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Dos banderas: o Cristo o el demonio

Cristo 03

“No os juntéis bajo un mismo yugo con los infieles, que os son tan desiguales. Pues, ¿qué participación hay entre la justicia y la iniquidad? ¿O qué sociedad hay entre la luz y las tinieblas? ¿Y qué armonía de Cristo con Belial? ¿O qué parte del fiel con el infiel? ¿Y qué acuerdo entre el Templo de Dios y los ídolos?” (2 Cor 6, 14).

En este nuevo documento del anticristo Francisco se enseña el error en la Iglesia, se difunde como algo verdadero y se acoge entre la general apatía e indiferencia.

Esto supone que existe una falta de fe, propagada, alentada, por muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia, que viven ya para sus vidas humanas, para sus falsas creencias sobre Cristo, sobre la Iglesia y sobre el amor. Y, por eso, los pecados se cometen y se justifican por muchos, sin un camino para el arrepentimiento, sin la lucha contra todo aquello que se oponga a la doctrina de Cristo.

Los sacramentos se obran en el pecado y se inutiliza la Gracia de Cristo en toda la Iglesia. La tibieza en toda la Iglesia está a la orden del día y se disipan los tesoros que el Señor ha puesto en manos de Ella.

Muy pocas son las almas que escuchan en sus corazones la Voz del Espíritu, porque sólo tienen mente para la voz de los hombres, para sus palabras, sus pensamientos, sus obras, sus fines en la vida.

Pocos son los hombres decididos a vivir la Verdad que da el Espíritu, porque ya no saben buscar esa Verdad al estar impregnados de tantas mentiras como los hombres se dicen unos a otros.

Para seguir el Espíritu de Cristo es necesario oponerse al espíritu del mundo, es necesario contemplar el mundo como la escuela del pecado, de la obra del demonio entre los hombres.

Si se está en el mundo para aprender a ser hombre, entonces se vive en el mundo obrando la voluntad del demonio, que se da entre todos los hombres que no viven la Gracia Divina en sus vidas, que inutilizan esa Gracia al valorar en exceso toda su humanidad.

Pocos entienden en la Iglesia lo que supone seguir a Cristo. Y muchos quieren seguir siendo hombres, sin apartar de ellos al hombre viejo, sólo con la idea de reformarse en sus pensamientos humanos, en sus obras humanas, creyendo que eso es todo para ser un hombre nuevo.

La reforma en la Iglesia no existe, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu que no necesita cambiar nada en Ella. Lo que debe darse siempre es la conversión del hombre de su vida de pecado a la vida de la Gracia.

Es cambiar constantemente su mentalidad de hombre, para tener la Mente de Cristo, que no quiere pensamientos humanos en su Iglesia, sólo quiere el Pensamiento de Su Padre en Ella.

Y es lo que muchos no han comprendido y quieren reformar la Iglesia a base de pensamientos humanos, de filosofías humanas, de estructuras humanas, que no sirven sino para destruirlo todo en la Iglesia.

En este documento de este anticristo es lo que tenemos a la vista: sólo sirve para hacer de la Iglesia el culto al pensamiento del hombre. Y, por ello, para hacer en la Iglesia las obras del hombres que son del mundo y que viven para el mundo, llenos de su espíritu mundano, regidos en todo por el demonio, Príncipe del mundo.

Y son muchos en la Iglesia que no han captado esto, que viven como si todo marchara como siempre, con un jefe de la Iglesia que sabe lo que está haciendo y que la guía hacia la verdad y el bien.

Y no ven el desastre que viene para toda la Iglesia. No lo ven ni lo pueden ver, porque viven encerrados en su pensamiento humano, en su vida humana, en sus obras humanas dentro de la Iglesia.

La Iglesia no se hace a base de esfuerzo humano, ni a base de pensar la Iglesia con las ideas de los hombres, ni a base de obrar lo bueno humano en Ella.

En la Iglesia se hacen las obras divinas. Y quien no las haga, no hace Iglesia, sino que la destruye con sus obras humanas. Así, desde hace 50 años el edificio de la Iglesia está destruido por muchas obras de los hombres que no las quiere Dios para Su Iglesia.

Obras buenas humanas, pero sin el Espíritu de Cristo, hechas con el espíritu del mundo. Y, por tanto, obras profanas, mundanas, humanas, naturales, carnales, materiales, pero no ni santas, ni sagradas, ni divinas, ni espirituales.

El anticristo Francisco hace unión con todos los infieles del mundo y quiere unir en un mismo yugo a todos los hombres, sin distinción, sin exclusión, sin necesidad de quitar el pecado y el error en la vida de esos hombres.

Los quiere meter bajo un mismo yugo sólo porque son buenos hombres en sus pecados, en sus vidas humanas, con sus obras humanas. Y así tienen derecho natural de salvarse todos los hombres. A este planteamiento se resume todo lo que en este documento se dice sobre el falso ecumenismo, sobre el falso diálogo, sobre la falsa Iglesia de todos los hombres.

El que está en el pecado no puede participar de la Justicia de ser hijo de Dios. No puede santificarse, no puede salvarse, no puede hacer de su vida un seguimiento del Espíritu de Cristo ni, en consecuencia, no puede estar en la Iglesia siguiendo al Espíritu de la Iglesia, sino que está en Ella sólo siguiendo al espíritu del mundo. ¿Qué obras hace un pecador en la Iglesia? Las obras de su pecado. Pero no puede hacer las obras de Cristo. Nunca. Porque esas obras son sin pecado, movidas en todo por el Espíritu de Cristo. Y ese Espíritu enseña primero a quitar el pecado, a purificarse de todo, para hacer las obras que Dios quiere en la Iglesia.

Y, por eso, hay que salir en medio de los pecadores, de los infieles, de los lujuriosos, de los sin Dios, de los fornicadores de Satanás, para ser Iglesia. Quien acoge al demonio en la Iglesia rechaza a Cristo en Ella. Y esto es lo que ha hecho este anticristo, llamado por todos Papa, sin serlo, sin el llamado de Dios, sin la vocación de Dios a ser Pedro. Se puso como cabeza para destruir la Cabeza de la Iglesia: esa es su obra en medio de la Iglesia. Y todos aplaudiendo esa obra de un hereje que tiene en su corazón al demonio.

No puede haber sociedad entre la luz y las tinieblas. O el hombre está en la luz de Dios o está en la luz de las tinieblas. Pero no puede comulgar con ambas luces, tener ambas luces, seguir ambas luces, porque no se pueden seguir a dos Señores. Sólo se puede estar bajo la bandera de uno: o de Cristo o del demonio. Y sólo hay un batalla: Cristo contra el demonio. No hay más luchas en la Iglesia para ser Iglesia.

Muchos quieren estar en la Iglesia sin batallar contra el demonio. No hacen Iglesia. Porque quien está en la bandera de Cristo, bajo Cristo, que es el Rey de la Iglesia, está batallando constantemente contra el demonio en la Iglesia. Es una lucha diaria, segundo a segundo, en la que no se puede descansar, porque el amor de Cristo nos urge a hacer de la Iglesia el Sacramento de la Salvación y de la Santificación de las almas.

Y el anticristo Francisco no lucha contra el demonio en la Iglesia, sino que baila con él en medio de la Iglesia. Va siguiendo al demonio en cualquier obra que haga en la Iglesia. Y ha sacado un documento aprendido en la escuela del demonio y traducido en su pensamiento humano, que está despojado de la Verdad de la doctrina de Cristo.

Ese documento es la doctrina del demonio, es la fábula del demonio para atrapar a tantas almas que viven de cuentos chinos en la Iglesia. Se tragan cualquier idiotez que los hombres dicen con sus necias bocas humanas.

Este documento sólo sirve para construir la nueva iglesia que dará la bienvenida al Anticristo. Y sólo tiene ese fin. No posee el fin divino para hacer que las almas busquen lo divino en sus vidas y aprendan a amar a Dios y al prójimo en Espíritu y en Verdad.

No puede haber armonía entre Cristo y el demonio, entre los seguidores de Cristo y los seguidores del demonio. No hay paz, no hay alegría que trae la paz. Es imposible. Sólo hay guerra continua para conquista la Verdad y la Vida en la Iglesia.

La falsa alegría que trasluce todo este documento viene de la falsa caridad que quiere presentar este anticristo a la Iglesia.

Un falso amor para una falsa alegría. Y eso lleva consigo la destrucción de la paz en los corazones, porque se pone la alegría en la vanidad del mundo y de los hombres. La dulce alegría de los hombres que trae ajenjo al corazón. Eso lo que presenta el Inicuo Francisco, el Impío Francisco, el anticristo Francisco.

Y quien no quiera verlo así, se engaña y engaña a muchos.

No hay parte entre el fiel y el infiel. No hay comunión, no hay amor, no hay paz entre el fiel y el infiel. Sólo hay odio, división, egoísmo. Esto es lo que ha producido Francisco en medio de la Iglesia: división. La Iglesia ha quedado dividida por el odio de Francisco en Ella.

Y esa división ha traído a la Iglesia la ruptura con la doctrina de Cristo. Ya no se sigue, ya todos siguen lo que hay en sus pensamientos humanos y hacen de la Iglesia el templo de Satanás, el culto a todos los ídolos, a todos los dioses que tienen los hombres en el mundo.

Y eso conlleva una sola cosa: acoger la mentira y ponerla como la verdad, como el ladrillo para edificar la Iglesia.

Divide y vencerás: eso es el plan de Francisco. Sólo eso. Y no ha tenido luchas en la Iglesia, batallas, porque todo el mundo está dormido en su vida espiritual sin hacer nada por Cristo ni por la Iglesia.

Y, entonces, tenemos la Iglesia que nos merecemos, que queremos, que buscamos: la iglesia donde se da culto al hombre y al demonio.

Quien quiera estar en ella, que siga al demonio Francisco. Quien no quiera tiene que batallar contra ese demonio para seguir a Cristo en la Iglesia, para seguir la Verdad en la Iglesia, para tener la Vida que la Iglesia da a todos sus fieles.

Batallar en contra de Francisco y sus seguidores o morir a toda la vida espiritual y celestial. Elijan el camino. Cada uno es libre para andar un camino u otro: o Cristo o el demonio. Una de dos. O bajo Cristo o bajo el demonio. O con Cristo o con el demonio.

¿Hacia dónde va la Iglesia?

“…todo espíritu que rompe la unidad de Jesús, no es de Dios; y éste es el espíritu del anticristo, el cual habéis oído que viene, y ahora ya está en el mundo” (1 Jn 4, 3).

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El espíritu del anticristo rompe la unidad que Jesús ha hecho en Su Iglesia.

La unidad en la Iglesia sólo está en Pedro. Se quita a Pedro y se rompe la Iglesia.

Todos los dogmas pueden desaparecer y no se rompe la unidad en la Iglesia. Desparece el Papado y desparece la Iglesia.

La Iglesia, como ha sido contemplada en 20 siglos ya no existe.

Existe lo exterior de la Iglesia, lo que todos ven con sus ojos humanos. Pero no existe la vida interior de la Iglesia.

Una vez que Benedicto XVI renunció a ser Pedro, la Iglesia, interiormente, no existe.

Para comprender este punto es necesario contemplar la Iglesia como el Reinado de Cristo, como el gobierno de Cristo, como la Autoridad de Cristo.

La cabeza de la Iglesia sólo es Cristo Jesús: “Le dijo Pilato: ¿Luego, tú eres Rey? Tú dices que soy Rey” (Jn 18, 37) .

Y esa Cabeza es un Rey Divino, no un rey humano, terrenal, material, carnal.

Y, por tanto, la Iglesia es un Reino espiritual, no un reino material, humano.

Cristo Jesús reina en la Iglesia: gobierna la Iglesia, decide en la Iglesia, enseña en la Iglesia, obra en la Iglesia.

Los hombres no reinan en la Iglesia, no gobiernan la Iglesia, no enseñan en la Iglesia.

Y Cristo Jesús puso una cabeza visible para darle todo lo que es Él como Rey.

Pedro es el mismo Cristo en la Tierra. Enseña, obra, gobierna lo mismo que su Rey.

Pero si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces nadie en la Iglesia decide nada, ni gobierna nada ni enseña nada.

Desde la renuncia de Benedicto XVI, la Iglesia está vacía de la Autoridad Divina. Cristo Jesús no da su Poder a ningún hombre. Sólo a Pedro.

Como Benedicto XVI no quiso ser Pedro, entonces la Iglesia se queda sin gobierno divino, es decir, con un gobierno humano, con unas enseñanzas humanas, con unas obras humanas.

Y la maldad que surge de este gobierno humano nadie lo ha comprendido en la Iglesia.

Nadie comprende lo que significa para la Iglesia tener un hereje, como Francisco, sentado en la Silla de Pedro, sin ninguna Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo con una autoridad humana, incapaz de poner un camino divino a la Iglesia.

¿Hacia dónde va la Iglesia? Hacia su destrucción. No va a salvaguardar los tesoros celestiales dados a Ella durante 20 siglos.

La Iglesia misma destruye todos sus tesoros. Eso significa tener a un hereje sentado en la Silla de Pedro.

Muchos quieren ver a Francisco como el que puede hacer algo bueno en la Iglesia a pesar de lo malo que ya ha hecho. Muchos todavía esperan algo de Francisco. Algo bueno. Esperan en vano.

No se le puede hacer el juego a Francisco, aunque haga o muestre cosas buenas. No se puede, porque Francisco no es un anti-Papa, sino un anticristo, el que rompe la unidad de la Iglesia.

Romper: esa es la obra de Francisco.

Romper con la Tradición, romper con los dogmas de la Iglesia, romper con el Magisterio de la Iglesia, romper con los Santos, romper con todo.

Y, para engañar a la Iglesia, se hacen cosas buenas, que a todo el mundo le gusta y que sólo se hacen para tranquilizar al Pueblo y no se inquiete por las cosas malas que ve en Francisco.

Este es el juego del demonio: lanza su mentira y, después, recoge velas, como si nada hubiera pasado. Es lo que vemos ahora.

¿Por qué todo está tan tranquilo? Porque se han recogido las velas. Y no interesa decir cosas que inquieten a la Iglesia. Por eso, Muller hace el juego del demonio. Dice que no se va a cambiar nada en cuanto al matrimonio. No hay que inquietar ahora a la Iglesia con eso. Bastante inquietud ha habido en la Iglesia con las declaraciones del santo Francisco.

Porque eso es Francisco para la Iglesia: un santo que ha tenido que marcar el camino de la Iglesia diciendo sus herejías, que son los dogmas ahora en la Iglesia.

Para la Iglesia Francisco es un gran Papa, el mejor de todos, porque Francisco recuerda los principios de la Iglesia que ésta ha olvidado en 20 siglos: atender a los pobres y necesitados, dando esperanza que Dios ama a todas las almas.

Esta es la predicación de Francisco, que no es la predicación de Jesús, que no es la tarea y origen de la Iglesia.

Pero Francisco, como es un santo tan humilde, tan caritativo, tan amable con todos, entonces lleva a la Iglesia hacia su origen: una Iglesia pobre, humilde y peregrina, atenta al pedido de cada alma.

Ante esta herejía, nadie dice nada, porque no se ve eso como una herejía. Se ve como una verdad.

Este es el problema de la Iglesia: ya no ve la Verdad. Sólo ve sus verdades, las que le interesa en estos momentos de la historia del hombre.

Porque la Jerarquía de la Iglesia vive para la historia del hombre, pero no vive para la Palabra de Dios. Y todo cuanto hace en la Iglesia es para dar tributo a la vida del hombre, pero no para dar gloria a Dios.

Como todos en la Iglesia están mirando a Francisco, que es su redentor, que es su mesías, entonces no se dan cuenta del peligro que es Francisco para toda la Iglesia.

Esta es la jugada del demonio.

Poner una cabeza que hable de amor y de paz a los hombres. Eso le gusta a todo el mundo, menos a Dios.

Y hacer que esa cabeza vaya indicando el camino para obrar la mentira en la Iglesia, como lo ha hecho Francisco en los siete meses que lleva.

Y, todos, con la baba en la boca por las palabras de Francisco, siguen ese camino sin discernir a Francisco. Porque han sido cogidos en el espíritu de Francisco, que es un espíritu que no deja ver la mentira cuando habla.

Francisco habla y nadie coge sus mentiras. Esa es la jugada del demonio. Ése es el espíritu que tiene todo anticristo: nadie ve el error, porque se muestra como una verdad.

Se da una verdad y, al mismo tiempo, se da una mentira. Así habla todo anticristo. Así habla Francisco.

Esto hace un daño gravísimo a toda la Iglesia, porque la Iglesia empieza a llenarse de esta ensalada: verdad y mentira al mismo tiempo. Y, entonces, ya la Verdad se oculta a la Iglesia. Ya hay que hacer caso de lo que dice Francisco, porque se recurre siempre a la frase más manida de todas: es el Papa.

El anticristo, cuando está sentado en la Silla de Pedro, esconde sus mentiras y da lo que la Iglesia quiere escuchar. Pero lo da mezclando la verdad con las mentiras y sin que nadie lo note.

Francisco ya lleva hablando así desde el principio de su sacerdocio. Con un lenguaje doble, engañoso, fácil de seguir por todos, pero difícil de comprender por todos.

Francisco habla y todos lo siguen, porque no dice palabras extrañas, teológicas, filosóficas. Pero nadie comprende lo que ha querido decir en eso, porque está lleno de mentiras que no son camino para la verdad nunca.

Y, aun así, aunque no se comprende, los hombres lo siguen todavía. Y ¿por qué? Por el trabajo del espíritu en cada alma que escucha a Francisco sin discernir.

Quien oye a Francisco o lo lee y no discierne lo que ese hombre está diciendo, entonces el demonio trabaja en su alma para que siga a Francisco sin discernir nada de lo que dice.

Y eso lleva a una conclusión: ¡cuántas almas en la Iglesia hay sin vida espiritual, fáciles de engañar con cualquier clase de idea sobre Dios y sobre Jesús!

Así está el patio de la Iglesia: almas que caen en la trampa del enemigo porque no tienen ninguna vida espiritual. Si, van a misa, hacen sus oraciones, sus apostolados, pero no tienen vida espiritual.

Porque la vida espiritual es seguir al Espíritu de Cristo. Y esto es lo que no se sabe hacer en la Iglesia. Todos hacen oración, penitencia y demás cosas, pero nadie sigue al Espíritu de Cristo. Y es el Espíritu el que enseña a discernir la verdad cuando un mentiroso habla en la Iglesia.

Tener sentado en la Silla de Pedro a Francisco, que es el primer anticristo de muchos que vienen ya a la Iglesia, es dejar que el demonio obre en toda la Iglesia a su gusto, sin ningún impedimento en la Iglesia.

Y, por eso, todo este teatro de Francisco y los suyos acaba en la destrucción de la Iglesia.

Eso es lo que viene ahora. Estamos ya en el inicio de la gran Apostasía de la Fe, en que muchos se van a perder porque no han comprendido lo que es la Fe, ni por tanto, han comprendido lo que es la Iglesia.

Momentos muy críticos vienen ya para la Iglesia. Momentos de lucha, pero también momentos para decidir la vida.

Porque ver a un hereje en la Silla de Pedro y ver la inanición de la Jerarquía para quitar a ese hereje, significa que muy pronto hay que decidir o seguir mirando a Roma o renunciar a Roma para seguir en la Iglesia de Jesús, que ya no está en Roma. En Roma lo que queda es lo exterior de la Iglesia, pero no su Espíritu.

Hay que renunciar a Roma y dejar que los que estén en Roma destruyan a su gusto la Iglesia, porque nadie va a defenderla en Roma. Cada uno tiene que defender su fe de Roma, de lo que Roma imponga al mundo.

El misticismo en la Iglesia

“La Iglesia, que, ya concebida, nació del mismo costado del segundo Adán, como dormido en la Cruz, apareció a la luz del mundo de una manera espléndida por vez primera el día faustísimo de Pentecostés” (León XIII – Enc. Divinum illud: A.S.S. 29, 649).

MIGUEL ANGEL LA PIEDAD RECORTADA

Jesús concibió Su Iglesia en el Espíritu. Pero la hizo nacer en la Cruz, cuando murió y el soldado le atravesó el costado. Su Sangre y su Agua derramada en la Cruz es el inicio de la Iglesia.

La Iglesia nació en el dolor de la muerte Cristo. Y fue en los brazos de la Virgen María dónde se reclinó, por primera vez, la Iglesia.

Jesús muerto en los brazos de Su Madre representa el nacimiento de la Iglesia.

Así como la Virgen María dio a luz al Salvador del mundo y en sus brazos lo presentó al mundo en las ofrendas de los Reyes Magos, así la Virgen presentó al mundo la Iglesia en su Hijo muerto.

Esto simboliza que el nacimiento de la Iglesia no le pertenece a ningún hombre. La Iglesia no nace en el pensamiento de un hombre, sino en la muerte del Redentor.

Es en su muerte, no es en su vida, no es en sus palabras ni en sus obras cómo hay que buscar la Iglesia.

La Iglesia de Jesús hay que buscarla siempre en la muerte de todo lo humano, que es lo que hoy no se predica por los sacerdotes y Obispos.

La Jerarquía está imbuida de todo el humanismo, que es lo más contrario a la Obra de la Redención en la que Jesús muere a todo lo humano.

Cuando las almas de la Iglesia buscan refugiarse en las cosas humanas, en la vida humana, en las obras humanas, se apartan del Espíritu de la Iglesia.

El Espíritu de la Iglesia se da en el mundo cuando muere todo lo humano. Muere Cristo y es ahí cuando el Espíritu inicia su obra en el mundo. Y la inicia buscando a los Apóstoles que han huido del Calvario para que se refugien en la Presencia de la Virgen María, que es donde descansa toda la Iglesia.

Ella es el Refugio de la Iglesia siempre. Y, por eso, en estos momentos, la Iglesia tiene que refugiarse en la Virgen María. Ahora más que nunca la Virgen aparece en la Iglesia como la Reina que todo lo gobierna en un mundo que ha sido dado a Satanás.

Por tanto, es misión de la Iglesia guardar todos sus tesoros en el Corazón de la Virgen. Hay que guardar la Tradición de la Iglesia, los 20 siglos de Iglesia escondidos en las almas que han creído en la Palabra de Dios. Hay que guardar todo el Dogma de la Iglesia como un tesoro que nunca se puede olvidar y perder. Hay que guardar todo el Magisterio de la Iglesia, el Auténtico, el que ha dado todos los Papas hasta Benedicto XVI, porque en ellos está la Obra de Cristo en la Iglesia. Hay que guardar el Evangelio de Cristo, el dado por la Tradición, el que no ha sido adulterado en estos tiempos por la Jerarquía Eclesiástica, como la auténtica Palabra de Dios a su Pueblo.

Hay que recoger todos los dones, todos los carismas, todas las gracias, todos los sacramentos que tiene la Iglesia para no perderlo y seguir usándolo cuando el Espíritu de la Iglesia lo quiera.

Hay que guardar ahora toda la Iglesia en el corazón. Porque desde Roma se va a iniciar a despojar a toda la Iglesia de sus tesoros celestiales que tiene en esto siglos.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. La fundó Jesús y sólo Jesús sabe cómo guiarla en todas las etapas de la vida de los hombres.

Con la renuncia de Benedicto XVI, la obediencia en la Iglesia no puede darse, porque se anuló la unión mística de Cristo con Pedro y, por tanto, se anuló automáticamente toda obediencia, que sale de la unión espiritual de los Obispos con Pedro.

Ahora la Jerarquía de la Iglesia se ha unido a un impostor y le tributa obediencia. Y esa obediencia es una desobediencia de cada Obispo al Espíritu de la Iglesia. Y es una rebeldía de cada Obispo al Espíritu de Cristo. Y es una soberbia de cada Obispo a Cristo, que fundó Su Iglesia sobre Pedro, no sobre un impostor.

Ni se puede obedecer a Francisco ni a la Jerarquía que se une a Francisco. Y no sólo por las declaraciones de Francisco o por sus errores dogmáticos en la Enciclica o por otra razón que hubiere. No hay obediencia a nadie en la Iglesia porque Benedicto XVI anuló la unión mística entre Cristo y la Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo porque tiene una Cabeza Visible, que es el Papa, que se une místicamente a Cristo. Si se anula esta unión mística, entonces queda un misticismo.

El misticismo significa la acción del demonio en la cabeza visible de la Iglesia.

La unión entre Cristo y Pedro es una unión mística, no es un misticismo. Es una unión producida sólo por el Espíritu de la Iglesia en Pedro, en su alma y en su corazón.

El misticismo es lo contrario a la unión mística. Es decir, cuando la cabeza visible renuncia a la unión mística queda en ella el misticismo, la obra del demonio en la cabeza visible de la Iglesia.

Esa obra demoníaca consiste en atar a toda la Iglesia a un falso Papa, para que este falso Papa gobierne la Iglesia como el demonio quiere.

Es lo que hemos visto en Francisco: su misticismo. Aceptado por él desde el principio en que acogió una elección de los cardenales para ser falso Papa.
La elección de los cardenales sólo es la obra del demonio por el misticismo que dejó la renuncia de Benedicto XVI.

El misticismo es una obra maléfica en la Iglesia. Y el demonio, en esa su obra, ata almas y corazones al falso Papa. Por eso, tanta gente que sigue aplaudiendo a Francisco aun incluso de haber dicho tantas herejías en sus declaraciones.

Esa obra maléfica oscurece las razones de muchas almas y les impide ver la verdad.

Y esa obra maléfica hace que la Iglesia se contamine constantemente de las obras del demonio.

Ya no hay parte en la Iglesia que no esté contaminada. Hay tantos demonios por los aires que se nota el odio a toda la Iglesia.

Por eso, ahora es el momento del demonio para poner en la Iglesia lo que él desea: un anticristo que demuela toda la Iglesia.

Francisco no sirve para eso. Ahora calla, pero le han obligado callar, para producir una cortina de humo, para apaciguar las conciencias, para crear en el ambiente una confianza que se había perdido.

Esa cortina de humo es una obra maléfica para producir un cambio en la Iglesia. Para que las almas no despierten al mal que ya ven, sino que sigan dormidas y se haga otro acto maléfico en la Iglesia para atar más a las almas a su condenación.

La Iglesia es la Obra del Espíritu. Y, por eso, ahora sólo hay que estar agarrados al Espíritu de la Iglesia que es el que indica el camino a seguir cuando las cosas están como están: oscuras en todas partes.

Ahora es el momento de renunciar a todo lo que de Roma venga. Y es una renuncia muy importante que cada alma tiene que hacer para no contaminarse con lo que venga de Roma.

De Roma ya no viene nada bueno, sino las obras maléficas del demonio. Obras que no se ven al principio, pero que después se palpan en la vida de cada alma.

Por eso, hay que pedir mucha luz al Espíritu de la Iglesia para caminar entre serpientes y escorpiones, porque eso es lo que hay ahora en todas partes del mundo.

Francisco niega la Eucaristía

“La Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración” (Juan Pablo II, lit. Dominicae cenae, 3).

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Francisco dice: “El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo” (n. 44 – Lumen Fidei).

Francisco niega, de esta manera, la Presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas.

Esa presencia es singular, porque en el santísimo sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y, por consiguiente, Cristo entero (Concilio de Trento: DS 1651).

El concilio de Trento nos dice la verdad sobre la Eucaristía:

“… por la consagración del pan y del vino se opera el cambio de toda la sustancia del pan en la substancia del Cuerpo de Cristo nuestro Señor y de toda la substancia del vino en la substancia de su Sangre; la Iglesia católica ha llamado justa y apropiadamente a este cambio transubstanciación (DS 1642).

El pan y el vino se transubstancian en el Cuerpo y Sangre de Cristo.

Francisco enseña que “El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y Sangre de Cristo”.

Transformar significa un cambio de forma, un cambio de imagen, un cambio de modelo. Entonces, Francisco dice que en la Eucaristía el pan y el vino se quedan como están, con sus sustancias propias, pero que se da un cambio en la forma de presentar ese pan y vino. Por tanto, no enseña que desparecen las sustancias de pan y vino, sino que permanecen. Entonces, no puede darse el Misterio de la Eucaristía. Sólo queda el pan y el vino.

En la transubstanciación, desparecen las sustancias del pan y del vino y sólo quedan el Cuerpo y la Sangre. Quedan los accidentes sensibles del pan y del vino, que se unen de forma milagrosa al Cuerpo y Sangre de Cristo.

Enseñar esto en una encíclica que debe ser modelo para la Iglesia, que en ella no debe estar contenida ningún error y, menos, este error dogmático, que niega totalmente la Eucaristía dice mucho de Francisco y de las Misas que él celebra.

Si Francisco escribe esto es porque lo vive. Y, en consecuencia, sus Misas son sólo un teatro en la Iglesia donde no se da la Presencia Real de Cristo ni en el altar ni en la comunión.

Y, por tanto, Francisco no obra la Redención en la Iglesia: “Cuantas veces se renueva en el Altar el Sacrificio de la Cruz, en el que Cristo, nuestra Pascua, fue inmolado, se realiza la obra de nuestra Redención” (Lumen Gentium 3).

Y esto es de gran gravedad para la Iglesia en un sacerdote y en un Obispo.

Y no se comprende por qué sigue siendo sacerdote si no cree en el Sacrificio de la Eucaristía. ¿Qué hace Francisco en la Iglesia? ¿A qué se dedica en la Iglesia? ¿Qué es para él ser sacerdote?

Testimoniar la Verdad con el corazón

“Hijuelos, nadie os engañe: quien obra la justicia es justo, como Él es justo; quien obra el pecado, del diablo procede, porque el diablo peca desde el principio” (1 Jn 3, 7).

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Jesús es la Verdad y todo aquel que está con Jesús habla la verdad. Quien no está con Jesús, siempre da una mentira, un error, un engaño, porque los que son de Dios dan las palabras de Dios, son guiados por el Espíritu Divino cuando tienen que enseñar y obrar la verdad: “Todo el que ha nacido de Dios no obra pecado, porque el germen de Dios permanece en él” (1 Jn 3, 9).

Pero los que no son de Dios, son guiados por el espíritu del mal y dan, en lo que hablan y obran, el engaño: “todo el que no obra la justicia no es de Dios” (1 Jn 3, 10b).

La mentira es la que divide a la Iglesia. Aquel que miente, divide. Pero el que expone la verdad, pone siempre un camino en la vida, porque la verdad es luz para el corazón del hombre y esa luz siempre conduce hacia la paz del corazón, hacia el bienestar de la vida, hacia la conquista del amor fraterno.

Pero quien da la mentira, pone muchos caminos en la vida y, cada uno de ellos, tiene sus medias verdades y, al final, no hay salida, no se ve futuro, no se ve solución a los problemas de la vida.

Muchos tienen miedo de decir la verdad porque creen que no se puede criticar o juzgar al que miente. Pero una cosa es la crítica, que es siempre un pecado, es otra es decir el pecado de la persona.

Decir su pecado es decir la verdad de esa persona, lo que habla esa persona, lo que obra esa persona. Porque si no se pudiera hacer esto, entonces, ¿qué es la verdad? ¿Cuándo hay que decir la verdad? ¿Qué verdad hay que decir?

Decir la verdad es decir las cosas como son, no es inventarse otra cosa. Es la realidad de lo que se oye, es la realidad de lo que se ve, es la realidad de lo que se escribe.

Esa realidad está a la vista de todos. Y eso es la verdad.

Entonces, la Iglesia no puede callarse ante la mentira que habla Francisco. Si la Iglesia calla, la Iglesia es culpable, porque la misión de la Iglesia es enseñar la Verdad, que es Jesús. Y, para enseñar esta Verdad al mundo, primero hay que empezar por la misma Iglesia.

Los sacerdotes callan ante las palabras de Francisco, no enseñan a sus ovejas la realidad de lo que está pasando. Ahí están las homilías, las declaraciones, la encíclica de Francisco. Ahí están sus mentiras. ¿Cómo se puede decir que no hay que hablar en contra de Francisco, cuando no está dando la verdad?

Un Papa que no da la Verdad en la Iglesia no es Papa, es otra cosa. Hay que empezar por este punto. Porque el Papa está puesto por Jesucristo para dar la misma Verdad, que es Él.

Y ante esta realidad no se puede decir: “aquí no pasa nada”.

Aquí pasa mucho, porque si desde la cabeza de la Iglesia se enseña la mentira, entonces la misma cabeza de la Iglesia divide a la Iglesia.

Este es el punto más crucial en todos los sacerdotes. Muchos tienen miedo de decir la verdad porque creen que van a dividir la Iglesia, van a poner a las almas en contra de Francisco.

Y no. Hay que decir la verdad de lo que predica Francisco y eso no divide. Eso es enseñar la verdad. Cuando se enseñan las mentiras de Francisco a las almas se enseña la verdad en la Iglesia. Y esa verdad une a la Iglesia en Jesús.

Pero cuando se tapan las mentiras de Francisco es entonces cuando se hace división en la Iglesia. Y la Iglesia se desune en muchos bandos humanos.

Porque estamos en la Iglesia para seguir a Jesús, no para seguir a los hombres, sean Papas, Cardenales, Obispos, sacerdotes, fieles. Y Jesús está en aquellos Pastores fieles a su Gracia, abiertos a Su Espíritu, que no temen decir las cosas como son. Y a esos Pastores hay que seguir y obedecer, porque en ellos está el Espíritu de Cristo.

Pero aquellos Pastores que tienen miedo de decir las cosas como son, entonces no se les puede seguir, porque no dan la verdad del Espíritu, sino que dan sus medias verdades y quieren acallar los clamores de la gente que ve la verdad de lo que pasa en la Iglesia.

La Iglesia no pertenece a nadie. Jesús la fundó. Y Jesús es el que la guía en Su Espíritu. Y es el Señor el que pone Sus Pastores fieles a Él. Y es el Señor el que elige a sus almas para que escuchen a eso Pastores fieles.

El Señor va guiando Su Iglesia en medio de lobos, en medio de serpientes, en medio de escorpiones. E ir detrás de Él, siguiendo Su Espíritu, es lo que importa en la Iglesia.

Los hombres se levantan para acallar la Verdad, la única Verdad, como siempre ha sido en la historia de la Iglesia.

Pero la Verdad, por más que quieran ocultarla, está siempre ahí, siempre es el fundamento de la vida, de todo hombre, porque Dios ha creado al hombre en la verdad. Y, aunque el hombre viva en su pecado, siempre encuentra una verdad en dónde apoyarse para salir de su pecado.

Nunca el hombre, en esta vida, se encuentra solo frente a su existencia humana, a su vida humana. Todo hombre ve un camino verdadero. Pero ese camino debe ser andando detrás de Jesús, siguiendo Su Espíritu, que es lo que más cuesta al hombre.

Jesús ha puesto el Camino al hombre, que es Él Mismo. Y para todo hombre hay un camino en la vida. Todo hombre que camina en su existencia humana encuentra un camino verdadero, que es el Mismo Jesús. Pero para hallarlo, es necesario que el hombre vuelva su mirada a Jesús y se pregunte si en su vida humana está siguiendo la verdad que da Jesús o las verdades que dan los hombres.

Jesús, al poner el Camino al hombre, pone la Verdad al hombre. Y esa Verdad no son las verdades que dan los hombres. Es sólo la Verdad, que es Jesús, y que siempre es clara, sencilla, humilde, fácil de comprender, fácil de obrar.

Los hombres dan sus verdades y lo complican todo en la vida. Eso es señal de que no siguen a Jesús, a la Verdad, que es Jesús, sino que caminan según sus razones, sus ideales en la vida, sus planes en la vida, sus quereres humanos en la vida.

Y, entonces, cuando tienen que dar testimonio de Cristo, testimonio de la verdad, se callan, dicen otra cosa, tuercen el rostro para no ver la Verdad.

Esto es lo que pasa a muchos sacerdotes y Obispos que no viven en sus vidas humanas mirando a la Verdad, mirando el Rostro de Cristo para reflejarse en la Verdad, sino que viven mirando a los hombres para así no alimentarse de la Verdad.

Es una pena ver cómo está la Iglesia y cómo cuando se dice la Verdad las almas se asustan, las almas temen, las almas dudan, las almas hacen cualquier cosa por seguir en sus mentiras.

Y eso es señal de que no hay Fe en la Iglesia. No se encuentra Fe en la Iglesia. No se encuentra a almas que apoyen a sus pastores cuando predican la verdad. Y los Pastores no encuentran almas que quieran oír la verdad.

Y, entonces, ¿qué Iglesia estamos haciendo? ¿Qué Iglesia estamos formando? ¿Qué significa ser Iglesia?

La Iglesia no puede dormirse ahora cuando desde la cabeza se está enseñando la mentira. Y muchos se perderán cuando las cosas vayan a peor, porque desde el principio dejaron la mentira que creciera a su alrededor, y eso les va a impedir luchar contra lo más fuerte que viene ahora a la Iglesia.

Estamos en el comienzo de una batalla a muerte. No estamos como antes, en otras épocas, en que todo parecía otra cosa, en que desde Roma había una verdad que seguir. En estos momentos, la cabeza de la Iglesia, que es Francisco, no dice la verdad. Y eso es un problema grave para toda la Iglesia. No se puede seguir una mentira en la Iglesia. No se puede obedecer la mentira en la Iglesia. No se puede callar la mentira en la Iglesia.

Todavía hay verdad en Roma, porque está la Eucaristía. Pero cuando la quiten: ¿dónde estará la verdad? ¿Dónde estará la Iglesia? ¿Dónde ir para escuchar la verdad?

Es un problema que viene ahora a toda la Iglesia. Se va a querer imponer las mentiras a toda la Iglesia. Y, entonces, quien acoja una mentira ya no pertenece a la Iglesia.

Porque las mentiras que predican Francisco dañan el dogma de la verdad. No son cualquier mentira. No son mentiras piadosas, no son interpretaciones del Evangelio. Es la negación de todo el Evangelio. Es la negación de la misma vida de Jesús. Es la negación de toda verdad como se ha predicado y enseñado en la Iglesia. Y esto es un grave problema para toda la Iglesia.

Predicar la verdad hoy en la Iglesia es sufrir, es decirle a quien predica: no vuelvas más por acá, no nos metas en problemas con todo eso, déjanos vivir en paz, déjanos estar en la Iglesia como todos están, siendo hermanos unos con otros, apretando lazos humanos, sentirnos que nos amamos, que nos comprendemos, que nos hace bien ser como somos, sin que nadie nos diga que vamos mal. Todos vamos caminando en este mundo de una manera o de otra. Que cada uno busque su manera de caminar en la vida.

Esto es lo que se está diciendo porque no se quiere escuchar la Palabra de Dios, sino que se quiere sólo seguir los dictados que cada cual tiene en su mente para estar en la Iglesia.

Por eso, predicar contra Francisco levanta ampollas en todos los sitios. Y esa verdad duele escucharla y es difícil de decirla, porque hay que oponerse a todos.

La verdad, siendo para todos, es de muy pocos. Porque la Verdad se da al corazón de la persona, no a su mente. Pero quien no vive mirando su corazón, no se pone en la verdad, sino que camina en sus verdades en la vida.

El Fundamento de la Verdad de la Iglesia

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Francisco ha dividido a la Iglesia en la Verdad. Y esto es muy grave. Porque no se tratan de cuestiones filosóficas, científicas, humanas, naturales. Se trata de un planteamiento espiritual de lo que es la Iglesia.

Y la Iglesia tiene una base, un fundamento: Cristo y Su Vicario en la tierra.

Y de este fundamento, de esta Verdad, nacen las demás verdades en la Iglesia. Se quita esta Verdad y la Iglesia desaparece.

La primera división es quitar el Papado y, por consiguiente, se quita el Vicario de Cristo. Ya el Papado es la reunión de un Papa con 8 cabezas que lo siguen. Ya el Papado no es el Papa y el sometimiento de los Obispos al Papa. Ya los Obispos tiene voz y voto para hacer en la Iglesia lo que ellos quieren, sin someterse al Papa, porque se ha visto en una mesa redonda.

Esta es la consecuencia del gobierno horizontal. Consecuencia clara, que todo el mundo la ve, pero que nadie dice nada, nadie se opone a ese gobierno horizontal, por miedo, por ignorancia, por estar de acuerdo con la mentira de Francisco.

Francisco ha dividido el fundamento de la Iglesia: «sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Jesús edifica Su Iglesia -no la Iglesia- sobre el Papado. Sobre Pedro, unido al Espíritu de Cristo en la Cabeza de la Iglesia. Cristo y Pedro son las únicas cabezas de la Iglesia. Una de ellas es invisible, -la de Jesucristo-, otra es visible, palpable, humana, natural, -la del Vicario de Cristo.

Francisco destruye esta Verdad. No es que ponga un gobierno consultivo, es que pone un gobierno de ocho cabezas, que no hacen falta para nada para edificar la Iglesia. Para gobernar la Iglesia: Cristo y su Vicario. Y nadie más. Los demás, en obediencia al Papa y a Cristo.

Como Francisco pone ocho cabezas, más la de él, es decir, nueve cabezas, viene la confusión en toda la Iglesia. Viene el desorden, la oscuridad y el pecado en toda la Iglesia. No sólo en unos miembros de la Iglesia que no les gusta Francisco y su desorden, sino en todos los miembros de la Iglesia.

Ahora la Iglesia lucha por lo que deciden ocho cabezas, pero no lucha por lo que decide Jesucristo, como Cabeza Invisible de la Iglesia.

Jesús, como Cabeza de la Iglesia, sólo se comunica con su Vicario en la Tierra. Y sólo con él. Jesús no se comunica con las ocho cabezas del gobierno horizontal.

Este es el error dogmático de la Jerarquía Eclesiástica, que muchos Obispos no ven, porque quieren la colegialidad, quieren estar en el gobierno de la Iglesia, pero sin la obediencia al Vicario de Cristo. Y les conviene este gobierno horizontal para dar rienda suelta a todas sus soberbias, todas sus prepotencias, toda su lujuria espiritual o presunción de la verdad.

El Espíritu de Cristo se da al Vicario de Cristo, no a ocho cabezas, a ocho purpurados, a ocho Obispos. Por eso, el gobierno horizontal es sólo un muñeco de Satanás. Y no es otra cosa.

El Espíritu de Cristo es el Espíritu de la Iglesia. Y sin este Espíritu, la Iglesia no puede caminar, no puede vivir, no puede obrar la Verdad, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, Jesús.

La Verdad no la tienen las ocho cabezas del G8, porque la Verdad no se da en la Iglesia a través de ocho cabezas, sino a través del Vicario de Cristo, de una cabeza humana. Y, cuando alguien que se sienta en la Silla de Pedro, pone lo contrario al fundamento de la Iglesia, que es la verticalidad, entonces ese alguien ya no es Vicario de Cristo, ya es un Anti-Papa.

Ningún Papa ha puesto un gobierno horizontal, consultivo, en la Iglesia. Ninguno. Porque todos han estado unidos al Espíritu de Cristo y, al ser humildes, han seguido lo que el Espíritu de Cristo les ha puesto en sus corazones. Durante 20 siglos el Espíritu de Cristo ha guiado a la Iglesia por la misma Verdad: sólo hay una cabeza visible en la Iglesia, el Vicario de Cristo, sólo una cabeza. No hay más cabezas. Y esta Verdad, que es una Verdad Dogmática, una Verdad que nace del Evangelio, de la Palabra de Dios: «sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia», es lo que ha anulado Francisco al poner el gobierno de ocho cabezas.

Y, ante esta gravedad de lo que ha hecho Francisco, uno no se puede callar. Han quitado el fundamento de la Iglesia en el Papado. Y, entonces, ¿que la vida siga, porque la vida es bella? ¿Comamos y bebamos que mañana moriremos?

Hay que hablar claro y, no sólo hablar, hay que enfrentarse a Francisco, porque ya a Francisco no se le da ningún respeto, ni siquiera como sacerdote. Un sacerdote que peca y se arrepiente de su pecado, merece el respeto de la Iglesia. Pero un sacerdote, un Obispo que peca y que no se arrepiente de su pecado, sino que pone en la Iglesia su pecado para que todos lo sigan, entonces no merece respeto ni obediencia.

La obediencia, en la Iglesia, es, al mismo tiempo, a Cristo y al Vicario de Cristo. Es una obediencia en la Cabeza de la Iglesia, porque Cristo dice Su Voluntad al Vicario de Cristo.

Pero la obediencia, en la Iglesia, no es sólo al Vicario de Cristo, como muchos promulgan y defienden, y se olvidan que la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo, no es la obra de los hombres, no es la obra de lo que piensan los hombres.

Como hoy se sigue la doctrina protestante sobre la Fe, entonces se dice que el Vicario de Cristo es el que da la palabras de Jesús, las obras de Jesús, lo que hizo Jesús en su vida, pero las da según su interpretación personal de su visión de Cristo. No las da unido al Espíritu de Cristo.

Y, entonces, viene la herejía: como hay que seguir dando las palabras de Jesús -como hay que recordarlas-, pero hay que darlas según los tiempos de los hombres, según las filosofías de los hombres, según las necesidades de los hombres, según el gusto de cada cual. Y aquí se cae en el pecado de orgullo: como hoy hay tantos problemas humanos en la Iglesia, problemas que vienen de la situación de muchos que viven en sus vidas el pecado (divorciados, homosexuales, etc), hay que resolver esos problemas humanos para que la Iglesia vaya caminando en un mundo nuevo, en un mundo que se rige por otra mentalidad, por otro estilo de entender la vida, por el pensamiento de los hombres. Y, por eso, el pecado de tanto miembros de la Iglesia es sólo una cuestión social, una esclavitud social, de la cual la Iglesia tiene que liberarlos de alguna forma. Y, por eso, hay que abrir la mano a los divorciados, a los ateos, a los homosexuales, a los pecadores que quieren seguir pecando, que quieren vivir en su pecado dentro de la Iglesia, pero que no pueden hacerlo porque eso un problema humano, social, político, en la Iglesia.

Este es el pecado de orgullo: primero el pensamiento del hombre para resolver los problemas de los hombres. Y segundo, poner ese pensamiento del hombre por encima del Pensamiento Divino, de la Ley Divina. Buscar una manera de no cumplir la Ley Divina que nadie comprenda que está faltando a esa Ley divina. Es el juego de las palabras humanas de que hace alarde Francisco en todas sus homilías, en todas sus declaraciones, en toda su palabrería en la Iglesia.

Cuando se plantea así la situación de la Iglesia, entonces cae la obediencia, porque ese planteamiento se aparta del Espíritu de la Iglesia.

La Iglesia está para liberar del pecado a las almas. La Iglesia no está para liberar de los problemas sociales, humanos, económicos, políticos, a las almas. El Evangelio no está para eso: Jesús viene a salvar a los pecadores, a perdonar el pecado de los pecadores; no viene a dar dinero, ni trabajo, ni para ensalzar el pecado de nadie en la Iglesia. Jesús se opuso a todo hombre que no quería quitar su pecado. Y en eso consiste la Misericordia.

Las Misericordia no es dar un dulce al hombre, sino una cruz al hombre, para que aprenda lo que es su pecado y aprenda a salir de su pecado por el único camino que puede salir, que es la Mano de Jesús.

Jesús ofrece su mano a todo hombre, pero no levanta de la miseria a todo hombre. Jesús da Su Misericordia a los que ven su pecado y se arrepienten de su pecado. A los demás, Jesús los deja en la Justicia de Dios, porque eso es lo que ellos han elegido para sus vidas: su pecado.

Como hoy no se enseña esta Verdad, entonces tenemos la falsa misericordia, la falsa compasión de Francisco por los pecadores. Falsa compasión que nace de su concepción de la Fe, de su herejía de la Fe, que bebe en las aguas del Protestantismo, que es verlo todo como una memoria, un recordar lo que es Jesús, sin unirse al Espíritu de Jesús.

Por eso, no puede darse la Obediencia a Francisco, no sólo por ser un Anti-Papa, sino porque ya no tiene los honores de Obispo, al no reconocer su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer a quien quiere seguir su pecado y hace todo lo posible para que se pecado se obre en la Iglesia. No se puede hacer el juego a Satanás.

Y esta Verdad es la que no se predica desde la Jerarquía de la Iglesia. Todos callan porque todos quieren lo que pregona Francisco: dinero y poder en la Iglesia. Pero nadie hace nada para salvar un alma. Todos buscando dinero para salvar la vida económica de los pobres, de los jóvenes, de los ancianos. Y eso no es hacer Iglesia. Eso es sólo construir la nueva iglesia montados en el poder que da la Silla de Pedro.

La Realeza de la Iglesia

Jesus Rey

«Jesucristo, hijo de David»(Mt 1,1), «nacido de Mujer» (Gal 4, 5),«reinará eternamente en la casa de Jacob»(Lc 1, 32) y será «Príncipe de la Paz»(Is 9, 6), «Rey de los reyes y Señor de los señores»(Ap 9, 16).

Cristo Jesús es el Rey de la Iglesia.

Y Cristo pone en su Iglesia terrena una Cabeza, un Vértice, con el cual Él se comunica y guía a la Iglesia hacia donde Él quiere.

Jesús pone una Cabeza para gobernar la Iglesia. Quien reina en la Iglesia, no es la Cabeza, no es el Papa, sino Jesucristo. Pero quien gobierna la Iglesia es el Papa, no Jesucristo.

Reinar y Gobernar son dos cosas distintas para Dios.

Dios reina en todo el Universo. Dios reina en el Cielo, en la Tierra, en los Abismos, en el Purgatorio, en el Infierno. Dios, al crear todas las cosas de la nada, tiene dominio sobre todas las cosas. Es decir, todo está bajo los pies de Dios. Todo está sometido a Dios. Cualquier cosa, incluso el demonio. Satanás no puede hacer nada sin permiso de Dios. Tiene que pedir permiso a Dios para obrar algo. Y Dios le da un poder al demonio para obrar. El demonio gobierna con ese poder, pero no reina.

Dios da un poder al Papa para gobernar Su Iglesia. El Papa gobierna la Iglesia, pero no puede reinar en Ella. Es decir, la Iglesia no está sometida al Papa, sino a Dios en Su Amor y en Su Justicia. Igualmente, el infierno no está sometido al demonio, sino a Dios en Su Justicia. El demonio gobierna el Infierno, pero no somete a las almas y a los demás demonios a su voluntad, sino que todos, están sometidos a la Justicia Divina.

En la Iglesia terrena todos estamos sometidos al Amor de Dios y a la Justicia Divina, no al Papa. El Papa sólo gobierna la Iglesia según lo que oye de Jesús, según la Mente de Cristo, según la Voluntad de Dios en Cristo Jesús.

En Dios, reinar y gobernar son dos cosas totalmente diferentes. Y por no discernir esto, entonces se da lo que está ocurriendo, desde siempre, en la Iglesia: la ambición de poder. Querer reinar en la Iglesia sin la ayuda de Dios.

La Cabeza que pone el Rey, que es Jesucristo, es un Vértice en Su Iglesia. Esto significa que esa Cabeza, el Papa, está arriba en la Iglesia y los demás abajo. No hay con el Papa otros hombres que estén en el Vértice de la Iglesia. Y a esto se llama gobierno vertical en la Iglesia. Es una pirámide que inicia en el Papa y se desparrama hacia abajo, hacia toda la Iglesia.

Por tanto, no puede darse nunca el gobierno horizontal. El gobierno horizontal significa poner en el Vértice de la Iglesia más de una cabeza. Y, cuando se hace esto, se anula el Vértice en su raíz. No vale decir que esas cabezas son una ayuda para el Vértice. Esas son sólo palabras de los hombres que no quieren atender a la Revelación de Dios sobre Su Iglesia.

Jesús pone su Iglesia sobre Pedro, no sobre Sus Apóstoles, no sobre sus Cardenales y Obispos. Y Jesús señala en Pedro la forma de gobernar toda la Iglesia, que es la de tener Pedro todo el Poder, atar y desatar en la tierra.

Y cuando se pone el gobierno horizontal en la Iglesia, no sólo se quita el Vértice, el Papado, sino el Poder que tiene el Papado. Y, por tanto, el gobierno horizontal rige la Iglesia sin Poder Divino, sólo con el poder que unos y otros se otorgan. Un poder humano que no sirve para hacer Iglesia, para regir la Iglesia, para mandar en la Iglesia. Y cualquier cosa que ese gobierno imponga a la Iglesia, no es de Dios, no viene de Dios, no hay que seguirlo.

Esta Verdad es la verdad de siempre en la Iglesia. Sin Papa, lo que se enseña, lo que se manda, lo que se obra no vale para nada. Los Obispos que no están unidos al Papa, por más que enseñen la verdad del Evangelio no hacen Iglesia. Por más que se obre en la Iglesia sin unirse al Papa, esas obras no hacen Iglesia, no forman la Iglesia. Por más que se manden cosas sin estar unidos al Papa, lo que se mande no forma la Iglesia, no construye la Iglesia.

El Papa es lo que da la unidad a la Iglesia. y, al quitar el Papado, lo que queda es un desorden en toda la Iglesia, una división en toda la Iglesia, un marasmo de cosas que no sirven para nada.

Francisco, con su gobierno horizontal, anuló el Papado y el Poder Divino. Y entonces queda una nueva iglesia, que no es la Cristo Jesús.

Francisco, al hacer esto, se separó del Rey de la Iglesia y del Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia, y reina su nueva iglesia, con su poder humano, atendiendo a todas las cosas de su nueva iglesia sólo con un fin humano en su reinado, no con un fin divino. El gobierno vertical da el fin divino a la Iglesia. El gobierno horizontal sólo se fija en los fines de los hombres en sus vidas humanas. Sólo hace obras humanas, no puede hacer obras divinas en la Iglesia. Sólo se vive de forma humana, de cara a lo humano, no se vive para lo divino, para lo espiritual.

El gran pecado de Francisco es que se ha puesto como Rey de la Iglesia al colocar ese gobierno horizontal. Tiene su consejo real y tiene su corona real. Y el Rey de la Iglesia es Cristo Jesús, no Francisco. Francisco reina su iglesia nueva, pero no gobierna la Iglesia de Jesús.

Quien gobierna, en este momento, la Iglesia es Benedicto XVI, por ser el verdadero Papa, porque todavía sigue vivo. Y Jesús sólo habla por el Papa verdadero, no por Francisco, que ya ha dejado, -incluso-, de ser Anti-Papa, para convertirse en rey de una nueva iglesia. El problema es que eso lo ha hecho dentro de la Iglesia.

Por eso, la Iglesia no es lo que parece. La Iglesia es de Cristo Jesús, no de los hombres.

Y los hombres, por más que quiera gobernar, y por más que quieran decidir en un Cónclave a quién van a poner, siempre se va a realizar en la Iglesia lo que Jesús quiere, nunca lo que los hombres piensan.

Por eso, hay que verlo todo como lo ve Dios, no como los hombres se lo inventan. Porque estamos en un tiempo en que a los hombres les gusta inventarse las cosas y, por eso, hacen un nuevo invento de iglesia para ir al cielo de otra manera, como los hombres quieren. Y no es como el hombre lo piensa, es como lo obra Dios.

Jesús es el que Reina en la Iglesia y sólo a Él hay que someterse. Y cualquiera que predique un Evangelio distinto al que predicó y enseñó el Rey, sencillamente, se le excomulga de la Iglesia, porque la Verdad es la Verdad. Y ningún hombre tiene derecho a inventarse la Verdad.

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