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Un cadáver en la Sede de Pedro

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«Si no hacemos de la verdad un punto importante en la proclamación de nuestra fe, y si esta verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su significado. En efecto, se elaboró la conclusión, y lo sigue siendo hoy, que en el futuro, sólo debemos buscar que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, y así sucesivamente. Y si llegamos a estos resultados, ¿cómo sabemos cuándo alguien es un “buen” cristiano, o “buen” musulmán? La idea de que todas las religiones son – o pretenden serlo – sólo símbolos de lo que finalmente es incomprensible, está ganando terreno rápidamente en la teología, y ya ha penetrado la práctica litúrgica. Cuando las cosas llegan a este punto, la fe es dejada a un lado, porque la fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida» (El Concilio y la dignidad de lo sagrado – Joseph Raztinger, 13 julio 1988).

La fe consiste en la creencia de la verdad por cuanto es conocida por la mente humana.

Dios habla y enseña una verdad al hombre. El hombre la conoce con su mente. Pero el hombre que no cree la verdad que Dios le revela, que no acepta esa verdad, no tiene fe. Sólo se queda en sus pensamientos o sentimientos humanos. Sólo está en la experiencia subjetiva de su vida. Sólo vive dentro de sí, pero no quiere conocer la verdad, no quiere salir de su razón y aceptar, someterse a la verdad que Dios le enseña, no quiere obedecer a Dios cuando le habla.

Así viven muchos hombres en el mundo y dentro de la Iglesia Católica.

Viven para ver al budista, al judío, al musulmán, al hereje, al cismático, como una “buena” persona: buenos hombres, justos en lo que hacen, en lo que viven, hijos de Dios porque -de alguna manera- creen en Dios.

Así ven muchos católicos “buenistas” a Jorge Mario Bergoglio: una buena persona. No importa que diga herejías; no importa que no confirme en la verdad de la fe católica. Es un buen hombre. Lo único que desea es que todos vivamos en paz y seamos hermanos entre sí, que no nos matemos unos a otros.

Muchos, ante el video de Bergoglio, dicen cosas como ésta: gracias por aclarar a todo el mundo que si Dios existe es uno solo y es para todos, no para unos sí y otros no. Y si Dios es uno, entonces todos los que creen en Dios, e incluso los que no creen, son hijos de Dios.

Así está el patio de la Iglesia: los comentarios de muchos pseudo-católicos dan auténtica nauseas. Si uno va recorriendo los distintos sitios webs católicos se va haciendo cada vez más evidente quiénes van apoyando la herejía y la blasfemia de Jorge Mario Bergoglio y se van convirtiendo, así, en la cizaña que debe ser quemada, destruida: aciprensa, rome reports, religión digital, aleteia, vox fides, el observador de la actualidad, catholic-link… Algunos de esos sitios ya rayan en el paroxismo del lameculismo papal.

A la gran apostasía que estamos viviendo no se llega de otro modo que con el estropicio y el daño que hace este tipo de videos. La gente capta la idea a través de la imagen, del sentimiento que genera poner a Cristo a la misma altura de un ídolo de buda, de un candelabro de siete brazos, de unas cuentas de madera musulmana.

Esta imagen es una blasfemia, compartida y aceptada por muchos que se llaman católicos. Todo el que promueva los escritos, las homilías, los videos, las obras de Jorge Mario Bergoglio se hace parte de la gran apostasía, pierde la fe católica y construye, junto a la falsa Jerarquía, la nueva iglesia ecuménica.

Cuando la fe se concibe como un símbolo, pero no como algo objetivo, no como una certeza, una verdad, entonces los hombres ya no van en busca de la religión verdadera, sino que se quedan en su propia religión, en la que ellos se han inventado con sus cabezas humanas.

El simbolismo es toda doctrina según la cual el hombre no conoce más que símbolos, mitos, sueños, es incapaz de conocer la verdad objetiva con su razón. Todo está relacionado con el juego de la emotividad humana. Y se va creando un lenguaje simbólico distinto del lenguaje conceptual.

Todos los habitantes del planeta están obligados a inquirir, a investigar acerca de la religión que ha sido revelada y prescrita por Dios. Y todo hombre tiene que hacer esto porque es siervo de Dios, es criatura contingente, dependiente absolutamente de Dios.

Esto es lo que enseña la Iglesia en su magisterio autentico e infalible:

“Dependiendo el hombre totalmente de Dios, como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe, plena obediencia de entendimiento y de voluntad” (D. 1789).

El hombre tiene que investigar, tiene que discernir sus pensamientos humanos para descartar aquellos que no están de acuerdo a la verdad que Dios ha revelado, porque Dios le impera la fe.

Al depender el hombre totalmente de Dios, está obligado a creer, a prestar a Dios la obediencia de la fe, que se obra humillando su entendimiento humano a la Mente de Dios, y sometiendo su voluntad humana a la Voluntad Divina.

La razón de todo hombre está sujeta a la Verdad increada: luego, cuando Dios habla al hombre, cuando Dios le descubre Su Mente Divina, el hombre tiene que dejar de pensar, de filosofar, y darle a Dios la obediencia de la fe.

Por eso, la Iglesia ha condenado a los que digan que

“la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle imperada la fe por Dios” (D. 1810).

Esto es lo que se oye por todos lados: nadie quiere sujetarse a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, al dogma.

Dios impera la fe al hombre: obliga al hombre a sujetarse a la Verdad revelada. La razón del hombre no depende de sí misma para buscar y encontrar la verdad. Depende de Dios, del conocimiento de Dios, de lo que Dios habla y obre.

«… la fe cristiana no se basa en la poesía ni en la política, esas dos grandes fuentes de la religión; se basa en el conocimiento. Venera a ese Ser que es el fundamento de todo lo que existe, el «Dios verdadero». En el cristianismo, el racionalismo se ha hecho religión y no es ya su adversario» (Raztinger, ¿Dios existe? – La pretensión de la verdad puesta en duda, pag 13)

El hombre moderno vive independiente de la verdad que Dios revela. Es la independencia de su razón. La razón se ha vuelto enemiga de la religión. Ya la fe no es conocimiento, sino sentimiento. Y, por eso, a través de los simbolismos, de los mitos, se quiere explicar el misterio de Dios.

Es el pensamiento pagano de muchos.

«Todos veneran lo mismo, todos pensamos lo mismo, contemplamos las mismas estrellas, el cielo sobre nuestras cabezas es uno, el mismo mundo nos acoge; ¿qué más da a través de qué forma de sabiduría busque cada uno la verdad? No se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande» (Discurso del Senador Quinto Aurelio Símaco a Valentiniano II, año 384).

¿Qué más da la forma de pensar, de adquirir pensamientos, de sentir, de obrar, de vivir, de creer, si todos vemos salir el sol cada mañana?

Precisamente esto mismo dice hoy Bergoglio en su video:

«Muchos piensan distinto, sienten distinto. Buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera».

Bergoglio está proclamando que no conocemos la verdad como tal, como es; que sólo conocemos la diversidad de pensamientos humanos, los cuales son todos distintos, contrapuestos, absurdos unos, inútiles otros; que los hombres opinan lo mismo, creen lo mismo, se dicen creyentes, pero en formas diferentes:

«La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes».

Esto es promover el indiferentismo religioso, en el cual todas las religiones son igualmente buenas y legítimas, y son consideradas como vías de salvación.

Creyentes, para la mente de un modernista, son aquellos que van en busca de algo que viene del interior del hombre, que el hombre busca apelando a su subjetivismo inmanentista y a su relativismo. La verdad está en el interior de cada hombre; está en ese simbolismo o sentimiento que se relaciona con su vida, que se acomoda a su plan de vida existencial.

Creyente, para un católico, es aquel que presta a Dios la obediencia de la fe, que somete su entendimiento humano a la verdad que Dios revela. La Verdad sólo es posesión de Dios, no del hombre. El hombre la descubre en Dios, pero no la posee. El hombre la vive en Dios, pero no la puede crear.

Lo que es inmanente o subjetivista deforma el concepto y el conocimiento, anula la realidad de la vida, de la existencia del hombre. El hombre comienza a inventarse, a crearse, su propia vida. Va en busca de sus propios intereses personales egoístas. Sólo vive para sí mismo, para su gloria, para su honor.

Como no se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande, como todos somos creyentes, entonces

«Esto debería provocar un diálogo entre las religiones».

Multitud de caminos: una mesa de diálogo, la vida es una ruleta rusa, un experimento de los grandes, de los poderosos, que quieren dominarlo todo y a todos. Es el falso ecumenismo.

Sólo hay un camino: la obediencia de la fe, la vida sujeta a la obra de la verdad increada.

Y, por lo tanto,

«… no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual nosotros podamos salvarnos» (Act 4, 12).

Hay una solo Salvador; hay una sola Iglesia verdadera; hay una sola Vida, la de la gracia divina. Sólo hay una clase de hijos de Dios: no los que nacen de la carne y sangre, sino los que vienen por la gracia, adoptados por Dios en el Bautismo.

La salvación sólo viene de la fe en Jesucristo.

El problema del hombre moderno es que se ha apartado de la verdad revelada y sólo ve la religión no como algo verdadero o falso, sino como un sentimiento válido que aporta algo a su propia existencia. La fe se convierte en un ungüento y bálsamo del alma: cada uno se procura su maquillaje religioso, que lo puede reemplazar según la moda o la necesidad del momento de su vida.

Como cualquiera puede definir a Dios con sus ideas; cualquiera puede sentirlo; cualquiera puede construir una filosofía, una forma de pensar; cualquiera puede edificar una iglesia, entonces lo que funciona es la fe de masas, y se urge a los hombres que se pongan de acuerdo, hablen entre ellos, para establecer una ética de la tolerancia:

«No debemos dejar de orar por él (por el diálogo) y colaborar con quienes piensan distinto».

En esta falsa ética se reconoce en todo un poco de verdad, pero no la verdad como es. Se quiere ir a Dios mediante multitud de símbolos: un buda, un candelabro, una cruz, una guerra santa… Pero a nadie le interesa la verdad como verdad, como conocimiento de lo divino.

Todos van buscando una religión, una iglesia que les funcione en su vida, prescindiendo de la verdad.

Sólo interesa el diálogo entre los hombres. Y se pide orar por ese diálogo. No se pide orar por los hombres, por sus vidas, por sus errores, por sus obras, por sus problemas. Porque ya no importa la verdad del hombre. Lo que tiene valor es el diálogo, un conjunto de ideas que se ponen sobre una mesa, las cuales no son personales, no se dirigen, no se relacionan con la dignidad de la persona humana, con los problemas y anhelos de cada persona, con las exigencias de la naturaleza y de la vida humana, sino que van buscando un bien común impersonal, en donde la propia identidad personal y religiosa se anule, desaparezca.

No interesa si buda es verdadero o falso; no interesa la verdadera interpretación de la Cruz; no interesa si el judío cree no cree en Jesús como Mesías; no interesa que los musulmanes liquiden a los cristianos como rebeldes a su causa. Todo esto no interesa en el dialogo. No interesa la verdad de cada persona, la verdad de cada hombre.

Lo que interesa es que seamos fraternos, que colaboremos con los que nos matan, con los que blasfeman contra la divinidad de Jesucristo, que apoyemos, que colaboremos con el pecado de los demás.

Y esto es caer en un nihilismo, una ilusión, en el opio del pueblo, de los individuos, en exaltar la religión como oscuridad, como algo subsconsciente, en donde sólo se ofrece un relativismo moral.

Y muchas personas ya están aceptando esta ilusión, este mito, este símbolo de nueva iglesia, sabiendo que es una auténtica patraña.

El hombre modernista no cree que Dios habla. Tiene que rechazar la Palabra de Dios, los mandamientos divinos y la Iglesia que Dios ha fundado. Tiene que interpretar todo esto de acuerdo a su subjetivismo, a su inmanentismo, a su relativismo.

Bergoglio cuando habla de las creencias de la mayor parte de la humanidad se está refiriendo sólo a que gran cantidad de personas sólo creen en lo que adquieren con su razón, en lo que tienen en su mente, en lo que sienten en la experiencia de sus vidas, y a eso lo llama fe, o creencia, o religión, o espiritualidad.

Si el hombre no se dedica a investigar si la religión que profesa es o no es la que Dios ha revelado, si se tapona las orejas, si dice que todas las religiones son igualmente buenas y legítimas o que la religión no es tanto fruto de una inquisición intelectual como una manifestación del sentimiento, el cual se puede encontrar sustancialmente igual en todas las religiones, entonces el hombre hace un agravio a Dios, a su ciencia divina, a la verdad que ha revelado. Y dice cosas como éstas del video:

«Confío en Buda. Creo en Dios. Creo en Jesucristo. Creo en Dios, Alá».

Confío en el dios que mi inteligencia o mi sentimiento o mis verguenzas han creado. Confío en mi misma mente, en lo que yo entiendo por verdad.

Esto es un insulto a la Verdad revelada por Dios. Esto es quedarse en la propia inteligencia y sentimiento humanos sobre lo que es Dios.

Es la idea de la falsa fraternidad que quiere conseguir una falsa armonía pacífica:

«… que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones conlleve frutos de paz y justicia»

Todos los paganos viven así: no importa la multitud de pensamientos. No les interesa si las ideas judías o musulmanas o budistas son verdaderas o falsas. Sólo les interesa si éstas les sirven para su vida, para sus proyectos, para sus obras. Usan a las personas para llegar a sus objetivos en su vida. Usan sus emociones, sus sentimientos, sus deseos, sus vidas para conseguir sus fines, una paz que nunca va a llegar, una felicidad que es sólo una ilusión que no captan, que no pueden ver. Se abrazan, se besan, se consuelan si el otro les da lo que ellos quieren.

Muchos católicos se han vuelto así, como los paganos: ya no les interesa la verdad, el magisterio auténtico e infalible. No viven su fe católica mirando al dogma. Se han vuelto inmanentes, subjetivistas, relativistas, sentimentales, burdos, estúpidos, idiotas. Ya no saben pensar su fe católica. Ya no saben obedecer la verdad. Sólo siguen a los hombres por lo exterior que ven, no por las ideas que proclaman los hombres. Por eso, les encanta Bergoglio como su papa. Ven reflejado en él su estilo propio de vida pagana.

Y, por eso, van buscando ese amor subjetivista, inmanente, sentimentaloide:

«Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor».

No es de extrañarse que algunos de los falsos católicos se hayan masturbado mientras han visto este video. La masturbación es el amor inmanente, es el amor que a muchos les sirve para estar bien en su vida, para agradarse a sí mismos, para decirse a sí mismos que son buenas personas. Y este video idólatra conduce a esta clase de amor.

Para el católico, la verdad está fuera del hombre, viene de Dios.

Para el modernista, la verdad se encuentra dentro del hombre, es inmanente a él, a su vida, a sus obras, a sus pensamientos, a sus sentimientos.

Es decir, la religión, la fe, la Iglesia, la espiritualidad, el concepto de Dios mismo, el magisterio, es un fenómeno vital que sólo se puede explicar por la misma vida del hombre, que proviene de un cierto sentimiento íntimo, que emana de una necesidad subsconsciente de creer en Dios o de tener una religión, o de pertenecer a una iglesia o a una comunidad religiosa.

Pluralidad de caminos hacia el misterio de Dios: es lo que predica Jorge Mario Bergoglio.

La unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Una unidad subjetiva, inmanente, que no se puede realizar en la vida cotidiana, porque sólo existe aquello que piensa o siente cada hombre. No existe la verdad fuera del pensamiento del hombre.

En la nueva iglesia de Bergoglio, sólo existe una mentira, una blasfemia, puesta como certeza, como dogma:

«En esta multitud, en este abanico de religiones, hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios».

El mensaje de Bergoglio se descalifica en sí mismo.

Buda nunca habló de un Dios personal o de Jesús. En el budismo no se da el concepto de Dios o de hijo de Dios, no se vive para ser hijo de Dios. No tienen la certeza de ser hijos de Dios. El buda se considera un hijo de hombre que señala el camino para otros, ese camino irreal de la inmanencia, de lo subjetivo, de lo oculto.

Esta mentira de Bergoglio es puesta porque es una idea que hay que venderla: todos somos hijos de Dios. Todos somos muy buenas personas, buenos hombres, gente con capacidad para hacer el bien.

El ser hijo de Dios es por gracia, no por creación ni por sentimentalismo. Hay muchos hombres que, descaradamente, mienten. Y estos son hijos del diablo, son del padre de la mentira.

Es claro que no se puede rezar por las intenciones de Jorge Mario Bergoglio. No son católicas. Y él no es el Papa de la Iglesia Católica. Es un usurpador del Trono de Pedro. Sólo gobierna la Iglesia con un poder humano, pero no puede decidir los destinos de la Iglesia Católica. Sólo está levantando su nueva iglesia.

No difundan nunca más las estampillas-inventos de las intenciones del Papa. No les den donativo alguno.

La fe no es cuestión de gustos. No es que guste o no guste el video de este traidor. Es que estamos en la gran apostasía, que han anunciado todos los Profetas. Es que la abominación de la desolación está presentada en la misma cabeza que gobierna la Iglesia.

Ahí tienen a un muerto gobernando la Iglesia: un cadáver en lo espiritual. Un viejo que, junto a sus falsos cardenales y obispos, chochea y es el adalid, el caudillo de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe.

Todos ellos son especialistas en manipulación de masas: esto está a la orden del día en el falso pontificado de Bergoglio. Todo está orquestado, usando el sentimentalismo al estilo hollywood, propio de guionistas y escritores sionistas, para llevar a las masas a donde quieren.

El enemigo está dentro de la Iglesia y la está violando desde sus entrañas, la está profanando. La Jerarquía -y muchos fieles- están trabajando para el gobierno mundial. Cuando llegue el momento, van a renegar públicamente de Cristo y aparecerá claramente la falsa iglesia, que ahora empieza a asomarse con timidez a los ojos de todos.

Bergoglio: corrompiendo la mente de los niños

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«La religión…sobre todo nos ayuda – todas las religiones, porque todas tienen un mandamiento que es común – a amar al prójimo. Y este “amar al prójimo” nos ayuda a todos para la paz.  Nos ayuda a todo a hacer la paz, a avanzar hacia la paz» (Vaticana en italianoVISZenitRadio Vaticana).

Todas las religiones tienen un mandamiento común: amar al prójimo.

Esta es la blasfemia dicha a los niños para sembrarles, en sus mentes, la herejía y la apostasía de la fe.

El amor, entendido en el lenguaje humano, es la base del falso ecumenismo. Un amor que no apela a una verdad, que no señala una verdad, que no guía hacia la verdad.

Es el concepto de amor que cada mente humana se inventa para darle al otro una vida sin sentido, sin finalidad divina, sin camino verdadero.

Trece preguntas, trece respuestas dignas de un protestante.

Pelear es «parte de la vida…pero, al final, lo importante es hacer la paz». No es no pelear; no es quitar ese pecado. No es practicar una virtud para no pelear. Bergoglio no enseña a los niños la vida de piedad, la vida virtuosa, en donde se encuentra la gracia, el don de la paz.

Bergoglio enseña a seguir peleándose, a seguir en el vicio, pero haciendo, al final, la paz: «Sí, discutimos, pero no acabar la jornada sin hacer la paz». Discutir es muy bueno: «A veces, yo tengo razón; el otro se ha equivocado, ¿cómo voy a pedir disculpas? No pido disculpas, pero hago un gesto». No practico un acto de humildad, no me humillo, aunque sepa que llevo razón. «No pido disculpas». Estoy con la cabeza muy alta, porque tengo razón. «Pero hago un gesto» para que «la amistad continúe».

Todo es cuestión de palabras, de gestos, de lenguaje humano apropiado. Nada es practicar las diferentes virtudes para no pelear. Es la pura soberbia lo que enseña a los niños: «Yo he pelado muchas veces, también ahora, me ‘caliento’ un poco, pero trato siempre de hacer las paces. Es humano pelear».

Es de hijos de Dios no pelear. El niño que quiera ir al cielo tiene que no pelear. Y si pelea, debe confesar su pecado. Debe arrepentirse de su pecado. Tiene que expiar su pecado. Bergoglio es incapaz de enseñar esto a los niños.

De esta manera, a base de gestos «se construye la paz cada día». La paz no es el orden divino en el alma; no es el fruto de una obra meritoria que el hombre realiza para gloria de Dios. «La paz es un producto artesanal. Se construye cada día con nuestro trabajo, con nuestra vida, con nuestro amor, con nuestra proximidad, con nuestro querernos bien».

La paz es un producto del hombre, artesanal, pero no es un don de Dios. Es un imperativo categórico: trabaja, vive tu vida, ama como quieras, sé tierno con los demás, haz el bien. La paz no es un homenaje del hombre a Dios, no es una obra que se da a Dios para merecer la paz. Es un homenaje al hombre, es una obra para el hombre, que se alcanza guiado por impulsos y por sentimientos humanos: tu vida, lo que sientas, lo que desees, lo que trabajes, lo que hagas…. No hay una verdad, no hay un camino, no hay una ley que cumplir. Es buscar una paz subjetiva. Es hacer obras que tengan sólo un valor social, cultural, político, pero que no aparezca en ellas ningún valor religioso y moral.

Esto es lo que enseña Bergoglio a los niños. Bergoglio es un trabajador incansable de la vida humana, pero es incapaz de hacer una obra que suponga un mérito para salvarse. No hace obras divinas. No sabe hacerlas porque no cree en la existencia de Dios. No hay religiosidad en Bergoglio. No hay moral. Sólo hay imperativos categóricos. Y, a base de esos imperativos, va construyendo su falsa espiritualidad.

Bergoglio no puede hablar del pecado: «Aquello que quita la paz es el no querernos bien». No es el pecado lo que impide que el alma esté en paz, en la gracia que da el don de la paz. Es el sentimiento del amor: «no querernos bien».

¿Qué es el bien y el mal para Bergoglio? Lo que cada uno tiene en su mente. Es el mal que cada uno se inventa: «Lo que quita la paz es el egoísmo, la envidia, la codicia, el coger las cosas del otro». Estos son males, pero no ofensas a Dios. Son males que la gente hace, pero «estar con la gente es bello, no quita la paz». La gente no peca. Es bello estar con la gente. La gente hace cosas malas. Y eso es lo malo, no la gente. La gente es bella, es santa, es justa, es sagrada. Pero, con su mente, hace cosas malas, que quitan la paz en la sociedad, en las culturas, en las familias, en las diferentes estructuras. Basta un gesto para estar de nuevo en paz, con la gente que es bella.

Así piensa este hombre. El mal siempre es algo estructural, no personal. Algo que el hombre se encuentra en su vida y cae en ello, porque es humano pecar, pelearse, equivocarse.

Bergoglio sólo expone, con sus palabras, la teoría de la justificación de Lutero: el hombre es bello, bueno, está justificado. Pero es imposible eliminar el pecado. Los hombres son santos, pero exteriormente: hacen obras buenas, se quieren unos a otros, viven la vida sin hacer daño a los demás. Pero los hombres no son formalmente justos. Cristo ha quitado el pecado, por lo tanto, el pecado no los condena más, pero permanece en los hombres: se siguen peleando, se siguen matando, etc…Hay que quitar esos males de la sociedad, pero los hombres siguen siendo bellos.

«¿Por qué las personas poderosas no ayudan a la escuela? Se puede hacer la pregunta un poco más grande: ¿Por qué tantas personas poderosas no quieren la paz? Porque viven en las guerras». Viven en su forma de vida: la guerra que da dinero. «Se gana más con la guerra. Se gana el dinero, pero se pierde la vida, se pierde la cultura, se pierde la educación, se pierden muchas cosas. Es por eso, que no la quieren».

La gente con poder, la de la clase alta, no quiere la paz porque quiere la guerra, que trae dinero y poder. El ataque a las clases altas es lo propio de una mente comunista. Ataca el sistema: «la industria de las armas: esto es lo grave». Pero no ataca el pecado personal de cada hombre con poder. Es la industria de las armas, es esa estructura, que está manejada por poderosos que sólo quieren dinero y más poder. Buscan el dinero, pero hacen un mal a la cultura, a la educación, a la vida del planeta. Son gente poderosa que no cuida el medio ambiente porque están cuidando su industria de las armas, su complejo atómico.

Todo es un enfrentamiento de estructuras: se pierde la cultura, hay una cultura de la muerte, una cultura del descarte, porque hay una industria, una cultura del armamento. Esto es siempre Bergoglio: el político, el comunista, el que llora por su estructura del bien común. Pero no sabe poner el dedo en la llaga. No sabe explicar por qué las personas poderosas no ayudan a la escuela. No sabe explicar el origen del mal. No sabe juzgar a las personas, enfrentarse a ellas. Ataca estructuras. Ataca la industria de las armas, pero no ataca a las personas que promueven esas industrias. De esta manera, queda bien con todo el mundo. Hace un discurso propio de un político demagógico. No tanta industria de las armas, más cultura del encuentro.

Por eso, no sabe responder a la pregunta más fácil de todas: «¿por qué sufren los niños?». Y este hombre se queda perplejo, porque no ha comprendido el origen del mal. Él lo ha anulado con su mente humana: el bien y el mal es un invento de la cabeza de cada hombre. Y, por eso, en su idealismo platónico, tiene que decir: «sólo se puede alzar los ojos al cielo y esperar una respuesta que no se encuentra». Un hombre lleno de sentimentalismo barato, de emociones vacías, de engaños a la masa que lo escucha.

Una respuesta que no se encuentra: la creación gime con dolores de parto porque espera la redención de la maldición del pecado que cayó sobre ella. He ahí la respuesta. Pero, Bergoglio no cree en el Dios que revela la verdad, que manifiesta las respuestas a los hombres. Bergoglio sólo cree en el dios de su mente. Y, por lo visto, ese dios no es tan sabio como parece: no tiene respuestas a algo tan evidente.

¿Por qué sufren los niños? Por sus pecados, por los pecados de otros, por el demonio que obra en todo hombre, por el mundo que no quiere a los niños.

Es así de sencilla la respuesta. Pero es imposible, para Bergoglio, dar esta respuesta. Se queda en su perplejidad y sólo atina a una cosa: «¿Qué puedo hacer yo porque un niño no sufra o sufra menos? ¡Estar cerca de él! La sociedad debe de tener centros de salud, de curación, centros también de ayuda paliativos para que los niños no sufran».

Estar cerca de él: besarlo, abrazarlo, darle un cariñito. Y que la sociedad ponga centros para que los niños no sufran.

Y Bergoglio no ha comprendido el problema de la vida: el sufrimiento que ningún centro de salud puede quitar, que ninguna caricia humana puede aliviar.

Bergoglio no habla a las almas de los niños. No les enseña la verdad del sufrimiento, porque no cree en la Obra Redentora de Cristo. No cree en el amor que es dolor, el amor que salva en el dolor, el amor que empuja a hacer una obra que merece el cielo por el sufrimiento que acarrea. Bergoglio no está en esta espiritualidad. Él sólo está en su comunismo, en su idea del bien común, del bien de una estructura que quite el sufrimiento y el dolor de la gente. Es el absurdo que se vende desde el Vaticano: ¿cómo quitar el dolor, el sufrimiento? Con un gesto, con una sonrisa, con un gobierno mundial que elimine el dolor de la vida de los hombres y así todos contentos, todos felices.

«Dios lo perdona todo»: Dios es tan bueno, tan misericordioso, tan manga ancha. «Somos nosotros los que no sabemos perdonar». Todo somos buenos ante Dios, pero no somos buenos ante los hombres. ¡Gran paradoja! Si Dios te ha perdonado, entonces has perdonado a tu hermano que te ha hecho mal. Pero si Dios no te ha perdonado, entonces el mal continúa sin expiación, produciendo más males.

La paradoja de Bergoglio: Dios te ha perdonado. Pero, ¿de qué te ha perdonado? De que el pecado no te condene más. Confía en Dios: Dios te ha perdonado. Cuanto más confíes en Dios, más Dios te salva. Cuanto más sientas que Dios te ha perdonado, más puedes hacer lo que quieras. Todo tu problema está en tu mente: no has perdonado al otro: «no saben perdonar al otro». No has alcanzado, con tu mente, la perfección de perdonar, la idea perfecta de perdonar, el concepto sublime de lo que es perdonar.

Y, he aquí a Bergoglio, que lo enseña: «es más fácil llenar las cárceles que ayudar a avanzar a quien se ha equivocado en la vida». No hay justicia en el camino del perdón que busca Bergoglio. No hay que llenar las cárceles de gente que ha hecho el mal. ¿Quién soy yo para juzgar al otro si busca a Dios, si Dios lo ha perdonado, lo ha salvado, si confía en Dios, si siente que Dios lo ha perdonado? No llenes cárceles. «¿La vía más fácil? Vamos a la cárcel. Y no existe el perdón».

Para Bergoglio, el perdón lo tiene que dar la sociedad, la estructura, no la persona. Por eso, «el perdón, ¿qué significa? ¿Estás caído? Álzate. Te ayudo a levantarte, a reinsertarte en la sociedad».

¿Ven, qué monstruosidad?

Hay que reinsertar en la sociedad a todos los asesinos, criminales, herejes, cismáticos, etc… Por eso, es necesario hacer una sociedad que acepte a toda esta calaña. En vez de tenerlos en las cárceles, cumpliendo una justicia merecida, hay que darles un gesto, un beso, un abrazo, una ayuda que no merecen.

Si el pecado no es una ofensa a Dios, entonces la justicia desparece en todos los sentidos, incluso en la sociedad. Y se va en busca de una sociedad perfecta en la que nadie juzgue a nadie, sino que se reinserte a todos sólo por ser una sociedad, una estructura modelo, en donde ya no hay pecado: los hombres han sabido, con sus mentes, cómo se perdona. Han llegado a esa perfección, a ese grado, en el cual perdonan e insertan, de nuevo, al que ha hecho mal en la sociedad. Porque los hombres son bellos: «estar con la gente es bello, no quita la paz». Estar con un asesino es bello. Estar con un hereje es bello. Estar con Lutero en el infierno es bello. Como no sabemos perdonar, entonces no conocemos esta belleza tan singular de las personas que viven todo el día obrando sus malditos pecados.

¡Qué monstruo es Bergoglio!

«Hay que ayudar a los demás a no permanecer caído. Y este es un trabajo muy difícil, porque es fácil desechar por la sociedad a una persona que ha hecho un error y condenarlo a muerte». Las cárceles son estructuras del descarte. No sirven porque no perdonan. Ahí hay gente que la sociedad no quiere, los descarta, porque la sociedad no sabe perdonar. Se anula toda justicia y queda la estupidez de la ternura, la idolatría del perdón.

Así como debes sentir que Dios te ha perdonado, así debes hacer sentir al otro que lo has perdonado: insértalo en tu vida, aunque siga haciendo todo el daño que quiera. No importa: aprende a perdonar cada vez a que te haga un daño. Que el que hace el daño ni pida perdón, ni caiga en la cuenta que ha hecho un daño, ni que se arrepienta de su maldad. Tú perdona y sólo así el otro recapacita. Fuera el arrepentimiento del pecado, porque el pecado sólo existe en la sociedad que fabrica estructuras donde la gente tiene que hacer un mal. Vamos a inventar la fábrica de la paz: fabriquemos una sociedad en la que no haya ningún mal porque todos saben perdonar al que hace un mal.

Esto lo que vende Bergoglio todos los días desde el Vaticano.

¡Qué asco de hombre! ¡Qué mente tan inútil! ¡Qué perversidad de hombre! ¡Cuánto sinvergüenza lo apoya, lo obedece, lo llama su papa!

Un hombre que no sabe enfrentarse a la persona que no quiere hacer la paz con él. Respeta a esa persona porque «tiene dentro de sí, no digo odio, sino un sentimiento contra mí… ¡Respetar!». Bergoglio respeta las ideas de los demás, sus sentimientos, sus vidas. Está abierto a los pensamientos de los demás, pero no los combate. No es capaz de juzgarlos. Los respeta. «No condenar nunca». Es la idea propia del fariseo, del hipócrita. Sabe que el otro le hace daño, pero lo respeta, le da una sonrisa; lo mira mal, pero le sigue respetando. «Yo también puedo hacer los mismos errores que ha hecho él». Yo también puedo tener ese sentimiento de no querer la paz. Hay que ayudar al otro respetándolo, no juzgándolo. No hay que apartarse de él. No hay que olvidarlo. No le pone un camino de justicia. No le hace sufrir. Lo respeta. Esto es propio de gente comodona, que sólo vive buscando su falsa paz, pero que no es capaz de poner un camino de justicia a aquellos que no quieren la paz. Es el quietismo propio de su confianza en Dios. Yo te respeto, que Dios arregle el asunto.

«Todos somos iguales –todos- , pero cuando no se reconoce esta verdad, cuando no se reconoce esta igualdad…esa sociedad es injusta». El pensamiento propio de un masón, que respeta la maldad que otro hace, pero que no la combate, no la juzga porque «todos tenemos los mismos derechos». Tienes el derecho de no buscar la paz conmigo. Te respeto. Eres igual a mí. Y aquel que no reconozca esto, aquel que meta en la cárcel al que adultera, al que roba, al que mata, entonces es injusto. Todos somos iguales. Aquella sociedad que no considere a los hombres como iguales, con derechos, entonces no es justa. Tienes derecho a pelearte, a equivocarte, a matar. Y el otro tiene obligación de saber perdonarte. Porque «todos somos iguales».

La idea masónica de ser dioses. Cada hombre es dios para sí mismo. Y todo está en saber vivir con los demás hombres, que también son dioses para sí mismos.

Y esta es la falsa justicia que predica este hombre: «donde no existe la justicia, no hay paz». Donde no existe una sociedad en la que todos somos iguales, con los mismos derechos, entonces no hay paz.

Y esta frase «donde no existe la justicia, no hay paz», fue coreada por los niños como si fuera un mantra.

¿Qué tiene en la cabeza este hombre?

Un gran desvarío mental. Una gran locura.

«Si oso alzar la voz contra los abusos, intentan cerrarme la boca con el pretexto de que yo, simple monje, no debo juzgar a los Obispos. Pero entonces, ¡ciérrenme también los ojos, para que no vea más lo que se me prohíbe denunciar!» (San Bernardo).

No se puede uno quedar callado ante las barbaridades de este hombre, porque «no todos los Obispos son Obispos. Piensa en Pedro, pero también piensa en Judas» (San Jerónimo).

Bergoglio no es Obispo. Y mucho menos Papa. Es sólo un lobo vestido de oveja que ha abierto a los enemigos de Dios las puertas de la Iglesia. Roma caerá en la más profunda apostasía de todos los tiempos, porque los católicos no quieren defender la Iglesia de Cristo de los herejes que la gobiernan. Se dedican a reunir firmas para que el hereje no cambie la doctrina. Eso es como pedirle al jefe de ISIS que no mate más personas. Una petición absurda porque se niegan a ver lo que es Bergoglio. Han quedado ciegos para siempre.

O con Cristo o contra Cristo

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«Se levantará nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24, 7).

Dentro de las familias, habrá guerra entre hermanos, entre padres e hijos por defender el Nombre de Cristo.

Dentro de la Iglesia división de opiniones: los fieles y los infieles. Los fieles a la Tradición, los infieles a ella.

Dentro de la Iglesia un cisma de división abierto y claro, desde donde hace falta establecer posiciones abiertas y claras. No son posibles las medianías.

O con Cristo o contra Cristo.

El Papa Benedicto XVI tuvo miedo de producir el cisma: no se separó de toda esa Jerarquía que, en la actualidad, lo han abandonado, lo han dejado a un lado. Jerarquía preocupada por el gobierno de la Iglesia, pero no preocupada por ser de Cristo, por ser otro Cristo, por imitar a Cristo. Si la Jerarquía no mira a Cristo, los fieles de la Iglesia se apartan de Cristo, para mirar sólo a los hombres. Una Jerarquía que no está unida a Cristo produce un Rebaño que se dispersa en todas las cosas del hombre y del mundo.

Con el Papa Benedicto XVI todos discutiendo una nueva fórmula para gobernar la Iglesia. Y dejaron al Papa solo. Y el Papa tuvo que claudicar, renunciar, para que se impusiera esa nueva fórmula, la cual no es Voluntad de Dios. Esa nueva fórmula de gobierno es la horizontalidad impuesta desde el Vaticano.

Ese gobierno horizontal ha destruido el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, el Papado. Y, por lo tanto, la consecuencia es clara: la Iglesia de Cristo, la Iglesia en Pedro, como tal, ha dejado de existir. Sólo se ve en el Vaticano hombres corruptos: la política de siempre, el negocio de siempre.

Bergoglio es un hombre que maneja el poder a base de reformas, que llevan a las almas hacia el pecado, hacia el error, hacia el desorden más total, consiguiendo sólo una cosa: sembrar división, discordia. Todo el mundo discute si Bergoglio es bueno o malo. Todo el mundo ve que Bergoglio está haciendo lo que le da la gana, según su voluntad humana, sin atender a las normas de la Iglesia, sin tener en cuenta la ley de Dios, tergiversando –en todo- las enseñanzas de la Iglesia y de la Palabra de Dios. Todo el mundo pierde el tiempo hablando sobre lo que hace ese hombre, pero nadie se atreve a echarlo. Eso es señal de que todos lo quieren ahí, todos lo ven como una solución al problema de la Iglesia.

En Roma, ya hay un cisma muy abierto. Y muchos católicos no se han dado cuenta. Después de dos años, hay católicos que siguen en babia con Beroglio.

En la Iglesia ya hay división contraria y abierta de opiniones, en la que cada uno debe tomar su posición. Y con todas las consecuencias.

Benedicto XVI dejó a la Iglesia en la oscuridad: no tomó la posición verdadera. No se puso al lado de Cristo. Se fue al otro lado: no se puede dejar a la Iglesia en las manos del lobo.

Pedro es la cabeza de la Iglesia. Pedro es la Voz de Cristo en la Iglesia. Pedro representa a Cristo en la Iglesia.

Pedro no representa a los hombres: no es la voz de la mayoría de los Obispos.

Benedicto XVI, con su renuncia, fue voz de los Obispos. No fue voz de Cristo. Él tuvo que decantarse con Cristo. Y no lo hizo.

Hay que dar testimonio de la verdad: Dios no quiere un gobierno horizontal. Y si los hombres quieren ponerlo, hay que ser como Juan Pablo II: no renuncio. Y si toca salir de Roma, se sale de Roma huyendo de los hombres para preservar el Papado, que es el fundamento de la Iglesia. Sin Pedro, no hay Iglesia.

Por eso, ahora es obligación de cada alma, en la Iglesia, de decantarse: o con Cristo o en contra de Cristo. O estás con la doctrina de Cristo o estás con la doctrina que enseña la Jerarquía desde el Vaticano. Esa Jerarquía ya no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino que están levantando su nueva estructura de iglesia: gobierno y doctrina horizontales.

El Rebaño de Cristo se divide entre buenos y malos: y eso es la señal de que viene el Fin de los Tiempos. Una Iglesia dividida; una iglesia que busca el cisma, un cisma necesario para seguir siendo la Iglesia de Cristo. Hay que apartarse de lo que no es Verdad, quedarse solo ante la mentira, para seguir siendo la Verdad. Hay que apartarse de esa jerarquía falsa que se muestra como verdadera, que llama al pecado como santo y bueno. Cristo no está representado en esa Jerarquía ni en esa iglesia.

En la renuncia del Papa Benedicto XVI, todos los Obispos buscaron una modernización de la Iglesia. No buscaron una continuidad, una permanencia en la verdad. Buscaron defender la Iglesia reduciendo la exigencia de la Tradición y el Evangelio. Es lo que se observa con Bergoglio. Y eso es sólo la ruina de toda la Iglesia. Eso no defiende los intereses de Cristo, que es la Iglesia,  de los ataques de los hombres y del mundo. Eso es acomodarse a los pensamientos y a las obras de los hombres en el mundo. Eso es abrir la Iglesia al espíritu del mundo.

Se tiene fe en Cristo porque se ama a Cristo. Si no hay amor, no hay fe.

Y amar a Cristo es unirse a Él. Y eso sólo significa una cosa: imitarlo.

El que ama a Cristo imita la vida de Cristo: es otro Cristo; hace las mismas obras de Cristo porque tiene la misma mente de Cristo.

Benedicto XVI, en su renuncia, no amó a Cristo: no lo imitó. Cristo dio Su vida por la Verdad, que es Él mismo. Cristo no dio Su vida por un hombre, por una idea humana, por una obra humana.

Cristo se separó de todos los hombres. Y se quedó solo ante todos los hombres. Y murió solo. No murió por los hombres. No murió para que los hombres tuvieran un paraíso en la tierra. No murió por una idea política. Murió para expiar los pecados de todos los hombres. Murió para hacer una obra divina. Murió para poner al hombre el camino para salvar y santificar su alma.

Y toda alma, en la Iglesia, tiene que imitar a Cristo para ser de Cristo, para amar a Cristo y poseer la fe en Cristo.

Benedicto XVI no murió para expiar los pecados de toda la Jerarquía: no imitó a Cristo en la Iglesia. Renunció. Tenía que haberse separado y quedarse solo en la Verdad de Cristo. Solo con Cristo, que es permanecer en la Iglesia de Cristo, que es seguir guiando a la Iglesia por el camino, que es Cristo, que es enseñar a la Iglesia cómo sufrir por amor a Cristo.

Si el Papa, en la Iglesia, no es testimonio de la vida de Cristo, entonces ¿quién lo va a ser? Todos, en la Iglesia, siguen al Papa porque es otro Cristo. Pero si el Papa deja a toda la Iglesia en manos del lobo, entonces ¿qué pasa con todas las almas?

Hubo un gran pecado en la renuncia del Papa Benedicto XVI: pecado en la cabeza, pecado en la Jerarquía, pecado en los fieles.

Benedicto XVI tenía que haberse separado para seguir la obra divina de la Iglesia: allí donde está Pedro, está la Iglesia. El Papado es un gobierno vertical, no horizontal. Es un gobierno en Pedro, en una cabeza.

Benedicto XVI tenía que dar a la Iglesia el camino de salvación y de santificación. Pero dejó a la Iglesia en el camino de condenación: Bergoglio condena a las almas. Su doctrina es doctrina de demonios.

En el Vaticano, ya se ha comenzado la reforma eclesial, que Dios no la quiere. Y el Rebaño de Cristo tiene que repartirse entre un lado y otro.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo.

Ya no vale: o estás con el Papa Benedicto XVI o estás con Bergoglio o con el que le suceda. Eso ya no vale. El Papado se ha roto, se ha aniquilado.

Para estar con Benedicto XVI, él tiene que demostrar que sigue siendo el Papa: tiene que dar testimonio de Cristo ante toda la Iglesia: tiene que imitar a Cristo. Y eso no lo hace. No se puede estar con él, aunque siga siendo el Papa hasta la muerte.

Y estar con Bergoglio es elegir el camino claro de la condenación.

Aquel que elija estar con Bergoglio, elige estar en contra de Cristo. Esto es lo que muchos católicos no acaban de comprender: tienen a ese hombre como Papa. Es su perdición.

Ya no hay que ser fieles a un Papa en la Iglesia: han quitado el Papado. Han puesto un gobierno de muchas cabezas. ¿A qué cabezas quieres obedecer? ¿Cuál es tu cabeza favorita? ¿Kasper? ¿Marx? ¿Pell? La Iglesia es una cabeza: Pedro. Los demás, son cabezas en Pedro, porque se someten a Pedro, le obedecen. ¿Quiénes del gobierno horizontal obedecen a Bergoglio? Ninguno. Todos rodean a Bergoglio por el gran negocio que hay. No por otra cosa. No por una verdad: todos ellos viven en el relativismo universal de la verdad. No creen en ninguna verdad, ni siquiera la de sus mentes humanas. Sólo creen en el dinero, o en la fama, o en el poder que da ser papa en la nueva iglesia.

Ahora es el momento de ser fieles a la Verdad, que es sólo Cristo. Ya la Jerarquía, en toda la Iglesia, no da la verdad. Sólo da una mentira. Y sólo están para eso: para mentir a todo el mundo, poniendo en sus bocas los intereses de Dios, los intereses de Cristo.

Para salvar a las almas del pecado, para arrancar a las almas del demonio, se necesitan grandes oblaciones, grandes sacrificios. Están todos, en la Iglesia, buscando cómo llenar estómagos, cómo resolver injusticias sociales, como hacer valer los derechos de los hombres. Pero nadie busca a Cristo, su doctrina. Nadie da testimonio del Nombre de Cristo ante los hombres. Nadie conoce a Cristo porque no lo aman, no saben lo que es el amor a Cristo. No lo buscan en la Eucaristía. Buscan a Cristo en los hombres, en sus pobres, en sus conceptos tan míseros que tienen del hombre.

Cruz, Redención, Gloria: esta es la obra de Cristo. Esto es lo que nadie busca.

Nadie quiere crucificar su voluntad humana; nadie quiere expiar los pecados; nadie quiere ser santo.

Para crucificar los deseos del hombre, se necesita que la mente del hombre acepte la verdad revelada: cumplir con los mandamientos de Dios. Cumplir con el dogma.

Si no hay una norma de moralidad, si se ataca a la ley natural, a la ley divina, a la ley de la gracia y a la ley del Espíritu, entonces nadie expía los pecados. Porque el pecado es una obra sin ley, en contra de toda ley. Allí donde no hay ley, reina el pecado.

Y si las almas viven en el pecado, entonces no hay salvación, no hay santidad, no hay justificación. Hay sólo condenación.

En el Vaticano, sólo se observa otra iglesia, pero no la de Cristo. Es la iglesia de la Justicia de Dios.

«La venganza de Dios se aproxima, el tiempo urge, penitencia, oh pecadores… La iniquidad ha inundado la tierra, que no es sino iniquidad… ¿A qué santos rezaremos nosotros?… La venganza celeste alcanzará todas las clases…. Nosotros hemos abusado del sacrificio, el sacrificio cesará…. Iglesia de Dios, tu gemirás; ministros del Señor, vos lloraréis por nuevas profanaciones….Sangre, se beberá Sangre, sangre, se beberá… La tierra culpable será purificada por el hierro y devorará aquel que se ha sentado en la iniquidad» (Fray Calixto, sermón del 3 de diciembre de 1751).

Esa iglesia, que están levantando desde el gobierno horizontal, es sólo iniquidad. Y no es más que iniquidad.

Si sigues a esa iglesia, ¿a qué santo de tu devoción vas a rezar? ¿A Monseñor Romero? ¿A ese hombre comunista?

¿Es esto predicar a Cristo?

«En la medida que un hombre es feliz, se está manifestando allí, la gloria de Cristo. En la manera que un pueblo encuentra los caminos de la paz y la justicia, la fraternidad y el amor, Cristo está glorificándose, Cristo está en la historia y la historia lo refleja, como alegría de los pueblos, como confianza de los hombres» (Monseñor Oscar Romero, 20 de enero de 1980).

La gloria de Cristo, ¿está en Su Cruz o en darle al hombre una vida feliz?

«No pongamos nuestra felicidad en gozar de una salud floreciente; de lo contrario, estaríamos igual que los tontos mundanos privados de los secretos celestiales» (San Pío de Pietrelcina).

Hay que padecer con Cristo para ser con él glorificados (cf. Rom 8, 17). Hay que predicar a Cristo Crucificado: «la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero es poder de Dios para los que se salvan» (1 Cor 1, 18).

En la medida que un hombre sufre, se está manifestando allí la gloria de Cristo, el poder de Dios. ¡Esto es predicar el Evangelio!

Para Monseñor Romero, esto es necedad: el hombre tiene que ser feliz para que se manifieste el poder de Dios.

¿Qué opinan los católicos? ¿Cristo predicó para que el hombre fuera feliz? ¿Cristo predicó para que el pueblo encontrara los caminos de paz, justicia, fraternidad y amor? ¿En dónde se glorifica Cristo? ¿No es en Su Padre, en la Voluntad de Su Padre? ¿Cristo predicó la alegría de los pueblos o la persecución por causa de su Nombre?

Las predicaciones de este hombre están plagadas de teología de la liberación. ¿Ahora un comunista va a ser santo? Eso es una iniquidad. Por algo, Juan Pablo II y Benedicto XVI pararon el proceso. Ahora un comunista, como Bergoglio, lo ha abierto. Y todos los católicos contentos. Esto es señal de que esos católicos no buscan en sus vidas la santidad: les da igual un santo que un marxista.

Cristo está en la historia y la historia lo refleja: todos los hombres son santos y justos. ¿Qué santidad, qué martirio por la verdad, por Cristo, hay en Romero? Ninguna.

«Nuestra Cuaresma debe despertar el sentimiento de esa justicia social. Hacemos un llamamiento, entonces, para que nuestra Cuaresma la celebremos así: dándole a nuestros sufrimientos, a nuestra sangre, a nuestro dolor, el mismo valor que Cristo le dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación, de injusticia, convirtiendo todo eso en la cruz salvadora que redime al mundo y al pueblo. Y hacer un llamamiento también, para que sin odio para nadie nos convirtamos a compartir consuelos y también ayudas materiales, dentro de nuestras pobrezas, junto con quienes tal vez necesitan más» (Monseñor Oscar Romero, 2 de marzo de 1980).

Cristo dio a su situación de pobreza, de opresión, de marginación social, de injusticia, el signo de la cruz salvadora: esto es puro marxismo. Esto no es predicar el Evangelio. Esto no es dar testimonio de la verdad, de la doctrina de Cristo. Esto es engañar a la gente. La Cuaresma es para buscar la justicia social y para repartir consuelos humanos. ¡Un santo verdadero nunca enseña estas cosas! Enseña a quitar el pecado y a hacer expiación del pecado, para una sola cosa: salvar el alma.

Este hombre, en sus prédicas hacía política. Coge un texto de la Sagrada Escritura y da su versión política, no da la enseñanza espiritual:

«… los hombres nuevos, los hombres renovados, son aquellos que con su fe en la resurrección de Jesucristo hacen suya toda esta grandiosa Teología de la Transfiguración. No le tienen miedo al sufrimiento, se abrazan a la cruz no con conformismo sino como María, que desde su pobreza y desde su sufrimiento supo decir también: “Ha despachado vacíos a los ricos y ha colmado de bienes a los humildes, y ha despedido del trono a los poderosos cuando se convierten en idólatras de su propio poder…”».

María, desde su pobreza, va en contra de los ricos, de los que tienen riquezas. María, desde su sufrimiento, va en contra de los poderosos, que con sus leyes oprimen al pueblo, que se hacen ídolos de su propio poder. Esto es lucha de clases, pero no el Evangelio de Cristo.

Este hombre era un político, no un sacerdote. Y lo mataron por eso, no por otra cosa. No murió dando testimonio de la Verdad, que es Cristo. No murió defendiendo a Cristo, a la verdad. Murió defendiendo a sus pobres, a su visión de lo que debía ser Cristo y la Iglesia. Él se metió con los militares y con los políticos, y acabó mal.

O estás con Cristo o estás en contra de Cristo. Pero no puede estar en medio: hoy con Bergoglio, porque ha dicho una cosa muy bonita; mañana lo critico porque, como siempre, ha desbarrado en su palabra.

En el Vaticano ya no está la Iglesia en Pedro, sino que está una iglesia que hay que levantarla para el anticristo. Y tienen que salir de todo eso. Y es lo que más les cuesta a los católicos, porque se dejan engañar de la falsa jerarquía, que ya ha tomado posesión en todas las parroquias, y se va al asalto final: cargarse el dogma.

«La Iglesia -como tal- ya ha caído; sólo le falta el último empujón de la bestia para ya dejarla caída, pisoteada del todo en el fango. Si todas estas reformas -y las que están por llegar- se ejecutan, será el fin de la Iglesia de Pedro. Sólo unos pocos consagrados escaparán a esta mentira, que se ciñe sobre la figura de Jesús y su Iglesia. Muy pocos los que desobedecerán al que se hace llamar Papa, por miedo, por ignorancia… quedarán muy pocos ya que a muchos serán perseguidos y dados muerte para que no prediquen la verdad» (Juan Pablo II – Mensajes personales, octubre 2014)

Conspiración en la cúpula de la Jerarquía: choque de poderes

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«Y los soldados, tejiendo una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza» (Jn 19, 2).

La Cabeza de Cristo fue tejida de espinas; pero su Divino Corazón fue traspasado por una lanza. La cabeza es la sede de la sabiduría humana, el corazón es el fundamento del amor divino.

El Corazón se abre, en la muerte, para dar al mundo la Vida, el Amor de Dios; pero la Cabeza sufre el tormento de las espinas para señalar la soberbia de la mente del hombre. Cristo sufre por la soberbia de los hombres, pero muere para dar Vida a los hombres.

En la Iglesia, la Cabeza es el Vicario de Cristo. Y sobre Ella ha sido puesto el sufrimiento espiritual que el pecado de soberbia de muchos, en la Jerarquía, ha traído. El Papado sufre por la soberbia del hombre. Y sufre en el Papa legítimo: Benedicto XVI. Que, a pesar de que no gobierna, sigue teniendo el Poder de Dios en su corazón.

La corona de espinas está sobre el Papado y sobre toda la Iglesia, el Cuerpo Místico de Cristo: «hay un grito en el Cielo, en este momento, mientras la Corona de Espinas desciende para aplastar Mi Cuerpo, la Iglesia Católica, sobre la tierra» (MDM, 13 de febrero 2013).

Es la Pasión del Cuerpo Místico de Cristo. Son los tiempos de la Pasión y de la Muerte del Cuerpo Místico de Cristo.

Es el sufrimiento que los hombres dan a la Iglesia: sufrimiento, no sólo espiritual, sino también humano y material.

El Papa Benedicto XVI fue forzado a renunciar al gobierno de la Iglesia: una corona de espinas fue puesta en su cabeza.

«Me temo que estas son las mismas áreas que, por las razones usuales de poder y opresión, han traicionado y conspiraron para eliminar al Papa Ratzinger (…), empujándolo a la renuncia» (Avvenire, diario de la CEI (Conferencia Episcopal Italiana) –  ver traducción).

Hubo una conspiración para quitar de en medio al Papa Benedicto XVI: en otras palabras, hubo un choque de poder en la Iglesia. Y ganó el poder de la masonería eclesiástica.

En la élite de la Jerarquía se descubre la corrupción que existe en toda la Iglesia. Si las cabezas de la Iglesia no son humildes a la verdad, no obedecen a un Papa que Dios ha puesto en Su Iglesia, entonces nadie, ningún fiel en la Iglesia, obedece la verdad Revelada, nadie sigue la doctrina que Cristo enseñó a Sus Apóstoles.

Todos, en la Iglesia, buscando su doctrina, su gobierno, su dinero, su negocio, su papa, su ideal en la vida.

Toda esa Jerarquía, que ahora aplaude a Bergoglio como Papa, tejió una corona de espinas sobre el Papado. Fueron ellos: los soldados de la masonería eclesiástica. Ellos que se han metido en la Iglesia por la puerta falsa, para aparentar un falso sacerdocio, y así conseguir el objetivo: poner el papa que quiere el mundo, que es el papa que quiere la masonería.

Bergoglio es el papa que quiere el mundo, no es el Papa elegido por el Espíritu Santo. ¡Nunca Dios elige a un masón para Papa!

«La masonería eclesiástica ha alcanzado ahora el mayor nivel de poder dentro de Mi Santísima Iglesia en la Tierra» (MDM, 30 de septiembre 2013).

El mayor nivel de poder alcanzado por la masonería es el Papado: era su gran objetivo. Es el orgullo de los masones: gobernar como dioses -con un poder eterno– a los hombres.

Durante 20 siglos, los masones han intentado muchas cosas para usurpar el Trono de Dios en la tierra. Y no pudieron, porque no era el tiempo. El tiempo siempre es de Dios, nunca de los hombres. Es cuando Dios lo quiere, no cuando los hombres lo planean.

Ahora es el tiempo de la masonería.

Ahora la masonería eclesiástica ha puesto un cisma dentro de la Iglesia Católica: un gobierno horizontal. Cisma que levanta divisiones entre toda la Jerarquía y todos los fieles de la Iglesia. ¡Y claras divisiones! ¡Claras tempestades!

¡Es la guerra por el poder! ¡Todos quieren mandar, todos quieren ser maestros, todos se las dan de sabios en sus herejías, en sus vidas plagadas de paganismo!

Ese gobierno horizontal despoja a la Iglesia de la Verdad, divide la Verdad del Papado, levantando una nueva estructura religiosa sobre la mentira, – y sobre toda mentira.

Y, por lo tanto, las consecuencias para el mundo entero son claras: el mundo ya no tiene un norte ni un camino para salvarse. Ya en la Iglesia no está la Verdad, no es el faro de la Verdad, sino que en Ella se da la misma mentira que se ofrece en el mundo.

Los hombres, en el mundo, ya ven la Iglesia no como Verdad sino como una mentira más. Y, por lo tanto, ya no combaten a la Iglesia, sino que se unen a Ella para formar una unidad en la diversidad: una nueva estructura de gobierno mundial, en la cual los dos poderes, el temporal y el eterno, sean uno, sean repartidos entre los hombres.

Primero es entrar en una nueva iglesia mundial, para así poder formar el nuevo orden mundial.

Cada uno podrá buscar a Dios de la manera que quiera; cada uno podrá hacerse su ley como le dé la gana; cada uno será el creador de su propia vida humana y espiritual.

Es el negocio que ahora se persigue dentro de la Iglesia Católica: participar en la creación de una nueva estructura religiosa, que favorezca a todas las religiones, para levantar una religión mundial que no se oponga a un poder mundial.

Una nueva jerarquía, un nuevo papado, que sea el fundamento del error que se da en el mundo. Es lo que el mundo necesita: el respaldo de una iglesia, de un poder eterno, para que sus leyes temporales, que son sólo una impiedad, una abominación, tengan valor para todos los hombres, no sólo para la gente del mundo.

El fundamento de la Iglesia Católica es Pedro, el Papado. Este fundamento ha sido aniquilado, aplastado: «Muchos no tienen idea del engaño que se les está presentando. Ni ellos saben que el fundamento de Mi Iglesia, la Iglesia Católica, ha sido aplastado hasta el polvo. En su lugar, se levantará la abominación» (Ib).

El gobierno horizontal, puesto por Bergoglio, es lo que ha aplastado hasta el polvo el Papado. Y, por eso, ya no hay más Papas católicos. Ya no hay que esperar a ningún Papa católico después de la muerte de Benedicto XVI.

¡Y muchos no han caído en cuenta de este gran engaño! Porque están en la Iglesia detrás de un hombre de política, de global economía, de vida social, de acercamiento a todas las maldades que existen en el mundo.

El fundamento, la roca en la que se levanta la Iglesia, Pedro: aplastada hasta el polvo.

Como a los católicos les trae sin cuidado las profecías, las revelaciones privadas, la vida espiritual en la Iglesia, por eso, se engañan, con gran facilidad, con las palabras oficiales de la masonería eclesiástica, que gobierna actualmente en el Vaticano.

Un masón está en el timón de la Iglesia. Bergoglio no es Papa católico, es un masón. Bergoglio no es la voz de la Iglesia Católica: es un juguete de la masonería eclesiástica.

¿Cómo es que los católicos están obedeciendo la mente de un masón como Papa?

¿Cómo es que los católicos llaman a un masón con el nombre de Papa?

¡Qué gran engaño! ¡Qué fácil es engañar a los católicos!

Se les presenta a un hombre con cara de buenos amigos, que viste pobremente y que habla de la ternura de Dios. ¡Y todos caen, de una manera espantosa, en ese gran engaño! ¡Y son ellos –los propios católicos- culpables de su propia caída, de su propio engaño! ¡Se dejan engañar! ¡No viven de fe en la Iglesia sino de política!

Bergoglio está levantando la abominación: una nueva religión mundial, que apoye el nuevo gobierno mundial que, muy pronto, saldrá a la luz. Hasta que no se consiga esa nueva religión mundial, no se ve el gobierno mundial.

Por eso, ahora todos ven las herejías de Bergoglio, pero les interesa hacer mutis, callarse: están en el negocio de levantar una nueva iglesia, un nuevo credo, una nueva doctrina, un falso evangelismo.

¡Quieren ese negocio humano! ¡Y viven sólo de ese negocio humano!

¿Por qué la Jerarquía calla ante las herejías de Bergoglio? Porque Bergoglio les da de comer; porque tienen un puesto en la nueva iglesia.

En el tiempo de la masonería, cuando ésta ha conquistado el poder de la Iglesia, todo está muy bien preparado: nada es al azar. Hay unos objetivos claros que se deben cumplir. Y, por eso, todos los movimientos que se dan en el Vaticano, dentro de ese gobierno horizontal, es sólo para esto.

Tener a Bergoglio como papa es dinero para el Vaticano. ¡Y mucho dinero! Porque hay que levantar la nueva iglesia mundial. Y eso sólo se puede hacer con dinero.

Cristo levantó Su Iglesia sólo con el Espíritu Santo. No necesitaba nada más: murió como un maldito, sin ninguna popularidad. Sólo creían en Él los locos para el mundo.

Bergoglio levanta su nueva estructura religiosa a base de dinero y de fama. Por eso, habla para ganar dinero. Obra para ganar dinero. Viaja para ganar dinero.

Bergoglio no es un papa que enseñe la verdad, sino que es un hombre de negocios: me das dinero, te doy poder en mi nueva iglesia. Así funciona todo, ahora, en el Vaticano.

Bergoglio es dinero. ¡Y sólo dinero! Mueve mucho dinero en el mundo. La gente inventa productos con su nombre porque eso da dinero, eso da un puesto en el nuevo orden mundial. Bergoglio es bueno para los negocios, para salir de la crisis económica. Da de comer a muchos. Pero no sabe enseñar el camino del Cielo a nadie.

«¡Hago un llamado a Mis Cardenales, a Mis Obispos y a Mis siervos sagrados, a unir al rebaño y a permanecer leales a Mis Enseñanzas! ¡Pongan mucha atención a lo que les será pedido predicar, porque esto cambiará! Sus homilías serán diseñadas y concebidas para un mundo secular y no tendrán ninguna sustancia» (Ib).

La Jerarquía de la Iglesia ya no tiene que unirse al papa de turno, sino que tiene que unir al rebaño y permanecer en la Verdad Revelada; sabiendo que el papa de turno es falso: es un papa que pide, que obliga a difundir las obras de la mentira; que gobierna con una mentira, con unas cabezas de herejía. Eso nunca es un Papa en la Iglesia Católica.

¡Cuántos conciben al Papa como un jefe político, terrenal, humano, material!

¡Y nadie quiere ver al Papa como al hombre de Dios, que combate la mentira que los hombres del mundo obran constantemente!

¡Nadie quiere a un Papa que luche en contra del mundo y de los hombres! ¡Que luche en contra de los errores de los hombres!

¡Todos quieren a un papa tierno y misericordioso con todo el mundo! ¡Un papa besucón! ¡Un papa maricón! ¡Un papa ateo!

Por eso, Bergoglio es el papa de los idiotas en la Iglesia. ¡Y no es otra cosa!

¡Quien lo llame su papa es un idiota! ¡Un retrasado mental!

La gente cree que llamar a alguien idiota es insultarle.  El idiota no es el que habla o piensa vulgaridades, sino el que habla o piensa sin inteligencia, sin dos dedos de frente, sin lógica.

Llamar a uno idiota es decirle que es un hombre pagano, ignorante, con un bajo grado de inteligencia, que siempre está dando vueltas a su idea, sin salir de ella. ¡Un loco!

Pedro y Juan eran considerados «hombres sin letras y gente idiota» (ιδιοται)  (Act 4, 13).

En el lenguaje médico, el término idiocia significa: hombres con un estado de insuficiencia mental, intelectual (frenastenia), un retrasado mental.  Es un trastorno profundo de las facultades mentales.

Pedro y Pablo creían en un Resucitado: estaban locos para la gente del mundo. Eran ιδιοται: vivían en una idea estúpida y la defendían por encima de todo lo que la gente normal pensaba.

¿Cómo llamas a un hereje con el nombre de Papa? Ningún Papa es hereje. ¡Eres un idiota!

¿Cómo dudas de que Bergoglio sea Papa y lo sigues llamando tu papa? Si dudas, abstente de afirmar nada hasta quitar la duda. ¡No seas idiota!

Si dices que Bergoglio es Papa, entonces tienes que creer en lo que él cree, en todas sus herejías que ha declarado. Y si haces eso, entonces no eres católico y estás defendiendo en la Iglesia Católica a un hombre que no es católico, que no pertenece a la Iglesia por su manifiesta herejía. ¡Qué gran estupidez y qué gran locura!

¡Cuántos católicos hay que son unos locos, unos idiotas! ¡No tienen inteligencia! ¡Son retrasados mentales!

¡Cuántos han entrado en la Iglesia en una rifa: se ganaron el Bautismo y ahí se quedó el premio! Después, se han dedicado a una vida profana, pagana, mundana, material, humana, natural, carnal, sin importar nada lo que es la fe católica, lo que es un Papa en la Iglesia.

Bergoglio es un hombre que no convierte a nadie, no llama nadie a la conversión, a dejar el maldito pecado: sólo cosecha aplausos de gente que se llama católica, y son sólo juguetes de su propia ignorancia.

Bergoglio, cuando habla, lo hace con doble interpretación, doble lenguaje:

  • uno oculto siempre, que nunca se manifiesta, pero que es contrario a la verdad: dice medias verdades, sin apoyarse nunca en ellas;
  • y otro la suya propia modernista, progresista, inmanentista, que es siempre la que se refleja en sus escritos: sus mentiras para construir su falso cristo y su falsa iglesia.

Bergoglio reprocha a la Iglesia Católica muchas cosas, pero no es para corregir los defectos de Ella, sino para cosechar aplausos en el mundo. Pone a la Jerarquía como si fuese la última piltrafa de la humanidad, la última basura, los acusa de fariseísmo porque cumplen con los mandamientos de Dios, con los dogmas, y eleva a los grandes herejes a un puesto en la Iglesia.

Bergoglio habla de Cristo, no para enseñar su doctrina inmutable, infalible, eterna, sino para quedar bien con todo el mundo, para recibir una alabanza de extraños a la Verdad Evangélica.

La mentira es presentada como Verdad en la Iglesia porque toda la Iglesia está bajo el control del mal. No hay una cabeza, no hay un Papa, no hay una Jerarquía que diga la Verdad. Los buenos sacerdotes son echados a un lado y se les hace callar.

Muchos caen en esa mentira, muchos son engañados en la Iglesia. Y son gente de teología, que conoce la verdad, pero que por no perder el plato de lentejas, prefieren la mentira, el engaño.

Muchos, viendo la herejía, por el falso sentimentalismo a Bergoglio, porque les cae bien Bergoglio como hombre, se dejan engañar. Es el juego de la política.

Todos poniendo parches a las babas de Bergoglio todo el santo día. Esa es su única ocupación. Porque van en busca de un nuevo gobierno mundial, de una nueva sociedad, en la que Dios es cada uno, cada hombre, cada mente humana, cada obra del hombre, cada vida humana.

En la nueva iglesia de Bergoglio todos son santos en sus grandes herejías. Todos se consideran sagrados, justos, perfectos. Se llaman así mismos: maestros de su propia locura.

No te dejes engañar por aquellos que te dictan lo que tienes que creer con palabras baratas y blasfemas.

Sólo Dios es el dueño de tu mente, de tu corazón, de tu espíritu. Que ningún hombre se declare dueño de tu libertad. Muchos se esclavizan a las mentes de los hombres para tener una libertad falsa, fingida, ilusoria, que sólo sirve para condenarlos.

Bergoglio esclaviza al hombre con la mente humana; Cristo lo libera con Su Espíritu. Elige a quien quieres servir: al demonio, en la persona de Bergoglio, o a Dios, en Cristo.

Bergoglio: semejante a un sepulcro blanqueado

modernismo

«(…) hoy, Roma, tu alma se ha vuelto el reflejo de la Bestia» (Vassula, 1/12/1994, “Hoy, Roma, tu alma se ha vuelto el reflejo de la Bestia”).

El reflejo de la Bestia es el rostro de la masonería.

Cuando la masonería alcanza el poder en la Iglesia, es que alcanzó antes a la casi totalidad de sus miembros. Y eso significa que ya la Iglesia no es católica, sino una camada masónica.

La masonería vive entre los miembros sin frenos religiosos que han hecho de su fe un falso ecumenismo, una apertura sin condiciones, absoluta, a cualquier credo, culto, rito religioso; ella misma se nutre de los renegados, ateos, disidentes, estafadores, malcasados, libertinos, y todos los católicos pervertidos y tarados de la Iglesia, que la convierten en una canallería suelta.

La masonería es un producto liberal que existe con toda actividad del hombre, que quiere abarcar todas las mentes de todos los hombres, que quiere aunar -en ella- todas las obras y todas las vidas de los hombres.

No se puede ya ser sacerdote, ni Obispo, ni Cardenal, ni Papa, sin ser antes masón, si no se pertenece, de hecho o de pensamiento, a la organización masónica.

En Roma, se piensa como piensa el demonio: en el lenguaje de la mentira; en Roma, se obra como lo hace el demonio: en el pecado. En Roma se negocia como lo hace la masonería: en lo oculto de las miradas de los hombres. En Roma se gobierna con el báculo de la masonería.

No hay sabiduría divina en Roma y, por eso: «contra ti enviaré a la más bárbara de las naciones para que te sitie». Roma, ¿quieres comunismo? Tendrás comunismo. Sitiada serás por Rusia y, en la maldad, serás destruida: «Yo haré bajar a tu desierto un fuego de furor, con una nube que cubrirá tus ciudades. Así, tu época de oscuridad llegará a su fin…».

Oscuridad vive Roma desde hace más de 50 años. Oscuridad que tiene tres efectos: pecado de herejía, pecado de apostasía de la fe y pecado de cisma.

La oscuridad es la ceguera de la mente: el entendimiento humano no es capaz de ver las realidades divinas. Sólo está pendiente de lo humano. Y, por tanto, vive sin fe divina, obra sin amor divino, espera sin Dios.

Roma sólo espera en las palabras y en las obras de los hombres: ha dejado de esperar en Dios.

El Papa Benedicto XVI frenaba el cisma en la Iglesia: «aquel que frena esta Rebelión en Mi Casa»; y así Dios no destruía con Su Justicia las obras de los hombres sin fe: «Yo Me niego a destruirlos a todos; pero ¡pobre de las manos manchadas de sangre!». Una vez apartado, el camino está abierto para todo mal en toda la Iglesia. ¡Abierto! El tiempo de la Justicia ha llegado a toda la Iglesia, porque se ha vuelto herética: Roma anula las verdades reveladas, para enseñar las mentiras, que salen de las bocas de mucha gente que ya no es católica.

No eres católico porque lo digas con tu boquita, o porque reces el Rosario o comulgues y te confieses todos los días.

Eres católico porque obedeces la Verdad –y sólo la Verdad- ; ésa que nadie quiere obedecer, porque no gusta al entendimiento de los hombres.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia se fabrica sus fábulas. Y hay que llamarlas fábulas: cuentos para no dormir. Cuentos para entretener a la masa de gente, que se dice a sí misma católica, pero que ya no es católica. Y, con esas fábulas, se llena diariamente las webs de mucha gente que se dice católica.

La implantación de la masonería en el gobierno de la Iglesia coincide con su decadencia. El Papado ha sido anulado en Bergoglio. Y de una manera absoluta al poner su gobierno horizontal, que es el sello de la decadencia del Papado. Un hombre que no gobierna, sino que deja a los demás decidir, opinar, obrar desde el gobierno.

La Iglesia está sin timón: «Hay una fuerte sensación de que la Iglesia está como una nave sin timón» (Raymond Leo Burke – ver texto). Un Cardenal ciego para la Verdad, que ha perdido el sentido común en el gobierno de la Iglesia: «Tengo todo el respeto al ministerio petrino y no quiero que parezca que soy una voz contraria al Papa». Si como Cardenal de la Iglesia Católica, obedece a un hereje, automáticamente, se hace hereje.

«El que, por obediencia, se somete al mal, está adherido a la rebelión contra Dios y no a la sumisión debida a Él» (San Bernardo).

Si el Cardenal Burke no quiere ser una voz contraria a Bergoglio, entonces es una voz que se adhiere a la rebelión contra Dios que predica Bergoglio.

El respeto al ministerio petrino no es el respeto a Bergoglio como hombre. Es el respeto a la verdad que un Papa verdadero, legítimo, proclama en la Iglesia. Bergoglio no respeta el ministerio petrino, porque no es Papa; luego, no hay que caer en la falsa obediencia y en el falso respeto a uno que sólo lo llaman Papa sin serlo.

«El hereje que niega un solo artículo no tiene fe respecto a los demás, sino solamente opinión que depende de su propia voluntad» (Sto. Tomás de Aquino – Parte II-II-q5-a3).

En la Iglesia, la gente vive de sus opiniones, pero no obedece la Verdad: no quiere ni lo desea. La verdad se ha vuelto extraña para muchos católicos. La verdad del ministerio petrino se ha vuelto extraña para este Cardenal, que dice una verdad: no hay timón en la Iglesia; pero que obra obedeciendo al que tiene el timón en Ella: ¡esto sí que es extraño! ¡Esto sí que es un absurdo!

Y, sin embargo, esto es lo que observamos en toda la Jerarquía de la Iglesia: vive este absurdo.

Bergoglio ha negado muchos artículos de fe, muchos dogmas: «Jesús no es un Espíritu, sino una persona humana»; «No creo en un Dios católico»; «Dios no existe»; «Dios no puede hacer todas las cosas»; «el pecado no es una mancha en el alma»; «El Espíritu Santo une en la diversidad»; etc…

Bergoglio es un hombre que niega la Verdad: es un hereje;

Bergoglio es un hombre que vive sin fe, vive negando la verdad, vive en su herejía, en su idea humana de la verdad: es un apóstata de la fe;

Bergoglio es un hombre que obra en contra del Espíritu Santo en la Iglesia, obra la mentira: es un blasfemo contra el Espíritu Santo;

Bergoglio es un hombre que se ha apartado de la Cabeza de la Iglesia, Jesucristo: es un cismático.

¿Por qué siguen a Bergoglio?

¿Por qué lo llaman Papa?

¿Por qué le siguen dando obediencia?

¿Por qué siguen dudando de Bergoglio?

¿Por qué no lo atacan, no se oponen a él?

¿Por qué no quieren ser voces contrarias al falso Papa?

¿Por qué?

Porque ustedes no son católicos. Ustedes son rebeldes a la Verdad, porque se someten a un hombre cuya mente la domina el demonio. Un hombre que no ha dado su asentimiento a la verdad Revelada. Un hombre sin fe, rebelde a Dios, que vive su vida deambulando por la Iglesia con su orgullo: «reza por mí; la derecha eclesial me está despellejando. Me acusan de desacralizar el papado». (Obispo anónimo).

Esta es la soberbia pura: un hombre que no ve su pecado en la Iglesia y que acusa a los demás de los problemas de la Iglesia. Son ellos, la derecha eclesial; ellos, los políticos que no quieren la ideología masónica, ellos son los que me acusan.

Un hombre humilde calla la boca y deja que Dios salga en su defensa. Un arrogante, un orgulloso, un soberbio, como Bergoglio, él mismo se defiende: está defendiendo sus intereses en la Iglesia; lo suyo, lo que ha trabajado –durante muchos años- para conquistarlo. Y, ahora, le duele dejarlo. ¡Porque se le obliga a dejarlo!

No es que Bergoglio haya desacralizado el Papado, sino que lo ha anulado.

Y, por eso, quien tenga a Bergoglio como Papa es un rebelde a Dios.

«Quien en un solo punto rehúsa su asentimiento a las verdades divinamente reveladas, realmente abdica de toda la fe, pues rehúsa someterse a Dios en cuanto que es la soberana verdad y el motivo propio de la fe» (León XIII – Satis Cognitum)

Para un católico es clara la FE: asentir a la Verdad Divina: someter el entendimiento humano a lo que Dios revela, a lo que la Iglesia, durante años, ha enseñado como Revelación de Dios.

El objeto de la fe es la verdad divina: verdad inmutable en sí misma, que nadie puede cambiar con su grandioso entendimiento humano. El dogma no se desarrolla, sino que se cree sin más. Y el que cree puede penetrar los misterios de Dios sin su cabeza humana.

Por tanto, quien asiente a la Verdad, rechaza la mentira. Tiene que rechazar, de manera absoluta, a cualquier hombre que anule la Verdad, que viva en la Iglesia obrando su mentira.

Hay que poner a un lado a Bergoglio porque ha abdicado de toda la fe. Y eso significa poner a un lado a mucha gente: Jerarquía y fieles que siguen a un hereje. Si quieres salvarte tienes que ir en contra de Bergoglio y de todo su clan en la Iglesia. Es la única manera de mantenerse en la fe católica.

«Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe católica; y el que no la guardare íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre» (Símbolo de San Atanasio, D 75).

Oponerse a Bergoglio significa un escándalo: «Más vale causar escándalo que esconder la verdad» (San Gregorio Magno). Muchos esconden la verdad de lo que es Bergoglio para escandalizar a todo el Rebaño, enseñando una doctrina que no se puede seguir. Otros se escandalizan porque se critica y se juzga a Bergoglio. Y otros esconden la verdad: Bergoglio no es Papa, porque no quieren perder el plato de lentejas todos los días en sus vidas. Son pocos los que causan escándalo: no sigas a Bergoglio, no es Papa. ¿Quién oye esto de la Jerarquía de la Iglesia? Nadie; porque ninguno de ellos se atreve a causar este escándalo.

Poner a un lado a Bergoglio significa llamarlo hipócrita, sabandija, demonio: te vistes de Papa y no obras como Papa. Hipócrita. No tienes ni puedes tener el Espíritu de Pedro.

«¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas, pues son semejantes a sepulcros blanqueados, que por fuera parecen bonitos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos y de toda inmundicia!» (Mt 23, 26).

¿Por qué no llaman a Bergoglio como un sepulcro blanqueado, como lo hace Jesús de los hipócritas, y continúan dorándole la píldora (de su mente humana) a un hombre que es un demonio, que posee una mente demoníaca?

Porque ustedes no son católicos.

Ustedes lloran por su humanismo como lo hace el mismo Bergoglio: «es que la derecha eclesial me está despellejando». ¡Qué bueno que Bergoglio se lamente de su triste vida en la Iglesia. ¡Qué alegría! Es señal de que lo están dejando solo, como han hecho con todos los Papas anteriores. Pero ahora lo dejan solo porque es un inútil para todo.

La Jerarquía de la Iglesia está hecha así: se sabe la teología, hablan de cosas de Dios, hacen muchas obras apostólicas humanas y acaban juzgándolo todo.

Se sabe la Verdad, pero juzga con la mentira: no juzga con el Espíritu de la Verdad, sino con su espíritu mundano, humano, materialista, natural, carnal, sentimental, el cual se ufana de conocer la verdad.

Así se enseña a un sacerdote, a un Obispo, a un Cardenal: conoce con tu mente humana y juzga todo y a todos. Tienes poder para ello. Y no pueden salir de este esquema mental. No son capaces de dejar su gran sabiduría humana, sus recursos teológicos, filosóficos, doctrinales, lingüísticos, para dejar paso al Espíritu de Cristo en ellos. Esto no se les enseña. Están cerrados a la obra del Espíritu en la Iglesia. Por tanto, están abiertos a la obra de los hombres en Ella. Así salen del seminario, y así se quedan toda su inútil vida de sacerdotes.

Mucha Jerarquía sólo se dedica en su vida de sacerdotes a medir las obras del Espíritu, la manifestación del Espíritu en las almas, con sus cabezas humanas. Ni saben lo que significa discernir en el Espíritu. Esto es chino para mucha Jerarquía. Se creen que porque han recibido el Sacramento del Orden ya se lo conocen todo en la Iglesia, ya lo pueden todo en la Iglesia.

Ellos representan a Cristo, pero la gente, las almas, el Pueblo de Dios no logra ver en ellos a Cristo. Sólo ven sus grandiosas mentes humanas, sus maravillosas ideas humanas, con las cuales se lo saben todo y lo juzgan todo.

Esta gente que se cree sabia porque pone a Cristo en el Altar; esta gente que se muestra perfecta ante el mundo para decirse a sí misma: qué bien lo hago; son gente que vive para sí misma; que simula vivir para los demás; que exterioriza un amor al prójimo falso, lleno de palabritas sentimentales, bellas, bonitas, grandiosas, para obrar el vacío de su verdad, que es la mentira que viven; gente muy ocupada en sus cosas humanas, que las valoran por encima de las cosas divinas, pero totalmente desocupadas de la Voluntad de Dios en la Iglesia. Llaman voluntad divina a lo que encuentran con sus mentes hipócritas y llenas de fariseísmo.

Esta gente cubre sus pecados con sus hábitos costosos; son maestros en estampar sobre sus rostros una sonrisa engañosa e irónica.

Gente que habla de Dios y son sólo palabras huecas, que se las lleva el viento; gente que va a la Iglesia para celebrar una misa y es sólo su gran obra de teatro cada día; gente que se reviste de humildad, de pobreza, de respeto al ser humano, pero que después son una clara demagogia entre los hombres: quieren ser justos con todos, quieren amar la justicia y la paz, y son sólo constructores de la guerra, iniciadores de cualquier mal en el mundo.

Bergoglio es esta gente: es un sepulcro blanqueado.

Kasper, Muller, Pell…y todos esos herejes son esta gente: son sepulcros blanqueados.

Mucha gente habla sobre lo que ha pasado en el Sínodo y no ven el juego sucio de toda esa Jerarquía herética y cismática. Un Muller es hereje: ¿por qué lo ponen como si hubiera hecho algo por la Iglesia en el Sínodo? ¿Por qué lo elogian? No ha hecho nada por la Iglesia, sino por sus intereses personales.

En la Iglesia hay pecadores, pero no herejes. El que cae en la herejía: el que niega un solo dogma de fe no pertenece a la Iglesia. No hace falta negar todos los dogmas. Uno sólo hace a la persona hereje, lo saca de la Iglesia. Y lo que obra es para él mismo, no para la Iglesia.

El Cardenal Pell niega el pecado original, ¿por qué lo quieren destacar en el Sínodo si es un hereje?

¿Hay que agradecerles a estos herejes el que en el Sínodo la cosa no hubiera ido a más? No. Bergoglio y los suyos fracasaron en el Sínodo no por la lucha de los Cardenales, sino por la oración del verdadero Papa Benedicto XVI. Un hereje no puede luchar por la Iglesia, por los intereses de Dios en la Iglesia. Sólo lucha por sus intereses personales. Sólo el Papa legítimo es el que sabe luchar por la Iglesia, porque es su Iglesia. Los demás, ya buenos o malos, que asistieron al Sínodo, ninguno de ellos luchó por la verdad de la Iglesia. ¡Ninguno!

El Sínodo fue una trampa para todos. Y todos cayeron: incluido Bergoglio, ese gran idiota al que todos intentan sacar las castañas del fuego, justificándole su gran pecado.

¿Cómo es todavía que no reconocen el pensamiento de Bergoglio?

¿Se los tiene que descubrir un masón?

«Nuestros caminos son paralelos: de hecho pensamos como usted en relación con todos los problemas que aquejan a la sociedad contemporánea; como usted, que anhelamos un mundo de paz con el respeto a cada ser humano, sin distinción de ningún tipo; y absoluto respeto a todas las religiones». (ver texto)

El Gran Maestro de la Gran Logia de Italia, después de 6 meses, el 9 de septiembre del 2013, midió la cabeza de Bergoglio y estuvo de acuerdo con ella.

Los católicos, después de 6 meses, seguían embobados con las palabras baratas y blasfemas de un hombre sin fe.

Bergoglio un hombre para la sociedad masónica, pero no para Dios: «Apelo a usted, Santidad, un hombre de cualidades humanas extraordinarias, para poner fin a esta injusticia que durante siglos ha penalizado a millones de masones de todo el mundo» (Ib).

Los masones quieren a Bergoglio para anular la Iglesia. Es una injusticia lo que la Iglesia ha hecho con ellos. Este Gran Maestre cae en el pecado de siempre:

«Llenos de ira con esto sus secuaces, juzgando evadir, o debilitar a lo menos, parte con el desprecio, parte con las calumnias, la fuerza de estas sentencias, culparon a los Sumos Pontífices que las decretaron de haberlo hecho injustamente o de haberse excedido en el modo» (Leon XIII – Encíclica Humanum Genus, párrafo 5). Lleno de ira ataca a la Iglesia apelando a un hombre que no es Papa, pero que obra como Papa. Esta es la gran jugada de los masones.

Bergoglio es un hombre para resolver los problemas de la masa de la gente, para buscar el orden mundial que quiere la masonería; pero Bergoglio no es un hombre para resolver los problemas de las almas, de cada alma. No es un hombre para la Iglesia, es un hombre para la vida de los hombres. Y, por tanto, es un hombre que destruye las almas, sus vidas espirituales: las lleva por el camino de la perdición eterna.

Bergoglio es un hombre que busca un mundo de paz, que es una utopía, porque lo busca en el respeto al hombre, en el absoluto respeto a todas las religiones; pero se olvida del respeto a Dios, a la mente de Dios, al Creador.

Bergoglio vive la herejía del humanismo, que es la propia de la masonería.

Por esta herejía, este Gran Maestro no duda en decir esto:

«Me gustaría decirle a usted, Santidad, que no somos una organización adversa a la Iglesia Católica, dignamente representada por usted, sino más bien al contrario».

Enseñanza lo más contraria a lo que la Iglesia enseña en Su Magisterio infalible:

«esta Sede Apostólica denunció y proclamó abiertamente que la secta masónica, constituida contra todo derecho y conveniencia, era no menos perniciosa al Estado que a la religión cristiana, y amenazando con las más graves penas que suele emplear la Iglesia contra los delincuentes, prohibió terminantemente a todos inscribirse en esta sociedad» (Leon XIII – Encíclica Humanum Genus, párrafo 5).

Bergoglio nunca ha obedecido a los Papas y, por eso, se inscribió en esa sociedad masónica. Y sólo por eso, Bergoglio no es de la Iglesia Católica. Sólo por esto. No es nada en la Iglesia Católica: no es ni Obispo ni Papa. ¿Todavía no comprenden este punto?

¿No saben que la masonería es intrínsecamente mala?

«Los frutos de la masonería son frutos venenosos y llenos de amargura. Porque de los certísimos indicios que antes hemos mencionado, brota el último y principal de los intentos masónicos; a saber: la destrucción radical de todo el orden religioso y civil establecido por el cristianismo, y la creación, a su arbitrio, de otro orden nuevo con fundamentos y leyes tomados de la entraña misma del naturalismo» (Ib, párraf. 8).

El naturalismo es poner la naturaleza humana y la razón natural como maestras y sobernas absolutas: hacer del hombre un dios. Y esto es intrínsecamente perverso, porque es anular toda ley natural, divina, de la gracia y del Espíritu. Es poner los hombres sus leyes: la ley de la gradualidad.

La masonería nunca ha rectificado en lo más mínimo sus doctrinas malévolas, sino todo lo contrario, las ha reforzado y crece en insidia y en maldad, aprovechando el ambiente que ella misma fomenta y que tanto hoy les favorece.

La masonería ha puesto a su hombre en la Silla de Pedro: esto lo aprovechan los masones, como este Gran Maestro. Y esto lo fomentan lo masones. Por eso, el Sínodo; una encrucijada masónica para todo el mundo.

¿Todavía no reconocen lo que es Bergoglio para un masón?

¿En qué mundo de ilusiones viven ustedes en la Iglesia?

¿Qué esperan ustedes de Bergoglio si es un masón en la Iglesia?

¿Es que no saben que la Iglesia se va a convertir en esto?:

«Transformar nuestros “templos” en Templos de la Paz, casas de encuentro, lugares de testimonio de los sentimientos más elevados de solidaridad y de fraternidad; y un admirable ejemplo de excepcional abnegación para usted: con ciertas y probadas virtudes religiosas, espirituales y culturales, practicadas por la fe Católica, Apostólica y Romana y  (por medio de nuestro bautismo) por todos nosotros» (ver texto).

Los caminos de la masonería y de Roma son iguales. Lo que hay en el Vaticano son sepulcros blanqueados. Y hay que salir de ellos, de tantas parroquias porque ya se enseña a seguir a un hereje y a obedecer sus escritos, sus palabras, sus ideas maravillosas.

Ya la Iglesia no es católica porque sus miembros no son católicos: son sepulcros blanqueados. Se blanquean sus vidas de pecado para que queden preciosas para los demás, para que todos imiten el pecado de su prójimo. Para que todos justifiquen el pecado de su prójimo. Para que nadie juzgue al otro, sino que todos se acomoden a la vida fácil: a besar el trasero de toda la Jerarquía herética.

Sólo los cimientos de la Iglesia quedarán con el antipapa

infierno

«Dios hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su albedrío» (Ecles. 15, 14).

El hombre está en su libertad: el mismo hombre se guía, a sí mismo, con su libertad. Dios no dejó al hombre en manos del demonio, ni en manos de otros hombres o criaturas. El hombre es, en sí mismo, dueño de su ser, de su vida, de sus obras, de su mente, de sus actos.

El libre albedrío es un poder en el hombre: el hombre puede obrar y no puede obrar. El hombre mismo decide si obra o no obra. Eso es la libertad, que es más importante que la obra en sí.

Se obra un bien o un mal con el poder del libre albedrío.

Lo único que Dios no quita al hombre es su libre albedrío.

Dios puede quitar la memoria, la inteligencia, la voluntad, la vida física. Y, quitando eso, no le hace al hombre ningún agravio.

El hombre juzga, según su razón, las cosas que va a obrar. Pero una cosa es juzgar si una cosa es buena o mala; otra cosa es juzgar si se obra o no esa cosa. Es más importante en el hombre juzgar una obra según su libertad que juzgarla según su razón.

Los hombres suelen luchar por el juicio de sus razones, pero no saben luchar por el juicio de sus libertades.

El hombre soberbio es el que impone al otro el juicio de su razón. El hombre orgulloso es el que impone al otro el juicio de su libertad. Es más destructor un orgulloso que un soberbio. El soberbio se dedica a dar sus opiniones, sus juicios, sus ideas, sus filosofías, y otros la practican.

Pero el orgulloso impone un estilo de vida, no un estilo de idea, no una filosofía, para que otros la vivan, la imiten. El orgulloso hace que los hombres vivan su misma vida. Las modas son propias de los hombres orgullosos. La moda trae más atención que las ideas, que las filosofías. Las modas mueven más que las ideas. La moda es una vida.

Francisco es orgulloso, no sólo soberbio. Su filosofía es una necedad, una estupidez. Nadie la puede poner en práctica. Nadie la sigue. A nadie le interesa como idea para su mente, para su discurso. Sólo a los idiotas, que no saben pensar nada.

Pero el éxito de Francisco está en su vida: vive su error libremente. Vive en su libertad y, por tanto, enseña a otros a vivir lo mismo. Y ya no interesa la idea, sino la realidad de la vida. Interesa la moda de pecar dentro de la Iglesia, porque eso es lo que en la Iglesia se vive: el pecado. Por eso, él siempre habla para la totalidad de los hombres, para un mundo global, para una comunidad de gente pecadora. Pero él no puede hablar a cada alma porque no puede enseñar la verdad, no puede comunicar la santidad, no puede guiar hacia la verdad de la vida. Cuando enseña su doctrina, es decir, su soberbia, todos se escandalizan, porque no habla al alma, no habla al interior de la persona, a su corazón, sino que trata al hombre como un conjunto, no como alma, no como algo particular, privado. Ve al hombre como una estructura en el mundo, como una pieza que hay que colocar en el mundo.

Francisco, en todos sus escritos, enseña a vivir el pecado, no enseña a pensar la verdad, a razonar en el bien, a discernir el bien del mal. Enseña su vida, su forma de vida, con sus ideas propias, que son las que todo el mundo tiene, las que transitan en cualquier rincón del planeta: que son las del pecado. Ideas globales, para los hombres, mundanas, profanas, etc., pero nunca absolutas, dogmáticas, nunca para el alma, para la mente, sino para su vida de pecado: que estás malcasada y quieres comulgar, entonces comulga. Eso es el orgullo: se ofrece un estilo de vida, no un estilo de pensamiento, no una ley de pensamiento. Se ofrece un pecado como un valor, como una verdad, como un bien a realizar.

Que eres judío y estás en tus ritos para adorar a Dios: muy bien, yo te acompaño, yo comulgo con tus ideas, porque Dios te ama como me ama a mí.

Francisco, en su orgullo, se une a cualquier hombre del mundo porque juzga la vida según su libertad, no según su razón. Juzga al homosexual según su libertad: es bueno que siga siendo lo que es porque busca a Dios. No lo juzga según su razón: no soy quién para juzgarlo. Y no puede hacer este juicio por su orgullo: él vive un estilo de vida que le impide juzgar, con su razón, al otro. Y este estilo de vida es lo que transmite cuando habla, cuando predica, cuando escribe sus necios escritos. Es el estilo de vida en la que el pecado es una obra, es un reto, es un camino.

Este estilo de vida se contagia a los demás como la pólvora, porque los hombres no suelen vivir juzgando, según su razón, a los demás, sino que los hombres suelen vivir de manera orgullosa: lo juzgan todo según su libertad. Obran su libertad. Obran su pecado y para su pecado. No obran para una Verdad y por una Verdad.

Lo que hoy impera en todo el mundo no es tanto la soberbia, sino el orgullo: es decir, la libertad de cada hombre.

Dios ha puesto a cada hombre en manos de su propia libertad. Y cada hombre vive su libertad, independientemente de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías, de sus dogmas.

La fe hace que el hombre sepa medir su razón y su libertad: la fe hace que el hombre sea humilde y, al mismo tiempo, dependiente de Dios.

El orgulloso no quiere depender de otro: quiere ser libre, vivir su vida según su libertad, no según unas razones, unas leyes, unas ideas, unos dogmas.

El orgulloso no se ajusta a ninguna norma: él mismo es norma para sí. Su libertad es su ley. Su libertad es su moral. Por eso, el orgulloso, al imponer sus leyes, destruye las leyes naturales, divinas, morales.

Hoy día, todos los gobiernos del mundo están llenos de hombres orgullosos: hombres que imponen sus leyes, sus libertades, sus formas de vivir la vida. No imponen sus formas de entender la vida, sino de vivirla. El orgulloso vive su vida. El soberbio piensa su vida. Kant era un soberbio: todo lo medía con su razón y lo obraba. No vivía nada sin verlo antes con su razón. Francisco es lo contrario a Kant: todo lo mide con su libertad y, por tanto, lo obra sin más, sin la idea, sin discernir si es bueno o malo. Si en esa vida, ve algún problema, entonces pone su soberbia, su idea, para resolverla; pero sigue viviendo su vida, a pesar del problema. El problema no le cambia su estilo de vida.

Por eso, Francisco tiene muchos seguidores, porque, en la práctica, los hombres viven como lo hacen Francisco: en su orgullo. Francisco gusta por su orgullo, no por su soberbia. Francisco es la moda del pecado en el mundo. Para agradar a los hombres en el mundo tienes que pecar, exaltar tu pecado, amar tu pecado, justificarlo por encima de cualquier verdad, cualquier dogmatismo.

Por eso, no se puede entender la estupidez de algunos jerarcas de la Iglesia que dicen que la doctrina de Francisco es católica. Sólo se puede comprender en la razón de que se les está obligando a hacer la pelota a Francisco. Se les impone no criticar a Francisco.

Todo el mundo ve, ahora, que la doctrina de Francisco no se puede sostener. No hay quien la sostenga. No hay quien la siga. Pero el respeto humano, la falsa obediencia, la soberbia de muchos, hacen que se digan cosas realmente inconcebibles. Y eso señala sólo una cosa: en la Iglesia no hay fe. Hay muchas cosas, menos fe.

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra» (Lc 18, 8b). Esta es la señal de que Jesús regresa a la tierra.

La Gran Apostasía es la falta de fe en la Iglesia. Y es lo que estamos viviendo desde hace 50 años. El abandono y alejamiento de la fe y de los sacramentos, tanto por los consagrados como por los fieles bautizados. ¿Quién está esperando hoy a que Jesús venga? Nadie. Es una Verdad que nadie cree. Predicar que Jesús viene de nuevo, a instaurar su reino glorioso, les resulta enojoso a muchos, herético a otros y, a los más, sencillamente les causa risa.

Jesús con Su Santa Madre van a reinar y a dirigir Su Iglesia con Pedro Romano y la Jerarquía obediente a Él. Pero esto nadie se lo cree, nadie lo piensa, a nadie le importa.

El triunfo del Inmaculado Corazón es imposible que se dé ahora. La Santísima Virgen triunfa en los corazones, en muchas almas que se le entregan con generosidad. Pero no es posible que ese triunfo se dé en un mundo totalmente desquiciado por el pecado, y que ya no busca a Dios, sino que ha puesto al hombre como su dios. Las almas, en donde la Virgen ha puesto su Sagrario, deben perseverar hasta el fin de la Gran Tribulación, si quieren contemplar el Reinado Glorioso de Cristo y de Su Madre.

“Porque habrá entonces una GRAN TRIBULACIÓN, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y si no se acortasen aquellos días nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mateo 24, 21-22).

La Gran Tribulación es el Aviso, el Milagro y el Castigo de los malvados con los tres días de Tinieblas.

«Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aún a los mismos elegidos» (v. 23-24).

El Falso Profeta, que engaña a los mismos elegidos, es el antipapa, que es el que va a destruir lo que quede en pie de la Iglesia. Francisco es un falso profeta, que engaña con su vida a muchos, pero no tiene el empuje de las señales y de los milagros. Es un viejo enfermo, que no cree en nada, sólo en lo que hay en su cabeza. Y Francisco está rodeado de falsos mesías, de anti-sacerdotes, que viven su herejía y gobiernan la Iglesia con la locura de sus mentes. Ellos ya han comenzado a destruir la Iglesia. Y Francisco tiene, también, el coro de idiotas, que le hacen la pelota en los medios de comunicación y entre los fieles de la Iglesia. Todos ellos destruyen lo que queda de Iglesia, pero no pueden darle el manotazo final.

Tiene que venir un antipapa que señale al Anticristo.

Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, pero no es capaz de señalar al Anticristo, porque tampoco cree en Él.

«Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como un relámpago que sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres» (v. 24, 25-28).

No habrá otro Papa legítimo después de la muerte de Benedicto XVI: donde está el cadáver, allí están todos los que destrozan la Iglesia. El cadáver, no sólo del Papa Benedicto XVI, sino también de la Iglesia, como Cuerpo Místico. Cuando muera este Papa, muere también la Iglesia. La Iglesia tiene que ir a la Cruz, como Su Cabeza Invisible, para poder resucitar gloriosa, como Su Cabeza.

Y, por eso, no hay más Papas después de la muerte de Benedicto XVI hasta que la Iglesia no resucite gloriosa.

Esta Verdad muchos no la comprenden. Por eso, esperan en Francisco y en Benedicto XVI. Ya no hay que esperar en nadie. Benedicto XVI tiene que realizar el papel que el Señor le ponga antes de morir. Cuando muera, viene rápido la gran tribulación.

Los tiempos se acortan. Los tiempos vuelan. Ya no es tiempo de esperar, sino de sufrir. Estamos en la Purificación de la Iglesia con el castigo correspondiente a su pecado.

Estamos en el tiempo de los orgullosos: de los que viven la vida según su libertad. Viven la moda del pecado. Hay que pecar, hay que enseñar a pecar dentro de la Iglesia. Hay que valorar el pecado como un bien dentro de la Iglesia.

Y, por tanto, estamos en el tiempo de los anticristos, que preparan al Anticristo.

Tiene que aparecer el Anticristo como Mesías: «Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis». Viene haciendo los mismos milagros que hizo Jesús. Viene en carne mortal, no gloriosa. Viene como hombre y se hace dios. Y, muchos, caerán en ese engaño porque son como las vírgenes con las lámparas apagadas: hombres sin fe. Están en la Iglesia Católica creyéndose santos, y no son capaces de discernir la mentira. Todo lo llaman santo, bueno, justo, porque viven de sus lenguajes humanos, pero no de fe. Han creado su fe, su iglesia, su cristo, sus santos, sus vidas espirituales, sus dogmas, sus tradiciones, su evangelio.

El orgullo de Francisco es el inicio del tiempo de la Justicia en la Iglesia: un gran castigo es Francisco para toda la Iglesia. Habéis despreciado a los Papas durante 50 años, ahora a bailar con un bufón. Ahora, tenéis la venda en vuestros ojos y no podéis ver la verdad de lo que es ese hombre, por vuestro pecado en la Iglesia.

Muchos no ven lo que es Francisco y eso es un castigo divino. No es porque sean tontos. Es porque han vivido su pecado en la Iglesia y ahora no pueden ver cómo se condenan. Lo verán cuando ya no haya más Misericordia: verán su condenación y la querrán: «y blasfemaban del Dios del Cielo a causa de sus penas y de sus úlceras, pero de sus obras no se arrepintieron» (Ap 16, 11). Estamos en el tiempo de la condenación. No hay que tener cariños con los hombres. No hay que ser sentimentales y creer que la situación en la Iglesia va a cambiar, y que todos se van a oponer a lo que ven.

Es totalmente lo contrario. Cada día, más destrucción en la Iglesia y más que no ven nada. El Sínodo que viene será el primer desastre de todos. Y, muchos, seguirán sin ver nada. Lo que vemos en la Iglesia no es para sacar un bien de Ella. Es para apartar el trigo de la cizaña, y quemar la cizaña con fuego real en la vida de los hombres: es su justicia, es su condenación que tienen que sufrir antes de morir e ir al infierno que han escogido.

No estamos en el tiempo de la Misericordia, sino de la Justicia. Por supuesto, que sigue habiendo Misericordia, pero no es su Tiempo. Que nadie se haga la ilusión de una Iglesia emergente, que se pone a caminar y a resolver los problemas. Están todos ciegos en el Vaticano. Son una panda de corruptos y degenerados, que actúan como los hipócritas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos muertos y de toda suerte de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23, 27-28).

Es el tiempo de contemplar el infierno en la vida de los hombres: cómo vive cada hombre su infierno antes de morir. Es la Justicia Divina al mismo hombre, a su libertad. Dios no puede quitar la libertad al hombre, pero sí puede hacer que viva, con su libertad, el infierno que quiere y que merece. Es el mayor castigo de todos.

La Iglesia lo tiene todo y lo ha despreciado todo: por eso, el infierno ha comenzado ya dentro de Ella. Es lo que se merece. Vemos a un Francisco, a un gobierno de herejes, a tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, que les gusta pecar, que aman el mundo, que han despreciado la Verdad. Vemos el infierno en muchos de ellos. Vemos la cizaña. Y, por tanto, contemplamos las obras del infierno dentro de la Iglesia. Contemplamos cómo se cae la Iglesia, cómo se derrumba, cómo sólo van a quedar los cimientos: las almas que guardan en su corazón el tesoro de la verdad. Toda estructura de la Iglesia va a caer, menos los cimientos. Porque la Roca es Cristo. Y Cristo ha puesto los cimientos de Su Iglesia en las almas elegidas. Y, por eso, la verdadera Iglesia nunca el infierno la podrá derrotar. Lo que sí puede el demonio es acabar con la iglesia falsa, la de los hipócritas, como Francisco y toda su panda de gente sin sabiduría divina.

Triste es contemplar a un demonio, como Francisco, pero más triste es ver que los hombres siguen a los demonios porque los tienen como santos.

La Iglesia, hoy, es sólo una casa vacía del Espíritu de Dios

Jesus Rey

El obispo de Saltillo, Mons. Raúl Vera, bautizó el 25 de mayo del 2014 a la hija adoptiva de dos lesbianas en la iglesia San Francisco de Asís de la ciudad de Monclova (ver noticia).

Charles Scicluna, obispo auxiliar de la Iglesia Católica en Malta, acudió el 18 de mayo del 2014 a un evento realizado por la organización Dracma, un colectivo católico de personas LGTB, con motivo del Día Internacional contra la Homofobia y la Transfobia (ver noticia).

“Es necesario dialogar sobre los derechos de vida común entre las personas del mismo sexo, que deciden vivir juntas. Ellas necesitan de un amparo legal en la sociedad (…) Ella (la Iglesia) no es la misma a través de los tiempos. Teniendo el Evangelio como fuerza iluminadora de su actuar, la Iglesia busca respuestas para el tiempo presente (…) La Iglesia siempre busca leer las señales de los tiempos, para ver lo que se debe o no cambiar. Las verdades de fe no cambian (….)” (Secretario general de la Conferencia Nacional de Obispos de Brasil, Leonardo Steiner, en una entrevista publicada el 22 de mayo 2014 en el diario O Globo).

La Fe es invisible, no está hecha de materia, pero se materializa en las Obras Santas.

La Fe no es un derecho natural de la persona y, por eso, no se puede bautizar a una hija adoptiva de dos lesbianas, porque es necesario hacer una obra santa, no una obra natural.

Y toda obra santa es movida por un amor santo, sagrado, celestial, divino. Una obra natural sólo con el amor del hombre, con el amor de su carne y de su sangre, con el amor de sus sentimientos humanos, se lleva a cabo.

Pocos hay que comprenden que no se puede realizar ese bautismo porque no hay fe en las dos lesbianas. Y el niño no tiene derecho natural a ser bautizado. Al niño se le bautiza por la fe de sus papás, por razón de esa fe, por la obra santa que sus papás hacen en el matrimonio.

Es claro, que dos lesbianas, unidas en la carne, su obra es carnal, no es santa. Es claro, que esas dos lesbianas no van a educar en la fe a esa niña, porque no tienen la fe católica. Tendrán su fe inventada, su fe de muchas cosas, su fe humana; pero no la fe que lleva a hacer una obra santa. Si la tuvieran, dejarían su pecado, su abominación, y vivirían de otra manera, agradable a la Voluntad de Dios.

La Iglesia es clara en este punto: «Si alguno dice que está naturalmente en nosotros lo mismo el aumento que el inicio de la fe y hasta el afecto de credulidad por el que creemos en Aquel que justifica al impío y que llegamos a la regeneración del sagrado bautismo, no por don de la gracia —es decir, por inspiración del Espíritu Santo, que corrige nuestra voluntad de la infidelidad a la fe, de la impiedad a la piedad—, se muestra enemigo de los dogmas apostólicos, como quiera que el bienaventurado Pablo dice: Confiamos que quien empezó en vosotros la obra buena, la acabará hasta el día de Cristo Jesús [Phil. 1, 6]; y aquello: A vosotros se os ha concedido por Cristo, no sólo que creáis en Él, sino también que por Él padezcáis [Phil. 1, 29]; y: De gracia habéis sido salvados por medio de la fe, y esto no de vosotros, puesto que es don de Dios [Eph. 2, 8]. Porque quienes dicen que la fe, por la que creemos en Dios es natural, definen en cierto modo que son fieles todos aquellos que son ajenos a la Iglesia de Dios» (SAN FELIX m, 526-530 II – CONCILIO DE ORANGE, 529 (en la Galia)- Confirmado por Bonifacio II (contra los semipelagianos) – Sobre el pecado original, la gracia, la predestinación – Can. 5).

En esa niña no está el inicio de la fe, sino en sus papás. Y las dos lesbianas no tienen fe, no son el inicio de la fe para esa niña, porque viven su abominación, delante de todos, encumbrando su pecado, justificándolo y haciendo que la Iglesia sucumba ante su pecado.

Las dos lesbianas son enemigas de la fe católica, de los dogmas apostólicos, que dice que un matrimonio es entre un hombre y una mujer. Y, por tanto, si no se da eso, es imposible el bautizo de ningún hijo adoptado en una unión abominable, como la homosexual.

La fe no es algo natural. Si eso se dijera, entonces todo el mundo pertenecería a la Iglesia Católica. Y las dos lesbianas no pertenecen a la Iglesia Católica, porque no practican la fe católica, sino su fe humana, demoníaca.

Este punto, muchos no saben discernirlo. Y es fundamental.

La Fe es una luz interior, que se da en el corazón, y que aclara el intelecto, da claridad, inteligencia, conocimiento; y lleva, mueve, induce a razonar como lo hace Dios.

El que tiene Fe posee la Mente de Cristo, piensa como lo hace Cristo, ve las cosas como las ve Cristo. Y, por tanto, -como la idea lleva al acto-, si se piensa como Cristo lo hace, se obra como Cristo, se imita a Cristo en sus obras; el alma se va transformando en otro Cristo.

Por tanto, el que tiene Fe en Cristo, custodia la sacralidad de la Iglesia, custodia la liturgia de la Iglesia, guarda en todo la doctrina de Cristo en Ella.

Se es católico, sólo y exclusivamente, si se es practicante, es decir, se si pone en práctica la fe católica.

Muchos comulgan, se confiesan, celebran misas, administran sacramentos, predican, y lo hacen todo sin la fe católica, movidos por sus amores, pero no por el amor de Cristo, que es el amor de la Gracia.

No hay nada peor que un Católico no practicante, como es Francisco, como son los muchos tibios en su vida espiritual. Un Católico no practicante no es Católico. Tiene la apariencia de que pertenece a la Iglesia, porque tiene un bautismo o porque recibe o administra un sacramento, o porque se viste de talar.

El Católico es el que practica la fe católica, no es el que comulga y demás. Es el que tiene la Mente de Cristo y la obra en la Iglesia.

El Católico no practicante es el que se mueve en la Iglesia con su fe inventada, con sus obras de su cabeza humana, que le llevan a realizar siempre una obra para el demonio.

Sólo el que es de Cristo, hace las obras de Cristo. Los demás, hacen muchas cosas para sí mismos y para el demonio, dentro de la Iglesia.

Los católicos no practicantes son los tibios, y a éstos el Señor los vomita de su boca. Los hijos de Dios no son como los hijos de los hombres. Sólo en ellos el Espíritu Santo actúa en sus vidas. En los hijos de los hombres, al ser movidos por su amor humano, impiden que Dios pueda mover sus corazones hacia el bien divino. Y sólo realizan sus obras humanas, en su vida y en la Iglesia.

Hoy se vive esta idea, en todo el mundo: «Vivo mi verdad, la verdad que nace de la libertad del ser, del sentir, del experimentar». Es decir, que cada hombre es su propio maestro en la vida, su mejor maestro; que nadie tiene la verdad absoluta, porque la verdad es una tierra sin caminos, una vida sin norte, una existencia sin luz; que hay que vivir la vida según se sienta, se vibre, se intuya; que hay que creer en uno mismo, hay que autoconocerse para encontrar en uno mismo el camino correcto de la vida.

Se vive este culto a sí mismo, a la propia inteligencia del hombre, creyendo que el intelecto humano es libre. Este es el error. Sólo la Voluntad de la persona es libre; su entendimiento no es libre, sino que persigue constantemente la verdad.

Dios ha hecho bien al hombre: le ha puesto una inteligencia que busca sólo la verdad, que hasta que no entiende la verdad, el hombre sigue buscando. No se para en el camino. Y, por tanto, todo hombre ve la verdad. Todos. El problema está en la voluntad libre del hombre. Viendo la verdad, el hombre elige seguir la mentira, el pecado.

Por eso, cuando los hombres predican que tienen que vivir su verdad, están predicando un error. Porque aquel que ve la Verdad con su entendimiento humano la tiene que vivir, si su voluntad está libre de pecado. No se vive lo que ve el intelecto del hombre, porque éste peca con su voluntad. Quien dice: tengo que vivir mi verdad, está diciendo que vive su mentira. Porque, con su entendimiento humano ve la verdad, pero con su voluntad humana elige la mentira.

Todo homosexual, toda persona lesbiana, todo pecador que haya hecho de su pecado una vida, un camino, una verdad, una virtud, un bien, sólo vive su mentira en la vida. Una mentira que ha elegido, sabiendo que es una mentira, sabiendo que no es la verdad. Y lo sabe por su conciencia, que es el sagrario del hombre.

Todo aquel que no tiene fe, que vive su abominación: ser homosexual, ser lesbiana; tiene su entendimiento oscurecido por su pecado. La fe da claridad al intelecto humano; no vivir la fe da oscuridad. El pecado ciega el entendimiento del hombre para que no busque la verdad, para que no se mueva hacia la verdad. Y, en el pecado, el hombre oscurecido sabe que vive mal por su conciencia, que es la voz de Dios, que le dice que vive mal, que obra mal.

Por tanto, decir: «Es necesario dialogar sobre los derechos de vida común entre las personas del mismo sexo, que deciden vivir juntas. Ellas necesitan de un amparo legal en la sociedad», es aprobar, por parte de la Iglesia, la vida de pecado de los homosexuales. Es decir, que lo que en el mundo, en la sociedad se aprueba, también la Iglesia está de acuerdo. Hay que luchar para que los homosexuales católicos puedan vivir bien en el mundo, que tengan sus leyes para que puedan seguir en su pecado de abominación.

Y esto se dice porque la Jerarquía ha perdido la fe católica y, por lo tanto, permanece en la Iglesia con el entendimiento oscurecido, por su pecado. Y, con esa inteligencia sin luz, sin verdad, guía a los demás hacia la oscuridad del pecado. No son caminos de salvación de las almas, sino de condenación. Luchan por una mentira, pero no luchan por la Verdad. Luchan para dejar a los hombres en sus pecados, en sus gustos en la vida, en sus inteligencias de la vida. Pero no luchan para demostrar la mentira de sus vidas. Aprueban sus vidas de mentira y meten más a esas almas en la oscuridad de su entendimiento humano. Ya no viven persiguiendo la Verdad, que los libera, sino la mentira, que los esclaviza. Se hace dogma el pecado.

Esta es la maldad que vemos en la Iglesia, desde que Francisco se sentó en la Silla que no le corresponde.

«La Iglesia siempre busca leer las señales de los tiempos, para ver lo que se debe o no cambiar. Las verdades de fe no cambian». La fe no cambia, pero la forma de vivir la fe es lo que cambia. Ésta es la contradicción de esta Jerarquía.

Existe Dios, pero vamos a ver los caminos, las formas, para dar culto a Dios. Existe un único Dios, pero todos los caminos llevan al mismo destino: Dios.

Existe la Eucaristía, pero, como los tiempos han cambiado, entonces reformemos los ritos litúrgicos, las leyes eclesiásticas, para dar la comunión también a las personas malcasadas y a todo el mundo.

Existe el Bautismo, pero ¿por qué no bautizar a niños de matrimonios homosexuales?

Se está rebajando lo divino, lo sagrado, lo santo, a lo profano. Se está igualando a Dios con el pecado. Se equipara a Dios a las otras religiones, iglesia, sectas. Todos tienen derechos naturales de tener su dios, su culto a dios, su verdad en sus vidas.

Y la fe no es de derecho natural al hombre. La fe es un don de Dios, que el hombre no merece nunca. Y hoy se quiere dar al hombre sus derechos naturales anulando los derechos divinos, sobrenaturales.

La Iglesia hoy es sólo una casa vacía del Espíritu de Dios. Y eso la hace estéril, sin posibilidad de dar los frutos que Dios quiere en las almas.

La Jerarquía de la Iglesia está persiguiendo un plan mortal, contrario a la Obra de la Redención. Y lo persigue en nombre de los hombres, de sus ideas humanas, de sus inteligencias oscurecidas por su pecado.

En nombre de la libertad: el hombre quiere ser libre para existir, para elegir, para sentir, para unirse con cualquiera, para proclamar su dios como lo concibe en su loca cabeza humana, para vivir su vida mostrando a todos los hombres sus vergüenzas.

La Jerarquía, en nombre de la libertad,-no en nombre de la verdad, que es Cristo-, en nombre del Ecumenismo, de la reunión de todos los hombres libres para hacer lo que les da la gana, en nombre de un pensamiento humano; quiere proclamar que el hombre puede pecar por derecho divino, por ley divina. Quiere poner la inteligencia del hombre, que está oscurecida por su gran pecado de soberbia, como el camino hacia Dios.

Cada hombre, en su inteligencia, tiene su verdad; y esa verdad le conduce a Dios. Y, por tanto, hay que apoyar las uniones homosexuales en el mundo. Hay que apoyar la verdad que cada hombre tiene en su mente humana. Hay que apoyar la vida de pecado, el camino hacia esa vida pecaminosa.

Ya no hay que apoyar a Cristo, la Verdad, su doctrina en la Iglesia. Ya Cristo no es el camino. Es tu pecado, el camino de tu vida. Ahora, es necesario cambiar esa doctrina, porque cada hombre es dios para sí mismo. Cada hombre es un cristo. Cristo es el maestro de vida interior. Ya cristo no es Dios, sino un hombre perfecto que supo entenderse a sí mismo y construir una iglesia para reunir a todos los hombres perfectos en su inteligencia humana.

Esta es la herejía que viene ahora a toda la Iglesia. Y es lo que se observa en esas noticias.

Y, muchos no verán la maldad de esta Jerarquía, porque son tibios: están en la Iglesia con un intelecto oscurecido por su pecado y viviendo lo que a ellos les parece bien y mal.

La Fe sólo proviene de la escucha de la Palabra de Dios y sólo madura con la escucha de la Palabra de Dios. Cuando la Iglesia se pone a dialogar con la fe, con la verdad, se acaba por perder toda la fe. Se acaba destruyendo la Iglesia.

En la Iglesia no se dialoga con la verdad, sino que se cree en Ella. Y sólo los humildes de corazón, los que ponen su inteligencia humana en el suelo, los que pisotean su orgullo, tienen fe, obran lo santo dentro de la Iglesia. Los demás, obran sus soberbias, sus pecados.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

El gran cisma en el Vaticano

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«El cisma en Mi Iglesia será llevado en diferentes etapas. La primera etapa será cuando sólo aquellos que Me conocen verdaderamente, y comprenden la Verdad de Mis Santas Escrituras, decidirán que no pueden aceptar mentiras en Mi Nombre. La segunda etapa vendrá cuando a las personas se les niegue los Santos Sacramentos, como significan en realidad. La tercera etapa será cuando Mis Iglesias hayan sido profanadas y esto será cuando Mis sagrados siervos comprendan, al fin, la Verdad contenida en el libro del Apocalipsis» (20 octubre del 2013).

Nunca la Iglesia verdadera, nunca la Jerarquía verdadera, produce el cisma en la Iglesia, porque no es posible negarse a sí mismo. La verdad es como es, la verdad no cambia, la verdad permanece siempre en aquellos corazones que la aceptan sin poner su pensamiento humano, su idea, su opinión.

La Iglesia es la Verdad en Si Misma y, por lo tanto, no puede separarse de Ella Misma. Quien se separa de la verdad, quien se aleja de la Iglesia, es que no es de la Verdad, no es de la Iglesia.

Muchos, que son de la Iglesia, se han separado de la Iglesia porque han visto muchas cosas que llevan a la herejía y a la apostasía de la fe. Y se han separado mal, porque la Cabeza de la Iglesia no producía el cisma ni la herejía.

La Cabeza de la Iglesia, aun con sus pecados, ha permanecido fiel a la Verdad, íntegra a Cristo y a Su Iglesia. Esto, muy pocos lo comprenden. ¡Muy pocos! Y, por eso, son muy pocos los que han visto lo que es Francisco y no lo han obedecido desde el principio.

Estamos en la primera etapa del cisma. Son muy pocos los que tienen Fe en Cristo, los que conocen de verdad a Cristo. Son muchos los que lo conocen de oídas. Pero no tienen vida íntima con Cristo. No son almas de verdadera oración ni de penitencia. Están en la Iglesia como todos: haciendo cosas y, en realidad, no hacen nada de provecho para sus almas.

Son muy pocas las almas que al ver a Francisco, la primera vez, hayan dicho: éste no es Papa. Éste es un falsificador, un impostor.

Y son muy pocas las que, hablando y obrando ese hombre en la Iglesia, se hayan preguntado si eso –que habla y obra- viene de Cristo, si eso lo enseña Cristo, si eso pertenece al Magisterio de la Iglesia.

Son muy pocas que al leer las declaraciones de ese hombre, al leer sus encíclicas, hayan dicho: no puedo obedecer a este hombre como Papa, porque no da la Mente de Cristo, no enseña la Verdad del Evangelio. ¡Muy pocas! Todavía hay mucha gente que da su obediencia a Francisco. Y, sobre todo, la Jerarquía, que es la más culpable, porque posee más conocimientos que todos los fieles. Pero, porque tampoco ellos tienen vida de oración y de penitencia auténtica, no saben oponerse a Francisco.

En la primera etapa del cisma, que es en la que estamos, se ve la falta de fe auténtica de muchos miembros en la Iglesia. Son todos unos analfabetos en la fe. Y viene un baboso, con una palabrería barata, y sucumben a su herética enseñanza.

El cisma es siempre producido por aquella Jerarquía que no es la verdadera, que se hace pasar por la verdadera: que ora, celebra misa, confiesa, predica, pero que todo eso es sólo una ficción, una obra de teatro; porque son gente sin fe: por tanto, ni celebran, ni dan sacramentos, ni predican. Están en la Iglesia para su negocio. Y sólo para eso. Son gente infiltrada en el sacerdocio, sin vocación para ser sacerdotes. Sólo con la vocación del demonio, con el llamado del demonio, para obrar, en la Iglesia, la ruina de Ella.

Este punto es el que, también les cuesta entender a los miembros de la Iglesia, especialmente a la Jerarquía. Por eso, han tapado el tercer secreto de Fátima, que es el que habla sobre esto. Y no creen en el Apocalipsis, y siguen esperando el fin del mundo y otras edades en la tierra.

Hay muchos, dentro de la Jerarquía que no creen en el milenio: en el reino de Cristo en la tierra; un reino glorioso. Y no creen por sus teologías: no saben explicar el pecado original y, por tanto, no comprenden el reino glorioso de Cristo en la tierra. Y quieren explicar la Segunda Venida de Cristo de muchas maneras; y, entonces, no comprenden los Signos de los Tiempos. No puede ver a Francisco como impostor, sino que lo siguen viendo como verdadero Papa.

Éste es el punto crítico en tanta Jerarquía: ellos creen que siempre habrá un Papa verdadero en la Iglesia. Que el cisma de la Iglesia no puede hacerlo la cabeza, la Jerarquía. Y, por eso, no acaban de ver la realidad de Francisco. Están ciegos, por su falta de fe; no por inteligencia. Ellos comprenden las herejías que Francisco está diciendo. Ellos las ven, porque ellos saben de qué está hablando Francisco. Pero viven con temor, con miedo a la Autoridad en la Iglesia. No saben oponerse a una Autoridad que ya no da la Verdad, que ya se sale claramente de las reglas divinas y morales. Y serán los últimos en ver, por su soberbia. Hasta que no vean la profanación de la Eucaristía no van a entender nada. Hasta que no se les niegue la celebración de la misa, no van a comprender nada. Van a seguir dando obediencia a Francisco.

Estamos en la recta final de esta primera etapa del cisma. Tiempo ha dado el Señor para discernir a un maldito. ¡Y qué pocos han discernido! ¡Qué pocos se han enfrentado a Francisco! ¡Cuántos continúan haciéndole el juego, hablando de lo que dice o no dice, y esperando algo de él!

El que es de la Verdad no puede obedecer una doctrina mentirosa, que no da ninguna Verdad, como es la doctrina que Francisco ha impulsado en estos meses: evangelio de la fraternidad, cultura del encuentro, el diálogo con los hombres. Estas son las bases de la nueva iglesia herética y cismática puesta en el Vaticano, en Roma.

Muchos no acaban de comprender que con la renuncia del Papa Benedicto XVI, el fundamento de la Iglesia, que es Pedro, que es el Papado, ha sido demolido totalmente. Y ahora se está levantando la abominación en Roma.

Esto es lo que muchos no comprenden. Ya no hay Iglesia. Ya no hay más Papas. Ya no hay más cabezas en la Iglesia. Todo ha sido tumbado por la masonería. Lo que hay es el juego de los masones, el desfile de gente para mostrar al mundo la nueva iglesia del nuevo orden mundial.

Francisco no pertenece a la Iglesia Católica. Francisco no es sacerdote. Francisco no es Obispo. Francisco es un infiltrado, que lleva viviendo su herejía toda su vida; y que la ha obrado, especialmente, como sacerdote y como Obispo. Y, ahora, en el podio de los vencedores, la sigue obrando como un falso Papa.

Esto es lo que no entra en la cabeza a muchos, incluso a gente que no es de la Iglesia. Y a mucha gente, que se salió de la Iglesia, y que por criticar a todo el Papado, tampoco ve lo que es Francisco. No saben discernir los Signos de los Tiempos. No saben nada de nada.

Francisco es sólo el inicio del cisma, pero no es todo el cisma. Hace falta algo más para tumbar la Iglesia que las babosidades de ese hombre. Esas babosidades dañan a la Iglesia, pero no obran lo que el demonio quiere. Por eso, es necesario un hombre más fuerte, que rompa los dogmas. Es necesario quitar a Francisco, porque ya ha cumplido su papel: el de ser bufón en la corte. El payaso que entretiene a las masas. Y, por ser un payaso, es un hombre sin inteligencia; que vive su herejía, pero que no sabe poner las bases intelectuales para que otros la vivan. Por eso, la masonería se encarga de quitarlo y poner a su hombre, el cual iniciará la segunda fase del cisma.

Viene el hombre temido por la Jerarquía. A Francisco no le temen, pero saben cómo son las cosas en la Iglesia. Por eso, siguen callados. Mientras haya un plato de lentejas, que las almas vivan como puedan en la Iglesia.

Viene el hombre que pone a la Jerarquía entre las cuerdas, que empieza a dar excomuniones a quien no le obedezca, porque sólo así la Iglesia funciona: con el miedo de la pena. Y aun así mucha Jerarquía callará, seguirá con los ojos vendados, dando obediencia a quien no se debe dar.

Francisco deja su falso Papado, renuncia a ello; le obligan a irse, como obligaron al Papa Benedicto XVI. Pero es más fácil ahora, porque Francisco se ha encargado de anular la figura del Papado en la Iglesia. Con su gobierno horizontal, él deja un sustituto, otro que gobierne. Es fácil crear una sucesión de hombres que gobiernen la Iglesia, cuando el gobierno de la Iglesia es eso: la sucesión de Pedro. Se quita a Pedro, y se pone otra forma de ser Pedro en la Iglesia, más acorde al pensamiento moderno, a la cultura del hombre, a la nueva fraternidad. Es cuestión de cambiar algunas normas, leyes de eso.

El fundamento de la Iglesia, que es Pedro, ya no existe en Roma. Existe lo exterior, la apariencia externa. Pero, dentro de poco, ni eso. Los hombres de la Iglesia, la Jerarquía infiltrada, la masónica, que se viste de un ropaje adecuado, pero que obra la maldad del demonio, han anulado a Pedro en la Iglesia. Esto es lo que no se quiere comprender.

La elección de Francisco por los Cardenales es sólo una ficción, una obra de teatro, algo impuesto a la Iglesia; algo que tenía que dejar el Papa Benedicto XVI, porque le obligaron a decir que la sede estaba vacante.

La renuncia del Papa Benedicto XVI es falsa, es también nula; porque no ha sido libre. Ha sido obligado a renunciar. Le han puesto una pistola en la cabeza. Y su pecado, sólo Dios lo puede juzgar. Bien podría haber dado la muerte por Cristo y por la Iglesia. Pero se bajó de la Cruz. Que sea Dios quien juzgue su pecado.

El Papa Benedicto XVI sigue siendo Pedro en la Iglesia; pero es inútil porque no puede cumplir su misión. Pero los destinos de la Iglesia sólo ahora le corresponden a Cristo, no al Papa. La forma de guiar a la Iglesia, en esta gran oscuridad, cuando no hay cabeza visible, cuando una impostura está en el gobierno de la Iglesia, ya no le pertenece al Papa, a Benedicto XVI. Ya se encarga Cristo, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, de guiar a toda Su Iglesia, a la Iglesia verdadera, a la Jerarquía verdadera, hacia la Verdad.

Pero Cristo sólo puede guiar a un alma cuando ésta abraza la Verdad. Cristo está esperando que las almas despierten del engaño de Francisco y se opongan a la mentira, con todas las consecuencias. Si el alma no lucha en contra del error, de la mentira, entonces Cristo no puede guiarla.

Por eso, es necesario saber batallar contra Francisco y contra todo aquel que siga a Francisco, que obedezca a Francisco. No hay que hablar de Francisco y meter en ello a los otros Papas, como muchos equivocadamente hacen. Hay que anular a Francisco de la Iglesia Católica, porque no es Iglesia, no pertenece a la Iglesia. No hay que anular a los otros Papas.

Un antipapa pertenece a la Iglesia, porque no es herético. Pero Francisco no es antipapa, es herejía, es cisma, es anticristo, es falso profeta. Francisco no es Iglesia.

Si no se sabe batallar contra Francisco, menos se sabrá luchar contra el temido, contra el que lo sucede en el gobierno. Si ahora caen por las estupideces de ese hombre, por sus palabras baratas y blasfemas; si ahora por un sentimentalismo idiota, se les cae la baba por Francisco, ¿qué van a hacer cuando el que viene les diga tantas razones bien concertadas, que parecen una verdad, y que serán sólo mentira, y se queden con la boca abierta, sin saber qué responder?

Francisco es el orgullo en la Iglesia: es decir, la vanidad, el amor propio, el deseo de popularidad, la vida social, la vida exterior, el estar con todo el mundo viviendo sus vidas. Eso es Francisco: se ama a sí mismo, y sólo se ama a sí mismo. Después, habla de amor a los pobres para ganar su salario en la Iglesia, para hacer su negocio en la Iglesia.

Pero el que viene es la soberbia en la Iglesia, se deja de sentimentalismos: es decir, es la idea triunfante, la razón que todo lo puede, que todo lo ve, la filosofía que todo lo divide, la mente que nunca descansa, que se sabe todos los caminos para obrar y conseguir lo que quiere. Un hombre cerrado a la verdad que no atiende a razones, sino que quiere que todo el mundo le obedezca por lo que dice y razona.

Si no han sabido luchar contra el hereje sentimental de Francisco, menos sabrán luchar contra el hereje intelectual de su sucesor en el gobierno.

El cisma nunca lo hace la Iglesia, sino aquel que se sale de la Iglesia, de la Verdad. Y no importa seguir dentro, en la apariencia externa, porque el cisma comienza siempre en el interior de la persona. Cuando la persona vive en su corazón el cisma, entonces lo obra exteriormente. Esto es lo que ya se ve en el Vaticano, pero nadie se da cuenta. Quien tiene ojos espirituales, ya reconoce el cisma en la Jerarquía. Y comienza a distinguir la verdadera Jerarquía de la infiltrada.

Ya no es tiempo de seguir a Francisco, a ver que dice, a ver qué hace. Ya no se lucha en contra de él como al principio. Viene el tiempo de la segunda parte del cisma. Y hay que prepararse para esa lucha de otra manera.

Francisco enseña a ser comunista en su mensaje de Cuaresma

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Francisco enseña su comunismo en la Iglesia; enseña a ser comunista, a pensar como un comunista, a ver la vida como un comunista.

1. “En toda época y en todo lugar, Dios sigue salvando a los hombres y salvando el mundo mediante la pobreza de Cristo, el cual se hace pobre en los Sacramentos, en la Palabra y en su Iglesia, que es un pueblo de pobres. La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza, sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo”. Esto no es sólo la necedad de ese hombre, sino su marxismo, su ideología de los pobres, su devoción a las ideas de la masonería.

a. Dios salva a los hombres, pero no al mundo. La salvación del mundo no existe. Existe la maldición de la tierra, pero no su condenación o salvación. Por estar la tierra maldita, entonces no se puede dar el Reino Glorioso de Cristo. Hay que transformar la tierra para que se produzca ese Reino. Pero esa transformación sólo le corresponde a Dios, ya no es exigencia de la muerte de Cristo. Con la muerte de Cristo, Dios pone el camino de la salvación de los hombres, pero no para quitar la maldición del pecado de Adán sobre la tierra. Si se da un nuevo Cielo y una nueva Tierra es por Voluntad de Dios, es porque Dios quiere poner su plan primero sobre el hombre, pero esto no es de necesidad en la Obra de la Redención del hombre.

b. Dios salva al hombre por medio de la Cruz, no de la pobreza de Cristo. Es la muerte en Cruz lo que salva al hombre. Y esa muerte no es una pobreza, no es signo de una pobreza. Esa muerte es la Voluntad de Dios, que es siempre una riqueza para el hombre, un bien para el hombre, un tesoro para el hombre, un valor para el hombre.

c. Cristo no se hace pobre en los sacramentos, ni en la Palabra ni en la Iglesia. Este es el lenguaje comunista, pero aberrante, de Francisco. Esto da asco leerlo porque va en contra de la verdad de lo que es el Sacramento, de lo que es la Palabra de Dios y de lo que es la Iglesia. La Iglesia ni es pobre ni es rica; los Sacramentos ni son pobres ni son ricos; la Palabra de Dios ni es pobre ni es rica.

i. la Iglesia es la Obra de Cristo, la Obra de la Verdad, porque Cristo es la Verdad.

ii. La palabra de Dios es Cristo, el Verbo del Padre, que habla por la boca de Jesús.

iii. Los Sacramentos son los que dan la Vida de la Gracia a las almas.

iv. Cristo es la Iglesia; luego, no se hace pobre en la Iglesia. La Iglesia es Su Cuerpo Místico. Y, en este Cuerpo Místico, hay toda clase de hombres, ya sean pobres, ya sean ricos. Cristo no es pobre en la Iglesia, porque la Iglesia no es pobre. La Iglesia no es ni para los pobres ni para los ricos. La Iglesia es para aquellas almas que obedecen la Verdad, que es Cristo. Cristo es para los obedientes a Su Palabra, para los humildes de la Iglesia, para los sencillos de corazón de la Iglesia, para las almas penitentes de la Iglesia. Cristo es para las almas de la Iglesia.

v. Cristo es la Palabra del Pensamiento del Padre; luego, Cristo no se hace pobre en la Palabra. Su Palabra es la Mente del Padre. Y esta Mente es un tesoro inagotable, una riqueza sin fondos. Cristo da toda la riqueza de Su Padre a las almas. ¿Cómo se va a hacer pobre siendo rico? En el lenguaje comunista, la pobreza es siempre algo que no se tiene porque se ha dejado, porque se ha renunciado a ello en bien de una comunidad. Cristo no renuncia a Su Palabra, porque Cristo es Su Palabra. Y Su Palabra es riqueza, no pobreza. Cristo es rico en Su Palabra. No es pobre.

vi. Cristo da la Vida en los Sacramentos. Y una Vida Divina y, por tanto, da tesoros divinos a las almas. Cristo es rico en los sacramentos y da su riqueza al alma.

vii.La riqueza de Dios no puede pasar a través de nuestra riqueza: éste es la lucha de clases del comunismo. En esta ideología comunista, sólo hay pobres. Cristo, que es rico, es pobre. La Iglesia, que es rica, es pobre. Los hombres, que son ricos, tienen que ser pobres. Lucha de clases: riqueza y pobreza. Se anula totalmente la Gracia. Aquí enseña Francisco su comunismo.

Dios da la Gracia al hombre; pero esa Gracia no la puede recibir el alma que está en el pecado. Debe arrepentirse del pecado y expiarlo, para tener la Gracia. Francisco ya no habla de la Gracia, sino de la riqueza de Dios. Francisco ya no habla del pecado, sino de la riqueza del hombre. Se quita la Gracia, se pone la riqueza de Dios. Se quita el pecado, se pone la riqueza del hombre. Es el juego del lenguaje humano, para predicar lo que interesa: el comunismo.

viii. “sino siempre y solamente a través de nuestra pobreza, personal y comunitaria, animada por el Espíritu de Cristo”. Esto es el comunismo. Se ha cargado la Obra de la Redención.

Dios da la riqueza siempre a través de la pobreza: esto es para excomulgar a Francisco. Riqueza-pobreza: es el binomio de Francisco. Sólo existe eso entre Dios y el alma: riqueza-pobreza.

Y entre Dios y el alma no existe nada. Dios no da Su Gracia porque el hombre sea pecador o sea santo. Dios da Su Gracia porque Dios la da. La Gracia es algo gratis, que el hombre no se la merece, ni por santo ni por pecador. Si Dios quiere salvar al hombre en su pecado, tiene que darle su Gracia. Pero si Dios no quiere salvar al hombre en su pecado, Dios no da nada al hombre. Dios lo deja condenarse.

Como Dios es Justo, ve, en el pecado del hombre, una gracia que debe darle por Su Justicia, no porque se lo merezca el hombre. Y, entonces, manda a Su Hijo, a que muera en una Cruz. De esta manera, Dios pone, por Gracia, un camino al hombre en su pecado. Pero esto es insuficiente para salvar a cada hombre. Esto sólo es para quitar el pecado de Adán. Quitar este pecado no supone que el hombre merezca salvarse. Cuando Dios quita el pecado de Adán, entonces ve otra Misericordia en Su Justicia: salvar a cada hombre en particular. Y, entonces, pone Su Iglesia para que cada hombre, en privado, pueda salvarse. Para eso son los Sacramentos. Y hasta que el hombre, en privado, no acepta la Iglesia, no vive los Sacramentos, no puede merecer más gracias. Para merecer una gracia, es necesario, primero, obtener la Gracia de estar en la Iglesia. La Iglesia es la que salva al hombre en particular, porque en la Iglesia cada hombre puede vivir la fe en la Palabra. Y si vive esa fe, puede salvar a otros en la Iglesia. Si no vive esa fe, lo que hace en la Iglesia es llevar a muchos al infierno.

Dios da sus tesoros celestiales en la libertad del hombre, no en la pobreza del hombre. Es el binomio: Gracia-Libertad. No es el binomio de Francisco: riqueza-pobreza.

En la Gracia está la Vida Divina para cada alma; en la libertad está el pecado para cada alma. Hay que escoger entre el pecado y la Vida Divina para salvarse, para crecer en Gracia, para ser santo, para ser Iglesia, para pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo.

2. “A imitación de nuestro Maestro, los cristianos estamos llamados a mirar las miserias de los hermanos, a tocarlas, a hacernos cargo de ellas y a realizar obras concretas a fin de aliviarlas”. Francisco enseña a mirar al hombre en la Iglesia, a hacer comunidad con los hombres en la Iglesia, a estar pendiente de la vida de los hombres en la Iglesia, a buscar el bien común de todos los hombres en la Iglesia. Esto se llama hacer comunismo, enseñar el comunismo.

Cristo no hizo nada de esto en su vida pública: no miró la miseria de nadie, no tocó las miserias de nadie, no se hizo cargo de las miserias de nadie, no hizo obras concretas para aliviar las miserias de nadie. Cristo no se preocupó de la vida humana de los hombres. Por eso, dijo: pobres siempre tendréis. Él vino a salvar almas. Y punto y final. si quiere imitar a Cristo: entonces, ponte a salvar almas en la Iglesia. No des dinero a los pobres, no pongas una escuela para enseñar a los niños; no pongas un hospital para curar a la gente, no pongas una empresa para dar trabajo e loa jóvenes. Hacer esto es comunismo, es el espíritu de la masonería: la fraternidad. Como todos somos hermanos, entonces todos tenemos que ayudarnos mutuamente en nuestra vida. Cristo enseñó lo contrario: si quieres amar a los hombres muere en una cruz. Esa es la doctrina de Cristo. Si quieres que el mundo cambie, haz penitencia por todos los pecados que hay en el mundo. Si quiere que tu familia viva una vida llena de felicidad, entonces combate al demonio, al mundo y a la carne, y serás feliz tú y tu familia. Cristo enseña a morir, no a dar dinero. Cristo, desde la Cruz, enseña a cada alma a mirar sus pecados; no enseña a aliviar la vida de nadie. Enseña a cargar con los pecados. Y sólo así se alivia la vida de los hombres.

Francisco enseña su amor fraternal, su amor sentimental, su amor alocado, su negocio en la Iglesia: denme dinero porque hay que construir el bien común en la Iglesia. Hay que meter el comunismo en la Iglesia.

3. “La miseria no coincide con la pobreza; la miseria es la pobreza sin confianza, sin solidaridad, sin esperanza”. Esto es la payasada de Francisco para declarar que no tiene ni idea de lo que está hablando. Es el sentimentalismo de un hombre que se le cae la baba por obtener un maldito dinero en la Iglesia. Así habla para mover a la gente a que dé dinero para los miserables, para los que no tienen alimento, vestido, casa, etc. Pero él habla así no porque le interese los miserables, sino porque quiere su dinero, el dinero de la gente. ¡Da pena este hombre! ¡Da vergüenza que este hombre siga sentado en la Silla de Pedro como si nada pasara! ¡Qué infierno va a tener este hombre si no cambia su vida, si no hace penitencia por su gran vida de pecado! ¡Francisco enseña a condenarse al infierno!

4. “La miseria material es la que habitualmente llamamos pobreza y toca a cuantos viven en una condición que no es digna de la persona humana: privados de sus derechos fundamentales y de los bienes de primera necesidad como la comida, el agua, las condiciones higiénicas, el trabajo, la posibilidad de desarrollo y de crecimiento cultural”. Ante la miseria material, Cristo dice: pobres siempre tendréis. Es decir, es bueno que existan pobres, gente que no tiene ni comida, ni vestido, ni cosas necesarias. Es muy bueno. Lo quiere Dios. Es la voluntad de Dios que hayan pobres. Y los hombres no tienen que vivir para quitar la pobreza material de nadie. Si hacen esto, no sólo hacen comunismo sino cualquier otra vida en contra del Evangelio. Los hombres se dedican a su progreso técnico, científico etc., pero no viven la Verdad del Evangelio. Y, entonces, viene la angustia de Francisco, que es su angustia comunista: vosotros, países ricos del mundo, que vivís bien, sois malos porque no compartís vuestra riqueza con la gente pobre. Esto es siempre el espíritu del comunismo: lucha de clases: ricos contra pobres, dominadores contra esclavos.

Vosotros, los que os dedicáis a la tradición, a la liturgia, a cultivar el dogma en la Iglesia sois malos porque hay gente que se muere de hambre: dejad vuestras verdades y poneos a aliviar las necesidades de los pobres. Esto es lo que enseña Francisco: lucha de clases; comunismo, marxismo, vivir para resolver los problemas de los pobres. Él lucha por una igualdad humana, social, comunitaria; él lucha por un interés social, por una dignidad humana, natural, carnal, económica, cultural. Pero no lucha por la Verdad del Evangelio.

La gente rica, los países ricos son los culpables de que haya pobres en el mundo. La gente que es fiel a las verdades absolutas son los culpables de que hayan pobres en el mundo. Las almas que miran a Cristo y se Crucifican con Él son los auténticos culpables de que haya pobres en el mundo.

Francisco sólo le interesa el rostro de la humanidad: hay que “responder a las necesidades y curar estas heridas que desfiguran el rostro de la humanidad”. Pero no le interesa responder a las necesidades y curar las heridas que desfiguran el rostro de Cristo. Francisco no mira el rostro sangriento de Cristo por nuestros pecados. Francisco no mira las llagas de Cristo. Francisco no hace caso del sufrimiento de Cristo por los pecados de su alma. Cada alma tiene que responder a la muerte de Cristo quitando sus pecados. Cada alma tiene que responder a la necesidad del Corazón de Cristo, que le exige repara sus pecados y cargar con los pecados de los demás para salvar almas. Cada alma necesita curar las llagas de Cristo, de su rostro. Cada alma tiene que quitar sus pecados para no herir de nuevo a Cristo, para no crucificar de nuevo a Cristo.

5. “En los pobres y en los últimos vemos el rostro de Cristo; amando y ayudando a los pobres amamos y servimos a Cristo”. Esta es la palabrería barata y blasfema de ese hombre que no sabe lo que está diciendo. El rostro de Cristo está en el hombre pecador. Cristo muere por el hombre en pecado. Cristo sufre por el hombre en pecado. Cristo derrama Su Sangre por el hombre en pecado. Quien peca mata a Cristo. Quien peca le pone una corona de espinas a Cristo. Quien peca da latigazos a Cristo. Quien peca escupe a Cristo. Cristo está en el hombre que peca. Cristo no está en el pobre, ni en el rico. Cristo no está en quien no tiene trabajo. Cristo no está en el anciano que no es cuidado. Cristo no está en la sociedad, en el mundo, en los países. Cristo está en cada corazón que se abre a Su Amor Misericordioso y comienza, con Él, a purificarse de sus pecados. Cristo está en el que hace penitencia por sus pecados. Cristo está en el que se crucifica con él para salvar del pecado a otras almas. Cristo está con aquel hombre que sólo vive para obedecer la Verdad, que es Cristo mismo.

6. “Nuestros esfuerzos se orientan asimismo a encontrar el modo de que cesen en el mundo las violaciones de la dignidad humana, las discriminaciones y los abusos, que, en tantos casos, son el origen de la miseria”. ¡Qué manera de perder el tiempo en el mundo! ¡Vaya estupidez que dice aquí Francisco! El mundo es del demonio; entonces, ¿cómo quieres que se quiten los problemas del mundo, si no luchas en contra del demonio? ¡Estúpido Francisco! Y, ¿cómo quieres luchar en contra del demonio si no enseñas a quitar el pecado, a luchar en contra del pecado? ¡Estúpido Francisco! Esta es su ideología comunista, porque el problema de la miseria es, para el marxismo, un problema histórico, humano, natural, social, económico, cultural, pero nunca es un pecado, algo espiritual y místico. Hay pobres no porque exista en pecado de avaricia, sino porque hay un problema de desigualdad entre ricos y pobres. Y todo el esfuerzo de Francisco está en eso: en quitar esa desigualdad social, cultural, económica, etc.

7. “Cuando el poder, el lujo y el dinero se convierten en ídolos, se anteponen a la exigencia de una distribución justa de las riquezas. Por tanto, es necesario que las conciencias se conviertan a la justicia, a la igualdad, a la sobriedad y al compartir”: ¡qué peste a comunismo tiene esta frase! Si hay culto al dinero, entonces una sola cosa: quita tu pecado, tu adoración al dinero. Lucha contra tu pecado de avaricia y de usura. enfrenta al demonio que te lleva a ese culto. Enfrenta a los hombres que quieren vivir sólo para ganare dinero. Enfrenta tus apegos al dinero, por el cual derrochas y derrochas sin darte cuenta. domina tu afán por tener cosas, por comprar cosas, por estar bien en la vida. Guarda tu dinero y aprende a usarlo preguntado a Dios: cómo hay que usarlo, en qué hay que gastarlo y cómo se hace penitencia por los pecados de avaricia, de usura, por tu lujo y por tu comodidad en la vida. Pero si te dedicas a seguir las opiniones de Francisco, es seguro que te condenas aunque des toda tu fortuna a los pobres. Dios no te pide que des tu dinero a los pobres, sino que quites tu pecado de avaricia, que expíes ese pecado. Esto es lo que Francisco no enseña, porque sólo está en su idea del bien común, de su comunismo.

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