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Todo Papa legítimo es columna de fe y fundamento de la Iglesia: nunca es hereje.

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Todo Papa legítimo es «columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica» (Concilio de Éfeso – Sobre la primacía del Romano Pontífice – D112). Es decir, en su persona no puede existir el pecado de infidelidad, por el cual carece de la fe católica.

Aquel que no tiene fe, o que la ha perdido, se llama infiel. El infiel es el que voluntariamente se encuentra en estado de pecado y obra su pecado en contra de la verdad. El infiel no es estar en cualquier pecado, sino en aquel pecado que impide la fe, que combate la verdad dogmática.

Lo que impide la fe es someter la mente a la mentira, al error, a la duda, haciéndose el hombre enemigo del dogma, de la verdad revelada, de aquello que hay que creer para poder salvarse.

El infiel combate los dogmas que la Iglesia Católica siempre ha enseñado. Y, por eso, todo infiel es herético, produce el cisma, vive una apostasía, una renuncia de la fe verdadera.

Infiel no es el que comete un pecado de lujuria y, después, se arrepiente y se confiesa.

Infiel no es el que duda de Cristo o de la Iglesia, pero después sale de su duda para seguir creyendo.

Infiel no es el que teme enfrentarse a los hombres y dar testimonio de Cristo ante ellos, como le pasó a San Pedro en su pecado de negación, si inmediatamente resuelve su temor a los hombres en las lágrimas de su arrepentimiento.

Infiel es todo aquel que combate la verdad: combatir a Cristo y combatir a la Iglesia.

Por eso, encontramos a muchos católicos que han cometido el pecado de infidelidad y que se llaman, con la boca, católicos, sin serlo en la práctica de la vida espiritual.

La fe es una obra divina, no es un conjunto de ideas que se memorizan y que se repiten como un loro. Es una obra divina, no es un apostolado humano.

La fe es realizar una Voluntad Divina en la vida del hombre. Y, por eso, se necesita que el hombre obedezca, con su mente humana, la Verdad que Dios ha revelado.

La fe católica es obedecer a Dios. OBEDECER. Si no hay obediencia, no hay fe católica.

La fe no es natural, sino sobrenatural: el alma cree, la mente obedece a una verdad sobrenatural, no a una verdad natural, no a un escrito oficial.

Se obedece a una Verdad que Dios habla, que Dios dice, que Dios manda.

En la Iglesia Católica, desde el Papa hasta el último fiel, se tiene que dar la obediencia a esta Verdad sobrenatural. Si no hay esta obediencia, no hay Iglesia. Si el Papa no obedece la Verdad Revelada, los dogmas, no hay Iglesia. Ese Papa no es Papa legítimo, sino un falsario, un impostor.

Por eso, todo Papa  legítimo es fundamento de la Iglesia, porque todo Papa legítimo  obedece a Dios, confirma en la Verdad que Dios revela, muestra el camino para obrar la Verdad, que es siempre Cristo Crucificado.

Para obedecer a Dios –en la Iglesia- hay que crucificar el entendimiento humano. Sin esto, ningún Papa, ninguna Jerarquía es de la Iglesia de Cristo. Si el hombre no se somete, con su entendimiento humano, a la verdad revelada, al dogma, a lo que es de fe divina y católica definida, entonces el hombre no pertenece a la Iglesia porque está en su pecado de infidelidad, en el cual no puede obedecer la Verdad que Dios revela, sino que se está obedeciendo a sí mismo: a su mente, a su idea, a su plan humano, a la mentira que su mente encuentra en sí misma.

La vida de la gracia se pierde por cualquier pecado mortal: fornicarios, adúlteros, afeminados, sodomitas, ladrones, avaros, borrachos, maldicientes, rapaces, etc… (cf. 1 Cor 6, 9s).

Pero la fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad: toda aquella Jerarquía de la Iglesia que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres para que acepten una mentira como verdad, no posee la fe católica, no son de la Iglesia Católica, no hacen Iglesia; sino que la destruyen, -tanto la fe como la Iglesia-, vestidos de lobos, con un traje que da una apariencia de santidad a los demás, de respeto, de obediencia, pero que sólo poseen un corazón sin posibilidad de amar a Dios, porque no obedecen, con sus mentes humanas, la Verdad Revelada, la Verdad de la Mente de Dios.

La herejía es un pecado de infidelidad: todo hereje ha perdido la fe católica. Todo hereje no se somete a la Mente de Cristo, sino que impone su propia mente humana a la Iglesia.

Por eso, es imposible que un Papa legítimo sea hereje. IMPOSIBLE. Porque todo Papa legítimo es columna de la fe. Y lo que derriba esa columna es la herejía, el pecado de infidelidad en la persona del Papa.

Jesús pone la Iglesia en la Roca de la Verdad: en un Papa que nunca puede cometer el pecado de herejía. NUNCA.

Muchos Papas han sido grandes pecadores, pero ninguno hereje. NINGUNO.

Esta verdad, tan sencilla, muchos católicos la desconocen. Y son culpables en su ignorancia. Tienen una ignorancia que les lleva al pecado mortal. Todo católico que no viva su fe es que, sencillamente, vive en su pecado, está en estado de pecado.

Vivir la fe católica es oponerse a toda herejía en la Iglesia. No sólo fuera de Ella, en el mundo, sino dentro de Ella. Porque es la herejía lo que destruye la Iglesia. Es la herejía lo que aniquila la vida espiritual de las almas.

No son los otros pecados, que la gente comete habitualmente, lo que impide ser de Cristo. Una prostituta puede tener más fe que mucha Jerarquía junta, que muchos católicos. Y, por eso, dice el Señor: «En verdad os digo que los publicanos y las meretrices os preceden en el Reino de Dios» (Mt 21, 32). Ellos, en sus pecados, todavía creen; pero los fariseos, los que creen tener fe, los que se dicen que tienen fe, esos no la tienen, no pueden tenerla porque han rechazado, con su mente humana, la Verdad que Dios les muestra; y que no se puede cambiar jamás, no se puede interpretar como al hombre le venga en gana.

Ningún pecado mortal lleva al pecado de infidelidad: no porque una persona sea muy lujuriosa o muy ladrona o muy sodomita eso sea señal de que cometa su pecado de herejía. No; no es eso. Una prostituta que pase toda su vida en su pecado de lujuria puede salvarse y estar muy alta en el Cielo, si no comete el pecado de infidelidad.

Este pecado no se comete ni con el cuerpo ni con las manos ni con el apego a las riquezas o a las criaturas. Sino que se comete con la mente humana: el hombre decide no someterse a la Verdad. Esta decisión es su pecado de infidelidad, por el cual pierde la fe católica y ya no puede salvarse, aunque se pase la vida haciendo obras humanas maravillosas, aunque dé de comer a todos los hambrientos del mundo entero.

Donde no está la fe verdadera, allí tampoco está la caridad verdadera: «Si repartiere toda mi hacienda y entregare mi cuerpo al fuego, no teniendo caridad, nada me aprovecha» (1 Cor 13,3).

Si el hombre no se somete, con su mente humana, a la Verdad, entonces sus obras son sin amor, sin caridad divina. Son obras de una falsa caridad, un falso amor, que viene de su falsa fe, de obedecer a una mentira.

Hubo Papas muy pecadores, pero tenían fe a pesar de sus pecados: sus mentes seguían obedeciendo la Verdad, aunque obraran sus pecados.

Hay mucha Jerarquía que sucumbe al pecado; pero se mantiene en la verdad: sus mentes se someten a la Verdad Revelada, no combaten esta Verdad, no enseñan una mentira a sus fieles. Les predican la verdad, aunque ellos vivan en sus pecados. Esta Jerarquía es digna de misericordia, porque no engaña en la Iglesia.

Pero aquella Jerarquía que engaña, que predica una mentira, que calla ante un mentiroso, esa Jerarquía no es digna de ninguna misericordia, porque está en su pecado de infidelidad: ninguna misericordia les puede salvar porque combaten la verdad de la misericordia.

«Por eso, os digo: que os será quitado el reino de Dios y será entregado a un pueblo que rinda sus frutos» (Mt 21, 43).

Estamos en este tiempo: el tiempo del Fin.

En este tiempo, en la Iglesia no hay un Papa que sea columna de la fe ni fundamento de la Iglesia. No puede existir esa Cabeza, porque es el tiempo del Fin.

Los católicos no comprenden esto porque no tienen fe: son infieles a la Verdad que Dios revela en Su Palabra. Son fieles al lenguaje humano de los hombres, a la palabra oficial que en la Iglesia se da.

La fe no es la palabra oficial, un escrito oficial, un lenguaje humano sin verdad, unas obras apostólicas llenas de herejías, que muchos pregonan y obran.

No se puede estar en la Iglesia obedeciendo la mente de un hombre hereje, como es Bergoglio. NO SE PUEDE.

Quien se una a Bergoglio como Papa está declarando que no es católico, que no posee la fe católica, que no es de la Iglesia Católica.

En la mente de Bergoglio no se dan las Verdades sobrenaturales: en sus escritos, en su doctrina, en su magisterio no se enseña la fe católica. NO HAY LUGAR PARA ELLA. Lo que hay en la mente de Bergoglio es una clara apostasía de la fe, un claro fundamento de la mentira, una perspicaz obra en el error.

Quien se someta a la mente de Bergoglio no puede hacer comunión con la Iglesia verdadera. Donde está la herejía, donde está el pecado de infidelidad, allí no está la verdad sobrenatural, allí no está Cristo. Cristo está en el alma pecadora, pero no en el alma que comete el pecado de herejía. Cristo está en el alma que todavía tenga fe, no en el alma que decide echar a Cristo de su vida con su infidelidad a la Verdad dogmática.

Para discernir si un Papa es o no legítimo no hay que fijarse si los Cardenales lo han elegido o no. Muchos antipapas fueron elegidos por los Cardenales viviendo el Papa legítimo. No está en lo oficial que la Iglesia muestra. Ahí no está la Fe en la Iglesia de Cristo. Nadie puede creer a un Papa porque ha sido elegido por los Cardenales. NADIE.

El católico verdadero cree en el Papa porque éste es columna de la fe y fundamento de la Iglesia: es decir, en ese Papa no se da el pecado de herejía.

Si los Cardenales eligen a un hombre como Papa, y este hombre comienza a declarar herejías y a hacer obras claramente cismáticas, como es el caso de Bergoglio, entonces los católicos no tienen que esperar a que oficialmente sea declarado nulo el falso pontificado de Bergoglio. NO PUEDEN ESTAR ESPERANDO ESTO. Porque es imposible obedecer la mente de un hombre que enseña herejías. Es imposible darle obediencia, por más que oficialmente se declare a Bergoglio como Papa. Porque la fe es una verdad Revelada, no es una verdad oficial, natural, humana. La fe es obedecer la Verdad Divina; no es obedecer la mentira del hombre como una verdad, como algo impuesto que todos tienen que aceptar oficialmente. La fe no está en lo oficial, sino en la Palabra de Dios. Todo escrito oficial, toda obra oficial en la Iglesia tiene que dar testimonio de la Palabra de Dios, de la Verdad inmutable, para ser aceptada como Verdad. Sin este testimonio, es imposible seguir algo oficial que la Jerarquía imponga.

Quien vive de fe verdadera sabe que nunca Jesús pone un Pedro falso, herético. NUNCA: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Si Jesús es la Verdad, no puede poner una roca de mentira para levantar su Iglesia. Pedro es columna de fe divina, nunca de mentira humana. NUNCA. Siempre Jesús va a poner a un Papa que defienda a la Iglesia de la herejía. SIEMPRE. Nunca va a poner a un Papa que llene la Iglesia de herejías, que conduzca al Rebaño hacia la apostasía de la fe. NUNCA.

Bergoglio ya ha dicho cantidad de herejías. Y eso no es de ahora. Eso es toda su vida. Lo que hace ahora es el culmen, la perfección de su obra herética, de su vida para una maldad.

¿Qué hacen los católicos obedeciendo, sometiéndose a un hombre que no tiene la verdad en su mente?

¿A qué juegan?

¿Qué se creen que es la Iglesia de Cristo?

¿Qué se creen que es Cristo?

¿Qué creen que es Pedro en la Iglesia?

En un Papa legítimo nadie se atreve a discutir su juicio y todos le obedecen.

Pero en un falso Papa, en un impostor, –como es Bergoglio-, es necesario cuestionar todo lo que dice porque no tiene autoridad divina en la Iglesia; no se le puede dar obediencia; no hay lugar para imitar sus obras en la Iglesia.

Fiel es el Señor en sus palabras (Sal 144, 13); pero infiel es todo hombre sobre la tierra. Jesús nunca se puede apartar de la Verdad porque iría contra Sí Mismo: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida». Son los hombres – y sobre todo son los sacerdotes y los Obispos-, los que se apartan de Cristo, los infieles a la Verdad Revelada: los que obran la herejía.

Y en la Iglesia no se obedece a hombres, a doctrina de hombres. En la Iglesia se obedece a Cristo. Y toda aquella Jerarquía que no dé a Cristo, no hay obediencia, no hay sometimiento, aunque exteriormente, -oficialmente-, sea declarado un hombre como Papa.

La Fe no está en una declaración oficial de la Iglesia. La fe no es un lenguaje humano. La fe no es una palabra humana. La fe no es un apostolado humano.

La fe es una obra divina. Y si los hombres no obedecen, con sus cabezas humanas, la verdad divina; si la Jerarquía de la Iglesia no enseña, no guía, no señala el camino de la Verdad, entonces es que son unas ratas, unos lobos que se aprovechan de las circunstancias para realizar su negocio humano en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que prefieren su sillón episcopal antes de enfrentarse a Bergoglio! No quieren perder su oficio, su puesto en la Iglesia, su cargo oficial, y miran para otro lado, y dicen que todo va bien, que no hay que preocuparse. Y mienten a sus fieles. Y llevan por el camino de la maldad a su rebaño. Y sólo por apegarse a su sillón. No son capaces de dar testimonio de la Verdad ante la Iglesia porque han cometido el pecado de infidelidad: ya no poseen la fe católica. Están en el juego de Bergoglio.

Fiel es el Señor; infieles todos los demás.

«Nadie osó jamás poner sus manos sobre el que es Cabeza de los Apóstoles, y a cuyo juicio no es lícito poner resistencia: nadie jamás se levantó contra él, sino quien quiso hacerse reo de juicio» (San Bonifacio I – De la carta Manet Beatum a Rufo y demás Obispos – D 109).

Desde hace ya más de 50 años, en la Iglesia la Jerarquía ha osado poner sus manos sobre el Papa de turno. Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, quitados de en medio antes de tiempo. Se los han cargado.

Muchos, en la Iglesia, han puesto resistencia a los juicios de los Papas. Muchos se han levantado contra los Papas. Y, por tanto, son incontables los que han querido hacerse reos de juicio: se condenan en sus juicios contra los Papas.

Es cantidad la Jerarquía de la Iglesia que ha combatido a los Papas legítimos. No son sólo unos cuantos. ¡Muchísimos! Y, por eso, se ha tenido que dar lo inevitable: la renuncia de un Papa legitimo para poner un falso Papa: el falso Papa que muchos quieren.

Y a este falso Papa lo obedecen, se someten a su mente humana, e instan a que todo el mundo haga lo mismo, no por una verdad, no porque defiendan a Cristo, no porque les interese la Iglesia Católica, sino porque no son de Cristo, no son de la Iglesia. Combaten a Cristo y a la Iglesia.

Y esto es lo que a muchos católicos no les entra en la cabeza: que pueda existir una Jerarquía tan malvada dentro de la Iglesia. Y, claro, viene Bergoglio y quedan ciegos. Totalmente ciegos. Porque viven sólo de la fe oficial, de documentos oficiales. Y no recurren al Evangelio, a la Verdad, para resolver una herejía:

«Pero aunque nosotros o un ángel del cielo os anunciase otro Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema» (Gal 1, 8).

El Evangelio no es lo oficial en la Iglesia: no es el documento oficial que la Iglesia saca. Pedro no es lo que los cardenales eligen.

El Evangelio es la Palabra de Dios, que Cristo enseñó a sus Apóstoles y que no cambia por el transcurso del tiempo. No puede cambiar. Es siempre lo mismo. Pedro es siempre aquel que elige el Espíritu Santo en la muerte de un Papa. ¡En su muerte, no en su renuncia!

Si viene un Bergoglio que enseña un comunismo: su evangelio de la alegría; que es distinto al Evangelio de Cristo, entonces, por más que los Cardenales lo hayan elegido para Papa, sea Bergoglio anatema. Y por más que los Obispos callen y lo sigan manteniendo como Papa, sea Bergoglio y esos Obispos, anatema. No son de la Iglesia Católica. No hay que seguirlos, no hay que obedecerlos, no hay que someterse a sus mentes humanas. Y eso no es destruir la Iglesia, sino levantarla en la verdad.

Esta es la fe católica: la doctrina de Cristo no es doctrina de hombres. No es lo que los hombres explican sobre Cristo y sobre la Iglesia. Es lo que Cristo siempre ha enseñado y que la Jerarquía verdadera lo ha transmitido sin poner ni quitar nada.

Pero el problema de tantos católicos es que no saben discernir la Jerarquía verdadera de la falsa en la Iglesia Católica. Y no lo saben porque no viven de fe.

La fe es una obra divina. Hay tantos católicos que su fe es muy humana, con unas obras muy humanas, muy sentimentales, y que se creen salvos porque comulgan cada domingo en la Iglesia. No tienen la fe divina; no tienen la fe católica. Ni saben lo que es esto.

Son como muchos protestantes: creen en un Dios amor, misericordioso, que no imputa el pecado, que no castiga, que no manda al infierno. Y, claro, están contentísimos con Bergoglio: les habla lo que ellos quieren escuchar, lo que hay en sus mentes. Les hace la vida mucho más agradable a sus sentidos.

«Vosotros, hermanos, habéis sido llamados a la libertad; pero cuidado con tomar la libertad por pretexto para servir a la carne, antes servíos unos a otros por la caridad» (Gal 5, 13).

Servir a la carne es servir a la propia mente humana, al propio pensamiento de la vida, a la idea política que gusta a todo el mundo.

Muchos toman el sacerdocio para esto: para servir a sus intereses humanos dentro de la Iglesia. Dan de comer a los pobres para alcanzar una gloria humana. Esto es lo que hace Bergoglio y toda aquella Jerarquía que calla ante su herejía.

No solamente la Jerarquía falsa es la que dice herejías; también hay que contar aquellos sacerdotes y Obispos que tienen miedo de enfrentarse a Bergoglio. Tampoco son de la Iglesia Católica. Ya ha pasado el tiempo de discernir qué cosa es Bergoglio. Ahora es el tiempo de obrar: o estoy con ese impostor o estoy con Cristo, es decir, me opongo TOTALMENTE a Bergoglio como Papa.

¿Qué Jerarquía hace esto en la Iglesia? NADIE.

¿Qué web católica hace esto? NADIE.

Por eso, os será quitado el reino de Dios, porque de Dios, de Su Iglesia, de Cristo, nadie se ríe.

Es muy grave lo que está pasando en la Iglesia para estar contentos con un subnormal de Papa. O se ponen en la verdad o caminan para el infierno de la mano de un escrito oficial. Que cada uno elija. Son libres para decidir su destino final en la vida.

No existe el Papa emérito

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Dos Papas, ahora, hay en la Iglesia. Y eso es un signo de decadencia, no sólo dentro de la Iglesia sino, también, en el mundo entero.

Decadencia, porque a nadie le interesa la verdad de las cosas, sino que todos buscan la verdad que más les agrade para sus vidas humanas.

Decadencia, porque muchos en la Iglesia comienzan a mandar sin tener cargo de ello; comienzan a discutirlo todo, menos lo que hay que poner en entredicho.

Dos Papas para un holocausto, para una purificación, para abrir la puerta al Anticristo.

Es un dogma de fe, es algo revelado que sólo puede haber un Papa; no dos. Y, sin embargo, vivimos con dos Papas: uno de ellos es el legítimo: Benedicto XVI; el otro: un cualquiera, un usurpador de la Silla de Pedro.

Pero esta visión no es compartida por muchos en la Iglesia. Es más, en la Iglesia se sigue la otra versión: el auténtico, Francisco; el otro: es el otro, el que se ha dedicado a descansar, a hacer su vida porque es muy humilde, porque tiene mucha vida espiritual.

Por eso, a nadie le interesa ir a la teología y ver si realmente existe un Papa emérito, si se puede dar un Papa emérito.

Y quien se moleste en ir a los teólogos, comprobará que nunca, en la Iglesia, se puede dar un Papa emérito.

El Primado de Jurisdicción es perenne por Voluntad de Jesucristo. En otras palabras, la suprema potestad jerárquica de la Iglesia es ejercida por la persona del Papa y hasta su muerte. Y esto es siempre: un Papa sucede a otro Papa. En un Papa se da la sucesión de Pedro. Es algo perenne. Sólo, cuando no haya hombres en la tierra, no será posible la sucesión de Pedro en la Iglesia. El Poder de Dios, que es el Primado de Jurisdicción, se da siempre en un Papa legítimo, en la sucesión de Pedro en la Iglesia.

El Poder de Dios es siempre en la Iglesia, perdura siempre, porque hay un Papa que es Papa hasta la muerte; desde que es elegido hasta que muere.

El Primado legítimo de la Iglesia perdura siempre por Voluntad de Dios, no por voluntad de los hombres. El Papa es legítimo no porque es un privilegio de la persona de Pedro, no porque sea algo de la persona del Papa, sino porque es un don de Dios a Pedro, al Papa.

Pedro nunca puede renunciar a ser Papa. Puede renunciar al gobierno de la Iglesia, pero nunca al don de Dios. No se termina un Papado por un acto de humildad o porque falten las fuerzas físicas, o por una enfermedad, o por otra cualesquiera razón. Porque el Primado no es un premio ni un privilegio de la persona de Pedro. Se es Papa por Voluntad de Jesucristo; porque Cristo ayuda, con Su Espíritu, a ser Papa. Es una ayuda externa, eficaz, a la persona de Pedro, para que pueda realizar su misión de ser el sucesor de Pedro, el Vicario de Cristo. Se termina un Papado porque Dios lo quiere.

Pedro no tiene el Primado de honor en la Iglesia: no es una institución, no es un cargo como los demás. Pedro tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, todo el Poder de Dios sobre la Iglesia. No una parte, que comparte con los Obispos. Todo el Poder Divino está en las manos del Papa.

«Si alguno dijere que el bienaventurado Pedro Apóstol no fue constituído por Cristo Señor, príncipe de todos los Apóstoles y cabeza visible de toda la Iglesia militante, o que recibió directa e inmediatamente del mismo Señor nuestro Jesucristo solamente primado de honor, pero no de verdadera y propia jurisdicción, sea anatema» (CVI. XX ecuménico (sobre la fe y la Iglesia) – Sesión IV -(18 de julio de 1870) – Cap. 1. De la institución del primado apostólico en el bienaventurado Pedro- [Contra los herejes])

Y este Primado de Jurisdicción es perenne, perdura siempre. Y, para que sea eterno, es necesario, se exige que el sucesor de Pedro reine hasta que muera, sea Papa hasta la muerte. No puede el Papa, por voluntad propia, dejar de ser Papa. No puede. Porque el Primado de Jurisdicción no descansa en la persona de Pedro, en su voluntad propia, en sus dotes espirituales o morales, sino en la Voluntad de Jesucristo.

Pedro ha sido elegido el Primero por Jesucristo para desempeñar el cargo del Primado: para gobernar la Iglesia con la misma Autoridad Divina. Pero, Pedro no ha sido elegido para un premio o para un privilegio de su persona, sino por vocación divina y para una obra divina en la Iglesia. Ha sido elegido por elección de Dios y para una obra de Redención. Y, por tanto, a la persona del Papa no le compete decir que no a este cargo, cuando lo ha aceptado. Porque no es un privilegio de su persona, no está en su voluntad propia decir que no. Es un don de Dios para su vida en la Iglesia. Es como el sacerdocio, es como el matrimonio: hasta la muerte.

Un Papa no puede renunciar a ser Papa; puede renunciar al gobierno temporalmente, por una causa grave (enfermedad, etc); pero no a la vocación de ser Papa. Porque ser Papa no es una institución, no es un honor, es una elección divina. No se tiene el Primado de honor, no se es cabeza de una institución humana para un poder humano, para un gobierno humano, unas obras humanas. Se es Vicario de Cristo. Y, por tanto, se es cabeza de un gobierno divino que sólo Cristo guía en Su Iglesia. Se es Cabeza con Cristo, en la Cabeza Invisible de la Iglesia, para realizar un Poder Divino en la Iglesia, una Obra Divina en Su Iglesia.

Por tanto, no puede darse el Papa emérito. Es el error de muchos, empezando por el mismo Papa Benedicto XVI. Y esto debe ser corregido.

El Papa, cuando renunció, lo hizo mal: abrió la puerta a la confusión y a la anulación del dogma del Papado.

Tenía que haber renunciado, pero no tenía que haber convocado un Cónclave, porque la Sede no estaba vacante, porque sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, el Poder de Dios sobre toda la Iglesia, porque sigue vivo. Su Primado no pasa a otro Papa por renuncia, sino por sucesión del Espíritu de Pedro (= porque muere). Este Espíritu sólo se puede recibir cuando ha muerto el Papa anterior. Sólo hay un Papa. Sólo se da el Espíritu de Pedro en un Papa, en un solo Vicario de Cristo: «Pedro vive y emite el juicio hasta ahora y siempre en sus sucesores» (Celestino I – Concilio de Éfeso- D 112)

El Primado de Jurisdicción, que posee el Papa Benedicto XVI, es perenne. Viene por sucesión del Espíritu de Pedro. Es Pedro quien se sucede en cada Papa. Y, por tanto, no puede haber dos Papas, porque Pedro sólo puede estar en un Papa, no en dos. Dios ha dejado Su Iglesia en manos de un solo hombre, no en manos de dos. Pero la ha dejado en el Papa legítimo, sin abandonarlo a sus solas fuerzas humanas.

Ese hombre, que es el Papa legítimo, tiene toda la fuerza espiritual, para guiar la Iglesia, aunque le fallen las fuerzas humanas, físicas, naturales. Tiene una ayuda divina eficaz para ser Papa hasta la muerte. Porque no se es Papa por privilegio de la persona, porque se tenga o no se tenga una vida espiritual. No se es Papa porque se sea muy humilde o muy pecador. No se deja de ser Papa por un acto de humildad ni por un acto de voluntad propia, sino por Voluntad de Dios. El Papado no descansa en la persona del Papa. El Papado descansa en la Voluntad de Dios. Dios es el que decide cuándo un hombre es Papa y cuándo deja de ser Papa. La persona del Papa no puede decidir no ser Papa. Como un sacerdote no puede decidir, por sí mismo, dejar de ser sacerdote; ni un matrimonio puede decidir no estar más unidos por el Sacramento.

Los hombres sólo podemos renunciar, en la vocación divina, a los humano, a lo externo, a lo material, de esa vocación: gobierno, predicación, apostolado, etc. Pero no se puede renunciar al don divino, al Espíritu que da esa vocación.

Ser Papa no es un honor, es una vocación. No es una gloria de hombres, es para dar Gloria a Dios. Esto es tan importante que muchos no lo comprenden. Ser Papa es lo máximo que un hombre puede tener en su vida. El Papa está por encima de todas las cosas humanas, de todos los poderes humanos, de todas las inteligencias humanas, de todas las obras de los hombres. Por eso, nadie juzga a un Papa. No se puede juzgar. El juicio del Papa recae en Dios.

Se corrige a un Papa si peca, como lo hizo San Pablo con San Pedro, y como lo han hecho muchos santos en la historia de la Iglesia. Por eso, es necesario corregir al Papa Benedicto XVI: pecó abriendo la puerta a la destrucción del Papado, como así todos pueden contemplar en Francisco. Y Benedicto XVI tiene que levantarse de su pecado si quiere salvarse, porque no es cualquier pecado. Es un pecado que lleva a la Iglesia a un cisma declarado. Un gravísimo pecado.

Dos Papas hay en la Iglesia porque se toma el dogma como algo simbólico, como algo de los tiempos, de las circunstancias de la vida de los hombres, de sus culturas, de sus formas de pensar, de gobernar la vida, como un mito, como una parábola, como algo que el hombre puede hacer y deshacer con su pensamiento humano.

No se puede sostener lo que muchos dicen: que el Papa Benedicto XVI hizo un acto de humildad y dejó su puesto a otro. No se sostiene, porque sigue teniendo el Poder de Dios. El Poder de Dios no pasa a otro por un acto de humildad ni de renuncia. No pasa porque se esté enfermo o porque ya no se pueda razonar bien. El Poder de Dios pasa a otro sólo por Voluntad de Dios. Y es Voluntad Divina que el Papa muera para que ese Poder esté en otro hombre. Y si otro hombre quiere gobernar la Iglesia, estando el Papa legítimo vivo, lo hace sin el Poder de Dios, lo hace con un poder humano. Porque el Primado de Jurisdicción se obtiene por sucesión de Pedro, no por renuncia de Pedro. Si Pedro renuncia, sigue teniendo el Primado de Jurisdicción en sus manos, en su corazón, en todo su ser, porque el Papado es una vocación divina, no es un llamado de los hombres, un nombre de los hombres, una figura humana, un concepto humano. Si Pedro muere, entonces el Primado de Jurisdicción pasa a otro. El Papa legítimo nunca posee el Primado de honor: nunca se es Papa emérito; nunca se es una institución; nunca se tiene un cargo de honor, como lo puede tener un Obispo emérito.

Por eso, Francisco es el que ha robado la Silla de Pedro: gobierna la Iglesia con un poder humano y, por tanto, todo lo que hace es nulo para Dios. Para los hombres, queda escrito en sus libros humanos, pero Francisco no puede gobernar la Iglesia de Cristo porque el Poder de Dios lo tiene el Papa legítimo, el que tiene la sucesión de Pedro, el que es Papa porque fue elegido cuando murió el anterior Papa. Francisco gobierna la Iglesia haciéndola caminar hacia el error, la mentira, el engaño, la oscuridad. Lo hace con un poder humano: Dios no está en el gobierno de Francisco, porque tampoco está ni en su alma ni en su corazón. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión de Pedro. Luego, no es Papa. Y, por eso, es el gran engaño del siglo. Y muchos se lo comen, sin discernir nada espiritualmente.

Y el gran pecado de Francisco es aceptar un cargo que sabía que no podía aceptar. No tiene excusa Francisco en su pecado. Aceptó porque está sediento de la gloria del mundo. No tiene ninguna sed de dar gloria a Dios en lo que hace en la Iglesia.

Ser Papa no es una institución, no es un honor, no es una elección de hombres, no es porque lo deciden así los hombres en la Iglesia o porque las circunstancias así lo exigen. Se es Papa por Voluntad de Cristo. Y se es Papa hasta la muerte. Y si se renuncia, se sigue siendo Papa. Y los Cardenales, si hubieran tenido un poco de fe en el Papado, habrían hecho un gobierno ad casum, ad tempus, hasta la muerte del Papa Benedicto XVI para poder elegir a otro como Papa.

Pero, desde hace mucho tiempo la Jerarquía está en la Iglesia sin vida espiritual, dedicándose a un negocio en la Iglesia, por eso, les resulta impensable esperar a la muerte del Papa para elegir a otro. No les entra en la cabeza, porque tenían muchas prisas para destruir la Iglesia.

Este Primado de Jurisdicción constituye una Iglesia bajo una sola forma invariable de gobierno: el de Cristo en Su Vicario: la verticalidad. Es invariable porque el Primado es perenne, es eterno, es siempre lo mismo. El Poder de Dios es para algo eterno en la Iglesia, no es para cambios según la mente de los hombres. No cambia según las modas de los hombres, según su progreso, según sus culturas. Dios siempre gobierna Su Iglesia para un objetivo divino: salvar almas y santificarlas. Se gobierna la Iglesia con un Papa para llevar a todos los hombres al cielo. Luego, no hay dos formas de gobierno, no hay múltiples formas de gobierno, no hay necesidad de un gobierno horizontal, ni externo al Papado. No se puede dar la opción por los pobres. El Evangelio no es ni de los pobres ni de los ricos. El Evangelio es Cristo. La Iglesia ni es pobre ni es rica. La Iglesia es Cristo. Y, por eso, el Vértice de la Iglesia se basta para gobernar toda la Iglesia. El Vértice es Cristo y Su Vicario. Los demás, no gobiernan nada en la Iglesia.

Por eso, Francisco es la utopía en el gobierno de la Iglesia. No sabe en dónde se ha sentado. Sin Poder Divino y con una inteligencia cero en la vida de la Iglesia. Y, por eso, le viene el batacazo. No es el hombre apropiado para destruir la Iglesia. Es el hombre apropiado para confundirlo todo, para dar a todo el mundo lo que a todo el mundo le gusta. Por eso, da una de cal y otra de arena.

El Papa Benedicto XVI erró al declarar la Sede Vacante. Primer error. No hay Sede Vacante hasta que no muera el Papa Benedicto XVI. Sólo está vacante el gobierno de la Iglesia, no el Papa. El Papa sigue vivo y coleando. Los dones de Dios son para siempre, no para un tiempo. Y sólo el pecado, pone un óbice al don de Dios, no las enfermedades, ni los pensamientos de los hombres.

Segundo error: proclamar al Papa Benedicto XVI como Papa emérito. El Papa no tiene el Primado de honor, sino de Jurisdicción. No puede darse, en la Iglesia, la institución del Papa Emérito. Si se da, como lo ha sido, supone anular el dogma del Papado en su raíz. Si el Papa es emérito entonces se dice que nunca tuvo el Primado de Jurisdicción, que no fue elegido por Dios en la muerte del Papa Juan Pablo II. Y, entonces, es necesario negar todos los Papas, porque no hay sucesión de Pedro.

Poner al Papa Benedicto XVI como Papa emérito es inventarse una nueva forma de ser Papa en la Iglesia que no pasa por la sucesión de Pedro (= por la muerte del Papa), sino por la renuncia de Pedro. Pedro nunca renunció a ser Pedro, sino que murió para dar Su Espíritu a su sucesor en el Trono de Pedro.

Y, por eso, Francisco dice su gran herejía: «Creo que él es una institución: hace 70 años, los obispos eméritos casi no existían. Y ahora hay tantos. ¿Qué sucederá con los Papas eméritos? Creo que debemos verlo a él como a una institución» (Entrevista en el avión). Ya se ha inventado el nuevo Papado. Un Papa sólo tiene el Primado de Jurisdicción. No puede tener el Primado de honor. Ni siquiera cuando renuncia al gobierno de la Iglesia, como ha hecho Benedicto XVI. Sigue teniendo, en su renuncia, el Primado de Jurisdicción. Francisco, como no posee la fe católica, lo que hace es anular el Papado, como así lo ha hecho poniendo su gobierno horizontal en la Iglesia, que significa el cisma declarado.

Con Francisco se ha anulado el Papado en la Iglesia. Y, por eso, no hay más Papas cuando muera Benedicto XVI. Eso es clarísimo, porque ya la Jerarquía se acomoda a lo que tiene. Ya no va a luchar por un Papa, porque ni siquiera el Papa Benedicto XVI lucha por seguir siendo Papa.

La situación de la Iglesia es muy crítica. Y nadie quiere ver la verdad, y todos dicen muchas cosas para acallar a tanta gente que no está conforme con la actuación de Francisco ni con la Jerarquía que lo apoya. Ellos son los primeros en mentir a toda la Iglesia. Y quien no vea a Francisco como el primer mentiroso, es que no ve nada en la Iglesia. Se contenta en la Iglesia con gente que le gusta decir sus mentiras, sus ideas y que todo el mundo las apruebe porque son Jerarquía.

Y si la Jerarquía de la Iglesia no aprende a ser humilde y a llamar a las cosas por su nombre, entonces toda Ella se va a perder en lo que viene a la Iglesia.

Un gesto infame que exige una renuncia

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Entrevista entre San Pío X y Teodoro Herzl (el padre del sionismo)

Narración de Teodoro Herzl:

Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos.

— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensáis vos, Santidad?

Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible.

Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy.

Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy.

— Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes.

¿Debe ser Gerusalemme?

— Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular.

Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto.

Teodoro Herzl

Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

«La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy» (San Pío X).

Las palabras de un Papa verdadero son siempre la Voz de Cristo en la Iglesia y en el mundo entero. Cristo enseña a los hombres con Su Papa. Por eso, hay que obedecer siempre a un Papa y hay que seguir siempre la enseñanza de un Papa en la Iglesia.

Pedro se sucede en cada Papa. Y, por tanto, ningún Papa puede ir en contra de lo que han hecho los anteriores. Un Papa continúa a los demás. Nunca innova. Nunca introduce cambios sustanciales. Un Papa guarda la obra de sus predecesores.

Pero, cuando en la Silla de Pedro no se sienta un Papa legítimo, entonces la señal es siempre clara: división, diferencia, cambio sustancial con los anteriores.

Un Papa ilegítimo, como Francisco, hace lo contrario a la obra de San Pío X. Éste se negó a la petición de Herzl por un motivo de fe: los judíos siguen sin reconocer a Jesús como el Mesías y, por tanto, no se puede apoyar el proyecto de Herzl.

San Pío X no se movió por un motivo político, ni económico, ni cultural, ni social, sino sólo por un motivo espiritual, por una señal de fe: como no creéis, entonces no tenéis mi apoyo.

Esto es un Papa verdadero: obra con el prójimo por fe. Ama al prójimo por una razón de fe. Es la fe la que da la Voluntad de Dios, el querer divino.

San Pío X no se movió por un sentimiento humano, ni por una idea u obra humana; no porque haya una hermandad carnal; ni porque los judíos hayan sufrido mucho en la historia.

San Pío X vio a los judíos con la visión de Cristo: no creen. Si no hay fe, no hay amor, no hay obras divinas. No hay esperanza de salvación. No hay providencia divina sobre lo material o humano.

Es necesario creer en la Palabra de Dios. Es necesario que los judíos crean en Jesús para recibir la bendición de Dios sobre su pueblo.

Entonces, Herzl se dedicó a fundar su movimiento para conseguir lo que Dios no quería. Hizo una obra humana en contra de la Voluntad de Dios. Una obra que Dios no puede bendecir, porque el pecado de los judíos les lleva siempre a estar errantes, como Caín. Y dejarán ese castigo sólo cuando se conviertan a Cristo.

La formación del estado de Israel es sólo una obra del hombre, sugerida por el demonio, pero no es divina. La quiere el demonio para su plan con el Anticristo. Necesita ese país para poner su nueva iglesia, de orden mundial, justamente donde Jesús redimió al hombre de su pecado.

El Anticristo tiene que fundar su iglesia allí donde Jesús fundó la suya. Por eso, lo que vemos en el Vaticano no es todavía la iglesia del Anticristo. Es el inicio de la ruptura con toda la tradición, con todos los dogmas, para destruir la obra de Jesús, y así estar libre el Anticristo para comenzar la suya.

Hasta que no caiga el último dogma en la Iglesia Católica no aparece el Anticristo. Y todo lo que hace Francisco es preparar el terreno. Y no puede hacer más, porque su misión no es romper con los dogmas, sino hacer lo que está haciendo: poner las nuevas bases para que otros lleguen hasta el final.

El viaje de Francisco a Jerusalén tiene mucha importancia, pero por parte del demonio, no de Dios. Para Dios, ese viaje no sirve para nada. Sólo sirve para crear más confusión, más división, en todas partes. Pero, para el demonio, le sirve y mucho.

Porque necesitaba un hombre que abrazase a los judíos sólo por ser judíos, no por el contenido de su fe. Un hombre que mirase a los judíos, no como san Pío X, de manera espiritual, sino de forma humana, carnal, material, pero –sobre todo- política.

Este viaje es un hecho político, no religioso. Son personas que no creen en nada. Sólo creen en lo que sus mentes deciden. Después, cada uno se viste con su ropa religiosa y hace sus oraciones al demonio. Son los nuevos fariseos, hipócritas, saduceos, que miran a los demás por encima del hombro, con prepotencia, con orgullo, con la soberbia de aparentar una sabiduría que no poseen.

Son hombres vulgares, del pueblo, de la calle, de las tabernas, de las juergas en el mundo, pero no son hombres de Dios. No piensan como lo hace Dios y, menos, obran con el poder de Dios.

Por eso, este viaje marca un trayecto para la Iglesia y para el mundo.

En la nueva iglesia, en la casa del Vaticano, comandada por los innumerables herejes y cismáticos, hay una lucha por el poder. Todos quieren sentarse en la Silla de Pedro. Y, por esa Silla, van a pasar innumerables personas, con la sola función de ir quitando dogmas. Es una sucesión de reyes, de gente que se viste de Papa, y que pone sus órdenes para que todo el mundo las cumpla. Porque es necesario destrozar toda la Iglesia. Y eso lleva tiempo.

Francisco tiene mucha oposición, porque no ha sabido hacer las cosas. Como es tan orgulloso, habla, pero después obra como quiere y lo que quiere. Y, claro, eso no gusta en la Iglesia. Eso no lo hace un Papa. Y, ahora, está en un dilema, porque hay una gran división en toda la Iglesia: unos con Francisco, otros en contra de él.

La división ya no está fuera de la Iglesia, sino dentro. Y es manifiesta. No es como en estos 50 años: oculta. La gente se separaba, pero no hacía nada en contra de la Iglesia.

Ahora es otra cosa: o estás con un hereje o no lo estás, y esto trae consecuencias para todo el mundo. Todos palpan esta división en sus casas, entre familiares, en el trabajo, en la misma Iglesia. Las mentes no están conformes. No hay unión en la Verdad. Todos opinan y, además, hablan de lo que Francisco ha dicho. Y eso trae más división, porque lo que dice ese hombre divide más la verdad, no protege a la Verdad, sino que protege al error, a la mentira. Todos hacen lenguas de los dichos de ese hombre y no ven su pecado. No atienden al pecado de Francisco, sino a lo que habla. No ven su herejía formal, porque como dice vulgaridades, como habla tonterías, el pobre hay que dejarlo así.

Para ser un hereje formal sólo hay que tener voluntad de serlo. Y ésta la tiene Francisco. Quiere obrar la mentira, quiere obrar el error, quiere obrar el pecado. Quiere. Después, no importa la forma como lo obre; ni interesan las razones que diga para que se obre. Francisco obra su pecado, porque quiere, y ya está. Y eso le convierte en un hereje formal.

Ir a reuniones de los judíos, de los protestantes para comulgar con sus ritos, con sus leyes, etc., eso es una herejía formal: se obra el error que se piensa, aunque no se diga, aunque no quede escrito en un papel.

Las flores a la tumba de Herzl es una obra de su voluntad libre, que va en contra de la enseñanza de un Papa y de lo que dice todo el Magisterio de la Iglesia sobre los judíos.

Y esta simple obra es herética porque se opone, en la obra, en la práctica, a la verdad que la Iglesia enseña. La herejía está en la obra, no en la idea. La herejía es una idea puesta en obra. Nunca la herejía es la sola idea. Hay muchas ideas que los hombres dicen, a lo largo de su vida, y son herejías, pero no le convierten en herejes, hasta que no la obran.

En la Iglesia no hay opiniones, gustos. Como San Pío X pensaba así, según las culturas de esos tiempos, ahora, como hay otras, hay que pensar de otra manera y obrar otra cosa.

En la Iglesia se da la Verdad: hasta que los judíos no crean, no hay nada con ellos. Esta es la verdad, que se ha transmitido siempre por Tradición, y que recoge el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Pues, esta verdad es la que no sigue Francisco. Y, para ello, él invoca a todo el mundo, a un amor fraterno, para conseguir su fin, que es su pecado de orgullo.

Y, como Francisco, ha hecho un gesto inaudito, lleno de traición, infame, cismático, con el sabor de un hereje, con la vulgaridad de un hombre del mundo, con la necedad de aquellos que sólo contemplan su maravillosa idea humana, oponiéndose a toda la Iglesia, entonces hay que concluir que Francisco debe renunciar a su cargo en la Iglesia.

Se ha opuesto a la obra de San Pio X contra el modernismo. Ha derribado esa obra con un simple gesto. Ese gesto es el culmen de su orgullo. Es la perla de su pecado. Es el inicio de su caída en la Iglesia. Es una obra para el demonio, que ataca más los cimientos de la fe en la Iglesia.

Ante un hombre así, que no protege a la Iglesia Católica, sino que da la mano y protege a los judíos, a los musulmanes y a todos los cristianos que no viven su fe (como los ortodoxos), es necesario separarse de él, de una manera drástica.

Sólo lean su declaración conjunta y vean por donde vienen lo tiros, ahora en la Iglesia.

Esa obra de poner flores, en una tumba llena de demonios, hace de la Iglesia una orgía de demonios, porque en Jerusalén se ha puesto el cimiento de la nueva iglesia: cristianos, judíos y musulmanes. Y se ha hecho conforme a la enseñanza del demonio en Herzl. Un hombre, profeta del demonio, para una obra que debe servir al Anticristo.

«El plan es, en su forma primera, extremadamente sencillo y debe serlo si se quiere que todos lo comprendan. Que se nos dé la soberanía sobre un pedazo de la superficie terrestre que satisfaga nuestras justas necesidades como pueblo; a todo lo demás ya proveeremos nosotros mismos» (El Estado Judío – II. Parte general – El Plan- Herzl). Y esto lo hace con su oficina central: la Society of Jews, que es «el nuevo Moisés de los judíos», que «sabrá y verificará si los judíos ya quieren y deben emigrar a la Tierra Prometida» (El Estado Judío – II. Parte general – El gestor de los judíos- Herzl). Es clara la relación del sionismo con el Anticristo.

La nueva iglesia nace en Jerusalén, no en Roma. En Roma está la ramera, que fornica con todo el mundo, con todos los pensamientos de los hombres para dejar a la Iglesia sin una Verdad. Es necesario dividir la verdad fornicando con la mente de todos los hombres.

El gobierno horizontal divide la verdad, no la unifica, no la guarda, no la preserva, no lucha por ella. Es un gobierno que trae división a toda la Iglesia. Un gobierno que destruye el fundamento de la fe. Y lo hace con el amor a los hermanos, a los pobres, con los derechos de los hombres, con las justicias sociales, con lo que le gusta escuchar al hombre.

Francisco es un hombre que crea división, que produce vértigo, que da nauseas, que vomita sus pecados, que sólo vive para hacer lo que da la real gana en la Iglesia. Y muchos son como él: viven con su voluntad, que imponen a los demás en su orgullo. O haces lo que yo hago, o no hay tolerancia.

Francisco es un hombre que lo juzga todo, que lo critica todo, pero que no sabe juzgar lo que Dios juzga. Cuando Francisco se enfrenta con la ley divina, mira para arriba, y salta por encima de la autoridad de Dios para poner su dictadura.

Por eso, es necesario que el hombre comprenda que lo que viene ahora a la Iglesia son tiempos muy difíciles, porque no hay una cabeza que guíe hacia la Verdad, que mantenga al alma en la verdad, sino que todo es un vaivén de opiniones, de críticas, de juicios, de resoluciones sin sentido.

Es cuestión de días la destrucción de la Iglesia

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Hoy en la Iglesia se va en busca de una nueva santidad, una nueva comunidad y un nuevo lenguaje.

Una nueva santidad: «Existe una ‘clase media de la santidad’» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). No existe la santidad ni de la clase burguesa, ni de la clase media, ni de las clase baja. Estas burdas palabras de un hereje manifiestan su idea de la Iglesia.

Dios, como es tan humano, como ha descendido a las realidades terrenas, como se preocupa de los problemas, de los sufrimientos de los hombres, entonces hay hombres, acomodados a su vida humana, que por su ciencia, por su positivismo de la vida, por su dogmatismo, por su capitalismo, se hacen inhumanos. Creen más en su dinero, en su filosofía, en sus dogmas, en sus ritos litúrgicos, que en los hombres que sufren y que no tienen un trabajo, un dinero, un alimento que llevarse a la boca. Y Cristo sufre en esos hombres. Y, por eso, la santidad está en la gente de la clase media que quiere hacer una Iglesia para los pobres, que se preocupe por ser muy humana, como Dios lo es.

Las clases medias están llamadas a la santidad porque le es lícito ocuparse plenamente de los intereses terrenales, de los derechos humanos, de la justicia social, imitando así a los santos. La Jerarquía que sigue a unos dogmas, no se ocupa de eso. Están tarados en sus verdades, que hoy al pueblo de Dios no le interesa.

La santidad es, entonces, -se concibe-, como una lucha de clases.

Hay gente poderosa, hay sacerdotes, Obispos, clase alta, que está en la Iglesia dando culto a unos dogmas, a unas verdades, a unas leyes divinas, y descuidan a los hombres en sus necesidades materiales, sociales, humanas, naturales, carnales, afectivas. Y esa gente es culpable porque no imita a Cristo, que se ha hecho tan humano. Gente que no sufre con los hombres, sino que hace sufrir a los hombres imponiendo su dogmatismo, su rigidez, su idea de lo que es Cristo. Ya Cristo es otra cosa. Es la cultura de la vida. Su Cruz es lo que el hombre adquiere con su inteligencia, pero ya no es la obra de Cristo, ya no es el sufrimiento de Cristo. Ya es el hombre el que sufre: «La exaltación del sufrimiento en la Iglesia depende mucho de la época y de la cultura. La Iglesia representó a Cristo según el ambiente cultural del momento que se vivía» (EL JESUITA – Conversaciones con el cardenal Jorge Bergoglio, pag. 41). Ahora hay que hacer una iglesia que pinte el sufrimiento de los hombres, no a Cristo sufriendo por los hombres. Es que las llagas de los hombres son el cuerpo de Cristo. El dolor de los hombres es la manifestación de ese Dios tan humano, de ese Dios que está con los hombres y camina el mismo camino que ellos. Ya Cristo no es el camino del hombre. Caminante, no hay camino. Es el hombre el que hace el camino. Es Cristo el que camina en el camino del hombre. Cristo es el camino en el hombre, pero no es -Él Mismo- el Camino de todo hombre. Es el hombre el que guía su propio camino. Y a eso lo llaman santidad ordinaria: «Veo la santidad en el pueblo de Dios paciente: una mujer que cría a sus hijos, un hombre que trabaja para llevar a casa el pan, los enfermos, los sacerdotes ancianos tantas veces heridos pero siempre con su sonrisa porque han servido al Señor, las religiosas que tanto trabajan y que viven una santidad escondida» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica).

¿Toda mujer que cría a sus hijos es santa? ¿Todo hombre que trabaja para llevar el pan a su casa es santo? ¿Todo enfermo es santo? ¿Todos los sacerdotes son santos? ¿Todas las religiosas son santas porque trabajan y viven una santidad escondida? Para Francisco, sí. Son gente santa, porque pertenecen a las clase media. Una clase que no se acomoda a los dogmas, sino que vive para su vida humana, su vida social, libre de los dogmas, de las verdades de la fe, de las imposiciones de la fe. Porque la fe hay que entenderla como un recuerdo de la vida de Cristo, como una memoria del pasado de Cristo, que ahora hay que ponerla, de otra manera, en el presente. La clase alta, burguesa, para Francisco no es santa, porque no da dinero a los pobres, porque son avariciosos y lujuriosos. Y la clase baja, la de los pobres, ellos son dioses, no sólo santos. Hay que estar al servicio de los pobres, hay que mirar constantemente al pobre. Son el mismo Cristo. Hay que formar la iglesia donde se dé culto a los pobres.

Para Francisco hay mucha gente de la clase media, que vive su vida con muchas dificultades, que tiene otra idea de lo que es Cristo. Gente con sus verdades, con sus visiones de la vida, con sus intereses particulares, a las que hay que hacer caso. Gente común, que vive su vida, pero sin dogmas, sin leyes divinas que aten, sin el lenguaje de los clérigos, de la Jerarquía alta de la Iglesia. Es el lenguaje de la calle, es la gente del pueblo de Dios. Es la gente común con una santidad ordinaria. ¿Por qué las mujeres no pueden enamorarse de los sacerdotes y dejar que ellos se casen también? Hay que hacer caso a las nuevas ideas que el pueblo tiene sobre Cristo y sobre la Iglesia. Por eso, hay que consultar al pueblo, hacer un referendum para ver lo que opina y ponerlo como santidad en la Iglesia.

La santidad consiste en obrar, en cada segundo de la vida, la Voluntad de Dios. Y eso no es nada fácil porque se trata de no hacer ni la voluntad propia, ni la de los hombres, ni la del demonio. Y quien no sepa discernir espíritus, entonces vive como Francisco en la Iglesia: haciendo lo que le da la gana. Y a eso lo llama santidad escondida, ordinaria.

«Esta es, para mí, la santidad común. Yo asocio frecuentemente la santidad a la paciencia: no solo la paciencia como hypomoné, hacerse cargo de los sucesos y las circunstancias de la vida, sino también como constancia para seguir hacia delante día a día. Esta es la santidad de la Iglesia militante de la que habla el mismo san Ignacio» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Por supuesto, que San Ignacio no habla de esto. Esta es la coletilla de Francisco, para dar importancia a sus palabras baratas.

Quien haya leído a San Ignacio, verá que él pone la santidad en la obediencia a Dios. Y él explica las cuatro clases de obediencia que el alma tiene que tener en la Iglesia si quiere ser de Cristo. San Ignacio ni habla de hacerse cargo de los sucesos y circunstancias de la vida, porque eso impide la obediencia a Dios. Ni tampoco habla de la constancia como virtud humana, sino como la fuerza para perseverar en la Verdad, en el dogma, luchando contra el demonio que lleva a desobedecer la Palabra de Dios.

«La llave del cielo es la obediencia, así como la inobediencia lo hizo y hace perder.» (San Ignacio – Constituciones). La llave del cielo no es resolver los problemas de los hombres. No es criar hijos, ni ganar dinero, ni trabajar en la iglesia de cualquier manera. Hay que criar los hijos para el cielo, para Cristo, no para el mundo, no para la sociedad. Hay que ganarse el Pan del Cielo, el Pan de Ángeles, con la oración y con la penitencia. Y lo demás, el pan material viene por añadidura. Hay que trabajar para dar la Verdad en la Iglesia. Hay que luchar por salvar almas, no cuerpos, no estructuras sociales, económicas, políticas. Hay que ser de Cristo, no del mundo.

San Ignacio dice palabras muy fuertes sobre la obediencia, que hoy nadie sigue: «Debemos siempre tener, para en todo acertar, que lo blanco que yo veo creer que es negro, si la Iglesia jerárquica así lo determina; creyendo que entre Cristo nuestro Señor, esposo, y la Iglesia, su esposa, es el mismo Espíritu que nos gobierna y rige para la salud de nuestras ánimas. Porque por el mismo Espíritu y Señor nuestro, que dio los diez mandamientos, es regida y gobernada nuestra santa madre Iglesia.» (Constituciones – Regla 13). Cuando la Jerarquía verdadera dice la verdad en la Iglesia, entonces hay que someterse a ella completamente. No hay que obedecer al pueblo de Dios, a lo que los hombres piensan sobre su vida, a lo que los hombres lloran por sus vidas. La gente se lamenta porque tiene problemas económicos y de todo tipo. Pero la gente no llora por sus pecados. Y no lo hace porque existe una Jerarquía infiltrada que ha enseñado a la gente a vivir de su mentira dentro de la Iglesia. A vivir pecando en la Iglesia. A dar culto a su pecado.

Y esto es Francisco: el que se inventa una nueva iglesia con una nueva santidad: «Esta Iglesia con la que debemos sentir es la casa de todos, no una capillita en la que cabe solo un grupito de personas selectas. No podemos reducir el seno de la Iglesia universal a un nido protector de nuestra mediocridad» (Francisco – P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Llama mediocres a la gente que vive de la Tradición, de los dogmas, de la ley divina, de las enseñanzas del auténtico Magisterio de la Iglesia. Para él, eso es mediocridad. La santidad es ser una Iglesia llena de pecadores, de gente que vive su vida y trata de resolver sus problemas, sin importar quitar el pecado, porque ya no existe el pecado, sino el lenguaje humano del pecado. El pecado no es un dogma sino es el fruto de lo que el hombre piensa y ve en su vida. El dogma produce un grupito de personas selectas: una clase social alta, una jerarquía en posiciones de mandar lo que no le gusta a la gente. Y hay que ser una jerarquía que agrade a la gente, que hable lo que la gente quiere escuchar.

Se quiere ofrecer la visión de Jesús sin un lenguaje moralizante, con un lenguaje nuevo, porque no es posible presentar a Jesús como Dios, sino como un amigo, como un hermano, como alguien cercano al hombre. Hoy la gente no busca a Dios por ser Dios, sino que busca a Dios porque es un amigo, un compañero de la vida, uno más entre los hombres que no juzga a nadie, sino que tiene misericordia con todo el mundo y todo lo perdona.

Y, por tanto, es necesario presentar la Iglesia no como la depositaria de la única verdad, sino abierta al diálogo con el ser humano, para que aprenda lo que el hombre ha obrado con su libertad, y que es una verdad que la Iglesia no ha meditado.

Las necesidades de los hombres, en las sociedades modernas, tienen mayor valor que la doctrina que Cristo predicó hace 20 siglos. La complejidad de la vida humana, su diversidad, sus diferencias, han puesto al hombre en un camino nuevo, un camino que Cristo no recorrió porque eran otros tiempos, otras culturas, otras mediciones de la vida espiritual.

La Iglesia tiene que acercarse a hablar con los hombres sobre sus problemas en sus vidas, sobre sus heridas, sobre sus deseos actuales, marcados por la ciencia y la técnica humana, por el pensamiento humano, por la actividad de los hombres. Es el hombre el que se guía a sí mismo y quiere que Cristo y la Iglesia vayan detrás de su pensamiento humano.

Cristo enseñó una doctrina espiritual, pero hay muchas formas diferentes para vivir esa enseñanza. Y cada persona tiene que encontrar la forma que se adapte a su manera de ser, a su manera de ver la vida, a su concepción de lo que es el mundo y Dios.

Los hombres son libres y, por tanto, hay que respetar esa libertad para poder comprender el sentido de la vida.

La verdad ya no hace libres, porque la verdad son muchas cosas, es algo relativo, algo de la conciencia de cada uno. La única verdad es vivir libremente. Practicar el deseo de hacer lo que el hombre quiera en su vida.

Y, entonces, aparece la nueva santidad: la forjada con el propio pensamiento humano. Cada hombre decide lo que es agradable a Dios, lo que es voluntad de Dios, lo que es bendición de Dios.

De esa manera, se forma una nueva iglesia, un conjunto de hombres, cada uno con su idea de la espiritualidad, viviendo su forma de ser, su manera de comprender lo divino, su culto al dios de su razón.

Y esta nueva comunidad necesita un lenguaje que congregue muchos pensamientos diferentes, discordes, contrapuestos, absurdos, pero todos válidos para los hombres. Porque es sólo el hombre el que decide lo que es bueno y lo que es malo. Es la opinión del hombre, no es el juicio de Dios. Ya Dios no hace Justicia, porque ha muerto por todos y sufre con todos.

Este pensamiento, aquí expuesto, es de muchos en la Iglesia Católica. Y no es de ahora, sino que el hombre lleva trabajando, en su mente, para hacer de la Iglesia un nido de demonios encarnados.

Está escrito: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18b).

Esto es Verdad, pero hoy todos pueden ver que el infierno está prevaleciendo sobre la Iglesia; los escándalos se suceden día tras día. Y esto es posible porque el hombre ha abierto, de par en par, su mente al demonio. Y quien abre la mente, cierra su corazón.

La fe se obra con el corazón dado a la escucha de la Palabra de Dios. Cuando el hombre asiente a la Revelación Divina, cuando somete su pensamiento humano a lo que le dice Dios sobre su vida, entonces el hombre vive y obra la fe.

Pero cuando el hombre cierra su corazón a la enseñanza de Dios, de forma automática, su mente se abre a las ideas que el demonio pone en ella.

La actual Iglesia está enferma, porque piensa la vida espiritual. Y quien piensa no cree.

La Iglesia está enferma de su soberbia que no quiere quitar. Es una enfermedad crónica, grave, que es imposible de curar ya. Y, por eso, la Iglesia tiene que ser destruida definitivamente por el infierno.

La actual Iglesia es una estructura, es un conjunto de normas, de leyes, de principios, que sólo condenan a las almas, porque se impide la obediencia a Dios. La Jerarquía está obedeciendo a una estructura. Y, por eso, todos callan ante Francisco. Los Obispos se someten a la estructura que viene Roma. Y lo hacen sabiendo que Francisco es un hereje. Esto es una realidad que todos saben, pero que deben callar.

La Iglesia, en esa estructura, se inventa un lenguaje humano para que sacerdotes y Obispos, sigan dando la obediencia a un hereje. Porque, ahora, la santidad es de otra manera: como la quiere el hombre, como se la pinta en su mente humana.

La Iglesia está enferma en su estructura, una estructura sin Vida Divina. Es una estructura llena de vida humana, mundana, carnal, material, afectiva.

Es cuestión de días la destrucción de las estructuras viejas de la Iglesia. Sobre esta iglesia, el infierno prevalece, porque no es la verdadera Iglesia, la que Cristo fundó en Pedro, y que es llevada sólo por el Espíritu de la Iglesia.

Sobre esas estructuras viejas, Francisco está levantando su bazofia de iglesia. Una nueva iglesia sin futuro, sin un camino de verdad, sin una guía de hombres. En esa nueva iglesia, todo vale, todos opinan, todos deciden, todos eligen sus caminos, sus cultos, sus dogmas, sus pecados, sus conquistas. Todo es relativo a como los hombres quieran vivir. Relativo a su libertad. Se es libre para pensar lo que se quiera; se es libre para obrar lo que se desee; se es libre para vivir de la manera como cada uno lo crea conveniente.

Esta iglesia del demonio sólo tiene un objetivo: crear el ambiente adecuado para poder acoger al Anticristo. Los hombres, si siguen empeñados en su visión dogmática de la vida, entonces no pueden entender el lenguaje del Anticristo.

Su lenguaje es muy simple: él habla para la mente de cada hombre. Y, por tanto, él habla para dar a cada hombre una idea. Esa idea es la que cada hombre ha pensado. No es una idea nueva; no es antigua ni presente ni del futuro. Es la idea de cada uno. Una idea diferencial, que se diferencia de la de los demás hombres. Una idea única para el hombre, autosuficiente, sin posibilidad de rebatirla, de discutirla, de anularla; porque está idea es sólo una perfección en el hombre. Y, cada hombre, tiene su grado de perfección respecto a su idea. Por eso, es necesario respetar, tolerar, las ideas de los demás hombres, porque son grados de perfección en la inteligencia humana.

El Anticristo no va a dar una doctrina nueva. Va a ofrecer lo que cada hombre busca en su vida. Va a poner en las manos de los hombres el gusto por la libertad de pensamiento: sé libre para pensar y hallarás tu verdad, tu grado de perfección en la vida.

Esta santidad nueva ya es de muchos en la Iglesia Católica: piensa a Cristo como quieras. Piensa los dogmas como quieras. No juzgues a nadies, no condenes a nadie por sus vidas. Todos son santos, todos son ejemplo para los hombres. Todo es uno en el pensamiento del hombre. Cualquier idea vale porque lleva a la idea del hombre. Quedarse en los dogmas, conduce a la idea de Dios. Pero ya Dios se ha hecho muy humano y, por eso, Dios sólo quiere la idea del hombre, lo que lleve al hombre. La Voluntad de Dios es lo que el hombre obra todos los días en su vida. Es la rutina de su vida. Sus obras son perfectas si se ocupan de resolver problemas entre los hombres. Hay que hacer una nueva iglesia llena de hombres con estas ideas de tener a un Dios tan humano, tan hombre, tan sentimental tan tierno, tan homosexual con los hombres, tan pecador con los pecadores.

El gran cisma en el Vaticano

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«El cisma en Mi Iglesia será llevado en diferentes etapas. La primera etapa será cuando sólo aquellos que Me conocen verdaderamente, y comprenden la Verdad de Mis Santas Escrituras, decidirán que no pueden aceptar mentiras en Mi Nombre. La segunda etapa vendrá cuando a las personas se les niegue los Santos Sacramentos, como significan en realidad. La tercera etapa será cuando Mis Iglesias hayan sido profanadas y esto será cuando Mis sagrados siervos comprendan, al fin, la Verdad contenida en el libro del Apocalipsis» (20 octubre del 2013).

Nunca la Iglesia verdadera, nunca la Jerarquía verdadera, produce el cisma en la Iglesia, porque no es posible negarse a sí mismo. La verdad es como es, la verdad no cambia, la verdad permanece siempre en aquellos corazones que la aceptan sin poner su pensamiento humano, su idea, su opinión.

La Iglesia es la Verdad en Si Misma y, por lo tanto, no puede separarse de Ella Misma. Quien se separa de la verdad, quien se aleja de la Iglesia, es que no es de la Verdad, no es de la Iglesia.

Muchos, que son de la Iglesia, se han separado de la Iglesia porque han visto muchas cosas que llevan a la herejía y a la apostasía de la fe. Y se han separado mal, porque la Cabeza de la Iglesia no producía el cisma ni la herejía.

La Cabeza de la Iglesia, aun con sus pecados, ha permanecido fiel a la Verdad, íntegra a Cristo y a Su Iglesia. Esto, muy pocos lo comprenden. ¡Muy pocos! Y, por eso, son muy pocos los que han visto lo que es Francisco y no lo han obedecido desde el principio.

Estamos en la primera etapa del cisma. Son muy pocos los que tienen Fe en Cristo, los que conocen de verdad a Cristo. Son muchos los que lo conocen de oídas. Pero no tienen vida íntima con Cristo. No son almas de verdadera oración ni de penitencia. Están en la Iglesia como todos: haciendo cosas y, en realidad, no hacen nada de provecho para sus almas.

Son muy pocas las almas que al ver a Francisco, la primera vez, hayan dicho: éste no es Papa. Éste es un falsificador, un impostor.

Y son muy pocas las que, hablando y obrando ese hombre en la Iglesia, se hayan preguntado si eso –que habla y obra- viene de Cristo, si eso lo enseña Cristo, si eso pertenece al Magisterio de la Iglesia.

Son muy pocas que al leer las declaraciones de ese hombre, al leer sus encíclicas, hayan dicho: no puedo obedecer a este hombre como Papa, porque no da la Mente de Cristo, no enseña la Verdad del Evangelio. ¡Muy pocas! Todavía hay mucha gente que da su obediencia a Francisco. Y, sobre todo, la Jerarquía, que es la más culpable, porque posee más conocimientos que todos los fieles. Pero, porque tampoco ellos tienen vida de oración y de penitencia auténtica, no saben oponerse a Francisco.

En la primera etapa del cisma, que es en la que estamos, se ve la falta de fe auténtica de muchos miembros en la Iglesia. Son todos unos analfabetos en la fe. Y viene un baboso, con una palabrería barata, y sucumben a su herética enseñanza.

El cisma es siempre producido por aquella Jerarquía que no es la verdadera, que se hace pasar por la verdadera: que ora, celebra misa, confiesa, predica, pero que todo eso es sólo una ficción, una obra de teatro; porque son gente sin fe: por tanto, ni celebran, ni dan sacramentos, ni predican. Están en la Iglesia para su negocio. Y sólo para eso. Son gente infiltrada en el sacerdocio, sin vocación para ser sacerdotes. Sólo con la vocación del demonio, con el llamado del demonio, para obrar, en la Iglesia, la ruina de Ella.

Este punto es el que, también les cuesta entender a los miembros de la Iglesia, especialmente a la Jerarquía. Por eso, han tapado el tercer secreto de Fátima, que es el que habla sobre esto. Y no creen en el Apocalipsis, y siguen esperando el fin del mundo y otras edades en la tierra.

Hay muchos, dentro de la Jerarquía que no creen en el milenio: en el reino de Cristo en la tierra; un reino glorioso. Y no creen por sus teologías: no saben explicar el pecado original y, por tanto, no comprenden el reino glorioso de Cristo en la tierra. Y quieren explicar la Segunda Venida de Cristo de muchas maneras; y, entonces, no comprenden los Signos de los Tiempos. No puede ver a Francisco como impostor, sino que lo siguen viendo como verdadero Papa.

Éste es el punto crítico en tanta Jerarquía: ellos creen que siempre habrá un Papa verdadero en la Iglesia. Que el cisma de la Iglesia no puede hacerlo la cabeza, la Jerarquía. Y, por eso, no acaban de ver la realidad de Francisco. Están ciegos, por su falta de fe; no por inteligencia. Ellos comprenden las herejías que Francisco está diciendo. Ellos las ven, porque ellos saben de qué está hablando Francisco. Pero viven con temor, con miedo a la Autoridad en la Iglesia. No saben oponerse a una Autoridad que ya no da la Verdad, que ya se sale claramente de las reglas divinas y morales. Y serán los últimos en ver, por su soberbia. Hasta que no vean la profanación de la Eucaristía no van a entender nada. Hasta que no se les niegue la celebración de la misa, no van a comprender nada. Van a seguir dando obediencia a Francisco.

Estamos en la recta final de esta primera etapa del cisma. Tiempo ha dado el Señor para discernir a un maldito. ¡Y qué pocos han discernido! ¡Qué pocos se han enfrentado a Francisco! ¡Cuántos continúan haciéndole el juego, hablando de lo que dice o no dice, y esperando algo de él!

El que es de la Verdad no puede obedecer una doctrina mentirosa, que no da ninguna Verdad, como es la doctrina que Francisco ha impulsado en estos meses: evangelio de la fraternidad, cultura del encuentro, el diálogo con los hombres. Estas son las bases de la nueva iglesia herética y cismática puesta en el Vaticano, en Roma.

Muchos no acaban de comprender que con la renuncia del Papa Benedicto XVI, el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, que es el Papado, ha sido demolido totalmente. Y ahora se está levantando la abominación en Roma.

Esto es lo que muchos no comprenden. Ya no hay Iglesia. Ya no hay más Papas. Ya no hay más cabezas en la Iglesia. Todo ha sido tumbado por la masonería. Lo que hay es el juego de los masones, el desfile de gente para mostrar al mundo la nueva iglesia del nuevo orden mundial.

Francisco no pertenece a la Iglesia Católica. Francisco no es sacerdote. Francisco no es Obispo. Francisco es un infiltrado, que lleva viviendo su herejía toda su vida; y que la ha obrado, especialmente, como sacerdote y como Obispo. Y, ahora, en el podio de los vencedores, la sigue obrando como un falso Papa.

Esto es lo que no entra en la cabeza a muchos, incluso a gente que no es de la Iglesia. Y a mucha gente, que se salió de la Iglesia, y que por criticar a todo el Papado, tampoco ve lo que es Francisco. No saben discernir los Signos de los Tiempos. No saben nada de nada.

Francisco es sólo el inicio del cisma, pero no es todo el cisma. Hace falta algo más para tumbar la Iglesia que las babosidades de ese hombre. Esas babosidades dañan a la Iglesia, pero no obran lo que el demonio quiere. Por eso, es necesario un hombre más fuerte, que rompa los dogmas. Es necesario quitar a Francisco, porque ya ha cumplido su papel: el de ser bufón en la corte. El payaso que entretiene a las masas. Y, por ser un payaso, es un hombre sin inteligencia; que vive su herejía, pero que no sabe poner las bases intelectuales para que otros la vivan. Por eso, la masonería se encarga de quitarlo y poner a su hombre, el cual iniciará la segunda fase del cisma.

Viene el hombre temido por la Jerarquía. A Francisco no le temen, pero saben cómo son las cosas en la Iglesia. Por eso, siguen callados. Mientras haya un plato de lentejas, que las almas vivan como puedan en la Iglesia.

Viene el hombre que pone a la Jerarquía entre las cuerdas, que empieza a dar excomuniones a quien no le obedezca, porque sólo así la Iglesia funciona: con el miedo de la pena. Y aun así mucha Jerarquía callará, seguirá con los ojos vendados, dando obediencia a quien no se debe dar.

Francisco deja su falso Papado, renuncia a ello; le obligan a irse, como obligaron al Papa Benedicto XVI. Pero es más fácil ahora, porque Francisco se ha encargado de anular la figura del Papado en la Iglesia. Con su gobierno horizontal, él deja un sustituto, otro que gobierne. Es fácil crear una sucesión de hombres que gobiernen la Iglesia, cuando el gobierno de la Iglesia es eso: la sucesión de Pedro. Se quita a Pedro, y se pone otra forma de ser Pedro en la Iglesia, más acorde al pensamiento moderno, a la cultura del hombre, a la nueva fraternidad. Es cuestión de cambiar algunas normas, leyes de eso.

El fundamento de la Iglesia, que es Pedro, ya no existe en Roma. Existe lo exterior, la apariencia externa. Pero, dentro de poco, ni eso. Los hombres de la Iglesia, la Jerarquía infiltrada, la masónica, que se viste de un ropaje adecuado, pero que obra la maldad del demonio, han anulado a Pedro en la Iglesia. Esto es lo que no se quiere comprender.

La elección de Francisco por los Cardenales es sólo una ficción, una obra de teatro, algo impuesto a la Iglesia; algo que tenía que dejar el Papa Benedicto XVI, porque le obligaron a decir que la sede estaba vacante.

La renuncia del Papa Benedicto XVI es falsa, es también nula; porque no ha sido libre. Ha sido obligado a renunciar. Le han puesto una pistola en la cabeza. Y su pecado, sólo Dios lo puede juzgar. Bien podría haber dado la muerte por Cristo y por la Iglesia. Pero se bajó de la Cruz. Que sea Dios quien juzgue su pecado.

El Papa Benedicto XVI sigue siendo Pedro en la Iglesia; pero es inútil porque no puede cumplir su misión. Pero los destinos de la Iglesia sólo ahora le corresponden a Cristo, no al Papa. La forma de guiar a la Iglesia, en esta gran oscuridad, cuando no hay cabeza visible, cuando una impostura está en el gobierno de la Iglesia, ya no le pertenece al Papa, a Benedicto XVI. Ya se encarga Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, de guiar a toda Su Iglesia, a la Iglesia verdadera, a la Jerarquía verdadera, hacia la Verdad.

Pero Cristo sólo puede guiar a un alma cuando ésta abraza la Verdad. Cristo está esperando que las almas despierten del engaño de Francisco y se opongan a la mentira, con todas las consecuencias. Si el alma no lucha en contra del error, de la mentira, entonces Cristo no puede guiarla.

Por eso, es necesario saber batallar contra Francisco y contra todo aquel que siga a Francisco, que obedezca a Francisco. No hay que hablar de Francisco y meter en ello a los otros Papas, como muchos equivocadamente hacen. Hay que anular a Francisco de la Iglesia Católica, porque no es Iglesia, no pertenece a la Iglesia. No hay que anular a los otros Papas.

Un antipapa pertenece a la Iglesia, porque no es herético. Pero Francisco no es antipapa, es herejía, es cisma, es anticristo, es falso profeta. Francisco no es Iglesia.

Si no se sabe batallar contra Francisco, menos se sabrá luchar contra el temido, contra el que lo sucede en el gobierno. Si ahora caen por las estupideces de ese hombre, por sus palabras baratas y blasfemas; si ahora por un sentimentalismo idiota, se les cae la baba por Francisco, ¿qué van a hacer cuando el que viene les diga tantas razones bien concertadas, que parecen una verdad, y que serán sólo mentira, y se queden con la boca abierta, sin saber qué responder?

Francisco es el orgullo en la Iglesia: es decir, la vanidad, el amor propio, el deseo de popularidad, la vida social, la vida exterior, el estar con todo el mundo viviendo sus vidas. Eso es Francisco: se ama a sí mismo, y sólo se ama a sí mismo. Después, habla de amor a los pobres para ganar su salario en la Iglesia, para hacer su negocio en la Iglesia.

Pero el que viene es la soberbia en la Iglesia, se deja de sentimentalismos: es decir, es la idea triunfante, la razón que todo lo puede, que todo lo ve, la filosofía que todo lo divide, la mente que nunca descansa, que se sabe todos los caminos para obrar y conseguir lo que quiere. Un hombre cerrado a la verdad que no atiende a razones, sino que quiere que todo el mundo le obedezca por lo que dice y razona.

Si no han sabido luchar contra el hereje sentimental de Francisco, menos sabrán luchar contra el hereje intelectual de su sucesor en el gobierno.

El cisma nunca lo hace la Iglesia, sino aquel que se sale de la Iglesia, de la Verdad. Y no importa seguir dentro, en la apariencia externa, porque el cisma comienza siempre en el interior de la persona. Cuando la persona vive en su corazón el cisma, entonces lo obra exteriormente. Esto es lo que ya se ve en el Vaticano, pero nadie se da cuenta. Quien tiene ojos espirituales, ya reconoce el cisma en la Jerarquía. Y comienza a distinguir la verdadera Jerarquía de la infiltrada.

Ya no es tiempo de seguir a Francisco, a ver que dice, a ver qué hace. Ya no se lucha en contra de él como al principio. Viene el tiempo de la segunda parte del cisma. Y hay que prepararse para esa lucha de otra manera.

Cambios nefastos para la Iglesia

Sacerdote corrupto, vestido de homosexual, en la fiesta de la Inmaculada, en España 2013

Sacerdote corrupto, vestido de homosexual, en la fiesta de la Inmaculada, en España, 2013

La Iglesia ha perdido el camino de Cristo, el camino de la Verdad, y se está precipitando en la más completa oscuridad, que significa abrazar la mentira como si fuera la misma verdad. Y cuando se hace eso, esa es la señal primera de que las profecías empiezan a cumplirse, a obrarse.

El Apocalipsis, es decir, el Libro de la Revelación Divina se obra ya ante nuestros ojos, en nuestro tiempo, en nuestra historia. Y, muy pocos, saben lo que eso significa para el mundo y para la Iglesia.

Porque no vivimos para este mundo sino para el nuevo mundo, la Nueva Jerusalén, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Y muchos quieren tener aquí el Paraíso y, después, irse al Cielo con todos sus pecados. Y no es posible eso que piensan muchos. Y muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia, que no son lo que parecen, porque ya no viven el Evangelio, ya no enseñan la Verdad de las Escrituras con su misma vida, sino que se dedican a enseñar sus verdades, aprendidas en el mundo, no en la oración personal con Cristo Jesús.

Hay muchos sacerdotes y Obispos que ya no creen en el pecado y, por tanto, no lo juzgan como pecado, sino como otra cosa. Y esos pastores que no juzgan el pecado, no pueden juzgar al pecador y, por tanto, no pueden absolver en el Sacramento de la Confesión el alma del penitente. Hay muchas confesiones en las que el alma entra con sus pecados y sale con ellos, porque el confesor ya no juzga el pecado, sino que dice: eso no es pecado, eso hay que entenderlo de otra manera, no en lo que la Sagrada Escritura llama como pecado.

Hay muchos pecados que ya no son pecados para muchos confesores: masturbación, fornicación, uso de métodos anticonceptivos, etc. Quien no juzga el pecado, quien no ve el pecado como pecado, no absuelve, aunque diga las palabras de la absolución correctamente, porque la intención del confesor es una: juzgar el pecado que el alma le trae y hacer un juicio del penitente. Si no tiene esa intención, lo otro, lo demás no sirve. Si el confesor no sabe lo que es el pecado y llama al pecado como una verdad a seguir, como algo que se puede hacer, entonces no hay confesión. El alma se va con sus pecados no borrados.

No se confiesen nunca con un sacerdote que diga que ciertos pecados ya no son pecados, porque se irán como vinieron. Francisco y muchos Cardenales de su gobierno no confiesan y no celebran misa porque no juzgan el pecado y predican herejías en la Iglesia.

Un sacerdote, un Obispo, un Cardenal, que en la Misa o en la Iglesia, en una charla o conferencia, predique otra cosa a la Palabra de Dios, yendo contra la Verdad, diciendo herejías claras, entonces, en la consagración no hay nada, sólo un teatro.

Porque el sacerdote está para dos cosas en la Misa: para hablar la Palabra y para obrar esa Palabra en el Altar. Quien no habla la Palabra, sino que empieza a decir sus herejías, que no existe el infierno, que no existe el purgatorio, que no existe el pecado, que ya Cristo nos ha salvado a todos y, por tanto, no hay que hacer penitencia, que todo consisten en dar limosnas a los pobres, etc., después, Cristo no baja al Altar en esa Misa.

El sacerdote es otro Cristo, el mismo Cristo. Y, por tanto, tiene que hablar como Cristo y obrar como Cristo. Y, quien no haga eso, entonces es mejor que se dedique a otra cosa en la Iglesia, pero que no haga misas.

Muchos sacerdotes, en la realidad de sus vidas hacen teatro en la Iglesia, porque no es que pequen y, después se confiesen de sus pecados, que eso no anula su misa ni su predicación, sino que ya viven amando sus pecados, sin arrepentirse de ellos, sin hacer ninguna penitencia, están inscritos en sectas ocultas, viven para el mundo, para sus negocios en el mundo, abrazando todas las herejías del mundo. Y es imposible que un sacerdote así ponga a Cristo en el Altar. Cuando vean predicaciones heréticas en una misa, váyanse a buscar otra donde se les dé la Palabra de Dios como es y, por tanto, donde se obre esa Palabra con dignidad en el Altar. Misas, como hoy se hacen, en la que todo es una fiesta, ahí no está Cristo en el Altar. Y la comunión que se da es sólo una galleta a la que todos idolatran.

Cristo Jesús es muy celoso de Su Misa, de sus sacerdotes, de sus pastores. Lo quiere todo íntegro. Y si no hay eso, Cristo no baja al Altar en la palabra de aquel sacerdote que ya no cree en Él, sino que sólo cree en su vida humana y en la vida mundana que lleva.

El sacerdocio no es una carrera en la Iglesia, sino es la Vida del Mismo Cristo en el alma del sacerdote. Para ser sacerdotes no hay que estudiar nada, ni teología ni filosofía, ni hacer carreras en las universidades. Para ser sacerdotes sólo hay que seguir al Espíritu de Cristo que es el que enseña lo que es Cristo.

Cristo no es un libro que se aprende en un aula del mundo, de una universidad, o de un seminario. Cristo es una Vida Divina que sólo puede ser obrada en el Espíritu de Cristo. Por eso, Cristo es el que elige a sus sacerdotes. Y hay muchos que no son elegidos por Cristo, sino por los hombres en la Iglesia, porque no tienen el discernimiento para saber elegir las almas para el sacerdocio. Muchos Obispos, que son la cabeza del sacerdote, no saben lo que es ser sacerdote y, por eso, eligen a candidatos erróneos para esa vocación divina en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que no saben guiar a los sacerdotes en la Iglesia, que no saben mostrarles el camino de la santidad, porque tampoco ellos buscan la Voluntad de Dios para sus ministerios en la Iglesia! ¡Cuántos Obispos hay que condenan a muchos sacerdotes imponiéndoles falsas obediencias en la Iglesia!

El sacerdocio en la Iglesia es una cuestión sólo espiritual, no humana, no natural, no social. Por eso, la Iglesia es la Jerarquía. Y así viva la Jerarquía su sacerdocio, así la Iglesia, así los fieles serán en sus vidas espirituales.

El sacerdote es el que decide el destino de las almas en la Iglesia. Es el que lleva al rebaño o al infierno o al cielo. Nunca un fiel en la Iglesia se va solo al infierno o al cielo. Siempre se va con su Pastor, con su sacerdote. Por eso, la terrible carga que pesa en todo sacerdote, en todo Obispo, en todo Cardenal. Si ellos no son fieles a su vocación divina en la Iglesia, tampoco los fieles, los miembros de la Iglesia son fieles a Cristo.

Por eso, quien no medita en lo que está pasando ahora la Iglesia, no entiende nada de lo que Cristo quiere ahora para su Iglesia.

Cristo es el Sacerdote Eterno, el Único Sacerdote, el que guía a su rebaño al Cielo. Y la Iglesia ahora es un desastre en la Jerarquía, porque los sacerdotes, los Obispos están guiando al rebaño hacia el infierno. Si no hay un Papa que guíe la Iglesia, entonces toda la Iglesia se va para el infierno. Y, ahora mismo, no hay una Cabeza que dé a Cristo en la Iglesia: ni Francisco ni Benedicto XVI. Esta es la gravedad que nadie medita, que nadie contempla.

Y, por eso, ahora sólo es Cristo el que guía a Su Iglesia para que no se pierda por medio de los Profetas, no por medio de ninguna cabeza, ni de ninguna Jerarquía en la Iglesia. Toda la Jerarquía está confundida en estos momentos, y no sabe guiar el rebaño hacia Cristo, hacia la Verdad. Luego, no se puede confiar en nadie, en ningún sacerdote, en ningún Obispo. Es triste, pero es la realidad. Aquel que no dé la Verdad, que es Jesús, no hay que seguirlo, no hay que obedecerlo, no hay que someterse a él. Porque la obediencia ciega es sólo a Cristo, a la verdad, no a los hombres.

Este es el punto que, hoy día, la Jerarquía combate. Y quieren hacer que los fieles obedezcan sus mentes humanas, totalmente erradas, heréticas, engañosas. Eso es Francisco, que es un ejemplo clarísimo de lo que es un sacerdote que ha renegado de su vocación en la Iglesia. Eso que hace Francisco lo hacen muchos en la Iglesia, pero no se conocen porque no tienen un puesto relevante en la Iglesia.

¿Qué se creen que la Iglesia es un lugar lleno de Santos? ¡Hay cada demonio deambulando por los pasillos de Vaticano que da escalofríos penetrar esos recintos sin antes no ponerse en profunda oración para saber dónde uno se mete! ¡Roma es, hoy día, la antesala de infierno! ¿Qué bien puede salir de eso? Ninguno. Toda maldad es lo que le viene al mundo y a la Iglesia.

El último Papa verdadero: Benedicto XVI. Y hasta que no venga Pedro Romano, puesto por el Cielo para regir Su Iglesia en los tiempos caóticos, en la Iglesia habrá sólo sucesión de antipapas, falsos papas, anticristo, falsos profetas. Pero no esperen una cabeza clara en la doctrina de Cristo ni de la Iglesia. Ya se está pensando en un concilio vaticano iii: ¡qué monstruosidad no saldrá de allí!

La Iglesia no está para Concilio, sino para llorar sus pecados y arrepentirse de ellos. Lo demás, es el baile con el demonio en la que toda la Jerarquía está imbuida. Cambios vienen a la Iglesia, cambios para su ruina, cambios que sólo significan una cosa: hay que salir de Roma.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo

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Francisco es un hombre necio, que clama su mentira, ignorante de la vida de la Iglesia y que pone su obra en agradar a los hombres. No sabe nada de lo que es la Verdad en la Iglesia. No sabe obrar la Verdad, no sabe ser de la Verdad, no sabe guiar hacia la Verdad.

Francisco se sienta en la Silla de Pedro para invitar a la Iglesia a un camino que no es el de Cristo, que no conduce a la santidad de la vida, que no lleva el sello de la Verdad. Y, por tanto, Francisco se dirige, desde esa Silla, a la gente simple, a la gente que no tiene sentido de la vida espiritual, a la gente boba, que vive su vida de acuerdo a la inteligencia del hombre, según la sabiduría de los hombres, pero que no ha aprendido a discernir las palabras de los hombres en el Espíritu.

Francisco no habla una sabiduría que no es de este mundo, que no es de los jefes de este mundo, sino que habla la sabiduría que está condenada a perecer, la que crucifica a Cristo y a la Iglesia, porque es la propia de los hombres sin espíritu (cf. 1 Co 2, 6), que sólo hablan de lo que tienen en su mente humana, de lo que han conseguido con su razón humana, con su idea loca de la vida.

Francisco no habla de esa sabiduría entre los perfectos, porque él no busca la perfección, las obras santas en la Iglesia. Y, por tanto, no puede dar lo que no tiene, lo que no busca, lo que no ha aprendido nunca. Él da su vida de pecado en medio de la Iglesia, como algo que todos deberían seguir en la Iglesia. Y muchos se equivocan con Francisco porque viven la misma vida de pecado en la Iglesia. No saben ver a un hereje porque no saben ver sus mismos pecados que cometen en sus vidas. Y, por eso, quieren defender a Francisco como el Papa elegido. Y no se dan cuenta que quien eligió a Francisco para sentarse en la Silla de Pedro es el mismo que han elegido ellos para sus vidas : al demonio.

¿Por qué la Iglesia no llama Francisco con el nombre de hereje ? Porque vive en el mismo pecado que vive ese hereje. Quien vive en el pecado elige al pecador para que lo gobierne en la vida. El Espíritu Santo nunca pone a un hereje como Papa. Pondrá a un hombre pecador, pero que sabe reconocer su pecado y que llama al pecado con el nombre de pecado. El humilde ve su pecado y no hace propaganda de su pecado, sino que lo quita, lucha contra su pecado y no quiere que nadie lo sepa. Pero el soberbio manifiesta su pecado ante todo el mundo para que todos le den publicidad : « El sabio esconde su ciencia, la boca del necio anuncia la ruina » (Prov. 10, 14).

La misma Iglesia está haciendo propaganda de un hereje. Luego, está anunciando su misma ruina. La Verdad ha sido impedida en la Iglesia, ya no se escucha, ya no se dice por la boca de lo que son suyos. La Verdad, ahora la dicen otros, que no tienen nada que ver con la Iglesia, pero que son humildes en su corazón para ver la Verdad. Muchos de los que dicen que pertenecen a la Iglesia no es verdad, no pertenecen, sino que son maridaje con las obras del diablo y del mundo, que ha puesto su morada en medio de la Iglesia. Y muchos que están fuera de la Iglesia son las almas que llevan en el corazón la Iglesia y que ven la Verdad de todas las cosas en el Espíritu : « Y otras ovejas tengo que no son de este aprisco ; ésas tengo Yo que recoger, y oirán Mi Voz, y vendrá a ser un solo rebaño, un solo pastor » (Jn 10, 16).

Francisco enseña a pecar, porque esa es su vida, su obra, su dedicación en la Iglesia. Por eso, sus palabras son dulces en la Iglesia, porque agradable es el pecado. Sus palabras están llenas de mentira encubierta y eso las hace sabrosas para los hombres que, como él en su vida simple, pueblerina, están en la Iglesia para vivir su pecado, su endiosamiento en todas las cosas de la Iglesia.

Francisco, cuando habla, tapa la Verdad, la oculta, y eso hace sabroso su pensamiento ; porque así obra la persona necia, la persona sin inteligencia, la persona que se cree algo porque entiende algo con su mente humana : habla lo sabroso que ha conseguido con su inteligencia, pero ocultando la verdad, que no es sabrosa para su mente.

En el espíritu del mundo, los sabios son los que hacen el mal, los que hablan la mentira, los que ponen su vida como modelo para los demás. Pero, en el Espíritu de Dios, los sabios son los que obran las virtudes, los que enseñan las falacias de los discursos con la Verdad clara de la sabiduría divina, los que imitan la Vida de Aquel que es la Eterna Sabiduría, de Aquél que es, no sólo el Modelo para todo hombre, sino el Artífice de la vida de todo hombre.

Muchos, con Francisco, no se dan cuenta de que allí, en la Iglesia, desde la Silla de Pedro, se encuentra la muerte, se encuentra el engaño, se encuentra la desnudez de toda Verdad. No han caído en la cuenta de esto. No ven el camino hacia lo profundo del infierno que lleva Francisco a toda la Iglesia.

« Fuente de Vida es la boca del justo, pero la boca del malvado encubre la violencia » (Prov. 10, 11). Francisco no da lo que tiene en su corazón abiertamente, sino que se pone una careta, una pantalla de santidad, de justicia, de amor hacia el hombre y hacia los pobres. Le interesa estar con una máscara en su negocio en la Iglesia, porque no sabe romper con los dogmas que tiene la Iglesia igual que ha roto con el dogma del Papado.

Para quitar el Papado ha sido fácil. Sólo hay que sentarse en la Silla de Pedro y poner un gobierno horizontal con la sola decisión suya. Facilísimo. Y nadie se le vino encima, por la falsa obediencia a un Papa. Un verdadero Papa mantiene la verticalidad en la Iglesia, porque la Iglesia se sostiene sólo en Su Vértice. Pero la Iglesia se derrumba si se quita el Vértice.

El Vértice en la Iglesia es sólo el Papa. Los demás, abajo, por debajo, en obediencia al Papa. Y, por tanto, nunca puede darse un gobierno horizontal en la Iglesia. Nunca. Si se da, eso va en contra del dogma del Papado : « Tú eres Pedo y sobre esta Piedra » edifico lo demás, lo que está por debajo de esta Piedra, lo que nadie puede entender sino sólo Pedro.

La Sabiduría en la Iglesia sólo la tiene Pedro. A Pedro todos oyen. A Pedro todos obedecen. La astucia del demonio es poner un hombre que habla lo que el hombre quiere escuchar, para que amen a ese hombre como a su Salvador en la Iglesia, como a un santo, como a un justo, por el oficio que ese hombre tiene en la Iglesia.

Es triste ver cómo la Iglesia no tiene discernimiento espiritual, no vive de cara a Dios, no obra las obras de Dios, no ama con el amor de Dios. Y, por eso, se deja engañar de un embaucador de la Verdad, de uno que coge la palabra divina y la tuerce como quiere, la destroza con el aplauso de tantos embaucadores -como él- en la Iglesia.

Si pasa esto en la Iglesia es porque se lleva ya tiempo en el mismo juego. Esto no viene de ahora, es el fruto de un tiempo en que los hombres de la Iglesia sólo se han dedicado a mentir a toda la Iglesia. Los Papas en la Iglesia se ha dedicado a decir la Verdad, a obrar la Verdad, pero los que están abajo, los que deberían estar en obediencia al Papa, se han rebelado, y han puesto en la Iglesia lo contrario a lo que los Ellos decían.

La rebeldía y la desobediencia de muchos en la Iglesia al Papa es el fruto que vemos, hoy día, en la Silla de Pedro, en el que se sienta, ahora, en esa Silla. Francisco es el negocio de los rebeldes y desobedientes a Cristo en la Iglesia. Lo han comprado para que lleve a la Iglesia hacia su ruina. Lo han vendido para hacer entrar en la Iglesia el poder del mundo. Y lo han llevado a la cima para destronarlo como necio, que es. Porque Francisco no se da cuenta de lo que pisa sus pies, de dónde está parado.

La Iglesia, en estos momentos, pertenece al demonio. La Iglesia que se muestra en Roma. La verdadera Iglesia no se muestra en Roma, sino que está escondida en muchos corazones fieles a la Palabra y que no la cambian por más dulces, en sus palabras, que dé Francisco.

La falsa iglesia, que ya está revelándose al mundo en Roma, es sólo la del demonio y, por tanto, regida por los hombres que dan culto al demonio. Y esos hombres se ponen todavía la careta. Son sacerdotes, Obispos, fieles, que hablan bonito, pero que obran la maldad en la Iglesia. Sus caretas son fáciles de ver, porque la Verdad, aunque esté oculta, resplandece en ellos.

La Verdad ilumina la tiniebla. Nada está oculto cuando la Verdad da Su Luz. « No se pone una luz bajo la mesa », sino que se coloca encima para que dé la luz a todo el mundo. Cristo es la luz del mundo e ilumina a todo hombre, porque ha vencido al mundo, al demonio, a los hombres que sólo viven para pecar.

Con la Resurrección de Cristo, las cosas ya no son como antes. A Cristo lo mataron porque lo persiguieron a muerte y Él se dejó matar, por Voluntad del Padre. Pero la muerte de Cristo es la Victoria de la Vida sobre el pecado, sobre toda mentira, sobre todo engaño. Y ya no es posible para el demonio actuar como lo hizo con Cristo. El demonio tiene que ponerse una careta para ir en contra de la Verdad. Ya no puede ir abiertamente, porque la Luz de Cristo lo ilumina todo. La Verdad ilumina las caretas que se ponen los herejes, como Francisco, para que la gente vea que ese hombre no es de Dios, que debajo de esa careta, está la boca del demonio.. Ya nada hay escondido con la Resurrección de Cristo. Ya no se puede esconder la Verdad. Y la Verdad de Francisco es su pecado que ya no oculta, que ya lo obra sin más en medio de la Iglesia.

Por eso, Francisco tiene que hablar medias palabras, pero no sabe obrar en contra de la Verdad abiertamente, como lo hizo quitando el Papado. No tiene inteligencia, no tiene poder para eso, no le dejan. Eso se ve por las guerras internas que hay en su gobierno horizontal, las contradicciones de todos, la división que muestran ocho hombres que, también, tienen que usar la careta en la Iglesia.

Pero es tiempo de quitarse las caretas y que cada uno en la Iglesia elija el camino : o hacia el Cielo o hacia el infierno.

La Verdad sólo tiene una cara: la de Cristo. Francisco muestra muchas caras que no pertenecen a Cristo, sino que son su invento de lo que debería ser Cristo en el mundo de hoy. Y Cristo está por encima de todo tiempo, de toda historia de los hombres, porque es el mismo ayer, hoy y siempre. No cambia. No puede amoldarse a las modas de los hombres, a las culturas de los hombres, a la evolución del pensamiento de los hombres. La Verdad yace en un corazón humilde desprovisto de las bases y de los apoyos de los hombres, para vivir sólo la Obra Divina a la cual ha sido llamado desde toda la eternidad. La Iglesia es para los humildes que nunca cambian de careta, sino que siempre tienen el rostro de cristo en sus almas, en sus corazones y en sus espíritus.

Juan Pablo II: el Papa de la Gran Tribulación

“Este Papa es el Don más grande, que Mi Corazón Inmaculado os ha dado, para el tiempo de la Purificación y de la Gran Tribulación” (La Virgen al P. Gobbi – 13 de mayo 1995).

JuanPabloII

Juan Pablo II es el Papa de la Virgen. En él está la Luz del Corazón Inmaculado. Quien no siga el magisterio de Juan Pablo II se pone como enemigo de la Virgen y de la Iglesia.

Muchos han dividido la Iglesia con las críticas y los juicios condenatorios a Juan Pablo II. Son ellos como Francisco: enemigos de la Iglesia.

Francisco destruye la Iglesia porque es un anticristo. Pero los que juzgan a Juan Pablo II destruyen también la Iglesia porque no se someten al Magisterio de la Iglesia en Juan Pablo II. No se someten a la Voz de Cristo en Juan Pablo II.

Nadie tiene excusa cuando juzga a un Papa puesto por Dios. Nadie. Porque no se puede juzgar a un Papa. No se puede criticar a un Papa. No se puede hablar mal de un Papa.

El juicio sobre el Papa sólo le corresponde a Dios. Y a nadie más. Y, por eso, para hablar de un Papa hay que pedir primero la luz del Espíritu Santo y, después, pisotear nuestra mente humana, nuestro orgullo humano, y no hacer caso de lo que los hombre dicen del Papa. Despreciar todo lo que los demás opinan sobre el Papa. Porque en la Iglesia no hay opiniones, diálogos con nadie. En la Iglesia sólo hay fe en la Palabra de Dios. Lo demás, es el cuento de los hombres para no tener fe.

Si no se hace eso, entonces el que habla de un Papa sin discernimiento espiritual, con el solo discernimiento humano o racional, se hace enemigo de Cristo y de Su Iglesia.

Y muchos desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI se han dedicado a criticar a los Papas y, por tanto, a dividir la Iglesia con sus mentiras, que sacan de sus necios pensamientos.

Quien esté en la Iglesia criticando a un Papa es mejor que salga de la Iglesia para no caer en el fariseismo, que es el pecado de muchos.

Muchos fariseos están en la Iglesia adorando sus pensamientos humanos sobre lo que debe ser un Papa en la Iglesia. Muchos son los soberbios que ensalzan su soberbia en la Iglesia como luz en la Iglesia.

Muchos no ponen su cabeza en el suelo y no desprecian sus estúpidos razonamientos porque se creen con poder para juzgarlo todo.

Aquel que juzga a un Papa es un demonio en la Iglesia.

Aquel que quiera destruir al Papa con sus críticas y habladurías es sólo un enviado de Satanás a la Iglesia para acabar con Ella.

Nadie ha comprendido los sufrimientos de los Papas durante 50 años. Nadie. Todo el mundo ha echado mano de sus soberbios pensamientos para ir en contra del Papa por todo lo que han visto en esto 50 años. Cosas que no se pueden explicar con el pensamiento estúpido de los hombres, con su sabiduría humana. Y nadie ha captado que lo único que ha sucedido en estos 50 años en la Iglesia es la desobediencia de muchos sacerdotes y de muchos Obispos al Papa.

Y esa desobediencia ha traído al Papa un camino de amargura en su Pontificado que nadie sabe medir, que nadie sabe apreciar, porque es muy fácil criticarlo todo, pero ¡qué difícil es comerse las propios juicios contra el Papa y callar la bocaza ante lo que no es entiende!

Todos los hombres son iguales: les gusta pensar y juzgarlo todo. Y no son capaces de quitar sus juicios porque aman sus soberbios razonamientos humanos, y quieren tener la razón, aunque para ello tengan que destrozar a la Iglesia como lo han hecho.

A quien deberían criticar y tumbar en la Iglesia es a Francisco, que de Papa sólo tiene el nombre, y de sacerdote es sólo una imagen sin vida espiritual. Es un hombre que se viste túnica talar para vivir su pecado en la Iglesia, y con el aplauso de todos.

Es el primer enemigo de la Iglesia al que todos alaban y reverencian sin ningún motivo divino para ello, sin ningún motivo santo para ello, porque todo lo que predica y obra en la Iglesia es su maldito pecado.

Y cuántos le hacen el juego a Francisco ahora. Y tienen miedo de confrontarlo y de desnudarlo en medio de la Iglesia. Y no saben oponerse a aquellos que alaban a Francisco y lo tienen como Papa.

Aquí se está para decirle a Francisco que es un maldito. Y punto. Y a quien no le guste, que siga su camino.

Y aquí se está para defender a todos los Papas de la Iglesia hasta Benedicto XVI.

Y quien no quiera defenderlos, que siga su camino.

Pero aquí no se admite división en el Papado, no se admite crítica a ningún Papa, aunque haya sido un demonio en vida, como algunos lo fueron.

Un Papa puesto por Dios es el que da unidad a toda la Iglesia. Y no importa si el Papa es pecador o demonio. Porque Dios guía al Papa con un carisma especial, sólo para él y para nadie más. Y ese Carisma hace que las obras de un Papa verdadero sean las mismas obras de Cristo en la Iglesia. Y que la voz de un Papa verdadero sea la misma Voz de Cristo en la Iglesia.

Y lo demás hay que dejarlo al juicio de Dios. Nadie tiene que meterse en juzgar cosas que ve y que no entiende en un Papa.

Hay que callar la boca y bajar la cabeza, y punto y final.

Y quien no haga eso, no es Iglesia, no hace Iglesia, sino que produce división en la Iglesia.

Porque para ser Iglesia hay que someterse al Papa, que es el da la unidad. Si se critica al Papa, se rompe la unidad con la mentira y con la crítica, y se crea división en la Iglesia, la opinión en la Iglesia, el diálogo en la Iglesia, la democracia en la Iglesia.

Y eso conlleva la destrucción de toda la Iglesia, que ha sido el esfuerzo del demonio en 50 años.

Ahora tenemos una Iglesia totalmente rota por la desobediencia y por los juicios de muchos contra el Papa.

Ahora todo el mundo quiere arreglar la Iglesia con sus estúpidos razonamientos humanos, con sus críticas humanas, con su necia inteligencia humana.

Nadie quiere ponerse en la Verdad cuando se trata de un Papa. A todos les gusta criticar. Son demonios encarnados que sólo sabe hacer su trabajo: matar la fe en la Iglesia.

Vemos en la Iglesia que cada uno lucha por sus verdades, por sus soberbias, por sus orgullos en la vida. Y nadie lucha por la Verdad.

Es el resultado de 50 años. Y Francisco se ha aprovechado de los desobedientes y de los que han criticado a los Papas para acabar de destruirlo todo en la Iglesia.

Todo el mundo le hace el juego a Francisco cuando se ponen a criticar a los Papas. Todos en el mismo juego del demonio. Todos bailando con el anticristo.

Todos siguen destruyendo la Iglesia de una manera o de otra.

Y nadie quiere construirla. Nadie. A nadie la importa lo que es la Iglesia actualmente. A nadie.

Hay que llorar por la Iglesia, que nadie lo hace, porque todos se creen contentos y felices dentro de la Iglesia.

Y la Iglesia ya no existe.

Ahora sólo hay un conjunto de idiotas en Roma fabricando su iglesia. Y los demás, fuera de Roma criticando la Iglesia de siempre, a los Papas y sus magisterios. ¿Dónde está la Iglesia? En ninguna parte.

Y nadie se pone en la Verdad: enfrentar a Roma, desnudar a Francisco, liquidarlo hasta que muera, hasta que lo echen de Roma.

Todos tiene al enemigo sentado en la Silla de Pedro y todos lo adoran como si fuera un dios.

Todos ven al enemigo de la Iglesia y cada uno sigue viviendo su estúpida vida en la Iglesia.

A nadie le interesa la Iglesia. A todos les interesan sus necios razonamientos humanos sobre la Iglesia y sobre los Papas.

Estamos en el tiempo de la Purificación, y ya entrando en la Gran Apostasía de la Fe.

Y Juan Pablo II es el único que se puede seguir en este tiempo. A los demás, no.

Dios puso a este Papa para ser la luz en las tinieblas que han comenzado ya en la Iglesia. Para ser la luz después de muerto, no antes. Antes, nadie le hizo ni caso.

Ahora, deben tener todas sus encíclicas a mano, todas sus enseñanzas a mano, porque eso es lo único que queda en la Iglesia en este tiempo.

La única luz divina en la Gran Tribulación el Magisterio de Juan Pablo II. Y quien no obedezca a ese Magisterio, se llena de tiniebla y se pierde en esa densa oscuridad.

Y muchos, por sus juicios contra Juan Pablo II, han perdido ya el Espíritu de la Iglesia y no van a saber enfrentarse a lo que viene ahora en la Iglesia. Van a seguir dando coba al gobernante de turno y a seguir criticando a los Papa anteriores.

Quien no obedezca a Juan Pablo II no hace unidad en la Iglesia.

Quien lo siga criticando y siga buscando sus errores no hace unidad en la Iglesia.

Que cada uno haga lo que quiera, pero aquí no se permite nada en contra de Juan Pablo II. Es mejor que callen lo que quieran decir, porque no se les va a hacer ni caso.

Aquí se ama a Juan Pablo II y se odia a Francisco. Y es un amor a muerte y es un odio a muerte.

Porque la salvación de la Iglesia está pendida de esto: o se sigue el Magisterio Auténtico que Juan Pablo II legó a la Iglesia o se siguen todos los cambios que un impostor, como Francisco, ha empezado a introducir en el Magisterio Auténtico de la Iglesia que dio Juan Pablo II.

Francisco está en contra de Juan Pablo II. Es el primero que se enfrentó al Papa en su Pontificado. Y Francisco hace el juego que le gusta a muchos bobos en la Iglesia: ¿queréis que lo proclame santo? Pues eso haré para ganarme el aplauso de esos bobos.

Pero Dios no va a permitir que ese hereje proclame santo a nadie, porque ese hereje tiene los días contados en Roma.

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