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Bergoglio es sólo tiniebla para toda la Iglesia

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«Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados…» (Mensaje a Cáritas en Roma)

Tocar la carne de Cristo, que está presente en los necesitados: ésta es la principal herejía de Bergoglio.

«Es el misterio de la carne de Cristo: no se comprende el amor al prójimo, no se comprende el amor al hermano, si no se comprende este misterio de la Encarnación. Yo amo al hermano porque también él es Cristo, es como Cristo, es la carne de Cristo. Yo amo al pobre, a la viuda, al esclavo, a quien está en la cárcel… Pensemos en el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados: Mateo 25. Amo a todos ellos porque estas personas que sufren son la carne de Cristo, y a nosotros que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo. Ir a las periferias, precisamente donde hay tantas necesidades, o hay —digámoslo mejor— tantos necesitados, tantos necesitados…» (Caserta, lunes 28 de julio 2014).

Bergoglio anula el culto a Dios en Jesús, para poner el culto al hombre: «yo amo al hermano porque…es la carne de Cristo»…«Amo a todos ellos… que sufren… porque… son la carne de Cristo»… «(los) que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo».

La carne de Cristo es la naturaleza humana de Cristo. Es la propia del Verbo Encarnado. Todo hombre, engendrado de mujer, tiene una carne, que es suya propia. Carne que pertenece a la naturaleza humana, pero es de cada hombre.

En el Misterio de la Encarnación, el Verbo asume una naturaleza humana, pero no asume a todo hombre.

Ésta es la herejía de Bergoglio: en ese misterio se asume a todo hombre. El hombre queda divinizado en la carne. Por eso, Bergoglio puede decir, según su herejía, la idolatría:

«Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que cuando entra el Señor».(Mensaje a Cáritas en Roma)

Su herejía le lleva a la idolatría. La idolatría es el culto al hombre. Es decir, es anular el culto a Dios. Es interpretarlo de una manera humana, con un lenguaje apropiado, lleno de errores, de oscuridades, en donde sólo el amor al hombre está presente.

Es habitual en Bergoglio hablar de muchas cosas, tratar muchos temas y no centrarse en el culto a Dios, en la adoración a Dios. Su hablar siempre hace referencia a su principal herejía: tocar la carne de Cristo en los hombres.

Todo hombre, para Bergoglio, es dios, es santo, es justo, es bueno. Al igual que todo lo creado. Todo participa de Dios, pero no por la gracia, no por la Presencia Omnipotente de Dios en todo lo creado, sino porque realmente las cosas son divinas.

Es su herejía del panenteísmo, que se ve en la fraternidad:

«Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Es la fraternidad, es esa relación entre los hombres por tener una misma naturaleza humana, por compartir el mismo origen, por tener la dignidad de persona humana, la que crea una red de comunicación, de relaciones entre los hombres.

Para Bergoglio, Dios  «creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la propia plenitud» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, 27 de octubre de 2014).

Bergoglio anula la Omnipotencia de Dios en el acto creador y el atributo de su Perfección, poniendo en todo lo creado un evolucionismo, que va desarrollando todas las cosas hacia su perfección, hacia su plenitud, de acuerdo a unas leyes internas. Dios no crea las cosas perfectas, sino de un modo imperfecto. No tiene ese poder para crearlo todo en su plenitud: «Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así» (Ib).

Por eso, cuando habla de la fraternidad, está hablando de una ley interna que Dios ha puesto en el hombre cuando lo ha creado. Y esa ley interna de la fraternidad lleva al hombre hacia su plenitud.

La familia humana nace de la fraternidad original. Este es su panenteísmo: la imagen y semejanza de Dios, en la creación del hombre, la tiene todo hombre, gracias a la fraternidad.

Adán y Eva crearon la primera fraternidad: «Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Adán y Eva no concibieron la primera fraternidad: no pudieron concebir hijos como Dios lo quería. Los concibieron en el pecado de Adán, por la astucia de Eva, engañada por el demonio. Luego, los hijos que tienen no pueden ser fraternales. No son hermanos y hermanas como Dios los quería. Vienen de la misma carne y sangre, pero no del Espíritu.

Y «lo que nace de la carne, carne es» (Jn 3, 14). Caín y Abel son carne. No tienen el Espíritu de Dios. Luego, no pueden amarse en Dios, según el amor de Dios. Consecuencia, es necesario que uno mate al otro, porque si no hay amor de Dios, tampoco hay amor al hermano, es imposible obrar este amor.

Esta verdad es la que niega constantemente Bergoglio. Porque él se centra en su idea de la fraternidad, como ley interna que lleva a la plenitud a todo hombre. Por esa ley interna, Adán y Eva conciben hijos fraternales, hijos que son hermanos.

Y el pecado de Caín es un error al pensamiento de la fraternidad: «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos» (Ib). Su pecado no es una ofensa a Dios, sino un rechazo a la vocación de ser hermanos, un rechazo a la ley interna de la fraternidad, que rige en todo hombre, la cual le lleva a su plenitud.

Esta vocación la renueva Cristo en el misterio de la Encarnación. Quien cree en Cristo, entra de nuevo en la fraternidad: «Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana» (Ib). La obra de Cristo es, para Bergoglio, volver al origen de la primera fraternidad. Y, además, se hace eso por medio de un imperativo: «El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión» (Ib).

Ya el ser hijo de Dios no es un don de la gracia, sino un imperativo: o te conviertes, o cambias de mentalidad, o no entras en la fraternidad.

Es un imperativo al modo de pensar humano: hay que convertirse, hay que predicar el Evangelio según los tiempos, según las culturas, según la perfección de la mente humana. De esta manera, se encuentra la perfección de la ley de la fraternidad, que Caín rechazó. No tenía alguien que le predicara, que le mostrara el evangelio de la fraternidad. Cristo viene a trae de nuevo la palabra mágica -fraternidad- que el olvidó en el Paraíso. Y la pone en su misma carne, la obra con su misma carne.

Adán y Eva concibieron el amor al prójimo, pero Caín rechazó esta vocación. Tuvo un error en la mente. Su mente no era perfecta en la ley de la fraternidad. Dios creó a Adán, pero no es un mago. No lo crea en perfección, sino con unas leyes internas que van llevando al hombre hacia su plenitud. De esa manera, Bergoglio explica el pecado de Adán y el todos los demás hombres. Hasta llegar a Cristo, que pone en el hombre el amor que ya no pasa, que es para siempre. Lo pone en la carne del hombre.

Lo tienen en cualquier homilía:

«El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él primero lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor está escrita una vez para siempre en el corazón del hombre…Jesús ha demostrado que el amor de Dios se obra en el amor al prójimo…Es un amor redentor, liberado del egoísmo. Un amor que dona a nuestro corazón la alegría…» (Regina Coeli, 10 de mayo del 2015

Cristo ha dado carne a su amor: lo ha materializado, lo ha puesto en el corazón del hombre. Y para siempre.

Este es el desvarío de este hombre.

«Yo pondré Mi Ley en ellos, y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán Mi Pueblo» (Jer 31, 33).

Jesús no da carne a su amor, sino que obra en su naturaleza humana el amor de Su Padre, el amor divino. Su mente humana tiene la idea divina, piensa lo divino. No puede apoyarse en ninguna idea humana. Su voluntad humana obra aquella idea divina, aquello que es Voluntad de Dios. La pone en acto. Y su carne humana es el instrumento para que se pueda obrar la idea divina, el Pensamiento de Su Padre.

Jesús nunca da carne a su amor. Jesús usa su carne humana para una obra divina.

En el panenteísmo de Bergoglio, la carne es algo divino. La carne misma obra lo divino, no es instrumento de lo divino. Por eso, Bergoglio tiene que caer en su idolatría, de manera necesaria.

Dios pone la Ley Eterna en la naturaleza humana: todo hombre tiene que regirse por esta Ley para ser de Dios, para adorar a Dios, para obrar el amor de Dios en su vida.

Dios pone en el corazón la gracia divina, la vida de Dios, para que el alma participe de la divinidad: sea Dios por participación, sea hijo de Dios por gracia, no por naturaleza.

El hombre ya ha perdido la imagen y semejanza de Dios, por el pecado de Adán: ya no es Dios por creación. Sólo es Dios por participación de la gracia divina.

Pero la gracia se puede perder por el pecado personal de cada hombre. Por eso, no está escrita para siempre en el corazón del hombre. Bergoglio siempre anula el pecado. Y, por tanto, pone al hombre como si fuera un dios, como si fuera un ser que nunca ha perdido la semejanza con Dios.

Dios crea al hombre a imagen y semejanza. Pero el hombre perdió las dos cosas: la imagen y la semejanza en su pecado.

Bergoglio, al poner la ley del amor escrita para siempre en el corazón, tiene que hablar de un amor redentor, liberado del egoísmo. Y, por eso, tiene que decir: el amor de Dios se obra en el amor al prójimo.

¡Gran disparate!

El amor de Dios se obra por sí mismo, en sí mismo, desde sí mismo. Nunca Dios obra en el otro, en el prójimo, desde el hombre, con el hombre.

Dios obra su Amor sin necesidad de nada ni de nadie.

Como Dios ha obrado todo por Su Amor, Dios da su Amor a todo lo creado. Pero, este dar Su Amor no es sacar lo creado de sí mismo, de lo divino. Dios lo crea todo de la nada, es decir, no existe el ser de nada.

El hombre es nada para Dios. La Creación es nada para Dios. No es algo. No pertenece a Dios. Es nada. Y de la nada, Dios saca todo lo creado.

Dios sólo se ama a Sí mismo. No ama nada fuera de Sí Mismo. Y cuando decide crear al hombre, pone en el hombre creado la capacidad para amar. Y esa capacidad es el Poder del Amor Divino, que sólo se puede obrar en la gracia y en el Espíritu.

Por eso, el amor de Dios se obra con la gracia, y así se realiza un amor al prójimo. El amor de Dios no se obra en el amor al prójimo. Se obra en la gracia, en la vida divina. La ley del amor necesita la ley de la gracia, en el corazón del hombre. Quien viva en el pecado, no puede ni amar a Dios ni amar al prójimo como a sí mismo. Hará un bien natural, un bien humano, un bien carnal, que no tiene la capacidad para salvar su alma, para poner la Voluntad de Dios en el otro. El que peca no puede amar a Dios. Sólo se ama a sí mismo en su obra de pecado.

Para Bergoglio, amor de Dios y amor al prójimo son dos cosas iguales: se confunden, se mezclan, se anulan. Es la ley de la fraternidad, que ha llegado a su plenitud con Cristo. En Cristo, amar a Dios es amar al prójimo. Es el lenguaje que él constantemente emplea para confundir a las almas que no conocen su fe. Es un imperativo moral: si amas a Dios tienes que amar al prójimo.

Nunca Bergoglio enseña el camino para amar al prójimo: que es usar la gracia divina, que es en la vida divina, en la Mente de Cristo, en los mandamientos de Dios.

Por eso, Bergoglio enseña su nueva y falsa espiritualidad:

«¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide!» (Homilía del 26 de abril del 2015)

Una espiritualidad sin discernimiento espiritual, porque «el amor de Dios se obra en el amor al prójimo». El amor de Dios no es una Ley Eterna en la naturaleza humana. Todos los hombres son hermanos, han sido concebidos en la fraternidad. Es la ley interna de la fraternidad. Por lo tanto, en todos los hombres está la carne de Cristo. No niegues la carne de Cristo negando el bautismo a tu hermano de carne y sangre.

«En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar» (Ib). Es una espiritualidad amorfa, sin justicia, sin rectitud. Es un perdón que no sirve para nada porque no juzga nada, no condena nada.

El perdón al prójimo viene del amor que juzga, del amor que castiga, del amor que es recto, del que ama en la verdad de la vida.

En la espiritualidad de Bergoglio, el amor de Dios es en el amor al prójimo: está condicionado por el amor al prójimo; depende del amor al prójimo; está limitado por el amor al prójimo. Y como el prójimo es tu hermano, entonces no puedes condenarlo. Tienes que ir a la plenitud de la fraternidad, para que no seas como Caín, que rechazó la vocación – la ley interna de su naturaleza humana- que tenía escrita  en su interior.

Así, los nuevos sacerdotes, que son falsamente ordenados por Bergoglio, se hacen voz del pueblo:

«Al celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad» (Ib).

Ya no son la voz de Dios al pueblo, a toda la humanidad. Ya no enseñan la verdad divina al pueblo, sino que hablan lo que el pueblo quiere escuchar. Son los servidores del pueblo, los instrumentos del pueblo, los veletas del pensamiento de los hombres.

Es así como se va formando el cuerpo místico del Anticristo.

Primero, haciendo de la gracia un saco roto. Ya no se vive en muchas almas la gracia de cada sacramento. Sólo se viven palabras humanas, lenguaje humano, imperativos morales: jamás niegues el bautismo, no juzgues cuando confieses, conviértete…

Una vez que los hombres hacen de los Sacramentos algo –un lenguaje- que no sirve para nada, viene el cambio en la liturgia de los sacramentos. Y aparecerán los nuevos sacramentos, que son sólo burdas imitaciones de la verdad. Pronto se van a ver estos nuevos sacramentos.

Ya, de hecho, hay sacerdotes que empiezan a confesar a través del teléfono, de las redes sociales. Ya se hace una caricatura del Sacramento de la Penitencia. Ya no hay que ir en busca del sacerdote, lo que supone una penitencia, en muchos casos, sino que con un dedo, con un botón, lo encuentras al momento, y te da una falsa absolución.

Es la revolución de la estupidez.

Mucha es la Jerarquía que calla ante las palabras de Bergoglio. Y se hacen estúpidos, como lo es Bergoglio.

Y muchos son los fieles auténticamente estúpidos, que se creen todas las palabras bellas de ese bastardo de la Sagrada Escritura, que es Bergoglio.

Bergoglio es tiniebla:

«Queridos hijos, rezad con el corazón y no os apartéis de la verdad. Llegará un día en que habrá desprecio en la Casa de Dios y lo sagrado será lanzado fuera. Un Xino estará en el Trono, contrariando a muchos, pero Dios es el Señor de la Verdad. Lo que os digo ahora, no lo podéis comprender, pero un día os será revelado y todo estará claro para vosotros. El espejo: éste es el misterio. Como criaturas, confiad. Como siervos, sed fieles. Dios está controlándolo todo…» (04.04.2005 – Mensagem de Nossa Senhora, n° 2.505)

Bergoglio es el Xino. La palabra Xino hay que leerla en el espejo, delante de un espejo: Onix.

La palabra Onix viene del griego o-νυξ, que significa la noche, la tiniebla, la oscuridad, la calamidad, la desgracia.

Esto es Bergoglio: una desgracia para toda la Iglesia. Una luz que no ilumina. Una tiniebla que combate, que persigue la luz. Una piedra negra, como el ónix, que brilla por lo exterior que da, en la superficialidad de la vida, para aparentar una riqueza que no se tiene.

Bergoglio está en el trono para contrariar a muchos, para producir confusión y división en todas partes. Pero Dios es el Dueño de la Verdad. Por eso, Bergoglio sólo puede hablar sus estupideces todos los días, pero no las puede poner en ley. No puede obligar a los demás a seguir sus idioteces. Quien lo sigue es porque es idiota, como él; porque vive lo mismo que ese sujeto, piensa lo mismo, porque tiene su negocio en la Iglesia –y no quiere soltarlo- como Bergoglio.

Bergoglio es la tuerca necesaria que el demonio necesitaba para poner su camino de destrucción de la Iglesia. Ahora, vendrá el que, de verdad, rompa la autoridad papal y deje a la Iglesia en el abandono más total ante el mundo.

Salgan de lo que se cuece en el Vaticano. Queda poco tiempo para entender los signos de los tiempos. Ya son muy claros. Y hay que vivir la vida de acuerdo a esos signos, que sólo se pueden discernir en el Espíritu.

No quieran conocer el futuro viendo lo que pasa en el Vaticano, porque donde reina el demonio, allí no hay conocimiento de la verdad. Sólo está el error y la mentira, que son la base para inventarse las fábulas que todo el mundo se las traga como verdaderas, como divinas. Bergoglio es un cuenta fábulas. Y no es otra cosa. Cuenta lo que el otro quiere escuchar. Y habla a cada uno en su lenguaje. Por eso, es tan popular. Usa el lenguaje de los necios, el propio que rige en el mundo actual.

En Roma suceden muchas cosas. Pero sólo se da a conocer lo que interesa, lo que vale para la propaganda del nuevo gobierno mundial. Lo demás, lo que no interesa revelarlo, se esconde para así tener un as debajo de la manga.

Como Bergoglio no sirve, hay que cambiarlo. Pero esto no se dice al público. Sino que se da la orden de sostener las palabras heréticas de ese hombre hasta que llegue el tiempo de su renuncia. Se le hace propaganda a ese hereje porque conviene a los planes de todos. Y así como ha sido puesto en el gobierno, por el imperativo de unos pocos, así será quitado, por el imperativo de esa gentuza, que es la jerarquía masónica en Roma.

Las falsas enfermedades de la Curia II

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Sólo un demente puede llamar a todos los hombres como locos.

Éste es el lenguaje que utiliza Bergoglio cuando hace su examen de conciencia a la curia, cayendo en el pecado que Jesús llama como raca:

«…todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere “raca” será reo ante el Sanedrín, y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego» (Mt 5, 21-22).

Tres pecados enuncia Jesús:

  1. pecado de blasfemia, maldiciendo al otro: monta en ira diciendo una palabra que lleva en sí una maldición a la otra persona. Es un pecado grave, del cual todos puede juzgar porque es hecho públicamente;
  2. pecado de herejía contra el otro, tratándole en las cosas de Dios, en la vida espiritual, como un hereje, sin serlo. Por lo cual, tiene el juicio de toda la Iglesia en la Jerarquía, que lo excomulga de la Iglesia. Quien llama a hereje a otro sin serlo, cae en la herejía. Niega toda verdad en el otro, teniéndola;
  3. pecado de apostasía de la fe, injuriando al otro, llamándole hombre sin mente, tratándolo de un loco en las cosas espirituales. Este pecado tiene la sentencia del infierno.

Estos tres pecados son muy comunes en este siglo, en que los hombres viven diariamente en sus blasfemias de su vida, en sus herejías en la mente y en sus locuras como hombres, en sus obras que sólo un loco se atrevería a hacer.

Hoy día, la psiquiatría llama locos a todos los hombres. Muchos psiquiatras caen en el tercer pecado con gran facilidad: niegan el Espíritu en el hombre, cometiendo el pecado de blasfemia, del cual no hay perdón.

Si el hombre quiere medirlo todo con su mente humana, lo único que obtiene es cerrarse a la Verdad que el Espíritu lleva a todo hombre. Y en eso consiste el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el hombre no quiere aprender la verdad de Dios, sino que su propia mente humana le dicta la verdad, que es su gran mentira en su vida.

Bergoglio pone en la curia un pecado que no existe:

«el mal de una falta de coordinación». (22 de diciembre del 2015)

La falta de coordinación no es un pecado. Si los miembros no están coordinados, entonces los miembros tienen la culpa. Cada miembro, cada hombre no se relaciona con el otro. Y si no hay relación, no hay armonía, no hay orden, no hay comunidad, no hay curia. Si cada miembro vive su vida en la curia, entonces no hay curia.

Decir que hay una falta de coordinación y no ser más específico es decir absolutamente nada.

Una persona, en su trabajo, puede estar distraída en lo que sea. No hay coordinación con los demás. Y el estar distraído, sin culpa, no es ningún pecado.

Una persona, que en su trabajo, tiene que estar metida en su oficio, para poder resolverlo, desconecta de los demás. No hay coordinación con los otros. Y esa persona no peca, porque está en su oficio.

<p style="text-align:justify;text-indent:13pt;margin-left:2px;margin-right:2px;font-family:Tahoma;”>«Cuando los miembros pierden la comunión entre ellos»

¿Y qué es perder la comunión en la Curia? ¿No están todos allí para dar la Verdad? ¿Se pierde la comunión porque cada uno deja la verdad que tiene que obrar? ¿O por qué otro motivo se pierde la comunión?

¿Es perder la comunión enfrentarse al otro que mantiene una mentira como verdad? ¿No es eso hacer comunión en la verdad, dejando a un lado a un miembro que no quiere la comunión en la verdad?

Así que Bergoglio pone la comunión en dos cosas:

«…el cuerpo pierde la armoniosa funcionalidad y su templanza».

La curia, para no estar sin coordinación, tiene que tener estas dos cosas: ser funcional y ser templada.

Dos virtudes que no pueden darse sin otras muchas, que son más importantes y son el cuello de la vida espiritual. Dos virtudes que no son cabeza en la vida espiritual y que, por lo tanto, no deciden la vida espiritual.

No hay templanza si hay lujuria. No hay funcionalidad si hay avaricia. No hay templanza si no hay pureza. No hay funcionalidad si no hay pobreza.

Si los hombres quieren ser funcionales con los asuntos de los demás, deben antes vivir en la pureza de mente, de corazón, de cuerpo y de espíritu. Sin estas cuatro purezas, no se puede dar la templanza. Si hay lujuria en el cuerpo, soberbia en la mente, avaricia en el corazón y orgullo en el espíritu, una persona siempre comete dos pecados al mismo tiempo: gula y lujuria.

Ser funcionales lleva consigo ser templados. No son dos cosas distintas. Es una la consecuencia de la otra. Si el cuerpo vive en su lujuria, no puede estar coordinado con la mente, con el corazón, con el espíritu. No puede funcionar. No se puede dar al otro una verdad. No puede haber comunión entre las personas.

Es claro que Bergoglio no habla de nada en este «mal de una falta de coordinación». Él está en la psicología de los hombres, en lo externo de sus vidas. Él habla de los temperamentos de los hombres, que los hacen sacar de la vida de comunión. Y el temperamento del hombre no es un pecado en el hombre. Es su forma de vivir en el cuerpo que posee.

En este lenguaje psicológico de Bergoglio, llama a la curia con el nombre orquesta, que produce mucho ruido:

«…convirtiéndose en una orquesta que produce ruido, porque sus miembros no cooperan y no viven el espíritu de comunión y de equipo».

¡Como si existiera el espíritu de comunión y de equipo!

¿De qué comunión habla? ¿De qué equipo habla?

En la Curia no hay equipos. En la Curia no hay comunión.

La Curia es para obrar lo que decide el Papa. Si no obediencia al Papa, ¿de qué espíritu de comunión y de qué equipos está hablando este hombre?

¡Qué fácil es desbaratar el lenguaje de este hombre!

No tiene un magisterio eclesiástico. No enseña una verdad en la Iglesia. Enseña su mente, sus ideas, sus teorías, sus herejías, sus locuras mentales.

«También existe la enfermedad del “Alzheimer espiritual”».

Es común de los psiquiatras poner un nombre, etiquetar la vida espiritual de una persona.

Aquí se ve claro cómo es la mente de Bergoglio.

Al olvido del primer amor lo llama este hombre: Alzheimer espiritual:

«También existe la enfermedad del «Alzheimer espiritual», es decir, el olvido de la historia de la salvación, de la historia personal con el Señor, del primer amor».

¡Fíjense hasta dónde llega la mente de este hombre!

¿Quién es aquel que se olvida que el Señor lo salvó?

El condenado. El que quiere vivir en su pecado. El que quiere irse al infierno. El que quiere cometer la blasfemia contra el Espíritu Santo. El que no quiere arrepentirse de sus pecados, por más que los vea, que los conozca.

Y este hombre juega con la Palabra de Dios:

«Tengo contra ti que dejaste tu primera caridad» (Ap 2, 4).

Es ésta una grave reprensión del Señor contra la Iglesia de Éfeso, que son aquellos que combaten a los pecadores, pero sin caridad: «no puedes tolerar a los malos». Es la Iglesia que pone a prueba todos los que sirven en Ella, pero sin caridad: «has probado a los que se dicen apóstoles, pero no lo son, y los hallaste mentirosos». Es la Iglesia que practica la paciencia, que sufre en el nombre de Cristo y persevera en ese sufrimiento, pero sin caridad: «tienes paciencia, y sufriste por mi Nombre sin desfallecer».

Pero dejó la primera caridad. Y sin caridad no hay vida, y el que no vive no existe:

«Sabemos que hemos sido trasladados de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en la muerte» (1 Jn 3, 14).

Si te has olvidado del primer amor, entonces es que vives en la muerte de tu pecado. Vives en la desgracia. Y por más que combatas el mal, por más que no toleres a los malos, Dios no puede tolerar tu pecado, tu mal; por más que veas la mentira en los demás, si no eres capaz de ver tu mentira, Dios no puede tolerarte a ti; por más que sufras en el Nombre de Cristo, que tengas paciencia en tu vida de sufrimientos, si no sabes sufrir, tener paciencia para quitar tu pecado, para vencerlo, Dios te suprime de la Iglesia.

Quien ha olvidado al Señor es aquel que no quiere seguir al Señor por sus pecados. Y la única solución para salir de ese estado es:

«Considera, pues, de dónde has caído…».

Medita con tu entendimiento humano tu maldad, tu pecado. No el mal de los otros, no la mentira de los demás. No te alabes porque sabes sufrir. Profundiza con las tres potencias de tu alma tu maldad, y entonces:

«…arrepiéntete, y práctica las obras primeras».

Las obras propias del amor divino, que consiste en hacer la voluntad de Dios: con Dios, con uno mismo y con el prójimo. La Voluntad de Dios es una Ley Eterna. Cumple esa Ley y tendrás Vida.

Pero, ¿de qué habla este hombre?

«Es una disminución progresiva de las facultades espirituales»

Su ley de la gradualidad. Es su psiquiatría en la Iglesia. Poco a poco, grado a grado, se van deteriorando las facultades espirituales.

¿Qué son las facultades espirituales para este hombre? La mente y la voluntad del hombre. Él no puede referirse a otra cosa. No cree ni en la gracia, ni en el corazón ni en el Espíritu. Este hombre niega que Dios sea Espíritu. El Espíritu Santo sólo es un lenguaje humano para expresar el amor.

Y esta disminución:

«…en un período de tiempo más largo o más corto, causa una grave discapacidad de la persona, por lo que se hace incapaz  de llevar a cabo cualquier actividad autónoma, viviendo en un estado de dependencia absoluta de su manera de ver, a menudo imaginaria».

Llama locos a todos los pedófilos. Llama locos a todos los corruptos, avariciosos del dinero. Llama locos a todos lo que siguen el dogma en la Iglesia. Llama locos a todos los que siguen la tradición en la Iglesia. Llama locos a todos los que combaten contra el aborto, contra la homosexualidad, etc… Llama locos a todos los que sigue el magisterio de la Iglesia, el auténtico. Llama locos a todos los que quieren convertir a los pecadores de sus pecados, hacer proselitismo.

Él es claro en su pensamiento:

«Lo vemos en los que han perdido el encuentro con el Señor; en los que no tienen sentido deuteronómico de la vida; en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías; en los que construyen muros y costumbres en torno a sí, haciéndose cada vez más esclavos de los ídolos que ha fraguado con sus propias manos».

¡Cuántas personas viven en sus pecados y han perdido el encuentro con el Señor! Tienen la enfermedad del Alzheimer espiritual para este hombre. Son unos locos. A los pecadores, comunes y no comunes, este hombre los llama locos. Tienen que ir la psiquiatra para salir de su enfermedad, de su locura, de su postración.

El Deutoronomio es la palabra de la ley, la segunda ley que Dios dio a Moisies. Es todo el discurso de Moisés para que el pueblo cumpliera la ley de Dios e hiciera Justicia Divina.

Como Bergoglio, no cree en la inspiraciónn de los libros canónicos, sino que sigue en todo a los protestantes, toma el sentido deuteronómico de la vida por la lucha contra las desigualdades sociales, injusticas, derechos humanos, etc… Si no luchas por dar de comer a un hambriento, tienes la enfermedad de Alzheimer. Si no cuidas a los ancianos, estás loco.

«Hay que luchar por esto, tenemos que defender nuestra dignidad, como ciudadanos, como hombre, mujeres, jóvenes».

¿No tienes este sentido deuteronómico de la justicia social, de los derechos humanos…? ¿No eres socialista? ¿No eres comunista? Entonces, eres un loco.

Hay que vivir el momento presente: hay que depender de la vida presente. Y completamente.

Ese es el dogma de la Providencia Divina: colgados plena, completamente de la Voluntad de Dios.

«Danos el pan de cada día» (Mt 6, 9). No el del pasado, ni del futuro. No se hace el presente fijándose en el pasado. Se hace el presente fijándose en el rostro de Dios, estando en la Presencia de Dios, viviendo en Su Voluntad, conformados a todo lo que venga de Él o que Él permita.

¿Qué dice este hombre?

«los que dependen completamente de su presente»: ellos están locos.

Y además, como todos los hombres tenemos pasiones, manías, caprichos, entonces todos estamos locos:

«en los que dependen completamente de su presente, de sus pasiones, caprichos, manías».

¿Y tú llamas tu papa a este subnormal, a este hombre que te llama loco en tu cara, a este hombre que llama loco a toda la humanidad?

¡Qué vergüenza de católicos!

¿No se te cae la cara de vergüenza llamando a este hombre tu papa? ¿Teniendo a este hombre como tu papa?

¡Dios mío, qué ciegos andan todos los católicos! ¡Detrás de un hombre ciego y loco de remate!

«El mal de la esquizofrenia existencial».

¡Hasta qué profundidades de maldad no llega este hombre!

Los fariseos son locos:

«Es la enfermedad de quien tiene una doble vida, fruto de la hipocresía típica de los mediocres y del progresivo vacío espiritual que grados o títulos académicos no pueden colmar».

¡Cuántos hombres con doble vida!: todos esquizofrénicos!!!!

¡Cuántos hombres mediocres en sus vidas, tibios: todos esquizofrénicos!!!

¡Cuántos hombres que viven de su vanidad, de sus títulos: todos esquizofrénicos!!!

«Es una enfermedad que afecta a menudo a quien, abandonando el servicio pastoral, se limita a los asuntos burocráticos, perdiendo así el sentido con la realidad, con las personas concretas».

Todos los que están detrás de una mesa, son unos esquizofrénicos. No ven la realidad. No ven las personas concretas. No dan beso y un abrazo al otro. No lloran con los que lloran. No se alegran con los que se alegran. No son herejes con los herejes. No son cismáticos con los cismáticos. No son demonios con los demonios. Son sólo locos.

¡Esto es Bergoglio! Un loco sentado en la Silla de Pedro.

Y no es otra cosa.

Leer un escrito suyo hay que hacerlo sólo para condenarlo. Y no para otra cosa.

No pierdan el tiempo con este demente. No merece la pena.

Ha cometido el tercer pecado, que dice Jesús:

«y el que le dijere “loco” será reo de la gehena del fuego».

Reo del infierno es la persona de Bergoglio.

Mide con su cabeza humana a toda la humanidad y la llama loca.

¿Qué se merece este hombre?

¡Que se quede loco hasta su muerte, que lo traten como un loco!

Y no se merece otra cosa.

Tres caminos de maldad abiertos en Roma

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«Más les hubiera no haber conocido el camino de la justicia que, una vez conocido, volverse atrás» (2 Pe 2, 21).

La regla de la fe no es el conocimiento humano, sino la verdad divina.

La Iglesia no se hace históricamente, según vaya evolucionando la mente de los hombres. No existe la verdad gradual. Sólo existe la verdad objetiva.

Muchos están en la Iglesia y no son Iglesia, no la hacen, no la construyen, no ponen los cimientos de la verdad sobre el único fundamento, que es Jesucristo.

Están en la Iglesia y son detestables. Han conocido la verdad, el camino de la justicia, pero se han vuelto atrás. Han mirado a los hombres, a lo que ellos piensan, a como ellos obran, a lo que hablan en sus lenguajes, que son claramente soberbios y orgullosos.

¡Cuántos luchan contra la fe recibida!

¡Cuántos rechazan el Evangelio corrompiéndolo, interpretándolo a su manera!

¡Cuántos resisten a la fe!

«No es en manera alguna igual la situación de aquellos que por el don celeste de la fe se han adherido a la verdad católica y la de aquellos que, llevados de opiniones humanas, siguen una religión falsa; porque los que han recibido la fe bajo el magisterio de la Iglesia no pueden tener causa justa de cambiar o poner en duda esa misma fe» (C. Vaticano I – DS 3014).

No hay causa justa para llamar a Bergoglio como Papa. No se puede. No es una opinión teológica.

Como no hay una causa justa para que los malcasados puedan comulgar o que los homosexuales puedan casarse o que las mujeres accedan al gobierno de la Iglesia. Nadie puede poner en duda o cambiar la fe divina.

La fe católica enseña que un hombre hereje no puede ser Papa. Esta es una verdad objetiva: revelada y dogmática. Está en la sagrada Escritura, transmitida por toda la Tradición y enseñada en el magisterio de la Iglesia.

Por tanto, el que cree tiene que refutar los errores, tiene que enfrentarse a todos los hombres, a todos aquellos que quieren presentar a un hombre hereje como Papa legítimo y verdadero.

Muchos disputan dudando de la fe. Y cometen un gran pecado, porque quieren enseñar sus errores como verdaderos. Quieren probar una mentira: Bergoglio es el papa reinante. Hay que obedecerlo, hay que someterse a él. Hay que seguirlo en todas las cosas.

«Como la palabra imprudente arrastra al error, el silencio indiscreto deja en el error a aquellos que podían haber sido instruidos» (San Gregorio – II Pastor – C. 4; ML 77, 30).

No se puede callar la verdad divina: Bergoglio no es Papa. Ni tampoco es el Obispo de Roma.

Callar esto es dejar en el error a muchos: es condenar almas dentro de la Iglesia.

¡Bergoglio no es Papa!

Esta es una verdad divina, no humana. Es una verdad que está en la Mente de Dios, que no ha nacido de la mente del hombre. Pero nadie, en la Iglesia, quiere esta verdad divina, porque no creen. No tienen fe divina. Tienen su fe humana, científica, histórica, natural, filosófica, teológica, etc…

¡Bergoglio no es Papa!

¿Por qué? Porque es un hereje manifiesto. Es decir, un hombre que no pertenece a la Iglesia católica.

Bergoglio no es sólo un pecador, sino que también es un hereje.

Papas pecadores han habido muchos en la Iglesia, pero ninguno hereje.

Papas pecadores, que están en el infierno, los hay. Pero ninguno de ellos está en el infierno por su herejía, sino por su pecado.

Bergoglio es hereje: no puede ser Papa nunca. Porque no pertenece a la Iglesia Católica.

¡Esta es la verdad objetiva que nadie sigue!

Pedro es una verdad objetiva en la Iglesia. Es un dogma. Nadie puede tocar a Pedro. Nadie puede poner en duda lo que es Pedro ni cambiar su forma de gobierno en la Iglesia.

¡Nadie!

Bergoglio lo ha hecho: ha tocado a Pedro. Ha cambiado su gobierno vertical en la Iglesia. Es decir, ha cometido su pecado de herejía, que es siempre un pecado de infidelidad a la gracia recibida.

Y lo obra porque no pertenece a la Iglesia.

Nadie que pertenezca a la Iglesia obra una herejía. Es imposible. En la Iglesia se puede pecar mucho, pero no se es hereje. Quien está fuera de la Iglesia es por su pecado de herejía. Sólo se puede pecar de herejía fuera de la Iglesia, no dentro.

Quien obra una herejía destruye la verdad, la Iglesia. Nunca la edifica.

Bergoglio está destruyendo el Papado: a Pedro y su gobierno vertical.

¿Cómo es que los católicos no pueden ver esta verdad?

¿Un hereje puede proclamar santos en la Iglesia? No; nunca.

Entonces, ¿por qué llaman muchos católicos a Juan Pablo II como santo? Juan Pablo II es sólo beato. Fue proclamado beato por el Papa legítimo Benedicto XVI.

¿Por qué lo llamáis santo, si es sólo beato?

Bergoglio no es Papa, porque es hereje. Luego, no puede proclamar santos en la Iglesia. NO PUEDE. Consecuencia: Juan Pablo II es beato, no santo.

Pero, como esta cuestión – para muchos que se  dicen católicos- es sólo algo opinable, no es una verdad objetiva, entonces cada cual hace y dice lo que le da la gana en la Iglesia.

¡Toda alma, en la Iglesia, está capacitada para discernir si el hombre que se sienta en la Silla de Pedro es Papa o no es Papa!

Porque Pedro no es una verdad de los hombres, de la historia de la Iglesia, de las circunstancias que vive la Iglesia. Pedro no es una opinión de los hombres. Es una verdad dogmática, objetiva, revelada.

La fe es para el individuo, no para la masa de la gente.

El protestantismo niega esta individualidad de la fe. Bergoglio la niega. Lean en su lumen fidei. Pero muchos, leyendo la herejía, lo siguen llamando Papa u Obispo de Roma.

En la Iglesia se entra por la fe. Y se sale de Ella por la herejía.

En la Iglesia no se fuerza a creer a nadie, pero sí se fuerza a no poner obstáculos a la fe de Cristo.

¡Hay que promover la guerra contra los herejes! Eso es ser Iglesia. Eso es hacer la Iglesia.

El hereje ataca la Iglesia. Ataca la fe en Cristo del Rebaño. Uno no puede estar con los brazos cruzados, como hay muchos católicos.

¡Cuántos, que se llaman tradicionalistas, tienen a Bergoglio como Papa!

¿Qué tradición están siguiendo?

¿Cuál es su Fe en Cristo?

¿Qué es, para ellos, un Papa en la Iglesia? ¿Una opinión teológica, histórica? ¿Una fuerza de la costumbre? ¿Una rutina más que hay que aceptar para estar en la Iglesia?

¡Cuántos sede-vacantistas anulan la Iglesia calumniando a los Papas! ¡Y defienden la tradición y el magisterio de la Iglesia! ¡Pero no son Iglesia! ¡Ni pueden serlo!

Jesús levanta Su Iglesia en Pedro. Y sólo en Pedro. Y nadie puede cambiar esta verdad revelada y dogmática porque no le guste el lenguaje de un Concilio o de un Papa.

Es lo que hacen muchos con todos los Papas después del Concilio Vaticano II.

Es lo que hacen muchos teniendo a Bergoglio como Papa.

Y quien toca una verdad revelada, ya está metido en la herejía. Ya se sale fuera de la Iglesia.

«…el terror de las leyes fue tan provechoso que muchos han llegado a decir: gracias al Señor, que rompió nuestros lazos» (San Agustín – Ad Vincent – Epis. 93, c5; ML 33, 239).

Ya no se excomulga a nadie. Ya no se saca –aplicando las leyes- fuera de la Iglesia a nadie. Y, por eso, vemos lo que vemos: herejes gobernando la Iglesia.

La excomunión rompe el pecado de herejía. Rompe lazos con el demonio. El castigo es lo que salva a las almas.

San Pablo, para creer, primero fue castigado por el Señor:

«Donde resuene el griterío acostumbrado de quienes dice: es libre creer o no creer, ¿a quién hizo Cristo violencia?, reconozcan esos tales que a San Pablo Cristo le obligó primero y después le enseñó» (San Agustín – Ad Bonifacium – Epis. 185 c6; ML 33, 803).

¿Es libre creer o no creer que Bergoglio no es Papa? No; no es libre.

Es un pecado contra la fe argumentar que Bergoglio es Papa. Un gran pecado. Es otro pecado, contra la fe, llamar a Bergoglio Papa. Y es otro pecado, contra la fe, decir que Bergoglio obra como Papa en la Iglesia.

Son tres pecados diferentes, que hacen tres caminos de maldad en la Iglesia.

Quien pone a Bergoglio como Papa, pide la obediencia a un hereje. Está pidiendo una blasfemia contra el Espíritu Santo. Nadie puede obedecer la mente de un hereje. En la Iglesia, toda alma tiene que obedecer la mente del Papa. TODA. Porque esa mente humana está asumida, de manera espiritual y mística, por Cristo. Es el Misterio de la Iglesia en Pedro. Aunque el Papa sea muy pecador, no hay manera que su mente se deslice fuera de la verdad, en la herejía. Y así, con el carisma de Pedro, pueda gobernar siempre la Iglesia en la verdad. Su pecado no impide el carisma, la unión de Cristo con Pedro.

Quien llama a Bergoglio como Papa, está usurpando el nombre de Dios en la Iglesia. No sólo es un pecado contra el segundo mandamiento, que prohíbe usar el Nombre de Dios en vano, sino que es un pecado mucho más grave: no se puede llamar a un hereje como el nombre de Papa. Porque el Papa es el Vicario de Cristo, actúa como Cristo, habla como Cristo, es otro Cristo. Quien ve al Papa, ve al mismo Cristo. Un hereje llamado Papa es un hombre que se hace pasar por Cristo, y no lo es en la realidad. Es un hombre que usurpa, que roba el nombre de Cristo. Y ese robo es un sacrilegio, una simonía y un escándalo para toda la Iglesia.

Quien dice que Bergoglio obra como Papa en la Iglesia está obligando a que las almas obren las mismas obras de ese hombre. Y eso es el pecado de odio. No sólo, en la Iglesia, hay una obediencia a la mente del Papa, sino a sus obras. Y esto es ir en contra de la misma caridad divina. La Iglesia es la obra del Espíritu, no es la obra de los hombres. Es una obra divina, que comienza en Su Cabeza, en el Papa, y que continúa en los demás, que imitan lo que obra el Papa. No se puede imitar las obras de un hereje sin caer en su herejía. No se puede pensar lo que piensa un hereje sin caer en el pecado de herejía. Ni el pensamiento ni la obra de un hereje pertenecen a la Iglesia, porque no son ni la Mente de Cristo ni Su Obra de Redención en su Iglesia. Son otra cosa. Sólo en la verdad se obra el amor; en la mentira, en la falsedad, en el error, en la duda, en la oscuridad, sólo se obra el odio, la maldad, la abominación.

Son tres pecados distintos, que producen tres caminos:

El camino de la herejía: obedeciendo la mente de un hereje.

El camino de la apostasía de la fe: obrando con la voluntad de un hereje.

El camino del cisma: viviendo fuera de la ley de Dios, como el hereje.

Tres cosas son las que se ven en el Vaticano. Tres maldades. Y cada una de ellas es un abismo de pecado; es decir, contienen muchos pecados diferentes.

El pecado de cisma: el gobierno horizontal. Un organismo exterior al Papado, contrario a la autoridad divina del Papa. Impuesto por la autoridad de los hombres. Que conduce a toda la Iglesia, a todo el Rebaño, fuera de la Iglesia. FUERA.

Bergoglio está levantando su nueva iglesia: quien esté en esa nueva estructura no pertenece a la Iglesia. No puede.

Por eso, es tan peligroso ver la cuestión Bergoglio como una opinión en la Iglesia. Eres libre de creer si Bergoglio es Papa o no es Papa. Libre para creer o no creer. En la Iglesia no se da esta libertad, porque Pedro es un dogma, una verdad objetiva. Por lo tanto, cada alma, en la Iglesia, sabe si Bergoglio es o no Papa. Cada alma lo CONOCE.

Pedro no es una verdad histórica: la Iglesia no se merece a Bergoglio como Papa. No es una verdad que venga de la historia de los últimos acontecimientos y que haya que aceptarla como inevitable.

La Iglesia sólo se merece el Papa que Cristo da. Y sólo a ese Papa. Por lo tanto, la Iglesia sólo se merece al Papa Benedicto XVI. Y a nadie más. Porque no hay nadie más. No existe el Papa emérito. Lo emérito está fuera del dogma del Papado. No se puede llamar a Benedicto XVI como Papa emérito. Es un pecado llamarlo así.

Benedicto XVI es el Papa de la Iglesia Católica: el legítimo, el verdadero. Punto y final. Benedicto XVI es el último verdadero Papa. El ULTIMO.

¡Esta es la verdad objetiva que nadie sigue! ¡NADIE!

Todos creen en el lenguaje humano: nos inventamos el nombre de emérito. ¡Qué nombre más bello, más bonito!

Nadie en la Iglesia es libre para creer o no creer.

Nadie en la Iglesia es libre para llamar a Bergoglio como Papa.

La verdad no es libre, sino que obra la libertad cuando es aceptada.

Nunca la verdad es libre. Por eso, la mente del hombre no es libre para pensar lo que quiera. Ha sido creada para la Verdad. Y sólo para la verdad. La voluntad del hombre es la que la puede sacar de esa verdad objetiva

Quien llama a Bergoglio como Papa está pecando. Ya es esclavo de su pecado.

Nadie, en la Iglesia, puede obligar a aceptar una verdad, pero sí todos pueden atacar a aquel que no la acepta.

No aceptar una verdad es destruir la Iglesia. Si eres Iglesia tienes que luchar contra aquellos que la destruyen. Lucha contra Bergoglio y sus matones para ser Iglesia.

No puedes conformarte diciendo lo de todos: Bergoglio es Papa; Juan Pablo II es santo, Benedicto XVI es el Papa emérito, etc..

Para implantar una idea en la Iglesia es necesario vivirla: eso es lo que produce el pecado de cisma. El cisma es siempre una obra fuera de la verdad, ejercida por un poder, avalada por un poder.

Es lo que los Cardenales han puesto en un Cónclave: la vida del cisma. Un hombre, con un poder humano, que está levantando un edifico que no es la Iglesia. Y la gente, -muy pronto-, se conforma con esas obras, con esa vida de ese personaje.

Bergoglio vive su vida de herejía. No sólo tiene la mente de un hereje; no sólo obra con la apostasía de la fe, llevando fuera de la fe a muchos con sus obras humanas, materiales, sociales; sino que vive su vida y otros la imitan sin ningún problema.

Bergoglio vive su humanismo. Y esto es lo que le encanta a muchos católicos: un Papa humano, que se ocupe de los marginados, de los machacados, de los que están en la periferia. Católicos que no ya no saben pensar su fe, sino sólo vivir imitando a los hombres, lo que ven en los otros.

La gente imita a Bergoglio: este es el pecado de cisma. ¿Con qué autoridad lo imitan? Con el poder humano de Bergoglio. Como Bergoglio es el Papa, entonces se puede hacer. Ya no interesa el argumento. No interesa si esa obra se puede o no se puede hacer.

Bergoglio ha bendecido hojas de coca, entonces los Obispos y los sacerdotes también pueden hacer esa clase de bendición. Es la vida lo que se imita siempre al principio.

Que Bergoglio dice que hay que dar de comer a los pobres, ocuparse de los enfermos, de los ancianos, etc… Pues eso es lo que hay que vivir en la Iglesia: la dictadura del proletariado. Si no haces eso, te echan del sacerdocio.

Bergoglio no llega a la gente por su palabra: es un idiota en su mente y un estúpido en su palabra.

Bergoglio llega por su vida. Y sólo por eso. Y arrastra por el poder humano que tiene en su gobierno horizontal. Si no lo tuviera, a Bergoglio nadie le haría caso.

El pecado de cisma lleva al pecado de apostasía de la fe. Si se vive sin ley, en el pecado, entonces se obra siempre el pecado. El alma se va apartando de la Voluntad de Dios. Y quien obra el pecado de apostasía, va pensando en la mentira; medita el error. Y lo pone como verdad, cometiendo así el pecado de herejía.

Tres caminos de maldad se observan ya en el Vaticano. Son los tres caminos propios de la maldad, del demonio: soberbia, orgullo y lujuria. Los tres son un mundo de pecado. Y los tres arrastran a todas las almas, dentro y fuera de la Iglesia.

Son tres maldades, que son tres misterios. Y son la obra del demonio en la Jerarquía. En toda la Jerarquía que ha aceptado a Bergoglio como Papa.

Por eso, la Iglesia remanente es de pocos: pocos fieles y poca Jerarquía.

El trigo y la cizaña se separan: los buenos y los malos se les conoce por sus obras. Ya no permanecen juntos. La verdad divide. Y aquel que no acepte la verdad como es, objetiva, está con los malos, aunque se llame tradicionalista, sedevacantistas, bergogliano, lo que sea…

O se vive la regla de fe o se vive una auténtica utopía en la Iglesia. Es lo que viven muchos: esperando otro Papa. ¡Estáis locos! No hay camino en la Iglesia para un Papa legítimo y verdadero. Si han echado al verdadero, es quedarse ciego ilusionándose con las obras de los hombres en la Iglesia. El Vaticano es ya la Ramera del Apocalipsis. Si quieren seguir en el Vaticano, prostitúyanse con esa Ramera: con la mente de toda la Jerarquía, que obra su ministerio incensando a falsos ídolos.

Bergoglio gobierna la Iglesia con sus delirios de grandeza

sanroberto

«para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social: desde la familia a la política y a la economía. Es decir, la cultura de las relaciones. El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto).

Esta es la boca de un masón. Y no de cualquier masón, sino de un hombre que está sentado en el Trono de la Bestia. Un hombre con delirios de grandeza.

Él habla la palabra de la fraternidad, que es su evangelio: «la ciudadela fundada por Chiara Lubich, que está inspirada en el Evangelio de la fraternidad – esa fraternidad universal-» (Ib). El movimiento de esta persona no se inspira en el Evangelio de Jesús, sino en la carne y la sangre, en la amistad entre los hombres, en la mente de cada hombre que quiera formar una unidad en la mentira.

«no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad de varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13) los que creen en el Nombre de Jesús. El poder de ser hijos de Dios lo da la Palabra de Dios, el Evangelio de Jesús, aceptado, obedecido, por la mente del hombre. No se es hijo de Dios por el evangelio de la fraternidad, por ninguna palabra humana, por ningún afecto humano.

El hombre tiene que unirse a la Verdad de la Palabra de Dios para ser Iglesia, para ser de Cristo. No tiene que unirse a Cristo, sino a la Verdad que enseña Cristo, a su doctrina inmutable, para ser de Él. Aquel hombre que, con su mente, se une a la mentira que nace de la palabra de todo hombre, no es Iglesia, no está unido a Cristo, aunque tenga un Bautismo, aunque sea sacerdote, aunque se siente en la Silla de Pedro. Bergoglio no está unido a Cristo, porque su mente no acepta la verdad que nace de la mente de Cristo.

Someterse al Evangelio de Jesús, a las enseñanzas que Cristo dio a Sus Apóstoles, que nadie puede cambiar, y que la Iglesia ha enseñado siempre, eso es pertenecer a la Iglesia Católica, ser Iglesia, que muy pocos lo comprenden. Muy pocos han comprendido que Chiara Lubich no es de la Iglesia Católica. Y el mismo Bergoglio lo confirma al poner la inspiración de ese movimiento en un evangelio falso, que es anatema en la Iglesia Católica: el evangelio de la fraternidad. Bergoglio habla para los suyos: para la gente masónica que está dentro de la Iglesia Católica. Pocos entienden que Bergoglio no es de la Iglesia Católica.

Bergoglio predica como un masón: la palabra del humanismo, de la fraternidad universal, del amor en la que toda idea humana tiene valor, porque simboliza que los hombres son hermanos. Es el ideal del masón. La fraternidad es «uno de los lemas de la Orden. Es la palabra secreta de muchos grados masónicos. Es el título de muchas logias (…)» (Diccionario de la masonería – Frau Abrines Lorenzo, Tomo 1, pag 320).

Bergoglio no es católico, sino que pertenece a la religión de la masonería: «Cada Logia Masónica es un templo de la religión; y sus enseñanzas son instrucciones en religión» (Albert Pike, Morals and Dogma, pag. 213 – 13° Cavaliere dell’Arco Reale di Salomone – ver texto). La masonería no es un grupo de amigos que se reúnen para tratar diversos temas, sino que es la Iglesia del Anticristo, es una religión de orden mundial, en la que se engloba a todo el mundo, a todas las creencias, a todas las mentes de los hombres. Esa iglesia, que el demonio ha ido manteniendo durante siglos, para oponerse a la Iglesia de Pedro, que es la auténtica Iglesia de Cristo.

Para el masón, toda la Palabra de Dios es un símbolo: «la Biblia es usada entre los masones como símbolo de la voluntad de Dios, en cualquier modo que ésta pueda expresarse» ( Albert G. Mackey en su “Lessico della Massoneria” bajo el término ‘Biblia’- ver texto). Por lo tanto, nunca Bergolgio va a dar la Voluntad de Dios cuando habla o cuando escribe. Sino que va a dar el símbolo de esa Voluntad de Dios: va a dar su interpretación, su visión humana, su idea que concibe en su mente. A todos aquellos que esperan que Bergolgio diga algo del Sínodo, que quite ese cisma que se ha levantado, y que ponga las cosas en su sitio, es que no han comprendido el juego del lenguaje de un masón.

Un masón nunca puede hablar como un católico, con una fe católica: nunca va a decir, Bergoglio, la verdad católica, lo que quiere escuchar todo católico que se precie: la Verdad como es, como está en el Evangelio, como la Iglesia siempre la ha enseñado. Esto no lo puede hacer Bergoglio, porque pertenece a la iglesia del Anticristo, que es la iglesia de la masonería. Y se dedica a jugar con las palabras, con las verdades reveladas, con los dogmas. A jugar: a dar vueltas a la tortilla para que sólo se vea su mentira como una verdad que todos tienen que seguir. Sólo resalta lo que él quiere explicar, lo que la gente quiere oír.

Bergoglio no cree en Dios, sino en su concepto, que en su mente tiene, de Dios. Es el símbolo que él ha sacado de la sagrada Escritura. Es su símbolo, su interpretación. Por eso, “Dios no existe”; “Jesús no es un espíritu”, etc… Sólo un hombre masón, arrogante, que tiene un delirio de grandeza, se atreve a decir tantas herejías desde la Silla de Pedro y quedarse tan tranquilo, como si no hubiera pasado nada, como si no hubiera dicho nada. Sólo un hombre que tiene delirios de grandeza puede hacer esto.

Muchos sacerdotes, piensan lo mismo, pero lo callan. Ocultamente obran su pecado, porque saben lo que es la dignidad del Sacramento del Orden en la Iglesia. Saben lo que es ser sacerdote, aunque ellos vivan otra cosa. Pero ya se ve, desde el Vaticano, la Jerarquía propia de la masonería, la jerarquía bergogliana, la propia que vive y obra su delirio de grandeza, la cual no le interesa el sacerdocio de Cristo para nada, ni Su Iglesia, sino que sólo viven para un plan masónico.

Bergoglio ha iniciado una nueva iglesia, con un nuevo gobierno, con un nuevo evangelio, comandado por su delirio de grandeza; y que es la misma iglesia del Anticristo. Él está sentado en el Trono de la Bestia. Es ya su Trono (no es el Trono de Pedro), porque Bergoglio ha puesto en el Vaticano el gobierno de la Bestia: su gobierno horizontal. La masonería ha tomado posesión oficial del Vaticano en la persona misma de Bergoglio, en la obra misma que este hombre se ha dedicado a hacer en su tiempo de gobierno en la Iglesia. Obra masónica y, por tanto, obra demoniaca, obra que pertenece al Anticristo, unido a esa mente, a esas intenciones maquiavélicas.

Bergoglio se ve a sí mismo con centro del mundo: «Estaremos siempre con el Señor» (ver texto). Bergoglio hizo que la gente coreara esto tres veces. Esto es lo propio de un líder de masas, no de un pastor de almas, que se cree el centro de todos. Bergoglio lleva a las masas al juego de su lenguaje humano, de su obra humana en la Iglesia. Entretiene a las masas con el lenguaje de su simbolismo, ocultándoles la verdad, para que todos hablen de él, para bien o para mal. Pero que hablen de él, que es lo que quiere: está sediento de la gloria del mundo.

Todo tiene un sentido para Bergoglio, menos para los demás. Lo que piensen los otros, eso no le interesa. Sólo busca su sentido masónico, que es una interpretación simbólica, en su gobierno: una ética humanista, fraternal, globalizante. Y, por eso, Bergoglio es un hombre que genera muchas reacciones cada día. Y, muchas de ellas, agresivas y violentas.

Cada día el mundo se despierta con una frase que este hombre ha dicho; con una entrevista nueva; con una herejía, la cual se va añadiendo a su lista como lo único que puede hablar este hombre a la Iglesia.

Bergoglio no puede decir una verdad católica, porque él está metido en su idea fija de lo que debe ser la Iglesia. Esa idea, que le obsesiona, es el nexo que usa para ser social, para estar en la realidad de la vida. Es una idea que forma parte de su vida de manera esencial: si la quita, su vida ya no tiene sentido. Esa idea, carente de toda verdad, es el centro de su existir. Por eso, este hombre no puede convertirse: está atrapado en su mente. Una mente pragmática, pero incurable. La vida le ha hecho un eterno demonio: su forma de vivir, su manera de poner su idea obsesiva como obra, como acto en su existencia. Todo son sus pobres, su comunismo, su libertad, su diálogo, su fraternidad. Pero no le interesa la Iglesia Católica. ¡Le trae sin cuidado!

«La cultura de las relaciones»: Para ser Iglesia hay que fantasear con una nueva cultura. Bergoglio es el nuevo Kant, pero en moderno. Kant, en su herejía, era lógico en la mente. Bergoglio, en su idea loca, es precisamente, un hombre que desvaría.

A Bergoglio no le gusta la teología, el orden del pensamiento: coge de aquí, de este filósofo; coge de allá, de aquel teólogo, y cocina su idea. Una idea sin el orden de la lógica, pero con un fin en el pensamiento. Un fin oscuro, secreto, que sólo él comprende, le da sentido. Los demás, no comprenden por qué se dedica a decir herejías todo el día. Y menos comprenden a la Jerarquía de la Iglesia que calla ante esas herejías.

Bergoglio habla la moderna herejía, que tiene que abarcar todas las verdades fundamentales, absolutas, dogmáticas, para ocultarlas con ideas mentirosas, pero fabricadas con un lenguaje de salón, puestas en una bandeja de plata: el lenguaje del simbolismo. De esa manera, quien lee, quien escucha, queda agradado por el lenguaje, sin ver el contenido de la mente, de lo que se está diciendo, que es todo una mentira.

Todo es relación en la creación y en las criaturas. Las Personas Divinas se comunican según una relación real, que no puede ser comprendida por la mente del hombre.

Los hombres, en sus vidas, buscan la relación, de muchas maneras, para darse uno al otro.

La relación es algo que está ahí, es real, pero nadie piensa en ella: se da sin más. Se da en la vida diaria, sin necesidad de hacer un acto mental para tener una relación. Se piensan las cosas, se obran y surgen las relaciones.

Pero para Kant, la relación es un ser mental, una idea. No es algo real. Para Kant, como para Bergoglio, no existe la Verdad: la verdad sólo está en la mente del hombre. No está fuera de ella. Entonces, el hombre, para vivir su vida, tiene que crearse, él mismo, con su mente, las relaciones con los demás, que significa crearse una ley para poder obrar en la vida: es la ley de la gradualidad.

Hay que crear «la cultura de las relaciones»: de las múltiples relaciones que el hombre tiene en su vida: familiar, social, económica, sexual, política, etc… De estas muchas relaciones, hacer un común; juntarlas todas en una cultura, que defina la vida de todos los hombres. En esa cultura de las relaciones, se da la ley de la gradualidad: los grados distintos, en las diversas facetas de la vida, para constituir una comunidad armónica, ordenada, fraternal, liberal, pragmática, movida por una caridad ficticia: «una ciudadela que es testimonio vivo y eficaz de comunión entre personas de distintas naciones, culturas y vocaciones, prestando atención sobre todo al vivir cotidiano, manteniendo entre ustedes la mutua y continua caridad» (Ib).

La comunión entre distintos credos, culturas, naciones, vocaciones: unir las múltiples mentes de los hombres, con sus diversas ideas, filosofías, en un lenguaje que sirva para todos. Un lenguaje que gobierne todas las mentes, en que todos se pueden apoyar para construir esa ciudad, ese mundo de todos y para todos.

«Esto significa que la Iglesia, además de esposa, está llamada a convertirse en una ciudad, un símbolo por excelencia de la convivencia y la relación humana» (ver texto). La Nueva Jerusalén es un símbolo, pero no una realidad divina. Esa Nueva Jerusalén hay que entenderla como una ciudad del mundo, en donde se dé lo humano: «la convivencia y la relación humana». La Iglesia está llamada a ser ciudad del mundo, a ser del mundo.

No hay nada divino en esa ciudad, porque es un símbolo de la Voluntad de Dios: «¡Qué bien, entonces, poder contemplar ya, según otra imagen muy sugerente del Apocalipsis, todos los pueblos y todas las naciones agrupados en esta ciudad, como en una tienda de campaña, será ”la tienda de Dios” .Y en este marco glorioso no habrá más aislamiento, ni intimidaciones ni discriminaciones de cualquier tipo – social, étnica o religiosa – porque todos seremos uno en Cristo» (Ib.). Todo es un símbolo, una imagen del Evangelio, que hay que ponerla en la realidad de la vida actual, según lo que pide el mundo. Así habla un hombre que tiene delirios de grandeza, que busca el nuevo orden mundial, la nueva iglesia para todos: «qué bien poder contemplar todas la naciones, todos los pueblos, todos los hombres…agrupados en esta ciudad….todos seremos uno en Cristo». Para Bergoglio es el vocablo humano: todos, sin excluir a nadie. Todos: santos y demonios. Todos: justos y pecadores. Todos. La comunión con todos: la cultura de las relaciones, la ley de la gradualidad, la ciudadela de todos los pueblos.

Para el Evangelio de Jesús no son todos, porque: «los cobardes, los infieles, los abominables, los homicidas, los fornicadores, los hechiceros, los idólatras y todos los embusteros tendrán su parte en el estanque, que arde con fuego y azufre, que es la segunda muerte» (Ap 21, 8). Este pasaje, tan importante para poder comprender qué es la Nueva Jerusalén, Bergoglio lo tiene que callar, porque va en contra de la idea masónica, que él sigue a ciegas: «La masonería es el adelanto hacia la luz en todas las líneas del progreso, moral, intelectual y espiritual» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Y, entonces, la idea católica del infierno hay que superarla, hay que llevarla hacia adelante e interpretarla como otro símbolo, no como una palabra real, dogmática, absoluta. Hay que desarrollarla en el lenguaje positivo de la vida: la ley de la gradualidad.

El infierno es un grado del intelecto del hombre: una idea que el hombre ha concebido, que es una proporción, una relación entre su vida religiosa y su vida humana de su tiempo. En este tiempo actual, hay que hablar a la Iglesia en positivo, avanzando de esos grados negativos a los grados positivos, que pertenecen al pasado, y que hay verlos y entenderlos de otra manera, simbólicamente. No son realidades, son sólo una manera de pensar antigua, propia de un grado de perfección intelectual, que ya no tiene valor para el mundo actual.

Bergoglio usa un lenguaje que dice: «para alcanzar la linfa espiritual del Evangelio, es necesario imaginar y experimentar una nueva cultura en todos los campos de la vida social» (ver texto). La linfa espiritual del Evangelio es la santidad. Pues bien, para ser santos hay que imaginar, hay que fantasear, hay que experimentar la cultura. Es el lenguaje del símbolo. Es la interpretación de la Sagrada Escritura según la mente del hombre, según su cultura, según los tiempos que vive, según lo que pide y exige el mundo actual.

¿Qué es la cultura? Es cultivar (= labrar, cuidar) la inteligencia en productos, en obras, en servicios para el hombre. Y una cultura que integre todos los campos de la vida social, humana, significa: crear el habitante del mundo. Crear el nuevo orden mundial. Crear una nueva religión mundial. Crearlo todo según la mente del hombre, según su ley de la gradualidad.

Bergoglio está hablando del nuevo orden mundial, que es la idea eje del masón. Todo es llevar al hombre a vestirse de lo humano, a presentarse ante los demás con la educación de un hombre que acepta a los demás, que lo tolera todo, que lo abarca todo, no por la verdad que cree el hombre, sino por la mentira que obra.

Para el masón, sólo existe la verdad que se encuentra en su mente. Fuera de ella, todo es mentira. Todo. Todos son grados del intelecto, pero no la verdad. En el progreso de todas las líneas humanas, se alcanza la verdad. En el progreso, en la gradualidad, en ver la vida como una proporción entre lo espiritual y lo humano.

Por tanto, el masón busca la mentira en todos los hombres. No puede buscar la verdad, porque ésta es una gradación, un desarrollo de toda idea humana. Busca todos los simbolismos para unirlos, para tolerarlos, para acogerlos, para formar una gradación de la mente del hombre, una perfección en su inteligencia. Perfección que no es la verdad. Es sólo un símbolo, pero no la verdad: «los símbolos se inventan con el fin de ocultarla (la verdad), y no de proclamarla» (Albert Pike – Diccionario de la masonería, pag 318). Nunca Bergoglio puede proclamar la verdad. Nunca. Siempre la oculta, para que se vea su mentira. Esto es el delirio de grandeza.

El masón quiere todas las obras de los hombres, quiere todas las ideas que han concebido los hombres, a lo largo de toda su historia, y ponerlas en grados, para aunarlas, para ocultarlas, en una mente humana modelo, maestra de todas, que tiene el grado mayor, que sólo uno puede poseer, el Anticristo. Quiere llevar a todos los hombres hacia el Uno: hacia una unidad mental, no real. Una unidad impuesta por una cabeza humana, que es una cabeza demoniaca, que contempla en ella misma todas las ideas de los hombres, las abarca todas.

La ley de la gradualidad es la propia de los masones. Todo en la masonería se concibe en los grados. Pero no se puede comprender la masonería en los grados, porque son sólo éstos símbolos que ocultan otras cosas. La masonería sólo se puede comprender en la mente del Anticristo. Los demás, trabajan para esta mente diabólica. Bergoglio trabaja para la mente del Anticristo.

El Anticristo es maestro en unir mentes humanas, todas con sus ideas, todas son mentiras, son símbolos que ocultan la verdad, porque sólo existe una mente verdadera: la de Él.

Bergoglio predica que hay que experimentar el nuevo orden mundial: «una nueva cultura en todos los campos de la vida social». En esa nueva cultura estarán todas las mentes de los hombres, en una ley de gradación, unidas en una mente maestra, en un arquitecto del mundo, que es el Anticristo.

Bergolgio sólo atiende a su lenguaje simbólico: «El principio de la sabiduría es el sincero deseo de instruirse, la instrucción es amor» (ver texto). Ser sabio es una gradación en la mente del hombre: hay que instruirse, hay que estudiar, hay que filosofar, hay que pensar… La fe es un acto de la mente del hombre para Bergoglio… La perfección del hombre es un acto de la mente del hombre, es una obra de la ley de la gradualidad.

Pensamiento que es totalmente contrario a la Palabra de Dios: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor, y son necios los que desprecian la sabiduría y la disciplina» (Prov 1, 7). No pecar, no ofender a Dios es el comienzo de la vedad divina. Es la verdadera instrucción, enseñanza. Pero el masón ha quitado la ley del pecado. Luego, ya no hay temor de Dios. Este pasaje de la Sagrada Escritura, sólo hay que entenderlo de manera simbólica, no real.

Si no existe este comienzo, si los hombres no aprenden esta sabiduría (= quitar sus pecados, mirarlos, arrepentirse de ellos), que es una disciplina para todo el hombre, para dominar su cuerpo y sus pasiones desenfrenadas, entonces el hombre habla, piensa y obra como un necio. Esto es lo que es Bergoglio: un necio, que vive de su lenguaje humano, en el cual no es posible hallar una verdad.

En el lenguaje humano que buscan en el Sínodo se quiere poner la ley de la gradualidad: el grado homosexual, el grado de los malcasados, el grado del Papa emérito, el grado de los sacerdotes que se casan, el grado de las uniones libres….Todo es un grado en la mente del hombre… Todo es un grado en la masonería.

La ley de la gradualidad es dividir la verdad absoluta en muchas partes, en muchas medidas, y seguir avanzando hasta conseguir el grado mayor, la cima en el grado, que sólo uno puede tener: el Anticristo. Y todos haciendo un común en esa mente, atados por una lenguaje humano, que se rige por una ley: la ley de la gradualidad.

¿Entienden por qué en el Sínodo en la primera semana sólo se han dedicado a esto: lenguaje humano, ley de la gradualidad, acompañar a todos en sus vidas de pecado? Estamos ante la religión del Anticristo, ante su iglesia, ante su trono en el Vaticano.

A mucha gente todavía le cuesta entender este punto, porque sólo se queda en el exterior del hombre Bergoglio, pero no sabe penetrar lo que hay en él. Él lo sabe esconder de manera maravillosa, porque es maestro de su propio lenguaje. Y todos quieren aprender de ese lenguaje, que es barato y blasfemo. Y nadie quiere aprender de la Palabra de Dios, que sale de la boca de los humildes, de los sencillos, de los disponibles a la Voluntad de Dios. Por eso, hay tantos falsos profetas por todas partes; tantos falsos doctores de la ley; tanto intelectual del demonio, que sólo habla doctrinas del demonio. Pero nadie quiere dar la Verdad como es.

Bergoglio tiene delirios de grandeza sólo por esto: desde la Sede de Pedro, siendo un sacerdote, siendo un Obispo, no se puede predicar la cultura de las relaciones, el evangelio de la fraternidad, el nuevo orden mundial, la iglesia ecuménica, en la que todos se salvan…. porque esto no es la Mente de Cristo. Esto no es lo que ha enseñado la Iglesia. Esto no es lo que está en el Evangelio. Todos han perdido el juicio en la Iglesia si callan ante las locuras de un hombre que sólo habla para él mismo, pero no para la Iglesia.

Es necesario no dar la obediencia a un hombre que sufre delirios de grandeza y que no sabe ver su pecado en la Iglesia. No se puede obedecer la mente de un hombre que no se arrepiente públicamente de las muchas herejías que ha dicho durante más de 18 meses en la Iglesia. No se puede. Hay que enfrentarlo y hay que invitarlo a que deje ese cargo para que su alma pueda salvarse. Pero él no va a escuchar esto, porque vive centrado en su delirio: ser grande entre los hombres; alcanzar el grado mayor entre ellos; ir a la profundidad de la inteligencia sin la verdad del amor. Sólo con el odio de su mentira.

Francisco sólo busca la popularidad en la Iglesia

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“esta Sede de San Pedro permanece siempre intacta de todo error, según la promesa de nuestro divino Salvador hecha al príncipe de sus discípulos: Yo he rogado por ti, a fin de que no desfallezca tu fe y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos [Lc. 22, 32]. Así, pues, este carisma de la verdad y de la fe nunca deficiente, fue divinamente conferido a Pedro y a sus sucesores en esta cátedra, para que desempeñaran su excelso cargo para la salvación de todos; para que toda la grey de Cristo, apartada por ellos del pasto venenoso del error, se alimentara con el de la doctrina celeste; para que, quitada la ocasión del cisma, la Iglesia entera se conserve una, y, apoyada en su fundamento, se mantenga firme contra las puertas del infierno”. (CONCILIO VATICANO I – SESION IV (18 de julio de 1870) Constitución dogmática I sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 4. Del magisterio infalible del Romano Pontífice ).

Enseña el Magisterio de la Iglesia que la Sede de Pedro siempre está intacta de todo error. Y, además, enseña que es Pedro, al tener este carisma de la verdad y de la fe, el que conserva a la Iglesia sin error.

El Papa verdadero nunca habla, enseña, gobierna con la mentira, con el error, con la herejía, con la falsedad de la vida. Siempre el Papa verdadero dice, obra y gobierna con la Verdad.

Es así que Francisco dice mentiras, herejías, errores, enseña a vivir de cara al mundo, gobierna la Iglesia con la mentira, y obra el engaño en todas las cosas.

Luego, Francisco no es el Papa verdadero, sino uno que se hace llamar Papa sin serlo, un impostor, una falsa cabeza con un falso gobierno en la Iglesia.

Pedro nunca dice una herejía en la Iglesia. Nunca. Ahí tienen las herejías de Francisco: son clarísimas. Luego, no se puede obedecer a Francisco porque no es Pedro.

No se puede llamar a Francisco como Papa, porque no es Pedro. Francisco hace que la Sede de San Pedro caiga en el error, en la mentira, en el engaño. Luego, no la mantiene intacta. No conserva la Verdad en la Iglesia. Hace que la Iglesia esté dividida: conservadores, tradicionalistas, progresistas, modernistas. Esta es la política que hay en la Iglesia actualmente. Hay división. No hay unidad, porque Francisco no es el Papa verdadero. Y, por tanto, está produciendo la división en la Iglesia, en toda la Iglesia.

El Cardenal Burke dice la verdad: “No sé exactamente cómo podría clasificarse este documento, pero no creo que se lo pueda considerar parte del Magisterio“. Y es removido de su cargo.

Esta es la señal de que Francisco no está en la Verdad, no ve su mentira, su error, sus herejías. Y, cuando alguien de los Cardenales se opone a él, valientemente, en vez de reconocer su error, lo quita de en medio.

Así es todo ahora en Roma. Quien hable en contra de Francisco, lo liquidan, lo mandan callar. Esto es gobernar con la dictadura, no con el Espíritu Santo, no con la verdad.

Francisco no ve su pecado. Luego, no puede gobernar la Iglesia con la Verdad, sino con la mentira.

Y la Iglesia no ha puesto el dedo en la llaga todavía con Francisco. Sigue buscando razones, pretextos, excusas, para justificar a un hereje, como Francisco.

El dedo en la llaga consiste en llamar Francisco: hereje. Y hacer que salga del gobierno de la Iglesia, que se vaya de la Silla de Pedro, porque es un hombre inútil para la Iglesia. Que lo destituyan, que lo destronen, porque hace que la Sede de Pedro esté contaminada con el error.

La gente va despertando del bodrio de Francisco, pero despierta mal. Sólo se escucha que Francisco es un enigma, que no se puede comprender lo que piensa, que es oscuro, pero nadie se atreve a decir: Francisco no es Papa porque es un hereje. Y ningún Papa verdadero es hereje. Todo Papa, aunque sea pecador, gobierna la Iglesia con la verdad, por causa del carisma que tiene sólo el Papa.

Francisco es un mentiroso, un pecador, dice herejías, y, no tiene ese carisma de la verdad y de la fe. Luego, no es Papa.

Si Francisco, siendo mentiroso, pecador, enseñara la verdad, gobernara la Iglesia con la verdad, entonces sería Papa verdadero. Pero no puede hacer eso, porque no posee el carisma de la verdad y de la fe. Luego, es un falso Papa. Dios no lo ha elegido como Papa. Si lo hubiera elegido, le habría dado ese carisma de la infalibilidad.

¿Lo quieren más claro?

¿Cuándo van a llamar a Francisco hereje, falso Papa, impostor? ¿Cuándo van dejarse de medias verdades con Francisco?

Francisco confronta el humanismo con el cristianismo. ¿Es que no se han dado cuenta?

La doctrina principal del cristianismo es la salvación de las almas del pecado. Reparar el pecado, expiar el pecado, aniquilar el pecado.

Francisco propone salvar a los pobres, a los miserables, a los miembros de la sociedad que están económicamente más desprotegidos. Ésa es el camino equivocado que Francisco ha metido a la Iglesia desde que está en la Sede de Pedro. Camino lleno de errores, que le ha llevado a escribir un auténtico panfleto comunista, como es la Evangelii gaudium. Ahí está el pensamiento de un hereje, no de un Papa que siempre debe mirar por la Verdad de la doctrina y centrarse en lo único importante: las almas, no los cuerpos.

Y este gobierno de Francisco es lo que enfrenta a la Iglesia con la doctrina verdadera, con el cristianismo. Por eso, Francisco ama el mundo y odia la Iglesia. Por eso, el mundo y los gays aplauden a Francisco. Y la Iglesia se halla dividida, preocupada, sin ver el camino de la verdad en la Iglesia.

Y Francisco propone este camino errado hacia los pobres sólo por una cosa: buscar la popularidad entre los hombres, en el mundo, aunque, para ello, tenga que hacer que la Iglesia se levante contra él.

Si la Iglesia se levanta, entonces tiene a sus guardias, para hacer callar a quien ose responderle en la Iglesia. Francisco es un dictador. ¿Es que no se han dado cuenta? ¿Por qué la gente sigue aceptando la falsa humildad de un hereje? En esa falsa humildad se esconde el humanismo de Francisco que contraataca al cristianismo, al catolicismo verdadero.

Llamen a Francisco con su nombre real: hereje. Y déjense de complacencias con él, de cariñitos. No es Papa, luego hay que quitarlo de la Silla de Pedro. Hay que destronarlo.

Un Papa verdadero nunca se equivoca en la Iglesia, aunque sea pecador. Nunca. Luego, Francisco no es el Papa verdadero. Es un impostor. Y aquellos Cardenales que lo eligieron son también impostores.

La Obra de la Redención de Jesús está olvidada en la Iglesia. Francisco ni la mienta, porque no cree en el Sacrifico de Cristo. Sólo cree en su mente humana. Y ahí está todo el contenido de su falsa fe en Dios y en la Iglesia.

Francisco busca la admiración del mundo, a través de actos públicos, a través de declaraciones de todo tipo; Francisco busca la popularidad, ser un hombre para el hombre, caerle bien al hombre y al mundo, decirle al hombre y al mundo lo que quieren escuchar. Y, entonces, no se puede enseñar la Verdad cuando el orgullo va en busca de popularidad, de aplauso, de alabanzas humanas.

Quien busca ser popular se hace infiel a la Verdad de Cristo. Cristo huía al monte para no estar con el pueblo. Francisco huye de Cristo para estar en el mundo.

Quien se hace popular no sigue el camino de la Cruz de Cristo, no sigue las huellas ensangrentadas de Cristo, no se abraza a Cristo Crucificado, sino que sólo besa el trasero de los hombres y del mundo para caer en la idolatría del pensamiento humano.

El que busca la popularidad no puede hablar en nombre de Cristo, no es la Voz de Cristo en la tierra. Es sólo un farsante, un embaucador, un hipócrita que no tiene vida espiritual ninguna.

Francisco busca su popularidad personal en nombre de Jesús. Está blasfemando el nombre de Jesús. Está tomando en vano el Nombre de Jesús. Lo usa para su bien privado en la Iglesia, no para el bien común de la Iglesia.

La Iglesia no es lo que enseña Francisco, no es lo que predica Francisco, no es lo que obra Francisco.

La Iglesia es de Cristo. Y sólo de Cristo. Y Cristo sólo pone una cabeza que nuca se equivoca, que nunca cae en la herejía, que nunca lleva a la Iglesia por camino errados: ¿De qué le sirve a nadie, a los pobres, tener todas las necesidades materiales, económicos, humanas, si su alma se pierde por toda la eternidad?

Francisco sólo hace su política marxista en la Iglesia: su teología de los pobres. Y se olvida de la razón por la que es sacerdote: expiar el pecado de todos los hombres para poder salvarlos y santificarlos.

Francisco no tiene el Espíritu de Cristo, sino el espíritu contrario a Cristo. Por eso, promueve el humanismo, ensalza el humanismo, anima a que todos hagan lo mismo en todas las diócesis. Y eso es oponerse a Cristo, negar a Cristo, anular a Cristo en la Iglesia.

Francisco está sustituyendo a Cristo con el deseo hunano, no de promover la justicia social, sino de buscar la admiración de todos por sus buenas obras. El deseo de ser popular, de ser del pueblo, de estar con el pueblo, en medio del pueblo, viviendo con el pueblo; eso mata el cristianismo, porque se hace con el espíritu del mundo, sin el Espíritu de Cristo.

Por eso, Francisco cae continuamente en el error. Luego, no es un verdadero Papa. Es un farsante, y así hay que nombrarlo sin tener miedo a nadie en la Iglesia.

Porque este es el principal temor de la gente: sublevarse en la Iglesia contra el Papa. No se puede hacer esto cuando el Papa es verdadero. Pero, cuando no es verdadero, entonces hay que levantarse contra ese hereje, que está destruyendo la Iglesia con su popularidad barata.

Hay que linchar a Francisco, sacarlo de la Silla de Pedro, porque un verdadero Papa guarda los tesoros de la Iglesia en su corazón y no permite que nadie en la Iglesia destruya la Verdad que Cristo le ha dado en su Pontificado. Hay que animar al Papa Benedicto XVI a que vuelva a ser Papa, porque él es el Papa verdadero puesto por Cristo en Su Iglesia hasta la muerte.

Tiempo para el demonio en la Iglesia

17 de diciembre

“Hombre apóstata, varón inútil, anda en boca mentirosa, guiña el ojo, refriega los pies, habla con los dedos, tiene el corazón lleno de maldad y siembra siempre discordias” (Pr 6,12).

La apostasía de la fe es un pecado que aparta totalmente de Dios y, por tanto, es distinto a otro pecado.

A la fe no pertenece sólo la credibilidad del corazón, sino también la confesión pública de la fe. Es necesario decir palabras y obrar en lo exterior esa fe que está en el corazón.

Quien vive de fe obra la fe exteriormente, de manera que todos puedan verla. Pero quien no vive de fe sólo obra al exterior su vida humana, o carnal, o material, o natural.

Cuando un hombre dice herejías en forma continua y no las quita, no se arrepiente de ellas, entonces eso es señal de que ha apostatado de la fe.

Cuando un hombre obra el pecado y no se arrepiente de él, sino que permanece y vive de ese pecado, entonces es la señal de que ha apostatado de la fe.

El que apostata de la fe perdió la fe totalmente. No tiene el don de la fe. Vive otra cosa muy diferente a la fe.

El que abandona la fe puede seguir estando en la Iglesia, pero de una forma exterior, hipócrita, farisea. En su interior, no tiene el espíritu de la Iglesia, pero sí posee el espíritu contrario, que le hace obrar en contra de la Iglesia.

El hombre que apostata de la fe con su boca habla de Dios, confiesa a Dios, predica muchas cosas, pero nunca da la Verdad de lo que habla, siempre da su interpretación de todas las cosas divinas. Y, por tanto, es un hombre que se dedica a hacer su religión, su evangelio, sus mandamientos, sus reglas, sus tradiciones, que no tienen nada que con la Verdad de la Iglesia.

De esta manera, se dan en muchas almas la apostasía de la fe. No es un pecado raro, sino común, porque es un pecado que imita en todo al hombre mundano, pero en la Iglesia. Es meter el mundo en la Iglesia, es vivir el mundo dentro de la Iglesia, es sacrificar todo lo divino en aras de los humano, de lo natural.

Vivimos dentro de la misma Iglesia Católica la apostasía de la fe en muchas almas que son sacerdotes, Obispos, fieles, que han perdido totalmente la fe. No es que cometan pecados mortales o que vivan, de alguna manera, su ministerio en la Iglesia o hagan sus apostolados en la Iglesia. Es que han abandonado totalmente la fe.

No sólo pecan mortalmente, sino que exaltan sus pecados, justifican sus pecados, aplauden sus pecados, llaman a sus pecado una verdad, un bien que se debe hacer.

En el gobierno de la Iglesia Católica hay hombres que ya no tienen fe, porque mantienen sus pecados a la vista de todo el mundo, de la Iglesia. No sólo esos hombres dicen herejías, sino que obran esas herejías a la vista de todos.

El que perdió la fe nunca puede obrar en lo exterior movido por la fe, sino que obrará según su inteligencia o sentimiento humano.

La fe, cuando se pierde, hace que el hombre sólo se quede en su ambiente humano, en su vida humana, en sus obras humanas, en sus culturas, en su ciencia, en sus conquistas humanas.

Pero lo peor no es esto: lo peor es que enseñan sus herejías, sus obras, en la Iglesia como algo verdadero que hay que seguir, como una obra que hay que hacer. Esto es el daño más grave de todos.

Esto produce que en la Iglesia se forme, al mismo tiempo, otra iglesia, distinta a la verdadera y tomada por muchos como verdadera, siendo una falsificación.

Y, cuando esta falsa Iglesia comienza a crecer, a desarrollarse, a tomar cimientos, control sobre la Iglesia verdadera, entonces viene lo peor: se oscurece la Verdad, se oscurece la Iglesia verdadera y sólo queda la falsa; sólo se ve la falsa, sólo se atiende a los postulados que se predican desde la falsa iglesia.

El problema de Roma, desde que Benedicto XVI renunció, no está en lo que hemos visto en diez meses, sino en lo que no se ve, en lo que se oculta, en lo que hay detrás de cada hombre que está en el gobierno de la Iglesia.

Nadie sabe ahora, a ciencia cierta, qué pasa en la verdadera Iglesia, porque sólo se da a conocer la falsa iglesia. Francisco sólo predica la mentira, sólo gobierna con la mentira, sólo realiza obras mentirosas. Y eso es en lo que todo el mundo se fija. Pero nadie atiende a la verdadera Iglesia. Quien no está con Francisco, ¿cómo vive su fe? ¿Cómo obra en la Iglesia?
Esto es lo que nadie atiende, lo que nadie sabe, porque la Verdad ha sido oscurecida en Roma. Y se quiere, desde Roma, que todo el mundo siga la falsa iglesia, que todos estén de acuerdo con Francisco, que nadie rechiste, que nadie diga que es un hereje.

Y esta imposición de Roma, esta prepotencia de Roma, hace que se oculte la verdadera Iglesia y que nadie viva esa verdadera Iglesia, que todos se acomoden a lo que tienen, aunque no les guste, aunque se vean herejías y se obren esas herejías.

El daño más grave en la apostasía de la fe, dentro de la Iglesia, es éste: nadie atiende a la Verdad de la Iglesia, sino que todos quieren construir la Iglesia a su manera. Todos están preocupados por agradar a Francisco, pero nadie se opone a Francisco.

Durante diez meses nadie ha aprendido a luchar contra los herejes en la Iglesia. Todos se han acomodado a las circunstancias que se ha dado y prefieren decir: con estos bueyes hay que arar.

Este es el mayor error que un alma puede cometer en la vida espiritual: acomodarse al espíritu que se le ofrece desde Roma. Y, entonces, como no se discierne el Espíritu, sino que se acomoda el hombre a ese espíritu, sin preguntarse si es bueno o malo, viene la ruina más total.

Quien acepta al que ha apostatado de la fe, quien lo obedece, quien se somete a él, entonces acaba abandonando la fe y se hace apóstata como él.

Este es el gran peligro, ahora, en la Iglesia. Gobiernan apóstatas de la fe, entonces, las almas dentro de la Iglesia pierden la fe y se condenan.

Para no perder la fe hay que atacar al hereje, al apóstata de la fe. Atacarlo. No darle tregua. No preguntarse si es hereje formal o es hereje accidental. Muchos esperan una declaración de la Iglesia que llame hereje a Francisco. Esperan en vano. No va a ocurrir, porque en Roma no están en eso. Roma ya no ve el pecado de nadie, sino que exalta el pecado de todo el mundo. Roma aplaude al pecado y a su pecado, pero ya no guarda la fe, la verdad, ya no es custodia de la almas, sino perversión de ellas.

Estamos en un momento muy crítico, muy grave, que los hombres no han meditado en ninguna manera.

Ven lo que hace Francisco, pero le siguen el juego, se acomodan a lo que hay en la Iglesia. Ya no luchan por la Verdad de la Iglesia. Muy poquitos ven lo que hay y dicen lo que hay con todas las consecuencias. ¡Cuesta decir la Verdad! ¡Hay que morir para decir la Verdad! ¡Hay que desprenderse del falso respeto humano, de la falsa compasión, de las falsa fraternidad hacia el hombre, y plantar cara al hereje!

La Iglesia no es viril en la vida espiritual, sino que está afeminada. Vive de blanduras, de sentimentalismos, de vanidades, de placeres exquisitos. Pero no capta la verdad viril, la verdad que transforma la vida, la verdad que hace ser un hombre sólo para Dios, no para el mundo.

Francisco predica una espiritualidad afeminada y a todos les gusta. Así está la Iglesia, así vive la Iglesia la vida espiritual: una gran tibieza. Francisco da lo que busca el hombre. Eso se llama tibieza; al hombre le gusta sentirse débil, sentirse que alguien se fija en él, que alguien lo ama. Pero no quiere dar el amor, no quiere entregarse sin más, sino que sólo busca su propio interés en todas las cosas.

En las predicaciones de los apóstatas sólo se señala una cosa: que Dios nos ama con ternura. Y no se dice más. Todos somos pecadores, pero Dios nos ama a todos. Es siempre el mismo argumento. Nunca un apóstata va a decir que hay que luchar contra el pecado para tener el amor de Dios. Nunca. Porque ya no cree. No tiene fe. Y vive según su amaneramiento de la fe: abajó a Dios a su manera de ver la vida; hizo descender lo divino a su mente humana para fabricar su dios, su evangelio, sus reglas, sus normas, su iglesia.

Y, en esta fábrica, sólo puede haber un camino para el que quiera salvarse: oponerse en todo al que ha abandonado la fe. Quien no camine así, en una Iglesia que no es la verdadera, sino la falsa, entonces acaba perdiéndose “en nombre de dios” y haciendo la “voluntad de dios” que esa falsa iglesia impone a los demás.

El que apostata de la fe impone siempre su orgullo, su pensamiento a los demás. Y lo impone como si fuera divino. El Papa verdadero nunca obliga a nada en la Iglesia, sino que sólo señala el camino de la verdad, y a aquel que no le guste, entonces toma las medidas necesarias en el Espíritu para extirpar de la Iglesia a un hereje, para que no haga daño.

Francisco no puede ser un Papa verdadero porque deja que en la Iglesia la gente peque, viva en su pecado, y él mismo exalta su pecado en medio de todos. Por eso, el mundo lo aplaude, los gays lo aplauden.

Siempre a un Papa verdadero, el mundo lo crucifica y los homosexuales hablan mal de él. Esa es la señal de que un alma tiene a Dios: cuando el mundo la combate.

Señal de que Francisco no tiene a Dios: que el mundo lo aplaude.

Pero lo más grave es que, dentro de la Iglesia, también acogen lo que el mundo dice de Francisco. Y, cuando sucede eso, es señal de que ha iniciado la ruina de toda la Iglesia.

Nadie se levanta para destronar a Francisco: eso es gravísimo. Y, entonces, como las almas que deberían tomar partido en contra de Francisco, no lo hacen, abren el camino para que el demonio lo haga y produzca en la Iglesia la mayor división, la mayor ruina de todas.

El tiempo corre a favor del demonio. Dios se cruza de brazos y ve cómo el demonio destruye 20 siglos de Iglesia en Roma.

La estupidez en la boca de Francisco

reydelaiglesia

La estupidez llena Roma. La vana alegría, la vana esperanza en un mundo corrompido por el pecado; la vana ciencia donde todo se discute, pero nada se soluciona; la vana palabrería llena de la majestad de la ignorancia y del error.

Todo en Roma se oculta, la verdad de las cosas no conviene decirlas, porque ya nada es como antes, sino que todo ha cambiado, todo huele a destrucción, a ruina, a muerte.

Como mataron a Jesús, así hoy se mata Su Palabra. Como hirieron la Verdad, así se hiere a los hombres que anuncian la Verdad.

Francisco es un viejo sin sabiduría divina. En él no se puede dar la Palabra Divina: “Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano” (Lev. 19, 32). En Roma las canas se han hecho corruptas. Sólo viven para odiar y aniquilarlo todo.

¡Cuántas palabras inútiles!: “Hoy existe el ecumenismo de la sangre”. La unión en la sangre es la mayor estupidez de todas. Pero, por supuesto, a Francisco le importa poco que eso suene a herejía. Es su mentira que la luce al mundo, que la hace brillar a todos para que los bobos, como él, digan: ¡qué bien habla ese hombre! ¡qué humildad tiene este santo varón!

“En algunos países matan a los cristianos porque llevan consigo una cruz o tienen una Biblia; y antes de matarlos no les preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos”: es decir, todos los que mueren con una cruz o con una biblia son mártires, son santos. ¡El mundo ha sido canonizado por Francisco! Y nadie contempla la herejía. Todos se callan, todos siguen diciendo: ¡qué humilde es Francisco!

Esta es la estupidez y la locura de Francisco, un hombre, que es instrumento del demonio, para hacer que la Iglesia se someta a la mentira. Y la Iglesia no acaba de ver lo que es este hombre. No se quiere quitar la venda de los ojos. La Iglesia está maltrecha y espiritualmente abnegada en el pecado, manchada con el pecado. Y, ¿de quién es la culpa? ¿Del demonio? Sí, pero también de tantos sacerdotes, Obispos y fieles que no han hecho nada para defender la Verdad, que es Jesús. Todos defienden sus verdades, que son sus herejías, como hace Francisco desde que comenzó a reinar en la Iglesia. Un reinado que lleva a la Iglesia a la tumba de todo Espíritu.

Un pueblo terco es la Iglesia, un pueblo duro de cerviz, que se cree santo y justo a los ojos de Dios y a los ojos de los hombres. Un pueblo que no se da cuenta de la realidad de los hechos: está gobernado por un maldito.

Esto es lo que nadie quiere aceptar. Jesús es el Rey de la Iglesia; Francisco es el instrumento del demonio para aniquilar el Reinado de Cristo en la tierra.

Nadie llama a Francisco como lo que es: impostor, falso Papa, anticristo, falso profeta, el que robó la silla de Pedro con su orgullo, el que planeó, desde antes de la renuncia del papa Benedicto XVI, su impostura en la Iglesia, el que buscó un atajo para dar a la Iglesia la devolución del protestantismo en Ella.

Francisco tiene el espíritu del protestante. Ese espíritu significa que ninguna verdad existe en la Iglesia. Sólo la verdad está en la libre interpretación del Evangelio.

Esto es lo que, en toda homilía, en toda declaración, en toda charla que da Francisco, obra sin más. Y obra apoyado sólo en su autoridad humana en la Iglesia. Como los hombres lo han elevado a un cargo que no le pertenece, entonces se aprovecha de ese cargo para hundir a la Iglesia con sus ideas protestantes. Y, por eso, le gusta inventarse términos, como a todo protestante. Le gusta innovar, le gusta las modas, le gusta cambiarlo todo. Nunca permanece en algo. Sólo está inmóvil en una cosa: en su pecado.

Nadie quiere atender a este hecho. Todos cierran sus ojos y sus oídos ante esta realidad. Nadie, entre los sacerdotes, entre los Obispos, se opone a Francisco. Nadie. Consecuencia: la Iglesia tendrá que llegar al fondo para despertar. Y, por eso, cuando muchos despierten, será tarde.

Se tiene que llegar al fondo del pecado actual en la Iglesia: habéis aceptado a un impostor para que os gobierne, entonces someteos a ese impostor hasta que quedéis en la ruina total. Y cuando lleguéis a esa ruina, es cuando vais a abrir vuestros ojos.

La Iglesia está enferma de muerte. Nadie se levanta de esa enfermedad. Es una enfermedad que lleva a la destrucción de la misma Iglesia, de lo que se ha construido en Roma desde hace 20 siglos. Todo quedará anulado por la mano del hombre, por el pensamiento del hombre, por las obras de los hombres en Ella.

“Los que matan a los cristianos no te piden el documento de identidad para saber en cuál Iglesia fuiste bautizado”: la unión de los católicos, la unión de los cristianos, sólo es posible en el Espíritu. La carne y la sangre no valen para nada, no sirven para unir nada. El Espíritu es el que da vida (cf. Jn 6, 63). Y ¿quién es Mi Madre y mis hermanos? Los que hacen la Voluntad del Padre, los que obran en todo según el designio del Espíritu en sus vidas (cf. Mt 12, 46).

Francisco llama hermanos a todo el mundo, menos a los que son del Espíritu. Francisco no diferencia a los hombres, porque sólo los ve de carne y hueso, de carne y sangre, de sentimientos y de pensamientos comunes.

Para el que tiene fe estas palabras de Francisco sólo confirman una cosa: su estupidez como hombre en la Iglesia; su gran necedad como gobernante en la Iglesia, y su ridícula espiritualidad como hombre en la Iglesia.

¡Cuántos estúpidos, necios y amorfos siguen a Francisco! ¡La Iglesia está llena de hombres así! ¡Llena! Esta es la tristeza mortal. Esto da pena. Esto es un asco.

¡Vivir en una Iglesia como está es morir de pena y abatimiento!

Ya para morir por Cristo sólo hace falta tener en la mano una biblia o una cruz. Hay niños que tienen una metralleta en una mano y al cuello un rosario. ¿También son santos? ¿También se salvan?

Nunca un Papa verdadero ha desbarrado tanto como Francisco. Ningún Papa verdadero se ha atrevido a decir estas barbaridades en público en 20 siglos de Iglesia. Por eso, Francisco no es Papa verdadero. Sólo Francisco ha hecho la diferencia. ¡Menuda diferencia! ¡Menuda papeleta tiene la Iglesia con Francisco! ¡A qué abismos no va a llegar la Iglesia cuando no se opone abiertamente a este farsante!

Os calláis. Las piedras van a hablar: veréis cómo Roma queda totalmente destruida porque habéis destruido la Verdad que, durante 20 siglos, se había edificado en Roma.

Nadie quiere ver esta verdad. Todos se asustan. Nadie quiere meditar en las barbaridades que un hombre hace en la Iglesia y que otros callan y aplauden.

¡Es para llorar lo que viene a la Iglesia!

“Debemos tratar de facilitar la fe de las personas más que controlarla”: es decir, acabemos con los dogmas para que todo el mundo sea libre de hacer lo quiera en la Iglesia. Una fe que no se limita en la Verdad, no es fe. Una fe que no se controla con la Verdad, no es fe. Una fe que no es dirigida por la Verdad, no es fe. Abajo las leyes morales, las leyes éticas, la ley divina, la ley natural. Abajo todo eso. No hay mandamientos de Dios. Inventémonos los mandamientos de los hombres. ¡Como le gusta a cada hombre vivir su fe! Esto es lo que viene. ¿Qué se creen? ¿Qué viene una primavera de santidad a la Iglesia? Viene la primavera comunista a Roma.

Todos contentos con la falsa libertad que da Francisco a todo el mundo, pero nadie ve el complot que hay detrás de todo eso. Nadie ve los tanques que van a arrasar con todo. ¡Ensimismados con la vanidad que ofrece Francisco a la Iglesia!: regala en navidad a los pobres tarjetas de teléfono y billetes del metro. Esto es destruir la Iglesia. Éste es el comienzo de la ruina en la Iglesia.

A los pobres hay que darles la Verdad, no dinero. A los pobres hay que darles la Vida, no la muerte que ofrece el mundo. A los pobres hay que darles el camino para salir de su pecado, no incentivarlos en el camino del pecado, del apego a las riquezas.

Francisco es lo más opuesto a la Verdad, que es Jesús. No sirve para nada. sólo sirve para destruir la Iglesia como lo está haciendo.

Él no hace nada en la Iglesia: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien”.

Francisco sólo escucha a los hombres en su gobierno, pero no escucha la Voz de Cristo. Está dando oídos a lo que ocho cabezas proponen en la Iglesia. ¡Vaya manera de gobernar una Iglesia! ¿A qué se dedica Francisco en la Iglesia? Sólo a hablar. Nada más. A entretener a la Iglesia dando sus herejías diariamente.

Es claro lo que hace este hombre en el gobierno de la Iglesia: nada. Quien no lo vea es que es ciego como él. Está en la Iglesia, se ha puesto como jefe de la Iglesia para decir herejías. Punto y final. Sólo ha hecho una obra: destruir el Papado, poniendo a ocho idiotas que gobiernen su iglesia en Roma. Ocho bocazas que, de vida espiritual, no tienen ni idea. Y si no hay vida de comunión con Dios, ¿qué van a gobernar? Sólo sus planes en la vida: ¿qué hay que hacer para tener más dinero y más poder en la Iglesia? En eso piensan esos ocho idiotas.

¿Qué creen que va a salir de un gobierno que no cree en el infierno, en el purgatorio, en el pecado, en la cruz, en la oración, en la Iglesia, en el sacerdocio? ¿Qué esperan de esos ocho idiotas? De Francisco ya no hay que esperar nada. Sólo escucha, pero no decide nada. Quien ahora gobierna son otros.

¿No ven que no es un gobierno de ayuda, como lo explicó Francisco? ¿No ven que son ellos los que gobiernan? Entonces, ¿para qué está Francisco en la Iglesia? ¿Para qué está sentado en la Silla de Pedro? ¿No ven el engaño? ¿No han captado lo que viene?

Francisco sólo escucha y, después, se va a hacer lo suyo, su obra de teatro en la Iglesia. Luego, cae Francisco y otro se pone en el gobierno. Eso es clarísimo en las palabras de Francisco. ¿No saben leer? ¿No sabe descifrar el pensamiento de ese loco, que habla muchas cosas y no dice nada, no dice la realidad de las cosas, sino que las oculta, como masón que es.

Estamos en unos momentos graves para toda la Iglesia. Y esto no es un juego. Es la cruda realidad: hay que salir de Roma muy pronto porque ya todos es insostenible.

Francisco: un hombre ciego

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Francisco ha demostrado que es un hombre ciego, que no ve su pecado y que hace todo lo que está en su mano para señalar que es santo, justo e inmaculado.

Un hombre humilde reconoce su error y lo quita. Un hombre soberbio ve su error y lo llama verdad, y hace que todo el mundo lo llame verdad. El hombre soberbio no ve su pecado, sino que justifica su pecado ante todo el mundo.

¿Qué otra cosa es esa declaración para dejar sentado que él no es marxista, qué él está en la Iglesia para dar de comer a los pobres, porque así su dios –el demonio- se lo ha mandado, para decir, ante el mundo y ante la Iglesia que su evangelii gaudium da la doctrina social de la Iglesia?

Sólo un político corrupto hace lo de Francisco: habla la mentira y, cuando ve que las cosas no van como él quisiera, cuando ve el descontento en los demás, cuando percibe la murmuración en la Iglesia, se apresura a declarar que él ha hecho lo correcto. Es decir, da otra mentira, da otro engaño para hacer que el ambiente se calme, para desviar la atención de la gente.

Así actúa Francisco: no puede nunca decir la verdad, sino que siempre busca un camino para decir su mentira y tratar de convencer a todos de que, esa mentira, es la verdad de los hechos. Que los demás se equivocan, no saben leer, no saben interpretar sus magníficos escritos en el contexto que él ha puesto en ellos. Él es el propio intérprete de sus escritos. No permite que nadie diga algo en contra de su pensamiento brillante.

Francisco está ciego en su pensamiento. Su obsesión es el dinero. Vive en la Iglesia para recoger dinero, no para los pobres, sino para él. Él tiene que pagar a tantos sacerdotes y Obispos masones que lo rodean, y que tienen que hacer en la Iglesia la ruptura del dogma con todas sus consecuencias.

Francisco sólo habla para desviar la atención de lo principal: su deseo de destrucción de la Iglesia. Esto no lo dice, porque sabe que es peligroso. Sólo habla de cosas sin importancia, para entretener a la masa de la Iglesia, y hacer que esa masa lo tenga por santo, por justo, por humilde, por caritativo.

Ningún Papa verdadero hace lo de Francisco. Cuando el mundo ha criticado a los Papas, éstos callaban y, después, se hacía una declaración por parte de la Iglesia sobre el punto de la crítica.

Pero Francisco se lanza al mundo para hablar él, para hacer que el mundo lo escuche, se fije en sus palabras, en su verborrea, en su pensamiento pueblerino. A Francisco le gusta que le tomen por uno más del pueblo. Eso es señal de que no es sacerdote, de que no comulga con la Jerarquía auténtica de la Iglesia. Porque el sacerdote es de Cristo, no del pueblo. El sacerdote es para dar las Palabras de Cristo al pueblo, no para aprender del pueblo su lenguaje amorfo, como él ha dado buen ejemplo en su panfleto comunista evangelii gaudium. Emplea palabras que, en un documento de la Iglesia, no se deben usar.

¿A quién quiere engañar Francisco con ese deseo de ser popular, de ser mundano, de dar gusto a todo el mundo, menos a Dios?

Sólo se engaña él, pero los demás ven su engaño. Al mentiroso se le coge en su mentira.

“En la Exhortación no hay nada que no se encuentre en la Doctrina social de la Iglesia”. Quien haya leído con detenimiento esa basura habrá visto los errores continuos en que cae ese hombre, sus herejías claras y su ineptitud para dirigir la Iglesia en lo social y en lo espiritual. Francisco no tiene ni idea de lo que es la doctrina social de la Iglesia. Sólo habla de sus pobres y de la forma cómo conseguir dinero abriéndose al mundo para ello.

Francisco, para combatir a los que lo han criticado, en vez de reconocer su error, en vez de decir que ese documento está hecho con la doctrina comunista, que tiene sus bases en la teología de los pobres, del cual él es su fundador, habla una nueva mentira. Y ¿quién le cree esta mentira? Los bobos, como él es. Los soberbio, como él lo es.

Una persona humilde reconoce su pecado. Francisco no puede reconocerlo, sino que obra siempre su pecado. Acumula pecado tras pecado, porque el soberbio sólo mira su pecado, no puede mirar la verdad.

Francisco no ve la verdad. Es imposible que la vea, por más que se le diga, por más que se den razones: él es el santo, el justo, el que sabe hacer las cosas bien en la Iglesia.

Y, por eso, dice su pecado: “Para mí la Navidad siempre ha sido esto: contemplar la visita de Dios a su pueblo”.

Un Papa verdadero enseña que la Navidad es adorar a Dios en el Hijo que ha dado a Luz la Virgen María, en un establo, en un lugar apartado del mundo y olvidado de los hombres.

Eso es la Navidad: adorar a Dios. Para Francisco, la Navidad es adorar al hombre. A Francisco se le coge en su mentira, en sus hablas, tan bonitas, pero tan mentirosas. Si Francisco fuera Papa hablaría como un Papa, pero como es un demonio, habla como demonio: Dios visita a su pueblo. Y es el pueblo el que tiene que visitar a Dios, el que tiene que adorar a Dios, el que tiene que darse cuenta de que Dios está con el pueblo.

Un Papa verdadero no concede entrevistas, porque no tiene que hablar con el pueblo, sino sólo enseñar al pueblo la verdad. Y, para ello, sobran las palabras, las entrevistas, porque eso se hace con las obras, con el testimonio de las obras verdaderas.

Francisco, como no es Papa, habla a los hombres para darles gusto a los hombres, porque carece de las obras de verdad. Y entretiene a la gente con sus palabras de mentira, que es lo único que sabe hacer en la Iglesia: un charlatán que no enseña ninguna verdad ni al mundo ni a la Iglesia.

Por eso, Francisco cae en su sincretismo religioso: “Si (Dios) nos ofrece el don de la Navidad es porque todos tenemos la capacidad para comprenderlo y recibirlo. Todos, desde el más santo hasta el más pecador, desde el más limpio hasta el más corrupto. Incluso el corrupto tiene esta capacidad: pobrecito, la tiene un poco oxidada, pero la tiene”. Tremenda herejía la que dice aquí Francisco.

Cada día Francisco, en sus homilías, dice una herejía. Y, por su puesto, en sus declaraciones no podía faltar la herejía. Es clarísima esta herejía, pero muchos no la ven. Muchos la leen, y qué cosa más bonita dice aquí Francisco: todos los hombres tienen sabiduría divina para comprender los dones de Dios. Esta es su herejía.

¡Hasta el más corrupto sabe lo que es el Espíritu de la Navidad! Apaga y vámonos. Todos somos inmaculados, santos, justos. Cada uno, en su pecado, en su religión, en su secta, con su demonio, en el infierno, vive el Espíritu de la Navidad, vive el don de Dios, porque, claro: “Dios nunca da un don a quien no es capaz de recibirlo”. Éste es su error.

Nadie es capaz de recibir el don de Dios. Nadie puede merecer el don de Dios. Nadie tiene inteligencia para poder comprender el don de Dios. Si Francisco dice esto está yendo contra la gracia. Está diciendo que no es necesaria la gracia para comprender el don de Dios, sino que, cada hombre, con su inteligencia, comprende lo que Dios le da, porque tiene capacidad de recibirlo.

Francisco es un pelagiano. Clarísima herejía, pero nadie la ve. Nadie quiere verla. De esta herejía no se hablará, porque como está dicha en un lenguaje vulgar, pueblerino, no está fundamentada con una filosofía, con una teología, entonces, dirán lo de siempre: hay que comprender las palabras de Francisco en el contexto que las dice. Lo de siempre. La mentira de siempre.

El hombre no tiene capacidad para recibir ningún don de Dios. Nadie merece nada, porque todo es gratis. Y si Dios da un gracia, Dios da al hombre todo para obrar esa gracia. De otra manera, el hombre no podría hacer nada con la gracia. Estas cosas no las enseña Francisco. Y un Papa verdadero enseña todo esto. Pero Francisco no es Papa, es un falso Pastor que engaña a todos con sus palabras hermosas, pero vacías de verdad. Y ¿a quién le importa la hermosura si no tiene la verdad?

La verdad es hermosa por sí misma. No necesita de palabras ni de frases ampulosas, bonitas, puestas en una bandeja de plata. La verdad, por sí misma, cuando se dice, da su hermosura al corazón.

Francisco se detiene en su pecado favorito: “Frente a un niño que sufre, la única oración que me viene es la oración del “por qué”. ¿Señor, por qué? Él no me explica nada, pero siento que está viéndome. Entonces puedo decir: “Tú sabes por qué, yo no lo sé y Tú no me lo dices, pero me ves y yo confío en Ti, Señor, confío en tu mirada””.

Su oración es su ruina en la vida espiritual. Una oración que sólo consiste en recordar las cosas de Dios, en memorizar lo que otros hicieron con las cosas de Dios. Pero nunca su oración penetra los cielos.

Un Papa verdadero da la respuesta que él no sabe dar porque lee lo que no tiene que leer: “Para mí, Dostoyevski ha sido un maestro de vida, y su pregunta, explícita e implícita, siempre ha rondado mi corazón: ¿por qué sufren los niños? No hay explicación”.

Sí; hay explicación, pero sólo la encuentran los humildes de corazón, no los soberbios, como Francisco.

Un Papa verdadero dice que la existencia del sufrimiento de los niños es el pecado. Francisco, como no es Papa, dice: No hay explicación…Sólo veo la mirada del Señor, sólo confía en su mirada ante ese hecho.

Es un argumento sentimentaloide, afectivo, que sólo sirve para contemplar la estupidez de este hombre: no tiene vida espiritual ninguna. Sólo vive de sus sentimientos, de sus afectos, de su charlatanería. Y ahí se queda, como si hubiera descubierto América: no hay explicación. El Señor no me lo dice. Porque eres un soberbio, un orgulloso y un lujurioso. Y Dios no habla con tal calaña de hombres. Dios se da a los humildes y sólo a los humildes.

“Con la comida que dejamos y tiramos podríamos dar de comer a muchísima gente. Si lográramos no desperdiciar, reciclar la comida, el hambre en el mundo disminuiría mucho.”: esta es la solución mágica todos los problemas económicos. Esto es todo lo que hay que hacer en la vida: recoger comida para dárselo a los pobres. Que los pobres coman de lo que tiramos a la basura. Esto va contra la caridad fraterna. Porque si invito a un pobre a comer, le doy lo mejor que tengo. Eso es el amor verdadero. No le doy lo que no quiero, lo que me sobra.

Francisco enseña la miseria hacia los pobres, no el amor hacia ellos. Él come bien en el Vaticano y, después, recoge las migajas para darle de comer a un pobre. Eso sólo lo hace un miserable, pero no uno que ama a Dios. Francisco no enseña ninguna verdad. Sólo habla por hablar, para entretener a la gente, para decirse a sí mismo: qué santo y justo soy con todos los hombres.

¡Da asco este hombre! ¡Da pena leer lo que dice, lo que escribe! ¿Cuándo la Iglesia va a despertar de las idioteces que dice este hombre? Que se vaya a su casa a vivir sus navidades, pero que deje ya de estar en una Iglesia que no sirve para nada.

“La ideología marxista está equivocada. Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenos como personas, y por esto no me siento ofendido”: claro, dice lo que conviene, para seguir mintiendo. Esta es la razón de estas declaraciones. No es hablar de la Navidad, es atacar a los que le han atacado a él.

El marxismo es un error, pero él no dice que su teología de los pobres sea un error. A su teología le ha quitado las palabras marxistas, que molestan. Y ha dejado lo mismo: el marxismo, pero con otro lenguaje, con otras palabras. Pero es lo mismo. Esto no lo dice, porque claro, tiene que mentir brillantemente. Tiene que decir lo que la Iglesia quiere escuchar de él: “La ideología marxista está equivocada”.¡Oh, qué respiro! Esta es una verdad, pero en su boca una gran mentira.

A Francisco se le coge por su mentira: “Pero en mi vida he conocido a muchos marxistas buenos como personas”. Esta es la mentira. Ningún marxista en bueno como persona. Los marxistas han matado siempre a los católicos. Siempre. Se han opuesto siempre a la Verdad. No pueden congeniar un marxista y un católico. Nunca. Como Francisco es marxista, entonces, ha conocido personas buenas y santas en el marxismo, como él lo es. Por eso, de esta mentira, se deduce que lo primero es una gran una mentira. Da un verdad para engañar, para decir una mentira, para esconder una mentira (su teología de los pobres). Y lo que queda es la mentira: hay personas buenas en el marxismo. Así habla siempre un falso profeta: verdad y mentira; verdad y mentira. Une las dos cosas para siempre acabar en una mentira, para señalar sólo la mentira y ocultar lo que no quiere decir.

“no hablé como técnico, sino según la Doctrina social de la Iglesia. Y esto no significa ser marxista”: Francisco habló como un idiota, y ahora quiere que los bobos le crean en lo que dice. Francisco no dijo nada de la doctrina social de la Iglesia. Ni una palabra. Sólo desarrolló su teología de los pobres. Y no más. No hizo alusión a nada de los Papas anteriores. Sólo se dedicó a nombrar frases del Magisterio, para después hacer lo de siempre: una verdad y una mentira.

Francisco ha dado la doctrina marxista en su documento, en un lenguaje pueblerino. Eso basta para ser marxista y hereje. No hay que ser técnico, no hay que estudiar ni para ser marxista ni para ser hereje. Con el solo pensamiento, cuando éste se va de la verdad, se cae en la herejía y en el marxismo. Francisco quiere buscar una excusa para tapar su pecado: no use un lenguaje técnico. Barata excusa. Manifiesto pecado.

Y seguiremos en otro post machando al hereje Francisco.

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