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Es católico decir: Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica

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«La fe es obra del Espíritu Santo, es un don de Mi Corazón traspasado; ella exige que se confíen al plan salvífico del Padre, aun en los sufrimientos y en las pruebas…» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Yo bendigo a quienes escuchan Mi Palabra”, 10/05/1996, pág. 6) (PDF)

La fe no es la obra de la inteligencia humana, sino de la Mente de Dios en cada alma. Es lo que Dios piensa, planea. Es lo que Dios decide en Su Espíritu. Es como Dios lo ve, no como los hombres lo entienden. Po eso:

«Un corazón dividido no está hecho para Mí. Soy esposo celoso, reclamo enteramente para Mí el corazón del alma esposa. La santidad perfecta consiste en no querer rehusar nada al Amor». (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Un corazón dividido no está hecho para Mí”, pág. 14).

Una Iglesia dividida, como la que observamos en el Vaticano, no es para Jesús. No puede serlo. En Ella no está Jesús.

La división provocada en el Sínodo por Bergoglio es signo manifiesto de las intenciones de ese hombre en Roma. Quien es de Cristo no divide a la Jerarquía como Bergoglio lo ha hecho –y lo lleva haciendo- desde que asumió su falso pontificado, en su falsa iglesia. Quien es de Cristo une a toda la Jerarquía en la Verdad, que es el mismo Cristo. ¡Esto es lo que no ha hecho Bergoglio en el Sínodo!

Si las almas leen la Palabra de Dios: «Mas aun cuando nosotros, o un ángel del cielo os evangelice fuera de lo que nosotros os hemos evangelizado, sea anatema» (Gal 1, 8); y, después, no son capaces de llamar a Bergoglio como anatema, es que no tienen fe: en ellas no se da la obra del Espíritu Santo, sino que se da la obra de su misma inteligencia humana.

Un Papa legítimo no puede enseñar una falsa doctrina, un falso evangelio. Y toda aquella alma en la Iglesia, sea fiel o sea Jerarquía, que no deseche toda novedad en la fe, por grande que sea la Autoridad de los que la quieran introducir, esa alma no tiene fe verdadera; esa alma no se confía plenamente en el plan que Dios ha puesto para salvarla; esa alma está dividida en su corazón y, por tanto, no pertenece al Corazón de Cristo, por más que comulgue diariamente.

Las almas que pertenecen a Jesús no son las que reciben, cada día, la comunión, sino las que se someten a toda la Verdad que Jesús ha enseñado en Su Iglesia. ¡Someterse a la Verdad es lo que no quiere la Iglesia actual, la que gobierna en el Vaticano!

Bergoglio enseña un evangelio del demonio, en el cual se ve claramente las ideas protestantes, comunistas y masónicas; y, en consecuencia, Bergoglio es anatema.

Y ser anatema quiere decir ser desechado con maldición, con execración y con horror: «Si alguno no ama al Señor sea anatema. Maran Atha» (1 Cor 16, 22).

«Maran Atha quiere decir: El Señor venga para ser su Juez, y para vengarse de él según su rigor» (S. Jerónimo).

Bergoglio no ama al Señor: sus obras en la Iglesia lo demuestran. Entonces, sea anatema: sea separado de la comunión del Cuerpo Místico de Cristo; sea juzgado por el Señor en cada alma de Su Cuerpo Místico. ¡Toda la Iglesia tiene el deber y el poder de juzgar a Bergoglio y a todo su clan masónico, porque no son de la Iglesia Católica!

Y si el alma en la Iglesia espera que la Jerarquía haga oficial este anatema de la Palabra de Dios para poder creer, para poder obrar, para poder decidir en la Iglesia, entonces esa alma no tiene la fe verdadera, no es católica.

En la Iglesia no se cree a la palabra de los hombres, sino a la Palabra de Dios que los hombres deben manifestar. Y si esos hombres, por más Autoridad que tengan en la Iglesia, por más sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papas, que sean, no manifiestan, no revelan, la misma Palabra de Dios como es, la Verdad como es, sin ese leguaje ambiguo tan común en todos hoy día, no hay que obedecerles, no hay que estar esperando un comunicado oficial para decir públicamente: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

«Es menester obedecer a Dios que a los hombres» (Act 5, 29), que a las autoridades legítimas de la Iglesia; porque esas Autoridades, esa Jerarquía, ya no da la Verdad en la Iglesia, ya no hace caminar hacia la Verdad en la Iglesia, ya no es legítima, porque está siguiendo la doctrina de un hereje, de un anatematizado por la Palabra de Dios. Esa Jerarquía se anatematiza, se excluye ella misma de la Iglesia, obedeciendo a un hereje.

Si el fiel de la Iglesia lee en la Bula «Cum ex apostolatus officio», de Paulo IV: «si en algún tiempo aconteciese que un Obispo… o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto…»; y, después, sigue llamando a Bergoglio como Papa, sigue diciendo a Bergoglio: gracias por habernos beatificado al Papa Pablo VI; es que, sencillamente, ese fiel no tiene la fe verdadera, no es de la Iglesia Católica, no es católico.

Porque la palabra de un Papa legítimo en la Iglesia es la Palabra del mismo Cristo, Cabeza Invisible de la Iglesia. Y si el alma no obedece lo que un Papa ha enseñado a la Iglesia sobre un falso Papa, sobre un electo Romano Pontífice que, desviado de la fe católica, falsamente gobierna la Iglesia; y está esperando que alguien en la Jerarquía diga oficialmente que los actos de Bergoglio en la Iglesia son inválidos y, por lo tanto, Pablo VI no está beatificado, es que, sencillamente, no tiene fe verdadera. Tiene, como muchos, una fe intelectual, que le impide al Espíritu Santo obrar en esa alma el don de la fe.

Ya Paulo IV ha manifestado oficialmente que Bergoglio no es Papa en la Iglesia Católica. ¿Por qué están esperando otro acto oficial de la Jerarquía? ¿No les basta ese? ¿Por qué no obedecen al Papa Paulo IV? ¿Es que sus palabras, su documento, ya no vale para este tiempo de la historia del hombre? ¿Es que han quedado anticuadas? ¿Es que ya no es el lenguaje políticamente correcto?

«…el que sea desobediente a Cristo en la tierra, que hace las veces de Cristo en el cielo, no tendrá parte en el fruto de la Sangre del Hijo de Dios» (Sta. Catalina de Sena – Carta 207, I, 435, Epistolario, di V. Mattini, Ed. Paoline, Alba 1966). La Iglesia está desobedeciendo a lo que un Papa, un Vicario de Cristo, ha enseñado en la Iglesia. No puede salvarse. No tiene parte en el fruto de la Sangre de Cristo.

A todos aquellos que critican y difaman a todos los Papas, sobre todo desde Juan XXIII: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del Cielo, sea reverencia, sea vituperio lo que hacemos». (Carta 28, I, 549). Si se llama a Juan Pablo II hereje, estamos llamando a Cristo hereje en su misma Iglesia. Y ¿piensas salvarte llamando a Cristo hereje en Su Iglesia? Y ¿pretendes salvarte llamando a Bergoglio como Vicario de Cristo? ¿Con una blasfemia a Cristo quieres ir al Cielo?

«Yo os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obediente a él, no por sí mismos (non per loro in quanto loro), sino por obediencia a Dios, como Vicario de Cristo» (Carta 407, I, 436). Todos esos que no pueden tragar a los Papas, desde Juan XXIII hasta el mismo Benedicto XVI, no pertenecen a la Iglesia Católica. No pueden salvarse. Se es Iglesia porque se obedece a un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

¡Qué pocos han entendido la obediencia a los Papas después del concilio Vaticano II! ¡Qué pocos! ¡Cómo está la Iglesia actualmente de dividida en su interior!

En la Iglesia no nos casamos con ningún Papa: nos casamos con Cristo. Nos unimos a Cristo, a Su Mente. Y aquella Jerarquía de la Iglesia que no dé la misma Mente de Cristo, que todos los Papas legítimos han manifestado – y eso no cambia, es inmutable, es para siempre, para todo tiempo- , no es Jerarquía de la Iglesia, no hay que seguirla, porque no lleva al alma, a la Iglesia, a vivir la fe en Cristo, a vivir la Mente de Cristo, sino que la hace esperar a un pronunciamiento de los hombres.

Así andan muchos en la Iglesia: tienen una fe colgada de la mente de los hombres: lo que diga la Jerarquía. Si la Jerarquía calla, entonces hay que seguir llamando a Bergoglio como Santo Padre, porque los hombres lo han sentado en ese Trono y le han puesto ese título de honor. ¡Y hay que respetar eso, hay que obedecer eso! ¡Formas externas de obediencia es lo que hay en muchos católicos! Pero no se da la obediencia a la Verdad porque, para eso, hay que someter la mente humana a toda la Verdad, que ningún hombre sabe dar.

Si te unes a Bergoglio haces comunión con toda la iglesia de Bergoglio; y ya te no puedes salvar. No hay salvación con un hereje. Hay salvación con un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

La fe es la obra del Espíritu Santo en el alma; no es la obra de la mente del hombre: no hay que llamar a Bergoglio como falso Papa cuando la Jerarquía lo llame. ¡Este es el error de muchos!

La fe es un don de Dios al alma, no es un don de la mente de la Jerarquía al fiel de la Iglesia. No es cuando la Jerarquía decida, es cuando Dios dice.

Es católico decir: Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

Es católico decir: Francisco Bergoglio es anatema en la Iglesia Católica.

Es católico decir: todos los actos de Bergoglio en el gobierno de la Iglesia Católica son ilícitos e inválidos.

Esto es lo que mucha gente, muchos intelectuales, callan. Esto lo calla toda la Jerarquía de la Iglesia.

O la Iglesia se pone en la Verdad – y la Verdad nace sólo de la Mente de Dios- o la Iglesia vive su mentira; y obra la herejía y el cisma obedeciendo a un hereje y un cismático, como es Bergoglio.

Si el dogma de la Iglesia dice: un Papa gobierna la Iglesia en vertical; ¿cómo es que puedes obedecer a un hombre que gobierna la Iglesia en horizontal? ¿Cuál es tu fe si en la Iglesia sólo puede darse un gobierno vertical en Pedro?

Muchos desconocen el dogma: las implicaciones del dogma, sus exigencias, sus obligaciones.

En la Iglesia Católica todo miembro está obligado a obedecer a un Papa, porque debajo del Papa se encuentran todos. No hay nadie que se pueda poner por encima del Papa o a su misma altura. Entonces, Bergoglio ha puesto un gobierno horizontal y, por lo tanto, no puede nunca estar gobernando la Iglesia Católica. ¿Por qué lo llamas Papa si ha anulado el dogma del Papado con su gobierno horizontal?

¿Cuál es la fe de muchos en la Iglesia? Fe a las formas externas, pero no fe a la Verdad Revelada.

Desde el momento en que Bergoglio decidió poner su gobierno horizontal: se acabó la obediencia en la Iglesia. No sólo a él, que es el líder, sino a toda la Jerarquía que le obedece.

Ya Bergoglio no puede nunca continuar la obra del Papado en la Iglesia. Nunca. Porque la gobierna con la horizontalidad. Por tanto, ha puesto la piedra del cisma con ese gobierno. Y está levantando su nueva iglesia. Y no hay manera de que esa nueva iglesia sea la de Jesús: porque no tiene a Pedro en la verticalidad. Tiene a un dictador, un falso Pedro, en la horizontalidad. Luego, no es posible la obediencia y todos los actos de Bergoglio y los de la misma Jerarquía son nulos.

Consecuencia: no esperan una nota oficial del Vaticano diciendo que Bergoglio no es Papa. ¡Nunca se va dar!

«Vestíos toda la armadura de Dios» (Ef 6, 11): la armadura son las virtudes necesarias para combatir contra nuestros enemigos, y defendernos de todas sus emboscadas: la fe, la esperanza y la caridad.

Quien no vista su corazón de fe no podrá combatir contra Bergoglio y su clan masónico. No podrá. Sino que le hará el juego de los hombres, que es lo que se ve en todas partes.

«Ceñíos vuestros lomos en la Verdad» (v. 14): arma poderosa contra el padre de la mentira es la rectitud, la sinceridad en el obrar, el vivir obedeciendo a una norma de moralidad, a una ley Eterna, a un dogma, que ninguna mente humana puede cambiar. Si la existencia del hombre no cabalga, no se rodea de la pura Verdad, la Verdad Absoluta, entonces el hombre sólo vive para su mentira, y es lo que obra siempre en su vida.

Esa iglesia del Vaticano es una obra de la mentira, del engaño, del fracaso del hombre.

«Sobre todo embrazando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno» (v. 16): si estás llamando a Bergoglio como Papa, si lo estás obedeciendo, entonces, ¿cómo pretendes ganar la batalla contra el demonio en la Iglesia? Es imposible, porque un reino, en sí mismo, dividido, no podrá subsistir por mucho tiempo.

«Todo reino en sí dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 26). ¡No puede subsistir lo que ha creado Bergoglio en el Vaticano! Y aquel que obedezca esa estructura externa de iglesia no puede salvarse nunca.

¿Cómo es que sigues rezando por Bergoglio?

«Además los herejes y cismáticos están sujetos a la censura de la mayor excomulgación por la ley del Can. “De Liguribus” (23, quest. 5), y de Can. “Nulli” (5, dist. 19). Pero los sagrados cánones de la Iglesia prohíben la oración pública por los excomulgados, como se puede ver en el capítulo “A Nobis” (cap. 4, n. 2), y cap. “Sacris,De Sententia Excomunicationis”. Aunque esto no prohíbe la oración para su conversión, aun así tales oraciones no pueden tomar forma por proclamar sus nombres en la oración solemne durante el Sacrificio de la Misa» (Papa Benedicto XIV, Ex Quo Primum # 23, 1 de marzo 1756).

Un Papa está prohibiendo la oración pública por una persona que sea hereje, que haya caído en el anatema, en la excomunión. Y, por tanto, no se puede pedir por las intenciones del Papa, si ese Papa se refiere a Bergoglio. No se puede nombrar a Bergoglio en las santas Misas. Se comete un pecado de sacrilegio, porque no se da a culto verdadero al Dios en el Sacrifico de la Misa o en las oraciones litúrgicas que se hacen en la Iglesia.

Nombrar en la oración al Papa legítimo es alabar, nombrar,  a Cristo en Su Iglesia. Pero nombrar a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe, es llamar a todo el infierno para que se haga presente en esa oración, en esa santa misa.

«Por esta razón, el obispo de Constantinopla, Juan, declaró solemnemente – y después todo el octavo Concilio Ecuménico hizo lo mismo – «que los nombres de los que fueron separados de la comunión con la Iglesia católica, es decir, de aquellos que no quisieron estar de acuerdo con la Sede Apostólica con todo los asuntos, no deben ser nombrados durante los sagrados misterios» (Papa Pio IX, Quartus Supra # 9, 6 de enero de 1873).

Mucha gente ora por «nuestro amado papa Francisco»: esto es una abominación en la Iglesia Católica. Oren por su conversión: para que deje lo que está haciendo y se vaya a un convento a expiar sus negros pecados. Pero no oren para que lo haga bien en la Iglesia.

Por quien hay que rezar es por el verdadero Papa, Benedicto XVI, y clamar como lo hacía Santa Catalina, para que corresponda a las llamadas de Cristo en el Cielo:

«Abre los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti; porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están nuestra vida y nuestra muerte, y tiene él el cuidado de recogernos a nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioni, 1; Morta, 569).

La fe no es un acto racional en la Iglesia, sino que es la obra, es un acto del Espíritu santo, que sólo se puede dar en las almas humildes, en aquellas que han puesto su mente en el suelo y que son capaces de llamar a cada cosa por su nombre.

«el racionalismo ha hecho de Mi Iglesia un destierro, la ha convertido en ruinas donde las serpientes se han anidado. Mis almas sacerdotales reprimen hoy a Mis elegidos, bloquean el camino con su escepticismo, sus dudas, su hipocresía y esto Me hace sufrir» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “El racionalismo ha hecho de la Iglesia un desierto”, 20/07/1996, pág. 23).

La Iglesia no puede ser conquistada por Bergoglio

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Tres cosas son necesarias para discernir si un hombre es Papa o no:

1. Ley de la Gracia:

a. Se es Papa hasta la muerte: El Papa es, material y formalmente, siempre Papa.

b. No existe el Papa emérito: El Primado de Jurisdicción sólo lo posee el Papa legítimo: Benedicto XVI: Canon 218, § 1 (CIC 17) : «El Pontífice Romano, sucesor del primado de San Pedro, tiene no solamente un Primado de Honor, sino también el supremo y pleno Poder de Jurisdicción sobre la Iglesia universal, concerniente a la fe y las costumbres, y concerniente a la disciplina y el gobierno de la Iglesia dispersa por todo el globo».

c. La renuncia de un Papa es al Papado, no al Episcopado Romano: Benedicto XVI renunció sólo al Episcopado; sigue siendo Papa, pero no puede ejercer su Pontificado. El ejercicio del gobierno le ha sido usurpado por el apóstata Obispo de Roma, Bergoglio.

d. El Obispo de Roma, sin el Primado de Jurisdicción, no puede ser Papa, no puede gobernar la Iglesia como Papa legítimo. No tiene la Gracia del Papado: el Espíritu de Pedro. No es Sucesor de Pedro.

2. Ley Eclesiástica:

a. Se prohíbe elegir a un apóstata de la fe católica, a un hereje o a un cismático como Romano Pontífice; si es elegido, su elección es nula: Paulus IV, Septim. Cum ex apostolatus, 9, de haereticis, ann. 1559 : «… agregamos, que si en algún tiempo aconteciese que un Obispo, incluso en función de Arzobispo, o de Patriarca, o Primado; o un Cardenal, incluso en función de Legado, o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto; y de ningún modo puede considerarse que tal asunción haya adquirido validez, por aceptación del cargo y por su consagración, o por la subsiguiente posesión o cuasi posesión de gobierno y administración, o por la misma entronización o adoración del Pontífice Romano, o por la obediencia que todos le hayan prestado, cualquiera sea el tiempo transcurrido después de los supuestos antedichos. Tal asunción no será tenida por legítima en ninguna de sus partes…»(ver texto)

b. Esta Constitución fue confirmada por Pío V en su bula Inter multiplices, ann. 1566: «Y además siguiendo las huellas de nuestro predecesor, el Papa Paulo IV, de feliz recordación, renovamos con el tenor de las presentes, la Constituci6n contra los heréticos y cismáticos, promulgada por el mismo pontífice, el 15 de febrero de 1559, año IV de su pontificado, y la confirmamos de modo inviolable, y queremos y mandamos que sea observada escrupulosamente, según su contexto y sus disposiciones».

c. Canon 2314, § 1 (CIC 17), sacado de la Cons. Cum ex, § 2. 3 y 6 de Paulo IV: «Todos los apóstatas de la fe cristiana, todos los herejes o cismáticos y cada uno de ellos: 1º incurren por el hecho mismo en una excomunión; 2º a menos que después de haber sido advertidos, se hayan arrepentido, que sean privados de todo beneficio, dignidad, pensión, oficio u otro cargo, si los tenían en la Iglesia, que sean declarados infames y, si son clérigos, después de monición reiterada, que se los deponga; 3º Si han dado su nombre a una secta no católica o han adherido a ella públicamente, son infames por el hecho mismo y, teniendo cuenta de la prescripción del canon 188, 4º, que los clérigos, después de una monición ineficaz, sean degradados»

d. Ningún Papa puede enseñar una doctrina diferente a la de siempre; no tienen el Espíritu Santo para enseñar el error, sino para custodiar íntegramente toda el depósito de la fe, que Dios ha revelado a Su Iglesia: «Los Romanos Pontífices, por su parte, según lo persuadía la condición de los tiempos y las circunstancias, ora por la convocación de Concilios universales o explorando el sentir de la Iglesia dispersa por el orbe, ora por sínodos particulares, ora empleando otros medios que la divina Providencia deparaba, definieron que habían de mantenerse aquellas cosas que, con la ayuda de Dios, habían reconocido ser conformes a las Sagradas Escrituras y a las tradiciones Apostólicas; pues no fue prometido a los sucesores de Pedro el Espíritu Santo para que por revelación suya manifestaran una nueva doctrina, sino para que, con su asistencia, santamente custodiaran y fielmente expusieran la revelación transmitida por los Apóstoles, es decir, el depósito de la Fe» (Concilio Vaticano I, Primera Constitución dogmática sobre la Iglesia de Cristo, julio 18, 1870. Tomado del libro Dogmatic Canons and Decrees, [TAN Books and Publishers] p. 254. Dz. 1836; D.S. 3069-3070)

3. Ley divina: Todo acto humano en contra de la Voluntad de Dios es un acto moralmente malo.

a. El falso Papa, Bergoglio, ha puesto en la Iglesia un gobierno horizontal, quitando la verticalidad de hecho. Ha cometido un pecado de herejía, que va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios. El pecado de herejía excluye toda obediencia en el miembro de la Iglesia: «Tal como es lícito resistir al Pontífice que agrede el cuerpo, también es lícito resistir a quien agrede las almas o quien altera el orden civil, o, sobre todo, a quien intenta destruir la Iglesia. Digo que es lícito resistirlo, no haciendo lo que él ordena y evitando que se ejecute; no es lícito, sin embargo, juzgarlo, castigarlo o deponerlo, ya que esos actos son propios de un superior» (De Romano Pontifice, lib. II, Cap. 29, en Opera omnia, Neapoli/Panormi/Paris: Pedone Lauriel 1871, vol. I, p. 418).

b. El falso Papa, Bergoglio, gobierna la Iglesia con una horizontalidad, cometiendo el pecado de cisma: lleva a toda la Iglesia hacia el protestantismo y comunismo. Ningún miembro de la Iglesia, así sea fiel o Jerarquía, puede obedecerle, sin caer en el mismo pecado de cisma: «Y de esta segunda manera el Papa podría ser cismático, si él no estuviera dispuesto a estar en unión normal con todo el cuerpo de la Iglesia, como podría ocurrir si intentara excomulgar a toda la Iglesia, o como observaron Cayetano y Torquemada, si él quisiera trastornar los ritos de la Iglesia basados en la Tradición Apostólica. …si da una orden contraria a las rectas costumbres, él no debería ser obedecido; si él intenta hacer algo manifiestamente opuesto a la justicia y al bien común, será legítimo resistirlo; si él ataca por la fuerza, por la fuerza él puede ser repelido, con una moderación apropiada a una justa defensa» (Francisco Suárez, De Fide, Disp. X, Sec. VI, N. 16).

c. El falso Papa, Bergoglio, enseña con una doctrina marcadamente masónica, cometiendo el pecado de apostasía de la fe. En dicho pecado, quien siga sus enseñanzas, pierde completamente la fe verdadera: «no oponerse al error es aprobarlo; y no defender la verdad es suprimirla» (Papa San Félix III)

Además, hay que añadir:

4. La ley del Espíritu: la profecía:

a. Conchita: «Ah, que el Papa murió. Entonces quedan TRES papas.– ¿De donde sabes que solamente quedan TRES papas?– De la Santísima Virgen. En realidad me dijo que aún vendrían CUATRO papas pero que Ella no contaba uno de ellos.– Pero entonces, ¿por qué no tener en cuenta UNO? — Ella no lo dijo, solo me dijo que UNO no le tenía en cuenta. Sin embargo me dijo que gobernaría la Iglesia por muy poco tiempo.– ¿Quizás por eso no lo cuenta?– No lo sé. –Y qué viene después:– Ella no lo dijo» (ver texto). Es claro, por esta profecía, que Francisco Bergoglio no es Papa.

b. San Malaquias: lema «De Gloria olivæ», que corresponde al papa Benedicto XVI. Último lema de la serie de Papas. Después de este lema, no hay más lemas. Como el Papa Benedicto XVI no ha muerto, entonces seguimos en este lema. No se puede cumplir lo que sigue en esta profecía. Cuando muera Benedicto XVI, entonces se cumple lo demás. Luego, Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

c. MDM: «El que se atreve a sentarse en Mi Templo, y que ha sido enviado por el maligno, no puede decir la verdad, porque no proviene de Mí. Él ha sido enviado para desmantelar Mi Iglesia y romperla en mil pedazos antes de que la escupa por su repugnante boca» (8 de marzo 2013). «Mi amado Papa Benedicto XVI fue perseguido y huyó, como fue predicho. Yo no he nombrado a esta persona, que dice venir en Mi Nombre. Él, el Papa Benedicto, guiará a Mis seguidores hacia la Verdad. No lo he abandonado y lo sostendré cerca de Mi Corazón y le daré el consuelo que necesita en este momento terrible. Su trono ha sido robado. Su poder no» (13 de marzo 2013).

d. Mensajes del Cielo: «Yo dije: el nuevo Papa será como los camaleones que cambia de color. Hijos míos, guardaos de tanta confusión y desorden, porque os harán ver lo que no es y sentir lo que en verdad no se siente (…) Benedicto XVI será Papa hasta la muerte» (ver texto). «Cuánto dolor ver la Casa de mi Señor cómo se llena de humo de Satanás…cómo caerán tantos sacerdotes, obispos, cardenales…que en secreto trabajan para la Bestia dentro de la Casa de Dios, como ese papa de alma negra que con el anticristo, destruirá la Iglesia; cómo trabajarán para la sede de la Bestia; y ella, ahí donde fue la Sede de Dios, sea por un tiempo de ella (la Bestia), destruyendo a su paso todo» (ver texto). «Comenzará un periodo de incertidumbre, de división entre la Iglesia y confusión, mucha confusión, engaño y los míos no se darán cuenta del engaño que los está llevando a ese orden mundial en mi propia Casa cambiando la Doctrina de siempre. Aquellos que sí se percatan del error serán acusados y señalados con el dedo. ¡Qué Dios, mi Padre os ayude! Amén» (ver texto)

5. La ley positiva (humano-eclesiástica): se ha demostrado que hubo irregularidades en el cónclave: Antonio Socci y su libro “Non e francesco” (ver texto): «Como ya he dicho, la nulidad de los procedimientos seguidos el Cónclave y la consiguiente elección no implica ausencia de culpa por parte de Bergoglio. Y la invalidez de la elección es en modo alguno un juicio de valor a su la persona» (ver texto).

Teniendo todo esto, entonces ¿por qué la Iglesia calla ante el hereje Bergoglio?

La Jerarquía de la Iglesia debería hablar y no lo hace. Están siguiendo esto:

Canon 1556 (CIC 17)): “La primera Sede no es juzgada por nadie”.

Cons. Cum ex, § 1 de Paulo IV «el mismo Romano Pontífice, que como Vicario de Dios y de Nuestro Señor tiene la plena potestad en la tierra, y a todos juzga y no puede ser juzgado por nadie»

O con otras palabras: la fe de la Iglesia es dada no para juzgar a la Autoridad, sino para que ésta juzgue.

Muchos siguen llamando a Bergoglio con el nombre de Santo Padre, Papa, sólo porque la Iglesia oficialmente no se ha declarado en contra de este hombre, y consideran que posee todavía ese título honorífico. Un título exterior, que aunque sea hereje, hay que dárselo. Están esperando que alguien, ya sea el Papa legítimo, Benedicto XVI, ya sean unos Obispos reunidos, declaren que Bergoglio no es Papa.

Y esto es una ilusión esperarlo y pensarlo.

Porque toda la Iglesia, cuando permanece unida al Papa legítimo es infalible: «es la Iglesia de Dios vivo, columna y fundamento de la Verdad» (1 Tim 3, 15). «La Iglesia Católica, luchando contra todas las herejías, puede luchar; sin embargo no puede ser conquistada. Todos los herejes salieron de Ella podados como sarmientos inútiles de vida: mas, Ella misma permanece en su raíz, en su vida, en su caridad. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella» (San Agustín – De symbolo serm. ad catech. 6, 14; M. 40, 635).

Y, por consiguiente, la iglesia que permanece unida a un hereje, es falible y totalmente condenable, porque no es la Iglesia Católica. Ya no estamos hablando de una usurpación del Papado, sino del establecimiento de una nueva iglesia en Roma.

No hablamos de un antipapa, al cual se examina su derecho a la Silla de Pedro, sin juzgar al Papa, sino sólo la elección y el acto de los electores: «De hecho, los papas cismáticos han sido tratados simplemente como usurpadores y desposeídos de una sede que no poseían legítimamente» (cf. El decreto contra los simoníacos del concilio de Roma de 1059, Hardouin, t. VI. col. 1064: Graciano, dist, LXXIX, c. 9; Gregorio XV: constitución 126 Aeterni Patris (1621), sect. XIX, Bullarium romanum, t. III, p. 446).

Sino que estamos hablando de una nueva sociedad religiosa en el Vaticano, que Bergoglio está levantando con su nuevo gobierno horizontal, al cual todos lo pueden juzgar porque esa sociedad no pertenece a la Iglesia Católica.

Nadie ha caído en la cuenta de la importancia de la verticalidad del gobierno en la Iglesia Católica. Es esencial para permanecer siendo Iglesia, la auténtica. Como a nadie le interesa el ejercicio del poder papal a través de la verticalidad, sino que todos se reúnen en la colegialidad para estar bajo Pedro, entonces es esperar en vano que, oficialmente, sea declarado Bergoglio como falso Papa. Esperar en vano: una ilusión. Ya los hombres no siguen la inmutabilidad de los dogmas en la Iglesia. Y, entonces, estamos como estamos, como Eliphas Levi lo expuso en el año 1862:

«Vendrá un día en que el Papa, inspirado por el Espíritu Santo, declarará levantadas todas las excomuniones y retractados todos los anatemas, en que todos los cristianos estarán unidos dentro de la Iglesia, en que los judíos y los muslimes serán benditos e invitados a ella. Conservando la unidad e inviolabilidad de sus dogmas, la Iglesia permitirá que todas las sectas se acerquen a ella por grados, y abrazará a todos los hombres en la comunión de su amor y sus oraciones. Entonces no existirán ya los protestantes. ¿Contra qué iban a protestar? El Soberano Pontífice será entonces el rey del mundo religioso, y hará cualquier cosa que quiera con todas las naciones de la tierra. Es necesario extender este espíritu de caridad universal…»

Siempre se cumple la Palabra de Dios:

«El rey Antíoco publicó un decreto en todo su reino de que todos formasen un solo pueblo, dejando cada uno sus peculiares leyes. Todas las naciones se avinieron a la disposición del rey. Muchos de Israel se acomodaron a este culto, sacrificando a los ídolos y profanando el sábado…Se les unieron muchos del pueblo, todos los que abandonaron la Ley…» (1 Mac 1, 43-45.55).

Bergoglio publicó su gobierno horizontal en toda la Iglesia y todo el mundo se ha acomodado a ese culto falso e ignominioso, y comienzan muchos a sacrificar a sus ídolos: los pobres, los homosexuales, los ateos, los pecadores,… el hombre.

Todos se han olvidado de Cristo y de Su Iglesia. Todos van corriendo a formar el nuevo orden mundial con la nueva iglesia para todos y de todos.

Que la gente siga llamando a Bergoglio como Papa no es sólo alucinante, sino una abominación. ¡Qué pocos en la Iglesia conocen su fe! ¡Qué pocos la saben guardar, la saben interpretar de manera infalible. Todos han puesto su grandiosa inteligencia y así vemos una Iglesia totalmente dividida, en la que a nadie le interesa, para nada, la Verdad.

«La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta a las inteligencias humanas para ser perfeccionada por ellas como si fuera un sistema filosófico, sino como un depósito divino confiado a la Esposa de Cristo para ser fielmente guardado e infaliblemente interpretado» (Concilio Vaticano I).

«Cuando está en juego la defensa de la verdad, ¿cómo se puede desear no desagradar a Dios y, al mismo tiempo, no chocar con el ambiente? Son cosas antagónicas: ¡o lo uno o lo otro! Es preciso que el sacrificio sea holocausto: hay que quemarlo todo…, hasta el “qué dirán”, hasta eso que llaman reputación». (San Josemaría Escrivá de Balaguer,”Surco”, No. 40)

El Sínodo es nulo

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«Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierras será desatado en los cielos» (Mt 16, 19).

La Iglesia de Pedro es la Iglesia que fundó Jesús.

Como Bergoglio no es el Sucesor de Pedro, entonces la iglesia que él gobierna no es la que fundó Jesús, no es la de Pedro. En consecuencia, Bergoglio no tiene las llaves del Reino de los Cielos: lo que haga o deshaga en un Sínodo es nulo para la Iglesia Católica.

Esto es lo que muchos no acaban de comprender, porque ya no creen en el Evangelio de Jesús, sino que creen en la interpretación que ellos mismos hacen del Evangelio.

Las llaves del Reino son la potestad de Pedro sobre el Reino de los Cielos: «Y a ti te daré las llaves del Reino de los Cielos… La Iglesia ostenta la imagen expresa no solo del edificio, sino también del Reino: además todo el mundo sabe que las llaves son el distintivo normal que indican el poder. Por lo cual cuando Jesús promete dar a San Pedro las llaves del Reino de los Cielos, promete que le dará potestad y derecho sobre la Iglesia» (León XIII – Encíclica “Satis cognitum” – AAS 28,726s).

La potestad suprema que tiene Pedro, es decir, el Primado de Jurisdicción, se da a entender con el símbolo de la llave. Jesucristo es el que tiene la potestad omnínoda del Reino de David: «Esto dice el Santo, el Veraz, el que tiene la llave de David: si Él abre, nadie puede cerrar; si Él cierra, nadie puede abrir» (Ap. 3,7). Y esta potestad la ha sido entregada a Pedro con las llaves: «a ti te daré».

Esta potestad la tenían los legistas, pero usaron mal de ella y, por eso, Jesús los rechaza: «¡Ay de vosotros, los Legistas (= νομικοις: doctores de la Ley), que os habéis llevado la llave (= κλειδα) de la ciencia!…¡que cerráis (= κλειτε: cerrar con llave) a los hombres el Reino de los Cielos! Vosotros ciertamente no entráis; y a los que están entrando no les dejáis entrar» (Lc 11,52; Mt. 23,13).

Esta potestad, dada al Papa Benedicto XVI, le fue arrebatada en su renuncia, para que los hombres en la Iglesia, la Jerarquía infiltrada, que se proponía poner a un falso Papa (= Bergoglio) y levantar una falsa iglesia (= la nueva ecuménica), no pudieran someter a Benedicto XVI a sus planes malvados, como lo hicieron con los otros Papas anteriores. Con los Papas anteriores, se firmaron documentos que el Papa no quería. Usaron mal las llaves del Reino con los Papas. Y para que no ocurra eso, la firma de Benedicto XVI ya no tiene ningún valor (= ellos saben que Benedicto XVI sigue siendo el Papa verdadero).

«La elite masónica ha tomado control sobre Mi Iglesia y ellos esgrimirán el más perverso engaño sobre los Católicos. Las Llaves de Roma están ahora entre Mis Manos, habiendo sido pasadas a Mí por Mi Padre. Yo dirigiré a todos Mis seguidores, para que la Verdad pueda ser sostenida y que Mi Santa Palabra permanezca intacta.

El Falso Profeta ahora se hará cargo de la Sede de Roma y Mi Palabra, así como lo fue en Mi Tiempo en la Tierra, será tratada como herejía» (MDM – 17 de febrero 2013).

Roma ha perdido el derecho del Reino de los Cielos. Ya no lo tiene. Ellos han escogido la iglesia de Satanás, en donde no hay esperanza para salvarse.

Benedicto XVI sigue teniendo el Primado de Jurisdicción, pero no las llaves del Reino de los Cielos. El Poder Divino está en su persona, por ser el Sucesor legítimo de Pedro; pero realizar ese Poder, ejecutarlo, ya no lo puede hacer. Atar y desatar lo hace, ahora, sólo Jesús, que es la Cabeza Invisible de la Iglesia, desde los Cielos.

«La expresión empleada en sentido translaticio de atar y desatar indica el derecho de dar leyes e igualmente la potestad de juzgar y de castigar. En verdad esta potestad se dice que tendrá tanta amplitud y poder, que cualesquiera decretos de la misma los ratificará Dios. Por tanto es una potestad suprema y plenamente “sui iuris”, puesto que no hay en la tierra por encima de ella ninguna potestad de grado superior, y ya que abarca a la Iglesia entera y a todo lo que le ha sido confiado a la Iglesia» (León XIII – Encíclica “Satis cognitum” – AAS 28,726s).

El Papa Benedicto XVI ya no tiene derecho de dar leyes ni de juzgar ni castigar a nadie en la Iglesia. Y, por eso, nadie en la Iglesia: ningún Cardenal, ningún Obispo, ningún sacerdote posee este derecho. ¡No están las llaves en Roma! Nadie en la Iglesia puede excomulgar a nadie, ni se puede proclamar ningún dogma nuevo, ni se puede modificar ningún Sacramento, ni se puede convocar ningún Sínodo, ni se puede proclamar santos…. ¡No hay ejercicio del Poder Divino! No está Pedro gobernando con el Primado de Jurisdicción: el Papa Benedicto XVI es el verdadero Papa, pero inútil en el gobierno.

Esto cuesta entenderlo a muchas personas, porque creen que en la Iglesia se obedece a cualquiera. Y ya lo dijo el mismo Pedro ante todos los príncipes, los ancianos, los escribas, ante el mismo Anás, sumo sacerdote, ante cuantos eran del linaje pontifical: «Juzgad por vosotros mismos si es justo ante Dios que os obedezcamos a vosotros más que a Él» (Act. 4, 19b), porque «los reyes de la tierra han conspirado y los Príncipes se han federado contra el Señor y contra Su Cristo» (Sal 2, 1). Y, por eso, «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Act. 5, 29).

Esto es lo que la Jerarquía no ha dicho a Bergoglio y a todo su clan masónico: Habéis conspirado contra Jesús y Su Vicario en la tierra, el Papa Benedicto XVI, por tanto, «es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres». En la Iglesia no se obedece la mente de ningún hombre, así lo llamen Papa. En la Iglesia, nadie se somete al poder humano de un hombre, así lo llamen Papa. Porque la Iglesia es Cristo; los demás todos están bajo Cristo. Y, cuando los hombres han decidido quitar al Vicario de Cristo y poner un juguete del demonio como falso Papa, la Iglesia ya no está en Roma, sino en el desierto. La Iglesia ya no es la Jerarquía, sino el Reino de Dios: las almas fieles a la Verdad, que es Cristo; las almas que perseveran en esa Verdad sin cambiarla en nada. Y, por eso, se han metido en un Sínodo inválido, ilícito y nulo. Un Sínodo que va a costar a muchos su destino eterno: se van a condenar por aceptar la doctrina herética que va a salir de ese Sínodo.

Ese Sínodo no tiene potestad ni de prohibir ni de permitir nada. Esto, para los católicos tibios y pervertidos, y para la falsa Jerarquía de la Iglesia, les resulta gracioso y sin sentido. Ellos se apoyan en el poder humano de Bergoglio, pero no pueden sostener que ese poder es divino. No lo pueden probar por las obras de Bergoglio: todos ven la obra de herejía de ese hombre. Y es claro, para un católico que tenga la cabeza bien puesta sobre sus hombros, que ningún poder divino lleva a obrar una herejía en la Iglesia.

Pero muchos carecen de dos dedos de frente: no tienen el mínimo sentido común en las cuestiones espirituales de la Iglesia.

El Sínodo no puede declarar prohibido ni permitido nada; no puede obligar de ningún modo, ni absoluto, ni relativo, a cumplir una ley que salga de ese Sínodo. Porque todos se han reunido bajo las faldas de un falso Papa, de un hombre sin el Primado de Jurisdicción: son hombres, que se juntan para hablar como los hombres y para decidir lo que los hombres quieren. Y lo deciden de acuerdo a un poder humano. ¡No sopla el Espíritu Santo en el Sínodo! ¡No puede soplar! ¡El Poder de Dios está en el Cielo, no en Roma!

Si no se comprende este punto, todos esperando noticias del Sínodo. ¡Y ya se sabe lo que va a salir de ese antro del demonio!

Olor a humanidad: «tenemos que escuchar los latidos de este tiempo y percibir el ‘olor’ de los hombres de hoy, hasta quedarnos impregnados de sus alegrías y esperanzas, de sus tristezas y angustias» (ver texto).

Se han reunido para escuchar a los hombres: las necesidades de los tiempos, pero no la Voluntad de Dios sobre este tiempo que vive el hombre. Toda esta gente es experta en el lenguaje humano de los tiempos. Son tiempos conflictivos y hay que estar atentos a lo que los hombres piensan y quieren. Para eso este hombre, que es un masón disfrazado de Papa, puso en movimiento toda una encuesta para tener claro el olor de los hombres.

Bergoglio sólo tiene narices para el hombre: sólo percibe su olor. Es incapaz de percibir a Cristo: el olor de su humildad, de su pobreza, de su castidad, de su obediencia al Padre; eso nunca lo predica este hombre, ni sabe predicarlo. Sólo le interesa el hombre, la humanidad, sólo quiere el grito del pueblo: «escuchar a Dios, hasta llegar a sentir con Él el grito del pueblo; escuchar al pueblo; hasta respirar la voluntad a la cual Dios nos llama» (Ib).

¡Qué palabras más blasfemas de este hombre!: «escuchar a Dios, hasta llegar a sentir con Él el grito del pueblo». Cuando se escucha a Dios se deja de escuchar y de sentir al hombre. Para escuchar la Voz de Dios hay que hacer como Moisés: retirarse del pueblo, subir a la montaña y descalzarse, de todo lo humano, en presencia de Dios. Dios no quiere, en su presencia, el grito de ningún pueblo. Quien vaya a buscar la Voluntad de Dios con la mente llena de problemas humanos, no encuentra a Dios en su vida ni su Voluntad. Hay que colgar en la percha de entrada de la oración lo humano y quedarse ante Dios desnudo de todo.

Pero esto ¿le interesa a Bergoglio? Ni siquiera piensa en esto. ¿En qué da vueltas su cabeza? En su herejía: «escuchar al pueblo; hasta respirar la voluntad a la cual Dios nos llama». En el pueblo está la Voluntad de Dios. La soberanía está en el pueblo. Ven cómo va construyendo su nueva iglesia: de abajo arriba. Es lo que quiere el pueblo lo que hay que decidir en este Sínodo. ¿Han captado la herejía?

En otras palabras hay que consentir el pecado: «invocamos la disponibilidad de confrontarse con sinceridad, de manera abierta y fraterna, que nos lleve a hacernos cargo de la responsabilidad pastoral, de los interrogativos que este cambio de época lleva consigo» (Ib). Soluciones pastorales, puestas en un referéndum, al que todos van a votar; y eso lo firma Bergoglio, y comienza el horror en Roma. Hay que ser abiertos y fraternos para decidir el lenguaje donde vamos a meter que el pecado es un bien para la familia, para el matrimonio, para los homosexuales, para todos las cosas que nos pide este tiempo, tan magnífico, que el Señor nos ha dado para destruir su Iglesia.

Esa Iglesia que es, para Bergoglio, masón de pies a cabeza, el sueño de Dios: «La viña del Señor es su «sueño», el proyecto que Él cultiva con todo su amor, …. El «sueño» de Dios es su pueblo… Las asambleas sinodales sirven para cultivar y guardar mejor la viña del Señor, para cooperar en su sueño, su proyecto de amor por su pueblo» (ver texto).

Dios tiene un sueño, que es tan maravilloso, que nosotros los hombres tenemos que poner en la realidad de la vida. Hagamos visible el sueño de Dios, la utopía de Dios, la ilusión de Dios… Pensemos, meditemos, anulemos el magisterio de la Iglesia, ocultemos con nuestras palabras mágicas la ley natural, la ley divina, la ley de la gracia. Digamos que Dios es misericordia y que, por tanto, a Dios le importa el pecado de los hombres: busquemos un camino para anular el pecado, para mostrar ese sueño de misericordia que tiene Dios sobre el hombre. ¿Por qué no casar a los homosexuales? Es el sueño de Dios. Hay que hacerlo realidad. ¿Por qué no aprobar el preservativo? Eso ayuda a la familia, que está tan cargada por los asuntos económicos. Seamos misericordiosos con la economía, con los males sociales, con las injusticias humanas que vienen por ese uso mal del dinero. Hay que tener misericordia de los pecados de los hombres, de sus errores, de sus caídas. Para eso es el Sínodo: para cultivar el pecado, para cooperar en el sueño de Dios, que es el sueño de los hombres, el grito del pueblo.

Con estas palabras, ese hombre engaña a todo el mundo. Nunca Bergoglio va a decir que Dios sólo se fija en el alma arrepentida de su pecado para poder hacerla un bien. ¡Nunca dirá esto! Él pone su falsa misericordia, que le lleva a poner su lenguaje como el motor de todo en su nueva iglesia.

Roma ya no tiene las llaves del Reino, ya Bergoglio no es el mayordomo universal, ni puede serlo: no puede tomar decisiones. Se van a dedicar a hablar, a decirse palabras bonitas, a darse un beso y un abrazo; pero lo que va a salir de ahí es una obra demoníaca: el inicio del horror en Roma. Y todos van a estar de acuerdo, porque se va a hacer mediante referéndum, mediante el voto de la mayoría. Y la mayoría pertenece a la Jerarquía masónica, ya de hecho, ya de pensamiento.

En el Cielo ya no permanece la decisión del Sucesor de Pedro en la tierra, porque le han sido arrebatadas las llaves del Cielo. Ya nadie se puede salvar siguiendo a una cabeza visible en la Iglesia. Y esto es muy importante que se entienda.

La Iglesia es la Jerarquía, y es Ella y sólo Ella la que tiene el poder de llevar al cielo: santificar las almas. Tiene la triple potestad. Pero esta potestad sólo funciona cuando el Papa posee las llaves del Reino de los Cielos. Si no tiene esas llaves, los demás carecen de todo poder en la Iglesia.

Ahora, si quieren salvarse, tienen que seguir a la Cabeza invisible de la Iglesia, que es Jesús. Y quien no tenga profunda oración, quien no haga ayunos, penitencias y sacrificios por sus pecados, no podrán entender qué Dios quiere de su vida para este tiempo tan oscuro, y no podrá luchar contra los enemigos de la Iglesia que son ya visibles en Roma.

Toda esa Jerarquía a la que muchos siguen teniendo esperanza, ya no valen para sus almas. Son muy pocos los sacerdotes que ven la situación de la Iglesia y que ponen un camino a las almas para que salgan de una iglesia que no es la de Pedro, sino la del demonio. La iglesia de un falso pedro, con un falso evangelio, con un falso cristo. Y eso se levanta en Roma con la aprobación de la misma Jerarquía.

Mayor Justicia no puede venir a Roma: dentro de poco, los rusos ondearán la bandera en el Vaticano.

Benedicto XVI es el que posee la Suprema Potestad en la Iglesia Universal

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“Cuando el peligro es grande no se puede escapar. Es, por eso, que éste definitivamente no es el momento de renunciar. Es precisamente en momentos como éste, que tenemos que resistir y superar la situación difícil. Este es mi pensamiento. Uno puede renunciar en un momento de paz, o en las que simplemente no puede hacerlo más. Pero uno no puede huir en el momento del peligro y decir: “que se ocupe otro” […] Cuando un Papa llega a la clara conciencia de no poder físicamente, mentalmente y espiritualmente para llevar a cabo la tarea que le ha confiado, entonces tiene el derecho, en determinadas circunstancias, y también el deber de dimitir”(Luz del Mundo, Libreria Editrice Vaticana, 2010, p. 53).

Las palabras del Papa Benedicto XVI son claras: no es el momento de renunciar (= «non è il momento di dimettersi»), sino que hay que resistir (= «che bisogna resistere»).

«Cuando un Papa llega a la clara conciencia de no poder físicamente, mentalmente y espiritualmente para llevar a cabo la tarea, entones tiene el derecho de… dimitir». Este pensamiento del Romano Pontífice es distinto cuando da su renuncia:

«he llegado a la certeza que mis fuerzas, por la edad avanzada, ya no son aptas»«para gobernar el barco de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor sea del cuerpo, sea del ánimo, vigor que, en los últimos meses, en mí ha disminuido en modo tal que debo reconocer mi incapacidad de administrar el ministerio a mí confiado».

El Papa, en su renuncia sólo da una razón: la disminución del vigor del cuerpo, la edad avanzada, que hace que el ánimo se sienta turbado, pesado, sin fuerzas. Pero el Papa no da una razón espiritual de su renuncia. El cuerpo puede estar débil, sin fuerzas; la cabeza puede estar no lúcida; pero no son razones para renunciar. Juan Pablo II se mantuvo hasta el final, con sus enfermedades. Y podía haber dicho: ahí os quedáis todos. Y, sin embargo, se mantuvo siendo un Papa católico hasta el final: perseveró en la gracia de su Pontificado. Fue fiel a esa gracia.

Benedicto XVI pone una excusa pobre y esconde la verdadera razón. No puede decirla. La razón espiritual debe callarla.

«No es el momento de renunciar» y, sin embargo, me han obligado a renunciar. Esto lo calla el Papa Benedicto XVI. Si el Papa hubiera sido fiel a su pensamiento: «uno no puede huir en el momento del peligro», entonces no hubiera renunciado. Quien conozca la mente de Benedicto XVI sabe muy bien que él siempre ha sido fiel a su pensamiento. El Papa Benedicto XVI tiene una cabeza bien montada: sabe lo que piensa y sabe lo que dice. No es como muchos seudo-teólogos, llenos de ambigüedades, que no saben ni lo que piensan ni lo que dicen. No es un Bergoglio que es un veleta del pensamiento del hombre: es un hombre sin ideales, sin rumbo, sin camino, sin una obra verdadera. Bergoglio es un pervertido en su juicio: no tiene cabeza, es un loco, carece de toda inteligencia espiritual y humana.

Al Papa Benedicto XVI le pusieron el arma en la sien: es un modo de hablar para decir que la Iglesia está gobernada por hombres que no pertenecen a Ella, sino que han escalado los puestos claves para dar el asalto a la Verdad.

La Verdad no puede ser vencida, pero sí ocultada de muchas maneras. Sí perseguida en muchos frentes.

El Papa Benedicto XVI sabe lo que hay en la Iglesia: en su interior. Los conoce a todos con los ojos cerrados. Pero debe callar. Si hubiera huido de Roma, entonces habría hecho la Voluntad de Dios. Pero dejó a la Iglesia en manos del lobo. Y esto es un pecado que hay que expiar.

Con la muerte del Papa Benedicto XVI se acaba el tiempo del Papado: surge el tiempo del Anticristo. Ya estamos en su inicio, pero debe morir el katejon. No sólo debe renunciar, sino morir, para que se cumplan las escrituras.

Tiene que cumplirse la profecía de Fátima, en su segunda parte: «y vimos…a un obispo vestido de blanco» que «llegado a la cima del monte… fue muerto por un grupo de soldados». La primera parte del Tercer Secreto, ya se cumplió en estos 18 meses: Dos Papas en Roma; uno de ellos bajo la influencia del demonio, poseído por Satanás..

La Iglesia vive de profecías, porque Jesús es un Profeta. Y todo sacerdote es un profeta. Jesús es la Palabra del Pensamiento del Padre. Eso es ser profeta: habla lo que el Padre le dice. Transmite íntegramente la Mente del Padre. El profeta no pone nada de su intelecto humano. No interpreta lo que recibe de Dios. Lo da sin más, aunque el mundo no lo comprenda.

Por eso, hoy los católicos se afanan por buscar falsos profetas que les digan que lo que pasa en la Iglesia no es nada, que todo va de maravilla, que continúen obedeciendo a Bergoglio, que tiene fama de santidad. No quieren escuchar la voz de Dios, no quieren buscar la verdad. No les interesa lo que piensa Dios de todo esto que pasa en la Iglesia, porque es más fácil acomodarse a lo que los demás piensan y deciden en la vida.

Siempre el falso profeta habla para que el otro se sienta contento, a gusto. Y, por eso, no es un profeta de calamidades, de desastres, de castigos, de muertes… Sino que es falso profeta de misericordia, de amor, de paz, de ternura, de fraternidad, que es siempre el lenguaje humano de los tontos, de los tibios, de los pervertidos en sus juicios humanos.

La Iglesia se llena de falsos profetas y de una falsa Jerarquía que limpia las babas que se le caen a Bergoglio cuando habla. Esto es la Iglesia actualmente: todos maquillando a un hereje, a un cismático y a un apóstata de la fe. Y lo hacen cobrando. Es el negocio que ahora se han montado en el Vaticano: gente que apoye las barbaridades de ese hombre, gente que haga filosofía de la mentira de ese hombre; gente que viva como ese hombre.

¿Renunció el Papa Benedicto XVI al ministerio petrino o al ministerio episcopal?

El Romano Pontífice es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma, es decir, que el Papa es también el Obispo de Roma. Primero es ser Papa, después es ser Obispo de Roma.

«El Obispo de la Iglesia de Roma, en quien perdura el ministerio concedido singularmente por el Señor a la persona de Pedro, el primero de los Apóstoles, y que debe transmitirse a sus sucesores, es la cabeza del Colegio de Obispos, Vicario de Cristo y Pastor aquí en la tierra de la Iglesia universal; él, por ello, en virtud de su ministerio, tiene potestad ordinaria suprema, plena, inmediata y universal sobre la Iglesia, potestad que puede siempre ejercer libremente» (canon 331).

En este canon se reconoce al Obispo de Roma como en quien está el ministerio del Sucesor de Pedro: «El Obispo de la Iglesia de Roma es… el Pastor aquí en la tierra de la Iglesia Universal». Son dos poderes distintos: un poder que se vincula al gobierno de la diócesis de Roma y otro poder que es relativo a la Iglesia Universal, como Cabeza de Ella, como Papa. Son dos poderes en un mismo sujeto: el Papa.

El Papa es Obispo. Por lo tanto, tiene el primado de honor, es decir, la potestad sobre todos los Obispos, y gobierna en la jurisdicción de Roma, con ese poder. El poder del Papa es episcopal.

Pero el Papa también es el Vicario de Cristo, que tiene el Primado de Jurisdicción, es decir, la Suprema Potestad en toda la Iglesia, para gobernar en todas las diócesis del mundo, no sólo en Roma.

Cuando Jesús da a Pedro la Potestad Suprema lo hace de manera independiente del cargo de Obispo de Roma. Este cargo lo asume San Pedro, después de recibir la Potestad Suprema, el Primado de Jurisdicción. Por tanto, es antes el Primado de Jurisdicción, el gobierno de toda la Iglesia Universal, que el gobierno de la diócesis de Roma, el ser Obispo de la Iglesia de Roma. Son, claramente, dos poderes distintos y que se pueden separar. No son absolutamente indisolubles. No existe en la Iglesia una ley canónica que imponga la indisolubilidad entre el Primado de Jurisdicción y la potestad de gobernar la diócesis de Roma. Hay que distinguir las dos potestades.

La Suprema Potestad que San Pedro transmite a sus sucesores es independiente de la potestad de ser el Obispo de Roma. Esta Suprema Potestad lleva aneja la jurisdicción sobre Roma. Jesús deja Su Vicario a la Iglesia, pero no deja un Obispo de Roma: «Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia». Sobre la persona de Pedro está levantada la Iglesia, no sobre la ciudad de Roma, no sobre el gobierno de la Iglesia de Roma.

Esta Suprema Potestad es por derecho divino, iure divino: «El Romano Pontífice, legítimamente elegido,… obtiene, por derecho divino, la plena potestad de Jurisdicción» (Canon 219 del Código de 1917). Pero el ser Obispo de la Iglesia de Roma no es por derecho divino; sino que es o bien por derecho humano-eclesiástico o bien por derecho eclesiástico-apostólico, según la naturaleza del derecho por el cual San Pedro unió de hecho el Primado con el Episcopado Romano.

¿Qué hizo el Papa Benedicto XVI?: «declaro me ministerio Episcopi Romae, Successoris Sancti Petri… renuntiare» («declaro que renuncio a mi ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro»).

Es claro el pensamiento del Papa Benedicto XVI: renuncia a ser Obispo de la Iglesia de Roma, que es también el Sucesor de Pedro; pero no renuncia a ser el Vicario de Cristo, el Pastor de la Iglesia Universal. El Papa nombra los dos poderes: Obispo de Roma y Sucesor de Pedro; pero sólo renuncia al ministerio episcopal de la diócesis de Roma.

¿Qué tenía que haber dicho Benedicto XVI para renunciar al ministerio petrino?

Tenía que haber empezado, precisamente, por ese poder: el Supremo Poder, el ministerio petrino, el papado. Porque el Papa es antes Vicario de Cristo que Obispo de Roma. Luego, para renunciar como Papa, como el que tiene la Suprema Potestad en la Iglesia Universal, tenía que haber dicho, como en la renuncia del Papa Celestino V:

«Ego Caelestinus Papa Quintus motus ex legittimis causis, idest causa humilitatis, et melioris vitae, et coscientiae illesae, debilitate corporis, defectu scientiae, et malignitate Plebis, infirmitate personae, et ut praeteritae consolationis possim reparare quietem; sponte, ac libere cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et Dignitati, oneri, et honori, et do plenam, et liberam ex nunc sacro caetui Cardinalium facultatem eligendi, et providendi duntaxat Canonice universali Ecclesiae de Pastore»

«cedo Papatui, et expresse renuncio loco, et Dignitati, oneri, et honori»: «me retiro del Papado y, expresamente, renuncio al lugar y a la dignidad y al peso del deber y al cargo en el poder»

El Papa Benedicto XVI, para dar la Voluntad de Dios clara sobre su renuncia como Papa legítimo, tenía que haber manifestado que renunciaba al ministerio petrino, no al ministerio episcopal. Como no manifestó claramente esto, se sigue que el Papa Benedicto XVI sigue siendo el Papa legítimo. Sólo renunció a ser el Obispo de Roma, poder que está anejo a la Suprema Potestad que tiene como Vicario de Cristo, como Sucesor de San Pedro.

Si no se hace esta distinción de poderes, entonces no se puede discernir qué cosa hizo el Papa Benedicto XVI en su renuncia.

Bergoglio sólo está como Obispo de la Iglesia de Roma, pero sin el poder divino, que le viene por el Papa legítimo, que es Benedicto XVI. Por haber puesto un gobierno horizontal, automáticamente pierde ese poder divino y rige la Iglesia de Roma con un poder humano: es decir, está haciendo un cisma como Obispo de la Iglesia de Roma. Él no tiene ninguna potestad sobre la Iglesia Universal: carece del Primado de Jurisdicción que sólo permanece en el Papa Benedicto XVI.

Este Papa sólo renunció como Obispo de Roma, pero no como Vicario de Cristo.

Esta es la Verdad que nadie cuenta, porque a nadie le interesa el dogma del Papado, la ley de la Gracia, la Voluntad de Dios en Su Iglesia.

Bergoglio: líder fanático

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El Papa Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no al Papado. Y lo hizo por la necesidad de desligarse de una situación insostenible para toda la Iglesia: llegó el momento de dejar el gobierno de la Iglesia, porque otros la quieren gobernar a su manera. Otros, con su rebeldía y desobediencia clara y manifiesta, han inutilizado el gobierno del Papa reinante con el fin de llevarle a la renuncia.

Es una rebeldía y desobediencia que no son sólo una serie de actos en concreto, sino un plan bien tramado y concebido, para quitar a un Papa y poner a un falso Papa.

Es una rebeldía y desobediencia, no de una sola persona, sino de muchas en la Jerarquía eclesiástica. Es un pecado social de la Jerarquía, no de los miembros de la Iglesia. Es un pecado que nace en las altas Jerarquías: Obispos y Cardenales; y que lleva a arrastrar a otros para conseguir un fin en el gobierno de la Iglesia, en su cúpula. Un fin maquiavélico. Un fin desastroso, abominable, que no tiene marcha atrás.

El Papa Benedicto XVI sigue teniendo los Poderes Divinos y, por lo tanto, todo cuanto hace ese falso Papa es nulo para Dios y para toda la Iglesia Católica.

Bergoglio se encontró con una Iglesia Católica en su cabeza y la destrozó poniendo un gobierno horizontal. Ese gobierno de la horizontalidad es como el grupo Bilderberg, grupo masónico que se reúne públicamente, pero que nadie sabe de los temas que hablan. Todo es en secreto. Y todo se obra en el secreto.

Bergoglio ha formado su grupo secreto, en donde tratan de muchos temas y, después, nada sale a la luz. Como en el grupo Bilderberg, las cosas tratadas se obran sin que nadie se dé cuenta. Esto es lo que hacen esos ocho herejes, que no pertenecen a la Iglesia Católica, pero que están en el gobierno levantando su nueva iglesia. Han usurpado el Trono de Pedro, junto con Bergoglio. Ya no es uno el usurpador, sino muchos. Son muchas las cabezas las que ahora piensan y deciden en la Iglesia. Por eso, se observa tanta división en toda la Iglesia, en todas las parroquias, en todos los apostolados. Nuevas cabezas, nuevos cabecillas, nuevas ideas, nuevas estructuras, para una iglesia del demonio.

¿Qué ha hecho Bergoglio hasta ahora? Ocuparse de asuntos mundanos: guerra, política, gays. Y esto sólo significa una cosa: Bergoglio se ocupa en destruir la Iglesia Católica. En sus 18 meses no ha luchado por ninguna verdad en la Iglesia: por ningún dogma, doctrina, liturgia, teología. Sino que ha atacado todo esto: todo lo tradicional divino, todo el magisterio auténtico de la Iglesia, a todos los santos.

Bergoglio no representa nada, sólo a su idea masónica, protestante y comunista. En Bergoglio se da la permanente negación de la doctrina católica tradicional, se da el hombre vividor, que se mueve en un ambiente de mundo, de farándula, de vulgaridad. Bergoglio está llevando a la Iglesia a la destrucción. Y esto, para muchos es algo muy bueno. Es lo que esperaban. Pero, para los católicos es el comienzo de la purificación del Cuerpo Místico de Cristo.

Bergoglio ha defraudado a mucha gente dentro y fuera de la Iglesia. A los del mundo, porque ha mostrado su ideología marxista, agitador de masas sociales, político que promete mucho y nunca hace nada, un lengua larga, un pisapapeles, bonito en lo exterior, pero inútil cuando se levanta y se ve qué papeles está pisando. Bergoglio vive su idea, que es incompatible con la del mundo, porque el mundo no quiere religiosos marxistas, no quiere papas comunistas. Quiere líderes sin Dios y sin iglesia. Por eso, Francisco fracasa en el mundo como falso Papa. Lo quieren como hombre de ideales universales, como hombre masón, pero no como hombre de ideas religiosas.

A los de la Iglesia, Francisco es un hombre que se dedica a hacer continuamente declaraciones altamente controversiales sobre el dogma católico. Esas son todas sus entrevistas a los diferentes diarios y todos sus escritos y homilías. Un hombre que destruye la Verdad Absoluta para poner su “verdad” fanática.

Bergoglio es un fanático de su idea. Es un hombre que vive dando vueltas a su mentira, la cual defiende con tenacidad, con apasionamiento: sus pobres, su dinero, su economía marxista, su gobierno mundial.

Bergoglio se adhiere afectivamente a su idea y la comparte socialmente. Es una idea que tiene un valor absoluto para él: la idea del hombre. Por eso, llora por toda la vida de los hombres. Llama mártires a todos los hombres. Pone al hombre como el centro de la creación, de la vida. Vive para esta idea absoluta y la realiza destruyendo cualquier obstáculo que se le ponga por medio.

Su nueva iglesia es eso: dar de comer al hambriento, amar la creación, ocuparse de los enfermos, resolver las injusticias sociales, defender los derechos humanos. Esto es su fanatismo.

Esto, en un hombre de mundo, en un político, no es fanatismo, si se hace por una causa justa. Pero esto en un Obispo, que sólo tiene que dedicarse a la vida espiritual, no a la vida social, se llama fanatismo religioso. Se cambia el dogma por una mentira, por un error, al cual se dogmatiza. Bergoglio vive para su idea mentirosa hecha dogma, hecha valor absoluto. Y, por eso, constantemente tiene que atacar la doctrina católica.

Bergoglio es un iluminado, que posee un ideal sobrevalorado por su inteligencia humana. Y ese ideal lo ha elevado a verdad absoluta: lo ha dogmatizado en su mente. Y ha puesto su carga afectiva: su sentimentalismo. Es un sentimental perdido. Todo lo hace porque lo siente. Y si no lo siente, si siente lo contrario, no lo hace. Y esta carga afectiva le hace deformar la verdad absoluta: cuando habla del Evangelio, lo tiene que destrozar, le da la vuelta, le pone otra interpretación que no existe, que él se la inventa, de acuerdo a su sentimiento. Y de aquí le nace su falso misticismo. Y esta falsedad en su espiritualidad es lo que atrae a mucha gente. Es la manera de engañar a los demás: un lenguaje bello, bonito, pero blasfemo. Y la blasfemia queda oculta en la gran carga sentimental que pone a sus palabras.

Bergoglio es un fanático de su idea, que es la idea del hombre: el hombre como hombre, como centro de la creación, como el principal en todas las cosas. A Bergoglio le trae sin cuidado Dios. Cree en su concepto de Dios, pero lo que le interesa es la obra de su idea. Y, por eso, abaja todo lo divino, diluye todo lo sagrado, en su profanidad, en su mundanidad, en sus declaraciones vulgares y plebeyas.

Bergoglio abomina del pensamiento lógico, humano, teológico, filosófico. La mente de este hombre está fundamentada en lo emocional, no en lo racional. Y en ese mundo de sentimientos, en esa experiencia de sensaciones, no hay lugar para la verdad. No hay conexión con la Verdad Absoluta, que lo puede salvar. Ha hecho como absoluto su sentimiento. No tiene dudas de lo que siente.

a. El pensamiento de Bergoglio es muy concreto: los pobres;

b. y ha hecho de su idea un juicio categórico (o blanco o negro, pero sin matices): si no hay pobres, lo demás no me interesa: «Si la educación de un chico se la dan los católicos, los protestantes, los ortodoxos o los judíos, a mí no me interesa. A mí me interesa que lo eduquen y que le quiten el hambre. En eso tenemos que ponernos de acuerdo» (29-07.2013);

c. la idea se ha sacralizado: «que lo eduquen y le quiten el hambre»;

d. esa idea se ha transformado en creencias que excluyen la libertad de pensar, que no admiten examen, crítica: «En eso tenemos que ponernos de acuerdo».

Esta idea fanática de Bergoglio le viene por no ajustarse a la Mente de Cristo: se es sacerdote para llevar el alma hacia la salvación y la santificación, no para alimentar sus cuerpos ni resolver sus vidas humanas.

Si Bergoglio no fuera Obispo, sino un hombre de mundo, entonces no caería en este fanatismo, sino, a lo mejor, en otros.

Bergoglio se siente orgulloso de sus ideas, de la superioridad moral de sus ideas. Y, por eso, lo primero que hace es imponerlas a los demás. Y lo hace de muchas maneras. Todos tienen que aceptar la idea de Bergoglio: hay que alimentar a los pobres. Todos a predicar eso en las parroquias. Todos a vender el carro del comunismo, a repartir el alimento marxista. Y que nadie diga que la doctrina de Begoglio no es católica. Es la imposición de su fanatismo. Con lo cual aparecen en la Iglesia, en todas las parroquias, sacerdotes y fieles fanáticos de Bergoglio.

El fanatismo de un hombre se vuelve social y peligroso, porque ya se hace combativo. Ya muchos emplean la violencia para defender a Bergoglio y sus ideas fanáticas en la Iglesia.

Bergoglio es obstinado en sus ideas; es de cabeza dura, de juicio propio, incapaz de cambiar de opinión. Entonces, cuando se tiene un cargo de gobierno, se produce el atentado: que los otros sean lo que cambien de opinión.

Por eso, Bergoglio es intolerante con los católicos tradicionalistas: muestra siempre su intransigencia: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible».

«No podemos»: justifica su idea en una creencia de la masa; se apoya en lo que otros creen, en una realidad que él ya vive, y que otros también, pero no dice quién son esos otros. Nunca Bergoglio hace referencia a la doctrina de Cristo o al Magisterio de la Iglesia. Nunca se apoya en la verdad Revelada, porque Bergoglio está convencido de poseer la verdad, en su sistema de ideas cerradas y elevada a la categoría de dogma, que le incapacita para desarrollar el verdadero sentido del aborto, del matrimonio homosexual, de los anticonceptivos. No puede: «No podemos seguir insistiendo… Es imposible».

Por eso, ha permitido bautizar a hijos de lesbianas, la comunión a mal casados, matrimonio de homosexuales. Porque no comprende la verdad como es, sino como su mente se la crea, se la inventa.

Es su fanatismo que lo irradia a los demás.

El que cree en el dogma, en las Verdades Absolutas no es fanático, porque la Verdad no produce que la mente se cierre en un sistema ideológico, en un juicio categórico; sino que esa misma verdad le hace entender que la plenitud de la Verdad, que tanto ansía el hombre por alcanzar, no está en la mente de los hombres, sino en Dios. Y el que tiene fe, no está dando vueltas a las verdades absolutas, sino que las pone en práctica, para comprender qué es la Verdad. Y, por tanto, está abierto a todos los matices de esa verdad. Y puede comprender el error en las personas, las dudas, las mentiras, porque se apoya en la Verdad que nunca engaña, que siempre da luz, que le hace caminar en un mundo sin verdad.

Pero el fanático se aferra sólo a su idea, que es su error, su mentira, su falsedad. Y vive sólo dando vueltas a ese sistema cerrado. Y no admite más verdades. Y todas las demás verdades las interpreta según su sistema de ideas, según su fanatismo. Ha dogmatizado su pecado, su mentira, su error, su filosofía, su espiritualidad.

Bergoglio es un líder fanático que crea seguidores fanáticos. Crea fans. Y son los más peligrosos en la Iglesia. Viven encerrados en su fanatismo sin comprender la verdad de su líder.

Por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es la consecuencia de este fanatismo: una persecución brutal contra la doctrina católica y contra los sacerdotes que quieran seguir con lo de siempre, con la verdad que no cambia, aunque se siente en la Silla de Pedro un idiota, como es Bergoglio.

Este personaje vela sólo por sus ideales: los ideales de su yo, de su orgullo. Y no puede velar por el ideal de Cristo ni por Su Iglesia. Está sólo para destruir la verdad con su fanatismo. Y no hay más en este hombre.

El resumen de estos 18 meses: han colocado a un idiota en la Silla de Pedro. Y todos se han vuelto idiotas, como él, en la Iglesia. No hay otro resumen.

El anuncio de un precursor del Anticristo por Francisco

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«En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien. Pero no creáis que hago publicidad a los libros de mis cardenales. No es eso. Pero me ha hecho mucho bien, mucho bien. El Cardenal Kasper decía que al escuchar misericordia, esta palabra cambia todo». (ver texto).

Este gran teólogo es grande por su herejía, no por la verdad que no aparece en su libro ni dice su boca. Es un buen teólogo para destruir la Verdad Revelada. Es un buen hombre, que se viste de lobo, aparece como Obispo, pero que obra lo contrario a Cristo en la Iglesia. Se opone a la doctrina de Cristo, al Magisterio auténtico de la Iglesia. Hace de la Iglesia su gran negocio humano.

«Ayer, antes de dormirme, pero no para adormecerme, leí, releí el trabajo del cardenal Kasper y quiero darle las gracias, porque encontré una profunda teología, también un pensamiento sereno en la teología. Es agradable leer teología serena. Y también encontré lo que san Ignacio nos decía, ese sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me hizo bien y me surgió una idea y, disculpe Eminencia si le hago pasar vergüenza, pero la idea es que esto se llama “hacer teología de rodillas”. Gracias». (ver texto).

Gran necedad son estas palabras de un idiota. Porque eso es Francisco: un idiota. Es decir, un personaje metido en su idea de la vida, que va dando vueltas, como un loco, a ese idea, y que no es capaz de ver la verdad, porque no puede salir de esa idea. Este es el concepto de idiota en la Sagrada Escritura. Gran necedad es publicar esta idiotez. Que todo el mundo vea cuán idiota es Francisco.

Pero esta necedad señala una profecía: “Desgracia a ti, ciudad de las siete colinas, cuando la letra K sea alabada en tus murallas. Entonces tu caída se aproximará; tus dominadores y tiranos serán destruidos. Tú has irritado al Altísimo por tus crímenes y tus blasfemias, tú perecerás en la derrota y en la sangre” (San Anselmo de Sunium (Siglo XIII) M. Servant, pág. 281).

Cuando la letra K sea alabada en Roma, cuando Kasper ha sido ensalzado por un falso Profeta, entonces viene la desgracia para toda la Iglesia. La ruina es ese Sínodo, sellado por el demonio, para comenzar la liquidación de la Iglesia. Y Kapser es el maestro, la mente que todos siguen para llevar a cabo el proyecto del demonio en Roma.

Un falso profeta siempre señala a un anticristo. Francisco, como falso Papa – y, por tanto, como falso Profeta-, señala a un falso Obispo, a un falso Cristo, que tiene por lema en su teología: fe e historia. Es decir, la fe en lo científico (= el carácter científico de la teología = el diálogo con las muchas ciencias humanas, con la sabiduría de los hombres, que es necedad) y la práctica en lo social (= que el Evangelio impregne el mundo de hoy, lo cambie, pero que los hombres no quiten sus pecados). Una mente que se abre a la sabiduría humana, anulando la gracia y el don del Espíritu; y que busca caminos prácticos a las cuestiones de los hombres, a sus problemas, a sus vidas en el mundo.

La necesidad de dar respuesta a los problemas de la paz, de la justicia y de la libertad humanas, así como los nuevos interrogantes éticos, han hecho que Kasper anule todo el dogma en su teología, iniciando una eclesiología y una cristología totalmente heréticas y cismáticas.

Kasper es un anticristo, pero no es el Anticristo. Es un precursor del Anticristo: «Han de venir precursores del mismo. He visto en algunas ciudades maestros de cuyas escuelas podrán salir esos precursores» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 3)

Kasper pertenece a la escuela católica de Tubinga, en donde no se enseña ninguna fe católica. Allí se enseña cómo pertenecer a una Jerarquía infiltrada en la Iglesia, cómo ser de una Jerarquía falsa para construir una falsa iglesia. Francisco y Kasper son dos almas gemelas, que viven de lo mismo y piensan lo mismo. Si quieren conocer el pensamiento de Francisco lo tienen en la teología de Kasper.

Para Kasper, «la teología sólo es posible en la corriente abierta del tiempo» (= la teología no es eterna, sino temporal) y, en consecuencia, «la unidad en la teología no puede ser hoy la de un sistema monolítico, sino que consistirá en la intercomunicación recíproca de todas las teologías, en la referencia de todas ellas a un objeto común, y en la utilización de unos principios básicos comunes» (= la teología es algo relativo, no absoluto) (“Situación y tareas actuales de la teología sistemática”, en: W. KASPER, Teología e Iglesia, Barcelona 1989, p. 7-27; aquí: p. 13. Véase: M. SECKLER, Kein Abschied von der Katholischen Tübinger Schule, en: Divinarum rerum notitia, p. 749-762).

Esto es una aberración, porque se pretende unificar las mentiras en un común denominador: como existe un pluralismo de teologías condicionado culturalmente; es decir, como se da la teología africana, la asiática, la latinoamericana, etc., hay que buscar, no ya el fundamento de la verdad; no es el dogma el común de todas esas teologías. Es la intercomunicación, el diálogo, el coger de aquí y de allá para encontrar un común, una unidad.

La teología, la ciencia de la palabra de Dios sólo es posible en el tiempo, pero en la corriente abierta del tiempo: en lo que los hombres piensan, obran, viven en sus tiempos. Ya la ciencia de lo divino no se funda en Dios, en lo eterno, sino en los hombres, en la temporalidad, en las ciencias humanas y en sus conquistas. Es una teología para abajar lo divino a lo humano, para anularlo, y para elevar el pensamiento del hombre sobre el pensamiento de Dios.

Entonces se cae en un absurdo: ¿Cómo puede ser universal una teología que, al mismo tiempo, respeta el pluralismo de ideas, lo individual de cada persona, la idea relativa, errónea, herética, que cada hombre tiene de Cristo y de la Iglesia? ¿Cómo no sucumbir al relativismo haciendo una unidad relativa de pensamientos discordes, dispares, oscuros, sin verdad, que llevan a la duda, al error, al engaño, a la mentira? ¿Cómo compaginar tamaña multiplicidad de ideas, que no son legítimas, que no son válidas para la fe, con la verdad absoluta? Sencillamente, no se puede. Sin quitar el pecado, sin apartarse del error, es imposible encontrar la unidad en la verdad.

Pero, en la mente de estos herejes, hay un camino en la mentira, para dar una solución totalmente herética y cismática, y conseguir una unidad utópica, sólo en el papel, sólo en sus mentes, pero no en la práctica de la vida.

Para Kasper, la eclesialidad no significa atadura a un sistema doctrinal, a unos dogmas, sino la inserción en un proceso vivo de tradición y de comunicación, en el que cual se actualiza y se interpreta el evangelio de Jesucristo: «sólo en el testimonio de la Iglesia poseemos el Evangelio de la liberadora acción salvífica de Dios en Jesucristo como noticia origina de Éste en la Escritura». Es decir, en sus palabras: «La teología sólo es posible en la comunión de la Iglesia, en y bajo la norma de la tradición viva» (= no en y bajo la norma de la tradición divina) (Ib., p. 14). La fe -para Kasper- hay que actualizarla según la vida de cada hombre en su tiempo concreto. La fe no es un Pensamiento Divino inmutable, no es una verdad absoluta, inmutable, que no admite la idea humana, sino una moda de los hombres, algo que cambia según el gusto de cada hombre, un producto de los tiempos, de las culturas, de la intercomunicación o diálogo entre los hombres.

Con estas palabras de Kasper se anula el Evangelio de Cristo, la Palabra de Jesús dada a Sus Apóstoles. Se anula el testimonio de Cristo, la tradición divina, para poner el testimonio de los hombres, de la Iglesia, la tradición viva de las culturas humanas.

Una cosa es el Evangelio de Cristo, que es la Palabra de Dios; otra cosa es la Iglesia, que Cristo ha fundado. Y la ha fundado en Su Misma Palabra Divina, no fuera de Ella. No la fundó por una palabra o idea humana. Y Cristo, al fundar Su Iglesia, da el poder a la Jerarquía para interpretar verdaderamente el Evangelio.

Es el testimonio de la Jerarquía, no de la Iglesia, lo que da valor al Evangelio. Pero esa Jerarquía tiene que ser verdadera, tiene que imitar a Cristo, tiene que ser otro Cristo, tiene que someterse a la tradición divina, para no adulterar el Evangelio, para no cambiarlo. Para no presentar un falso Cristo a la Iglesia.

El gravísimo problema de Kasper es su concepto de Iglesia, que le llevó a enfrentarse al cardenal Raztinger, ante el escrito que la Congregación para la Doctrina de la Fe, Communionis notio, “Sobre algunos aspectos de la Iglesia considerada como comunión”, sacó el 15 de julio de 1992, para salir al paso de todas aquellas tendencias que favorecían una desfiguración teológica y un empobrecimiento del concepto y del misterio de la Iglesia. Kasper nunca se sometió al Papado de Juan Pablo II y, por eso, combatió este escrito hasta el final. Y, por supuesto, tampoco se sometió al Papado de Benedicto XVI.

Lo que no le gustó a Kasper, ni por tanto, a tantos teólogos errados como él, fue este punto: “la Iglesia universal no puede ser concebida como la suma de las Iglesias particulares ni como una federación de Iglesias particulares”, y, por tanto, la Iglesia universal “en su esencial misterio, es una realidad ontológica y temporalmente previa a cada concreta Iglesia particular” (n. 9 del documento).

Estos teólogos no aceptan que Cristo funde Su Iglesia en el Calvario y que, después, una vez que resucita, va indicando a Sus Apóstoles lo que tienen que hacer en la Iglesia. Ellos combaten la estructura de Roma y ponen el fundamento de la Iglesia en las particulares. Las Iglesias particulares ya no son en la Iglesia universal, en la que funda Jesús en Pedro, sino que son independientes de ese tiempo, de esa cronología, de esa historia. Y, por tanto comienza mucho antes que el Calvario. Francisco, en su herejía, la remonta a Abraham. Se cargan el fundamento de la fe: el dogma del Papado, lo que Jesús hizo en Pedro, para poner la vista sólo en la comunidad de personas. Y, por eso, defienden las diferentes teologías en las diferentes culturas, como una tradición viva de las Iglesias particulares. Este es el gran error de estos herejes. La tradición viva es lo que viven los hombres en cada tiempo, pero no es la tradición divina, que va pasando de generación en generación, sin cambiar nada el dogma, esa Verdad Revelada. Lo vivo no es lo divino inmutable y eterno, sino lo humano cambiante y temporal.

Por eso, el documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe seguía diciendo en el n. 9: “Así pues, la fórmula del Concilio Vaticano II: La Iglesia en y a partir de las Iglesias (Ecclesia in et ex Ecclesiis), es inseparable de esta otra: Las Iglesias en y a partir de la Iglesia (Ecclesiae in et ex Ecclesia). Es evidente la naturaleza mistérica de esta relación entre la Iglesia universal e Iglesias particulares, que no es comparable a la del todo con las partes en cualquier grupo o sociedad meramente humana”.

Kasper reivindica que la Iglesia es una realidad histórica, no divina. Y, por tanto, la teoría –el dogma- no sirve cuando hay problemas que resolver en la historia de los hombres. El dogma tiene que acomodarse a la vida de cada hombre. Lo fundamental, para Kasper, es la distancia creciente entre las normas marcadas para la Iglesia universal y la praxis concreta de las iglesias particulares. Y, por eso, él defiende la libertad que tienen que tener las Iglesia particulares para resolver cuestiones morales, praxis sacramental o ecuménica, como son la admisión a la comunión de divorciados vueltos a casar… Hay que descentralizarse de Roma y vivir la iglesia según los propios contextos culturales y locales.

Este pensamiento lo tienen en el artículo publicado en la revista Stimmen der Zeit, a comienzos del año 2000, con el título de “discusión amigable con la crítica del cardenal Ratzinger” (Das Verhältnis von Universalkirche und Ortskirche: Freundliche Auseinandersetzung mit der Kritik von Joseph Kardinal Ratzinger: Stimmen de Zeit 218 (2000) 793-804. El texto del cardenal Ratzinger, ’ecclesiologia della Costituzione Lumen gentium”, puede verse en: R. FISICHELLA (ed.), Il Concilio Vaticano II. Recezione e attualità alla luce del Giubileo, Cinisello Balsamo 2000, p. 66-81).

Este pensamiento de Kasper es el propio de Francisco: hay que descentralizar Roma. Hay que cambiar el Papado. Porque se pone la Iglesia en las particulares, no en la universal. No es lo que Jesús fundó, sino lo que los discípulos hicieron en cada iglesia particular.

De aquí nace todo el falso ecumenismo en Francisco: la unidad de la diversidad. Francisco sigue a Kasper en esto. Y Kasper sigue a Mohler: «La teología ecuménica» del siglo XX, distinguía entre oposición y contradicción, de modo que en su opinión sólo se podrá retornar a la unidad de la Iglesia si las contradicciones se transforman paulatinamente en contraposiciones. Ello significa una nueva calidad de la unidad, un nuevo reconocimiento de la pluralidad en una unidad más amplia que no sólo incluye teologías, espiritualidades y ordenamientos eclesiales dispares, sino también fórmulas de confesión de la fe expresadas en términos diversos sobre el humus de la verdad única del Evangelio» (W. Kasper, Rückkehr zu den klassichen Fragen ökumenischer Theologie: Una Sancta 37 (1982) p. 10. Renovación del principio dogmático“, p. 49-50. Cf. Al corazón de la fe, 209-232).

Para Kasper, la idea de unidad de la Iglesia está en la interpretación recíproca de lo contrapuesto. Lo más característico de esta falsa teología ecuménica consiste en partir, no de lo que separa, sino de lo que es común, considerando a los otros como hermanos y hermanas en la misma fe. Este es el gravísimo problema de Kasper y de Francisco.

Porque tienen que hacer un común en lo humano, en el pensamiento de los hombres. Entonces, no hay que ver las cosas, las ideas que separan. Hay que centrarse en las ideas que unen. Consecuencia: hay que anular el dogma, porque eso es lo que separa. Hay que quitar las verdades absolutas, la Revelación divina. Hay que interpretar la tradición divina, la doctrina de Cristo, las enseñanzas de la Iglesia, según lo común a todos los hombres, porque todos tenemos la misma fe. Es hacer una comunión de hombres, una iglesia para los hombres. Es dejar la Iglesia Revelada en Cristo como inútil para la unidad. Ya la Verdad no está en Cristo, sino en la mente de todos los hombres. La verdad es una relación, un relativismo; no es la adecuación de la cosa a la realidad de la vida. Ya el hombre no tiene que acomodarse a la Verdad, someterse a Ella, sino que es la verdad la que se acomoda al hombre, la que se abaja al hombre, la que se pierde, se oculta, en el relativismo de cada mente humana. La verdad es sólo una creación de la mente del hombre.

Se equiparan todas las Iglesias: todas son verdaderas: los ortodoxos, las anglicanos, los católicos, los protestantes, etc.; todas tienen sus interpretaciones de lo que es la unidad, de lo que es la verdad, de lo que es la Iglesia, de lo que es Cristo. Y eso produce contradicciones. Hay que transformar esas contradicciones en un espacio para la pluralidad: “El objetivo del ecumenismo es la unidad visible, la plena comunión de las Iglesias, que no es una Iglesia de la unidad uniforme, sino que abre espacio para la legítima pluralidad de los dones del Espíritu, de las tradiciones, de las espiritualidades y de las culturas” (W. KASPER, Perspektiven einer sich wandelnden Ökumene: Stimmen der Zeit 220 (2002) 651-661; aquí: 652. Esta dimensión de la personalidad del cardenal W. Kasper ha sido puesta de manifiesto en: P. WALTER, KL. KRÄMER, G. AUGUSTIN (eds.), Kirche in ökumenischer Perspektive. Cardinal W. Kasper zum 70. Geburtstag, Freiburg-Basel-Wien 2003).

Kasper representa a una Iglesia que no es la de Cristo, sino que mira de cerca al mundo para darle lo propio del hombre: una iglesia que quiere ponerse en solidaridad con el hombre, al lado de las gentes, para compartir sus vidas humanas, pero no para vivir a Cristo en esas vidas humanas, no para ofrecer la Verdad, que es Cristo, a esa humanidad, no para hacer las obras de Cristo por el hombre. No. Es una iglesia del hombre y para todos los hombres. Y, por eso, Francisco es tan sentimental, tan llorón de la vida de los hombres.

Kasper quiere una iglesia que vaya más allá de los aspectos dogmáticos, que se interese por los pobres y los necesitados, por la dignidad del ser humano, que no se quede en el fundamentalismo, sino que dé el Evangelio. Pero el problema de Kasper es la concepción de Cristo y de Su Evangelio.

«La confesión «Jesús es el Cristo» es una formula abreviada para expresar la fe cristiana, y la cristología no es más que la interpretación rigurosa de esa confesión» (W. KASPER, Jesús, el Cristo, Salamanca 1976, p. 14. Véase: J. VIDAL TALÉNS, El Mediador y la mediación. La cristología de Walter Kasper en su génesis y estructura, Valencia 1988. N. MADONÌA, Ermeneutica e cristologia in Walter Kasper, Palermo 1990. J. ZDENKO, Christologie und Anthropologie: eine Vehältnisbestimmung unter besonderer Berücksichtigung des theologischen Denkens Walter Kaspers, Freiburg i. Br. 1992. Véase: Al corazón de la fe, 96).

Es decir, cuando el alma dice que «Jesús es el Mesías» está indicando una fórmula abreviada de su fe. No está indicando a una Persona Divina. Es un lenguaje humano, una idea que el hombre tiene en su cabeza, es un recuerdo, una memoria. La fe es un acto de memoria, es ir al pasado y recordar que Jesús es el Mesías. Y, entonces, en ese recuerdo, en ese acto mental, viene la interpretación. ¿Cómo se le da la interpretación rigurosa a esa fórmula? Responde Kasper: la teología se encuentra en la tarea de pensar la relación entre la fe cristiana y la cultura humana. Jesús es el resultado histórico de una tradición profética. Jesús no es Dios, sino que es la realización histórica y encarnada del plan salvador de Dios. Jesús no es el Verbo que se encarna. Es el hombre que encarna la idea divina de la salvación, que está en el AT, reunida en todos los profetas. Jesús es el hombre que tiene una experiencia profunda de la vida, un saber adquirido de la vida. Para Kasper, el hombre sabio no es aquel que tiene una Verdad Absoluta, sino aquel que resuelve el problema de los hombres, la vida de los hombres, el que pone un camino a los hombres.

Por eso, para Kasper, Jesús fue el hombre, que reunió en sí toda la sabiduría del pasado, y se puso a trabajar por los pobres, por los necesitados. Para Kasper, no se tiene una verdad para un dogma, sino una verdad para resolver un problema del hombre. Por eso, para este hombre el principal interlocutor de la teología actual es el hombre que sufre, es la criatura oprimida por muchas injusticias sociales. Y Cristo es un luchador, un Mesías terrenal, un hombre con un Evangelio que porta un ideal político, cultural, económico.

El hombre de fe no tiene que fijarse en Cristo que sufre, sino en el hombre que sufre. De esta manera, se abaja el Misterio de la Cruz en el sufrimiento de los hombres. Ya el sentido del dolor de Cristo en la Cruz no tiene validez: que Cristo haya muerto por nuestros pecados no resuelve los problemas de los hombres. Es una fe, para Kasper inútil, que se queda en el fundamentalismo, pero que no va a la experiencia de la vida. No hay que hacer penitencia, no hay que unirse a Cristo para resolver los problemas de la vida. Hay que sufrir con el prójimo y así se van resolviendo los problemas de los hombres.

Y, entonces, cuando se dice la fórmula: Jesús es el Mesías, se está diciendo que el que cree, el que tiene fe en Cristo tiene que dedicarse a resolver los problemas de los hombres, sus vidas. Esa es la verdadera interpretación, la rigurosa, de esa fe. ¿Dónde está Cristo? En el hombre que sufre. El pobre es la carne sufriente de Cristo, que es lo que pregona constantemente Francisco.

Este pensamiento de Kasper lo tienen en sus dos libros: “Jesús, el Cristo” y “El Dios de Jesucristo”. Dos libros heréticos y cismáticos, donde siempre ha bebido Francisco.

Cuando un falso Profeta alaba a un anticristo, a un Obispo que se opone a Cristo en Su Doctrina, entonces hay que pensar que esa alabanza no es por casualidad. No es porque a Francisco se le ocurrió dar a conocer la obra de Kasper, que toda la Jerarquía sabe que es un hereje manifiesto.

Francisco lo dice para dar una señal: para que todos miren al anticristo. Al que va a romper la verdad en la Iglesia. Al que inicia esa ruptura. Porque el pobre Francisco es sólo un vividor. No sabe de teologías. No sabe pensar la vida desde Cristo, sino desde los hombres. Por eso, Francisco renuncia muy pronto a su cargo en su nueva iglesia, para dejar paso a este anticristo. Hace falta una cabeza pensante, como Kasper. Y ya Kasper se enfrentó al Papa Benedicto XVI siendo cardenal. Así que tiene que cumplirse las profecías:

“He visto un cuadro maravilloso de dos iglesias y de dos Papas, y de un extraordinario número de cosas antiguas y nuevas….» (Emmerick – Tomo 1 – Libro 2 – pag 404).

«Entonces me fue mostrada también una comparación de los dos papas, del verdadero y de éste, y de éste y de aquel templo…; me fue dicho y mostrado cuán débil era el verdadero Papa (en los principios) y cuán desprovisto de ayuda estaba; pero fuerte en la voluntad para derribar tanto ídolos y tantos falsos cultos y reunirlos en uno verdadero. Por el contrario, cuán fuerte por el número de adeptos, pero débil de voluntad, era este papa (o jefe de secta), pues había dejado al único y verdadero Dios y al solo y legítimo culto, permitiendo que se cambiasen en tantos ídolos y tantos falsos cultos, y habiéndose erigido ese falso templo… He visto también cuán perniciosas serán las consecuencias de esta pseudoiglesia. La vi crecer, y vi muchos herejes de toda condición ir hacia Roma y establecerse allí» (Ib. Pag 407).

«¡Quieren robar al Pastor sus propias ovejas! ¡Quieren meter dentro por la fuerza a otro que cede todo a sus enemigos!» (Ib. – pag 422).

«Vi la falsa iglesia crecer y vi sus funestas consecuencias, y vi a muchos herejes de todas condiciones ir a Roma. Vi aumentar allí la tibieza de los eclesiásticos y difundirse más y más la oscuridad. Entonces se extendió por todas partes esta visión. Vi en todo lugar a la comunidad católica oprimida, perseguida, impedida y sujeta. Vi que en muchos lugares se cerraban las iglesias y vi por todas partes la desolación. Vi guerras y efusión de sangre. Vi surgir poderosamente un pueblo oscuro y feroz, pero que esto no duró mucho tiempo. Vi que la Iglesia de San Pedro iba a ser demolida mediante un plan hábilmente concertado por las sociedades secretas y devastada por violenta tempestad» (Ib. – pag 426).

Estamos en los momentos en que se cumplen las más terribles de las profecías: las que son del Cuerpo Místico de la Iglesia. Las que hablan del sufrimiento de la Iglesia como Cuerpo. Cristo, Su Cabeza, ya pasó por el dolor, por la Cruz. Ahora, le toca el turno a Su Iglesia.

Ahora es cuando se va a conocer la fe de la verdadera Iglesia, de aquellos miembros unidos siempre a Cristo, de aquellas almas que han comprendido qué es adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Son pocas las almas de la Iglesia fiel a la Gracia de Cristo. Son pocos los miembros de Cristo. Son muchos más los miembros del demonio.

Por eso, hay que disponerse a contemplar una batalla entre los hombres: los que siguen la herejía y, por tanto, obedecen a un falso Papa; y los que siguen en la Verdad y, en consecuencia, no pueden obedecer la mente de ningún hombre en la Iglesia.

La Iglesia es Cristo, no los hombres. Y, por eso, para ser Iglesia hay que ser de Cristo, no de los hombres.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no al Primado

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«con plena libertad, declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma, Sucesor de San Pedro» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013).

¿Cuál es el verdadero sentido del “ministerio” o “diakonia”?

«Porque, ¿qué es Apolo, qué Pablo? Ministros (dialonoi) según lo que a cada uno ha dado el Señor, por cuyo ministerio habéis creido. Yo planté, Apolo regó; pero Dios ha sido el que dio el crecimiento. Ni el que planta es algo ni el que riega, en comparación con el que da el crecimiento, que es Dios. Nosotros somos los ayudantes de Dios y vosotros sois la plantación de Dios, la edificación de Dios. Los hombres no nos han de tener por otra cosa más que por ministros de cristo y dispensadores de los misterios de Dios» (1 Cor 3,5-9).

Aquí está todo el profundo sentido teológico del misterio de las potestades dadas por Cristo a Su Iglesia.

Cristo tiene todo el Poder en la Iglesia, al ser la Cabeza Invisible y viviente del Cuerpo místico. Ni el Papa, ni los Obispos, ni los sacerdotes suceden a Cristo en este Poder, porque Cristo no tiene ni puede tener sucesión en esto.

En la Iglesia, la Jerarquía es la mandataria, la colaboradora, la ayudante, el instrumento, la que participa del Poder de Cristo.

“Cristo, a quien el Padre santificó y envió al mundo (cf. In 10, 36), hizo partícipes de su consagración y de su misión a los Apóstoles y a sus sucesores los Obispos, en su Oficio ministerial, para actuar en persona de El y participar en los Cargos de Maestro, Pastor y Pontífice del mismo Salvador”. Y refiriéndose a los Sacerdotes no a los Obispos, enseña, que “los Presbíteros, aún no teniendo la cumbre del Pontificado y dependiendo de los Obispos en el ejercicio de su potestad, sin embargo, por la sagrada Ordenación y la misión que obtuvieron por medio de los Obispos, fueron promovidos para servir a Cristo Maestro, Sacerdote y Rey, de cuyo ministerio son partícipes en el Oficio del único Mediador: Muneris unici Mediatoris Christi participes sunt” “ (Conc. Vatic. II, Const. Dogmat. “Lumen gentium”, n. 28, § 1; cf n. 21, § 2; Decretum “Presbyteror. Ordinis”, n. 1)

Y, por tanto, los que tienen autoridad en la Iglesia deben considerar esa potestad como algo sagrado, que se ha de tratar con plena fidelidad a la obra Redentora de Cristo. Esa potestad es para salvar y santificar almas. No se puede emplear para otra cosa en la Iglesia. No es para algo profano, ni material, ni humano, ni político, ni económico… Y, por lo tanto, el que tiene autoridad en la Iglesia debe poseer una abnegación profunda, un desprendimiento de todas las cosas humanas, para poder dar la sola Voluntad de Dios, sin ofrecer voluntades humanas, a todo el Rebaño encomendado a su labor. Si los que componen la Jerarquía de la Iglesia no hacen oblación de sus voluntades humanas, entonces después no pueden exigir ninguna obediencia de los fieles. Ellos están urgidos de dar lo que Dios quiere: la sola Voluntad Divina. Y a ellos solos el Señor los juzgará por esto.

Benedicto XVI renunció al ministerio de Obispo de Roma, pero no renunció al Primado: «declaro que renuncio al ministerio de Obispo de Roma».

Benedicto XVI no declara que renuncia al Primado, porque sabe bien que no puede renunciar.

Francisco declaró que fue elegido Obispo de Roma, pero no Papa: «Sabéis que el deber del cónclave era dar un Obispo a Roma… La comunidad diocesana de Roma tiene a su Obispo… Y ahora, comenzamos este camino: Obispo y pueblo. Este camino de la Iglesia de Roma…. Deseo que este camino de Iglesia…sea fructífero para la evangelización de esta ciudad tan hermosa…. Mañana quisiera ir a rezar a la Virgen, para que proteja a toda Roma» (ver texto). Francisco no hizo mención, ni una sola vez de la Iglesia católica, de la figura del Papa. Sólo mencionó a Roma. Sólo se presentó como Obispo de Roma. Sólo dijo que en el cónclave los cardenales dieron un Obispo a Roma, pero no un Papa a la Iglesia Católica.

Esto es muy importante analizarlo y verlo, porque aquí está todo el engaño que nadie quiere ver.

La cuestión de la sucesión en el Primado es independiente del hecho del derecho del Episcopado Romano de San Pedro. San Pedro vivió en Roma y allí predicó el Evangelio; pero de esto no se sigue que San Pedro es Obispo de Roma, porque también San Pablo estuvo en Roma y predicó allí; y los Papas de Aviñón poseían el Primado, pero no se han reservado siempre para ellos el Episcopado de Aviñón. Si embargo, hay una voluntad divina, no expresa, sobre Roma: “Pues Jesucristo eligió exclusivamente a la ciudad de Roma y la consagró para sí. Aquí ordenó que se mantuviera perpetuamente la Sede de su Vicario” (León XIIII).

La pregunta es: ¿se puede separar el Primado del Episcopado Romano?

El Papa es el Obispo legítimo de la diócesis de Roma. ¿Si renuncia a ser Obispo de Roma, renuncia a ser Papa?

El Concilio Vaticano I lo dejó muy claro: “Se advierte que hay que distinguir entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en general, y lo cual es de institución divina, y entre el derecho, por el que Pedro tiene sucesores en concreto en la Sede Romana, y lo cual se deriva del hecho de Pedro: Por lo cual se dice que lo primero es de derecho divino y que en cambio esto segundo más bien es por divina ordenación” (cfr. D 1824).

1. Una cosa es la ley de la sucesión perpetua en el Primado: es decir, Pedro tiene legítimos sucesores en el Primado.

2. Otra cosa es la condición de esa sucesión: es decir, quien es Papa es también Obispo de Roma. El sucesor de Pedro es solamente el Obispo de Roma.

El Sucesor de Pedro no está en la ciudad de Constantinopla, cuando los disidentes orientales, en el siglo IX, en unión con Focio, la proclamaron como segunda Roma, y a mitad del siglo XI, juntamente con Miguel Cerulario, llevaron a cabo la separación de la Iglesia Romana, y después de la conquista de Constantinopla, por los turcos, el año 1453, proclamaron la Sede Patriarcal de la Iglesia Ortodoxa Rusa como la tercera Roma; y daban a entender el año 1917 que se le otorgaba al Patriarca Ruso la jurisdicción suprema mediante el rito por el que le entregaba el báculo pastoral de San Pedro.

El Sucesor de Pedro está en la ciudad de Roma y es el Obispo de Roma.

En el falso ecumenismo reinante, se está siguiendo la doctrina de los protestantes, que dice que el gobierno de la Iglesia pertenece propia y de manera exclusiva a Jesucristo; y por tanto, la estructura Papal y los episcopados perjudican a la libre predicación de la palabra de Dios en la Iglesia. En consecuencia, hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia, que es lo que está haciendo Francisco. Que todos sean independientes de Roma y que usen el poder que tienen según cada uno lo entienda para el bien de la Iglesia en sus diócesis. Por supuesto, que esta independencia no es absoluta, sino muy dependiente de los dictados de Roma.

Francisco no cree en la sucesión del Primado, pero sí cree en el Episcopado Romano. Él no se siente Papa, porque sabe que no puede serlo; pero se siente Obispo de Roma. Y este es el gran engaño. Y de aquí inicia el cisma, como en los orientales. Su nueva sociedad está imperada a buscar otro sitio diferente a Roma. Si él ya no vive en los Palacios de los Papas, sino en el cortijo de Santa Marta es por algo. No es por una medida de austeridad o de humildad. Es que no es el Papa, sino el Obispo de Roma. Y, como tal, ha puesto su residencia privada. Después, usa lo demás por el protocolo, para tirarse la foto adecuada con todos.

Se dan en teología tres sentencias sobre la unión de San Pedro con el Episcopado Romano:

1. Pedro, por mandato de Jesucristo, unió el Primado a la Sede Romana; en consecuencia, ni el Romano Pontífice mismo puede separar el Primado del Episcopado Romano (Cayetano, Melchor Cano, Gregorio de Valencia).

2. El Primado está unido a la Sede Romana por derecho eclesiástico; en consecuencia, el Sumo Pontífice puede separar el Primado de la Sede Romana, por justas causas (Soto, Bañez).

3. El Romano Pontífice sucede a Pedro en cuanto a la Cátedra Romana, por derecho eclesiástico; pero como Pedro mismo desempeñó, al mismo tiempo, el Primado juntamente con el Episcopado Romano, como que insertó el Primado en el Episcopado Romano, de forma que fuera una sola y la misma cosa ser Obispo de Roma y ser Primado de la Iglesia, entonces el Primado y el Episcopado Romano son absolutamente inseparables (Perronio).

Benedicto XVI ha seguido la segunda sentencia: ha separado el Primado de la Sede Romana por una causa justa, su enfermedad: «para gobernar la barca de San Pedro y anunciar el Evangelio, es necesario también el vigor tanto del cuerpo como del espíritu, vigor que, en los últimos meses, ha disminuido en mí de tal forma que he de reconocer mi incapacidad para ejercer el ministerio que me fue encomendado» (Bendedictus PP XVI – Vaticano, 10 de febrero del 2013)

La Sede Romana ha sido fundada por Pedro mismo, no por Jesucristo ni por voluntad expresa de Jesucristo. Jesús funda Su Iglesia en Pedro, no en Roma. Pero la unión del Primado con la Sede Romana hay que atribuirla a una dirección especialísima por parte de Dios:

“Aunque pueda decirse en algún sentido que la monarquía suprema de la Iglesia esta anexionada solamente por derecha humano a la Sede Romana, a saber porque la unión de ambas tuvo su origen en el hecho de Pedro, sin embargo no parece que pueda sustentarse la opinión de aquéllos, que afirman que la anexión de la que acabamos de hablar es de tal forma de derecho humano, que la Iglesia puede deshacer esta anexión y que una puede ser separada de la otra” (Bendicto XIV).

La unión perpetua del Primado con el Obispo de Roma exige que aquel que posee el Primado sea “de iure” el Obispo propio de la Iglesia de Roma; sin embargo no lleva consigo la obligación de residencia en Roma.

Benedicto XVI ha reclamado para sí el Primado, pero ha renunciado a ser el Obispo de Roma. Este es el punto teológico que sustenta las palabras del Papa.

Benedicto XVI ha ejercido su autoridad sobre toda la Iglesia. Y lo ha hecho porque es el Romano Pontífice, es por derecho divino el Papa, que tiene el Primado de Jurisdicción, y que no puede darlo a nadie porque sólo pertenece al Papa.

Benedicto XVI se retira de su ministerio como Obispo de Roma, pero sigue siendo el Papa, porque sólo el Romano Pontífice puede reclamar siempre para sí como propio el Primado de Jurisdicción. Nadie se lo puede quitar, nadie se lo puede reclamar. Y toda la Iglesia lo ha reconocido como el sucesor de san Pedro, como Papa legítimo.

Y aquí está el engaño: ahora la Iglesia no lo reconoce como Papa legítimo, sino como Papa emérito, sin el Primado de Jurisdicción, con un Primado de honor. Y esto es ir en contra de todo el dogma del Papado. Porque sólo el Papa legítimo tiene el Primado de Jurisdicción hasta su muerte. Y sólo en la muerte, el Papa legítimo pierde ese Primado de Jurisdicción a favor de un nuevo Sucesor de San Pedro. Nadie, en la Iglesia, puede llamar al Papa legítimo como emérito, con un primado de honor, que es lo que se ha hecho para meter a toda la Iglesia en un gran engaño.

La Jerarquía de la Iglesia realiza un ministerio, una diakonia. No son los sucesores de Cristo en el Poder; son los que participan del Poder que Cristo da a Su Iglesia.

Francisco se arroga un poder que no tiene y se cree sucesor de Cristo en ese poder humano. Y, por eso, predica lo que quiere y obra como le da la gana en la Iglesia: es su orgullo en el poder.

Y Francisco, con ese poder humano, ha fundado otra nueva sociedad como Obispo de Roma, no como Papa legítimo. Este es el punto. Y, por tanto, nadie puede seguir a Francisco. Nadie lo puede obedecer porque se ha separado de la unidad de la Iglesia en Su Cabeza: ha anulado la verticalidad para poner una horizontalidad que ya no es la Iglesia Católica.

Por eso, grandes desastres vienen para todos: primero para la Iglesia porque no quiere ver el engaño. A continuación, para todo el mundo porque el demonio ya tiene en sus garras el Poder que tanto necesitaba: el de la Iglesia.

Benedicto XVI tuvo que permitir un nuevo cónclave sabiendo que no se podía celebrar. No podía revelar la verdad de su renuncia, porque su vida peligraba y aún sigue en grave peligro. Lo que hay en Roma no es un juego, sino algo muy serio y muy peligroso para todos.

Francisco reina, pero no gobierna

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El Papa es el sucesor de San Pedro, es decir, es el que substituye a la persona de San Pedro en toda la potestad ordinaria anexa a la función del Primado. Es decir, que posee la misma potestad suprema de jurisdicción, con la que Jesucristo mismo constituyó a San Pedro como Vicario Suyo en la tierra. En otras palabras, es la suprema cabeza visible de toda la Iglesia. Es decir, él sólo gobierna la Iglesia. Es el Vértice en el gobierno. Y, en la Iglesia, no hay más cabezas que gobiernen. No hay otros gobiernos que el Vertical.

Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles, no de San Pedro. Son dos sucesiones distintas en la Iglesia. Los Apóstoles son aquellos doce discípulos de Jesús con los cuales el Señor instituyó el Colegio Apostólico. Y tienen la misión de enseñar, santificar y gobernar la Iglesia bajo el Papa. No son la Cabeza Visible de la Iglesia. Son cabezas en sus iglesias particulares, con todo el poder, que reciben del Papa legítimo, pero no pueden gobernarlas según sus mentes humanas, sino obedeciendo en todo a la Cabeza de la Iglesia, que es el Romano Pontífice.

Quien gobierna la Iglesia es sólo el Papa. Los demás, no gobiernan nada.

Muchos católicos desconocen el dogma del Papado y, ante Francisco, dudan, temen, lo aplauden, lo llaman Papa, lo llaman antipapa, quieren defenderlo como Papa objetando que quien no esté con el Papa en la Iglesia no es católico, quieren estar en comunión con el Papa y con el Magisterio de la Iglesia obedeciendo a uno que no es Papa, cuando, precisamente, el Magisterio y el dogma, van en contra de Francisco….

Los católicos, hoy día, no conocen su fe, la Verdad Revelada, no siguen la línea de la Gracia, sino que están en la Iglesia sin ser católicos en la práctica. Son católicos tibios, pervertidos en sus mentes.

Sólo puede haber una persona que reciba la sucesión de San Pedro. Sólo una Cabeza Visible en la Iglesia. Sólo un Papa. Y, por el contrario, son muchas las personas que pueden recibir la sucesión apostólica, por el Sacramento del Orden. Hay muchos Obispos. Sólo hay un Papa.

Esto es lo que dice el dogma del Papado. Y, por tanto, si sólo una persona puede recibir el Espíritu de San Pedro, entonces se es Papa por Gracia, no por ley canónica. La ley canónica permite renunciar al Papa. En esa ley, el Papa renuncia al gobierno de la Iglesia, pero no puede renunciar a la Gracia que ha recibido: el Espíritu de San Pedro. Y hasta que no muera el Papa, ese Espíritu permanece en él y no se da a otra persona. Porque los dones de Dios son irrevocables. La Iglesia está fundamentada sólo en Pedro. Y sólo hay un Pedro. Sólo hay un Espíritu de San Pedro. Sólo hay un sucesor de San Pedro. Sólo hay un Papa. Y hasta que no muera el Papa, sigue siendo Papa, aunque no gobierne en la práctica. Y, en el momento de morir, se produce la Sede Vacante, porque el Espíritu de San Pedro ha dejado esa alma y espera una nueva elección.

Este es el dogma del Papado: tan sencillo, pero que nadie en la práctica lo ha seguido. Y aquellos que siguen dudando si Francisco es o no es Papa, sólo tienen que ir al dogma y resolver el enigma.

Se es Papa por Gracia, no por ley canónica. Y la Gracia exige tener el don hasta la muerte. Se es Papa hasta que se muere. Igual que con el matrimonio, con el sacerdocio: hasta que la muerte separe, quite la unión, el lazo sacramental. No se deja de ser Papa porque lo digan los hombres o la ley canónica. No se es Papa porque se encierren los cardenales y digan que han elegido a un nuevo Papa. No son las leyes de los hombres lo que construye la Iglesia. Cristo funda Su Iglesia en una sola cabeza, en solo Pedro. No la funda en Sus Apóstoles. Y, Pedro, es Apóstol, por ser discípulo de Cristo. Pero sólo él recibe el carisma de ser Vicario de Cristo. Y ningún otro Apóstol tiene ese carisma. Y esto sólo porque Cristo ha hecho así Su Iglesia. Es una ley positivo divina.

mason

Por tanto, ante la renuncia del Papa Benedicto XVI, Francisco no es Papa ni antipapa. ¿Por qué? Porque Benedicto XVI sigue vivo. Luego, todavía posee el Espíritu de San Pedro, es decir, tiene el Primado de Jurisdicción, que ninguna ley canónica le puede arrebatar. No hay ley jurídica que quite al Papa legítimo el Primado de Jurisdicción, porque ha sido instituido directamente por Jesucristo mismo (cfr. D 1825), no por los hombres. La ley de sucesión es de derecho divino, no humano, por la cual, el ser Papa o el ser Apóstol ha sido instituido positivamente por Dios: Dios le ha dado al Papa o a los Apóstoles un Poder para ejercer su función. Ese Poder no viene por ley canónica, sino por ley de la Gracia. Es una ley positiva divina, no humana. Es Dios quien elige al Papa, el cual posee la sucesión de San Pedro, y a los diversos Obispos, que tienen la sucesión apostólica.

Y el Primado de Jurisdicción no puede ser arrebatado del Papa por ningún cambio jurídico, porque Pedro tiene la plenitud de la Jurisdicción en la Iglesia. Es el Primado de Jurisdicción. Por tanto, no existe el Papa emérito. No se da un Papa con el Primado de Honor. El Primado de honor sólo corresponde a los Obispos. Ninguna ley jurídica puede quitar al Papa legítimo el Primado de Jurisdicción. Y, por eso, el Papa Benedicto XVI sigue teniendo el Poder Divino en la Iglesia. Y, en consecuencia, lo que hace Francisco es nulo totalmente: no puede proclamar santos, no puede quitar o poner excomuniones, no puede celebrar Sínodos, etc…Porque no tiene el Poder Divino. Está en la Iglesia con un poder humano. Sin el Primado de Jurisdicción no hay Iglesia, no se hace la Iglesia, no se construye la Iglesia.

La Iglesia la forma Dios, no los hombres. La Iglesia la guía Dios, no los hombres. Es Dios quien enseña en la Iglesia, no los hombres.

Este dogma del Papado, muy pocos católicos lo saben. No conocen su fe. Y, claro, dudan y no saben resolver sus dudas.

Todo el problema en la Iglesia, desde siempre, ha sido este punto: el Papa y los Obispos. Es decir, los Obispos quieren gobernar la Iglesia sin el Papa. Todos los cismas de la historia, lo que ha pasado en estos cincuenta años, desde el Concilio Vaticano II, es sólo la ambición de poder que todos los hombres tienen. Y, por esa ambición, vienen las desobediencias, las rebeldías, las herejías, las apostasías de muchos sacerdotes, Obispos y Cardenales.

Quien no comprenda que la renuncia del Papa Benedicto XVI es sólo por el pecado de la ambición de poder que tienen muchos Purpurados, es que no se entiende qué hace tanto católico ignorante e iluso en la Iglesia.

Hay tanto católico que se escandaliza de que los sacerdotes, Obispos y Cardenales sientan el atractivo del poder y vivan, dentro de sus ministerios, para alcanzar un puesto, un poder en la Iglesia. Entran en las vocaciones, en los seminarios para tener poder: quieren ser obispos para gobernar como ellos quieren. Quieren ser cardenales para estar en la mira de ser Papa, para entrar en el bombo de los Papables.

Hay que abrir los ojos de una vez: la corrupción en la Jerarquía, ya hace mucho tiempo, que es clara. Corruptos en el poder de la Iglesia. Así hay que definir a mucha Jerarquía. No viven como los Apóstoles, que aprendieron la humildad antes de estar en el Poder. Viven como Judas: su negocio humano que le llevó a vender a Cristo por unas cuántas monedas. Judas era un Apóstol que mendigó dinero de los hombres, pero que era incapaz de vivir de la Providencia Divina. Se movía para estar seguro en su vida humana. Y esa seguridad económica le llevó a la ambición de poder.

Primero, en el hombre, es la conquista del dinero. Una vez que el hombre tiene lo material asegurado, comienza a conquistar otras facetas en su vida. Y, siendo un Apóstol, conociendo el Poder que iba a recibir, todo era maquinar para poseer ese Poder al margen de la verdad.

Judas no llegó a ejercer como Apóstol, porque la Iglesia comenzó en el Calvario, pero sí subió al poder, codeándose con los fariseos, los legistas, los saduceos de su tiempo que le ofrecieron un puesto a cambio de información sobre Jesús. Judas no tenía vocación para el sacerdocio. Y fue rechazado por Jesús. Pero su mente obtusa, incrédula, su obsesión humana por servir al Mesías, sin creer en Su Reino ni en Su Divinidad, le llevaron a estar en una vocación que Dios no quería, pero que le daba para no tener en contra ninguna injusticia por parte de Judas: no tienes vocación, Judas, pero persistes en tu idea humana…Entonces, tu misma idea humana, que persigues, será tu justicia, lo que te condene. No crees en Dios que te dice sigue por otro camino, entonces tu falta de fe es tu condenación. Y Dios nunca se mancha las manos de sangre.

El Señor tiene que dar una vocación a muchos Obispos que, en realidad, no la tienen. Que él sabe que son como Judas: ven la Iglesia como un reino material, humano, para sus negocios, para sus conquistas.

El Señor muestra el camino a todas las almas, pero éstas son libres para aceptar o rechazar ese camino.

Por eso, los Cardenales que se pusieron a elegir a un Papa, estando el legítimo vivo, sólo siguieron la ley canónica, pero no la ley de la Gracia. Y, por tanto, en ese Cónclave no estaba el Espíritu Santo, porque Dios no podía dar el Espíritu de San Pedro a otra persona, ya que no había muerto el Papa.

Es así de sencillo el dogma del Papado. Y, por tanto, lo que los Cardenales eligieron fue a un anticristo. No un antipapa. A un hombre, que eligieron, para poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Esta fue la movida de los Purpurados. Lo demás, que Francisco ha hecho es entretenimiento para las masas. Había que poner muchas cabezas para regir, para mandar, para imponer, para enseñar, para guiar.

Desde el momento que Francisco pone ese gobierno, ya no hay Iglesia Católica en el Vaticano. Porque en la Iglesia Católica sólo se puede dar la Verticalidad. Se quita y se acabó la Iglesia. La Iglesia es Pedro. La Iglesia no es un conjunto de Obispos que dicen muchas cosas y que no hacen lo que dicen.

Lo que hay en el Vaticano es un nueva sociedad, una nueva iglesia, compuesta por hombres que se visten de Púrpura y que sólo tienen un poder humano. Han perdido todos los Obispos que obedecen a Francisco, que sigue ese gobierno horizontal, el Poder Divino, que les viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo aquellos Obispos que sigue en obediencia al Papa Benedicto XVI y que, por tanto, se oponen, en la práctica, al gobierno horizontal que está en Roma, siguen poseyendo el Poder Divino.

Por tanto, Francisco reina su sociedad, su iglesia, pero no gobierna la Iglesia Católica. La arrastra hacia el comunismo, el protestantismo, hacia su nueva iglesia. Pero no tiene poder divino para nada en la Iglesia. Francisco no hace la Iglesia Católica, no la construye, sino que hace su propia iglesia y, por tanto, destruye la verdadera Iglesia.

Esto es el dogma del Papado. Y muy pocos lo conocen. Muy pocos hay que sigan la ley de la gracia. Hay muy pocos católicos en la Iglesia católica. Ya no son católicos por gracia, sino por otra cosa, de nombre, de apellido, por diversión.

Y hay que ir al mundo y ver a la gente que, en verdad, tiene fe, tiene sentido común. Hay gente en el mundo que dice verdades como puños, y no son católicos. Pero son un ejemplo para todos. Por eso que creen son perseguidos. Por la Verdad que transmiten, que testimonian porque creen como niños en el Evangelio

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Mas vale estar sin pastor que seguir a un lobo como pastor

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La Iglesia verdadera camina sin cabeza desde la renuncia del Papa Benedicto XVI. La falsa iglesia es guiada por un líder que sólo se presenta como un falso Papa, pero que no sabe nada sobre Dios, sino todo sobre el mundo. Una iglesia para el mundo con un líder para el mundo. Un jefe político, un dictador de sus mentiras y sus engaños.

Es una señal divina no tener una cabeza que guíe a la Iglesia, que muy pocos han discernido en Ella. Esa renuncia, querida por el Señor, para poner una clara división en Su Iglesia. Es tiempo de separar la Jerarquía verdadera de la infiltrada; tiempo para ver al trigo y no confundirlo con la cizaña; tiempo para elegir un camino, que sólo se puede recorrer oponiéndose al usurpador, Francisco. Y son todavía pocos los que han comenzado ese camino. Muchos siguen dudando, temiendo, esperando. Y no ven lo que viene porque ya no saben creer como niños. El Camino es Cristo y, por tanto, Él muestra el camino de Su Iglesia.

Este hombre, Francisco, ha puesto en marcha una nueva sociedad dentro de los muros del Vaticano: una nueva estructura visible, externa, llena de hombres que tienen el sello de la herejía en sus mentes y la lucidez del cisma en sus manos. Pero lo ha iniciado porque es un títere de la masonería, no por su autoridad humana ni moral.

Francisco es un hombre que no sabe hablar y, por tanto, no sabe tener autoridad cuando habla. La Autoridad está en proclamar la Verdad. Y es lo que Francisco no puede dar. Los líderes del mundo tienen autoridad en sus gobiernos, porque han nacido para eso: para un poder humano, que siempre viene de Dios. Pero un Obispo que se dedica en la Iglesia a un poder humano, político, mundano, económico, carece de autoridad en Ella.

Porque en la Iglesia la Autoridad es un Poder Divino. Esa Autoridad descansa sólo en el Papa legítimo, que es Benedicto XVI. El usurpador, sólo está en el trono con un poder humano. Y, entonces, no tiene autoridad humana dentro de la Iglesia. Si ejerciera ese poder humano, fuera de la Iglesia, entonces hablaría con autoridad. Pero quiere ejercerlo dentro y, por eso, se equivoca. Lo ejerce porque otros le mandan.

Francisco es un hombre que no sabe gobernar nada. No tiene ni pies ni cabeza lo que hace en la Iglesia. Porque si decide poner un gobierno horizontal, pon antes las reglas, las leyes, para esa horizontalidad. Pero, él, como hombre necio, como hombre orgulloso, primero quita la verticalidad y sigue gobernando una sociedad nueva con las leyes propias de lo vertical, de lo viejo. Esta es la necedad de este gobernante de la falsa iglesia.

Aquí se ve su orgullo: sólo está en el gobierno para hacerse la foto con todo el mundo, pero no está para gobernar. No sabe gobernar, no sabe guiar nada. Es la sed del mundo lo que le ata a esa Silla, la gloria mundana. Y no es otra cosa. En su orgullo, quiere seguir ahí porque se ha creído santo y justo ante los demás. En su mente, se cree un dios. Y para creerse dios no hace falta proclamarlo. Se ve por sus obras en la Iglesia.

Después de fabricar, con su inteligencia, un acto de oración entre los musulmanes y judíos, para pedir la paz; la guerra comenzó. Y él no ha sido capaz de renunciar, que es lo que tiene que hacer. Si tuviera sabiduría humana, entonces pondría su autoridad humana en otro: sigue tú, porque yo he fracasado. Pero como él ha hecho ese acto, no con un fin humano, sino religioso, y con un poder humano, no divino, entonces, en su orgullo, cree que ha hecho algo bueno para la Iglesia y para el mundo. Y no es capaz de darse cuenta de que él es el principal motivo de lo que está pasando.

Él hizo ese acto porque otros, mayores que él, con un poder humano, con una autoridad humana, se lo han exigido. Y él, obediente como es a los hombres, a sus ideas, a sus culturas, lo ha hecho, se ha sometido, en su orgullo, a lo que otros le han dicho. Y esto es lo que más le duele a este hombre.

Porque Francisco, orgulloso como es, no permite que otro le imponga nada. Francisco no es un hombre de obediencia, sino de rebeldía. Y actúa con mucha rebeldía en todas las cosas. Y, para mostrar la rebeldía, es suficiente hacer como él lo hace: con una careta de humildad y de pobreza. Para ser rebeldes, no es necesario mostrar la ira, sino la astucia, la perversión de la inteligencia para obrar aquello que quiere el orgullo.

Si este hombre tuviera un poco de fe, entonces comprendería cómo lo están manejando otros en el gobierno y haría lo mismo que hizo Benedicto XVI: renunciar. Pero, en su orgullo, no ve las consecuencias de lo que obra en la Iglesia. Todo cuando obra es por otro, porque otro gobierna en la oscuridad. Han puesto un títere, uno que entretiene a las masas y que hace lo que ellos le dicen. Y, por eso, sus entrevistas, son sólo discursos vacíos, para que la gente ponga el interés en lo que dice, pero no se dé cuenta de lo que pasa en la realidad. Francisco sigue en el gobierno por su orgullo. Y sigue obrando sólo para la masa, pero no gobernando nada. No ve el desastre que le viene encima.

El Papa legítimo renunció porque ya no vio un camino para el Papado en la Iglesia. No pudo continuar como Papa. Todos los hombres, a su alrededor, le cerraron las puertas y lo dejaron solo. Y, por eso, tuvo que elegir el camino que él no quería, como San Pedro: «cuando envejezcas, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras» (Jn 21, 18).

Esta profecía se ha cumplido enteramente en el Papa Benedicto XVI. Por eso, su renuncia, un acto grave para toda la Iglesia, sólo puede ser mirada, para poder comprenderla, en el Espíritu de la Iglesia.

No fue un acto de humildad, sino de amor a Cristo. Si hubiera sido un acto de humildad, no hubiera renunciado el Papa, porque por humildad hay que seguir siendo Papa. Para eso, fue llamado: para ser Papa.

Benedicto XVI renunció por un acto de amor a Cristo, porque Cristo se lo pidió. El acto de amor a Cristo es siempre obrar una Voluntad Divina. Y le pidió algo que ponía a toda la Iglesia en un caos, en un desorden espiritual y moral, que es lo que todos ven con Francisco. Y Dios puede pedir esto, aunque se haga un mal para toda la Iglesia. Porque el mal no está en renunciar, sino en seguir en el Papado.

Si el Papa Benedicto XVI hubiera seguido como Papa, lo hubieran quitado de en medio y habrían hecho un mal mucho mayor a toda la Iglesia. Habrían puesto a un auténtico anticristo en la Iglesia. Hubiera sido el mismo Anticristo. Y todos se hubieran tragado el anzuelo.

Pero la Voluntad de Dios quiso otro mal menor para Su Iglesia: la renuncia de su Papa. Con esa renuncia, se abría el nuevo camino para la Iglesia verdadera. Sin esa renuncia, toda la Iglesia hubiese sucumbido a un Anticristo.

50 años en que los hombres han hecho de todo para desobedecer al Papa, para mostrar un Papa diferente a lo que dice el dogma del Papado. Y la situación de pecado llegó al culmen. Y, en esa perfección del mal, más vale dejar el Papado que continuar con un absurdo.

Cuando en la vida de un hombre se llega a un absurdo, es que el camino no es el verdadero. Hay tantas trampas en ese camino, que hay que seguir por otro. Es lo que le pidió el Señor al Papa Benedicto XVI. Ese seguir por otro camino tiene un precio para todos: para el Papa y para la Iglesia. Un precio que hay que pagar en la Justicia de Dios.

El pecado del Papa Benedicto XVI, en su renuncia, está sólo en no dar claridad a la Iglesia. No se puede dejar un Papado en las circunstancias que vive la Iglesia. No se puede decir: ahí os quedáis, me voy. Hay que abrir el entendimiento de los hombres a la Verdad de esa renuncia por el bien del Rebaño. Y es lo que no hizo el Papa legítimo. Por eso, su renuncia trae mayor confusión a toda la Iglesia. Hay que saber renunciar, como lo hicieron los otros Papas. Hay que seguir siendo Papa en la renuncia, que es lo que no hizo el Papa. Él sigue teniendo el Poder Divino y, por eso, es el Papa de la Iglesia Católica. Y esto es lo que a la gente más le cuesta discernir: el Poder en la Jerarquía de la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI tiene el Poder de Dios en la Iglesia, pero no puede ejercerlo: es un poder inútil. Y Francisco obra con un poder humano que otros le han dado. Consecuencia: toda la Iglesia está atascada, sin saber caminar, sin saber elegir por dónde ni a quién.

Y es que se cumple lo que decía San Ignacio: «No debería tolerarse curas o confesores que estén tildados de herejía; ya los convencidos en ella habríase de despojar en seguida de todas las rentas eclesiásticas; que más vale estar la grey sin pastor, que tener por pastor a un lobo. Los pastores, católicos ciertamente en la fe, pero que con su mucha ignorancia y mal ejemplo de públicos pecados pervierten al pueblo, parece deberían ser muy rigurosamente castigados, y privados de las rentas por sus obispos, o a lo menos separados de la cura de almas; porque la mala vida e ignorancia de éstos metió a Alemania la peste de las herejías».

La Iglesia verdadera camina sin pastor porque así conviene a toda la Iglesia. Los católicos no queremos a un lobo por Papa, a uno que pervierte al pueblo con sus entrevistas llenas de herejías y de oscuridades; no queremos a un hombre de mala vida, ignorante de su propia vocación como sacerdote, que sólo vive para dar un gusto a la gente.

Este hombre, Francisco, ciego en la fe y oscuro en el corazón, guía a los ciegos. Y solamente a ellos. Los ciegos en la inteligencia, en el espíritu y en la verdad del Evangelio.

Son muchos los ciegos en la Iglesia Católica: son muchas las almas que nadan en la tibieza espiritual como una virtud en sus vidas. Estos ciegos son los que se rasgan las vestiduras cuando alguien critica a su líder, Francisco. Son los nuevos fariseos de la Iglesia, que se da tanto en la Jerarquía como en el común de los fieles.

La ceguera de tantos en la Iglesia es por su pecado en contra de la fe. Se peca en la fe de muchas maneras; pero la principal está en el pecado de obra contra la fe.

La fe divina es una obra divina, no es un lenguaje de teología o una serie de conocimientos sobre Dios. Quien cree obra lo que cree.

Quien cree al hombre, obra lo que hay en el hombre y, por tanto, se hace humano, es otro hombre, en la mente, en la voluntad, en la vida de los hombres.

Quien cree a Cristo, obra sus mismas obras, que sólo se pueden hacer en la Gracia: son obras graciosas, divinas, celestiales, santas, sagradas.

Para los hombres es muy difícil creer en Cristo, y es muy fácil creer en los hombres. Para creer en Cristo, el hombre tiene que abandonar todo lo humano: es el negarse a sí mismo del Evangelio. Es lo más duro para el hombre porque éste siempre da valor a su inteligencia, a sus obras, a su vida humana.

Y seguir a Cristo no es seguir una vida humana, sino una vida divina, que ningún hombre sabe vivirla si el Señor no le enseña cómo es el camino hacia esa Vida.

La Iglesia, fundada en Pedro, no pertenece sólo a una estructura humana, externa, visible, sino que es un organismo sobrenatural, que vive de la Gracia y que es llevado por el Espíritu, para hacer que las almas sean el Cuerpo Místico de Cristo.

La Iglesia es un Cuerpo, no es una estructura, no es una comunidad de hombres, no es un pueblo con la etiqueta de Dios. La Iglesia no es popular, plebeya, burda, necia, sino que es divina, Santa, celosa de la gloria de Dios y con almas llenas de la sabiduría divina.

La Iglesia es un Cuerpo Místico: es decir, almas unidas místicamente entre sí. No se unen de manera espiritual ni humana, sino de manera mística. Es Cristo el que produce esa unión, que sólo se puede comprender en Dios. Son lazos místicos entre Cristo y el alma. No son sólo lazos espirituales, que vienen de una vida espiritual propia de la oración y de la penitencia. Son lazos que vienen por la fe que el alma tiene en Cristo. Según sea la fe del alma, así será su unión mística con Cristo y, de esa manera, la obra que hace esa alma en la Iglesia produce mayor santidad en Ella.

La fe en Cristo obra la fe en la Iglesia: según sea la unión por fe del alma con Cristo, así será la unión del alma con la Iglesia.

La Iglesia está constituida por almas fuertes en la fe: la Roca de la Iglesia es Cristo. Y quien se apoya en esa Roca, es Iglesia. Pero quien no se apoya en Cristo, sino en lo humano o en una estructura concebida según las leyes humanas, no puede ser Iglesia.

Ser Iglesia no es porque se tenga un Bautismo o unos Sacramentos. Se es Iglesia porque se está unido a Cristo, dentro de Ella. Estar en la Iglesia y no pertenecer a Cristo, no apoyarse en Él, es un absurdo. Es el absurdo de mucha Jerarquía actual, que pertenece a una estructura externa, pero no a Cristo. Obedecen a los hombres dentro de esa estructura, y dejan de obedecer a la Verdad, que es Cristo.

Con un Papa legítimo en la cabeza de la Iglesia, la estructura tenía valor y sentido; pero con un usurpador, la estructura comienza a no tener ningún sentido. ¿Para qué pertenecer a una estructura externa, que da de comer, pero que no alimenta el alma? Una estructura que ya no sabe atacar la herejía ni el cisma y, por tanto, es apta para llevar a la apostasía de la fe a muchos que se apoyan en ella.

La Iglesia se hace a base de la Ley de la Gracia. No se construye la Iglesia con leyes canónicas, porque la Iglesia es la Gracia. Cristo ganó para el hombre la Vida de Dios, que sólo se puede dar en la Gracia. Y toda ley canónica que no siga la Gracia, que no se someta a la Gracia, sino que la anule poniéndose por encima de Ella, es un impedimento para ser Iglesia.

Vivir en la Gracia es, actualmente, una conquista diaria. No es fácil el estado de Gracia permanente en un mundo que vive sólo para pecar. Perseverar en la Gracia es lo más difícil en el mundo que vivimos. Y, por eso, perseverar siendo Iglesia, constituyendo la Iglesia verdadera, se hace una tarea para santos.

Quien no quiera ser santo en una Iglesia sin cabeza es que no ha entendido la dificultad que tiene la Iglesia para dar la Gracia, actualmente. Toda la Iglesia está allí donde está Su Cabeza. Y la cabeza legítima de la Iglesia no ejerce su poder divino. Luego, la Iglesia se pierde en el desierto de este mundo y no sabe caminar, porque no tiene guía en lo humano. Cristo la sigue guiando en lo espiritual, pero son pocas las almas espirituales dentro de la Iglesia. Son pocas las que escuchan a Cristo en su interior y se deciden a seguirle sólo a Él. Son muchas las que están pendientes de los hombres, de una Jerarquía herética, que sólo enseña a pecar dentro de la Iglesia. Por eso, muchos se pierden en la Iglesia por la misma Jerarquía.
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La Iglesia tiene lo que se merece: un falso Papa, llorón de la vida humana

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A nadie le interesa vivir hoy el dogma, sino que todos lo interpretan según sus filosofías y teologías.

Si no se vive el dogma, que es la Verdad que Dios ha revelado al hombre, no se vive de fe. Y quien no tiene fe, sólo posee una fe humana, una fe según el lenguaje humano que se utilice.

Una cosa es el dogma, la Verdad Absoluta, y otra cosa es expresar esa Verdad con palabras claras e inequívocas.

Muchos dicen que Dios es Uno y Trino: están diciendo el dogma de la Santísima Trinidad. Y lo expresan de muchas maneras. Pero, muchas de ellas, son equívocas, oscuras, con malicia, con doble sentido.

Muchos engañan diciendo que creen en el Dios Católico, pero después obran otra cosa a eso que dicen.

Quien vive el dogma habla claramente: es decir, obra lo que vive. Su palabra es el testimonio en su vida. Sus obras dan testimonio de lo que cree en el corazón, no de lo que dice su boca.

Muchos ponen la fe en la boca: según su lenguaje humano, así creen. Muchos se esfuerzan por buscar argumentos humanos para servir a Dios. Pero son pocos los que obran la fe.

La fe, la auténtica fe, es una obra divina, que el hombre no es capaz de medir con su inteligencia humana; que el hombre no es capaz de obrar con su voluntad humana. Es Dios quien pone el camino de esa fe, que Él da al alma en el corazón, para que obre lo divino en lo humano.

Ante la realidad de lo que vemos en la Iglesia, muchos viven de su lenguaje humano. Pero son pocos los que viven de fe: los que ven la Iglesia en la Verdad Revelada, en el dogma, en la Tradición Divina. Y, por eso, hay de todo en la Iglesia: hay mucha cizaña, mucha maldad, mucha ignorancia en todas las cosas.

Los hombres, hoy, en la Iglesia, viven de legalismos, de estructuras, de ideas y obras humanas, pero no saben vivir lo divino, lo espiritual, lo sagrado, lo santo. Por eso, vemos lo que vemos. Asistimos a la Gran Apostasía de la Fe: la misma Iglesia, la misma Jerarquía apostata de la Verdad Revelada, para seguir su lenguaje humano. Y si la Jerarquía vive así, dentro de la Iglesia, entonces los fieles andan en la oscuridad más total: creen en todo y no creen en nada.

Una Jerarquía que no da la Verdad a las almas, siempre las hace pastar por prados del demonio, que son los del hombre y los del mundo.

Una Jerarquía que no gobierna con la Verdad, entonces impone su mente humana al Rebaño.

Y una Jerarquía que no vive para santificarse dentro de la Iglesia, entonces vive para condenar a las almas al fuego del infierno.

La Iglesia está fundamentada en la Jerarquía, no en los fieles. Si la Jerarquía no hace su trabajo, los fieles tampoco lo harán en la Iglesia. Y así se llegará al populismo en la Iglesia, a la democracia en Ella, a la opinión pública para vivir lo sagrado, lo santo.

Hoy la gente quiere una Iglesia del mundo porque eso es lo que la Jerarquía enseña a vivir: las cosas del mundo, sus culturas, sus políticas, sus economías, sus filosofías, etc. No se enseña la ley divina, la ley natural, la norma de moralidad. Se enseña cualquier cosa, porque sólo interesa dar el lenguaje humano a la gente. No se habla con claridad de la Verdad Absoluta.

Muchos confunden lo que es un Papa con un hombre hereje o cismático. Y así no saben ver a Francisco por lo que es: no es Papa. No se ponen en el dogma, sino en el lenguaje humano.
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Francisco no es Papa sólo por una razón: porque no puede tener el Primado de Jurisdicción, que sólo está en el Papa legítimo, Benedicto XVI. Este Papa recibió el Primado de Jurisdicción porque ha sido elegido cuando el anterior murió. Se es Papa hasta la muerte. Esto es lo que dice el dogma del Papado.

Por tanto, Francisco no es Papa, no porque sea hereje y cismático, sino porque está obrando en la Iglesia con un poder humano, que los hombres le han otorgado. No pudo recibir el Primado de Jurisdicción, en su elección, porque el Papa seguía vivo. El Primado de Jurisdicción no se recibe por la renuncia del Papa, sino por la muerte del Papa: por sucesión del Espíritu de Pedro, que exige morir, llevar la Gracia, el Carisma, hasta la muerte.

Así de sencillo es el dogma. Pero, después, en la práctica nadie lo vive. Y eso es indicio de falta de fe. La gente no sabe pensar la fe católica, los dogmas, sino que hablan de muchas cosas y no dicen nada. Lo confunden todo.

El problema de la Iglesia no está en que Francisco es hereje y cismático, sino que es llamado Papa sin serlo. Han dado al Papa Benedicto XVI el Primado de Honor, lo han hecho Papa emérito, cuando él sólo posee el Primado de Jurisdicción en su elección divina. Y a Francisco le han dado el Primado de Jurisdicción que no puede poseer. Es decir, que los Cardenales han puesto a un usurpador del Papado y lo llaman Papa. Este es el problema.

Y es un problema que nace antes de que Francisco suba a la Silla que no le pertenece. Es lo que la Jerarquía de la Iglesia ha venido persiguiendo durante 50 años hasta obtenerlo. Ahora tiene al Papa que ellos quieren en su lenguaje humano. No han puesto al Papa que quiere el Espíritu Santo. A ese Papa, le han obligado a renunciar. Por supuesto, que no hablan así, sino que dicen que el Papa Benedicto XVI ha sido libre para hacer eso. Y, ciertamente, el mismo Papa Benedicto XVI se ha declarado libre en su renuncia. Pero no es este el punto. El punto, que nadie dice, es que todo ha sido planeado, desde hace mucho, para poner a un hombre en la Silla de Pedro, que no viene de Dios y que lleva a la Iglesia hacia su desastre más total.

Ahora, estos hombres están en su lenguaje humano. Y ya no son capaces de hablar de verdades Absolutas, de dogmas, porque quieren otra cosa en la Iglesia.

Francisco, además de no ser Papa, es hereje. Y su herejía viene de antes de subir a la Silla de Pedro. Lo que predica ahora es lo que siempre ha predicado. Y lo que obra es lo mismo. Francisco no ha cambiado ni su estilo de predicar ni sus obras en el sacerdocio. Siempre ha sido hereje y siempre lo será. Es un masón y, sólo por eso, está fuera de la Iglesia. El ser hereje no le invalida para decir que no es Papa. Francisco es un usurpador y, además, hereje. En su herejía, lleva a la Iglesia por el camino del protestantismo y del marxismo. Eso es lo que siempre predica.

Pero Francisco, además, es cismático: ha usurpado el Trono de Dios para poner división en la cabeza de la Iglesia: su gobierno horizontal es el cisma: es el inicio de una nueva sociedad en el Vaticano. Su gobierno horizontal ya no representa al gobierno de la Iglesia, que es siempre vertical, por el dogma del Papado. Como a nadie le interesa este dogma, entonces todos viven en sus lenguajes humanos.

Por tanto, no es posible la obediencia a ese gobierno horizontal: están trabajando con un poder humano para crear una sociedad religiosa en el Vaticano. La obediencia sólo se da a quien tiene el Primado de Jurisdicción, que es el Papa Benedicto XVI. En estas circunstancias, Dios no obliga a obedecer al Papa Benedicto XVI porque no está ejerciendo el Primado. Lo tiene, pero no lo usa. Se ha vuelto inútil para la Iglesia. Quien la gobierna es un usurpador con un poder humano.

Por tanto, Francisco es tres cosas: no es Papa, es hereje y cismático. Estas tres no son una, sino tres realidades diferentes y hay que saber verlas, como son, en la Iglesia. Hay que saber mirar a Francisco como un falso Papa, o un falso Profeta, o uno de los anticristos; hay que saber leer sus escritos, que son siempre la herejía del protestantismo y del comunismo; y hay que saber estar en la Iglesia sin darle la obediencia: vivir sólo para Cristo, no para un gobierno de hombres.

Es hora de que la Jerarquía de la Iglesia diga no a Francisco, antes del Sínodo. Ese Sínodo no es la Voluntad de Dios, sino lo que los hombres van a querer, porque ha sido puesto para comenzar a destruir las Verdades Absolutas. Y se comenzará dando un palo a la familia, que es lo que todo el mundo espera. Ya no hay vuelta atrás. Que nadie se haga la ilusión de que en el Sínodo van a salir cosas buenas para la Iglesia. Va a salir mucha maldad.

Y lo que tiene que hacer, ahora, la Jerarquía es oponerse a ese Sínodo y no asistir. No van a hacerlo, porque han perdido la fe. Todos viven en sus lenguajes humanos sobre lo que es la Iglesia y lo que es Cristo. Pero, realmente, a nadie le interesa ni Cristo ni Su Iglesia. Y, mucho menos, a la Jerarquía, que sólo está en la Iglesia haciendo su negocio.

Los Cardenales han puesto al hombre que se merece la Iglesia: un hombre necio, estúpido e idiota. Este es el resumen de lo que es Francisco. Un hombre incapaz de hablar la Verdad (= necio), que sólo medita en su herejía (= estúpido) y que obra para dar a los hombres su locura en la mente (= idiota), lo que él piensa que es bueno y malo.

Francisco nunca dará una doctrina que lleve al alma a la salvación y a la santificación: no habla nunca de la santidad. Siempre habla del mundo, de lo social, de las culturas, de las estructuras, de los hombres. Francisco quiere salvar sin santificar al alma. Y eso es imposible en la Iglesia. Dentro de la Iglesia estamos para santificarnos, no sólo para salvarnos. La Iglesia, no es sólo salvación, sino santificación: es hacer la Voluntad de Dios que Francisco nunca puede hacer.

Por eso, Francisco siempre condena: habla para condenar, habla para llevar a la mentira, habla para hacer que los hombres se queden en sus vidas humanas, naturales, carnales, buscando el reino en este mundo, y construyendo un mundo, que es un infierno.

La Iglesia tiene lo que se merece: un hombre que llora por los hombres, pero que no es capaz de llorar ni sus pecados, ni los del mundo entero: «Algunas veces dije que Buenos Aires es una ciudad que necesitaba llorar, que todavía no había llorado lo suficiente. A riesgo de caer en un lugar común, lo repito: nos hace falta llorar» (19 de julio de 2014).

«Deja que los muertos entierren a sus muertos», deja que los hombres se maten, si eso es lo que quieren. Tú predica la Verdad: os matáis porque no tenéis a Dios en vuestros corazones. Volved a Dios y los problemas se resuelven.

Pero Francisco les dice lo que los hombres quieren escuchar: el lenguaje humano, el sentimiento del hombre perdido en las cosas del mundo, y que sólo ve la vida con su inútil pensamiento humano.

Después de hacer una oración blasfema en el Vaticano, ahora se pone a llorar. Tenéis al falso Papa que os merecéis: a un llorón de la vida humana, un ciego para la Verdad y con la cojera de su blasfemia contra el Espíritu Santo.

Toda la Iglesia se ha puesto a llorar por la vida humana: a resolver problemas de los hombres. Y nadie llora por su negros pecados. Y así nos va en todas partes: queriendo ser de Dios y, en realidad, somos del demonio. La Iglesia está atada al demonio. Y es una atadura que la misma Jerarquía ha puesto en Ella. Y sólo Dios podrá desatarla. Hay que permanecer fieles a la Gracia. Quien no sea fiel al Don de Dios, va a quedar atrapado en esa atadura y, muchos, saldrán con el alma destrozada, porque no han sabido creer en el momento oportuno: están esperando a ver si Francisco quita la Eucaristía para llamarlo falso Papa.

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