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La escalada al poder: todos bajo el cisma

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Del libro de Austin Ivereigh, titulado “El Gran Reformador: Francisco y la creación de un Papa radical”, muchos han concluido que unos Prelados Católicos han formado un “equipo”, o usando la terminología de la Universi Dominici, «un pacto, un acuerdo, una promesa u otro compromiso», en el cual se «obligan a dar o negar su voto a una persona».

Si el “team Bergoglio” existió, podría argumentarse que ellos simplemente son personas con ideas afines, que cambian puntos de vista, sin un «pacto, acuerdo, promesa».

Pero hay un testimonio –el del Cardenal McCarrick- que evidencia que había una campaña, un cabildeo, que estaba organizado, y que él estuvo de acuerdo en unirse a él.

El Cardenal McCarrick no era un Cardenal elector en el último Cónclave, sino que era un Cardenal que asistía a las Congregaciones generales, como está permitido por las leyes establecidas.

Un hombre influyente, no religioso, le presionó y le seleccionó para que hiciera propaganda de Bergoglio. Es claro su pensamiento, tal como él lo cuenta:

«…sólo antes de entrar en las conversaciones generales … un muy interesante e influyente caballero italiano me preguntó si podía verme, así que le dije que sí. Él vino a verme al seminario, en el Colegio Americano donde me alojaba. Nos sentamos; se trata de un hombre muy brillante, hombre muy influyente en Roma….;… hablamos de varias cosas; él tenía un pedido que preguntarme del pasado… en los Estados Unidos…; pero, luego dijo: “¿qué pasa con Bergoglio?”. Y me sorprendió la pregunta; le dije: “¿qué pasa con él?”. Él dijo: “¿Tiene él una oportunidad?”. Yo dije: “Yo no lo creo porque… nadie ha mencionado su nombre, él no ha estado en la mente de nadie… no creo que nadie vote por él». Él dijo: “Él podría hacerlo, ya sabes”. Le dije: “¿Qué podría hacer?”. Él dijo: “Él podría reformar la Iglesia. Si usted le diera 5 años, él podría ponernos de nuevo en el objetivo. Él tiene 76 años, si él tuviera 5 años, el Señor, obrando a través de Bergoglio, en 5 años podría hacer que la Iglesia surgiera de nuevo”. Yo dije: “Eso es interesante”. Él dijo: “Yo sé que eres su amigo”. Le dije: “Así lo creo”. Él dijo: “Habla con él”. Dije: “Bueno, vamos a ver qué pasa… ésta es la obra de Dios“.…Mi amigo me dijo: ”Vota por Bergoglio”. Yo no lo sé».

Un «hombre italiano muy influyente», que conocía que el Cardenal McCarrick era amigo del cardenal Bergoglio. Este «hombre italiano muy influyente» se encontró con el Cardenal McCarrick con anterioridad a las Congregaciones Generales, en la cual se dan los discursos antes de que comience la votación del cónclave. Este «muy influyente hombre italiano» dijo al Cardenal McCarrick que “hablara” con el Cardenal Bergoglio. Más tarde, el Cardenal McCarrick describe este mismo hecho como un «push Bergoglio»: Puja por Bergoglio; haz campaña; vota por Bergoglio.

Así que, una persona externa, el «hombre italiano muy influyente», interfiere con la elección del Sumo Pontífice, sugiriendo al Cardenal McCarrick que «hablara» y que «votara» por el Cardenal Bergoglio. Todo esto es una violación de la Universi Dominici Gregis, en el artículo 81:

«Los Cardenales electores se abstendrán, además, de toda forma de pactos, acuerdos, promesas u otros compromisos de cualquier género, que los puedan obligar a dar o negar el voto a uno o a algunos. Si esto sucediera en realidad, incluso bajo juramento, decreto que tal compromiso sea nulo e inválido y que nadie esté obligado a observarlo; y desde ahora impongo la excomunión latae sententiae a los transgresores de esta prohibición. Sin embargo, no pretendo prohibir que durante la Sede vacante pueda haber intercambios de ideas sobre la elección».

Como el Cardenal MCcarrick no era elector, entonces sólo viola esta norma de manera indirecta. Una violación de un Cardenal elector es castigada con una excomunión latae sententiae. Pero aquellos que hacen un pacto, un acuerdo, un lobby, que tengan «la misma intención delictiva», que «concurran en la comisión de un delictivo», pero «que no son mencionados expresamente en la ley», como es el caso de un cardenal no elector,- como el cardenal Mccarry-, «quedan sometidos a las mismas penas, o a otras de la misma o menor gravedad» (Canon 1329 § 1 ).

El Cardenal McCarrick, muy sutilmente, admite haber aceptado las palabras de ese «hombre italiano muy influyente», y así lo predica ante los demás Cardenales:

«Entonces… tuvimos las Congregaciones Generales… hablé, durante 5 minutos y 15 segundos, como el hombre que… como el cardenal dijo… Yo dije 3 cosas. Dije, número 1… alejarse de los pobres, y en cierta medida temo que en algunas zonas del mundo, estábamos lejos de los pobres. Y eso es muy peligroso. Yo dije, espero que el nuevo, que el que sea elegido Papa, será alguien que, si él mismo no es un latinoamericano, al menos tendría que tener un interés muy fuerte en América Latina, porque la mitad de la Iglesia está allí. Así que realmente ustedes tienen que empezar a pensar dónde está la gente. Me olvidé de la tercera cosa que dije, probablemente no era nada bueno, de todos modos».

Claramente, el cardenal sigue la sugerencia del «hombre influyente»: «yo espero que el nuevo, el que va a ser elegido papa, será alguien que, si él mismo no es un latinoamericano, al menos tenga un interés muy fuerte en Latino América». ¿Por qué nombrar a un latinoamericano si un Papa tiene que ser para toda la Iglesia, no de un país concreto?

El pensamiento del cardenal estaba fuera de Bergoglio: «Yo no lo creo porque… nadie ha mencionado su nombre, él no ha estado en la mente de nadie… no creo que nadie vote por él». Él no tenía en la mente la candidatura de Bergoglio. No lo veía como Papa. ¿Por qué cambia de parecer? Por la influencia de ese hombre italiano, un hombre con autoridad civil, un político, un hombre de gran influencia, que había sido requerido por los Cardenales para hacer lobby antes de las congregaciones generales. Para captar adeptos, que hablaran a favor de Bergoglio. Y así los Cardenales electores votaran por Bergoglio.

La política metida en un Cónclave. No sólo es el equipo Bergoglio. No sólo son unos Cardenales que quieren un Papa determinado. Es todo lo que hay montado y que no se ve, no se percibe con claridad.

Además, ¿cómo consiguió Ivereigh los datos para su libro? Estando con los diferentes personajes, juntando las anécdotas de todo lo que aconteció aquellos días:

«Mientras entrevistaba a mi antiguo jefe, Cardenal Cormac Murphy-O´Connor, para el libro, me he basado en una serie de notas distintas, algunas de las cuales fueron off the record (sin grabación), así como algunas anécdotas de diferentes lugares, lo cual es una práctica habitual para las reconstrucciones periodísticas de las elecciones papales. Las citas que uso del Cardenal Murphy-O´Connor son una que él ha dado en diferentes entrevistas. Cometí dos errores en la redacción de mis notas. Uno de ellos fue dar la impresión de que el grupo de los cardenales, que solicitaban la elección de Bergoglio, consiguió el acuerdo antes del cónclave, lo cual ellos no hicieron; quise significar que ellos creyeron que esta vez él no lo había de rehusar. Inmediatamente después de esta frase escribí: ”Me preguntó si él quería. Él dijo que él creía que, en este tiempo de crisis para la Iglesia ningún Cardenal podría rehusar si se lo preguntaran”. De hecho, ese cambio no tuvo lugar antes del cónclave, sino durante».

Ivereigh dice explícitamente que había un esfuerzo para solicitar el voto. Y esto va en contra de la norma 81, de la Universi Dominici Gregi.

Además, dice que «él no lo había de rehusar», refiriéndose a Bergoglio, que fue ya promovido por ese equipo en el Cónclave del 2005. Y se preguntaba «si él quería». Y la respuesta era clara: el tiempo de crisis es algo fabricado por la masonería, por ese equipo, por ese lobby, para elevar al Pontificado a un falso Papa: poner su hombre. Para levantar su iglesia.

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«Al cardenal Murphy-O’Connor le gustaría disipar cualquier malentendido surgido del libro sobre Francisco de Austen Ivereigh (informe del 23 de Noviembre). Le gustaría dejar claro que no se hizo, en los días anteriores al cónclave, ningún acercamiento al entonces cardenal Bergoglio, por parte suya o, hasta donde él sabe, por ningún otro cardenal para buscar su asentimiento para convertirse en un candidato para el papado.

Lo que ocurrió durante el Cónclave, que no incluyó al cardenal Murphy O’Connor porque tenía más de 80 años, está ligado por el secreto» (Maggie Doherty – Secretaria de Prensa del Cardenal Cormac – Murphy-O’Connor).

La nota de la secretaría de prensa del Cardenal Murphy-O’Connor es una negación de los hechos y una clara violación del secreto.

Dice el Papa Juan Pablo II, en la Universi Dominici Gregis, n. 59:

«En particular, está prohibido a los Cardenales electores revelar a cualquier otra persona noticia que, directa o indirectamente se refieran a las votaciones, como también lo que se ha tratado o decidido sobre la elección del Pontífice en las reuniones de los Cardenales, tanto antes como durante el tiempo de la elección. Tal obligación del secreto concierne también a los Cardenales no electores participantes en las Congregaciones generales, según la norma del n.7 de la presente Constitución».

Después de la elección de un nuevo Papa, continúa el secreto, el cual pesa sobre los Cardenales electores y sobre los no electores:

El Cardenal Murphy-O´Connor era un Cardenal no electo. Por tanto, está obligado a guardar silencio sobre lo que sucedió antes de la elección de Bergoglio. Durante la elección no pudo estar.

Luego, su negación: «no se hizo, en los días anteriores al cónclave, ningún acercamiento al entonces cardenal Bergoglio»; es una clara violación del secreto. En la nota no se puede ni afirmar ni negar nada. Sólo hay que decir: por la norma 58 de la Universi Dominici Gregis estoy obligado al secreto bajo pena de excomunión:

«Quienes, de algún modo, según lo previsto en el n. 46 de la presente Constitución, prestan su servicio en lo referente a la elección, y que directa o indirectamente pudieran violar el secreto ―ya se trate de palabras, escritos, señales, o cualquier otro medio― deben evitarlo absolutamente, porque de otro modo incurrirían en la pena de excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica».

La nota de prensa no puede indicar una negación de los hechos. Como la indica, se está diciendo que existieron esos hechos.

Esta nota pone en duda la validez de la elección al ser una nota de negación: se rompe el secreto impuesto al Cardenal no elector O´Connor. Se cae en excomunión.

Sólo los Cardenales electores pueden hablar de lo que ocurrió, en la elección, por «una especial y explícita facultad» (n. 60) que da el sumo Pontífice para este caso. Ni O´Connor es Cardenal electo ni Bergoglio ha dado esa facultad.

El Papa Juan Pablo II enseña en el número 82:

«Igualmente, prohíbo a los Cardenales hacer capitulaciones antes de la elección, o sea, tomar compromisos de común acuerdo, obligándose a llevarlos a cabo en el caso de que uno de ellos sea elevado al Pontificado. Estas promesas, aun cuando fueran hechas bajo juramento, las declaro también nulas e inválidas».

No se pueden tomar compromisos de común acuerdo antes de la elección para que, después, se llevan a efecto. Estas capitulaciones son nulas.

¿Qué es lo que hizo Bergoglio? Él mismo lo cuenta:

«Sobre el programa, en cambio, sigo el que los cardenales pidieron durante las congregaciones generales antes del cónclave. Voy en esa dirección. El Consejo de los ocho cardenales, un organismo externo, nace de ahí. Había sido pedido para que ayudase a reformar la curia… Mis decisiones son el fruto de las reuniones pre‐cónclave. No he hecho nada yo solo… Han sido decisiones de los cardenales. No sé si es una postura democrática, yo diría más bien sinodal, aunque la palabra para los cardenales no es apropiada». Entrevista-al-Papa-Francisco.-29.06.2014

Claramente, es inválida la elección de Bergoglio por muchos caminos.

Por supuesto, el Vaticano lo niega todo:

«Puedo declarar que los cuatro cardenales citados niegan explícitamente esta descripción de los hechos, tanto lo que afecta a la petición de un consenso previo sobre el cardenal Bergoglio como lo relacionado con una campaña para su elección». Lombardi añadió que los cardenales «desean que se sepa que están sorprendidos y contrariados por lo publicado». (ver)

Es una negación que no niega nada: se niega esa descripción, pero no pueden negar la verdad de los hechos, que se puede contar de muchas maneras, pero sin revelar los hombres que, en verdad, están detrás de todo esto.

Es una negación que también rompe el secreto que deben guardar esos Cardenales.

Y, además, son unos cínicos: «están sorprendidos y contrariados». Mayor hipocresía no puede haber en Roma.

Pero esto, ya no lo quita nadie.

Han puesto a su hombre: un hombre lleno de verborrea humana. Sólo habla para agradar a los hombres, pero no a Cristo en la Iglesia.

Ha sido puesto ahí para desmantelar toda la Iglesia. Y lo está haciendo, en la oscuridad. Entretiene a todo el mundo con su palabra engañosa y, después, su equipo, sus cardenales, sus obispos, sacerdotes, hacen el trabajo sucio, sin que nadie se dé cuenta.

Como no tienen leyes en la mano, tienen que usar su poder sacerdotal en contra de toda verdad. Y eso es el cisma declarado, con obras, -no con leyes, con una doctrina que se exija- con sus obras de pecado es como llevan a toda la Iglesia hacia la gran maldad.

No se puede estar con Bergoglio como Papa. Es una gran blasfemia. Es cometer el pecado contra el Espíritu Santo. Y son muchos los que ya lo han cometido y los que lo van a cometer.

El pecado de la cabeza

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Muchos no comprenden el pecado de una cabeza puesta por Dios.

Adán es cabeza del género humano. Dios lo creó como cabeza. Y de él iba a salir una humanidad para Dios.

Pedro es Cabeza de la Iglesia. Dios lo puso para llevar a los hombres al Cielo. Es la nueva humanidad, la de los hijos de Dios por la Gracia en Cristo.

Dios puso sus Reyes en el Antiguo Testamento (Saúl, David, Salomón). Ellos eran cabezas de naciones, para gobernar al hombre en su vida humana, social, cultural, para salvarlos de sus enemigos.

Cuando Dios pone una cabeza, entonces el pecado de esa cabeza se transmite a todos los miembros. Así el pecado de Adán se transmite siempre a todos los hombres, vía generación, porque su pecado fue en el sexo.

El pecado de Pedro, como cabeza de la Iglesia, se transmite a todos los miembros de la Iglesia. La misión de Pedro en la Iglesia es guardar la Verdad, luchar por la Verdad, enseñar la Verdad a todo el Cuerpo Místico. Un Papa que no haga esto, peca como Cabeza de la Iglesia y su pecado pasa a toda la Iglesia. El pecado del Papa Benedicto XVI, renunciando al Papado, es un pecado como cabeza, no es un pecado personal del Papa. Y ese pecado se transmite, vía espíritu, a toda la Iglesia. La Iglesia queda oscurecida en la Verdad, herida en la Verdad, porque un Papa no ha sabido ser Papa hasta la muerte. No luchó por la verdad de su misión en la Iglesia, por el llamado divino a su alma, y hace pecar a toda la Iglesia en él.

El pecado de un gobernante, elegido por Dios, para regir un país, se transmite, vía espíritu, a todos los que integran ese país. Si ese gobernante peca contra la misión que Dios le ha puesto en ese país, entonces hace pecar a todos los demás hombres que lo integran.

El pecado de una cabeza es sólo de la cabeza, es decir el culpable de ese pecado es la cabeza, no de los miembros de la Iglesia o del país o de la humanidad.

El culpable del pecado de Adán es Adán. Los demás hombres no tienen culpa de lo que hizo Adán, pero sí sufren la culpa de Adán, por la esencia del pecado de Adán. Si Adán sólo hubiera pecado de soberbia, entonces el pecado no hubiera pasado a toda la humanidad. El pecado de Adán pasa a los demás hombres porque Adán quiso hacer una humanidad para el demonio. Usó el sexo para la obra del demonio, en contra de la Voluntad de Dios. Por eso, todos los hombres nacen bajo el demonio de Satanás.

Todos los hombres son inocentes del pecado de Adán, no tienen culpa de ese pecado; pero no se pueden salvar, porque nacen con el pecado original, con el pecado de Adán. Nacen con un demonio. Y el demonio se encarga de hacer pecar a cada hombre para validar ese pecado original. No hay hombre que no haya pecado personalmente, con pecado propio, por la fuerza que tiene el pecado original en todo hombre.

Ese pecado de Adán, en cada hombre, no es un pecado social. No es que cada hombre cometa el pecado original. Es el pecado de una cabeza, que Dios ha puesto como inicio de una humanidad. Es el pecado que se transmite, que está en todo hombre y que es principio de los pecados personales de cada hombre.

Los pecados de los gobernantes, que no son elegidos por Dios, que rigen los distintos países del mundo no son pecados de la cabeza, porque Dios no los ha puesto directamente. Dios tiene que decir que ese hombre es cabeza. Dios crea una cabeza. Y la creó en Adán, en Pedro, en Saúl, en David, en Salomón; pero en todos los demás.

Dios ha puesto, en Su Iglesia, una Jerarquía. Y ésta es cabeza de la Iglesia. Y, por tanto, todo sacerdote, todo Obispo, que está en la Iglesia, tiene a su cargo almas, personas, unidas a él como cabeza. Esa cabeza las rige y esa cabeza tiene la misión de salvar a esas almas, de llevarlas a la verdad, al cielo.

Nadie, en la Iglesia se salva solo ni se condena solo. Por eso, si un sacerdote sale de la Iglesia y funda otra cosa, como fue Lutero, entonces eso que funda, el Protestantismo, tiene un cabeza, que ha puesto Dios para Su Iglesia, pero que es dirigida por el demonio, para una nueva iglesia. Y el pecado de ese sacerdote, de Lutero, se transmite a todos los que componen el protestantismo, por ser Lutero un sacerdote, una cabeza puesta por Dios.

Por eso, los pecados de la Jerarquía son más graves que los pecados de cualquier hombre, porque son pecados de la cabeza. Imitan el pecado de Adán; es decir, pasan su pecado a todos los demás miembros. Los demás miembros no son culpables de ese pecado de la cabeza, pero sí tienen que sufrir, que soportar al demonio en sus vidas. Y es un pecado que inicia otros muchos pecados en las almas.

Por tanto, el holocausto y cualquier mal que se haya dado en las guerras no son pecados sociales. No fue culpa de los alemanes o de otros hombres, que lideran los gobiernos. Hitler tuvo su pecado, pero no era cabeza divina de Alemania. La matanza de los judíos fue el pecado de muchos, que siguieron un pensamiento humano; pero el pecado de Hitler no es el pecado de Alemania. Llorar por este pecado, como lo hace Francisco, es una necedad, porque no es el pecado de una cabeza. Es sólo los pecados de muchos hombres, que siguieron un plan diabólico. Por tanto, no se expía ese pecado poniéndose como alma víctima por él, que es lo que hace Francisco: «‘Adán, ¿dónde estás?’. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer. Acuérdate de nosotros en tu misericordia». Esta es la herejía de un hombre que no ha comprendido el pecado del holocausto, porque niega el pecado original y, sólo existe, para él, los pecados sociales.

El pecado del holocausto se expía cargando con los pecados de todos los hombres que obraron ese holocausto. Es una reparación espiritual, que Dios sólo sabe cómo hacerla. Y, cada alma, tiene que pedir a Dios la manera de expiar esos pecados.

Los pecados que se dan en las guerras son lo mismo: pecados de los hombres. No son pecados, ni de los jefes de las fuerzas armadas, ni de los gobernantes de turno, etc. Cada uno tendrá su pecado en esos conflictos y añadirán más o menos maldad. Y cada uno es culpable de su pecado en esas guerras. No se da nunca el pecado social de un país en una guerra. Se dan las consecuencias de los pecados personales.

Pero el pecado de una cabeza es Dios quien tiene que ponerle un nuevo camino. No son los hombres, los que expiando el pecado de la cabeza, redimen la cabeza.

Así, el pecado de Adán necesitaba un Nuevo Adán: Jesucristo. Adán hizo una humanidad para el demonio. El Nuevo Adán hace una humanidad para Dios.

El pecado de los reyes (Saúl, David, Salomón) necesita un rey de Dios que se dedique a lo que quiere Dios en un Reino: «Yavhé te unge por príncipe de su heredad. Tú reinarás sobre el pueblo de Yavhé y le salvarás de la mano de los enemigos, que lo rodean» (1 Sam 10, 1). Con el pecado de Salomón, los reinos de toda la tierra se corrompieron y no hay gobierno, no hay país en el mundo que no tenga el pecado de esa cabeza, que pasó de Saúl a Salomón. Y, por eso, existen profecías sobre el Gran Monarca, que es el que va a reparar los pecados de esos reyes: «El quinto período de la Iglesia, el cual empieza cerca de 1520, terminará con el arribo de santo Papa y el poderoso Monarca quien es llamado “Ayuda de Dios” debido a que el restaurará todo. El quinto período es uno de aflicción, desolación, humillación, y pobreza para la Iglesia. Jesús Cristo purificará Su gente a través de crueles guerras, hambrunas, plagas, epidemias, y otras horribles calamidades. El también afligirá y debilitara la Iglesia Latina con muchas herejías. Este es un período de deserciones, calamidades y exterminios. Aquellos cristianos que sobrevivan a la espada, plagas y hambrunas, serán solo algunos en la tierra» (Ven. Bartolomeo Holzhauser (siglo xvii)).

«El gran Monarca y el gran Papa precederán al Anticristo. Las naciones estarán en guerras por cuatro años y gran parte del mundo será destruida. El Papa se ira a través del mar llevando el signo de la Redención en la frente. El gran Monarca volverá a restaurar la paz y el Papa compartirá la victoria.» (Abate Werdin D’orante (Siglo Xiii)).

El pecado del Papa Benedicto XVI tiene Dios que remediarlo con un nuevo Papa, que será Pedro Romano. Hasta que Dios no lo ponga, como dicen las profecías estará la Sede Vacante, una vez que muera el Papa Benedicto XVI: «Antes de que rompa nuevamente la guerra, la comida será escasa y cara. Habrá poco trabajo para los obreros, y los padres oirán a sus niños llorar por la comida. Habrá terremotos y señales en el sol. Hacia el fin, la oscuridad cubrirá la tierra. Cuando todos crean que la paz está asegurada, cuando nadie lo espere, el gran acontecimiento comenzará. La revolución romperá casi al mismo tiempo en Italia como en Francia. Durante algún tiempo la iglesia estará sin un Papa». (El extático de tours, siglo XIX).

El pecado de una cabeza es siempre el pecado de todos sus miembros, pero éstos no son culpables de ese pecado, pero sí sufren sus consecuencias.

Ahora, la Iglesia sufre las consecuencias del pecado del Papa Benedicto XVI, un Papa que no se mantuvo en la verdad católica ni luchó hasta la muerte por esa verdad. Y, por eso, no pudo llevar al mundo las consignas del Catolicismo, sino que ha dado tinieblas y oscuridades en su pecado. Y ha abierto la puerta a todas las herejías con su pecado; herejías que presionaban a la Iglesia desde hace 50 años, pero que los Papas pusieron un dique, un muro, para que no se desbocasen. El Papa Benedicto XVI se bajó de la Cruz y, todavía, sigue en su pecado. Permitió tanta oscuridad en la Iglesia al dejar que los Cardenales eligiesen a un impostor. Y él sabe que Francisco no es Papa legítimo.

Y, ahora, el problema es para toda la Iglesia. Porque Francisco, por ser cabeza, por su sacerdocio, ha iniciado una nueva iglesia, en su casa del Vaticano. Ha hecho como Lutero, pero sin irse de la Iglesia.

Dentro de la Iglesia, de los muros del Vaticano, está levantando su pecado. Y es el pecado de una cabeza. Y ese pecado se transmite a todos los que comulgan con Francisco: sacerdotes, Obispos, fieles, hombres del mundo, etc. En esa nueva iglesia, se da el pecado de la cabeza. La cabeza es la culpable de ese pecado, pero los demás también lo tienen. Y, al poseerlo en sus almas, es el origen de nuevos pecados en esa iglesia.

Por tanto, quien siga a Francisco, sencillamente se llena del pecado de Francisco, y comienza a obrar otros pecados y, de esa manera, se va al infierno directamente, sin posibilidad de salvación, por el pecado de Francisco. El pecado de este hombre es el culto al hombre: su humanismo. Es la perfección del pecado humanista, que comenzó en el siglo XV, con el Renacimiento. Es un pecado que cierra totalmente el corazón a la Gracia y que todo lo mide con el pensamiento del hombre. Por eso, Francisco no cree en ningún dogma. No es católico. Sólo cree en lo que se inventa cada día con su cabeza humana.

Francisco no hace escuela intelectual, porque su pecado va hacia la vida del hombre, no hacia su mente. Su pecado no es para conquistar las mentes de los hombres, sino para arrastrar a los hombres a la vida del hombre. Por eso, él emplea siempre el sentimiento, la ternura humana, el cariño, las lágrimas, lo que le gusta a la gente. Pero no sabe hablar. Cuando habla es el primer idiota de todos, sin ninguna inteligencia. Y, por eso, cala en los hombres que viven de sus sensiblerías en la vida espiritual. A los hombres les gusta sentir la vida, pero no creen en la Palabra de Dios. A los hombres les gusta escuchar que Dios los ama y que Dios lo perdona todo. Y se conforman con un hombre así, que les entienda en su vida humana. Pero no les interesa un hombre de dogmas, de verdades absolutas, de leyes divinas. Por eso, Francisco es el hombre para el hombre, para el pueblo, para el mundo, pero no para la Iglesia Católica. No sabe decir ninguna Verdad sin poner su mente humana, su idea, su visión, su opinión. Y éste es su dogma en la nueva iglesia, su única verdad: lo que hay en es mente.

Por eso, en estas circunstancias de la vida de la Iglesia no se puede obedecer a ninguna Cabeza. Ahora, la Iglesia está sin Cabeza. Y esto es muy importante discernirlo. La Cabeza renunció. Luego, no hay obediencia. Porque la Iglesia es el Papa. Si el Papa no quiere ser cabeza, nadie es cabeza en Ella. Nadie. Porque Cristo guía a Su Iglesia sólo con Su Papa, no con la Jerarquía de la Iglesia, por más santa que sea.

Ahora, la Iglesia sólo es guiada por el Espíritu. Y aquel que quiera ser Iglesia tiene que hacer un acto de renuncia a todo lo que hay en el Vaticano. A toda obediencia que venga del Vaticano. No se puede obedecer a una Jerarquía totalmente dividida, como la que la Iglesia está presentando en todas partes. Unos están con Francisco, pero no lo siguen en todo; otros están en algunas cosas y en otra no; otros no están con nada ni con nadie, ni siquiera con ningún Papa. Todo es una calamidad en la Iglesia. Y este es el fruto del pecado del Papa Benedicto XVI: se vive de opiniones en la Iglesia. No se vive de la Verdad.

Ahí tienen la prueba en Francisco, en este viaje del demonio que hace por Jerusalén, y en todos los que le acompañan. Todos dice sus barbaridades, sus herejías. Y todos quieren contentar a un hereje. Y nadie se opone a su herejía ni a su cisma.

Y quien no renuncie a lo que viene de Roma, queda pillado, en su alma, por el pecado de esa cabeza.

Es muy importante entender el pecado de una cabeza, que Dios ha puesto para el bien, pero que el demonio hace su juego para obrar el mal dentro de la Iglesia.

El pecado de Francisco condena automáticamente, por ser el pecado de una cabeza, de una jerarquía. Y quien obedezca a Francisco o a los que le sucedan en su gobierno, obedecen a una mentira siempre.

Quien, todavía, no sepa discernir que Francisco no es Papa, entonces su alma está en un gran peligro de condenación. Y quien vea las herejías de ese hombre, pero le siga obedeciendo, por las estructuras que hay entre el Vaticano y los demás Ordinarios, su alma está en un gran peligro. Muchos, por un plato de lentejas, respetan la figura de Francisco. Y no saben oponérsele como hay que hacerlo: con la verdad. Sino que juegan al ratón y al gato; y esperan que todo cambie para seguir en sus negocios en la Iglesia.

Es tiempo de no dar obediencia ni a Francisco ni a ningún Obispo en la Iglesia. Porque viene un pecado mayor en esa nueva iglesia. Y ese pecado oscurece, de tal manera al alma, que no puede salir de eso sin una ayuda de Dios, que no merece. Por eso, hay que rezar mucho por la Jerarquía, porque quedará atrapada en ese pecado, y sólo por las oraciones de las almas que creen, que ya forman la Iglesia Remante, podrán salir.

El pecado de una cabeza es lo más importante en la vida espiritual. No se da el pecado personal sin el pecado de Adán. Y, por eso, el pecado de Adán es un misterio para todo hombre, porque lo tenía todo y lo perdió todo en un abrir y cerrar de ojos.

Y el varón es cabeza de la mujer. Es una cabeza que Dios ha puesto a la mujer. Y, por eso, el pecado del varón, como cabeza de un matrimonio, de una familia, de unos hijos, sólo Dios sabe cómo se repara en cada matrimonio. Porque es el pecado de una cabeza. Y la mujer, cuando su hombre peca, su vida se desintegra de tal manera que necesita recurrir a la gracia divina y pedirle al Señor cómo camina en su vida, en su matrimonio, sin la cabeza del varón.

Sólo el Papa Benedicto XVI es la Voz de Cristo en la Iglesia

evangelio

La Iglesia ha sido fundada sobre Pedro y, por tanto, nunca Pedro puede sentirse libre de responsabilidades porque el gobierno de la Iglesia está pendiente de sus decisiones.

Lo que decida Pedro en la Iglesia marca a la Iglesia siempre.

El Papa Benedicto XVI decidió renunciar, entonces el gobierno de la Iglesia no existe, no se puede dar, no se puede ejercer con la Autoridad de Dios. Se obra con una autoridad humana, postiza, figura de la de Dios.

La renuncia del Papa Benedicto XVI cerró la puerta a la Verdad en la Iglesia, porque sólo Pedro es la Verdad en la Iglesia. Él da la Verdad, que es Jesús, porque es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Y no hay otra Voz en la Iglesia sino el Papa Benedicto XVI, verdadero Papa hasta la muerte.

Francisco se subió al poder como antipapa y cristalizó su gobierno como anticristo. Francisco no es el Papa de la Iglesia Católica, sino la cabeza de una nueva iglesia levantada en Roma, imponiendo al Papa Benedicto XVI la renuncia a su vocación divina en la Iglesia.

Francisco se sentó en la Sede de Pedro por imposición, no por elección divina. Fue impuesto, no fue elegido. Los Cardenales, en el Cónclave votaron para elegir a un Papa, pero todo fue un engaño más de la masonería de la Iglesia.

La masonería eclesiástica impuso un antipapa para dar comienzo a la destrucción de la Iglesia Católica. Y este antipapa, llamado a ser el primero de muchas cabezas en la Iglesia, ha dado -a la Iglesia- durante diez meses lo que es.

Francisco no sólo es un antipapa, uno que va en contra del papa, sino –también- un anticristo, un hombre sin el Espíritu de Cristo, sin el Espíritu de la Iglesia, sin el Espíritu Santo. Ha dado lo más contrario al Espíritu: su humanismo.

Lo que sucede en la Iglesia es lo que hizo el Papa Benedicto XVI al renunciar: dejó abierta, de par en par, la puerta para que entre el Anticristo en Ella.

Ése fue el obstáculo removido, pero no totalmente, porque la Iglesia es Cristo y Su Vicario. Y hay que remover los dos para que el obstáculo quede, de forma plena, quitado en la Iglesia y pueda aparecer el Anticristo.

Se ha quitado el centro de la verdad y de la fe, que es el Papa, el que da la unidad a toda la Iglesia. El que conserva la sana doctrina de Cristo en la Iglesia. El que gobierna en la unidad de la Verdad.

Pero no es suficiente quitar a Pedro. Es necesario quitar a Cristo. Y la única manera de hacerlo es con anticristos, es decir, con hombres vestidos de piel de oveja (= sacerdotes, Obispos, Cardenales) que asumen el gobierno de la Iglesia, no como Papas, sino como jefes de la Iglesia, para un fin: liquidar todo el dogma en la Iglesia. Y, quitado el dogma, se quita a Cristo de la Iglesia.

Cristo es la Verdad: la única manera de destruir toda la Iglesia es destruyendo toda la verdad, todo el dogma, que no quede nada.

Pero la Verdad en la Iglesia es una unión irrompible, es decir, todas las verdades en la Iglesia, todos los dogmas, están unidos, conexos unos a otros. De tal manera, que se quita un dogma y caen todo lo demás.

Se ha quitado el dogma del Papado, luego también se ha quitado toda la Verdad, todos los dogmas. Y eso es una realidad, porque hay Cardenales del gobierno horizontal de la iglesia de Francisco que ya anulan verdades en la Iglesia. Ya no existe el infierno, ni el purgatorio, ni el sacerdocio, ni el pecado original, ni el Misterio de la Santísima Trinidad, ni la Eucaristía. Hay sacerdotes, Obispos que ya predican que no existen verdades, dogmas en la Iglesia. Y lo hacen abiertamente, sin oposición, sin que nadie de la Jerarquía se oponga a ello.

Se sube al poder de la Iglesia un antipapa, como Francisco, y anula el dogma del Papado con la aprobación de toda la Iglesia, entonces, la consecuencia es clarísima: no hay dogmas en la Iglesia en la realidad, ya no ocultamente, como desde hace 50 años.

Que nadie espere un documento que diga que ya no existen dogmas. Así no se hace el cambio en la Iglesia. Se destruye la Iglesia de Cristo en la práctica, obrando la mentira sin oposición de nadie y con el aplauso de todos. Una vez que se hace eso, viene un documento oficial dando leyes y normas para implantar esa mentira que ya todos viven.

Esto fue el juego del demonio durante 50 años en la Iglesia, pero fue de forma velada, encubierta, poco a poco, dejando caer la mentira y haciendo que todos la vivan sin más. Pero, ahora, la cosa es pública, a la vista de todo el mundo. Y lo grave es que nadie se opone a ello, todos aplauden a un hereje en la Iglesia. Todos lo llaman Santidad, cuando ha dado muestras de que es un demonio.

La situación de la Iglesia es gravísima: esta no es la Iglesia de Cristo. No puede ser eso que se han inventado en Roma la Verdad de la Iglesia. Quien tenga un poco de vida espiritual, ve la mentira en Francisco y en los que lo siguen a ciegas. No puede ver la Verdad, no puede ver a Cristo ni en Francisco ni en sus seguidores.

Es altamente perjudicial para la Iglesia lo que habla Francisco y lo que hablan todos los que lo siguen. De un hereje no se puede tener un camino en la Verdad. Un mentiroso sólo obra la mentira. Uno que sólo busca ser popular en el mundo, entonces ése es del mundo, no puede ser de la Iglesia de Cristo.

¡Qué pocos en la Iglesia viven su fe! ¡Qué pocos viven mirando a Cristo! ¡Cuántos hay que comulgan con el mundo y obran en la Iglesia lo del mundo!

El gobierno horizontal instalado en Roma es el negocio de la nueva iglesia. Un negocio redondo para el Anticristo. Son los nuevos fariseos, escribas, legistas, doctores, que se llena de frases bonitas para arruinar a la Iglesia.

Es triste comprobar cómo hay muchas almas que esperan algo del gobierno horizontal, algo bueno. ¡Pero si son todos unos herejes! ¿Cómo pueden dar y obrar la Verdad unos herejes? ¡Cuántas almas hay que no ven esto, que sólo esperan un absurdo! ¡Qué engañadas están por lo humano, por lo natural, por lo científico, por lo técnico, por lo material, de la vida! ¡Viven así, para su mundo, acomodados a todo lo humano! Por tanto, quieren una iglesia acomodada a su vida humana, que no les obligue a nada, que les divierta un poco en la vida, que les hable aquello que quieren escuchar. Y, por eso, les gusta tanto que les hablen de la misericordia de Dios y que Dios ama a todo el mundo. ¡Están encantadas con cualquiera que les hable bonito!

¡Pocos viven de fe en la Iglesia! ¡Muy pocos! Pero la culpa de esta situación, de este descalabro que vive toda la Iglesia, en todo el mundo, no sólo en Roma, es de la Jerarquía de la Iglesia: sacerdotes, Obispos, Cardenales.

La Iglesia vive mirando al mundo porque la Jerarquía lo ha hecho primero. La Jerarquía no se ha preocupado de luchar en contra del mundo, sino que se ha relajado totalmente para comulgar con el espíritu del mundo.

La Jerarquía es la que gobierna la Iglesia, es la que marca el camino a la Iglesia. Entonces, ¿hacia dónde va la Iglesia? Hacia su total destrucción. Si la Jerarquía no es santa, entonces es pecadora. Y el pecado trae la muerte, la aniquilación de toda verdad. Y quien está en la muerte no puede dar la vida a nadie. ¡Cuántos sacerdotes, Obispos, muertos espirituales, que siguen haciendo sus cosas en la Iglesia, sus ministerios, pero que no pueden dar la Vida en lo que hacen!

El sacerdote o el Obispo que apostata de la fe, no obra en la Iglesia ninguna fe, ningún sacramento, no puede dar ningún don, ninguna bendición de Dios. Porque ya no se trata de cometer un pecado mortal, que no impide dar los Sacramentos ni obrarlos. Se trata de vivir en el pecado y llamar a esa vida de pecado con el nombre de vida santa, vida que quiere Dios. Entonces, en este punto, no se da nada en la Iglesia, no se da la Vida, sino que se ofrece la muerte a las almas. Y, por eso, todo sacerdote u Obispo apóstata de la fe condena almas en la Iglesia, no puede dar el camino de la salvación ni el camino de la santificación a las almas porque tampoco lo buscan ellos.

Por eso, la situación es gravísima en la Iglesia: o se está con Cristo y, por tanto, en Su Iglesia, o se está con el Anticristo, y, por tanto, en la nueva iglesia en Roma.

Y cada alma tiene que elegir por sí misma estar en un sitio o en otro. Aquel que quiera el mundo, entonces que elija la nueva iglesia en Roma. Pero aquel que quiera la Verdad, entonces necesariamente tiene que dejar Roma, tiene que renunciar a una iglesia que no es la Verdadera.

Cristo puso Su Iglesia en Roma para siempre; por eso, la Iglesia es Romana. Pero eso no significa pertenecer a una Roma pagana, a una Roma que ha suplantado la Iglesia con una falsa iglesia. Y, por eso, hay que salir de Roma para atacar a Roma y conquistar de nuevo la plaza. Porque sólo se pertenece a la Iglesia, no a Roma.

Pero, para conquistarla de nuevo, tiene que ser por el camino del Espíritu. Y, por eso, es necesario irse al desierto y vivir allí hasta que el Espíritu marque el camino hacia Roma, hacia la Roma verdadera, no la pagana.

El problema de todos los hombres es que se quieren instalar en sus vidas humanas y ya piensan que no hay que moverse para ir al Cielo, para conquistar lo nuevo. Y la vida espiritual es una gran batalla continúa, en la que no es posible vivir en el acomodo de lo humano. Hay que estar saliendo continuamente de lo humano para ser de Cristo. Y quien no luche por salir de las medidas humanas, es imposible que sea de Cristo, que tenga la Voz de Cristo, que obre las obras de Cristo. Imposible. Sólo se es de Cristo en el despojo de todo lo humano. Y sólo se es del Anticristo en el apego a todo lo humano.

El Papa Benedicto XVI marcó el camino para la Iglesia: todos fuera de Roma. Su renuncia invita a alejarse de un lugar donde ya no está la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia.

El Poder de Dios sólo permanece en el Papa Benedicto XVI. Por eso, Dios hace silencio en Su Iglesia, porque el verdadero Papa no habla, no gobierna, no enseña nada en la Iglesia.

Y sólo el Papa Benedicto XVI es la Voz de Cristo en la Iglesia. Y sólo hay que obedecer a esa Voz. Las demás voces son del demonio y, por tanto, hay que atacarlas, porque quien no ataque al enemigo, queda preso del enemigo.

La Iglesia tiene que salir de Roma para atacar a Roma. Los que están en Roma son los enemigos de la Iglesia, los enemigos de Cristo, los enemigos de la Verdad. Y no se puede jugar con fuego.

O se está con Cristo o se está con el Anticristo. Pero quien sirve a dos señores sólo se sirve a sí mismo en los dos. Sólo busca en los dos su propia conveniencia, su propio juego, su propio interés. Y una vida que no es vida, sino que ofrece un fruto prohibido, es la vida del demonio.

El demonio ofreció a Eva el fruto prohibido, y marcó el camino de la muerte en Eva. El demonio ha ofrecido el mismo fruto a la Jerarquía de la Iglesia y ha marcado el camino de la muerte en la Iglesia.

Y los que están en Roma ofrecen ese fruto prohibido a toda la Iglesia. Quien los siga se condena, va hacia la muerte segunda, en la que no es posible que se vuelva a la vida de nuevo.

Seguir a Cristo es seguir a su Vicario en la tierra: y sólo el Papa Benedicto XVI es el Papa verdadero hasta su muerte. Quien no lo siga se condena.

No se dan dos verdades en la Iglesia, no se dan dos Papas en la Iglesia. O hay un Papa, o hay un Papa y un antipapa. No existe en la Mente de Dios el Papa emérito. Sólo existe en la Mente Divina el Papa Verdadero.

No somos de la iglesia de Francisco

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La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

Dos cabezas en la Iglesia

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“Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema” (CONCILIO VATICANO, 1869-1870 – SESION IV (18 de julio de 1870) – Constitución dogmática Ia sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 2. De la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices – Canon).

Pedro tiene perpetuos sucesores, es decir, siempre habrá un Pedro que gobierne la Iglesia de Jesús. Pero es a perpetuidad, para siempre, ab eterno, porque la Iglesia es Eterna, no temporal. Es un Reino que no acaba ni en el tiempo ni en el espacio. Va más allá de todo lo creado. Se dirige siempre hacia la Verdad que no tiene límites ni condiciones.

Si siempre hay un Pedro, entonces, se deduce, que Pedro tiene que ser hasta la muerte. Se es Pedro hasta morir. Y, en la muerte, se elige al sucesor de Pedro. Si no se hiciera así, entonces habría más de un Pedro en la Iglesia, más de una cabeza y eso va contra la misma Palabra de Dios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”.

La Iglesia es una sola. Luego, Pedro es un solo.

No puede haber un Papa y un Papa Emérito. No se da en la Iglesia de Jesús. Se da en la nueva iglesia de Roma, que ya ha dejado de ser la Sede Romana del Primado de Pedro. La Iglesia se sienta sobre Roma. Y, desde Roma, Pedro gobierna toda la Iglesia.

Hay dos Papas: la Iglesia desaparece de Roma. Porque la Iglesia está allí donde está Pedro. Y el Papa Benedicto XVI no gobierna la Iglesia. Un falso pastor gobierna la Iglesia. Luego, no hay Iglesia. Roma no es la Sede del Primado de Pedro. Roma no tiene Autoridad Divina para nada en la Iglesia. Tiene autoridad humana para gobernar su bodrio, que es la nueva iglesia, su falsa Iglesia en Roma.

Por eso, Roma se convierte en la Sede del Anticristo, en la sede de todas las herejías, porque el Anticristo no sólo combate una verdad, sino todas las verdades de la Iglesia.

Francisco reúne en sí todas las herejías, por ser un precursor del anticristo, pero no puede ponerlas en obra. Sólo las dice en sus homilías, en sus escritos, en sus declaraciones, y así actúa como falso Profeta, al mismo tiempo.

Pedro es hasta la muerte porque la sucesión de Pedro es a perpetuidad, para siempre. Y, por tanto, tanto Pedro como su sucesión sólo puede ser expulsada de Roma, pero no anulada.

Nadie puede anular a Pedro ni a sus sucesores. Todos pueden combatir a Pedro y a sus sucesores.

Pedro nunca cambia en la Iglesia. Su función es siempre la misma: ningún Obispo se puede igualar a Pedro; todos los Obispos reciben de Pedro la autoridad en la Iglesia por la obediencia a Él, por el sometimiento a Él, porque Pedro recibe su suprema autoridad de Cristo, no de ningún hombre; Pedro es el Vicario de Cristo, la Cabeza Visible de la Iglesia, el Juez Supremo de los fieles.

Francisco no es juez supremo de los fieles porque no quiere juzgar a nadie. Claramente, él no es Pedro, él no es Papa, él no es Vicario de Cristo, él no es Cabeza Visible de la Iglesia, sino cabeza visible de la falsa iglesia del demonio.

Y, ante las palabras de Francisco: “también debo pensar en una conversión del papado”, se concluye que Pedro ya no existe en la nueva iglesia de Roma.

Es imposible una conversión del papado. Son los Papas los que tienen que convertirse a la Verdad, no el Papado al mundo, a la mentira. Si se da esa conversión del papado, entonces se quita a Pedro de la Iglesia. No existe la reforma de la Iglesia, sólo existe la conversión de los pecadores a la gracia de la verdad.

No puede darse una autoridad para los Obispos sin Pedro, que es lo que quiere Francisco: “todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal”. Francisco va contra todo el dogma del Papado. Ningún Obispo tiene una auténtica autoridad doctrinal sin someterse a Pedro, sin la Obediencia a Pedro.

“La doctrina del Sínodo, por la que profesa: estar persuadido que el obispo recibió de Cristo todos los derechos necesarios para el buen régimen de su diócesis, como si para el buen régimen de cada diócesis no fueran necesarias las ordenaciones superiores que miran a la fe y a las costumbres, o a la disciplina general, cuyo derecho reside en los Sumos Pontífices y en los Concilios universales para toda la Iglesia, es cismática, y por lo menos errónea“ (PIO Vl, 1775-1799 – Derechos indebidamente atribuídos a los obispos- [Decr. de ord. § 25], n.6).

Toda la autoridad en la Iglesia reside en los Sumos Pontífices, en Pedro, porque el gobierno en la Iglesia es central, es único, es de una cabeza que lo da todo.

Querer dar autoridad a los Obispos, una autoridad autónoma, desprovista de la sujeción a la Cabeza, es destrozar todo el Papado, como quiere Francisco: “Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”.

Francisco se va del dogma, de la verdad sobre el Papado por seguir sólo el sentimiento de la dinámica misionera. Son dos cosas distintas: Pedro y la actividad misionera. La dinámica de las misiones nunca es razón para descentralizar el gobierno de la Iglesia.

Francisco cae en este error por este pensamiento: “el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

Pedro es la cabeza de la Iglesia, el que va delante de los ovejas, el que marca el camino a las ovejas. Nunca Pedro es el que va en medio, junto a las ovejas, o detrás, siguiendo a las ovejas o esperando a las retrasadas, que es así como piensa Francisco: “…a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados”.

Esta es la doctrina de un hereje que ya no quiere ser Pedro, que le importa muy poco la verdad de Pedro, que no ve la Iglesia como Jerarquía, como obediencia a la Verdad de la Palabra, sino que pone todo su empeño en hacer una Iglesia que salga a la calle, que sea del mundo, que sea la gente la que marque el camino. Francisco no quiere ser cabeza, quiere estar con el rebaño, quiere seguir al rebaño. Está diciendo: Pedro es una solemne tontería en la Iglesia.

Francisco se carga todo el Papado. Es lo que los hombres de la Iglesia no acaban de meditar, de ver, de vislumbrar lo que viene después de Francisco.

“Como el autor divino de la Iglesia hubiera decretado que fuera una por la fe, por el régimen y por la comunión, escogió a Pedro y a sus sucesores para que en ellos estuviera el principio y como el centro de la unidad… Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada. Para conservar debidamente la unidad de fe y comunión, no basta desempeñar una primacía de honor, no basta una mera dirección, sino que es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a que ha de someterse toda la comunidad…” (Leon XIII) – De la unicidad de la Iglesia- [De la Encíclica Satis cognitum, de 29 de junio de 1896]).

Pedro tiene el principio y el centro de la unidad. No es el pueblo ese principio, no es el pueblo el que gobierna la Iglesia. No es el pueblo que decide la Iglesia. Pedro nunca tiene que hacer caso al pueblo para mandar en la Iglesia. Sólo tiene que obedecer a Cristo. Y los demás, obedientes a Pedro. Si no se da esta obediencia a Pedro, entonces viene lo que quiere Francisco: todo “se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada”.

Francisco propone que el rebaño marque nuevos caminos. Luego, la nueva iglesia en Roma es un conjunto de hombres que sólo dan confusión y perturbación al mundo y a la Iglesia.Y esa Iglesia no es la de Jesús. La Iglesia de Jesús es la Verdad, la que da el resplandor de la Verdad.

Pedro no tiene que seguir al rebaño, a las modas de los hombres, a los avances científicos o técnicos, a las diversas filosofías o teologías llenas de errores, de mentiras, de falsedades, porque Pedro es el que marca el camino en la Iglesia.

La Iglesia y el mundo tienen dos cabezas totalmente diferentes, opuestas. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” [cf. Mt. 22, 21]. Y, por tanto, lo que vale en el mundo no vale en la Iglesia. Pero esto Francisco no lo entiende, porque es del mundo, no pertenece a la Iglesia. Lleva a la Iglesia a las calles, al mundo, a vivir bajo el poder del mundo sin la Verdad, sin el poder de Dios.

Por eso, su afán de que cada Obispado tenga su propia autoridad en la Iglesia, con lo cual se perturba totalmente el orden de las cosas, se oculta la verdad y se hace que los fieles caigan en la total oscuridad, donde no es posible la fe. A esto se quiere llegar: que cada Obispo mande sin depender de Roma, porque hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia. Y, entonces, la potestad de Pedro, que es suprema, universal y enteramente independiente, desparece por completo. Pedro es sólo una figura, un hombre que está en el gobierno de comodín, pero que no gobierna nada.

Un Papa Verdadero defiende siempre su propia autoridad en la Iglesia, constituida sólo por Dios, no por los hombres. Francisco no sale en defensa de esta autoridad de Pedro y, entonces, no es Papa, es una falsa cabeza que está puesta para destrozar la Autoridad de Pedro. Por eso, en su nueva iglesia en Roma, Francisco no gobierna. Son otros los que gobiernan. Francisco entretiene a las masas, como los hombres del mundo, como los famosos en el mundo, como la gente del mundo que sólo vive para buscar su felicidad aquí en la tierra. Pero Francisco no ha sido elegido para dar la Verdad, sino para destrozar cualquier Verdad en la Iglesia.

Su reinado es corto, muy corto, porque los enemigos de la Iglesia no perduran dentro de Ella. Pero las consecuencias de su reinado son irreversibles. Ya no se pueden cambiar, ya no hay marcha atrás. El daño ha sido hecho ya. Y las consecuencias se están viendo por todas partes. Hay una división en todo. Sólo se da la mentira que está con Francisco. Y aquel que quiere decir la verdad, que se opone a Francisco lo callan. Se ha dividido la Verdad, quitando el Papado. Ahora, viene la siguiente división: el amor. Y es cuando comenzará la persecución de aquellos que no acepten la mentira que predica Roma.

Y esto es lo que muchos no han comprendido todavía. Francisco se va cuando el mundo lo aplaude. Pero deja la destrucción de la Iglesia en germen, en la semilla que él ha puesto quitando a Pedro del gobierno de la Iglesia. Otro le sucederá, pero, también por poco tiempo, que continuará el destrozo de la Iglesia.

No se sostienen dos Papas en Roma, porque eso supone dos cabezas distintas, sin depender una de otra. Por eso, Benedicto XVI, si quiere seguir con vida, tiene que salir de Roma. Si se queda lo matarán, como han hecho con los otros.

Benedicto XVI molesta ahora a Roma, porque las almas se están despertando del sueño y miran al verdadero Papa, al que mantuvo la Iglesia en la Verdad, al que no inició su Pontificado con el modernismo en sus palabras, sino con la verdad en su boca.

Ahora, es necesario un cambio en toda la Iglesia. Dios ha dado tiempo para que las almas vean el error. Y, muchas almas, siguen con la venda en los ojos, bailando en torno a Francisco, reconociendo que ha hecho algo bueno, cuando es todo lo contrario. Y, por eso, la Iglesia ha despertado, pero sigue en su pecado. Sigue sin llamar a Francisco como lo que es: un hombre sin horizonte espiritual, un hombre para las masas, pero que no sabe dirigirlas, sólo sabe complacerlas. Por eso, es un pésimo gobernante. Sólo sabe pedir dinero, pero no sabe administrarlo para el bien de la Iglesia, ni siquiera para el bien de su alma.

Por eso, el mundo cambia cuando en la Iglesia se dé un cambio inesperado.

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