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Bergoglio es una cloaca de impurezas satánicas

sinmoral

«Esto es lo que indigna: Benedicto fue un teórico torre de marfil. Escribió libros y esperaba que ellos persuadieran mediante la razón. Pero el Papa Francisco conoce cómo vender sus ideas. Él está comprometido con el mundo de los negocios» (Charles J. Reid Jr, profesor en la Universidad de St. Tomás, Escuela de Derecho).

¡Qué gran verdad! ¡Ha resumido, en pocas palabras, lo que es Bergoglio!

La mula Francis, Bergoglio, no sabe hablar, no sabe pensar, no sabe escribir un libro exponiendo el magisterio de la Iglesia. No le interesa. Nunca le ha interesado. Ha estudiado la teología sólo con un propósito: destruir por dentro la Iglesia. Es sacerdote sólo con un fin: combatir a la Iglesia desde dentro. Combatir a Cristo en su mismo Altar, en su mismo Calvario, como hicieron tanta gente que asistía a la Pasión para blasfemar a Cristo.

Son tantas las barbaridades que dice este hombre a diario, que necesita gente a su lado para que le limpien las babas.

Este chivato del demonio está sentado en la Silla de Pedro sólo para darse gloria a sí mismo. Pero necesita la publicidad, el marketing, porque él no tiene ninguna inteligencia.

Si a este hombre le quitaran la publicidad, no hubiera estado tanto tiempo sentado en la Silla que no le corresponde.

Pero lo subieron a esa Silla con el apoyo mundial de todos los que quieren un cambio sustancial en la Iglesia.

Los que están detrás del gobierno de Bergoglio no son sólo esos Cardenales que hicieron renunciar a un Papa para poner a un pelele. Sino otros hombres, mucho más influyentes que los Cardenales, que son los que manejan el hilo de todo este desastre que se ve en el falso papado de Bergoglio.

Bergoglio sólo está realizando su gran obra de teatro, puesta con el mayor lujo de detalles desde el Vaticano, para que todos vean que ese hombre es “el papa” que va a salvar al mundo y a toda la Iglesia.

¡Están destruyendo la Iglesia por dentro y todos lo están negando! ¡No quieren darse cuenta! ¡Lo ven, pero se apuntan al mundo de los negocios que ha abierto Bergoglio en la Iglesia!

Bergoglio está destruyendo todo lo sagrado, todo lo divino, toda la vida espiritual de la Iglesia.

¡Cuántos aplauden esta destrucción!

Es lo que hace la Jerarquía de la Iglesia:

«Llevábamos año y medio padeciendo una ficción, que nace de un supuesto equivocado, el supuesto de que el Papa Francisco quiere un cambio en la doctrina, en la moral y en la pastoral de la Iglesia» (Ver video)

¿Una ficción? ¿Un supuesto equivocado?

Así comienza su charla el famoso sacerdote de las masas, que una vez puso el grito en el cielo porque veía un cisma en la Iglesia. Ahora, le han dicho que cambie su estilo de predicar. Le han obligado. Pero, esto él no lo puede decir. Ahora, ese sacerdote actúa como falso profeta. Es el castigo por obedecer la mente de Bergoglio como su papa.

Él, como sacerdote, tiene que acomodarse obligatoriamente a lo que diga su papa. Por tanto, ha quedado ciego para juzgar a ese hombre. Ve sus claras herejías, pero como tiene que obedecer por ley canónica, entonces anula la ley de la gracia, que le exige oponerse a ese hombre por su clara herejía; y sigue la ley canónica: si no me someto a este hombre, me quedo en la calle sin trabajo, me quedo sin mi negocio en la Iglesia.

Por eso, ahora predica que todo eso es una ficción.

¡Dios mío, cómo han quedado de ciegos los sacerdotes!

¡Por su falsa obediencia a un hereje!

¡Y no hay otra razón!

Este sacerdote ya no es de Cristo: sigue a Bergoglio. Sigue a un judas. Sigue a los herejes. Y, en esa charla, está defendiendo a Kasper:

«Acaba el cardenal Kasper de aclarar las cosas, con una triple negación…en una entrevista concedida…a EWTN… Kasper ha dicho: no, no no. Es decir, el papa no está a favor del cambio; el papa está a favor de que se debata el tema».

¡El pecado ha llegado a un nivel tal que ha vuelto brutos a los sacerdotes!

¡Qué animal que eres, padre Santiago Martín!

Quien quiera que debata el tema de algo que es magisterio infalible y auténtico en la Iglesia, quiere automáticamente el cambio de doctrina.

No se puede debatir lo que no se puede tocar, lo intocable. Para llegar a ese dogma ya se ha debatido mucho en la Iglesia. Que no venga, ahora, un pelele a enseñarnos lo que es la verdad en la Iglesia.

Para rematar su desfachatez, dice este falso sacerdote:

«Esta postura del Santo Padre será juzgada, en su momento, por la historia. No soy quién yo para hacer un juicio, y menos en este momento en que todo está en caliente. La historia juzgará. Pero, en todo caso, lo que no se puede es pensar que el Santo Padre está a favor de esto».

Bergoglio el mayor santo de todos los tiempos: que te juzgue la historia. Que te juzgue el tiempo. Que te juzguen otras cabezas. Ahora, yo quiero comer, quiero seguir teniendo un status social y, por eso, no soy quién para juzgar.

Este sacerdote se ha aprendido el “¿quién soy yo para juzgar?” de su maestro, de su gran papa. Señal de su obediencia a la mente de ese hombre. Ya no puede obedecer, con su mente, a la Mente de Cristo. Un sacerdote que caerá en la mayor oscuridad, como los demás, en el Sínodo. Y le será muy difícil salvarse.

Bergoglio es un hombre que no cree en Dios, que no cree en la Divinidad de Jesús, que no cree en la Maternidad de la Virgen María, que no cree en la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Un hombre que sólo cree en lo que hay en su podrida cabeza humana. Y ahí están sus obras. Durante dos años, ¿qué obras ha hecho Bergoglio para que lo tengamos como Papa de la Iglesia Católica? Ninguna. Por ninguna de las obras de ese hombre, Bergoglio merece ser llamado Papa.

No es la historia la que juzga. Es cada corazón que posee la verdad el que juzga a Bergoglio.

Esta postura de Bergoglio la tiene que juzgar toda la Iglesia: todos los Cardenales, Obispos y sacerdotes de la Iglesia, porque es una postura propia de un hereje. No es la postura de un Papa legítimo y verdadero.

Un Papa verdadero convoca un Sínodo para centrarse en el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, para dar un nuevo dogma a toda la Iglesia. No se convoca un Sínodo para destruir el dogma.

Por tanto, lo que hay que pensar es que, no sólo Bergoglio está a favor de destruir la doctrina, sino que toda la Jerarquía quiere esa destrucción. Habrá unos pocos que no la quieran. Pero, la mayoría de la Jerarquía está limpiando las babas de Bergoglio, como hace este sacerdote, porque tienen su negocio en la Iglesia: están en la Iglesia custodiando sus bienes privados. Y no quieren perderlos. Y ya no les interesa la salvación de las almas, sino hacer videos para esta demagogia, para esta política, para esta clara corrupción.

Que es lo que ahora van a hacer con el vómito de la ecología.

«Como parte del esfuerzo de la encíclica, altos funcionarios del Vaticano… van a promover una campaña por Francisco para instar a los líderes mundiales…. a promulgar nuevas leyes duras para recortar las emisiones que causan el calentamiento global…La en cíclica será acompañada por una campaña de 12 semanas,… en la que participaran algunos obispos católicos que plantearan la cuestión del cambio climático en sus sermones, homilías, entrevistas…» (ver noticia)

Los científicos de la NASA ya han respondido a Bergoglio:

«…sabemos que el CO2 es un compuesto no contaminante muy especial, incoloro, inodoro, una sustancia química diseñada por nuestro Creador, esencial  para sustentar la vida de todas las plantas, los animales y también la vida humana».

Es decir, el CO2 no es el que contamina el clima.

Y ellos dicen: «el papa arriesga su status moral y su credibilidad…» (noticia en españolnoticia en ingles)

Bergoglio no tiene moral. Bergoglio no tiene credibilidad. Pero la Iglesia va a perder todo su status moral y toda su credibilidad, porque Bergoglio se pone bajo las faldas de la ONU. Es lo único que le interesa: el mercado de negocios.

Si Bergoglio necesita alimentar a sus malditos pobres, necesita dinero. Necesita una nueva economía mundial. Obligatoriamente, se tiene que vender a la ONU. Tiene que vender sus ideas, no con un libro, con un magisterio, con una doctrina, sino con negocios financieros mundiales, que abran la puerta a una iglesia mundial y a un gobierno mundial.

Bergoglio es el destructor. Y destruye la Iglesia con sus obras, no con sus palabras.

Esta reunión que ha tenido en Roma con mil sacerdotes, en la que se ha dedicado a burlarse de toda la Iglesia, es sólo propaganda. Es para entretener a la masa, mientras se va haciendo lo otro por debajo.

Bergoglio sigue su vida sin importarle lo que piensen  los demás de él. Él sabe que le llaman hereje, pero la entrepierna la tiene muy grande y sobada,  y hace pasar por ella todos los asuntos de la Iglesia, que son asuntos espirituales.

El mismo Bergoglio, con sus palabras se degrada, se auto-degrada, porque no  quiere humillarse delante de Dios, delante de toda la Iglesia, y reconocer que está dividiendo a los católicos, que está creando el cisma con su gobierno horizontal, que está llevando a las almas a la apostasía de la fe con su falsa doctrina de la misericordia.

Bergoglio sólo está descendiendo cuando habla. Le tienen que aupar, levantar otros con la publicidad a sus ideas maquiavélicas.

¡Cuánto ha descendido Bergoglio y él mismo no se da cuenta! ¡Él mismo se ha elevado –con su soberbia y con su orgullo- a una altura tal que, cuando caiga, el impacto va a ser sonado en todo el mundo!

Bergoglio tiene el pensamiento, el corazón y el alma de un animal, de una gran bestia que tiene una profunda relación con el mal.

Bergoglio ha tomado el rostro de Satanás en demasía, en exceso, en claro atrevimiento.

¿Quién es Bergoglio? Un demonio, una serpiente, que se atreve a destruirlo todo, que pone en riesgo la vida de muchas almas en la Iglesia.

Bergoglio tienta a las almas como lo hace el demonio: constantemente tiene que dar sus ideas a las almas; tiene que hablar siempre sobre lo mismo; dando vueltas, machaconamente, como lo hace el demonio, a una idea, a un sentimiento, a un lenguaje vacío de toda verdad.

Todos pueden ver lo que es Bergoglio: una cloaca de impurezas satánicas. El pensamiento de Satanás rige a ese hombre, juega con él, y cuando habla expresa la misma mente del demonio, que muy pocos saben reconocerla, verla, discernirla.

Creen que Bergoglio es muy humilde, muy pobre, muy santo, muy justo, y que son los demás los que se equivocan, los que viven un sueño, una ficción, como dice ese anticristo, Santiago Martín. En la Iglesia, el único lúcido: Bergoglio. Los demás, se han creído una ficción, se han inventado un sueño, están luchando por algo que no va a pasar.

Todos los católicos están idiotizados. Todos.

Y he ahí al payaso para la masa de los idiotas.

¡Cómo entretiene Bergoglio a todos los católicos! ¡Qué gran bufón!

Hay que echar a Bergoglio de la Iglesia, del sacerdocio. Y hay que meterlo en un hospital para locos de atar. Esto es lo que lo que hay que hacer, pero -es claro- que nadie va a mover un dedo para quitar la abominación instalada en la Iglesia.

La Iglesia está sin camino. Salgan de todo porque ya ven cómo está la Jerarquía: atando los cabos para producir un cambio sustancial en todas partes.

Bergoglio: corrompiendo la mente de los niños

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«La religión…sobre todo nos ayuda – todas las religiones, porque todas tienen un mandamiento que es común – a amar al prójimo. Y este “amar al prójimo” nos ayuda a todos para la paz.  Nos ayuda a todo a hacer la paz, a avanzar hacia la paz» (Vaticana en italianoVISZenitRadio Vaticana).

Todas las religiones tienen un mandamiento común: amar al prójimo.

Esta es la blasfemia dicha a los niños para sembrarles, en sus mentes, la herejía y la apostasía de la fe.

El amor, entendido en el lenguaje humano, es la base del falso ecumenismo. Un amor que no apela a una verdad, que no señala una verdad, que no guía hacia la verdad.

Es el concepto de amor que cada mente humana se inventa para darle al otro una vida sin sentido, sin finalidad divina, sin camino verdadero.

Trece preguntas, trece respuestas dignas de un protestante.

Pelear es «parte de la vida…pero, al final, lo importante es hacer la paz». No es no pelear; no es quitar ese pecado. No es practicar una virtud para no pelear. Bergoglio no enseña a los niños la vida de piedad, la vida virtuosa, en donde se encuentra la gracia, el don de la paz.

Bergoglio enseña a seguir peleándose, a seguir en el vicio, pero haciendo, al final, la paz: «Sí, discutimos, pero no acabar la jornada sin hacer la paz». Discutir es muy bueno: «A veces, yo tengo razón; el otro se ha equivocado, ¿cómo voy a pedir disculpas? No pido disculpas, pero hago un gesto». No practico un acto de humildad, no me humillo, aunque sepa que llevo razón. «No pido disculpas». Estoy con la cabeza muy alta, porque tengo razón. «Pero hago un gesto» para que «la amistad continúe».

Todo es cuestión de palabras, de gestos, de lenguaje humano apropiado. Nada es practicar las diferentes virtudes para no pelear. Es la pura soberbia lo que enseña a los niños: «Yo he pelado muchas veces, también ahora, me ‘caliento’ un poco, pero trato siempre de hacer las paces. Es humano pelear».

Es de hijos de Dios no pelear. El niño que quiera ir al cielo tiene que no pelear. Y si pelea, debe confesar su pecado. Debe arrepentirse de su pecado. Tiene que expiar su pecado. Bergoglio es incapaz de enseñar esto a los niños.

De esta manera, a base de gestos «se construye la paz cada día». La paz no es el orden divino en el alma; no es el fruto de una obra meritoria que el hombre realiza para gloria de Dios. «La paz es un producto artesanal. Se construye cada día con nuestro trabajo, con nuestra vida, con nuestro amor, con nuestra proximidad, con nuestro querernos bien».

La paz es un producto del hombre, artesanal, pero no es un don de Dios. Es un imperativo categórico: trabaja, vive tu vida, ama como quieras, sé tierno con los demás, haz el bien. La paz no es un homenaje del hombre a Dios, no es una obra que se da a Dios para merecer la paz. Es un homenaje al hombre, es una obra para el hombre, que se alcanza guiado por impulsos y por sentimientos humanos: tu vida, lo que sientas, lo que desees, lo que trabajes, lo que hagas…. No hay una verdad, no hay un camino, no hay una ley que cumplir. Es buscar una paz subjetiva. Es hacer obras que tengan sólo un valor social, cultural, político, pero que no aparezca en ellas ningún valor religioso y moral.

Esto es lo que enseña Bergoglio a los niños. Bergoglio es un trabajador incansable de la vida humana, pero es incapaz de hacer una obra que suponga un mérito para salvarse. No hace obras divinas. No sabe hacerlas porque no cree en la existencia de Dios. No hay religiosidad en Bergoglio. No hay moral. Sólo hay imperativos categóricos. Y, a base de esos imperativos, va construyendo su falsa espiritualidad.

Bergoglio no puede hablar del pecado: «Aquello que quita la paz es el no querernos bien». No es el pecado lo que impide que el alma esté en paz, en la gracia que da el don de la paz. Es el sentimiento del amor: «no querernos bien».

¿Qué es el bien y el mal para Bergoglio? Lo que cada uno tiene en su mente. Es el mal que cada uno se inventa: «Lo que quita la paz es el egoísmo, la envidia, la codicia, el coger las cosas del otro». Estos son males, pero no ofensas a Dios. Son males que la gente hace, pero «estar con la gente es bello, no quita la paz». La gente no peca. Es bello estar con la gente. La gente hace cosas malas. Y eso es lo malo, no la gente. La gente es bella, es santa, es justa, es sagrada. Pero, con su mente, hace cosas malas, que quitan la paz en la sociedad, en las culturas, en las familias, en las diferentes estructuras. Basta un gesto para estar de nuevo en paz, con la gente que es bella.

Así piensa este hombre. El mal siempre es algo estructural, no personal. Algo que el hombre se encuentra en su vida y cae en ello, porque es humano pecar, pelearse, equivocarse.

Bergoglio sólo expone, con sus palabras, la teoría de la justificación de Lutero: el hombre es bello, bueno, está justificado. Pero es imposible eliminar el pecado. Los hombres son santos, pero exteriormente: hacen obras buenas, se quieren unos a otros, viven la vida sin hacer daño a los demás. Pero los hombres no son formalmente justos. Cristo ha quitado el pecado, por lo tanto, el pecado no los condena más, pero permanece en los hombres: se siguen peleando, se siguen matando, etc…Hay que quitar esos males de la sociedad, pero los hombres siguen siendo bellos.

«¿Por qué las personas poderosas no ayudan a la escuela? Se puede hacer la pregunta un poco más grande: ¿Por qué tantas personas poderosas no quieren la paz? Porque viven en las guerras». Viven en su forma de vida: la guerra que da dinero. «Se gana más con la guerra. Se gana el dinero, pero se pierde la vida, se pierde la cultura, se pierde la educación, se pierden muchas cosas. Es por eso, que no la quieren».

La gente con poder, la de la clase alta, no quiere la paz porque quiere la guerra, que trae dinero y poder. El ataque a las clases altas es lo propio de una mente comunista. Ataca el sistema: «la industria de las armas: esto es lo grave». Pero no ataca el pecado personal de cada hombre con poder. Es la industria de las armas, es esa estructura, que está manejada por poderosos que sólo quieren dinero y más poder. Buscan el dinero, pero hacen un mal a la cultura, a la educación, a la vida del planeta. Son gente poderosa que no cuida el medio ambiente porque están cuidando su industria de las armas, su complejo atómico.

Todo es un enfrentamiento de estructuras: se pierde la cultura, hay una cultura de la muerte, una cultura del descarte, porque hay una industria, una cultura del armamento. Esto es siempre Bergoglio: el político, el comunista, el que llora por su estructura del bien común. Pero no sabe poner el dedo en la llaga. No sabe explicar por qué las personas poderosas no ayudan a la escuela. No sabe explicar el origen del mal. No sabe juzgar a las personas, enfrentarse a ellas. Ataca estructuras. Ataca la industria de las armas, pero no ataca a las personas que promueven esas industrias. De esta manera, queda bien con todo el mundo. Hace un discurso propio de un político demagógico. No tanta industria de las armas, más cultura del encuentro.

Por eso, no sabe responder a la pregunta más fácil de todas: «¿por qué sufren los niños?». Y este hombre se queda perplejo, porque no ha comprendido el origen del mal. Él lo ha anulado con su mente humana: el bien y el mal es un invento de la cabeza de cada hombre. Y, por eso, en su idealismo platónico, tiene que decir: «sólo se puede alzar los ojos al cielo y esperar una respuesta que no se encuentra». Un hombre lleno de sentimentalismo barato, de emociones vacías, de engaños a la masa que lo escucha.

Una respuesta que no se encuentra: la creación gime con dolores de parto porque espera la redención de la maldición del pecado que cayó sobre ella. He ahí la respuesta. Pero, Bergoglio no cree en el Dios que revela la verdad, que manifiesta las respuestas a los hombres. Bergoglio sólo cree en el dios de su mente. Y, por lo visto, ese dios no es tan sabio como parece: no tiene respuestas a algo tan evidente.

¿Por qué sufren los niños? Por sus pecados, por los pecados de otros, por el demonio que obra en todo hombre, por el mundo que no quiere a los niños.

Es así de sencilla la respuesta. Pero es imposible, para Bergoglio, dar esta respuesta. Se queda en su perplejidad y sólo atina a una cosa: «¿Qué puedo hacer yo porque un niño no sufra o sufra menos? ¡Estar cerca de él! La sociedad debe de tener centros de salud, de curación, centros también de ayuda paliativos para que los niños no sufran».

Estar cerca de él: besarlo, abrazarlo, darle un cariñito. Y que la sociedad ponga centros para que los niños no sufran.

Y Bergoglio no ha comprendido el problema de la vida: el sufrimiento que ningún centro de salud puede quitar, que ninguna caricia humana puede aliviar.

Bergoglio no habla a las almas de los niños. No les enseña la verdad del sufrimiento, porque no cree en la Obra Redentora de Cristo. No cree en el amor que es dolor, el amor que salva en el dolor, el amor que empuja a hacer una obra que merece el cielo por el sufrimiento que acarrea. Bergoglio no está en esta espiritualidad. Él sólo está en su comunismo, en su idea del bien común, del bien de una estructura que quite el sufrimiento y el dolor de la gente. Es el absurdo que se vende desde el Vaticano: ¿cómo quitar el dolor, el sufrimiento? Con un gesto, con una sonrisa, con un gobierno mundial que elimine el dolor de la vida de los hombres y así todos contentos, todos felices.

«Dios lo perdona todo»: Dios es tan bueno, tan misericordioso, tan manga ancha. «Somos nosotros los que no sabemos perdonar». Todo somos buenos ante Dios, pero no somos buenos ante los hombres. ¡Gran paradoja! Si Dios te ha perdonado, entonces has perdonado a tu hermano que te ha hecho mal. Pero si Dios no te ha perdonado, entonces el mal continúa sin expiación, produciendo más males.

La paradoja de Bergoglio: Dios te ha perdonado. Pero, ¿de qué te ha perdonado? De que el pecado no te condene más. Confía en Dios: Dios te ha perdonado. Cuanto más confíes en Dios, más Dios te salva. Cuanto más sientas que Dios te ha perdonado, más puedes hacer lo que quieras. Todo tu problema está en tu mente: no has perdonado al otro: «no saben perdonar al otro». No has alcanzado, con tu mente, la perfección de perdonar, la idea perfecta de perdonar, el concepto sublime de lo que es perdonar.

Y, he aquí a Bergoglio, que lo enseña: «es más fácil llenar las cárceles que ayudar a avanzar a quien se ha equivocado en la vida». No hay justicia en el camino del perdón que busca Bergoglio. No hay que llenar las cárceles de gente que ha hecho el mal. ¿Quién soy yo para juzgar al otro si busca a Dios, si Dios lo ha perdonado, lo ha salvado, si confía en Dios, si siente que Dios lo ha perdonado? No llenes cárceles. «¿La vía más fácil? Vamos a la cárcel. Y no existe el perdón».

Para Bergoglio, el perdón lo tiene que dar la sociedad, la estructura, no la persona. Por eso, «el perdón, ¿qué significa? ¿Estás caído? Álzate. Te ayudo a levantarte, a reinsertarte en la sociedad».

¿Ven, qué monstruosidad?

Hay que reinsertar en la sociedad a todos los asesinos, criminales, herejes, cismáticos, etc… Por eso, es necesario hacer una sociedad que acepte a toda esta calaña. En vez de tenerlos en las cárceles, cumpliendo una justicia merecida, hay que darles un gesto, un beso, un abrazo, una ayuda que no merecen.

Si el pecado no es una ofensa a Dios, entonces la justicia desparece en todos los sentidos, incluso en la sociedad. Y se va en busca de una sociedad perfecta en la que nadie juzgue a nadie, sino que se reinserte a todos sólo por ser una sociedad, una estructura modelo, en donde ya no hay pecado: los hombres han sabido, con sus mentes, cómo se perdona. Han llegado a esa perfección, a ese grado, en el cual perdonan e insertan, de nuevo, al que ha hecho mal en la sociedad. Porque los hombres son bellos: «estar con la gente es bello, no quita la paz». Estar con un asesino es bello. Estar con un hereje es bello. Estar con Lutero en el infierno es bello. Como no sabemos perdonar, entonces no conocemos esta belleza tan singular de las personas que viven todo el día obrando sus malditos pecados.

¡Qué monstruo es Bergoglio!

«Hay que ayudar a los demás a no permanecer caído. Y este es un trabajo muy difícil, porque es fácil desechar por la sociedad a una persona que ha hecho un error y condenarlo a muerte». Las cárceles son estructuras del descarte. No sirven porque no perdonan. Ahí hay gente que la sociedad no quiere, los descarta, porque la sociedad no sabe perdonar. Se anula toda justicia y queda la estupidez de la ternura, la idolatría del perdón.

Así como debes sentir que Dios te ha perdonado, así debes hacer sentir al otro que lo has perdonado: insértalo en tu vida, aunque siga haciendo todo el daño que quiera. No importa: aprende a perdonar cada vez a que te haga un daño. Que el que hace el daño ni pida perdón, ni caiga en la cuenta que ha hecho un daño, ni que se arrepienta de su maldad. Tú perdona y sólo así el otro recapacita. Fuera el arrepentimiento del pecado, porque el pecado sólo existe en la sociedad que fabrica estructuras donde la gente tiene que hacer un mal. Vamos a inventar la fábrica de la paz: fabriquemos una sociedad en la que no haya ningún mal porque todos saben perdonar al que hace un mal.

Esto lo que vende Bergoglio todos los días desde el Vaticano.

¡Qué asco de hombre! ¡Qué mente tan inútil! ¡Qué perversidad de hombre! ¡Cuánto sinvergüenza lo apoya, lo obedece, lo llama su papa!

Un hombre que no sabe enfrentarse a la persona que no quiere hacer la paz con él. Respeta a esa persona porque «tiene dentro de sí, no digo odio, sino un sentimiento contra mí… ¡Respetar!». Bergoglio respeta las ideas de los demás, sus sentimientos, sus vidas. Está abierto a los pensamientos de los demás, pero no los combate. No es capaz de juzgarlos. Los respeta. «No condenar nunca». Es la idea propia del fariseo, del hipócrita. Sabe que el otro le hace daño, pero lo respeta, le da una sonrisa; lo mira mal, pero le sigue respetando. «Yo también puedo hacer los mismos errores que ha hecho él». Yo también puedo tener ese sentimiento de no querer la paz. Hay que ayudar al otro respetándolo, no juzgándolo. No hay que apartarse de él. No hay que olvidarlo. No le pone un camino de justicia. No le hace sufrir. Lo respeta. Esto es propio de gente comodona, que sólo vive buscando su falsa paz, pero que no es capaz de poner un camino de justicia a aquellos que no quieren la paz. Es el quietismo propio de su confianza en Dios. Yo te respeto, que Dios arregle el asunto.

«Todos somos iguales –todos- , pero cuando no se reconoce esta verdad, cuando no se reconoce esta igualdad…esa sociedad es injusta». El pensamiento propio de un masón, que respeta la maldad que otro hace, pero que no la combate, no la juzga porque «todos tenemos los mismos derechos». Tienes el derecho de no buscar la paz conmigo. Te respeto. Eres igual a mí. Y aquel que no reconozca esto, aquel que meta en la cárcel al que adultera, al que roba, al que mata, entonces es injusto. Todos somos iguales. Aquella sociedad que no considere a los hombres como iguales, con derechos, entonces no es justa. Tienes derecho a pelearte, a equivocarte, a matar. Y el otro tiene obligación de saber perdonarte. Porque «todos somos iguales».

La idea masónica de ser dioses. Cada hombre es dios para sí mismo. Y todo está en saber vivir con los demás hombres, que también son dioses para sí mismos.

Y esta es la falsa justicia que predica este hombre: «donde no existe la justicia, no hay paz». Donde no existe una sociedad en la que todos somos iguales, con los mismos derechos, entonces no hay paz.

Y esta frase «donde no existe la justicia, no hay paz», fue coreada por los niños como si fuera un mantra.

¿Qué tiene en la cabeza este hombre?

Un gran desvarío mental. Una gran locura.

«Si oso alzar la voz contra los abusos, intentan cerrarme la boca con el pretexto de que yo, simple monje, no debo juzgar a los Obispos. Pero entonces, ¡ciérrenme también los ojos, para que no vea más lo que se me prohíbe denunciar!» (San Bernardo).

No se puede uno quedar callado ante las barbaridades de este hombre, porque «no todos los Obispos son Obispos. Piensa en Pedro, pero también piensa en Judas» (San Jerónimo).

Bergoglio no es Obispo. Y mucho menos Papa. Es sólo un lobo vestido de oveja que ha abierto a los enemigos de Dios las puertas de la Iglesia. Roma caerá en la más profunda apostasía de todos los tiempos, porque los católicos no quieren defender la Iglesia de Cristo de los herejes que la gobiernan. Se dedican a reunir firmas para que el hereje no cambie la doctrina. Eso es como pedirle al jefe de ISIS que no mate más personas. Una petición absurda porque se niegan a ver lo que es Bergoglio. Han quedado ciegos para siempre.

Las payasadas de Bergoglio a los jóvenes

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«La gran pregunta para todos» (ver texto):

¿Qué hace este usurpador en el Trono de Pedro?

¿A qué se dedica? ¿A entretener a las masa tibia y pervertida de los católicos?

«La gran pregunta para todos»:

¿Han caído en la cuenta que este hombre sólo está sediento de gloria humana?

¿De que sólo habla para que lo amen los hombres, para que lo idolatren?

¿Van a despertar los católicos o van a seguir llorando por este hombre?

¿No es su predicación, y su gran actuación, la conquista de la vanidad y el orgullo?

¿No conduce a los hombres a la vanidad de la vida?

¿No señala al hombre el orgullo de la vida?

«La gran pregunta para todos: ¿Por qué sufren los niños? ¿por qué sufren los niños?».

Única respuesta: porque existe el pecado como ofensa a Dios en todos los hombres.

Y no hay otra respuesta. No puede haberla.

Los niños sufren porque los niños pecan.

Los niños sufren porque los hombres pecan contra ellos.

Los niños sufren porque ni los niños ni los hombres aprenden a reparar sus malditos pecados.

Pero un comunista, es decir, aquel que busca el bien común social y que, por lo tanto, anula la propiedad privada, responde así:

«Solamente cuando Cristo lloró y fue capaz de llorar, entendió nuestros dramas»: Jesús vino a aprender de los hombres lo que es la vida. Y lo aprendió: llorando por los hombres. Y, por eso, levantó una estructura social para resolver las necesidades humanas de todo tipo.

¡Pura teología de la liberación! ¡Puro marxismo! ¡Pura herejía! ¡Pura apostasía de la fe!

Es lo que predica este hombre: un Jesús llorón, sentimental, idiota, del pueblo y para el pueblo, que se acomoda al pecado de los hombres y que vivió su vida para hacer una justicia social. Y los que le mataron hicieron con él una injusticia social. Por lo tanto, hay que bajar al pobre de la cruz, y hay que llorar por los problemas de los hombres para hacer una sola cosa:

«quiero animarles, como cristianos ciudadanos de este país, a que se entreguen con pasión y sinceridad a la gran tarea de la renovación de su sociedad y ayuden a construir un mundo mejor».

Renovar la sociedad: no conviertas tu corazón a Dios: no quites tu maldito pecado de la Presencia de Dios. Con tu mente humana, con tus ideas maravillosas, renueva la sociedad: mete el error en tu familia, en el trabajo, allí donde haya un hombre que viva su pecado: pon el orden de tu cabeza humana.

Un mundo mejor: el paraíso en la tierra.

¡Cómo engaña Bergoglio a los jóvenes! ¡Qué fácil es contarles fábulas a los jóvenes! ¡Cómo se dejan engañar los hombres por la palabra barata y blasfema de un bufón, de un PAYASO!

Este es el mensaje de este hombre llorón:

«Lloran los marginados, lloran aquellos que son dejados de lado, lloran los despreciados, pero aquellos que llevamos una vida más o menos sin necesidades no sabemos llorar».

¡Llora que te llora!

¡Qué gran discurso!

Los hombres lloran, sufren. ¡A llorar se ha dicho!

«no sabemos llorar»: el católico verdadero que llora  por sus malditos pecados personales, no sabe llorar.

El que hace oración y penitencia por sus pecados y por los de los demás: no sabe llorar.

Aquí el único que sabe llorar es Bergoglio. ¡Pero qué hombre! ¡Demos culto a este hombre que ha entendido el misterio del mal! ¡Besémosle su trasero!

¿Por qué los niños lloran? Porque los hombres no saben llorar.

¡Toma ya!

¡Qué inteligencia! ¡Qué hombre! ¡Qué portento de tío!

¡Esta es la herejía de este hombre!

Llora por el hombre, pero no llores tus pecados! ¡No hace falta! ¡Hay muchos marginados, muchos que pasan hambre, muchos inmigrantes, y hay mucha gente rica que no sabe llorar!

¡Justicia social! ¡Derechos humanos!¡Pamplinas comunistas que predica este idiota!

«Si vos no aprendes a llorar, no sos un buen cristiano».

¡Esto es todo para ser un buen cristiano! ¡Ponte a llorar!

¡Qué desgracia de sujeto para todo el mundo!

¿Y este llorón es jefe de una iglesia? ¿Lo llaman Papa porque llora mucho?

¡Es increíble cómo están los católicos ante este sinvergüenza!

¿Cómo se hace un joven sabio?

«el Evangelio nos propone un camino sereno, tranquilo: usar los tres lenguajes, el lenguaje de la mente, el lenguaje del corazón y el lenguaje de las manos. Y los tres lenguajes armoniosamente: lo que pensás, lo sentís y lo realizás».

Está hablando de su ley de la gradualidad: su fe masónica.

¿Cuál es el camino que propone el Evangelio para amar, para tener la sabiduría del cielo, para ser un joven sabio? LA CRUZ.

«que nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2, 2).

La sabiduría de la cruz, que no es lo que predica Bergoglio.

Bergoglio predica la sabiduría de los masones: el lenguaje: mente, corazón, manos. Y estas tres cosas en armonía: lo que piensas, si no los sientes, no lo hagas. Tú eres el rey palomo: tú te lo guisas, en tu entendimiento, en tu sentimiento de hombre, y tú te lo comes, tú lo obras.

¡Esto es el orgullo que predica Bergoglio!

¡Vanidad y orgullo!

Vanidad de la vida: tienes que estar en la vida de los demás, resolviendo sus muchos problemas, llorando con los hombres.

Orgullo de la vida: eres libre en tu pensamiento para hacer el bien que te inventas y el mal que creas en tu cabeza.

Y lo hizo repetir a todo el mundo, como un mantra:

«Pensar, sentir, hacer. En voz alta. Y todo esto armoniosamente».

Todo en la armonía de la ley de la gradualidad: según vayas evolucionando en tu pensamiento humano, entonces sentirás más finamente, llorarás más por los problema sociales, y así llegarás a realizar las obras de justicia social que este mundo requiere para ser un Paraíso en la tierra.

¡Hay que bajar al pobre de la cruz!

¡Hay que dar al hombre la felicidad de la resurrección en este mundo!

«El verdadero amor es amar y dejarme amar»: este es el invento del amor en la cabeza de Bergoglio.

¿Qué es amar?

«Si me amáis, guardaréis mis mandamientos» (Jn 14, 15).

Amar es cumplir con la ley de Dios; hacer Su Voluntad; darle al otro lo que Dios quiere, en Su Ley.

Por eso, quien ama así no puede pecar. Y es amado del Padre:

«El que recibe mis preceptos y los guarda, ése es el que me ama; el que me ama a mí será amado de mi Padre» (Jn 14, 21).

Para dejarse amar por Dios, por el Padre; primero guarda los mandamientos. Si no pecas, Dios te ama; el alma se deja amar por Dios. Es así de sencillo. Lo único difícil es quitar el pecado, luchar contra el pecado.

Pero, ¿cuál es la doctrina de este sinvergüenza, que no sabe lo que es el amor?

«Es más difícil dejarse amar que amar. Por eso es tan difícil llegar al amor perfecto de Dios, porque podemos amarlo, pero lo importante es dejarnos amar por él. El verdadero amor es abrirse a ese amor que está primero y que nos provoca una sorpresa. Si vos tenés sólo toda la información, estás cerrado a las sorpresas. El amor te abre a las sorpresas, el amor siempre es una sorpresa, porque supone un diálogo entre dos: entre el que ama y el que es amado. Y de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa. Dios nos sorprende. Dejémonos sorprender por Dios. Y no tengamos la psicología de la computadora de creer saberlo todo».

«Es más difícil dejarse amar».

¿Por qué?

Porque tenemos «la psicología de la computadora de creer saberlo todo».

Es más difícil dejarse amar por Dios porque el hombre no quita su pecado. ¡Eso es todo!

Pero Bergoglio está en la ley de la gradualidad, es decir, en el grado de la mente: «podemos amarlo, pero lo importante es dejarnos amar por él».

Podemos amarlo: como amar es: pensar, sentir y obrar; entonces puedes pensar algo y así amas a Dios. Pero si piensas tanto, entonces eres una computadora. Tienes mucha información. Y eso no te sirve. Porque, ¿quién es Dios?

«de Dios decimos que es el Dios de las sorpresas, porque él siempre nos amó primero y nos espera con una sorpresa».

¡Ven el cinismo de este hombre!

¡Cómo engaña!

Dios es el Dios de las sorpresas: hoy te dice una cosa y mañana se sorprende con lo contrario. El Dios de las sorpresas. Dios no es perfecto, no es inmutable, es del color como tu mente se lo invente.

Con este Dios de las sorpresas, toda doctrina cambia: no hay una verdad absoluta, sino que todo es el relativismo universal de la verdad.

¡Es el Dios de las sorpresas! ¡El dios de la ley de la gradualidad! En otras palabras: el culto a la mente del hombre.

«Dios nos amó primero y nos espera con una sorpresa»: ha anulado, ha reinterpretado la Palabra de Dios:

«En esto está la caridad, no en que nosotros hayamos amado a dios, sino en que Él nos amó y envió a Su Hijo, como víctima expiatoria de nuestros pecados». (1 Jn 4, 10).

Bergoglio anula al Hijo y pone su sorpresa.

En este texto de San Juan se formula la definición de Dios como caridad y como divina misericordia. Esta es la verdadera misericordia de Dios con el hombre: darle a Su Hijo para que expíe los pecados de todos los hombres.

Pero Bergoglio está en su fiesta social, en su verbena, en su gran payasada: las sorpresas de la mente humana en su evolución hacia el grado más perfecto de pensamiento. Ese grado de perfección, da un sentimiento perfecto al hombre y, por tanto, una obra justa, redimida, que es siempre a favor del hombre, del bien común, para hacer un nuevo gobierno mundial.

¡Qué pocos saben leer el pensamiento de Bergoglio! Todos se quedan con la boca abierta con su lenguaje barato y blasfemo!

«Pensemos en san Mateo. Era un buen comerciante. Además, traicionaba a su patria porque le cobraba los impuestos a los judíos para pagárselos a los romanos. Estaba lleno de plata y cobraba los impuestos».

¡Cómo calumnia a San Mateo!

«traicionaba a su patria»: el pecado social. Era un rico que no entendía a los pobres, que no lloraba por los pobres. Y además, robaba a su patria.

¿Dónde está el pecado de avaricia, de usura? No existe. Hay que reinterpretarlo. Es lo propio del comunismo, de la teología de la liberación. ¡No robes a tu patria! ¡Y menos no cobres impuestos a los judíos para dárselos a los romanos! ¡Lucha de clases! ¡Comunismo! ¡Bergoglio comunista! ¡Bergoglio marxista!

Mateo; un hombre lleno de plata y que cobraba impuestos. ¡Qué delito social! ¡Pobres los católicos ricos que sigan, que obedezcan a Bergoglio! ¡Los va a despellejar de su riqueza! ¡Bergoglio está obsesionado por la bolsa del dinero!

¿Cómo se convierte Mateo?

«la sorpresa de ser amado lo vence y sigue a Jesús».

Nunca Mateo contempló su pecado de avaricia; nunca se arrepintió de su pecado de avaricia. ¡Fue una sorpresa! ¡Anda, mi madre!

«Esa mañana, cuando Mateo fue al trabajo y se despidió de su mujer, nunca pensó que iba volver sin el dinero y apurado para decirle a su mujer que preparara un banquete. El banquete para aquel que lo había amado primero, que lo había sorprendido con algo muy importante, más importante que toda la plata que tenía».

¿No ven la fábula que cuenta para indicar que el amor de Dios es una sorpresa?

¿En dónde está la verdad en este cuento?

¿Qué moraleja tiene este cuento?

No dice nada. Jesús le dio una sorpresa y Mateo ya no tenía dinero ni para un banquete. ¡Qué cuento más malo! ¡Qué predicación más bochornosa!

¿Y los jóvenes aplaudiendo esta predicación?

¿A qué fueron los jóvenes a ese encuentro?

¿A escuchar la verdad? No.

A IDOLATRAR A UN HOMBRE VESTIDO DEL ROPAJE EXTERIOR DE UN PAPA.

Los hombres ya no quieren escuchar la verdad: se conforman con las fábulas que los payasos, como Bergoglio, les cuentan.

«Cada uno de nosotros escuchemos en silencio esta palabra de Jesús: Sólo te falta una cosa. ¿Qué cosa me falta? Para todos los que Jesús ama tanto porque dan tanto a los demás, yo les pregunto: ¿Vos dejás que los otros te den de esa otra riqueza que no tenés?».

¡Cómo tuerce la Palabra de Dios este hombre para su negocio comunista!

¡Es el negociante de la Verdad!

¡Es el destructor de la Verdad!

¡Es el que maquilla la Verdad con las ideas maquiavélicas de su cabeza, dominada  en todo, por el demonio. Bergoglio es un hombre poseído, en su mente humana, por el demonio. ¡Es un satanás!

Satanás es el demonio de la mente. Donde está la soberbia, allí está Satanás. Donde está el orgullo, allí está Lucifer. Donde está la lujuria, allí está Belcebú.

En la boca de Bergoglio: la palabra de Satanás;

En la vida de Bergoglio: la lujuria de Belcebú;

En las obras de Bergoglio: el orgullo de Lucifer.

¿Qué le dice Jesús al joven rico?

«vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme» (Mc 10, 21).

Cuando el alma, en su pecado de avaricia, se apega demasiado a sus bienes materiales, entonces tiene que hacer penitencia, expiar su pecado dando limosnas. Y no cualquier limosna, porque está apegado al dinero, al bien material. Y para quitar ese apego, el único remedio, desprenderse de lo material. Pero con un fín: la salvación del alma. No con un fin humano: no para dar de comer al que tiene hambre; o para hacer feliz al que no tiene en lo material. Es para un fin divino: seguir a Jesús. Porque:

«¿Qué aprovecha al hombre ganar el mundo si pierde su alma? ¿O qué podrá dar el hombre a cambio de su alma?» (Mt 16, 26).

¿Qué enseña este pendejo?

«Los saduceos, los doctores de la ley de la época de Jesús daban mucho al pueblo: le daban la ley, le enseñaban, pero nunca dejaron que el pueblo les diera algo. Tuvo que venir Jesús para dejarse conmover por el pueblo ¡Cuántos jóvenes, no lo digo de vos, pero cuántos jóvenes como vos que hay aquí saben dar, pero todavía no aprendieron a recibir! Sólo te falta una cosa. Hazte mendigo. Esto es lo que nos falta: aprender a mendigar de aquellos a quienes damos. Esto no es fácil de entender».

Encima dice: «esto es no es fácil de entender».

¿Cómo va a ser fácil de entender tu idea masónica si el Evangelio es claro?

¡Jesús no le dice al joven rico: hazte mendigo!

¡Dios mío!

¿Acaso están ciegos los católicos para no ver el comunismo, la teología de la liberación de este insensato?

¿Qué cosa más tiene que hablar este ignorante de la Sagrada Escritura para que los católicos abran sus ojos a la verdad!

¡Bergoglio no es Papa! ¡No habla como un Papa! ¡No es la Voz de Cristo en la Iglesia! ¡No es capaz de enseñar la verdad que Jesús enseñó al joven rico! ¡Ha cambiado la doctrina de Cristo!

¡Bergoglio dice: hazte mendigo!

Y Jesús dice:

«¡El que quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame!» (Mt 16, 24)

Pero, ¿quién se cree que es Bergoglio para cambiar el Evangelio de Cristo?

«Aprender a mendigar de aquello a quienes damos».

¿Caen en la cuenta de la gravísima herejía?

Le doy dinero a un pobre; entonces tengo que mendigar de él una idea para mi vida.

¡Esto es el panenteísmo! ¡Todos estamos en Dios! Luego, todos nos necesitamos unos a otros para formar la armonía de la creación, el orden ideal, en donde haya paz, ternura para todos y pan para los estómagos. Que haya una justicia social en donde no se vea ninguna maldad social entre los hombres. Para eso, doy al que no tiene, y recibo algo de él, para poder comprender su vida y así ayudarle en su vida.

«Aprender a recibir de la humildad de los que ayudamos. Aprender a ser evangelizados por los pobres. Las personas a quienes ayudamos, pobres, enfermos, huérfanos, tienen mucho que darnos».

Al negar el pecado como ofensa a Dios, sólo queda el pecado social. Por lo tanto, hay que resolver los problemas de los demás: ayudando; evangelizando el evangelio de la alegría.

Pero no hay que decirle al pobre, al hombre que quite su pecado, que se convierta. No existe el pecado. Sólo el pecado social. Una vez que ayudo materialmente al otro, hace falta algo más para construir una sociedad perfecta: entonces escucha lo que el otro tiene que decirte para tu vida. Tolera su vida, su error, su idea y permite que no esté en la clase social baja. Súbelo de categoría. Porque la propiedad privada es una función social: es para hacer esto.

¡Ven: qué maestro en engañar es Bergoglio!

Es la idea masónica:

«¿Me hago mendigo y pido también eso? ¿O soy suficiente y solamente voy a dar? Vos que vivís dando siempre y crees que no tenés necesidad de nada, ¿sabés que sos un pobre tipo? ¿sabés que tenés mucha pobreza y necesitás que te den? ¿Te dejás evangelizar por los pobres, por los enfermos, por aquellos que ayudás?».

La realidad es una cosa: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica, sino un falsario.

Falsea el Evangelio de Cristo; falsea el Papado de la Iglesia; falsea la vida eclesial de los fieles.

Es un lobo que se viste de Papa para condenar a muchas almas.

Hay que dejarlo que siga en su pecado, porque es libre de pecar y de condenarse.

Pero no hay que seguirlo en nada. Hay que combatirlo totalmente, poniendo en ridículo su falsa doctrina, que es sólo para aquellos que se dejan engañar por sus palabras.

La Verdad, por sí misma, se revela, se descubre. No haría falta hacer todo esto; pero los hombres siempre necesitan de una palabra de verdad. Y, por eso, se hacen estos escritos: no para convertir a nadie, sino para dar testimonio de la Verdad, duela a quien duela.

Como todos tienen miedo de hablar claro: Bergoglio no es Papa; entonces, se da testimonio de esta verdad. Y esto es ser de Cristo. Esto es construir la Iglesia. Callar, someterse a Bergoglio es destruir la Iglesia.

Sólo te hace falta una cosa: imitar a Cristo. Ser otro Cristo. Y Cristo sólo nació y vino para una cosa:

«Yo para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la Verdad; todo el que es de la Verdad oye Mi Voz» (Jn 18, 17).

Muchos, al leer estos escritos, dirán, como Pilato: «¿Y qué es la verdad?». Y seguirán sus vidas, sin comprender que la verdad de la Iglesia está, en la actualidad, en no seguir a Bergoglio, en no tenerlo como Papa.

Quien siga esta verdad, que es absoluta, entonces sabe cómo caminar en la Iglesia en medio de lobos, que son toda esa Jerarquía que apesta, porque están obedeciendo a un hombre sin fe y sin verdad en su corazón.

Entre risas y esperpentos de la Jerarquía, las almas van al fuego del infierno

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«No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22).

Si los hombres creyeran en la Palabra de Dios, entonces no serían homosexuales, ni lesbianas, ni bestias, sino hombres para una mujer y mujeres para un hombre.

No hay católicos homosexuales; no hay cristianos homosexuales; no hay hijos de Dios homosexuales. Hay sólo demonios encarnados: sodomitas.

El homosexual ha perdido, no sólo la inteligencia espiritual y racional, sino también la natural. Es decir, es peor que un animal. Una bestia, en su naturaleza, nunca se une a otra del mismo sexo. Su ley natural se lo impide. Su instinto se lo impide. Su inteligencia sensible se lo impide.

El pecado de fornicación es un acto racional de la naturaleza humana, es un pecado natural, que no transforma al hombre en algo abominable. Pero el pecado de sodomía es un acto en contra de la naturaleza humana, que hace que el hombre sea un ser abominable: ya no es un hombre, sino un demonio encarnado. Y es un acto irracional, sin inteligencia humana. Es un acto guiado, en todo, por la mente del demonio en la persona homosexual. Por eso, es necesario hacer muchos exorcismos para sacar al demonio de un hombre o de una mujer que vive su sodomía, su abominación en el cuerpo.

Fornicar es algo propio del cuerpo; pero juntarse a otro hombre es algo propio del demonio que posee ese cuerpo. Es el demonio el que guía a un homosexual. No es el hombre el que elige esa vida. El hombre homosexual está poseído por el demonio, que le obliga a vivir una vida que no es suya, que es abominable, porque es la propia de un demonio en el infierno.

El hombre, que se une a otro hombre, o que penetra a una mujer por el vaso indebido, no sólo peca, sino que comete un acto en contra de su misma naturaleza humana. Va contra natura. Y eso es la abominación. Va contra el orden que Dios ha puesto en su naturaleza humana. Es un orden natural, que viene del orden divino.

Un animal nunca comete un acto contra natura, nunca se pone por encima de su naturaleza. Sólo el hombre puede cometerlo. Sólo el hombre se atreve a ponerse por encima de su naturaleza parar creerse otra cosa de lo que realmente es. El acto sodomítico es un acto de idolatría de sí mismo. Se idolatra el cuerpo como cuerpo. Se da culto a la carne como carne, como órgano físico. Y, cuando el hombre ensalza ese pecado, lo justifica ante la sociedad, lucha para poner un derecho, una ley que le permita vivir su pecado de abominación, entonces ha cometido la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y todo aquel que apoye a un homosexual en su vida abominable, que le ponga un camino para que tenga derechos en la sociedad, también comete el mismo pecado contra el Espíritu Santo. Todo aquel que no juzgue al homosexual, camina hacia el pecado contra el Espíritu Santo.

Dios ha enseñado lo que es un homosexual, para que el hombre aprenda de la Palabra de Dios y viva de acuerdo a esa Palabra. Viva rectamente su vida humana. Pero son muchos los que quieren vivir una vida de abominación: el orgullo de ser distintos a los demás porque así se concibe en la mente. El culto a la sodomía es el culto a la mente del demonio.

Todos los hombres, con sus bocas dicen que creen en Dios, que aman a Dios, que sirven a Dios y, después, no viven como Dios ha enseñado. Son muy pocos los hombres que, en la realidad de sus vidas humanas, cumplan con los mandamientos de Dios. Cada uno vive como le parece y hace de la sociedad otra Sodoma y Gomorra.
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Ni siquiera, entre la Jerarquía, hay sacerdotes, Obispos y Cardenales, que ataquen convenientemente el mundo de los homosexuales, que es un mundo demoníaco, sino que los dejan estar y, por eso, cada día, tienen más fuerza, porque no hay nadie que combata este pecado contra natura, esta plaga abominable. Hoy los sacerdotes ya no exorcizan sino que se han vueltos psicólogos y psiquiatras. Todo quieren resolverlo con su inútil cabeza humana.

¡Cuántos sacerdotes ya están enseñando a ser homosexuales; ya están bautizando a hijos de parejas homosexuales; ya están viviendo como sodomitas! Y lo hacen con la aprobación de la misma Jerarquía de la Iglesia. Es la abominación en la Iglesia. Es el esperpento entre los hombres. Es decirle no a Dios, claramente, y, por consiguiente, estar en la Iglesia para una sola cosa: condenarse y condenar al infierno.

Y, si desde el gobierno de los herejes y de los sodomitas, que guía actualmente a la Iglesia, se sienta uno que aplaude al homosexual y, después, tiene la osadía de juzgar a una Jerarquía que ha cometido el pecado de abuso sexual contra los niños, entonces es claro que estamos ante un mundo boca abajo. Estamos ante una Iglesia que ha caído en lo más bajo: reconocer al homosexual como un bien para la Iglesia y para la sociedad. Eso es llevar a toda la Iglesia hacia la Apostasía de la fe.

Francisco: ¿no juzgas al homosexual y juzgas a sacerdotes que son pederastas? ¡Has perdido la cabeza! No juzgas al homosexual, porque son hombres en el mundo, porque viven buscando el mundo, porque te agradan los homosexuales; y juzgas al sacerdote, porque es una Jerarquía en la Iglesia, porque vive buscando a Dios, porque odias el sacerdocio de Cristo. Conclusión: juzgas para destruir la Iglesia. Y no tiene otro sentido tus lágrimas sobre esos niños maltratados. Te conviene juzgar al clero pederasta porque estás en la Iglesia para destruirlo todo. Pero no te conviene juzgar a los homosexuales, porque no quieres destruir el mundo, sino que quieres construir un gobierno mundial con todos los homosexuales. Quieres construir un esperpento, una abominación. Es decir, amas el mundo, pero odias la Iglesia. Amas el pecado y odias la Verdad. Y, por eso, tu juicio es una abominación en la Iglesia. Tus palabras son una abominación en todo el mundo. Tus lágrimas son de cocodrilo.

«Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón» (texto). Esta es la palabra de un hombre sin juicio, de un hombre que ha convertido la Silla de Pedro en una gloria humana, en un sitio para enseñar las vergüenzas del mundo.

¿Pides perdón por los pecados del clero y no pides perdón por levantar la bandera moral de los homosexuales? ¿No pides perdón por llevar una pulsera que escandaliza a los pequeños en la Iglesia ¿No sabes que llevándola te unes a la vida de cada persona homosexual? ¿No sabes que aplaudiendo la vida de un homosexual te conviertes en uno de ellos?

¿Pides perdón por el pecado de la Jerarquía y no pides perdón por haber dicho: no soy quién para juzgar a los homosexuales? ¿Qué significan tus palabras? ¿Quién puede dar crédito a lo que hablas en la Iglesia si exaltas el pecado de un homosexual y corriges el pecado de una Jerarquía que peca? ¿Por qué tienes acepción de personas? ¿No sabes que eso es un pecado mucho mayor que el que comete la Jerarquía cuando abusa sexualmente de los niños? ¿No sabes que juzgar a unos, porque así lo pienso, y no juzgar a otros porque así lo pienso, es una blasfemia contra el Espíritu Santo? Pones tu mente como el ideal de la justicia, como la medida de toda justicia. Eso es blasfemar contra Dios. Eso es blasfemar contra la Mente de Dios, contra la Mente de Cristo. Si no sabes juzgar según la Palabra de Dios, entonces cállate para no cometer el pecado contra el Espíritu. El hombre que juzga en Dios, arremete contra los homosexuales y contra la Jerarquía que peca. Pero el hombre que juzga en los hombres, que juzga según su medida humana, entonces tiene acepción de personas y pone su juicio como dios.

¿Pides perdón a Dios, que te enseña a juzgar a los homosexuales como abominación, haciendo una oración en la que muestras tu sodomía a Dios, tu amor al pecado de abominación de los homosexuales?

Si no juzgas a los homosexuales como tales, como abominación, es que eres otro homosexual. Y si te atreves a clamar a Dios por las víctimas de los abusos sexuales del clero contra los niños, ¿qué crees que te va a contestar Dios? ¿Crees que tu oración la escucha Dios, si no eres capaz de escuchar Su Palabra ni vivirla? ¿Es tu palabra humana más importante que la Palabra Divina? ¿Te crees con derecho de pedir a Dios perdón cuando no haces caso de la Palabra de Dios, para juzgar rectamente el pecado y al pecador? Pero, ¿quién te crees que eres? Pon tu cabeza en el suelo, humíllate y reconoce tu pecado primero. Y, después, pide perdón a Dios por los pecados de los otros. Pero nunca sabrás humillarte porque sólo has aprendido a ensalzarte a ti mismo. .Si no dices que hay que juzgar al homosexual, entonces no pidas perdón a Dios por los pecados de otros.

Estás mostrando tu sodomía al mundo y a la Iglesia. Pides perdón, por la sed de gloria que tienes del mundo. Buscas el aplauso de los hombres, que te digan: ¡por fin, alguien en la Iglesia ha hablado contra ese pecado! Sólo esto buscas, Francisco. Por eso, tus lágrimas, en esa Misa que celebraste, son tu condenación en la Iglesia. Son tu abominación en la Iglesia.

Los homosexuales se están condenando al infierno por culpa de tus palabras: no soy quien para juzgarlos. Y, ahora, ¿vienes pidiendo perdón a Dios por el pecado de un clero? ¡Por favor, Francisco, basta ya de fariseísmo, de hipocresía, de querer dar una de cal y otra de arena! Te quitas la careta, de una vez, y dices que eres homosexual, y todos tan contentos.

No se puede ser homosexual, impuro, lujurioso, con los homosexuales; y ser un santo, poner carita de casto, de pureza angélica, con el clero homosexual. No se puede, Francisco.

La gente ya no sabe ver lo que es Francisco: se lo traga todo. Está viendo a Francisco en versión política: ahora, conviene ir de la mano de un hombre y defender a los homosexuales; después conviene atacar duramente al clero homosexual. ¿Quién te cree, Francisco? Sólo los idiotas que te obedecen.

«Pido esta ayuda para que me ayuden a asegurar de que disponemos de las mejores políticas y procedimientos en la Iglesia Universal para la protección de menores y para la capacitación de personal de la Iglesia en la implementación de dichas políticas y procedimientos. Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¡Qué supina idiotez es la que muestra aquí Francisco!

La Iglesia no está para proteger a los menores ni para capacitar al personal en políticas, en procedimientos, en psicologías, en psiquiatrías, para quitar el pecado. ¡Pobrecitos los que sigan la mente de este energúmeno!

Se quita el pecado del clero atacando el pecado de lujuria, el pecado de sodomía, el pecado de bestialidad. Hay que enseñar al clero cómo se combate contra los demonios de la carne. ¿Sabes hacer eso, Francisco? No lo sabes, porque no crees en el demonio. Para ti, estos pecados del clero son cosa de la mente, un asunto psiquiátrico. Pero no son un asunto espiritual. Y, por eso, hablas de políticas, de procedimientos humanos, para no hacer nada en la Iglesia.

¡Qué absurdas son tus palabras: »Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¿Sabes cómo se quitan estos pecados en la Iglesia? Con oración y con penitencia. Con una vida de castidad. Con el empleo de métodos espirituales, en los que el cuerpo sufre para que no siga el deleite carnal? ¿Has predicado esto en esa Santa Misa? Por supuesto, que no. Porque ya no crees en la Cruz de Cristo, sino que sólo crees en tus filosofías humanas, en tus psiquiatrías, en tus obras humanas en la Iglesia.

¡Cómo engaña Francisco a toda la Iglesia! ¡Qué bien lo hace!

«Agradezco este encuentro. Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores». ¡Cómo te gusta ensalzarte, Francisco! Pero si eres un cegato y no eres capaz de ver el camino de la Misericordia. Pero si no sabes lo que es el amor misericordioso. La Misericordia exige al hombre quitar su pecado. Y tú, Francisco, exiges al hombre que siga en su pecado, que ame su pecado, que exalte su pecado. ¡Pero qué palabritas más hermosas y más blasfemas! ¡Cómo te gusta tu lenguaje humano! ¡Cómo te gusta que le gente diga: es que Francisco ha atacado al clero que peca!

¿Valiente, tú, Francisco? Eres un maldito cobarde, porque no sabes hablar con la Verdad en tu boca. La Verdad no te guía en tu vida, sino que tienes un demonio que te muestra el camino para condenar las almas en la Iglesia. Y eso es lo que cada día haces en esa Roma pervertida, que ya no pertenece a Dios, sino a tu padre, el demonio.

Estamos en la Iglesia para salvar almas, no para condenarlas. Y, por eso, estamos en la Iglesia para odiar al pecador y al pecado: «al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor» (Salm 5, 7). Hoy, en la Iglesia, está la doctrina de que hay que amar al pecador, pero odiar su pecado. Y esto es un error. Hoy nadie quiere hablar con la Palabra de Dios. Todos hablan con sus lenguajes humanos: con sus interpretaciones de la Palabra de Dios.

Dios odia el pecado y al hombre que vive en su pecado: «odias a todos los obradores de la maldad» (Salm 5, 6)). Dios no puede amar al hombre si, primero, no lo saca de su pecado. Y para eso es la Misericordia: una mano del Señor para que el hombre atienda a su pecado, luche contra él y sea digno del amor de Dios. Una vez que el hombre ha batallado, de forma conveniente, contra su pecado, Dios le muestra el camino de la santificación, que es el camino del amor divino, no de la misericordia.
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La gente no sabe hablar, hoy día, de nada en la Iglesia: confunden la Misericordia con el Amor de Dios. Y, por eso, la Iglesia, siguiendo a Francisco, se ha hecho protestante y comunista: es decir, se predica una misericordia falsa, que sólo sirve para condenar a las almas. Una misericordia sin verdad, porque Dios todo lo perdona y se está en la Iglesia para llenar estómagos de la gente, no para salvarla.

Estamos en la Iglesia para odiar a Francisco y a su pecado. Y, por lo tanto, para odiar a todos aquellos que siguen, que obedecen, que trabajan para Francisco. No estamos en la Iglesia para hacer un doctrina de campanillas: te digo que eres hereje, pero te abrazo.

Estamos en la Iglesia para hablar como habla Dios a los hombres: con justicia y con misericordia. En Dios, no hay ternuritas, cariñitos, sentimentalismos baratos, besitos, abrazos.

La Virgen María no es la Virgen de la tierna misericordia como dice ese rufián. Es la Madre de Dios que juzga a Sus Hijos y les señala un camino de Misericordia para que puedan transformarse en Su Hijo. Y aquellos hijos que no quieran ese camino, la Virgen los manda al infierno, porque Ella es la Reina junto al Rey: tiene poder para salvar y para condenar. No es una criaturita más. Es la Madre de Dios. Y terrible castigo es el que da a los sodomitas, porque Ella no ha engendrado a los sacerdotes para que sean sodomitas, para que enseñen a ser homosexuales a las almas. Ella ha engendrado a los sacerdotes para salvar las almas de los sodomitas del demonio. Por eso, las lágrimas de la Virgen son abundantes, porque tiene que condenar a Sus Hijos predilectos al infierno.

Hoy la Virgen María no tiene sacerdotes que la amen como Madre de Dios. Ve, con tristeza, a tantos sacerdotes que la odian con sus palabras humanas. Sacerdotes que ya no saben rezar el Rosario ni, por tanto, saben crucificarse con Su Hijo en la Cruz de sus sacerdocios. Son sacerdotes para el mundo, pero no para la Madre de Dios. La Virgen María quiere sacerdotes puros, inmaculados, no lujuriosos, no dados a la vida del mundo y de la profanidad.

¡Qué gran desencanto para la Madre de Dios ver una Iglesia perdida en la sodomía! ¡Cómo llora esa Madre y no hay consuelo para Ella!
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Roma se ha separado de Cristo y de Su Iglesia

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«Esta historia, o «prehistoria» de la Iglesia, ya se encuentra en las páginas del Antiguo Testamento» (texto).

Francisco está negando las profecías mesiánicas referidas a Jesús en el Antiguo Testamento. Decir que en las páginas del AT se encuentra la prehistoria de la Iglesia es negar la Revelación, es negar la Palabra de Dios: «escrudiñáis las Escrituras, ya que en ellas creéis tener la vida eterna, pues ellas dan testimonio de mí» (Jn 5,39). Las páginas del AT dan testimonio de Cristo, no de la historia de la Iglesia

En las profecías del AT se halla una imagen de Cristo, del Mesías, no de la Iglesia. Cada profeta aporta un rasgo distinto de la vida de Jesucristo. Y reuniendo a todos los profetas surge la figura completa y patente de Jesucristo. El AT habla sólo de Jesucristo y, por tanto, del Reino que el Mesías va a predicar, un Reino Espiritual, Glorioso, nunca humano o material.

Francisco es como aquellos discípulos que el Señor decía: «hombres sin inteligencia y tardos de corazón para creer todo lo que vaticinaron los profetas» (Lc 24,25). No cree en la profecía, no cree en el Espíritu de la profecía, sino que lee el AT con su inteligencia, con su filosofía y, por tanto, anula la verdad que la Palabra de Dios da en esas profecías.

En la Iglesia «tenemos aún algo más firme, a saber, la palabra profética, a la cual muy bien hacéis en atender, como a lámpara que luce en lugar tenebroso…» (2 Pe 1,19). En la Iglesia Católica no nos hace falta la inteligencia de Francisco para ser Iglesia, para comprender a Cristo. Francisco no tiene ninguna inteligencia divina. Su palabra es la de un bastardo que no ha comprendido, con su mente humana, la Verdad, sino que divide, de muchas maneras, lo que nunca se puede dividir: el Pensamiento de Dios.

Dios, cuando revela Su Mente, el hombre tiene que abajarse -en su intelecto- para comprender la verdad que viene de esa Inteligencia divina. Si el hombre quita o a añade algo a la Revelación de Dios, automáticamente se pone fuera de la Verdad, y ya no cree a Dios que Revela, sino que cree sólo a su inteligencia humana, a su discurso humano, a su lenguaje de hombre.

«Hemos escuchado el libro del Génesis, Dios escogió a Abraham, nuestro padre en la fe, y le pidió que se marchara, que abandonara su patria natal y se fuera hacia otra tierra que Él le mostraría (cf. Gn 12,1-9). Y en esta vocación Dios no llamó a Abraham solo, como individuo, sino que desde el principio implicó a su familia, a sus familiares y a todos los que estaban al servicio en su casa». Nada dice Francisco de lo que significa esta profecía, sino que pone el énfasis en lo humano y dice una completa herejía: Dios no llamó a Abraham solo sino también a su familia. Esto es hablar sin sabiduría divina, esto no es exponer la doctrina del Reino de Dios, sino la doctrina de su comunismo en la Iglesia, en el Reino de Dios.

Hay muchas promesas al Patriarca Abraham, las cuales muestran la universalidad en una salvación futura. Dan a entender la Fe en el Mesías, que viene para salvar:

El texto del Génesis 12,2s, al que alude Francisco, contiene siete miembros (para dar a entender -incluso en el número- la universalidad de los bienes), la bendición de Dios a Abraham:

1. «Yo te haré un gran pueblo» [que será numeroso: «te bendeciré largamente y multiplicaré grandemente tu descendencia, como las estrellas del cielo y como las arenas de las orillas del mar, y se adueñará tu descendencia de las puertas de sus enemigos» (Gn 22,17)]

2. «te bendeciré» [también en lo material: «Bendijo Yavé por José la casa de Putifar, y derramó Yavé su bendición sobre todo cuanto tenía en casa y en el campo» (Gn 39,5)]

3. «y engrandeceré tu nombre» [que será glorioso: «por lo cual Dios lo exaltó y le otorgó un Nombre sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp. 2, 9-10) ]

4. «que será una bendición» [«Bendito el que viene, el Rey, en Nombre del Señor. Paz en el Cielo y Gloria en las alturas» (Lc 19, 39 ]

5. «Y bendeciré a los que te bendigan» [«Después de la muerte de Abrahám, Dios bendijo a Isaac, su hijo» (Gn 25, 11)]

6. «y maldeciré a los que te maldigan» [«E Isaías clama de Israel: Aunque fuera el número de los hijos de Israel como la arena del mal, sólo un resto será salvo, porque el Señor ejecutará sobre la tierra un juicio consumado y decisivo (Is 10, 22s)» (Rom 9, 27]

7. «y serán bendecida en ti todas las familias de la tierra».

La razón de todas estas bendiciones es el Mesías, que de Abraham nacerá. Y ese Mesías es el que predicará el Reino escatológico, el Reino de Dios, fundando Su Iglesia.

La razón de esas bendiciones no es el comienzo de la Iglesia, no es el comienzo del pueblo de Dios, sino el inicio de la fe, por la cual Abraham es justificado: «Abraham, contra toda esperanza, creyó que había de ser padre de muchas naciones (…) y no flaqueó en la fe (…) sino que ante la promesa de Dios no vaciló, dejándose llevar de la incredulidad, antes, fortalecido por la fe, dio gloria a Dios (…) y por esto le fue computado a justicia» (Rom 4, 18.19.20.22).

Con Abraham, Dios inicia la fe del hombre, no de un pueblo. El hombre tiene que aprender a creer en la Palabra de Dios. Dios da a Abraham el don de la fe. No le da unos mandamientos, unas leyes, sino la fe en el Dios que se Revela a Sí Mismo. Porque sin fe no es posible cumplir con los mandamientos de Dios. Una vez que el hombre cree en Dios, se abre a Dios, es cuando comienza a obrar la Voluntad de Dios, que son los mandamientos.

Y esta fe, Dios se la da sólo a Abraham, no a sus hijos, no a su familia. Ellos, bendiciendo a Abraham, tienen la misma fe; siguiendo el camino que Dios le ponía a Abraham, los demás consiguen la fe y son justificados por esa fe.

La fe se da a cada alma, no a una familia, no a una sociedad, no a un grupo de gentes. La fe se inicia en cada uno, en cada corazón. Y según sea la fe en cada alma, así será la familia, la comunidad de personas, la Iglesia.

Como Francisco niega que la Iglesia tenga un fin en sí misma (= «la Iglesia no es una institución con finalidad en sí misma»), entonces tiene que negar el origen sobrenatural de Ella, y decir: «Está fundada por Jesús, pero es un pueblo con una larga historia a sus espaldas y una preparación que comenzó mucho antes que Cristo mismo». Es decir, tiene que ponerse a buscar el origen natural de la Iglesia, el origen histórico, el origen en el cual el hombre pensó en la Iglesia, negando así toda Revelación sobre Cristo y sobre la Iglesia. No sabe discernir en el AT lo que pertenece al pueblo de Dios, lo que es del Mesías y lo que es del Reino de Dios. Todo es uno en su mente humana.

Jesús fundó Su Iglesia en Pedro. Y, por tanto, la Iglesia no nace ni con Adán, ni con Abraham, ni con Moisés, ni con ninguno de los Profetas. No existe una prehistoria de la Iglesia, como falsamente enseña Francisco. Existe la Revelación de Dios al hombre. Dios es el que se Revela, el que se da a conocer al hombre y forma Su Pueblo. Ese Pueblo no es la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Son dos cosas totalmente diferentes. Es el Pueblo de la fe en Abraham, pero no es el Pueblo del Reino Escatológico que Cristo va a predicar en su vida humana.

a. «El primer hecho importante es éste: comenzando con Abraham, Dios forma un pueblo para que lleve su bendición a todas las familias de la tierra. Y dentro de este pueblo nació Jesús. Es Dios que hace este pueblo, esta historia, la Iglesia en camino. Y ahí nace Jesús: en este pueblo». Esta su herejía consiste en poner a Jesús como miembro espiritual del Pueblo de Dios, que es ya –en su mente- la Iglesia. Gran herejía.

Jesús tiene una existencia histórica, nace en Nazaret, de una Virgen, de la estirpe de David, ha «nacido bajo la ley» (Gál 4, 4):«los israelitas, cuya es la adopción, y la gloria, y las alianzas, y la legislación, y el culto y las promesas; cuyos son los patriarcas y de quienes según la carne procede Cristo» (Rom 9, 4-5). Jesús, carnalmente, pertenece al pueblo de Israel

Pero Jesús no nace en esa «iglesia en camino». Dios se revela a Abraham, pero no para fundar una Iglesia. Dios hace salir a Abraham de su tierra, pero no para fundar una Iglesia. Abraham camina hacia la Tierra Prometida, pero no se inicia –en ese camino- la Iglesia, como dice Francisco: «Después, una vez en camino – sí, así comenzó a caminar la Iglesia». Gravísima herejía. La Iglesia no camina con Abrahán. La Iglesia camina con Jesucristo:

Jesús no sólo predicó el Reino de Dios, sino que abrogó toda la economía religiosa del Antiguo Testamento y la substituyó por Su Iglesia: «mientras que ahora, por Cristo Jesús, los que un tiempo estaban lejos, habéis sido acercados por la Sangre de Cristo; pues Él es nuestra Paz, que hizo de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la Enemistad; anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos, para hacer en Sí Mismo de los dos un solo Hombre Nuevo, y estableciendo la Paz, y reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» (Ef 2, 13-16).

Estas palabras del Apóstol revelan:

i. Jesús instituye una nueva Alianza en Su Sangre (= «habéis sido acercados por la Sangre de Cristo»). Y, por tanto, abroga la Antigua Alianza que Dios, por medio de Moisés, había pactado con el pueblo de Israel en la sangre de las víctimas (Ex 24, 5-8).

ii. El Antiguo Testamento queda abrogado por la muerte de Cristo (= «anulando en Su Carne la Ley de los mandamientos formulada en decretos» ).

iii. Jesús es el Hombre Nuevo y pone Su Iglesia como lugar de reconciliación con el Padre (= «reconciliándonos a ambos en un solo Cuerpo con Dios, por la Cruz, dando muerte en Sí Mismo a la Enemistad» ). La Iglesia nace en la Cruz. No nace en Abraham. No camina con Abraham. La Iglesia camina con el Crucificado, en Su Cruz, desde Su Cruz, por Su Cruz.

Este punto es el más importante para comprender la herejía de Francisco. Porque él quiere irse a la historia, a la prehistoria de la Iglesia. Y se equivoca. No sabe discernir lo que Dios dijo a Abrahám y, por tanto, no sabe leer la historia del pueblo de Israel como esperanza del Mesías, del Reino del Mesías. El pueblo de Israel camina esperando al Mesías, pero no puede hacer Iglesia. Porque la Iglesia la hace el Mesías, no la esperanza del Mesías. Jesús nace en el pueblo de Israel, pero no es del pueblo de Israel, no es de la tradición de ese pueblo, no es del espíritu de ese pueblo.

Jesús cumple con todas los elementos esenciales del Antiguo Testamento: la Circuncisión (Gn 17,10), el Templo (Ex 25,27), el Sábado (Ex 20,8; 31,12), la Pureza levítica (Lev 11), la Prerrogativa del pueblo de Israel (Dt 7,6-14), la Ley misma (Ex 19,24 ).

Pero Jesucristo equipara la Circuncisión a una curación (Jn 7,22), anuncia que el Templo va a ser abandonado y destruido (Mt 23,38; 24,2), quebranta el Sábado y se declara Señor del Sábado y del Templo (Jn 5,18; San Mateo 12,6.8), desecha la Pureza levítica (Mt 15,11), rechaza la Prerrogativa del pueblo de Israel (Mt 8,10ss; 21,43), completa y perfecciona la Ley misma, y quita los indultos de ésta (Mt 5,21-48).

Jesús no es de la Tradición hebrea, sino que viene a poner la Tradición Divina, la doctrina de Dios para que el hombre pueda salvarse y santificarse. Por eso, la Iglesia camina con Cristo, no con Abraham.

b. «Cuando ha llamado a Abraham, Dios pensaba en esto: formar un pueblo bendecido por su amor y que lleve su bendición a todos los pueblos de la tierra. Este proyecto no cambia, está siempre vigente. En Cristo ha tenido su cumplimiento y aún hoy Dios continúa realizándolo en la Iglesia».

1) Cuando Dios llama a Abraham es para dar inicio a la fe en cada hombre

2) Por esa fe, se constituye un pueblo fiel a la Revelación de Dios

3) Los que no son fieles, no pertenecen a ese pueblo

4) La fe en Abraham es figura de la fe en Cristo. Abraham cree en la Palabra de Dios. La Iglesia cree en Cristo, no en Abraham. Por eso, la Iglesia no está en Abraham, sino en Cristo. La fe está en Abraham, porque Abraham cree en la Palabra de Dios: «Muchas veces y en muchas maneras habló Dios en otro tiempo a nuestros padres por ministerio de los profetas; últimamente, en estos días nos ha hablado por Su Hijo, a quien constituyó heredero de todo, por quien también hizo el mundo» (Hb 1, 1-2)

5) Los pueblos de la tierra no alcanzan todos la bendición, como falsamente dice Francisco, porque hay almas que no creen en Cristo. Y quien no cree recibe la maldición, conforme a la promesa de Dios a Abraham.

6) En Cristo se da el cumplimiento de la Obra del Padre, no de la fe de Abraham. Cristo viene a realizar la obra de Su Padre, que es una obra Redentora. Abraham, por su fe, hizo su obra, la que Dios le pedía. Cristo no da cumplimiento a ninguna obra que los hombres hayan hecho por su fe en el AT. Cristo viene a cumplir el mandamiento de Su Padre: «Entonces Yo dije: Heme aquí que vengo –en el volumen del libro está escrito de Mí- para hacer, Oh Dios, Tu Voluntad» (Hb 10, 7).

Como se ve, Francisco no tiene ni idea de lo que está hablando. Coge la Sagrada Escritura para argumentar, con su labia fina y mordaz, sus herejías, dando oscuridad a toda la Iglesia.

Y este es el problema: la Jerarquía calla las herejías de este hombre y eso produce el cisma, ya no encubierto, sino a las claras. Si nadie se opone al error, entonces todo el mundo haciendo el cisma. Y nadie quiere reconocer lo evidente: Roma se ha separado de Cristo y de la Iglesia. En la catequesis de este hombre sobre la Iglesia se ve lo que nadie quiere ver.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

Francisco es un bastardo

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“La fiesta de la Presentación de Jesús en el Templo es … el encuentro entre Jesús y su pueblo…. representado por dos ancianos Simeón y Ana… que fue también un encuentro dentro de la historia del pueblo, un encuentro entre los jóvenes y los ancianos: los jóvenes eran María y José, con su recién nacido; y los ancianos eran Simeón y Ana” (Francisco, 2 de febrero 2014).

Aquí se refleja el espíritu mundano de Francisco. La Presentación de Jesús en el Templo es el encuentro de Jesús y su pueblo. Una gran mentira que sólo nace de la mente de Francisco, pero que no está en el Evangelio.

Pero a Francisco le interesa muy poco la verdad del Evangelio: «le llevaron a Jerusalén para presentarlo al Señor” (Lc 2, 22). Luego, la Presentación de Jesús en el Templo es la Presentación de Jesús al Señor, no es un encuentro entre Jesús y su pueblo. ¿Dónde está escrito eso? En la cabeza de Francisco.

Pero esto no es lo importante, porque Francisco, al no decir la Verdad, sólo predica lo que le interesa. Y lo que está en su cabeza es sólo su humanismo y, por tanto, todo lo ve con los ojos del hombre, con los ojos de la historia, con los ojos de la cultura, con los ojos del pensamiento humano. Y así construye su mentira. ¿Qué enseña? Ninguna verdad. Sólo lo que tiene en su cabeza, pero no da la Mente de Cristo. No puede darla, porque su vida es su cabeza humana.

La Presentación del Niño Jesús en el Templo es la segunda manifestación del Niño para que se vea una cosa: que había almas en Israel que vivían esperando al Mesías: Simeón y Ana.

Jesús se manifiesta para dar a conocer la fe de dos almas. No se manifiesta para dar a conocer la cultura del pueblo, la historia del pueblo, la relación entre los jóvenes y los viejos. Esto se lo inventa Francisco, porque sólo vive para su humanismo, que es su comunismo.

Jesús se manifiesta allí donde hay fe. Es la enseñanza de este Evangelio. Esto, Francisco, le trae sin cuidado. No le interesa porque es un hombre sin fe; un hombre mundano, un hombre profano, un hombre que ha hecho de lo sagrado, de lo divino, de lo santo, su corrupción. Y habla como un corrupto, sin la verdad, ni en su mente, ni en su corazón.

Simeón ha visto al Salvador, a la gloria de Israel, a la luz de las naciones y, por eso, puede irse contento de la vida, en paz, con la paz en el corazón, porque ha obtenido lo que esperaba en su fe.

Y Ana vivía consagrada al Señor, haciendo oración y penitencia, obrando en su vida la Voluntad de Dios en todo. No se apartaba del Templo, porque Dios era su vida. No eran los hombres su vida, ni la cultura de ellos, ni lo social lo que a Ana le interesaba. Ella permanecía en el Templo, no entre los hombres. Ella buscaba a Dios, no a los hombres.

Francisco no enseña el espíritu del Evangelio; luego está enseñando el espíritu del mundo cuando predica.

Ese párrafo que, en apariencia, es algo bueno, llena de confusión a toda la Iglesia.

Quien no predique en la Iglesia la Verdad del Evangelio tiene el nombre de bastardo. Esto es Francisco: un bastardo.

Él, como Obispo, tiene el deber y la obligación, el derecho de enseñar la Verdad y sólo la Verdad cuando predica. No lo hace: eso es ser bastardo.

Dios siempre marca una separación entre el heredero y el bastardo. “No heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre” (Gálatas 4: 30). Un bastardo siempre divide la familia, la sociedad, la Iglesia.

Francisco es un bastardo: ha dividido la Iglesia con su mentira. Ha roto la verdad, ha anulado el camino de salvación en la Iglesia.

Él es esclavo de su pensamiento humano y, por tanto, no es libre con la libertad de los hijos de Dios.

Francisco sólo mira al hombre y se entrega a él; pero no puede poner sus ojos en Dios, porque ya no quiere. Su vida de pecado le imposibilita para cambiar hacia el bien, hacia la verdad.

Francisco vive su mentira y eso es lo que, cada día, da a la Iglesia. Y la da con bonitas palabras, haciendo su nefasta comedia, creyendo que edifica algo para la Iglesia y lo único que está haciendo es destruirla.

No es Francisco un ejemplo a seguir en la Iglesia, sino todo lo contrario: es un modelo para el mundo, para el hombre; pero no para la Iglesia. Es un modelo para no seguirlo, para despreciarlo, para abandonarlo, para borrarlo de la historia de la Iglesia.

La Iglesia es Santa y sólo busca a los Santos; sólo se refleja en ellos; sólo los imita.

La Iglesia no es para los hombres, sino para los santos. Y aquel que no quiera ser santo en la Iglesia, que se vaya a otras iglesias que le den lo que busca en la vida.

En la Iglesia se está para conquistar el Cielo. Y sólo los esforzados, los santos, lo hacen, llegan a Él. Los demás, o se van al infierno o se paran en el Purgatorio hasta el fin del mundo, expiando sus pecados que no lo hicieron mientras se les dio el tiempo para ello.

Muchos creen que como Dios es misericordiosísimo, entonces ya está todo hecho en la vida, ya no hay que sufrir nada, sólo hay que salvarse: vivir bien humanamente, y al cielo. Ése es el pensamiento de muchos bastados en la Iglesia, como Francisco. No quieren sufrir para amar a Dios, para estar con Dios, para tener a Dios. Quieren sólo seguir viviendo sus vidas, sin preguntarse si realmente están haciendo la Voluntad de Dios.

Son como Francisco: están en la Iglesia para un acto social, para hacer comunidad, para vivir en el mundo siendo del mundo.

Francisco: bastardo. Y bastardo es una palabra que es la negación de ser hijo. El hijo de Dios es el libre del Espíritu, el que tiene la libertad del Espíritu. El que no es hijo de Dios, es hijo del hombre y, por tanto, no es libre, es esclavo de sus pasiones; no puede vivir del Espíritu, porque vive de su pensamiento humano. Es un bastardo, es un esclavo, es el hijo del esclavo. En consecuencia, no puede heredar el Reino de los Cielos.

«Para que gocemos de libertad Cristo nos ha hecho libres; manteneos, pues, firmes y no os dejéis sujetar al yugo de la servidumbre» (Gal 5, 1). No se puede obedecer a Francisco para no caer en su yugo, en su esclavitud, en su vida mundana reflejada en todo su sacerdocio.

Francisco es un sacerdote para el demonio: vive para él porque ha puesto su corazón en las cosas del mundo, en las ideas del mundo, en las obras del mundo, en la vida que el demonio ofrece en el mundo.

“Y la mundanidad ablanda al corazón, pero mal: ¡jamás es una cosa buena un corazón blando!” (Francisco, 1 de febrero 2014). No sabe lo que está diciendo Francisco en esta frase. Esta frase es el signo de su mundanidad, de su espíritu del mundo, arraigado en todo su ser.

Lo mundano endurece el corazón, nunca lo ablanda, porque lo mundano significa el pecado, el vivir en el pecado. El mundo, en la vida espiritual, es el pecado, las aguas del pecado. Y todo pecado endurece el corazón.

Pero, aquí Francisco no se está refiriendo al pecado, sino al mundo en general. Predica sobre no caer en la tentación y calla el pecado. Porque, para Francisco, no existe el pecado, sino sólo los múltiples problemas de los hombres. Claro, para Francisco, las cosas del mundo ablandan el corazón, le ponen un sentimiento malo. Pero se está refiriendo a las cosas en general del mundo, no al pecado que hay en el mundo.

En el mundo hay muchas cosas que no son pecado, pero que tampoco son buenas. A eso se refiere Francisco. Y eso, para él es la mundanidad. Esas cosas buenas, humanas, materiales, pero que no son tan buenas porque ponen el corazón blando. Y, para él, en un corazón bando no puede darse una cosa buena. Como ven: un absurdo. Algo sin sentido lo que Francisco dice en esa frase.

¡Jamás es una buena cosa un corazón blando!: gran necedad la que refleja Francisco en este pensamiento.

El humilde es el que tiene un corazón blando. El sencillo es de corazón blando; el que no peca es de corazón blando. Y, entonces, el humilde no vale para Francisco. Jamás es una buena cosa el humilde. ¿Han discernido la salvajada? ¿Cómo un verdadero Pontífice puede hablar así? ¿No se dan cuenta todavía los que quieren defender a Francisco como Papa que no puede ser Papa ni soñando?

Francisco no enseña ninguna verdad a nadie, sólo sus grandes mentiras. Y los hombres en la Iglesia, tantos sacerdotes y Obispos, tantos fieles que no ven esto tan sencillo, que leen a Francisco y siguen ciegos. ¡Qué gran venda es la que tienen muchos en la Iglesia!

Para la libertad nos ha libertado Cristo, no para estar esclavo de las opiniones de Francisco, de las ideas de Francisco, de las salvajadas de Francisco.

Francisco: un auténtico bastardo. Un sacerdote íntegro no predica de esta forma, no da la confusión en medio de la Iglesia como lo hace ese energúmeno.

Y ¿hasta cuándo hay que estar soportando a este bastardo? Está dividiendo la Iglesia y todos le aplauden. ¡Qué asco de Iglesia! Esta no es la Iglesia de Cristo. Ésta es la iglesia que los hombres se han inventado: una iglesia esclava del hombre; una iglesia bastarda; una iglesia del demonio.

«Decid a todos los que encontraréis por las sendas de vuestra misión que Dios ama al hombre tal como es, incluso con sus limitaciones, con sus errores, con sus pecados» (Francisco, 2 de febrero 2014). Éste es el sentimentalismo de Francisco. Le ciega; no pude ver la verdad de la Justicia de Dios.

Dios ama al hombre como es: gran mentira, gran error, gran herejía. Dios amó a Adán como Él lo creó: sin pecado. Dios no amó a Adán en lo que se convirtió cuando pecó, sino que lo expulsó del Paraíso porque ya no merecía ser amado.

Cristo ha muerto para hacer del hombre su hijo por adopción, pero si el hombre se circuncida de nuevo, Cristo no le aprovecha de nada (cf. Gal 5, 2). Si el hombre vuelve a su esclavitud, a su humanismo, a su pensamiento, Dios no lo puede amar.

Dios ama al hombre en Gracia, que vive en la Gracia, que obra con la Gracia. Dios no ama al hombre como es: como hombre, como naturaleza humana. Eso a Dios no le sirve, porque ya Cristo ha hecho al hombre cosa divina. Hay que dejar de ser hombre, de ser una cosa humana, para ser amado por Dios.

Pero Francisco, como viven en su esclavitud humana, hocicando con los hombres, bailando con ellos, agrandando sus pensamientos, sus deseos, sus vidas humanas, entonces no puede comprender que Dios es Justo en Su Amor y que, por lo tanto, no ama a ningún hombre, porque ya ha dado al hombre la Gracia para poder ser amado por Dios. En consecuencia, Dios no ama al hombre ni con sus limitaciones, ni con sus pecados, ni con sus errores. Dios tiene misericordia del hombre en pecado, pero no lo puede amar. Y Dios exige al hombre que sale de su pecado, que luche contra su pecado, contra sus errores, contra sus debilidades con la Gracia, para poder purificarse de todos sus pecados y así alcanzar el amor de Dios en su corazón.

Pero a Francisco no le interesa predicar esto, sino decir que como Dios ama a todos los hombres, entonces todo el mundo está salvado. Eso es la esencia de su predicación, de su sentimentalismo amanerado, amorfo, idiota, ciego de la verdad.

No se puede seguir a Francisco porque es un bastardo. No hay verdad en él; no enseña a caminar en la verdad; no guía a la verdad; no da el camino para ser de la verdad, sino que da el camino para esclavizarse al demonio, a su pensamiento demoniaco, a las obras que el demonio hace en el mundo.

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