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El Sínodo de los masones

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«Nadie en el mundo puede cambiar la Verdad. Lo que podemos y debemos hacer es buscar la verdad y servirla cuando la encontremos. El conflicto real es el conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y las hecatombes de la los campos de exterminio, hay dos irreconciliables enemigos en la profundidad de cada alma: bien y mal, amor y pecado. ¿Y qué uso pueden tener las victorias en el campo de batalla si nosotros mismos somos derrotados en nuestro yo personal más interno?» (San Maximiliano María Kolbe “El Caballero de la Inmaculada” – Diciembre de 1940).

El Sínodo que viene no puede cambiar la Verdad, porque la Verdad es Cristo. Y los hombres de la Iglesia no pueden cambiar la Mente de Cristo con sus ideas.

Es lo que quiere hacer Kasper, que es el típico modernista, masón: «Depende de qué cosa es la verdad católica que no es un sistema cerrado sino abierto a posibles desarrollos» (ver).

La frase de Kasper es la respuesta de Pilatos a Jesús: «Todo el que es de la verdad oye Mi Voz. Y le dice Pilatos: ¿Qué es la Verdad?» (Jn 18, 37d-38).

Kasper sabe lo que es la verdad, porque conoce toda la teología, pero declara: la Verdad no es Absoluta, sino relativa. No hay una única verdad, cerrada en sí. Hay que descubrir muchas verdades. Hay que tener la mente abierta a todas las posibilidades que ofrece el desarrollo de la verdad, del dogma. Para Kasper, Cristo no es la verdad.

Para los Santos, Cristo es la verdad y, por eso, nadie en el mundo, nadie en el Sínodo, puede cambiar la Verdad.

Con esta idea del desarrollo de la verdad, este personaje quiere tumbar, también la Humanae Vitae: «Promever un sentido de que tener hijos es una buena cosa, eso es lo primario. Entonces, cómo hacerlo y cómo no hacerlo, eso es una cuestión secundaria. Por supuesto, los padres tienen que decidir cuántos hijos son posibles. Esto no puede ser decidido por la Iglesia o por un Obispo, esto es responsabilidad de los padres…los métodos naturales de planificación familiar pueden tener también un elemento artificial» (ver)

¿Ven el lenguaje del anticristo? «Cómo hacerlo y cómo no hacerlo, eso es una cuestión secundaria». Lo primario, en un matrimonio, no es tener hijos, sino el tenerlos en la Voluntad de Dios, que es lo que anula este hombre. Hay que tenerlos en la ley natural, en la ley divina y en la ley de la Gracia. Y, por tanto, hay que aconsejarse con un sacerdote por si hay dudas de cuántos hijos se deben buscar. Es Dios quien decide los hijos, no son los padres los que tienen que analizar, según sus circunstancias de la vida, cuántos hijos son posibles. Es Dios quien dice cuántos hijos quiere. Pero hay que tener vida espiritual para esto, que es lo que muchos católicos no tienen. Y, por eso, les gusta el lenguaje de Kasper: metamos también los métodos artificiales. ¿Por qué no? La Iglesia no decide los hijos. La Iglesia no es maestra, no enseña la verdad del matrimonio, no enseña la verdad de los hijos. La Iglesia está ahí para contentar a la gente y darle lo que ella pide.

¡Esto es Kasper! ¡Esto es Bergoglio! ¡Así hay muchos sacerdotes que enseñan lo mismo! ¿Y por qué? Porque no buscan la verdad ni la sirven. La destrozan con sus desarrollos de la verdad. Buscan las verdades que su razón va desarrollando, sintetizando, y a ésas sirven. Pero no pueden pararse en la verdad. No pueden apoyarse en una verdad que no cambia, que no puede cambiar, única. Y no lo pueden hacer sólo por su soberbia, que les impide ver la verdad, escuchar la voz de Cristo en sus corazones.

El conflicto real en el Sínodo es el conflicto interno en cada miembro de la Jerarquía. Si los Obispos, Cardenales, no quitan sus soberbias en ese Sínodo, entonces no van a ver al enemigo de sus almas, a ese enemigo que vive en cada alma, por el pecado original, y que batalla contra el bien, contra la verdad.

Y se van a encerrar en ese Sínodo mucha Jerarquía soberbia y orgullosa, que han echado a Cristo de sus vidas, y que realiza sus ministerios anulando toda la verdad. Jerarquía incapaz de luchar por la verdad porque el enemigo de sus almas ya los ha vencido con el pecado, con la mentira, con el error.

El Sínodo que viene no es como el Concilio Vaticano II. Es el Sínodo de la Jerarquía masónica, infiltrada en la Iglesia: Sacerdotes, Obispos, Cardenales masones, que trabajan para la idea masónica.

Ese Concilio trajo discordia, desunión y muchas almas que se dispersaron y se perdieron, a causa de los mismos Obispos infiltrados por la masonería. Este Sínodo va a traer condenación, justicia sin misericordia.

Ellos se unieron con toda clase de herejes y maestros falsos y así –muchos otros- quedaron engañados en el lenguaje de la paz y de la hermandad. Pero hubo una oposición a esos Obispos, hubo una lucha contra el mal en ese Concilio. Y se sacó un Concilio que no es herético, pero que hay que saber leerlo en la Verdad. El lenguaje resultante es espiritual, y sólo el sacerdote que está versado en teología y que es recto, no se pierde en ese lenguaje. Pero los demás, hacen del Concilio un dogma. Los fieles de la Iglesia no saben leerlo como conviene.

De ese Concilio entraron a la Iglesia muchos errores, haciendo de la Iglesia una iglesia del hombre, una iglesia sin la verdadera base, sin la verdad. Todo es el juego del lenguaje humano, que es ambiguo por los cuatro costados.

Y quienes abrieron la puerta a todos los errores no fueron los Papas, sino todos esos Obispos rebeldes, orgullosos, desobedientes, a los Papas. No fue el Papa Pablo VI el hereje. Fueron los Obispos infiltrados, que hicieron del Concilio, el juego del demonio.

«Satanás se sentó con este Concilio, y él observó su ventaja. Él ahora juega ajedrez con los Sombreros Rojos y los Sombreros Púrpuras, moviéndolos con gran felicidad a medida que observa cómo acelera el mal, y toda clase de personas que fluyen rápidamente a través de las puertas de la Santa Ciudad y de todos los cuerpos ecuménicos» (Verónica Lueken en Bayside – San Miguel, 18 de Marzo, 1976)

En el Concilio Vaticano II hubo lucha entre Cardenales y Obispos: entre la Jerarquía infiltrada y la verdadera. Ganó la infiltrada, pero no puedo romper toda la Iglesia. Sí pudo infiltrarla, imponer en Ella otros valores morales, otros mandamientos, que es la creación de Satanás.

Y muchos no comprendieron el juego del demonio y comenzaron a atacar a los Papas. Y nadie se preocupó de atacar a los verdaderos culpables: los Obispos y Cardenales que, unidos a los herejes, contaminaron a la verdadera Jerarquía en el Concilio.

¿Qué fue la comunión en la mano? La obra de unos rebeldes Obispos, que hicieron lo imposible para que el Papa firmara un documento que permitía eso. Y el Papa no pudo negarse. Esto es lo que muchos no comprenden. Y es muy fácil comprenderlo.

Los padres, en sus familias, muchas veces tienen que dejar a sus hijos viviendo en el pecado, porque no hay manera de que salgan de él. Se han vuelto tan desobedientes, tan rebeldes, que ningún castigo los transforma, ningún consejo les hace recapacitar. Y los papás, en sus casas, tienen que permitir el pecado. Y permitir el pecado no significa perder la fe, no es cambiar a Dios por la criatura, es dejar que cada uno decida libremente su vida: si mi hijo quiere seguir pecando, que lo siga haciendo.

Esto es lo que han hecho todos los Papas después del Concilio Vaticano II: ellos han visto la herejía, el cisma, la apostasía de muchos Obispos y sacerdotes, y ya no han podido hacer nada. Hay que dejarles en el pecado. Eso produce mucho mal social en la Iglesia. Pero eso es otra cuestión.

La Iglesia, como la conocíamos antes del Concilio, ya no existe. Y Roma no ha podido hacer nada al respecto. Los Papas no han podido hacer nada. Lo han sabido todo, pero han estado maniatados. El Papa Benedicto XVI tuvo que renunciar porque era imposible seguir gobernando una Iglesia con Obispos y Cardenales que lo dejaron literalmente solo en la Verdad: todos combatían el dogma, todos querían otra iglesia; y entonces ¿qué tiene que hacer un Papa? ¿Excomulgarlos a todos? Tuvo que irse, porque ya no se podía gobernar la Iglesia. Hay que dejarlos a todos en sus pecados: que hagan otra iglesia. Con el Papa Juan Pablo II, todavía se podía gobernar. Él fue valiente hasta el final. Pero Benedicto xVI sucumbió por la fuerza de los rebeldes. Y esos rebeldes ahora son los que están con Bergoglio.

Por eso, el Sínodo es totalmente diferente a lo que pasó en el Concilio. Después del Concilio, todavía había que seguir obedeciendo a los Papas. Hubo mucho mal, pero no era la culpa de los Papas. Ningún Papa legítimo es herético: son todos infalibles, es decir, no pueden caer en el pecado de herejía, de cisma, ni de la apostasía de la fe. Pueden caer en los demás pecados, porque no son inmaculados. Pero nunca en los pecados que ponen al alma fuera de la Verdad, de Cristo y de la Iglesia.

Satanás ha ido poniendo a sus agentes, a sus Obispos, a sus Cardenales, a sus sacerdotes, dentro de la Iglesia. Y la culpa de por qué la Iglesia tiene un Bergoglio, o un Kasper, o un Muller, no son de los Papas que los pusieron ahí. No echen la culpa a los Papas, porque no han podido hacer nada contra estos sujetos.

La culpa de por qué tenemos a un Bergoglio es de Bergoglio: no supo combatir el mal en su propia alma y se dedicó a escalar puestos en la Iglesia, hasta llegar a dónde quería: el Trono de Pedro.

¡Que nadie ataque a un Papa legítimo! ¡Que nadie juzgue a un Papa legítimo! Cada uno en la Iglesia tiene su culpa. Si quieren juzgar a alguien, busquen los sacerdotes, Obispos, Cardenales que rodearon a Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, y que no se sometieron a los que ellos decían. Y los Papas tuvieron que dejarles en sus pecados, en sus herejías, en sus rebeldías, sabiendo el mal que eso producía en toda la Iglesia. Permitieron el pecado, pero no se contaminaron con él.

Quien juzga a un Papa legítimo destruye la Iglesia. Es lo que contemplamos en todas partes desde el Concilio Vaticano II. Se ha perdido el respeto por el Papa. Y empezando por los propios Obispos, que han querido tener más independencia en el gobierno de sus diócesis y se han ido apartando, poco a poco, de Roma.

Ustedes no saben cómo está la Jerarquía en su estructura interna: sólo se dedica a cumplir leyes canónicas. Y todos imponen esas leyes si quieren trabajar en sus diócesis. Pero a nadie le interesa cumplir la ley de la gracia. Ningún Obispo está interesado por la vida espiritual de sus sacerdotes. Ninguno. Todos están abocados a la vida humana, a dar contento al pueblo. Y, por tanto, exigen una obediencia de sus sacerdotes a la mente del Obispo. Los sacerdotes tienen que pensar como piensa el Obispo. Y si no se le siguen el juego, si en algo no les gusta, el sacerdote tiene que buscarse otra diócesis para seguir trabajando. No hay vida espiritual en ninguna diócesis de la Iglesia. Todos los Obispos están contaminados de humanismo: el lenguaje preferido de Bergoglio. Y ¡ay si se predica algo que no va con el hombre! ¡No prediques infierno, pecado, purgatorio, cruz, sufrimiento, penitencia…! Si predicas eso, te echan de la diócesis. Hay que ir a lo que le gusta al pueblo: hay que tocar temas que son la comidilla del pueblo: derechos humanos, injusticiias sociales… Pero no prediques que Bergoglio o el Obispo de la diócesis son herejes, porque te echan sin más. No te metas con la Iglesia. Son todos muy santos. No te metas con las misas sacrílegas que muchos Obispos hacen en sus diócesis. ¡No hay vida espiritual en la Iglesia desde hace mucho!

Por lo tanto, ¿qué es el Sínodo que viene? La reunión de muchos Obispos contrarios totalmente al dogma, a Cristo y a la Iglesia. Son ellos los encargados de levantar la nueva iglesia que Bergoglio ha fundado en el Vaticano. Ya no habrá la oposición que existía en el Concilio Vaticano II.

¿Es que no tiene inteligencia? ¿Qué es Muller? Un hereje, un cismático y un apostata de la fe. ¿Y cómo Muller puede estar de acuerdo en que no se dé la comunión a los malcasados? ¿Es que se ha convertido? ¿Es que pertenece a la Iglesia Católica de nuevo? No. Ustedes tienen que comprender que entre los herejes, los cismáticos y los apóstatas, hay sus grados, sus perfecciones en el mal, en el error.

Bergoglio y Kasper son los que lo niegan todo: todos los dogmas y todas las partes de los dogmas: es decir, llegan hasta lo que es doctrina católica en teología, hasta lo cierto en teología. Para ellos, en teología no hay nada cierto. Todo es relativismo. No sólo niegan lo que es de fe divina y católica, sino todo lo demás que surge del dogma.

Pero Muller no llega a esa perfección y, por tanto, en su pensamiento herético, no ve la necesidad de dar la comunión a los malcasados. Pero eso no significa que ya dejó de negar la Resurrección, el pecado, la Inmaculada, etc. Él sigue en eso. Él es un hereje pertinaz, pero no perfecto en la herejía. No niega todas las verdades. Niega aquello que le conviene y se pone de parte de los buenos.

Esta es otra trampa. Eso es fariseísmo: soy santo con los santos y soy pecador con los pecadores. Doble vida es lo que muestra Muller. Y esta doble vida está en mucha Jerarquía del Sínodo. Defiendo que los malcasados no pueden comulgar, pero anulo la divinidad de Jesucristo. Esto es la maldad de la Jerarquía masónica. Esta es la maldad que hay en el Sínodo.

Por eso, son poquitos los Cardenales y Obispos que sean buenos en ese Sínodo y que puedan hacer lo se hizo en el Concilio Vaticano II. Ya no lo van a poder hacer. Ya no.

Se ha iniciado el tiempo de la Justicia. Ha sido consolidado la Cabeza de Apostasía en el Vaticano. Esa Cabeza ya no la mueve nadie. Se ha cumplido la primera parte del secreto de Fátima, que no ha sido revelado a la Iglesia. En esa parte, ocultada a todos, se hablaba de dos Papas en Roma y uno de ellos bajo Satanás.

En este tiempo del nuevo gobierno de la cabeza de Satanás, todos han tenido tiempo para ver la maldad en Roma. Y no hay excusa para nadie. Por muchos caminos se ve que Bergoglio no es Papa. Por muchos caminos. Dios ha dado luz a todo el mundo. Y ahora comienza el tiempo de la Justicia. Ahora, los que tienen que salir de Roma, saldrán. Pero los que han decidido quedarse con Bergoglio, ya no hay Misericordia para ellos, porque la cabeza de Apostasía ya ha sido consolidada por el demonio: ha sido aceptada por la Iglesia.

Y, por tanto, la nueva iglesia en el Vaticano ya no puede salvar; y es necesario salir de ella. Es la iglesia del demonio, que condena sin más, por el solo hecho de unirse a ella, de obedecer a su cabeza apóstata, de hacer lo que ellos dicen.

Y, por eso, el Sínodo condena a todos. Ya no sólo va a crear discordias, disensión, desunión. Quien lo acepte se condena, porque va a aceptar una mentira como verdad. Por tanto, va a quedar ciego para la verdad y perderá totalmente la fe. No puede salvarse. El sínodo condena. Y los que condenan son los propios Obispos, que son masones, son lobos vestidos de cordero, para matar la vida espiritual de las almas y dárselas al demonio.

En 1998, el fallecido P. Malachi Martin afirmó en el programa “The Art Bell Show” que, a principios de febrero de 1960, cuando era Secretario del Cardenal Bea, tuvo la oportunidad de leer el Tercer Secreto de Fátima, que, según él, estaba escrito en una sola hoja de papel.

Un oyente del programa intervino: «un sacerdote jesuita me dijo más sobre el tercer secreto de Fátima, hace años en Perth (Australia). Él me contó, entre otras cosas, que el último Papa estaría bajo el control de Satanás, pero fuimos interrumpidos antes de que pudiéramos oír el resto. ¿Algún comentario sobre esto, padre?»

El padre respondió: «Sí; me suena que esto que ellos estaban leyendo o se dijo, como el texto del tercer secreto de Fátima. Parece auténtico. Me hace titubear, pero suena como el secreto»

Lo tienen en el video: minuto 10:04 al 11.

En el Vaticano está la Iglesia de los apóstatas

Virgen María Reina--

Un alma explica lo que sucedió en una parroquia y la locución que recibe: “El domingo 20 de julio en misa, después de escuchar el evangelio donde el sacerdote exaltaba los mensajes y lo bueno y humilde que es el papa Francisco, y repartiera a todos el evangelii gaudium para que meditáramos…. Pedí al Señor que me iluminará, entonces me habló Dios Padre… «hija levántate, sal de esta parroquia y no vuelvas más porque mi hijo Jesús ya no está ahí… Como no está en las iglesias, y parroquias que siguen las enseñanzas y directrices que vienen del Vaticano, de Francisco el Falso Profeta»”. Después, recibe este mensaje:

entre

«Amado pueblo Mío, este mensaje es para todos aquellos que me aman y creen en Mi y en Mi Misericordia.

Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió.

La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro.

Caos, caos en todos los ámbitos de vida… los volcanes estallarán con furia, terremotos remecerán continentes, los niños gritarán sus verdades…después oscuridad.

Las almas clamarán a sus dioses sordos y el maligno saldrá a cosechar su siembra.

Oigan ustedes todos, humanidad corrupta, el Día del Señor se acerca, trayendo el castigo que se merecen.

Ya no queda misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor.

Para ti, hija Mía, Mi amor siempre te acompañará… Mi pueblo fiel no deberá temer, pues Yo el Todopoderoso los protejo, los amparo, y les proveo para todas sus necesidades.

Levántense con la frente en alto, sonrían y alaben a su Dios, porque el día de su liberación está cerca.

¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista.

Recordarán Mis Palabras, las que dije a Moisés, y temerosos gritarán misericordia, pero Yo no los oiré, no los miraré, no los perdonaré, y mi Divina y Perfecta Justicia caerá sobre ellos.

No temas, hija Mía, por lo que veas y oigas, Yo protegeré a los que como tú Me aman, creen en Mí y siguen mis preceptos.

Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco.

En todas las iglesias que está sucediendo lo mismo y a mis hijos fieles los estoy retirando de ahí.

Oren mucho por sus familias para que los desastres no les caigan cerca, y por sus conversiones.

El tiempo final está cerca, hija mía, te ama tu Padre del Cielo, que vela y está siempre pendiente de ti» (Mensaje del Padre Eterno a un alma – 2 de Agosto del 2014).

entre

El Señor, desde el Trono del Cielo, es el que guía a Su Iglesia en estos momentos: «Yo, tu Padre Celestial, te dije que salieras de esa parroquia…hay falta de fe en ella y se empieza a alabar y repetir los pensamientos heréticos del falso profeta Francisco». En esa parroquia ya no se profesa la fe verdadera: su párroco vive otra fe, distinta a la católica, y eso es lo que enseña, transmite. Y, como consecuencia de esa falta de fe en ese sacerdote, ha hecho de ese sitio una cueva de ladrones, donde el pensamiento de un hombre herético es lo único que se sigue. Y hay que salir de esas parroquias, que no es salir de la Iglesia Católica, para formar la Iglesia remanente, la que permanece invariable, la que se apoya sólo en la doctrina de Cristo, en la Tradición Divina, en la enseñanza infalible de la Iglesia. Esa Iglesia Remanente que no tiene parroquias ni capillas, sino que está en los corazones fieles a la Palabra de Dios, corazones humildes, obedientes, llenos de la sabiduría divina.

No es ya la Jerarquía de la Iglesia la que guía a la Iglesia, porque ha perdido la Autoridad Divina al obedecer a un usurpador, Francisco. Esa Jerarquía, que se somete a un hombre que Dios no ha elegido, pierde la Autoridad que le viene del Papa legítimo, Benedicto XVI. Sólo por obedecer a este hombre, que es un falso Papa, esa Jerarquía no tiene poder ni para guiar la Iglesia, ni para enseñar ninguna Verdad ni para santificar a ningún alma.

Esto debe estar claro para discernir a quién seguir en la Iglesia Católica. Si esto no lo tienen claro, entonces pertenecen a la falsa Iglesia Católica, que está en el Vaticano. Es falsa, porque su líder es un falso Papa. Su nombre de Papa está vació del Espíritu del Sucesor de Pedro. Es sólo una etiqueta, un lenguaje, un término. Su magisterio ordinario no es el de un Papa, sino el propio de un impostor, de un falsario, de uno que sólo vive para destruir toda la verdad dentro de la Iglesia. Es un falso Papa que gobierna una falsa iglesia: la de los herejes, apóstatas y cismáticos, como él es. Y la gobierna con un gobierno horizontal, que es el signo de su apostasía.

No esperen que de dentro de la Iglesia Católica, algún Obispo se levante y declare la apostasía y el cisma. Toda la Jerarquía de la Iglesia ha quedado ciega con la renuncia del Papa Benedicto XVI. Son pocos los sacerdotes que ven, pero deben callar, porque saben lo que se cuece en la estructura interna del Vaticano y de cada diócesis. Es el Señor el que da la luz en estos momentos a cada alma, para que sepa caminar en estas tinieblas, que lo invaden todo. Es el Señor el que hace que sus almas se dirijan al desierto de todo, para esperar allí, en el silencio, en una vida escondida, el camino de la Iglesia.

Las almas tienen que salir de aquellas parroquias que ya no dan la Verdad como es, y no hacer grupos de Iglesia o irse a otros grupos o asociaciones, sino vivir su fe de manera escondida, como en las catacumbas. No hacer cosas públicamente: la oración, la misa, etc., todo de manera privada, sin que nadie lo sepa; sólo las personas que quieren la fe de siempre, que no desean lo que viene de Roma, porque eso sólo es una apostasía.

Esa falsa iglesia de los apóstatas, que está en Roma, no sigue la línea de la Gracia: han quitado la verticalidad, es decir, el Papado. Por esto sólo, se convierte en dos cosas: herética y cismática. No importa que lo demás no lo hayan tocado en la práctica: es decir, todavía no han quitado la Eucaristía y los demás Sacramentos. Pero lo harán. Sí han hecho ciertas obras, como bautizar hijos de personas lesbianas, que claramente se opone a la Gracia. Son actos heréticos, que revelan la doctrina que se sigue en esa falsa iglesia, que anulan la Gracia por seguir una ley canónica.

Han quitado a Pedro y han puesto una cabeza con un consejo de muchas cabezas. Es decir, se han convertido en una secta más, en una de tantas como hay en el mundo. Es un grupo de personas, con un fin humano y con unas obras humanas, que se ponen la etiqueta de católico, porque eso gusta mucho para atraer a las almas y para seguir engañando a la gente.

El Señor habla a los que creen en Su Misericordia y les da un mensaje lleno de Justicia, porque así es la Misericordia del Señor: en la verdad de su Justicia. Dios muestra Su Amor Misericordioso como camino en Su Justicia para el hombre. Porque el hombre, desde que nace hasta que muere, tiene que vivir colgado de la Justicia Divina, reparando sus muchos pecados, encuentra, en ese camino, justo y recto a los ojos de Dios, la Misericordia que lo salva y lo lleva a la santidad de una vida.

«Los tiempos cambiarán de golpe, de un día para el otro, y nadie entenderá que fue lo que sucedió»: los tiempos del Fin no son los tiempos ordinarios, como el hombre los ha entendido durante 2000 años. Son los tiempos de un cambio para todo y para todos. Todo en la Creación; y todos los hombres. La Creación debe volverse gloriosa, espiritual, como fue concebida en la Mente de Dios. Y, para eso, hay que quitar lo que impide esa transformación: que son las obras del demonio y de los hombres, que han abierto su vida a la mente del demonio. Y, por tanto, este tiempo del Fin, nadie sabe cuándo comienza: se duerme uno en la vida de siempre y se levanta con otra cosa muy diferente.

Los tiempos de Dios no pueden ser medidos por los hombres. Se van conociendo en la medida en que el hombre va viendo, en su vida, las consecuencias, los efectos, de ese tiempo.

«La guerra está pronta y el maligno se prepara para dar su golpe final subiendo al trono de mi Pedro». Tiene que comenzar la guerra mundial para que el Falso Profeta se ponga en el Trono de Dios sobre la tierra, que es la Silla de Pedro. Francisco es un falso Profeta, porque tiene el mismo Espíritu de falsa profecía, pero no es el Falso Profeta, es decir, el Falso Papa que señala al Anticristo. Francisco es el inicio de un gran desastre en la Iglesia. Y eso todos lo pueden ver, lo pueden comprobar. Pero es incapaz de moverse como quiere, rompiendo el dogma. Sólo está con sus pobres y con su enamoramiento de las falsas religiones: es un comunista y un protestante. Y eso es lo que vive en la Iglesia, lo que transmite, a lo que se dedica. Pero él sabe las dificultades para quitar el dogma. Y tiene que hacerlo con medidas pastorales: un telefonazo, un Sínodo, una orden para que se bauticen, etc… Soluciones políticas que anulan la línea de la Gracia y que reflejan su pensamiento demoníaco. Pero es necesario desestabilizar el gobierno de la Iglesia, no sólo poniendo a un usurpador, sino a personas que dirijan la Iglesia hacia el rompimiento total: que es echar a Cristo de la Iglesia, quitando la Eucaristía de manera oficial. Por eso, se prepara un cambio en las estructuras de la Iglesia, en ese gobierno horizontal, para quitar a ese payaso y poner a un hombre fuerte, que comience a despojar la Iglesia de la línea de la Gracia, de lo poco que aún queda de Gracia. Y sólo así puede entrar en aparición el Anticristo.

«Ya no queda Misericordia en Mí, solo Mí Justicia se hará presente en el Día del Señor»: esto significa que el pecado ha llegado a su culmen, a su perfección, y por tanto, debe iniciarse la Justicia Divina que combata ese pecado perfecto y lo aniquile en el mundo y en la Iglesia. Si no se quita ese pecado, el demonio vence al hombre. Pero, porque Cristo vino al mundo para destruir las obras del demonio, por eso, se inicia esta Justica que se hace presente en todas partes, preparando el Día del Señor, que es el Castigo de los tres días y tres noches. Es tan perfecto el pecado de los hombres que ya no quieren convertirse, ya han despreciado la Misericordia como camino de salvación y por tanto, ya no queda Misericordia. El hombre, en pecado, siempre encuentra Misericordia. Pero, cuando el hombre desprecia la Misericordia, entonces ya no existe Misericordia.

«¡Ay!, ¡ay de Mis vicarios!, una tormenta celeste se cierne sobre ellos, ésta los despedazará, los destruirá, los condenará por sus herejías, por llevar a Mi Pueblo a la apostasía, a blasfemar en contra Mía, con palabras mentirosas, vileza nunca antes vista». Los Vicarios del Señor son los Obispos, que tienen la plenitud del sacerdocio de Cristo, y que se han vuelto todos unos herejes. Pueden conocer la plenitud de la Verdad y prefieren la plenitud de la herejía.

Obispos malditos que han puesto a un hereje en la Silla de Pedro. Y ellos los saben, porque son herejes como él. Si no hubieran sido herejes, si hubieran profesado la fe verdadera, nunca hubieran elegido a Francisco ni a ningún otro. Pero están en la Iglesia, en cada diócesis, para llevar a la Apostasía a los sacerdotes y a todo el Rebaño. Son los guías puestos por Dios para llevar a las almas hacia el Cielo, con una vida de oración y de penitencia, y se han convertido, por sus muchos pecados, en lobos, en fariseos, en legistas, en hipócritas, en gente sin dos dedos de frente. Es la mayor corrupción que existe actualmente en la Iglesia: es la corrupción de lo mejor. La mente se corrompe, esa mente que ha conocido la Verdad, y se dedica a las obras del mismísimo demonio en la Iglesia. No hay mayor degeneración en la vida espiritual que un Obispo, como Francisco, que ha bebido la Verdad, pero que se emborracha de su mentira. Eso clama al cielo: el pecado de muchos Obispos que se asemejan a Francisco en la vida eclesial. Y, por eso, el castigo es modélico: fuego del cielo contra la falsa Iglesia de los apóstatas de la fe en Roma. Son Obispos que por más que clamen misericordia, no la tendrán. Ya no es tiempo de convertirse, sino de condenarse.

No son tiempos como los de antes. Son tiempos para ir formando la Iglesia remanente, que es la Iglesia Católica, pero aquella fundada en la Verdad del Evangelio. Una Iglesia que pasa a formar parte del Reino de Dios hasta que el Señor ponga el camino hacia la Nueva Creación. Una Iglesia de muy pocos, porque la mayoría prefiere estar con Roma y con la nueva iglesia que se hace más humana, más natural, más acorde al mundo. Y eso es lo que atrae a mucha gente, que son tibios en su fe y pervertidos en su mente humana. Así son muchos católicos en la Iglesia. Gente que se rasga sus vestiduras porque se juzga a Francisco por lo que es: un impostor. Gente que no sabe discernir el pan de la Vida, sino que va a la Eucaristía a tragarse una galleta de su sacerdote preferido, de aquella Jerarquía que le hable muy bonito y que le muestre sus verguenzas en público. Estamos en el tiempo del Fin. Y no hay más tiempo para convertirse. No oren por las almas que no quieran convertirse, duras en su pecado. Oren por las almas que todavía tienen dos dedos de frente y que ven que la situación no puede estar peor. Son muchas las almas, dentro de la Iglesia, que viven como condenadas. Nada se puede hacer por ellas: se han creído santas y justas en su pecado. Es mucho el fariseísmo en la Iglesia, la doblez, la mentira, el engaño. Sólo vean las páginas del Vaticano cómo exaltan los pensamientos heréticos del falso Profeta Francisco. Hay que dejarlas en su mentira y aplicarse a vivir la fe verdadera. Y todo lo que diga el Vaticano es para mirarlo con lupa, para criticarlo y para abandonarlo. Si no hacen eso, entonces caen en el error de muchos: esperan un bien de almas que viven para condenar el Rebaño. Mayor vileza no se puede encontrar. Y de idiotas que esperan algo de Francisco esta la Iglesia llena.

Hacia un nuevo templo con un nuevo dios

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«El intento de reunir todas las religiones, aun aquella que adoran a seres falsos y falaces, con la perspectiva de una unión religiosa mundial para la defensa de los valores humanos, es vano, peligroso y no conforme al deseo de mi Corazón Inmaculado.

Esto puede conducir incluso al aumento de la confusión, a la indiferencia religiosa y puede hacer aún más difícil la consecución de la verdadera paz» (P. Gobbi – La misión confiada a la Iglesia – 27 de octubre 1986).

La Palabra de Dios es muy sencilla de comprender, pero muy difícil de vivir. Por eso, es fácil que en la vida práctica, la gente viva de cualquier cosa, menos del dogma, de la doctrina de Cristo.

Nadie hace caso a la Verdad Revelada, que son los dogmas, sino que todos hacen de esa Verdad, su negocio en la Iglesia.

A nadie le interesa conocer lo que Dios dice en Su Palabra, sino que todos buscan una razón para interpretarla y decirse a sí mismo que aman la Palabra y que viven esa Palabra.

El Evangelio no es la palabra de un hombre, o los escritos de una serie de hombres, a lo largo de la historia, no es un conjunto de recuerdos históricos, sino que es la misma Palabra de Dios, que Dios ha revelado a los hombres. Es el mismo Pensamiento del Padre, que habla por la boca del Hijo.

Pero, como a los hombres les gusta pensarlo todo, por eso, les cuesta vivir de fe. No entienden lo que es vivir la Palabra; pero sí comprenden lo que es pensar la Palabra.

El hombre que se acostumbra a pensar en Dios no sabe vivir de Dios. No encuentra el camino para hacer vida lo que Dios le da en Su Palabra. No sabe asentir a la Palabra, obedecerla como está escrita. Sólo sabe acomodarla a su vida humana, a sus intereses humanos, a su manera de entender a Dios. Y, de esa manera, se comienza la ingratitud contra Dios y a abusar de todas las gracias.

La Gracia, Dios la da para que el hombre obre lo divino en lo humano. Si no se usa la Gracia en Dios, de forma conveniente, entonces el demonio la usa para un fin demoniaco.

El hombre, que ha recibido una Gracia y no sabe usarla, es siempre instrumento del demonio. La Gracia es una inteligencia divina al alma. Aquel que no viva esa inteligencia divina, vive la inteligencia demoniaca. Por eso, hay tantas contradicciones entre la Jerarquía, que se saben el dogma, pero predican otra cosa. Con su inteligencia sobrenatural, comprenden las Escrituras, pero como no viven esa inteligencia sobrenatural en sus vidas, sino que sólo la piensan, la meditan, la trituran, el demonio les pone ideas para torcer la Gracia y, de esa manera, aparecen todas las herejías y cismas en la Jerarquía.

Por eso, es siempre la Jerarquía la que trae al mundo entero el castigo divino. Ellos tienen el Poder para comprender toda la verdad, para enseñarla y poner un camino de santidad a todos los hombres; pero como son infieles a la Gracia que han recibido, entonces tenemos lo que vemos actualmente en la Iglesia: un tonto que se cree dios en su pensamiento humano, y una Jerarquía que obedece al tonto.

Y esto es un escándalo para toda la Iglesia y para todo el mundo, que produce la Justicia Divina: todos viven en sus pecados, porque la Jerarquía viven en los suyos. Todos pecan y nadie quiere salir de sus pecados, y se pasan la vida buscando soluciones a todos sus problemas, sin comprender que el principal problema en sus vidas es su pecado.

Hoy, en la Iglesia y en el mundo, todo está degenerado y depravado. No existe ninguna Verdad, sino que los hombres se han hecho maestros para destruir cualquier verdad. Y esos hombres son tenidos por todos como grandes hombres, llenos de sabiduría, de ciencia, de poder. Los hombres se han endurecido en sus pecados y no quieren salir de ellos. Ya no les interesa. Ya viven para pecar, viven sosteniendo que el pecado es un valor.

Los verdaderos hombres que construyen la paz son los fieles sólo a Cristo y a Su Evangelio. Aquel hombre que sea fiel a su mente humana, construye la guerra, anuda la guerra, lucha para que en el mundo se produzca la negrura de la muerte y la sangre del dolor.
anudarlaguerra

El tercer sello es la tercera guerra mundial: «Miré y vi un caballo negro, y el que lo montaba tenía una balanza en la mano» (Ap 6, 5). Se mata por interés humano, por negocio. Es decir, por maldad, buscando un mal, con el fin de conseguir un mal. Todo se pesa, todo se mide, para conquistar, en la guerra, un proyecto humano, una obra del hombre, una vida para el hombre en la que Dios no aparece. Y está a punto de abrirse.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras. Efectivamente, los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana, creada por el único Dios» (Mensaje para el final del Ramadán). Para los autores de este documento, que son el cardenal Jean-Louis Tauran y el padre Miguel Ángel Ayuso Guixot, los católicos somos hermanos de gente terrorista, de personas que matan por un ideal religioso. Y, entonces, en la cabeza de esta Jerarquía, que obedece a Francisco, hay que hacer una unidad con personas que no aman a nadie, sino sólo a sus ideales masónicos y marxistas.

«Todos reconocemos la importancia de esas palabras»: las que dijo Francisco, donde los llamó hermanos: «Desearía dirigir un saludo a los musulmanes de todo el mundo, nuestros hermanos, que hace poco han celebrado la conclusión del mes del Ramadán, dedicado de modo especial al ayuno, a la oración y la limosna» (texto). Ellos, la Jerarquía maldita, es la que reconoce esas palabras y las tienen como importantes. Para los católicos, esas palabras son una blasfemia.

Ellos, recurren a las palabras que dijo Juan Pablo II a los líderes religiosos musulmanes, en su viaje apostólico a Nigeria, el 14 de febrero de 1982 (texto). Pero allí, el Papa nunca dijo que los cristianos y los musulmanes eran hermanos y hermanas de una única familia, sino «en la fe en el único Dios». Porque los dos creen en un Dios monoteísta, entonces, en ese sentido, creen en un Dios que es Uno. Después, es la tarea del teólogo discernir el concepto de unidad que se da entre los católicos y los musulmanes. Y, en el concepto, los católicos ya no son hermanos ni hermanas de los musulmanes: la fe de ambos sigue un camino opuesto. Pero los dos creen que hay un solo Dios.

Creer esto no es concluir que pertenecemos a la misma familia humana y que ésta ha sido creada por Dios, como se expresa en este mensaje. Esto es decir dos herejías en una frase.

El Islam nació para matar. Y no tiene otro fin su religión: son adictos a la muerte. Son almas negras, que llevan en su corazón la muerte.

Dios no ha creado al Islam. Es el invento del demonio. Dios ha creado las almas de los hombres, pero los hombres han elegido pertenecer a la familia del demonio: el Islam. Los católicos no pertenecemos al Islam. Ni siquiera hacemos una familia humana con ellos. Este es el falso lenguaje humano, que lleva a la ignorancia más supina: «los cristianos y los musulmanes son hermanos y hermanas de una única familia humana». Los católicos y los musulmanes pertenecemos a la humanidad, pero no hacemos familia humana: nadie quiere en su familia humana a una persona que mata. Todos quieren que esa persona esté en la cárcel o en otro lugar.

Hay que saber discernir la pertenencia al género humano, del cual somos todos los hombres, porque todos tenemos una naturaleza humana; y la pertenencia a una familia humana. Si no se sabe discernir esto, tan sencillo, tampoco se sabe discernir la familia espiritual ni la religiosa.

Por naturaleza, todos los hombres somos hombres, pero no hermanos: tenemos una carne y un alma, que obran al unirse la naturaleza humana, el género humano.

Por nacimiento, los hombres tienen muchas raíces, una familia, una generación familiar. Y, tampoco son hermanos en el sentido estricto de las palabras.

Por fe, los hombres tienen muchos credos, muchas familias espirituales. Y habrá unidad en la fe en aquellas cosas en que se cree lo mismo; pero habrá diversidad en la fe, en el credo diverso, múltiple.

Este deseo humano de unir a todos los hombres en una familia humana no es la realidad humana, no es algo objetivo. Es sólo un lenguaje humano para engañar a las almas. El que tiene las ideas claras, dice las cosas con la Verdad por delante. Pero el que es malicioso en el hablar, entonces habla para crear confusión a los demás.

El problema de esta Jerarquía que está en el Vaticano es que aprueba como verdadera el islam: «vamos a demostrar que las religiones pueden ser una fuente de armonía para el beneficio de la sociedad en su conjunto». Este es el grave error.

Nunca la religión musulmana es una fuente de armonía para el mundo, porque viven para matar, para aniquilar el género humano.

Habrá musulmanes que no sean vengativos, sino que tengan un mínimo de decoro en la vida humana para no matar al otro. Pero el musulmán que sigue el Corán vive para matar. Son como Caín: nacido para matar a su hermano. Adán, en su pecado, creó un monstruo. Así es el Islam: un monstruo que Mahoma concibió en su mente humana, con el objetivo de oponerse a Cristo y a Su Iglesia, matando a los hombres.

Por tanto, no vengan ahora la estúpida Jerarquía de la Iglesia, que la gobierna usurpándola, con palabritas que no convencen a nadie, sino que demuestran la herejía y el cisma que se vive en el Vaticano.

En el vaticano se quiere demostrar que la Iglesia Católica ya no vale para crear la armonía en el mundo, sino que es necesario recurrir a las demás religiones. Este es el pensamiento claro en este mensaje, que viene de Francisco.

En el diálogo «aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse. De esta forma, podremos asumir juntos el deber de servir a la justicia y la paz, que deberá convertirse en un criterio básico de todo intercambio. Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales» (EG – n. 250). Francisco busca una religión mundial para la defensa de los valores humanos. Este es el gran peligro. No se busca la religión mundial para la defensa de los valores divinos, de las leyes divinas, de la norma de moralidad. Esto nadie lo busca ni lo sabe buscar. Y aquí está el punto del verdadero ecumenismo, en el que todos quitan sus pecados, sus errores, sus herejías, sus cismas, y entonces queda una sola fe, la que Cristo dio a Sus Apóstoles, que es la que enseña la Iglesia.

Pero como no se cree en la Iglesia Católica, ni en lo que Cristo ha enseñado, entonces tenemos a un Francisco que coge las palabras de Juan Pablo II y las tuerce para su negocio humano.

Para Francisco todo es crear nuevas condiciones, nuevas estructuras, para la sociedad, para que los hombres vivan sus ideas, obren sus vidas, de acuerdo a esas ideas, y crean en el dios que su cabeza humana les diga.

Y, entonces, todos ellos terminan por juntarse para crear un nuevo templo y un nuevo dios, que reúne a muchos hombres en sus credos diversos.
cisma

El Señor, en su Palabra, fue muy sencillo: «Id por todo el mundo y anunciad el Evangelio a todas las criaturas: el que crea y se bautice será salvado». El Señor no manda ir al mundo para hacer una nueva religión, para formar un nuevo orden mundial. Sólo manda predicar, anunciar Su Palabra, no buscar argumentos humanos para crear una nueva sociedad de hombres, con nuevo templo, para adorar a un nuevo dios.

Quien no sepa discernir lo que está haciendo Francisco en el Vaticano, es que no sabe de qué va la película. La película es el cisma en el Vaticano.

La Iglesia es de Cristo, porque ha nacido de Su Corazón traspasado. Y, por tanto, la Iglesia no es de ningún hombre, de ningún fiel, de ninguna Jerarquía. En la Iglesia no hay que inventarse el camino, porque Cristo es el Camino. No hay que unirse a los judíos ni a los musulmanes para hacer una oración a Dios pidiendo una absurda paz. En la Iglesia Católica, para conseguir la Paz, hay que hacer penitencia por nuestros pecados y los del mundo entero. Lo demás, es el marketing de Francisco y de todo el Vaticano que lo apoya.

La Iglesia, que camina con Cristo, tiene que purificarse para que pueda reflejar en todas partes el mismo esplendor de Jesús Resucitado. Y sólo en el Reino Glorioso de Cristo se podrá dar la unidad de todos en una misma fe. Antes, los hombres sólo se empeñan en buscar el milenismo carnal.

A Jesús le trae sin cuidado todas las ofertas económicas, todos los problemas sociales, todas las injusticas que los hombres viven actualmente.

A Jesús lo que le importa es que las almas vivan quitando sus pecados. Eso es todo. Y, en la medida, que el alma luche contra sus tres principales enemigos: mundo, demonio y carne; entonces ese alma se va transformando en hija de Dios y puede realizar, en su familia, en su trabajo, en la sociedad, obras divinas que arrastren a los demás hacia lo divino.

Pero, hoy, todo el afán de la Jerarquía está puesto en los hombres. Y hablan de ellos y viven para ellos y sólo les interesa destruir toda la Iglesia para hacer su negocio: el milenismo carnal, que da una falsa paz a los hombres.

La Paz desciende del Cielo, no viene de los hombres, ni de sus diálogos, ni de sus ideas, ni de sus obras en el mundo. Los hombres niegan a Dios, se rebelan contra sus leyes divinas, y han convertido a toda la humanidad en un desierto, en donde el error ha cerrado las mentes de muchos a la comprensión de la verdad. Los corazones de los hombres han quedado endurecidos por el egoísmo y el odio. Y sólo se dedican a cumplir con la sociedad, pero no con Dios. Y, en ese cumplimiento, buscan la manera de encontrar una falsa paz sin quitar sus pecados, sus herejías, sus cismas.

Por eso, la Iglesia está llamada a sufrir y a darle a la humanidad el camino de una interior y sangrienta purificación. Todo hombre que quiera salvarse tiene que pasar por el Gran Aviso. Allí Dios va a poner las cosas en su sitio. Y aquel hombre que no acepte sus pecados, entonces va a elegir condenarse para siempre.

Hasta que el Señor no envíe su castigo a la tierra, no es posible la Paz. Todos los esfuerzos que hacen los hombres son vanos, peligrosos y en contra de la Voluntad de Dios.

Estamos asistiendo a la desmembración de la Iglesia en el Vaticano. Van cayendo los pilares de la Iglesia; se van quitando muros. Y sólo queda los cimientos. Y, entonces, se producirá el gran cisma. Ese cisma que nadie quiere ver, pero que ha comenzado ya en el Vaticano. A todo el mundo le asusta hablar de una Jerarquía herética, cismática, que apostata de la fe.

Todos quieren soñar que las cosas van bien y que tienen solución como antes. Y ya nada es como el hombre lo conoce. Ya todo es como Dios lo quiere. Porque Dios ha querido la renuncia del Papa Benedicto XVI para salvar Su Iglesia de la destrucción de los hombres. Sólo de esa manera, el camino está libre de toda la cizaña. Y el trigo será el que siga fructificando, pero sin la maldad de los hombres malos, que sólo están en la Iglesia con bonitas palabras, con gestos sentimentales, con el solo fin de condenar almas al infierno.
islam490

Sólo los cimientos de la Iglesia quedarán con el antipapa

infierno

«Dios hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su albedrío» (Ecles. 15, 14).

El hombre está en su libertad: el mismo hombre se guía, a sí mismo, con su libertad. Dios no dejó al hombre en manos del demonio, ni en manos de otros hombres o criaturas. El hombre es, en sí mismo, dueño de su ser, de su vida, de sus obras, de su mente, de sus actos.

El libre albedrío es un poder en el hombre: el hombre puede obrar y no puede obrar. El hombre mismo decide si obra o no obra. Eso es la libertad, que es más importante que la obra en sí.

Se obra un bien o un mal con el poder del libre albedrío.

Lo único que Dios no quita al hombre es su libre albedrío.

Dios puede quitar la memoria, la inteligencia, la voluntad, la vida física. Y, quitando eso, no le hace al hombre ningún agravio.

El hombre juzga, según su razón, las cosas que va a obrar. Pero una cosa es juzgar si una cosa es buena o mala; otra cosa es juzgar si se obra o no esa cosa. Es más importante en el hombre juzgar una obra según su libertad que juzgarla según su razón.

Los hombres suelen luchar por el juicio de sus razones, pero no saben luchar por el juicio de sus libertades.

El hombre soberbio es el que impone al otro el juicio de su razón. El hombre orgulloso es el que impone al otro el juicio de su libertad. Es más destructor un orgulloso que un soberbio. El soberbio se dedica a dar sus opiniones, sus juicios, sus ideas, sus filosofías, y otros la practican.

Pero el orgulloso impone un estilo de vida, no un estilo de idea, no una filosofía, para que otros la vivan, la imiten. El orgulloso hace que los hombres vivan su misma vida. Las modas son propias de los hombres orgullosos. La moda trae más atención que las ideas, que las filosofías. Las modas mueven más que las ideas. La moda es una vida.

Francisco es orgulloso, no sólo soberbio. Su filosofía es una necedad, una estupidez. Nadie la puede poner en práctica. Nadie la sigue. A nadie le interesa como idea para su mente, para su discurso. Sólo a los idiotas, que no saben pensar nada.

Pero el éxito de Francisco está en su vida: vive su error libremente. Vive en su libertad y, por tanto, enseña a otros a vivir lo mismo. Y ya no interesa la idea, sino la realidad de la vida. Interesa la moda de pecar dentro de la Iglesia, porque eso es lo que en la Iglesia se vive: el pecado. Por eso, él siempre habla para la totalidad de los hombres, para un mundo global, para una comunidad de gente pecadora. Pero él no puede hablar a cada alma porque no puede enseñar la verdad, no puede comunicar la santidad, no puede guiar hacia la verdad de la vida. Cuando enseña su doctrina, es decir, su soberbia, todos se escandalizan, porque no habla al alma, no habla al interior de la persona, a su corazón, sino que trata al hombre como un conjunto, no como alma, no como algo particular, privado. Ve al hombre como una estructura en el mundo, como una pieza que hay que colocar en el mundo.

Francisco, en todos sus escritos, enseña a vivir el pecado, no enseña a pensar la verdad, a razonar en el bien, a discernir el bien del mal. Enseña su vida, su forma de vida, con sus ideas propias, que son las que todo el mundo tiene, las que transitan en cualquier rincón del planeta: que son las del pecado. Ideas globales, para los hombres, mundanas, profanas, etc., pero nunca absolutas, dogmáticas, nunca para el alma, para la mente, sino para su vida de pecado: que estás malcasada y quieres comulgar, entonces comulga. Eso es el orgullo: se ofrece un estilo de vida, no un estilo de pensamiento, no una ley de pensamiento. Se ofrece un pecado como un valor, como una verdad, como un bien a realizar.

Que eres judío y estás en tus ritos para adorar a Dios: muy bien, yo te acompaño, yo comulgo con tus ideas, porque Dios te ama como me ama a mí.

Francisco, en su orgullo, se une a cualquier hombre del mundo porque juzga la vida según su libertad, no según su razón. Juzga al homosexual según su libertad: es bueno que siga siendo lo que es porque busca a Dios. No lo juzga según su razón: no soy quién para juzgarlo. Y no puede hacer este juicio por su orgullo: él vive un estilo de vida que le impide juzgar, con su razón, al otro. Y este estilo de vida es lo que transmite cuando habla, cuando predica, cuando escribe sus necios escritos. Es el estilo de vida en la que el pecado es una obra, es un reto, es un camino.

Este estilo de vida se contagia a los demás como la pólvora, porque los hombres no suelen vivir juzgando, según su razón, a los demás, sino que los hombres suelen vivir de manera orgullosa: lo juzgan todo según su libertad. Obran su libertad. Obran su pecado y para su pecado. No obran para una Verdad y por una Verdad.

Lo que hoy impera en todo el mundo no es tanto la soberbia, sino el orgullo: es decir, la libertad de cada hombre.

Dios ha puesto a cada hombre en manos de su propia libertad. Y cada hombre vive su libertad, independientemente de sus ideas, de sus filosofías, de sus teologías, de sus dogmas.

La fe hace que el hombre sepa medir su razón y su libertad: la fe hace que el hombre sea humilde y, al mismo tiempo, dependiente de Dios.

El orgulloso no quiere depender de otro: quiere ser libre, vivir su vida según su libertad, no según unas razones, unas leyes, unas ideas, unos dogmas.

El orgulloso no se ajusta a ninguna norma: él mismo es norma para sí. Su libertad es su ley. Su libertad es su moral. Por eso, el orgulloso, al imponer sus leyes, destruye las leyes naturales, divinas, morales.

Hoy día, todos los gobiernos del mundo están llenos de hombres orgullosos: hombres que imponen sus leyes, sus libertades, sus formas de vivir la vida. No imponen sus formas de entender la vida, sino de vivirla. El orgulloso vive su vida. El soberbio piensa su vida. Kant era un soberbio: todo lo medía con su razón y lo obraba. No vivía nada sin verlo antes con su razón. Francisco es lo contrario a Kant: todo lo mide con su libertad y, por tanto, lo obra sin más, sin la idea, sin discernir si es bueno o malo. Si en esa vida, ve algún problema, entonces pone su soberbia, su idea, para resolverla; pero sigue viviendo su vida, a pesar del problema. El problema no le cambia su estilo de vida.

Por eso, Francisco tiene muchos seguidores, porque, en la práctica, los hombres viven como lo hacen Francisco: en su orgullo. Francisco gusta por su orgullo, no por su soberbia. Francisco es la moda del pecado en el mundo. Para agradar a los hombres en el mundo tienes que pecar, exaltar tu pecado, amar tu pecado, justificarlo por encima de cualquier verdad, cualquier dogmatismo.

Por eso, no se puede entender la estupidez de algunos jerarcas de la Iglesia que dicen que la doctrina de Francisco es católica. Sólo se puede comprender en la razón de que se les está obligando a hacer la pelota a Francisco. Se les impone no criticar a Francisco.

Todo el mundo ve, ahora, que la doctrina de Francisco no se puede sostener. No hay quien la sostenga. No hay quien la siga. Pero el respeto humano, la falsa obediencia, la soberbia de muchos, hacen que se digan cosas realmente inconcebibles. Y eso señala sólo una cosa: en la Iglesia no hay fe. Hay muchas cosas, menos fe.

«Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿encontrará fe en la tierra» (Lc 18, 8b). Esta es la señal de que Jesús regresa a la tierra.

La Gran Apostasía es la falta de fe en la Iglesia. Y es lo que estamos viviendo desde hace 50 años. El abandono y alejamiento de la fe y de los sacramentos, tanto por los consagrados como por los fieles bautizados. ¿Quién está esperando hoy a que Jesús venga? Nadie. Es una Verdad que nadie cree. Predicar que Jesús viene de nuevo, a instaurar su reino glorioso, les resulta enojoso a muchos, herético a otros y, a los más, sencillamente les causa risa.

Jesús con Su Santa Madre van a reinar y a dirigir Su Iglesia con Pedro Romano y la Jerarquía obediente a Él. Pero esto nadie se lo cree, nadie lo piensa, a nadie le importa.

El triunfo del Inmaculado Corazón es imposible que se dé ahora. La Santísima Virgen triunfa en los corazones, en muchas almas que se le entregan con generosidad. Pero no es posible que ese triunfo se dé en un mundo totalmente desquiciado por el pecado, y que ya no busca a Dios, sino que ha puesto al hombre como su dios. Las almas, en donde la Virgen ha puesto su Sagrario, deben perseverar hasta el fin de la Gran Tribulación, si quieren contemplar el Reinado Glorioso de Cristo y de Su Madre.

“Porque habrá entonces una GRAN TRIBULACIÓN, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta ahora, ni la habrá, y si no se acortasen aquellos días nadie se salvaría; mas por amor de los elegidos se acortarán los días aquellos» (Mateo 24, 21-22).

La Gran Tribulación es el Aviso, el Milagro y el Castigo de los malvados con los tres días de Tinieblas.

«Entonces, si alguno dijere: Aquí está el Mesías, no lo creáis, porque se levantarán falsos Mesías y falsos profetas y obrarán grandes señales y prodigios para inducir a error, si posible fuera, aún a los mismos elegidos» (v. 23-24).

El Falso Profeta, que engaña a los mismos elegidos, es el antipapa, que es el que va a destruir lo que quede en pie de la Iglesia. Francisco es un falso profeta, que engaña con su vida a muchos, pero no tiene el empuje de las señales y de los milagros. Es un viejo enfermo, que no cree en nada, sólo en lo que hay en su cabeza. Y Francisco está rodeado de falsos mesías, de anti-sacerdotes, que viven su herejía y gobiernan la Iglesia con la locura de sus mentes. Ellos ya han comenzado a destruir la Iglesia. Y Francisco tiene, también, el coro de idiotas, que le hacen la pelota en los medios de comunicación y entre los fieles de la Iglesia. Todos ellos destruyen lo que queda de Iglesia, pero no pueden darle el manotazo final.

Tiene que venir un antipapa que señale al Anticristo.

Es el tiempo del Anticristo, no es el tiempo de Francisco. Francisco es sólo un peón del Anticristo, pero no es capaz de señalar al Anticristo, porque tampoco cree en Él.

«Mirad que os lo digo de antemano. Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis, porque como un relámpago que sale de oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del hombre. Donde está el cadáver, allí se reúnen los buitres» (v. 24, 25-28).

No habrá otro Papa legítimo después de la muerte de Benedicto XVI: donde está el cadáver, allí están todos los que destrozan la Iglesia. El cadáver, no sólo del Papa Benedicto XVI, sino también de la Iglesia, como Cuerpo Místico. Cuando muera este Papa, muere también la Iglesia. La Iglesia tiene que ir a la Cruz, como Su Cabeza Invisible, para poder resucitar gloriosa, como Su Cabeza.

Y, por eso, no hay más Papas después de la muerte de Benedicto XVI hasta que la Iglesia no resucite gloriosa.

Esta Verdad muchos no la comprenden. Por eso, esperan en Francisco y en Benedicto XVI. Ya no hay que esperar en nadie. Benedicto XVI tiene que realizar el papel que el Señor le ponga antes de morir. Cuando muera, viene rápido la gran tribulación.

Los tiempos se acortan. Los tiempos vuelan. Ya no es tiempo de esperar, sino de sufrir. Estamos en la Purificación de la Iglesia con el castigo correspondiente a su pecado.

Estamos en el tiempo de los orgullosos: de los que viven la vida según su libertad. Viven la moda del pecado. Hay que pecar, hay que enseñar a pecar dentro de la Iglesia. Hay que valorar el pecado como un bien dentro de la Iglesia.

Y, por tanto, estamos en el tiempo de los anticristos, que preparan al Anticristo.

Tiene que aparecer el Anticristo como Mesías: «Si os dicen pues: Aquí está, en el desierto, no salgáis; aquí está, en un escondite, no lo creáis». Viene haciendo los mismos milagros que hizo Jesús. Viene en carne mortal, no gloriosa. Viene como hombre y se hace dios. Y, muchos, caerán en ese engaño porque son como las vírgenes con las lámparas apagadas: hombres sin fe. Están en la Iglesia Católica creyéndose santos, y no son capaces de discernir la mentira. Todo lo llaman santo, bueno, justo, porque viven de sus lenguajes humanos, pero no de fe. Han creado su fe, su iglesia, su cristo, sus santos, sus vidas espirituales, sus dogmas, sus tradiciones, su evangelio.

El orgullo de Francisco es el inicio del tiempo de la Justicia en la Iglesia: un gran castigo es Francisco para toda la Iglesia. Habéis despreciado a los Papas durante 50 años, ahora a bailar con un bufón. Ahora, tenéis la venda en vuestros ojos y no podéis ver la verdad de lo que es ese hombre, por vuestro pecado en la Iglesia.

Muchos no ven lo que es Francisco y eso es un castigo divino. No es porque sean tontos. Es porque han vivido su pecado en la Iglesia y ahora no pueden ver cómo se condenan. Lo verán cuando ya no haya más Misericordia: verán su condenación y la querrán: «y blasfemaban del Dios del Cielo a causa de sus penas y de sus úlceras, pero de sus obras no se arrepintieron» (Ap 16, 11). Estamos en el tiempo de la condenación. No hay que tener cariños con los hombres. No hay que ser sentimentales y creer que la situación en la Iglesia va a cambiar, y que todos se van a oponer a lo que ven.

Es totalmente lo contrario. Cada día, más destrucción en la Iglesia y más que no ven nada. El Sínodo que viene será el primer desastre de todos. Y, muchos, seguirán sin ver nada. Lo que vemos en la Iglesia no es para sacar un bien de Ella. Es para apartar el trigo de la cizaña, y quemar la cizaña con fuego real en la vida de los hombres: es su justicia, es su condenación que tienen que sufrir antes de morir e ir al infierno que han escogido.

No estamos en el tiempo de la Misericordia, sino de la Justicia. Por supuesto, que sigue habiendo Misericordia, pero no es su Tiempo. Que nadie se haga la ilusión de una Iglesia emergente, que se pone a caminar y a resolver los problemas. Están todos ciegos en el Vaticano. Son una panda de corruptos y degenerados, que actúan como los hipócritas: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas, que os parecéis a sepulcros blanqueados, hermosos por fuera, mas por dentro llenos de huesos muertos y de toda suerte de inmundicia! Así también vosotros por fuera parecéis justos a los hombres, mas por dentro estáis llenos de hipocresía y de iniquidad» (Mt 23, 27-28).

Es el tiempo de contemplar el infierno en la vida de los hombres: cómo vive cada hombre su infierno antes de morir. Es la Justicia Divina al mismo hombre, a su libertad. Dios no puede quitar la libertad al hombre, pero sí puede hacer que viva, con su libertad, el infierno que quiere y que merece. Es el mayor castigo de todos.

La Iglesia lo tiene todo y lo ha despreciado todo: por eso, el infierno ha comenzado ya dentro de Ella. Es lo que se merece. Vemos a un Francisco, a un gobierno de herejes, a tantos sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, que les gusta pecar, que aman el mundo, que han despreciado la Verdad. Vemos el infierno en muchos de ellos. Vemos la cizaña. Y, por tanto, contemplamos las obras del infierno dentro de la Iglesia. Contemplamos cómo se cae la Iglesia, cómo se derrumba, cómo sólo van a quedar los cimientos: las almas que guardan en su corazón el tesoro de la verdad. Toda estructura de la Iglesia va a caer, menos los cimientos. Porque la Roca es Cristo. Y Cristo ha puesto los cimientos de Su Iglesia en las almas elegidas. Y, por eso, la verdadera Iglesia nunca el infierno la podrá derrotar. Lo que sí puede el demonio es acabar con la iglesia falsa, la de los hipócritas, como Francisco y toda su panda de gente sin sabiduría divina.

Triste es contemplar a un demonio, como Francisco, pero más triste es ver que los hombres siguen a los demonios porque los tienen como santos.

¡Abominación es Francisco en la Iglesia Católica!

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«La centralidad del kerygma demanda ciertas características del anuncio que hoy son necesarias en todas partes: que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa, que no imponga la verdad y que apele a la libertad, que posea unas notas de una integralidad armoniosa que no reduzca la alegría, estímulo, vitalidad, y la predicación a unas pocas doctrinas a veces más filosóficas que evangélicas» (EG – n 165). En este pensamiento está su idea masónica del amor fraterno, su idea protestante de la misericordia y su idea comunista de la salvación.

1. que exprese el amor salvífico de Dios previo a la obligación moral y religiosa: ¡qué gran herejía la de este señor que no tiene ni idea de lo que es el amor, la salvación, lo moral y lo religioso! ¡Qué palabras tan desatinadas y tan alucinantes! ¡Qué barbaridad la de la Jerarquía de la Iglesia que hace la pelota a la mente loca de Francisco, y no tiene agallas de levantarse y decirle a ese idiota que tenga la dignidad de renunciar al gobierno de la Iglesia!

2. No existe un amor salvífico previo a la obligación moral y religiosa: si el amor salva, el amor obliga a cumplir una norma moral y una vida religiosa. El amor salva imponiendo una ley divina, exigiendo al hombre que quite su negro pecado, poniendo al hombre un camino y, si no lo escoge, entonces lo condena.

3. Cuando Dios ama, Dios lo da todo al hombre; pero cuando el hombre renuncia al amor de Dios, Dios se cruza de brazos y deja que el hombre se condene por su propia libertad, con su voluntad para hacer el mal, con el impulso de su soberbia mente, que le ayuda a condenarse.

4. Cuando Dios tiene misericordia, entonces da al hombre una mano para que se pueda salvar; pero la misericordia no es estar salvado, no es estar justificado, no es llegar a la plenitud de la verdad. La Misericordia es un camino para que el hombre aprenda a cambiar de mentalidad y viva el Evangelio sin poner su idea humana de la vida.

5. Un amor que salva pero que no condena es el protestantismo. Un amor que salva previo a la obligación moral y religiosa es lo masónico. Un amor que salva y que todo lo perdona es el comunismo. Para el protestante, todo es Misericordia, porque el pecado es un bien con el cual se consigue la salvación. Para el masón, el hombre se salva porque él mismo hace su moral y su religión. Dios lo ama como es. Para el comunista, el pecado es un mal social y, por lo tanto, no impide salvarse, no impide recibir el amor de Dios. Se vive en la gracia, cada uno, con sus males en la vida. No existe el pecado, sino la mala estructuración del hombre en su vida. Hay que salvar las estructuras, no las almas. Los hombres ya están salvados.

6. ¡Gran desatino el de Francisco, que afirma que la predicación no debe imponer la Verdad, sino que debe apelar a la libertad!: es más importante la libertad que la Verdad, yendo en contra de la misma Palabra de Dios: «Y la Verdad os hará libres». Es la verdad Revelada la que libra. Es la Verdad Revelada la que pone al hombre en la libertad. Si el hombre no conoce la Verdad Revelada, si no se somete a esa Verdad, si no abaja su inteligencia humana a esa Verdad, entonces es esclavo de su mentira, de su mente, de su idea, de su filosofía. Si el hombre persigue la libertad, el hombre se esclaviza a su idea de la libertad y, por tanto, vive una mentira. Francisco anula la Verdad Absoluta, el dogma revelado, lo que Dios habla en Su Palabra, para dejar al hombre en sus verdades, en sus libertades, en sus vidas, en sus obras. Es una auténtica aberración de la vida: sé libre, pero no seas verdadero. Sé libre y sé una abominación para todos con tus pecados. Exalta a los cuatro vientos tus vergüenzas y recibe el aplauso de todos los idiotas que exaltan sus pecados en todo el orbe. Por eso, Francisco no juzga a nadie, si sigue este pensamiento, pero juzga al que no siga este pensamiento. Es la consecuencia de anular la Verdad Absoluta. Es el fariseísmo: apela a la libertad del pensamiento para anular la libertad del ser. Sé libre para pensar lo que quieras, pero sé esclavo de tu pecado, de tu vida moral pecaminosa. Y la libertad nace cuando el hombre deja de pecar, cuando el hombre convierte su vida para una obra de amor divino. Se es libre para hacer la Voluntad de Dios. No se es libre para pensar lo que a uno le da la gana. El que se hace dios en su mente, siempre apela a la libertad del pensamiento y combate la norma de la moralidad. No quiere cumplir con las leyes divinas, con las leyes que Dios da. Sino que él mismo se hace ley e impone su ley a los demás.

7. ¡Qué estupidez el pensamiento de Francisco! ¡Cómo se palpa que vive en sus vicios, en sus obras plebeyas, en su vida de lujuria! ¡Cómo se comprende que no tiene ni idea de lo que es la virtud teologal y moral! Para él, la predicación debe tener unos valores humanos que lleven a la alegría, a la confianza, a la vida humana. Y, por tanto, no se pueden aceptar filosofías que impongan una cruz, una renuncia, un desprendimiento de lo humano. Hay que predicar para tener contentos a la gente, para darles un gusto en sus vidas humanas, para que escuchen aquello que quieren y esperan escuchar. No se les puede predicar para atormentar las conciencias con el pecado, con el infierno, con las penitencias, etc. Hay que meter a los hombres en el gozo de la vida humana y mundana. ¡Mundo, mundo y mundo! Esto se llama pelagianismo: el esfuerzo humano para ser feliz en la vida diaria, para conseguir la paz por caminos humanos, para hablar de lo humano y exaltar al hombre por encima de Dios.

Este pensamiento de Francisco está en toda su doctrina en la nueva iglesia, que ya emerge en el Vaticano.

Es muy sencillo ver que Francisco no es Papa. Pero los hombres, desde hace mucho tiempo, han perdido el norte de la fe y ya no saben discernir los espíritus. No saben ver a un hombre en su pensamiento de hombre; no saben ponerlo en entredicho; no saben llevarlo a las cuerdas y analizar su idea, para encontrar a Dios en él o al demonio en él.

Esto, los hombres, ya no lo saben hacer. Y, por eso, siguen muchos con la venda en los ojos, viendo lo que sucede en la Iglesia como algo normal. Algo de los tiempos. Y no son capaces de discernir nada, ni siquiera han podido discernir lo que ha sucedido desde el Concilio Vaticano II.

Quien no ponga el pensamiento de Francisco entre las cuerdas, quien no lo triture y lo desprecie, entonces se vuelve como él, en su vida y en su pensamiento. Se vuelve un hombre que piensa la vida en forma protestante y comunista. Se vuelve un hombre que vive la vida en forma masónica. La idea protestante y comunista lleva a una vida masónica y, por tanto, lleva a realizar unas obras abominables para Dios y para la sociedad.

¡Abominación es Francisco en la Iglesia Católica!

Francisco te va a llevar a renunciar a tu fe católica. Francisco te va a impedir creer en Dios. Francisco te va a obligar a pensar como él piensa.

Francisco es un dictador. Y no tiene otro nombre. Y, como dictador, está haciendo la obra propia de un hombre que impone su mente a los demás. La impone con bonitas palabras, con un lenguaje que al hombre le gusta, con unas palabras que engañan a todos.

¡Qué pocos hay que han medido a Francisco como lo que es: idiota! Todos le respetan porque está sentado en una Silla. Y temen criticarlo. Es el temor al hombre, a la idea del hombre. Es el falso respeto al hombre. Es la falsa tolerancia con el hombre, con el pecado de un hombre.

Una persona inteligente, que sabe pensar la vida, enseguida ve la idiotez de ese señor. Hombres que viven en pecado, y que tienen dos dedos de frente, porque saben ver que lo que dice Francisco no tiene que decirlo un Papa. Son hombres pecadores, pero abiertos a la Verdad.

¡Y cuánta gente que se dice católica, y que no sabe ver que Francisco no puede decir lo que está diciendo! Enseguida buscan una razón para excusar el pecado de Francisco. Son hombres pecadores, que se creen santos porque están en la Iglesia Católica, pero que no saben discernir la verdad de la mentira, al pecador del santo.

¡Es triste ver la cantidad de idiotas que tiene la Iglesia Católica! ¡Gente que ya no sabe pensar su fe católica! ¡Gente que le da igual la doctrina de Cristo! ¡Gente que ha perdido la fe, la sencillez de la fe de un niño, y que sólo sabe buscar a sacerdotes que le cuenten fábulas, cuentos chinos, para estar contentos en sus vidas!

«Más que el temor a equivocarnos, espero que nos mueva el temor a encerrarnos en las estructuras que nos dan una falsa contención, en las normas que nos vuelven jueces implacables, en las costumbres donde nos sentimos tranquilos, mientras afuera hay una multitud hambrienta» (EG- n. 49).

1. Hay que salvar las estructuras. Si estás en una estructura que no sirve para dar de comer, entonces, sal de ella.

2. El temor de Dios se anula por el temor a los hombres. Si pecas contra Dios, no importa. Pero si no das de comer a un hambriento, por esta encerrado en tus dogmas, eso es condenable.

3. El bien humano, material, natural, está por encima del bien sobrenatural. Es decir, el hombre no tiene que vivir para salvar su alma, sino que tiene que vivir para solucionar problemas humanos.

4. Y esto supone la anulación de la sociedad como institución divina. La sociedad sólo está compuesta de hombres que solucionan problemas de hombres, pero que no viven la ley Eterna. Por eso, es necesario promulgar leyes acordes a los hombres, a sus culturas, a sus ideologías, a sus vidas humanas, políticas. Todo pecado es bien visto en la sociedad. No combatas el pecado, combate a los hombres que no ayudan a otros hombres a ser hombres.

5. Y, en consecuencia, los errores se admiten, no sólo se permiten. Los males se obran como bienes. Y lo bienes son males que hay que rechazar.

6. Esto es lo que propone Francisco en este solo pensamiento, que es su idea comunista del Estado: se vive para un bien común humano, limitado, finito. Y quien no trabaje para ese fin caduco no puede salvarse.

Tienen que aprender a dinamitar el pensamiento de Francisco si quieren salvarse, porque toda la Iglesia tiene la cara vuelta a Francisco, dando la espalda a Cristo, a la doctrina que Cristo ha enseñado, y que no puede cambiar porque un idiota se siente en la Silla de Pedro y se haga llamar Papa sin serlo.

«Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes». (EG – n. 53).

1. Para Francisco, todo es cultura. Nada es pecado. Son los males de la cultura del descarte. No son los pecados de los hombres que llevan a estos males. Los males, que se suceden en una sociedad, hacen que ciertas personas queden excluidas de esa sociedad. Son males sociales, no son pecados. Males de una cultura, que viene de un pensamiento errado de los hombres. El hombre, con su idea, descarta a otros hombres, y produce una cultura del descarte, pero no produce un pecado. Concebir la cultura del descarte es el error de Francisco. Y este error sólo procede de su negación de la sociedad cono institución divina.

2. Si la sociedad es algo humano, entonces los hombres se rigen por sus leyes, por sus normas, sus ideas, que los llevan a este tipo de cultura. El hombre, con su poder humano, descarta a los hombres. Se niega el pecado, para poner de relieve el mal del hombre. Se niega que el hombre tenga en la sociedad un fin divino, una norma moral, una ley divina. Lo que importan son las culturas, y hay que quitar aquellas culturas que no sirven, que dañan la imagen de una sociedad fraterna, humana, mundana, pagana. Sólo se hace incapié en el fin humano de la vida social, que ya no está subordinado a un bien sobrenatural. Es el pecado el que lleva a los hombres, no sólo a explotar a otros hombres, sino a dejarlos a un lado. Pero, como Francisco está en su amor fraterno, en su fin humano de la sociedad, anulando el amor de Dios, la ley divina, entonces se queja de la cultura del descarte. Y cae en una aberración:

3. lucha para que esos, que son unos desechos, vuelvan a la sociedad. Lucha por una injusticia social. Pero no lucha por un bien sobrenatural, por una justicia divina, tanto a los hombres que pecan y excluyen a otros hombres, como a los propios excluidos, que también tendrán su parte de culpa. No lucha para salvar a un alma. Lucha para que un hombre tenga parte en la sociedad humana, mundana, pagana. Francisco deja a un lado la vida del cielo, para luchar por la vida de los hombres, por los derechos de los hombres, los derechos del mundo, los derechos que no son los de Dios.

«No conviene ignorar la tremenda importancia que tiene una cultura marcada por la fe, porque esa cultura evangelizada, más allá de sus límites, tiene muchos más recursos que una mera suma de creyentes frente a los embates del secularismo actual. Una cultura popular evangelizada contiene valores de fe y de solidaridad que pueden provocar el desarrollo de una sociedad más justa y creyente, y posee una sabiduría peculiar que hay que saber reconocer con una mirada agradecida» (EG – n. 69).

1. No existe una cultura marcada por la fe, porque el valor de la fe es diferente al valor de la cultura. El que vive la fe obra lo divino en lo humano. Pero el que no vive la fe sólo obra lo humano, o lo social, o lo económico, o lo cultural sin lo divino. ¡Cuántas culturas hay que no tienen a Dios porque los hombres no viven la fe en Cristo! No hay que meter la fe en una cultura. Hay que enseñar a cada hombre a vivir de fe, a creer en lo que Dios ha revelado. Las culturas que los hombres tienen reflejan sus vidas de fe o de ateísmo. Reflejan si creen o no creen en el verdadero Dios. Reflejan si están o no están en la verdadera Iglesia, la Católica. El problema es el hombre, no la cultura. Si el hombre no está sellado con la fe, entonces tampoco la cultura, ni la sociedad, ni la política, ni nada de lo que haga o viva el hombre. Hay que sellarse con el Sello de Dios. No hay que sellar las culturas con los pensamientos de los hombres, que es el sello del demonio.

2. Existe una sociedad religiosa, un estado religioso, una cultura religiosa, porque los hombres viven la verdadera religión, dan culto al verdadero Dios. Pero no existe una cultura, una sociedad, un país marcado por la fe. Si la fe no se pone en la verdadera religión, en la Iglesia Católica, entonces se cae en la inculturación de una fe humana en las distintas sociedades y países, que es el pensamiento de Francisco. Y, entonces, viene la abominación:

3. Para Francisco, los judíos, los musulmanes, los budistas, son personas que viven una verdadera fe. Y, por tanto, sus costumbres, sus ritos, sus culturas, sus políticas, son una verdad que hay que implantar en las demás naciones o sociedades de hombres.

4. Por eso, él se opone a esos creyentes que luchan contra el secularismo actual. Para él los creyentes verdaderos son los que tienen una cultura popular evangelizada: el pueblo con sus sabidurías populares, carnales, materiales, naturales: el pueblo está lleno de santos, de mártires, de gente sabia. Es el populismo. Ya no es la sociedad, los estados con una ley divina, con una autoridad divina. Es la sabiduría peculiar de los pueblos, de los hombres, de sus pensamientos humanos, de su lenguaje florido, lo que da la verdad a los hombres. Es el Creacionismo: hagamos una creación con un Dios que ama a todos los hombres y con un gobierno mundial en la que todos nos dediquemos a conservar lo creado, a amar lo creado, a ser buenas personas con todo el mundo.

Quien no sepa leer a Francisco se va a perder, porque hoy día nadie instruye en la Verdad. Todos hacen la pelota a los mentirosos como Francisco.

El pecado social de la Iglesia: obedecer a un impostor

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«Preguntad y ved. ¿Es que paren los hombres? ¿Cómo, si no, veo a todos los varones con las manos en los lomos, como en parto, demudados y amarillos todos los rostros? ¡Ah! Es el día grande. No hay anda igual a él» (Jer 30, 6).

Tiempo de Justicia el que vive la Iglesia entera, en que muchos sacerdotes y Obispos se abren de piernas, como las mujeres, y siguen celebrando sus misas. ¡Mayor abominación no puede existir dentro de la Iglesia!

El homosexualismo está condenado por Dios en Su Palabra. El homosexualismo es una vida en la carne, no es sólo un pecado de lujuria. Es algo más que caer en ese pecado. Es vivir de ese pecado. Es caminar con ese pecado. Es llamar a ese pecado el derecho, el deber, la virtud, el bien que hay que realizar para ser homosexual.

No se nace homosexual (ni lesbiana). Se nace hombre o mujer. Y se vive como hombre o como mujer, porque «el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Cor 6, 13). Dios no puede dar un cuerpo glorioso a un hombre que se arrastra en lo carnal, en la lujuria, en la sodomía. Porque ha creado el cuerpo para un bien divino, para una obra divina, para Él. Y Dios no se une a un homosexual. Cristo no está en un sacerdote homosexual. La boca de ese sacerdote es la boca del demonio. Y sus obras, en la Iglesia, son las obras del demonio.

«¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor 6, 15) Y, ¿cómo es que muchos sacerdotes y Obispos, hacen de sus cuerpos miembros de la abominación? No se puede comprender qué hace una Jerarquía en la Iglesia que se revuelca en sus lujurias. ¿Para qué celebra la misa? ¿Para qué predica? ¿Para qué está en la Iglesia?

Francisco, antes de sentarse en el Trono de Dios, aprobaba la homosexualidad:

Y, claramente, una vez que gobierna la Iglesia con un falso Papado, ha hecho de la homosexualidad el centro de su gobierno. Ésta es la primera abominación que su gobierno da en la Iglesia. Es su primer pecado, porque necesita hacer de la Iglesia una comunidad de hombres que viven, cada uno, con sus propias ideas. Y tiene que acoger las ideas de personas que son abominables para Dios y, por tanto, para toda la Iglesia Católica.

Pero este lenguaje no le gusta a Francisco porque él niega la Revelación de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22). Esta Palabra de Dios es Vida, es Tradición Divina: «Yo soy Yavé, vuestro Dios. No haréis lo que se hace en la tierra de Egipto, donde habéis morado, ni haréis lo que se hace en la tierra de Canaán, adonde Yo os llevo; no seguiréis sus costumbres. Practicaréis Mis Mandamientos y cumpliréis Mis Leyes; las seguiréis. Yo, Yavé, vuestro Dios» (Lv 18, 3-4).

Francisco es el que tiene labia fina y aguda: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Esta es la finura de la herejía. Ésta es la política de Francisco en la Iglesia. Éste es el pensamiento de ese hombre que es un falso Papa.

Hay que insistir que el homosexualismo es una abominación, porque el mundo ya no escucha la Palabra de Dios. Ya no le cree a Dios. Vive sus costumbres, sus culturas, pero no los mandamientos de Dios, no sigue las leyes divinas. Por tanto, un hombre que no insiste en que la homosexualidad es una abominación, entonces está cambiando la Palabra de Dios. Y quien la cambia, sencillamente, se aleja de la Verdad y camina hacia el infierno.

Hay que predicar, a tiempo y a destiempo, que la homosexualidad es un pecado. Y un pecado contra Dios, es decir, un pecado personal; y un pecado social, es decir, un pecado fruto del pecado personal, un pecado que se hace con otra persona: son dos personas que hacen una sociedad para pecar, para mostrar su pecado. Ése es el pecado social. No es un mal social, sino juntarse varias personas para pecar en el mismo pecado personal.

Pero, esto, a Francisco, le importa muy poco, porque no cree en el pecado, ni en el personal, ni en el social. Sólo cree en los males que los hombres hacen; pero es incapaz de ver la raíz de ese mal y dónde se fija: en el alma. “Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102). Es decir, que para Francisco, el pecado es una mancha que el hombre tiene en su mente, pero no en su corazón. Y, por ese pecado, los hombres hacen muchas cosas malas en sus vidas.

Para Francisco, el pecado no es una obra libre de la voluntad del hombre, sino una imposición de la mente del hombre. Es una idea mala que se impone al hombre y que hay que quitar. Francisco siempre juega con las palabras. En su lenguaje humano, nunca está la Verdad, nunca el concepto verdadero de la cosa, sino que él se ha inventado sus verdades, sus definiciones, sus ideas de lo que es bueno y malo.

«¿Cuándo deja de ser válida una expresión del pensamiento? Cuando el pensamiento pierde de vista lo humano, cuando le da miedo el hombre o cuando se deja engañar sobre sí mismo» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Éste es su culto a la idea humana. Y, por eso, Francisco, no puede creer en la Palabra de Dios. La idea del hombre es buena porque ve lo humano. Es mala porque pierde de vista lo humano. De este culto a la idea del hombre, vienen sus obras humanas en la Iglesia.

La idea de un hombre es válida porque su pensamiento humano acepta la Palabra de Dios; la idea de un hombre es errónea porque su mente humana no acepta la Palabra de Dios. Pero este planteamiento, Francisco no lo puede seguir. Él vive en su grandiosa mente: es decir, él vive en su locura senil. Está dando vueltas y vueltas a su idea. Éso es la locura: dar vueltas a algo sin parar. Es la mente rota que no puede callar, que sólo ve su idea. Y si su idea cabalga con lo que pasa en el mundo, entonces la obra.

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¿Por qué ha bendecido las hojas de coca de la dirigente revolucionaria Milagro Sala, que son sagradas para ella? «Para nosotros esta hoja es sagrada, es sabiduría, es medicina y nuestros abuelos las leen. Es muy importante para nosotros, aunque algunos le hayan dado un mal uso» (Fuente Perfil ). Son una superstición, van contra el primer mandamiento de la ley de Dios que prohíbe dar culto a otros dioses. Y las ha bendecido porque su pensamiento humano está clavado en lo que hacen los hombres, en lo que viven los hombres, en lo que obran los hombres. Y, entonces, asiente a la maldad de esa mujer, porque está ciego como ella. Y, en esa bendición, Francisco comete el mismo pecado que esa mujer: idolatría, superstición, adivinanza. Y se pone a la par de la vida de esa mujer. Se abaja a su vida, a sus obras, y apoya el pecado de esa mujer. Colabora con ella para seguir pecando. Le muestra a esa mujer que su pecado es válido, que puede seguir pecando, que mientras ame a los hombres, no hay problema en lo que hace. Que siga dando culto a las hojas de coca. Esto se llama: condenar a un alma al infierno. Francisco no salva almas en lo que hace en la Iglesia, sino que les muestra el camino para seguir pecando. Y eso es abominable.

Esto es Francisco: de palabra fina y aguda, que dice que lo que antes era pecado, ahora ya no se considera así por la Iglesia, porque él lo dice: «El pensamiento de la Iglesia debe recuperar genialidad y entender cada vez mejor la manera como el hombre se comprende hoy, para desarrollar y profundizar sus propias enseñanzas» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). El pensamiento de la Iglesia es la Mente de Cristo, que es Inmutable, que no tiene en cuenta el pensamiento de ningún hombre. A Cristo le importa muy poco las ciencias de los hombres, su sabiduría, sus culturas, «porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos son vuestros caminos» (Is 55, 9). Lo que piensa Francisco no es lo que piensa Cristo. Y, por tanto, la Iglesia no tiene que entender la manera como el hombre se comprende hoy. La Iglesia tiene que comprender que si no se abaja de su pensamiento humano, se condena por ser Iglesia apóstata, que está dando culto a la mente de un hombre que no es Papa.

Este es el pecado social de toda la Iglesia hoy: es el pecado personal de muchos: Pastores, religiosos, fieles. Están obedeciendo la mente de un hombre. Esto se llama idolatría: dar culto a la idea de un hombre. Cuando Cristo enseña la verdad; Cristo ha dado toda Su Mente a la Iglesia para que los hombres den culto a Su Mente Divina. Y viene un payaso, como es Francisco, con una labia de serpiente, y nadie se atreve a decir: vete de la Iglesia, Francisco, porque eres un idolatra de tu propio pensamiento humano.

Y muchos callan por miedo, dudas, temores, etc. Pero siguen siendo culpables de idolatría, porque enseñan a los demás a seguir obedeciendo a un impostor, a uno -que saben- que no está diciendo la Verdad. Y, por eso, tienen mayor pecado.

En este pecado social, toda la Iglesia está envuelta, porque no acaba de comprender la Palabra de Dios: «ha de manifestarse el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Muchos no han comprendido que el Anticristo es un falso Papa, uno que se sienta en la Silla del Vicario de Cristo, el Vicario del Hijo de Dios. Al Anticristo hay que buscarlo, ahora, sentado en el Trono de Pedro.

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Esta Verdad es la que no pueden creer. La Jerarquía no la puede tragar, porque se creen muy justos y muy santos. Y, por eso, callaron la boca a Sor Lucía. Va a subir a esa Silla -que ahora ocupa Francisco- el Anticristo. Y Francisco le está preparando el camino. Le pone la alfombre roja: el comunismo. Lleva a la Iglesia al redil del pecado: el protestantismo. Y hace de Cristo el payaso de la humanidad. Es lo que muestra como falso Papa. Se pone una nariz de payaso, pone en el sagrario una pelota, se coloca una pulserita gay, hace cosas que Cristo nunca las haría, porque es el Hijo de Dios, no es el hijo de los hombres. Es el verbo Encarnado que viene al mundo para que el hombre deje sus culturas, sus invenciones, sus ideas, y se someta a la idea del Padre, al plan del Padre sobre su vida humana.

Francisco se está oponiendo a Dios con su lenguaje barato y blasfemo, con su labia fina y mordaz, con sus obras de pecado. Es ya un anticristo. Es un falso Profeta. Pero no es el adecuado para romper la Iglesia. No sabe romperla porque no tiene ni idea de lo que le va a pasar. Ha sido puesto para una cosa: y ya lo ha hecho. Ahora, los mismos que lo pusieron, lo dejan en la cuneta, porque el demonio tiene prisa para destruir la Iglesia: le queda poco tiempo y el camino es otro de lo que piensa Francisco en la Iglesia.

Pero el problema de la Iglesia es su pecado social. Están todos con una venda en los ojos. Y ese pecado crece y no se dan cuenta de que ya la Iglesia no es de Cristo, porque sólo está en las manos de los enemigos de Cristo: los masones. Y hay que salir de esa iglesia porque ella ya no es la salvación, el camino de la Verdad. Llega el momento en que Cristo ya no va a reconocer los escombros de la Iglesia como Su Iglesia. Cuando la Jerarquía podrida en Roma quite la Eucaristía, entonces Cristo ya no reconocerá esa Iglesia, no podrá salvar a las almas que se queden en esa iglesia. Ahora, les muestra el camino de salida, hacia el desierto. Y muchos no acaban de entender que hay que salir de Roma, de las estructuras que Roma ha creado para ser Iglesia. Esas estructuras no valen para nada. Ahora es cuando hay que comenzar a hacer la Iglesia remanente, en el desierto del mundo, unida en la Eucaristía.

Es Cristo el que une a las almas en la Verdad de Su Iglesia. Y una Iglesia que no adora a Dios en el Altar, sino que se dedica a las cosas del mundo -como se está haciendo diariamente-, no es la Iglesia de Cristo. Y hoy muchos altares son abominación. Sacerdotes, Obispos, que viven de sus lujurias y que ponen al demonio encima del altar para que todos le den culto.

Aquel que cambia la Palabra de Dios en un punto, en una coma, no es de Cristo. Aquel que interprete el Evangelio según la cultura de los hombres no es de Cristo. Aquel que haga de la Misa una reunión de hombres, para hacer sus obras del mundo, no es de Cristo.

Se es de Cristo porque se posee su mismo Espíritu, no porque se tiene una teología y un sacerdocio. Aquella Jerarquía, con labia fina y herética, que se alaba a sí misma, es la del anticristo. «Hijitos, ésta es la hora postrera»: Cristo viene, su Segunda Venida está a la vuelta de la esquina. «y como habéis oído que está para llegar el Anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera» (1 Jn 2, 18).

Francisco se ha hecho un anticristo; en su gobierno horizontal todos ellos se han hecho unos anticristos; toda la Jerarquía que apoya a Francisco y a su gobierno, se han hecho unos anticristos. Mucha Jerarquía que calla y no da la Verdad, porque no les conviene hablar ahora, también se han hecho unos anticristos. Queda muy poca Jerarquía humilde. Muy poca. Y sólo ellos pertenecen a la Iglesia remanente.

Porque muchos se han hecho anticristos en la Iglesia, por eso, el Señor viene. Pero nadie le espera, porque ya no hay fe. Roma ha perdido la fe, como la virgen lo profetizó y los hombres no han querido creerlo. Porque nadie, en la Jerarquía, cree en las palabras de la Virgen. Nadie. Cuando la Virgen toca a Roma y a los sacerdotes, la Jerarquía niega a la Virgen. Quieren una Madre que sólo les habla de amor, pero no quieren a una Madre que los castigue por sus muchos pecados.

Los anticristos salen de la Iglesia Católica, no del mundo: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (1 Jn 2, 19). Porque un anticristo tiene que conocer toda la doctrina de Cristo y oponerse en todo a ella. Es lo que hace Francisco y toda su panda de sinverguenzas en la Iglesia. En el mundo, la gente no tiene ni idea de lo que es Cristo y Su Iglesia. Pero la Jerarquía podrida sabe lo que está haciendo con la Iglesia en estos momentos, pero es maestra en mentir y en engañar a todo el mundo, y nadie cae en la cuenta. Hay mucha maldad en la Jerarquía: parecen santos y son todos unos demonios encarnados.

En la Silla de Pedro se sentará el Anticristo. Un falso Papa, un Papado renovado en todas las herejías es el que dará la bienvenida al Anticristo. Ese Anticristo no sólo será el jefe de la Iglesia, sino que será el jefe del mundo, porque el Anticristo tiene que oponerse en todo a lo que es un Papa verdadero, que nadie lo puede juzgar, que nadie lo puede tocar. Y, como la Iglesia va a caer en la herejía más terrible de todas, por eso, ese Anticristo se presentará como Cristo, como el Mesías en carne. Y, muchos, que comulgan y se confiesan lo van adorar como Dios.

Nadie medita lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo. Todos están esperando a un Sínodo para actuar ????. Es lo más absurdo: reunirse bajo la obediencia de un impostor, de uno que no escucha a nadie, sino sólo a su cabeza humana, para sacar una verdad para la Iglesia. Y la única Verdad que la Iglesia debe entender ahora es: Francisco no es Papa, es un impostor. Porque un Papa legítimo nunca puede renunciar al Primado de Juridicción sobre la Iglesia. Y, por eso, todo el poder de Dios está sobre Benedicto XVI. Si esta Verdad no la comprenden la Jerarquía, ¿para qué han estudiado teología? Para condenar almas al infierno.

Francisco es anatema

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El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad.

El Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia.

Un Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no como Obispo de Roma.

Por eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero. Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.

El Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la Iglesia.

Un Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.

Nunca un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como obra entre los hombres, en el mundo.

Un Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia. Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los hombres.

Un Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los hombres.

Es claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo, que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.

Francisco no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad, una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.

Francisco ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva economía y un nuevo orden mundial.

Francisco vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de condenar las almas al fuego del infierno.

Francisco no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para lo que se vive: la gloria de los hombres.

Un hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma. Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios divinos al alma.

Para Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente, lo quiera.

Francisco hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo natural, de lo material, de lo carnal.

Francisco es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el juego en esa locura.

Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:

1. Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la mente del hombre.

2. La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha recibido en su Elección.

3. Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa Verdad.

4. Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.

El Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los gobiernos del mundo.

Francisco aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres, las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo, haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del mundo, la política que se sigue en el mundo.

El Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa Martín I “Catholicae Ecclesiae universae”, en la cual promulga los decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es un documento ex Cátedra.

Las encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).

Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro, recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y, cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles, pero no en la sustancia, sino per accidens.

Y, por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los anteriores.

La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles. Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la doctrina.

Francisco, al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice. Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.

Francisco, al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía contra el verdadero Papa.

Pero Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido; es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia, anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.

Por tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira, pone el camino hacia el error.

En consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.

Unos Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.

Un Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.

Muchos, en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar toda la Iglesia.

Una Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la Iglesia. Viene mucho mal.

Por tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la mentira.

Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.

No se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco. Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda viendo el error, la mentira.

Francisco no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo. NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.

Francisco no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el Señor lo quita de en medio.

Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido» (1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gal.1, 8).

Francisco es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar» (Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco. La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa el pueblo, es lo que piensa Cristo.

La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia (…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].

Los que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos su comunismo en la Iglesia.

De Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo la Iglesia Católica.

La blasfema declaración conjunta

cisma

«deseo renovar la voluntad ya expresada por mis Predecesores, de mantener un diálogo con todos los hermanos en Cristo para encontrar una forma de ejercicio del ministerio propio del Obispo de Roma que, en conformidad con su misión, se abra a una situación nueva y pueda ser, en el contexto actual, un servicio de amor y de comunión reconocido por todos» (Discurso en la Basílica del Santo Sepulcro).

Francisco quiere dialogar el Papado: necesita encontrar una forma de ejercicio propio del Obispo de Roma, que esté abierta a una nueva situación y pueda ser un servicio de amor y de comunión reconocido por todos. En otras palabras, el Papado está a la venta. Se negocia la Silla de Pedro. Se negocia el gobierno de la Iglesia.

La misión de Pedro en la Iglesia es guardar la Verdad intacta, tal como Cristo la enseñó a sus discípulos. Hay que negociar esta Verdad y encontrar una fórmula de ser Pedro, de todos bajo Pedro, pero que guste a todo el mundo. «Una situación nueva», «un servicio de amor y de comunión».

Y el Papado no se negocia. Francisco puede negociar su bodrio de gobierno horizontal, porque ya Francisco ha anulado el Papado. Estas palabras, que ha dicho en Jerusalén, es lo lógico, es el fruto de su pecado, es el camino de su pecado.

Hay que cambiar el Papado, porque no sirve al mundo actual, a las culturas de las personas, a las sociedades, a sus economías, a sus políticas. Pedro se ha quedado anticuado. Hace falta un Pedro más moderno, más al estilo de Francisco. ¡Faltaría más! Hay que imitar a Francisco, ahora. Hay que exaltar su idea de la renovación del Papado.

Y ¿cuál es esa idea?

1. Diversidad, diferencias, divisiones: «Nuestro encuentro fraterno de hoy es un nuevo y necesario paso en el camino hacia aquella unidad a la que sólo el Espíritu Santo puede conducirnos, la de la comunión dentro de la legítima diversidad» (Declaración conjunta de Francisco y del Patriarca Ecuménico Bartolomé I ).

El falso ecumenismo es una mezcla del bien con el mal, de la verdad con la mentira, de la virtud con el vicio, del fruto sano con el fruto dañino: de estos desposorios no pueden nacer hijos buenos.

El falso ecumenismo acumula todos los errores y confunde todas las ideas. Si no se quitan las diferencias es imposible que el Espíritu Santo una; porque no se puede hacer una unión entre lo sagrado y lo profano, entre lo santo y el pecado, entre lo humano y lo divino. Para la unidad, lo profano tiene que desaparecer, el pecado tiene que aniquilarse en la persona, el hombre tiene que crucificar su voluntad humana para que sea divina. Donde hay diferencias ahí está el demonio. El demonio de la mente, que es el que divide la verdad, hace la diferencia de la verdad, pone a la verdad en entre dicho, discute cualquier verdad, dialoga con la verdad. Y, entonces, nadie cree en la verdad, nadie defiende la verdad, nadie lucha por la verdad. Todos atentos a la mentira, a la diferencia que tienen en sus mentes y en sus corazones.

2. «No se trata de un mero ejercicio teórico, sino de un proceder en la verdad y en el amor, que requiere un conocimiento cada vez más profundo de las tradiciones del otro para llegar a comprenderlas y aprender de ellas. Por tanto, afirmamos nuevamente que el diálogo teológico no pretende un mínimo común denominador para alcanzar un acuerdo, sino más bien profundizar en la visión que cada uno tiene de la verdad completa que Cristo ha dado a su Iglesia, una verdad que se comprende cada vez más cuando seguimos las inspiraciones del Espíritu Santo» (Ibidem).

a. Hay que comprender las tradiciones del otro para aprender de ellas: es decir, como los ortodoxos dicen que la Virgen María no es Inmaculada, sino que fue concebida en la carne de manera natural como cualquier ser humano, entonces comprendamos este pensamiento para aprender de él, y decir que la Virgen María ya no es Inmaculada. Ahora hay que predicar que María no nació santa sino que se hizo santa, y si ella pudo, nosotros también. No hay un común denominador, no hay una verdad que deba ser creída, no hay una base para edificar la verdad, sino que todo es ir a la evolución del pensamiento del hombre. Profundicemos y encontraremos la mentira que más nos plazca.

b. Es que hay que profundizar en la visión que cada uno tiene de la verdad: es decir, como los ortodoxos dicen que no existe el pecado original, sino que el pecado es la inclinación natural de hacer el mal; uno se separa naturalmente de Dios; no es el demonio el culpable; es que el hombre libremente, y de manera natural, peca. Conclusión: Dios ha hecho al hombre pecador, malo. Naturalmente puede pecar. Ya el hombre, naturalmente no es bueno, sino un demonio. Entonces, profundicemos en esta visión, tan dogmática, tan bien pensada, tan herética, porque pertenece a la verdad plena, completa, que el Espíritu inspira.

Si no se defiende la Verdad, sino que se defienden las tradiciones, los puntos de vista, las opiniones, los juicios contrarios, los gustos de cada uno, entonces, ¿qué significa esta declaración conjunta? La defecación de Francisco y de Bartolomé en medio de la Iglesia. El mal olor del alimento que comen los dos y que, después, lo dejan para que todo el mundo vea su pecado en la Iglesia.

3. «Y, mientras nos encontramos aún en camino hacia la plena comunión, tenemos ya el deber de dar testimonio común del amor de Dios a su pueblo colaborando en nuestro servicio a la humanidad, especialmente en la defensa de la dignidad de la persona humana, en cada estadio de su vida, y de la santidad de la familia basada en el matrimonio, en la promoción de la paz y el bien común y en la respuesta ante el sufrimiento que sigue afligiendo a nuestro mundo. Reconocemos que el hambre, la pobreza, el analfabetismo, la injusta distribución de los recursos son un desafío constante. Es nuestro deber intentar construir juntos una sociedad justa y humana en la que nadie se sienta excluido o marginado» (Ibidem). Y, mientras nos las pasamos en grande dialogando sobre nuestras tradiciones, nuestros puntos de vista, nuestras hermosas visiones del futuro, nuestras grandes inteligencias sobre el dogma, vayamos a lo concreto: comunismo.

a. Es que hay que dar testimonio común del amor a Dios a su pueblo: hay que llenar estómagos; hay que dar dinero; hay que enseñar la herejía a quien no la sabe; hay que hacer un bien común para que todos vivan felices, coman perdices, y sean aptos para irse al infierno: «Comían y bebían, tomaban mujer los hombres, y las mujeres marido, hasta que vino el día» (Lc 17, 27)…y todos de cabeza con Satanás, para toda la eternidad, porque hicieron el negocio de los negocios: tú me das pan, yo te doy mi alma.

b. Especialmente, hay que dar testimonio de ese amor con la santidad de la familia: en los ortodoxos, los malcasados pueden comulgar, los sacerdotes se pueden casar. ¡Y esto es la santidad de la familia para los ortodoxos! ¡Fornica, adultera!. Eso ya está bien. Además, el rito del matrimonio ortodoxo es inválido para la Iglesia católica. Entonces, además de hacer comunismo, ¿hay que cambiar los ritos litúrgicos? ¿se va a permitir la comunión para los pecadores, se va a aprobar que los sacerdotes puedan fornicar? Como hay que dar testimonio de lo que hacen los ortodoxos, de la santidad de su matrimonio…. Si queremos comunismo, hay que hacer lo que hacen ellos.

4. «Estamos profundamente convencidos de que el futuro de la familia humana depende también de cómo salvaguardemos –con prudencia y compasión, a la vez que con justicia y rectitud– el don de la creación, que nuestro Creador nos ha confiado. Por eso, constatamos con dolor el ilícito maltrato de nuestro planeta, que constituye un pecado a los ojos de Dios. Reafirmamos nuestra responsabilidad y obligación de cultivar un espíritu de humildad y moderación de modo que todos puedan sentir la necesidad de respetar y preservar la creación» (Ibidem). Estamos profundamente convencidos de la blasfemia de Francisco sobre el amor ecológico y su hipocresía en estas palabras.

a. El futuro de la familia, es decir, para que no haya abortos: ama la creación. Para que no haya divorcios: ama la creación. Para que no haya infidelidades: ama la creación. Ama lo creado, pero no luches por la verdad. Ama a nuestro planeta, porque si no lo amas, pecas. Es un pecado a los ojos de Dios. ¿Quién no siente indignación ante estas palabras, que son pura blasfemia a Dios?

No luches para que en el mundo ningún gobierno ponga leyes en contra de la vida humana. No hay que hablar tanto del aborto, del homosexualismo, de los preservativos, de la clonación… Esto ya no es un pecado. Ya no hay que juzgarlo como antes se hacía. Ahora se peca si no amas la creación. Tienes que amar lo que está maldito: «Maldita, Adán, la tierra (el cosmos, la Creación), por causa de tu pecado». Si no amas lo que Dios ha maldecido, entonces pecas contra Dios. Esta es la blasfemia de estos dos hombres, superinteligentes, que llaman pecado a lo que no es pecado. Y no se atreven a juzgar lo que Dios ha juzgado.

¡Esto produce indignación! Claro, como no existe el pecado original, entonces el pecado es que no amas lo creado.

Para respetar y preservar lo que Dios ha creado, los dones divinos, los tesoros de Dios en la Creación, que cada hombre respete y preserve su alma del pecado, de la ofensa a Dios. Si a los hombres no se les enseña esta Verdad, este dogma: existe el pecado original; existe el pecado como ofensa a Dios. Si no se enseña esto, se enseña la herejía: si no amas lo creado, estás pecando.

«Pues sabemos que la creación entera hasta ahora gime y siente dolores de parto» (Rom 8, 22), «pues las criaturas están sujetas a la vanidad, no de grado, sino por razón de quien las sujeta» (Rom 8, 20). Si todo lo creado está sujeto al pecado, no se puede amar lo creado. ¡Es imposible! Quien ama la vanidad es vanidoso. Quien ama el pecado, es pecador. Quien ama la tentación, cae en el pecado.

Para amarlo, se necesita la GRACIA. Para cuidar lo creado, se necesita la GRACIA. Para usar lo creado y sirva para que el alma se salve y se santifique, hay que estar en GRACIA, hay que hacer penitencia, hay que mortificarse y no usar lo creado, no amar lo creado, no sentir lo creado.

Esto es la vida espiritual: nada de lo creado ayuda para salvarse. ¡Nada! «Vanidad de vanidades, todo vanidad». Si el hombre no vive en GRACIA, si el hombre no hace oración, si el hombre no se mortifica y se desprende de todo lo creado, entonces el hombre no sabe amar lo creado, sino que siempre la va a usar mal. Siempre la va a estropear. Esto es el abc de la vida espiritual, las bases. Esto es tener dos dedos de frente.

Por eso, la indignación ante estas palabras de esos dos herejes que están revelando a todo el mundo que no hacen oración y que no hacen penitencia, ni por sus pecados ni por los pecados de los demás, sino que se pasan la vida no pisando las hormigas, no pisando el verde porque es un pecado contra Dios. ¡Pobre Francisco: la gente no ama la creación!. Ésta es toda su preocupación en la Iglesia: ama la creación y serás de la Iglesia, porque no pecarás. ¡Ama la maldición de lo creado!. ¡Ámalo!, porque es palabra de Francisco, nace de su gran inteligencia como hombre. Es el hombre que piensa la verdad, es el hombre que se llena la boca de la verdad, es el hombre que tiene en su lengua el trapo del demonio para anular toda verdad con su negra mentira. ¡Qué alma más negra la de Francisco!

«hacemos un llamamiento a todos los hombres de buena voluntad a buscar formas de vida con menos derroche y más austeras, que no sean tanto expresión de codicia cuanto de generosidad para la protección del mundo creado por Dios y el bien de su pueblo»: inútiles gobernantes de dos iglesias que son la cueva de todo el infierno en la tierra.

a. ¿En qué cabeza cabe hacer un llamado a gente no austera para que viva la austeridad? ¿Cómo te atrevemos a pedir penitencia a gente que no vive en la gracia, que tiene buena voluntad –todo el mundo tiene buena voluntad; todo el mundo es bueno; el hombre es bueno por naturaleza- pero que no tiene ni idea de lo que es el camino de la mortificación cristiana, el camino de la cruz?

b. Y, segundo: quieres que la gente sea austera por un motivo de dinero: no gastes tu dinero, sino que vamos a hacer un fondo común para que des tu dinero y así cuidemos el planeta, hagamos verde el planeta, tengamos un planeta que sirva para todo el pueblo. ¡Puro comunismo!

5. «Asimismo, necesitamos urgentemente una efectiva y decidida cooperación de los cristianos para tutelar en todo el mundo el derecho a expresar públicamente la propia fe y a ser tratados con equidad en la promoción de lo que el Cristianismo sigue ofreciendo a la sociedad y a la cultura contemporánea. A este respecto, invitamos a todos los cristianos a promover un auténtico diálogo con el Judaísmo, el Islam y otras tradiciones religiosas. La indiferencia y el desconocimiento mutuo conducen únicamente a la desconfianza y, a veces, desgraciadamente incluso al conflicto» (Ibidem). ¡Es urgente ser hereje y cismático! ¡Es urgente que la nueva fe, la nueva iglesia, los nuevos sacerdotes, sirvan a la cultura del mundo y a sus políticas! ¡Es urgente que todos los hombres sean libres para dar culto a sus dioses! ¡Que cada uno pueda exspresar su fe donde quiera! ¡Abramos la Iglesia Católica para dar la comunión a los protestantes, a los judíos, a los musulmanes! ¡Es urgente! ¡Es de urgencia, es de máxima prioridad hablar con los judíos y con los árabes y con todas las demás religiones!, porque hay que enterarse bien de lo que ellos piensan, de lo que ellos dan culto, para que en la Iglesia católica demos culto a Mahoma, a Buda, a los dioses hindúes, volvamos a la ley de Moisés, aprendamos la Tora, porque es el Nuevo Evangelio. ¡Hagamos fiesta con todas las religiones porque es hermoso bailar con el demonio e irse al inferno con el beso de la herejía y del cisma!.

Francisco y Bartolomé están haciendo realidad estas palabras: “recorréis mar y tierra para hacer un solo prosélito y, luego de hecho, le hacéis hijo de la gehena dos veces más que vosotros” (Mt 23, 15).

¡Ay de vosotros, Francisco y Bartolomé, hijos del demonio, que con vuestro lenguaje comunista, masónico y protestante, hacéis de la Iglesia vuestra gran mentira y vuestro gran negocio! ¡Os habéis sentado a la mesa, como dos reyes, para dialogar sobre la verdad, y sólo habéis meditado el mal que está en vuestros corazones, porque vuestro hablar ha sido de lo que había en vuestras mentes, abiertas a la escucha del demonio, con el oído atento a la murmuración del mal!. ¡Y habéis dado a luz vuestro demonio: una declaración para una herejía y un cisma abierto en toda la Iglesia!.

¡Oh insensatos que os fascináis por las obras de vuestras manos, como si fuerais los artífices del orbe! ¿Tan insensatos sois que, habiendo sido instruidos en la verdad, venís a dar con la mentira? Buscáis la unidad entre las iglesias, pero ¿acaso puede haber unidad, apartándose de la verdad revelada? Jesús es el Camino, la Verdad y la Vida. Y ¿puede existir unidad en la fe cuando no se aceptan todos los misterios de la fe? ¿Puede haber unidad entre los miembros del cuerpo de la Iglesia, cuando no se pertenece ni al cuerpo ni al alma de la Iglesia? ¿Puede haber unidad en la comunión del pan cuando no se cree en el Pan de vida bajado del Cielo? ¿Cómo es posible que pueda existir unidad en la verdad si se corrompe, se manipula y se atropella la verdad?

Una declaración conjunta que significa que la Iglesia se ha vendido. Que ya no hay Iglesia. Que, a partir de ahora, todo cambia para peor. Que los tiempos son distintos y que no hay que esperar nada de los hombres, porque ellos, los que gobiernan la Iglesia, han decidido destruirla.

La ciudad de Babel en el Santo Sepulcro

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«Cuando cristianos de diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia» (Discurso de Francisco en el encuentro ecuménico en la Basílica del Santo Sepulcro).

Cuando un ortodoxo, un evangélico, un protestante, un católico, uno de cualquier secta cristiana o religión, sufren juntos, y se ayudan unos a otros, entonces se realiza el ecumenismo del sufrimiento.

Esta novedad es el cisma en la Iglesia Católica. Esto no se puede decir y quedarse tan tranquilo, como si esta predicación fuera sentida, verdadera, llena de unidad entre los hombres.

Hay que saber lo que se está diciendo, para no hablar disparates.

Jesús es el primero en desear que exista una verdadera unión entre las diversas iglesias, para que todas sea una en Él, que es la Cabeza de la Iglesia.

Cuando se dice: todos en uno, se está indicando que existe, entre muchos, una unidad. Y ésta sólo se da cuando el grupo que forma esta unidad tiene un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo Bautismo y un solo Señor, Dios y Padre.

Esta sintonía espiritual debe estar en todos los miembros que forman el Cuerpo Místico. Si no está en todos, no es posible que todos sean uno, como el Padre y Jesús son uno. No es posible, cuando algo falla: si hay pensamientos discordantes, que dividen, que llevan al error, a la mentira; si los corazones no están en la Gracia, sino que permanecen cerrados al Espíritu, por el pecado; si no se siguen todos los dogmas, todas las verdades, la ley divina y la ley natural, sino que cada uno interpreta la verdad como le parece; si el sentimiento de lo divino se anula por el sentimiento de lo humano, poniendo lo humano como centro del culto divino; entonces, es claro, que Cristo no está en los miembros y ellos tampoco están en Él.

Para que se dé esa cohabitación entre el Creador y las criaturas, el hombre debe desterrar de su corazón el error y amar la verdad.

Consecuencia: por más que un católico, que sigue todas las verdades, todos los dogmas, sufra junto a un protestante, que no sigue ninguna verdad, que hace de la vida moral su propio pensamiento, su propio ideal, que da culto a su libertad por encima de la verdad; por más que se sufra juntos y se ayuden juntos, unos a otros, no existe unidad, unión, ni entre el católico con el protestante, ni entre Cristo y el protestante.

Esto, si no se tiene claro, se dice la herejía del ecumenismo del sufrimiento.

Tamaña barbaridad sólo puede venir de la boca de un hereje y de un cismático, como es Francisco, que en la mañana ha predicado su herejía del humanismo, para confirmarla, en la tarde, en el encuentro ecuménico.

Los sufrimientos humanos no nos unen a Cristo, no producen la unidad entre los cristianos y Cristo. Porque la unión entre el Padre y Jesús es la unión en la Voluntad Divina. Jesús hizo la Voluntad de su Padre, que consistía en sufrir y morir en la Cruz por todo el género humano. Para esto vino Cristo a la tierra. Y no para otra cosa.

«que todos sean uno; como tú, Padre, en Mí y Yo en ti» (Jn 17, 21). El Padre y Jesús son uno en la única Voluntad Divina. El Padre, en Jesús, es uno; Jesús, en el Padre, es uno. El Padre pone en Su Hijo, su Voluntad. Y el Hijo obra, en el Padre, su Voluntad. Sólo es posible ser uno en la Voluntad. El Hijo sufrió para hacer la Voluntad del Padre. Y no podía no sufrir, porque el Padre le mandó a la Cruz. El Hijo se mantuvo en la Voluntad de Su Padre en la Cruz, haciendo de su vida un camino a la muerte en Cruz. El Hijo vivió para morir en una Cruz. De esta manera, nunca se salió de la Voluntad de Su Padre.

Y Jesús enseña este camino al hombre: el de la Voluntad de Dios. Si los hombres no sufren para cumplir los mandamientos de Dios, las leyes divinas, las leyes naturales, entonces se salen de la Voluntad de Dios. Si los hombres no quitan de sus corazones los errores, los apegos a la vida, los proyectos que conciben para vivir bien, según sus voluntades humanas, entonces se desprenden de la Voluntad de Dios para sus vidas.

Y, por más que sufran en sus vidas humanas, por más que pasen hambre, estén enfermos, sientan el abandono de los hombres, reciban injusticias de los hombres, rechazos, si no sufren con Cristo, si no permanecen en la Gracia para dar valor a esos sufrimientos humanos; si se sufre por algo humano mientras se vive de espaldas a la ley de Dios, entonces Cristo no está en el que sufre, ni el que sufre está en Cristo.

La Voluntad de Dios no está en el sufrimiento de los hombres, no permanece en el hombre que sufre y que vive, al mismo tiempo, alejado de la verdad por sus pecados.

Ni el hombre que sufre viviendo en un estado de pecado habitual tiene en su corazón a Cristo. No puede tenerlo, porque el pecado impide la Gracia, que Cristo ha obtenido de Su Padre por ser Uno con Él, en el Calvario.

Este hombre, Francisco, dice su palabrería y la gente no sabe discernir lo que habla con su boca de dragón.

«Y habrá un solo rebaño, bajo el cayado de un solo Pastor» (Jn 10, 16). Francisco ha entrado por otra puerta en la Iglesia, saltando los muros, y camina y hace caminar a las almas por otros senderos: su humanismo. Y lleva a esas almas al precipicio de la condenación eterna.

«se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia».

Así que los católicos, los ortodoxos, los protestantes, los evangélicos, etc…, son todos santos. Esto es lo que está diciendo ese hombre. Como todos están unidos, porque sufren juntos, porque se ayudan unos a otros, entonces sus obras son merecedoras del Cielo, ya que irradian la santidad en los lugares que se da esa unión, y Dios, a través de sus santos, confirma, para toda la Iglesia, esa unión.

Tamaña herejía sólo puede provenir de la boca de un hombre que no sabe hablar la Verdad, con el respeto que ésta tiene, por ser Cristo la verdad de todo hombre.

Francisco pretende enseñar a Dios y corregir los designios de Dios. Esta es su soberbia manifiesta. Está diciendo que los sufrimientos de todos los hombres son sagrados, santos, y que Dios lo confirma con la comunión de los santos. Esto es un espíritu soberbio, prepotente, orgulloso y arrogante, que quiere alcanzar el Cielo con las solas fuerzas humanas. Quiere llevar al Cielo a los hombres por el camino fácil: sus sufrimientos en sus vidas los salva. No necesitan creer en otras cosas. Esos sufrimientos nos unen en la Voluntad de Dios y nos dan, no solo la salvación sino la santificación.

Gran herejía porque el cisma está abierto ya en la Iglesia Católica.

Francisco no desea estar en la Iglesia ni llevar las almas al cielo. Lo único que desea es suplantar a Dios, ponerse en su lugar y mostrar al hombre el camino de su inteligencia humana: lo que él ha vivido toda su vida, eso es lo que enseña ahora sentado en la Silla de Pedro: su herejía del humanismo, del sentimiento de la ternura; una ternura que es vicio, que no procede de la virtud de la templanza ni del don de la sabiduría divina.

Por eso, Francisco está construyendo una iglesia que es la ciudad de Babel, que emerge hoy de las cenizas, porque jamás ha habido en la Iglesia tanta soberbia, orgullo, prepotencia y arrogancia, en toda la Jerarquía. Y ése es el sello de Satanás. Y esta soberbia induce a muchos hombres, a mucha gente de Iglesia, a levantarse contra Dios y contra Su Ungido, Jesucristo, y a creerse con derecho de dejar la Tradición, los dogmas, las enseñanzas de siempre, porque valoran, por encima de todo, sus vidas humanas y sus problemas como hombres.

«Los modernistas y apóstatas se sentirán liberados de las normas, de las Tradiciones y el Dogma, y trazarán un Magisterio a su capricho y acorde con el espíritu del mundo y no con el Espíritu Santo, por ello, perderán la Línea de la Gracia y no será ya la Iglesia que comenzó el día de Pentecostés, sino que quedará en una institución solamente humana como tantas otras. Se integrarán en eso que llamáis “globalización” y en una religión única que acoge a todas las religiones, respetando a cada una, con el nombre y el pretexto de la catolicidad, esto dará apertura a que un árabe como Maitreya, pueda introducirse en la religión “católica” y exponer su doctrina de Anticristo en los templos católicos, pues en las personas ya lo están haciendo hace años. Lo que hoy os parece un imposible se hará realidad, cumpliéndose la profecía de Daniel en los versículos 30 al 36 del capítulo 11» (Pequeña alma. España. 2001).

Conspiración contra la Iglesia Católica

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El viaje de Francisco a Jerusalén estará formado por: un cristiano, un judío y un musulmán. Es un viaje planeado por los Illuminati, porque este grupo tiene una meta: imponer el Novus Ordo Saeculorum (o seclorum): el Nuevo Orden de los siglos o del Mundo, que es un plan global para el dominio mundial.

«En el momento preciso en la historia, el Papa visitará el sector combinado Judeo/Cristiano/Musulmán para anunciar que todas las religiones deberían ser combinadas en una. Esta acción finalmente destrabará “el atolladero” de Medio Oriente». (Bill Lambert – líder Illuminati de alto rango-, Casa de Teosofía, Boston Massachusetts, hablando en el seminario llamado “Eventos posibles y probables del futuro” – Agosto 18,1991).

La masonería está interesada en que un Papa sea el que manifieste la unidad entre cristianos, judíos y musulmanes.

Francisco va como cristiano a Jerusalén, no como católico: «Los no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo» (Evangelium gaudium – n 254). Estas palabras reflejan su fe.

Su fe no es la de un católico (no cree en el Dios de los católicos); su magisterio no guarda la Tradición ni las enseñanzas de la Iglesia Católica; su palabra no es la de un Papa, sino la de un falso Papa, un falso Profeta, que gusta a todo el mundo, menos a la verdadera Iglesia Católica.

Habla de la conciencia que justifica, anulando la gracia de Cristo, que es la que justifica al hombre:

«Pero ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado, atestiguada por la ley y los profetas, justicia de Dios por la fe en Jesucristo, para todos los que creen —pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios— y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien Dios exhibió como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia, pasando por alto los pecados cometidos anteriormente, en el tiempo de la paciencia de Dios; en orden a mostrar su justicia en el tiempo presente, para ser él justo y justificador del que cree en Jesús» (Rm 3 ,21-26). Es necesario creer en Jesús para recibir la gracia del arrepentimiento y comenzar a ser una criatura nueva. La conciencia no justifica a nadie de su pecado; no quita el pecado de nadie. Quien vive fiel a su conciencia se hace infiel a la Gracia de Cristo.

Francisco se atreve a decir una blasfemia: «Pero, debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios» (Evangelium gaudium – n 254). Si los no cristianos no creen en Cristo, entonces Dios no puede obrar en ellos nada. Y sus ritos, sus cultos, sus religiones son sólo un camino para el infierno.

La blasfemia de Francisco consiste en decir que la gracia actúa en ellos también: «debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante». Cristo da su gracia a todo el mundo. No importa que no se esté bautizado, porque «El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía. Los cristianos también podemos aprovechar esa riqueza consolidada a lo largo de los siglos, que puede ayudarnos a vivir mejor nuestras propias convicciones» (Evangelium gaudium – n 254). Así no habla un Papa verdadero en la Iglesia Católica, sino un hombre que se ha sentado en la Silla de Pedro, para que los demás digan que es el Papa y él pueda decir y hacer lo que le da la gana desde ese puesto. Es claro que no es posible obedecer a un hombre que no tiene ni idea de lo que es la Iglesia Católica ni lo que es ser Papa en Ella.

Francisco no va a Jerusalén representando a la Iglesia Católica, sino a su nueva iglesia: representa a todos los cristianos del mundo que no pertenecen a la Verdad, que no se convierten a la verdadera fe. Él representa a la iglesia llena de pecadores que ya no les interesan ni los dogmas ni la ley de Dios, ni la Tradición, sino que se pasan la vida con novedades y con fábulas que producen los abortos de su inteligencia humana.

Él va para hacer una unión entre tres fuerzas: cristianos (mundo), judíos y musulmanes.

“La unión que nosotros crearemos no será francesa, inglesa, irlandesa o alemana, sino una Unión Mundial judía… Bajo ninguna circunstancia un judío debe favorecer a un cristiano o a un musulmán; no antes que llegue el momento cuando el Judaísmo, la única verdadera religión, brille sobre el mundo entero” (“Manifiesto” de Adolph Isaac Cremieux –grado 33- Gran Maestro de la Orden del Rito ‘Memphis-Misraim’ y Maestro del ‘Gran Oriente’ de Francia – 1863).

Ahora, los judíos están con Francisco, favorecen a Francisco, que representa la idea cristiana y que está gobernado la Iglesia Católica de una manera fraudulenta, usurpando lo que no es suyo, pero con el apoyo de toda la Jerarquía, que tiene una venda en los ojos, y que ya no puede hacer nada para impedir la ruina de toda la Iglesia. Han puesto a un hombre sin fe –y eso lo conocían y, por tanto, son culpables de su pecado- y ahora no hay manera de volverse atrás. Su equivocación es su castigo dentro de la Iglesia.

Francisco es el hombre que recuerda que el pueblo judío fue el primero que aceptó la Palabra de Dios en Abraham y en Moisés: «Creemos junto con ellos en el único Dios que actúa en la historia, y acogemos con ellos la común Palabra revelada» (Evangelium gaudium – n 247).

Y Francisco enseña que esa misma Palabra de Dios ha sido enseñada por Mahoma: «Nunca hay que olvidar que ellos, confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco une dos pueblos diferentes: judíos y los árabes, que se convirtieron en musulmanes. Francisco enseña el amor hacia el pueblo de Abraham, Isaac y de Jacob, iniciado con los judíos y continuado con los musulmanes. Enseña a amar a los musulmanes porque conservan enseñanzas del Evangelio. Y recuerda el atributo esencial que el Corán enseña, y que también está en la Tora y en el Evangelio: la Misericordia: «Los escritos sagrados del Islam conservan parte de las enseñanzas cristianas; Jesucristo y María son objeto de profunda veneración y es admirable ver cómo jóvenes y ancianos, mujeres y varones del Islam son capaces de dedicar tiempo diariamente a la oración y de participar fielmente de sus ritos religiosos. Al mismo tiempo, muchos de ellos tienen una profunda convicción de que la propia vida, en su totalidad, es de Dios y para Él. También reconocen la necesidad de responderlo con un compromiso ético y con la misericordia hacia los más pobres» (Evangelium gaudium – n 252).

Francisco invita a los jefes de todas las secciones del Islam para insistir, por lo menos en dos de los cinco mandamientos de los musulmanes: la caridad y la oración: «¡Ruego, imploro humildemente a esos países que den libertad a los cristianos para poder celebrar su culto y vivir su fe, teniendo en cuenta la libertad que los creyentes del Islam gozan en los países occidentales!» (Evangelium gaudium – n 254) . Antes ha llamado a la caridad a los cristianos: «Los cristianos deberíamos acoger con afecto y respeto a los inmigrantes del Islam que llegan a nuestros países, del mismo modo que esperamos y rogamos ser acogidos y respetados en los países de tradición islámica» (Evangelium gaudium – n 254).

Estas son señales alarmantes de una gran conspiración contra la Iglesia, que se lleva ya a cabo de forma descubierta dentro de la misma Iglesia.

Francisco nunca entendió la naturaleza del islam: «el verdadero Islam interpretación del Corán se oponen a toda violencia» (Evangelium gaudium – n 253). Y, entonces, enseña una herejía, diciendo que ellos: «adoran con nosotros a un Dios único, misericordioso» (Evangelium gaudium – n 252).

Nunca hay que olvidar que el fenómeno del Islam niega directamente el misterio de la Santísima Trinidad y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Y, por tanto, no puede sostenerse lo que dice Francisco.

El islamismo es la manifestación del Anticristo para destruir, con su fuerza militar, la cristiandad; pero no lleva en sí la idea de construir un orden mundial. Los judíos son los que conciben su religión como un reino del mundo y, por lo tanto, trabajan para que se dé esa religión en el mundo entero.

«El judío cree que está destinada para él la soberanía de los pueblos. Tiene una gran idea de su superioridad, un profundo desprecio por los demás y es hombre de pocos escrúpulos» (“Comunistas, judíos y demás ralea” – Pío Baroja)

Los judíos luchan en contra del islamismo: «El amor de los judíos a su pueblo sólo se traduce por odio a los demás pueblos de la tierra; odio disfrazado de amor a una idea, que es lo más abstracto que puede amarse y en nombre de la cual se predica la destrucción de todo lo existente, Humanidad inclusive. Donde veáis ruinas y estragos, podéis asegurar que por allí ha pasado el judío» (Jacinto Benavente – “Memorias, parte 1”). Nunca el judío aceptó la idea musulmana de la Biblia. Siempre la combatió, porque el fenómeno del Islam cree que son los que perfeccionan la Revelación de Dios. Son el culmen del pueblo judío. Y eso no les gustó a los judíos.

Los Illuminati controlan todo el movimiento masónico. Controlan a los Rotarios, a los Leones, la diferentes Logias, Comisiones, Grupos y Clubs.

El plan de los Illuminati tiene un objetivo principal: destruir la Iglesia Católica, que es una Sociedad Perfecta, con independencia de cualquier Estado del mundo. Los países del mundo y la Iglesia Católica están separados totalmente. Tienen convenios, pero nadie puede meterse con la Iglesia desde los gobiernos del mundo. Nadie legisla la Iglesia con las leyes del mundo, de los políticos. Nadie puede juzgar a la Iglesia desde los tribunales del mundo.

La Iglesia Católica tiene poder espiritual sobre todos los países; pero no tiene poder político ni económico, ni cultural, ni social, sobre ellos. La Iglesia tiene el deber de corregir lo moral, lo ético, lo espiritual, que se dé en los países. Pero no tiene que corregir nada que esté fuera del campo espiritual.

Por eso, es necesario destruir la Iglesia y su poder espiritual sobre todo el mundo. Ellos, para poder ejercer su dominio total en el mundo deben aniquilar el poder espiritual que tiene la Iglesia sobre todo el mundo, incluso sobre ellos mismos.

Los Illuminati tienen una táctica para conseguir su meta: «Conságrense ustedes mismos al arte del engaño, el arte de enmascararse, espiando en otros y percibiendo sus más profundos pensamientos» (Weishaupt). De esta manera, en lo oculto, con una máscara, se introducen en todas partes; también, por supuesto, en la Jerarquía de la Iglesia, formando así una falsa Jerarquía. Se infiltran para investigarlo todo y ver la manera de conseguir su fin, porque un principio de los Illuminati es: «el fin justifica los medios».

«… pero ¿para qué crió Dios a los judíos, si no para que nos sirvieran de espías?» (Duque de la Victoria: Israel Manda (Profecías cumplidas-Veracidad de los Protocolos). Editorial Época. Cuarta Edición. México D.F. 1977).

Ellos emplean el chantaje, la mentira, toda clase de engaños, el terrorismo, para alcanzar sus objetivos: «Realizaré una acción, si es pedida por la orden, a la cual no puedo no consentir, aun cuando (vista en su conjunto) fuese verdaderamente incorrecta» (Documento Nachtrag von weitern Originalschriften – Munich, 1787).

Para escalar el poder, se impone la obediencia al grupo: «Yo nunca usaré mi posición o mi puesto contra mi hermano». De esta manera, van poniendo sus hombres en lo alto de los gobiernos y en la cúpula de la Jerarquía de la Iglesia. Todos se conocen y nadie va en contra del otro. Todos están allí para conseguir sus objetivos. Todos trabajan en lo oculto, sin mostrar sus verdaderas intenciones, haciéndose pasar por otras personas, no revelando lo que realmente piensan. Ocultan sus mentes, sus intenciones. Piensan muchas cosas, pero no revelan lo que realmente piensan. Muestran al exterior un pensamiento que no es el de ellos. Hablan lo que el otro quiere escuchar, pero nunca van a hablar de sus verdaderas intenciones en lo que hacen. Son astutos en las palabras. Son serpientes en sus obras. Y todo lo que realizan al exterior es un teatro, una farsa, un modo más de engañar a todos. Mientras hacen toda esa comedia, en lo oculto, por debajo, se mueven todos los hilos del poder.

Los poderes invisibles de los Illuminati nadie los conoce. Ellos ponen sus hombres al exterior y los quitan cuando ya no conviene mantenerlos. Y esos hombres obedecen a esos poderes invisibles. Son sus marionetas. Y Francisco es una de ellas. Y no pueden no obedecer. No pueden rebelarse.

Religión, nacionalismo, patriotismo, lazos familiares, son reemplazados por una sola y fuerte lealtad a las causa del Illuminati: el nuevo orden mundial. Todo cae, cualquier sentimiento de lealtad se pierde, se abandona por el orden que establece este grupo.

Los puntos principales de este plan de los Illuminati son:

1. la supresión de todas las religiones, sin ninguna excepción. No hay doctrina, no hay iglesia, no hay secta que quede en pie.

2. la supresión de todos los sentimientos de nacionalidad y, por tanto, la abolición de todas las naciones, para que pueda surgir un nuevo mundo, una nueva nación para todos.

3. la transferencia de toda propiedad, ya privada, ya nacional, pública, a las manos de ese poder invisible, mediante leyes taxativas, impuestos a los ingresos, confiscación del dinero de los bancos, etc., con la sola intención de debilitar la sociedad. Es decir, crear un caos económico en todo el mundo, que vaya creciendo de muchas maneras, hasta que se produzca una gran depresión parecida a la del 1929.

4. un sistema de espionaje y denuncias que lo abarque todo, que lo vea todo, para tenerlo todo bajo control y saber moverse en cualquier país, en cualquier situación que los hombres hagan.

5. una regla moral global, en la que la fraternidad y el diálogo entre los hombres estén juntas para una sola cosa: someterse a una única voluntad de ese poder invisible. Todos deben dar su libertad a esos hombres. Y, para conseguir eso, hay que comenzar por hacer creer que los hombres son libres en un mundo dominado por una voluntad que obra en lo oculto.

Para instaurar un gobierno mundial es necesario abolir todas las formas de gobierno, patriotismo, religión, familia. Y, para eso, hay que emplear ideologías, de todo tipo (Nihilismo, liberalismo, fascismo, marxismo, comunismo, socialismo, Nueva Era, ecologismo) para meter las frases, las palabras, los sentimientos, que van a unir a todos los hombres. Hay que darles a los hombres lo que ellos piensan. Y, entonces, están contentos, son felices, podrán seguir a uno que les diga lo que ellos quieren.

Ese poder invisible no tiene una ideología concreta. Sólo tiene un fin: poner un hombre que lo gobierne todo: el Anticristo. Trabajan para este fin. Los medios: todos los que sirvan para colocar al hombre del mundo, al hombre del pueblo, al hombre de las ideologías humanas. Es el hombre que lo une todo, que reúne todas las ideologías, pero que es distinto a cualquier hombre, a cualquier ideología.

Los Illuminati son los enemigos de la libertad, de la verdad, del hombre. Pero se hacen pasar por los amigos de todo el mundo.

El poder de este grupo sólo es mantenido por ciertas personas escogidas, selectas. Los demás son un “don nadie”. Sólo ellos saben cómo se mueve todo en todas partes. Por eso, ellos son una dictadura ilimitada, sin fronteras, sin gobiernos, sin una política que asuman. Las quieren todas, pero gobiernan ellos a la sombra.

«Hoy en día los judíos mandan en el mundo a través de otros. Hacen que otros luchen por ellos» (Mahathir Mohamad – Discurso de apertura de la cumbre de la Organización de la Conferencia Islámica. Putrajaya (Malasia) 16-10-2003).

Francisco conspira contra la Iglesia Católica en su viaje a Jerusalén. Después de ese viaje, muchas cosas cambiarán, porque ya no hay tiempo. Las cosas están tan en su punto, que o se elige seguir a un hereje o se elige ponerse en contra de ese hereje dentro de la Iglesia. Que cada uno elija lo que quiera. De esa elección saldrá su condenación o su salvación.

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