Y esa ‘su verdad’, que es siempre una mentira, un error, un pecado, es un dogma para él. Sigue ese dogma y no puede quitarlo de su mente ni de su corazón.

Así se encuentran muchos hombres en el mundo. Eso es sólo el trabajo de la masonería en el mundo.

Pero la masonería ha dejado este trabajo de dividir la verdad en la Iglesia hasta el final por una razón muy sencilla.

La verdad que está en la Iglesia viene de la Autoridad de Dios, no viene de la autoridad del hombre. Es una verdad que nace en Dios y sólo en Dios.

Para los masones Dios existe, pero no como Dios, sino como un ser que ellos han creado para sus mentes humanas.

Para el masón la idea de Dios no es la idea que se tiene de Dios en la Iglesia y en la filosofía.

Dios, para el filósofo en un Ser, es un ente, es algo propio con vida propia. Y, para la Iglesia, Dios es Tres Personas en Una Esencia.

Pero para los masones, Dios no es un Ser, Dios no es Tres Personas que se Unen en una Sola Naturaleza, sino que Dios es la idea de un bien que concibe la mente para poder vivir su vida como hombre.

Todo hombre necesita de un dios, de una idea que le lleve a dios, de un movimiento racional hacia dios. Y esta idea es sólo para que el hombre se convenza de que su vida va por un camino recto.

Si el hombre tiene una idea buena en la vida, entonces camina en el bien. Si el hombre tiene una idea mala en su vida, entonces camina en el mal.

Para caminar hacia dios hay construirse la idea de dios.

Y, como en la Iglesia está Dios, pero no la idea de dios, entonces para cambiar a Dios en la Iglesia es necesario, primero, poner en el mundo la idea de dios y en la Iglesia la idea del bien en el mundo.

Para destruir a la Iglesia, hay que destruir el Dogma, la Verdad. Porque no es suficiente con negarla, como hace Francisco. Y tampoco es suficiente con obrar algunas cosas que van en contra de la Fe en Cristo, como lavar los pies a dos mujeres o reunirse con los judíos o con los luteranos y abrirles el campo para la entrada en la Iglesia, sino que hay que destruir a Dios para poner la idea de dios.

Para eso, es necesario que la Iglesia se abra al mundo, vea el mundo como un bien. Esto es lo que ha hecho Francisco desde que inició su reinado como masón en la Iglesia.

Su obsesión, que es el dinero, es su motor para conseguir que la Iglesia vaya al mundo y que esté atenta a lo que no debe de estar. Y esa obsesión, que marca a Francisco, es la clave para comprender por qué la Iglesia ha callado ante Francisco.

Los masones, para destruir a Dios en la Iglesia, primero tienen que destruir la creencia en el Evangelio, es decir, tienen que presentar otro evangelio. Sólo así la verdad se divide en la Iglesia.

Y, por eso, los divorciados pueden comulgar, los sacerdotes se pueden casar, los homosexuales pueden vivir su matrimonio en la Iglesia, la liturgia de la misa puede estar llena de todo lo que se respira en el mundo pagano, las oraciones en la Iglesia deben ser para comprender la filosofía de la vida que está en el mundo, y todo en la Iglesia tiene que cambiar hacia el mundo.

Es un paso graduado, lento, pero eficaz, porque los hombres sólo viven para lo que ven, no viven para lo invisible. Y acaban acostumbrándose a lo que ven, se conforman con todo lo que ven.

Y una Iglesia que ve cómo está el mundo de paganizado es una Iglesia que imita en su interior ese mundo pagano.

La función de la masonería está en esto: en que la Iglesia introduzca en Ella todo lo pagano porque ya no hay forma de oponerse a eso pagano.

Si la Iglesia se opone al paganismo entonces tiene que condenar a todo el mundo y ya no puede ser Sacramento de Salvación. Por eso, la Jerarquía calla ante Francisco. Y calla, no sólo por maldad, porque les interesa Francisco, sino por miedo a la masonería, miedo a lo que ha creado la masonería en el mundo que ya la Iglesia no sabe oponerse a ello.

Este es el triunfo de la masonería: primero ha tenido que trabajar en el mundo y hacerlo pagano para que no pueda salir de su paganismo, para que no exista una verdad en la cual el hombre camine fuera de su paganismo. Es el trabajo de dividir la verdad por tantos filósofos, teólogos, que hoy día, se llaman psicólogos y psiquiatras, pero que son sólo filósofos prácticos de la filosofía pagana.

Una vez que el mundo pagano está en un abismo, del cual no puede salir, hay que entrar en la Iglesia para hacer lo mismo.

Para eso se necesita una obsesión, una idea en un hombre que lleve a la Iglesia hacia el espíritu del mundo, que abra a la Iglesia a fijarse en los problemas paganos de la gente del mundo pero sin resolver el problema espiritual de esa gente.

Hay que darle al mundo lo que pide: ‘su verdad’, pero no la Verdad. La Jerarquía de la Iglesia está haciendo este trabajo de la masonería.

Pero no es suficiente con la obsesión de Francisco por el dinero, por el amor a los pobres, por resolver los problemas de todos, porque esa no es la idea de la masonería.

La masonería ha creado el mundo pagano no para resolver a nadie sus problemas sino para poner al hombre un camino para el infierno. Y no hay otra razón en la masonería.

En la idea que ellos tienen de dios, el infierno es la idea del mal que es una obra para ellos.

Dios, para la masonería es una idea, pero no una obra. Una idea que el hombre coge y se apoya en ella para vivir. Pero el hombre vive esa vida obrando el mal. Y se obra porque se divide toda verdad. Y, entonces, sólo queda el mal, el error, el pecado, el infierno. No queda otra cosa.

La vida para el masón es obrar el pecado. El pecado, para ellos no existe. Sólo existe ‘su verdad’. La vida es obrar ‘su verdad’, que es obrar su pecado en todo. Y esto es conseguir la condenación en vida de muchas almas que se dejan arrastrar por el mundo pagano.

No es suficiente con abrir a la Iglesia al mundo pagano para resolver los problemas de todos. Es necesario más, porque hay que hacer que la Iglesia sea pagana, es decir, se obre el pecado como dogma.

Para eso, es necesario el despotismo en el gobierno de la Iglesia. Despotismo que no está encarnado en Francisco y que es su lucha contra los masones que gobiernan la Iglesia.

Si Francisco fuera déspota, habría liquidado ya muchas cosas en la Iglesia. Pero sólo se ha atrevido a una: quitar el Papado.

Pero si sólo hace eso y se dedica a lo que está haciendo, entonces no hace nada. ¿Para qué quitar el Papado si no destruye lo demás?

Francisco está apoyado sólo en él, en estos momentos, pero los masones no lo apoyan. Quieren más. Quieren que se inicie la división de toda verdad en la Iglesia, como se ha hecho en el mundo. Y, entonces, es necesario hacer dimitir a Francisco.

Es lógico pensar así se conoce la filosofía de la masonería, que no se queda en las ideas, sino que es la obra de una mentira, de un pecado, de ‘su verdad’. Francisco se está quedando en ‘su idea’ de lo que es la Iglesia, pero no tiene la idea de destrucción masónica de la Iglesia. En ‘su idea’ está la destrucción de la Iglesia, pero a largo plazo. Y la masonería ha trabajado a largo plazo en el mundo, pero no lo va a hacer en la Iglesia. La Iglesia es lo último en su plan. Y tienen que hacerlo rápido, porque sino todo se les complica en la misma Iglesia.

El masón quiere ser el amo de todo el mundo poniendo en el mundo la obra del mal, la obra del pecado, dividiendo en millones de partes toda verdad.

Una vez que la masonería ha entrado en la Iglesia no va a hacer un trabajo de proselitismo, de ong, de dar bienes a los demás. Su trabajo es dividir la verdad que tiene la Iglesia para acabarla y poder gobernar todo el mundo a su antojo.

Porque si el mundo y la Iglesia son paganos, entonces todos nos condenamos y no hay forma de salvarse en el paganismo. Sólo Dios conoce el camino para que un pagano que vive en la división de toda verdad, puede encontrar una verdad que le lleve a la salvación.

Si la verdad que salva se divide, ya no ha verdad que salve.

Por eso, lo que pasa en la Iglesia es muy grave y nadie se ha dado cuenta. La Jerarquía calla y eso la hace culpable ante toda la Iglesia. Muchos acogen a la nueva iglesia que Francisco ya ha puesto en Roma diciendo que Francisco tiene un gran peso para sacar a la Iglesia hacia delante. Todo el mundo está ciego en sus verdades, porque ya la Verdad ha sido dividida en la Iglesia.

Al quitar la verticalidad del Papado, la Autoridad Divina se ha dividido. Ahora todos quieren tener el poder de Dios para gobernar la Iglesia. Ahora todos tienen el espíritu para llevar a la Iglesia hacia ‘sus verdades’. Ahora, en nombre de Cristo, se persiguen a los que todavía tienen la fe en Cristo, a los que permanecen aferrados a la doctrina de Cristo, a los que no cambian la Tradición de la Iglesia por las tradiciones del mundo pagano.

Vivimos un momento de caos en todo. Y esto va a ir a más, cada día aumentando, hasta que se haga insostenible y sea necesario seguir la Iglesia en las catacumbas, porque todo será para el mundo pagano.

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