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La Iglesia unida a Pedro

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La Iglesia unida a Pedro es el alma de la Iglesia.

La Iglesia es Pedro. Y, sobre Pedro, se levanta el edificio de la Iglesia. Quien se une a Pedro es y hace Iglesia. Quien no se une a Pedro no pertenece a la Iglesia.

La unión con Pedro sólo se realiza en la obediencia de la fe, no en la obediencia de la razón.

No hay un pensamiento humano capaz de unir al alma con Pedro. El alma se une con Pedro por un Pensamiento Divino, por una Obra Divina que hace Cristo Jesús en Pedro.

Jesús comunica a Pedro Su Palabra, que proviene del Pensamiento del Padre. Y Pedro comunica a la Iglesia esa misma Palabra para que las almas obedezcan a esa Palabra Divina dada por Cristo al alma de Pedro.

El alma obedece a la misma Palabra que el corazón de Pedro recibe de Cristo y, por eso, la Obediencia a Pedro es la Obediencia a Cristo.

Pero Pedro tiene que acoger la Palabra de Cristo en su corazón. Si Pedro no la acoge u obra en contra de esa Palabra Divina, ya no puede darse la Obediencia a Pedro en la Iglesia, porque solamente se puede obedecer a la Verdad, no a la mentira.

Muchos Papas, en la historia de la Iglesia, han sido pecadores y han vivido en la Iglesia con sus pecados. Pero ni ninguno de ellos enseñó algo en contra de la Palabra de Dios en la Iglesia, porque Jesús elige Su Pedro y lo guía en la Iglesia a pesar de su pecado. Pedro se debe a la Iglesia y, por tanto, Pedro tiene un carisma que nadie lo puede poseer para gobernar la Iglesia.

Cuando se pone una cabeza en la Iglesia no elegida por Dios, entonces la primera señal es la mentira, en las palabras y en las obras, de esa persona.

Ahí se ve, se discierne si ese Pedro es elegido o no por Dios.

Y, claramente, las palabras y obras de Francisco, desde que salió al balcón al ser elegido por los hombres, demuestran la falsedad de esa cabeza.

Los hombres, guiados por su sentimentalismo en la Iglesia, no supieron ver al hereje que comenzaba su gobierno demoniaco en la Iglesia. No supieron discernir el espíritu de ese hombre, vestido de Obispo, pero que no tenía el Espíritu del sacerdocio, de Cristo, de la Iglesia.

Y los hombres, cegados en la nada de su sentimentalismo, aplaudían, cada día, a un hereje en la Iglesia. Y sus obras y sus palabras eran claras para el que tenía fe. El alma que sabe lo que es la vida del Espíritu, sabe reconocer, de forma inmediata, a un hombre que le miente o a un hombre que le dice la verdad. Porque el Espíritu es la verdad y enseña al alma la Verdad. Dios no engaña a nadie. Pero los hombres, habituados a vivir su pecado en la Iglesia, no pueden escuchar las palabras del espíritu en su corazón y no puede discernir nada en la Iglesia.

Es claro lo que es Francisco: un Obispo hereje, que gobierna erróneamente toda la Iglesia, que lleva a la Iglesia hacia el error, hacia el mundo, hacia lo que él piensa en su mente de hombre.

Es claro. Pero, para muchas almas en la Iglesia, es dificultoso decir que Francisco es un hereje.

Se enfrentan a leyes eclesiásticas que les tapa la boca, que les hace callar, que les oscurece sus inteligencias humanas.

Por una ley de la Iglesia fue elegido Francisco a la Silla de Pedro. Esa ley de la Iglesia está obrada por encima de la ley divina, del dogma del Papado. Y lo que se pone por encima de Dios es siempre un pecado, una obra de pecado.

A los hombres les cuesta reconocer este punto, porque creen que todos los hombres en la Iglesia son buenos, son santos, son justos; no son capaces de reconocer a los lobos vestidos de piel de oveja, porque viven de sus sentimientos humanos: hay que sentir que todos somos buenas personas. Hay que sentir eso para no juzgar. Y ése es el error de tantos en la Iglesia: su falso sentimiento hacia los hombres, que los lleva a comulgar con la mentira y la herejía en un hombre que no sabe lo que es la Iglesia.

¡Cuántas personas hay así, con este sentimiento de lo superfluo, de la vanidad, de lo gratuito de la vida!

La vida tiene que apoyarse en la Verdad para que sea un camino, no un tropiezo. Y quien se agarra a la mentira, siempre tropieza en su vida, siempre encuentra una puerta cerrada en su vida, siempre se desliza por las tuberías del amor humano y del poder humano.

La gente vive para lo suyo en la Iglesia, pero no vive para obedecer la Verdad. No busca la Verdad en sus vidas, y, por lo tanto, se conforman con cualquier cabeza en la Iglesia que les hable bonito, que les regale el oído, que les diga lo que ellos quieren oír en sus vidas.

Esto es lo que ha hecho Francisco durante nueve meses. Y todos tan contentos y nada malo pasa en la Iglesia.

Y, ahora, tenemos una cabeza de herejía, un hereje por cabeza, que guía a la Iglesia a vivir de la herejía, como él lo hace ya en su vida humana.
Y quien se une a esa cabeza, pertenece a la iglesia que se ha inventado esa cabeza, pero no pertenece a la Iglesia de Cristo, que sólo se funda en Pedro.

Quien comulga con esa cabeza falsa, comulga con sus herejías y sus mentiras. Y, por tanto, tiene que hacer en la Iglesia la herejía y la mentira, como lo hace Francisco.

No se puede estar en la Iglesia de Cristo obedeciendo a un hereje. Sólo se puede obedecer a Cristo en Pedro. Pero Pedro, que es Benedicto XVI, no quiere ser Pedro. Luego, ahora en la Iglesia no hay obediencia a nadie. No puede haberla.

Ahora, en la Iglesia, tiene que haber oposición a todo el mundo que quiera gobernar la Iglesia. Oposición, porque a nadie le interesa dar la verdad a la Iglesia. A nadie le interesa resolver el problema que ha puesto Francisco a la Iglesia. Un gravísimo problema, porque supone el comienzo del cisma, dentro de la Iglesia.

Si perteneces a Francisco, haces cisma en la Iglesia. Si no pertenece a Francisco, te tienes que ir de la Iglesia. Gravísimo problema, que nadie medita ni ve, porque la vida espiritual no interesa a nadie ni en la Iglesia ni fuera de Ella. Todos están interesados en resolver sus vidas humanas y sus problemas en sus vidas humanas dentro de la Iglesia. Pero nadie lucha por la verdad en la Iglesia. Ni se va a luchar, porque ya no hay Espíritu en la Iglesia.

Todos ven el desastre que viene a la Iglesia. Y nadie puede para este desastre porque cae dentro de la Justicia Divina para con Su Iglesia.

Dios quiere este mal para Su Iglesia. Es un mal para el hombre, pero no para Dios. Es la única forma de purificar Su Iglesia, los corazones en Su Iglesia: que las almas fieles a la gracia de Dios vivan la verdad en sus corazones, porque eso sólo basta para ser y hacer la Iglesia que Dios quiere.

Y hay tantos en la Iglesia que tienen cerrado su corazón a la Verdad que, por eso, hacen lo que hacen en la Iglesia: la llenan de sus herejías y de sus obras mentirosas, para así alcanzar lo que ellos quieren: la destrucción de la Iglesia.

Todo hereje destruye la verdad con su herejía. Es lo que hace Francisco. Y lo seguirá haciendo dentro y fuera de la Iglesia. Poco tiempo es el reinado de Francisco en la Iglesia. Muy poco tiempo, pero el que le sigue es peor que él, porque viene con la inteligencia que no tiene ese necio de Francisco.

En Roma se ha perdido la Autoridad Divina

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La Verdad es la Palabra de Dios, nunca es la verdad la palabra humana, nunca lo que diga la ciencia o la filosofía ni siquiera la teología.

Sólo la Santa Biblia contiene la Verdad. Es el libro que toda alma debe poseer en su vida. Los demás libros, no son importantes, porque ninguno da la Verdad al alma.

El alma se alimenta sólo de la Verdad de la Palabra. Y esa Verdad, cuando se hace propia, obra el Amor en la vida, porque la Palabra es la Obra del Amor.

A las almas les cuesta asimilar el Evangelio, la Palabra Divina en sus corazones, porque viven muchas en lo exterior de la vida, en la superficie de la vida, conquistando el mundo y las cosas del mundo.

Y el Evangelio es para lo interior de la vida, para escrutar lo que hay en el corazón de cada uno. Es una Palabra que revela la vida íntima de cada alma y que da a cada alma el camino para obrar lo divino en su vida humana.

La Palabra de Dios es una Autoridad, un Poder Divino, en cada alma. Dios da Su Fuerza Divina al alma que cree en Su Palabra. Y con esa Fuerza, el alma obra, aunque se tenga que oponer a cualquier autoridad o poder humano.

El hombre se apoya en su palabra humana para ser poderoso. Dios da Su Palabra para combatir todo poder humano, para vencer la soberbia de los hombres, para realizar lo que Dios quiere en la vida de cada hombre.

Y ante esta Autoridad Divina, el demonio se opone con su poder demoniaco, que es más fuerte que el poder de los hombres. El demonio batalla contra la Palabra Divina. El demonio no batalla contra las palabras de los hombres, sino que coge las palabras humanas para luchar contra la Palabra Divina.

En la Iglesia la luz de la Autoridad Divina se ha eclipsado. No existe o, si en un alma se da, se oculta para poner la autoridad de los hombres.

Hoy día en Roma la Jerarquía trabaja con un poder humano, no con la Autoridad de Dios. Nada de lo que se hace en Roma lo quiere Dios. Nada. Porque el que se sienta en el Trono no es elegido por Dios para gobernar la Iglesia. No tiene la Autoridad de Dios, porque no cree en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en sus palabras humanas que le han llevado a su pecado en medio de la Iglesia.

Y quien está en la cabeza de la Iglesia, gobernándola sólo con un poder humano, anula cualquier poder divino en la Iglesia.

Por el solo hecho de estar Francisco como jefe de la Iglesia, no existe la Autoridad Divina en nadie de la Iglesia.

Para tener esa Autoridad de Dios, el sacerdote, el Obispo, el fiel, tiene que ponerse en contra de Francisco. Porque la Palabra de Dios es la Fuerza de Dios, es Poder, es Autoridad. Pero quien se une a una cabeza sin Autoridad Divina pierde su misma Autoridad, si la tenía.

El que se une a una cabeza que no cree en la Palabra de Dios, pierde su fe en la Palabra.

Perder la fe dentro de la Iglesia es muy fácil cuando se sigue a una cabeza falsa, a una cabeza hereje, a una cabeza mentirosa.

Todo fiel que vea a un sacerdote, a un Obispo, que niega alguna verdad en la Iglesia, algún dogma, o que interpreta el Magisterio de la Iglesia según conceptos humanos, tiene que oponerse a ese sacerdote u Obispo para no perder la Fe y mantener la Autoridad Divina que le da la Palabra de Dios a su alma.

Por eso, hay tantas almas engañadas con Francisco que están a punto de perder la fe. Porque no se puede comulgar con un hereje. No se puede. La gente se queda en los cariños a Francisco, en que es amable, humilde, sencillo, etc. Por ahí, el demonio siempre coge al alma para perderla.

Hay que discernir a Francisco para ponerse en la Verdad y tener la Fe que todo lo puede, que todo lo sabe, que todo lo obra en la Iglesia.

Pero este discernimiento es de pocos en la Iglesia. Hay muchas almas buenas en la Iglesia, pero que no disciernen nada. Que están en la Iglesia tragándose cualquier cosa, cualquier idea, cualquier obra de los hombres. Y eso les llevará, tarde o temprano, a perder la fe, por seguir los cariños, los sentimientos, los afectos a un hombre.

Muchas almas viven de sus sentimientos humanos y eso hace que caminen por el error en sus vidas. Y quieren llevar sus sentimientos a la Iglesia, a la vida espiritual, y entonces no pueden vivir de fe en la Iglesia. La fe no es un sentir, sino un obrar la Palabra de Dios.

La fe es una obra al margen de cualquier sentimiento en la vida, de cualquier circunstancia en la vida, de cualquier idea en la vida.

Por eso, la maldad de Francisco es ir al mundo cargado de sentimientos, de afectos hacia los hombres. Y eso pierde a la Iglesia, eso destroza la vida de fe de la Iglesia. Se pone el tinte de la Evangelización en hacer un bien humano, sentimental al hombre del mundo. Es lo más contrario a la Verdad de la Palabra Divina.

El alma necesita el alimento de la Verdad de la Palabra de Dios, no el sentimiento de la caricia de la palabra del hombre.

El alma necesita la fuerza divina para seguir viviendo su vida humana, que no es fácil en medio de un mundo que no quiere la Voluntad de Dios. Pero la Iglesia está dando a las almas el poder del demonio con su salida al mundo, para que las almas se acomoden al pensamiento y a la vida de cada hombre en el mundo y así conciban un iglesia para todos los hombres.

La maldad que hay en Roma es muy grande. Y nadie la ve. Nadie la discierne. Todos dicen: con estos bueyes hay que arar. Y dicen mal. Porque ya no sirve para arar la tierra de la Iglesia, la tierra de las almas, la tierra de los corazones.

No se trabaja una tierra con instrumentos que no sirven, que no dan lo que necesita la tierra. El alma sólo necesita la Verdad en su vida. Y sacerdotes, Obispos que sólo dan la mentira, no sirven para ser Iglesia, para hacer la Iglesia. Son bueyes inútiles, inservibles, que sólo producen en la tierra de las almas la negación de todo fruto divino en ellas.

¡Qué pocos han comprendido la situación de la Iglesia en estos momentos!

Una Iglesia sin poder divino para obrar. Luego, sus obras son para el mundo y para los hombres. Así se conquista el mundo, dándole su propio poder, su propia filosofía de la vida, su propia idea de lo que es bueno y malo en la vida.

Es lo que está haciendo Francisco desde hace nueve meses. Destrozando todo poder divino en la Iglesia. Quien se une a él pierde la fe en la Palabra de Dios y ya no tiene la fuerza de Dios para seguir viviendo su vida de cara a Dios, sino que vive su vida de cara al demonio y a los hombres.

Roma ha puesto el camino de la condenación

“Cristo el Señor… quiso que el colegio apostólico tuviera la máxima unidad, unido por un doble y estrecho vínculo, a saber: intrínsecamente, por una misma fe y por el amor…; extrínsecamente, por el gobierno de uno solo sobre todos, ya que confirió a Pedro la primacía sobre los demás apóstoles, como principio perpetuo y fundamento visible de unidad” (Pío XI – Ecclesiam Dei).

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Los Obispos son uno en la Iglesia si obedecen a Pedro, que es el primer apóstol y el principio y el fundamento visible de unidad.

Cristo es el fundamento, la Roca invisible de unidad en la Iglesia.

Pedro es la roca visible de unidad.

Y Pedro gobierna solo la Iglesia. Y, por tanto, no necesita de un gobierno horizontal. No hace falta. Es un insulto a la Iglesia poner un gobierno horizontal. Es una obra herética en la Iglesia poner un gobierno horizontal.

Es la obra herética de Francisco. Es su legado a la Iglesia. Es el gobierno horizontal el principio y el fundamento de la destrucción de la Iglesia.

Así se destruye la Iglesia: quitando el gobierno vertical, que es el gobierno de uno solo, de Pedro, y poniendo un gobierno de muchos, horizontal, que conlleva la imposición de la mente del hombre en la Iglesia. Y la mente del hombre divide la Iglesia. Sólo la mente divina une la Iglesia.

Por eso, el gobierno horizontal es la prepotencia en la Iglesia, es el orgullo en la Iglesia, es la soberbia en la Iglesia, es la mentira en la Iglesia. Es la división en la Iglesia.

Y muchos han aceptado ese gobierno horizontal porque dicen que cualquiera puede gobernar en la Iglesia de una forma o de otra.

No creen en Pedro. No tienen fe en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus estructuras creadas en la Iglesia para gobernarla.

El gobierno en la Iglesia es sólo espiritual, no humano, porque se gobiernan almas, no cuerpos, no vidas humanas, sino vidas espirituales.

Como Francisco, y toda la Jerarquía que lo sigue, no creen en el Espíritu, en la vida espiritual, entonces no ven la Iglesia como Espíritu, como la obra del Espíritu, que sólo tiene un fin divino: llevar las almas al Cielo.

Para Francisco, la Iglesia sólo posee un fin humano: dar de comer a los pobres, cuidar a los enfermos, dar trabajo a los jóvenes. Por eso, ha puesto en la Iglesia su negocio humano en el gobierno horizontal.

Francisco sólo ve la Iglesia como un conjunto de hombres. Y punto y final. Y ahí se acaba la Iglesia para Francisco.

Por eso, ha abierto las puertas de Roma al mundo. Por eso, llama hermanos a todo el mundo, aunque sea el mayor hereje de todos los tiempos, como los judíos y los protestantes. Son sus hermanos para él. Para la Iglesia siguen siendo los Enemigos, soldados del demonio, quienes van a entrar en la Iglesia por la puerta de Roma. Ya se han abierto. Y queda muy poco para contemplar la mayor herejía de todas desde que existe el hombre en la tierra.

Poner un gobierno horizontal es declarar que Roma ha muerto para las cosas de Dios, para las cosas santas, para las obras sagradas, para llevar al Cielo a las almas.

Roma ha muerto. Y eso es lo que nadie ha entendido, porque los hombres siempre son iguales: duros de cerviz. Les cuesta ver la Verdad por su gran soberbia.

“Dios, que dio a los Apóstoles la misión de predicar el Evangelio, estableció a Pedro, el jefe de todos ellos, a fin de que de Pedro como de la cabeza pudieran extenderse sus dones divinos en todo el cuerpo; y quien ose separarse de la unidad de Pedro no participa en la economía divina” (San León Magno – Carta ll).

Francisco se ha separado de la unidad de Pedro al poner un gobierno horizontal en la Iglesia. Sólo Pedro, en el Vértice de la Iglesia, solo, él solo, la gobierna. Quien vaya contra esto, no puede entrar en el Cielo y no pertenece a la Iglesia.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha matado la fe en Roma. Roma ya no cree en la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”. Pedro solo gobierna la Iglesia. Sólo en Pedro se da la Verdad en la Iglesia.

Francisco ha engañado a toda la Iglesia aceptando ser Pedro cuando Benedicto XVI renunció a su Pontificado. Su engaño es otra obra herética de Francisco en medio de la Iglesia.

Francisco no cree que ser Papa es hasta la muerte, que Pedro es elegido por Dios hasta la muerte. Francisco sólo cree que ser cabeza de la Iglesia es sólo por un tiempo. Entonces, a Francisco hay que echarlo de ese gobierno que ha creado en la Iglesia, porque ese gobierno es sólo para un tiempo. Es necesario poner otras cabezas que dirijan la Iglesia.

El gobierno horizontal en la Iglesia es sólo temporal, no perpetuo. Sólo Pedro es perpetuo. Sólo la elección divina es para siempre. Y, por eso, Dios elige a un Papa para siempre, por Su Elección en la Iglesia. No lo elige para un tiempo. La renuncia en la Iglesia no existe, no puede darse, porque nadie puede renunciar a su vocación en la Iglesia. Sólo Dios puede quitar esa vocación, no los hombres.

Y los hombres han expulsado a Benedicto XVI del Vértice de la Iglesia y han obligado a Benedicto XVI a irse de la Iglesia.

Es la imposición de la mentira en el gobierno vertical de Benedicto XVI en la Iglesia. Este Papa ya sufrió la mentira en carne y hueso en la Iglesia.

Y los hombres no se han dado cuenta de los sufrimientos de los Pontífices en la Iglesia. Creen que todo es comer y beber en la Iglesia. Un Papa que no sufra en su gobierno no es Papa verdadero. Un Papa que no sufra los asaltos de los hombres, que están a su alrededor, queriendo el poder en la Iglesia, no es verdadero Papa.

Nadie ama a los Papas, todos aman a las cabezas herejes, como Francisco.

Nadie se da cuenta de lo que un Papa tiene que sufrir para gobernar la Iglesia dando a conocer la Verdad y sólo la Verdad de la Palabra de Dios.

Un Papa tiene que batallar contra todas las palabras humanas en la Iglesia que quieran desestabilizar la unidad en la Iglesia. Y es duro batallar contra los hombres, porque los hombres se creen dioses por lo que piensan. Son soberbios hasta rabiar. Son perros que sólo saben ladrar sus herejías y mentiras en la Iglesia.

Tenemos, en este momento en la Iglesia, lobos en el gobierno horizontal, que están hambrientos de poder y de dinero en la Iglesia, porque eso es lo que ofrece el gobierno horizontal a todos los que lo componen. No les ofrece una vida espiritual, una vida divina, una vida santa. Francisco no puede ofrecerles eso porque ha hecho de la Iglesia una empresa humana para dar de comer a los hombres. Y, para eso, hace falta buscar personas en el mundo que den dinero a la Iglesia. Y esas personas que dan dinero quieren, a cambio, un trozo de poder en la Iglesia. Roma es como la bolsa de negocios: tú me das, yo te doy.

Nadie ve las consecuencias gravísimas de poner un gobierno horizontal. Porque a nadie le importa la Iglesia, la vida espiritual de la Iglesia. A nadie.

La Iglesia está hecha sólo para las almas, no para los cuerpos. Pero así no lo ven en Roma. Ya ese planteamiento no se sigue, porque ahora se sigue el espíritu del mundo en Roma.

Y, por eso, hay que salir de Roma, porque ¿a quién le interesa el mundo?: “Pero a mí jamás me acaezca gloriarme en otra cosa sino en la Cruz de nuestro señor Jesucristo, por la cual el mundo está crucificado para mí y yo para el mundo” (Gal 6, 14).

Francisco no se crucifica para el mundo, sino que se abre al mundo. Para Francisco el mundo no está crucificado, sino abierto a su mente y a su torpe espíritu de vanidad y de presunción, que le hace ser el mayor de los hipócritas de la Iglesia, que se atreve a vestirse de Obispo sin tener el Espíritu de la Iglesia, porque ha renegado de la Santidad de la Iglesia, que sólo Pedro puede dar en la Iglesia.

Francisco ha anulado a Pedro y, por tanto, ha anulado la Santidad en la Iglesia.

Quien quiera ser santo, que salga de Roma. Quien quiera condenarse, que se quede en Roma.

El gobierno horizontal es sólo un gran absurdo en la Iglesia

“El Colegio o Cuerpo de los Obispos, por su parte, no tiene autoridad, a no ser que se considere en comunión con el Romano Pontífice, sucesor de Pedro, como cabeza del mismo, quedando totalmente a salvo el poder primacial de éste sobre todos, tanto pastores como fieles. Porque el Romano Pontífice tiene sobre la Iglesia, en virtud de su cargo, es decir, como Vicario de Cristo y Pastor de toda la Iglesia, plena, suprema y universal potestad, que puede siempre ejercer libremente” (Lumen Gentium n.22).

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Sólo Pedro tiene en la Iglesia plena, suprema y universal potestad. Sólo Pedro, no un gobierno horizontal.

Luego, Pedro está solo en el gobierno. Él es la cabeza. Y debajo de él, en comunión con Pedro, los Obispos, “quedando a salvo el poder primacial” de Pedro sobre los Obispos. Nadie puede tocar ese poder del Primado, nadie puede coger para sí ese Poder del Primado de Pedro. Nadie se arroga en la Iglesia la Autoridad Divina.

Luego, es un absurdo el gobierno horizontal. Un auténtico absurdo.

Pedro no necesita para gobernar de nadie en la Iglesia, porque tiene todo el Poder sobre él. No necesita consultar, preguntar, decidir en otros, dilogar con otros, porque el gobierno vertical de la Iglesia es una cuestión de fe, no de diálogo universal, que es lo que se proclama ahora en la nueva iglesia de Roma.

No se hace un gobierno horizontal para ayudar a Pedro, sino para eliminar a Pedro.

Este es el único sentido del gobierno horizontal. Y aunque se diga que todo se hace bajo Pedro, es sólo una mentira más, porque en el gobierno horizontal todos están al mismo nivel en la autoridad. No hay sometimiento a una Cabeza. Hay un diálogo y de él nace un plan de gobierno.

En el gobierno horizontal nadie está por debajo. Nadie. Sólo se dice que se hacen las cosas como siempre, bajo Pedro, pero eso es sólo la frase bonita para acallar las conciencias.

El gobierno horizontal anula a Pedro de raíz, no sólo en el tiempo. Sus frutos se van a ver en el tiempo, pero las consecuencias de poner ese gobierno horizontal en la Iglesia ya se han visto en toda la Iglesia. Son la división en toda la Iglesia.

Los Obispos en la Iglesia no pueden ejercer la potestad sin el consentimiento de Pedro, porque sólo Pedro ha sido establecido como Roca y portador de las llaves de la Iglesia, y Pastor de toda la Grey de la Iglesia (cf. Mt 16, 18-19; cf. Jn 21, 15).

El Colegio de los Obispos cuando se agrupa bajo una sola Cabeza, la de Pedro, entonces forma la unidad de la Iglesia. Cuando obedece a Pedro, cuando se somete a Pedro, cuando no dialoga con Pedro, entonces gobiernan con Pedro la Iglesia.

El gobierno horizontal no se agrupa bajo una sola Cabeza, porque ya no existe la Cabeza Visible en la Iglesia. Benedicto XVI renunció a ser Cabeza Visible. Pusieron una falsa cabeza. Esa falsa cabeza es la que tienen en el gobierno horizontal. ¿Para qué sirve eso a la Iglesia verdadera? Para nada.

Ellos se agrupan no bajo esa falsa cabeza, sino al mismo nivel de la falsa cabeza. Están todos a la par, porque si no se ponen a la par no pueden dialogar entre sí.

El gobierno horizontal es sólo un conjunto de hombres. Y nada más. Habrá uno de ellos que diga lo que hacen los demás, pero no son nada en la Iglesia. Serán algo en la nueva iglesia de Roma, pero para la verdadera Iglesia son un cero a la izquierda.

El gobierno horizontal no produce la unidad en la Iglesia, la unidad en la verdad, es decir, no da ni puede dar a la Iglesia ninguna verdad, ningún camino para hacer en la Iglesia la Voluntad de Dios. Sólo da la mentira a la nueva iglesia, que es lo que vive y obra Roma ahora. Es el camino de Roma: la condenación de las almas.

Esto es muy grave y nadie lo ha meditado.

Teniendo a Benedicto XVI vivo, pero con una renuncia para ser Cabeza Visible se produce en la Iglesia dos divisiones:

1. la división del gobierno, de la autoridad, del poder: en esta división, los sacerdotes y Obispos tienen una autoridad por su ministerio en la Iglesia. Esa autoridad es sólo espiritual, es decir, que no puede nacer de una cabeza visible, por la renuncia de Benedicto XVI al gobierno de la Iglesia. Los Obispos no poseen una autoridad delegada por la Cabeza Visible, por su renuncia y, por tanto, no ejercen nada en la Iglesia: “Esta misma potestad colegial puede ser ejercida por los Obispos dispersos por el mundo a una con el Papa, con tal que la Cabeza del Colegio los llame a una acción colegial o, por lo menos, apruebe la acción unida de éstos o la acepte libremente, para que sea un verdadero acto colegial” (Lumen Gentium n.23).

Benedicto XVI no puede mandar nada en la Iglesia, no puede dar su autoridad en la Iglesia, no puede llamar a los Obispos a un acto colegial por el cual se dé la potestad, ya que permanece en el pecado de su renuncia. Los Obispos sólo obedecen a un falso Pedro, que los guía por el camino de la incredulidad y de la mentira en la Iglesia. Esta es la división mayor que hay en la Iglesia.

2. la división en los sacerdotes y Obispos de la Iglesia: unos están con Benedicto XVI, otros con Francisco, otros no siguen a nadie. Esto produce una anarquía en la práctica, en la vida ordinaria de la Iglesia. Un vivir sin ley, sin una regla clara en cómo se debe comportar la Iglesia de cara al mundo y a los hombres. Un vivir para acomodarse a las circunstancias de cada día en la Iglesia, pero sin buscar la Verdad de la Iglesia.

Hay muchos pensamientos encontrados en la misma Jerarquía que dan lugar a la anarquía: cada uno hace lo que le parece que es bueno y que es malo en la Iglesia. Unos dicen una herejía, otros dan algo profano, otros enseñan teorías contrarias al dogma, etc. Y nadie pone remedio a esto. Ni se va a poner.

Por eso, en esta situación hay que tomar una decisión clave, porque el alma no puede estar así siempre: a ver qué dice Francisco, a ver qué dice aquel Obispo, a ver qué dice aquel sacerdote. Se necesita claridad en el gobierno de la Iglesia, y nadie la está dando.
Todos están viendo las contrariedades de unos y de otros. Y todo el mundo está con miedo: a ver qué pasa ahora en la Iglesia.

Ante una Iglesia que no da la verdad en Roma, sólo queda una cosa: renunciar a esa nueva iglesia, porque no es la Iglesia que Jesús ha fundado. Es otra cosa, llámese como se llame. Eso no interesa. Lo que interesa es saber que Roma está hora mintiendo a toda la Iglesia.

Si las almas no se ponen en este punto, entonces nunca van a renunciar a Roma. Y, después, va a ser más difícil salir de Roma.

Roma ahora tapa la verdad de lo que pasa porque es lo que interesa a unos pocos. Roma ahora entretiene a toda la Iglesia con un encuesta y con cuestiones sin importancia alguna para la Iglesia.

A Roma no le interesa nada de eso, ni la familia, ni la encuesta ni ningún asunto.

A Roma le interesa otra cosa: cómo hacer funcionar el gobierno horizontal para que no se quede en una mera estatua inútil que no sirve para nada.

Esto es lo que interesa a Roma. Tiene que sacar unas normas por las cuales se rija ese gobierno y se vea que ése es el gobierno de la nueva iglesia y no otra cosa.

Mientras, el bufón Francisco sigue haciendo su trabajo: entretenie a la Iglesia con sus mentiras, con su falso amor a los pobres, a los enfermos, con su inútil verborrea en toda la Iglesia.

Y muchas almas han empezado a darse cuenta de lo que es ese hombre sin amor a la Iglesia. Se han dado cuenta, pero siguen esperando algo bueno de la Iglesia. Siguen en el error.

No hay que esperar nada de nada. Así de sencillo. Sólo hay que esperar destrucción tras destrucción en la Iglesia. Y no otra cosa.

La Iglesia ya está harta de inútiles palabras, de pronunciamientos más o menos alegres, para salvar la situación que un hereje crea en todas partes, y sólo se quiere claridad que Roma no es capaz de dar a nadie. Roma sigue y seguirá con su juego hasta el final.

Por eso, las almas tienen que decidir o estar con Roma o estar en contra de Roma. Pero no se puede estar un día sí y otro no.

Esto es muy grave para todos, porque Roma es el centro del mundo. Y de Roma ha venido siempre la verdad. Y ahora Roma se ha convertido en una Ramera que tendrá su Justicia Divina muy pronto.

Y aquel que le pille la Justicia de Dios estando en Roma, no hay salvación. Quien mire a la Justicia Divina queda convertido en estatua de sal. Roma ya ha pecado y no quiere salir de su pecado y se dispone a ser engullida por Dios.

La Iglesia sigue su camino por otro sitio. Y ya no importa el lugar, porque no es tiempo de un lugar para encontrar la Verdad.

La Verdad sigue estando en la Iglesia Católica, pero no la que se funda ahora en Roma. En la Iglesia de siempre, que ahora sólo vive en los corazones de sus almas de una forma misteriosa, que nadie entiende y nadie puede explicar.

Y es Cristo quien lleva a Su Iglesia hacia Su Verdad, la que la Iglesia tiene que alcanzar en su militancia hasta llegar al Cielo.

La Iglesia militante sigue caminando, pero de otra manera distinta. Y habrá que dejar muchas cosas porque todo se va a impedir a quien no quiera seguir a Roma.

Hay que seguir sólo al Espíritu de la Iglesia, ya no a Roma. Y hay que obrar sólo en ese Espíritu lo que Dios quiera para ser Iglesia y para formar la Iglesia en estos últimos tiempos.

Tiempos del anticristo. Tiempos en que debe aparecer la mayor fuerza espiritual de todas contraria a Cristo.

Y hasta que no aparezca, la Iglesia va a seguir un rumbo sólo de destrucción de toda fe y de toda moral, de toda Tradición y de todo Dogma.

Desde el inicio de la supresión de la eucaristía, 3 tiempos y medio hay que contar hasta el fin. Y en el último tiempo: el anticristo. 3 años y medio, de los cuales dos son en sede vacante. Y el resto con Pedro Romano hasta el fin: “Bienaventurado el que llegue a 1335 días” (Dn 12, 12).

Y ese fin no es nada bueno. Es un fin apocalíptico, en que todo lo sagrado, todo lo divino, todo lo santo, todo lo que tenga nombre de sacerdocio o de religioso quedará aniquilado.

Por eso, o toca ser mártir o toca esconderse hasta el fin. Que cada uno siga al Espíritu y haga lo que Éste quiere para su alma.

No es un tiempo nada bueno para nadie. Pero es un tiempo necesario para toda la Iglesia porque sólo así se purifica la Iglesia de todos sus pecados y puede pasar al siguiente estado espiritual y místico en Dios.

La Iglesia se ha convertido en una anarquía

”Ahora que por vuestra parte todos habéis también de respetar a los diáconos como a Jesucristo, lo mismo digo del obispo que es prefigura del Padre y de los presbíteros que representan el Senado de Dios y el Colegio de los Apóstoles. Si quitan esto no hay Iglesia.” (San Ignacio de Antioquía, Carta a los Tralianos, año 107)

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La Iglesia es sólo la Jerarquía (ἱεραρχία):

a. ἱερός: sagrado, divino

b. ἀρχή: principio, orden, gobierno, cabeza, poder, autoridad

La Iglesia es un Poder Divino. No es un poder humano.

Esta Verdad nace de: “Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”.

Pedro es un Apóstol, es decir, alguien que ha recibido el Sacramente del Orden, un consagrado, un hombre sagrado, con un principio, con un poder, un hombre que es enviado de entre los hombres para dar lo divino a los hombres.

Apóstol (απόστολος):

a. απo: de entre, desde

b. στέλλω: enviar

Si se quita la Jerarquía, automáticamente se quita la Iglesia.

La Iglesia es dos cosas:

a. una unión en la Jerarquía: unión entre Cristo y Pedro. Esta se llama unión mística: “Tú eres Pedro, y sobre esta Piedra edificaré Mi Iglesia”.

b. una unión en el Cuerpo Místico: unión entre Cristo y sus almas. Esta se llama unión espiritual: “Dondequiera que estén dos o tres en Mi nombre, allí estoy Yo en medio de ellos” (Mt 18, 20).

Sin la Jerarquía sólo queda la unión espiritual, pero sin cabeza, sin sacerdocio visible. Es la comunidad de fieles que se reúnen para orar al Señor.

Esta unión espiritual siempre se ha dado desde el principio de la creación del hombre. Dios se une al hombre de esta forma y lo va guiando hacia la Tierra Prometida a través de Sus Profetas.

Pero con Jesús, se da la unión mística. Y, entonces la Iglesia ya no es una comunidad de fieles, sino que es un Poder Divino.

En Jesús desaparece la forma antigua de llevar Dios a Su Pueblo, que era mediante los Profetas.

Con Jesús Dios lleva a Su Pueblo a través de una Cabeza: Cristo Jesús, que es una Jerarquía.

Y sólo a través de esta Cabeza, que es Invisible para la Iglesia militante.

Esta Cabeza Invisible, que es Jesús, tiene todo el Poder de Dios. Un Poder Absoluto y Omnímodo, que lo abarca y lo comprende todo.

Esta Cabeza Invisible nadie la puede quitar. Es Divina, Espiritual, Mística, obrada en la Redención del hombre. Jesús Ascendió a los Cielos para gobernar Su Iglesia.

Jesús no está ya para interceder por la Iglesia. Eso lo hacen los demás.

Jesús es el Rey que lleva a Su Iglesia hacia la Verdad Plena.

Contra esta Verdad se va hoy día en la Iglesia, porque sólo se presenta a Jesús como Mediador, intercesor, pero no como Rey de la Iglesia.

Y Jesús media e intercede, pero eso ya no es la misión del Rey.

El Rey gobierna Su Iglesia. Y no otra cosa, porque tienen un Poder Divino para obrar eso.

E igualmente, se presenta a la Virgen María como mediadora e intercesora. Y, tampoco, es ya su misión en la Iglesia. La Virgen es la Reina junto al Rey. La Virgen gobierna la Iglesia junto a Su Hijo desde el Cielo, porque tiene el mismo Poder que tiene Su Hijo. No es una participación de ese Poder, como en las reinas del mundo. Es el mismo Poder Divino, que está en los dos: en Jesús y en María.

Hay en la Iglesia una corriente que está anulando el gobierno sagrado, divino de Jesús y de María.

Y se anula en la práctica, no con teologías o con filosofías.

En la práctica, significa que la Jerarquía no se une a Su Rey ni a Su Reina para gobernar la Iglesia militante.

Este es el grave problema que la Iglesia tiene desde la renuncia de Benedicto XVI.

La Jerarquía no está unida a la Cabeza Invisible, que es Jesús, sólo por el pecado de Benedicto XVI al renunciar a ser Cabeza Visible de la Iglesia.

No quiso ser Cabeza Visible, entonces nadie de la Jerarquía puede unirse a Cristo. Nadie.

Esto es lo que no se comprende.

Esto es la consecuencia del pecado de Benedicto XVI.

Ese pecado ató a toda la Iglesia y la impide unirse a Cristo de una forma mística. Sólo queda la forma espiritual de siempre.

De esto se deduce que, en estos momentos, la Iglesia marcha sola, sin cabeza visible que la guíe.

No hay un sacerdote, un Obispo, un diacono que pueda guiar a la Iglesia y darle la Voluntad de Dios. No hay nadie, ni siquiera el más santo de los Obispos ni el más santo de los sacerdotes.

Porque Benedicto XVI anuló la unión mística entre Cristo y la Jerarquía. Al dejar de ser Cabeza Visible, se anula la obediencia en la Jerarquía. Si no hay cabeza, a ¿quién se obedece?

Por tanto, al inventarse un gobierno horizontal en la Iglesia se está dando lo contrario a la Jerarquía: la anarquía.

La palabra anarquía proviene del griego ἀναρχία (anarchía):

a. ἀν: sin, no.

b. y ἀρχός : principio, gobierno.

La anarquía es sin gobierno, sin una autoridad divina.

Sólo con una autoridad no declarada como humana, porque en ese gobierno no se han dado las bases de la autoridad. Está ahí sólo para escucharse unos a otros y decidir cosas, pero nadie ha puesto en reglas, en leyes humanas cómo funciona ese gobierno horizontal. Porque, es claro, que no funciona como Jerarquía, como gobierno vertical.

Entonces, la Iglesia vive una anarquía. Y nadie se ha dado cuenta de ello.

No se puede llamar ni monarquía, ni oligarquía, ni jerarquía. No se sabe lo que es. Y cuando las cosas no están claras, las cosas son sin poder, sin gobierno, sin autoridad, sin ley (ἄνομος): anarquía.

La Jerarquía ya no puede darse en la Iglesia porque sólo se puede dar en la Obediencia a Pedro como Cabeza de la Iglesia, como el único que gobierna la Iglesia.

Es Pedro el que gobierna la Iglesia. No es el conjunto de hombres.

Como Benedicto XVI renunció a ese gobierno vertical, que es un carisma en la Iglesia, no hay cabeza en la Iglesia, no hay autoridad en la Iglesia, no hay poder divino en la Iglesia, no hay ley en la Iglesia.

Hay sólo un grupo de hombres, vestidos con sotanas, que se han inventado un gobierno horizontal pero que no han dicho cómo funciona ese gobierno horizontal en la Iglesia.

Esto es un motivo más para no hacer caso ni a Francisco ni a nadie en la Iglesia. Porque anularon la Jerarquía y han puesto nada en la Iglesia. Y esto es muy grave. Y nadie ha contemplado este punto tan importante para todos.

Ante esta anarquía que se vive en la Iglesia, la Iglesia sólo queda en lo espiritual, no en lo místico.

Queda como la unión de fieles que se reúnen para orar y hablar de Dios.

En la práctica es lo que hay en la Iglesia.

Pero hay más, porque el Rey de la Iglesia sigue siendo Jesús, el que gobierna la Iglesia es Jesús. Y Jesús no la gobierna a través del gobierno horizontal. Jesús decide Él sólo qué hacer con Su Iglesia.

Se puede quitar la Cabeza Visible, pero la Iglesia permanece de otra manera.

Es decir, aunque la Iglesia ya no sea la Jerarquía, sin embargo, existe la Iglesia, porque la Cabeza Invisible es Jerarquía, es un principio, un poder sagrado, divino, no humano, por ser Dios.

Queda en la Iglesia la Jerarquía Invisible. Y, por tanto, la Iglesia es sólo guiada por esa Cabeza Invisible.

Ya no hay que hacer caso a nadie en la Iglesia, a ninguna cabeza visible.

Sólo hay que hacer caso a Cristo Jesús, que es el que guía ahora a la Iglesia. Y la guía sólo con Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia y el Espíritu de Cristo.

Pedro es Infalible

El carisma de la Infalibilidad significa participar en la Autoridad de Cristo en Su Iglesia.

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Y esa participación supone en Pedro la apertura de su corazón a Cristo, a Su Espíritu y al Espíritu de la Iglesia.

Sin esta apertura del corazón, Pedro no puede enseñar la Verdad en la Iglesia.

Sólo el corazón cerrado a Dios impide el ejercicio de este carisma de la Infalibilidad en Pedro.

La Iglesia enseña:

“Se ha de creer con fe divina y católica todo aquello que se contiene en la palabra de Dios escrita o transmitida por tradición, es decir, en el único depósito de la fe encomendado a la Iglesia, y que además es propuesto como revelado por Dios, ya sea por el magisterio solemne de la Iglesia, ya por su magisterio ordinario y universal, que se manifiesta en la común adhesión de los fieles bajo la guía del sagrado magisterio; por tanto, todos están obligados a evitar cualquier doctrina contraria” (CIC can. 750 § 1).

Quien está en la Iglesia posee una fe divina y católica.

Fe divina que es le Fe en la Palabra de Dios y en la Tradición de la Iglesia.

Fe católica es la obediencia al Magisterio de la Iglesia, ya sea solemne, ya ordinario, para estar en la doctrina de Cristo.

Cuando Pedro enseña esto en la Iglesia, ex cathedra, hablando como Pastor y como Maestro de la Iglesia, entonces Pedro es siempre infalible en lo que dice.

Esta infalibilidad también las tienen los Obispos que se unen a Pedro en la Obediencia. No la tienen los que desobedecen a Pedro.

Hay que enseñar algo que pertenezca a la fe o a la moral. No hay que enseñar otras cosas, por ejemplo, cuántos años tiene la Creación del Universo u otras cuestiones científicas, técnicas, filosóficas, que no pertenecen ni a la fe ni a la moral.

Lo que salva al alma es la fe en la Palabra de Dios. No otras cosas. Por eso, la Iglesia, en su historia se ha equivocado en cuestiones que no son de fe, por ejemplo, si el sol o la tierra son el centro del universo, que le llevó a la condena de Galileo. La Iglesia siempre se equivoca cuando se mete en cosas que no son de fe ni de la moral.

Pero la Iglesia nunca se equivoca cuando trata cosas de fe y de moral.

Entonces, Benedicto XVI ¿se equivocó o no se equivocó en su renuncia?

¿Qué dice la fe en la Palabra de Dios? Que los dones de Dios son irrevocables: “los dones y la vocación de Dios son irrevocables” (Rom 11, 29).

Luego, el matrimonio es irrevocable, el sacerdocio es irrevocable, ser Papa es irrevocable.

Esto es lo que hay que enseñar. Y cuando se enseña esto, entonces Pedro es infalible.

Pero si Pedro enseña que el Papa puede renunciar, entonces, ya no enseña la fe en la Palabra de Dios. Está enseñando otra cosa. Porque la Palabra de Dios no enseña a renunciar a los dones de Dios ni a la vocación divina.

Es claro, que Benedicto XVI se equivocó en su renuncia porque enseñó algo que no es de fe. Se sentó en la Cátedra de Pedro para enseñar una mentira.

Y, cuando hace eso Pedro, entonces ya no se da la fe católica.

No se da la obediencia a esa enseñanza de Pedro, porque va en contra de la fe divina y de la fe católica sobre Pedro y el Papado.

Esto es claro, pero nadie lo vio en su momento. Ni siquiera el propio Benedicto XVI.

El objeto de la infalibilidad de la Iglesia es doble:

a. El objeto primario de la infalibilidad de la Iglesia son las verdades formalmente reveladas de la doctrina cristiana concerniente a la fe y la moral.

b. El objeto secundario de la infalibilidad de la Iglesia son verdades de la enseñanza cristiana sobre la fe y la moral, que no están reveladas formalmente, pero sí íntimamente conectadas con la enseñanza de la Revelación.

Pedro puede renunciar a ser Pedro sólo por Voluntad Divina, nunca por su propia voluntad humana. Esta es una verdad secundaria, que no está formalmente revelada, pero que se desprende de la fe en la Palabra de Dios.

“Cuando eras más joven, tú mismo te ceñías y andabas donde querías; mas cuando hayas envejecido, extenderás tus manos, y otro te ceñirá y te llevará a donde tú no quieras” (Jn 21, 18).

Porque Pedro se aferra a la vocación divina sobre él en la Iglesia, al Don de Dios como Cabeza Visible de la Iglesia, por eso, tiene que morir por esa vocación divina, no puede renunciar a esa vocación, porque si no iría en contra de la Voluntad de Dios sobre él y sobre la Iglesia.

Sólo Dios puede quitar esta vocación divina. Pero para quitarla, es necesaria la Voluntad de Dios manifestada claramente a Pedro y a la Iglesia.

Y para que Dios manifieste esa Voluntad Divina para una renuncia tiene que revelar a Pedro y sólo a Pedro esa renuncia.

Y para que se haga manifiesto en la Iglesia esa renuncia, Pedro tiene que dar conocimiento a la Iglesia de esa Revelación Divina en él.

Benedicto XVI renunció porque quiso. Y punto. No dio ninguna Voluntad de Dios en su renuncia.

Luego, lo que hizo Benedicto XVI fue un acto de soberbia y de orgullo. No fe una enseñanza en la Iglesia. No se puede enseñar a renunciar a la Vocación Divina. Eso no lo hace un Papa. Eso lo hizo Benedicto XVI como hombre, porque tuvo miedo de todos los hombres en la Jerarquía de la Iglesia.

No se enfrentó a ellos. Y, por tanto, les hizo el juego.

Benedicto XVI no actuó como Papa en su renuncia. Si hubiera actuado, entonces no hubiera renunciado:

“Si el magisterio viviente pudiera de alguna forma equivocarse — seguiría una evidente contradicción, pues entonces Dios sería el autor del error” (León XIII en Satis Cognitum).

Si Benedicto XVI hubiera actuado como Papa, enseñando la Fe en la Palabra de Dios que le dice: los dones de Dios y la vocación de Dios son irrenunciables, irrevocables, -y eso es el magisterio viviente de la Iglesia- entonces Benedicto XVI no se hubiera equivocado nunca, porque en Dios no hay error, no hay mentira.

Pero Benedicto XVI, cuando se subió a la Silla de Pedro, no se subió como Papa.

Este es el punto.

“Ciertamente, esta fue la doctrina apostólica que sostuvieron todos los Padres, y que reverenciaron y siguieron los santos Doctores ortodoxos. Pues claramente comprendieron que esta Sede de San Pedro siempre permanece sin mancha de error…”( Concilio Vaticano I – Pastor Aeternus).

La Sede de San Pedro siempre permanece sin mancha de error. Siempre, porque es guiada por el Espíritu de la Iglesia en Pedro.

Pero cuando Pedro se va de ese Espíritu, entonces permanece la Sede de San Pedro sin error, pero cae Pedro en el error. El pecado de Pedro va contra su carisma de infalibilidad cuando ese pecado se opone a su vocación divina en la Iglesia. Cuando el pecado de Pedro no se opone, entonces Pedro sigue siendo infalible en su pecado.

Benedicto XVI nunca puede enseñar a renunciar, a proclamar su renuncia en la Iglesia. Nunca se enseña esto como Papa. Si lo enseña es como hombre solamente. Y lo enseña como hombre porque su pecado se opone a su infalibilidad.

Este es el Misterio de la Infalibilidad.

Por este Misterio, la Iglesia siempre camina en la verdad aunque el Papa se equivoque.

El problema para la Iglesia está en obedecer al Papa que se equivoca o en obedecer a Cristo, que nunca se equivoca.

Este es el problema que surgió en la renuncia de Benedicto XVI.

Ante esa renuncia no se puede dar obediencia al Papa, porque no enseña la fe católica sobre Pedro y el Papado. Sólo por esta razón.

Y no hay otra razón.

Porque Benedicto XVI no dio una Voluntad Divina en su renuncia, entonces sigue siendo Papa a los ojos de Dios y a los ojos de las almas que viven su fe en la Palabra de Dios.

Y como sigue siendo Papa a él se debe la obediencia en la Iglesia. Él sigue siendo la Cabeza Visible de la Iglesia. En él está toda la Verdad de la Iglesia.

El punto es que, ahora, en su pecado, es una Cabeza inútil, que no sirve para hacer Iglesia, para ser Iglesia.

Luego, la Sede de Pedro no está vacante, porque Benedicto XVI sigue vivo.

Pero la Sede de Pedro ha sido robada por el Lobo, que se autoproclama a sí mismo Papa, sin serlo.

Y no lo es por el dogma del Papado: no se puede elegir otro Papa estando vivo el anterior, porque Jesús funda Su Iglesia sobre un Pedro, no sobre dos Pedros: “Tú eres Pedro”. Jesús se dirige a una persona no a dos personas.

El lobo, que es Francisco, robó la Silla de Pedro. Y, por tanto, en esa Silla de Pedro, Francisco no tiene el carisma de la Infalibilidad. Por eso, sus continúas herejías todos los días desde que comenzó su reinado en la Iglesia. Eso es señal de que se está equivocando continuamente en todo en la Iglesia. No se posee la infalibilidad.

No hay mayor ciego que el que no quiera ver esto. Aquí tienen una señal clara de que Francisco no es el Papa verdadero, porque el Papa verdadero es infalible en cuestiones de fe y de moral. Y salta a la vista, es más claro que el agua, la incredulidad y la corrupción de Francisco en estos siete meses de reinado.

«¿Se atreverían los herejes a acercarse a la misma silla de Pedro de la cual se deriva la fe apostólica y desde la cual no puede emanar error?” (San Cipriano de Cartago).

Los herejes ya se han acercado a la Silla de Pedro y se han sentado en Ella. Pero esa Silla de Pedro no pertenece a ningún hereje, a ningún apóstata, a ningún cismático, como es Francisco.

Esa Silla de Pedro le sigue perteneciendo sólo a Benedicto XVI. Cuando muera, quedará vacante hasta que el Cielo ponga a Pedro Romano, que gobernará a la Iglesia cuando aparezca el Anticristo.

Durante 25 meses, dicen las profecías que la Silla estará vacante. Es el tiempo antes de Pedro Romano, en que desaparece Roma y volverá a aparecer una nueva Roma dispuesta para el Anticristo.

Roma ya no posee la Autoridad Divina en Cristo

La palabra Iglesia viene del griego ekklesía (ἐκκλησία) que significa:

a. ek: fuera, desde fuera;

b. klesis (klησis): llamado.

Dios, desde el Cielo llama a cada alma en su corazón a una vocación especial.

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La Iglesia es una vocación divina a cada alma, a cada hombre. Es, por tanto, una Gracia Divina que Dios da a todo hombre. Dios llama a todo hombre a esa vocación.

Pero la Iglesia, siendo un llamado divino, no es para todos los hombres. Es sólo para aquellos hombres que responden a esa vocación divina.

Dios prepara Su Iglesia desde antes de fundar los Cielos y la Tierra, porque Su Iglesia es algo que no es temporal, material, humano, carnal, sino sólo Espíritu.

Y en el Espíritu, Dios crea Su Iglesia. Por eso, la Iglesia tiene Su Espíritu: el Espíritu de la Iglesia, distinto del Espíritu Divino, que sólo se da en Dios.

Pero Dios no funda Su Iglesia hasta que Su Hijo no muere en la Cruz. Y, entonces, en ese momento, el llamado a las almas se da sólo en Cristo, no fuera de Cristo.

Es en Cristo donde se reúnen las almas que han sido llamadas a esta vocación divina.

Es sólo en Cristo donde aparece Su Cuerpo, que es la Iglesia.

El Cuerpo de la Iglesia no se da antes de Cristo, en el Pueblo de la Antigua Alianza. Ahí sólo se da la preparación del Pueblo para ser Iglesia, para formar la Iglesia. Es una preparación lejana, que espera la Venida de Cristo en Carne.

Y es sólo en Cristo cómo aparece Su Cuerpo.

Pero este Cuerpo no es una comunidad o una asamblea de hombres. No es una reunión de hombres.

La Iglesia es la unión de las almas en Cristo. Es la comunión de las almas en Cristo.

Son las almas las que reciben ese llamado desde el Cielo, llamado divino. No es una comunidad de hombres, no es una asamblea de hombres. Son las almas.

Y esas almas se unen en una sola Fe, un solo Bautismo, un solo Señor.

Y eso significa que están unidas en Cristo. Y que esa unión es diferente a la unión de cada alma con Cristo.

Cristo une a muchas almas en Su Cuerpo. Eso es la unión mística.

La unión de cada alma con Cristo es sólo una unión espiritual, en el Espíritu Divino.

Pero, como Jesús funda Su Iglesia en Pedro, entonces esa unión de muchas almas se da sólo en Pedro, no fuera de Pedro.

Cristo hace Su Iglesia, Su Cuerpo, en Pedro. Cristo une a muchas almas, que tienen ese llamado divino, esa vocación divina, sólo en Pedro, en una Cabeza Visible, en el Vicario de Cristo.

Sólo en Pedro se da la unión mística de muchas en una Cabeza.

Si se quita a Pedro, entonces se anula automáticamente la unión mística entre Cristo y Su Cuerpo, que es la Iglesia, entre Cristo y la unión de muchas almas.

Se anula, desaparece. Y la Iglesia queda sólo como un conjunto de almas, pero no como un Cuerpo.

Ya no es la unión de muchas almas en una Cabeza, por desaparecer la Cabeza. Sólo es el conjunto de almas, y cada alma se une a cristo de forma espiritual, en el Espíritu Divino, pero no se une a Cristo de forma mística, en el Espíritu de la Iglesia.

Esto es lo que pasó en la renuncia de Benedicto XVI. Al renunciar el Papa a ser Pedro, a su llamada divina para ser Cabeza del Cuerpo de Cristo, ese Cuerpo se queda sin Cabeza Visible y ya no se da la Iglesia como tal, como Cuerpo Místico. Sólo se da la Iglesia como comunidad de almas guiadas por la Cabeza Invisible, que es Cristo.

Pero, aunque no se dé el Cuerpo Místico, aunque se haya perdido la unión mística, no se pierde el Espíritu de la Iglesia.

Una cosa es la Iglesia como Cuerpo Místico, como unión de muchas almas en Cristo, bajo una Cabeza Visible. Y otra cosa es el Espíritu de la Iglesia.

Se puede matar la Cabeza Visible de la Iglesia, pero no se puede matar el Espíritu de la Iglesia. Pedro puede renunciar a ser Pedro, pero el Espíritu de la Iglesia permanece en la Iglesia, aunque desparezca como Cuerpo Místico.

Por tanto, desde Benedicto XVI quien guía a la Iglesia es sólo Cristo con el Espíritu de la Iglesia.

La Iglesia no es guiada, en estos momentos, por ninguna cabeza de la Jerarquía Eclesiástica. Ningún sacerdote, ningún Obispo, guía la Iglesia.

La Autoridad Divina en la Iglesia sólo se da a través de Pedro. Si Pedro renuncia a ser Pedro, entonces, nadie puede participar en la Autoridad de Cristo, porque no existe Pedro y su carisma de la infalibilidad.

Es sólo por este Carisma cómo Cristo da Poder a Su Iglesia. Sin Pedro, no hay carisma de infalibilidad y, por tanto, no se da ninguna autoridad en la Iglesia.

Porque la primera Cabeza en la Iglesia es Pedro. Y los demás son Cabeza, es decir, tienen autoridad, cuando obedecen a Pedro, se unen a Pedro en la Obediencia. Y, por tanto, enseñan lo mismo que enseña Pedro y gobiernan lo mismo que gobierna Pedro.

Benedicto XVI, con su renuncia, hizo renunciar a todos a la infalibilidad y, por tanto, a la autoridad divina en la Iglesia, que sólo se da a través de Pedro.

En consecuencia, no hay que hacer caso a nada de lo que diga Roma sobre la Iglesia. Sólo hay que ver cómo actúan y obrar en consecuencia, enfrentándose a todo lo que venga de Roma sea bueno o sea malo. Porque lo que vienen de Roma viene sin la Autoridad de Cristo.

No hay que quedarse en las cosas buenas que pueda presentar Roma. No hay que esperar nada bueno de Roma. El demonio presenta lo bueno para engañar a las almas. No hay que creer en nadie en Roma. En nadie, porque todos han sido engañados en Roma. Todos son manipulados en Roma. Todos son adulterados en Roma.

Roma ya no tiene Autoridad Divina para decidir en la Iglesia de Jesús. Ellos sólo están haciendo su nueva iglesia. Y, para eso, tienen que desmontar 20 siglos de Iglesia. Y eso no se hace en unos meses. Eso lleva su tiempo.

Lo que interesa a cada alma que pertenece a la Iglesia son dos cosas:

1. En Roma, ¿cómo ha quedado el Papado?

2. En Roma, ¿qué van a hacer con la Eucaristía?

Esto es lo único que al alma le interesa de la Iglesia. Porque la Iglesia es Pedro y Jesús. Y no otra cosa. Se quita esto, y ya no existe la Iglesia.

Ya han quitado el Papado, a Pedro. Ahora, comienza el tiempo para quitar la Eucaristía. Una vez que la quiten, hay que decir adiós a Roma. Y punto. Lo demás, que lo sigan destruyendo, porque quitada la Eucaristía, cae todo. Lo otro no tiene sentido luchar por ello.

Ahora la Iglesia es un caos en todas partes. Y la Iglesia tiene que refugiarse de Roma, porque de Roma viene la persecución sobre la Iglesia verdadera. De la misma Roma. Y, por eso, se va a negar todo en las parroquias, en las capillas, a las almas que no sigan los dictados de Roma. Todo. Y habrá que hacer la misa como en el tiempo primitivo: en las cavernas, escondidos, en casas particulares, allí donde dejen celebrar la misa de siempre.

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