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No existe la conciencia crística, ni la conciencia colectiva, ni el amor crístico

ethos

«Si los fundamentos se destruyen, ¿qué podrá hacer el justo» (Sal 12 [11], 3).

El fundamento del hombre: Dios. Pero no el concepto que el hombre tiene de Dios en su mente humana, sino lo que Dios Es.

Dios no es una idea para el hombre, sino una Vida.

Dios no es una conciencia universal para la humanidad, sino una Ley Eterna, Inmutable, que cada hombre, en particular, debe obrarla.

Todo hombre está obligado a formar su conciencia moral. Si no la forma, el mismo hombre destruye, con su mente humana, su fundamento.

«En nuestro tiempo se hace cada vez más fuerte la voz de los que quieren convencernos de que la religión como tal está superada. Solo la razón crítica debería orientar el actuar del hombre. Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio» (Benedicto XVI – Universidad Urbaniana  – 21 de octubre 2014).

La razón del hombre busca el poder, el orgullo de dominarlo todo sin Dios. Con su razón crítica, el hombre se inventa el concepto de Dios, el concepto de la ley natural y divina. El hombre se hace su religión, su iglesia, su espiritualidad; es decir, su fábula. Fábula que siguen muchos porque ya no saben abajar su mente a la Verdad Revelada.

El hombre crea con su razón humana una nueva moral sin moral: una moral de conceptos vacíos, de lenguaje agradable al oído humano, pero lleno de errores y de oscuridades.

El hombre va en busca de una conciencia universal, humana, crística, personal que no existe. Sólo se da en su cabeza humana, en su falsa interpretación de lo que Dios ha revelado.

«Considerarlo como el único válido disminuiría al hombre, sustrayéndole dimensiones esenciales de su existencia» (Ib.). Es lo que se ve: un hombre disminuido porque ha puesto en su mente lo único que tiene valor, y así le falta lo más importante para su vida: el sentido de lo divino. El sentido real, su fundamento real, que no está en su mente, sino fuera de ella.

Si la mente del hombre no se cierra a ella misma, entonces sólo vive para sí misma.

El hombre que aprende a cerrar su mente, vive con el corazón abierto a Dios, a su fundamento real, vivo.

Pero el hombre que busca en su mente la solución al problema de su vida, se hace él mismo esclavo de sus mismos pensamientos y los adora como dios.

El hombre tiene que abajarse, humillarse, despreciarse. Y, entonces, Dios lo ensalza, obra lo divino en su existencia humana.

«El hombre se hace más pequeño, no más grande, cuando no hay espacio para un ethos que, en base a su naturaleza auténtica retorna más allá del pragmatismo, cuando no hay espacio para la mirada dirigida a Dios» (Ib).

El hombre tiene que mirar a Dios, pero no con su pensamiento humano, sino con su corazón. Un corazón que no mira a Dios no ama al prójimo, no sabe darle lo que Dios quiere.

En el corazón humano, Dios pone su amor divino; pero en la mente humana, el demonio es el que trabaja.

Con el corazón abierto al Amor de Dios, el hombre forma su conciencia moral: el hombre es enseñado por Dios para obrar, con su mente, aquello que Dios quiere y le pone en su corazón. La mente del hombre es la que guía a la voluntad del hombre, para que haga aquello que ha comprendido de Dios con su corazón.

La mente humana no decide nada en el orden divino, no manda nada, no ejerce ningún dominio. Es sólo la guía, que tiene el hombre, para poder poner por obra la Voluntad de Dios.

La conciencia moral es el juicio de la mente, un acto de la mente sobre una acción moral, sobre una obra buena o mala moralmente. Lo moral es lo que sigue una norma suprema, una ley eterna, divina. Lo moral no está en los hombres, no lo deciden ellos con sus pensamientos o con sus obras en la vida, sino que lo regula Dios con Su Ley, con Su Voluntad.

La ley natural es una ley moral, es norma para formar la conciencia moral. Quien vaya en contra de la ley natural va en contra de su propia conciencia, hace de su propia conciencia un juicio falso del bien y del mal. Hace de su vida una abominación, como son los homosexuales.

La conciencia moral no es la conciencia psicológica, por la cual el hombre conoce que está pensando, que quiere algo en la vida, que obra algo. Conocer los propios actos internos, entendimiento y voluntad, no es tener una conciencia moral. Es sólo mirar lo humano con ojos humanos.

Conocer que esos actos internos se dirigen o no hacia Dios, hacia lo que Dios quiere, eso es la conciencia moral.

Los falsos profetas hablan de una conciencia colectiva: «Amados, oren en la praxis cotidiana de sus actos, en la conciencia personal y alertando la conciencia colectiva» (Luz de María – 17 julio 2013).

No existe ni la conciencia personal ni la colectiva. La humanidad no tiene conciencia, no tiene alma. Una comunidad, un grupo de hombres, no tiene conciencia. Una familia no tiene conciencia. Un pueblo no tiene conciencia. Para tener conciencia, es necesario poseer un alma racional.

La persona no tiene una conciencia personal: tiene un alma, un cuerpo y un espíritu. Y, en su alma, está su mente; pero la mente humana no es la conciencia personal del hombre.

Muchos confunden la razón humana con la conciencia; muchos llaman con el nombre de conciencia a sus pensamientos, a lo que conciben con sus juicios humanos. Y yerran.

El hombre tiene una conciencia psicológica, pero no como persona. Porque la persona es todo el hombre: alma, espíritu y cuerpo. La persona es algo más que el juicio de la mente y las obras de la voluntad humanas. La persona es algo más que las obras de la carne; no es sólo el estado de gracia o de pecado. La persona es intocable en el ser humano, intangible, es la que dirige todo: su alma, su espíritu y su cuerpo. Es la que ve con su conciencia moral lo que tiene que hacer. Hablar de conciencia personal es hablar de nada.

El hombre tiene una conciencia psicológica, nacida de su mente humana. Pero el hombre no es su conciencia, ni psicológica ni moral. El hombre es un ser que posee tres cosas: alma, espíritu y cuerpo.

Muchos confunde esto: hombre y conciencia. Los ponen juntos y así dicen que hay que buscar el amor crístico, la conciencia crística. Han confundido a Cristo con su conciencia moral. Cristo no es su conciencia moral. Cristo es el Verbo Encarnado. Y Cristo obró la Voluntad de Su Padre: obró una moralidad perfecta, sin pecado. Hay que buscar el Amor del Verbo, no el amor crístico. El Amor del Padre y del Hijo, no el amor de un lenguaje humano: la palabra, el verbo. Cristo no es una idea, un concepto, una forma de comprender el amor de Dios. Cristo es el Mismo Amor, porque es Dios.

Hay que unirse al Verbo Encarnado, pero eso el hombre no sabe hacerlo por más que piense en Cristo, por más que cumpla una ley divina. Es el Amor de Dios el que transforma al hombre en otro Cristo, no es el hombre el que se unifica con Cristo:

«Ustedes, amados, deben confluir unificándose con la conciencia crística en todos sus preceptos y en sus principios» (Luz de María – 14 de abril del 2014).

No existe la conciencia crística: existe el Verbo Encarnado, existe la doctrina que Cristo ha enseñado; existe la Ley Eterna, que Cristo ha cumplido totalmente en su vida humana; existe la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo, un cuerpo místico, no un cuerpo universal.

El hombre se une a Cristo sólo por la Gracia. Y la Gracia es la Vida Divina. Y no es más que eso: lo divino que el Señor pone en el espíritu del hombre, no en su alma. La Gracia es la Vida para el espíritu del hombre. Y se vive la Gracia con el corazón, no con la mente humana.

¡Cómo engañan los falsos profetas a los mismos católicos que no saben su fe, que vive amparados de su razón práctica! Todo lo quieren entender con sus pensamientos humanos y así se disminuyen, se hacen una abominación en la misma Iglesia de Cristo.

Los falsos profetas hablan de abrir la mente:

«que abran el pensamiento, la mente, que permitan que sus sentidos se impregnen de mi amor, porque este instante es difícil» (Luz de María – 16 de Mayo de 2012).

Dios habla al corazón; Dios abre el corazón; el demonio habla a la mente; el demonio abre la mente para conquistar lo humano, la soberbia de las ideas, el orgullo de las obras de los hombres, la lujuria de la vida de cada uno sobre la tierra.

El Amor de Dios se da al corazón del hombre; pero el corazón tiene que abrirse en la humildad de la mente, cuando la mente se cierra a toda idea del hombre y del demonio. El hombre tiene que trabajar en quitar su soberbia de la mente. La soberbia abre la mente del hombre al mundo del demonio; la humildad abre el corazón del hombre al mundo de Dios. Para ser humildes, hay que pisotear la mente, hay que despreciarla, no hay que vivir pensando como lo hacen los hombres. Hay que vivir con la Mente de Cristo, que es la Mente de Dios. Y Dios no tiene conciencia porque no puede pecar. Cristo no tiene conciencia porque no puede pecar. La conciencia es para el hombre pecador, no para el santo. El Santo es aquel que siempre hace la Voluntad de Dios. Siempre. Por eso, es necesario el purgatorio porque los hombres no saben hacer la Voluntad de Dios en sus vidas humanas, a pesar de tener una conciencia que les grita que no están haciendo lo que Dios quiere.

Este es el lenguaje del demonio: «que abran el pensamiento, la mente».

¡Cuántos siguen este lenguaje! ¡A cuántos católicos les gusta este lenguaje! ¡Lo usa Bergoglio constantemente: es un hombre con la mente abierta al mundo del demonio! ¡Un hombre con un corazón cerrado al mundo de Dios!

Abrir la mente es meterse en la conciencia psicológica. Y de ella inventarse la conciencia universal, personal, crística. Es la razón práctica que busca el dominio, el poder.

Cuando el hombre habla de abrir su mente, entonces se quiere poner la raíz del mal en el mismo pensamiento humano, los pensamientos negativos:

«Se han negado a Dios, y desconocen que los pensamientos y vibraciones de cada uno no se quedan en el ser, sino se expanden y van produciendo una cadena de energía que se tornará en su contra. Los actos humanos no se dan y desaparecen; las consecuencias de éstos, acumulan negatividad, la cual regresa con prontitud a derramarse sobre la tierra» (Luz de María – 26 de Agosto de 2012).

¡Cuántos se levantan todos los días para buscar un pensamiento positivo de la vida! Van en busca de la razón práctica: quiere conseguir con sus pensamientos que la vida les vaya bien. ¡Un absurdo! El hombre no decide con su pensamiento su vida. El pensamiento del hombre no es la vida del hombre. Por más que pienses la vida no te vas a salvar. Por más que medites en el cielo, no vas a ir al cielo.

La idea humana crea una energía: es la fuerza de la mente, es el poder de la mente, es el dominio de la razón: «Detrás de símiles concepciones está la convicción de que con el pensamiento positivista la razón en toda su pureza se ha apoderado del dominio».

El hombre está convencido de que con sus pensamientos puede arreglar el mundo: ten pensamientos positivos, no tengas negativos. El hombre quiere dominar el mundo con su mente, con su energía positiva, la que nace de sus pensamiento positivos. Son ideas que fluyen de la mente del hombre, de su boca. Estamos en el platonismo. La idea platónica: todo está en la mente: en cómo piensas, en cómo meditas, en cómo sintetizas tus ideas para crear una energía, una fuerza vital que ponga en marcha la conciencia universal.

Así hablan los falsos profetas. Y ¿qué hacen los católicos detrás de estos falsos profetas, detrás de una Luz de maría que es el atractivo del demonio para engañar a mucha gente que se cree sabia con su inteligencia humana?

«Reciban la luz divina con amplitud de conciencia y lo demás se les dará por añadidura» (Luz de María – 10 de octubre de 2013).

Pero, no dice el Evangelio: «Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás por añadidura» (Mc 6, 33). Entonces, ¿qué hacen leyendo a Luz de María, que es la luz del Maitreya? ¿A qué juegan con sus vidas espirituales?¿De qué les sirve el Magisterio, la enseñanzas de los Santos Padres, la doctrina de Cristo en Su Evangelio?

¿Es que la luz divina se recibe con una conciencia ancha, laxa? Dios da su luz para enseñar al hombre a formar su conciencia moral, no para ampliar su conciencia, sino para hacer de la conciencia del hombre un manantial de sabiduría para no pecar más.

Dios enseña, con su luz divina, a no pecar. Y, entonces el hombre tiene una conciencia recta, verdadera, no amplia, no laxa, no ancha.

Luz de María pone en la mente del hombre, la conciencia. Y, entonces, como hay que abrir la mente, hay que ampliar la conciencia. Consecuencia, enseña este disparate:

«….miremos los apegos y a la vez los desterremos, dando paso a esa luz divina que nos conduce a la conciencia crística, en donde lo humano es superado por el ser divino de donde procedemos». (Luz de María – 14 de abril del 2014).

Una vez que se amplía la conciencia, entonces lo humano queda superado por lo divino. Y eso es la conciencia crística: estar en donde lo humano es superado por lo divino. Hay que llegar a esa conciencia.

Y ¿qué enseña la teología?

La gracia supera al hombre, pero no lo anula. La gracia da una vida que no es del hombre, una vida que está por encima del hombre, pero no es una vida que anule la conciencia, la libertad, la mente del hombre.

Dios da la gracia al hombre para que pueda vivir dos vidas mientras está de paso. Mientras el hombre viva esta vida de prueba, el hombre no puede tener a la perfección la vida divina de la gracia. El hombre tiene que morir para vivir perfectamente en la vida de Dios. Y en esa vida divina el hombre está en lo divino. No es superado por lo divino, sino que es transformado en todo lo divino.

¿Ven hacia donde lleva un falso profeta? Hacia el descalabro más total.

Para hacer un juicio moral, la persona debe aprender lo que es el bien y el mal moral.

«Hacer el bien y evitar el mal», «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo hagas a otro», «la suprema deidad debe ser adorada», «las promesas deben ser guardadas», «los preceptos deben ser cumplidos»…, no es la conciencia moral. Son sólo principios universales de donde se deduce la moralidad de los actos, pero no son un juicio de la mente sobre una obra buena o mala.

Con estos principios, se deducen muchas verdades, que son universales, para todos, y se puede hacer muchos bienes: materiales, carnales, naturales, humanos, espirituales, divinos. Y también se realizan muchos males que los hombres cree que son buenos.

Estos principios universales no constituyen una conciencia universal: un pueblo bárbaro que siga el principio de rendir culto a la divinidad, aunque esta divinidad sea un demonio, no tiene una conciencia errada como pueblo, sino que cada hombre de ese pueblo tiene su propia conciencia errada en lo moral. Hay que formar a cada miembro del pueblo para que obren lo correcto, lo verdadero, lo cierto. Las diversas culturas no forman la conciencia colectiva del pueblo. Un hombre que conozca su cultura no tiene una conciencia moral. La conciencia moral se forma en la ley divina, en la sabiduría divina, no en la sabiduría de los hombres.

La Iglesia que sigue a un usurpador, como Bergoglio, significa que los miembros de la Iglesia no tienen la conciencia moral recta, sino errada en ese punto. Y es neceario formar esa conciencia moral de cada miembro con la verdad de lo que es un Papa en la Iglesia.

Los católicos que siguen a un falso profeta, como Luz de María, tienen una conciencia moral errada. Y debe ser formada si quiere salvarse dentro de la Iglesia. Porque los falsos profetas combaten contra la Verdad de la Iglesia y producen que las almas vivan para el pecado en su inteligencia humana.

Hay que «hacer el bien y evitar el mal», pero esto no es lo que salva ni santifica al hombre. No existe un bien universal ni un mal universal; no existe un bien cultural ni un mal cultural, porque la conciencia no es universal, no es colectiva, sino de cada hombre, es particular. Y lo que cada hombre obre en su vida privada, después, tiene sus efectos en la vida comunitaria. Según sea la conciencia moral de cada hombre, así será su obra en la familia, en la comunidad, en la sociedad, en el trabajo, en las diversas culturas de los pueblos… Y esa obra que se hace para todos, ese bien o mal común, tiene repercusiones en el orden moral, ya para el individuo, ya para la sociedad en la que se hace ese bien o ese mal.

Para salvarse, el hombre tiene que hacer el bien moral y evitar el mal moral. El hombre tiene que ponerse en el orden moral para encontrar el camino de la salvación. El orden humano no salva, no es camino. El orden natural es sólo para un camino natural; pero lo moral hace referencia a Dios, no al hombre, no a lo natural.

Se necesita la ley Eterna para una norma de moralidad. Pero hoy los hombres, con su razón práctica, la anulan. Y así la gente va buscando falsos profetas.

¡Cuántos hay que se van a condenar por seguir la conciencia ancha, la conciencia colectiva! ¡Bergoglio es Papa, entonces hay que obedecerle porque si no se va en contra de la conciencia eclesial, colectiva, universal! No existe tal conciencia. Sólo existe la conciencia de cada individuo. Y cada uno tiene que resolver por sí mismo: o aceptar a Bergoglio o rechazarlo. Pero no se puede seguir la opinión de la masa en la Iglesia. Eso es condenarse.

La conciencia es el juicio de Dios sobre las obras de los hombres

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

Francisco escondió la cruz porque su misión era la de confirmar a los hombres en sus pecados.

«Cuando los gentiles, que no tienen ley, cumplen naturalmente las prescripciones de la ley, sin tener ley, para sí mismos son ley; como quienes muestran tener la realidad de esa ley escrita en su corazón, atestiguándolo su conciencia con sus juicios contrapuestos que los acusan y también los defienden» (Rm 2, 14-15).

Los gentiles, que no cumplen con la ley divina, que ni siguen unos mandamientos de Dios, pero que cumplen, de una manera natural las leyes, son para ellos mismos una ley. Está hablando, San Pablo, de la conciencia del hombre, que todo hombre tiene en su interior, aunque viva en su pecado y sea un demonio.

Todo hombre siente en su interior una fuerza que le obliga a obrar algo, a cumplir una ley. Esa fuerza es la conciencia, es el mensajero de Dios, es el testimonio de Dios mismo, que penetra la intimidad del hombre y lo invita, con fuerza y con suavidad a la obediencia.

La conciencia es el espacio sagrado donde Dios habla al hombre, y a todo hombre: sea santo, sea pecador. Esa voz divina abre al hombre a la Verdad, pone un camino para que el hombre entienda que ha obrado mal y que debe corregir su acción.

Esa voz divina presenta juicios contrapuestos, es decir, juicios que acusan o defienden al hombre en su obra. Juicios que muestran la verdad o la mentira de lo que el hombre hace o piensa.

Esa voz divina es un juicio práctico, nunca es un juicio teológico, ni abstracto, ni filosófico… Es un pensamiento sobre la verdad o la mentira de la obra del hombre. Y es un pensamiento divino, no del demonio, ni del propio hombre. No es un pensamiento que nace de la inteligencia del hombre, de su meditación o síntesis cognoscitiva. No es una idea que pueda adquirir el hombre con su inteligencia. Ni es una idea que la ponga el demonio desde lo exterior. Es Dios quien habla al hombre. Y a todo hombre. Aunque ese hombre no tenga la gracia, no tenga un bautismo, haya dado su alma al demonio o esté para condenarse por sus pecados.

Dios habla siempre al hombre, porque Dios es el que ha creado al hombre y sabe lo que necesita, en cada instante de su vida. Y, por eso, le va guiando siempre en su interior, aunque exista una ley divina o una ley natural o leyes eclesiásticas, o unos dogmas que haya que cumplir.

Este juicio práctico es un juicio moral que Dios hace del hombre y de sus actos. Dios juzga a todo hombre en su conciencia. Dios siempre juzga los actos de los hombres. Dios nunca espera al Juicio final o a que el hombre muera y se enfrente, cara a cara, con el juicio de Dios sobre su vida. Todo hombre, desde que tiene uso de razón, escucha la voz de Dios en su interior, que le va juzgando en las acciones que obra en su vida. Lo va corrigiendo en todas las cosas, para que el hombre aprenda a obrar las leyes de Dios.

«El juicio de la conciencia es un juicio práctico, o sea, un juicio que ordena lo que el hombre debe hacer o no hacer, o bien, que valora un acto ya realizado por él. Es un juicio que aplica a una situación concreta la convicción racional de que se debe amar, hacer el bien y evitar el mal» (Beato Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 59). La conciencia del hombre es un dictamen interior, es aplicar la ley natural para un caso concreto, es una obligación moral de hacer lo que ese juicio le dice en esa circunstancia de su vida que el hombre siente. Y si no lo obra, siente, en su conciencia, el juicio opuesto, contrario. La conciencia le dice al hombre el bien que tiene que hacer; pero si el hombre no lo obra, entonces, le dice el mal que ha hecho en esa obra.

Por tanto, la conciencia no es algo que el hombre puede crear, puede inventarse. Es la misma voz de Dios que ilumina con un juicio: y ese juicio puede ser de condenación, según sea la obra de pecado del hombre. Es un juicio divino, que lleva, en sí mismo, o la condenación o la salvación del hombre. Dios, cuando juzga, o bien condena o bien salva. Pero nunca el juicio divino es indiferente. Dios nunca habla por hablar, para decir algo. Dios, cuando habla, es para mostrar un camino al hombre, es para guiar al hombre hacia la verdad de su vida, enseñándole lo que desagrada a Dios.

Este juicio práctico, moral, impera al hombre: le manda hacer algo o evitar algo. Y todo hombre tiene obligación de seguir su conciencia, actuar en conformidad con esta voz divina, con este imperativo para su vida. Pero este juicio de Dios sobre las obras de los hombres no establece, no pone las bases de la ley natural, sino que sólo afirma lo que esa ley dice. Este juicio no es una fuente autónoma para el hombre, en el que el hombre va bebiendo de sus juicios sin referencia a la ley divina y a la ley moral. La conciencia del hombre no crea la ley divina ni la ley natural, sino que es un juicio que afirma a todo hombre que tiene que obedecer una ley divina, una ley natural. Afirma la autoridad de Dios, la autoridad de la ley natural, para que el hombre la siga. Este juicio divino no dice nada nuevo al hombre, le recuerda siempre el bien y el mal absolutos.

Por eso, dice el Beato Juan Pablo II:

«(…) algunos han propuesto una especie de doble estatuto de la verdad moral. Además del nivel doctrinal y abstracto, sería necesario reconocer la originalidad de una cierta consideración existencial más concreta. Ésta, teniendo en cuenta las circunstancias y la situación, podría establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia, sobre el bien y el mal. Con esta base se pretende establecer la legitimidad de las llamadas soluciones pastorales contrarias a las enseñanzas del Magisterio, y justificar una hermenéutica creativa, según la cual la conciencia moral no estaría obligada en absoluto, en todos los casos, por un precepto negativo particular» (Veritatis Splendor, n. 56).

Este es el problema de los malcasados, que Kasper y Francisco se empeñan en aprobar. Porque ellos dos conciben la conciencia como una creación de la vida del hombre. Ya no es un juicio moral sobre los actos de los hombres, sino que es una decisión que el hombre tiene que tomar en su vida. Es decir, el hombre escucha su conciencia y elige lo que tiene que hacer. ¡Este es el error!. El hombre, que escucha su conciencia no tiene que decidir nada, sino que tiene que seguir el juicio de esa conciencia, que es un juicio divino, es un juicio práctico para una obra en concreto, es un juicio que le impera al hombre a obrar, no a decidir, no a crear algo nuevo.

Y, en este error se quiere legitimar el que los malcasados puedan comulgar. En este error, Francisco no juzga al homosexual, porque él entiende que el homosexual escucha una voz que le dice que puede elegir una vida u otra. No es una voz que le obligue a dejar su pecado.

La conciencia es el sagrario del hombre, en el que el hombre está sólo con Dios, escuchando sólo a Dios. Pero el hombre, en su conciencia no es libre para decidir según esa conciencia. El hombre sigue siendo libre para aceptar o no la voz de su conciencia. Pero, ante el juicio de Dios, el hombre no puede poner su juicio y decir que hace una obra porque así lo ha concebido con su conciencia.

El error de Kasper, de Francisco, y de todos los teólogos desviados, que son muchos, es decirle al hombre que decida según su conciencia. Éste es el error. Hay que decirle al hombre que actúe según su conciencia, no que elija una obra u otra. En la conciencia, Dios dice al hombre lo que tiene que hacer. Y el hombre, en su conciencia, está obligado a hacer lo que dice Dios. Si no lo hace, peca. El hombre, a pesar de esta obligación que siente en su conciencia, sigue siendo libre. La conciencia nunca ata la libertad del hombre, sino que le pone un camino de verdad a esa libertad. Si el hombre no sigue ese juicio, entonces, con su pensamiento humano pone un camino para la mentira.

Entonces, se quiere meter el pecado en la ley divina. Como existe un mandamiento divino: «no adulterarás»; pero también se da la conciencia del hombre, entonces hagamos que la conciencia del hombre sea fuente de la ley divina, cree una nueva ley, en aquellos casos pastorales que por el ambiente social, cultural, económico, etc., haya un conflicto de conciencia en la persona. Como la ley divina no sabe valorar las situaciones de las personas en los casos concretos, y sí lo sabe la conciencia de cada uno, entonces, hagamos ley la conciencia. Y este es el error: la persona, en su conciencia, decide lo bueno y lo malo en una situación concreta. Se tergiversa la noción de conciencia. Se adultera la ley de Dios.

La conciencia es un juicio, no es una decisión, no es una creación del hombre. Si se deja que los hombres decidan sus vidas según sus conciencias, entonces se produce el culto a la mente del hombre. Cada uno sigue lo que piensa, lo que cree oportuno en cada caso concreto. Por eso, si estás con un hombre o una mujer en adulterio, y por las circunstancias que sean no se puede dejar ese pecado, entonces –como la conciencia es ley para el hombre- el hombre puede elegir comulgar por su conciencia, porque así lo decide en su conciencia.

Este es el fondo del argumento de Kasper y de Francisco. Es la mente del hombre la que se inventa el dogma, el culto a Dios, la Eucaristía, la ley divina, la ley natural, etc. Es lo que el hombre decide. Ya el hombre no escucha a Dios, ni siquiera en su conciencia. Sino que el hombre, escucha esa conciencia y empieza a pensar otras cosas, y a decidir otras cosas.
Este es el mal que viene ahora a toda la Iglesia. Y esta enseñanza de Kasper es lo que enseña Francisco en sus encíclicas, en sus discursos, en sus declaraciones, en sus homilías, en todo.

Quien tenga dos dedos de frente, sabe que no puede seguir a Francisco en nada, y que lo que hay en el Vaticano, ahora, no es la Iglesia de Cristo, sino del Anticristo.

El bien y el mal está en los mandamientos divinos. Y el Señor enseña a todo hombre, en su conciencia, esa ley divina y natural. Y el hombre, que no sigue su conciencia, sino que va en contra de su conciencia, de muchas maneras, entonces comienza a darse culto a sí mismo, a sus pensamientos humanos, a sus obras, a sus conquistas en la vida. Y se va alejando de Dios, hasta construir un mundo, bueno para la mente del hombre, pero malo para su conciencia. Su conciencia, por ser el sagrario donde Dios habla, le va indicando que obra mal, pero el hombre ya decidió no seguir su conciencia, no seguir ese juicio que le impera, sino que toma ese juicio divino y le añade su juicio humano. Esta es la maldad que se quiere enseñar con Kasper y con Francisco. Es una aberración. Y quien obedezca a Francisco comete la misma aberración. Todo hombre escucha en su conciencia el juicio de Dios. Y la fe consiste en someterse al juicio de Dios. Quien no lo haga, peca en contra de la fe.

Francisco es un hombre sin Dios

cruces

«Espero lío. Que acá adentro va a haber lío, va a haber. Que acá en Río va a haber lío, va a haber. Pero quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera… Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos» (Francisco, 25 de julio de 2013).

La Iglesia es objeto de una verdadera revolución: la que rompe con la causa de Cristo, la que divide la Verdad que Cristo ha dado a Ella, la que pone al mundo de rodillas ante Satanás.

La revolución no reconoce antepasados, tradición, verdad, magisterio, sino que persigue el lenguaje nuevo, que los hombres se han creado: «Quiero que la Iglesia salga a la calle». La Iglesia es Cristo, ¿para qué quieres salir fuera de Cristo -a la calle-, donde no está Cristo? Respuesta: Para abrazar el mundo de Satanás.

La Iglesia está en un estado de revolución; y eso no sólo significa que existe un estado de ruptura con el pasado: el pasado es sólo una memoria, pero ya no una vida; el pasado es una mentira, pero no la Verdad que permanece. Eso, también, significa que existe un desprecio evidente de todo lo mejor que ha habido en el pasado, en la tradición, en el Magisterio de la Iglesia.

Observamos cómo Francisco y todo su gobierno horizontal, desprecia la verdad que viene por la Tradición: «quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad». Entonces, es necesario no salir a la calle. Si quieres que la Iglesia se defienda del mundo, no salgas al mundo. Si quieres que la Iglesia se defienda de la mundanidad, entonces ataca al mundo, lucha contra el mundo, da al mundo la Justicia de Dios. Para Francisco, la mundanidad significa que la Iglesia es mundana, que seguir la tradición, el dogma, el magisterio auténtico, es mundanidad. La Iglesia se ha encerrado en su mundo de dogmas: eso es la mundanidad para Francisco. Y, por eso, hay que luchar contra esa Iglesia llena de verdades dogmáticas, que no es capaz de ver las verdades que están fuera de Ella, en el mundo, en las demás religiones, en los masones, en la vida de cada hombre. El desprecio de la Verdad.

Francisco concibe la religión –y por tanto la Iglesia- como una especie de fraternidad del hombre con el Universo; es decir, la fe consiste en conservar los valores humanos: «Les invito a promover juntos una verdadera movilización ética mundial que, más allá de cualquier diferencia de credo o de opiniones políticas, difunda y aplique un ideal común de fraternidad y solidaridad, especialmente con los más pobres y excluidos» (Francisco, 9 de mayo de 2014).

Su comunismo, su ateísmo, su protestantismo es claro en la fe que profesa Francisco. Un hombre que no cree en Dios porque ha vaciado, en su mente, lo que es Dios. La palabra de Dios está vacía de todo su contenido, y queda desleída, difusa, para que se pueda acomodar al pensamiento de los hombres, a sus vidas, a sus obras, a sus empresas. Y, por lo tanto, Dios es una idea sin consistencia. Cristo es sólo un lenguaje humano para Francisco. La Iglesia es sólo una idea para el hombre, pero no es la Obra de Cristo.

«Por esta razón, a ustedes, que representan las más altas instancias de cooperación mundial, quisiera recordarles un episodio de hace 2000 años contado por el Evangelio de san Lucas (19,1-10): el encuentro de Jesucristo con el rico publicano Zaqueo, que tomó una decisión radical de condivisión y de justicia cuando su conciencia fue despertada por la mirada de Jesús» (Ibidem). Francisco, ¿acaso no sabes que Zaqueo, jefe de publicanos, cumplía a rajatabla la ley de Dios que imponía una pena a los ladrones (cf. Ex 22, 1), para así expiar su pecado; y, por eso, decía: “doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo le devuelvo el cuádruplo”? Zaqueo, cuando se encontró con Jesús vivía haciendo penitencia de su pecado, por haber estado robando a los hombres.

Y tú, Francisco, que haces de la Palabra de Dios tu negocio en la Iglesia, no te atreves a amonestar a esos gobernantes y ponerles la verdad de un hombre rico –como Zaqueo- que ha visto su pecado, se ha arrepentido de él y lo expía siguiendo la ley de Dios; sino que hablas sandeces, dices tus mentiras, hablas para engañar: «tomó una decisión radical de condivisión y de justicia».

¡Pobres almas en la Iglesia que se tragan las mentiras de Francisco como si se bebieran un vaso de agua! Ante un hombre así, que no vive para enseñar la Verdad a los hombres del mundo -no predica el Evangelio, sino que lo tuerce a su conveniencia humana-, vive para unirse a ellos y formar una nuevo orden mundial, una nueva iglesia universal; ante esto, es necesario despreciar –valientemente y en público- su pensamiento humano y toda su obra en la Iglesia, al frente de su gobierno. Desprecien a Francisco.

Hay que moverse hacia una ética mundial, donde no haya credos, verdades absolutas, opiniones de los hombres, donde no haya una política que gobierne, sino que todo sea un común, una idea común, un proyecto común para poder amar al hermano y solidarizarse con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que viven con dificultades.

Éste es el absurdo de Francisco: quiere amar al hermano sin un credo, sin una verdad, sin una ley divina, sin la ley natural. Zaqueo amó a los pobres expiando su pecado contra ellos. Los amó en la ley divina. Francisco no habla del pecado ni de la expiación. Sino quiere encontrar un ideal común, en lo más profundo de su mente humana, y hacer que todos los hombres se arrodillen ante él, ante la idea que él ha concebido del amor al prójimo.

¡Gran disparate en un Obispo! Pero, Francisco no es Obispo, sino que se viste de Obispo. Se parece, en su forma de vestir, a un Obispo. Entonces, no sólo es un disparate, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Cuando un hombre, que proclama ser el Papa y, por lo tanto, su palabra es infalible, -no puede dar la mentira ni el engaño-, cambia la Palabra de Dios para satisfacer a un mundo secular, entonces –abran los ojos- ese hombre no es el Papa, ese hombre no es un Obispo; ese hombre no habla como Papa; a ese hombre no hay que darle la obediencia, a ese hombre no se le puede creer, ni en lo que habla, ni en lo que obra en la Iglesia.

Ese hombre ha blasfemado contra el Espíritu Santo que enseña la manera de amar al prójimo en el Evangelio.

El amor al prójimo, el amor a los pobres, que Cristo enseña en Su Evangelio, no puede ser cambiado ni malinterpretado para acomodarlo al hombre, al mundo. Y esto es lo que hace Francisco todos los días y, sobre todo, cuando habla con los gobernantes del mundo: rompe la Verdad del Evangelio; divide la verdad, que es Cristo. Y pone su comunismo, su protestantismo, su idea humana, el valor del hombre por encima de Dios: «Jesús no pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, solo lo mueve a poner todo, libremente, pero inmediatamente y sin discusiones, al servicio de los hombres» (Ibidem).

Como Jesús no pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, entonces no hay que hablar en contra del mundo, ni de sus políticas, ni de sus obras. El mundo y el hombre son muy buenos. Las empresas mundiales son garantía para una vida de felicidad y de paz. Lo que hacen los hombres en el mundo está bien, pero…hay que darle un cambio… hay que dirigirlo hacia otro lado…hacia el bien común, hacia el ideal común, hacia el comunismo, hacia el humanismo: hay que servir a los hombres. Y es a los hombres, no a Dios.

Y, por eso, le encanta a Francisco decir su frase favorita: «Hoy, en concreto, la conciencia de la dignidad de cada hermano, cuya vida es sagrada e inviolable desde su concepción hasta el fin natural, debe llevarnos a compartir, con gratuidad total, los bienes que la providencia divina ha puesto en nuestras manos, tanto las riquezas materiales como las de la inteligencia y del espíritu, y a restituir con generosidad y abundancia lo que injustamente podemos haber antes negado a los demás» (Ibidem).

Ésta es su idea, que la dice todos los días:

1. La conciencia de la dignidad de cada hermano: esto es el protestantismo. Se tiene conciencia del pecado, que está en el alma. Y no existe otro tipo de conciencia en el hombre. No se da la conciencia social, la conciencia universal, la conciencia de lo humano, de lo fraterno, etc. Se conoce que el hombre tiene dignidad como hombre, pero eso no implica una obligación hacia el hombre. Cuando se habla de la conciencia se está refiriendo siempre al pecado que cada uno ha hecho y que grita en el interior de cada uno, exigiendo quitarlo. Por eso, muchos acallan su conciencia y siguen en su pecado. El que se arrepiente de su pecado, entonces hace caso de su conciencia. Ver a un pobre no es conciencia. La conciencia de la dignidad de un hombre pobre no existe. Existe la realidad: ese hombre vive en la pobreza. Pero nadie es culpable de esa pobreza. Es pobre por su pecado. Y no por otra cosa. Es pobre por el pecado de otros, que lo llevaron a su pecado. No se cae en la pobreza porque sí, por culpa de otros, de las circunstancias de la vida. Se cae en la pobreza porque hubo un momento en la vida en que esa persona creció en su pecado de avaricia, y su vida dio un cambio para mal, por no saben usar su dinero en la Voluntad de Dios, en la ley de Dios. A Francisco le encanta acusar a todos los hombres como culpables de la pobreza de los demás hombres. Es un acusador, como el demonio. El trabajo del demonio es acusar al hombre: «¿Acaso teme Job a Dios en balde?» (Job 1, 9). ¿Es que no tenéis conciencia de la dignidad de un ser humano, que pasa hambre por vuestra culpa, porque no le dais vuestro dinero?

2. El compartirlo todo con los hombres: esto es su comunismo. Como no existe el pecado, sino la conciencia de que hay pobres, entonces hay que repartir el dinero, los bienes materiales y espirituales, hay que darlo todo, hay que buscar el bien común, el bien que sirva para todos los hombres. Es hacer una limosna ciega, sin valor para el Cielo. Es sólo obrar cosas humanas, que gustan a los hombres. ¿A quien no le gusta que le den dinero gratis? Cuesta trabajar para ganar dinero. Cuesta esforzarse para recibir una bendición de Dios, porque hay que quitar el pecado, hay que trabajar en quitar el pecado. Pero, con Francisco, todo es gratis, todo es buscar un camino para compartir, para hacer vida social, para un nuevo orden mundial. Y, por eso, que los divorciados puedan comulgar, que los homosexuales se casen, que se bauticen a los hijos de las lesbianas…Hay que compartirlo todo sin discernir la Verdad. Se destroza la Iglesia.

Francisco ha destronado a Dios en su corazón y, por eso, trabaja para destronarlo de las almas, que todavía creen en Cristo, y de la Iglesia. Francisco coloca la idea del hombre en lugar de Dios: su ideal común de la fraternidad y de la solidaridad. Un ideal que no es el Evangelio, sino que nace de su ateísmo, de su negación de Dios, de su alejamiento de la Verdad, de su hipocresía en la Iglesia: vive como si fuera santo, y es un demonio.

Hay que defenderse de todo lo que sea instalación. El alma ya no tiene que vivir pisando las huellas de Cristo, poniendo su vida en la Vida de Cristo, instalando su corazón en el Corazón de Cristo. Ya Cristo no es el centro de la Vida, la seguridad de la existencia. Ya los problemas de la vida no se resuelven acudiendo a Cristo, por el camino de la Cruz, que Cristo marcó a todo hombre.

La vida tiene solución sólo instalándose en lo mundano, en la calle, en los hombres. Ahora, hay que tener en cuenta al hombre para darle un camino en la vida. Ya Cristo no es el camino, sino que el problema de cada hombre es el inicio de una nueva forma de pensar a Cristo y a la Iglesia.

Dios se reduce al humanismo; Dios queda humanizado. Y, por tanto, el hombre queda naturalizado. Lo natural es ser hombre, vivir para el hombre, ser solidario con los hombres, amar a los hombres, resolver los problemas de los hombres.: «les aliento a continuar en este trabajo de coordinación de la actividad de los Organismos internacionales, que es un servicio a todos los hombres» (Ibidem). Les aliento a seguir pecando en sus obras que hacen en la ONU. Trabajen para servir a los hombres. Sigan trabajando para seguir sirviendo a los hombres. Pero no ponga a Dios en medio de su trabajo. No hace falta. Porque ya Dios está en medio de todos los hombres. Ya a Dios nos lo inventamos cada día con nuestro trabajo.

Todo es el hombre. El hombre es, ahora, el que resuelve, el que dice, el que habla, lo que es Dios, los misterios divinos. Y es el que pone el camino a todo hombre. Para que los hombres se amen, busquemos un ideal común de fraternidad. Busquemos una idea en la que entren las demás ideas de los hombres, en las que se toleren las demás ideas humanas. Busquemos respetar al hombre, pero ya no a Dios.

Francisco abaja la Iglesia a sus pies humanos: él camina hacia el comunismo, hacia el protestantismo, hacia el ateísmo; así lleva a toda la Iglesia. ¿Todavía no tenéis inteligencia? Después de un año de fracaso tras fracaso, ¿no veis lo que es ese hombre? ¿Por qué no le pedís que renuncie a su falso gobierno en la Iglesia? Porque ¿está haciendo lo políticamente correcto? Porque ¿tiene que está ahí, entreteniendo a los hombres mientras se prepara la destrucción de toda la Iglesia?

Hay que defenderse de lo que sea clericalismo: entonces hay que defenderse de las ideas de Francisco que llevan al clericalismo. Francisco instrumenta la religión para poner su política, su comunismo en la Iglesia y en el mundo. Francisco trabaja para un fin político en la Iglesia. Trabaja para inmiscuirse en los asuntos públicos y profanos, para levantar un poder mundial en favor de los pobres, de los hombres sin dinero, de los marginados, de una clase social baja. Hay que defenderse de Francisco. Él siempre habla de lo que hace en la Iglesia. Pero habla de manera engañosa. Acusa a los que hacen clericalismo para poder él hacer el suyo libremente.

Pío IX condenó el liberalismo y el modernismo; León XIII atacó el capitalismo y el socialismo; San Pío X fulminó el modernismo. Porque hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Esto es lo que no sabe hacer Francisco. Y está construyendo el nuevo gobierno mundial, que es todo política. Es sumergirse en los gobiernos del mundo para encontrar un líder apropiado que tenga el ideal común para compartir todos los bienes con todos los hombres.

Francisco lleva al Anticristo porque es un hombre sin Dios; un ateo. Y, por eso, presenta una religión sin Dios: no creo en el Dios de los Católicos, sino que creo en todos los dioses; y un cristianismo sin Cristo: hay que servir al hombre, no a Cristo.

La iluminación de la conciencia

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“La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo profundo de su conciencia —afirma el concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado» (cf. Rm 2, 14-16)” (Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 54).

La iluminación de la conciencia es un juicio de Dios en cada hombre, sea pecador, sea un demonio, sea un santo.

Iluminar la conciencia es hacer que el hombre mire su maldad en él mismo, como Dios la ve en el alma de cada hombre.

Al hombre le cuesta seguir su conciencia porque vive en lo exterior de la vida, vive para lo humano de la vida, pero no vive para el corazón.

La conciencia pertenece al corazón, no a la mente del hombre. Y sólo se ve la conciencia cuando el hombre entra en su corazón y, por tanto, cuando el hombre sale de sus pensamientos.

El hombre ha perdido el sentido del pecado y, por tanto, el sentido de la verdad en su vida.

Y el hombre, en esta perdida, se pierde en infinidad de caminos en la vida que no tienen una puerta de salida, de esperanza, de bien.

Sólo el que lucha contra el pecado camina con esperanza en la vida.

Pero el que vive su pecado, el que vive poniendo su pecado como norte en la vida, entonces, nada tiene sentido y la vida acaba siempre en un absurdo.

El hombre, en la Iglesia, está a punto de obrar el mayor absurdo de todos: quitar el amor. Y si se rompe el amor, si se divide el amor, sólo queda el odio, los falsos amores, las mentiras que hacen caminar hacia la destrucción y la lucha entre los hombres, las guerras.

Y eso produce que la conciencia del hombre se ensanche, crezca, se amplíe, y, por tanto, el hombre no ve su conciencia, no atiende a su conciencia, no hace caso a su conciencia, porque vive para otras cosas que no alimentan el corazón.

Quien vive en el odio no ve su conciencia. Quien vive amando, entonces capta su conciencia, porque la conciencia está dentro del corazón, es el sagrario del hombre.

La Iluminación de la conciencia purifica a las almas para prepararlas a la Voluntad de Dios.

Y las purifica haciendo que el alma busque el perdón de sus pecados.

Y esto lo tiene que hace el Señor por la dureza de los corazones de muchas almas que han perdido el norte de la Verdad en sus vidas. Y sólo viven mirando sus vidas humanas, sus pensamientos humanos, sus obras humanas, sus caprichos humanos.

Y, cuando se mira lo humano ya no se mira lo divino.

Muchas almas no viven la ley divina ni la ley natural en sus vidas humanas, sólo viven la ley positiva, la ley eclesiástica o las diferentes leyes que los hombres ponen en sus gobiernos.

Y el corazón de cada persona sólo se rige por la ley divina, no por otras leyes, ni siquiera las positivas. Las leyes positivas son necesarias para explicar la ley divina o la ley natural, pero nunca una ley positiva, una ley humana, una ley eclesiástica tiene que ponerse por encima de la ley divina o de la ley natural, que todo hombre posee en su corazón.

Y muchas almas, tanto en la Iglesia como en el mundo, no ven sus conciencias, no ven la ley natural ni la ley divina, puestas en sus conciencias, en sus corazones, y sólo se rigen por las diferentes leyes, y eso oscurece la mente del hombre y toda su vida humana.

Y, por eso, ya muchos no ven el pecado, sino que buscan una ley, una razón para admitir el pecado y para llamarlo algo bueno o algo inevitable en el hombre, para ya no para luchar contra el pecado.

Y quien no lucha contra su pecado, tampoco lucha contra los pecados que se dan en sus familias, en los trabajos, en las sociedades, en el mundo, y eso produce un ambiente totalmente contrario a la Verdad. Y el hombre, caminado así, se pierde él mismo haciendo cosas buenas en la vida, pero no haciendo lo que su conciencia le dice, no obrando lo que su corazón le pide.

Y, por eso, es necesaria la iluminación de la conciencia en cada hombre de la tierra, porque si no es imposible que los hombres vuelvan a la Verdad, porque ya se han acostumbrado a vivir en su pecado, a dar culto a su pecado ante todos los hombres.

Eso es lo que se ve en la Iglesia con esa cabeza falsa regida por francisco y su gobierno central: exaltan su pecado en medio de todos y todos lo aplaude, lo justifican, luchan por seguir en su pecado en la Iglesia.

La iluminación de la conciencia es un milagro de Dios para que el hombre vuelva a la fe, a la Verdad, al auténtico amor divino. Todo milagro que Dios hace lo obra porque los hombres no creen, han perdido su fe, han perdido el norte de la Verdad. Ya no saben amarse. Ya la caridad se ha enfriado en todos.

Y, por eso, esa iluminación de la conciencia viene acompañada de muchas cosas en lo terreno: terremotos, tormentas, inundaciones, cambio en el clima, para purgar la tierra inundada por el pecado de los hombres, que ya se ha hecho habitual en la vida de los hombres.

Muchos ya se han olvidado de confesar sus pecados. Y viven sin la gracia del arrepentimiento. Y, por eso, viven pecando y amando su pecado. Y eso produce una tierra, un mundo lleno de pecados, de demonios. Y, en ese mundo, no es posible el Reino Glorioso de Cristo en la Tierra.

El hombre, con sus pecados, destruye la misma naturaleza que Dios ha creado. Y es necesario renovar, purificar ese naturaleza y hacerla otra cosa, según el plan de Dios.

Por eso, no hay que temer a lo que viene ahora. Es necesario si el hombre quiere salvarse e irse al cielo. Porque ya nadie comprende la doctrina de Cristo, ya nadie hace Iglesia como Jesús quiere. Ya todos han convertido a Cristo y a Su Iglesia en otra cosa muy diferente.

Por la apostasía de la fe y por todos los errores doctrinales que, durante 50 años se ha difundido por muchos sacerdotes, por muchos Obispos, por muchos fieles en la Iglesia, la única manera de unir en la Verdad a todos los hombres, para que todos sean uno, es por la iluminación de la conciencia de cada uno, es por un milagro.

El verdadero ecumenismo es un acto divino obrado en un milagro encircunstancias totalmente contrarias a la vida de los hombres. No es como los hombres piensa la unión entre ellos. Es como Dios lo quiere y en la forma que lo quiere y en el tiempo que lo quiere.

Si el hombre no quita su pecado no puede unirse a otro hombre en la verdad. Se unirá en la mentira, y eso es siempre odio y destrucción.

Y el grave daño que han hecho muchos miembros en la Iglesia durante 50 años no es posible quitarlo de una manera normal, según la gracia, según el Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y es necesario un milagro para que la Iglesia siga caminando en la verdad.

Muchos sacerdotes, muchos Obispos han dividido la Iglesia durante 50 años y, de tal manera, que ya nadie escucha la Verdad en la Iglesia. Nadie. Todos siguen sus verdades, las que fabrican sus inteligencias humanas. Y un ejemplo de ello lo tenemos en Francisco y todos sus seguidores. Quieren su iglesia, pero no quieren la Iglesia de Cristo. Por eso, quitaron a Pedro y, ahora van a quitar la Eucaristía y todo lo demás.

Por eso, hicieron lo que hicieron cuando Benedicto XVI renunció: siguieron sus leyes eclesiásticas, que favorecían a los mentirosos en sus pecados, y eligieron a un farsante, pero nadie siguió la ley divina que impide elegir a un Papa estando vivo el anterior.

Por poner la ley eclesiástica por encima de la ley divina, se ha producido en la Iglesia la mayor división y nadie puede quitar esta división. Sólo un milagro de Dios. La conciencia de muchos se ha eclipsado, se ha abierto de tal manera que no es posible quitarse la venda de los ojos sin un milagro.

Pero este milagro de Dios no puede darse ahora, porque nadie entiende nada, nadie busca la verdad.

Sólo cuando a los hombres se les despoje de toda su vida humana, de toda su comodidad en la vida humana, de todos sus apoyos humanos, y comience a buscar la Verdad en sus vidas, entonces se producirá el milagro, y Dios preparará a su pueblo hacia el Reino Glorioso de Su Hijo, que no es como los hombres piensan, porque no es posible que Jesús vuelva en carne, se pasee por el mundo como lo hizo hace 20 siglos.

El Reino Glorioso es otra cosa muy diferente. Pero, para comprenderlo, hace falta vivir del Espíritu y obra la Verdad que el Espíritu enseña al corazón.

El hombre se ha hecho un dios para sí mismo

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”Leemos en el libro del Génesis: «Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”» (Gn 2, 16-17). Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios” (Juan Pablo II -Veritatis Splendor, n.35).

El bien y el mal no están en posesión del hombre, no es fruto de su raciocinio, no se llega porque se obren cosas buenas en la vida, sino que sólo Dios dice al hombre lo que es el bien y lo que es el mal.

El mundo y la Iglesia se han olvidado de esta verdad que Dios revela al hombre. Y, por tanto, se dicen muchas cosas sobre el bien y el mal y todos yerran en eso.

“Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a dirigirse a lo que uno piensa que es el Bien. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo” (Francisco).

Francisco anima a la gente a ir hacia el bien que tiene en su pensamiento. Y, de esta manera, la persona se aparte de la Voluntad de Dios.

La persona tiene que decidir el bien y el mal acudiendo sólo a Dios, no a su pensamiento, no a las leyes de los hombres, no a nada humano o natural de la vida.

Quien no discierne la Voluntad de Dios en Dios, entonces hace de cualquier voluntad humana su dios.

El hombre, con su querer humano, hace su bien humano. Y, entonces, siempre se equivoca, porque el hombre, para hacer el bien tiene que preguntar a Dios ¿cuál es el bien que tiene que obrar en su vida?

Un mundo y una Iglesia sin discernimiento es lo que vemos actualmente. El mundo es claro que no discierne la Verdad porque: el Espíritu de la Verdad “no lo puede recibir el mundo, porque no lo ve ni lo conoce” (Jn 14, 17).

Pero en el mundo viven católicos con el Espíritu de la Verdad. Y esos católicos tampoco disciernen en el mundo ni el bien ni el mal que sólo Dios quiere. Y eso significa que esos católicos que viven en el mundo son del mundo, es decir, han perdido el espíritu de la Verdad. Son mundanos como los del mundo, sirviendo al espíritu del mundo.

El Espíritu de la Verdad da al hombre la obra que Dios quiere en su vida. Y esa obra es la que salva al hombre, la que lo santifica, la que lo hace caminar hacia el Cielo.

Pero es necesario que el hombre luche contra el pecado, contra el demonio, contra el espíritu del mundo. Y si no lucha, entonces no puede recibir el Espíritu de la Verdad.

Francisco quiere cambiar el mundo con su pensamiento. Según la mente del hombre conozca la maldad, entonces el hombre puede decidir hacer el bien para quitar esa maldad.

Esta idea de Francisco es la idea del demonio en su mente diabólica.

El demonio concibe el bien y el mal en su mente. No lo concibe en Dios. Ya no puede, porque se separó de Dios en su pecado.

El demonio fabrica con su mente caminos para el bien y caminos para el mal. Y eso lo pone en la mente de los hombres. Y los hombres caminan hacia el bien y hacia el mal según la mente del demonio, según las ideas que el demonio le vaya dando.

Por eso, aquel que no discierna sus pensamientos, los buenos y los malos, entonces no se pone en la Verdad. Porque el demonio pone muchos pensamientos buenos. Y no sólo hay que rechazar los malos pensamientos de la cabeza, sino también los buenos.

Dios no guía al hombre dándole buenos pensamientos. El demonio guía al hombre dándole buenos pensamientos. Quien no rechace sus brillantes pensamientos sobre la vida, sus perfectos pensamientos sobre la vida, sólo sigue al demonio en su vida.

El hombre no ha comprendido esta verdad, ni en el mundo ni en la Iglesia.

Es Dios quien decide lo que es bueno y lo que es malo. Y, por tanto, se necesita mucha oración y penitencia para captar de Dios lo que es bueno y lo que es malo para la vida humana de cada hombre en la tierra.

Como los hombres no hacen oración ni penitencia, entonces sólo se rigen por sus cabezas y siempre se equivocan en todo, aun en las cosas divinas, sagradas y santas de la Iglesia.

Francisco enseña a seguir al demonio en la vida humana y en la vida espiritual. Es un hombre que no discierne la Verdad porque no sale de su pensamiento humano. No puede salir. Para él el bien y el mal lo inventa su mente humana. No hay que ir a Dios para comprender ese bien ni ese mal.

Con este pensamiento herético de Francisco se destruye lo más fundamental en la persona: su libertad.

La persona que mire su mente para entender el bien o el mal en su vida queda esclava de su mente, de sus ideas, de sus razones, de sus planes en la vida. Y, por tanto, ya no es libre para obrar la Verdad en su vida, no es libre para seguir al Espíritu de la Verdad, porque sólo sigue a su pensamiento humano.

Y una persona que es esclava de su mente, de su filosofía en la vida, hace de su vida un culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres, a la razón del hombre.

Y quien da culto al hombre ya no da culto a Dios en su vida. La persona no puede adorar a Dios en Espíritu y en Verdad, no puede salir de ella, de su mente humana, para seguir al Espíritu, sino que se queda encerrada en su mente humana y ahí sólo encuentra la adoración a sí misma, en su pensamiento humano. Y la persona se hace un dios para ella misma.

Esto es Francisco: él mismo es dios para sí mismo, porque quiere arreglar el mundo, que sólo le pertenece al demonio, con su mente de hombre.

No se puede comulgar con Francisco. No se puede obedecer a Francisco. No es posible la unión espiritual con Francisco. Y, por tanto, como Francisco es jefe de la Iglesia, no es posible unirse a ningún Pastor, a ningún sacerdote, a ningún Obispo, que se una a Francisco, que comulgue con Francisco.

Por eso, es imposible la obediencia a una cabeza en estos momentos en la Iglesia. Imposible. Sólo se puede obedecer a Cristo Jesús, que sigue siendo el Rey de la Iglesia, y que no engaña a nadie con sus pensamientos.

La situación en la Iglesia es muy grave. Y no estamos para jugar al ratón y al gato. No estamos para escondernos de esta realidad.

Muchos viven en la Iglesia con una venda en sus ojos y no son capaces de discernir nada en la Iglesia. Y hay muchos sacerdotes católicos y Obispos con esta venda en sus ojos, porque ya han perdido la fe, no sólo en la Palabra de Dios, sino en la Iglesia, en la Obra de Jesús en el mundo, en medio del mundo.

Y, por tanto, están haciendo de la Iglesia la división propia de ser cabezas de la Iglesia sin el Espíritu de la Verdad, que enseña lo que está bien y lo que está mal en la Iglesia. Y son ellos los que dirigen a las almas, a las ovejas, a la condenación a pensar como piensa el demonio y a seguir en la Iglesia la mente del demonio.

Francisco y sus seguidores es lo que hacen en la Iglesia: condenar a muchas almas por su falsa doctrina sobre el bien y sobre el mal.

Y muchos fieles en la Iglesia se condenan porque sólo están en Ella para comulgar, para recibir la Eucaristía. Y no les interesa otras cosas sino eso. Y, por tanto, se tragan cualquier mentira de cualquier sacerdote y Obispo que predique bonito, pero que no dé la Verdad, que no dé el Espíritu de la Verdad.

Muchos sacerdotes y Obispos predican con el espíritu del mundo, con el espíritu del demonio, con el espíritu propio de Satanás: la soberbia.

Así estamos en una Iglesia que no sirve sino sólo para condenar a las almas. Por eso, hay que salir de Roma cuanto antes. Antes de que de venga el gran castigo: el falso Profeta que combatirá al Profeta que ponga ese momento el Cielo para ese tiempo.

Un tiempo cumbre para todos en que hay que elegir sin retorno, sin arrepentimiento, sin posibilidad de volver atrás: o el Profeta de Dios o el falso Profeta del demonio.

Y quien siga al Profeta de Dios, entonces, verá el camino de la Iglesia. Pero quien siga al falso Profeta, entonces tendrá lo que persigue: al Anticristo. Y sólo le podrá servir a él y adorarlo como dios.

Quien no discierne el bien y el mal en Dios se hace un dios para sí mismo.

La conciencia de ser Iglesia

La conciencia de ser Iglesia se ha perdido ya en la Iglesia.

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“Vosotros sois el Cuerpo de Cristo, y cada uno es un miembro” y, por tanto, la Iglesia es un Cuerpo, no es un conjunto de hombres.

La Iglesia está formada por miembros de un Cuerpo. No son hombres que se unen para formar algo.

La Iglesia tiene una Cabeza: Cristo Jesús, el cual posee Su Cuerpo.

Cristo Jesús es Dios y, por tanto, reina como Dios en Su Iglesia.

Cristo Jesús no reina como hombre, con pensamientos humanos, con planes humanos, con verdades humanas a Su Iglesia.

Cristo Jesús reina Su Iglesia con el Pensamiento de Su Padre, que es la Verdad en la Iglesia.

Esta es la conciencia que se ha perdido en la Iglesia.

Los hombres, en la Iglesia, gobiernan con la mente de los hombres. Eso significa el gobierno horizontal. Y, por tanto, los hombres en la Iglesia solamente obran lo humano en Ella y la conducen hacia las fuentes de lo humano, hacia el progreso de los hombres, hacia la vida de los hombres. Y eso produce la aniquilación de la Iglesia porque se renuncia a la Verdad, que hay que buscarla en el Pensamiento de Dios.

Pedro es el que recibe en la Iglesia la Mente de Cristo, el que recibe la Verdad, que es Jesús.

Si se ha expulsado a Pedro de la Iglesia, nadie está capacitado para recibir esa Mente en la Iglesia. Nadie. Porque los demás en la Iglesia están sometidos a la mente de Pedro. Tienen que obedecer a Pedro para dar la Verdad en la Iglesia.

Cristo Jesús sólo se da a Su Vicario en la Tierra. Y a nadie más en la Iglesia.

El Vicario de Cristo en la Tierra es el que edifica la Iglesia dando la Mente de Cristo a toda la Iglesia. Y, por tanto, toda la Iglesia tiene conciencia de Su Cabeza Invisible, que es Cristo Jesús.

Se quita al Vicario de Cristo, la Iglesia pierde esa conciencia totalmente. No hay nadie que enseñe en la Iglesia la Mente de Cristo, no hay nadie que imite a Cristo en la Iglesia, nadie que obre las Obras de Cristo en la Iglesia. Porque la vida de Cristo no es un recuerdo, sino algo real y permanente en el corazón que vive de fe en la Palabra.

Para Francisco, Cristo y su vida es una memoria que hay que traer al presente y vivirla de acuerdo a las circunstancias de los hombres en sus vidas. Y con este pensamiento, Francisco anula la vida de Cristo en la Iglesia, anula la Mente de Cristo en la Iglesia, anula la Gracia que da Cristo a la Iglesia para obrar lo divino en Ella.

Se ha perdido la conciencia de ser Iglesia en Cristo, en Su Cabeza. Esta es la única Verdad que nadie ha comprendido ahora. Nadie. Porque todos han sido engañados por una falsa cabeza.

“Hay pastores a quienes les gusta que les llamen pastores, pero que no quieren cumplir con su oficio” (San Agustín – Sermón 46, 1-2).

Eso es Francisco y los que se unen a él, que son muchísimos en la Iglesia. Y, por tanto, dirigen la Iglesia hacia los pastos del mundo, no hacia el alimento espiritual, que da Cristo Jesús en la Iglesia.

¿A quién le interesa una Iglesia que sólo se centra en combatir al ídolo dinero y no combate contra el demonio que trae la avaricia a los corazones?

¿A quién le interesa una Iglesia para alimentar a los pobres, para cuidar a los enfermos, para dar trabajo a lo jóvenes?

¿A quién le interesa una Iglesia que se ha olvidado del camino para ser santos en la vida humana y que sólo su afán es ser buenas personas en lo humano?

¿A quién le interesa una Iglesia que sólo habla de las calamidades que se dan en el mundo, pero que no habla de los problemas espirituales que el mundo tiene por estar sometido al demonio y al pecado?

¿A quién le interesa una Iglesia que se desvive para aparentar ser buena para el mundo cuando se destrozan diariamente las almas dentro de Ella, porque nadie les da el alimento espiritual que necesitan?

Esta es la iglesia que se ha formado en Roma: una estatua de la Iglesia de Cristo: un vivir de cara a los hombres, para agradarles en todo. Y eso es fruto de la falsa cabeza que rige la Iglesia.

Esa falsa cabeza no puede dar la Mente de Cristo, porque no cree en Jesús, no cree en la Santísima Trinidad. No cree. Francisco mismo lo ha expresado en sus declaraciones y en sus homilías.

Y, entonces, se produce el cisma: un gobernante falso en la Iglesia que divide la Iglesia. Y produce la aparición de la falsa Iglesia.

“¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores?”

Francisco se apacienta a sí mismo, pero no a las ovejas. Da en la Iglesia su obsesión: el dinero. Y todo gira alrededor del maldito dinero. Y Cristo fue muy claro con el dinero: “Dad al César lo que es del César, a Dios lo que es de Dios”.

El dinero: para los hombres, porque es el invento de los hombres. A Dios: la adoración, porque cada alma en la Iglesia si no adora a Dios en Espíritu y en Verdad, que se vaya a otro sitio a hablar del dinero y de los problemas en el mundo.

Francisco nunca dará a la Iglesia el camino de la santidad de la vida, sino que siempre pondrá ante lo hombres los problemas que tienen en sus vidas, para que se preocupen por ellos y que nadie les resuelva nada, porque no hay un gobierno en el mundo que quite los problemas humanos a la gente, sino que todos los gobiernos llenan de problemas, cada día, a la gente.

Esto lo sabe cualquiera, menos Francisco. Por eso, la predicación de Francisco es un gran absurdo en la Iglesia y en el mundo. Habla para contentar a todos, menos a él. Él quisiera renunciar a estar sujeto a la Verdad en la Iglesia, para vivir su mentira en la Iglesia.

“¿Quiénes son esos que se apacientan a sí mismos? Los mismos de los que dice el Apóstol: «Todos sin excepción buscan su interés, no el de Jesucristo» (San Agustín – Sermón 46, 1-2).

Se ha perdido la conciencia en la Iglesia porque los jefes de la Iglesia, los Pastores, sólo buscan en la Iglesia su propio provecho: cómo tener un puesto de poder en la Iglesia y cómo tener el bolsillo repleto de dinero.

Y, por eso, mienten a las almas y les dan un camino fácil en la Iglesia que les lleva a la condenación eterna.

“¿Dónde pastoreas, pastor bueno, tú que cargas sobre tus hombros a toda la grey” (San Gregorio – Comentario al Cantar de los Cantares, cap. 2).

El verdadero Pastor de la Iglesia carga con los pecados de sus ovejas, para expiar esos pecados, para purificar la Iglesia de esos pecados y para hacer de la Iglesia el jardín de Cristo.

Pero no se ven esos pastores en la Iglesia porque ya, desde hace mucho tiempo, sacerdotes y Obispos han renunciado a la verdad de hacer oración y penitencia por toda la Iglesia.

No hay expiación de los pecados en la Iglesia. Se ha perdido esta conciencia, porque sus pastores viven para su egoísmo en la Iglesia, para su interés personal, privado en la Iglesia.

“Es necesario que el hombre de hoy se dirija nuevamente a Cristo para obtener de él la respuesta sobre lo que es bueno y lo que es malo. Él es el Maestro, el Resucitado que tiene en sí mismo la vida y que está siempre presente en su Iglesia y en el mundo. Es él quien desvela a los fieles el libro de las Escrituras y, revelando plenamente la voluntad del Padre, enseña la verdad sobre el obrar moral. Fuente y culmen de la economía de la salvación, Alfa y Omega de la historia humana (cf. Ap 1, 8; 21, 6; 22, 13), Cristo revela la condición del hombre y su vocación integral” (Veritatis Splendor, n.8).

El hombre tiene que poner los ojos en Cristo si quiere entender la vida que ahora le presenta Roma.

Porque si el hombre se deja llevar por lo que Roma plantea sobre la Iglesia y el mundo, el hombre se pierde en la finitud y en el absurdo de los pensamientos humanos.

Francisco no cree en el bien y en el mal. Sólo cree en lo que su razón fabrica sobre el bien y el mal. Y, entonces, ¿qué hace en la Iglesia?: Gobernarla hacia el error siempre.

Francisco ha anulado la Mente de Cristo al colocar en la Iglesia el gobierno de muchos hombres, que inutiliza el gobierno de uno solo, que es Pedro.

Y en el gobierno de muchos hombres se dan muchos conceptos sobre el bien y sobre el mal. ¿Y cómo se quiere dar un camino de santidad a las almas si los pastores no tienen claro lo que es el bien y lo que es el mal? En estos absurdos cae Francisco siempre como gobernante.

La Iglesia entera tiene que volver a mirar a Cristo para tomar conciencia de lo que es Ella misma: el Cuerpo de Cristo.

Y esa conciencia la llevará a obrar lo que quiere Su Cabeza en ese Cuerpo. Y esa obra es lo que la Iglesia tiene que dar al mundo. Esa Obra de Cristo en Su Cuerpo.

Los miembros del Cuerpo sólo tienen que obrar la Mente de la Cabeza para ser Iglesia, para formar la Iglesia.

Y aquel miembro que renuncie a la Cabeza, renuncia a ser Iglesia y a formar la Iglesia.

Francisco renunció a la Cabeza de la Iglesia, que es Cristo Jesús, al hacer tres obras heréticas:

1. aceptar ser Pedro sin la vocación, sin el llamado divino; sólo por elección de los hombres en la Iglesia;

2. poner en la Iglesia el gobierno de muchos que crea la primera división en la Iglesia;

3. dar a la Iglesia, con su gobierno, el camino para producir el cisma en Ella.

Esto es la Iglesia, ahora mismo. Una Iglesia dividida que no sabe lo que quiere, que no tiene un camino definido, que tiene todas las puertas cerradas hacia la Verdad y abiertas para que entre toda la mentira en el interior de la Iglesia.

La Iglesia, como Cuerpo, tiene sus días contados. Se cumplen los tiempos en que Roma es la ruina de toda la Iglesia y de todo el mundo.

Nueva Era en Francisco

NUESTRA SEÑORA DE FÁTIMA- INMACULADO CORAZÓN

La conciencia es el sagrario de Dios, es decir, un estado del alma en que Dios da a la mente un conocimiento del mal que ha hecho. Dios, en la conciencia del alma, no le da un conocimiento del bien, porque la conciencia no es el corazón del hombre. En el corazón está el bien divino. Si el corazón está cerrado a Dios, la persona no puede hacer el bien divino. Hará bienes humanos, hará obras humanas, pero no hará la Voluntad de Dios. Para hacer la Voluntad de Dios, el hombre tiene que mirar su corazón, no su mente, y entonces acertará en su vida con lo que Dios quiere.

Cuando el hombre no mira su corazón, entonces está expuesto para cometer un mal. Y si obra un mal, Dios lo corrige en su conciencia, no en el corazón. Si el corazón está cerrado a Dios, el hombre no puede entender el mal si Dios le diera ese conocimiento en su corazón. Porque el hombre, al cerrarse a Dios, se abre al mal, entonces Dios le ayuda a entender ese mal en su conciencia.

Esto sólo es la conciencia. Si la persona busca su conciencia cuando comete un mal, entonces la persona ve su pecado y pone un camino para salir de su pecado. Pero si la persona no busca su conciencia, entonces sigue en su pecado y hace que su conciencia se desfigure, se ensanche, se amplifique para no captar el mal que Dios le hace comprender. La persona peca, pero no quita su pecado. Entonces su conciencia se vuelve laxa, amplia, porque el pecado empieza a tomarlo como un bien, como un valor en su vida. Si no pasa su vida sin hacer caso de sus pecados, sin quitarlos su pecado, entonces su conciencia llega al punto de desaparecer. Vive sin conciencia de su mal. Vive sólo para su mal. Y eso le imposibilita convertirse.

Entonces, cuando Francisco dice: “La conciencia es el espacio interior de la escucha de la verdad, del bien, de la escucha de Dios” (30 de junio), está dando la definición de conciencia que se tiene en la Nueva Era.

Para la Nueva Era, la conciencia es ponerse en contacto con ese yo interior, con ese espacio interior para ver su realidad, su verdad, sus pensamientos, sus emociones, su relación con Dios, y así llegar a una armonía con su ser.

Es lo que predica Francisco: “es el espacio interior”. Y en ese espacio interior hay muchas cosas: se escucha la verdad del pensamiento, se escucha el bien de las obras realizadas, se escucha a Dios en todas las cosas que rodean a la persona.

Y Francisco dice: que Dios, en la conciencia, “habla a mi corazón y me ayuda a discernir, a comprender el camino que debo recorrer”. Francisco confunde conciencia con corazón. Son dos cosas diferentes. Dios habla el bien en el corazón, pero habla el mal en la conciencia.

Y, por eso, enseña Francisco que Jesús fue a la Cruz por “una decisión tomada en su conciencia”. La decisión de ir a la Cruz no proviene de la conciencia, porque ir a la Cruz es un bien, no un mal para Jesús. La decisión de ir a la Cruz viene de Su Corazón, que estaba unido al Padre en el Espíritu.

Francisco no enseña esta verdad porque da su mentira, que ha cogido de la Nueva Era. Y, por eso, sigue enseñando el error cuando habla de la libertad para seguir a Dios: “Y ¿dónde se consigue esta libertad? En el diálogo con Dios en la propia conciencia. Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe escuchar a Dios en su propia conciencia no es libre”.

La libertad no está en el diálogo con Dios en la propia conciencia, porque la libertad es un don de Dios, independientemente de la conciencia. La libertad es para elegir un bien o un mal. La conciencia es sólo escuchar el mal que hice y que Dios me recrimina. Si hago caso de esa voz, entonces elijo el bien y rechazo el mal. Si no hago caso de esa voz, entonces sigo en el pecado.

No se puede decir esta barbaridad: “Si un cristiano no sabe hablar con Dios, no sabe escuchar a Dios en su propia conciencia no es libre”, porque la libertad del hombre no está condicionada por la escucha de Dios. Si no se escucha a Dios, el hombre sigue siendo libre.

Y sigue Francisco: “hombres y mujeres de conciencia – con conciencia libre, porque en la conciencia tiene lugar el diálogo con Dios – hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios y de seguirla con decisión”.

Francisco no apela al corazón del hombre y de la mujer, no dice: hombres y mujeres de corazón. Sino que pone el acento en la conciencia. Y aquí sigue a la doctrina de la Nueva Era: “El hombre es libre cuando en su conciencia llega a ese estado en que se ve su mismo ser y esto le produce la armonía con todo su entorno”. Francisco apela a la conciencia libre de las personas en que se han despojado de los impedimentos para seguir la voz de Dios y ya lo siguen con decisión, con valentía, con coraje en la vida.

Por eso, Francisco enseña a los ateos: “Escuchar y obedecer a la conciencia significa decidir ante lo que se percibe como el bien o como el mal. Y sobre esta decisión se juega la bondad o la maldad de como actuamos”. Escuchar la conciencia no es decidir nada. Es sólo ver el mal que se ha hecho. Una cosa es ver el mal, otra cosa es decidir sobre el bien y el mal. Yerra siempre en lo mismo, porque no sabe definir la conciencia, por su error que toma de la Nueva Era.

Y, entonces, cae en este error: “la cuestión para quien no cree en Dios es obedecer a su propia conciencia”. El que no cree en Dios, tiene en su conciencia la voz de Dios que le dice su mal. El que no cree en Dios no puede obedecer su conciencia porque no cree en su conciencia, sino que sólo cree en su pensamiento. Para que el ateo salga de su error, de su pecado, tiene Dios que mostrarle de otra manera el camino para salir de su pecado, para ver su pecado. Porque el que no cree en Dios ha ampliado, de tal modo su conciencia, que ya no hace caso de su conciencia. Sólo hace caso de su mente incrédula.

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La armonía es un sentimiento divino que hace que el corazón se una íntimamente a Dios en el Amor. La armonía es un don divino al alma para la contemplación de Dios. Es poner al alma en la paz del corazón para que pueda ver la acción de Dios en todas las cosas. Y, por tanto, la armonía es el fruto del amor divino en el corazón. La armonía no se alcanza con sentimientos humanos o con amores humanos o con obras buena humanas. Es la enseñanza del amor divino al alma para que aprenda a reconocer los dones de Dios.

Francisco enseña: “La Iglesia es la armonía de todos: ¡nunca hablar mal entre sí, nunca pelear!”(9 de octubre). Y se está refiriendo a lo que la Nueva Era dice sobre la armonía y la unidad en el ser.

La armonía, para la Nueva Era, es la unificación de muchos para lograr algo bello y positivo, llegando a un orden interno en todas las cosas para ser uno en todo.

Francisco no habla del pecado de lengua, o de la falta de respeto hacia los demás. Francisco habla de la armonía, de la conciencia que todos deben tomar para ser uno, quitando sus diferencias, escondiendo sus diferencias, no haciendo caso de sus diferencias. Francisco no enseña a quitar el pecado, sino a buscar un camino para que todos estén bien en la Iglesia y formen una armonía, aunque tengan sus pecados.

Por eso, pone la imagen de una sinfonía: La Iglesia es “como una gran orquesta que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía”. Porque, para la Nueva Era, las palabras son sonidos y los sonidos deben ser sonidos de Paz y de Amor. En la Iglesia se deben escuchar esta voces, estos sonidos para alcanzar la armonía. Y, por eso, concluye Francisco: “¿Sabemos vivir la armonía en nuestras comunidades, aceptando al otro con sus diferencias, o tendemos a la uniformidad?”.

Para Francisco una comunidad se hace aceptando las diferencias de los demás, pero nunca diciendo los pecados de los demás. No se da la corrección fraterna. Y, entonces, se busca una paz entre guerras, porque no se quita lo que impide la paz, que es el pecado. Es un paz falsa, una armonía falsa, en que hay que soportar el pecado del otro para llegar a esa armonía.

Nunca Francisco va a apelar al pecado para formar el Cuerpo Místico de Cristo. Para ser Iglesia en la armonía divina es necesario quitar el pecado, es necesario no juntarse con las almas que pecan, porque impiden el amor de Dios y, por consiguiente, la armonía que lleva a Dios.

Para Francisco el Espíritu Santo es “un apóstol de Babel pero por otro lado es el que genera la unidad de esta diferencia. No en la igualdad sino en la armonía”. Ya no es el Espíritu que convence del pecado, que da la justicia. No es sólo el Espíritu que une a muchos pecadores en una falsa armonía, porque nadie se fija en su pecado, sino sólo en darse un amor fraterno, un cariño de sentimientos humanos, un estar bien entre todos.

Francisco enseña la Nueva Era en sus homilías. Y nadie se da cuenta porque dice palabras muy tiernas, muy amables, que gustan a todo el mundo. Y a los hombres que se les cae la baba con las falsas palabras de Francisco, les va a costar renunciar a lo que viene porque viven inmersos en sus pensamientos bellos y positivos, sin preocuparse de atender el mal que está a su alrededor y que ya no ven en su conciencia porque la han ensanchado, de tal manera, que viven sin conciencia, sólo para el disfrute de sus pecados.

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