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La significación de lo sagrado en la Misa

misainvalida

«… el nuevo Ordo Missae… se aleja de modo impresionante, tanto en conjunto como en detalle, de la teología católica de la Santa Misa tal como fue formulada por la 20ª sesión del Concilio de Trento que, al fijar definitivamente los «cánones» del rito, levantó una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar a la integridad del Misterio. Las razones pastorales atribuidas para justificar una ruptura tan grave, aunque pudieran tener valor ante las razones doctrinales, no parecen suficientes… Es evidente que el nuevo Ordo Missae renuncia de hecho a ser la expresión de la doctrina que definió el Concilio de Trento como de fe divina y católica, aunque la conciencia católica permanece vinculada para siempre a esta doctrina. Resulta de ello que la promulgación del nuevo Ordo Missae pone a cada católico ante la trágica necesidad de escoger entre cosas opuestas entre sí». (Breve Examen crítico del Novus Ordo Missae, Carta de presentación 1.; n. VI, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi 1969).

La gran abominación del Santo Sacrifico de la Misa quedó oficialmente decretada el día 3 de abril de 1969, un Jueves Santo.

En esa fecha se promulgó el nuevo Ordo Missae, que es una obra de apostasía, de alejamiento de la verdad de la misa como Sacrifico de Cristo, y que ha sido obrada por todo el clero católico, y apoyada por todos los fieles en la Iglesia.

Toda la Iglesia, en el nuevo Ordo, ha roto la ley de Dios, y sobre Ella ha caído la maldición, «por los pecados de sus profetas, por las iniquidades de sus sacerdotes, que demarraron en medio de Ella sangre de justos» (Lam 4, 13).

Lo que Trento fijó como una barrera infranqueable contra toda herejía que pudiera atentar la integridad de la misa, ese decreto lo echó por tierra, haciendo inútil la verdad que la Iglesia había vivido hasta ese momento, y produciendo el comienzo del tiempo de la apostasía de la fe, dentro de la Iglesia Católica, persiguiendo así a los justos que quieren hacer bien las cosas en la misa.

Cincuenta años contemplando misas inválidas. Y esto cuesta entenderlo a muchos católicos.

Lo que se decretó fue una ruptura tan grave que el católico tiene que elegir y tiene que exigir a la Jerarquía que celebre como antes de la publicación de ese decreto.

Ese decreto fue el inicio de lo que el Anticristo, en medio de la semana, llevará a su perfección: instalar la Abominación de la Desolación en el Templo, quitando el Sacrifico y la Oblación (cf. Dn 9, 27).

El sacerdote, para celebrar su misa, tiene que pronunciar con la debida intención las palabras de la consagración. De esta manera, el sacerdote representa y hace las veces de la Persona de Jesucristo, la cual es la que realiza el Sacrificio que se obra en el Altar.

Sin esta intención, Jesucristo no puede ofrecerse a Sí Mismo por ministerio del sacerdote; es decir, no se consagra, no se obra el Misterio del Altar, sino que sólo aparece un hombre que actúa como hombre, sin el poder divino, obrando sólo lo humano.

La intención es un acto deliberado de la voluntad, por el cual alguien quiere hacer u omitir algo.

La acción sacramental es un acto verdaderamente humano. Para obrar un Sacramento, se necesita que el ministro haga lo que hace la Iglesia, es decir, obre aquel rito que se hace en la Iglesia.

Este rito no es un simple rito externo, sino que es:

  1. sagrado,
  2. y es un sacramento que produce la gracia.

Es necesario que el ministro no sólo quiera realizar un rito externo, sino que se exige que se realice como sagrado, que se dé lo sagrado, que se obre lo sagrado, que se manifieste, en las palabras y en todas las acciones litúrgicas, lo sagrado.

La realidad externa del rito se puede separar de la realidad sagrada de éste. Son dos realidades diferentes.

Si el ministro sólo expresa las palabras materiales del rito, obra sólo lo externo del rito sin querer obrar lo sagrado, sin hacer referencia a lo sagrado, en un contexto más o menos litúrgico, con oraciones aprobadas pero que no tienen o han perdido la referencia a lo sagrado, entonces no puede obrar el Sacramento. Lo que hace sería inválido, ya que su intención es sólo material, se ciñe al rito externo: sólo dice las palabras o actúa según un papel que ha aprendido.

Para obrar el Sacramento, el ministro tiene que tener la voluntad auténtica de obrar lo sagrado, que además confiere también la gracia. Lo sagrado lleva a la gracia; lo profano es siempre un obstáculo para la gracia.

Un ministro que obra dentro de un contexto sagrado, con oraciones, palabras, acciones, que llevan a lo sagrado, es decir, que son plataforma para dar culto verdadero a Dios, se presume que tiene la intención formal de hacer lo que hace la Iglesia: está obrando el Sacramento y, por lo tanto, la misa es válida y produce la gracia.

Pero un ministro que obra dentro de un contexto profano, el cual ha perdido el carácter de lo sagrado –como es el nuevo Ordo- , realiza acciones o pronuncia palabras que no llevan a dar culto a Dios, entonces no se puede presumir la intención formal del sacerdote. El fiel tiene que discernir su intención.

El sacerdote puede tener la intención formal, interna, de hacer lo que hace la Iglesia, pero lo obra en un contexto profano, como es el nuevo Ordo Missae, entonces, la misa es válida, por la intención formal del ministro, aunque el contexto sea profano o no absolutamente sagrado. Por eso, no todas las misas del nuevo Ordo Missae son inválidas: algunas son salvadas por la intención formal del sacerdote.

Pero aquel sacerdote que sólo tiene la intención material, es decir, que sólo obra lo externo del rito, en un contexto profano, como es el nuevo ordo, es inválido lo que hace. No está celebrando una misa. Su intención material, la cual no es interna, lo impide.

Un sacerdote que se vista de payaso o con otras vestiduras no adecuadas a lo sagrado, o que introduce oraciones y obras profanas e incluso mundanas, como bailes dentro de la misa, ya sea al principio o al final, o actuaciones del público en medio de la misa, etc…, no puede tener voluntad de obrar lo sagrado del rito. Y, por lo tanto, esas misas son inválidas, aunque se digan correctamente las palabras de la consagración.

Hay que tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia obrando el rito sagrado. No basta buscar el rito externo de las palabras o de las acciones.

Incluso en un contexto absolutamente sagrado, tradicional, el ministro puede tener sólo una intención material, es decir, no quiere realizar el Sacramento, sino sólo llevar a cabo una simulación, una apariencia externa del Sacramento. Entonces, al no haber intención formal, el Sacramento no puede darse.

El contexto sagrado no basta para consagrar el Misterio, para hacer válida una misa.

Celebrar una Misa no es simplemente decir unas palabras u obrar una serie de acciones externas, sino hacer todo eso con la significación sagrada que quiso Jesucristo.

Coger un pan y un cáliz y pronunciar unas palabras, incluso en un contexto sagrado y tradicional, no significa que se esté celebrando una misa.

Hay que dar, en todo eso, la significación sagrada.

Es la intención formal del sacerdote lo que hace estar presente a Cristo en la Eucaristía.

Con la introducción de la nueva misa, se han ido celebrando en toda la Iglesia misas con sabor a protestante, violando la materia y las formas sagradas, poniendo otras que no son verdaderas. Todo lo sagrado ha quedado protestantizado.

La nueva misa no manifiesta la fe en la Presencia real de Jesucristo, sino que se ha convertido en un paganismo, un socialismo, un invento más de la masonería eclesiástica.

La Eucaristía no exige la santidad del sacerdote, ya que éste obra como Vicario de Cristo, es decir, con el mismo poder de Jesucristo mismo (= realiza una acción vicaria de Cristo), pero sí es necesario que el pecado del sacerdote no cambie esencialmente la materia o la forma del Sacramento, o anule su intención formal.

Un sacerdote que viva continuamente en el pecado de herejía o de apostasía de la fe se puede presumir que no tiene intención de realizar un signo sagrado en el Altar, porque no cree en lo sagrado. Si no cree, no tiene voluntad de obrar lo sagrado ni de conferir la gracia. Estos dos pecados, el de herejía y de apostasía, anulan el Sacramento del Altar, al anular la intención del ministro. Si no se quiere lo sagrado, si no se busca lo sagrado, si no se da esta voluntad en el sacerdote, ¿cómo Cristo puede bajar al Altar?

Muchos sacerdotes y Obispos viven no sólo en pecado mortal, lo cual no es impedimento para hacer válida una misa, pero sí viven en una gran apostasía de la fe, siguiendo muchos errores y alimentándose de muchas herejías. Éstos no pueden celebrar una misa válidamente, puesto que su pecado les impide ser instrumentos de Cristo. Tienen el poder de consagrar, pero no quieren obrarlo como Cristo quiere, buscando el significado de lo sagrado que Jesucristo quiso en su Misa, en el Calvario. No quieren obrar una acción sagrada, es decir, no quieren dar culto verdadero a Dios en eso que realizan.

Para dar culto a Dios en una misa, ésta debe considerarse como un sacrificio, no como un banquete pascual en el cual se come a Cristo. La significación sagrada del rito de la misa está en que es el memorial de la muerte y resurrección de Cristo. El sacerdote o el Obispo que, por su pecado, anule su intención de hacer la misa como Sacrificio de Cristo, y sólo la realice como banquete, no consagra válidamente.

Esto es muy común, hoy día, entre la Jerarquía católica. Creen en el misterio del Altar, pero su pecado les lleva a celebrar misas para el pueblo, para que los fieles se fortalezcan en la mesa del Señor, para una alabanza o una acción de gracias o un memorial que se debe realizar cada ocho días, o para que el pueblo se ofrezca a sí mismo a Dios, sus vidas, sus obras, en la misa. Éstas son misas inválidas porque el pecado del sacerdote cambia su intención formal, dejando de buscar el significado sagrado en la misa.

En la Misa se ofrece a Dios el Sacrificio de la Cruz, no un sacrificio de alabanza o de acción de gracias, o una mera memoria de lo que pasó en el Calvario, anulando así el carácter sacrificial y propiciatorio de la Misa. El sacerdote que no busque esto en su misa, por más que crea o pronuncie correctamente las palabras de la consagración, carece de la verdadera intención, que es dar a la misa el significado de lo sagrado, que es el significado del Sacrificio de la Cruz.

La Eucaristía no depende de la fe del sacerdote: un hereje, un pagano, puede obrar una misa válidamente. No influye per se, por si misma, formalmente, la falta de fe en un sacerdote para la validez de una misa. Pero si esa falta de fe vicia la misma intención o las palabras de la consagración, entonces se hace inválida la misa.

Un sacerdote hereje, que no cree en lo sagrado del Altar, que no cree en Dios, que le da culto de muchas maneras o idolatra a otros dioses, pervierte su intención formal: ya no persigue el significado sagrado del rito, o no cree que el Sacramento confiere la gracia como obra de Cristo, entonces su misa es inválida.

Un sacerdote hereje o apóstata de la fe que celebre una misa para paganos, homosexuales, para otros herejes, etc…, aunque pronuncie correctamente las palabras de la consagración, no celebra la misa porque va a dar la Eucaristía a los perros. Da una cosa sagrada y divina a personas que están en sus vidas de pecado. Su intención está viciada por su falta de fe. Cuando un sacerdote, en una santa misa, profana las cosas sagradas, no sólo está cometiendo un pecado mortal, sino que está viciando, pervirtiendo su intención al consagrar.

Muchos sacerdotes transvasan su herejía o su vida de pecado a la intención necesaria para consagrar, cambiándola, anulándola o pervirtiéndola. Sólo hacen una obra de teatro, pero no una misa.

Un sacerdote que predica una homilía llena de herejías, de errores, de mentiras, de engaños, anulando así la oratoria sagrada, olvidando que es sacerdote para enseñar lo sagrado, para guiar en lo sagrado y para hacer caminar a las almas hacia el culto verdadero a Dios, ¿cómo después va a poner a Cristo en el Altar? Su homilía herética, en la cual no se significa lo sagrado, ha pervertido su intención formal. Sólo hará misas inválidas.

En un contexto litúrgico en el cual:

  1. se ha retirado el sagrario del centro del templo y se ha colocado el asiento del sacerdote celebrante, haciendo que el hombre ocupe el puesto de Dios en el Templo, y que la misa se convierta en un encuentro humano, fraternal, siendo el sacerdote el animador o el director litúrgico;
  2. se ha orientado el altar hacia el pueblo, para que el sacerdote ya no mire a Dios, sino al pueblo, convirtiendo la misa en una mera reunión de oración;
  3. el altar hecho una mesa para una cena fraterna, anulando el significado de altar para un sacrificio expiatorio;
  4. se ha suprimido el antiguo ofertorio, en que se ofrecía a Cristo como víctima al Padre, por una preparación de los dones, en que sólo se ofrece pan y vino sin referencia a lo sagrado;
  5. se han suprimido muchas oraciones que aludían al sacrifico propiciatorio por los pecados y numerosas señales de la cruz, haciendo de la misa una reunión en memoria de una cena, pero no un Sacrificio en memoria de la Cruz;
  6. se presenta la consagración como una narración, un relato, un cuento, que es un impedimento para que el sacerdote se ponga a obrar el misterio, actúe la renovación, incruenta, pero real del divino sacrificio;
  7. se ha abolido el lenguaje sagrado del latín, en donde se manifestaba el misterio del Altar y las palabras que el sacerdote dirigía a Dios, para llenar la misa de palabras y pensamientos humanos, incapaces de profundizar en la verdad de lo sagrado;
  8. se ha suprimido la confesión de los pecados, el confiteor, y la absolución sacerdotal, cambiando el significado sagrado del sacerdote como juez y mediador ante Dios, como un hermano más entre la asamblea, que abraza a todos porque son hombres como él;
  9. las lecturas bíblicas las pueden efectuar los simples laicos, incluso mujeres, suprimiendo el orden clerical, al cual se reservaba las cosas del Altar, abriendo así la puerta de lo sagrado a todo el mundo para su profanación;
  10. se han quitado las oraciones que el sacerdote hace en voz baja, propias de su oficio, dejando sólo lo común entre el sacerdote y el pueblo, para acentuar más la comunidad de fieles;
  11. se ha suprimido toda clase de genuflexiones, porque entre hombres ya no hay que someterse a Dios, inclinar la cabeza, caer rostro en tierra en adoración a Dios. Se da culto al hombre, no a Dios;
  12. la administración de la comunión es hecha ordinariamente por los fieles, hombres y mujeres;

En este ambiente, propicio para las cosas humanas, naturales, profanas, mundanas, materiales, si el sacerdote no tiene una intención interna, formal, de buscar la significación de lo sagrado en el rito que hace, nunca va a celebrar válidamente una misa.

Muchos católicos son engañados por la Jerarquía que ha acomodado las leyes de Dios a su capricho, a las modas de los hombres, a sus culturas, a sus maneras de entender lo divino y lo sagrado.

La gran abominación pesa sobre toda la Iglesia y, en estos acontecimientos que se suceden en la Iglesia con un usurpador, hay que volver a lo antiguo en la misa, que es lo que salva y santifica a las almas.

La Iglesia es Cristo. Y Cristo, sufriendo en el Calvario. Cristo se entregó a los Apóstoles para que lo comieran y bebieran, e hicieran ellos lo mismo. Cristo ha dado poder a Su Jerarquía para que obren, en una Misa, lo mismo que Él obró en el Calvario.

Es necesario que la Jerarquía crea en este Misterio. Pero no se trata de tener una fe divina o una fe católica. Se trata de tener la misma voluntad que Cristo tiene. Para eso, el sacerdote tiene que desprenderse de su voluntad humana, para conformarse con la Voluntad de Cristo.

Este desprendimiento interesa a la intención del sacerdote, es decir, a su forma de obrar en una misa los Misterios Divinos.

Cuanto más apegado esté el sacerdote a su voluntad, su intención se vuelve sólo material, externa, buscando sólo el significado de lo profano, de lo humano, de lo que no sirve para salvar.

Cuando más libre es el sacerdote de su propia voluntad, cuanto más se abandona a la Voluntad de Dios en su ministerio, entonces puede obrar lo divino en una misa.

En la misa, todo está en la intención con que se consagra. Por eso, son muchas las misas que se invalidan por la intención del ministro, no por su fe o por la pronunciación correcta de las palabras de la consagración.

Ahora es más fácil discernir las verdaderas misas de las falsas, porque un usurpador está como jefe de la Iglesia. Y ese usurpador no busca lo sagrado en la Iglesia, no quiere que los sacerdotes celebren la misa tradicional, y condiciona a todos para desmantelar más lo que es una misa.

Busquen misas tradicionales. Es tiempo de ir dejando las misas del nuevo ordo en donde se vea que se ha perdido la intención, en el sacerdote, de buscar lo sagrado, de llevar a lo sagrado, de exponer lo sagrado.

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Bergoglio lleva a los jóvenes en carroza al infierno

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«… En hacer Tu Voluntad, Dios mío, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón1 está Tu Ley» (Sal 40 (39), 9).

Cuando se habla de corazón, se habla del hombre interior, de ese interior del hombre que está en su vértice. El hombre es: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5, 23). Lo superior de la naturaleza humana es el espíritu, que es lo sobrenatural, la semejanza que el hombre tiene con Dios.

Dios crea al hombre, a su imagen y a su semejanza (cf. Gn 1, 26), lo crea con un espíritu, semejante a Dios, que es Espíritu (Jn 4, 24); y lo crea en la gracia: en la imagen divina, en su vida divina, para que el hombre sea Dios por participación. Para quien contemple al hombre vea la imagen de Dios, su misma vida divina, en una criatura.

La palabra corazón designa toda la vida interior del hombre, su vida espiritual, no la vida racional. El corazón no es el hombre en su humanismo, sino que es el hombre en su espíritu.

Las personas suelen confundir el corazón con la mente. Son dos cosas distintas:

«Amarás a Yavhé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5; Mt 22, 37).

Corazón y alma se distinguen en el hombre: en el alma está la mente, lo que es racional. En el corazón, está el ser espiritual: lo que no es la idea racional, lo que viene de la fe, de la Mente de Dios. Lo que es oscuridad, tiniebla, a la mente del hombre.

Para Bergoglio, el corazón es la mente del hombre, la vida humana, racional : «nuestro corazón concentra al ser humano en su totalidad y unidad de cuerpo y alma» (ver texto)

El corazón no concentra al ser humano en su totalidad, sino sólo en su vida interior. Es la totalidad de la vida espiritual.

La totalidad del hombre es: corazón, mente y fuerzas de la naturaleza humana. Es la totalidad de la vida interior más la totalidad de la vida racional.

Y de ahí nace la enseñanza de Jesús: el amor total: corazón, alma y fuerzas.

Lo que importa, en la vida espiritual, es el amor total, que brota de Dios, del Corazón de Jesús, y que nace de lo íntimo del corazón del hombre.

Ese amor, que es lo único importante, que es lo que hace válida una vida, sólo se puede lograr mediante la íntima unión con Jesús. Para esa intimidad, el corazón del hombre –no su mente, no sus fuerzas-  debe colocarse en el Corazón de Dios, abierto a la gracia y al Espíritu Divino. Es una apertura sin reservas, sin condiciones, sin límites, con un abandono pleno a la Voluntad de Dios. Si el corazón está unido con Dios, entonces en la mente está la Verdad y, esa Verdad, se obra con las fuerzas del ser humano en toda su vida.

Si el corazón del hombre se inflama con el amor de Dios, entonces la voluntad del hombre, que está en su alma, va a tender, necesariamente, hacia el bien divino, va a obrar la Voluntad de Dios, no sus voluntades humanas, no sus bienes humanos.

Poner el corazón en el ser humano en su totalidad es no comprender, en absoluto, lo que es la vida espiritual, que es diferente a la vida racional.

«Para la cultura semita el corazón es el centro de los sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones de la persona humana»: este hombre –para definir el corazón- va a lo que dice la cultura semita, la sabiduría humana, pero no va a las fuentes de la Revelación, que es la Palabra de Dios, que es lo que Dios ha dado a conocer al hombre, la sabiduría divina. Y, entonces, Bergoglio sólo enseña doctrina de hombres, con un lenguaje sentimental, barato, bello y blasfemo. Pero no es capaz de enseñar la verdad a las almas. Bergoglio confunde corazón y mente, los une en una sola cosa. Y, de esa manera, es cómo nacen las falsas espiritualidades.

Lo característico del pensamiento de muchos católicos es poner la espiritualidad por encima de la religión. Por eso, se aboga por una fraternidad que no se llene de individualismo, sino de humanismo.

La religión2 es dar culto verdadero a Dios. Para eso es necesario la Ley de Dios, las normas que rigen ese culto divino.

El hombre, con su mente, se crea la espiritualidad. Y, por lo tanto, se pone por encima de lo religioso, de la ley de Dios. De esa manera, a muchos católicos no les van los dogmas, no les gustan los proselitismos, no entienden una fe que ciega el entendimiento, que somete la razón a la Mente Divina.

Para muchos católicos, el corazón es lo importante, pero lo entienden mal. Entienden un corazón que no se cierra ni renuncia a los errores, a las experiencias que se viven en otras religiones, que se ofrecen en las diversas filosofías. Es un corazón que quiere abarcarlo todo del hombre: lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, pero que es incapaz de obedecer a Dios, incapaz de someterse a los dones y a las gracias de Dios.

Son católicos que siempre van con la excusa de que el hombre, a lo largo de toda la historia, ha manipulado las cosas, que con el poder quiere someter a los demás a la visión que ellos tienen de la vida. Son católicos que no se someten a nada, pero que exigen que los demás se sometan a sus pensamientos humanos, que los demás les merezcan respeto a lo que ellos piensan. Y hablan de humildad y de sencillez, pero no es la humildad de corazón, ni es la sencillez de la vida espiritual. Es sólo su lenguaje humano, muy bonito, pero sin ninguna verdad en el corazón.

Si el corazón es para la vida interior, entonces lo que impide esa vida interior es siempre el pecado. De ahí que es necesario purificar el corazón: la penitencia interior.

Hoy se pone el pecado, no como un ser espiritual, sino como un ser filosófico y social.

El pecado es una obra en contra de la Voluntad de Dios. Es, por lo tanto, una ofensa a Dios.

Para el modernista, el pecado es una obra en contra del hombre, de la sociedad, del mundo, de la creación. En consecuencia, en el pecado se ofende al hombre o a la sociedad. La limpieza del corazón sólo atañe a la vida humana o social del hombre:

«…se trata sobre todo de algo que tiene que ver con el campo de nuestras relaciones. Cada uno tiene que aprender a descubrir lo que puede ”contaminar” su corazón».

Se trata de algo que está en lo social, entre las relaciones de los hombres. Limpiar el corazón no es un asunto de la vida interior del hombre, sino de la vida social.

Bergoglio no entiende lo que es el Espíritu ni, por tanto, la vida espiritual. Bergoglio sólo comprende al hombre y lo encierra en los límites de su mente humana. Y ahí construye su fábula: una colección de cuentos que va predicando, aquí y allá, y que sólo se alimentan de ellos los pervertidos como él en su mente. Y de estos pervertidos la Iglesia está llena.

«Si hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la creación, para que el aire, el agua, los alimentos no estén contaminados…»: es el deseo humano de que todo lo exterior al hombre sea perfecto. Pero, ¿cómo el hombre pretende conseguir la perfección en la creación si no posee la perfección en su vida interior? Si el corazón es impuro, las obras exteriores son impuras, contaminan toda la creación… Pero hay que estar atentos a no dejar caer un trozo de papel al suelo: ¡es una ofensa contra la fraternidad universal!

No hay que estar atentos y cuidar la creación: eso no sirve de nada. Eso lleva al fariseísmo de mucha gente, que se inventa una vida para luchar por lo que no tiene ninguna importancia: las aves, los animales, las plantas, las aguas, el cuerpo, etc… El mundo ecológico, el mundo carnal, el mundo material.

«Los ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura»  (1 Tim 4, 7 s).

No te canses cuidando la creación, cuidando tu cuerpo, cuidando el parque…No es eso la vida del corazón.

«… golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado» (1 Cor 9, 27).

Si sabes dominar tu cuerpo con la mortificación, entonces sabes cuidar la creación como Dios quiere. Pero si das a tu cuerpo el regalo que te pide, entonces, por más que luches para que la creación no se corrompa, se va a corromper porque todos buscan en ella el regalo para sus cuerpos.

Esta es la ley del pecado. Por eso, todos los que hablan, como Bergoglio, de ecología humana, están locos de remate. No tienen ninguna vida espiritual. No son hombres de vida interior. Son comunistas, socialistas, liberales, modernistas, panteístas, pelagianistas, etc…

«…mucho más tenemos que cuidar la pureza de lo más precioso que tenemos: nuestros corazones y nuestras relaciones.  Esta ”ecología humana” nos ayudará a respirar el aire puro que proviene de las cosas bellas del amor verdadero, de la santidad»: esto es sólo la palabrería barata de Bergoglio, de la cual muchos insensatos se alimentan.

¡Respirar el aire puro que viene de la santidad, del amor verdadero!: ¡Qué chiste tan malo! ¿Quién puede hacer caso a esta babosidad? Muchos.

La Cuaresma no es ecología humana, sino penitencia interior, vida interior en la cual el hombre combate sólo contra sí mismo, no contra el mundo ni contra el demonio.

Esta es la penitencia3 que la Iglesia Católica ha perdido: llorar por nuestros pecados. Y sólo por los nuestros. Sin mirar lo demás. Penitencia por nuestros pecados. Si se hace esto, entonces se hace penitencia por todo lo demás.

Hay que pasar las noches en insomnio, para violentar la propia naturaleza que quiere descanso. No hay descanso cuando hay tanto que expiar.

Hay que pasar por la oración callada, con el rostro en la tierra, mirando la fealdad de ella para verse reflejado, sin pedir nada a Dios, sin desear nada. Sólo ofreciendo a Dios nuestras miserias, que es lo único que podemos darle.

Hay que dormir en el suelo, hay que sentarse en sillas incómodas, hay que dar al cuerpo dolor, para que el alma se acostumbre a pensar que en esta tierra no hay felicidad ni puede haberla.

Hay que estar mirando, continuamente, nuestros pecados para golpearse el pecho por la ofensa que hice a Dios. Hay que lamentarse, sollozar por haber pecado tanto. Hay que dar voces de angustia hasta comprender que un solo pecado mortal es merecimiento del más profundo infierno.

Hoy día la Cuaresma es cualquier cosa menos penitencia interior.

«..lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios»: esto es lo que oyen ustedes a todos los sacerdotes y Obispos. Dios es amor, Dios te ama, qué bueno es Dios. Dios no castiga. Dios no juzga.

Nadie descubre a las almas lo que son ante los ojos de Dios. Tienen miedo, porque ya no viven una vida interior, el hombre nuevo de la gracia. Viven para lo exterior de su vida, para la superficialidad de un ambiente social, familiar, para el desorden de una cultura sin el culto verdadero a Dios.

«…ningún ser viviente puede justificarse en la Presencia del Señor; que hay que rogarle para que no entre en juicio con sus siervos» (San Agustín – De los méritos y perdón de los pecados – Libro II, cap. XIV –“Todos somos pecadores”).

¡Que Dios no entre en juicio con el alma! Esto es predicar la verdad. No esa falsedad de que Dios es amor.

Lo que da sentido a nuestra vida es sabernos pecadores. De esa manera, el alma pide a Dios que le muestre cómo quitar el pecado para que Dios no entre en juicio con ella.

Esta gran verdad es la que ya no se predica. Se predica un amor sentimental, propio de un nuevo pelagianismo, que es la babosería de Bergoglio:

«¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico?  El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño,  y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro.  Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo,  llena de amor, les acompañe durante toda su vida».

Jesús no dialogó con el joven rico, sino que le enseñó el camino de la perfección:

«Ya sabes los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, no harás daño a nadie, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 19). Enseñanza moral. Jesús le recuerda los mandamientos de Dios, la ley divina. Jesús no pierde el tiempo charlando con los hombres. Cuando habla es para enseñar la verdad.

No lo invitó a seguirle, sino que le manifestó la obligación de seguirle:

«Una sola cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»  (Mc 10, 21b). No fue invitando a una fiesta, sino exigiendo del alma la renuncia de todo para seguir a Cristo. Jesús no invita a nadie, sino que exige al alma. Y de esa exigencia, el joven rico se fue triste, porque la comprendió.

Jesús miró el alma de ese joven para ver su intención en el hablar:

«Jesús, poniendo en él los ojos, lo amó4» (Mc 10, 21a): Jesús puso los ojos en el alma del joven, porque lo que iba a decirle era el amor espiritual, el amor total, que exige todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas de la persona. Jesús lo amó con el amor de caridad, no con un cariñito. Es el ágape, que significa siempre el amor divino hacia el alma. Jesús no da cariñitos a nadie, ni besitos ni abrazos. Jesús, cuando ama pone en el alma un peso de amor, un dolor, un sufrimiento, una cruz. Es lo que sintió el joven rico: la exigencia del amor divino, la cruz del amor divino.

Pero Bergoglio está en su cháchara:

«Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado!»: todo sentimentalismo el de este hombre. No lleva a los jóvenes a la verdad del amor, a ese amor verdadero, como lo hizo Jesús con el joven rico. Bergoglio no exige a los jóvenes el desprendimiento de todo lo humano, sino todo lo contrario: el apego a todo lo humano.

Lo que emerge en todo hombre es un amor falso que hay que quitar del corazón a base de penitencias. Un amor que no es energía para amar y ser amado. Es una fuerza demoníaca que le cierra el corazón al verdadero amor. ¡Ningún hombre que nace en el pecado original nace con este dese profundo de un amor verdadero! ¡Esta es la fábula este hombre! ¡Qué bien la cuenta!

Todo hombre nace en su corazón con un odio profundo a Dios. Eso es el pecado original.

«Yo, en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente;  sí, en esto les pido que se rebelen contra esta cultura de lo provisional,  que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades,  cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente.  Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes, y pido por ustedes.  Atrévanse a ”ir contracorriente”. Y atrévanse también a ser felices»: este es el lenguaje de un político, pero no de un director espiritual, de una persona con cura de almas, no de un Obispo que tienen que velar por la vida de las almas en el mundo.

No se puede pedir al hombre que sea revolucionario: eso lo piden los políticos, los hombres del mundo, que apelan a la revolución para implantar su idea o su obra en el mundo.

No existe la cultura de lo provisional: existe el pecado en cada hombre. ¿Qué es la cultura de lo provisional? Lo que cada uno piense. Si los hombres banalizan el sexo, o el matrimonio, lo hacen por su pecado, no por la cultura, no por el ambiente que viven; no por el mundo que les rodea. Se pone el mal en la sociedad. Y entonces se habla como los revolucionarios: rebélense contra  esa idea cultural. El alma que no es capaz de asumir sus responsabilidades no es por una cultura, no es por ese pensamiento que flota en el ambiente. Es por el pecado de esa alma, que huye de la ley de Dios, que quiere hacer su vida como le parece, como le gusta.

Para Bergoglio, el pecado es un ser social, cultural, pero no una ofensa a Dios. Por tanto, no lleva al alma al arrepentimiento de su pecado, para que sea responsable en su vida. Lleva al alma a la revolución de la mente, de la idea social que impera en esa cultura. Y así se llega a imponer la cultura del encuentro: la idea de la fraternidad universal.

¡Qué pocos entienden el lenguaje herético de este hombre!

¡Qué pocos ven su descaro!:

«Ustedes, jóvenes, son expertos exploradores.  Si se deciden a descubrir el rico magisterio de la Iglesia en este campo,  verán que el cristianismo no consiste en una serie de prohibiciones que apagan sus ansias de felicidad,  sino en un proyecto de vida capaz de atraer nuestros corazones»: esto es hablar con malicia, con perversidad de mente.

Todo aquel que vaya al Magisterio auténtico de la Iglesia tiene que ver las prohibiciones, la regla de la fe, los principios de la moral, que tienen que apagar las ansias de toda felicidad humana, natural, carnal, material, sentimental, afectiva de los hombres. Y que ponen al alma en el camino de las bienaventuranzas: en el camino hacia el cielo, que es un camino de cruz.

Pero Bergoglio predica a los jóvenes: «atrévanse a ser felices». Esto no es la predicación del Evangelio. Esto no es la Palabra de Dios. Esto no es la verdad.

Bergoglio tiene, lo que se llama, la añoranza del Paraíso: «En los Salmos encontramos el grito de la humanidad que, desde lo hondo de su alma, clama a Dios: ”¿Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”».

¡El grito de la humanidad!

La humanidad ha perdido la felicidad original. La humanidad está en angustia: «La ”brújula” interior que los guiaba en la búsqueda de la felicidad pierde su punto de orientación y la tentación del poder, del tener y el deseo del placer a toda costa los lleva al abismo de la tristeza y de la angustia». Es lo que se vive: esa cultura del pesimismo, de la tristeza, de la angustia… Por eso, se necesita el evangelio de la alegría, de la felicidad. Hay que ser revolucionarios, hay que ir en contra de esa angustia. Hay que ser felices, no hay que temer miedo de ser felices:

«Pero no tengamos miedo ni nos desanimemos: en la Biblia y en la historia de cada uno de nosotros vemos que Dios siempre da el primer paso: Él es quien nos purifica para que seamos dignos de estar en su presencia».

Ya Dios te purifica. Tú vive feliz. No subas a la Cruz. No renuncies a tus sueños. No hagas nada por salvar tu alma del pecado. Da pan al que no lo tiene. Y eso basta para ver a Dios.

«Queridos jóvenes,  para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario reconocerse pobre con los pobres.  Un corazón puro es necesariamente también un corazón despojado,  que sabe abajarse y compartir la vida con los más necesitados».

Sólo habla del despojo cuando es necesario soltar el dinero. Esto es siempre toda la Jerarquía que predica su humanismo. ¡Hay que gente que pasa hambre: dame tu dinero, despójate de tu dinero. Es la lógica del Reino de Dios. Eso es tener un corazón puro.

¡Qué fácil es engañar a los católicos! ¡Continuamente lo hace este hombre!

Esto es llevar a las almas a la condenación.

Bergoglio les cuenta a los jóvenes la fábula de cómo se perdió «la espléndida bienaventuranza», que había en el Paraíso, y cómo Jesús vino y «nos descubre nuevos horizontes, impensables hasta entonces». Todo un cuento bellísimo, apto para dar al alma una gran oscuridad en su vida espiritual.

¿Quién es Cristo?

«Y así, en Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños de bondad y felicidad».

En Cristo, el hombre encuentra su sueño humano, su idea de la vida: sus obras buenas humanas y sus felicidades para lo humano.

Bergoglio ha anulado, completamente, la obra de la Redención.

La gente va buscando un Cristo a la medida de sus sueños, de sus ideales humanos, de su mente humana. Por eso, el falso ecumenismo: toda idea de Cristo vale, no importa que sea budista, protestante, judía, musulmana, etc.. Es el sueño del hombre lo que cuenta. No es la obra de Cristo en la Cruz.

Es muy hábil, Bergoglio, en elegir el lenguaje adecuado para engañar. Él es un maestro de la oratoria. Se sabe todos los trucos de cómo llegar a la mente y al afecto de los hombres. Y la gente cae en ese lenguaje porque ya no piensa la verdad. Vive su vida sin pensar, como un estúpido, como un idiota de la vida.

«No se va en carroza al Paraíso. Las almas no se compran con dinero; al Reino de los Cielos se sube a través del sendero de la oración y del sufrimiento» (Padre Pío de Pietrelcina).

Bergoglio: no se lleva a los jóvenes en carroza al Cielo. No se les dice: sean felices. Hay que subirlos a la Cruz. Hay que hacer que amen la cruz, que amen al Crucificado, que amen el dolor. Si esto no se hace en una predicación, entonces se lleva a los jóvenes en carroza al fuego del infierno.

¡Cuántos jóvenes se van a condenar por este escrito de este infame!

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1 Καρδιας: καρα: vértice, superior;  δια: entre, en medio. Lo que está en el medio del vértice, de la vida superior. Κοιλιας: Las entrañas del hombre. Estas dos palabras son sinónimas en los LXX y, por el influjo del texto hebraico, se emplean indiscriminadamente. En los LXX, se tiene la palabra entrañas (κοιλιας); y en el códice B del Vaticano gr. 1209, se tiene corazón (καρδιας). Ambas significan la parte interior del hombre.

2 «Ya se llama religión de la relectura frecuente, ya de la elección iterada de quién fue perdido negligentemente, ya se lo llame por la religación, la religión lleva propiamente consigo un orden a Dios. Porque a Él, es a quien debemos ligarnos principalmente como a un principio indeficiente, al cual se debe dirigir también con asiduidad nuestra elección como al último fin, a quién también perdimos pecando negligentemente, y que debemos recuperar creyendo y prestándole fe» ( 2,2,q.81 a.1). Por tanto, la religión es el conjunto de verdades, obligaciones y ritos por los cuales el hombre se liga a Dios, y reconoce su suprema excelencia y dominio. Comprende, en consecuencia, los actos del entendimiento y voluntad, y otros, por los cuales el hombre reconoce esta dependencia de Dios.

3 «Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal. Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor, mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena. Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del alma». (San Juan Clímaco – La santa Escala, n. 140, a.2).

4 «Lo amó» = ηγαπησεν. El verbo αγαπη se usa en contraposición al verbo φιλη. «Como el Padre me amó (= ηγαπησεν), también yo os amé (= ηγαπησαμεν); permaneced en Mi Amor (= αγαπη)» (Jn 15, 9). El Padre ama a Su Hijo en el Amor del Espíritu, amor divino = αγαπη. Y, en ese amor, Jesús ama el alma y el alma permanece en el amor de Jesús, que es un amor en el Espíritu, en la Verdad que da el Espíritu. «Si me amarais (= αγαπατε), guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). Sólo se puede amar a Jesús en el Amor del Espíritu, en al amor divino. En ese amor, el alma  es capaz de guardar los mandamientos de Dios. Fuera de ese amor, el alma va hacia el pecado. «Quien ama (= φιλω) su vida, la pierde» (Jn 12, 25): la vida humana, natural, material, carnal, sólo se puede amar de manera humana, con lazos materiales, carnales, sentimentales. Si se ama así, se pierde la vida del Espíritu. Quien aborrece su vida humana, entonces gana la vida del Espíritu. Jesús siempre ama en el αγαπη, pero nunca en el πιλω.

Ley, Gracia y Espíritu

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«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

O con Cristo o contra Cristo

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«Se levantará nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24, 7).

Dentro de las familias, habrá guerra entre hermanos, entre padres e hijos por defender el Nombre de Cristo.

Dentro de la Iglesia división de opiniones: los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella.

Dentro de la Iglesia un cisma de división abierto y claro, desde donde hace falta establecer posiciones abiertas y claras. No son posibles las medianías.

O con Cristo o contra Cristo.

El Papa Benedicto XVI tuvo miedo de producir el cisma: no se separó de toda esa Jerarquía que, en la actualidad, lo han abandonado, lo han dejado a un lado. Jerarquía preocupada por el gobierno de la Iglesia, pero no preocupada por ser de Cristo, por ser otro Cristo, por imitar a Cristo. Si la Jerarquía no mira a Cristo, los fieles de la Iglesia se apartan de Cristo, para mirar sólo a los hombres. Una Jerarquía que no está unida a Cristo produce un Rebaño que se dispersa en todas las cosas del hombre y del mundo.

Con el Papa Benedicto XVI todos discutiendo una nueva fórmula para gobernar la Iglesia. Y dejaron al Papa solo. Y el Papa tuvo que claudicar, renunciar, para que se impusiera esa nueva fórmula, la cual no es Voluntad de Dios. Esa nueva fórmula de gobierno es la horizontalidad impuesta desde el Vaticano.

Ese gobierno horizontal ha destruido el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, el Papado. Y, por lo tanto, la consecuencia es clara: la Iglesia de Cristo, la Iglesia en Pedro, como tal, ha dejado de existir. Sólo se ve en el Vaticano hombres corruptos: la política de siempre, el negocio de siempre.

Bergoglio es un hombre que maneja el poder a base de reformas, que llevan a las almas hacia el pecado, hacia el error, hacia el desorden más total, consiguiendo sólo una cosa: sembrar división, discordia. Todo el mundo discute si Bergoglio es bueno o malo. Todo el mundo ve que Bergoglio está haciendo lo que le da la gana, según su voluntad humana, sin atender a las normas de la Iglesia, sin tener en cuenta la ley de Dios, tergiversando –en todo- las enseñanzas de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Todo el mundo pierde el tiempo hablando sobre lo que hace ese hombre, pero nadie se atreve a echarlo. Eso es señal de que todos lo quieren ahí, todos lo ven como una solución al problema de la Iglesia.

En Roma, ya hay un cisma muy abierto. Y muchos católicos no se han dado cuenta. Después de dos años, hay católicos que siguen en babia con Beroglio.

En la Iglesia ya hay división contraria y abierta de opiniones, en la que cada uno debe tomar su posición. Y con todas las consecuencias.

Benedicto XVI dejó a la Iglesia en la oscuridad: no tomó la posición verdadera. No se puso al lado de Cristo. Se fue al otro lado: no se puede dejar a la Iglesia en las manos del lobo.

Pedro es la cabeza de la Iglesia. Pedro es la Voz de Cristo en la Iglesia. Pedro representa a Cristo en la Iglesia.

Pedro no representa a los hombres: no es la voz de la mayoría de los Obispos.

Benedicto XVI, con su renuncia, fue voz de los Obispos. No fue voz de Cristo. Él tuvo que decantarse con Cristo. Y no lo hizo.

Hay que dar testimonio de la verdad: Dios no quiere un gobierno horizontal. Y si los hombres quieren ponerlo, hay que ser como Juan Pablo II: no renuncio. Y si toca salir de Roma, se sale de Roma huyendo de los hombres para preservar el Papado, que es el fundamento de la Iglesia. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Por eso, ahora es obligación de cada alma, en la Iglesia, de decantarse: o con Cristo o en contra de Cristo. O estás con la doctrina de Cristo o estás con la doctrina que enseña la Jerarquía desde el Vaticano. Esa Jerarquía ya no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que están levantando su nueva estructura de iglesia: gobierno y doctrina horizontales.

El Rebaño de Cristo se divide entre buenos y malos: y eso es la señal de que viene el Fin de los Tiempos. Una Iglesia dividida; una iglesia que busca el cisma, un cisma necesario para seguir siendo la Iglesia de Cristo. Hay que apartarse de lo que no es Verdad, quedarse solo ante la mentira, para seguir siendo la Verdad. Hay que apartarse de esa jerarquía falsa que se muestra como verdadera, que llama al pecado como santo y bueno. Cristo no está representado en esa Jerarquía ni en esa iglesia.

En la renuncia del Papa Benedicto XVI, todos los Obispos buscaron una modernización de la Iglesia. No buscaron una continuidad, una permanencia en la verdad. Buscaron defender la Iglesia reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Es lo que se observa con Bergoglio. Y eso es sólo la ruina de toda la Iglesia. Eso no defiende los intereses de Cristo, que es la Iglesia,  de los ataques de los hombres y del mundo. Eso es acomodarse a los pensamientos y a las obras de los hombres en el mundo. Eso es abrir la Iglesia al espíritu del mundo.

Se tiene fe en Cristo porque se ama a Cristo. Si no hay amor, no hay fe.

Y amar a Cristo es unirse a Él. Y eso sólo significa una cosa: imitarlo.

El que ama a Cristo imita la vida de Cristo: es otro Cristo; hace las mismas obras de Cristo porque tiene la misma mente de Cristo.

Benedicto XVI, en su renuncia, no amó a Cristo: no lo imitó. Cristo dio Su vida por la Verdad, que es Él mismo. Cristo no dio Su vida por un hombre, por una idea humana, por una obra humana.

Cristo se separó de todos los hombres. Y se quedó solo ante todos los hombres. Y murió solo. No murió por los hombres. No murió para que los hombres tuvieran un paraíso en la tierra. No murió por una idea política. Murió para expiar los pecados de todos los hombres. Murió para hacer una obra divina. Murió para poner al hombre el camino para salvar y santificar su alma.

Y toda alma, en la Iglesia, tiene que imitar a Cristo para ser de Cristo, para amar a Cristo y poseer la fe en Cristo.

Benedicto XVI no murió para expiar los pecados de toda la Jerarquía: no imitó a Cristo en la Iglesia. Renunció. Tenía que haberse separado y quedarse solo en la Verdad de Cristo. Solo con Cristo, que es permanecer en la Iglesia de Cristo, que es seguir guiando a la Iglesia por el camino, que es Cristo, que es enseñar a la Iglesia cómo sufrir por amor a Cristo.

Si el Papa, en la Iglesia, no es testimonio de la vida de Cristo, entonces ¿quién lo va a ser? Todos, en la Iglesia, siguen al Papa porque es otro Cristo. Pero si el Papa deja a toda la Iglesia en manos del lobo, entonces ¿qué pasa con todas las almas?

Hubo un gran pecado en la renuncia del Papa Benedicto XVI: pecado en la cabeza, pecado en la Jerarquía, pecado en los fieles.

Benedicto XVI tenía que haberse separado para seguir la obra divina de la Iglesia: allí donde está Pedro, está la Iglesia. El Papado es un gobierno vertical, no horizontal. Es un gobierno en Pedro, en una cabeza.

Benedicto XVI tenía que dar a la Iglesia el camino de salvación y de santificación. Pero dejó a la Iglesia en el camino de condenación: Bergoglio condena a las almas. Su doctrina es doctrina de demonios.

En el Vaticano, ya se ha comenzado la reforma eclesial, que Dios no la quiere. Y el Rebaño de Cristo tiene que repartirse entre un lado y otro.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo.

Ya no vale: o estás con el Papa Benedicto XVI o estás con Bergoglio o con el que le suceda. Eso ya no vale. El Papado se ha roto, se ha aniquilado.

Para estar con Benedicto XVI, él tiene que demostrar que sigue siendo el Papa: tiene que dar testimonio de Cristo ante toda la Iglesia: tiene que imitar a Cristo. Y eso no lo hace. No se puede estar con él, aunque siga siendo el Papa hasta la muerte.

Y estar con Bergoglio es elegir el camino claro de la condenación.

Aquel que elija estar con Bergoglio, elige estar en contra de Cristo. Esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender: tienen a ese hombre como Papa. Es su perdición.

Ya no hay que ser fieles a un Papa en la Iglesia: han quitado el Papado. Han puesto un gobierno de muchas cabezas. ¿A qué cabezas quieres obedecer? ¿Cuál es tu cabeza favorita? ¿Kasper? ¿Marx? ¿Pell? La Iglesia es una cabeza: Pedro. Los demás, son cabezas en Pedro, porque se someten a Pedro, le obedecen. ¿Quiénes del gobierno horizontal obedecen a Bergoglio? Ninguno. Todos rodean a Bergoglio por el gran negocio que hay. No por otra cosa. No por una verdad: todos ellos viven en el relativismo universal de la verdad. No creen en ninguna verdad, ni siquiera la de sus mentes humanas. Sólo creen en el dinero, o en la fama, o en el poder que da ser papa en la nueva iglesia.

Ahora es el momento de ser fieles a la Verdad, que es sólo Cristo. Ya la Jerarquía, en toda la Iglesia, no da la verdad. Sólo da una mentira. Y sólo están para eso: para mentir a todo el mundo, poniendo en sus bocas los intereses de Dios, los intereses de Cristo.

Para salvar a las almas del pecado, para arrancar a las almas del demonio, se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios. Están todos, en la Iglesia, buscando cómo llenar estómagos, cómo resolver injusticias sociales, como hacer valer los derechos de los hombres. Pero nadie busca a Cristo, su doctrina. Nadie da testimonio del Nombre de Cristo ante los hombres. Nadie conoce a Cristo porque no lo aman, no saben lo que es el amor a Cristo. No lo buscan en la Eucaristía. Buscan a Cristo en los hombres, en sus pobres, en sus conceptos tan míseros que tienen del hombre.

Cruz, Redención, Gloria: esta es la obra de Cristo. Esto es lo que nadie busca.

Nadie quiere crucificar su voluntad humana; nadie quiere expiar los pecados; nadie quiere ser santo.

Para crucificar los deseos del hombre, se necesita que la mente del hombre acepte la verdad revelada: cumplir con los mandamientos de Dios. Cumplir con el dogma.

Si no hay una norma de moralidad, si se ataca a la ley natural, a la ley divina, a la ley de la gracia y a la ley del Espíritu, entonces nadie expía los pecados. Porque el pecado es una obra sin ley, en contra de toda ley. Allí donde no hay ley, reina el pecado.

Y si las almas viven en el pecado, entonces no hay salvación, no hay santidad, no hay justificación. Hay sólo condenación.

En el Vaticano, sólo se observa otra iglesia, pero no la de Cristo. Es la iglesia de la Justicia de Dios.

«La venganza de Dios se aproxima, el tiempo urge, penitencia, oh pecadores… La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad… ¿A qué santos rezaremos nosotros?… La venganza celeste alcanzará todas las clases…. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará…. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones….Sangre, se beberá Sangre, sangre, se beberá… La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto, sermón del 3 de diciembre de 1751).

Esa iglesia, que están levantando desde el gobierno horizontal, es sólo iniquidad. Y no es más que iniquidad.

Si sigues a esa iglesia, ¿a qué santo de tu devoción vas a rezar? ¿A Monseñor Romero? ¿A ese hombre comunista?

¿Es esto predicar a Cristo?

«En la medida que un hombre es feliz, se está manifestando allí, la gloria de Cristo. En la manera que un pueblo encuentra los caminos de la paz y la justicia, la fraternidad y el amor, Cristo está glorificándose, Cristo está en la historia y la historia lo refleja, como alegría de los pueblos, como confianza de los hombres» (Monseñor Oscar Romero, 20 de enero de 1980).

La gloria de Cristo, ¿está en Su Cruz o en darle al hombre una vida feliz?

«No pongamos nuestra felicidad en gozar de una salud floreciente; de lo contrario, estaríamos igual que los tontos mundanos privados de los secretos celestiales» (San Pío de Pietrelcina).

Hay que padecer con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8, 17). Hay que predicar a Cristo Crucificado: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

En la medida que un hombre sufre, se está manifestando allí la gloria de Cristo, el poder de Dios. ¡Esto es predicar el Evangelio!

Para Monseñor Romero, esto es necedad: el hombre tiene que ser feliz para que se manifieste el poder de Dios.

¿Qué opinan los católicos? ¿Cristo predicó para que el hombre fuera feliz? ¿Cristo predicó para que el pueblo encontrara los caminos de paz, justicia, fraternidad y amor? ¿En dónde se glorifica Cristo? ¿No es en Su Padre, en la Voluntad de Su Padre? ¿Cristo predicó la alegría de los pueblos o la persecución por causa de su Nombre?

Las predicaciones de este hombre están plagadas de teología de la liberación. ¿Ahora un comunista va a ser santo? Eso es una iniquidad. Por algo, Juan Pablo II y Benedicto XVI pararon el proceso. Ahora un comunista, como Bergoglio, lo ha abierto. Y todos los católicos contentos. Esto es señal de que esos católicos no buscan en sus vidas la santidad: les da igual un santo que un marxista.

Cristo está en la historia y la historia lo refleja: todos los hombres son santos y justos. ¿Qué santidad, qué martirio por la verdad, por Cristo, hay en Romero? Ninguna.

«Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social. Hacemos un llamamiento, entonces, para que nuestra Cuaresma la celebremos así: dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también, para que sin odio para nadie nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más» (Monseñor Oscar Romero, 2 de marzo de 1980).

Cristo dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación social, de injusticia, el signo de la cruz salvadora: esto es puro marxismo. Esto no es predicar el Evangelio. Esto no es dar testimonio de la verdad, de la doctrina de Cristo. Esto es engañar a la gente. La Cuaresma es para buscar la justicia social y para repartir consuelos humanos. ¡Un santo verdadero nunca enseña estas cosas! Enseña a quitar el pecado y a hacer expiación del pecado, para una sola cosa: salvar el alma.

Este hombre, en sus prédicas hacía política. Coge un texto de la Sagrada Escritura y da su versión política, no da la enseñanza espiritual:

«… los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración. No le tienen miedo al sufrimiento, se abrazan a la cruz no con conformismo sino como María, que desde su pobreza y desde su sufrimiento supo decir también: “Ha despachado vacíos a los ricos y ha colmado de bienes a los humildes, y ha despedido del trono a los poderosos cuando se convierten en idólatras de su propio poder…”».

María, desde su pobreza, va en contra de los ricos, de los que tienen riquezas. María, desde su sufrimiento, va en contra de los poderosos, que con sus leyes oprimen al pueblo, que se hacen ídolos de su propio poder. Esto es lucha de clases, pero no el Evangelio de Cristo.

Este hombre era un político, no un sacerdote. Y lo mataron por eso, no por otra cosa. No murió dando testimonio de la Verdad, que es Cristo. No murió defendiendo a Cristo, a la verdad. Murió defendiendo a sus pobres, a su visión de lo que debía ser Cristo y la Iglesia. Él se metió con los militares y con los políticos, y acabó mal.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo. Pero no puede estar en medio: hoy con Bergoglio, porque ha dicho una cosa muy bonita; mañana lo critico porque, como siempre, ha desbarrado en su palabra.

En el Vaticano ya no está la Iglesia en Pedro, sino que está una iglesia que hay que levantarla para el anticristo. Y tienen que salir de todo eso. Y es lo que más les cuesta a los católicos, porque se dejan engañar de la falsa jerarquía, que ya ha tomado posesión en todas las parroquias, y se va al asalto final: cargarse el dogma.

«La Iglesia -como tal- ya ha caído; sólo le falta el último empujón de la bestia para ya dejarla caída, pisoteada del todo en el fango. Si todas estas reformas -y las que están por llegar- se ejecutan, será el fin de la Iglesia de Pedro. Sólo unos pocos consagrados escaparán a esta mentira, que se ciñe sobre la figura de Jesús y su Iglesia. Muy pocos los que desobedecerán al que se hace llamar Papa, por miedo, por ignorancia… quedarán muy pocos ya que a muchos serán perseguidos y dados muerte para que no prediquen la verdad» (Juan Pablo II – Mensajes personales, octubre 2014)

El hedonismo social en la cuaresma de Bergoglio

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«Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos». (ver texto).

La Cuaresma es para una cosa: pensar en salir ya de las estructuras viejas de una Iglesia, que sólo está en su gran decadencia espiritual.

Lo espiritual se hace a un lado para que entre todo el modernismo ateo y pagano que los hombres viven en el mundo. En el Vaticano, brilla el humanismo por encima de Dios.

Gran pecado hace el que alaba, ensalza, justifica y defiende a Bergoglio, que se ha puesto en el lugar de Dios, para enseñar la mentira a las almas.

Gran pecado en el que está toda la Iglesia.

Salir del pecado: eso es la Cuaresma. Salir de lo humano, porque

«El hombre saborea el pecado, y Dios está triste hasta la muerte a causa del mismo. Las angustias de una cruel agonía le hacen sudar sangre» (San Pío de Pietrelcina).

El hombre siempre está mirando al suelo, a la tierra; deja de contemplar el dolor de Dios y se olvida de que:

«Todos somos obreros, artífices de la Redención. La Misa debe ser para cada uno la ocasión de transustancializar nuestros dolores que, incorporados a Cristo, adquieren valor de eternidad» (San Pío de Pietrelcina).

Convertir el sufrimiento en amor, mediante la Pasión de Cristo, y así la vida tiene el sentido de lo divino, de lo eterno.

Para eso es la Cuaresma: para contemplar nuestros pecados en Cristo Crucificado.

Pero Bergoglio enseña otra cosa. Y es normal que enseñe su falsa doctrina de la misericordia, porque no sabe vivir sólo para Cristo, sino constantemente de cara a los hombres.

No sabe vivir la vida del alma:

«Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios» (San Gregorio Nacianceno).

El alma vive para ver a Dios, no a los hombres. Bergoglio enseña la herejía de su humanismo.

Si quieren saborear el pecado de Bergoglio, lean su mensaje político de Cuaresma: nada de Cristo, nada del pecado, nada de la penitencia. Sólo lo de siempre: su idea masónica, su idea protestante, y su idea comunista.

No pierdan el tiempo con este inútil ser, que lo llaman Papa esos católicos tibios y pervertidos, que están por todas partes. No pierdan el tiempo con su magisterio, que no es papal ni, por lo tanto, se puede calificar de doctrina católica.

Es sólo la doctrina de un hombre borracho de poder y de gloria humana. Un hombre que usurpó el Trono de Pedro para ser aclamado por las multitudes; pero que no sabe hacer ningún milagro, no puede hablar una sola palabra de verdad, y no puede poner a Cristo, ni en el Altar, ni en los corazones, porque sólo vive para su orgullo de la vida.

  • «Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien».

Esto se llama la doctrina del hedonismo social: esta doctrina señala que el fin último de la vida del hombre es el procurar el mayor deleite posible para el mayor número de hombres. Es necesario alcanzar un bien común que esté en armonía con el bien privado o las inclinaciones egoístas de cada hombre.

Yo estoy bien a gusto en mi vida, pero no estás en armonía con los demás porque no les procuras la felicidad que también ellos merecen en la sociedad. Y, entonces, caes en la indiferencia social. Hay una desarmonía entre tu egoísmo y la falta de felicidad en el prójimo.

«Me olvido de quienes no están bien»: se busca el bien humano, el bien temporal, el bien social, el bien económico, etc… Pero no se busca el bien del alma: su salvación, su santificación.

Y como hay tal desarmonía, entonces la indiferencia es global.

«podemos hablar de una globalización de la indiferencia».

El pecado de indiferencia no existe. Se llama así porque es una actitud de la persona ante un hecho concreto. La persona se despreocupa de algo porque está en su mundo, en su vida, que es estar en su pecado personal que le impide obrar la caridad.

Hoy la gente clama por este pecado, pero no sabe de lo que habla. Se pone la imagen del pobre Lázaro y del rico Epulón para decir que el pecado de todo el mundo es la indiferencia: hay un abismo, una diferencia entre banquetear espléndidamente y estar muerto de hambre. Como el mundo actual no suprime esta diferencia, entonces se inventan el pecado de indiferencia social.

Ningún acto moral es indiferente: el hombre o hace un acto bueno o uno malo. Toda palabra es buena o es mala; pero nunca indiferente. Toda obra es buena o es mala; pero nunca indiferente. No existe la indiferencia como pecado capital.

La soberbia, el orgullo, la avaricia, la omisión, etc.., llevan a un estado de indiferencia hacia el prójimo, pero no a un pecado de indiferencia.

Bergoglio nunca habla al alma: es decir, nunca se pone en la vida moral de la persona. Bergoglio sólo habla a la mente del hombre, para convencerla de una mentira. Habla para la vida social de la persona, pero no para la vida espiritual del alma.

Todo hombre vive una norma de moralidad en su naturaleza humana: tiene la ley natural inscrita en su ser de hombre. Tiene una norma moral natural que le obliga a hacer el bien de su naturaleza y, por tanto, a apartarse del mal en su naturaleza.

Por ley natural, el hombre nunca es indiferente. Siempre va a obrar algo que le saca de un estado de indiferencia.

Bergoglio no habla de la conciencia moral de la persona, sino de la conciencia social: «Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar…».

El egoísmo es de cada uno: nunca es global. No existe un egoísmo que tenga una dimensión global. No existe el pecado de dimensiones globales. No existe el pecado social.

Existe la maldición de la tierra, pero por el pecado de un solo hombre.

Cada uno lleva en sí mismo su pecado: «sus moradores llevan sobre sí las penas de sus crímenes» (Is 24, 6b).  Las penas, los efectos de sus pecados. Eso es la carga social, política, económica. Eso es el fruto del pecado personal del hombre. Se peca y la consecuencia del pecado se manifiesta en toda la vida humana, social, económica, política del hombre.

Y esto hace que la tierra sea profanada por sus moradores: «La tierra está profanada por sus moradores, que traspasaron la Ley, falsearon el derecho, rompieron la alianza eterna» (v. 5). El mal de muchos, que se ve por todas partes, es el mal de cada uno. Y cada uno, traspasando la ley de Dios, profana toda la tierra. Eso global no es un pecado: es el efecto del pecado de cada uno. Muchos pecando.

Si los hombres, si muchos hombres viven en su egoísmo, en su pecado, no es por un pecado global de indiferencia: eso sólo existe en la mente de los modernistas. Existen los males universales como efecto de los pecados personales, los de cada uno. Pero no se pueden resolver el mal universal sin quitar primero el pecado personal.

A Bergoglio sólo le interesa fijarse en el mal global, universal, pero no pone al hombre mirando a su pecado personal. Y, por lo tanto, no puede hablar para hacer penitencia por el pecado propio. No puede dar a Cristo en la Cruz. Tiene que bajarlo para centrarse sólo en su idea social de lo que debe ser la iglesia: alimentar pobres, dar salud a los enfermos, cuidar a los ancianos, etc…

Hay tanto egoísmo en el mundo porque cada hombre es egoísta, peca, hace una obra mala. No porque la humanidad sea indiferente.

«ningún acto individual es indiferente» (Sto. Tomás – 1-2 q.18 a.9). Luego, todo acto del hombre señala una diferencia, un grado de bien o de mal, una obra moral buena o mala.

Ningún hombre es indiferente: todo hombre, con su libertad, se determina a algo Y si ese algo es una cosa mala, entonces la tierra se vuelve maldita por el pecado de cada hombre, no porque exista el pecado global de indiferencia.

Bergoglio no cree en el pecado y, por tanto, tiene que dar su miseria terrenal, su concepto de indiferencia.

Ante el egoísmo de muchos, entonces cada hombre decide qué hacer en su vida, porque ningún hombre está obligado a quitar el pecado de muchos: nadie puede hacer eso. Nadie puede quitar el hambre que hay en el mundo por el egoísmo de muchos.

Pero tampoco nadie está obligado reparar en algo ese egoísmo global, porque sólo se repara el pecado de un hombre, pero no el pecado global. El pecado global no existe, luego no hay reparación.

La Cuaresma es para quitar el pecado personal: la obra moral mala. Y eso exige la oportuna penitencia. Si Dios quiere que se haga una limosna para dar de comer a un pobre, se hace; pero si Dios no lo quiere, entonces no hay que hacer una obra buena en lo humano para quitar el hambre global del mundo. Esto sería caer en el humanismo, en el hedonismo social, perdiendo el fin último que tiene todo hombre en su vida: ver cara a cara a Dios.

La vida espiritual es oración y penitencia, no es dar de comer a los pobres, no es hacer un negocio de la cuaresma, no es resolver los problemas sociales de la gente.

  • «La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan».

La indiferencia… es una tentación… ¡Gran mentira!

Así predica un falso profeta: dando generalidades, hablando para la masa, en un lenguaje universal, sin conceptos claros, precisos.

Si hay indiferencia hacia Dios y hacia el prójimo, es que el hombre ya no es libre, sino que está determinado hacia un mal. La indiferencia no es una tentación, sino que es libertad.

Todo hombre libre es indiferente: es decir, no está determinado a nada. Cuando pone su libertad en algo, entonces ya no es indiferente: ya ha hecho algo bueno o malo. Ya es un hombre bueno o malo.

Bergoglio juega con la palabra indiferencia: no señala ningún pecado concreto, sino que los engloba todos. Y, por tanto, él mismo habla contradictoriamente: es decir, habla con confusión, con oscuridad, con mentiras, con engaños.

Hablar de indiferencia es hablar de libertad. Pero, como Bergoglio está en su idea social de indiferencia, como un conjunto de males sociales, universales, por eso, habla mal en su pésimo discurso.

Nunca la indiferencia es una tentación, sino que es un estado propio del hombre en su libertad. Todo hombre que no elige nada está en estado indiferente, es decir, no determinado hacia algo. Es libre de hacer una cosa u otra. Y eso no es tentación, eso es estar en lo propio de la naturaleza humana: su libertad, que no está determinada a nada ni a nadie. Es indiferente.

Lo que es tentación son los pecados concretos: lujuria, avaricia, fama, etc…

Ante la maldad que se ve en todo el mundo, el hombre que permanece en su indiferencia no peca, porque ningún hombre está obligado a hacer una obra global para quitar esa maldad global. Y nadie está obligado a hacer obras pequeñas que se vayan acercando a una obra global para quitar esa maldad que hay en todas partes. Y la razón: no existe el pecado global. Sólo existen los pecados concretos, específicos. Existen los efectos de los pecados personales. Y esos efectos pueden ser universales. Pero la vida del hombre no consiste en reparar defectos o males universales, sino en quitar el pecado personal.

Todo hombre está obligado a reparar su propio pecado. Y si tiene una familia: los pecados de su familia. Y si trabaja en algo, los pecados de aquellos con los cuales trabaja. El sacerdote hace penitencia por los pecados de las almas que tiene a su cargo. Pero nadie está obligado a una penitencia global, porque no existe la gracia global, universal. La gracia es para cada alma, no es para el conjunto de los hombres.

Para el modernista, la indiferencia se define como no estar atento a la diferencia del otro.

Eres indiferente con el pobre, con el que pasa hambre, porque no pones atención a su diferencia: él pasa hambre. Tú no pasas hambre. No estés en tu egoísmo: mira la diferencia del otro que tú no tienes. Si no la miras, si no la sientes, entonces eres indiferente con el que se muere de hambre. No vives buscando una armonía entre tu vida y la de tu prójimo. Es la búsqueda de la armonía social, propio del comunismo.

Bergoglio nunca habla del pecado específico, sino que lo engloba todo en su concepto de indiferencia. Por eso, hace un discurso sin lógica, sin sentido.

  • «Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre».

Esto no tiene ni pies ni cabeza.

Dios no es indiferente al mundo: ¿qué tiene que ver Dios y el mundo? Nada. El mundo es del demonio. Dios ama tanto Su Creación que, por eso, envía a Su Hijo, para poner un camino de salvación, no sólo al hombre, sino a toda Su Creación.

Toda la creación ha quedado en la maldición del pecado. Hay que sacarla de esa maldición. Pero sólo Dios conoce ese camino.

Dios, viendo el pecado del hombre, viendo los males que hay en el mundo por los pecados de los hombres, entonces envía a Su Hijo. Y lo hace por Amor Divino al hombre, no por amor humano. Dios ama lo que ha creado: ese amar indica que Dios siempre obra el bien en toda Su Creación.

Dios no mira la diferencia del mundo para no ser indiferente.

Dios no atiende las necesidades del mundo para no caer en la indiferencia.

Dios crea el mundo y a los hombres. Dios gobierna lo que crea. Y, por tanto, Dios da a cada uno según Su Justicia. No metas la palabra indiferencia para tu juego masónico: para reinterpretar el Evangelio:

«Porque tanto amó Dios al mundo, que le dio Su Unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna» (Jn 3, 16).

Como Dios ama, entonces el hombre tiene un camino de salvación, una vida eterna. Primero es el amor.

Bergoglio dice: como Dios no es indiferente, entonces ama al mundo. Primero es no ser indiferente; después es amar. La idea masónica del amor fraterno.

Así es como se discierne a un falso profeta, como Bergoglio. Y son pocos los que lo hacen. Se han puesto en el juego de su lenguaje humano.

  • «El mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él».

El mundo está cerrado a Dios, porque le pertenece al demonio. El Verbo se hace Carne, pero no entra en el mundo ni el mundo entra en Dios. El Verbo no se encarna en el mundo, sino en la carne de un hombre.

Estas cosas son las que definen a Bergoglio: una unión entre Dios y el mundo. Una unión imposible, en la cual, construye todo su sentimental discurso. Un discurso para la galería, pero lleno de errores por todas partes.

El mundo está en Dios: es su panenteísmo.

Dios entra en el mundo: es su panteísmo.

La puerta por la cual Dios entra en el mundo: una Virgen sin pecado. Una Virgen sin humanidad, sin el peso de lo humano. Una Virgen libre de la soberbia del hombre, que vive en la libertad del Espíritu.

Dios entra en un mundo glorioso, que es Su Madre. Pero Dios no entra en el mundo de pecado en el que vive todo hombre. Dios está en ese mundo, pero no pertenece a ese mundo.

  • «La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él».

¡Que Cristo nos sirva! Y, mientras tanto, el hombre sin luchar contra su maldito pecado.

¡Que Dios sirva la vida de los hombres! ¡Que Dios se preocupe por la vida de los hombres!

¿No ven la locura de este hombre? ¿Todavía no la captan?

La Cuaresma es el tiempo para luchar y quitar los pecados que traspasan el Corazón de Cristo. Para eso es la Cuaresma. No para dejarnos servir por Cristo.

Sirve a Cristo quitando tus malditos pecados, y el Señor te mostrará el camino de la verdad en tu vida.

Para ser como Cristo: crucifícate con Él en Su Cruz. ¡Crucifica tu voluntad humana!

Esto es lo que hay que predicar. No esta bazofia de discurso para tontos.

  • «En ella (en la Eucaristía) nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo».

¡Por favor, más seriedad con Cristo en la Eucaristía!

La Eucaristía es Cristo. Quien come a Cristo se une a Él, es una sola cosa con Él. No es el Cuerpo de Cristo. No se recibe a Cristo para transformarse en el Cuerpo de Cristo. Se recibe a Cristo para ser otro Cristo, por participación de su divinidad y de su humanidad.

«¿No es cada Misa una invitación de Cristo a sus miembros para hacerse con su parte en la Pasión Redentora?» (San Pío de Pietrelcina).

Para ser otro Cristo, primero hay que transformarse en el dolor de Cristo: participar de su Pasión, de Su Calvario, de su humanidad sufriente, porque eso es la Misa:

«La Misa es Cristo en el Calvario, con María y Juan a los pies de la Cruz, y los ángeles en permanente adoración… ¡Lloremos de amor y de adoración en esta contemplación!» (San Pío de Pietrelcina).

La Misa es Cristo en el Calvario: la Eucaristía es el Amor en el Dolor.

Y se llega al Amor de Dios, en la Eucaristía, a través de este Dolor:

«El amor se templa en el dolor». Hay que «poner el corazón en el costado abierto de Jesús» (San Pío de Pietrelcina) para comprender su Amor, para ser Amor, para ser otro Cristo.

Pero Bergoglio sólo está en su concepto social de iglesia: comunidad de hombres que piensan en Cristo, que se dicen que son de Cristo, que se llaman cristianos, que forman el cuerpo de cristo.

Ser Iglesia es imitar la vida y las obras de Cristo. Ser Iglesia no es comulgar la
Eucaristía. Hay tantos que comulgan y que forman la iglesia del demonio, el cuerpo místico de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser dolor en Cristo: hay que asociarse a Su Pasión. Lo demás, es un cuento chino, que es el que le gusta a todos los católicos de hoy día.

  • «En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?».

Para no estar en la indiferencia global hay que estar atentos a las diferencias globales.

¿Experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo?

Es su idea masónica: la fraternidad universal, global.

¿Experiencia física? ¿Espiritual? ¿Mística?

Porque el hombre experimenta que en la Iglesia no todos son de la Iglesia. Muchos siguen una doctrina, un credo, una fe que los saca de la Iglesia.

¿De qué experiencia está hablando este hombre?

El hombre tiene que experimentar las diferencias globales para meter a todos en un solo cuerpo. No excluyas a los herejes, a los cismáticos, a los apóstatas de la fe. Si excluyes: caes en la indiferencia. Fraternidad: todos somos, todos formamos parte de una humanidad, de un amor fraternal.

¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar?

Esta es su idea protestante: todos son buenos a los ojos de Dios y de los hombres. No hay demonios entre los hombres, no existen hombres malos, perversos. Hay que recibir de todos para compartir con todos.

¡Qué gran mentira bien dicha!

Los hombres no reciben lo que Dios quiere darles por sus pecados. Esta es la verdad que niega este hombre: el pecado es impedimento para que Dios ame al hombre, para que Dios bendiga al hombre.

Bergoglio habla de una iglesia donde no hay pecado. El único pecado: la indiferencia global. No excluyas los dones que tienen otras personas que, aunque sean pecadores, aunque vivan en otra religión, aunque estén malcasados, sin embargo te aprovechan para tu vida. Hay que recibir las ideas y las obras de los demás y compartirlo con todo el mundo, porque todo eso viene de Dios. Todo vale en la iglesia de Bergoglio. No hay norma de moralidad. Todo es la ley de la gradualidad.

¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos?

Su comunismo, que no podía faltar.

Carga con las necesidades materiales, económicas, del otro. Pero no cargues con sus pecados. No corrijas al otro por sus errores, sino busca el bien común de todos. No busques el bien privado de nadie. Porque la vida es para todos: «nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos». Es su hedonismo social, su comunismo que busca satisfacer el bien común de todos.

¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada?

Esto es la guinda en el pastel.

Nadie se compromete con los que están lejos en el mundo. En la realidad de la vida humana, los hombres siempre tienden a ayudar a los que tienen a su alrededor. El hombre, cuando no conoce, no hace nada por nadie. Si ayuda a los que están lejos, es porque conoce su situación real.

El hombre, por su naturaleza de pecado, siempre se refugia en los suyos, en los que tiene cerca, en ese pobre que se muere de hambre. Siempre. No hay un hombre que se refugie en un amor universal a lo desconocido. Es un imposible.

Por eso, este discurso no tiene ni pies ni cabeza. No tiene ni siquiera una lógica humana. Y entonces hay que leer estas cosas:

  • «La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario… Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos».

Los santos… todavía peregrinan: Si todavía peregrinan, entonces no están en el cielo. ¿Qué necesitan, según Bergoglio, para estar en el cielo, para no peregrinar? Ocuparse de la gente del mundo.

Con la muerte se termina el tiempo de merecer y desmerecer; luego el que muere en gracia y, por lo tanto, va a ser destinado a la gloria, disfrutará de ella eternamente. Ya se acabó el tiempo del peregrinaje.

Un buen teólogo le diría unas cuantas cosas a este subnormal. Pero no se atreven.

«Porque este peso pasajero y leve… nos produce eterno caudal de gloria…» (2 Cor 4, 17): la vida humana es una peregrinación hacia el cielo. Y se lleva un peso, una carga, que es temporal. Cuando se entra en el cielo, ya no hay peso, no hay carga, no hay peregrinación. Sólo hay gloria eterna.

La Iglesia triunfante es eso: triunfante del pecado y de todo mal. Ya no peregrina. Ya se acabó su tiempo de lucha espiritual. La prueba de su vida la pasaron con éxito y, por eso, expiaron todos sus pecados y ahora están en el cielo triunfando. Y les importa nada la vida de los hombres: sus problemas sociales, políticos, económicos, humanos, etc,.. NADA. Porque han sabido aprovechar su vida, mientras estaban en este valle de lágrimas: han sabido vivir para conquistar el cielo en la tierra.

«Al que quede vencedor… nunca jamás saldrá fuera» (Ap 3, 12): los santos no salen del cielo para seguir peregrinando. El cielo no es verdadero si no es perpetuo. Si todavía hay que peregrinar, entonces eso no es el cielo.

Y, por lo tanto, las palabras de los Santos, como Santa Teresita del Niño Jesús, hay que entenderlas de la vida mística.

Como las entendió San Pío:

«He pactado con el Señor que, cuando mi alma se haya purificado en las llamas del Purgatorio haciéndose digna de entrar en el cielo, yo me coloque a la puerta y no pase dentro hasta que no haya vito entrar al último de mis hijos e hijas».

Jesús, que está glorioso, sigue sufriendo en cada Altar: es el sufrimiento místico, que es un Misterio para el hombre. Todos los santos del cielo sufren de manera mística en Cristo, no en ellos. Es decir, quieren que los hombres se salven, se santifiquen, como ellos lo han hecho. Pero ellos conocen más: conocen quiénes de los hombres, que peregrinan aun en la tierra, se van a salvar, y quiénes no.

Nadie en el cielo sufre por los males físicos de los hombres o de sus familiares. Ellos sólo viven para Dios y únicamente quieren cumplir Su Voluntad.

Todos los que están en el cielo ven a sus parientes como enemigos de Dios si están en camino de condenación. Piden a Dios por sus almas, pero los consideran enemigos hasta que no se conviertan. Y si se condenan, no sufren la condenación de éstos, porque en el cielo ya no se sufre: se ve claramente que Dios tiene motivos para condenar a un alma y, por lo tanto, el alma se conforma en todo con el Querer Divino.

En el cielo no hay sufrimientos, no hay tristezas, no hay nada. Sólo permanece la unión mística en Cristo. Todavía hay almas que salvar en Cristo.

«Los ángeles sólo nos tienen envidia por una cosa: ellos no pueden sufrir por Dios» (San Pío de Pietrelcina).

Pero Bergoglio sólo está en su gran locura: «la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima».

¡Esto es una gran locura! ¡Esto es ir en contra del dogma!

La alegría del cielo no es plena: le falta algo. Es la gran locura. Como no puede entender el Misterio de la Cruz, por la cual el dolor se une al amor, entonces tampoco puede entender la vida gloriosa, en la que sólo hay plenitud de gozo, de alegría, de amor divino, con el dolor místico, porque los hombres siguen pecando en la tierra y así siguen ofendiendo a Dios.

Como Bergoglio sólo está en su idea social de la indiferencia, tiene que negar todos estos misterios y decir sus locuras bien dichas: «También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación».

Participa que participa: los hombres de la tierra participan del cielo y los hombres del cielo participan de la tierra. ¿Quieren más locura en menos palabras?

Con Bergoglio ya no hay deseo del cielo: ya no hay santidad, no hay un fin último en la vida. Todo es conseguir una estúpida armonía: que el cielo y la tierra estén sin diferencias. Y mientras no se consigue eso, los que están en el cielo siguen sufriendo. Mayor estupidez no cabe en la boca de este sujeto infernal.

¿Esto es un mensaje para la Cuaresma? No; esto es el negocio del Vaticano.

Es el Dolor el que preserva de caer en la herejía que existe en Roma

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«Y apareció en el Cielo una gran señal: una Mujer, cubierta del Sol, y la luna debajo de sus Pies, y en su Cabeza una Corona de doce estrellas» (Ap 12, 1).

Los judíos pidieron al Señor una señal, y Él les anunció Su Resurrección de entre los muertos. Y ninguno de ellos, creyó la Palabra de Dios. Era el mismo Dios, en la Persona de Su Hijo, el que marcaba el camino. Y el hombre eligió su camino: el laberinto de su mente humana.

En la gran crisis de la Iglesia, en el oscurecimiento de la Verdad de la Iglesia, Jesús ha dado otra señal: Su Madre. Y tampoco los católicos creen en la Virgen María. Van a sus profecías y como si oyeran llover: no disciernen absolutamente nada de lo que pasa en la Iglesia.

¿No ha dicho la Virgen María que Bergoglio no es Papa? Entonces, ¿por qué no la creen?

El que sigue a la Virgen María está siguiendo a Jesús. El que no hace caso a sus Palabras, no hace caso del Evangelio de Jesús.

Es paradójico cómo está el patio de la Iglesia: todos viven de sus estupendas cabezas humanas. Y nadie hace caso de Su Madre, de la Inteligencia Divina que tiene la Virgen María.

«¿¡Hasta cuándo mi Hijo tiene que estar dando avisos, y a las almas que más aman nuestros Corazones!?  Anteponen los apegos a la carne y a la sangre, hija mía, a las palabras de todo un Dios. (…) ¡Cuántas almas, hija mía, huyen de nuestra voz, porque nuestra voz no da nada más que cruz y no gozos temporales: gozos eternos!; y ¡cuántas almas, hija mía, después de haber lavado sus iniquidades, sus pecados, sus infidelidades, sus desobediencias, con la Sangre de Cristo, cuando mi Hijo les dice “ven”, huyen despavoridos, sin querer escuchar sus palabras! ¡Qué ingratitud la de los hombres, hija mía! Corren a lo que les ofrece el mundo y los enemigos que hay en el mundo. Hacen caso, hija mía, del mundo, del demonio y de la carne; ésos son los tres enemigos más grandes a los que obedecen. ¿Cómo no va a estar triste mi Corazón? Sí, hija mía, aunque todavía hay almas, aunque sea un número reducido, que consuela nuestros Corazones; pero, ¡qué tristeza, los hombres, hija mía, cómo cierran sus oídos a la llamada de salvación!» (Mensaje de la Virgen María a Amparo cuevas del día 6 de junio de 1998).

Los apegos a la humanidad, a la vida de cada uno, eso es lo que muchos católicos hacen diariamente en la Iglesia: apoyarse en sí mismos, dejando las palabras de Dios a un lado.

Los profetas verdaderos dan Cruz, sufrimientos, humillaciones, desprecios, odios; los falsos dan gozos temporales, aplausos, alabanzas… Quien quiera seguir a Cristo, en el estado que se encuentra la Iglesia actual, tiene que alejarse de la mentira, de la hipocresía, del fariseísmo de tanta Jerarquía, Alta Jerarquía, que ya no es de la Iglesia Católica. Todavía existen sacerdotes humildes, sencillos, que se dedican a dar a las almas la verdad; pero son pocos y hay que buscarlos.

La mayoría de los católicos andan detrás de una Jerarquía que ofrece lo que ofrece el mundo, que da lo que los enemigos en el mundo dan a los hombres. En el Vaticano ya se puede apreciar esa jerarquía, falsa jerarquía, que es del mundo, del demonio y de la carne. Es una jerarquía enemiga de las almas: no las lleva a la salvación, sino a la condenación.

¡Qué duro es predicar esto y no recibir amenazas de la gente! Se predica esta verdad y la gente desprecia al sacerdote por decir esta verdad.

Los hombres siempre cierran sus oídos a la Verdad, a la llamada de la salvación. Hoy, como ayer, es siempre lo mismo, porque los hombres terminan acomodándose a la vida exterior que se les ofrece por muchos caminos.

Ven a Bergoglio y, sabiendo que no es Papa, lo tienen como tal: el hombre se acostumbra  a lo que ve, al político de turno que gobierna, al sacerdote que dice y obra cosas…Cuando se va ese político o ese sacerdote, el hombre despierta de su sopor y quiere otra cosa. Pero mientras vea, cada día, al mismo sujeto, acaba aceptándolo, aunque sepa que es un hereje. Esto es lo que pasa, en muchos, con Bergoglio.

No hay fidelidad a las palabras de Dios, a su gracia, a su vida en la Iglesia.

«Yo Soy un Padre Amoroso que os ha demostrado a través de todos los tiempos de que siempre os he acompañado y de que no os olvido ni os olvidaré, ya que Yo os creé para manteneros siempre cerca de Mi Corazón. Mi Corazón y Mi Fidelidad han cumplido Su Promesa, ¿por qué vosotros no os mantenéis en ésa fidelidad hacia Mí y hacia vuestros semejantes? Vosotros decís a vuestros semejantes; dame el ejemplo para que yo te pueda seguir. Yo os lo he dado a todos niveles. Yo os he buscado, a cada uno de vosotros y Me he puesto a la altura de vosotros, para que no os sintierais impotentes al seguir Mis Ejemplos y Enseñanzas y ni aún así las apreciáis, ni las seguís. Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir, al ejemplo del bien, que si os va a traer bienestar y vida eterna, ni aún así lo tomáis como forma de vida Os enfrentáis a vuestra realidad y a lo que ella conlleva cuando no estáis Conmigo y ni aún así reaccionáis» (Mensaje de Dios Padre a JV el 12 de Agosto de 1998).

Bergoglio no da ejemplo del bien ni de la verdad, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no es fiel al Evangelio de Cristo, ¿por qué le siguen?

Bergoglio no continúa el magisterio de los Papas, ¿por qué le siguen?

«Preferís el ejemplo del mal, que en muchos casos, es más fácil seguir». Es más fácil seguir a Bergoglio que a Benedicto XVI.

Aquella Jerarquía que se oponga a Bergoglio se queda sin comer y sin trabajo en la Iglesia. ¡Esto es una realidad! Por eso, hay mucha Jerarquía que tiene que mirar para otro lado y seguir a Bergoglio. No son fieles a Cristo ni a Su Iglesia.

Seguir a la Virgen María es oponerse a la herejía que existe hoy en la Iglesia. ¡Son pocos, muy pocos, los que siguen a la Virgen María! Rezan el Rosario y después obedecen a Bergoglio como Papa. ¿Por qué llaman Santo a Juan Pablo II, si para la Iglesia verdadera es sólo Beato? Porque Bergoglio, que es un masón, lo ha proclamado santo. El hombre acaba siempre aceptando la maldad que ve, que comprende. No sabe oponerse a esa maldad, porque es más fácil no oponerse, hacer lo que hace la masa, decir lo que dice la masa. Esto es construir la vida espiritual por el techo: por nuestra razón humana, por nuestras ideas fantásticas sobre la Iglesia y sobre nuestra vida humana.

«Hija Mía, vosotros debéis saber todos, que pecar es desviarse de Mi Camino de Verdad; pecar es también hacer desviar a veces inocentes que os siguen por la misma pendiente; creyendo en la autoridad del pecado, ellos mismos cometerán la misma falta. Y ¿cómo detener toda esa cadena? Es necesario que el primer eslabón defectuoso de esa misma cadena confiese en público su falta. Su fidelidad a Dios le obliga a ello. A veces, Yo os pido que reconozcáis públicamente vuestro pecado, sobre todo cuando hay alguna consecuencia mundial. Este pecado comienza contaminando una asamblea, un pueblo, y termina tocando naciones enteras» (Mensaje de Jesús a JNSR el 23 de febrero de 2005).

Lo que obra Bergoglio es una cadena de pecado. Pecar es desviar al otro del camino de la verdad de la Iglesia. Bergoglio ha puesto un camino nuevo en Roma: su gobierno horizontal. Y muchos creen en la autoridad de ese gobierno y, por tanto, muchos pecan, cometen el mismo pecado que obró Bergoglio al poner su gobierno horizontal.

Lo que hace Bergoglio, en Roma, no es cualquier cosa: es llevar almas al pecado. Es hacer pecar al otro, es arrastrar a las almas por la pendiente del pecado. Y sólo hay una manera de detener esa cadena: que Bergoglio públicamente reconozca su pecado. Él es el culpable, el primer eslabón defectuoso en esa cadena. Por tanto, tiene que confesar públicamente su pecado. Como no lo va a hacer, entonces ese pecado, no sólo está en Roma, sino que va a terminar tocando al mundo entero.

«Hoy, Satanás se sirve de estas inconscientes cadenas. No os olvidéis de que el pecado es satánico y el aliento o estímulo hacia el mal viene del Príncipe de las Tinieblas. Hoy, él está desenfrenado en maldad contra toda la Humanidad; su espíritu maléfico penetra profundamente en todos los espíritus, de los hombres, de las mujeres y de los hijos no habitados o poseídos por Mi Espíritu Santo» (Ib).

Bergoglio no es cualquier hombre: es un enviado de Satanás para abrir esta cadena de pecado en la Iglesia. Bergoglio es un hombre satánico. Y aquellos que lo sigan son, también, hombres satánicos. Por eso, la Iglesia está llena de satanismo. Y nadie quiere darse cuenta.

Se han abierto muchas cadenas del mal en el Vaticano, muchas corrientes que llevan a muchos católicos al pecado en masa. Son arrastrados así

La Virgen María fue la primera discípula de su Hijo: Madre y Discípula. Y, por tanto, la Virgen María es la mejor Maestra que el Señor nos ha dejado. Y nadie quiere aprender de Ella. En la práctica, nadie lo hace.

Con la mente humana, el hombre se pierde a sí mismo; con su mente, el hombre se confunde a sí mismo. Con la Virgen María, que es Madre de Dios y Madre de la Iglesia, ni hay perdición ni confusión. Pero es necesario poner la mente en el suelo, pisotear tus grandiosas ideas preestablecidas por tu orgullo en tu vida. Tienes que ser un niño en los brazos de tu Madre.

Tú eres, en tu persona, el que te riges a ti mismo; no es tu cabeza. Eres tú, como persona, el que guías tu vida. Y si no eres capaz de abofetear tu orgullo: el creerte algo para Dios, necesario para la obra de Dios, entonces tú te lo guisas, tú te lo piensas, tú das vueltas y vueltas a tu estúpida cabeza, y tú te lo comes: tú vives tu vida y te crees el más santo de todos porque tienes a Bergoglio como Papa.

Dos iglesias hay en Roma. No una. Dos. Está la Iglesia en Pedro; y está la iglesia en un falso Pedro. Hay dos iglesias visibles en Roma. Dos. Y, por tanto, hay una división en Roma; hay un cisma encubierto; hay una apostasía de la fe que impide ver esta verdad.

Dos Papas: luego, dos iglesias.

La Iglesia Católica sólo tiene un Papa. Si hay dos, es que hay dos iglesias.

Esta verdad, tan sencilla, a nadie le interesa. Todos están detrás de la noticia de Bergoglio: qué hace o qué no hace; qué dice o qué no dice; ¿alguna vez dirá algo sensato para poder creerle como Papa?; ¿alguna vez dejaremos de dudar en él como Papa, para creer en él como Papa?

Así está la gente en la Iglesia: sin ver dos iglesias, dos realidades, dos caminos, dos fes, dos dioses.

Tienen el Magisterio de la Iglesia para salir de la duda, y ninguno se ha acercado a esa fuente de verdad, y siguen en sus mentiras: las que sus mentes se fabrican. ¿Para qué están en la Iglesia? ¿A qué se dedican? ¿A recolectar noticias sobre Bergoglio? ¿A recorrer los profetas, cogiendo una de cal y otra de arena, para terminar criticando a los Papas, a toda la Tradición, a todo el Magisterio y a todos los miembros de la Iglesia?

La Iglesia es la Obra de la Verdad. Y quien no la obre, no es de la Iglesia.

¿Bergoglio obra la verdad? No; luego, no es de la Iglesia.

¿El gobierno horizontal que ha puesto Bergoglio, esos herejes vestidos de santos, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿La Jerarquía que obedece a Bergoglio como Papa, obra la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

¿Los fieles que tienen a Bergoglio como Papa, obran la verdad? No; luego, no son de la Iglesia.

Es así de sencillo. Pero, en la práctica de la vida, no es tan sencillo. Y la culpa: tu cabeza, tu mente humana, tus ideas soberbias, tus filosofías, tus psiquiatrías, tus teologías, tus sentimentalismos, tu vida y obras humanas, tus apegos a la carne y a la sangre.

Hay dos iglesias en Roma: la verdadera, y la que se está levantando en el gobierno horizontal, político, liderado por el impostor Bergoglio.

A la Iglesia verdadera no hay que juzgarla: no hay que juzgar al Papa Benedicto XVI. No hay que juzgar el Magisterio de la Iglesia, ni la Tradición, ni el Evangelio de Jesús. No hay que juzgar a la Jerarquía que permanece fiel a esa Iglesia.

A la iglesia falsa hay que juzgarla y atacarla, por todos los medios posibles, al alcance de la mano del hombre. Pero es un atacar en la paz del Espíritu: cuando Dios quiera y como Dios lo quiera. No es un atacar por atacar. Es luchar contra muchos demonios que vienen directamente de Roma, de esa iglesia falsa. Es una batalla espiritual.

«Voy a hablar del Dolor, de este Dolor que quiero hacer reinar en el mundo materializado y vano. Quiero Dolor: tengo sed de Sacrificio, de Abnegación, de Correspondencia, de Fidelidad, de Vencimiento de Pureza, de Obediencia, de Sencillez y de otras muchas virtudes que están arrinconadas y no se practican. ¡Ay! el mundo se olvida de las virtudes! Ellas no existen con la solidez de las que he explicado, y sin embargo, deben existir. El mundo duerme en el profundo letargo del engaño más lamentable. Las almas se pierden, precipitándose a su eterna perdición, porque no hay en ellas Sacrificio. El Dolor es el preservativo del infierno. La Cruz con mi Corazón doloroso salvará al mundo: es la llave del Paraíso. ¡Se pierde el mundo porque no hay Candor, no hay Dolor en las almas! La Pureza y la Cruz son su salvación, y serán la única barrera que, en la precipitada corriente de sus vicios, lo detenga y salve. ¡Ay del mundo sin mi Corazón y sin la Cruz, sin la Pureza y sin el Dolor! Amen y sufran: es necesario que las almas amen, pero en el Dolor: es necesario que la Cruz se extienda por toda la tierra y traiga a todas las naciones a mi Corazón: es necesario que la Cruz y mi Corazón detengan el cataclismo que se cierne sobre el mundo. Quiero corazones puros y crucificados que aplaquen la divina Justicia: que el mundo venga a mi Corazón por el camino de la Cruz: por esto he presentado el Corazón en el centro de la Cruz, a fin de que comprendan que sólo subiendo por la Cruz se puede llegar a mi Corazón. El reinado del dolor es indispensable en el mundo; pues que solamente por este camino lloverán gracias y se salvarán las almas. Denme almas puras: pido almas crucificadas ¡oren! ¡oren!» (De las Virtudes y de los Vicios, de Concepción Cabrera de Armida, pag. 94-95).

Jesús quiere Dolor. ¿Esto es lo que predica Bergoglio? No; entonces, ¿por qué lo siguen?

Es el Dolor el que preserva del infierno. La Cruz con el Corazón de Jesús ensangrentado es la llave para ir al Cielo.

Es el Dolor el que impide pecar, el que impide ser arrastrado por esas corrientes de pecado, que se ven en Roma.

Hay que amar al prójimo, pero en el dolor de Cristo, no en el dolor del prójimo. Hay que amarlo para que no peque, para que se vuelva a Dios, para que deje su vida de pecado.

No hay que amarlo para darle de comer, para solucionarle sus problemas.

Cristo ha amado al hombre en el Dolor de su propia Vida, no lo ha amado en el dolor del hombre. Ha cargado con su pecado y eso es producir en Su Corazón el Dolor. Un Dolor que salva y santifica al hombre.

Jesús quiere corazones puros y crucificados.

¿Y qué es lo que quiere Bergoglio? ¿Quiere pureza? ¿Quiere crucificar la voluntad de los hombres? No; no cree ni en el pecado ni en la Cruz de Cristo. Entonces, ¿por qué lo tienen como Papa? ¿Habla con la Voz de Cristo? No. ¿Habla con la voz del Anticristo? Sí.

Sólo subiendo por la Cruz se llega al Corazón de Jesús.

¿Cómo pretenden llegar a Jesús con los ofrecimientos sin Cruz de Bergoglio?

«Os están sometiendo a que os rindáis en sus redes de manipulación para luego ellos crear aquello que os harán pasar por bueno, como ese hermano en el Vaticano que os quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Artimañas. ¿A qué sirven?: A la bestia. Todo aquel que desee la esclavitud, el cambio radical para los hombres, de seguro que no vienen de Mí. Amén» (Mensajes Personales de octubre del 2013, dados a una hermana elegida por Dios en el barrio del pilar).

Este es el resumen de lo que es Bergoglio: un hombre que te quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que de Dios. Punto y final. Y, por eso, se ha montado todo ese negocio en Roma con su nueva iglesia. Y muchos católicos siguen bobos.

En la gracia del matrimonio, no hay divorcio

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«Si alguno dijere que la Iglesia yerra cuando enseñó y enseña que, conforme a la doctrina del Evangelio y los Apóstoles [Mc. 10; 1 Cor. 7], no se puede desatar el vínculo del matrimonio por razón del adulterio de uno de los cónyuges; y que ninguno de los dos, ni siquiera el inocente, que no dio causa para el adulterio, puede contraer nuevo matrimonio mientras viva el otro cónyuge, y que adultera lo mismo el que después de repudiar a la adúltera se casa con otra, como la que después de repudiar al adúltero se casa con otro, sea anatema». (Concilio de Trento – Sesión XXIV: Sobre el matrimonio – Cánones sobre el Sacramento del Matrimonio – D-977 – Can. 7).

El vínculo del matrimonio es la unión de dos voluntades, de dos intenciones: la de la mujer y la del hombre. En el Sacramento del Matrimonio, se casan ellos: es decir, hombre y mujer obran el Sacramento, producen el vínculo matrimonial. No es algo externo a ellos. No es un contrato o un papel que firman. Son ellos los que se unen con sus voluntades. Y lo hacen sin posibilidad de desunión: no hay posibilidad de desatar ese vínculo.

En la Eucaristía, es Dios quien obra el Sacramento en el instrumento, que es el Sacerdote. No es el Sacerdote sólo quien obra, sino que es Dios en él.

En el matrimonio, Dios no obra el Sacramento: hombre y mujer no son instrumentos de Dios para realizar el vínculo matrimonio. Sino que ellos son la forma del Sacramento de Matrimonio: sus voluntades, sus intenciones, producen el vínculo, necesario para obrar el Sacramento. Y esta unión de intenciones es única y para siempre.

En la Eucaristía, el Sacerdote tiene que poner su intención cada vez que celebra la Misa. Si no pone su intención, no hay Misa. El sacerdote puede poner y quitar su intención cuando quiera. Pero, en el matrimonio, una vez que los dos han puesto su intención, ya no pueden quitarla. Ellos dos, por sí mismos, no pueden romper el vínculo matrimonial.

Por eso, la unidad y la indisolubilidad de un matrimonio está sólo en la unión de intenciones, que los dos muestran al casarse. Los dos unen sus voluntades para un matrimonio único y para siempre.

Y no hay pecado que quite este vínculo matrimonial; no hay herejía; ni siquiera la pérdida de fe anula el vínculo del matrimonio: «Si alguno dijere que, a causa de herejía o por cohabitación molesta o por culpable ausencia del cónyuge, el vínculo del matrimonio puede disolverse, sea anatema» (Ibidem – D-975 Can. 8).

Los malcasados, aquellos que, teniendo un vínculo matrimonial, buscan otra pareja, esa nueva unión, situación, no desata el vínculo de su matrimonio original, porque el hombre o la mujer no puede tener otras mujeres u hombres, una vez que tiene un matrimonio: «Si alguno dijere que es lícito a los cristianos tener a la vez varias mujeres y que esto no está prohibido por ninguna ley divina [Mt. 19, 4 s 9], sea anatema [cf. 969]» (Ibidem – D-972 – Can. 2.). «Quien repudia a su mujer y se casa con otra, adultera» (Mt 19, 9).

Si está en adulterio, entonces si no quita ese adulterio, no puede estar en Gracia: está en un pecado que no lo quiere quitar. Por más que lo confiese, sigue en su pecado. Kasper dice: no; pueden confesarse y recibir la comunión: «Si ellos pueden recibir la comunión espiritual, ¿por qué no también el sacramento de la comunión?» (ver texto) Un teólogo que no sabe discernir entre vida espiritual y vida sacramental. Y, por tanto, tiene que anular el Sacramento. Tiene que juntarlo todo y decir: «La comunión espiritual va más lejos: si se es uno con Cristo, entonces, ¿por qué estas personas son excluidas de la comunión?» (Ibidem). Lo junta todo en su pensamiento herético y no sabe ver que la unión espiritual es totalmente diferente a la unión sacramental con Cristo. Y, con esto, está diciendo una clara herejía y apostasía de la fe:

Si para comulgar sólo es necesario la unión espiritual con Cristo, entonces cualquier hombre, sea del credo que sea, tenga fe o no, esté en pecado o no, pertenezca o no a la Iglesia Católica, puede recibir a Cristo en la Eucaristía. Este es el argumento de Kasper. Entonces, Kasper es anatema. Y cae en esta blasfemia por su falsa concepción de la misericordia: «Tenemos un sacramento de la misericordia, el Sacramento de la Penitencia, que debemos reevaluar, creo. Y esto debe ser realizado para un comportamiento social y en obras sociales» (Ibidem). La penitencia es para el alma, no para la sociedad. El sacramento de la confesión es para quitar el pecado del alma y que pueda vivir en Gracia. Sin la gracia, es imposible salvarse en la Iglesia. Kasper niega este Sacramento y quiere ordenarlo para una vida social, para quitar problemas de los hombres, no para quitar los pecados del alma. Y, por eso, exclama: «Hay quienes creen que la Iglesia es para los puros. Se olvidan de que la Iglesia es también una iglesia de pecadores. Todos somos pecadores. Y estoy feliz de esta verdad porque si no fuera así no pertenecería a la Iglesia» (Ibidem). Kasper no recuerda que los paganos, los herejes y los cismáticos no pertenecen a la Iglesia. Kasper no quiere recordar que los pecados contra el Espíritu Santo ponen a las almas fuera de la Iglesia. Kasper se olvida que el fin último de la Iglesia es salvar el alma: por tanto, no se puede vivir en la Iglesia en estado de pecado, sino en Gracia. Y santificar el alma: es decir, es obligatorio para el alma, en la Iglesia, buscar en todo la Voluntad de Dios para hacer las obras agradables a Dios: «Sed santos como vuestro Padre Celestial es Santo»

Con este planteamiento, Kasper dice: «He hablado sobre el papa acerca de esto, y me ha dicho que el 50 por ciento de los matrimonios no son válidos. El matrimonio es un sacramento. Un sacramento presupone la fe. Y si la pareja sólo quiere una ceremonia burguesa en una iglesia porque es más bonito, más romántico, que una ceremonia civil, hay que preguntarse allí había fe y si realmente se aceptaron las condiciones de una matrimonio sacramental valido, que es la unidad, la exclusividad y la indisolubilidad»(Ibidem). Esto es hablar por hablar, para ganar la atención del público, y decir unas cuantas mentiras, mal dichas.

El Sacramento del Matrimonio sólo necesita la materia y la forma: las palabras que se dicen, cuando contraen matrimonio, y la voluntad de ambos. No se necesita nada más para producir el vínculo: «§ 1. El consentimiento interno de la voluntad se presume que está conforme con las palabras o signos empleados al celebrar el matrimonio. § 2. Pero si uno o ambos contrayentes excluyen con un acto positivo de la voluntad el matrimonio mismo, o un elemento esencial del matrimonio, o una propiedad esencial, contraen inválidamente» (canon 1101).

No hace falta la fe. No hace falta conocer lo que significa unidad e indisolubilidad. El conocimiento o ignorancia de estas cosas no produce el vínculo matrimonial: «El error acerca de la unidad, de la indisolubilidad o de la dignidad sacramental del matrimonio, con tal que no determine a la voluntad, no vicia el consentimiento matrimonial» (Canon 1099).

La falta de fe o una fe débil o el estado de pecado o de gracia, no produce el vínculo matrimonial. Produce un óbice a la Gracia, pero no dirime el matrimonio. Hombre y mujer se casan cuando se dan sus voluntades y así la expresan con sus palabras y, después, con la consumación del matrimonio en la unión de sus cuerpos.

Para producir el vínculo matrimonial: unión de voluntades, consentimiento: «Son incapaces de contraer matrimonio: 1 quienes carecen de suficiente uso de razón; 2 quienes tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio que mutuamente se han de dar y aceptar; 3 quienes no pueden asumir las obligaciones esenciales del matrimonio por causas de naturaleza psíquica» (Canon 1095).

Para obrar el matrimonio: hace falta la fe y el estado de gracia. Con una fe débil, viviendo en pecado, la gracia del Sacramento no funciona. Y, entonces, el matrimonio acaba en un desastre. Pero este desastre no anula el vínculo matrimonial.

Si la pareja quiere casarse con una ceremonia burguesa, eso no va en contra del matrimonio, no es un impedimento dirimente del matrimonio. Lo que impide un matrimonio es la intención no recta cuando los dos se casan: hay un engaño, una mentira, una doblez, una ocultación grave, que va a afectar a toda la vida matrimonial (= ser impotente, tener una demencia grave, casarse para no consumar el matrimonio, tener voto de castidad perpetuo, etc…)
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«El perpetuo e indisoluble lazo del matrimonio, proclamólo por inspiración del Espíritu divino el primer padre del género humano cuando dijo: Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne [Gen. 2, 23 s; cf. Eph. 5, 31]. Que con este vinculo sólo dos se unen y se juntan, enseñólo más abiertamente Cristo Señor, cuando refiriendo, como pronunciadas por Dios, las últimas palabras, dijo: Así, pues, ya no son dos, sino una sola carne [Mt. 19, 6], e inmediatamente la firmeza de este lazo, con tanta anterioridad proclamada por Adán, confirmóla El con estas palabras: Así, pues, lo que Dios unió, el hombre no lo separe [Mt. 19, 6; Mc. 10, 9]. Ahora bien, la gracia que perfeccionara aquel amor natural y confirmara la unidad indisoluble y santificara a los cónyuges, nos la mereció por su pasión el mismo Cristo, instituidor y realizador de los venerables sacramentos. Lo cual insinúa el Apóstol Pablo cuando dice: Varones, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a su Iglesia y se entregó a sí mismo por ella [Eph. 5, 25], añadiendo seguidamente: Este sacramento, grande es; pero yo digo, en Cristo y en la Iglesia [Eph. 5, 32]» (Ibidem – D-969).

El matrimonio sólo tiene sentido en Cristo y en la Iglesia. No tiene sentido fuera de la Iglesia, fuera de la fe en Cristo.

Los matrimonios civiles, del mundo, son sólo eso: un sin sentido. Una unión que vuelve al principio, cuando Adán pecó y perdió la Gracia. Los hombres y las mujeres se casaban sólo atendiendo a la ley natural y a la ley de la concupiscencia. Una unión en que no se discierne ni el bien ni el mal. Una unión natural con un fin sólo natural: el que dé la ley natural, que es la luz del entendimiento. Pero en ese fin natural, el mal que se obra sin dique: por la ley de la concupiscencia, que está en todo hombre.

El hombre, hoy día, rechaza la Gracia del matrimonio, y quiere volver a su vómito de siempre. Y hay muchos católicos así. Y Kasper es el portador de este vómito.

En la Iglesia tenemos la gracia. Y una gracia permanente. Ya no es la gracia que tenía Abrahán por su fe en Dios. Ya no es la gracia que se obtenía al cumplir los mandamientos de Dios, dados por Moisés. Todo eso era una gracia que iba y venía. Los hombres no podían permanecer en la Gracia. Pero en la Iglesia, ya hay forma de vivir en Gracia, con el sacramento de la Penitencia. Y, por tanto, hay forma de hacer el matrimonio que Dios quiere: en la Gracia.

Dios, cuando crea al hombre y a la mujer, crea el matrimonio: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Por lo cual, abandonará el hombre a su padre y a su madre y se juntará a su mujer y serán dos en una sola carne» (Gn 2, 23). El matrimonio es una creación de Dios. No es un contrato natural entre hombre y mujer. No es algo externo al hombre y a la mujer. No es un invento del hombre. Lo llevan los dos inscritos en su ser. Por eso, Adán, nada más ver a la mujer, exclama: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne». Ha comprendido lo que es unirse a una mujer. Ha comprendido el matrimonio.

El matrimonio, en la Creación de Dios, es una Gracia. Y una Gracia para el hombre y otra para la mujer. Es una vida divina que tienen que realizar los dos en la Gracia. El matrimonio no es una elección de vida para Adán. Es su vocación: Adán es creado para una Mujer. Y la Mujer es creada de Adán. El pecado original rompe este designio divino sobre el hombre y la mujer y, por tanto, el matrimonio se convierte en una elección, no en una vocación. Una elección que los hombres tienen que hacer en sus vidas. Pero, al principio era de otra manera.

Jesús restaura esta manera divina del matrimonio en Su Iglesia. En la Iglesia, el matrimonio es ya una vocación. No es ya una elección. Y, muchos, no han comprendido esto y, por eso, se ponen a elegir: matrimonio o vida religiosa. Si las almas, dentro de la Iglesia, tuvieran fe, verdadera fe, entonces verían su vocación al instante, sin necesidad de discernir entre una cosa y otra. Pero el Señor, en la Iglesia, sabe esperar siempre al hombre, porque sabe que el hombre no nace en gracia; y, por tanto, le cuesta entender su vocación, que ya trae del Cielo cuando es engendrado por sus padres.

El matrimonio, al ser una vocación divina, necesita el estado de gracia para poder obrarla. Sin gracia, el matrimonio es un infierno para los dos. Y, por eso, los dos buscan otras cosas una vez que ven que eso no les funciona. Y este es el error de muchas parejas.

Una vez que han dado su voluntad para un matrimonio, una vez que han puesto el vínculo matrimonial con sus intenciones, no se puede quitar eso: «lo que Dios unió, el hombre no lo separe». No hay nada humano que pueda romper el vínculo matrimonial, porque es una atadura divina: lo que Dios ha unido. Dios ha puesto el matrimonio en el ser del hombre y en el ser de la mujer. Y, de esta manera, todo hombre que se une a una mujer, produce un vínculo matrimonial. Un vínculo divino, por la misma Creación del hombre y de la mujer.

El pecado original tapó este vínculo divino. Los hombres y las mujeres se unen pero no atienden al vínculo. Con la ley que Moisés da, el hombre, en la fe, comienza a entender este vínculo divino, pero le resulta difícil vivirlo en plenitud. Y, por eso, Moisés, por la dureza de los corazones, tiene que permitir el divorcio: «Entonces, ¿cómo es que Moisés ordenó dar libelo de divorcio al repudiar? Díjoles Él: Por la dureza de vuestro corazón os permitió Moisés repudiar a vuestras mujeres, pero al principio ni fue así» (Mt 19, 7-8).

En la gracia, no hay divorcio. No puede existir: «Al principio no fue así». Cuando Dios crea al hombre y a la mujer, los crea en la Gracia, en la ley de la Gracia. No sólo con una ley natural o divina. Dios los crea en la gracia del matrimonio, en una vocación matrimonial, en una vida divina para un fin divino. Adán no tiene que elegir una mujer, sino que tiene que unirse a su mujer. Y el pecado de Adán fue precisamente esto: no se unió a su mujer, sino que eligió comer la manzana prohibida. No siguió su vocación divina.

Con el pecado de Adán, es necesario el divorcio porque los hombres no comprenden lo que es el matrimonio. En la Iglesia, teniendo la Gracia, ya no es posible ningún divorcio. Aquellos malcasados, tienen que organizar su vida según la Gracia y, por tanto, salir de ese estado de pecado al unirse con un hombre o con una mujer que no les pertenece, que les hace vivir una vida de pecado. Y si por las circunstancias de la vida, porque ya se tienen hijos,…, no pudieran romper esa nueva unión, entonces tienen que practicar la vida de virtudes: continencia, castidad, etc., esperando una gracia: que el primer vínculo se desate por la muerte de uno de ellos. En la Iglesia se vive para conquistar una gracia, para merecerla. No se puede vivir en un estado de pecado permanente.

En la Iglesia, todo es Gracia, pero no todo me es permitido: «Todo es lícito, pero no todo conviene; todo es lícito, pero no todo edifica» (1 Cor 10, 23). Es necesario el sacrifico para alcanzar la perfección de vida. Un matrimonio que no funciona, es lícito separarse: «Si alguno dijere que yerra la Iglesia cuando decreta que puede darse por muchas causas la separación entre los cónyuges en cuanto al lecho o en cuanto a la cohabitación, por tiempo determinado o indeterminado, sea anatema» (D-978 Can. 8). Pero no es lícito buscar otra pareja. Si se hace eso, la salvación del alma está en juego, porque la Iglesia es para vivir en la Gracia, para ser fieles a esa Gracia. Y es necesario la fidelidad a la gracia de un matrimonio, aunque no funcione en la realidad. Esa fidelidad es el camino para salvar el alma. La infidelidad a esta gracia, que poseen muchos malcasados, es camino para perderse, para condenarse.

Hoy día, la Iglesia no enseña la penitencia, ni siquiera a los que están mal casados. Vean a Kasper: «¿Vivir juntos como hermano y hermana? Por supuesto, respeto a los que hacen esto. Pero esto es un acto heroico, y el heroísmo no es para el cristiano promedio». Kasper enseña a los católicos tibios a permanecer en su tibieza. Kasper enseña a los católicos a no buscar la santidad de la vida. Kasper enseña a toda la Iglesia que es mejor pecar que estar en gracia. Si no se pone un camino de cruz a los malcasados para que comprendan lo que es su pecado, entonces los condenamos a todos con leyes abominables.

Porque, por derecho divino, no se puede dispensar del vínculo del matrimonio: «§ 1. Atenta inválidamente matrimonio quien está ligado por el vínculo de un matrimonio anterior, aunque no haya sido consumado. § 2. Aun cuando el matrimonio anterior sea nulo o haya sido disuelto por cualquier causa, no por eso es lícito contraer otro antes de que conste legítimamente y con certeza la nulidad o disolución del precedente» (Canon 1085).

Y este derecho divino es inmutable, aunque se den muchas circunstancias que propicien buscar otra unión porque la que se tiene es un camino absurdo en la vida. Hay que cargar con la Cruz de un matrimonio que, a todas luces, no les sirve ni a uno ni a otro. Si se carga con es cruz, entonces se camina en la verdad y se encuentra la solución divina al problema de ese matrimonio.

Pero las almas, hoy día, no quieren cruz, sino vivir su vida. Vive y deja vivir. Es el pensamiento de muchos. Y eso es un pensamiento abominable en la Iglesia Católica.

En la Gracia, no hay divorcio. Fuera de la gracia, existen toda clases de separaciones que muestran sólo el camino de la maldad.

Mirar al Rostro ensangrentado de Jesús para ser Iglesia

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Jesús murió en una Cruz, dio Su Vida por todos los hombres; Jesús padeció humillaciones, persecuciones. Jesús se ofreció como Víctima Divina por toda la humanidad; y, la Jerarquía de la Iglesia, los fieles de la Iglesia, ¿qué tienen para ofrecerle, que tienen para darle? ¿Cómo pretenden llegar al Cielo si desconocen las sagradas Escrituras, si no hacen vida la Palabra de Dios?

¿Quieren que el Señor les salve porque siguen a un hombre que habla para lo humano, para refrescar el ambiente de la Iglesia con herejías, con dudas, con errores? Un hombre incapaz de dar la Mente de Cristo, porque sólo está abocado en dar su propia idea humana en la Iglesia.

¿Qué pide al Señor la Jerarquía que ha apostatado de la Verdad, que es Cristo? ¿En qué se entretienen los miembros de la Iglesia que ya no saben ofrendar a Cristo sus vidas, que ya no saben entregarle sus existencias para que Él disponga de ellos?

¿No se llega a Cristo recorriendo el camino de la Cruz, andando por la calle de la amargura, y postrándose ante el Mártir del Gólgota para unirse a sus sufrimientos?

¿No se es otro Cristo mirando al Crucificado? Entonces, ¿por qué obedecen a un falso cristo, que sólo se mira a sí mismo, y sólo busca la gloria del mundo? Si Francisco no da al Crucificado, no lleva a la Cruz, entonces ¿por qué hacéis caso a su vana palabra?, ¿por qué le seguís mirando como si fuera una primavera en la Iglesia?

¿Qué unión con Dios tiene el alma de ese hombre que no cree en el Dios católico?

¿En qué consiste esa unión con Cristo en la Sta. Misa que le lleva a predicar que Jesús no es un Espíritu? ¿Es que el Espíritu de Cristo puede negarse a sí mismo? Si Francisco dice herejías, ¿por qué buscáis una razón para tapar sus herejías? Si Francisco ha producido un cisma en la Iglesia, ¿por qué esperáis algo de su gobierno para la Iglesia? ¿No la está dividiendo con su palabra barata y blasfema, con su lenguaje simbólico, sentimentaloide, lleno de basura intelectual? ¿Es que la unión se da en medio de la herejía, bebiendo de la mentira, del error, del engaño? ¿Es que se pueden unir dos mentes que dicen cosas contrarias? Pero, ¿cuál es el concepto de la verdad para una Iglesia que ya no cree en la Verdad? ¿Cómo quieren unirse los hombres si no se deshacen de sus diferencias en el pensamiento humano?

Todo el problema de la Iglesia es su soberbia. La soberbia sólo está en la mente del hombre. Y sólo se cura la soberbia aceptando la Verdad Absoluta, el dogma, la doctrina de Cristo. Si el hombre, en su pensamiento humano, no se abaja, no se humilla, no echa de sí sus ideas, el hombre crece sólo en su soberbia y busca vivir su vida con solo su pensamiento humano.

La soberbia humana se quita crucificando la voluntad humana, porque es el querer del hombre lo que lleva a su mente a errar, a admitir una idea que no es la Verdad. Es sólo la voluntad libre del hombre. Y, por eso, el acto de fe es un acto de la voluntad del hombre, no de su entendimiento. Es necesario creer sin ver, sin entender, sin mirar con los ojos del hombre, del mundo.

Hay que creer en lo sobrenatural, en lo que está más allá de lo natural. Y se cree con la voluntad humana, aplastando la mente humana, aceptando con la mente la Palabra de Dios, que es siempre la Verdad.

Dios reveló a Moisés el camino para salvarse: la ley divina. Y esa Verdad Revelada es la que tiene que cumplir todo hombre, dejando su mente a un lado. Hay que creer en los mandamientos divinos para poder salvarse. No hay que entenderlos, hay que cumplirlos.

Hoy los hombres no quieren cumplirlos, sino que buscan una razón humana, una idea humana, para ponerse por encima de Dios y creerse justos sin serlo. Justos en su pensamiento humano que les da derecho de ser lo que no son, lo que no quiere Dios, lo que Dios no ha creado.

Pocas personas saben tener fe, vivir de fe, porque sólo viven de lo que encuentran con sus razones humanas, con sus ideas filosóficas, psicológicas de la vida. Por eso, el pecado se ha hecho una cuestión de la conducta de cada uno; una cuestión psicológica, mental, y ya no es un dogma, una verdad revelada.

Ya la Palabra de Dios es un mito para los hombres, hay que interpretarla según el mito, el simbolismo, el lenguaje figurado de los hombres, de sus filosofías, de sus ciencias, de sus culturas, de su jerga. Ya no es el Pensamiento del Padre que habla a través de la Palabra de Su Hijo. Ya no es la Verdad Divina, absoluta, sino las verdades relativas que cada uno encuentra con su razón humana.

Los hombres ya no quieren permanecer al pie de la Cruz para aprender la Verdad de Cristo Crucificado. Quieren pasearse por el mundo para escuchar a los hombres, para hacer fiesta con ellos, para llegar a un planteamiento de vida totalmente absurdo para el hombre.

Sólo Cristo revela al hombre lo que es el hombre: «Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!» (Beato Juan Pablo II – Redemptor hominis- n. 10).

En la Cruz, en la vida de mortificación, de penitencia, en una vida donde ya lo humano no es el valor del hombre, no es el objetivo a seguir, no es lo principal; en una vida donde lo único que vale para el hombre, lo único que da sentido a su vida, son las llagas de Cristo –no sus heridas humanas, sociales-; el sufrimiento del Redentor –no sus dolores personales, no las injusticias sociales-; la muerte del que es la Vida –no caminar con miedo, con temor, hacia su propia muerte, no mirar el fracaso ante los hombres, en lo social-; una vida que es locura para el hombre sabio, es necedad para los que sólo quieren vivir agradando al mundo; una vida donde sólo se busca lo divino, lo sagrado, lo celestial, lo espiritual, lo que no pertenece a este mundo, desprendiéndose de todo lo humano; en esa vida el hombre encuentra su sentido, un sentido divino, que está oculto a todo hombre.

Sólo hay que mirar la Verdad, que es Cristo Crucificado. Pero sólo se puede mirar esa Verdad con el corazón, no con la mente del hombre. Porque esa Verdad está sólo en Dios, no en el hombre. El hombre no puede encontrarla en sí mismo, ni en su vida, ni en sus obras, ni en su ciencia, ni en nada de lo que haga en el mundo.

El hombre encuentra esa Verdad sólo en Cristo, y éste Crucificado. No se encuentra esa Verdad en Cristo Resucitado, en un Cristo alegre, sino en un Cristo que sufre, que muere mártir por amor a los hombres.

Son muchos los sufrimientos de Cristo en la Cruz, porque son muchos los pecados de los hombres. Cristo sufre porque el hombre peca. No sufre por otra cosa. El pecado es el mal del hombre y de toda la humanidad. El pecado es la raíz de todos los males que los hombres sufren en sus vidas. El pecado destroza vidas, familias, sociedades, países, culturas, seres.

Por un pecado del hombre, el mundo es maldecido por Dios; por una obra Redentora de Cristo, el hombre encuentra la bendición de Dios.

Si se quita la realidad del pecado de la vista del hombre y se le da un nuevo concepto, entonces todo se anula: Cristo, su Obra Redentora y la salvación de todos los hombres.

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Si la Jerarquía no llama al pecado con el nombre de pecado, entonces hace una Iglesia para condenar las almas.

Si la Jerarquía se dedica a obras sociales, a buscar los derechos de los hombres, a conseguir justicias humanas, entonces todo cae, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero.

El camino para salvarse: Cristo Crucificado. Si el mundo no mira la Cruz no puede salvarse. Si el mundo sólo se mira a sí mismo, entonces los hombres se hacen dioses de sí mismos.

La Iglesia sólo necesita hacer penitencia de sus pecados para renovarse, para cambiar su faz, para ser lo que Cristo quiere.

La Iglesia no necesita a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya para ser Iglesia. La Iglesia Católica mira al Crucificado. No mira a un hombre que baila con el mundo, con el demonio, que para hacer algo necesita la foto, necesita la propaganda, necesita hablar con los hombres, hacer declaraciones. Cuando sólo una cosa es necesaria: dar a Cristo, ofrecer el mismo amor de Cristo a las almas. Pero un alma sacerdotal que no vive clavada en la Cruz, con su Redentor, ¿cómo va a dar a Cristo?, ¿cómo va a indicar el camino de la Cruz si se aparta de la Cruz que salva, si no es capaz –ni siquiera- de portar en su cuello al Crucificado?

Cristo Jesús sufre por los hombres: son muchas las ofensas que recibe el Corazón agonizante de Jesús, porque la copa ha rebasado su límite, está rebosando. La copa de la Justicia Divina que toda la Iglesia tiene que beber para ser Santa, Inmaculada, Pura y Humilde.

Cristo Jesús ha puesto Su Iglesia para hacer de la Creación una Bendición Divina. Y sólo a través de Su Iglesia, se quita la maldición que el Padre dio a todo lo creado. Maldición que subsiste todavía, porque el pecado no ha desaparecido. Ha sido vencido en Cristo, pero cada hombre es libre para seguir pecando. Los hombres tienen que reparar –y mucho- sus vidas de pecado si quieren salvarse y santificarse. Son muchos los motivos por los cuales hay que hacer penitencia en la vida, desde que se tiene uso de razón hasta la muerte. La vida humana es una batalla espiritual del hombre contra sí mismo, del hombre contra las fuerzas espirituales del demonio, del hombre contra las fuerzas del mundo. Mundo, demonio y carne: los tres frentes que guerrean constantemente en contra de todo hombre. Tres legiones de asaltos diarios que sólo se vencen con la Cruz de Cristo.

Un hombre sin Cruz es un hombre de mundo, del pecado y del demonio.

Un hombre que no mira su pecado tiene sólo ojos para pecar.

Un hombre que no mira al demonio, es un esclavo de su mente demoníaca.

Un hombre que no mira al mundo es mundano y profano.

Hay que mirar el pecado con las llagas de Cristo, con el Corazón abierto del Redentor; hay que mirar el pecado como Cristo lo miró en lo alto de la Cruz. Cristo Crucificado mira al hombre pecador, y sufre por él y muere por él. Cristo Crucificado carga con el pecado de todos los hombres. Y ese pecado es la maldad que odia el Padre. Y Cristo ofrece su Vida a Su Padre, cargando con el pecado que odia. Y, por eso, el pecado que carga Cristo en la Cruz es la Justicia del Padre a Su Hijo. El Padre castiga a Su Hijo porque ve en Él el pecado del hombre, que odia. El Padre, amando a Su Hijo, odia lo que carga Su Hijo: el maldito pecado del hombre. Y, Cristo, muriendo a causa de la Justicia de Su Padre, trae la bendición divina al hombre.

Si el hombre, cuando peca, no va al Crucificado para arrepentirse de su pecado, el Padre no puede perdonarlo. El Padre sólo perdona al hombre a través de las llagas de Su Hijo, del dolor de Su Hijo, de la Cruz en la que Su Hijo se crucifica.

El Padre ya no puede perdonar al hombre que no sabe mirar a Cristo Crucificado, que no sabe hacer de su vida una penitencia, una mortificación, una crucifixión de su propia voluntad humana. El hombre que no vive en el desierto de todo lo humano, como lo han hecho todos los santos, reparando sus muchos pecados en su vida; el hombre que no se aleja de los hombres, del mundo, para ver sólo su pecado y, en él, el Dolor de Cristo Crucificado, ése hombre no puede salvarse, ése hombre no tiene camino de salvación.

Hay que mirar el pecado como el Padre lo ve en Su Hijo Crucificado: con odio, obrando una Justicia en ese odio, para reparar los frutos de ese pecado. Y si no se mira así el pecado, entonces todo se anula, se vive una utopía: la opción por los pobres; liberar a los hombres de sus problemas económicos, políticos, sociales. Es no comprender la Obra de la Redención en Cristo y en la Iglesia.

Hay que mirar el mundo con la Faz de Cristo, con el Rostro ensangrentado de Cristo. Hay que mirar el mundo como Cristo lo vio: Él vio la maldición de Su Padre en toda la Creación. Y Él muere dentro de la maldición de Su Padre. La Cruz es el fruto del pecado de Adán, el fruto de una maldición divina. Todo lleva a la Cruz. Todas las obras de los hombres llevan a la Cruz. Todo cuanto hace el hombre sobre la tierra lleva a la Cruz. Porque, si el hombre ha perdido el camino para adorar a Dios, entonces no sabe el camino para dar gloria a Dios en todo lo creado; no sabe cuidar la Creación, porque no sabe cuidar su propia alma del pecado. No sabe conservar la creación porque no sabe conservar su alma limpia del pecado, viviendo una vida moral, de perfección.

Cristo ve la maldición del mundo; y muere en esa maldición. Y el Padre, en Su Justicia, da a Su Hijo el camino para que todo sea bendito, todo sea renovado, todo vuelva al Plan original.

Por eso, hay que mirar el mundo como Cristo lo miró en la Cruz: no vale nada; no sirve para nada si el hombre no permanece en la Gracia Divina. El camino para conservar lo creado y que sirva como bendición, como instrumento para salvarse: la Gracia, que Cristo conquistó en la Cruz para el hombre. Un hombre sin gracia es un hombre mundano, profano, terrenal, carnal, material. No sabe usar nada de lo creado para salvar su alma ni el alma de los demás. Dios ha creado todas las cosas para Su Gloria, no para darle gloria al hombre.

El hombre que busca su gloria, su fama, su alabanza, el aplauso de los demás hombres, no puede salvarse. Porque la gloria del hombre es dar gloria de Dios. Y sólo se puede hacer en la Cruz de Cristo: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa…» (Hebr 1,2s). Cristo Jesús sostiene todas las cosas, que ha creado, con su palabra de la Cruz, para que no perezcan por la maldición del pecado del hombre. Es la Cruz de Cristo lo que sostiene al mundo para que el Padre no acabe con él. En la Cruz está la Bendición Divina. Un hombre que no se crucifica es un maldito, no puede recibir ninguna bendición.

Hay que mirar el demonio como Cristo lo miró desde Su Cruz: como un Enemigo de las almas que Él ha creado. Por el demonio, Cristo está Crucificado. Por las obras del demonio. Y es la Cruz lo que destruye las obras del demonio: «para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8). Los hombres se han olvidado de tener una cruz entre sus manos, en su cuello, en sus casas, y, por eso, el demonio puede con ellos.

Una Iglesia que no mira al Crucificado no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia que adora en Espíritu y en Verdad; no es la Iglesia que cuida la Eucaristía; no es la Iglesia que enseña a caminar hacia la Verdad de la Vida.

Una Iglesia que no permanece al pie del Crucificado, como lo hicieron la Virgen María y San Juan, no sabe reparar sus muchos males y no sabe engendrar la virtud en las almas. No sabe ser perfecta. No tiene la sabiduría divina. Es sólo una veleta de los pensamientos de los hombres, un juego, un negocio más en la vida.

Hoy día todos miran al usurpador del Papado y nadie mira al Crucificado. Nadie atiende a su Dolor Divino porque todos están muy preocupados de resolver asuntos humanos que no tienen solución sino en Cristo Crucificado, en una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillación, que los hombres no quieren vivir, porque sus pensamientos están llenos de lo que buscan en sus vidas: la gloria de los hombres.

Almas satanizadas

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Satanás es un ser con una inteligencia para el Mal: piensa el mal y nunca puede tener una idea para obrar el bien. Por eso, es el demonio de la mente humana; el demonio que se encuentra en todo hombre cuando nace.

Estuvo en el Paraíso para introducir en la mente de Adán la idea del mal. Y está en cada hombre para llevarlo, a través de la idea, hacia el mal.

El Mal es el diablo; es el ángel que se rebeló cuando fue creado por Dios y que arrastró a muchos al infierno. El Mal es lucifer, pero no sólo él, sino todos los demás que se unen a él para idear el Mal.

El Mal en el espíritu del demonio no es una idea, como en el hombre. El hombre, para obrar un mal, necesita pensar el mal. El demonio no tiene necesidad de pensar el Mal. Sólo lo obra porque lo ve en su entendimiento.

Este Misterio del Mal no se puede comprender con la razón humana, porque el hombre no sabe definir lo que es el Espíritu.

Dios es Espíritu, pero en Él no hay ningún Mal. El demonio es espíritu; pero en él está todo el Mal.

El Mal no pertenece al hombre, como tampoco el Bien es del hombre. Dios es el Bien; el demonio es el Mal. Son dos realidades que están desde toda la eternidad. El demonio no es eterno, pero el Mal sí lo es.

El Mal es lo contrario al Bien. Donde está el Bien ahí está el Mal. Pero el Mal no obra si no hay un ser que lo acepte.

El Mal, en sí mismo no existe, no es nada. El Mal existe porque existe el Bien. Pero, en sí mismo, no se da el Mal.

Dios existe desde toda la eternidad. Y en Dios sólo se da el Bien; no se da el Mal. Pero el Mal existe como concepto, no como realidad, en Dios. En Dios, se da la idea del Mal, porque Dios conoce todas las ideas. Pero Dios no obra ni puede obrar el Mal, la idea del Mal.

Cuando Dios crea a Lucifer, éste se opone a Dios y, automáticamente, entra en él todo el Mal. Lucifer se convierte en un ser que recibe toda idea del Mal. Y sólo puede tener, en su entendimiento angélico, la idea del mal. No puede obrar ningún bien, porque el bien no es una idea, sino sólo Dios. Desde ese momento, esa idea del Mal se convierte en una obra constante en él. Por eso, el demonio sólo ve el mal que está en su entendimiento y lo obra sin más. No tiene que pensar el mal, porque ya tiene toda idea del Mal. El demonio conoce todas las ideas para obrar cualquier mal. El demonio lo conoce todo en el mal y lo obra. Dios conoce toda idea del mal, pero nunca obra el mal, porque es el Bien.

Y entonces, ¿qué es el mal en el hombre? Es la obra del demonio a través del hombre.

Adán, al aceptar la idea del demonio, acepta obrar para el demonio y cae en el principio del mal, cae en el fondo del pecado. Adán lo tenía todo en el Paraíso; al pecar, se queda sólo con todo el mal que el demonio le ofrece.

Todo hombre que acepta lo que el demonio le propone, cae en la tiniebla y en la oscuridad del pecado, y se convierte en el instrumento del demonio. Es a través del hombre, que hace oído al demonio, cómo el pecado entra en el mundo. Cuando el hombre escucha a Dios, entonces hace el Bien. Eso es la fe: una obra divina. Pero el hombre que escucha al demonio, nunca puede hacer el bien, sino el mal que el demonio le pone. Y donde está la idea del mal, allí no está la fe, la obra divina. El hombre obra el pecado movido por el demonio. El hombre, cuando peca, no peca solo. Está siempre el demonio detrás, aunque no crea en él, aunque no lo perciba, aunque viva su vida de espaldas a todo lo espiritual.

Por eso, para acabar con el mal en el mundo hay que acabar con el demonio. Si no se va a la raíz del problema, el demonio sólo juega con los males en el mundo. Y los hombres se dedican a quitar males, pero nacen otros, que llevan a otros males. Y así el demonio va tejiendo su mundo de pecado en el hombre, a través del hombre, con obras aparentemente buenas.

El hombre sólo puede hacer un bien de la mano de Dios: es el Espíritu Divino el que mueve a hacer un bien. Si el hombre no es humilde, si no obedece a la Palabra de Dios, si no tiene fe en Cristo, entonces siempre va a hacer un mal, aunque ese mal sea en apariencia un bien humano o natural o material. Donde hay una raíz de soberbia, siempre habrá un demonio detrás.

Por eso, la vida espiritual es atacar la soberbia, para así fijarse en el demonio y combatirlo.

Si no se ataca al demonio, entonces el hombre no sabe dejarse mover por Dios para hacer el bien. Es el demonio el que pone toda idea del mal.

El hombre tiene que discernir sus pensamientos para quitar toda idea del demonio. El demonio sólo trabaja en la mente del hombre. Es experto en llevar al hombre a la síntesis, a la meditación, al análisis; es experto en hacer que el hombre se queda dando vueltas a su razón humana, a su filosofía, a su teología, y de ahí sacar una idea para el mal. Una idea que para el hombre es buena, la cree buena, pero es toda demoníaca. El hombre no percibe que su idea es del demonio. El hombre se da cuenta después, cuando lo pone en obra y ve sus consecuencias malas.

Hay solo una batalla: el bien contra el Mal. Dios, cuando hace un bien es para batallar contra el mal.

“Entonces se entabló una guerra en el Cielo: Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón que fue precipitado”. Ésta es la terrible realidad que al hombre le cuesta entender.

Dios creó a Lucifer; Dios hizo un bien. Y lucifer se enfrenta a Dios, obrando un mal.

Dios, cuando hace un bien es para luchar contra el Mal. El bien es siempre una batalla contra el mal. Sólo, en el Cielo, el bien es premio, ganancia, paz, felicidad, amor. Pero, fuera del Cielo, en la Creación, el bien es lucha. Nunca hay que descansar cuando se hace un bien. Se hace un bien para seguir batallando, para seguir haciendo otro bien. Se hace un bien para purificar el corazón del mal. Se hace un bien para ganar un mal, para liquidar el mal, para anular el mal.

Por eso, la Cruz es el triunfo del Bien sobre el Mal. Es la Luz en el Camino hacia el Cielo. Es la Vida en el Sendero hacia la Eternidad.

Quien camina haciendo el bien anda quitando el pecado en todo su alrededor. Si no se quita el pecado, entonces no se camina bien; entonces el camino está torcido.

Un mundo que crece en el pecado es un mundo donde no hay una gota de bien. El mal se disfraza de bien, de cosas buenas en apariencia; pero son sólo males, ideas del mal.

Si no se limpian las almas del pecado, entonces sólo se vive limpiando los males exteriores. Y eso que se limpia es un mal, no es una obra buena; es sólo una idea del mal, pero disfrazada de bien.

El demonio sabe jugar con la mente de los hombres como quiere.

Vivimos en un mundo lleno de mal, con una apariencia buena, incluso perfecta. Es todo eso: apariencia. Y, por eso, el demonio triunfa en todas partes.

Vivimos en una Iglesia con una Jerarquía disfrazada de bondad, pero que es toda Ella del demonio. En sus mentes sólo está la idea del mal. Y ningún bien. Porque es la Jerarquía que el mismo demonio ha puesto en la Iglesia para destruirla. Es una Jerarquía inventada por la mente del demonio, movida por el mismo demonio, guiada en todo por el demonio.

Francisco pertenece a esa Jerarquía del demonio. Y si eso no saben verlo, entonces no sabrán combatir al demonio en la Iglesia. Para hacer el bien en la Iglesia hay que batallar contra el mal que hace Francisco. Quien aplaude a Francisco, obra el mismo mal que él hace en la Iglesia, que es el mal del demonio.

Quien no sabe discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, entonces sólo sabe criticar a toda la Jerarquía y a todo el Papado.

Quien no sabe ver la acción del demonio, ni en el mundo, ni en la Iglesia, entonces sólo está trabajando para el mismo demonio. ¡Cuántos dicen que están en la Iglesia para defenderla de todos los males, y no saben defenderla del demonio! Si la pasan criticando todo, viendo males donde no hay; pero no entienden la obra del demonio, ni en sus almas ni en la de otros.

El hombre escucha al demonio cuando piensa. El hombre, para no escuchar al demonio, tiene que saber pensar, tiene que saber meditar, tiene que sabe hacer filosofía.

Y sólo se consigue esto con la oración y con la vida de penitencia. Para aprender a pensar: ora; para aprender a ver las ideas del demonio en tu mente, haz penitencia.

Quien aprende a discernir sus pensamientos, todos sus pensamientos, aprende a hacer el bien que Dios quiere. Pero quien no aprende a dejar sus pensamientos a un lado, sino que se afana en ellos, entonces siempre estará escuchando al demonio en su mente. Y siempre se va a equivocar en la Iglesia.

Quien no ve al demonio en su vida, tampoco lo ve en los demás. Quien no ve su pecado, tampoco ve el pecado de los demás.

En la Iglesia, hay una Jerarquía que enseña a pecar claramente. Y muchos la apoyan, porque son hombres buenos, con una cara sonriente, que dan un beso a los pobres, que son amables con todo el mundo.

Toda Jerarquía que no enseñe a batallar contra el demonio, pertenece al demonio. Y se enseña a luchar contra el demonio, no hablando de él, sino obrando contra él.

Una Jerarquía que no batalla el pecado, que no quita el pecado, sino que se dedica a quitar la hambruna del mundo, ésa es del demonio.

Una Jerarquía que habla del aborto como una injusticia social, ésa es la Jerarquía del demonio. El aborto es la obra del demonio en la mujer. Y, por eso, es necesario hacer exorcismos sobre la mujer que aborta. Pero hoy a la mujer que aborta se la lleva al psicólogo para no hacer nada.

Una Jerarquía que no se centre en el pecado de cada alma, es una Jerarquía que condena a las almas al infierno con sus obras en la Iglesia, que pueden ser maravillosas, pero son del demonio, para despistar a las almas.

Vivimos en un mundo de almas satanizadas; almas que han escuchado la voz del demonio y que sólo se dedican a obrar el mal.

Y la Jerarquía que actualmente gobierna la Iglesia son almas satanizadas: enseñan una espiritualidad sin verdad, sin luz, sin camino, sin vida.

La gente no se ha dado cuenta, pero ya en muchos sacerdotes está la obra del demonio en sus misas: son misas para el demonio, donde sólo se obra la idea del mal; pero ya no hay Vida en esa misa; ya no se da la Eucaristía.

Los tiempos son gravísimos. Ya no hay tiempo. Ya se inicia la nueva iglesia, la iglesia negra, la iglesia del demonio, que obra sólo el mal, y nada más que el mal.

«Y mirarán al que traspasaron»

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«Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

«Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

1. Luchar contra el demonio;

2. Luchar contra el pecado de cada uno.

Estas dos cosas son toda la Iglesia.

Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

Esta es toda la Muerte de Cristo.

Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

1. Quitar su pecado;

2. Luchar contra el demonio.

Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

1. La salvación para su alma

2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

Porque el mundo, todavía es del demonio.

Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

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