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El gran daño que ha hecho Francisco en la Iglesia

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La Iglesia de Cristo tiene un gobierno vertical, es decir, quien gobierna la Iglesia es Su Rey: Cristo Jesús. Él es la Corona de la Iglesia, es el Rey de cada alma y es el que guía a toda la Iglesia, a Su Cuerpo Místico, hacia la Plenitud de la Verdad.

Jesús murió por cada hombre. No murió por la humanidad, no murió por un conjunto de hombres, ni por una comunidad, ni por un país, ni por una familia.

La muerte de Jesús es por cada alma en particular, porque así es su amor: amor por cada una de sus almas ya que han sido creadas por Él.

Jesús salva a cada alma, no salva ni a la sociedad, ni a los países, ni a las familias, ni a las comunidades, ni a la humanidad.

La salvación se dirige a cada alma. Y, por tanto, el alma se salva siguiendo a Jesús, el camino que Él ha puesto para conseguir esa salvación.

La salvación Jesús la obra como Sacerdote Eterno y, por tanto, nadie se puede salvar sin el Sacerdote, que es Cristo Jesús.

Nadie puede buscar la salvación en un hombre, en una idea política, en una filosofía, en un grupo social, en una comunidad de base, etc.

La salvación el Sacerdote la obra: Jesús hizo la Obra de Redención. Sin esa Obra, el hombre hubiera seguido igual, en su pecado y, condenándose por su pecado.

Cada alma se salva porque tiene un sacerdote que obra la misma Obra Redentora de Jesús. Si el sacerdote no obra esta Obra, condena al alma, junto con él, al infierno.

La salvación no está en pertenecer a una comunidad, a una estructura de la Iglesia, a un pueblo que cree, ni siquiera a una familia cristiana.

La salvación se realiza formando las almas con el sacerdote, que las salva, el Cuerpo Místico de Cristo.

Y ¿cómo se realiza ese Cuerpo Místico? En la obediencia a la Verdad, que es Cristo Jesús. La Obediencia forma la Iglesia.

La Iglesia es Cristo Jesús. Y no es otra cosa sino sólo Cristo.

Muchos se equivocan diciendo que Jesús ha dado al hombre la capacidad de ser Dios (por el Bautismo) y, por tanto, la de actuar como si Dios quisiese las obras de los hombres. Por el hecho de que Jesús lo ha regenerado todo, también la humanidad ha sido regenerada totalmente. Y, por eso, éstos no pueden comprender que la Iglesia sea sólo Cristo Jesús, ni tampoco que la Verdad sea sólo Cristo Jesús. Hay otras verdades en el mundo, en los hombres, porque Jesús lo ha hecho todo nuevo. Y, por eso, hay que abrirse a todos los hombres porque en ellos también hay una verdad.

La Iglesia nació en la muerte de Cristo. Cuando el soldado le abrió el costado, ahí tuvo origen la Iglesia. Por eso, la Virgen María ofrece al mundo y al hombre la Iglesia, al tener entre sus brazos a Su Hijo muerto. La Iglesia está en los brazos de María en la Cruz, al igual que Ella sostuvo a Su Hijo en su nacimiento.

María fue Madre de Dios en Belén, y tuvo a Jesús vivo en sus brazos; pero María fue Madre de la Iglesia en el Calvario, y tuvo a Jesús muerto en sus brazos.

La Virgen María dio al mundo a Jesús y a su Obra, que es la Iglesia. Lo ofreció a los hombres si quieren salvarse.

La Iglesia no pertenece a ningún hombre. Es de Dios y la forma Dios. En la muerte de Cristo, nace la Iglesia. Nace en el dolor de una Madre y en el sacrifico de Su Hijo. La Iglesia nace en el dolor, en la muerte, cuando, entre los hombres sólo hay odio hacia Dios y hacia Su Hijo.

Y, en esa muerte de Jesús, se inicia la salvación del hombre. Entre los brazos de la Madre está la salvación del hombre. Pero de cada hombre, no de la humanidad, no de las familias de los hombres, no de los países, no de ninguna cultura o raza de lo hombres.

La Iglesia nace cuando los Apóstoles no son de la Iglesia, no pertenecen a la Iglesia, por haber negado a Cristo. Sólo dos almas pertenecen a la Iglesia en ese momento: la Virgen, como Reina, y San Juan, como el Apóstol del Amor. Los demás, vivían en sus pecados. Y es sólo la Virgen María la que presenta, desde el Calvario, la Iglesia a toda la humanidad. La presenta teniendo entre sus brazos a Su Hijo muerto, porque ese Hijo muerto es la Iglesia.

La Iglesia no nace en Pentecostés. Ahí sólo se da a la Iglesia Su Espíritu para que pueda obrar la Voluntad de Dios, porque sin Espíritu no hay obras en la Iglesia, no se hace nada en la Iglesia.

La Iglesia no existe antes de la muerte de Cristo. Cristo, que es la Iglesia, hasta que no muere, no puede iniciar la Iglesia. Cristo prepara a los suyos para la Iglesia, pero no hace Iglesia, no forma ninguna Iglesia, ninguna comunidad, porque, antes había que hacer la Obra de la Redención, que era morir por todos los hombres en la Cruz. Sin esa Obra, sin esa muerte, no se inicia la Iglesia.

Por eso, muchos se equivocan al poner la Iglesia en lo que hacía Jesús con sus discípulos. No han entendido lo que es la Redención de los hombres. Jesús es Rey de los hombres en la Cruz. Y lleva a todos sus discípulos a la Cruz. Y allí inicia la Iglesia: en la muerte en Cruz. La Vida se da en la muerte. Sin el sufrimiento no hay amor que salve al hombre. Sin penitencia no hay Cielo para el hombre. Sin dolor no hay Gloria para el hombre.

Aquellos que no quieran la Cruz, el camino de la Cruz, entonces forman su propia iglesia, sus propias comunidades, que no salvan.

Cristo murió, pero resucitó de entre los muertos. Y el tiempo de Su Resurrección, antes de Su Ascensión, es para formar Su Iglesia. Cristo inicia su Iglesia en la muerte de Cruz, pero no está formada. En la Cruz, Él y Su Madre son la Iglesia. No hay nadie más. Ni siquiera San Juan era Iglesia, a pesar de que no había pecado. San Juan todavía no puede obrar en la Iglesia, no puede ser Iglesia, hasta que Jesús no la inicie en Pedro.

Porque se pertenece a la Iglesia en la Roca de la Iglesia. No se pertenece a la Iglesia porque no se tenga pecado o porque se hace una cosa buena entre los hombres.

Cristo es la Roca de la Iglesia. Por eso, Él es la Iglesia. Y sólo Él. No hay ningún hombre más. Con Cristo, Su Madre, por Voluntad Divina, está en esa Roca. Pero, los demás, no pertenecen a la Iglesia, aunque sean discípulos, apóstoles, sacerdotes, Obispos. Se pertenece a la Iglesia porque se obedece a la Roca, que es Cristo, a la Verdad, que es Cristo.

Y, como los hombres siempre necesitan de un hombre para obedecer, por eso, Cristo puso a Pedro en esa Roca. Y sólo a Pedro. Pero lo puso en el tiempo de Su Resurrección, no antes.

Y se pertenece a la Iglesia porque se obedece a Pedro. Cristo Jesús, que es el Rey de la Iglesia, sólo guía a Su Iglesia a través de Pedro. No la guía de otra manera. Por eso, el gobierno de la Iglesia es vertical: Cristo Jesús y Pedro. Los demás, bajo Pedro, en obediencia a Pedro.

Se es Iglesia porque se obedece a Pedro. Se hace la Iglesia porque se obedece a Pedro. El alma se salva en la Iglesia porque obedece a Pedro.

La salvación no está en la comunidad, como hoy se predica. Una comunidad que cree no se salva. Un pueblo de Dios que cree no se salva. El alma se salva porque obedece a la Verdad, que es Jesús. Y Jesús ha puesto Su Iglesia, que es la Obra de la Verdad. Quien obedece a la Iglesia entonces está obedeciendo a Cristo. Quien no la obedece, no es de Cristo.

En la Iglesia están todas las verdades que el hombre tiene que aceptar si quiere salvarse. Ese aceptar es obedecer a Cristo, como Rey de la Iglesia. Y se aceptan esas verdades obedeciendo la cabeza de la Iglesia entre los hombres, que es el Vicario de Cristo. Quien no obedece al Vicario de Cristo no obedece a Cristo, y no es Iglesia, no forma la Iglesia y no se salva.

Aquel Obispo, aquel sacerdote que no obedezca al Vicario de Cristo, no es Iglesia, no forma Iglesia y, por tanto, no se le puede obedecer, no se le puede seguir, porque la Iglesia es Cristo, no el pensamiento de un hombre, sus opiniones, etc.

Los fieles, en la Iglesia, tienen que obedecer a los sacerdotes; éstos a los Obispos; éstos al Papa. Es una Jerarquía, no es una igualdad. Es una verticalidad, no es una horizontalidad.

Aquel que quite el gobierno vertical en la Iglesia de Cristo y ponga un gobierno horizontal, automáticamente sale de la Iglesia de Cristo y comienza a formar su nueva iglesia. Porque la Iglesia es sólo Cristo. Y Cristo ha puesto su gobierno vertical. Y nadie tiene derecho a quitar lo que Cristo ha puesto en Su Iglesia, porque ese gobierno vertical es la Verdad en la Iglesia. Quien quita una Verdad en la Iglesia, deja de pertenecer a Ella. No es que se oponga a una Verdad, sino que la suprime. Eso hace que la persona comience una nueva iglesia al quedar excomulgada en la Iglesia por su pecado.

Por eso, lo que ha hecho Francisco no tiene nombre: es su pecado. Un pecado que lo ha llevado fuera de la Iglesia. Su mismo pecado, porque ese pecado ha suprimido una verdad en la Iglesia. Y Francisco mantiene ese pecado. Es su orgullo. Y lo justifica, lo ensalza, lo aplaude en medio de la Iglesia. Su pecado es su nueva iglesia. Lo que él predica es su evangelio, es su fe, es su doctrina en su nueva iglesia, pero no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo, con el Evangelio de Jesús, con la doctrina de Cristo.

Jesús ha puesto la Verdad del gobierno vertical, que consiste en esto: enseñar la Verdad, guiar con la Verdad y santificar en la Verdad. Son los tres poderes que tiene la Jerarquía en la Iglesia: gobernar, enseñar y santificar. Y estos tres poderes vienen de Cristo, porque Cristo es Maestro, Rey y Sacerdote: «En efecto, ¿qué pretendió, qué quiso Jesucristo al haber fundado o al ir a fundar la Iglesia? Ciertamente esto: Transmitir para su continuación en la Iglesia la misma misión y el mismo mandato, que El había recibido del Padre. Había decidido claramente que se debía hacer esto, y esto hizo en realidad.»( LEON XIII (ASS 28,712)).

Y esto tres poderes nacen de una obediencia: «En efecto Pedro, en virtud del Primado, no es sino el Vicario de Cristo, y por ello se da solamente una sola Cabeza primordial de este Cuerpo, a saber Cristo: el cual no dejando de gobernar por sí mismo de un modo ciertamente misterioso la Iglesia, sin embargo gobierna esta misma Iglesia de un modo visible por medio del que hace las veces en la tierra de su persona… constituyendo Jesucristo y su Vicario solamente una sola Cabeza» (Encíclica «Mystici Corporis», de PIO XII Le., 211; cf. D 468; cf. 1.c., 227-242).

Quien quite el gobierno vertical, quita la sola Cabeza de la Iglesia, por la cual gobierna Cristo. Y inicia una nueva iglesia, sin Cristo.

Muchos no han caído en la cuenta del gobierno horizontal de Francisco, lo que significa: es iniciar una nueva iglesia que no tiene nada que ver con la Iglesia de Cristo. Por eso, Francisco hace su teatro en Roma, porque tiene que hacerlo. Tiene que engañar a muchos para que se vayan a su nueva iglesia.

Francisco ha constituido su nueva iglesia en Roma, no fuera de Roma. Dentro de la misma Iglesia. Esto es lo trágico. Ésta ha sido la jugada del demonio. Por eso, a Francisco sólo se le puede llamar maldito. Es que no tiene otro nombre. Sólo un maldito engaña así a toda la Iglesia. Y la sigue engañando. Sigue predicando su doctrina de la fraternidad, que es lo que se da en su nueva iglesia. Por eso, él prédica que nadie se salva sin comunidad, que el Bautismo nos convierte en un solo Cuerpo de Cristo (cf. 15 de enero de 2014). Francisco pone la salvación en la comunidad, en la recepción de unos sacramentos. Y dice esto sólo por su doctrina de la fraternidad: como somos todos hermanos, entonces hay que dar testimonio de una amor que nos salva, de la belleza de ese amor, aunque tengamos pecados. Francisco nunca predica del sacrificio de Cristo y de las exigencias que el que ama a Cristo tiene en la Iglesia. Nunca. Sólo pone su amor fraterno como único vehículo para salvarse.

El alma se salva por el sacerdote, por su Pastor, no por la comunidad, no por la Iglesia. Si ese Pastor no obedece al Vicario de Cristo, el alma se condena. Por eso, un fiel no puede dar la obediencia a un Pastor que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no, ese Pastor, le lleva al infierno.

Un sacerdote no puede obedecer a un Obispo que no obedezca al Vicario de Cristo, porque si no ese Obispo lleva al sacerdote al infierno.

Un Obispo no puede obedecer a un Vicario de Cristo que no obedezca a Cristo, porque si no ese Vicario de Cristo lo lleva al infierno.

Jesús puso su Vicario en 2005, cuando murió Juan Pablo II: el Papa Benedicto XVI. Y ese Vicario es hasta la muerte, hasta que muera Benedicto XVI. Si renunció, si lo jubilaron, eso no importa para Cristo Jesús. La Iglesia sólo tiene una Cabeza. Y sólo se puede seguir a esa Cabeza. Como el Papa Benedicto XVI no quiere ser cabeza, entonces la Iglesia es sólo regida por Cristo Jesús. Luego, no hay que obedecer a nadie en la Iglesia, porque no hay Cabeza, no hay gobierno vertical. Hay una división en la Cabeza. Y esto es lo más grave que podemos observar ahora.

Francisco, con su gobierno horizontal, ha establecido su nueva iglesia, con su nueva doctrina, con su nuevo evangelio. Y, por eso, no interesa lo que hace Francisco, ni lo que dice, porque no tiene el Espíritu de Pedro. Y su pecado lo coloca fuera de la Iglesia de Cristo. Él mismo se ha ido de la Iglesia de Cristo.

Hay que combatir a Francisco. Y punto. Pero no hay que hacerle el juego. No hay que besar su trasero. Francisco no es Papa, no es Vicario de Cristo, no es Obispo. No es nada. Es una imagen del Papa, una figura del Vicario de Cristo, una estatua de Obispo. Es algo sin vida, sin valor, sin bien divino. Es una miseria humana. Es un tonto vestido de Obispo. Es uno que se cree santo porque habla del amor fraterno. Es uno que ha puesto su locura en medio de la Iglesia: resolver la hambruna del mundo. Es uno que sólo dice herejías tras herejías, todos los días. Y se levanta con ellas y se acuesta entre ellas.

Como Francisco, la historia de la Iglesia, nos da a muchos Obispos que quisieron ser Papas. Y lo fueron por poco tiempo, mientras hacían en la Iglesia su negocio. Pero Francisco no es como los anteriores Obispos que codiciaron el poder y el dinero en la Iglesia, porque los antipapas o los falsos papas, nunca quitaron el gobierno vertical. Nunca suprimieron una verdad en la Iglesia. Y, por eso, la verdad se mantuvo en la Iglesia, porque se quita al pecador de la cabeza y continúa la verdad.

Pero, cuando se quite a Francisco de su negocio en la Iglesia, continuará la herejía en la Iglesia, porque falta una verdad: el gobierno vertical. Éste es el gran daño que ha hecho ese idiota en la Iglesia.

Lo que habla Francisco son sus idioteces, pero queda su obra: la división en la cabeza de la Iglesia. Y, por esa división, no hay unidad en la Iglesia. Por eso, todo el mundo sigue las opiniones de Francisco, pero nadie sigue la Verdad, que es Jesús en la Iglesia. Esto es lo trágico, que nadie ha meditado.

Éste es el pecado de Francisco. Y, por eso, su nueva iglesia no es la Iglesia de Cristo. No hay que engañarse de las cosas que pueda hacer para tener contento a los demás: si celebra al oriente, si canoniza a algún santo u otras cosas que se hacen para dar la impresión de que se está en la Verdad.

Francisco es un lobo vestido de piel de oveja y, por tanto, no puede obrar ninguna verdad en la Iglesia. Todo está programado, todo está adulterado, todo es una comedia, para poder dar el golpe que trae la segunda división en la Iglesia.

Francisco habla con el espíritu del mundo dentro de la Iglesia

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Francisco, en la Iglesia, es sólo un hombre que vive su orgullo y, por tanto, un hombre que pone a Dios un impedimento para recibir el Espíritu Santo.

Su orgullo se ve en sus obras. Un Papa verdadero nunca obra como lo hace Francisco en la Iglesia, porque el Papa elegido por Dios tiene el Espíritu de Pedro y, por tanto, no pone impedimento para recibir el fuego del Espíritu.

Es muy importante en la Iglesia saber ver el Espíritu de una persona, es decir, cuál es el espíritu que mueve a ese persona para hablar, para obrar, en la Iglesia.

El que tiene el Espíritu de Cristo hace las mismas obras de Cristo. El problema, para muchos en la Iglesia, es reconocer este Espíritu de Cristo. Hay que mirar a Cristo para ver Su Espíritu. Hay que ver lo que hizo Cristo entre los hombres para ver Su Espíritu. Hay que ver qué le movía a Cristo a obrar para ver Su Espíritu.

Por tanto, hay que ir al Evangelio. Pero, esto es, también, para muchos una trampa, porque no creen en el Evangelio, sino que se dejan llevar por sus interpretaciones de la Palabra de Dios.

Hoy hay muchas Biblias entre los hombres y ninguna sirve para nada, porque en ellas los hombres han ido acomodando la Palabra a su lenguaje humano, y así quitan, añaden, modifican palabras y pasajes del Evangelio según el gusto de cada uno. Muchos leen el Evangelio y leen un libro de los hombres, pero no la Palabra de Dios.

Hay que ir a la Palabra de Dios, como ésta fue escrita, no como ha sido traducida o interpretada por los hombres. Por eso, es necesario acudir a la Tradición, a los Santos de todos los tiempos, porque son ellos los que da la verdadera interpretación de las Sagradas Escrituras. Son los Santos los que dan el Espíritu de Cristo en la Iglesia.

Pero los hombres, en la actualidad, tampoco leen a los Santos, sino que se dejan llevar por muchas lecturas y libros de hombres que no son Santos. Y, por eso, quieren una Sagrada Escritura, que sea acorde a lo que leen, a sus autores favoritos. Quieren un Dios que vaya con la moda del mundo, con los problemas de los hombres. Quieren una palabra que guste a su entendimiento humano; sólo quieren un lenguaje humano, que alguien les diga que hablando de paz, de amor fraterno, de concordia entre los hombres, así se cambia el mundo.

Los hombres aplauden a aquellos hombres que hablan de paz, de amor, de bienestar humano, de progreso humano. Pero los hombres no quieren escuchar la Verdad. Eso no les interesa, porque viven en su vida acomodada a su lenguaje humano. Y, entonces, no ven el error del lenguaje humano.

Muchos, al leer esto, no ven el error, el engaño: “Cuando Jesús recibió el bautismo de penitencia de Juan el Bautista, solidarizando con el pueblo penitente – Él sin pecado y sin necesidad de conversión – Dios Padre hizo escuchar su voz desde cielo… Jesús recibe la aprobación del Padre celeste, que lo mandó para que aceptase compartir nuestra condición, nuestra pobreza. Compartir es el verdadero modo de amar. Jesús no se separa de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros. Y así nos hace hijos, junto con Él, de Dios Padre. Ésta es la revelación y la fuente del verdadero amor” (Francisco, 12 de enero de 2014).

Sólo ven una frase bonita, bien construida, que dice una verdad. Ven un lenguaje hermoso. Y ahí se quedan. Pero no captan las mentiras y las herejías que se dicen en este párrafo. A eso no llegan, porque no saben cuál es el Espíritu de Cristo. Y, por tanto, cuando alguien habla no captan si lo que está diciendo viene del Espíritu de Cristo o viene de otro espíritu. No saben discernir espíritus. Éste es el problema de muchos en la Iglesia. Y, por eso, ante un hereje, como Francisco, le toman como Vicario de Cristo. Pero no saben ver que no tiene el Espíritu del Vicario de Cristo. Sólo saben decir que como fue elegido por los Cardenales, como es el Papa, como es el que se sienta en la Silla de Pedro, entonces hay que hacerle caso en lo que dice. ¡Éste es el gran error de muchos en la Iglesia! Y, después de once meses, la Iglesia sigue en este gravísimo error.

Y esto sólo es por falta de discernimiento espiritual. Y su raíz: el pecado. No se discierne el espíritu porque hay pecado de orgullo, de soberbia y de lujuria en la vida de cada hombre. Estos tres pecados impiden discernir el Espíritu en una persona. Y, entonces, el alma no ve la mentira o la herejía que esa persona está diciendo u obrando.

Cuando el hombre quita su pecado, entonces empieza a ver la realidad y a llamar a cada cosa por su nombre, que es lo que no hace la Iglesia. No llama a Francisco como falso Papa, sino que lo sigue llamando Papa. Y no es que Francisco se haya equivocado en algo en once meses, haya cometido un error o un pecado. El problema no es eso. El problema es que Francisco lleva once meses dando herejía tras herejía. Ése es el problema. Herejía que todo el mundo puede leer y ver, porque algunas son obras que él ha hecho en la Iglesia y que las continúa, las mantiene.

Pero, como la Iglesia vive en su pecado, entonces no discierne cuando habla Francisco. Y se come todas las herejías. Y lo hace culpablemente, porque cada alma ha recibido de Dios Su Gracia, y ya no hay excusa para nadie. Si el alma no ve el error, es que ya no es fiel a la Gracia que ha recibido y, por esa infidelidad, sigue a un maldito en la Iglesia como si fuera Vicario de Cristo. Se está diciendo que Dios habla a través de un falso Profeta. Y esto es muy grave en la Iglesia. Esto significa que la Iglesia no tiene discernimiento espiritual, que vive para los hombres y para agradar la vida de los hombres.

Por eso, Francisco dice que Jesús recibió el bautismo de Juan para solidarizarse con el pueblo penitente, y nadie ve la herejía. ¡Nadie! ¿Por qué? Porque no se tiene el Espíritu de Cristo, sino que se posee el espíritu del mundo. Y, en ese espíritu, está bien la solidaridad con el pecador. Es un lenguaje humano que encanta a los hombres. Es bello, hermoso, agradable, y que une a los hombres. Cristo ha venido a solidarizarse con el pueblo pecador. Esto gusta. ¡Y nadie entiende la herejía!

¿A qué lleva esta herejía en el pensamiento de Francisco? A decir lo que más le gusta: Jesús comparte con el hombre su vida humana: “Jesús no se separa de nosotros, nos considera hermanos y comparte con nosotros”. Y, como comparte, nos hace hijos de Dios. Y éste es el verdadero amor. Herejía tras herejía en este solo párrafo, pero nadie las ve. ¡Nadie! ¿Por qué? Porque los hombres sólo se fijan en el lenguaje humano, pero no en la Verdad. No disciernen ese lenguaje humano. No saben mirar las palabras que se dicen y quién las dice. No saben hacer esto, porque no tienen el Espíritu de Cristo. Sólo viven su vida humana, agarrados del espíritu del mundo. Y piensan como los hombres. Y obran como los hombres.

Y Jesús no se solidarizó con el hombre pecador, no compartió la vida de los pecadores, no se hizo hombre con los hombres. Jesús vino a morir y, en su muerte, toda alma tiene que participar si quiere la Vida: “Con Él hemos sido sepultados por el bautismo para participar en su muerte, para que como Él resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva” (Rom 6, 4).

Jesús se bautizó con el bautismo de penitencia para que los hombres participen de su muerte, no para que Jesús participe de la vida de los hombres, no para que Jesús comparta la vida de los hombres. Al revés, para que los hombres compartan la muerte de Jesús.

“El bautismo de Jesús es, por su parte, la aceptación y la inauguración de su misión de Siervo doliente. Se deja contar entre los pecadores (cf Is 53, 12); es ya «el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo» (Jn 1, 29); anticipa ya el bautismo de su muerte sangrienta (cf Mc 10, 38)” (Catecismo de la Iglesia, n. 536).

Jesús se bautiza para manifestarse como Mesías, como Siervo doliente, que viene a cargar con los pecados de todos los hombres. ¡A cargar! No a compartir, no a solidarizarse humanamente con los problemas de los hombres: “Despreciado, desecho de los hombres, varón de dolores, conocedor de todos los quebrantos, ante quien se vuelve el rostro, menospreciado, estimado en nada” (Is 53, 3). Jesús cargó con los pecados de todos los hombres y eso le llevó a que nadie le estimara entre los hombres. ¡Nadie! Porque Jesús no comparte la vida de los hombres, sino que hace participar a los hombres de su muerte, de sus sufrimientos. Jesús no da un dulce al hombre, sino un dolor en la vida. Y eso no le gusta a ningún hombre.¡Esto no le gusta a nadie! Pero es más hermoso decir que Jesús comparte nuestra vida y así nos hace hijos de Dios. ¡Hermosísimo!

Francisco no vive el Espíritu de Cristo y, muchos, en la Iglesia tampoco lo viven. Por eso, Francisco predica de Cristo según el espíritu del mundo. No puede predicar según el Espíritu de Cristo. Es que no lo tiene por su pecado de orgullo. Y, muchos que lo escuchan, como viven ese mismo espíritu del mundo, dentro de la Iglesia, cogen la herejía como una verdad, y defienden al hereje como verdadero Papa.

¡Esto es la Iglesia actualmente! ¡Esto da pena!

Por eso, nadie ve que está mal bautizar a un hijo de una pareja casada sólo por lo civil. Nadie comprende esta obra de un hombre orgulloso que se llama Papa, pero que no tiene el Espíritu de Cristo en la Iglesia. Si Francisco predica con el espíritu del mundo, entonces obra con ese mismo espíritu en la Iglesia: necesariamente tiene que bautizar a un hijo de padres que viven en su pecado.

¿Qué fe van a transmitir los papás casados por lo civil a su hijo, si ellos no viven la fe en Cristo, la fe de la Iglesia? Son los padres los que tienen que educar en la fe a sus hijos, y ¿qué van a educar esos padres a ese hijo bautizado, si ellos no practican su fe, si viven para el mundo y para hacer las obras de los hombres en el mundo?

Esta es la nueva iglesia que Francisco ha puesto en marcha. Y nadie entiende nada. Todos aplauden ese gesto de Francisco para bautizar a un hijo de unos padres sólo casados por lo civil. Esa obra que hizo Francisco es del demonio. Es su pecado de orgullo. Francisco bautizó ese niño movido por el espíritu del mundo. Por tanto, movido por el demonio. Si hubiera tenido el Espíritu de Cristo, entonces no hubiera bautizado a ese niño. No se puede bautizar a lo hijo de padres que viven su pecado en la Iglesia. ¡No se puede! Porque no pueden transmitir la fe que no viven, la fe que han despreciado. Dan a ese niño su maldito pecado.

El humanismo de Francisco está arraigado en toda la Iglesia. Y así obra él: contentando a los hombres dentro de la Iglesia. Pero no contenta a Dios, no hace las obras de Dios en la Iglesia. Hace las obras del demonio. Y ¿por qué? Es su pensamiento: como Jesús comparte la vida con todos nosotros, entonces nos hace hijos de Dios. Hay que hacer hijo de Dios a ese niño porque hay que compartir al vida de los hombres, hay que compartir sus pecados, porque Jesús se ha solidarizado con el pecado de esos papás y,entonces, hay que bautizarles el niño. Si se piensa como hombre, se obra como hombre. Si se tiene la Mente de Cristo, entonces se niega el bautismo a ese niño.

Por eso, si no quieres ver que Francisco no es el Papa verdadero y que, por tanto, hay que desobedecerlo y luchar en contra de él, es sólo por tu pecado. Y no tienes excusa. Si no quitas tu pecado entonces sólo miras el error y lo ves como verdad, como un camino al que hay que seguir.

Ya no hay excusa para la Iglesia. Once meses dando Dios el camino para que la Iglesia vea el error a través de los profetas. Y nadie se ha movido, en la Iglesia, para combatir a un hereje. No quieran ahora una Iglesia de misericordia. La iglesia que ha formado Francisco es la iglesia de los injustos, de los pecadores que odian la verdad y de los que han hecho de su vida el trono de su pecado. Y de esa nueva iglesia salen todas las ratas que van a destrozar las almas elegidas por Dios para salvarse.

Son momentos muy críticos. Si alguien quiere ver felicidad en este nuevo año, se va a llevar una gran desilusión. Porque ha comenzado el desastre en la Iglesia: la segunda división.

Una Iglesia sumergida en el error

Jesus Rey

La Iglesia se halla sumergida en el error, acogido y propagado por muchos, desconociendo la Verdad del Evangelio: “Los que hemos muerto al pecado, ¿cómo vivir todavía en él?” (Rm 6, 2).

Las tinieblas del pecado han descendido sobre la Iglesia porque vive en el pecado. Jesús ha dado muerte al pecado con Su Muerte, pero muchos siguen viviendo según la carne y, por tanto, “no pueden agradar a Dios” (Rm 8, 8). Sólo los que “son movidos por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) y, por tanto, no viven según la carne, sino que son de Cristo.

Cristo no pertenece al mundo, Cristo no da la alegría del mundo, sino al Espíritu de Dios. Cristo no vino al mundo para dejar al hombre en sus pensamientos humanos, en sus vidas humanas, en sus obras humanas, sino que vino para darle una nueva Vida, que no es de este mundo, que no se puede encontrar en este mundo, porque es un don de Dios.

Pero hay que ganarse ese don de Dios luchando contra el pecado, que impide que se manifieste el Espíritu de Dios en el hombre. Y, en consecuencia, impide la verdadera alegría en el corazón.

Hay que arrancar de sí las raíces del pecado, que son las vestiduras del hombre viejo, para poder vestirse del hombre nuevo, del Nuevo Adán, que quiere asumir toda carne y llevarla a la Gloria de Dios.

Pero si los hombres desechan la Palabra de Dios, que es el camino para salvar y santificar al hombre, entonces Cristo no puede habitar en los corazones de los hombres y sus vidas se pierden sólo en las oscuridades del mundo.

Si el mundo está pervertido por el pecado, va a alcanzar la máxima perversión por la apostasía de la Iglesia, porque un gran mal significa para el mundo que un hereje esté sentado en la Silla de Pedro.

Si en la Iglesia primitiva, los gentiles obtuvieron la salvación por el pecado de los judíos: “su reprobación es reconciliación del mundo” (Rom 11, 14), ¿qué será del mundo, del pueblo gentil, ahora que la Iglesia vuelve la espalda a Su Salvador? ¿Qué castigo no vendrá al mundo y a la Iglesia?

En la Iglesia primitiva había fe en la Palabra para transformar los corazones de los hombres sin Dios. Las almas creían sencillamente en el Evangelio y daban testimonio de la Verdad con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos.

Pero en la Iglesia del siglo XXI, las almas carecen de fe en la Palabra de Dios y han vuelto a lo de antes, a lo que los fariseos vivían y obraban: en las promesas de un Mesías terreno, temporal, humano. Hoy se busca en la Iglesia el Paraíso en la tierra, la felicidad en la tierra, a un Mesías, a un rey, a un hombre que dé palabras de apoyo, de confianza, de seguridad en las cosas materiales, en lo humano de la vida.

Las almas han perdido el objeto de la fe: a Cristo. Ya no miran la Vida que Cristo ofrece en cada Eucaristía, sino que andan mirando sus vidas humanas y buscando un camino para ser feliz en esas vidas de hombre.

Las almas en la Iglesia prefieren a un gobernante que les hable de forma bella, agradable, que se ocupe de los asuntos del mundo, que a un gobernante que les diga la Verdad.

No quieren escuchar la Verdad, pero sí quieren acoger la mentira como verdad. Están dispuestos a morir por la mentira de sus vidas y a enseñar esas mentiras a otros en la Iglesia. Y eso da lugar a que se extienda la apostasía como una mancha de aceite hasta que llegue a su culmen.

Cristo ha abandonado a Su Iglesia. Cristo calla ahora en Su Iglesia. No se manifiesta por su Jerarquía, que debe ser la Voz de Cristo en la Iglesia. Y eso es un castigo para toda la Iglesia. Porque la Iglesia es lo que son sus primicias: “si las primicias son santas, también la masa; si la raíz es santa, también las ramas” (Rm 11, 16).

Y la Jerarquía de la Iglesia no es santa, sino pecadora, pervertida, corrupta. Por lo tanto, también la masa, también el Cuerpo de Cristo está lleno de pecadores, de perversión y de corrupción. Y, donde reina el pecado, no reina Cristo. Donde se comulga con la mentira no puede haber unión con la Verdad. Donde se obedece al error es imposible vivir la libertad de los hijos de Dios.

Cristo calla en Su Jerarquía porque ésta mira el pecado como solución para la vida de la Iglesia en muchos. Pero Cristo no calla en las almas de la Iglesia, porque cada alma ha sido redimida por la sangre de Cristo. Y, por lo tanto, Cristo guía, ahora, a su Iglesia desde el Cielo. Él solo, sin necesidad de hablar por ninguna cabeza en Su Iglesia.

Porque quien ha jubilado al Papa Benedicto XVI también ha jubilado la Voz de Cristo en la Iglesia.

Quien haya hecho renunciar al Papa Benedicto XVI al Papado, también ha hecho renunciar la Voz de Cristo en la Iglesia.

Si no hay Cabeza en la Iglesia, Cristo calla en toda cabeza de la Iglesia. Pero no puede callar en sus almas. Por eso, ahora sólo hay que hacer caso, en la Iglesia, a los profetas de Dios. Sólo a ellos. A los demás, ni caso.

Lo que haga Francisco y los suyos: ni caso. No hay obediencia a un judas en la Iglesia. Se obedece a Cristo, no a uno que parece de Cristo en su semblante exterior, pero sus obras son las de un anticristo.

El negocio de la Iglesia es la salvación de las almas. Quien quiera poner el negocio de la Iglesia en quitar la hambruna de los pobres del mundo, ése es del anticristo. Ése es un judas. Tiene el mismo pensamiento de Judas: “¿Por qué este ungüento no se vendió en trecientos denarios y se dio a los pobres? Esto lo decía no por amor a los pobres, sino porque era ladrón” (Jn 12, 6). Francisco el ladrón del dinero, el que roba el dinero en la Iglesia.

“Pero, hombre, ¿quién me ha constituido juez o partidor entre vosotros? Mira de guardaros de toda avaricia, porque, aunque se tenga mucho no está la vida en la hacienda” (Lc 12, 14).

La vida de la Iglesia no está en pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de los pobres. La vida de la Iglesia está en caminar detrás de las huellas ensangrentadas de Cristo para subir al Calvario, con Él, y alcanzar la Vida Eterna.

Hoy la Jerarquía de la Iglesia no sigue a Cristo, no sube al Calvario, sino que mira, de nuevo a Cristo, para juzgarle y crucificarle en cada miembro de la Iglesia. Porque esto es lo que significa la apostasía de la fe: andar por el camino de la rebelión contra Dios, de la idolatría, de la blasfemia, de la impiedad, pervirtiendo todo en la Iglesia, anulando toda Verdad en la Iglesia, aniquilando la Vida de Cristo en la Iglesia.

Y, por tanto, persiguiendo a aquellos que siguen la doctrina de Cristo, que siguen los dogmas de siempre, que no negocian con la Verdad de la Iglesia.

No se puede negociar con los dones de Dios, con los tesoros divinos, con las gracias divinas, con los misterios de Dios, porque no pertenecen a nadie. Sólo a Dios. Los hombres son sus administradores. Pero si los hombres se pervierten, esos dones vuelven a Dios, no quedan entre los hombres. Por tanto, que nadie se engañe cuando le ofrezcan un evangelio lleno de felicidad, que dicen que es de Cristo, pero que es sólo la perversión de su mente humana.

Quien no vive a Cristo en su corazón, pierde los dones de Dios y sólo ofrece en la Iglesia lo adulterado de su pensamiento. Y lo ofrece como una mentira encubierta, maquillada de verdad.

Por eso, hay que combatir la doctrina de Francisco, porque no es la de Cristo en la Iglesia. Es la doctrina de un pervertido, de un amanerado, de uno que se ha olvidado de mirar los dones de Cristo, para observar los regalos que los hombres le hacen.

Hoy Francisco da a la Iglesia la Resurrección, pero olvidando el drama del Calvario, dejando el sufrimiento como una calamidad en la vida, pero no como camino de salvación. Muchos creen que el Nuevo Testamento es sólo alegría, diversión, la búsqueda de nuevos horizontes, porque Dios ya lo perdonó todo. No quieren oír hablar de castigos ni de profetas que anuncian tiempos difíciles.

Hoy no se quiere hablar de la muerte en la Iglesia, ni del infierno, ni del purgatorio, porque no hay que asustar a la gente, no hay que tener miedo, hay que dar el amor en la Iglesia, no hay que atemorizar con los castigos. Esto es lo que mucha gente saca de la doctrina de Francisco: todo es Misericordia. Dios todo lo perdona, Dios todo lo aguanta, Dios es bueno con todos. Y, por tanto, seamos santos con nuestros pecados en la Iglesia.

Francisco presenta un evangelio amable, cariñoso, de besos y de abrazos, de que todo va bien en todas partes, de que existe la esperanza para todos los hombres, de que todos se salvan, ninguno se va al infierno, porque lo dice Francisco, lo predica Francisco. Ha hablado el maestro de los tontos en la Iglesia: Francisco. Ha hablado el engañabobos en la Iglesia: Francisco.

Francisco habla de la necesidad de la alegría, pero no habla de la necesidad de ver el pecado para estar alegres en Dios. Francisco presenta una alegría humana, superficial, que le gusta a todos los hombres, pero que no es la alegría del Evangelio. Es la alegría de los que van bailando, corriendo al infierno.

Francisco dice que la humanidad está enferma de fraternidad y no ve que la enfermedad del hombre es el pecado. No pone el dedo en la llaga, porque sólo quiere ser hombre amable con los hombres. Sólo quiere decirles a los hombres: ¡qué bueno es la vida! ¡qué bello es vivir! Pero no le da al hombre la solución de su enfermedad: que es quitar su pecado, luchar contra su pecado, meter su vida humana en el desierto de todo lo humano para vivir a Cristo en su corazón.

Esto no lo enseña Francisco porque no lo vive. Él vive su estúpida vida. Y hace que los demás lo imiten, viviendo sus estúpidas vidas en la Iglesia, llamado a todo fraternidad, cuando habría que llamarlo todo engendro demoniaco.

Francisco quiere una Iglesia mundana, pero no quiere la santidad, que es crucifixión del mundo. Quiere aferrarse a su vida mundana, pero no puede acogerse a la Verdad de Cristo, a la vida divina que Cristo le ofrece en un camino de Cruz, de desprendimiento de todo lo humano. Él no puede comprender esto. Por eso, cuelga de su cuello una cruz con un cristo con los brazos cruzados, porque ya no hay que crucificarse, sufrir, ya que Cristo ha sufrido por todos. Ahora, a descansar en la vida: a comer, a ser felices, a ganar dinero y a morir contentos, que todos nos salvamos, que ya cristo negoció la salvación de todos los hombres y al Cielo sin sufrir más en la vida, con los sufrimientos que cada cual tenga en su vida. Esto es su mente. Esto es lo que piensan muchos en la Iglesia: esta espiritualidad cómoda, acomodada a la vida humana, que sólo pone la mira en los problemas de los hombres para vivir solucionando problemas humanos. Y eso da felicidad al hombre.

Por eso, a Francisco no le gustan los profetas. No puede con ellos, porque los Profetas ponen verde a Francisco, lo niegan como Vicario de Cristo, y le dan el nombre de falso profeta.

Pero, como Francisco se cree sabio, como él se que cree más que todos los profetas, él hace como los falsos profetas: habla en contra de la Verdad para decir sus mentiras en la Iglesia. Y así tapa a los profetas.

Francisco nunca va a escuchar a un Profeta, porque no cree en el Espíritu de Profecía. Sólo cree en su mente humana. Sólo habla en la Iglesia lo que se inventa su mente humana. Sólo sale de su boca la arrogancia de su mente humana.

Y los que los siguen, los que hacen coro a su estupidez doctrinal, son los que se niegan a reconocer la Verdad en la Iglesia, que son muchos, porque sólo quieren vivir felices en el mundo y en sus vidas.

La Iglesia ha perdido la fe en la Palabra de Dios. Por eso, lo que viene a la Iglesia no es nada bueno. Y el mismo Francisco tendrá que callar su boca ante la maldad que va a contemplar en la Iglesia, en esa iglesia que él quiere de la alegría y del bienestar.

Jesús no ha hecho una sola familia humana

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“A través de tu sabiduría, inspira a los líderes de los gobiernos y a los empresarios, así como a todos los ciudadanos del mundo, a encontrar soluciones de caridad para finalizar la hambruna mundial y asegurar el derecho de todo ser humano al alimento” (Oración de la Campaña “Una Sola Familia Humana, Alimentos para Todos”).

Este es el negocio de Francisco en la Iglesia: pedir dinero para quitar el hambre en el mundo. Y ¿en qué basa este negocio? En una herejía: “Nos enviaste a tu Hijo a compartir su propia carne y sangre y a enseñarnos tu Ley de Amor. A través de su muerte y resurrección nos has formado en una sola familia humana” (Oración de la Campaña “Una Sola Familia Humana, Alimentos para Todos”).

Quien rece esta oración, es seguro que Dios no lo escucha, sino que lo escucha el demonio. Porque Dios no da dinero para remediar el hambre del mundo. Jesús dio de comer haciendo un milagro, no pidiendo dinero a los ricos del mundo.

“Jesucristo (…) mediante su resurrección nos constituye en humanidad nueva, en total comunión con la voluntad de Dios, con su proyecto, que comprende la plena realización de la vocación a la fraternidad” (Francisco, 8 de diciembre).

La gravedad de estas palabras ponen a Francisco como, no sólo hereje en la Iglesia, sino apóstata de la fe.

Decir una herejía es proclamar una mentira como verdad; pero ser apóstata es enseñar una mentira como verdad. Los herejes son falsos profetas, que dan sus mentiras por todas partes, para llenar el mundo de mentiras; pero un apóstata hace más que un falso profeta: enseña a obrar la mentira con el poder que tiene en la Iglesia. Esto es lo que hace Francisco, por eso, él actúa como anticristo, enseña lo opuesto a Cristo. Y lo enseña para que se obre en la Iglesia. Eso es la oración de Cáritas: han aprendido de la doctrina de Francisco.

Jesús no nos ha constituido en humanidad nueva por su Resurrección. Esto, Francisco, se lo ha sacado de la manga. Jesús da al hombre Su Gracia, pero no regenera la humanidad. Jesús da a cada hombre la oportunidad de salir de su pecado y vivir en Gracia, pero no da a cada hombre la Gracia, no quita el pecado de la humanidad entera, no hace una humanidad nueva y, mucho menos, en total comunión con la Voluntad de Dios.

Predicar esto es sencillamente negar el pecado original, negar la Obra de la Redención del hombre por Cristo y negar la Obra de la Santificación del hombre por el Espíritu.

Como Cristo ha muerto y resucitado, entonces todo el mundo es bueno y se va al cielo. Esto es, en resumen, lo que dice Francisco. Una gran barbaridad. Una gran herejía. Y esto es lo que se pone para pedir dinero: como todos somos una gran familia humana, nueva, porque Cristo lo ha hecho, entonces hay que acabar con los conflictos de los hombres pidiendo dinero a los ricos, porque, claro, son los ricos los culpables de que los pobres no tengan qué comer.

Son los líderes de los gobiernos y los empresarios de todo el mundo los culpables de que haya gente que pase hambre. Este es el argumento de Francisco. Insostenible, pero apoyado en la Iglesia por la misma Jerarquía.

Como Cristo ha “hecho de los dos pueblos uno, derribando el muro de separación, la enemistad” (Ef 2, 15), entonces, todos somos hermanos y no hay que llamar a nadie enemigo. Esta es la falsedad que propone Francisco. Él no distingue entre hijos de Dios e hijos de los hombres. Sino que mete a toda la humanidad como hija de Dios. Esto es lo inconcebible.

Cristo ha derribado el muro, porque ha quitado el pecado de Adán, que ponía al hombre enemigo de Dios. Pero Cristo no quita el pecado de cada hombre. Cada hombre, para quitar su pecado, tiene que ponerse a los pies de Cristo y recibir de Él el perdón por sus pecados y la Gracia para vivir una vida nueva: “al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos” (Flp 2, 10).

No podemos meter a todo el mundo en el bote de la salvación, como lo quiere Francisco, y llamar a todo el mundo hermanos.

Cristo ha quitado la enemistad, pero los hombres siguen siendo enemigos porque están en sus pecados, permanecen en sus pecados. ¿Es que no tenéis inteligencia?

“Os exhorto, en el Señor, a que no viváis ya como viven los gentiles, en la vanidad de sus pensamientos, obscurecida su razón, ajenos a la vida de Dios por su ignorancia y la ceguera de su corazón (…) despojaos del hombre viejo (…) vestíos del hombre nuevo” (Ef 4, 17.22.23).

Para ser de Cristo no es suficiente con que Cristo haya quitado la enemistad; es que cada hombre tiene que quitar su enemistad con Dios, tiene que despojarse de su hombre viejo de pecado, tiene que revestirse del hombre nuevo en la gracia; y así será hijo de Dios. Y sólo así habrá fraternidad entre los hijos de Dios.

Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña lo que le da dinero en su negocio en la Iglesia. Su tapadera para llenarse el bolsillo de dinero: “son muchos los que andan (…) que son enemigos de la Cruz de Cristo. El término de ésos será la perdición, su Dios es el vientre, y la confusión será la gloria de los que tienen el corazón puesto en las cosas terrenas” (Flp 3, 18-19).

Ahí tienen a Francisco que sólo habla del dinero porque su corazón sólo está puesto en el dinero. Sólo habla del hombre porque su corazón sólo sigue al hombre.

¿A quién se le ocurre pedir dinero para quitar el hambre en el mundo? Sólo a un comunista, como Francisco. Esta es la doctrina del demonio puesta en obra por Francisco en la Iglesia, apoyado por toda la Jerarquía que calla su herejía, aplaudido por tantos fieles que son como él: herejes y apóstatas de la fe.

Jesús no pidió dinero a los ricos de su tiempo, porque no hace falta sacar de la hambruna al hombre. No hace falta darle alimentos al hombre. Lo único que hace falta es hacer ver al hombre que está en pecado y que salga de su pecado. Y, cuando hace eso, entonces el hombre tiene para comer.

Jesús, para pagar los impuestos, hizo un milagro: de la boca del pez resolvió el problema. ¿Todavía no creéis en la Palabra de Dios que da todo lo necesario sin mover un dedo, sin pedir dinero a nadie, sin buscar dinero en ningún sitio? Francisco no cree y, por supuesto, la Iglesia está llena de gente que ha hecho su propia providencia pidiendo dinero a los ricos del mundo. Y ya no creen en la Providencia Divina.

Jesús no ha formado una sola familia humana con su muerte y su resurrección. Esta es la mayor estupidez de Francisco. Para el que tenga fe en la Palabra de Dios se le cae la cara de vergüenza leyendo esta frase.

“No os unáis en yunta desigual con los infieles” (2 Cor 6, 14). ¿A quién se hace caso: a Francisco o a san Pablo?

“¿Qué consorcio hay entre la justica y la iniquidad?” (v. 14). ¿Qué unión hay entre la justicia de los hijos de Dios y la iniquidad de los hijos de los hombres? ¿Dónde está la sola familia humana que ha creado Jesús si todavía hay pecado entre los hombres, si hay hombres que son demonios, si existen personas que no quieren la verdad en sus vidas?

Es que no se puede dar una sola familia humana. Es que esto es el abc de la vida espiritual. Cristo quita el pecado de Adán, que es la enemistad entre el hombre y Dios; pero Cristo no quita el pecado en cada hombre. Luego, no hay fraternidad, no hay amor entre los hombres, no hay una sola familia humana.

Luego, pedir dinero a los ricos del mundo para quitar la hambruna de la gente es sólo el negocio de Francisco en la Iglesia. ¡Un negocio muy peligroso!

Francisco, ¿quieres dinero? Dame poder en tu iglesia.

Esto es una tapadera lo de pedir dinero; el fondo es ése: hay que sujetar la iglesia en Roma con el poder del mundo, hay que meter en Roma el poder del mundo. Y así puede entrar el Anticristo. Una iglesia manejada por el mundo es la iglesia del Anticristo.

Esto es lo que no se enseña en Roma, porque se pone la careta de lo humanitario, de hacer una caridad, de ayudar a los más necesitados; porque eso es lo que vende, eso es lo que mantiene a Francisco en el poder: ser popular con la gente pobre, con la gente enferma, con la gente con problemas. Ése es su proselitismo, su ideología, su lenguaje doble y embustero en cada homilía. Y así, sin que nadie se dé cuenta, la iglesia es manejada por el poder del mundo.

Francisco habla para un pueblo que tiene sus problemas diciéndoles lo que ellos quieren escuchar: os voy a conseguir dinero para quitar vuestros problemas. Esto encanta a la gente. Y todo el mundo se pone a pedir dinero para sacar de la hambruna a la gente.
¡Gran negocio de Francisco en la Iglesia! ¡Gran negocio!

El profeta de Dios siempre habla lo que el pueblo no quiere escuchar. Y, por eso, es siempre impopular entre la gente del pueblo. Francisco es un falso profeta. Eso se ve a la legua. Eso es tan claro que todo el mundo se da cuenta de las estupideces de ese hombre. Pero, por el falso respeto humano, todavía se le llama Papa.

Así somos los hombres: tan humanos, tan sentimentales, tan afectivos, que nos cuesta decir a ese idiota: eres un maldito. Deja ya de llamarte Papa, deja ya de hacer tu teatro en la Iglesia. Deja ya de decir tus discursitos que no valen para nada.

Pero esto la gente no lo hace porque no vive buscando la verdad, sino que quiere –eso- un hombre sentado en la Silla de Pedro, porque tiene que haber un hombre. ¡A ver! Es como muchos, que van a la Iglesia los domingos porque toca ir a Misa.

Hoy no se vive de fe en la Iglesia, sino de rutinas, de compromisos, de culturas, de actos sociales, y por tanto, es igual quien esté sentado en la Silla de Pedro. Eso no interesa. Porque no se vive buscando el sentido de la vida y, por eso, se cae en la trampa de Cáritas, y se da dinero cuando Dios no quiere el dinero para quitar el hambre en el mundo. Pero, como lo dice la Iglesia, como está avalado por la palabra de uno que se llama Papa, entonces a dar dinero, a caer en el engaño.

Quien vive de fe no puede hacer comunidad entre Cristo y Belial (cf. 2 Cor 6, 15). No podemos hacer una Iglesia para servir a dos señores: al dinero y a Dios. El dinero es del demonio: que se lo quede el demonio. Cristo da la Gracia a los hombres para resolver todos sus problemas. Cristo no da dinero a nadie. Y a quien se lo pide, Cristo le da un castigo, porque pide mal, no pide en Su Nombre, la salvación de su alma.

Cristo viene a salvar las almas, no a quitar el hambre del mundo. Francisco quiere quitar el hambre del mundo. ¿Y todavía lo llaman Papa? ¿Cuándo vais a despertar del engaño?

Un sacerdote verdadero hace la oración de san Pablo: “doblo mis rodillas ante el Padre, de quien procede toda familia en los cielos y en la tierra, para que, según los ricos tesoros de su Gloria, os conceda ser poderosamente fortalecidos en el hombre interior por Su Espíritu, que habite Cristo por la fe en vuestros corazones y, arraigados y fundados en la Caridad, podáis comprender, en unión con todos los santos, cuál es la anchura, la longura, la altura y la profundidad y conocer la Caridad de Cristo, que supera toda ciencia, para que seáis llenos de toda la Plenitud de Dios” (Ef 3, 14).

Que habite Cristo en vuestros corazones, no que tengáis el estómago lleno de alimento y el bolsillo repleto de dinero. Cristo es el Poderoso para dar a los hombres la felicidad que necesitan. No son los políticos ni los empresarios del mundo los que ponen ese camino para encontrar la felicidad en la vida. Se es feliz con la Gracia de Cristo. Se es infeliz con el estómago lleno.

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia!

Primer anticristo

“Recuerdo el caso de una niña muy triste que al final confió a la maestra el motivo de su estado de ánimo: “la novia de mi mamá no me quiere” ¿Cómo anunciar a Cristo a estos chicos y chicas? ¿Cómo anunciar a Cristo a una generación que cambia? Es necesario estar atentos a no suministrarles una vacuna contra la fe” ( Diálogo del Papa Francisco sobre la vida religiosa -Antonio Spadaro S.J.).

Lo más triste de Francisco es una cosa: habla que en la Iglesia hay que dar testimonio y no hacer proselitismo, y es el primero que hace proselitismo y no da testimonio.

En la Iglesia hay que dar testimonio de la Verdad de lo que es un homosexual: es una abominación.

Y hay que enseñar a esos chicos y a esas chicas lo que son esos hombres o mujeres: abominación. Esta es la Verdad. Así se anuncia a Cristo a esa generación que vive estos problemas. Hay que poner al hombre en la Verdad de la Vida.

Y hay que decirle a esos chicos y a esas chicas que si quieren pertenecer a la Iglesia tienen que odiar a esos homosexuales que tienen como padres adoptivos, que tienen que rechazarlos para no caer en el mismo pecado de ellos.

Esto es dar testimonio de la Verdad. Esto es ponerse en la Verdad. Esto es hablar claro.

Pero Francisco hace su proselitismo y, entonces, dice: hay que “estar atentos a no suministrar una vacuna contra la fe”.

Un Obispo que diga esto deja bien claro lo que es ante la Iglesia: un hipócrita, un fariseo, un maldito, un necio, un sinvergüenza, un modernista, un seguidor del anticristo, una encarnación de satanás.

Francisco no quiere salvar a las almas dándoles la Verdad del Evangelio, que es la fe. Si las almas no tienen la Palabra de Dios en sus corazones, entonces nunca se van a poner en la verdad de sus vidas.

Una niña que vive, en su familia, una relación de lesbianismo, y no se le enseña la Verdad de esa relación, no se le enseña a llamar a su mamá: abominación; ni a la novia de su mamá: abominación; sino que se le enseña a amar a esa mamá y a esa novia, entonces esa niña se condena al infierno, porque no se le da el camino de salvación en su vida.

No se puede amar a una madre que quiere ser lesbiana. No se puede. Una niña tiene que rechazar a esa madre y ponerla en su sitio. Tiene que juzgarla, a ella y a su pecado; y, por tanto, también, a su novia y a su pecado. Si se quiere poner en la verdad de su vida, si quiere dar sentido a su vida, entonces tiene que ver la vida como la ve Dios.

Y Dios ve a su madre y a la novia de su madre como abominación. Y lo que Dios ve tiene que estar en el corazón de la persona. Porque lo que Dios ve, lo que Dios piensa esa es la verdad de la vida, ése es el sentido de la vida.

En la Iglesia no estamos para seguir las novedades de los pensamientos de los hombres; en la Iglesia no estamos para comulgar con las realidades pecaminosas de los hombres; en la Iglesia no estamos para hacer de la vida de pecado de los hombres una vida santa, no podemos llamar al pecado una verdad, un camino en la vida, no podemos bendecir el pecado en la Iglesia. Hay que condenar el pecado y al pecador. Hay que llamar al pecado con el nombre de pecado. Hay que saber dar al alma la razón de su existencia en la vida.

Si una niña vive en una familia de pecado, con una madre que no es madre, con la novia de esa madre que obra su iniquidad en medio de esa familia, hay que decirle a esa niña que si quiere salvarse, que se vaya de esa familia, que se aleje de esa familia, porque donde reina el pecado, allí no está Dios. Donde se vive la abominación se vive la posesión del demonio.

Pero como estas cosas no se enseñan en la Iglesia, entonces hay que dar cosas a las almas para que sigan en sus vidas como puedan, hay que darles sentimientos, ternuritas, cariñitos, y, después, que se condenen, porque nadie les predicó la Verdad del Evangelio, nadie les enseñó a ver la vida con los ojos de Dios. Sólo recibieron la enseñanza de los hombres, que es siempre llena de mentira y de engaños.

Francisco nunca va a dar testimonio de la Verdad del Evangelio porque sigue su necio pensamiento humano. Y nunca se va a poner en la Verdad de la vida, sino que siempre va a enseñar el camino de la perdición a las almas en la Iglesia.

Francisco no enseña la virtud en la Iglesia, sino el vicio y el pecado. Enseña a pecar y a seguir pecando, porque ésa es su vida: su pecado. Y esa es su obra: su pecado.

Y si la Iglesia no se opone a Francisco, Dios lo va a hacer, pero castigando a la misma Iglesia.

No se puede consentir que un hombre que se sienta en la Silla de Pedro diga estas barbaridades y todos callen, y todos aplaudan, y todos se queden mirando a otra parte como si aquí no pasara nada.

Aquí pasa y mucho. Porque está en juego la Verdad de la Iglesia. Está en juego la Santidad de la Iglesia. Está en juego lo más valioso y lo más sagrado que tiene la Iglesia: Cristo Jesús.

Y Francisco juega con fuego entre sus manos. Pone a Cristo como el camino a seguir en la Iglesia, pero no da su doctrina como es. Eso es ser un traidor de la Verdad, un judas de la Iglesia y un anticristo en medio de la Iglesia.

Francisco es el mayor necio de todos en la Iglesia. Sólo hay que ver su estupidez de pensamiento en todas sus homilías. Así habla un estúpido cada día en la Iglesia. Y así está llena la Iglesia de estúpidos que le hacen coro. Y nadie se atreve a levantarse en contra de ese estúpido por el falso respeto humano que condena a toda la Iglesia.

En la Iglesia estamos hartos de las idioteces de ese desgraciado de Francisco. En la Iglesia ya estamos hasta las narices de aguantar, día tras día, las necias charlatanerías de Francisco para conseguir ser popular entre todos los hombres. Que Francisco se dedique a vivir en el mundo, fuera de la Iglesia, porque eso es lo que quiere. Ése es su ideal. Ésa es su obra. ¡Que deje de ser sacerdote porque lo que está haciendo es imitar a los hombres del mundo que se disfrazan de sacerdotes para dañar a la Iglesia!

¡Que Francisco se quite ya la careta en la Iglesia! ¡Que ya huele mal lo que habla y lo que obra! ¡Que huele a podrido! ¡Que se le ve por dónde va! ¡Que no somos tontos en la Iglesia! ¡Sabemos lo que queremos! ¡Que se vaya Francisco al infierno, porque eso es lo que él ha elegido y lo manifiesta día tras día en la Iglesia!

En la Iglesia queremos seguir a Cristo y sólo a Él. Los demás, que hagan lo que quieran, pero si no dan a Cristo, no sirven en la Iglesia.

La Iglesia se hace en la Verdad, que es Cristo. Y a quien no le guste la Verdad, que salga de la Iglesia y forme su iglesia como le dé la gana, pero que no enseñe en la Iglesia sus vergüenzas, como hace Francisco.

Francisco no es Papa, ni soñando. Francisco es sólo un pobre idiota, vestido de sacerdote, que no sabe dónde pisan sus pies. Es como un borracho que se mueve al son de su embriaguez y que no tiene ni idea de lo que hay a su alrededor. No ve la realidad de la vida, sólo ve su ensueño, su maliciosa obra en la Iglesia.

Quien siga a Francisco se condena porque no discierne su gran pecado en medio de la Iglesia.

Quien comulgue con Francisco hace de su vida el trono del demonio: adora a Satanás y hace las obras de Satanás en su vida.

Francisco ha robado la Silla de Pedro para ser popular en el mundo, para ganarse el aplauso del mundo, para ser amigo del mundo.

Francisco es enemigo de la Iglesia, enemigo de cada alma que busca la Verdad en la Iglesia. Y a ese enemigo se le combate hasta el final, porque es un peligro en medio de la Iglesia. Francisco no es sólo una tentación en la Iglesia, es el mismo infierno en medio de la Iglesia para condenar a las almas a lo más profundo de ese infierno.

No se puede abrir la mano con el enemigo. Hay que encerrarlo y aprisionarlo hasta que muera. No hay compasión con Francisco. No hay Misericordia con él, porque no da muestras de arrepentimiento. Sólo da muestras de seguir en su pecado y de exaltar su pecado en medio de la Iglesia.

La Verdad es la Verdad y, por eso, Francisco es la mentira en la Iglesia, es la obra del demonio en la Iglesia. Francisco hace de la Iglesia su manjar, su alimento, su vómito, su lujuria, su necedad.

Francisco hace de cada alma su oportunidad para ser del mundo, para conquistar el mundo, para ganar dinero en la Iglesia.

Es muy fácil ser como Francisco en el mundo, porque el mundo está lleno de personajes como él. Francisco, en medio de la Iglesia, imita a los hombres corruptos del mundo. Y se pone como santo, como sabio, como el que sabe cómo guiar a la Iglesia.

Por eso, su vida es la más desgraciada de todas, porque vive para condenarse, no vive para salvarse. Y, por eso, vive para condenar almas y hacer que esas almas condenen a otras.

¡Qué pocos han discernido lo que es Francisco! Todos le besan el trasero. Todos festejan su pecado. Todos hacen de su pecado su vida en la Iglesia. Y, por eso, lo que viene ahora a la Iglesia es mortal para la misma Iglesia, porque no ha sabido oponerse a un traidor.

El evangelio de la fraternidad: el evangelio del demonio

Primer anticristo

“En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común. De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente. También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria” (Francisco, 1 de enero de 2014).

Esto lo llama, Francisco, el evangelio de la fraternidad. Y, por supuesto, es lo más contrario al Evangelio de Cristo. Esta es su idea equivocada y herética del amor fraterno y del amor de Dios, que ya rige en su nueva iglesia en Roma. Y, que es el resumen de su panfleto evangelii gaudium.

A. “En la base está la convicción de que somos todos hijos del único Padre celestial, formamos parte de la misma familia humana y compartimos un destino común”.

a. Para Francisco todos somos hijos de un único Padre Celestial: esto no sólo es un error, sino una clara herejía.

1. Dios crea el alma, pero por crearla Dios no es Padre del alma, sino sólo su Creador.

2. El alma, al nacer en el pecado original, está en manos del demonio. Y, por tanto, su padre es el demonio, no Su Creador.

3. Si el alma no se bautiza, entonces no puede recibir el Espíritu de filiación divina, y sigue en manos del demonio, y su padre sigue siendo el demonio.

4. El alma que se bautiza es hija de Dios por adopción, pero todavía no está salvada ni santificada. Todavía no puede ser llamada hija hasta que no se purifique siguiendo la huellas de Cristo. Todavía puede condenarse y, por tanto, aunque tenga el Bautismo, aunque sea hija de Dios por adopción, va con eso al infierno. Y su padre, en el infierno, es el demonio.

b. Para Francisco, todos formamos parte de la misma familia humana. Y esto sigue siendo un error. Porque una cosa es la que diferencia a los hombres desde Cristo: la gracia. Y, por tanto, los hombres se dividen en dos: los que están gracia y los que no están en gracia.

1. Los que están en gracia son los que tiene el Espíritu de Dios y lo siguen en la Iglesia. Y, por tanto, son los hijos de Dios. Ya no son los hijos de los hombres. Ya no pertenecen a la familia de los hombres. Son hombres, pero en Gracia, con un ser divino que los pone por encima de los hombres, de la familia humana. Es la familia divina. Por supuesto, son pocos los que pertenecen a la familia de Dios, porque es necesario creer en el pecado.

2. Los que no están gracia, son sólo hombres, que tienen un alma y un cuerpo, pero que no pueden seguir al Espíritu, porque no son fieles a la Gracia. Son sólo hombres, hijos de los hombres. Y, aunque tengan el bautismo, por no ser fieles a la Gracia, inutilizan ese Sacramento, y no son considerados hijos de Dios hasta que no quiten sus pecados y se pongan en gracia. Ser hijos de Dios es ser hijo en gracia, no sólo porque se haya recibido un bautismo. Y la gracia es un don de Cristo al alma, diferente al Bautismo.

c. Para Francisco, todos compartimos un destino común: terrible herejía. Está negando el cielo, el purgatorio y el infierno. Sólo dice que todos vivimos en este mundo, en el destino que este mundo nos da: una vida humana, unas obras humanas, unos planes humanos. Todos un destino común. Por supuesto, que se entiende que está diciendo que todos nos salvamos.

¿Ven su herejía? Un verdadero Papa nunca pone esta frase, porque es totalmente contraria al Evangelio de Cristo, contraria a la doctrina de Cristo, contraria al Magisterio de la Iglesia, contraria a la verdad, incluso a la verdad humana, natural.

¿Han percibido el ideal de Francisco? O ¿todavía no disciernen lo que hace Francisco en Roma? ¿Ven hacia dónde quiere llevar a la Iglesia? ¿No lo ven o hay que explicarlo? Francisco está dando el resumen de todo lo que escribió en su evangelii gaudium, que lo define como el evangelio de la fraternidad. Y, a pesar de las criticas que ha recibido, no ve su pecado, no ve su herejía, no ve que lo que ha escrito no sirve para nada. Es sólo su ideal para convencer al mundo y a la Iglesia que hay que amar la mentira, el pecado, la herejía, el error en todas las cosas.

B. “De aquí deriva para cada uno la responsabilidad de trabajar a fin de que el mundo se convierta en una comunidad de hermanos que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente”.

Desde este evangelio de la fraternidad se invita a trabajar, ¿para qué?

a. “el mundo sea una comunidad de hermanos”: ¿ven la doctrina del demonio en esta frase? ¿no la captan? El mundo es del demonio. Luego, no hay amor en el mundo, no hay amor de Dios, no hay amor fraterno. ¿Ya lo han captado? Francisco está proponiendo no sólo una utopía, sino el mismo pensamiento del demonio. Francisco no está hablando como Vicario de Cristo, sino como un demonio, como un falso Profeta. ¿Han captado? ¿Todavía no disciernen lo que es Francisco? ¡Si no somos del mundo, si somos de Cristo!. Por tanto, no hay que trabajar para que el mundo sea una comunidad de hermanos. ¿Ya lo han captado? Somos hermanos en el Espíritu en la Iglesia. No somos hermanos de los hombres que viven en el mundo y que tienen el espíritu del mundo. Somos contrarios al espíritu del mundo. No queremos ser del mundo ni tener su espíritu. No queremos a los hombres del mundo. No los amamos, los odiamos porque son los enemigos de Cristo y de Su Iglesia.

b. “que se respetan, se aceptan en su diversidad y se cuidan recíprocamente”: ¿ven todas las barbaridades que está diciendo Francisco en esta frase? Si en el mundo no hay amor, entonces ¿habrá respeto entre los hombres? No. ¿Los hombres se aceptarán unos a otros? No. ¿Los hombres se cuidarán unos a otros? No.

Es que la historia del hombre, desde que Caín mató a Abel es siempre la misma. ¿Todavía no ha aprendido la historia de los hombres Francisco? ¿En qué mundo vive Francisco? ¿Qué es lo que sueña Francisco? ¿En qué cabeza puede entrar esta doctrina de Francisco? Sólo en la de él. Y en los que tienen el mismo deseo de Francisco: destruir la Iglesia a base de un amor utópico, ilusorio, que no se sostiene con nada. Sólo está en el pensamiento de Francisco ese amor, pero, en la práctica, no hay quien lo viva, porque las cosas son de otra manera.

Francisco no cae en la cuenta de la estupidez que está diciendo en esta frase. ¡No ha caído en la cuenta! Cristo nos da Su Gracia para salvarnos y santificarnos, trabajando por quitar lo que impide la fraternidad: el maldito pecado.

En el evangelio de la fraternidad, que es el evangelio del demonio, que es el panfleto evangelii gaudium, ya no existe el pecado, porque todos somos hijos del Padre y todos vamos derecho al Cielo. Todos tenemos derecho natural a salvarnos. Y, por tanto, lo único que hay que hacer en esta vida es: trabajar para hacer un mundo bueno, mejor, más humano. Esta es la herejía que va contra la Palabra de Dios, va contra la Verdad del Evangelio, va contra la doctrina de Cristo, va contra el Magisterio de la Iglesia, va contra todos los Santos de todos los tiempos. Francisco se opone a todo. ¡A todo! Es imposible la obediencia a Francisco. Es imposible seguir su evangelio de la fraternidad. ¡Imposible para un católico!¡No se puede! Quien siga este evangelio de la fraternidad se condena, sale de la Iglesia y se pone en la iglesia de Francisco, en la iglesia del demonio.

Pero, seguramente, habrá personas que alaben este evangelio, que lo encumbren como una pieza de arte, sagrada, divina, que ha salido de la boca del más idiota de los idiotas. Habrá gente en la Iglesia que haga coro al evangelio de la fraternidad, es decir: ¿cómo ser hermanos unos con otros en el infierno? ¿qué hay que hacer para irse al infierno siendo hermanos en la vida, en el mundo? Esta es la locura que propone Francisco el día de la Maternidad Divina. Aquí se ve que no tiene ni idea de lo que es la Madre de Dios. No ha aprendido nada de la Madre en este día, que de sólo Ella habría que hablar. Ni idea. Palabritas es lo que ha dicho este día sobre la Madre de Dios. Palabritas llenas de vacío espiritual, para acabar el día diciendo su grandiosa estupidez, su grandiosa herejía, su demoniaco ideal.

C. “También estamos llamados a darnos cuenta de las violencias y de las injusticias presentes en tantas partes del mundo y que no pueden dejarnos indiferentes e inmóviles: se necesita el empeño de todos para construir una sociedad verdaderamente más justa y solidaria”

a. El hijo de Dios está llamado a darse cuenta del pecado y, por tanto, a hacer oración y penitencia para que se quite el pecado y las consecuencias del pecado. Hay que vestirse de saco, de sayal, poner la cabeza en el suelo y pedir al Señor que tenga Misericordia de este mundo que sólo quiere pecar. Por tanto, no hay que mover un dedo por nadie. Si se hace oración y penitencia, el Señor dirá qué dedos hay que mover. Y si el Señor no dice nada, no hay que hacer nada de nada. Al hijo de Dios le importa un rábano los problemas de los hombres, porque sabe de dónde nacen todos sus problemas. Y si el hombre en el mundo quiere pecar y quiere hacer el mal, que lo siga haciendo. Con la oración y con la penitencia se resuelven todos los problemas del mundo sin mover un dedo por nadie. Esto es lo que dice la fe en la Palabra de Dios.

b. Francisco dice que hay que construir una sociedad más justa y solidaria. Y es que la Iglesia no está para eso. El evangelio de la fraternidad no es para la Iglesia. ¿No lo han captado? Es para el mundo. Es sólo para el mundo, para las sociedades del mundo, es para la nueva iglesia en Roma que es sólo del mundo, que se abre al mundo, que tiene el espíritu del mundo en sus entrañas. Por eso, este evangelio de la fraternidad es la doctrina del demonio. ¡Y no otra cosa! Sólo los hijos de Dios hacen una familia, una sociedad, un mundo más justo, porque obran la Voluntad de Dios. El mundo, por más ciencia que tengan, por más que trabajen, que se dediquen a ser mejores, nunca van a construir una sociedad perfecta, justa, solidaria. Es la utopía de Francisco. Es su comunismo. Es su marxismo. ¿Todavía no disciernen?

Este evangelio de la fraternidad no pertenece al Magisterio de la Iglesia. No es digno de la Iglesia. Es el fruto de la cabeza de Francisco que sólo tiene una idea: romper la Iglesia completamente, dando culto a su humanismo, a su sentimentalismo, a su deseo de ser del mundo, de vivir para el mundo, de que en la Iglesia todos se hagan del demonio.

Si quieren condenarse, allá ustedes. Si quieren ser del demonio, besen el trasero de Francisco. Él les da lo que ustedes quieren escuchar, pero nunca la Verdad del Evangelio.

Quien no cree en los milagros adora su mente humana

sanmiguelvirgen

“Da mihi animas caetera tolle”(San Juan Bosco): “Dame almas, quita lo demás”

El deber de la Iglesia: conservar la doctrina de Cristo y propagarla íntegra e incorrupta. Si la Iglesia no hace esto, entonces rebaja la doctrina de Cristo a fábulas humanas, a opiniones de los hombres, a corrientes filosóficas o teológicas, que producen confusión dentro de la Iglesia y hacen que todos vivan la mentira en Ella.

Quien no predica la Verdad de lo Revelado, entonces predica la mentira que el hombre quiere escuchar.

“(…) Respecto a los panes y los peces quisiera agregar un matiz: no se multiplicaron, no, no es verdad. Simplemente los panes no se acabaron. Como no se acabó la harina y el aceite de la viuda. No se acabaron. Cuando uno dice multiplicar puede confundirse y creer que hace magia, no. No, no, simplemente es tal la grandeza de Dios y del amor que puso en nuestros corazones, que si queremos, lo que tenemos no se acaba (…)” (Francisco, 16 de mayo de 2013, Ciudad del Vaticano).

“Los panes y los peces no se multiplicaron”: es decir, Jesús no hizo el milagro de la multiplicación de los panes. No multiplicó nada. Y, por tanto, en este pasaje del Evangelio no se da ningún milagro, sino que debe ser explicado de otra manera: “no se acabaron”. Es decir, Jesús tiene guardado, en una casa aparte, panes y peces para tanta gente, porque no se acabaron. Esta es la fábula que dice Francisco. Esto es una herejía, y Francisco es anatema por esta herejía:

“Si alguno dijere que no puede darse ningún milagro y que, por ende, todas las narraciones sobre ellos, aun las contenidas en la Sagrada Escritura, hay que relegarlas entre las fábulas o mitos, o que los milagros no pueden nunca ser conocidos con certeza y que con ellos no se prueba legítimamente el origen divino de la religión cristiana, sea anatema [cf. 1790]” ( Conc. Vaticano I, Sesión III – Constitución dogmática sobre la fe católica – Cánones de la fe -De la demostrabilidad de la revelación)

En la Iglesia se está para creer en la Revelación de Dios:

“En segundo lugar: admito y reconozco como signos certísimos del origen divino de la religión cristiana los argumentos externos de la revelación, esto es, hechos divinos, y en primer término, los milagros y las profecías, y sostengo que son sobremanera acomodados a la inteligencia de todas las edades y de los hombres, aun los de este tiempo” (Juramento contra los errores del modernismo [Del Motu proprio Sacrorum Antistitum de 1º de septiembre de 1910])

Quien niegue los milagros de Cristo, entonces tiene que negar la Iglesia de Cristo. La religión cristiana son obras divinas, no obras humanas. La Iglesia que funda Cristo la hace sobre obras de Dios, sobre hechos divinos, hechos milagrosos, que no se pueden explicar con la razón humana ni, por tanto, con las fábulas o historias de los hombres.

Decir que los panes y los peces no se multiplicaron es contar a la gente que Cristo, con su esfuerzo humano, con lo material de la vida, apoyándose sólo en lo natural, enseña a los discípulos una doctrina para el hombre, que sólo se fija en lo humano, que da gusto a los hombres y que da de comer sólo a los hombres. Cristo no hizo milagros, sino que dio de comer a tanta gente. Y, por lo tanto, la Iglesia es para de comer a la gente: busquemos alimentos, vestidos, lo material de la vida para hacer eso que hizo Cristo. Esta es la predicación de Francisco. Esta es la nueva iglesia de Francisco.

En esto se apoya para decir todas las herejías desde hace diez meses: en su humanismo, en sus fuerzas humanas, en su pensamiento humano, en sus fábulas en la Iglesia. Por eso, Francisco es un comunista, un marxista, y sólo hace política en la Iglesia, pero no busca la Verdad en la Iglesia, no lleva a la Iglesia hacia la Verdad.

Francisco es un hereje y, por tanto, ningún hereje es la Voz de Cristo en la Iglesia. Sólo el que cree en el Evangelio, el que da la Verdad del Evangelio, el que predica el Evangelio como está escrito, sin quitar ni añadir ninguna palabra, sin interpretar el pasaje según la mente de cada cual, entonces ése da la verdad y es Voz en la Iglesia, la Voz de la Verdad.

Es claro que no se puede dar la obediencia a un hereje. Nadie puede someterse a Francisco. Si alguien lo sigue, se condena. Francisco no es el Papa verdadero, porque el Papa verdadero cree en los milagros de Cristo, no cuenta fábulas, como hace ese hereje.

Francisco no es la Voz de Cristo en la Iglesia, porque el Papa verdadero sólo habla la Verdad en la Iglesia, no da su versión del Evangelio, de los milagros, porque sólo el Papa verdadero da a Cristo, da la Palabra de Cristo en la Iglesia.

Mucha gente no tiene dos dedos de frente con Francisco. Están ciegos diciendo que, como es el Papa, entonces hay que prestarle obediencia. Ese es todo su argumento. De ahí no salen. Eso es señal de estupidez humana. Sólo un necio obedece al mentiroso. Sólo uno que no ve la Verdad acoge la mentira, -y cualquier mentira. Y llama a la verdad con el nombre de mentira, y llama a la mentira con el nombre de verdad.

Dame almas, no cuerpos, no lo material de la vida, no un negocio en la vida, sino enséñame a buscar el Espíritu en la vida, el espíritu en cada alma, el espíritu en cada corazón. Enséñame a ver a los hombres como almas, no como hombres, no como seres humanos, no como cuerpos, sino como seres donde el Espíritu hace su Templo.

En la iglesia de Francisco se dedican a los cuerpos de los hombres, a engordar la vida humana de los hombres, pero no son capaces de dar un camino para las almas de los hombres, un camino de salvación y de santificación.

Lo demás en la vida que no sea el alma no interesa para entender la verdad de la vida.

La verdad de cada alma está en su corazón, en su espíritu, en su alma. Y cada persona tiene que buscar en Dios esa verdad, tiene que verse como Dios la ve, con los ojos de Dios. Y, por eso, la oración y la penitencia, el sacrificio de las cosas humanas, el camino de la cruz, para que el hombre se centre en su alma y viva una vida buscando almas, no cuerpos.

El alma es lo principal en el hombre. Y en el alma está todo lo que el hombre tiene que saber en su vida. Dios habla a las almas, Dios no habla a los cuerpos de los hombres, a las vidas humanas; Dios no enseña a realizar obras humanas maravillosas, sino que enseña a realizar obras divinas, milagrosas.

Es lo que enseñó Jesús a Sus Apóstoles: una obra divina, una obra milagrosa, para que Sus Apóstoles hicieran los mismo: “El que en mi cree, las obras que yo hago, él las hará también, y aún mayores hará, porque Yo voy al Padre“ (Jn 14, 12).

La Iglesia de Jesús es divina, está llena de obras divinas, no de obras humanas. En la Iglesia de Jesús sólo cree en lo divino, no en lo humano.

Jesús enseña a obrar milagros. Francisco enseña a vivir una vida humana. ¿Quién da la Verdad: Cristo o Francisco? ¿A quién hay que creer: a la palabra de Francisco o la Palabra de Dios?

Quien niega el milagro en la Iglesia niega a Cristo en la Iglesia, y niega la Iglesia de Cristo.

Quien aplaude al hombre crucifica, de nuevo, a Cristo y echa a Cristo de la Iglesia.

Están echando a Cristo de Roma. Están anulando su doctrina. Están presentando un nuevo evangelio, una nueva forma de hacer iglesia lo más contraria a la Verdad , que es Jesús.

La Verdad no está en el pensamiento de ningún hombre. La Verdad es sólo Cristo Jesús. Y aquel que sigue a Jesús habla y obra sólo la Verdad. Los demás, se inventan a Jesús, se inventan el evangelio, se inventan la iglesia, se lo inventan todo con sus negros pensamientos.

Francisco se ha inventado un falso papa, una figura de papa, un papa que no es el Papa verdadero. Ha rebajado la santidad de Pedro y ha puesto la política del hombre en el Papado.

Francisco ha anulado el centro de la verdad en la Iglesia, que es Pedro. Y ha puesto la división más profunda que la Iglesia puede tener: el abismo de la mentira. Hay un agujero negro en Roma por donde entran y salen demonios del infierno.

Roma está infestado de espíritus demoniacos, que dirigen todo Roma para hacer de Roma el habitáculo del Anticristo.

Y los hombres de la Iglesia, tan contentos, como si nada pasara. Todos esperando la Navidad para seguir en sus pecados. Todos deseándose unas felices fiestas para seguir comulgando con el demonio. Y no ven lo que viene a Roma.

Jesús no puede permitir la maldad en Su Iglesia, porque Su Iglesia es la Verdad. Y aquel que toque a la niña de sus ojos, el castigo que tiene es diabólico. Porque Dios obra Su Justicia Divina con el demonio. El demonio, en su pecado, está sometido a la Justicia Divina. Y el demonio sólo obra aquello que Dios quiere en Su Justicia.

Lo que viene a Francisco y a su iglesia en Roma es algo diabólico. Algo que va a tambalear los cimientos del mundo, porque nadie se ríe ni de Cristo ni de Su Iglesia.

Dios guía a Su Pueblo hacia la Verdad que da sólo el Espíritu. Los hombres no saben ni buscar la Verdad en sus vidas ni obrarlas como conviene. Por eso, los hombres siempre se equivocan en sus percepciones en la vida. No piden la luz del Espíritu para obrar en el camino de la verdad, sino que andan buscando acá y allá algo que les satisfaga su curiosidad en la vida.

Roma está dando la mentira desde hace once meses. Y eso trae un castigo divino para Roma, para la Iglesia y para el mundo. Y hay que pedir luz al Espíritu para comprender ese castigo, para entender qué Dios quiere ahora de Su Iglesia, cuando las cosas están de mal en peor, cuando se ve la herejía, pero se sigue callando lo que un traidor, como Francisco, está haciendo en la Iglesia.

Dios no juega con Su Iglesia. Dios da la Justicia a su Iglesia para que comprenda el camino del Amor y de la Misericordia, que no es para todos los hombres, sino sólo para aquellos que creen, como niños, en la Palabra del Pensamiento del Padre.

Viene un gran castigo para todos. Un castigo espiritual, no material. Un aviso del Cielo para que los hombres comprendan y abran sus ojos a la Verdad. Y ese castigo es una misericordia sólo para aquellos que creen en la Palabra. Para los demás, significará una ceguera en su espíritu, en su alma y en su corazón.

No somos de la iglesia de Francisco

pantocrator

La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

Dos cabezas en la Iglesia

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“Si alguno, pues, dijere que no es de institución de Cristo mismo, es decir, de derecho divino, que el bienaventurado Pedro tenga perpetuos sucesores en el primado sobre la Iglesia universal; o que el Romano Pontífice no es sucesor del bienaventurado Pedro en el mismo primado, sea anatema” (CONCILIO VATICANO, 1869-1870 – SESION IV (18 de julio de 1870) – Constitución dogmática Ia sobre la Iglesia de Cristo – Cap. 2. De la perpetuidad del primado del bienaventurado Pedro en los Romanos Pontífices – Canon).

Pedro tiene perpetuos sucesores, es decir, siempre habrá un Pedro que gobierne la Iglesia de Jesús. Pero es a perpetuidad, para siempre, ab eterno, porque la Iglesia es Eterna, no temporal. Es un Reino que no acaba ni en el tiempo ni en el espacio. Va más allá de todo lo creado. Se dirige siempre hacia la Verdad que no tiene límites ni condiciones.

Si siempre hay un Pedro, entonces, se deduce, que Pedro tiene que ser hasta la muerte. Se es Pedro hasta morir. Y, en la muerte, se elige al sucesor de Pedro. Si no se hiciera así, entonces habría más de un Pedro en la Iglesia, más de una cabeza y eso va contra la misma Palabra de Dios: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”.

La Iglesia es una sola. Luego, Pedro es un solo.

No puede haber un Papa y un Papa Emérito. No se da en la Iglesia de Jesús. Se da en la nueva iglesia de Roma, que ya ha dejado de ser la Sede Romana del Primado de Pedro. La Iglesia se sienta sobre Roma. Y, desde Roma, Pedro gobierna toda la Iglesia.

Hay dos Papas: la Iglesia desaparece de Roma. Porque la Iglesia está allí donde está Pedro. Y el Papa Benedicto XVI no gobierna la Iglesia. Un falso pastor gobierna la Iglesia. Luego, no hay Iglesia. Roma no es la Sede del Primado de Pedro. Roma no tiene Autoridad Divina para nada en la Iglesia. Tiene autoridad humana para gobernar su bodrio, que es la nueva iglesia, su falsa Iglesia en Roma.

Por eso, Roma se convierte en la Sede del Anticristo, en la sede de todas las herejías, porque el Anticristo no sólo combate una verdad, sino todas las verdades de la Iglesia.

Francisco reúne en sí todas las herejías, por ser un precursor del anticristo, pero no puede ponerlas en obra. Sólo las dice en sus homilías, en sus escritos, en sus declaraciones, y así actúa como falso Profeta, al mismo tiempo.

Pedro es hasta la muerte porque la sucesión de Pedro es a perpetuidad, para siempre. Y, por tanto, tanto Pedro como su sucesión sólo puede ser expulsada de Roma, pero no anulada.

Nadie puede anular a Pedro ni a sus sucesores. Todos pueden combatir a Pedro y a sus sucesores.

Pedro nunca cambia en la Iglesia. Su función es siempre la misma: ningún Obispo se puede igualar a Pedro; todos los Obispos reciben de Pedro la autoridad en la Iglesia por la obediencia a Él, por el sometimiento a Él, porque Pedro recibe su suprema autoridad de Cristo, no de ningún hombre; Pedro es el Vicario de Cristo, la Cabeza Visible de la Iglesia, el Juez Supremo de los fieles.

Francisco no es juez supremo de los fieles porque no quiere juzgar a nadie. Claramente, él no es Pedro, él no es Papa, él no es Vicario de Cristo, él no es Cabeza Visible de la Iglesia, sino cabeza visible de la falsa iglesia del demonio.

Y, ante las palabras de Francisco: “también debo pensar en una conversión del papado”, se concluye que Pedro ya no existe en la nueva iglesia de Roma.

Es imposible una conversión del papado. Son los Papas los que tienen que convertirse a la Verdad, no el Papado al mundo, a la mentira. Si se da esa conversión del papado, entonces se quita a Pedro de la Iglesia. No existe la reforma de la Iglesia, sólo existe la conversión de los pecadores a la gracia de la verdad.

No puede darse una autoridad para los Obispos sin Pedro, que es lo que quiere Francisco: “todavía no se ha explicitado suficientemente un estatuto de las Conferencias episcopales que las conciba como sujetos de atribuciones concretas, incluyendo también alguna auténtica autoridad doctrinal”. Francisco va contra todo el dogma del Papado. Ningún Obispo tiene una auténtica autoridad doctrinal sin someterse a Pedro, sin la Obediencia a Pedro.

“La doctrina del Sínodo, por la que profesa: estar persuadido que el obispo recibió de Cristo todos los derechos necesarios para el buen régimen de su diócesis, como si para el buen régimen de cada diócesis no fueran necesarias las ordenaciones superiores que miran a la fe y a las costumbres, o a la disciplina general, cuyo derecho reside en los Sumos Pontífices y en los Concilios universales para toda la Iglesia, es cismática, y por lo menos errónea“ (PIO Vl, 1775-1799 – Derechos indebidamente atribuídos a los obispos- [Decr. de ord. § 25], n.6).

Toda la autoridad en la Iglesia reside en los Sumos Pontífices, en Pedro, porque el gobierno en la Iglesia es central, es único, es de una cabeza que lo da todo.

Querer dar autoridad a los Obispos, una autoridad autónoma, desprovista de la sujeción a la Cabeza, es destrozar todo el Papado, como quiere Francisco: “Una excesiva centralización, más que ayudar, complica la vida de la Iglesia y su dinámica misionera”.

Francisco se va del dogma, de la verdad sobre el Papado por seguir sólo el sentimiento de la dinámica misionera. Son dos cosas distintas: Pedro y la actividad misionera. La dinámica de las misiones nunca es razón para descentralizar el gobierno de la Iglesia.

Francisco cae en este error por este pensamiento: “el rebaño mismo tiene su olfato para encontrar nuevos caminos”.

Pedro es la cabeza de la Iglesia, el que va delante de los ovejas, el que marca el camino a las ovejas. Nunca Pedro es el que va en medio, junto a las ovejas, o detrás, siguiendo a las ovejas o esperando a las retrasadas, que es así como piensa Francisco: “…a veces estará delante para indicar el camino y cuidar la esperanza del pueblo, otras veces estará simplemente en medio de todos con su cercanía sencilla y misericordiosa, y en ocasiones deberá caminar detrás del pueblo para ayudar a los rezagados”.

Esta es la doctrina de un hereje que ya no quiere ser Pedro, que le importa muy poco la verdad de Pedro, que no ve la Iglesia como Jerarquía, como obediencia a la Verdad de la Palabra, sino que pone todo su empeño en hacer una Iglesia que salga a la calle, que sea del mundo, que sea la gente la que marque el camino. Francisco no quiere ser cabeza, quiere estar con el rebaño, quiere seguir al rebaño. Está diciendo: Pedro es una solemne tontería en la Iglesia.

Francisco se carga todo el Papado. Es lo que los hombres de la Iglesia no acaban de meditar, de ver, de vislumbrar lo que viene después de Francisco.

“Como el autor divino de la Iglesia hubiera decretado que fuera una por la fe, por el régimen y por la comunión, escogió a Pedro y a sus sucesores para que en ellos estuviera el principio y como el centro de la unidad… Mas, en cuanto al orden de los obispos, entonces se ha de pensar que está debidamente unido con Pedro, como Cristo mandó, cuando a Pedro está sometido y obedece; en otro caso, necesariamente se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada. Para conservar debidamente la unidad de fe y comunión, no basta desempeñar una primacía de honor, no basta una mera dirección, sino que es de todo punto necesaria la verdadera autoridad y autoridad suprema, a que ha de someterse toda la comunidad…” (Leon XIII) – De la unicidad de la Iglesia- [De la Encíclica Satis cognitum, de 29 de junio de 1896]).

Pedro tiene el principio y el centro de la unidad. No es el pueblo ese principio, no es el pueblo el que gobierna la Iglesia. No es el pueblo que decide la Iglesia. Pedro nunca tiene que hacer caso al pueblo para mandar en la Iglesia. Sólo tiene que obedecer a Cristo. Y los demás, obedientes a Pedro. Si no se da esta obediencia a Pedro, entonces viene lo que quiere Francisco: todo “se diluye en una muchedumbre confusa y perturbada”.

Francisco propone que el rebaño marque nuevos caminos. Luego, la nueva iglesia en Roma es un conjunto de hombres que sólo dan confusión y perturbación al mundo y a la Iglesia.Y esa Iglesia no es la de Jesús. La Iglesia de Jesús es la Verdad, la que da el resplandor de la Verdad.

Pedro no tiene que seguir al rebaño, a las modas de los hombres, a los avances científicos o técnicos, a las diversas filosofías o teologías llenas de errores, de mentiras, de falsedades, porque Pedro es el que marca el camino en la Iglesia.

La Iglesia y el mundo tienen dos cabezas totalmente diferentes, opuestas. “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” [cf. Mt. 22, 21]. Y, por tanto, lo que vale en el mundo no vale en la Iglesia. Pero esto Francisco no lo entiende, porque es del mundo, no pertenece a la Iglesia. Lleva a la Iglesia a las calles, al mundo, a vivir bajo el poder del mundo sin la Verdad, sin el poder de Dios.

Por eso, su afán de que cada Obispado tenga su propia autoridad en la Iglesia, con lo cual se perturba totalmente el orden de las cosas, se oculta la verdad y se hace que los fieles caigan en la total oscuridad, donde no es posible la fe. A esto se quiere llegar: que cada Obispo mande sin depender de Roma, porque hay que descentralizar el gobierno de la Iglesia. Y, entonces, la potestad de Pedro, que es suprema, universal y enteramente independiente, desparece por completo. Pedro es sólo una figura, un hombre que está en el gobierno de comodín, pero que no gobierna nada.

Un Papa Verdadero defiende siempre su propia autoridad en la Iglesia, constituida sólo por Dios, no por los hombres. Francisco no sale en defensa de esta autoridad de Pedro y, entonces, no es Papa, es una falsa cabeza que está puesta para destrozar la Autoridad de Pedro. Por eso, en su nueva iglesia en Roma, Francisco no gobierna. Son otros los que gobiernan. Francisco entretiene a las masas, como los hombres del mundo, como los famosos en el mundo, como la gente del mundo que sólo vive para buscar su felicidad aquí en la tierra. Pero Francisco no ha sido elegido para dar la Verdad, sino para destrozar cualquier Verdad en la Iglesia.

Su reinado es corto, muy corto, porque los enemigos de la Iglesia no perduran dentro de Ella. Pero las consecuencias de su reinado son irreversibles. Ya no se pueden cambiar, ya no hay marcha atrás. El daño ha sido hecho ya. Y las consecuencias se están viendo por todas partes. Hay una división en todo. Sólo se da la mentira que está con Francisco. Y aquel que quiere decir la verdad, que se opone a Francisco lo callan. Se ha dividido la Verdad, quitando el Papado. Ahora, viene la siguiente división: el amor. Y es cuando comenzará la persecución de aquellos que no acepten la mentira que predica Roma.

Y esto es lo que muchos no han comprendido todavía. Francisco se va cuando el mundo lo aplaude. Pero deja la destrucción de la Iglesia en germen, en la semilla que él ha puesto quitando a Pedro del gobierno de la Iglesia. Otro le sucederá, pero, también por poco tiempo, que continuará el destrozo de la Iglesia.

No se sostienen dos Papas en Roma, porque eso supone dos cabezas distintas, sin depender una de otra. Por eso, Benedicto XVI, si quiere seguir con vida, tiene que salir de Roma. Si se queda lo matarán, como han hecho con los otros.

Benedicto XVI molesta ahora a Roma, porque las almas se están despertando del sueño y miran al verdadero Papa, al que mantuvo la Iglesia en la Verdad, al que no inició su Pontificado con el modernismo en sus palabras, sino con la verdad en su boca.

Ahora, es necesario un cambio en toda la Iglesia. Dios ha dado tiempo para que las almas vean el error. Y, muchas almas, siguen con la venda en los ojos, bailando en torno a Francisco, reconociendo que ha hecho algo bueno, cuando es todo lo contrario. Y, por eso, la Iglesia ha despertado, pero sigue en su pecado. Sigue sin llamar a Francisco como lo que es: un hombre sin horizonte espiritual, un hombre para las masas, pero que no sabe dirigirlas, sólo sabe complacerlas. Por eso, es un pésimo gobernante. Sólo sabe pedir dinero, pero no sabe administrarlo para el bien de la Iglesia, ni siquiera para el bien de su alma.

Por eso, el mundo cambia cuando en la Iglesia se dé un cambio inesperado.

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