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Un cadáver en la Sede de Pedro

cadaver

«Si no hacemos de la verdad un punto importante en la proclamación de nuestra fe, y si esta verdad ya no es esencial para la salvación del hombre, entonces las misiones pierden su significado. En efecto, se elaboró la conclusión, y lo sigue siendo hoy, que en el futuro, sólo debemos buscar que los cristianos sean buenos cristianos, los musulmanes buenos musulmanes, los hindúes buenos hindúes, y así sucesivamente. Y si llegamos a estos resultados, ¿cómo sabemos cuándo alguien es un “buen” cristiano, o “buen” musulmán? La idea de que todas las religiones son – o pretenden serlo – sólo símbolos de lo que finalmente es incomprensible, está ganando terreno rápidamente en la teología, y ya ha penetrado la práctica litúrgica. Cuando las cosas llegan a este punto, la fe es dejada a un lado, porque la fe realmente consiste en creer la verdad por cuanto es conocida» (El Concilio y la dignidad de lo sagrado – Joseph Raztinger, 13 julio 1988).

La fe consiste en la creencia de la verdad por cuanto es conocida por la mente humana.

Dios habla y enseña una verdad al hombre. El hombre la conoce con su mente. Pero el hombre que no cree la verdad que Dios le revela, que no acepta esa verdad, no tiene fe. Sólo se queda en sus pensamientos o sentimientos humanos. Sólo está en la experiencia subjetiva de su vida. Sólo vive dentro de sí, pero no quiere conocer la verdad, no quiere salir de su razón y aceptar, someterse a la verdad que Dios le enseña, no quiere obedecer a Dios cuando le habla.

Así viven muchos hombres en el mundo y dentro de la Iglesia Católica.

Viven para ver al budista, al judío, al musulmán, al hereje, al cismático, como una “buena” persona: buenos hombres, justos en lo que hacen, en lo que viven, hijos de Dios porque -de alguna manera- creen en Dios.

Así ven muchos católicos “buenistas” a Jorge Mario Bergoglio: una buena persona. No importa que diga herejías; no importa que no confirme en la verdad de la fe católica. Es un buen hombre. Lo único que desea es que todos vivamos en paz y seamos hermanos entre sí, que no nos matemos unos a otros.

Muchos, ante el video de Bergoglio, dicen cosas como ésta: gracias por aclarar a todo el mundo que si Dios existe es uno solo y es para todos, no para unos sí y otros no. Y si Dios es uno, entonces todos los que creen en Dios, e incluso los que no creen, son hijos de Dios.

Así está el patio de la Iglesia: los comentarios de muchos pseudo-católicos dan auténtica nauseas. Si uno va recorriendo los distintos sitios webs católicos se va haciendo cada vez más evidente quiénes van apoyando la herejía y la blasfemia de Jorge Mario Bergoglio y se van convirtiendo, así, en la cizaña que debe ser quemada, destruida: aciprensa, rome reports, religión digital, aleteia, vox fides, el observador de la actualidad, catholic-link… Algunos de esos sitios ya rayan en el paroxismo del lameculismo papal.

A la gran apostasía que estamos viviendo no se llega de otro modo que con el estropicio y el daño que hace este tipo de videos. La gente capta la idea a través de la imagen, del sentimiento que genera poner a Cristo a la misma altura de un ídolo de buda, de un candelabro de siete brazos, de unas cuentas de madera musulmana.

Esta imagen es una blasfemia, compartida y aceptada por muchos que se llaman católicos. Todo el que promueva los escritos, las homilías, los videos, las obras de Jorge Mario Bergoglio se hace parte de la gran apostasía, pierde la fe católica y construye, junto a la falsa Jerarquía, la nueva iglesia ecuménica.

Cuando la fe se concibe como un símbolo, pero no como algo objetivo, no como una certeza, una verdad, entonces los hombres ya no van en busca de la religión verdadera, sino que se quedan en su propia religión, en la que ellos se han inventado con sus cabezas humanas.

El simbolismo es toda doctrina según la cual el hombre no conoce más que símbolos, mitos, sueños, es incapaz de conocer la verdad objetiva con su razón. Todo está relacionado con el juego de la emotividad humana. Y se va creando un lenguaje simbólico distinto del lenguaje conceptual.

Todos los habitantes del planeta están obligados a inquirir, a investigar acerca de la religión que ha sido revelada y prescrita por Dios. Y todo hombre tiene que hacer esto porque es siervo de Dios, es criatura contingente, dependiente absolutamente de Dios.

Esto es lo que enseña la Iglesia en su magisterio autentico e infalible:

“Dependiendo el hombre totalmente de Dios, como de su Creador y Señor, y estando la razón humana enteramente sujeta a la Verdad increada, cuando Dios revela, estamos obligados a prestarle por la fe, plena obediencia de entendimiento y de voluntad” (D. 1789).

El hombre tiene que investigar, tiene que discernir sus pensamientos humanos para descartar aquellos que no están de acuerdo a la verdad que Dios ha revelado, porque Dios le impera la fe.

Al depender el hombre totalmente de Dios, está obligado a creer, a prestar a Dios la obediencia de la fe, que se obra humillando su entendimiento humano a la Mente de Dios, y sometiendo su voluntad humana a la Voluntad Divina.

La razón de todo hombre está sujeta a la Verdad increada: luego, cuando Dios habla al hombre, cuando Dios le descubre Su Mente Divina, el hombre tiene que dejar de pensar, de filosofar, y darle a Dios la obediencia de la fe.

Por eso, la Iglesia ha condenado a los que digan que

“la razón humana es de tal modo independiente que no puede serle imperada la fe por Dios” (D. 1810).

Esto es lo que se oye por todos lados: nadie quiere sujetarse a la verdad revelada, al magisterio de la Iglesia, al dogma.

Dios impera la fe al hombre: obliga al hombre a sujetarse a la Verdad revelada. La razón del hombre no depende de sí misma para buscar y encontrar la verdad. Depende de Dios, del conocimiento de Dios, de lo que Dios habla y obre.

«… la fe cristiana no se basa en la poesía ni en la política, esas dos grandes fuentes de la religión; se basa en el conocimiento. Venera a ese Ser que es el fundamento de todo lo que existe, el «Dios verdadero». En el cristianismo, el racionalismo se ha hecho religión y no es ya su adversario» (Raztinger, ¿Dios existe? – La pretensión de la verdad puesta en duda, pag 13)

El hombre moderno vive independiente de la verdad que Dios revela. Es la independencia de su razón. La razón se ha vuelto enemiga de la religión. Ya la fe no es conocimiento, sino sentimiento. Y, por eso, a través de los simbolismos, de los mitos, se quiere explicar el misterio de Dios.

Es el pensamiento pagano de muchos.

«Todos veneran lo mismo, todos pensamos lo mismo, contemplamos las mismas estrellas, el cielo sobre nuestras cabezas es uno, el mismo mundo nos acoge; ¿qué más da a través de qué forma de sabiduría busque cada uno la verdad? No se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande» (Discurso del Senador Quinto Aurelio Símaco a Valentiniano II, año 384).

¿Qué más da la forma de pensar, de adquirir pensamientos, de sentir, de obrar, de vivir, de creer, si todos vemos salir el sol cada mañana?

Precisamente esto mismo dice hoy Bergoglio en su video:

«Muchos piensan distinto, sienten distinto. Buscan a Dios o encuentran a Dios de diversa manera».

Bergoglio está proclamando que no conocemos la verdad como tal, como es; que sólo conocemos la diversidad de pensamientos humanos, los cuales son todos distintos, contrapuestos, absurdos unos, inútiles otros; que los hombres opinan lo mismo, creen lo mismo, se dicen creyentes, pero en formas diferentes:

«La mayor parte de los habitantes del planeta se declaran creyentes».

Esto es promover el indiferentismo religioso, en el cual todas las religiones son igualmente buenas y legítimas, y son consideradas como vías de salvación.

Creyentes, para la mente de un modernista, son aquellos que van en busca de algo que viene del interior del hombre, que el hombre busca apelando a su subjetivismo inmanentista y a su relativismo. La verdad está en el interior de cada hombre; está en ese simbolismo o sentimiento que se relaciona con su vida, que se acomoda a su plan de vida existencial.

Creyente, para un católico, es aquel que presta a Dios la obediencia de la fe, que somete su entendimiento humano a la verdad que Dios revela. La Verdad sólo es posesión de Dios, no del hombre. El hombre la descubre en Dios, pero no la posee. El hombre la vive en Dios, pero no la puede crear.

Lo que es inmanente o subjetivista deforma el concepto y el conocimiento, anula la realidad de la vida, de la existencia del hombre. El hombre comienza a inventarse, a crearse, su propia vida. Va en busca de sus propios intereses personales egoístas. Sólo vive para sí mismo, para su gloria, para su honor.

Como no se puede llegar por un único camino a un misterio tan grande, como todos somos creyentes, entonces

«Esto debería provocar un diálogo entre las religiones».

Multitud de caminos: una mesa de diálogo, la vida es una ruleta rusa, un experimento de los grandes, de los poderosos, que quieren dominarlo todo y a todos. Es el falso ecumenismo.

Sólo hay un camino: la obediencia de la fe, la vida sujeta a la obra de la verdad increada.

Y, por lo tanto,

«… no hay salvación en ningún otro. Pues debajo del cielo no hay otro Nombre dado a los hombres por medio del cual nosotros podamos salvarnos» (Act 4, 12).

Hay una solo Salvador; hay una sola Iglesia verdadera; hay una sola Vida, la de la gracia divina. Sólo hay una clase de hijos de Dios: no los que nacen de la carne y sangre, sino los que vienen por la gracia, adoptados por Dios en el Bautismo.

La salvación sólo viene de la fe en Jesucristo.

El problema del hombre moderno es que se ha apartado de la verdad revelada y sólo ve la religión no como algo verdadero o falso, sino como un sentimiento válido que aporta algo a su propia existencia. La fe se convierte en un ungüento y bálsamo del alma: cada uno se procura su maquillaje religioso, que lo puede reemplazar según la moda o la necesidad del momento de su vida.

Como cualquiera puede definir a Dios con sus ideas; cualquiera puede sentirlo; cualquiera puede construir una filosofía, una forma de pensar; cualquiera puede edificar una iglesia, entonces lo que funciona es la fe de masas, y se urge a los hombres que se pongan de acuerdo, hablen entre ellos, para establecer una ética de la tolerancia:

«No debemos dejar de orar por él (por el diálogo) y colaborar con quienes piensan distinto».

En esta falsa ética se reconoce en todo un poco de verdad, pero no la verdad como es. Se quiere ir a Dios mediante multitud de símbolos: un buda, un candelabro, una cruz, una guerra santa… Pero a nadie le interesa la verdad como verdad, como conocimiento de lo divino.

Todos van buscando una religión, una iglesia que les funcione en su vida, prescindiendo de la verdad.

Sólo interesa el diálogo entre los hombres. Y se pide orar por ese diálogo. No se pide orar por los hombres, por sus vidas, por sus errores, por sus obras, por sus problemas. Porque ya no importa la verdad del hombre. Lo que tiene valor es el diálogo, un conjunto de ideas que se ponen sobre una mesa, las cuales no son personales, no se dirigen, no se relacionan con la dignidad de la persona humana, con los problemas y anhelos de cada persona, con las exigencias de la naturaleza y de la vida humana, sino que van buscando un bien común impersonal, en donde la propia identidad personal y religiosa se anule, desaparezca.

No interesa si buda es verdadero o falso; no interesa la verdadera interpretación de la Cruz; no interesa si el judío cree no cree en Jesús como Mesías; no interesa que los musulmanes liquiden a los cristianos como rebeldes a su causa. Todo esto no interesa en el dialogo. No interesa la verdad de cada persona, la verdad de cada hombre.

Lo que interesa es que seamos fraternos, que colaboremos con los que nos matan, con los que blasfeman contra la divinidad de Jesucristo, que apoyemos, que colaboremos con el pecado de los demás.

Y esto es caer en un nihilismo, una ilusión, en el opio del pueblo, de los individuos, en exaltar la religión como oscuridad, como algo subsconsciente, en donde sólo se ofrece un relativismo moral.

Y muchas personas ya están aceptando esta ilusión, este mito, este símbolo de nueva iglesia, sabiendo que es una auténtica patraña.

El hombre modernista no cree que Dios habla. Tiene que rechazar la Palabra de Dios, los mandamientos divinos y la Iglesia que Dios ha fundado. Tiene que interpretar todo esto de acuerdo a su subjetivismo, a su inmanentismo, a su relativismo.

Bergoglio cuando habla de las creencias de la mayor parte de la humanidad se está refiriendo sólo a que gran cantidad de personas sólo creen en lo que adquieren con su razón, en lo que tienen en su mente, en lo que sienten en la experiencia de sus vidas, y a eso lo llama fe, o creencia, o religión, o espiritualidad.

Si el hombre no se dedica a investigar si la religión que profesa es o no es la que Dios ha revelado, si se tapona las orejas, si dice que todas las religiones son igualmente buenas y legítimas o que la religión no es tanto fruto de una inquisición intelectual como una manifestación del sentimiento, el cual se puede encontrar sustancialmente igual en todas las religiones, entonces el hombre hace un agravio a Dios, a su ciencia divina, a la verdad que ha revelado. Y dice cosas como éstas del video:

«Confío en Buda. Creo en Dios. Creo en Jesucristo. Creo en Dios, Alá».

Confío en el dios que mi inteligencia o mi sentimiento o mis verguenzas han creado. Confío en mi misma mente, en lo que yo entiendo por verdad.

Esto es un insulto a la Verdad revelada por Dios. Esto es quedarse en la propia inteligencia y sentimiento humanos sobre lo que es Dios.

Es la idea de la falsa fraternidad que quiere conseguir una falsa armonía pacífica:

«… que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diversas religiones conlleve frutos de paz y justicia»

Todos los paganos viven así: no importa la multitud de pensamientos. No les interesa si las ideas judías o musulmanas o budistas son verdaderas o falsas. Sólo les interesa si éstas les sirven para su vida, para sus proyectos, para sus obras. Usan a las personas para llegar a sus objetivos en su vida. Usan sus emociones, sus sentimientos, sus deseos, sus vidas para conseguir sus fines, una paz que nunca va a llegar, una felicidad que es sólo una ilusión que no captan, que no pueden ver. Se abrazan, se besan, se consuelan si el otro les da lo que ellos quieren.

Muchos católicos se han vuelto así, como los paganos: ya no les interesa la verdad, el magisterio auténtico e infalible. No viven su fe católica mirando al dogma. Se han vuelto inmanentes, subjetivistas, relativistas, sentimentales, burdos, estúpidos, idiotas. Ya no saben pensar su fe católica. Ya no saben obedecer la verdad. Sólo siguen a los hombres por lo exterior que ven, no por las ideas que proclaman los hombres. Por eso, les encanta Bergoglio como su papa. Ven reflejado en él su estilo propio de vida pagana.

Y, por eso, van buscando ese amor subjetivista, inmanente, sentimentaloide:

«Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor. Creo en el amor».

No es de extrañarse que algunos de los falsos católicos se hayan masturbado mientras han visto este video. La masturbación es el amor inmanente, es el amor que a muchos les sirve para estar bien en su vida, para agradarse a sí mismos, para decirse a sí mismos que son buenas personas. Y este video idólatra conduce a esta clase de amor.

Para el católico, la verdad está fuera del hombre, viene de Dios.

Para el modernista, la verdad se encuentra dentro del hombre, es inmanente a él, a su vida, a sus obras, a sus pensamientos, a sus sentimientos.

Es decir, la religión, la fe, la Iglesia, la espiritualidad, el concepto de Dios mismo, el magisterio, es un fenómeno vital que sólo se puede explicar por la misma vida del hombre, que proviene de un cierto sentimiento íntimo, que emana de una necesidad subsconsciente de creer en Dios o de tener una religión, o de pertenecer a una iglesia o a una comunidad religiosa.

Pluralidad de caminos hacia el misterio de Dios: es lo que predica Jorge Mario Bergoglio.

La unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Una unidad subjetiva, inmanente, que no se puede realizar en la vida cotidiana, porque sólo existe aquello que piensa o siente cada hombre. No existe la verdad fuera del pensamiento del hombre.

En la nueva iglesia de Bergoglio, sólo existe una mentira, una blasfemia, puesta como certeza, como dogma:

«En esta multitud, en este abanico de religiones, hay una sola certeza que tenemos para todos: todos somos hijos de Dios».

El mensaje de Bergoglio se descalifica en sí mismo.

Buda nunca habló de un Dios personal o de Jesús. En el budismo no se da el concepto de Dios o de hijo de Dios, no se vive para ser hijo de Dios. No tienen la certeza de ser hijos de Dios. El buda se considera un hijo de hombre que señala el camino para otros, ese camino irreal de la inmanencia, de lo subjetivo, de lo oculto.

Esta mentira de Bergoglio es puesta porque es una idea que hay que venderla: todos somos hijos de Dios. Todos somos muy buenas personas, buenos hombres, gente con capacidad para hacer el bien.

El ser hijo de Dios es por gracia, no por creación ni por sentimentalismo. Hay muchos hombres que, descaradamente, mienten. Y estos son hijos del diablo, son del padre de la mentira.

Es claro que no se puede rezar por las intenciones de Jorge Mario Bergoglio. No son católicas. Y él no es el Papa de la Iglesia Católica. Es un usurpador del Trono de Pedro. Sólo gobierna la Iglesia con un poder humano, pero no puede decidir los destinos de la Iglesia Católica. Sólo está levantando su nueva iglesia.

No difundan nunca más las estampillas-inventos de las intenciones del Papa. No les den donativo alguno.

La fe no es cuestión de gustos. No es que guste o no guste el video de este traidor. Es que estamos en la gran apostasía, que han anunciado todos los Profetas. Es que la abominación de la desolación está presentada en la misma cabeza que gobierna la Iglesia.

Ahí tienen a un muerto gobernando la Iglesia: un cadáver en lo espiritual. Un viejo que, junto a sus falsos cardenales y obispos, chochea y es el adalid, el caudillo de la herejía, del cisma y de la apostasía de la fe.

Todos ellos son especialistas en manipulación de masas: esto está a la orden del día en el falso pontificado de Bergoglio. Todo está orquestado, usando el sentimentalismo al estilo hollywood, propio de guionistas y escritores sionistas, para llevar a las masas a donde quieren.

El enemigo está dentro de la Iglesia y la está violando desde sus entrañas, la está profanando. La Jerarquía -y muchos fieles- están trabajando para el gobierno mundial. Cuando llegue el momento, van a renegar públicamente de Cristo y aparecerá claramente la falsa iglesia, que ahora empieza a asomarse con timidez a los ojos de todos.

Tiempos apocalípticos

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«Pocos son los que ven y saben reconocer los Signos de los Tiempos, los tiempos descritos en el libro del Apocalipsis, que muy  pocos se interesan en descubrir y comprender, pues la gran mayoría viven tan sumergidos en las cosas del mundo, sus placeres temporales, que no saben que muy pronto todo pasará, lo único que no pasará son las Palabras de Mi Hijo Jesús, pues todo lo profetizado tendrá su Fiel cumplimiento» (A un alma escogida).

La Jerarquía masónica tiene el control de la Iglesia Católica desde la renuncia obligada del Papa Benedicto XVI.

Control total en el núcleo de la Iglesia. Se controla a toda la Jerarquía, de una manera que muy pocos comprenden. La Jerarquía no es libre, no ha sido libre. Los Papas, desde hace cuarenta años han estado prisioneros en el Vaticano.

Esto es un Signo de los Tiempos que muy pocos reconocen.

¡Cuántos han apostatado de la fe en Pedro, juzgando y condenando a los Papas en la Iglesia!

¡Cuántos siguen a Bergoglio como su papa! ¡Están atrapados en las mentiras, en la boca del Dragón! ¡Y no hay manera de salir de ese engaño cuando el Trono de Pedro ha sido usurpado!

Es Signo de los Tiempos que el cuerno pequeño hable desde el Trono de Pedro. Ese cuerno pequeño que se ha engrandecido, durante años, contra toda la Jerarquía, que ha preparado en lo oculto, pacientemente, lo que hoy vemos en el Vaticano, y que se dispone a derribar y a anular los Sacramentos y, con ellos, el orden Jerárquico.

Hacer desaparecer la Eucaristía es acabar con toda la Jerarquía: Obispos, sacerdotes y diáconos. Todos los niveles jerárquicos van a desaparecer. Se trata de crear una nueva jerarquía, una nueva iglesia, unos nuevos sacramentos, para un falso Cristo: el Anticristo.

Mientras exista un sacerdote con fe en el Misterio del Altar, la Eucaristía estará presente en este mundo. Cristo estará vivo en medio de un mundo lleno de muerte.

Pero si se engañan a los sacerdotes y Obispos con una doctrina contraria a la fe católica, entonces en los Altares sólo queda la Abominación. Y la Iglesia se convierte en un conjunto de hombres revestidos sólo con ornamentos que no representan la vida de Cristo, y que realizan obras de muerte, obras vacías de toda verdad.

Tiene que ser purificado, este núcleo, del mal que lo posee para que la Iglesia Católica pueda ser faro de la Verdad ante todo el mundo.

La infiltración masónica en la Jerarquía debe ser purgada, pero con un sacrificio de sangre.

La purificación del núcleo jerárquico conlleva la muerte del Cuerpo Místico de la Iglesia. El Cuerpo tiene que morir, así como lo hizo Su Cabeza, para resucitar glorioso.

La Jerarquía de la Iglesia no cree en esta verdad revelada en el Apocalipsis. No cree en el Reino Glorioso de Cristo. No cree en el milenio.

¡Han dejado de creer en la Cruz que salva! ¡En el camino de la Cruz, en dónde el alma conoce la Verdad y obra la Vida que trae esa Verdad conocida!

¡Han dejado de creer en la Sangre de Cristo que es la que quita el pecado del mundo!

Todos están en la búsqueda de un reino terrenal, con un mesías de carne y sangre. El mismo pecado que tuvieron los Apóstoles con Jesús. Por eso, ellos no entendieron la Cruz, el Calvario, porque sólo veían a Jesús como un líder político. Sólo concebían su Reino como una conquista de lo terrenal.

Ahora es lo mismo: todos están en la búsqueda de una iglesia mundial que sirva a un gobierno mundial, al reino de un hombre al cual van adorarlo como su dios.

«Ocupaos de Mis asuntos, los asuntos del cielo, que Yo Me ocuparé de los vuestros. Aunque, aparentemente, el mal se presente en vuestra vida y os quiera hacer creer que él vence, nada temáis a sus ataques y venganzas, todo lo somete Mí Hijo,  en su tiempo y según su Plan Divino. La Cruz de Mi Hijo Jesús venció el mal… Él ya triunfó en la Cruz y vosotros, los que amáis la Cruz, venceréis también con el Hijo amado» (A un alma escogida).

Si el mundo se ocupase de las cosas de Dios no estaría en la búsqueda de un gobierno global.

Si la Iglesia estuviera centrada en el alimento espiritual, todas las cosas materiales tendrían solución en esta vida.

Pero ni la Iglesia ni el mundo se ocupa de las cosas divinas. Y esto es otro Signo de los Tiempos. Y pocos lo ven. Y es precisamente ahora, cuando todo invita a alejarse de Dios, cuando las almas deben ocuparse de buscar la Voluntad de Dios.

Los que amáis la Cruz, tendréis la Victoria. Pero si se desprecia la Cruz, entonces queda la ignominia.

En medio del infierno que observamos en todas partes, en los gobiernos y en la Alta Jerarquía, en el Vaticano y en las diócesis, hay que seguir obrando lo que Dios quiere, hay que seguir amando la Cruz.

Y no preocuparse ni de las guerras, ni de los problemas económicos, porque todo eso es parte de la purificación. Hay que abrazar el dolor que viene de un mundo sin Dios, de una Iglesia sin el norte de la Verdad.

Hay que ocuparse de los asuntos de Dios si queremos que Dios se ocupe de nuestros asuntos humanos, materiales, carnales, temporales.

Hay que seguir construyendo el Reino de Dios que significa, en este momento de la historia del hombre, luchar contra el Anticristo. Todavía no ha aparecido, pero ya está el cuerno pequeño mostrando el tiempo del Anticristo.

Muchos andan con miedo con lo que va a venir. Este miedo les distrae de la única verdad: sólo Dios basta; lo demás no tiene ninguna importancia. Es el ama y haz lo que quieras en un mundo que se descompone porque ha perdido el norte de la Verdad.

Se puede seguir amando a Dios aunque el Anticristo ponga su obra de odio en medio de todos. Pero hay que saber amar a Dios. Saber lo que significa el amor divino: una Cruz que muy pocos quieren abrazar.

«La mayoría de aquellos en la Iglesia de Mi Hijo serán engañados, pero casi una mitad de los siervos sagrados de Mi Hijo, rehusarán jurar el juramento final, que será falsamente declarado como uno de la Santa Eucaristía» (MDM – 11 dec 2013).

El corazón de la Iglesia es su Jerarquía: las dos terceras partes, la mayoría, caerá en el engaño del Sínodo. Ellos no serán capaces de luchar por la Verdad, de dar testimonio de la Verdad, porque han estado ocupados dos años largos luchando por limpiar las babas de un impostor, al cual ellos llaman su Papa.

Una Jerarquía que conoce perfectamente la herejía del que usurpa la Silla de Pedro, pero han dejado de creer en la doctrina de Cristo, que es el magisterio infalible e inmutable de la Iglesia. Y, por eso, le dejan hacer. Prefieren que siga hablando sus herejías, sin taparle la boca, sin excomulgarlo, porque sus vidas humanas son más importantes que la salvación de las almas. Ellos se disponen a atender el Sínodo, bajo el gobierno horizontal de un hereje, lo cual es un insulto para Dios, y será el inicio del desmantelamiento de toda la Iglesia.

Éste ya ha comenzado de una manera oculta, que muy pocos saben reconocerlo por los hechos exteriores de toda la Jerarquía. Pero ya se palpa el gran pecado que absorbe a toda la Jerarquía. Ya se ve en las distintas capillas y parroquias. Ya muchos se quitan la máscara y no esconden su orgullo y la vanidad de sus vidas.

Muchos, en la Jerarquía, son incapaces de ver la Abominación que ya está instalada en Roma. Sólo, al final, cuando les obliguen a hacer un nuevo juramento es cuando abrirán los ojos.

Si ahora muchos van a ser engañados, no es una ceguera total. Serán engañados porque ellos quieren ser engañados. Ellos, viviendo en su pecado, aceptan la mentira como verdad en la Iglesia. Su pecado de soberbia y de orgullo les ciega para poder dar testimonio de Cristo en medio de la élite masónica que los gobierna.

Si ahora aceptarán la mentira, sin embargo un falso juramento, en donde se les obligue a renunciar a ser sacerdotes y Obispos, les abrirá los ojos a la Verdad. Rehusarán y podrán enfrentarse a esa élite, que los llevará al martirio.

«Vengo a hacer la separación de Mi Verdadera Iglesia con la falsa iglesia: la Hora de la cosecha ha llegado. Se verán los frutos, y por ellos os reconoceréis quienes están Conmigo, y quiénes están contra Mí. No podéis servir a dos amos: o estáis Conmigo o estáis en contra Mía. Los hijos de Mi Padre imitan las obras de la Luz y andan en la Verdad,  son fieles a Mi doctrina y  a la Santa Palabra, son Luz del  mundo y sal de la tierra. En cambio, los hijos de Satanás, son imitadores de las obras de la obscuridad, vanidosos y mentirosos, buscan ser servidos y no servir al prójimo, hacedores de falsos milagros, pues su poder no viene de Mi Padre, sino del espíritu del mal que les da todo poder para engañar  y seducir a los débiles, a los que no siguieron Mis enseñanzas, a los que no quisieron negarse a sí mismos y seguirme, a los que no alimentaron su Fe. Prefirieron la obscuridad que la Luz» (A un alma escogida).

Ya se observa la separación en la Iglesia: unos, siguen al Papa verdadero y legítimo, al Vicario de Cristo, Benedicto XVI. Otros, creen como un sentido del deber, de la obediencia, del respeto a la Jerarquía, la necesidad de obedecer y de seguir al impostor Bergoglio.

Ese sentido del deber es lo que confunde a muchos.

Porque, en la Iglesia, sólo hay obediencia a la Verdad, que es Cristo. Y, por lo tanto, si la Jerarquía no habla con la Verdad, no enseña la misma doctrina de Cristo, entonces cae la obediencia espiritual. Sólo queda la obediencia material. Pero, en ésta, no es posible seguir la mente del que está gobernando la Iglesia.

Ya, en la Iglesia, no está un Papa verdadero y legítimo en su gobierno. Luego, cae la obediencia espiritual. Hay que seguir en las estructuras jerárquicas sólo porque dan de comer y un techo. Pero no hay que tener miedo de hablar claro al Rebaño.

Esto es lo que la Jerarquía no ha hecho. Y es por causa de ese sentido del deber, falso cuando se trata de un hereje. Ellos obedecen la mente de ese hereje. Y este es su pecado principal, que los ata al demonio.

Un hereje no tiene jurisdicción alguna para gobernar la Iglesia, para mandar en los sacerdotes y en los Obispos. Esto lo sabe la Jerarquía, pero calla. Y hacen silencio culpable. Están atados, están controlados por la élite masónica.

Por eso, de la Jerarquía de la Iglesia no hay que esperar nada: son incapaces de señalar el camino de la Iglesia en estos tiempos. Están poseídos, en sus mentes, por espíritus que los llevan lejos de la Verdad. Esa posesión es por su obediencia a la mente de un hereje. Si se obedece la mente de un hereje, la propia mente humana queda poseída por Satanás.

Es la posesión demoniaca más difícil de quitar en un alma: la del pensamiento. El demonio guía la mente humana de la persona y ésta no se da cuenta del engaño. El hombre no puede afirmarse en una verdad con su mente. Ve la Verdad, pero no puede penetrarla, no puede asimilarla, no puede seguirla. El demonio siempre le pone una idea que le aleja de la Verdad.

A la Jerarquía de la Iglesia no le sirve, para salvarse, su vasto conocimiento de la teología y de la filosofía. Ellos conocen la Verdad, pero prefieren estar dedicados a otros negocios mucho más importantes para su vida propia.

A esta Jerarquía, que ha dado su obediencia a la mente de un hereje, sólo le sirve el martirio para liberarse de esa posesión.

Por eso, ya se está haciendo la separación de la verdadera Iglesia, la que permanece en toda la Verdad, y la falsa iglesia, conducida en todas las cosas por la élite masónica.

Esta Jerarquía masónica son lobos vestidos de Obispos y de sacerdotes, es decir, en ellos todo es falso y perverso: en las ideas y en las obras.

Esa élite masónica ha puesto a un engendro del demonio como falso papa: Bergoglio. Pero esta cabeza no está a cargo de la Sede de Roma, sino que es sólo un bastión del enemigo, con el cual se ha podido abrir la puerta para hacer desaparecer el fundamento de la Iglesia.

Bergoglio era la llave para anular a Pedro en la Iglesia Católica.

Pedro es la cabeza visible de la Iglesia. Y las enseñanzas de la Iglesia Católica son infalibles porque han sido puestas por Pedro. Los Sucesores de Pedro sólo han confirmado, en el tiempo, los fundamentos que puso Pedro. Por eso, ningún Papa niega la obra de su predecesor, en lo esencial de la Iglesia, porque el fundamento no puede cambiar.

La cabeza es Pedro. Y Pedro no es sólo el hombre, sino que es el Vicario de Cristo, es decir, es el que guarda la Verdad que Cristo enseñó. La guarda íntegra, la enseña sin quitar ni añadir nada, y pone el camino para que esa Verdad pueda ser obrada por todas las almas, y así sea el objeto de la salvación y de la santificación de cada alma. Pedro es la misma Voz de Cristo en medio de la Iglesia.

El fundamento de la Iglesia es la Palabra de Dios, la Verdad Revelada por Jesucristo a Sus Apóstoles. Esa Palabra de Dios es el Pensamiento del Padre y la Obra del Espíritu Santo.

Y la Iglesia no tiene otro fundamento que Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida.

La Iglesia es Cristo. Y en Cristo, las almas se unen de una manera mística y espiritual. En la Verdad Revelada se construye el Cuerpo de Cristo, es decir, la Iglesia.

La élite masónica, es decir, Bergoglio y toda su compañía, tratan la Verdad Revelada como herejía. En otras palabras, tienen a la Iglesia Católica, ven el magisterio de la Iglesia Católica, contemplan los dogmas inmutables, enseñados desde el principio de la existencia de la Iglesia, como estupidez y sujetos de cambio.

Para ellos, lo que importa no es Jesús, sino la interpretación que cada uno hace de Jesús. Y, por eso, acuden a las diversas culturas, a los cambios sociales y políticos, a las filosofías del momento, para inventarse su Jesús, un falso Cristo, que sólo existe en la mente de esa élite masónica, pero que nunca puede darse en la realidad de la vida.

Jesús no puede cambiar porque es una Persona Divina. Y, por lo tanto, Su Palabra, lo que Él enseñó a Sus Apóstoles, no admite ningún cambio, porque esa enseñanza es una obra divina en la Iglesia y en las almas.

Jesús sigue enseñando a Su Iglesia como antes, pero lo hace sólo por medio del Espíritu Santo. Si la Jerarquía no es espiritual, no sigue al Espíritu, entonces pierde esta enseñanza y se vuelve humana, natural, carnal, material, hasta perder totalmente la fe.

El magisterio de la Iglesia no es un conjunto de ideas que hay que aprender para ser Iglesia, para estar en la Iglesia, para vivir en la Iglesia. La Iglesia no la hace una Jerarquía que se sabe la teología, pero que después obra otra cosa. Para ser sacerdote no hace falta estudiar teología. Sólo es necesario estar abiertos al Espíritu. En un corazón humilde a la Voluntad de Dios, el sacerdote sabe obrar en la Iglesia lo que quiere el Espíritu. Y sólo así se va construyendo la Iglesia: con almas espirituales.

La racionalidad lo domina todo en muchos Obispos y sacerdotes. Y ya no son humildes a la Voz del Espíritu. Y si ellos no aprenden del Espíritu cómo levantar la Iglesia que Dios quiere, entonces lo que hacen es inventarse su nueva iglesia, la de los hombres, la propia de unas almas que han perdido su devoción a Cristo, el amor verdadero a Cristo.

El magisterio de la Iglesia es una obra divina que cada alma tiene que realizarla en su vida espiritual. Ese magisterio es intocable, no sólo porque representa la vida de Cristo, sino porque es Cristo mismo en la Iglesia.

La Verdad es una Persona Divina. Amar la Verdad es amar a esa Persona Divina, es amar a Cristo. Odiar la Verdad es odiar a Cristo. Negar la Verdad es negar a Cristo.

Para la élite masónica no existe la verdad objetiva, es decir, no existe Cristo. Sólo puede darse la idea que cada uno adquiera de Cristo. Lo infalible no existe para ellos. Lo inmutable no puede darse en sus mentes masónicas. Sólo se da el camino de la gradualidad, de la evolución, de la división de toda verdad, que crea un relativismo infinito. Sólo se puede pensar en un idealismo sin el fundamento de la realidad.

La fe católica, para Bergoglio y su clan, es una herejía, porque va en contra del dogma de sus pensamientos humanos. Ellos viven la evolución de la idea humana. Y no pueden dejar de pensar de manera evolutiva, cambiante, gradual. Ese pensamiento lo divide todo y, por eso, para ellos en la diversidad de las ideas se encuentra la verdad.

La Verdad Absoluta destruye este pensamiento gradual, lo combate. Por eso, la tratan como herejía. Para ellos, la Verdad no es la Mente de Cristo, sino su propia mente humana. Ellos viven en el idealismo más puro de todos: el que se construye sólo atendiendo a lo que uno piensa de la vida. Midiendo todas las cosas, incluso a Dios, con su pensamiento humano.

La fe católica contradice sus pensamientos humanos, que son la única verdad que el hombre puede conocer en esta vida. Este conocimiento sólo es posible en la unión de todas las mentes humanas que tienen una parte de la verdad, una división. Pero este conocimiento es imposible si hay una mente que posea la verdad plena, que excluya a las demás mentes. Por eso, tienen que atacar a Cristo y a Su Iglesia. Tienen que tratarla como herejía pura para sus mentes pervertidas.

Consecuencia de todo esto es la persecución que se va a iniciar después del Sínodo a todos los católicos que se empeñen en permanecer en la Verdad.

Ellos quieren llevar al engaño de su gradualidad a muchas almas. Por eso, Bergoglio está continuamente dando entrevistas para que la gente quede colgada de sus palabras mentirosas.

El fundamento de la Iglesia Católica ya ha sido sacudido desde el 13 de marzo del 2013. Han cambiado la forma de gobierno en la Iglesia, iniciando una horizontalidad que anula a Pedro. Lo que vemos con Bergoglio es sólo el cascarón del Papado, es decir, algo exterior, vacío, sin consistencia, falso, irrelevante, que produce un caos en el Vaticano y en todas las diócesis, y que da la autoridad de la Iglesia a uno sólo: su voluntad caprichosa es la ley que rige en la Iglesia.

Autocracia y caos es el testamento que deja Bergoglio en el gobierno de la Iglesia. Es decir, el orgullo de su vida y la soberbia de su mente humana. Esto es el resumen de este hombre, para el cual el hombre, lo humano, la humanidad, es más importante que Cristo. Por eso, en la mente de este impostor, es necesario descartar a Cristo. Cristo traicionó el ideal del hombre: se dejó matar en una cruz, clavó la humanidad en una cruz. Hay que desclavarla porque el hombre tiene que ser libre en este mundo y buscar su felicidad a pesar de constatar, día a día, que no la puede ni la sabe encontrar.

Bergoglio, como toda la élite masónica, nunca va a expresar que odia a Cristo. La perversidad de un hereje consiste en ocultar su verdadero pensamiento y en ofrecer un lenguaje maquillado de humanismo, de misericordia y de cuidado de los pobres. Por eso, Bergoglio presenta a un Cristo defensor de los derechos humanos, centrado en las injusticias sociales, que tiene compasión por todos los pobres materiales del mundo. Un cristo que no descarta al hombre, sino que camina junto al hombre, pendiente de su vida humana. Es un falso cristo que muchos lo aceptan porque lo dice Bergoglio.

Él presenta la mentira de un cristo para reemplazar la Verdad, al verdadero Cristo. Esto siempre es el juego del demonio: nunca el demonio se presenta al alma con su cara de odio, sino que siempre se disfraza de hombre encantador, moderno, humano, que le importa la vida de los hombres.

La felicidad del hombre no está en este mundo. Y, por más que el hombre busque y construya caminos de felicidad, de falsa paz, sólo encuentra lo de siempre: muerte, enfermedades, desgracias, sufrimientos, una vida que carece de sentido.

Los cambios en la Iglesia se han intensificado desde la renuncia del Papa verdadero. Esos cambios han venido con la difusión de infinidad de mentiras que el cuerno pequeño ha propagado –y lo sigue haciendo- desde Roma.

Ese cuerno pequeño es la bestia semejante un cordero, con dos cuernos, y que habla como dragón. Esa bestia representa al Falso Profeta y al Anticristo. Son dos cuernos, son dos voces, dos cabezas, pero unidas en un mismo objetivo: destruir la Iglesia

El Anticristo es la bestia sin más, la bestia por excelencia, la que ha creado satanás para estos tiempos. Una bestia que tiene vínculos con la Iglesia Católica porque el Anticristo nace de un Obispo, con las artes maléficas de una bruja que se dedica a formar cuerpos para el espíritu demoniaco.

Esta bestia necesita de otra bestia, menos importante, pero unida a él, que prepare el camino para la entrada del gran impostor. El Anticristo necesita del Falso Profeta que va a liderar la falsa Iglesia que será levantada en Roma.

Pero hasta que aparezca este Falso Profeta, se ha puesto a un hombre que posee el mismo espíritu del Falso Profeta, y que anuncia con sus obras maléficas las obras del Anticristo.

El mundo secular aplaude a Bergoglio. Esto ya debería ser una señal para todos los católicos que les indicara que Bergoglio no es Papa. Pero ni siquiera esta señal tan clara es argumento que convenza a los católicos.

Bergoglio recibe honor público en todos los medios de comunicación, especialmente en aquellos que son del mundo, ateos, agnósticos, abominables por sus doctrinas en contra de la ley de Dios.

Bergoglio está en la mente de toda la élite política. A las ideas heréticas de ese hombre, se abrazan todos para seguir obrando en sus gobiernos en contra de la Voluntad de Dios.

Bergoglio es el ejemplo de un hombre que hace multitud de obras de caridad, lleno de un humanismo sentimental, amorfo, que sólo sabe llorar, ver su propia infelicidad, pero que es incapaz de ver el sufrimiento de Cristo en las almas.

Bergoglio vive en el culto al hombre, pero no le interesan los hombres, sino sólo él, su orgullo, su arrogancia y su auto-obsesión, el maldito dinero.

Pero, a pesar de esto, multitudes siguen a Bergoglio como su papa. Y esto es una clara señal de los Signos de los Tiempos. La gente ya no quiere escuchar la Verdad, no le interesa. Sólo quiere escuchar la fábula que hay en su mente.

«… vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas» (2 Tim 4, 3).

Es tiempo para prepararse a combatir contra el Anticristo. Muchos no creen en el Apocalipsis y, por eso, andan sin ver la realidad de lo que pasa en todo el mundo. Piensan que todavía no es el tiempo. Esta ceguera, que es de muchos católicos, les lleva a preguntarse si en el Sínodo se producirá o no un cisma. Así andan muchos católicos, sin ver los Signos de los Tiempos, sin ninguna vida espiritual, anclados y fijados en sus grandes pensamientos teológicos y filosóficos.

Bergoglio se gasta en dar entrevistas para seducir a muchas almas, dentro y fuera de la Iglesia Católica.

Y los católicos están amodorrados y temerosos por lo que pueda pasar en el mundo, con las guerras y la crisis económica y la hambruna que se avecina. Pierden su tiempo en estas cosas, cuando deberían trabajar por arrebatar a Bergoglio las almas que seduce. Muy pocos han hecho esto. Y ahora, cuando viene la persecución oficial, pocos los seguirán haciendo.

Hay muchas dudas entre los católicos. Y quien duda no está en la Verdad, no tiene la fuerza para dar testimonio de la Verdad.

Si un hombre, como Bergoglio, estúpido en su pensamiento humano, ha hecho tanto mal con su palabra babosa, ¿qué no hará el Anticristo, que se sabe de memoria toda la Sagrada Escritura, que realiza milagros y portentos capaces de convertir al más duro ateo?

Si el católico no se prepara para combatir a esta bestia, con la fuerza del Espíritu Santo, entonces va quedar atrapado con la hipnosis de su mente. Toda la fuerza del Anticristo está en su cuerpo. Con su cuerpo puede moverse, atravesar paredes, desparecer, porque tiene que imitar en lo más posible al Cuerpo Glorioso de Cristo. Muchos quedarán engañados por estas falsas maravillas, y lo adorarán como a su dios.

No teman por todo lo que viene. Sólo tengan temor de Dios. Ahí está la fuerza del verdadero amor.

Un Sínodo falible para levantar una iglesia llena de herejías

«He manifestado tu Nombre a los que me has dado sacándolos del mundo… Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de Ti; porque Yo les he comunicado lo que Tú me comunicaste; ellos han aceptado verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado… Yo les he dado tu Palabra, y el mundo los ha odiado, porque no son del mundo, como Yo no soy del mundo… Conságralos en la verdad: Tu Palabra es verdad. Como Tú me has enviado al mundo, Yo también los he enviado al mundo...» (San Juan 17,6ss.14.17s; véase San Juan 10,36).

El magisterio de la Iglesia fue instituido por Jesucristo, enviado por el Padre como Maestro auténtico de la verdad, en los Apóstoles.

Jesús eligió a Doce para enseñarles su doctrina: «ahora saben que todo lo que me has dado viene de Ti».

Jesús comunicó a los Doce una doctrina divina, celestial, espiritual y sagrada.

Y los Doce aceptaron esa doctrina: creyeron en las Palabras de Jesús. Dieron asentimiento, obedecieron con su mente, hicieron un acto de fe a la Palabra de Jesús: «han creído que Tú me has enviado».

Y los Doce fueron consagrados en la verdad: se les dio la virtud del Espíritu Santo para ser enseñados continuamente por el Espíritu de la Verdad, como lo fueron por el Maestro, y así aprendieron toda la plenitud de la doctrina de Jesucristo, para propagarla perpetuamente y con fidelidad hasta los confines de la tierra.

Muchos han combatido este Magisterio infalible de la Iglesia, que está por encima de toda razón humana, de toda ciencia y progreso del hombre, que va más allá de la conciencia del individuo, que proclama una autoridad divina en la Jerarquía de la Iglesia Católica.

El Magisterio infalible de la Iglesia es lo que la Iglesia enseña como revelado por Dios. No es, por tanto, la opinión de una escuela teológica, ni el magisterio privado de un teólogo o de un Obispo, ni los magisterios falibles que se dan en las Encíclicas o en los decretos que no están conexionados con las verdades reveladas, ya jurídicos, ya litúrgicos, ya magistrales.

Hay mucho magisterio del Romano Pontífice en el cual él habla con una autoridad que no alcanza la infalibilidad, es decir, no está expresando, no está enseñando algo revelado por Dios.

Hay muchos decretos que son publicados en virtud de la autoridad legítimamente comunicada por el Sumo Pontífice, es decir, tienen la firma del Papa, pero la doctrina, en ellos, no es segura.

Por ejemplo, el “Directorio para la aplicación de los principio y normas sobre el Ecumenismo”, publicado el 25 de marzo de 1993. Contiene este directorio instrucciones que van en contra de la doctrina de la Iglesia. Cualquiera que lo lea se da cuenta que la doctrina contenida en tal decreto no es segura. Y, por lo tanto, no se puede aceptar con el asentimiento de la mente. Se ha usado el nombre del Papa, su firma, para crear un directorio de normas, de leyes, que van en contra de la misma verdad revelada.

Desde el Concilio Vaticano II se dan en la Iglesia esta clase de documentos, que no pertenecen  a los decretos que están conexionados con las verdades reveladas y a los cuales se exige el asentimiento interno y religioso de la mente, sino que exponen unas reglas y unas leyes prácticas que anulan la doctrina de Cristo.

Y esto la Jerarquía lo sabe. Y es tal la perversidad de mucha Jerarquía que imponen estos decretos como verdaderos, como seguros, a sus fieles en las parroquias. Así sucedió con todos los decretos litúrgicos que se introdujeron en la Iglesia, después del Concilio, que tienen la firma del Papa, pero que no son doctrina segura, sino que imponen leyes, como la comunión en la mano, que van en contra del magisterio infalible de la Iglesia.

A estos decretos no se les puede obedecer porque no provienen de una autoridad sagrada. Tienen la firma del Papa legítimo, que es siempre una autoridad sagrada en la Iglesia, el cual tiene la función de velar por la salud y la seguridad en la doctrina. Pero han sido dados en contra de esa misma autoridad sagrada, por motivos que los hombres no pueden explicar.

¿Cómo un Papa legítimo permite en la Iglesia este tipo de documentos que enseñan doctrinas que van en contra de lo que Jesús ha revelado?

Es el Misterio del Mal: existe una jerarquía en la Iglesia Católica que combate la autoridad sagrada del Papa y que impone su doctrina a toda la Iglesia.

Muchos católicos se equivocan al decir que los Papas fueron los culpables. Y acaban llamando a esos Papas herejes. Y quedan ciegos para siempre porque no son humildes, no piden luz al Espíritu para discernir este problema en la Iglesia.

El ecumenismo no está en la Revelación. Sin embargo, la Jerarquía ha querido meter a toda la Iglesia en el objetivo de la búsqueda de la unidad de los cristianos. Un objetivo que no pertenece a la fe, a los artículos de la fe.

Y mucha Jerarquía ha publicado cantidad de documentos para fortalecer este objetivo.

Ellos son maestros de la ley: promulgaron un nuevo Código de Derecho Canónico, en la cual se introdujo una nueva situación disciplinar para todos los fieles en materia ecuménica. Esa situación disciplinar no existía en el antiguo Código, porque el ecumenismo no pertenece al depósito de la fe. Es doctrina de demonios. Son fábulas de la mente del hombre que se dan para engañar al mismo hombre.

Y la Jerarquía ha trabajado durante 50 años en el Ecumenismo, llegando al absurdo que vemos hoy día: ya nadie cree en la doctrina que salva. Todos están buscando un lenguaje nuevo que haga cambiar el mismo magisterio infalible de la Iglesia. Un nuevo lenguaje para una nueva teología.

Lo que vemos con estos documentos es claramente el Misterio del Mal dentro de la Iglesia. Y los Papas legítimos han estado prisioneros, de una forma o de  otra, de la Jerarquía movida por este Misterio del Mal.

Hoy se niega el Magisterio infalible de la Iglesia por la misma Jerarquía.

Por supuesto, esa Jerarquía ha dejado de ser católica y sólo hace la función de destruir la Iglesia, usurpando la verdad para poder introducir las innovaciones en la doctrina, para hacer una nueva teología, para levantar una nueva iglesia con un nuevo magisterio, no instituido por Cristo, sino por los hombres.

Esa Jerarquía, infiltrada en la Iglesia Católica, tiene un grupo numerable de aficionados a novedades, que desprecian toda teología escolástica para menospreciar el Magisterio infalible de la Iglesia.

Son muchos los falsos católicos que ven el Magisterio infalible de la Iglesia como impedimento al progreso, y como óbice de la ciencia humana. Muchos lo consideran como un freno injusto a sus pensamientos, a sus filosofías, a sus obras en la vida.

Y esto es señal de la falta de fe: ya no se cree que Jesús ha dado un Magisterio a sus Apóstoles que permanece siempre lo mismo, que nunca cambia, que es inmutable, que no tiene ningún error.

Por eso, ahora todos tienen a un hereje como su papa, como su maestro en el ministerio sacerdotal, como el que enseña y une a la Iglesia en la mentira de su palabra.

Y ahora todos enseñan una doctrina que no es segura, que va en contra de todas las verdades reveladas, y que son la base de la  nueva teología que se quiere imponer a todos en la Iglesia.

Las encíclicas de Bergoglio no son cartas de un Papa a los fieles exponiendo una doctrina segura, un magisterio ordinario, infalible. Son escritos de un  hereje que llevan a las almas a la apostasía de la fe y a la clara herejía. Son los escritos de un cismático que gobierna la Iglesia con un gobierno de hombres, de muchas cabezas, propio de un líder político

Ya los Jerarcas de la Iglesia no creen en el Magisterio de la Iglesia que enseña a excomulgar a un hereje. Ya no creen en el Evangelio que proclama que todo aquel que enseñe un evangelio distinto al de Jesucristo, sea tomado por anatema, sea apartado de la vida de la Iglesia.

Han dejado de creer, los hombres han perdido la fe en la Palabra de Dios.

El Magisterio de la Iglesia es infalible cuando se centra en los artículos de la fe, que son las verdades formalmente reveladas, y en aquellas verdades que están necesariamente conexionadas con los artículos de la fe.

Es decir, «per se pertenecen a la fe aquellas verdades, que nos ordenan directamente a la vida eterna» (Sto. Tomás).

«Esto es lo que has de predicar y enseñar» (1 Tim 4, 11): todo aquello que conduce al alma hacia su salvación y su santificación.

No se puede enseñar ni el ecumenismo, ni la ecología, ni tantas doctrinas que no llevan al alma hacia su salvación. Y los fieles están obligados, en la Iglesia, a combatir esas doctrinas si quieren salvarse.

Los Obispos han recibido de los Apóstoles esta doctrina de la fe que deben custodiar en santidad y ser expuesta con fidelidad por la Iglesia.

«¡Oh, Timoteo!, guarda el depósito a ti confiado, evitando las vanidades impías y las contradicciones de la falsa ciencia que algunos profesan, extraviándose de la fe» (1 Tim 6, 20).

Es claro que en las actuales circunstancias de la Iglesia, la mayoría de los Obispos no guarda el depósito de la fe porque se han extraviado con la falsa sabiduría humana de la ciencia y de la técnica, llenándose de errores, de mentiras, de dudas, que infestan a toda la Iglesia.

Los Apóstoles eran infalibles: hablaban en nombre de Dios, eran ayudados y fortalecidos por la asistencia divina, y su predicación estaba confirmada por milagros y profecías.

Y eran infalibles porque aceptaron «verdaderamente que vengo de Ti, y han creído que Tú me has enviado». Aceptaron y creyeron: pusieron su cabeza en el suelo y obedecieron la Palabra de Dios que Jesús les enseñaba.

Los Apóstoles, en lo concerniente a la fe y a las costumbres, eran cada uno de ellos personalmente infalibles.

«Yo estoy contigo y nadie se atreverá a hacerte mal, porque Yo tengo en esta ciudad un pueblo numeroso» (Act 18, 10).

Yo estoy contigo: significa la asistencia eficaz de Dios para realizar la misión que Dios le confió a San Pablo.

Muchos Obispos, hoy día, ya no son infalibles como lo fueron los Apóstoles. Y la razón sólo es una: ya no aceptan ni creen en Jesús. No aceptan ni creen en la doctrina de Jesús.

Creer en Jesús es creer en su doctrina.

Muchos han disociado a Jesús de su doctrina. Se quedan con un Jesús acomodado a sus intereses y pensamientos humanos. Pero no quieren saber nada de la doctrina de Jesús.

Jesús es la Palabra de Dios: es el Pensamiento vivo del Padre. Jesús es una doctrina viva. Una doctrina que no es de este mundo, que no puede caber en la mente de ningún hombre. Es la Mente de Dios lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles. Una mente infalible, incapaz de errar. Una mente inmutable, incapaz de ser alcanzada por ninguna novedad humana. La Mente de Dios no puede variar según los tiempos ni las culturas de los hombres. Es siempre la misma. Son los hombres los que no creen en la mente de Dios y acaban colocando su mente humana por encima de Dios.

Ser infalible no significa ser impecable. Se puede pecar y ser infalible al mismo tiempo.

La infalibilidad es la vigilancia de Dios, que dirige por sí mismo al hombre, para que éste predique sin error la Palabra de Dios. Dios preserva del error la inteligencia del hombre.

El que Dios preserve del error no significa hacer que la mente del hombre sea siempre infalible. La mente del hombre sigue estando sujeta a muchos errores, nieblas, dudas, oscuridades. Pero, cuando el hombre humilde trabaja para Dios, su mente queda preservada del error para que se obre lo que Dios quiere entre los hombres.

Dios es el que custodia su misma Palabra. Y lo hace asistiendo al hombre, desde fuera, para que propague esa misma Palabra sin error. El hombre puede perder esta asistencia del Espíritu sólo por el pecado de herejía y de apostasía de la fe.

Predicar de forma infalible lo tuvieron los Apóstoles y sus Sucesores, los Obispos.

Los Obispos son infalibles cuando, obedeciendo al Romano Pontífice, imponen a sus fieles la misma doctrina que Jesús enseñó a Sus Apóstoles.

Imponen la misma doctrina: hoy, nadie en la Iglesia quiere escuchar la verdad; nadie quiere obedecer la verdad; nadie quiere cumplir con las leyes divina y de la gracia.

La gente ya no quiere la doctrina de siempre, sino que va en busca de las fábulas. Y estas son las que quieren imponer a los demás. Las fábulas del ecumenismo, las fábulas de la ecología, las fábulas de tener unos ritos litúrgicos en donde se pueda pecar libremente.

Los Obispos, para ser infalibles, tienen que imponer la doctrina de Jesús. Como los Obispos hablan a los hombres las palabras que éstos quieren escuchar, entonces pierden la infalibilidad, la asistencia de Dios en sus ministerios.

Si los Obispos dan a sus fieles otra doctrina distinta a la de Cristo pierden la infalibilidad, es decir, predican y enseñan con error y con la herejía. Y esto conduce a la apostasía de la fe y a la herejía.

Es lo que comenzó después del Concilio Vaticano II: todo el mundo metió en la Iglesia doctrinas extrañas, un magisterio contrario al magisterio de la Iglesia. Y ese falso magisterio ha alcanzado la cabeza de la Iglesia.

El Magisterio de la Iglesia es auténtico e infalible, es vivo y tradicional, es inmutable.

«La doctrina de la Fe ha sido entregada a la Esposa de Jesucristo, para custodiarla fielmente y para que la enseñe infaliblemente» (D 1800).

No se puede enseñar infaliblemente (sin error) la verdad si no se cree en la verdad revelada. Es el acto de fe el que produce la infalibilidad, es decir, el que trae consigo la asistencia de Dios para que el hombre, cuando hable, cuando piense, no se equivoque.

Todo el problema de la crisis actual de la Iglesia es el objeto de la fe.

Los Apóstoles creyeron en la doctrina de Jesús. Y creyeron en la doctrina que el Espíritu de la Verdad les enseñó. Éste es el objeto de la fe. Es la doctrina que viene de la fe, que surge en la fe. No es la doctrina que viene de la mente de un hombre, de la palabra y del lenguaje de los hombres. Se cree en la Palabra de Dios. Se conoce la Palabra de Dios. Se interpreta correctamente esa Palabra de Dios. Y se enseña con la autoridad divina la Palabra de Dios.

Esto es lo que hicieron los Apóstoles: porque creyeron en la Palabra de Dios fueron infalibles. En la fe no hay error. En el ateísmo, en la falta de fe, en la infidelidad al don de la fe están todos los errores.

Porque creyeron en la Palabra siempre enseñaron lo mismo al rebaño. Nunca introdujeron extrañas doctrinas, leyes en contra del magisterio que Jesús y el Espíritu les enseñaron.

Ellos, con la infalibilidad, pudieron levantar la Iglesia que Cristo quería. La infalibilidad es para construir la Iglesia en la Verdad: que la inteligencia de los hombres tenga la luz de la verdad, que ellos sepan dónde está la verdad, dónde encontrarla, cómo obrarla en sus vidas.

Esta infalibilidad en la inteligencia es distinta a la impecabilidad en la voluntad.

La mente no tiene el error en ella misma: eso es ser infalible;

Y la voluntad no puede elegir el pecado: eso es ser impecable.

Ser infalibles en la inteligencia no supone ser impecables en la voluntad. Y eso es sólo debido al pecado original, en el cual el hombre quedó dividido en su misma naturaleza humana.

El hombre entiende, con su mente, el bien; pero obra, con su voluntad, el mal.

Jesús construye Su Iglesia en la infalibilidad de la inteligencia humana: preserva del error la mente del hombre para que pueda obrar, sin error, con su voluntad humana. Pero, por el pecado original, la voluntad se desvía de lo que la mente ha conocido y el hombre acaba obrando el mal con su voluntad.

Para combatir esta voluntad desviada por la concupiscencia del pecado, son necesarios los Sacramentos de la Iglesia.

Jesús da a Su Iglesia, no sólo la infalibilidad, sino la gracia, la vida divina.

Es la gracia lo que sostiene la voluntad del hombre para que pueda obrar el bien que la mente entiende. Es la gracia lo que impide pecar. Pero es necesario que el alma sea fiel a la gracia que ha recibido.

La inteligencia del hombre ya conoce la verdad sin ningún error. Pero necesita la vida divina para obrar la verdad conocida. Necesita que el hombre permanezca en la gracia, persevere en la gracia, viva en la gracia.

Muchos conocen la verdad, pero no la obran. Todos los herejes conocen la verdad, pero se dedican a obrar la mentira. No obra en la gracia, sino que obran en el pecado.

No es el conocimiento de la verdad el camino para obrar el bien. Es la gracia, la vida de Dios, no sólo el camino sino la fuerza para realizar la Voluntad de Dios.

Y la gracia da al hombre una vida moral, una norma de moralidad, una voluntad arraigada en la ley de Dios.

La infalibilidad da al hombre una inteligencia sin error.

Muchas almas caen en el pecado porque en sus mentes hay muchos errores: no se asientan en la verdad, en la doctrina de la fe, que es infalible, y necesariamente deben caer, deben obrar con sus voluntades el error, el mal. No pueden ser sostenidos por la gracia: caen en el pecado, se apartan de la vida moral.

Los errores en la mente llevan a los pecados más comunes entre los hombres: gula, lujuria, desobediencias, iras, críticas, mentiras, etc…

Pero las herejías en la mente conducen a la perversidad de la mente y a la perfección en la obra del pecado. La herejía lleva a obrar sin norma de moralidad. Hace que el hombre tenga una voluntad para obrar siempre el mal.

La Iglesia, cuando custodia la verdad y mantiene los Sacramentos en la fidelidad a la verdad, en la norma de moralidad, entonces puede crecer en la vida espiritual y alcanzar la perfección que ya posee en sí misma.

Pero si los hombres de la Iglesia, si los Obispos y los fieles, se alejan de la verdad y hacen que los Sacramentos se desvirtúen al introducir leyes o reglas que conducen al pecado, entonces vemos lo que sucede actualmente en la Iglesia: la Iglesia es destruida por los mismos que deberían custodiar lo que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La Iglesia está podrida y corrompida porque en sus miembros está el pecado de herejía, que conlleva ser falibles en la predicación y en la enseñanza; y está la anulación de la vida divina al echar en saco roto la gracia (al no cumplir la vida moral)  que dan los sacramentos.

Sin la verdad revelada y sin la gracia divina en el alma se construye una nueva iglesia con una nueva doctrina, que da culto a un falso cristo.

Ya no sólo observamos una Iglesia que peca; sino que vemos una Iglesia que no quiere la verdad, que no cree en la verdad, que no puede escuchar la verdad, y que sólo quiere vivir para lo humano, para las grandezas de la tierra, buscando una felicidad que no existe en la tierra.

Una iglesia que prefiere unos sacramentos en donde se enseñe a la gente a pecar.

Una iglesia que se ha embarcado en un Sínodo maldito, en el que se busca legislar el pecado.

Una Iglesia falible que se prepara para un Sínodo falible, en donde se da una enseñanza llena de errores y de herejías, un Sínodo construido en la herejía. Y no va haber un Papa que contenga la herejía, como lo hizo Pablo VI en el Concilio Vaticano II.

La Jerarquía de la Iglesia ha tenido tiempo de liquidar a Bergoglio, de anatematizarlo. Pero han callado. Y quien calla, otorga la herejía del que habla. Está de acuerdo con la doctrina del rufián que gobierna la Iglesia.

Y es el Sínodo el inicio del desmantelamiento del magisterio infalible de la Iglesia. Es, por lo tanto, el inicio del levantamiento de una nueva iglesia en una nueva doctrina.

Ya esa iglesia fue levantada en una cabeza de usurpación, que puso el gobierno horizontal, el cual anula de raíz toda la Iglesia. Pero los hombres no saben ver que el fundamento de la Iglesia, que es la verticalidad de Pedro, ha sido acabado, ha sido destruido. Y donde no está Pedro, no está la Iglesia.

Y están todos pendientes de lo que no tienen que estar: de un Sínodo maldito.

Y siguen pendientes de las palabras de un hereje, que cuando habla sólo quiere dar  publicidad a su mentira. Y este es el error de muchos católicos: no han sabido combatir al hereje y sólo le dan publicidad.

El verdadero católico cuando lucha contra un hereje, lo deja un lado, una vez que lo ha combatido, y sigue su vida ignorando al hereje, despreciándole. Porque la vida eclesial es estar en comunión espiritual con el Papa verdadero, Benedicto XVI. Lo demás, que pase en la Iglesia, ya no interesa al verdadero católico.

Una vez que se conocen las verdaderas intenciones del hereje, entonces el alma tiene que prepararse para lo peor, sin estar pendiente de lo que dice o no dice ese hereje.

Muchos católicos no comprenden esto. Y continúan pendientes de nada en la Iglesia.

Es el momento de formar la Iglesia remanente, la Iglesia que calla y espera a que venga Su Señor para que repare todo el mal que existe en la Iglesia.

Ya no es tiempo de atacar al hereje: ya nadie busca la verdad en la Iglesia.  Nadie se va a convertir por más razones que se les den. Hay que sacudirse el polvo de las sandalias y seguir predicando la verdad a aquellas almas que quieren escuchar la verdad. A los demás, hay que dejarlos que hagan su obra: «Lo que has de hacer, hazlo pronto» (Jn 13, 27).

Lo que la Jerarquía, reunida con un maldito, obedeciendo la mente del usurpador, tenga que hacer, que lo haga pronto después del Sínodo.

La Jerarquía lleva años buscando la evolución del dogma, que supone inventarse una nueva teología. Que construya esta nueva teología pronto. Esto ya no importa a los verdaderos católicos. No hay quien pare este Misterio del Mal.

Al Cuerpo Místico de Cristo le espera la Cruz del Calvario: tiene que sufrir y morir como Su Cabeza. Sólo de esa manera, la Iglesia de Cristo resucita gloriosa. Sólo así comienza el nuevo milenio, en donde se alcanzará la gloria que Adán perdió para todo el linaje humano.

«Yo ruego por ellos; no ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos» (Jn 17, 9).

La Iglesia no es de todos, sino de los que son del Padre. Y sólo el Padre conoce a sus hijos. Y sólo el rebaño de Cristo conoce a Cristo.

Tienen que conocer quién son de Cristo y del Padre. Aquellos que no aceptan ni creen en la Palabra de la Verdad, son del demonio y hay que tratarlos como merecen.

No recen por el Sínodo, no recen por Bergoglio, no recen por la Jerarquía que ha claudicado en la doctrina de Cristo y que sólo le interesa en la Iglesia su gran negocio: dinero, sexo y poder.

Multitudes seguirán al Falso Profeta y al Anticristo

caputnigrum

«Multitudes seguirán al falso profeta y su doctrina de demonios…» (Jesús a un alma escogida).

Multitudes siguen a un loco que bendice y mastica hojas de coca.

Y lo siguen con la boca abierta, incapaces para discernir la verdad de las mentiras que, continuamente, lanza por su boca de dragón.

Multitudes han quedado ciegas: ya no pueden ver la maldad como tal. Sólo son capaces de ver su concepto de mal. Y, apoyados en él, levantar la mayor mentira de la historia.

No se puede ser católico sin reconocer quién es Bergoglio.

No te llames católico si tienes a Bergoglio como tu papa.

No digas que perteneces a la Iglesia Católica porque obedeces a Bergoglio como tu papa.

No quieras ser un católico que defienda la tradición defendiendo a Bergoglio como tu papa. Es imposible. Es un absurdo. Es vivir en la locura de la apostasía de la fe.

«… profetiza contra Roma y todos sus seguidores apóstatas, todos los que han dejado de seguir al Verdadero Pastor, para seguir al impostor de Francisco, al lobo vestido con piel de oveja, que seduce con su astucia a  las almas y al clero infiel, que se han dejado prostituir por su tibieza y falta de fe» (Jesús a un alma escogida).

Roma es apostasía. Ya no es la Verdad, el asiento de la Verdad. Ahora, quien siga a Roma sigue la apostasía de la fe. Y cree en esa apostasía.

El verdadero Pastor de la Iglesia Católica es el Papa Benedicto XVI, al que se debe seguir, al que hay que darle la obediencia como papa, porque sigue siendo el Papa, el que representa a Cristo en la tierra, el Vicario de Cristo. Es el que tiene el Poder Divino, el Primado de Jurisdicción en la Iglesia.

Y Bergoglio, el impostor, el lobo, el que se cree papa y no lo es, no tiene Autoridad Divina para hacer lo que está haciendo en la Iglesia. No es la Voluntad de Dios destruir la Iglesia como lo está haciendo ese hombre. El poder de Dios no se usa para destruir la obra de Dios. Quien destruye la Iglesia lo hace con un poder humano.

Todo cuanto hace Bergoglio, ya sean anulaciones de matrimonios, ya publicación de bulas, decretos, constituciones, canonizaciones, etc… no tienen ningún valor ni para Dios ni para la Iglesia Católica.

Bergoglio sólo posee una autoridad humana, la que los masones le han dado para hacer lo que hace en su falso gobierno en la Iglesia. Con esa autoridad está levantando su nueva iglesia, una estructura vieja como el pecado del hombre, llena de todas las herejías de la historia, desde que el hombre es hombre.

Bergoglio es un impostor, un lobo vestido con piel de oveja: parece un Obispo bueno, justo, santo, humilde, pobre… Pero, en la realidad, es un hombre poseído por un demonio, que le mueve para destruir la Iglesia Católica. Lleva más de dos años hablando como un falso profeta, es decir, engañando a todo el mundo, no sólo a los fieles y a la Jerarquía de la Iglesia. Emplea la astucia propia de una serpiente.

Bergoglio es un lobo, que seduce con su astucia de serpiente, a las almas que son de Cristo, para llevarlas a las riberas del protestantismo, del comunismo y de la masonería. Es un lobo que depreda a esas almas, las mata espiritualmente, las incapacita para vivir de fe, una vez que las ha seducido.

Su predicación, su hablar, sólo gira alrededor de estas tres ideas, que son las ideas fabricadas por su mente. Son su locura, porque son imposibles de realizarlas en la vida. Son inútiles para salvar el alma. Son fábulas que la gente se las cree por su gran ignorancia de lo que es un papa y de lo que es la Iglesia. En esa predicación está su astucia de serpiente, está la inteligencia de Satanás.

Bergoglio no posee la fe católica: no puede decir una sola Verdad Absoluta. Para él no existe. En su cabeza humana sólo hay lugar para el relativismo. Y es un relativismo absoluto: no hay lugar para asentarse en ninguna verdad. Su cabeza sólo está regida por el cambio de ideas relativas, por el juego del lenguaje humano. Y coge aquellas ideas o conceptos que le sirven para el momento y para la circunstancia de la vida. Por eso, Bergoglio siempre habla lo que el otro quiere escuchar. Es la perversidad de su mente, que muy pocos han captado.

Bergoglio, siendo un idiota, sabe lo que está diciendo, cómo lo dice y a quién lo dice. El idiota tiene un rasgo común: su perversidad. Lo propio de la mente de Bergoglio es su perversidad: piensa un mal. Nunca va pensar un bien. Él no ve el bien del otro, sino el mal que él quiere conseguir. Es su idea perversa que la camufla en su lenguaje estúpido, pueblerino, el propio de un idiota.

La mente de Bergoglio no da ninguna inteligencia, sino sólo la experiencia de su propia vida, que es siempre perversa. Como vive para un mal, para su mal, lo manifiesta de cualquier forma. Eso no interesa. Lo que le importa a Bergoglio es expresar su perversidad.

«Os pido perdón por las actitudes y los comportamientos no cristianos, incluso inhumanos, que en la historia hemos tenido contra vosotros. En nombre del Señor Jesucristo, ¡perdonadnos!» (Webvaticana)

Esto es ejemplo de su idea perversa.

El movimiento valdense nació de un laico, Pedro Valdés, casado, que metió a sus dos hijas en una abadía, repartió sus bienes entre los pobres y se puso a mendigar por amor de Dios. Hizo un voto de pobreza, tradujo el Evangelio a la lengua vulgar, y se puso a predicarlo por las calles. Vestía humildemente, de todo estaba desprendido, pero cuando hablaba profería cantidad de errores y de impertinencias. Carecía de todo fundamento teológico.

El Concilio de Verona, en 1184, presidido por el papa Lucio III, los anatematizó, envolviendo sus herejías con los cátaros, patarinos, arnaldistas y otros herejes.

Bergoglio, como no puede seguir la Verdad Absoluta, lo que se hizo en el siglo XII queda en la historia, es del pasado. Ya el dogma ha evolucionado. Por lo tanto, ese Papa que los anatematizó tuvo una actitud y un comportamiento inhumano con los valdenses. Hay que pedir perdón. Esta es la idea perversa.

¿Pedir perdón de qué? ¿De cumplir con la Voluntad de Dios en la Iglesia? ¿De discernir entre la verdad y la mentira? ¿De anatematizar a quien se lo merecía?

Para Bergoglio, ya no existe la Justica de Dios, sino la injusticia de los hombres. El Papa Lucio III fue injusto con los humillados y pobres valdenses. Ahora, yo, Bergoglio, el idiota, juzgo al Papa Lucio III y pido perdón a los excomulgados porque a mí me parece bien.

Esto es lo que hay en la mente de ese hombre: su perversidad. Y la manifiesta con un lenguaje sin inteligencia. Dice que pide perdón por los errores, pero no quiere meterse en más. No quiere decir qué errores fueron  y porqué ya no son errores. Y la gente, tan contenta, sigue a este hombre que no habla con inteligencia, sino que habla como un idiota.

Bergoglio lanza su idea perversa: como todos somos hermanos, entonces hay que respetar la mente de los demás, aunque sea errada. Y pide perdón: éste es su imperativo categórico. Ese pedir perdón no está basado en un error que se cometió por la Iglesia Católica. Sólo se basa en la cabeza de Bergoglio, en la idea falsa que tiene Bergoglio de la fraternidad y de la misericordia.

¿Inhumano el Papa Lucio III? No. Él fue justo. Inhumano eres tú que condenas sin tener pruebas, sin basarte en la verdad de los hechos. Hablas solamente para vender tu idea perversa, no para dar inteligencia de una verdad, de un hecho histórico.

Bergoglio seduce al clero, que se ha vuelto infiel a Cristo, que ha dejado de alimentar al Rebaño con la Verdad, para comenzar la política en la Iglesia y conseguir adeptos para levantar una nueva estructura de iglesia.

«Multitudes seguirán al falso profeta y su doctrina de demonios, un gran número de  pastores lo seguirán ciegamente, quedando al servicio del Falso Profeta y del Anticristo, que ya están obrando en este mundo a la vista de todos, pero todos han sido cegados y engañados» (Jesús a un alma escogida).

Son multitudes los que siguen a Bergoglio.

Serán multitudes los que seguirán la nueva estructura de iglesia, que de mano de la misma Jerarquía, de ese clero tibio e incrédulo, se está ya levantando, construyendo sobre una gran mentira, sobre las fábulas que la mente de Bergoglio enseña en la Iglesia.

Todos los católicos que siguen a Bergoglio, que le tienen como su papa, que le obedecen como el que posee autoridad divina, han quedado ciegos para siempre. No sólo para un tiempo, sino para siempre.

«… Yo los vomito de Mi Boca a los tibios de corazón» (Jesús a un alma escogida).

La gente que sigue a Bergoglio como su papa son -todos ellos- tibios, ni fríos ni calientes, sirviendo a dos amos: a Dios y al demonio. Y no quieren dejar de servirlos porque se han creído que la mejor manera de dar culto a Dios es obrar las obras del demonio. En esta falacia caen porque han anulado el pecado. Ya no creen en él. Y, por eso, intentan solucionar todos los problemas del mundo, que son a causa del pecado, con la mente del demonio, con sus obras. Es la ceguera de muchos. No pueden penetrar en la verdad, sino sólo en la mentira, que está en el centro de sus inteligencias.

«Ahora, todos ellos han quedado confundidos, obscurecidas sus mentes y ya nada ven, y nada entienden de la Verdad» (Jesús a un alma escogida).

No hay manera de que entiendan que Bergoglio no es el papa de la Iglesia Católica. No les entra en su cabeza humana. No pueden ver la verdad y no pueden entender de la verdad. Sólo entienden de la mentira. Sólo penetran en la mentira. Sólo ponen caminos para resolver las cosas humanas de la mentira.

«Les ciega su maldad» (Sab 2, 21).

Entender la verdad significa, para estos católicos, un obstáculo que les impide conseguir el fin de lo que más aman: su vida humana.

Estas almas, que van persiguiendo las obras humanas, que quieren estar bien con todo el mundo, agradarles en todo su actuar humano, han perdido la fe. Viven en la apostasía de la fe, es decir, en el alejamiento de la doctrina de Cristo, de la Verdad Absoluta.

Con sus mentes humanas, se han fabricado una fe humana, un nuevo credo, una nueva religión, un nuevo culto a Dios, que esté más acorde a su humanidad. Acomodan todo lo divino, todo lo sagrado, todo lo celestial, a sus intereses humanos en la vida.

Si no tienen fe divina, que es el principio de la vida espiritual, entonces todo gira mirando hacia su creencia humana. Han dejado de tener un recuerdo continuo de los mandamientos de Dios, van borrando de su memoria la ley de Dios, y han caído en la ceguera de la mente.

La luz del entendimiento, la luz de la verdad, sólo se consigue a través de la doctrina y la disciplina. Es el dogma aplicando el corazón a lo que se  enseña. Es poner las palabras de Dios en el corazón:

«Las Palabras que Yo te mando estarán en tu corazón» (Dt 6, 6).

Como esto lo han dejado de hacer -no les interesa ya el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia-, entonces su corazón se cierra a la verdad y su mente queda sin esa luz divina. Queda en lo natural, en lo humano, en la superficie de la vida.

«No olvides las palabras que han visto tus ojos y no caigan de tu corazón en todos los días de tu vida» (Dt 4, 9).

Olvidarse de las palabras de Dios, de su doctrina, de su ley, es fabricar una nueva iglesia en la apostasía de la fe.

«Muchos de sus discípulos apostataron» (Jn 6, 66). En el griego original: caminaron hacia atrás, hacia lo que tenían antes de convertirse.

Muchos católicos están retrocediendo de Dios. Dejan la fe católica, ya no obedecen a los mandamientos divinos, comienzan a obrar no según como son en la Iglesia Católica (sacerdotes, religiosos, fieles), sino como ellos quieren ser.

En toda apostasía siempre hay una voluntad rebelde a lo que manda Dios. Y, por lo tanto, un amor al pecado y un odio a la verdad.

Muchos católicos son ya apóstatas, y eso significa que son inútiles para seguir construyendo la Iglesia Católica.

Sin la fe católica es imposible agradar a Cristo en la Iglesia. Si la gente ya no cree en los dogmas, entonces ya no cree en la Iglesia Católica. Si se pierde la fe, entonces nada dispone el hombre en el mundo que le sea útil para salvar su alma. Y quien no busca salvar su alma está fuera de la Iglesia Católica. Si permanece dentro recibiendo los Sacramentos, sin este deseo divino en su corazón de salvar su alma, entonces sólo vive para destruir la Iglesia con sus obras y sus pensamientos.

«Roma, la Ciudad de las siete colinas, la que me era Fiel y ahora ha dejado de serlo, porque se prostituye, y han llenado de abominaciones el Lugar Santo; han llenado el Cáliz de Oro de blasfemias y prostitución y toda clase de abominaciones, convirtiendo el lugar de la Catedra de Pedro en una guarida de lobos, una cueva de ladrones, y ya nada bueno se escucha en el lugar de la Catedra de Pedro, porque las enseñanzas y la doctrina ya no es la Mia, no está en la Verdad, sino en  la mentira y en el engaño del gran Seductor, que obra y actúa en el falso profeta, quien se sienta en la silla de Pedro».

La que me era Fiel y ahora no lo es: apostasía de la fe.

Y esa Roma infiel, en su pecado de infidelidad, es por su prostitución: fornica espiritualmente con todo el mundo.

Hay dos fornicaciones: la propia del cuerpo y la de la mente.

Quien fornica con su mente, también fornica con su cuerpo. Quien lo hace en el cuerpo, no siempre lo hace con su mente.

La fornicación de la mente significa unir la mente, las ideas propias, a otra mente, a otras ideas, a otras filosofías. Es comulgar con esas ideas extrañas a la fe católica. Es lo que muchos predican: abrir la mente. Se abre la mente a la inteligencia del mal.

Roma se está prostituyendo en la mente: la Jerarquía ha abierto sus mentes para recibir aquellas ideas que van en contra de la Verdad Absoluta.

Cuando se abre la mente a la mentira, automáticamente el corazón se cierra a la verdad.

La mente, para caminar en la verdad, tiene que recibir la luz del corazón, que es la luz de la fe, la luz divina. Es Dios quien enseña al hombre la verdad, lo que es bueno y lo que es malo.

En Roma hay una cabeza que enseña a la gente que el bien y el mal proceden de cada uno. Esto es prostituirse en la mente. Esto se llama la fornicación espiritual. Y esto lleva a meter en la Iglesia, en los Altares, en los Sagrarios, lo abominable.

Allí, en Roma, sólo hay ladrones, lobos y gente mentirosa que vive la vida de su mentira, que construye su vida apoyado sólo en las fábulas de su cabeza.

Bergoglio está enseñando una doctrina de demonios, que no es la de Cristo. Es la propia de su cabeza humana, que no sólo ha fornicado con todas las mentes del mundo, sino que ha quedado loca en sus propias ideas.

El loco es el que da vueltas a su idea constantemente. Esto es Bergoglio. No hay manera de que salga de su idea y pueda ver la verdad. Siempre vuelve a su idea. Siempre busca un pensamiento para afianzarse en su idea.

Bergoglio está en la mentira y en el engaño del gran Seductor, es decir, de Satanás. Este hombre es movido por el espíritu satánico, que es la inteligencia de Lucifer. Lucifer es el orgullo; Satanás es el camino intelectual para obrar ese orgullo.

Después del Sínodo, la obra cumbre:

«El acuerdo del judas de estos tiempos con los ancianos y los maestros de la ley, dentro del Vaticano, está ya por firmarse -acontecimiento que sacudirá fuertemente la Iglesia, provocando más Mi Ira contra su traición y prostitución- en unión con los reyes de este mundo y todos los que les siguen engañados».

El Sínodo es para dar un sí a la doctrina que Bergoglio está enseñando. Una vez que se tenga esa aprobación, viene la firma con los reyes del mundo, con los gobernantes de este mundo, para levantar un nuevo orden mundial.

Se necesita una iglesia universal que apoye ese gobierno mundial. Y esto lo harán los Cardenales, los Obispos, los canonistas que se saben toda la ley pero para hacer la trampa.

«¡Ay de  aquellos pastores que nieguen Mi Verdad, que dejen de seguirme para ir tras el Falso Profeta!».

Esta es la encrucijada de toda la Jerarquía.

Ellos conocen toda la verdad y conocen todas las herejías de Bergoglio. Y prefieren estar callados, mientras hablan los laicos. Son los laicos los que dan testimonio de la verdad en la Iglesia. La Jerarquía es un conjunto de idiotas que sólo miran por su comida y su techo en la Iglesia.

¡Ay de tantos sacerdotes y Obispos que se creen con poder para ocultar la verdad de lo que está pasando en la Iglesia!

¿Quiénes son ellos para enseñar que Bergoglio es papa de la Iglesia Católica?

Son nadie, pero se han puesto por encima de Dios sólo por seguir a Bergoglio. Están detrás de un hombre, que además es un ser sin inteligencia: es un auténtico idiota. Pero lo siguen porque ese idiota les da de comer. Tienen miedo de enfrentarse  a toda la Jerarquía. Tienen miedo de lo que piensen los hombres. No quieren oponerse a los planes de los políticos, que Bergoglio ha abierto en la Iglesia.

Roma se ha vuelto política: un negocio, una revuelta, una cumbre de personajes del mundo que quieren velar por su idea perversa.

Y, desde Roma, se da la orden para que todo el mundo haga la vista gorda y den importancia a la doctrina de Bergoglio. Y es una orden categórica, basada sólo en una falsa obediencia, en una mentira. Es una orden que trae una falsa moralidad: o estás con Bergoglio o te echamos de la Iglesia.

Y la Jerarquía debe seguir callada porque ha sido amaestrada para obedecer la mente de los hombres, no para obedecer la Mente de Cristo.

Son un juguete en las manos de Bergoglio. Por no tener vida sacerdotal auténtica, ahora están que no saben qué hacer. Ven el peligro, pero no saben moverse en ese peligro. Prefieren amoldarse a la situación, como siempre han hecho, y seguir esperando.

Y si ahora es fácil oponerse a Bergoglio, porque ese hombre no le interesa lo que digan de él, sino sólo la publicidad: que la gente hable, mal o bien, pero que hable, que publiquen sus ideas perversas, lo que lanza cada día por las nubes del internet.

Si ahora es fácil, porque no hay persecución, sólo por debajo; después del Sínodo es cuando comienza la verdadera persecución. Y será mucho más difícil salir de esa encrucijada.

«¡Ay de  aquellos que cambien Mi verdadera Doctrina por la falsa doctrina de muerte, inspirada por el mismo Satanás, que entró en el falso profeta!».

No se puede cambiar ni una sola tilde del Evangelio. Y, por lo tanto, no se puede tocar el magisterio infalible y auténtico de la Iglesia. Quien los toque, sencillamente se condena en vida.

Sólo la Palabra de Dios salva al alma. Las palabras de los hombres son las que condenan, las que llevan al alma hacia una vida de maldad, de error, de mentira.

«¡Ay de vosotros sacerdotes, que habiéndome manifestado a vosotros por distintos medios, a través de mis Mensajeros de la Verdad, y  profetas de estos tiempos, se burlan de Mí, Me flagelan en ellos,  y Me ponen a prueba, martirizándome aún más, en lugar de recibir algún consuelo y alivio de sus corazones!».

Nadie de la Jerarquía cree en los profetas. Están cerrados a las enseñanzas del Espíritu en sus sacerdocios. Se creen sabios en sus estudios teológicos. Y por más que no encuentran un camino a su pensamiento teológico, no quieren bucear en los profetas para salir de su mentalidad humana. Y basan todo su sacerdocio en una teología falsa.

Por eso, tienen que dar importancia a la ecología de Bergoglio. Es la única salida que ellos ven a todo el problema teológico del pecado original.

Toda la Jerarquía se burla de todos los profetas que enseñan con claridad que Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica. Acallan Fátima, Garabandal, San Malaquías… Y no quieren escucharlos. De nada les va a servir sus grandes estudios teológicos. No se van a salvar por ellos. Cuando acepten a los profetas, entonces tendrán la luz que ahora rechazan por su soberbia.

Ahora, son los profetas quienes indican el camino de la salvación. Ya no es la Iglesia en la Jerarquía la que guía hacia la salvación. No; ellos condenan, muestran el camino del error.

«¡Ay de vosotros que sois duros de corazón, incrédulos como Tomás, cobardes como Pedro que me negó tres veces!».

Si no veo, no creo: este es todo el lenguaje de muchos católicos. ¿Para qué tienen la razón? Como impedimento para creer. Si la Iglesia oficial no me dice que Bergoglio no es papa, yo no lo creo. Rehuso con mi inteligencia a descubrir la verdad. Mi mente me impide llamar a Bergoglio como impostor. Mi propia mente me condena, es impedimento para la salvación de mi alma.

Tienen que entender primero con su razón y ver lo que no pueden ver. Así viven muchos, y así mueren muchos. Cuando mueren, entonces ven, pero ya es tarde.

Hay mucha dureza en los corazones de los católicos, porque sólo aman la mentira y atacan la verdad.

Un corazón se vuelve duro sólo porque se cierra a la verdad. Si la mente queda abierta a toda mentira, entonces el odio entra en el corazón y se dirige sólo hacia aquellos que enarbolan la bandera de la verdad.

Quien odia la verdad absoluta no puede comprender que no se ame  la mentira.

Hay cantidad de católicos así, con esta manera de pensar. Es el concepto de falsa misericordia: como todos somos hombres y erramos, entonces hay que seguir aguantando, hay que perdonar, hay que ser pacientes, hay que dar espacio para que el que vive mal no esté molesto con nuestro pensamiento que le juzga, sino agradado en comprobar que también entendemos su estado de vida, su pensamiento, sus obras.

Quien va pensado así la vida en sociedad, acaba odiando toda la verdad. Necesariamente tiene que acoger la mentira del mentiroso y verla como un valor en la sociedad y en la Iglesia.

Niegan a Cristo muchas veces, pero ya sin arrepentimiento. Se creen superiores a Pedro porque viven en una sociedad más progresista, más moderna.

Son cobardes, pero no les interesa salir de esa cobardía porque es su fuerza para seguir en su mentira.

«El castigo profetizado contra Roma pagana, beber Ella misma el Cáliz amargo de sus abominaciones y traiciones, la Roma infiel, es también para vosotros, que sois duros de corazón y estáis llenos de tibieza e hipocresía en vuestro servicio sacerdotal».

La Roma pagana es la mujer embriagada con la sangre de los mártires de Jesús: es esa Roma que persigue a los verdaderos católicos porque no pueden aceptar a un idiota como papa.

Y quien lo rechace, también tiene que rechazar toda su absurda doctrina. Y como esta doctrina es la llave para un nuevo orden mundial, entonces resulta que desde Roma viene la persecución de sangre.

Pero «quedará desolada y desnuda, y comerán sus carnes y la quemarán al fuego» (Ap 17, 16). Y eso lo hará el mismo Anticristo, que va a aborrecer a la misma Ramera que le ha servido para engañar a multitudes.

Y este castigo de Roma es para también para las multitudes de católicos que se dejan amaestrar por el loco de Bergoglio. Van a tener lo que han creído, lo que han buscado con sus inteligencias: la maldad.

«Podréis aparentar ser sepulcros blanqueados por fuera y engañar a los fieles que Me buscan en cada uno de vosotros, Mis Amados sacerdotes, pero Yo, vuestro Dios, que todo lo sé y todo lo veo, conozco cada uno de vuestros corazones, y muchos de vosotros sois dobles, sois hipócritas, porque por fuera estáis blancos, pero por dentro estáis llenos de podredumbre».

Es lo que se vive en toda la Iglesia: un fariseísmo brutal. Todos son santos en sus grandes herejías y pecados. Nadie quiere salvar su alma. Todos quieren agradar al mundo.

Medjugorje: gracia extraordinaria para toda la Iglesia.

«Medjugorje, continuación de Fátima, con el mismo llamado a la paz, a la conversión de corazón, a la vida de Gracia» (La Virgen  a un alma escogida).

Muy pocos católicos creen en esta verdad, porque han dejado de creer en Fátima. Fátima pertenece al pasado. Ahora, es necesario construir un futuro con un lenguaje nuevo, adaptado a la moda de los hombres, a sus culturas. Por eso, muchos no creen en la Virgen María, en su obra en el mundo, en su misión divina.

Si la Virgen se aparece en tantos lugares del mundo es que está anunciando la segunda Venida de Su Hijo en Gloria.

Pero, no creen en esto. Sólo creen que esa segunda venida es para el juicio final. Si no han comprendido lo que pasó en el Paraíso, tampoco comprenden el Apocalipsis, que les habla claramente del Milenio.

Y no ven las apariciones de la Virgen como «medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (Ib): no hay reino glorioso si el pecado reina en los corazones como señor. Hay que buscar la verdadera conversión, aquello que pone en camino de salvación al hombre entero, no sólo a su alma. Y, entonces, las apariciones son sólo impedimentos para construir el paraíso en la tierra. Están todos dando vueltas a lo que hay en sus grandes inteligencias humanas, y han quedado embrutecidos en su sabiduría:

«… hay algunos que siempre necesitan novedades en la identidad cristiana y olvidan que han sido elegidos, ungidos”, que “tienen la garantía del Espíritu” y que “buscan: ¿dónde están los videntes, qué nos dice hoy la carta que la Virgen les enviará a las cuatro de la tarde? – Por ejemplo ¿no? Y viven de esto. Esta no es identidad cristiana. La  última palabra de Dios se llama ‘Jesús’ y nada más».

Hay muchos que ponen su mente en el cubo de la basura y se pasan el día repitiendo las necedades y estupideces de Bergoglio. Necesitan esas palabras -tan vacías de verdad, tan llenas de mentira- porque viven buscando las fábulas en sus vidas.

¡Muchos viven del cuento! ¡Y Bergoglio es el mejor cuentista de la historia! En la Iglesia ya ha comenzado el negocio que traen las fábulas de Bergoglio!

La última palabra de Dios se llama la Virgen María. Y nada más y nada menos.

«¡Qué hermosa eres, Amada Mía, qué hermosa eres!… Cintillo de grana son tus labios, y tu hablar es suave… Eres toda hermosa… y no hay en ti defecto alguno…  eres jardín cercado, fuente sellada… fuente que mana a borbotones, fuente de aguas vivas» (Ct 4, 1a.3a.7.12b.15a).

La última palabra es la que es Fuente de aguas vivas, la que da las inteligencias del Espíritu a todos los hombres, la que ofrece al hombre la clave de los Misterios de Dios.

Sabiduría Divina es la Virgen María. Y un hombre se hace sabio porque acepta las palabras de la Virgen María en sus apariciones. Un hombre se vuelve un loco porque desprecia  a la que es toda hermosa, a la que no tiene pecado ninguno, a la que no cae en ningún error en su mente.

Bergoglio es sólo un idiota porque no cree en las apariciones.

Nadie tiene la garantía del Espíritu, porque todos somos siervos inútiles del Señor, que no merecen nada por haber sido elegidos. Nadie tiene el derecho de arrogarse el Espíritu del Señor porque es sólo del Señor, no de ninguna Jerarquía.

Y el Espíritu sopla donde quiere: «todo el que nace del Espíritu» (Jn 3, 8) no está sujeto, no vive de ningún pensamiento humano. El Espíritu lleva a las cosas espirituales,  a buscar la acción de Dios en los corazones humildes. Aquel que busque al hombre porque sólo está vestido de sacerdote o porque sólo cumple un oficio en la Iglesia, no es del Espíritu, no tiene el Espíritu. Dios se esconde a los grandes del mundo y de la Iglesia: a esos que dicen que tienen la garantía del Espíritu. Dios sólo hace maravillas con los que son nada: «¡Hermanos, empecemos de nuevo, porque hasta ahora no hemos hecho nada!» (San Francisco de Asís).

Que ningún insensato loco se atreva a maldecir a la Virgen María, porque la Iglesia vive de esto: de las palabras de la Virgen María. Esta es la identidad de la Iglesia Católica, le guste o no le guste al loco de Bergoglio. Lo entienda o no lo entienda.

La Iglesia ha silenciado a la Madre de Dios en Fátima: ahora, que sufra con las palabras malditas de Bergoglio. Ahí tenéis lo que habéis buscado. Habéis despreciado las palabras de sabiduría divina de la Virgen María, arrastraos -todo el maldito día- para alimentaros de las palabras babosas y blasfemas de un loco de atar, que ni siquiera tiene sabiduría humana. Es más bruto que los brutos.

¡No se juega con la Virgen María! Se la respeta y se la obedece por encima de todas las cosas. Hay que hacer caso antes a la Madre de Dios que a la Jerarquía de la Iglesia.

«Estos son tiempos difíciles para la Iglesia, en donde todo lo que os anuncié se cumple, pues muy despreciada por los hombres he sido, y hoy en día se cuestiona y se pone en juicio Mis Apariciones y Mi Santuario Mariano en Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

¡No hay más tiempo! ¡Se están cumpliendo lo anunciado en las profecías! Y, por eso, es necesario negar toda aparición mariana.

«Serán silenciados todos los videntes auténticos y mensajeros de Dios, y se escucharán los falsos profetas y falsos testigos, que hablan de parte del Enemigo y se levantan contra Dios, contradiciendo Su Ley y Sus Manifestaciones Divinas» (Ib).

Ya lo hicieron con Sor Lucía de Fátima, con las niñas de Garabandal, lo están haciendo con las videntes de Medjugorje, han suprimido Akita, se han olvidado de La Salette, se burlan de Guadalupe, en el Escorial lanzaron una ofensiva política contra todos, y ninguna Jerarquía cree en nada. Cada vez que oyen hablar de mensajes comienzan a despotricar por sus bocas.

«Ha llegado el tiempo profetizado, y de tanto dolor en Mi Corazón como Madre de la Iglesia: ROMA PERDERÁ LA FE, y será consumida en llamas para acabar con su pecado, purificándola de todas sus iniquidades e inmundicias, porque se prostituyó y profanó el Lugar que era tan Sagrado para Dios» (Ib).

Es el tiempo de que Roma pierda la fe. Ya ha llegado. Es el tiempo, profetizado en Fátima, de que en Roma habría dos papas: uno, el verdadero, al cual lo tienen prisionero; otro, un impostor, que prepara a la Iglesia para ser la prostituta del Anticristo.

Es el tiempo de los profetas: ¡ay de aquel que no siga el Espíritu de la profecía! Se va a perder en sus tradiciones, en sus liturgias, en su forma de comprender el magisterio de la Iglesia. Es la mediocridad de muchos: quieren defender la tradición obedeciendo a un falso papa. Al final, van a vomitar la tradición para quedarse con la mente de un pervertido.

Es el «tiempo de confusión para los tibios y los mediocres, pero no para los Verdaderos Hijos de Dios: nada los detendrá ni confundirán vuestros espíritus, impregnados de la Verdad de Dios, de Su Ley y su Verdadera Doctrina» (ib).

Hoy, como ayer, nadie cree en los profetas. Porque así es el hombre: ha nacido incrédulo, por el pecado original, y a pesar de haber recibido la fe, es como Santo Tomás: si no veo, no creo. Si no veo a Roma en llamas, no creo. Si no veo que en el Sínodo sacan una ley en contra de la ley de Dios, no creo. Si no veo cambios en la liturgia, no creo.

¡Es el tarugo mental que tienen tantos católicos llenos de teologías y filosofías!

Sus formas de pensamiento les conducen a la mayor ceguera de todas: no saben discernir los signos de los tiempos. No saben dar el paso en su mente: estamos viviendo el inicio de la Segunda Venida de Jesucristo.

Para que venga Cristo a reinar sobre la tierra, es necesario primero un gran castigo sobre la Iglesia y sobre el mundo. Los secretos de Medjugorje hablan sobre eso. Pero, como no son conocidos por la Jerarquía, entonces hay que silenciar Medjugorje. No pueden actuar como lo hicieron con Sor Lucía: no pueden presentar un mensaje adulterado. Hay que hacer callar a esos videntes o quitarlos de en medio.

«El Ángel del Señor, con la flecha de fuego para herir a Roma, la Ciudad Santa, sólo aguarda la voz potente del que está sentado en el Trono Divino y gobierna todo» (ib).

El castigo es inminente. Castigo de fuego. Castigo para purificar la Iglesia de tanto pecado como hay en toda la Jerarquía. Se lo merecen. ¡Muchos se merecen el infierno! ¡Viven como auténticos demonios encarnados!

Nadie cree en este castigo divino, sino que todos andan buscando cómo salvar el planeta del sobrecalentamiento global, que sólo existe en sus imaginaciones. Y así andan castigando a todo aquel que no se someta a su gran barbaridad intelectual, al gran insulto para la inteligencia humana que es Laudato Si.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para toda la Iglesia:

«Todo el que recibe una gracia extraordinaria debe hacerla fructificar a favor de la Iglesia. Prueba de ello es que los videntes han dicho, a propósito de algunos secretos, que cuando éstos sean revelados, para muchos será ya tarde. Esto significa que la atención está puesta sobre nuestra participación en la acción divina en nosotros, incluida la que se manifiesta en Medjugorje de modo tan extraordinario». (P. Tomislav – Veinticinco años con María).

Quien no acoge la acción de Dios, que se manifiesta de modo ordinario en su vida y de modo extraordinario en Medjugorje (y en otras apariciones marianas), será tarde para él: no podrá encontrar un camino de salvación para su alma.

¡Así está de dura la vida eclesial!

¡Ya no puedes confiar en lo que dice la Iglesia oficial! ¡Roma ha perdido la fe!

¡Es el tiempo de los secretos de Medjugorje! Pero, para que sean revelados, antes hay que silenciar a Medjugorje.

Los videntes han hecho fructificar el don que han recibido. Y muchas personas, a su alrededor, también han participado de esa obra divina en los videntes. Pero, muchos otros, dentro de la Iglesia se han dedicado a no creer: a atacar y a destruir a la Madre de Dios. Y aquel que no sabe discernir dónde está la Virgen María, no puede encontrar nunca a Jesús. Y, menos, sabrá edificar la Iglesia sobre la roca de la verdad. Sólo sabe levantar una iglesia apoyada sólo en el lenguaje humano.

Si la Jerarquía, y los miembros de la Iglesia, hubieran hecho caso a la Virgen María, fuente de aguas vivas, habrían entendido todas las cosas de este tiempo del Anticristo, que es el que se opone a Cristo.

Pero, como han despreciado a la Virgen, también han despreciado a Cristo, y están demostrando su amor al Anticristo: están levantando una iglesia para el Anticristo.

«Pedid por el clero que es impostor, por los judas de estos tiempos que traicionan al Hijo, entregando y traicionando a Su Iglesia.

Dentro de la misma Iglesia se está tramando la Traición de la Misma: el beso de Judas, uno de entre los amigos íntimos del Hijo.

Porque el instante ya está con vosotros, mis hijitos, en que manipularán la Ley de Dios y sus Mandatos Divinos. El hombre malo se hará más malo, y el bueno será más bueno por la Gracia de Dios; y será más piadoso y santo, para ser luz en medio de las tinieblas, que ya van cubriendo la tierra y la Iglesia de Mi Hijo» (La Virgen  a un alma escogida).

El clero es impostor; son judas que van tras la bolsa de dinero; se presentan con una sonrisa en la boca para terminar dando una patada en el trasero a todo aquel que no se someta a las locuras de Bergoglio.

La Virgen María reveló, desde las primeras semanas de sus apariciones, el sentido espiritual profundo de su extraordinaria presencia en Medjugorje:

«Se está desarrollando un gran combate entre mi Hijo y Satanás. Lo que está en juego son las almas de los hombres» (02.08.1981).

La Virgen recuerda lo que está en las Sagradas Escrituras: Ella es la Mujer vestida de sol, que lucha contra el Dragón que se abalanza contra la Mujer que ha dado a luz a un Hijo Varón.

Están en juego las almas, no los estómagos de los pobres. Peligra la salvación  de las almas, no la salvación del planeta para conseguir un paraíso en la tierra. Muchos ya no creen en la resurrección de los muertos y en la vida del mundo futuro, sino que han puesto su esperanza en su comunismo y en su idea masónica del Universo.

Quieren hacer de Medjugorje sólo un lugar de oración, pero no de Aparición. Y Medjugorje no es un lugar de devociones piadosas, sino que es el lugar elegido por la Virgen María para un gran combate espiritual.

«Satanás está rabioso con los que ayunan y se convierten» (15.08.1983).

Luego, Satanás está contento con Bergoglio que no quiere proselitismos: quiere que todo el mundo permanezca en su pecado y dé culto a sus dioses.

En toda aparición mariana hay combate espiritual. Es la primera señal de la Presencia de Dios.

«Os invito a todos de una manera especial a la oración y a la renuncia, porque ahora como nunca antes, Satanás quiere mostrar al mundo su rostro infame con el que arrastrar al mayor número de gente posible por el camino de la muerte y del pecado. Por esto, queridos hijos, ayudad a mi Corazón Inmaculado a triunfar en un mundo de pecado»  (25.09.1991).

En Fátima, la Virgen enseñó a los niños el infierno, para salir del pecado. En Medjugorje, la Virgen sigue haciendo lo mismo: enseña a quitar el pecado.

Medjugorje renueva el mensaje de Fátima, porque ninguna Aparición de la Virgen es para dar algo nuevo que nunca se ha revelado. Sino que es para que la mirada del hombre sea capaz de percibir lo que ha sido revelado, pero que el hombre, por su gran soberbia, por su obstinado orgullo, por su clara lujuria de la vida, no ve ni puede ver, aunque tenga todos los conocimientos filosóficos y teológicos acumulados.

Toda la Jerarquía que gobierna la Iglesia vive en sus pecados, en su mundo de pecado. Y lo saben. Tienen los caminos para quitar el pecado y no los siguen. Entonces, la consecuencia es lógica: acallemos unos mensajes que hablan de la oración, del ayuno, de la renuncia para que el hombre quite sus pecados. Si no son capaces de seguir el catecismo de la Iglesia, que les enseña a luchar contra el pecado, menos son capaces de seguir las palabras de la Virgen que les enseña lo mismo.

«No dudéis en recibir el mensaje, que es mensaje del Cielo, si se os llama a la oración, a la penitencia, al ayuno y las obras de piedad. No temáis recibir con gratitud ese mensaje porque son medios para vuestra verdadera conversión y salvación» (La Virgen  a un alma escogida).

El hombre no sabe ver el mundo espiritual: no sabe convertirse al mundo de Dios. Sólo sabe vivir su mundo humano, su mundo racional, que es totalmente limitado, oscuro. Y, por eso, la Virgen se aparece para mostrárselo al hombre como es.

Muchos desprecian las apariciones porque no han comprendido el camino espiritual de la Iglesia. Se han quedado en el camino humano: lo que los hombres, la Jerarquía, dice o no dice. Y no salen de esas medidas humanas, porque tampoco saben obedecer a la Jerarquía. Siempre caen en el falso respeto y en la falsa obediencia a una Jerarquía que ha perdido la fe, que cuando habla sólo le interesa poner de relieve el temor de las revelaciones privadas para la vida eclesial.

Así son muchísimos católicos: tienen miedo de enfrentarse a una aparición de la Virgen, porque no quieren salirse de sus medidas humanas. Están tan metidos en su mente, en sus ideas, en sus malabarismos intelectuales, que ven extraño que Dios hable o que la Virgen se aparezca en algún lugar para repetir lo que ya saben.

Viven en su sueño de que ellos son mejores que muchos católicos que van buscando, aquí y allá, mensajes para su vida espiritual. Ellos, con sus dogmas, con sus tradiciones, con sus santos, acaban haciéndose unos sepulcros blanqueados.  Y sólo saben criticar a todo aquel que cree en una revelación privada. Sólo saben llenarse la boca de desprecios a la Virgen, anulando sus apariciones, para después hablar con orgullo, con palabras medidas sobre las excelencias de la Virgen.

Si la Virgen se aparece en Medjugorje, ¿quién es el hombre para negar esta verdad? ¿Quién puede comprender los designios de Dios?

«Queridos hijos, hoy, como nunca antes, os invito a la oración… Satanás es fuerte y desea destruir no sólo la vida humana, sino también la naturaleza y el planeta en el que vivís. Por esto, queridos hijos, orad para estar protegidos a través de la oración con la bendición de la paz de Dios. Dios me ha enviado a vosotros para ayudaros. Si queréis, coged el Rosario, ya sólo el Rosario puede hacer milagros en vuestra vida» (25.01.1991).

Sólo es el Rosario el que hace milagros: la oración a la Virgen María. Lo demás, no sirve para levantar este mundo lleno de pecado.

Quien sostiene a la Iglesia es el Rosario. No es la Jerarquía que obedece a un falso papa: ellos están destruyendo a la Iglesia.

Sólo los humildes de corazón saben luchar contra satanás para que las puertas del infierno no prevalezcan contra la Iglesia.

La gente humilde, con el Rosario en la mano y en el corazón, es la que edifica la Iglesia, la que levanta la Iglesia y la lleva a donde Dios la quiere.

Los demás, están perdidos en su falsa sabiduría humana. No acuden a la Fuente de aguas vivas, que es la Virgen María en todas sus apariciones.

¡Todos tienen miedo de defender las apariciones marianas! ¡Todos se apuntan al carro del relativismo!

Dios quiere realizar por medio de la Virgen María un gran plan de gracia para salvar las almas del objetivo central que tiene Satanás:

«Yo estoy con vosotros también en estos días inquietos, en los que Satanás quiere destruir todo lo que yo y mi Hijo estamos construyendo… Satanás quiere destruir todo lo que hay de santo en vosotros y en vuestro entorno. Por esto, hijitos, orad, orad, orad…» (25.09.1992).

Porque «no es nuestra lucha contra la carne y la sangre,… sino contra los espíritus que se mueven en los aires» (Ef 6, 12), que quieren destruir todo el planeta, no sólo las almas.

Y, para vencer en esa lucha, la Virgen María dictó a Jelena cómo vestirse de la armadura de Dios:

1. Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados. Evitad la televisión, sobretodo las transmisiones nocivas. Los deportes excesivos, el placer excesivo de la comida y las bebidas, el alcohol, el tabaco.
2. Abandonaos a Dios sin reservas.
3. Desterrad definitivamente cualquier tipo de angustia. No hay lugar para la angustia en el corazón de quien se abandona a Dios. Las dificultades subsistirán, pero servirán para el crecimiento espiritual y darán gloria a Dios.
4. Amad a vuestros adversarios. Desterrad el odio del corazón, la amargura, los juicios, los prejuicios. Orad por vuestros adversarios e invocad la bendición divina sobre ellos.
5. Ayunad a pan y agua dos veces por semana. Reuníos en grupo al menos una vez a la semana.
6. Consagrad a la oración al menos tres horas cada día, de las cuales al menos media hora por la mañana y media hora por la tarde. En este tiempo de oración están incluidos la Santa Misa y el Rosario. Reservaos momentos de oración a lo largo del día y recibid la Santa Comunión siempre que os sea posible. Orad con gran recogimiento. No miréis continuamente el reloj, más bien dejaos guiar por la gracia de Dios. No os preocupéis demasiado de las cosas de este mundo, confiando todo, en la oración, a nuestro Padre celestial. Cuando uno está demasiado preocupado, no puede rezar porque falta la serenidad interior.

Dios contribuirá a conducir a buen fin las cosas terrenas, cuando uno se esfuerza por abrirse a las cosas de Dios. Aquellos que van a la escuela o al trabajo deben rezar media hora por la mañana y media hora por la tarde y participar, si es posible, en la Eucaristía. Es necesario extender el Espíritu de oración al trabajo cotidiano, es decir, acompañar el trabajo con la oración.

7. Sed prudentes, porque el demonio tienta a todos aquellos que han decidido consagrarse a Dios y sobretodo a ellos. Les sugerirá que rezan demasiado, que ayunan demasiado; que deben ser como los otros jóvenes y buscar los placeres. ¡No deben escucharlo ni obedecerle! Deben prestar atención a la voz de la Virgen. Cuando su fe se haya consolidado, el demonio ya no conseguirá seducirlos.
8. Orad mucho por el obispo y por los responsables de la Iglesia. No menos de la mitad de sus oraciones y de sus sacrificios deben consagrarse a esta intención. (“Messagi e pedagogia di Maria a Medjugorje” de R. Laurentin – R. Lejeune)

Las reglas que la Virgen María dictó a los jóvenes del grupo, ¿no están totalmente de acuerdo con la doctrina de Cristo y con el magisterio de la Iglesia? Entonces, ¿por qué dicen que estas apariciones son falsas? ¿En qué se fundamentan?

Todo el problema es éste: han dejado de creer en la Palabra de Dios. Sólo creen en sus palabras humanas, que las hacen oficiales. Oficializan su incredulidad

«…muchos oran, pero poquísimos entran en la oración» (La Virgen a Jelena). Muchos católicos están toda su oración en el run-run de su mente humana, dando vueltas a sus ideas magníficas, creyendo que oran cuando sólo están hablando consigo mismo. Y están así sólo por una cosa, que es la primera regla del grupo: «Renunciad a todas las pasiones y deseos desordenados». No han renunciado a sus pasiones y a sus grandes apegos humanos.

Quien se entrega al pecado, no puede entrar en la oración. Sólo el que renuncia a los pecados, el que los arranca de su alma, tiene la capacidad de entrar en la Presencia de Dios.

Toda esa Jerarquía que quiere negar Medjugorje es gente que no reza, porque vive muy a gusto en sus grandísimos pecados de herejía, de apostasía de la fe y de cisma.

Medjugorje es una gracia extraordinaria para la Iglesia que la misma Iglesia ha despreciado. Gracia que no puede fructificar allí donde no hay fe.

Si Fátima abría a la Iglesia el camino hacia el Reino Glorioso de Cristo, Medjugorje lo descubre en su plenitud.

«Todo lo que se oponga a la Cruz y al sufrir con Cristo, no es de Dios, viene del príncipe de las mentiras.

Toda enseñanza contraria al Evangelio que les predicó Mi Hijo, y os dejó en herencia y por medio del testimonio de los primeros Apóstoles, que sea cambiado o manipulado, viene del Enemigo, el diablo, y debéis negaos a consentir todo error, toda herejía que contradiga la Palabra Divina. No provoquéis al Santo de Dios, para que no os veáis atribulados por ver el Juicio Divino sobre vosotros, que consentís el pecado» (La Virgen  a un alma escogida).

Combatan a toda esa jerarquía que combate las apariciones de la Madre de Dios. Ellos no son de la Virgen, aunque tengan en sus bocas el nombre de Ella. Lo toman en vano, para su gran negocio en la Iglesia.

Es tiempo para que los videntes de Medjugorje dejen de predicar que Bergolio es papa y defiendan la gracia extraordinaria que la Virgen les ha dado. Si no lo hacen, comprometen la misma aparición. Es la Cruz, la vida crucificada lo que da la fuerza para esto:

«La Cruz será un signo de esperanza y salvación para muchos, que se verán obligados y limitados a mantener viva esta devoción a Mis Apariciones, en ese lugar de Medjugorje» (La Virgen  a un alma escogida).

 

El cuerpo místico del Anticristo

«Mira con desprecio lo más alto; es Rey de todos los soberbios» (Job 41, 25).

El Anticristo es la cabeza de todos los hijos del demonio, de todos los soberbios.

Nuestro constante enemigo es el diablo. Y hay que pedir al Señor que Él nos libre de la bestia que es más fuerte e inteligente que nosotros. Jesús nos enseñó a pedir al Padre: «Líbranos del malo», es decir, de Satanás.

El demonio siempre habla la mentira, porque es mentiroso. Siempre la obra, porque no puede pensar la verdad. Es padre de la mentira: engendra la mentira en su inteligencia demoniaca. Engendra soberbia.

Y todos los que se ponen bajo su yugo, son mentirosos y obradores de la iniquidad.

Cristo ha derrotado al diablo y ha dado a las almas los instrumentos para que también lo derrote. Arrojar al demonio de la vida es signo de que ha llegado el Reino de Dios. Pero vivir con el demonio en la vida es signo de pertenecer al Reino del Anticristo.

«El Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados» (Col 1, 13). Pero, son muchos los que viven en la Iglesia bajo el poder de las tinieblas. Y es sólo por culpa de ellos, porque no viven la gracia de los Sacramentos. Se hacen cuerpo místico del Anticristo.

El Sacramento es la acción misma de Jesucristo en el alma: es la obra de Cristo donando  la gracia que necesita el alma.

Las personas se casan, pero no dejan que el Espíritu de Cristo obre en sus matrimonios con la gracia del Sacramento; las personas reciben la Eucaristía, pero impiden que Cristo las una a su vida gloriosa; las personas se bautizan, pero no siguen al Espíritu de filiación para dejar el hombre viejo y transformarse en un hombre nuevo; las personas se confirman, pero no luchan bajo la bandera de Cristo, sino que se pasan al Enemigo con las obras de sus pecados.

En cada Sacramento obra Cristo: es una obra divina, santa, perfecta. Pero, necesita de la colaboración del alma, de su disponibilidad, de la obediencia del alma a la Voluntad de Dios.

Nadie se puede salvar sin los Sacramentos:

«Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que sin ellos o sin el deseo de ellos los hombres alcanzan de Dios la gracia de la justificación sólo por la fe, aunque no todos los sacramentos sean necesarios para cada uno de los hombres, sea anatema» (Conc.Tridentino en la ses. 7 cn. 4 – D 847).

No todos los sacramentos son necesarios para todos los hombres, pero nadie se puede salvar sin los sacramentos.

Los hombres necesitan los Sacramentos para salvarse. No sólo los miembros de la Iglesia Católica, sino todos los demás hombres del mundo. Esta es una verdad que el hombre ha olvidado de contemplar, de meditar, de vivirla.

Por eso, es necesario saber administrar bien los Sacramentos y tener las debidas disposiciones para recibirlos.

Los hombres se condenan, o porque los ministros administran mal los Sacramentos, o porque las almas no los reciben adecuadamente.

Bautizar a un bebé de personas homosexuales o lesbianas, es condenar al bebé. Se recibe el Sacramento del Bautismo, pero no se pone el camino para que ese bebé sea hijo de Dios.

Si la persona homosexual o lesbiana ha convertido su bautismo en una abominación, en un instrumento del demonio; si vive en su hombre viejo, dando culto a sus pecados, en contra de la ley natural, entonces ¿qué va a enseñar al bebé que bautiza? Le va a educar en su mismo pecado, en su misma abominación. ¿Para qué lo bautiza? Para condenarlo.

Nadie se puede salvar sin los Sacramentos; pero es necesario vivirlos, no poner un óbice.

La gracia se confiere al alma en virtud del sacramento, no por la disposición del que lo recibe, no por la obra del que lo administra. Pero el alma no recibe la gracia si hay un impedimento, un obstáculo, ya la conciencia de estado de pecado mortal, ya la falta de arrepentimiento interno.

León XIII (D 1963): «los sacramentos significan la gracia que realizan y realizan la gracia que significan».

Los Sacramentos confieren la gracia que significan. Es la gracia sacramental, que es distinta en cada Sacramento. Cada Sacramento significa una gracia distinta. En cada Sacramento hay un amor distinto, una vida divina distinta, una verdad que cada alma debe buscar y contemplar.

El Bautismo significa la gracia de ser hijo de Dios, de pertenecer a la familia de Dios, de ser regenerado, engendrado de nuevo, nacido de agua y del Espíritu. Con él se entra en el Reino de los Cielos, pero eso no significa estar salvado.

El bebé que se bautiza de un homosexual no está salvado. Entró en el Reino de los Cielos, pero ¿quién le va a enseñar a conquistarlo? Nadie. Va camino de condenación.

Quien no viva este Sacramento, entonces sale del Reino de los Cielos y entra en el Reino del demonio. De participar de la naturaleza divina se pasa a participar de la naturaleza del demonio. El hijo de Dios se transforma en un hijo del demonio.

Sólo hay dos bandos en el mundo: los hijos de Dios y los hijos del demonio. Y están perpetuamente enemistados:

«Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu descendencia y la suya. Ésta te aplastará la cabeza, mientras tú le morderás el calcañal» (Gn 3, 15).

La descendencia de los hijos de Dios, que son los que vienen de la Mujer, los que siguen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, siempre están combatiendo a la descendencia de los hijos de Satanás, que son los que siguen el pecado de herejía, que comenzó en el Paraíso y que se ha ido trasmitiendo, de generación en generación, hasta nuestros días.

Y son los hijos de Dios los que aplastan la cabeza de la herejía de los hijos de Satanás.

Una Iglesia que no luche en contra de la herejía no pertenece al Reino de Dios. Sus miembros no son hijos de Dios, sino hijos de Satanás.

¡Cuántos católicos son hijos de Satanás! Su Bautismo no lo viven: no mueren al hombre viejo, sino viven para obrar el pecado en sus vidas. Esos católicos pertenecen al Anticristo y no pueden salvarse. Sólo por su Bautismo, por no vivirlo, se condenan.

¡Muchas personas no saben lo que son los Sacramentos!

Si no eres capaz de vivir tu Bautismo, entonces no puedes entrar en el Reino de los Cielos. Estás fuera, aunque tengas el sello del Bautismo. Estás viviendo un mundo adecuado a tu vida humana: te casas, comulgas, te confiesas,… pero eres un hombre viejo. Piensas como los hombres, obras como ellos, vives según el estilo mundano, propio de un pagano. ¿De qué te sirven los otros Sacramentos si no eres un hijo de Dios, si no piensas como Dios lo hace, si no obras con Su Voluntad?

¿Por qué, ahora, todos están buscando que se dé la comunión a los malcasados, que se case a los homosexuales…? Porque no viven Su Bautismo. Entonces, los demás Sacramentos son sólo una función social, un cumplimiento que hay que vivir en la cultura de cada uno, una vida que no tiene ningún sentido divino.

El Cuerpo místico del Anticristo comienza en las almas que no viven su Bautismo. Aquí se inicia una participación del alma en la vida del demonio. El mundo pertenece al demonio. La mente humana es trabajada constantemente por el demonio. Quien no tenga el pensamiento divino como hijo de Dios, tiene sólo el pensamiento del demonio. Se va transformando en un hijo de Satanás.

La Confirmación significa la gracia de ser soldado de Cristo, de estar bajo la bandera de Cristo. Se otorga el Espíritu Santo para ser Soldado de Cristo, para estar en el mundo sin ser del mundo, batallando para conquistar el Cielo, luchando contra el demonio que quiere sacar al alma del Reino de los Cielos. Es un Sacramento que merece otro tipo de gracias, según la pelea que cada alma realice en su vida espiritual.

Por la Confirmación, el alma lucha por permanecer en el Reino de Dios, conquistando cada día el Cielo, mereciendo, con sus obras, la salvación y la santidad de vida.

Quien no lucha contra el mundo, ni contra el demonio ni contra la carne, entonces es un soldado del Anticristo. O se está bajo la bandera de Cristo o bajo la del Anticristo. Pero, no se pueden servir a dos señores. No se puede tener dos pensamientos. No se puede vivir una doble vida. O con Dios o con el demonio. O realizando las obras de Dios o llevando a cabo las obras del demonio.

El bautizado que no viva su bautismo, tampoco puede vivir su confirmación. Es imposible. Una gracia lleva a otra gracia:

«De su plenitud, todos hemos recibido gracia tras gracia» (Jn 1, 17). La gracia del Bautismo necesita la gracia de la Confirmación. No se puede entrar en el Reino de los Cielos y no conquistar ese Reino, no luchar por ese Reino. Es un absurdo. Y en este absurdo viven muchos católicos.

Quien no vive conquistando el cielo, vive conquistando el mundo. A esto se dedican muchos hombres y muchos católicos cada día. Sólo viven deseando las cosas terrenales, buscando un paraíso perdido acá en la tierra. Viven con el sueño de un futuro feliz que no existe en la realidad de la vida. Viven para una justicia social, para un derecho humano, para un amor al hombre. Pero se olvidan de la justicia divina, del derecho divino sobre todo hombre y del amor divino que todo hombre tiene que obrar en su vida.

No luchan para quitar el pecado que ofende a Dios, sino que luchan para resolver los muchos problemas de la vida que molestan a los hombres.

No luchan en contra de la mentira ni del error, sino que se pasan la vida relamiéndose con sus ideas relativas, que son los motores de sus obras de iniquidad.

Los que no viven su confirmación son los que destruyen la Iglesia Católica desde dentro. Son los falsos católicos, soldados del Anticristo, que enarbolan la bandera de la herejía y de la apostasía de la fe. Si no se lucha en contra del demonio, se lucha en contra de Cristo. Quien no está con Cristo, está en contra de Él.

Los falsos católicos son soldados que se ponen al mando de la falsa jerarquía, la cual utiliza su poder para levantar el culto al demonio dentro de la Iglesia.

El Orden significa la gracia de ser otro Cristo, de realizar las mismas obras de Cristo, de llevar a los miembros del Cuerpo de Cristo al Cielo. Es la gracia del poder de Dios en los hombres. Poder para salvar y santificar a las almas.

La Jerarquía es la idónea para llevar a cabo los actos legítimos en el culto verdadero a Dios. Por esos actos santifican a los hombres y se da a Dios la gloria que merece.

Cuando la Jerarquía hace de su ministerio una obra humana, mundana, social, terrenal, entonces están llevando a las almas hacia la condenación. Su Poder se transforma en condenación.

Es la Jerarquía la que enseña el culto a Dios.

Por eso, es una aberración congregar a más de 80 personas con sus respectivos chiguaguas dentro de una iglesia para realizar una ceremonia a un perro:

«Esta será una ceremonia de perros. Su cuerpo no estará allí, porque él va a ser embalsamado, pero nosotros llevaremos su pequeña camita blanca, con una foto puesta debajo. Hemos pedido difundir su CD, con la canción “yo soy Miss Chiguagua”. El sacerdote tomará la palabra para contarnos la vida de Miss chiguagua. Todos están bienvenidos» (video).

El sacerdote Francisco Lallemand ofició un culto al demonio: una falsa liturgia de la palabra fúnebre por un perro. Ningún animal tiene obligación de dar culto a Dios: no tienen conocimiento ni voluntad para relacionarse con Dios. Cuando se mueren, se aniquilan. Se rezan por las almas racionales, no por las almas sensitivas, irracionales. Un perro no tiene dignidad. El sacerdote usa su poder para confirmar a esas mujeres en la idolatría a sus perros. No les enseña lo que es un perro. No les enseña a no orar por sus perros. No les enseña el verdadero culto a Dios. De esta manera, se va haciendo el cuerpo místico del Anticristo.

El sacerdote está para poner el culto a Dios, para enseñarlo, para llevar a las almas hacia la adoración a Dios.

El Cardenal Vincent Nichols celebrará una misa para los católicos homosexuales este domingo 10 de mayo en el centro de Londres. Esta Misa señala el reino del Anticristo.

No se hace una misa para dejar a los homosexuales en sus vidas de pecado. Se hace una misa para convertirlos, para indicarles el camino de la salvación.

Pero la jerarquía falsa tergiversa el culto a Dios y pone el culto al hombre, a los animales. Si no son sacerdotes que combatan, en su bautismo, contra su hombre viejo; si no son sacerdotes que luchen, en su confirmación, contra el demonio, que ataquen los errores de los hombres en el mundo, que enseñen la penitencia para expiar los pecados, entonces esos sacerdotes no pueden vivir la gracia del orden. Y se dedican a hacer estas cosas. Y son los más culpables, porque todos los demás los imitan, los siguen. El poder que tienen de Dios es instrumento para condenar las almas.

Los tres Sacramentos principales son: Bautismo, Confirmación y Orden.

Las personas viven buscando recibir la comunión, pero se olvidan de que constantemente tienen que nacer de nuevo, quitando el hombre viejo, a base de oración y de penitencia. Se olvidan de luchar contra el demonio, contra las pasiones de su naturaleza humana, contra los errores y herejías que hay en el mundo y en la Iglesia.

¿De qué sirve comulgar si después llamas a Bergoglio como tu papa?

Recibes la Eucaristía, pero no obras tu Confirmación: no luchas en contra del hereje.

Te unes a Cristo en la Eucaristía y te unes a un hereje como cabeza de la Iglesia.

¡Este es el absurdo en que viven muchos católicos!

No se pueden servir a dos señores. O estás con Cristo o estás con Bergoglio, que es el bufón del Anticristo. No puedes estar con ambos.

La Eucaristía significa la gracia del amor divino, que alimenta al alma para que pueda alcanzar la santidad propia de Dios. Es la vida y la unión con Jesucristo. Una vida divina y una unión mística con Él.

Jesucristo es la Cabeza Invisible de la Iglesia. Y quien se une a Jesús en la Eucaristía, se une a la Cabeza visible de la Iglesia, de una manera mística: está unido al Papa verdadero y legítimo. No puede unirse a un usurpador, a un hereje, como su papa. No puede llamar a un hereje como su papa. Es una aberración. Y si se somete a él, entonces cae en el mismo pecado de ese hombre: pecado de herejía, de cisma y de apostasía de la fe. Y pertenece ya a la iglesia que encabeza ese hombre, que es la iglesia del anticristo, formando el cuerpo místico del Anticristo.

Quien no discierne lo que comulga, entonces se come su propia condenación.

¿Comulgas para seguir en la obediencia a un hereje? Te comes tu propia condenación.

Si vas a seguir en la obediencia a ese hereje, entonces te conviene no comulgar, porque no se puede dar lo santo a los perros (cf. Mt 7, 6).

¡Pocos han entendido lo que significa el cuerpo místico del Anticristo! ¡Pocos saben cómo se va formando! Y lo pueden ver cada día en la obediencia que muchos dan al hereje Bergoglio.

«En Él también vosotros…fuisteis sellados con el sello del Espíritu Santo prometido…» (Ef 1, 13); «habéis sido sellados para el día de la Redención» (4, 30).

En los Sacramentos también aparece el carácter, un signo espiritual e indeleble. Por este signo se distinguen los fieles de los infieles, y a los fieles entre sí.

El Bautismo es «una señal dada por Jesucristo a los fieles, así como el Anticristo dará a sus seguidores el signo de la bestia» (San Hipólito).

Jesucristo sella a sus fieles, formando una Iglesia «distinguida por el sello insigne» (Abercio – R 187). La Iglesia verdadera es la que tiene el sello de la verdad.

Este sello permanece en el alma aunque ésta haya caído en la apostasía, aunque se haya convertido en un hereje o produzca un cisma.

El carácter dispone al alma para la gracia sacramental, pero no da la gracia, no la exige. Configura al alma que lo posee con Jesucristo, poniendo en ella una triple misión, una triple obra que el alma tiene que realizar con la gracia del Sacramento.

Así, en el carácter del Bautismo, el alma se configura en la obra de la Redención de Jesucristo. El alma tiene una disposición para morir a todo lo humano y para sufrir por Cristo.

En el carácter de la Confirmación, el alma se dispone a la batalla, al padecimiento que viene de los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Por ese sello, la vida espiritual significa una lucha espiritual continua hasta la muerte para perseverar en la gracia obtenida, para merecer otro tipo de auxilios divinos en la vida.

En el carácter del Orden, el alma se configura con Cristo Sacerdote, con Su Obra en la Iglesia. Es un carácter sólo para los varones, no para las mujeres. Y los distingue de los laicos. Por este carácter, el sacerdote tiene el deber de sobresalir por encima de los demás. Es decir, tiene que vivir una vida auténticamente de Cristo, en santidad.

Tener el carácter no significa obrar la gracia. No perfecciona al alma que lo posee. Es un sello, es un grabado, un adorno en la sustancia del alma, que no puede destruirse en vida. Es un sello eterno que va a distinguir a las almas.

Tener el carácter no significa pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo. Es necesario obrar la gracia del sacramento. Si no se obra, entonces el Anticristo sella a esas almas ya selladas por Cristo.

El carácter es el sello de pertenencia a Cristo: el alma es de Cristo, porque éste la ha comprado con Su Sangre.

Pero el sello del Anticristo consiste en arrebatar las almas a Cristo. Y esto lo hace el demonio de muchas maneras, pero sobre todo haciendo que el alma no viva la gracia del Sacramento.

Y esto es lo que se observa en todas partes en la Iglesia: católicos que usan los Sacramentos indignamente; jerarquía que los administran sin la Voluntad de Dios, sin cumplir la ley divina. Sólo encuentran la condenación para sus vidas. Y, de esa manera, van formando el cuerpo místico del Anticristo, la falsa iglesia universal, en donde el pecado es el rey de los corazones y el demonio la cabeza de las mentes soberbias.

Hacia la destrucción del magisterio auténtico e infalible

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Francisco Bergoglio no es el Papa de la Iglesia Católica.

Esta es la verdad que nadie sigue. Todos, de alguna manera, tienen a ese hombre como su papa, su jefe, su hombre que lidera su iglesia.

Desde la renuncia del Papa verdadero y legítimo, Benedicto XVI, la Iglesia está sin Cabeza visible. Sólo está manejada por una Jerarquía, que infiel a la gracia que han recibido, impone un magisterio totalmente herético y contrario al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

No hay Cabeza visible, no hay Iglesia visible.

Esto es muy importante discernirlo para no caer en tantas desviaciones como existen, hoy día, en la Iglesia.

«Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia».

Pedro es una persona física en la Iglesia. No es una persona moral. El Papado o la Santa Sede es una persona moral.

Jesús levanta Su Iglesia sobre una persona física, no sobre una persona moral. La Iglesia no está en la Santa Sede, no está en el Vaticano, entendido como una estructura externa moral. La Iglesia está en Pedro.

Si se quita a Pedro, su gobierno vertical en la Iglesia, entonces se quita la Iglesia: la Iglesia desaparece. Pero desaparece en Pedro; no desaparece en Jesús.

La Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo: es Jesús y sus almas. Eso es la Iglesia.

La Iglesia es una Persona Divina: el Verbo Encarnado; que ha realizado una obra divina, una obra de Redención: ha salvado a las almas de las garras del demonio y las ha unido a Él. Con una unión mística y espiritual. Una unión que no se puede explicar con el lenguaje humano, porque es la Obra del Espíritu de Dios en cada alma.

Jesús ha dado Su Carisma al hombre Pedro, para que gobierne y lleve a todas sus almas hacia la Verdad del Evangelio. Y en Pedro está todo el Poder Divino para realizar esta misión divina.

Quitaron al Papa legítimo Benedicto XVI, con el fin de colocar a su hombre. A ese hombre le ponen el nombre de Papa; un falso nombre. Y ese hombre tiene la función de destruir toda la Iglesia.

Se destruye la Iglesia aniquilando su magisterio auténtico e infalible. Es la única manera de hacer desaparecer la Iglesia: se quita su doctrina.

Para hacer esto, es necesario reemplazar esa doctrina auténtica por una falsa, que parece auténtica en lo exterior de las palabras, del lenguaje humano, pero que es manifiestamente herética.

El gran triunfo de la masonería es haber estado bombardeando, durante 50 años, la doctrina  de la Iglesia atacando dos cosas principales: la vida interior (la fe) y la vida exterior (la liturgia).

Si hay crisis de fe, entonces la esperanza y el amor van desapareciendo del corazón de las almas. Las virtudes, como la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza, ya no se ejercitan, sino que dan paso a los vicios contrarios. Y aparecen la desobediencia, la impureza, la impaciencia, la impiedad y el orgullo.

Si se dan estos vicios, entonces el alma ya no siente el deseo de Dios, el hambre y la sed de buscar la Voluntad de Dios para su vida, sino que se abre al deseo del mundo, de lo material, de lo humano. Se vive para construir un mundo humano, bello, perfecto, pero en donde no está la ley de Dios, porque los hombres se han olvidado de arrepentirse de sus pecados, de expiar sus pecados y de vivir luchando contra ese pecado que favorece la apostasía de la fe: la soberbia. Si no hay humildad en las almas, éstas viven, se alimentan y desean los innumerables pensamientos que conciben en su mente, y que el demonio pone.

Sin vida interior, en la crisis de fe, está la crisis de la gracia. La Gracia es el alma del alma. Es la vida sobrenatural en el alma. Sin esa vida, sin esa imagen y semejanza de Dios en el alma, aparece en ella la ausencia de Dios. Y el alma ya no posee esa vida divina, sino que comienza a poseer una vida extraña espiritualmente: la misma vida del demonio en el alma.

O el alma está con Dios o está con el demonio. No se pueden servir a dos señores al mismo tiempo. Si no hay semejanza espiritual con Dios, la hay con el demonio.

Si el alma pierde la vida sobrenatural, entonces el alma vive en la oscuridad, en la tiniebla de la vida preternatural, que es la propia del demonio. Y se alimenta y desea esa tiniebla: desea el pecado, vive de su pecado, ama su pecado. Lo mismo que hace el demonio.

Esta crisis de fe, que es crisis de vida interior, está en toda la Iglesia: es un gran mal, que hace de la Iglesia un cadáver en putrefacción. Las almas viven en estado de pecado actual: viven muertas espiritualmente. La obra de la Redención es inútil para ellas. Esas almas vuelven, de nuevo, a crucificar a Cristo. Ya no viven para quitar sus pecados, sino que viven para obrar sus pecados.

La doctrina de la Iglesia, auténtica e infalible, sigue ahí; pero nadie la vive, nadie la pone en práctica. Todos viven otra cosa diferente a esa doctrina. No se ha cambiado la doctrina, pero las almas han dejado de conocerla y practicarla.

Y esta falta de conocimiento en las almas es porque la Jerarquía de la Iglesia, los sacerdotes y los Obispos, ya no predican, ya no enseñan ese magisterio auténtico e infalible. Predican y enseñan otras cosas, que son más agradables a las almas. El pecado, el purgatorio, el infierno, la mortificación, la humildad, etc… son temas que se olvidan para poner en la memoria otros temas más importantes y relevantes para la vida del hombre.

Si hay crisis de fe, crisis de la gracia, habrá crisis en la vida de los sacramentos. Sin los Sacramentos, las almas no pueden salvarse: éstos están ligados a la Obra de la Redención. Son los frutos de la Cruz de Cristo. En ellos está todo el misterio de la vida de la gracia en las almas.

Con los Sacramentos, el hombre se vuelve espiritual. Deja la vida humana para dedicarse a un objetivo divino que le da la gracia del Sacramento. Sin Sacramentos, la vida del hombre carece del sentido divino. Y, por lo tanto, el hombre sólo se pone un sentido: el suyo, lo humano, lo material, lo carnal, lo natural…

Con los Sacramentos, los hombres tienen todos los medios, no sólo para salvarse, sino para defenderse de todos los males. Es decir, para vivir una vida sin pecado actual, haciendo en cada instante la Voluntad de Dios.

Sin la vida sacramental, el hombre vive su vida de pecado actual y, por lo tanto, hace en cada segundo lo contrario a la Voluntad de Dios.

Todos los males que se ven en la Iglesia es sólo por esta crisis de fe en sus miembros: los hombres se sacuden de encima sus propios pecados, para no atenderlos, y así dedicarse a otra cosa dentro de la Iglesia.

Sus miembros, fieles y Jerarquía, son responsables de no saber para qué están en la Iglesia. Son responsables de todo el mal que se ve en la Iglesia.

Y si no hay vida interior, entonces ¿qué es la vida exterior? ¿En qué consiste la liturgia? En vez de manifestar la obra de Dios, en las oraciones, en los ritos, sólo manifiesta la obra de los hombres.

Se administran los Sacramentos como si fuesen cosas materiales: se perdió la “sacralidad” del Sacramento. Se ha puesto lo sagrado en el hombre, en su cultura, en su mente, en sus obras, en su vida. Si hay crisis de fe, hay crisis de lo sagrado, de lo divino, de lo celestial. Y todo se ve con ojos humanos, terrenales. Y van apareciendo leyes, disposiciones, reglas litúrgicas en donde se anula lo sagrado. Y eso produce un verdadero cisma en la Iglesia: muchas divisiones en la Iglesia vienen por la liturgia, por la práctica de la vida exterior.

Sin vida interior, ¿qué se practica en la vida litúrgica? Lo que vemos en tantas misas, en tantos grupos de oración, en tantas comunidades que ya no son católicas porque, en la práctica, no ponen en obra el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia.

Si hay crisis de fe y crisis de liturgia, entonces aparece la crisis de la doctrina. Entonces, es cuando se comienza a cuestionar lo que no se puede poner en duda: el magisterio auténtico e infalible, que es un magisterio objetivamente cerrado. Nadie lo puede tocar; nadie lo puede cambiar. Es el propio de la Iglesia. Y es lo que define a la Iglesia.

Quien no se apoya en este magisterio, sencillamente está construyendo su iglesia, su religión, su espiritualidad, a su manera humana.

Desde hace 50 años, vemos el cisma, la división, la ruptura en toda la Iglesia.

Por eso, hay un poco de todo: los lefebvristas, que imitaron a los ortodoxos, produciendo el cisma. Se separaron del Papa, para seguir teniendo sus tradiciones, sus liturgias, su doctrina. Ellos no siguen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia porque dijeron que el Papa era falible. Permitió muchas cosas con un Concilio, que no debería haber permitido, y por lo tanto, ya no representaba a la Iglesia en Pedro.

Los sedevacantistas, que se inventan una iglesia sin papa formalmente, con un antipapa que se sienta materialmente en la Silla de Pedro. Tienen el error de poner la Iglesia en el Papado, en la Santa Sede, pero no en Pedro. Y se olvidan de que estando la Sede Vacante, la Iglesia permanece hasta que no se elija otro Papa. Y aunque tarde en elegirse, la Iglesia continúa su curso. Porque la Sede Vacante no anula ni a Pedro ni a la Iglesia. Es un requisito para que la Iglesia siga: un Papa tiene que morir para que sea elegido otro. Mientras no haya Papa, ahí está la Iglesia. Esperando un Papa. Y mientras no haya Papa, nadie puede decidir nada en la Iglesia. Poner la sede vacante con antipapas es decir un absurdo. Es negar la sucesión de Papas. Es negar la infalibilidad del Papa. Es negar la doctrina del Papa. Ellos no caen en la cuenta que sólo se puede hablar de sede vacante permanente cuando no se puede elegir a un Papa. Entonces, en este caso, no se puede dar la Iglesia, porque no hay Pedro que la guíe como Vicario de Cristo. Ellos luchan por sus tradiciones, por sus papas, por sus liturgias, pero no saben oponerse a un falso papa. Y no lo saben reconocer como lo que es. Por eso, muchos critican a Bergoglio, pero tienen que juzgar a los demás papas también. Están haciendo la obra propia del demonio: destruir la Iglesia, destruyendo la doctrina en Pedro.

¡Cuántos tradicionalistas que destruyen la doctrina auténtica e infalible al atacar a un Papa legítimo!

¡Defienden sus tradiciones, pero no al Papa!

¡El Papa es el que da a la Iglesia el magisterio auténtico e infalible! ¡Es el que enseña este magisterio; el que lo recuerda, el que lo explica, el que lo defiende!

¿Quieres defender la Tradición en la Iglesia? ¡Defiende siempre al Papa en Ella! Porque en la Tradición hay muchas cosas que no pertenecen al magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. ¡Cuántos Santos Padres erraron en muchas cuestiones! ¡Cuántos Obispos que tienen un magisterio herético antes de ser sacerdotes! ¡Cuántos con un magisterio herético, siendo sacerdotes! Y es sólo un Papa lo que decide en la Iglesia el magisterio que nunca se puede cambiar. Santo Tomás enseña que la Virgen no es Inmaculada. No se le puede seguir en ese punto. ¡No hay que defender la Tradición, sino a un Papa en la Iglesia!

¡Quien no defiende al Papa, construye su propia iglesia, su propia vida espiritual, su propio sacerdocio! Todos son falibles en la Iglesia, menos Su Cabeza Visible. En Ella, en obediencia a Ella, todos son infalibles. Este es el carisma de Pedro.

¡Todo aquel que quite a un Papa legítimo y verdadero en la Iglesia va en contra de todo el magisterio auténtico e infalible! ¡Y su salvación está pendiente de una espada de justicia! Si no quita su pecado en contra de la autoridad del Papa, que es una autoridad divina, no puede salvarse, aunque defienda toda la Tradición de la Iglesia.

¡Muchas divisiones se han visto en la Iglesia durante 50 años! ¡Pero, ahora, vemos la mayor de todas! ¡Ahora, presenciamos la cumbre del pecado!

Y los Obispos lo saben, pero ¿por qué no intervienen?

Porque no se preocupan ya ni de la situación ni de los peligros con los que están amenazados todo el Rebaño de la Iglesia.

No viven para salvar almas: viven para su negocio en la Iglesia.

Ya no les importa la doctrina auténtica e infalible: nadie lucha para que se ponga en práctica. Todos se han acomodado a lo que ven. Y ese acomodo hace que esos Obispos se conviertan en traidores de Cristo y de Su Iglesia.

Ahora es la cumbre del pecado en la Iglesia. Y, por lo tanto, es la cumbre de la justicia divina. Es su tiempo. Es su camino.

Francisco Bergoglio ha quitado a Pedro y el Papado: las dos cosas. Él no es el Sucesor de Pedro porque, sencillamente, es un hombre de herejía; es decir, enseña un magisterio manifiestamente herético. Todos los pueden ver, leer, discernir. No hay excusa si sigues llamando a Bergoglio como papa. Tu pecado no tiene justificación, excusa, razón de existir.

Y este hombre gobierna la Iglesia con un gobierno externo a Ella: su gobierno horizontal. Esto produce, necesariamente, en toda la Iglesia, un cisma. Y es muy claro el cisma.

Los que integran ese gobierno horizontal llevan a toda la Iglesia hacia su iglesia, es decir, a implantar una nueva doctrina que anule, oficialmente,  el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia. En otras palabras, es un gobierno que quiere institucionalizar la herejía, poner un magisterio herético para que todos lo obren como si fuera un dogma, algo infalible en la Iglesia.

Ante esta cumbre del pecado, son pocos los católicos despiertos. Todos se han acomodado a Bergoglio. Lo llaman su papa y están esperando algo de ese hombre, un bien para toda la Iglesia.

Caen en un absurdo de vida.

Lo tienen como su papa, pero lo critican, lo juzgan. ¡Qué gran absurdo! Si Bergoglio es vuestro papa, entonces no le podéis criticar. Se comete un pecado grave. Muchos cometen el pecado de llamar a Bergoglio con el nombre de papa. Y todos ellos, al ver sus errores, sus oscuridades, sus dudas, sus herejías, cometen un segundo pecado de crítica contra su papa. Entonces, ¿cuál es la Iglesia a la que pertenecen esos católicos? No a la Iglesia Católica. Porque en Ésta no se puede criticar a un Papa legítimo: no se puede juzgar su doctrina, su magisterio.

Aquellos que tienen a Bergoglio como su papa tienen que someterse a su mente y a sus palabras. Tienen que aceptar como verdaderas sus herejías, su lenguaje humano, sus ideas. Y no criticarlas, no juzgarlas. Porque Bergoglio es su papa. Por tanto, Bergoglio enseña su doctrina que hay que aceptarla sin rechistar.

¡Gran absurdo es el que viven muchísimos católicos! ¡Ya no son católicos! Han perdido, no sólo la fe, sino lo que significa estar en la Iglesia Católica! ¡No son capaces de vivir el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia! ¡El cual no sólo enseña a llamar a Bergoglio con el nombre de hereje, sino que enseña a juzgar a toda aquella Jerarquía que quiera gobernar la Iglesia con la mentira de un gobierno horizontal!

Si quieres criticar a Bergoglio, entonces deja de llamarlo como tu papa. Es lo primero. Es el sentido común, que muchos católicos ya no lo tienen. Porque si no se hace eso, se comete un grave pecado, no sólo al criticarlo, sino al tenerlo como un hombre de verdad, por el cual Cristo habla a la Iglesia Su Voluntad.

Y Cristo nunca habla a través de un hereje. Decir esto; decir que Bergoglio es el Vicario de Cristo es llamar a Cristo mentiroso.

Nunca Jesús pone un Papa con un magisterio herético en Su Iglesia. Jesús no se contradice a sí mismo. Creer en Jesús es creer en una doctrina auténtica e infalible, la cual nadie la puede tocar, la puede cambiar. Ni siquiera un Papa.

Jesús pone siempre un Papa en la Verdad de la doctrina: claro, sencillo, que defiende siempre a Cristo y a Su Iglesia.

Jesús no ha puesto a Bergoglio como Papa en la Iglesia. ¡Eso ni hay que decirlo! ¡Eso se ve en las obras de ese hombre, al que muchos católicos tibios y pervertidos llaman con el nombre de papa!

Lo que dice la masa de los tibios no hace Iglesia, no es la Iglesia.

La Iglesia es la Palabra de Dios: es lo que dice Dios.

Dios nunca habla la herejía por medio de un Papa legítimo. Nunca dice una mentira a través de la Jerarquía.

Dios sólo habla la Verdad por medio de Su Jerarquía, que es fiel a la gracia que han recibido. Por eso, tienen que aprender a discernir la Jerarquía verdadera de la falsa para discernir lo que viene de Dios, la Palabra que es Verdad, de lo que viene del demonio, la palabra que siempre es mentirosa.

Han quitado a Pedro en la Iglesia. No hay Iglesia. No es visible ni en la Jerarquía ni en los fieles. Lo que es visible es la división  clara en todas partes. Y esa división no interesa a la Iglesia.

La Iglesia no es la división de pareceres; es la unidad en la verdad.

Si quieres seguir siendo Iglesia, ponte en la verdad. Y la verdad no está en tu mente humana ni en tu conciencia ni en tu estilo de vida.

La Verdad es la obra del Espíritu en la Iglesia: es la obra de un amor divino en cada alma.

Ahora, sin cabeza visible, tienes que seguir no a una Jerarquía, sino sólo al Espíritu. Porque la Iglesia ya no está en Pedro, es decir, no está en la Jerarquía. Y tampoco está en la Tradición. No está en el pasado.

Hay que mantener todas las cosas como las dejó el último papa verdadero y legítimo. Ahí debe permanecer la Iglesia, en lo que el último papa enseñó en la Iglesia. Cuando el cielo ponga a Pedro Romano, entonces habrá una autoridad divina que enseñe lo que este tiempo de un falso papa se está obrando en la Iglesia: validará o invalidará todas o parte de las obras de Bergoglio. Mientras tanto, todo cuanto hace Bergoglio es, para la Iglesia, inválido. No tienen el sello de Pedro. Sólo un Papa legítimo puede juzgar todas las obras de ese hombre, como siempre lo han hecho los Papas en los tiempos de los antipapas.

Hay que saber luchar contra Bergoglio, que es un falso papa. Y ya no es tiempo de atacar su doctrina. Cada día dice las mismas cosas, añadiendo una herejía más. Para el que sepa lo que es Bergoglio, sabe por dónde va. Sólo le queda enseñar su vómito en la Iglesia: su doctrina de la evolución, de la ecología, en la cual todos verán claramente lo que ahora no se atreven a decir, por el falso respeto humano que tienen a  ese hombre.

Es tiempo de dejar todo lo social porque viene la persecución en la Iglesia. Y viene desde arriba, desde la cabeza. Viene de sus propios miembros. Y va a ser un peligro estar con gente que es bergogliana, que aunque critican a Bergoglio lo siguen teniendo como su papa.

Muchos van a caer en el gran engaño que viene a la Iglesia. Y eso es la parte de la justicia divina.

Todos aquellos que no tengan a Bergoglio como papa, no caerán en el engaño. Pero los que sí lo tengan, -y no importa que sean lefebrvistas, o sedevacantistas, o tradicionalistas, o progresistas, o lo que sea- no van a saber discernir la mentira que la Jerarquía va a presentar a toda la Iglesia. Porque es necesario romper oficialmente lo que no se puede tocar: el magisterio auténtico e infalible. Y eso hay que hacer con la inteligencia perversa, que está en la cumbre de la perfección en el mal. Por eso, muchos sabios, muchos teólogos, mucha gente que tiene mucho conocimiento en la Iglesia, van quedar engañados. Porque tienen la verdad y la usan para obedecer a un hereje como su papa. Eso exige una justicia divina sobre ellos. La verdad es para obedecer a un hombre que sólo habla la verdad. Pero teniendo la verdad ¿la abajáis para someteros a un hombre, a su pensamiento, sólo por un interés humano? ¡No lo hacéis por el bien mayor de salvar un alma! ¡Cambiáis la verdad divina por la mente de un hombre! Es el culto al hombre, del cual se derivan muchos pecados. Y ese culto al hombre anula el culto de Dios en la Iglesia. Muchos van a quedar cegados, creyendo que siguen dando culto a Dios en la Iglesia y sólo están dando culto a la mente de un hombre. ¡Gran castigo el que viene a toda la Iglesia, principalmente a la Jerarquía!

Saben y no hacen nada. Ya no les interesan las almas en la Iglesia. Sólo velan por sus negocios en la Iglesia.

Y es un gran negocio los pobres en la Iglesia. Por eso, se tiene a Bergoglio como papa: es el negocio que da una doctrina protestante y comunista en la Iglesia.

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