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La bula del jubileo de la misericordia es una burla para toda la Iglesia

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«He escogido la fecha del 8 de diciembre por su gran significado en la historia reciente de la Iglesia. En efecto, abriré la Puerta Santa en el quincuagésimo aniversario de la conclusión del Concilio Ecuménico Vaticano II» ( ver texto, n.4)

Sólo un masón, como lo es Bergoglio, realiza un año sobre su falsa misericordia fundamentado en un Concilio. Oculta a la Inmaculada para poner su idea masónica. Profana la Pureza de la Virgen María con un acto blasfemo.

El Concilio Vaticano II ha traído tanta división a la Iglesia que es una burla decir: «La Iglesia siente la necesidad de mantener vivo este evento» (Ib). ¿La Iglesia tiene necesidad de recordar tanta división, tanta apostasía de la fe, tanto cisma que ha producido este Concilio?

La ideología masónica entró dentro de la Iglesia bajo el Concilio Vaticano II. Y ese Concilio, por la mala vida de muchos sacerdotes y Obispos –por culpa de tanta Jerarquía que ha olvidado la oración y la penitencia-, por no saber discernir e interpretar su doctrina a la luz de la fe, a la luz de la Tradición y bajo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, ha sido la inspiración para que tantos sacerdotes y Obispos se rebelaran contra el Papa y el Papado, y abandonaran la Tradición católica, constituyéndose en guías ciegos de muchas almas que han arrastrado –y continúan arrastrando- a la condenación eterna.

¡Cómo se burla de todos los católicos el bufón del Anticristo, Bergoglio!

Los masones predican los mismos escritos del Concilio Vaticano II. ¿Es un año para recordar esto? ¿Hay necesidad de mantener vivo este evento? ¡Qué gran burla!

El Concilio Vaticano II no es magisterio infalible ni auténtico de la Iglesia. Y esto lo sabe muy bien Bergoglio. Y, muchos, como lo hace este falsario, dogmatizan el Concilio para su conveniencia personal, para su negocio privado en la Iglesia.

«Para ella iniciaba un nuevo periodo de su historia» (Ib): los masones pusieron falsos papas desde 1972 hasta el 2013, en que consiguieron poner al falsario Bergoglio, al que hoy llaman papa –y no lo es-, porque es sólo un juguete de la masonería.

Sí, se iniciaba un  nuevo período, pero no el de la Iglesia Católica, sino del demonio dentro de la Iglesia. Dios ha llevado a Su Iglesia por otros caminos fuera de la idea masónica imperante en el Concilio. Y, por eso, durante cincuenta años se ha visto la gran división en toda la Iglesia, pero Dios no ha roto nada, no ha separado el trigo de la cizaña, porque había una Cabeza legítima y verdadera que sostenía la Iglesia en la Verdad.

Pero, una vez que los masones, trabajando dentro de la Iglesia, con su Jerarquía infiltrada, la cual son muchos –y por sus obras se los conoce-, han quitado la Cabeza visible de la Iglesia y han puesto a un loco, vestido de papa, entonces ha comenzado el cisma dentro de la Iglesia: el gran cisma.

Y un cisma querido por Dios, para separar el trigo de la cizaña.

Dos Papas en Roma, como está profetizado: uno verdadero y otro falso.

Uno que ha mantenido la fe católica hasta el final. Pero no le dejaron seguir. Le obligaron a renunciar. Con bonitas palabras, pero obligado.

Y otro que está destruyendo lo poco que queda en pie en la Iglesia. Y al que muchos, al ser tibios y pervertidos en su vida espiritual, lo llaman santo. Y Bergoglio no tiene un pelo de santidad. Sino que  está lleno de abominación, tanto en su mente, como en su palabra y en sus obras malditas.

El Concilio Vaticano II no es un punto de partida para alejarse de la verdad del dogma, de la tradición, de la doctrina de Cristo. Muchos lo ven así: como punto de partida.

Bergoglio lo anuncia: «Derrumbadas las murallas que por mucho tiempo habían recluido la Iglesia en una ciudadela privilegiada, había llegado el tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo» (Ib). Derrumbadas las murallas: punto de partida. La Iglesia ya no es una ciudadela privilegiada: punto de partida. Tiempo de anunciar el Evangelio de un modo nuevo: punto de partida.

El Concilio es continuidad. No es algo nuevo, no es el Evangelio narrado según la novedad de la mente del hombre. No hay que contar fábulas a la gente con un lenguaje bello, atractivo, con garra. No hay una Iglesia antes del Concilio ni hay una Iglesia después del Concilio. No hay un antes ni un después. Está la misma Iglesia de siempre: Santa, Inmaculada, Intocable, Inmortal. Lo que varía son los hombres, sus miembros, que no son ni santos, ni inmaculados, ni intocables, ni inmortales. Son lo que son.

Y ese Concilio fue para toda la Iglesia, no para el mundo, no para los hombres. Pero, cada uno lo tomó para su gran negocio: unos lo negaron, otros lo dogmatizaron. Y muy pocos lo pusieron en su sitio. El Papa Pablo VI lo salvó de la herejía.

El Concilio no se hizo para introducir división alguna en el tiempo histórico de la Iglesia. Fue la misma Jerarquía la que produjo esa división dentro de la Iglesia. Fueron los mismos fieles de la Iglesia lo que llevaron a esa división. Es decir, fue el pecado de unos y de otros.

Errores –pero no herejías- tiene ese Concilio por ser un magisterio abierto y espiritual. Y esto no tiene que causar asombro, porque en este magisterio abierto siempre está el error. En un magisterio dogmático no hay error. Pero no es dogmático, no define nada nuevo, sino que es espiritual, es decir, trata muchas cosas con un lenguaje espiritual.

Y, por eso, hay que tener vida espiritual para saber interpretar ese magisterio. Y este ha sido el gravísimo problema de mucha jerarquía y de muchos fieles: no tienen vida espiritual. Muchos católicos, en estos años, se han abierto sin filtros ni freno al mundo. ¡Han caído! Y la culpa no es del Concilio. Sino de esos católicos que no han sabido sostener la base de su identidad católica, la cual no se puede poner en discusión, con la apertura, con el diálogo con el mundo.

Quien tiene las ideas claras sobre su fe, no teme dialogar con nadie en el mundo. Pero no dialoga para quedar atrapado en las ideas de los hombres; no se abre al mundo para hacer las obras del mundo. Se habla para convertir al otro a la Verdad. Se come con pecadores para convertir sus almas. Pero, muchos interpretaron mal ese magisterio espiritual por no tener vida espiritual. Ahora, por supuesto, no pueden creer que Bergoglio no es papa. No les entra en la cabeza. ¡Han perdido su fe católica!

Cuando la persona se abre al mundo y a su cultura y se interroga sobre las bases mismas del depósito de la fe, es que ha comenzado en ella la apostasía de la fe.

El verdadero católico no se opone al mundo, sino que vive en el mundo pero sin el espíritu del mundo. Vivir en el mundo no es amar el mundo, no es comulgar con el mundo. Es poner en el mundo lo que éste no tiene: la verdad revelada.

Es el mundo el que se opone a la Verdad, a la Iglesia Católica, a los verdaderos católicos. Porque los que son del mundo no quieren vivir en la Iglesia, sino que la combaten totalmente.

El mundo se rebela siempre que se le dice la verdad. Cuando se habla del pecado, el mundo se tapa los oídos y alza su rebelión. Cuando a las cosas se les llama por su nombre, entonces el mundo ataca a la Iglesia por los cuatro frentes.

¿Qué es lo que predica Bergoglio?

Su gran negocio: Dios lo perdona todo, Dios te ama, Dios es muy tierno con todos. Todos los hombres son santos y justos.

¡Este es el resumen de esta burla, que es su falso jubileo de su falsa misericordia!

Bergoglio anula la Justicia de Dios y sólo pone como el fundamento de la vida espiritual, su falsa misericordia.

Este hombre se llena la boca de un sentimentalismo podrido. Todo es dar vueltas a la palabra misericordia. No es capaz de definir la Justicia de Dios, el pecado, el decreto del pecado, el decreto de la Encarnación y la Obra Redentora de Cristo en la Iglesia. Cuando habla del perdón habla de una blasfemia contra el Espíritu Santo.

«No juzgar y no condenar significa, en positivo, saber percibir lo que de bueno hay en cada persona y no permitir que deba sufrir por nuestro juicio parcial y por nuestra presunción de saberlo todo» (Ib, n 14): aquí tienen la locura de esta mente diabólica.

Si no juzgas entonces percibes lo bueno en la otra persona.

Si juzgas, entonces eres presuntuoso. Ya ha sido juzgado por Bergoglio.

Este hombre no sabe discernir entre juicio espiritual y juicio moral.

Todo hombre juzga de manera necesaria, porque su razón sólo sabe hacer juicios. Esto es el abc de la filosofía. Es el juicio humano o natural.

No hay hombre que no haga juicios. No hay hombre que no juzgue.

Es necesario y conveniente juzgar.

Y ante las palabras y los pensamientos y las obras del otro, sea quien sea, hay que juzgar.

Lo que prohíbe Jesús, en Su Evangelio, es hacer un juicio moral de la persona. Es decir, juzgar su intención. Nadie conoce la intención del otro. Se ven sus obras, se ve su vida, pero no el motor, no la razón oculta por la cual se vive o se obra todo eso.

Pero lo que nunca prohíbe Jesús es hacer el juicio espiritual, tanto de las palabras, como de la mente, como de la vida y obras del otro.

Y como Bergoglio no sabe distinguir estos dos juicios, por eso, no sabe decir lo que es pecado y lo que no es pecado. Lo que hay que perdonar y lo que no hay que perdonar.

Este el punto de su falsa espiritualidad. Bergoglio tiene una fe humana. Es decir, creer significa, para él, negarse a sí mismo.

La fe divina significa obedecer a un mandamiento de Dios. Quien cree obedece.

Para Bergoglio, no es así: «creer quiere decir renunciar a uno mismo, salir de la comodidad y rigidez del propio yo para centrar nuestra vida en Jesucristo» (ver texto).

Para Bergoglio, creer es salir del propio yo, pero nunca es una obediencia a un plan de Dios. Es negarte a ti mismo: niega, renuncia a tus juicios humanos para poder percibir lo bueno que tiene el otro.

El hombre no tiene que renunciar a nada. Sólo tiene que obedecer a Dios. Esa obediencia significa negar el propio pensamiento humano, que vive en  la soberbia por nacer el hombre en el pecado original. Si el hombre sigue su juicio, ya no obedece el juicio de Dios. Y peca. Para no seguir su juicio, el hombre no tiene que salir de su yo, ni de su vida cómoda. Sólo tiene que someter su inteligencia humana al mandamiento de Dios. Y esto es sólo la fe verdadera. Después, como el hombre peca, necesita la penitencia: ayunos, mortificaciones, desprendimientos, sacrificios. Que le ayudan a vencer el principal pecado que tiene todo hombre: su soberbia.

Bergoglio está en su falsa espiritualidad, que es un falso misticismo: «la vocación cristiana es sobre todo una llamada de amor que atrae y que se refiere a algo más allá de uno mismo, descentra a la persona, inicia un ”camino permanente, como un salir del yo cerrado en sí mismo hacia su liberación en la entrega de sí y, precisamente de este modo, hacia el reencuentro consigo mismo, más aún, hacia el descubrimiento de Dios”» (Ib)

La vocación cristiana no descentra a la persona. ¡Qué absurdo! La vocación divina transforma a la persona humana.

La persona no está encerrada en su yo, no vive existencialmente encerrada en ella misma: esta forma de hablar es propia del idealismo. El hombre está metido en sus ideas, construye la vida con sus ideas. Hay que sacarlo de sus ideas, tiene que salir de su yo cerrado en sí mismo. Tiene que salir de su humanidad. Y quien habla así tiene que imponer su visión de ser hombre a los demás: esto es lo que hacen todos los dictadores. Atacan al hombre, niegan al hombre, para imponer su hombre, su estilo de vida humana a los demás. Así Hitler buscó su pueblo perfecto, quitando de en medio a la escoria, a lo que él consideraba miseria humana. Es el idealismo, que da culto a la mente del hombre.

Hablan de esta forma porque han negado el pecado de soberbia y de orgullo, que es el que cierra a los hombres en el juicio propio, en su yo orgulloso. Pero la persona no vive encerrada en ella: es la soberbia la que obra esta cerrazón. Pero es una cerrazón espiritual; no es moral, ni psicológica, ni humana, ni existencial.

Entonces, Bergoglio batalla constantemente contra todo el mundo. Cada hombre vive encerrado en sus ideas, en su yo encerrado. ¿Cómo se sale? ¡No juzgues al otro! Dale un camino para sus ideas. Si juzgas al otro entonces no vas a percibir sus ideas, su mundo interior y lo vas a hacer sufrir. Y encima eres presuntuoso.

Esto es todo en la falsa espiritualidad que enseña este hombre.

Si no juzgas, entonces vas saber perdonar y dar: «Jesús pide también perdonar y dar» (Bula, n. 14).

Y, entonces, es cuando pone su programa comunista:

«En este Año Santo, podremos realizar la experiencia de abrir el corazón a cuantos viven en las más contradictorias periferias existenciales, que con frecuencia el mundo moderno dramáticamente crea. ¡Cuántas situaciones de precariedad y sufrimiento existen en el mundo hoy! Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz porque su grito se ha debilitado y silenciado a causa de la indiferencia de los pueblos ricos» (Bula, n 15).

Los de la periferia existencial: la culpa de vivir así: el mundo moderno. ¡Lucha de clases!

Gente pobre, que sufre, que no tienen voz: la culpa de todo esto: los pueblos ricos. ¡Lucha de clases!

¿Para qué hace este falso jubileo? Para atacar a las clases ricas, pudientes, altas.

Bergoglio es la voz de los pobres, no de los ricos. ¡Voz comunista!

Y vean la charlatanería de este bufón, de este loco:

«En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención» (Ib): consuela a los pobres, a los de la periferia existencial, dales un poco de solidaridad humana, atiéndeles en sus necesidades humanas, materiales, carnales. Para eso va a hacer este falso jubileo. No para quitar pecados. No para expiar los pecados ni de los pobres ni de los ricos. Lo va a hacer para hablar mal de los ricos – para juzgarlos (él que no juzga a nadie)- y para llenar estómagos de los pobres. Eso es todo.

Y, ahora, muestra su vena llorona:

«No caigamos en la indiferencia que humilla, en la habitualidad que anestesia el ánimo e impide descubrir la novedad, en el cinismo que destruye. Abramos nuestros ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tantos hermanos y hermanas privados de la dignidad, y sintámonos provocados a escuchar su grito de auxilio. Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad. Que su grito se vuelva el nuestro y juntos podamos romper la barrera de la indiferencia que suele reinar campante para esconder la hipocresía y el egoísmo» (Ib).

¿Ven su sentimentalismo podrido?

La indiferencia humilla; lo habitual anestesia. Tienes que vivir concentrado en los problemas del otro, pero no en su conversión. No puedes juzgar  su vida de pecado. Tienes que aceptarla, pero debes preocuparte por su vida de pecado para no humillar al otro. No seas juez del otro diciéndole que su homosexualidad es pecado. Acepta su homosexualidad, preocúpate de ella para no lastimar al otro. Sé tierno con el otro. Sé compasivo con el otro. Sé misericordioso, como Dios es misericordioso.

¿Ven qué podrido está Bergoglio?

¿Ven cómo todo es llorar por los hombres, que viven en sus malditos pecados, y justificarlos de muchas maneras?

No guardes el depósito de la fe, que es lo habitual que todo católico tiene que hacer si vive en el mundo, porque eso es impedimento para poder descubrir la novedad en tu hermano que vive en su herejía.

¡Es todo justificar al pecador y su pecado!

Tienes que abrir tus ojos para mirar las miserias del mundo, las heridas de tanta gente que no tiene dignidad: ya no abras tus ojos para mirar que la gente está viviendo en su pecado, y que es necesario la oración y la penitencia para sacarlos de su pecado.

¡Hay mucha gente sin dignidad humana! ¡Dales dignidad! ¡Dales solidaridad! ¡Dales dinero! Dales un poco de fama mundial! ¡Hagamos un mundo con personas con dignidad! ¡Comunismo y masonismo!

¡Qué pena de tantos católicos que se van a condenar por seguir a Bergoglio!

Las prostitutas tienen más claro el camino de salvación que muchos católicos que tienen a Bergoglio como su papa.

¡Es más fácil que se salve una prostituta que un católico que obedezca a Bergoglio!

Bergoglio te predica el beso y el abrazo: «Nuestras manos estrechen sus manos, y acerquémoslos a nosotros para que sientan el calor de nuestra presencia, de nuestra amistad y de la fraternidad» (Ib). Pura idea masónica. Abraza al prójimo aunque sea el mayor hereje de la historia, aunque sea un ateo que blasfema contra Dios, aunque sea un musulmán que corta cabezas por cortarlas. Dales un abrazo. Se lo merecen. Dales un signo de fraternidad natural.

¡Qué locura de bula!

¡Qué burla esta bula de la falsa misericordia!

Ni una palabra sobre el pecado, que es el mal de este mundo. Ni una palabra. Todo es dar vueltas a lo mismo:

«Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina» (Ib): no tienes una conciencia despierta ante la pobreza; no miras a los pobres que son los privilegiados de esta falsa misericordia.

Es siempre lo mismo: los pobres, los pobres, los pobres. Bergoglio ha puesto a los pobres por encima de Dios. Su claro comunismo. ¡Cómo apesta este hombre a humanismo! ¡Es su herejía favorita!

Y, por supuesto, dice su gran blasfemia:

«Ser confesores no se improvisa. Se llega a serlo cuando, ante todo, nos hacemos nosotros penitentes en busca de perdón. Nunca olvidemos que ser confesores significa participar de la misma misión de Jesús y ser signo concreto de la continuidad de un amor divino que perdona y que salva. Cada uno de nosotros ha recibido el don del Espíritu Santo para el perdón de los pecados, de esto somos responsables» (Ib): como no tienes que juzgar al otro, entonces a perdonar sin límites. Y la gran blasfemia es que el Sacramento se ha dado tanto para atar como para desatar. No se nos ha dado el Espíritu Santo para perdonar pecados, sino para hacer un juicio tanto al pecador como a su pecado.

¡Pobres sacerdotes, lo que les espera en ese año de maldad como se atrevan a negar el Sacramento a un pecador!

Bergoglio sólo coge la palabra misericordia y la repite sin cesar en toda esta bula. Es una palabra vacía, acomodada a la mala interpretación que hace de todos los textos de la Sagrada Escritura y de los Papas.

Le sale un documento que es una burla de la Justica y de la Misericordia Divinas. ¡Una auténtica burla!

¡Qué pocos saben ya enfrentar a Bergoglio como lo que es en la realidad!

¡Ahora, todos temen ya lo que va a suceder después de Octubre! Todos lo palpan.

Pero todos son culpables porque tiempo han tenido de llamar a las cosas por su nombre. Y sólo por agradar a un hombre, a este falsario, todos entran en el castigo que viene para toda la Iglesia, que se manifestará en el mundo entero.

Castigo divino: todos encerrados en una gran oscuridad, de la cual nadie puede ver. Es la oscuridad del demonio: su tiniebla. Y, en esa tiniebla espiritual, la condenación de muchos, fieles y Jerarquía, que a pesar de su gran inteligencia, se merecen el infierno.

No salvan las teologías. Sólo salva poner la cabeza en el suelo y pedir a Dios misericordia. Pero el gran pecado de muchos en la Iglesia es que se creen salvados y santificados por su teología, porque han sabido interpretar a su manera el Concilio.

Y para no apartarse de la enseñanza espiritual del Concilio, el alma no tiene que apartarse de la Voluntad de Dios en la Iglesia, que es en lo que muchos han caído. Por querer sus tradiciones, sus liturgias, sus magisterios, se han alejado de la Voluntad de Dios en una Cabeza Visible. Y vemos la gran división que todo eso ha traído.

Ahora, todos siguen a un ignorante de la Verdad. Y a pesar de ver sus grandes herejías, sus claras obras de apostasía y su obra cismática en su gobierno, se someten a su mente humana. No tienen las agallas de levantarse contra ese hombre. En sus teologías no lo ven claro.

No salvan las teologías, sino la fe de los sencillos.

¡Cuánta gente sin inteligencia sabe lo que es Bergoglio!

¡Cuánta Jerarquía con años de teología y todavía no creen que Bergoglio no es papa! Se van a condenar.

En este tiempo de Justicia, sólo las almas sencillas se salvarán. Los demás, les espera una gran condenación. Y sólo porque ellos la han buscado en sus grandes teologías.

Esta bula del jubileo de la misericordia es una burla a la Misericordia de Dios. No es un año de bendición divina, sino de maldición. Y esa maldición la obra el demonio dentro de la Iglesia.

No se puede defender la Tradición juzgando a los Papas

herejias

«Como la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor avanza aceleradamente…»   (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llamó anticristos a cada Papa y a toda la Curia Romana: se escandalizó de los errores y horrores postconciliares. Se escandalizó del pecado de muchos, dando la responsabilidad de esos pecados al Concilio, a los Papas y a las reformas de la liturgia.

Pero éste no fue el pecado principal de Lefebvre. Esto es la consecuencia de su pecado de orgullo.

No se puede pertenecer a la Iglesia si no se cree en el Papado. No se puede hacer Iglesia sin el Papa. Se hace una blasfemia contra Dios:

«La situación del papado a partir de Juan XXIII y sus sucesores va planteando problemas cada vez más graves… Éstos han fundado una Iglesia conciliar nueva… ¿Esta Iglesia es todavía apostólica y católica?… ¿Debemos considerar que este Papa es católico?» (Tissier 569).

Lutero destrozó la roca que sostiene el edificio de la Iglesia: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Fe en los Obispos que enseñan una doctrina verdadera en un Concilio. Fe en el Papa legítimo, que obra en un Concilio. Fe en el Magisterio de la Iglesia, que es infalible y sagrado. Fe que exige la obediencia de la persona, su sometimiento.

El papa León X, en la bula Exurge, Domine (1520), condena esta proposición de Lutero:

«Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n.29: DS 1479).

Lefebvre es lo mismo que Lutero: anula la fe en el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia; aplasta la autoridad divina de la Iglesia. ¿La Iglesia sigue siendo apostólica, católica? ¿El Papa sigue siendo católico? Preguntarse esto es anular todo en la Iglesia.

Nadie puede juzgar a un Papa legítimo en la Iglesia. Nadie puede juzgar a la Iglesia. La Iglesia es la Obra del Espíritu; quien juzga a la Iglesia, juzga al Espíritu. Y quien juzga a Dios, se condena.

Lefebvre está condenado, en el infierno. Pero esto, muchos, no lo creen. Y no pueden creerlo, porque están en la Iglesia luchando por sus verdades, no por la Verdad, que es Cristo. No son de Cristo, son de los hombres; no se someten a la Mente de Cristo, sino que se esclavizan a la mente de los hombres.

Y los que conciben estos 50 años como el levantamiento de una nueva iglesia en Roma, en cada Papa, sólo pueden ver a Bergoglio como el continuador de este desastre. Bergoglio es el que continúa la acción demoledora que los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, han hecho en la Iglesia, porque han levantado una Iglesia conciliar nueva.

Son muchos los católicos que piensan así. Y si continúan en este pensamiento, no podrán salvarse nunca. Es un pensamiento cismático, no sólo herético, porque les lleva a poner la Iglesia Católica en su iglesia cismática, en una persona no elegida por Dios para decidir en la Iglesia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso: se creen salvadores de la Iglesia; se creen los sabios en Ella.

Un gran pecado fue el que hizo Lefebvre, y el que continúa en toda esa comunidad cismática.

Ellos mismos lo declaran: en las conversaciones habidas entre la FSSPX y la Santa Sede «es preciso distinguir el fin que persigue Roma del que tenemos nosotros. Roma indicó que existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico –problemas que, tratándose de la aceptación del Concilio, obviamente provendrían de nuestra parte. Para nosotros, en cambio, se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ése es el único objetivo que perseguimos» (Entrevista concedida por el Superior General de la FSSPX (2-II-2011), Mons. Bernard Fellay, en el Seminario de Santo Tomás (Winona, EE.UU.)).

Es el pecado de orgullo: ellos son los sabios, los entendidos, los que exponen a Roma lo que siempre la Iglesia enseñó, los que no están en excomunión. Es Roma la equivocada, la necia, la maldita, la excomulgada.

«ellos no aceptan reconocer las contradicciones entre el Vaticano II y el Magisterio anterior (…) se trata de hacer oír en Roma la fe católica y, más aún incluso, de hacerla oír en toda la Iglesia» (Ib.)

En el Magisterio auténtico de la Iglesia hay contradicciones. La fe católica procede de la obra cismática de Lefebvre, no de Roma, no de los Papas legítimos, no del Vaticano II. Esta es la locura de esta gente, que se llaman tradicionalistas y son sólo hijos del demonio, como Bergoglio.

Si se afirma que esos Papas han fundado una nueva iglesia, se está cayendo en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo; es negar todos los dogmas, es recorrer el camino de condenación en vida. Es levantar un cisma en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II fue sagrado. Esto es lo que se le atraganta a todos aquellos que siguen el espíritu lefebvriano. ¿Sagrado el Vaticano II?

Allí donde un Papa legítimo se reúne con los Obispos para tratar asuntos de la Iglesia, de la salvación de las almas, siempre es infalible, siempre enseña la verdad, siempre da la santidad en la Iglesia.

El Papa es infalible; y los Obispos, cuando enseñan una doctrina, bajo la autoridad del Romano Pontífice, para ser aceptada por todos, son infalibles.

Y lo que se enseña, de manera infalible, es camino de salvación y de santificación en la Iglesia: es una doctrina sagrada. Y sagrado es todo aquello que conduce a la salvación y a la santificación de las almas.

Los Obispos se reunieron, bajo el Papa, en el Concilio Vaticano II, y de allí surgió una doctrina infalible y sagrada, una doctrina que llama a la santidad de vida. Y, por eso, hay que decir, como San Ambrosio: «Del Concilio de Nicea, no podrá separarme ni la muerte ni la espada» (R 1250).

O como San Gregorio Magno: «Confieso que yo acepto y venero los cuatro Concilios así como los cuatro Libros del Santo Evangelio… porque han sido constituidos los Concilios con el mutuo acuerdo universal. Por consiguiente quien quiera que piensa otra cosa, sea anatema» (R 2291).

Sean anatemas los que no aceptan el Concilio Vaticano II.

Muchos católicos, que tienen el espíritu lefebvriano, que son hijos espirituales de Lefebvre, no son capaces de decir: del Concilio Vaticano II no podrá separarme ni los pensamientos de todos los sedevacantistas, ni la de aquellos tradicionalistas que comienzan a cuestionar si los Papas anteriores eran masones. No pueden: ellos son los sabios, lo entendidos, los que poseen la Tradición de la Iglesia. Ellos han luchado por una verdad, su idea humana de lo que debe ser la Tradición, anulando otra verdad: el Papado. Se han quedado fuera de la Iglesia, por seguir su verdad. Es el pecado de siempre en la Iglesia: pecado de soberbia y de orgullo.

Muchos no comprenden este acto cismático de Lefebvre, su pecado de orgullo, y tratan de excusarlo juzgando a todos los Papas: es que el Papa Juan Pablo II hizo un acto en Asís en nombre del ecumenismo, es que besó el Corán, es que hizo oraciones en el muro de las lamentaciones…Juzgan la autoridad de un Papa legítimo; juzgan el Poder Divino en el Papa; juzgan a Dios en el Papa. Y si hacen esto, no pueden comprender los actos del Papa.

Muchos católicos es lo que están haciendo: autodemoliendo la Iglesia con sus juicios a todos los Papas. Y esto no es nuevo:

«La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Disc. al Seminario Lombardo, Roma 7-XII-1968).

El error de Mons, Lefebvre, y de sus seguidores, fue acusar al Concilio Ecuménico Vaticano II, y a los Papas que lo siguieron, como los causantes principales de todo este desastre que se ve en la Iglesia.

¡Gravísimo error!

El error de muchos católicos es acusar a todos los Papas y defender sus propias ideas en la Iglesia.

Si no comprenden un acto de un Papa legítimo, es mejor callar la boca, para no cometer un pecado de desobediencia y de juicio al Papa, que es un pecado de soberbia y de orgullo.

El desastre que vemos en la Iglesia es por el pecado de la Jerarquía, que no se ha sometido ni a los Papas ni al Magisterio; y de todos aquellos fieles que han acompañado a esta Jerarquía rebelde a la Verdad.

«¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! (…) La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón» (Cardenal Raztinger)

Los sacerdotes no están entregados a las cosas de Dios, sino del mundo. Y, por eso, cogen el Vaticano II y lo tuercen. Y cada uno tiene su pecado.

El Concilio Vaticano II no niega ni silencia la salvación, la condenación, la existencia del demonio; no invita a que los matrimonios no tengan hijos, que busquen soluciones anticonceptivas para dedicarse a una vida más social, placentera, humana, sin la responsabilidad del sexo; no predica doctrinas heréticas ni gravemente desviadas; no enseña el feminismo ni los diversas liberacionismos que los hombres persiguen en el mundo; no lleva al desprecio de la ley natural, divina, eclesiástica, civil…. El Concilio Vaticano II no enseña a pecar, no enseña a hacer un cisma, no enseña a apartarse de la Iglesia, no enseña a juzgar a la Iglesia ni a los Papas…

Si la gente hace esto, es por ellos mismos: ellos quieren pecar. No echen la culpa de sus pecados ni al Papa, ni al Concilio ni a nadie.

Acusar al Concilio Vaticano II de todos esos males que se ven, tanto en la Iglesia como en el mundo, es una gran falsedad, una calumnia y una ofensa al Espíritu Santo.

Aquel católico que no defienda el Concilio Vaticano II no es católico, sino que es un falso católico.

Aquel católico que se pregunte si Juan XXIII, o los otros Papas, eran masones, no son católicos, sino falsos católicos.

La Apostasía de la Iglesia no se inició en el tiempo del Concilio; fue preparada, durante muchos años antes, hasta llegar al Concilio. Si una falsa jerarquía entró en el Concilio para querer desbaratarlo, es que esa jerarquía, ya antes, estaba obrando ocultamente en la Iglesia. El Concilio sólo fue el tiempo para que lo oculto se viera a la luz. Y como en el Concilio había un Papa legítimo, entonces todo ese trabajo de esa falsa jerarquía no pudo conseguir su objetivo. El Concilio salió intacto.

Pero el trabajo de la falsa jerarquía no acabó al finalizar el Concilio. Se incrementó. Y, por eso, el Papa Pablo VI dice: «Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio». Si no consiguieron su objetivo en el Concilio, se pusieron a trabajar para conseguirlo. Y les ha costado 50 años hasta que han puesto a su falso Papa: Bergoglio.

Ha sido la lucha espiritual entre el bien y el mal, en la Iglesia.

Muchos son del mal: los lefebvrianos, que son blasfemos del Espíritu de la Iglesia. Son los fariseos de la Tradición de la Iglesia. La culpa de todo: el Papa. Ellos, los que no se sometieron al Papa, los inmaculados, los intachables, los tradicionalistas, los que saben de qué va la Iglesia. Y han combatido, y siguen combatiendo, contra la Iglesia Católica. Ellos no son católicos; ellos no son Iglesia.

El pecado de Lefebrve no fue a causa del Concilio: él nunca puso en duda la validez ni la ortodoxia de la Nueva Misa, ni de la elección del Papa Juan Pablo II:

«1) Que no tengo ninguna duda acerca de la legitimidad y validez de su elección y, por tanto, no puedo afirmar que no se dirigen a Dios las oraciones prescritas por la Santa Iglesia a Su Santidad. Yo ya lo tenía aclarado y lo sigo haciendo, cara a cara, con algunos seminaristas y sacerdotes que reciben alguna influencia de algunos clérigos ajenos a la Hermandad.

2) Que estoy plenamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano II, del 06 de noviembre 1978 en la reunión del Sacro Colegio, que señala “que el Concilio debe entenderse a la luz de la Sagrada Tradición y sobre la base de la enseñanza constante de la Santa Iglesia”.

3) En cuanto a la Misa del Novus Ordo , a pesar de todas las reservas que debo tener al respecto, yo nunca dije que es, en sí misma, inválida o herética» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 08 de marzo de 1980).

El problema de Lefebrve fue su pecado de orgullo: no someterse al Papa. Y de ese pecado, nace después, por el pecado de soberbia, todo lo demás, su obra cismática:

«Es para guardar intacta la Fe de nuestro Bautismo que debimos enfrentarnos al espíritu del Vaticano II y a las reformas por él inspiradas.

El falso ecumenismo, que está en la base de todas las innovaciones del Concilio, en la liturgia, en las nuevas relaciones de la Iglesia y el mundo, en la concepción de la misma Iglesia, conduce a la Iglesia a su ruina y a los católicos a la apostasía.

Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra Fe y resueltos a permanecer en la doctrina y en la disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la formación sacerdotal y a la vida religiosa, experimentamos la necesidad absoluta  de tener autoridades eclesiásticas que compartan nuestras preocupaciones y nos ayuden a precavernos contra el espíritu del Vaticano II y contra el espíritu de Asís…» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 2 de Junio de 1988).

Su pecado de orgullo- no obedecer al Papa- le hace esconder su pecado de soberbia: no obedecer al Espíritu del Vaticano II. En su orgullo, acepta la interpretación que da el Papa Juan Pablo II del Concilio. Pero ocho años después manifiesta su pecado de soberbia a las claras. Y, por tanto, lo obra, produciendo el cisma, al ordenar los cuatro Obispos para su obra, para su ideal de iglesia, para su idea de lo que es la Tradición. En este pecado, de orgullo y de soberbia, se ve, claramente, lo que es este hombre.

Aceptó el Concilio Vaticano II, pero sólo la letra, no Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia. Aquí se aprecia su fariseísmo: como algunas cosas de ese Concilio no las podía integrar con la Tradición de la Iglesia, entonces tiene que quedarse en la idea de su verdad, en el lenguaje humano de cómo se expresa la verdad en la Iglesia. Eso que ve en los textos del Concilio no entra en su idea de la Tradición, no entra en su mente.

Este fariseísmo es propio de las personas inteligentes, que se saben la teología y la filosofía, y si una idea no concuerda con lo que tienen en la mente, aparece este fariseísmo: se quedan en la idea, en el texto, en la palabra, pero no pueden interpretar, no pueden llegar al Espíritu de la Palabra.

Tres errores son los que señala Lefebvre por su mala interpretación del Concilio Vaticano II:

«Hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, son profesados públicamente por los modernistas que ocupan la Iglesia.

[1] La sustitución del Decálogo por los Derechos del Hombre [en referencia a la libertad religiosa]…

[2] Este falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad entre las religiones…

[3] Y la negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo mediante la laicización de los Estados…

La situación es, pues, extremadamente grave, porque todo indica que la realización del ideal masónico haya sido cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Es esto lo que los francmasones siempre han deseado, y lo han conseguido no por sí mismos sino por los propios hombres de la Iglesia» (ver texto).

Su mala interpretación del Concilio constituye su fariseísmo: se queda en su lenguaje humano de lo que tiene que ser la libertad religiosa, el ecumenismo y el gobierno en los Estados. No puede ver que, en esos tres frentes, el Concilio Vaticano II no cambió nada con referencia a los anteriores Concilios. Es una cuestión de verdadera interpretación de la palabra del Concilio.

Este fariseísmo le lleva a anularlo todo. Desde ese momento, ellos solos se gobiernan a sí mismo, totalmente al margen del Papa y de los Obispos. Y sin ningún problema de conciencia, ejercitan ilícitamente sus ministerios episcopales y sacerdotales, celebrando Misas, matrimonios, confesiones, confirmaciones, ordenaciones, catequesis, etc., pues estiman que su situación en la Iglesia es perfectamente lícita, ya que viene exigida por la Providencia divina «para la continuidad de la Iglesia».

Y, por ellos, mucho mal ha venido a toda la Iglesia. De ella ha nacido, y se ha fortalecido, toda la corriente del sede vacantismo. Ellos no se declaran tales en la teoría, pero sí en la práctica. Con sus obras anulan la Iglesia Católica en Roma, anulan a un Papa, para erigirse ellos como salvadores de la Iglesia. En ellos está la verdadera sucesión apostólica, no en Roma.

Su obra es un gran cisma, y muchos católicos la siguen. Se les ve cuando comienzan a criticarlo todo. Y, por eso, esos católicos no saben ver lo que es Bergoglio. Todo lo confunden, pero se quedan tan tranquilos. Son los nuevos santos, los nuevos justos, los que deciden quién es santo y quién es pecador en la Iglesia.

Todas las herejías se han desprendido, siempre, de la Iglesia, como algo inútil, como algo necio, como algo sin valor para salvar el alma.

El espíritu lefebvriano no sirve para ir al Cielo; no sirve para vivir una vida espiritual de amor a Dios; no sirve para enseñar la Verdad, no sirve para obedecer ni a Dios ni a los hombres, por más que luchen por la Tradición de la Iglesia.

Hay que permanecer en la Verdad, pero no en la que los hombres comprenden con sus inteligencias humanas, sino en la Verdad, que es Dios. Y la Verdad, Dios no la comprende como lo hace el hombre: Dios no necesita de un lenguaje humano, de una palabra humana, de una razón humana, de una interpretación humana. Dios es la Verdad. Y, por tanto, para el hombre la Verdad sigue siendo un Misterio inalcanzable para su mente. Cuando el hombre se quiere quedar en su interpretación de la Verdad Inmutable, en su lenguaje, en su idea, en su filosofía de la vida, entonces no permanece en la Verdad, no entiende la Verdad.

El hombre tiene que obedecer, con su mente, la Verdad que Dios le revela. Y eso es un acto de la gracia, del amor divino en el alma; no es un acto humano, racional, intelectual. Es un acto de fe pura, en donde la razón se queda en el suelo, para que el corazón se llene del amor. Y cuando el corazón ama, la mente comprende.

Muchos hombres no saben vivir de fe, del corazón, porque andan metidos en sus razones, en sus vidas, en sus conquistas, en sus justificaciones humanas. Quieren comprender, pero no saben amar.

El Sínodo de los masones

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«Nadie en el mundo puede cambiar la Verdad. Lo que podemos y debemos hacer es buscar la verdad y servirla cuando la encontremos. El conflicto real es el conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y las hecatombes de la los campos de exterminio, hay dos irreconciliables enemigos en la profundidad de cada alma: bien y mal, amor y pecado. ¿Y qué uso pueden tener las victorias en el campo de batalla si nosotros mismos somos derrotados en nuestro yo personal más interno?» (San Maximiliano María Kolbe “El Caballero de la Inmaculada” – Diciembre de 1940).

El Sínodo que viene no puede cambiar la Verdad, porque la Verdad es Cristo. Y los hombres de la Iglesia no pueden cambiar la Mente de Cristo con sus ideas.

Es lo que quiere hacer Kasper, que es el típico modernista, masón: «Depende de qué cosa es la verdad católica que no es un sistema cerrado sino abierto a posibles desarrollos» (ver).

La frase de Kasper es la respuesta de Pilatos a Jesús: «Todo el que es de la verdad oye Mi Voz. Y le dice Pilatos: ¿Qué es la Verdad?» (Jn 18, 37d-38).

Kasper sabe lo que es la verdad, porque conoce toda la teología, pero declara: la Verdad no es Absoluta, sino relativa. No hay una única verdad, cerrada en sí. Hay que descubrir muchas verdades. Hay que tener la mente abierta a todas las posibilidades que ofrece el desarrollo de la verdad, del dogma. Para Kasper, Cristo no es la verdad.

Para los Santos, Cristo es la verdad y, por eso, nadie en el mundo, nadie en el Sínodo, puede cambiar la Verdad.

Con esta idea del desarrollo de la verdad, este personaje quiere tumbar, también la Humanae Vitae: «Promever un sentido de que tener hijos es una buena cosa, eso es lo primario. Entonces, cómo hacerlo y cómo no hacerlo, eso es una cuestión secundaria. Por supuesto, los padres tienen que decidir cuántos hijos son posibles. Esto no puede ser decidido por la Iglesia o por un Obispo, esto es responsabilidad de los padres…los métodos naturales de planificación familiar pueden tener también un elemento artificial» (ver)

¿Ven el lenguaje del anticristo? «Cómo hacerlo y cómo no hacerlo, eso es una cuestión secundaria». Lo primario, en un matrimonio, no es tener hijos, sino el tenerlos en la Voluntad de Dios, que es lo que anula este hombre. Hay que tenerlos en la ley natural, en la ley divina y en la ley de la Gracia. Y, por tanto, hay que aconsejarse con un sacerdote por si hay dudas de cuántos hijos se deben buscar. Es Dios quien decide los hijos, no son los padres los que tienen que analizar, según sus circunstancias de la vida, cuántos hijos son posibles. Es Dios quien dice cuántos hijos quiere. Pero hay que tener vida espiritual para esto, que es lo que muchos católicos no tienen. Y, por eso, les gusta el lenguaje de Kasper: metamos también los métodos artificiales. ¿Por qué no? La Iglesia no decide los hijos. La Iglesia no es maestra, no enseña la verdad del matrimonio, no enseña la verdad de los hijos. La Iglesia está ahí para contentar a la gente y darle lo que ella pide.

¡Esto es Kasper! ¡Esto es Bergoglio! ¡Así hay muchos sacerdotes que enseñan lo mismo! ¿Y por qué? Porque no buscan la verdad ni la sirven. La destrozan con sus desarrollos de la verdad. Buscan las verdades que su razón va desarrollando, sintetizando, y a ésas sirven. Pero no pueden pararse en la verdad. No pueden apoyarse en una verdad que no cambia, que no puede cambiar, única. Y no lo pueden hacer sólo por su soberbia, que les impide ver la verdad, escuchar la voz de Cristo en sus corazones.

El conflicto real en el Sínodo es el conflicto interno en cada miembro de la Jerarquía. Si los Obispos, Cardenales, no quitan sus soberbias en ese Sínodo, entonces no van a ver al enemigo de sus almas, a ese enemigo que vive en cada alma, por el pecado original, y que batalla contra el bien, contra la verdad.

Y se van a encerrar en ese Sínodo mucha Jerarquía soberbia y orgullosa, que han echado a Cristo de sus vidas, y que realiza sus ministerios anulando toda la verdad. Jerarquía incapaz de luchar por la verdad porque el enemigo de sus almas ya los ha vencido con el pecado, con la mentira, con el error.

El Sínodo que viene no es como el Concilio Vaticano II. Es el Sínodo de la Jerarquía masónica, infiltrada en la Iglesia: Sacerdotes, Obispos, Cardenales masones, que trabajan para la idea masónica.

Ese Concilio trajo discordia, desunión y muchas almas que se dispersaron y se perdieron, a causa de los mismos Obispos infiltrados por la masonería. Este Sínodo va a traer condenación, justicia sin misericordia.

Ellos se unieron con toda clase de herejes y maestros falsos y así –muchos otros- quedaron engañados en el lenguaje de la paz y de la hermandad. Pero hubo una oposición a esos Obispos, hubo una lucha contra el mal en ese Concilio. Y se sacó un Concilio que no es herético, pero que hay que saber leerlo en la Verdad. El lenguaje resultante es espiritual, y sólo el sacerdote que está versado en teología y que es recto, no se pierde en ese lenguaje. Pero los demás, hacen del Concilio un dogma. Los fieles de la Iglesia no saben leerlo como conviene.

De ese Concilio entraron a la Iglesia muchos errores, haciendo de la Iglesia una iglesia del hombre, una iglesia sin la verdadera base, sin la verdad. Todo es el juego del lenguaje humano, que es ambiguo por los cuatro costados.

Y quienes abrieron la puerta a todos los errores no fueron los Papas, sino todos esos Obispos rebeldes, orgullosos, desobedientes, a los Papas. No fue el Papa Pablo VI el hereje. Fueron los Obispos infiltrados, que hicieron del Concilio, el juego del demonio.

«Satanás se sentó con este Concilio, y él observó su ventaja. Él ahora juega ajedrez con los Sombreros Rojos y los Sombreros Púrpuras, moviéndolos con gran felicidad a medida que observa cómo acelera el mal, y toda clase de personas que fluyen rápidamente a través de las puertas de la Santa Ciudad y de todos los cuerpos ecuménicos» (Verónica Lueken en Bayside – San Miguel, 18 de Marzo, 1976)

En el Concilio Vaticano II hubo lucha entre Cardenales y Obispos: entre la Jerarquía infiltrada y la verdadera. Ganó la infiltrada, pero no puedo romper toda la Iglesia. Sí pudo infiltrarla, imponer en Ella otros valores morales, otros mandamientos, que es la creación de Satanás.

Y muchos no comprendieron el juego del demonio y comenzaron a atacar a los Papas. Y nadie se preocupó de atacar a los verdaderos culpables: los Obispos y Cardenales que, unidos a los herejes, contaminaron a la verdadera Jerarquía en el Concilio.

¿Qué fue la comunión en la mano? La obra de unos rebeldes Obispos, que hicieron lo imposible para que el Papa firmara un documento que permitía eso. Y el Papa no pudo negarse. Esto es lo que muchos no comprenden. Y es muy fácil comprenderlo.

Los padres, en sus familias, muchas veces tienen que dejar a sus hijos viviendo en el pecado, porque no hay manera de que salgan de él. Se han vuelto tan desobedientes, tan rebeldes, que ningún castigo los transforma, ningún consejo les hace recapacitar. Y los papás, en sus casas, tienen que permitir el pecado. Y permitir el pecado no significa perder la fe, no es cambiar a Dios por la criatura, es dejar que cada uno decida libremente su vida: si mi hijo quiere seguir pecando, que lo siga haciendo.

Esto es lo que han hecho todos los Papas después del Concilio Vaticano II: ellos han visto la herejía, el cisma, la apostasía de muchos Obispos y sacerdotes, y ya no han podido hacer nada. Hay que dejarles en el pecado. Eso produce mucho mal social en la Iglesia. Pero eso es otra cuestión.

La Iglesia, como la conocíamos antes del Concilio, ya no existe. Y Roma no ha podido hacer nada al respecto. Los Papas no han podido hacer nada. Lo han sabido todo, pero han estado maniatados. El Papa Benedicto XVI tuvo que renunciar porque era imposible seguir gobernando una Iglesia con Obispos y Cardenales que lo dejaron literalmente solo en la Verdad: todos combatían el dogma, todos querían otra iglesia; y entonces ¿qué tiene que hacer un Papa? ¿Excomulgarlos a todos? Tuvo que irse, porque ya no se podía gobernar la Iglesia. Hay que dejarlos a todos en sus pecados: que hagan otra iglesia. Con el Papa Juan Pablo II, todavía se podía gobernar. Él fue valiente hasta el final. Pero Benedicto xVI sucumbió por la fuerza de los rebeldes. Y esos rebeldes ahora son los que están con Bergoglio.

Por eso, el Sínodo es totalmente diferente a lo que pasó en el Concilio. Después del Concilio, todavía había que seguir obedeciendo a los Papas. Hubo mucho mal, pero no era la culpa de los Papas. Ningún Papa legítimo es herético: son todos infalibles, es decir, no pueden caer en el pecado de herejía, de cisma, ni de la apostasía de la fe. Pueden caer en los demás pecados, porque no son inmaculados. Pero nunca en los pecados que ponen al alma fuera de la Verdad, de Cristo y de la Iglesia.

Satanás ha ido poniendo a sus agentes, a sus Obispos, a sus Cardenales, a sus sacerdotes, dentro de la Iglesia. Y la culpa de por qué la Iglesia tiene un Bergoglio, o un Kasper, o un Muller, no son de los Papas que los pusieron ahí. No echen la culpa a los Papas, porque no han podido hacer nada contra estos sujetos.

La culpa de por qué tenemos a un Bergoglio es de Bergoglio: no supo combatir el mal en su propia alma y se dedicó a escalar puestos en la Iglesia, hasta llegar a dónde quería: el Trono de Pedro.

¡Que nadie ataque a un Papa legítimo! ¡Que nadie juzgue a un Papa legítimo! Cada uno en la Iglesia tiene su culpa. Si quieren juzgar a alguien, busquen los sacerdotes, Obispos, Cardenales que rodearon a Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, y que no se sometieron a los que ellos decían. Y los Papas tuvieron que dejarles en sus pecados, en sus herejías, en sus rebeldías, sabiendo el mal que eso producía en toda la Iglesia. Permitieron el pecado, pero no se contaminaron con él.

Quien juzga a un Papa legítimo destruye la Iglesia. Es lo que contemplamos en todas partes desde el Concilio Vaticano II. Se ha perdido el respeto por el Papa. Y empezando por los propios Obispos, que han querido tener más independencia en el gobierno de sus diócesis y se han ido apartando, poco a poco, de Roma.

Ustedes no saben cómo está la Jerarquía en su estructura interna: sólo se dedica a cumplir leyes canónicas. Y todos imponen esas leyes si quieren trabajar en sus diócesis. Pero a nadie le interesa cumplir la ley de la gracia. Ningún Obispo está interesado por la vida espiritual de sus sacerdotes. Ninguno. Todos están abocados a la vida humana, a dar contento al pueblo. Y, por tanto, exigen una obediencia de sus sacerdotes a la mente del Obispo. Los sacerdotes tienen que pensar como piensa el Obispo. Y si no se le siguen el juego, si en algo no les gusta, el sacerdote tiene que buscarse otra diócesis para seguir trabajando. No hay vida espiritual en ninguna diócesis de la Iglesia. Todos los Obispos están contaminados de humanismo: el lenguaje preferido de Bergoglio. Y ¡ay si se predica algo que no va con el hombre! ¡No prediques infierno, pecado, purgatorio, cruz, sufrimiento, penitencia…! Si predicas eso, te echan de la diócesis. Hay que ir a lo que le gusta al pueblo: hay que tocar temas que son la comidilla del pueblo: derechos humanos, injusticiias sociales… Pero no prediques que Bergoglio o el Obispo de la diócesis son herejes, porque te echan sin más. No te metas con la Iglesia. Son todos muy santos. No te metas con las misas sacrílegas que muchos Obispos hacen en sus diócesis. ¡No hay vida espiritual en la Iglesia desde hace mucho!

Por lo tanto, ¿qué es el Sínodo que viene? La reunión de muchos Obispos contrarios totalmente al dogma, a Cristo y a la Iglesia. Son ellos los encargados de levantar la nueva iglesia que Bergoglio ha fundado en el Vaticano. Ya no habrá la oposición que existía en el Concilio Vaticano II.

¿Es que no tiene inteligencia? ¿Qué es Muller? Un hereje, un cismático y un apostata de la fe. ¿Y cómo Muller puede estar de acuerdo en que no se dé la comunión a los malcasados? ¿Es que se ha convertido? ¿Es que pertenece a la Iglesia Católica de nuevo? No. Ustedes tienen que comprender que entre los herejes, los cismáticos y los apóstatas, hay sus grados, sus perfecciones en el mal, en el error.

Bergoglio y Kasper son los que lo niegan todo: todos los dogmas y todas las partes de los dogmas: es decir, llegan hasta lo que es doctrina católica en teología, hasta lo cierto en teología. Para ellos, en teología no hay nada cierto. Todo es relativismo. No sólo niegan lo que es de fe divina y católica, sino todo lo demás que surge del dogma.

Pero Muller no llega a esa perfección y, por tanto, en su pensamiento herético, no ve la necesidad de dar la comunión a los malcasados. Pero eso no significa que ya dejó de negar la Resurrección, el pecado, la Inmaculada, etc. Él sigue en eso. Él es un hereje pertinaz, pero no perfecto en la herejía. No niega todas las verdades. Niega aquello que le conviene y se pone de parte de los buenos.

Esta es otra trampa. Eso es fariseísmo: soy santo con los santos y soy pecador con los pecadores. Doble vida es lo que muestra Muller. Y esta doble vida está en mucha Jerarquía del Sínodo. Defiendo que los malcasados no pueden comulgar, pero anulo la divinidad de Jesucristo. Esto es la maldad de la Jerarquía masónica. Esta es la maldad que hay en el Sínodo.

Por eso, son poquitos los Cardenales y Obispos que sean buenos en ese Sínodo y que puedan hacer lo se hizo en el Concilio Vaticano II. Ya no lo van a poder hacer. Ya no.

Se ha iniciado el tiempo de la Justicia. Ha sido consolidado la Cabeza de Apostasía en el Vaticano. Esa Cabeza ya no la mueve nadie. Se ha cumplido la primera parte del secreto de Fátima, que no ha sido revelado a la Iglesia. En esa parte, ocultada a todos, se hablaba de dos Papas en Roma y uno de ellos bajo Satanás.

En este tiempo del nuevo gobierno de la cabeza de Satanás, todos han tenido tiempo para ver la maldad en Roma. Y no hay excusa para nadie. Por muchos caminos se ve que Bergoglio no es Papa. Por muchos caminos. Dios ha dado luz a todo el mundo. Y ahora comienza el tiempo de la Justicia. Ahora, los que tienen que salir de Roma, saldrán. Pero los que han decidido quedarse con Bergoglio, ya no hay Misericordia para ellos, porque la cabeza de Apostasía ya ha sido consolidada por el demonio: ha sido aceptada por la Iglesia.

Y, por tanto, la nueva iglesia en el Vaticano ya no puede salvar; y es necesario salir de ella. Es la iglesia del demonio, que condena sin más, por el solo hecho de unirse a ella, de obedecer a su cabeza apóstata, de hacer lo que ellos dicen.

Y, por eso, el Sínodo condena a todos. Ya no sólo va a crear discordias, disensión, desunión. Quien lo acepte se condena, porque va a aceptar una mentira como verdad. Por tanto, va a quedar ciego para la verdad y perderá totalmente la fe. No puede salvarse. El sínodo condena. Y los que condenan son los propios Obispos, que son masones, son lobos vestidos de cordero, para matar la vida espiritual de las almas y dárselas al demonio.

En 1998, el fallecido P. Malachi Martin afirmó en el programa “The Art Bell Show” que, a principios de febrero de 1960, cuando era Secretario del Cardenal Bea, tuvo la oportunidad de leer el Tercer Secreto de Fátima, que, según él, estaba escrito en una sola hoja de papel.

Un oyente del programa intervino: «un sacerdote jesuita me dijo más sobre el tercer secreto de Fátima, hace años en Perth (Australia). Él me contó, entre otras cosas, que el último Papa estaría bajo el control de Satanás, pero fuimos interrumpidos antes de que pudiéramos oír el resto. ¿Algún comentario sobre esto, padre?»

El padre respondió: «Sí; me suena que esto que ellos estaban leyendo o se dijo, como el texto del tercer secreto de Fátima. Parece auténtico. Me hace titubear, pero suena como el secreto»

Lo tienen en el video: minuto 10:04 al 11.

Ruptura con la Tradición en la Iglesia

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«¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos» (S.S. Benedicto XVI a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005).

El Concilio Vaticano II ha de ser leído a la luz de la Tradición. Y, por eso, no puede ser interpretado desde una ruptura de la Tradición, con una visión moderna de los dogmas. Es necesario ir a la Verdad Revelada, que la Tradición nos da. La Verdad, que nunca cambia, que siempre permanece, pero que se revela a los hombres según su Fe en la Palabra.

La Verdad se esconde a aquellas almas soberbias, que no la buscan, sino que sólo se buscan a sí mismas en la Palabra de Dios.

La Verdad sólo se revela al corazón humilde, sencillo, abierto a la enseñanza del Espíritu de la Verdad. Es el Espíritu el que obra la Verdad en el alma humilde. Es el Espíritu el que muestra el camino para obrar esa Verdad. Es el Espíritu el que manifiesta al alma la plenitud de la Verdad.

Se trata de descubrir la intención del autor del Concilio, es decir, no sólo lo que está en los textos sino, sobre todo, aquello que está en su contexto que no es otro que el depósito de la Fe, que Cristo ha confiado a la Iglesia. No se puede tomar un texto y sacarlo del contexto; no se puede instrumentalizar el Concilio; hacer política, ideología con él.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no es dogmático. Y, por tanto, es necesario conocer el fin del ordenamiento jurídico y pastoral de la Iglesia: «tener en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la suprema ley en la Iglesia» (CIC – canon 1752).

Un escrito es pastoral cuando atiende a la salvación de las almas. Un escrito es dogmático cuando quiere enseñar una Verdad, que hay que creer para salvarse y, por lo tanto, cuando declara los errores y herejías que van en contra de esa Verdad.

El Concilio Vaticano II habla para la vida espiritual del alma; no habla para enseñar una verdad. La Verdad ya ha sido enseñada en otros Concilios. En este Concilio se expone la verdad, pero no se enseña un dogma: «La Iglesia anuncia el mensaje de la salvación a quienes todavía no creen, a fin de que todos los hombres conozcan al único verdadero Dios y a su enviado, Jesucristo, y cambien su conducta haciendo penitencia (cf. Jn 17, 3; Lc 24, 27). Y tiene el deber de predicar siempre la fe y la penitencia a los creyentes disponiéndolos, además a recibir los sacramentos, enseñándoles a observar todo cuanto Cristo ha mandado (cf. Mt 28, 20) e incitándoles a realizar todas las obras de caridad, de piedad y de apostolado a fin de manifestar, por medio de esas obras, que los seguidores de Cristo, aunque no son de este mundo, son sin embargo la luz del mundo y rinden gloria al Padre delante de los hombres» (Constitución sobre la Sagrada Liturgia, o.c., n.9).

Siete notas da el Concilio para la teoría y praxis pastoral:

1. El deber de anunciar el Evangelio a todos los no creyentes: el Concilio enseña que no puede darse un cristianismo anónimo, es decir, que no hay vías de salvación distintas al Camino, que es Cristo.

2. El deber de predicar a los fieles la fe: enseña a combatir contra el humanismo ateo, que niega a Dios y lo ignora, como exigencia de un progreso científico, filosófico, artístico, histórico, legislativo que oculta la Verdad, la Fe en Cristo.

3. El deber de predicar a los fieles la penitencia: enseña que la renovación de la Iglesia sólo se produce en el espíritu de penitencia y de expiación.

4. El deber de disponer a los fieles a los sacramentos: enseña que la única manera para alcanzar la santidad es usando los medios de los Sacramentos. No hay otros medios en la Iglesia para la perfección del alma y de la misma Iglesia.

5. El deber de enseñar a los fieles todos los mandamientos: enseña la disociación en muchas almas entre la fe que profesan y su vida cotidiana. Y esto es el grave error en nuestro tiempo. Eso supone la anulación de los mandamientos, sin los cuales no es posible la salvación.

6. El deber de promover el apostolado de los laicos: el Concilio condena el laicismo, es decir, la idolatría de las cosas temporales que hace que el alma religiosa se dedique sólo a hacer sus obras humanas, creyendo que eso es camino para servir a Dios en la Iglesia.

7. El deber de promover la vocación de todos a la santidad: enseña a los seguidores de Cristo a imitarlo, para ser luz del mundo sin ser del mundo.

Existen, dentro de la Iglesia católica, grupos que hacen un enorme abuso del carácter pastoral del Concilio y de sus textos escritos. No han comprendido que el Concilio no quería presentar enseñanzas propias definitivas e irreformables. El Concilio habla un lenguaje espiritual para el alma; habla para enseñar la vida espiritual. Y, por tanto, esos textos están abiertos para precisiones doctrinales, que deben ser dadas por quienes enseñan el Concilio y la vida espiritual.

El Concilio no es un tratado de teología, sino una exposición de la teología para que las almas comprendan la vida espiritual. Y, por tanto, quedan muchas cosas que no se dicen, porque, tampoco hace falta. El Concilio no dogmatiza, sino que enseña qué hay que hacer para vivir la Verdad en la Iglesia.

Por eso, existen dos grupos dentro de la Iglesia, que sostienen una teoría de la ruptura:

1. Grupos que protestantizan la vida de la Iglesia, que llevan la doctrina, la liturgia y la pastoral al campo protestante y comunista, queriendo también meter los errores de los griegos ortodoxos (los sacerdotes se pueden casar, y los divorciados, casados nuevamente, pueden comulgar). La Teología de la liberación es ejemplo de este grupo. Estos dogmatizan el Concilio y sacan sus herejías de él.

2. Grupos tradicionales que, en nombre de la Tradición, rechazan el Concilio y se substraen a la sumisión al supremo y viviente Magisterio de la Iglesia, que es el Papa, sometiéndose sólo a la Cabeza invisible de la Iglesia, en espera de tiempos mejores. Estos anulan la enseñanza espiritual del Concilio y viven anclados en su mente humana.

Entre estos dos grupos, está todo en la Iglesia. Todo el desbarajuste que se contempla es por esta división interna en la Iglesia.

Francisco pertenece al primer grupo. Él no ha comprendido el Concilio Vaticano II y, por eso, da su ideología sobre el Concilio.

El Concilio ha sido claro con la Teología de la Liberación: «La misión propia que Cristo confió a Su Iglesia no es de orden político, económico o social: en efecto, el fin que le asignó es de orden religioso» (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, n. 42).

Francisco ha puesto su orden político, económico y social en la Iglesia. Ha anulado el orden espiritual. Está en la Iglesia para resolver la hambruna del mundo. Para dedicarse a los asuntos temporales de los hombres, a la vida social, cultural. Eso es todo su evangelium gaudium y su gobierno de ocho cabezas.

Francisco se opone al espíritu del Concilio Vaticano II y lo ha anulado completamente.

La Constitución Gaudium et Spes cita las siguiente palabras de Pío XII: «Su Divino Fundador, Jesucristo, no ha conferido a la Iglesia ningún mandato ni fijado ningún fin de orden cultural. La tarea que Cristo le asigna es estrictamente religiosa. La Iglesia debe conducir a los hombres a Dios para que se donen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin estrictamente religioso, sobrenatural. El sentido de toda acción suya, hasta el último canon de su Código, no puede sino referirse a ello directa o indirectamente» (S.S. Pío XII, Discurso a los cultores de historia y arte, 9 de marzo de 1956. AAS 48 (1956), p. 2).

Francisco rompe con la Tradición. Francisco ha perdido el fin de la Iglesia: salvar almas. Y ha fijado un fin cultural, político, social en la Iglesia. Él interpreta el Evangelio según la cultura de los tiempos, según la ciencia de los hombres, según la vida de cada hombre. Esto está recogido en sus declaraciones a Scalfarri y en su evangelium gaudium. En esto dos documentos se puede ver su plan pastoral en la Iglesia, que es el propio de la teología de la liberación o, como él la llama, teología de los pobres. Anula la Iglesia, la obra de la Iglesia, que es la salvación de las almas.

En su documento, Lumen Fidei, se recoge su herejía sobre la fe en Cristo. En este documento anula a Cristo, la fe en Cristo, presentando una fe totalmente herética y cismática.

El único interprete auténtico de los textos conciliares no es otro que el Concilio mismo conjuntamente con el Papa. Nadie puede interpretar el Concilio a su caprichosa manera humana.

Pablo VI se expresa así: «Nos pensamos que sobre este línea debe desarrollarse la nueva psicología de la Iglesia: clero y fieles encontrarán un magnífico trabajo espiritual a realizar para la renovación de la vida y de la acción según Cristo el Señor; y a este trabajo Nos invitamos a Nuestros Hermanos y a Nuestros Hijos: aquellos que aman a Cristo y a la Iglesia están con nosotros en el profesar más claramente el sentido de la verdad, propio de la tradición doctrinal que Cristo y los Apóstoles inauguraron: y con ellos el sentido de la disciplina y de la unión profunda y cordial que nos hace a todos confidentes y solidarios, como miembros de un mismo cuerpo» (S.S. Paulo VI, Discurso en la octava pública del Concilio Vaticano II, 18 de noviembre de 1965, p. 1054).

Han sido dos los impedimentos para que la verdadera intención del Concilio y su magisterio pudieran dar frutos abundantes y duraderos.

1. La revolución cultural y social de los años 60: el cambio en el mundo, fuera de la Iglesia, que contamina a la misma Iglesia, la contagia, al penetrar en la Iglesia un espíritu de ruptura con toda la Verdad Revelada.

2. La falta de fe de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha sabido vivir su fe en Cristo en medio de un mundo totalmente apostático, herético, cismático. En un mundo sin Dios, han sido escasos los Pastores intrépidos en su fe, valientes en dar la Verdad, luchadores del Bien Divino, sabios para Dios. Muchos han sido lo contrario. Muchos se han dejado contagiar del espíritu de la época y han apagado su fe y la de muchas almas a su cargo.

No existe ya una Jerarquía enraizada en la tradición de la Iglesia. Este es el punto más trágico. Y es lo que observamos en todas partes. ¿Qué hace la Jerarquía en la Iglesia? Hace su negocio. Cada uno el suyo. Pero son pocos los que viven de fe auténtica. Son pocos los que de verdad dan la cara y dicen las cosas como son. Todos se callan porque les conviene callarse. Hay muchos sacerdotes que rompen con lo doctrinal, con lo litúrgico, y que enseñan nuevas cosas en la Iglesia. Enseñan lo que les da la gana. Y a eso lo llaman dogma. Por eso, tenemos en todas partes una confusión en la doctrina, en la liturgia, en lo pastoral. Nadie enseña las verdades que enseña el Concilio. Todo el mundo a criticar el Concilio. Todo el mundo haciendo su política del Concilio.

Es necesario estar en la Verdad para no ser destruido por las corrientes que actualmente circulan por la Iglesia. Son corrientes de maldad, de mentira, de engaño. Ya nadie da la Verdad, dice la verdad como es, sino que todos hablan sus verdades, que son sus mentiras. Ahora, todo el mundo quiere opinar sobre los Papas, sobre los dogmas, sobre la Tradición, sobre el Magisterio de la Iglesia. Y nadie se pone con el Papa, nadie acude a los Vicarios de Cristo que son los que dan la Verdad en la Iglesia. Por eso, todos siguen a un falso Papa, a uno que se las da de persona inteligente, cuando es menos que vulgar, plebeyo, inculto, ignorante, un tarado en la vida espiritual.

Francisco es signo de destrucción, de ruptura con toda la Verdad. Francisco rompe con Cristo y con la Iglesia. Y se inventa su cristo y su iglesia. Y todos contentísimos con ese palurdo del demonio. Y sólo sabe enseñar esto a los jóvenes: «Que hagáis lío, ya os los dije. Que no tengáis miedo a nada, ya os lo dije. Que seáis libres, ya os los dije» (vídeo mensaje del 26 de abril un a los jóvenes de Buenos Aires en ocasión de la Pascua de la Juventud). Esto no es enseñar la vida espiritual. Francisco no enseña la fe, ni la penitencia, ni a cumplir con los mandamiento, ni la santidad de vida. Esto no es un Papa. Esto es propio de un hombre que se burla de la verdad en la Iglesia, que se ríe a carcajadas de todas las almas, que pregona su injustica por todas partes.

Francisco condena a todas las almas al infierno. Y esto merece una justicia divina. Nadie que se ha elevado por sí mismo a un trono que no le pertenece puede perseverar en ese trono mucho tiempo. Los días están contados para Francisco.

La Iglesia está podrida en Roma

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“Un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo” [Eph. 4, 5].

Para tener fe no basta con hacer un acto de fe una vez en la vida, sino que la fe es un acto de cada día, de cada segundo. No se puede tener fe hoy y mañana no tenerla.

La fe es algo continuo, es algo que permanece, porque lo que Dios da no lo quita. Pero se puede perder por el pecado del hombre.

Aquellos que quisieran tener más fe en sus vidas y hacen actos de fe para eso, trabajan mal, hacen mal. Porque la fe crece con la obra de la fe, no haciendo actos de fe.

Quien obra su fe camina en la fe y llega a la cumbre de la fe. Pero quien no obra su fe, entonces no camina y languidece en su vida espiritual. Tiene una luz que se va apagando, hasta que llega un momento en que desparece.

Quien vive su fe no mira al mundo, no le interesa el mundo, no hace caso de las modas del mundo.

Quien vive su fe, combate contra los pensamientos de todos los hombres, porque nadie piensa de acuerdo a la fe.

La fe es un Pensamiento Divino sobre todas las cosas. La fe no se adquiere pensando la vida, sino sometiendo la razón al Pensamiento de Dios.

A los hombres les cuesta comprender este punto porque son racionales: todo lo quieren medir con su inteligencia humana. Y la fe no se mide con la razón, sino que se obra con el corazón.

La fe no es para abarcarla con la razón, con la ciencia, con la técnica. La fe es para vivirla, para obrarla, para darla a conocer a los demás para que también la vivan y la obren.

Por eso, sólo es necesario predicar la Palabra de Dios. No hace falta más en la Iglesia. No hay que hacer obras humanas para dar a entender que se cree. Quien cree en la Palabra, obra lo que quiere esa Palabra en su vida y en la Iglesia.

Pero quien no cree en la Palabra, se dedica a hacer tantas cosas en la vida, en la Iglesia, y no hace nada.

“Marta, Marta, estás inquieta y preocupada por muchas cosas, pero sólo una es necesaria. María ha escogido la mejor, y nadie se la quitará” (Lc 10, 42).

Hay que estar a los pies del Señor escuchando Su Palabra. Eso es lo único necesario para, después, hacer las obras que enseña esa Palabra.

Es necesaria un fe que escuche a Dios. Es lo que no existe en la Iglesia.

Nadie escucha a Dios en su corazón. Todos se escuchan a sí mismos, a los otros, al mundo, pero no a Dios.

La fe no es escuchar al hombre, lo que dice. Es escuchar la Palabra de Dios.

Y si un hombre, un sacerdote, un Obispo, cuando predica, cuando habla, no da la Palabra de Dios, entonces no se le puede escuchar, no se le puede seguir, no se le pude obedecer.

El Pastor de la Ovejas sólo da la Palabra de Cristo, no da palabras humanas a sus ovejas, no obra cosas humanas en la Iglesia, no vive humanamente su ministerio sacerdotal.

Si el sacerdote sólo se mira a sí misma, entonces sólo se escucha a sí mismo y no puede guiar a ningún alma hacia la verdad, hacia la salvación y la santificación.

Las ovejas no tienen que escuchar a un hombre, sino a Dios en ese hombre. Y si ese hombre no da a Dios, a ese hombre se le desprecia, se le enfrenta, se le persigue, se le amonesta, se le corrige.

Esto es lo que nadie hace con Francisco. Y, entonces, toda la Iglesia peca, al oír a un hombre que miente en su ministerio en la Iglesia y que obra la mentira con el aplauso de todos.

El pecado de la Iglesia, en estos momentos, es callar ante un hereje. Es un gravísimo pecado.

Cuando consta evidentemente que un sacerdote, un Obispo, un cardenal es hereje, hay obligación moral de denunciarlo siempre, si no se cae en el pecado.

Francisco está sembrando por todas partes el error, el engaño, la falsedad y, por eso, debe ser evitado, debe ser castigado: “decretamos que todos los que se adhieren a los asertos de tal error, ya que se dedican a sembrar por todas partes las más reprobadas herejías, como detestables y abominables herejes o infieles que tratan de arruinar la fe, deben ser evitados y castigados” (V CONCILIO DE LETRAN [De la Bula Apostolici regiminis (SESION VIII), de 19 de diciembre de 1513]).

Pero la Iglesia, hoy día, no castiga a los herejes, sino que castiga a las almas que cumplen la Voluntad de Dios. Eso es signo de que la Iglesia no es la de Jesús.

En Roma ya hay otra iglesia, que no tiene nada que ver con la de Jesús. Pero lo más triste es comprobar que nadie se ha dado cuenta del engaño. Nadie. Muy pocos saben discernir lo que pasa en Roma.

En Roma, desde hace 50 años pasan cosas muy raras, que pertenecen a hombres que ya no dan culto a Dios, sino al demonio.

Pablo VI murió sin que nadie se diera cuenta. Lo quitaron de en medio y, en el funeral, era otro, un doble. A Juan Pablo I lo asesinaron porque les salió mal la jugada. No era él el que debía salir. Juan Pablo II murió envenenado: ”Juan Pablo II… Volvió a casa prácticamente cinco años antes de lo previsto. La verdadera causa de su muerte es la Gota… enfermedad a la cual se llega a través del envenenamiento del agua. Envenenamiento que viene efectuado en pequeñas dosis para que no queden trazas” (Jesús a Conchiglia 25 de abril de 2008).

Francisco es el hombre inicuo que se sienta, ahora, sobre el trono de Pedro.

Un hombre aclamado por la una Iglesia ciega, porque no ve las cosas que son de Dios, las cosas divinas, santas, sagradas, sino que sólo está atento a lo moderno, al mundo, al hombre, a lo material de la vida.

Sacerdotes entregados al poder y a la riqueza que hacen caminar a la Iglesia por esos caminos, contrarios a los mandamientos de Dios.

Es una Iglesia a la deriva, que ya no navega hacia la Verdad, hacia el centro del Amor, hacia la Vida Eterna.

Y va a la deriva sólo por sus Pastores, por tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, que ya no son lo que parecen exteriormente. Se visten como sacerdotes, pero son lobos, son panteras, son demonios, que viven su mentira en la Iglesia, dentro de la Iglesia, pero que ya no son la Iglesia.

Están dentro, porque están en Roma, pero son de una nueva iglesia, que han formado para aniquilar la verdadera Iglesia.

No tienen Espíritu Santo, no tienen la Luz de Dios, y las almas los siguen como guías sin luz, ciegos para el bien, sólo con ojos para hacer el mal.

Estos sacerdotes, estos Obispos no pertenecen a la Iglesia. No han sido llamados por Dios a Su Iglesia, sino que han entrado por otra parte y se han vestido de sacerdotes para engañar a toda la Iglesia.

Son hombres inicuos que siguen al demonio y que entregarán al Anticristo la nueva iglesia que se levanta en Roma.

Todos esos sacerdotes y Obispos están presentando una doctrina que lleva almas y almas al infierno. Una doctrina que es contraria a la de Cristo, que toma verdades del Evangelio, del Magisterio de la Iglesia, de los Santos, para tergiversarlas y dar a conocer sus mentiras.

Jesús sólo tiene una Palabra, no tiene un conjunto de palabras humanas, no tiene un libro que contenga muchas palabras humanas, muchas explicaciones a Su Palabra.

Sólo las ovejas de Cristo, que escuchan la Palabra de Dios, siguen al Buen Pastor, porque “conocen su Voz” (Jn 10, 4); pero las almas que no son de Cristo, sólo siguen a los lobos, a los ladrones, a los imitadores del Buen Pastor, porque no escuchan la Voz de Cristo, han perdido la fe, ya no tienen fe en la Palabra de Dios.

¡Cuántas almas con una venda en los ojos siguiendo a Francisco y los suyos! No hay fe en la Iglesia. La Iglesia no escucha al Buen Pastor, a Cristo Jesús, sino que da oídos a los mentirosos, a los mentecatos, a lo necios de corazón.

“Si el mundo supiera como me han tratado dentro de la Iglesia. En televisión y en los periódicos veían Sacerdotes… Obispos y Cardenales todos atentos alrededor de mí con mil atenciones. Era sólo apariencia. Habría querido gritar y desmentirlos a todos pero no podía dar escándalo y así asustar y hacer alejar a los fieles de la Iglesia. He tenido que padecer humillaciones sobre humillaciones. Me han perseguido cada momento. Los tenía a todos a mi alrededor sólo porque me controlaban de cerca. Cada paso y movimiento mío era controlado” (01 de julio de 2010 – Juan Pablo II a Conchiglia).

Es muy serio lo que está pasando en Roma y nadie quiere discernir nada. Es terriblemente cierto que ya nada en Roma es lo que parece. Todo se ha vuelto una pantalla, una cortina de humo. Sólo se ve lo que ellos quieren que se vea. Lo demás, ya nada interesa.

Si han tratado de esta manera a los Papas, ¿qué no habrán hecho con los demás: sacerdotes, Obispos, fieles, en la Iglesia, que se han opuesto, como Juan Pablo II, a esa raza maldita del demonio?

La Iglesia está a un paso de las catacumbas. Tiene que destruirse esta iglesia de pecadores, que sólo viven en sus pecados y dan culto a sus pecados. Y tiene que nacer una Iglesia renovada en el Espíritu, que sólo busque la santidad, lo sagrado de la vida, lo divino en todas las cosas.

Llegan tiempos de muchos sufrimientos, de muchas oposiciones, de muchas rebeldías en Roma y fuera de Roma.

La Iglesia remanente sólo será de pocas almas. Las demás quedarán oscurecidas en la vorágine que viene a Roma y al mundo.

“Mi Iglesia, que está podrida por dentro, va a ser renovada en breve sin ninguna vacilación. Serán los primeros en caer los potentes que están en lo alto para ordenar, mientras Mi Hijo Pedro… Asiste, a las ruinas, impotente y cansado… oh Mi Pedro… Cómo eres humillado y vilipendiado, te hacen pasar por viejo y cansado en tu decir. Por el contrario eres un muchacho dentro del corazón dentro de un cuerpo que ha hecho su deber”( 10 de abril de 2001 Jesús).

El Concilio Vaticano II

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El Concilio Vaticano II no fue un concilio dogmático, es decir, no fue un concilio para definir nuevos dogmas o poner sanciones para aquellos que iban en contra del dogma.

Como no fue dogmático, las Verdades que están en la Iglesia permanecen, no cambian, porque nada se dijo de esos Dogmas, nada se cambió. El Concilio Vaticano II sólo se lee en su forma pastoral, no dogmática. Por tanto, de esa lectura no se saca nada nuevo para la Iglesia, porque no se definió nada nuevo.

El Concilio Vaticano II sólo es pastoral: es decir, una serie de enseñanzas sobre lo que es la Iglesia y no otra cosa. Un recordar con otras palabras lo mismo de siempre.

El problema está en que se hizo el Concilio para esto:

“con oportunas “actualizaciones” y con un prudente ordenamiento de mutua colaboración, la Iglesia hará que los hombres, las familias, los pueblos vuelvan realmente su espíritu hacia las cosas celestiales”. (DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN XXIII – Jueves 11 de octubre de 1962).

Se quería actualizar algunas cosas en la Iglesia, como la liturgia, la Sagrada Eucaristía, la Palabra de Dios, etc., pero en cuestiones secundarias, como: la introducción de las lenguas propias de cada nación, una mayor amplitud y una nueva ordenación de las diversas lecturas de la Sagrada Escritura; cambios accidentales en la misa, la recuperación de la oración común u oración de los fieles; etc.

Pero la realidad fue otra muy distinta. A partir del Concilio hay un cambio, no accidental, sino sustancial en muchas cosas que no vienen del Concilio Vaticano II, sino de la interpretación que cada uno ha seguido de ese Concilio.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no dogmático y, por tanto, no está centrado en cambiar cosas sustanciales de la Iglesia, sino cosas accidentales, para ayudar en la comprensión de la salvación de las almas en la Iglesia.

Como es Pastoral, el Concilio Vaticano II no tiene ningún error en su doctrina. Se puede seguir, pero hay que apoyarse en toda la Tradición de la Iglesia, en el Auténtico Magisterio de la Iglesia, en el Concilio Vaticano I, en todos los escritos que han dejado los Santos, los Doctores de la Iglesia, los Confesores de la Fe, porque si no ese Concilio se convierte en una herejía, como así ha ocurrido.

Al no proclamar ningún dogma, sino que se hizo para actualizar, para cambiar algunas cosas, viene el desastre para toda la Iglesia.

El problema no está en el Concilio Vaticano II, sino en aquellos que lo han interpretado a su manera, y han hecho de la Iglesia lo que vemos.

Al ser un Concilio sin dogmas, todo el mundo ha sacado de él sus dogmas, sus interpretaciones, sus ideologías en la Iglesia, como lo expresa Francisco: “El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea”. Hay que leer el Concilio según la cultura del momento, ya no según la Fe en la Palabra de Dios.

Y, entonces, se dicen estas cosas:

1. la Iglesia es definida como Pueblo de Dios: Pero si el Concilio Vaticano II no define nada. Utiliza un lenguaje pastoral cuando habla de la Iglesia. Y la Iglesia sigue siendo el Cuerpo Místico de Cristo, porque así lo enseña la Palabra de Dios. La Iglesia no se define como el Pueblo de Dios. Eso lo definen los teólogos, como Francisco, que no tienen Fe en la Palabra de Dios y que hacen su interpretación de algo que es sólo pastoral, una forma humana de expresar la Verdad Dogmática.

2. La jerarquía debe estar al servicio del Pueblo de Dios y no al contrario: Pero si la Palabra de Dios es clara: Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia. Todos en la Iglesia tienen que obedecer al Papa. Y, por tanto, los fieles deben servir al Papa en la Obediencia. El Papa no puede servir a los fieles, no puede someterse a los fieles, porque primero es el Papa. Y debajo de él los demás. Y aquel que se quiere igualar al Papa hace como Francisco: destruye la Iglesia en el Papado.

3. La Iglesia deja su potestad (poder, jerarquía, sociedad perfecta) para ser una Iglesia servidora de la humanidad, seguidora de Jesús pobre y humilde, semilla del Reino: Esto es sólo la interpretación personal de los textos del Vaticano II. Pero en ningún momento el Concilio Vaticano II enseña que ya no exista la Jerarquía en la Iglesia y que, por tanto, la Iglesia es una democracia en la que hay que vivir para hacer el bien a todos los hombres, como se hace en el mundo. De esta mentira, Francisco ha predicado en sus siete meses como Jefe de la Iglesia.

4. La Iglesia ya no es sacramento de salvación, sino que es señal e instrumento de esta salvación: Esta es la mentira como conclusión a la visión errada de lo que es el Papa y el Papado en el gobierno vertical. Porque en la Iglesia se salvan los fieles unidos a los Pastores. Sin esta unión espiritual, que se da sólo en la Verdad, en la Fe en la Palabra de Dios, nadie puede salvarse. La Iglesia es Sacramento de Salvación porque son los Pastores, con su vida de santidad, los que salvan a las ovejas. Si los Pastores se dedican a su vida humana, no hay quién se salve en la Iglesia. Y, por eso, como ya no se cree en el Sacerdocio, entonces, la Iglesia, que es un conjunto de fieles, todo el mundo en ella se salva y no importa que se esté en pecado, porque es sólo un instrumento más para salvarse. También con los budistas el alma encuentra su salvación. También de la mano de los judíos, se encuentra la verdad de la vida. También los homosexuales se salvan, porque creen en Dios, y en la Iglesia tenemos un Dios Misericordioso que salva.

5. El sujeto de la Iglesia ya no es el Papa y los Obispos unidos a Él, sino todos los bautizados: Esta es la segunda conclusión de quitar el gobierno vertical. La Autoridad en la Iglesia ya no está en el Papa, como Vértice de la Iglesia, sino en toda la Iglesia. Para eso, es necesario el gobierno horizontal, para poner al Pueblo de Dios como sujeto de la Autoridad, que es lo que predica Francisco en todas sus homilías, esta interpretación que saca de los protestante que él admira mucho.

6. El valor en la Iglesia es la colegialidad de los obispos, no el Papa: Esta es la tercera conclusión. El Papa gobierna toda la Iglesia por el mandato de Jesús: Apacienta los Corderos. El Papa gobierna a cada Obispo y, por tanto, gobierna a cada diócesis de la Iglesia. Ahora no. Ahora son los Obispos los que se gobiernan a sí mismos. Ahora el Papa es sólo la Voz de los Obispos, ya no es la Voz de Cristo. Y esto es sólo una libre interpretación del Concilio Vaticano II. El Concilio no está definiendo nada. Entonces, ¿por qué se quieren definir cosas que el Concilio no define? La maldad de los hombres. Porque no se ama ni a la Iglesia ni a Jesús. Cada cual ama su necio pensamiento, su necia ideología en la Iglesia, su necio negocio en la Iglesia.

7. La fuente, el método y el fin de la misión eclesial ya no es Dios, sino el dinamismo, la metodología y sustentación de los pensamientos humanos: Si Dios ya no tiene la Autoridad en la Iglesia en el Papa, -porque se pasa al Pueblo de Dios-, luego la consecuencia: el Apostolado en la Iglesia lo resuelven, lo deciden los hombres, no Dios. Hay que hacer planes y planes para llevar el Evangelio a los hombres. Y, entonces, todo el mundo tiene su plan para salvar y nadie quiere salvar con el Evangelio. Sólo con sus planes, proyectos, ambiciones terrenas, que no es otra cosa el Apostolado moderno en la Iglesia, que no sirve para nada, ni para santificar ni para salvar a nadie. Es todo un negocio en la Iglesia.

8. La salvación del mundo está en el dialogo, no en el cumplimiento de la Voluntad de Dios, de la Ley Divina: Hay que dialogar con los “hermanos separados”, dialogar con el mundo, dialogar con las ciencias y con la modernidad, pero no negar el mundo, no negar la modernidad, no negar que las demás Iglesias sean portadoras también de salvación. No hay que enfrentarse al mundo, ni a los hombres, ni al pecado, ni ver lo que pasa en el mundo como algo malo para la Iglesia. Para salvar hay que hablar. Para salvar hay que dar a conocer nuestro grandes pensamientos a los demás. Para salvar hay que buscar la fraternidad con todos, que todos nos sintamos unidos en un mismo cariño, en una misma sonrisa, en un mismo abrazo. Hay que ser respetuoso con los que viven en sus pecados, porque también tienen derecho a vivir en sus pecados. El pecado es lo más maravilloso en la vida. El pecado es la salvación de todos los hombres. Así se piensa hoy porque se ha hecho un dogma de un Concilio que no es dogmático, que no define nada, que sólo habla para los hombres lo mismo de siempre, la misma Verdad. Pero a los hombres no les gusta esa misma Verdad, porque ya están hartos de vivir para un Papa que no les habla sino del fuego del infierno, de las penas del Purgatorio y del silencio y de la soledad necesarias para encontrar la verdad en la vida. No se quieren esas verdades, porque se prefiere el dinero y sexo que todos buscan en la vida.

9. Hay que destruir lo sagrado en la Iglesia para dar a la Iglesia lo profano: Esa fue toda la reforma de la Misa, de los libros litúrgicos, de la Sagrada Escritura y demás cosas que se reformaron que el Concilio no mandó. No está escrito en ninguna página del Concilio que se hiciese lo que se ha hecho con la Misa. Eso sólo fue la desobediencia de unos Obispos, masones, que querían destruir la Misa. Y el Papa Pablo VI le tocó sufrir lo más importante en la reforma de la Iglesia. Y pudo conseguir que no se quitara la esencia del Sacramento de la Eucaristía. Y, gracias, a ello, la Misa sigue, aunque no tiene la fuerza de antes, porque se han cambiado muchas cosas, pero no lo esencial de la Misa.

Para comprender todo el desastre que ha venido tras el Concilio Vaticano II, no se tiene que ir al Concilio, sino a aquellos que lo han interpretado a su manera y buscar sus errores. Cada uno ha puesto sus dogmas del Concilio, cuando el Concilio no definió ningún dogma nuevo.

Si el Concilio no define, los demás tampoco tienen derecho a definir nada. Si alguien define algo nuevo es sólo su soberbia y nada más que su soberbia.

Todo aquel que quiera dar su interpretación del Concilio Vaticano II siguiendo sólo al Concilio siempre se va a equivocar, porque el C. Vaticano II no fue hecho para definir nada nuevo en la Iglesia. Fue sólo para actualizar algunas cosas.

El problema de fondo es éste: ¿quién hace un Concilio para actualizar cosas secundarias en la Iglesia? Nadie. Esa fue la equivocación de Juan XXIII. Se hace un Concilio para definir algo nuevo, algo esencial en la Iglesia. No se hace un Concilio para decir lo mismo con otras palabras, que es eso y sólo eso es el Concilio Vaticano II.

Lo que ha venido después del Concilio es la consecuencia de este fondo: quien movió ese Concilio fue la masonería eclesiástica para poner en la Iglesia lo que vemos.

Juan XXIII hizo caso a los masones y puso en marcha un Concilio que no hacía falta a la Iglesia, que Dios no lo quería en Su Iglesia.

La culpa de todo lo que ha pasado después del Concilio: los hombres que no tenemos fe en la Palabra. No quieran culpar a ningún Papa a ni ningún Obispo, a ningún sacerdote, ni a ningún fiel, porque todos tenemos la culpa de ver lo que vemos. De contemplar el mal y de no mover un dedo para quitarlo.

La Iglesia es la obra del corazón

virgen

Papa San Pío X, E Supremi, #5, 4 de octubre 1903:

Es indudable que quien considere todo esto tendrá que admitir de plano que esta perversión de las almas es como una muestra, como el prólogo de los males que debemos esperar en el fin de los tiempos; o incluso pensará que ya habita
en este mundo el hijo de la perdición (2 Tes. 2, 3) de quien habla el Apóstol
”.

Profecía de San Nicolás de Flüe (1417-1487):

La Iglesia será castigada porque la mayoría de sus miembros, grandes y pequeños, se pervertirán grandemente. La Iglesia se hundirá más y más, hasta que, finalmente, parecerá haber quedado destruida, y la sucesión de Pedro y de los demás apóstoles parecerá haber terminado. Pero después de esto, será exaltada triunfalmente a la vista de todos los que dudaban”.

Bto. Joaquín († 1202):

Hacia el fin del mundo, el anticristo va a derrocar al Papa y usurpar su sede”.

Nuestra Señora de La Salette, 19 de septiembre de 1846:

Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo (…) la Iglesia será eclipsada”.

La Verdad de la Iglesia es su unión con Cristo.

Cristo se une a la Cabeza de la Iglesia y a Su Cuerpo Místco.

Son dos uniones distintas en la Iglesia. Dos uniones para fundamentar la Verdad de la Iglesia.

La unión de Cristo con la Cabeza Visible, que es un hombre de carne y hueso, es una unión en el Espíritu y, por tanto, una unión que no se puede ver en la realidad de las cosas. Una unión que sólo se puede contemplar en las obras de los Papas, de esos hombres de carne y hueso.

No hay que poner la Verdad de la Iglesia en las palabras de ningún Papa, de ningún Cardenal, de ningún Obispo, de ningún religioso, de ningún fiel. Porque ¿quién va a defender la Palabra de Dios si no necesita de la palabra humana, del pensamiento de los hombres?

Para defenderla, es necesario el Espíritu de la Palabra, que el Señor da a Sus Doctores, Predicadores, Confesores, Mártires de Su Palabra.

La defensa de la Fe de la Iglesia está en las obras que se hacen movidos por esa Palabra, que es Verdad. No está en los razonamientos, que son válidos y que son útiles para todos, porque todos necesitan la palabra humana para poder entender la Palabra Divina.

Pero la Palabra Divina se defienda sola, porque Es la Palabra de Dios. Y ¿quién contra Dios? ¿Quién puede luchar contra Dios y vencerlo? Sólo los humildes de corazón lo vencen, no los demás.

Por eso, es necesario poner la Fe en la Palabra, no la Fe en lo que se dice de la Palabra. No la fe en los razonamientos de la Palabra, no la Fe en lo que alguien pueda decir sentado en la Silla de Pedro.

Cuando se tiene la Fe en la Palabra, entonces se discierne lo que esa persona está diciendo como sacerdote, como Obispo, como Cardenal, como Papa. Pero si la fe se pone en la persona, en el hombre de carne y hueso, entonces es cuando viene el error y no se discierne nada, porque se cae en el engaño de las palabras humanas.

Es lo que está haciendo Francisco. Hablando muchas cosas. Y, algunas son bonitas. Otras son una mentira y una herejía. Y combina las dos cosas. No hay que fijarse en lo que está diciendo. Si ahora dice algo bonito. Si después dice una mentira.

Hay que fijarse en las obras que hace. Eso basta para poder discernir lo que es Francisco. Sus obras.

Pero para ver sus obras hay que tener Fe en la Palabra, hay que creer en la Palabra.

Y la Palabra dice que no se puede elegir a un Papa mientras viva otro. Eso es lo que en la Iglesia se ha hecho siempre. Eso es la Tradición de la Iglesia. La Verdad en la Iglesia no sólo está en el Evangelio, sino en la Tradición, en lo que siempre se ha obrado, aunque no esté escrito. Los Evangelios se escribieron después de que los Apóstoles vivieran la Fe en la Palabra. No se dieron antes.

La doctrina de Cristo no es un libro, no es un conjunto de ideas hermosas, es una Vida. Y si no se vive, no se puede transmitir después. Los Apóstoles primero vivieron la Palabra. Después, escribieron un libro sobre esa Vida que les hizo obrar la Palabra.

Los hombres creen que la fe consiste en hacer muchas cosas, muchas prácticas o leer muchos libros de santos o tener muchos conocimientos de Dios, de la Iglesia, de las costumbres de los hombres, etc. Y no es así.

La Fe está en vivir la Palabra. Y esa vida es una Obra continúa. No se puede obrar la Verdad sin vivir la Verdad, sin aceptar la Verdad, sin acoger la Verdad tal como Dios la revela al corazón.

Por eso, en la Iglesia se dan tantas cosas que no pertenecen a Dios, porque no se vive de FE. Cada uno vive lo que entiende, lo que busca con su pensamiento humano, y ya no cree.

Y ante la renuncia de un Papa, la Fe dice no elegir a otro. Como no se vive la Fe, sino que los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales están en la Iglesia sin Fe, aceptando doctrinas que no dan Vida, que no llevan a la Obra de la Verdad, entonces pasa lo que pasa.

Quien vive de Fe en seguida entendió lo que era esa renuncia y lo que es Francisco. Vio lo que había detrás de Francisco y no necesita más para decir que Francisco es un falso Profeta.

Quien no vive de Fe, tiene que argumentar esa renuncia y la aceptación al Papado de Francisco. Porque no vive de Fe, sino que vive de sus razonamientos e intenta explicar lo que está pasando sin acudir a la Fe, sino a su razonamientos, a su filosofía, a lo que los demás hacen, a su discurso de la vida.

Es lo que pasa a tantos sacerdotes, Obispos de la Iglesia. Viven su discurso de la vida, viven lo que ellos han asimilado en su pensamiento sobre lo que es Dios, la Iglesia, Cristo, su doctrina, etc. Y lo que ellos entienden eso viven.

No viven escuchando la Palabra. No viven estando atentos a la Palabra, que siempre está hablando al corazón del alma humilde. Viven para sus pensamientos, que son para ellos muy importantes, más que la Palabra. E intentan, cuando escuchan a Francisco, proteger sus palabras y decir que esas palabras son delicadas y que hay que entenderlas bien. No son capaces de llamar al pecado, pecado. No son capaces de comprender que un sacerdote peca, así esté sentado en la Silla de Pedro. Ellos buscan la Infabilidad del Papa -y se equivocan- porque esa Infabilidad no hace al que se sienta en la Silla perfecto en su vida, sino que le da sólo el Poder para guiar a la Iglesia hacia donde Dios quiere, sin romperla, sin dividirla, sin obrar nada en contra de la Fe de la Iglesia.

Muchos Papas en la Iglesia han sido pecadores, pero ninguno ha obrado nada en contra de la Fe de la Iglesia, por ser verdaderos Papas.

Pero Francisco, nada más ser elegido, empezó a obrar desfigurando el Papado para así acercarlo a los hombres, quitando cosas exteriores, que dieron lugar a que las almas se rebelaran en contra de él. Un Papa tiene que ser prudente, porque lo mira todo el mundo. Y no puede dedicarse a destruir lo que las almas aman, porque así es lo que él entiende del Papado. Tiene que respetar la Tradición y no ser imprudente. Y eso, desde el principio, no lo fue Francisco. Sus obras le delatan. Y no se quieren aceptar esas obras. Después, se les pone una excusa barata para seguir aplaudiendo a Francisco, para seguir diciendo que Francisco tiene fe.

Francisco lavó los pies de dos mujeres en la Misa del Jueves santo. ¿Qué Papa ha hecho esto en la Tradición de la Iglesia? Si la Palabra te enseña que Jesús lavó los pies de los hombres, ¿tú qué quieres enseñar con esa obra a la Iglesia? ¿Tu obra es la Fe de la Iglesia o es la Fe es la obra que hizo Jesús al lavar los pies de los Apóstoles? ¿Estás con la Palabra, que es Jesús, o estás con tu pensamiento, con lo que tú entiendes que debe ser Jesús, que debe hacer Jesús, que debe ser un Papa en la Iglesia? Francisco quiso demostrar que Jesús se equivocó en lavar los pies a los hombres, porque también tenia que lavar los pies a las mujeres. Francisco se sentó en la Silla de Pedro para rectificar las obras de Jesús. No se ha sentado para aprender las obras de Jesús. Y todavía los hombres lo están siguiendo y lo tienen como santo.

Ahí están las obras de Francisco, pero ¿quién se opone a ellas, quién las ve?

Muy pocos en la Iglesia. Se ven y se mira para otro lado y no se corrige a Francisco. Y Francisco sigue diciendo mentiras y nadie en la Iglesia abre su boca.

Y nadie se atreve a decirle algo porque todos viven lo que Francisco vive. Viven sus pensamientos, sus ideas, sus planes, sus apostolados en la Iglesia, lo que ellos entiende que debe ser la Iglesia.

Así, Roma va a perder la Fe, por el pecado de sus consagrados, que se han creído con el derecho de dar a la Iglesia la verdad que está en sus pensamientos.

Y la Iglesia tiene que preguntarse ahora qué hacer con todos los tesoros de la Iglesia: con la Tradición, con los Dogmas, con todas las enseñanzas que Dios ha dado a Su Iglesia. ¿Quién las va a custodiar? ¿Quién las va a defender? ¿Quién será capaz de vivir la Fe de la Iglesia en su corazón y llevar la Iglesia, ahora, en el corazón, porque ya no está en la Jerarquía.

El misterio de iniquidad en la Iglesia

SatanascontraJesus

Mateo 24, 15: “Por tanto, cuando viereis que la abominación de la desolación, que fue dicha por el Profeta Daniel, está en el lugar santo, -el que lee entienda-”.

Mateo 24, 24-25: “Porque se levantarán falsos Cristos y falsos Profetas, y harán grandes maravillas y prodigios; de manera que aún los escogidos, si fuera posible, caerían en error: ya veis que os lo he predicho”.

2 Tes. 2, 3-5: “No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera; porque no vendrá este día sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el hombre del pecado, hijo de la perdición, el cual se opondrá, y se alzará contra todo lo que se llama Dios, o que es adorado, de manera que se sentará en el templo de Dios, dando a entender que es Dios. ¿No os acordáis, que cuando estaba todavía entre vosotros, os decía estas cosas?”.

El misterio de iniquidad es el que está obrando en la Iglesia.

Misterio que ha puesto en el Papado su poder. Un poder demoniáco. Quien rige al impostor, no es el Poder de Dios, sin el poder del demonio.

Y hay que saber qué puede hacer el demonio en los hombres para entender este poder.

El demonio posee a los hombres cuando los hombres viven en el pecado. Si los hombres no están en gracia, si los hombres tardan en confesar sus pecados, si los hombres se dedican a vivir su vida humana sin atender a nada espiritual, haciendo las cosas de Dios por rutina, entonces se da la posesión del demonio.

El demonio posee las mentes de los hombres y sus cuerpos. El demonio no posee la voluntad de los hombres, pero puede influir en ellas.

Para entender lo que pasa en la Iglesia, para comprender por qué el Concilio Vaticano II fue un desastre para la Iglesia, porque con él vino la remodelación de toda la Iglesia que la ha llevado a esta situación, hay que meterse en este misterio de iniquidad.

Lo que vivimos, ese impostor, nace del Concilio Vaticano II. Es la lenta obra del demonio en los hombres, en los sacerdotes, en los Obispos, en los religiosos, en los fieles de la Iglesia.

Lenta, pero eficaz, obra del demonio.

La Virgen, en La Salette, ya hablaba que el Anticristo iba a nacer de una virgen consagrada, dada al demonio, y de un Obispo.

El Anticristo necesita la consagración del sacerdocio para ser Anticristo. Necesita, vía sexo, lo que un Obispo, cuando se une a una mujer, que también es religiosa, -pero que ha hecho de su vocación un instrumento del demonio, una bruja, una experta en artes demoniácas-, le da en el espíritu.

El hijo que nace de esa unión, -que se hace con un rito satánico, utilizando lo propio del sacerdocio: una Hostia Consagrada, una Cruz, la Palabra de Dios- es un hijo que tiene lo que posee el Obispo en su consagración: el espíritu del sacerdocio. El espíritu del sacerdocio, no la consagración al sacerdocio, que pasa al hijo cuando se hace ese rito demoniáco.

Este poder del demonio es verdadero. El demonio se puede posesionar del espíritu del sacerdocio de un sacerdote, de un Obispo, cuando se hace ese acto bajo unas condiciones que pone el demonio.

Por eso, lo que dice la Virgen es muy grave para la Iglesia. Si un Obispo se une a una mujer religiosa para dar al Anticristo, entonces se debe entender la condición de ese Obispo.

Ese Obispo, que se une a la mujer, debe estar poseído por el demonio. Sin esta posesión, no puede darse ese rito.

Esa posesión de ese Obispo supone una vida de pecado en ese Obispo. Es decir, que ese Obispo no quite su pecado, no se arrepienta de su pecado, viva en su pecado. Eso produce la posesión demoniáca.

No hay que entender la posesión demoniáca sólo cuando el cuerpo se retuerce y la persona hace cosas que no tienen sentido.

El demonio posee las inteligencias de los hombres. Por eso, hoy día, se da tanta locura entre los hombres. Y los hombres, por no tener fe, dicen que están locos, que tienen una enfermedad mental, y es sólo el demonio, la posesión del demonio, que se hace porque esa persona vive en su pecado y se ha acostumbrado a su pecado. El mundo está lleno de demonios, por esta posesión. Y ningún psiquiatra, ni ninguna medicina quita esta posesión.

El pecado no es cualquier cosa en la vida de los hombres. Es la obra del demonio. El demonio hace pecar para llevar al alma hacia lo que quiere, que es poseerla, y así hacer que esa alma obre lo que el demonio quiere en la vida. Una cosa es el pecado de la persona, otra cosa es la posesión de la persona por el demonio. Si la persona no quita su pecado, no se confiesa al momento, sino que lo va dejando, que es lo que hace la mayoría de la gente, eso va produciendo que la obra del demonio, que es el pecado, se desarrolle hasta llegar a poseer a la persona. Un pecado llama a otro pecado. Y así el demonio va tejiendo su posesión, su ciudadela en la persona. Esta obra de posesión siempre es en la inteligencia de la persona. No hace falta que se dé en el cuerpo de la persona. Por eso, aparecen en muchos hombres la locura. El demonio, al poseer la inteligencia del hombre, hace un daño a la mente, que se traduce en una locura. Los hombres ven la locura y creen que han perdido la cabeza, y no es así. Es la locura que nace del demonio para poseer a ese alma. Y mientras esté la posesión del entendimiento, está la locura. Y, por eso, no hay medicina que cure eso. Sólo lo cura el poder de un sacerdote que crea. Pero los sacerdotes ya han dejado de creer y también ellos ven eso como un estado mental, como una enfermedad, y no como lo que es. Y lo ven por su falta de fe, porque el sacerdote tiene inteligencia para entender todas las obras del demonio. Pero como no creen en el demonio, entonces no ayudan a las almas a liberarse de esa posesión real que incide en sus vidas realmente y que destroza vidas.

Hay muchos hombres poseídos por Satanás hoy día, por su pecado. Y, aunque, después lo intenten quitar, confesarse, queda la posesión.

Cuando los Obipos de la Iglesia, cuando los sacerdotes de la Iglesia han dejado su vida espiritual, su vida de oración, su vida de penitencia, y se conducen en la Iglesia como almas en el pecado: pecan y no confiesan ese pecado; y viven con ese pecado, y obran todas las cosas del sacerdocio con ese pecado, entonces viene la posesión del demonio en ese sacerdote.

Y, por eso, el Concilio Vaticano II da esos frutos a la Iglesia. ¡Cuántos sacerdotes poseídos por Satanás, infestados por la obra del demonio, que es el pecado! Y se ponen a practicar un Concilio en esas condiciones de sus almas. Entonces, el desastre es lo que hemos visto.

No se puede entender lo que pasó con Pablo VI sin recurrir al misterio de iniquidad. Y, por eso, con Pablo VI se dieron muchas cosas sin sentido. Se han querido explicar de muchas maneras: que lo drogaron, que lo maniataron, que le pusieron un doble, que falsificaron sus documentos, etc. No importa la manera humana de obrar un pecado, un mal. Lo que importa es quién está detrás del pecado y cómo puede obrar ese pecado.

Lo que hicieron con Pablo VI fue la obra de la posesión del demonio en sacerdotes, Obispos, fieles. La muerte de Juan Pablo I fue por una persona consagrada a Dios, pero poseída por el demonio. Lo que sufrió Juan Pablo II en todo su Pontificado es por los consagrados en la Iglesia que, viviendo en su pecado, llegan a la posesión de sus almas por el demonio y, por tanto, obstaculizan la misión de un Papa y le ponen toda clase de impedimentos para que el Papa no haga lo que Dios le pide.

Benedicto XVI subió al Poder en su pecado. Y su renuncia es por su pecado, es por no quitar su pecado. Y su alma queda en la profundidad del pecado, donde sólo el demonio reina y hace su obra.

El misterio de iniquidad no es cualquier cosa. Y hoy, como no se cree en el demonio, como no se cree en el pecado, entonces no se entienden tantas cosas como los hombres hacen en la Iglesia.

Francisco es un ejemplo de eso. Francisco no es ningún santo. Habla como el demonio, no habla como un ángel, como un serafín. Hace las obras del demonio. Y las almas les cuesta percibir estas obras, porque no tienen fe. La fe es a Cristo, a Su Palabra, que es la Verdad. No al pensamiento de ningún hombre en la Iglesia. Una cosa es el depósito de la fe, que está en la Iglesia. Otra cosa es la Fe, que sólo se puede dar a Cristo, a la Palabra de la Verdad, al Espíritu de la Verdad, al Pensamiento del Padre. La fe no se puede dar a ningún hombre, así sea Papa, Obispo, Cardenal, sacerdote, fiel de la Iglesia. Y, menos, cuando es un impostor

Y este es el error de muchos que todavía quieren defender a Francisco, porque han puesto la fe en un hombre y no saben ver lo que ese hombre está haciendo con el depósito de la fe en la Iglesia.

La Silla de Pedro

Escudo de Juan Pablo II

La Silla de Pedro ha sido codiciada siempre por los hombres de todos los tiempos.

Porque, no sólo tiene el Poder de la Iglesia, sino que influye en cada gobernante del mundo, influye en la política de cada país, así no quiera el hombre.

Por eso, anular este Poder, para hacer de la Silla de Pedro, un poder de los hombres -y así tener el mundo bajo los píes- es el objetivo de la masonería.

Los hombres quieren conquistar el mundo, es decir, quieren ser dueños de todas las cosas, de las mentes de las personas, de las obras de las personas, de las vidas de las personas. Quieren dirigir a los demás según lo que hay en el pensamiento de los hombres. Es el sueño de los hombres: ser los amos del mundo entero. Y sólo se puede hacer teniendo la Silla de Pedro, sentándose en Ella, gobernando el mundo desde Ella.

Esta ilusión de los hombres es, no sólo algo imaginativo, que está en la cabeza de algunos hombres, sino una realidad, que se realiza dentro de la Iglesia.

Realidad que no aparece a los ojos de los hombres, porque se obra en lo oculto, en lo secreto, sin que los hombres se den cuenta de esa realidad. Así trabaja la masonería, que sigue, en todo, a su dueño, que es el demonio.

El demonio obra en lo oculto, sin manifestarse al exterior, sin hacerse sentir.

En la Silla de Pedro está el Poder de Dios sobre el Papa. Y sólo el Papa tiene este Poder. No lo tiene la Iglesia, los fieles, los Obispos, los sacerdotes, los religiosos. Sólo el Papa tiene el Poder.

Pero este Poder es espiritual, no humano; sólo descansa sobre el verdadero Papa. No se da a quien usurpa la Silla de Pedro. Se da sólo al que es elegido por Dios como Papa.

¿Y cómo saber quién es el verdadero Papa? ¿Cómo saber si el que sucede a un Papa lo elige Dios o los hombres?

Sólo hay una señal que Dios da para elegir a un Papa: la muerte del verdadero Papa. Cuando muera, y los Cardenales se encierren para elegir a otro Papa, es absolutamente cierto que ese Papa que sale de esa elección viene de Dios.

La señal: que el Papa murió. Y no hay otra señal. El Papa es elegido por Dios hasta su muerte. Si el Papa no muere, si el Papa renuncia, si el Papa tiene que huir, y la Jerarquía de la Iglesia elige otro Papa, ese Papa no es Papa, es sólo un impostor, un anti-Papa.

Esta es la Verdad de la Iglesia. Así la Iglesia ha obrado siempre. Muere un Papa, se elige otro. Ése que se elige es verdadero Papa.

Y no importa la situación de la Iglesia. No importa la vida espiritual de los sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia. La Sucesión Papal sólo se realiza con la muerte del Papa. No se puede elegir un Papa cuando el anterior sigue vivo.

Por eso, Francisco no es Papa, es un impostor. Y los que lo han elegido, lo han hecho en contra de esta Verdad de la Iglesia. Y, por tanto, la renuncia del Papa Benedicto XVI es debida a la masonería, a las presiones de la masonería sobre Benedicto XVI para que dejara el Papado.

Todos los Papas anteriores a Benedicto XVI fueron verdaderos. Benedicto XVI fue verdadero, pero renunció. No se le puede, ahora, seguir como Papa hasta que no se convierta. Francisco es sólo un impostor, que se da los honores de Papa, sin serlo.

Los problemas de la Iglesia en los reinados de los verdaderos Papas son diferentes a si ese Papa es verdadero o no. Los problemas que se dieron a partir de Juan XXIII en toda la Iglesia no fueron porque esos Papas fuera impostores, es decir, no elegidos por Dios, sino por la acción del demonio en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II es la acción del demonio en la Iglesia que impidió la accion del Papa en la Iglesia. Es el Misterio de Iniquidad que, por ser un misterio, no se puede comprender. Pero es el Poder que Dios dio a Satanás cuando éste le pidió tiempo y poder para destruir la Iglesia (visión de León XIII).

La renuncia de Benedicto XVI no es un acto de humildad del Papa, ni un acto de santidad. Es por los hombres que ambicionan la Silla de Pedro y que no se muestran al exterior, porque actúan como su padre el demonio: en la oscuridad.

En la Silla de Pedro está el Poder. Y, aunque ahora se siente un Impostor, sigue ahí el Poder Divino. Pero ese Poder Divino está inutilizado por el pecado de Benedicto XVI. Ese Poder lo tiene Benedicto, porque es verdadero Papa. Fue elegido en la muerte de Juan Pablo II. Su elección fue válida. Las razones de su renuncia se deben, no a su Elección, sino al Misterio de Iniquidad que trabaja en la Iglesia y que no descansa. No tiene vacaciones.

Por tanto, la Silla de Pedro no está vacía. Está llena del Poder Divino, porque el Papa sigue viviendo, aunque en su pecado.

Los hombres van a vaciar esa Silla. Es decir, van a quitar las prerrogativas del Papado en la Iglesia y van a crear un gobierno político, mundano, humano, natural.

Es lo que comienza a hacer Francisco al elegir ocho cabezas para gobernar la Iglesia.

Ahí comienza el vacío de la Silla de Pedro, porque eso que ha hecho Francisco es el primer paso para despojar al Papado de todo lo que significa en la Iglesia.

La Silla de Pedro será ocupada por el poder político. Pero no se dará a conocer. Se sentará para dar la cara un hombre, revestido de sotana, que se hace pasar por Papa. Pero quien la gobernará serán los hombres.

No se crea lo que ha dicho Francisco que esas ocho cabezas están ahí para ayudarle en el Papado. Están para destrozar el Papado y poner este poder político, que es lo que le interesa a Francisco.

Francisco ha sido elegido por los hombres sólo para esto: para iniciar este camino de destrucción de la Iglesia, comenzando por el Papado. Y, por eso, habla como habla.

Habla como un demonio, no habla como un Papa. No le interesa hablar como un Papa porque no siente este Poder, que todos los Papas han sentido, porque carece de vida espiritual. Y no le interesa la vida espiritual, sólo su vida humana, sólo su política.

Francisco habla como un político. Ése es su lenguaje: el lenguaje del político, que es enredado, que es mentiroso, que no dice nada, que sólo se ocupa de lanzar su mentira y lo demás es para rellenar su mentira con medias verdades.

Así habla Francisco y, por eso, tiene tanta aceptación, porque los hombres se han acostumbrado a las hablas de los hombres y ya no son capaces de escuchar la Palabra de Dios. Y, por eso, se han buscado un hombre que hable como ellos. La Jerarquía de la Iglesia está muy contenta con Francisco, porque les habla a la mente, a lo que ellos quieren oír. Y, por eso, nadie dice nada de sus mentiras, de sus herejías, porque eso es lo que piensa, no sólo Francisco, sino casi toda la Jerarquía de la Iglesia.

Es una pena cómo está la Iglesia. Pero es la Iglesia que quieren los hombres. Y Dios ha dado a los hombres lo que ellos buscan. ¿Queréis al demonio? Ahí lo tenéis para vuestro castigo, hasta que se cumpla la Justicia Divina sobre la Iglesia.

Las herejías que nunca se quitan

pablovi

“También en nosotros, los de la Iglesia, reina este estado de incertidumbre. Se creía que después del Concilio vendría un día de sol para la historia de la Iglesia. Por el contrario, ha venido un día de nubes, de tempestad, de oscuridad, de búsqueda, de incertidumbre y se siente fatiga en dar la alegría de la fe. Predicamos el ecumenismo y nos alejamos cada vez más de los otros. Procuramos excavar abismos en vez de colmarlos.

¿Cómo ha ocurrido todo esto? Nos, os confiaremos nuestro pensamiento: ha habido un poder, un poder adverso. Digamos su nombre: el Demonio. Este misterioso ser, que está en la propia carta de San Pedro, —que estamos comentando— y al que se hace alusión tantas y cuantas veces en el Evangelio —en los labios de Cristo— vuelve la mención de este Enemigo del hombre. Creemos en algo preternatural venido al mundo precisamente para perturbar, para sofocar los frutos del Concilio ecuménico y para impedir que la Iglesia prorrumpiera en el himno de júbilo por tener de nuevo plena conciencia de sí misma”.(homilía de S.S. Paulo VI en Jun-29-1972)

El Concilio Vaticano II no pudo darse, como Dios quería, sólo por la acción del demonio.

Si no se pone la razón del desastre del Concilio Vaticano II en esta acción demoniáca, entonces no se comprende por qué los frutos del Concilio han sido para destruir toda la Tradición de la Iglesia y sus Dogmas.

A partir del Concilio Vaticano II, se vio una relajación por toda la vida de la Iglesia, se vinieron abajo siglos de tradición, de cosas que siempre habían servido y, en pocos años, se produjo una renovación que llevó al desastre que hoy contemplamos.

Por eso, no se comprende lo que dice Francisco sobre el Concilio:

“El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible.” (Entrevista al Director de La Civiltà Cattolica)

El Papa Pablo VI es muy claro: el demonio impidió los frutos del Concilio. Francisco dice que los frutos son enormes. Y pone la eficacia de esos frutos en la relectura del Evangelio, que debe leerse a la luz de la cultura contemporánea.

He aquí la herejía de Francisco: el Evangelio tiene que leerse a la luz de la cultura contemporánea, es decir, a la luz del pensamiento de los hombres, de su ciencia, de su técnica, de sus logros humanos.

Este pensamiento de Francisco es el pensamiento de muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia. Es un pensamiento herético, es decir, va en contra de la Fe en la Palabra de Dios.

La herejía niega una verdad que debe creerse porque así Dios lo ha revelado y así lo enseña la Iglesia en su Magisterio.

La verdad que hay que creer es que el Evangelio tiene que ser leído en la Luz del Espíritu Santo y, por tanto, debe ser comprendido en esa Luz. Y el Espíritu Santo da su Luz a Sus Santos, a Sus Pastores, a Sus Doctores, que le son fieles y, por tanto, para interpretar el Evangelio, hay que acudir a ellos, no a los hombres, no a la cultura del mundo, no a los tiempos de los hombres, no a la ciencia de los hombres, no al progreso de los hombres.

Son los santos y sólo los santos los que dan la verdadera interpretación del Evangelio. Son los Papas los que dan la verdadera interpretación del Evangelio, porque los asiste -en todo- el Espíritu Santo, y no pueden equivocarse en eso. Y, aunque el Papa sea pecador, si ha sido elegido por Dios, no se equivoca en el Magisterio de la Iglesia, cuando interpreta el Evangelio, que es la Palabra de Dios.

Esta es la Verdad que Francisco no sigue, porque sigue su pensamiento humano. Y, a continuación, enseña que -por esta relectura- ha venido a la Iglesia un movimiento de renovación. Es decir, que la renovación en la Iglesia la hacen los hombres, lo que piensan los hombres, no el Espíritu Santo. Es evidente la estupidez de Francisco.

Él está como Papa para dar un Evangelio leído a la luz del mundo, no del Espíritu Santo. Por eso, en sus homilías se descubren tantos errores, fruto de esta herejía, que, por supuesto, para muchos no es herejía, sino una forma de hablar, para que todos entiendan lo que se quiere decir, para agradar a los hombres en todo.

Francisco está negando un verdad, y pone su verdad. Como está en la Silla de Pedro, todo el mundo asiente a esa herejía. Nadie la ve como herejía. Francisco no dice que hay que leer el Evangelio en los Santos, en los Doctores que tiene la Iglesia, en los Papas que ha dado la Iglesia, en la Tradición de la Iglesia. Dice que hay que leer el Evangelio en las mentes de los hombres del mundo.

Y los hombres, viendo este error, sigue aplaudiendo a Francisco. Y no saben luchar por la verdad de la Iglesia.

La Verdad de la Iglesia es sencillísima. Hasta un niño la ve sin esfuerzo. Pero los hombres son soberbios, y les gusta la ambición de poder. Les gusta hablar palabras sabias ante el mundo, ante la Iglesia. Les gusta ser tenidos por gente importante, gente que sabe lo que dice.

Francisco no está diciendo nada nuevo en eso del Concilio Vaticano II. Es lo que se enseña en la Iglesia, en los Seminarios, en tantos talleres y clases de Evangelización. Se enseña una herejía. Pero nadie dice que es herejía.

Se enseña algo que va contra la Voluntad de Dios, porque la Palabra de Dios es para el corazón humilde, no para la mente soberbia. Sólo los humildes comprenden la Palabra de Dios y la obran en sus vidas. Los demás se dedican a interpretar esa Palabra y sólo son capaces de decir que los frutos han sido enormes. Cuando la realidad de la Iglesia, en la liturgia, en la Evangelización, es muy otra, totalmente contraria a un éxito, a un triunfo. Ya lo profetizaba Pablo VI: ha venido un día de nubes para la Iglesia. Nubes que permanecen, se diga lo que se diga, se crea lo que se crea. Pero la verdad no puede ser ocultada.

Hoy, en la Iglesia, ya nadie sabe lo que es el pecado, lo que es la virtud, lo que es la fe, lo que es la verdad, lo que es el bien. Y sólo por concebir el Evangelio según los hombres, según el pensamiento de los hombres, y no asimilarlo en la Luz del Espíritu.

La herejía produce siempre división en la Iglesia. Por eso, tiene que ser combatida desde el principio. Y, como no se ha hecho, y no se va a hacer, eso da lugar a la confusión en toda la Iglesia, porque ya no se sabe dónde está la verdad, ni qué cosa es la verdad.

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