Lumen Mariae

Inicio » apostasía » apostasía de la fe (Página 2)

Archivo de la categoría: apostasía de la fe

La Iglesia abandonada a la perversión de la mente de los hombres

zz7

«La Iglesia abandonada estará sin su suprema Cabeza, que la gobierna y dirige. Por un tiempo bastante largo, la Iglesia será privada de todas las oraciones y de todas las funciones; desterrada de Dios y de los Santos. Ellos intentarán remover todos los Crucifijos y estatuas de los Santos de todos los sepulcros y los arrojarán en un lugar profano para destrozarlos con alegría» (Marie Julie Jahenny  – 29 de marzo de 1879).

El tiempo para que las profecías se cumplan está a la mano.

La Profecía no es una Palabra de Dios inútil, sin ningún valor, a la cual no hay que creer.

La Profecía es la Palabra de Dios, la Mente Divina.

Dios nunca calla, nunca está en silencio. Dios es Revelación: es una Palabra que manifiesta la Verdad al hombre.

Y, por eso, ninguna profecía puede ser echada a un lado, ignorada, anulada, sometida a la interpretación de las mentes humanas.

Todos tienen la obligación moral de conocer a los profetas de Dios, de creer en ellos y de seguir sus profecías. Todos: Jerarquía y fieles de la Iglesia Católica.

La gran soberbia de la Jerarquía es combatir a los profetas de Dios. Y por eso, Dios castiga al sacerdote o al Obispo que no cree en los profetas. Tienen luz para discernir una profecía, y no lo hacen, sólo por su maldita soberbia. Y no por otra cosa.

Cada sacerdote, cada Obispo es un profeta. Pero, ¡qué mal uso se hace – entre la Jerarquía- de la gracia de la Profecía! Se convierten, entonces, en falsos profetas.

Una Iglesia sin Cabeza. Eso comenzó ya con la subida de Bergoglio al poder. Este hombre es sólo un político, que pertenece al bando de los comunistas:

«Yo anuncio un terrible castigo por aquellos que se han vestido con vestiduras sagradas y han sido colmados de gracia…Ellos persiguen Mi Iglesia…Ellos son muy culpables, no todos de ellos, pero muchos, un gran número… Conozco sus intenciones, conozco sus pensamientos… Veo la debilidad tomando cuerpo de mis sacerdotes para extenderse de manera espantosa…, la gran parte no está en el camino monárquico, ellos son de aquellos que plantan en este pobre país la bandera que es el color de la sangre y el terror…» (Marie Julie Jahenny  – 25 de octubre 1881).

Terrible castigo es Bergoglio para toda la Iglesia. Fue colmado de gracia y ha respondido -a esa plenitud de gracia- con la plenitud de su maldad.

¡Bergoglio: perseguidor de la Iglesia de Cristo!

¡Bergoglio de la bandera de color de sangre y terror! ¡Bandera comunista!

«La compasión lleva a Jesús a actuar concretamente: a reintegrar al marginado» (15 de febrero del 2015): esto es pura teología de la liberación. Puro marxismo. Puro comunismo. Es la enseñanza de este falso papa a sus falsos cardenales.

Reintegrar al marginado: hay que meter en la Iglesia al marginado homosexual, al marginado divorciado, a la marginada mujer, etc… Jesús salva almas, no reintegra en la sociedad. Jesús lleva almas al Cielo, no abre una sucursal del pecado en la tierra.

Integración, liberación, socialización: «la compasión de Jesús ante la marginación y su voluntad de integración» (Ib).

Esta homilía es el vómito comunista de Bergoglio.

¡Y cuántos se lo comen, se alimentan de esta basura ideológica!

Este hombre ha cogido la ley de Moisés y la ha torcido: el resultado lo que ha predicado, su evangelio de la marginación.

«El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre» (Ib): no condenes, no juzgues. Lo dice Bergoglio. No hay Justicia de Dios para Bergoglio. Sólo hay pura misericordia. Y pura significa: que todos se salvan. No hay ninguno que se condene.

Es una misericordia basada en una caridad masónica:

«La caridad es creativa en la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. Encontrar el lenguaje justo…» (Ib): que la inteligencia del hombre no vaya en busca de la verdad absoluta. ¡No existe! Que la inteligencia del hombre se pervierta buscando el lenguaje que gusta a todo hombre: la bandeja de plata, la palabra melosa, la idea brillante, creativa. Hay que escoger la palabra para dirigirse al hombre….La Verdad ya no vale para enseñar, para gobernar, para salvar. Ya lo que Jesús ha predicado es inservible para alimentar a las almas. Ahora hay que darle a la gente melodía mental, lenguaje programático, ideas masónicas, obras protestantes, negocio comunista.

La caridad es creativa: ¿en qué lugar de la Sagrada Escritura se enseña eso? ¡En ningún lugar! Eso se enseña en el evangelio de la marginación del falso Papa Bergoglio. Falso evangelio para una falsa iglesia. Un hombre sin mente: un loco de atar es Bergoglio.

¡Cómo huele a marxismo!: «Invoquemos la intercesión de María, Madre de la Iglesia, que sufrió en primera persona la marginación causada por las calumnias y el exilio…». La Virgen María no es la que sufrió por los pecados de los hombres, sino la que sufrió la injustica social de las calumnias y del exilio. ¡Qué vomito de comunismo!

Este hombre ha iniciado, hace ya dos años, la ocultación de la Verdad en toda la Iglesia: habla como un maldito, comiendo su error en cada palabra que predica, que escribe.

Y otro lo va a continuar, porque él no sabe gobernar la iglesia de los masones. Él está con sus malditos pobres. Él es sólo el llorón de la vida de los hombres. Él levanta la iglesia de la reintegración social.

«os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos – edificados por nuestro testimonio – no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial»: ¿quién puede seguir esta exhortación sin crucificar de nuevo a Cristo? ¿Quién puede hacer caso a este imberbe de la gracia, sin poner en riesgo la salvación de su propia alma?

¡Huyan de Bergoglio como de la peste!

Sólo tiene inteligencia para vivir su pecado y hacer que otros lo vivan: «edificados por nuestro testimonio»  ¡Maldito testimonio el que da Bergoglio a toda la Iglesia! ¡Maldito seas, Bergoglio!

Tu testimonio, como Obispo que eres, tiene que ser el de Cristo, la Mente de Cristo, la Mente de la Verdad. Y sólo das testimonio de la perversidad de tu mente humana ¡Maldita sea tu mente, hecha a la medida de tu padre, Satanás!

«No tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados»: sé un homosexual con los homosexuales; aborta con los que abortan; peca con los que quieren pecar… No margines con tus ideas dogmáticas, con tus tradiciones:

«Jesús revoluciona y sacude fuertemente aquella mentalidad cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios… abriendo nuevos horizontes para la humanidad y revelando plenamente la lógica de Dios…Para Jesús lo que cuenta… es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos».

Escandalizado está Bergoglio con aquellos que aman la Verdad Absoluta, que les hace excluir, marginar de la Iglesia a muchos hombres, a sus malditos pobres. No los puede ni ver.

¡Cómo les gusta a los modernistas las palabras: revolucionario, libertad, reintegración!

¡Están en su salsa! El bien común. Atender el cuerpo de las personas, pero no sus almas.

Para Jesús lo que cuenta son las almas: salvar las almas. Y eso es todo.

Para Bergoglio, que ataca a Jesús, lo que cuenta es la gloria del hombre, el aplauso, la fama: que le digan: qué bien que predicaste.

«No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado»: si no amas al homosexual, eres un pervertido para este hombre.

«…sobre el evangelio de los marginados, se juega y se descubre y se revela nuestra credibilidad»: eres creíble como Iglesia si eres comunista, si eres del pueblo, si das un gusto a la gente, si les hablas bien, si les das un beso y un abrazo, si les dices que Dios ama a todo el mundo…No quites tus mentiras de tu mente: Dios te ama porque eres un gran mentiroso, porque obras una gran mentira, porque predicas la mentira como verdad….

La Iglesia ha sido abandonada a la mente y a las obras de un comunista, de uno que predica para agradar a los hombres, para darles un gusto, un entretenimiento en sus vidas.

Abandonada está toda la Iglesia: todo el Rebaño disperso, sin un norte, sin una luz, sin un camino, sin una vida, sin una verdad.

Todo es muerte alrededor del Vaticano. Muerte. Muerte de la gracia, muerte del Espíritu. Muerte de la verdad: la Iglesia, en Bergoglio, se halla privada de la Verdad: de la oración que salva; de la penitencia que purifica el corazón, del poder del amor que obra la verdad en la vida.

Hay que desterrar a la Iglesia de todo lo santo, de todo lo sagrado, y hay que meterla en el sepulcro:

«San Miguel dijo que Satanás tomará posesión de todo por algún tiempo, y que reinará completamente sobre todas las cosas; que toda la bondad, la Fe, la Religión serán enterradas en el sepulcro… Satanás y los suyos triunfarán con alegría, pero después de este triunfo, el Señor volverá a coger su propio pueblo, y reinará y triunfará sobre el demonio, y levantará desde la tumba la Iglesia enterrada, y la postrada Cruz…» (Marie Julie Jahenny  – 19 de Marzo de 1878).

¡Qué pocos creen en estas profecías!

¡Qué pocos siguen creyendo a pesar de ver lo que ven en el Vaticano!

¡Qué pocos son los que buscan la verdad con sus inteligencias!

¡Muchos son los que viven una fe muerta: la fe oficial del Vaticano!

«…Ellos han hecho poco caso de lo que Yo he revelado… ¡Ellos no han querido la luz!… He sufrido mucho por todo esto. El dolor oprime Mi Corazón en este momento… cuando recuerdo la dura recepción de Mis Palabrasno hicieron caso…»1.

Esta es una Madre en el Dolor de Su Corazón. Los hombres de la Iglesia, sus sacerdotes, sus Obispos, no hacen caso de las palabas de Su Madre, como si estas no tuvieran ninguna importancia para la Iglesia; como si la Iglesia se hiciera sólo con el pensamiento de los hombres, con su palabra humana.

La Iglesia es Divina y, por tanto, necesita de la Palabra Divina: la Palabra de la Virgen y la Palabra de Jesús, que siguen hablando a sus almas, aunque les pese a la mayoría de la Jerarquía y de los fieles.

La Jerarquía actual de la Iglesia habla que el hombre está marginado, y lo único que hace es –con eso- marginar ellos a toda la Iglesia, a toda la verdad en la Iglesia. A todas las almas que siguen la Verdad en la Iglesia. Y eso trae un castigo del cielo.

Porque se rechaza la palabra de los profetas, de los verdaderos católicos, por eso, viene el castigo para toda la Iglesia:

«Mi Hijo Divino… que vio el desprecio de Mis Promesas, ha hecho los preparativos en el Cielo para dar una medida de severidad a todos aquellos que se negaron a dar a conocer Mi Palabra a mis hijos, como una  luz brillante, verdadera y justa…»2.

La Iglesia no ha creído ni en La Salette ni en Fátima. Ha dado sólo su burda interpretación de esas profecías, y las ha dejado en el olvido.

Esa Jerarquía, que tiene la plenitud del sacerdocio, y no es capaz de discernir una profecía. No es capaz de penetrar en la verdad absoluta que allí se manifiesta, y no es capaz de enseñar al Rebaño el camino que Dios quiere de Su Iglesia.

¿Qué enseñan? El falso evangelio de la marginación.

El camino de la Iglesia no lo hacen los Jerarcas; no lo hace Bergoglio, sino Cristo con Su Cruz. El camino es siempre Cristo, no los hombres. Nunca los hombres. Ya ellos, los que gobiernan en la Iglesia, no son humildes:

«El sacerdote ya no es más humilde; no es más respetuoso; él es frívolo y frío en el servicio sagrado. Piensa en la fortaleza de su cuerpo cuando permite que las almas giman sin consolación…»3.

La Jerarquía sólo vive para una vida humana, una vida en el cuerpo, y poco o nada le interesa la vida del Espíritu: alimentar a  las almas con el Pan del Cielo. Sólo se les da el alimento comunista, protestante. Y, por eso, se observan ya en muchas parroquias, en muchas capillas, la abominación de la desolación.

Sacerdotes que quieren que la Iglesia sea de otra manera, más acorde al pensamiento de la época. Son ya otros Judas. No tienen vergüenza de hablar de sus pecados y de sus herejías. Y enseñan al Rebaño a pensar como ellos, a vivir como ellos: en el pecado, en el error, en la mentira.

«¡Para salvar la vida de su cuerpo, muchos perderán sus almas!». Esto es lo que ya está pasando en toda la Iglesia.

Para seguir comiendo: no me opongo a Bergoglio.

Para seguir teniendo un trabajo: no me opongo a Bergoglio.

¡Fariseos, hipócritas!¡Hombres de fe muerta!

«…falsos apóstoles, que bajo la apariencia de las palabras melosas y falsas promesas, dicen mentiras prostituyendo a mis queridos hijos, para salvar sus vidas de la tormenta y el peligro de sangre…»4.

No se quiere la Cruz, el sufrimiento, el desprecio de los hombres. Se quiere su abrazo, su interés, su negocio: hay que «ir a buscar a los lejanos en las periferias esenciales de la existencia» (15 de febrero del 2015). ¡Este es el negocio redondo en el Vaticano!

«… ¡huid de la sombra misma de estos hombres que no son otros que los Enemigos de mi Hijo Divino!».

¡Huyan de la sombra de Bergoglio y de todo su clan!

Toda la Jerarquía que gobierna, en la actualidad la Iglesia, es Enemiga de Cristo. Y hay que huir de ellos: huir de Roma. Refugiarse, porque de Roma viene el gran castigo para todo el mundo.

De esos sacerdotes y Obispos que ya no son de Cristo, porque han puesto sus oídos en la mentira, en las palabras mentirosas de los hombres del mundo:

«¡Cuando veo a los enemigos presentando sus promesas…. a muchos de aquellos que son sacerdotes de mi Divino Hijo! Cuando veo aquellas almas dejándose descender hasta el fondo del abismo… ».

¿Qué ha sido este discurso para los nuevos Cardenales? Gente que se ha dejado descender hasta el fondo del abismo.

¿Qué se creen que es toda esa Jerarquía llamada el gobierno horizontal de la Iglesia? Gente que desciende al infierno. Y no es otra cosa. Y, por tanto, arrastran consigo multitud de almas. Muchísimas.

El Rebaño siempre sigue a la Jerarquía. Siempre. Donde va la cabeza, va el cuerpo.

«Dentro de 100 años el cielo cosechará su grano… incluso antes de que acaben los 100 años. Por lo tanto, no está muy lejano…Todos los pecadores, los masones, quieren unir las fuerzas para vengarse ellos mismos en Mi Templo Santo. La corrupción y el veneno propagarán sus hedores y Mi Iglesia Santa experimentará escándalos que hará llorar al cielo y a la tierra…Poco después ellos subirán al poder en todo, y será la liberación del demonio… El sagrado sacerdocio será cubierto de vergüenza… Una queja secreta reina en los corazones de muchos sacerdotes en contra del vínculo de la Fe…Y perpetrarán horribles escándalos y clavarán la espada en el corazón de la Iglesia. La protesta furiosa nunca fue tan grande… Y Satanás añadió: Yo atacaré a la Iglesia. Y derribaré la Cruz, yo diezmaré al pueblo, y pondré una gran debilidad de Fe en los corazones. Durante un tiempo seré el maestro de todas las cosas, todo está bajo mi control, incluso Tu Templo y todos Tus fieles» (Marie Julie Jahenny  – 19 de Marzo de 1878).

01

1 «Hoy Mis Ojos todavía tienen un rastro de las lágrimas que derramé el día, cuando Yo quería llevar a mis hijos las buenas noticias si se convertían, pero tristes noticias si continuaban con sus iniquidades… Ellos han hecho poco caso de lo que Yo he revelado… Ahora es el tiempo que esas grandes promesas serán cumplidas, las cuales las Autoridades de la Iglesia han despreciado… ¡Ellos no han querido la luz!He sufrido mucho por todo esto. El dolor oprime Mi Corazón en este momento…. La espada más dolorosa es ver ahora mismo las disposiciones que han tomado y las que están en vías de plantearse… Es ver a los pastores separándose del Vínculo Sagrado que dirige y gobierna la Santa Iglesia… Mis hijos, cuando recuerdo el día que traje Mis Avisos a la Montaña Santa, al mundo amenazado; cuando recuerdo la dura recepción de Mis Palabras… no por todos, pero por muchos. Y aquellos que deberían haber dado a conocerlas a las almas, a los corazones y a los espíritus de los niños con una gran seguridad, con una penetración profunda; no hicieron caso. Ellos los despreciaron y la mayoría de ellos les negaron su confianza» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1901 – Aniversario de la Aparición de La Salette).

2 «Mi Hijo Divino, que lo ve todo en las profundidades de la conciencia … que vio el desprecio de Mis Promesas, ha hecho los preparativos en el Cielo para dar una medida de severidad a todos aquellos que se negaron a dar a conocer Mi Palabra a mis hijos, como una  luz brillante, verdadera y justa… Cuando veo lo que le espera a la tierra, Mis Lágrimas fluyen de nuevo…» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1901 – Aniversario de la Aparición de La Salette).

3 «El sacerdote ya no es más humilde; no es más respetuoso; él es frívolo y frío en el servicio sagrado. Piensa en la fortaleza de su cuerpo cuando permite que las almas giman sin consolación… Las fiestas mundanas serán pagadas terriblemente en la eternidad…En el Día de mi gran sacudida de Mi Ira: muchos negarán al Rey que han servido. Los sacerdotes infieles no tendrán miedo de negar a Su Padre y poner en evidencia su sacerdocio por toda la eternidad, como Judas. Veremos la traición que tendrá lugar el día en que el Terror será generalizado…. ¡Para salvar la vida de su cuerpo, muchos perderán sus almas!» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1896).

4 «…falsos apóstoles, que bajo la apariencia de las palabras melosas y falsas promesas, y mienten prostituyendo a Mis queridos hijos, para salvar sus vidas de la tormenta y el peligro de sangre… Os aseguro: ¡huid de la sombra misma de estos hombres que no son otros que los Enemigos de mi Hijo Divino! Una vez más remito, de nuevo, a esta inmensa tristeza: Veo algunos pastores a la cabeza de la Iglesia Santa… cuando veo este atropello irreparable, el ejemplo mortal de quienes serán un desastre para Mi querido pueblo, cuando veo esta ruptura de vínculos… Mi Dolor es inmenso y el Cielo está grandemente irritado… Oren por aquellos pastores cuya debilidad causará la pérdida de una multitud de almas. ¡Cuando veo a los enemigos presentando sus promesas…. a muchos de aquellos que son sacerdotes de Mi Divino Hijo! Cuando veo aquellas almas dejándose descender hasta el fondo del abismo, te digo esto: Me sorprende, como Madre de Dios Todopoderoso, que Mi Hijo no abra inmediatamente los Cielos para derramar los golpes de su Ira sobre sus enemigos, que insultan y le indignan…» (Marie Julie Jahenny – 19 de septiembre 1901 – Aniversario de la Aparición de La Salette).

La historicidad del pensamiento

10540744_1417193441907239_8118367378573564455_n

«Cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión, su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma. Al principio del diálogo está, pues, el encuentro» (Bergoglio, 24 de enero 2015).

Dos cosas se revelan en el pensamiento de este hombre:

  1. La duda de Descartes: nos preguntamos sobre nuestra espiritualidad: tenemos dudas en lo que creemos, no estamos convencidos, porque no existe la verdad absoluta. Hay que dudar de todo para encontrar una verdad absoluta: que será la mente de cada uno. La mente que se vuelve consciente a sí misma, que se ve reflejada en sí misma. Y como la mente del hombre no puede tener en sí toda la verdad, entonces tiene que buscar al hombre, tiene que dialogar con todos los hombres, para así poseer toda la verdad. Por eso, es necesario buscar una religión mundial en donde se reúnan las mentes diversas de los hombres, y así poseer toda la verdad, que será encontrar la felicidad en la tierra.
  2. Al principio del diálogo, ya no está la verdad, sino la mente de los hombres, el encuentro con cada mente humana: esto se llama el pensamiento histórico.

O con las palabras de Kasper:

«Aprendemos en presencia de una historización radical de todos los ámbitos de la realidad. Todo está en agitación y cambio; apenas hay algo sólido y resistente. Este cambio histórico también ha tomado la iglesia y su comprensión de la fe» (Kasper – E. Troeltsch, más del método histórico y dogmático en la teología)

Todo el problema de estos hombres está sólo en esto: en negar a Dios Creador.

El hombre no es obra de la historia, sino del Creador. Esta es la verdad combatida por toda la Jerarquía herética, modernista, cismática, que guía, en la actualidad, a la Iglesia.

La mente del hombre es obra de Dios, no es la consecuencia de una historia, de un suceso cambiante, de unas circunstancias en las que vive el hombre.

Dios ha hecho la mente del hombre para la verdad absoluta, para que el hombre haga en su vida la obra de una permanencia, de una estabilidad, de algo que sea eterno, para siempre. Si el hombre no vive para un fin absoluto, sino que vive para algo que cambia, que es inestable, entonces el hombre no puede dar sentido a su existencia humana.

Siempre, y en todas partes, el hombre es lo que es, es como Dios lo ha creado. En cada tiempo de la historia. Y a pesar de los sucesos históricos, el hombre sigue siendo hombre. Su mente no cambia, su esencia no cambia. Y, por lo tanto, para resolver el problema del hombre sólo hay que mirarlo como Dios lo creó. Sólo hay que ver lo que hizo el hombre ante la Creación de Dios. Y sólo así se puede entender qué Dios quiere de cada hombre.

Si el hombre está en cambio y en agitación, entonces ¿qué es el hombre? Si lo que Dios ha creado, está siempre en evolución, entonces ¿qué es la Creación? Si la Iglesia que Jesús ha puesto en Pedro no es siempre la misma, entonces ¿qué es la Iglesia? Si los dogmas no son verdades absolutas, entonces ¿para qué los dogmas?

Este es el grave problema de la historicidad del pensamiento de estos hombres. No conciben al hombre como ser dependiente de Dios, con una dependencia absoluta. No lo ven como un ser creado por Dios. Lo conciben sin la sujeción a un ser inmutable, eterno, infinito.  Y, por lo tanto, buscan en el hombre sólo una cosa: el imperio de su libertad, anulando así la esencia propia del hombre. No buscan lo que es el hombre, su esencia, el orden de su naturaleza, sino que se ponen por encima del mismo ser del hombre, para así crear, con sus inteligencias humanas, un nuevo hombre, un ente de razón sin fundamento en la realidad.

Primero es el orden, no la libertad:

«Orden, no la libertad, es el principio más elevado, y la mejor garantía también del grado correcto de la libertad» (Ethics and the national economy – Henrich Pesch – pag 34).

Sin un orden moral, el hombre se esclaviza a su propia libertad, que será la obra de su propio pecado. Sin un orden divino en la creación, el hombre la destruye con su libertad. Sin un orden humano, las sociedades son sólo engendros del demonio.

Primero es la naturaleza que Dios ha creado; después es la obra en esa naturaleza.

«en lo más íntimo del ser humano, el Creador ha impreso un orden que la conciencia humana descubre y manda observar estrictamente. Los hombres muestran que los preceptos de la ley están escritos en sus corazones, siendo testigo su conciencia» [Rom 2,15] (Juan XXIII – Pacem in Terris).

La libertad es para obrar la naturaleza racional del hombre: para poner por obra lo que el hombre piensa y decide, de acuerdo al orden natural, racional, divino, que Dios ha escrito en la naturaleza del hombre.

Pero si la mente duda de su propia naturaleza humana, de su propia esencia, entonces el hombre sólo busca su interés en la vida, pero no la verdad de su naturaleza humana.

Busca su autonomía, su independencia, su libertad y, con ella, engendra un “orden” contrario a su propia naturaleza, que es siempre un desorden en el hombre, en su misma esencia.

Hoy se pone la libertad como madre del orden. Por tanto, el hombre tiene que destruirlo todo para construir su mundo, su creación, su humanidad, su dios, su religión, su iglesia.

Si en la naturaleza humana no hay un orden inmutable, puesto por Dios, entonces el hombre vive buscando ser como Dios: se hace dios para sí mismo.

Bergoglio dice a los fieles del islam: «cuando nos acercamos a una persona que profesa con convicción su propia religión», entonces no hay decirle la verdad: vas mal en tu religión. Está prohibido decir esto, porque la mente enseña a dudar: «su testimonio y su pensamiento nos interpelan y nos llevan a preguntarnos sobre nuestra espiritualidad misma».

No puedes juzgar el testimonio y el pensamiento del otro porque son verdaderos: «nos interpelan y nos cuestionan». Por eso, Bergoglio no puede juzgar a nadie, porque ve la mente de los demás como una verdad, no como una mentira. Y lo ve así porque ha anulado el orden divino en la naturaleza humana. Se ha construido un nuevo orden, que su mente lo crea en ella misma. Y lo construye porque mira la historia, mira al hombre. Ya no mira a Dios.

El hombre, su mente, su vida, sus obras, son una hechura de la historia: no son una creación divina, una providencia de Dios, un poder divino. La mente ya no se rige por la ley de su naturaleza, sino por la ley de la historia, que es una ley gradual, de perfección en la inteligencia humana.

Por eso, Bergoglio, al no poseer la verdad en su naturaleza humana, tiene que buscarla en los demás, en el diálogo, en la charla, en las ideas diversas de todos los hombres. Y, por eso, dice: «Al principio del diálogo está, pues, el encuentro».

El encuentro con la verdad se halla sólo en el diálogo con los hombres. Bergoglio anula la fe, porque ha anulado a Dios como ser real, independiente del hombre y de la Creación.

Para Bergoglio, Dios está en la creación, metido en ella. Y hay que descubrirlo en los cambios, en cada época, en cada tiempo de la historia, en cada hombre, en cada cultura. Ese dios se va manifestando de muchas maneras, y sólo así se puede llegar a toda la verdad. Y se llega en el asombro, en la sorpresa, en la maravilla:

«si se parte del presupuesto de la pertenencia común a la naturaleza humana, se pueden superar los prejuicios y las falsedades, y se puede comenzar a comprender al otro según una perspectiva nueva».

Hay que partir del hecho de un humanismo: todos pertenecemos a una naturaleza humana. Bergoglio no parte del hecho de un orden moral, de una ley divina. Bergoglio se centra en el hombre.

Para hablar con los hombres que profesan una fe distinta, no hay que fijarse en el contenido de esa fe. Sólo hay que mirar que son hombres como nosotros. Y así se puede superar los prejuicios y las falsedades. Esto que dice Bergoglio no tiene ni pies ni cabeza en la vida real de los hombres.

Por más que mires al otro como un hombre, siempre vas a ver cosas que no te gustan y que no quieres seguir. Siempre vas a rechazar a los hombres por las ideas que muestran, y que no están conformes a una ley, a una norma de moralidad, a un orden establecido.

Bergoglio enseña  algo utópico: si miras al otro como hombre, entonces no hay diferencias, se superan los prejuicios y las falsedades. Bergoglio siempre carece del mínimo sentido común. No tiene lógica humana su pensamiento.

Claro: si sólo vemos al otro como hombre, entonces nos tenemos que inventar una perspectiva nueva, que tiene  que ir, necesariamente, en contra de toda verdad. Y eso conlleva inventarse un nuevo pensamiento, el de la historia:

«El trabajo académico, fruto del esfuerzo diario, va a investigar las fuentes, a colmar las lagunas, a analizar la etimología, a proponer una hermenéutica del diálogo y, a través de un enfoque científico inspirado en el asombro y la maravilla, es capaz de no perder la brújula del respeto mutuo y la estima recíproca».

Investigar las fuentes: no hay que creer en las fuentes de la Revelación. Todo debe ser medido, sopesado, triturado, por la inteligencia del hombre. Es la razón la que debe mostrar la verdad de las cosas. No es la fe: no es la obediencia de la razón humana a Dios lo que revela la verdad al hombre. Es la conquista de la razón por la razón. El hombre se hace dios en su historia propia.

Y, por eso, hay que colmar las lagunas: aquello que la razón no comprenda,  tiene que llenarlo con sus investigaciones, suplirlo, con sus ciencias, con su progreso humano.

Hay que analizar la etimología de las palabras porque no hay palabras absolutas. Todas cambian. No hay una palabra que signifique una verdad absoluta. Hay que dar al lenguaje humano una nueva forma de comprensión, para que todos los hombres participen en ella, y puedan ser comprendidos y aceptados por los demás hombres.

Es lo que dicen continuamente Kasper y demás compañía: no queremos cambiar la doctrina, sino la forma del lenguaje.

Todo -el hombre- lo analiza, lo sintetiza, lo divide, hasta el diálogo: hay que proponer una hermenéutica del diálogo. Los hombres no saben dialogar, no saben escucharse: hay que educarlos. Una nueva educación.

Y, ahora, viene el colmo de la estupidez: «a través de un enfoque científico inspirado en el asombro y la maravilla». Hay que dedicarse a hacer ciencia ficción.

¡Este es el mensaje de Bergoglio!

Una ciencia inspirada en el asombro y en la maravilla. El científico se basa en datos, en razones, en comprobaciones. Esa ciencia no vale. Como Dios es un Dios de sorpresas, hay que dialogar para crear un método de ficción, en donde haya cosas mágicas, mentales, preternaturales, etc… Por eso, si un extraterrestre se aparece, hay que bautizarlo. Es la ciencia inspirada en el asombro…

Los católicos, cuando leen a este hombre, ¿qué leen? ¿No se dan cuenta de las estupideces que dice a cada rato? ¿No disciernen esto?

«Con estas premisas, uno se acerca de puntillas al otro, sin levantar el polvo que enturbia la vista»: esto es para reírse. Si le muestras al otro un mundo de asombro, de maravillas, mágico, ficticio, ¿cuál va a ser la respuesta del otro? Este hombre, ¿de qué me está hablando? Este hombre se está riendo de mí;  me cuenta un cuento, una fábula. De esta manera, es claro que espantamos a los demás –no nos acercamos de puntillas-, porque no hay seriedad en las palabras.

¡Esto es Bergoglio! ¿Qué se creen que es este hombre?

Un hombre sin ninguna verdad:

«el antídoto más eficaz contra cualquier forma de violencia es la educación en el descubrimiento y la aceptación de la diferencia como riqueza y fecundidad».

Caín mató a Abel porque no descubrió en él la diferencia; no la aceptó como riqueza y fruto para su vida, no fue un valor para su vida.

Todos los hombres que ejercen una violencia, tienen el mismo problema: no fueron educados para descubrir las diferencias que hay en el pensamiento de los otros.

Y, entonces, ya no se mata por odio o por cualquier otro pecado. Sólo se mata por falta de educación. Hay que meter a los asesinos en clases de diálogo, para que aprendan a ver a los demás como algo valioso para sus vidas. El remedio para la violencia, el remedio para acabar con Isis: el psiquiatra.

El católico tiene que aprender a quitar sus dogmatismos, porque son una especie de violencia contra los musulmanes. Los católicos tienen que descubrir que los musulmanes son buena gente, son hombres que Dios ha salvado. Dios los ama  aunque maten muchos hombres.

En el pensamiento histórico de estos herejes y cismáticos, la gracia se da de manera absoluta a todos los hombres. Y, por eso, todos se salvan y se van al cielo:

«en el concepto absoluto del cristianismo no se trata de las pretensiones absolutas de una comunidad religiosa particular, sino del valor absoluto del evangelio de la gracia para todos los hombres» (Carácter absoluto del cristianismo -Walter KASPER – Sacramentum Mundi, Herder, Barcelona 1976, vol II, cols. 54-59).

No hay una Iglesia que posea toda la Verdad, sino que existe el evangelio de la gracia: la gracia, que Cristo ha traído, ha sido derramada en todos los hombres. Cristo ha dado a la historia del hombre un nuevo cambio. Ya lo antiguo, el Antiguo Testamento no existe, ha quedado suplantado por lo nuevo, que trae Cristo.

Ellos van buscando un cristianismo que «implica una aceptación y afirmación incondicionales del hombre y del mundo»,  en el cual se proclame «que Dios ama al mundo  y lo ha aceptado en forma absoluta y divina, y que, por tanto, él no puede hallarse abandonado en el abismo del vacío y de la nada, del absurdo y de la esquizofrenia» (Ib).

La maldición del Paraíso ha sido quitada por la bendición de Cristo. Y, por lo tanto, Dios ya puede amar el mundo, de una manera absoluta y divina. Antes no podía: el hombre no había progresado en su pensamiento histórico:

«El hombre no vive sólo en una historia que de alguna manera sigue siendo externo a él; la historia es más bien  […] la constitución del pueblo […] El hombre […] es profundamente histórico» (Kasper – E. Troeltsch, más del método histórico y dogmático en la teología).

El hombre es profundamente histórico: el hombre y  su historia: el hombre es la obra de la historia. Según el progreso de la historia, así va a ser el hombre y su mente. Y, por eso, con Kant, con Hegel, con el idealismo alemán, el hombre llega a su culmen, a la perfección del pensamiento. El modernismo sólo es el fruto de esa perfección.

Y, por lo tanto, hay que concluir que «el cristianismo no excluye sino que incluye las otras religiones y los demás esfuerzos en torno a la verdad; más que exclusivo es inclusivo. Por eso el cristianismo está dispuesto al diálogo con las religiones y la filosofía» (Carácter absoluto del cristianismo -Walter KASPER – Sacramentum Mundi, Herder, Barcelona 1976, vol II, cols. 54-59).

Ellos buscan una religión que no excluya a nadie, sino que lo incluya todo. En la práctica es siempre una utopía este proyecto. Levantarán esa nueva iglesia mundial, que lo incluye todo, pero será por poco tiempo. Por el pecado original, los hombres siempre tienden a separarse, a dividirse, a criticarse unos a otros. Nadie puede ocultar el pecado original en la sociedad.

Para estos herejes, no existe la norma de moralidad, la ley:

«Cristo, como cumplimiento, es también el final de la ley (Rom 10, 4); él cumple la ley en cuanto la suprime (Ef 2, 15; Col 2, 14); el cumplimiento, por ser una acción prodigiosa de Dios, crea una realidad nueva que no puede deducirse de otra anterior» (Ib).

Cristo ha suprimido la ley. Por eso, para estos herejes sólo existe la ley de la gradualidad: todo es una evolución del pensamiento del hombre. Cristo mismo es una evolución en la historia del hombre.

Toda esa Jerarquía va buscando la falsa iglesia, que incluya a todo el mundo, menos a los católicos verdaderos. A estos no; porque son un claro peligro a la paz y a la felicidad que va a dar a todo el mundo esa nueva y falsa religión. Y será esta iglesia universal la que imponga la marca de la bestia. No es un gobierno mundial. La marca de la bestia es el sello de la nueva iglesia mundial; es el nuevo credo, el nuevo pensamiento, la nueva fe en el hombre que se cree, que se ha hecho a sí mismo, en su mente, dios.

Cristoc Rey

«Es la iglesia la que pondrá la marca en la frente y en la mano. Es la iglesia la dispensadora de los alimentos y la que se presentará como única salvación del hombre… Pero es la falsa iglesia (…) «Ponte esta señal en la frente y te dispensaremos los alimentos». «Únete a nosotros». «Abandona ritos ancestrales». «Ven a una reunión con tus hermanos y goza de la alegría fraterna verdadera». «No vivas aislado». «¿Te crees mejor? ¿Te crees bueno?…». «No te aíslas tú, sino que aíslas a tus hijos por querer seguir con tradiciones ancestrales pasadas de moda». «¿No sabes que la iglesia ha cambiado?». «Libérate y no te llenes de hijos. Sobre todo no en esta época de carestía». Y una vez que dices que no, que no te pueden convencer, los malos, los peores te perseguirán hasta procurarte, incluso, la muerte» (Jesús, 19 de marzo del 2004 – La verdadera devoción al Corazón de Jesús, Dictados de Jesús a Marga, Parte II, pág. 50).

El Anticristo maneja los hilos de la Iglesia y de los gobiernos del mundo

b02

«antes de instaurar el Nuevo Orden Mundial, que es político, se deberá instaurar la Única Religión Mundial» (Conchiglia)

Hay muchas personas a quienes no les gusta Bergoglio. Esto es, cada día, más evidente. No se puede esconder. No se puede disimular ya. Ni siquiera los que lo siguen se encuentran a gusto con él, porque no les da lo que ellos quieren: una iglesia sin cruz, sin doctrina, sin sacramentos, sin Cristo.

Es necesario ir a la única Religión mundial. Pero no se puede ir si no se acaba con la Iglesia Católica. Hay que meter en la Iglesia Católica la división en la doctrina. Esto es lo que Bergoglio no ha podido hacer todavía. No le han dejado porque él sólo es un hombre que habla su vida de pecado, pero que no sabe poner en una ley, en una norma, esa vida.

Bergoglio es el falso profeta, pero no es la persona del Falso Profeta: no está en la iglesia del anticristo. Está, a penas, levantando su nueva estructura de iglesia. Ya ha puesto su primera división: el gobierno horizontal; pero le falta lo más importante: la doctrina.

Bergoglio es un hombre que no convierte a nadie, porque es un hombre que busca el ecumenismo sin la cruz.

«los creyentes en Cristo no pueden permanecer divididos. Si quieren combatir verdadera y eficazmente la tendencia del mundo a anular el Misterio de la Redención, deben profesar juntos la misma verdad sobre la Cruz. ¡La Cruz! La corriente anticristiana pretende anular su valor, vaciarla de su significado, negando que el hombre encuentre en ella las raíces de su nueva vida; pensando que la Cruz no pueda abrir ni perspectivas ni esperanzas: el hombre, se dice, es sólo un ser terrenal que debe vivir como si Dios no existiese» (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.1).

No hay división si hay fe en la verdad sobre la Cruz. Si los hombres no creen en la Cruz, no sólo como un hecho histórico, sino también real, eterno, que permanece y se realiza en cada Altar, entonces los hombres nunca podrán unirse en Cristo.

Cristo une en Su Cruz: ahí está toda la Vida de la Iglesia. La Cruz es el Camino hacia la Verdad de la Vida Divina. A los pies de la Cruz permaneció la Virgen y el discípulo amado. Los demás huyeron en la gran división de sus mentes humanas. El hombre no tiene otro camino, otra esperanza: el mundo hay que llevarlo a la Cruz. Hay que crucificar al hombre viejo para que renazca el nuevo.

No se puede ir al mundo sin la Cruz de Cristo, sin el mensaje que ésta representa: oración y penitencia. ¡Conversión!

«la unidad dada por el Espíritu Santo no consiste simplemente en el encontrarse juntas unas personas que se suman unas a otras. Es una unidad constituida por los vínculos de la profesión de la fe, de los sacramentos y de la comunión jerárquica». (Juan Pablo II – Ut unum sint, n.9).

Fe católica, sacramentos y jerarquía: esta es la unidad que pide el Espíritu a Su Iglesia.

Y esto es, precisamente, lo que no se ve por ninguna parte.

Hombres que se pasan la vida repensando la antropología y la moral: «Hace años que tendría  que ser posible que se ordenen tanto hombres como mujeres, tanto célibes como casados» (Juan Masía, sj).

Cardenales que han perdido el juicio: «leer con respeto los textos de Lutero y sacar provecho de sus ideas» (Cardenal Marx).

Obispos que han perdido el temor de Dios y la verdad de la Iglesia: «No podemos vivir en una Iglesia con doscientos años de retraso» (Obispo Nicolás Castellanos).

La Jerarquía va buscando una religión mundial. Por eso, es necesario presentar al mundo un nuevo Cristo, un nuevo concepto del cristianismo, una nueva doctrina basada -en todo- en el lenguaje humano, en sus formas, no en la verdad.

Hay que llevar a Cristo al pueblo, a encontrarse con los hombres:

«Pongamos ante los ojos de la mente el icono de María Madre que va con el Niño Jesús en brazos. Lo lleva al Templo, lo lleva al pueblo, lo lleva a encontrarse con su pueblo» (2 de febrero del 2015).

Esta es toda la espiritualidad de Bergoglio: los hombres, el pueblo, la humanidad, sus problemas, sus vidas.

Bergoglio nunca puede predicar la verdad del Evangelio: hay que sumergir al hombre en la muerte de Cristo.

«Con Él hemos sido sepultados por el Bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva» (Rom 6, 4).

La Virgen María no lleva a Su Hijo para encontrarse con su pueblo. Lo lleva para presentarlo al Señor: Ella debía cumplir los deberes que como primogénito le imponía la Ley (Ex 13, 2s: “todo varón primogénito sea consagrado al Señor”) y la purificación de la Madre, prescrita en el Levítico (12, 1 s: “un par de tórtolas o dos pichones”). Pero más allá de estas ceremonias legales, la Virgen lleva a Su Hijo al Templo para que se revele la Verdad a los hombres.

La Presentación del Niño en el Templo es la segunda manifestación de Jesús. La primera a los pastores, humildes y sencillos. Jesús viene por estas almas, que son dóciles al Espíritu de la Verdad en sus corazones. Pero Jesús también se manifiesta a las almas que vivían de la esperanza del Mesías; el anciano Simeón. Y el testimonio de este hombre -testimonio de la Verdad, que se manifiesta a su alma, en los brazos de Su Madre- es la manifestación del Niño: Jesús es el Salvador y la luz de las Naciones. Un hombre que da testimonio de la verdad que contempla: eso es Simeón. Y eso es lo que no es ninguna Jerarquía actual en la Iglesia.

Es lo que enseña un verdadero Papa:

«¿Quién es, en realidad, este recién nacido? La respuesta a esta pregunta, fundamental para la historia del mundo y de la humanidad, la da proféticamente el anciano Simeón, quien, estrechando al Niño entre los brazos, ve e intuye en El “la salvación” de Dios, la “luz para alumbrar a las naciones”, la “gloria” del pueblo de Israel, la “ruina y la resurrección de muchos en Israel”, el “signo de contradicción”. Todo esto es ese Niño, que, aun siendo “Rey de la gloria”, “Señor del templo”, entra allí por vez primera, en silencio, en ocultamiento y en fragilidad de naturaleza humana» (2 de febrero de 1981).

Un Papa legítimo y verdadero, como Juan Pablo II, enseña la misma Palabra de Dios: no la cambia, no la interpreta a su manera humana, no habla para el pueblo, para quedar bien con los hombres; sino que transmite el mismo pensamiento que está contenido en la Palabra de Dios, que es la Mente de Cristo.

Un falso Papa enseña su impostura:

«Guiemos el pueblo a Jesús dejándonos a su vez guiar por Él. Eso es lo que debemos ser: guías guiados». Esto es lo que deben ser los consagrados para este hombre. Una frase muy bonita, pero sin ninguna verdad: ser guías guiados. Es la mayor estupidez de este hombre.

El consagrado tiene que imitar a Jesús:

«estáis llamados a una particular imitación de Jesús y a un testimonio vivido de las exigencias espirituales del Evangelio en la sociedad contemporánea. Y si el cirio, que tenéis en la mano, es también símbolo de vuestra vida ofrecida a Dios, ésta debe consumarse toda entera para su gloria» (2 de febrero de 1981).

Imitar a Cristo, -es lo que enseña un verdadero Papa-, dar testimonio de la Verdad del Evangelio en un mundo que no quiere la verdad. Y es un testimonio que es radical:

«Pero precisamente por esta opción tan radical, os convertís, como Cristo y como María, en un “signo de contradicción”, es decir, es un signo de división, de ruptura y de choque en relación con el espíritu del mundo, que pone la finalidad y la felicidad del hombre en la riqueza, en el placer y en la autoafirmación de la propia individualidad» (Ib).

Esto es lo que no se encuentra en ningún discurso de Bergoglio: hay que romper con el espíritu del mundo, hay que ser signo de división con el mundo.

Bergoglio no da la doctrina de Cristo, sino su cristo, la doctrina que tiene en su mente sobre Cristo. Por eso, dice esa frase hermosa, pero sin la doctrina de Cristo. ¿Qué significa ser guiados por Cristo? Imitarlo. ¿Y cómo se imita a Cristo? Expiando los pecados del pueblo. ¿Y cómo se guía al pueblo hacia Cristo? Hay que meterlo en la muerte de Cristo: en la cruz, en la penitencia, en el despojo de todas las cosas por amor a Cristo.

¿Enseña esto, Bergoglio, en este discurso? No; Bergoglio predica un cristo sin doctrina, sin verdad. Sólo enseña sus frases bonitas, que sólo demuestran una cosa: este hombre sólo habla por hablar, para que los demás den publicidad a sus discursos. Pero, mientras tanto, obra otra cosa a lo que habla, a la propaganda que dan los demás de sus palabras. Así se hace la nueva iglesia: a base de impostura religiosa, de fariseísmo, el más perfecto de todos.

Bergoglio enseña como un falso papa, que sólo habla para la masa de los ignorantes, y de los tibios y pervertidos:

1. Una obediencia falsa: «quien sigue a Jesús se pone en el camino de la obediencia, imitando de alguna manera la «condescendencia» del Señor, abajándose y haciendo suya la voluntad del Padre, incluso hasta la negación y la humillación de sí mismo (cf. Flp 2,7-8). Para un religioso, caminar significa abajarse en el servicio, es decir, recorrer el mismo camino de Jesús, que «no retuvo ávidamente el ser igual a Dios» (Flp 2,6). Rebajarse haciéndose siervo para servir».

a. El camino de la obediencia no es imitar la condescendencia del Señor, no es abajarse, no es la negación y la humillación de sí mismo: es obrar la Voluntad de Dios. Se obedece a Dios para hacer lo que Él quiere. Son dos cosas diferentes: que Cristo no muestre Su Gloria a los hombres y su obediencia al Padre, hasta la muerte. Bergoglio mete ambas cosas en el mismo saco para un fin: sé obediente a los hombres, a los mayores, a la mente del hombre: «El fortalecimiento y la renovación de la Vida Consagrada pasan por un gran amor a la regla, y también por la capacidad de contemplar y escuchar a los mayores de la Congregación». Escuchar a los mayores: escucha a tantos superiores falsos como hay en la Iglesia. Escucha a tantos herejes y apóstatas de la fe en Cristo como hay en las congregaciones, asociaciones, seminarios, etc… ¡Aquella Jerarquía que no dé la verdad no se la puede escuchar, no se la puede obedecer aunque estén como Superiores! Pero a Bergoglio lo que le interesa es:

b. Su conclusión: «caminar significa abajarse en el servicio». Es su impostura religiosa: bájate de tus ideas, de tus dogmas, de tus liturgias, de la verdad absoluta, con el fin de servir a todos los hombres, al pueblo. Es siempre su humanismo: rebájate en la mentira para servir a los demás.

No tiene nada que ver con lo que un Papa verdadero enseña a los religiosos: «También vosotros, hermanos y hermanas queridísimos, debéis conservar siempre intacta esa “voluntad de oblación”, con la que habéis respondido generosamente a la invitación de Jesús para seguirle más de cerca, en el camino hacia el Calvario, mediante los sagrados vínculos que os unen a El de manera singular en la castidad, en la pobreza y en la obediencia: estos votos constituyen una síntesis, en la que Cristo desea manifestarse a Sí mismo, entablando —a través de vuestra respuesta—, una lucha decisiva contra el espíritu de este mundo» (2 de febrero de 1981): caminar significa tener una voluntad de oblación para llegar a la Cruz, a la muerte con Cristo en la Cruz. Y se llega con los votos de castidad, de pobreza y de obediencia. Esto no lo enseña Bergoglio porque ni los tiene ni sabe cómo vivirlos. La obediencia es una voluntad de oblación en la que se muestra la lucha contra el espíritu del mundo. No es una obediencia para servir al mundo, que es lo que enseña Bergoglio. Todo al revés con este hombre. Todo. La casa se construye por el techo, según Bergoglio. Una vez que el hombre está arraigado en esta obediencia, es cuando sirve a los demás en la verdad de su vida. Y el servicio a los demás da frutos de vida eterna. Pero este servicio es lo último que se hace, lo de menos. Lo que importa es esa voluntad de oblación, por amor a Cristo, para imitar en todo a Cristo. Bergoglio sólo está en su camino humano de servicio a los intereses del hombre. Y, por lo tanto, tiene que predicar una:

2. Falsa sabiduría: «En el relato de la Presentación de Jesús, la sabiduría está representada por los dos ancianos, Simeón y Ana (…) El Señor les concedió la sabiduría tras un largo camino de obediencia a su ley. Obediencia que, por una parte, humilla y aniquila, pero que por otra parte levanta y custodia la esperanza, haciéndolos creativos, porque estaban llenos de Espíritu Santo».

a. La sabiduría siempre es Cristo, nunca los hombres. Los hombres participan de la sabiduría divina por la gracia y el Espíritu. En Simeón y en Ana está representada las almas fieles a la gracia y a al Espíritu. Son dos cosas totalmente diferentes.

b. Una sabiduría creativa: los hace creativos: el alma obediente no es creativa, sino imitativa de la Mente de Dios, de la vida de Cristo: pone por obra lo que Dios piensa: no crea una idea nueva ni una obra nueva. Es el lenguaje de los modernistas, que les lleva a proclamar esta gran herejía: «Perseverando en el camino de la obediencia, madura la sabiduría personal y comunitaria, y así es posible también adaptar las reglas a los tiempos: de hecho, la verdadera «actualización» es obra de la sabiduría, forjada en la docilidad y la obediencia». Vamos a cambiar el dogma, las enseñanzas de siempre en la Iglesia. Hay que adaptar la ley de Dios a los tiempos. Hay que actualizar la norma de moralidad. El magisterio de la Iglesia ya se quedó anticuado y, entonces, hay que buscar otro, más acorde con los tiempos, con la mente de los hombres, con sus culturas. ¡Y eso es sabiduría divina! ¡Esta es la gran blasfemia de este hombre, que sólo vive para su humanismo! Hay que obedecer a una mentira para ser actuales, para actualizar la sabiduría, para madurar en la sabiduría. Bergoglio lo rompe todo.

Para Bergoglio todo es un relato del hombre, todo es una fiesta para los hombres:

«Es curioso advertir que, en esta ocasión, los creativos no son los jóvenes sino los ancianos. Los jóvenes, como María y José, siguen la ley del Señor a través de la obediencia; los ancianos, como Simeón y Ana, ven en el Niño el cumplimiento de la Ley y las promesas de Dios. Y son capaces de hacer fiesta: son creativos en la alegría, en la sabiduría».

María y José son jóvenes, inexpertos, que cumplen con la ley; Simeón y Ana son los maduros, los que tienen la experiencia del conocimiento de Dios, los que saben ser creativos, los que transforman la obediencia en cumplimiento de la ley, y así hacen fiesta. Este es todo el mensaje de este hombre perverso.

Son los ancianos, como él, los que están destruyendo la Iglesia con su sabiduría creativa. En el camino de la obediencia se madura la sabiduría. Este hombre no sabe lo que está diciendo. No tiene ni idea, ni de lo que es la obediencia ni lo que es la sabiduría.

Pone la obediencia a la mente del hombre, pero no a la Mente de Dios. Y, por lo tanto, como la mente del hombre cambia, entonces se madura la sabiduría.

Cuando el hombre obedece a Dios no madura en su sabiduría, sino que crece en sabiduría. En la medida que el hombre vaya aceptando la Mente de Dios, por la obediencia, por el sometimiento de su mente a la verdad revelada, inmutable, eterna, en esa medida, el hombre crece en las virtudes: «El que guarda la Ley es hijo prudente» (Prov 28, 7). Y el virtuoso está lleno de la sabiduría divina: «en alma maliciosa no entrará la sabiduría» (Sab 1, 4).

María y José estaban anclados a una obediencia. Simeón es el más listo, por ser el más creativo, por cambiar en su mente y contemplar –en su ancianidad- lo que no ven María y José por ser jóvenes. Es todo un relato humano. Cuando Bergoglio predica el evangelio, es esto lo que hace: da su cuento, su fábula, su interpretación humana, su chiste. Y le queda algo que no tiene nada que ver con la Palabra de Dios.

Como se madura la sabiduría, entonces es posible también adaptar las reglas a los tiempos. ¿Por qué los homosexuales no pueden casarse? Hay que estar con los tiempos. ¿Por qué no dar la comunión a los malcasados? Hay que madurar en estas reglas que son fruto de una obediencia a lo antiguo. Hay que obedecer a los modernos, a las mentes de todos los soberbios, porque en ellas está la sabiduría creativa, que es – para este hombre sin nombre- una obra divina: «Y el Señor transforma la obediencia en sabiduría con la acción de su Espíritu Santo». ¡Mayor sin sentido no puede haber en la mente de Bergoglio!

¿Quién es María para este personaje?

«Los brazos de su Madre son como la «escalera» por la que el Hijo de Dios baja hasta nosotros, la escalera de la condescendencia de Dios (…) María que entra en el templo con el Niño en brazos. La Virgen es la que va caminando, pero su Hijo va delante de Ella. Ella lo lleva, pero es Él quien la lleva a Ella por ese camino de Dios, que viene a nosotros para que nosotros podamos ir a Él (…) También nosotros, como María y Simeón, queremos llevar hoy en brazos a Jesús para que se encuentre con su pueblo».

María es la que lleva en brazos a Jesús. Y no más: una madre joven, inexperta en el misterio de Cristo. Es la escalera de la condescendencia de Dios: una frase muy hermosa, pero herética:

«Cristo «tenía que parecerse en todo a sus hermanos, para ser sumo sacerdote compasivo y fiel» (Hb 2,17). Es el doble camino de Jesús: bajó, se hizo uno de nosotros, para subirnos con Él al Padre, haciéndonos semejantes a Él».

Si se va a la Palabra de Dios, se ve lo que oculta Bergoglio:

«Por esto hubo de asemejarse en todo a sus hermanos, a fin de hacerse Pontífice misericordioso y fiel, en las cosas que tocan a Dios, para expiar los pecados del pueblo»: Cristo se hace hombre, vive como los hombres, en una naturaleza humana, con un fin: expiar los pecados. Se hace sacerdote para expiar los pecados del pueblo, no para hacer fiesta con los hombres, con el pueblo.

Bergoglio calla la expiación del pecado porque no puede entrar en su discurso bello, pero sin verdad alguna. Es el discurso que gusta a la mente de los hombres. Esas mentes que ya no saben pensar la verdad, sino que sólo quieren escuchar lo que tienen en sus propias mentes. Y si hay un viejo, como Bergoglio, inexperto en la verdad, entonces se tragan cualquier cosa que sale de su inmunda boca. Y la tienen como verdad, como voluntad de Dios, como una bendición. Así siempre trabaja un falso profeta: con las formas del lenguaje humano. Formas externas: palabras bellas, frases puestas en una bandeja de plata, con un colorido que agrada a los hombres, para mostrar su mentira siempre.

Los brazos de la Virgen María no son como una escalera, sino que son el resguardo de la Madre. María protege a su Niño del mundo y de los hombres. María conserva en su corazón la Verdad y es lo que transmite al mundo cuando lleva en sus brazos a Su Hijo. María no va caminando con su Hijo para mostrarlo al pueblo. María camina con Su Hijo, en brazos, para realizar la Voluntad de Dios en Su Templo, porque María es la que está asociada en todo a Su Hijo:

«Por asociación con su Hijo, esta mujer se hace también signo de contradicción para el mundo y, a un tiempo, signo de esperanza, a quien todas las generaciones llamarán bienaventurada. La mujer que concibió espiritualmente antes de concebir físicamente, la mujer que acogió la Palabra de Dios, la mujer que se insertó íntima e irrevocablemente en el misterio de la Iglesia ejerciendo la maternidad espiritual con todos los pueblos. La mujer que es venerada como Reina de los Apóstoles sin quedar encuadrada en la constitución jerárquica de la Iglesia, y que sin embargo hizo posible toda jerarquía porque dio al mundo al Pastor y Obispo de nuestras almas. Esta mujer, esta María de los Evangelios, a quien no se menciona entre los presentes en la última Cena, acude de nuevo al pie de la cruz para consumar su aportación a la historia de la salvación. Por su actuación valiente prefigura y anticipa la valentía a lo largo de los siglos de todas las mujeres que contribuyen a dar a luz a Cristo en cada generación». (Octubre del 1979)

Leer a Juan Pablo II y leer a Bergoglio es como el día a la noche. La diferencia es abismal, porque Juan Pablo II es Papa verdadero, elegido por el Espíritu del Señor para guiar a Su Iglesia por el camino de Cristo. Pero Bergoglio no es el Papa, ni puede serlo por más que los hombres griten que Bergoglio es el Papa.

Bergoglio es sólo un falso profeta, que anuncia al anticristo de la nueva iglesia. Es ese anticristo el que va a romper la Iglesia. El anticristo es un ser inteligente que sabe romper la doctrina de Cristo con su inteligencia, con su idea, con su mente. Bergoglio sólo sabe hablar, pero no romper. Quiere romper, pero no puede. No es su tiempo.

Tiene que venir, después de él, el temido, que no es el Anticristo, sino el falso Papa que continúa la obra que ha iniciado Bergoglio. Porque hasta que no se levante la nueva iglesia, la ecuménica, la que engloba a todo el mundo, a todas las religiones, no se levanta el nuevo  orden mundial, y no puede aparecer ni el Falso Profeta ni el Anticristo.

El Anticristo necesita de un anticristo en la Iglesia: uno que lleve a la Iglesia hacia la religión mundial. Y el Anticristo necesita de un anticristo en el mundo: uno que lleve a todo el mundo hacia un gobierno mundial. Y estos dos anticristos todavía no han aparecido. Están sus voceros: Bergoglio y Obama, pero no son los indicados para el gran juego del Anticristo.

La Iglesia Católica, por las profecías, tiene que pasar dos años de sede Vacante antes de que se levante la nueva iglesia, que será la Iglesia del Anticristo. Y hasta que no muera el Papa legítimo, Benedicto XVI, Bergoglio sólo seguirá hablando de sus muchas cosas. Y, mientras entretiene  a todo el mundo con sus majaderías, se va obrando en lo oculto todo lo demás. Así, cuando llegue el tiempo requerido, se cambia todo a base de palos, de imposiciones, de sangre, de persecución.

El Anticristo está guiando a toda esta Jerarquía que apoya a Bergoglio: uno de ellos se hará con el poder en la Iglesia para hacer lo que no hace Bergoglio: dividir la doctrina, destruir el dogma. Por eso, ni entre ellos se tienen confianza: todos están en ese gobierno horizontal con el deseo, no declarado, de ser papas y así imponer la doctrina que ellos quieren en la Iglesia. A Bergoglio lo echan fuera, como a todos los demás, porque ya no sirve: sirve para la fiesta, pero no para la Iglesia que el Anticristo quiere. El Anticristo necesita una cabeza pensante, que no tenga miedo a romper el dogma. Necesita un Kasper. No necesita de un hombre que viva su pecado, como Bergoglio, porque eso ya lo tiene en el mundo y en la Iglesia. Hay que cambiar la doctrina, el dogma, para crear la nueva iglesia. Y esto hay que hacerlo a las bravas, no con sonrisitas.

Mientras Bergoglio vive su estúpida vida en la Iglesia, la doctrina no se cambia: sólo hay confusión. Sólo hay lío, división, enfrentamientos dentro de la Jerarquía y de los fieles. Y esto es sólo el fruto del gobierno de este hombre: nada claro, sin claridad, sin camino. Habla muchas cosas y nada se hace. Todo el mundo hace y deshace, pero la doctrina sigue igual. Con Bergoglio, todo sigue igual. Y esto es lo que no le gusta al Anticristo. Bergoglio fue débil en el Sínodo pasado. Y eso el Anticristo lo va a remediar en el próximo Sínodo: debe cortar la cabeza de Bergoglio para eso. Tiene que poner su anticristo, que levante su nueva iglesia mundial.

Sacerdotes y Obispos poseídos por la mente del demonio

notefies

«Cogió al Dragón, la serpiente antigua, que es el diablo, y Satanás, y lo encadenó por mil años» (Ap 20, 2).

El Dragón es la serpiente antigua, la que apareció en el Paraíso, enemiga de la Mujer y del linaje de la Mujer (cf. Gn 3, 15).

La serpiente no es un mito o un ser fantástico, no es el diablo en forma de serpiente, sino una verdadera serpiente:

«la más astuta de cuantas bestias del campo hiciera Yavé Dios» (Gn 3, 1).

Dios creó a la serpiente, pero el demonio la poseyó.

La serpiente es un animal, pero poseído por el diablo: «El Misterio de iniquidad está ya en acción» (2 Ts 2, 7)….en el Paraíso; y se mostrará hasta el fin del mundo en que «el diablo, que los extraviaba, será arrojado en el estanque de fuego y azufre» (Ap 20, 10).

Este Misterio del Mal vive en la Creación de Dios.

Dios crea al hombre y a la mujer para una obra en la carne. El demonio posee una carne animal para imitar la obra de Dios en la naturaleza humana.

Un animal, creado por Dios, pero poseído por el diablo. Esto supone que en el Paraíso hay un ser dominado por el pecado de Lucifer, pero que no ha recibido la sentencia de Dios.  Un ser, que siendo animal, es más astuto que el hombre, más sagaz, más inteligente.

El diablo posee un animal con una sola intención: seducir a Adán y a Eva.

El diablo se encarna en un animal: es una encarnación espiritual, no real. Es una encarnación que quiere imitar la Encarnación del Verbo, que Lucifer conocía en Dios. Es una encarnación que es una posesión.

El primer paso es tomar una bestia para anular la obra de Dios en Adán: la naturaleza humana perfecta en Dios; el segundo paso es tomar un hombre para anular la obra de Dios en el nuevo Adán, Jesús: la naturaleza espiritual y divina en el hombre. Y el tercer paso es tomar a un hombre glorioso para anular toda la obra de Dios en Cristo:

«Cuando se hubiese acabado los mil años, será satanás soltado de su prisión y saldrá a extraviar a las naciones…y reunirlos para la guerra…Subirán sobre la anchura de la tierra y cercarán el campamento de los santos y la ciudad amada» (Ap 20, 8).

Sale el diablo a extraviar a un mundo transformado: «No todos moriremos, pero todos seremos transformados» (1 Cor 15, 51). Si no se muere, no se puede ver a Dios; sino que se sigue viviendo en peregrinación. Pero se vive con un cuerpo transformado, espiritualizado, glorioso, pero no con la plenitud de gloria que se tiene en el cielo. Es el Misterio del Reino glorioso en la tierra. El Misterio de los mil años, en que nadie cree.

Tres batallas el demonio pone a Dios:

1. En la primera, en el Paraíso, el demonio conquista al hombre y crea su linaje: hombres con un cuerpo, con un alma, pero sellados por el espíritu del diablo. De Caín nació todo ese linaje maldito:

a. «andarás maldito…Cuando labres la tierra, ella no te dará más su fruto; fugitivo, errante, vivirás sobre la tierra» (Gn 4, 12): El pecado de Caín no tiene ya remedio: es una maldición que no se puede suprimir con los buenos frutos humanos. Ni siquiera el bien de la tierra será alivió para el alma de Caín. Caín es el primer hombre que no espera el perdón. No puede esperarlo, porque Caín fue engendrado para condenarse: ese fue el pecado de Adán en Eva. Este es el Misterio de la iniquidad que se puso en acto en el Paraíso. Y que pasa a todos los hombres, de generación en generación; es decir, pasa vía acto sexual. Por eso, el Anticristo viene de una generación: de un Obispo y de una mujer hebrea dada a las artes de Satanás: . «Durante este tiempo nacerá el anticristo, de una religiosa hebrea, de una falsa Virgen, que tendrá comunicación con la antigua serpiente, maestra de impureza. Su padre será Obispo» (Profecía de la Salette). El Anticristo es un hombre poseído por el diablo, con una posesión perfecta, irrompible, que lleva al alma a obrar sólo la mente del demonio. El Anticristo no puede obrar su mente humana: no es libre. Está poseído en todo por la mente de satanás para una obra del demonio.

b. «cualquiera que matare a Caín, lo pagará siete veces. Y puso Yavé una señal a Caín para que no lo matara quien lo hallase» (Gn 4, 15): Caín no será víctima de la venganza humana, sino que el mismo Dios se reserva su castigo y el de su linaje. Ningún ser humano puede acabar con todos los males que el linaje del demonio produce en la Creación. Sólo Dios puede aniquilar esa raza maldita de hombres, que viven poseídos por Satanás y que combaten, día y noche, contra los hijos de Dios, que es el linaje de la Mujer.

El demonio hace su obra poseyendo un animal, una bestia. Así engaña al hombre. Así de fácil. La inteligencia del demonio es superior a la inteligencia del hombre. Su astucia es su poder: «el mismo Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11, 14). Sabe presentar su conocimiento mentiroso como si fuese una verdad que debe ser seguida. Es lo que hacen los falsos profetas, los falsos apóstoles, los falsos sacerdotes y Obispos. Y es lo que hace, continuamente, el maestro del error, Bergoglio, que ocupa el lugar que nunca debería haber sido suyo. Pero toda su vida ha sido un satanás disfrazado de bondad, humildad, pobreza inmaculada. Bergoglio pertenece al linaje del Anticristo: ha nacido para combatir contra Cristo y Su Iglesia. Y lo hace revistiéndose exteriormente de Cristo, como los fariseos que buscan llamar la atención con las palabras y las obras exteriores, que siempre son conformes a los pensamientos y obras humanas.

Si a Adán y a Eva, teniendo todos los dones de la gracia, dones preternaturales, una bestia poseída por el demonio los engañó, ¿se llevan las manos a la cabeza al contemplar cómo son engañados todos los católicos por un hombre poseído por Satanás? ¿Por un Bergoglio que no tiene inteligencia, que habla con un lenguaje de pueblo, que sus discursos son sin sentido común, carente de toda verdad, sólo dichos para impresionar, para captar el sentimiento, el afecto del que escucha? Pues este hombre, que es un animal poseído por el demonio en su inteligencia, ha engañado a toda la Iglesia, a todos los católicos.

¡Qué fácil es engañar a los hombres!

¡Y muchos católicos continúan en el engaño!

¡Nadie cree en el demonio; nadie cree en el misterio del mal!

Si Satanás pudo engañar a un hombre con un animal que no tiene razón, inteligencia, entonces es más fácil engañar a los hombres con hombres que poseen una inteligencia. Porque Satanás es el maestro de la mente humana. Es el que habla a la mente. Es el que conduce al hombre a través de su mente, de sus ideas humanas.

Si Adán lo tenía todo y fue engañado por un animal, los católicos, que no tienen toda la gracia, entonces son engañados por un loco. Un loco que los hace creer que todos somos santos y justos a los ojos de Dios: «Dios quiere a todos sus hijos, estén como estén, y tú eres hijo de Dios y por eso la Iglesia te quiere y te acepta como eres».

amabominacio

¡Cómo está el patio!

Ya nadie cree ni en la ley natural, ni en la ley divina ni en la ley de la gracia. Ahora todos creen en la ley de la gradualidad: Dios nos ama a todos, todos somos hermanos, todos somos hijos de Dios; cada uno va gradualmente a Dios, según la evolución de su idea humana de la vida, de la iglesia, de Dios, de Jesús, etc… Cada cultura tiene su momento: ahora estamos en la cultura del encuentro, en que hay que unir las mentes de los hombres, porque la felicidad sólo está en cada hombre, en cada mente, en cada obra del hombre. Todos aportan al bien de la humanidad su granito, su valor, su dignidad, su respeto. No hay verdades absolutas, sólo hay verdades como el hombre se las invente: el relativismo universal de toda idea humana.

2. En la segunda, en el Calvario, el demonio conquista a los hombres que no creen en Cristo Crucificado: son los nuevos anticristos que marcan la venida del Anticristo. Así como el demonio se formó un linaje humano, carnal, para su obra en la Creación; así el demonio, en la Iglesia, se forma su jerarquía, su linaje espiritual, que combate al linaje de Cristo y de María.

a. «antes ha de manifestarse el hombre de la iniquidad, el hijo de la perdición» (2 ts 2, 3): el Anticristo de nuestros días es posible porque hubo un Caín en el Rebaño de Cristo: el demonio poseyó el alma de Judas. Él derramó sangre inocente, como Caín; él mató al Justo, como lo hizo Caín con su hermano Abel; y él creyó que su pecado fue demasiado grande para obtener la misericordia divina, como así lo declaró Caín: «Mi culpa es demasiado grande para soportarla» (Gn 4, 13). Judas «fue y se ahorcó» (Mt 27, 5) para que se cumpliese la Escritura: «Asoladas sean sus moradas y no haya quien habite sus tiendas» (Sal 69, 26), pero «sucédale otro en su ministerio» (Sal 109, 8). El pecado de Caín se sucede en el pecado de Judas; y se sigue sucediendo en toda la Jerarquía que imita el pecado de Judas. Por más que muera un Judas, siempre habrá otro. Y esto hasta el fin del mundo. Y, por eso, en la Iglesia hay que saber discernir a toda la Jerarquía: unos son de Cristo; otro son del Anticristo. Y hay que llamarlos a cada uno por su nombre, que es lo que muchos católicos no saben hacer, ni con Bergoglio, ni con la demás jerarquía que lo sigue y que le obedece.

b. «muchos se han hecho anticristos» (1 Jn 2, 18): se sabe que es la última hora sólo por una cosa: abunda una jerarquía en la Iglesia que es del demonio, que está poseída por Satanás, con la posesión más perfecta, que no es en el cuerpo, sino en la inteligencia, en la mente del hombre. Abunda: son mayoría. Han escalado los puestos más altos para conquistar toda la Iglesia, para hacer una iglesia según la entienden los hombres. Sacerdotes y Obispos tan soberbios en sus mentes que serán capaces de poner al Anticristo como jefe de la Iglesia: el Anticristo se sentará «en el templo de Dios y se proclamará dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Y esto lo hará la misma Jerarquía de la Iglesia Católica, la que una vez fueron católicos, pero ya no lo son. Si van a llegar a eso, lo de poner a Bergoglio como un falso papa es sólo el camino, el inicio de esta gran abominación; es algo tan sencillo porque la maldad es más astuta que los hombres de bien.

«Cortos de días» (Sal 109, 8) es el falso pontificado de Bergoglio, pero una gran brecha ha puesto ese hombre en el interior de la Iglesia. Brecha que ya no se puede cerrar. División que sólo la palpan los que creen con sencillez. Todos los demás, a pesar de que ven el destrozo de ese hombre en el gobierno de la Iglesia, lo siguen llamando Papa, y siguen esperando algo de él (vean la solicitud que se hace a ese energúmeno): no creen en el misterio de la iniquidad. No creen en Bergoglio como falso papa, como un hombre poseído por el demonio. No ven en Bergoglio el misterio del mal; sino que lo ven como papa verdadero, y quieren hacerle una súplica filial, como si ese hombre amara la Iglesia de Cristo y a los católicos fieles a la doctrina de Cristo. ¿No ha dado ya, durante dos años, muestras palpables de su odio a Cristo y a la Iglesia?

Esta es la ceguera de toda la Iglesia: y están ciegos por su falta de fe. ¿De qué le sirven los dogmas? De nada. No creen en el dogma del Papado: no lo practican con Bergoglio. Para muchos, mientras oficialmente no pongan una ley que apruebe el pecado, siguen llamando a Bergoglio como Papa, a pesar de su manifiesta herejía. Entonces, toda esta gente ¿en qué cree? No creen en un Papa que tenga en su corazón la verdad, sino que creen en un hombre que sólo tiene en su mente su idea de la iglesia. Sólo creen en su lenguaje humano, en su visión humana de la vida, en su pensamiento de hombre. Después del Sínodo, verán su error, pero ya será tarde para muchos. Quien sigue a Bergoglio como Papa acaba pensando como él. Hay que combatir a Bergoglio y a toda la Jerarquía para seguir siendo la familia que Dios quiere. No hay que crear un ambiente favorable para decirse a sí mismos: aquí no pasa nada; en la Iglesia todos somos santos, todos aportamos un granito de arena en esta gran confusión que reina en todas partes. Este es el conformismo de muchos que no saben batallar contra el demonio, ni en sus vidas, ni en la Iglesia.

¿No vino Cristo «para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8)? Entonces, ¿qué hacen los católicos que no cogen las armas del Espíritu para combatir a Bergoglio y a todos los que le siguen? ¿Para qué se creen que están en la Iglesia: para firmar una solicitud y así procurar que Bergoglio no haga el daño que va a hacer?

¡Destruyan las obras del diablo en Bergoglio! ¡Eso es ser de Cristo! ¡Eso es ser Iglesia!

¡Cuántos católicos falsos, sólo de nombre, solo de boquilla!

«Que no es nuestra lucha contra la sangre y la carne, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus malos de los aires» (Ef 6, 12), que están en Bergoglio, en su alma y en su corazón, y que están en toda la Jerarquía.

Todo el Vaticano está infestado de demonios: «Los jefes, los conductores del Pueblo de Dios, han descuidado la oración y la penitencia, y el demonio ha oscurecido sus inteligencias, se han convertido en estrellas errantes que el viejo diablo arrastrará con su cola para hacerlos perecer» (Profecía de la Salette).

Estrellas errantes: eso son Bergoglio y todos los suyos. Hombres sin oración ni penitencia. Hombres para el mundo, para la sociedad, para el aplauso de los tibios y pervertidos.

Como no se cree en el demonio, tampoco se cree en las obras del demonio en cada alma. Tampoco se ve que Roma ha perdido ya la fe. Se está ya prostituyendo con todos los gobiernos de la tierra, para aparecer, ante todos los hombres, como la Gran Ramera. Y, como toda prostituta, se engalana de sus pecados, de sus fechorías, de sus maldades, para enriquecerse a costa de otros.

El demonio hace su obra poseyendo hombres sagrados: sacerdotes, Obispos. Y así engaña a todo hombre, a todo católico, a toda la Iglesia. Así de sencillo. Así ha penetrado en toda la Iglesia y ha escalado puestos hasta llegar a la cima, al vértice tan deseado.

3. En la tercera, el demonio irá, no sólo contra todo lo sagrado, sino contra la ciudad gloriosa, santa, la Nueva Jerusalén que baja del cielo, que «tenía la gloria de Dios» (Ap 20, 10). Pero esto nadie se lo cree porque no creen en los mil años. Nadie en la Jerarquía les va a predicar del milenio, porque no creen.

Ya nadie cree que las Escrituras han sido inspiradas por Dios. Todo el mundo quita palabras que no les gusta, frases que incomodan o interpretan la Escritura según la mente de cada cual, según la cultura, la ciencia, los avances científicos, etc… Y nadie sabe ver los Signos de los Tiempos. A nadie le interesa eso.

Nadie comprende cómo atando al demonio, puede haber un reino glorioso en la tierra si después va a ser desatado y va a extraviar a muchos hombres. ¡Este es el Misterio! No puede haber una gloria si hay un pecado, si el demonio puede seguir tentando a los hombres y conquistando almas.

Por eso, mucha Jerarquía acaba negando el Apocalipsis y se mete en una vida mundana y humana, buscando un fin en este mundo: un bien común universal, un gobierno mundial, una iglesia para todos.

Al no creer en la Palabra de Dios, tienen que negar los misterios que su mente no puede comprender ni aceptar, y pasan sus vidas condenando a las almas dentro de la Iglesia.

Y a eso sólo se dedican, a destruir la Iglesia:

El Cardenal Baldisseri ha dicho que nadie «debería estar sorprendido por los teólogos que contradicen la enseñanza de la Iglesia». Porque «los dogmas pueden evolucionar». Por lo tanto, «no habría ningún punto en celebrar un Sínodo si fuéramos simplemente a repetir lo que siempre se ha dicho». Expresó que «sólo porque una particular comprensión se haya sostenido por 2000 años, eso no quiere decir que no pueda ser cuestionada» (ver texto).

Este Cardenal claramente es un anticristo. Peor nadie se atreve a llamarlo así.

Nadie se sorprenda de que haya herejes, como Kasper, como Bergoglio, como Baldisseri, y que el vaticano no diga nada, sino que lo apruebe. Si contradices la enseñanza de la Iglesia es que vas bien en la Iglesia. ¿Para qué sirve, entonces, el magisterio infalible de la Iglesia, si se puede cambiar? ¿Para qué los dogmas si pueden evolucionar? ¿Para qué la Palabra de Dios si ya no le sirve al lenguaje de la época? ¿Para qué creer en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre?

Si los dogmas evolucionan estamos hablando de la ley de la gradualidad: se anula la ley Eterna. Se acabó la ley natural. Y, por lo tanto, hay que casar a los homosexuales. Se acabó la ley divina. En consecuencia, los malcasados pueden comulgar con toda tranquilidad de conciencia. Se acabó la ley de la gracia. ¿Por qué no las mujeres al sacerdocio, o como Obispas o que sean Papas? Se acabó la ley del Espíritu: la Iglesia no es la obra del Espíritu; los dones y carismas no pertenecen a Dios; la gracia es un ser creado por el hombre para sentirse bien en su vida humana, para tener sus conocimientos y compartirlos con todos.

Van a hacer el próximo Sínodo para empezar a destruirlo todo: no van a repetir el fracaso del pasado Sínodo. No están dispuestos a otro fracaso, a otra humillación. Ahora van a humillar a todos esos que juzgan a Kasper, a Bergoglio, y a tantos teólogos que son del demonio.

Nadie quiere la Verdad en el Vaticano: ya han puesto sus gentes en lo más alto del gobierno en la Iglesia. Todo el mundo piensa lo mismo: lo que se ha sostenido durante siglos hay que cuestionarlo. Jesús se equivocó en su enseñanza a los discípulos. Todos los Papas han errados en la Iglesia. Ningún Concilio ha dado la verdad a la Iglesia. Ahora, es el tiempo de clarificar las cosas. Ahora están en la Iglesia las superinteligencias del demonio que van a enseñar a todo el mundo sus grandes locuras. Y la mayoría de los católicos va a asentir con sus mentes a esas locuras, porque andan detrás de los hombres, pero no de Cristo.

El diablo anda suelto por todas partes, pero ya nadie cree en él. Y, por eso, se acerca el tiempo de la gran justicia. Y los primeros: la Iglesia. No queréis combatir al demonio en la Jerarquía; entonces los demonios, a través de esa jerarquía, os van a hacer la vida imposible a todos los que se dicen católicos. Y ¡ay! de quien se atreva a levantar su voz ante el linaje del demonio: quedará excomulgado, porque no besa el trasero de tantos hombres que sólo viven para agradarse a sí mismos, con sus palabras baratas y blasfemas.

Bergoglio es un anticristo, pero no es el Anticristo. Tiene, como todo anticristo, el espíritu del Falso Profeta. Pero no es el Falso Profeta. Es un gran charlatán, embaucador, que sólo vive buscando la gloria humana. Y su magisterio, no sólo está lleno de herejías manifiestas, sino que reluce en él la mente de Lucifer. Una mente rota en la inteligencia que sólo puede obrar una vida para los sentidos.

El diablo es una trinidad de personas demoníacas: Lucifer, Satanás y Belzebub. Lucifer, el que porta la luz de la maldad (= una luz rota, un conocimiento loco), representa el orgullo de la vida; Satanás, el rayo de la inteligencia, la soberbia de la mente; y Belcebub, el señor del estiércol, las obras de la lujuria.

Bergoglio es orgullo y, por lo tanto, su mente está rota: su magisterio no tiene ni pies ni cabeza: coge de aquí, de allá, e hilvana frases sólo para decir su mensaje, que es su obra: vivan como quieran. Es la obra de Belcebub. Bergoglio no tiene inteligencia para romper el dogma, pero sí es voluntad para arrastrar hacia el pecado. Vive su pecado y eso es lo que muestra a todo el mundo. Y no se le cae la cara de vergüenza. Vive convencido de que eso es la verdad. Ha llamado al pecado como un valor en la vida, como un bien para la inteligencia del hombre. Él ensalza su propio pecado; él lo justifica. Y muchos otros se encargan de aplaudirlo. Esto es siempre una persona orgullosa. Por eso, Bergoglio no sabe gobernar nada. Sus gobiernos son siempre un desastre para todo el mundo. Bergoglio sólo sabe vivir su vida. Y nada más. Los demás, que arreen: le importa nada la vida de los otros.

¡Qué pocos han sabido ver lo que es Bergoglio! Y, por eso, siguen y seguirán confundidos. Porque si a la persona orgullosa no se la encara, entonces el hombre tiene miedo de ella y termina convirtiéndose en un juego del orgulloso.

Bergoglio está jugando con toda la Iglesia. Y nadie se ha dado cuenta.

La babosería protestante de Bergoglio

interreligiosidad

«Pues la Ira de Dios se manifiesta desde el Cielo sobre toda impiedad e injusticia de los hombres, de los que en su injusticia aprisionan la verdad con la injusticia» (Rom 1, 18).

El verdadero mal del hombre es el pecado.

El pecado es «un hecho o un dicho o un deseo en contra de la Ley Eterna» (S Agustín – R 1605). Es decir, una ofensa contra Dios, que lleva al apartamiento de Dios, a romper una ley que obliga moralmente.

«El que comete pecado traspasa la Ley, porque el pecado es transgresión de la Ley» (1 Jn 3, 4).

Obrar el pecado es obrar sin ley, por encima de la ley. Y la ley Eterna son cuatro cosas: ley natural, ley divina, ley de la gracia y ley del Espíritu.

El pecado es un desorden de la voluntad humana, por el cual el hombre se aparta de Dios para obrar su mente humana. Este apartarse de Dios produce en el alma una mancha:

«En el pecado se pueden considerar dos cosas, a saber: el acto culpable y la mancha consiguiente…la mancha del pecado no puede borrarse del alma más que por la unión con Dios, por cuyo distanciamiento incurrió en la pérdida de su propio esplendor» (1.2 q.87 a.6).

Esa mancha no es el pecado, sino el reato del pecado, que hay que purificar, expiar. Por el acto del pecado, el hombre se aparta de Dios; pero queda la mancha. Para quitarla, es necesario confesar el acto del pecado y hacer una penitencia por ese pecado:

«no vuelve el hombre inmediatamente al estado en que estaba, sino que se requiere un movimiento de la voluntad contrario al movimiento anterior» (1.2 q.87 a.1).

Hay que expiar: hay que hacer un acto de voluntad, una obra, contraria a la que se hizo en la obra del pecado.

Hoy día, se niega todo esto y las almas pecan y se confiesan y no hacen nada. No salen de sus pecados, porque no quitan sus manchas de sus almas, con la oportuna penitencia. El alma queda manchada y, por lo tanto, inclinada con mayor fuerza al pecado.

Ya aquel que esté con el alma manchada es digno de la Justicia de Dios. Por eso, el purgatorio después de la muerte: quitas tus pecados (con el sacramento de la penitencia), pero no las manchas de tu alma. Hay que purgarlas en la Justicia de Dios.

El pecado hace resaltar la justicia de Dios: «Pero si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios, ¿qué diremos? ¿No es Dios injusto en desfogar su ira? (hablo a lo humano). De ninguna manera. Si así fuese, ¿cómo podría Dios juzgar la mundo?» (Rom 3, 5).

Hoy todos niegan que Dios castigue a los hombres. Se niega Su Justicia porque se niega el pecado.

«ir a confesarse no es ir a la tintorería para que te quiten una mancha» (ver texto).

No vayas a confesarte para buscar una penitencia, para saldar la deuda de tu pecado.

Bergoglio está enseñando su fe fiducial: Dios no imputa el pecado, porque Jesús me ha salvado:

«para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar. Lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme, no ir a la tintorería del japonés de la vuelta de mi casa. En todo caso, debo ir a encontrarme con Jesús que dio su vida por mí. Es una concepción bien distinta del pecado. Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado» (El Jesuita – pag. 100).

El pecado no es una mancha que tengo que limpiar: no es una ofensa a Dios que mancha el alma. Y, por lo tanto, se va a la confesión no para limpiar el alma, para quitar esa mancha. No se vive la vida para expiar el pecado, para hacerla un purgatorio. Se va para hablar con el sacerdote y decirse a sí mismo: soy muy pecador, pero Dios ya me perdona.

El pecado es el lugar de encuentro personal con Jesús: Bergoglio niega la gracia de Dios como lugar de encuentro con Jesús. Pone al pecado como un lugar privilegiado: es decir, está exaltando el pecado. No lo ve como un mal, como una ofensa a Dios. No muestra el pecado como lo que revela la ira de Dios.

No; el hombre tiene que estar en su pecado para que se encuentre con Dios, para que Jesús lo salve. No tiene que salir del pecado, no tiene que huir de él.

«Como de serpiente huye del pecado» (Ecle 21, 2).

Bergoglio va en contra de la palabra de Dios y dice: no huyas, la gloria del hombre es ser pecador:

«Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores» (El Jesuita – pag. 99).

O con otras palabras más claras:

«Finalmente, la idea de que iban al infierno. Pero también los protestantes… Cuando era niño, hace 70 años, todos los protestantes iban al infierno, todos. Eso nos decían… en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno. Pero me parece que la Iglesia ha crecido mucho en la conciencia del respeto…  Y sí, ha habido tiempos oscuros en la historia de la Iglesia, tenemos que decirlo, sin vergüenza, porque también nosotros nos encontramos en un camino de conversión continua: del pecado a la gracia siempre. Y esta interreligiosidad como hermanos, respetándose siempre, es una gracia» (ver texto).

Tenemos que decirlo sin vergüenza: Bergoglio es un protestante.

Hay que decirlo a cara descubierta: los tiempos oscuros en la historia de la Iglesia han comenzado con Bergoglio.

Que todo el mundo sepa esto: Bergoglio divide a la Iglesia con su gobierno horizontal y con su doctrina protestante.

Los protestantes se van al infierno siempre: no sólo hace 70 años, sino desde que surgieron como falsa iglesia. Lutero está en el infierno. Y a pesar de que rabie Bergoglio: él se va al infierno por sus malditos pecados, y por no enseñar la verdad a la Iglesia y en la Iglesia.

Él está obligado a enseñar la verdad por ser Obispo. Y está obligado moralmente a conducir las almas hacia la verdad, sin ningún error, sin ninguna mentira. Para eso tiene la plenitud del sacerdocio, que la ha metido en un saco roto.

Con Bergoglio no hay cariñitos: hay juicio y condenación.

Todos aquellos que lean a Bergoglio para quitarle los pañales, y así que no huela mal, le hacen el juego y contribuyen a destruir la Iglesia más y más.

Si quieren ser Iglesia, pisen la mente y las obras de Bergoglio. Si no hacen eso, sus vidas espirituales se van a perder para siempre, porque el que espera algo de un cismático y de un hereje sólo encuentra condenación en su vida.

Para Bergoglio, el hombre no tiene que quitar su pecado; no tiene que luchar contra su pecado. El hombre tiene que ponerse en su pecado para que Dios lo ame. Es su gloria: el pecado. La gloria del hombre no es el amor divino, sino su pecado.

El pecado de «interreligiosidad entre hermanos, respetándose siempre, es una gracia»: mayor herejía no se puede decir.

Porque una cosa es el respeto al otro porque es hombre y ha elegido el pecado para su vida: si quiere seguir pecando, que siga pencando.

Y otra cosa es decirle al que peca: quita tu pecado, porque si no lo haces te vas a condenar.

Bergoglio dice: primero es el amor al prójimo: el otro es tu hermano. Respétalo.

Segundo: no le digas que vive mal: su irreligiosidad (su religión falsa) es tu gloria.

Esta es su falsa misericordia, que viene de su protestantismo: la redención es el sumo amor de Dios a los hombres. Es entender la pasión de Cristo quitando el fin de ella: liberar al hombre de la ofensa a Dios, del pecado.

Bergoglio, como todos los protestantes, entiende la Pasión como salvar al hombre, como amar al hombre: Jesús anuncia el camino de la salvación eterna y así lo muestra a todos. El hombre no tiene que hacer nada más, sino ser salvado por Cristo, ser amado por Dios. No tiene que hacer nada por Cristo, porque ya él lo ha hecho todo. No hay que expiar el pecado:

«la duda que podría surgir en el corazón humano está en el “cuánto” Dios está dispuesto a perdonar. Y bien basta arrepentirse y pedir perdón: No se debe pagar nada, porque ya Cristo ha pagado por nosotros» (ver texto).

No se debe pagar nada, porque ya Cristo lo ha sufrido todo: no hay penitencia, no hay cruz, no hay dolor por el pecado.

Y, por lo tanto, Dios lo perdona todo:

«No hay pecado que Él no perdone. Él perdona todo» (Ib). El pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo también es perdonado por Dios.

A los protestantes ya Dios los ha perdonado porque son muy buenas personas.

«Pregunté a mi abuela: “Abuela, ¿son monjas?”. Y me dijo: “No, son protestantes, pero son buenas”. Fue la primera vez que oí hablar bien de una persona de otra religión, de un protestante. Entonces, en la catequesis, nos decían que todos iban al infierno»(ver texto).

La mente de un protestante tiene que negar el dogma de la muerte expiatoria de Cristo. Jesús es el mensajero y el que trae la felicidad a todos los hombres: no viene a poner un camino de Cruz al hombre para salvarlo de sus pecados, porque el pecado no es una ofensa a Dios, sino una gloria del hombre, una gracia.

Y, por lo tanto, todo el mundo se salva, todos para el cielo.

Bergoglio no presenta a Jesús como el que quita el pecado, sino como el que salva.

Y, por lo tanto, confesarse es encontrarse con Jesús, que salva y hace fiesta, no con un Jesús que hace un juicio al hombre y a su pecado:

«La confesión más que un juicio, es un encuentro. Tantas veces las confesiones parecen una práctica, una formalidad : ‘Bla, bla, bla…, bla, bla, bla…, bla, bla … Vas. ¡Todo mecánico! ¡No! ¿Y el encuentro dónde está? El encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta». (ver texto).

«más que un juicio: es un encuentro»: ante todo, la confesión es un juicio. El alma va a ese Sacramento a decir sus pecados y a que el sacerdote haga un juicio sobre ellos.

No hacer esto, es convertir la confesión en una charla de hombres, en un doctorado psiquiátrico.

No se va a la confesión para dar ternuritas al alma, sino para ver su pecado y corregirlo. Si no ve su pecado: si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces no hay absolución de nada.

Muchos sacerdotes no absuelven porque no juzgan el pecado como ofensa a Dios.

O no lo ven como pecado o sólo ven males sociales, humanos, carnales, etc…

La confesión es sólo un juicio: hay que juzgar el pecado que trae el alma. Hay que verlo como pecado, y hay que discernir en qué grado pecó ese alma.

Hay que ver, también, si ese alma tiene arrepentimiento de su pecado.

¡Hay que juzgar el pecado y al pecador!

Bergoglio sólo habla para la galería: para darle al hombre lo que gusta escuchar: Dios nos ama, Dios nos salva, Dios hace fiesta por los hombres. Es el Dios que se encuentra con el hombre, pero no es el Dios que juzga al hombre, que castiga al hombre. Esto lo enseña constantemente Bergoglio y tantos como él.

El hombre tiene que experimentar haber sido salvado, no tiene que experimentar el juicio divino, la ira de Dios: «el encuentro con el Señor que reconcilia, te abraza y hace fiesta».

Ahí está el encuentro, con este Jesús que es dos cosas, para Bergoglio:

«Jesús salva y Jesús es el intercesor. Estas son las dos palabras clave» (ver texto).

Jesús salva e intercede.

Para el católico: Jesús es el Mediador entre Dios y los hombres, y es el Rey de todos los hombres y pueblos.

El mal del que Jesús salva principalmente a los hombres es el pecado: «salvará… de sus pecados» (Mt 1, 21).

La obra de Cristo, para el católico, es una liberación de los hombres del pecado. Y, en consecuencia, una restitución y una reintegración al estado de salvación.

Este estado de salvación es un estado del alma, un estado espiritual: el alma se pone en la gracia. Y, en ella, tiene el camino para salvarse.

Ese camino significa dos cosas:

  1. Expiar el pecado que al alma haya cometido o que cometa;
  2. Santificar su alma en la gracia.

Esta salvación que Cristo hizo la obró en su Pasión y muerte: fue el sacrifico de su vida. Toda alma que esté en el estado espiritual de gracia, tiene que asociarse a la Pasión y a la muerte de Cristo para permanecer en la gracia. Su vida, por lo tanto, es una vida de oración y de penitencia constante, porque siempre el pecado hace tender al alma fuera de la gracia.

El hombre se reconcilia con Dios y se libra del pecado por la pasión y por la muerte de Cristo. Por lo tanto, el hombre debe salir de su pecado y meterse en la Pasión de Cristo, en su muerte. Allí se encuentra a Dios, a Jesús.

Un alma que sufre con Cristo encuentra el amor de Cristo en su corazón.

Un alma que crucifica su pecado es un alma que sigue a Cristo.

Bergoglio sólo está hablando de su fe protestante, porque Cristo es el que intercede por nosotros, pero no es el Mediador, el Rey que está sentado a la derecha del Padre para gobernar y juzgar a los hombres:

«Así la gente busca a Jesús con esa intuición de la esperanza del pueblo de Dios, que esperaba al Mesías, y trata de encontrar en Él la salud, la verdad, la salvación, porque Él es el Salvador y como Salvador aún hoy, en este momento, intercede por nosotros. Que nuestra vida cristiana esté cada vez más convencida de que nosotros hemos sido salvados, que tenemos un Salvador, Jesús a la diestra del Padre, que intercede» (Ib).

Cristo, en cuanto hombre, une a los hombres con Dios, mostrándoles los preceptos y dones de Dios, y satisfaciendo e interpelando a Dios por los hombres. Esto es la Mediación de Cristo.

Cristo sigue satisfaciendo a Su Padre por los pecados de los hombres, porque su sacerdocio es eterno. Jesús es algo más que un intercesor. Intercesor son todos los santos; pero Jesús es Dios: es el Santo de los Santos. Su misión, a la diestra de Su Padre, no es sólo interceder, interpelar por los hombres, sino también satisfacer por sus pecados.

Los protestantes niegan esto porque sólo dan la visión de un Jesús que salva, de un Dios que es amor y que nos salva a todos.

Para los protestantes, Jesús no es Dios y, por lo tanto, es sólo un intercesor, no un mediador:

«¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria»(ver texto).

Jesús es sólo un hombre muy santo, que está en la gloria intercediendo por nosotros. Es el que ora; es el que tiene las llagas en sus manos. Algo muy bonito, pero no real.

«Porque Él es el primero en orar, es nuestro hermano. Es hombre como nosotros. Jesús es el intercesor»

Pero Jesús no es el Mediador: no es el que satisface la ofensa a su Padre. Es sólo un hombre como nosotros.

Pero no es Dios: no es una Persona Divina; que está a la derecha de la Persona Divina del Padre. Y está con su Humanidad Gloriosa. Y esa Humanidad sigue satisfaciendo por las ofensas, que los hombres siguen haciendo a Su Padre, en cada altar, en cada Misa.

«¿Decimos a Jesús: “Ruega por mí, tú que eres el primero de nosotros, tú ruega por mí”? Seguro que ora; pero decirle: “Ruega por mí, Señor, tú eres el intercesor” es mostrar una gran confianza. Él ruega por mí, Él ora por todos nosotros. Y ora valientemente, porque hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sus llagas».

Jesús no es el que hace ver al Padre el precio de nuestra justicia, sino el que muere en la Cruz en cada altar: sigue sufriendo, sigue expiando el pecado de los hombres, sigue muriendo. Y eso es mucho más que hacer ver al Padre sus llagas. Es el Misterio del Altar, que es el Misterio de la Eucaristía.

Por eso, la Misa es algo muy serio: es estar en el Calvario, uniéndose al Sacrifico de Cristo. La Misa no es para bailar y cantar; no es para pasárselo bien. Es para sufrir con Cristo. Y,por eso, no se puede comulgar de cualquier manera. Se comulga para sufrir, para expiar el pecado, para unirse a Dios en el dolor.

Bergoglio niega el sacrifico de la Cruz en cada misa, porque ha negado la divinidad de Jesús. Sólo presenta un Jesús que llora por los hombres y al cual le hicieron una injusticia social al matarlo.

¡Qué fácil es discernir lo que es Bergoglio para la Iglesia!

Pero los católicos ya no disciernen nada. Sólo están ocupados en destruir la Iglesia, y cada uno a su manera, según su pecado, según su injusticia.

Y Dios, mientras tanto, mirando desde el Cielo el pecado de Su Iglesia para manifestar Su Justicia.

Cuando se quite oficialmente la Eucaristía, entonces Jesús ya no podrá hacer el oficio de Mediador, en sus sacerdotes, y es cuando vendrá el Gran Día de la Ira: toda la Creación pasará por el fuego de la Cólera Divina.

¡Cuántos, antes se condenarán por estar bailando con un idiota como Papa!

Es la última hora

obisposcondenado

«Hijitos, ésta es la última hora» (1 Jn 2, 18).

Es la «novissima hora»: la hora de los combates contra el demonio. Y no hay otra: detrás de un hombre de poder, están las oscuras artes del demonio.

Es la hora en que el demonio se manifiesta a través de los hombres. No hay que pararse en los hombres, sino discernir el espíritu con que cada hombre habla y obra. Los hombres son movidos por el espíritu del demonio. No sólo son tentados. No sólo se percibe una obsesión demoníaca en ellos. Hay muchos hombres poseídos por el demonio (= el demonio posee sus mentes humanas, no sólo sus cuerpos), y que ostentan un poder: político, económico, social, religioso.

Es la «novissima hora»: es la última de este tiempo: es la lucha contra el Anticristo de este tiempo. Porque todavía falta otro Anticristo; pero ése será al final, en el fin de los fines.

¡Estamos en el fin de los tiempos!

Ahora es el Anticristo del fin de los tiempos.

Ahora es cuando se implanta el gobierno mundial y la Iglesia universal.

Los hebreos que odiaron a Cristo: que lo mataron, que lo vieron muerto en la Cruz, que fueron testigos de Su Resurrección, pero que dieron falso testimonio…:

«Decir que, viniendo los discípulos de noche, le robaron mientras nosotros dormíamos… Esta noticia se divulgó entre los judíos hasta el día de hoy» (Mt 28, 13. 15b).

… esos hebreos, esos judíos son los que gobiernan, en la actualidad, la Iglesia.

«Se está consumando la más perversa conspiración contra la Santa Iglesia. Sus enemigos traman destruir sus más sagradas tradiciones y realizar reformas tan audaces y malévolas como las de Calvino, Zwinglio y otros grandes heresiarcas, con el fingido celo de modernizar a la iglesia y ponerla a la altura de la época, pero en realidad con el oculto propósito de abrir las puertas al comunismo, acelerar el derrumbe del mundo libre y preparar la futura destrucción del cristianismo» (Prólogo a la edición italiana – Conspiración contra la Iglesia – Maurice Pinay, 1962).

Desde hace mucho tiempo entraron en el interior del Vaticano y siempre se han movido en la oscuridad, nunca a la luz.

«(…) esas fuerzas anticristianas cuentan dentro de las jerarquías de la Iglesia con una verdadera quinta columna de agentes incondicionales a la masonería, al comunismo y al poder oculto que los gobierna, pues indican que esos cardenales, arzobispos y obispos serán quienes formando una especie de ala progresista dentro del Concilio, tratarán de llevar a cabo las perversas reformas, sorprendiendo la buena fe y afán de progreso de muchos piadosos padres» (Ib).

Esos judíos, por medio de otros, han matado a Papas, los han chantajeados, los han sustituidos con sosías, han manipulado sus mentes, porque es necesario poner al Anticristo, al rey terrenal, que es también mundial, el cual tiene que oponerse al Rey del Universo, que es Cristo Jesús, y a Su Iglesia en Pedro.

Por eso, ante un Papa legítimo no hay que alabar ni juzgar ni condenar su persona. Sólo hay que discernir a los que tiene a su alrededor. Es la única manera de saber qué está pasando en la Iglesia.

El poder masónico es maestro en dar a conocer lo que los hombres quieren creer. Esconde muchas cosas y sólo muestra lo que conviene en ese momento.

Todos aquellos que juzgan a todos los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, sólo siguen el juego de este poder masónico. Ellos son más inteligentes que todos los católicos juntos. Siempre van un paso adelante. Y, por eso, saben jugar con todo el mundo, saben poner el entretenimiento de masas.

Bergoglio es sólo eso: puro entretenimiento. Por debajo, está la jugada maestra que no enseñan.

Bergoglio está sometido, en todo, a ese poder masónico, a esos judíos que sólo quieren el poder en el Vaticano. Bergoglio es un rey que no gobierna, pero que tiene su orgullo propio, con el cual se opone a ese poder masónico.

Los judíos son el poder; los musulmanes, los que hacen el trabajo sucio. Son los romanos del tiempo de Cristo.

Los judíos usaron a los romanos para matar a Cristo.

El holocausto judío fue obra de los mismos judíos, del poder masónico, que usaron a otros para hacer la obra. Y no dudaron en suprimir una parte del pueblo judío para hacer recaer la culpa sobre otros. Y sólo con un fin: que el mundo entero y que la Iglesia, respete, reverencie, haga honor a los judíos

La culpa de la muerte de Jesús: los romanos. Sobre ellos vino el castigo de Dios. ¿Quién movió a los romanos? Los judíos.

¿Quién mueve las matanzas en el mundo entero? Los judíos, que usan a los terroristas, a los musulmanes, a los integristas, para ese trabajo sucio.

Es la «novissima hora»: no es la hora para dormirse en los laureles, creyendo que por pertenecer a la Iglesia, ya estamos salvados.

La Iglesia que vemos en el Vaticano –y, por lo tanto, en todo el mundo- no es la Iglesia de Cristo. ¡No es la verdadera Iglesia!

¡Bergoglio está tergiversando todo –TODO- lo que Cristo ha enseñado! TODO.

¡Bergoglio precede al Anticristo!

¡Es un falso Profeta, que ama ser glorificado por el pueblo!

¡Sediento de gloria humana!

Su vanidad y su orgullo preceden al Anticristo.

¡Labran el camino!

¡Señalan el camino!

¡Abren puertas para que se instale, en la cúpula vaticana, la gran abominación!

¡Su gobierno horizontal es el cisma declarado! ¡Es la primera división!

Se divide la Verdad del Papado: muchas cabezas gobiernan. Muchas cabezas piensan. Muchos hombres hablan la confusión, la torre de babel. Se parte el pastel del gobierno.

Se descentra el gobierno de Roma: cada cual decide, en su diócesis, lo que es la Iglesia.

Son cabecillas de un hereje.

Son los nuevos dictadores, que obran el poder de la masonería: son instrumentos de ellos, de esos judíos que nunca tuvieron intención de creer en Jesús, pero sí de seguirlo para atacarlo en todo.

¡Cuántos católicos hay así! Escuchan a Cristo, Su Evangelio, siguen las enseñanzas que la Iglesia da, pero es para espiar, es para meterse en lo más íntimo de la Iglesia para desbaratarla, romperla desde dentro.

Son como el demonio: la mona de Dios. El demonio ve todo lo que hace Dios, pero para imitarlo en el mal.

¡Cuántos Obispos y sacerdotes han hecho lo mismo!

Están en la Iglesia imitando lo que los buenos y santos sacerdotes hacen, pero para el mal.

Mucha Jerarquía da la impresión de ser santa: han asumido una falsa humildad. Han aprendido los gestos, las palabras, las obras que los santos hacían en su humildad y en su pobreza.

Un claro ejemplo: Bergoglio. Este hombre se maquilla de humildad y de pobreza para conseguir un amor de los hombres. Pero no tiene ni idea de lo que es vivir ni en pobreza ni en humildad.

¡Cuántos muestran al exterior una vida aparentemente irreprensible: inmaculados, puros, honestos! ¡Qué fácil es engañar con lo exterior de la vida! ¡Cuántos católicos caen en este engaño! Porque sus vidas son lo mismo: vidas para lo social, lo exterior, ligeras, superficiales, mundanas, llenas de nada.

¡Cuántos hacen, ante los demás, grandes obras – y muy buenas obras humanas – para que la gente vea que son buenos católicos, buenos sacerdotes, que deben confiar en ellos, que saben lo que hacen en la Iglesia!

Imitan exteriormente a los grandes santos sólo con un objetivo: alcanzar la cúpula, los puestos claves en el Vaticano, en cada diócesis. Buscan el mando, la autoridad, el gobierno de la Iglesia.

Desde siempre el ansia de poder, el orgullo de mandar, de tener un cargo en la Iglesia, ha hecho que muchas almas sacerdotales hayan destruido, ladrillo por ladrillo, la Iglesia. ¡Destruido! Para eso están en la Iglesia. Para eso son sacerdotes y Obispos y Cardenales: para destruirlo todo.

La destrucción que vemos en toda la Iglesia no es de ahora: viene de muy lejos. Ha sido tan oculta que nadie se ha dado cuenta.

Sólo, en estos cincuenta años, se ha ido descubriendo la maldad oculta en muchos sacerdotes y Obispos. ¡Y sigue la destrucción! Pero ahora se suman muchos más.

Ahora, toda la masa de los tibios y de los pervertidos, que con los Papas legítimos han estado atacando a la Iglesia, pero desde fuera; tienen con Bergoglio las puertas totalmente abiertas, para entrar y saquearlo todo. Y lo hacen en nombre de los mismos católicos, de la misma iglesia católica, poniendo como estandarte a su falso papa, Bergoglio. Ellos son lo que dicen, imitando a su demonio, Bergoglio, que la Iglesia está enferma y que Bergoglio es el sano, el justo, el inmaculado, el santo, el que ama a la Iglesia.

Es la «novissima hora»: Bergoglio lleva almas al Anticristo como don: es el regalo de un falso profeta a su mesías, a su dios, a su esclavitud.

Al igual que San Juan Bautista bautizó a las almas para prepararlas a penitencia; así Bergoglio bautiza a las almas en la vanidad y en el orgullo, para condenarlas, para que se pierdan por toda la eternidad.

El problema de Bergoglio es que no señala al Anticristo, como san Juan señaló a Cristo. No puede, porque no lo conoce. Bergoglio es un falso Profeta: es decir, tiene el Espíritu del Falso Profeta, pero no es la persona del Falso Profeta.

Bergoglio hace el trabajo del falso profeta, que es levantar la falsa iglesia para el Anticristo. Hasta que esa iglesia no sea puesta en pie, no sólo en el gobierno sino también en la doctrina, el Anticristo no puede aparecer.

La persona del Falso Profeta señala la persona del Anticristo. El Falso Profeta es el Falso Papa de la falsa iglesia universal, ecuménica. Todavía falta por ver quién es el verdadero Falo Profeta de la falsa iglesia. Hay que levantar, antes, esa falsa iglesia.

Bergoglio es un falsario: un falso Papa; pero todavía la falsa iglesia no aparece, no está levantada, no está consolidada. Bergoglio es la primera piedra de esa falsa iglesia.

Él ya ha puesto la primera división: quitar la verticalidad. Ahora, la Iglesia se construye de abajo arriba: del pueblo al jefe. No de la Jerarquía al pueblo.

Es el pueblo, es la gente, es la opinión de todos lo que levanta esa iglesia. Es una fe común, es una doctrina universal, es un camino en el mundo lo que fundamenta esa falsa iglesia.

Por eso, Bergoglio se dedica a dar entrevistas, a hacer que su doctrina sea conocida por todos, a poner en el gobierno de toda la Iglesia, en cada diócesis, su gente herética y cismática, como él, porque hay que ir a la segunda división.

¡Hay que dividir, no sólo la cabeza, el poder, sino también la doctrina!

El poder masónico presentó a Bergoglio la doctrina que tenía que ser impuesta en el Sínodo extraordinario.

Y Bergoglio se echó para atrás. ¡Fue su orgullo!

Bergoglio ha creado nuevos cardenales, porque se teme lo peor: no ha sido fiel al poder masónico, que lo ha puesto ahí. Y ellos ya no confían en él: ellos no esperan que en el próximo Sínodo, Bergoglio sea fuerte e imponga la doctrina que ellos quieren.

Por eso, es necesario poner a un jefe, a otro falso papa, que divida la iglesia en la doctrina. ¡Segunda división!

Un gobierno horizontal sin una doctrina horizontal no sirve para nada: sólo para crear más confusión en todas partes.

«El falso Profeta – el que se hace pasar como el líder de Mi Iglesia – está preparado para colocarse las ropas, que no fueron hechas para él. Él profanará Mi Sagrada Eucaristía y dividirá Mi Iglesia por la mitad, y luego a la mitad otra vez» (MDM – 8 de marzo 2013).

La Iglesia es Pedro, se levanta en Pedro, en un Papa legítimo, único. Y Pedro es: poder y doctrina. Pedro es un gobierno al que hay que obedecer; y una doctrina que hay que creer.

Estar en la Iglesia, ser Iglesia es obedecer al Papa y someterse a una doctrina, para poder salvarse y santificarse. Son dos cosas. Y quien falla en una de ellas, no puede salvarse ni santificarse. El camino en la Iglesia es el Papa y Cristo; el gobierno del Papa y la doctrina de Cristo.

Nadie se salva sin la Jerarquía: sin la obediencia a una autoridad legítima, divina, puesta por Dios. Pero no se obedece la persona del Papa, sino a Cristo en ella. Es decir, se obedece la doctrina de Cristo que el Papa enseña, que es una verdad Absoluta, inmutable, eterna.

Por eso, todo Papa legítimo es la Voz de Cristo, el mismo Cristo en la tierra.

Todo falso Papa es lo contrario: la voz del demonio, del mismo demonio encarnado en él, que posee su mente humana.

Todo falso profeta, todo falso papa, todo usurpador del Papado, divide a Pedro: divide el poder y la doctrina.

Todo falso profeta, todo falso papa profana a Cristo en la Iglesia: la Eucaristía, la santa Misa, su doctrina.

Bergoglio, falso profeta, el que se hace pasar por lo que no es; se hace pasar por Papa, y no es Papa; se hace llamar Papa, y no tiene el nombre de Papa; gobierna la iglesia como Papa y no gobierna nada, ni siquiera su falsa iglesia, porque su gobierno oficial horizontal carece de una doctrina oficial horizontal.

Bergoglio profana la Eucaristía: nada más vestirse las ropas para aparentar su falso Papado, lavó los pies a los hombres, a las mujeres, a los musulmanes, a los que tienen que hacer el trabajo sucio en la Iglesia.

Bergoglio profana la Palabra de Dios: en sus predicaciones, en sus misas, dice herejías. Predica que Jesús no es Dios, no es un Espíritu, sino sólo un hombre, una persona humana.

Bergoglio, en la Iglesia, profana a Cristo en las almas: se dedica a dar de comer a los pobres, a solucionar problemas sociales, humanos, a darle al hombre el reino de este mundo: la vanidad de la vida humana, el vacío de una vida mirando y enseñando la mentira.

Con su gobierno horizontal, Bergoglio dividió la Iglesia por la mitad.

El poder dividido: partido por la mitad. El poder ya no es para una obediencia, sino para repartirlo. Y así nace la dictadura en la Iglesia: se impone una forma de gobierno, que no es la verdad ni puede dar ni hacer caminar hacia la verdad. ¡Y se impone! Es una obediencia a la mentira. Todos obedecen un gobierno horizontal: eso es la dictadura. Todos esclavos de un mentiroso.

En la Iglesia sólo se obedece a Pedro: a una verticalidad. Es la obediencia a la Verdad que enseña Pedro.

En la falsa iglesia que se levanta en el Vaticano, se obedece a la mentira que enseña el falso papa, que actúa como lo que no es: Pedro. Bergoglio es sólo la figura vacía de Pedro. No tiene el espíritu de Pedro. No es Voz de la Verdad.

El poder de la Iglesia ha sido dividido en el Papado. Lo que vemos en el Vaticano no es el Papado como Cristo lo constituyó: no es un Pedro y, bajo él, toda la Jerarquía. Es un falso Pedro y, junto a él, muchas cabezas gobernando.

Primera división de la Iglesia: se reparte el poder. Se oficializó el gobierno horizontal. Ya no existe, oficialmente, la verticalidad. Ya no hay Iglesia en el Vaticano. No está la Iglesia en Pedro. Hay una iglesia en muchas cabezas: en un falso Pedro, con cantidad de mentes humanas a su alrededor que se reparten el pastel.

Con el Sínodo próximo, la Iglesia se va dividir de nuevo, por la mitad.

Se va a oficializar la nueva doctrina: la del error, la de la herejía, la del cisma.

Hasta el momento, Bergoglio es el único que sigue su propia doctrina, al margen de la doctrina de Cristo. Pero su doctrina no es oficial en la Iglesia: no es algo que todos deban creer, asumir, obedecer, obrar.

Después del Sínodo, será distinto. Es la nueva iglesia, con una nueva doctrina: la que predica el falso Papa, Bergoglio.

Se dividirá la doctrina: la Iglesia, en la doctrina, se partirá por la mitad. Ya no será una doctrina para obedecer, para someterse a ella, sino una doctrina para interpretarla al gusto de cada cual. Una doctrina abierta a todas la mentes de los hombres, menos a los que creen en la Verdad Absoluta.

Es la doctrina del relativismo universal de la verdad: es poner lo que piensa el hombre, lo que opina el pueblo, lo que está abajo, llevarlo arriba, al gobierno, para ser puesto como ley, como norma, como evolución del dogma. Es la ley de la gradualidad que fracasó en el Sínodo extraordinario.

Bergoglio es sólo un hombre que habla para la vida del mundo, la vida que agrada a muchos hombres que son del mundo. Y en el mundo sólo reina uno: el demonio.

Bergoglio, cuando predica, conduce a las almas hacia el demonio, hacia el reino de Satanás. No puede conducirlas hacia Dios, sino hacia su propio dios: su mente humana.

Antes estas dos divisiones, ¿qué hay que hacer en la Iglesia?

Los que todavía creen que Bergoglio es oficialmente Papa, no pueden otra cosa que seguirle y obedecerle.

Porque a «un Papa hereje y que persevera en la herejía no tiene sobre la tierra un poder superior a sí; tan sólo un poder ministerial para su destitución» (Cardenal Cayetano).

No lo pueden juzgar, ni criticar, porque es su papa. Y nadie es superior al papa.

Para los que creen que Bergoglio no es Papa, entonces pueden juzgar a Bergoglio y oponerse a él en todas las cosas.

Un hereje no es oficialmente Papa: esto es lo que enseña la Iglesia en la Bula Cum ex Apostolatus Officio, del Papa Pablo IV.

Es lo que enseña San Roberto Belarmino, Cardenal y Doctor de la Iglesia, De Romano Pontifice, II, 30:

«Un papa que se manifieste hereje, por ese mismo hecho (per se) cesa de ser papa y cabeza, así como por lo mismo deja de ser un cristiano y miembro de la Iglesia. Por tanto, él puede ser juzgado y castigado por la Iglesia. Este es la enseñanza de todos los Padres antiguos, que enseñaban que los herejes manifiestos pierden inmediatamente toda jurisdicción».

Y es lo que enseñan lo Santos.

San Francisco de Sales (siglo XVII), Doctor de la Iglesia, «The Catholic Controversy» La Controversia Católica, edición inglesa, pp. 305-306:

«Ahora, cuando él [el Papa] es explícitamente hereje, cae ipso facto de su dignidad y fuera de la Iglesia…».

Bergoglio no tiene dignidad; está fuera de la Iglesia.

Pero muchos, ahora, prefieren seguir a Cayetano y esperar que un poder ministerial, es decir, un grupo de Cardenales y de Obispos, hagan renunciar a Bergoglio como Papa. Mientras no se haga esto, los que siguen esta línea teológica, están obligados a unirse a la mente de Bergoglio: tienen que obedecerlo y seguir su doctrina de herejía.

Esto es peligrosísimo para las almas. Y esto no es lo recomendable que haya que hacer, porque esto es ir en contra de la misma doctrina de Cristo.

¿Qué hay que hacer en la Iglesia?

¡Permanecer en Cristo, que es permanecer en la Verdad, en la doctrina que Cristo ha enseñado y que no puede cambiar nunca!

Permanecer: no corran de un lado al otro para encontrar a Cristo en la Jerarquía ni en los falsos profetas. ¡No hagan eso!

La Jerarquía que obedece a un falso Papa no da a Cristo, no enseña la doctrina de Cristo, no hace caminar hacia la salvación ni hacia la santidad.

¡No estén pendientes de lo que diga o haga la Jerarquía! Porque no hay un Papa que aúne, que una en la Verdad Absoluta. Hay un falso papa que dispersa en la mentira: que une en la diversidad de ideologías.

El Clero se ha vuelto traidor a Cristo. Y la razón: quieren preservar su propio prestigio ante los hombres y ante el mundo entero. Teniendo un falso papa aclamado por el mundo entero, ¿quién no quiere participar de esa gloria humana?

El clero no es tonto: sabe lo que es Bergoglio. Y, por eso, reverencia a Bergoglio porque tergiversa la doctrina de Cristo y la echa a la basura, que es lo que toda la Jerarquía traidora, infiel a la gracia, persigue en la Iglesia.

Se obedece a un traidor porque está destruyendo el poder y la doctrina. Esta es la maldad de mucha Jerarquía. Y esta es la verdad que nadie dice.

Es la «novissima hora»: es el tiempo de la Justicia Divina. Comenzó con el Sínodo extraordinario. En el tiempo de la Justicia, sólo se obra lo que el demonio quiere. No lo que quieren los hombres. Los hombres, en la Iglesia, ya no deciden nada. Es el Espíritu el que guía a toda la Iglesia. Quien no esté en la Verdad, entonces es guiado por el demonio; quien permanezca en la Verdad, entonces encontrará a Cristo en su vida.

Francisco Bergoglio es condenación segura para el alma

xzxabomi

Estamos asistiendo a la decadencia de la Iglesia en todos sus miembros.

Decadencia, porque nadie vive el Espíritu de la Iglesia. Todos van tras la sensación del pensamiento humano, y obran en la Iglesia siguiendo ese pensamiento. No siguen al Espíritu, porque se ha apagado la lámpara del Espíritu en la Iglesia. Y si la luz del Espíritu no brilla en los corazones, entonces el bien que los hombres hacen dentro de la Iglesia, no les sirve para merecer la salvación:

«no hay justo en la tierra que haga sólo el bien y no peque» (Ecle 7, 20). El santo en la Iglesia es el que hace el bien y no peca.

Si los fieles sólo quieren ser hombres buenos, dentro de la Iglesia, entonces no pueden pertenecer a la Iglesia, porque la Iglesia es la Obra del Espíritu, es la obra de la santidad divina, a la cual todo hombre ha sido llamado desde su nacimiento: «Sed santos como Yo, vuestro Padre Celestial, soy Santo» (Lev 19, 9 – cf. Mt 5, 48).

Es triste ver una Iglesia de esta manera: persiguiendo la ciencia humana, la filosofía humana, las obras de los hombres. Y ya nadie en la Iglesia da el Espíritu, porque no saben ver el Espíritu. Han quedado ciegos, porque han perdido el temor de Dios:

«…yo sé que los que temen a Dios tendrán el bien, los que temen ante su presencia; mientras que el impío no tendrá bien ni prolongará sus días, que serán como sombras por no temer a Dios» (Ecle 8, 13).

El hombre se ha acomodado a su limitada razón humana, y contempla todo lo divino desde su idea humana de Dios. No contempla a Dios en Dios, en el Pensamiento Divino, sino en su pensamiento humano. Un pensamiento que siempre va a errar, porque el hombre no posee la verdad en sí mismo. La verdad la tiene que buscar en Dios, y someter su mente humana a la verdad que descubre en Dios.

«Pues, aunque uno sea perfecto entre los hijos de los hombres, sin la Sabiduría que procede de Ti, será estimado en nada» (Sab 9, 6).

Nada es el hombre sin la gracia, sin el amor divino, sin la Voluntad de Dios en su corazón. Entre los hombres puede ser muy famoso; pero en los ojos de Dios es sólo un alma que no ha comprendido la verdad de su vida, el plan que Dios quería de su existencia humana.

El hombre vive buscando su perfección humana, pero no se apoya en la Sabiduría que da el Espíritu, sólo al corazón del hombre temeroso de Dios.

El hombre soberbio es perfecto en su mente humana, pero no tiene en su corazón la caridad divina: encuentra muchas verdades que no le sirven para salvarse ni para santificarse.

Sólo el hombre humilde obra la verdad, que su entendimiento humano encuentra, en el amor que posee en su corazón, dócil al Espíritu de la Verdad. Una verdad sin el amor divino: herejía, cisma y apostasía de la fe.

Vemos una Iglesia de hombres soberbios en sus mentes humanas y duros en sus corazones.

El hombre en la Iglesia ya no se somete a Dios, sino que intenta por todos los medios humanos, hacer una Iglesia según la concibe su mente, y según la perspectiva del hombre en su razón humana. El hombre proyecta obras sin el Amor de Dios, sin la caridad divina: busca alcanzar una perfección, una santidad (falsa santidad), que con sus esfuerzos humanos sólo le reportará y le llevará a la condenación eterna.

Por eso, en la Iglesia se ven tantas cosas que no pertenecen a Dios, que ya nadie clama sobre esas cosas, ya nadie se escandaliza al ver las obras del pecado de la Jerarquía, que no posee el arrepentimiento en sus corazones: sacerdotes y Obispos que viven para pecar, y que enseñan una doctrina que aplaude y ensalza el pecado dentro de la Iglesia. Todos están pendientes de lo suyo humano, y de cómo negociar en la Iglesia con las cosas divinas. Nadie está pendiente de los intereses de Cristo en la Iglesia, que son la salvación y la santificación de las almas.

El mundo es del demonio, no de Dios. Y por tanto, para seguir a Dios, hay que batallar contra el demonio. Y es lo que no hace la Iglesia. Está preocupada por multitud de caminos humanos, de problemas humanos, de circunstancias humanas, que ya no sabe ver el camino espiritual, y ya no sabe guiar a las almas hacia lo espiritual, hacia lo divino, lo sagrado, sino que constantemente rebaja lo divino a todo el obrar humano.

Es una Iglesia donde no hay una Cabeza espiritual, porque está dedicada a los asuntos de los hombres, pero no pone su atención en los asuntos espirituales.

Francisco Bergoglio es sólo una cabeza de herejía, un hombre de negocios humanos, un empresario que busca su éxito en el mundo entero. Tiene hasta una revista (“Il mio Papa”) dedicada exclusivamente a él.

Un hombre que ha rebajado el Papado hasta las últimas consecuencias, pero que quiere y alienta la pompa, el agasajo, la gloria que recibe del mundo, de los medios de comunicación del mundo.

Francisco Bergoglio es una cabeza que sólo quiere agradar a los hombres, y que éstos le tomen como una buena persona, como alguien que se preocupa del mundo y de los hombres, que está en los problemas de los demás, pero que en realidad, no sabe guiar al hombre hacia Dios.

Busca la perfección humana sin el amor de Dios: enseña una sabiduría sin el consejo de Dios; sólo amparado en su consejo humano, en su gobierno horizontal, en sus cabezas que sólo se alimentan de pura herejía, puro disparate, pura maldad.

Francisco Bergoglio es una cabeza que cree que está en ese puesto, porque es alguien que Dios lo ha elegido, y por tanto, cree poder tener el poder para hacer lo que quiera en la Iglesia.

Una cabeza que no sabe hacer ni oración ni penitencia, no sabe crucificarse para salvar un alma del fuego del infierno; sólo sabe estar entre los hombres para recibir de ellos sus aplausos.  Sus palabras están vacías de la verdad de Dios, porque su corazón no posee el amor de Dios.

Francisco Bergoglio es una cabeza que sigue su pensamiento humano y sus obras humanas, y da el valor a su vida desde su mente humana, no desde la Mente de Cristo.

De esta manera, esa cabeza guía a la Iglesia hacia la decadencia del Espíritu, en el cual el hombre es lo importante en la vida; no Dios. Dios queda sólo a un lado: su Vida Divina, sus Obras Divinas, sus Tesoros Divinos, quedan oscurecidos y sofocados por el pensamiento del hombre, y su obra de cara al mundo y a los hombres.

En el Vaticano ya no vemos a Dios, ya no palpamos la presencia de Dios, sino que sólo se ve al hombre: sus glorias, sus pompas, sus ideales, sus interese, sus negocios.

¿Y qué se puede hacer con esta Iglesia que ya no marca el rumbo del Espíritu?

Hay que seguir en la Iglesia, pero sólo obedeciendo al Espíritu, que habla a cada corazón, y le muestra el camino de la verdad en su vida.

Ya no es tiempo de dar la obediencia a Cabezas que no saben ser espirituales, sino que se muestran muy humanas, muy del mundo, y viven para un fin humano, olvidando el fin divino para el cual han sido creadas y llamadas.

Es inútil seguir a los hombres que se empeñan en ver la vida desde su ciencia y filosofía humanas. Es perder el tiempo discutir con personas que por su vocación, deberían saber del Espíritu, y que sólo saben hablar de sus cosas e intereses humanos. Ya no son hombres de Cristo ni para Cristo; sino que son hombres en contra de Cristo.

Hay que seguir en esta Iglesia que no sirve para nada, porque los hombres han inutilizado el valor de la Iglesia: ya no hay un Papa que dé la Verdad en la Iglesia. No hay un Papa al que se le obedezca. No hay un Papa al que se le siga porque sólo habla y gobierna con la Verdad, con el Poder de Dios en su corazón. Ya no existe ese Papa. Benedicto XVI ha quedado inutilizado en la Iglesia. Y al hombre que han puesto es una blasfemia el seguirlo: quien lo siga comete el pecado contra el Espíritu Santo.

¡Esta es una Iglesia que no sirve para nada!: qué pocos entienden esto. ¡Qué pocos!

La gente vive en la Iglesia sin discernimiento espiritual: han perdido el Espíritu de la Iglesia. Son sólo hombres que piensan y ven la Iglesia con su majestuosa cabeza humana, con la perfección de sus entendimientos humanos. Y no se dan cuenta que son nada para Dios.: carecen de la sabiduría Divina con la cual entenderían los signos de los tiempos y sabrían oponerse, con valentía, a ese impostor del Trono de Dios en la tierra, mal llamado Obispo y con el nombre blasfemo de Francisco.

Hay que formar la Iglesia que quiere el Espíritu, dejando a los hombres que continúen en sus pensamientos humanos, y que pierdan su tiempo levantando una nueva iglesia, un conjunto de hombres, de intereses humanos que sólo llevan a la condenación de las almas.

Hay que salir de las estructuras de pecado en que se imponga la obediencia a cabezas de herejía. No se puede estar allí donde una Jerarquía hereje manda y enseña con el error al Rebaño.

No se puede estar ni en capillas, ni en parroquias, ni en grupos, ni en comunidades, en donde se obre la herejía, el cisma y la apostasía de la fe.

Hay que salir de todos los lugares en donde se implante el gobierno horizontal, porque allí no está la Iglesia de Cristo, que sólo está fundada en una cabeza, en un poder vertical, nunca en un poder horizontal. No se gobierna con cabezas en la Iglesia, sino con una cabeza.

Salir de esas estructuras no es dejar la Iglesia verdadera, sino permanecer en la Verdad, en la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro.

Dejar de obedecer a una Jerarquía, que llama a otros hombres a formar una iglesia sin la doctrina de Cristo, no es rebeldía, no es desobediencia, sino humildad.

El humilde es el que obedece a Dios, a la verdad que Dios ha revelado.

El soberbio es el que obedece a los hombres, a la mentira que los hombres imponen con sus mentes humanas, y la declaran oficialmente como verdad.

La Verdad no es un papel oficial, ni la obra de unos Cardenales y Obispos en la Iglesia.

La verdad, en la Iglesia, es una cabeza que Cristo pone.

Quien quite esa cabeza, divide la verdad.

Quien anule esa cabeza, destruye la Iglesia.

Quien imponga una verdad no revelada en la Iglesia, levanta una nueva estructura de iglesia, la cual nunca puede ser agradable a Dios.

Todos ven la falta de lucidez mental en ese hombre al que llaman, oficialmente, Papa.

No se puede seguir una cabeza que habla herejías.

No se puede estar gobernado por una cabeza que ha puesto el cisma con su gobierno horizontal.

No se puede vivir en la apostasía de la fe, alejándose de la verdad para complacer a unos cuantos hombres.

Lo políticamente correcto sobra en la Iglesia de Cristo.

En la Iglesia no se alaba a ningún hombre, no se hace publicidad de ninguna Jerarquía.

En la Iglesia sólo se adora la Mente de Cristo.

Lo demás, es idolatría, culto vano y supersticioso, que los hombres siempre buscan en sus vidas.

Una Iglesia sin Espíritu es la iglesia que gusta al hombre, que acomoda al hombre, que alaba al hombre, que da gloria a las obras de los hombres.

Francisco Bergoglio no es Papa, ni puede serlo, por su pecado de infidelidad.

El legítimo sucesor de Cristo es el Papa Benedicto XVI, hasta que muera.

Y poco importa que los hombres no crean ya quién es el verdadero papa.

Lo que importa es que el hombre discierna la verdad de la mano del Espíritu.

Si el hombre no aprende esto, entonces es clara su condenación en la Iglesia.

Se es Iglesia, porque el alma obedece la Verdad que da el Espíritu. Y quien no siga al Espíritu, no puede obedecer la Verdad, sino que se une a la mente de unos hombres, que sólo viven dando vueltas a sus filosofías y teologías humanas.

La Verdad es sencilla.

Pero sólo el humilde de corazón la puede ver y obrar.

Los demás, siguen en lo suyo: llamando al mal con el nombre de bien. Porque han hecho de la mentira, su estilo de verdad, su dogma, su falsa moralidad, su mediocre ética, su ley nefasta.

Cristo es la Verdad, no los hombres, no aquellos que se llaman sacerdotes y Obispos, y enseñan una mentira, guían a las almas en la mentira de sus mentes y obras humanas, y señalan un camino, en donde la mentira, la oscuridad, la duda y todos los errores, son el alimento básico de esa estructura de falsa iglesia.

Falsos pastores han habido siempre en la Iglesia; pero durante siglos, han sido combatidos dentro de la misma Iglesia, por la Jerarquía fiel a la doctrina de Cristo.

Pero cuando, oficialmente, ha sido colocado un falso pastor como papa de la Iglesia, entonces se está declarando el cisma dentro de la Iglesia. Se está dejando de combatir al hereje y a su herejía, por agradar a un hombre como falso Papa. Se está permitiendo y queriendo el error, la mentira, la falsedad, el engaño, dentro de la Iglesia.

Una Iglesia así dividida no es la Iglesia de Cristo, sino del demonio.

Una Iglesia en donde se acaricia al hombre, no es la de Cristo, sino la de los hombres.

Cristo Crucificó Su Humanidad, al Hombre, en la Cruz. Tienes que imitarlo: crucifica tu voluntad humana para ser de Cristo, para amarlo, para obedecerlo. ¡Ninguna Jerarquía hace esto y, después, se atreven a pedir obediencia a sus mentes humanas! ¡Cuántos fariseos hay en la Iglesia!

Los hombres están adorando la mente de un hombre, que no posee a Cristo en su corazón sacerdotal. Lo están siguiendo, lo están obedeciendo, se están uniendo a su mente humana, para formar una comunidad, que no pertenece a la Iglesia de Cristo, a la verdadera, sino que sólo pertenece a los hombres, a aquellos que ya no quieren ni desean la Verdad, la doctrina de Cristo en la Iglesia.

Y por eso, no se puede seguir a esos hombres, aunque se vistan con el traje talar, aunque quieran representar a la Jerarquía oficial de la Iglesia.

Una Jerarquía que no enseña a Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Una Jerarquía que no gobierna con Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Una Jerarquía que no pone el camino de la Cruz de Cristo, no es Jerarquía en la Iglesia.

Lo oficial en la Iglesia no es la mente ni la boca de los hombres.

Lo oficial en la Iglesia es la Palabra de Dios Revelada desde siempre, y que ningún pensamiento humano puede cambiar.

No se sigue a un hombre en la Iglesia. Se sigue a Cristo.

No se sigue la mente de un hombre en la Iglesia. Se sigue la Mente de Cristo.

No se sigue las palabras bonitas de un hombre en la Iglesia. Se sigue la Palabra de Dios, la Palabra del Pensamiento del Padre, que sólo el Espíritu de la Verdad da a los humildes de corazón.

No se siguen las obras de los hombres en la Iglesia. Se sigue la obra del Espíritu de Cristo.

No sigas a Francisco Bergoglio: es una cabeza de herejía. Es un hombre sin el Corazón de Cristo. Es un mago de la palabra humana. Es un negociante de los tesoros divinos. Es una prostituta de la mente del demonio.

No sigas a Francisco Bergoglio: quien lo haga se condena con seguridad. Y se condena en vida, sin posibilidad de arrepentimiento.

Francisco Bergoglio es como Lucifer: un gran dragón que «con su cola arrastró las tercera parte de los astros del cielo» (Ap 12, 4).

Los astros del cielo son los sacerdotes y Obispos en la Iglesia; y aquellos que obedecen a Bergoglio como su cabeza en la Iglesia son llevados hacia abajo, hacia la decadencia del Espíritu y, por tanto, son arrastrados hacia todo lo humano en donde encuentran su condenación fatal.

¡Qué pocos buscan la salvación en la Iglesia! ¡Cuántos prefieren las palabras cómodas y rastreras de un hombre sin verdad, de un mago de satanás, de un supersticioso de su propia mente humana!

La fe es una virtud infusa que se pierde por el pecado de herejía

todocuantoes

La luz de la fe –para Bergoglio- «es la luz de una memoria fundante» (LF, n. 4), o como dice, más adelante: «la luz de la fe es una luz encarnada» (LF, n. 34).

Decir esto es estar diciendo que en la carne de todo hombre se encuentra una luz, un conocimiento, una sabiduría que nunca puede faltar. Es una «luz encarnada», es decir, en la carne, asumida por el hombre como suya propia, está la sabiduría, la fe.

La Encarnación del Verbo es asumir la Segunda Persona de la Santísima Trinidad una naturaleza humana, un hombre, «el Hombre» (Jn 19, 5c); es decir, es asumir no sólo su cuerpo, sino también su alma. Es el Verbo, la Persona Divina, la que guía al hombre, a la naturaleza humana que asume, que hace suya. Por eso, Jesús no tiene persona humana. Quien finaliza la naturaleza humana de Jesús no es una persona humana, sino la Persona Divina del Verbo. Por eso, la Encarnación del Verbo es un Misterio Divino que ni el ángel puede realizar en un hombre. Sólo Dios puede encarnarse. Ni el ángel ni el demonio se pueden encarnar en ningún hombre. Y menos el hombre encarnarse en otro hombre. El demonio puede poseer a la persona humana: vivir en su carne. Pero no puede tocar ni la libertad ni la mente del hombre: no puede asumir su alma. No puede quitarle su persona humana. Tiene que vivir, en ese cuerpo, junto al hombre, a su persona humana que guía su naturaleza. El Anticristo es la posesión perfecta de un hombre, imitando en todo la Encarnación del Verbo; pero no es una encarnación real del demonio en el hombre.

Hablar que la luz de la fe es una «luz encarnada» es destruir la verdad de lo que Dios infunde en el hombre.

En la justificación, cuando el hombre se bautiza, son infundidas tres virtudes teologales: fe, esperanza y caridad.

La infusión de las virtudes no es una encarnación de la Mente de Dios en el hombre. Al hablar de infusión, se está declarando que Dios produce, de manera inmediata, las virtudes teologales en el hombre.

No son virtudes adquiridas por el hombre: no es la razón humana la que trabaja para que su voluntad obre una virtud.

Es Dios quien obra en el hombre, quien le da el poder para obrar, elevando al hombre al estado sobrenatural para que comprenda la Mente de Dios, con su razón natural, y la obre, con su voluntad humana.

En las virtudes infusas se obra algo divino, sobrenatural, nunca algo humano. En las virtudes adquiridas, siempre se obra lo humano, nunca lo divino.

La fe es virtud infusa, no adquirida. Y, por tanto, la fe no es un acto de ninguna memoria, de ninguna mente humana, que es lo que dice ese hombre: «es la luz de una memoria fundante» (LF, n. 4).

Dios, al dar la fe, da no sólo la inteligencia sino el poder para obrar esa inteligencia. Es una inteligencia divina, que permanece en el corazón del hombre, no en su alma.

Todo lo que da Dios es para el espíritu del hombre, no para el alma del hombre. El hombre es cuerpo, alma y espíritu. El hombre, en su naturaleza, no es sólo un cuerpo y un alma. Necesita el espíritu para ser hijo de Dios. Dios creó al hombre divino, con un espíritu capaz de Dios.

En el espíritu humano está la gracia, el corazón, la vida sobrenatural. Sin espíritu, el hombre no puede amar a Dios, sino que vive sólo un infierno. A los condenados, se les quita el espíritu y el hombre queda en un estado de degeneración humana: no posee la dignidad divina. No puede alcanzar la vida de Dios. Sólo vive un estado y en un lugar en donde es imposible el amor, incluso el amor natural.

El hombre creado por Dios tiene la ley eterna en su espíritu. La ley natural, que todo hombre posee en su naturaleza humana, se encuentra sólo en el espíritu del hombre. Por esa ley natural, el hombre ama naturalmente a otro hombre. Si se quita el espíritu humano, el hombre es incapaz de amar con un amor natural, no solamente espiritual. Sólo puede odiar. Y eso es el infierno.

Sólo Dios puede poner y quitar el espíritu humano a la naturaleza humana. Dios lo da siempre a todo hombre que nace en este mundo; pero sólo los que se salvan, permanecen en ellos su espíritu. En los que se condenan, les es arrancado el amor –y todo amor- de su naturaleza humana. Por eso, del infierno no se puede salir: no hay vuelta atrás. Esa es la Justicia de Dios sin ninguna Misericordia.

Mientras el hombre sea viador, el hombre encuentra alguna misericordia divina en la Justicia de Dios. Y, por eso, la vida hay que entenderla en la Justicia, no en la Misericordia. El hombre nace en la Justicia y tiene que moverse en esa Justicia, hallando una Misericordia, para salvarse y santificarse. Por eso, toda la vida espiritual del hombre está llamada a la purificación de su corazón, para poder ver a Dios: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». (Mt 5, 8).

Quien niega la Justicia de Dios tiene que negar también Su Misericordia. Es lo que los hombres nunca acaban de aprender en la vida espiritual, y sólo se fijan en un Dios amor o en un Dios misericordioso, y no han entendido que si Dios muestra su Misericordia es porque antes ha mostrado su Justicia al hombre: le ha revelado su pecado y el camino para quitarlo, que es siempre un camino de Cruz, de desprendimientos, de negación de sí mismo.

Y hay que cumplir esa Justicia para hallar Misericordia en Dios. Quien no cumple su Justicia, quien no hace penitencia por sus pecados, no puede salvarse nunca, no puede hallar Misericordia, sino que se inventa una falsa misericordia.

Si la fe es una luz encarnada, entonces el hombre encuentra en su carne, es decir, en su alma el conocimiento para vivir esa fe. Todo está en la razón humana, con la cual se construye una vida espiritual, una religión, un cristo, una iglesia que no tiene nada que ver con lo que es Jesús y su Obra Redentora, que es Su Iglesia.

Ésta es la búsqueda de Bergoglio en su concepto de fe: levantar una nueva iglesia. Es una búsqueda que nace de su gnosis, de su conocimiento encarnado: es buscar, en su mente, con su memoria, una idea, una filosofía, una teología, que explique su concepción de Cristo y de la Iglesia. Y, al final, Bergoglio, cae en el panteísmo: «los pobres, enfermos y abandonados son la carne de Cristo» (13 de mayo 2013); o «La pobreza se aprende tocando la carne de Cristo pobre en los humildes, los pobres, los enfermos y los niños» (8 mayo 2013); o «El Señor nos ha salvado a todos con su sangre, no solamente los católicos. ‘Pero Padre, ¿y los ateos?’ También ellos. ¡Todos! Esa sangre nos hace hijos de Dios de primera categoría» (23 de mayo 2013).

Cristo está en los pobres, en los enfermos, en los niños, en los abandonados; Cristo ha salvado a todos, incluso a los ateos. Todo esto, no es sólo su comunismo, sino su panteísmo, que nace de su memoria fundante, de su gnosis: tiene que buscar, en su mente humana, la idea bella que abarque a todo hombre y que lo salve. Tiene que interpretar el Evangelio según su gnosis: por lo tanto, tiene que reinterpretarlo, darle otro sentido, el que va buscando en ese conocimiento encarnado. Para Bergoglio, la gracia es una luz en el alma del hombre: una luz encarnada en el alma del hombre: «La gracia no es parte de la conciencia, es la cantidad de luz que tenemos en el alma, no de sabiduría ni de razón» (1 de octubre del 2013). Bergoglio se guía por esta gnosis en todas sus homilías, charlas, discursos, obras en la Iglesia. Bergoglio vive en su mente, en su gnosis, en su idea del bien y del mal. Y todo hombre que concibe el mal en su pensamiento siempre acaba pecando contra el Espíritu Santo: vive una vida para encontrar caminos donde el mal concebido en la mente ya no esté. Por tanto, vive una vida de ilusión, porque ningún hombre puede encontrar un camino en la vida donde no halle un mal, donde no se conciba el mal. Es un absurdo. Y, por eso, la obsesión de Bergoglio de salvar a todo el mundo: en su mente, en su memoria fundante, en su gnosis, en su luz encarnada en su alma, todos tienen que salvarse. Si él no creyera en su gnosis, entonces hablaría de otra manera. Pero él ha hecho vida lo que predica. Es muy fácil discernir lo que es Bergoglio, pero ¡qué pocos católicos lo han hecho!

Dios infunde la fe en el corazón de la persona, es decir, que Dios produce la fe en el hombre, la obra. El hombre no tiene que hacer un acto de memoria para tener fe. Sólo tiene que hacer una cosa: oración.

«Cuando oréis, no seáis como los hipócritas, que gustan de orar en pie en las sinagogas y en los cantones de las plazas, para ser vistos de los hombres; en verdad os digo que ya recibieron su recompensa. Tú, cuando ores, entra en tu cámara y, cerrada la puerta, ora a tu Padre, que está en los secreto; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6, 5-6).

La fe es la luz de un conocimiento divino, de una inteligencia divina. Dios da, al corazón del hombre, la fe como virtud infusa. Pero esa virtud no crece si el alma no hace oración. Si el alma se dedica a hablar, a pensar, a meditar, a hacer oraciones públicas, comunitarias, pero no hace oración a Dios, en silencio, en soledad, entonces Dios no comunica su Mente al alma; Dios no da su conocimiento divino al alma.

Es necesario saber orar para saber vivir de fe. Este es el problema de muchos católicos: no saben hacer silencio, no saben callar sus inteligencias en la Presencia de Dios, no saben apartarse de los hombres, no saben oponerse a las ideas de los hombres. Por tanto, no saben vivir de fe: sólo viven de lo oficial que dice la Jerarquía, de las palabras humanas de los hombres, de las distintas filosofías que los hombres se inventan para creer en su dios.

Si la fe es algo divino, algo que Dios da y que sólo Dios lo da, entonces el hombre sólo tiene que hacer una cosa: poner su mente en el suelo, agachar su cabeza, pisar su orgullo. Y así va a escuchar la voz de Dios en su corazón y va a poder vivir de fe. Esto sólo lo hacen los humildes de corazón; los demás, viven en la complicación de sus entendimientos humanos.

Vivir de fe es vivir obedeciendo a lo que Dios produce en el corazón: a esa verdad que Dios revela, enseña, guía en la vida de cada alma. Obedecer la verdad: eso es vivir de fe. Y quien no obedezca la verdad no vive de fe, sino que se inventa su fe.

«esto (es decir la fe, la esperanza, la caridad), no lo puede arrebatar el enemigo sino a quien lo quiere» (S. Agustín: R 1469)

La fe se pierde por el pecado de infidelidad, como enseña el Conc. Trid. (D 808); pero no por cualquier otro pecado mortal, como está definido por el mismo Concilio (D 808 838):

«Hay que afirmar también contra los sutiles ingenios de ciertos hombres que por medio de dulces palabras y lisonjas seducen los corazones de los hombres [Rom. 16, 18], que no sólo por la infidelidad [Can. 27],  por la que también se pierde la fe, sino por cualquier otro pecado mortal, se pierde la gracia recibida de la justificación, aunque no se pierda la fe [Can. 28]».

El pecado mortal no quita la fe, pero sí la caridad, es decir, la gracia de la justificación. La fe sólo se pierde por el pecado de infidelidad. Pueden estar juntos el estado de pecado con el hábito de la fe; pero no hay fe cuando el alma decide vivir su herejía permanente. Ya no sólo se está en pecado grave, sino que es imposible salvarse: se pierde la justificación ante Dios. Es decir, el alma vive en su condenación. Y si no recibe la gracia nuevamente, no podrá salvarse. Por eso, es difícil a un bautizado que ha perdió la fe poder salvarse: ha sido infiel a la gracia de su bautismo.

Santo Tomás (II-II: 11,1) define así la herejía: «Una especie de infidelidad de aquellos que, habiendo profesado la fe en Cristo, corrompen sus dogmas».

Una es la infidelidad de los paganos y los judíos, que se resisten a creer en Cristo; creen en sus dioses o en la concepción que tiene del Mesías. Otra es la infidelidad de aquel que siendo de la Iglesia restringe su creencia a ciertos puntos de la doctrina de Cristo: los selecciona, los modifica, según su propia conveniencia, y así se obra la herejía.

Esta herejía es de muchos católicos actualmente. No sólo de Bergoglio y la Jerarquía que lo obedece. Muchos en la Iglesia ya no tienen fe en la verdad, como la Iglesia lo ha enseñado, sino que siguen sus filosofías, sus ritos litúrgicos, sus doctrinas, sus misas, sus sacramentos.

Se restringe la creencia: eso hacen los sedevacantistas: creen en sus papas, en sus concilios. Y se procuran, se inventan una teología del sedevacantismo para seguir estando en la Iglesia, para decir que son de la Iglesia Católica, pero sin seguir a unos Papas o a un Concilio determinado. Al final, caen en el pecado de la infidelidad, en la que no hay salvación, porque se pierde la fe católica.

Muchos católicos están contando las herejías de Bergoglio y todavía no lo llama hereje. Y no han caído en la cuenta que Bergoglio, antes de usurpar el Trono, ya era hereje, es decir, ya cometió su pecado de infidelidad, por el cual perdió la fe católica, la fe que lo puede salvar. Y, por eso, él predica su fe: su memoria fundante, su gnosis, que es lo que vive en la realidad de su sacerdocio.

Los católicos no saben lo que significa ser un hereje pertinaz. No es el repetir la herejía muchas veces. Bergoglio dijo: «Jesús no es un Espíritu» (28 de octubre del 2013). El hereje manifiesto no es el que repite constantemente la misma idea herética. El hereje nunca se repite, sino que cada día amplía su herejía con una idea nueva, que es herética, oscura, mentirosa, llena de errores. Y esto es lo que hace Bergoglio cada día.

Pero los católicos andan contando herejías y no acaban de resolverse a llamarlo hereje. ¿Cuántas ideas heréticas más tiene que decir Bergoglio para llamarlo hereje? No está en la cantidad de ideas heréticas, no está en la repetición de esas ideas, sino que está en su pecado de infidelidad, por el cual hace de la herejía su vida, su predicación, su obra diaria en la Iglesia.

Bergoglio es hereje manifiesto porque cometió el pecado de infidelidad, por el cual perdió la fe, la gracia de la justificación. Y ya no puede predicar la fe católica. No puede vivirla. No puede enseñarla.

Para muestra un botón:

¿Dónde nació Jesús, para Bergoglio? En Nazaret, no en Belén.

«Dios eligió nacer en una familia humana, que Él mismo formó. La formó en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano. No en Roma, que era la capital del Imperio, no en una gran ciudad, sino en una periferia casi invisible, sino más bien con mala fama. Lo recuerdan también los Evangelios, casi como un modo de decir: «¿De Nazaret puede salir algo bueno?» (Jn 1, 46). Tal vez, en muchas partes del mundo, nosotros mismos aún hablamos así, cuando oímos el nombre de algún sitio periférico de una gran ciudad. Sin embargo, precisamente allí, en esa periferia del gran Imperio, inició la historia más santa y más buena, la de Jesús entre los hombres. Y allí se encontraba esta familia. Jesús permaneció en esa periferia durante treinta años» (17 de diciembre del 2014).

Este personaje está dando vueltas a su fe comunista: la periferia. «Dios eligió nacer… en un poblado perdido de la periferia del Imperio Romano…con mala fama». En su comunismo, se olvida de la importancia de Belén para el Mesías. Belén era el solar de todos cuantos se creían hijos de David:

«Y tú Belén, tierra de Juda, no eres precisamente la más pequeña entre los príncipes»: no eres un poblado perdido de la periferia de Roma, ni de mala fama.

«porque de ti saldrá un jefe que apacentará a mi pueblo Israel» (Mt 2, 6): es la gloria de Belén, que Bergoglio se la pasa por la entrepierna, al fijarse sólo en su estúpido comunismo.

Allí, en Belén, inicia la historia más santa y más perfecta –no buena-, la historia más divina que los hombres puedan imaginar con sus estúpidos recuerdos, con su memoria fundante. No se puede recrear el nacimiento de Jesús como lo hace aquí Bergoglio con su gnosis. Bergoglio cuenta su cuento, mal contado, a la Iglesia: dice que Jesús es el Hijo de Dios, para después hablar de su comunismo. Eso es ser hereje pertinaz. Se da a Cristo sin la doctrina de Cristo, sin la Verdad, con una mentira.

Enseña una gran mentira: la propia de su pecado de infidelidad. Bergoglio no tiene la fe católica, ni puede tenerla. Tiene su fe masónica: su memoria fundante, su luz encarnada en su mente humana. Es decir, un demonio que le guía para predicar como lo hace, para obrar en la Iglesia como obra todos los días: en contra de Cristo y de Su Iglesia. Y esto se llama ser un hereje pertinaz.

Pero, qué pocos católicos ven a Bergoglio como lo que es: un necio, un estúpido, un idiota, un ignorante de la Sagrada Escritura, un sabelotodo, que sólo sabe decir sus payasadas todos los días desde ese Trono que ha usurpado. Y los católicos felices de obedecer a un idiota como Papa.

Si quieren salvarse, es hora de llamar a cada hombre por su nombre. Bergoglio, no sólo es un falso Papa, sino un anticristo y un falso profeta, que sólo está haciendo su negocio en el poder. Y no otra cosa. No miren a Bergoglio para encontrar un camino en la Iglesia: no existe. Tienen que salir de todas esas estructuras que la Jerarquía, infiel a Cristo en Su Iglesia, está levantando para decirse a sí misma: qué santos que somos en la Iglesia. Hemos conseguido la llave que abre a todos los hombres la salvación: hagamos una iglesia universal, ecuménica, para todos los necios del mundo. Hagamos que nuestro nombre sea publicado en todo el universo. Hagamos que nuestras ideas sean aceptadas por todos los católicos. Somos la Iglesia oficial que Cristo fundó: démosle la cara del modernismo: abajo la doctrina, abajo el dogma. Viva la libertad, la igualdad y la fraternidad.

Esto es lo que viene ahora. Y los católicos contando las herejías de Bergoglio para ver si un día le llaman hereje. Es inaudito. Es de locos.

Bergoglio enseña, como un falso papa, su falsa y herética doctrina

vividor

1. «El Concilio Vaticano II, al presentar la Iglesia a los hombres de nuestro tiempo, tenía bien presente una verdad fundamental, que jamás hay que olvidar: la Iglesia no es una realidad estática, inmóvil, con un fin en sí misma, sino que está continuamente en camino en la historia, hacia la meta última y maravillosa que es el Reino de los cielos, del cual la Iglesia en la tierra es el germen y el inicio» [cf. Conc. ecum. Vat. II, const. dogm. sobre la Iglesia Lumen gentium, 5] (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 20 – Audiencia general del miércoles, 26 de noviembre).

Si van a la Lumen Gentium comprobarán que no se dice nada de lo que Bergoglio habla. Allí, el Papa enseña que la Iglesia: «constituye en la tierra el germen y el principio de ese reino. Y, mientras ella paulatinamente va creciendo, anhela simultáneamente el reino consumado y con todas sus fuerzas espera y ansia unirse con su Rey en la gloria». La Iglesia va hacia su fin: la Gloria, que es la unión con Su Cabeza Invisible en la gloria; va creciendo en la gracia y en el Espíritu. No crece en lo humano, en lo material, en lo natural. La Iglesia es una realidad divina, espiritual y, por tanto, siempre la Iglesia está en acto, pero es una obra divina en Ella, no humana.

Bergoglio pone el acento en su herejía: la Iglesia está «continuamente en camino en la historia». Ve la Iglesia como una realidad histórica, pero no divina, no espiritual. La hacen los hombres durante el tiempo en que viven. Y, por eso, este hombre pone la Iglesia, no en Jesús, sino en Abraham, en el pueblo de Dios del AT. Por eso, habla así y enseña su estilo de iglesia, que no es la Iglesia Católica.

Nombra, además, un documento de la Iglesia para predicar su mentira. Es lo que hacen muchos ahora en la Iglesia: nombran a un Papa o al magisterio o a un santo para decir su gran mentira a todos con una sonrisa.

El fin de la Iglesia es salvar y santificar las almas. Es un fin en sí mismo. Se quita ese fin, se anula la Iglesia.

• Lc 19,10:  «Pues el Hijo del hombre ha venido a buscar y salvar lo que estaba perdido». Jesús viene a salvar el alma. Éste es el fin. Confirman lo mismo las parábolas de la oveja perdida, del hallazgo de la dracma y del hijo pródigo (cfr. Lc 15,1-32).

• El Nombre de Jesús indica la finalidad de la Misión de Jesucristo: la salvación de los hombres: «Dará a luz un hijo, a quién pondrás por nombre Jesús, porque salvará a su pueblo de sus pecados» (Mt 1, 21).

• Y esta salvación del alma sólo se puede realizar mediante la perfección moral: «Sed, pues, perfectos, como perfecto es vuestro Padre Celestial» (Mt 5, 48);

«Si alguno quiere seguirme, niéguese a sí mismo» (Mt 16, 24); «cualquiera de vosotros que no renuncie a todos sus bienes, no puede ser mi discípulo» (Lc 14, 33). La Iglesia no se hace en la historia, en el tiempo de los hombres, sino en la lucha, en la batalla de los hombres contra los enemigos de su alma. La Iglesia no es una realidad histórica, no se lucha por un motivo humano, por un ideal social, para que no haya pobres. Se lucha para ganar el cielo:

«Seréis aborrecidos de todos por mi nombre; el que persevere hasta el fin, ése será salvo» (Mt 10, 22). No todos son amigos de Dios en la Iglesia. Hay enemigos, hay extraños, hay traidores. Y hay que perseverar hasta el final.

¿Qué dice Bergoglio? «Es muy necesario que esto se verifique en la comunidad cristiana, en la que nadie es extranjero y, por consiguiente, todos merecen acogida y apoyo». (L´Osservatore Romano, n. 48, pág 9 – Audiencia del viernes, 21 de noviembre). Nadie es extraño en la Iglesia, sino que todos son amigos, conocidos. Nadie es peligroso. Y pone la razón: «La Iglesia, además de ser una comunidad de fieles que reconoce a Jesucristo en el rostro del prójimo, es madre sin confines y sin fronteras. Es madre de todos y se esfuerza por alimentar la cultura de la acogida y de la solidaridad, en la que nadie es inútil, está fuera de lugar o hay que descartar» (Ib). En este párrafo hay tantas herejías que sería largo de desarrollar aquí. Pero tienen el pensamiento de un hombre sin fe, sin verdad, sin brújula alguna. Es el hombre que quiere la Iglesia en estos momentos. Y, por eso, con él, se pierde toda la Iglesia.

La Iglesia no es para todos, porque la misión de Jesús estaba restringida a la Casa de Israel: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 15, 24). Y la misión de los Apóstoles estaba también restringida a Israel: «No vayáis a los gentiles… id más bien a las ovejas perdidas de la Casa de Israel» (Mt 10, 5). Eso no impide que se predique el Evangelio a todos: «Antes habrá de ser predicado el Evangelio a todas las naciones» (Mc 13, 10); «Id al mundo entero y predicad el Evangelio a toda criatura» (Mc 16, 15). Pero se va a predicar al mundo entero impulsado por el Espíritu, como lo hizo San Pedro con Cornelio: «Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú impuro». San Pedro, al dar cuenta de su comportamiento hace referencia no a un mandato de Jesucristo, sino a la revelación del Espíritu, a la visión que él tuvo y a la revelación que el mismo Cornelio recibió del ángel (cf. Act. 10, 17- 29). La Iglesia es la obra del Espíritu, no del hombre. Y, por tanto, entran en la Iglesia aquellas almas que quiere el Espíritu, no las que desea el hombre. «En verdad os digo que no acabaréis las ciudades de Israel antes de que venga el Hijo del Hombre» (Mt 10, 23). El mandato del Señor de evangelizar a Israel no contradice la evangelización del mundo entero por el Espíritu. Es el Espíritu el que sabe a quién hay que evangelizar, quién tiene que entrar en la Iglesia. Los hombres, con cumplir el mandato del Señor es suficiente para hacer la Iglesia. No tienen que meter en la Iglesia a los que Dios no ha purificado.

Al no interpretar correctamente la Sagrada Escritura, se cae en el falso ecumenismo, que hoy hace gala todo el mundo en la Iglesia. Hay que ir sólo a los infieles por mandato de Dios en su Espíritu, no porque uno lo vea. Son las misiones que antes se tenían en la Iglesia: se mandaba a misionar a los infieles. Ya eso se ha perdido. Hoy se va a los infieles, no para convertirlos, sino para ser sus amigos y vivir con ellos en sus pecados.

Al anular Bergoglio el fin de la Iglesia, y al decir que es para todo el mundo, que no hay extranjeros, que es madre de todos, que alimenta las culturas de los hombres,  entonces tiene que concluir –necesariamente- que todos van al cielo.

2. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma donde nuestras expectativas más profundas se realizarán de modo superabundante y nuestro ser, como criaturas y como hijos de Dios, llegará a la plena maduración. Al final seremos revestidos por la alegría, la paz y el amor de Dios de modo completo, sin límite alguno, y estaremos cara a cara con Él (cf. 1 Cor 13, 12). Es hermoso pensar esto, pensar en el cielo. Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos. Es hermoso, da fuerza al alma».

a. «Todos nosotros nos encontraremos allá arriba, todos»

¿Qué enseña la Iglesia?

«Por esta constitución que ha de valer para siempre por autoridad apostólica definimos que, según la común ordenación de Dios, las almas de todos los santos…, en los que no había nada que purgar al salir de este mundo, ni habrá cuando salgan igualmente en lo futuro, o si entonces lo hubo habrá luego algo purgable en ellos, cuando después de su muerte se hubieron purgado…, inmediatamente después de su muerte o de la dicha purgación… aún antes… del juicio universal, después de la ascensión del Salvador Señor Nuestro Jesucristo…, estuvieron, están y estarán en el cielo… y vieron y ven la divina esencia con visión intuitiva y también cara a cara… definimos además, que según la común ordenación de Dios, las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno donde son atormentados con penas infernales…» (Benedicto XII (D530).

Se enseña explícitamente que las almas reciben, una vez que mueren, un premio o un castigo. Y lo reciben inmediatamente: «definimos que (…) las almas de todos los santos (…) inmediatamente después de su muerte(…) están y estarán en el cielo(…)definimos además, que (…)  las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno ».

Es la definición de la Iglesia que significa que hay que creer que cuando se muere, unos van al cielo y otros al infierno. Es de fe divina y católica definida. Es un dogma definido por la Iglesia, que está en la Sagrada Escritura y en toda la Tradición.

Bergoglio, por tanto, enseña su propio magisterio, que no pertenece a la Iglesia Católica. Con su doctrina, Bergoglio enseña el camino de condenación a las almas en la Iglesia.

Y esto significa una cosa: que Bergoglio no es Papa de la Iglesia Católica.

b. «Más que de un lugar, se trata de un «estado» del alma»

El cielo es un lugar concreto.

Según la sentencia común de los teólogos, las almas quedan constituidas no sólo en un cierto estado de bienaventuranza o de condenación o de purificación, sino en un lugar determinado:

• Lc 16, 22: «Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham». El alma del pobre es llevada a un lugar, no se transforma en un estado, no vive en un estado: murió en estado de gracia y fue llevada al seno de Abraham, a un lugar concreto.

• Hech, 1, 25: «para ocupar el lugar de este ministerio y el apostolado de que prevaricó Judas para irse a su lugar»: Judas pecó, murió y se fue a su lugar en el infierno.

• Jn 14,2s: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas… y luego que os haya preparado el lugar, volverá otra vez y os tomaré conmigo, a fin de que donde yo estoy, también estéis vosotros»: Jesús prepara un lugar concreto para sus almas elegidas, que son las que se salvan y se santifican. Jesús, siendo Dios, también tiene su lugar en el Cielo, porque posee un Cuerpo Glorioso.

• Lc 23, 43: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso»: el buen ladrón, cuando muera, va a estar con Jesús en el lugar del Paraíso; su alma no cambiará de estado, sino que estará junto a Jesús en un lugar concreto.

• Ap 21, 2: «Y vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del Cielo del lado de Dios, ataviada como una esposa»: la Nueva Jerusalén baja del cielo, baja de un lugar concreto. Y en el Cielo se encuentra al lado de Dios, está en un lugar concreto del cielo.

• El Concilio Florentino (D 693): «Y que las almas de aquellos que después de recibir el bautismo, no incurrieron absolutamente en mancha alguna de pecado, y también aquellas que, después de contraer mancha de pecado, la han purgado, o mientras vivían en sus cuerpos o después que salieron de ellos, según arriba se ha dicho, son inmediatamente recibidas en el cielo y ven claramente a Dios mismo, trino y uno, tal como es, unos sin embargo con más perfección que otros, conforme a la diversidad de los merecimientos. Pero las almas de aquellos que mueren en pecado mortal actual o con solo el original, bajan inmediatamente al infierno, para ser castigadas, si bien con penas diferentes». En esta definición se enseña que las almas que mueren sin pecado o que han purificado sus pecados son «inmediatamente recibidas en el cielo»: son recibidas en el lugar concreto del cielo. Y las que muere en pecado mortal  «bajan inmediatamente al infierno»: bajan al lugar concreto del infierno.

• San Cirilo de Jerusalén: «Los ángeles ven continuamente en los cielos el rostro de Dios; ahora bien cada uno ve según la medida de su propio orden y lugar. Sin embargo la pura intuición del esplendor de la gloria del Padre está reservada propia y sinceramente al Hijo juntamente con el Espíritu Santo»: los ángeles también estén en un lugar concreto del cielo, no sólo en el orden de su jerarquía.

• San Gregorio Niseno: «Esta es la vida propia y conveniente a la naturaleza intelectual, el participar de Dios… la vida del alma consiste en ver a Dios»: las almas, en el cielo, ven a Dios, pero cada una en su lugar, en su mansión:

• San Agustín: «Todas las almas tienen cuando salen de este mundo, sus diversas mansiones. Las buenas alcanzan el gozo, las malas los tormentos. Mas cuando haya acaecido la resurrección, el gozo de los buenos será mayor y los tormentos de los malos serán más terribles, cuando sean atormentadas las almas juntamente con el cuerpo…»

Más aún, los Padres y los Teólogos juzgan comúnmente que las almas no pueden salir de sus lugares, según la ley ordinaria, si bien no excluyen el que esto suceda de manera extraordinaria.

Muchos ven la herejía de Bergoglio, pero no se atreven a llamarlo hereje manifiesto: están esperando otra herejía. Y no se han dado cuenta que el verdadero hereje no es el que dice herejías, sino el que vive su herejía, su pecado, aunque no manifieste con la palabra esa herejía.

Bergoglio es el que vive su herejia y deja vivir a otros en su herejía, en su vida de pecado. Por tanto, es el que condena a todos al infierno. Y lo hace con una sonrisa, tomando mate: vive y deja vivir, porque todos nos vamos al cielo.

Bergoglio: oso blanco

10440747_1500837986864753_4940885807904670667_n

«convertirse no es un acto de voluntad,…es una gracia» (Homilía – 18 de noviembre – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 13 y 14).

Así abre su homilía un hombre que no es Papa.

Muchos se preguntan si Bergoglio, siendo Papa, puede ser hereje. Y es una pregunta falsa, porque ningún Papa puede caer en la herejía. Un Papa nunca es hereje, nunca cae en la herejía. Este es el dogma del Papado, que a nadie le importa discernir.

Si Bergoglio dice herejías cada día, entonces, es claro que no es Papa. Clarísimo. Es un falso Papa. Esto es lo que muchos no disciernen. Tienen miedo, y dicen: hay que unirse al Papa Francisco, hay que estar en comunión con él. Este es el gravísimo error de muchos católicos y de muchos teólogos.

Hay que preguntarse: ¿cómo siendo Bergoglio un hereje, la Jerarquía lo ha elegido para ser un falso Papa?¿Qué pasó realmente en ese Cónclave para ser elegido un hereje y ser puesto como lo que no es ni puede ser, Papa? ¿Qué hay detrás de la Jerarquía? ¿Es toda ella verdadera? ¿No habrá una Jerarquía falsa? ¿Son todos santos en la Iglesia para colocar a un hereje como lo que no es? ¿Es eso la santidad en la Iglesia? ¿Queremos este tipo de santidad que no discierne entre la verdad y la mentira? ¿Queremos católicos que no sepan lo que es el pecado de herejía?

Esta es la pregunta: ¿Qué hay detrás de la renuncia del Papa legítimo, Benedicto XVI, que hizo que toda la Iglesia cayera en el gran engaño? ¿Por qué los Cardenales han engañado a toda la Iglesia poniendo un falso Papa? ¿Por qué han dado su consentimiento al gobierno horizontal de Bergoglio? ¿No saben que el gobierno horizontal anula el Papado? Los católicos de a pie ¿saben lo que es la verticalidad en la Iglesia? ¿Saben discernirla de la horizontalidad? ¿Saben que la obediencia a la Jerarquía sólo es posible en el gobierno vertical de un Papa, pero que no se puede dar en el gobierno horizontal de un falso Papa?

Hay tanta gente ignorante de lo que es la Iglesia, de lo que es Pedro, de lo que es la Jerarquía que, después, ante las palabras de Bergoglio sólo saben decir: qué bien habla este hombre, qué sencillez, cómo explica las cosas para que todos entiendan.

«Quita el libre arbitrio, y no habrá que salvar; quita la gracia y no habrá de dónde venga la salvación» (San Bernardo). La conversión es realizada por la gracia de Dios y por la voluntad del hombre. Por las dos. No se puede quitar la voluntad. Esto es lo que enseña la Iglesia:

«ni puede decirse que el hombre mismo no hace nada en absoluto al recibir aquella inspiración, puesto que puede también rechazarla; ni tampoco, sin la gracia de Dios, puede moverse, por su libre voluntad, a ser justo delante de El» (D 797).

No se puede decir que «convertirse no es un acto de la voluntad». Decir esto lleva a poner al hombre en la justicia original: todos somos santos, justos. Ya no hay pecado.

Jesús es el que llama a la puerta del corazón, pero el hombre tiene que abrir esa puerta con su voluntad. No es suficiente la llamada de Dios, la inspiración: hay que aceptarla o rechazarla.

Bergoglio quitó el libre albedrío, la voluntad libre. Por tanto, Bergoglio dice que el hombre está ya salvado. Ya no hay nada que salvar, que el hombre no tiene nada que hacer cuando recibe la gracia, porque ya está salvado. Esto no es el magisterio de la Iglesia. Pero como a los católicos les importa un bledo lo que enseña o no la Iglesia, siguen manteniendo a un impostor como lo que no es, Papa.

Hoy toda la Iglesia quiere a uno que no es Papa: lo está siguiendo, lo está obedeciendo, se ha unido a su mente, está haciendo caso a su doctrina no papal, no magisterial.

Y, después, salen con una payasada: Burke, el 15 de noviembre, en una conferencia sobre el matrimonio «pidió a los fieles católicos que escribiesen al Papa Francisco y a los representantes de la jerarquía en el Sínodo para expresar su opinión contraria a dar la comunión a esas personas» (ver referencia).

Esto no es serio. ¿Por qué quieren pedir a un hereje que no dé la comunión a los malcasados?¿Para qué le van a escribir a una persona que ya da la comunión a los malcasados?¿Por qué quieren perder su tiempo con un hombre que está de acuerdo en destruir la doctrina católica del matrimonio y de la familia? No tiene ningún sentido.

Burke, viendo qué ha pasado en el Sínodo, ha quedado ciego. No sabe oponerse a Bergoglio como falso Papa. Se le está oponiendo como Papa verdadero: he aquí su ceguedad. El fruto: su payasada.

Escribe a Bergoglio y le dices que se vaya a un monasterio para expiar su pecado de usurpar el Trono de Pedro. Esto es lo que hay que escribir. Pero, como en la mente de estos hombres, Bergoglio es Papa, entonces no es hereje. Y si es hereje, hay que callar su herejía.

Los absurdos en que cae toda la Jerarquía para mantener a un hereje como Papa, silenciando su clara herejía. No se ponen en la verdad. Ya nadie escucha la Verdad en la Iglesia. Ya nadie dice la Verdad en la Iglesia.  Están en la Iglesia ocultando la Verdad: Bergoglio no es Papa.

Cuesta decir que Bergoglio no es Papa. Quien lo dice se queda en la calle, sin nada. Y esto es lo que no se quiere perder: la comida para el estómago. Hay que seguir la mente de un hombre, aunque se sepa que su doctrina no es papal.

Una vez que ha dicho esto, Bergoglio habla de cosas insensatas, pero lo principal está aquí:

«“He aquí, Señor, yo doy la mitad de lo que poseo a los pobres, y si he robado a alguien” —mucho— “restituyo cuatro veces más”: esta es una regla de oro. Cuando la conversión llega a los bolsillos, es segura. ¿Cristianos de corazón? Todos. ¿Cristianos de alma? Todos. Pero, ¿cristianos de bolsillos? Pocos».

¿Cuál es la señal de que un alma se ha convertido?

No es aceptar la gracia de la conversión, porque la voluntad no juega ningún papel. No es hacer oración y penitencia, ni cumplir con los mandamientos de Dios. Los que van a misa y dicen sus oraciones, este hombre les llama así: «Es el cristianismo, la espiritualidad de la comodidad».

¿Cumples con la ley de Dios, con la ley de la Iglesia? Entonces eres un católico cómodo. Y, además, es un pecado: «es un estado de pecado: la comodidad espiritual es un estado de pecado». ¡Mayor salvajada no se puede decir en pocas palabras! Se llama comodidad al cumplimiento de la ley de Dios. ¡Gran locura la de este hombre! Y este desatino le lleva a su descalabro: ¿dónde se ve la conversión?:

Es cuando el hombre saca su cartera, enseña sus billetes y los ofrece al que no tiene. Esta es toda la enseñanza de este hombre: «Cuando la conversión llega a los bolsillos, es segura»

Fuera la penitencia, la expiación, fuera el cumplir con la ley de Dios: dame tu dinero para mis pobres. Hagamos una economía para los pobres, para darles dignidad, para quitar el hambre del mundo. Por eso, decía dos días después:

«El hambriento está ahí, en la esquina de la calle, y pide carta de ciudadanía, ser considerado en su condición, recibir una alimentación de base sana. Nos pide dignidad, no limosna» (Conferencia en la FAO – 20 de noviembre del 2104 – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 1).

Si la conversión es dar dinero, entonces el problema es el capitalismo, la mala economía de los gobiernos, que no atienden a los pobres, a los hambrientos. Dignidad, no limosna:

«Duele constatar además que la lucha contra el hambre y la desnutrición se ve obstaculizada por la «prioridad del mercado» y por la «preeminencia de la ganancia», que han reducido los alimentos a una mercancía cualquiera, sujeta a especulación, incluso financiera» (Ib.).

Bergoglio sólo lucha por quitar el hambre, pero no lucha para quitar el pecado de avaricia, de usura, de injusticia, de orgullo, que todos los hombres tienen. Y, ¿por qué no lucha? Porque todos los hombres son santos: «convertirse no es un acto de voluntad,…es una gracia». Luego, el pecado «no es una mancha que hay que quitar del alma», sino un problema social, económico, político, cultural, porque los hombres no han aprendido a pensar bien, no han alcanzado la conciencia de la humanidad:

Es que es necesario «escuchar el llamado de esta Conferencia y lo considere una expresión de la común conciencia de la humanidad: dar de comer a los hambrientos para salvar la vida en el planeta» (Conferencia en la FAO – 20 de noviembre del 2104 – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 4).

Esta frase es el resumen de su pensamiento:

  1. La común conciencia de la humanidad: idea masónica
  2. Dar de comer a los hambrientos: idea comunista
  3. Salvar la vida en el planeta: idea protestante

Las tres ideas que siempre cabalgan en la mente de Bergoglio. Esto es Bergoglio y no es más que esto. Lo demás, su palabrería, para llenar cuartillas de tonterías todos los días.

Las palabras de Bergoglio van en contra de toda la Sagrada Escritura.

¿Qué necesita el hambriento? Limosna, no dignidad:

«No arrebates al pobre su sostén, no vuelvas tus ojos ante el necesitado» (Eclo 4, 1).

«Pobres siempre tendréis», para que las almas hagan sacrificios por sus pecados. Cristo no luchó por quitar la pobreza ni la miseria ni humana ni material de las personas. Cristo luchó para que las almas se abrieran a la gracia, dieran su voluntad al Plan de Dios sobre cada una de ellas.

¿Por qué el hambriento necesita limosna y no dignidad?

«la limosna libra de la muerte y preserva de caer en las tinieblas , y es un regalo la limosna en la presencia del Altísimo para todos los que la hacen» (Tob 4, 10,11). La limosna libra de caer en el infierno y del purgatorio: expía los pecados. Y es un mérito del alma ante Dios: se consiguen más gracias.

Bergoglio sólo se dedica a su negocio en el Vaticano. Y a nada más. Anula la obra de la Redención con su teología de la liberación. Esto es clarísimo, pero a nadie le interesa decirlo. Todos hacen propaganda a un hereje, a un cismático, a un hombre de negocios en el Vaticano. Se fue a pedir dinero a las FAO; predica que le den dinero en sus homilías. Bergoglio es el hombre del dinero, de la bolsa: es el nuevo Judas.

Bergoglio no es la voz de los católicos; no es el Vicario de Cristo, sino que es el Oso Blanco, ya profetizado:

«Escucha, hija Mía, y repite después de Mí: el Oso Marrón del comunismo, de inclinación roja, buscará devorar al Santo Padre, tu Vicario el Papa, por medio del asesinato, y colocar en la Silla de Pedro una marioneta comunista conocida por todos como el Oso Blanco.  Hija Mía e hijos Míos del mundo, el desastre está por venir en Roma si esto sucede» (Nuestra Señora a Verónica, 18 de Junio, 1991).

Bergoglio: títere comunista, un juguete del comunismo, una cara para despreciar y olvidar.

El oso corresponde a la segunda bestia de Daniel: «Y he aquí que una segunda bestia, semejante a un oso, y que tenía en su boca entre los dientes tres costillas, se estaba a un lado y le dijeron: Levántate a comer mucha carne» (Dn 7, 5).

El segundo reino corresponde al tiempo del Islam, enemigo de la Iglesia. Es una ideología muy simple, con una moral cómoda, que halaga las pasiones del hombre, y con un fanatismo religioso que se apoderó de las masas con suma facilidad. Es una religión que destruye la verdad del alma, de la vida del hombre, con lo que más le gusta el hombre: placer y violencia. Por eso, se difundió rápidamente por toda Europa. Es el oso marrón del comunismo. El islam se inclina a la ideología comunista: se apodera de los bienes privados y los comparte con los demás.

El oso marrón es el que devora con la fuerza, con la propaganda de la guerra.

El oso blanco es el que tritura las almas con la propaganda del comunismo, de la teología de liberación, propia de Bergoglio y su clan masónico, que es una violencia, una dictadura a la Verdad.

Fue devorado Benedicto XVI y fue colocado, en la Silla de Pedro, una marioneta, un juguete, un títere del comunismo.

Títere que ha consolidado en el Vaticano su gobierno horizontal, con el cual anula el Papado en la Iglesia.

Títere que ha tenido un solo objetivo: hacer su negocio, una vez alcanzado el poder.

Eso es para lo que ha vivido Bergoglio, desde que quiso entrar como sacerdote: ha escalado posiciones hasta llegar a lo que él quería. Y él lo sabe.

Ya no es tiempo de presentar las herejías de Bergoglio, porque todo el mundo las ve, aunque todo el mundo las trate de callar. Y quien no las vea, es que sigue soñando despierto con una nueva primavera en la Iglesia.

Es claro lo que es Bergoglio. Él sabe que es un hereje. Toda la Jerarquía sabe que es un hereje. Los fieles saben que es un hereje. Sus más íntimos amigos saben que es un hereje.

¿Cómo hay que luchar, ahora, en la Iglesia?

Huyendo de las parroquias, de las capillas, de la Jerarquía falsa. Huyendo.

Se ha cumplido un tiempo: el tiempo para discernir lo que sucede en la Iglesia. Ellos, los malos, los herejes contumaces, van a levantar su falsa iglesia. Van a cambiarlo todo. Y ya no van a escuchar a nadie: o estás con un hereje o no lo estás. O haces comunión con la mente de un hereje o no haces comunión, te vas a tu casa.

Los sacerdotes están pidiendo a la gente que no vea las herejías de Bergoglio y lo acepten con sus herejías: eso es una abominación en la Iglesia. Eso es ocultar la verdad en la Iglesia. Eso es destruir las almas.

Nadie quiere la verdad, a nadie le interesa la verdad. Todos defienden su parcela en la Iglesia, sus intereses.

Ahora, es necesario combatir de otra manera. Viene un tiempo para levantar la falsa iglesia. Se cumplió el tiempo de consolidar el gobierno horizontal. Por eso, los profetas verdaderos van callando. Dios hace silencio. Los que siguen hablando son los falsos, que deben apoyar todo lo que pasa en la falsa iglesia.

Ahora los que hablan son la falsa jerarquía. Los buenos son silenciados.

Viene el tiempo en que Benedicto XVI tiene que huir de Roma, a sus años, ayudado por los Cardenales, porque van contra él. Él es la roca, la piedra. Y mientras siga vivo, el demonio no puede obrar lo que quiere.

La Iglesia no es lo que los hombres quieren, sino lo que el Espíritu obra. Y en esta purificación de la Iglesia, hay que presenciar la abominación de la desolación en Roma. Una vez que se vea eso, comienzo el tiempo de la gran angustia, de la gran tribulación.

Los tiempos ya se acortan porque ya ha comenzado la Justicia en la Iglesia: caerán muchas cabezas porque han sido infieles a la gracia y a la obra del Espíritu Santo en la Iglesia.

Un hereje piensa en la madre tierra, un hereje ama la maldita tierra:

«Aquí pienso en nuestra hermana y madre tierra, en el planeta, si somos libres de presiones políticas y económicas para cuidarlo, para evitar que se autodestruya» (Conferencia en la FAO – 20 de noviembre del 2104 – L´Osservatore Romano, n. 47, pag 4).

Es en lo que cree Bergoglio: en  la pachamama o en la fuerza cósmica.

Los católicos sólo creen en Dios y lo aman por encima de todos los hombres y de toda la creación. La libertad se da al hombre, no para cuidar la tierra, sino para cuidar la ley divina, la ley eterna. Se es libre para someterse a la mente de Dios, a sus mandatos, a su Voluntad. No se es libre para buscar una política ni una economía para adorar la creación.

Si quieren creer en la pachamama, sigan a ese idiota. Si quieren permanecer  en la verdad, huyan de ese idiota.

A %d blogueros les gusta esto: