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Francisco Bergoglio es condenación segura para el alma

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Estamos asistiendo a la decadencia de la Iglesia en todos sus miembros.

Decadencia, porque nadie vive el Espíritu de la Iglesia. Todos van tras la sensación del pensamiento humano, y obran en la Iglesia siguiendo ese pensamiento. No siguen al Espíritu, porque se ha apagado la lámpara del Espíritu en la Iglesia. Y si la luz del Espíritu no brilla en los corazones, entonces el bien que los hombres hacen dentro de la Iglesia, no les sirve para merecer la salvación:

«no hay justo en la tierra que haga sólo el bien y no peque» (Ecle 7, 20). El santo en la Iglesia es el que hace el bien y no peca.

Si los fieles sólo quieren ser hombres buenos, dentro de la Iglesia, entonces no pueden pertenecer a la Iglesia, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu, es la obra de la santidad divina, a la cual todo hombre ha sido llamado desde su nacimiento: «Sed santos como Yo, vuestro Padre Celestial, soy Santo» (Lev 19, 9 – cf. Mt 5, 48).

Es triste ver una Iglesia de esta manera: persiguiendo la ciencia humana, la filosofía humana, las obras de los hombres. Y ya nadie en la Iglesia da el Espíritu, porque no saben ver el Espíritu. Han quedado ciegos, porque han perdido el temor de Dios:

«…yo sé que los que temen a Dios tendrán el bien, los que temen ante su presencia; mientras que el impío no tendrá bien ni prolongará sus días, que serán como sombras por no temer a Dios» (Ecle 8, 13).

El hombre se ha acomodado a su limitada razón humana, y contempla todo lo divino desde su idea humana de Dios. No contempla a Dios en Dios, en el Pensamiento Divino, sino en su pensamiento humano. Un pensamiento que siempre va a errar, porque el hombre no posee la verdad en sí mismo. La verdad la tiene que buscar en Dios, y someter su mente humana a la verdad que descubre en Dios.

«Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la Sabiduría que procede de Ti, será estimado en nada» (Sab 9, 6).

Nada es el hombre sin la gracia, sin el amor divino, sin la Voluntad de Dios en su corazón. Entre los hombres puede ser muy famoso; pero en los ojos de Dios es sólo un alma que no ha comprendido la verdad de su vida, el plan que Dios quería de su existencia humana.

El hombre vive buscando su perfección humana, pero no se apoya en la Sabiduría que da el Espíritu, sólo al corazón del hombre temeroso de Dios.

El hombre soberbio es perfecto en su mente humana, pero no tiene en su corazón la caridad divina: encuentra muchas verdades que no le sirven para salvarse ni para santificarse.

Sólo el hombre humilde obra la verdad, que su entendimiento humano encuentra, en el amor que posee en su corazón, dócil al Espíritu de la Verdad. Una verdad sin el amor divino: herejía, cisma y apostasía de la fe.

Vemos una Iglesia de hombres soberbios en sus mentes humanas y duros en sus corazones.

El hombre en la Iglesia ya no se somete a Dios, sino que intenta por todos los medios humanos, hacer una Iglesia según la concibe su mente, y según la perspectiva del hombre en su razón humana. El hombre proyecta obras sin el Amor de Dios, sin la caridad divina: busca alcanzar una perfección, una santidad (falsa santidad), que con sus esfuerzos humanos sólo le reportará y le llevará a la condenación eterna.

Por eso, en la Iglesia se ven tantas cosas que no pertenecen a Dios, que ya nadie clama sobre esas cosas, ya nadie se escandaliza al ver las obras del pecado de la Jerarquía, que no posee el arrepentimiento en sus corazones: sacerdotes y Obispos que viven para pecar, y que enseñan una doctrina que aplaude y ensalza el pecado dentro de la Iglesia. Todos están pendientes de lo suyo humano, y de cómo negociar en la Iglesia con las cosas divinas. Nadie está pendiente de los intereses de Cristo en la Iglesia, que son la salvación y la santificación de las almas.

El mundo es del demonio, no de Dios. Y por tanto, para seguir a Dios, hay que batallar contra el demonio. Y es lo que no hace la Iglesia. Está preocupada por multitud de caminos humanos, de problemas humanos, de circunstancias humanas, que ya no sabe ver el camino espiritual, y ya no sabe guiar a las almas hacia lo espiritual, hacia lo divino, lo sagrado, sino que constantemente rebaja lo divino a todo el obrar humano.

Es una Iglesia donde no hay una Cabeza espiritual, porque está dedicada a los asuntos de los hombres, pero no pone su atención en los asuntos espirituales.

Francisco Bergoglio es sólo una cabeza de herejía, un hombre de negocios humanos, un empresario que busca su éxito en el mundo entero. Tiene hasta una revista (“Il mio Papa”) dedicada exclusivamente a él.

Un hombre que ha rebajado el Papado hasta las últimas consecuencias, pero que quiere y alienta la pompa, el agasajo, la gloria que recibe del mundo, de los medios de comunicación del mundo.

Francisco Bergoglio es una cabeza que sólo quiere agradar a los hombres, y que éstos le tomen como una buena persona, como alguien que se preocupa del mundo y de los hombres, que está en los problemas de los demás, pero que en realidad, no sabe guiar al hombre hacia Dios.

Busca la perfección humana sin el amor de Dios: enseña una sabiduría sin el consejo de Dios; sólo amparado en su consejo humano, en su gobierno horizontal, en sus cabezas que sólo se alimentan de pura herejía, puro disparate, pura maldad.

Francisco Bergoglio es una cabeza que cree que está en ese puesto, porque es alguien que Dios lo ha elegido, y por tanto, cree poder tener el poder para hacer lo que quiera en la Iglesia.

Una cabeza que no sabe hacer ni oración ni penitencia, no sabe crucificarse para salvar un alma del fuego del infierno; sólo sabe estar entre los hombres para recibir de ellos sus aplausos.  Sus palabras están vacías de la verdad de Dios, porque su corazón no posee el amor de Dios.

Francisco Bergoglio es una cabeza que sigue su pensamiento humano y sus obras humanas, y da el valor a su vida desde su mente humana, no desde la Mente de Cristo.

De esta manera, esa cabeza guía a la Iglesia hacia la decadencia del Espíritu, en el cual el hombre es lo importante en la vida; no Dios. Dios queda sólo a un lado: su Vida Divina, sus Obras Divinas, sus Tesoros Divinos, quedan oscurecidos y sofocados por el pensamiento del hombre, y su obra de cara al mundo y a los hombres.

En el Vaticano ya no vemos a Dios, ya no palpamos la presencia de Dios, sino que sólo se ve al hombre: sus glorias, sus pompas, sus ideales, sus interese, sus negocios.

¿Y qué se puede hacer con esta Iglesia que ya no marca el rumbo del Espíritu?

Hay que seguir en la Iglesia, pero sólo obedeciendo al Espíritu, que habla a cada corazón, y le muestra el camino de la verdad en su vida.

Ya no es tiempo de dar la obediencia a Cabezas que no saben ser espirituales, sino que se muestran muy humanas, muy del mundo, y viven para un fin humano, olvidando el fin divino para el cual han sido creadas y llamadas.

Es inútil seguir a los hombres que se empeñan en ver la vida desde su ciencia y filosofía humanas. Es perder el tiempo discutir con personas que por su vocación, deberían saber del Espíritu, y que sólo saben hablar de sus cosas e intereses humanos. Ya no son hombres de Cristo ni para Cristo; sino que son hombres en contra de Cristo.

Hay que seguir en esta Iglesia que no sirve para nada, porque los hombres han inutilizado el valor de la Iglesia: ya no hay un Papa que dé la Verdad en la Iglesia. No hay un Papa al que se le obedezca. No hay un Papa al que se le siga porque sólo habla y gobierna con la Verdad, con el Poder de Dios en su corazón. Ya no existe ese Papa. Benedicto XVI ha quedado inutilizado en la Iglesia. Y al hombre que han puesto es una blasfemia el seguirlo: quien lo siga comete el pecado contra el Espíritu Santo.

¡Esta es una Iglesia que no sirve para nada!: qué pocos entienden esto. ¡Qué pocos!

La gente vive en la Iglesia sin discernimiento espiritual: han perdido el Espíritu de la Iglesia. Son sólo hombres que piensan y ven la Iglesia con su majestuosa cabeza humana, con la perfección de sus entendimientos humanos. Y no se dan cuenta que son nada para Dios.: carecen de la sabiduría Divina con la cual entenderían los signos de los tiempos y sabrían oponerse, con valentía, a ese impostor del Trono de Dios en la tierra, mal llamado Obispo y con el nombre blasfemo de Francisco.

Hay que formar la Iglesia que quiere el Espíritu, dejando a los hombres que continúen en sus pensamientos humanos, y que pierdan su tiempo levantando una nueva iglesia, un conjunto de hombres, de intereses humanos que sólo llevan a la condenación de las almas.

Hay que salir de las estructuras de pecado en que se imponga la obediencia a cabezas de herejía. No se puede estar allí donde una Jerarquía hereje manda y enseña con el error al Rebaño.

No se puede estar ni en capillas, ni en parroquias, ni en grupos, ni en comunidades, en donde se obre la herejía, el cisma y la apostasía de la fe.

Hay que salir de todos los lugares en donde se implante el gobierno horizontal, porque allí no está la Iglesia de Cristo, que sólo está fundada en una cabeza, en un poder vertical, nunca en un poder horizontal. No se gobierna con cabezas en la Iglesia, sino con una cabeza.

Salir de esas estructuras no es dejar la Iglesia verdadera, sino permanecer en la Verdad, en la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro.

Dejar de obedecer a una Jerarquía, que llama a otros hombres a formar una iglesia sin la doctrina de Cristo, no es rebeldía, no es desobediencia, sino humildad.

El humilde es el que obedece a Dios, a la verdad que Dios ha revelado.

El soberbio es el que obedece a los hombres, a la mentira que los hombres imponen con sus mentes humanas, y la declaran oficialmente como verdad.

La Verdad no es un papel oficial, ni la obra de unos Cardenales y Obispos en la Iglesia.

La verdad, en la Iglesia, es una cabeza que Cristo pone.

Quien quite esa cabeza, divide la verdad.

Quien anule esa cabeza, destruye la Iglesia.

Quien imponga una verdad no revelada en la Iglesia, levanta una nueva estructura de iglesia, la cual nunca puede ser agradable a Dios.

Todos ven la falta de lucidez mental en ese hombre al que llaman, oficialmente, Papa.

No se puede seguir una cabeza que habla herejías.

No se puede estar gobernado por una cabeza que ha puesto el cisma con su gobierno horizontal.

No se puede vivir en la apostasía de la fe, alejándose de la verdad para complacer a unos cuantos hombres.

Lo políticamente correcto sobra en la Iglesia de Cristo.

En la Iglesia no se alaba a ningún hombre, no se hace publicidad de ninguna Jerarquía.

En la Iglesia sólo se adora la Mente de Cristo.

Lo demás, es idolatría, culto vano y supersticioso, que los hombres siempre buscan en sus vidas.

Una Iglesia sin Espíritu es la iglesia que gusta al hombre, que acomoda al hombre, que alaba al hombre, que da gloria a las obras de los hombres.

Francisco Bergoglio no es Papa, ni puede serlo, por su pecado de infidelidad.

El legítimo sucesor de Cristo es el Papa Benedicto XVI, hasta que muera.

Y poco importa que los hombres no crean ya quién es el verdadero papa.

Lo que importa es que el hombre discierna la verdad de la mano del Espíritu.

Si el hombre no aprende esto, entonces es clara su condenación en la Iglesia.

Se es Iglesia, porque el alma obedece la Verdad que da el Espíritu. Y quien no siga al Espíritu, no puede obedecer la Verdad, sino que se une a la mente de unos hombres, que sólo viven dando vueltas a sus filosofías y teologías humanas.

La Verdad es sencilla.

Pero sólo el humilde de corazón la puede ver y obrar.

Los demás, siguen en lo suyo: llamando al mal con el nombre de bien. Porque han hecho de la mentira, su estilo de verdad, su dogma, su falsa moralidad, su mediocre ética, su ley nefasta.

Cristo es la Verdad, no los hombres, no aquellos que se llaman sacerdotes y Obispos, y enseñan una mentira, guían a las almas en la mentira de sus mentes y obras humanas, y señalan un camino, en donde la mentira, la oscuridad, la duda y todos los errores, son el alimento básico de esa estructura de falsa iglesia.

Falsos pastores han habido siempre en la Iglesia; pero durante siglos, han sido combatidos dentro de la misma Iglesia, por la Jerarquía fiel a la doctrina de Cristo.

Pero cuando, oficialmente, ha sido colocado un falso pastor como papa de la Iglesia, entonces se está declarando el cisma dentro de la Iglesia. Se está dejando de combatir al hereje y a su herejía, por agradar a un hombre como falso Papa. Se está permitiendo y queriendo el error, la mentira, la falsedad, el engaño, dentro de la Iglesia.

Una Iglesia así dividida no es la Iglesia de Cristo, sino del demonio.

Una Iglesia en donde se acaricia al hombre, no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Cristo Crucificó Su Humanidad, al Hombre, en la Cruz. Tienes que imitarlo: crucifica tu voluntad humana para ser de Cristo, para amarlo, para obedecerlo. ¡Ninguna Jerarquía hace esto y, después, se atreven a pedir obediencia a sus mentes humanas! ¡Cuántos fariseos hay en la Iglesia!

Los hombres están adorando la mente de un hombre, que no posee a Cristo en su corazón sacerdotal. Lo están siguiendo, lo están obedeciendo, se están uniendo a su mente humana, para formar una comunidad, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, a la verdadera, sino que sólo pertenece a los hombres, a aquellos que ya no quieren ni desean la Verdad, la doctrina de Cristo en la Iglesia.

Y por eso, no se puede seguir a esos hombres, aunque se vistan con el traje talar, aunque quieran representar a la Jerarquía oficial de la Iglesia.

Una Jerarquía que no enseña a Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Una Jerarquía que no gobierna con Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Una Jerarquía que no pone el camino de la Cruz de Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Lo oficial en la Iglesia no es la mente ni la boca de los hombres.

Lo oficial en la Iglesia es la Palabra de Dios Revelada desde siempre, y que ningún pensamiento humano puede cambiar.

No se sigue a un hombre en la Iglesia. Se sigue a Cristo.

No se sigue la mente de un hombre en la Iglesia. Se sigue la Mente de Cristo.

No se sigue las palabras bonitas de un hombre en la Iglesia. Se sigue la Palabra de Dios, la Palabra del Pensamiento del Padre, que sólo el Espíritu de la Verdad da a los humildes de corazón.

No se siguen las obras de los hombres en la Iglesia. Se sigue la obra del Espíritu de Cristo.

No sigas a Francisco Bergoglio: es una cabeza de herejía. Es un hombre sin el Corazón de Cristo. Es un mago de la palabra humana. Es un negociante de los tesoros divinos. Es una prostituta de la mente del demonio.

No sigas a Francisco Bergoglio: quien lo haga se condena con seguridad. Y se condena en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Francisco Bergoglio es como Lucifer: un gran dragón que «con su cola arrastró las tercera parte de los astros del cielo» (Ap 12, 4).

Los astros del cielo son los sacerdotes y Obispos en la Iglesia; y aquellos que obedecen a Bergoglio como su cabeza en la Iglesia son llevados hacia abajo, hacia la decadencia del Espíritu y, por tanto, son arrastrados hacia todo lo humano en donde encuentran su condenación fatal.

¡Qué pocos buscan la salvación en la Iglesia! ¡Cuántos prefieren las palabras cómodas y rastreras de un hombre sin verdad, de un mago de satanás, de un supersticioso de su propia mente humana!

Bergoglio: ídolo de los que se van a condenar

idolo

“El Señor, a todos, a todos nos ha redimido con la sangre de Cristo: a todos, no sólo a los católicos. ¡A todos! ‘Padre, ¿a los ateos?’. También a ellos. ¡A todos! ¡Y esta sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría! Somos creados hijos con la semejanza de Dios y la sangre de Cristo ¡nos ha redimido a todos! Y todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien. Y este mandamiento de hacer el bien a todos creo que es un bello camino hacia la paz. Si nosotros, cada uno por su parte, hacemos el bien a los demás, nos encontramos allá, haciendo el bien, y hacemos lentamente, despacio, poco a poco, hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad. Encontrase haciendo el bien. ‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!”. (ver texto).

  • «a todos nos ha redimido» : Jesús ha muerto en la Cruz por todos los hombres, pero no salva a todos;
  • «a todos, no sólo a los católicos»: Jesús no ha redimido a todos los hombres: la Redención es la obra de dos: de Jesús y de cada alma. Jesús muere por todos los hombres, pero le toca a cada uno aceptar la muerte de Jesús como camino de salvación para su alma. Y aceptar esa muerte es aceptar la Mente de Dios sobre cada alma. Si no se cree en la muerte de Jesús, el alma no puede agradar a Dios. Es la fe en lo que hace Jesús, en la obra de la Redención, lo que redime al alma. No es la obra de Jesús, no es la obra de la Redención lo que redime al hombre;
  • «esta sangre nos hace hijos de Dios»: La Sangre de Cristo no hace al alma hijo de Dios. Es la Gracia del Bautismo lo que hace al alma ser hijo de Dios. La filiación divina se da por la Gracia del Bautismo. Y esta Gracia es dada por Dios al hombre por los méritos de Su Hijo, Jesús, en la Cruz. La Sangre de Cristo derramada en sacrificio para expiar el pecado y satisfacer la Justicia del Padre es lo que abre la puerta del Cielo al hombre. Y para pasar por esa puerta, el hombre tiene que caminar por el puente, que es Jesús. Para llegar al Cielo, desde el infierno en el que se encuentra el hombre, por el pecado original, el Padre pone el puente, que es Su Hijo. Ese puente es un Camino Divino, que se eleva sobre el mundo, sobre los hombres, sobre la Creación entera, y se dirige directamente al Cielo. Por tanto, la Sangre de Cristo no nos hace ser hijos de Dios de primera categoría. Nos hace ser de Cristo, almas que Cristo ha comprado con Su Sangre. Y esa compra no hace esclava al alma de Cristo. Cristo compra, con Su Sangre todas las almas, pero da a cada una de ellas una elección: o ser para Cristo totalmente, o ser del demonio totalmente. Cristo, con las almas compradas en el Calvario, no se muestra como un dictador, sino como un Maestro del alma. Le enseña al alma lo que ha hecho por Ella, pero deja al alma en la libertad de seguirlo por el mismo camino que Él ha trazado, o que esa alma elija su propio camino en el mundo.
  • «Somos creados hijos con la semejanza de Dios»: Dios no ha creado a todos los hombres con su semejanza: sólo creó a Adán y a su mujer. Ellos dos eran semejantes a Dios por creación. Los demás hombres, por el pecado de Adán, nacen sin la semejanza divina: nacen en el pecado original. Sólo a Adán y a su mujer. No a todos. Luego, la consecuencia, que dice Bergoglio es una auténtica blasfemia: como todos han sido creados por Dios en semejanza divina, todos han sido redimidos por Cristo. Es una blasfemia porque tiene que negar la Obra de la Redención, que es la obra del Espíritu en el Hijo. Y al negarla, tiene que reinterpretarla según su mente humana.
  • «todos nosotros tenemos el deber de hacer el bien»: Como todos somos redimidos, entonces todos tenemos que hacer el bien: hacer el bien está en la naturaleza humana, en la ley natural. No nace de la Obra de la Redención. Todos los hombres pueden hacer el bien si son fieles a la ley natural inscrita en su propia naturaleza humana. Y es un bien sólo natural, no divino, ni siquiera humano. Es el bien de la naturaleza del hombre, no es el bien que el hombre piensa con su mente humana. El bien natural es distinto al bien racional o humano. Todos los hombres pueden hacer el bien natural, pero pocos son los que hacen un bien humano. Y muy pocos los que hacen un bien divino o espiritual.
  • «este mandamiento de hacer el bien a todos»: Este hacer el bien natural no es un mandamiento de Dios, no es una ley positiva, sino una obligación, un deber en todo hombre. Es una obligación que su propia naturaleza le exige, le demanda. Por tanto, si el hombre no hace el bien natural, no puede hacer el bien al otro, ni como hermano, ni como amigo, ni como hombre, ni como enemigo. Para hacer el bien a todos, es necesario discernir a cada persona y darle una Justicia y un Amor. No se puede hacer el bien a todos de manera general, con una ley general o globalizante. No existe un amor global o universal. Es necesaria la ley divina, la ley de la gracia y la ley del Espíritu. El amor es para cada alma; el amor es en cada alma; el amor mira las necesidades de cada alma. Y, por tanto, el que ama da al otro la Voluntad de Dios, no su capricho, no sus deseos, no sus sentimientos. Y, por eso, para amar a todos, hay que conocer de Dios qué hay que darles a todos. Y Dios, cuando ama a un alma no le exige este amor global, porque es imposible. Dios, cuando ama a un alma, la va guiando en el amor, y el alma va aprendiendo a amar a su semejante, en particular. Va aprendiendo a amar a cada alma que encuentra en su camino: sea hermano, amigo, hombre, enemigo, etc… Bergoglio, como se inventa que somos hijos de Dios por creación y, por tanto, todos somos buenos y santos, y justos, entonces –al no haber pecado- vivimos en un Paraíso, en un Cielo. Y así todo bien que los hombres hacen son buenos para conseguir la paz. Es una clara blasfemia. Una más que la dice y la gente no cae en cuenta. Pero ahí están. Están escritas para aquellos que quieran ver lo que es este hombre.
  • ¿A dónde quiere llevar Bergoglio? Hacia su cultura del encuentro, que es otra gran blasfemia contra el Espíritu santo: «hacemos esa cultura del encuentro, de la que tenemos tanta necesidad». Bergoglio está hablando en horizontal, no en vertical. Enseña para todos los hombres; quiere abarcar a todos los hombres y así formar esa cultura del encuentro, en donde se reúnan, se encuentren todos los hombres haciendo el bien. Y no importa qué clase de bien. No interesa discernir el bien porque todos somos buenos por Creación. Todos hacemos un bien.
  • «‘Padre, ¿a los ateos?’ (…) «‘Pero yo no creo, padre, ¡yo soy ateo!’. Pero haz el bien: ¡nos encontramos allá!». Que el ateo haga el bien natural; que el ateo haga el bien como él lo concibe con su mente; que el ateo, aunque no crea en Dios, está en Dios, se salva, para el cielo.

 

infierno

Esto último es lo que refleja en su carta:

«En primer lugar, me pregunta si el Dios de los cristianos perdona a quien no cree o no busca la fe. Considerando que  -y es la cuestión fundamental-  la misericordia de Dios no tiene límites si nos dirigimos a Él con corazón sincero y contrito, la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia. Escucharla y obedecerla significa tomar una decisión frente a aquello que se percibe como bien o como mal. Y en esta decisión se juega la bondad o la maldad de nuestro actuar» (Carta a un ateo – ver texto).

Esto es una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«la cuestión para quien no cree en Dios radica en obedecer a la propia conciencia»: en otras palabras: no hace falta creer para ir al cielo. El ateo, si sigue su conciencia, su propia conciencia, si escuchar y obedece a su mente humana, entonces se salva o se condena.

Esto va en contra de la misma Palabra de Dios: Cristo es «la luz verdadera que, viniendo a este mundo, ilumina a todo hombre» (Jn 1, 9). El hombre tiene que creer en Cristo, tiene que obedecer la Mente de Cristo, que es la luz que Cristo ha traído para iluminar al hombre. La luz divina, que es un conocimiento y una obra divina, al mismo tiempo. Y esa luz divina es la misma Vida de Cristo en la tierra. Cristo ilumina a todo hombre con su vida, con sus obras. Sus palabras divinas son obras divinas. Su Evangelio son obras divinas, que sólo se pueden hacer, imitar, si el hombre cree en Cristo. Y creer en Cristo es obedecer a Cristo.

Aquel que cree en su propia conciencia, no puede salvarse, no puede agradar a Dios: «Pero antes de ser trasladado, recibió el testimonio de haber agradado a Dios, cosa que sin la fe es imposible» (Heb 11, 6).

El ateo para salvarse tiene que dejar ser ateo. Por más que mire su conciencia, no hay camino de salvación, no se puede llegar a la vida eterna: «Nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo» (Jn 3, 13). Un ateo no puede subir al Cielo si no va detrás de Jesús, agarrado a Él, sometido a Él. Sólo Jesús puede subir al Cielo. Sólo Él. Y, por eso, Jesús ha comprado todas las almas con Su Sangre, pero es necesario creer en la Cruz de Cristo, para ir al Cielo: «A la manera que Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que creyere en Él tenga vida eterna» (v. 14-15).

Hay que creer en la Obra de la Redención: mirar la Cruz de Cristo, la que salva. Mirar al Crucificado. Quien mira y cree, entonces se va al Cielo. Pero quien mira y pone su inteligencia humana, entonces no puede ir al Cielo. Hay que mirar y creer en lo que se ve: un hombre crucificado por tus pecados. Si se mira y se cree en la propia conciencia, entonces no se alcanza el arrepentimiento del pecado, y el hombre sigue en su pecado, a pesar de la Sangre de Cristo.

Todo está en la fe de la persona, no en su conciencia. Todo está en abrirse a Dios: abrir el corazón, no la mente. Las personas suelen pensar acerca de Dios y, entonces, no creen. Acaban por dudar, por temer, por anular la Palabra de Dios. Hay que creer en Dios, no hay que pensar en Dios, no hay que tomar conciencia de Dios, no hay que mirar la conciencia para ir a Dios. Hay que dejar de mirar la conciencia con la mente humana y abrir el corazón a la Mente Divina.

Esto es claro en la Iglesia Católica, pero hay muchos católicos ciegos, que ya no ven esta claridad. Y hay mucha gente en el mundo, con sus errores, pero que ven la claridad: están abiertos a la Palabra de Dios, al Espíritu de la Palabra. Siguen siendo pecadores, porque están en el error, pero no son como muchos católicos, no son como Bergoglio: blasfemos a la obra del Espíritu.

Por eso, un protestante, ante estas palabras de Bergoglio, dijo:

«¡Que frase tan blasfema! ¡Esto es blasfemia, papa Francisco! ¡Esto es blasfemia, señor! (…)   ¿Qué le pasa a Ud. Señor? ¿Cómo es posible esto? ¿Cómo los católicos se los permiten?(…) ¡Esto es absolutamente increíble!(…) ¡Ud. está equivocado! ¡Está equivocado! (…) ¿Por qué el líder de los católicos está ahora diciendo que los creyentes y los agnósticos tienen la misma oportunidad de (…) ir al Cielo? (…) ¡Sus argumentos son lunáticos, porque los ateos no creen! (…) La verdad es que Francisco no es un creyente. Él no cree en Dios. No cree en las palabras de Jesús tal como constan en la Biblia.(…) Por eso, destruye la palabra de Dios (…) Este hombre es el Anticristo (…) Los católicos, en todo el mundo, debería abrir sus ojos, de que este Papa ha dicho ahora que no hay distinción en ir al cielo entre los creyentes (…) y aquellos que no creen en Dios»

Bergoglio cae en esta blasfemia por esta herejía:

«En segundo lugar, me pregunta si el pensamiento según el cual no existe absoluto alguno y por ende tampoco una verdad absoluta, sino solo una serie de verdades relativas y subjetivas, es un error o un pecado. Para comenzar, yo no hablaría, ni siquiera por lo que respecta a un creyente, de verdad “absoluta”, en el sentido que absoluto es aquello que es inconexo, aquello que carece de toda relación. Ahora bien, la verdad, según la fe cristiana, es el amor de Dios hacia nosotros en Jesucristo. Por lo tanto, ¡la verdad es una relación! Tanto es así que incluso cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc. Esto no significa que la verdad sea variable y subjetiva, todo lo contrario. Significa que la verdad se nos revela siempre y sólo como un camino y una vida». (ver texto).

  • Uno que cree no necesita de verdad absoluta: entonces cada uno cree según su verdad relativa, según su idea de la verdad, de la vida, de cristo, de la iglesia. Cada uno se inventa su fe. Si no hay una Verdad Absoluta, no existe Dios y no existe el concepto absoluto de Dios. Existen definiciones de Dios: lo que cada hombre concibe en su mente sobre Dios.
  • Bergoglio niega que exista la verdad absoluta porque es inconexa: en la mente de este hombre si uno tiene la verdad absoluta, entonces no puede haber conexión con otros hombres; no puede haber una relación, una comunicación. Aquí Bergoglio lo anula todo. Como Dios es Verdad Absoluta, entonces no puede relacionarse ni con Él Mismo, ni con las criaturas que ha creado: no hay conexión, no hay unión. Como la Iglesia es una Verdad Absoluta, entonces los miembros de la Iglesia no pueden relacionarse con los demás hombres, no pueden comunicarse con ellos, no pueden estar en la vida de esos hombres, no pueden aceptar las mentes de esos hombres… Luego, como la Verdad Absoluta carece de toda relación, nos vamos a inventar el concepto de Dios, el concepto, de Iglesia, el concepto de Padre, el concepto de Hijo, el concepto del Espíritu Santo, el concepto de Jesús, etc… Nos inventamos la Palabra de Dios. Todo lo inventamos. Por eso, él predica tanto de la unidad en la diversidad. Una herejía en la verdad le lleva a una obra blasfema: «Es el Espíritu vivo que todos nosotros tenemos dentro: él hace la unidad de la Iglesia, en la diversidad de los pueblos, de las culturas, de las personas» (24 de octubre del 2014).Como todos somos semejantes a Dios por creación, todos tenemos el Espíritu de Dios. Y, entonces, éste es el que hace la unidad en la diversidad de las mentes humanas, de sus vidas, de sus obras. Ésta es la clara enseñanza de un gobierno mundial, de una doctrina global para todos, de una Iglesia ecuménica en la que todo el mundo entra y vive su vida y así se salva, según el bien que hace a todo el mundo.
  • La unidad en la diversidad: que le hace poner la verdad en el amor de Dios hacia el hombre, cuando la verdad está en al Amor de Dios hacia Sí Mismo; que le hace decir: la verdad es una relación, cuando la Verdad es una Persona Divina, no una idea humana. Es una verdad -para Bergoglio- que no cambia al hombre: «cada uno de nosotros la percibe, la verdad, y la expresa a partir de sí mismo: de su historia y cultura, de la situación en la que vive, etc». Por tanto, es una verdad que está en el hombre y que el hombre puede seguirla sin ningún discernimiento. El hombre, como nace santo, hijo de Dios, como es semejante a Dios por creación, como no ha pecado, entonces cuando ve su mente, ve la verdad y la sigue sin problemas, y agrada a Dios haciendo el bien a toda la humanidad.
  • Y Bergoglio olvida y niega una cosa: que la Verdad es una Persona: Cristo: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie viene al Padre sino por Mí» (Jn 14, 6). La verdad es la Persona Divina del Verbo. Es un Ser Absoluto que no le impide relacionarse ni con Su Padre ni con el Espíritu Santo, ni con todas las criaturas que ha creado y redimido. El que una cosa sea absoluta no anula la relación, la comunicación, la conexión, la unión a otras cosas. Pero esa relación nace del mismo Ser Absoluto, no está en la criatura, no está en el otro: es el Camino que Dios tiene para relacionarse con los hombres. Es un Camino que es una Verdad y que lleva a una Vida. La relación, la comunicación, la unión, no es algo mental, sino algo vital: una obra, una vida en cada hombre. Por eso, Jesús es el Camino para la mente del hombre. Si el hombre se somete a la doctrina de Jesús, entonces la mente de hombre camina, ve la luz, ve la verdad, y puede obrar la verdad en su vida humana. Pero si la mente del hombre no se somete a esa Verdad Absoluta, Inmutable, Eterna, a esa doctrina divina, entonces no puede caminar, no puede salvarse, no puede conocer, ni siquiera bien lo humano ni lo natural.

Por eso, Bergoglio no puede salvarse: Él niega a Cristo como Camino, como Verdad y como Vida. Y quiere ir al cielo con su conciencia, buceando en su mente humana sobre lo que es el bien y el mal. Y así es imposible salvarse. Y todo aquel que le obedezca cae en su misma herejía, en su mismo cisma, en su misma apostasía de la fe.

destructor

Por eso, Bergoglio odia a la Iglesia Católica. Ya lo manifestó en Caserta. Odia la Verdad, odia a Cristo, odia el dogma, odia a Dios. Para él no existe la certeza total. Para Bergoglio todo es duda, porque no hay un absoluto, no hay dónde poder agarrarse. Cada uno tiene que agarrarse a su mente humana. Y la mente del hombre, por experiencia, está llena de dudas, de temores, de debilidades:

«Este buscar y encontrar a Dios en todas las cosas deja siempre un margen a la incertidumbre. Debe dejarlo. Si una persona dice que ha encontrado a Dios con certeza total y ni le roza un margen de incertidumbre, algo no va bien. Yo tengo esto por una clave importante. Si uno tiene respuestas a todas las preguntas, estamos ante una prueba de que Dios no está con él. Quiere decir que es un falso profeta que usa la religión en bien propio. (…) El riesgo que existe, pues, en el buscar y hallar a Dios en todas las cosas, son los deseos de ser demasiado explícito, de decir con certeza humana y con arrogancia: “Dios está aquí”. Así encontraríamos sólo un Dios a medida nuestra» ()

«Si uno tiene respuestas a todo, es que Dios no está con él»: Bergoglio está destruyendo la Palabra de Dios: «pero cuando viniere Aquel, el Espíritu de Verdad, os guiará hacia la Verdad completa» (Jn 16, 13). Se tienen respuestas a todo porque el que cree tiene el Espíritu de la Verdad, que le lleva a la plenitud del conocimiento divino y humano.

¡Pobre Bergoglio! ¡Pobrecito! Ya no puede salvarse. Para salvarse, tendría que dejarlo todo e irse a un monasterio a expiar su pecado. Pero es claro que no va a hacerlo. Si no cree en el pecado como ofensa a Dios, tampoco cree en la necesidad del silencio y de la soledad para expiar el pecado, y se dedica a lo suyo: a ser un ídolo de los paganos.

A ellos les ha trazado un camino de perdición. Y ellos lo aceptan. Mayor oscuridad no puede haber en un hombre y desde la Silla de Pedro.
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Sin la Eucaristía nadie se puede salvar en la Iglesia

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«En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 53).

Cristo, en la Eucaristía, es la fe del alma, la vida del alma.

Quien no come a Cristo, quien no recibe la Eucaristía como alimento de su alma, no tiene la vida de Dios en él. Sólo tiene la vida de su mente humana. Sólo puede obrar lo que concibe con su pensamiento de hombre.

Uno no se salva porque crea en Dios, porque tenga argumentos para creer en un Dios bueno y misericordioso.

Los judíos no se salvan porque sean hijos de Abraham por la fe; ni los ortodoxos se salvan porque tengan unos ritos iguales a los católicos; ni los musulmanes se salvan porque creen en un solo Dios; ni los sedevacantistas se pueden salvar apelando sólo a la fe en Cristo, pero sin Misa; ni nadie se puede salvar si no adora a Cristo en el Altar y lo comulga de manera reverente, dando a Dios el culto debido.

Sin Misa no se puede entrar en el Cielo. Ya no.

En la Misa está Dios. Quien quiera buscar a Dios fuera de la Misa no lo encuentra, no lo puede encontrar.

Si no hay sacerdotes que pongan a Cristo en el Altar, no hay Cielo. Sólo hay infierno.

Con Abraham, hasta Cristo, sólo era necesaria la fe en el Mesías que tenía que venir. Pero desde Cristo, lo único que salva es la Eucaristía. La Misa es el camino de salvación y de santificación de toda alma. Y es el único camino para llegar al Padre. No puede haber otro.

El camino no es unir las tres religiones: católicos, judíos y ortodoxos en una sola.

El camino no es rezar junto a los judíos y musulmanes para una ficticia paz mundial.

El camino es Cristo. Y Cristo es la Eucaristía. Sacramento de unión y de unidad.

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La Eucaristía es una Gracia: no es un conjunto de ideas, ni de ritos, ni de normas litúrgicas.

Una Gracia que es el Mismo Cristo: Cristo se dona Él Mismo como alimento del alma: «Yo soy el pan de vida» (Jn 6, 35b). Es alimento –pan- para la vida de cada alma que lo recibe. Cristo no es una idea para el alma, sino Él Mismo que se da al alma.

Cristo es una Verdad para el alma y una Vida para su corazón.

«vosotros me habéis visto» (v. 36b): con vuestras inteligencias, vuestras teologías, vuestras obras en la Iglesia…habéis comprendido la verdad de Mi doctrina…

«pero no Me creéis» (v. 36c): no queréis someter vuestras mentes humanas a la verdad que habéis conocido. La Verdad, que he dado a conocer a Mis Apóstoles, no la creéis. No creéis en Mi Mente Divina. Sino que cogéis esa Verdad, que es inmutable, y la reinterpretáis con vuestras inteligencias humanas. Desarrolláis la Verdad que no puede cambiar nunca, que nadie puede desarrollar.

Hoy todos en la Iglesia Católica se han convertido en protestantes: no hay Papa, no hay sacerdotes, no hay Obispos, no hay monjas, no hay religiosos, no hay nada… Sólo queda la fe.

La fe, ¿en qué? En lo que cada uno tiene en su mente: la fábula que cada uno se inventa con su grandiosa cabeza humana.

Y, no sólo los sedevacantistas no pueden salvarse, sino muchos católicos que siguen a un Papa que no es Papa. También esos católicos son protestantes: quieren salvarse sin la gracia de Pedro, buscando a un hombre que no es de la Iglesia Católica. Pretenden salvarse sólo porque creen en lo que han hecho los Cardenales. Creen en los hombres, pero ya no creen en el Magisterio de la Iglesia.

Cuando ese hombre, al que unos Cardenales lo han sentado en la Silla de Pedro, ha comenzado a decir herejías por su boca, ya no creen en la Gracia, ya no creen en la Verdad, ya no creen a los profetas, sino que sólo creen en sus mentes humanas.

Se han fabricado una fe humana: es necesario obedecer a Bergoglio, aunque diga herejías. No pueden salvarse con la sola fe de su inteligencia humana. Porque la que salva es la gracia que se da mediante la fe en Cristo: el creer en la Mente de Cristo.

Quien se someta, quien obedezca a Bergoglio, no puede salvarse, porque sólo vive de su fe humana, de intelectual, pero no vive de la gracia de la Eucaristía, no vive de la gracia de Pedro.

Todos protestan de la doctrina de la Verdad. Todos. No hay ninguno que permanezca en la verdad en la Iglesia. Ninguno. Todos van, en la Iglesia, hacia sus verdades.

La Iglesia es Pedro. Quitan a Pedro, no hay Iglesia. Se pierde esa Gracia. Y si se pierde, las demás gracias se van perdiendo, anulando.

Toda la Iglesia está ahora en el Papa Benedicto XVI. Cuando se muera, ya no hay Iglesia.

La Iglesia se construye en Pedro; la Iglesia se destruye sin Pedro.

Hicieron renunciar al Papa legítimo: se crea o no se crea. Desde ese momento, la Iglesia empieza a autodestruirse. Ella misma. Ella misma se pone otro Papa, Ella misma busca una nueva doctrina: el evangelium gaudium; Ella misma hace su sínodo; Ella misma pone sus leyes. Ella misma levanta una nueva estructura, una nueva sociedad, en la que la Verdad brilla por su ausencia.

Todo es herejía en Roma. Todo.

A nadie le interesa el magisterio de la Iglesia, ni los profetas que anuncian la verdad en cada tiempo, ni las obras divinas que Dios quiere hacer en Su Iglesia. A nadie.

Todos viven de sus fábulas en el Vaticano. Todos.

A nadie la interesa salvarse.

A nadie le interesa Cristo.

A nadie le interesa la Eucaristía.

A nadie.

La Eucaristía es el mismo Dios en Persona, en la Persona de Su Hijo.

¡Es para poner la cabeza en el suelo!

¡Es para decirse a sí mismo: no soy digno de recibir a Dios en mi alma!¡No soy digno de pertenecer a la Iglesia de Cristo!

Que Dios se haga pan; que el Invisible se muestre Visible; que el Eterno se haga dueño del tiempo; que la Bondad te muestre el camino de la Verdad dentro de tu alma… Eso es para anonadarse, para humillarse, para caer con la frente en el suelo y pedir arrepentimiento de todos los pecados…

Pero esto, a nadie le interesa en la Iglesia. A nadie. Si les interesara, no estarían detrás de un hombre sin fe, como es Bergoglio. No estarían.

Bergoglio no pone a Cristo en el Altar: sólo hace una obra de teatro. Y nada más.

Pero nadie cree esto.

Tú, que comes a Cristo, que recibes la Verdad cuando comulgas, ¿y no ves la verdad de lo que es Bergoglio? ¿No ves que es un falsario? Entonces, no comulgas bien. No comulgas con fe, sino con la rutina de recibir una galleta en un acto social. Comulgas con tu mente humana. Comulgas con el invento de tu fe humana. Y te crees salvo porque sigues a un hombre que no es Papa, pero que te han dicho que es el Papa.

¿Qué hacen tantos católicos comulgando todos los días y obedeciendo la mente de un mentiroso, como es Bergoglio? ¿Qué hacen? ¿A qué se dedican en la Iglesia?

¿Para qué comulgan si sus vidas son abominación?

¿Para qué reciben a Cristo si después no obran las mismas obras de Cristo en la Iglesia?

¿Por qué quieren ser santos en la comunión si no expresan esa santidad con las obras? En la vida de cada día, aplauden, justifican, ensalzan los pecados de una Jerarquía sin Cristo en sus corazones. Eso es una abominación. Eso no es santidad de vida. Esas no son las obras de Cristo en la Iglesia.

Cristo obró la Verdad.

¿Qué hacen los católicos? Obran la mentira al dar su obediencia a un falso Papa.

No te puedes salvar comulgando todos los días y teniendo como Papa a Bergoglio. No te puedes salvar. Si no lo comprendes, poco importa. En la Iglesia estás para salvarte no para comprender las cosas, no para justificar la vida de nadie. Muchos es para lo que hacen Iglesia: para justificar la vida de Bergoglio. Para justificar sus pecados; para excusar su vida de pecado en la Iglesia.

No te puedes salvar confesando todos los días tus pecados sin confesar el pecado de obedecer a un impostor en la Iglesia, el pecado de tener a Bergoglio como tu Papa. No te puedes salvar. Y no importa que no lo veas como pecado. El pecado no es una idea de tu mente, sino una obra de tu corazón. No es como lo piensas, es como lo obras.

Obras llamando Papa a uno que no es Papa: eso es un pecado.

La Gracia no se da en partes: como estoy bautizado, al cielo. No.

Hay que vivir la gracia en cada uno de los sacramentos. Si se falla en uno solo, se falla en todos los demás.

La Gracia es para todo en la vida del alma: bautismo, confirmación, penitencia, eucaristía, matrimonio, orden y unción. Abarca toda tu vida: desde lo más pequeño, desde la rutina de tu vida, hasta lo más grande.

No te puedes inventar tu bautismo, ni tu confirmación ni ningún sacramento. No te puede fabricar la vida divina, que se da en la gracia. Tienes que vivirla. Y si no la vives en cada sacramento, por más que estés bautizado, por más que comulgues, por más que tengas un matrimonio, no te salvas, no vas al cielo.

La Gracia es para todo en la vida de la Iglesia: no puedes estar en la Iglesia bajo un hombre que no es Papa, que no tiene la gracia del Papado. No puedes estar en gracia si sigues en la Iglesia a un hombre que no tiene la gracia del Papado. Es imposible: tu salvación depende de a quién llamas Papa en la Iglesia, de a quien obedeces como Papa en la Iglesia. No te puedes salvar solo, con tu gracia del bautismo o de tu matrimonio. Te tienes que salvar con el verdadero Papa, siguiendo la gracia que el verdadero Papa da a la Iglesia.

Todo es Gracia. Nada es como el hombre lo piensa y decide y obra en la Iglesia.

Los Cardenales pusieron su pensamiento en la Iglesia: un falso Papa. Eso no sirve para ser Iglesia. No sirve.

No salva el pertenecer a la Iglesia Católica. Salva el vivir la Gracia dentro de la Iglesia Católica.

Salva el tener al Papa Benedicto XVI como único Papa, como el verdadero, como el legítimo. Lo que salva es seguir al Papa que tiene la gracia del Papado: Benedicto XVI.

Lo que condena es seguir a un hombre que no posee la gracia del Papado: Bergoglio.

Esto es lo que muchos católicos ya no hacen: no son fieles a la Gracia que reciben en cada Sacramento. No hay fidelidad a la gracia de tener un Papa. No hay fidelidad a la Verdad Divina, que es una Vida para el alma; entonces, no hay Camino Divino en sus vidas humanas.

Si el Papa es el vicario de Cristo, si es la Voz de Cristo, si es el mismo Cristo el que habla por su boca, ¿cómo es que no sabes ver al demonio en Bergoglio?

¿Qué es, para ti, ser Papa?

¿Cuál es tu invento del Papado?

Si estás comulgando todos los días y Cristo te habla la Verdad a tu corazón, todos los días, ¿cómo es que no reconoces la voz del demonio en Bergoglio?

¿La voz que recibes en tu alma cuando comulgas es la misma que escuchas de Bergoglio?

Cristo en tu alma te dice: Yo soy Espíritu.

Bergoglio, con su boca, te dice: Jesús no es Espíritu.

¿Y no te das cuenta que son dos voces distintas?

¿Todavía no caes en la cuenta?

Pero, ¿cuál es tu fe en la Iglesia? ¿De qué vives en la Iglesia? De tu mente humana, de tu lenguaje humano, de tus obras humanas.

Si Cristo ha puesto a Su Papa para hablar por Su Papa, Cristo no puede negarse a sí mismo. Luego, si un Papa no te dice lo mismo que Cristo, es que no es Papa.

Esto, tan sencillo, nadie lo ve.

Los católicos andan embobados, mirando a un lado y a otro. Y eso significa que viven una vida de abominación en sus almas y en sus corazones. Ya no pueden ver la Verdad, ya no pueden vivir el Amor.

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«El que come Mi Carne y bebe Mi Sangre está en Mí y yo en Él» (Jn 6, 54).

Cristo y el alma: una sola cosa. No puedes mentir a Dios. Te mientes a ti mismo con tu inteligencia, con tus obras, con tu vida.

Si Cristo se une a tu alma, entonces conoces la Verdad que hay en Su Iglesia. Y al instante dices: Bergoglio no es Papa. Al instante.

Pero como comulgas y Cristo no puede unirse a tu alma por tu pecado, entonces ves a Bergoglio y le besas el trasero. Esto es lo que hacen muchos católicos. Y son gente intelectual, que se saben el dogma, pero que no creen en el dogma.

Cristo, en la Eucaristía, te da una verdad para que la obras. Y si la obras, entonces tu vida se hace divina. Pero si no la obras, tu vida es sólo del hombre y del demonio.

Cristo no es una idea para pensar en ella. Cristo es una Vida que se obra en la Verdad de tu existencia humana. Y esa Vida es un Camino. Esa Vida no es un proyecto del hombre, una programación para el año.

Dios te hace caminar si tienes fe en Su Mente Divina. Si no hay esa fe, tú mismo te haces tu camino, tu vida, tu verdad, tus obras, tus pensamientos. Y acabas haciendo tu religión y tu cristo.

Es lo que vemos por todas partes en la Iglesia: gente que da culto a su mente y a sus obras humanas en la Iglesia. No puede adorar a Cristo en el Altar ni pueden escucharlo en la comunión, porque no son de Cristo, son del demonio.

Sólo los cimientos de la Iglesia quedarán con el antipapa

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«Dios hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su albedrío» (Ecles. 15, 14).

El hombre está en su libertad: el mismo hombre se guía, a sí mismo, con su libertad. Dios no dejó al hombre en manos del demonio, ni en manos de otros hombres o criaturas. El hombre es, en sí mismo, dueño de su ser, de su vida, de sus obras, de su mente, de sus actos.

El libre albedrío es un poder en el hombre: el hombre puede obrar y no puede obrar. El hombre mismo decide si obra o no obra. Eso es la libertad, que es más importante que la obra en sí.

Se obra un bien o un mal con el poder del libre albedrío.

Lo único que Dios no quita al hombre es su libre albedrío.

Dios puede quitar la memoria, la inteligencia, la voluntad, la vida física. Y, quitando eso, no le hace al hombre ningún agravio.

El hombre juzga, según su razón, las cosas que va a obrar. Pero una cosa es juzgar si una cosa es buena o mala; otra cosa es juzgar si se obra o no esa cosa. Es más importante en el hombre juzgar una obra según su libertad que juzgarla según su razón.

Los hombres suelen luchar por el juicio de sus razones, pero no saben luchar por el juicio de sus libertades.

El hombre soberbio es el que impone al otro el juicio de su razón. El hombre orgulloso es el que impone al otro el juicio de su libertad. Es más destructor un orgulloso que un soberbio. El soberbio se dedica a dar sus opiniones, sus juicios, sus ideas, sus filosofías, y otros la practican.

Pero el orgulloso impone un estilo de vida, no un estilo de idea, no una filosofía, para que otros la vivan, la imiten. El orgulloso hace que los hombres vivan su misma vida. Las modas son propias de los hombres orgullosos. La moda trae más atención que las ideas, que las filosofías. Las modas mueven más que las ideas. La moda es una vida.

Francisco es orgulloso, no sólo soberbio. Su filosofía es una necedad, una estupidez. Nadie la puede poner en práctica. Nadie la sigue. A nadie le interesa como idea para su mente, para su discurso. Sólo a los idiotas, que no saben pensar nada.

Pero el éxito de Francisco está en su vida: vive su error libremente. Vive en su libertad y, por tanto, enseña a otros a vivir lo mismo. Y ya no interesa la idea, sino la realidad de la vida. Interesa la moda de pecar dentro de la Iglesia, porque eso es lo que en la Iglesia se vive: el pecado. Por eso, él siempre habla para la totalidad de los hombres, para un mundo global, para una comunidad de gente pecadora. Pero él no puede hablar a cada alma porque no puede enseñar la verdad, no puede comunicar la santidad, no puede guiar hacia la verdad de la vida. Cuando enseña su doctrina, es decir, su soberbia, todos se escandalizan, porque no habla al alma, no habla al interior de la persona, a su corazón, sino que trata al hombre como un conjunto, no como alma, no como algo particular, privado. Ve al hombre como una estructura en el mundo, como una pieza que hay que colocar en el mundo.

Francisco, en todos sus escritos, enseña a vivir el pecado, no enseña a pensar la verdad, a razonar en el bien, a discernir el bien del mal. Enseña su vida, su forma de vida, con sus ideas propias, que son las que todo el mundo tiene, las que transitan en cualquier rincón del planeta: que son las del pecado. Ideas globales, para los hombres, mundanas, profanas, etc., pero nunca absolutas, dogmáticas, nunca para el alma, para la mente, sino para su vida de pecado: que estás malcasada y quieres comulgar, entonces comulga. Eso es el orgullo: se ofrece un estilo de vida, no un estilo de pensamiento, no una ley de pensamiento. Se ofrece un pecado como un valor, como una verdad, como un bien a realizar.

Que eres judío y estás en tus ritos para adorar a Dios: muy bien, yo te acompaño, yo comulgo con tus ideas, porque Dios te ama como me ama a mí.

Francisco, en su orgullo, se une a cualquier hombre del mundo porque juzga la vida según su libertad, no según su razón. Juzga al homosexual según su libertad: es bueno que siga siendo lo que es porque busca a Dios. No lo juzga según su razón: no soy quién para juzgarlo. Y no puede hacer este juicio por su orgullo: él vive un estilo de vida que le impide juzgar, con su razón, al otro. Y este estilo de vida es lo que transmite cuando habla, cuando predica, cuando escribe sus necios escritos. Es el estilo de vida en la que el pecado es una obra, es un reto, es un camino.

Este estilo de vida se contagia a los demás como la pólvora, porque los hombres no suelen vivir juzgando, según su razón, a los demás, sino que los hombres suelen vivir de manera orgullosa: lo juzgan todo según su libertad. Obran su libertad. Obran su pecado y para su pecado. No obran para una Verdad y por una Verdad.

Lo que hoy impera en todo el mundo no es tanto la soberbia, sino el orgullo: es decir, la libertad de cada hombre.

Dios ha puesto a cada hombre en manos de su propia libertad. Y cada hombre vive su libertad, independientemente de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías, de sus dogmas.

La fe hace que el hombre sepa medir su razón y su libertad: la fe hace que el hombre sea humilde y, al mismo tiempo, dependiente de Dios.

El orgulloso no quiere depender de otro: quiere ser libre, vivir su vida según su libertad, no según unas razones, unas leyes, unas ideas, unos dogmas.

El orgulloso no se ajusta a ninguna norma: él mismo es norma para sí. Su libertad es su ley. Su libertad es su moral. Por eso, el orgulloso, al imponer sus leyes, destruye las leyes naturales, divinas, morales.

Hoy día, todos los gobiernos del mundo están llenos de hombres orgullosos: hombres que imponen sus leyes, sus libertades, sus formas de vivir la vida. No imponen sus formas de entender la vida, sino de vivirla. El orgulloso vive su vida. El soberbio piensa su vida. Kant era un soberbio: todo lo medía con su razón y lo obraba. No vivía nada sin verlo antes con su razón. Francisco es lo contrario a Kant: todo lo mide con su libertad y, por tanto, lo obra sin más, sin la idea, sin discernir si es bueno o malo. Si en esa vida, ve algún problema, entonces pone su soberbia, su idea, para resolverla; pero sigue viviendo su vida, a pesar del problema. El problema no le cambia su estilo de vida.

Por eso, Francisco tiene muchos seguidores, porque, en la práctica, los hombres viven como lo hacen Francisco: en su orgullo. Francisco gusta por su orgullo, no por su soberbia. Francisco es la moda del pecado en el mundo. Para agradar a los hombres en el mundo tienes que pecar, exaltar tu pecado, amar tu pecado, justificarlo por encima de cualquier verdad, cualquier dogmatismo.

Por eso, no se puede entender la estupidez de algunos jerarcas de la Iglesia que dicen que la doctrina de Francisco es católica. Sólo se puede comprender en la razón de que se les está obligando a hacer la pelota a Francisco. Se les impone no criticar a Francisco.

Todo el mundo ve, ahora, que la doctrina de Francisco no se puede sostener. No hay quien la sostenga. No hay quien la siga. Pero el respeto humano, la falsa obediencia, la soberbia de muchos, hacen que se digan cosas realmente inconcebibles. Y eso señala sólo una cosa: en la Iglesia no hay fe. Hay muchas cosas, menos fe.

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra» (Lc 18, 8b). Esta es la señal de que Jesús regresa a la tierra.

La Gran Apostasía es la falta de fe en la Iglesia. Y es lo que estamos viviendo desde hace 50 años. El abandono y alejamiento de la fe y de los sacramentos, tanto por los consagrados como por los fieles bautizados. ¿Quién está esperando hoy a que Jesús venga? Nadie. Es una Verdad que nadie cree. Predicar que Jesús viene de nuevo, a instaurar su reino glorioso, les resulta enojoso a muchos, herético a otros y, a los más, sencillamente les causa risa.

Jesús con Su Santa Madre van a reinar y a dirigir Su Iglesia con Pedro Romano y la Jerarquía obediente a Él. Pero esto nadie se lo cree, nadie lo piensa, a nadie le importa.

El triunfo del Inmaculado Corazón es imposible que se dé ahora. La Santísima Virgen triunfa en los corazones, en muchas almas que se le entregan con generosidad. Pero no es posible que ese triunfo se dé en un mundo totalmente desquiciado por el pecado, y que ya no busca a Dios, sino que ha puesto al hombre como su dios. Las almas, en donde la Virgen ha puesto su Sagrario, deben perseverar hasta el fin de la Gran Tribulación, si quieren contemplar el Reinado Glorioso de Cristo y de Su Madre.

“Porque habrá entonces una GRAN TRIBULACIÓN, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y si no se acortasen aquellos días nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mateo 24, 21-22).

La Gran Tribulación es el Aviso, el Milagro y el Castigo de los malvados con los tres días de Tinieblas.

«Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aún a los mismos elegidos» (v. 23-24).

El Falso Profeta, que engaña a los mismos elegidos, es el antipapa, que es el que va a destruir lo que quede en pie de la Iglesia. Francisco es un falso profeta, que engaña con su vida a muchos, pero no tiene el empuje de las señales y de los milagros. Es un viejo enfermo, que no cree en nada, sólo en lo que hay en su cabeza. Y Francisco está rodeado de falsos mesías, de anti-sacerdotes, que viven su herejía y gobiernan la Iglesia con la locura de sus mentes. Ellos ya han comenzado a destruir la Iglesia. Y Francisco tiene, también, el coro de idiotas, que le hacen la pelota en los medios de comunicación y entre los fieles de la Iglesia. Todos ellos destruyen lo que queda de Iglesia, pero no pueden darle el manotazo final.

Tiene que venir un antipapa que señale al Anticristo.

Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, pero no es capaz de señalar al Anticristo, porque tampoco cree en Él.

«Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como un relámpago que sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres» (v. 24, 25-28).

No habrá otro Papa legítimo después de la muerte de Benedicto XVI: donde está el cadáver, allí están todos los que destrozan la Iglesia. El cadáver, no sólo del Papa Benedicto XVI, sino también de la Iglesia, como Cuerpo Místico. Cuando muera este Papa, muere también la Iglesia. La Iglesia tiene que ir a la Cruz, como Su Cabeza Invisible, para poder resucitar gloriosa, como Su Cabeza.

Y, por eso, no hay más Papas después de la muerte de Benedicto XVI hasta que la Iglesia no resucite gloriosa.

Esta Verdad muchos no la comprenden. Por eso, esperan en Francisco y en Benedicto XVI. Ya no hay que esperar en nadie. Benedicto XVI tiene que realizar el papel que el Señor le ponga antes de morir. Cuando muera, viene rápido la gran tribulación.

Los tiempos se acortan. Los tiempos vuelan. Ya no es tiempo de esperar, sino de sufrir. Estamos en la Purificación de la Iglesia con el castigo correspondiente a su pecado.

Estamos en el tiempo de los orgullosos: de los que viven la vida según su libertad. Viven la moda del pecado. Hay que pecar, hay que enseñar a pecar dentro de la Iglesia. Hay que valorar el pecado como un bien dentro de la Iglesia.

Y, por tanto, estamos en el tiempo de los anticristos, que preparan al Anticristo.

Tiene que aparecer el Anticristo como Mesías: «Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis». Viene haciendo los mismos milagros que hizo Jesús. Viene en carne mortal, no gloriosa. Viene como hombre y se hace dios. Y, muchos, caerán en ese engaño porque son como las vírgenes con las lámparas apagadas: hombres sin fe. Están en la Iglesia Católica creyéndose santos, y no son capaces de discernir la mentira. Todo lo llaman santo, bueno, justo, porque viven de sus lenguajes humanos, pero no de fe. Han creado su fe, su iglesia, su cristo, sus santos, sus vidas espirituales, sus dogmas, sus tradiciones, su evangelio.

El orgullo de Francisco es el inicio del tiempo de la Justicia en la Iglesia: un gran castigo es Francisco para toda la Iglesia. Habéis despreciado a los Papas durante 50 años, ahora a bailar con un bufón. Ahora, tenéis la venda en vuestros ojos y no podéis ver la verdad de lo que es ese hombre, por vuestro pecado en la Iglesia.

Muchos no ven lo que es Francisco y eso es un castigo divino. No es porque sean tontos. Es porque han vivido su pecado en la Iglesia y ahora no pueden ver cómo se condenan. Lo verán cuando ya no haya más Misericordia: verán su condenación y la querrán: «y blasfemaban del Dios del Cielo a causa de sus penas y de sus úlceras, pero de sus obras no se arrepintieron» (Ap 16, 11). Estamos en el tiempo de la condenación. No hay que tener cariños con los hombres. No hay que ser sentimentales y creer que la situación en la Iglesia va a cambiar, y que todos se van a oponer a lo que ven.

Es totalmente lo contrario. Cada día, más destrucción en la Iglesia y más que no ven nada. El Sínodo que viene será el primer desastre de todos. Y, muchos, seguirán sin ver nada. Lo que vemos en la Iglesia no es para sacar un bien de Ella. Es para apartar el trigo de la cizaña, y quemar la cizaña con fuego real en la vida de los hombres: es su justicia, es su condenación que tienen que sufrir antes de morir e ir al infierno que han escogido.

No estamos en el tiempo de la Misericordia, sino de la Justicia. Por supuesto, que sigue habiendo Misericordia, pero no es su Tiempo. Que nadie se haga la ilusión de una Iglesia emergente, que se pone a caminar y a resolver los problemas. Están todos ciegos en el Vaticano. Son una panda de corruptos y degenerados, que actúan como los hipócritas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos muertos y de toda suerte de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23, 27-28).

Es el tiempo de contemplar el infierno en la vida de los hombres: cómo vive cada hombre su infierno antes de morir. Es la Justicia Divina al mismo hombre, a su libertad. Dios no puede quitar la libertad al hombre, pero sí puede hacer que viva, con su libertad, el infierno que quiere y que merece. Es el mayor castigo de todos.

La Iglesia lo tiene todo y lo ha despreciado todo: por eso, el infierno ha comenzado ya dentro de Ella. Es lo que se merece. Vemos a un Francisco, a un gobierno de herejes, a tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, que les gusta pecar, que aman el mundo, que han despreciado la Verdad. Vemos el infierno en muchos de ellos. Vemos la cizaña. Y, por tanto, contemplamos las obras del infierno dentro de la Iglesia. Contemplamos cómo se cae la Iglesia, cómo se derrumba, cómo sólo van a quedar los cimientos: las almas que guardan en su corazón el tesoro de la verdad. Toda estructura de la Iglesia va a caer, menos los cimientos. Porque la Roca es Cristo. Y Cristo ha puesto los cimientos de Su Iglesia en las almas elegidas. Y, por eso, la verdadera Iglesia nunca el infierno la podrá derrotar. Lo que sí puede el demonio es acabar con la iglesia falsa, la de los hipócritas, como Francisco y toda su panda de gente sin sabiduría divina.

Triste es contemplar a un demonio, como Francisco, pero más triste es ver que los hombres siguen a los demonios porque los tienen como santos.

Estamos bajo la ley de la Gracia: no se obedece a los hombres

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia» (Mt 16, 18)

La Iglesia que edifica Jesús es sobre Pedro y, por tanto, es sobre el sucesor de Pedro.

El que sucede a Pedro es el Papa elegido cuando el anterior muere, porque «los dones de Dios son irrevocables»: la gracia de ser Papa es hasta la muerte de la persona del Vicario de Cristo. Y hasta que no muere, esa gracia no puede pasar a otro Papa.

Con Cristo vivimos bajo la ley de la Gracia. Y esa ley significa que cuando Dios da una Gracia, ésta se mantiene, así el hombre sea lo que sea en su vida espiritual. La Gracia del matrimonio es unir a un hombre y a una mujer hasta la muerte. Y aunque hombre y mujer sean infieles a esta gracia, nadie la puede anular. Los dos siguen casados, aunque busquen un divorcio o se casen con otra persona.

Es la ley de la Gracia: se es sacerdote hasta la muerte. El sacerdote no puede casarse porque la gracia que tiene es un impedimento para atentar un matrimonio por la Iglesia.

Es la ley de la Gracia: por más que renuncie un Papa y que los hombres elijan otro, se sigue siendo Papa por Gracia. No se deja de ser Papa por renuncia. Y no se pone a otro Papa porque lo digan los hombres.

«no estáis bajo la Ley, sino bajo la Gracia» (Rom 6, 14). «Todo es Gracia» (San Agustín); ya nada decide el hombre; ya nada piensa el hombre; ya nada obra el hombre.

La Gracia es la Vida de Dios en el alma. Es una vida que no se puede medir con la inteligencia del hombre; no se puede sentir con los sentimientos humanos; no se puede obrar con el esfuerzo del hombre.

Esa vida de Dios guía a las almas hacia su destino final: infierno o cielo.

El alma fiel a la Gracia conquista el Cielo; el alma infiel a la Gracia se merece el infierno. Y en los dos caminos, es la Gracia la que guía al alma.

Por tener el alma el Sacramento del Bautismo, tiene el Espíritu de filiación divina. Ese Espíritu hace al hombre hijo de Dios. Y, por tanto, mueve al hombre a realizar las obras de un hijo de Dios.

El hombre bautizado en Cristo es movido para obrar las mismas obras que Cristo hizo en su vida humana. Son las obras del Hijo del Padre. Jesús vino a hacer la Voluntad de Su Padre. Y no vino para otra cosa. No vino para un proyecto humano; no vino para poner su vida en un objetivo humano; no vino para vivir una vida humana.

Cristo es la Gracia, la Fuente de la Gracia y, por eso, Cristo vive la misma Vida de Dios en su vida humana, terrenal. Y eso significa: obrar, desde que se levanta hasta que se acuesta, sólo la Voluntad de Su Padre.

Y esto que hizo Cristo lo puede realizar todo bautizado en la Iglesia Católica porque tiene la Gracia.

La Gracia no es algo que se recibe y después se pierde con el tiempo. La Gracia es mover al hombre hacia lo divino: es una moción divina en el alma: es el amor divino que enseña al alma a vivir lo divino.

Y, por eso, la vida espiritual es una enseñanza de Dios al alma: la necesidad de hacer oración y poner la vida humana en penitencia, para poder aprender qué Dios quiere en la vida. Como los hombres se han olvidado de lo principal en sus vidas: oración y penitencia, por eso, están perdidos en la Gracia.

El hombre que no es fiel a la Gracia se esclaviza al pecado. La Gracia libera del pecado: pone un camino para no pecar más. El que no vive en la Gracia, vive en su pecado y camina para su condenación: «¿No sabéis que, ofreciéndose a uno para obedecerle, os hacéis esclavos de aquel a quien os sujetáis, sea del pecado para la muerte, sea de la obediencia para la justicia?» (Rom 6, 16). Quien no camina en Gracia, camina en contra de la Gracia. Quien obedece al pecado para la muerte, no obedece a la justicia que viene de la fe.

Y es la Gracia la que pone estos dos caminos: «cuando eráis esclavos del pecado estabais libres respecto de la justicia»: sin la Gracia, el hombre sólo tenía que volver a cumplir la ley para poder salvarse. No era hijo de Dios por la Gracia; seguía siendo un hijo del hombre. Y cumpliendo los mandamientos de Dios, los hijos de los hombres se podían salvar sin ser hijos de Dios. Era una Misericordia de Dios sobre los hombres. Una Misericordia que ya no puede darse porque estamos en la Gracia.

Si, en este tiempo de la Gracia, el hombre vuelve a su pecado; aunque cumpla con los mandamientos de Dios, no puede salvarse; porque ya posee la Gracia: «ahora libres del pecado y siervos de Dios, tenéis por fruto la santificación y por fin la vida eterna» (Rom 6, 23).

El hombre, en la Gracia, está obligado a hacer obras santas y a poner en su vida el fin de la vida eterna. No puede poner fines temporales, caducos. No puede vivir para las cosas de este mundo.

Muy pocos hombres valoran la Gracia. Es algo que no se enseña en la misma Iglesia. Y, por eso, las cosas están como están: gente que ha recibido la Gracia y que se hace esclava del pecado. Y, como esclavos del pecado, ya no son libres respecto a la justicia. La Gracia que tienen de ser hijos de Dios les lleva a la condenación. No pueden salvarse cumpliendo con los mandamientos de Dios. Tienen que salvarse siendo fieles a la Gracia.

Por eso, es un absurdo que los malcasados comulguen. Una abominación. Una aberración. Tienes un matrimonio por la Iglesia: permanece en ese matrimonio hasta que tu cónyuge muera. Y, entonces, eres fiel a la Gracia. Y te puedes salvar. Pero si buscas otras uniones, y estás esperando la anulación que nunca llega, entonces caminas para la condenación. Y aunque no hagas obras malas en tu vida; aunque no peques mortalmente, eso no es camino para salvarse. Porque el perdón del pecado se obtiene por el Sacramento de la Penitencia. Y unido a otra persona, en un matrimonio que Dios no quiere, es imposible obtener el perdón divino por más que se pida a Dios.

Vivimos en la Ley de la Gracia. Y quien no es fiel a la Gracia es infiel a Ella. Y es la Gracia misma la que le pone el camino de condenación, porque le cierra todos los demás caminos para poder salvarse. Por eso, vivimos en un mundo de condenados: gente infiel a la Gracia.

Estamos presenciando una Iglesia que no es fiel a la Gracia del Papado. Y, entonces, por más buenas obras que quieran hacer desde ese gobierno, todo eso es condenación.

La Iglesia, para salvarse, tiene que obedecer al Papa legítimo: Benedicto XVI. Lo han echado a un lado: el Vaticano ha puesto un camino de condenación a las almas. Nadie de la Jerarquía ha sido fiel a la Gracia del Papado: han elegido a un hombre que no es Papa. La Iglesia se ha esclavizado al pecado que lleva a la muerte, porque ya no puede ser libre respecto a la justicia de Dios. La Iglesia es Iglesia bajo Pedro, bajo el sucesor de Pedro. La Iglesia no existe si no está bajo Pedro, sino que permanece bajo un usurpador. Y, por eso, lo que hay en el Vaticano es una nueva sociedad, que se une al Anticristo -y a la masonería eclesiástica- para formar una nueva iglesia.

La Iglesia verdadera, sólo está bajo el sucesor de Pedro: Benedicto XVI. Él es el Papa verdadero, pero inútil. Nadie le obedece, nadie le sigue porque él no quiere gobernar. Le han obligado a renunciar.

Y la Gracia de ser Pedro la tiene hasta que muera. Y esa Gracia significa que sólo en él está el Primado de Jurisdicción, es decir, la Autoridad Divina. En el usurpador, Francisco, no hay nada: sólo el poder humano que los hombres le otorgan. Pero todo cuanto hace en la Iglesia es nulo a los ojos de Dios. Francisco es un cero a la izquierda para la Iglesia Católica.

De mucha maneras se saca que Francisco no es Papa. Y ya llevamos más de un año con el engaño y hay mucha gente en la Iglesia que sigue sin ver nada, con la venda en los ojos. Y ya no tienen excusa. Pero no lo ven porque no son fieles a la Gracia: no tienen vida espiritual: no dejan que Dios les mueva con su Gracia. Sus pecados de soberbia, de orgullo les impiden muchas cosas y, por eso, se hacen la ilusión de tener a un hombre que les habla bonito, pero que no les llena el corazón con la Verdad, sino que es un dictador de mentiras.

Francisco está puesto para entretener a la gente. Y no tiene otra misión. Francisco es un viejo enfermo, que ya ha cumplido su misión y que sólo le resta dar un puntapié a la Iglesia. Él entretiene, pero no es capaz de mover a la gente. Se necesita un hombre joven, con una inteligencia demoniaca para destruir la Iglesia. Francisco es un sentimental pedante: se le cae la baba ante cualquier idiotez de los hombres. Por eso, gusta a la gente idiota como él, porque viven lo mismo que él vive: su humanismo: dan culto a su idea humana de Cristo y de la Iglesia.

Triste es lo que se observa en toda la Iglesia. Triste es ver una Jerarquía ciega, infiel a la Gracia, sin vida espiritual, haciendo su negocio en la Iglesia.

Triste es observar el rebaño que se esparce por culpa del pecado de toda la Jerarquía. Un rebaño a merced de los lobos, de los hombres fariseos que ya se creen dios en sus mentes humanas.

Triste es observar la división de toda la Iglesia. Cada cual da su opinión, y cada uno dialoga con el más tonto, para hacer la iglesia que condena a la mayoría. Iglesia sin fe en la Palabra de Dios. Sólo cree en sus inútiles palabras humanas, en su odioso lenguaje humano. Una Jerarquía que se entretiene en inventarse fábulas para contarlas a la gente y hacer del Altar un ideal político.

Si esto es la Iglesia sobre Pedro, entonces es mejor no pertenecer a esta Iglesia. Y, por supuesto, que esta no es la Iglesia de Cristo, sino la que se han inventado los hombres en sus locas cabezas. Y hay que dejarlos en sus locuras para que se condenen solitos. Los que quieran salvarse, tienen que renunciar al Vaticano para seguir siendo la Iglesia Católica, que ya no está en un lugar, sino en cada corazón. Y ahora hay que moverse para hacer la Iglesia remanente. Ya no hay que estar luchando contra un idiota, porque los hombres van a comenzar a dar excomuniones y a ponerse duros con todos. Y, por eso, hay que dedicar a Cristo, en la soledad, en el desierto de un mundo que ya no cree en nada, sino que sólo ha puesto como dios: su inteligencia humana, su verborrea de hombre.

Francisco: un hombre que no quiere salvarse

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

«¿Y quien es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el Anticristo, que niega a la vez al Padre y al Hijo». (1 Jn 2, 23).

Francisco es el mentiroso, porque niega que Jesús sea el Mesías prometido por la Santísima Trinidad:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». ( Entrevista a Francisco del fundador del periódico “la repubblica”).

Sólo por decir esta frase, lo que hace Francisco en la Iglesia Católica es NULO.

Nula su elección a la Silla de Pedro; nulas sus predicaciones, sus enseñanzas desde esa Silla; nulas sus obras en la Iglesia, porque todo aquel que niega al Padre y al Hijo es el anticristo.

Si Francisco no cree en un Dios católico, es más dice que no existe un Dios católico, entonces no cree en el Padre, que engendra a Su Hijo, y no cree en el Hijo, que es engendrado por Su Padre. Y, por tanto, no cree que el Hijo se encarnó para ser el Redentor de los hombres. Francisco cree en un dios al que llama Padre, y en un Jesús, al que llama la encarnación de ese dios. Y dice que la Iglesia Católica se ha inventado eso de un Dios católico. Y, ahora, hay que pensar como piensa Francisco a Dios. Ahora, la moda es no creer en un Dios católico. Ahora, esa es la cultura como hay que interpretar el Evangelio: según el concepto de dios que tiene Francisco en su cabeza. Según la fábula de ese hombre, así tiene que ser el culto a Dios en la Iglesia Católica.

Sólo por esto, no hay obediencia a Francisco. ¡Sólo por esto! No se puede obedecer a uno que ni cree en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. No se puede obedecer a un hombre que niega la enseñanza de la Iglesia sobre Dios.

«Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados,ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios (…)» (símbolo Quicumque vult).

Francisco no quiere salvarse, porque no profesa la fe católica, sino su fe humana, su fe masónica, su fe comunista, su fe idólatra.

Un hombre que cree en dios, pero no en el Dios católico, en el Dios que enseña la fe católica, lo está negando TODO en la Iglesia.

Un hombre que no profesa la fe católica, ni se salva ni puede salvar a los demás.

No se puede obedecer a un hombre que da culto a su mente humana. Y, en ese mente humana, ha construido un dios para él mismo.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿para qué os sirve tanta teología si tenéis una venda en los ojos para no ver la Verdad?

Francisco, al decir que no cree en un Dios católico, ¿está actuando con la autoridad de Cristo en la Iglesia? ¿Le ha dado Cristo poder a Francisco para decir: Yo creo en Dios, no en un Dios católico? ¿Le ha dado Cristo a Francisco autoridad en Su Iglesia para enseñar lo que hay en su mente: no existe un Dios católico, existe Dios?

La respuesta es clara: Francisco no tiene ese poder de Cristo.

Entonces, viene la pregunta: ¿qué poder tiene Francisco para decir eso? ¿Si Cristo no se lo ha dado, quién se lo ha dado?

Respuesta: los hombres que han colocado a ese hombre en la Silla de Pedro, para que todo el mundo lo llame Papa, sin serlo. No ha sido Dios el que ha elegido a Francisco para Papa.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿por qué obedecéis a uno que no es Papa? ¿Por qué la obediencia a un hombre que no habla en nombre de Cristo ni con la autoridad de Cristo? ¿Por qué obedecéis a un hombre que no habla las mismas palabras de Cristo, sino que se inventa el Evangelio según está en su cabeza?

Respuesta:

«(…) pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la Verdad para volverlos a las fábulas» (2 Timoteo 4:3,4).

No queréis escuchar la verdad de siempre, sino que os inquietáis en el asiento y saltáis como gacelas cuando os presentan los dogmas, las tradiciones, las enseñanzas de siempre. Huis de la Verdad para lanzaros a vuestra mentira, que nace de vuestras mentes, y que queréis enseñarla poniendo a Cristo por testigo de vuestras soberbias. Por eso, obedecéis las fábulas de ese hombre en la Iglesia.

Mas os valiera salir de la Iglesia para enseñar vuestras herejías, que quedaros dentro de Ella, oprimiendo a los humildes de corazón, porque quieren seguir la única Verdad, que es Cristo. Al Cristo, que es «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

¿Quién se han creído los teólogos que es Francisco? ¿Qué hace tanta Jerarquía, que sólo están en la Iglesia tocándose el ombligo, y diciendo que, por pertenecer a la Iglesia Católica, obedecen a Francisco porque se sienta en la Silla de Pedro?

¿Se puede caer en mayor absurdo? Sí. Todavía la soberbia del hombre puede realizar mayor pecado de soberbia.

Si seguís a uno que no cree en el Dios católico, tampoco vosotros creéis en el Dios católico. Seguís la fábula de un hombre sobre Dios; ya no seguís el Evangelio que enseña que Dios es católico. Dios es como lo enseña la Tradición, el Magisterio auténtico de la Iglesia, la Palabra de Dios. Dios no es como lo enseña Francisco. Francisco no conoce a Dios, ¿cómo va a guiar a la Iglesia hacia la Voluntad de Dios? Francisco no ama a Dios, ¿cómo va a amar a los hombres si no sabe darles la Voluntad de Dios?

Por eso, ahora, os acomodáis para seguír una fábula y declaráis obediencia a uno que cuenta cuentos en la Iglesia. ¡Esto sí que es absurdo! Y arremetéis contra aquellos que no obedecen a Francisco. ¡Más absurdo todavía!

La verdad es mentira, y la mentira es la verdad. Es lo que mucha Jerarquía está predicando en la Iglesia, está enseñando en la Iglesia.

Francisco no soporta la sana doctrina:

«No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

Son sus mismas palabras: es imposible ver el aborto como siempre, ver el matrimonio homosexual como siempre, ver el uso de los anticonceptivos como siempre.

¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿Todavía queréis pensar el aborto como un crimen social, pero no como una ofensa a Dios que exige la excomunión? ¿Todavía pensáis que no hay que juzgar al homosexual, porque es libre de vivir como le da la gana, según el invento de su mente humana, y no juzgarlo como lo juzga Dios: abominación? ¿Todavía os gusta pensar que la crisis de los matrimonios no es debido al uso de los anticonceptivos, sino a la opresión que la Iglesia hace a las pobres familias que tienen muchos hijos y que ya no aguantan más, y hay que procurarles el placer del pecado sin el remordimiento de la conciencia?

No podemos seguir insistiendo en el pecado como ofensa a Dios y, por tanto, ahora hay que meter la fábula del pecado como un mal que cada hombre se inventa en su bella cabeza humana, y que debe ser quitado atendiendo sólo a la mente del hombre. Veamos en la Iglesia otros caminos para dar un gusto a la gente en su vida humana. Salvemos a los hombres enseñándoles a pecar.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

«Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no solo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

¿Se puede obedecer a un hombre que no cree que en la Iglesia Católica está toda la Verdad? No; no se puede. Las demás iglesias son del demonio. Y si quieren salvarse, tienen que dejar sus pecados, porque la única Verdad que salva sólo la pueden encontrar en la Iglesia Católica.

Un hombre que enseña que en los judíos, en los musulmanes, en los ortodoxos, en los budistas, el Espíritu siembra la Verdad, eso no sólo es una herejía, no sólo es un cisma, sino una provocación a toda la Iglesia Católica.

Aquí estoy yo, como Papa, como Obispo de Roma, como el que se sienta en la Silla de Pedro, para que comprendáis que la Verdad también la poseen las demás iglesias. Hay que enseñar que Dios perdona todo pecado, porque ya no existe el pecado. Hay que enseñar a ser tiernos con la gente, a darles cariñitos, a ser amables con todo el mundo, porque todo el mundo es buenísimo.

Y, ante esto de Francisco, sólo queda una cosa:

«(…) no os mezcléis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal ni comer» (1 Cor 5, 11).

No estamos en la Iglesia para obedecer a un idólatra, como es Francisco. No hay unión con él, no hay obediencia a él, no hay ni siquiera respeto porque se siente en la Silla de Pedro, porque es un ladrón de esa Silla.

En la Iglesia, no estamos para ver qué cosa hace Francisco: ni comer con él. Ni alimentarnos de su palabra. Vomitar su palabra. Anular su palabra. Condenar su palabra. Escupirle a su rostro su misma palabra.

En la Iglesia Católica estamos para negar a Francisco, para tumbarle sus enseñanzas del demonio, para poner un camino de salvación a todo aquel que busca la Verdad y sólo la Verdad en la Iglesia Católica.

Porque «el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30). Francisco no está con Cristo, sino contra Él y, por tanto, sus obras son para la condenación de muchas almas dentro de la Iglesia y fuera de Ella. Está desparramando la Gracia de Cristo, la está inutilizando, la está anulando. Y eso es muy grave dentro de la Iglesia Católica para estar pidiendo obediencia a Francisco.

Es hora de no obedecer a Francisco ni a ningún Obispo que apoye a Francisco.

En la Iglesia Católica hay que tener las cosas claras:

La Iglesia está donde está el Papa. La Iglesia es si hay un Papa.

Por tanto, la Iglesia no está en Francisco, porque no es Papa, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de Cristo. No es nada en la Iglesia Católica, porque no sigue la fe católica. Sigue su fe y se condenará por seguir esa fe. Y el Católico, si quiere salvarse, tiene que seguir al verdadero Papa: Benedicto XVI. Hasta que muera, en él está la Iglesia.

Y al verdadero Católico le trae sin cuidado que ese Papa haya renunciado, porque para Dios no hay tal renuncia. Y, aunque Benedicto XVI, no haga nada por la Iglesia y se dedique a otras cosas, sigue siendo el Papa; sigue estando en él todo el Papado. Porque se es Papa hasta la muerte. ¡Y ay de aquel que toque a Su Ungido!

Que un idólatra, como Francisco, no engañe a las almas en la Iglesia. Que se vaya a su ciudad, a su pueblo, a seguir su iglesia como le dé la gana. Que renuncie al cargo que otros le han encomendado hacer si quiere salvar su vida.

Pero, mientras siga en ese cargo, con Francisco ni comer, ni un saludo, ni sentarse a mirar qué cosa hace con todos los demás. A Francisco hay que humillarlo hasta que se le asomen las vergüenzas en su cara.

Francisco es un gran castigo para toda la Iglesia. Es una maldición. Y más le valiera morirse antes de que el Señor venga sobre su vida:

«(…) y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen, mejor le sería que le echasen al cuello una muela asnal y le arrojasen al mar» (Mc 9, 42).

Cuando no se busca la verdad de la vida, el sentido de la vida, es mejor morir, porque se vive para condenarse. Y es preferible morir antes de cometer el pecado contra el Espíritu Santo, del cual no hay perdón. Un hombre que decide acabar su vida porque ha vivido de espaldas a la fe católica, un hombre que entiende eso, entonces tiene posibilidad de convertirse, antes de morir. Pero un hombre que no ha comprendido su pecado y que quiere seguir viviendo para continuar pecando, entonces llega a la perfección de su pecado, donde ya no hay salvación.

Por eso, Francisco: vete de la Iglesia, renuncia al gobierno en la Silla de Pedro, para poder salvarte. Si te empeñas en seguir, tu condenación es clara y segura.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

Judas se condenó porque lo dice Jesús

Virgen María Reina-

“Lo más grande en el asunto de Judas no es su traición, sino la respuesta que Jesús da. (…) El mayor pecado de Judas no fue haber traicionado a Jesús, sino haber dudado de su misericordia” (Sermones de la Casa Pontificia – Cuaresma – 18 de abril 2014).

El P. Cantalamessa no comprende el pecado de Judas. La traición de Judas es su pecado contra el Espíritu Santo, del cual ya no hay perdón.

Judas sintió que había hecho mal, pero no se arrepintió de ello. No podía, por su pecado. Su pecado va contra la Misma Misericordia y no puede hallar nunca confianza en Dios cuando ha pecado.

El mayor pecado de Judas fue su traición a Jesús. En esa traición está la duda contra la Misericordia Divina.

Este es el punto. Sólo de ese pecado, que es la blasfemia contra el Espíritu Santo se puede salir de forma extraordinaria, que sólo Dios conoce. Sólo Dios puede dar la Gracia del arrepentimiento. Y Dios no se la dio a Judas. Su forma de morir es clara: no es una muerte arrepentida. No es una muerte penitente. No es una muerte en la que el alma confíe en el perdón de Dios.

“Jesús nunca abandonó a Judas y nadie sabe dónde cayó en el momento en que se lanzó desde el árbol con la soga al cuello: si en las manos de Satanás o en las de Dios. ¿Quién puede decir lo que pasó en su alma en esos últimos instantes? «Amigo», fue la última palabra que le dirigió Jesús y él no podía haberla olvidado, como no podía haber olvidado su mirada” (Ibidem): grave error en el predicador, que no sabe discernir por las obras exteriores la voluntad del hombre. Quien se suicida es clara que está pecando. La obra exterior del que se suicida es una obra de pecado. Luego, el alma del que se suicida está en las manos de Satanás. Dios puede arrebatarle ese alma a Satanás. La pregunta es si Dios lo hizo. Y la respuesta la da el mismo Dios:

«Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición» (Jn 17,12). La Palabra de Dios nunca miente y hay que interpretarla en Dios, no en el hombre. El P. Cantalamessa la interpreta con su razón humana: “pero aquí, como en tantos otros casos, él habla en la perspectiva del tiempo no de la eternidad; la envergadura del hecho basta por sí sola, sin pensar en un fracaso eterno” (Ibidem).

Dios nunca habla en perspectiva del tiempo ni de la eternidad. Dios habla Su Mente. Y en la Mente Divina hay tres ciencias: lo que nunca se va a dar; lo que puede darse, pero no se da (porque existe una condición); lo que se va a dar de forma absoluta.

Jesús, cuando da Su Palabra, no pone una condición, sino que la dice de forma absoluta: «Ninguno de ellos se ha perdido, excepto el hijo de la perdición». Se ha perdido el hijo de la perdición. No dice: si se arrepiente, si cambia, si obra esto u lo otro, entonces se va a perder. Jesús no pone una condición cuando habla. Luego, Jesús está dando el conocimiento absoluto de la condenación de Judas. Judas se condenó porque lo dice Jesús.

El P. Cantalamessa hace lo imposible para negar este hecho, esta Verdad: “El destino eterno de la criatura es un secreto inviolable de Dios. La Iglesia nos asegura que un hombre o una mujer proclamados santos están en la bienaventuranza eterna; pero de nadie sabe ella misma que esté en el infierno”. Esto es otro grave error doctrinal en el predicador.

La Iglesia tiene toda la Verdad, porque la Iglesia es guiada por el Espíritu de la Verdad, que lleva a todas las almas, que pertenecen a la Iglesia, hacia la plenitud de la Verdad. La Iglesia, al igual que sabe quién es santo, también sabe quién se condena. Quien niegue este conocimiento, niega la Verdad, niega la Iglesia.

En la Iglesia nos regimos por la Palabra de la Verdad, no por las palabras de los hombres, no por las filosofías de los hombres, no por sus teologías, ni por sus opiniones humanas. La Iglesia sabe quién está en el Infierno, porque el Infierno no está vacío. La Iglesia enseña a no pecar y, por tanto, enseña a apartarse de aquellos pecados que conducen al infierno. La Iglesia conoce cuándo un alma está en pecado. Y la Iglesia enseña que si ese alma, muere en ese pecado, se va al infierno. Esto es una verdad que no se puede negar.

En el último segundo de la vida de un alma, Dios puede obrar y sacar el arrepentimiento al alma para que se salve. En ese misterio nadie se puede meter. Pero cuando las cosas son claras con un alma, como en la vida de Judas, hay que ser sencillos cuando se explica esa vida a la Iglesia. Es lo que no hace el P. Cantalamessa. Da una mentira para decir que Judas se arrepintió.

¡Cuánto cuesta a los sacerdotes predicar las cosas como son! ¡Cómo les gusta poner de su cosecha para meter más confusión en la Iglesia! Y terminan negando una Verdad: la traición de Judas, que es lo que marca la Pasión. Sin traición, no hay Pasión. Esto es lo que el P. Cantalamessa no sabe explicar, porque niega lo fundamental:

“¿Quién es, objetivamente, si no subjetivamente (es decir en los hechos, no en las intenciones), el verdadero enemigo, el competidor de Dios, en este mundo? ¿Satanás? Pero ningún hombre decide servir, sin motivo, a Satanás. Quién lo hace, lo hace porque cree obtener de él algún poder o algún beneficio temporal. Jesús nos dice claramente quién es, en los hechos, el otro amo, al anti-Dios: «Nadie puede servir a dos amos: no podéis servir a Dios y a Mammona» (Mt 6,24). El dinero es el «Dios visible», a diferencia del Dios verdadero que es invisible” (Ibidem).

El P. Cantalamessa no ha comprendido el misterio de iniquidad en los hombres. Y, entonces, se dedica -en su homilía- a hablar sobre el dinero. Y no ve que el dinero es el invento de Satanás. No lo capta. Y no lo puede captar.

Todos los ídolos que tiene el hombre: el dinero, el sexo, la razón, el poder, etc…, son el fruto de la obra del demonio en la mente de los hombres.

El demonio trabaja en la mente de cada hombre, y le lleva a su ídolo. El ídolo de Judas: el dinero. ¿Quien maneja a Judas?: Satanás. El enemigo de Dios en Judas: Satanás.

El alma es amiga de Dios porque sigue al Espíritu Divino; el alma es enemiga de Dios porque sigue al espíritu del demonio. Esta es la única Verdad. El alma hace una obra de pecado o hace una obra divina porque sigue a un espíritu. Nunca el alma obra sola. Nunca. Siempre hay un ángel o un demonio a su lado para salvarla o perderla.

Satanás es el Enemigo de Dios. Y eso es claro por la Sagrada Escritura. ¿Quién se rebeló en los Cielos? Lucifer. ¿Quién tentó al hombre en el Paraíso? Satanás. ¿Qué es lo que sale de la boca del Falso Profeta? El espíritu del demonio.

No hay mayor ciego que el que no quiere ver. No hay mayores ciegos que esta Jerarquía que se empeña en negar el pecado, en negar el infierno, en negar la Justicia de Dios, y que todo está en transmitir una doctrina totalmente contraria a la verdad, donde Dios perdona todo pecado, donde todo el mundo se salva, donde el infierno está vacío.

Hoy no se enseña la Verdad en la Iglesia. Esta predicación de este Padre es el ejemplo de esto. No se llaman a las cosas por su nombre. No se dice sí, sí; y no, no. Es todo una confusión, una amalgama de cosas, un no querer transmitir la Verdad de la Palabra de Dios, sino dar las palabras humanas a los hombres para tenerlos cegados, ensimismados en sus pecados. Y así nadie lucha por quitar el pecado, sino que todos tienen la idea de que están salvados.

Y, claro, se dedican a hacer predicaciones en lo que se habla de la justicia social, de los derechos de los hombres, de las crisis económicas, de que el dinero es muy malo; y se termina haciendo política para negar la Palabra de Dios. Es lo que hace este predicador. Su visión del problema del hombre:

“¿Qué hay detrás del comercio de la droga que destruye tantas vidas humanas, detrás del fenómeno de la mafia y de la camorra, la corrupción política, la fabricación y el comercio de armas, e incluso -cosa que resulta horrible decir- a la venta de órganos humanos extirpados a niños? Y la crisis financiera que el mundo ha atravesado y este país aún está atravesando, ¿no es debida en buena parte a la «detestable codicia de dinero», la auri sagrada fames, por parte de algunos pocos? Judas empezó sustrayendo algún dinero de la caja común. ¿No dice esto nada a algunos administradores del dinero público?” (Ibidem).

¿Qué hay detrás? Satanás está detrás. Entonces, ¿qué hay que predicar? Predica cómo combatir al demonio. Predica cómo combatir el pecado de usura. Predica cómo combatir el pecado de avaricia. Predica qué penitencia hay que hacer para no caer más en el pecado de avaricia y de usura. Predica qué significa la ley de Dios y cómo seguirla en los negocios, en las empresas económicas. Predica eso y enseña la Verdad, pero no hagas política. No te quejes, como un político, de que existen malos administradores, de que hay hombres que dañan a otros porque emplean las drogas, el sexo, etc. No hagas una compaña política. No subleves a la gente con mitines políticos.

Los sacerdotes no cuidan las almas en la Iglesia. No les enseñan la Verdad, sino que les hablan de los que ellas quieren escuchar. Y, por eso, todos contentísimos con Francisco. Francisco es del pueblo, es de la masa vulgar, ignorante de la verdad, plebeya, que sólo quiere oír sobre justicias sociales y derechos humanos, pero que no quieren escuchar la Verdad.

El P. Cantalamessa no predica la Verdad. Entonces, ¿para qué se pone a predicar? ¿Qué objeto tiene esa predicación en la Iglesia? ¿Por qué enseña la mentira? Es un sacerdote ciego, guía de ciegos.

La traición de Judas es la cima del pecado. Y esa cima sólo se puede obrar siguiendo a Satanás en su interior. Porque para matar al Hijo de Dios, hecho carne, es necesario un plan del demonio, una mente demoníaca; no es suficiente una mente humana. La avaricia del dinero no mata al Hijo de Dios. Lo que hay detrás de esa avaricia; la intención de conseguir un dinero para hacer una obra del demonio, ése es el pecado de Judas. El demonio enseñó a Judas cómo obrar ese pecado. Y, por eso, haciéndolo, automáticamente se condenó. Judas comete el mismo pecado de Lucifer, del cual no hay perdón, no hay misericordia, no es posible confiar en la Misericordia, porque el alma se pone en la Justicia Divina. Y sólo en esa Justicia, donde ya no hay Misericordia. Es un pecado perfecto. Y, por eso, se llama pecado contra el Espíritu Santo. Se impide al Espíritu de la verdad guiar al alma hacia la verdad del arrepentimiento. Se cierran todos los caminos para ese alma. Y, por eso, es el trabajo del demonio en la mente del hombre. Si el demonio no trabaja para llevar al hombre a la perfección de ese pecado, entonces el hombre no comete el pecado contra el Espíritu y puede salvarse.

No a Francisco en la Iglesia Católica

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La Iglesia Católica tiene que aprender a decir no a Francisco.

Es importante comprender que la opinión humana, el pensamiento del hombre, sus culturas, sus sabidurías, no es importante en la Iglesia, no tienen valor en la Iglesia, no son un camino en la Iglesia.

Todo lo que importa es la Palabra de Dios, porque esa Palabra es la Verdad. Jesús es la Verdad. Francisco es la mentira. Juan Pablo II es la verdad; Juan XXIII es la verdad; Pablo VI es la verdad; Juan Pablo I es la verdad; Benedicto XVI es la verdad; pero Francisco no es la verdad porque no es otro Cristo, no es el sucesor de Pedro, no es el Vicario de Cristo, no es Papa.

Hay muchos en la Iglesia que no conocen a Jesús. Todos piensan que lo conocen, pero sólo los humildes de corazón, los que permanecen en esa humildad, conocen a Cristo en Su Iglesia. Los demás, por su soberbia, que no quieren quitar -y que, además, la ocultan con apariencias externas de santidad y de justicia,- nunca podrán conocer a Cristo ni ser de Su Iglesia.

Aquellos cuya opinión contradiga la Palabra de Dios, son culpables del pecado de orgullo. Y el orgullo oscurece, no sólo la mente, sino el espíritu, e imposibilita creer en la Palabra de Dios y, por tanto, ponerse en la Verdad. El orgulloso no ve la Verdad, sino sólo su opinión humana en la Iglesia. Y encumbra esa opinión, nacida de su mente, pero no en la Mente de Cristo, delante de todos, en medio de la Iglesia.

Francisco es un orgulloso.

Francisco quiere anunciar a Jesucristo, pero no la Verdad de su Palabra. Quiere un imposible: hacer que los corazones ardan de amor a Cristo sin el amor de Cristo. Quiere dar un atractivo del Evangelio sin la ley natural, sin la norma de moralidad, con un fin humano: dialogar.

Francisco cae en el error de un hombre sin fe: para llegar a un mundo incrédulo, no lo hagas con filosofías, mostrando la ley divina, la ley natural; no centres el tema en cuestiones morales, sino que comienza a dialogar con el hombre, comienza a usar un lenguaje atractivo, que guste al oído del hombre, que le haga vibrar porque ve que tú lo entiendes, estás en su sintonía incrédula. Y, una vez, que has congeniado con él, invítale a tus credos, a dar culto a tu dios, y así le convencerás de tu vida. Esto es lo que hizo Francisco con Scalfari.

Para Francisco hablar en contra del homosexual, del aborto, de los anticonceptivos, etc., es hacer que la gente nos tome como seres resentidos, crueles, no misericordiosos, no comprensivos, exagerados, que no velan por los problemas de los hombres, por el derecho que tienen de ser hombres. Y, por eso, hay que hablar no cansando a los homosexuales sobre temas morales, para no caer en rechazo; hay que hablar a las parejas para que tomen conciencia de la bondad del sexo y se les muestre un camino nuevo para que el sexo sea algo útil en sus vidas, sin el compromiso de los hijos, porque hay muchos problemas económicos, sociales, políticos, que aconsejan no tener hijos, pero sí disfrutar del sexo.

Así tiene que pensar Francisco y hablar si no quiere desfigurar la armonía de su lenguaje humano sobre el Evangelio. Lo que importa es dar un atractivo a la gente, un cariño al que se habla, un consuelo en las palabras, una belleza en el lenguaje, algo que no turbe la conciencia del que escucha, sino que lo deje en su vida de pecado.

Ante este pensamiento de Francisco, la Iglesia tiene que decir: no a Francisco.

Porque si no hablas al homosexual de la Verdad de la Palabra de Dios, sino que le hablas tu lenguaje humano, que tiene miedo de declarar la Verdad para no asustar, para no condenar, para no juzgar; entonces no eres otro Cristo, no das testimonio de Cristo en tu predicación; y esa predicación constituye tu opinión en la Iglesia. Y tu opinión en la Iglesia no sirve, no es importante, no tiene valor, no vale para nada.

Este es el punto más importante para discernir a Francisco: su palabra bella es la condenación para muchos en la Iglesia. Su palabra sólo sirve para condenar, para llevar al infierno, porque está desprovista de toda Verdad. Quien no se ponga así con Francisco, cae en sus redes.

Esa palabra bella, pero sin la verdad, sin la belleza de la Verdad, sin mostrar las exigencias de la Verdad, sin dar el camino para encontrar la Verdad, sin hacer que el hombre que escucha salga de su error y se fije sólo en la verdad, produce condenación en quien escucha a Francisco y sigue su pensamiento.

Francisco no es viril, sino amanerado cuando predica. No es un hombre de Verdad; es un hombre afeminado, temeroso, que duda de lo que está diciendo porque quiere encontrar la palabra que no dañe al otro, que no juzgue al otro, que no condene al otro. Y, entonces, sólo sabe hablar la mentira, porque si dice la Verdad sabe que va a hacer daño.

Francisco usa la técnica propia de un falso profeta: habla cosas que gustan a todo el mundo, que parecen concertadas si no se razonan, en un primer vistazo, pero que tienen una gran maldad en el interior del que lo escucha sin discernir, porque le pone un camino, en su mente, de mentira.

Como Francisco no da la Verdad, no da la ley divina, no da la ley natural, no da la norma de moralidad, sino que esconde todo eso, el alma se encuentra con un mundo de mentira, suave, atractivo, bello para el sentimiento y para la mente, pero un pozo en el que se cae para seguir en el pecado con más fuerza que antes. Porque ya quitar el pecado no es lo importante. Lo que importa es dar un consuelo en el problema que viva la persona. ¡Cuántos sacerdotes son así cuando confiesan! Sólo están en el juego del lenguaje humano, pero no son capaces de hablar la verdad a ese alma para no hacer daño, para no quitarle la venda que tiene. Y, entonces, condenan al alma. Quien tenga miedo de decir la Verdad pone siempre al otro un camino de mentira, siempre le va a sugerir una obra de mentira.

Francisco, al no ser claro en su filosofía, en su teología, en su ética, en su moralidad, -porque se niega a dar la Verdad, que es la que da siempre la claridad, el norte, la luz- entonces su palabra, su homilía, sus charlas, sus declaraciones, serán siempre heréticas. ¡Siempre! Y no se puede dudar de esto. No hay que estar pensando que alguna vez va a decir algo con Verdad, con rectitud, con moralidad, con ética. ¡No puede hacerlo Francisco! Él no se baja de este principio que ha metido en su mente humana: antes es agradar al hombre que a Dios.

Para Francisco, la doctrina moral de la Iglesia, los dogmas en la Iglesia, son sólo cuestión de lenguaje humano. Y sólo eso. No es una cuestión de Verdad, sino de opinión en la Iglesia. Es una idea que con el tiempo va cambiando según los hombres, sus ciencias, sus conquistas, etc. Y, por eso, dice esta herejía en su evangelii gaudium:

“En su constante discernimiento, la Iglesia también puede llegar a reconocer costumbres propias no directamente ligadas al núcleo del Evangelio, algunas muy arraigadas a lo largo de la historia, que hoy ya no son interpretadas de la misma manera y cuyo mensaje ya no suele ser percibido adecuadamente. Pueden ser bellas, pero ahora no prestan el mismo servicio en orden a la transmisión del Evangelio. No tengamos miedo de revisarlas”. Hay que revisar los dogmas en la mente de Francisco.

Francisco está hablando con su lenguaje humano, no con la Verdad por delante, y no discierne entre una costumbre y la Verdad, entre un hábito y la verdad, entre un vicio y la verdad. Para Francisco, las costumbres, los usos de los hombres, sus culturas, sus hábitos, sus vicios, son también verdades, normas para el hombre, leyes para el hombre. Y, entonces, tiene que caer el celibato en la Iglesia, tiene que caer los anticonceptivos en la Iglesia, tiene que caer el matrimonio en la Iglesia. Todo dogma, toda verdad en la Iglesia tiene que ser revisada porque hay una costumbre, una cultura, una ley entre los hombres. Hay un problema en la vida de los hombres. Y lo que importa en la Iglesia es dar el mensaje bello, pero herético, del Evangelio, para quitar ese problema. No hay que enseñar el celibato u otras coas en la Iglesia que ya no son moda, porque los hombres viven de otra manera. Los sacerdotes son pedófilos. El problema de la pedofilia es que se obliga al celibato. Pero ya no es el pecado de lujuria del sacerdote. Es que hay una norma que obliga a ser célibes. Y hay que acabar con esa norma, porque son otros tiempos. El celibato ya no vale para transmitir la bondad del Evangelio. ¿Qué malo hay en tener sacerdotes casados? Los tienen los ortodoxos. ¿Por qué no la Iglesia Católica? Así piensa Francisco y muchos, como él, en la Iglesia.

Para Francisco, no existe la Verdad, no existe el Evangelio radicado en una ley natural, en la ley divina, en la Gracia, que Cristo ha conquistado. Francisco niega la Gracia en la Iglesia. Y, por tanto, no puede comprender el pecado y no sabe vivir el celibato o el sexo ordenado en la ley de Dios, porque ha anulado la Gracia. Y anular la Gracia es anular a Cristo y a la Iglesia.

El problema de Francisco es su opinión humana, su lenguaje bello, pero basura, herético, lleno de mentiras, de errores, de engaños, de falsedades, de miras humanas, de conquistas mundanas, de ceguera espiritual.

A Francisco hay que decirle no. ¡No puedes Francisco seguir engañando más a la Iglesia! ¡Deja tu inútil opinión! ¡No importa lo que pienses! ¡No interesa! ¡No valen tus homilías, ni tus escritos, ni tu inútil vida para hacer caminar a la Iglesia! ¡No sirves como gobernante porque no ves la Verdad del Reino de Cristo!

Francisco, continuamente, contradice la Palabra de Dios, porque se ha inventado su evangelio de la fraternidad. Francisco no sigue el Evangelio, no predica el Evangelio, sino su evangelio. Y, por eso, no quiere normas morales en su evangelio. Su panfleto evangelii gaudium es su evangelio de la fraternidad, pero no es el Evangelio de Cristo. ¡No puede ser!

Su evangelio de la fraternidad es para todo el mundo, menos para la Iglesia Católica, menos para los que siguen la Verdad, la norma de moralidad, la ley divina, la ley natural, los dogmas de siempre, que nunca cambian porque la Verdad es siempre la Verdad, le guste o no le guste a la mente de Francisco.

Muchos no quieren oír la Verdad del cisma que hay en la Iglesia Católica. Y no lo quieren oír porque no aceptan que la Iglesia ha sido tomada por la masonería. Que quien dirige todo en la Iglesia son gente esclava del demonio, que hace el trabajo del demonio. Gente que se viste como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como gente santa, justa, pero que son encarnaciones del demonio.

Esto es lo que muchos no quieren aceptar. Y ¿por qué? Porque no son Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, no hacen Iglesia. No tienen fe. No viven de fe. Viven de sus miserables pensamientos humanos, como lo hace Francisco. Y quieren hablar como los hombres, y quieren hacer cosas en la Iglesia como los hombres.

Francisco, cuando habla del Evangelio, cuando habla de los santos, cuando habla de cualquier cosa de la Iglesia, siempre tergiversa la palabra:
“tampoco las puertas de los sacramentos deberían cerrarse por una razón cualquiera”. Esta frase ambigua, que se lee en su evangelii gaudium es para querer imponer lo que no se puede. Que los divorciados puedan comulgar porque hay una razón, se puede encontrar una razón para que comulguen. Francisco está en el juego de su lenguaje humano.

Francisco no dice: las puertas de los sacramentos se cierran por el pecado. No puede decir esa Verdad, porque eso supone hablar con una norma de moralidad, con una ley divina. Y eso no le gusta a él. Él tiene que decir su frase, que se basa en su mente: tiene que existir una idea, una razón, por la cual el divorciado pueda comulgar. Francisco quiere imponer esa idea y quiere que los teólogos vayan tras esa idea. Esa idea la pone por encima de la Verdad. Francisco no se centra en la Verdad, sino en conquistar una idea que supere a la Verdad, a lo que siempre en la Iglesia se ha hecho, porque sólo se fija en la cultura de los hombres, en sus sabidurías humanas, en sus opiniones en la vida, en sus hábitos de vida, en sus problemas de la vida.

Y quiere imponer su lenguaje: la Eucaristía “no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y alimento para los débiles”. ¡Como los divorciados son débiles!… Ya no dice que los divorciados son pecadores. Esconde esa Verdad, porque tiene que agradar a los divorciados, tiene que estar con los divorciados, tiene que caer bien a los divorciados.

Es lo mismo que su no soy quien para juzgar a los homosexuales. Habla para caer bien a los homosexuales. Pero no habla para darles la Verdad de sus vidas: si no os convertís, moriréis en vuestros pecados. Esto no lo puede predicar Francisco. ¡No puede! Iría contra la dignidad humana del homosexual. Es más importante, para él, el hombre que la norma de moralidad, que la ley natural, que la ley divina.

Francisco está obligando a proclamar sus enseñanzas heréticas a los sacerdotes y Obispos. Aquellos sacerdotes, obispos y cardenales que creen, están siendo hechos a un lado y forzados a guardar silencio. ¡Hay que dar publicidad a un hombre que tiene un alma sin Luz, sin Verdad, sin Vida!

Hay que imponer que todos hablen las mentiras que dice Francisco en la Iglesia. ¡Imponer! Muchos, entre la Jerarquía, son tentados a dejar la verdadera doctrina de Cristo para que honren y obedezcan al lobo con piel de oveja, que es Francisco.

¡Cuántos han caído bajo el hechizo de Francisco que se ha presentado como Papa, sin serlo! ¡Muchísimos! Porque todo ha sido orquestado para tentar, para forzar, para dar una obediencia a quien no se lo merece.

Esto, mucha gente, no acaba de creérselo, porque no sabe cómo está la Iglesia por dentro. ¡No tiene ni idea!

Estamos metidos en un cisma insalvable, que no hay quien lo pare ya. Y hay que prepararse para lo peor. Hay que ser una Iglesia remanente en la tierra, desperdigada por todas partes, viviendo en un desierto, pero con personas, con valientes siervos sagrados, con valientes sacerdotes que reconozcan a Francisco por lo que él es, y lo combatan, lo ataquen, lo anulen, lo ridiculicen.

Francisco y los suyos ridiculizan y cuestionan toda la Sagrada Escritura. La Palabra de Dios es ignorada en todos ellos. Y la Verdad de las enseñanzas de Cristo, la verdad del Magisterio de la Iglesia, la Verdad de la Tradición, son ya consideradas como mentiras por ellos. Lo que nunca cambia, en la mente de Francisco y de los suyos, cambia. Por eso, es un peligro escuchar a Francisco sin discernimiento, sin querer juzgarlo. Quien no condene a Francisco se hace su servidor, su esclavo, su fiel perro.

Muchos sacerdotes se avergüenzan de ser vistos poniéndose de pie por la Verdad, por el miedo que tienen de ser condenados al ostracismo, excluidos del apostolado en la Iglesia y del sacerdocio. ¡No saben la maldad que hay en los Obispos contra los sacerdotes que se declaran fieles al Evangelio! ¡Cuántos son acusados de falta de tolerancia, de falta de compasión, de falta de respeto por los derechos humanos!

Francisco acusa a los sacerdotes porque faltan a la dignidad del hombre: ”A menudo nuestros fieles nos cuentan que se han confesado con un sacerdote muy rígido o muy flexible, laxo o riguroso. Que haya diferencias de estilo es normal, pero las diferencias no pueden estar en la sustancia, la sana doctrina moral y la misericordia. Ni el laxo, ni el riguroso dan testimonio de Jesús, porque ninguno de los dos se encarga de la persona que encuentra…La verdadera misericordia se preocupa por la persona. Y el sacerdote realmente misericordioso se comporta como el Buen Samaritano…Ni el laxo ni el riguroso hacen crecer la santidad”. (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Como no te encargas de la persona humana, como no respetas sus derechos humanos, como no toleras sus vidas humanas, entonces no sirves en la Iglesia ni en el sacerdocio. Y Francisco, por su humanismo, cae en su herejía: “la verdadera misericordia se preocupa de la persona”. Francisco anula la Misericordia Divina, anula a Jesús que se preocupa del pecado de la persona -no de la persona- y le pone un camino para que la persona quite su pecado y así sea persona. Para Francisco, lo que importa es la persona, no su pecado.

Y, entonces, cae en otra herejía: “La misericordia en cambio acompaña en el camino de la santidad, la hace crecer … ¿En qué sentido?… A través del sufrimiento pastoral, que es una forma de misericordia. ¿Qué significa el sufrimiento pastoral? Significa sufrir con y por las personas, como un padre y una madre sufren por sus hijos, y me permito decir incluso con ansia” (Francisco, 6 de marzo, al clero romano). Francisco anula la obra de la Redención del hombre. Cristo carga con los pecados de los hombres. En la absurda iglesia de Francisco, hay que sufrir con las personas y por ellas. No se menciona nada de sus pecados, de la penitencia que todo sacerdote tiene que hacer por Su Rebaño. Tienes que estar con los problemas de las personas, tienes que dedicarte a resolver asuntos de las personas, tienes que sufrir con los que sufren, tienes que ser hombre con los hombres, mundo con la gente del mundo, tienes que vivir inmerso en las culturas de los hombres para poder comprender sus sufrimientos y sufrir con ellos. Así piensa el estúpido de Francisco.

Y llega a su idiotez: “¿Tú lloras? ¿Cuántos de nosotros lloran ante el sufrimiento de un niño, ante la destrucción de una familia, delante de tantas personas que no pueden encontrar el camino?. El llanto del sacerdote … ¿tú lloras, o en este presbiterio hemos perdido las lágrimas? ¿Lloras por tu gente?” Francisco no es capaz de llorar por las ofensas que se le hacen al Corazón de Cristo, por lo pecados de todos los hombres que hieren el Corazón Divino del Salvador. Ese llanto no lo puede tener. No tiene lágrimas por Cristo. Francisco llora por su gente, por su pueblo, por el hombre, por la estúpida vida de los hombres. Francisco sólo se fija en sus lágrimas humanas, en sus angustias de hombre, en sus problemas con los hombres. Pero es incapaz de ser otro Cristo, de morir con Cristo, de sufrir por Cristo. Él prefiere sufrir por un hombre, por un idiota, que por Su Maestro.

Todo sacerdote que se avergüence de Cristo frente a Francisco, Cristo se avergonzará de él ante Su Padre.

Hay que decir no a Francisco en la Iglesia Católica. No queremos que este subnormal, que se hace pasar por Papa, por persona inteligente, cuando su cuadro mental es el de un loco de remate, esté donde está.

Francisco es el falso profeta que se ha hecho anticristo y que, dentro de poco, pondrá en manos de un hombre el destino de la Iglesia, que la destruirá por completo. Destruirá sus estructuras, pero no Su Esencia, no Su Vida, no Su Amor.

Cambios nefastos para la Iglesia

Sacerdote corrupto, vestido de homosexual, en la fiesta de la Inmaculada, en España 2013

Sacerdote corrupto, vestido de homosexual, en la fiesta de la Inmaculada, en España, 2013

La Iglesia ha perdido el camino de Cristo, el camino de la Verdad, y se está precipitando en la más completa oscuridad, que significa abrazar la mentira como si fuera la misma verdad. Y cuando se hace eso, esa es la señal primera de que las profecías empiezan a cumplirse, a obrarse.

El Apocalipsis, es decir, el Libro de la Revelación Divina se obra ya ante nuestros ojos, en nuestro tiempo, en nuestra historia. Y, muy pocos, saben lo que eso significa para el mundo y para la Iglesia.

Porque no vivimos para este mundo sino para el nuevo mundo, la Nueva Jerusalén, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Y muchos quieren tener aquí el Paraíso y, después, irse al Cielo con todos sus pecados. Y no es posible eso que piensan muchos. Y muchos sacerdotes y Obispos de la Iglesia, que no son lo que parecen, porque ya no viven el Evangelio, ya no enseñan la Verdad de las Escrituras con su misma vida, sino que se dedican a enseñar sus verdades, aprendidas en el mundo, no en la oración personal con Cristo Jesús.

Hay muchos sacerdotes y Obispos que ya no creen en el pecado y, por tanto, no lo juzgan como pecado, sino como otra cosa. Y esos pastores que no juzgan el pecado, no pueden juzgar al pecador y, por tanto, no pueden absolver en el Sacramento de la Confesión el alma del penitente. Hay muchas confesiones en las que el alma entra con sus pecados y sale con ellos, porque el confesor ya no juzga el pecado, sino que dice: eso no es pecado, eso hay que entenderlo de otra manera, no en lo que la Sagrada Escritura llama como pecado.

Hay muchos pecados que ya no son pecados para muchos confesores: masturbación, fornicación, uso de métodos anticonceptivos, etc. Quien no juzga el pecado, quien no ve el pecado como pecado, no absuelve, aunque diga las palabras de la absolución correctamente, porque la intención del confesor es una: juzgar el pecado que el alma le trae y hacer un juicio del penitente. Si no tiene esa intención, lo otro, lo demás no sirve. Si el confesor no sabe lo que es el pecado y llama al pecado como una verdad a seguir, como algo que se puede hacer, entonces no hay confesión. El alma se va con sus pecados no borrados.

No se confiesen nunca con un sacerdote que diga que ciertos pecados ya no son pecados, porque se irán como vinieron. Francisco y muchos Cardenales de su gobierno no confiesan y no celebran misa porque no juzgan el pecado y predican herejías en la Iglesia.

Un sacerdote, un Obispo, un Cardenal, que en la Misa o en la Iglesia, en una charla o conferencia, predique otra cosa a la Palabra de Dios, yendo contra la Verdad, diciendo herejías claras, entonces, en la consagración no hay nada, sólo un teatro.

Porque el sacerdote está para dos cosas en la Misa: para hablar la Palabra y para obrar esa Palabra en el Altar. Quien no habla la Palabra, sino que empieza a decir sus herejías, que no existe el infierno, que no existe el purgatorio, que no existe el pecado, que ya Cristo nos ha salvado a todos y, por tanto, no hay que hacer penitencia, que todo consisten en dar limosnas a los pobres, etc., después, Cristo no baja al Altar en esa Misa.

El sacerdote es otro Cristo, el mismo Cristo. Y, por tanto, tiene que hablar como Cristo y obrar como Cristo. Y, quien no haga eso, entonces es mejor que se dedique a otra cosa en la Iglesia, pero que no haga misas.

Muchos sacerdotes, en la realidad de sus vidas hacen teatro en la Iglesia, porque no es que pequen y, después se confiesen de sus pecados, que eso no anula su misa ni su predicación, sino que ya viven amando sus pecados, sin arrepentirse de ellos, sin hacer ninguna penitencia, están inscritos en sectas ocultas, viven para el mundo, para sus negocios en el mundo, abrazando todas las herejías del mundo. Y es imposible que un sacerdote así ponga a Cristo en el Altar. Cuando vean predicaciones heréticas en una misa, váyanse a buscar otra donde se les dé la Palabra de Dios como es y, por tanto, donde se obre esa Palabra con dignidad en el Altar. Misas, como hoy se hacen, en la que todo es una fiesta, ahí no está Cristo en el Altar. Y la comunión que se da es sólo una galleta a la que todos idolatran.

Cristo Jesús es muy celoso de Su Misa, de sus sacerdotes, de sus pastores. Lo quiere todo íntegro. Y si no hay eso, Cristo no baja al Altar en la palabra de aquel sacerdote que ya no cree en Él, sino que sólo cree en su vida humana y en la vida mundana que lleva.

El sacerdocio no es una carrera en la Iglesia, sino es la Vida del Mismo Cristo en el alma del sacerdote. Para ser sacerdotes no hay que estudiar nada, ni teología ni filosofía, ni hacer carreras en las universidades. Para ser sacerdotes sólo hay que seguir al Espíritu de Cristo que es el que enseña lo que es Cristo.

Cristo no es un libro que se aprende en un aula del mundo, de una universidad, o de un seminario. Cristo es una Vida Divina que sólo puede ser obrada en el Espíritu de Cristo. Por eso, Cristo es el que elige a sus sacerdotes. Y hay muchos que no son elegidos por Cristo, sino por los hombres en la Iglesia, porque no tienen el discernimiento para saber elegir las almas para el sacerdocio. Muchos Obispos, que son la cabeza del sacerdote, no saben lo que es ser sacerdote y, por eso, eligen a candidatos erróneos para esa vocación divina en la Iglesia.

¡Cuántos Obispos que no saben guiar a los sacerdotes en la Iglesia, que no saben mostrarles el camino de la santidad, porque tampoco ellos buscan la Voluntad de Dios para sus ministerios en la Iglesia! ¡Cuántos Obispos hay que condenan a muchos sacerdotes imponiéndoles falsas obediencias en la Iglesia!

El sacerdocio en la Iglesia es una cuestión sólo espiritual, no humana, no natural, no social. Por eso, la Iglesia es la Jerarquía. Y así viva la Jerarquía su sacerdocio, así la Iglesia, así los fieles serán en sus vidas espirituales.

El sacerdote es el que decide el destino de las almas en la Iglesia. Es el que lleva al rebaño o al infierno o al cielo. Nunca un fiel en la Iglesia se va solo al infierno o al cielo. Siempre se va con su Pastor, con su sacerdote. Por eso, la terrible carga que pesa en todo sacerdote, en todo Obispo, en todo Cardenal. Si ellos no son fieles a su vocación divina en la Iglesia, tampoco los fieles, los miembros de la Iglesia son fieles a Cristo.

Por eso, quien no medita en lo que está pasando ahora la Iglesia, no entiende nada de lo que Cristo quiere ahora para su Iglesia.

Cristo es el Sacerdote Eterno, el Único Sacerdote, el que guía a su rebaño al Cielo. Y la Iglesia ahora es un desastre en la Jerarquía, porque los sacerdotes, los Obispos están guiando al rebaño hacia el infierno. Si no hay un Papa que guíe la Iglesia, entonces toda la Iglesia se va para el infierno. Y, ahora mismo, no hay una Cabeza que dé a Cristo en la Iglesia: ni Francisco ni Benedicto XVI. Esta es la gravedad que nadie medita, que nadie contempla.

Y, por eso, ahora sólo es Cristo el que guía a Su Iglesia para que no se pierda por medio de los Profetas, no por medio de ninguna cabeza, ni de ninguna Jerarquía en la Iglesia. Toda la Jerarquía está confundida en estos momentos, y no sabe guiar el rebaño hacia Cristo, hacia la Verdad. Luego, no se puede confiar en nadie, en ningún sacerdote, en ningún Obispo. Es triste, pero es la realidad. Aquel que no dé la Verdad, que es Jesús, no hay que seguirlo, no hay que obedecerlo, no hay que someterse a él. Porque la obediencia ciega es sólo a Cristo, a la verdad, no a los hombres.

Este es el punto que, hoy día, la Jerarquía combate. Y quieren hacer que los fieles obedezcan sus mentes humanas, totalmente erradas, heréticas, engañosas. Eso es Francisco, que es un ejemplo clarísimo de lo que es un sacerdote que ha renegado de su vocación en la Iglesia. Eso que hace Francisco lo hacen muchos en la Iglesia, pero no se conocen porque no tienen un puesto relevante en la Iglesia.

¿Qué se creen que la Iglesia es un lugar lleno de Santos? ¡Hay cada demonio deambulando por los pasillos de Vaticano que da escalofríos penetrar esos recintos sin antes no ponerse en profunda oración para saber dónde uno se mete! ¡Roma es, hoy día, la antesala de infierno! ¿Qué bien puede salir de eso? Ninguno. Toda maldad es lo que le viene al mundo y a la Iglesia.

El último Papa verdadero: Benedicto XVI. Y hasta que no venga Pedro Romano, puesto por el Cielo para regir Su Iglesia en los tiempos caóticos, en la Iglesia habrá sólo sucesión de antipapas, falsos papas, anticristo, falsos profetas. Pero no esperen una cabeza clara en la doctrina de Cristo ni de la Iglesia. Ya se está pensando en un concilio vaticano iii: ¡qué monstruosidad no saldrá de allí!

La Iglesia no está para Concilio, sino para llorar sus pecados y arrepentirse de ellos. Lo demás, es el baile con el demonio en la que toda la Jerarquía está imbuida. Cambios vienen a la Iglesia, cambios para su ruina, cambios que sólo significan una cosa: hay que salir de Roma.

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