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Francisco es enemigo de los hijos de Dios

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“Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Ésta se llamará varona, porque del varón ha sido tomada” (Gn 2, 23).

La mujer nace del hombre, no es creada de la tierra, del polvo, del limo. No es creada para la tierra ni en la tierra. No es creada como tierra.

Dios da a Adán el gobierno del Paraíso y le manda poner nombre a todas las criaturas, para que éste no esté solo: “No es bueno que el hombre esté solo, voy a hacerle una ayuda semejante a él” (Gn 2, 18).

Pero Dios hizo pasar a todas las criaturas ante Adán, “pero entre todos ellos no había para el hombre ayuda semejante a él” (Gn 2, 20).

La mujer, Dios la piensa como ayuda, como la que está con el hombre para algo con él, para hacer una obra que el hombre tiene que realizar.

La mujer es, para el hombre, una obra, no es una compañera, no es otro hombre a la que hay que unirse para vivir una vida humana. Dios da a Adán una mujer para una obra divina, no para una vida humana.

La mujer no es para un amor fraterno, para un amor humano, para una obra humana. Es para hacer con ella lo que Dios puso en Adán.

Dios da a Adán, cuando lo crea, una vocación divina, pero no le da la mujer. Adán no puede poner en obra esa vocación divina sin una ayuda adecuada, sin alguien que sea como él.

Por eso, la mujer nace de Adán, no puede ser creada de la tierra, en el polvo, con el suelo. Tiene que ser creada de lo que tiene Adán, de lo que Dios ha puesto en Adán, para poder obrar ese Don Divino que marca el alma de Adán.

Adán, en su alma, tiene una vocación divina, no tiene una vocación fraterna, no tiene un amor a los hombres. No hace falta eso para ser hombre, para formar una familia, para vivir en sociedad.

Dios pone en Adán su amor divino para una obra divina. Dios quiere engendrar hijos de Dios con Adán. Y sólo los hijos de Dios son fraternos, viven el amor entre hermanos, viven como hermanos. Pero los que no son hijos de Dios no pueden vivir la fraternidad.

¿Por qué Caín mató a Abel? Porque no era un hijo de Dios, era un hijo del hombre. Adán engendró a Caín sin el Espíritu, porque lo perdió cuando pecó. Luego, Caín es un hijo del hombre, no es hijo de Dios. Luego, Caín, por ser un hijo del hombre, no puede amar a su hermano Abel. No puede, porque no tiene la vocación del amor divino en su alma. Y si no hay amor divino, no hay amor al prójimo.

Los hijos de los hombres no pueden amar a los hijos de Dios. Nunca. Y los hijos de los hombres no pueden amar a otros hijos de los hombres. Nunca. Porque no tienen el amor de Dios, no son hijos de Dios.

Sólo los hijos de Dios son fraternos con todos los hijos de Dios. Pero los hijos de Dios no son fraternos con los hijos de los hombres, sino que los aman con la gracia, con la virtud, con el Espíritu.

La fraternidad no existe en los hijos de los hombres. Sólo se puede dar entre los hijos de Dios.

El amor entre hermanos es el amor entre hijos de Dios. Los demás, no entran en este amor fraterno; entran en el amor de la gracia y en el amor del Espíritu.

El hijo de Dios puede amar a un enemigo, pero no como hermano, sino como enemigo: dándole a esa persona la Voluntad de Dios, lo que se merece, lo que quiere Dios.

El amor fraterno sólo existe entre los hijos de Dios. Por eso, dice San Juan: “Carísimos, amémonos unos a otros, porque la caridad procede de Dios, y todo el que ama es nacido de Dios y a Dios conoce” (1 Jn 4, 7).

El amor entre hombres sólo es posible en los hijos de Dios: “todo el que ama es nacido de Dios”. El amor entre hombres no es posible en los hijos de los hombres: “Porque éste es el mensaje que desde el principio habéis oído: que nos amemos los unos a otros. No como Caín, que, inspirado del maligno, mató a su hermano. ¿Y por qué le mató? Porque sus obras eran mala, y las de su hermano justas” (1 Jn 3, 12).

Las obras de Caín procedían de un hombre sin gracia, sin espíritu, es decir, un hijo de hombre. Y, por tanto, no podía amar a su hermano, no podía mostrarle un amor fraterno, un amor de hijo de Dios. Su hermano Abel tenía el amor fraterno, por ser hijo de Dios. Caín no tenía el amor fraterno, por ser hijo del hombre.

Adán recibió en su alma, cuando fue creado, su vocación: el amor divino. Y, por tanto, tenía la misión de dar ese amor divino a todo cuanto hiciese en la vida. Tenía que amar a su mujer con el amor divino y así engendrar un hijo de Dios. Pero, como amó a sus mujer sin el amor divino, es decir, se unió a su mujer sólo con el deseo de la carne, con su amor carnal, con su amor humano, entonces, sólo pudo engendrar un hijo de hombre, Caín, pero no un hijo de Dios. Y todo hijo de hombre no posee el amor de Dios.

Jesús, con su muerte en Cruz, pone en el hombre este amor originario, esta vocación que le dio a Adán. Pero el hombre tiene que vivir en Gracia, tiene que obrar con la Gracia, tiene que dejarse guiar por el Espíritu de Cristo para poder hacer las obras de los hijos de Dios. Y, entonces, se puede vivir el amor fraterno, pero sólo entre los hijos de Dios, no con los hijos de los hombres.

Con los hijos de los hombres, con los hombres que quieren vivir en pecado y que son sólo otros demonios, no se puede tener un amor fraterno, no se les puede ver como hermanos. Hay que verlos como son: como pecadores, como enemigos, como demonios. Y amarlos como son, es decir, hay que obrar con ellos lo que Dios quiere: o darles una caridad, o una justicia, o una misericordia, o una condena. Hay que amarlos practicando una virtud, porque no son hermanos, no son hijos de Dios ni por gracia ni por el Espíritu, ni por generación.

No se ama de la misma manera a un hombre en pecado que a un hombre en gracia. El amor es distinto por la vida que ese hombre tiene. Quien vive en pecado vive para pecar, no conoce a Dios, no conoce Su Voluntad, no puede hacer obras divinas, santas, sagradas en su vida. Hará sus obras humanas, pero esas obras humanas ya no le sirven al hijo de Dios. El hijo de Dios hace obras divinas, no humanas. Luego, ningún hijo de Dios puede comulgar, puede unirse, puede seguir a un hijo de hombre, a un hombre que vive su pecado. No se puede. Y, por eso, hay que amarlo de otra manera a como se ama a un hombre que viven en gracia y que obra la gracia.

Por eso, lo que predica Francisco es insostenible en la práctica de cada día, de hecho. Dios no nos ha dado el Bautismo para amar a todos los hombres como hermanos. Dios nos ha dado el Bautismo para hacer las obras de los hijos de Dios en un mundo que no ama a Dios, con unos hombres que odian a Dios.

“Por él nos sumergimos en la fuente inagotable de vida que proviene de la muerte de Jesús, el más grande acto de amor de la historia y, gracias a este amor, podemos vivir una vida nueva, ya no al azar del mal, el pecado y la muerte, sino en comunión con Dios y con nuestros hermanos” (Francisco, 8 de enero). Francisco dice que gracias al amor de Jesús en su muerte, vivimos una vida nueva en comunión con nuestros hermanos, es decir, con todos los hombres.

Para Francisco, hermanos significa, todos los hombres: “La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano” (8 de diciembre). Y, por eso, cae en muchos errores al tratar de solucionar los problemas de los hombres con la sola fraternidad.

Sólo los hijos de Dios son hermanos entre sí. Sólo los que viven su Bautismo son hermanos entre sí. Hay muchos bautizados, de muchos credos, de muchas iglesias, pero que no están en gracia, no pueden vivir su bautismo, aunque tenga el bautismo. No son hijos de Dios en la práctica. Son demonios con el sello del Bautismo. Y un demonio no es hermano de un hijo de Dios.

La muerte de Jesús es sólo para quitar el pecado de Adán. No reviste a la humanidad, a todo hombre de la verdad, no vuelve a la humanidad a sus orígenes. No pone la armonía en la Creación, porque ésta está maldita por el pecado de Adán. Y esa maldición no se borra con la muerte de Cristo. Cristo pone un camino bendito al hombre. Cristo da una vida bendita al hombre, pero no quita la maldición entre los hombres, no quita el pecado entre los hombres. Por eso, hay que estar en el mundo, pero sin ser del mundo, porque el mundo sigue maldito. No hay amor fraterno. No puede haberlo.

Para Francisco, sí lo hay. Y, por eso, él se abre al mundo para acoger a todos los hombres como hermanos, porque no ha comprendido la Obra de la Redención, al negar el pecado original.

Para Francisco, el génesis es un mito. No es una realidad. Y, por eso, hay que explicarlo de forma mitológica, ya no como Palabra Revelada. Y, por eso, él sólo se fija en la fraternidad, porque concibe el pecado como un conflicto entre los hombres, un conflicto entre Caín y Abel, un conflicto entre hermanos. Llama hermanos a Abel y Caín. Y no son hermanos, porque no son engendrados de la misma manera. Abel fue engendrado como hijo de Dios, en la Voluntad de Dios, pero Caín fue engendrado como hijo de hombre, sin la Voluntad de Dios. Y, por tanto, son de un mismo padre carnal, Adán, pero no de un mismo padre espiritual. Adán tenía por Padre a Dios, pero Caín tenía por padre al maligno, por eso hizo caso al demonio y mató a Abel.

Lo que enseña Francisco no se puede sostener en ninguna manera. Siempre Francisco cae en su error: su humanismo. Y todo lo ve desde la fraternidad. Y no existe la fraternidad. Sólo existe el amor divino. Y sólo se puede amar a otro hombre en el amor divino.

Por eso, él continúa diciendo sus fábulas en la Iglesia: “Si conseguimos seguir a Jesús y permanecer en la Iglesia, incluso con nuestros límites, nuestras fragilidades y nuestros pecados, es por el Sacramento gracias al que nos hemos convertido en criaturas nuevas y revestido de Cristo” (8 de enero). Dice que si seguimos a Jesús es por el Bautismo. ¡Ésta es su fábula!

1. El Bautismo no nos reviste de Cristo, sino que nos hace hijos de Dios por adopción, nos da el sello de una vida nueva, pero

2. el bautismo no nos convierte en criaturas nuevas. El Bautismo es la puerta para ser una criatura nueva. Sólo la puerta para entrar en el camino, que es Cristo. Y, por eso,

3. el que está bautizado, necesita de los otros Sacramentos de la Iglesia para ser hijo de Dios en la práctica, para ser revestido de Cristo, para ser otro Cristo, para alcanzar la vida divina.

4. Y, sólo así, se puede seguir a Cristo y permanecer en la Iglesia de Jesús.

Francisco no enseña nada de nada. Enseña su fábula de lo que es el Bautismo, de lo que es ser hijo de Dios, es decir, enseña su humanismo y sólo su humanismo.

No se puede amar a Francisco como hermano. No se puede llamar a Francisco Papa, ni Vicario de Cristo, ni sacerdote, ni Obispo, porque no obra como los hijos de Dios. Obra como un hijo de hombre y como un hijo del demonio. Y no es posible la obediencia a un hijo del demonio.

Hay que amar a Francisco como enemigo de la Iglesia, como enemigo de los hijos de Dios, como enemigo de Cristo, pero no como hermano, no como amigo. No se puede ser amigo de un hombre que dice que Jesús no es Espíritu. Así hablan los enemigos de Dios por ser hijo de los hombres e hijo del demonio.

El hijo de Dios sólo puede amar a sus hermanos como hijos de Dios que son. Pero a los que no son, a los que obran como hijos del demonio, aunque estén bautizados, aunque tengan un sacerdocio, aunque sean lo que sean en la Iglesia, no hay amor fraternal con ellos, porque no se puede dar. Los hijos de los hombres y los hijos del demonio sólo escuchan a los hombres y al demonio, pero no son capaces de escuchar a Dios, al Padre Dios, porque no lo conocen ya que viven en sus pecados, no son fieles a la Gracia.

Por tanto, a Francisco hay que darle lo que él busca: la justicia, el infierno, al demonio. No se le puede dar un beso. No se le puede llamar Vicario de Cristo, porque no tiene el Espíritu de Cristo, no da la mente de Cristo a los hijos de Dios. Sólo da la mente del demonio a los hijos de los hombres y a los hijos del demonio.

¿Ven el juego que se la hace en la Iglesia a Francisco por no confrontarlo, por no oponerse a él? El mal es enorme el que hace la misma Iglesia cuando calla la herejía de Francisco. ¡Enorme! Y, por eso, enorme va a ser lo que viene ahora, porque la gente no quiere despertar del sueño de Francisco. Pues, van a despertar a la fuerza, sin tiempo para ver el camino de la Verdad.

Testigos de la Gran Apostasía dentro de la Iglesia

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Estamos siendo testigos de la gran Apostasía que se da en el Vaticano. Muchos cambios se han presentado durante once meses en la doctrina de Cristo con la careta de actos públicos de caridad, de amor a los enfermos, de solidarizarse con las otras religiones, con aparentar ser buenos, pero negando la Verdad.

Se desvía esta negación de la Verdad con la falsa caridad, el falso amor fraterno, la falsa solidaridad con los hombres de todo el mundo.

“La solidaridad cristiana entraña que el prójimo sea amado no sólo como “un ser humano con sus derechos y su igualdad fundamental con todos”, sino como “la imagen viva de Dios Padre, rescatada por la sangre de Jesucristo y puesta bajo la acción permanente del Espíritu Santo” , como un hermano” (Francisco, 8 de diciembre 2013).

Para Francisco todo prójimo es la imagen viva del Padre, rescatado por Jesús y que obra en toda su vida el Espíritu Santo. Esta es la gran herejía del amor fraterno de Francisco. No sólo dice Francisco que el Padre es de todos los hombres, sino que Jesús ha salvado a todos los hombres y que se da el Espíritu en todos los hombres.

¿Por qué dice eso? Porque no cree en el pecado.

El pecado, en el Paraíso, es sólo un conflicto entre los hombres, no una desobediencia a Dios.

El pecado, con Jesucristo, se anuló al poner Jesús en el hombre la armonía perdida en el Paraíso. Como Cristo nos ha unido a todos los hombres en la fraternidad, quitando el conflicto, entonces todos somos hermanos.

Y, como Jesús derramó su Espíritu sobre todos, entonces el prójimo, todos los hombres, somos hermanos. Hay que amar al otro como un hermano, aunque sea nuestro enemigo, un demonio, uno que solo busca el mal en la vida.

Éste es el pensamiento de Francisco, su doctrina en la Iglesia, mantenida en Ella, sin que nadie se oponga a Ella, porque Francisco es popular en la Iglesia, hace actos de caridad: besa a un enfermo, a los pobres, se saca fotos con la gente, recibe premios de los homosexuales, da dinero para ayudar a las necesidades de los hombres, habla bonito, con un sentimiento que agrada a todos, etc. Y, por eso, hay que mantener a Francisco. ¿Importa que diga herejías? No, como es el Papa, que diga todas las que quiera. Y que nadie se oponga y diga que Francisco no es Papa, porque si no se siembra división en la Iglesia, se siembra el cisma en la Iglesia.

Ahora, la división en la Iglesia la hacen los que hablan la verdad, pero no los que publican y aplauden a un mentiroso, como Francisco. Esos no. Esos pueden seguir mintiendo en la Iglesia porque, como son la Jerarquía de la Iglesia, como Dios los ha puesto para mentir en la Iglesia, como Dios ha elegido a Francisco para que inunde la Iglesia con sus grandes opiniones heréticas sobre la Iglesia y sobre Cristo, entonces, son los demás, los que no quieren aceptar la mentira, los que dividen la Iglesia, los que crean el cisma en la Iglesia.

Así piensa muchos católicos. Y esto se llama apostasía en la Iglesia. A nadie le interesa la Verdad, sino que a todos les importa más la popularidad de un hereje que la Verdad de Cristo.

Francisco se solidariza con los paganos y tiene para ellos frases hermosas, pero con la gente de la Iglesia, Francisco habla con odio y con resentimiento para aquellos que se ponen en la Verdad y se enfrentan a él.

Francisco no es de la verdad, sino de la mentira. Y, por eso, Francisco es un hijo del demonio. Está vestido de Obispo, pero el traje no hace al monje. Francisco es el típico fariseo que oculta la Verdad, que sabe que la está ocultando, para dar lo que él quiere: su mentira, su opinión en la Iglesia, su fábula compartida con estruendo de los mentirosos, como él.

Y hace esto sólo con un fin: recibir el aplauso de los hombres del mundo, no de la Iglesia, porque él sabe que dentro de la Iglesia no tiene amigos, no tiene hermanos, ve oposición a él y a su doctrina.

Y, por eso, ha puesto a su alrededor a hombres que son como él, heréticos en todo: humanistas, sentimentalistas, idealistas, mundanos, profanos, comunistas, marxistas, proselitistas, amanerados. Gente que les da igual la vida espiritual, porque la tergiversan con cualquier pensamiento humano. Son gente que sabe hablar bonito para tapar la mentira, para dar la mentira entre muchas verdades.

Esa gente que rodea a Francisco son sus mismos traidores, porque, en el mal, con el demonio, no existe el amor, la unión, sino sólo el odio y el juntarse para romper, para dividir, para ser fuertes destruyéndolo todo.

En el Vaticano hay una ralea de hipócritas, desde Francisco hasta el último de ellos. No se salva uno, porque Francisco ha puesto a su gente. Los demás, que se vayan, que sigan con lo suyo, pero él quiere romper la Iglesia. No puede, porque ve que él es sólo un peón más en ese gobierno.

Es la masonería eclesiástica la que gobierna ahora la Iglesia. No es Francisco, no es nadie, porque se ha puesto a Francisco por algo, no para poner un Papa más, como los otros, que había que esperar el tiempo para liquidarlo. Con Francisco, no. Francisco ha sido puesto para una cosa. Cuando la realice, se pone a otro, porque así es ahora la Iglesia.

Francisco no es sólo la decadencia del Papado, no sólo está representada la figura del Papa, una figura externa, una apariencia de Papa, un Papa que no tiene el Espíritu de Pedro, porque enseña la mentira constantemente. Francisco se ha hecho la ilusión de ser Papa, sabiendo que no puede ser Papa, sabiendo lo que está haciendo: su teatro como Papa, su obra en la Iglesia, obra para los hombres, obra externa, para contentar a muchos, y para tapar lo que nadie entiende.

Mientras Francisco está sentado en la Silla de Pedro, interpretando su papel de Papa, otros se dedican a ultimar los nuevos documentos en lo que se va a dividir a toda la Iglesia, en los que el cisma estará visible para todos.

Francisco es sólo una cortina de humo, en este tiempo necesario para el demonio para poner sus hombres en el Vaticano, y así romper sin más toda la doctrina de la Iglesia, que sólo se puede hacer así: imponiendo en la Iglesia nuevas forma de adoración a Dios, que son sólo el culto al demonio, pero que se dan con el lenguaje bonito que a los hombres les gusta tanto.

Cuando un sacerdote predica regalando el oído, malo: ése sacerdote es del demonio.

Pero cuando un sacerdote habla claro y da la doctrina que nadie quiere escuchar, entonces ése sacerdote es un Profeta de Dios en medio de la Iglesia.

Muchos van buscando en la Iglesia gente que les regale el oído, que les hable bien, que les dé un sentimiento bonito de la vida, un pensamiento positivo, algo agradable. Y, por eso, no pueden ver la herejía porque ya se han abrazado a ella en sus vidas humanas.

Hoy, para dar la Verdad en la Iglesia, hay que ser impopulares. Los verdaderos Profetas son impopulares, nadie los quiere a su lado. Pero quien busca el aplauso de los hombres, sus alabanzas, sus criterios, entonces ése siempre dará la mentira en la Iglesia y será siempre un falso profeta del demonio y de los hombres.

Para ser Iglesia hay que ser como Jesús: que el mundo persiga sin tregua a la Iglesia, que haya que esconderse de los hombres, que haya que huir, hasta esperar el tiempo de Dios para morir por la Iglesia.

Pero muchos no quieren ser así en la Iglesia y, por eso, escogen lo cómodo de la vida: callar ante un hereje, y decir que es mejor hacer eso que sembrar división en la Iglesia.

Es muy cómodo vivir nuestra vida, la nuestra y, después, ir a misa y comulgar, para seguir viviendo lo nuestro. Eso lo hacen muchos católicos. Y, por eso, les asusta que otros tomen la espada de la Verdad y se enfrenten al maldito que está sentado en la Silla de Pedro. Ellos no pueden llamarlo maldito por el falso respeto humano que tienen, por su diplomacia ante los hombres, por el lenguaje amanerado que emplean en sus vidas. ¡Hay que cuidar la imagen de los hombres, pero no hay que cuidar a Cristo en la Iglesia!

Por eso, no saben hablar con el lenguaje de Dios, lenguaje recio, seco, duro, cortante, que ha sido siempre claro en toda la historia del hombre, que nunca se ha mordido la lengua con ningún hombre.

Pero hoy, como queremos agradar a los hombres, entonces dejamos de agradar a Dios por no decir las cosas como son. Y eso es señal de que la Iglesia no funciona, no marcha, no hay camino dentro de la Iglesia.

Poco tiempo queda para ver el mayor desastre de todos: el cisma creado por la misma Jerarquía que gobierna la Iglesia. Un gran cisma. Algo que nunca en la historia de la Iglesia ha pasado. Y ese cisma, que ya está encubierto, solapado, sin que se muestre, sólo se da porque en la Iglesia nadie ha comprendido nada en este tiempo.

Si los hijos de Dios, que tienen la gracia y el Espíritu, se hubieran movido, desde hace 50 años, contra todos los mentirosos en la Iglesia, ésta sería otra cosa ahora.

Pero como, durante 50 años, nos hemos dedicado a mirarnos el ombligo mientras otros destrozaban la Iglesia, entonces tenemos lo que merecemos: el cisma.

Y, por eso, es necesario salir de una iglesia que ya no es la Iglesia de Cristo. Es otra cosa. Es el invento de los hombres. Es la ruptura más total con la Verdad, que es Jesús.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

La corrupción de lo mejor

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Nada ocurre sin la Voluntad de Dios en la Iglesia, porque Ella es guiada, en todo, por el Rey de Reyes. Y, por tanto, el desastre que vemos en todas partes es algo que no debería escandalizar si vemos las cosas desde Dios. Si las miramos desde el punto de vista humano, entonces no comprendemos lo que pasa.

Que un hereje, como es Francisco, se siente en la Silla de Pedro y que, a su alrededor, tenga un coro que le canta sus herejías, es lo más normal si las cosas se ven en Dios. No es normal para muchos hombres e incluso para los que profesan su fe católica. Pero la Iglesia es la Obra del Espíritu y, en Ella, debe manifestarse el hombre sin Espíritu.

Porque la Iglesia, en la tierra, la que peregrina hacia el Cielo, no es Santa en sus miembros. Es Santa en su esencia, porque la Iglesia es Cristo, es el Verbo Encarnado. Y Jesús es la Santidad Sin Ocaso, Eterna, Verdadera, sin Límites, sin Condiciones.

La Iglesia que peregrina hacia la Tierra Prometida, conquistada con la Pasión de Cristo, y gobernada con Su Ascensión, tiene, todavía, mucho que contemplar en cuanto al pecado de los hombres dentro de Ella.

El pecado del hombre no tiene que escandalizar al hombre porque éste nace en él y vive en él. Lo que al hombre debe escandalizar es la corrupción del hombre, es la transformación del hombre en otra cosa distinta a la Voluntad de Dios.

Mucho pecado ha habido en la Iglesia en toda su historia. Lo que vemos no es nuevo en la Iglesia. Pero, actualmente, hay un pecado nuevo que pocos contemplan, que pocos dan valor, que pocos lo llaman como pecado.

En la Iglesia que vemos en Roma, que no es la Iglesia de Jesús, sino otra cosa, se ve la idolatría del hombre. Este pecado es común en el mundo desde el Renacimiento. El mundo ha ido creciendo en lo humano hasta llegar a dar culto a todo lo humano: pensamientos, obras, vidas.

En la filosofía hay una corriente que idolatra la mente del hombre. El hombre todo lo crea con su mente, incluso a sí mismo.

En la vida de muchos está el mirarse sólo a sí mismos, sus obras, lo que hacen, sus trabajos, sus empresas, sus dedicaciones, como algo sagrado, divino, intangible. Como si Dios les pidiera que hicieran eso en sus vidas.

El hombre, en la actualidad, obra sólo para sí mismo, para encontrar el dios que tiene en su interior, para hacer que emerja ese dios, para sentir la energía que le conecta con todos los hombres y con el universo.

En el mundo está la idolatría del hombre. Eso es la Nueva Era. El hombre se dice a sí mismo: yo soy dios.

Este pecado, tan común en el mundo, es lo que vemos en la Iglesia. Y lo vemos en las obras de los hombres de Iglesia. No se capta en sus palabras, porque no se discierne el lenguaje que usan muchos sacerdotes y Obispos dentro de la Iglesia. Ellos usan un lenguaje divino, acorde a la Escritura, al Magisterio, a la Tradición, que parece correcto, que da la impresión de que se dicen las cosas bien, pero es sólo un lenguaje estudiado, maquillado, en que se dice lo que interesa sólo para decir la mentira escondida en ese lenguaje.

En la Iglesia, desde hace 50 años, se ha perdido el fariseísmo. Casi no se da, porque los hombres han dejado de respetar la Verdad, el dogma, a Jesús. El fariseo cumple la ley a rajatabla. Y la cumple por el respeto a esa ley, que es una verdad para él. Una verdad mal comprendida, mal interpretada por su mente, pero es una verdad, no es una mentira. San Pablo era el mayor fariseo de todos. Se ponía en la Verdad, buscaba la Verdad, aunque la entendía mal.

Pero, en la Iglesia se ha perdido el respeto a la Verdad. Ya no se busca, ya ni siquiera importa la Verdad. La gente no se preocupa por la Verdad, sino por su vida o sus pensamientos o sus obras o lo que sea que haga. Y eso que hace es la verdad para muchos.

Para San Pablo la Verdad no era su vida, sino las leyes que enseñaba Dios, lo que Dios obró a lo largo del Antiguo Testamento. Y no se salía de eso, de esa Verdad.

Pero el hombre de Iglesia, la Verdad ya no es el Evangelio, ni las leyes divinas, ni nada que en la Iglesia se haya hecho. Para los hombres de Iglesia, la verdad es su vida, su pensamiento, sus obras, sus sueños, sus ilusiones, sus conquistas en la vida. Y se mira al Evangelio o al Magisterio o a la Tradición de la Iglesia no para aprender de esa Verdad, sino para desvirtuar, para acomodar esa Verdad a la vida de cada uno, al pensamiento de cada uno, a las obras de cada uno.

San Pablo nunca hizo eso. San Pablo leía el Antigua Testamento y lo ponía en práctica, literalmente, sin añadir o quitar nada. Tal como la Palabra de Dios se expresaba eso obraba él en su vida.

Pero muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia hacen lo contrario. Leen la Sagrada Escritura y la interpretan y sacan algo para ellos, algo nuevo, pero no obran lo esa Palabra dice literalmente. De esta manera, el hombre va dejando el fariseísmo, pero va cayendo en la idolatría del mismo hombre. Es un fariseísmo perfecto, porque se sigue creyendo en Dios, pero ya no en el Dios Revelado, sino en el dios que se encuentra en la razón humana.

Este es el pecado que nadie contempla en la Iglesia pero que existe en muchos miembros. Y no es nada nuevo. Lleva cincuenta años incubándose en el Vaticano.

Roma ha sido la incubadora de la idolatría del hombre desde el Concilio Vaticano II. De eso ha nacido lo que vemos: un Francisco que tiene un lenguaje divino, pero herético.

Muchos leen a Francisco y dicen que predica conforme al Magisterio de la Iglesia, que dice las cosas que están en la sagrada Escritura, pero no ven cómo ese lenguaje es sólo un estudio, una forma de hablar bien para tapar la mentira. Cuando Francisco quiere, se deja de lenguajes y dice su mentira claramente. Pero, como es maestro de oradores, entonces sabe hacer bien su papel. Sabe hablar lo que conviene y en el momento que conviene, para engañar a las almas que le escuchan.

Francisco no es lo que parece. Parece un Papa, pero no es Papa. Parece que, a veces, habla bien, habla correctamente, y no es así. Es sólo su lenguaje estudiado, porque, en ese momento, no conviene decir herejías, no conviene escandalizar, no conviene mover críticas innecesarias. Francisco sabe bien qué decir y cómo decir las cosas, porque sólo cree en su lenguaje, no cree en la Palabra de Dios ni, por supuesto, en el Magisterio de la Iglesia. Él cita a los Papas, pero para poner su mentira, para hacer que esa mentira se apoye en lo que un Papa dijo, un Papa que todos en la Iglesia siguen. Francisco es muy astuto, por eso, nunca hay que confiar de lo que dice, aunque diga cosas muy bien concertadas, muy bien estudiadas, muy bien puestas en el papel.

Siempre a Francisco tienen que cogerle por la mentira. Siempre. Porque siempre la dice. Puede predicar hermoso y, al final pone su mentira. Y, entonces, lo que predicó no vale para nada, no sirve, es sólo su lenguaje para convencer a los que todavía no están convencidos de que él es Papa.

La idolatría del hombre es el pecado que vemos en el Vaticano. Y eso señala la corrupción de lo mejor. Una Jerarquía corrupta es unos miembros en la Iglesia que se dan culto a sí mismos. y, por tanto, ni les importa la Iglesia, ni el rebaño, ni sus dogmas, ni sus tradiciones, ni su liturgia, ni nada de nada. Sólo están en la Iglesia para ellos mismos y, por tanto, para hacer su negocio dentro de la Iglesia.

El demonio, cuando se sentó en la Silla de Pedro, junto a Pedro, en 1972, comenzó a incubar en sus miembros este pecado de idolatría. Y, por eso, la rebeldía, la desobediencia de muchos a los Papas. Y eso produjo la desunión en la Verdad y, por tanto, el alejamiento de la Iglesia de toda Verdad. Y la Iglesia se ha mantenido en un hilo, sin que se rompiera por el esfuerzo de muchos por enfrentarse a los Papas, sólo porque ha habido una Cabeza elegida por Dios hasta el Papa Benedicto XVI. Pero después de él, el hilo se rompió y ya nadie hay en la Iglesia que persiga la Verdad, que dé la Verdad, que enseñe la Verdad.

Se vive la corrupción de lo mejor, que es lo peor que le puede suceder a la Iglesia. Porque en la corrupción ya no hay vuelta atrás. Ya no se puede volver a lo de antes en la Iglesia. Ya no hay camino verdadero dentro de la Iglesia o dentro de las estructuras de la Iglesia.

El camino sigue estando ahí, porque es Cristo, pero hay que recorrerlo de otra manera, no ya mirando a Roma, sino enfrentándose a Roma, porque en Roma hay corrupción, se vive la corrupción. De Roma no viene la Verdad.

Ahora, la Verdad la dan muchas personas en el mundo, que ven lo que pasa en Roma. No están con Dios, pero no son personas corruptas. Y, por tanto, cuando dicen las cosas dicen una verdad.

Que un ateo diga que Francisco ha abolido el pecado eso da que pensar. Uno que no cree en Dios, pero ve una verdad. Y, en Roma, en el Vaticano, que deberían ver la verdad, deberían ver la mentira que Francisco está diciendo, no se vea, sino que se diga que todo está bien, que Francisco cree en el pecado, que Francisco se ajusta al Magisterio de la Iglesia, eso sólo significa una cosa: corrupción.

Cuando la persona no está corrupta, aunque sea pecador, aunque niegue a Dios, siempre ve una verdad, siempre ve las cosas como son. No se inventa la vida, la realidad de las cosas. Llama al pan, pan; y al vino, vino. Si leyendo a Francisco ve cosas marxistas, las dice, sin más. si ve que Francisco ha quitado el pecado, las dice sin más, porque, en su pecado, no hay corrupción.

Pero aquel que ve la vida desde su corrupción, ya no ve la verdad, la realidad de las cosas, sino que todo lo tapa, todo lo disimula, para seguir viviendo su vida, sin hacer caso de la verdad.

El Vaticano ya no dice la Verdad de lo que está pasando. Sólo dice lo que le interesa y lo que quiere: engrandecer la mentira, aplaudir al mentiroso, que todos caigan en la cuenta que es a él al que hay que seguir en la Iglesia.

En la corrupción sólo se sigue al hombre, no a la Verdad. Y, por tanto, sólo se miente. Y se miente de muchas maneras, para que los hombres sigan con una venda en sus ojos.

Y esto sólo lleva a una cosa: el cisma. No hay otro fin en lo que vemos en Roma. Los corruptos acaban por quitarse la careta y producen el cisma. Y, cuando esos corruptos son la Jerarquía de la Iglesia, se produce el mayor pecado en la historia de la Iglesia: negar la Verdad dentro de la Iglesia. Y esa negación es afirmar la mentira como la verdad en la Iglesia.

Este cisma que, ahora, está encubierto, ya existe en muchos. Pero como todavía se cuidan las apariencias, entonces la gente no lo ve. Pero quien tiene ojos ve el cisma que existe. Ve cómo muchos han dejado la Verdad y dan culto a la mentira en sus vidas en la Iglesia. Y eso se ve en la Misa, se ve en los apostolados de la Iglesia, se ve en muchos retiros: gente que vive idolatrando su humanismo, que dan culto a todo lo humano. Ya no a Cristo. y, por eso, tratan a Cristo de muchas maneras sacrílegas. Muchísimas, porque ya no hay respeto a la Verdad, a las leyes litúrgicas, a la leyes divinas en la Iglesia. Hoy todo es un cambalache de cosas, un trueque, en que se deja lo auténtico por lo corrupto.

Francisco: un hombre corrupto en su corazón

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“La corte es la lepra del papado” (Entrevista a Francisco en el diario La Repubblica por Eugenio Scalfari, 1 octubre 2013).

Si se dice que Roma es la lepra del Papado, entonces debe decirse que cada iglesia particular es una lepra para el Papado. Y si la Iglesia es una lepra, entonces el Papado mismo es una lepra. Lo que es la Jerarquía de la Iglesia es el Cuerpo Místico: si es una lepra, todos somos leprosos. Este es el odio de Francisco sobre la Iglesia.

Estas palabras dan a entender que él no pertenece a una Iglesia que es una lepra y, por tanto, hace su iglesia en Roma, una nueva iglesia que, para él, es lo más santo que existe en el mundo entero.

Estas palabras del hereje Francisco son su testamento en la Iglesia, porque señalan la corrupción de su alma sacerdotal. Señalan lo que es su alma: odio y venganza contra los Papas y la Iglesia.

Francisco está corrupto como sacerdote, es decir, su doctrina es del demonio, no es la de Cristo. Su odio a la Iglesia es evidente. Lo ha expresado durante diez meses largos.

Sus homilías son el look de su corrupción, son la manifestación de lo que su alma vive: su pecado.

Sus obras en la Iglesia son las obras de un demonio que sólo vive para hacer daño a la Iglesia.

Francisco tiene en su doctrina la utopía de un hombre que sólo vela por su negro pensamiento, pero que es incapaz de dar una sola verdad al hombre, a la Iglesia, a la familia, a la sociedad. No es capaz, porque no puede ver su pecado, su negra corrupción, su espíritu muerto a la verdad, pero vivo a la mentira.

Un Papa verdadero cuida el Vaticano, la curia, Roma, porque la Iglesia tiene su centro en el Vaticano, se gobierna desde Roma, no desde la periferia, no desde cada Iglesia particular.

La Iglesia es la Jerarquía, no es el Pueblo de Dios. La Iglesia es el Papa, no los Obispos en sus diócesis. Nunca la Iglesia ha sido el Pueblo de Dios. La Iglesia no es el conjunto de Iglesias particulares, sino que es Una, única, en que la Verdad se vive en todas partes. La Iglesia la gobierna uno solo, no muchos en muchas partes.

El Concilio Vaticano II no definió la Iglesia como Pueblo, sino que la dejó como siempre se ha concebido, como Cuerpo de Cristo.

Francisco no sigue lo que la Congregación para la doctrina de la fe dijo en su documento “Respuestas a algunas preguntas acerca de ciertos aspectos de la doctrina sobre la iglesia”, que el Papa Benedicto XVI aprobó y confirmó el 29 de junio de 2007:

Primera pregunta: ¿El Concilio Ecuménico Vaticano II ha cambiado la precedente doctrina sobre la Iglesia?
Respuesta: El Concilio Ecuménico Vaticano II ni ha querido cambiar la doctrina sobre la Iglesia ni de hecho la ha cambiado, sino que la ha desarrollado, profundizado y expuesto más ampliamente”.

El Concilio Vaticano II sólo fue pastoral, no dogmático y, por tanto, cuando habla de la Iglesia como Pueblo de Dios lo hace en un lenguaje pastoral, no dogmático, no definiendo algo nuevo.

Para Francisco “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013 ). Y, por tanto, -para Francisco- el Concilio Vaticano II ha cambiado la doctrina sobre la Iglesia. Ahora hay que mirar la Iglesia según la cultura contemporánea, no según la Tradición de la Iglesia, no según el Magisterio Auténtico de la Iglesia, no según los dogmas en la Iglesia, no según su liturgia de siempre, sino según la cabeza de Francisco. Porque así lo dice Francisco. El Papa Benedicto XVI dijo que nada cambia en la Iglesia tras el Concilio Vaticano II, no hay que hacer relectura, ni meditaciones sobre la Iglesia. La Iglesia sigue igual que hace 20 siglos, cuando no existía la cabeza de Francisco.

La cultura contemporánea es la cabeza de Francisco. Lo que piensan los hombres en el mundo sobre lo que debe ser la Iglesia, sobre lo que debe ser su doctrina, sobre lo que hay que creer y no creer en la Iglesia, eso es lo que está en la cabeza de Francisco.

Francisco vive en su cabeza la cultura contemporánea, luego no vive de fe, no puede tener la Mente de Cristo.

Jesús le importó un rábano la cultura de su tiempo. Jesús funda Su Iglesia sobre Él Mismo, no sobre la cultura de su tiempo. ¿Y viene, ahora, este necio de Francisco para decir que hay que volver a los orígenes de la Iglesia, porque en esos orígenes de la historia se descubre lo que es la Iglesia? Pero si los orígenes de la Iglesia son divinos. ¿En qué cabeza cabe que hay que descubrir la cultura del tiempo de Jesús para encontrar el origen de la Iglesia? Sólo en la cabeza negra de Francisco. Este hereje no cree en la Palabra de Dios, no cree en la Mente de Cristo, sólo cree en la cultura contemporánea, cree en las palabras y en las obras de los hombres, sólo adora su mente humana. Y así hace la doctrina de su iglesia, que es el culto al hombre que se cree dios.

“La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del Pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos que tienen a su cargo muchas almas, están al servicio del Pueblo de Dios”: esta es la gravedad de Francisco sobre la Iglesia. Este es el peso que Francisco ha puesto en Roma para destruir la Iglesia. Esta es su concepción de la Iglesia, su idea equivocada, su fábula en Roma, que es lo más opuesto a la concepción de Jesús sobre la Iglesia.

No se está en la Iglesia para servir al Pueblo, sino para servir a Dios, para obedecer la Mente de Dios y darle al Pueblo lo que Dios quiere. No se está en la Iglesia para darle al Pueblo lo que el Pueblo quiere. La Iglesia no abraza al Pueblo, sino que lo guía por el camino que Cristo ha recorrido en su vida humana: un camino de cruz, un camino no humano, no filosófico, no histórico, no temporal, sino espiritual, celestial, divino.

La fábula de Francisco: “Dios se manifiesta en una revelación histórica, en el tiempo. Es el tiempo el que inicia los procesos, el espacio los cristaliza. Dios se encuentra en el tiempo, en los procesos en curso” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013 ). En este idealismo funda su nueva iglesia en Roma. Esto es un cuento chino que se lo traga todo el mundo. La gente babea con esto y adula a Francisco con esta chorrada de su pensamiento negro y demoniaco.

Dios se hace presente en Su Espíritu. Punto y final. La historia, la cultura moderna, el tiempo que es superior al espacio, que se lo cuente a otro. Dios no hace una revelación histórica. Dios se revela a cada alma en particular. Y, en cada corazón, Dios pone su Misterio de Gracia. Y no hay nadie que pueda saber lo que Dios pone en cada corazón. Ningún hombre en la historia conoce esos Misterios Divinos. ¡Cuántos santos desconocidos para todos, incluso para la misma Iglesia! ¡Que se deje de chorradas Francisco! Él no sabe llamar al pan, pan; ni al vino, vino. Francisco es un charlatán de su negro pensamiento humano, uno que cuenta chistes en la Iglesia, uno que hace reír a los demás para que vayan contentos al infierno, como él va.

Estamos hartos de la fábulas de Francisco, de los discursitos de Francisco, de las estupideces de Francisco todos los días.

Nunca la Iglesia ha sido la comunidad del Pueblo de Dios. Nunca. Eso se lo han sacado de la manga todos los modernistas, todos los marxistas como Francisco. Eso no está en el Evangelio, sino sólo en la cultura contemporánea, a la que Francisco hace caso, porque está corrupto: está muerto espiritualmente.

Jesús, bien claro lo dice en Su Evangelio: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”. Sólo los bobos no captan esta frase del Señor en su realidad. Los necios, con Francisco a la cabeza –y son la mayoría de los sacerdotes y Obispos- interpretan como les da la gana esta Palabra Divina, porque no tienen Fe. Sólo por eso. Son los fariseos, los escribas modernos, que dan la vuelta, que tergiversan todo el Evangelio, que anulan toda verdad en la Iglesia.

“los Padres del Concilio cuarto de Constantinopla, siguiendo las huellas de los mayores, publicaron esta solemne profesión: “La primera salvación es guardar la regla de la recta fe […] Y como no puede pasarse por alto la sentencia de nuestro Señor Jesucristo que dice: Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia [Mt. 16, 18], esto que fue dicho se comprueba por la realidad de los sucesos, porque en la Sede Apostólica se guardó siempre sin mácula la Religión Católica, y fue celebrada la santa doctrina. No deseando, pues, en manera alguna separarnos de la fe y doctrina de esta Sede […] esperamos que hemos de merecer hallarnos en la única comunión que predica la Sede Apostólica, en que está la íntegra y verdadera solidez de la religión cristiana” [cf. 171 s]. (Conc. vaticano I – SESION IV – Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo).

El Vaticano ha guardado siempre sin mácula la Religión Católica. Siempre. A pesar de las desobediencias de muchos sacerdotes y Obispos al Papa, siempre se ha mantenido la regla de la recta fe, porque Cristo Jesús nunca ha faltado a Su Iglesia con Su Pedro. Pedro ha guardado la doctrina sana de Cristo y de la Iglesia. Y ningún Papa se ha separado de la fe y de la doctrina de Roma nunca. Sólo Francisco lo ha hecho claramente. Es su locura en Roma. ¿Cómo puede salvarse Francisco si no guarda la regla de la recta fe? ¿Cómo puede conducir a la Iglesia hacia la salvación si no guarda la sana doctrina de Cristo? ¿Cómo va a salvar almas si ni siquiera quiere salvar la suya?

Tenemos a un loco sentado en la Silla de Pedro. Un loco que se cree santo, un loco que se cree sabio, un loco que se cree en posesión de la verdad de la Iglesia. Un loco al que llaman falsamente Papa.

Francisco sólo enseña a pecar en la Iglesia. No juzga a nadie: que el homosexual siga en su pecado, el protestante que siga en su pecado, el judío que viva en su negación al Mesías, que cada hombre en el mundo siga pecando. Como Dios es tan bueno, a todo el mundo Dios salva con sus malditos pecados. Esta es la predicación de ese loco, llamado Francisco, que se llama Papa sin serlo.

Un Papa es algo muy serio en la Iglesia para estar aguantando todos los días las necedades de un loco.

Decir que la curia es la lepra del Papado es enfrentarse a la misma Iglesia. No es corregir el defecto de la Iglesia, sino enfrentarse a Ella para destruirla. Este es el sentid de esas palabras de este hereje.

Un verdadero Papa siempre dice que el Vaticano, la Curia, Roma, da la Verdad de la Iglesia, guarda la doctrina de Cristo íntegra. Nunca dice que es la lepra del Papado. Nunca. Se está juzgando a cada sacerdote y a cada Obispo, y se está diciendo que lo que viven y obran en el Vaticano no dan la Verdad de la Iglesia. Que hay que cambiar las estructuras del Vaticano para que sean otra cosa distinta a lo que ha sido siempre. Cambiar estructuras, pero no cambiar corazones.

No se puede decir esto sin caer en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo. Para corregir el defecto del Vaticano, para hablar de los pecados de Roma, hay que corregir a cada sacerdote y a cada Obispo en particular. Si hay corrupción, que se vean los casos particulares. Pero no se puede meter a todos en el bombo y decir que la Curia es la lepra del Papado. Eso es hablar corrupción y levantar el odio en toda la Iglesia. Eso no es cuidar la Verdad en la Iglesia.

La Iglesia no es una lepra, sino una Vida para todos. Los hombres pecadores, como Francisco, son la lepra de la Iglesia, la lepra de la Jerarquía, la lepra que hay que extirpar siempre en la Iglesia, para que no se contagie con la enfermedad mortal de unos pocos que no aman la Iglesia, sino que aman sus lujurias en la vida y que las enseñan sin vergüenza en medio de la Iglesia.

Así hablan los fariseos, para declarar la guerra a toda la Jerarquía, porque a Francisco no le gusta la Jerarquía. A Francisco sólo le gusta el pueblo, los laicos, el mundo, el hombre. Donde está el hombre ahí está el loco de Francisco. Donde está Cristo, allí desparece Francisco. Francisco no vive la santidad de Cristo, sino la mundanidad del demonio.

“Por mi parte, tengo una certeza dogmática: Dios está en la vida de toda persona. Dios está en la vida de cada uno. Y aun cuando la vida de una persona haya sido un desastre, aunque los vicios, la droga o cualquier otra cosa la tengan destruida, Dios está en su vida. Se puede y se debe buscar a Dios en toda vida humana” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013). Este es el dogma del demonio en la mente de Francisco. ¿Dónde está Dios en el asesino, en la que aborta, en el que se droga, en el que no cree en Dios, en el que niega que Jesús sea el Mesías, en el que tiene muchos dioses para adorar en su vida, en el que ha hecho de su vida la adoración a su pecado? ¿Dónde se encuentra Dios en un alma que no quiere quitar su pecado, que llama a su pecado con el nombre de dios? ¿Qué fábula quiere enseñar Francisco con esta estupidez de su mente diabólica?

Si Dios está en cualquier vida de los hombres, entonces todos los hombres están en el Cielo y se van al Cielo. ¿Para qué, entonces, Jesús ha muerto en la Cruz? ¿Para qué existe un infierno si está vacío? ¿Para qué un Purgatorio si ya con sufrir en la vida humana es suficiente para ser santo? ¿Para qué sirve la Iglesia si con lo que hay en el mundo el camino está ya hecho para salvarse?

Dios no está en la vida de nadie. Dios no está en el pecado de nadie. Dios pone un camino al hombre: o te salvas o te condenas. Y el hombre tiene que elegir una cosa u otra. Dios es Justicia en Su Misericordia. Quien desprecia su Misericordia se condena sin más. Esto es lo que ese hereje nunca predica, porque sólo tiene su dogma: todos salvados, todos somos santos, todos entran en la iglesia, porque lo dice Francisco. Como es el Papa, lo que diga hay que aceptarlo. Así piensan muchos. Hay que gente que se le cae la baba cuando habla ese idiota. Y, después, quiere que todo el mundo haga igual que ellos.

“La nuestra no es una fe- laboratorio, sino una fe-camino, una fe histórica. Dios se ha revelado como historia, no como un compendio de verdades abstractas” (Entrevista a Francisco por P. Antonio Spadaro sj, director de la revista La Civiltà Cattolica, 19 de septiembre 2013): No existe la fe histórica. La fe histórica, para Francisco, es el conjunto de lo que cree el Protestante, el judío, el mahometano, y lo que hay en la cabeza de cada hombre que existe en el mundo. Es una ensalada de creencias, sin importar lo que se cree, en la que todos pueden comer lo que quieran, porque todo es sabroso para condenarse. Como Dios está en cada vida humana, entonces, lo que cada uno cree eso es la fe histórica. Mayor chorrada no puede hablarla ese hereje.

Dios da la fe a cada alma. La fe es un don de Dios, es algo espiritual, que no tiene nada que ver con el tiempo ni con el espacio. No se circunscribe a la cultura de ningún hombre, no puede medirse con el pensamiento de ningún hombre. La Fe es la Verdad, que es Jesús. Y Dios revela la Verdad al hombre. Y para tener fe no hay que caminar en la historia de los hombres, no hay que vivir una vida humana, no hay que mirar lo que piensan los hombres o lo que desean los hombres o lo que obran los hombres. Sólo hay que aceptar en el corazón esa Verdad. Punto y final. Lo demás, las fábulas de Francisco.

Francisco se inventa su iglesia con su mente. Le interesa muy poco la Doctrina de Cristo, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, los dogmas. Se los pasa por el trasero. Sólo quiere su utopía: los pobres.

Francisco quiere una iglesia pobre, que atienda a los pobres, y que reciba ayuda material para sostener a los pobres. Esa es su utopía, esa es su fábula, esa es su locura. Y eso no está en el Evangelio, sólo en la negra cabeza de ese corrupto.

No es posible obedecer al loco de Francisco. Sólo se obedece a Cristo que dio su vida a los hombres a pesar de que muchos de ellos no querían salvarse. ¿Quién va a dar la vida por las ideas de Francisco para fundar esa nueva iglesia? Nadie. Ni siquiera los locos como Francisco, porque todos odian a Francisco, incluso los que se dicen sus amigos.

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