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Francisco no posee la Autoridad Divina en la Iglesia

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Muchos, en la Iglesia, creen, como un deber, la necesidad de seguir a Francisco. Piensan que este hombre tiene buena voluntad para gobernar la Iglesia porque ha sido puesto por Dios.

Y ese deber lo apoyan en la Sagrada Escritura: «Todos habéis de estar sometidos a las autoridades superiores, que no hay autoridad sino por Dios, y las que hay, por Dios han sido ordenadas» (Rom 13, 1).

San Pablo habla de las autoridades civiles y de las divinas: «autoridades superiores».

La obediencia a la autoridad es un deber de conciencia, porque la autoridad que ejercen emana de Dios: «no hay autoridad sino por Dios».

Dios es el autor del hombre social y, por lo tanto, es autor de la sociedad y de la autoridad: «por Dios han sido ordenadas».

La Iglesia es una sociedad perfecta. El Estado es una sociedad perfecta.

El Estado es la creación de un orden social, humano, político, económico, cultural. Se crea por los mismos hombres. Y son ellos los que ponen su autoridad.

Dios ha hecho al hombre social y, por tanto, ha creado el Estado. Pero deja a los hombres constituir ese Estado. Cualquier autoridad, en ese Estado, aunque sea demoníaca, viene de Dios. Pero viene de manera indirecta, a través de los hombres. Dios no interviene en esa elección humana.

En la obediencia a la autoridad está la salvación o la condenación: «de suerte que quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios, y los que la resisten se atraen sobre sí la condenación» (Rom 13, 2).

La autoridad es «ministro de Dios, vengador para castigo del que obra mal» (Rom 13, 4).

Pero el hombre no es sólo un ser social, sino que también es un ser espiritual. Y, para gobernar su espíritu, Dios ha creado Su Iglesia.

En la Iglesia no se da una autoridad social, humana, política, económica, cultural, propia de un orden social. En la Iglesia se da el orden espiritual, que es un orden jerárquico.

Dios crea un orden Jerárquico, distinto al orden social. Ese orden Jerárquico es el que tiene la Autoridad en la Iglesia. Por eso, en la Iglesia no manda el pueblo, los fieles, sino la Jerarquía: Obispos, sacerdotes y diáconos.

Esa Jerarquía está puesta por Dios, no por los hombres. Quien es llamado al orden, a recibir el Sacramento del orden, es llamado a ser Jerarquía, a ser autoridad en la Iglesia. Cada sacerdote, cada Obispo, cada diácono, es autoridad en la Iglesia.

Pero, dentro de esa Jerarquía, Dios ha puesto una Cabeza, que es el Papa, al que todos tienen que obedecer para ser autoridad. Sin la obediencia al Papa, ningún sacerdote, ningún Obispo, ningún diacono, manda nada en la Iglesia.

El Papa es el que establece toda la autoridad en la Iglesia. Para eso da sus normas a la Jerarquía, para que se cumplan y sean autoridad.

Un sacerdote, un Obispo, que desobedezca al Papa, no es nada en la Iglesia. Nada. Aunque siga predicando, celebre misa, etc…, no hay que darle obediencia alguna, por su desobediencia a la Cabeza, que es el Papa.

Quien está con el Papa está con la Iglesia. Quien no está con el Papa no está con la Iglesia. Quien está con el Papa es autoridad en la Iglesia. Quien no está con el Papa no es autoridad.

En la Iglesia se obedece al Papa. Y, por tanto, se obedece a todos los demás que obedecen al Papa. Si no obedecen al Papa, no se les obedece, porque la obediencia a los demás, en la Iglesia, nace primero de la obediencia al Papa.

Los fieles no mandan nada en la Iglesia. No pertenecen a la Jerarquía. Sólo tienen que obedecer a la Jerarquía.

Por tanto, los fieles tienen que saber si ese sacerdote, si ese Obispo, si ese diácono, es obediente al Papa para poder dar la obediencia.

Y la única forma de saber si esa Jerarquía es auténtica es porque no se aparta de la enseñanza del Papa en la Iglesia. En cuanto se aparte un ápice, ya no es Jerarquía auténtica, ya no hay que darle obediencia.

La enseñanza del Papa es siempre la misma, porque la Verdad no cambia en la Iglesia. El Papa no es un innovador en la Iglesia, sino que es el que guarda la Verdad, como Cristo la enseñó, y obliga a la Iglesia a vivir esa Verdad, a obrar la Verdad. Es la obligación del Amor, es el deber del Amor, es el derecho del Amor.

Tanto para los fieles como para la Jerarquía, todo está en discernir si el Papa es verdadero o falso en la Iglesia.

A un Papa verdadero siempre hay que darle la obediencia, así se equivoque, así peque, porque «quien resiste a la autoridad, resiste a la disposición de Dios». Si Dios ha puesto un Papa legítimo, Él se encarga de todo en la Iglesia. Él se encarga de su pecado, de sus errores. Los demás, a obedecer a ese Papa legítimo.

A un Papa falso nunca hay que darle la obediencia, porque no lo ha puesto Dios en Su Iglesia. En este caso, no hay resistencia a la autoridad, porque la Iglesia es un orden divino, no social. La Iglesia no es el Estado. En el Estado, un gobernante falso, que ocupa el poder, es necesario darle la obediencia, en las cuestiones materiales, humanas, no en lo demás: «Pagad a todos lo que debáis: a quien tributo, tributo; a quien aduana, aduana; a quien temor, temor; a quien honor, honor» (Rom 13, 7).

En la Iglesia, Dios pone su autoridad directamente. Dios interviene en la elección que los hombres hacen. En el Estado, Dios pone la autoridad por medio de los hombres, de forma indirecta; pero no interviene. En la Iglesia, el poder es divino; en el Estado, el poder es humano.

En la Iglesia, cualquier anti Papa no es autoridad. Usurpa un Trono divino, en el que sólo Dios dice quién se sienta en ese Trono. En el Estado, quien usurpa el poder, sigue siendo autoridad, porque tiene un poder humano. En la Iglesia, quien usurpa el poder, ya no es autoridad, porque Dios es el que da el poder en la Iglesia; no son los hombres los que se arrogan ese poder.

Un Papa verdadero es siempre por sucesión de Pedro: muere un Papa, los Cardenales eligen otro. Siempre saldrá de eso un Papa legítimo, verdadero, en el cual está toda la Autoridad de Dios para regir su Iglesia. Si el Papa no muere y se elige otro, entonces ese Papa, que se elige, es siempre falso; es decir, sólo tiene un poder humano, no divino.

En la Iglesia sólo existe Pedro como Cabeza. La Iglesia está construida sobre Pedro. Y sólo hay un Pedro. No puede haber muchos Pedros. Y hasta que Pedro no muera, aunque haya renunciado, sigue siendo Pedro. La renuncia al Papado, no es la renuncia a la sucesión de Pedro.

Un Papa viene por sucesión, no por renuncia. Se suceden los Papas porque hay una muerte. Si no se da la muerte del Papa que reina, no se da la sucesión de Pedro.

Pedro se sucede en la muerte de cada Papa. Pedro no se sucede en la renuncia del Papa a su misión petrina.

Ante un Papa que renuncia, es deber de los Cardenales esperar a su muerte para elegir a otro.

Los hombres, en la Iglesia, cuando un Papa ha renunciado, han elegido a otro. Y ese Papa era falso o era un antipapa.

Los Cardenales siempre pueden elegir a un Papa nuevo, porque son los hombres los que ponen sus leyes, sus reglas, para obrar una elección papal.

Pero la elección de un nuevo Papa, de un Papa verdadero, legítimo, no es por una regla humana, por una ley humana, por una razón humana; sino por una ley divina: la sucesión de Pedro.

Esa ley divina exige la muerte del Papa para elegir a otro Papa.

Cualquier Papa que se elija viviendo el anterior, es siempre falso. Siempre.

El Papa tiene que morir. Y, entonces, se elige siempre a uno verdadero, legítimo.

Esta Verdad ya no se sigue en la Iglesia. Y, desde hace 50 años, no se sigue.

Se han elegido Papas verdaderos, legítimos, pero en la práctica, nadie les ha obedecido. En la práctica, no han sido ellos los que han gobernado la Iglesia.

Ellos han aceptado el cargo de Papa, pero han tenido que soportar la rebeldía de muchos, que les han impuesto obras para hacer en el Papado. No les han dejado hacer la Voluntad de Dios.

Y, por eso, se ha observado, durante 50 años, un desbarajuste en toda la doctrina de Cristo. Culpa, no de los Papas, sino de la gente a su alrededor.

Y hay que seguir obedeciendo a los Papas legítimos, pero no a la Jerarquía que ha querido gobernar la Iglesia con un Papa legítimo, impidiendo que ese Papa gobierne libremente. Porque no se puede resistir a la autoridad puesta por Dios en la Iglesia, aunque se vean herejías, cismas, en toda la Jerarquía.

Por eso, tantos que se han salido de la Iglesia, que se han rebelado contra el Papa, que han dicho muchas cosas, -que son verdaderas-, pero han desobedecido a la autoridad legítima, que es el Papa. Y si no hay esa obediencia, entonces sus quejas, sus críticas, lo que ellos defienden, no vale para nada.

Porque en la Iglesia no se defiende una Verdad, sino toda la Verdad. Y, para defenderla, hay que estar con el Papa legítimo. Este es el fallo de muchos en la Iglesia.

Durante 50 años, quien ha gobernado la Iglesia han sido mucha gente, muchas cabezas, que de forma solapada, han chupado todos del poder del Papa. Y han oscurecido ese Poder, hasta anularlo.

Lo que hicieron con el Papa Benedicto XVI es anular su Poder. Ya no existe el Papado. Esta Verdad muchos no la comprenden.

Los hombres han llegado a la perfección de la soberbia en el gobierno de la Iglesia. Han querido regir la Iglesia con un Papa legítimo. Y lo han hecho de espaldas al Papa, desobedeciendo al Papa, imponiendo al Papa muchas cosas que Dios no quería. Han hecho su partidismo en la Iglesia. Y han creado la herejía del Papismo: el dominio de los Obispos sobre todos los hombres, sobre todos los cristianos.

Esta herejía viene de la falsa interpretación de la Palabra de Dios sobre la Autoridad. Como de Dios viene toda autoridad, entonces los Obispos son siempre autoridad en todos los campos del existir humano. El deseo de gobernar al otro, de estar por encima del otro, hace que muchos sacerdotes y Obispos sean más papistas que el Papa.

¡Cuántos sacerdotes obligan a recibir a Cristo en la mano! ¡Se arrogan una autoridad que no poseen! ¡Cuántos sacerdotes y Obispos obligan a los fieles a dar obediencia a Francisco! ¡Se arrogan una autoridad que no poseen!

En la Iglesia, Dios pone Su Cabeza directamente, aunque sea por elección de los Cardenales. Y, por tanto, sólo se puede dar la obediencia al Papa legítimo. Y esa obediencia es hasta la muerte de ese Papa. Hasta que no muera, es imposible dar la obediencia a otro Papa en la Iglesia. Esa imposibilidad anula cualquier tipo de obediencia.

Por tanto, el Poder de Dios, actualmente, está en el Papa Benedicto XVI, que es el Papa legítimo, que viene por sucesión: murió Juan Pablo II, los Cardenales eligieron a este Papa.

Hasta que no muera el Papa Benedicto XVI, el Poder está en él. Y sólo en él. La obediencia es sólo hacia él.

El problema es que él no quiere ser Papa. Entonces, Dios no obliga a darle obediencia. Pero la Autoridad la sigue teniendo él. Y, por tanto, en la Iglesia ahora sólo se puede dar la obediencia a la Jerarquía que el Papa Benedicto XVI puso. Porque el Poder de Dios sólo están en este Papa.

La Jerarquía que ha puesto Francisco es nula. No se le puede dar obediencia. Ellos tienen un poder humano. Y con ese poder humano no son Autoridad en la Iglesia; porque la Autoridad en la Iglesia es divina, no humana. Es puesta por Dios directamente.

Consecuencia: ellos hacen su Estado dentro de la Iglesia. Ellos están constituyendo una nueva forma de gobernar, un nuevo orden social, económico, político, cultural, humano. Ellos lo hacen con su poder humano. De ellos va a nacer el nuevo orden mundial. De dentro de la Iglesia Católica. Ya se está formando, delineando.

Los que creen un deber obedecer a Francisco porque es autoridad, porque Dios lo ha puesto (y no importa que sea por una renuncia) tienen un error en sus mentes.

Y de ese error pueden salir fácilmente, si vieran lo que es Francisco en su doctrina.

A Francisco no se le obedece por dos cosas principales:

1. Porque es una autoridad falsa en la Iglesia: no ha sido elegido por Dios para ser Vicario de Cristo. Francisco no viene por sucesión de Pedro, sino por renuncia de un Papa.

2. Porque Francisco es hereje, apóstata de la fe, cismático. Es un masón que se viste de sacerdote para su negocio en la Iglesia. Y todo hereje que es elegido Papa es nulo su Papado. No es Papa. No es Autoridad. Luego, no hay que darle obediencia.

«Es preciso someterse, no sólo por temor del castigo, sino por la conciencia» (Rom 13, 5).

Todos en la Iglesia tienen que obedecer por conciencia al verdadero Papa, que es Benedicto XVI. Aunque haya renunciado, sigue siendo la Autoridad. Y, por tanto, no es posible resistirle. Hay que someterse a él por la conciencia, por el orden moral que da la conciencia.

Si no se da esa obediencia al verdadero Papa, se cae en el castigo de condenación. Se resiste a Dios.

El error de muchos es ver a Francisco con una autoridad legítima. Y ellos pueden ver su error por dos caminos: 1. Francisco ha sido elegido por renuncia, no por sucesión; 2. Francisco es hereje.

Por estos dos caminos, se ve que lo que hace Francisco es nulo para la Iglesia. Francisco no tiene autoridad como Papa, como Vicario de Cristo. Posee la autoridad que unos hombres le han dado. Y, por eso, crean un nuevo estado de cosas, un nuevo orden de cosas, que no tiene nada que ver con la Iglesia.

No quieran ver buena voluntad en Francisco para llamarlo Papa. En la Iglesia, la Autoridad no es por buena voluntad, sino por Voluntad Divina, por Elección Divina.

Francisco es sólo un usurpador del Trono de Dios. Se lo ha robado al Papa Benedicto XVI. Luego, su gobierno es nulo. No vale nada a los ojos de Dios. Todo lo que haga Francisco es nulo. Aunque ellos digan lo contrario, aunque quieran afirmar lo contrario, todo es nulo. Las decisiones que tome Francisco, aunque sean buenas, son nulas. Lo que Francisco promulgue en la Iglesia, aunque sean buenas, son nulas. Lo que Francisco predique, obre, aunque sean cosas buenas, son nulas. No pertenece a la Iglesia. Ninguna cosa de Francisco. Las canonizaciones que se ha dado y las que se van a dar son nulas; porque para canonizar hace falta que el Papa se pronuncie como Papa. Es así que Francisco no es Papa. Luego, es nulo todo lo que hace.

Francisco no tiene autoridad divina en la Iglesia. Luego, no hay quedarle obediencia. Y toda aquella Jerarquía puesta por Francisco no tiene autoridad divina, porque la ha puesto uno sin Autoridad Divina. Sólo la Jerarquía puesta por Benedicto XVI tiene autoridad en la Iglesia. Pero esa Jerarquía está obligada a no seguir a Francisco para ejercer esa Autoridad. Si siguen a Francisco, automáticamente, la pierden en la Iglesia.

Por eso, la situación en la Iglesia es muy grave. ¡Cuánto engaño en los fieles y en toda la Jerarquía! Y están todos aletargados, esperando algo de uno sin Autoridad Divina. Por eso, no hay excusa para lo que viene.

Dios ha dado tiempo para discernir a un falso Profeta. Y mucha gente sigue dormida. Y la Jerarquía sigue callando. Entonces, tiene que cumplirse lo que dice San Pablo: «Los magistrados no son de temer para los que obran bien, sino para los que obran mal. ¿Quieres vivir sin temor a la autoridad? Haz el bien y tendrás su aprobación, porque es ministro de Dios para el bien. Pero si haces el mal, teme, que no en vano lleva la espada. Es ministro de Dios, vengador para castigo del que obra el mal» (Rom 13, 3-5).

Todos los que han hecho renunciar al Papa Benedicto XVI tienen su castigo por rebelarse a la autoridad de Dios en Su Iglesia. Todos los que han elegido a un nuevo Papa, en la renuncia del Papa legítimo, tienen su castigo, por no someterse a la autoridad que Dios ha puesto en Su Iglesia. Todo los que siguen a Francisco, y a toda la Jerarquía que da su obediencia a un usurpador, tienen su castigo, que viene del mismo Papa Benedicto XVI. Él es ministro de Dios para el bien, y lleva la espada, para castigar al que obra el mal. Por eso, Dios va a mandar su castigo a la Iglesia por no obedecer toda la Iglesia a Su Papa verdadero, legítimo.

Dios no es un Dios que da besitos y abrazos a todo el mundo. Dios castiga al que obra en contra de su conciencia, porque en la conciencia está el conocimiento del bien y del mal. Es la voz de Dios en el alma. Y quien no la siga, recibe la Justicia de Dios por su pecado.

Apóstoles de los últimos tiempos

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La Jerarquía de la Iglesia se ha apartado de la Verdad del Evangelio. Está llena de herejías peligrosas, disfrazadas de verdades, para engañar mejor las mentes de los hombres, y de esa manera conseguir alejar de la verdadera fe a un gran número de almas.

Es una Jerarquía que engaña y aleja de la Verdad. Y esto es muy grave, porque la Jerarquía está puesta por Dios para dar la Verdad y llevar al Cielo.

Es necesario anunciar con valentía todas las verdades de la fe católica para ser Jerarquía verdadera y fieles de la Iglesia Católica.

Es necesario proclamar con fuerza el Evangelio, que nunca pasa de moda, que siempre es el mismo, para desenmascarar tanta mentira como sale de la boca de Francisco y de todos los que lo siguen.

Todos ellos no son de la Iglesia Católica. Esto hay que tenerlo muy claro. Aunque Francisco se haga pasar por Papa, sin serlo, aunque la Jerarquía siga obedeciendo a Francisco, y aunque los fieles llamen a Francisco como Papa y sigan sus enseñanzas, todos ellos no pertenecen a la Verdad, sino a la mentira, al engaño, al error, al cisma, que el mismo Francisco ha abierto en la Iglesia.

El que sigue a Cristo Jesús en su corazón tiene la obligación y el deber de oponerse a la soberbia de esos grandes y doctos, que se dicen sacerdotes y Obispos de la Iglesia Católica, y que han sido seducidos por una falsa ciencia y por la vanagloria; han desgarrado el Evangelio de Jesucristo, lo han anulado, lo han machacado, lo han triturado con sus mentes humanas, con sus filosofías, con sus teologías, marxistas y masónicas, -de corte protestante y de lazo demoniaco-, y proponen del Evangelio una interpretación racional, humana y totalmente equivocada.

Nadie, dentro de la Iglesia Católica, puede ya seguir a Francisco ni a los suyos. Es tiempo de dejar de mirar a ese hombre; es tiempo de no hacerle caso; es tiempo de tumbarlo con la Verdad del Evangelio.

Son los tiempos que San Pablo predijo en los que muchos, que pertenecen a la Iglesia Católica, que han conocido toda la Verdad, -y sólo la Verdad-, predican y enseñan unas doctrinas falsas y peregrinas, haciendo que la gente corra tras estas fábulas, estos cuentos, «para que crean en la mentira y sean condenados cuantos, no creyendo en la Verdad, se complacen en la iniquidad» (2 Ts 2, 12).

Es hora de que la verdadera Iglesia Católica siga a Jesús por el camino del desprecio del mundo y de los hombres, porque no hay otro camino para salvar y santificar las almas: el camino de la humildad, de la oración, de la penitencia, de la pobreza, de la mortificación de todos los sentidos, del silencio de la mente, de la caridad con Dios, de la unión íntima con Dios.

Es hora de iluminar el mundo, las familias, las sociedades, todo rincón del planeta, con la Luz de Cristo, porque ya nadie, dentro de la Iglesia Católica, lo está haciendo.

Francisco y los suyos, dan al mundo, dan a los hombres, lo que ellos quieren escuchar; pero son incapaces de dar la Luz de Cristo; son incapaces de dar el Evangelio como está escrito, como ha sido revelado, sino que se han inventado un nuevo evangelio: el de la fraternidad, el del diálogo, el de la alegría, el de la justicia social, el de los derechos humanos, el del comunismo. Y de esa manera, forman su nueva iglesia, produciendo un nuevo cisma dentro de Ella. Son ellos los que han iniciado el cisma dentro de la Iglesia. Ellos, que han abandonado la Verdad del Evangelio.

Cisma significa separarse de la Verdad. Y la Verdad es Una: Cristo Jesús. Y la obra de la Verdad es Una: la Iglesia Católica.

Son días de gran oscuridad y de profunda apostasía de la fe, y las almas que quieran salvarse, -en estos días-, tienen que mantenerse firmes en la fe verdadera, sin hacer caso de ninguna fábula, de ningún cuento chino, de ninguna palabra barata y blasfema, que Francisco y los suyos enseñen.

La fe verdadera es la que tiene que permanecer intangible como Luz en el corazón. Que ningún pensamiento humano, que ningún diálogo con los hombres, que ninguna obra humana, arrebate esa Fe.

El que cree en Jesús sólo tiene que tener un celo: la gloria de Jesús. Y para eso, tiene que derribar las glorias de todos los hombres, que buscan un lugar en la Iglesia para ser aclamados por el mundo. Buscan su negocio en la Iglesia, pero no la Verdad de la Vida.

Una gran infidelidad a la Gracia existe en la Jerarquía de la Iglesia. Ser infiel es un pecado contra la Fe, que no tiene parvedad de materia. Siempre se peca gravemente; siempre ese pecado exige el infierno, la condenación de la persona.

Muchos, de entre la Jerarquía, son infieles a la Verdad; porque conociendo toda la Verdad, se hacen demonios de las almas; se hacen esclavos de sus pasiones; obran la iniquidad con la malicia de su pecado.

La Jerarquía de la Iglesia no tiene excusa de pecado, porque lo poseen todo para no pecar, para combatir al mundo, para luchar contra el demonio, para quitar todo pecado. Y ¿qué hacen? ¿ a qué se dedican en la Iglesia?

A mirar el mundo, a congraciarse con el mundo, a lamer los traseros de los hombres, a darles lo que ellos quieren escuchar por sus oídos, a decirles palabras bellas para llenarlos de mentiras y de dudas sobre Cristo y Su Iglesia.

Toda la Iglesia se ha alejado del Espíritu de Cristo. Toda. Y se ha dejado seducir por el espíritu del mundo, que ha penetrado profundamente en Ella y la ha conquistado, la ha invadido totalmente. No hay parte de la Iglesia sana para Cristo. Todo está tergiversado, anulado, petrificado en la maldad de los hombres. Todo está arreglado para que se dé lo que se está dando en toda la Iglesia. Por eso, todos aplauden el pensamiento necio de un idiota que se ha creído sabio y justo en su estupidez de vida.

Francisco no tiene inteligencia espiritual: es un necio. No sabe lo que es la vida del Espíritu ni la vida de la Iglesia. Sólo da su sabiduría humana, carente de la Verdad. Sólo da lo que encuentra en su mente, lo que persigue su razón, lo que le da el demonio a su inteligencia humana.

Francisco enseña su doctrina, su espiritualidad, su opinión herética y cismática del Evangelio: eso es ser idiota. Y más idiotas son aquellos que se les cae la baba ante la enseñanza de Francisco. Más idiotas son aquellos que dicen que no encuentran nada en las palabras de Francisco contrario a la Verdad, al dogma, a la enseñanza de la Tradición y de la Iglesia.

Francisco vive su estupidez como Obispo: si no crees en Cristo, entonces ¿qué haces vestido de sacerdote y sentado en una Silla en la que no crees? Vete a tu casa, vete a hacer lo que quieras, pero no hagas el estúpido ante la Iglesia y ante el mundo.

Ha llegado el momento de ver estas realidades en la Iglesia, y no escandalizarse de la putrefacción que hay en la Iglesia.

Francisco sólo ha removido el barro, y se han levantado toda esa maldad, -escondida en los repliegues de las estructuras de la Iglesia-, para manifestarse como es: como pecado, como maldad, como hombres que viven su pecado, y que ya no lo esconden más, como lo han hecho durante 50 años.

Ahora se ve, dentro de la Iglesia, quién de la Jerarquía es verdadero, y quién un demonio. Antes, no se podía discernir con claridad. Ahora es fácil, porque hay uno, -sentado donde no debe estar-, que ha removido las aguas de la impureza, de la maldad, de la herejía, del cisma. Ahora es hora de saber quién es quién en la Iglesia.

Por eso, tiene que llegar la persecución, por parte de la misma Jerarquía que está en el poder. Son ellos los que persiguen a los que no se van a someter a sus mentes humanas, a sus ideas políticas, que quieren revestirlas de la majestad del Evangelio, pero que sólo producen turbación en las almas. Son ellos, los que enarbolando la bandera de Cristo, los que diciéndose católicos, va a perseguir a los verdaderos católicos, a los que viven, -de verdad-, la Verdad, que es Cristo, en Su Iglesia.

Ya la persecución no será como al principio de la Iglesia. Es la misma Iglesia, los que se dicen ser de la Iglesia –pero no lo son, por su pecado de herejía- la que persigue a la misma Iglesia. Esta es la gran maldad que viene corriendo, por todas partes. Y hay que abrir los ojos ante esta gran maldad.

En la Iglesia Católica no estamos de parte de una Jerarquía herética y cismática, como la que vemos en Roma y en muchas partes del mundo. Sino que en la Iglesia Católica, nos oponemos a los sacerdotes y a los Obispos que ya no quieren seguir la Verdad, porque siguen sus verdades, las que ellos se han fabricado con sus cabezas humanas.

Toda Jerarquía que no predique, que no enseñe la doctrina de Cristo, sin quitarle ni añadirle una mota, no es Jerarquía de la Iglesia; por más autoridad que quieran demostrar, por más vestidos que quieran ponerse; si no dan la Verdad, como es, no hay obediencia ni respeto a esa Jerarquía.

Esto es lo que más duele a todos, pero es la única Verdad. Todo aquel que comienza a decir herejías en la Iglesia, se sale automáticamente de la Iglesia. Y ya no es nada en la Iglesia. Ha perdido todo derecho en la Iglesia. Ya no se le puede escuchar ni atender. Por eso, hay que ir apartándose de tantos sacerdotes que ya no hacen las cosas bien en sus ministerios, que ya se ve, claramente, su pecado contra la fe en la Iglesia.

En la Iglesia no estamos para seguir la opinión de Francisco, el evangelio herético de un hombre sin alma; sino que se está para poner en el corazón la Palabra del Verbo, la Palabra de la Cruz, la Palabra que nunca pasa, que es eterna, que es fiel a Si Misma.

Hoy la humanidad se ha vuelto pagana, y tras ella corre la Iglesia para volverse igual de pagana.

Hoy todos los hombres se han convertido en víctimas de los errores, de los males, del pecado, y se dejan arrastrar por cualquier viento de falsa doctrina, de falsa ideología. Y la Iglesia es pionera en llevar a las almas hacia el error. Es por culpa de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha guardada la Verdad, que no ha defendido la Verdad, que no ha mimado la Verdad, la causa de que todos los hombres vivan con las babas caídas ante cualquier idiota que les diga lo que sus mentes apetecen.

Hoy todos los pueblos y naciones de la tierra están inmersos, -están con el agua al cuello-, en la tiniebla de la negación práctica de Dios. No se cree en Dios y no se quiere creer en Dios. Sólo se cree en un concepto, en una idea humana sobre Dios, que ateiza a todos los pueblos. Y el culpable de esto, la Jerarquía que ya no cree en Jesús como Dios; sino que se ha inventado un falso cristo, un falso Jesús, que es un hombre, una persona humana, que se dedicó a resolver cuestiones sociales en su tiempo y que , por tanto, levantó una iglesia para eso, para lo social.

Nadie de la Jerarquía sabe ser Iglesia y sabe construir la Obra de Cristo, porque están muy atareados en construir el mundo, en luchar por los derechos de los hombres, en resolver justicias sociales, en dar de comer a los que se mueren de hambre, en buscar dinero para conseguir el aplauso de los hombres, y que digan qué buenos sacerdotes, que son del pueblo y para el pueblo, porque les resuelve sus problemas humanos.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia se postra ante el culto del placer, del dinero, del orgullo, de la ambición, de la impureza, de la fuerza política, de las fuerzas armadas; porque quieren un mesías y una iglesia, -un reino-, de hombres y para los hombres. Han dejado de buscar el Reino de Dios, para dedicarse sólo a la añadidura.

Hay que ser discípulos fieles de Jesucristo, no de Francisco. Hay que dar testimonio de la Verdad, que es Cristo; no hay que dar testimonio de la mentira, que es Francisco. Y sólo así se hace la Iglesia Católica en estos tiempos.

No son los tiempos como antes. Ya no hay que seguir a un Papa. Ya no hay Papa. El verdadero, ha renunciado. El que se hace pasar por Papa es un hereje, un cismático. Ya no se puede mirar a ningún hombre. Ya no se puede obedecer a ningún hombre en la Iglesia.

La Jerarquía de la Iglesia ya no es cabeza de la Iglesia. Sólo aquella Jerarquía que da la verdad como es sigue siendo cabeza; pero los demás, al dar la mentira, la herejía, salen automáticamente de la Iglesia. Y ya no son cabeza, ya no son autoridad. Ya no tienen poder divino, aunque se revistan de autoridad humana.

Estamos en los últimos tiempos. Y es necesario ser apóstol de los últimos tiempos, agarrados sólo a Cristo y a Su Madre. Ellos solos hacen su ejército victorioso, porque son la Cabeza de la Iglesia: el Rey y la Reina.

La Iglesia es la Familia de Dios, no una sociedad de hombres

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Cristo Jesús murió por el pecado de Adán y estableció en el hombre el sentido de la Autoridad.

Adán, en su pecado, se rebeló contra la Autoridad Divina y, por tanto, rebajó la autoridad que tenía recibida de Dios sólo a un poder humano.

La Autoridad que da Dios al hombre es la misma que tiene Él, pero participada en el hombre. El hombre participa de la Autoridad de Dios y, por tanto, es vicario de Dios.

El hombre, en su naturaleza humana, tiene autoridad humana; en su carne, tiene autoridad carnal; en su espíritu tiene autoridad espiritual; en su alma tiene autoridad racional.

Por ser el hombre un compuesto de alma, carne y espíritu, posee diversas autoridades participadas de Dios.

Cuando el hombre forma una familia, tiene una autoridad para esa familia; es decir, un poder divino, que tiene que ser actuado en la naturaleza humana, en el orden de esa naturaleza. Y así, el varón es la cabeza de esa autoridad; pero también la mujer es autoridad en esa familia, pero no la cabeza.

En la familia, el hombre es el primero en mandar, y la mujer es la segunda en mandar. El hombre, en la familia, tiene un poder de mando: es el primero, es la cabeza; la mujer, es la segunda. Pero la familia tiene una autoridad recibida de Dios, distinta al poder de mando.

El hombre manda primero en la autoridad divina. Tiene que mandar sujeto a ese poder divino recibido de Dios. Si manda algo en contra de ese poder divino, entonces la mujer no puede obedecerlo, porque ella está sujeta a la autoridad divina en la familia, no al poder de mando del varón. La mujer obedece al varón cuando manda en la autoridad divina recibida en esa familia.

El hombre no tiene autoridad sobre la mujer, sino poder de mando. Dios es el que tiene la autoridad sobre el hombre y sobre la mujer en la familia.

Hombre y mujer son vicarios de esa autoridad en la familia. Dios revela, tanto al hombre como a la mujer, en la familia, lo que él quiere de esa familia. El hombre realiza la Voluntad de Dios porque es la Cabeza de la familia. Pero si el hombre no da la Voluntad de Dios, entonces la mujer pasa a ser cabeza, por estar sometida, en la familia, a la autoridad divina.

La mujer se somete al varón en las cosas de la naturaleza humana, pero no en las cosas del espíritu ni del alma. Sólo en las cosas de la carne, hay sometimiento al varón.

El hombre y la mujer, en su carne, tienen una autoridad de Dios recibida, un poder de Dios, para engendrar la vida que Dios quiere. Pero la mujer nace del varón en la carne; luego, la mujer queda sometida al varón en la carne. El varón, en la carne tiene autoridad sobre la carne de la mujer. Ya no tiene poder de mando; el varón no es cabeza de la carne de la mujer; el varón es cabeza de la familia con una mujer.

En la carne, la mujer tiene que someterse al varón. Y esto por derecho de la naturaleza humana, es decir, porque Dios ha creado así al hombre y a la mujer: primero el hombre; segundo la mujer.

Pero este sometimiento de la mujer al hombre, en la carne, no es absoluto; es decir, está regido por la vida espiritual. La autoridad que el hombre tiene sobre la mujer en la carne está relacionada con la vida espiritual, porque es el espíritu el que debe dominar los impulsos de la carne.

Entonces, la mujer sólo puede someterse a lo carnal cuando hay una razón espiritual. Si sólo hay una razón carnal, un deseo carnal, entonces no se da el sometimiento. Porque la autoridad en la carne que ambos poseen no son absolutas, sino relativas a su vida espiritual.

El hombre suele dominar a la mujer en la carne. Es propio de su naturaleza humana, de su carne de hombre. El hombre es carnal; pero la mujer no es carnal. El hombre es carnal porque Dios lo crea de la tierra, de la carne, de la materia. La mujer no es carnal, porque nace del varón. La mujer es una vida, fruto del varón, de la vida que hay en el varón. Por eso, la mujer es el amor en la familia y el hombre, el placer en la familia.

El hombre, en su placer, abre caminos para que la mujer obre el amor. El placer del hombre no sólo está en su sexo, sino en su inteligencia. El hombre es el que piensa en la familia; pero es la mujer la que decide, la que ve, la que obra, por ser el amor.

Y, en el sexo, es lo mismo. El hombre busca a la mujer por placer, pero es la mujer la que pone el camino al placer del hombre para obrar un amor. Siempre es la mujer la que obra el amor; el hombre sólo da su placer.

Esta autoridad familiar produce el amor entre hombre y mujer. La autoridad divina que tienen ambas en la familia es la causa del amor entre los dos.

Sin esta autoridad divina no puede darse el amor entre hombre y mujer. Sólo se daría un placer sexual, una unión de sexos, una unión de vidas humanas, una unión de obras humanas, pero sin amor, sin el amor divino; sólo con un amor humano o natural, o carnal, o material, o sentimental.

Por eso, la necesidad del Sacramento de Matrimonio para poseer esta autoridad divina en el matrimonio y en la familia, para tener este amor divino.

El hombre es sociable por naturaleza; es un ser que se comunica con otros. Este ser sociable no es por derecho de naturaleza, porque Dios crea al varón, pero no a la mujer.

Dios crea a un hombre solo, es decir, una persona incomunicable, no sociable, no comunicable con otras personas, porque no existen. Existe sólo la relación entre Dios y su criatura; y existe la relación del hombre con las demás criaturas creadas por Dios.

Pero la relación con Dios no es una sociedad ni tampoco lo es con las demás criaturas. Porque lo sociable se da sólo en la misma naturaleza humana, no entre distintas naturalezas humanas.

Dios crea al hombre, pero no existe el amor fraterno, el amor entre hombres.

Cuando Dios crea a la mujer, entonces se da el amor matrimonial entre hombre y mujer, pero no el amor fraterno.

El amor fraterno sólo se da entre los hijos del hombre y de la mujer, nunca entre hombre y mujer.

Los hijos se aman como hermanos. Y sólo ellos tienen este amor. Pero este amor fraterno nace del amor entre hombre y mujer. No lo posee cada hijo en sí mismo, sino que es un don que dan los padres a sus hijos.

El pecado original rompió este don. Y, entonces, hombre y mujer tienen hijos que no pueden amarse fraternalmente, porque no reciben el don del amor.

Cristo puso este don en el Sacramento del Matrimonio para que los padres, al buscar un hijo en Dios, es decir, al engendrar un hijo en gracia –no en pecado- ese hijo recibiera el don de la fraternidad y pueda amar a sus otros hermanos con ese amor.

Caín no pudo amar a Abel, porque fue engendrado en el pecado. No recibió el amor fraterno de sus papás.

Muchos matrimonios que se casan por la Iglesia y tienen la Gracia del Sacramento, después no la usan, porque viven en pecado y así engendran hijos en el pecado. Esos hijos, aun concebidos con el pecado original, -que se sigue transmitiendo-, no reciben el don de la fraternidad, pero por el pecado de sus papás, al engendrarlos en el pecado.

Por eso, la importancia del Bautismo de los niños nada más nacer; no sólo para quitar el pecado original, sino para que el amor fraterno pueda vivir en ese hijo.

Los papás que conciben a sus hijos en pecado no les dan ese amor fraterno, pero tampoco el hijo lo recibe cuando se bautiza, porque fue engendrado sin Gracia, en el pecado de los padres.

Hay muchos matrimonios que no viven, desde el inicio de sus matrimonios por la Iglesia, en la Gracia. Y, entonces, inutilizan el valor del Sacramento del Matrimonio. Dios da muchas gracias a los hijos a través de sus papás, que viven en Gracia y que obran con la gracia. Pero Dios no puede dar nada a los papás que no están en Gracia y que hacen el sexo en el pecado.

El sexo tiene un valor divino incalculable para Dios. Y un matrimonio debería preguntar a Dios qué hacer con sus sexos, cómo quiere Dios la relación sexual, cuándo la quiere, cómo conseguir la castidad matrimonial, cómo entender cuándo Dios quiere los hijos. Para eso es la Gracia del Sacramento del Matrimonio.

Por tanto, la fraternidad entre los hombre no puede existir. La fraternidad sólo se da entre los hijos de un hombre y de una mujer.

Entre los hombres sólo se da lo social, pero no lo fraterno. El amor al prójimo es un amor social, no es un amor entre hermanos, no es un amor fraternal.

Y ese amor social proviene de una autoridad divina entre los hombres.

Por eso, cada sociedad de hombres tiene una cabeza, un hombre con un poder, que proviene de Dios. Y ese hombre tiene que obrar la Voluntad de Dios en esa sociedad. Y, cuando la obra, entonces produce el amor divino entre los hombres, el amor social, el que los hombres se amen entre sí.

Las guerras se dan porque hay una cabeza que no obra la Voluntad de Dios y, por tanto, no se puede dar el amor social, el amor al prójimo, sino el odio.

Pero este amor social, por ser algo natural entre los hombres, no es absoluto, sino que está relacionado con la vida espiritual.

Lo social está sometido a la vida espiritual: el amor al prójimo depende del amor espiritual. Y, por tanto, hay que obrar el amor al prójimo guiado por el amor espiritual. Es siempre primero el espíritu que lo social, que la comunicación entre los hombres, que el diálogo entre los hombres.

Por eso, los hombres tienen que amarse entre sí practicando una virtud, ya humana, ya divina o teologal. Sin la práctica de la virtud, no se puede dar el verdadero amor al prójimo, sino un sucedáneo de amor, un esperpento de amor, un humanismo, un comunismo, un socialismo, un liberalismo, etc. Donde hay vicio o pecado, no hay amor al prójimo.

Por eso, no está la vida de la Iglesia en resolver la hambruna del mundo. Eso no tiene ningún sentido, ni siquiera lo exige Dios al hombre.

Es el hombre el que se pone una meta que no puede realizar, porque la vida de los hombres no es para lo social, sino para lo familiar.

Adán y Eva son creados para un matrimonio, no para una sociedad. Los hijos que tienen forman un amor fraternal, pero no social.

La relación entre los hijos con otros hijos de otros matrimonios es lo que forma la sociedad, pero ya de forma independiente a la familia, al orden familiar.

Adán y Eva no fueron creados para una sociedad, para un país, para un pueblo, sino para formar una familia. El pecado de Adán rompió la familia que Dios quería. Y, por eso, la sociedad, el mundo pertenece al demonio. No puede darse un amor al prójimo auténtico entre los hombres. Con la Gracia se puede dar un amor fraternal entre los hijos; pero difícilmente se da, de hecho, una sociedad en la que se viva de amor divino. Tiene que llegar el Reino Glorioso para que se produzca el plan original de Dios sobre Adán. Dios llamó a Adán a una familia, no a una sociedad, no a un país, no a un pueblo.

Por eso, Dios elige Su Pueblo para formar Su Familia, de forma independiente al Pueblo. Y, por eso, la Iglesia no es el Pueblo de Dios, no es una sociedad, no es una comunidad de hombres. Es el Cuerpo Místico de Cristo, es la familia de los hijos de Dios, engendrados en la Gracia. La Iglesia es una familia, no es una sociedad.

Lo importante siempre es el núcleo familiar, nunca la sociedad. Cada hombre debería vivir para su familia y ahí encontrar el amor fraterno y, en ese amor, el amor al prójimo. Porque sólo se puede amar al prójimo cuando hay amor fraterno, cuando los papás dan ese amor a sus hijos.

El pecado original rompió todo esto. La Gracia lo va restituyendo, pero sólo en aquellos hombres y mujeres que viven en la Gracia. En los demás, todo sigue igual, por el pecado.

Por eso, es tan difícil la caridad entre los hombres, porque si hombre y mujer no viven en Gracia, lo que engendran es siempre un problema para el mundo, no sólo para sus familias.

Hoy día, en la Iglesia, no se vive de Gracia, no se vive de cara a lo espiritual, porque han puesto al hombre como centro. Han quitado a Dios. Se da culto a la naturaleza del hombre. Se pone como inmutable la naturaleza humana, el amor humano, el sentido humano, la ley humana. Y, por eso, es una Iglesia ciega por su humanismo, porque no ha comprendido el Don de Dios al hombre en Cristo, que es la Ley de la Gracia.

Cristo ha puesto un camino totalmente diferente al que el hombre ve con su ciencia humana: es el camino de la gracia, que sólo se puede obrar en la Gracia.

Cuando el hombre quiere ser hombre, entonces se olvida que para llegar a la plenitud de la Verdad es necesario la guía del Espíritu, del Entendimiento Divino. Y si el hombre no deja su entendimiento humano a un lado, como inservible, entonces nunca va a encontrar la verdad, sino que se va meter en un callejón sin salida, con una puerta sólo a la autodestrucción del mismo hombre.

Francisco: cismático y apóstata

Santisima Trinidad

«¿Acaso Cristo está dividido?» (1 Co 1, 1-17).

No, Cristo no está dividido; pero Francisco divide a Cristo.

Jesús es la Iglesia; luego, Francisco no es la Iglesia.

Jesús, que es la Verdad, es la Iglesia; Francisco, que predica la mentira, no es la Iglesia.

Jesús, que obra la Verdad, hace Su Iglesia; Francisco, que obra su mentira, crea su nueva iglesia.

La Verdad nunca ha cambiado. La Verdad es simple.

La Verdad es que en la Iglesia sólo se da el gobierno vertical. Esa Verdad no la cambia nadie, ni siquiera la mente de Francisco. Su pensamiento es su condenación. Él ha puesto el gobierno horizontal: eso condena a Francisco.¡Eso sólo! No hay que buscar otras herejías, que las tiene en abundancia cada vez que abre su maldita boca.

Francisco ha puesto un gobierno horizontal: automáticamente se ha ido de la Iglesia. Ha comenzado a crear su nueva iglesia; porque Jesús es la Iglesia.

La Iglesia ha sido fundada por Él. Y Él ha puesto un Vértice en la Iglesia. Un Vértice que nadie puede quitar. Aquel que se atreva a quitarlo queda excomulgado automáticamente. Su pecado le hace salir de la Iglesia.

Francisco ha divido a Cristo con su gobierno horizontal. Este gobierno horizontal es la obra de su pecado de orgullo. Es la obra que se opone a Cristo. Es una acción en contra de Cristo, que ha fundado Su Iglesia en un Vértice, en una Roca, en una Piedra.

Por este pecado de orgullo, Francisco recibe el nombre de anticristo. No es el Anticristo, sino uno de los anticristos, porque ha ido en contra de Cristo en una Verdad, que es el Vértice de la Iglesia.

Ese gobierno horizontal, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, sino a la nueva iglesia, fundada por Francisco en Roma, significa dos cosas:

1. un cisma encubierto;

2. una apostasía de la fe pública.

1. Cisma encubierto

Todo cuanto haga ese gobierno horizontal se aleja de la Verdad. Y esto de forma automática. Es decir, formalmente, las decisiones de ese gobierno son herejías, aunque sean buenas obras en apariencia, aunque sean santas en apariencia. Porque la Iglesia se gobierna con un gobierno vertical, no horizontal. Luego, lo que haga ese gobierno sólo sirve para la nueva iglesia; pero no sirve para la Iglesia de Cristo.

Jesús no gobierna Su Iglesia en un gobierno horizontal. Luego, ninguno de los que pertenecen a ese gobierno horizontal tiene el Espíritu de Cristo para gobernar la Iglesia. Ninguno de ellos. Es decir, no tienen el Poder de Dios para gobernar la Iglesia. Luego, sólo poseerán sus poderes humanos. Y, por eso, lo que hagan con esos poderes humanos es un cisma.

Francisco ha roto la estructura de la Iglesia. Ha metido a gobernar la Iglesia a Obispos y Cardenales que no han sido llamados por Dios para dirigir la Iglesia. Porque la Iglesia sólo loa dirige el Papa. Por eso, lo que ha hecho Francisco tiene el nombre de cisma.
Cisma significa: me voy de la Iglesia y pongo mi iglesia. Eso fue lo que hizo Lutero. Lutero lo hizo yéndose de Roma. Francisco lo ha hecho en la misma Roma.

Pero lo que ha hecho Francisco queda encubierto: éste es el error de Francisco. Su gran error, que será su gran caída.

Y ¿por qué? Porque no se puede predicar que Cristo no está dividido poniendo la división en la Iglesia.

No se puede predicar que hay que dar testimonio de la Verdad en la Iglesia obrando la mentira con un gobierno horizontal.

No se puede predicar que hay que ser dóciles a la Palabra de Dios, cuando él mismo es rebelde a esa Palabra.

No se puede predicar que Jesús es la Misericordia cuando él ha puesto el camino para condenar a las almas dentro de la Iglesia.

Francisco ha puesto un cisma y lo ha escondido, lo ha encubierto. Es decir, no se atreve a más, a romper con otras cosas. Tiene miedo. Sólo hay que ver sus últimas homilías. Dice cosas y no dice nada, porque sabe cómo está la Iglesia: en contra de él.

Francisco es un hablador. Y no más. Y un pésimo hablador. Su palabra no convence a nadie, pero sí hace mucho daño.

Francisco ha puesto un cisma en la Iglesia, una división clara. Pero tiene miedo de algo más. Y ¿por qué? Por su pecado de orgullo. Él ve la necesidad de dar un giro a la Iglesia, pero eso no es fácil. Él no tiene la fuerza para eso, porque no es inteligente. Es un cura de pueblo. Y no más, que entretiene a la gente. Y no más. Pero que no sabe en el lío que se ha metido.

El demonio sólo necesitaba a un Francisco para comenzar la ruina de la Iglesia. Cuando ya no le sirva, pone a otro, a uno más fuerte que Francisco.

2. Apostasía de la fe pública

Francisco predica una doctrina pública que es contraria a la doctrina de cristo: su evangelio de la fraternidad y su cultura del encuentro. Dos cosas quiere Francisco:

a. unir a los miembros de la Iglesia en el amor fraterno, en la caridad;

b. meter en la Iglesia a los demás hombres que viven en sus pecados, en sus religiones.

Por eso, él predica la unión en la caridad, y se olvida de la unión en la verdad. Es más importante la caridad que la verdad. Por eso, se opone a la doctrina de Cristo, que es la doctrina de la verdad: Dios ama al hombre en la verdad, en la justicia, en la rectitud, en el orden moral, en el orden ético, en la ley divina.

a. Francisco propone su amor fraterno: Dios ama a todos los hombres y lo perdona todo en ellos por ser Misericordia. No se ve el atributo de la Justicia Divina, porque es un amor sin verdad, sin justicia, sin orden. Es un amor que hace del pecado algo que Dios no lo supera con Su Gracia. Por esos, él predica su doctrina de la Iglesia accidentada: cada uno con sus pecados se salva. Sólo hay que hacer bienes a los hombres, obras buenas humanas. Para Francisco, el amor fraterno está por encima del amor divino. La verdad se somete al hombre, a la cultura del hombre, al pensamiento del hombre. Por eso, para Francisco, no hay verdades absolutas, sino relativas: la verdad está relacionada con el hombre; la verdad se somete al hombre. Ya no es el hombre el que obedece a la Verdad. La verdad es como la ve el hombre, como la entiende el hombre, como la interpreta el hombre. Por eso, su doctrina del amor fraterno hace aguas por todos los lados. No sirve para unir a los hombres, en la caridad, porque no hay verdad que una. Cada hombre tiene sus verdades y el otro tiene que someterse a esas verdades, así no les guste, por un motivo de amor fraterno, de amor humano, de amor sentimental, de amor económico, de amor cultural.

b. Francisco propone a todos los hombres el diálogo, ya no la fe. Para salvarse hay que dialogar con todos los hombres. Así se alcanza la unidad que Jesús quiere en la Iglesia. Este error es de la mayoría de la Jerarquía. Sólo la fe produce la conversión del corazón. Si el alma no vive de fe, el alma sigue en sus pecados, en su vida humana, en su iglesia, en su religión, pero no accede a la Verdad, que es Cristo. Y, por más que se dialogue con los hombres que no posee la fe, que cree en algo, pero no creen en la Verdad, entonces eso no convierte a las almas.

Como Francisco no cree en la Verdad, entonces propone el diálogo para unir a todos los hombres en la Iglesia, con Cristo. Es una doctrina absurda, pero que muchos la siguen, porque no han comprendido la fe en la Palabra de Dios. Y, al no aceptar la Palabra de Dios en sus corazones, entonces, se inventan su fe, una fe humana, una fe en la que el diálogo es lo central para ser Iglesia.

Estas dos cosas de Francisco, que pertenecen a su doctrina, constituyen la apostasía de la fe pública de Francisco y de los que siguen a Francisco.

La apostasía de la fe significa algo más que separarse de la Iglesia. El cisma separa de la Verdad; pero el apóstata invita a caminar en su mentira. Predica una doctrina que es para condenar almas. Y lo hace abiertamente, de forma pública, sin oposición de nadie.

Esta es la gravedad de tener a un lobo sentado en la Silla de Pedro. Porque por ahí viene el engaño a muchas almas en la Iglesia que no disciernen nada, que se lo tragan todo, que les da igual quien está de Papa.

El daño que hace la doctrina de Francisco en la Iglesia es enorme: porque es una doctrina cismática y apóstata. Una doctrina que está revestida de cosas buenas y santas, pero que lleva, de forma inevitable, a la condenación de las almas.

Por eso, no se puede seguir a Francisco en nada. No es posible darle ninguna obediencia.

La Iglesia es Jesús. Y Jesús es la Verdad. Y la Verdad es la Gracia. El hombre no puede seguir a Jesús si no está en Gracia. Y estar en Gracia significa no estar en pecado, quitar el pecado, luchar contra el pecado. Porque la Gracia vence todo pecado. La Gracia transforma al hombre en hijo de Dios. La Gracia construye el Reino glorioso de Cristo en la Tierra.

La Iglesia está llamada a vivir los 1000 años del Reino Glorioso, el Nuevo Cielo y la Nueva Tierra. Esta es una Verdad que no se puede quitar de la Revelación. Y es una verdad que hoy día se combate, porque se quiere la felicidad humana, el progreso de los hombres, la paz entre los hombres, pero sin Gracia, sin el Espíritu de la Verdad.

Por eso, la Iglesia ha combatido a tantos profetas que han hablado sobre la Nueva Jerusalén, porque la Iglesia ya no tiene Fe en la Palabra de Dios, sino que sólo cree en las palabras de los hombres, en las investigaciones de los filósofos, de los teólogos, de los científicos, de los técnicos, para decir que hay que vivir ese Reino glorioso en todo el espectro humano. Es el hombre, con sus avances, lo que lleva a construir ese reino.

Y esta es la esencia de la doctrina de Francisco: Francisco se apoya en todo lo humano para ser feliz en su vida. Ése es un gran error. Y, por eso, es un apóstata de la fe porque ama al hombre con locura. No puede amar a Dios porque no acepta la verdad del Pensamiento Divino. Sólo acepta las verdades que los hombres adquieren con sus inteligencias humanas. Por eso, él se opone a la Gracia; se opone a la Iglesia; se opone a Cristo. No se somete a la Verdad, entonces se somete a su mentira y hace de esa mentira su valor, su verdad, su bien, su derecho, su deber, en la vida.

Por eso, Francisco es cismático y apóstata al mismo tiempo. Vive su cisma y hace de la mentira el camino para muchos, y que éstos se pierdan para siempre.

Cristo no está dividido, son los hombres los que dividen a Cristo

virgen

«Firmemente cree, profesa y predica que nadie que no esté dentro de la Iglesia Católica, no sólo paganos, sino también judíos o herejes y cismáticos, puede hacerse participe de la vida eterna, sino que irá al fuego eterno que está aparejado para el diablo y sus ángeles [Mt. 25, 41], a no ser que antes de su muerte se uniere con ella; y que es de tanto precio la unidad en el cuerpo de la Iglesia, que sólo a quienes en él permanecen les aprovechan para su salvación los sacramentos y producen premios eternos los ayunos, limosnas y demás oficios de piedad y ejercicios de la milicia cristiana. Y que nadie, por más limosnas que hiciere, aun cuando derramare su sangre por el nombre de Cristo, puede salvarse, si no permaneciere en el seno y unidad de la Iglesia Católica» (CONCILIO DE FLORENCIA, 1438 -1445 De la Bula Cantate Domino, de 4 de febrero de 1441).

Hay «un solo Dios y Padre de todos, el cual está sobre todos y por todos, y habita en todos nosotros» (Ef. 4, 6). El género humano es uno por su origen, porque Dios ha creado al hombre. Todos los hombres somos uno por naturaleza, por creación. Dios es Padre de todos los hombres por Creación.

Pero el género humano no es uno por Gracia, porque no todos los hombres viven en la Gracia dada por Cristo Jesús. Y, por tanto, Dios no es Padre de todos los hombres por Gracia.

Si no se tiene claro esto, entonces la gente empieza a decir sus herejías en la Iglesia.

Ni los paganos, ni los judíos, ni los protestantes, ni los musulmanes, ni los budistas, ni ningún hombre que no viva en Gracia está dentro de la Iglesia Católica y, por lo tanto, puede salvarse.

Los judíos no se salvan, porque siguen sus leyes antiguas. Y esas leyes están revocadas: “La primera consideración es que las ceremonias de la ley mosaica fueron derogadas por la venida de Cristo y que ya no pueden ser observadas sin pecado después de la promulgación del Evangelio” (Papa Benedicto XIV, Ex quo primum, # 61, 1 de marzo de 1756).

Si los judíos quieren seguir sus ceremonias de la ley mosaica, entonces no pueden llegar a la vida eterna, porque no pueden pertenecer a la Iglesia Católica porque ésta se rige por la ley de la Gracia. Lo anterior a Cristo, no sirve para salvarse. Cristo ha puesto su ley, su doctrina, y ésta es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles [cf. 1 Cor. 1, 23].

Los judíos, para salvarse, tienen que dejar sus leyes antiguas y vestirse del hombre nuevo de la Gracia. Si no hacen eso, quedan en lo viejo, en lo que Cristo abolió en la Cruz: “Y, en primer lugar, con la muerte del Redentor, a la Ley Antigua abolida sucedió el Nuevo Testamento (…) en el patíbulo de su muerte Jesús abolió la Ley con sus decretos (Ef. 2,15) (…) y constituyó el Nuevo en su sangre, derramada por todo el género humano. Pues, como dice San León Magno, hablando de la Cruz del Señor, de tal manera en aquel momento se realizó un paso tan evidente de la Ley al Evangelio, de la Sinagoga a la Iglesia, de lo muchos sacrificios a una sola hostia, que, al exhalar su espíritu el Señor, se rasgó inmediatamente de arriba abajo aquel velo místico que cubría a las miradas el secreto sagrado del templo. En la Cruz, pues, murió la Ley Vieja, que en breve había de ser enterrada y resultaría mortífera…”( Papa Pío XII, Mystici corporis christi, #s 29-30, 29 de junio de 1943).

La muerte de Cristo en la Cruz abrió una nuevo camino para todo hombre: el camino de la Gracia. Y, por tanto, sólo viviendo la Gracia es posible que los hombres se unan en un solo Espíritu. Sin la Gracia, no se puede dar la mano a ningún hombre, porque, aunque somos uno por naturaleza, no así por gracia. La Gracia divide el género humano; pone un doble sendero que todo hombre tiene que elegir: el camino de la verdad y el camino de la mentira. Dios caminos totalmente contrapuestos. Y cada hombre tiene que elegir uno. El camino de la Verdad lleva a la Vida Eterna; el camino de la mentira lleva al infierno.

Jesús ya ha puesto el Camino para el hombre. Hay una camino que salva, pero Jesús no obliga a ningún hombre a recorrer ese camino. Jesús, en ese Camino, ha puesto Su Iglesia. Luego, las demás iglesias, las demás religiones, los demás credos que tienen los hombres ya no les sirven para salvarse. Los hombres, si quieren salvarse, tienen que dejar sus iglesias, sus credos, sus religiones, y entrar en la Iglesia de Cristo. Si no dejan sus ritos, sus cultos, sus desviaciones, no pueden estar en la Iglesia Católica.

“Pero entre los miembros de la Iglesia, sólo se han de contar de hecho los que recibieron las aguas regeneradoras del Bautismo y profesan la verdadera fe y ni se han separado ellos mismos miserablemente de la contextura del cuerpo, ni han sido apartados de él por la legítima autoridad a causa de gravísimas culpas. Porque todos nosotros —dice el Apóstol— hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo, ya seamos judíos, ya gentiles, ya esclavos, ya libres [1 Cor. 12, 13]. Así, pues, como en la verdadera congregación de los fieles, hay un solo cuerpo, un solo Espíritu, un solo Señor y un solo bautismo; así no puede haber más que una sola fe [cf. Eph. 4, 5]; y, por tanto, quien rehusare oír a la Iglesia, según el mandato del Señor, ha de ser tenido por gentil y publicano [cf. Mt. 18, 17]. Por lo cual, los que están separados entre sí por la fe o por el gobierno, no pueden vivir en este cuerpo único ni de este su único Espíritu divino” (PIO XII – De la Encíclica Mystici corporis, de 29 de junio de 1943).

Hay muchos hombres que están separados de la Iglesia por la fe o por el gobierno. Muchos hombres profesan su fe, sus credos, sus creencias, sus ideas religiosas, sus filosofías, y eso les impide tener la Fe en Cristo. Porque la fe es un don de Dios, no es algo que pertenezca al hombre o que el hombre pueda adquirirlo por su inteligencia humana. El hombre tiene que despojarse de sus creencias para tener la fe en la Palabra de Dios. El hombre tiene que abandonar su iglesia para estar en la Iglesia de Cristo. Sólo la Iglesia fundada por Cristo salva. Las demás condenan al hombre.

Hay muchos hombres que tienen sus gobiernos, que se rigen según sus guías, en lo humano, en lo espiritual, en lo económico, etc. El gobierno de la Iglesia es divino, no humano, no espiritual, no cultural, no material, no natural. Los que quieran pertenecer a la Iglesia tiene que dejarse gobernar por Dios en sus vidas humanas. Hay muchas políticas que impiden pertenecer a la Iglesia. Hay muchos partidos políticos que son obstáculo para pertenecer a la Iglesia. Hay muchas organizaciones, como la masonería, que son impedimento para ser de la Iglesia.

“Nadie piense que le es lícito por causa alguna dar su nombre a la secta masónica, si tiene la profesión de católico y la salvación de su alma en la estima que debe tenerla. Ni engañe a nadie una simulada honestidad; puede, en efecto, parecer a algunos que nada exigen los masones que sea contrario abiertamente a la santidad de la religión y de las costumbres; mas como la razón y causa toda de la secta está en el vicio y la infamia, justo es que no sea lícito unirse con ellos o de cualquier modo ayudarlos…”( León XIII – De las sociedades secretas – De la Encíclica Humanum genus, de 20 de abril de 1884).

Muchos en la Iglesia Católica pertenecen a la masonería o a grupos o clubs masónicos. Y son sacerdotes y Obispos, muchos de ellos, que, después, siguen haciendo sus ministerios en la Iglesia como si nada pasara. Y esas sectas están excomulgadas por la Iglesia:

“a fin de que no haya lugar a error cuando haya de determinarse cuáles de esas perniciosas sectas están sometidas a censura, y cuáles sólo a prohibición, cierto es en primer lugar que están castigados con excomunión latae sententiae, la masónica y otras sectas de la misma especie que… maquinan contra la Iglesia o los poderes legítimos, ora lo hagan oculta, ora públicamente, ora exijan o no de sus secuaces el juramento de guardar secreto”( León XIII – De las sociedades secretas – De la Instrucción del Santo Oficio de 10 de mayo de 1884).

Luego, si algún sacerdote u Obispo o fiel pertenece a un club o grupo masónico, entonces está fuera de la Iglesia, se excomulga a sí mismo, por su pecado. Y lo que hace en la Iglesia es sólo puro teatro. Ni consagra, ni perdona los pecados, ni puede hacer ninguna obra con la gracia (= no puede recibir los Sacramentos). Está impedido por la excomunión. No sólo por el pecado grave, sino porque la excomunión significa que la persona pierde el derecho a ejercer la Gracia. Tiene el sello del Bautismo, pero no es hijo de Dios por Gracia: no puede obrar como hijo de Dios. La excomunión lo impide. Y, aunque confiese su pecado, queda la excomunión. Son dos cosas distintas. El pecado se quita por el Sacramento de la Penitencia; pero la excomunión sólo la puede quitar el Obispo. La excomunión imposibilita que la gracia actúe, así se confiese el pecado.

Muchas almas van a la masonería y, después se arrepienten y se confiesan, pero queda la excomunión. Hasta que un Obispo no levante la excomunión, la Gracia no puede actuar, así se haya confesado de su pecado.

Hay pecados que, por su gravedad, exigen la excomunión de forma inmediata, como el aborto, la masonería. Y no basta confesarse, hay que quitar la excomunión.

Hoy día vivimos una Iglesia de excomulgados: de gente que obra su teatro en la Iglesia y, después, asiste a reuniones masónicas o a ritos de judíos u a otras cosas.

Un ejemplo de eso es Francisco, que además de ser hereje, de poner una herejía en su panfleto comunista, pertenece a los masones: “Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada” (Evangelii gaudium, n. 247).

Este hombre, podrá ser un buen hombre para muchos, con su sonrisa, con su sentimentalismo añoñado, pero está excomulgado de la Iglesia Católica. Es hereje y no pertenece a la Iglesia Católica. Y, por tanto, como es jefe en Roma, ha iniciado su nueva iglesia, que no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo Jesús.

Y quien siga a Francisco sale de forma inmediata de la Iglesia Católica. Es muy grave lo que tenemos en Roma y nadie se ha dado cuenta. El tiempo dará la razón a aquellos que viven de la Verdad y ven el desastre que en Roma se está dando.

Cristo no está divido. Son los hombres los que dividen a Cristo, dividen la Verdad, que es Cristo. Hacen de la Verdad su propio negocio en la Iglesia, que es lo que vemos con Francisco: ¡cómo le gusta parecerse un santo, que no ha roto un plato en su vida, y después sólo saber descargar su odio contra la Iglesia: “En algunos hay un cuidado ostentoso de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia, pero sin preocuparles que el Evangelio tenga una real inserción en el Pueblo fiel de Dios y en las necesidades concretas de la historia” (Evangelii gaudium, n. 95). Estas palabras revelan su odio a la Verdad.

Todo Obispo tiene que tener un cuidado exquisito en la liturgia, porque el sacerdote es otro Cristo y, por tanto, el prestigio de la Iglesia es la Eucaristía. Y aquel que no cuide la Eucaristía destroza la Iglesia con su publicidad, como hace Francisco. Es mejor cuidar la Eucaristía que cuidar la historia de los hombres. Porque la hombres no se salvan por su historia, sino por su culto a la Eucaristía. Francisco no es otro cristo, sino otro hombre más que prefiere el mundo a la Vida Eterna. Y bien lo ha demostrado todo este tiempo en la Iglesia. Un maldito que llama a los malditos a arruinar la Iglesia, a desbaratarla como lo están haciendo ya, y que nadie lo ve, porque trabajan en lo oculto.

Quien comulgue con Francisco se condena, no puede hallar la salvación de su alma. Si los hombres quieren salvarse, hoy día, tiene que oponerse rotundamente a Francisco o a quien lidere esa iglesia en Roma. Porque Francisco es sólo un peón más de la masonería. El que sucede a Francisco es el tremido. Si Francisco da cariñitos a la gente y les habla de una falsa esperanza, el que viene pone la Iglesia paras arriba y no da esperanza a nadie, sino odio y turbación.

El gran daño que ha hecho Francisco en la Iglesia

gobiernovertical

La Iglesia de Cristo tiene un gobierno vertical, es decir, quien gobierna la Iglesia es Su Rey: Cristo Jesús. Él es la Corona de la Iglesia, es el Rey de cada alma y es el que guía a toda la Iglesia, a Su Cuerpo Místico, hacia la Plenitud de la Verdad.

Jesús murió por cada hombre. No murió por la humanidad, no murió por un conjunto de hombres, ni por una comunidad, ni por un país, ni por una familia.

La muerte de Jesús es por cada alma en particular, porque así es su amor: amor por cada una de sus almas ya que han sido creadas por Él.

Jesús salva a cada alma, no salva ni a la sociedad, ni a los países, ni a las familias, ni a las comunidades, ni a la humanidad.

La salvación se dirige a cada alma. Y, por tanto, el alma se salva siguiendo a Jesús, el camino que Él ha puesto para conseguir esa salvación.

La salvación Jesús la obra como Sacerdote Eterno y, por tanto, nadie se puede salvar sin el Sacerdote, que es Cristo Jesús.

Nadie puede buscar la salvación en un hombre, en una idea política, en una filosofía, en un grupo social, en una comunidad de base, etc.

La salvación el Sacerdote la obra: Jesús hizo la Obra de Redención. Sin esa Obra, el hombre hubiera seguido igual, en su pecado y, condenándose por su pecado.

Cada alma se salva porque tiene un sacerdote que obra la misma Obra Redentora de Jesús. Si el sacerdote no obra esta Obra, condena al alma, junto con él, al infierno.

La salvación no está en pertenecer a una comunidad, a una estructura de la Iglesia, a un pueblo que cree, ni siquiera a una familia cristiana.

La salvación se realiza formando las almas con el sacerdote, que las salva, el Cuerpo Místico de Cristo.

Y ¿cómo se realiza ese Cuerpo Místico? En la obediencia a la Verdad, que es Cristo Jesús. La Obediencia forma la Iglesia.

La Iglesia es Cristo Jesús. Y no es otra cosa sino sólo Cristo.

Muchos se equivocan diciendo que Jesús ha dado al hombre la capacidad de ser Dios (por el Bautismo) y, por tanto, la de actuar como si Dios quisiese las obras de los hombres. Por el hecho de que Jesús lo ha regenerado todo, también la humanidad ha sido regenerada totalmente. Y, por eso, éstos no pueden comprender que la Iglesia sea sólo Cristo Jesús, ni tampoco que la Verdad sea sólo Cristo Jesús. Hay otras verdades en el mundo, en los hombres, porque Jesús lo ha hecho todo nuevo. Y, por eso, hay que abrirse a todos los hombres porque en ellos también hay una verdad.

La Iglesia nació en la muerte de Cristo. Cuando el soldado le abrió el costado, ahí tuvo origen la Iglesia. Por eso, la Virgen María ofrece al mundo y al hombre la Iglesia, al tener entre sus brazos a Su Hijo muerto. La Iglesia está en los brazos de María en la Cruz, al igual que Ella sostuvo a Su Hijo en su nacimiento.

María fue Madre de Dios en Belén, y tuvo a Jesús vivo en sus brazos; pero María fue Madre de la Iglesia en el Calvario, y tuvo a Jesús muerto en sus brazos.

La Virgen María dio al mundo a Jesús y a su Obra, que es la Iglesia. Lo ofreció a los hombres si quieren salvarse.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. Es de Dios y la forma Dios. En la muerte de Cristo, nace la Iglesia. Nace en el dolor de una Madre y en el sacrifico de Su Hijo. La Iglesia nace en el dolor, en la muerte, cuando, entre los hombres sólo hay odio hacia Dios y hacia Su Hijo.

Y, en esa muerte de Jesús, se inicia la salvación del hombre. Entre los brazos de la Madre está la salvación del hombre. Pero de cada hombre, no de la humanidad, no de las familias de los hombres, no de los países, no de ninguna cultura o raza de lo hombres.

La Iglesia nace cuando los Apóstoles no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, por haber negado a Cristo. Sólo dos almas pertenecen a la Iglesia en ese momento: la Virgen, como Reina, y San Juan, como el Apóstol del Amor. Los demás, vivían en sus pecados. Y es sólo la Virgen María la que presenta, desde el Calvario, la Iglesia a toda la humanidad. La presenta teniendo entre sus brazos a Su Hijo muerto, porque ese Hijo muerto es la Iglesia.

La Iglesia no nace en Pentecostés. Ahí sólo se da a la Iglesia Su Espíritu para que pueda obrar la Voluntad de Dios, porque sin Espíritu no hay obras en la Iglesia, no se hace nada en la Iglesia.

La Iglesia no existe antes de la muerte de Cristo. Cristo, que es la Iglesia, hasta que no muere, no puede iniciar la Iglesia. Cristo prepara a los suyos para la Iglesia, pero no hace Iglesia, no forma ninguna Iglesia, ninguna comunidad, porque, antes había que hacer la Obra de la Redención, que era morir por todos los hombres en la Cruz. Sin esa Obra, sin esa muerte, no se inicia la Iglesia.

Por eso, muchos se equivocan al poner la Iglesia en lo que hacía Jesús con sus discípulos. No han entendido lo que es la Redención de los hombres. Jesús es Rey de los hombres en la Cruz. Y lleva a todos sus discípulos a la Cruz. Y allí inicia la Iglesia: en la muerte en Cruz. La Vida se da en la muerte. Sin el sufrimiento no hay amor que salve al hombre. Sin penitencia no hay Cielo para el hombre. Sin dolor no hay Gloria para el hombre.

Aquellos que no quieran la Cruz, el camino de la Cruz, entonces forman su propia iglesia, sus propias comunidades, que no salvan.

Cristo murió, pero resucitó de entre los muertos. Y el tiempo de Su Resurrección, antes de Su Ascensión, es para formar Su Iglesia. Cristo inicia su Iglesia en la muerte de Cruz, pero no está formada. En la Cruz, Él y Su Madre son la Iglesia. No hay nadie más. Ni siquiera San Juan era Iglesia, a pesar de que no había pecado. San Juan todavía no puede obrar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, hasta que Jesús no la inicie en Pedro.

Porque se pertenece a la Iglesia en la Roca de la Iglesia. No se pertenece a la Iglesia porque no se tenga pecado o porque se hace una cosa buena entre los hombres.

Cristo es la Roca de la Iglesia. Por eso, Él es la Iglesia. Y sólo Él. No hay ningún hombre más. Con Cristo, Su Madre, por Voluntad Divina, está en esa Roca. Pero, los demás, no pertenecen a la Iglesia, aunque sean discípulos, apóstoles, sacerdotes, Obispos. Se pertenece a la Iglesia porque se obedece a la Roca, que es Cristo, a la Verdad, que es Cristo.

Y, como los hombres siempre necesitan de un hombre para obedecer, por eso, Cristo puso a Pedro en esa Roca. Y sólo a Pedro. Pero lo puso en el tiempo de Su Resurrección, no antes.

Y se pertenece a la Iglesia porque se obedece a Pedro. Cristo Jesús, que es el Rey de la Iglesia, sólo guía a Su Iglesia a través de Pedro. No la guía de otra manera. Por eso, el gobierno de la Iglesia es vertical: Cristo Jesús y Pedro. Los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Se es Iglesia porque se obedece a Pedro. Se hace la Iglesia porque se obedece a Pedro. El alma se salva en la Iglesia porque obedece a Pedro.

La salvación no está en la comunidad, como hoy se predica. Una comunidad que cree no se salva. Un pueblo de Dios que cree no se salva. El alma se salva porque obedece a la Verdad, que es Jesús. Y Jesús ha puesto Su Iglesia, que es la Obra de la Verdad. Quien obedece a la Iglesia entonces está obedeciendo a Cristo. Quien no la obedece, no es de Cristo.

En la Iglesia están todas las verdades que el hombre tiene que aceptar si quiere salvarse. Ese aceptar es obedecer a Cristo, como Rey de la Iglesia. Y se aceptan esas verdades obedeciendo la cabeza de la Iglesia entre los hombres, que es el Vicario de Cristo. Quien no obedece al Vicario de Cristo no obedece a Cristo, y no es Iglesia, no forma la Iglesia y no se salva.

Aquel Obispo, aquel sacerdote que no obedezca al Vicario de Cristo, no es Iglesia, no forma Iglesia y, por tanto, no se le puede obedecer, no se le puede seguir, porque la Iglesia es Cristo, no el pensamiento de un hombre, sus opiniones, etc.

Los fieles, en la Iglesia, tienen que obedecer a los sacerdotes; éstos a los Obispos; éstos al Papa. Es una Jerarquía, no es una igualdad. Es una verticalidad, no es una horizontalidad.

Aquel que quite el gobierno vertical en la Iglesia de Cristo y ponga un gobierno horizontal, automáticamente sale de la Iglesia de Cristo y comienza a formar su nueva iglesia. Porque la Iglesia es sólo Cristo. Y Cristo ha puesto su gobierno vertical. Y nadie tiene derecho a quitar lo que Cristo ha puesto en Su Iglesia, porque ese gobierno vertical es la Verdad en la Iglesia. Quien quita una Verdad en la Iglesia, deja de pertenecer a Ella. No es que se oponga a una Verdad, sino que la suprime. Eso hace que la persona comience una nueva iglesia al quedar excomulgada en la Iglesia por su pecado.

Por eso, lo que ha hecho Francisco no tiene nombre: es su pecado. Un pecado que lo ha llevado fuera de la Iglesia. Su mismo pecado, porque ese pecado ha suprimido una verdad en la Iglesia. Y Francisco mantiene ese pecado. Es su orgullo. Y lo justifica, lo ensalza, lo aplaude en medio de la Iglesia. Su pecado es su nueva iglesia. Lo que él predica es su evangelio, es su fe, es su doctrina en su nueva iglesia, pero no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo, con el Evangelio de Jesús, con la doctrina de Cristo.

Jesús ha puesto la Verdad del gobierno vertical, que consiste en esto: enseñar la Verdad, guiar con la Verdad y santificar en la Verdad. Son los tres poderes que tiene la Jerarquía en la Iglesia: gobernar, enseñar y santificar. Y estos tres poderes vienen de Cristo, porque Cristo es Maestro, Rey y Sacerdote: «En efecto, ¿qué pretendió, qué quiso Jesucristo al haber fundado o al ir a fundar la Iglesia? Ciertamente esto: Transmitir para su continuación en la Iglesia la misma misión y el mismo mandato, que El había recibido del Padre. Había decidido claramente que se debía hacer esto, y esto hizo en realidad.»( LEON XIII (ASS 28,712)).

Y esto tres poderes nacen de una obediencia: «En efecto Pedro, en virtud del Primado, no es sino el Vicario de Cristo, y por ello se da solamente una sola Cabeza primordial de este Cuerpo, a saber Cristo: el cual no dejando de gobernar por sí mismo de un modo ciertamente misterioso la Iglesia, sin embargo gobierna esta misma Iglesia de un modo visible por medio del que hace las veces en la tierra de su persona… constituyendo Jesucristo y su Vicario solamente una sola Cabeza» (Encíclica «Mystici Corporis», de PIO XII Le., 211; cf. D 468; cf. 1.c., 227-242).

Quien quite el gobierno vertical, quita la sola Cabeza de la Iglesia, por la cual gobierna Cristo. Y inicia una nueva iglesia, sin Cristo.

Muchos no han caído en la cuenta del gobierno horizontal de Francisco, lo que significa: es iniciar una nueva iglesia que no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo. Por eso, Francisco hace su teatro en Roma, porque tiene que hacerlo. Tiene que engañar a muchos para que se vayan a su nueva iglesia.

Francisco ha constituido su nueva iglesia en Roma, no fuera de Roma. Dentro de la misma Iglesia. Esto es lo trágico. Ésta ha sido la jugada del demonio. Por eso, a Francisco sólo se le puede llamar maldito. Es que no tiene otro nombre. Sólo un maldito engaña así a toda la Iglesia. Y la sigue engañando. Sigue predicando su doctrina de la fraternidad, que es lo que se da en su nueva iglesia. Por eso, él prédica que nadie se salva sin comunidad, que el Bautismo nos convierte en un solo Cuerpo de Cristo (cf. 15 de enero de 2014). Francisco pone la salvación en la comunidad, en la recepción de unos sacramentos. Y dice esto sólo por su doctrina de la fraternidad: como somos todos hermanos, entonces hay que dar testimonio de una amor que nos salva, de la belleza de ese amor, aunque tengamos pecados. Francisco nunca predica del sacrificio de Cristo y de las exigencias que el que ama a Cristo tiene en la Iglesia. Nunca. Sólo pone su amor fraterno como único vehículo para salvarse.

El alma se salva por el sacerdote, por su Pastor, no por la comunidad, no por la Iglesia. Si ese Pastor no obedece al Vicario de Cristo, el alma se condena. Por eso, un fiel no puede dar la obediencia a un Pastor que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no, ese Pastor, le lleva al infierno.

Un sacerdote no puede obedecer a un Obispo que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no ese Obispo lleva al sacerdote al infierno.

Un Obispo no puede obedecer a un Vicario de Cristo que no obedezca a Cristo, porque si no ese Vicario de Cristo lo lleva al infierno.

Jesús puso su Vicario en 2005, cuando murió Juan Pablo II: el Papa Benedicto XVI. Y ese Vicario es hasta la muerte, hasta que muera Benedicto XVI. Si renunció, si lo jubilaron, eso no importa para Cristo Jesús. La Iglesia sólo tiene una Cabeza. Y sólo se puede seguir a esa Cabeza. Como el Papa Benedicto XVI no quiere ser cabeza, entonces la Iglesia es sólo regida por Cristo Jesús. Luego, no hay que obedecer a nadie en la Iglesia, porque no hay Cabeza, no hay gobierno vertical. Hay una división en la Cabeza. Y esto es lo más grave que podemos observar ahora.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha establecido su nueva iglesia, con su nueva doctrina, con su nuevo evangelio. Y, por eso, no interesa lo que hace Francisco, ni lo que dice, porque no tiene el Espíritu de Pedro. Y su pecado lo coloca fuera de la Iglesia de Cristo. Él mismo se ha ido de la Iglesia de Cristo.

Hay que combatir a Francisco. Y punto. Pero no hay que hacerle el juego. No hay que besar su trasero. Francisco no es Papa, no es Vicario de Cristo, no es Obispo. No es nada. Es una imagen del Papa, una figura del Vicario de Cristo, una estatua de Obispo. Es algo sin vida, sin valor, sin bien divino. Es una miseria humana. Es un tonto vestido de Obispo. Es uno que se cree santo porque habla del amor fraterno. Es uno que ha puesto su locura en medio de la Iglesia: resolver la hambruna del mundo. Es uno que sólo dice herejías tras herejías, todos los días. Y se levanta con ellas y se acuesta entre ellas.

Como Francisco, la historia de la Iglesia, nos da a muchos Obispos que quisieron ser Papas. Y lo fueron por poco tiempo, mientras hacían en la Iglesia su negocio. Pero Francisco no es como los anteriores Obispos que codiciaron el poder y el dinero en la Iglesia, porque los antipapas o los falsos papas, nunca quitaron el gobierno vertical. Nunca suprimieron una verdad en la Iglesia. Y, por eso, la verdad se mantuvo en la Iglesia, porque se quita al pecador de la cabeza y continúa la verdad.

Pero, cuando se quite a Francisco de su negocio en la Iglesia, continuará la herejía en la Iglesia, porque falta una verdad: el gobierno vertical. Éste es el gran daño que ha hecho ese idiota en la Iglesia.

Lo que habla Francisco son sus idioteces, pero queda su obra: la división en la cabeza de la Iglesia. Y, por esa división, no hay unidad en la Iglesia. Por eso, todo el mundo sigue las opiniones de Francisco, pero nadie sigue la Verdad, que es Jesús en la Iglesia. Esto es lo trágico, que nadie ha meditado.

Éste es el pecado de Francisco. Y, por eso, su nueva iglesia no es la Iglesia de Cristo. No hay que engañarse de las cosas que pueda hacer para tener contento a los demás: si celebra al oriente, si canoniza a algún santo u otras cosas que se hacen para dar la impresión de que se está en la Verdad.

Francisco es un lobo vestido de piel de oveja y, por tanto, no puede obrar ninguna verdad en la Iglesia. Todo está programado, todo está adulterado, todo es una comedia, para poder dar el golpe que trae la segunda división en la Iglesia.

Sólo el Papa Benedicto XVI es la Voz de Cristo en la Iglesia

evangelio

La Iglesia ha sido fundada sobre Pedro y, por tanto, nunca Pedro puede sentirse libre de responsabilidades porque el gobierno de la Iglesia está pendiente de sus decisiones.

Lo que decida Pedro en la Iglesia marca a la Iglesia siempre.

El Papa Benedicto XVI decidió renunciar, entonces el gobierno de la Iglesia no existe, no se puede dar, no se puede ejercer con la Autoridad de Dios. Se obra con una autoridad humana, postiza, figura de la de Dios.

La renuncia del Papa Benedicto XVI cerró la puerta a la Verdad en la Iglesia, porque sólo Pedro es la Verdad en la Iglesia. Él da la Verdad, que es Jesús, porque es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Y no hay otra Voz en la Iglesia sino el Papa Benedicto XVI, verdadero Papa hasta la muerte.

Francisco se subió al poder como antipapa y cristalizó su gobierno como anticristo. Francisco no es el Papa de la Iglesia Católica, sino la cabeza de una nueva iglesia levantada en Roma, imponiendo al Papa Benedicto XVI la renuncia a su vocación divina en la Iglesia.

Francisco se sentó en la Sede de Pedro por imposición, no por elección divina. Fue impuesto, no fue elegido. Los Cardenales, en el Cónclave votaron para elegir a un Papa, pero todo fue un engaño más de la masonería de la Iglesia.

La masonería eclesiástica impuso un antipapa para dar comienzo a la destrucción de la Iglesia Católica. Y este antipapa, llamado a ser el primero de muchas cabezas en la Iglesia, ha dado -a la Iglesia- durante diez meses lo que es.

Francisco no sólo es un antipapa, uno que va en contra del papa, sino –también- un anticristo, un hombre sin el Espíritu de Cristo, sin el Espíritu de la Iglesia, sin el Espíritu Santo. Ha dado lo más contrario al Espíritu: su humanismo.

Lo que sucede en la Iglesia es lo que hizo el Papa Benedicto XVI al renunciar: dejó abierta, de par en par, la puerta para que entre el Anticristo en Ella.

Ése fue el obstáculo removido, pero no totalmente, porque la Iglesia es Cristo y Su Vicario. Y hay que remover los dos para que el obstáculo quede, de forma plena, quitado en la Iglesia y pueda aparecer el Anticristo.

Se ha quitado el centro de la verdad y de la fe, que es el Papa, el que da la unidad a toda la Iglesia. El que conserva la sana doctrina de Cristo en la Iglesia. El que gobierna en la unidad de la Verdad.

Pero no es suficiente quitar a Pedro. Es necesario quitar a Cristo. Y la única manera de hacerlo es con anticristos, es decir, con hombres vestidos de piel de oveja (= sacerdotes, Obispos, Cardenales) que asumen el gobierno de la Iglesia, no como Papas, sino como jefes de la Iglesia, para un fin: liquidar todo el dogma en la Iglesia. Y, quitado el dogma, se quita a Cristo de la Iglesia.

Cristo es la Verdad: la única manera de destruir toda la Iglesia es destruyendo toda la verdad, todo el dogma, que no quede nada.

Pero la Verdad en la Iglesia es una unión irrompible, es decir, todas las verdades en la Iglesia, todos los dogmas, están unidos, conexos unos a otros. De tal manera, que se quita un dogma y caen todo lo demás.

Se ha quitado el dogma del Papado, luego también se ha quitado toda la Verdad, todos los dogmas. Y eso es una realidad, porque hay Cardenales del gobierno horizontal de la iglesia de Francisco que ya anulan verdades en la Iglesia. Ya no existe el infierno, ni el purgatorio, ni el sacerdocio, ni el pecado original, ni el Misterio de la Santísima Trinidad, ni la Eucaristía. Hay sacerdotes, Obispos que ya predican que no existen verdades, dogmas en la Iglesia. Y lo hacen abiertamente, sin oposición, sin que nadie de la Jerarquía se oponga a ello.

Se sube al poder de la Iglesia un antipapa, como Francisco, y anula el dogma del Papado con la aprobación de toda la Iglesia, entonces, la consecuencia es clarísima: no hay dogmas en la Iglesia en la realidad, ya no ocultamente, como desde hace 50 años.

Que nadie espere un documento que diga que ya no existen dogmas. Así no se hace el cambio en la Iglesia. Se destruye la Iglesia de Cristo en la práctica, obrando la mentira sin oposición de nadie y con el aplauso de todos. Una vez que se hace eso, viene un documento oficial dando leyes y normas para implantar esa mentira que ya todos viven.

Esto fue el juego del demonio durante 50 años en la Iglesia, pero fue de forma velada, encubierta, poco a poco, dejando caer la mentira y haciendo que todos la vivan sin más. Pero, ahora, la cosa es pública, a la vista de todo el mundo. Y lo grave es que nadie se opone a ello, todos aplauden a un hereje en la Iglesia. Todos lo llaman Santidad, cuando ha dado muestras de que es un demonio.

La situación de la Iglesia es gravísima: esta no es la Iglesia de Cristo. No puede ser eso que se han inventado en Roma la Verdad de la Iglesia. Quien tenga un poco de vida espiritual, ve la mentira en Francisco y en los que lo siguen a ciegas. No puede ver la Verdad, no puede ver a Cristo ni en Francisco ni en sus seguidores.

Es altamente perjudicial para la Iglesia lo que habla Francisco y lo que hablan todos los que lo siguen. De un hereje no se puede tener un camino en la Verdad. Un mentiroso sólo obra la mentira. Uno que sólo busca ser popular en el mundo, entonces ése es del mundo, no puede ser de la Iglesia de Cristo.

¡Qué pocos en la Iglesia viven su fe! ¡Qué pocos viven mirando a Cristo! ¡Cuántos hay que comulgan con el mundo y obran en la Iglesia lo del mundo!

El gobierno horizontal instalado en Roma es el negocio de la nueva iglesia. Un negocio redondo para el Anticristo. Son los nuevos fariseos, escribas, legistas, doctores, que se llena de frases bonitas para arruinar a la Iglesia.

Es triste comprobar cómo hay muchas almas que esperan algo del gobierno horizontal, algo bueno. ¡Pero si son todos unos herejes! ¿Cómo pueden dar y obrar la Verdad unos herejes? ¡Cuántas almas hay que no ven esto, que sólo esperan un absurdo! ¡Qué engañadas están por lo humano, por lo natural, por lo científico, por lo técnico, por lo material, de la vida! ¡Viven así, para su mundo, acomodados a todo lo humano! Por tanto, quieren una iglesia acomodada a su vida humana, que no les obligue a nada, que les divierta un poco en la vida, que les hable aquello que quieren escuchar. Y, por eso, les gusta tanto que les hablen de la misericordia de Dios y que Dios ama a todo el mundo. ¡Están encantadas con cualquiera que les hable bonito!

¡Pocos viven de fe en la Iglesia! ¡Muy pocos! Pero la culpa de esta situación, de este descalabro que vive toda la Iglesia, en todo el mundo, no sólo en Roma, es de la Jerarquía de la Iglesia: sacerdotes, Obispos, Cardenales.

La Iglesia vive mirando al mundo porque la Jerarquía lo ha hecho primero. La Jerarquía no se ha preocupado de luchar en contra del mundo, sino que se ha relajado totalmente para comulgar con el espíritu del mundo.

La Jerarquía es la que gobierna la Iglesia, es la que marca el camino a la Iglesia. Entonces, ¿hacia dónde va la Iglesia? Hacia su total destrucción. Si la Jerarquía no es santa, entonces es pecadora. Y el pecado trae la muerte, la aniquilación de toda verdad. Y quien está en la muerte no puede dar la vida a nadie. ¡Cuántos sacerdotes, Obispos, muertos espirituales, que siguen haciendo sus cosas en la Iglesia, sus ministerios, pero que no pueden dar la Vida en lo que hacen!

El sacerdote o el Obispo que apostata de la fe, no obra en la Iglesia ninguna fe, ningún sacramento, no puede dar ningún don, ninguna bendición de Dios. Porque ya no se trata de cometer un pecado mortal, que no impide dar los Sacramentos ni obrarlos. Se trata de vivir en el pecado y llamar a esa vida de pecado con el nombre de vida santa, vida que quiere Dios. Entonces, en este punto, no se da nada en la Iglesia, no se da la Vida, sino que se ofrece la muerte a las almas. Y, por eso, todo sacerdote u Obispo apóstata de la fe condena almas en la Iglesia, no puede dar el camino de la salvación ni el camino de la santificación a las almas porque tampoco lo buscan ellos.

Por eso, la situación es gravísima en la Iglesia: o se está con Cristo y, por tanto, en Su Iglesia, o se está con el Anticristo, y, por tanto, en la nueva iglesia en Roma.

Y cada alma tiene que elegir por sí misma estar en un sitio o en otro. Aquel que quiera el mundo, entonces que elija la nueva iglesia en Roma. Pero aquel que quiera la Verdad, entonces necesariamente tiene que dejar Roma, tiene que renunciar a una iglesia que no es la Verdadera.

Cristo puso Su Iglesia en Roma para siempre; por eso, la Iglesia es Romana. Pero eso no significa pertenecer a una Roma pagana, a una Roma que ha suplantado la Iglesia con una falsa iglesia. Y, por eso, hay que salir de Roma para atacar a Roma y conquistar de nuevo la plaza. Porque sólo se pertenece a la Iglesia, no a Roma.

Pero, para conquistarla de nuevo, tiene que ser por el camino del Espíritu. Y, por eso, es necesario irse al desierto y vivir allí hasta que el Espíritu marque el camino hacia Roma, hacia la Roma verdadera, no la pagana.

El problema de todos los hombres es que se quieren instalar en sus vidas humanas y ya piensan que no hay que moverse para ir al Cielo, para conquistar lo nuevo. Y la vida espiritual es una gran batalla continúa, en la que no es posible vivir en el acomodo de lo humano. Hay que estar saliendo continuamente de lo humano para ser de Cristo. Y quien no luche por salir de las medidas humanas, es imposible que sea de Cristo, que tenga la Voz de Cristo, que obre las obras de Cristo. Imposible. Sólo se es de Cristo en el despojo de todo lo humano. Y sólo se es del Anticristo en el apego a todo lo humano.

El Papa Benedicto XVI marcó el camino para la Iglesia: todos fuera de Roma. Su renuncia invita a alejarse de un lugar donde ya no está la Autoridad Divina para gobernar la Iglesia.

El Poder de Dios sólo permanece en el Papa Benedicto XVI. Por eso, Dios hace silencio en Su Iglesia, porque el verdadero Papa no habla, no gobierna, no enseña nada en la Iglesia.

Y sólo el Papa Benedicto XVI es la Voz de Cristo en la Iglesia. Y sólo hay que obedecer a esa Voz. Las demás voces son del demonio y, por tanto, hay que atacarlas, porque quien no ataque al enemigo, queda preso del enemigo.

La Iglesia tiene que salir de Roma para atacar a Roma. Los que están en Roma son los enemigos de la Iglesia, los enemigos de Cristo, los enemigos de la Verdad. Y no se puede jugar con fuego.

O se está con Cristo o se está con el Anticristo. Pero quien sirve a dos señores sólo se sirve a sí mismo en los dos. Sólo busca en los dos su propia conveniencia, su propio juego, su propio interés. Y una vida que no es vida, sino que ofrece un fruto prohibido, es la vida del demonio.

El demonio ofreció a Eva el fruto prohibido, y marcó el camino de la muerte en Eva. El demonio ha ofrecido el mismo fruto a la Jerarquía de la Iglesia y ha marcado el camino de la muerte en la Iglesia.

Y los que están en Roma ofrecen ese fruto prohibido a toda la Iglesia. Quien los siga se condena, va hacia la muerte segunda, en la que no es posible que se vuelva a la vida de nuevo.

Seguir a Cristo es seguir a su Vicario en la tierra: y sólo el Papa Benedicto XVI es el Papa verdadero hasta su muerte. Quien no lo siga se condena.

No se dan dos verdades en la Iglesia, no se dan dos Papas en la Iglesia. O hay un Papa, o hay un Papa y un antipapa. No existe en la Mente de Dios el Papa emérito. Sólo existe en la Mente Divina el Papa Verdadero.

No somos de la iglesia de Francisco

pantocrator

La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

Dos cabezas en la Iglesia

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“Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema” (CONCILIO VATICANO, 1869-1870 – SESION IV (18 de julio de 1870) – Constitución dogmática Ia sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 2. De la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices – Canon).

Pedro tiene perpetuos sucesores, es decir, siempre habrá un Pedro que gobierne la Iglesia de Jesús. Pero es a perpetuidad, para siempre, ab eterno, porque la Iglesia es Eterna, no temporal. Es un Reino que no acaba ni en el tiempo ni en el espacio. Va más allá de todo lo creado. Se dirige siempre hacia la Verdad que no tiene límites ni condiciones.

Si siempre hay un Pedro, entonces, se deduce, que Pedro tiene que ser hasta la muerte. Se es Pedro hasta morir. Y, en la muerte, se elige al sucesor de Pedro. Si no se hiciera así, entonces habría más de un Pedro en la Iglesia, más de una cabeza y eso va contra la misma Palabra de Dios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”.

La Iglesia es una sola. Luego, Pedro es un solo.

No puede haber un Papa y un Papa Emérito. No se da en la Iglesia de Jesús. Se da en la nueva iglesia de Roma, que ya ha dejado de ser la Sede Romana del Primado de Pedro. La Iglesia se sienta sobre Roma. Y, desde Roma, Pedro gobierna toda la Iglesia.

Hay dos Papas: la Iglesia desaparece de Roma. Porque la Iglesia está allí donde está Pedro. Y el Papa Benedicto XVI no gobierna la Iglesia. Un falso pastor gobierna la Iglesia. Luego, no hay Iglesia. Roma no es la Sede del Primado de Pedro. Roma no tiene Autoridad Divina para nada en la Iglesia. Tiene autoridad humana para gobernar su bodrio, que es la nueva iglesia, su falsa Iglesia en Roma.

Por eso, Roma se convierte en la Sede del Anticristo, en la sede de todas las herejías, porque el Anticristo no sólo combate una verdad, sino todas las verdades de la Iglesia.

Francisco reúne en sí todas las herejías, por ser un precursor del anticristo, pero no puede ponerlas en obra. Sólo las dice en sus homilías, en sus escritos, en sus declaraciones, y así actúa como falso Profeta, al mismo tiempo.

Pedro es hasta la muerte porque la sucesión de Pedro es a perpetuidad, para siempre. Y, por tanto, tanto Pedro como su sucesión sólo puede ser expulsada de Roma, pero no anulada.

Nadie puede anular a Pedro ni a sus sucesores. Todos pueden combatir a Pedro y a sus sucesores.

Pedro nunca cambia en la Iglesia. Su función es siempre la misma: ningún Obispo se puede igualar a Pedro; todos los Obispos reciben de Pedro la autoridad en la Iglesia por la obediencia a Él, por el sometimiento a Él, porque Pedro recibe su suprema autoridad de Cristo, no de ningún hombre; Pedro es el Vicario de Cristo, la Cabeza Visible de la Iglesia, el Juez Supremo de los fieles.

Francisco no es juez supremo de los fieles porque no quiere juzgar a nadie. Claramente, él no es Pedro, él no es Papa, él no es Vicario de Cristo, él no es Cabeza Visible de la Iglesia, sino cabeza visible de la falsa iglesia del demonio.

Y, ante las palabras de Francisco: “también debo pensar en una conversión del papado”, se concluye que Pedro ya no existe en la nueva iglesia de Roma.

Es imposible una conversión del papado. Son los Papas los que tienen que convertirse a la Verdad, no el Papado al mundo, a la mentira. Si se da esa conversión del papado, entonces se quita a Pedro de la Iglesia. No existe la reforma de la Iglesia, sólo existe la conversión de los pecadores a la gracia de la verdad.

No puede darse una autoridad para los Obispos sin Pedro, que es lo que quiere Francisco: “todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal”. Francisco va contra todo el dogma del Papado. Ningún Obispo tiene una auténtica autoridad doctrinal sin someterse a Pedro, sin la Obediencia a Pedro.

“La doctrina del Sínodo, por la que profesa: estar persuadido que el obispo recibió de Cristo todos los derechos necesarios para el buen régimen de su diócesis, como si para el buen régimen de cada diócesis no fueran necesarias las ordenaciones superiores que miran a la fe y a las costumbres, o a la disciplina general, cuyo derecho reside en los Sumos Pontífices y en los Concilios universales para toda la Iglesia, es cismática, y por lo menos errónea“ (PIO Vl, 1775-1799 – Derechos indebidamente atribuídos a los obispos- [Decr. de ord. § 25], n.6).

Toda la autoridad en la Iglesia reside en los Sumos Pontífices, en Pedro, porque el gobierno en la Iglesia es central, es único, es de una cabeza que lo da todo.

Querer dar autoridad a los Obispos, una autoridad autónoma, desprovista de la sujeción a la Cabeza, es destrozar todo el Papado, como quiere Francisco: “Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”.

Francisco se va del dogma, de la verdad sobre el Papado por seguir sólo el sentimiento de la dinámica misionera. Son dos cosas distintas: Pedro y la actividad misionera. La dinámica de las misiones nunca es razón para descentralizar el gobierno de la Iglesia.

Francisco cae en este error por este pensamiento: “el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

Pedro es la cabeza de la Iglesia, el que va delante de los ovejas, el que marca el camino a las ovejas. Nunca Pedro es el que va en medio, junto a las ovejas, o detrás, siguiendo a las ovejas o esperando a las retrasadas, que es así como piensa Francisco: “…a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados”.

Esta es la doctrina de un hereje que ya no quiere ser Pedro, que le importa muy poco la verdad de Pedro, que no ve la Iglesia como Jerarquía, como obediencia a la Verdad de la Palabra, sino que pone todo su empeño en hacer una Iglesia que salga a la calle, que sea del mundo, que sea la gente la que marque el camino. Francisco no quiere ser cabeza, quiere estar con el rebaño, quiere seguir al rebaño. Está diciendo: Pedro es una solemne tontería en la Iglesia.

Francisco se carga todo el Papado. Es lo que los hombres de la Iglesia no acaban de meditar, de ver, de vislumbrar lo que viene después de Francisco.

“Como el autor divino de la Iglesia hubiera decretado que fuera una por la fe, por el régimen y por la comunión, escogió a Pedro y a sus sucesores para que en ellos estuviera el principio y como el centro de la unidad… Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada. Para conservar debidamente la unidad de fe y comunión, no basta desempeñar una primacía de honor, no basta una mera dirección, sino que es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a que ha de someterse toda la comunidad…” (Leon XIII) – De la unicidad de la Iglesia- [De la Encíclica Satis cognitum, de 29 de junio de 1896]).

Pedro tiene el principio y el centro de la unidad. No es el pueblo ese principio, no es el pueblo el que gobierna la Iglesia. No es el pueblo que decide la Iglesia. Pedro nunca tiene que hacer caso al pueblo para mandar en la Iglesia. Sólo tiene que obedecer a Cristo. Y los demás, obedientes a Pedro. Si no se da esta obediencia a Pedro, entonces viene lo que quiere Francisco: todo “se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada”.

Francisco propone que el rebaño marque nuevos caminos. Luego, la nueva iglesia en Roma es un conjunto de hombres que sólo dan confusión y perturbación al mundo y a la Iglesia.Y esa Iglesia no es la de Jesús. La Iglesia de Jesús es la Verdad, la que da el resplandor de la Verdad.

Pedro no tiene que seguir al rebaño, a las modas de los hombres, a los avances científicos o técnicos, a las diversas filosofías o teologías llenas de errores, de mentiras, de falsedades, porque Pedro es el que marca el camino en la Iglesia.

La Iglesia y el mundo tienen dos cabezas totalmente diferentes, opuestas. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” [cf. Mt. 22, 21]. Y, por tanto, lo que vale en el mundo no vale en la Iglesia. Pero esto Francisco no lo entiende, porque es del mundo, no pertenece a la Iglesia. Lleva a la Iglesia a las calles, al mundo, a vivir bajo el poder del mundo sin la Verdad, sin el poder de Dios.

Por eso, su afán de que cada Obispado tenga su propia autoridad en la Iglesia, con lo cual se perturba totalmente el orden de las cosas, se oculta la verdad y se hace que los fieles caigan en la total oscuridad, donde no es posible la fe. A esto se quiere llegar: que cada Obispo mande sin depender de Roma, porque hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia. Y, entonces, la potestad de Pedro, que es suprema, universal y enteramente independiente, desparece por completo. Pedro es sólo una figura, un hombre que está en el gobierno de comodín, pero que no gobierna nada.

Un Papa Verdadero defiende siempre su propia autoridad en la Iglesia, constituida sólo por Dios, no por los hombres. Francisco no sale en defensa de esta autoridad de Pedro y, entonces, no es Papa, es una falsa cabeza que está puesta para destrozar la Autoridad de Pedro. Por eso, en su nueva iglesia en Roma, Francisco no gobierna. Son otros los que gobiernan. Francisco entretiene a las masas, como los hombres del mundo, como los famosos en el mundo, como la gente del mundo que sólo vive para buscar su felicidad aquí en la tierra. Pero Francisco no ha sido elegido para dar la Verdad, sino para destrozar cualquier Verdad en la Iglesia.

Su reinado es corto, muy corto, porque los enemigos de la Iglesia no perduran dentro de Ella. Pero las consecuencias de su reinado son irreversibles. Ya no se pueden cambiar, ya no hay marcha atrás. El daño ha sido hecho ya. Y las consecuencias se están viendo por todas partes. Hay una división en todo. Sólo se da la mentira que está con Francisco. Y aquel que quiere decir la verdad, que se opone a Francisco lo callan. Se ha dividido la Verdad, quitando el Papado. Ahora, viene la siguiente división: el amor. Y es cuando comenzará la persecución de aquellos que no acepten la mentira que predica Roma.

Y esto es lo que muchos no han comprendido todavía. Francisco se va cuando el mundo lo aplaude. Pero deja la destrucción de la Iglesia en germen, en la semilla que él ha puesto quitando a Pedro del gobierno de la Iglesia. Otro le sucederá, pero, también por poco tiempo, que continuará el destrozo de la Iglesia.

No se sostienen dos Papas en Roma, porque eso supone dos cabezas distintas, sin depender una de otra. Por eso, Benedicto XVI, si quiere seguir con vida, tiene que salir de Roma. Si se queda lo matarán, como han hecho con los otros.

Benedicto XVI molesta ahora a Roma, porque las almas se están despertando del sueño y miran al verdadero Papa, al que mantuvo la Iglesia en la Verdad, al que no inició su Pontificado con el modernismo en sus palabras, sino con la verdad en su boca.

Ahora, es necesario un cambio en toda la Iglesia. Dios ha dado tiempo para que las almas vean el error. Y, muchas almas, siguen con la venda en los ojos, bailando en torno a Francisco, reconociendo que ha hecho algo bueno, cuando es todo lo contrario. Y, por eso, la Iglesia ha despertado, pero sigue en su pecado. Sigue sin llamar a Francisco como lo que es: un hombre sin horizonte espiritual, un hombre para las masas, pero que no sabe dirigirlas, sólo sabe complacerlas. Por eso, es un pésimo gobernante. Sólo sabe pedir dinero, pero no sabe administrarlo para el bien de la Iglesia, ni siquiera para el bien de su alma.

Por eso, el mundo cambia cuando en la Iglesia se dé un cambio inesperado.

Obediencia ciega sólo a la Verdad

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Jesús: Escucha, Israel: El Señor Dios es tu Único Dios, sólo a Él darás culto. […] Mira que la adoración a otros dioses que no son tu Único Dios, trae consigo la perdición […]
Vuelvo Yo la vista a mi Pueblo y no le encuentro en su sitio. Mira que vuelvo la vista a mi Pueblo y en su interior ha habido una estampida. Y los sacerdotes fueron a presentar sus ofrendas a otros lugares. Cada uno, equivocado, vaga por ahí presentando holocaustos falsos a falsos dioses. Y en su puesto no veo a ninguno.
¡Espera!, ¡hay uno! Este es un sacerdote pobre, blanco y anciano, encorvado, que presenta el verdadero holocausto en la verdadera Iglesia. ¡No es la iglesia de satanás! Es la Iglesia de las catacumbas
” (Mensaje dado a Marga el 11 de marzo de 2002).

Obispos y cardenales, sacerdotes y fieles, van por el camino de la perdición, llevando con ellos muchas almas.

Dan culto a la mentira, al engaño, al dinero, al poder, al mundo. Y eso trae la perdición de las almas.

Porque la Iglesia se ha edificado sólo en el centro de la Verdad, que da a cada alma el camino para llegar a la vida que Dios quiere que se obre en la tierra por cada alma.

La Iglesia, dedicada a los asuntos espirituales, no deja los asuntos humanos para los hombres, sino que pone en todo lo humano la inteligencia de lo divino.

El que vive una vida espiritual obra en su vida humana lo contrario al mundo y a los hombres.

El error del humanismo, que lo tiene Francisco y los que le siguen, consiste en desvincular lo espiritual de lo humano, dando lugar a que lo espiritual sea sólo un recuerdo de las cosas santas, divinas, espirituales, pero no una vida, no un fin en la vida, no algo que marque la vida humana. Y se cae, entonces, en la adoración del hombre. Se da valor a lo humano sin lo divino, sin lo espiritual, sin lo religioso.

Y, por eso, todo el que sigue el error del humanismo tiene que abrirse al mundo y apartarse de Dios. Y, si está en la Iglesia, entonces hace de todo lo religioso, de su ministerio, de su apostolado, su negocio humano en el mundo y en la Iglesia.

Es lo que vemos en Roma, en el Vaticano, en tantos sacerdotes y Obispos que han dejado de ser sal, de guiar a las almas hacia la verdad de sus vidas, y sólo se centran en que las almas naden y busquen en todo lo mundano, profano, científico, humano, natural, de la vida, quitando, anulando, oscureciendo lo espiritual, lo divino, lo religioso.

Ante esta realidad que ofrece Roma a la Iglesia, no queda otra solución que seguir viviendo la Verdad de la Iglesia pero fuera de Roma, fuera del Vaticano, fuera del pensamiento humano de muchos sacerdotes y Obispos que, debido a su autoridad en la Iglesia, ponen a la Iglesia bajo un yugo que no se puede seguir: el yugo de lo humano que lleva al culto de lo humano.

La Jerarquía en la Iglesia está definida por ser Autoridad, no sólo por un orden entre los hombres, por una pirámide, en la que se obedece a una cabeza.

La Jerarquía viene de la palabra griega que significa autoridad, principio religioso, cabeza que ordena, que manda, que distribuye.

Y cuando esa Autoridad se pone Ella misma en contra de Dios, de la ley divina, de la ley natural, entonces se transforma en un imposición, en un yugo, en el cual no es posible la obediencia.

Sólo se da la obediencia a la Verdad. Y si la Autoridad, si el sacerdote, si el Obispo, si el Cardenal, si el Papa, no obedece a la Verdad, los demás no pueden obedecer a esa Jerarquía.

En la Iglesia, la obediencia no es al pensamiento de un hombre, sino al Pensamiento del Padre, a la Mente de Cristo, a la Inteligencia del Espíritu.

El Pensamiento Divino lo tiene siempre Pedro en la Iglesia. Y quien obedece a Pedro tiene el mismo Pensamiento Divino. Y quien no le obedece, sólo posee su propio pensamiento humano.

En la Iglesia, todo está en la Obediencia a la Verdad. Pedro y los demás tiene que obedecer a la Verdad, que es Jesús.

Y cuando uno de ellos no obedece a la Verdad, en los demás no hay obediencia, no puede haberla.

En las condiciones del hombre, en su pecado original, no puede darse la obediencia ciega a un hombre en la Iglesia. Y, aunque la gracia borre el pecado original, no quita la división que hizo en el hombre ese pecado. Y, por eso, sólo se da la obediencia ciega a la Verdad, que es Jesús. Por eso, en la Iglesia todos tienen el deber de discernirlo todo en el Espíritu, para ver dónde está la Verdad y obedecer sólo a los que siguen la Verdad.

Cualquier acto del Papa, de los Obispos, de los sacerdotes, de los fieles, hay que discernirlo en el Espíritu, para ver si ese acto está en la Verdad. Ese discernimiento no es un juicio al acto del Papa o de quien sea que lo realice. Es sólo ver que en ese acto no hay ninguna mentira, ningún engaño, que se da lo que Dios quiere en ese acto, que se da la Voluntad de Dios, el Pensamiento Divino. Y si no se da, no se puede seguir.

Juzgar los actos de un Papa o de un sacerdote o de un Obispo sin discernir primero la Verdad, es siempre condenar a la Jerarquía. El juicio que se hace con la mente no es un discernimiento espiritual, sino sólo racional, humano, natural. Y ese juicio es siempre un error en el hombre, nunca una verdad.

Para discernir en el Espíritu, hay que apartarse en la oración y pedir a Dios luz sobre ese acto que hace el Papa o quien sea. Y hasta no entender la Verdad, no se puede juzgar con la mente.

Una vez que se discierne espiritualmente, viene el juicio correcto de la mente. Y, entonces, nunca hay error en lo que se dice. Pero quien no discierne espiritualmente siempre se equivoca.

¿Por qué la Iglesia no discernió espiritualmente la renuncia de Benedicto XVI? Porque la Iglesia, la gran mayoría de las almas no tienen fe, no tienen vida espiritual, no saben hacer oración ni penitencia y, por tanto, no saben discernir espiritualmente. Consecuencia: todo se lo tragan, todo se lo engullen como si fuera una verdad que hay que seguir.

Quien no hace oración va en contra del primer mandamiento de la ley de Dios y peca. Y puede pecar grave o levemente, según sea el asunto. Y en la renuncia de Benedicto XVI el asunto es grave. Luego, si el alma no se recoge en oración para tratar ese asunto con Dios y ver la Verdad de todo eso, el alma peca gravemente. Y, en ese pecado, obedece a una mentira y se conforma con esa mentira.

Ya su inteligencia se oscurece y no puede juzgar rectamente lo que está pasando. Y, a raíz de ese pecado, con la inteligencia oscurecida, se cometen otros pecados.

Llega Francisco y se obedece a un hereje. Se la da una obediencia falsa. Ese es otro pecado mayor que el anterior. Porque quien obedece a un hereje, se hace hereje como él.

Por eso, qué necesario es predicar la Verdad como Es, sin tapujos, sin miedos, sin dudas, sin temores, sin engaños, sin dobles palabras. Y sólo así las almas ven la Verdad.

Quien no predica la Verdad, como lo hace Francisco, deja a las almas en la mentira y se las roba a Cristo.

Francisco está robando almas a la Iglesia. Y la culpa es tanto de Francisco como de las almas que no disciernen lo que ven, lo que oyen. Y no lo hacen por su falta de fe, por estar metidas en lo humano, en el mundo, en lo profano. Y así quieren una Iglesia profana, del mundo, acomodada a sus caprichos humanos.

No hay que tener miedo de decir la Verdad cuando se ve. Cuando el alma no la ve, es mejor que se calle, que no diga nada, hasta que no comprenda en Dios lo que pasa, para no pecar.

Pero el que ve la Verdad y calla, comete otro pecado. Porque quien calla la Verdad habla la mentira. Y la dice con sus obras. El pensamiento calla la verdad, pero el hombre siempre obra lo que hay en su interior.

Un pensamiento que calla la verdad, es un corazón que se cierra al amor y, por tanto, el hombre obra la mentira, el odio, el engaño, la falsedad en su vida.

Por eso, hay muchos sacerdotes, Obispos, que ven la Verdad de lo que pasa, pero callan. Y lo hacen culpablemente porque ellos son Autoridad en la Iglesia y tienen que hablar siempre la Verdad, nunca callar.

El Pastor que calla la Verdad hace que el lobo robe las ovejas con la mentira. Y comete un gran pecado al callar la Verdad: el pecado de renunciar a las ovejas de Cristo, para quedarse en su vida humana sin problemas.

Y quien renuncia a las ovejas, que Cristo le ha dado, inutiliza la Obra de la Redención de Cristo y crucifica de nuevo a Cristo en su sacerdocio, en su ministerio en la Iglesia. Y, por tanto, ese sacerdote o ese Obispo, esa Autoridad que calla, sabiendo la Verdad, se convierte en instrumento del demonio dentro de la Iglesia.

Por eso, tenemos un Vaticano que es la sinagoga de Satanás: dan culto a las obras del demonio. Se ha apartado de la Verdad. Y no se les puede dar la obediencia.

Por eso, a la Iglesia le espera las catacumbas. Es que no hay otro camino. Y al Papa Benedicto XVI le espera las catacumbas si sale de su pecado.

Primero tiene que salir del pecado; después salir de Roma. Ya es viejo, pero para el Señor no hay edades. Quien tiene la fuerza del Espíritu, aunque sea viejo, cumple la Voluntad de Dios. Y eso es lo que tiene que hacer el Papa Benedicto XVI si quiere salvarse.

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