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Bergoglio: perversión y abominación

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Los males más graves que existen en el mundo son la pérdida de la fe, el alejamiento de Dios, los ataques a las leyes de la moral, la anulación de la ley natural, el compromiso con el espíritu del mundo.

Esto es lo que todo sacerdote debería predicar.

¿Cuál es el pensamiento de Bergoglio?

«Los males más graves que afligen al mundo en estos años son la desocupación de los jóvenes y la soledad en la que se deja a los ancianos. Los ancianos tienen necesidad de cuidados y de compañía; los jóvenes de trabajo y de esperanza, pero no tienen ni lo uno ni lo otro, y el problema es que ya no los buscan. Han sido aplastados en el presente. Dígame usted: ¿se puede vivir aplastados en el presente?» (Observatore Romano, pag 12 – viernes, 4 de octubre de 2013 – “Entrevistas y conversaciones con los periodistas” –Libreria Editrice Vaticana -).

Los jóvenes no tienen trabajo y los ancianos están solos. Y dice: «han sido aplastados». Lenguaje comunista, de lucha de clases. Los jóvenes no buscan trabajo porque otros los aplastan. Se acabó el pecado en la mente de Bergoglio y sale a luz su filón marxista, que le hace proclamar: «Esto, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene ante sí». Su iglesia, que ha levantado en el Vaticano, al poner su gobierno horizontal, sólo se ocupa de este urgentísimo problema: un problema político anticapitalista.

¿Dónde está la salvación de las almas, tanto de los jóvenes como de los ancianos? No está. En la mente de este hombre, sólo es necesario vivir para el cuerpo del hombre, pero no para su alma. El alma, para Bergoglio, no existe, porque «Dios no existe».

Si la naturaleza divina no existe, entonces tampoco existe todo lo demás. Es decir, el hombre se inventa la realidad de la vida, como hacía la mente de Kant, de Hegel y de tantos hombres sin fe.

Bergoglio es un ateo, como mucha Jerarquía en la Iglesia. No lo expresan con sus bocas, porque saben dónde están; pero lo viven cada día en sus labores en la Iglesia. Y lo viven engañando a todo el mundo con palabras llenas de lenguajes atractivos, pero que señalan su ateísmo.

No se puede esconder el pensamiento de un ateo. No se puede. Cada hombre habla lo que piensa con su razón natural. Y no hay hombre que no revele su pensamiento. Por eso, por más que se intente excusar, justificar, aprobar, defender, ensalzar el pecado de herejía de este hombre, siempre él va a manifestar lo que es.

Muchos tratan a Bergoglio como un tonto. Y lo es. Pero muchos no se dan cuenta de que Bergoglio no es sólo un tonto, sino que habla como un tonto. Habla un lenguaje no llano, sino sin inteligencia, que es peor.

Un hombre de pueblo, con su lenguaje llano, es más inteligente que Bergoglio cuando manifiesta su razón humana.

Bergoglio, cuando habla, da lo que es: su locura, su desvarío mental. No sabe razonar, no sabe meditar, no sabe sintetizar la verdad. No sabe quedarse en la verdad. Y, por eso, su pensamiento vuela de una idea a otra. No descansa en una verdad permanente, sino que está cambiando constantemente. Es un pensamiento roto, propio de los pervertidos en la inteligencia espiritual. Es tipo de pensamiento lo tienen muchos católicos en la Iglesia.

«Santidad, le digo, es un problema sobre todo político y económico, se refiere a los Estados, a los gobiernos, a los partidos, a las asociaciones sindicales». Es mucho más inteligente Scalfari en su ateísmo, tiene más sentido común, que Bergoglio.

Bergoglio siempre está en su método inductivo. Primero, da la verdad: «Cierto, tiene usted razón». Pero, en seguida, induce su mentira, lleva al que le escucha, al que le lee, hacia su idea loca: «pero se refiere también a la Iglesia es más, sobre todo a la Iglesia, porque esta situación no hiere sólo los cuerpos, sino también las almas. La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos». Esto es romper la inteligencia espiritual, pervertir la verdad, ser un tarado para la vida del Espíritu.

«Sobre todo se refiere a la Iglesia porque» ésta trata de las almas, es una situación que hiere a las almas. Entonces si trata de las almas, ¿para qué preocuparse de que los jóvenes no tienen trabajo o de que los ancianos están solos? ¿Por qué esa preocupación cuando lo material viene por añadidura si el alma va en busca de lo espiritual? Si hay que preocuparse del alma, entonces hay que ver si los jóvenes y los ancianos no tienen trabajo o están solos por causa de su pecado o por causa del pecado de otros, pero no porque otros los aplastan social, humana, materialmente. Hay que ir a la raíz espiritual de los problemas; no hay que centrarse en los efectos del pecado.

Bergoglio está en su idea política, y dice una locura: «La Iglesia debe sentirse responsable tanto de las almas como de los cuerpos». Éste es su desvarío mental. «Buscad primero el Reino de Dios y lo demás por añadidura». La Iglesia es responsable de las almas, no de los cuerpos.

Si Bergoglio fuera político, entonces resolvería el problema de manera política. Y hablaría como un político. Centraría el tema, como lo hace Scalfari.

Pero Bergoglio, siendo un Obispo infiel a su ministerio, a la gracia del Sacramento, se ha vuelto loco. Y habla como un loco. Persigue como Obispo lo que sólo se puede hacer como político. Ésta es su locura. Persigue la solución de los efectos del pecado en la sociedad siendo un Obispo, pero como un político, buscando en la Iglesia un camino que no existe.

Si los jóvenes no tienen trabajo es una cuestión política, que no le incumbe a la Iglesia. La Iglesia da las normas morales para que los gobernantes pongan las leyes y den trabajo a todos. Pero la Iglesia no se mete en ver los caminos para que todos los jóvenes tengan trabajo.

Bergoglio, al no ser fiel al Espíritu de Cristo, cae en este desvarío mental, que es el propio de los que siguen la teología de la liberación: se han vuelto sacerdotes y Obispos pervertidos, tarados y degenerados de la vida espiritual. Lo peor de esta locura de Bergoglio es que se irradia a todos en la Iglesia, al estar en el gobierno, mandando cosas que no le incumben a la Iglesia. Y la Iglesia se vuelve loca, tarada, pervertida, como lo vemos en la actualidad.

El pensamiento tarado de Bergoglio es claro: «El proselitismo es una solemne tontería, no tiene sentido». Es decir, es una solemne tontería «Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mt, 9 –10). El Evangelio no tiene sentido en la mente de Bergoglio. Sino que «hay que conocerse, escucharse y hacer crecer el conocimiento del mundo que nos rodea». Lo que tiene sentido es la palabra de los hombres.

¿Dónde queda la Mente de Cristo? En ninguna parte. No existe ni puede existir para Bergoglio. Para este hombre, que desvaría cuando habla de Cristo, de la Iglesia, sólo el mundo es el camino para vivir, para obrar, para hacer que el hombre pueda tener una dignidad en su existencia. Sólo el mundo.

Hay que dar el conocimiento del mundo: no hay que dar testimonio de la Verdad. No hay que dar al otro el conocimiento de la verdad, que es Cristo, sino que hay que dar al otro el propio conocimiento: hay que charlar, dialogar, intercambiar conocimientos; y sólo así el hombre puede vivir en la justicia y en la paz.

Es lo que hace este hombre continuamente: pasa su vida hablando con los hombres. No tiene tiempo para hablar con Dios. No sabe escuchar a Dios en el interior de su corazón, porque pasa su vida escuchando las mentes de los demás hombres: «A mí me sucede que después de un encuentro tengo ganas de tener otro, porque nacen nuevas ideas y se descuben nuevas necesidades».

Todo está en hablar con los hombres para encontrar la novedad, el camino que se debe seguir. Dios no es el que da el camino, Dios no es el que indica la verdad, sino que es el diálogo con los hombres. Ya no es la fe el objeto de la inteligencia de Bergoglio. Bergoglio no busca la fe en el diálogo con los otros hombres, sino que busca la razón, la idea que tienen los otros hombres. Bergoglio es un hombre sin fe, que sólo vive de razones, sólo se apoya en las ideas racionales. Es un intelectual, pero pervertido, sin dos dedos de frente. No hay una idea divina en su mente humana. No puede haberla. Hay que «ampliar el círculo de los pensamientos»; no hay que penetrar con el pensamiento los misterios de la fe. No puede Bergoglio llegar a esto porque sólo vive de razones, no de fe.

Y dice su desvarío mental: «El mundo está recorrido por caminos que acercan y alejan, pero lo importante es que lleven hacia el Bien». ¡Qué locura! ¿No es el mundo del demonio? ¿No dice San Juan: «Si alguno ama el mundo, no está en él la caridad del Padre» (1 Jn 2, 15)? Entonces, ningún camino en el mundo lleva hacia el Bien. Ninguno. Éstas son sus locuras cuando habla. Y nadie las ve, nadie sabe discernirlas. Y siempre las dice. Siempre.

Bergoglio tiene una mente pervertida, rota, degenerada, inculta, sin posibilidad de redimirse.

Ninguno hombre puede salvarse pesando así: «Cada uno de nosotros tiene una visión del bien y también del mal. Nosotros debemos incitarlo a proceder hacia lo que el él piensa que es el bien». Este es el mismo pensamiento del demonio en el Paraíso, que incitó a Adán y a Eva al pecado: «el día que de él comas se os abrirán los ojos y seréis como dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5). ¿Quién no se da cuenta de que Bergoglio está haciendo el mismo papel que hacía Satanás en el Paraíso? Es el mismo: Bergoglio es una clara y permanente tentación en la Iglesia. Tienta a todos a rebelarse contra la Voluntad de Dios. Su pensamiento pervertido, dado constantemente en sus homilías, charlas, escritos, es una fuente de perversión en todas las almas que lo siguen, que le obedecen.

Por eso, Bergoglio conduce al pecado, llama a pecar, invita a pecar. Es un demonio. Y lo peor de todo es que obra sin impunidad, de una manera irresponsable, libre de cualquier pena: la Jerarquía no se atreve a decirle: no hagas eso, no prediques eso, que estás llevando a las almas al infierno. Bergoglio habla y todos callan, todos aplauden, todos se conforman con lo que dice. La Iglesia vive en el infierno, en el odio, donde todos se unen para condenarse, juzgarse, criticarse, para odiarse, para sentirse provocativos, para meditar la venganza.

Bergoglio pone la lucha del hombre en su misma mente: «Cada uno tienen su idea del bien y del mal; y debe elegir seguir el bien y combatir el mal». Cada hombre, para Bergoglio, tiene que seguir su idea del bien y tiene que combatir su idea del mal. Pensamientos positivos y pensamiento negativos. Todo está en la mente de cada hombre. El bien y el mal no es una realidad fuera del hombre, sino que cada uno se la inventa.

Esto es monstruoso, no sólo pervertido. Esto ya no es una locura, un desvarío mental: esto es la abominación de la mente.

Una mente abominable sólo se apoya en su ley, en su regla, en su idea: la que ella concibe y encuentra en sí misma.  No puede buscar, fuera de ella, la ley natural, la ley divina, la ley de la gracia, ni siquiera las leyes humanas. Todo lo concibe en su propio pensamiento. Y quien piensa así, obra así: de manera abominable. Es decir, sin ley. O con otras palabras: imponiendo su manera de pensar, sus leyes, sus reglas, a los demás. O de otra forma: gobierna para anular toda ley divina en la Iglesia, toda verdad dogmática, todo el magisterio de la Iglesia.

Esto es lo que muchos no han comprendido de Bergoglio. Y le siguen dando obediencia a una mente abominable, que tiene sus caminos para destrozarlo todo en la Iglesia.

¡Cuánta oscuridad hay en la Iglesia que no sabe oponerse a Bergoglio! Hombres oscuros que viven en la oscuridad y que llevan a los demás hacia una profunda oscuridad, que es un infierno.

Con esta mente abominable, Bergoglio comienza a presentar su falso Cristo: «El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios». Esta es una clara herejía, que se opone al dogma de la Redención, que dice que Cristo se encarna para satisfacer el pecado y reparar la ofensa a Dios. Y por esta expiación, el hombre es reconciliado con Dios:

«Si cuando éramos enemigos fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, (con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! Y no solamente eso, sino que también nos gloriamos en Dios por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación» (Rom 5,10s).

El hijo de Dios se encarna para satisfacer, con Su Pasión, verdaderamente al Padre ofendido por el pecado original. Esta verdad es enseñada para ser creída como revelada por Dios en el Concilio Vaticano I: «Si alguno no confiesa que el mismo Dios Verbo, padeciendo y muriendo en la carne asumida, pudo satisfacer a Dios por nuestros pecados y verdadera y propiamente satisfizo y nos mereció la gracia y la gloria, sea anatema. Igualmente condenamos como doctrina herética, si algunos dijesen que el mismo Dios Verbo, por su naturaleza humana asumida, no satisfizo verdaderamente a Dios ofendido…».

Bergoglio dice lo contrario: Jesús se encarna para hermanar a los hombres, para hacerlos hijos de Dios. Anula el pecado; anula la Justicia en Dios; anula la ofensa del pecado a Dios; anula la satisfacción del pecado, su expiación, la penitencia, el arrepentimiento, la vida de mortificación, la virtud de la templanza, el dominio del cuerpo, que fue el origen del pecado original. En el cuerpo de Adán se obró el pecado; en el cuerpo de Jesús se obró la expiación del pecado.

Bergoglio propone un falso cristo para el hombre y para todo el hombre: todos somos hermanos e hijos de Dios. Está manifestando la idea de la masonería, que es abominable. Y, por esto, tiene que poner su falso amor, que nace de su idea del bien y del mal:

«El amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Jesús nos ha indicado para encontrar el camino de la salvación y de las Bienaventuranzas». Si cada uno tiene, en su cabeza, una idea del bien y del mal, entonces cada uno la obra: eso es el amor, para Bergoglio. Cada uno concibe el amor como concibe el bien en su mente. Cada uno obra ese amor que ha concebido en su perversa mente. Esa obra es una abominación.

La perversión está en la mente del hombre; pero la abominación está en sus obras, en su voluntad. Bergoglio es perverso en su mente y abominable en su voluntad, en sus obras. Esta concepción del amor anula la misma gracia divina que cristo ha merecido, por Su Pasión, para todo hombre. Anula el amor divino, que sólo se puede dar a través de la Gracia.

Esta idea del amor, que Bergoglio manifiesta, hace que los hombres sólo se dediquen a hacer obras humanas, a obrar una abominación en la Iglesia: como el único camino para salvarse es la fraternidad, el bien humano, entonces hay que unirse a las demás religiones, hay que participar en sus cultos, en sus ritos, en sus adoraciones, en sus creencias. Esta idea del amor le lleva al falso ecumenismo, del cual él es portavoz en su nueva iglesia.

Con esta concepción de lo que es Jesús, tiene que fundamentar su falsa iglesia:

«Los jefes de la Iglesia a menudo han sido narcisos, adulados y mal excitados por sus cortesanos. La corte es la lepra del papado». Aquí se refleja el odio de Bergoglio hacia toda la Iglesia. Toda. En una frase mete a toda la Jerarquía y la llama narcisista, gente que busca el aplauso del mundo, gente fanática y que promueve el fanatismo entre los suyos. Y tiene una visión napoleónica de lo que es el gobierno en la Iglesia: lo llama corte.

En su nueva iglesia se da una abominación: «la Curia tiene un defecto: es Vaticano-céntrica. Ve y atiende los intereses del Vaticano, que son todavía, en gran parte, intereses temporales. Esta visión Vaticano-céntrica descuida el mundo que nos rodea. No comparto esta visión y haré lo posible por cambiarla». Aquí, en este pensamiento, está la raíz de su cisma en la Iglesia: su gobierno horizontal.

Hay que descentralizarlo todo: hay que quitar el centro, el nervio del papado: al Papa; la verticalidad, el gobierno de uno solo. Y pone una gran mentira, propia de su pensamiento perverso: los intereses del Vaticano son temporales. Esta perversión produce que en su nueva iglesia los intereses de ella sean sólo eso: temporales. Ataca al Vaticano con una mentira, para poner esa misma mentira en su nueva iglesia. Esto no sólo es perversión intelectual, sino que declara que Bergoglio tiene la misma mente del demonio. La misma. Ha sido puesto en esa Silla para destruir esa Silla. Y está trabajando para cambiar todo el Vaticano.

Y eso que llama lepra, es su misma lepra. Él ha sido Obispo y Cardenal con los Papas: Él a sí mismo de llama lepra del papado. Él mismo cae en su juego del lenguaje, en su misma mente pervertida. Es un loco. Un gran loco, porque no sabe discernir a los hombres, a la Jerarquía que está en el papado. No sabe ver quiénes son buenos y quiénes malos. Todos en el mismo rasero.

Bergoglio odia toda la Iglesia, no sólo el papado. A todos en la Iglesia. A todos. Y lo ha demostrado en este tiempo de abominable gobierno en la Iglesia. Lo ha demostrado y lo sigue demostrando.

«La Iglesia es o debe volver a ser una comunidad del pueblo de Dios y los presbíteros, los párrocos, los obispos con atención de almas, están al servicio del pueblo de Dios». La Iglesia no es el pensamiento pervertido de Bergoglio; la Iglesia no es la obra abominable de Bergoglio. La Iglesia no sirve a los hombres, sino sólo a Cristo. La Iglesia tiene que aprender a adorar a Cristo para poder servir al hombre en la verdad.

No se puede servir al pueblo teniendo en la mente un concepto abominable y perverso del bien y del mal. No se puede. No se pueden hacer obras de amor al prójimo sin la gracia en el alma. En el pecado, las obras apostólicas en la Iglesia son sólo abominación, maldición, condenación para muchos. Y es lo que ahora todo el mundo se dedica a hacer: no se atiende a la gracia, al amor de Dios en cada alma, sino que todos están atendiendo a las vidas exteriores de los hombres. Y, ¿de qué sirve ganar el mundo entero si pierdes el alma?

Esta es la abominación que se ve en toda la Iglesia: están buscando la perdición de las almas con la perversión de la inteligencia. Cambiemos el dogma y hagamos nuestras verdades como nos gusta.

Esta entrevista, que ahora es editada de nuevo por la misma Iglesia, la que antes tuvo miedo de darla a conocer, es la clave para ver el pensamiento pervertido de Bergoglio y las obras abominables que hace en la Iglesia. Pero tienen que saber leerla para no quedar atrapados en la mente demoníaca de este hombre, que es toda confusión en la Iglesia.

Bergoglio es modernista, ateo y agnóstico

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«Y nuestra oración debe ser así, trinitaria. Tantas veces: ‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe! Existe el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo: son personas, no son una idea en el aire… ¡Este Dios spray non existe! ¡Existen las personas!» (ver texto)

«¡Este Dios spray non existe!»: no existe Dios como Uno. No existe la Esencia Divina. No hay un conocimiento natural de Dios. ¡Ateísmo!

«Dios no es una presencia impalpable, una esencia en la niebla que se extiende alrededor sin saber realmente lo que es» (ver texto). No es una presencia impalpable; no es una esencia extendida. ¿Ven la clara herejía?

Dios no existe como Ser Espiritual. Dios no es Espíritu. Su Esencia, que no puede verse, no puede tampoco existir. Esta es la herejía de este hombre.

Este Dios Spray, esa cierta representación profana o abstracta de la divinidad, no puede existir. No puede darse esa representación en la mente del hombre. Sólo se da un Dios personal, porque es objeto de un conocimiento religioso (= existencialismo). El conocimiento natural de Dios no se da.

Para Bergoglio, sólo existe el conocimiento religioso de Dios:

«¡Existen las personas!»: solo existe Dios como tres personas. Sólo hay que concebir a Dios como persona, pero no como esencia. ¡Modernismo!

«Dios es “Persona” concreta, es un Padre, y por lo tanto la fe en Él nace de un encuentro vivo, de una experiencia tangible» (Ib).

Y la fe nace de la experiencia con esa “Persona”. No se puede llegar a la fe a través de una realidad divina, porque no existe. Es decir, los que dice que Dios es Uno, los que creen que existe la esencia de Dios, no tienen fe, se equivocan.

Bergoglio se inventa su fe, su conocimiento religioso sobre Dios. No es una fe católica. Es su fe masónica, puramente del demonio. Que es lo que declaró en su entrevista con Eugenio Scalfari:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico. No existe un Dios católico. Existe Dios, y creo en Jesús, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor; pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi ser» (1 de octubre 2013).

«No existe el Dios católico»: el Dios Uno; la esencia divina. No hay un conocimiento natural ni científico de Dios.

«Existe Dios»: las personas. Sólo hay un conocimiento religioso de Dios.

Esas personas, ese conocimiento religioso, son distintas a lo que el dogma católico entiende por la Trinidad, porque Bergoglio no cree en el dogma de la Santísima Trinidad. Sólo cree en tres personas:

1. Jesús, que no es Dios, que no es un Espíritu, sino que es una persona humana, un hombre: «¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria» (ver texto);

es su maestro, su gurú, que es la encarnación de este dios, que es «persona concreta, es un padre»; es la encarnación de este conocimiento religioso sobre el Padre. El Hijo es un gurú para Bergoglio.

2. El Padre es la luz y el Creador.

3. Y el Espíritu Santo es un extra, como en las películas: «el Espíritu Santo que es el don, es ese extra que da el Padre» (ver texto)

«‘¿Pero usted cree?’: ‘¡Sí! ¡Sí!’; ¿En qué cree?’; ‘¡En Dios!’; ‘¿Pero qué es Dios para usted?’; ‘¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe!».

¿Ven la barbaridad?

Se niega el conocimiento de Dios y su existencia: no se conoce la esencia de Dios ni su existencia. Sólo se conoce a Dios como Persona, pero no como naturaleza divina. Es decir, que Dios es el invento de la mente del hombre, que para hablar en un mundo de fe, tiene que poner tres personas, pero tampoco se cree en Ellas, sino sólo en la interpretación que la mente da de Dios como persona.

Esto se llama la filosofía del existencialismo, que en la Encíclica Humani generis Pío XII describe:

«el cual no haciendo caso de las esencias inmutables ‘de las cosas, solamente se preocupa de la existencia individual de los seres; y el cual con ninguna corrección o complemento puede ser compatible con el dogma católico, bien profese el ateísmo, según es evidente, bien al menos sea contrario al valor del raciocinio metafísico».

Bergoglio no hace caso de la esencia divina: no mira a Dios como Uno en su Esencia.

Sino que sólo se fija en la existencia individual de cada persona. Y esto es negar totalmente a Dios. Esto no puede ser compatible con el dogma católico, que dice que Dios es Uno en Su Esencia y Trino en las Personas. Uno y Trino.

Bergoglio anula lo Uno y se queda con lo Trino: está redefiniendo con su mente humana, su dios, su tipo de dios, su idea de dios, su idea de la trinidad, totalmente contraria al dogma. Ese dios trino no tiene nada que ver con la Trinidad. Es sólo la mente de ese hombre que se inventa cada persona.

No sólo Bergoglio dice que no puede conocerse la esencia inmutable de Dios, sino que va más allá y dice que Dios, como Uno, no existe: «¡Dios, Dios!’. Pero Dios no existe: ¡no se escandalicen! ¡Dios así no existe!»

Kant admitía la existencia de Dios – y la admitía absolutamente-, pero no podía admitir el conocimiento de Dios. Con su razón negaba que podía alcanzar un conocimiento natural, pero sí demostrar su existencia.

¿No es esto una gran locura?

• Está negando que el conocimiento de Dios brote en el hombre naturalmente, de un modo espontáneo por la consideración de las cosas naturales. Y que, por tanto, sólo el hombre puede conocer a Dios de una manera sentimental, existencial, pragmática. Es un conocimiento religioso, pero no natural. Sólo conoce la persona, pero no su esencia: Dios no existe.

• Está negando que la existencia de Dios puede demostrarse de manera científica e intelectual: Dios no existe.

• Está negando que pueda salvarse el que sólo conozca a Dios por la luz de la razón.

• Está diciendo que los que creen en la existencia de Dios como Uno están equivocados: todo el dogma católico está errado con Bergoglio.

¿Qué dice la Sagrada Escritura?

«Porque desde la creación del mundo, lo invisible de Dios, su eterno poder y su divinidad, son conocidos mediante las creaturas. De manera que son inexcusables…»: lo invisible de Dios, esa presencia impalpable, esa esencia que se extiende en la niebla, es conocido mediante la luz de la razón, por las creaturas. No hay excusa para Bergoglio (Rom 1, 20).

Y, por tanto, ¿quién es Bergoglio?

«Vanos son por naturaleza todos los hombres que carecen del conocimiento de Dios, y por los bienes que disfrutan no alcanzan a conocer al que es la fuente de ellos…» (Sab 13, 1-9).

¿Qué dice la doctrina de la Iglesia?

1. «El razonamiento puede probar con certeza la existencia de Dios y las perfecciones infinitas de El» (D 1622).

2. «El razonamiento puede probar con certeza la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la libertad del hombre» (D 1650).

3. el Juramento en contra de los modernistas: «Confieso que puede conocerse con certeza, y que incluso puede demostrarse también, como se conoce y se demuestra la causa por los efectos, la existencia de Dios, principio y fin de todas las cosas, mediante la luz natural de la razón a través de lo que ha sido hecho, esto es, por las obras visibles de la creación» (D 2145); el cual juramento antimodernista Pío XI lo proclamó en la Encíclica Studiorum Ducem, que interpretó de forma preclara el dogma definido solemnemente por el Concilio Vaticano I.

¿Qué dicen los Santos Padres?

«Al ver que el mundo y todo lo que hay en él se mueve necesariamente, hay que conocer a aquél por el que todo se mueve y es conservado, a saber a Dios» (Aristides – R. 110).

«Así la razón, que proviene de Dios y está inserta en todas las personas y la ley primera grabada en nuestros corazones y vinculada íntimamente a todos los hombres, nos condujo de las cosas que percibimos con la vista a Dios» (S. Gregorio Nacianceno – R 987).

«¿Cuántas veces la gente dice que cree en Dios? ¿Pero en qué tipo de Dios creen?

Frente a un ‘dios difuso´, un “dios-spray”, que está un poco en todas partes, pero que no se sabe lo que es, nosotros creemos en Dios que es Padre, que es Hijo, que es Espíritu Santo. Creemos en las Personas, y cuando hablamos con Dios hablamos con Personas: o hablamos con el Padre, con el Hijo o hablamos con el Espíritu Santo. Y ésta es la fe» (ver texto)

Bergoglio dice: frente a un dios que no se sabe lo que es, tenemos tres personas. ¡Agnosticismo!

Bergoglio ha perdido la cordura, los dos dedos de frente, la lógica natural que tiene todo hombre: Dios existe. Tiene que existir un Dios, al margen que sea Trino o no. La Trinidad es un dato de la Revelación: sólo se sabe por la fe, por la verdad revelada. Pero la Unidad es un dato al alcance de toda mente humana.

Bergoglio es un loco: no tiene mente humana. No sabe pensar adecuadamente, como lo hace un niño. Es todo confusión, oscuridad, un caos en la doctrina, un galimatías.

El existencialismo es una teoría pragmática y sentimental, que es lo propio de la mente de este hombre: un llorón de sus sentimientos humanos, de la vida humana.

Bergoglio es un modernista, ateo y agnóstico. Sólo cree en el conocimiento religioso de Dios, que no procede de la fe católica, sino de su fe masónica. Es un conocimiento inventado por su mente, no sacado de la Revelación. Usa la revelación para apoyar su conocimiento.

Bergoglio sólo cree en su idea de Dios; sólo cree en su mente. Su dios es su mente, lo que su razón concibe sobre Dios. No puede llegar al conocimiento natural de la existencia de Dios y, por tanto, concibe la existencia de Dios como algo mental, ideal, pero pragmático.

Bergoglio es un existencialista: un vividor de su idea. Pone en práctica lo que concibe en su mente. No se queda en el idealismo puro. Y, por eso, no le interesa ni la filosofía ni la teología. No le interesa la moral. Sólo le interesa lo que él puede obrar con la idea que ha concebido, que ha adquirido en su mente.

Bergoglio sólo mira su mente y, por tanto, no puede escuchar la verdad fuera de su mente. No sabe escuchar al otro. No sabe obedecer ni a Dios ni a los hombres. Sólo le interesa el otro para su obra pragmática. Si ese otro le sirve, entonces lo usa, pero no es capaz de amarlo. Si no le sirve, lo combate, lo persigue, pero no lo hace él mismo, sino a través de otros.

Bergoglio, al no tener fuerza intelectual, sino sólo existencial, pragmática, no es capaz de enfrentarse a los intelectuales. Los escucha, pero no es apologeta. Se enfrenta a ellos de manera indirecta.

A Bergoglio sólo le interesa su propia vida, no la de los demás. No sabe estar en el otro. Por consiguiente, no sabe ser líder, gobernante. Quiere el mando para su provecho propio, pero no para otra cosa. Cuando ve que el poder le ayuda para su plan, entonces lo acepta. Pero cuando ve que el poder se opone a su plan, entonces o no lo acepta o renuncia a él.

Su comunismo en la Iglesia es su obra pragmática: es poner en práctica esa idea de Dios, que tiene metida en su mente. Él sólo busca lo social, el pueblo, lo cultural, el bien común, los derechos de los hombres, las justicias humanas, las políticas de todos los gobiernos. Pero los busca para su plan, no para hacer un bien a los demás. Bergoglio sólo se mira a sí mismo. Por tanto, busca en el pueblo su gloria, la alabanza, el aplauso, el reconocimiento de los demás. Está ávido de que los demás hablen bien de él. No soporta a los que hablan mal de él.

Su masonismo le ayuda a perfeccionarse en su idea de Dios. Para el masón, el concepto de Dios es una perfección que debe evolucionar. Cada hombre tiene que llegar a un grado de perfección en la idea de Dios. Bergoglio, con su fraternidad, se abre a todas las religiones y acepta todos los dioses, todos los cultos, porque cada uno de ellos es un grado de perfección. Hay que aceptar las ideas que tienen los demás sobre Dios para alcanzar su grado de perfección. Hay que tolerar a los demás en sus cultos, en sus ritos, en sus adoraciones. Hay que admitirlos como buenos, como santos, como perfectos.

Su protestantismo le lleva a la perfección de la obra del pecado. El pecado, para este hombre, es un ser social, no es un estado del alma. Es algo que nace por la convivencia entre los hombres y se queda ahí, con sus frutos, con sus obras, que otros hombres, haciendo lo correcto, quitan. Para Bergoglio, la perfección del hombre es la sociedad, la comunidad, el Estado. No existe la perfección individual, sino la de una comunidad, la de un pueblo. Su idea de la iglesia es sólo social. Y, por tanto, las leyes de esa iglesia nacen de lo social. No son leyes para el alma, para la vida de cada persona. Son leyes para un estado social, una vida comunitaria. Por tanto, el pecado no existe; sólo se dan los distintos males entre los hombres que viven en sociedad, en familia, en un trabajo, en un sindicato, etc. No le interesan las almas, la vida espiritual. Sólo le interesa el hombre como comunidad, como un ser social.

Esto es Bergoglio.

¿Cómo es que todavía le obedecen como Papa?

No tiene ningún sentido.

¿Cómo pueden esperar algo del Sínodo teniendo a un ateo y a un agnóstico dirigiendo el negocio de los negocios: su falsa iglesia?

No comprendemos a tantos católicos, que se dicen intelectuales, y que acaban sometiendo su mente a un loco. No lo comprendemos.

¿Qué es la obediencia para toda esta gente? Si es someterse a un hombre, entonces tienen que obrar ese sometimiento. Tienen que ser ateos y agnósticos como este hombre. Si no hacen esto, entonces, ¿para qué están obedeciendo a este hombre? No entendemos, tampoco, esta obediencia.

¿Lo obedecen sólo porque se sienta en la Silla de Pedro? ¡Qué absurda obediencia!

No se obedece, en la Iglesia, a aquel que no enseñe la Verdad. Si esto no lo tienen claro, entonces ¿qué hacen en la Iglesia? La Iglesia no es como el Estado, en que hay que obedecer al gobernante, así sea ateo y agnóstico. En la Iglesia no puede darse esta obediencia nunca. Los católicos no saben lo que es la Iglesia.

No entendemos que la gente pierda el tiempo esperando, ilusionándose de que Bergoglio algún día deje de decir estas herejías y se comporte como un Papa verdadero.

Si Bergoglio no es Papa, entonces el Sínodo es nulo. Saquen las consecuencias: dejen de mirar a Bergoglio. Dejen de mirar a Roma. Dejen de mirar a toda la Jerarquía de la Iglesia. Dejen de ser estúpidos en la Iglesia. Dedíquense a vivir su fe católica, escupiendo todo lo que venga de Roma.

La Iglesia remanente no tiene cabeza visible, porque es la que permanece sólo obedeciendo a Cristo, como Cabeza Invisible. Y hasta que Él no ponga Su Papa, de manera extraordinaria, sin el concurso de ningún Cónclave, no se obedece a nadie en la Iglesia. Esto es lo que cuesta entender a tantos católicos que se han hecho ignorantes con tanta teología y filosofía que les oscurece la mente humana.

Profesen su fe católica, la que Cristo enseñó a Sus Apóstoles, al margen de todo lo que venga de Roma, porque ellos ya levantan su falsa iglesia, con su falso cristo y con su falso evangelio. Y, por tanto, con su falsa jerarquía.

Cisma abierto en toda la Iglesia

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Muchos dicen: ¿por qué se le critica tanto a Francisco? ¿No ha dicho el Señor que no juzguen para no ser juzgados?

Las almas no han comprendido lo que es la vida espiritual, que es algo diferente a la vida moral.

Todos pueden juzgar el espíritu de otra persona: «el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2, 15).

Todos pueden juzgar a un homosexual, un ateo, a un masón, a un budista, a un protestante, a un comunista, etc., cuando el juicio es sobre su vida espiritual.

Jesús ya ha marcado el camino de la verdad en el Espíritu: las leyes divinas, las leyes naturales, los dogmas, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, la Palabra de Dios.

Todos aquellos que siguen la doctrina de Cristo juzgan a los demás: a los que la siguen y a los que no la siguen.

Los que no siguen la doctrina de Cristo no saben juzgar a los demás de manera espiritual, porque no tienen la Verdad, que viene del Espíritu de Cristo.

Todo aquel que permanece en la Verdad, que es Cristo, lo juzga todo, porque se apoya en esa Verdad, en Cristo mismo, en Su Mente; no se apoya en la verdad que tiene en su mente humana. Es la verdad que Dios ha dado al hombre y que nunca cambia, que es siempre la misma, aunque el hombre y el mundo cambien.

La ley divina dada a Moisés es para siempre, para todos los tiempos. La doctrina que enseñó Jesús a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por la Tradición, enseñada por el Magisterio auténtico de la Iglesia, y contenida en los Evangelios, es para siempre. No se puede cambiar una tilde, una palabra, a esa doctrina. Esa doctrina es la única verdad. La Verdad Absoluta. La verdad que todo hombre debe tener en su corazón, para que su mente piense la vida como Dios la ve.

Todo aquel que está en la Verdad, que se agarra a los dogmas, que no transige con la mente de los hombres ni con sus leyes, entonces lo puede juzgar todo, cualquier cosa y a cualquier persona, sea sacerdote, Obispo o Papa, en el aspecto espiritual.

Puede decir: ese sacerdote se equivoca porque no sigue el dogma, no sigue la verdad.

«Pero como todos sabemos, es el jardín de Dios una gran variedad de colores. No todos los que han nacido como un hombre se sentirán como un hombre, y también en el lado femenino. Ellos se merecen, como seres humanos, el respeto a la que todos tenemos derecho. Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito. (…) oren por él, por la bendición de Dios para su vida. ¿Una victoria de la tolerancia? (…) Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista» (Cardenal Christoph Schönborn – 15/05/2014).

Todos aquellos que siguen la Verdad pueden juzgar al Cardenal Schönborn porque se ha puesto en la mentira.

1. en el jardín de Dios, que es la Creación material sólo se da: hombre y mujer, varón y hembra, masculino y femenino. Es decir, no se dan ni los homosexuales, ni las lesbianas ni otra cosa que se invente el hombre;

2. en el jardín de Dios, se produjo el pecado de Adán y, por lo tanto, el demonio es el que crea a los homosexuales, las lesbianas, etc.

3. Dios juzga el pecado de los homosexuales y las lesbianas como abominación y lo castiga con una pena social: pena de muerte.

4. Si Dios juzga a la persona homosexual como abominación, todo hijo de Dios tiene la obligación de juzgar al homosexual como abominación. Porque el hijo de Dios sigue la mente de Dios; no sigue la mente de ningún hombre.

5. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado, en la Iglesia, a seguir la Mente de Dios y enseñarla a todas las almas. Quien no haga esto, automáticamente se pone fuera de la Iglesia.

6. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado a hacer oración y penitencia por los pecadores, para que reciban la gracia del arrepentimiento. Y están obligados a decir a un pecador público que quite su pecado si no quiere condenarse por él.

7. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, que no enseñe la ley divina, sino que se invente su ley divina en la Iglesia, y procure contentar a los hombres con sus bellas palabras humanas (=tolerancia) no pertenece a la Jerarquía verdadera, sino a la infiltrada, a la que no es de Cristo.

8. Todo fiel en la Iglesia está obligado a obedecer la Mente de Dios, no la mente de los hombres, aunque sean sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papa, cuando dicen, predican, obran lo contrario a la ley divina.

Esto es hacer un juicio espiritual: el Cardenal Schönborn pertenece a la Jerarquía infiltrada porque no enseña la Verdad sobre la homosexualidad ni sobre el acto creador divino sobre la naturaleza humana. Por tanto, no se le puede dar obediencia ni respetarlo como sacerdote ni como Obispo. Se le respeta como hombre, porque es libre de condenarse por sus pecados.

Hasta aquí el juicio espiritual, que todo el mundo puede hacer si está en la Verdad, que es Cristo.

Lo que Cristo prohíbe es el juicio moral sobre las personas.

Cada persona, independientemente de su vida espiritual, tiene una vida moral. Esa vida moral nace de su voluntad humana, que está regida por una razón.

Todo acto moral es una obra de la voluntad del hombre. Todo hombre, en su vida, elige una obra guiado por una razón: divina, humana, demoníaca. Y, según sea esa razón, así será su acto moral. Este acto moral sólo Dios puede juzgarlo, no el hombre.

Dios mandó al profeta Oseas buscar una prostituta. Y Oseas realizó un acto moral que, para los hombres es pecaminoso, pero no para Dios. Dios le mandó obrar una justicia en esa prostituta. Es un mandato divino.

Dios mandó a Abraham sacrificar a su hijo. Eso es ir en contra del mandamiento divino: «no matarás». Pero, como Dios lo manda en Su Justicia, para obrar una justicia por el pecado del hombre, entonces no es pecado y ese acto moral es bueno para Dios, para Abraham y para el hijo que se sacrifica. Igualmente, lo que hizo Oseas es un acto moral bueno, para él y para la prostituta.

Cuando Dios manda estas cosas, no se las dice a cualquiera, sino a personas de mucha vida espiritual, como Abraham y Oseas. Personas de gran fe en la Palabra de Dios. Y esto que manda Dios no es saltarse la ley divina, los mandamientos; no es una excepción en la regla; no es un capricho divino. Es una obra divina, santa, que sólo Dios sabe medir; no los hombres. Y sólo el que la obra, sabe por qué Dios se lo manda. Esta obra no es conocida por nadie. Por eso, Abraham la obró sin el conocimiento de nadie. Y lo mismo Oseas.

Pero si el hombre, en su acto moral, no sigue los mandamientos de Dios, la ley divina, entonces siempre comete un pecado. Se puede juzgar el pecado de esa persona, porque entra en la vida espiritual; pero no se puede juzgar a la persona, porque no se conoce la intención con que realizó ese pecado. No se puede juzgar su vida moral: su acto moral. Pero sí su pecado. Y, entonces, sólo queda un camino ante el acto moral de la persona: rezar por ella, hacer penitencia por su pecado.

Adán, siguiendo la mente del demonio engendró un hijo: Caín. Este acto moral es un pecado. Se juzga espiritualmente el pecado, pero no se juzga a Adán, su acto moral, que sólo Dios sabe medirlo y ponerle el camino de Su Justicia. Lo que hizo Adán es una obra de su voluntad humana según el orden de una razón demoníaca. Es un acto moral, no sólo del hombre, sino también del demonio en el hombre. Por eso, el demonio tiene derecho a la vida moral de los hombres; por el pecado de Adán.

Ante las declaraciones de este cardenal, se juzga su visión espiritual del homosexualismo, pero no su acto moral. Ha pecado con esas declaraciones. Y su pecado es muy grave, porque ha dicho una herejía y ha puesto el camino para el cisma. Pero no se puede decir que este Cardenal está condenado al fuego del infierno, porque no se le puede juzgar en su vida moral. Ésta la juzga Dios.

Lo que tiene que hacer toda alma, fiel a Jesucristo, es apartarse de este Cardenal, no seguir sus predicaciones, sus enseñanzas, porque son heréticas; y rezar para que deje lo que está haciendo en la Iglesia y busque ayuda espiritual para su alma. Porque si no ve su pecado, entonces es cuando se condena.

Estas cosas hay que tenerlas claras en la Iglesia. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla. Y se salva luchando contra el pecado y contra los hombres que ayudan a pecar, que son tentación para el pecado. Y, por tanto, en la Iglesia sobra la tolerancia humana, que es un pecado grave.

Una cosa es respetar a ese homosexual como hombre, porque es libre para obrar su pecado, donde quiera y ante quien quiera. Y otra cosa es defender la verdad ante el pecado de ese hombre.

Si no se defiende la Verdad, sino que se tolera la mentira, el pecado, el error, el engaño, entonces el pecado se anula, el pecado se apoya, se justifica, se ensalza, y se hace un mal mucho mayor. Porque quien alaba el pecado de un homosexual, quien no lo corrige, entonces no es capaz de hacer penitencia por su pecado para que su alma se salve. Sino que se le invita a seguir pecando, a seguir en el camino del pecado, y se le enseña una utopía: que Dios lo bendice en su pecado.

Es lo que este cardenal ha dicho: «oren por él, por la bendición de Dios para su vida». Lo que este Cardenal no sabe es el cisma que ha abierto con estas palabras. Este cardenal alaba el pecado del homosexual: «Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito». Esto es una grave herejía viniendo de un consagrado.

Hay que orar para que este homosexual diga un no a su pecado. No hay que orar para que Dios bendiga su vida. Dios no bendice si el alma no se aleja del pecado. Dios no derrama sus dones si el alma justifica su pecado. Dios no da nada al hombre que quiere pecar y que vive su pecado, sin poner ninguna traba a él.

Es muy grave lo que este Cardenal ha expresado. Gravísimo. Pero así es todo ahora. El culpable de estas declaraciones es Francisco. El comenzó con el juego del lenguaje: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J.- Director de La Civiltà Cattolica).

Yo soy hijo de la Iglesia, pero tenéis que pensar como yo pienso: no juzgues a los homosexuales. Hay que cambiar la ley divina en cuanto a los homosexuales.

¡Faltaría más!: yo soy hijo de la Iglesia, pero es mejor ser hijo del demonio en cuestión de los homosexuales. Es la propaganda que Francisco se hace a su orgullo, a su pecado. El que es de la Verdad dice la Verdad como es, no se anda con juegos semánticos, con licencias linguísticas, con eufemismos pegajosos.

Es que es necesario seguir insistiendo que el homosexual es una abominación. No hay que lanzar la doctrina de la tolerancia. No podemos ser tolerantes con la mentira, con la idea del demonio, con las ideas de los hombres. Porque el hijo de Dios sólo tiene la Mente de Dios. No posee ni siquiera su propia mente humana. El hijo de Dios no es de él mismo, sino de Su Padre Dios. Y, por eso, todo hijo de Dios lucha contra su mente humana y contra la mente de todo hombre, si es tentación para su vida espiritual, si es un peligro para la salvación de su alma y la de los demás.

La vida moral de las personas es para su vida espiritual. Y no es al revés. No es primero la vida espiritual: no es primero ser masón, budista, protestante, marxista, pecador, etc., para tener una vida moral. Esto es una aberración, y es lo que, hoy día, observamos en la Iglesia –y no digamos en el mundo.

Todo hombre debe cultivar su vida moral y, entonces, crece en la vida espiritual; y es capaz de juzgarlo todo; porque ya no es un niño en las cosas de Dios, sino un adulto, que sabe mirar a todos los hombres a su cara y decirles las verdades sin pestañear.

Porque los hombres se ponen por encima de la ley de Dios y de la ley natural, entonces caen en un absurdo: quieren vivir como ellos obran, según el capricho de sus voluntades. Y no se dan cuenta que para obrar, necesitan una razón. Y, como no saben discernir sus pensamientos, obran siempre una abominación, un absurdo, una ilusión, una utopía en sus vidas.

Hoy se da esa especie de culto a ser uno mismo, sin relación al ser, a la verdad, al bien y a la ley divina y a la natural.

El homosexual se da culto a sí mismo: quiere ser homosexual sin relación a su masculinidad; sin la verdad de que Dios lo ha creado para una mujer; sin el bien de un matrimonio con una mujer; sin hacer caso a la ley divina que le impone alejarse del pecado del homosexualismo, por ser una abominación; y queriendo ser ley natural para sí mismo: un gran absurdo.

Y este modo de ser uno mismo, se dice, que es signo de autenticidad y de madurez. Hasta aquí llega la oscuridad del hombre. Y que es lo que dice ese Cardenal: «Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista». Se es auténtico porque se vive en contra de la ley de Dios. Se vive poniéndose por encima de la autoridad de Dios.

Hay que tolerar a ese hombre, hay que respetarlo porque así él lo ha decidido su vida; hay que respetar su decisión personal de ser homosexual y hay que ayudarlo en ese camino.

Éste es el pensamiento de muchos con la doctrina de la tolerancia. Es un gran pecado pensar así. Y es pecado contra la fe cuando viene de un Cardenal.

En este pensamiento, que es el de muchos, se pone el bien y el mal, sólo en la persona humana. Y, entonces se cae en la herejía: como yo, en mi vida, decido ser homosexual, y no decido ser varón, entonces la verdad es lo que yo obro.

El decidir en sí mismo es aquello que funda la bondad o la maldad del ser humano. El hombre es él mismo la medida, la verdad, la bondad de todos sus actos libres. Ya no es algo fuera del hombre, ya no es la ley divina, la ley natural, la mente de Dios. Es el mismo hombre ley para sí mismo. Por eso, se clama por la tolerancia. Hay que respetar lo que otro decide sobre sí mismo. Una abominación en la vida.

Ésta es la abominación que se vive hoy día, y que predica Francisco y los suyos, con la doctrina de la tolerancia.

Y esta abominación tiene su origen en esto: en poner la vida como sola elección de la voluntad del hombre. La voluntad humana es la que ordena vivir, ordena elegir: haz lo que te dé la gana. Vive como quieras: sin ley, sin razón, sin conciencia. Sé tú mismo dios para tu vida. Ésta es la falsedad que se enseña.

Y no se cae en la cuenta de que la voluntad del hombre no puede ordenar nada sin un orden de la razón. Se tiende a algo según una razón, según una idea. En este caso, se pone la idea de que el hombre es dios en sí mismo y, por lo tanto, puede hacer lo que le dé la gana en su vida. Puede decidir lo que le parezca. Es el culto a la mente del hombre, a la vida del hombre, a las obras del hombre. Es el orgullo de ser uno mismo, independientemente de los demás.

Estamos en la Iglesia con el cisma abierto. Y, ahora, se escuchan barbaridades de sacerdotes, de Obispos, y de fieles que se creen con derecho de hacer su propia voluntad en la Iglesia, y que todos estén de acuerdo con esa voluntad. Es una gran abominación lo que vemos en toda la Iglesia.

Francisco es un hombre sin Dios

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«Espero lío. Que acá adentro va a haber lío, va a haber. Que acá en Río va a haber lío, va a haber. Pero quiero lío en las diócesis, quiero que se salga afuera… Quiero que la Iglesia salga a la calle, quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad, de lo que sea instalación, de lo que sea comodidad, de lo que sea clericalismo, de lo que sea estar encerrados en nosotros mismos» (Francisco, 25 de julio de 2013).

La Iglesia es objeto de una verdadera revolución: la que rompe con la causa de Cristo, la que divide la Verdad que Cristo ha dado a Ella, la que pone al mundo de rodillas ante Satanás.

La revolución no reconoce antepasados, tradición, verdad, magisterio, sino que persigue el lenguaje nuevo, que los hombres se han creado: «Quiero que la Iglesia salga a la calle». La Iglesia es Cristo, ¿para qué quieres salir fuera de Cristo -a la calle-, donde no está Cristo? Respuesta: Para abrazar el mundo de Satanás.

La Iglesia está en un estado de revolución; y eso no sólo significa que existe un estado de ruptura con el pasado: el pasado es sólo una memoria, pero ya no una vida; el pasado es una mentira, pero no la Verdad que permanece. Eso, también, significa que existe un desprecio evidente de todo lo mejor que ha habido en el pasado, en la tradición, en el Magisterio de la Iglesia.

Observamos cómo Francisco y todo su gobierno horizontal, desprecia la verdad que viene por la Tradición: «quiero que nos defendamos de todo lo que sea mundanidad». Entonces, es necesario no salir a la calle. Si quieres que la Iglesia se defienda del mundo, no salgas al mundo. Si quieres que la Iglesia se defienda de la mundanidad, entonces ataca al mundo, lucha contra el mundo, da al mundo la Justicia de Dios. Para Francisco, la mundanidad significa que la Iglesia es mundana, que seguir la tradición, el dogma, el magisterio auténtico, es mundanidad. La Iglesia se ha encerrado en su mundo de dogmas: eso es la mundanidad para Francisco. Y, por eso, hay que luchar contra esa Iglesia llena de verdades dogmáticas, que no es capaz de ver las verdades que están fuera de Ella, en el mundo, en las demás religiones, en los masones, en la vida de cada hombre. El desprecio de la Verdad.

Francisco concibe la religión –y por tanto la Iglesia- como una especie de fraternidad del hombre con el Universo; es decir, la fe consiste en conservar los valores humanos: «Les invito a promover juntos una verdadera movilización ética mundial que, más allá de cualquier diferencia de credo o de opiniones políticas, difunda y aplique un ideal común de fraternidad y solidaridad, especialmente con los más pobres y excluidos» (Francisco, 9 de mayo de 2014).

Su comunismo, su ateísmo, su protestantismo es claro en la fe que profesa Francisco. Un hombre que no cree en Dios porque ha vaciado, en su mente, lo que es Dios. La palabra de Dios está vacía de todo su contenido, y queda desleída, difusa, para que se pueda acomodar al pensamiento de los hombres, a sus vidas, a sus obras, a sus empresas. Y, por lo tanto, Dios es una idea sin consistencia. Cristo es sólo un lenguaje humano para Francisco. La Iglesia es sólo una idea para el hombre, pero no es la Obra de Cristo.

«Por esta razón, a ustedes, que representan las más altas instancias de cooperación mundial, quisiera recordarles un episodio de hace 2000 años contado por el Evangelio de san Lucas (19,1-10): el encuentro de Jesucristo con el rico publicano Zaqueo, que tomó una decisión radical de condivisión y de justicia cuando su conciencia fue despertada por la mirada de Jesús» (Ibidem). Francisco, ¿acaso no sabes que Zaqueo, jefe de publicanos, cumplía a rajatabla la ley de Dios que imponía una pena a los ladrones (cf. Ex 22, 1), para así expiar su pecado; y, por eso, decía: “doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si a alguien he defraudado en algo le devuelvo el cuádruplo”? Zaqueo, cuando se encontró con Jesús vivía haciendo penitencia de su pecado, por haber estado robando a los hombres.

Y tú, Francisco, que haces de la Palabra de Dios tu negocio en la Iglesia, no te atreves a amonestar a esos gobernantes y ponerles la verdad de un hombre rico –como Zaqueo- que ha visto su pecado, se ha arrepentido de él y lo expía siguiendo la ley de Dios; sino que hablas sandeces, dices tus mentiras, hablas para engañar: «tomó una decisión radical de condivisión y de justicia».

¡Pobres almas en la Iglesia que se tragan las mentiras de Francisco como si se bebieran un vaso de agua! Ante un hombre así, que no vive para enseñar la Verdad a los hombres del mundo -no predica el Evangelio, sino que lo tuerce a su conveniencia humana-, vive para unirse a ellos y formar una nuevo orden mundial, una nueva iglesia universal; ante esto, es necesario despreciar –valientemente y en público- su pensamiento humano y toda su obra en la Iglesia, al frente de su gobierno. Desprecien a Francisco.

Hay que moverse hacia una ética mundial, donde no haya credos, verdades absolutas, opiniones de los hombres, donde no haya una política que gobierne, sino que todo sea un común, una idea común, un proyecto común para poder amar al hermano y solidarizarse con los pobres, con los que no tienen dinero, con los que viven con dificultades.

Éste es el absurdo de Francisco: quiere amar al hermano sin un credo, sin una verdad, sin una ley divina, sin la ley natural. Zaqueo amó a los pobres expiando su pecado contra ellos. Los amó en la ley divina. Francisco no habla del pecado ni de la expiación. Sino quiere encontrar un ideal común, en lo más profundo de su mente humana, y hacer que todos los hombres se arrodillen ante él, ante la idea que él ha concebido del amor al prójimo.

¡Gran disparate en un Obispo! Pero, Francisco no es Obispo, sino que se viste de Obispo. Se parece, en su forma de vestir, a un Obispo. Entonces, no sólo es un disparate, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo. Cuando un hombre, que proclama ser el Papa y, por lo tanto, su palabra es infalible, -no puede dar la mentira ni el engaño-, cambia la Palabra de Dios para satisfacer a un mundo secular, entonces –abran los ojos- ese hombre no es el Papa, ese hombre no es un Obispo; ese hombre no habla como Papa; a ese hombre no hay que darle la obediencia, a ese hombre no se le puede creer, ni en lo que habla, ni en lo que obra en la Iglesia.

Ese hombre ha blasfemado contra el Espíritu Santo que enseña la manera de amar al prójimo en el Evangelio.

El amor al prójimo, el amor a los pobres, que Cristo enseña en Su Evangelio, no puede ser cambiado ni malinterpretado para acomodarlo al hombre, al mundo. Y esto es lo que hace Francisco todos los días y, sobre todo, cuando habla con los gobernantes del mundo: rompe la Verdad del Evangelio; divide la verdad, que es Cristo. Y pone su comunismo, su protestantismo, su idea humana, el valor del hombre por encima de Dios: «Jesús no pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, solo lo mueve a poner todo, libremente, pero inmediatamente y sin discusiones, al servicio de los hombres» (Ibidem).

Como Jesús no pide a Zaqueo que cambie de trabajo ni denuncia su actividad comercial, entonces no hay que hablar en contra del mundo, ni de sus políticas, ni de sus obras. El mundo y el hombre son muy buenos. Las empresas mundiales son garantía para una vida de felicidad y de paz. Lo que hacen los hombres en el mundo está bien, pero…hay que darle un cambio… hay que dirigirlo hacia otro lado…hacia el bien común, hacia el ideal común, hacia el comunismo, hacia el humanismo: hay que servir a los hombres. Y es a los hombres, no a Dios.

Y, por eso, le encanta a Francisco decir su frase favorita: «Hoy, en concreto, la conciencia de la dignidad de cada hermano, cuya vida es sagrada e inviolable desde su concepción hasta el fin natural, debe llevarnos a compartir, con gratuidad total, los bienes que la providencia divina ha puesto en nuestras manos, tanto las riquezas materiales como las de la inteligencia y del espíritu, y a restituir con generosidad y abundancia lo que injustamente podemos haber antes negado a los demás» (Ibidem).

Ésta es su idea, que la dice todos los días:

1. La conciencia de la dignidad de cada hermano: esto es el protestantismo. Se tiene conciencia del pecado, que está en el alma. Y no existe otro tipo de conciencia en el hombre. No se da la conciencia social, la conciencia universal, la conciencia de lo humano, de lo fraterno, etc. Se conoce que el hombre tiene dignidad como hombre, pero eso no implica una obligación hacia el hombre. Cuando se habla de la conciencia se está refiriendo siempre al pecado que cada uno ha hecho y que grita en el interior de cada uno, exigiendo quitarlo. Por eso, muchos acallan su conciencia y siguen en su pecado. El que se arrepiente de su pecado, entonces hace caso de su conciencia. Ver a un pobre no es conciencia. La conciencia de la dignidad de un hombre pobre no existe. Existe la realidad: ese hombre vive en la pobreza. Pero nadie es culpable de esa pobreza. Es pobre por su pecado. Y no por otra cosa. Es pobre por el pecado de otros, que lo llevaron a su pecado. No se cae en la pobreza porque sí, por culpa de otros, de las circunstancias de la vida. Se cae en la pobreza porque hubo un momento en la vida en que esa persona creció en su pecado de avaricia, y su vida dio un cambio para mal, por no saben usar su dinero en la Voluntad de Dios, en la ley de Dios. A Francisco le encanta acusar a todos los hombres como culpables de la pobreza de los demás hombres. Es un acusador, como el demonio. El trabajo del demonio es acusar al hombre: «¿Acaso teme Job a Dios en balde?» (Job 1, 9). ¿Es que no tenéis conciencia de la dignidad de un ser humano, que pasa hambre por vuestra culpa, porque no le dais vuestro dinero?

2. El compartirlo todo con los hombres: esto es su comunismo. Como no existe el pecado, sino la conciencia de que hay pobres, entonces hay que repartir el dinero, los bienes materiales y espirituales, hay que darlo todo, hay que buscar el bien común, el bien que sirva para todos los hombres. Es hacer una limosna ciega, sin valor para el Cielo. Es sólo obrar cosas humanas, que gustan a los hombres. ¿A quien no le gusta que le den dinero gratis? Cuesta trabajar para ganar dinero. Cuesta esforzarse para recibir una bendición de Dios, porque hay que quitar el pecado, hay que trabajar en quitar el pecado. Pero, con Francisco, todo es gratis, todo es buscar un camino para compartir, para hacer vida social, para un nuevo orden mundial. Y, por eso, que los divorciados puedan comulgar, que los homosexuales se casen, que se bauticen a los hijos de las lesbianas…Hay que compartirlo todo sin discernir la Verdad. Se destroza la Iglesia.

Francisco ha destronado a Dios en su corazón y, por eso, trabaja para destronarlo de las almas, que todavía creen en Cristo, y de la Iglesia. Francisco coloca la idea del hombre en lugar de Dios: su ideal común de la fraternidad y de la solidaridad. Un ideal que no es el Evangelio, sino que nace de su ateísmo, de su negación de Dios, de su alejamiento de la Verdad, de su hipocresía en la Iglesia: vive como si fuera santo, y es un demonio.

Hay que defenderse de todo lo que sea instalación. El alma ya no tiene que vivir pisando las huellas de Cristo, poniendo su vida en la Vida de Cristo, instalando su corazón en el Corazón de Cristo. Ya Cristo no es el centro de la Vida, la seguridad de la existencia. Ya los problemas de la vida no se resuelven acudiendo a Cristo, por el camino de la Cruz, que Cristo marcó a todo hombre.

La vida tiene solución sólo instalándose en lo mundano, en la calle, en los hombres. Ahora, hay que tener en cuenta al hombre para darle un camino en la vida. Ya Cristo no es el camino, sino que el problema de cada hombre es el inicio de una nueva forma de pensar a Cristo y a la Iglesia.

Dios se reduce al humanismo; Dios queda humanizado. Y, por tanto, el hombre queda naturalizado. Lo natural es ser hombre, vivir para el hombre, ser solidario con los hombres, amar a los hombres, resolver los problemas de los hombres.: «les aliento a continuar en este trabajo de coordinación de la actividad de los Organismos internacionales, que es un servicio a todos los hombres» (Ibidem). Les aliento a seguir pecando en sus obras que hacen en la ONU. Trabajen para servir a los hombres. Sigan trabajando para seguir sirviendo a los hombres. Pero no ponga a Dios en medio de su trabajo. No hace falta. Porque ya Dios está en medio de todos los hombres. Ya a Dios nos lo inventamos cada día con nuestro trabajo.

Todo es el hombre. El hombre es, ahora, el que resuelve, el que dice, el que habla, lo que es Dios, los misterios divinos. Y es el que pone el camino a todo hombre. Para que los hombres se amen, busquemos un ideal común de fraternidad. Busquemos una idea en la que entren las demás ideas de los hombres, en las que se toleren las demás ideas humanas. Busquemos respetar al hombre, pero ya no a Dios.

Francisco abaja la Iglesia a sus pies humanos: él camina hacia el comunismo, hacia el protestantismo, hacia el ateísmo; así lleva a toda la Iglesia. ¿Todavía no tenéis inteligencia? Después de un año de fracaso tras fracaso, ¿no veis lo que es ese hombre? ¿Por qué no le pedís que renuncie a su falso gobierno en la Iglesia? Porque ¿está haciendo lo políticamente correcto? Porque ¿tiene que está ahí, entreteniendo a los hombres mientras se prepara la destrucción de toda la Iglesia?

Hay que defenderse de lo que sea clericalismo: entonces hay que defenderse de las ideas de Francisco que llevan al clericalismo. Francisco instrumenta la religión para poner su política, su comunismo en la Iglesia y en el mundo. Francisco trabaja para un fin político en la Iglesia. Trabaja para inmiscuirse en los asuntos públicos y profanos, para levantar un poder mundial en favor de los pobres, de los hombres sin dinero, de los marginados, de una clase social baja. Hay que defenderse de Francisco. Él siempre habla de lo que hace en la Iglesia. Pero habla de manera engañosa. Acusa a los que hacen clericalismo para poder él hacer el suyo libremente.

Pío IX condenó el liberalismo y el modernismo; León XIII atacó el capitalismo y el socialismo; San Pío X fulminó el modernismo. Porque hay que dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Esto es lo que no sabe hacer Francisco. Y está construyendo el nuevo gobierno mundial, que es todo política. Es sumergirse en los gobiernos del mundo para encontrar un líder apropiado que tenga el ideal común para compartir todos los bienes con todos los hombres.

Francisco lleva al Anticristo porque es un hombre sin Dios; un ateo. Y, por eso, presenta una religión sin Dios: no creo en el Dios de los Católicos, sino que creo en todos los dioses; y un cristianismo sin Cristo: hay que servir al hombre, no a Cristo.

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