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Ley, Gracia y Espíritu

laobradeunnecio

«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

Mirar al Rostro ensangrentado de Jesús para ser Iglesia

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Jesús murió en una Cruz, dio Su Vida por todos los hombres; Jesús padeció humillaciones, persecuciones. Jesús se ofreció como Víctima Divina por toda la humanidad; y, la Jerarquía de la Iglesia, los fieles de la Iglesia, ¿qué tienen para ofrecerle, que tienen para darle? ¿Cómo pretenden llegar al Cielo si desconocen las sagradas Escrituras, si no hacen vida la Palabra de Dios?

¿Quieren que el Señor les salve porque siguen a un hombre que habla para lo humano, para refrescar el ambiente de la Iglesia con herejías, con dudas, con errores? Un hombre incapaz de dar la Mente de Cristo, porque sólo está abocado en dar su propia idea humana en la Iglesia.

¿Qué pide al Señor la Jerarquía que ha apostatado de la Verdad, que es Cristo? ¿En qué se entretienen los miembros de la Iglesia que ya no saben ofrendar a Cristo sus vidas, que ya no saben entregarle sus existencias para que Él disponga de ellos?

¿No se llega a Cristo recorriendo el camino de la Cruz, andando por la calle de la amargura, y postrándose ante el Mártir del Gólgota para unirse a sus sufrimientos?

¿No se es otro Cristo mirando al Crucificado? Entonces, ¿por qué obedecen a un falso cristo, que sólo se mira a sí mismo, y sólo busca la gloria del mundo? Si Francisco no da al Crucificado, no lleva a la Cruz, entonces ¿por qué hacéis caso a su vana palabra?, ¿por qué le seguís mirando como si fuera una primavera en la Iglesia?

¿Qué unión con Dios tiene el alma de ese hombre que no cree en el Dios católico?

¿En qué consiste esa unión con Cristo en la Sta. Misa que le lleva a predicar que Jesús no es un Espíritu? ¿Es que el Espíritu de Cristo puede negarse a sí mismo? Si Francisco dice herejías, ¿por qué buscáis una razón para tapar sus herejías? Si Francisco ha producido un cisma en la Iglesia, ¿por qué esperáis algo de su gobierno para la Iglesia? ¿No la está dividiendo con su palabra barata y blasfema, con su lenguaje simbólico, sentimentaloide, lleno de basura intelectual? ¿Es que la unión se da en medio de la herejía, bebiendo de la mentira, del error, del engaño? ¿Es que se pueden unir dos mentes que dicen cosas contrarias? Pero, ¿cuál es el concepto de la verdad para una Iglesia que ya no cree en la Verdad? ¿Cómo quieren unirse los hombres si no se deshacen de sus diferencias en el pensamiento humano?

Todo el problema de la Iglesia es su soberbia. La soberbia sólo está en la mente del hombre. Y sólo se cura la soberbia aceptando la Verdad Absoluta, el dogma, la doctrina de Cristo. Si el hombre, en su pensamiento humano, no se abaja, no se humilla, no echa de sí sus ideas, el hombre crece sólo en su soberbia y busca vivir su vida con solo su pensamiento humano.

La soberbia humana se quita crucificando la voluntad humana, porque es el querer del hombre lo que lleva a su mente a errar, a admitir una idea que no es la Verdad. Es sólo la voluntad libre del hombre. Y, por eso, el acto de fe es un acto de la voluntad del hombre, no de su entendimiento. Es necesario creer sin ver, sin entender, sin mirar con los ojos del hombre, del mundo.

Hay que creer en lo sobrenatural, en lo que está más allá de lo natural. Y se cree con la voluntad humana, aplastando la mente humana, aceptando con la mente la Palabra de Dios, que es siempre la Verdad.

Dios reveló a Moisés el camino para salvarse: la ley divina. Y esa Verdad Revelada es la que tiene que cumplir todo hombre, dejando su mente a un lado. Hay que creer en los mandamientos divinos para poder salvarse. No hay que entenderlos, hay que cumplirlos.

Hoy los hombres no quieren cumplirlos, sino que buscan una razón humana, una idea humana, para ponerse por encima de Dios y creerse justos sin serlo. Justos en su pensamiento humano que les da derecho de ser lo que no son, lo que no quiere Dios, lo que Dios no ha creado.

Pocas personas saben tener fe, vivir de fe, porque sólo viven de lo que encuentran con sus razones humanas, con sus ideas filosóficas, psicológicas de la vida. Por eso, el pecado se ha hecho una cuestión de la conducta de cada uno; una cuestión psicológica, mental, y ya no es un dogma, una verdad revelada.

Ya la Palabra de Dios es un mito para los hombres, hay que interpretarla según el mito, el simbolismo, el lenguaje figurado de los hombres, de sus filosofías, de sus ciencias, de sus culturas, de su jerga. Ya no es el Pensamiento del Padre que habla a través de la Palabra de Su Hijo. Ya no es la Verdad Divina, absoluta, sino las verdades relativas que cada uno encuentra con su razón humana.

Los hombres ya no quieren permanecer al pie de la Cruz para aprender la Verdad de Cristo Crucificado. Quieren pasearse por el mundo para escuchar a los hombres, para hacer fiesta con ellos, para llegar a un planteamiento de vida totalmente absurdo para el hombre.

Sólo Cristo revela al hombre lo que es el hombre: «Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!» (Beato Juan Pablo II – Redemptor hominis- n. 10).

En la Cruz, en la vida de mortificación, de penitencia, en una vida donde ya lo humano no es el valor del hombre, no es el objetivo a seguir, no es lo principal; en una vida donde lo único que vale para el hombre, lo único que da sentido a su vida, son las llagas de Cristo –no sus heridas humanas, sociales-; el sufrimiento del Redentor –no sus dolores personales, no las injusticias sociales-; la muerte del que es la Vida –no caminar con miedo, con temor, hacia su propia muerte, no mirar el fracaso ante los hombres, en lo social-; una vida que es locura para el hombre sabio, es necedad para los que sólo quieren vivir agradando al mundo; una vida donde sólo se busca lo divino, lo sagrado, lo celestial, lo espiritual, lo que no pertenece a este mundo, desprendiéndose de todo lo humano; en esa vida el hombre encuentra su sentido, un sentido divino, que está oculto a todo hombre.

Sólo hay que mirar la Verdad, que es Cristo Crucificado. Pero sólo se puede mirar esa Verdad con el corazón, no con la mente del hombre. Porque esa Verdad está sólo en Dios, no en el hombre. El hombre no puede encontrarla en sí mismo, ni en su vida, ni en sus obras, ni en su ciencia, ni en nada de lo que haga en el mundo.

El hombre encuentra esa Verdad sólo en Cristo, y éste Crucificado. No se encuentra esa Verdad en Cristo Resucitado, en un Cristo alegre, sino en un Cristo que sufre, que muere mártir por amor a los hombres.

Son muchos los sufrimientos de Cristo en la Cruz, porque son muchos los pecados de los hombres. Cristo sufre porque el hombre peca. No sufre por otra cosa. El pecado es el mal del hombre y de toda la humanidad. El pecado es la raíz de todos los males que los hombres sufren en sus vidas. El pecado destroza vidas, familias, sociedades, países, culturas, seres.

Por un pecado del hombre, el mundo es maldecido por Dios; por una obra Redentora de Cristo, el hombre encuentra la bendición de Dios.

Si se quita la realidad del pecado de la vista del hombre y se le da un nuevo concepto, entonces todo se anula: Cristo, su Obra Redentora y la salvación de todos los hombres.

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Si la Jerarquía no llama al pecado con el nombre de pecado, entonces hace una Iglesia para condenar las almas.

Si la Jerarquía se dedica a obras sociales, a buscar los derechos de los hombres, a conseguir justicias humanas, entonces todo cae, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero.

El camino para salvarse: Cristo Crucificado. Si el mundo no mira la Cruz no puede salvarse. Si el mundo sólo se mira a sí mismo, entonces los hombres se hacen dioses de sí mismos.

La Iglesia sólo necesita hacer penitencia de sus pecados para renovarse, para cambiar su faz, para ser lo que Cristo quiere.

La Iglesia no necesita a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya para ser Iglesia. La Iglesia Católica mira al Crucificado. No mira a un hombre que baila con el mundo, con el demonio, que para hacer algo necesita la foto, necesita la propaganda, necesita hablar con los hombres, hacer declaraciones. Cuando sólo una cosa es necesaria: dar a Cristo, ofrecer el mismo amor de Cristo a las almas. Pero un alma sacerdotal que no vive clavada en la Cruz, con su Redentor, ¿cómo va a dar a Cristo?, ¿cómo va a indicar el camino de la Cruz si se aparta de la Cruz que salva, si no es capaz –ni siquiera- de portar en su cuello al Crucificado?

Cristo Jesús sufre por los hombres: son muchas las ofensas que recibe el Corazón agonizante de Jesús, porque la copa ha rebasado su límite, está rebosando. La copa de la Justicia Divina que toda la Iglesia tiene que beber para ser Santa, Inmaculada, Pura y Humilde.

Cristo Jesús ha puesto Su Iglesia para hacer de la Creación una Bendición Divina. Y sólo a través de Su Iglesia, se quita la maldición que el Padre dio a todo lo creado. Maldición que subsiste todavía, porque el pecado no ha desaparecido. Ha sido vencido en Cristo, pero cada hombre es libre para seguir pecando. Los hombres tienen que reparar –y mucho- sus vidas de pecado si quieren salvarse y santificarse. Son muchos los motivos por los cuales hay que hacer penitencia en la vida, desde que se tiene uso de razón hasta la muerte. La vida humana es una batalla espiritual del hombre contra sí mismo, del hombre contra las fuerzas espirituales del demonio, del hombre contra las fuerzas del mundo. Mundo, demonio y carne: los tres frentes que guerrean constantemente en contra de todo hombre. Tres legiones de asaltos diarios que sólo se vencen con la Cruz de Cristo.

Un hombre sin Cruz es un hombre de mundo, del pecado y del demonio.

Un hombre que no mira su pecado tiene sólo ojos para pecar.

Un hombre que no mira al demonio, es un esclavo de su mente demoníaca.

Un hombre que no mira al mundo es mundano y profano.

Hay que mirar el pecado con las llagas de Cristo, con el Corazón abierto del Redentor; hay que mirar el pecado como Cristo lo miró en lo alto de la Cruz. Cristo Crucificado mira al hombre pecador, y sufre por él y muere por él. Cristo Crucificado carga con el pecado de todos los hombres. Y ese pecado es la maldad que odia el Padre. Y Cristo ofrece su Vida a Su Padre, cargando con el pecado que odia. Y, por eso, el pecado que carga Cristo en la Cruz es la Justicia del Padre a Su Hijo. El Padre castiga a Su Hijo porque ve en Él el pecado del hombre, que odia. El Padre, amando a Su Hijo, odia lo que carga Su Hijo: el maldito pecado del hombre. Y, Cristo, muriendo a causa de la Justicia de Su Padre, trae la bendición divina al hombre.

Si el hombre, cuando peca, no va al Crucificado para arrepentirse de su pecado, el Padre no puede perdonarlo. El Padre sólo perdona al hombre a través de las llagas de Su Hijo, del dolor de Su Hijo, de la Cruz en la que Su Hijo se crucifica.

El Padre ya no puede perdonar al hombre que no sabe mirar a Cristo Crucificado, que no sabe hacer de su vida una penitencia, una mortificación, una crucifixión de su propia voluntad humana. El hombre que no vive en el desierto de todo lo humano, como lo han hecho todos los santos, reparando sus muchos pecados en su vida; el hombre que no se aleja de los hombres, del mundo, para ver sólo su pecado y, en él, el Dolor de Cristo Crucificado, ése hombre no puede salvarse, ése hombre no tiene camino de salvación.

Hay que mirar el pecado como el Padre lo ve en Su Hijo Crucificado: con odio, obrando una Justicia en ese odio, para reparar los frutos de ese pecado. Y si no se mira así el pecado, entonces todo se anula, se vive una utopía: la opción por los pobres; liberar a los hombres de sus problemas económicos, políticos, sociales. Es no comprender la Obra de la Redención en Cristo y en la Iglesia.

Hay que mirar el mundo con la Faz de Cristo, con el Rostro ensangrentado de Cristo. Hay que mirar el mundo como Cristo lo vio: Él vio la maldición de Su Padre en toda la Creación. Y Él muere dentro de la maldición de Su Padre. La Cruz es el fruto del pecado de Adán, el fruto de una maldición divina. Todo lleva a la Cruz. Todas las obras de los hombres llevan a la Cruz. Todo cuanto hace el hombre sobre la tierra lleva a la Cruz. Porque, si el hombre ha perdido el camino para adorar a Dios, entonces no sabe el camino para dar gloria a Dios en todo lo creado; no sabe cuidar la Creación, porque no sabe cuidar su propia alma del pecado. No sabe conservar la creación porque no sabe conservar su alma limpia del pecado, viviendo una vida moral, de perfección.

Cristo ve la maldición del mundo; y muere en esa maldición. Y el Padre, en Su Justicia, da a Su Hijo el camino para que todo sea bendito, todo sea renovado, todo vuelva al Plan original.

Por eso, hay que mirar el mundo como Cristo lo miró en la Cruz: no vale nada; no sirve para nada si el hombre no permanece en la Gracia Divina. El camino para conservar lo creado y que sirva como bendición, como instrumento para salvarse: la Gracia, que Cristo conquistó en la Cruz para el hombre. Un hombre sin gracia es un hombre mundano, profano, terrenal, carnal, material. No sabe usar nada de lo creado para salvar su alma ni el alma de los demás. Dios ha creado todas las cosas para Su Gloria, no para darle gloria al hombre.

El hombre que busca su gloria, su fama, su alabanza, el aplauso de los demás hombres, no puede salvarse. Porque la gloria del hombre es dar gloria de Dios. Y sólo se puede hacer en la Cruz de Cristo: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa…» (Hebr 1,2s). Cristo Jesús sostiene todas las cosas, que ha creado, con su palabra de la Cruz, para que no perezcan por la maldición del pecado del hombre. Es la Cruz de Cristo lo que sostiene al mundo para que el Padre no acabe con él. En la Cruz está la Bendición Divina. Un hombre que no se crucifica es un maldito, no puede recibir ninguna bendición.

Hay que mirar el demonio como Cristo lo miró desde Su Cruz: como un Enemigo de las almas que Él ha creado. Por el demonio, Cristo está Crucificado. Por las obras del demonio. Y es la Cruz lo que destruye las obras del demonio: «para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8). Los hombres se han olvidado de tener una cruz entre sus manos, en su cuello, en sus casas, y, por eso, el demonio puede con ellos.

Una Iglesia que no mira al Crucificado no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia que adora en Espíritu y en Verdad; no es la Iglesia que cuida la Eucaristía; no es la Iglesia que enseña a caminar hacia la Verdad de la Vida.

Una Iglesia que no permanece al pie del Crucificado, como lo hicieron la Virgen María y San Juan, no sabe reparar sus muchos males y no sabe engendrar la virtud en las almas. No sabe ser perfecta. No tiene la sabiduría divina. Es sólo una veleta de los pensamientos de los hombres, un juego, un negocio más en la vida.

Hoy día todos miran al usurpador del Papado y nadie mira al Crucificado. Nadie atiende a su Dolor Divino porque todos están muy preocupados de resolver asuntos humanos que no tienen solución sino en Cristo Crucificado, en una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillación, que los hombres no quieren vivir, porque sus pensamientos están llenos de lo que buscan en sus vidas: la gloria de los hombres.

«Y mirarán al que traspasaron»

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«Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

«Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

1. Luchar contra el demonio;

2. Luchar contra el pecado de cada uno.

Estas dos cosas son toda la Iglesia.

Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

Esta es toda la Muerte de Cristo.

Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

1. Quitar su pecado;

2. Luchar contra el demonio.

Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

1. La salvación para su alma

2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

Porque el mundo, todavía es del demonio.

Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

Apóstoles de los últimos tiempos

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La Jerarquía de la Iglesia se ha apartado de la Verdad del Evangelio. Está llena de herejías peligrosas, disfrazadas de verdades, para engañar mejor las mentes de los hombres, y de esa manera conseguir alejar de la verdadera fe a un gran número de almas.

Es una Jerarquía que engaña y aleja de la Verdad. Y esto es muy grave, porque la Jerarquía está puesta por Dios para dar la Verdad y llevar al Cielo.

Es necesario anunciar con valentía todas las verdades de la fe católica para ser Jerarquía verdadera y fieles de la Iglesia Católica.

Es necesario proclamar con fuerza el Evangelio, que nunca pasa de moda, que siempre es el mismo, para desenmascarar tanta mentira como sale de la boca de Francisco y de todos los que lo siguen.

Todos ellos no son de la Iglesia Católica. Esto hay que tenerlo muy claro. Aunque Francisco se haga pasar por Papa, sin serlo, aunque la Jerarquía siga obedeciendo a Francisco, y aunque los fieles llamen a Francisco como Papa y sigan sus enseñanzas, todos ellos no pertenecen a la Verdad, sino a la mentira, al engaño, al error, al cisma, que el mismo Francisco ha abierto en la Iglesia.

El que sigue a Cristo Jesús en su corazón tiene la obligación y el deber de oponerse a la soberbia de esos grandes y doctos, que se dicen sacerdotes y Obispos de la Iglesia Católica, y que han sido seducidos por una falsa ciencia y por la vanagloria; han desgarrado el Evangelio de Jesucristo, lo han anulado, lo han machacado, lo han triturado con sus mentes humanas, con sus filosofías, con sus teologías, marxistas y masónicas, -de corte protestante y de lazo demoniaco-, y proponen del Evangelio una interpretación racional, humana y totalmente equivocada.

Nadie, dentro de la Iglesia Católica, puede ya seguir a Francisco ni a los suyos. Es tiempo de dejar de mirar a ese hombre; es tiempo de no hacerle caso; es tiempo de tumbarlo con la Verdad del Evangelio.

Son los tiempos que San Pablo predijo en los que muchos, que pertenecen a la Iglesia Católica, que han conocido toda la Verdad, -y sólo la Verdad-, predican y enseñan unas doctrinas falsas y peregrinas, haciendo que la gente corra tras estas fábulas, estos cuentos, «para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la Verdad, se complacen en la iniquidad» (2 Ts 2, 12).

Es hora de que la verdadera Iglesia Católica siga a Jesús por el camino del desprecio del mundo y de los hombres, porque no hay otro camino para salvar y santificar las almas: el camino de la humildad, de la oración, de la penitencia, de la pobreza, de la mortificación de todos los sentidos, del silencio de la mente, de la caridad con Dios, de la unión íntima con Dios.

Es hora de iluminar el mundo, las familias, las sociedades, todo rincón del planeta, con la Luz de Cristo, porque ya nadie, dentro de la Iglesia Católica, lo está haciendo.

Francisco y los suyos, dan al mundo, dan a los hombres, lo que ellos quieren escuchar; pero son incapaces de dar la Luz de Cristo; son incapaces de dar el Evangelio como está escrito, como ha sido revelado, sino que se han inventado un nuevo evangelio: el de la fraternidad, el del diálogo, el de la alegría, el de la justicia social, el de los derechos humanos, el del comunismo. Y de esa manera, forman su nueva iglesia, produciendo un nuevo cisma dentro de Ella. Son ellos los que han iniciado el cisma dentro de la Iglesia. Ellos, que han abandonado la Verdad del Evangelio.

Cisma significa separarse de la Verdad. Y la Verdad es Una: Cristo Jesús. Y la obra de la Verdad es Una: la Iglesia Católica.

Son días de gran oscuridad y de profunda apostasía de la fe, y las almas que quieran salvarse, -en estos días-, tienen que mantenerse firmes en la fe verdadera, sin hacer caso de ninguna fábula, de ningún cuento chino, de ninguna palabra barata y blasfema, que Francisco y los suyos enseñen.

La fe verdadera es la que tiene que permanecer intangible como Luz en el corazón. Que ningún pensamiento humano, que ningún diálogo con los hombres, que ninguna obra humana, arrebate esa Fe.

El que cree en Jesús sólo tiene que tener un celo: la gloria de Jesús. Y para eso, tiene que derribar las glorias de todos los hombres, que buscan un lugar en la Iglesia para ser aclamados por el mundo. Buscan su negocio en la Iglesia, pero no la Verdad de la Vida.

Una gran infidelidad a la Gracia existe en la Jerarquía de la Iglesia. Ser infiel es un pecado contra la Fe, que no tiene parvedad de materia. Siempre se peca gravemente; siempre ese pecado exige el infierno, la condenación de la persona.

Muchos, de entre la Jerarquía, son infieles a la Verdad; porque conociendo toda la Verdad, se hacen demonios de las almas; se hacen esclavos de sus pasiones; obran la iniquidad con la malicia de su pecado.

La Jerarquía de la Iglesia no tiene excusa de pecado, porque lo poseen todo para no pecar, para combatir al mundo, para luchar contra el demonio, para quitar todo pecado. Y ¿qué hacen? ¿ a qué se dedican en la Iglesia?

A mirar el mundo, a congraciarse con el mundo, a lamer los traseros de los hombres, a darles lo que ellos quieren escuchar por sus oídos, a decirles palabras bellas para llenarlos de mentiras y de dudas sobre Cristo y Su Iglesia.

Toda la Iglesia se ha alejado del Espíritu de Cristo. Toda. Y se ha dejado seducir por el espíritu del mundo, que ha penetrado profundamente en Ella y la ha conquistado, la ha invadido totalmente. No hay parte de la Iglesia sana para Cristo. Todo está tergiversado, anulado, petrificado en la maldad de los hombres. Todo está arreglado para que se dé lo que se está dando en toda la Iglesia. Por eso, todos aplauden el pensamiento necio de un idiota que se ha creído sabio y justo en su estupidez de vida.

Francisco no tiene inteligencia espiritual: es un necio. No sabe lo que es la vida del Espíritu ni la vida de la Iglesia. Sólo da su sabiduría humana, carente de la Verdad. Sólo da lo que encuentra en su mente, lo que persigue su razón, lo que le da el demonio a su inteligencia humana.

Francisco enseña su doctrina, su espiritualidad, su opinión herética y cismática del Evangelio: eso es ser idiota. Y más idiotas son aquellos que se les cae la baba ante la enseñanza de Francisco. Más idiotas son aquellos que dicen que no encuentran nada en las palabras de Francisco contrario a la Verdad, al dogma, a la enseñanza de la Tradición y de la Iglesia.

Francisco vive su estupidez como Obispo: si no crees en Cristo, entonces ¿qué haces vestido de sacerdote y sentado en una Silla en la que no crees? Vete a tu casa, vete a hacer lo que quieras, pero no hagas el estúpido ante la Iglesia y ante el mundo.

Ha llegado el momento de ver estas realidades en la Iglesia, y no escandalizarse de la putrefacción que hay en la Iglesia.

Francisco sólo ha removido el barro, y se han levantado toda esa maldad, -escondida en los repliegues de las estructuras de la Iglesia-, para manifestarse como es: como pecado, como maldad, como hombres que viven su pecado, y que ya no lo esconden más, como lo han hecho durante 50 años.

Ahora se ve, dentro de la Iglesia, quién de la Jerarquía es verdadero, y quién un demonio. Antes, no se podía discernir con claridad. Ahora es fácil, porque hay uno, -sentado donde no debe estar-, que ha removido las aguas de la impureza, de la maldad, de la herejía, del cisma. Ahora es hora de saber quién es quién en la Iglesia.

Por eso, tiene que llegar la persecución, por parte de la misma Jerarquía que está en el poder. Son ellos los que persiguen a los que no se van a someter a sus mentes humanas, a sus ideas políticas, que quieren revestirlas de la majestad del Evangelio, pero que sólo producen turbación en las almas. Son ellos, los que enarbolando la bandera de Cristo, los que diciéndose católicos, va a perseguir a los verdaderos católicos, a los que viven, -de verdad-, la Verdad, que es Cristo, en Su Iglesia.

Ya la persecución no será como al principio de la Iglesia. Es la misma Iglesia, los que se dicen ser de la Iglesia –pero no lo son, por su pecado de herejía- la que persigue a la misma Iglesia. Esta es la gran maldad que viene corriendo, por todas partes. Y hay que abrir los ojos ante esta gran maldad.

En la Iglesia Católica no estamos de parte de una Jerarquía herética y cismática, como la que vemos en Roma y en muchas partes del mundo. Sino que en la Iglesia Católica, nos oponemos a los sacerdotes y a los Obispos que ya no quieren seguir la Verdad, porque siguen sus verdades, las que ellos se han fabricado con sus cabezas humanas.

Toda Jerarquía que no predique, que no enseñe la doctrina de Cristo, sin quitarle ni añadirle una mota, no es Jerarquía de la Iglesia; por más autoridad que quieran demostrar, por más vestidos que quieran ponerse; si no dan la Verdad, como es, no hay obediencia ni respeto a esa Jerarquía.

Esto es lo que más duele a todos, pero es la única Verdad. Todo aquel que comienza a decir herejías en la Iglesia, se sale automáticamente de la Iglesia. Y ya no es nada en la Iglesia. Ha perdido todo derecho en la Iglesia. Ya no se le puede escuchar ni atender. Por eso, hay que ir apartándose de tantos sacerdotes que ya no hacen las cosas bien en sus ministerios, que ya se ve, claramente, su pecado contra la fe en la Iglesia.

En la Iglesia no estamos para seguir la opinión de Francisco, el evangelio herético de un hombre sin alma; sino que se está para poner en el corazón la Palabra del Verbo, la Palabra de la Cruz, la Palabra que nunca pasa, que es eterna, que es fiel a Si Misma.

Hoy la humanidad se ha vuelto pagana, y tras ella corre la Iglesia para volverse igual de pagana.

Hoy todos los hombres se han convertido en víctimas de los errores, de los males, del pecado, y se dejan arrastrar por cualquier viento de falsa doctrina, de falsa ideología. Y la Iglesia es pionera en llevar a las almas hacia el error. Es por culpa de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha guardada la Verdad, que no ha defendido la Verdad, que no ha mimado la Verdad, la causa de que todos los hombres vivan con las babas caídas ante cualquier idiota que les diga lo que sus mentes apetecen.

Hoy todos los pueblos y naciones de la tierra están inmersos, -están con el agua al cuello-, en la tiniebla de la negación práctica de Dios. No se cree en Dios y no se quiere creer en Dios. Sólo se cree en un concepto, en una idea humana sobre Dios, que ateiza a todos los pueblos. Y el culpable de esto, la Jerarquía que ya no cree en Jesús como Dios; sino que se ha inventado un falso cristo, un falso Jesús, que es un hombre, una persona humana, que se dedicó a resolver cuestiones sociales en su tiempo y que , por tanto, levantó una iglesia para eso, para lo social.

Nadie de la Jerarquía sabe ser Iglesia y sabe construir la Obra de Cristo, porque están muy atareados en construir el mundo, en luchar por los derechos de los hombres, en resolver justicias sociales, en dar de comer a los que se mueren de hambre, en buscar dinero para conseguir el aplauso de los hombres, y que digan qué buenos sacerdotes, que son del pueblo y para el pueblo, porque les resuelve sus problemas humanos.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia se postra ante el culto del placer, del dinero, del orgullo, de la ambición, de la impureza, de la fuerza política, de las fuerzas armadas; porque quieren un mesías y una iglesia, -un reino-, de hombres y para los hombres. Han dejado de buscar el Reino de Dios, para dedicarse sólo a la añadidura.

Hay que ser discípulos fieles de Jesucristo, no de Francisco. Hay que dar testimonio de la Verdad, que es Cristo; no hay que dar testimonio de la mentira, que es Francisco. Y sólo así se hace la Iglesia Católica en estos tiempos.

No son los tiempos como antes. Ya no hay que seguir a un Papa. Ya no hay Papa. El verdadero, ha renunciado. El que se hace pasar por Papa es un hereje, un cismático. Ya no se puede mirar a ningún hombre. Ya no se puede obedecer a ningún hombre en la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia ya no es cabeza de la Iglesia. Sólo aquella Jerarquía que da la verdad como es sigue siendo cabeza; pero los demás, al dar la mentira, la herejía, salen automáticamente de la Iglesia. Y ya no son cabeza, ya no son autoridad. Ya no tienen poder divino, aunque se revistan de autoridad humana.

Estamos en los últimos tiempos. Y es necesario ser apóstol de los últimos tiempos, agarrados sólo a Cristo y a Su Madre. Ellos solos hacen su ejército victorioso, porque son la Cabeza de la Iglesia: el Rey y la Reina.

El Corazón de Cristo es el camino hacia la Verdad

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La Iglesia nace en el Calvario, cuando el soldado descubre el Corazón de Cristo:

«Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34).

Al Cuerpo muerto de Cristo no le rompieron las piernas, sino que se quedó intacto.

El Cuerpo de Cristo es la Iglesia y, por tanto, es Uno con Su Cabeza, que es Cristo. No puede ser dividido, roto, porque Jesús es Uno con Su Cuerpo.

Por eso, el soldado mete su lanza en Su Costado para abrir el camino hacia la Verdad.

Y la Verdad es una sola: Cristo Jesús.

La Verdad sólo se encuentra en el Corazón de Cristo.

No se puede encontrar en la mente de ningún hombre.

Sólo el Amor, que posee ese Corazón, es el Camino hacia la Vida Divina.

Cuando el agua y la sangre fluyen del Costado de Cristo, la Gracia se da a los hombres. Comienza un tiempo nuevo para la vida de todos los hombres: el tiempo de la Gracia.

Y ese tiempo ya no es como los demás tiempos pasados en la historia de la humanidad.

Desde el pecado de Adán hasta Cristo, el hombre ha estado sin Gracia y sin Espíritu. Ha vivido en su humanidad, con el deseo de lo divino, pero sin poder hacer una vida divina en lo suyo humano, en su historia humana.

Pero con la Gracia, que Cristo da a todo hombre, cada hombre puede obrar lo divino en su vida humana. Ya no hay excusa. Pero es necesario una cosa: estar en Gracia.

Jesús da la Gracia, pero se pierde por el pecado personal de cada hombre. Y Jesús pone el Sacramento de la Penitencia para recuperar la Gracia perdida. Ya hay un camino para estar siempre en Gracia y hacer obras divinas en la Gracia.

Es fácil permanecer en la Gracia por el Sacramento de la Penitencia, que es muy poco valorado por los mismos católicos en la Iglesia. Y es el Sacramento llave para todos los demás. Sin éste, los demás no pueden realizarse, obrarse como Dios quiere.

Un alma en pecado, aunque comulgue, se case, sea sacerdote o reciba la confirmación o el auxilio en su enfermedad, no puede obrar la Gracia en ninguno de esos Sacramentos. Y tiene un Sacramento sin poderlo vivir, con un obstáculo que le cierra las puertas del Cielo.

Muchos se casan por la Iglesia, pero en pecado. Ponen un óbice a la Gracia del Sacramento del Matrimonio. Y lo mismo el que accede al Orden, o el que va a comulgar en pecado, o el que quiera vivir un Sacramento pero sin quitar el pecado de su alma.

Reciben el Sacramento, pero no la Gracia que porta el Sacramento. Tienen un Sacramento que no les sirve para llegar al Cielo, sino que se convierte en Justicia Divina en sus vidas humanas.

Muchos han recibido los Sacramentos, pero como viven en sus pecados, esos Sacramentos, esa gracias son para Su Justicia, no para la Misericordia.

La Gracia, con Cristo, es Misericordia y Justicia. Son dos cosas, al mismo tiempo.

Con Adán, la Gracia era sólo Amor. Su Gracia le llevaba sólo a la Voluntad de Dios. Perdió esa Gracia y Adán se quedó sin nada, sin camino para el Cielo, sin camino para amar a Dios, sin camino para conocer la Verdad. Tuvo el Señor que ponerle un camino sólo de Justicia. Y, en la Justicia, la Misericordia.

Pero en Cristo, se da un camino nuevo al hombre. Un camino de Misericordia, porque se puede perder la Gracia, pero se recupera. Eso no lo tenía Adán.

Y un camino de Justicia, porque teniendo un Sacramento, se vive sin Gracia. Y eso llama a la Justicia de Dios sobre esa alma. Eso ya no es Misericordia. Adán tenía este camino de Justicia, pero sin poder recuperar la Gracia. En su vida humana, haciendo el bien humanamente, Dios le daba la Misericordia.

Pero, a partir de Cristo, la cosa cambia: quien quiera vivir en pecado, teniendo un Sacramento, sólo hay Justicia en ese camino. Ya no Misericordia. Ya las obras buenas humanas no sirven para alcanzar de Dios Misericordia, como en Adán. Porque Dios ha puesto un camino para quitar el pecado: el Sacramento de la Penitencia, no las obras buenas humanas.

Por eso, a muchos católicos, los Sacramentos son para su condenación, no para su salvación.

Esta Verdad, muchos católicos no la han meditado. Y están en la Iglesia en sus vidas de mentira, sin hacer valer la Gracia en sus corazones. Por eso, después, no pueden comprender qué pasa en la Iglesia. No entienden a Francisco y lo llaman un hombre bueno, santo, justo; cuando es un asesino de la Gracia.

La Gracia, vivida en la Misericordia, es decir, si el alma cae en pecado y se confiesa, entonces el alma encuentra el camino del Amor Divino, que tenía Adán.

Los pecados no son impedimento para el Amor de Dios si se confiesan los pecados, si hay arrepentimiento de los pecados, si se usa el sacramento de la Penitencia como Cristo lo ha puesto en Su Iglesia.

Pero los pecados de cada alma son impedimento para el Amor de Dios cuando las almas ya no lo confiesan, sino que viven en ellos, haciendo del pecado su vida humana. Y, entonces, esa alma se convierte en un demonio, en un engendro demoniaco.

Hay muchos católicos así, dentro de la Iglesia: tienen los sacramentos, pero viven en sus pecados como si fueran una virtud, un bien, en sus vidas.

Por eso, hay tantos sacerdotes que son lobos vestidos de piel de oveja. Y estos son los anticristos en la Iglesia. Son los que van en contra de Cristo y de Su Cuerpo, que es la Iglesia.

Hay muchos anticristos en Roma, actualmente. Sólo miren sus pecados, su forma de pecar, su forma de vivir a Cristo en la Iglesia. No imitan a Cristo, sino que ponen su mente humana, su idea humana, por encima de la Mente de Cristo. Y así hacen su iglesia, a su manera humana, tomando cosas del Evangelio, de la Tradición, del Magisterio de la Iglesia, pero anulando la Verdad de todo eso, para sólo manifestar su mentira, su idea, su propaganda, su negocio en la Iglesia.

La Iglesia no es un pensamiento del hombre, sino la obra de Cristo en la Cruz.

Cristo, en la Cruz, obró Su Muerte. Este Misterio no se puede comprender con la razón humana. Obrar la Muerte es dar la Vida a los hombres. Morir Cristo es hacer vivir al hombre. Sin la muerte de Cristo, el hombre seguiría muerto. Y, para imitar a Cristo, hay que hacer lo mismo: morir a todo lo humano, para que así lo humano tenga vida en Dios.

Esto es lo más difícil de comprender al hombre. Y en esto está sólo la vida de fe. La Fe no es un conjunto de razones, de leyes, de ideas. La Fe es una Vida Divina, una Obra Divina, un Pensamiento Divino.

El hombre que vive en su mente humana no posee la Fe. El hombre tiene que renunciar a toda su mente humana para que ésta tenga valor para Dios. Si el hombre no renuncia a su mente humana, Dios no puede guiarle en la Verdad.

Adán tenía que vivir en su mente humana. Y Dios lo guiaba así, porque le quitó la Fe, la Vida de la Gracia.

Dios puso un camino de Fe a Abraham: «Sal de tu tierra, de tu parentela, de las casa de tu padre, para la tierra que Yo te daré» (Gn 12,1). Siempre la Fe es un salir de lo humano. Y Dios fue enseñando a Su Pueblo este camino de fe, sin la Gracia, sin el Espíritu. Se lo enseñaba en su humanidad, sin exigirle la muerte a lo humano.

Sólo a almas que Dios escogía, le podía exigir todo, como a Abrahán: «Anda, coge a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécemelo allí en holocausto» (Gn 22, 2). Dios les daba la Gracia para hacer esto: para desprenderse de todo lo humano por Voluntad de Dios, porque así Dios lo mandaba.

Sólo hay una razón para dejar todo lo humano: la Voluntad Divina. Cumpliendo la Voluntad de Dios nunca se peca.

«Dijo Yavé a Oseas: Ve, toma por mujer una prostituta y ten hijos de prostitución, pues que se prostituye la tierra apartándose de Yavé» (Os 1,2). Dios manda a Oseas obrar una Justicia. Y ese mandamiento no es un pecado a los ojos de Dios. Y Oseas no pecó buscando una prostituta y engendrando hijos de ella, porque estaba cumpliendo la Voluntad de Dios, en la cual nunca hay pecado.

Y este es el Misterio de la Fe: por ley divina no se puede ir en contra del sexto mandamiento: «no adulterarás». Y esa ley está inscrita en el corazón de cada hombre.

Por ley divina, nadie puede matar a otro hombre, no puede ir en contra del quinto mandamiento: «no matarás».

Sólo por Voluntad de Dios se puede realizar una acción que es un pecado contra la ley de Dios. Y este es el Misterio de la Fe, que vivió Abraham, que vivió Oseas, y que Cristo obró en Su Muerte.

Cristo obra Su Muerte: Su Padre le pide morir en la Cruz. La Voluntad del Padre es que hay que morir, hay que dejar que los hombres cometan un pecado. Hay que permitir ese pecado en los hombres.

Pero el pecado de los hombres no es la obra de Cristo en la Cruz. Cristo va a la Cruz sólo por Voluntad de Su Padre, no por el pecado de los hombres, que lo quieren matar.

Cristo va a a la muerte por una sola razón: porque lo quiere Su Padre.

Y el querer del Padre está por encima de toda ley divina. Y aquí comienza el Misterio de la Fe.

La Fe no es sólo cumplir unos mandamientos, unas leyes, unas normas litúrgicas, sino que es obrar una Voluntad Divina en cada alma, en cada hombre.

Los hombres suelen acomodarse a las leyes, a las normas, a las tradiciones, y se olvidan de que la Fe es algo más que todo eso.

Por eso, el Señor decía: «Si tuviereis fe como un granito de mostaza, diríais a este monte: vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible» (Mt 17, 20). Cuando Dios muestra Su Voluntad, no hay imposibles para los hombres. Cuando Dios da Su Voluntad, el hombre lo puede todo en Dios.

Por eso, el hombre tiene que ir hacia este Misterio de la Fe. Y sólo se puede ir en el camino de Cristo: en la Cruz.

Cuanto más un alma en Gracia comprende que lo humano no sirve para ir al Cielo, entonces más se mete en el misterio de la Fe. Y Dios puede pedirle cosas como a Abraham y a Oseas. Dios no da esta Voluntad a cualquier hombre y, menos, a un hombre que vive en sus pecados. Dios da esta Voluntad a hombres que viven en Gracia y que son espirituales, que no son carnales, que no son para lo humano, para lo material de la vida, sino que han sabido desprenderse de todas las cosas humanas, para ponerse sólo en lo que agrada a Dios.

Vivimos en un mundo que ha puesto la vida humana por encima de la ley divina. Y quiere hacer las obras de Abraham y de Oseas, pero sin la Voluntad de Dios. Esto es a lo que lleva siempre el demonio: a imitar las obras de Cristo, las obras de Dios. El demonio es maestro en esto desde el principio de su pecado.

Porque su pecado consistió en ver las obras de Dios e imitarlas sin Dios, sin la Voluntad de Dios, sin el consentimiento divino. Y, por eso, lleva a los hombres hacia el pecado visto como algo bueno, como un valor, como una verdad en la vida.

Abrahan y Oseas obraron la Verdad, pero en la Voluntad de Dios. Muchos hombres obran eso, pero fuera del querer divino. Obran sin fe; es decir, obran con su inteligencia humana, que la han puesto por encima de la Mente Divina.

Cristo vino a hacer la Obra de Su Padre, Su Voluntad. Y esa Obra sólo es conocida por Cristo, no pos los hombres en la Iglesia. Y, por eso, de nadie es la Iglesia. Sólo le pertenece a Cristo.

Que nadie venga a querer cambiar la doctrina de Cristo con su mente humana, con sus ideas comunistas, marxistas, protestantes, masónicas, que es lo que da Francisco cada día, que es su predicación.

Y el tiempo de Francisco se termina: «El reinado en la Casa de Pedro será corto, y pronto Mi amado Papa Benedicto guiará a los hijos de dios desde su lugar de exilio. Pedro, Mi Apóstol, el fundador de Mi Iglesia en la Tierra, lo guiará en los últimos días difíciles, mientras Mi Iglesia lucha por Su Vida» (Viernes Santo, 29 de marzo del 2013).

Francisco deja el cisma dentro de la Iglesia: un Obispo sin Cristo en su corazón. Un Obispo para el mundo, sin la Vida de Fe, sin el Amor de Dios, sin la Verdad del Espíritu. Un hombre que no cree en Dios, no puede conocer lo que es bueno y lo que es malo. Francisco sólo cree en su dios, que es su pensamiento humano. Y, por eso, cada día dice sus barbaridades, que muchos aplauden, que muchos hacen propaganda. Y ya no saben cómo ocultar algunas cosas, que son tan manifiestas en el hereje de Francisco, sólo por temor a oponerse a ese hombre, que sólo sabe usar palabras baratas y blasfemas, pero que no tiene ninguna inteligencia.

Seguís a un idiota porque teméis su autoridad Y su autoridad es lo más estúpido que hay en la Iglesia: un poder humano que él mismo se ha dado en la Iglesia. Ha puesto su gobierno para decirse a sí mismo: aquí estoy yo; yo soy el que voy a dar de comer a todos los hombres; yo soy el que voy a solucionar los problemas de todos los hombres; yo y la revolución de mi estúpida ternura para con los hombres, con mi insulso lenguaje del corazón; yo con los mocos que se me caen de mi narices cuando hablo de amor a los hombres, eso es el camino para la iglesia.

Francisco es un hombre sin ley divina, sin norma de moralidad, con un lenguaje humano que es su basura ideológica. ¿Y obedecéis a ese subnormal?

Cristo no ha puesto a Francisco en Su Iglesia. Han sido los hombres. Y estos van en serio dentro de la Iglesia: van a echar a Cristo de la Iglesia. Y van a matar a la Iglesia, como hicieron con Cristo. Y quien no quiera creer, es que vive de ilusiones en la Iglesia.

En la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo

reydelaiglesia

En la Iglesia Católica se vive la mentira sin posibilidad de un camino hacia la Verdad.

La Jerarquía, atada a una estructura de ideas, social, política, económica, humana, material, ha dejado de seguir al Espíritu de la Iglesia.
Hay muy pocos sacerdotes, Obispos, que sean humildes de corazón; son, la mayoría de ellos, grandes soberbios, persona orgullosas, que han hecho de sus pecados la vida en la Iglesia.

La Iglesia tiene que mirar a Cristo: ésa es su referencia. Pero, ahora, todos miran a uno que no es Papa, llamado con el nombre de Francisco, ultrajando el nombre de san Francisco y ofendiendo Su Espíritu.

San Francisco de Asís vino para reparar la Iglesia de Jesús, vino para expiar los pecados de las almas en la Iglesia de Jesús, vino para unirse a las llagas de Cristo en la Iglesia de Jesús.

Y ¿qué hace el Falsificador Francisco, el que ha manchado el nombre de Francisco? Ha tomado la pobreza de Cristo como su negocio comunista en la Iglesia. Ha vendido a Cristo por el amor a sus pobres, por un puñado de fama y de propaganda entre los hombres, en el mundo, en el interior del Vaticano.

San Francisco se hizo pequeño ante sus hermanos; no quiso ningún poder entre sus manos. Y Francisco se ha subido al podio de la popularidad y va caminando en el mundo para recibir el aplauso de tanta gente que sólo mira a la Iglesia como un bien humano, un bien social, un bien político, un bien económico, un bien para el propio bolsillo.

La Jerarquía de la Iglesia pone su referencia en Francisco, no en Cristo. Éste es el más grave error de toda la Jerarquía.

Y ¿por qué se cae en este error moral? ¿Por qué pecan los sacerdotes y los Obispos que dan su obediencia a Francisco? ¿Por qué no hay que seguir a ningún sacerdote, a ningún Obispo, a ningún Cardenal, que obligue obedecer a Francisco?

Porque Francisco no es el sucesor de Pedro, no es el Papa. Es el Papa Benedicto XVI el sucesor de Pedro. Su renuncia ha obligado al Espíritu Santo a retirarse de todas las estructuras de la Iglesia. ¡De todas! ¿Qué significa eso? No hay Arquidiócesis en la tierra que tenga Espíritu. Todas han quedado en poder de los hombres, de sus mentes, de sus obras, de sus vidas humanas.

Esto, por supuesto, no se lo creen en Roma. Esto nadie se lo cree. Pero es la única Verdad. El pecado de Benedicto XVI es un pecado contra el Espíritu. Es un pecado de un Papa, no sólo de un hombre. Un Obispo con una misión específica en la Iglesia: ser el sucesor de Pedro; ser Papa hasta la muerte. Y no llegó hasta el final de esa misión.

Y no se quiera coger el atajo fácil de que un Papa puede renunciar. Ése pensamiento es la comodidad de muchos. Ese pensamiento no es divino cuando se ha visto claramente que nadie ha luchado para que el Papa no renuncie. Nadie se ha levantado para hacer que el Papa vuelva a ser Pedro. A nadie le ha importado lo que el Papa ha hecho. Y eso es un claro signo de que no es un pensamiento de Dios, sino del demonio.

Las cosas divinas dan al alma celo por la Verdad, inquietud por saber la raíz de la Verdad, ansia por conocer la verdad de los acontecimientos de la vida. Pero cuando se ven estas realidades como algo rutinario, entonces es que Dios no sopla, que las almas están dormidas en el sueño de su bien humano y no saben ver lo divino, lo santo, lo sagrado, lo único que importa en la vida: el amor a la verdad. ¡Nadie puede renunciar al don de Dios para su vida y quedarse tan tranquilo! ¡Y quedarse como si no pasará nada! ¡Toda la Iglesia ha renunciado a Su Papa porque nadie ha luchado para tener el Papa que el Señor ha puesto! ¡La Iglesia ha renunciado a la Verdad en el Papa Benedicto XVI! ¡La Iglesia ya no ama la Verdad, que es Cristo!

¿Qué verdad hay en Francisco como Papa? Ninguna. No habla como un Papa, no enseña como un Papa, no gobierna como un Papa, no vive como un Papa, no obra como un Papa. Es sólo un hombre mundano, carnal, demoniáco.

Y ¿qué hay entonces en Francisco? Lo que los hombres quieren ver. Los hombres quieren una Iglesia en la calle. Eso se lo da Francisco: la ruta del comunismo. Los hombres quieren estar con la realidad social. Eso se lo enseña Francisco: su doctrina comunista, su evangelio de la fraternidad, los bienes sociales y culturales en la Iglesia. Los hombres quieren ilusionarse con una primavera de gozo y esperanza. Eso le gusta a Francisco predicar todos los días: su cultura del encuentro, su estadía en las estructuras del mundo, su amor al mundo y a Su Príncipe, el demonio. Los hombres quieren responder a los problemas sin la verdad, sin la moral, sin la ley natural. Ese es el camino que Francisco les ofrece: ama a los hombres porque son buenos hombres; su amor humano que pone por encima del amor a Cristo.

¡Qué gran error seguir a Francisco! ¡Y muy pocos lo ven como error! ¡Pocos entre la Jerarquía! ¡Poquísimos entre los fieles!

Muchos, en la Iglesia, han hecho su partidismo, su política: siguen a un Papa porque da un ejemplo de bondad humana, de bien social, de apertura a las cosas del mundo. Siguen a un Papa porque es un buen hombre. Pero nadie sigue a un Papa porque es el Papa.

Y, entonces, viene Francisco, con una sonrisa de oreja a oreja, con una besadera de niños, con un llamar por teléfono todo el mundo, y entonces, Francisco es un superpapa. ¿La razón? Su bien humano. Y nadie discierne la verdad de lo que hay detrás de esa sonrisa, de esos besos, de ese estar en las redes sociales, de ese querer agradar a todo el mundo. ¡A todos se les ha caído la baba con Francisco! ¡A todos! Señal de que en la Iglesia sólo hay hombres, pero no imitadores de Cristo. ¡Son gente buena, apta para las llamas del infierno! Son los buenos, los que se creen buenos, los primeros candidatos para los primeros puestos en el infierno. Al cielo va sólo el que mira todo el día su pecado, su maldad, su negrura de alma, no el que se mira al espejo de su humanidad.

La Jerarquía de la Iglesia se ha vuelto como los profetas de Baal: todos dicen la misma cosa. ¡Francisco es el mejor! Todos apoyan a Francisco. ¡Es la moda! ¡Es el partidismo! Ahora, es necesario tomar partido por Francisco. Ahora, se necesita la opción de los pobres en la Iglesia. Ahora, es urgente que se abran filas al modernismo que la Iglesia ya no combate, porque se ha hecho supermoderna: tiene su gobierno horizontal y su consejo económico, como las grandes potencias del mundo. Dentro de poco, aparecerá en la Bolsa como una opción más para ser competitiva en la economía del mundo.

Estamos ante una Jerarquía que se ha olvidado, por completo, de Cristo, que ya no dice cosas diferentes a lo que se oye en el mundo. Esta Jerarquía tiene a Cristo en sus bocazas, que son muy grandes para decir todo tipo de herejías y mezclarlas con palabras de santidad. En eso se han hecho expertos muchos sacerdotes y Obispos. Es el alimento que dan cada día a su rebaño. Los engordan para el infierno. Los hacen caminar por las sendas de lo humano y de lo material. Hacen de la oración un encuentro social, en la que todos dan culto a sus dioses, y ninguno al verdadero Dios.

Ha comenzado ya la ruina en toda la Iglesia. La Iglesia se cae a pedazos. Y nadie puede reparar ese destrozo. Ya no hay almas víctimas, que sepan lo que significa sufrir con Cristo y morir con Él.

La Cruz de Cristo es la salvación de la Iglesia. La Iglesia nace cuando muere el hombre. La Iglesia vive cuando muere el pensamiento del hombre. La Iglesia obra cuando muere la obra del hombre.

Mientras el hombre siga en pie en la Iglesia, la Iglesia está muerta; la Iglesia es un nido de avispas, porque los hombres viven en Ella clavando el aguijón de sus pecados en el Corazón de Cristo.

Se renueva, cada día, la muerte de Cristo en la Jerarquía. ¡Cuántos sacerdotes, cuántos Obispos, crucifican de nuevo a Cristo! Y no por sus pecados personales, sino por sus pecados contra Cristo, contra Su Obra, la Iglesia; pecados contra la Verdad, contra la norma de moralidad.

Para ser Iglesia, ahora, hay que vivir sin mirar a Roma, sin hacer caso a ninguna Jerarquía. Viviendo la Verdad, que es Cristo, en el corazón; y preparando el alma para lo que viene. Y es algo tan grande, que los tiempos van a cambiar para todos.

La Pascua ya no será Pascua, sino el inicio de un giro en la Iglesia: un giro hacia la destrucción de toda verdad en la Iglesia.

Apariciones de la Virgen María

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«Mi querida niña, que se sepa que voy a hacer una aparición más en todas las grutas Marianas, que fueron aprobadas por la Iglesia de Mi Hijo, a lo largo de los siglos. Voy a darme a conocer en sitios Sagrados, los que incluirán a Lourdes, Fátima, La Salette y Guadalupe. También voy a aparecer en Garabandal. Estas apariciones comenzarán esta primavera, ya que mi Hijo ha dado instrucciones. Voy a ser vista, por las almas elegidas, con el sol detrás de mi cabeza. Habrá doce estrellas formando un círculo y entrelazadas alrededor de la corona de espinas, – que llevó puesta mi Hijo durante Su Crucifixión- colocadas sobre mi cabeza, como una señal para que todos sigan mi ejemplo. Mi labor es guiar a todos los hijos de Dios a lo largo del Camino de la Verdad y llevarlos a mi Hijo» (Mother of Salvation – 24 de enero de 2014).

Sólo hay una Verdad: Jesucristo. Y esa Verdad debe transmitirse como Es, es decir, sin poner el hombre sus verdades, sus razones, sus culturas, sus diálogos, sus planes.

Cuando la Verdad se desprecia, entonces aparece la Apostasía de la Fe. Siempre han existido los apóstatas, los que rechazan a Cristo como Verdad. Muchos acogen a un Cristo que no es la Verdad, que es sólo el fruto de su pensamiento humano.

Las iglesias de todo el mundo están llenas de estas almas que dicen seguir a Cristo, pero sólo siguen sus pensamientos de Cristo, sus acomodados razonamientos humanos de cómo tiene que ser Cristo.

Cristianos hay muchos, pero seguidores verdaderos de Cristo muy pocos. Para seguir a Cristo es necesario dejar de seguir al hombre. Esto es lo difícil en la vida espiritual. El elemento humano combate la Verdad, que es Cristo.

Muchos niegan las apariciones de la Virgen María porque no creen en la Palabra de Dios. Creen que Dios ya no habla, que está mudo, que ha dejado al hombre la decisión de su vida, que ya lo ha revelado todo, que no hay más que revelar, que todo eso de las Apariciones son del demonio, que hay que vivir en el suelo, resolviendo los problemas que los hombres tienen, que es muy peligroso eso de los videntes, que hay mucho engaño en todas partes, etc…

Muchas cosas dicen los hombres para poner una excusa y no creer. Para seguir creyendo a su pensamiento humano. Miles de excusas que no sirven para nada, sólo para vivir en la propia oscuridad y no discernir nada en la vida.

¡Cuántas almas hay atrofiadas por sus pensamientos humanos, por sus estilos de vida humana, por sus conquistas humanas, por sus deseos humanos, por sus visiones humanas de todo lo divino!

¡Almas que no admiten lo que está pasando en la Iglesia porque creen que Dios nunca va a dejar que el hombre destruya la Iglesia con sus mentiras!

¡Y es necesario que la Iglesia sea destruida por la misma Jerarquía de la Iglesia! ¡Cuán necesario que es esto por el bien de toda la Iglesia!

Muchos no comprenden esta Verdad, que está en el Evangelio, que la predica Jesús de una forma constante: en Su Cruz.

Si el hombre mató a Cristo; entonces, también el hombre mata la Obra de Cristo, que es Su Iglesia.

Si un traidor vendió por unos dineros a Su Maestro, a Su Mesías, entonces, otro traidor vende la Iglesia por la misma razón: el maldito dinero.

Si los Apóstoles huyeron de la Cruz, y sólo quedó a sus pies, uno de ellos, el que más lo amaba; entonces, todos van a huir cuando el hombre de pecado destruya la Iglesia. Sólo quedará el que ame a Cristo por encima de todos los hombres, de todo el dolor, de cualquier sufrimiento que ese amor suponga.

Si sólo la Virgen María fue capaz de reunir al Rebaño, disperso por el pecado, de nuevo; entonces, será la misma Virgen María la que reunirá a sus elegidos para seguir el camino de la Iglesia en una vida nueva.

Muchos no leen el Evangelio como hay que leerlo: sin la mente humana, dejándose instruir por el Espíritu de la Verdad, que nunca engaña a los hombres.

Muchos tienen miedo de escuchar a Dios en sus corazones porque se han habituado a escuchar sólo sus mentes humanas. Y la Voz del Espíritu les suena rara en una mente que quiere sintetizarlo todo con su estructura mental.

Los arcanos de la inteligencia humana se han dado al hombre para que aprenda lo que es la Verdad. En la inteligencia del hombre se dan misterios que el hombre no puede descifrar. Se dan cosas desconocidas por la mente del hombre. Y eso es una señal de que el hombre tiene que someterse a otra inteligencia superior para entender esos misterios indescifrables para la razón humana.

Muchos, en sus soberbias, quieren penetrar el misterio. Y no pueden. No es posible porque es un misterio. Y al querer penetrar lo imposible producen el rompimiento del misterio, lo dividen, lo analizan, lo sintetizan y se quedan sin misterio. El hombre queda dando vueltas a su pensamiento humano, como un loco, sin caer en la cuenta de que ya no hay misterio.

El hombre cuerdo, ante el misterio se para y no quiere seguir, porque ha comprendido que no hay camino. No es posible seguir investigando, razonando.

Pero el loco soberbio queda atrapado en su locura, creyendo que ha resuelto el misterio y lo único que ha hecho ha sido liquidarlo como misterio, trocearlo en muchas partes, negarlo como una verdad absoluta. Y esa es su locura, que le lleva a vivir de eso, de esas divisiones que ha encontrado en su soberbio pensamiento.

Estamos en un mundo que ha llegado a este loco pensamiento, de creerse que conoce todos los misterios de la vida. Y en esta soberbia, en la cima de esta soberbia, se niega toda verdad absoluta. Ya no hay verdades, sino sólo un conjunto inmenso de pensamientos humanos, todos ellos verdaderos, útiles para todos los hombres. Y, por eso, se llama al mal con el nombre de bien. El pecado, la mentira, la herejía, el cisma, la apostasía son bienes para los hombres, son virtudes para los hombres, son dogmas para los hombres soberbios.

En esta ceguera viven muchos sacerdotes y Obispos, no sólo gente del mundo. La Jerarquía está llena de soberbios, que han alcanzado la cima de la soberbia. Y, por eso, niegan los dogmas, las verdades absolutas, con una tranquilidad pasmosa. Francisco y su gobierno horizontal son ejemplo claro de esta gente loca en su pensamiento, que ha roto el misterio.

Por tanto, se impone en la Iglesia la ruptura total. Cuando se niega el dogma y lo niega gente vestida de Obispo, que es lo más alto en la Iglesia, y así se predica en toda la Iglesia sin oposición de nadie, entonces es la señal de que la Iglesia se está destruyendo.

Y, por eso, son necesarios los signos en el Cielo. Por eso, la Virgen María tiene que aparecerse a sus hijos para que comprendan el camino a seguir en la Iglesia.

Una Jerarquía Eclesiástica que no guía en la Verdad, necesariamente produce que la Virgen María guíe a las almas de otra forma.

Cristo ha puesto la Jerarquía para guiar hacia la Verdad a toda Su Iglesia. Si la Jerarquía comienza a predicar herejías, mentiras, camufla la verdad con muchas mentiras, entonces la Iglesia se pierde de muchas maneras; las almas viven en muchas confusiones; nadie tiene las ideas claras en la Iglesia. Y como la Iglesia no es de los hombres, sino de Dios; entonces Dios tiene que hablar. Y lo tiene que hacer en contra de Su Misma Jerarquía.

Por eso, a la Jerarquía no le gustan las apariciones marianas porque se enseñan cosas que ellos esconden en la Iglesia a las almas.

La Jerarquía ha llegado un momento en que obra en la Iglesia como si nada malo sucediera, como si todo fuera santo, verdadero, justo, inmaculado, porque lo hacen ellos con sus pensamientos humanos.

Un Francisco que dice herejías como la palma de la mano, bien claras, para la Jerarquía significa: no pasa nada, todo va bien, todo va perfecto, hay que saber comprender lo que se dice y en las circunstancias en que se dice, etc… Es el fariseísmo perfecto: es el encontrar una excusa para seguir en la herejía, para hacer caso a un hereje. Es la razón del hombre que se mueve en su locura para agradarse a sí mismo y decirse: todo va bien. No hay que hacer caso a los que se oponen, a los que critican. Nosotros tenemos la razón; ellos están en la mentira.

Por eso, la Virgen se va a aparecer en los lugares que ya ha sido aprobados, menos en uno: Garabandal.

Garabandal inicia otra época en la Iglesia. Por eso, nunca fue aprobado. Garabandal es la escuela del Espíritu. El Espíritu movió a las niñas por toda la montaña para darles el aviso que Dios quería al mundo. El aviso del inicio de la era del Espíritu.

Garabandal trae una discontinuidad en las apariciones marianas, porque las anteriores eran estáticas: el alma recibía la Palabra de Dios en su corazón.

En Garabandal, el alma es llevada por el Espíritu, es movida de sitio, de lugar, no sólo de estado. No sólo hay un cambio en el alma, sino en su cuerpo. Eso indica que esa Aparición trae a la Iglesia una nueva era desconocida para la misma Iglesia. Por eso, no fue aprobada, por estas cosas raras que los hombres de Iglesia, con sus soberbios pensamientos humanos, nunca comprenden, porque son misterios para los hombres.

La Virgen se va a aparecer. Y ¿por qué? Porque las circunstancias de la Iglesia son gravísimas. Nada va bien. Todo es un desastre que se oculta a la Iglesia. Todo se va a dar de forma inesperada para la Iglesia: de la noche a la mañana un cambio que nadie esperaba. Un cambio para mal, pero que muchos verán bueno, en sus soberbias.

Y, en esta confusión, es necesario un camino en la Iglesia. El camino es la Virgen. Siempre es Ella la que marcha adelante, a la cabeza del Rebaño, junto a Su Hijo. Son el Rey y la Reina que guardan el Rebaño y lo llevan a pastar a los Prados del Espíritu. Ellos nunca fallan. La Jerarquía de la Iglesia siempre ha fallado a la Iglesia. Pero Ellos no pueden fallar.

Y la Virgen se va a aparecer con un Sol detrás, es decir, iluminada con los rayos de la divinidad, con la Luz del Espíritu, para traer a los hombres la Palabra del Pensamiento del Padre. Su cabeza está iluminada por estos rayos: señal de que Su Persona está metida en Dios, en los Misterios Divinos, que sólo Dios conoce. La Virgen María también los conoce por ser la Madre de Dios. Para Ella no hay Misterios ocultos, por su humildad, porque se dejó hacer de Dios en todas las cosas de su vida. Por eso, Ella lo conoce todo sin esfuerzo, sin recurrir al desgaste de la razón humana. Ella ve la Verdad. El hombre piensa la verdad y siempre se equivoca cuando piensa.

Y traerá las doce estrellas como corona, pero unidas en el dolor. Las doce estrellas representan a todas las almas que se han salvado y se van a salvar. Doce tribus de almas; doce reinos de almas; doce cielos de almas. Y esas almas están unidas en una sola cosa: la Cruz de Su Hijo; es decir, el dolor, el sufrimiento, la humillación, el dar la vida hasta la muerte.

Es un llamado de la Virgen a todas las almas que se van a salvar. Y, por eso, sólo aquellas almas van a acoger esta aparición de la Virgen. Las demás, las que no van a creer, no se salvarán. La Virgen va a ser vista por las almas elegidas. Éstas comprenderán la visión. Los demás, los que no ven, no comprenderán la visión, sino que la atacarán. Eso será señal para muchos en la Iglesia, para poner dos bandos claros.

No es una aparición para hacer que las almas crean, porque ya han sido aprobadas por la Iglesia. Es una aparición para definir un camino en la Iglesia: el camino de la Verdad, que en la Iglesia no se da porque la Jerarquía vive y predica la mentira.

Es una aparición nueva, distinta, que tiene que marcar a toda la Iglesia. Es una aparición para que todos sigan el ejemplo de la Virgen María. Y ese ejemplo es muy sencillo de ver: su humildad, su nada, su disponibilidad a la Voluntad de Dios.

La Virgen María, en su humildad, es camino hacia la Verdad. Sin la humildad nadie puede conocer la Verdad y permanecer en la Verdad.

Es necesario ser humildes para ser Iglesia. Es necesario vivir la humildad para obrar en la Iglesia. Es necesario dar a la vida el fundamento de la humildad para perseverar siempre en la Iglesia.

Sólo los soberbios salen de la Iglesia, no permanecen en la Verdad, no pueden obrar ninguna Verdad.

La Iglesia es Cristo, no es el Pueblo de Dios

2corazones

“Estoy Crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19.20).

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, que significa: que Cristo vive en cada alma de una manera mística y, por tanto, la Iglesia es, en la realidad, Cristo.

El alma fiel a Cristo pertenece a la Iglesia, porque en ella vive Cristo místicamente.

Pero el alma que no es fiel a Cristo, no pertenece a la Iglesia, porque Cristo no vive en ella de una manera mística.

La vida mística no es la vida espiritual. La vida mística es la presencia de Cristo en el alma sin merecerlo el alma, sin que el alma ponga un pensamiento, una obra, una fuerza humana. Es algo que Dios obra en el alma.

Pero la vida espiritual es un asunto del alma y de Dios, es un merecimiento del alma. El alma merece estar en la Presencia de Dios, el alma gana de Dios una gracia, una bendición espiritual. Dios da en la medida en que el alma va creciendo en las virtudes teologales.

La Iglesia es algo místico, no es algo espiritual. Hay muchas personas en el mundo que tienen su vida espiritual, su oración, sus limosnas, sus apostolados, sus servicios en las religiones o en las iglesias a las que pertenecen. Muchas personas creen en Dios o tienen un bautismo que los hace hijos de Dios, tienen ese sello espiritual. Pero no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia.

De igual manera, hay muchos sacerdotes, Obispos, fieles, que tienen sus sacramentos, tienen sus vidas espirituales, pero no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia.

Porque la Iglesia es Cristo. Cristo místicamente vive entre sus almas elegidas, predestinadas al Cielo. Cristo no vive entre los hombres. El mundo no es la Iglesia, no pertenece a la Iglesia. Dentro de la Iglesia, no todos los hombres son Iglesia.

Para comprender el Misterio de la Iglesia hay que fijarse en Cristo. Y sólo en Él. No en los hombres, no en el Pueblo de Dios, no en el mundo.

Cristo es el Verbo Encarnado. Y, por tanto, es Dios que asume a un hombre. Es Dios que vive en el hombre, pero sin ser hombre, sin tener persona humana, sin guiarse por la mente del hombre, sin obrar con la voluntad del hombre.

Cristo se hace hombre, pero es Dios. No deja de ser Dios porque viva entre los hombres. No deja de pensar como piensa Dios, aunque tenga una mente humana. No deja de obrar como obra Dios, aunque posea una voluntad humana.

Cristo, al ser Dios entre los hombres, busca a sus almas. No busca a todos los hombres, porque, de hecho, en la práctica, no todos los hombres aman a Cristo. Cristo da la luz a todos, ilumina a todos los hombres, muestra el camino de la salvación a todos los hombres. Pero Cristo viene a salvar a los pecadores, no viene a salvar a los hombres. Sólo aquellos que son pecadores, que ven su pecados, que quieren quitar sus pecados. No salva a los que se creen justos, ya salvados.

El pecado es algo místico, no es algo espiritual. Cuando se peca se ofende a Dios. Pero esto el hombre no lo ve, no lo capta, no lo entiende. El hombre peca y sigue su vida como si nada hubiera pasado. No ve las consecuencias de ese pecado, ni en Dios, ni en su alma, ni en su entorno, ni en el mundo entero.

El pecado, en el hombre, es la obra del demonio. El demonio es un ser espiritual. Y su obra es algo espiritual que hace él. Pero el demonio, cuando hace pecar a un hombre, su obra en el hombre es algo místico, no espiritual. El hombre, cuando peca, obra místicamente una obra mala, pecaminosa. Una obra que en el demonio es algo espiritual, pero no cuando el demonio obra en el hombre. Esa obra demoniáca, de espiritual, se convierte en mística dentro del hombre, en su alma.

Y Cristo ha venido a quitar las obras del demonio en el hombre. Las obras místicas: “Y para esto apareció el Hijo de Dios para destruir las obras del diablo” (1 Jn 3, 8). Y, al destruirlas, Cristo da al alma su simiente, su obra, su fuerza para no pecar más:“Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef 6, 11).

El demonio ataca al hombre de forma espiritual, pero obra en el hombre de forma mística. El hombre lucha espiritualmente contra el Maligno, con la Palabra de Dios, con el Espíritu de Dios. Pero, cuando el hombre es vencido por el demonio, entonces éste obra en el hombre algo místico. Eso místico es lo que Cristo quita, perdona, que es el pecado. Y Cristo lo quita con su Muerte en la Cruz, que es una obra espiritual y mística, al mismo tiempo.

Con la Cruz se ataca al demonio, de una manera espiritual. Pero con la Cruz se quita el pecado que el demonio pone en el hombre. Por eso, el Sacramento de la Penitencia perdona el pecado, la obra que el demonio ha hecho, y lo hace en virtud de la Cruz, de los méritos de Cristo Crucificado, por su sangre, por sus dolores, por su Pasión y por su Muerte. Lo hace de una manera mística. Y da al alma una gracia, una fuerza espiritual para no pecar, para oponerse al demonio.

Y, cuando Cristo borra el pecado, que es la obra mística del demonio en el hombre, deja lo espiritual, deja al alma en la batalla contra el demonio. No le quita la lucha. Cristo quita el pecado pero no hace al hombre Inmaculado, no le confirma en la gracia para no pecar más. Le da la gracia para resistir al Maligno, pero el alma tiene que merecer la gracia de ser confirmado y así no pecar más, no caer en el pecado. El hombre puede merecer esta gracia de Cristo si, en su vida espiritual, se esfuerza por luchar contra el demonio, contra el pecado, contra el mundo. Es una gracia que muy pocos consiguen. Por eso, es necesario el Purgatorio después de la muerte.

Cristo, al quitar la obra mística del demonio en el hombre, pone su obra mística en el alma. Esa obra mística es Él mismo. Es Cristo que vive en la misma alma. Por eso, lo místico es sin merecimiento por parte del alma. Nadie merece que le quiten sus pecados, que se los perdonen. Y, por tanto, nadie merece que Cristo viva en su alma.

Y, cuando Cristo se pone en el alma, entonces esa alma pertenece a la Iglesia, es del Cuerpo de Cristo. Nadie merece pertenecer a la Iglesia.

El Bautismo abre las puertas al alma de la Iglesia. Sin el Bautismo, Cristo no puede quitar la obra mística del demonio en el hombre, no puede quitar el pecado. Pero no es suficiente para ser Iglesia tener un Bautismo, porque se nace con el pecado original, pero se cometen muchos pecados diferentes al original en la vida. Y, por eso, es necesaria la confesión del pecado, el Sacramento de la Penitencia.

Pero tampoco es suficiente con tener un Bautismo y los demás Sacramentos de la Iglesia para ser Iglesia, porque la Iglesia es Cristo. Se es Iglesia porque se es de Cristo. Es decir, es Cristo el que vive místicamente en el alma. Es Cristo el que hace Su Vida en el alma. Cristo inicia esa vida en el alma, una vida mística sin que el alma se lo merezca, al quitarle el pecado. Pero Cristo no obra esa vida mística en el alma sin exigirle al alma un esfuerzo espiritual. Si el alma, aunque tenga todos los Sacramentos, aunque haga oración y demás cosas, no tiene vida espiritual, entonces Cristo desaparece del alma y queda el demonio.

Por eso, San Juan, hablando de los anticristos, dice: “De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros. Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros, pero así se ha hecho manifiesto que no todos son de los nuestros” (1 Jn 2, 19).

El que es de la Iglesia, el que es de Cristo, tiene la “unción del Santo” (v.20), es decir, Cristo permanece místicamente en ese alma, porque ese alma ha sido fiel a la Gracia, ha luchado en su vida contra el demonio, contra la carne, contra el mundo. Y, por tanto, muchos hay en la Iglesia, que parecen de los nuestros, que se visten como Cristo, que son sacerdotes y Obispos, pero que no son de la Iglesia, no son de Cristo, porque ya no luchan espiritualmente.

Y donde no hay lucha espiritual no hay vida mística. Cristo no vive místicamente en un alma que no lucha espiritualmente.

Por eso, la necesidad de la penitencia, del desprendimiento de lo humano, de la mortificación para ser Iglesia. La necesidad del camino de la Cruz para que Cristo viva en el alma.

Muchos hacen una Iglesia de formas exteriores, de culto exterior: van a misa o celebran la misa, comulgan, hacen oraciones, hacen apostolados, pero no viven interiormente a Cristo, porque no hay trabajo espiritual. No se unen a la Obra de la Redención de Cristo y, por tanto, están en la Iglesia como están un trabajo o en una empresa o en una organización social.

Por eso, muchos se han engañado con el fraude de Francisco. Francisco no tiene vida espiritual y, por tanto, Cristo no vive místicamente en él. De la Iglesia ha salido, como Judas salió, pero no es de los nuestros. No ha permanecido fiel a la Gracia, no ha permanecido luchando contra el demonio, contra el mundo, contra la carne. Sino que se ha abierto a todo eso. Y es lo que vemos en la Iglesia: su amor al mundo y su odio a todo lo sagrado, lo santo. Hace su obra de teatro: su misa, sus oraciones, sus cosas externas. Pero sin la unción del Santo.

Ser Iglesia es algo muy serio. Si Cristo no vive místicamente en el alma, no hay nada, por más que se comulgue, por más que se confiese el alma, por más que haga lo que haga en la Iglesia. Por eso, ser Iglesia nadie lo merece. No es para todos los hombres. Cristo no está en todos los hombres viviendo místicamente.

Cristo sólo está en los corazones humildes que le dejan trabajar en sus vidas y que no ponen ningún impedimento a la obra que Cristo quiere hacer en esa alma.

El espíritu de la Navidad

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“Se aproxima el derrumbe total de la humanidad y de la Iglesia, la transformación de mi Iglesia ya está en marcha y en cuanto se aprueben esas reformas, pobres de mis hijos que ya serán pocas las iglesias que estará mi Presencia Real. Veréis como en poco tiempo se irá sustituyendo cosas sagradas por paganas, palabras santas por vulgares, hechos por signos. Se cerraran confesionarios, quitaran imágenes, faltaran flores y velas y sagrarios vacíos sin el alimento de los ángeles, de los hombres. Todo se sustituirá y aquel trono que tú vistes llevando a la bestia y los hombres cegados lo creían en tus sueños, es lo que sucederá. Ya no llevarán en hombros a Jesús sino al maligno y su falso pastor” (Mensajes personales de noviembre 2013 dados a una hermana elegida por Dios en el bº del pilar).

El espíritu de la Navidad es el Amor que se encarna: “Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn 1, 14).

El Amor Divino se hace carne: eso significa que Dios asume al hombre, lo hace suyo, lo eleva a su dignidad, lo transforma en hombre nuevo, hombre divino, que participa de la Divinidad, que camina junto a Dios para obrar las mismas cosas que Dios obra.

Cuando el Verbo asume la carne en la Virgen María, diviniza a la Virgen, la hace lo más semejante a Él, que es la Palabra del Padre. La Virgen es la semejanza de la Palabra del Pensamiento del Padre. La Virgen engendra la Palabra del Padre; la Virgen da a luz la Palabra del Padre. Y, por tanto, María Santísima no es como cualquier mujer de la tierra; es otra cosa, tiene qu ser mirada en Dios y sólo en Dios. No se la puede mirar como mujer, como ser humano, como una persona más con una vida y obras en lo humano.

La Virgen María es la que ofrece al hombre la Palabra de Dios. Sin Ella, no es posible tener a Dios con nosotros. Sin la Madre de Dios, los hombres no pueden conocer a Dios, no pueden buscar a Dios, no pueden encontrarlo en sus vidas humanas.

La Virgen María no es la que engendra a Jesús, sino la que ofrece al Verbo su vientre, su corazón, su alma, su espíritu, para que el Espíritu obre en Ella las maravillas del Padre.

Santa María no pone en la concepción de Jesús: “Y miró la nada de su Esclava”. Dios, para encarnarse, sólo necesita un corazón humilde, desprendido de todo, en que lo humano se anule totalmente.

Por eso, cuando el verbo se encarna en María, el Verbo lo da Todo a la Virgen, porque Ella sólo puso su nada, su bajura, su humildad, su sencillez, su abatimiento ante Dios.

Santa María es la que produce a Dios en todas las cosas de su vida humana. No hay una palabra, un gesto, una obra, una sonrisa, una turbación, que no sea divina en Ella. En Ella no se dan las angustias del hombre, las preocupaciones del hombre, las tristezas humanas, porque Ella es divina, no es humana, no es carnal, no es material, no es natural, no es profana. La Virgen María no mide la vida humana con su pensamiento humano, con sus medidas humanas, con sus limitaciones humanas. La Virgen María sólo da lo divino en toda su vida humana. No da nada humano, no ofrece nada humano, no vive nada humano, no obra nada humano.

Por eso, cuando en la Iglesia se habla mal de la Virgen María eso es señal de que esa Iglesia no es la de Cristo.

La Iglesia es la Obra de la Palabra de Dios. Y, por tanto, la Iglesia es la Hija de la Virgen María. Y eso quiere decir que todo lo que es la Iglesia viene de la Virgen María. No hay en Ella algo diferente a la Virgen María. De tal Madre, tal Hija.

La Iglesia, para amar a la Virgen María, para amar a Su Madre, tiene que engrandecer las virtudes, las gracias, los dones, los carismas, los espíritus que Dios ha dado a Su Madre.

La Iglesia tiene que elevar a la Virgen María a lo más alto, a lo más sagrado, a lo más divino, porque es la Virgen María la que ha dado a luz a la Iglesia. La Iglesia nace del seno virginal de la Virgen María. La Iglesia nace de un habitáculo Santo, Sagrado, Inmaculado, Divino. Y, por tanto, es necesario que en la Iglesia, la Virgen tenga el lugar que se merece: Santa María es la Madre de Dios, la Reina absoluta de todo y la Vencedora de Satanás. Ella es la Tesorera de todas las Gracias, que el hombre no ha querido reconocer.

Si no se le da este lugar en la Iglesia, entonces esa iglesia no es la de Cristo. Cristo está donde está Su Madre. Cristo no está donde no se echa a Su Madre. Es la Virgen María el camino hacia Jesús. No sólo señala dónde está Jesús, sino que hace caminar hace Él, lleva a cada alma al Corazón de Su Hijo.

El Corazón de la Madre y el Corazón del Hijo son una sola cosa. No son dos personas distintas con dos corazones. Son dos, pero con un solo Corazón. Lo que está en el Hijo está en la Madre. Y lo que está en la Madre está en el Hijo. Entrar en el Corazón de la Madre es penetrar el Corazón del Hijo. Poseer el Corazón del Hijo es quedar poseído del Corazón de la Madre.
Nada se puede hacer sin la Virgen María en la Iglesia. No es posible. Cualquier gracia que se pida a Jesús en la Iglesia, tiene que pasar por manos de la Madre, tiene que concederla ante la Madre. Dios no da nada a Su Iglesia sin el consentimiento de Su Madre, porque la Virgen María lo dio todo a Dios: toda su Voluntad, toda su libertad, toda su vida, todo su ser. La Virgen no se quedó con algo en Ella, no se apegó a algo en su vida, no miró su vida para un fin humano, sino que sólo dio su mirada a Dios, su voz a Dios, sus oídos a Dios, sus manos a Dios, sus pies a Dios.

Quien no ama a la Virgen María no puede amar a Dios, no puede adorar a Dios, no puede hacer la Voluntad de Dios.

Quien rebaja a la Virgen María de su Trono en la Iglesia, se sale de la Iglesia de Cristo, se sitúa fuera de la Iglesia de Cristo, hace de la Iglesia de Cristo una nueva iglesia, donde no se puede amar a la Virgen ni a Jesús.

Toda iglesia que no dé culto a la Virgen no es la Iglesia de Cristo. Toda Iglesia que no ponga a la Virgen María como Reina de todas la cosas, en el mundo y en la Iglesia, no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia de Cristo es la Virgen María. El sagrario donde Cristo es guardado es el seno de Su Madre. Cada sacerdote, fiel a Cristo, es hijo predilecto de la Virgen María, es el mismo Cristo, sus mismo Hijo, otro Cristo, otro Jesús. Y, cada fiel que obedece a la Iglesia de Cristo, es el Amor de la Virgen María en la Iglesia. Cada corazón debe revelar el Amor de la Madre en la Iglesia, el Amor de Su Madre, el Amor que nace del Hijo, que es dado por el Padre en el Espíritu. Todo en la Iglesia es de la Virgen María. Y nada en Ella se hace sin la Virgen.

Por eso, quien predica en contra de la Virgen María, como lo hace Francisco y los suyos, producen el caos en toda la Iglesia y en el mundo. Cuando se eche a la Virgen María de la Iglesia, Cristo se va. Antes de que quiten la Eucaristía, la Virgen María será suprimida. Todo comienza cuando el hombre toque a la Madre de Dios. Cuando se produzca eso, la Justicia del Padre cae sobre Roma y sobre el mundo, por despreciar lo más Santo, lo más Sagrado, lo más Divino que tiene la Iglesia: Su Madre, la Virgen María.

No somos de la iglesia de Francisco

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La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

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