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El show del falso cristo en la Iglesia

El P. Joan Enric Reverte, celebrando una Misa Rock en la cathedral del Tarragona, el 8 de abril del 2010

El P. Joan Enric Reverte, celebrando una Misa Rock en la cathedral del Tarragona, el 8 de abril del 2010

El show de Francisco y su gobierno es poner a la Iglesia en una cosa: el amor al mundo.

Ellos buscan la justicia social, los derechos de los hombres y el dinero para paliar el hambre del mundo.

Y eso lo presentan a toda la Iglesia en el Nombre Sagrado de Jesús, poniendo a Jesús como el camino para dar a la Iglesia el amor al mundo.

Cuando esos impostores hablan es para alejar a las almas de Jesús, de Su Palabra, de Su Evangelio, de su doctrina.

Ellos hacen una iglesia que no es el Cuerpo de Jesús, porque hablan las palabras de los hombres, que no son la Carne de Cristo.

La Palabra de Dios es la Carne de Dios. Y Su Carne es Su Cuerpo; y Su Cuerpo es Su Iglesia. Quien habla palabras humanas en la Iglesia obra su propia iglesia dentro de la Iglesia. Porque la Iglesia se construye dando la Palabra del Verbo a las almas. Y esa Palabra es la que Obra la Iglesia en cada alma.

Las palabras de los hombres son la carne de los hombres. Pero la Carne de Cristo es Espíritu. La carne de los hombres es sólo carne, que no sirve para nada, que no aprovecha en nada.

Esos impostores, que se exhiben con trajes eclesiásticos, que dicen ser de la Iglesia Católica, no adoran la Palabra de Dios, sino que hacen culto a sus pensamientos humanos y a sus palabras. Y quieren abrazar, e intentan controlar, el mundo de la política, de la economía, de la cultura, de las ciencias humanas, para poner en la Iglesia la abominación de la desolación.

Un falso cristo se ha originado -con la elección de Francisco- dentro de la Iglesia.

Un falso cristo, que se dedica a dialogar con todos los hombres del mundo; los alaba, los ensalza, los protege, les abre caminos para que se sientan acogidos. Pero ese falso cristo odia la Tradición de la Iglesia, no puede transmitir lo que nunca ha recibido de los Santos de la Iglesia, porque siempre ha dado lo que hay en su inteligencia humana.

Un verdadero Apóstol transmite el don inicial, que viene del Señor: “Os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí” (1 Co 15, 3). Y ese don inicial es la Verdad, conservada en los corazones de toda la Tradición. Una Verdad que nunca pasa, que siempre es la misma, porque dice San Pablo: “Conserva el buen depósito mediante el Espíritu Santo que habita en nosotros” (2 Tm 1, 14).

Bautizo de la niña de dos lesbianas en la Iglesia Católica. Estas dos lesbianas y el clero que aplaudió son apóstatas. No son católicos, son de la iglesia de Francisco. Y la niña no ha recibido ningún Bautismo, por la apostasía del clero, que le impide dar los Sacramentos.

Bautizo de la niña de dos lesbianas en la Iglesia Católica. Estas dos lesbianas y el clero que aplaudió son apóstatas. No son católicos, son de la iglesia de Francisco. Y la niña no ha recibido ningún Bautismo, por la apostasía del clero, que le impide dar los Sacramentos.

Francisco, el falso cristo, que no conserva, en su corazón el depósito de la fe, sino que da a toda la Iglesia lo que concibe en su negro pensamiento humano. Francisco odia a la Iglesia porque odia la Tradición de la Iglesia, la Verdad que viene por esa Tradición.

Un falso cristo, que así mismo se llama Obispo de Roma, porque se niega a llamarse Papa. ¡Nunca entendió el Papado! Pero quiso subirse a ese podio para hacer la obra del mismo Judas en la Iglesia. Judas no fue llamado por el Señor para ser Apóstol; pero su terquedad, su egoísmo, su idea humana del Mesías, le llevó a una vocación que no era la suya –vocación humana; con un llamado humano, no divino- , y se perdió en esa vocación.

Francisco no ha sido llamado a la Silla de Pedro; pero la ha buscado tantos años, que ahora se la han dado para que calle su boca. Y, por eso, se pierde sentado en ese podio. Y no ve el camino en ese podio. Le pasa como a Judas: ve su pecado, pero no se arrepiente de su pecado. Y terminará como Judas: en un charco de sangre.

Un hombre que se cree inteligente, y que sólo ha demostrado su gran ignorancia de la vida espiritual y de la vida de la Iglesia. No sabe lo que es un alma, porque no conoce su alma.

Ese falso cristo ya tiene imitadores en la Jerarquía de la Iglesia. Muchos sacerdotes son de Francisco. No porque sigan su estúpido pensamiento humano, sino porque viven lo mismo que vive ese idiota.

Desde el año 1998 se inició el falso Cristo y la falsa Iglesia, pero de manera oculta, hasta que llegara el tiempo de manifestarlo. Ese año es el año de la Bestia; el año que comienza el reinado de la Bestia en la Iglesia.

Un falso cristo que divide toda la Iglesia. Divide la Verdad de la Iglesia. Divide el Amor en la Iglesia. Divide la Vida de la Iglesia.

Cuando se divide la Verdad, se anulan todos los dogmas, todas las Verdades Absolutas. Y cae toda ley divina.

Cuando se divide el Amor, se anulan todas las obras de la Gracia, y se exaltan los apostolados de los hombres. Y cae toda santidad de vida.

Cuando se divide la Vida, el pecado se hace una virtud, un derecho, una obligación. Y cae toda Fe en Cristo y en Su Iglesia.

Francisco, desde que se sentó en la Silla de Pedro, está llevando a la Iglesia hacia las aguas del protestantismo y del comunismo: amor al pecado y amor al dinero. Amor a la vida social y amor a la vida de los hombres. Amor a la ignorancia de la Verdad y amor a la grandeza del pensamiento humano. Amores que pasan, amores que se desinflan, amores bastardos, amores que sólo dan obras humanas y consuelos materiales a la vida. Pero que son incapaces de dar la Vida del Amor Divino en las almas.
Francisco da a las almas sólo un lenguaje humano, cargado de mentiras, de errores, de enseñanzas, que gustan a los oídos de los hombres, pero que no son conocimiento para sus vidas, no son sustancia para sus almas ni vida para sus corazones.

La gente se llena de palabras huecas, baratas, inútiles, que dejan en sus corazones un gran vacío. El vacío de la muerte; el vacío del dolor; el vacío de la ignorancia. No son palabras para vivir, ni para sufrir por amor, ni para discernir la Verdad, sino para estar contentos un tiempo, ser felices con las modas y los tiempos de los hombres, y decir qué bueno es ese hombre cuando habla. Pero, después, la misma persona siente el vacío del corazón, cuando la mente se ha olvidado de esas palabras.

Francisco habla al sentimiento del hombre, pero no a su corazón. No sabe lo que es el lenguaje del corazón, porque –ése lenguaje- no se habla con palabras buscadas en la razón, sino dichas por el Espíritu. Y eso Francisco no sabe hacerlo, porque su corazón está cerrado a la enseñanza del Espíritu.

Francisco es un hombre sin Espíritu; es decir, un hombre que rodea su mente, que da vueltas a su mente, y habla con su mente en su boca.

Francisco no puede dar, con su boca, la Verdad, porque ha negado la Verdad.

Un hombre que no cree en la Verdad de la Santísima Trinidad, que no cree en la Verdad de la Divinidad de Jesús, que no cree en la Obra de la Redención, es un hombre sin Verdad. Un hombre mentiroso, que engaña con cada palabra, con cada gesto, con cada sonrisa, con cada obra que realiza en la Iglesia.

Un hombre del mundo, que ama el mundo, y que lleva a toda la Iglesia hacia el amor al mundo.

Un hombre que se inclina hacia los hombres para besarles el trasero, pero que no es capaz de arrodillarse ante Dios, porque ya no cree en Dios. Sólo cree en el concepto que su mente ha alcanzado de Dios.

Un hombre que ha puesto en el gobierno de su iglesia a sus amigos; es decir, a los que viven y obran como él: amigos que viven en el pecado y que obran el pecado a la vista de todos.

Un hombre que da culto a muchos dioses; que se sienta con los judíos para esperar –con ellos- la venida del Mesías; que platica con los masones para alcanzar el orgullo de ser mejor que todos los hombres; que ama a los musulmanes para pasar su vida colgado de la lujuria en su carne; que da voces a los protestantes y los llama hermanos del pecado, hermanos del error, hermanos de la herejía, haciendo de su alma una fortaleza del pecado; que idolatra a los pobres, produciendo en su corazón la negrura de las blasfemia al Espíritu Santo.

Un hombre que sólo dialoga con los hombres, pero que no sabe escuchar la Voz de Dios en lo más íntimo de corazón, porque ya no tiene corazón. Ya vive sin corazón. Sólo vive con el deseo de ser hombre entre los hombres.

Sacerdote católico y pastora protestante en una misa en Alemania.

Sacerdote católico y pastora protestante en una misa en Alemania.

El cisma anunciado ha tomado su lugar y se ve rápido. Sólo se puede amar a un Dios. Y esta es la fe que muchos católicos ya no tienen. Ya creen en muchos dioses, ya abrazan a muchos hombres en sus ritos satánicos, ya adoran a otros dioses en la misma Iglesia Católica.

El único camino hacia el Padre es a través de Jesús. Pero Jesús es el Único Hijo, el Unigénito, que ha engendrado el Padre. Como esto, tampoco ya se cree, entonces no es posible salvarse para muchos católicos.

Cuando Jesús sólo es una persona humana, entonces la condenación de muchos es verdadera, cierta, sin posibilidad de misericordia.

Para salvar al hombre Jesús necesita que el hombre crea en Él como Unigénito del Padre. Pero su Dios es muchos, entonces no hay salvación posible.

Francisco y los suyos buscan las campañas políticas, dentro de la Iglesia, promueven los derechos humanos en el Apostolado de la Iglesia, y ofrecen la justicia social como substituto de la Palabra de Dios. Y, entonces, Francisco y los suyos niegan a Cristo, anulan a Cristo, y se inventan un falso cristo dentro de la Iglesia. Mayor oscuridad no puede tener la Iglesia. Mayor negrura no puede verse. Mayor blasfemia no puede darse.

Francisco no es digno de estar al frente de la Iglesia, porque no habla como Cristo

sevive

“Jesús no vino solo del Cielo, es Hijo de un pueblo. Jesús es la promesa hecha a un pueblo y su identidad es también pertenencia a aquel pueblo, que de Abraham camina hacia la promesa. Y éstos gestos de Jesús nos enseñan que toda curación, todo perdón nos hacen regresar siempre a nuestro pueblo, que es la Iglesia” (Francisco, 24 de febrero 2014).

Francisco es un demonio. Sólo un hombre con la mente del demonio dice: “Jesús no vino solo del Cielo, es Hijo de un pueblo”.

Para aquel que no comprenda esta forma de hablar de Francisco, se está refiriendo a la fe humana que tiene el pueblo de la Alianza con respecto al Mesías. Jesús es Hijo de un pueblo: es decir, los hebreos se inventaron al Mesías. El Mesías es fruto del pensamiento del pueblo hebreo. No es la promesa del Padre a Abrahán, sino lo que dice Francisco: “Jesús es la promesa hecha a un pueblo”. Alguien hizo una promesa al pueblo. No es Dios el que revela a Abraham su camino en la vida, sino un hombre, en ese tiempo, crea con su inteligencia humana la identidad de Jesús; y, entonces, Jesús pertenece a ese pueblo, y éste camina hacia la promesa: “Jesús es la promesa hecha a un pueblo y su identidad es también pertenencia a aquel pueblo, que de Abraham camina hacia la promesa”.

Esto es diabólico, pero nadie lo ha captado.

Jesús vino del Cielo. Y sólo vino del Cielo. Punto y final. Es el Hijo que el Padre envía para una obra redentora.

El Padre da a Abraham una promesa, pero no le enseña nada más, no le muestra el camino ni la forma de llegar a esa promesa. Y se lo dice sólo a Abraham, no al pueblo, no a los hebreos.

Por la fe de Abraham, los hombres de ese pueblo tenían que salvarse. Sólo por la fe de Abraham, no por los méritos del pueblo. Y, por eso, el Señor iba poniendo sus profetas para que guiasen al pueblo; y sólo por la fe de esos profetas, los hombres de ese pueblo se salvaban. Si los hombres seguían la fe de los profetas, entonces recibían el don de la fe y encontraban un camino de salvación.

Jesús pertenece a la fe de Abrahan; no pertenece a la fe de un pueblo, de un conjunto de hombres, de una comunidad, de una sociedad, de una cultura.

Francisco habla así porque para él la sociedad, la cultura la comunidad es la que tiene la fe; el pueblo es lo que vale; hay que obrar en nombre del pueblo; hay que hablar en nombre del pueblo; hay que servir al pueblo. Por eso, Francisco anula la fe divina, la fe revelada por Dios a almas que él escoge para guiar al pueblo a la tierra prometida.

Y, entonces, dice su herejía: Jesús, con sus curaciones, “nos hace regresar siempre a nuestro pueblo, que es la Iglesia”. Jesús actúa para el pueblo; Jesús actúa en nombre del pueblo; Jesús sirve al pueblo, porque este pueblo es la Iglesia.

La Iglesia que Jesús ha fundado, no la ha fundado, sino que es una continuación del pueblo de la antigua alianza: “Jesús cuando perdona, hace siempre regresar a casa. Y de esta forma, sin el pueblo de Dios, no se puede entender a Jesús”.

Sin el pueblo de Dios no se puede comprender a Jesús. Esto es lo demoniáco. Y Francisco cae en esta herejía porque anula la Iglesia. La Iglesia ya no es la Obra de Jesús, sino la continuidad del pueblo de la Alianza. El pueblo es la casa a la que Jesús nos devuelve cuando nos cura.

Jesús y la Iglesia son dos realidades distintas. Sin Jesús no se puede comprender Su Obra, que es la Iglesia.

Hay que empezar por acá: primero hay que tener la fe en Jesús, la fe en la Palabra de Dios, en la Palabra del Padre, en el Evangelio que Jesús inspiró, por medio del Espíritu, a sus evangelistas.

Quien no crea en Jesús, no puede creer en la Obra de Jesús, que es la Iglesia.

Como, para Francisco la Iglesia es el pueblo, no es la obra de Jesús, entonces, él dice lo contrario: primero el pueblo y sin el pueblo, no se comprende a Jesús. Y ¿por qué? Porque Jesús es la promesa al pueblo, es la identidad del pueblo, es creado por el pueblo, por la inteligencia del hombre. Esta es la herejía de Francisco.

Y, entonces, tiene que caer en la justicia, tiene que condenar a aquellos que siguen a Cristo, pero no a la Iglesia: “Es absurdo amar a Cristo, sin la Iglesia, sentir a Cristo pero no a la Iglesia, seguir a Cristo al margen de la Iglesia”. Francisco no tiene misericordia para aquellos hombres que pecan contra el Hijo, contra la Obra del Hijo, que es la Iglesia.

“Yo os digo: A quien me confesare delante de los hombres, el Hijo del hombre le confesará delante de los ángeles de Dios. El que me negare delante de los hombres, será negado ante los ángeles de Dios. A quién dijere una palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonado; pero al que blasfemare contra el Espíritu Santo, no le será perdonado” (Lc 12,8-10). Hay muchas almas que niegan los dogmas, niegan las verdades, niegan los Sacramentos, pero sólo están pecando contra el Hijo. Hay camino de salvación. Luego, no es absurdo amar a Cristo sin la Iglesia. Hay un camino en el Espíritu para esas almas que no creen en la Iglesia, en la Obra del Hijo.

Lo que es absurdo es amar a Cristo con una iglesia inventada por los hombres, porque esta es la blasfemia contra el Espíritu Santo.

No es absurdo amar a Cristo pero no a la Iglesia; no es absurdo seguir a Cristo al margen de la Iglesia. Es absurdo poner a Cristo en una falsa iglesia. Esto es lo que Francisco está haciendo.

Pone a Cristo. Pero, ¿qué Cristo? El Cristo de los cristianos: de los budistas, de los protestantes, de los judíos, de las iglesias cristianas. Pero no pone al Cristo del Evangelio, no pone al Cristo de la Verdad, no pone al Cristo de la Vida, no pone al Cristo del Camino. Para Francisco, Cristo no es el Camino, la Verdad y la Vida.

Para Francisco, Cristo es el hijo del pueblo: nace del pueblo, nace en el pueblo, nace para el pueblo. El pueblo es lo que importa; no interesa Jesús. Jesús es importante porque te lleva al pueblo, porque reúne el pueblo, porque hace obras para el pueblo.

Jesús nace en la mente de los hombres; nace para obrar entre los hombres; nace para servir a los hombres. Éste es el Cristo de Francisco. Y este cristo lo pone en su iglesia. Y esto es lo absurdo, porque es una blasfemia contra el Espíritu Santo. Esa iglesia que Francisco se inventa lleva al infierno, no es camino para salvarse.

El Espíritu enseña lo que es Jesús y lo que es la Obra de Jesús. Y aquel que no siga al Espíritu, crea él mismo un falso Cristo y una falsa Iglesia. Y esto es la blasfemia. Este es el absurdo. Que el hombre no quiera aprender del Espíritu lo que es Cristo y lo que es la Iglesia.

Y, entonces, cae en su segunda herejía: “nuestro seguir a Cristo, no es una idea, es un continuo quedarse en casa”. Seguir a Cristo es ser pueblo, es ser comunidad, es asociarse a los hombres, es juntarse a los hombres, es estar en la familia de los hombres. Y eso lo llama iglesia.

Su segunda herejía consiste en decir que seguir a cristo es quedarse en lo humano, en lo material, en lo carnal, en la casa de cada uno, en el pecado de cada uno, en las pasiones de cada uno, en los sentimentalismos de cada uno. Cristo no vino para elevar al hombre, no vino para llevarlo hacia la santidad, hacia el Reino del Padre, sino para hacer comunidad de hombres, para hacer vida social, para hacer una cultura, una ciencia que sirva a los hombres en sus vidas humanas. Ésta es la segunda herejía, porque no ha comprendido lo que es la Iglesia, la Obra de Jesús ante los hombres.

Y cae en la tercera herejía: “Todo aquel desorden, aquella discusión termina en un gesto: Jesús que se abaja, se inclina ante el muchacho. Estos gestos de Jesús nos hacen pensar. Jesús cuando cura, cuando va entre la gente y sana a una persona, jamás la deja sola. No es un mago, un brujo, un curandero que va, cura y continúa su camino: a cada uno lo hace regresar a su lugar, no lo deja en la calle. Son gestos bellísimos del Señor”.

Jesús hace gestos, pero no milagros. Jesús hace una obra buena a ese niño, pero no lucha en contra del demonio, que posee a ese niño. Francisco ni habla sobre la enseñanza de Jesús en ese pasaje del Evangelio: hay demonios que sólo con oración se pueden echar. Esto ni lo toca. Y esto es lo principal en el Evangelio del dia: hablar sobre el demonio, sobre su poder entre los hombres. Pero Francisco, siendo un demonio, no cree en el demonio, en el actuar del demonio, en las obras del demonio. No sabe que todo pecado es una obra del demonio. Esto lo desconoce, porque sólo vive para su cultura mental, para su inteligencia mental, para sus conquistas como hombre en la Iglesia.

Jesús hace gestos, pero no ataca al demonio. Jesús no manda al demonio que se calle. Y es lo que dice el Evangelio. Jesús no le manda salir. Sólo hace un gesto humano. Francisco se carga el Evangelio y pone su opinión, su idea bonita, lo que a él le interesa resaltar sobre ese pasaje: el gesto humano, sentimental, hacia ese niño. Ésta es la estupidez de ese hombre. Y hay que llamarlo estúpido. La persona estúpida es la que está metida en su idea y de ahí no sale. Es peor que el soberbio, porque éste obra su pecado y se va a hacer otra cosa. Pero el hombre estúpido es el que da vueltas a su soberbia continuamente, a su pecado, a su idea. Es la obsesión de Francisco: su humanismo que le lleva a hacer gestos para los hombres, para contentar a los hombres, para agradar a los hombres, para hacer felices a los hombres. Y así anula la Verdad, la sana doctrina, la ley moral. Su romanticismo estéril, bruto, inicuo, imbécil, idiota, baboso.

Y, por eso, dice: “Jesús que se abaja, se inclina ante el muchacho. Estos gestos de Jesús nos hacen pensar”. Es la babosidad de este hombre; se le cae la baba queriendo mostrar que hay que ser sensibles con los hombres, que no hay que hacer daño a los hombres, que hay que tratarlos con bondad, con amabilidad. Y, entonces, no enseña la Verdad del Evangelio. Jesús lucha contra el demonio y ese niño se queda paralizado, como muerto. Y eso significa algo en la vida espiritual, pero no lo enseña Francisco. Cuando el demonio sale de un alma, la deja muerta, paralizada, sin aliento, sin fuerzas físicas. Y eso es señal de que esa alma se liberó del demonio. Pero estas cosas, ¿qué le interesa a Francisco? Nada. Él sigue con su cháchara.

“Jesús cuando cura, cuando va entre la gente y sana a una persona, jamás la deja sola”. Jesús, cuando cura, da al alma una nueva vida espiritual, que la hace alejarse de los hombres, del mundo, de la cultura, de la sociedad, de todo lo que huela a hombre. Jesús no libera al alma para dejarla en su vida de hombre, en su casa, en su afición, en sus costumbres, sino para enseñarle a caminar en el Espíritu, para enseñarle a salir de su casa, de su humanidad, de su sentimentalismo arcaico, estéril, sin fruto espiritual.

Y, entonces, como no ha comprendido lo que es Jesús ni lo que es la Iglesia, pone su estupidez: “No es un mago, un brujo, un curandero que va, cura y continúa su camino: a cada uno lo hace regresar a su lugar, no lo deja en la calle”. Esto está fuera de lugar, de contexto, de inteligencia sobrenatural.

Francisco está apoyando a los magos, a los brujos, a los curanderos, que también curan. Esto es lo demoniaco. Los magos, los brujos, los curanderos no curan. Hacen una obra demoniaca y parece que curan, pero no es así.

Y equiparar lo que hacen los magos, los curanderos, con la obra de Jesús es llamar a Jesús un mago, un curandero, un brujo.

Jesús hace lo mismo que los curanderos, pero con la salvedad de que él no deja en la calle a esa persona que ha curado. Esto es lo sencillamente estúpido y demoniaco. Francisco sólo se fija en que Jesús no lo deja en la calle, porque esto es lo que él quiere transmitir: un Jesús que se preocupa por el pueblo, que sirve al pueblo, que trabaja por el pueblo. Pero Francisco no enseña un Jesús que lucha en contra del demonio y que lo vence. Y es por esa lucha por el que ese niño queda liberado. Esta verdad no la enseña Francisco, sino su estupidez: “Jesús siempre nos hace regresar a casa, jamás nos deja solos en la calle”. Esta es la enseñanza estúpida de Francisco sobre este pasaje del Evangelio.

Y el recoger al niño que estaba tirado en el suelo es por la lucha entre Cristo y el demonio: esta es la enseñanza del Evangelio. Y porque hay una guerra, entonces, al final se recogen las víctimas. Pero recoger la víctima no es la enseñanza de la guerra. ¿Ven la gran estupidez de este hombre?

Francisco es un sacerdote del demonio, con una mente demoniaca, con unas obras del demonio.

Sólo quien habla como Cristo, con la Verdad por delante, es digno de representar a Cristo ante el mundo. Y Francisco no habla como Cristo y, por eso, no es digno de estar en la Silla de Pedro, representando a la Iglesia. No tiene dignidad, porque no tiene a Cristo en su corazón sacerdotal.

Si Francisco hablara con la Verdad en su boca, entonces en su pecado, en su miseria como hombre, sería digno de estar al frente de la Iglesia. Pero Francisco habla por hablar; hablar para expresar sus opiniones, sus criterios, sus puntos de vista, sus sentimentalismos, que sólo están arraigados en su pecado de orgullo. Y, entonces, no se le puede seguir, no se le puede obedecer, no se le puede respetar ni como sacerdote ni como hombre.

Si un Obispo no es lo que el Señor le ha dado, entonces pierde no sólo la dignidad sacerdotal, sino la humana; porque la perfección del hombre es el sacerdocio. Y quien es sacerdote está por encima de todo hombre. Y aquel sacerdote que no viva su sacerdocio en plenitud, no puede ser mirado ni siquiera como hombre, no puede ser tenido en cuenta ni siquiera como hombre, porque teniendo toda la perfección de su humanidad, vive como un perro maldito en sus pecados.

Es lo que hace Francisco y muchos que, como él, han resuelto destruir la Iglesia con sus inteligencias humanas.

La cima de la maldad: el Anticristo

vivirdeamor

San Pablo nos dice que ha pasado “peligros entre falsos hermanos” (2 corintios 11,26; Gálatas 2,4), porque estar en la Iglesia no es un Paraíso, sino un camino de cruz, un camino de negación a sí mismo, una vida que si no se entrega totalmente al Espíritu de Cristo, la persona se convierte en un demonio encarnado. Muchos sacerdotes, religiosos, son sólo eso: una figura, una entelequia de Cristo, pero, en su interior, viven al demonio.

San Pablo habla de los “que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella. Guárdate de esos…” (2 Timoteo 3,5-6), porque sus vidas están dedicadas al trabajo del demonio en el mundo, que es poner caminos para que los hombres tropiecen y no puedan salvarse. Así, con la falsa piedad, se ponen caminos en la Iglesia – que las almas no saben discernir – y se pierden creyendo que van bien en lo que hacen en la Iglesia. ¡Cuántas asociaciones, institutos, que la misma Iglesia ha aprobado, y son sólo refugio de demonios para condenar a las almas bajo la apariencia de piedad.

San Pablo pone en guardia contra los falsos maestros, doctores, ministros o apóstoles; a este género parecen pertenecer los que “con discursos suaves y engañosos seducen los corazones de los incautos” (Romanos 16,18). En estas palabras se refleja la obra de Francisco en la Iglesia. Su deseo de dar ternuras a la gente, para no herir sensibilidades, produce todo lo contrario en muchas almas que no son incautas, que saben discernir las palabras de los hombres y, por tanto, no pueden tragarse la mentira cuando se da en la sensibilidad de la mente.

Francisco tiene una mente sensible, débil, enfermiza, loca, que sólo mira una cosa, que sólo está fijo en una cosa: agradar a los hombres, caerles bien a los hombres, tener la sonrisa siempre en los labios para dar a entender que se vive en paz con todo el mundo.

Francisco escoge palabras tiernas para cautivar a los tontos de mente, a los insensatos de corazón, a los miserables en sus vidas en la Iglesia.

Por eso, la palabra de Francisco destruye toda verdad en la Iglesia. No deja la doctrina de Cristo sana: la tiene que torcer, tiene que dar su interpretación sensible, monótona, afectiva, ridícula, que cojea por todas partes, porque sólo quiere enternecer el corazón de la persona, darle algo agradable, algo que le gusta en su lenguaje humano. Y, entonces, los tontos que le escuchan se quedan en esa sensiblería y no saben discernir la Verdad; no saben ver la estupidez de homilía que habla ese hombre cada día.

Son muchos los que emplean discursos melosos, a juzgar por el pasaje de la Segunda Carta a los Corintios 2,17: “no somos como la mayoría que negocian con la Palabra de Dios”. La Iglesia está llena de sacerdotes y de Obispos tontos cuando predican. Sólo saben decir que Dios nos ama, que vayan a casa y den un abrazo a toda la familia, porque Dios nos ama; que a todo el que pase por nuestro lado, hay que decirle que Dios nos ama… Se quedan en la ternura estúpida, blasfema, inútil, sin sabiduría, ni siquiera humana. Y hablan así para contentar a todo el mundo, para hacer una iglesia donde todo está incluido, todo vale, todo sirve, todo es divino, todo es santo.

Y, por eso, en la misma carta, San Pablo los denuncia a éstos como: “unos falsos apóstoles, unos obreros engañosos, que se disfrazan de apóstoles de Cristo” (Corintios 11,13). ¡Cuántos hay, como Francisco, con su sotana, con su hábito, que parecen santos, y son sólo antros de demonios; tienen en su alma legiones de demonios; son la encarnación del demonio en un hombre religioso.

Francisco es un anticristo, es decir, uno que se parece a Cristo en lo exterior, en el vestuario, en sus palabras, en sus gestos, pero que obra de forma oculta la voluntad perversa del demonio. Nadie ve el mal que hace Francisco porque cuando aparece al exterior sólo se dedica a hacer bienes, a obrar cosas bonitas, maravillosas, que encantan a todos. Pero él vuelve a su pecado, cuando nadie lo ve, cuando desparece de la publicidad del mundo.

Y cuando quiere mostrar su pecado claramente, entonces elige el medio adecuado para eso: una entrevista con unas declaraciones totalmente heréticas, pero que las dice convencido de que ése debe ser el camino que tiene que recorrer la Iglesia. Y Francisco siempre hace esto por su orgullo: porque se siente líder de la Iglesia, se siente que va a la cabeza de los hombres y les va mostrando el camino. Francisco es un ciego que guía a muchos ciegos, por su maldita soberbia, por su orgullo declarado, por su mala vida conocida de todos.

Francisco no esconde su mala vida, sino que permite que otros hablen de lo que él ha hecho porque su obra de mentira es la verdad. Eso malo que él ha hecho es una verdad que vive sin más en su vida. Para él no es una mentira, un pecado, un error. Francisco tiene el pecado como una verdad, un valor, un camino, una sustancia en la vida. Él no puede vivir sin pecar. Y, por eso, quiere una Iglesia accidentada, pecadora, porque su experiencia en la vida es la del pecado, no la de la gracia. Él no conoce el misterio de la Gracia, la Vida de la Gracia, el Amor de la Gracia, la Verdad que da la Gracia. No sabe lo que es eso. Eso lo ha estudiado en su teología protestante, pero sólo son palabras humanas que no le dice nada.

La vida de Francisco es su pecado. Y, por eso, él no es capaz de juzgar a nadie, porque se siente libre pecando. Se siente esclavo cuando tiene que decir una verdad; se siente incómodo cuando en sus homilías tiene que ceñirse a la verdad tradicional, a la verdad de siempre. Y, por eso, siempre tiene que meter su cizaña, su mala palabra, su mentira, su engaño, su maldad.

Francisco no ama a nadie en la Iglesia porque sólo ama a su pecado. Y, por tanto, sólo se siente bien con gente pecadora, como él. Se siente bien, pero tampoco los puede amar, porque su pecado se lo impide. Les muestra sus cosas de hombre, sus sentimientos, sus afectos, sus ternuras, pero su corazón está podrido por su pecado. Es incapaz de obrar un acto de amor.

Francisco es un hombre corrupto en su vida interior; es decir, no posee vida para Dios, vida de Gracia, vida de Espíritu. Sólo posee una negrura de alma, una oscuridad de mente, una estupidez en su corazón. Está atado a su negro pecado; está poseído por Satanás en su mente; es llevado por Lucifer a las oscuras tinieblas de su orgullo; y Belcebú le mueve el cuerpo para que aprenda la lujuria en toda su carne.

Un hombre que no sabe juzgar el pecado de otro hombre, tampoco sabe juzgar el mal que tiene él en su propio corazón. Y, por eso, él se cree santo, justo, super-papa, superhombre, llamado por Dios a hacer una obra magnifica en la Iglesia. Él se cree lo que él mismo se dice. Él habla consigo mismo para darse importancia y tomar valor para enfrentar a los que se oponen a su orgullo.

Francisco es un hombre que gusta a todos y que es odiado por todos. Su palabra cariñosa es del gusto de todos; pero sus obras producen el odio de todos.

Cuando se lee o se escucha a Francisco, un sentimiento amable recorre el alma; un gusto, un atractivo, pero que deja al alma confusa en la mente.

El alma es encendida en el sentimiento; porque el demonio no puede entrar en el corazón. Y, entonces, ese sentimiento, al no ser verdadero, al ser algo pasional, no da una verdad a la mente, sino una oscuridad.

Dios, cuando habla al corazón, enseguida llega a la mente una verdad, una luz, una confianza, una seguridad, una certeza, un camino. Del amor del corazón a la verdad en la mente. Eso es siempre Dios.

Pero el demonio, al no poder entrar en el corazón, tiene que dar un sentimiento bueno al alma, pero es siempre humano, carnal, sensible, temporal, profano, mundano, natural; nunca algo sobrenatural ni santo. Y, entonces, la mente se queda sin verdad, sin luz, a oscuras, en una mentira, en un engaño. Y si el hombre no sabe discernir las palabras de Francisco se queda en ese engaño, sembrado por esa palabra de mentira, que ofrece Francisco en sus homilías.

Por eso, no se puede leer a Francisco sin una lupa. Su palabra hace mucho daño. Muchísimo. Hay que analizar palabra por palabra para entender la mentira que quiere decir. Porque él dice su mentira, pero de manera oculta, ya que no puede hablar abiertamente lo que le interesa. No puede decir: no existe el infierno. Tiene que inventarse una parrafada en que declare muchas cosas y no diga ninguna verdad. Así son siempre sus homilías. Y a primera vista parecen perfectas y es sólo la apariencia externa. Cuando uno se mete a analizar palabra por palabra, descubre la intención de ese hereje en esa homilía.

Por eso, muchos caen en sus redes nefastas, porque no saben discernir nada. No saben pensar nada. Todo es bueno, todo sirve, todo vale. Y con Francisco, nada vale, nada sirve, nada es bueno.

San Pablo desentraña la razón teológica de ser un falso Cristo: “Y nada tiene de extraño (que ellos actúen como impostores) ya que el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz. Por tanto, no es (cosa) grande que también los ministros de él se disfracen de ministros de justicia” (2 Corintios 11,14‑15). No es extraño que Francisco esté sentado en la Silla de Pedro. Está realizando lo mismo del demonio. Se disfraza de santo; da su luz a la Iglesia, una luz que es oscuridad en sí misma; una luz que es ceguedad para las almas; una luz que es tiniebla para el corazón. Y con esa luz podrida se recubre de justicia, de moralidad, de bien divino, de majestad divina. Quiere imponer la Voluntad de Dios, declararla con esa luz. Por eso, él se cargó la verticalidad en la Iglesia con un acto de majestad, de soberanía divina: como soy el Papa yo decido poner un gobierno horizontal. Es típico de su orgullo. Sólo consultó con Satanás para hacer esa obra, porque no puede escuchar la Voz de Cristo. No es el Vicario de Cristo, es el vicario de Lucifer en la Iglesia.

San Pablo pone en guardia a Timoteo contra una falsa ciencia que ha apartado a los que la profesaban, de la verdadera fe: “¡Oh Timoteo! guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan extraviándose de la fe” (1 Timoteo 6,20). Una persona inteligente debe despreciar las palabras de Francisco para no perder su alma. Ante Francisco, hay que guardar como un tesoro la verdadera doctrina de Cristo. Y no cambiarla por ternuras, por sensibilidades, por sentimientos vacíos.

La doctrina de Francisco lleva al alma al claro pecado, a la apostasía de la fe, a renegar de la Iglesia de Cristo. Eso ya se está viendo en muchos sacerdotes y Obispos que siguen a ese hereje. Eso se palpa en el ambiente de la Iglesia. Cuando se predica en contra de Francisco, la gente comienza a criticar y a señalar con el dedo, porque hay en muchos el sometimiento a la mentira que siembra Francisco. Se someten sin discernir sus palabras. Obedecen a una mente humana y no tienen la valentía de escuchar la Verdad. Y eso es señal de cisma dentro de la Iglesia. Una Iglesia que sigue a un hereje es una Iglesia cismática.

El cisma en la Iglesia comienza a estar patente, comienza a verse, a palparse. Ya nadie en la Iglesia lucha por la Verdad, sino sólo por la opinión de Francisco. Y se quiere poner esa opinión por encima de la Verdad, de la doctrina de Cristo.

Quien no guarde los dogmas se va a perder con las nuevas filosofías que vienen de parte del gobierno horizontal. Se va a dar un nuevo lenguaje para estar en la Iglesia, para ser Iglesia. Se van a dar unas nuevas formas de comunicación entre todos: ya no hay que dar la Verdad como es, sino el lenguaje de esa Verdad, la interpretación de esa Verdad, porque es necesario hacer una iglesia que sea para todo y para todos: todo incluido.

En una de sus primeras cartas San Pablo se refiere al “Hombre de la Apostasía” (2 Tesalonicenses 2,3). Esta expresión significa: un tipo de hombre, un modelo cultural. Así como se habla del hombre de hoy, o del hombre de la civilización técnica, o del hombre de los viajes a la luna, el hombre de ciencia, el hombre de negocios. Así como existen esas categorías humanas, así existe para San Pablo “el Hombre de la Apostasía”, el apóstata típico.

A este tipo de hombre lo define y lo caracteriza San Pablo como alguien que usurpa el lugar de Dios y se hace rendir el culto debido a Dios. Es la humanidad que se autodiviniza.

Desde el Renacimiento, el hombre se ha dado culto; pero no ha sido hasta la modernidad, hasta la vida contemporánea, la vida actual, en que el hombre ha llegado a la cima de ese culto. El hombre se ha hecho dios. Es lo que vivimos, lo que vemos, en todas las partes del mundo. El hombre ha conseguido hacer la obra de Lucifer: ser más que Dios, ponerse por encima de Dios, tener poder que se equipara al divino.

Y, en esa cima, se tiene que dar el poder religioso hecho dios: sacerdotes y Obispos que se creen dioses por lo que son y tienen en la Iglesia. Ellos tienen el Espíritu Santo, y los demás no. Ellos son los que deciden el destino de la Iglesia; los demás a someterse a ese destino; ellos son la sabiduría de la Iglesia; los demás a callar. Por eso, hoy se niega toda Aparición Mariana. Ellos, la Jerarquía de la Iglesia, dice que Dios no tiene que hablar más, que ya habló por Su Hijo, que eso basta para salvarse. ¡Se creen dioses! Tienen miedo de las apariciones porque temen perder su poder religioso en la Iglesia, que es un poder para hacer el mal como ellos quieren.

Y de esa Jerarquía Eclesiástica nace el Anticristo: de un Obispo. Y la razón es diabólica: para imitar a Cristo, es necesario tener el Espíritu de Cristo en lo más alto, en su culmen del sacerdocio. El Obispo representa ese culmen. Y, cuando un Obispo, se une a una mujer, lo que engendra tiene el Espíritu de Cristo, porque en el sexo se da cambio de espíritus: lo que está en la mujer, pasa al hombre; lo que está en el hombre, pasa a la mujer.

Un Obispo es otro Cristo, está regido por el Espíritu de Cristo, que le exige una vida sólo para Cristo, no para una mujer. El sacerdote u Obispo que se une a una mujer, fuera de la Voluntad de Dios, hace que su Espíritu sacerdotal esté en el hijo que engendra en esa mujer; se lo da vía sexo, no vía gracia; es decir, se lo da vía pecado. Y, por tanto, ese Espíritu de Cristo está encerrado en el pecado: ese hijo nace encarnado de pecado, sometido al pecado de su padre, inclinado al pecado de su padre. Y, por eso, siente el deseo de ser sacerdote, pero por el camino del demonio.

Lo que un sacerdote u Obispo engendra en una mujer es siempre una encarnación de Satanás; es decir un anticristo. Pero este anticristo, para que valga en la obra del demonio, tiene que ser ofrecido cuando se engendra en la mujer. Por eso, la mujer tiene que conocer las artes del demonio para engendrar un hijo de un sacerdote. Y ese hijo, engendrado del sacerdote, y consagrado al demonio en su concepción, son los anticristos verdaderos, que se meten en la Iglesia como falsos Cristos para destruirla. De estos hay muchos en la Jerarquía de la Iglesia. Por eso, son lobos vestidos de piel de oveja. Y para conseguir esto el demonio con eficacia, por eso, hace tantos maleficios vía generación, vía sexo. Maleficios que consagran a los hijos antes de ser concebidos por sus papás. Es la perfección de la maldad del demonio vía sexo, por el pecado de Adán.

Dios quería que Adán engendrara hijos de Dios vía sexo. Su pecado produce que el demonio engendre hijos del diablo vía sexo. Por eso, hay muchos anticristos y uno solo Anticristo. Hay un Anticristo que viene de un Obispo y de una mujer dada al demonio. En ese Anticristo, el demonio pone su perfección en la maldad, porque tiene que ser totalmente contrario a Cristo. En los demás, no se da esa perfección, sino que tienen alguna perfección, porque no son creados de un Obispo y de una mujer directamente, sino de manera indirecta, por generación en generación.

Por eso, Francisco es un anticristo: en sus generaciones pasadas tiene que haber una consagración al demonio que alguien le hizo. Una consagración que le hiciera ser un falso cristo en la Iglesia para destruir la Iglesia.

Los tiempos son terribles. Se ha llegado a la cima de la maldad. Y, en esa cima, sólo queda ver lo Horroroso, lo Decante, lo Infame, lo que no se puede Nombrar: al Anticristo.

El mensaje herético de Francisco a la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales

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“Dialogar no significa renunciar a las propias ideas y tradiciones, sino a la pretensión de que sean únicas y absolutas” (Francisco, Comunicación al servicio de una auténtica cultura del encuentro)

Así habla un hereje que no ha encontrado la Verdad absoluta y única en su sacerdocio y que quiere buscarla en el hablar con los hombres, en los medios de comunicación, que todos saben que son mentirosos por naturaleza, que esconden las verdades para dar a conocer lo que les interesa.

Ésta es la principal herejía de este documento totalmente contrario a la esencia del Evangelio.

En la Iglesia estamos convencidos de que nuestros dogmas son únicos y absolutos. Y, por tanto, quien quiera hablar con nosotros, no podemos rebajar nuestras verdades, nuestros dogmas. No podemos vender la Iglesia por un puñado de dinero, ni para agradar a los hombres, ni para tener a los hombres con la ilusión de que Dios los ama, ni para dar a los hombres lo que ellos quieren escuchar.

Quien quiera dialogar con los demás rebajando la doctrina de Cristo, la fe de la Iglesia, la Tradición de todos los Santos, entonces se va al infierno con sus maravillosos diálogos entre los hombres.

Muchos medios de comunicación son la antesala del infierno. Se entra en ellos para quedar atrapados de sus mentiras y de sus engaños. Y, hoy día, los medios de comunicación de la Iglesia Católica son del demonio. Y, por tanto, no hay que confiar en ninguno de ellos, porque no dan la Verdad, sino que son como muchos en el mundo: dan lo que les interesa para hacer publicidad al hereje Francisco.

Este mensaje que da este Papa negro, cuyo único objetivo en la Iglesia es demoler la Verdad, es totalmente inaceptable para la Iglesia, porque ese hereje se mueve en lo de siempre: lo más importante para él los derechos humanos: “A nivel global vemos la escandalosa distancia entre el lujo de los más ricos y la miseria de los más pobres (…)El mundo sufre numerosas formas de exclusión, marginación y pobreza; así como de conflictos en los que se mezclan causas económicas, políticas, ideológicas y también, desgraciadamente, religiosas.”

Esto es lo único que le interesa resaltar:

1. lucha de clases: ricos y pobres;

2. y multitud de problemas entre los hombres;

De la vida espiritual: cero; de la vida de la Iglesia: cero; de la vida de los Sacramentos: cero. De la doctrina de Cristo: cero.

La humanidad está dividida porque hay estas dos cosas. Para Francisco, la humanidad no está dividida por el pecado de avaricia, sino por la lucha de clases: la escandalosa distancia entre el lujo y la miseria. Así habla un político, un comunista, un marxista, un judas en la Iglesia. Siempre lo mismo con Francisco: el maldito dinero. Y de ahí no sale; de su obsesión, no sale. Y es lo que transmite en cada mensaje, en cada homilía, en cada palabra que dice: su negocio en la Iglesia: ¡cómo conseguir dinero para dar de comer a todo el mundo! Ésta es la necedad del que se sienta en la Silla de Pedro. Este es el absurdo de su programa político en la Iglesia. Su gobierno en la Iglesia es política, política y política.

Francisco es incapaz de predicar que para acabar con la lucha de clases, una sola cosa: ¡Penitencia!, ¡Penitencia! y ¡Penitencia!

San Francisco de Asís se fue al monte desnudo para hacer penitencia de su vida rica, con un padre que lo tenía todo. Porque el dinero es lo de menos en la vida. Y quitar las desigualdades entre ricos y pobres es un absurdo que nadie lo puede hacer, porque pobres siempre tendréis. Cristo no movió un dedo por dar de comer a ningún pobre. Y Francisco ha puesto en marcha su negocio en la nueva iglesia para caer en un absurdo. Y, por eso, ese absurdo le llevará a dimitir en la Iglesia.

Quien ha escalado la Silla de Pedro con engaños y con mentiras, con su pecado de orgullo, con ese mismo pecado, cae de esa Silla, porque el mentiroso no puede afianzarse en la Iglesia de Cristo: su misma mentira queda descubierta por todo el mundo, porque la Luz de Cristo ilumina a todos los hombres ya. No hay nada escondido.

Por eso, ahora comprendemos 50 años de mentiras escondidas en la Iglesia. Lo que Francisco está haciendo a las claras, es lo mismo que muchos sacerdotes y Obispos han hecho ocultamente durante 50 años, anulando el poder del Papa reinante.

Durante 50 años ha existido un gobierno horizontal oculto en la Iglesia: eran los Obispos, el consejo de los Obispos, los que gobernaban la Iglesia; rebelándose y desobedeciendo al Papa en todas las cosas, inutilizando todo su poder. El Papa, durante 50 años, ha estado maniatado en la Iglesia, prisionero en la Iglesia, porque muchos lobos vestidos de piel de oveja han querido gobernar ellos la Iglesia.

Ahora, todo sale a la luz, pero de una forma insospechable. No tenía que subir Francisco a la Silla de Pedro. No era necesario. Pero, por los pecados de todos, porque a nadie le ha importado el Papa durante 50 años, sino que todos lo han criticado y le han echado la culpa de muchas cosas que no tenía ninguna; porque la Iglesia ha juzgado a quien no tenía que juzgar, que es a su Cabeza, el Papa, entonces viene el castigo para toda la Iglesia: ahí tenéis lo que queréis: un Papa sin espíritu, un Papa hereje por los cuatro costados, un Papa comunista, un Papa marxista, un Papa amorfo en su espiritualidad, un Papa sentimentaloide, que sólo sabe predicar ternuritas a la gente, un Papa cargado de mundanidad, un Papa protestante, un Papa que no es Papa.

Porque la Iglesia no ha defendido a Su Pastor, ahora está en manos del lobo. ¡Gran castigo del Señor a Su Iglesia! Para que toda la Iglesia aprenda a respetar y a obedecer al Papa!

Ahora: ¡clámadme por un Papa recto, verdadero, que sepa dar la doctrina verdadera de Cristo! Pero hasta que el Señor no vea una oración llena de penitencia en su Iglesia, Él no manda nada.

La Iglesia la gobierna un lobo. Pero sólo gobierna su nueva iglesia. Porque es Cristo el que lleva las riendas de Su Iglesia, ya que no hay Papa. Benedicto XVI no quiere ser Papa. Las llaves de la Iglesia han pasado a Cristo. Y Cristo las retornará al Papa que Él ponga en su momento. Mientras tanto, una sola cosa: como centinelas, hay que vigilar contra los asaltos del enemigo, que es Francisco y los suyos, y no desviarse del Camino, de la Verdad y de la Vida, que es Jesús.

Hay que oponerse totalmente a Francisco, sin ninguna misericordia, porque es un hereje. No se puede comulgar con él; ni siquiera se le puede mentar en la Santa Misa; su nombre no es digno que se diga en la acción más santa de todas: la Eucaristía. No hay honor para un hereje, para un mentiroso. No hay respeto para el que no da respeto a la figura del Papa en la Iglesia. No hay obediencia a quien no obedece la Verdad única y absoluta que está en la Iglesia.

Francisco vive en su relativismo, en su pecado, por eso, repite en ese menaje herético: “Lo repito a menudo: entre una Iglesia accidentada por salir a la calle y una Iglesia enferma de autoreferencialidad, prefiero sin duda la primera.” Esto es la doctrina del protestantismo, a las claras, sin tapujos. Esto es decir que la Gracia no puede quitar el pecado y que, por lo tanto, hay que estar en la Iglesia con nuestros pecados. Esta es la mayor herejía de todas que ha dicho Francisco, porque se opone a la Justicia y a la Misericordia de Dios para con las almas.

Francisco está negando la Obra de la Redención de Cristo en cada alma. Y esto es muy grave. Su iglesia accidentada significa valorar el pecado como un bien en la persona. Como es algo que la persona no puede quitar, tiene que vivir con ello y eso la hace santa. En otras palabras, el propio hombre se da la Vida Eterna. Se dedica a resolver los problemas de los hombres, se centra en los derechos humanos y así se salva y se santifica.

Francisco niega la validez de la Obra de Cristo en la Cruz. Lo que Cristo hizo no vale para salvar. Lo que salva no es la Gracia, sino el dar dinero para resolver el problema de los pobres. Lo que salva es solucionar todos los problemas de los honres, económicos, culturales, políticos, etc…

Ya no salva la Gracia, ya no vale la Gracia, Ya la Gracia no quita el pecado: prefiero una iglesia accidentada = prefiero una iglesia llena de pecado. Francisco no prefiere una Iglesia que viva la Gracia, sino una iglesia donde no se viva la Gracia. Esto es el protestantismo. Esto es anular la Gracia; esto es anular la Cruz de Cristo; esto es anular su Obra de la Redención en cada alma; esto es anular la Misericordia de Dios; esto es anular la Justicia de Dios.

¡Es muy grave esta frase y nadie la discierne!

Para Francisco, los dogmas cierran a la Iglesia en sí misma y la hace enferma. ¡Esto es inaceptable! Y, sin embargo, ¡cuántos comulgan con esta frase de Francisco!

La Verdad es la Vida de la Iglesia; quien vive en la Verdad, vive lo divino en la Iglesia. Quien no vive la Verdad, vive lo humano y lo demoniaco en la Iglesia.

La Verdad no enferma a la Iglesia, sino que la sana y la libera de muchos errores, de muchas mentiras, de muchas ideologías que no pertenecen a la Iglesia.

Cuanto más mire la Iglesia la verdad, que es Jesús, más bella es a los ojos de todos, no sólo de Dios, sino también de los hombres.

Pero cuando más se oculta la Verdad en la Iglesia, para que la gente mire el pecado y la mentira de los hombres, entonces más enferma es la Iglesia, porque se aleja de la belleza de la Verdad, de la salud de la Verdad.

La Verdad divide en la Iglesia, es la piedra de tropiezo de muchos en la Iglesia. Francisco, continuamente, tropieza en la Roca de la Verdad. Y ese tropiezo le hace negar la Verdad. Y cuando se niega la Verdad, en el corazón sólo está el odio a la Verdad y, por tanto, al amor a la mentira.

Esto es este mensaje de Francisco para las jornadas de las comunicaciones sociales: su amor a la mentira. En este mensaje está el camino hace el infierno, hacia el Reino del demonio.

Cuando se conoce la Verdad entonces el alma conoce el Camino del Señor, que es un Camino de abnegación a todo lo humano. Y hay que seguirlo hasta el último aliento de vida.

Francisco propone el diálogo con los hombres para salvarse: “Los muros que nos dividen solamente se pueden superar si estamos dispuestos a escuchar y a aprender los unos de los otros. Necesitamos resolver las diferencias mediante formas de diálogo que nos permitan crecer en la comprensión y el respeto. La cultura del encuentro requiere que estemos dispuestos no sólo a dar, sino también a recibir de los otros”.

El pecado sólo se supera con la penitencia del Calvario. En el Calvario, Cristo habló sólo con Su Padre. Y, en ese diálogo, murió por todos los hombres. Cristo no dialogó con nadie para quitar el muro del pecado, lo que dividía a Dios de los hombres: el pecado de Adán.

Cristo vino a predicar el Evangelio a las almas, no a dialogar con las almas. Todo aquel que siga a Cristo, tiene que predicar el Evangelio, no meterse a hablar con los hombres. Y los medios de comunicación tienen que dar sólo el Evangelio, no tienen que dar razones humanas y obras humanas a los hombres. Si los medios de comunicación no predican el Evangelio como es, entonces ese medio pertenece al demonio, no a Dios, no a la Iglesia.

Cristo da Su Espíritu a las almas y, por tanto, es lo que tienen que dar los que sigan a Cristo: el Espíritu. Pero, para Francisco, hay que recibir lo humano de los otros, sus ideas, sus obras, sus deseos, sus inquietudes. Hay que hacer una iglesia más humana. Es lo mas contrario al Espíritu. Cristo hace la Iglesia espiritual, del Espíritu: se da el Espíritu; se obra el Espíritu. Francisco se mueve en su cultura del encuentro, que es llevar al hombre al encuentro con el demonio en los otros hombres, porque se dialoga son discernir los espíritus, sólo porque son buenos hombres en lo exterior.

Francisco ama la mentira y, por eso, la iglesia para él es para todos: “Estamos llamados a dar testimonio de una Iglesia que sea la casa de todos.” En esta frase se ve su amor a la mentira.

Porque el Evangelio no es para todos los hombres, ya que es una piedra de tropiezo: unos la aceptan, otros no. Y si la Palabra de Dios no es para todos, entonces la Obra de esa Palabra, que es la Iglesia, no es para todos los hombres. Esto es clarísimo, menos para Francisco, porque él habla para su nueva iglesia: una iglesia en la que entran todos con sus pecados. Todos los hombres. Por tanto, una iglesia mentirosa, una iglesia mundana, una iglesia pecadora, una iglesia cismática, una iglesia herética, una iglesia del demonio. Ésta es la nueva iglesia fundada por Francisco en Roma, porque la Verdad no es para todos los hombres.

Luego, por más que se dialogue, los hombres van a seguir en sus mentiras y ahí viene la trampa: el mentiroso siempre quiere un trozo de pastel en la iglesia. ¡Cuánta gente se va a meter en la Iglesia para destrozarla viviendo sus mentiras en Ella! La trampa del diálogo. ¡Dialoga y destruirás la Iglesia!

El Evangelio del Señor está siendo alterado con la doctrina de Francisco. Mienta al Señor en sus discursos para quedar bien con todos. Y en lo que mienta, lo altera: «El buen samaritano no sólo se acerca, sino que se hace cargo del hombre medio muerto que encuentra al borde del camino. Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro. Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios. Me gusta definir este poder de la comunicación como “proximidad”». La parábola del Buen samaritano adulterada en los labios de Francisco.

¡Cómo le gusta a Francisco su herejía! : “Comunicar significa, por tanto, tomar conciencia de que somos humanos, hijos de Dios”. Su humanismo errado, oscuro, herético, necio. Equipara el ser humano al hijo de Dios. Eso es una herejía. Una cosa es tomar conciencia de que somos humanos, y otra cosa es tomar conciencia de que somos hijos de Dios. Pero Francisco dice esto porque cabalga en su herejía: como Cristo ha devuelto la armonía a la creación, entonces todos los hombres son hijos de Dios. Ésa es su herejía al negar el pecado original.

Y dice la mayor barbaridad, que es otra herejía, sobre Cristo: “Jesús invierte la perspectiva: no se trata de reconocer al otro como mi semejante, sino de ser capaz de hacerme semejante al otro”. Esto, no sólo es inaceptable, sino de excomunión.

Estamos en la Iglesia para hacernos semejantes a Cristo, para imitar a Cristo, para ser otros Cristos. No estamos en la Iglesia para hacernos semejantes al otro. Esto es la excomunión. Porque esto significa una cosa: el hombre es dios. Y, por tanto, si ayudo a un hombre es porque todos somos dios. Y hay que hacer la unidad en dios. Todos los hombres tienen que unirse en ese dios interior para conseguir la paz y la felicidad en todas las cosas humanas. Doctrina de la Nueva Era. Y nadie la ve. Nadie ha discernido esa frase.

En la doctrina de Cristo, se ayuda al hombre para expiar el pecado, no para hacerle un bien humano, y menos para ser semejantes a ese hombre. El Buen Samaritano aplica la virtud de la justicia con un enemigo suyo para reparar los pecados. Y sólo así se comprende el amor de Cristo a las almas, a todos los hombres, así sean unos demonios: para reparar, para expiar el pecado.

Francisco es un hereje de los pies a la cabeza. Y no se puede seguir su doctrina. Quien la siga, se condena de forma absoluta.

Francisco está introduciendo nuevas doctrinas y esto es muy grave. ¿Qué hay que hacer? Rechazarlas de plano. Y no sólo la nueva doctrina sino al hereje. Hay que rechazar a Francisco y a cualquier sacerdote y Obispo que comulgue con las nuevas doctrinas, porque en la Iglesia seguimos a Cristo, no las opiniones de Francisco, no las herejías de Francisco, no los cismas de Francisco.

Porque no se puede negar la Verdad única y Absoluta por nadie en la Iglesia. No se puede negar la Verdad por Francisco o por cualquier sacerdote u Obispo. Porque una es la doctrina de Cristo. Y nadie la puede modernizar, ni tergiversar, ni poner cosas que no son de Cristo, que es lo que está haciendo Francisco.

Por eso, maldito Francisco: llevas a muchas almas al infierno. Maldito tu brillante pensamiento humano; maldita tu boca de demonio; maldito tus labios embusteros; maldita tu vida de pecado dentro de la Iglesia.

Francisco: un Papa negro

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Habría que decir a los obispos, que el Papa (Pablo VI) se encuentra bajo influencias. Pero no lo creen porque ellos mismos están cegados… Se tienen miedo los unos a los otros. Tienen miedo al pueblo, que lo expulsen. Quieren bailar según el violín del pueblo, a pesar que el violín emite sonidos falsos. ¡Y esto quiere llamarse Iglesia!. Se está llegando al punto en que las sectas serán mejores que vuestro catolicismo.

Porque no tienen esa ciencia y no las guía el Espíritu Santo, como ha sido guiada siempre la Iglesia…. El Vaticano está dirigido por los cardenales, el Papa sufre todo el tiempo, pero puede de esta manera salvar más almas y hacer más de lo que quisiera. Llegarán las cosas a un extremo, que Dios estará en la necesidad de echar abajo todo el modernismo. Se volverá a comenzar en lo antiguo, lo tradicional, en lo que quieren los de Allí…

Si el Papa no estuviese bajo secuestro y expiado constantemente, podría gobernar lo suficiente para que sus palabras llegasen al exterior. No llega nada al exterior. Lo que quisiera que salga, es desmentido inmediatamente, sustituido, modificado y hasta falsificado.

Se está llegando a los últimos tiempos. Si nosotros no dirigiésemos el timón de esta forma, y no tuviéramos de esta forma a los cardenales bajo nuestro poder, entonces se controlarían mejor…

La iglesia ha llegado al punto cero. Sólo la intervención del propio Dios puede salvar la Iglesia…

Os podéis consolar con el Papa, que aún sufre más que vosotros. Hace tiempo que quisiera que todo terminase… Hasta Judas, con su odiosa traición, fue menos malo que muchos sacerdotes. Judas no ha obrado a escondidas. Sentía que Jesús estaba al corriente de su falta. Después se arrepintió y tiró sus treinta dineros en el templo y dijo: “He traicionado la Sangre Inocente”. ¿Hay un sacerdote de hoy en día que haga lo mismo? Son más perversos. Ninguno se arrepentiría del mal que ha hecho. Están infectados hasta la médula, y todos se ayudan mutuamente de tal forma que todo pueda permanecer oculto. ¿Pero por cuánto tiempo? Cuando todo salga a relucir ya no seremos nosotros los que tengamos las ventajas, sino la iglesia. Ella (La Virgen María) me hace decir: “No despreciéis, ni aunque los justos se equivoquen con respecto a vosotros”. Jesús ha predicho: “Tiempo vendrá en que el que os mate, creerá rendir un servicio a Dios”. ¡Este tiempo ha llegado! No os matarán inmediatamente, se ha matado a muchos ya, pero no vosotros. Es necesario que sufráis ciertas persecuciones. Pero la situación empeorará aún más.” (Un demonio en un exorcismo – Advertencias del más allá)

Todo aquel que se siente en la Silla de Pedro tiene que hacer una cosa: someterse al Espíritu de Pedro, obedecer a Pedro, ser Pedro.

Quien quiera innovar cosas en la Iglesia, ése no tiene el Espíritu de Pedro. Si el que se sienta sobre el Trono de la Verdad no se somete a la Verdad, entonces nadie puede someterse a esa persona, porque en la Iglesia se obedece a la Verdad, que es Jesús, no se obedece al Papa. Se le da la obediencia si éste obedece a Pedro.

La Iglesia está apoyada en Pedro, no en un Papa. Esto hay que tenerlo claro, porque si no las almas no saben discernir al Papa.

No se obedece al Papa, sino a Pedro en el Papa. Si ese Papa no tiene el Espíritu de Pedro, ese Papa no es Papa. Será otra cosa, como se quiere llamar: antipapa, anticristo, falso para, falso profeta, etc.

Muchos se equivocan con el Papa, porque creen que tiene que escuchar todo lo que dice y seguirlo porque lo dice el Papa. Eso es un error de muchos.

En la Iglesia, la obediencia es a Dios. Y aquel que no dé a Dios, no se merece ninguna obediencia, así se vista de sacerdote, de Obispo, de Cardenal o de Papa.

En la Iglesia, no existe la obediencia a un hombre, a la mente de un hombre, a su juicio, a su opinión, a su punto de vista. No puede darse, porque Dios ha dado la Gracia para que el hombre dé el Pensamiento Divino en todas las cosas de la Iglesia.

Si los sacerdotes y Obispos, que son los encargados de gobernar, educar y guiar hacia la Santidad, no tienen vida espiritual, entonces se dedican en la Iglesia a dar sus puntos de vista humanos, pero no la Voluntad de Dios.

Esta ha sido siempre la lucha de la Iglesia: el elemento humano. Ha n habido épocas de mucha opinión humana en la Jerarquía y eso impide obrar la Voluntad de Dios dentro de la Iglesia.

Donde está el juicio del hombre ahí no está la Mente de Cristo. Y muchos sacerdotes y Obispos son duros de cerviz: están en sus ministerios para hacer lo que a ellos les parece y no dan nunca la Mente de Cristo a las almas. Eso es una realidad siempre en la Iglesia. Eso es algo que se puede palpar todos los días en la Iglesia, porque los hombres somos soberbios, nos gusta nuestra idea humana y la queremos imponer a los demás con el ropaje del sacerdocio, de la santidad, de lo divino.

Por eso, hay mucho fariseísmo en la Iglesia. Mucha hipocresía. Mucho decir con la boca que hay que vivir de fe, pero en la práctica, nadie vive de fe, sino de sus pensamientos humanos.

Francisco es el típico bocazas: dice muchas cosas que son agradables a los oídos de los hombres, pero vive otra cosa muy distinta.

Muchos siguen a Francisco por su modernismo, porque dice cosas nuevas sobre la Iglesia, sobre el Papado, sobre la vida espiritual. Eso es sigo de que francisco no se somete al Espíritu de Pedro. Todo Papa tiene que dar el Espíritu de Pedro para ser Papa. Es claro que Francisco no lo da, luego no es Papa. No es, ni siquiera un Anti-Papa, porque no quiere dar a Pedro. El anti-Papa da a Pedro, pero para hacer su negocio en la Iglesia. El antipapa no da modernismos en la Iglesia. Mantiene la Verdad, aunque no la viva.

Un anticristo lucha contra la Verdad; un falso profeta habla en contra de la Verdad; un falso Papa representa la Verdad, sin tocarla; da una imagen falsa de lo verdadero.

Pero Francisco no es nada de esto. No es Anti-Papa porque no es capaza de hablar como Pedro, como Papa. No le sale. No puede. Desde el principio, cuando salió a saludar, ahí se vio que no era Pedro. Sólo en la forma del saludo, del dirigirse a la Iglesia. Todo Papa verdadero, al instante, se ve revestido del Espíritu de Pedro y actúa, sin saberlo, como Él.
Pero quien no tiene ese vestido, se le ve a la legua que no es Pedro, por más que intente copiar los gestos de los otros Papas y decir las frases que decían ellos.

Francisco tiene algo de falso Profeta, porque habla en contra de la Verdad y tiene algo del anticristo, porque ha negado lo principal en la Iglesia: la verticalidad. Es decir, Francisco ha cambiado la Iglesia al poner el gobierno horizontal. Ése es el sello de todo anticristo. Sus homilías son el sello de falso Profeta.

Pero Francisco es otra cosa: es un Papa negro. Y ¿qué significa esto? Es un Papa puesto por el demonio en la Iglesia. Un Papa que no tenía que haber estado, pero que se ha dado sólo por el pecado de toda la Iglesia.

La culpa de tener a ese hereje guiando una Iglesia que no es suya es de la misma Iglesia, de toda la Iglesia. Y aquí no se salva nadie. Todos tenemos culpa de esta situación.

Un Papa negro no es un Papa sino algo que parece Papa, pero que, en realidad, es otra cosa. Francisco no es lo que parece. Parece santo y es un demonio. Parece humilde y su pecado de orgullo será su caída en la Iglesia. Parece justo y su corazón vive ansiando la injustica, la venganza, la corrupción de la verdad. Parece que habla cosas de acuerdo a la verdad y sólo es maestro de meter la mentira en todo lo que habla: tiene el doctorado del orador de mentiras. Parece que ama a los hombres y sólo busca, en ese amor, su consuelo, su fama, ser popular entre ellos, ser uno más con ellos, ser para que los demás vean qué cerca está él de ellos. Por eso, Francisco divide a la Iglesia: quien no sea como Francisco, entonces ya no hay que seguirle en la Iglesia. La gente se opone a los sacerdotes y Obispos verdaderos, porque no son como Francisco, porque no siguen a Francisco, porque no hacen caso a las opiniones de Francisco.

Ésta es la señal de la división que ha metido ese hereje en la Iglesia. Aquí se ve su obra en contra de la verticalidad del Papado. Un Papa verdadero es como todos los demás Obispos. No quiere sobresalir entre ellos. No quiere ponerse por encima de ellos. Es uno más, porque también el Papa es Obispo.

Pero Francisco, como no es Obispo, aunque tenga el ropaje de Obispo –como no posee el Espíritu del Apóstol- entonces se cree diferente a todos los demás Obispos. Se cree con derecho de innovarlo todo, de cambiarlo todo, de hacer que los demás se fije en él y así desprecian a los otros.

Es lo que está ocurriendo en toda la Iglesia: la opinión de Francisco es lo que vale en la Iglesia. Ya no la Verdad. Y, por eso, se quiere tapar los desastres que la boca de Francisco ha dicho en estos meses, porque se sabe que son auténticas herejías. Pero se pone una excusa para escurrir el bulto, para decir que no pasa nada, que francisco no ha cambiado la Iglesia, que son los demás los que no comprenden a Francisco. Y se llega a un auténtico absurdo: defender a un hereje, a un mentiroso, como se está haciendo. Esto es signo de que la Iglesia ha llegado al punto cero.

No hay quien resuelva esta papeleta. Sólo Dios sabe el camino que hay que poner teniendo a un Papa negro. ¡No tenía que estar!

Francisco, por ser un Papa negro, es sólo de transición, porque no siquiera al demonio le interesa Francisco. El demonio tiene gente inteligente para atacar los dogmas de la Iglesia. Pero ha puesto a éste, que es sólo un sentimental amanerado, añoñado de humanismo, para una sola cosa: destrozar el gobierno vertical. Para eso sólo lo quería el demonio. Lo demás, no le sirve. Ahora el demonio tiene que poner a uno más fuerte. A uno que, en verdad, rompa con todo sin misericordia.

Francisco, por ser un Papa negro, es un hombre sin espíritu ninguno. Está cerrado a la vida del Espíritu. Por eso, no sabe enseñar nada de la vida espiritual. Absolutamente nada. Sólo hay que leer su panfleto comunista, su evangelii gaudium, para darse cuenta de la ignorancia que tiene ese hombre de todo los referente a la vida de la Iglesia y a la vida de las almas.

Francisco sólo se dedica a lo suyo en la Iglesia, a lo que se ha dedicado siempre: a su humanismo. Y no le pidan otra cosa porque no es capaz de dar nada. Sólo habla para el hombre y sólo obra para el hombre. Lo demás, se ingenia para hablar bonito y contentar a la gente que todavía tiene una venda en los ojos. A los demás, él sabe que no contenta, porque ya ha visto la oposición a su visión humanística de la Iglesia, que es sólo su comunismo disfrazado de humanismo, de bondad humana.

“Un día la bandera de la Inmaculada Virgen María ondeará sobre el Kremlin, pero antes, la bandera roja flotará sobre el Vaticano” (San Maximiliano María Kolbe).

Francisco es el Papa que abre las puertas de la Iglesia al comunismo. Comunismo que es sólo un león dormido, pero que está muy vivo en gente como Francisco y como muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia. El comunismo duerme dentro de la Jerarquía de la Iglesia, presto a despertar, cuando llegue el tiempo, y así tomar el poder de toda la Iglesia.

Juan Pablo II aniquiló el comunismo, pero no en la Iglesia. Aniquiló lo que quedaba de esa raíz del 17, pero sólo en el mundo, donde había echado sus ramas. Pero, también esa raíz de metió en la Iglesia, después del 60. Y sus frutos es lo que estamos presenciando: gente vestida de sacerdote y de Obispo con el espíritu del Dragón, del comunismo, del marxismo.

La Jerarquía de la Iglesia es el león dormido. Muchos son lobos que aúllan, y que están dispuestos a destrozar las almas en la Iglesia. Gente que obra en lo oculto, a escondidas, pero que, al exterior, pone cara de santo, de justo, de hombre bondadoso.

Y ese león dormido está a punto de despertarse, porque Francisco ha abierto al puerta, que es lo que el demonio necesitaba: un gobierno de muchos en la Iglesia, porque eso es lo que ya se estaba dando desde Pablo VI. Se daba en lo oculto, quitando al Papa su verdadero Poder.

Por eso, muchos no han comprendido a los Papas desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI. Nadie ha visto al demonio al lado de ellos, sino que todos los han llamado herejes, sin serlo.

Sólo Francisco es hereje, porque es el Papa negro. Los anteriores se merecían ser Papas elegidos por Dios. Pero a Francisco sólo lo ha elegido el demonio y, por eso, no hay que igualar a Francisco con los demás Papas. No hay que decir de los demás Papas lo que se dice de Francisco. Sólo Francisco noes Papa. Los anteriores eran Papas y Papas verdaderos. ¡Todos! Y sólo hay que contemplar al demonio, obrando junto al Papa verdadero, como Satanás obra junto a Dios.

La mona de Cristo es el demonio. El que imita –en el mal- a Cristo en la Iglesia es siempre un Papa negro. Papas negros los ha habido desde Juan XXIII, pero ocultos. Nadie los ha visto ni reconocido. Los puso el demonio para que obrara junto al Papa verdadero.

Pero el demonio se le acabó el tiempo de obrar en lo oculto y, ahora, obra públicamente en un personaje que se las da de Papa, pero que es sólo el peón del demonio.

Pronto las cosas van a cambiar en la Iglesia, pero a peor. Tiempo al tiempo. Lo que queda es el desastre de los desastres. Y, cuando llegue, entonces no habrá tiempo para otra cosa sino salir de una Iglesia que ya no es la Iglesia de Jesús.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

El evangelio de la fraternidad: el evangelio del demonio

Primer anticristo

“En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común. De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente. También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria” (Francisco, 1 de enero de 2014).

Esto lo llama, Francisco, el evangelio de la fraternidad. Y, por supuesto, es lo más contrario al Evangelio de Cristo. Esta es su idea equivocada y herética del amor fraterno y del amor de Dios, que ya rige en su nueva iglesia en Roma. Y, que es el resumen de su panfleto evangelii gaudium.

A. “En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común”.

a. Para Francisco todos somos hijos de un único Padre Celestial: esto no sólo es un error, sino una clara herejía.

1. Dios crea el alma, pero por crearla Dios no es Padre del alma, sino sólo su Creador.

2. El alma, al nacer en el pecado original, está en manos del demonio. Y, por tanto, su padre es el demonio, no Su Creador.

3. Si el alma no se bautiza, entonces no puede recibir el Espíritu de filiación divina, y sigue en manos del demonio, y su padre sigue siendo el demonio.

4. El alma que se bautiza es hija de Dios por adopción, pero todavía no está salvada ni santificada. Todavía no puede ser llamada hija hasta que no se purifique siguiendo la huellas de Cristo. Todavía puede condenarse y, por tanto, aunque tenga el Bautismo, aunque sea hija de Dios por adopción, va con eso al infierno. Y su padre, en el infierno, es el demonio.

b. Para Francisco, todos formamos parte de la misma familia humana. Y esto sigue siendo un error. Porque una cosa es la que diferencia a los hombres desde Cristo: la gracia. Y, por tanto, los hombres se dividen en dos: los que están gracia y los que no están en gracia.

1. Los que están en gracia son los que tiene el Espíritu de Dios y lo siguen en la Iglesia. Y, por tanto, son los hijos de Dios. Ya no son los hijos de los hombres. Ya no pertenecen a la familia de los hombres. Son hombres, pero en Gracia, con un ser divino que los pone por encima de los hombres, de la familia humana. Es la familia divina. Por supuesto, son pocos los que pertenecen a la familia de Dios, porque es necesario creer en el pecado.

2. Los que no están gracia, son sólo hombres, que tienen un alma y un cuerpo, pero que no pueden seguir al Espíritu, porque no son fieles a la Gracia. Son sólo hombres, hijos de los hombres. Y, aunque tengan el bautismo, por no ser fieles a la Gracia, inutilizan ese Sacramento, y no son considerados hijos de Dios hasta que no quiten sus pecados y se pongan en gracia. Ser hijos de Dios es ser hijo en gracia, no sólo porque se haya recibido un bautismo. Y la gracia es un don de Cristo al alma, diferente al Bautismo.

c. Para Francisco, todos compartimos un destino común: terrible herejía. Está negando el cielo, el purgatorio y el infierno. Sólo dice que todos vivimos en este mundo, en el destino que este mundo nos da: una vida humana, unas obras humanas, unos planes humanos. Todos un destino común. Por supuesto, que se entiende que está diciendo que todos nos salvamos.

¿Ven su herejía? Un verdadero Papa nunca pone esta frase, porque es totalmente contraria al Evangelio de Cristo, contraria a la doctrina de Cristo, contraria al Magisterio de la Iglesia, contraria a la verdad, incluso a la verdad humana, natural.

¿Han percibido el ideal de Francisco? O ¿todavía no disciernen lo que hace Francisco en Roma? ¿Ven hacia dónde quiere llevar a la Iglesia? ¿No lo ven o hay que explicarlo? Francisco está dando el resumen de todo lo que escribió en su evangelii gaudium, que lo define como el evangelio de la fraternidad. Y, a pesar de las criticas que ha recibido, no ve su pecado, no ve su herejía, no ve que lo que ha escrito no sirve para nada. Es sólo su ideal para convencer al mundo y a la Iglesia que hay que amar la mentira, el pecado, la herejía, el error en todas las cosas.

B. “De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente”.

Desde este evangelio de la fraternidad se invita a trabajar, ¿para qué?

a. “el mundo sea una comunidad de hermanos”: ¿ven la doctrina del demonio en esta frase? ¿no la captan? El mundo es del demonio. Luego, no hay amor en el mundo, no hay amor de Dios, no hay amor fraterno. ¿Ya lo han captado? Francisco está proponiendo no sólo una utopía, sino el mismo pensamiento del demonio. Francisco no está hablando como Vicario de Cristo, sino como un demonio, como un falso Profeta. ¿Han captado? ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? ¡Si no somos del mundo, si somos de Cristo!. Por tanto, no hay que trabajar para que el mundo sea una comunidad de hermanos. ¿Ya lo han captado? Somos hermanos en el Espíritu en la Iglesia. No somos hermanos de los hombres que viven en el mundo y que tienen el espíritu del mundo. Somos contrarios al espíritu del mundo. No queremos ser del mundo ni tener su espíritu. No queremos a los hombres del mundo. No los amamos, los odiamos porque son los enemigos de Cristo y de Su Iglesia.

b. “que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente”: ¿ven todas las barbaridades que está diciendo Francisco en esta frase? Si en el mundo no hay amor, entonces ¿habrá respeto entre los hombres? No. ¿Los hombres se aceptarán unos a otros? No. ¿Los hombres se cuidarán unos a otros? No.

Es que la historia del hombre, desde que Caín mató a Abel es siempre la misma. ¿Todavía no ha aprendido la historia de los hombres Francisco? ¿En qué mundo vive Francisco? ¿Qué es lo que sueña Francisco? ¿En qué cabeza puede entrar esta doctrina de Francisco? Sólo en la de él. Y en los que tienen el mismo deseo de Francisco: destruir la Iglesia a base de un amor utópico, ilusorio, que no se sostiene con nada. Sólo está en el pensamiento de Francisco ese amor, pero, en la práctica, no hay quien lo viva, porque las cosas son de otra manera.

Francisco no cae en la cuenta de la estupidez que está diciendo en esta frase. ¡No ha caído en la cuenta! Cristo nos da Su Gracia para salvarnos y santificarnos, trabajando por quitar lo que impide la fraternidad: el maldito pecado.

En el evangelio de la fraternidad, que es el evangelio del demonio, que es el panfleto evangelii gaudium, ya no existe el pecado, porque todos somos hijos del Padre y todos vamos derecho al Cielo. Todos tenemos derecho natural a salvarnos. Y, por tanto, lo único que hay que hacer en esta vida es: trabajar para hacer un mundo bueno, mejor, más humano. Esta es la herejía que va contra la Palabra de Dios, va contra la Verdad del Evangelio, va contra la doctrina de Cristo, va contra el Magisterio de la Iglesia, va contra todos los Santos de todos los tiempos. Francisco se opone a todo. ¡A todo! Es imposible la obediencia a Francisco. Es imposible seguir su evangelio de la fraternidad. ¡Imposible para un católico!¡No se puede! Quien siga este evangelio de la fraternidad se condena, sale de la Iglesia y se pone en la iglesia de Francisco, en la iglesia del demonio.

Pero, seguramente, habrá personas que alaben este evangelio, que lo encumbren como una pieza de arte, sagrada, divina, que ha salido de la boca del más idiota de los idiotas. Habrá gente en la Iglesia que haga coro al evangelio de la fraternidad, es decir: ¿cómo ser hermanos unos con otros en el infierno? ¿qué hay que hacer para irse al infierno siendo hermanos en la vida, en el mundo? Esta es la locura que propone Francisco el día de la Maternidad Divina. Aquí se ve que no tiene ni idea de lo que es la Madre de Dios. No ha aprendido nada de la Madre en este día, que de sólo Ella habría que hablar. Ni idea. Palabritas es lo que ha dicho este día sobre la Madre de Dios. Palabritas llenas de vacío espiritual, para acabar el día diciendo su grandiosa estupidez, su grandiosa herejía, su demoniaco ideal.

C. “También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria”

a. El hijo de Dios está llamado a darse cuenta del pecado y, por tanto, a hacer oración y penitencia para que se quite el pecado y las consecuencias del pecado. Hay que vestirse de saco, de sayal, poner la cabeza en el suelo y pedir al Señor que tenga Misericordia de este mundo que sólo quiere pecar. Por tanto, no hay que mover un dedo por nadie. Si se hace oración y penitencia, el Señor dirá qué dedos hay que mover. Y si el Señor no dice nada, no hay que hacer nada de nada. Al hijo de Dios le importa un rábano los problemas de los hombres, porque sabe de dónde nacen todos sus problemas. Y si el hombre en el mundo quiere pecar y quiere hacer el mal, que lo siga haciendo. Con la oración y con la penitencia se resuelven todos los problemas del mundo sin mover un dedo por nadie. Esto es lo que dice la fe en la Palabra de Dios.

b. Francisco dice que hay que construir una sociedad más justa y solidaria. Y es que la Iglesia no está para eso. El evangelio de la fraternidad no es para la Iglesia. ¿No lo han captado? Es para el mundo. Es sólo para el mundo, para las sociedades del mundo, es para la nueva iglesia en Roma que es sólo del mundo, que se abre al mundo, que tiene el espíritu del mundo en sus entrañas. Por eso, este evangelio de la fraternidad es la doctrina del demonio. ¡Y no otra cosa! Sólo los hijos de Dios hacen una familia, una sociedad, un mundo más justo, porque obran la Voluntad de Dios. El mundo, por más ciencia que tengan, por más que trabajen, que se dediquen a ser mejores, nunca van a construir una sociedad perfecta, justa, solidaria. Es la utopía de Francisco. Es su comunismo. Es su marxismo. ¿Todavía no disciernen?

Este evangelio de la fraternidad no pertenece al Magisterio de la Iglesia. No es digno de la Iglesia. Es el fruto de la cabeza de Francisco que sólo tiene una idea: romper la Iglesia completamente, dando culto a su humanismo, a su sentimentalismo, a su deseo de ser del mundo, de vivir para el mundo, de que en la Iglesia todos se hagan del demonio.

Si quieren condenarse, allá ustedes. Si quieren ser del demonio, besen el trasero de Francisco. Él les da lo que ustedes quieren escuchar, pero nunca la Verdad del Evangelio.

Francisco ha dividido la Iglesia

virgen

“Muchos serán purificados, emblanquecidos y depurados; los impíos seguirán el mal y ninguno de los malvados entenderá, pero los que tienen entendimiento comprenderán” (Dn 12, 10).

Francisco ha dividido la Iglesia. Esto es lo que no se quiere reconocer desde el Vaticano. Un hombre que niega la Verdad en la Iglesia, como es Francisco, que ha anulado el pecado con su falsa doctrina de la Misericordia, que invita desde Roma a salir al mundo y a abrazarse al espíritu del mundo, que no enseña la doctrina de Cristo, sino sólo su idea de lo que debería ser Cristo en la Iglesia, que acude a los medios de comunicación para expresar sus opiniones y que, después, se encarga de que todos en la Iglesia nieguen las críticas que, por sus declaraciones, se levantan en el mundo, sólo significa que Francisco no es el auténtico Vicario de Cristo.

Y significa más: que el Papa Benedicto XVI es el verdadero Vicario de Cristo en la tierra, el auténtico Papa que, obligado a dejar su misión en la Iglesia, ahora vive en medio de lobos sin poder hacer nada por la Iglesia.

Es el pecado el que produce la división en la Iglesia. Es siempre el pecado. La Verdad nunca divide. La Verdad libera. Pero el pecado esclaviza a formas de pensamiento que son contrarias a la libertad del hombre y que lo alejan de la Verdad, para comulgar con aquello que hace que la Iglesia se rompa.

En el curso de los siglos, la Iglesia ha sido atacada, dañada, herida por muchas clases de divisiones que han hecho que muchos se fueran de la Iglesia, se separaran. Pero, la Iglesia ha seguido unida en su interior, porque había sacerdotes y Obispos que amaban la Verdad en la Iglesia y la defendían del pecado, de la mentira, de la herejía.

Pero hoy contemplamos la división interior en la Jerarquía que imposibilita la unidad interior.

Y esa división interior tiene un nombre: Francisco. Él es el culpable de que la Iglesia tenga esta ruptura en su interior.

Él divide con su pecado a la Iglesia. Quien sigue a Cristo en la Iglesia no puede comulgar con Francisco, porque peca, porque enseña el pecado, guía por el camino de la mentira. Ver a Francisco es separarse de lo que él representa, que no es la Iglesia de Cristo. Y, como es cabeza, Francisco mismo produce la separación, la división, dentro de la Iglesia. Si fuera solo un mero sacerdote o un Obispo, entonces el mal no sería tan grave. Pero está como cabeza. Y esto es gravísimo para toda la Iglesia.

Francisco divide por ser cabeza, por estar en la cabeza. No es uno el que se aleja de la Verdad. Es uno el que tiene que alejarse de Francisco para no caer en la mentira, para no estar en su iglesia, para decir no al pecado. Esto es la división interna que existe en este momento en la Iglesia.

Quien ama la Verdad en la Iglesia tiene que odiar a Francisco y a su pecado. Si no se hace esto, necesariamente, se pone en manos del demonio y cae en el pecado.

El Evangelio de Jesús no puede estar dividido, porque es la Verdad. Pero Francisco, con su libre interpretación del Evangelio, él mismo lo divide en la Iglesia. La Verdad es siempre la misma. Pero, para Francisco, la verdad es lo que él piensa -su opinión- y, por tanto, la verdad cambia según la vida, según las culturas de los hombres, según la evolución del pensamiento humano. Lo que siempre es, lo que siempre ha sido, lo que siempre será, para Francisco, es viejo, hay que verlo de otra manera. Francisco divide el Evangelio. Francisco divide la Verdad. Y esto es gravísimo: no se puede obedecer la mente de Francisco como cabeza de la Iglesia porque no da la Verdad.

El mismo Francisco da la razón de la desobediencia a él: su pecado. En la Iglesia no se puede obedecer al pecado ni al que peca, al que enseña un pecado en Ella. Se obedece siempre a Cristo cuando los demás se equivocan, porque Cristo nunca miente, nunca enseña una herejía, nunca hace que el alma viva a oscuras en la Iglesia. Cristo no da sueños al hombre, no da ilusiones a los hombres, sino que da la Verdad de la Vida. Y, Francisco, lleva once meses dando la mentira de su vida a toda la Iglesia. ¿Quién puede obedecer a un mentiroso sin caer en el pecado?

Francisco traiciona la Verdad dentro de la Iglesia. Y el traidor se merece justicia, condena. Y el traidor no se merece honores.

Francisco crea enfrentamiento con su doctrina herética dentro de la Iglesia. Y, donde hay luchas, no hay amor fraterno, no existe la caridad, no existe el bien común.

Francisco divide. Éste es el resumen de estos once meses. Esto es lo que se saca de su nefasto gobierno en la Iglesia. No hay frutos espirituales en la Iglesia desde que Francisco está como cabeza. Donde reina el pecado, allí está la muerte. Allí está el odio cuando el alma comulga con la mentira. Y es lo que se siente cuando Francisco habla: se siente el odio que él irradia a toda la Iglesia. El alma no se siente acogida por las palabras de Francisco. El alma siente un rechazo en esa palabras, siente que la odian, que la maltratan, que hacen de su ser un negro agujero por donde quiere entrar la maldad.

Si uno escucha a Francisco, siente un vacío en su interior, que le dice que algo no está bien en esas palabras que habla ese hereje. Porque las hablas de Francisco dividen el alma. Quien no da la Verdad no crea unión en lo que habla. Quien da la mentira, crea en el interior del alma una división, una ruptura, un hueco, una herida, por donde quiere entrar el mal.

Un Verdadero Papa da seguridad al alma siempre cuando habla, porque habla al corazón y de forma sencilla. Pero Francisco, cuando habla, pone el miedo, la inseguridad, el temor, la angustia, en el alma. No la deja en la Verdad, no la pone en la Verdad. Por eso, el alma se siente caer, siente vértigo, siente que algo va mal.

Francisco engaña a la Iglesia. Pero lo más negro es que tiene colaboradores que trabajan para su engaño. Esto es lo que más divide a la Iglesia, después que Francisco ha puesto la división con su pecado. Otros manifiestan, de forma ostentosa, la misma mentira, el mismo pecado, el mismo engaño, que da Francisco. Otros tapan, con nuevas mentiras, las mentiras de Francisco, el pecado de Francisco dentro de la Iglesia. Y así se inicia la persecución dentro de la Iglesia: hay que callar bocas que hablen en contra de Francisco. Hay que alejar a gente que no quiera lo que quiere Francisco. Que Francisco tenga a su alrededor gente que mienta y que peque como él lo hace. Gente que comulgue con su pensamiento humano, con su opinión dentro de la Iglesia.

Es muy grave lo que está sucediendo en la Iglesia. Muy grave. La manera más fácil de seguir dividiendo a la Iglesia es lo que están haciendo muchos que colaboran con la mentira de Francisco. Muchos hacen el juego a Francisco.

Francisco metió un puñal en el corazón de la Iglesia. Y los demás lo van enterrando más y más hasta que den muerte a la Iglesia.

Quien se ha comprometido con el demonio, como es Francisco y los que le siguen, necesariamente tienen que perseguir, dentro de la Iglesia, de forma escondida, a los que quieren vivir la Verdad y, por tanto, se niegan a obedecer a Francisco.

Los que comulgan con Francisco tienen las puertas abiertas en la Iglesia, se mueven libremente. Pero aquellos que no comulgan con él, entonces encuentran oposición, obstáculos, marginación.

Francisco ha dividido la Iglesia con su pecado. Él es el culpable por ser una cabeza que miente, que engaña, que peca.

Francisco es un traidor de la Iglesia, de Cristo, de la Verdad, del Amor, de la vida. Traidor, es decir, pone cara de santo y da una coz a la Iglesia. Traidor porque sólo está preocupado por la bolsa del dinero dentro de la Iglesia. Traidor porque quiere dialogar con los enemigos de Cristo para tener el control de la Iglesia en sus manos. No le importa vender su primogenitura al que le dé más dinero, al que le dé más oportunidad para escalar lo que él quiere: su iglesia; su iglesia pobre para los pobres. Éste es su sueño, su utopía, su ideal como hombre. Francisco ha perdido, hace mucho, el Espíritu de Cristo y, por tanto, sólo es un hombre de carne y hueso, que sólo piensa como los hombres y actúa, como ellos, en la Iglesia.

Francisco no se merece el respeto ni como sacerdote ni como Obispo y, mucho menos, como cabeza de una iglesia que es una piltrafa humana, que es un pecado a los ojos de Dios. Su iglesia pobre es su pecado. ¿Qué merito tiene un pecado? ¿Qué merito tiene el pecador? Francisco se gana, él mismo, con su pecado, el desprecio de toda la Iglesia, de aquella Iglesia que vive mirando la Verdad y que no cambia esa Verdad por ningún tesoro humano que le pueda ofrecer Francisco. No se cambia la Verdad, no se cambia a Cristo, por palabras bonitas, hermosas, que da Francisco.

Francisco es digno de desprecio por lo que obra en la Iglesia. No se merece apoyo ni consuelo en su misión en esa iglesia que ha fundado con su inútil cabeza de hombre. Se merece que se le batalle continuamente, que se le hunda cualquier homilía, cualquier obra que haga en la Iglesia. Es necesario ridiculizar a Francisco porque él sigue amando su pecado y obrando su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad nunca descansa ante un mentiroso. El que es de la Verdad siempre está alerta por lo que el mentiroso obra para contraatacar con las armas del Espíritu de la Verdad. Francisco es movido por demonios dentro de la Iglesia. Y, por eso, la lucha es contra el demonio. Si se batalla al demonio, Francisco se va de la Iglesia, Francisco sucumbe, Francisco desaparece. Para arrancar el pecado de en medio de la Iglesia hay que enfrentar al demonio. No hay otra manera de hacerlo. Porque las razones se las lleva el viento. Sólo el soplo de la Boca de Cristo derriba al traidor de su puesto de orgullo.

El homosexualismo es una ideología demoniáca

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Dice Francisco: “En Buenos Aires recibía cartas de personas homosexuales que son verdaderos ‘heridos sociales’, porque me dicen que sienten que la Iglesia siempre les ha condenado. Pero la Iglesia no quiere hacer eso. Durante el vuelo en que regresaba de Río de Janeiro dije que si una persona homosexual tiene buena voluntad y busca a Dios, yo no soy quién para juzgarla (…) Una vez una persona, para provocarme, me preguntó si yo aprobaba la homosexualidad. Yo entonces le respondí con otra pregunta: ‘Dime, Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’. Hay que tener siempre en cuenta a la persona. Y aquí entramos en el misterio del ser humano”. Por estas palabras, Francisco es amado por los homosexuales y le han dado un premio.

Dice Juan Pablo II: “La actividad homosexual no expresa una unión complementaria, capaz de transmitir la vida, y por lo tanto contradice la vocación a una existencia vivida en esa forma de auto-donación que, según el Evangelio, es la esencia misma de la vida cristiana. Esto no significa que las personas homosexuales no sean a menudo generosas y no se donen a sí mismas, pero cuando se empeñan en una actividad homosexual refuerzan dentro de ellas una inclinación sexual desordenada, en sí misma caracterizada por la auto-complacencia (…)Las uniones de personas del mismo sexo son una terrible ideología de mal contra la vida humana igual que lo fue el Holocausto. El homosexualismo es una ideología demoníaca(…)Lo que no es moralmente admisible es la aprobación jurídica de la práctica homosexual. Ser comprensivos con respecto a quien peca, a quien no es capaz de liberarse de esta tendencia, no equivale a disminuir las exigencias de la norma moral”. Por estas palabras, los homosexuales odian a Juan Pablo II y nunca le dieron un premio.

¿Quién de los dos habla como Papa? ¿Quién es la Voz de Cristo en la Iglesia?¿Quién da la Mente de Cristo en la Iglesia?¿Quién enseña la Verdad en la Iglesia?

Para responder, es sencillo: sólo hay que discernir el Espíritu en la Palabra de Dios.

¿Qué dice la Palabra de Dios?

a) Lev 18,22: «No te acostarás con varón como con mujer; es abominación».

b) Lev 20,13: «Si alguien se acuesta con varón, como se hace con mujer, ambos han cometido abominación: morirán sin remedio; su sangre caerá sobre ellos».

c) Rom 1,27: «Igualmente los hombres, abandonando el uso natural de la mujer, se abrasaron en deseos los unos por los otros, cometiendo la infamia de hombre con hombre, recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío».

d) 1 Cor 6,9-10: «¡No os engañéis! Ni los impuros… ni los afeminados, ni los homosexuales…heredarán el Reino de Dios».

La Palabra de Dios juzga al homosexual. Dice que es un pecado, pero no cualquier pecado, sino una abominación; y el homosexual es reo de la Justicia Divina, es decir, su vida es un castigo de Dios; y, además, no pueden heredar el Reino de Dios.

La persona homosexual es una persona, es un hombre, que puede hacer un bien humano, que tiene libertad, que tiene voluntad. Eso nadie lo duda. Pero la persona homosexual tiene un problema en ella misma. Un pecado. Y si no lo quita, por más buena persona que sea, sencillamente se condena. Esto es lo que enseña la Sagrada Escritura. Dios sólo se centra, en Su Palabra, en la verdad de lo que es un homosexual. Dios no habla de forma histórica, ni cultural, ni humana, ni genética, ni psicológicamente del homosexual. Dios va al grano: el homosexual es abominación. Eso es el grano. Lo demás, no interesa. Si es una buena persona, si tiene intención recta, etc. No interesa. Cuando el homosexual se esfuerza por quitar su pecado y lo consigue, entonces deja de ser abominación. Pero si el homosexual permanece en su pecado, entonces es una abominación para Dios.

Entonces, Dios cuando mira a un homosexual, ¿qué dice? Eres abominación. Y, entonces, ¿qué dice Francisco? “Dios, cuando mira a una persona homosexual, ¿aprueba su existencia con afecto o la rechaza y la condena?’. Hay que tener siempre en cuenta a la persona”. Francisco no da la mente de Dios. Es claro su pensamiento. Francisco dice que Dios tiene en cuenta a la persona. ¿Dónde está ese pensamiento en la Palabra de Dios? No está. Se lo inventó Francisco. Francisco no dice: Dios condena al homosexual., sino que dice: Dios mira su persona.

Luego, Francisco no da la Mente de Dios en la Iglesia, no es la Voz de Cristo en la Iglesia, no señala la Verdad de lo que es un homosexual.

Dios no puede mirar la persona del homosexual porque se ha hecho pecado. Dios mira la humildad del corazón. Dios mira un corazón sin pecado. Y, entonces, engrandece a la persona. Pero Dios no eleva a la persona si permanece en su pecado.

¿Qué dice Juan Pablo II? Lo contrario a Francisco. La homosexualidad es un pecado,; pertenecen a la ideología del demonio, es decir, son demonios encarnados; y sí, son hombres, y hay que respetarlos como hombres, pero siguen siendo abominación, no se puede disminuir las exigencias de la moralidad.

Juan Pablo II es el verdadero Papa, el que da la Mente de Cristo, la Voz de Cristo en la Iglesia y el que señala el camino de la Verdad sobre el homosexualismo. Por eso, es odiado por todos. Predica la Verdad y todos te odiarán.

Francisco habla muy bonito, pero no dice la Verdad, sino su mentira. Y, por esa mentira, todos lo aman. Predica bonito y todos te amarán.

La Iglesia condena el homosexualismo. ¿Cómo dice Francisco que la Iglesia no condena, no quiere hacer eso?

a. La Declaración Persona humana «Según el orden moral objetivo, las relaciones homosexuales son actos privados de su regla esencial e indispensable. En la Sagrada Escritura están condenados como graves depravaciones e incluso presentados como la triste consecuencia de una repulsa de Dios (cf. Rom 1,24-27). Este juicio de la Escritura no permite concluir que todos los que padecen de esta anomalía son del todo responsables, personalmente, de sus manifestaciones; pero atestigua que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados y que no pueden recibir aprobación en ningún caso».

b. Catecismo de la Iglesia Católica: ‘La homosexualidad designa las relaciones entre hombres o mujeres que experimentan una atracción sexual, exclusiva o predominante, hacia personas del mismo sexo. Reviste formas muy variadas a través de los siglos y las culturas. Su origen psíquico permanece en gran medida inexplicado. Apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que ‘los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados’. Son contrarios a la ley natural. Cierran el acto sexual al don de la vida. No proceden de una verdadera complementariedad afectiva y sexual. No pueden recibir aprobación en ningún caso’.

La Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia son claros en este punto. Y, siempre, para discernir si un Papa es verdadero o no, hay que ir a estas dos fuentes y comparar lo que se está diciendo.

La Iglesia es la Verdad. Y la Verdad está en la Palabra de Dios. Y la Iglesia enseña esa Palabra de Dios en Su Magisterio auténtico. Luego, nunca hay pérdida para aquel que discierne, que no vive la vida tragándose cualquier cuento que Francisco diga sobre la Iglesia o sobre cualquier asunto. La Verdad es muy sencilla. Y sólo los sencillos la dicen. Los que no son sencillos, dan siempre un rodeo a la Verdad, para decir, para indicar su mentira. Francisco siempre rodea la Verdad, nunca se queda en la Verdad, pasa de largo, hace mofa de la Verdad, no ve la Verdad, porque sólo está atento a su pensamiento humano.

En la Iglesia las almas tienen que aprender a discernir espiritualmente. Por eso, la venda en los ojos en muchos, que se han acostumbrado a no pensar rectamente, sino a dejarse llevar por cualquier viento de doctrina, por cualquier fábula que corra por la Iglesia.

Francisco lleva diez meses contando fábulas en la Iglesia. Y todo el mundo se las traga como algo verdadero, sin discernir nada. Eso es señal de que no tienen vida espiritual ninguna. Que están en la Iglesia como está Francisco: para hacer su negocio en Ella y para de contar. Y todos somos unas maravillosas personas, que nos vamos a salvar y que Dios siempre no perdona aunque pequemos enormemente.

Así vive toda la Iglesia hoy día: se ha anulado el pecado con la estupidez de la misericordia. Abolimos el pecado y predicamos la ternura de Dios a toda la Creación, que es lo que predica Francisco: un Dios tierno, un Dios hermoso, un Dios que nos da un beso: “No tengáis miedo de la ternura” (19 -03-13).

Francisco presenta un Dios meloso, un Dios cariñoso, un Dios que no condena a nadie. Y, entonces, tiene que caer, de forma necesaria, en una terrible herejía: no existe la Justicia Divina.

Francisco nunca habla de castigos divinos, sino de misericordia, de compasión, de bondad de Dios.

Juan Pablo II era el Papa de la Misericordia, pero hablaba sin miedo del pecado y de la Justicia de Dios. Hablaba sin pelos en la lengua.

Francisco es lo contrario a Juan Pablo II. Por eso, es un antipapa. Presenta una Misericordia de Dios que no está ni en la sagrada Escritura ni en el Magisterio de la Iglesia. Es su idea de lo que debería ser la misericordia. Es su opinión de lo que Dios debería dar en Su Misericordia. Es su herejía que va en contra de la Verdad de la Misericordia.

Francisco opina en la Iglesia. Opina que Dios se fija en las personas homosexuales, pero no en su pecado de abominación. Son personas para Dios. Es su opinión, pero también es su herejía, porque va en contra de una Verdad Revelada: la vida del homosexual es abominación para Dios. Siempre que se va en contra de algo que Dios ha revelado en su Palabra, se cae en herejía.

A Francisco le gusta dar su opinión en todas las cosas. Por eso, sus palabras, sus homilías, sus escritos, están llenos de herejías. Es lo que la gente no ha caído en cuenta. Con gran facilidad se puede caer en la herejía dando una opinión. Con muchísima facilidad. El mundo es ejemplo de eso. Como Francisco es del mundo, por eso, lleva diez meses contando sus herejías en la Iglesia.

Pero como la Iglesia también se ha vuelto hereje, entonces todos tan contentos con Francisco. Francisco habla lo que la Iglesia quiere escuchar: la herejía. Un ciego guía a muchos ciegos. Y en el país de los ciegos, el tuerto es el que se lleva el premio. Por eso, a Francisco lo echan, porque no ve por dónde anda. No es capaz de analizar la terrible situación que vive ahora la Iglesia. El demonio le deja que suelte por esa boca sus torrentes de negrura, hasta que lo quite de en medio. Que se dedique a parlotear, que es lo que siempre ha hecho en su vida: un parlanchín de la vida, que cuenta cuentos a los niños para hacerlos dormir en su pecado.

Aprendan a discernir lo que es Francisco. Midan cada palabra que diga. No se fíen ni de su sonrisa, ni de su falso amor al prójimo, ni de sus ideales por hacer una iglesia llena de fe en la negación de la Palabra de Dios. Con Francisco no hay que fiarse. Tiene a todo el mundo desconcertado, porque es sólo un tonto que dirige una nave sin timón.

Francisco: su idealismo kantiano

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No nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino, que ‘fragmentan’ el tiempo, transformándolo en espacio. El tiempo es siempre superior al espacio. El espacio cristaliza los procesos; el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza” (Lumen Fidei, n 57).

Para comprender este pasaje hay que ir al cuerpo y al alma. El cuerpo ocupa un espacio, se mueve en una dimensión, vive en un tiempo. Y el alma está unida al cuerpo, unida al espacio que tiene el cuerpo, unida al tiempo que vive el cuerpo, unida a la historia del cuerpo. El alma no tiene ni tiempo ni espacio.

El problema está en descifrar el alma en el cuerpo. El alma, al estar unida al cuerpo, está en un espacio o fuera del espacio. ¿Es el cuerpo la prisión del alma? ¿El infierno, el purgatorio, el cielo, son lugares, espacios, estados?

Ni el tiempo ni el espacio existen, es decir, Dios no los crea, pero surgen de la realidad de la creación divina. Dios crea el Universo y surge un tiempo y un espacio, que el hombre puede medir de muchas formas con su razón humana. Tiempo y espacio son entes de razón, pero con fundamento en la realidad. Es decir, no son algo que el hombre inventa en su cabeza, sino algo que se da en la realidad, pero no creado por Dios. Se da al crear la obra de la Creación. Y, como se dan en la realidad, se pueden medir de muchas maneras, según la medida que el hombre ponga: día, año, mes, hora, minuto, semanas de año, etc.

Para Kant, el tiempo y el espacio no existen en la realidad, sino sólo en la mente. Y, por tanto, cada hombre se inventa su tiempo y su espacio. Las cosas son nada sin la persona que las conoce, pero son algo al conocerlas, al entenderla con la razón. Esta es la herejía de Kant, que anula la realidad. Nada existe si el hombre primero no lo conoce. El hombre se inventa la realidad. Esto se llama el idealismo kantiano. Todo es un ideal, una razón, una idea, pero nada existe en la realidad de las cosas. El hombre lo crea todo con su razón. Y, por tanto, el hombre crea a Dios con su mente humana.

Esta filosofía, que es un absurdo, la siguen muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia. Es la que manifiesta Francisco en este pasaje.

El hombre crea con su experiencia, con su inteligencia la vida que vive. Y, por tanto, todo está en lo que piensa el hombre, no en la realidad de las cosas.

Los problemas de los hombres no son reales, son fruto de los pensamientos de cada hombre. Si se piensa mal, entonces la vida es un problema. Todo consiste en pensar bien, en tener pensamientos positivos y, entonces, la vida fluye sin más. La fe, por tanto, es un conjunto de pensamientos bellos, positivos, dinámicos, esperanzadores, que no estén limitados por nada, ni por el tiempo ni por el espacio en que vive el hombre.

La fe se la inventa cada uno en su cabeza y se vive de acuerdo a esos pensamientos bellos de la vida. Por eso, todo consiste en predicar bello, en no predicar del pecado, sino en predicar que Dios nos ama, que Dios es Misericordioso, que Dios es bueno con todos. Eso construye la vida. Eso hace la vida más agradable para todos. Y, cada día, hay que pensar que Dios no ama para vivir en paz, en felicidad constante, para tener una esperanza en la vida.

Como el hombre construye la realidad, el hombre, en el universo, no es un fragmento de la realidad, sino que es toda la realidad. El hombre piensa y va construyendo el universo. El hombre es el centro del universo. Y, de ese centro, se origina, con el pensamiento del hombre, todo el universo.

El hombre es espíritu, es decir, está en el universo pero no enraizado en él. El hombre es superior a la materia, a la carne.

El tiempo es un producto de la mente: el pasado, el presente, el futuro. Se concibe con la mente el pasado, el presente y el futuro. El tiempo no se detiene en un espacio. El espacio es algo concreto en la vida. Por eso, el tiempo es superior al espacio. El tiempo indica la eternidad. Pero la eternidad es un recordar el pasado, celebrarlo en el presente y obrarlo con la esperanza de un futuro que no acaba.

Por tanto, “no nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino”. No nos dejemos robar la eternidad que surge de coger un recuerdo del pasado, vivirlo ahora en el presente, y que sea un camino siempre para el futuro. Y lo que impide vivir esa esperanza son los pensamientos negativos que llevan a sendas que dan soluciones que obstruyen el camino hacia el futuro, que rompe el tiempo, que rompen la eternidad.

La esperanza es sólo un producto de la mente del hombre, no es una virtud que el hombre tiene que practicar, que nace de la fe y que le lleva al amor divino.

La esperanza, en esta concepción, es un pensamiento positivo de la vida, que siempre tiene que ser obrado en el presente, cada día, para alcanzar un futuro agradable para el hombre. Por eso, cada día hay que pensar que Dios nos ama, que Dios es Misericordioso. Los pensamientos negativos obstruyen esta esperanza.

Y el hombre cae en lo negativo sólo por su pensamiento. El infierno es un estado subjetivo de infelicidad. Es un sentirse mal, sentirse débil, sentirse frágil, sentirse pecador. Es un sentimiento que el hombre crea con su mente y que vive en su vida. Y el cielo es un estado subjetivo de felicidad. Es un sentirse bien, sentirse realizado en la vida, pleno en la existencia.

Como ven, esta doctrina está a la orden del día en muchas almas, en muchos sacerdotes, en muchos Obispos, que predican esto, sin saber que están predicando una auténtica herejía, que nace de un idealismo que niega a Dios en todo.

Los pensamientos negativos fragmentan el tiempo, la eternidad. Ya no se puede vivir el pasado en el presente para un futuro. Y, entonces, el hombre se queda en el espacio, en su modo de vivir su vida en su cuerpo. Se queda en el mundo de muchas maneras, según su sentimiento negativo, según su infierno.

Cuando el hombre piensa de forma negativa, rompe la eternidad, el tiempo, y se acomoda a su espacio de vida, a su mundanidad, a su forma de entender el mundo. Por eso, Francisco hablaba, en su evangelii gaudium de muchas mundanidades: la espiritual, la simplemente moral, que son formas de estar en el espacio de la Iglesia, de la vida, del mundo. Formas que nacen del pensamiento negativo sobre la Iglesia, sobre la vida, sobre el mundo.

Y, por tanto, no existe el pecado real de cada uno, sino el fruto de ese pensar negativo y que produce en la Iglesia, en la vida y en el mundo, desbarajustes, fragmentaciones, en que es imposible vivir felices.

“La mundanidad espiritual, que se esconde detrás de apariencias de religiosidad e incluso de amor a la Iglesia, es buscar, en lugar de la gloria del Señor, la gloria humana y el bienestar personal” (Evangelium gaudium – n, 93). El pecado del fariseísmo no existe para Francisco, sólo existe la mundanidad espiritual. Y se da esta mundanidad espiritual porque hay personas que piensan de forma negativa en la Iglesia y que buscan su propia gloria. Esto, que es un pecado para el católico, para Francisco no es un pecado, es el fruto del pensamiento negativo de cada hombre.

Francisco ataca el pensamiento negativo de estos hombres, pero no ataca el pecado de estos hombres. No puede atacarlo porque no puede juzgar al hombre. Para Francisco juzgar a una persona es un pensamiento negativo que fragmenta la eternidad, el tiempo, y que le hace caer en un estado, en un espacio malo, que no le lleva a la felicidad de la vida. Hay que pensar bien de todos. Por eso, cae Francisco en el sincretismo religioso: todos son buenos y, por tanto, todos se salvan. La Iglesia es para todos los hombres del mundo.

“Esta oscura mundanidad se manifiesta en muchas actitudes aparentemente opuestas pero con la misma pretensión de «dominar el espacio de la Iglesia» (Evangelium gaudium – n, 95): estas personas, con estos pensamientos negtivos que fragmentan la eternidad, -el tiempo-, ocupan un espacio en la Iglesia, lo dominan, y hacen que la Iglesia no viva la esperanza, la felicidad:

“Así negamos nuestra historia de Iglesia, que es gloriosa por ser historia de sacrificios, de esperanza, de lucha cotidiana, de vida deshilachada en el servicio, de constancia en el trabajo que cansa (…) Cultivamos nuestra imaginación sin límites y perdemos contacto con la realidad sufrida de nuestro pueblo fiel” (Evangelium gaudium – n, 96): Francisco tiene un pensamiento positivo que no puede dejar: los pobres, que es la realidad sufrida del pueblo, porque vive según el tiempo fragmentado, vive encerrada en un espacio, en un infierno, porque muchos se dedican a otra cosa en la Iglesia y en el mundo. Hay que ayudar a los pobres, no hay que cultivar la liturgia. Ese cultivo de la liturgia es un pensamiento negativo que no lleva a lo que importa: dar de comer a los pobres. Porque la Iglesia es sólo para los pobres, es de los pobres, es pobre. Lo demás, no interesa, no es lo eterno, no da la felicidad.

“En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia” (Evangelium gaudium – n, 95). El problema de Francisco es que lo ve todo en la historia. La Iglesia en la historia, las necesidades históricas de los hombres. Porque todo lo mide con esta concepción idealista. Para triunfar en la vida, hay que crear un tiempo eterno, donde no se fragmente el recuerdo de la vida de Cristo. Cristo dio de comer. Eso es el pasado que hay que poner en el presente y mantener esa obra en la esperanza para alcanzar el paraíso en la tierra: que todos los pobres tengan dinero. Que ya no haya pobres en la tierra. Ese es el reino glorioso de Francisco en su negro pensamiento.

En este pensamiento no entra Dios, sólo el hombre. El hombre es el que crea a Dios con su pensamiento. Por eso, Francisco, no cree en el Dios Católico, cree en el dios que concibe con su mente humana.

“El tiempo es superior al espacio”, porque el tiempo es tres cosas: pasado, presente y futuro. El espacio es sólo el estar en un mundo, en ambiente, en sentimiento, en una forma de entender la vida, en un tiempo fragmentado, roto por un pensamiento negativo.

“El espacio cristaliza los procesos”: es decir, el que está en una forma de vivir, en un tiempo fragmentado, se cierra, se cristaliza y no puede ver las necesidades de los hombres. Cuando se fragmenta el tiempo con pensamientos negativos, entonces, los espacios se cierran, se cristalizan y no es posible que el hombre avance hacia la felicidad.

“el tiempo, en cambio, proyecta hacia el futuro e impulsa a caminar con esperanza”: hay que enderezar a los hombres hacia tiempos de vida y de humanismo, hacia cosas que son significativas para los hombres, que son útiles para su vida, que valen algo para cada hombre, para la comunidad de hombres, para el pueblo. Cosas buenas, como no ofender la dignidad ni del hombre ni de la mujer, como cuidar la creación, el planeta, como construir un mundo mejor en que todos tengan lo necesario para vivir. Entonces, si nos llenamos de pensamientos positivos, se da la magia: el tiempo es siempre superior al espacio.

Esta es la doctrina que enseña Francisco en su lumen fidei. Para él todo es un recuerdo, un ir al pasado de la vida de Cristo, para ponerlo en el presente y que eso haga un camino para el futuro.

La fe es una memoria fundante en la razón del hombre, en la idea positiva del hombre. Quien piensa bien la vida, entonces hace una iglesia perfecta. Quien piensa mal la vida, entonces se acomoda en la iglesia, domina un espacio en la iglesia e impide la perfección.

En esta encíclica Francisco anula todos los Sacramentos en la Iglesia y la misma Iglesia. Su forma de pensar es totalmente utópica, idealista, sin sentido, sin un ápice de verdad. Él se inventa todo en la Iglesia: el espíritu, la vida de Cristo, a Cristo, los Sacramentos, la vida espiritual, el pecado, etc.

Francisco es un hereje que no sabe nada de nada. No sabe dónde está parado. No sabe la maldición que le viene por parte de Dios por sentarse donde no debe estar sentado: en la Silla de Pedro.

Quien toca a Pedro en la Iglesia cae sobre él una terrible maldición. Porque Pedro es la Verdad en la Iglesia, el centro de la Verdad, el que une en la Verdad, el que obra la verdad, el que da la Verdad.

Y sin Pedro sólo hay condenación en la Iglesia, porque la mentira es el camino para el infierno. Y quien ocupe el Trono de Pedro se condena por haber tenido la osadía de llamarse Pedro sin ser elegido por Dios.

Francisco se ha inventado con su mente ser Pedro. Ése ha sido su pensamiento positivo toda la vida. Él ha querido el poder de la Iglesia, el trono de la Iglesia para manifestar su pecado a todo el mundo y para que todos vivan de su pecado.

Porque su pecado es su vida, su triunfo en la vida, su conquista en la vida. Él ha llegado a su pecado a costa de muchos en la Iglesia, machando la Verdad en la Iglesia, humillando a muchos en la Iglesia. Ha utilizado a personas humildes para conquistar su soberbia. Ha vaciado la Iglesia de sus tesoros divinos para comprar la traición a Cristo.

Francisco es un traidor a Cristo. Cristo nunca lo llamó al sacerdocio. Él impuso ser sacerdote en su llamado. Él eligió el camino para ser sacerdote del demonio en la Iglesia. Nunca fue de Cristo en su sacerdocio. Siempre fue del demonio. Y, ahora, siendo cabeza de una iglesia que no es la de Cristo, manifiesta su poder demoniaco en esa iglesia, su doctrina del demonio en esa iglesia.

Un Papa verdadero no enseña a Kant ni a Hegel en un documento de la Iglesia. Un Papa verdadero combate la doctrina de esos idealistas, de esos herejes, de esos fanfarrones de la sabiduría humana.

Un Papa verdadero da un camino espiritual a las almas y lleva a la Iglesia con sencillez, con humildad, con amor divino.

Un Papa verdadero se deja de fábulas que sólo producen más oscuridad en la mente de muchos hombres. Y, por eso, cuida la sana doctrina de Cristo y la explica con la sencillez de un niño, sin buscar el aplauso de nadie en la Iglesia, sin darse publicidad en nada, llamado a las cosas por su nombre, aunque a nadie le guste.

Un Papa verdadero nunca se pliega ante la mentira, nunca pone caras de santidad para conseguir su negocio en la Iglesia.

Francisco no puede ser Papa ni en pintura, ni soñando, porque su doctrina es lo más contrario al Evangelio. Estudiando los dos panfletos que ha dado a la Iglesia, la lumen fidei y la evangelii gaudium, a la luz de la Palabra de Dios, sólo se puede decir que no son del magisterio de un Papa en la Iglesia, sino que son del magisterio de un demonio en la Iglesia.

Francisco habla como un demonio y escribe como un demonio. ¿Qué va a enseñar en la Iglesia un demonio? ¿Qué santidad va a dar a la Iglesia un demonio? ¿Qué gobierno va a producir un demonio en la Iglesia?

Es muy triste lo que tenemos en ese hereje. Es desolador para toda la Iglesia. ¿Cómo la Iglesia puede estar alegre cuando un hereje se sienta en la Silla de Pedro? ¿Qué alegría buscan en un hereje? ¿Qué consuelo puede dar un hereje a la Iglesia? ¿Qué bendición recibe la Iglesia de un hereje?

Da pena cómo está toda la Iglesia: babeando ante el hereje Francisco.

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