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O con Cristo o contra Cristo

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«Se levantará nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24, 7).

Dentro de las familias, habrá guerra entre hermanos, entre padres e hijos por defender el Nombre de Cristo.

Dentro de la Iglesia división de opiniones: los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella.

Dentro de la Iglesia un cisma de división abierto y claro, desde donde hace falta establecer posiciones abiertas y claras. No son posibles las medianías.

O con Cristo o contra Cristo.

El Papa Benedicto XVI tuvo miedo de producir el cisma: no se separó de toda esa Jerarquía que, en la actualidad, lo han abandonado, lo han dejado a un lado. Jerarquía preocupada por el gobierno de la Iglesia, pero no preocupada por ser de Cristo, por ser otro Cristo, por imitar a Cristo. Si la Jerarquía no mira a Cristo, los fieles de la Iglesia se apartan de Cristo, para mirar sólo a los hombres. Una Jerarquía que no está unida a Cristo produce un Rebaño que se dispersa en todas las cosas del hombre y del mundo.

Con el Papa Benedicto XVI todos discutiendo una nueva fórmula para gobernar la Iglesia. Y dejaron al Papa solo. Y el Papa tuvo que claudicar, renunciar, para que se impusiera esa nueva fórmula, la cual no es Voluntad de Dios. Esa nueva fórmula de gobierno es la horizontalidad impuesta desde el Vaticano.

Ese gobierno horizontal ha destruido el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, el Papado. Y, por lo tanto, la consecuencia es clara: la Iglesia de Cristo, la Iglesia en Pedro, como tal, ha dejado de existir. Sólo se ve en el Vaticano hombres corruptos: la política de siempre, el negocio de siempre.

Bergoglio es un hombre que maneja el poder a base de reformas, que llevan a las almas hacia el pecado, hacia el error, hacia el desorden más total, consiguiendo sólo una cosa: sembrar división, discordia. Todo el mundo discute si Bergoglio es bueno o malo. Todo el mundo ve que Bergoglio está haciendo lo que le da la gana, según su voluntad humana, sin atender a las normas de la Iglesia, sin tener en cuenta la ley de Dios, tergiversando –en todo- las enseñanzas de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Todo el mundo pierde el tiempo hablando sobre lo que hace ese hombre, pero nadie se atreve a echarlo. Eso es señal de que todos lo quieren ahí, todos lo ven como una solución al problema de la Iglesia.

En Roma, ya hay un cisma muy abierto. Y muchos católicos no se han dado cuenta. Después de dos años, hay católicos que siguen en babia con Beroglio.

En la Iglesia ya hay división contraria y abierta de opiniones, en la que cada uno debe tomar su posición. Y con todas las consecuencias.

Benedicto XVI dejó a la Iglesia en la oscuridad: no tomó la posición verdadera. No se puso al lado de Cristo. Se fue al otro lado: no se puede dejar a la Iglesia en las manos del lobo.

Pedro es la cabeza de la Iglesia. Pedro es la Voz de Cristo en la Iglesia. Pedro representa a Cristo en la Iglesia.

Pedro no representa a los hombres: no es la voz de la mayoría de los Obispos.

Benedicto XVI, con su renuncia, fue voz de los Obispos. No fue voz de Cristo. Él tuvo que decantarse con Cristo. Y no lo hizo.

Hay que dar testimonio de la verdad: Dios no quiere un gobierno horizontal. Y si los hombres quieren ponerlo, hay que ser como Juan Pablo II: no renuncio. Y si toca salir de Roma, se sale de Roma huyendo de los hombres para preservar el Papado, que es el fundamento de la Iglesia. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Por eso, ahora es obligación de cada alma, en la Iglesia, de decantarse: o con Cristo o en contra de Cristo. O estás con la doctrina de Cristo o estás con la doctrina que enseña la Jerarquía desde el Vaticano. Esa Jerarquía ya no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que están levantando su nueva estructura de iglesia: gobierno y doctrina horizontales.

El Rebaño de Cristo se divide entre buenos y malos: y eso es la señal de que viene el Fin de los Tiempos. Una Iglesia dividida; una iglesia que busca el cisma, un cisma necesario para seguir siendo la Iglesia de Cristo. Hay que apartarse de lo que no es Verdad, quedarse solo ante la mentira, para seguir siendo la Verdad. Hay que apartarse de esa jerarquía falsa que se muestra como verdadera, que llama al pecado como santo y bueno. Cristo no está representado en esa Jerarquía ni en esa iglesia.

En la renuncia del Papa Benedicto XVI, todos los Obispos buscaron una modernización de la Iglesia. No buscaron una continuidad, una permanencia en la verdad. Buscaron defender la Iglesia reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Es lo que se observa con Bergoglio. Y eso es sólo la ruina de toda la Iglesia. Eso no defiende los intereses de Cristo, que es la Iglesia,  de los ataques de los hombres y del mundo. Eso es acomodarse a los pensamientos y a las obras de los hombres en el mundo. Eso es abrir la Iglesia al espíritu del mundo.

Se tiene fe en Cristo porque se ama a Cristo. Si no hay amor, no hay fe.

Y amar a Cristo es unirse a Él. Y eso sólo significa una cosa: imitarlo.

El que ama a Cristo imita la vida de Cristo: es otro Cristo; hace las mismas obras de Cristo porque tiene la misma mente de Cristo.

Benedicto XVI, en su renuncia, no amó a Cristo: no lo imitó. Cristo dio Su vida por la Verdad, que es Él mismo. Cristo no dio Su vida por un hombre, por una idea humana, por una obra humana.

Cristo se separó de todos los hombres. Y se quedó solo ante todos los hombres. Y murió solo. No murió por los hombres. No murió para que los hombres tuvieran un paraíso en la tierra. No murió por una idea política. Murió para expiar los pecados de todos los hombres. Murió para hacer una obra divina. Murió para poner al hombre el camino para salvar y santificar su alma.

Y toda alma, en la Iglesia, tiene que imitar a Cristo para ser de Cristo, para amar a Cristo y poseer la fe en Cristo.

Benedicto XVI no murió para expiar los pecados de toda la Jerarquía: no imitó a Cristo en la Iglesia. Renunció. Tenía que haberse separado y quedarse solo en la Verdad de Cristo. Solo con Cristo, que es permanecer en la Iglesia de Cristo, que es seguir guiando a la Iglesia por el camino, que es Cristo, que es enseñar a la Iglesia cómo sufrir por amor a Cristo.

Si el Papa, en la Iglesia, no es testimonio de la vida de Cristo, entonces ¿quién lo va a ser? Todos, en la Iglesia, siguen al Papa porque es otro Cristo. Pero si el Papa deja a toda la Iglesia en manos del lobo, entonces ¿qué pasa con todas las almas?

Hubo un gran pecado en la renuncia del Papa Benedicto XVI: pecado en la cabeza, pecado en la Jerarquía, pecado en los fieles.

Benedicto XVI tenía que haberse separado para seguir la obra divina de la Iglesia: allí donde está Pedro, está la Iglesia. El Papado es un gobierno vertical, no horizontal. Es un gobierno en Pedro, en una cabeza.

Benedicto XVI tenía que dar a la Iglesia el camino de salvación y de santificación. Pero dejó a la Iglesia en el camino de condenación: Bergoglio condena a las almas. Su doctrina es doctrina de demonios.

En el Vaticano, ya se ha comenzado la reforma eclesial, que Dios no la quiere. Y el Rebaño de Cristo tiene que repartirse entre un lado y otro.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo.

Ya no vale: o estás con el Papa Benedicto XVI o estás con Bergoglio o con el que le suceda. Eso ya no vale. El Papado se ha roto, se ha aniquilado.

Para estar con Benedicto XVI, él tiene que demostrar que sigue siendo el Papa: tiene que dar testimonio de Cristo ante toda la Iglesia: tiene que imitar a Cristo. Y eso no lo hace. No se puede estar con él, aunque siga siendo el Papa hasta la muerte.

Y estar con Bergoglio es elegir el camino claro de la condenación.

Aquel que elija estar con Bergoglio, elige estar en contra de Cristo. Esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender: tienen a ese hombre como Papa. Es su perdición.

Ya no hay que ser fieles a un Papa en la Iglesia: han quitado el Papado. Han puesto un gobierno de muchas cabezas. ¿A qué cabezas quieres obedecer? ¿Cuál es tu cabeza favorita? ¿Kasper? ¿Marx? ¿Pell? La Iglesia es una cabeza: Pedro. Los demás, son cabezas en Pedro, porque se someten a Pedro, le obedecen. ¿Quiénes del gobierno horizontal obedecen a Bergoglio? Ninguno. Todos rodean a Bergoglio por el gran negocio que hay. No por otra cosa. No por una verdad: todos ellos viven en el relativismo universal de la verdad. No creen en ninguna verdad, ni siquiera la de sus mentes humanas. Sólo creen en el dinero, o en la fama, o en el poder que da ser papa en la nueva iglesia.

Ahora es el momento de ser fieles a la Verdad, que es sólo Cristo. Ya la Jerarquía, en toda la Iglesia, no da la verdad. Sólo da una mentira. Y sólo están para eso: para mentir a todo el mundo, poniendo en sus bocas los intereses de Dios, los intereses de Cristo.

Para salvar a las almas del pecado, para arrancar a las almas del demonio, se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios. Están todos, en la Iglesia, buscando cómo llenar estómagos, cómo resolver injusticias sociales, como hacer valer los derechos de los hombres. Pero nadie busca a Cristo, su doctrina. Nadie da testimonio del Nombre de Cristo ante los hombres. Nadie conoce a Cristo porque no lo aman, no saben lo que es el amor a Cristo. No lo buscan en la Eucaristía. Buscan a Cristo en los hombres, en sus pobres, en sus conceptos tan míseros que tienen del hombre.

Cruz, Redención, Gloria: esta es la obra de Cristo. Esto es lo que nadie busca.

Nadie quiere crucificar su voluntad humana; nadie quiere expiar los pecados; nadie quiere ser santo.

Para crucificar los deseos del hombre, se necesita que la mente del hombre acepte la verdad revelada: cumplir con los mandamientos de Dios. Cumplir con el dogma.

Si no hay una norma de moralidad, si se ataca a la ley natural, a la ley divina, a la ley de la gracia y a la ley del Espíritu, entonces nadie expía los pecados. Porque el pecado es una obra sin ley, en contra de toda ley. Allí donde no hay ley, reina el pecado.

Y si las almas viven en el pecado, entonces no hay salvación, no hay santidad, no hay justificación. Hay sólo condenación.

En el Vaticano, sólo se observa otra iglesia, pero no la de Cristo. Es la iglesia de la Justicia de Dios.

«La venganza de Dios se aproxima, el tiempo urge, penitencia, oh pecadores… La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad… ¿A qué santos rezaremos nosotros?… La venganza celeste alcanzará todas las clases…. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará…. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones….Sangre, se beberá Sangre, sangre, se beberá… La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto, sermón del 3 de diciembre de 1751).

Esa iglesia, que están levantando desde el gobierno horizontal, es sólo iniquidad. Y no es más que iniquidad.

Si sigues a esa iglesia, ¿a qué santo de tu devoción vas a rezar? ¿A Monseñor Romero? ¿A ese hombre comunista?

¿Es esto predicar a Cristo?

«En la medida que un hombre es feliz, se está manifestando allí, la gloria de Cristo. En la manera que un pueblo encuentra los caminos de la paz y la justicia, la fraternidad y el amor, Cristo está glorificándose, Cristo está en la historia y la historia lo refleja, como alegría de los pueblos, como confianza de los hombres» (Monseñor Oscar Romero, 20 de enero de 1980).

La gloria de Cristo, ¿está en Su Cruz o en darle al hombre una vida feliz?

«No pongamos nuestra felicidad en gozar de una salud floreciente; de lo contrario, estaríamos igual que los tontos mundanos privados de los secretos celestiales» (San Pío de Pietrelcina).

Hay que padecer con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8, 17). Hay que predicar a Cristo Crucificado: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

En la medida que un hombre sufre, se está manifestando allí la gloria de Cristo, el poder de Dios. ¡Esto es predicar el Evangelio!

Para Monseñor Romero, esto es necedad: el hombre tiene que ser feliz para que se manifieste el poder de Dios.

¿Qué opinan los católicos? ¿Cristo predicó para que el hombre fuera feliz? ¿Cristo predicó para que el pueblo encontrara los caminos de paz, justicia, fraternidad y amor? ¿En dónde se glorifica Cristo? ¿No es en Su Padre, en la Voluntad de Su Padre? ¿Cristo predicó la alegría de los pueblos o la persecución por causa de su Nombre?

Las predicaciones de este hombre están plagadas de teología de la liberación. ¿Ahora un comunista va a ser santo? Eso es una iniquidad. Por algo, Juan Pablo II y Benedicto XVI pararon el proceso. Ahora un comunista, como Bergoglio, lo ha abierto. Y todos los católicos contentos. Esto es señal de que esos católicos no buscan en sus vidas la santidad: les da igual un santo que un marxista.

Cristo está en la historia y la historia lo refleja: todos los hombres son santos y justos. ¿Qué santidad, qué martirio por la verdad, por Cristo, hay en Romero? Ninguna.

«Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social. Hacemos un llamamiento, entonces, para que nuestra Cuaresma la celebremos así: dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también, para que sin odio para nadie nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más» (Monseñor Oscar Romero, 2 de marzo de 1980).

Cristo dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación social, de injusticia, el signo de la cruz salvadora: esto es puro marxismo. Esto no es predicar el Evangelio. Esto no es dar testimonio de la verdad, de la doctrina de Cristo. Esto es engañar a la gente. La Cuaresma es para buscar la justicia social y para repartir consuelos humanos. ¡Un santo verdadero nunca enseña estas cosas! Enseña a quitar el pecado y a hacer expiación del pecado, para una sola cosa: salvar el alma.

Este hombre, en sus prédicas hacía política. Coge un texto de la Sagrada Escritura y da su versión política, no da la enseñanza espiritual:

«… los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración. No le tienen miedo al sufrimiento, se abrazan a la cruz no con conformismo sino como María, que desde su pobreza y desde su sufrimiento supo decir también: “Ha despachado vacíos a los ricos y ha colmado de bienes a los humildes, y ha despedido del trono a los poderosos cuando se convierten en idólatras de su propio poder…”».

María, desde su pobreza, va en contra de los ricos, de los que tienen riquezas. María, desde su sufrimiento, va en contra de los poderosos, que con sus leyes oprimen al pueblo, que se hacen ídolos de su propio poder. Esto es lucha de clases, pero no el Evangelio de Cristo.

Este hombre era un político, no un sacerdote. Y lo mataron por eso, no por otra cosa. No murió dando testimonio de la Verdad, que es Cristo. No murió defendiendo a Cristo, a la verdad. Murió defendiendo a sus pobres, a su visión de lo que debía ser Cristo y la Iglesia. Él se metió con los militares y con los políticos, y acabó mal.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo. Pero no puede estar en medio: hoy con Bergoglio, porque ha dicho una cosa muy bonita; mañana lo critico porque, como siempre, ha desbarrado en su palabra.

En el Vaticano ya no está la Iglesia en Pedro, sino que está una iglesia que hay que levantarla para el anticristo. Y tienen que salir de todo eso. Y es lo que más les cuesta a los católicos, porque se dejan engañar de la falsa jerarquía, que ya ha tomado posesión en todas las parroquias, y se va al asalto final: cargarse el dogma.

«La Iglesia -como tal- ya ha caído; sólo le falta el último empujón de la bestia para ya dejarla caída, pisoteada del todo en el fango. Si todas estas reformas -y las que están por llegar- se ejecutan, será el fin de la Iglesia de Pedro. Sólo unos pocos consagrados escaparán a esta mentira, que se ciñe sobre la figura de Jesús y su Iglesia. Muy pocos los que desobedecerán al que se hace llamar Papa, por miedo, por ignorancia… quedarán muy pocos ya que a muchos serán perseguidos y dados muerte para que no prediquen la verdad» (Juan Pablo II – Mensajes personales, octubre 2014)

Mirar al Rostro ensangrentado de Jesús para ser Iglesia

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Jesús murió en una Cruz, dio Su Vida por todos los hombres; Jesús padeció humillaciones, persecuciones. Jesús se ofreció como Víctima Divina por toda la humanidad; y, la Jerarquía de la Iglesia, los fieles de la Iglesia, ¿qué tienen para ofrecerle, que tienen para darle? ¿Cómo pretenden llegar al Cielo si desconocen las sagradas Escrituras, si no hacen vida la Palabra de Dios?

¿Quieren que el Señor les salve porque siguen a un hombre que habla para lo humano, para refrescar el ambiente de la Iglesia con herejías, con dudas, con errores? Un hombre incapaz de dar la Mente de Cristo, porque sólo está abocado en dar su propia idea humana en la Iglesia.

¿Qué pide al Señor la Jerarquía que ha apostatado de la Verdad, que es Cristo? ¿En qué se entretienen los miembros de la Iglesia que ya no saben ofrendar a Cristo sus vidas, que ya no saben entregarle sus existencias para que Él disponga de ellos?

¿No se llega a Cristo recorriendo el camino de la Cruz, andando por la calle de la amargura, y postrándose ante el Mártir del Gólgota para unirse a sus sufrimientos?

¿No se es otro Cristo mirando al Crucificado? Entonces, ¿por qué obedecen a un falso cristo, que sólo se mira a sí mismo, y sólo busca la gloria del mundo? Si Francisco no da al Crucificado, no lleva a la Cruz, entonces ¿por qué hacéis caso a su vana palabra?, ¿por qué le seguís mirando como si fuera una primavera en la Iglesia?

¿Qué unión con Dios tiene el alma de ese hombre que no cree en el Dios católico?

¿En qué consiste esa unión con Cristo en la Sta. Misa que le lleva a predicar que Jesús no es un Espíritu? ¿Es que el Espíritu de Cristo puede negarse a sí mismo? Si Francisco dice herejías, ¿por qué buscáis una razón para tapar sus herejías? Si Francisco ha producido un cisma en la Iglesia, ¿por qué esperáis algo de su gobierno para la Iglesia? ¿No la está dividiendo con su palabra barata y blasfema, con su lenguaje simbólico, sentimentaloide, lleno de basura intelectual? ¿Es que la unión se da en medio de la herejía, bebiendo de la mentira, del error, del engaño? ¿Es que se pueden unir dos mentes que dicen cosas contrarias? Pero, ¿cuál es el concepto de la verdad para una Iglesia que ya no cree en la Verdad? ¿Cómo quieren unirse los hombres si no se deshacen de sus diferencias en el pensamiento humano?

Todo el problema de la Iglesia es su soberbia. La soberbia sólo está en la mente del hombre. Y sólo se cura la soberbia aceptando la Verdad Absoluta, el dogma, la doctrina de Cristo. Si el hombre, en su pensamiento humano, no se abaja, no se humilla, no echa de sí sus ideas, el hombre crece sólo en su soberbia y busca vivir su vida con solo su pensamiento humano.

La soberbia humana se quita crucificando la voluntad humana, porque es el querer del hombre lo que lleva a su mente a errar, a admitir una idea que no es la Verdad. Es sólo la voluntad libre del hombre. Y, por eso, el acto de fe es un acto de la voluntad del hombre, no de su entendimiento. Es necesario creer sin ver, sin entender, sin mirar con los ojos del hombre, del mundo.

Hay que creer en lo sobrenatural, en lo que está más allá de lo natural. Y se cree con la voluntad humana, aplastando la mente humana, aceptando con la mente la Palabra de Dios, que es siempre la Verdad.

Dios reveló a Moisés el camino para salvarse: la ley divina. Y esa Verdad Revelada es la que tiene que cumplir todo hombre, dejando su mente a un lado. Hay que creer en los mandamientos divinos para poder salvarse. No hay que entenderlos, hay que cumplirlos.

Hoy los hombres no quieren cumplirlos, sino que buscan una razón humana, una idea humana, para ponerse por encima de Dios y creerse justos sin serlo. Justos en su pensamiento humano que les da derecho de ser lo que no son, lo que no quiere Dios, lo que Dios no ha creado.

Pocas personas saben tener fe, vivir de fe, porque sólo viven de lo que encuentran con sus razones humanas, con sus ideas filosóficas, psicológicas de la vida. Por eso, el pecado se ha hecho una cuestión de la conducta de cada uno; una cuestión psicológica, mental, y ya no es un dogma, una verdad revelada.

Ya la Palabra de Dios es un mito para los hombres, hay que interpretarla según el mito, el simbolismo, el lenguaje figurado de los hombres, de sus filosofías, de sus ciencias, de sus culturas, de su jerga. Ya no es el Pensamiento del Padre que habla a través de la Palabra de Su Hijo. Ya no es la Verdad Divina, absoluta, sino las verdades relativas que cada uno encuentra con su razón humana.

Los hombres ya no quieren permanecer al pie de la Cruz para aprender la Verdad de Cristo Crucificado. Quieren pasearse por el mundo para escuchar a los hombres, para hacer fiesta con ellos, para llegar a un planteamiento de vida totalmente absurdo para el hombre.

Sólo Cristo revela al hombre lo que es el hombre: «Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es —si se puede expresar así— la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es «confirmado» y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Él es creado de nuevo!» (Beato Juan Pablo II – Redemptor hominis- n. 10).

En la Cruz, en la vida de mortificación, de penitencia, en una vida donde ya lo humano no es el valor del hombre, no es el objetivo a seguir, no es lo principal; en una vida donde lo único que vale para el hombre, lo único que da sentido a su vida, son las llagas de Cristo –no sus heridas humanas, sociales-; el sufrimiento del Redentor –no sus dolores personales, no las injusticias sociales-; la muerte del que es la Vida –no caminar con miedo, con temor, hacia su propia muerte, no mirar el fracaso ante los hombres, en lo social-; una vida que es locura para el hombre sabio, es necedad para los que sólo quieren vivir agradando al mundo; una vida donde sólo se busca lo divino, lo sagrado, lo celestial, lo espiritual, lo que no pertenece a este mundo, desprendiéndose de todo lo humano; en esa vida el hombre encuentra su sentido, un sentido divino, que está oculto a todo hombre.

Sólo hay que mirar la Verdad, que es Cristo Crucificado. Pero sólo se puede mirar esa Verdad con el corazón, no con la mente del hombre. Porque esa Verdad está sólo en Dios, no en el hombre. El hombre no puede encontrarla en sí mismo, ni en su vida, ni en sus obras, ni en su ciencia, ni en nada de lo que haga en el mundo.

El hombre encuentra esa Verdad sólo en Cristo, y éste Crucificado. No se encuentra esa Verdad en Cristo Resucitado, en un Cristo alegre, sino en un Cristo que sufre, que muere mártir por amor a los hombres.

Son muchos los sufrimientos de Cristo en la Cruz, porque son muchos los pecados de los hombres. Cristo sufre porque el hombre peca. No sufre por otra cosa. El pecado es el mal del hombre y de toda la humanidad. El pecado es la raíz de todos los males que los hombres sufren en sus vidas. El pecado destroza vidas, familias, sociedades, países, culturas, seres.

Por un pecado del hombre, el mundo es maldecido por Dios; por una obra Redentora de Cristo, el hombre encuentra la bendición de Dios.

Si se quita la realidad del pecado de la vista del hombre y se le da un nuevo concepto, entonces todo se anula: Cristo, su Obra Redentora y la salvación de todos los hombres.

sedientodelmundos

Si la Jerarquía no llama al pecado con el nombre de pecado, entonces hace una Iglesia para condenar las almas.

Si la Jerarquía se dedica a obras sociales, a buscar los derechos de los hombres, a conseguir justicias humanas, entonces todo cae, no sólo en la Iglesia, sino en el mundo entero.

El camino para salvarse: Cristo Crucificado. Si el mundo no mira la Cruz no puede salvarse. Si el mundo sólo se mira a sí mismo, entonces los hombres se hacen dioses de sí mismos.

La Iglesia sólo necesita hacer penitencia de sus pecados para renovarse, para cambiar su faz, para ser lo que Cristo quiere.

La Iglesia no necesita a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya para ser Iglesia. La Iglesia Católica mira al Crucificado. No mira a un hombre que baila con el mundo, con el demonio, que para hacer algo necesita la foto, necesita la propaganda, necesita hablar con los hombres, hacer declaraciones. Cuando sólo una cosa es necesaria: dar a Cristo, ofrecer el mismo amor de Cristo a las almas. Pero un alma sacerdotal que no vive clavada en la Cruz, con su Redentor, ¿cómo va a dar a Cristo?, ¿cómo va a indicar el camino de la Cruz si se aparta de la Cruz que salva, si no es capaz –ni siquiera- de portar en su cuello al Crucificado?

Cristo Jesús sufre por los hombres: son muchas las ofensas que recibe el Corazón agonizante de Jesús, porque la copa ha rebasado su límite, está rebosando. La copa de la Justicia Divina que toda la Iglesia tiene que beber para ser Santa, Inmaculada, Pura y Humilde.

Cristo Jesús ha puesto Su Iglesia para hacer de la Creación una Bendición Divina. Y sólo a través de Su Iglesia, se quita la maldición que el Padre dio a todo lo creado. Maldición que subsiste todavía, porque el pecado no ha desaparecido. Ha sido vencido en Cristo, pero cada hombre es libre para seguir pecando. Los hombres tienen que reparar –y mucho- sus vidas de pecado si quieren salvarse y santificarse. Son muchos los motivos por los cuales hay que hacer penitencia en la vida, desde que se tiene uso de razón hasta la muerte. La vida humana es una batalla espiritual del hombre contra sí mismo, del hombre contra las fuerzas espirituales del demonio, del hombre contra las fuerzas del mundo. Mundo, demonio y carne: los tres frentes que guerrean constantemente en contra de todo hombre. Tres legiones de asaltos diarios que sólo se vencen con la Cruz de Cristo.

Un hombre sin Cruz es un hombre de mundo, del pecado y del demonio.

Un hombre que no mira su pecado tiene sólo ojos para pecar.

Un hombre que no mira al demonio, es un esclavo de su mente demoníaca.

Un hombre que no mira al mundo es mundano y profano.

Hay que mirar el pecado con las llagas de Cristo, con el Corazón abierto del Redentor; hay que mirar el pecado como Cristo lo miró en lo alto de la Cruz. Cristo Crucificado mira al hombre pecador, y sufre por él y muere por él. Cristo Crucificado carga con el pecado de todos los hombres. Y ese pecado es la maldad que odia el Padre. Y Cristo ofrece su Vida a Su Padre, cargando con el pecado que odia. Y, por eso, el pecado que carga Cristo en la Cruz es la Justicia del Padre a Su Hijo. El Padre castiga a Su Hijo porque ve en Él el pecado del hombre, que odia. El Padre, amando a Su Hijo, odia lo que carga Su Hijo: el maldito pecado del hombre. Y, Cristo, muriendo a causa de la Justicia de Su Padre, trae la bendición divina al hombre.

Si el hombre, cuando peca, no va al Crucificado para arrepentirse de su pecado, el Padre no puede perdonarlo. El Padre sólo perdona al hombre a través de las llagas de Su Hijo, del dolor de Su Hijo, de la Cruz en la que Su Hijo se crucifica.

El Padre ya no puede perdonar al hombre que no sabe mirar a Cristo Crucificado, que no sabe hacer de su vida una penitencia, una mortificación, una crucifixión de su propia voluntad humana. El hombre que no vive en el desierto de todo lo humano, como lo han hecho todos los santos, reparando sus muchos pecados en su vida; el hombre que no se aleja de los hombres, del mundo, para ver sólo su pecado y, en él, el Dolor de Cristo Crucificado, ése hombre no puede salvarse, ése hombre no tiene camino de salvación.

Hay que mirar el pecado como el Padre lo ve en Su Hijo Crucificado: con odio, obrando una Justicia en ese odio, para reparar los frutos de ese pecado. Y si no se mira así el pecado, entonces todo se anula, se vive una utopía: la opción por los pobres; liberar a los hombres de sus problemas económicos, políticos, sociales. Es no comprender la Obra de la Redención en Cristo y en la Iglesia.

Hay que mirar el mundo con la Faz de Cristo, con el Rostro ensangrentado de Cristo. Hay que mirar el mundo como Cristo lo vio: Él vio la maldición de Su Padre en toda la Creación. Y Él muere dentro de la maldición de Su Padre. La Cruz es el fruto del pecado de Adán, el fruto de una maldición divina. Todo lleva a la Cruz. Todas las obras de los hombres llevan a la Cruz. Todo cuanto hace el hombre sobre la tierra lleva a la Cruz. Porque, si el hombre ha perdido el camino para adorar a Dios, entonces no sabe el camino para dar gloria a Dios en todo lo creado; no sabe cuidar la Creación, porque no sabe cuidar su propia alma del pecado. No sabe conservar la creación porque no sabe conservar su alma limpia del pecado, viviendo una vida moral, de perfección.

Cristo ve la maldición del mundo; y muere en esa maldición. Y el Padre, en Su Justicia, da a Su Hijo el camino para que todo sea bendito, todo sea renovado, todo vuelva al Plan original.

Por eso, hay que mirar el mundo como Cristo lo miró en la Cruz: no vale nada; no sirve para nada si el hombre no permanece en la Gracia Divina. El camino para conservar lo creado y que sirva como bendición, como instrumento para salvarse: la Gracia, que Cristo conquistó en la Cruz para el hombre. Un hombre sin gracia es un hombre mundano, profano, terrenal, carnal, material. No sabe usar nada de lo creado para salvar su alma ni el alma de los demás. Dios ha creado todas las cosas para Su Gloria, no para darle gloria al hombre.

El hombre que busca su gloria, su fama, su alabanza, el aplauso de los demás hombres, no puede salvarse. Porque la gloria del hombre es dar gloria de Dios. Y sólo se puede hacer en la Cruz de Cristo: «En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…, por quien también hizo los mundos: el cual, siendo resplandor de su gloria… y el que sostiene todo con su palabra poderosa…» (Hebr 1,2s). Cristo Jesús sostiene todas las cosas, que ha creado, con su palabra de la Cruz, para que no perezcan por la maldición del pecado del hombre. Es la Cruz de Cristo lo que sostiene al mundo para que el Padre no acabe con él. En la Cruz está la Bendición Divina. Un hombre que no se crucifica es un maldito, no puede recibir ninguna bendición.

Hay que mirar el demonio como Cristo lo miró desde Su Cruz: como un Enemigo de las almas que Él ha creado. Por el demonio, Cristo está Crucificado. Por las obras del demonio. Y es la Cruz lo que destruye las obras del demonio: «para esto apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8). Los hombres se han olvidado de tener una cruz entre sus manos, en su cuello, en sus casas, y, por eso, el demonio puede con ellos.

Una Iglesia que no mira al Crucificado no es la Iglesia de Cristo, no es la Iglesia que adora en Espíritu y en Verdad; no es la Iglesia que cuida la Eucaristía; no es la Iglesia que enseña a caminar hacia la Verdad de la Vida.

Una Iglesia que no permanece al pie del Crucificado, como lo hicieron la Virgen María y San Juan, no sabe reparar sus muchos males y no sabe engendrar la virtud en las almas. No sabe ser perfecta. No tiene la sabiduría divina. Es sólo una veleta de los pensamientos de los hombres, un juego, un negocio más en la vida.

Hoy día todos miran al usurpador del Papado y nadie mira al Crucificado. Nadie atiende a su Dolor Divino porque todos están muy preocupados de resolver asuntos humanos que no tienen solución sino en Cristo Crucificado, en una vida de penitencia, de sufrimiento, de humillación, que los hombres no quieren vivir, porque sus pensamientos están llenos de lo que buscan en sus vidas: la gloria de los hombres.

Conspiración contra la Iglesia Católica

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El viaje de Francisco a Jerusalén estará formado por: un cristiano, un judío y un musulmán. Es un viaje planeado por los Illuminati, porque este grupo tiene una meta: imponer el Novus Ordo Saeculorum (o seclorum): el Nuevo Orden de los siglos o del Mundo, que es un plan global para el dominio mundial.

«En el momento preciso en la historia, el Papa visitará el sector combinado Judeo/Cristiano/Musulmán para anunciar que todas las religiones deberían ser combinadas en una. Esta acción finalmente destrabará “el atolladero” de Medio Oriente». (Bill Lambert – líder Illuminati de alto rango-, Casa de Teosofía, Boston Massachusetts, hablando en el seminario llamado “Eventos posibles y probables del futuro” – Agosto 18,1991).

La masonería está interesada en que un Papa sea el que manifieste la unidad entre cristianos, judíos y musulmanes.

Francisco va como cristiano a Jerusalén, no como católico: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo» (Evangelium gaudium – n 254). Estas palabras reflejan su fe.

Su fe no es la de un católico (no cree en el Dios de los católicos); su magisterio no guarda la Tradición ni las enseñanzas de la Iglesia Católica; su palabra no es la de un Papa, sino la de un falso Papa, un falso Profeta, que gusta a todo el mundo, menos a la verdadera Iglesia Católica.

Habla de la conciencia que justifica, anulando la gracia de Cristo, que es la que justifica al hombre:

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rm 3 ,21-26). Es necesario creer en Jesús para recibir la gracia del arrepentimiento y comenzar a ser una criatura nueva. La conciencia no justifica a nadie de su pecado; no quita el pecado de nadie. Quien vive fiel a su conciencia se hace infiel a la Gracia de Cristo.

Francisco se atreve a decir una blasfemia: «Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios» (Evangelium gaudium – n 254). Si los no cristianos no creen en Cristo, entonces Dios no puede obrar en ellos nada. Y sus ritos, sus cultos, sus religiones son sólo un camino para el infierno.

La blasfemia de Francisco consiste en decir que la gracia actúa en ellos también: «debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante». Cristo da su gracia a todo el mundo. No importa que no se esté bautizado, porque «El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones» (Evangelium gaudium – n 254). Así no habla un Papa verdadero en la Iglesia Católica, sino un hombre que se ha sentado en la Silla de Pedro, para que los demás digan que es el Papa y él pueda decir y hacer lo que le da la gana desde ese puesto. Es claro que no es posible obedecer a un hombre que no tiene ni idea de lo que es la Iglesia Católica ni lo que es ser Papa en Ella.

Francisco no va a Jerusalén representando a la Iglesia Católica, sino a su nueva iglesia: representa a todos los cristianos del mundo que no pertenecen a la Verdad, que no se convierten a la verdadera fe. Él representa a la iglesia llena de pecadores que ya no les interesan ni los dogmas ni la ley de Dios, ni la Tradición, sino que se pasan la vida con novedades y con fábulas que producen los abortos de su inteligencia humana.

Él va para hacer una unión entre tres fuerzas: cristianos (mundo), judíos y musulmanes.

“La unión que nosotros crearemos no será francesa, inglesa, irlandesa o alemana, sino una Unión Mundial judía… Bajo ninguna circunstancia un judío debe favorecer a un cristiano o a un musulmán; no antes que llegue el momento cuando el Judaísmo, la única verdadera religión, brille sobre el mundo entero” (“Manifiesto” de Adolph Isaac Cremieux –grado 33- Gran Maestro de la Orden del Rito ‘Memphis-Misraim’ y Maestro del ‘Gran Oriente’ de Francia – 1863).

Ahora, los judíos están con Francisco, favorecen a Francisco, que representa la idea cristiana y que está gobernado la Iglesia Católica de una manera fraudulenta, usurpando lo que no es suyo, pero con el apoyo de toda la Jerarquía, que tiene una venda en los ojos, y que ya no puede hacer nada para impedir la ruina de toda la Iglesia. Han puesto a un hombre sin fe –y eso lo conocían y, por tanto, son culpables de su pecado- y ahora no hay manera de volverse atrás. Su equivocación es su castigo dentro de la Iglesia.

Francisco es el hombre que recuerda que el pueblo judío fue el primero que aceptó la Palabra de Dios en Abraham y en Moisés: «Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada» (Evangelium gaudium – n 247).

Y Francisco enseña que esa misma Palabra de Dios ha sido enseñada por Mahoma: «Nunca hay que olvidar que ellos, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco une dos pueblos diferentes: judíos y los árabes, que se convirtieron en musulmanes. Francisco enseña el amor hacia el pueblo de Abraham, Isaac y de Jacob, iniciado con los judíos y continuado con los musulmanes. Enseña a amar a los musulmanes porque conservan enseñanzas del Evangelio. Y recuerda el atributo esencial que el Corán enseña, y que también está en la Tora y en el Evangelio: la Misericordia: «Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderlo con un compromiso ético y con la misericordia hacia los más pobres» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco invita a los jefes de todas las secciones del Islam para insistir, por lo menos en dos de los cinco mandamientos de los musulmanes: la caridad y la oración: «¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!» (Evangelium gaudium – n 254) . Antes ha llamado a la caridad a los cristianos: «Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica» (Evangelium gaudium – n 254).

Estas son señales alarmantes de una gran conspiración contra la Iglesia, que se lleva ya a cabo de forma descubierta dentro de la misma Iglesia.

Francisco nunca entendió la naturaleza del islam: «el verdadero Islam interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (Evangelium gaudium – n 253). Y, entonces, enseña una herejía, diciendo que ellos: «adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso» (Evangelium gaudium – n 252).

Nunca hay que olvidar que el fenómeno del Islam niega directamente el misterio de la Santísima Trinidad y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y, por tanto, no puede sostenerse lo que dice Francisco.

El islamismo es la manifestación del Anticristo para destruir, con su fuerza militar, la cristiandad; pero no lleva en sí la idea de construir un orden mundial. Los judíos son los que conciben su religión como un reino del mundo y, por lo tanto, trabajan para que se dé esa religión en el mundo entero.

«El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás y es hombre de pocos escrúpulos» (“Comunistas, judíos y demás ralea” – Pío Baroja)

Los judíos luchan en contra del islamismo: «El amor de los judíos a su pueblo sólo se traduce por odio a los demás pueblos de la tierra; odio disfrazado de amor a una idea, que es lo más abstracto que puede amarse y en nombre de la cual se predica la destrucción de todo lo existente, Humanidad inclusive. Donde veáis ruinas y estragos, podéis asegurar que por allí ha pasado el judío» (Jacinto Benavente – “Memorias, parte 1”). Nunca el judío aceptó la idea musulmana de la Biblia. Siempre la combatió, porque el fenómeno del Islam cree que son los que perfeccionan la Revelación de Dios. Son el culmen del pueblo judío. Y eso no les gustó a los judíos.

Los Illuminati controlan todo el movimiento masónico. Controlan a los Rotarios, a los Leones, la diferentes Logias, Comisiones, Grupos y Clubs.

El plan de los Illuminati tiene un objetivo principal: destruir la Iglesia Católica, que es una Sociedad Perfecta, con independencia de cualquier Estado del mundo. Los países del mundo y la Iglesia Católica están separados totalmente. Tienen convenios, pero nadie puede meterse con la Iglesia desde los gobiernos del mundo. Nadie legisla la Iglesia con las leyes del mundo, de los políticos. Nadie puede juzgar a la Iglesia desde los tribunales del mundo.

La Iglesia Católica tiene poder espiritual sobre todos los países; pero no tiene poder político ni económico, ni cultural, ni social, sobre ellos. La Iglesia tiene el deber de corregir lo moral, lo ético, lo espiritual, que se dé en los países. Pero no tiene que corregir nada que esté fuera del campo espiritual.

Por eso, es necesario destruir la Iglesia y su poder espiritual sobre todo el mundo. Ellos, para poder ejercer su dominio total en el mundo deben aniquilar el poder espiritual que tiene la Iglesia sobre todo el mundo, incluso sobre ellos mismos.

Los Illuminati tienen una táctica para conseguir su meta: «Conságrense ustedes mismos al arte del engaño, el arte de enmascararse, espiando en otros y percibiendo sus más profundos pensamientos» (Weishaupt). De esta manera, en lo oculto, con una máscara, se introducen en todas partes; también, por supuesto, en la Jerarquía de la Iglesia, formando así una falsa Jerarquía. Se infiltran para investigarlo todo y ver la manera de conseguir su fin, porque un principio de los Illuminati es: «el fin justifica los medios».

«… pero ¿para qué crió Dios a los judíos, si no para que nos sirvieran de espías?» (Duque de la Victoria: Israel Manda (Profecías cumplidas-Veracidad de los Protocolos). Editorial Época. Cuarta Edición. México D.F. 1977).

Ellos emplean el chantaje, la mentira, toda clase de engaños, el terrorismo, para alcanzar sus objetivos: «Realizaré una acción, si es pedida por la orden, a la cual no puedo no consentir, aun cuando (vista en su conjunto) fuese verdaderamente incorrecta» (Documento Nachtrag von weitern Originalschriften – Munich, 1787).

Para escalar el poder, se impone la obediencia al grupo: «Yo nunca usaré mi posición o mi puesto contra mi hermano». De esta manera, van poniendo sus hombres en lo alto de los gobiernos y en la cúpula de la Jerarquía de la Iglesia. Todos se conocen y nadie va en contra del otro. Todos están allí para conseguir sus objetivos. Todos trabajan en lo oculto, sin mostrar sus verdaderas intenciones, haciéndose pasar por otras personas, no revelando lo que realmente piensan. Ocultan sus mentes, sus intenciones. Piensan muchas cosas, pero no revelan lo que realmente piensan. Muestran al exterior un pensamiento que no es el de ellos. Hablan lo que el otro quiere escuchar, pero nunca van a hablar de sus verdaderas intenciones en lo que hacen. Son astutos en las palabras. Son serpientes en sus obras. Y todo lo que realizan al exterior es un teatro, una farsa, un modo más de engañar a todos. Mientras hacen toda esa comedia, en lo oculto, por debajo, se mueven todos los hilos del poder.

Los poderes invisibles de los Illuminati nadie los conoce. Ellos ponen sus hombres al exterior y los quitan cuando ya no conviene mantenerlos. Y esos hombres obedecen a esos poderes invisibles. Son sus marionetas. Y Francisco es una de ellas. Y no pueden no obedecer. No pueden rebelarse.

Religión, nacionalismo, patriotismo, lazos familiares, son reemplazados por una sola y fuerte lealtad a las causa del Illuminati: el nuevo orden mundial. Todo cae, cualquier sentimiento de lealtad se pierde, se abandona por el orden que establece este grupo.

Los puntos principales de este plan de los Illuminati son:

1. la supresión de todas las religiones, sin ninguna excepción. No hay doctrina, no hay iglesia, no hay secta que quede en pie.

2. la supresión de todos los sentimientos de nacionalidad y, por tanto, la abolición de todas las naciones, para que pueda surgir un nuevo mundo, una nueva nación para todos.

3. la transferencia de toda propiedad, ya privada, ya nacional, pública, a las manos de ese poder invisible, mediante leyes taxativas, impuestos a los ingresos, confiscación del dinero de los bancos, etc., con la sola intención de debilitar la sociedad. Es decir, crear un caos económico en todo el mundo, que vaya creciendo de muchas maneras, hasta que se produzca una gran depresión parecida a la del 1929.

4. un sistema de espionaje y denuncias que lo abarque todo, que lo vea todo, para tenerlo todo bajo control y saber moverse en cualquier país, en cualquier situación que los hombres hagan.

5. una regla moral global, en la que la fraternidad y el diálogo entre los hombres estén juntas para una sola cosa: someterse a una única voluntad de ese poder invisible. Todos deben dar su libertad a esos hombres. Y, para conseguir eso, hay que comenzar por hacer creer que los hombres son libres en un mundo dominado por una voluntad que obra en lo oculto.

Para instaurar un gobierno mundial es necesario abolir todas las formas de gobierno, patriotismo, religión, familia. Y, para eso, hay que emplear ideologías, de todo tipo (Nihilismo, liberalismo, fascismo, marxismo, comunismo, socialismo, Nueva Era, ecologismo) para meter las frases, las palabras, los sentimientos, que van a unir a todos los hombres. Hay que darles a los hombres lo que ellos piensan. Y, entonces, están contentos, son felices, podrán seguir a uno que les diga lo que ellos quieren.

Ese poder invisible no tiene una ideología concreta. Sólo tiene un fin: poner un hombre que lo gobierne todo: el Anticristo. Trabajan para este fin. Los medios: todos los que sirvan para colocar al hombre del mundo, al hombre del pueblo, al hombre de las ideologías humanas. Es el hombre que lo une todo, que reúne todas las ideologías, pero que es distinto a cualquier hombre, a cualquier ideología.

Los Illuminati son los enemigos de la libertad, de la verdad, del hombre. Pero se hacen pasar por los amigos de todo el mundo.

El poder de este grupo sólo es mantenido por ciertas personas escogidas, selectas. Los demás son un “don nadie”. Sólo ellos saben cómo se mueve todo en todas partes. Por eso, ellos son una dictadura ilimitada, sin fronteras, sin gobiernos, sin una política que asuman. Las quieren todas, pero gobiernan ellos a la sombra.

«Hoy en día los judíos mandan en el mundo a través de otros. Hacen que otros luchen por ellos» (Mahathir Mohamad – Discurso de apertura de la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica. Putrajaya (Malasia) 16-10-2003).

Francisco conspira contra la Iglesia Católica en su viaje a Jerusalén. Después de ese viaje, muchas cosas cambiarán, porque ya no hay tiempo. Las cosas están tan en su punto, que o se elige seguir a un hereje o se elige ponerse en contra de ese hereje dentro de la Iglesia. Que cada uno elija lo que quiera. De esa elección saldrá su condenación o su salvación.

Dios es Amor

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Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

El Corazón de Cristo es el camino hacia la Verdad

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La Iglesia nace en el Calvario, cuando el soldado descubre el Corazón de Cristo:

«Uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34).

Al Cuerpo muerto de Cristo no le rompieron las piernas, sino que se quedó intacto.

El Cuerpo de Cristo es la Iglesia y, por tanto, es Uno con Su Cabeza, que es Cristo. No puede ser dividido, roto, porque Jesús es Uno con Su Cuerpo.

Por eso, el soldado mete su lanza en Su Costado para abrir el camino hacia la Verdad.

Y la Verdad es una sola: Cristo Jesús.

La Verdad sólo se encuentra en el Corazón de Cristo.

No se puede encontrar en la mente de ningún hombre.

Sólo el Amor, que posee ese Corazón, es el Camino hacia la Vida Divina.

Cuando el agua y la sangre fluyen del Costado de Cristo, la Gracia se da a los hombres. Comienza un tiempo nuevo para la vida de todos los hombres: el tiempo de la Gracia.

Y ese tiempo ya no es como los demás tiempos pasados en la historia de la humanidad.

Desde el pecado de Adán hasta Cristo, el hombre ha estado sin Gracia y sin Espíritu. Ha vivido en su humanidad, con el deseo de lo divino, pero sin poder hacer una vida divina en lo suyo humano, en su historia humana.

Pero con la Gracia, que Cristo da a todo hombre, cada hombre puede obrar lo divino en su vida humana. Ya no hay excusa. Pero es necesario una cosa: estar en Gracia.

Jesús da la Gracia, pero se pierde por el pecado personal de cada hombre. Y Jesús pone el Sacramento de la Penitencia para recuperar la Gracia perdida. Ya hay un camino para estar siempre en Gracia y hacer obras divinas en la Gracia.

Es fácil permanecer en la Gracia por el Sacramento de la Penitencia, que es muy poco valorado por los mismos católicos en la Iglesia. Y es el Sacramento llave para todos los demás. Sin éste, los demás no pueden realizarse, obrarse como Dios quiere.

Un alma en pecado, aunque comulgue, se case, sea sacerdote o reciba la confirmación o el auxilio en su enfermedad, no puede obrar la Gracia en ninguno de esos Sacramentos. Y tiene un Sacramento sin poderlo vivir, con un obstáculo que le cierra las puertas del Cielo.

Muchos se casan por la Iglesia, pero en pecado. Ponen un óbice a la Gracia del Sacramento del Matrimonio. Y lo mismo el que accede al Orden, o el que va a comulgar en pecado, o el que quiera vivir un Sacramento pero sin quitar el pecado de su alma.

Reciben el Sacramento, pero no la Gracia que porta el Sacramento. Tienen un Sacramento que no les sirve para llegar al Cielo, sino que se convierte en Justicia Divina en sus vidas humanas.

Muchos han recibido los Sacramentos, pero como viven en sus pecados, esos Sacramentos, esa gracias son para Su Justicia, no para la Misericordia.

La Gracia, con Cristo, es Misericordia y Justicia. Son dos cosas, al mismo tiempo.

Con Adán, la Gracia era sólo Amor. Su Gracia le llevaba sólo a la Voluntad de Dios. Perdió esa Gracia y Adán se quedó sin nada, sin camino para el Cielo, sin camino para amar a Dios, sin camino para conocer la Verdad. Tuvo el Señor que ponerle un camino sólo de Justicia. Y, en la Justicia, la Misericordia.

Pero en Cristo, se da un camino nuevo al hombre. Un camino de Misericordia, porque se puede perder la Gracia, pero se recupera. Eso no lo tenía Adán.

Y un camino de Justicia, porque teniendo un Sacramento, se vive sin Gracia. Y eso llama a la Justicia de Dios sobre esa alma. Eso ya no es Misericordia. Adán tenía este camino de Justicia, pero sin poder recuperar la Gracia. En su vida humana, haciendo el bien humanamente, Dios le daba la Misericordia.

Pero, a partir de Cristo, la cosa cambia: quien quiera vivir en pecado, teniendo un Sacramento, sólo hay Justicia en ese camino. Ya no Misericordia. Ya las obras buenas humanas no sirven para alcanzar de Dios Misericordia, como en Adán. Porque Dios ha puesto un camino para quitar el pecado: el Sacramento de la Penitencia, no las obras buenas humanas.

Por eso, a muchos católicos, los Sacramentos son para su condenación, no para su salvación.

Esta Verdad, muchos católicos no la han meditado. Y están en la Iglesia en sus vidas de mentira, sin hacer valer la Gracia en sus corazones. Por eso, después, no pueden comprender qué pasa en la Iglesia. No entienden a Francisco y lo llaman un hombre bueno, santo, justo; cuando es un asesino de la Gracia.

La Gracia, vivida en la Misericordia, es decir, si el alma cae en pecado y se confiesa, entonces el alma encuentra el camino del Amor Divino, que tenía Adán.

Los pecados no son impedimento para el Amor de Dios si se confiesan los pecados, si hay arrepentimiento de los pecados, si se usa el sacramento de la Penitencia como Cristo lo ha puesto en Su Iglesia.

Pero los pecados de cada alma son impedimento para el Amor de Dios cuando las almas ya no lo confiesan, sino que viven en ellos, haciendo del pecado su vida humana. Y, entonces, esa alma se convierte en un demonio, en un engendro demoniaco.

Hay muchos católicos así, dentro de la Iglesia: tienen los sacramentos, pero viven en sus pecados como si fueran una virtud, un bien, en sus vidas.

Por eso, hay tantos sacerdotes que son lobos vestidos de piel de oveja. Y estos son los anticristos en la Iglesia. Son los que van en contra de Cristo y de Su Cuerpo, que es la Iglesia.

Hay muchos anticristos en Roma, actualmente. Sólo miren sus pecados, su forma de pecar, su forma de vivir a Cristo en la Iglesia. No imitan a Cristo, sino que ponen su mente humana, su idea humana, por encima de la Mente de Cristo. Y así hacen su iglesia, a su manera humana, tomando cosas del Evangelio, de la Tradición, del Magisterio de la Iglesia, pero anulando la Verdad de todo eso, para sólo manifestar su mentira, su idea, su propaganda, su negocio en la Iglesia.

La Iglesia no es un pensamiento del hombre, sino la obra de Cristo en la Cruz.

Cristo, en la Cruz, obró Su Muerte. Este Misterio no se puede comprender con la razón humana. Obrar la Muerte es dar la Vida a los hombres. Morir Cristo es hacer vivir al hombre. Sin la muerte de Cristo, el hombre seguiría muerto. Y, para imitar a Cristo, hay que hacer lo mismo: morir a todo lo humano, para que así lo humano tenga vida en Dios.

Esto es lo más difícil de comprender al hombre. Y en esto está sólo la vida de fe. La Fe no es un conjunto de razones, de leyes, de ideas. La Fe es una Vida Divina, una Obra Divina, un Pensamiento Divino.

El hombre que vive en su mente humana no posee la Fe. El hombre tiene que renunciar a toda su mente humana para que ésta tenga valor para Dios. Si el hombre no renuncia a su mente humana, Dios no puede guiarle en la Verdad.

Adán tenía que vivir en su mente humana. Y Dios lo guiaba así, porque le quitó la Fe, la Vida de la Gracia.

Dios puso un camino de Fe a Abraham: «Sal de tu tierra, de tu parentela, de las casa de tu padre, para la tierra que Yo te daré» (Gn 12,1). Siempre la Fe es un salir de lo humano. Y Dios fue enseñando a Su Pueblo este camino de fe, sin la Gracia, sin el Espíritu. Se lo enseñaba en su humanidad, sin exigirle la muerte a lo humano.

Sólo a almas que Dios escogía, le podía exigir todo, como a Abrahán: «Anda, coge a tu hijo, a tu unigénito, a quien tanto amas, a Isaac, y ve a la tierra de Moriah, y ofrécemelo allí en holocausto» (Gn 22, 2). Dios les daba la Gracia para hacer esto: para desprenderse de todo lo humano por Voluntad de Dios, porque así Dios lo mandaba.

Sólo hay una razón para dejar todo lo humano: la Voluntad Divina. Cumpliendo la Voluntad de Dios nunca se peca.

«Dijo Yavé a Oseas: Ve, toma por mujer una prostituta y ten hijos de prostitución, pues que se prostituye la tierra apartándose de Yavé» (Os 1,2). Dios manda a Oseas obrar una Justicia. Y ese mandamiento no es un pecado a los ojos de Dios. Y Oseas no pecó buscando una prostituta y engendrando hijos de ella, porque estaba cumpliendo la Voluntad de Dios, en la cual nunca hay pecado.

Y este es el Misterio de la Fe: por ley divina no se puede ir en contra del sexto mandamiento: «no adulterarás». Y esa ley está inscrita en el corazón de cada hombre.

Por ley divina, nadie puede matar a otro hombre, no puede ir en contra del quinto mandamiento: «no matarás».

Sólo por Voluntad de Dios se puede realizar una acción que es un pecado contra la ley de Dios. Y este es el Misterio de la Fe, que vivió Abraham, que vivió Oseas, y que Cristo obró en Su Muerte.

Cristo obra Su Muerte: Su Padre le pide morir en la Cruz. La Voluntad del Padre es que hay que morir, hay que dejar que los hombres cometan un pecado. Hay que permitir ese pecado en los hombres.

Pero el pecado de los hombres no es la obra de Cristo en la Cruz. Cristo va a la Cruz sólo por Voluntad de Su Padre, no por el pecado de los hombres, que lo quieren matar.

Cristo va a a la muerte por una sola razón: porque lo quiere Su Padre.

Y el querer del Padre está por encima de toda ley divina. Y aquí comienza el Misterio de la Fe.

La Fe no es sólo cumplir unos mandamientos, unas leyes, unas normas litúrgicas, sino que es obrar una Voluntad Divina en cada alma, en cada hombre.

Los hombres suelen acomodarse a las leyes, a las normas, a las tradiciones, y se olvidan de que la Fe es algo más que todo eso.

Por eso, el Señor decía: «Si tuviereis fe como un granito de mostaza, diríais a este monte: vete de aquí allá, y se iría, y nada os sería imposible» (Mt 17, 20). Cuando Dios muestra Su Voluntad, no hay imposibles para los hombres. Cuando Dios da Su Voluntad, el hombre lo puede todo en Dios.

Por eso, el hombre tiene que ir hacia este Misterio de la Fe. Y sólo se puede ir en el camino de Cristo: en la Cruz.

Cuanto más un alma en Gracia comprende que lo humano no sirve para ir al Cielo, entonces más se mete en el misterio de la Fe. Y Dios puede pedirle cosas como a Abraham y a Oseas. Dios no da esta Voluntad a cualquier hombre y, menos, a un hombre que vive en sus pecados. Dios da esta Voluntad a hombres que viven en Gracia y que son espirituales, que no son carnales, que no son para lo humano, para lo material de la vida, sino que han sabido desprenderse de todas las cosas humanas, para ponerse sólo en lo que agrada a Dios.

Vivimos en un mundo que ha puesto la vida humana por encima de la ley divina. Y quiere hacer las obras de Abraham y de Oseas, pero sin la Voluntad de Dios. Esto es a lo que lleva siempre el demonio: a imitar las obras de Cristo, las obras de Dios. El demonio es maestro en esto desde el principio de su pecado.

Porque su pecado consistió en ver las obras de Dios e imitarlas sin Dios, sin la Voluntad de Dios, sin el consentimiento divino. Y, por eso, lleva a los hombres hacia el pecado visto como algo bueno, como un valor, como una verdad en la vida.

Abrahan y Oseas obraron la Verdad, pero en la Voluntad de Dios. Muchos hombres obran eso, pero fuera del querer divino. Obran sin fe; es decir, obran con su inteligencia humana, que la han puesto por encima de la Mente Divina.

Cristo vino a hacer la Obra de Su Padre, Su Voluntad. Y esa Obra sólo es conocida por Cristo, no pos los hombres en la Iglesia. Y, por eso, de nadie es la Iglesia. Sólo le pertenece a Cristo.

Que nadie venga a querer cambiar la doctrina de Cristo con su mente humana, con sus ideas comunistas, marxistas, protestantes, masónicas, que es lo que da Francisco cada día, que es su predicación.

Y el tiempo de Francisco se termina: «El reinado en la Casa de Pedro será corto, y pronto Mi amado Papa Benedicto guiará a los hijos de dios desde su lugar de exilio. Pedro, Mi Apóstol, el fundador de Mi Iglesia en la Tierra, lo guiará en los últimos días difíciles, mientras Mi Iglesia lucha por Su Vida» (Viernes Santo, 29 de marzo del 2013).

Francisco deja el cisma dentro de la Iglesia: un Obispo sin Cristo en su corazón. Un Obispo para el mundo, sin la Vida de Fe, sin el Amor de Dios, sin la Verdad del Espíritu. Un hombre que no cree en Dios, no puede conocer lo que es bueno y lo que es malo. Francisco sólo cree en su dios, que es su pensamiento humano. Y, por eso, cada día dice sus barbaridades, que muchos aplauden, que muchos hacen propaganda. Y ya no saben cómo ocultar algunas cosas, que son tan manifiestas en el hereje de Francisco, sólo por temor a oponerse a ese hombre, que sólo sabe usar palabras baratas y blasfemas, pero que no tiene ninguna inteligencia.

Seguís a un idiota porque teméis su autoridad Y su autoridad es lo más estúpido que hay en la Iglesia: un poder humano que él mismo se ha dado en la Iglesia. Ha puesto su gobierno para decirse a sí mismo: aquí estoy yo; yo soy el que voy a dar de comer a todos los hombres; yo soy el que voy a solucionar los problemas de todos los hombres; yo y la revolución de mi estúpida ternura para con los hombres, con mi insulso lenguaje del corazón; yo con los mocos que se me caen de mi narices cuando hablo de amor a los hombres, eso es el camino para la iglesia.

Francisco es un hombre sin ley divina, sin norma de moralidad, con un lenguaje humano que es su basura ideológica. ¿Y obedecéis a ese subnormal?

Cristo no ha puesto a Francisco en Su Iglesia. Han sido los hombres. Y estos van en serio dentro de la Iglesia: van a echar a Cristo de la Iglesia. Y van a matar a la Iglesia, como hicieron con Cristo. Y quien no quiera creer, es que vive de ilusiones en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo, no es el Pueblo de Dios

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“Estoy Crucificado con Cristo; y ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19.20).

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo, que significa: que Cristo vive en cada alma de una manera mística y, por tanto, la Iglesia es, en la realidad, Cristo.

El alma fiel a Cristo pertenece a la Iglesia, porque en ella vive Cristo místicamente.

Pero el alma que no es fiel a Cristo, no pertenece a la Iglesia, porque Cristo no vive en ella de una manera mística.

La vida mística no es la vida espiritual. La vida mística es la presencia de Cristo en el alma sin merecerlo el alma, sin que el alma ponga un pensamiento, una obra, una fuerza humana. Es algo que Dios obra en el alma.

Pero la vida espiritual es un asunto del alma y de Dios, es un merecimiento del alma. El alma merece estar en la Presencia de Dios, el alma gana de Dios una gracia, una bendición espiritual. Dios da en la medida en que el alma va creciendo en las virtudes teologales.

La Iglesia es algo místico, no es algo espiritual. Hay muchas personas en el mundo que tienen su vida espiritual, su oración, sus limosnas, sus apostolados, sus servicios en las religiones o en las iglesias a las que pertenecen. Muchas personas creen en Dios o tienen un bautismo que los hace hijos de Dios, tienen ese sello espiritual. Pero no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia.

De igual manera, hay muchos sacerdotes, Obispos, fieles, que tienen sus sacramentos, tienen sus vidas espirituales, pero no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia.

Porque la Iglesia es Cristo. Cristo místicamente vive entre sus almas elegidas, predestinadas al Cielo. Cristo no vive entre los hombres. El mundo no es la Iglesia, no pertenece a la Iglesia. Dentro de la Iglesia, no todos los hombres son Iglesia.

Para comprender el Misterio de la Iglesia hay que fijarse en Cristo. Y sólo en Él. No en los hombres, no en el Pueblo de Dios, no en el mundo.

Cristo es el Verbo Encarnado. Y, por tanto, es Dios que asume a un hombre. Es Dios que vive en el hombre, pero sin ser hombre, sin tener persona humana, sin guiarse por la mente del hombre, sin obrar con la voluntad del hombre.

Cristo se hace hombre, pero es Dios. No deja de ser Dios porque viva entre los hombres. No deja de pensar como piensa Dios, aunque tenga una mente humana. No deja de obrar como obra Dios, aunque posea una voluntad humana.

Cristo, al ser Dios entre los hombres, busca a sus almas. No busca a todos los hombres, porque, de hecho, en la práctica, no todos los hombres aman a Cristo. Cristo da la luz a todos, ilumina a todos los hombres, muestra el camino de la salvación a todos los hombres. Pero Cristo viene a salvar a los pecadores, no viene a salvar a los hombres. Sólo aquellos que son pecadores, que ven su pecados, que quieren quitar sus pecados. No salva a los que se creen justos, ya salvados.

El pecado es algo místico, no es algo espiritual. Cuando se peca se ofende a Dios. Pero esto el hombre no lo ve, no lo capta, no lo entiende. El hombre peca y sigue su vida como si nada hubiera pasado. No ve las consecuencias de ese pecado, ni en Dios, ni en su alma, ni en su entorno, ni en el mundo entero.

El pecado, en el hombre, es la obra del demonio. El demonio es un ser espiritual. Y su obra es algo espiritual que hace él. Pero el demonio, cuando hace pecar a un hombre, su obra en el hombre es algo místico, no espiritual. El hombre, cuando peca, obra místicamente una obra mala, pecaminosa. Una obra que en el demonio es algo espiritual, pero no cuando el demonio obra en el hombre. Esa obra demoniáca, de espiritual, se convierte en mística dentro del hombre, en su alma.

Y Cristo ha venido a quitar las obras del demonio en el hombre. Las obras místicas: “Y para esto apareció el Hijo de Dios para destruir las obras del diablo” (1 Jn 3, 8). Y, al destruirlas, Cristo da al alma su simiente, su obra, su fuerza para no pecar más:“Vestíos de toda la armadura de Dios para que podáis resistir a las insidias del diablo, que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires” (Ef 6, 11).

El demonio ataca al hombre de forma espiritual, pero obra en el hombre de forma mística. El hombre lucha espiritualmente contra el Maligno, con la Palabra de Dios, con el Espíritu de Dios. Pero, cuando el hombre es vencido por el demonio, entonces éste obra en el hombre algo místico. Eso místico es lo que Cristo quita, perdona, que es el pecado. Y Cristo lo quita con su Muerte en la Cruz, que es una obra espiritual y mística, al mismo tiempo.

Con la Cruz se ataca al demonio, de una manera espiritual. Pero con la Cruz se quita el pecado que el demonio pone en el hombre. Por eso, el Sacramento de la Penitencia perdona el pecado, la obra que el demonio ha hecho, y lo hace en virtud de la Cruz, de los méritos de Cristo Crucificado, por su sangre, por sus dolores, por su Pasión y por su Muerte. Lo hace de una manera mística. Y da al alma una gracia, una fuerza espiritual para no pecar, para oponerse al demonio.

Y, cuando Cristo borra el pecado, que es la obra mística del demonio en el hombre, deja lo espiritual, deja al alma en la batalla contra el demonio. No le quita la lucha. Cristo quita el pecado pero no hace al hombre Inmaculado, no le confirma en la gracia para no pecar más. Le da la gracia para resistir al Maligno, pero el alma tiene que merecer la gracia de ser confirmado y así no pecar más, no caer en el pecado. El hombre puede merecer esta gracia de Cristo si, en su vida espiritual, se esfuerza por luchar contra el demonio, contra el pecado, contra el mundo. Es una gracia que muy pocos consiguen. Por eso, es necesario el Purgatorio después de la muerte.

Cristo, al quitar la obra mística del demonio en el hombre, pone su obra mística en el alma. Esa obra mística es Él mismo. Es Cristo que vive en la misma alma. Por eso, lo místico es sin merecimiento por parte del alma. Nadie merece que le quiten sus pecados, que se los perdonen. Y, por tanto, nadie merece que Cristo viva en su alma.

Y, cuando Cristo se pone en el alma, entonces esa alma pertenece a la Iglesia, es del Cuerpo de Cristo. Nadie merece pertenecer a la Iglesia.

El Bautismo abre las puertas al alma de la Iglesia. Sin el Bautismo, Cristo no puede quitar la obra mística del demonio en el hombre, no puede quitar el pecado. Pero no es suficiente para ser Iglesia tener un Bautismo, porque se nace con el pecado original, pero se cometen muchos pecados diferentes al original en la vida. Y, por eso, es necesaria la confesión del pecado, el Sacramento de la Penitencia.

Pero tampoco es suficiente con tener un Bautismo y los demás Sacramentos de la Iglesia para ser Iglesia, porque la Iglesia es Cristo. Se es Iglesia porque se es de Cristo. Es decir, es Cristo el que vive místicamente en el alma. Es Cristo el que hace Su Vida en el alma. Cristo inicia esa vida en el alma, una vida mística sin que el alma se lo merezca, al quitarle el pecado. Pero Cristo no obra esa vida mística en el alma sin exigirle al alma un esfuerzo espiritual. Si el alma, aunque tenga todos los Sacramentos, aunque haga oración y demás cosas, no tiene vida espiritual, entonces Cristo desaparece del alma y queda el demonio.

Por eso, San Juan, hablando de los anticristos, dice: “De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros. Si de los nuestros fueran, hubieran permanecido con nosotros, pero así se ha hecho manifiesto que no todos son de los nuestros” (1 Jn 2, 19).

El que es de la Iglesia, el que es de Cristo, tiene la “unción del Santo” (v.20), es decir, Cristo permanece místicamente en ese alma, porque ese alma ha sido fiel a la Gracia, ha luchado en su vida contra el demonio, contra la carne, contra el mundo. Y, por tanto, muchos hay en la Iglesia, que parecen de los nuestros, que se visten como Cristo, que son sacerdotes y Obispos, pero que no son de la Iglesia, no son de Cristo, porque ya no luchan espiritualmente.

Y donde no hay lucha espiritual no hay vida mística. Cristo no vive místicamente en un alma que no lucha espiritualmente.

Por eso, la necesidad de la penitencia, del desprendimiento de lo humano, de la mortificación para ser Iglesia. La necesidad del camino de la Cruz para que Cristo viva en el alma.

Muchos hacen una Iglesia de formas exteriores, de culto exterior: van a misa o celebran la misa, comulgan, hacen oraciones, hacen apostolados, pero no viven interiormente a Cristo, porque no hay trabajo espiritual. No se unen a la Obra de la Redención de Cristo y, por tanto, están en la Iglesia como están un trabajo o en una empresa o en una organización social.

Por eso, muchos se han engañado con el fraude de Francisco. Francisco no tiene vida espiritual y, por tanto, Cristo no vive místicamente en él. De la Iglesia ha salido, como Judas salió, pero no es de los nuestros. No ha permanecido fiel a la Gracia, no ha permanecido luchando contra el demonio, contra el mundo, contra la carne. Sino que se ha abierto a todo eso. Y es lo que vemos en la Iglesia: su amor al mundo y su odio a todo lo sagrado, lo santo. Hace su obra de teatro: su misa, sus oraciones, sus cosas externas. Pero sin la unción del Santo.

Ser Iglesia es algo muy serio. Si Cristo no vive místicamente en el alma, no hay nada, por más que se comulgue, por más que se confiese el alma, por más que haga lo que haga en la Iglesia. Por eso, ser Iglesia nadie lo merece. No es para todos los hombres. Cristo no está en todos los hombres viviendo místicamente.

Cristo sólo está en los corazones humildes que le dejan trabajar en sus vidas y que no ponen ningún impedimento a la obra que Cristo quiere hacer en esa alma.

No somos de la iglesia de Francisco

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La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

Francisco sólo busca la popularidad en la Iglesia

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“esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos [Lc. 22, 32]. Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno”. (CONCILIO VATICANO I – SESION IV (18 de julio de 1870) Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice ).

Enseña el Magisterio de la Iglesia que la Sede de Pedro siempre está intacta de todo error. Y, además, enseña que es Pedro, al tener este carisma de la verdad y de la fe, el que conserva a la Iglesia sin error.

El Papa verdadero nunca habla, enseña, gobierna con la mentira, con el error, con la herejía, con la falsedad de la vida. Siempre el Papa verdadero dice, obra y gobierna con la Verdad.

Es así que Francisco dice mentiras, herejías, errores, enseña a vivir de cara al mundo, gobierna la Iglesia con la mentira, y obra el engaño en todas las cosas.

Luego, Francisco no es el Papa verdadero, sino uno que se hace llamar Papa sin serlo, un impostor, una falsa cabeza con un falso gobierno en la Iglesia.

Pedro nunca dice una herejía en la Iglesia. Nunca. Ahí tienen las herejías de Francisco: son clarísimas. Luego, no se puede obedecer a Francisco porque no es Pedro.

No se puede llamar a Francisco como Papa, porque no es Pedro. Francisco hace que la Sede de San Pedro caiga en el error, en la mentira, en el engaño. Luego, no la mantiene intacta. No conserva la Verdad en la Iglesia. Hace que la Iglesia esté dividida: conservadores, tradicionalistas, progresistas, modernistas. Esta es la política que hay en la Iglesia actualmente. Hay división. No hay unidad, porque Francisco no es el Papa verdadero. Y, por tanto, está produciendo la división en la Iglesia, en toda la Iglesia.

El Cardenal Burke dice la verdad: “No sé exactamente cómo podría clasificarse este documento, pero no creo que se lo pueda considerar parte del Magisterio“. Y es removido de su cargo.

Esta es la señal de que Francisco no está en la Verdad, no ve su mentira, su error, sus herejías. Y, cuando alguien de los Cardenales se opone a él, valientemente, en vez de reconocer su error, lo quita de en medio.

Así es todo ahora en Roma. Quien hable en contra de Francisco, lo liquidan, lo mandan callar. Esto es gobernar con la dictadura, no con el Espíritu Santo, no con la verdad.

Francisco no ve su pecado. Luego, no puede gobernar la Iglesia con la Verdad, sino con la mentira.

Y la Iglesia no ha puesto el dedo en la llaga todavía con Francisco. Sigue buscando razones, pretextos, excusas, para justificar a un hereje, como Francisco.

El dedo en la llaga consiste en llamar Francisco: hereje. Y hacer que salga del gobierno de la Iglesia, que se vaya de la Silla de Pedro, porque es un hombre inútil para la Iglesia. Que lo destituyan, que lo destronen, porque hace que la Sede de Pedro esté contaminada con el error.

La gente va despertando del bodrio de Francisco, pero despierta mal. Sólo se escucha que Francisco es un enigma, que no se puede comprender lo que piensa, que es oscuro, pero nadie se atreve a decir: Francisco no es Papa porque es un hereje. Y ningún Papa verdadero es hereje. Todo Papa, aunque sea pecador, gobierna la Iglesia con la verdad, por causa del carisma que tiene sólo el Papa.

Francisco es un mentiroso, un pecador, dice herejías, y, no tiene ese carisma de la verdad y de la fe. Luego, no es Papa.

Si Francisco, siendo mentiroso, pecador, enseñara la verdad, gobernara la Iglesia con la verdad, entonces sería Papa verdadero. Pero no puede hacer eso, porque no posee el carisma de la verdad y de la fe. Luego, es un falso Papa. Dios no lo ha elegido como Papa. Si lo hubiera elegido, le habría dado ese carisma de la infalibilidad.

¿Lo quieren más claro?

¿Cuándo van a llamar a Francisco hereje, falso Papa, impostor? ¿Cuándo van dejarse de medias verdades con Francisco?

Francisco confronta el humanismo con el cristianismo. ¿Es que no se han dado cuenta?

La doctrina principal del cristianismo es la salvación de las almas del pecado. Reparar el pecado, expiar el pecado, aniquilar el pecado.

Francisco propone salvar a los pobres, a los miserables, a los miembros de la sociedad que están económicamente más desprotegidos. Ésa es el camino equivocado que Francisco ha metido a la Iglesia desde que está en la Sede de Pedro. Camino lleno de errores, que le ha llevado a escribir un auténtico panfleto comunista, como es la Evangelii gaudium. Ahí está el pensamiento de un hereje, no de un Papa que siempre debe mirar por la Verdad de la doctrina y centrarse en lo único importante: las almas, no los cuerpos.

Y este gobierno de Francisco es lo que enfrenta a la Iglesia con la doctrina verdadera, con el cristianismo. Por eso, Francisco ama el mundo y odia la Iglesia. Por eso, el mundo y los gays aplauden a Francisco. Y la Iglesia se halla dividida, preocupada, sin ver el camino de la verdad en la Iglesia.

Y Francisco propone este camino errado hacia los pobres sólo por una cosa: buscar la popularidad entre los hombres, en el mundo, aunque, para ello, tenga que hacer que la Iglesia se levante contra él.

Si la Iglesia se levanta, entonces tiene a sus guardias, para hacer callar a quien ose responderle en la Iglesia. Francisco es un dictador. ¿Es que no se han dado cuenta? ¿Por qué la gente sigue aceptando la falsa humildad de un hereje? En esa falsa humildad se esconde el humanismo de Francisco que contraataca al cristianismo, al catolicismo verdadero.

Llamen a Francisco con su nombre real: hereje. Y déjense de complacencias con él, de cariñitos. No es Papa, luego hay que quitarlo de la Silla de Pedro. Hay que destronarlo.

Un Papa verdadero nunca se equivoca en la Iglesia, aunque sea pecador. Nunca. Luego, Francisco no es el Papa verdadero. Es un impostor. Y aquellos Cardenales que lo eligieron son también impostores.

La Obra de la Redención de Jesús está olvidada en la Iglesia. Francisco ni la mienta, porque no cree en el Sacrifico de Cristo. Sólo cree en su mente humana. Y ahí está todo el contenido de su falsa fe en Dios y en la Iglesia.

Francisco busca la admiración del mundo, a través de actos públicos, a través de declaraciones de todo tipo; Francisco busca la popularidad, ser un hombre para el hombre, caerle bien al hombre y al mundo, decirle al hombre y al mundo lo que quieren escuchar. Y, entonces, no se puede enseñar la Verdad cuando el orgullo va en busca de popularidad, de aplauso, de alabanzas humanas.

Quien busca ser popular se hace infiel a la Verdad de Cristo. Cristo huía al monte para no estar con el pueblo. Francisco huye de Cristo para estar en el mundo.

Quien se hace popular no sigue el camino de la Cruz de Cristo, no sigue las huellas ensangrentadas de Cristo, no se abraza a Cristo Crucificado, sino que sólo besa el trasero de los hombres y del mundo para caer en la idolatría del pensamiento humano.

El que busca la popularidad no puede hablar en nombre de Cristo, no es la Voz de Cristo en la tierra. Es sólo un farsante, un embaucador, un hipócrita que no tiene vida espiritual ninguna.

Francisco busca su popularidad personal en nombre de Jesús. Está blasfemando el nombre de Jesús. Está tomando en vano el Nombre de Jesús. Lo usa para su bien privado en la Iglesia, no para el bien común de la Iglesia.

La Iglesia no es lo que enseña Francisco, no es lo que predica Francisco, no es lo que obra Francisco.

La Iglesia es de Cristo. Y sólo de Cristo. Y Cristo sólo pone una cabeza que nuca se equivoca, que nunca cae en la herejía, que nunca lleva a la Iglesia por camino errados: ¿De qué le sirve a nadie, a los pobres, tener todas las necesidades materiales, económicos, humanas, si su alma se pierde por toda la eternidad?

Francisco sólo hace su política marxista en la Iglesia: su teología de los pobres. Y se olvida de la razón por la que es sacerdote: expiar el pecado de todos los hombres para poder salvarlos y santificarlos.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo, sino el espíritu contrario a Cristo. Por eso, promueve el humanismo, ensalza el humanismo, anima a que todos hagan lo mismo en todas las diócesis. Y eso es oponerse a Cristo, negar a Cristo, anular a Cristo en la Iglesia.

Francisco está sustituyendo a Cristo con el deseo hunano, no de promover la justicia social, sino de buscar la admiración de todos por sus buenas obras. El deseo de ser popular, de ser del pueblo, de estar con el pueblo, en medio del pueblo, viviendo con el pueblo; eso mata el cristianismo, porque se hace con el espíritu del mundo, sin el Espíritu de Cristo.

Por eso, Francisco cae continuamente en el error. Luego, no es un verdadero Papa. Es un farsante, y así hay que nombrarlo sin tener miedo a nadie en la Iglesia.

Porque este es el principal temor de la gente: sublevarse en la Iglesia contra el Papa. No se puede hacer esto cuando el Papa es verdadero. Pero, cuando no es verdadero, entonces hay que levantarse contra ese hereje, que está destruyendo la Iglesia con su popularidad barata.

Hay que linchar a Francisco, sacarlo de la Silla de Pedro, porque un verdadero Papa guarda los tesoros de la Iglesia en su corazón y no permite que nadie en la Iglesia destruya la Verdad que Cristo le ha dado en su Pontificado. Hay que animar al Papa Benedicto XVI a que vuelva a ser Papa, porque él es el Papa verdadero puesto por Cristo en Su Iglesia hasta la muerte.

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