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Ley, Gracia y Espíritu

laobradeunnecio

«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

Dios es Amor

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Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

La perfección de la ley está en un corazón purificado de toda maldad

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«No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas: no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mateo 5, 17).

¿Cómo Cristo consuma la ley mosaica? Con lo que dice San Pablo: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Gal 5, 14).

La ley mosaica es ley moral, litúrgica, social y penal. Y Jesús no viene a suprimirla, sino a llevarla a su perfección en la caridad. Y, por eso, dice: «que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la ley hasta que todo se cumpla» (v. 18). Es decir, que no se puede descuidar ninguno de los preceptos más pequeños, menos importantes, porque hay que cumplir la ley como está.

Y, entonces, viene el problema, el gravísimo problema que no resuelve Francisco, porque él dice que basta la intención para cumplir la ley, para que sea perfecta: “Jesús no da importancia sólo a la observancia disciplinar y a la conducta externa. Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas” (Francisco, 16 de febrero 2014).

Y si todo está en la intención, entonces ¿para qué Cristo viene a dar cumplimiento de la ley? ¿Para qué quiere llevarla a la perfección? Si basta la intención, entonces sobra lo demás. Si tengo intención recta, entonces ¿importa cumplir la ley en sus pequeños detalles? Esto es lo que no resuelve Francisco. Él se va por peteneras. Él habla de otras cosas, para él más importantes, que dar la verdad del Evangelio.

Una cosa es la intención en la obra de la ley y otra muy distinta es cumplir la ley a rajatabla, en sus más mínimos detalles.

Para cumplir la ley toda entera es necesario el Espíritu que se dio a la Ley. Ese Espíritu no lo tenía el pueblo de Dios. Dios da la Ley Divina, los mandamientos, pero no Su Espíritu. Moisés hace la ley, los preceptos, pero no da el Espíritu. Y, entonces, los judíos se llenan de leyes que no les sirven para cumplir la Ley de Dios, porque son leyes sin Espíritu; son leyes que los hombres ponen para poder cumplir la ley de Dios, los mandamientos de Dios.

Jesús viene a dar cumplimiento a Su Ley, es decir, a sus mandamientos. Y sólo se puede hacer con el Espíritu. Y los que cumplen los mandamientos de Dios, pueden cumplir los demás preceptos de la Ley. Pero los que no cumplen esos mandamientos, tampoco alcanzan los demás preceptos.

El pueblo judío se llenó de leyes que nadie cumplía, porque no había Espíritu, porque se quería cumplir la Ley Divina midiendo con el pensamiento humano esa Ley. En consecuencia, los judíos se llenaron de una jurisdicción, de unas normas jurídicas aplastantes para los hombres, que les impedía cumplir la ley de Dios. Y habían hecho de esas normas jurídicas la norma férrea, pero totalmente externa, de su vida individual y colectiva. Y los fariseos exigían que todo el mundo cumpliese esas leyes externas, pero ellos no lo hacían. Era una carga para todo el pueblo, menos para ellos. Y, entonces, nadie cumplía la ley de Dios, porque estaba sofocada por multitud de leyes o preceptos humanos.

Esto, al no explicarlo Francisco, hace que su homilía sea herética. Él se dedica a resaltar el amor al prójimo, pero no explica de qué forma se tiene que cumplir con los pequeños mandamientos, preceptos, reglas, que tiene la ley y que son su perfección.

Entonces, Francisco es un mismo fariseo: habla del amor al prójimo, pero no dice cómo amar al prójimo. Habla cosas bonitas, pero no enseña a realizarlas, sino que impone su pensamiento, su punto de vista.

La perfección de la ley está en el Amor, pero la pregunta es: ¿cómo amando puedo cumplir los pequeños preceptos de la ley? Francisco responde: la intención. No dice nada, no resuelve nada. Porque si la intención es buena o es mala, no se sabe si se cumple o no se cumple con toda la ley. Puedo tener intención mala y cumplir toda la ley y, por tanto, no hago una obra buena al cumplir la ley. Y puedo tener una intención buena y, sin embargo, no cumplo toda la ley. En consecuencia, la intención buena no avala el cumplimiento de toda la ley.

Entonces, ¿cómo se llega a los mínimos preceptos y se tiende a la perfección?

El problema no está en el aspecto externo o interno a la hora de practicar la ley. Hay muchas almas que externamente hacen lo correcto y tienen buena intención pero no llegan a la perfección de la ley. Las pequeñas cosas no las hacen, no las cumplen.

Y hay otras almas que internamente hacen lo correcto, con buena intención, pero tampoco llegan a la perfección de la ley.

El problema que Francisco no resuelve es éste: de los preceptos humanos hay que quitar aquello que impide tener el Espíritu de la Ley para poder llegar a la perfección de la ley.

Los escribas se llenaron de normas que no servían para tener el Espíritu, que impedían el Espíritu y, por tanto, sus leyes no servían en la práctica. Todo lo legislaban y no dejaban al alma libre para obrar en el Espíritu. Y, entonces, la vida espiritual era raquítica. Todo consistía en cumplir pequeñas normas externas sin el Espíritu; dando valor sólo a esas normas pequeñas. Y, entonces, si no se lavaban las manos, incurrían en la impureza.

Y Jesús viene a dar cumplimiento de la Ley pero quitando lo que no sirve en esos preceptos. Y, entonces, pone la norma del amor.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás; el que matare será reo de juicio. Pero Yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere «raca» será reo ante el Sanedrín; y el que le dijere «loco» será reo de la gehena del fuego» (v. 21-22).

Jesús dice que la perfección de esa Ley está en el prójimo. Los judíos habían formulado preceptos muy severos para esta ley, y se habían olvidado del prójimo, porque se mata a alguien, primero, en la mente, después, en la boca y, por último, con las manos. Y, entonces, para cumplir la ley en sus pequeños detalles, no sólo hay que legislar la muerte física de la persona, sino la muerte que dan los pensamientos y las palabras.

Porque si se atiende a quitar el pensamiento y la palabra que mata, entonces no se llega a matar físicamente y se cumple a la perfección, en los mínimos detalles toda la ley.

En consecuencia, no está en la intención la perfección de la ley, sino que está en cumplir el mandamiento del amor. Y ese mandamiento lleva al alma a fijarse en aquellos pensamientos y palabras que tienen una injuria hacia el prójimo.

Hoy día la psiquiatría llama locos a los hombres. Eso es una injuria que el Señor dice que tiene castigo del infierno. Hoy día el lenguaje filosófico de los hombres es como los escribas y fariseos: sin amor al prójimo. Con un falso amor al hombre se llama loco a los hombres, porque así lo han investigado esos filósofos con su ciencia humana. Y hoy día muchos alaban a los psiquiatras y juzgan a los hombres con esa sabiduría humana. Y están pecando contra el amor al prójimo.

Ningún sabiduría humana tiene derecho a declarar loco a ningún hombre por su comportamiento en la sociedad. Cuando se hace eso, se anula el pecado. Y ya el hombre es enfermo mental, pero no pecador. Y eso es diabólico. Y eso es digno de castigo eterno.
Hoy los hombres legislan con sus ciencias humanas la vida de los hombres: miden a los hombres con sus filosofías y van en contra del amor al prójimo.

Y cuánto sacerdotes son psiquiatras, que ven a las almas con los ojos de la filosofía, de la psiquiatría, y anulan la vida espiritual de las almas. Y eso es reo del fuego del infierno.

Cuantos sacerdotes niegan las revelaciones privadas y llaman a los que la reciben locos de mente. Tienen una enfermedad mental. Se volvieron locos. Y eso va en contra del amor de Dios.

Santa Gema Galgani no pudo entrar en el convento porque la Jerarquía la llamó loca. Y, después, de su muerte, es la santa de los Pasionistas. Ella se ganó el Cielo con las injurias de muchos sacerdotes. Y esas injurias merecían el infierno para esos sacerdotes. Porque hay cuidar los mínimos pensamientos para no pecar mortalmente. Esto es lo que enseña Jesús.

No hay que cuidar las cosas pequeñas externas, que son sólo un tumulto de normas que no sirven para nada. No hay que atender a eso, si el alma no atiende a sus más mínimos pensamientos. Hay que cuidar esos mínimos pensamientos y entonces se cumple toda la Ley.

Por eso, Francisco no explica nada de esto y su homilía es una herejía.

El que tiene ira contra su hermano, ya es juzgado, es decir, ya ha pecado. Por eso, hay que practicar la virtud de la paciencia, del silencio interior y exterior, del dominio del cuerpo, y entonces, se vence la ira.

El que dice una palabrota tiene un juicio externo; es decir, todos lo pueden juzgar, es reo del Sanedrín, porque habla mal en público contra el prójimo. Aquí no habla el Señor del pecado de la mentira, ni de la calumnia, ni de la difamación, ni de los chismes, sino de las malas palabras. Malas palabras que nacen de la ira contra el prójimo, que nacen de la envidia, del odio, del rencor. Y, por tanto, producen un mal social, una revuelta social. Y para acallar eso, para expiar eso, es necesario un juicio público.

Por tanto, no es la intención lo que lleva a la perfección de la ley. Es poner en práctica el mandamiento del amor en sus más mínimos detalles en el hombre. Que el hombre no sólo atienda a las cosas exteriores de la obras, a lo más importante de una obra, sino a las cosas pequeñas, a las raíces de donde nace la obra; porque el hombre es soberbio y, entonces, si no ama al prójimo, siempre acaba juzgándolo. Y, para no juzgarlo, tiene que cuidar sus más mínimos pensamientos y palabras.

El hombre tiene que cuidar su soberbia, echar su soberbia a un lado, para poder tener la sabiduría divina. Si no hace eso, anda en sus sabidurías humanas juzgando a todo el mundo.

El hombre tiene que quitar su pecado de soberbia para amar con sabiduría al prójimo.

El hombre tiene que practicar las virtudes para poder dar el amor recto al prójimo.

Y sólo así se cumple la ley en sus pequeñas cosas. Y esto no lo explica Francisco. No dice nada. Sólo habla de lo que le interesa hablar. Entretiene a la gente con muchas cosas que no enseñan la verdad del Evangelio.

Si el corazón humano no se purifica de sus pecados, entonces no puede amar al prójimo. Francisco se detiene en esto: “Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas”. Y no enseña a purificar el corazón, que es donde está la perfección del amor.

Un corazón que no se purifica no puede amar. Un corazón que no ve su maldad para luchar en contra de ella, no puede amar. Un corazón que no sabe discernir entre el bien y el mal, entonces no puede amar.

La raíz de la Ley no está en la intención ni en el corazón. La raíz de la Ley está en el Corazón de Dios. La Ley es Divina. El hombre, para cumplirla, tiene que tener intención recta y un corazón purificado de toda maldad. Por eso, el que peca no puede amar. Los hombres hacen obras buenas en su vida de pecado, y hacen obras perfectas en su vida de pecado: no aman; no cumplen la ley de Dios; sino que se condenan por lo que obran, porque lo hacen en su pecado. Con buena intención, pero con un corazón podrido por el pecado.

Existe la buena intención y la malicia de la obra. Una obra mala se puede realizar con buena intención. Esa es la maldad farisaica. Es una maldad al cuadrado. Es dar una sonrisa y clavar un puñal. Así son muchos hombres. Así eran los fariseos. Así es Francisco: con una sonrisa destruye la Iglesia. Con su buena intención de amar a todo el mundo, destruye la Verdad en la Iglesia.

La intención de consagrar

“Mi Promesa es proveeros con el Alimento de Vida – Mi Cuerpo y Sangre – y sin embargo, vais, una vez más, a negarme. Haréis esto al remover la Sagrada Eucaristía del Templo de Dios y la vais a reemplazar con un cadáver. La sustitución será imperceptible y tomará un tiempo antes que os déis cuenta de la maligna acción, que será impuesta a vosotros. Mientras Mi Cuerpo, a través de la Sagrada Eucaristía os sustenta, la Muerte de Mi Cuerpo, Mi Iglesia, traerá muerte a las almas de los que me descartáis” (Jesús – 28 de marzo 2013).

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Dentro de poco se removerá la Sagrada Eucaristía de la Iglesia. De hecho, ya está removida, pero encubiertamente, sin que se note al exterior, porque no se ha dado a conocer la nueva forma de la Eucaristía.

La Eucaristía es la Vida Divina.

No es una memoria de esa Vida, no es un recuerdo de esa Vida, no es actualizar lo que pasó hace 2000 años y ponerlo hoy de una manera diferente o acomodada al pensamiento del hombre.

La Eucaristía es el mismo Dios. Y Dios no tiene ni pasado, ni futuro, ni presente. Dios es Eterno. Y, por tanto Su Vida es Eterna. Su Vida es ahora y siempre. No cambia con los tiempos de los hombres, con las culturas de los hombres, con los pensamientos de los hombres.

Siempre es la Vida en Dios.

Y, por tanto, para que la Eucaristía valga en la Iglesia, se produzca en la Iglesia, para que la Carne y la Sangre sea en verdad eso y no otra cosa, es necesario tener la intención de hacer lo que hizo Cristo en la Última Cena.

Y ¿qué cosa hizo?

Algo sencillo:

“Tomando Jesús un pan…dijo: Tomad y comed; esto es Mi Cuerpo” (Mt 26, 26). ”Haced esto en conmemoración Mía” (Lc 22, 19). “Y tomando un Cáliz…dijo: Bebed de él todos, porque ésta es Mi Sangre de la Alianza, que por muchos es derramada para la remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

Quien no tenga la intención del mismo Cristo, no puede consagrar el pan y el vino y, por tanto, no puede darse la Carne y la Sangre de Cristo.

Es necesario tener la intención de Cristo. No es suficiente con hacer lo que hace la Iglesia. Porque esto significa muchas cosas y nada al mismo tiempo.

Hay que tener la intención que hace la Iglesia cuando se consagra con la intención de Cristo. Pero cuando no se consagra con esta intención, entonces lo que hace la Iglesia no sirve.

El sacerdote que no tenga esta intención, no consagra.

Y ¿en qué consiste esta intención de Cristo?

Sólo en una cosa: transubstanciar el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo.

Eso sólo.

Esto significa una sola cosa: la fe del sacerdote en la Palabra de Dios. No la fe de la Iglesia en la Palabra de Dios.

La fe del sacerdote en las Palabras del Evangelio. Creer que cuando dice esas palabras se está obrando el Misterio, el Milagro de la Eucaristía. Aunque no lo vea, aunque no lo sienta.

Si el sacerdote, aunque diga las palabras correctas de la consagración, no cree en esas palabras, no cree en lo que está diciendo, entonces no consagra el Milagro Eucarístico.

La validez de una Santa Misa sólo está en la fe del sacerdote.

La validez de una Santa Misa no está en la Fe de la Iglesia.

Son dos cosas distintas.

Quien pone en el Altar el Milagro de Cristo es sólo el sacerdote, no la fe del Pueblo. Por más que crea el Pueblo en la Palabra de Dios, por más que la Iglesia ponga ritos adecuados a esa Palabra de Dios, si el sacerdote no cree en esas Palabras Divinas, no hay Eucaristía.

El gran peligro está en una cosa: poner la Fe de la Santa Misa, poner la fe en la Eucaristía en lo que hace el Pueblo.

Este es el gran error que se introdujo con la Misa de Pablo VI. Y en este error estamos. Y este error lleva a anular la Eucaristía de la Iglesia.

La intención de consagrar está sólo en el sacerdote. Si el sacerdote no cree, sólo hace una obra de teatro en la Iglesia aunque diga todas las palabras correctas de la Misa, y aunque haga todas las oraciones de la Misa de Pio V.

No está ni en las oraciones ni en los ritos ni en nada la validez de una Santa Misa.

Para que una Misa valga, el sacerdote tiene que unirse místicamente a la intención de Cristo en la última Cena.

Esa unión mística significa que la mente del sacerdote se somete en todo a la Mente de Cristo en la última Cena.

Se somete: es decir, que la mente del sacerdote no pone un juicio o un pensamiento contrario a lo que Cristo hizo allí.

Solamente da las palabras de Cristo, tal como Él las dijo y con la intención con que las dijo.

No basta decir las palabras, es necesario decir la intención.

Y, para decir la intención, sólo hay que tener fe en esas palabras, es decir, no añadir ni quitar nada a esas palabras. No razonar esas palabras. Ver la obra que Cristo hizo cuando dijo esas palabras.

La maldad para quitar la Eucaristía va a estar en decir que la intención para consagrar la Eucaristía es sólo hacer lo que hace la Iglesia. Eso destruye la Eucaristía. Hagamos en la Iglesia nuestra santa Misa, pero non hagamos en la Iglesia lo que hizo Cristo en la Última Cena.

Cristo enseña a sus sacerdotes a realizar el misterio eucarístico. Cristo no enseña al Cuerpo Místico cómo se realiza el Sacrificio. Porque la Iglesia es la Jerarquía, no es el Pueblo de Dios.

Cuando Cristo consagra en la Última Cena está obrando dos cosas: primero el Milagro Eucarístico; y segundo está ordenando a los discípulos sus sacerdotes. Les da el sacramento del orden. Y sólo se lo da a la Jerarquía de la Iglesia, no al Pueblo de Dios.

Poner la intención de consagrar sólo en lo que hace la Iglesia, es poner la intención sólo en el Pueblo de Dios, no en el sacerdote.

En la Iglesia, le fe primero está en el sacerdote. Y sin esa fe, no se hace Iglesia, no se es Iglesia. Un sacerdote que no cree no hace Iglesia, no pertenece a la Iglesia.

Este es el punto que, hoy día, se combate por la Jerarquía Eclesiástica: quieren quitar la fe del sacerdote cuando consagra. Poner la fe de la Iglesia, porque dicen que la Iglesia es el Pueblo de Dios, es la comunidad del Pueblo de Dios. Poner la fe en la Iglesia, cuando la Fe está en la Palabra de Dios, en Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia. La Fe no está en el Cuerpo Místico de la Iglesia. Esta herejía, que es la que dice Francisco en su encíclica, lleva a anular la Eucaristía. Por eso, ya está anulada, pero la gente no ha comprendido.

Francisco y los suyos es lo que predican de la Iglesia: la ven sólo como reunión del Pueblo de Dios. No hay clérigos, no hay laicos, todos somo uno en la Iglesia.

Ya la Iglesia no es la Jerarquía por el gobierno horizontal. Ya no existe la Jerarquía en la Iglesia, porque no puede darse la obediencia que se daba en la verticalidad. La Jerarquía es vertical, no horizontal. En la nueva iglesia el Papa es sólo la voz de los Obispos, la voz del Pueblo de Dios, pero no es la Voz de Cristo. Ya ese falso Papa no tiene la intención de Cristo porque no escucha la Voz de Cristo, sólo escucha la voz de los hombres en la Iglesia.

Por eso, en sí ya no existe la Eucaristía. Pero tienen que decirlo con un documento firmado pro el falso Papa, como se hizo con el gobierno horizontal.

Si el sacerdote no cree, vana es la santa Misa en la Iglesia. La fe del Pueblo de Dios, la fe de la Iglesia, la intención que tenga la Iglesia sobre la Eucaristía no sirve para consagrar el pan y el vino.

Por eso, se va a utilizar la palabra conmemoración para definir que la intención de la Eucaristía está sólo en la unión de todos los fieles en la Iglesia: sacerdotes y fieles juntos. Y eso conmemora la Eucaristía.

Por eso, se va a dar esta fórmula en la Iglesia y nadie caerá en la cuenta de la herejía que se está diciendo.

Y cuando se dé esta fórmula, entonces automáticamente, deja de estar la Eucaristía en la Iglesia.

Es muy grave lo que viene ahora a la Iglesia. Muy grave.

Toda mentira no viene de la Verdad

”Porque toda mentira no viene de la Verdad. ¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús sea el Mesías? Este es el anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo el que niega al Hijo, tampoco admite al Padre; quien reconoce al Hijo, también al Padre admite” (1 Jn 2, 22-23).

Даниил

Jesús es el Mesías (en hebreo מָשִׁיחַ (mashíaj = ungido), el Cristo (en griego es χριστός = ungido), el que tenía que venir al mundo.

El Mesías es el Rey de Israel, que los judíos esperaban para que los llevara a la tierra prometida. Pero ellos lo veían sólo como un rey temporal, un rey para lo humano, un rey para conquistar una tierra en el mundo.

Pero el Mesías es sólo un Rey Espiritual. Es un Ungido que tiene una Vida Divina.

Este es el centro del Mesías. Si no se acepta que en el Mesías está la Trinidad de Personas en una Esencia Divina, entonces el Mesías es muchas cosas, pero no Dios.

Jesús es el Cristo que viene del Padre y que se encarna en el Hijo y que obra por el Espíritu Santo.

Jesús, como hombre, no es hombre, porque tiene un origen divino, distinto a la creación del hombre por Dios.

El hombre es creado por Dios de la nada de la tierra, del polvo de la tierra. Y todo hombre viene por generación, sale de mujer, nace de mujer.

Pero Jesús no es como todo hombre. Jesús es la obra del Espíritu en una Mujer. No es la obra de un hombre. Nace de mujer, de María, “de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo” (Mt 1, 16), pero su semilla no es de hombre: “¿Cómo será eso, pues no conozco varón” (Lc 1, 34). La obra en María la hace sólo el Espíritu Santo: “El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con Su Sombra; por lo cual también lo que nacerá será Hijo de Dios, llamado el Santo” (Lc 1, 35).

Jesús es el Mesías porque es el Hijo de Dios, el Santo de los Santos. Y esto es lo que se niega hoy en la Iglesia.

Esta Verdad se oculta para dar a un Jesús en su aspecto humano, terrenal, carnal, material, pero no espiritual.

Creer en Jesús no basta con decir su Palabra, recordar su Evangelio o con las boca decir que se ama a Jesús.

Creer en Jesús significa obrar lo mismo que obró Jesús. Y esta es la dificultad en la vida espiritual, porque -para hacer esto- es necesario tener el Espíritu de Cristo: “Y he aquí que Yo envío la Promesa de Mi Padre en vosotros; pero permaneced quietos en la ciudad hasta que seáis revestido del Poder que viene de lo Alto” (Lc 24, 49).

Es necesario revestirse del Espíritu Santo para ser testigos de Cristo “hasta el último confín de la tierra” (Act 1, 8c).

Esto es lo que no se dice hoy y lo que no se entiende en la Iglesia.

Sin Espíritu es imposible hablar las Palabras de Jesús, obrar las Obras de Jesús, enseñar lo mismo que Él enseñó, gobernar como Él lo hizo con sus Apóstoles.

Es necesario seguir al Espíritu de Cristo para obrar la Verdad.

Y las almas no saben seguir al Espíritu de Cristo. Las almas han aprendido muchas sobre la Iglesia, sobre Jesús, sobre la Virgen María, sobre los Misterios de Dios. Pero no saben seguir al Espíritu en la Iglesia.

Y no saben hacer esto por culpa de las mismas almas que creen que tener fe es tener una serie de conocimientos sobre Jesús.

Y tener fe en Cristo es tener su Espíritu. Sólo eso.

Quien tenga el Espíritu de Cristo tiene fe en la Palabra de Dios, tiene fe en la Verdad que da Cristo, tiene fe en la Iglesia que fundó Jesús en Pedro.

Quien no tenga el Espíritu de Cristo habla muchas cosas de Cristo, de Dios, de la Iglesia, del pecado, del demonio, etc., pero no tiene FE. Tiene sólo su razón que cree en su conocimiento adquirido en la Iglesia, leyendo a los Santos, leyendo el Evangelio, obrando cosas en el servicio divino, etc. Tiene su razón que le dice que eso que obra o habla está bien.

La Fe es creer en la Palabra de Dios. Pero no se puede creer sin el Espíritu de Dios. Es el Espíritu Divino el que abre el corazón de la persona para que ésta oiga la Palabra de Dios y la acepte sin más, porque Dios se lo revela.

Quien pone su mente para comprender la Palabra de Dios, automáticamente se separa del Espíritu Divino, que habla sólo al corazón de la persona, no a su mente.

Hoy día, se pone la mente para creer en Jesús. Y, entonces, no se cree en Jesús, sólo se cree en lo que cada cual conoce de Jesús.

Por eso, nada más es ver cómo es el lenguaje del que no cree: dice muchas cosas verdaderas sobre Jesús, pero no da la Verdad de lo que está diciendo. Siempre el que no cree pone su juicio sobre la Verdad Revelada. Siempre pone su pensamiento, su filosofía, su teología para explicar la Palabra de Dios.

Pero el que cree en Jesús nunca pone su mente para entender lo que ha recibido, porque no es necesario a la Fe entender lo que se recibe. Para tener fe sólo hay que aceptar lo que se recibe de Dios, plegar el entendimiento para acoger la Palabra de Dios.

Por eso, la Fe sólo es de cada alma. La Fe no está en ningún sitio. En la Iglesia sólo está las obras de las almas que viven la Fe en sus corazones. Y no otra cosa. La fe no está en la Iglesia, sino en cada corazón.

La Iglesia, si vive la fe, enseña las consecuencias de esta vida de fe, gobierna con la Verdad que trae la Fe, lleva a la santidad que ofrece la Fe.

Pero si en la Iglesia no hay almas de Fe, que posean en sus corazones la Fe, entonces la Iglesia no enseña la verdad, no gobierna con la Verdad y no hace caminar hacia la verdad de la vida, que es la santidad.

Es lo que vemos en Roma: la Jerarquía no tiene fe porque ninguno de ellos vive de fe. Es una Jerarquía que no sirve para hacer Iglesia. Es una Jerarquía que habla de Dios, de Jesús, del demonio, del pecado, de la Virgen, pero que no obra lo que habla. Después, obra una cosa distinta a esa palabra que predica o que enseña.

Eso es Francisco y todos aquellos que se unen a él. Es sólo eso: hombres sin fe, que han puesto en la Iglesia su razón, su verdad, su pensamiento humano, su ideología sobre la Iglesia.

Y esto trae consecuencias para toda la Iglesia y para cada alma.

Porque si cada alma no vive de fe, entonces oye lo que se propone en Roma ahora y sigue los dictados de la mentira como si fueran la verdad.

Cuando el alma no tiene fe, la busca fuera de ella, la busca en el mundo, en la Iglesia, en las sectas, en cualquier sitio. Y coge lo que le entra por el oído humano. Se cierra a lo espiritual, que sólo lo puede dar el Espíritu Divino. Y busca lo ‘espiritual’ en todo lo que no es Espíritu, obra del Espíritu de Dios.

Por eso, hay tantas almas perdidas en lo que otros dicen sobre la Iglesia, sobre Jesús, sobre Dios. Y se pierden por su culpa, porque se han cerrado en su interior al Espíritu de Dios. Y, después, los demás hacen el trabajo de cerrar más ese corazón, de endurecerlo más para que no se abra a la Verdad, que sólo la trae el Espíritu al alma.

El alma o tiene fe o no tiene fe. Este es el comienzo de la vida espiritual. Toda alma tiene que comenzar preguntándose si realmente está abierta a Dios o cerrada.

No tiene que hacer oración ni penitencia. Para comenzar una vida espiritual verdadera, hay que ponerse al principio de esta vida. Y muchas almas no se han puesto en este principio y buscan la fe en muchas cosas, que son buenas, pero el corazón está cerrado.

Hacen oración, penitencia, retiros, apostolados, con un conocimiento verdadero sobre Dios y sobre la Iglesia, pero no tienen fe. Tiene una acumulación de conocimientos, de obras que no les lleva a la salvación de sus almas ni a la santidad en la vida.

El alma siempre tiene que preguntar a Dios si su corazón está abierto a Él o cerrado. Porque las almas viven en todo lo humano, en todo lo material, en todo lo carnal. Y eso cierra el corazón a lo divino.

El alma tiene que estar vigilante en su vida humana para no dejarse llevar por todo lo humano, porque –automáticamente- un pecado, un apego en la vida, un error, una mentira, aleja al alma de la claridad que da el Espíritu en el corazón y se va cerrando a Dios sin darse cuenta.

Antes de orar, cada alma tiene que pedir al Señor que le muestre cómo está su corazón. Porque si su corazón está cerrado o medio cerrado por las distintas cosas que trae la vida, entonces no va a obrar en su vida humana de acuerdo a la Fe en Cristo, sino que va a obrar de acuerdo a su pensamiento humano.

La mentira es sólo seguir el pensamiento del hombre. La fe es sólo seguir al Espíritu de la Verdad.

Por eso, toda mentira, todo pensamiento humano, “no viene de la verdad”. Lo que viene de la Verdad es el pensamiento divino que trae el Espíritu de la Verdad. Y, cuando el hombre se pone en ese pensamiento divino, entonces piensa la verdad y habla la verdad y obra la verdad.

Jesús es el Mesías. Y esa es la Verdad. Los hombres ponen sus inteligencias para querer explicar esta Verdad y se apartan todos de la Verdad. Cada uno dice su mentira, que no viene de la Verdad.

El pensamiento humano siempre divide la Verdad, siempre quiere encontrar una idea para expresar la Verdad y sacar de la Verdad otra cosa. Todos los hombres hacen eso.

Ante la Verdad que da Dios, el pensamiento del hombre tiene que callar. Callar, no pensar, para conocer. Si el hombre piensa, ya no conocer. Si el hombre pone su mente en el suelo, la pisa, entonces comienza a pensar rectamente, se llena de la sabiduría que trae lo divino al alma.

Pero si los hombres siguen el juego de sus pensamientos humanos, siempre se va equivocar aunque hagan libros llenos de verdades, pero que nunca dan la Verdad como es.

Por eso, hoy día, desde Roma se niega la Verdad por toda la Jerarquía de la Iglesia. Se niega y nadie dice nada, porque muchas almas no viven de fe, sino que viven de sus pensamientos humanos y no ven malo lo que se expresa desde Roma. Roma da la mentira que esas almas viven. Y los mentirosos se unen por su interés en la mentira, no por amor a la mentira.

Por eso, no hay que hacer caso a nada que se diga de Roma. Hay que ver lo que dicen y discernirlo en el Espíritu. Y el Espíritu dirá qué hacer cuando los hombres en Roma destruyan las verdades que con tanto esfuerzo de almas, llenas de Espíritu Santo, han puesto en la Iglesia con sus obras que dan testimonio de Cristo.

Roma ya no da testimonio de la Verdad, sino de la mentira. Y eso es el comienzo de la Gran Apostasía de la Fe. Todos se separan de la Fe porque siguen la Razón que todo lo quiere entender en ella misma.

Y esa separación es el Cisma que provoca que la Iglesia Católica sea anulada en Roma para que emerja otra cosa, otra iglesia que tenga el mismo nombre de Católica, pero que no tenga la Verdad.

La nueva iglesia en Roma será sólo la estatua del Apocalipsis (Ap 13, 14), hecha por los hombres que siguen a la masonería eclesiástica, a la bestia que “tiene dos cuernos semejantes a los de cordero” (Ap 13, 11). Una figura de Iglesia sin vida espiritual, sin seguir al Espíritu de Cristo porque sólo los hombres en esa iglesia siguen sus razones, sus pensamientos, sus filosofías, sus teologías que nacen de su soberbia humana. Una iglesia sin fe porque los hombres no tienen fe.

Y esa figura de la Iglesia sin vida, será la que coja el Anticristo para hacer su obra final, cuando ponga en ella su espíritu demoniáco: “Y le fue dado infundir espíritu en la imagen de la bestia” (Ap 13, 15). Esa obra final viene con todo el aparato del demonio, con sus milagros, curaciones, liberaciones y todo lo que el demonio sabe hacer cuando Dios le deja hacerlo.

Y, por esa obra final, el demonio sólo querrá destruirlo todo: mundo e iglesia, que es el fin del pensamiento del demonio. Como no hay verdad en el demonio, entonces sólo hay autodestrucción de toda verdad, odio contra toda verdad, necesidad de acabar con todas las obras de Dios en la creación divina.

Ya el demonio tiene la Silla de Pedro. Ahora, comienza todo el baile del demonio desde esa Silla de la mentira en Roma.

Testimoniar la Verdad con el corazón

“Hijuelos, nadie os engañe: quien obra la justicia es justo, como Él es justo; quien obra el pecado, del diablo procede, porque el diablo peca desde el principio” (1 Jn 3, 7).

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Jesús es la Verdad y todo aquel que está con Jesús habla la verdad. Quien no está con Jesús, siempre da una mentira, un error, un engaño, porque los que son de Dios dan las palabras de Dios, son guiados por el Espíritu Divino cuando tienen que enseñar y obrar la verdad: “Todo el que ha nacido de Dios no obra pecado, porque el germen de Dios permanece en él” (1 Jn 3, 9).

Pero los que no son de Dios, son guiados por el espíritu del mal y dan, en lo que hablan y obran, el engaño: “todo el que no obra la justicia no es de Dios” (1 Jn 3, 10b).

La mentira es la que divide a la Iglesia. Aquel que miente, divide. Pero el que expone la verdad, pone siempre un camino en la vida, porque la verdad es luz para el corazón del hombre y esa luz siempre conduce hacia la paz del corazón, hacia el bienestar de la vida, hacia la conquista del amor fraterno.

Pero quien da la mentira, pone muchos caminos en la vida y, cada uno de ellos, tiene sus medias verdades y, al final, no hay salida, no se ve futuro, no se ve solución a los problemas de la vida.

Muchos tienen miedo de decir la verdad porque creen que no se puede criticar o juzgar al que miente. Pero una cosa es la crítica, que es siempre un pecado, es otra es decir el pecado de la persona.

Decir su pecado es decir la verdad de esa persona, lo que habla esa persona, lo que obra esa persona. Porque si no se pudiera hacer esto, entonces, ¿qué es la verdad? ¿Cuándo hay que decir la verdad? ¿Qué verdad hay que decir?

Decir la verdad es decir las cosas como son, no es inventarse otra cosa. Es la realidad de lo que se oye, es la realidad de lo que se ve, es la realidad de lo que se escribe.

Esa realidad está a la vista de todos. Y eso es la verdad.

Entonces, la Iglesia no puede callarse ante la mentira que habla Francisco. Si la Iglesia calla, la Iglesia es culpable, porque la misión de la Iglesia es enseñar la Verdad, que es Jesús. Y, para enseñar esta Verdad al mundo, primero hay que empezar por la misma Iglesia.

Los sacerdotes callan ante las palabras de Francisco, no enseñan a sus ovejas la realidad de lo que está pasando. Ahí están las homilías, las declaraciones, la encíclica de Francisco. Ahí están sus mentiras. ¿Cómo se puede decir que no hay que hablar en contra de Francisco, cuando no está dando la verdad?

Un Papa que no da la Verdad en la Iglesia no es Papa, es otra cosa. Hay que empezar por este punto. Porque el Papa está puesto por Jesucristo para dar la misma Verdad, que es Él.

Y ante esta realidad no se puede decir: “aquí no pasa nada”.

Aquí pasa mucho, porque si desde la cabeza de la Iglesia se enseña la mentira, entonces la misma cabeza de la Iglesia divide a la Iglesia.

Este es el punto más crucial en todos los sacerdotes. Muchos tienen miedo de decir la verdad porque creen que van a dividir la Iglesia, van a poner a las almas en contra de Francisco.

Y no. Hay que decir la verdad de lo que predica Francisco y eso no divide. Eso es enseñar la verdad. Cuando se enseñan las mentiras de Francisco a las almas se enseña la verdad en la Iglesia. Y esa verdad une a la Iglesia en Jesús.

Pero cuando se tapan las mentiras de Francisco es entonces cuando se hace división en la Iglesia. Y la Iglesia se desune en muchos bandos humanos.

Porque estamos en la Iglesia para seguir a Jesús, no para seguir a los hombres, sean Papas, Cardenales, Obispos, sacerdotes, fieles. Y Jesús está en aquellos Pastores fieles a su Gracia, abiertos a Su Espíritu, que no temen decir las cosas como son. Y a esos Pastores hay que seguir y obedecer, porque en ellos está el Espíritu de Cristo.

Pero aquellos Pastores que tienen miedo de decir las cosas como son, entonces no se les puede seguir, porque no dan la verdad del Espíritu, sino que dan sus medias verdades y quieren acallar los clamores de la gente que ve la verdad de lo que pasa en la Iglesia.

La Iglesia no pertenece a nadie. Jesús la fundó. Y Jesús es el que la guía en Su Espíritu. Y es el Señor el que pone Sus Pastores fieles a Él. Y es el Señor el que elige a sus almas para que escuchen a eso Pastores fieles.

El Señor va guiando Su Iglesia en medio de lobos, en medio de serpientes, en medio de escorpiones. E ir detrás de Él, siguiendo Su Espíritu, es lo que importa en la Iglesia.

Los hombres se levantan para acallar la Verdad, la única Verdad, como siempre ha sido en la historia de la Iglesia.

Pero la Verdad, por más que quieran ocultarla, está siempre ahí, siempre es el fundamento de la vida, de todo hombre, porque Dios ha creado al hombre en la verdad. Y, aunque el hombre viva en su pecado, siempre encuentra una verdad en dónde apoyarse para salir de su pecado.

Nunca el hombre, en esta vida, se encuentra solo frente a su existencia humana, a su vida humana. Todo hombre ve un camino verdadero. Pero ese camino debe ser andando detrás de Jesús, siguiendo Su Espíritu, que es lo que más cuesta al hombre.

Jesús ha puesto el Camino al hombre, que es Él Mismo. Y para todo hombre hay un camino en la vida. Todo hombre que camina en su existencia humana encuentra un camino verdadero, que es el Mismo Jesús. Pero para hallarlo, es necesario que el hombre vuelva su mirada a Jesús y se pregunte si en su vida humana está siguiendo la verdad que da Jesús o las verdades que dan los hombres.

Jesús, al poner el Camino al hombre, pone la Verdad al hombre. Y esa Verdad no son las verdades que dan los hombres. Es sólo la Verdad, que es Jesús, y que siempre es clara, sencilla, humilde, fácil de comprender, fácil de obrar.

Los hombres dan sus verdades y lo complican todo en la vida. Eso es señal de que no siguen a Jesús, a la Verdad, que es Jesús, sino que caminan según sus razones, sus ideales en la vida, sus planes en la vida, sus quereres humanos en la vida.

Y, entonces, cuando tienen que dar testimonio de Cristo, testimonio de la verdad, se callan, dicen otra cosa, tuercen el rostro para no ver la Verdad.

Esto es lo que pasa a muchos sacerdotes y Obispos que no viven en sus vidas humanas mirando a la Verdad, mirando el Rostro de Cristo para reflejarse en la Verdad, sino que viven mirando a los hombres para así no alimentarse de la Verdad.

Es una pena ver cómo está la Iglesia y cómo cuando se dice la Verdad las almas se asustan, las almas temen, las almas dudan, las almas hacen cualquier cosa por seguir en sus mentiras.

Y eso es señal de que no hay Fe en la Iglesia. No se encuentra Fe en la Iglesia. No se encuentra a almas que apoyen a sus pastores cuando predican la verdad. Y los Pastores no encuentran almas que quieran oír la verdad.

Y, entonces, ¿qué Iglesia estamos haciendo? ¿Qué Iglesia estamos formando? ¿Qué significa ser Iglesia?

La Iglesia no puede dormirse ahora cuando desde la cabeza se está enseñando la mentira. Y muchos se perderán cuando las cosas vayan a peor, porque desde el principio dejaron la mentira que creciera a su alrededor, y eso les va a impedir luchar contra lo más fuerte que viene ahora a la Iglesia.

Estamos en el comienzo de una batalla a muerte. No estamos como antes, en otras épocas, en que todo parecía otra cosa, en que desde Roma había una verdad que seguir. En estos momentos, la cabeza de la Iglesia, que es Francisco, no dice la verdad. Y eso es un problema grave para toda la Iglesia. No se puede seguir una mentira en la Iglesia. No se puede obedecer la mentira en la Iglesia. No se puede callar la mentira en la Iglesia.

Todavía hay verdad en Roma, porque está la Eucaristía. Pero cuando la quiten: ¿dónde estará la verdad? ¿Dónde estará la Iglesia? ¿Dónde ir para escuchar la verdad?

Es un problema que viene ahora a toda la Iglesia. Se va a querer imponer las mentiras a toda la Iglesia. Y, entonces, quien acoja una mentira ya no pertenece a la Iglesia.

Porque las mentiras que predican Francisco dañan el dogma de la verdad. No son cualquier mentira. No son mentiras piadosas, no son interpretaciones del Evangelio. Es la negación de todo el Evangelio. Es la negación de la misma vida de Jesús. Es la negación de toda verdad como se ha predicado y enseñado en la Iglesia. Y esto es un grave problema para toda la Iglesia.

Predicar la verdad hoy en la Iglesia es sufrir, es decirle a quien predica: no vuelvas más por acá, no nos metas en problemas con todo eso, déjanos vivir en paz, déjanos estar en la Iglesia como todos están, siendo hermanos unos con otros, apretando lazos humanos, sentirnos que nos amamos, que nos comprendemos, que nos hace bien ser como somos, sin que nadie nos diga que vamos mal. Todos vamos caminando en este mundo de una manera o de otra. Que cada uno busque su manera de caminar en la vida.

Esto es lo que se está diciendo porque no se quiere escuchar la Palabra de Dios, sino que se quiere sólo seguir los dictados que cada cual tiene en su mente para estar en la Iglesia.

Por eso, predicar contra Francisco levanta ampollas en todos los sitios. Y esa verdad duele escucharla y es difícil de decirla, porque hay que oponerse a todos.

La verdad, siendo para todos, es de muy pocos. Porque la Verdad se da al corazón de la persona, no a su mente. Pero quien no vive mirando su corazón, no se pone en la verdad, sino que camina en sus verdades en la vida.

El sentimiento mata la verdad

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san miguel arcangel“La fe no es un producto del hombre, sino es un gran don de Dios; es un fruto precioso de mi Redención que brota de mi Corazón abierto y misericordioso… Mi Cuerpo Místico está en crisis, está envuelto de sombras oscuras… Mi Iglesia está en crisis porque sus miembros están sofocando en la mordaza del materialismo, la Vida divina, la vida interior de la fe y con la fe, la esperanza y la caridad. Te he hablado de lámparas apagadas, de lámparas que se apagan: son las almas de muchos sacerdotes míos y de muchísimos fieles en los cuales ya no late, ya no vibra la vida divina de la Gracia….Cuánto quisiera que sacerdotes y fieles, liberados del peso que los oprime y sofoca, reconquistaran el sentido de la vida, convirtiéndose a Mí, a la luz, a la verdadera vida regresando a la casa de mi Padre que los espera y los ama, no obstante su perversión” (Michelini)

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Al poner Francisco la Iglesia como la que ofrece la memoria fundante, la que transmite esa memoria que fundó el Señor, hace que la Iglesia se anule en esa concepción de la fe. La Iglesia no existe para Francisco en su concepción de la fe.

Por supuesto que Francisco no dice que la Iglesia no existe, -y no va a decirlo-, sino que esto se desprende de su pensamiento sobre la Fe. Y lo que se piensa se obra con el tiempo.

Las almas cuando escuchan a Francisco o cuando leen a Francisco no captan lo que Francisco está diciendo, porque Francisco no es un intelectual, es decir, ni habla ni escribe para la inteligencia humana, para captar las mentes de los hombres. Francisco no sabe hacer eso. Francisco lo que sabe hacer es hablar a los sentimientos de los hombres y, por ahí, coge sus entendimientos.

A los hombres se les engaña más por el falso amor, por la falsa compasión, por el falso cariño, que por las razones. El sentimiento ciega en un juicio errado de la verdad. Por el sentimiento los hombres caminan por sendas oscuras sin norte en sus vidas, sin saber a dónde les llevará ese sentir la vida.

El trabajo de Francisco en cada homilía es muy simple: coge una cita de la Sagrada Escritura o de los Santos Padres, o de un Santo, y la va desarrollando, no según un esquema mental, no según un raciocinio, sino según su sentimiento humano. Según vaya sintiendo la idea, así va diciendo palabras o razones sobre esa idea principal. Es el razonar en el sentir. No es el razonar en la frialdad del pensamiento. Por eso, cuando habla Francisco irradia calor, emoción, porque da su sentimiento, no da la frialdad de su mente, como es el caso del Papa Benedicto XVI, un hombre que piensa y que no le gusta sentir la vida.

Francisco, cuando predica, da su sentimiento, no da su corazón, no da su mente. Por eso, lo que habla no tiene sentido en muchas cosas. Dice cosas que son verdad y, después, dice otras que son una herejía. A Francisco le importa esto muy poco, porque se mueve en el sentimiento humano, no se mueve en la verdad de las ideas racionales.

El sentimiento es lo que le pierde a Francisco. Por el sentimiento le vienen todas las herejías. Una persona que viva de sus sentimientos es una persona ciega en lo intelectual. Lo intelectual sólo le sirve para llegar a sus sentimientos, a sus deseos humanos, a sus voluntades humanas, a sus caprichos en la vida.

Francisco es un Anti-Papa, no es Papa, por el pecado de los cardenales en el cónclave. Pecado que sólo Dios juzga, pero que es el engaño de la Jerarquía de la Iglesia a la misma Iglesia.

La verdad de la Tradición de la Iglesia es que no se puede elegir Papa cuando el anterior sigue vivo. Esta es la única verdad. Y quien se aparte de esta verdad, entonces se pone en la mentira.

Los Cardenales hicieron su política en el Cónclave, que nadie vio, porque todos recibieron la enseñanza de que había que hacer un nuevo Cónclave para elegir a un nuevo Papa. Esa fue la mentira que se enseñó en la Iglesia. Y esa es la mentira que sigue en la Iglesia. Y esa es la mentira que no se va a dejar en la Iglesia. Nadie va a echar para atrás ahora. Eso no interesa. No están los sacerdotes y los Obispos de la Iglesia para reconocer la Verdad, que es reconocer su pecado de engaño a toda la Iglesia.

Para tapar esta verdad, entonces se echa mano a lo de siempre. Quien quiera de nuevo a Benedicto XVI hay que llamarlos tradicionalistas, que se oponen a los nuevos avances que Francisco trae a la Iglesia. Son los estrechos de mente, que nunca aprende el negocio de la verdad, que viene del pensamiento humano. Hoy se proclama que para ser Iglesia hay que abrir la mente a la verdad del pensamiento humano, de la ciencia humana, del progreso humano, de las obras humanas. Y quien no abra su mente, se queda confinado en sus estructuras mentales antiguas del pasado y no puede hacer Iglesia.

Abrir la mente significa oír la palabra del demonio y seguirla como un oráculo divino. Abrir la mente es la consecuencia de la conquista del hombre por el hombre. Para ser hombres hay que dar a los hombres sus pensamientos humanos, su idiotez en lo que piensan, sus razonamientos de la vida, su necedad en su intelecto.

Francisco no da la Verdad, que es Jesús, cuando habla a la Iglesia. Francisco da sus verdades, las que tiene sólo en su mente humana. Las que consigue por su sentimiento humano. A Francisco le gusta sentirse bien entre la gente. A Francisco le gusta que le aplaudan la gente. A Francisco le obsesiona que la gente lo mire, que esté pendiente de él, que le preste atención. Pero a Francisco no le gusta dar a la gente la Verdad del Evangelio.

Cuando predica tiene que callarse muchas cosas que quiere decir porque tiene que interpretar su papel de buen padre en la Iglesia. Tiene que mostrarse afable con todos, amable con las personas, diciendo palabras que no vive, que no obra, porque es su papel en la Iglesia. Tiene que ganarse los sentimientos de los hombres, el que los hombres se sientan bien con un hombre que sólo pone en problemas a toda la Iglesia por la imprudencia de su boca.

Francisco es un gobernante imprudente. Eso lo ven todos. Pero nadie se atreve a decirle nada. Todos le dejan que siga diciendo barbaridades y esconden la cabeza para no responder con la verdad de lo que es Francisco. Es el miedo que hay en todos. No se han dado cuenta de lo que es Francisco, porque viven de sentirse bien, de estar cómodos en la Iglesia, de buscar lo fácil en la Iglesia, de seguir adelante aunque el Dogma se vaya arruinando con Francisco.

Este es el sentimiento humano que ciega tanto a Francisco como a muchas almas en la Iglesia. Almas que se asustan cuando se les dice las herejías que ha dicho Francisco en la Iglesia, porque lo sienten en su interior, -muy adentro-, lo ven tan amable, tan cariñoso, tan preocupado por los hombres, que no ven más allá de lo que sienten. Y cuando se les da el agua fría de la mentira de Francisco, se asustan, porque no saben pensar en la vida. Sólo saben sentir la vida, vivir movidos por sus sentimientos, sus vanidades, sus orgullos en la vida.

El sentimiento es lo más engañoso que tiene la persona humana. ¡Cuántos luchan por lo que sienten en la vida, pero no luchan por la verdad de la vida! ¡Cuantos están en sus razones de la vida por lo que sienten, por el atractivo de lo material, de lo humano, de lo carnal, de lo natural, que les impide tener los sentimientos divinos, propios del corazón!

Muchos no saben distinguir entre corazón y sentimiento. Es uno para muchos, cuando son opuestos totalmente.

El sentimiento es de la carne; el corazón es del Espíritu. El sentimiento lleva a la emoción del momento, a la alegría que se pasa, al cariño de un beso, de un abrazo, de tomarse una foto con Francisco. Para eso quieren a Francisco: para elevar sus sentimientos en la vida, para engrandecerlos, para ponerlos por encima de su razón, de la Verdad. Un Papa que persigue lo mismo que persiguen muchos en la vida: sus sentimientos. Y, entonces, qué bueno que tengamos un Papa así, tan sentimental, tan humano, tan agarrado a la vida como nosotros, que nos entiende en nuestra vida humana. Es el humanismo de Francisco. Es lo que produce en las gentes: ese demostrar que es hombre y que piensa como los hombres y que da a los hombres lo que a ellos les gusta en la vida, que es lo humano. Francisco nunca da lo divino a las almas. Nunca. Es incapaz de hacer esto, porque vive en sus sentimientos que son un muro para mirar su corazón, que está cerrado a Dios y que produce que su mente se abra al demonio.

El corazón lleva al amor espiritual, a obrar la Voluntad de Dios, a ponerse en la Verdad, aunque duela, aunque cueste, aunque tenga que pisar los sentimientos humanos. El corazón es algo divino, algo que no se puede comprender sintiendo la vida, pensando la vida, rumiando en la vida. El corazón es una obra divina que se hace de la mano del Espíritu Santo.

El sentimiento es una obra humana que se hace de la mano del demonio. Por eso, el demonio se transfigura en ángel de luz para conseguir que las almas lo sigan sin gran esfuerzo intelectual por parte del demonio. Sólo el demonio tiene que incentivar las emociones de la gente, avivar los deseos humanos, fomentar la vanidad de las personas. Es lo que hace Francisco en cada una de sus homilías, de sus actos en la Iglesia, que la gente no sabe ver, no sabe apreciar porque no tiene vida espiritual. Sólo se les cae la baba ante las palabritas bonitas de un lobo que se viste de piel de oveja.

Francisco hace todo eso por una razón: su odio a la Iglesia. Y esta razón está al principio de su reinado cuando decide no llamarse Papa. Esta decisión viene de sus sentimientos humanos: él quiere ser para los hombres, pero no para Dios. Él quiere llevar a los hombres las cosas divinas, pero de otra forma, no como Jesús lo enseña en Su Evangelio, sino según su fe humana. Y su fe humana es un negocio para su entendimiento. Y de ese negocio saca sus verdades en la Iglesia, que son contrarias a la Verdad del Evangelio.

Su fe humana, su memoria fundante, es su empresa en la Iglesia. Vamos a fundar nuestra nueva iglesia quitando lo que nos estorba, lo que no nos gusta, lo que es incómodo a a nuestros sentimientos humanos. Y, por eso, desde el principio Francisco va despojando al Papado de cosas externas, cosas que incomodan para estar entre la gente, para acercarse a la gente, para vivir entre la gente. Y esto lleva, necesariamente, a oponerse a cualquier Dogma en la Iglesia para salvar su sentimiento humano. Lo primero, para Francisco, es lo que él siente. Y si eso supone destruir un dogma, una verdad, una fe, se destruye. Por eso, sus declaraciones van contra todos los Dogmas de la Iglesia. No deja uno en pie. Y su encíclica destruye cualquier dogma en la Iglesia. Porque lo que importa es lo que él sienta de la Iglesia, lo que él piense de la Iglesia. Es su pecado de orgullo, que ha puesto en la Iglesia en la horizontalidad de su gobierno. Pecado que viene del enagño de los cardenales que lo eligieron para esto, precisamente.

Pero las almas no atienden a esta verdad, porque están cogidas en el sentimiento humano hacia Francisco y todavía esperan algo de Francisco. Como aún no ha empezado a quitar dogmas, entonces las almas no creen que Francisco sea malo. ¡Cuánto cuesta despertar del sentimiento humano! Quien tiene dos dedos de frente ve a Francisco y en seguida se alarma, y empieza a pensar en el desastre que viene a la Iglesia, aunque todavía no se dé en la realidad. No hay que esperar a que Francisco destruya la Iglesia para darse caer de que es un Anti-Papa. Hay que despertar del negocio de los sentimientos en que Francisco ha jugado en la Iglesia con todo el mundo. Ha puesto cara de bueno para ganarse a los idiotas que lo siguen. Francisco es sólo un camaleón que ahora se pone de color de amor, mañana de color de paz, pasado de color de demonio, y así va su negocio en la Iglesia.

Francisco no es lo que dice ser: no es un Obispo que ama a la Iglesia. Es un lobo vestido de ropas sacerdotales para destruir la Iglesia en todas sus cosas. Ya destruyó el Papado. Ahora, se comenzará a destruir las demás verdades que la Iglesia tiene. Y todos tan contentos, porque ….como es el Papa…, como está en la Silla de Pedro…, no podemos juzgar al Papa…, ¿quién se atreve a juzgarlo?… Es tan buena persona… si parece un santo…¿qué mal hace en amar a los homosexuales, a los ateos, si todos somos hermanos?…La Iglesia es para todos los hombres…La Iglesia es como la quiere Francisco… La Iglesia es santa porque está Francisco…

La gente vive de sus sentimientos porque ama sus sentimientos. Pero no ama la Verdad, no puede obrar la Verdad porque están metidos en el mundo de sus emociones, de sus deseos humanos, de sus puntos de vista humanos, de sus caprichos humanos, de sus necedades humanas.

Y la Verdad sólo se consigue en la Cruz, obrando la Pasión de Jesús en el corazón. Sin la Cruz, sin el despojo de todo sentimiento humano, de todo pensamiento humano, de todo recuerdo humano, la Iglesia no tiene futuro, porque sólo es el negocio de unos idiotas que se han creído en la posesión de la verdad para imponer a todos lo que hay en sus negros corazones: su odio a la Iglesia, que Jesús fundó en Pedro.

Martirio del Corazón

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Las lágrimas de sangre de la Virgen María revelan el martirio en Su Corazón.

Martirio de Amor y de Dolor.

Martirio por los pecados de sus hijos predilectos, que son sus sacerdotes y Obispos.

El Dolor de la Virgen no se ha meditado por la Jerarquía de la Iglesia, por su falta de Fe, porque no tienen ojos de Fe para mirar a Su Madre que sufre por amor a ellos.

Se han querido ver en estas imágenes que lloran otras cosas, pero no la realidad del Corazón de la Virgen.

La Virgen llora sangre por los pecados que sus consagrados obran en la Iglesia de Su Hijo. Y no es otra la razón.

La Iglesia, en su conjunto, se ha apartado de la Verdad y, en consecuencia, vive la Mentira. Y esta Mentira es el martirio en el Corazón de la Virgen.

Porque esta Mentira no es cualquier pecado. Esta Mentira supone rechazar la Verdad. Rechazar la Luz. Rechazar el Amor. Rechazar a Jesús como Cabeza de la Iglesia.

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El pecado de la Jerarquía de la Iglesia hace crucificar, de nuevo, a Cristo. Lo flagela, lo corona de espinas, lo lleva a la muerte de Cruz, y se produce esa muerte por el pecado.

El pecado de la Jerarquía es lo que hoy no se ve. Y este es el pecado: lo que no se quiere ver. Y es lo que produce las lágrimas de sangre en la Virgen.

Porque si el pecado se viera, entonces se confesaría, se quitaría, se expiaría. Pero el pecado no se ve y, por tanto, se vive en el pecado como si fuera un bien, una verdad, como si fuera el camino para la Iglesia.

La nueva iglesia es un pecado que nadie reconoce como pecado, que todos lo tienen como la Voluntad de Dios sobre la Iglesia. Este es el pecado: llamar Voluntad de Dios a la voluntad del demonio. El demonio es el autor de la nueva iglesia. Dios no quiere un gobierno horizontal en la Iglesia. Pero los hombres sí lo quieren, y hacen ver esa voluntad humana como Voluntad Divina. Imponen a toda la Iglesia un querer humano, un deseo humano, una soberbia humana.

Y aquí está el pecado que no se ve y que no se va a quitar. Y este pecado es el que produce las lágrimas de sangre en la Virgen.

Y este pecado de la Jerarquía trae consecuencias para toda la Iglesia: su castigo y su muerte.

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La Iglesia tiene que sufrir este pecado. Y, por eso, toda la Iglesia se verá envuelta en persecuciones que vienen de la propia Jerarquía de la Iglesia. Son sus sacerdotes, sus Obispos los que castigan a la Iglesia y la llevan a su muerte.

Es representar al vivo lo mismo que hizo Judas con su Maestro Jesús: lo traicionó. Lo vendió por dinero y lo entregó a la muerte.

Los sacerdotes y Obispos entregarán a la Iglesia a la muerte, una vez que reciban la ganancia por su traición a la Verdad, que es Jesús.

Esa ganancia consiste en formar una nueva iglesia para el poder humano y para la riqueza humana.

En esa nueva iglesia, todo lo divino, todo lo santo, todo lo sagrado, desaparecerá y se convertirá sólo en una figura sin vida. Es tener lo de siempre en la Iglesia, pero sin el Espíritu. Es lo que dice el Apocalipsis: la “bestia que subía de la tierra y tenía dos cuernos semejantes a los del cordero… dice a los que habitan sobre la tierra que hicieran una imagen a la bestia” (Ap 13, 11a-14b). La Jerarquía de la Iglesia (= la bestia con dos cuernos) trae del mundo el poder para hacer una iglesia sin vida, sin Espíritu, una imagen de la Iglesia, una figura de la Iglesia

Es celebrar la Misa, pero no consagrar, porque sólo será la Cena del Señor, un alimento material sin vida espiritual.

Las predicaciones de la Palabra de Dios estarán llenas de todas las herejías dadas con un estilo bello y brillante, sin que nadie note esas mentiras, esos errores. Es un hablar la mentira sin freno y con el aplauso de todos. Lo mismo que hace Francisco.

Todos los Sacramentos de la Iglesia serán sólo algo material, lo de siempre, pero sin vida espiritual, sin dar el Espíritu. Sólo se da lo material del Sacramento.

Cuando los sacerdotes y Obispos hagan esta nueva iglesia será la señal para la muerte de la Iglesia.

El Cuerpo Místico de Cristo tiene que morir como Su Cabeza. Tiene que pasar por el Calvario y quedar abandonado de todos para ser sepultado en la zanja de la muerte.

Y sólo así la Iglesia se podrá renovar en el Espíritu. Sólo de esta manera, la Iglesia se volverá resplandeciente y soplará en Ella la Fuerza del Espíritu, el Nuevo Pentecostés que debe iniciarse en la Resurrección del Cuerpo Místico de Cristo, una vez que lo hayan matado sus propios sacerdotes y Obispos.

Y, por eso, la Virgen llora este momento de la Iglesia que se ha vuelto sorda a las advertencia del Cielo y no sabe ya reconocer su pecado.

Por más que se diga que Francisco es un falso Profeta, nadie lo quiere aceptar, porque es más cómodo tener a Francisco que volver a lo de antes, en que las ideas en la Iglesia luchaban por aparecer, pero se quedaban ocultas. Y ya no se quiere eso. Hoy se quiere lanzar al aire cualquier idea para que sea aceptada sin más por la Jerarquía de la Iglesia. Que eso es lo que ha hecho Francisco en sus dos entrevistas, que son sólo el compendio de lo que escribió en su Enciclica sobre la Fe.

En esa Encíclica, Francisco se declara como hombre si Fe, en todos los aspectos: doctrinal, espiritual, místico. Es su legado a la nueva iglesia. Todos tomarán de esa encíclica para poner todos los errores que ya Francisco ha declarado en sus dos entrevistas. Francisco se carga todo el dogma y nadie lo ha visto.

Porque ya no se ve el pecado. Esto es lo tremendo. Cuando no se ve el pecado, entonces se hace del pecado una vida, un camino, un amor, una escuela, una iglesia.

La Virgen llora por este pecado de los suyos que le martiriza el Corazón.

El nuevo evangelio de Francisco

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Jesús, “levantándose de la Cena, deja los vestidos, y tomando un lienzo, se ciñó con él. Luego echa agua en un barreño, y comenzó a lavar los pies de sus discípulos y enjugarlos con el lienzo con que estaba ceñido” (Jn 13, 4-5).

El lavatorio de los pies no es un acto más en la Cena, sino que es la preparación de las almas de los Apóstoles para recibir el milagro del Amor, que es la Eucaristía y el Sacerdocio.

Jesús hace un rito que Pedro no comprende: “Señor, ¿Tú a mí me lavas los pies… No lavarás mis pies nunca jamás” (v. 7). Pedro ve la humillación de Su Maestro y no capta la enseñanza de esa humillación para su alma.

Jesús da a Sus Apóstoles un alimento de humildad antes de darles el alimento para su corazón. Jesús enseña la humildad, no con palabras, sino con obras. Él, que es el Maestro y el Señor, que no necesita rebajarse antes los hombres y limpiar sus pies del polvo, lo hace para ser Maestro de la Verdad; Verdad que sólo se puede enseñar con las obras, no con las palabras, no con los gestos, no con falsedades exteriores.

“Si, pues, os lavé los pies, Yo, el Señor y el Maestro, también vosotros debéis unos a otros lavaros los pies” (v. 14). Porque, por los pies se coge el polvo y las inmundicias de la tierra. Cuando el hombre está en sus pies, está aferrado a su vida humana, entonces coge en su corazón muchas cosas que le impiden ver la verdad. Y hay que purificar el corazón, desterrar del corazón todo aquello que impida ver el amor, que es el que lleva a la verdad de la vida.

El Señor, antes de darles el Sacerdocio, los purifica de sus pecados con un rito que es esencial antes de recibir el Sacerdocio. No es algo accidental, no es algo de pasada, no es para hacer un teatro con Sus Apóstoles. Tiene un significado que lleva hacia el Milagro del Amor.

El sacerdote si no es humilde no sabe ver el Don que recibe. El sacerdote, si no se humilla a sí mismo y no ve su pecado, no ve su maldad, entonces, después, no sabe ver el pecado de un alma y no sabe purificar a ese alma de su maldad.

Jesús enseña a Sus Apóstoles la humildad necesaria para ser sacerdotes, como Cristo lo es. Y Jesús enseña lo que es a sus sacerdotes: enseña su obra de la verdad, que es ponerse a los pies de sus sacerdotes para que comprendan lo que es ser sacerdote y, después, lo hagan con los demás.

Un sacerdote que no enseña con sus obras la humildad, el pecado que lleva a la soberbia y que impide ser humildes, entonces no es como Jesús.

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Jesús se arrodilla para quitar los pecados de los suyos. Jesús purifica los corazones con un acto de humildad, no con palabras bonitas, no enseñándoles la definición de humildad, sino obrando la humildad.

Y la obra ante los que van a ser sus sacerdotes en la Iglesia. No la obra ante los demás de la Iglesia. No obra ese acto en las mujeres, ni siquiera en Su Madre. Porque la Iglesia se purifica cuando los corazones de los sacerdotes están purificados de todo pecado.

Ese acto es sólo para sus sacerdotes. No para los demás. Y es para los hombres, porque Jesús sólo ha elegido a los hombres para que sean sacerdotes, para que gobiernen la Iglesia con el Poder del Espíritu. No ha elegido a las mujeres para este Milagro de Amor. Y, por eso, no había ninguna mujer en este rito.

Jesús no elige a las mujeres para ese Misterio de Amor. Y la razón sólo está en Dios, en la Mente Divina. Y lo que importa es lo que obra esa Mente Divina en Su Hijo Jesús.

El sacerdocio es para los hombres y no para las mujeres. La Iglesia la gobiernan los sacerdotes, no las mujeres. En la Iglesia, sólo los sacerdotes enseñan la Palabra de Dios, no la enseñan las mujeres. Sólo un sacerdote puede dar el camino de la salvación y de la santificación a las almas. No lo da una mujer.

Y este rito del lavatorio de los pies es esencial en la Cena donde se establece la Eucaristía y el Sacerdocio. Antes del Misterio de Amor, el Misterio de la Purificación.

El lavatorio de los pies no es un gesto de servicio, como hoy se enseña en la Iglesia, porque en la antiguedad eso es lo que hacían los esclavos con sus dueños.

Jesús no sirve a los Apóstoles, no da un servicio de amor y de humildad. Jesús pone en el corazón de los Apóstoles la humildad para poder ser Sacerdotes. Y lo pone en una obra de humildad, no en el servicio de la humildad, que son dos cosas diferentes.

La obra de la humildad es para dar la obra del amor. El servicio de la humildad es para hacer un bien en los demás, no para obrar el amor. El amor no es hacer un bien a los demás. El amor es dar al alma un Don Divino. Y eso es lo que hizo Jesús dándoles a los Apóstoles el Don del Sacerdocio. Pero antes le dio el don de la humildad, la obra de la humildad, que es purificar el corazón de todo pecado.

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Son dos misterios que sólo las almas humildes, como Pedro, lo ven: “Señor, no mis pies solamente, sino también las manos y la cabeza” (v. 9).

Jesús ha lavado los pies para enseñar a los Apóstoles a ser humildes y puros como Él, porque los discípulos deben ser como es el Maestro. Incluso, cuando están en una posición elevada, superior, nadie está por encima de su Maestro.

Francisco se ha puesto por encima del Maestro cuando lavó los pies a dos mujeres.

Francisco, en ese rito, ya no enseñaba la verdad del Evangelio, lo que transmitió el Señor en Su Palabra. Francisco enseñó su nuevo evangelio. Y en él hay que lavar los pies a las mujeres.

Francisco, como siervo de Cristo, se puso por encima de Él, fue mayor que Él y corrigió a Su Maestro para dar a la Iglesia su mentira hecha obra.

La obra de Francisco en el lavatorio de los pies, el Jueves Santo, no es la obra de Jesús a Sus Apóstoles en la Cena de Pascua. Es otra cosa. Es el invento de Francisco en su Jueves Santo.

Francisco no siguió la Palabra de Jesús que le mandaba hacer eso mismo con los sacerdotes que tiene a su cargo. Porque esa palabra de Jesús: “vosotros debéis unos a otros lavaros los pies” (v. 14b), se refiere sólo a los sacerdotes, no a los fieles de la Iglesia, no a los hombres y mujeres de la Iglesia, que es el error de Francisco.

Jesús habla para sus sacerdotes y da un rito para que se obre entre los sacerdotes, no entre la feligresía de la Iglesia.

Pero, ¿quién es hoy fiel al Evangelio de Jesús? Nadie. Todo el mundo lo interpreta a su manera. Y si no hay sacerdotes el Jueves Santo, entonces, no se haga ese rito para los fieles de la Iglesia, porque no hay que hacer teatro con la Palabra de Dios.

Lo que hace Jesús en Su Evangelio no puede ser dado a la interpretación de cada uno. Es para algo que quiere Jesús enseñar y dar. Y este rito es sólo para los sacerdotes, no para los demás.

El signo del lavatorio de los pies a dos mujeres es un signo esencial para ver que Francisco no es verdadero Papa. Quien tiene ojos espirituales comprende la barbaridad que hizo Francisco. Pero quien vive para sus trofeos humanos, entonces ni se da por enterado de la grandeza del pecado de Francisco.

Un Papa está para obrar la Verdad contenida en el Evangelio. Y aquel Papa que no la obra, no es Papa, es un farsante sentado en la Silla de Pedro.

Los signos son muy claros desde el principio. Pero como los hombres quieren ver sus signos, entonces no captan la realidad de la vida, la realidad del desastre que viene para la Iglesia entera. Desastre que ha comenzado ya en la cabeza y no hay forma que esto vuelva a lo de antes.

Todo el infierno deambula por Roma libremente. Y de Roma viene la destrucción de la Iglesia. Y Roma es la culpable de todo lo que va a suceder en la Iglesia.

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