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Sólo el Papa Benedicto XVI es la Voz de Cristo en la Iglesia

evangelio

La Iglesia ha sido fundada sobre Pedro y, por tanto, nunca Pedro puede sentirse libre de responsabilidades porque el gobierno de la Iglesia está pendiente de sus decisiones.

Lo que decida Pedro en la Iglesia marca a la Iglesia siempre.

El Papa Benedicto XVI decidió renunciar, entonces el gobierno de la Iglesia no existe, no se puede dar, no se puede ejercer con la Autoridad de Dios. Se obra con una autoridad humana, postiza, figura de la de Dios.

La renuncia del Papa Benedicto XVI cerró la puerta a la Verdad en la Iglesia, porque sólo Pedro es la Verdad en la Iglesia. Él da la Verdad, que es Jesús, porque es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Y no hay otra Voz en la Iglesia sino el Papa Benedicto XVI, verdadero Papa hasta la muerte.

Francisco se subió al poder como antipapa y cristalizó su gobierno como anticristo. Francisco no es el Papa de la Iglesia Católica, sino la cabeza de una nueva iglesia levantada en Roma, imponiendo al Papa Benedicto XVI la renuncia a su vocación divina en la Iglesia.

Francisco se sentó en la Sede de Pedro por imposición, no por elección divina. Fue impuesto, no fue elegido. Los Cardenales, en el Cónclave votaron para elegir a un Papa, pero todo fue un engaño más de la masonería de la Iglesia.

La masonería eclesiástica impuso un antipapa para dar comienzo a la destrucción de la Iglesia Católica. Y este antipapa, llamado a ser el primero de muchas cabezas en la Iglesia, ha dado -a la Iglesia- durante diez meses lo que es.

Francisco no sólo es un antipapa, uno que va en contra del papa, sino –también- un anticristo, un hombre sin el Espíritu de Cristo, sin el Espíritu de la Iglesia, sin el Espíritu Santo. Ha dado lo más contrario al Espíritu: su humanismo.

Lo que sucede en la Iglesia es lo que hizo el Papa Benedicto XVI al renunciar: dejó abierta, de par en par, la puerta para que entre el Anticristo en Ella.

Ése fue el obstáculo removido, pero no totalmente, porque la Iglesia es Cristo y Su Vicario. Y hay que remover los dos para que el obstáculo quede, de forma plena, quitado en la Iglesia y pueda aparecer el Anticristo.

Se ha quitado el centro de la verdad y de la fe, que es el Papa, el que da la unidad a toda la Iglesia. El que conserva la sana doctrina de Cristo en la Iglesia. El que gobierna en la unidad de la Verdad.

Pero no es suficiente quitar a Pedro. Es necesario quitar a Cristo. Y la única manera de hacerlo es con anticristos, es decir, con hombres vestidos de piel de oveja (= sacerdotes, Obispos, Cardenales) que asumen el gobierno de la Iglesia, no como Papas, sino como jefes de la Iglesia, para un fin: liquidar todo el dogma en la Iglesia. Y, quitado el dogma, se quita a Cristo de la Iglesia.

Cristo es la Verdad: la única manera de destruir toda la Iglesia es destruyendo toda la verdad, todo el dogma, que no quede nada.

Pero la Verdad en la Iglesia es una unión irrompible, es decir, todas las verdades en la Iglesia, todos los dogmas, están unidos, conexos unos a otros. De tal manera, que se quita un dogma y caen todo lo demás.

Se ha quitado el dogma del Papado, luego también se ha quitado toda la Verdad, todos los dogmas. Y eso es una realidad, porque hay Cardenales del gobierno horizontal de la iglesia de Francisco que ya anulan verdades en la Iglesia. Ya no existe el infierno, ni el purgatorio, ni el sacerdocio, ni el pecado original, ni el Misterio de la Santísima Trinidad, ni la Eucaristía. Hay sacerdotes, Obispos que ya predican que no existen verdades, dogmas en la Iglesia. Y lo hacen abiertamente, sin oposición, sin que nadie de la Jerarquía se oponga a ello.

Se sube al poder de la Iglesia un antipapa, como Francisco, y anula el dogma del Papado con la aprobación de toda la Iglesia, entonces, la consecuencia es clarísima: no hay dogmas en la Iglesia en la realidad, ya no ocultamente, como desde hace 50 años.

Que nadie espere un documento que diga que ya no existen dogmas. Así no se hace el cambio en la Iglesia. Se destruye la Iglesia de Cristo en la práctica, obrando la mentira sin oposición de nadie y con el aplauso de todos. Una vez que se hace eso, viene un documento oficial dando leyes y normas para implantar esa mentira que ya todos viven.

Esto fue el juego del demonio durante 50 años en la Iglesia, pero fue de forma velada, encubierta, poco a poco, dejando caer la mentira y haciendo que todos la vivan sin más. Pero, ahora, la cosa es pública, a la vista de todo el mundo. Y lo grave es que nadie se opone a ello, todos aplauden a un hereje en la Iglesia. Todos lo llaman Santidad, cuando ha dado muestras de que es un demonio.

La situación de la Iglesia es gravísima: esta no es la Iglesia de Cristo. No puede ser eso que se han inventado en Roma la Verdad de la Iglesia. Quien tenga un poco de vida espiritual, ve la mentira en Francisco y en los que lo siguen a ciegas. No puede ver la Verdad, no puede ver a Cristo ni en Francisco ni en sus seguidores.

Es altamente perjudicial para la Iglesia lo que habla Francisco y lo que hablan todos los que lo siguen. De un hereje no se puede tener un camino en la Verdad. Un mentiroso sólo obra la mentira. Uno que sólo busca ser popular en el mundo, entonces ése es del mundo, no puede ser de la Iglesia de Cristo.

¡Qué pocos en la Iglesia viven su fe! ¡Qué pocos viven mirando a Cristo! ¡Cuántos hay que comulgan con el mundo y obran en la Iglesia lo del mundo!

El gobierno horizontal instalado en Roma es el negocio de la nueva iglesia. Un negocio redondo para el Anticristo. Son los nuevos fariseos, escribas, legistas, doctores, que se llena de frases bonitas para arruinar a la Iglesia.

Es triste comprobar cómo hay muchas almas que esperan algo del gobierno horizontal, algo bueno. ¡Pero si son todos unos herejes! ¿Cómo pueden dar y obrar la Verdad unos herejes? ¡Cuántas almas hay que no ven esto, que sólo esperan un absurdo! ¡Qué engañadas están por lo humano, por lo natural, por lo científico, por lo técnico, por lo material, de la vida! ¡Viven así, para su mundo, acomodados a todo lo humano! Por tanto, quieren una iglesia acomodada a su vida humana, que no les obligue a nada, que les divierta un poco en la vida, que les hable aquello que quieren escuchar. Y, por eso, les gusta tanto que les hablen de la misericordia de Dios y que Dios ama a todo el mundo. ¡Están encantadas con cualquiera que les hable bonito!

¡Pocos viven de fe en la Iglesia! ¡Muy pocos! Pero la culpa de esta situación, de este descalabro que vive toda la Iglesia, en todo el mundo, no sólo en Roma, es de la Jerarquía de la Iglesia: sacerdotes, Obispos, Cardenales.

La Iglesia vive mirando al mundo porque la Jerarquía lo ha hecho primero. La Jerarquía no se ha preocupado de luchar en contra del mundo, sino que se ha relajado totalmente para comulgar con el espíritu del mundo.

La Jerarquía es la que gobierna la Iglesia, es la que marca el camino a la Iglesia. Entonces, ¿hacia dónde va la Iglesia? Hacia su total destrucción. Si la Jerarquía no es santa, entonces es pecadora. Y el pecado trae la muerte, la aniquilación de toda verdad. Y quien está en la muerte no puede dar la vida a nadie. ¡Cuántos sacerdotes, Obispos, muertos espirituales, que siguen haciendo sus cosas en la Iglesia, sus ministerios, pero que no pueden dar la Vida en lo que hacen!

El sacerdote o el Obispo que apostata de la fe, no obra en la Iglesia ninguna fe, ningún sacramento, no puede dar ningún don, ninguna bendición de Dios. Porque ya no se trata de cometer un pecado mortal, que no impide dar los Sacramentos ni obrarlos. Se trata de vivir en el pecado y llamar a esa vida de pecado con el nombre de vida santa, vida que quiere Dios. Entonces, en este punto, no se da nada en la Iglesia, no se da la Vida, sino que se ofrece la muerte a las almas. Y, por eso, todo sacerdote u Obispo apóstata de la fe condena almas en la Iglesia, no puede dar el camino de la salvación ni el camino de la santificación a las almas porque tampoco lo buscan ellos.

Por eso, la situación es gravísima en la Iglesia: o se está con Cristo y, por tanto, en Su Iglesia, o se está con el Anticristo, y, por tanto, en la nueva iglesia en Roma.

Y cada alma tiene que elegir por sí misma estar en un sitio o en otro. Aquel que quiera el mundo, entonces que elija la nueva iglesia en Roma. Pero aquel que quiera la Verdad, entonces necesariamente tiene que dejar Roma, tiene que renunciar a una iglesia que no es la Verdadera.

Cristo puso Su Iglesia en Roma para siempre; por eso, la Iglesia es Romana. Pero eso no significa pertenecer a una Roma pagana, a una Roma que ha suplantado la Iglesia con una falsa iglesia. Y, por eso, hay que salir de Roma para atacar a Roma y conquistar de nuevo la plaza. Porque sólo se pertenece a la Iglesia, no a Roma.

Pero, para conquistarla de nuevo, tiene que ser por el camino del Espíritu. Y, por eso, es necesario irse al desierto y vivir allí hasta que el Espíritu marque el camino hacia Roma, hacia la Roma verdadera, no la pagana.

El problema de todos los hombres es que se quieren instalar en sus vidas humanas y ya piensan que no hay que moverse para ir al Cielo, para conquistar lo nuevo. Y la vida espiritual es una gran batalla continúa, en la que no es posible vivir en el acomodo de lo humano. Hay que estar saliendo continuamente de lo humano para ser de Cristo. Y quien no luche por salir de las medidas humanas, es imposible que sea de Cristo, que tenga la Voz de Cristo, que obre las obras de Cristo. Imposible. Sólo se es de Cristo en el despojo de todo lo humano. Y sólo se es del Anticristo en el apego a todo lo humano.

El Papa Benedicto XVI marcó el camino para la Iglesia: todos fuera de Roma. Su renuncia invita a alejarse de un lugar donde ya no está la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia.

El Poder de Dios sólo permanece en el Papa Benedicto XVI. Por eso, Dios hace silencio en Su Iglesia, porque el verdadero Papa no habla, no gobierna, no enseña nada en la Iglesia.

Y sólo el Papa Benedicto XVI es la Voz de Cristo en la Iglesia. Y sólo hay que obedecer a esa Voz. Las demás voces son del demonio y, por tanto, hay que atacarlas, porque quien no ataque al enemigo, queda preso del enemigo.

La Iglesia tiene que salir de Roma para atacar a Roma. Los que están en Roma son los enemigos de la Iglesia, los enemigos de Cristo, los enemigos de la Verdad. Y no se puede jugar con fuego.

O se está con Cristo o se está con el Anticristo. Pero quien sirve a dos señores sólo se sirve a sí mismo en los dos. Sólo busca en los dos su propia conveniencia, su propio juego, su propio interés. Y una vida que no es vida, sino que ofrece un fruto prohibido, es la vida del demonio.

El demonio ofreció a Eva el fruto prohibido, y marcó el camino de la muerte en Eva. El demonio ha ofrecido el mismo fruto a la Jerarquía de la Iglesia y ha marcado el camino de la muerte en la Iglesia.

Y los que están en Roma ofrecen ese fruto prohibido a toda la Iglesia. Quien los siga se condena, va hacia la muerte segunda, en la que no es posible que se vuelva a la vida de nuevo.

Seguir a Cristo es seguir a su Vicario en la tierra: y sólo el Papa Benedicto XVI es el Papa verdadero hasta su muerte. Quien no lo siga se condena.

No se dan dos verdades en la Iglesia, no se dan dos Papas en la Iglesia. O hay un Papa, o hay un Papa y un antipapa. No existe en la Mente de Dios el Papa emérito. Sólo existe en la Mente Divina el Papa Verdadero.

Francisco enseña la política en la Iglesia

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“Cuando falta la profecía en la Iglesia, falta la vida misma de Dios y predomina el clericalismo” (Francisco, 16 de diciembre 2013): Esto se llama hacer política en la Iglesia. Esta predicación del hereje Francisco incita a construir en la Iglesia partidos políticos, a ver la Iglesia con un fin político. No enseña Francisco la verdad sobre la Profecía.

Cuando falta la profecía en la Iglesia no sólo falta la Verdad, la Vida y el Amor de Dios, sino que no existe la Iglesia.

Porque la Iglesia nació en una Profecía, que el Señor dio a Abraham: “Sal de tu tierra. hacia la Tierra Prometida que Yo te mostraré.” (Gn 12, 1)

La Profecía es la Palabra de Dios al alma para mostrarle una Vida Divina, un camino divino, una obra divina. Se quita la Palabra de Dios, no queda nada. No hay ni clericalismo, ni anticlericalismo, ni nada de nada.

Cuando falta la profecía en la Iglesia, entonces viene el pecado en la Iglesia. Esta es la verdad que no dice Francisco.

Hay profetas, ahora, en la Iglesia. Luego, no falta la Profecía. Hay profetas que dicen que Francisco no es Papa, es un impostor. Y, cuando no se sigue la Profecía, cuando no se discierne la Profecía, entonces viene el pecado en la Iglesia.

La Iglesia no aceptó la Profecía de Fátima, la cambió, quitó lo que no le interesaba, entonces Ella misma se introdujo en el pecado contra la Palabra de Dios, e hizo de esa Palabra Divina una burla, un engaño, una falsedad. La misma Jerarquía de la Iglesia engañó al Cuerpo Místico de la Iglesia. Los que gobiernan la Iglesia dicen mentiras al Cuerpo Místico de la Iglesia. Y, cuando los sacerdotes y los Obispos se dedican a mentir en el gobierno de la Iglesia, entonces viene la política en la Iglesia, viene la lucha de bandos, viene la división en la Iglesia.

Sólo la Profecía da un camino de verdad a los hombres. Y sacerdotes y Obispos que niegan las profecías, que no saben discernir ninguna profecía, hacen de la Iglesia un culto a su mente humana, todo regido por sus leyes humanas, todo visto según interpretaciones de la sabiduría humana. Y, entonces, se cae en la mentira y en el error continuamente.

“El profeta es el que escucha las palabras de Dios, sabe ver el momento y proyectarse en el futuro. “Tiene dentro de sí estos tres momentos”: el pasado, el presente y el futuro”: Francisco no enseña la verdad de la profecía, porque no cree en los profetas. Sólo cree en su pensamiento humano.

“El Profeta escucha las palabras de Dios”: Hasta aquí la verdad. Siempre Francisco da una verdad. Pero, enseguida, mete su mentira: “sabe ver el momento y proyectarse en el futuro”. Quien haya recibido profecías ve que lo que dice Francisco es un gran error.

El Profeta no ve nada. Sólo recibe la Palabra de Dios. Y, esa Palabra Divina, tiene que meditarla en su corazón y discernirla. Esa Palabra de Dios ni se refiere al momento presente, ni al pasado, ni al futuro, porque en la Palabra de Dios no hay tiempo ni espacio. Dios, cuando habla al Profeta, enseña una verdad para su corazón, para su alma, para su vida, para la Iglesia. Dios no enseña tiempos, no habla ni del pasado, ni del presente, ni del futuro. Dios habla una Vida que debe ser puesta por el profeta en su vida humana.

El Profeta no tiene en él tres momentos, sino que tiene una Vida Divina. Y, poner en obra esa Vida Divina, sólo se hace cuando Dios quiere.

Abraham tuvo la profecía de la Iglesia, pero hasta que no vino Jesús, Dios no obró esa Profecía, y dirigió a Su Pueblo por un camino, de mucho tiempo, de muchas tierras, de muchos hombres, pero no dio a Abraham ni a sus descendientes la Obra de esa Profecía.

Francisco, con su pensamiento errado, con su visión limitada de la vida de los hombres, sólo va a lo que le interesa resaltar, que es siempre su mismo error: el humanismo de hacer que todos los hombres tengan la verdad en ellos mismos, que los hombres se miren a sí mismos y descubran que hacen algo por ellos mismos. Es dar culto al hombre, a su pensamiento, a sus obras humanas. Francisco siempre habla del hombre para el hombre, nunca habla de Dios para el hombre. Siempre rebaja las cosas divinas para acomodarlas al hombre, a la vida de los hombres, a las obras de los hombres.

“(el profeta) mira a su pueblo y siente la fuerza del Espíritu para decirle una palabra que lo ayude a levantarse, a continuar el camino hacia el futuro”: Esto es lo que nunca hace un profeta. El profeta no dice palabras que ayuden a levantarse al pueblo. El Profeta sólo dice la Palabra de Dios, la Verdad que Dios quiere manifestar, en ese momento al Pueblo. El profeta no dice sus palabras humanas nunca al pueblo. Sólo habla lo que el Espíritu quiere que se hable. Y si el Espíritu quiere condenar al pueblo, el Profeta dice esas palabras. No calla esas palabras para decir palabras hermosas a la gente. Dios, en Si Profecía, no habla nunca palabras que gustan a los hombres, sino que siempre dice lo que el hombre no quiere escuchar.

Francisco, en su humanismo, va a lo que le interesa: el amor al hombre, decir que Dios habla bonito a los hombres y los ayuda en sus vidas. Eso es todo en Francisco. Ése es su sentimentalismo barato en la Iglesia desde que inició su reinado. Así habla y, hasta que no se vaya de la Iglesia, siempre caerá en su sentimentalismo ciego: Dios es amor, Dios es ternura, Dios nos ama, Dios nos ayuda, Dios sale al encuentro del pobre, etc. Nunca va a decir Francisco: Dios castiga al hombre. Nunca.

Dios dirige a la Iglesia con sus profetas. Y la dirige por un camino que sólo lo conoce Dios, no la Iglesia, no los profetas. Los profetas sólo dan la Palabra de Dios. Y esa Palabra Divina es el camino para la Iglesia. Por tanto, no existe el camino hacia el futuro, porque nadie sabe el futuro. El camino es la Palabra de Dios, que es la Verdad. Quien acoge esa Palabra, entonces camina sin problemas en la Iglesia. Quien rechaza esa Palabra, entonces él se vuelve un problema en la Iglesia y no camina ni hace caminar a la Iglesia.

Francisco no acoge las profecías en la Iglesia y, entonces, se ha vuelto un problema para la Iglesia. Y él mismo, en su vida espiritual, tiene un grave dilema: si sigue así se condena. Su falta de fe es notoria. Y, por esa falta de fe, cae en el pecado continuamente. Llena de pecado la Iglesia. Hace que las almas vivan para el pecado. Muestra a la Iglesia su pecado. Gravísimo lo que hace este hombre en la Iglesia. Pero, lo más grave, es que él mismo no ve su pecado. Otros lo ven, pero él no es capaz de discernir su pecado. Y, entonces, permanece en la Iglesia dando sus herejías y se cree santo, justo, inmaculado en todo lo que dice. Pero, lo que es peor, que los que lo rodean aplauden sus herejías. Eso es lo peor. ¡Menuda Iglesia la que hay en Roma!

“El Señor siempre ha custodiado a su pueblo, con los profetas, en los momentos difíciles, en los momentos en los que el Pueblo se desanimaba o era destruido”: Sigue sin entender que la Profecía es un camino divino y, por tanto, sólo Dios conoce todas las dificultades en ese camino. Y Dios lleva siempre a Su Iglesia por medio de dificultades. Dios no custodia a la Iglesia en los momentos difíciles. Dios guía a la Iglesia en cualquier momento: en los buenos y en los malos. La Profecía no es una custodia, es una guía del Señor. Dios dirige a las almas, sin quitar sus libertades. Y, por tanto, Dios conduce a las almas hacia Su Voluntad, pero Dios no preserva a nadie que no acoja Su Profecía, su Verdad en la Iglesia. Este es lo que no enseña Francisco: sólo le interesa recalcar que todos en la Iglesia están protegidos por Dios.

Dios custodia Su Palabra, Su Verdad, no a los hombres, no al Pueblo. Dios es Providencia con los hombres cuando éstos acogen Su Palabra de Verdad.

La experiencia profética es otra cosa muy distinta que una custodia del Señor sobre Su Pueblo. ¡Cuántos en el Pueblo, con Moisés, murieron porque no creyeron en la Profecía! El problema de los Profetas es sólo la falta de fe en el Pueblo, en la Iglesia. Dios da Su Palabra y siempre hay hombres que no creen, que rechazan la Palabra de Dios y, después, hacen lo que Francisco: guían la Iglesia por caminos equivocados, caminos del demonio, caminos para destruir la Iglesia.

“Es lo que sucedió en el corazón de la Virgen cuando estaba a los pies de la Cruz”: Francisco no entendió la Obra de la Corredención de la Virgen a los pies de la Cruz. Para Francisco, la Virgen duda, no entiende por qué Su Hijo muere en la Cruz: ‘¡Pero Señor tú nos hiciste esa promesa! ¿Ahora qué pasa?’. Esta enseñanza de este hereje demuestre que no tiene la Verdad de la Iglesia en su corazón.

Esto basta para decir que Francisco no pertenece a la Iglesia. Porque la Iglesia ha nacido en la muerte de Cristo. Y la Virgen, al pie de la Cruz, vio nacer la Iglesia, cuando el soldado atravesó a Su Hijo con la lanza. Ella, al pie de la Cruz, en su dolor místico, en su unión mística con el alma de Jesús, dio a luz a la Iglesia en el Calvario. La Virgen es la Madre de la Iglesia, la Madre de la Obra de Su Hijo. Así como la Virgen da a luz a Su hijo en el abandono de todos los hombres, en el silencio de la noche, en el rechazo de los hombres, en el pecado de los hombres, así da a luz a la Iglesia en el mismo pecado, en el mismo silencio, en el mismo rechazo de los hombres. La Virgen María comprendió perfectamente lo que pasaba en el Calvario. Francisco no tiene ni idea de lo que es la Virgen María al pie de la Cruz. Y, por tanto, destruye la Verdad con su negro pensamiento, con su diabólico pensamiento. Leer a Francisco es leer la mente del demonio.

“Cuando no hay profecía la fuerza cae en la legalidad, predomina el legalismo”: Esta es la política de Francisco. Cuando no está la Palabra de Dios, entonces están las leyes de los hombres. Esto es hacer política y decir que ninguna ley de los hombres vale.

Una cosa es la legalidad, la leyes, que pueden ser buenas o malas. Otra cosa es que falta la Profecía. Y , otra cosa, es que se acepte o no se acepte la Profecía.

La Profecía nunca falta, porque Dios siempre está hablando Su Palabra. El problema es siempre la falta de fe en los hombres. Este es el único problema. El legalismo no es problema, porque quien acepta la profecía, sabe moverse entre las leyes de la Iglesia. ¡El que tiene fe, después, de la debacle de 50 años de renovación litúrgica, sabe moverse entre tantas leyes inútiles para seguir dando a la Iglesia lo sagrado, lo santo, lo divino, y no hacer caso de leyes injustas!

Siempre el problema de la Iglesia es que no acoge la Palabra de Dios y, por tanto, sólo se fija en las leyes, pero se fija mal: es decir, comienzan a nacer a crearse otras leyes en la Iglesia que van en contra de la verdad. Pero Francisco no enseña esto. Sólo le interesa el motivo de la autoridad.

Francisco dice estas palabras porque los sumos sacerdotes, siendo la autoridad en la Iglesia, preguntaron a Jesús: ¿con qué autoridad haces eso? Y, Francisco, para explicar esta Palabra, se inventa todo este discurso de la profecía. Y no viene a cuento. Está de más. Sobra explicar la Profecía en este Evangelio.

En este Evangelio sólo hay que explicar que Jesús niega su Palabra a aquellos que no creen, que no aceptan Su Palabra. Jesús calla ante los hombres soberbios. Jesús se da a los hombres humildes. Y, por tanto, Jesús obra una Justicia con esos sumos sacerdotes. Jesús no obra el amor con esas almas. Les niega la luz, el conocimiento, la bendición, el don de la fe. Jesús no habla para nada de la Profecía. No hace falta, porque quiere enseñar la Verdad de lo que tiene que ser la Autoridad en la Iglesia: tiene que estar llena de la Verdad de la Palabra para poder guiar a las almas hacia la Vida Divina.

Pero estas cosas no las enseña Francisco. Enseña su demagogia: “Señor, libera a tu pueblo del espíritu del clericalismo y ayúdalo con el espíritu de profecía’”

Hay que pedirle al Señor que nos libre de un hombre que no sabe ver la Verdad y que guía a la Iglesia hacia la condenación. Que el Señor ilumine las conciencias de muchos para que vean lo que es este hereje y se opongan a él.

La estupidez en la boca de Francisco

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La estupidez llena Roma. La vana alegría, la vana esperanza en un mundo corrompido por el pecado; la vana ciencia donde todo se discute, pero nada se soluciona; la vana palabrería llena de la majestad de la ignorancia y del error.

Todo en Roma se oculta, la verdad de las cosas no conviene decirlas, porque ya nada es como antes, sino que todo ha cambiado, todo huele a destrucción, a ruina, a muerte.

Como mataron a Jesús, así hoy se mata Su Palabra. Como hirieron la Verdad, así se hiere a los hombres que anuncian la Verdad.

Francisco es un viejo sin sabiduría divina. En él no se puede dar la Palabra Divina: “Ponte en pie ante las canas y honra el rostro del anciano” (Lev. 19, 32). En Roma las canas se han hecho corruptas. Sólo viven para odiar y aniquilarlo todo.

¡Cuántas palabras inútiles!: “Hoy existe el ecumenismo de la sangre”. La unión en la sangre es la mayor estupidez de todas. Pero, por supuesto, a Francisco le importa poco que eso suene a herejía. Es su mentira que la luce al mundo, que la hace brillar a todos para que los bobos, como él, digan: ¡qué bien habla ese hombre! ¡qué humildad tiene este santo varón!

“En algunos países matan a los cristianos porque llevan consigo una cruz o tienen una Biblia; y antes de matarlos no les preguntan si son anglicanos, luteranos, católicos u ortodoxos”: es decir, todos los que mueren con una cruz o con una biblia son mártires, son santos. ¡El mundo ha sido canonizado por Francisco! Y nadie contempla la herejía. Todos se callan, todos siguen diciendo: ¡qué humilde es Francisco!

Esta es la estupidez y la locura de Francisco, un hombre, que es instrumento del demonio, para hacer que la Iglesia se someta a la mentira. Y la Iglesia no acaba de ver lo que es este hombre. No se quiere quitar la venda de los ojos. La Iglesia está maltrecha y espiritualmente abnegada en el pecado, manchada con el pecado. Y, ¿de quién es la culpa? ¿Del demonio? Sí, pero también de tantos sacerdotes, Obispos y fieles que no han hecho nada para defender la Verdad, que es Jesús. Todos defienden sus verdades, que son sus herejías, como hace Francisco desde que comenzó a reinar en la Iglesia. Un reinado que lleva a la Iglesia a la tumba de todo Espíritu.

Un pueblo terco es la Iglesia, un pueblo duro de cerviz, que se cree santo y justo a los ojos de Dios y a los ojos de los hombres. Un pueblo que no se da cuenta de la realidad de los hechos: está gobernado por un maldito.

Esto es lo que nadie quiere aceptar. Jesús es el Rey de la Iglesia; Francisco es el instrumento del demonio para aniquilar el Reinado de Cristo en la tierra.

Nadie llama a Francisco como lo que es: impostor, falso Papa, anticristo, falso profeta, el que robó la silla de Pedro con su orgullo, el que planeó, desde antes de la renuncia del papa Benedicto XVI, su impostura en la Iglesia, el que buscó un atajo para dar a la Iglesia la devolución del protestantismo en Ella.

Francisco tiene el espíritu del protestante. Ese espíritu significa que ninguna verdad existe en la Iglesia. Sólo la verdad está en la libre interpretación del Evangelio.

Esto es lo que, en toda homilía, en toda declaración, en toda charla que da Francisco, obra sin más. Y obra apoyado sólo en su autoridad humana en la Iglesia. Como los hombres lo han elevado a un cargo que no le pertenece, entonces se aprovecha de ese cargo para hundir a la Iglesia con sus ideas protestantes. Y, por eso, le gusta inventarse términos, como a todo protestante. Le gusta innovar, le gusta las modas, le gusta cambiarlo todo. Nunca permanece en algo. Sólo está inmóvil en una cosa: en su pecado.

Nadie quiere atender a este hecho. Todos cierran sus ojos y sus oídos ante esta realidad. Nadie, entre los sacerdotes, entre los Obispos, se opone a Francisco. Nadie. Consecuencia: la Iglesia tendrá que llegar al fondo para despertar. Y, por eso, cuando muchos despierten, será tarde.

Se tiene que llegar al fondo del pecado actual en la Iglesia: habéis aceptado a un impostor para que os gobierne, entonces someteos a ese impostor hasta que quedéis en la ruina total. Y cuando lleguéis a esa ruina, es cuando vais a abrir vuestros ojos.

La Iglesia está enferma de muerte. Nadie se levanta de esa enfermedad. Es una enfermedad que lleva a la destrucción de la misma Iglesia, de lo que se ha construido en Roma desde hace 20 siglos. Todo quedará anulado por la mano del hombre, por el pensamiento del hombre, por las obras de los hombres en Ella.

“Los que matan a los cristianos no te piden el documento de identidad para saber en cuál Iglesia fuiste bautizado”: la unión de los católicos, la unión de los cristianos, sólo es posible en el Espíritu. La carne y la sangre no valen para nada, no sirven para unir nada. El Espíritu es el que da vida (cf. Jn 6, 63). Y ¿quién es Mi Madre y mis hermanos? Los que hacen la Voluntad del Padre, los que obran en todo según el designio del Espíritu en sus vidas (cf. Mt 12, 46).

Francisco llama hermanos a todo el mundo, menos a los que son del Espíritu. Francisco no diferencia a los hombres, porque sólo los ve de carne y hueso, de carne y sangre, de sentimientos y de pensamientos comunes.

Para el que tiene fe estas palabras de Francisco sólo confirman una cosa: su estupidez como hombre en la Iglesia; su gran necedad como gobernante en la Iglesia, y su ridícula espiritualidad como hombre en la Iglesia.

¡Cuántos estúpidos, necios y amorfos siguen a Francisco! ¡La Iglesia está llena de hombres así! ¡Llena! Esta es la tristeza mortal. Esto da pena. Esto es un asco.

¡Vivir en una Iglesia como está es morir de pena y abatimiento!

Ya para morir por Cristo sólo hace falta tener en la mano una biblia o una cruz. Hay niños que tienen una metralleta en una mano y al cuello un rosario. ¿También son santos? ¿También se salvan?

Nunca un Papa verdadero ha desbarrado tanto como Francisco. Ningún Papa verdadero se ha atrevido a decir estas barbaridades en público en 20 siglos de Iglesia. Por eso, Francisco no es Papa verdadero. Sólo Francisco ha hecho la diferencia. ¡Menuda diferencia! ¡Menuda papeleta tiene la Iglesia con Francisco! ¡A qué abismos no va a llegar la Iglesia cuando no se opone abiertamente a este farsante!

Os calláis. Las piedras van a hablar: veréis cómo Roma queda totalmente destruida porque habéis destruido la Verdad que, durante 20 siglos, se había edificado en Roma.

Nadie quiere ver esta verdad. Todos se asustan. Nadie quiere meditar en las barbaridades que un hombre hace en la Iglesia y que otros callan y aplauden.

¡Es para llorar lo que viene a la Iglesia!

“Debemos tratar de facilitar la fe de las personas más que controlarla”: es decir, acabemos con los dogmas para que todo el mundo sea libre de hacer lo quiera en la Iglesia. Una fe que no se limita en la Verdad, no es fe. Una fe que no se controla con la Verdad, no es fe. Una fe que no es dirigida por la Verdad, no es fe. Abajo las leyes morales, las leyes éticas, la ley divina, la ley natural. Abajo todo eso. No hay mandamientos de Dios. Inventémonos los mandamientos de los hombres. ¡Como le gusta a cada hombre vivir su fe! Esto es lo que viene. ¿Qué se creen? ¿Qué viene una primavera de santidad a la Iglesia? Viene la primavera comunista a Roma.

Todos contentos con la falsa libertad que da Francisco a todo el mundo, pero nadie ve el complot que hay detrás de todo eso. Nadie ve los tanques que van a arrasar con todo. ¡Ensimismados con la vanidad que ofrece Francisco a la Iglesia!: regala en navidad a los pobres tarjetas de teléfono y billetes del metro. Esto es destruir la Iglesia. Éste es el comienzo de la ruina en la Iglesia.

A los pobres hay que darles la Verdad, no dinero. A los pobres hay que darles la Vida, no la muerte que ofrece el mundo. A los pobres hay que darles el camino para salir de su pecado, no incentivarlos en el camino del pecado, del apego a las riquezas.

Francisco es lo más opuesto a la Verdad, que es Jesús. No sirve para nada. sólo sirve para destruir la Iglesia como lo está haciendo.

Él no hace nada en la Iglesia: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien”.

Francisco sólo escucha a los hombres en su gobierno, pero no escucha la Voz de Cristo. Está dando oídos a lo que ocho cabezas proponen en la Iglesia. ¡Vaya manera de gobernar una Iglesia! ¿A qué se dedica Francisco en la Iglesia? Sólo a hablar. Nada más. A entretener a la Iglesia dando sus herejías diariamente.

Es claro lo que hace este hombre en el gobierno de la Iglesia: nada. Quien no lo vea es que es ciego como él. Está en la Iglesia, se ha puesto como jefe de la Iglesia para decir herejías. Punto y final. Sólo ha hecho una obra: destruir el Papado, poniendo a ocho idiotas que gobiernen su iglesia en Roma. Ocho bocazas que, de vida espiritual, no tienen ni idea. Y si no hay vida de comunión con Dios, ¿qué van a gobernar? Sólo sus planes en la vida: ¿qué hay que hacer para tener más dinero y más poder en la Iglesia? En eso piensan esos ocho idiotas.

¿Qué creen que va a salir de un gobierno que no cree en el infierno, en el purgatorio, en el pecado, en la cruz, en la oración, en la Iglesia, en el sacerdocio? ¿Qué esperan de esos ocho idiotas? De Francisco ya no hay que esperar nada. Sólo escucha, pero no decide nada. Quien ahora gobierna son otros.

¿No ven que no es un gobierno de ayuda, como lo explicó Francisco? ¿No ven que son ellos los que gobiernan? Entonces, ¿para qué está Francisco en la Iglesia? ¿Para qué está sentado en la Silla de Pedro? ¿No ven el engaño? ¿No han captado lo que viene?

Francisco sólo escucha y, después, se va a hacer lo suyo, su obra de teatro en la Iglesia. Luego, cae Francisco y otro se pone en el gobierno. Eso es clarísimo en las palabras de Francisco. ¿No saben leer? ¿No sabe descifrar el pensamiento de ese loco, que habla muchas cosas y no dice nada, no dice la realidad de las cosas, sino que las oculta, como masón que es.

Estamos en unos momentos graves para toda la Iglesia. Y esto no es un juego. Es la cruda realidad: hay que salir de Roma muy pronto porque ya todos es insostenible.

Dos cabezas en la Iglesia

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“Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema” (CONCILIO VATICANO, 1869-1870 – SESION IV (18 de julio de 1870) – Constitución dogmática Ia sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 2. De la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices – Canon).

Pedro tiene perpetuos sucesores, es decir, siempre habrá un Pedro que gobierne la Iglesia de Jesús. Pero es a perpetuidad, para siempre, ab eterno, porque la Iglesia es Eterna, no temporal. Es un Reino que no acaba ni en el tiempo ni en el espacio. Va más allá de todo lo creado. Se dirige siempre hacia la Verdad que no tiene límites ni condiciones.

Si siempre hay un Pedro, entonces, se deduce, que Pedro tiene que ser hasta la muerte. Se es Pedro hasta morir. Y, en la muerte, se elige al sucesor de Pedro. Si no se hiciera así, entonces habría más de un Pedro en la Iglesia, más de una cabeza y eso va contra la misma Palabra de Dios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”.

La Iglesia es una sola. Luego, Pedro es un solo.

No puede haber un Papa y un Papa Emérito. No se da en la Iglesia de Jesús. Se da en la nueva iglesia de Roma, que ya ha dejado de ser la Sede Romana del Primado de Pedro. La Iglesia se sienta sobre Roma. Y, desde Roma, Pedro gobierna toda la Iglesia.

Hay dos Papas: la Iglesia desaparece de Roma. Porque la Iglesia está allí donde está Pedro. Y el Papa Benedicto XVI no gobierna la Iglesia. Un falso pastor gobierna la Iglesia. Luego, no hay Iglesia. Roma no es la Sede del Primado de Pedro. Roma no tiene Autoridad Divina para nada en la Iglesia. Tiene autoridad humana para gobernar su bodrio, que es la nueva iglesia, su falsa Iglesia en Roma.

Por eso, Roma se convierte en la Sede del Anticristo, en la sede de todas las herejías, porque el Anticristo no sólo combate una verdad, sino todas las verdades de la Iglesia.

Francisco reúne en sí todas las herejías, por ser un precursor del anticristo, pero no puede ponerlas en obra. Sólo las dice en sus homilías, en sus escritos, en sus declaraciones, y así actúa como falso Profeta, al mismo tiempo.

Pedro es hasta la muerte porque la sucesión de Pedro es a perpetuidad, para siempre. Y, por tanto, tanto Pedro como su sucesión sólo puede ser expulsada de Roma, pero no anulada.

Nadie puede anular a Pedro ni a sus sucesores. Todos pueden combatir a Pedro y a sus sucesores.

Pedro nunca cambia en la Iglesia. Su función es siempre la misma: ningún Obispo se puede igualar a Pedro; todos los Obispos reciben de Pedro la autoridad en la Iglesia por la obediencia a Él, por el sometimiento a Él, porque Pedro recibe su suprema autoridad de Cristo, no de ningún hombre; Pedro es el Vicario de Cristo, la Cabeza Visible de la Iglesia, el Juez Supremo de los fieles.

Francisco no es juez supremo de los fieles porque no quiere juzgar a nadie. Claramente, él no es Pedro, él no es Papa, él no es Vicario de Cristo, él no es Cabeza Visible de la Iglesia, sino cabeza visible de la falsa iglesia del demonio.

Y, ante las palabras de Francisco: “también debo pensar en una conversión del papado”, se concluye que Pedro ya no existe en la nueva iglesia de Roma.

Es imposible una conversión del papado. Son los Papas los que tienen que convertirse a la Verdad, no el Papado al mundo, a la mentira. Si se da esa conversión del papado, entonces se quita a Pedro de la Iglesia. No existe la reforma de la Iglesia, sólo existe la conversión de los pecadores a la gracia de la verdad.

No puede darse una autoridad para los Obispos sin Pedro, que es lo que quiere Francisco: “todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal”. Francisco va contra todo el dogma del Papado. Ningún Obispo tiene una auténtica autoridad doctrinal sin someterse a Pedro, sin la Obediencia a Pedro.

“La doctrina del Sínodo, por la que profesa: estar persuadido que el obispo recibió de Cristo todos los derechos necesarios para el buen régimen de su diócesis, como si para el buen régimen de cada diócesis no fueran necesarias las ordenaciones superiores que miran a la fe y a las costumbres, o a la disciplina general, cuyo derecho reside en los Sumos Pontífices y en los Concilios universales para toda la Iglesia, es cismática, y por lo menos errónea“ (PIO Vl, 1775-1799 – Derechos indebidamente atribuídos a los obispos- [Decr. de ord. § 25], n.6).

Toda la autoridad en la Iglesia reside en los Sumos Pontífices, en Pedro, porque el gobierno en la Iglesia es central, es único, es de una cabeza que lo da todo.

Querer dar autoridad a los Obispos, una autoridad autónoma, desprovista de la sujeción a la Cabeza, es destrozar todo el Papado, como quiere Francisco: “Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”.

Francisco se va del dogma, de la verdad sobre el Papado por seguir sólo el sentimiento de la dinámica misionera. Son dos cosas distintas: Pedro y la actividad misionera. La dinámica de las misiones nunca es razón para descentralizar el gobierno de la Iglesia.

Francisco cae en este error por este pensamiento: “el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

Pedro es la cabeza de la Iglesia, el que va delante de los ovejas, el que marca el camino a las ovejas. Nunca Pedro es el que va en medio, junto a las ovejas, o detrás, siguiendo a las ovejas o esperando a las retrasadas, que es así como piensa Francisco: “…a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados”.

Esta es la doctrina de un hereje que ya no quiere ser Pedro, que le importa muy poco la verdad de Pedro, que no ve la Iglesia como Jerarquía, como obediencia a la Verdad de la Palabra, sino que pone todo su empeño en hacer una Iglesia que salga a la calle, que sea del mundo, que sea la gente la que marque el camino. Francisco no quiere ser cabeza, quiere estar con el rebaño, quiere seguir al rebaño. Está diciendo: Pedro es una solemne tontería en la Iglesia.

Francisco se carga todo el Papado. Es lo que los hombres de la Iglesia no acaban de meditar, de ver, de vislumbrar lo que viene después de Francisco.

“Como el autor divino de la Iglesia hubiera decretado que fuera una por la fe, por el régimen y por la comunión, escogió a Pedro y a sus sucesores para que en ellos estuviera el principio y como el centro de la unidad… Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada. Para conservar debidamente la unidad de fe y comunión, no basta desempeñar una primacía de honor, no basta una mera dirección, sino que es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a que ha de someterse toda la comunidad…” (Leon XIII) – De la unicidad de la Iglesia- [De la Encíclica Satis cognitum, de 29 de junio de 1896]).

Pedro tiene el principio y el centro de la unidad. No es el pueblo ese principio, no es el pueblo el que gobierna la Iglesia. No es el pueblo que decide la Iglesia. Pedro nunca tiene que hacer caso al pueblo para mandar en la Iglesia. Sólo tiene que obedecer a Cristo. Y los demás, obedientes a Pedro. Si no se da esta obediencia a Pedro, entonces viene lo que quiere Francisco: todo “se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada”.

Francisco propone que el rebaño marque nuevos caminos. Luego, la nueva iglesia en Roma es un conjunto de hombres que sólo dan confusión y perturbación al mundo y a la Iglesia.Y esa Iglesia no es la de Jesús. La Iglesia de Jesús es la Verdad, la que da el resplandor de la Verdad.

Pedro no tiene que seguir al rebaño, a las modas de los hombres, a los avances científicos o técnicos, a las diversas filosofías o teologías llenas de errores, de mentiras, de falsedades, porque Pedro es el que marca el camino en la Iglesia.

La Iglesia y el mundo tienen dos cabezas totalmente diferentes, opuestas. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” [cf. Mt. 22, 21]. Y, por tanto, lo que vale en el mundo no vale en la Iglesia. Pero esto Francisco no lo entiende, porque es del mundo, no pertenece a la Iglesia. Lleva a la Iglesia a las calles, al mundo, a vivir bajo el poder del mundo sin la Verdad, sin el poder de Dios.

Por eso, su afán de que cada Obispado tenga su propia autoridad en la Iglesia, con lo cual se perturba totalmente el orden de las cosas, se oculta la verdad y se hace que los fieles caigan en la total oscuridad, donde no es posible la fe. A esto se quiere llegar: que cada Obispo mande sin depender de Roma, porque hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia. Y, entonces, la potestad de Pedro, que es suprema, universal y enteramente independiente, desparece por completo. Pedro es sólo una figura, un hombre que está en el gobierno de comodín, pero que no gobierna nada.

Un Papa Verdadero defiende siempre su propia autoridad en la Iglesia, constituida sólo por Dios, no por los hombres. Francisco no sale en defensa de esta autoridad de Pedro y, entonces, no es Papa, es una falsa cabeza que está puesta para destrozar la Autoridad de Pedro. Por eso, en su nueva iglesia en Roma, Francisco no gobierna. Son otros los que gobiernan. Francisco entretiene a las masas, como los hombres del mundo, como los famosos en el mundo, como la gente del mundo que sólo vive para buscar su felicidad aquí en la tierra. Pero Francisco no ha sido elegido para dar la Verdad, sino para destrozar cualquier Verdad en la Iglesia.

Su reinado es corto, muy corto, porque los enemigos de la Iglesia no perduran dentro de Ella. Pero las consecuencias de su reinado son irreversibles. Ya no se pueden cambiar, ya no hay marcha atrás. El daño ha sido hecho ya. Y las consecuencias se están viendo por todas partes. Hay una división en todo. Sólo se da la mentira que está con Francisco. Y aquel que quiere decir la verdad, que se opone a Francisco lo callan. Se ha dividido la Verdad, quitando el Papado. Ahora, viene la siguiente división: el amor. Y es cuando comenzará la persecución de aquellos que no acepten la mentira que predica Roma.

Y esto es lo que muchos no han comprendido todavía. Francisco se va cuando el mundo lo aplaude. Pero deja la destrucción de la Iglesia en germen, en la semilla que él ha puesto quitando a Pedro del gobierno de la Iglesia. Otro le sucederá, pero, también por poco tiempo, que continuará el destrozo de la Iglesia.

No se sostienen dos Papas en Roma, porque eso supone dos cabezas distintas, sin depender una de otra. Por eso, Benedicto XVI, si quiere seguir con vida, tiene que salir de Roma. Si se queda lo matarán, como han hecho con los otros.

Benedicto XVI molesta ahora a Roma, porque las almas se están despertando del sueño y miran al verdadero Papa, al que mantuvo la Iglesia en la Verdad, al que no inició su Pontificado con el modernismo en sus palabras, sino con la verdad en su boca.

Ahora, es necesario un cambio en toda la Iglesia. Dios ha dado tiempo para que las almas vean el error. Y, muchas almas, siguen con la venda en los ojos, bailando en torno a Francisco, reconociendo que ha hecho algo bueno, cuando es todo lo contrario. Y, por eso, la Iglesia ha despertado, pero sigue en su pecado. Sigue sin llamar a Francisco como lo que es: un hombre sin horizonte espiritual, un hombre para las masas, pero que no sabe dirigirlas, sólo sabe complacerlas. Por eso, es un pésimo gobernante. Sólo sabe pedir dinero, pero no sabe administrarlo para el bien de la Iglesia, ni siquiera para el bien de su alma.

Por eso, el mundo cambia cuando en la Iglesia se dé un cambio inesperado.

Obediencia ciega sólo a la Verdad

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Jesús: Escucha, Israel: El Señor Dios es tu Único Dios, sólo a Él darás culto. […] Mira que la adoración a otros dioses que no son tu Único Dios, trae consigo la perdición […]
Vuelvo Yo la vista a mi Pueblo y no le encuentro en su sitio. Mira que vuelvo la vista a mi Pueblo y en su interior ha habido una estampida. Y los sacerdotes fueron a presentar sus ofrendas a otros lugares. Cada uno, equivocado, vaga por ahí presentando holocaustos falsos a falsos dioses. Y en su puesto no veo a ninguno.
¡Espera!, ¡hay uno! Este es un sacerdote pobre, blanco y anciano, encorvado, que presenta el verdadero holocausto en la verdadera Iglesia. ¡No es la iglesia de satanás! Es la Iglesia de las catacumbas
” (Mensaje dado a Marga el 11 de marzo de 2002).

Obispos y cardenales, sacerdotes y fieles, van por el camino de la perdición, llevando con ellos muchas almas.

Dan culto a la mentira, al engaño, al dinero, al poder, al mundo. Y eso trae la perdición de las almas.

Porque la Iglesia se ha edificado sólo en el centro de la Verdad, que da a cada alma el camino para llegar a la vida que Dios quiere que se obre en la tierra por cada alma.

La Iglesia, dedicada a los asuntos espirituales, no deja los asuntos humanos para los hombres, sino que pone en todo lo humano la inteligencia de lo divino.

El que vive una vida espiritual obra en su vida humana lo contrario al mundo y a los hombres.

El error del humanismo, que lo tiene Francisco y los que le siguen, consiste en desvincular lo espiritual de lo humano, dando lugar a que lo espiritual sea sólo un recuerdo de las cosas santas, divinas, espirituales, pero no una vida, no un fin en la vida, no algo que marque la vida humana. Y se cae, entonces, en la adoración del hombre. Se da valor a lo humano sin lo divino, sin lo espiritual, sin lo religioso.

Y, por eso, todo el que sigue el error del humanismo tiene que abrirse al mundo y apartarse de Dios. Y, si está en la Iglesia, entonces hace de todo lo religioso, de su ministerio, de su apostolado, su negocio humano en el mundo y en la Iglesia.

Es lo que vemos en Roma, en el Vaticano, en tantos sacerdotes y Obispos que han dejado de ser sal, de guiar a las almas hacia la verdad de sus vidas, y sólo se centran en que las almas naden y busquen en todo lo mundano, profano, científico, humano, natural, de la vida, quitando, anulando, oscureciendo lo espiritual, lo divino, lo religioso.

Ante esta realidad que ofrece Roma a la Iglesia, no queda otra solución que seguir viviendo la Verdad de la Iglesia pero fuera de Roma, fuera del Vaticano, fuera del pensamiento humano de muchos sacerdotes y Obispos que, debido a su autoridad en la Iglesia, ponen a la Iglesia bajo un yugo que no se puede seguir: el yugo de lo humano que lleva al culto de lo humano.

La Jerarquía en la Iglesia está definida por ser Autoridad, no sólo por un orden entre los hombres, por una pirámide, en la que se obedece a una cabeza.

La Jerarquía viene de la palabra griega que significa autoridad, principio religioso, cabeza que ordena, que manda, que distribuye.

Y cuando esa Autoridad se pone Ella misma en contra de Dios, de la ley divina, de la ley natural, entonces se transforma en un imposición, en un yugo, en el cual no es posible la obediencia.

Sólo se da la obediencia a la Verdad. Y si la Autoridad, si el sacerdote, si el Obispo, si el Cardenal, si el Papa, no obedece a la Verdad, los demás no pueden obedecer a esa Jerarquía.

En la Iglesia, la obediencia no es al pensamiento de un hombre, sino al Pensamiento del Padre, a la Mente de Cristo, a la Inteligencia del Espíritu.

El Pensamiento Divino lo tiene siempre Pedro en la Iglesia. Y quien obedece a Pedro tiene el mismo Pensamiento Divino. Y quien no le obedece, sólo posee su propio pensamiento humano.

En la Iglesia, todo está en la Obediencia a la Verdad. Pedro y los demás tiene que obedecer a la Verdad, que es Jesús.

Y cuando uno de ellos no obedece a la Verdad, en los demás no hay obediencia, no puede haberla.

En las condiciones del hombre, en su pecado original, no puede darse la obediencia ciega a un hombre en la Iglesia. Y, aunque la gracia borre el pecado original, no quita la división que hizo en el hombre ese pecado. Y, por eso, sólo se da la obediencia ciega a la Verdad, que es Jesús. Por eso, en la Iglesia todos tienen el deber de discernirlo todo en el Espíritu, para ver dónde está la Verdad y obedecer sólo a los que siguen la Verdad.

Cualquier acto del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes, de los fieles, hay que discernirlo en el Espíritu, para ver si ese acto está en la Verdad. Ese discernimiento no es un juicio al acto del Papa o de quien sea que lo realice. Es sólo ver que en ese acto no hay ninguna mentira, ningún engaño, que se da lo que Dios quiere en ese acto, que se da la Voluntad de Dios, el Pensamiento Divino. Y si no se da, no se puede seguir.

Juzgar los actos de un Papa o de un sacerdote o de un Obispo sin discernir primero la Verdad, es siempre condenar a la Jerarquía. El juicio que se hace con la mente no es un discernimiento espiritual, sino sólo racional, humano, natural. Y ese juicio es siempre un error en el hombre, nunca una verdad.

Para discernir en el Espíritu, hay que apartarse en la oración y pedir a Dios luz sobre ese acto que hace el Papa o quien sea. Y hasta no entender la Verdad, no se puede juzgar con la mente.

Una vez que se discierne espiritualmente, viene el juicio correcto de la mente. Y, entonces, nunca hay error en lo que se dice. Pero quien no discierne espiritualmente siempre se equivoca.

¿Por qué la Iglesia no discernió espiritualmente la renuncia de Benedicto XVI? Porque la Iglesia, la gran mayoría de las almas no tienen fe, no tienen vida espiritual, no saben hacer oración ni penitencia y, por tanto, no saben discernir espiritualmente. Consecuencia: todo se lo tragan, todo se lo engullen como si fuera una verdad que hay que seguir.

Quien no hace oración va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios y peca. Y puede pecar grave o levemente, según sea el asunto. Y en la renuncia de Benedicto XVI el asunto es grave. Luego, si el alma no se recoge en oración para tratar ese asunto con Dios y ver la Verdad de todo eso, el alma peca gravemente. Y, en ese pecado, obedece a una mentira y se conforma con esa mentira.

Ya su inteligencia se oscurece y no puede juzgar rectamente lo que está pasando. Y, a raíz de ese pecado, con la inteligencia oscurecida, se cometen otros pecados.

Llega Francisco y se obedece a un hereje. Se la da una obediencia falsa. Ese es otro pecado mayor que el anterior. Porque quien obedece a un hereje, se hace hereje como él.

Por eso, qué necesario es predicar la Verdad como Es, sin tapujos, sin miedos, sin dudas, sin temores, sin engaños, sin dobles palabras. Y sólo así las almas ven la Verdad.

Quien no predica la Verdad, como lo hace Francisco, deja a las almas en la mentira y se las roba a Cristo.

Francisco está robando almas a la Iglesia. Y la culpa es tanto de Francisco como de las almas que no disciernen lo que ven, lo que oyen. Y no lo hacen por su falta de fe, por estar metidas en lo humano, en el mundo, en lo profano. Y así quieren una Iglesia profana, del mundo, acomodada a sus caprichos humanos.

No hay que tener miedo de decir la Verdad cuando se ve. Cuando el alma no la ve, es mejor que se calle, que no diga nada, hasta que no comprenda en Dios lo que pasa, para no pecar.

Pero el que ve la Verdad y calla, comete otro pecado. Porque quien calla la Verdad habla la mentira. Y la dice con sus obras. El pensamiento calla la verdad, pero el hombre siempre obra lo que hay en su interior.

Un pensamiento que calla la verdad, es un corazón que se cierra al amor y, por tanto, el hombre obra la mentira, el odio, el engaño, la falsedad en su vida.

Por eso, hay muchos sacerdotes, Obispos, que ven la Verdad de lo que pasa, pero callan. Y lo hacen culpablemente porque ellos son Autoridad en la Iglesia y tienen que hablar siempre la Verdad, nunca callar.

El Pastor que calla la Verdad hace que el lobo robe las ovejas con la mentira. Y comete un gran pecado al callar la Verdad: el pecado de renunciar a las ovejas de Cristo, para quedarse en su vida humana sin problemas.

Y quien renuncia a las ovejas, que Cristo le ha dado, inutiliza la Obra de la Redención de Cristo y crucifica de nuevo a Cristo en su sacerdocio, en su ministerio en la Iglesia. Y, por tanto, ese sacerdote o ese Obispo, esa Autoridad que calla, sabiendo la Verdad, se convierte en instrumento del demonio dentro de la Iglesia.

Por eso, tenemos un Vaticano que es la sinagoga de Satanás: dan culto a las obras del demonio. Se ha apartado de la Verdad. Y no se les puede dar la obediencia.

Por eso, a la Iglesia le espera las catacumbas. Es que no hay otro camino. Y al Papa Benedicto XVI le espera las catacumbas si sale de su pecado.

Primero tiene que salir del pecado; después salir de Roma. Ya es viejo, pero para el Señor no hay edades. Quien tiene la fuerza del Espíritu, aunque sea viejo, cumple la Voluntad de Dios. Y eso es lo que tiene que hacer el Papa Benedicto XVI si quiere salvarse.

Francisco: cabeza hereje sostenida por Roma

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“Lo que dice el Papa es puro marxismo (…)es triste ver cuán equivocado está el papa Francisco (…) Es vergonzosa y desconcertante. Es triste porque este Papa deja ver muy claro que no sabe de lo que habla cuando se trata del capitalismo, socialismo, y así sucesivamente (…) Es puro marxismo lo que sale de la boca del Papa (…) Esto es casi una declaración acerca de quién debería controlar los mercados financieros. No soy católico, pero conozco lo suficiente como para saber que habría sido inconcebible que un Papa creyera o dijera esto hace tan sólo unos años” (Rush Limbaugh).

Ante denuncias tan claras de personas que saben lo que ha escrito Francisco en la evangelii gaudium, personas que no son católicas, que no tienen la Verdad en sus corazones, pero sí tienen dos dedos de frente para discernir las cosas, para no tragarse cualquier cosa que digan los hombres, es desconcertante, paradójico que personas que son de la Iglesia, como el Padre Federico Lombardi, sigan ciegos ante esta verdad, y digan que la Evangelii Gaudium “debe ser leída y comprendida en su naturaleza y no desde las críticas que ciertos economistas han vertido sobre el documento”.

¿Qué entiende este hombre por leer un documento en su naturaleza? Porque el documento que saque un Papa en la Iglesia tiene que tener una naturaleza divina, no humana. Y, por tanto, debe recoger una enseñanza divina, no humana. Y Dios no enseña en Su Iglesia el marxismo como lo hace Francisco en la Evangelii gaudium.

Es triste cómo la Jerarquía de la Iglesia oculta la verdad a la Iglesia y sigue adulando a un hereje, que está sentado en la misma Silla de Pedro, el cual no da la Verdad a la Iglesia. Hay que irse al mundo para saber que lo que dice Francisco en la evangelii gaudium es una herejía. No se enseña la Verdad en la Iglesia.

Roma ya no da la Verdad a la Iglesia. La verdad la están dando gente que no es de la Iglesia y que no comulga con ningún Papa. Entonces, ¿qué es lo que vivimos? La destrucción de la Iglesia.

El mal del hombre no es la falta de dinero, sino la falta de Dios en su corazón. Y hay hombres, que están en el mundo, pero que tienen un corazón abierto a Dios, y pueden ver todavía dónde está el bien y el mal.

Pero hay muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia que han cerrado sus corazones a Dios y viven, dentro de Ella, oponiéndose a la Verdad y están en Ella como se está en el mundo: hacen la Iglesia mundana, profana, despojada de todo lo sagrado y lo santo que tiene.

Muchos miembros de la Iglesia ya no son Iglesia, ya son del mundo. Muchos ya no hacen Iglesia, sino que hacen, dentro de la Iglesia, su mundo, su iglesia, su negocio en la vida.

Hay miedo en la Iglesia a decir la Verdad, a obrar la Verdad, a dar la Verdad de forma sencilla. Y, por eso, hay miedo de decir que Francisco es un hereje. Es lo que no dice Federico Lombardi, porque ha sido comprado para que calle la verdad. Le ofrecen una buena paga y un buen puesto en la Iglesia para seguir mintiendo a toda la Iglesia y al mundo entero.

No tiene otra explicación cuando un sacerdote miente como lo hace ese sacerdote. Porque el sacerdote está para decir la Verdad en la Iglesia, cueste lo que cueste, aunque se quede sin el cargo que tiene.

Pero aquel sacerdote que hace el juego a la mentira, a la herejía, es sólo por una razón: dinero y poder. Lo demás, es sólo para contentar a los necios como él.

Gente del mundo que sabe lo que hay en ese documento, y hablan, no tienen miedo a decir las cosas como son; y gente de la Iglesia que, también sabe lo que hay en ese documento, y, sin embargo, callan.

¡Maldito respeto humano! Lleva a la condenación de muchas almas. Por la falsa obediencia a un falso Papa, mucha gente se condena en la Iglesia.

Por no querer entender la Palabra de Dios, tan sencilla: ”discernid los espíritus, no creáis a todo espíritu” (1 Jn 4, 1), la gente se pierde en la mentira de unos herejes que quieren hacer de la Iglesia su mundo, su negocio en el mundo, su inversión en el mundo.

Un Obispo que lleva predicando nueve meses sobre los mismo: hay que dar dinero a los pobres; es un Obispo marxista en la Iglesia. Y eso nadie lo contempló al principio. Nadie se dio cuenta de la herejía en tantas homilías, que son clarísimas, llenas de comunismo. Gente de Iglesia que tiene más conocimiento de la verdad que muchos en el mundo, y que tienen una venda en sus ojos para no ver la mentira que hay en Francisco.

¿Qué está pasando en la Iglesia con tanta gente así? Ya no es la Iglesia que fundó Jesús en Pedro. Ya es otra Iglesia. Hay gente en la Iglesia que es como Francisco: vive su pecado y da su pecado a toda la Iglesia. Luego, tenemos una Iglesia de pecadores que les importa un bledo quitar su pecado -sólo quieren vivir en su pecado como una verdad en sus vidas- ,y sólo les interesa hacer de la Iglesia una comunidad para el mundo y para los hombres.

La Iglesia que tenemos en Roma ya no es la Iglesia. Nadie dice la Verdad en Roma. Todos se callan, por sus pecados, no por otra cosa. Porque les conviene callarse. Porque se les impone el silencio, porque han dejado de creer en la Palabra de Dios, para creer en las inútiles palabras de los hombres.

Y este nuevo silencio sobre la herejía de Francisco, ¿a dónde lleva a la Iglesia? Al cisma público, no ya encubierto, como hasta ahora.

Quien vea a Francisco como marxista, tiene que irse de Roma, porque en Roma se le ve como un santo. Esto es el cisma, que lo producen los mismos que están en Roma: Francisco y los suyos, los que se unen a esa cabeza llena de herejías.

Para estar en la Verdad, hay que enfrentarse a Francisco, que da la mentira. Pero, para seguir siendo Iglesia, hay que irse de Roma, porque en Roma, la mentira es lo que vale en esa iglesia, ya no la Verdad.

O estás en Roma y eres un marxista; o estás fuera de Roma y eres de la Iglesia y haces la Iglesia. Esto es el cisma, producido por Roma, no por la Iglesia, no por los miembros de la Iglesia.

Aquel que quiera obedecer a la verdad no puede obedecer a una cabeza llena de herejías, como lo es Francisco. Y si Francisco sigue, si no lo quitan de en medio por sus herejías, entonces hay que irse de Roma para ser y hacer la Iglesia, fundada en Pedro, no en una cabeza hereje.

El Papa verdadero sigue siendo Benedicto XVI. Pero está en su pecado: no quiere ser Papa. Luego, la Iglesia está sin cabeza. No sabe a quién seguir, no sabe adónde ir. Tiene que ir al desierto y allí aprender del Espíritu a esperar los tiempos en que el cielo ponga una nueva cabeza. Si permanece en Roma, la Iglesia será despojada de todo lo divino, lo santo, lo sagrado.

Roma está sosteniendo una cabeza hereje en estos momentos. Y eso es una señal para toda la Iglesia que la ruina viene ya para todos.

En Roma se ha perdido la Autoridad Divina

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La Verdad es la Palabra de Dios, nunca es la verdad la palabra humana, nunca lo que diga la ciencia o la filosofía ni siquiera la teología.

Sólo la Santa Biblia contiene la Verdad. Es el libro que toda alma debe poseer en su vida. Los demás libros, no son importantes, porque ninguno da la Verdad al alma.

El alma se alimenta sólo de la Verdad de la Palabra. Y esa Verdad, cuando se hace propia, obra el Amor en la vida, porque la Palabra es la Obra del Amor.

A las almas les cuesta asimilar el Evangelio, la Palabra Divina en sus corazones, porque viven muchas en lo exterior de la vida, en la superficie de la vida, conquistando el mundo y las cosas del mundo.

Y el Evangelio es para lo interior de la vida, para escrutar lo que hay en el corazón de cada uno. Es una Palabra que revela la vida íntima de cada alma y que da a cada alma el camino para obrar lo divino en su vida humana.

La Palabra de Dios es una Autoridad, un Poder Divino, en cada alma. Dios da Su Fuerza Divina al alma que cree en Su Palabra. Y con esa Fuerza, el alma obra, aunque se tenga que oponer a cualquier autoridad o poder humano.

El hombre se apoya en su palabra humana para ser poderoso. Dios da Su Palabra para combatir todo poder humano, para vencer la soberbia de los hombres, para realizar lo que Dios quiere en la vida de cada hombre.

Y ante esta Autoridad Divina, el demonio se opone con su poder demoniaco, que es más fuerte que el poder de los hombres. El demonio batalla contra la Palabra Divina. El demonio no batalla contra las palabras de los hombres, sino que coge las palabras humanas para luchar contra la Palabra Divina.

En la Iglesia la luz de la Autoridad Divina se ha eclipsado. No existe o, si en un alma se da, se oculta para poner la autoridad de los hombres.

Hoy día en Roma la Jerarquía trabaja con un poder humano, no con la Autoridad de Dios. Nada de lo que se hace en Roma lo quiere Dios. Nada. Porque el que se sienta en el Trono no es elegido por Dios para gobernar la Iglesia. No tiene la Autoridad de Dios, porque no cree en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en sus palabras humanas que le han llevado a su pecado en medio de la Iglesia.

Y quien está en la cabeza de la Iglesia, gobernándola sólo con un poder humano, anula cualquier poder divino en la Iglesia.

Por el solo hecho de estar Francisco como jefe de la Iglesia, no existe la Autoridad Divina en nadie de la Iglesia.

Para tener esa Autoridad de Dios, el sacerdote, el Obispo, el fiel, tiene que ponerse en contra de Francisco. Porque la Palabra de Dios es la Fuerza de Dios, es Poder, es Autoridad. Pero quien se une a una cabeza sin Autoridad Divina pierde su misma Autoridad, si la tenía.

El que se une a una cabeza que no cree en la Palabra de Dios, pierde su fe en la Palabra.

Perder la fe dentro de la Iglesia es muy fácil cuando se sigue a una cabeza falsa, a una cabeza hereje, a una cabeza mentirosa.

Todo fiel que vea a un sacerdote, a un Obispo, que niega alguna verdad en la Iglesia, algún dogma, o que interpreta el Magisterio de la Iglesia según conceptos humanos, tiene que oponerse a ese sacerdote u Obispo para no perder la Fe y mantener la Autoridad Divina que le da la Palabra de Dios a su alma.

Por eso, hay tantas almas engañadas con Francisco que están a punto de perder la fe. Porque no se puede comulgar con un hereje. No se puede. La gente se queda en los cariños a Francisco, en que es amable, humilde, sencillo, etc. Por ahí, el demonio siempre coge al alma para perderla.

Hay que discernir a Francisco para ponerse en la Verdad y tener la Fe que todo lo puede, que todo lo sabe, que todo lo obra en la Iglesia.

Pero este discernimiento es de pocos en la Iglesia. Hay muchas almas buenas en la Iglesia, pero que no disciernen nada. Que están en la Iglesia tragándose cualquier cosa, cualquier idea, cualquier obra de los hombres. Y eso les llevará, tarde o temprano, a perder la fe, por seguir los cariños, los sentimientos, los afectos a un hombre.

Muchas almas viven de sus sentimientos humanos y eso hace que caminen por el error en sus vidas. Y quieren llevar sus sentimientos a la Iglesia, a la vida espiritual, y entonces no pueden vivir de fe en la Iglesia. La fe no es un sentir, sino un obrar la Palabra de Dios.

La fe es una obra al margen de cualquier sentimiento en la vida, de cualquier circunstancia en la vida, de cualquier idea en la vida.

Por eso, la maldad de Francisco es ir al mundo cargado de sentimientos, de afectos hacia los hombres. Y eso pierde a la Iglesia, eso destroza la vida de fe de la Iglesia. Se pone el tinte de la Evangelización en hacer un bien humano, sentimental al hombre del mundo. Es lo más contrario a la Verdad de la Palabra Divina.

El alma necesita el alimento de la Verdad de la Palabra de Dios, no el sentimiento de la caricia de la palabra del hombre.

El alma necesita la fuerza divina para seguir viviendo su vida humana, que no es fácil en medio de un mundo que no quiere la Voluntad de Dios. Pero la Iglesia está dando a las almas el poder del demonio con su salida al mundo, para que las almas se acomoden al pensamiento y a la vida de cada hombre en el mundo y así conciban un iglesia para todos los hombres.

La maldad que hay en Roma es muy grande. Y nadie la ve. Nadie la discierne. Todos dicen: con estos bueyes hay que arar. Y dicen mal. Porque ya no sirve para arar la tierra de la Iglesia, la tierra de las almas, la tierra de los corazones.

No se trabaja una tierra con instrumentos que no sirven, que no dan lo que necesita la tierra. El alma sólo necesita la Verdad en su vida. Y sacerdotes, Obispos que sólo dan la mentira, no sirven para ser Iglesia, para hacer la Iglesia. Son bueyes inútiles, inservibles, que sólo producen en la tierra de las almas la negación de todo fruto divino en ellas.

¡Qué pocos han comprendido la situación de la Iglesia en estos momentos!

Una Iglesia sin poder divino para obrar. Luego, sus obras son para el mundo y para los hombres. Así se conquista el mundo, dándole su propio poder, su propia filosofía de la vida, su propia idea de lo que es bueno y malo en la vida.

Es lo que está haciendo Francisco desde hace nueve meses. Destrozando todo poder divino en la Iglesia. Quien se une a él pierde la fe en la Palabra de Dios y ya no tiene la fuerza de Dios para seguir viviendo su vida de cara a Dios, sino que vive su vida de cara al demonio y a los hombres.

Sucesión de anticristos

lavidanoseda

“Mas acordaos que Satanás cumple su acción solapada en las tinieblas. Os asedia con sus enredos y sutilezas de serpiente al acecho de un tupido matorral. Y porque sabe que sois viles tanto en el mal como en el bien, aunque os vea ya muy alejados de Dios no osa aún presentarse ante vosotros cara a cara y deciros: “Aquí estoy. Sígueme”.

..Después de haber intentado destruir a Cristo con las tentaciones; a la Iglesia deparándole épocas oscuras; el Cristianismo por medio de los cismas; la sociedad civil con las sectas, ahora que está en vísperas de la manifestación preparatoria para la final, intenta destruir vuestras conciencias tras haber destruido vuestro pensamiento. Sí, es así. Lo ha destruido no como capacidad de pensar como hombres sino de pensar como hijos de Dios. El racionalismo, la ciencia que se aparta de Dios, ha destruido vuestro pensamiento de índole divina y ahora pensáis como sólo el fango puede pensar: por tierra. En las cosas que ve, vuestro ojo no advierte a Dios, no advierte su sello. Para vosotros son solamente astros, montes, piedras, aguas, hierbas, animales. Para el creyente son obras de Dios y no necesita más para sumergirse en la contemplación y la alabanza del Creador, ante los innumerables signos de su poder, que os circunda y embellecen vuestra existencia y son útiles para vuestra vida.

Ahora Satanás ataca las conciencias. Ofrece el antiguo fruto: el placer, el ávido deseo de saber, la arrogante y sacrílega esperanza de llegar a ser dioses, a fuerza de morder en la carne y en la ciencia. Y así, el placer os convierte en fieras consumidas por la lujuria, repelentes, enfermas, condenadas tanto en ésta como en la otra vida a los morbos de la carne y a la muerte del espíritu. Y así, el ávido deseo de saber os entrega al Simulador pues, al intentar imponer a dios vuestra voluntad de saber debido a la ilícita sed de conocer los misterios de Dios, hacéis de modo que satanás os atrape con sus engaños.

Me causáis piedad. Me causáis horror. Siento piedad porque sois locos. Siento horror porque queréis serlo y os marcáis la carne del alma con el signo de la Bestia y rechazáis la Verdad para acoger la Mentira” (Jesús a María Valtorta – 8 de enero de 1944).

La Iglesia está henchida de orgullo y de incredulidad y, por eso, niega el poder y la presencia del demonio en Ella.

Lucifer fue creado por Dios, pero se rebeló contra Dios y se convirtió en demonio, se puso como Adversario de Dios, como el Tentador, el Envidioso, el Astuto, el Incansable, el Simulador de Dios.

Todo cuanto hace el demonio lo obra imitando a Dios. Y nada obra sin esa imitación. No puede hacer algo de sí mismo. Sólo obra en el espejo de Dios, poniéndose como dios en todas las cosas.

Y, por eso, los Obispos y los sacerdotes niegan que exista el infierno, porque ya no creen que Dios ha creado al demonio y, por tanto, ha creado un lugar y un estado para el demonio.

El infierno existe, no es algo imaginario, no es el fruto de la mente del hombre, no es una razón para meter miedo a la gente.

El infierno es la cara del demonio, es la obra de su pensamiento demoniaco, es la vida de sus tres cabezas más importantes en ese reino.

Quien no crea en el demonio es porque se ha convertido en un demonio, su conciencia se ha pervertido.

El demonio sólo cree que es dios, pero no puede creer que se transformó, por su pecado, en demonio. Sino que, siendo Ángel de Luz en la creación, sigue siendo esa luz, pero de otra manera, en estado de demonio. Y da esa luz a los hombres presentándose como Dios.

Es lo que ha hecho el anticristo Francisco desde el principio de su reinado en la Iglesia: se ha presentado como elegido por Dios para guiar a la Iglesia. Y nadie vio al demonio en él, en esa elección y en esa subida al poder.

Aquel que niega al demonio es ya un demonio en vida, se ha convertido en un demonio en vida. Su conciencia ha mordido el misterio de Dios y se presenta ante los hombres como dios.

Quien niega al demonio, niega a Dios. Y quien niega a Dios se convierte él mismo en dios para sí mismo: con su pensamiento crea todo lo que necesita para creer en la vida, para vivir y obrar su vida.

Estamos viviendo en la Iglesia el culto a la mente del hombre, que no es capaz de salir de sí misma, porque en ella lo encuentra todo para su vida espiritual. Y se ha llegado a eso porque los hombres ya no tienen conciencia. Ya no saben lo que es ni el bien ni el mal. Sólo saben pensar su bien y su mal.

El hombre ha hecho de la vida espiritual un camino en su mente. Y, por eso, contemplamos a tantos sacerdotes y Obispos que ya no creen en ninguna verdad que la Iglesia ha enseñado durante 20 siglos. No creen porque han tergiversado el Misterio de la Iglesia, el Misterio de Cristo, el Misterio de Dios con sus inteligencias humanas. Han querido enseñar el Misterio con sus mentes y han entrado en la conquista de la mente del demonio, que supera a la mente de cualquier hombre.

La mente del demonio sólo tiene un fin: ser dios. Y lleva al hombre que le sigue a lo mismo: ser dios.

Todos se oponen a la Verdad porque encuentra en sus mentes las verdades para seguir siendo lo que son en la Iglesia. Ya esas verdades no las da Dios, no las ofrece el Espíritu de la Verdad, sino la mente de cada cual en su vida.

Quien no desprecia las verdades de su mente, nunca se va a poner en la Verdad, que es Jesús. Nunca va a obrar la Verdad, que es Jesús. Nunca va a vivir la Verdad, que es Jesús. Siempre va a rechazar la Verdad.

Esto es lo que muchos no comprenden en la Iglesia: este renunciar a la mente humana para poseer la Mente de Cristo. Este crucificar lo humano para ser divino. El hombre sólo quiere ensalzarse como hombre y ponerse por encima de Dios. Ése es su pecado en el mundo y en la Iglesia. Y no se puede comprender de otra manera cómo sacerdotes y Obispos siguen siendo lo que son si dejar sus mentiras, sus errores, sus herejías, sus apostasías de la fe. No se puede comprender que el anticristo Francisco siga sentado en la Silla de Pedro si no se acude al pecado de ser dios ante la Iglesia y ante el mundo.

El pecador humilde ve su pecado y lo quita de en medio. El pecador soberbio ve su pecado y lo ensalza, lo justifica y lo aplaude en medio del mundo y de la Iglesia.

Por eso, no es de extrañar que los Obispos en la Iglesia lo estén negando todo, toda verdad, todo dogma. Es lo más normal cuando el hombre ha hecho de su razón su dios.

Quien no cree en el demonio sólo cree en su razón. Y no tiene otra fe. Y no tiene otro dios. Y su camino en la vida es su pensamiento humano, no el Espíritu de la Verdad.

Ese fue el pecado de Lucifer: seguir su pensamiento angélico, oponiéndose al Pensamiento Divino sobre su vida de Ángel.

Dios le mostró un camino para vivir su vida y el demonio eligió otro, contrario y opuesto al de Dios.

Y ese pecado se repite siempre en los hombres: en Adán y Eva, y en la Iglesia.

Jesús ha puesto un camino al hombre en la Iglesia, camino para salvarse y santificarse, y los hombres, los sacerdotes y Obispos, eligen otro camino para sus vidas de sacerdocio, incurriendo en el mismo pecado de Lucifer.

Este será siempre el Misterio de la Gracia y de la Libertad en el hombre. El hombre, a pesar de tener la Gracia, la Vida Divina, puede escoger, con su libertad, el camino opuesto a esa Vida Divina en la Iglesia.

Nadie está salvado en la Iglesia porque se haya bautizado, o comulgue, o se confiese, o haya recibido la confirmación, porque eso no da la salvación al hombre.

Nadie se salva porque Dios lo ama. Nadie se salva porque se ore y se haga penitencia. Nadie se salva porque haya pasado toda su vida sirviendo a Dios en la Iglesia.

La salvación está sólo en la Gracia. Y el hombre se salva si es fiel a la Gracia, si persevera en la Gracia, si camina en la Gracia. Y la Gracia es sólo el movimiento de Dios en el alma. Dios mueve el corazón para que el hombre obre algo divino en su vida humana.

Y reconocer este movimiento en el corazón es de la suma importancia en la vida de toda alma. Y no saber verlo es condenarse en vida haciendo muchas cosas buenas sin la acción divina en el corazón.

Por eso, la vida espiritual no es un juego de la mente: ahora creemos en el infierno, mañana ya no creemos para creer en otra cosa.

La Verdad es siempre la misma. La Verdad es la Verdad. Y la Verdad no gusta a ningún hombre, porque siempre se opone a la mente de todo hombre, a las razones que todo hombre busca para ser feliz y vivir en paz.

Vivimos en la Iglesia con sacerdotes, con Obispos, que han despreciado la Verdad para imponer sus verdades a los demás, para acoger la Mentira y que todos vayan tras esa Mentira.

Eso es el anticristo Francisco, que ha puesto su gobierno en la Iglesia, que va en contra de la Verdad. Y eso es lo que muchos no ven: esta Verdad.

Pedro solo, sin ayuda de nadie, gobierna toda la Iglesia. Esta es la Verdad que se ha despreciado y que nadie medita y nadie la quiere en la Iglesia. Se quita esta Verdad para acoger una mentira: un gobierno de muchos en la Iglesia. Y se ha quitado sin que nadie diga nada. Eso es señal de cómo están las conciencias de muchos en la Iglesia. Conciencias pervertidas en el mal.

El anticristo Francisco ha impuesto su verdad, que sale de su pensamiento humano, pero que no está en el Pensamiento Divino. No se encuentra en Dios esa verdad, porque Dios ha fundado su Iglesia en el gobierno de uno, no de muchos. Y esta ley divina se ha despreciado en la Iglesia y se ha colocado el pensamiento de un hombre que no vive la Verdad, sino que vive sus verdades en la Iglesia, que acoge las mentiras que le pone el demonio en su mente.

Francisco es un hombre que actúa como el demonio: se opone a Dios, lucha en contra de Dios, se sube encima de Dios, se pone como dios en medio de la Iglesia.

Y nadie lo entiende así, porque la Iglesia ya no cree en el demonio y, por eso, se deja engañar fácilmente por el demonio.

Quien no cree en el demonio no puede ver su acción, no puede contemplar sus obras, no puede luchar contra él.

Por eso, subió el anticristo Francisco a la Silla de Pedro y todos le siguieron, porque no se cree en el demonio. Y se toman las palabras y las obras de los hombres como Voluntad de Dios en la Iglesia.

Y la Iglesia, cuando no discierne la Verdad, cuando se apoya en los pensamientos de los hombres, en sus obras, en sus vidas, siempre yerra, siempre cae, siempre se engaña con la Mentira.

Vivimos un tiempo de total oscuridad en la Iglesia. Roma ya ha perdido la fe y se convierte en la Sede del Anticristo. La Silla de Pedro se transforma en la Silla del demonio. Y, en consecuencia, lo que resta por contemplar en Roma es la sucesión de anticristos en esa Silla, de gente que ya no ve la Verdad, y que impone sus mentiras a la Iglesia.

Por eso, durante más de dos largos años, sólo se verá en Roma la destrucción de toda la Iglesia, que durante 20 siglos se ha mantenido para dar la Verdad a todos los hombres, y que, en poco tiempo, su cara será transformada en la cara del Anticristo.

La cara de Cristo ha desparecido de Roma y se ha colocado la careta del demonio, para dar a los hombres el pensamiento del demonio, a través de Obispos que se oponen a Cristo y Su Obra, que es la Iglesia.

Son los mismos miembros de la Iglesia los que destruyen la Iglesia, cambian su cara, lavan su cara, transforman la Iglesia en una nueva iglesia, que es una falsa Iglesia.

Por eso, no estamos viviendo lo de siempre en la Iglesia: gente que desobedece, gente que no sigue la Verdad. Ya no es tiempo de eso. Estamos viviendo la rebeldía a la Verdad entre los mismos miembros de la Iglesia. La Iglesia se rebela contra su fundador y deja de ser Iglesia, porque los suyos han perdido la conciencia del bien y del mal por querer interpretar los Misterio de Dios en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma, porque Roma ya no da la Verdad a nadie.

Roma ha puesto el camino de la condenación

“Cristo el Señor… quiso que el colegio apostólico tuviera la máxima unidad, unido por un doble y estrecho vínculo, a saber: intrínsecamente, por una misma fe y por el amor…; extrínsecamente, por el gobierno de uno solo sobre todos, ya que confirió a Pedro la primacía sobre los demás apóstoles, como principio perpetuo y fundamento visible de unidad” (Pío XI – Ecclesiam Dei).

libertad

Los Obispos son uno en la Iglesia si obedecen a Pedro, que es el primer apóstol y el principio y el fundamento visible de unidad.

Cristo es el fundamento, la Roca invisible de unidad en la Iglesia.

Pedro es la roca visible de unidad.

Y Pedro gobierna solo la Iglesia. Y, por tanto, no necesita de un gobierno horizontal. No hace falta. Es un insulto a la Iglesia poner un gobierno horizontal. Es una obra herética en la Iglesia poner un gobierno horizontal.

Es la obra herética de Francisco. Es su legado a la Iglesia. Es el gobierno horizontal el principio y el fundamento de la destrucción de la Iglesia.

Así se destruye la Iglesia: quitando el gobierno vertical, que es el gobierno de uno solo, de Pedro, y poniendo un gobierno de muchos, horizontal, que conlleva la imposición de la mente del hombre en la Iglesia. Y la mente del hombre divide la Iglesia. Sólo la mente divina une la Iglesia.

Por eso, el gobierno horizontal es la prepotencia en la Iglesia, es el orgullo en la Iglesia, es la soberbia en la Iglesia, es la mentira en la Iglesia. Es la división en la Iglesia.

Y muchos han aceptado ese gobierno horizontal porque dicen que cualquiera puede gobernar en la Iglesia de una forma o de otra.

No creen en Pedro. No tienen fe en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus estructuras creadas en la Iglesia para gobernarla.

El gobierno en la Iglesia es sólo espiritual, no humano, porque se gobiernan almas, no cuerpos, no vidas humanas, sino vidas espirituales.

Como Francisco, y toda la Jerarquía que lo sigue, no creen en el Espíritu, en la vida espiritual, entonces no ven la Iglesia como Espíritu, como la obra del Espíritu, que sólo tiene un fin divino: llevar las almas al Cielo.

Para Francisco, la Iglesia sólo posee un fin humano: dar de comer a los pobres, cuidar a los enfermos, dar trabajo a los jóvenes. Por eso, ha puesto en la Iglesia su negocio humano en el gobierno horizontal.

Francisco sólo ve la Iglesia como un conjunto de hombres. Y punto y final. Y ahí se acaba la Iglesia para Francisco.

Por eso, ha abierto las puertas de Roma al mundo. Por eso, llama hermanos a todo el mundo, aunque sea el mayor hereje de todos los tiempos, como los judíos y los protestantes. Son sus hermanos para él. Para la Iglesia siguen siendo los Enemigos, soldados del demonio, quienes van a entrar en la Iglesia por la puerta de Roma. Ya se han abierto. Y queda muy poco para contemplar la mayor herejía de todas desde que existe el hombre en la tierra.

Poner un gobierno horizontal es declarar que Roma ha muerto para las cosas de Dios, para las cosas santas, para las obras sagradas, para llevar al Cielo a las almas.

Roma ha muerto. Y eso es lo que nadie ha entendido, porque los hombres siempre son iguales: duros de cerviz. Les cuesta ver la Verdad por su gran soberbia.

“Dios, que dio a los Apóstoles la misión de predicar el Evangelio, estableció a Pedro, el jefe de todos ellos, a fin de que de Pedro como de la cabeza pudieran extenderse sus dones divinos en todo el cuerpo; y quien ose separarse de la unidad de Pedro no participa en la economía divina” (San León Magno – Carta ll).

Francisco se ha separado de la unidad de Pedro al poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Sólo Pedro, en el Vértice de la Iglesia, solo, él solo, la gobierna. Quien vaya contra esto, no puede entrar en el Cielo y no pertenece a la Iglesia.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha matado la fe en Roma. Roma ya no cree en la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”. Pedro solo gobierna la Iglesia. Sólo en Pedro se da la Verdad en la Iglesia.

Francisco ha engañado a toda la Iglesia aceptando ser Pedro cuando Benedicto XVI renunció a su Pontificado. Su engaño es otra obra herética de Francisco en medio de la Iglesia.

Francisco no cree que ser Papa es hasta la muerte, que Pedro es elegido por Dios hasta la muerte. Francisco sólo cree que ser cabeza de la Iglesia es sólo por un tiempo. Entonces, a Francisco hay que echarlo de ese gobierno que ha creado en la Iglesia, porque ese gobierno es sólo para un tiempo. Es necesario poner otras cabezas que dirijan la Iglesia.

El gobierno horizontal en la Iglesia es sólo temporal, no perpetuo. Sólo Pedro es perpetuo. Sólo la elección divina es para siempre. Y, por eso, Dios elige a un Papa para siempre, por Su Elección en la Iglesia. No lo elige para un tiempo. La renuncia en la Iglesia no existe, no puede darse, porque nadie puede renunciar a su vocación en la Iglesia. Sólo Dios puede quitar esa vocación, no los hombres.

Y los hombres han expulsado a Benedicto XVI del Vértice de la Iglesia y han obligado a Benedicto XVI a irse de la Iglesia.

Es la imposición de la mentira en el gobierno vertical de Benedicto XVI en la Iglesia. Este Papa ya sufrió la mentira en carne y hueso en la Iglesia.

Y los hombres no se han dado cuenta de los sufrimientos de los Pontífices en la Iglesia. Creen que todo es comer y beber en la Iglesia. Un Papa que no sufra en su gobierno no es Papa verdadero. Un Papa que no sufra los asaltos de los hombres, que están a su alrededor, queriendo el poder en la Iglesia, no es verdadero Papa.

Nadie ama a los Papas, todos aman a las cabezas herejes, como Francisco.

Nadie se da cuenta de lo que un Papa tiene que sufrir para gobernar la Iglesia dando a conocer la Verdad y sólo la Verdad de la Palabra de Dios.

Un Papa tiene que batallar contra todas las palabras humanas en la Iglesia que quieran desestabilizar la unidad en la Iglesia. Y es duro batallar contra los hombres, porque los hombres se creen dioses por lo que piensan. Son soberbios hasta rabiar. Son perros que sólo saben ladrar sus herejías y mentiras en la Iglesia.

Tenemos, en este momento en la Iglesia, lobos en el gobierno horizontal, que están hambrientos de poder y de dinero en la Iglesia, porque eso es lo que ofrece el gobierno horizontal a todos los que lo componen. No les ofrece una vida espiritual, una vida divina, una vida santa. Francisco no puede ofrecerles eso porque ha hecho de la Iglesia una empresa humana para dar de comer a los hombres. Y, para eso, hace falta buscar personas en el mundo que den dinero a la Iglesia. Y esas personas que dan dinero quieren, a cambio, un trozo de poder en la Iglesia. Roma es como la bolsa de negocios: tú me das, yo te doy.

Nadie ve las consecuencias gravísimas de poner un gobierno horizontal. Porque a nadie le importa la Iglesia, la vida espiritual de la Iglesia. A nadie.

La Iglesia está hecha sólo para las almas, no para los cuerpos. Pero así no lo ven en Roma. Ya ese planteamiento no se sigue, porque ahora se sigue el espíritu del mundo en Roma.

Y, por eso, hay que salir de Roma, porque ¿a quién le interesa el mundo?: “Pero a mí jamás me acaezca gloriarme en otra cosa sino en la Cruz de nuestro señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14).

Francisco no se crucifica para el mundo, sino que se abre al mundo. Para Francisco el mundo no está crucificado, sino abierto a su mente y a su torpe espíritu de vanidad y de presunción, que le hace ser el mayor de los hipócritas de la Iglesia, que se atreve a vestirse de Obispo sin tener el Espíritu de la Iglesia, porque ha renegado de la Santidad de la Iglesia, que sólo Pedro puede dar en la Iglesia.

Francisco ha anulado a Pedro y, por tanto, ha anulado la Santidad en la Iglesia.

Quien quiera ser santo, que salga de Roma. Quien quiera condenarse, que se quede en Roma.

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