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La idea de la fraternidad destruye la verdad de la unión con Dios

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«no los hijos de la carne son hijos de Dios, sino los hijos de la promesa son tenidos por descendencia» (Rom 9, 8).

La idea de que todos los hombres somos hermanos está fuera del testimonio del Evangelio.

Esa idea la promulga Francisco continuamente: «la fraternidad es una dimensión esencial del hombre, que es un ser relacional. La viva conciencia de este carácter relacional nos lleva a ver y a tratar a cada persona como una verdadera hermana y un verdadero hermano; sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera» (Mensaje para la jornada de la paz)

Francisco habla de la fraternidad como dimensión escrita en la naturaleza humana. Y no cae en la cuenta de que Dios ha hecho al ser humano: hombre y mujer. Ha hecho un matrimonio; ha dado al ser humano un amor esponsal, no fraternal. No lo ha hecho hermano. Los hijos de Adán y Eva son hermanos en la carne, pero no en el Espíritu.

No son los hijos de los hombres, no son sus grupos sociales, no porque los hombres se relacionan, se llaman hijos de Dios. Las ciudades, los países, las sociedades del mundo son sólo eso: un conjunto de hombres. Y no otra cosa.

Hermanos hay muchos en la carne; pero hermanos en Cristo hay pocos.

Francisco habla de una conciencia social, de un hombre que se relaciona. Habla de un conocimiento que da el relacionarse un hombre con otro. Y añade: que ese conocimiento, esa conciencia, hace ver y tratar al otro como verdadero hermano y hermana.

Esto es sólo la opinión herética de Francisco. Es una opinión, porque se lo saca de la manga: es su idea sobre lo que es el hombre y su ser relacional. Pero es herética, porque Francisco pone la verdadera hermandad entre los hombres nacida de la conciencia social, de ese conocimiento o gnosis que el hombre tiene de otro por ser un ser social.

Esta idea herética le lleva a expresar una gran mentira: «sin ella, es imposible la construcción de una sociedad justa, de una paz estable y duradera»; que viniendo de un alma consagrada, es otra herejía. Porque las sociedades justas se basan en el cumplimiento del amor divino, de las leyes divinas y naturales, que Dios ha puesto en todo hombre.

El hombre vive según un orden y un fin que Dios le ha dado, porque ha sido creado a imagen y semejanza de Dios. Y, por tanto, el hombre no es sólo una unión entre un cuerpo y un alma, que pasa su vida comiendo, trabajando, durmiendo. Sino que su vida, desde que nace hasta que muere, está orientada, ordenada a la Redención, a la Gracia y a la Gloria Eterna.

El hombre vive su vida, no para hacer una sociedad perfecta y justa, sino para salvar su alma, para merecer el Cielo, usando la Gracia, y conseguir la santidad en su vida.

Si el hombre no ordena sus intenciones y sus acciones en su vida para este fin, que Dios le ha puesto en su alma, entonces el hombre, por más que procure el bien social, el bien común, el progreso científico y técnico, por más que quiera ser amigo de los hombres y hermano de ellos, sólo perderá el tiempo de su vida en una utopía, una ilusión, una actividad que le lleva directo al infierno.

Todo el obrar del hombre tiene que estar relacionado con la salvación del alma y la bienaventuranza eterna. Si el hombre pone su obrar para relacionarse, para ser un ser social, para construir un paraíso en la tierra, para buscar los placeres en la vida, para sentirse amado por los demás hombres, entonces el hombre vive sin Fe. Vive con una fe inventada por su mente humana.

Esta conciencia o gnosis social, que Francisco predica, le lleva a anunciar el nuevo orden mundial: «El número cada vez mayor de interdependencias y de comunicaciones que se entrecruzan en nuestro planeta hace más palpable la conciencia de que todas las naciones de la tierra forman una unidad y comparten un destino común. En los dinamismos de la historia, a pesar de la diversidad de etnias, sociedades y culturas, vemos sembrada la vocación de formar una comunidad compuesta de hermanos que se acogen recíprocamente y se preocupan los unos de los otros».

Existe la conciencia de todas las naciones para formar una unidad, un destino común. Está hablando, claramente, no de la salvación ni de la bienaventuranza eterna, sino de construir un mundo donde la fraternidad (= la hermandad entre los hombres) es lo esencial. Todo consiste en formar una unión porque los hombres son hermanos. El amor fraterno lleva a la unión, a la unidad entre los hombres. La gnosis es la clave de la unidad.

Este pensamiento herético (= esta falsa gnosis) tiene un problema: «Sin embargo, a menudo los hechos, en un mundo caracterizado por la “globalización de la indiferencia”, que poco a poco nos “habitúa” al sufrimiento del otro, cerrándonos en nosotros mismos, contradicen y desmienten esa vocación». Los hombres, al ser indiferentes, al no estar en los otros hombres, en sus vidas, en sus problemas, en sus sufrimientos, anulan la vocación a la fraternidad.

Francisco dice: el hombre, por creación, es fraterno. Pero, cuando se junta con otros hombres, en sus sociedades, en sus países, en sus clanes, deja de ser fraterno y cae en la indiferencia.

Francisco mismo se contradice: si el hombre es, en esencia fraternidad, entonces ¿por qué no vive eso que es? ¿cuál es la razón? ¿por qué el hombre cae en la globalización de la indiferencia?

Y, Francisco, quiere explicar su contradicción de esta manera: «Abel es pastor, Caín es labrador. Su identidad profunda y, a la vez, su vocación, es ser hermanos, en la diversidad de su actividad y cultura, de su modo de relacionarse con Dios y con la creación. Pero el asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos. Su historia (cf. Gn 4,1-16) pone en evidencia la dificultad de la tarea a la que están llamados todos los hombres, vivir unidos, preocupándose los unos de los otros».

Francisco nunca mienta el pecado de Adán, que es el origen de todo el problema en las sociedades, en los clanes, en las familias. Lo pasa por alto y se concentra en los dos hermanos: Abel y Caín.

Y, dice, que los dos tienen la misma vocación: la de ser hermanos. Que esta es su identidad profunda. Abel y Caín se identifican uno con otro. Son dos individuos que tienen marcado en su ser: la fraternidad. Y, en su actividad como hombres, en sus culturas, en su relación con Dios y con la creación siguen teniendo esa fraternidad. Y, entonces, ¿por qué Caín mata a Abel si son uña y carne? ¿Por qué Caín rechaza la vocación de hermano?

Y, Francisco, responde: «Caín, al no aceptar la predilección de Dios por Abel, que le ofrecía lo mejor de su rebaño –«el Señor se fijó en Abel y en su ofrenda, pero no se fijó en Caín ni en su ofrenda» (Gn 4,4-5)–, mata a Abel por envidia. De esta manera, se niega a reconocerlo como hermano, a relacionarse positivamente con él, a vivir ante Dios asumiendo sus responsabilidades de cuidar y proteger al otro».

Caín mata a Abel por envidia. Y, entonces, viene la pregunta: si Caín tiene escrito en su alma la fraternidad, si es esencial en él, ¿por qué la envidia hacia Abel?

Y, Francisco, se responde: Es que Caín no acepta que Dios mire a Abel con buenos ojos. Caín no acepta que Dios no se fije en su ofrenda. Entonces, el problema no es con Abel, sino con Dios.

Caín no puede ser hermano de Abel porque no acepta la Voluntad de Dios sobre Abel. No acepta la mente de Dios sobre Abel. No acepta la idea que tiene Dios de la ofrenda de Abel.

Entonces, para Francisco, lo que mata la fraternidad, que es algo esencial al hombre, es el odio que Caín siente por Dios. No ama Su Voluntad sobre Abel; luego lo odia. Caín, porque odia a Dios, mata a Abel. Y lo mata por envidia.

Este planteamiento de Francisco es totalmente herético.

Primero, hay que poner las bases del pecado de Caín:

1. Adán concibe un hijo del demonio: Caín. Si no empezamos así, entonces no podemos comprender el pecado de Caín.

Adán engendra un demonio, es decir un hijo de hombre, de carne y hueso, sin Espíritu Divino. Adán, por su pecado, pierde todos los dones de la Gracia y se queda como hombre, sin poder ser hijo de Dios por gracia. Es hijo de Dios, porque Dios lo creó, por naturaleza; pero no por gracia.

Y Adán concibe un hijo sin la gracia. Y, por su pecado, un hijo que es del demonio. Un hijo buscado porque el demonio lo engañó en el Paraíso. Un hijo para la muerte: «la muerte reinó desde Adán hasta Moisés» (Rom 4, 14). Es con Moisés cuando Dios da su Ley al hombre para la Vida. Adán perdió la Vida Divina y engendra sólo muerte. Y, por eso, Caín tiene que matar a Abel. Es necesario por justicia divina.

Por tanto, en Caín no está Dios. No puede estarlo por la Justicia Divina. El pecado de Adán produce que se le castigue con un hijo para el infierno. Es lo que merece su pecado. El Señor no castiga a Adán al infierno sólo por una razón divina: su Hijo tiene que encarnarse en la naturaleza humana. Pero ese castigo, que merece su pecado en el Paraíso, pasa, por generación, a su hijo Caín.

Es su primogénito, destinado para el infierno. Caín no puede amar a Dios: «Los que viven según la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8, 8). Caín no puede amar a su hermano Abel. Caín no puede formar una sociedad justa, porque no tiene el amor de Dios en su corazón. Por eso, de Caín nace una sociedad corrompida en el pecado. Una cultura que le conduce a la formación de Sodoma y Gomorra, en donde el pecado homosexual es el común entre los hombres.

Y la homosexualidad es la que anuncia que los hombres no saben ser hermanos entre sí, no tienen por vocación divina la fraternidad. El pecado homosexual es una abominación al amor verdadero entre los hombres: es la decadencia del amor al prójimo; es la anulación de toda verdad en el hombre. Porque Dios ha creado al hombre para la mujer, y la mujer para el hombre. Entonces, la vocación del matrimonio es la esencia del ser humano.

Dios crea al ser humano para un matrimonio: con Dios, y entre hombre y mujer. Dios no crea al ser humano para ser hermanos, para un amor entre hombres, para formar un mundo entre hombres, unidos por un amor idealizado en la mente humana. Al poner Francisco la esencia del ser humano en la fraternidad -y no en el amor esponsal-, entonces tiene que afirmar la homosexualidad, no juzgarla, no negarla, porque ésta es una manera de amarse los hombres entre sí; es un amor que lleva el hombre escrito por vocación. Francisco cae en una aberración total en su gnosis social.

2. Adán concibe un hijo para Dios: Abel. Y lo hace movido por su arrepentimiento. Es un hijo que Dios se agrada en sus obras. Y, por tanto, ese hijo tiene el Espíritu de Dios. Abel es un hijo de Dios. Caín es un hijo del hombre. Son dos hijos del mismo padre, pero no son hermanos. Son hermanos porque tienen un mismo padre, hermanos de carne y sangre. Pero no son los hijos de la carne, los hijos de Dios. El hijo de Dios es el que recibe el Espíritu de filiación divina, no el que viene por parte de hombre, de carne: «no de la sangre, ni de la voluntad carnal, ni de la voluntad del varón, sino de Dios son nacidos» (Jn 1, 13).

Francisco anula a los hijos de Dios y todo lo contempla desde el hombre, y quiere imponer su idea de la fraternidad, del amor fraterno, como idea única para formar su gobierno mundial.

Y, Francisco, sigue adelante en su herejía; y quiere explicar la manera de formar una unidad, a pesar de que el hombre pueda traicionar esa vocación a la fraternidad.

1. Dice que: «Ya que hay un solo Padre, que es Dios, todos ustedes son hermanos (cf. Mt 23,8-9)». Es decir, el Padre crea hermanos. Como hay un solo Padre, entonces todos somos hermanos. Es decir, que los hombres son hermanos por creación. Como Dios ha creado al hombre, entonces –por esa única razón- todos somos hijos de Dios. Luego, hermanos.

Francisco cae en un grave error: sólo Adán es creado por Dios. Dios crea las almas, pero no los cuerpos. Los cuerpos vienen por generación, por unión sexual entre hombre y mujer. Pero sólo Dios crea el cuerpo y el alma de Adán y de la mujer. Los demás hombres, no son por creación, sino por generación. Y este punto es esencial para poder comprender el pecado de Adán.

Como Dios es Padre, crea las almas de todos los hombres; pero la fraternidad, la hermandad entre los hombres sólo es posible por generación; no por creación. Luego, los hombres no somos hermanos por creación.

«La fraternidad está enraizada en la paternidad de Dios». No; la fraternidad está enraizada en la generación sexual, no en la paternidad de Dios. Dios crea todas las almas, pero porque Adán pecó, los hombres nacen en el pecado original, es decir, no son hijos de Dios. Y si no son hijos de Dios, no son hermanos entre sí. Son hermanos de carne, pero eso no hace ser hijo de Dios.

Francisco, al decir que todos somos hermanos al tener un mismo Padre, tiene que negar el pecado original y definir el pecado como un mal social, como un error común, como algo que engloba a los hombres en la sociedad, en las culturas, en las familias. Y esa idea global le llevará, después, a una abominación cuando quiera explicar la obra de la Creación.

2. Y dice más: «Sobre todo, la fraternidad humana ha sido regenerada en y por Jesucristo con su muerte y resurrección. La cruz es el “lugar” definitivo donde se funda la fraternidad, que los hombres no son capaces de generar por sí mismos». Esto no es sólo una herejía, sino una blasfemia contra el Espíritu Santo.

En la Cruz se da la Redención del hombre: el hombre es redimido por los sufrimientos de Cristo. Cristo ha sufrido por el hombre pecador. Cristo no ha sufrido con el hombre, sino por el hombre, para salvarlo de la muerte del pecado.

En la Cruz sólo se da esto: un camino abierto a la Vida de la Gracia: «si por la transgresión de uno solo mueren muchos, mucho más la Gracia de un solo hombre, Jesucristo, se difundirá copiosamente sobre muchos» (Rom 5, 15).

Este camino de la Gracia pone al hombre en la Verdad de su vida. Y esa Verdad no es la fraternidad, sino la bienaventuranza eterna: el matrimonio con Dios. Con Cristo, el hombre puede, de nuevo, pertenecer al Cielo y conquistar el Cielo con sus méritos en la vida humana.

Francisco anula todo esto para poner su idea masónica: la fraternidad en la cruz. Jesús muere como un hermano de los hombres, pero no como el Redentor de los hombres. Jesús no conquista la Gracia para el hombre, sino la fraternidad, que es el fundamento para un mundo nuevo. Todo se resuelve con la fraternidad, no con la Gracia, no con el amor de Dios:

1. La fraternidad, fundamento y camino para la paz
2. La fraternidad, premisa para vencer la pobreza
3. El redescubrimiento de la fraternidad en la economía
4. La fraternidad extingue la guerra
5. La corrupción y el crimen organizado se oponen a la fraternidad
6. La fraternidad ayuda a proteger y a cultivar la naturaleza

Para terminar, Francisco su escrito, con una oración abominable: «Que María, la Madre de Jesús, nos ayude a comprender y a vivir cada día la fraternidad que brota del corazón de su Hijo, para llevar paz a todos los hombres en esta querida tierra nuestra».

En el Corazón de Jesús sólo brota el fuego del Amor de la Santísima Trinidad. Y es el único amor que Dios da a los hijos de Dios. Es la única esperanza del hombre que quiera salvarse. Y es la única fortaleza para vencer las insidias del demonio. Y teniendo en el corazón ese amor divino, entonces el hombre encuentra la paz, y vive la Voluntad de Dios en su vida y en todo su entorno.

Pero sin ese amor divino, si los hombres viven en sus pecados, haciendo culto a sus pecados, entonces es imposible ninguna paz y ningún amor entre los hombres.

Seguir las enseñanzas de Francisco es condenarse en la Iglesia. Nadie que tenga dos dedos de frente puede obedecer a Francisco ni respetarlo como Obispo. Es una abominación de hombre en la Iglesia. Sus obras son abominación. Sus palabras, destrucción. Su mente, confusión. Su alma, tiniebla del demonio.

Cisma abierto en toda la Iglesia

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Muchos dicen: ¿por qué se le critica tanto a Francisco? ¿No ha dicho el Señor que no juzguen para no ser juzgados?

Las almas no han comprendido lo que es la vida espiritual, que es algo diferente a la vida moral.

Todos pueden juzgar el espíritu de otra persona: «el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2, 15).

Todos pueden juzgar a un homosexual, un ateo, a un masón, a un budista, a un protestante, a un comunista, etc., cuando el juicio es sobre su vida espiritual.

Jesús ya ha marcado el camino de la verdad en el Espíritu: las leyes divinas, las leyes naturales, los dogmas, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, la Palabra de Dios.

Todos aquellos que siguen la doctrina de Cristo juzgan a los demás: a los que la siguen y a los que no la siguen.

Los que no siguen la doctrina de Cristo no saben juzgar a los demás de manera espiritual, porque no tienen la Verdad, que viene del Espíritu de Cristo.

Todo aquel que permanece en la Verdad, que es Cristo, lo juzga todo, porque se apoya en esa Verdad, en Cristo mismo, en Su Mente; no se apoya en la verdad que tiene en su mente humana. Es la verdad que Dios ha dado al hombre y que nunca cambia, que es siempre la misma, aunque el hombre y el mundo cambien.

La ley divina dada a Moisés es para siempre, para todos los tiempos. La doctrina que enseñó Jesús a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por la Tradición, enseñada por el Magisterio auténtico de la Iglesia, y contenida en los Evangelios, es para siempre. No se puede cambiar una tilde, una palabra, a esa doctrina. Esa doctrina es la única verdad. La Verdad Absoluta. La verdad que todo hombre debe tener en su corazón, para que su mente piense la vida como Dios la ve.

Todo aquel que está en la Verdad, que se agarra a los dogmas, que no transige con la mente de los hombres ni con sus leyes, entonces lo puede juzgar todo, cualquier cosa y a cualquier persona, sea sacerdote, Obispo o Papa, en el aspecto espiritual.

Puede decir: ese sacerdote se equivoca porque no sigue el dogma, no sigue la verdad.

«Pero como todos sabemos, es el jardín de Dios una gran variedad de colores. No todos los que han nacido como un hombre se sentirán como un hombre, y también en el lado femenino. Ellos se merecen, como seres humanos, el respeto a la que todos tenemos derecho. Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito. (…) oren por él, por la bendición de Dios para su vida. ¿Una victoria de la tolerancia? (…) Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista» (Cardenal Christoph Schönborn – 15/05/2014).

Todos aquellos que siguen la Verdad pueden juzgar al Cardenal Schönborn porque se ha puesto en la mentira.

1. en el jardín de Dios, que es la Creación material sólo se da: hombre y mujer, varón y hembra, masculino y femenino. Es decir, no se dan ni los homosexuales, ni las lesbianas ni otra cosa que se invente el hombre;

2. en el jardín de Dios, se produjo el pecado de Adán y, por lo tanto, el demonio es el que crea a los homosexuales, las lesbianas, etc.

3. Dios juzga el pecado de los homosexuales y las lesbianas como abominación y lo castiga con una pena social: pena de muerte.

4. Si Dios juzga a la persona homosexual como abominación, todo hijo de Dios tiene la obligación de juzgar al homosexual como abominación. Porque el hijo de Dios sigue la mente de Dios; no sigue la mente de ningún hombre.

5. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado, en la Iglesia, a seguir la Mente de Dios y enseñarla a todas las almas. Quien no haga esto, automáticamente se pone fuera de la Iglesia.

6. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado a hacer oración y penitencia por los pecadores, para que reciban la gracia del arrepentimiento. Y están obligados a decir a un pecador público que quite su pecado si no quiere condenarse por él.

7. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, que no enseñe la ley divina, sino que se invente su ley divina en la Iglesia, y procure contentar a los hombres con sus bellas palabras humanas (=tolerancia) no pertenece a la Jerarquía verdadera, sino a la infiltrada, a la que no es de Cristo.

8. Todo fiel en la Iglesia está obligado a obedecer la Mente de Dios, no la mente de los hombres, aunque sean sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papa, cuando dicen, predican, obran lo contrario a la ley divina.

Esto es hacer un juicio espiritual: el Cardenal Schönborn pertenece a la Jerarquía infiltrada porque no enseña la Verdad sobre la homosexualidad ni sobre el acto creador divino sobre la naturaleza humana. Por tanto, no se le puede dar obediencia ni respetarlo como sacerdote ni como Obispo. Se le respeta como hombre, porque es libre de condenarse por sus pecados.

Hasta aquí el juicio espiritual, que todo el mundo puede hacer si está en la Verdad, que es Cristo.

Lo que Cristo prohíbe es el juicio moral sobre las personas.

Cada persona, independientemente de su vida espiritual, tiene una vida moral. Esa vida moral nace de su voluntad humana, que está regida por una razón.

Todo acto moral es una obra de la voluntad del hombre. Todo hombre, en su vida, elige una obra guiado por una razón: divina, humana, demoníaca. Y, según sea esa razón, así será su acto moral. Este acto moral sólo Dios puede juzgarlo, no el hombre.

Dios mandó al profeta Oseas buscar una prostituta. Y Oseas realizó un acto moral que, para los hombres es pecaminoso, pero no para Dios. Dios le mandó obrar una justicia en esa prostituta. Es un mandato divino.

Dios mandó a Abraham sacrificar a su hijo. Eso es ir en contra del mandamiento divino: «no matarás». Pero, como Dios lo manda en Su Justicia, para obrar una justicia por el pecado del hombre, entonces no es pecado y ese acto moral es bueno para Dios, para Abraham y para el hijo que se sacrifica. Igualmente, lo que hizo Oseas es un acto moral bueno, para él y para la prostituta.

Cuando Dios manda estas cosas, no se las dice a cualquiera, sino a personas de mucha vida espiritual, como Abraham y Oseas. Personas de gran fe en la Palabra de Dios. Y esto que manda Dios no es saltarse la ley divina, los mandamientos; no es una excepción en la regla; no es un capricho divino. Es una obra divina, santa, que sólo Dios sabe medir; no los hombres. Y sólo el que la obra, sabe por qué Dios se lo manda. Esta obra no es conocida por nadie. Por eso, Abraham la obró sin el conocimiento de nadie. Y lo mismo Oseas.

Pero si el hombre, en su acto moral, no sigue los mandamientos de Dios, la ley divina, entonces siempre comete un pecado. Se puede juzgar el pecado de esa persona, porque entra en la vida espiritual; pero no se puede juzgar a la persona, porque no se conoce la intención con que realizó ese pecado. No se puede juzgar su vida moral: su acto moral. Pero sí su pecado. Y, entonces, sólo queda un camino ante el acto moral de la persona: rezar por ella, hacer penitencia por su pecado.

Adán, siguiendo la mente del demonio engendró un hijo: Caín. Este acto moral es un pecado. Se juzga espiritualmente el pecado, pero no se juzga a Adán, su acto moral, que sólo Dios sabe medirlo y ponerle el camino de Su Justicia. Lo que hizo Adán es una obra de su voluntad humana según el orden de una razón demoníaca. Es un acto moral, no sólo del hombre, sino también del demonio en el hombre. Por eso, el demonio tiene derecho a la vida moral de los hombres; por el pecado de Adán.

Ante las declaraciones de este cardenal, se juzga su visión espiritual del homosexualismo, pero no su acto moral. Ha pecado con esas declaraciones. Y su pecado es muy grave, porque ha dicho una herejía y ha puesto el camino para el cisma. Pero no se puede decir que este Cardenal está condenado al fuego del infierno, porque no se le puede juzgar en su vida moral. Ésta la juzga Dios.

Lo que tiene que hacer toda alma, fiel a Jesucristo, es apartarse de este Cardenal, no seguir sus predicaciones, sus enseñanzas, porque son heréticas; y rezar para que deje lo que está haciendo en la Iglesia y busque ayuda espiritual para su alma. Porque si no ve su pecado, entonces es cuando se condena.

Estas cosas hay que tenerlas claras en la Iglesia. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla. Y se salva luchando contra el pecado y contra los hombres que ayudan a pecar, que son tentación para el pecado. Y, por tanto, en la Iglesia sobra la tolerancia humana, que es un pecado grave.

Una cosa es respetar a ese homosexual como hombre, porque es libre para obrar su pecado, donde quiera y ante quien quiera. Y otra cosa es defender la verdad ante el pecado de ese hombre.

Si no se defiende la Verdad, sino que se tolera la mentira, el pecado, el error, el engaño, entonces el pecado se anula, el pecado se apoya, se justifica, se ensalza, y se hace un mal mucho mayor. Porque quien alaba el pecado de un homosexual, quien no lo corrige, entonces no es capaz de hacer penitencia por su pecado para que su alma se salve. Sino que se le invita a seguir pecando, a seguir en el camino del pecado, y se le enseña una utopía: que Dios lo bendice en su pecado.

Es lo que este cardenal ha dicho: «oren por él, por la bendición de Dios para su vida». Lo que este Cardenal no sabe es el cisma que ha abierto con estas palabras. Este cardenal alaba el pecado del homosexual: «Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito». Esto es una grave herejía viniendo de un consagrado.

Hay que orar para que este homosexual diga un no a su pecado. No hay que orar para que Dios bendiga su vida. Dios no bendice si el alma no se aleja del pecado. Dios no derrama sus dones si el alma justifica su pecado. Dios no da nada al hombre que quiere pecar y que vive su pecado, sin poner ninguna traba a él.

Es muy grave lo que este Cardenal ha expresado. Gravísimo. Pero así es todo ahora. El culpable de estas declaraciones es Francisco. El comenzó con el juego del lenguaje: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J.- Director de La Civiltà Cattolica).

Yo soy hijo de la Iglesia, pero tenéis que pensar como yo pienso: no juzgues a los homosexuales. Hay que cambiar la ley divina en cuanto a los homosexuales.

¡Faltaría más!: yo soy hijo de la Iglesia, pero es mejor ser hijo del demonio en cuestión de los homosexuales. Es la propaganda que Francisco se hace a su orgullo, a su pecado. El que es de la Verdad dice la Verdad como es, no se anda con juegos semánticos, con licencias linguísticas, con eufemismos pegajosos.

Es que es necesario seguir insistiendo que el homosexual es una abominación. No hay que lanzar la doctrina de la tolerancia. No podemos ser tolerantes con la mentira, con la idea del demonio, con las ideas de los hombres. Porque el hijo de Dios sólo tiene la Mente de Dios. No posee ni siquiera su propia mente humana. El hijo de Dios no es de él mismo, sino de Su Padre Dios. Y, por eso, todo hijo de Dios lucha contra su mente humana y contra la mente de todo hombre, si es tentación para su vida espiritual, si es un peligro para la salvación de su alma y la de los demás.

La vida moral de las personas es para su vida espiritual. Y no es al revés. No es primero la vida espiritual: no es primero ser masón, budista, protestante, marxista, pecador, etc., para tener una vida moral. Esto es una aberración, y es lo que, hoy día, observamos en la Iglesia –y no digamos en el mundo.

Todo hombre debe cultivar su vida moral y, entonces, crece en la vida espiritual; y es capaz de juzgarlo todo; porque ya no es un niño en las cosas de Dios, sino un adulto, que sabe mirar a todos los hombres a su cara y decirles las verdades sin pestañear.

Porque los hombres se ponen por encima de la ley de Dios y de la ley natural, entonces caen en un absurdo: quieren vivir como ellos obran, según el capricho de sus voluntades. Y no se dan cuenta que para obrar, necesitan una razón. Y, como no saben discernir sus pensamientos, obran siempre una abominación, un absurdo, una ilusión, una utopía en sus vidas.

Hoy se da esa especie de culto a ser uno mismo, sin relación al ser, a la verdad, al bien y a la ley divina y a la natural.

El homosexual se da culto a sí mismo: quiere ser homosexual sin relación a su masculinidad; sin la verdad de que Dios lo ha creado para una mujer; sin el bien de un matrimonio con una mujer; sin hacer caso a la ley divina que le impone alejarse del pecado del homosexualismo, por ser una abominación; y queriendo ser ley natural para sí mismo: un gran absurdo.

Y este modo de ser uno mismo, se dice, que es signo de autenticidad y de madurez. Hasta aquí llega la oscuridad del hombre. Y que es lo que dice ese Cardenal: «Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista». Se es auténtico porque se vive en contra de la ley de Dios. Se vive poniéndose por encima de la autoridad de Dios.

Hay que tolerar a ese hombre, hay que respetarlo porque así él lo ha decidido su vida; hay que respetar su decisión personal de ser homosexual y hay que ayudarlo en ese camino.

Éste es el pensamiento de muchos con la doctrina de la tolerancia. Es un gran pecado pensar así. Y es pecado contra la fe cuando viene de un Cardenal.

En este pensamiento, que es el de muchos, se pone el bien y el mal, sólo en la persona humana. Y, entonces se cae en la herejía: como yo, en mi vida, decido ser homosexual, y no decido ser varón, entonces la verdad es lo que yo obro.

El decidir en sí mismo es aquello que funda la bondad o la maldad del ser humano. El hombre es él mismo la medida, la verdad, la bondad de todos sus actos libres. Ya no es algo fuera del hombre, ya no es la ley divina, la ley natural, la mente de Dios. Es el mismo hombre ley para sí mismo. Por eso, se clama por la tolerancia. Hay que respetar lo que otro decide sobre sí mismo. Una abominación en la vida.

Ésta es la abominación que se vive hoy día, y que predica Francisco y los suyos, con la doctrina de la tolerancia.

Y esta abominación tiene su origen en esto: en poner la vida como sola elección de la voluntad del hombre. La voluntad humana es la que ordena vivir, ordena elegir: haz lo que te dé la gana. Vive como quieras: sin ley, sin razón, sin conciencia. Sé tú mismo dios para tu vida. Ésta es la falsedad que se enseña.

Y no se cae en la cuenta de que la voluntad del hombre no puede ordenar nada sin un orden de la razón. Se tiende a algo según una razón, según una idea. En este caso, se pone la idea de que el hombre es dios en sí mismo y, por lo tanto, puede hacer lo que le dé la gana en su vida. Puede decidir lo que le parezca. Es el culto a la mente del hombre, a la vida del hombre, a las obras del hombre. Es el orgullo de ser uno mismo, independientemente de los demás.

Estamos en la Iglesia con el cisma abierto. Y, ahora, se escuchan barbaridades de sacerdotes, de Obispos, y de fieles que se creen con derecho de hacer su propia voluntad en la Iglesia, y que todos estén de acuerdo con esa voluntad. Es una gran abominación lo que vemos en toda la Iglesia.

La teología ecológica o panenteísmo cristiano

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«Y Francisco es el hombre de la paz. Y así, el nombre ha entrado en mi corazón: Francisco de Asís. Para mí es el hombre de la pobreza, el hombre de la paz, el hombre que ama y custodia la creación… Es el hombre que nos da este espíritu de paz, el hombre pobre…» (Francisco – 16 de marzo de 2013).

«…el hombre que ama y custodia la creación»: esto no es San Francisco de Asís. Este santo amó y custodió a Cristo en su corazón. Fue uno con Cristo. Perseveró en la Fe de Cristo e hizo en la Iglesia la obra que Cristo le pedía.

Pero Francisco entiende a San Francisco según la teología ecológica o panenteísmo cristiano.

Para esta aberración filosófica, «la originalidad de San Francisco reside en el hecho de haber conseguido una síntesis feliz entre la ecología interior y la ecología exterior, es decir, dio origen a una fascinación mística cósmica» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

¿De qué habla el hereje y cismático Boff?

La ecología interior es la ecología mental, es decir, la polución del aire, la contaminación de la tierra, la pobreza de los hombres, los agujeros negros, etc…, manifiestan la mente del hombre. Y, por tanto, todo eso significa que el hombre está enfermo en su mente. Las violencias, las agresiones al medio ambiente producen en la mente del hombre un desequilibrio.

Y, para poder comprender este punto, hay que saber que para ellos el universo no está sólo fuera de la persona, sino que está dentro de ella. Lo que pasa en el universo, en su exterior, también se traduce en el interior de la persona. El sol, el agua, las plantas, los animales no son imágenes que vemos con los ojos y que producen un estímulo intelectual o sensible en nosotros, sino que viven en nosotros como figuras cargadas de emoción, como un arquetipo. Esto es una aberración, pero así piensan ellos.

Ellos creen que el mundo es el cuerpo de Dios. Y, por eso, Francisco predica: «Tenemos que tocar las llagas de Jesús, debemos acariciar las llagas de Jesús, tenemos que curar las llagas de Jesús con ternura, tenemos que besar las llagas de Jesús, y esto literalmente» (3 de julio de 2013). Los pobres son las llagas de Cristo. Los pobres son el cuerpo de Cristo. Los pobres son la carne de Cristo. Literalmente.

«Los pobres, los abandonados, los enfermos, los marginados son la carne de Cristo.» (12-05-2013). Cuando no se diferencia entre Cristo y los hombres; cuando todo es uno, entonces se llega a esta aberración. Ya no es sólo una herejía, sino una abominación.

Ningún pobre es la carne de Cristo. Ningún hombre es el cuerpo de Cristo. Cada pobre tiene su vida, cada hombre tiene su cuerpo.

El problema de este pensamiento filosófico es que pone a Dios más grande que el Universo y, por tanto, el Universo está en Dios (panenteísmo= todo en Dios, todo dentro de Dios, todo metido en Dios). En consecuencia, Dios impregna cada parte de la naturaleza, del cosmos; Dios es una parte de la naturaleza. Dios se extiende más allá de la naturaleza, pero está en la naturaleza. Es distinto a la naturaleza, pero es la naturaleza.

Y Dios no es más grande que la naturaleza, ni es más pequeño, porque Dios no tiene medida. Dios es el que es. Lo demás es lo que no es.

Como ellos no parten de acá, entonces todo es buscar la idea humana de Dios y de la Creación.

Ellos rompen a Dios y el acto creador de Dios. Por tanto, ellos lo niegan todo y quieren explicarlo todo desde el hombre. Es volver a Kant y a Hegel, pero más sofisticado.

Ellos tratan de explicar la relación del hombre con la naturaleza a lo largo de la historia. Por eso, San Francisco es el hombre que ama y custodia la Creación; es decir, ha encontrado una idea, un modo de relacionarse con lo creado, con el universo, con las criaturas, sin dañarlas, sin poner un pensamiento negativo. Llegó a un pensamiento positivo y con él vivió.

Cuando el hombre era primitivo, entonces desarrolló un instinto de agresividad, y eso dejó marcas en el hombre interior y en la sociedad. Si el hombre lucha por sobrevivir, comienza a hacer daño en la naturaleza y, entonces, eso se va reflejando en él mismo, en los que viven con él, en la sociedad, etc. Se va creando un estado mental, una idea fija, una acomodación al mundo, al espacio en que vive, etc. Se crean sociedades que viven de esa forma de pensar.

Según sea lo que el hombre obre, así será su estado mental, su enfermedad. Y así quieren explicar todos los pecados de los hombres. Los distintos sistemas son los que fabrican la vida de los hombres.

El sistema religioso mete en la mente del hombre la idea de Dios y le va proyectando lo que tiene que obrar con esa idea; el sistema del capital penetra en el hombre y le determina la manera de vivir, de relacionarse con los demás, la forma de amar a otros, etc, según el dinero, el capital, los negocios. El sistema tecnológico invade la mente de objetos inanimados, que crean soledad, egoísmo, odio, etc.

Como hay una unidad entre la naturaleza y el hombre (no hay una diferencia esencial), entonces lo que obra el hombre se traduce en la naturaleza, y eso pasa a los demás hombres. Por tanto, la ecología mental supone la anulación de la voluntad humana y de la razón humana. El hombre es un juguete de sí mismo y de la naturaleza.

Ellos quieren meter en la mente del hombre la idea de que el hombre puede convivir con la naturaleza. Y si el hombre alcanza esta idea, entonces no destruye la naturaleza ni así mismo. El pecado original, por supuesto, no existe. El hombre tiene que mirar al universo y descubrir un encantamiento, una belleza, una grandeza. Y vivir de acuerdo a eso.

Cuando Adán pecó, esto es ya imposible de realizar, porque todo está maldito. Es decir, nada de la Creación lleva al hombre a una bondad, una belleza, en la que pueda quedarse, permanecer siempre. Todo es transitorio, todo es vanidad, todo es vacío. «Vanidad de vanidades; todo es vanidad. ¿Qué provecho saca el hombre de todo por cuanto se afana debajo del sol?» (Ecles. 1, 2b-3). Ellos niegan esta Palabra de Dios. Ellos quieren encontrar en el Universo el eslabón perdido, lo que Adán perdió por su pecado.

Por eso, ellos dan mucha importancia a las energías psíquicas, a los pensamientos positivos del hombre, para poder ir a esta convivencia con lo naturaleza. Si el hombre tiene ideas positivas, entonces no hace un mal social, un mal natural, un mal cósmico. Ellos se impregnan de toda la dimensión mágica y chamánica del psiquismo humano. Ellos adaptan la doctrina budista de la reencarnación y del espíritu.

Se trata de observar la propia imaginería mental y aprender a moverse dentro de esa realidad subjetiva, poniéndose en contacto con todo ese universo para llegar a la idea que una al hombre con el universo.

La ecología es un campo abierto al espiritismo, adivinación, al budismo, que destruye completamente la fe en Cristo y la fe en la Iglesia.

La nueva encíclica o aberración filosófica que está preparando Francisco va por aquí. Es un destruir la doctrina de Cristo, para hablar de un lenguaje sobre Cristo, sobre Dios, sobre la Creación, sobre el pecado, que no tiene nada que ver con la Verdad.

Francisco ya emplea este lenguaje cuando habla del demonio, de los pobres, de Cristo, de la Iglesia, de la Misericordia. Dice cosas, que la gente no comprende que eso es una aberración, porque suenan bien al oído, gustan al entendimiento del hombre y hacen caminar con una gran confusión en su mente.

Cuando a los hombres se les habla la Verdad como es, estas personas, que siguen estas doctrinas, no son capaces de ver la verdad, porque están sólo mirando su idea humana, su filosofía humana. Y así viven: destrozando la verdad, persiguiendo la Verdad, con su idea.

Para los seguidores de esta aberración, San Francisco era un poeta, «capaz de sentir el corazón de la cosas, descifrar en cada cosa su mensaje ontológico y sentir, por connaturalidad, los lazos con los cuales están unidos todas las criaturas, ente sí y con Dios» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Es decir, que San Francisco pudo conseguir entrar en el misterio de la Creación y de Dios. Conocía lo que había en cada ser, en su interior; podía leer la mente de los hombres; cuando veía una planta, conocía su interior, su energía que transmitía. Y, por eso, podía conectarse a esa planta, a ese universo, a ese cosmos. Veía las uniones entre las criaturas y Dios, y así podía formar una unión con ellas.

En esta aberración filosófica, que es la teología ecológica, se destruye la Creación de Dios y la obra que Dios ha puesto en esa Creación.

Dios, al crear, pone una Jerarquía de seres en lo que crea. Y, por eso, entre las criaturas, hay un orden, una jerarquía. Y se crean unas primero, y otras después, porque en Dios hay una razón divina en lo que crea: cada criatura es para algo divino en el plan de Dios. Hay una dependencia entre todas las criaturas. No hay una igualdad, una amistad, un lazo común entre ellas. Unas criaturas dependen de otras para vivir. Por eso, cuando Dios crea al hombre, crea un orden, una jerarquía: primero el varón, después la mujer. Y la mujer depende del hombre; no es igual al hombre. Porque el hombre y la mujer tienen funciones diferentes en la Creación. Pero todo esto queda anulado en esta aberración, que sólo quiere buscar un ideal común entre todas las criaturas del universo. Y no comprenden lo que significa que el Espíritu Santo habite en el cuerpo del hombre. No comprenden la Eucaristía; no comprenden la vida espiritual ni la vida mística. Todo lo tuercen, porque ponen una unión sustancial entre el hombre y Dios, por su panenteísmo.

Ellos explican así la ecología exterior que practicaba San Francisco de Asís: «A partir de esa mística de confraternización universal, trataba a todas las cosas con sumo respeto y veneración. Pedía a los hermanos que no cortasen totalmente los árboles, para que pudiesen brotar nuevamente; en invierno daba miel a las abejas porque sufría víéndolas nerviosas y hambrientas. En él irrumpió la ternura como actitud fontal en el encuentro con todas las alteridades. En él predominaban el Eros y el Pathós (capacidad de sentir y de vibrar ante el valor de las personas y las cosas) por encima del Logos (estructura de comprensión de la realidad). El corazón ganó con él su derecho como forma sutil y profunda de conocimiento. El conocimiento cordial no nos distancia de las realidades, nos posibilita establecer comunión y amistad con ellas» (Ecología, Política, Teología, Y Mística – Leonardo Boff).

Porque fraternizaba, porque era amigo del universo, de los hombres, de las criaturas, entonces respetaba todas las cosas y las veneraba. Ese amor al universo le lleva al culto del universo. Rompen con el amor divino y con la ley divina.

Para amar al universo hay que hacerlo con el amor de Dios, no con los sentimientos fraternos que cada cual encuentra en su vida. Francisco predica mucho de la fraternidad, de la ternura, del sentimiento humano, para respetar al otro, para compartir con el otro. Eso es constante en él, en cada homilía, porque está bebiendo de esta doctrina.

Y, como siente esta veneración con el cosmos, entonces San Francisco no rompe una hoja, no pisa una hormiga, no produce un mal en el universo. El amor a la criatura por encima del amor de Dios. Es más importante no dañar a una hormiga que el mal que está en el alma por el pecado. Sólo el hombre atiende a la relación con el otro hombre, en no dañar al otro, en no dar una palabra que moleste; pero no atiende a su pecado, ni al suyo ni al de la otra persona. No se atiende a una norma de moralidad entre las personas, a un orden en el ser, entre las criaturas, sino a un amor fraterno, a un amor idealizado, a una fascinación por el cosmos: «La Iglesia es la sal de la tierra, es luz del mundo, está llamada a hacer presente en la sociedad la levadura del Reino de Dios y lo hace ante todo con su testimonio, el testimonio del amor fraterno, de la solidaridad, del compartir» (Francisco – 18 de mayo de 2013). Se es levadura porque hay un amor al hombre; no porque exista una ley divina. Este es el engaño de este hombre, que no cree en nada. Sólo cree en su pensamiento humano. Y, con él, no puede dar nunca la doctrina de Cristo, la Verdad en la Iglesia.

«Cuando este dejar el padre y la madre y unirse a una mujer, hacerse una sola carne e ir adelante y este amor fracasa, porque tantas veces fracasa, debemos sentir el dolor del fracaso, acompañar a aquellas personas que han tenido este fracaso en el propio amor. ¡No condenar! ¡Caminar con ellas! Y no hacer casuística con su situación» (8 de febrero de 2014). Francisco nunca va a juzgar el fracaso de un matrimonio por su falso amor al hombre, que le ciega en la verdad de lo que es un matrimonio. Si un matrimonio fracasa, hay que juzgar en qué ha fracasado. Y la Iglesia tiene el deber de juzgar el fracaso de un matrimonio. No es la conciencia del hombre y de la mujer lo que resuelve ese matrimonio.

Y Francisco no juzga por esto, por su falsa concepción del matrimonio: «Cuando uno lee esto piensa en este diseño de amor, este camino de amor del matrimonio cristiano, que Dios ha bendecido en la obra de arte de su Creación…una bendición que jamás ha sido quitada. ¡Ni siquiera el pecado original la ha destruido!. Cuando uno piensa en esto, ve cuan bello es el amor, cuan bello es el matrimonio, cuan bella es la familia, cuan bello es este camino y cuanto amor, cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor» (8 de febrero de 2014). Francisco está expresando su idea de la Creación, pero no expresa la fe en Cristo, la Palabra de Dios, el Evangelio. Y no puede entender que el matrimonio está maldito desde que Adán pecó: «Maldita Adán la tierra por tu causa». Fue precisamente la unión entre hombre y mujer lo que trajo esa maldición. Adán se unió a la mujer sin la Voluntad de Dios, sin la ley divina, por un amor humano, por un amor carnal, por un amor fraterno.

Una cosa es que permanezca entre hombre y mujer el vínculo del matrimonio si se casan ante Dios, y otra cosa es que Dios bendiga ese matrimonio.

Jesús puso el Sacramento del Matrimonio para que los hombres alcanzaran la bendición divina en esa unión entre ellos, que Adán perdió para todo matrimonio. Sin ese Sacramento, todo matrimonio es maldito. Existirá el vínculo, pero no la bendición de Dios.

Francisco busca la cercanía humana, la fraternidad con el hombre y con el universo: «cuanta cercanía tenemos que tener con los hermanos y las hermanas que en la vida han tenido la desgracia de un fracaso en el amor». Para la gente que ha fracasado en su matrimonio, hay que darle la verdad de la situación. Hay que hablar claro, no hay que tener sentimentalismos, cariñitos, ternuras. Porque esto lleva siempre al pecado: demos la comunión a la gente malcasada, porque hay que comprender su situación de vida, por una falso amor fraterno.

Francisco bebe de las aguas de esta aberración filosófica, que es la teología ecológica. Es un monstruo de teología, de pensamiento filosófico, que hace aguas por todos lados y que anula la fe en Cristo y cualquier dogma en la Iglesia. Y esto es lo que viene a la Iglesia. Y Francisco da muchas cosas que pertenecen a esta teología, porque se quiere hacer una nueva iglesia, con una nueva fe, con un nuevo evangelio.

Estamos en los tiempos del Anticristo

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Para que un Papa hable ex cathedra no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, se llamen bulas, encíclicas, decretos, etc., en los que con toda solemnidad defina alguna verdad revelada. Lo único que se necesita que el Papa hable como Papa y sea maestro de la Verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve, homilía, etc., no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.

Aunque el Papa se dirija a un hombre, en una carta, está enseñando a toda la Iglesia. Las entrevistas que hizo Juan Pablo II y las de Benedicto XVI (incluso las que ha hecho habiendo renunciado al Papado) son documentos ex cathedra. Un Papa nunca se desliga de la Iglesia cuando habla como Papa. Por eso, un Papa no puede tener vida privada. Es para toda la Iglesia y es para todo el tiempo en que vive, hasta su muerte.

Lo único que compromete la infalibilidad de un Papa es un error doctrinal. Otro tipo de errores (modo de resolver un asunto, etc.) no van contra la infalibilidad.

Por eso, nunca un Papa puede enseñar la herejía. Nunca. Si la enseña, entonces es necesario concluir que no es Papa.

De aquí es claro que Francisco no es Papa, porque enseña la herejía. Ahí tienen sus homilías, sus declaraciones a la prensa, sus encíclicas, que claramente no son el magisterio vivo de Pedro en la Iglesia.

Y muchos se confunden en esto de la enseñanza ex cathedra. Y, por eso, siguen sin ver a Francisco como lo que es: no es Papa. Sí, como hombre también se equivoca, pero dice cosas que están bien.

Un Papa nunca se equivoca en cuestiones doctrinales. Nunca. Por eso, mandar hacer una encuesta es una equivocación doctrinal; llamar por teléfono a una mujer malcasada, es el inicio de un cisma; convocar un sínodo para destruir la familia es consagrar la Iglesia a Satanás; poner como modelo de teología la obra de un hereje y de un cismático, como es Kasper, es hacer que el mundo se ponga a los pies de Francisco.

El colapso de la Iglesia Católica no es signo de división en Ella, sino sólo da a entender que se ha perdido la fe en mucha Jerarquía. Lo que divide la Iglesia es su participación en la creación de una nueva iglesia mundial, una religión mundial, que es lo que hemos visto desde hace más de un año, cuando Francisco inicia la falsedad de su Papado.

Francisco se ha ido al mundo para hablar a todos de hacer una nueva forma de adoración a Dios. Esas son sus dos declaraciones a la prensa, y sus diálogos con los judíos, protestantes, musulmanes y jefes de gobierno.

La liquidación del Papado, poniendo su gobierno horizontal con todo el aparato económico, es claro ejemplo de división en toda la Iglesia. El gobierno de la Iglesia es, en estos momentos, una dictadura. Todos tienen que obedecer lo que viene de Roma. Y lo que viene de ahí es el comunismo y el protestantismo. Ya no es el catolicismo. Ya de Roma no viene la Verdad, sino la mentira. Y una mentira que todos pueden ver.

Los Obispos del mundo están con la soga al cuello; porque ven la herejía en el que se sienta en la Silla de Pedro, pero tienen que callar. Y el que calla otorga, hace alarde de sabiduría mundana. Y, por eso, «cuando el error no es combatido termina siendo aceptado; cuando la verdad no es defendida termina siendo oprimida» (San Félix III, Papa).

Todos van a aceptar lo que proponga Francisco en el Sínodo: una herejía; porque ahora no combaten las palabras de Francisco y de Kasper. Sólo muy contados Obispos y Cardenales, viejos por experiencia, que tienen sabiduría divina, han hablado. Los demás, la mucha Jerarquía que queda, está dividida; y muchos dando coba a Francisco.

Ya la Verdad no se defiende en la Iglesia. La gente habla y habla de tantas cosas, da sus opiniones sobre todo, comienzan a criticar a todo el mundo, a los Papas anteriores y, después, siguen besando el trasero de Francisco, lo siguen llamando Papa. Es algo sin sentido común. Algo que no entra en la cabeza, cómo esta de ciega la gente.

Si se pierde la Verdad, se pierde el alma.

El alma sólo se alimenta de la Vida Divina. Y ésta es la Obra de la Palabra de Dios. Dios obra Su Palabra en el corazón de la persona que acepta la verdad. Y obrar la Palabra Divina es vivir de manera divina en lo humano.

Cuando no se enseña la Verdad, entonces se enseña a caminar hacia el infierno del alma.

Cuando no se combate el pecado, entonces éste se hace vida en las almas.

Cuando el amor no es vencido por la mentira, entonces hace caminar al alma hacia la verdad de su vida.

La muerte de muchas almas es porque han aceptado la mentira que viene de Roma, que está en la boca de Francisco todos los días, que es la propaganda de la Jerarquía que apoya a Francisco, que es la obra de tantos fieles de la Iglesia que se han creído maestros de todo en Ella.

La Iglesia no es un juego de los hombres, sino la posesión de la Verdad en el corazón del que cree en Jesús. Quien cree en la Palabra del Verbo Encarnado, obra la Iglesia. Quien no cree, la destruye con su palabra humana.

Quien no quiera poseer la Verdad, sino que va buscando las verdades de los hombres, entonces hace de la Iglesia su propio negocio entre los hombres.

La Iglesia se ha convertido en una ONG por la falta de fe de toda su Jerarquía. No es que la Jerarquía vaya tras el dinero o el puesto en el gobierno eclesial. Eso no es el problema, porque siempre el pecado de avaricia, de orgullo, de lujuria, está en todos los hombres. El problema de la Iglesia actual es que su Jerarquía no cree en nada. Sólo cree en lo que encuentra con su razonamiento humano en todas las cosas divinas. Han abajado a Dios a su concepción humana, a su visión humana, a su ley humana.

Y este problema: no hay fe; es lo que va a producir el cisma en toda la Iglesia.

El cisma significa alejarse de la Verdad. Y esto se puede hacer de muchas maneras.

Francisco ya lo ha hecho con el Papado: se ha alejado del dogma del Papado con su gobierno horizontal. Y nadie ha captado este cisma. Nadie lo llama cisma. Porque todos han perdido la fe en el Papado. Se han dedicado, durante 50 años, a triturar al Papa reinante. Y esa desobediencia de muchos Cardenales y Obispos, es el fruto del gobierno horizontal.

Ese gobierno no sólo lo componen ocho cabezas más los secretarios y otros elementos añadidos. Ese gobierno está compuesto por la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, que son más de la mitad de Ella. Hay más Jerarquía que se viste de lobo, que Jerarquía auténtica. Son pocos los sacerdotes, los Obispos, que tengan fe en Cristo y en Su Obra, la Iglesia.

No se puede decir que son más los verdaderos, porque entonces no se puede comprender la situación a la que ha llegado toda la Iglesia: a un colapso en la fe, en la verdad. Si nadie lucha por toda la Verdad, entonces todos se pierden en la mentira, y van caminado hacia el infierno. Y la Jerarquía que ya no enseña la verdad lanza a las almas al fuego del infierno. Todos quieren ese gobierno horizontal porque es lo que han practicado durante 50 años a espaldas del Papa reinante. Claro, nadie lo llama cisma.

Muchos fieles se están alejando de la Verdad al aceptar la mentira que viene de Francisco todos los días. Si Francisco no es Papa, entonces lo que enseña siempre aleja de la verdad. A la larga, produce el alejamiento de la verdadera doctrina y eso lleva, de forma inevitable, al cisma.

No se cae en la cuenta de que Francisco es un falso Profeta. Y todo aquel que escucha y aprende de un falso Profeta, se coloca en la mentira, en el engaño, en el error.

No se cae en la cuenta de la gravedad de lo que significa tener a un usurpador sentado en el Trono de Pedro. Como lo ven una persona amable, humilde, cariñosa, buena,.., ahí está la trampa del demonio.

Francisco es el mayor engaño de Satanás a la Iglesia. A muchos les cuesta creer que un Papa pueda ser hereje y cismático. A mucha Jerarquía no les entra en la cabeza que la figura del Anticristo y del Papa sea una misma. Se aferran a la idea de que el Vicario es luz siempre en la Iglesia, la seguridad última para saber dónde está la Verdad, porque donde está el Papa está la Iglesia. No pueden entender que no haya Papa en la Iglesia o que un Papa sea el Anticristo.

Y no lo comprenden sólo por su falta de fe, porque viven de espaldas a la Palabra de Dios, que es clara cuando se trata de la Iglesia: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). En estas palabras se dice que la Iglesia es perdurable y, por tanto, la dignidad de Pedro también lo es. Si la Iglesia no perdura, no llega hasta el final, sino que es vencida por el demonio, entonces también la figura de Pedro se tiene que acabar.

Si Satanás pone su Papa en la Iglesia, es claro que la Iglesia ha acabado, porque ese Papa ya no tiene la dignidad de Pedro, no es el sucesor de Pedro. Y, por tanto, esa Iglesia, que lidera, no es la de Cristo, sino la del demonio.

Si no se puede creer que Satanás puede poner su Papa en la Silla de Pedro, entonces hay que anular la Palabra de Dios. Muchos lo hacen y, por eso, siguen llamando a Francisco como Papa. No ven el engaño del demonio en la Silla de Pedro. Y, por lo tanto, no ven la falsa iglesia que Francisco está montando sobre los restos de la Iglesia Católica.

Hoy las almas no atienden a la Verdad de la Palabra, sino que están en la Iglesia buscando sus verdades, sus razonamientos, sus ideales, sus políticas, sus espiritualidades. Todos se han inventado la Fe en Cristo y las obras en la Iglesia. Nadie vive de fe auténtica en Ella.

Por eso, se está al inicio de la mayor herejía de todas. Y esa herejía hará temblar al mundo, porque el mundo vive de lo que la Iglesia ofrece. Si ésta construye la Verdad, entonces el mundo camina hacia su salvación; pero si ésta destruye la Verdad, el mundo se impone en la misma Iglesia y lo acaba todo, lo destruye todo.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

Los Cardenales se han inventado un Papa

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«En el tercer secreto se dice, entre otras cosas, que la gran apostasía en la Iglesia comenzará por la cúspide». (Cardenal Mario Luigi Ciappi).

Nunca se ha dado a conocer la tercera parte del secreto de Fátima. El beato Juan XXIII lo leyó y cerró el sobre con la siguiente frase: «No emito ningún juicio; silencio ante algo que puede ser una manifestación del Divino (Espíritu) o no serlo».

Un Papa que no creyó en las palabras de la Virgen. Tuvo un error de desobediencia en la fe, que le llevó a callar el contenido del escrito; prefirió ocultar la verdad por miedo a los hombres.

El Papa cometió un pecado, que no va contra la Verdad Revelada, que no es herejía el ocultar esa Verdad, porque –para salvarse- no es necesario saber el contenido de la tercera parte del secreto de Fátima.

Su pecado es de su alma, no de la Iglesia. Su alma no cree en Fátima y, por eso, actúa como Papa según su fe: cierra el sobre y que el siguiente Papa se ocupe de eso. Su pecado no anula su infalibilidad como Papa. El Papa sigue siendo infalible aunque no dé a conocer ese tercer secreto.

El beato Juan Pablo II fue más allá: reveló una mentira a la Iglesia. Porque si no se da todo el secreto como la Virgen lo dio, entonces lo que se da hace daño a toda la Iglesia. Si no se quiere revelar el secreto, entonces se guarda. Pero, si se decide revelarlo, ¿por qué no se da íntegro? ¿por qué se ha escondido una parte de esa tercera parte del secreto?

El beato Juan Pablo II decidió atenuar la verdad, cuando ésta era necesaria, para fortalecer la fe de muchas almas en la Iglesia, y hacer público una mentira. Este pecado es mayor que el del Beato Juan XXIII.

Porque si la parte que se ha ocultado de la tercera parte del secreto no proviene de Dios, es necesario enseñarlo a la Iglesia. La Iglesia es Maestra en la vida espiritual. Y tiene la obligación de enseñar a discernir los espíritus. Y la mejor forma de hacerlo era dando íntegra toda la tercera parte, y señalando la parte que no venía de Dios.

Entonces, el Papa se equivocó al ocultar esa parte, al no revelar esa parte. El pecado es más grave porque ya no se enseña la Verdad, sino que se oculta. Ya la Iglesia no enseña a discernir espíritus, sino a quedarse con el espíritu que más le conviene en ese momento.

Pero este pecado del Beato Juan Pablo II sigue siendo un pecado de su alma, no de la Iglesia. Es por su falta de fe en las palabras de la Virgen. Es por dejarse de llevar por los pensamientos de los demás teólogos, que le decían que esa parte no venía de Dios. Y, por tanto, era preferible ocultarla, dejarla a un lado.

Este pecado no quita la infalibilidad al Papa, porque el tercer secreto no es necesario conocerlo para salvarse; pero rebaja la credibilidad de toda la Iglesia en la vida espiritual.

Se está ante una Jerarquía que no cree y que, por tanto, enseña a no creer. Se está ante una Jerarquía que tiene miedo de decir las cosas claras en la Iglesia, porque no se pueden decir. Hay que ser muy valientes para dar a conocer esa parte que se ha ocultado.

La última parte del secreto de Fátima no ha sido revelada porque era necesario proteger a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. La gente de esa Jerarquía fue la que presionó al Papa para que no diera todo el secreto, poniendo la excusa de que esas palabras eran invención de la cabeza de sor Lucía.

Y era necesario hacer callar a Sor Lucía. Hay que silenciar a quien ha recibido el mensaje de la Virgen. Y es fácil hacerlo si se le dice que esa parte no es de Dios, sino que fue su cabeza la que lo escribió.

Si los Papas hubieran dicho algo en contra de la Verdad Revelada; por ejemplo, que el infierno no existe; entonces su pecado sería contra la Iglesia y ya no serían Papas por su herejía. Pero los Papas sólo pecaron contra su alma: su falta de fe. Ese pecado, después, tiene su consecuencia en la Iglesia por ser Papas, por ser Jerarquía. Pero el fruto de su pecado es distinto a su pecado.

Su pecado tiene perdón de Dios y, por lo tanto, nadie tiene derecho a juzgar a los Papas por su pecado, porque no revelaron el secreto. Ellos tienen la Autoridad Divina para no revelarlo y para sacar, como hizo el Beato Juan Pablo II, sólo una parte a la luz. Ellos no se ponen por encima del Poder de Dios porque no cometen un pecado de orgullo, sino de soberbia.

Ante estos pecados de los Papas, hay que callar, no juzgar, porque nadie puede juzgar a un pecador, y menos a un Papa. La Iglesia sólo tiene que ver el pecado y orar por el Papa, pero no hablar del pecado del Papa. La Iglesia tiene que discernir las consecuencias de ese pecado del Papa para la vida de toda la Iglesia, pero nunca juzgar a un Papa por su pecado y por el mal que produce su pecado en la Iglesia.

La Iglesia, ante este comportamiento de la Jerarquía, tiene que discernir los Signos de los Tiempos para poder comprender cómo se obra en la Iglesia con una Jerarquía que miente.

Sólo la Verdad hace libres a las almas. Sólo la Verdad libera a la mente de las cargas de la mentira. Sólo el que se pone en la Verdad encuentra el camino para su vida.

Y hay que saber caminar en la Iglesia cuando el que se sienta en la Silla de Pedro es un falso Papa, que es lo que muchos no han comprendido cuando el Papa Benedicto XVI tuvo que renunciar.

«La Iglesia ha sido infestada, desde el interior, por los enemigos de Dios» (22 de julio del 2013 – Virgen María a María de la Divina Misericordia). Es un hecho innegable que el Vaticano no es de Dios desde que renunció el Papa Benedicto XVI. Nadie puede negar el desbarajuste que hay en Roma. Ahora es cuando se palpa, por todos lados la anarquía que impera por toda la Iglesia Católica. Ahora es cuando la Iglesia Católica vive de opiniones humanas, perdiendo el juicio de la Verdad. Ya nadie habla dentro de los muros del Vaticano el lenguaje de la Verdad. Todos hablan política. Todos se dan la mano para después darse un puntapié.

«Ellos – y hay 20 de ellos, que controlan desde dentro – han creado el mayor engaño» (Ibidem). Veinte Cardenales se han inventado un Papa. Son veinte hombres, que se visten de Obispos, que sonríen, que ponen cara de que aquí no pasa nada, que buscan una razón para excusar los pecados de blasfemia de Francisco, pero que son lobos, pertenecen a la Jerarquía infiltrada en la Iglesia Católica. Son los que infestan los corredores de la Verdad con sus mentiras.

Veinte nombres: Francisco y su cuadrilla de herejes en el gobierno horizontal. Los ocho más los que rodean a los ocho. Lombardi es el vocero de la herejía. Es el que apoya el cisma, sin que se le caiga la cara de vergüenza cuando habla su mentira a los medios de comunicación. No fue el que eligió a Francisco; sino que fue el que abdicó de la Verdad para besar el trasero de Francisco.

Veinte malditos, que tienen al demonio en sus mentes y en sus corazones.

Veinte desgraciados que tienen la misión de destruir la Iglesia y las demás confesiones religiosas.

«Ellos han elegido a un hombre, que no es de Dios, mientras que el Santo Padre, al que se le ha concedido la Corona de Pedro, ha sido cuidadosamente eliminado» (Ibidem).

Francisco es un hombre, no es Obispo. Se hace pasar por Obispo y por santo Obispo. Tiene a toda la masa engañada con su triste vida de amor a los pobres. Es el que ha metido las leyes de los veinte, despreciando la ley de Cristo. Su pecado le ha llevado a convertirse en un falso profeta, dando paso a las profecías.

Sus palabras en la Iglesia representan a un hereje, pero no a un hombre de Dios. Francisco es el hereje, el cismático, el charlatán de feria, que no sabe hablar del Evangelio sin poner su idea tonta y estúpida de la vida humana.

Su mandato no corresponde a un Papa, porque no es Papa. Actúa dirigido por los veinte que lo han colocado ahí. Los veinte magníficos, que sólo quieren separar la Iglesia, dividir la Verdad en tantas partes como cabezas humanas existen.

Esos veinte han eliminado al Papa Benedicto XVI y han puesto a un hombre que no conoce ni a Jesús ni a la Virgen María. Un hombre, cuya boca sólo dice mentiras tras mentiras. No es capaz de decir una Verdad bien dicha. Y, por eso, hay que mantenerse alejado de Francisco y de toda su cuadrilla de herejes, porque engañan a toda la Iglesia.

«Los detalles, que Yo revelaba, son, que habrá dos hombres usando la Corona de Pedro en los Últimos Tiempos. Uno sufrirá por las mentiras que han sido creadas para desacreditarlo y que lo convertirán en un virtual prisionero. El otro elegido, traerá consigo la destrucción, no solo de la Iglesia Católica, sino de todas las iglesias que honran a Mi Padre y que aceptan las Enseñanzas de Mi Hijo, Jesucristo, el Salvador del Mundo» (Ibidem). Aquí tienen el tercer secreto de Fátima.

Escondido por la Iglesia Católica. Porque no podían aceptar las palabras de la Virgen sobre el Papado. «Dos hombres usando la corona de Pedro en los últimos tiempos». Esto no les cabía en la cabeza. Y el Papa Benedicto XVI, que leyó el secreto de Fátima, ahora cree, una vez que ha visto, una vez que ha palpado su falta de fe.

El Papa Benedicto XVI es el prisionero de la Verdad. Está atado a la Verdad que no puede ya revelar, sino que tiene que acomodarse a todo lo que se inventa en el Vaticano. No fue capaz de revelar el tercer secreto en su momento; ahora tampoco le es permitido revelar nada de lo que pasa a su alrededor. ¡Está en peligro de muerte! Los veinte lo tienen amenazado. Y él sabe quiénes son. Son los mismos que le obligaron a renunciar. ¡Los mismos!. Cuidadosamente lo han quitado de en medio. Con habilidad de serpiente; con astucia de lobo; con rapidez de león.

Veinte hombres hábiles para pensar el engaño; astutos para obrar la mentira; ágiles para colocar en los puestos más altos a su gente de maldad.

Francisco es el que trae la destrucción de todo: la amistad que tiene con los judíos, protestante, musulmanes, es engañosa. Los ama para apuñalarlos; para atraerlos a una iglesia cuyo destino es la destrucción, la muerte y el infierno. Francisco es el destructor: hay que destruirlo a él, no a los otros Papas. Muchos no han comprendido los efectos colaterales de la falta de fe en la Iglesia. Y lo critican todo. Y lo anulan todo con sus ideas humanas de lo que tiene que ser la Iglesia y el Papado.

«Solo puede haber un jefe de la Iglesia en la Tierra, autorizado por Mi Hijo, que debe permanecer como el Papa hasta su muerte. Cualquier otro, que pretenda sentarse en la Silla de Pedro, es un impostor. Este engaño tiene un propósito, para convertir almas a Lucifer y hay poco tiempo para tales almas, que no serán las más sabias, para ser convertidas» (Ibidem).

Este es el Misterio de los Últimos Tiempos: es necesario convertir almas a Lucifer, porque al demonio le queda poco tiempo. Tiene que ser atado para que se cumpla el Reino Glorioso de Cristo sobre la Tierra.

Y la única forma de atrapar las almas que él quiere es poniendo su Papa, su falso Papa, en la Iglesia Católica. Hábil maniobra, que le ha costado 100 años prepararla. Se cumplió el tiempo y todo fue uno. Y la masa, que no sabe despertar ante este engaño, porque es el tiempo de la Justicia Divina: hay que condenar en vida a tantas almas que se han creído justas y salvadas por tener un bautismo en la Iglesia. ¡Qué duro es enfrentarse a la Verdad Divina!

¿Por qué hacéis publicidad a un maldito que no sabe lo que es la vida espiritual en un alma? ¿Por qué le ponéis como ejemplo de persona que reza si no sabe elevar su mente a Dios, porque para él su dios es el demonio? ¿Por qué buscáis la foto en donde besa a un enfermo si no conoce la enfermedad de su alma? ¿Por qué permitís que os engañe con su falsa misericordia si no sabe ser misericordioso con la verdad de su alma? ¿Por qué asistís a sus celebraciones si en ellas no celebra a Cristo? ¿Por qué estáis atentos a su palabra si no sabe dar la Verdad en su boca? Porque sois llevados a la conversión a Lucifer. Os dejáis arrastrar por la tentación y no os sentís tentados. Esta es la mayor condenación que un alma puede tener.

El alma que no ve la tentación es un alma condenada en vida. Esto es lo que vemos actualmente: almas que no han caído en la cuenta de lo que es Francisco. Que leen sus escritos y les parece santidad, perfección, bondad, pura verdad. Que miran sus obras y se les cae la baba ante un hombre pecador. Los veinte quieren que todo el mundo adore a Francisco.

Y ¿dónde está el sufrimiento de Francisco? ¿Dónde está su dolor? ¿El mundo se le opone? No; el mundo lo alaba. ¿Los hombres de Iglesia lo critican? No; unos callan, otros se deshacen en elogios sobre la santidad de Francisco. Pero nadie se atreve a levantar su voz contra Francisco. Y, entonces, ¿hay que adorarlo, hay que santificarlo, porque es una persona maravillosa, porque da de comer a los pobres, porque habla de la ternura con los hombres?

¡Maldito Francisco, que quiere ir al Cielo sin Cruz!. ¿Qué valor tiene todo cuanto hace en la Iglesia sin Cruz?.

Para amar a un pobre hay que odiarse a sí mismo: «Quien es de verdad pobre de espíritu, se odia a sí mismo y ama a aquellos que lo golpean en la mejilla» (San Francisco de Asís).

Francisco se lame sus babosas palabras, se enorgullece de su mentira en la Iglesia, se alza sobre los mandamientos divinos, y se ajusta el pantalón para aparecer sensual ante los hombres. Francisco no es capaz de amar a un pobre porque no es pobre de espíritu. Es rico en su mente; es rico en su lujuria; es rico en su maldad. Y reparte dinero para condenar a las almas con la mentira de su palabra. No odia su pecado para dar la verdad a los pobres.

«Hijos, solo tienen que prestar atención a una advertencia, ahora: ¡No se desvíen de las Enseñanzas de Mi Hijo! ¡Cuestionen toda doctrina, que pueda ser presentada a ustedes y la cual profese venir de la Iglesia de Mi Hijo en la Tierra! ¡No permitan que nadie les nuble su juicio!» (Ibidem). Es hora de empezar a criticar a toda la Jerarquía que apoya a Francisco. Es hora de enfrentarse a los medios de comunicación que apoyan a Francisco, que dicen sus mentiras como una verdad. Ya no es hora de callar la Verdad. Ya es hora de presentar la verdad como es ante toda la Iglesia y todo el mundo.

Por eso, la necesidad de salir de unas estructuras de Iglesia que no valen para nada, sólo para condenar el alma al fuego del infierno. Si no se sale, no se puede decir la Verdad. Están todos como el Papa Benedicto xVI: prisioneros del demonio.

El Papa Benedicto XVI está bajo el control de Francisco, que es estar bajo el dominio de Satanás. Y este secreto de Fátima, tan escondido por la Jerarquía por su falta de fe en las palabras de la Virgen, por su pecado de decir que fue el invento de la cabeza de Sor Lucía, el Papa Benedicto XVI tiene que repararlo. Ahora es cuando cree, por los hechos que palpa. Ahora que ya no puede hacer nada, es cuando el Cielo le va a pedir ese sacrificio que expiará su pecado, y que reparará los pecados de los anteriores Papas por no saber creer con sencillez en las Palabras de Su Madre.

Francisco ha dado comienzo a los últimos tiempos en que se cumple toda profecía, en que se abren los sellos del Apocalipsis, en que la Justicia de Dios se palpa por todas partes.

Ningún masón puede declarar santos en la Iglesia

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“¿Señor, a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).

Después de ver el doble lenguaje de Francisco, y de seguir constatando que Roma ha perdido la Fe, y ya no se opone al inicuo que usurpa la Silla de Pedro, sino que lo protege, excusa su pecado, y le abre caminos para que siga destruyendo la Iglesia, como lo está haciendo; sólo queda refugiarse en el Corazón de Jesús. Lo demás, es perderse en un mundo y en una Iglesia que ya no ama a Dios, sino que da culto al demonio y al pensamiento de los hombres.

¿Cómo reconocer al Anticristo?: “Ustedes los reconocerán porque no llevará nunca la cruz, símbolo de redención. Él tendrá doce discípulos, se valdrá de todo tipo de prodigios para hacerlos caer en engaño. En las Iglesia habrá desorden” (Cuadernos 1943 – María Valtorta).

Francisco lleva una cruz, que no es el símbolo de la redención, sino el símbolo de la condenación: una paloma, que cae en picado, hacia un grupo de ovejas, donde hay una calavera, representada como “buen pastor”. Francisco es un anticristo, pero no el Anticristo. Él ha puesto a ocho cabezas para gobernar la Iglesia, que piensan lo mismo que él, que obran lo mismo que él. Ese grupo de herejía es el que inicia la falsa Iglesia, el que da cuerpo a la iglesia negra del demonio.

«Vendrá un hombre, ostentará obras de beneficencia; demostrará gran estabilidad, hará el bien y mucha gente lo amará y creerá en sus hazañas. Pero recuerden que la humildad viene de Dios y el que procede de Dios no se pavonea» (Ibidem). Francisco, desde que inició su falso pontificado, se pavonea con todo el mundo; el mundo lo aplaude, el mundo lo sigue, porque el mundo reconoce lo que hay en Francisco.

En la Iglesia, Francisco se ha puesto a recoger dinero. Las almas no le interesan para nada. Quiere llegar a la gente dándole lo que quieren escuchar. Por eso, la masa lo ama; la masa cree en sus palabras, en sus obras. La masa lucha por Francisco, pero ya no lucha por la Verdad. Creen que Francisco da la Verdad porque da dinero a los pobres, porque está metido en los asuntos del mundo, de la gente; porque se preocupa de la vida de los demás. Es el engaño de un hombre que sólo se pavonea, que sólo quiere publicidad, que busca la propaganda, como todo político. Está haciendo su campaña política en la Iglesia y nadie se ha dado cuenta.

«Vi qué nefastas iban a ser las consecuencias de esta falsa iglesia. Ví cómo aumentaba de tamaño; herejes de todo tipo venían a la Ciudad (Roma). El clero local se tornaba tibio, y vi una gran oscuridad… Entonces la visión pareció extenderse por todas partes. Comunidades católicas enteras eran oprimidas, asediadas, confinadas y privadas de su libertad. Vi muchas iglesias que eran cerradas, por todas partes grandes sufrimientos, guerras y derramamiento de sangre. Gentuza salvaje e ignorante se entregaba a acciones violentas. Pero todo ellos no duró largo tiempo” (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 13 de mayo 1820).

Esto es lo que viene ahora. Se inicia la falsa iglesia. Ya, durante 50 años, en Roma, las herejías han ido aumentado de tamaño. Y no han sido los Papas los culpables, sino los Obispos y sacerdotes que no han obedecido a la Cabeza Reinante. Herejes de todo tipo hay en el Vaticano. Y, por tanto, la tibieza en la vida espiritual es manifiesta, clara, es lo que los fieles ven en sus pastores: ya no viven sus sacerdocios, sino otra cosa. Y, entonces, viene un Francisco, otro hereje, que se alimenta de engaños, que vive su vida según su propia voluntad, y extiende la herejía a todo el mundo. Hace que todos la vivan, la abracen, la obren.

Esto es lo que está pasando: quien sigue a un hereje, se hace él mismo hereje. Empieza a comulgar con su mismo pensamiento humano, que es errado cien por cien. Y, claro, tiene que venir la persecución.

Y ya hay señales que empiezan, por todas partes, grandes sufrimientos por causa del pecado de la Iglesia actual. Francisco y los suyos, son los culpables de lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo.

«Veo al Santo Padre muy angustiado. Él vive en un palacio, distinto al anterior, donde recibe sólo a un número limitado de amigos allegados a él. Temo que el Santo Padre tenga que sufrir muchas otras pruebas antes de morir. Veo que la falsa iglesia de las tinieblas está haciendo progresos, y veo la tremenda influencia que ella tiene sobre la gente. El Santo Padre y la Iglesia están verdaderamente en una aflicción tan grande que habría que estar implorando a Dios día y noche» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick – 1º de agosto 1820).

Del Papa Benedicto XVI habla la beata. Está presentando la potestad espiritual que tiene el Papa. En la persona del Papa confluyen dos potestades distintas: una temporal (sobre la Ciudad del Vaticano) y otra espiritual (sobre el gobierno de las almas y de la Iglesia Católica).

Benedicto XVI ya no gobierna el Vaticano y, por tanto, no posee esa potestad temporal, a imagen de Cristo, que se separó de la Sinagoga de su tiempo, para poder ejercer su potestad espiritual, y así fundar Su Iglesia. Benedicto XVI está separado del Vaticano y de todas sus iniquidades, como Jesús. Pero sigue conservando su potestad espiritual porque su renuncia no significa la pérdida del Poder Divino. Él sigue siendo el Papa, pese a quien le pese. Y el Papa de toda la Iglesia Católica, el Papa elegido por Dios. En este Papa está la Verdad, se guarda la Verdad. Vive en un palacio, distinto al que ocupó siendo Papa, recibiendo sólo a pocas personas. Pero vive sufriendo por la Iglesia y le llega la hora del mayor sufrimiento: ir a la Cruz de la cual se bajó: «llegado a la cima del monte, postrado de rodillas a los pies de la gran Cruz, fue muerto por un grupo de soldados que le dispararon varios tiros de arma de fuego y flechas; y del mismo modo murieron unos tras otros los Obispos, sacerdotes, religiosos y religiosas y diversas personas seglares, hombre y mujeres de diversas clases y posiciones» (Lucía – Tercera parte del Secreto de Fátima).

Francisco es el Soberano Absoluto del Vaticano, antro de los siete vicios capitales; tiene un poder humano temporal y material, pero no tiene la potestad espiritual sobre las almas ni sobre la Iglesia Católica.

Francisco ha demostrado una actitud ecuménica exaltada, una escandalosa negligencia y libertad litúrgica, una pastoral de considerable ambigüedad, y una concepción doctrinal herética y totalmente discutible.

Francisco es un masón, un hombre que, desde 1999, es miembro honorífico del Rotary Club de Buenos Aires. Y un masón no puede nunca ser el verdadero Papa, el Papa legítimo, sino que es, a todas luces, ilegítimo; y lo que hace en la Iglesia es nulo, a los ojos de Dios. A los ojos de los hombres, tiene una validez humana, pero no espiritual.

El Rotary es de inspiración masónica, pone en práctica los ideales masónicos y tiene vínculos con la Masonería. Y, por eso, al Rotary se le conoce como Masonería blanca o Masonería sin máscara.

Francisco, desde que salió al balcón se dirigió al mundo y a la Iglesia como masón, no como Papa. Y sus palabras fueron claras: “Dado que muchos de ustedes no pertenecen a la Iglesia Católica, otros no son creyentes, os imparto esta bendición, en silencio, a cada uno de ustedes, respetando la conciencia de cada uno, pero a sabiendas de que cada uno de ustedes es un hijo de Dios Que Dios los bendiga” (13 de marzo 2013). Puso el sello de la masonería en su primera actuación. No puso la palabra de Dios, no llevó a Cristo, no ofreció la Verdad, sino la mentira.

Lo que dijo está totalmente de acuerdo con lo expresado por la masonería: “la masonería enseña que ya que Dios es el Creador, todos los hombres y todas las mujeres son los hijos de Dios. Debido a esto, todos los hombres y todas las mujeres son hermanos y hermanas“ (Gran Logia de Michigan). Este es el gran principio de la fraternidad: el amor al hombre se pone por encima del amor a Dios. Porque sois hijos, sois hermanos. No se dice: porque sois amados por Dios, entonces sois hijos: «Y por ser hijos envió Dios a nuestros corazones el Espíritu de Su Hijo, que grita: ¡Abbá, Padre!» (Gal 4, 6). Somos hijos en el Hijo del Padre. Somos hermanos en el Espíritu del Hijo, que es el Espíritu de Cristo. No somos hermanos por Creación de Dios. Somos hermanos porque «Dios envió a Su Hijo, nacido de mujer, nacido bajo la Ley, para redimir a los que estaban bajo la Ley, para que recibiésemos la adopción» (Gal 4, 4b-5). La masonería niega la Redención y, por tanto, predica el amor fraterno, anulando el amor de Dios.

Francisco predica su fraternidad en la Iglesia, que se asemeja a la del universalismo antropocéntrico, de matiz iluminista, revolucionaria y atea: «el Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad» (Francisco en la entrevista a Scalafarri). Clamorosa inexactitud, que anula la obra de la Redención. Jesús se encarna para redimir al hombre del pecado y así hacerlo hijo de Dios por adopción. Y, por tanto, la fraternidad es sólo una mera consecuencia de la Redención, pero no es el fin de la Encarnación del Hijo de Dios. Y esto le lleva a la adoración del hombre: «sobre el altar adoramos la carne de Jesús; en ellos (en los pobres) encontramos las llagas de Jesús. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí está la carne de Jesús; Jesús está presente ente ustedes, es la carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (Francisco, en Asís, a los niños discapacitados). Francisco ha perdido el camino de la Verdad y no sabe diferenciar la presencia de Cristo en la Eucaristía y la presencia de Cristo entre los pobres. Las llagas de los pobres son sólo un símbolo de las llagas de Cristo, una analogía, no real, sino sólo relativa, conceptual. Y la presencia de Cristo en la Eucaristía es real, sustancial, no es un símbolo. Y, por tanto, hay que destacar a Cristo en la Eucaristía, no las llagas de los pobres. El primer plano, para Francisco, son los pobres, no es Cristo. Señal de que Francisco da culto a los hombres, a sus obras, a sus pensamientos. Pero no es capaz de dar culto a Dios. Habla que Jesús está en la Eucaristía para llevar la mente del que lo escucha a lo que le interesa: el hombre. Este es siempre el doble lenguaje de Francisco. ¡Siempre!

En la elección de Francisco a la Silla de Pedro estuvo la masonería: él fue el candidato de los masones cardenales; puesto en una hábil maniobra del demonio para quitar al Papa reinante, y poner al que destruye el Papado con su vida de vulgaridad, con su vida social y política; con su inteligencia errada en todas las cosas de la Iglesia. Habla de muchas cosas y todo es mentira en lo que habla. Habla para darse importancia, pero nunca para enseñar la verdad. Habla para poner a otros los modelos de vida que él tiene: «En estos días, he podido leer un libro de un cardenal —el Cardenal Kasper, un gran teólogo, un buen teólogo—, sobre la misericordia. Y ese libro me ha hecho mucho bien» (Ángelus – Plaza de San Pedro -Domingo 17 de marzo de 2013). «Otra cosa: ayer, antes de dormir, pero no para dormirme, leí -releí- el trabajo del cardenal Kasper y me gustaría darle las gracias, porque me encontré con una profunda teología, un pensamiento claro en teología. Es agradable leer teología clara. Y también encontré aquello que San Ignacio nos decía, del sensus Ecclesiae, el amor a la Madre Iglesia… Me ha hecho bien y me vino una idea -discúlpeme si le hago avergonzarse Eminencia- pero la idea es que a esto se le llama “hacer teología de rodillas”. Gracias. Gracias.» (Aula del Sínodo en el Vaticano – 21 de febrero).

Al Cardenal Kasper no se le puede considerar un buen teólogo, sino merecedor de reprobación expresa, por su posición marcadamente herética y cismática con relación a varios dogmas de Fe, entre ellos la negación de la divinidad de Jesús, en su libro Jesús el Cristo, donde dice: «esta confesión Jesucristo, Hijo de Dios, es un residuo de mentalidad mítica, pasivamente aceptado» (p. 22); la negación del dogma extra Eccelsiam nulla salus (fuera de la Iglesia no hay salvación), donde afirma que en Jesucristo la salvación incluye todo lo que es bueno y verdadero en las otras religiones; la negación de los milagros, de la Resurrección, de la Ascensión, de la Concepción Virginal de María y de la Infalibilidad de la Iglesia.

Esto no es profunda teología, estoy no es hacer teología de rodillas. Esto es dar culto a la mente del hombre; esto es ponerse por encima de la ley de Dios; esto es anular la Palabra de Dios y llamarla herética.

El elogio público de un teólogo herético representa una afirmación herética. Por tanto, Francisco ha caído en clara herejía al alabar a Kasper. Y sólo este elemento basta -de por sí- para considerar a Francisco excomulgado, desprovisto del cargo eclesiástico que se le ha confiado, anulando así su falso Pontificado. Esto es pública herejía de Francisco en la Iglesia. Y nadie quiere llamar a las cosas por su nombre.

El canón 194 § 1, n. 2, dice: «Queda de propio derecho removido del oficio eclesiástico: quien se ha apartado públicamente de la fe católica o de la comunión de la Iglesia». Francisco, poniendo como modelo de fe a un hombre hereje, se aparta públicamente de la fe católica; porque los sacerdotes y Obispos en la Iglesia deben ser padres de la fe y, por tanto, modelos de la fe. Y poner por modelos de fe en la Iglesia a los santos, que son los que han obrado y vivido la fe. Ponen como modelo para creer a uno que no cree en nada. ¡Esto es reírse de toda la Iglesia!

Todo esto es muy grave, y nadie en el Vaticano dice una palabra. Al revés, se están preparando para representar la mayor comedia de la historia: canonizar a dos beatos. Falsa canonización, porque un masón no tiene poder para hacer santos, para declarar santos. Va a ser solo una pantomima, una obra de teatro más de Francisco y todos los suyos. Y, por supuesto, para sacar tajada de eso.

Pero, ¿a quién le interesa esto? A nadie le importa la verdad. Todos contentísimos con el doble lenguaje de Francisco. Todos esperando a ver qué pasa en octubre con el sínodo de los Obispos. Todos haciendo planes para el futuro. Y nadie combate el error. Nadie se enfrenta a Francisco.

«Veo muchos eclesiásticos que han sido excomulgados y que no parecen preocuparse por ellos, y por tanto menos tener conciencia de su situación. Y, sin embargo, ellos quedan excomulgados cuando cooperan con empresas, entran en asociaciones y abrazan opiniones sobre las cuales se ha impuesto el anatema. Se puede ver cómo Dios ratifica las órdenes, las interdicciones y los decretos emanados de la Cabeza de la Iglesia, manteniéndolo vigente aun si los hombres no muestran interés por ellos, los rechazan o se burlan» (Visiones de la Beata Catalina Emmerick –1820-1821).

La beata sólo está recordando el Evangelio: «lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto destares en la tierra será desatado en los cielos» (Mt 16, 19). Francisco, Kasper y todo su gobierno horizontal están excomulgados por Dios, porque Dios no se olvida de lo que los Papas han atado en Su Iglesia. El canon 1364 dice que: «el apóstata de la fe, el herético o el cismático cae en excomunión latae sententiae»; es decir, automáticamente él mismo se pone fuera de la Iglesia sin necesidad de un acto oficial, sin necesidad de que se lo recuerden.

Cualquiera que proclame o ponga en práctica otra doctrina distinta a la de Cristo, dentro de la Iglesia Católica, es herético y de hecho queda excomulgado, aunque sea Sacerdote, Obispo, Cardenal o Papa; porque nadie se puede poner por encima de las Verdades de Fe, que son sagradas para Dios y son ley divina para el hombre.

Dios ratifica a Sus Papas, los que ellos han atado en la tierra. Y aunque nadie le importa ya eso, Dios sigue ratificando a Su Iglesia, porque su Iglesia es la Verdad. Y no hay más Verdad que lo que los diferentes Papas han obrado en la Iglesia en toda su historia. Un Papa es el que custodia la Verdad y sólo la Verdad

Lo que obra actualmente ese infeliz de Francisco es sólo su nueva iglesia, negra, del demonio. Y todo aquel que lo apoye, queda excomulgado automáticamente. Francisco sigue haciendo su comedia en la Iglesia. Y todos ríen, aplauden. Consecuencia: ya no hay tiempo. Ya se acabó el tiempo. No esperen Misericordia; sólo Justicia.

El nuevo cisma creado por Francisco

Francisco, dijo el 28 de octubre del año 2013:

“¿Pero Jesús es un espíritu? ¡Jesús no es un espíritu! Jesús es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria”.

Todo sacerdote que se pregunte si Jesús es un Espíritu, y conteste que Jesús no es un espíritu, es signo que ese sacerdote ha perdido la fe en Jesús,
y la fe en la Iglesia de Jesús. Es decir, ese sacerdote es un hereje y un cismático.

Francisco ha blasfemado contra el Espíritu Santo, diciendo que Jesús no es un Espíritu. Esto es una blasfemia, es decir, un pecado contra el Espíritu Santo. Y este pecado no tiene perdón divino.

Ningún Papa verdadero puede predicar lo que Francisco predicó ese 28 de octubre. Porque un Papa verdadero guarda el depósito de la fe, en la Iglesia. Un Papa verdadero, siempre dice que Jesús es un Espíritu. Un falso Papa, un falso profeta, siempre predica lo contrario al Papa verdadero.

Francisco, es un falso Papa, porque ha dicho: Jesús no es un Espíritu. Decir esto significa decir: Jesús no es Dios.

Es lo que dice Francisco: Jesús es una persona, un hombre. Francisco niega que Jesús sea una Persona Divina. Dice que es una persona, un hombre. No dice que Jesús es el Verbo, una Persona Divina, Hombre y Dios. Francisco sólo dice que es una persona, un hombre. Pero que no es Dios. Francisco niega que Jesús sea el Verbo Encarnado. Francisco sólo dice que Jesús es una persona, un hombre. Y además, que está en la gloria. Francisco dice que Jesús es un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria. Es decir, para Francisco Jesús es un hombre santo, que está en la gloria. Pero, no es el Santo de los Santos. No es Dios.

Esta clara blasfemia, anula a Francisco como sacerdote, y como Obispo en la Iglesia.

En la Iglesia, todo aquel sacerdote que predica una herejía, está excomulgado automáticamente.

El canon 1364, del Código de derecho canónico, en su PARTE II, DE LAS PENAS PARA CADA UNO DE LOS DELITOS, en el TÍTULO I, DE LOS DELITOS CONTRA LA RELIGIÓN Y LA UNIDAD DE LA IGLESIA, en su parágrafo 1, dice:

“El apóstata de la fe, el hereje o el cismático, incurren en excomunión latae sententiae”.

Es la excomunión automática, que se produce, aunque no exista una declaración escrita de excomunión, por parte de la Iglesia, contra una persona determinada. El cometer el delito, ya implica la excomunión automática.

Decir una herejía, enseñar una herejía, predicar una herejía, como lo hizo Francisco, hace que Francisco esté fuera de la Iglesia de forma automática. No hace falta que la Iglesia se pronuncie. Su pecado de herejía, lo lleva fuera de la Iglesia.

Francisco está fuera de la Iglesia. Está excomulgado. Luego, cualquier cosa que haga dentro de la Iglesia no pertenece a la Iglesia Católica.

Consecuencia: la Iglesia está gobernada por un hombre que no es de la Iglesia Católica.

Otra consecuencia: ese hombre lleva a la Iglesia Católica, a no ser la Iglesia Católica. Lleva a las almas, fuera de la Iglesia Católica. En otras palabras: forma, dentro de la Iglesia Católica, su nueva iglesia, acorde a su herejía y su cisma.

Pero lo grave es esto: la Jerarquía se somete a un hereje, a un cismático. Esto significa una cosa: la misma Jerarquía se hace herética, produce un cisma dentro de la Iglesia. Consecuencia: esa Jerarquía, que se somete a un hereje, también cae en excomunión automática. En otras palabras: esa Jerarquía se pone fuera de la Iglesia Católica. Consecuencia: la Jerarquía que se somete a Francisco, lleva a las almas fuera de la Iglesia Católica.

Recapitulando: existe en el Vaticano un líder, llamado Francisco, que se ha inventado una nueva iglesia, y que tiene, una Jerarquía que lo apoya, en esa nueva iglesia. Francisco y esa Jerarquía, están produciendo un nuevo cisma, dentro de la Iglesia Católica. Nuevo Cisma porque se hace sin salir de Roma, sin abandonar la Iglesia.

Lutero abandonó la Iglesia Católica, para hacer su iglesia cismática.

Francisco no abandona la Iglesia Católica, sino que continúa dentro, y hace con el apoyo de la Jerarquía, su iglesia cismática.

Esta gravedad significa una cosa: la Iglesia vive, desde hace mucho tiempo, este cisma encubierto. Es decir, este cisma no es nuevo. No es algo que se produce por casualidad. Sino que es algo muy pensado por Francisco y por la Jerarquía que lo apoya.

Consecuencia: nadie, dentro de la Iglesia Católica, puede dar obediencia, ni a Francisco ni a la Jerarquía que lo apoya. Si se da obediencia, automáticamerte se sale fuera de la Iglesia, se incurre en excomunion latae sententiae. Los fieles de la Iglesia Católica no pueden seguir a Francisco, no pueden obedecer sus enseñanzas, no pueden llamarlo Papa. No pueden tratarlo, con la reverencia que todo sacerdote, tiene en la Iglesia Católica. Un sacerdote hereje, ya no es sacerdote de la Iglesia Católica, porque está fuera de la Iglesia Católica. Y sólo se es sacerdote cuando se está dentro de la Iglesia Católica. Sólo puede ejercer su sacerdocio, dentro de la Iglesia Católica, no fuera de Ella.

Por tanto, Francisco no celebra misa, no proclama santos, no puede dar ningún sacramento ni recibirlo. Consecuencia: Francisco sólo hace su obra de teatro en Roma.

Por tanto, todo aquel fiel que siga a Francisco, se coloca de forma automática, en la nueva iglesia cismática, que Francisco se ha inventado en Roma.

Recapitulando: en Roma hay una nueva iglesia, que es un nuevo cisma, que se produce dentro de la Iglesia Católica. Este nuevo cisma arruina toda la Iglesia Católica, porque nadie se opone a este nuevo cisma. Nadie avisa que existe un cisma, y que no hay que seguirlo, sino que hay que apartarse de él. Nadie pone en guardia a las almas dentro de la Iglesia. Nadie enseña la Verdad dentro de la Iglesia. Todos callan este nuevo cisma.

Consecuencia: hay que salir de Roma para no caer en excomunión latae sententiae. Y salir de Roma significa dos cosas:

1. ver el cisma, ver la herejía.

2. oponerse a la herejía, oponerse al cisma. Oponerse a la herejía hay que hacerlo de dos maneras:

1. atacar al hereje. Atacar a Francisco, y a la Jerarquía que lo apoya.

2. hacerlo fuera de Roma, no dentro. Es decir, sin pertenecer a esa nueva iglesia cismática.

Llega un momento en que se debe salir con todas las consecuencias de Roma. Es decir, no sólo de forma espiritual, sino material. En otras palabras, que esa iglesia de Roma ya no es la que da de comer, la que da dinero, la que sustenta la vida humana. Por eso, los sacerdotes, que quieran seguir siendo sacerdotes de la Iglesia Católica, tienen que abandonarlo todo. Tienen que quedarse sin casa, sin dinero, sin parroquia, sin trabajo. Ya que, lo que da Roma no pertenece a la Iglesia Católica. No es la Iglesia Católica.

Consecuencia: tiene que venir la persecución para salir de Roma de forma definitiva. En otras palabras, desde Roma se van a poner fuertes con todos. Van a obligar a obedecer a un hereje, a un cismático. Ahora, nadie obliga a nada. Pero todos apoyan al hereje y cismático Francisco. Y eso trae una división, un malestar en toda la Iglesia. Y Francisco conoce ese malestar, porque lo ha creado, de forma inteligente. Pero Francisco no sabe mandar con fuerza. Es un dictador blando. Su doctrina de la ternura, del falso corazón, de la falsa misericordia, le impide imponer su autoridad. Desde el principio de su reinado, no ha querido ser autoridad en la Iglesia. Y eso le ha hecho débil para mandar.

Consecuencia: otro le quita el poder y se impone a toda la Iglesia. Lo que hay en esa nueva iglesia, en ese nuevo cisma, es sólo la lucha por el poder. Y no hay otra cosa. Todos quieren mandar ahora en la Iglesia. Todos quieren imponer su opinión en la Iglesia.Todos quieren decidir en la Iglesia. Y eso sólo lleva a la persecución dentro de la Iglesia.

Seguir a Francisco es condenarse.

Seguir a Cristo es oponerse a Francisco, y a toda la Jerarquía que lo apoya.

Hay que elegir. Y cada uno es libre para tomar un camino u otro.

Francisco miente en su enseñanza sobre la confesión

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«a quien perdonareis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos» (Jn 20, 23).

El Sacramento de la Penitencia es un Tribunal, en el que hay Justicia y Misericordia. Por tanto, es herético decir:

«Queridos amigos, celebrar el Sacramento de la Reconciliación significa estar envueltos en un abrazo afectuoso: es el abrazo de la infinita misericordia del Padre.». Esto es el romanticismo herético de ese hombre, que no tiene ni idea de lo que es la vida de las almas y la vida de la Iglesia.

Cuando uno se va a confesar, va a una Justicia, a un Tribunal de Justicia. Y hay que ir sabiendo a dónde se va, porque nos pueden retener el pecado o darnos una expiación que no nos guste.

La confesión del pecado no es un abrazo amoroso de Dios, no es el abrazo de la infinita misericordia del Padre, sino el abrazo de la infinita justicia del Padre. Esto, como no es capaz de enseñarlo ese hereje, entonces da una fábula a los hombres.

“Cuando yo voy a confesarme, es para sanarme: sanarme el alma, sanarme el corazón por algo que hice no está bien”. Estas son las palabras bellas de Francisco.

Cuando te vas a confesar es para declarar tu pecado, no para decir que se ha hecho una cosa mal. No es para desahogarse de los problemas de la vida, no es para hablar con el sacerdote y así ver cómo la vida se soluciona.

Cuando te vas a confesar di tu pecado como es, como lo hiciste, y las veces que lo hiciste. Si no se dice esto, entonces, no esperes que el alma se sane, que el corazón tenga la luz de la gracia.

Precisamente esto es lo que hoy día no se hace cuando se va a la confesión y todo se ha convertido en un hablar de muchos problemas, de los males que trajo ese pecado, de las estructuras del pecado, pero no se va con arrepentimiento del pecado.

Francisco no usó la palabra arrepentimiento. Y es lo más fundamental en el Tribunal de la Penitencia. Porque hay muchas almas que dicen su pecado pero sin arrepentimiento. No hay confesión. Aunque se dé la absolución, el alma que no está arrepentida de su pecado, pone un óbice y no puede recibir la Gracia de la Penitencia; es decir, se queda con su pecado.

Hay que enseñar a las almas a ir arrepentidas de sus pecados a ese Tribunal. Francisco ni mencionó lo más fundamental, porque él ya no está arrepentido de sus pecados porque ya no peca, ya es un santo, un justo y, por eso, trata a todos como santos, como justos, e invita a confesarse para hacer de ese Sacramento una palabrería humana y divertida para todos.

Y, como no se centra en el arrepentimiento, entonces pone su fábula: “Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen” (Jn. 20,21-23). Este pasaje nos revela la dinámica más profunda que está contenida en este Sacramento”. Éste es su cuento chino. No menciona la segunda parte: «a quienes se los retuviereis, les serán retenidos». Se anula la Justicia Divina, para sólo mostrar la Misericordia. Ésta es la fábula.

La dinámica del Sacramento: la Misericordia, el perdón. Entonces, se anula el mismo Sacramento de la Penitencia.

La dinámica del Sacramento son dos cosas: o te perdonan el pecado o te vuelves a tu casa con tu pecado. San Pío de Pietrelcina negaba la absolución a algunas almas. Y lo mismo el Santo Cura de Ars y otros muchos santos sacerdotes. Porque no es ese Sacramento para dar un beso y un abrazo al penitente, sino para decirle la verdad de su pecado.

Y el pecado es algo muy serio en la vida de cada hombre, y no se puede tomar a la ligera, como si nada pasara, como si Dios todo lo perdonara.

Cristo no perdona todo pecado. Y hay que saber enseñar esto a las almas cuando se habla de ese Sacramento. No hay que enseñar cosas bonitas, dulzuras, sentimientos bellos, para que, después, las almas no sepan combatir sus pecados y se condenen por ellos.

Francisco condena a las almas dentro de la Iglesia porque su doctrina es contraria a la de Cristo y al Magisterio de la Iglesia. No enseña la Verdad; no se centra en la verdad. Todo es confusión, para decir su negocio en la Iglesia, para llevar a las almas hacia donde a él le interesa: protestantismo y comunismo.

“El perdón no es fruto de nuestros esfuerzos, sino es un regalo, es don del Espíritu Santo, que nos colma de la abundancia de la misericordia y la gracia que brota incesantemente del corazón abierto del Cristo crucificado y resucitado”. Este párrafo es una gran mentira.

1. El perdón es un merecimiento del alma que tiene la Gracia; el perdón es un don de Dios al alma que no tiene la Gracia, que no está bautizada.

2. Quien vive en gracia tiene que merecer el perdón de su pecado. Y eso es lo que significa el arrepentimiento. Porque es fácil entender el pecado. Y con la gracia, es muy fácil. Pero es difícil estar arrepentido del pecado. Veo mi pecado, lo confieso, pero caigo de nuevo en el mismo pecado: no hubo arrepentimiento. Y, por tanto, no confesé nada. Hay muchas confesiones que no valen para nada, porque no hay arrepentimiento del pecado cometido.

3. Del Corazón de Cristo no sólo brota de forma incesante su amor, sino su justicia. Y, por tanto, hay que enseñar al alma que, para merecer la gracia de una buena confesión, tiene que unirse a la obra de la Redención de Cristo para que le aproveche su Misericordia. Si el alma no hace esto, entonces no alcanza la Misericordia en ese Tribunal y se queda en la Justicia, que viene del mismo Corazón de Cristo; porque es Cristo el que perdona y el que retiene: el que hace una Misericordia o una Justicia.

4. Hablar de esta forma, como lo hace Francisco, es no dar importancia al pecado, no dar importancia a la expiación del pecado, y, en consecuencia, a tratar la Penitencia como un charlar de los problemas como un desahogarse de los problemas de la vida y así uno se confiesa y recibe la paz. Este es el fin que quiere Francisco cuando toca este Sacramento: Dios todo lo perdona; cuanta tus penas al sacerdote y sigue con tu vida humana.

“En segundo lugar, nos recuerda que sólo si nos dejamos reconciliar en el Señor Jesús con el Padre y con los hermanos podemos estar verdaderamente en paz”. A Francisco se le cae la baba cuando habla su romanticismo. Y no comprende de dónde viene la paz al corazón.

Se pide perdón en el Tribunal de la Penitencia al sacerdote, que es otro Cristo. A los demás, no se pide perdón. No hace falta. Y si se va con el arrepentimiento del pecado, entonces se recibe la gracia y la paz en el corazón.

Así que no nos reconciliamos en el Señor Jesús. Pedimos perdón a Jesús, al mismo Jesús que está en el sacerdote. Es a Jesús al que hemos ofendido, no a los demás. Y hay que pedirle a Jesús perdón porque la falta, el pecado es contra Él y sólo contra Él.

Si las almas tuvieran un poco de fe en lo que es este Sacramento sus vidas cambiarían totalmente. Pero como ya la gente no cree en el pecado, tampoco cree en este Sacramento y no encuentra la paz en su corazón. Quiere buscar esa paz hablando con los hombres, dialogando con los hombres. Y, entonces, no comprende lo que es la expiación del pecado.

Se peca y se hacen muchos males. Se va a la Penitencia para que Dios perdone el pecado; pero los males están ahí. Y hay que reparar esos males, de muchas maneras, dependiendo del pecado que se ha cometido. La paz en el corazón ya está, por el perdón recibido en la confesión. Y, por tanto, no hay que buscar otra paz con los hombres. Con los hombres hay que buscar la expiación del pecado, que se refleja en los males que trajo ese pecado.

Un corazón que se arrepintió de su pecado, está en paz y puede ver los caminos divinos para poder solucionar los diferentes males que trajo el pecado. Un corazón que no se arrepintió del su pecado, entonces se dedica a hablar con los hombres, a darles besos, a abrazarlos, a adularlos, pero sigue en su pecado y, por tanto, no expía nada.

No se repara el pecado sólo disculpándose con la otra persona por los males que trajo ese pecado; una cosa es hacer un acto de humildad y reconocer ante la otra persona que no se obró bien; y otra cosa es expiar los males que trajo el pecado.

“En el tiempo, la celebración de este Sacramento ha pasado de una forma pública – porque al inicio se hacía públicamente – ha pasado de esta forma pública a aquella personal, a aquella forma reservada de la Confesión. Pero esto no debe hacer perder la matriz eclesial, que constituye el contexto vital”. Esto es el invento de Francisco sobre el Sacramento de la Penitencia.

Este Sacramento siempre ha sido para el alma, de forma privada, porque los pecados sólo tienen que ser conocidos por el sacerdote. Por eso, el sacerdote no puede revelar nada de la confesión; hay secreto de la confesión, porque es privado el Sacramento; es entre el alma y el sacerdote; entre el alma y Cristo. Y nunca se dio la forma pública. La manera pública de confesarse sólo es en ocasiones gravísimas, en que no hay tiempo de confesar a cada alma por un mal inminente.

Y no hay que confundir el perdón que se pide en la Misa, en la que todos piden públicamente perdón de los pecados, con el Sacramento de la Penitencia.

El confiteor o la oración de confesión, que se reza en la Misa, no es la Confesión del pecado, sino el pedir perdón por los pecados de toda la Iglesia. Es la oración universal de la iglesia sobre todas las almas para que el Señor recuerde su Misericordia sobre toda la Iglesia. No se da la absolución del pecado privado, personal, sino que se da la absolución por el pecado de toda la Iglesia. Hoy día, con la nueva liturgia, el sacerdote no da esa absolución porque no está en los libros litúrgicos. Antes, el sacerdote hacia la señal de la Cruz y decía las palabras: «Misereatur vestri omnipotens Deus, et, dimissis peccatis vestris, perducat vos ad vitam aeternam. Indulgentiam, absolutionem, et remisionem peccatorum nostrorum tribuat nobis omnipotens et misericors Dominus»: “El Señor tenga misericordia de vosotros, perdone vuestros pecados y os lleve a la vida eterna. Que la omnipotencia y la Misericordia del Señor nos alcance la indulgencia, la absolución y la remisión de nuestros pecados”. En las liturgias del nuevo ordo se ha cambiado el vosotros por el nosotros. Y es el sacerdote el que tiene que decir ese vosotros, no el nosotros. El sacerdote no pide perdón para él, sino para toda la Iglesia. Es Cristo el que absuelve a toda la Iglesia en la Misa. Pero esto ya se perdió.

Y Francisco sólo engaña con sus cuentos chinos a toda la Iglesia, porque le interesa poner su comunismo: “En la celebración de este Sacramento, el sacerdote no representa solamente a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que lo alienta y lo acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana”

Francisco no comprende lo que es la vida eclesial. Y, por eso, no comprende por qué, antes en la Misa, el sacerdote daba la absolución a toda la Iglesia.

La Iglesia es la Obra de Cristo Jesús. Y esa Obra es Santa; pero sus miembros son pecadores, a pesar de que tengan la gracia por el Bautismo y por los demás Sacramentos.

Y la Misa es la Obra de la Redención de Cristo. Por tanto, la Misa es el inicio de la Iglesia. La Iglesia se inicia en la muerte de Cristo, cuando el Señor muere y el soldado le clava la espada y sale agua y sangre. Ahí comienza la Iglesia: en la santidad de la muerte de Cristo, que se ha introducido en el pecado para poner un camino de vida. Y, por eso, en la muerte Cristo perdona el pecado; en la Cruz, Cristo perdona el pecado; en el dolor Cristo perdona el pecado.

La Misa es el dolor, es la muerte, es la Cruz. Y, por eso, hay que comenzar la Misa perdonando el pecado, porque Cristo vino a saldar la deuda del pecado, a quitar el pecado, a perdonar el pecado. Y esta es la razón de la oración que ante se hacía al principio de la Misa. Y es el perdón para toda la Iglesia, no por los pecados de cada alma; sino por los pecados que tiene la Iglesia a consecuencia de los pecados de cada alma.

Un sacerdote que peca llena la Iglesia de muchos pecados; un fiel que peca llena la Iglesia de muchos pecados. Pecados que los hombres no saben medir, porque no piensan que un pecado engendra otro pecado. No entienden esto espiritualmente. Pecados que vienen de un pecado personal, privado, pero que se manifiestan en toda la Iglesia. Y Cristo da la absolución para estos pecados universales, que son como el pecado original, se van transmitiendo sin culpa en toda la Iglesia. Francisco no enseña estas cosas y, por eso, habla estupideces todo el día. Y la gente contentísima con sus estupideces.

El sacerdote no representa ni a Dios ni a la comunidad: es Cristo mismo, que está haciendo su obra por medio de ese sacerdote. Y no es más que eso. Lo que habla ese hereje es su comunismo.

“Pero nuestros pecados son también contra nuestros hermanos, contra la Iglesia y por ello es necesario pedir perdón a la Iglesia y a los hermanos, en la persona del sacerdote”. Este hereje no discierne entre el pecado personal y los males que se producen en la familia, en la Iglesia, en otros por ese pecado.

Sólo se peca contra Dios. Y ese pecado lleva a hacer un mal a otra persona. Hay que reparar ese mal, pero sólo se pide perdón a Dios por el pecado cometido.

El pecado es la ofensa a Dios. Sólo eso. No se ofende a nadie más. Es un acto contra la voluntad de Dios. No es una acto contra la voluntad de los hombres. Es una soberbia, un orgullo, una lujuria que va en contra de Dios. Eso produce males de todo tipo en la familia, en la sociedad, en la Iglesia, etc. No se pide perdón a la familia ni a la Iglesia ni a nadie para recibir el perdón divino por el pecado cometido. Porque ni la familia ni nadie tiene poder para quitar el pecado. Sólo se pide perdón a la otra persona o a la Iglesia para expiar el pecado que se cometió contra Dios. Es sólo para reparar: es una acto de humildad que se puede hacer o no, según sea el pecado que se ha cometido.

Dios no obliga a pedir perdón a la Iglesia ni a nadie por el pecado que se comete contra Él. Dios sí obliga a reparar ese pecado de muchas maneras. Y una de ellas puede ser ese acto de humillación ante los demás.

Francisco nunca da claridad en nada. Todo es confusión, porque va a lo que va en la Iglesia: comunismo.

Y, entonces, tiene que caer en su negra herejía: “es necesario pedir perdón (…) en la persona del sacerdote”. Su lenguaje es herético. No tiene finura teológica. Su lenguaje coloquial condena a las almas.

Se pide perdón a la persona de Cristo, que está en el sacerdote, porque es sólo Cristo el que puede perdonar pecados. El sacerdote como hombre no perdona nada. El sacerdote, otro Cristo, lo perdona todo. El sacerdote tiene que actuar en la persona de Cristo en el Tribunal de la Penitencia para absolver el pecado. Si no actúa en esa Persona, entonces no quita el pecado.
Y la falta de fe de muchos sacerdotes, hace que hagan en ese Tribunal una obra de teatro: dicen las palabras, pero no se da nada, porque ya no creen en nada.

Francisco sólo quiere que la gente se desahogue en la Iglesia, pero que no confiese sus pecados, porque él no cree en el pecado. Sólo cree en las estructuras del pecado, en los males sociales o políticos o familiares que el pecado trae. Y, entones, habla con un hombre y cuéntale tus penas y ya tendrás la paz en el corazón. Habla con tu hermano y dale un abrazo y ya tendrá la paz en el corazón. Esto se llama: protestantismo y comunismo.

Cuando se dice que “es necesario pedir perdón (…) en la persona del sacerdote” se está diciendo que el sacerdote es otro hombre cualquiera; que es nada más que hombre. Y, por tanto, se está diciendo que la confesión nada más que es un contar historias tristes de la vida para sentir el desahogo de todos esos problemas. Y así se va quitando la importancia de confesar el pecado para que los psiquiatras hagan su agosto en la Iglesia. Al final, todo se reduce en ir a un psiquiatra para ver cómo se vive la vida de la Iglesia y la vida espiritual. Y así se anula la vida eclesial y la vida espiritual de cada alma.

Francisco es una maldición para toda la Iglesia. Sus palabras están llenas de engaños, de mentiras, de herejías, de errores, que ya nadie sabe ver ni entender, porque todos le hacen el juego ahora.

No esperen del consistorio extraordinario de la familia una bendición para las familias ni para la Iglesia. Se quiere anular el pecado para que los divorciados, con sus pecados, puedan estar en la Iglesia y comulgar y hacer vida de santos, siendo unos demonios.

Se pone el énfasis en resolver las estructuras del pecado, es decir, en resolver los muchos males que los divorciados tienen por su pecado, y no se pone el dedo en la llaga, que es el pecado. Y, entonces, se dice que Dios perdona todo pecado, y también el de los divorciados que se vuelven a casar. Y se exige a Dios que perdone el pecado sin que las almas lo quiten de sus vidas, sino dando valor al pecado, diciendo que ese pecado ya no es pecado, sino un bien. Consecuencia: se anula el pecado. Y cuando se anula el pecado, se anula toda la Iglesia. Porque la Iglesia es para quitar el pecado, para vivir en Ella sin pecado, para obrar las obras divinas, que no se pueden hacer con el pecado.

Por tanto, cuando vemos que todos se alaban a sí mismos diciéndose que van a hacer un documento bello, inteligente, valiente y lleno de amor sobre la belleza de la familia, entonces sólo hay que esperar que en ese documento se digan tantas herejías sobre la familia, porque nadie de ellos cree en el pecado de Adán y de Eva. Quieren hacer un documento sin pecado original, planificando una familia para el infierno. Un documento donde se anula la Justicia Divina para enmarcar la misericordia como la entienden los hombres: una estúpida misericordia que no sirve para nada, sólo para condenar a las almas, para hacer el camino más fácil para ir al infierno.

Da asco leer a Francisco, leer las declaraciones de Lombardi, y ver cómo Kasper tiene la sartén por el mango para liquidar la verdad en la Iglesia. Una Jeraquía que no tiene a Dios en sus corazones, sino sólo palabras bellas, pero vacías de toda verdad. Da pena ver cómo está toda la Iglesia siguiendo a un maldito que se cree papa sin serlo.

Francisco juzga a la Iglesia

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Alma = “Sé que no es fácil, y creo que tampoco lícito, juzgar a un hermano… Sólo Dios debería hacerlo, pero ¿qué hay en la vida y en el alma del que hoy se sienta en la Silla de Pedro para qué, a sabiendas de sus consecuencias, se proponga llevar a cabo todo eso… y lo ejecute deliberadamente, aun siendo consciente de que ello pudiera atentar contra el Orden querido por Dios en su Iglesia?”

Maestro = “No sabe bien este hermano lo que está haciendo con ello ya que muchos dirán: mira a los católicos siempre cambiando de ley y quitando y poniendo no son serios. ¡La división que está levantando, el ánimo negativo que se está extendiendo! Su alma no tiene mucha luz y su vida no la guía correctamente. Amén.”

Alma = “La nueva Iglesia que van a construir ¿será agresiva y perniciosa con aquellos que no la sigan y no la acepten?”

Maestro = “¿Qué es lo que hacen con mi hija que va a Misa como se iba siempre…? La martirizan, la humillan, critican. Pues pensar que harán con los que se nieguen a seguir sus normas. Sacrificarlos, ridiculizarlos. Amén”.

Alma = “¿Cuál será el punto débil de esa nueva Iglesia que se va a crear, que se puede decir para nuestro discernimiento?”

Maestro = “La mentira no se sostiene mucho tiempo, el mundo vera la verdad solo hay que esperar que lo malo caiga en su propia trampa. Amén.”

Alma = “¿Cuánto poder, riqueza y vanagloria terrenal acumulará y adquirirá esta nueva Iglesia durante su breve reinado en la Tierra?”

Maestro = “Todo lo que se monta sobre un castillo de naipes más tarde o más temprano se cae por su peso. Todo aquello que adquirirá será de la mentira y carecerá de valor y sin valor las cosas fracasan pronto aunque a su paso dejen un rastro de dolor. Amén”.

(Mensajes a un alma – Diciembre 2013)

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“Es bueno reconocer la gracia con que Dios nos bendice y, todavía más encontrar en otros cristianos algo que necesitamos, algo que podríamos recibir como un regalo de nuestros hermanos y nuestras hermanas” (Francisco, 22 de enero 2014).

Estas palabras de este hereje ponen de manifiesto cómo es su espíritu.

Su espíritu es algo amorfo, amanerado, oscuro, ignorante, necio, miserable, sin norte en su vida, sin luz en su camino, sin verdad en lo que obra como Obispo.

Las Palabras del Evangelio son un secreto para este hereje. No puede pronunciarlas sin poner su mentira por delante. Siempre habla así, porque es mentiroso, porque es engañador, porque se ha creído santo siendo el mayor pecador de todos.

Él es como Judas: pone la excusa de los pobres para aparecer santo ante los demás, para dar la impresión de que es él el que se preocupa por la pobreza, para que el hombre se sienta bien protegido por sus palabras de engaño.

Judas hablaba del dinero para socorrer a los pobres sólo por una cosa: porque necesitaba que se mostrase el Reino Temporal del Mesías. Él espera a un Mesías de la Tierra, a un Mesías político, a un Mesías de poder humano. Y veía a Cristo como el que no hacía nada por la vida humana; sólo preocupado por dar lo espiritual a los hombres. Judas no comprendía a Su Maestro porque no tenía el Espíritu de Cristo.

Andaba con los Apóstoles, era uno de Ellos, pero sin Espíritu. Todo lo que hacía era desde lo humano, desde lo terrenal, desde lo material, con sólo los ojos de los hombres.

Y esto es Francisco: un hombre para los hombres. Y un hombre comunista, que es peor todavía. Un hombre que no ha aprendido que el marxismo es incompatible con la Iglesia, con la doctrina de Cristo, como el Evangelio. Incompatible. Su teología de los pobres es su defección en la Iglesia, su condenación, el sello que le lleva al infierno.

Hay que ser claros con este hereje: está sentado en la Silla de Pedro para destruir la Iglesia. Punto y final. Está haciendo su nueva iglesia. Por eso, predica que podemos “encontrar en otros cristianos algo que necesitamos”. Esto es una llamada a la apertura al mundo. Así se destruye la Iglesia. Vaya al protestante y aprendan de sus errores, de sus herejías, de sus mentiras, y eso es alimento para el alma. Esto es lo que ha predicado, hoy, Francisco.

¡No son palabras de un Pastor de almas, sino de un lobo que aúlla para aniquilar a sus presas!

Gran mentira es la que ha anunciado hoy Francisco. Pero, como siempre, todos callan, todos hacen la vista gorda, se dan por no enterados, aquí no ha pasado nada.

Francisco juzga a la Iglesia. Como él es incapaz de juzgar al mundo, a los judíos, a los protestantes, a los musulmanes, a los cismáticos, entonces él mismo hace división dentro de la Iglesia.

Apoyado en las Palabras del Evangelio “¿Acaso está dividido Cristo?”, da su mentira en la Iglesia y habla para su nueva iglesia.

Cuando habla Francisco divide a la Iglesia, divide la Verdad, y hace que se levante en la Iglesia un ambiente totalmente negativo. Porque la división trae odio en aquel que divide. Aquel que habla la mentira pone, en lo que habla, odio, nunca amor. Puede decir palabras hermosas, llenas de sentimiento humano, pero da siempre el odio, porque lo que todo hombre transmite a los demás, no son sus palabras, sino lo que tiene en su corazón. Y, en el corazón, sólo puede haber una cosa: amor u odio. No las dos. Y, por eso, no se pueden servir a dos señores. O se está del lado del amor o se está con el odio.

Francisco dice que la causa de que Cristo esté dividido es la misma Iglesia. Porque la Iglesia sigue sus verdades, sus dogmas, entonces eso divide. Y se atreve a decir que hay que escuchar a los demás cristianos para aprender la verdad.

Ahí se ve su odio a la verdad, su odio a la Iglesia. Francisco juzga a la Iglesia porque no la ama. Él ya está haciendo su iglesia y, por tanto, él habla para los suyos. Y los suyos son la gente del mundo, que no puede entrar en la Iglesia por culpa de la misma Iglesia. Y, por eso, se afana por liquidar la verdad en la Iglesia para que entren en esa nueva iglesia todos los endemoniados del mundo. Ellos, los del mundo, los cismáticos, los herejes, son los nuevos santos para Francisco.

Francisco está creando división dentro de la Iglesia con su doctrina de la fraternidad. ¡División! Eso es señal de que no es Papa. Porque un verdadero Papa nunca divide a la Iglesia, sino que crea la unidad en la verdad. Francisco no puede hacer eso, porque no está en la Verdad, no tiene la Verdad, no obra la Verdad.

Es triste comprobar que nadie, entre la Jerarquía Eclesiástica, se levante antes estas palabras dichas por Francisco. Muchos piensan que no ha dicho gran cosa. Y se equivocan. Ha dicho una gran herejía que, por supuesto, nadie la ve porque a nadie le interesa.

Quien no juzga al pecador, entonces justifica siempre su pecado. Francisco no juzga al mundo pecador: no juzga al judío, ni a los cismáticos, ni a los herejes, ni a nadie. No puede juzgaros porque, para él, no existe el pecado. Sólo existen los problemas de los hombres. Cristo está dividido porque hay problemas entre los hombres. Ése es su pensamiento: “las divisiones entre los cristianos son un escándalo”.

Francisco nunca va a decir: el pecado de los hombres son un escándalo para el mundo. Nunca dirá esto, porque no cree en el pecado.Cristo está dividido porque hay pobres que pasan hambre, porque hay jóvenes judíos que no tiene trabajo, porque hay ancianos protestantes que nadie los cuida, porque hay muchas injusticias humanas entre los hombres. Nunca Francisco va a decir que Cristo está dividio porque hay mucho pecado entre los hombres.

Cristo une a todos los hombres en la Verdad, que es Él mismo. Pero, cada hombre, tiene que quitar su mentira, su error, su herejía, su pecado. Porque no se puede ser de Cristo siguiendo el propio pensamiento humano, viviendo la propia vida humana, obrando las obras de los hombres.

Se sigue a Cristo negando el pensamiento humano, la vida humana, las obras humanas. Esto es lo que no enseña Francisco, porque él está metido en su propio pensamiento, que es su propia soberbia. Él vive su propia vida de hombre, sin seguir en nada al Espíritu de Cristo. Y él obra lo que tiene en su corazón: amor a la mentira y al pecado.

Consecuencia: los culpables de que los cristianos estén divididos: la Iglesia. Porque la Iglesia juzga al mundo y le dice: ahí te quedas en tus errores. Y esto no lo puede aceptar Francisco, porque no ama la Verdad, sólo ama su mentira.

Cuando Francisco habla, en medio de la Iglesia, es para crear divisiones, bandos, políticas. filosofías, opiniones, puntos de vista. Esa es la obra de un gobernante que ha anulado la Verdad. Él ha quitado el gobierno vertical, donde sólo se puede dar la verdad, sólo se lleva a la unidad en la Verdad. Y ha puesto la horizontalidad, es decir, la democracia en la Iglesia. Vale cualquier opinión, cualquier punto de vista, cualquier pensamiento, para crear la unidad. El diálogo es lo que crea la unidad. Ya no es la fe en la Palabra de Dios, ya no es la Fe en Cristo. Es la fe en el hombre, en lo que habla el hombre, en lo que razona el hombre, en lo que ve y discute el hombre.

Francisco, cuando habla, lo hace como un político, no como un Pastor de almas. Él está en su negocio en la Iglesia, como Judas: sus pobres. Y le importa un rábano lo demás. Él quiere meter a todo el mundo en la Iglesia porque él vive de lo mundano, de lo profano, de lo material, de lo humano, de lo carnal.

Francisco no tiene vida espiritual: es un hombre de mundo. No esperen de él una verdad evangélica. No la puede dar nunca. Él da su comunismo en la Iglesia. Y todos, como son comunistas, le hace coro.

¿Qué se creen que es la razón por la cual calla la Jerarquía ante las palabras de Francisco? Muchos se han vuelto comunistas. Ahora el apostolado en la Iglesia es solucionar problemas humanos, materiales de la gente. Éste es el único apostolado. Y, para eso, se apoyan en el Evangelio, dicen palabras concertadas para esconder su comunismo, su marxismo. Porque eso es la teología de los pobres: hay que ayudar a los machacados; hay que estar con la gente que se muere de hambre, que tiene problemas sociales, injusticias, etc… Esto no es nuevo en la Iglesia. Esto, desde hace 50 años, ya se está dando en toda la Iglesia: este comunismo enmascarado de Evangelio.

Por eso, ya nadie combate al demonio; muy pocos sacerdotes saben hacer una oración de exorcismo. Tienen miedo. No saben lo que es el demonio. Y ni lo quieren mentar, porque están metidos en los problemas de los hombres y dando soluciones a esos problemas por caminos humanos, materiales, etc…

La Iglesia está llena de sacerdotes y de Obispos comunistas en la doctrina. No hace falta ser comunista declarado, ferviente, como lo es Francisco. Hay que practicar el comunismo. Y eso es fácil cuando los sacerdotes dejan la vida de oración y de penitencia y se dedican a las cosas del mundo, a las cosas humanas, a las cosas naturales. ¡Facilísimo!

Muchos sacerdotes están empeñados en levantar escuelas, comedores, centros de capacitación profesional, hospitales, etc…, y viven para eso: buscando dinero para eso. Viven para salvar cuerpos, para salvar vidas humanas de sus desastres humanos, económicos, políticos… Pero han descuidado, totalmente, las almas, la vida espiritual, el pecado, la raíz del pecado, que es el demonio, y la raíz de todos los males, que es el mundo.

Los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Nadie, dentro de la Iglesia, ningún sacerdote, ningún Obispo, luchan contra esos tres enemigos. Ahora, en la Iglesia, se lucha contra la Verdad, contra el dogma. Y se quiere buscar una idea, una razón, para aniquilar la verdad y vivir la mentira y el pecado, para dedicarse a las situaciones del mundo, a los compromisos con el mundo, a los negocios con el mundo. La Iglesia se ha vuelto laica en sus sacerdotes. Ellos ya no viven del Espíritu de Cristo, sino que viven el espíritu del mundo, que es laical.

La situación de la Iglesia es muy grave. Y el culpable: Francisco. Está dividiendo la Iglesia con sus homilías, con sus escritos, con su doctrina de la fraternidad. Está creando un ambiente de discordia y de enfrentamiento entre los buenos. Porque son los buenos, los que siguen la Verdad, los malos de la película. Ya no es el mundo el malvado. Es la Iglesia la malvada porque se ajusta a unos dogmas, y eso impide que los demás hombres vivan en paz y felices en sus vidas humanas. Por estar siguiendo una doctrina de la verdad, se descuida los problemas de los hombres. Ése es el pensamiento de Francisco. Por eso, él quiere una Iglesia accidentada, pecadora, pero que esté metida resolviendo problemas humanos. Eso se llama protestantismo y comunismo. Protestantismo porque ya no se hace caso al pecado; y comunismo porque ya no se hace caso a la vida espiritual, sino a la vida humana, a la vida común de todos los hombres.

Francisco juzga a toda la Iglesia porque no juzga al mundo, no juzga al pecador, no juzga el pecado, no combate al demonio. Por eso, es un títere del demonio.

La Iglesia no tiene que mover un dedo por la gente del mundo: ni por los cismáticos, ni por los herejes, ni por los judíos, ni por nadie. Es el mundo el que tiene que mover su trasero para quitar sus pecados si quiere entrar en la Iglesia. Es el mundo el que tiene que arrodillarse ante la Verdad, que es la Iglesia. Es el mundo el que tiene que despreciar sus mentiras y amar la verdad.

Esto es lo que nunca va a predicar Francisco. Él sólo predica su mentira: “acojamos las palabras de Pablo como una invitación a alegrarnos sinceramente de las gracias concedidas por Dios a los otros cristianos”. Esto es una gran herejía. Porque Dios sólo derrama sus gracias dentro de la Iglesia. Quien no está en la Iglesia, no tiene ninguna gracia. Dios no da gracias a la gente que no pertenece a la Iglesia, que son de las otras religiones.

Dios ha puesto un camino para todos los hombres. Y ese camino es la Iglesia Católica. Las demás religiones, para Dios, no existen. Existen las almas que todavía están en pecado, por seguir religiones, iglesias que ya no sirve para nada. Dios llama a todas las almas a Su Iglesia. Pero cada alma tiene que dejar su pecado. Si no deja su pecado, su error, su mentira, su culto, su herejía, su cisma, no puede entrar en la Iglesia y no puede recibir la Gracia.

Es muy grave lo que ha dicho hoy Francisco. Pero a nadie le interesa. Nadie lo ve, porque a nadie ya le importa la Verdad.

Francisco está juzgando a toda la Iglesia. Y todos callan. Y eso es muy grave. Hay que oponerse a ese hereje con la Verdad si se quiere seguir siendo Iglesia. A Francisco lo quitarán, porque no sirve para nada. Pero hasta que no lo quiten, va a hacer un daño enorme a muchas almas en la Iglesia. Y hay que vivir en la Iglesia, ahora, sin hacer caso a lo que diga la Jerarquía
Eclesiástica. Hay que oponerse a todo el mundo. Sólo hacer caso de aquellos Pastores que vean la verdad de la Iglesia, que son muy pocos. Muchos tienen miedo de enfrentarse a ese hereje y a los Obispos de sus diócesis. Y hay que hacerlo porque se está jugando la salvación del alma.

Quien acoge la mentira se condena. Sólo la Verdad libera, salva, da fuerzas para seguir adelante. El mentiroso siempre cae y nunca se levanta. Se arrastra con su mentira hasta que muere arropado en su mentira.

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