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El que obedece a la verdad revelada nunca se equivoca

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«por el cual hemos recibido la gracia y el apostolado para promover la obediencia a la fe» (Rom 1, 5).

El hombre está obligado a obedecer a la fe. Los dones de Dios son para la obediencia. No son para jugar con ellos, no son para decir que se tienen dones y carismas. Son para obedecer la Palabra de Dios que se da en ellos.

La fe es un acto de obediencia a Dios. Obedecer la Mente de Dios, que es obedecer Su Voluntad, hacer Su Voluntad, obrar lo divino.

Hay una fe que se rinde a Dios. Y hay otra fe que se rinde al hombre.

Cuando se cree a la autoridad del hombre que habla, entonces la fe es humana.

Cuando se cree a la autoridad de Dios que habla, entonces la fe es divina.

Cuando se cree a un hombre, no por su autoridad, sino por la evidencia de su testimonio, de sus estudios, de su trabajo, de sus investigaciones, entonces eso es una fe científica.

La fe divina es una fe de autoridad; no es científica: no se cree a los científicos, ni a los filósofos, ni a los psiquiatras…, para llegar a Dios. No se alcanza a Dios por la ciencia de ningún hombre, por ninguna sabiduría humana.

Se alcanza a Dios por la autoridad de Dios que habla, que revela Su Palabra.

«El justo vive de fe» (Rom 1, 17c).

Los hombres suelen caminar en la vida «de una fe a otra fe» (Rom 1, 17b), imitando así a los hombres del Antiguo Testamento, que creían en las divinas promesas, pero no podían creer en Cristo.

En el Nuevo Testamento, el objeto de la fe es Cristo, muerto y resucitado, en quien el Padre puso la salvación del mundo.

Muchos hombres son científicos en su fe: creen porque otros demuestran los hechos. Son como santo Tomás: si no ven con sus razonamientos humanos, no creen, no pueden creer. De estos hombres hay muchos: no se apoyan en la autoridad de la Iglesia, ni en la autoridad de la Jerarquía, ni en el poder humano de los hombres. Sólo se apoyan en su sabiduría humana.

Si estos hombres creen en algún falso profeta, entonces aparece en ellos la fe humana, porque todo falso profeta habla con una autoridad, en nombre de algo o de alguien.

Por eso, hay muchas falsas espiritualidades o religiones porque se pide la obediencia por la falsa autoridad de un hombre, por el falso poder que tiene ese hombre.

Los que van dejando a los falsos profetas y se van introduciendo en los verdaderos, son como los hombres del Antiguo Testamento: creen en lo que prometen las escrituras, las profecías, pero no han llegado a la verdadera fe, la fe divina, que sólo tiene un objeto: Cristo.

Con la fe divina se imita a Cristo, se hacen las obras de Cristo.

Quien no tiene esta fe divina, habla así de la fe:

«la característica propia de la luz de la fe es la capacidad de iluminar toda la existencia del hombre» (LF, n. 4).

La luz de la fe ilumina la vida de Cristo para imitarla. La fe no es para iluminar la existencia del hombre. Dios no da el don de la fe para que el hombre viva una historia, una cultura, una vida humana.

Dios da el don de la fe para que el hombre se transforme en Su Hijo. El objeto de la fe es Cristo, no es la existencia del hombre. Es Cristo y su Cruz. La vida del hombre es para poner los ojos en la vida de Cristo Crucificado.

La fe no es la apertura a un futuro, no es la promesa de una plenitud, no es una luz en el sendero:

«experimentamos que en él hay una gran promesa de plenitud y se nos abre la mirada al futuro. La fe…se presenta como luz en el sendero» (LF, n.4).

La luz de la fe es Cristo. Cristo es el Camino, no es la luz en el camino. Cristo no es una promesa, sino la Obra Redentora del Padre a la que todos tienen que asociarse si quieren salvarse. Cristo es una doctrina divina, sagrada, inmutable.

La fe divina es un Poder Divino:

«no me avergüenzo del Evangelio, que es Poder de Dios» (Rom 1, 16a);

es un Poder «para la salvación de todo el que cree; del judío primero, pero también del griego» (v. 16b).

Es un Poder que salva el alma que cree; por lo tanto, es un Poder que condena al alma que no cree. La salva de sus pecados, no de sus problemas sociales.

Si el alma obedece el Evangelio, a esa Palabra Divina, -que es un Poder Divino-, entonces esa alma encuentra un camino de salvación en su vida, aunque sea griego, aunque sea un hombre de mundo, aunque viva en sus pecados.  Si no hay obediencia a la fe, a la verdad revelada, no hay camino de salvación.

El Evangelio se funda en la Cruz de Cristo. Y la Cruz es siempre salvación o condenación.  Es la Roca que si se desecha, el hombre construye en el aire su vida; pero si se acepta, entonces la vida del hombre adquiere el sentido de Cristo.

Los hombres no quieren salvarse porque no obedecen a Dios, a la Verdad que Dios revela.  No es porque Dios no quiera salvarlos, es porque ellos no obedecen a Dios.

Dios se revela en la ley natural: los hombres no la obedecen. Luego, no hay salvación.

Dios se revela en la ley divina: los hombres no cumplen con los mandamientos. No es posible salvarse. No hay obediencia a la fe.

Dios da la ley de la gracia en Su Iglesia: los hombres meten en un saco roto la gracia y anulan el camino de salvación. Quien no cumple la ley de la gracia tampoco cumple con la ley divina ni con la ley natural.

La fe divina es la Mente de Dios que se da a conocer al hombre.

Y la Mente de Dios es siempre presente: no tiene tiempo.

Bergoglio habla de una fe científica, de una fe apoyada en el tiempo:

«Por una parte, procede del pasado; es la luz de una memoria fundante, la memoria de la vida de Jesús, donde su amor se ha manifestado totalmente fiable, capaz de vencer a la muerte. Pero, al mismo tiempo, como Jesús ha resucitado y nos atrae más allá de la muerte, la fe es luz que viene del futuro, que nos desvela vastos horizontes, y nos lleva más allá de nuestro « yo » aislado, hacia la más amplia comunión» (LF, n. 4).

Una fe que viene del pasado (= el recuerdo de la vida de Jesús) y que viene del futuro (= de Jesús resucitado): es la evolución del pensamiento del hombre y, por tanto, los múltiples cambios en su vida y en sus obras.

La fe no viene ni del pasado ni del futuro, porque la Mente de Dios no tiene tiempo, no vive en el tiempo, sino que es eterna.

La fe –para Bergoglio- ya no es algo eterno, permanente, igual, en todos los tiempos lo mismo; sino que es un vaivén de pensamientos. No es un presente, sino un pasado para construir un futuro.

La fe es la Mente de Dios. Y Dios no tiene tiempo. Dios no es un pasado ni un futuro. Es un presente eterno. Esa Mente es la misma para todos los hombres y para todos los tiempos de los hombres: nunca cambia. Cuando Dios habla dice siempre lo mismo. Su Pensamiento Divino no cambia en el tiempo, en la historia de los hombres.

Es necesario que el hombre obedezca esta Mente Divina si quiere encontrar un camino para salvar su alma. ¡Obediencia! ¡Obediencia a la fe! ¡Creer en la Verdad que Dios habla!

Es lo que no habla Bergoglio, porque es un hombre sin fe divina. Él mismo se obedece a su propio pensamiento humano. Él mismo cae en su propia fe científica. Bergoglio abaja lo divino, no sólo a lo humano, sino a su propio pensamiento de hombre. Encierra en su mente a Dios. Y, por lo tanto, se hace él mismo inútil para conocer la Mente y la Vida de Dios.

Para conocer a Dios: obedecer Su Mente Divina.

Obediencia a una Sabiduría Divina:

«la fe es la substancia de las cosas que se esperan, es el argumento de lo que no es mostrado» (Hb 11, 1)..

  • Es la substancia: es una verdad que subsiste por sí misma, que no está apoyada en otra realidad, sino en la suya propia, que es una realidad sobrenatural. Es algo sobrenatural que no se posee, sino que se espera. Por la misma fe se hace existente en el corazón aquello que todavía no existe en el presente. Existe en el alma que cree, pero no existe en la realidad de la vida.

Se cree en el Cielo, pero no se vive en el Cielo. Se cree en Dios, pero no se ve a Dios. Se cree en la Eucaristía, pero no se ve con los ojos humanos a Jesús. No se cree para construir un futuro, sino para obrar una Voluntad de Dios en el presente del hombre, en la historia, en la cultura, en la vida del hombre.

La fe divina es siempre para un presente, para una obra divina; la fe humana es siempre para construir un futuro humano, para una obra humana.

La fe divina es una substancia sobrenatural para el corazón, no para ponerla en la realidad de la existencia humana.

Con la fe divina no se puede construir un paraíso en la tierra.

Con una fe humana, los hombres intentan conquistar la Creación para cambiarla a su capricho. Y, al final, tampoco consiguen la felicidad que persiguen. Los que persiguen el establecimiento de un gobierno mundial tienen esta fe humana, que se apoya en una fe científica, en una interpretación del dogma, de la verdad que Dios ha revelado:

«El mundo ha cambiado y la Iglesia no puede encerrarse en supuestas interpretaciones del dogma. Tenemos que acercarnos a los conflictos sociales, a los nuevos y a los viejos, y tratar de dar una mano de consuelo, no de estigmatización y no sólo de impugnación» (ver texto).

El mundo ha cambiado, pero no la Mente de Dios. Se apela al hombre, a sus cambios, para salir del dogma, para no obedecer la ley de la Iglesia, para no sujetarse a la Autoridad Divina en la Iglesia, para cambiar la doctrina y la moral.

El que vive sin fe divina tiene que estar mirando al hombre, a lo social, a la vida de los hombres para inventarse una falsa misericordia, que conlleva una falsa promesa de salvación: se quiere liberar al hombre de sus problemas sociales, quitando de en medio, del centro de su vida, la ley Eterna de Dios.

El que vive su fe humana se centra sólo en el hombre: pone al hombre como el centro de todas las cosas humanas, como el rey del universo:

«cuando el hombre no está en el centro, hay otra cosa en el centro y el hombre está al servicio de esta otra cosa. La idea es, por lo tanto, salvar al hombre, en el sentido de que vuelva al centro: al centro de la sociedad, al centro de los pensamientos, al centro de la reflexión. Conducir al hombre, nuevamente, al centro (…) Os agradezco la ayuda que ofrecéis con vuestro trabajo, con vuestra reflexión para recuperar esta situación desequilibrada y para recuperar al hombre y volver a llevarlo al centro de la reflexión y al centro de la vida. ¡Es el rey del universo!» (ver texto).

Bergoglio está preocupado de que el hombre pierde la humanidad y se convierte «en un instrumento del sistema, sistema social, económico, sistema donde dominan los desequilibrios». Y, entonces, aparece «una política, una sociología, una actitud «del descarte»: se descarta lo que no sirve, porque el hombre no está en el centro» (Ib).

Es su fe humana: el hombre en el centro. Si se pierde ese centro, entonces viene la cultura del descarte. Y hay que arreglar esa cultura, que se convierta en una cultura del encuentro, en donde el hombre sea el rey del universo.

El centro de la vida de todo hombre es la Mente de Dios, la Mente de Cristo, la ley Eterna de Dios. Si se quita este centro, entonces el hombre pone su mente humana y sus leyes, olvidándose para qué Dios lo ha creado, que no es para estar en el centro de la Creación, sino para hacer una obra divina en su vida humana. No es para construir un paraíso en la tierra, sino para salvar su alma.

Si el hombre no está en el centro, no está al servicio de lo suyo humano, de su vida, entonces está al servicio de otra cosa. Esa cosa es el centro. Toda la salvación del hombre consiste en poner al hombre en el centro. ¡Esta es la barbaridad que predica Bergoglio! Ya no se salva el alma, sino que se idolatra al hombre. ¡No hay redención del pecado con Bergoglio, sino liberación social, económica, política, cultural!

Por eso, vivir de fe divina es difícil para los hombres, porque éstos quieren tocar lo que creen, quieren palpar la felicidad; buscan aquello que creen, pero no lo encuentran en el mundo que viven. No lo pueden encontrar. Dios no está en el mundo, sino en el Cielo.

Con frecuencia los hombres buscan una fe humana: ponen al hombre en el centro. Y se olvidan de la fe divina: Dios es el que está en el centro. Dios es el que manda, el que ordena, el que planifica la vida de los hombres, el que provee. No es el hombre.

Por eso, dice Jesús que Su Reino no es de este mundo: «mi Reino no es de aquí» (Jn 18,36d). Hay que vivir aquí, en el mundo, pero sin ser del mundo. No hay que vivir para poner al hombre en el centro. Si se vive así, se condena al hombre al infierno: no sólo hace su existencia humana un infierno, sino que se le impide la salvación de su alma.

Hay que vivir con esa substancia sobrenatural, con esa realidad sobrenatural en el corazón, pero siempre pensando que «esta misma noche te pedirán el alma, y todo lo que has acumulado, ¿para quién será?» (Lc 12, 20).

Sólo la fe divina está por encima de todas las grandezas humanas, porque aspira a lo que ningún hombre puede dar con sus esfuerzos humanos. La gloria de Dios en la tierra sólo se alcanza en el Espíritu, no con el esfuerzo del hombre.

  • Es el argumento: es la prueba, es demostrar que esas cosas sobrenaturales, que no se ven, son ciertas y verdaderas.

La fe es un acto del entendimiento: no es un sentimiento, no es algo sensible, no es una opinión de las masas, no es una memoria fundante. «Es el asentimiento racional del alma libre» (San Clemente de Alejandría – R 421).

La fe es una inteligencia divina en el alma: es pensar como Dios piensa: sin tiempo, sin espacio, sin límites, sin condiciones, sin presupuestos humanos. Es tener la Mente de Cristo, para ver la Iglesia como la ve Cristo, para obrar en la Iglesia las mismas obras de Cristo.

Es poca la Jerarquía que posee la Mente de Cristo: carece de fe divina. Están en una fe humana o en una fe científica.

En la fe divina, el hombre entiende la verdad que Dios le revela para obedecerla. El hombre no es ciego en la obediencia: primero el hombre debe entender que hay una verdad. Si no ve la verdad, no puede dar su asentimiento, porque no se puede obedecer una mentira o a un hombre mentiroso.

El ciego siempre obedece a una mentira. Y la ve como verdad, a causa de su pecado de soberbia.

Muchos dicen que obedecen a Bergoglio porque el que obedece no se equivoca. Estas personas viven sin discernimiento espiritual y son ciegos en su fe: creen cualquier cosa y a cualquier hombre.

«el que obedece cumple siempre la voluntad de Dios, no porque la orden de la autoridad sea siempre conforme con la voluntad de Dios, sino porque es voluntad de Dios que se obedezca a quien preside» (San Agustín – La vida fraterna en comunidad, 50).

Se obedece a quien preside, a quien tiene la autoridad divina. Los anticonceptivos no son malos porque lo diga el Papa, sino porque el Papa, en su autoridad divina, enseña que son malos, enseña lo mismo que ha revelado Dios, la misma verdad. No cambia la doctrina, no cambia la fe, la verdad.

La Autoridad está obligada a buscar la Verdad que Dios revela para enseñarla:

«Ahora bien, la autoridad, por su parte, ha de buscar asiduamente y con ayuda de la oración y la reflexión, junto con el consejo de otros, lo que Dios quiere de verdad. En caso contrario, el superior o la superiora, más que representar a Dios, se arriesga temerariamente a ponerse en lugar de Él» (ver texto).

Se cree en la verdad que Dios revela: en la doctrina, en la moral; pero se obedece a la persona que habla con autoridad divina: que enseña la misma verdad divina. Y entonces nunca hay error en la obediencia, porque el alma se sujeta a una verdad revelada, a un dogma, a algo inmutable, a una substancia, a una realidad sobrenatural que se espera.

Pero aquella jerarquía que no enseña la verdad divina, no puede ser obedecida, porque ya no representa a Dios, sino a sí misma: habla con un poder humano, no con un poder divino. Habla con una fe humana, no con una fe divina. Esa jerarquía se pone en el lugar de Dios (= lo usurpa) para enseñar una mentira.

El que obedece la verdad revelada nunca se equivoca; pero el que obedece la mentira, se queda ciego para toda su vida.

La fe es un argumento, una prueba: la razón humana tiene que probar que lo que Dios revela es una verdad. Y sólo se puede probar cuando el hombre piensa: si Dios revela, entonces no puede engañar al alma. En lo que Dios revela, el hombre no encuentra ningún engaño, ninguna mentira. Si la encuentra, entonces es que no es Dios quien habla, sino el demonio o el hombre mismo.

Sólo se puede obedecer a la verdad que Dios siempre revela. Y cuando Dios revela, nunca engaña.

Pero no se puede obedecer a una mentira, porque Dios no puede revelar una mentira.

Cuando el hombre se ciega, entonces es que su mente está cerrada en la soberbia: no sabe distinguir entre verdad y mentira. Llama verdad a una mentira; y llama mentira a una verdad.

Es lo que pasa en muchos católicos con Bergoglio: lo tienen como papa verdadero. Le dan obediencia como papa verdadero. Han quedado ciegos por la soberbia de sus mentes. No han sabido discernir ante las palabras o las obras de un hombre que lo llaman Papa, sin serlo.

Si la fe es un argumento, entonces la razón tiene que ver si Bergoglio está en la verdad, si habla la misma verdad que Dios ha revelado. Porque si no la habla entonces ese hombre no habla con la autoridad de Dios, sino con la suya propia: ese hombre se pone él mismo en el centro. Usurpa el poder de Dios para dar su mentira.

La obediencia nunca es ciega; pero la fe es siempre oscura.

La fe divina es el asentimiento rendido por la autoridad de Dios que habla.

Dios habla al alma, pero Dios no demuestra lo que habla. Dios no da datos al alma para que el alma vaya argumentando su fe. Creer no es demostrar las cosas de las cuales se habla. Dios da la verdad al alma. Creer es obedecer a esa Verdad que Dios habla. Para esa obediencia, se necesita que el hombre haga un acto de entendimiento.

Con su razón tiene que ver la verdad y someterse, libremente, a esa verdad.

No se puede creer porque el otro cree; no se puede creer por una opinión común; por un sentimiento que está en el ambiente; por las obras que se hacen en una comunidad. No se puede creer a un Papa porque lo han puesto, lo han elegido unos cardenales o ha habido un cónclave. Cada hombre tiene que creer por sí mismo. No existe una fe común de la cual se echa mano para tener una serie de conocimientos sobre Dios o para estar en la Iglesia.

Cada hombre tiene que creer en el Papa. Y, por tanto, cada hombre está obligado a discernir si ese hombre que han puesto en el trono de Pedro tiene el Espíritu de Pedro o no lo tiene.

La fe divina es un acto de entendimiento: no es aceptar a un hombre porque unos cardenales lo han puesto ahí. No es aceptar ciegamente a un hombre: es discernir al hombre.

Es necesario ver si ese hombre habla con la autoridad de Dios; y si habla la verdad divina. Dos cosas:

  1. ¿Tiene el Poder de Dios para ser Papa? (Respuesta: No. Bergoglio gobierna la Iglesia con un gobierno horizontal. La Iglesia sólo se gobierna con un gobierno vertical. Luego, Bergoglio no posee la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia. Sólo tiene un poder humano en su gobierno. Con ese poder humano, está levantando su iglesia.)
  2. ¿Enseña la Verdad que Dios ha revelado? (Respuesta: No. Las herejías de Bergoglio son claras y manifiestas. Nunca las ha quitado, sino que constantemente enseña lo contrario a lo que Dios ha revelado. Bergoglio no posee la fe católica, sino que posee su fe humana y científica.)

La fe divina no es una ciencia, no es un conjunto de saberes humanos, no es una recopilación de datos, no es someterse ciegamente a un hombre, o a una jerarquía: es la obediencia de cada hombre a Dios, a la Verdad que Dios habla. Y es una obediencia libre, pero no ciega. Oscura, porque en la fe no se posee toda la verdad. Hay misterios que permanecen ocultos a los hombres, que los hombres no pueden captar con sus entendimientos.

Por eso, el motivo para creer no es la verdad intrínseca de lo que se conoce, sino la autoridad de Dios que revela.

El motivo para creer en un Papa no es el Papa mismo, no es el hombre que se conoce como Papa; es la autoridad de Dios que revela que ese hombre es el Papa que Dios ha elegido.

¿En Bergoglio se revela la autoridad divina? Esta es la pregunta que hay que hacerse.

En la Iglesia no se cree en los hombres, sino en el Poder de Dios que habla a través de los hombres. Si un hombre, una jerarquía, no está con Dios, no ha sido elegida por Dios, entonces no se manifiesta en ella el Poder de Dios, la Verdad de Dios. Es imposible. No se da la Presencia de Dios en un hombre que Dios no ha elegido.

El motivo del hombre que cree en Dios es la Autoridad Divina. No se cree en Dios por una autoridad humana: no por un poder humano, no por una elección humana.

Dios ha puesto Su Autoridad en la Iglesia: la Jerarquía.

La Jerarquía verdadera es aquella que cuando habla transmite la misma Palabra de Dios, la misma Verdad que Dios ha revelado y enseñado. Entonces esa Jerarquía tiene Autoridad Divina. No engaña al Rebaño. Son otros Cristo.

La Jerarquía falsa es aquella que cuando habla comunica una palabra distinta a lo que Dios ha hablado. Entonces esa Jerarquía sólo posee una autoridad humana. Engaña al Rebaño. Son lobos vestidos de humildad y de pobreza.

Aquel que obedece a la Jerarquía verdadera, entonces nunca se equivoca en la Iglesia. Porque esa Jerarquía nunca lo engaña.

Pero aquel que obedece a la Jerarquía falsa, entonces está en el error como se encuentra dicha Jerarquía. Vive en el engaño que transmite esa Jerarquía. Por eso, toda la Iglesia vive, actualmente, en un gran engaño, en el mayor engaño: obedeciendo a un hombre que no tiene Autoridad Divina en la Iglesia. Es decir, están levantando una nueva iglesia que no puede salvar a nadie.

Como la fe es una obediencia, entonces si crees que Bergoglio es Papa, tienes que obedecerle como Papa. Eso significa: asentir a lo que su mente comunica: pensar como él piensa y obrar como él obra.

La fe es siempre una obra. El que cree obra lo que cree.

Si crees en la mente de un masón, entonces vas a obrar las obras del masón. Porque la fe es obediencia; es asentir con el entendimiento humano por la autoridad del que habla.

Si crees en Bergoglio, tienes que sujetarte a su autoridad humana, y pensar y obrar como él piensa y obra en la Iglesia.

Si haces eso, entonces no posees la fe divina, sino sólo fe humana. Y como la fe de Bergoglio es científica, entonces crees sólo en Bergoglio, no por su autoridad, sino por lo que dice, por lo que enseña, por lo que habla.

Y como lo que habla Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza, es un hablar sin lógica, entonces tu fe es nada, una locura, una impostura.

Para Bergoglio, nadie puede creer por sí mismo: luego Bergoglio anula el acto de entendimiento. Ya la fe no es un argumento, una prueba de algo que no se ve. La fe no es un asentimiento a una verdad revelada; no es asentir por la autoridad de Dios; no es algo impuesto por la autoridad de la Iglesia. Sino que es algo que va evolucionando, una perpetua evolución, que se opone a toda concepción de verdades inmutables, a las cuales el hombre no puede adherirse, porque no existe el acto de entendimiento: no se da la obediencia a la fe.

Para Bergoglio, se cree en la comunidad, en el pueblo, en un lenguaje humano común. Y, por lo tanto, para Bergoglio no se da una relación vital entre el hombre y Dios: no se cree para una vida divina, para dar a la vida un sentido religioso, personal, privado.

Se cree para un bien común, nunca privado; que es del hombre y sólo para el hombre: no existe una relación personal entre el hombre y Dios. Sólo se da los encuentros humanos, sociales, de masa, culturales.

Por tanto, si crees que Bergoglio es Papa, no tienes ninguna fe: Bergoglio es antiintelectual. Va en contra de toda inteligencia. Por eso, él vive y deja vivir. Es un vividor de su negación de Dios.

Es católico decir: Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica

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«La fe es obra del Espíritu Santo, es un don de Mi Corazón traspasado; ella exige que se confíen al plan salvífico del Padre, aun en los sufrimientos y en las pruebas…» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Yo bendigo a quienes escuchan Mi Palabra”, 10/05/1996, pág. 6) (PDF)

La fe no es la obra de la inteligencia humana, sino de la Mente de Dios en cada alma. Es lo que Dios piensa, planea. Es lo que Dios decide en Su Espíritu. Es como Dios lo ve, no como los hombres lo entienden. Po eso:

«Un corazón dividido no está hecho para Mí. Soy esposo celoso, reclamo enteramente para Mí el corazón del alma esposa. La santidad perfecta consiste en no querer rehusar nada al Amor». (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “Un corazón dividido no está hecho para Mí”, pág. 14).

Una Iglesia dividida, como la que observamos en el Vaticano, no es para Jesús. No puede serlo. En Ella no está Jesús.

La división provocada en el Sínodo por Bergoglio es signo manifiesto de las intenciones de ese hombre en Roma. Quien es de Cristo no divide a la Jerarquía como Bergoglio lo ha hecho –y lo lleva haciendo- desde que asumió su falso pontificado, en su falsa iglesia. Quien es de Cristo une a toda la Jerarquía en la Verdad, que es el mismo Cristo. ¡Esto es lo que no ha hecho Bergoglio en el Sínodo!

Si las almas leen la Palabra de Dios: «Mas aun cuando nosotros, o un ángel del cielo os evangelice fuera de lo que nosotros os hemos evangelizado, sea anatema» (Gal 1, 8); y, después, no son capaces de llamar a Bergoglio como anatema, es que no tienen fe: en ellas no se da la obra del Espíritu Santo, sino que se da la obra de su misma inteligencia humana.

Un Papa legítimo no puede enseñar una falsa doctrina, un falso evangelio. Y toda aquella alma en la Iglesia, sea fiel o sea Jerarquía, que no deseche toda novedad en la fe, por grande que sea la Autoridad de los que la quieran introducir, esa alma no tiene fe verdadera; esa alma no se confía plenamente en el plan que Dios ha puesto para salvarla; esa alma está dividida en su corazón y, por tanto, no pertenece al Corazón de Cristo, por más que comulgue diariamente.

Las almas que pertenecen a Jesús no son las que reciben, cada día, la comunión, sino las que se someten a toda la Verdad que Jesús ha enseñado en Su Iglesia. ¡Someterse a la Verdad es lo que no quiere la Iglesia actual, la que gobierna en el Vaticano!

Bergoglio enseña un evangelio del demonio, en el cual se ve claramente las ideas protestantes, comunistas y masónicas; y, en consecuencia, Bergoglio es anatema.

Y ser anatema quiere decir ser desechado con maldición, con execración y con horror: «Si alguno no ama al Señor sea anatema. Maran Atha» (1 Cor 16, 22).

«Maran Atha quiere decir: El Señor venga para ser su Juez, y para vengarse de él según su rigor» (S. Jerónimo).

Bergoglio no ama al Señor: sus obras en la Iglesia lo demuestran. Entonces, sea anatema: sea separado de la comunión del Cuerpo Místico de Cristo; sea juzgado por el Señor en cada alma de Su Cuerpo Místico. ¡Toda la Iglesia tiene el deber y el poder de juzgar a Bergoglio y a todo su clan masónico, porque no son de la Iglesia Católica!

Y si el alma en la Iglesia espera que la Jerarquía haga oficial este anatema de la Palabra de Dios para poder creer, para poder obrar, para poder decidir en la Iglesia, entonces esa alma no tiene la fe verdadera, no es católica.

En la Iglesia no se cree a la palabra de los hombres, sino a la Palabra de Dios que los hombres deben manifestar. Y si esos hombres, por más Autoridad que tengan en la Iglesia, por más sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papas, que sean, no manifiestan, no revelan, la misma Palabra de Dios como es, la Verdad como es, sin ese leguaje ambiguo tan común en todos hoy día, no hay que obedecerles, no hay que estar esperando un comunicado oficial para decir públicamente: Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

«Es menester obedecer a Dios que a los hombres» (Act 5, 29), que a las autoridades legítimas de la Iglesia; porque esas Autoridades, esa Jerarquía, ya no da la Verdad en la Iglesia, ya no hace caminar hacia la Verdad en la Iglesia, ya no es legítima, porque está siguiendo la doctrina de un hereje, de un anatematizado por la Palabra de Dios. Esa Jerarquía se anatematiza, se excluye ella misma de la Iglesia, obedeciendo a un hereje.

Si el fiel de la Iglesia lee en la Bula «Cum ex apostolatus officio», de Paulo IV: «si en algún tiempo aconteciese que un Obispo… o electo Pontífice Romano que antes de su promoción al Cardenalato o asunción al Pontificado, se hubiese desviado de la Fe Católica, o hubiese caído en herejía, o incurrido en cisma, o lo hubiese suscitado o cometido, la promoción o la asunción, incluso si ésta hubiera ocurrido con el acuerdo unánime de todos los Cardenales, es nula, inválida y sin ningún efecto…»; y, después, sigue llamando a Bergoglio como Papa, sigue diciendo a Bergoglio: gracias por habernos beatificado al Papa Pablo VI; es que, sencillamente, ese fiel no tiene la fe verdadera, no es de la Iglesia Católica, no es católico.

Porque la palabra de un Papa legítimo en la Iglesia es la Palabra del mismo Cristo, Cabeza Invisible de la Iglesia. Y si el alma no obedece lo que un Papa ha enseñado a la Iglesia sobre un falso Papa, sobre un electo Romano Pontífice que, desviado de la fe católica, falsamente gobierna la Iglesia; y está esperando que alguien en la Jerarquía diga oficialmente que los actos de Bergoglio en la Iglesia son inválidos y, por lo tanto, Pablo VI no está beatificado, es que, sencillamente, no tiene fe verdadera. Tiene, como muchos, una fe intelectual, que le impide al Espíritu Santo obrar en esa alma el don de la fe.

Ya Paulo IV ha manifestado oficialmente que Bergoglio no es Papa en la Iglesia Católica. ¿Por qué están esperando otro acto oficial de la Jerarquía? ¿No les basta ese? ¿Por qué no obedecen al Papa Paulo IV? ¿Es que sus palabras, su documento, ya no vale para este tiempo de la historia del hombre? ¿Es que han quedado anticuadas? ¿Es que ya no es el lenguaje políticamente correcto?

«…el que sea desobediente a Cristo en la tierra, que hace las veces de Cristo en el cielo, no tendrá parte en el fruto de la Sangre del Hijo de Dios» (Sta. Catalina de Sena – Carta 207, I, 435, Epistolario, di V. Mattini, Ed. Paoline, Alba 1966). La Iglesia está desobedeciendo a lo que un Papa, un Vicario de Cristo, ha enseñado en la Iglesia. No puede salvarse. No tiene parte en el fruto de la Sangre de Cristo.

A todos aquellos que critican y difaman a todos los Papas, sobre todo desde Juan XXIII: «Lo que le hacemos a él, se lo hacemos al Cristo del Cielo, sea reverencia, sea vituperio lo que hacemos». (Carta 28, I, 549). Si se llama a Juan Pablo II hereje, estamos llamando a Cristo hereje en su misma Iglesia. Y ¿piensas salvarte llamando a Cristo hereje en Su Iglesia? Y ¿pretendes salvarte llamando a Bergoglio como Vicario de Cristo? ¿Con una blasfemia a Cristo quieres ir al Cielo?

«Yo os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obediente a él, no por sí mismos (non per loro in quanto loro), sino por obediencia a Dios, como Vicario de Cristo» (Carta 407, I, 436). Todos esos que no pueden tragar a los Papas, desde Juan XXIII hasta el mismo Benedicto XVI, no pertenecen a la Iglesia Católica. No pueden salvarse. Se es Iglesia porque se obedece a un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

¡Qué pocos han entendido la obediencia a los Papas después del concilio Vaticano II! ¡Qué pocos! ¡Cómo está la Iglesia actualmente de dividida en su interior!

En la Iglesia no nos casamos con ningún Papa: nos casamos con Cristo. Nos unimos a Cristo, a Su Mente. Y aquella Jerarquía de la Iglesia que no dé la misma Mente de Cristo, que todos los Papas legítimos han manifestado – y eso no cambia, es inmutable, es para siempre, para todo tiempo- , no es Jerarquía de la Iglesia, no hay que seguirla, porque no lleva al alma, a la Iglesia, a vivir la fe en Cristo, a vivir la Mente de Cristo, sino que la hace esperar a un pronunciamiento de los hombres.

Así andan muchos en la Iglesia: tienen una fe colgada de la mente de los hombres: lo que diga la Jerarquía. Si la Jerarquía calla, entonces hay que seguir llamando a Bergoglio como Santo Padre, porque los hombres lo han sentado en ese Trono y le han puesto ese título de honor. ¡Y hay que respetar eso, hay que obedecer eso! ¡Formas externas de obediencia es lo que hay en muchos católicos! Pero no se da la obediencia a la Verdad porque, para eso, hay que someter la mente humana a toda la Verdad, que ningún hombre sabe dar.

Si te unes a Bergoglio haces comunión con toda la iglesia de Bergoglio; y ya te no puedes salvar. No hay salvación con un hereje. Hay salvación con un Papa legítimo, aunque sea un demonio encarnado.

La fe es la obra del Espíritu Santo en el alma; no es la obra de la mente del hombre: no hay que llamar a Bergoglio como falso Papa cuando la Jerarquía lo llame. ¡Este es el error de muchos!

La fe es un don de Dios al alma, no es un don de la mente de la Jerarquía al fiel de la Iglesia. No es cuando la Jerarquía decida, es cuando Dios dice.

Es católico decir: Francisco Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

Es católico decir: Francisco Bergoglio es anatema en la Iglesia Católica.

Es católico decir: todos los actos de Bergoglio en el gobierno de la Iglesia Católica son ilícitos e inválidos.

Esto es lo que mucha gente, muchos intelectuales, callan. Esto lo calla toda la Jerarquía de la Iglesia.

O la Iglesia se pone en la Verdad – y la Verdad nace sólo de la Mente de Dios- o la Iglesia vive su mentira; y obra la herejía y el cisma obedeciendo a un hereje y un cismático, como es Bergoglio.

Si el dogma de la Iglesia dice: un Papa gobierna la Iglesia en vertical; ¿cómo es que puedes obedecer a un hombre que gobierna la Iglesia en horizontal? ¿Cuál es tu fe si en la Iglesia sólo puede darse un gobierno vertical en Pedro?

Muchos desconocen el dogma: las implicaciones del dogma, sus exigencias, sus obligaciones.

En la Iglesia Católica todo miembro está obligado a obedecer a un Papa, porque debajo del Papa se encuentran todos. No hay nadie que se pueda poner por encima del Papa o a su misma altura. Entonces, Bergoglio ha puesto un gobierno horizontal y, por lo tanto, no puede nunca estar gobernando la Iglesia Católica. ¿Por qué lo llamas Papa si ha anulado el dogma del Papado con su gobierno horizontal?

¿Cuál es la fe de muchos en la Iglesia? Fe a las formas externas, pero no fe a la Verdad Revelada.

Desde el momento en que Bergoglio decidió poner su gobierno horizontal: se acabó la obediencia en la Iglesia. No sólo a él, que es el líder, sino a toda la Jerarquía que le obedece.

Ya Bergoglio no puede nunca continuar la obra del Papado en la Iglesia. Nunca. Porque la gobierna con la horizontalidad. Por tanto, ha puesto la piedra del cisma con ese gobierno. Y está levantando su nueva iglesia. Y no hay manera de que esa nueva iglesia sea la de Jesús: porque no tiene a Pedro en la verticalidad. Tiene a un dictador, un falso Pedro, en la horizontalidad. Luego, no es posible la obediencia y todos los actos de Bergoglio y los de la misma Jerarquía son nulos.

Consecuencia: no esperan una nota oficial del Vaticano diciendo que Bergoglio no es Papa. ¡Nunca se va dar!

«Vestíos toda la armadura de Dios» (Ef 6, 11): la armadura son las virtudes necesarias para combatir contra nuestros enemigos, y defendernos de todas sus emboscadas: la fe, la esperanza y la caridad.

Quien no vista su corazón de fe no podrá combatir contra Bergoglio y su clan masónico. No podrá. Sino que le hará el juego de los hombres, que es lo que se ve en todas partes.

«Ceñíos vuestros lomos en la Verdad» (v. 14): arma poderosa contra el padre de la mentira es la rectitud, la sinceridad en el obrar, el vivir obedeciendo a una norma de moralidad, a una ley Eterna, a un dogma, que ninguna mente humana puede cambiar. Si la existencia del hombre no cabalga, no se rodea de la pura Verdad, la Verdad Absoluta, entonces el hombre sólo vive para su mentira, y es lo que obra siempre en su vida.

Esa iglesia del Vaticano es una obra de la mentira, del engaño, del fracaso del hombre.

«Sobre todo embrazando el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos encendidos del maligno» (v. 16): si estás llamando a Bergoglio como Papa, si lo estás obedeciendo, entonces, ¿cómo pretendes ganar la batalla contra el demonio en la Iglesia? Es imposible, porque un reino, en sí mismo, dividido, no podrá subsistir por mucho tiempo.

«Todo reino en sí dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 26). ¡No puede subsistir lo que ha creado Bergoglio en el Vaticano! Y aquel que obedezca esa estructura externa de iglesia no puede salvarse nunca.

¿Cómo es que sigues rezando por Bergoglio?

«Además los herejes y cismáticos están sujetos a la censura de la mayor excomulgación por la ley del Can. “De Liguribus” (23, quest. 5), y de Can. “Nulli” (5, dist. 19). Pero los sagrados cánones de la Iglesia prohíben la oración pública por los excomulgados, como se puede ver en el capítulo “A Nobis” (cap. 4, n. 2), y cap. “Sacris,De Sententia Excomunicationis”. Aunque esto no prohíbe la oración para su conversión, aun así tales oraciones no pueden tomar forma por proclamar sus nombres en la oración solemne durante el Sacrificio de la Misa» (Papa Benedicto XIV, Ex Quo Primum # 23, 1 de marzo 1756).

Un Papa está prohibiendo la oración pública por una persona que sea hereje, que haya caído en el anatema, en la excomunión. Y, por tanto, no se puede pedir por las intenciones del Papa, si ese Papa se refiere a Bergoglio. No se puede nombrar a Bergoglio en las santas Misas. Se comete un pecado de sacrilegio, porque no se da a culto verdadero al Dios en el Sacrifico de la Misa o en las oraciones litúrgicas que se hacen en la Iglesia.

Nombrar en la oración al Papa legítimo es alabar, nombrar,  a Cristo en Su Iglesia. Pero nombrar a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe, es llamar a todo el infierno para que se haga presente en esa oración, en esa santa misa.

«Por esta razón, el obispo de Constantinopla, Juan, declaró solemnemente – y después todo el octavo Concilio Ecuménico hizo lo mismo – «que los nombres de los que fueron separados de la comunión con la Iglesia católica, es decir, de aquellos que no quisieron estar de acuerdo con la Sede Apostólica con todo los asuntos, no deben ser nombrados durante los sagrados misterios» (Papa Pio IX, Quartus Supra # 9, 6 de enero de 1873).

Mucha gente ora por «nuestro amado papa Francisco»: esto es una abominación en la Iglesia Católica. Oren por su conversión: para que deje lo que está haciendo y se vaya a un convento a expiar sus negros pecados. Pero no oren para que lo haga bien en la Iglesia.

Por quien hay que rezar es por el verdadero Papa, Benedicto XVI, y clamar como lo hacía Santa Catalina, para que corresponda a las llamadas de Cristo en el Cielo:

«Abre los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti; porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están nuestra vida y nuestra muerte, y tiene él el cuidado de recogernos a nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioni, 1; Morta, 569).

La fe no es un acto racional en la Iglesia, sino que es la obra, es un acto del Espíritu santo, que sólo se puede dar en las almas humildes, en aquellas que han puesto su mente en el suelo y que son capaces de llamar a cada cosa por su nombre.

«el racionalismo ha hecho de Mi Iglesia un destierro, la ha convertido en ruinas donde las serpientes se han anidado. Mis almas sacerdotales reprimen hoy a Mis elegidos, bloquean el camino con su escepticismo, sus dudas, su hipocresía y esto Me hace sufrir» (La puerta del cielo – Catalina Rivas- “El racionalismo ha hecho de la Iglesia un desierto”, 20/07/1996, pág. 23).

Sin la obediencia a un Papa, todo está maldito en la Iglesia

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«Yo os digo que Dios lo quiere y así lo tiene mandado: que aunque los Pastores y el Cristo en la tierra fuesen demonios encarnados y no un padre bueno y benigno, nos conviene ser súbditos y obedientes a él, no por sí mismos (no por ellos en cuanto ellos), sino por obediencia a Dios, como Vicario de Cristo» (Sta. Catalina de Sena – Carta 407, I, 436).

Un Papa legítimo tiene el Poder de Dios para guiar la Iglesia. Y su pecado no anula este Poder Divino. Y aunque sea un demonio encarnado, sigue teniendo la Autoridad en la Iglesia; y, por tanto, hay que obedecer, hay que someterse a Su Pontificado en la Iglesia. Y hay que dar obediencia por ser el Vicario de Cristo, no porque sea un hombre que tiene un pecado o porque sea santo.

A todos aquellos que critican a todos los Papas: Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, Juan Pablo II, Benedicto XVI, y no los obedecen, están fuera de la Iglesia Católica. Se obedece a un Papa porque tiene la Autoridad de Dios, por obediencia a Dios que ha puesto -en ese hombre- Su Poder, Su Autoridad Divina. No se obedece a un Papa porque se sienta en la Silla de Pedro. Sentarse en el Trono de Dios no es un honor sino un Poder Divino, una Gracia que trae consigo, para toda la Iglesia, la bendición de Dios.

Por lo tanto, no se puede obedecer a un hombre, que se llame Papa y no tenga esa Autoridad Divina, como es Francisco. Francisco es una maldición para toda la Iglesia. Obedecerle es condenarse. Sólo se obedece a quien posee la Autoridad Divina, al que tiene el Primado de Jurisdicción en la Iglesia: Benedicto XVI, y todos los Papas anteriores a él.

El Primado de Jurisdicción pasa a todos los sucesores por la muerte del Papa, no por su renuncia, porque es una gracia lo que tiene el sucesor de Pedro, no es un título humano. Y aunque el Papa legítimo sea un demonio encarnado, hay que obedecerle. Para ser Iglesia hay que ser del Papa, hay que estar con el Papa, hay que obedecer al Papa. Y, por eso, para ser Iglesia, con un hombre que no es Papa, que ha usurpado el Papado, hay que ir en contra de él, en contra de toda la Jerarquía que lo apoye, que le obedezca, hay que escupirle continuamente en la cara y recordarle su negro pecado. No se puede ser Iglesia con un falso Papa, con un antipapa, como lo es ese señor que han puesto los Cardenales en Roma y que lo llaman Papa sin serlo. La Iglesia no está en Francisco: ni en lo que dice, ni en lo que obra, ni en lo que declara, ni en nada de lo que gobierna. La Iglesia está en el Papa Benedicto XVI porque en él está el poder de Dios. Esta Verdad nadie en Roma la sigue ni le interesa. Y la Jerarquía de la Iglesia anda con una venda en los ojos, porque se han olvidado de lo que es un Papa en la Iglesia. A ellos también les da igual quién esté sentado en la Silla de Pedro.

La dificultad para muchos con los Papas es ver una doctrina, desde el Concilio Vaticano II, que no es la de la fe católica. Una doctrina que crea confusión en las almas. Y, entonces, llaman herejes a todo el mundo. Y lo anulan todo: los Sacramentos, el Papado y la Iglesia. Y no han comprendido lo que es la Autoridad de Dios en la Iglesia. La dificultad en la Iglesia, para muchos, es la obediencia al Papa. Nadie ha sabido obedecer a los Papas reinantes desde Juan XXIII y se han descarrilado con la doctrina. Y, por eso, nadie sabe oponerse a un antipapa, a un falso papa, como es Francisco. No han sabido discernir lo que es un Papa: quedan ciegos para ver a un antipapa, para reconocerlo como lo que es: un destructor, un traidor, un usurpador.

Si hubieran obedecido a los Papas, a pesar de la doctrina que se sacaba, entonces hubieran comprendido esa doctrina y habrían cogido lo que sirve y desechado lo que no sirve: «Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios» (1 Jn 4, 1). Si no hay obediencia a un Papa, la Jerarquía, los fieles no son capaces de discernir los documentos que la Iglesia saca. Y tampoco saben discernir a los verdaderos sacerdotes, fieles, de los falsos. Y esa ceguera les impide juzgar rectamente lo que viene del Papa legítimo, que es siempre verdadero, porque tiene el Poder de Dios, es infalible en su juicio, y lo que viene de los Obispos, Cardenales, que ocultamente desobedecen al Papa y sacan documentos que parecen del Magisterio de la Iglesia, pero que no lo son. «Probadlo todo y quedaos con lo bueno. Absteneos hasta de la apariencia del mal» (1 Ts 5, 21-22).

Este es el punto que más cuesta entender: ¿cómo con un Papa legítimo se puede dar una doctrina que, sin ser herética, conduce a muchos a la herejía y al cisma dentro de la Iglesia? Y la respuesta está en dos cosas: en el Poder de Dios, que guía a Su Iglesia, sin equivocarse con un Papa, y la libertad de los hombres, que desobedecen, que no quieren depender de ese Poder Divino, dado a un hombre, y que hacen lo que sea para meter en la Iglesia otra doctrina.

Es siempre el misterio de la Gracia y de la Libertad. Y, en este Misterio, hay que juzgar todo lo que ha pasado con el Concilio Vaticano II, para no equivocarse en el juicio contra los Papas. Porque todo el mundo critica a los Papas, pero nadie critica a los Obispos, a la Jerarquía maldita, infiltrada en la Iglesia, que no quiere someterse al Poder que tiene el Papa, sino que obra en la Iglesia con otro poder, el humano, el terrenal, el masónico.

Por eso, ahora, todos siguen a un idiota y lo llaman Papa y le obedecen. Es el castigo, porque han estado en la Iglesia sin discernir nada, es decir, sin vida espiritual. Y a muchos, dentro de la Jerarquía, les cuesta decir que Francisco no es Papa. Siguen ciegos, porque no tienen ninguna fe.

Leer los documentos del Concilio Vaticano II no daña si se tiene vida espiritual. Si no se tiene, entonces es un gran daño para el alma y para toda la Iglesia. Y para tener vida espiritual, hay que comenzar por obedecer al Papa en la Iglesia. Si no hay obediencia, no hay vida espiritual. Muchos se han ido de la Iglesia, durante los años siguientes al Concilio, no por el Concilio, sino por desobediencia al Papa. Por rebeldía. Porque no querían poner su libertad a los pies del Papa.

Hasta el Papa Benedicto XVI, era necesario obedecer en la Iglesia, aunque las doctrinas y las liturgias no fueran claras. Y era necesario obedecer porque había un Papa legítimo, con una Autoridad Divina. Y, aunque el Papa o la Jerarquía fueran unos demonios encarnados, había que dar la obediencia. En Ella, el Señor mostraba el camino para no equivocarse en la Iglesia, y para discernir los diversos escritos que se sacaban.

Pero si hay desobediencia a un Papa legítimo, hay desobediencia al mismo Dios. Y, por tanto, lo que se obra en la Iglesia es nulo. Todos aquellos que han desobedecido a los Papas y siguen en la Iglesia, lo que obran no vale para nada. Porque el valor divino de las obras en la Iglesia lo da la obediencia al Papa. Sin está, cualquier apostolado en la Iglesia, esta maldito desde el principio.

Por eso, con un falso Papa, cae cualquier obediencia. No hay autoridad divina, no hay apostolados, no hay nada. Todo es nulo. Todo está maldito.

«¿A quién dejó las llaves de esta Sangre? Al glorioso apóstol Pedro y a todos los que le sucedieron y le sucederán hasta el día del juicio, que tienen y tendrán la misma autoridad que tuvo Pedro. Ningún pecado en que puedan caer disminuye esta autoridad ni quita nada a la perfección de la Sangre ni a ningún otro sacramento. Porque ya te dije que este Sol no se manchaba con ninguna inmundicia, ni pierde su luz por las tinieblas de pecado mortal que haya cometido el que lo administra o el que lo recibe, porque su culpa en nada puede dañar a los sacramentos de la santa Iglesia ni disminuir su poder. En ellos, sí, disminuye la gracia y aumenta la culpa en quien indignamente lo administra o lo recibe. Así, pues, el Cristo en la tierra tiene las llaves de la Sangre para darte a entender cómo los seglares deben respetar a mis ministros, buenos o malos, y cómo me hiere toda falta de reverencia contra ellos» (Sta. Catalina de Sena – Diálogo, cap. CXV).

La culpa, el pecado de la Jerarquía no daña los Sacramentos de la Iglesia. Lo que daña a la Iglesia es la falta de fe de la Jerarquía. Y si no hay fe no hay Sacramentos y no hay Iglesia.

Por más que se hayan cambiado los textos en la liturgia de los Sacramentos, desde el Concilio Vaticano II, no se ha tocado la fe en Ellos; y, por lo tanto, se sigue consagrando válidamente. Pero, en el momento, en que los hombres cambien la sustancia de los Sacramentos, es decir, escriban unos nuevos, que ya no vienen de la Palabra de Dios, sino de las palabras del hombre, entonces no habrán Sacramentos ni Iglesia.

Mientras haya un solo sacerdote que consagre con fe a Cristo en el Altar, allí estará toda la Iglesia. El Anticristo tiene que matar a todos los sacerdotes para que la Iglesia desparezca totalmente. Y ese va a ser su objetivo cuando aparezca. Y, por eso, tiene que venir el castigo de los tres días de tinieblas para impedir esta obra del demonio.

Hay que respetar a todos los Papas legítimos; pero no se puede respetar a quien no es Papa, al usurpador del Papado, que es Francisco, ni a aquellos que le obedecen, que lo siguen. Hay que obedecer al Papa legítimo porque es el que tiene la Autoridad de Dios: Benedicto XVI. No se puede obedecer a un hombre que no tiene esa Autoridad, del cual no procede el orden clerical: la Jerarquía de la Iglesia no viene de Francisco, sino de Benedicto XVI. El Papa legítimo tiene todo el Poder en el Vértice de la Iglesia. Y ese Poder de Dios lo transmite a todo el clero: a los sacerdotes, Obispos, Cardenales. Si no se tiene ese Poder de Dios, no hay clero, no hay Jerarquía.

El gobierno de la Iglesia es una pirámide, no es algo horizontal: no es un conjunto de hombres que gobiernan. Es Pedro, el sucesor de Pedro, el que gobierna toda la Iglesia. Y, por tanto, el pecado del sucesor de Pedro, no inutiliza el Poder de Dios en la Jerarquía. Y hay que seguir obedeciendo al sucesor de Pedro y a toda la Jerarquía.

Con un usurpador del Papado, como Francisco, con una Jerarquía que se somete a ese usurpador, cae toda obediencia y todo respeto a la Jerarquía.

Francisco ha cambiado el gobierno de la Iglesia y, por tanto, ha anulado el dogma del Papado. Y, por eso, después de la muerte del Papa Benedicto XVI, no hay más Papas.

El acto de elegir a un Papa, por los Cardenales, estando el anterior vivo anula el Papado. El acto de poner un gobierno horizontal en la Iglesia, anula la Jerarquía de toda la Iglesia. El acto de abrirse al mundo, acogiendo a todas las demás confesiones religiosas para hacer una oración a Dios en el mismo Vaticano, anula la Palabra de Dios, el Evangelio y, por tanto, la Iglesia.

No se está en la Iglesia para invitar a los judíos o a los musulmanes a rezar, cada uno con sus ritos, y a sus dioses. Se está en la Iglesia para poner un camino de salvación a los hombres, que están en otras religiones, y que dan culto a otros dioses. Hacer lo que hizo Francisco, no sólo es el marketing del Vaticano, sino una abominación en toda la Iglesia: es darle la espalda a Cristo, que ha puesto su doctrina, su moral, en el Evangelio, y que ha dado a Su Iglesia la llave de la salvación de los hombres.

A Francisco no sólo no hay que obedecerle porque no tenga Autoridad Divina, sino porque tiene una doctrina totalmente contraria a Cristo y a la Iglesia. Eso todos los pueden ver con sus propios ojos. Nada más que hay que leer sus infamantes discursos, escritos, declaraciones, homilías, que cada día hace en la Iglesia.

El problema de muchos hombres es que ya no saben leer a un hereje. Si no han sabido leer a un Papa legítimo, menos a un antipapa herético. Porque ya no les importa la doctrina, sino que están en la Iglesia para amar a Jesús y servirlo de alguna forma. Están en la Iglesia por un motivo humano, pero no por un motivo religioso, espiritual, divino. Y, por tanto, están en la Iglesia para quedar bien con todos los hombres, para gustar a todos los hombres, para hablar con todos los hombres. Pero no están en la Iglesia para amar la Cruz de Cristo, ni para odiar el pecado ni para hacer penitencia por los muchos pecados de los hombres. No quieren ni salvarse ni santificarse. Sólo quieren ser del mundo y del pensamiento de todos los hombres. Y llaman santos a los pecadores, como Francisco, y se llaman santos a sí mismo porque aman a Jesús.

Al Papa Benedicto XVI, en su destierro, hay que decirle las mismas palabras que dijo Sta. Catalina de Sena al Papa: «¡Animo! y a dar la vida por Cristo, ¿o es que no tenemos sólo un cuerpo? ¿Por qué no dar la vida mil veces, si hiciera falta, en honor de Dios y salvación de sus criaturas? Eso es lo que Él hizo: y Vos, Vicario suyo, debéis hacer su oficio. Esta es la costumbre, que, si está el vicario, siga los pasos y las maneras de su señor» (Carta 218, l, 64).

El Papa Benedicto XVI, Vicario de Cristo, tiene que hacer el oficio de Cristo: dar la vida en honor de Dios y para salvar a las almas. Hay que seguir las huellas ensangrentadas de Cristo, que conducen al Calvario. Hay que morir con Cristo en la Cruz para que la Iglesia se transforme en un Cuerpo Glorioso.

Por eso, al Papa Benedicto XVI hay que ayudarle para que salga de donde está, porque lo tienen esclavo, lo tienen vigilado, lo usan para sus fines diabólicos en el Vaticano. La gente está despertando y viendo el horror que hay en Roma, y pone sus ojos en el Papa legítimo. Y eso no gusta en la Roma maldita. Eso, en la mente de mucha Jerarquía, que se cree dios en la Iglesia, les sienta como una patada en el vientre.

«Abre los ojos de tu Vicario en la tierra para que no te ame a Ti por sí, ni a sí mismo por sí, sino que te ame a Ti por Ti y a sí mismo por Ti: porque cuando te ama a Ti por sí, todos padecemos, ya que en él están nuestra vida y nuestra muerte y tiene él el cuidado de recogernos a nosotros, ovejas que perecemos. Si se ama a sí mismo por Ti y a Ti por Ti, vivimos, porque del Buen Pastor recibimos ejemplo de vida» (Elevazioní, 1; Morta, 569).

Un Papa tiene que amar a Cristo por Cristo, no por él, no por su humanidad, ni por su sacerdocio, ni por su rebaño, ni por la Iglesia, ni por los hombres del mundo. La Iglesia sufre cuando un Papa ama a Dios por él mismo, cuando se busca a sí mismo o busca algo humano, material, natural, carnal. Pero la Iglesia vive, se santifica, cuando el Papa da testimonio de Cristo enfrentándose a todos los hombres, a todos los pensamientos humanos, a todas las obras del mundo, a todos los gobiernos, a todas las iglesias. Porque no se puede amar a Cristo por Cristo si no se odia todo lo demás.

Para tener la Mente de Cristo hay que pisotear las mentes de los hombres, los sentimientos de los hombres, sus proyectos en la vida, porque Cristo tiene el Pensamiento de Su Padre, la Obra de Su Voluntad: es la Palabra del Pensamiento Eterno del Padre que se encarna para la Obra de la Redención. Y quien quiera ser otro Cristo, quien quiera imitar las obras de Cristo en la Iglesia, tiene que tener el mismo Pensamiento del Padre. Por eso, es difícil ser sacerdote, Obispo. Es muy difícil ser Papa en la Iglesia. Porque a los hombres nos gusta ser hombres: pensar como hombres, obrar como hombres, vivir como hombres.

Por eso, un idiota como Francisco no merece obediencia como Obispo ni respeto como sacerdote. No lucha para amar a Cristo por Cristo, sino que toda su lucha es agradar a los hombres, darles un consuelo, decirles las palabras, el lenguaje humano, que cada hombre quiere escuchar. Toda su vida es buscar la gloria del mundo. Vive para recibir el aplauso de los hombres. Vive para hacer lo que le da la gana en la vida. Vive para condenar almas en el mundo y en la Iglesia.

«Si es tu voluntad, tritura mis huesos y mis tuétanos por tu Vicario en la tierra, único Esposo de tu Esposa, por el cual te ruego de dignes escucharme: que este tu Vicario considere tu voluntad, la ame y la cumpla para que no perezcamos. Dale un corazón nuevo, que crezca continuamente en gracia, fuerte para levantar el pendón de la Santísima Cruz, a fin de que los infieles puedan participar, como nosotros, del fruto de la pasión, la sangre de tu unigénito Hijo, Cordero inmaculado» (Ibídem).

Esta es la oración que hay que hacer por el Papa Benedicto XVI: penitencia por su vida, para que, en el final de su Pontificado, pueda hacer lo que el Señor le pida en estos momentos de gran crisis en la Iglesia. Él tiene que llevar la Gloria del Olivo, el pendón de la santísima Cruz, para indicar el camino de la Iglesia: el Calvario.

El camino de la Iglesia no se encuentra siguiendo a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya y obedece. El camino de la Iglesia es Cristo. Y Su Vicario debe predicar a Cristo, y a éste Crucificado. Una Iglesia sin Cruz es una Iglesia sin Cristo. Una Iglesia sin Papa es una Iglesia que se esparce por el mundo y se pierde en las fauces de los lobos.

Benedicto XVI es el olivo; y su gloria, la cruz. Tiene que sufrir y morir en la Cruz, como Su Maestro. Y en la Cruz de la Cabeza Visible está el camino del Cuerpo Místico de Cristo. La Iglesia tiene que morir, sufriendo en la Cruz, como va a morir el Papa Benedicto XVI en su Cruz.

Toda la Iglesia está llamada a morir como Cuerpo Místico; a morir como Su Maestro, Cristo. Y a morir con su Maestro, abrazada a sus llagas, para que resucite gloriosa.

«Perdonadme, perdonadme -le escribe a Gregorio XI-. El gran amor que tengo a vuestra salvación y el gran dolor cuando veo lo contrario, eso es que me hace hablar… Proceded de manera que no tenga que apelar de vos a Cristo Crucificado, que a otro no puedo apelar, pues no hay mayor que vos sobre la tierra, Permaneced en la santa y dulce caridad de Dios. Humildemente pido vuestra bendición, dulce Jesús, Jesús amor» (Carta 255, l, 93)

El Estado debe ser religioso y católico

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«Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas, de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom 13, 1-2).

La sociedad y el Estado deben ser, en cuanto tales, religiosos y católicos. Esta verdad ya se ha perdido en todo el mundo. Dios ha dado al Estado el Poder y, en consecuencia, el Estado tiene el deber de reconocer y reverenciar al verdadero Dios, Uno y Trino, y a la religión verdadera, que es la Iglesia Católica: «Así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña e inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas» (León XIII – Inmortale Dei)

No hay autoridad sino por Dios: el hombre no tiene poder en sí mismo, en su naturaleza humana. Tiene un poder dependiente del Poder Divino, que emana de Él. Está subordinado a la Autoridad de Dios. Todo hombre que quiera gobernar, que quiera ejercer un poder, una autoridad entre los hombres, tiene que saber que cualquier autoridad por Dios ha sido ordenada. El poder de los demonios viene de Dios; el poder de los hombres, buenos y malos, viene de Dios; cualquier gobierno procede del orden divino.

Y hay que saber comprender esta procedencia para discernir las diversas autoridades.

El Poder Absoluto sólo está en Dios. Los demás poderes son relativos, son dependientes del Poder de Dios.

Con el Poder de Dios se obra cualquier bien, divino y humano. Con el poder de los demonios sólo se puede obrar el mal. Con el poder de los hombres se obran bienes y males. Y todo bien procede de Dios, es ordenado por Dios.

En la Iglesia sólo se posee el Poder de Dios. No se posee el poder humano. Los poderes humanos emanan de la Autoridad Divina, que el Papa tiene. Ese Poder Divino en la Iglesia es Absoluto, no relativo. Descansa sobre un hombre, y lo guía para que ejerza en la Iglesia tres órdenes distintos: enseñar la Verdad, guiar en la Verdad, santificar con la Verdad.

En el mundo sólo se posee el poder humano, nunca el poder divino. Ese poder humano depende, en todo, del Poder de Dios. Está sometido a ese Poder. Y, por tanto, su fin humano-temporal está subordinado al fin divino sobrenatural. Y, por tanto, en el Estado hay una vida religiosa, hay unos fines espirituales, hay un camino en la verdad: «La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones» (León XIII – Libertas)

Dios creó al demonio con una libertad dependiente de la divina. El demonio pecó con su libertad, y obra el mal con ella. Obra con el poder de su libertad. Obra para hacer el mal. No puede, con ese poder, hacer ningún bien. Es el Misterio del Mal.

La libertad es un poder, es algo más que una elección hacia el mal o hacia el bien. Se obra un mal o un bien porque se puede. Hay un poder. Y se obra, ese bien o ese mal, con la voluntad de la criatura. En la voluntad está la elección hacia el bien o hacia el mal. Pero en la libertad está el poder.

Dios ha hecho libres a los hombres: eso es un poder, una autoridad, un gobierno.

Dios ha dado a los hombres la capacidad de elegir: eso no es un poder, sino una voluntad.

Los hombres se salvan o se condenan por su voluntad, no por su libertad. No se es libre para condenarse o salvarse. Se es libre para ejercer una salvación o una condenación. Se es libre para poner en obra una elección de la voluntad.

Por eso, aquellos hombres que sólo miran la libertad como una conquista en sus vidas, viven de una utopía, de un engaño, de una falsedad. Hoy los hombres quieren ser libres, pero no quieren decidir nada en sus vidas: eso es la utopía, la fábula que muchos hombres viven.

Si el hombre, primero, no decide un bien o un mal, no puede ejercer su libertad, su poder. Se quiere ser libre porque el pensamiento busca una razón para ser libre: se vive la idea de la libertad, pero no se es libre.

Muchos hombres luchan por una idea del bien, pero no son buenos. Otros, por una idea del mal, pero tampoco son malos. Otros por una idea de la vida, pero no saben vivirla. Otros por una idea de la sociedad, pero no saben ser sociables.

Porque la libertad no está en la razón del hombre. La mente del hombre no es libre. No está hecha para la libertad. Es lo que muchos hombres no comprenden. La mente del hombre está hecha para la Verdad, para conquistar la Verdad, para llegar a la Verdad. La razón no descansa, en su juicio, hasta que no tenga la Verdad Plena. Por eso, en la vida de todo hombre no puede haber rutinas, descansos en la mentira, entretenimientos en filosofías que no llevan a nada. En la vida de los hombres tiene que existir siempre la búsqueda de la Verdad, porque no es el hombre el que posee la Verdad, sino que es la Verdad la que posee al hombre: «Ciertamente, no somos nosotros quienes poseemos la verdad, es ella la que nos posee a nosotros: Cristo, que es la Verdad, nos ha tomado de la mano, y sabemos que nos tiene firmemente de su mano en el camino de nuestra búsqueda apasionada del conocimiento» (S. S. Benedicto XVI – Discurso a la Curia Romana con motivo de la Navidad 2012 – 21 de diciembre del 2012).

El hombre soberbio nunca es poseído por la Verdad, porque está dando vueltas a su mente humana, y llama a sus ideas como verdaderas: descansa en sus ideas. Ya no lucha por la Verdad. Ya no vive caminando tras la Verdad. Ya no le interesa conocer la Verdad.

La Verdad es para la razón del hombre. Y conseguir la Verdad hace al hombre libre: «y conoceréis la Verdad, y la Verdad os librará» (Jn 8, 32). En la Verdad, el hombre tiene poder, autoridad, gobierno. En la mentira, el hombre no tiene ninguna autoridad sobre los otros hombres.

El demonio, en su mente, es mentira. Con su mente no es capaz de alcanzar ninguna verdad. La verdad no puede poseer al demonio. El demonio no es libre porque no tiene verdad: «él es mentiroso y padre de la mentira» (Jn 8, 44g). El demonio eligió la mentira para su vida: «no se mantuvo en la verdad». Con su razón vio la verdad; con su voluntad, escogió la mentira. Y, con su libertad, obra la mentira: «él es homicida desde el principio» (v. 44c). Su obra es la muerte. Su poder es para la muerte. Gobierna la muerte, el infierno. Su poder no proviene de la Verdad. No es un poder que le hace libre, que le libra de la mentira, del pecado. Es un poder que le esclaviza a su mentira, a su mismo infierno, que es su mismo pecado. Es un poder relativo a su mentira, dependiente de su mentira, que incluye su misma mentira.

Sólo el Poder que nace de la Verdad, del conocimiento de la Verdad, es libre de manera absoluta. El que dice la Verdad habla con autoridad. El que dice la mentira no tiene autoridad en su palabra. El que dice la Verdad todos le siguen: «y las ovejas le siguen, porque conocen su voz» (Jn 10, 4b). Es una voz que habla con autoridad, con poder, con libertad, porque es Verdadera. Pero el que dice la mentira nadie le sigue: «porque no conocen la voz de los extraños» (Jn 10, 5b). Nadie, que esté en la Verdad, puede seguir a un mentiroso. El que no esté en la Verdad es el que sigue al mentiroso.

En la vida de los hombres hay tres cosas:

1. Razón: que busca siempre la Verdad;

2. Voluntad: que elige siempre un camino;

3. Libertad: que obra siempre el camino elegido.

Quien, con su razón no busca la Verdad, sino que la rechaza, como el demonio, elige automáticamente el camino de la mentira. Y, por tanto, obra libremente su mentira. Obra con un poder mentiroso, para engañar, para crear falsedades. Ese poder de la mentira no es libre, pero es ejercido con la libertad de la persona. La persona es libre, pero es esclava de su mentira, de su pecado. Es libre para vivir su pecado. Y lo que le condena no es su libertad, sino la elección de su pecado. En su pecado, gobierna con su mentira y para su mentira. Hace de su pecado la vida para otros muchos. Por eso, la maldad de mucha Jerarquía que no se pone en la Verdad, que no conoce la Verdad, que no habla con la Verdad: gobierna con la mentira en la Iglesia. El Poder, que reciben de Dios, lo usan para la mentira, para establecer una iglesia que no es la de Cristo: eso es una abominación.

El hombre es sociable y, por tanto, el hombre crea comunidad de hombres. El hombre, al ser sociable, es libre: obra, con su libertad, aquello que ha escogido con su voluntad. Y lo obra en sociedad. Y, por tanto, lo obra para todos los demás hombres. No lo obra sólo para él mismo, sino para los demás.

Dios puso al hombre una obra sociable con la mujer en el Paraíso. Y el hombre escogió su pecado, para caminar, con su libertad, en contra de la obra de Dios. El hombre, en su pecado, hizo una sociedad maldita. Y, por eso, Dios tuvo que mandar un castigo. Esa sociedad maldita no venía de Dios, pero el hombre la gobernaba con su pecado. El hombre tenía autoridad en esa sociedad maldita. Un poder humano. No la gobernaba con un poder divino porque no escogió el plan de Dios, la sociedad que Dios quería con la mujer. Y esa autoridad humana de Adán, en su pecado, provenía de Dios, era ordenada por Dios. Porque Dios ha puesto en el hombre tres órdenes: razón, voluntad y libertad. Pero lo que Adán constituyó, con su pecado, no era agradable a Dios. Y Dios, con su Poder Divino, machacó el poder del hombre.

Dios todo lo gobierna y, por tanto, pone al hombre, en su libertad, un fin sobrenatural. Dios hace al hombre sociable y le da un fin sobrenatural en esa sociedad. Y, por eso, el Estado tiene un fin sobrenatural. Este fin tiene que seguirlo el hombre. El Estado no puede legislar en contra de Dios, porque posee este fin, desde el principio de la creación del hombre. Cuando el Estado legisla en contra de Dios, entonces él mismo se hace maldito. Y viene el castigo divino por esa maldición que el hombre ha creado con su pecado.

El Estado no puede poner leyes que vayan en contra de la verdadera religión y del culto al verdadero Dios. Eso sería una aberración. Y, por eso, decía Pío XII: «Ante todo es preciso afirmar claramente que ninguna autoridad humana, ningún Estado, ninguna Comunidad de Estados, sea el que sea su carácter religioso, pueden dar un mandato positivo o una positiva autorización de enseñar o de hacer lo que sería contrario a la verdad religiosa o al bien moral. Un mandato o una autorización de este género no tendrían fuerza obligatoria y quedarían sin valor. Ninguna autoridad podría darlos porque es contra la naturaleza obligar al espíritu y a la voluntad del hombre al error y al mal o a considerar al uno y al otro como indiferentes. Ni siquiera Dios podría dar un mandato positivo o una positiva autorización de tal clase, porque estaría en contradicción con su absoluta veracidad y santidad» (6.XII.1953).

Esta Verdad se ha perdido claramente, en la Iglesia y en el mundo. Hoy tenemos Estados malditos, laicos, lleno de hombres que viven sus pecados y que obran sólo para hacer el mal que conciben con sus inteligencias humanas. Sus mentes ya no conquistan la Verdad, sino la mentira. Sus mentes se dan culto a sí mismas y, por eso, ponen leyes en contra de las leyes divinas, morales, naturales. La Ley Eterna no existe en muchos Estados del mundo. Existen las leyes humanas, preceptos humanos, que es el origen de muchos males que los hombres, después, no saben solucionarlos.

Si el Estado ya no es religioso ni católico, entonces no puede darse la Verdad. No puede existir una Autoridad verdadera. Los hombres, en los gobiernos del mundo, son guiados en la mentira y para condenarse. Sólo los hombres que permanecen en la Verdad, pueden oponerse a los Estados mentirosos, a los gobiernos que dictan leyes en contra de Dios. Por eso, no es fácil vivir en este mundo de demonios. Es un mundo maldito. Es un mundo que merece el castigo de Dios por sus muchos pecados.

Si todo Estado es religioso y católico, entonces tiene el deber y el derecho de poner leyes en contra de las demás confesiones religiosas, porque no son la verdadera religión: «Primero: lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno ni a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción» (Pío XII – 6.XII.1953). Pero el Estado no puede forzar a sus ciudadanos a profesar la fe católica ni obligarles a dar un culto externo a Dios. Y, por eso, se pueden justificar ciertas leyes que aprueben la existencia de religiones falsas o cultos falsos. Se tolera o permite el mal por un bien superior: «Segundo: el no impedirlo por medio de leyes estatales y de disposiciones coercitivas puede, sin embargo, hallarse justificado por el interés de un bien superior y más universal.» (Ibidem).

Esta Verdad, tampoco es seguida hoy día. Y, por eso, en muchos estados, no sólo se permite el mal, sino que se aprueba, se da validez, se vive para el pecado. Y no importa ser musulmán, budista, católico, judío, ateo, homosexual, terrorista, etc. Lo que importa es crear una sociedad maldita, llena de pecado, de males, de obras para el mal.

El Estado no tiene el deber ni el derecho de reconocer las demás religiones ni dioses. Y estas religiones no tienen derechos ante el Estado. Esta es la consecuencia lógica de la obligación que tiene el Estado de profesar, fomentar y defender la verdadera religión. Por eso, hay un principio de la intolerancia, que todo Estado tiene que seguir:

La intolerancia es la posición firme ante el bien, sin ceder ante el mal. Es una actitud negativa ante el mal en razón de una firme actitud ante el bien.

Hoy ha caído este principio de intolerancia: todos ceden ante el mal. Todos se dedican a hacer el mal en sus gobiernos.

Y si ha caído este principio, también tiene que caer el principio de la tolerancia: «no sea que al querer arrancar la cizaña arranquéis con ella el trigo» (Mt 13, 29).

La tolerancia es la permisión del mal, en razón de no impedir mayores bienes o de no provocar mayores males. Se permite el mal para que no se produzcan otros males o para que no se provocan males mayores. Se permiten ciertas leyes por un bien superior. Se permite que existan otras confesiones religiosas para un bien universal, mayor, sobrenatural. Pero hay que saber legislar esas leyes. Como los hombres, al no poseer vida espiritual, no saben discernir los pensamientos de los hombres, entonces tampoco saben poner esas leyes que permitan el mal. No saben legislar el mal. Y, entonces, se produce la decadencia de la Verdad: todos los Estados presentan el mal como un bien.

Dios tuvo que permitir el mal de Adán en el Paraíso. Y lo permitió por un bien sobrenatural. El Señor permite, en Su Iglesia, muchos males, mucha cizaña. Y la Jerarquía tiene que saber legislar esos males dentro de la Iglesia. Si la Jerarquía se pone a ceder ante el mal, pone leyes que aprueban el mal como un bien, entonces se produce una abominación en la misma Iglesia.

Y esto nos lleva a la idea masónica de la fraternidad, de la tolerancia de los pensamientos y actitudes humanas para que, en el diálogo, se forme un nuevo orden mundial y una Iglesia universal, que será una abominación para Dios: es crear un Estado mundial sin Dios, maldito por los cuatro costados. Sin ninguna referencia a la Verdad. Todo él una mentira. Será la obra del demonio entre los hombres. Será aquello que no pudo conseguir por medio de Adán porque el Señor mandó su castigo.

Estamos, en estos momentos, en el punto final de la maldad. El demonio ha trabajado, con su poder, para obrar la perfección del Mal. Por eso, es un tiempo de Justicia. Hay que arrancar la cizaña. Porque, si no se arranca, el bien divino no puede obrarse.

Francisco es anatema

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El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad.

El Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia.

Un Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no como Obispo de Roma.

Por eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero. Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.

El Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la Iglesia.

Un Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.

Nunca un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como obra entre los hombres, en el mundo.

Un Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia. Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los hombres.

Un Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los hombres.

Es claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo, que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.

Francisco no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad, una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.

Francisco ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva economía y un nuevo orden mundial.

Francisco vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de condenar las almas al fuego del infierno.

Francisco no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para lo que se vive: la gloria de los hombres.

Un hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma. Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios divinos al alma.

Para Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente, lo quiera.

Francisco hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo natural, de lo material, de lo carnal.

Francisco es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el juego en esa locura.

Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:

1. Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la mente del hombre.

2. La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha recibido en su Elección.

3. Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa Verdad.

4. Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.

El Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los gobiernos del mundo.

Francisco aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres, las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo, haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del mundo, la política que se sigue en el mundo.

El Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa Martín I “Catholicae Ecclesiae universae”, en la cual promulga los decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es un documento ex Cátedra.

Las encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).

Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro, recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y, cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles, pero no en la sustancia, sino per accidens.

Y, por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los anteriores.

La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles. Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la doctrina.

Francisco, al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice. Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.

Francisco, al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía contra el verdadero Papa.

Pero Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido; es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia, anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.

Por tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira, pone el camino hacia el error.

En consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.

Unos Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.

Un Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.

Muchos, en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar toda la Iglesia.

Una Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la Iglesia. Viene mucho mal.

Por tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la mentira.

Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.

No se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco. Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda viendo el error, la mentira.

Francisco no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo. NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.

Francisco no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el Señor lo quita de en medio.

Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido» (1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gal.1, 8).

Francisco es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar» (Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco. La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa el pueblo, es lo que piensa Cristo.

La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia (…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].

Los que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos su comunismo en la Iglesia.

De Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo la Iglesia Católica.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

Francisco es el mayor engaño de todos

Primer anticristo

«Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano» (Francisco, 2 de mayo 2014).

Estas son las lágrimas políticas de Francisco. Después de hacer una homilía política, comunista, en la que se descubre su odio a la Verdad del Evangelio, para poner su ideología de los pobres, termina dando su sentimentalismo herético sólo para lanzar su política, para hacer propaganda de sus lágrimas.

Si no saben distinguir entre un personaje político y otro religioso en la Iglesia, entonces no saben ver la mentira que muchos sacerdotes predican todos los días desde el púlpito.

La Jerarquía verdadera llora por los pecados de todos los hombres: «Mi alma está triste hasta la muerte». La Jerarquía infiltrada y falsa coge un mal que pasa en el mundo y hace su propaganda política en la Iglesia. Hace un negocio de los males de los hombres. Es lo que todos los políticos hacen.

Desde hace 50 años hay una política en la Iglesia: acabar con el Papado. Y, para ello, hay que hacer que todo el mundo opine sobre las acciones, las palabras, los gestos, de los Papas. De esa manera, se tumba la Verdad, para colocar la verdad de cada hombre, la opinión de cada hombre. Y así se hacen bandos en contra del Papado.

Desde hace 50 años la obediencia a los Papas ha desaparecido. Y ¿ahora quieren exigir la obediencia a un Papa político, a un Pedro con una ideología política? Todos hablan que hay que estar bajo Pedro; pero ¿bajó qué Pedro? ¿Bajo un hombre que ha hecho del Papado una ideología comunista y protestante, como es la obra de Francisco? Es imposible la obediencia a Francisco; es imposible comulgar con sus ideas en la Iglesia; es imposible hacer comunidad con Francisco, porque él es sólo un hombre político, un jefe político, que ha se inventado un Pedro político.

En la Iglesia no se siguen las ideas de un político como Francisco. No se sigue a un Papa político, porque Francisco no es Papa y porque su política anula la doctrina de Cristo y el Magisterio de la Iglesia.

Francisco representa una idea política en la Iglesia; pero es incapaz de representar a Cristo en medio de Su Iglesia.

Francisco es incapaz de dar testimonio de la Verdad; constantemente, por su mala boca, salen herejías y cismas en la Iglesia.

Francisco es el inicio de la nueva iglesia universal donde entran todos los que se quieren condenar. Y tiene la misión de atrapar a las almas con su palabra barata y blasfema, y dárselas al demonio. Para eso está sentado donde no tiene que estar. El Trono de Pedro no pertenece a Francisco. Ha sido usurpado y entregado al demonio por los Cardenales; que son los que rigen ahora los destinos del Vaticano, no de la Iglesia.

El Vaticano se ha hecho una ciudad política; ya no es el centro de la Verdad. Ya lucha sólo por sus ideas políticas, humanas, materiales, sociales, económicas. Y, para seguir siendo Iglesia, hay que combatir a la Roma política, al Vaticano comunista, a los centros de poder que están en San Pedro, a las nuevas estructuras que se levantan en Roma.

Todo es un negocio político y económico desde el Vaticano. Todo es hacer propaganda a un Pedro político, a un falso Papa, a un impostor, a un usurpador del Papado.

Tienen que hacer propaganda porque no pueden pedir la obediencia; porque ya nadie obedece nada. Ha llegado el momento de la gran anarquía. Si antes en la Iglesia se ha dejado hacer a los malos; ahora es cuando todo se permite y aprueba en el Vaticano.

Para pedir obediencia a Francisco tienen que cambiar todas las leyes. Porque si piden obediencia, primero tienen que excomulgar a Francisco. Si no hacen eso, vana es la obediencia, vana es la excomunión. Que nadie meta miedo con excomuniones. Si no se excomulga al culpable de todo lo que está pasando en la Iglesia, que es Francisco y su cuadrilla de herejes, la obediencia que se pida es sólo para meter miedo a la gente.

Francisco es el gran engaño.

«Él habla, predica, ama, acompaña, recorre el camino con la gente, mansa y humilde» (Ibidem). Jesús predica a gente pecadora; Jesús viene a por los orgullosos, iracundos, soberbios, lujuriosos. Y, por tanto, se rodea de gente que no sabe lo que es la mansedumbre ni la humildad. Ésta es su primera idea política de Francisco, es decir, su primera mentira: presenta a un pueblo manso y humilde. Jesús no es el manso y humilde de corazón. Son los hombres, el pueblo, los que son mansos. Jesús se rodea de gente mansa y humilde. Jesús no se rodea de gente pecadora. Francisco se rodea de gente muy humilde a su pensamiento humano, que no discute su idea política en la Iglesia. Francisco se auto-retrata cuando predica.

«¡No toleraban (las autoridades religiosas) que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). ¿Celos de Jesús? ¿Por qué no lees, simplemente el Evangelio para decir la verdad con sencillez? Porque no te interesa la Verdad, sino el negocio de tus pobres en la Iglesia, tú política.

«Si le dejamos así, todos creerán en Él, y vendrán los romanos y destruirán nuestro lugar santo y nuestra nación» (Jn 11, 48). Las autoridades religiosas temen que Jesús los comprometa ante los romanos. Lo ven a Jesús como un líder político, pero no religioso. Un líder que hace milagros y, por eso, atrae a la gente hacia su reino político. Así es como se veía a Jesús; y así es como lo ve Francisco. Pero Francisco no sabe hacer los milagros que el Anticristo hará.

Para Francisco, Jesús representa una ideología política, una idea que tiene que ser realizada en concreto con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que pasan hambre, con los que no tienen trabajo, con los que no pueden sanar sus enfermedades por carecer de recursos económicos.

«Esta gente sabía bien quién era Jesús: ¡lo sabía! ¡Esta gente era la misma que había pagado a la guardia para decir que los apóstoles habían robado el cuerpo de Jesús!» (Ibidem): Francisco no sabe lo que es Jesús; sólo conoce la idea que tiene él de Jesús. De igual manera, las autoridades religiosas no conocían a Jesús; sólo veían lo externo que hacía Jesús y, por no tener fe, entonces sacan sus juicios totalmente errados sobre Jesús. Esa gente había pagado porque no tenía fe en Jesús. Sólo lo veían como un político y, por tanto, veían a los Apóstoles como gente política, que se habían unido para robar el cuerpo de Jesús. Veían un peligro político; gente que alzaba al pueblo contra ellos.

Para Francisco, Jesús es un líder político que «habla con autoridad, es decir, con la fuerza del amor» (Ibidem). La autoridad no es la fuerza del amor. Porque diciendo esto, entonces viene la confusión. ¿De qué amor habla Francisco? ¿Amor humano? ¿Amor a los pobres? ¿Amor carnal? ¿Amor al hombre? ¿Amor al demonio? ¿Amor al mundo? ¿Amor a las ideas de los hombres? Jesús habla con la Autoridad de Su Padre. Jesús habla con la fuerza del Espíritu de Dios. Jesús habla con la virtud de la Palabra Divina. Jesús habla con la Justicia de Su Padre. Jesús habla con la Misericordia de Su Padre. Jesús habla con la Verdad en su boca. Jesús da testimonio de la Verdad y lo matan sólo por eso. ¿Cuál es ese amor que lleva a la muerte? El divino. ¿Cuál es esa fuerza del amor que persigue sólo dar testimonio de la verdad ante hombres, que no creen en la verdad? La fuerza del Amor Divino, que nunca se abaja a los caprichos de los hombres en sus vidas.

Francisco hace su política cuando predica: «Éstos, con sus maniobras políticas, con sus maniobras eclesiásticas para seguir dominando al pueblo… Y así, hacen venir a los apóstoles, después de que habló este hombre sabio, llamaron a los apóstoles y los hicieron flagelar y les ordenaron que no hablaran en nombre de Jesús. Por tanto, los pusieron en libertad. ‘Pero, algo debemos hacer: ¡les daremos un buen bastonazo y después a su casa!’. Injusto, pero lo hicieron. Ellos eran los dueños de las conciencias, y sentían que tenían el poder de hacerlo. Dueños de las conciencias… También hoy, en el mundo, hay tantos» (Ibidem).

Francisco no enseña la vida espiritual. El castigo de los Apóstoles por el Sanedrín nace de estas palabras de Pedro: «Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres» (Hech 5, 29). Oyendo el testimonio de la verdad de San Pedro, «rabiaban de ira y trataban de quitarles de en medio» (v. 33).

San Pedro no hizo política con el Sanedrín, sino que les dijo la Verdad: no podemos obedecer al sanedrín, no podemos tolerar al sanedrín, no podemos hacer caso al sanedrín. Y esto enfureció a la Jerarquía religiosa, que ya no tenía ningún poder sobre lo religioso. El sanedrín estaba escuchando la voz de la Nueva Jerarquía de la Iglesia, que está en Pedro. Y Pedro, con el Poder del Espíritu, se enfrenta a esa autoridad religiosa que ya no vale para nada, que sólo tiene un poder humano en lo que hace.

Esto, Francisco no lo puede enseñar, porque no le interesa la Verdad del Evangelio. Francisco va a lo suyo. Francisco, cuando habla, crea malestar en el ambiente porque dice cosas incorrectas y las dice como si fuera una verdad, un dogma: «los toleraban porque tenían autoridad: la autoridad del culto, la autoridad de la disciplina eclesiástica de aquel tiempo, la autoridad sobre el pueblo… y la gente seguía» (Ibidem). Francisco no ha comprendido lo que pasó con la autoridad eclesiástica del tiempo de Jesús.

El sanedrín, una vez mató a Jesús, perdió su autoridad religiosa que poseía de Dios. Y se quedó con un poder humano. Y el Poder Divino pasó a los Apóstoles. El sanedrín sólo era ya un poder político. Que es lo que actualmente es el Vaticano: un poder político. En el Vaticano ya no existe el Poder Divino. Ese Poder sólo descansa en el Papa Benedicto XVI. Sólo en él. Y no está en nadie más, porque nadie se une al Papa, nadie le obedece, nadie atiende a sus enseñanzas, nadie se pone de su lado como Papa. El Papa Benedicto XVI renunció y, entonces, su Poder no sirve para nada. No se manifiesta al mundo, a los hombres. No brilla, no ilumina las mentes de los hombres.

Por eso, la necesidad de ser una Iglesia remanente. Una Iglesia en la que se viva sólo de la Verdad. Una Iglesia que ya no siga a nadie del Vaticano. Una Iglesia que cuestione a cualquier sacerdote, a cualquier Obispo que apoye la idea política de Francisco, de todo aquel que suceda a Francisco en el gobierno.

El Vaticano ya no tiene poder religioso en nada. Los cardenales mataron la Verdad en el Papa. Lo quitaron de en medio. Y pusieron el mayor engaño de todos: un inútil, un tarado, que sólo habla sus babosidades, y que sólo por eso, le sigue la gente. Sólo por ser un charlatán de feria, puesto como Papa –como falso Papa-, la gente lo sigue. Sólo porque le dicen Papa, la Jerarquía le obedece. Sólo por eso. La Jerarquía reconoce sus herejías y las calla, pero le siguen obedeciendo. ¿Qué mayor engaño no es éste?

Francisco es el engaño del siglo XXI. El mayor engaño: oculta su mentira tras la verdad, con la careta de la Verdad, con la careta de un poder religioso que no posee.

El Sanedrín quería meter miedo a la nueva Jerarquía: «Solamente os hemos enseñado que no enseñéis sobre este nombre, y habéis llenado a Jerusalén de vuestra doctrina y queréis traer sobre nosotros la sangre de ese hombre» (Hch 5, 25). El sanedrín no se acuerda de que fueron ellos mismos –el pueblo- los que habían pedido que cayese sobre ellos y sobre sus hijos la sangre de Cristo: «Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos» (Mt 27, 25). Es la maldición que el pueblo lanza sobre sí mismo. Es la maldición que el sanedrín lanza sobre sí mismo. Es la maldición que hizo llorar a Jesús: «al ver la ciudad, lloró sobre ella» (Lc 19, 41). Jesús lloró por lo pecados de todo el pueblo. Jesús no lloró por los males sociales de la gente.

El sanedrín recrimina que los Apóstoles quieren echar sobre el pueblo la responsabilidad de la sangre de Jesús. ¡Y es el pueblo el responsable de esa sangre!. Ante esa calumnia del Sanedrín, San Pedro lo enfrenta con todas las consecuencias. Ante la calumnia, la verdad clara y sencilla: «El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros habéis dado muerte suspendiéndole de un madero» (Hch 5, 30).

San Pedro les dijo con claridad al Sanedrín, a todos los sacerdotes que estaban ahí, al Pontífice, que ellos mataron a Jesús. Se enfrentaron a ellos con la Verdad. Y, por eso, querían matarlos: por la verdad que no querían oír.

No son los celos: «No toleraban que la gente fuera detrás de Jesús! ¡No lo toleraban! Tenían celos» (Ibidem). No has comprendido nada, inútil Francisco. No sabes de lo que estás hablando. Eres un tarado en la vida espiritual. Eres un necio apoyado por miles de necios, que hacen oídos sordos a la verdad del Evangelio, que abren sus bocas -y las dejan abiertas- ante la estupidez de la palabra de un hombre, que no sabe lo que está diciendo, que no sabe descubrir la verdad en el Evangelio. Tienes que recurrir siempre a tu mente para destacar tu opinión y ponerla por encima de la verdad.

No son las envidias: «Esta gente no tolera la mansedumbre de Jesús, no tolera la mansedumbre del Evangelio, no tolera el amor. Y paga por envidia, por odio» (Ibidem). Sigues sin comprender -necio hombre de estúpida sonrisa- que lo que mueve al Sanedrín no son las envidias, no son los odios, no son los celos. Ellos no saben de lo que representan los Apóstoles. No saben lo que es esa nueva doctrina. Ellos oyen la Verdad y la combaten. Los Apóstoles predican que ese sanedrín ha matado a Jesús, y eso es lo que no le gusta a ese sanedrín.

La predicación de los Apóstoles se centraba en la Verdad. Jesús es el Mesías, que ha fundado una nueva Iglesia y que, por lo tanto, la vieja, la antigua, los ritos que hasta ahora servían, ya no sirven más. Y, por lo tanto, no hay obediencia al Sanedrín. Esto es lo que predicaban. Y esto es lo que no gusta. Y, por eso, San Pablo tuvo que apelar a Roma. Hay que enfrentarse a una jerarquía que se ha hecho política. Hay que enfrentarse a un Vaticano que vive de política en todos sus miembros. Hay que enfrentarse a una Iglesia que no quiere escuchar que Francisco no es Papa. Que le resulta muy difícil comprender el gran engaño que representa Francisco sentado en la Silla de Pedro.

Los Apóstoles no predican una doctrina para después dejar que los hombres se fueran con el sanedrín. No predicaban cuentos bonitos, palabras entretenidas, cosas que gustaban a todo el mundo. Predicaban una doctrina que los llevaba al martirio, a la muerte, que se oponía a toda fuerza humana, política, mundana, cultural entre los hombres. Esto es lo que nunca puede predicar Francisco. Nunca este hombre predica algo que le ponga en contra del mundo, de los hombres. Nunca. Cuando predica algo, él se pone en contra de la Verdad, de la Tradición, para ganarse al público, al hombre del mundo, para estar en los periódicos y que le diga: mira, lloró por esas personas que murieron. ¡Que buen Papa tenemos! ¡Qué santo! ¡Pero qué humilde que es ese tipo!

Francisco derrama sus lágrimas de lagarto sobre el mal del mundo. Sus lágrimas políticas: «Yo lloré cuando vi en los media la noticia de “cristianos crucificados en cierto país no cristiano». ¡Que alguien le de un pañuelo para que recoja sus mocos de la Santidad de la Iglesia!. Esto es lo que no se puede tolerar de un Obispo: que no sepa discernir a los cristianos. Y que a todo el que lleve un rosario en la mano y una pistola en la otra, diga que son buenas personas, santas personas, que luchan por su ideal de vida. A todo el que muere crucificado, lo ponga como modelo de persona santa y justa.

¡Cuánta gente hay en el mundo que, en sus bocas está Cristo, pero que viven y mueren por la mentira que tienen en sus mentes!

San Pedro dio al sanedrín la verdad y estaba dispuesto a morir por esa Verdad. Esos cristianos de pacotilla, con una biblia en sus manos, con un rosario en sus manos, ¿predican la verdad ante las autoridades políticas; o sólo mueren por su idea política?

Para ser como los Apóstoles, hay que enfrentarse a todo el mundo y, especialmente, a la Jerarquía de la Iglesia, al Vaticano. Si eso no hacen, vana es la predicación y la muerte de esos cristianos.

Si un Obispo empieza a llorar por cristianos que han muerto crucificados y los pone como mártires, como ejemplo de fe, entonces hay que temer por ese Obispo. Hay que preguntarse: ¿qué hay detrás de este Obispo que no es capaz de ver la verdad y que lanza a todo el mundo su propaganda: he llorado por esa gente que ha muerto crucificada? Llora por unos hombres que no quisieron decir la shahada. No han sido hombres que hayan dado testimonio de Cristo. Ellos creían en Jesús, pero en ¿qué Jesús? Han muerto por su idea política. Han luchado por una idea política. No han luchado por la Verdad, que es Cristo. Y, entonces, ¿por qué lloras Francisco? ¿Por qué te impresiona la forma de morir de esos hombres? ¿Qué te importa la muerte de esos hombres si no miras cómo está el alma de cada una de esas personas que han muerto? ¿Para qué abres tu boca en la Iglesia si no enseñas la Verdad de esas muertes? ¿Para qué tan vano llanto si no obras la Voluntad de Dios con tus lágrimas de muerto?.

Cristo lloró por los pecados de todo el pueblo. Y tú, Francisco, ¿lloras por una gente, lloras por hombres, lloras por ideas humanas, lloras por tu loca vida humana? ¿Y no eres capaz de llorar por tus malditos pecados -que tampoco los ves-, porque te crees santo y justo, te crees un modelo de Papa y eres el mayor engaño como Papa?

De Francisco, en cada una de sus palabras, está el demonio. Cuestionen cada palabra de ese idiota. No se crean nada de lo que dice. Tienen que combatirlo si quieren ser de la Iglesia remanente. Si quieren poner una vela al demonio, entonces besen el trasero de ese idiota.

Francisco ya ha comenzado su falsa iglesia, al comenzar con el cisma. Su llamada telefónica es el cisma, no ya encubierto, sino a las claras. Después, los que rodean a Francisco dicen que aquí no pasa nada. Todo es política en el Vaticano. Y no hay que atacar a Francisco como un líder religioso, sino como un jefe político.

La Iglesia está que revienta ante las barbaridades que dice ese hombre. La gente está muy descontenta, pero no le han enseñado a luchar contra la mentira de una Jerarquía que se pasa por verdadera, pero que es, a las claras, del demonio. La gente no sabe oponerse a Francisco, porque tampoco no sabe oponerse a la Jerarquía infiltrada, que enseña a seguir a Francisco. Empiezan a criticarlo todo, y sólo destruyen más la Iglesia.

Ahora es el momento de permanecer en toda la Verdad. Los Papas hasta Benedicto XVI han sido Papas verdaderos. No se pueden criticar ni opinar sobre ellos. Los falsos Papas que vienen ahora a la Iglesia son sólo eso: hombres de política. Y no más. Y estarán guiando su iglesia, la que ellos se han inventado. Y hay que salir de todos ellos, de ese Vaticano que sólo se mira al ombligo y que proyecta quitar toda la verdad para dejar sólo la mentira que les conviene.

Francisco es el mayor engaño de todos: se pone como Papa para destruir la Iglesia con la infalibilidad de ser Papa. Nunca un hombre ha cometido el mayor error en su vida, como lo ha hecho Francisco: aceptar ser Papa sabiendo que no podía ser Papa. Por eso, se convierte en el mayor engaño que una Jerarquía da a la misma Iglesia. Es la mayor abominación de todas. Es el fruto de la desobediencia al Papado desde hace 50 años, que la Jerarquía ha dado en la Iglesia.

Francisco no posee la Autoridad Divina en la Iglesia

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Muchos, en la Iglesia, creen, como un deber, la necesidad de seguir a Francisco. Piensan que este hombre tiene buena voluntad para gobernar la Iglesia porque ha sido puesto por Dios.

Y ese deber lo apoyan en la Sagrada Escritura: «Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (Rom 13, 1).

San Pablo habla de las autoridades civiles y de las divinas: «autoridades superiores».

La obediencia a la autoridad es un deber de conciencia, porque la autoridad que ejercen emana de Dios: «no hay autoridad sino por Dios».

Dios es el autor del hombre social y, por lo tanto, es autor de la sociedad y de la autoridad: «por Dios han sido ordenadas».

La Iglesia es una sociedad perfecta. El Estado es una sociedad perfecta.

El Estado es la creación de un orden social, humano, político, económico, cultural. Se crea por los mismos hombres. Y son ellos los que ponen su autoridad.

Dios ha hecho al hombre social y, por tanto, ha creado el Estado. Pero deja a los hombres constituir ese Estado. Cualquier autoridad, en ese Estado, aunque sea demoníaca, viene de Dios. Pero viene de manera indirecta, a través de los hombres. Dios no interviene en esa elección humana.

En la obediencia a la autoridad está la salvación o la condenación: «de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom 13, 2).

La autoridad es «ministro de Dios, vengador para castigo del que obra mal» (Rom 13, 4).

Pero el hombre no es sólo un ser social, sino que también es un ser espiritual. Y, para gobernar su espíritu, Dios ha creado Su Iglesia.

En la Iglesia no se da una autoridad social, humana, política, económica, cultural, propia de un orden social. En la Iglesia se da el orden espiritual, que es un orden jerárquico.

Dios crea un orden Jerárquico, distinto al orden social. Ese orden Jerárquico es el que tiene la Autoridad en la Iglesia. Por eso, en la Iglesia no manda el pueblo, los fieles, sino la Jerarquía: Obispos, sacerdotes y diáconos.

Esa Jerarquía está puesta por Dios, no por los hombres. Quien es llamado al orden, a recibir el Sacramento del orden, es llamado a ser Jerarquía, a ser autoridad en la Iglesia. Cada sacerdote, cada Obispo, cada diácono, es autoridad en la Iglesia.

Pero, dentro de esa Jerarquía, Dios ha puesto una Cabeza, que es el Papa, al que todos tienen que obedecer para ser autoridad. Sin la obediencia al Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún diacono, manda nada en la Iglesia.

El Papa es el que establece toda la autoridad en la Iglesia. Para eso da sus normas a la Jerarquía, para que se cumplan y sean autoridad.

Un sacerdote, un Obispo, que desobedezca al Papa, no es nada en la Iglesia. Nada. Aunque siga predicando, celebre misa, etc…, no hay que darle obediencia alguna, por su desobediencia a la Cabeza, que es el Papa.

Quien está con el Papa está con la Iglesia. Quien no está con el Papa no está con la Iglesia. Quien está con el Papa es autoridad en la Iglesia. Quien no está con el Papa no es autoridad.

En la Iglesia se obedece al Papa. Y, por tanto, se obedece a todos los demás que obedecen al Papa. Si no obedecen al Papa, no se les obedece, porque la obediencia a los demás, en la Iglesia, nace primero de la obediencia al Papa.

Los fieles no mandan nada en la Iglesia. No pertenecen a la Jerarquía. Sólo tienen que obedecer a la Jerarquía.

Por tanto, los fieles tienen que saber si ese sacerdote, si ese Obispo, si ese diácono, es obediente al Papa para poder dar la obediencia.

Y la única forma de saber si esa Jerarquía es auténtica es porque no se aparta de la enseñanza del Papa en la Iglesia. En cuanto se aparte un ápice, ya no es Jerarquía auténtica, ya no hay que darle obediencia.

La enseñanza del Papa es siempre la misma, porque la Verdad no cambia en la Iglesia. El Papa no es un innovador en la Iglesia, sino que es el que guarda la Verdad, como Cristo la enseñó, y obliga a la Iglesia a vivir esa Verdad, a obrar la Verdad. Es la obligación del Amor, es el deber del Amor, es el derecho del Amor.

Tanto para los fieles como para la Jerarquía, todo está en discernir si el Papa es verdadero o falso en la Iglesia.

A un Papa verdadero siempre hay que darle la obediencia, así se equivoque, así peque, porque «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios». Si Dios ha puesto un Papa legítimo, Él se encarga de todo en la Iglesia. Él se encarga de su pecado, de sus errores. Los demás, a obedecer a ese Papa legítimo.

A un Papa falso nunca hay que darle la obediencia, porque no lo ha puesto Dios en Su Iglesia. En este caso, no hay resistencia a la autoridad, porque la Iglesia es un orden divino, no social. La Iglesia no es el Estado. En el Estado, un gobernante falso, que ocupa el poder, es necesario darle la obediencia, en las cuestiones materiales, humanas, no en lo demás: «Pagad a todos lo que debáis: a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 7).

En la Iglesia, Dios pone su autoridad directamente. Dios interviene en la elección que los hombres hacen. En el Estado, Dios pone la autoridad por medio de los hombres, de forma indirecta; pero no interviene. En la Iglesia, el poder es divino; en el Estado, el poder es humano.

En la Iglesia, cualquier anti Papa no es autoridad. Usurpa un Trono divino, en el que sólo Dios dice quién se sienta en ese Trono. En el Estado, quien usurpa el poder, sigue siendo autoridad, porque tiene un poder humano. En la Iglesia, quien usurpa el poder, ya no es autoridad, porque Dios es el que da el poder en la Iglesia; no son los hombres los que se arrogan ese poder.

Un Papa verdadero es siempre por sucesión de Pedro: muere un Papa, los Cardenales eligen otro. Siempre saldrá de eso un Papa legítimo, verdadero, en el cual está toda la Autoridad de Dios para regir su Iglesia. Si el Papa no muere y se elige otro, entonces ese Papa, que se elige, es siempre falso; es decir, sólo tiene un poder humano, no divino.

En la Iglesia sólo existe Pedro como Cabeza. La Iglesia está construida sobre Pedro. Y sólo hay un Pedro. No puede haber muchos Pedros. Y hasta que Pedro no muera, aunque haya renunciado, sigue siendo Pedro. La renuncia al Papado, no es la renuncia a la sucesión de Pedro.

Un Papa viene por sucesión, no por renuncia. Se suceden los Papas porque hay una muerte. Si no se da la muerte del Papa que reina, no se da la sucesión de Pedro.

Pedro se sucede en la muerte de cada Papa. Pedro no se sucede en la renuncia del Papa a su misión petrina.

Ante un Papa que renuncia, es deber de los Cardenales esperar a su muerte para elegir a otro.

Los hombres, en la Iglesia, cuando un Papa ha renunciado, han elegido a otro. Y ese Papa era falso o era un antipapa.

Los Cardenales siempre pueden elegir a un Papa nuevo, porque son los hombres los que ponen sus leyes, sus reglas, para obrar una elección papal.

Pero la elección de un nuevo Papa, de un Papa verdadero, legítimo, no es por una regla humana, por una ley humana, por una razón humana; sino por una ley divina: la sucesión de Pedro.

Esa ley divina exige la muerte del Papa para elegir a otro Papa.

Cualquier Papa que se elija viviendo el anterior, es siempre falso. Siempre.

El Papa tiene que morir. Y, entonces, se elige siempre a uno verdadero, legítimo.

Esta Verdad ya no se sigue en la Iglesia. Y, desde hace 50 años, no se sigue.

Se han elegido Papas verdaderos, legítimos, pero en la práctica, nadie les ha obedecido. En la práctica, no han sido ellos los que han gobernado la Iglesia.

Ellos han aceptado el cargo de Papa, pero han tenido que soportar la rebeldía de muchos, que les han impuesto obras para hacer en el Papado. No les han dejado hacer la Voluntad de Dios.

Y, por eso, se ha observado, durante 50 años, un desbarajuste en toda la doctrina de Cristo. Culpa, no de los Papas, sino de la gente a su alrededor.

Y hay que seguir obedeciendo a los Papas legítimos, pero no a la Jerarquía que ha querido gobernar la Iglesia con un Papa legítimo, impidiendo que ese Papa gobierne libremente. Porque no se puede resistir a la autoridad puesta por Dios en la Iglesia, aunque se vean herejías, cismas, en toda la Jerarquía.

Por eso, tantos que se han salido de la Iglesia, que se han rebelado contra el Papa, que han dicho muchas cosas, -que son verdaderas-, pero han desobedecido a la autoridad legítima, que es el Papa. Y si no hay esa obediencia, entonces sus quejas, sus críticas, lo que ellos defienden, no vale para nada.

Porque en la Iglesia no se defiende una Verdad, sino toda la Verdad. Y, para defenderla, hay que estar con el Papa legítimo. Este es el fallo de muchos en la Iglesia.

Durante 50 años, quien ha gobernado la Iglesia han sido mucha gente, muchas cabezas, que de forma solapada, han chupado todos del poder del Papa. Y han oscurecido ese Poder, hasta anularlo.

Lo que hicieron con el Papa Benedicto XVI es anular su Poder. Ya no existe el Papado. Esta Verdad muchos no la comprenden.

Los hombres han llegado a la perfección de la soberbia en el gobierno de la Iglesia. Han querido regir la Iglesia con un Papa legítimo. Y lo han hecho de espaldas al Papa, desobedeciendo al Papa, imponiendo al Papa muchas cosas que Dios no quería. Han hecho su partidismo en la Iglesia. Y han creado la herejía del Papismo: el dominio de los Obispos sobre todos los hombres, sobre todos los cristianos.

Esta herejía viene de la falsa interpretación de la Palabra de Dios sobre la Autoridad. Como de Dios viene toda autoridad, entonces los Obispos son siempre autoridad en todos los campos del existir humano. El deseo de gobernar al otro, de estar por encima del otro, hace que muchos sacerdotes y Obispos sean más papistas que el Papa.

¡Cuántos sacerdotes obligan a recibir a Cristo en la mano! ¡Se arrogan una autoridad que no poseen! ¡Cuántos sacerdotes y Obispos obligan a los fieles a dar obediencia a Francisco! ¡Se arrogan una autoridad que no poseen!

En la Iglesia, Dios pone Su Cabeza directamente, aunque sea por elección de los Cardenales. Y, por tanto, sólo se puede dar la obediencia al Papa legítimo. Y esa obediencia es hasta la muerte de ese Papa. Hasta que no muera, es imposible dar la obediencia a otro Papa en la Iglesia. Esa imposibilidad anula cualquier tipo de obediencia.

Por tanto, el Poder de Dios, actualmente, está en el Papa Benedicto XVI, que es el Papa legítimo, que viene por sucesión: murió Juan Pablo II, los Cardenales eligieron a este Papa.

Hasta que no muera el Papa Benedicto XVI, el Poder está en él. Y sólo en él. La obediencia es sólo hacia él.

El problema es que él no quiere ser Papa. Entonces, Dios no obliga a darle obediencia. Pero la Autoridad la sigue teniendo él. Y, por tanto, en la Iglesia ahora sólo se puede dar la obediencia a la Jerarquía que el Papa Benedicto XVI puso. Porque el Poder de Dios sólo están en este Papa.

La Jerarquía que ha puesto Francisco es nula. No se le puede dar obediencia. Ellos tienen un poder humano. Y con ese poder humano no son Autoridad en la Iglesia; porque la Autoridad en la Iglesia es divina, no humana. Es puesta por Dios directamente.

Consecuencia: ellos hacen su Estado dentro de la Iglesia. Ellos están constituyendo una nueva forma de gobernar, un nuevo orden social, económico, político, cultural, humano. Ellos lo hacen con su poder humano. De ellos va a nacer el nuevo orden mundial. De dentro de la Iglesia Católica. Ya se está formando, delineando.

Los que creen un deber obedecer a Francisco porque es autoridad, porque Dios lo ha puesto (y no importa que sea por una renuncia) tienen un error en sus mentes.

Y de ese error pueden salir fácilmente, si vieran lo que es Francisco en su doctrina.

A Francisco no se le obedece por dos cosas principales:

1. Porque es una autoridad falsa en la Iglesia: no ha sido elegido por Dios para ser Vicario de Cristo. Francisco no viene por sucesión de Pedro, sino por renuncia de un Papa.

2. Porque Francisco es hereje, apóstata de la fe, cismático. Es un masón que se viste de sacerdote para su negocio en la Iglesia. Y todo hereje que es elegido Papa es nulo su Papado. No es Papa. No es Autoridad. Luego, no hay que darle obediencia.

«Es preciso someterse, no sólo por temor del castigo, sino por la conciencia» (Rom 13, 5).

Todos en la Iglesia tienen que obedecer por conciencia al verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Aunque haya renunciado, sigue siendo la Autoridad. Y, por tanto, no es posible resistirle. Hay que someterse a él por la conciencia, por el orden moral que da la conciencia.

Si no se da esa obediencia al verdadero Papa, se cae en el castigo de condenación. Se resiste a Dios.

El error de muchos es ver a Francisco con una autoridad legítima. Y ellos pueden ver su error por dos caminos: 1. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión; 2. Francisco es hereje.

Por estos dos caminos, se ve que lo que hace Francisco es nulo para la Iglesia. Francisco no tiene autoridad como Papa, como Vicario de Cristo. Posee la autoridad que unos hombres le han dado. Y, por eso, crean un nuevo estado de cosas, un nuevo orden de cosas, que no tiene nada que ver con la Iglesia.

No quieran ver buena voluntad en Francisco para llamarlo Papa. En la Iglesia, la Autoridad no es por buena voluntad, sino por Voluntad Divina, por Elección Divina.

Francisco es sólo un usurpador del Trono de Dios. Se lo ha robado al Papa Benedicto XVI. Luego, su gobierno es nulo. No vale nada a los ojos de Dios. Todo lo que haga Francisco es nulo. Aunque ellos digan lo contrario, aunque quieran afirmar lo contrario, todo es nulo. Las decisiones que tome Francisco, aunque sean buenas, son nulas. Lo que Francisco promulgue en la Iglesia, aunque sean buenas, son nulas. Lo que Francisco predique, obre, aunque sean cosas buenas, son nulas. No pertenece a la Iglesia. Ninguna cosa de Francisco. Las canonizaciones que se ha dado y las que se van a dar son nulas; porque para canonizar hace falta que el Papa se pronuncie como Papa. Es así que Francisco no es Papa. Luego, es nulo todo lo que hace.

Francisco no tiene autoridad divina en la Iglesia. Luego, no hay quedarle obediencia. Y toda aquella Jerarquía puesta por Francisco no tiene autoridad divina, porque la ha puesto uno sin Autoridad Divina. Sólo la Jerarquía puesta por Benedicto XVI tiene autoridad en la Iglesia. Pero esa Jerarquía está obligada a no seguir a Francisco para ejercer esa Autoridad. Si siguen a Francisco, automáticamente, la pierden en la Iglesia.

Por eso, la situación en la Iglesia es muy grave. ¡Cuánto engaño en los fieles y en toda la Jerarquía! Y están todos aletargados, esperando algo de uno sin Autoridad Divina. Por eso, no hay excusa para lo que viene.

Dios ha dado tiempo para discernir a un falso Profeta. Y mucha gente sigue dormida. Y la Jerarquía sigue callando. Entonces, tiene que cumplirse lo que dice San Pablo: «Los magistrados no son de temer para los que obran bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3-5).

Todos los que han hecho renunciar al Papa Benedicto XVI tienen su castigo por rebelarse a la autoridad de Dios en Su Iglesia. Todos los que han elegido a un nuevo Papa, en la renuncia del Papa legítimo, tienen su castigo, por no someterse a la autoridad que Dios ha puesto en Su Iglesia. Todo los que siguen a Francisco, y a toda la Jerarquía que da su obediencia a un usurpador, tienen su castigo, que viene del mismo Papa Benedicto XVI. Él es ministro de Dios para el bien, y lleva la espada, para castigar al que obra el mal. Por eso, Dios va a mandar su castigo a la Iglesia por no obedecer toda la Iglesia a Su Papa verdadero, legítimo.

Dios no es un Dios que da besitos y abrazos a todo el mundo. Dios castiga al que obra en contra de su conciencia, porque en la conciencia está el conocimiento del bien y del mal. Es la voz de Dios en el alma. Y quien no la siga, recibe la Justicia de Dios por su pecado.

Francisco: cismático y apóstata

Santisima Trinidad

«¿Acaso Cristo está dividido?» (1 Co 1, 1-17).

No, Cristo no está dividido; pero Francisco divide a Cristo.

Jesús es la Iglesia; luego, Francisco no es la Iglesia.

Jesús, que es la Verdad, es la Iglesia; Francisco, que predica la mentira, no es la Iglesia.

Jesús, que obra la Verdad, hace Su Iglesia; Francisco, que obra su mentira, crea su nueva iglesia.

La Verdad nunca ha cambiado. La Verdad es simple.

La Verdad es que en la Iglesia sólo se da el gobierno vertical. Esa Verdad no la cambia nadie, ni siquiera la mente de Francisco. Su pensamiento es su condenación. Él ha puesto el gobierno horizontal: eso condena a Francisco.¡Eso sólo! No hay que buscar otras herejías, que las tiene en abundancia cada vez que abre su maldita boca.

Francisco ha puesto un gobierno horizontal: automáticamente se ha ido de la Iglesia. Ha comenzado a crear su nueva iglesia; porque Jesús es la Iglesia.

La Iglesia ha sido fundada por Él. Y Él ha puesto un Vértice en la Iglesia. Un Vértice que nadie puede quitar. Aquel que se atreva a quitarlo queda excomulgado automáticamente. Su pecado le hace salir de la Iglesia.

Francisco ha divido a Cristo con su gobierno horizontal. Este gobierno horizontal es la obra de su pecado de orgullo. Es la obra que se opone a Cristo. Es una acción en contra de Cristo, que ha fundado Su Iglesia en un Vértice, en una Roca, en una Piedra.

Por este pecado de orgullo, Francisco recibe el nombre de anticristo. No es el Anticristo, sino uno de los anticristos, porque ha ido en contra de Cristo en una Verdad, que es el Vértice de la Iglesia.

Ese gobierno horizontal, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino a la nueva iglesia, fundada por Francisco en Roma, significa dos cosas:

1. un cisma encubierto;

2. una apostasía de la fe pública.

1. Cisma encubierto

Todo cuanto haga ese gobierno horizontal se aleja de la Verdad. Y esto de forma automática. Es decir, formalmente, las decisiones de ese gobierno son herejías, aunque sean buenas obras en apariencia, aunque sean santas en apariencia. Porque la Iglesia se gobierna con un gobierno vertical, no horizontal. Luego, lo que haga ese gobierno sólo sirve para la nueva iglesia; pero no sirve para la Iglesia de Cristo.

Jesús no gobierna Su Iglesia en un gobierno horizontal. Luego, ninguno de los que pertenecen a ese gobierno horizontal tiene el Espíritu de Cristo para gobernar la Iglesia. Ninguno de ellos. Es decir, no tienen el Poder de Dios para gobernar la Iglesia. Luego, sólo poseerán sus poderes humanos. Y, por eso, lo que hagan con esos poderes humanos es un cisma.

Francisco ha roto la estructura de la Iglesia. Ha metido a gobernar la Iglesia a Obispos y Cardenales que no han sido llamados por Dios para dirigir la Iglesia. Porque la Iglesia sólo loa dirige el Papa. Por eso, lo que ha hecho Francisco tiene el nombre de cisma.
Cisma significa: me voy de la Iglesia y pongo mi iglesia. Eso fue lo que hizo Lutero. Lutero lo hizo yéndose de Roma. Francisco lo ha hecho en la misma Roma.

Pero lo que ha hecho Francisco queda encubierto: éste es el error de Francisco. Su gran error, que será su gran caída.

Y ¿por qué? Porque no se puede predicar que Cristo no está dividido poniendo la división en la Iglesia.

No se puede predicar que hay que dar testimonio de la Verdad en la Iglesia obrando la mentira con un gobierno horizontal.

No se puede predicar que hay que ser dóciles a la Palabra de Dios, cuando él mismo es rebelde a esa Palabra.

No se puede predicar que Jesús es la Misericordia cuando él ha puesto el camino para condenar a las almas dentro de la Iglesia.

Francisco ha puesto un cisma y lo ha escondido, lo ha encubierto. Es decir, no se atreve a más, a romper con otras cosas. Tiene miedo. Sólo hay que ver sus últimas homilías. Dice cosas y no dice nada, porque sabe cómo está la Iglesia: en contra de él.

Francisco es un hablador. Y no más. Y un pésimo hablador. Su palabra no convence a nadie, pero sí hace mucho daño.

Francisco ha puesto un cisma en la Iglesia, una división clara. Pero tiene miedo de algo más. Y ¿por qué? Por su pecado de orgullo. Él ve la necesidad de dar un giro a la Iglesia, pero eso no es fácil. Él no tiene la fuerza para eso, porque no es inteligente. Es un cura de pueblo. Y no más, que entretiene a la gente. Y no más. Pero que no sabe en el lío que se ha metido.

El demonio sólo necesitaba a un Francisco para comenzar la ruina de la Iglesia. Cuando ya no le sirva, pone a otro, a uno más fuerte que Francisco.

2. Apostasía de la fe pública

Francisco predica una doctrina pública que es contraria a la doctrina de cristo: su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro. Dos cosas quiere Francisco:

a. unir a los miembros de la Iglesia en el amor fraterno, en la caridad;

b. meter en la Iglesia a los demás hombres que viven en sus pecados, en sus religiones.

Por eso, él predica la unión en la caridad, y se olvida de la unión en la verdad. Es más importante la caridad que la verdad. Por eso, se opone a la doctrina de Cristo, que es la doctrina de la verdad: Dios ama al hombre en la verdad, en la justicia, en la rectitud, en el orden moral, en el orden ético, en la ley divina.

a. Francisco propone su amor fraterno: Dios ama a todos los hombres y lo perdona todo en ellos por ser Misericordia. No se ve el atributo de la Justicia Divina, porque es un amor sin verdad, sin justicia, sin orden. Es un amor que hace del pecado algo que Dios no lo supera con Su Gracia. Por esos, él predica su doctrina de la Iglesia accidentada: cada uno con sus pecados se salva. Sólo hay que hacer bienes a los hombres, obras buenas humanas. Para Francisco, el amor fraterno está por encima del amor divino. La verdad se somete al hombre, a la cultura del hombre, al pensamiento del hombre. Por eso, para Francisco, no hay verdades absolutas, sino relativas: la verdad está relacionada con el hombre; la verdad se somete al hombre. Ya no es el hombre el que obedece a la Verdad. La verdad es como la ve el hombre, como la entiende el hombre, como la interpreta el hombre. Por eso, su doctrina del amor fraterno hace aguas por todos los lados. No sirve para unir a los hombres, en la caridad, porque no hay verdad que una. Cada hombre tiene sus verdades y el otro tiene que someterse a esas verdades, así no les guste, por un motivo de amor fraterno, de amor humano, de amor sentimental, de amor económico, de amor cultural.

b. Francisco propone a todos los hombres el diálogo, ya no la fe. Para salvarse hay que dialogar con todos los hombres. Así se alcanza la unidad que Jesús quiere en la Iglesia. Este error es de la mayoría de la Jerarquía. Sólo la fe produce la conversión del corazón. Si el alma no vive de fe, el alma sigue en sus pecados, en su vida humana, en su iglesia, en su religión, pero no accede a la Verdad, que es Cristo. Y, por más que se dialogue con los hombres que no posee la fe, que cree en algo, pero no creen en la Verdad, entonces eso no convierte a las almas.

Como Francisco no cree en la Verdad, entonces propone el diálogo para unir a todos los hombres en la Iglesia, con Cristo. Es una doctrina absurda, pero que muchos la siguen, porque no han comprendido la fe en la Palabra de Dios. Y, al no aceptar la Palabra de Dios en sus corazones, entonces, se inventan su fe, una fe humana, una fe en la que el diálogo es lo central para ser Iglesia.

Estas dos cosas de Francisco, que pertenecen a su doctrina, constituyen la apostasía de la fe pública de Francisco y de los que siguen a Francisco.

La apostasía de la fe significa algo más que separarse de la Iglesia. El cisma separa de la Verdad; pero el apóstata invita a caminar en su mentira. Predica una doctrina que es para condenar almas. Y lo hace abiertamente, de forma pública, sin oposición de nadie.

Esta es la gravedad de tener a un lobo sentado en la Silla de Pedro. Porque por ahí viene el engaño a muchas almas en la Iglesia que no disciernen nada, que se lo tragan todo, que les da igual quien está de Papa.

El daño que hace la doctrina de Francisco en la Iglesia es enorme: porque es una doctrina cismática y apóstata. Una doctrina que está revestida de cosas buenas y santas, pero que lleva, de forma inevitable, a la condenación de las almas.

Por eso, no se puede seguir a Francisco en nada. No es posible darle ninguna obediencia.

La Iglesia es Jesús. Y Jesús es la Verdad. Y la Verdad es la Gracia. El hombre no puede seguir a Jesús si no está en Gracia. Y estar en Gracia significa no estar en pecado, quitar el pecado, luchar contra el pecado. Porque la Gracia vence todo pecado. La Gracia transforma al hombre en hijo de Dios. La Gracia construye el Reino glorioso de Cristo en la Tierra.

La Iglesia está llamada a vivir los 1000 años del Reino Glorioso, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Esta es una Verdad que no se puede quitar de la Revelación. Y es una verdad que hoy día se combate, porque se quiere la felicidad humana, el progreso de los hombres, la paz entre los hombres, pero sin Gracia, sin el Espíritu de la Verdad.

Por eso, la Iglesia ha combatido a tantos profetas que han hablado sobre la Nueva Jerusalén, porque la Iglesia ya no tiene Fe en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en las palabras de los hombres, en las investigaciones de los filósofos, de los teólogos, de los científicos, de los técnicos, para decir que hay que vivir ese Reino glorioso en todo el espectro humano. Es el hombre, con sus avances, lo que lleva a construir ese reino.

Y esta es la esencia de la doctrina de Francisco: Francisco se apoya en todo lo humano para ser feliz en su vida. Ése es un gran error. Y, por eso, es un apóstata de la fe porque ama al hombre con locura. No puede amar a Dios porque no acepta la verdad del Pensamiento Divino. Sólo acepta las verdades que los hombres adquieren con sus inteligencias humanas. Por eso, él se opone a la Gracia; se opone a la Iglesia; se opone a Cristo. No se somete a la Verdad, entonces se somete a su mentira y hace de esa mentira su valor, su verdad, su bien, su derecho, su deber, en la vida.

Por eso, Francisco es cismático y apóstata al mismo tiempo. Vive su cisma y hace de la mentira el camino para muchos, y que éstos se pierdan para siempre.

El gran daño que ha hecho Francisco en la Iglesia

gobiernovertical

La Iglesia de Cristo tiene un gobierno vertical, es decir, quien gobierna la Iglesia es Su Rey: Cristo Jesús. Él es la Corona de la Iglesia, es el Rey de cada alma y es el que guía a toda la Iglesia, a Su Cuerpo Místico, hacia la Plenitud de la Verdad.

Jesús murió por cada hombre. No murió por la humanidad, no murió por un conjunto de hombres, ni por una comunidad, ni por un país, ni por una familia.

La muerte de Jesús es por cada alma en particular, porque así es su amor: amor por cada una de sus almas ya que han sido creadas por Él.

Jesús salva a cada alma, no salva ni a la sociedad, ni a los países, ni a las familias, ni a las comunidades, ni a la humanidad.

La salvación se dirige a cada alma. Y, por tanto, el alma se salva siguiendo a Jesús, el camino que Él ha puesto para conseguir esa salvación.

La salvación Jesús la obra como Sacerdote Eterno y, por tanto, nadie se puede salvar sin el Sacerdote, que es Cristo Jesús.

Nadie puede buscar la salvación en un hombre, en una idea política, en una filosofía, en un grupo social, en una comunidad de base, etc.

La salvación el Sacerdote la obra: Jesús hizo la Obra de Redención. Sin esa Obra, el hombre hubiera seguido igual, en su pecado y, condenándose por su pecado.

Cada alma se salva porque tiene un sacerdote que obra la misma Obra Redentora de Jesús. Si el sacerdote no obra esta Obra, condena al alma, junto con él, al infierno.

La salvación no está en pertenecer a una comunidad, a una estructura de la Iglesia, a un pueblo que cree, ni siquiera a una familia cristiana.

La salvación se realiza formando las almas con el sacerdote, que las salva, el Cuerpo Místico de Cristo.

Y ¿cómo se realiza ese Cuerpo Místico? En la obediencia a la Verdad, que es Cristo Jesús. La Obediencia forma la Iglesia.

La Iglesia es Cristo Jesús. Y no es otra cosa sino sólo Cristo.

Muchos se equivocan diciendo que Jesús ha dado al hombre la capacidad de ser Dios (por el Bautismo) y, por tanto, la de actuar como si Dios quisiese las obras de los hombres. Por el hecho de que Jesús lo ha regenerado todo, también la humanidad ha sido regenerada totalmente. Y, por eso, éstos no pueden comprender que la Iglesia sea sólo Cristo Jesús, ni tampoco que la Verdad sea sólo Cristo Jesús. Hay otras verdades en el mundo, en los hombres, porque Jesús lo ha hecho todo nuevo. Y, por eso, hay que abrirse a todos los hombres porque en ellos también hay una verdad.

La Iglesia nació en la muerte de Cristo. Cuando el soldado le abrió el costado, ahí tuvo origen la Iglesia. Por eso, la Virgen María ofrece al mundo y al hombre la Iglesia, al tener entre sus brazos a Su Hijo muerto. La Iglesia está en los brazos de María en la Cruz, al igual que Ella sostuvo a Su Hijo en su nacimiento.

María fue Madre de Dios en Belén, y tuvo a Jesús vivo en sus brazos; pero María fue Madre de la Iglesia en el Calvario, y tuvo a Jesús muerto en sus brazos.

La Virgen María dio al mundo a Jesús y a su Obra, que es la Iglesia. Lo ofreció a los hombres si quieren salvarse.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. Es de Dios y la forma Dios. En la muerte de Cristo, nace la Iglesia. Nace en el dolor de una Madre y en el sacrifico de Su Hijo. La Iglesia nace en el dolor, en la muerte, cuando, entre los hombres sólo hay odio hacia Dios y hacia Su Hijo.

Y, en esa muerte de Jesús, se inicia la salvación del hombre. Entre los brazos de la Madre está la salvación del hombre. Pero de cada hombre, no de la humanidad, no de las familias de los hombres, no de los países, no de ninguna cultura o raza de lo hombres.

La Iglesia nace cuando los Apóstoles no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, por haber negado a Cristo. Sólo dos almas pertenecen a la Iglesia en ese momento: la Virgen, como Reina, y San Juan, como el Apóstol del Amor. Los demás, vivían en sus pecados. Y es sólo la Virgen María la que presenta, desde el Calvario, la Iglesia a toda la humanidad. La presenta teniendo entre sus brazos a Su Hijo muerto, porque ese Hijo muerto es la Iglesia.

La Iglesia no nace en Pentecostés. Ahí sólo se da a la Iglesia Su Espíritu para que pueda obrar la Voluntad de Dios, porque sin Espíritu no hay obras en la Iglesia, no se hace nada en la Iglesia.

La Iglesia no existe antes de la muerte de Cristo. Cristo, que es la Iglesia, hasta que no muere, no puede iniciar la Iglesia. Cristo prepara a los suyos para la Iglesia, pero no hace Iglesia, no forma ninguna Iglesia, ninguna comunidad, porque, antes había que hacer la Obra de la Redención, que era morir por todos los hombres en la Cruz. Sin esa Obra, sin esa muerte, no se inicia la Iglesia.

Por eso, muchos se equivocan al poner la Iglesia en lo que hacía Jesús con sus discípulos. No han entendido lo que es la Redención de los hombres. Jesús es Rey de los hombres en la Cruz. Y lleva a todos sus discípulos a la Cruz. Y allí inicia la Iglesia: en la muerte en Cruz. La Vida se da en la muerte. Sin el sufrimiento no hay amor que salve al hombre. Sin penitencia no hay Cielo para el hombre. Sin dolor no hay Gloria para el hombre.

Aquellos que no quieran la Cruz, el camino de la Cruz, entonces forman su propia iglesia, sus propias comunidades, que no salvan.

Cristo murió, pero resucitó de entre los muertos. Y el tiempo de Su Resurrección, antes de Su Ascensión, es para formar Su Iglesia. Cristo inicia su Iglesia en la muerte de Cruz, pero no está formada. En la Cruz, Él y Su Madre son la Iglesia. No hay nadie más. Ni siquiera San Juan era Iglesia, a pesar de que no había pecado. San Juan todavía no puede obrar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, hasta que Jesús no la inicie en Pedro.

Porque se pertenece a la Iglesia en la Roca de la Iglesia. No se pertenece a la Iglesia porque no se tenga pecado o porque se hace una cosa buena entre los hombres.

Cristo es la Roca de la Iglesia. Por eso, Él es la Iglesia. Y sólo Él. No hay ningún hombre más. Con Cristo, Su Madre, por Voluntad Divina, está en esa Roca. Pero, los demás, no pertenecen a la Iglesia, aunque sean discípulos, apóstoles, sacerdotes, Obispos. Se pertenece a la Iglesia porque se obedece a la Roca, que es Cristo, a la Verdad, que es Cristo.

Y, como los hombres siempre necesitan de un hombre para obedecer, por eso, Cristo puso a Pedro en esa Roca. Y sólo a Pedro. Pero lo puso en el tiempo de Su Resurrección, no antes.

Y se pertenece a la Iglesia porque se obedece a Pedro. Cristo Jesús, que es el Rey de la Iglesia, sólo guía a Su Iglesia a través de Pedro. No la guía de otra manera. Por eso, el gobierno de la Iglesia es vertical: Cristo Jesús y Pedro. Los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Se es Iglesia porque se obedece a Pedro. Se hace la Iglesia porque se obedece a Pedro. El alma se salva en la Iglesia porque obedece a Pedro.

La salvación no está en la comunidad, como hoy se predica. Una comunidad que cree no se salva. Un pueblo de Dios que cree no se salva. El alma se salva porque obedece a la Verdad, que es Jesús. Y Jesús ha puesto Su Iglesia, que es la Obra de la Verdad. Quien obedece a la Iglesia entonces está obedeciendo a Cristo. Quien no la obedece, no es de Cristo.

En la Iglesia están todas las verdades que el hombre tiene que aceptar si quiere salvarse. Ese aceptar es obedecer a Cristo, como Rey de la Iglesia. Y se aceptan esas verdades obedeciendo la cabeza de la Iglesia entre los hombres, que es el Vicario de Cristo. Quien no obedece al Vicario de Cristo no obedece a Cristo, y no es Iglesia, no forma la Iglesia y no se salva.

Aquel Obispo, aquel sacerdote que no obedezca al Vicario de Cristo, no es Iglesia, no forma Iglesia y, por tanto, no se le puede obedecer, no se le puede seguir, porque la Iglesia es Cristo, no el pensamiento de un hombre, sus opiniones, etc.

Los fieles, en la Iglesia, tienen que obedecer a los sacerdotes; éstos a los Obispos; éstos al Papa. Es una Jerarquía, no es una igualdad. Es una verticalidad, no es una horizontalidad.

Aquel que quite el gobierno vertical en la Iglesia de Cristo y ponga un gobierno horizontal, automáticamente sale de la Iglesia de Cristo y comienza a formar su nueva iglesia. Porque la Iglesia es sólo Cristo. Y Cristo ha puesto su gobierno vertical. Y nadie tiene derecho a quitar lo que Cristo ha puesto en Su Iglesia, porque ese gobierno vertical es la Verdad en la Iglesia. Quien quita una Verdad en la Iglesia, deja de pertenecer a Ella. No es que se oponga a una Verdad, sino que la suprime. Eso hace que la persona comience una nueva iglesia al quedar excomulgada en la Iglesia por su pecado.

Por eso, lo que ha hecho Francisco no tiene nombre: es su pecado. Un pecado que lo ha llevado fuera de la Iglesia. Su mismo pecado, porque ese pecado ha suprimido una verdad en la Iglesia. Y Francisco mantiene ese pecado. Es su orgullo. Y lo justifica, lo ensalza, lo aplaude en medio de la Iglesia. Su pecado es su nueva iglesia. Lo que él predica es su evangelio, es su fe, es su doctrina en su nueva iglesia, pero no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo, con el Evangelio de Jesús, con la doctrina de Cristo.

Jesús ha puesto la Verdad del gobierno vertical, que consiste en esto: enseñar la Verdad, guiar con la Verdad y santificar en la Verdad. Son los tres poderes que tiene la Jerarquía en la Iglesia: gobernar, enseñar y santificar. Y estos tres poderes vienen de Cristo, porque Cristo es Maestro, Rey y Sacerdote: «En efecto, ¿qué pretendió, qué quiso Jesucristo al haber fundado o al ir a fundar la Iglesia? Ciertamente esto: Transmitir para su continuación en la Iglesia la misma misión y el mismo mandato, que El había recibido del Padre. Había decidido claramente que se debía hacer esto, y esto hizo en realidad.»( LEON XIII (ASS 28,712)).

Y esto tres poderes nacen de una obediencia: «En efecto Pedro, en virtud del Primado, no es sino el Vicario de Cristo, y por ello se da solamente una sola Cabeza primordial de este Cuerpo, a saber Cristo: el cual no dejando de gobernar por sí mismo de un modo ciertamente misterioso la Iglesia, sin embargo gobierna esta misma Iglesia de un modo visible por medio del que hace las veces en la tierra de su persona… constituyendo Jesucristo y su Vicario solamente una sola Cabeza» (Encíclica «Mystici Corporis», de PIO XII Le., 211; cf. D 468; cf. 1.c., 227-242).

Quien quite el gobierno vertical, quita la sola Cabeza de la Iglesia, por la cual gobierna Cristo. Y inicia una nueva iglesia, sin Cristo.

Muchos no han caído en la cuenta del gobierno horizontal de Francisco, lo que significa: es iniciar una nueva iglesia que no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo. Por eso, Francisco hace su teatro en Roma, porque tiene que hacerlo. Tiene que engañar a muchos para que se vayan a su nueva iglesia.

Francisco ha constituido su nueva iglesia en Roma, no fuera de Roma. Dentro de la misma Iglesia. Esto es lo trágico. Ésta ha sido la jugada del demonio. Por eso, a Francisco sólo se le puede llamar maldito. Es que no tiene otro nombre. Sólo un maldito engaña así a toda la Iglesia. Y la sigue engañando. Sigue predicando su doctrina de la fraternidad, que es lo que se da en su nueva iglesia. Por eso, él prédica que nadie se salva sin comunidad, que el Bautismo nos convierte en un solo Cuerpo de Cristo (cf. 15 de enero de 2014). Francisco pone la salvación en la comunidad, en la recepción de unos sacramentos. Y dice esto sólo por su doctrina de la fraternidad: como somos todos hermanos, entonces hay que dar testimonio de una amor que nos salva, de la belleza de ese amor, aunque tengamos pecados. Francisco nunca predica del sacrificio de Cristo y de las exigencias que el que ama a Cristo tiene en la Iglesia. Nunca. Sólo pone su amor fraterno como único vehículo para salvarse.

El alma se salva por el sacerdote, por su Pastor, no por la comunidad, no por la Iglesia. Si ese Pastor no obedece al Vicario de Cristo, el alma se condena. Por eso, un fiel no puede dar la obediencia a un Pastor que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no, ese Pastor, le lleva al infierno.

Un sacerdote no puede obedecer a un Obispo que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no ese Obispo lleva al sacerdote al infierno.

Un Obispo no puede obedecer a un Vicario de Cristo que no obedezca a Cristo, porque si no ese Vicario de Cristo lo lleva al infierno.

Jesús puso su Vicario en 2005, cuando murió Juan Pablo II: el Papa Benedicto XVI. Y ese Vicario es hasta la muerte, hasta que muera Benedicto XVI. Si renunció, si lo jubilaron, eso no importa para Cristo Jesús. La Iglesia sólo tiene una Cabeza. Y sólo se puede seguir a esa Cabeza. Como el Papa Benedicto XVI no quiere ser cabeza, entonces la Iglesia es sólo regida por Cristo Jesús. Luego, no hay que obedecer a nadie en la Iglesia, porque no hay Cabeza, no hay gobierno vertical. Hay una división en la Cabeza. Y esto es lo más grave que podemos observar ahora.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha establecido su nueva iglesia, con su nueva doctrina, con su nuevo evangelio. Y, por eso, no interesa lo que hace Francisco, ni lo que dice, porque no tiene el Espíritu de Pedro. Y su pecado lo coloca fuera de la Iglesia de Cristo. Él mismo se ha ido de la Iglesia de Cristo.

Hay que combatir a Francisco. Y punto. Pero no hay que hacerle el juego. No hay que besar su trasero. Francisco no es Papa, no es Vicario de Cristo, no es Obispo. No es nada. Es una imagen del Papa, una figura del Vicario de Cristo, una estatua de Obispo. Es algo sin vida, sin valor, sin bien divino. Es una miseria humana. Es un tonto vestido de Obispo. Es uno que se cree santo porque habla del amor fraterno. Es uno que ha puesto su locura en medio de la Iglesia: resolver la hambruna del mundo. Es uno que sólo dice herejías tras herejías, todos los días. Y se levanta con ellas y se acuesta entre ellas.

Como Francisco, la historia de la Iglesia, nos da a muchos Obispos que quisieron ser Papas. Y lo fueron por poco tiempo, mientras hacían en la Iglesia su negocio. Pero Francisco no es como los anteriores Obispos que codiciaron el poder y el dinero en la Iglesia, porque los antipapas o los falsos papas, nunca quitaron el gobierno vertical. Nunca suprimieron una verdad en la Iglesia. Y, por eso, la verdad se mantuvo en la Iglesia, porque se quita al pecador de la cabeza y continúa la verdad.

Pero, cuando se quite a Francisco de su negocio en la Iglesia, continuará la herejía en la Iglesia, porque falta una verdad: el gobierno vertical. Éste es el gran daño que ha hecho ese idiota en la Iglesia.

Lo que habla Francisco son sus idioteces, pero queda su obra: la división en la cabeza de la Iglesia. Y, por esa división, no hay unidad en la Iglesia. Por eso, todo el mundo sigue las opiniones de Francisco, pero nadie sigue la Verdad, que es Jesús en la Iglesia. Esto es lo trágico, que nadie ha meditado.

Éste es el pecado de Francisco. Y, por eso, su nueva iglesia no es la Iglesia de Cristo. No hay que engañarse de las cosas que pueda hacer para tener contento a los demás: si celebra al oriente, si canoniza a algún santo u otras cosas que se hacen para dar la impresión de que se está en la Verdad.

Francisco es un lobo vestido de piel de oveja y, por tanto, no puede obrar ninguna verdad en la Iglesia. Todo está programado, todo está adulterado, todo es una comedia, para poder dar el golpe que trae la segunda división en la Iglesia.

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