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Almas satanizadas

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Satanás es un ser con una inteligencia para el Mal: piensa el mal y nunca puede tener una idea para obrar el bien. Por eso, es el demonio de la mente humana; el demonio que se encuentra en todo hombre cuando nace.

Estuvo en el Paraíso para introducir en la mente de Adán la idea del mal. Y está en cada hombre para llevarlo, a través de la idea, hacia el mal.

El Mal es el diablo; es el ángel que se rebeló cuando fue creado por Dios y que arrastró a muchos al infierno. El Mal es lucifer, pero no sólo él, sino todos los demás que se unen a él para idear el Mal.

El Mal en el espíritu del demonio no es una idea, como en el hombre. El hombre, para obrar un mal, necesita pensar el mal. El demonio no tiene necesidad de pensar el Mal. Sólo lo obra porque lo ve en su entendimiento.

Este Misterio del Mal no se puede comprender con la razón humana, porque el hombre no sabe definir lo que es el Espíritu.

Dios es Espíritu, pero en Él no hay ningún Mal. El demonio es espíritu; pero en él está todo el Mal.

El Mal no pertenece al hombre, como tampoco el Bien es del hombre. Dios es el Bien; el demonio es el Mal. Son dos realidades que están desde toda la eternidad. El demonio no es eterno, pero el Mal sí lo es.

El Mal es lo contrario al Bien. Donde está el Bien ahí está el Mal. Pero el Mal no obra si no hay un ser que lo acepte.

El Mal, en sí mismo no existe, no es nada. El Mal existe porque existe el Bien. Pero, en sí mismo, no se da el Mal.

Dios existe desde toda la eternidad. Y en Dios sólo se da el Bien; no se da el Mal. Pero el Mal existe como concepto, no como realidad, en Dios. En Dios, se da la idea del Mal, porque Dios conoce todas las ideas. Pero Dios no obra ni puede obrar el Mal, la idea del Mal.

Cuando Dios crea a Lucifer, éste se opone a Dios y, automáticamente, entra en él todo el Mal. Lucifer se convierte en un ser que recibe toda idea del Mal. Y sólo puede tener, en su entendimiento angélico, la idea del mal. No puede obrar ningún bien, porque el bien no es una idea, sino sólo Dios. Desde ese momento, esa idea del Mal se convierte en una obra constante en él. Por eso, el demonio sólo ve el mal que está en su entendimiento y lo obra sin más. No tiene que pensar el mal, porque ya tiene toda idea del Mal. El demonio conoce todas las ideas para obrar cualquier mal. El demonio lo conoce todo en el mal y lo obra. Dios conoce toda idea del mal, pero nunca obra el mal, porque es el Bien.

Y entonces, ¿qué es el mal en el hombre? Es la obra del demonio a través del hombre.

Adán, al aceptar la idea del demonio, acepta obrar para el demonio y cae en el principio del mal, cae en el fondo del pecado. Adán lo tenía todo en el Paraíso; al pecar, se queda sólo con todo el mal que el demonio le ofrece.

Todo hombre que acepta lo que el demonio le propone, cae en la tiniebla y en la oscuridad del pecado, y se convierte en el instrumento del demonio. Es a través del hombre, que hace oído al demonio, cómo el pecado entra en el mundo. Cuando el hombre escucha a Dios, entonces hace el Bien. Eso es la fe: una obra divina. Pero el hombre que escucha al demonio, nunca puede hacer el bien, sino el mal que el demonio le pone. Y donde está la idea del mal, allí no está la fe, la obra divina. El hombre obra el pecado movido por el demonio. El hombre, cuando peca, no peca solo. Está siempre el demonio detrás, aunque no crea en él, aunque no lo perciba, aunque viva su vida de espaldas a todo lo espiritual.

Por eso, para acabar con el mal en el mundo hay que acabar con el demonio. Si no se va a la raíz del problema, el demonio sólo juega con los males en el mundo. Y los hombres se dedican a quitar males, pero nacen otros, que llevan a otros males. Y así el demonio va tejiendo su mundo de pecado en el hombre, a través del hombre, con obras aparentemente buenas.

El hombre sólo puede hacer un bien de la mano de Dios: es el Espíritu Divino el que mueve a hacer un bien. Si el hombre no es humilde, si no obedece a la Palabra de Dios, si no tiene fe en Cristo, entonces siempre va a hacer un mal, aunque ese mal sea en apariencia un bien humano o natural o material. Donde hay una raíz de soberbia, siempre habrá un demonio detrás.

Por eso, la vida espiritual es atacar la soberbia, para así fijarse en el demonio y combatirlo.

Si no se ataca al demonio, entonces el hombre no sabe dejarse mover por Dios para hacer el bien. Es el demonio el que pone toda idea del mal.

El hombre tiene que discernir sus pensamientos para quitar toda idea del demonio. El demonio sólo trabaja en la mente del hombre. Es experto en llevar al hombre a la síntesis, a la meditación, al análisis; es experto en hacer que el hombre se queda dando vueltas a su razón humana, a su filosofía, a su teología, y de ahí sacar una idea para el mal. Una idea que para el hombre es buena, la cree buena, pero es toda demoníaca. El hombre no percibe que su idea es del demonio. El hombre se da cuenta después, cuando lo pone en obra y ve sus consecuencias malas.

Hay solo una batalla: el bien contra el Mal. Dios, cuando hace un bien es para batallar contra el mal.

“Entonces se entabló una guerra en el Cielo: Miguel y sus ángeles combatieron con el Dragón que fue precipitado”. Ésta es la terrible realidad que al hombre le cuesta entender.

Dios creó a Lucifer; Dios hizo un bien. Y lucifer se enfrenta a Dios, obrando un mal.

Dios, cuando hace un bien es para luchar contra el Mal. El bien es siempre una batalla contra el mal. Sólo, en el Cielo, el bien es premio, ganancia, paz, felicidad, amor. Pero, fuera del Cielo, en la Creación, el bien es lucha. Nunca hay que descansar cuando se hace un bien. Se hace un bien para seguir batallando, para seguir haciendo otro bien. Se hace un bien para purificar el corazón del mal. Se hace un bien para ganar un mal, para liquidar el mal, para anular el mal.

Por eso, la Cruz es el triunfo del Bien sobre el Mal. Es la Luz en el Camino hacia el Cielo. Es la Vida en el Sendero hacia la Eternidad.

Quien camina haciendo el bien anda quitando el pecado en todo su alrededor. Si no se quita el pecado, entonces no se camina bien; entonces el camino está torcido.

Un mundo que crece en el pecado es un mundo donde no hay una gota de bien. El mal se disfraza de bien, de cosas buenas en apariencia; pero son sólo males, ideas del mal.

Si no se limpian las almas del pecado, entonces sólo se vive limpiando los males exteriores. Y eso que se limpia es un mal, no es una obra buena; es sólo una idea del mal, pero disfrazada de bien.

El demonio sabe jugar con la mente de los hombres como quiere.

Vivimos en un mundo lleno de mal, con una apariencia buena, incluso perfecta. Es todo eso: apariencia. Y, por eso, el demonio triunfa en todas partes.

Vivimos en una Iglesia con una Jerarquía disfrazada de bondad, pero que es toda Ella del demonio. En sus mentes sólo está la idea del mal. Y ningún bien. Porque es la Jerarquía que el mismo demonio ha puesto en la Iglesia para destruirla. Es una Jerarquía inventada por la mente del demonio, movida por el mismo demonio, guiada en todo por el demonio.

Francisco pertenece a esa Jerarquía del demonio. Y si eso no saben verlo, entonces no sabrán combatir al demonio en la Iglesia. Para hacer el bien en la Iglesia hay que batallar contra el mal que hace Francisco. Quien aplaude a Francisco, obra el mismo mal que él hace en la Iglesia, que es el mal del demonio.

Quien no sabe discernir la verdadera Jerarquía de la infiltrada, entonces sólo sabe criticar a toda la Jerarquía y a todo el Papado.

Quien no sabe ver la acción del demonio, ni en el mundo, ni en la Iglesia, entonces sólo está trabajando para el mismo demonio. ¡Cuántos dicen que están en la Iglesia para defenderla de todos los males, y no saben defenderla del demonio! Si la pasan criticando todo, viendo males donde no hay; pero no entienden la obra del demonio, ni en sus almas ni en la de otros.

El hombre escucha al demonio cuando piensa. El hombre, para no escuchar al demonio, tiene que saber pensar, tiene que saber meditar, tiene que sabe hacer filosofía.

Y sólo se consigue esto con la oración y con la vida de penitencia. Para aprender a pensar: ora; para aprender a ver las ideas del demonio en tu mente, haz penitencia.

Quien aprende a discernir sus pensamientos, todos sus pensamientos, aprende a hacer el bien que Dios quiere. Pero quien no aprende a dejar sus pensamientos a un lado, sino que se afana en ellos, entonces siempre estará escuchando al demonio en su mente. Y siempre se va a equivocar en la Iglesia.

Quien no ve al demonio en su vida, tampoco lo ve en los demás. Quien no ve su pecado, tampoco ve el pecado de los demás.

En la Iglesia, hay una Jerarquía que enseña a pecar claramente. Y muchos la apoyan, porque son hombres buenos, con una cara sonriente, que dan un beso a los pobres, que son amables con todo el mundo.

Toda Jerarquía que no enseñe a batallar contra el demonio, pertenece al demonio. Y se enseña a luchar contra el demonio, no hablando de él, sino obrando contra él.

Una Jerarquía que no batalla el pecado, que no quita el pecado, sino que se dedica a quitar la hambruna del mundo, ésa es del demonio.

Una Jerarquía que habla del aborto como una injusticia social, ésa es la Jerarquía del demonio. El aborto es la obra del demonio en la mujer. Y, por eso, es necesario hacer exorcismos sobre la mujer que aborta. Pero hoy a la mujer que aborta se la lleva al psicólogo para no hacer nada.

Una Jerarquía que no se centre en el pecado de cada alma, es una Jerarquía que condena a las almas al infierno con sus obras en la Iglesia, que pueden ser maravillosas, pero son del demonio, para despistar a las almas.

Vivimos en un mundo de almas satanizadas; almas que han escuchado la voz del demonio y que sólo se dedican a obrar el mal.

Y la Jerarquía que actualmente gobierna la Iglesia son almas satanizadas: enseñan una espiritualidad sin verdad, sin luz, sin camino, sin vida.

La gente no se ha dado cuenta, pero ya en muchos sacerdotes está la obra del demonio en sus misas: son misas para el demonio, donde sólo se obra la idea del mal; pero ya no hay Vida en esa misa; ya no se da la Eucaristía.

Los tiempos son gravísimos. Ya no hay tiempo. Ya se inicia la nueva iglesia, la iglesia negra, la iglesia del demonio, que obra sólo el mal, y nada más que el mal.

Dios es Amor

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Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

El misterio del bien y del mal

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La razón por la que el mundo está espiritualmente vacío es porque el hombre ya no conoce la diferencia entre el bien y el mal.

Conocer esa diferencia no es un trabajo intelectual, sino espiritual. No está en la inteligencia del hombre lo que es el bien y el mal. Está sólo en la Luz del Espíritu, en el Pensamiento Divino, en la Palabra del Pensamiento del Padre.

Y todo el problema para el hombre consiste en aceptar esa Luz del Espíritu para conocer la diferencia entre el bien y el mal.

Cuando se pone ese conocimiento en lo que cada hombre puede alcanzar con su mente, entonces se llega a un camino en que ya no existe el pecado, en que se toma como un derecho de la persona, como un deber, como una ley.

En el mundo ya hay muchas leyes contrarias al Evangelio y, por tanto, son leyes que nacen de aceptar el pecado como un derecho de la persona. Son leyes inicuas que ningún hombre puede seguir, porque van contra lo que tiene escrito en su ser humano.

En cada hombre Dios ha puesto su Ley, una Ley Divina, una Ley que no se escribe en papel y con tinta, sino que hace que el hombre se mueva en las coordenadas de esa Ley.

Todo hombre nace con una ley natural en su ser de hombre. Esa ley natural es una ley divina para el hombre. Toda el Universo, por ser creada por Dios, posee la ley divina. Cada ser creado, cada planta, cada animal, cada materia tiene la ley de Dios en lo que es creado. Y se rige por esa ley divina.

Por eso, todo el Universo obedece sólo a Dios: los astros, las estrellas, los planetas, los seres animados e inanimados, los seres materiales, los seres espirituales, etc., por tener la ley divina inscrita en ellos, dan obediencia a Dios; Dios los guía; Dios les enseña a obrar en su vida.

Dios todo lo rige por Su Ley. Su Ley es diferente a Su Espíritu. El Espíritu es que posibilita al ser para conocer y amar a Dios. Por eso, los animales no tienen Espíritu, ni los astros, ni los planetas; sólo los hombres y los seres espirituales (ángeles y demonios) pueden conocer y amar a Dios por tener un espíritu. Y son movidos por este espíritu para alcanzar un fin divino en sus vidas.

Pero los demás seres, Dios los gobierna con su Ley y, por tanto, carecen del fin divino. En estos seres no se da el pecado, ni la bienaventuranza eterna: no hay infierno ni cielo para ellos. Pero estos seres tienen una misión que hacer en el Universo. Y la realizan con la Ley Divina, que está inscrita en cada ser, en el interior de cada ser creado.

Esa Ley Divina es una bondad divina, es decir, es un bien que el ser tiene y al cual tiende: un planeta se mueve hacia esa bondad que posee en su interior. Y, en ese movimiento, ese planeta está realizando la misión que Dios le ha dado en el Universo.

Esos seres que no poseen el Espíritu, no pueden moverse nunca hacia el mal, porque sólo realizan el bien. Y lo hacen sólo por la Ley Divina en ellos, que es una ley natural en sus seres (movimientos gravitatorios, elípticos, etc.). Nunca harán algo que no está inscrito en esa ley. Ellos sólo obedecen a la Ley Divina.

Pero los seres que tienen espíritu, tienen algo más en sus vidas y, por tanto, en ellos está el mal. Y lo está desde el principio. Cuando Dios creó al ángel, se forma el demonio: un ángel que no acepta la verdad que Dios le dio y que, automáticamente, se pone en la mentira.

Éste es el Misterio del Mal, que nace en el Misterio del Bien.

Dios, que es Espíritu, siempre es Bueno. Nunca es Malo, nunca miente, nunca engaña, nunca peca.

Dios crea un ser espiritual, distinto a él: un ángel; y éste se rebela contra Él. Y, ¿por qué se rebela si es todo bueno, si al crearlo Dios no ha puesto nada malo en él?

Porque ese ser nuevo tiene un espíritu, no sólo posee la Ley Divina inscrita en su ser, sino que tiene una inteligencia divina, una inteligencia que proviene del Espíritu Divino.

Pero ese espíritu que Dios da al ser que crea no es absoluto, es decir, Dios se lo da para una relación con Él. Dios se relaciona con los hombres y con los ángeles con el espíritu. Sin el espíritu, Dios no puede amar a los hombres ni a los ángeles.

Dios se ama a Sí Mismo en Su Espíritu: las Tres Personas se relacionan entre Sí en el Espíritu. Es el Misterio de la Santísima Trinidad. Y sin Espíritu no es posible la relación. Todo sería un absoluto, un camino cerrado, sin puerta, sin comunicación con el otro.

Los planetas, los animales, los seres sin espíritu, ni se pueden relacionar, comunicar con Dios. Dios no los ama y ellos no pueden hacer un acto de amor hacia Dios, porque no existe la relación. Entre Dios y ellos hay algo absoluto: no hay un camino para que ellos puedan alcanzar a Dios ni para que Dios les dé algo más de lo que tienen por creación.

Por eso, no hay que hacer de la Creación algo divino, un ser divino, que es la herejía de la Nueva Era: todo es divino, todo es amado por Dios, todo se relaciona con Dios. Por eso, la astrología es un pecado: es darle a los astros lo que no tienen. Los astros, los planetas, no se relacionan con los hombres, no guían a los hombres, no deciden el curso de la historia de los hombres, porque no tienen espíritu, no tienen inteligencia.

Los astros, los planetas, en su vida, dan señales a los hombres. Pero esas señales hay que discernirlas en el Espíritu para entender lo que significan en Dios.

Dios le dio al ángel un espíritu. Y, con ese espíritu, ese ángel penetraba a Dios: entendía sus misterios, conocía todo lo que había en Dios. Y, entonces, ¿cómo nace el pecado de ese ángel? Si conoce el bien divino, la vida divina, ¿por qué no se aferra a Ella?¿por qué peca?¿por qué se alza en contra de Dios?

Dios da al hombre y al ángel dos cosas: su Ley Divina y Su Espíritu.

En la Ley Divina, el hombre y el ángel conocen la Voluntad de Dios en sus seres creados. Conocen el bien divino. No conocen el mal.

En el Espíritu, el hombre y el ángel tienen algo que no poseen las demás criaturas: la libertad del Espíritu.

Dios es libre en Su Espíritu. El animal, los astros, los planetas, las plantas no son libres en sus seres creados. Están atados a una Ley Divina que deben realizar. Y no pueden no querer esa Ley Divina. La hacen por Ley, movidas por esa Ley, por ese Bien Divino inscrito en sus seres. No son libres, pero tampoco están coaccionados, porque la coacción significa que hay libertad. Dios mueve a esos seres a algo que Él quiere. Y Dios los mueve con libertad, pero ellos no poseen esa libertad.

Pero el ángel y el hombre sí poseen esa libertad: la libertad que da el Espíritu. Por tanto, son libres en el Espíritu. Por Ley Divina deben hacer lo que está inscritos en sus corazones: esa bondad divina hay que obrarla. Pero no ya atados a la ley divina, como los otros seres creados, sino libres en el Espíritu.

Dios, al dar Su Espíritu al hombre y al ángel, les da el don de la libertad. Y ese don es siempre bueno. Y, entonces, ¿por qué la criatura escoge el mal? Si ese don les lleva a realizar lo que Dios quiere con libertad, ¿por qué el hombre o el ángel realizan el mal que Dios no ha puesto en ellos?

El hombre y el ángel tienen, por el Espíritu, un conocimiento divino, distinto a su conocimiento humano o angélico.

En esos conocimientos, el hombre y el ángel, conocen la verdad de sus seres. Por sus entendimientos ven siempre la verdad. Pero son entendimientos no absolutos: es decir, esos entendimientos no tienen toda la Verdad, no llegan a toda la Verdad. Son entendimientos limitados porque son creados por Dios.

Dios no crea a un hombre y pone su entendimiento divino; sino que lo crea con un entendimiento humano, acorde a su naturaleza humana. Y, con ese entendimiento humano, el hombre se mueve en la verdad de su ser humano, pero no puede moverse fuera de su ser para entender lo que está afuera.

El hombre ve muchas cosas fuera de él, pero tiene que investigarlas para conocerlas. Y esa investigación nunca es completa, porque no conoce la raíz de la creación, la razón por la cual Dios creó las cosas. Su entendimiento humano llega a muchas verdades, fuera de él, que están en la Creación, pero no a toda la Verdad, no a la Plenitud de la Verdad.

Para llegar a esa Plenitud, el hombre necesita otro entendimiento, el divino. Y ése lo posee sólo en el Espíritu.

El hombre y el ángel pecan sólo por una cosa: porque se aferran a su entendimiento humano. Sólo por eso. Por eso, el pecado del ángel: su soberbia. El pecado del hombre: su soberbia.

Y la soberbia significa no aceptar la luz divina sobre una verdad que no posee el entendimiento de la persona.

El ángel, cuando fue creado por Dios, lo entendió todo de Dios y, al punto, se puso en el pecado. Y, ¿por qué? Porque prefirió su entendimiento angélico. No aceptó el entendimiento divino que Dios le daba por Su Espíritu. Ese no aceptar produce en el ser del ángel una transformación: Dios le quita el Espíritu, Dios le quita la inteligencia divina de todas las cosas, y el ángel se queda sin Espíritu. Eso es el demonio: un ser espiritual, pero sin Espíritu Divino. Por eso, el demonio es un misterio en su mal, porque él un ser espiritual, a imagen de Dios, que es Espíritu.

El ser del demonio lo capacita para ver lo espiritual, no sólo lo material o lo humano. Y, por tanto, puede moverse en ese mundo espiritual, aunque no tenga el Espíritu. Este es el Misterio del Mal: un ser que no tiene el Espíritu y que, por lo tanto, la ley divina inscrita en su ser está inutilizada, corrompida, porque Dios no sólo lo creó dándole una Ley Divina, sino también un Espíritu. Al quedarse sin Espíritu, la Ley Divina inscrita se corrompe. Y, por tanto, el mismo ser del demonio hace su ley: su ley demoniaca, que es sólo lo contrario a la ley divina.

El demonio no puede arrancar de sí esa ley divina, pero sí la puede corromper con su pecado. Y corromper significa usar esa ley divina con solo su entendimiento no angélico, sin someterse al Entendimiento Divino. Y, en consecuencia, imita a Dios en todo, pero en lo opuesto, haciendo lo contrario a lo que hace Dios.

Y el demonio puede hacer esto por su ser espiritual. El hombre, en su pecado, no puede hacer esto del demonio, porque no es espiritual.

El hombre pecó como el demonio, pero no en su totalidad, porque no tiene el ser espiritual. El ser del hombre es humano: alma y cuerpo. El alma es la imagen de Dios. Es un ser espiritual, pero imperfecto, es decir, necesita de un cuerpo para vivir y moverse, para entender y amar.

El ángel no necesita de un cuerpo y, por eso, su ser espiritual es perfecto. Pero el hombre, al ser imperfecto en su ser espiritual, -que es su alma-, cuando peca, lo hace imperfectamente. No llega a todo el pecado porque no entiende todo el mal.

El demonio comprendió todo su mal y, por eso, su pecado no tiene perdón de Dios. El demonio, cuando pecó, se condenó al instante. Pero el hombre, Adán, cuando pecó, no se condenó, por la imperfección de su conocimiento humano. Por eso, Dios le puso un camino de salvación. El demonio no tiene este camino.

Y este camino no estaba en el Plan de Dios original. No había necesidad del pecado, ni del ángel, ni del hombre. Dios creó al ángel y al hombre para Su Cielo. Ése era el plan. Pero ni el ángel ni el hombre aceptaron ese Plan. Y, entonces, Dios pone otro Plan al hombre.

Dios podía quitar al hombre de su vista, como también lo podía hacer con el demonio cuando pecaron. Porque Dios, al crear el Universo, tiene derecho de hacer en él lo que quiera. Lo puede destruir cuando Él quiere. Es un derecho divino. Y Dios no tiene que avisar a ningún hombre que va a aniquilar el Universo.

Pero Dios, en su Inteligencia Divina, es Perfecto. Y, por eso, pone un Plan distinto al hombre en su pecado. El Plan de Su Misericordia con el hombre en el pecado. Para el demonio, sólo se da la Justicia Divina, sin Misericordia, por el pecado del demonio. Pero, para el hombre, se da la Misericordia en Su Justicia. No es la Misericordia sin Justicia. No es antes la Misericordia que la Justicia. Es antes la Justicia en Dios. Y, en la Justicia, se da la Misericordia.

Hoy se predica al revés: primero la Misericordia. Es un error, por desconocer el pecado del hombre.

Adán no tenía que haber pecado. Luego, no se da la Misericordia. La Misericordia no existe sin no se da el pecado del hombre. No hubo Misericordia para el demonio. Sólo hubo Justicia. En la Justicia Divina, Dios vio que no podía poner al demonio un plan distinto para salvarlo. No se daba la salvación al demonio. Luego, no había Misericordia para él porque no entraba en la Justicia de Dios.

La Misericordia nace de la Justicia, no es al revés. La Justicia no nace de la Misericordia. Es primero la Justicia y es sólo la Justicia. El Amor de Dios no es la Misericordia. El Amor de Dios es la Justicia de Dios en el Espíritu: es obrar la Justicia en el Espíritu, movido por el Espíritu.

En Dios no existe el mal, luego su Amor es siempre Justo. La Justicia de Dios es algo que está unido al Amor de Dios. Y, por tanto, ante el pecado del hombre Dios ama al hombre con Su Justicia. Y ese amor significa castigar al hombre por el mal que ha hecho. Y, en ese castigo, se da la Misericordia: el perdón del pecado y la expiación del pecado.

Como hoy se niega la Justicia Divina, tiene que negarse también todo lo demás: el pecado, el infierno, el purgatorio y el cielo; la cruz, la obra de la Redención, la Misericordia.

Hoy los hombres se han inventado su misericordia, en la que Dios todo lo perdona. Dios salva a todo el mundo. No hay que crucificarse con Cristo. Sólo hay que mirar al Resucitado para salvarse. Es lo que muchos sacerdotes y Obispos predican continuamente en la Iglesia. Y eso sólo por no comprender el misterio del bien y del mal.

Y no lo comprenden sólo por una cosa: su soberbia. Se aferran a sus ideas humanas. Pero lo peor no es eso. Van más allá. Cometen el pecado del ángel, que no lo cometió Adán, sino imperfectamente.

El demonio, en su soberbia perfecta, cometió otro pecado perfecto: el orgullo, es decir, se puso por encima de Dios. Adán también lo cometió, pero de forma imperfecta.

Y, hoy día, hay muchos sacerdotes y Obispos que van por el camino del orgullo, creciendo en ese pecado hasta alcanzar la perfección de ese pecado, como el demonio.

Y crecer en ese pecado de orgullo les lleva a muchos a cometer el pecado contra el Espíritu Santo, que es el mismo pecado del demonio, en el cual, ya no hay Misericordia, sino sólo Justicia.

Y éste es el pecado que podemos observar dentro de la Jerarquía de la Iglesia. Porque el sacerdote es más que un hombre, es más que un ángel, es más que un demonio. El ser sacerdotal tiene otras cosas que no posee ni el hombre, en su creación, ni en el ángel, en la suya. Y, por tanto, el pecado de muchos sacerdotes es como el pecado del demonio, porque tienen una inteligencia perfecta de las cosas celestiales. Ya no tienen la inteligencia de Adán.

Adán, en su inteligencia, era imperfecto. Pero el sacerdocio, en su inteligencia, es perfecto. Por eso, cada sacerdote está obligado a ser santo, porque lo tiene todo para eso. Y. cuando el sacerdote no busca su santidad, entonces se corrompe más fácilmente que muchos hombres.

Por eso, tenemos una Iglesia con una Jerarquía corrompida por su pecado de orgullo: crecen y crecen en el orgullo y eso les lleva a pecar en contra del Espíritu Santo siendo sacerdotes. Y hacen una iglesia del demonio y para el demonio, llena de orgullo, donde nadie se puede salvar.

Es lo que vemos con Francisco: él ha iniciado el camino del orgullo en la Iglesia. El camino de la corrupción. Y, por tanto, en su nueva iglesia no se puede estar. No se puede obedecer a un orgulloso, que sólo vive para entendimiento humano, para su soberbia y su orgullo. Y, por tener el sello de la consagración sacerdotal, eso produce que su alma viva para su pecado, que su alma se centre en su pecado. Porque teniendo toda la inteligencia para hacer el bien perfecto, usa todo el don de Dios para hacer el mal perfectamente. Su entendimiento humano ya no puede seguir al Espíritu, por su pecado de orgullo. Y, por eso, va creando sus leyes, sus doctrinas, sus interpretaciones del Evangelio, sus formas de estar en la Iglesia, sus visiones de la Iglesia, su capacidad para hacer el mayor mal en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena, porque él no da la Misericordia del Señor, sino que se inventa su misericordia, amoldada a sus pensamientos humanos.

El hombre se ha hecho un dios para sí mismo

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”Leemos en el libro del Génesis: «Dios impuso al hombre este mandamiento: “De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio”» (Gn 2, 16-17). Con esta imagen, la Revelación enseña que el poder de decidir sobre el bien y el mal no pertenece al hombre, sino sólo a Dios” (Juan Pablo II -Veritatis Splendor, n.35).

El bien y el mal no están en posesión del hombre, no es fruto de su raciocinio, no se llega porque se obren cosas buenas en la vida, sino que sólo Dios dice al hombre lo que es el bien y lo que es el mal.

El mundo y la Iglesia se han olvidado de esta verdad que Dios revela al hombre. Y, por tanto, se dicen muchas cosas sobre el bien y el mal y todos yerran en eso.

“Cada uno de nosotros tiene una visión del Bien y del Mal. Nosotros debemos animar a dirigirse a lo que uno piensa que es el Bien. Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo” (Francisco).

Francisco anima a la gente a ir hacia el bien que tiene en su pensamiento. Y, de esta manera, la persona se aparte de la Voluntad de Dios.

La persona tiene que decidir el bien y el mal acudiendo sólo a Dios, no a su pensamiento, no a las leyes de los hombres, no a nada humano o natural de la vida.

Quien no discierne la Voluntad de Dios en Dios, entonces hace de cualquier voluntad humana su dios.

El hombre, con su querer humano, hace su bien humano. Y, entonces, siempre se equivoca, porque el hombre, para hacer el bien tiene que preguntar a Dios ¿cuál es el bien que tiene que obrar en su vida?

Un mundo y una Iglesia sin discernimiento es lo que vemos actualmente. El mundo es claro que no discierne la Verdad porque: el Espíritu de la Verdad “no lo puede recibir el mundo, porque no lo ve ni lo conoce” (Jn 14, 17).

Pero en el mundo viven católicos con el Espíritu de la Verdad. Y esos católicos tampoco disciernen en el mundo ni el bien ni el mal que sólo Dios quiere. Y eso significa que esos católicos que viven en el mundo son del mundo, es decir, han perdido el espíritu de la Verdad. Son mundanos como los del mundo, sirviendo al espíritu del mundo.

El Espíritu de la Verdad da al hombre la obra que Dios quiere en su vida. Y esa obra es la que salva al hombre, la que lo santifica, la que lo hace caminar hacia el Cielo.

Pero es necesario que el hombre luche contra el pecado, contra el demonio, contra el espíritu del mundo. Y si no lucha, entonces no puede recibir el Espíritu de la Verdad.

Francisco quiere cambiar el mundo con su pensamiento. Según la mente del hombre conozca la maldad, entonces el hombre puede decidir hacer el bien para quitar esa maldad.

Esta idea de Francisco es la idea del demonio en su mente diabólica.

El demonio concibe el bien y el mal en su mente. No lo concibe en Dios. Ya no puede, porque se separó de Dios en su pecado.

El demonio fabrica con su mente caminos para el bien y caminos para el mal. Y eso lo pone en la mente de los hombres. Y los hombres caminan hacia el bien y hacia el mal según la mente del demonio, según las ideas que el demonio le vaya dando.

Por eso, aquel que no discierna sus pensamientos, los buenos y los malos, entonces no se pone en la Verdad. Porque el demonio pone muchos pensamientos buenos. Y no sólo hay que rechazar los malos pensamientos de la cabeza, sino también los buenos.

Dios no guía al hombre dándole buenos pensamientos. El demonio guía al hombre dándole buenos pensamientos. Quien no rechace sus brillantes pensamientos sobre la vida, sus perfectos pensamientos sobre la vida, sólo sigue al demonio en su vida.

El hombre no ha comprendido esta verdad, ni en el mundo ni en la Iglesia.

Es Dios quien decide lo que es bueno y lo que es malo. Y, por tanto, se necesita mucha oración y penitencia para captar de Dios lo que es bueno y lo que es malo para la vida humana de cada hombre en la tierra.

Como los hombres no hacen oración ni penitencia, entonces sólo se rigen por sus cabezas y siempre se equivocan en todo, aun en las cosas divinas, sagradas y santas de la Iglesia.

Francisco enseña a seguir al demonio en la vida humana y en la vida espiritual. Es un hombre que no discierne la Verdad porque no sale de su pensamiento humano. No puede salir. Para él el bien y el mal lo inventa su mente humana. No hay que ir a Dios para comprender ese bien ni ese mal.

Con este pensamiento herético de Francisco se destruye lo más fundamental en la persona: su libertad.

La persona que mire su mente para entender el bien o el mal en su vida queda esclava de su mente, de sus ideas, de sus razones, de sus planes en la vida. Y, por tanto, ya no es libre para obrar la Verdad en su vida, no es libre para seguir al Espíritu de la Verdad, porque sólo sigue a su pensamiento humano.

Y una persona que es esclava de su mente, de su filosofía en la vida, hace de su vida un culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres, a la razón del hombre.

Y quien da culto al hombre ya no da culto a Dios en su vida. La persona no puede adorar a Dios en Espíritu y en Verdad, no puede salir de ella, de su mente humana, para seguir al Espíritu, sino que se queda encerrada en su mente humana y ahí sólo encuentra la adoración a sí misma, en su pensamiento humano. Y la persona se hace un dios para ella misma.

Esto es Francisco: él mismo es dios para sí mismo, porque quiere arreglar el mundo, que sólo le pertenece al demonio, con su mente de hombre.

No se puede comulgar con Francisco. No se puede obedecer a Francisco. No es posible la unión espiritual con Francisco. Y, por tanto, como Francisco es jefe de la Iglesia, no es posible unirse a ningún Pastor, a ningún sacerdote, a ningún Obispo, que se una a Francisco, que comulgue con Francisco.

Por eso, es imposible la obediencia a una cabeza en estos momentos en la Iglesia. Imposible. Sólo se puede obedecer a Cristo Jesús, que sigue siendo el Rey de la Iglesia, y que no engaña a nadie con sus pensamientos.

La situación en la Iglesia es muy grave. Y no estamos para jugar al ratón y al gato. No estamos para escondernos de esta realidad.

Muchos viven en la Iglesia con una venda en sus ojos y no son capaces de discernir nada en la Iglesia. Y hay muchos sacerdotes católicos y Obispos con esta venda en sus ojos, porque ya han perdido la fe, no sólo en la Palabra de Dios, sino en la Iglesia, en la Obra de Jesús en el mundo, en medio del mundo.

Y, por tanto, están haciendo de la Iglesia la división propia de ser cabezas de la Iglesia sin el Espíritu de la Verdad, que enseña lo que está bien y lo que está mal en la Iglesia. Y son ellos los que dirigen a las almas, a las ovejas, a la condenación a pensar como piensa el demonio y a seguir en la Iglesia la mente del demonio.

Francisco y sus seguidores es lo que hacen en la Iglesia: condenar a muchas almas por su falsa doctrina sobre el bien y sobre el mal.

Y muchos fieles en la Iglesia se condenan porque sólo están en Ella para comulgar, para recibir la Eucaristía. Y no les interesa otras cosas sino eso. Y, por tanto, se tragan cualquier mentira de cualquier sacerdote y Obispo que predique bonito, pero que no dé la Verdad, que no dé el Espíritu de la Verdad.

Muchos sacerdotes y Obispos predican con el espíritu del mundo, con el espíritu del demonio, con el espíritu propio de Satanás: la soberbia.

Así estamos en una Iglesia que no sirve sino sólo para condenar a las almas. Por eso, hay que salir de Roma cuanto antes. Antes de que de venga el gran castigo: el falso Profeta que combatirá al Profeta que ponga ese momento el Cielo para ese tiempo.

Un tiempo cumbre para todos en que hay que elegir sin retorno, sin arrepentimiento, sin posibilidad de volver atrás: o el Profeta de Dios o el falso Profeta del demonio.

Y quien siga al Profeta de Dios, entonces, verá el camino de la Iglesia. Pero quien siga al falso Profeta, entonces tendrá lo que persigue: al Anticristo. Y sólo le podrá servir a él y adorarlo como dios.

Quien no discierne el bien y el mal en Dios se hace un dios para sí mismo.

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