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Objetivo del Sínodo: destruir la Iglesia por completo

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Todos han perdido el tiempo estando atentos al viaje del usurpador a Cuba y EE.UU, y todos perderán su tiempo esperando algo bueno en el falso Sínodo que comienza ahora.

«Mis enemigos se reúnen, y se levantarán contra Mí y Mi Iglesia Fiel» (Jesús a un alma escogida): esto es ese falso Sínodo. Ahí se van a reunir los enemigos de Cristo para levantarse, con orgullo, con soberbia, contra Cristo y Su Iglesia.

«Mis enemigos se reúnen»

Jorge Mario Bergoglio es enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica. El líder, la pieza clave para que todo el aparato masónico pueda moverse libremente en las Alturas de la Iglesia.

Pero, también son enemigos de Cristo, todos los demás que tienen a Bergoglio como papa.

Enemigo de Cristo es aquel que obedece a un hereje en la Iglesia.

Enemigo de Cristo es aquel que, versado en la tradición y en el magisterio de la Iglesia, los tuerce sólo para complacer la mente del hereje.

Enemigo de Cristo es aquel que conociendo la herejía de Jorge Mario Bergoglio lo declara papa de la Iglesia Católica.

«Mis enemigos se reúnen»

Cristo no estará en el centro del Sínodo. La Verdad ha desaparecido de la Iglesia. Sólo queda la mentira promulgada por la mente del usurpador.

El Espíritu Santo no puede soplar en aquellas almas sacerdotales que no saben discernir a un hereje en la Iglesia. Los Obispos tienen el poder de excomulgar a Bergoglio y no lo hacen. No esperen que el Espíritu de la Verdad esté en las bocas de esos Obispos.

El centro del Sínodo: la mente de Jorge Mario Bergoglio. Y todos dando vuelta al contenido de esa mente llena de errores, de oscuridades y de ambigüedades.

Todos han caído en el hechizo del espíritu del Falso Profeta. Están aprisionados en su mente humana, y sólo pueden abrir sus bocas para bendecir a un hereje en la Iglesia. Sólo saben aplaudir la maldad que ese hombre obra públicamente.

«Mis enemigos se reúnen»

Van a destrozar a Cristo y a Su Iglesia en el Sínodo.

Y, al final, se verán los aplausos de toda la Jerarquía hacia el impío, hacia su maniobra, aceptando la maldad que trae esta obra demoniaca.

En el Sínodo está todo amañado. Lo que va a suceder es sólo una pantalla exterior para dar publicidad a la doctrina impía en la Iglesia, que ya está siendo preparada.

Una treintena de personas están elaborando el documento final del Sínodo en la que se legisla el pecado en la Iglesia.

Todos los Cardenales, Obispos, se reúnen bajo la mente de un hereje, bajo su dictadura, su autocracia.

Por lo tanto, no van a poder ejercer el Magisterio de la Iglesia porque estarán unidos bajo un hombre que no es el Romano Pontífice. Un hombre que sólo busca, en la Iglesia, la gloria para sí mismo. Un hombre que los ha engañado en todo y que sólo vive para engañar a la Iglesia.

Lo que saldrá, por tanto, de esa reunión será siempre el error, la mentira, la duda y la clara herejía.

A ese falso Sínodo no se va a deliberar y a decidir sobre temas eclesiásticos, sino sobre asuntos que son inaceptables para la Iglesia Católica.

Se reúnen para tratar lo que es ya herejía, lo que no tiene vuelta de hoja, lo que no se puede obrar sin violentar claramente los mandamientos divinos.

«.. abrirá las puertas de la Iglesia a todo pecador, a todo soberbio que contradice Mis Leyes y  Decretos Divinos,  acomodando sus leyes a su propia conveniencia, pisoteando así Mi Ley Divina y Mi Autoridad» (Jesús a un alma escogida).

El resultado carecerá, como todo lo que hace Bergoglio en la Iglesia, de valor divino, porque será sólo ratificado por una potestad humana, que es el gobierno horizontal impuesto por Bergoglio en la Iglesia, un organismo externo que, por sí mismo, produce el cisma en la Iglesia.

Comienza el cisma oficial en la Iglesia:

«El 4 de octubre 2015, en memoria a este Santo y Mártir de Mi Pasión [San Francisco de Asís]… se abrirá un sello dentro de Mi Iglesia… a fin de que se manifieste, abiertamente, el espíritu de Impiedad, que hasta ahora se ha ocultado a muchos: el espíritu de la Mentira, el espíritu de la Gran  Apostasía, que dará abiertamente el inicio en la preparación de la destrucción de Mis Leyes, por el espíritu de Impiedad y del Mal, que obra ya en todos Mis enemigos, que buscan -y se han propuesto- destruir a Mi Iglesia, desde la más Alta Jerarquía, el obispo de Roma y sus seguidores».

En esa reunión se va a manifestar abiertamente el espíritu de la Impiedad, que es el espíritu propio del Impío, del Falso Profeta y del Anticristo.

El hombre impío es el que desprecia a Dios y a su Ley, combatiendo con un poder humano la Autoridad Divina.

El hombre impío es hostil a Dios, persigue la Verdad, la ataca de muchas maneras, hace propaganda del error y de la mentira, con el sólo fin de aniquilar toda verdad.

Ese espíritu de impiedad «hasta ahora se ha ocultado a muchos», porque se necesitaba tiempo para ir haciendo la nueva doctrina, las nuevas leyes, el nuevo credo. Mientras tanto, se entretenía a las masas con la oratoria magistral de Jorge Mario Bergoglio.

Una oratoria que es propia de la sabiduría diabólica, aprendida en el mundo y ejercida, durante años, en la Iglesia, arrastrando consigo a muchas almas hacia la perdición eterna.

Ahora, ha llegado el tiempo de quitarse la careta, de que todos contemplen las verdaderas intenciones de aquel que se hace llamar papa sin serlo. Todos verán su traición.

Y son ellos mismos los que lo van a hacer. Tienen que hablar claro porque ya no pueden ocultar más el desastre que se vive en toda la Iglesia. Desastre que ellos mismos ha obrado y que ya ha dado su fruto perfecto en el mal.

Ese espíritu de impiedad «dará abiertamente el inicio en la preparación de la destrucción de Mis Leyes»: después del Sínodo comenzarán a sacar leyes que destruirán las leyes de la gracia, las leyes divinas y las leyes naturales.

Los Sacramentos experimentarán una involución: se introducirán elementos nuevos y extraños, que romperán la esencia del Sacramento y lo acabarán por anular en la misma Iglesia. Lo último que desaparecerá será la Eucaristía con la aparición de la nueva jerarquía, en donde la mujer tendrá parte esencial en ella.

Los Mandamientos de Dios serán anulados completamente, dándose una nueva interpretación más conforme a las necesidades de la gente. Del pecado se dirá que ya no existe, y que lo único que hay que valorar en la Iglesia es la persona humana, con sus ideas, sus vidas, sus obras.

Todos los pecadores podrán acceder a todos los Sacramentos sin necesidad de quitar el óbice del pecado. La confesión sólo será un tribunal psiquiátrico, en donde se enseñará a la persona a ser más humana y a buscar en su vida la felicidad natural.

Se impondrán leyes contra natura, inventándose el matrimonio de los homosexuales, y dando valor a los pecados de impureza más comunes, como la masturbación y el onanismo. Se enseñará que el sexo es sólo una función orgánica del hombre. Y se educará a los niños en toda impureza carnal.

¿Qué cree la gente que buscan en el Sínodo la Jerarquía?

«… buscan -y se han propuesto- destruir a Mi Iglesia, desde la más Alta Jerarquía, el obispo de Roma y sus seguidores».

¡Déjense de falsas esperanzas!

Se han propuesto destruir la Iglesia. Y no hay otro camino. No hay otra solución. No hay punto de retorno.

«Caminamos como Iglesia hacia una renovación profunda y global… Los misioneros, los evangelizadores… son los primeros en darse cuenta de los insuficientes que son las formas de acción tradicionales… El papa [Francisco] quiere llevar la renovación de la Iglesia a un punto de no retorno» (Cardenal Oscar Madariaga).

Destruir el magisterio auténtico de la Iglesia: los dogmas, los Sacramentos, la liturgia.

Ya ha sido anunciada la venida del hombre impío, «que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4).

Estas Palabras Divinas han quedado en el olvido de muchos católicos que se han vuelto paganos dentro de la Iglesia, y que no son capaces de discernir los Signos de los Tiempos: no ven la apostasía que hay dentro de la Iglesia.

Están aplaudiendo las obras de pecado de un hombre que sólo habla lo que encuentra en su mente humana.

Lo están llamando papa sabiendo que ni habla ni obra como un papa.

Lo están defendiendo conociendo que es el primer culpable de la situación actual de la Iglesia.

«El misterio de iniquidad ya está en acción» desde el principio de la historia, cuando Adán despreció, como un hombre impío, el mandamiento de Dios.

Adán quiso ser dios:

«… es que sabe Dios que el día que de él comáis se os abrirán los ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal» (Gn 3, 5).

Y Dios lo expulsó del Paraíso:

«He aquí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre. Y le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén» (Gn 3, 22.23).

Esta impiedad de Adán se repite constantemente en toda la historia del hombre, obrando Dios con el hombre Su Justicia.

Esta impiedad se ve en Jorge Mario Bergoglio: quiere ser como dios. Quiere decidir por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo. Quiere sus leyes de la gradualidad en la Iglesia.

Y se reúnen con él, en el falso Sínodo, para asestar el golpe definitivo a la Iglesia Católica.

«… se abrirá un sello dentro de Mi Iglesia…»: la apertura de un sello significa la obra de la justicia divina.

«El primer sello es la apostasía, vista no solo entre los no creyentes, sino entre aquellos que profesan conocerme y aquellos que públicamente proclaman su amor por Mí. Este es el momento cuando la verdadera fe será torcida, cuando ustedes Mis hijos, son presentados con una doctrina diluida, la cual es un insulto a Mis enseñanzas. Les digo, hijos, que cuando vean creencias falsas nuevas y doctrinas religiosas surgir, sabrán que este es el tiempo para que primer sello sea revelado» (MDM, 7 marzo 2012).

La apostasía está en la Iglesia desde hace 50 años, obrada por la Jerarquía masónica en contra de todos los Papas.

Pero, ahora, lo que se abre en la Iglesia es la Gran Apostasía que la misma cabeza que gobierna la Iglesia obra oficialmente, sin la careta de buena persona que no ha roto un plato, como ha sido presentada hasta ahora. Una cabeza que es masónica y que ha puesto a su gente en todas las diócesis, con el único propósito de destruir la Iglesia Católica.

En este falso Sínodo, la doctrina de la fe será totalmente torcida con la aparición de una nueva doctrina que será impuesta a todos. Una doctrina que contiene todas las herejías de todos los tiempos, presentadas con una palabra ambigua, hermosa para la mente, pero errada en la inteligencia.

Y esta falsa doctrina revela que una nueva iglesia se está levantando a los ojos de todos, oficialmente, en el Vaticano.

La nueva iglesia necesaria para mostrar el nuevo orden mundial, que tiene que ser, ante todo, de carácter religioso, no político.

Los hombres viven según una idea religiosa, no según una idea política. Hay que unirlos a todos en un mismo lenguaje religioso que contenga todas las ideas religiosas.

Es el comienzo de las profecías:

«En el momento de esta tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte» (Opúsculo del Seráfico Patriarca Francesco D´Assisi).

Esta profecía es para estos Últimos Tiempos, para nuestros días.

El Falso Profeta estuvo detrás en la elección de Jorge Mario Bergoglio. Es tiempo de que aparezca, de que dé la cara. Es tiempo de un hombre inteligente, que no necesita a un grupo de herejes para poner una doctrina, sino que comande ese mismo grupo con su inteligencia.

Bergoglio se ayuda de intelectuales herejes para gobernar. Y, por eso, produce escándalo cuando habla. Predica lo que otros le dicen, pero no sabe argumentar lo que predica. Todos ven su ambigüedad en sus palabras. No ven inteligencia, lógica. Siempre se necesita a otro que interprete sus palabras.

Tiene que aparecer el verdadero Falso Profeta, el que lo mueve todo. Porque ya no hay que entretener a las masas, que ha sido la misión de Bergoglio. Ya las masas han sido arrastradas al error. Ahora, es necesario sellarlas en el error: darles una doctrina que puedan poner en práctica con leyes específicas.

Bergoglio sólo ha dado su discurso y, sólo al final, ha sabido romper la ley canónica del matrimonio con leyes abominables: un motu proprio que otros han hecho por él.

«Mis enemigos se reúnen, y se levantarán contra Mí y Mi Iglesia Fiel. Con grandes engaños y seducciones abrirán las puertas de Mi Iglesia, contradiciendo Mis Leyes, e imponiendo su palabra mentirosa y de engaño sobre Mi Palabra Santa y Verdadera, sus  decretos humanos contra Mi Ley y Decretos Divinos, que son inmutables.  Llevarán, a  muchos, a la confusión, habiendo logrado seducir los corazones de muchos, y confundiendo sus entendimientos, para que no reconozcan más la Verdad y Mi Ley».

Es el tiempo del traidor, que entrega la Iglesia al Falso Profeta, para que lo destruya todo y levante la Iglesia que necesita el Anticristo para aparecer.

Con esta iglesia que se ve es imposible que aparezca el hombre impío. Hay que llevar a esta iglesia al punto de no retorno. Por eso, es necesario un cambio en el gobierno de la Iglesia. Hay que hacer que ese gobierno horizontal actúe más claramente en toda la Iglesia. Que no sólo sea un grupo de ayuda, exterior al gobierno, sino que gobierne realmente en la Iglesia.

Hay que poner una cabeza que no hable con ambigüedad, que no entretenga, sino que instruya con su inteligencia a todos. Inteligencia pervertida en el mal. Bergoglio es sólo el vividor de esa vida pervertida, pero no sirve para gobernar, para ser cabeza inteligente. Sólo ha servido para crear confusión, división, que es lo único que se quería.

Todo lo que ha hecho Bergoglio no es por su autoridad, sino por imposición de otros. Él es sólo un juguete de la masonería: el pelele de turno que tiene que dar la cara al público, mientras otros hacen y deshacen en lo oculto. Así siempre trabaja la masonería: ponen al que todos miran para distraer de lo que verdaderamente ocurre.

Ahora, es el tiempo de romper oficialmente la Iglesia. Ya no es el tiempo de entretener a la masa. Por eso, es el tiempo de la verdadera persecución: quien no acepte esa nueva doctrina, ese nuevo credo, será excomulgado oficialmente. Ellos caerán en su misma trampa: hablan de misericordia con todos, pero no tienen ninguna misericordia con los que siguen la verdad absoluta.

Toda la Iglesia que ha contemplado a Bergoglio como papa, que lo tiene como tal, caerá en la trampa del Sínodo:

«Los necios caerán en el engaño, y serán parte de ese rebaño, que no es guiado por el Espíritu Santo, sino por el espíritu del Engañador, del Precursor del Anticristo, de la primera Bestia que prepara el camino a la segunda Bestia, el Anticristo» (Jesús a un alma escogida).

Esa Jerarquía necia, esos fieles estúpidos, incapaces de discernir la verdad de la mentira, son los que van a levantar la nueva iglesia, serán parte de ese rebaño, siguiendo al Falso Profeta que señala al Anticristo.

Por eso, como dice San Francisco de Asís:

«Habrá tal diversidad de opiniones y cismas entre la gente, entre los religiosos y entre el clero, que, si esos días no se acortaren, según las palabras del Evangelio, aun los escogidos serían inducidos a error, si no fuere que serán especialmente guiados, en medio de tan grande confusión, por la inmensa misericordia de Dios».

Cristo no está en la discusión que se va a observar en el Sínodo.

Cristo no está en la diversidad de opiniones y cismas que vendrán después del Sínodo.

No tomen partido por nadie en la Iglesia. Ninguno de ellos es de Cristo.

Cristo está en la Verdad, y sólo en la Verdad.

Y la única Verdad que hay que exigir a la Jerarquía es que excomulgue al hereje. Si no hacen esto, que se queden con sus opiniones, con su fe en la tradición y en el magisterio de la Iglesia. Se convierten en unos fariseos: tenéis la tradición y el magisterio y seguís a un hereje. No sois Iglesia por más que os vistáis de traje talar y celebréis una misa en latín.

No hay que estar ni con Burke ni con Bergoglio.

Hay que estar con Cristo. Hay que mirar sólo a Cristo. Los demás, que caigan en el engaño.

« ¡Ay de vosotros, pastores tibios, que no os esforzasteis por vivir en la Verdad,  pues, fácilmente, seréis engañados!»: fácilmente engañados.

Cuando no se lucha por la verdad, entonces la vida es sólo aparentar que se sigue la verdad, pero obrando lo contrario a lo que se cree.

¡Gran tibieza es lo que se observa en toda la Jerarquía! Su mucha teología no les podrá salvar del engaño. Serán engañados en su teología.

No pierdan el tiempo con el Sínodo. Ya se sabe cómo va a acabar.

El pensamiento de herejía de Bergoglio

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Bergoglio es un hombre que ha usurpado el Papado; es decir, es un falso papa, rodeado de una falsa jerarquía, con el fin de levantar una nueva estructura de iglesia.

Y esto lo hace «a largo plazo, sin obsesionarse por resultados inmediatos» (EG – n.223), porque es necesario «preocuparse por generar procesos que construyan pueblo, más que por obtener resultados inmediatos que producen un rédito político, fácil, rápido y efímero, pero que no construyen la plenitud humana» (EG – n. 224).

Este es el claro pensamiento herético de este hombre, que nace de su principio masónico: el tiempo es superior al espacio.

Su reforma es lanzar al pueblo sus ideas, sembrar su falsa doctrina de la misericordia, para que genere procesos, es decir, ideas, vidas, obras, actitudes, con el fin de construir el pueblo que ellos necesitan para su nueva iglesia. No les preocupa la inmediatez, porque saben cómo es la Iglesia. Ellos van hacia la plenitud humana: alcanzar la cima del pecado de humanismo. El culto al hombre, la idea del hombre, la obra del hombre, la vida del hombre. Todo entorno al hombre. Y necesitan gente para eso.

Con Bergoglio, el concepto de pecado ha desaparecido y sólo se asoma el concepto luterano de misericordia, que el Concilio de Trento ha anatemizado:

  • D-822 Can. 12. Si alguno dijere que la fe justificante no es otra cosa que la confianza de la divina misericordia que perdona los pecados por causa de Cristo, o que esa confianza es lo único con que nos justificamos, sea anatema [cf. 798 y 802].

Esto es constante en las homilías de Bergoglio: Dios todo lo perdona, no se cansa de perdonar. Sólo hay que confiar en Dios que perdona.

  • D-831 Can. 21. Si alguno dijere que Cristo Jesús fue por Dios dado a los hombres como redentor en quien confíen, no también como legislador a quien obedezcan, sea anatema.

Jesús es sólo el hombre que salva, no es el Dios al que hay que escuchar. No vienen a poner una ley, una doctrina, un gobierno, sino que viene a estar con los hombres, a caminar con ellos, a vivir su misma vida.

  • D-837 Can. 27. Si alguno dijere que no hay más pecado mortal que el de la infidelidad, o que por ningún otro, por grave y enorme que sea, fuera del pecado de infidelidad, se pierde la gracia una vez recibida, sea anatema [cf. 808].

Si eres infiel a la fe en Cristo, entonces no te puedes salvar. Eso es un grave pecado. Los demás pecados no existen, no quitan la gracia. Por eso, los sodomitas están en gracia. Los malcasados permanecen en la gracia. Sólo los corruptos no están en gracia: son infieles a la fe.

Estas tres cosas son la base de la falsa misericordia de Bergoglio. Constantemente las predica, de una manera o de otra. Pero siempre él enseña estos anatemas como una verdad que hay que seguir en su nueva iglesia.

Ya la homosexualidad no se considera un pecado, ni una tendencia desordenada, no es un acto en contra de la ley natural, sino que se reconoce en ellos una tensión hacia el bien, con derechos jurídicos y con una acción de acogimiento pastoral. Después del Sínodo, se han aplicado aperturas pastorales, que son totalmente contrarias a la doctrina. Y han sido llevadas a cabo por la jerarquía modernista, que apoya en todo a Bergoglio.

Bergoglio desprecia la Tradición, la Roma Eterna de los Papas y toda la Liturgia. Su pensamiento es claro en la entrevista concedida al P. Antonio Spadaro, Director de La Civiltà Cattolica:

«El Vaticano II supuso una relectura del Evangelio a la luz de la cultura contemporánea. Produjo un movimiento de renovación que viene sencillamente del mismo Evangelio. Los frutos son enormes. Basta recordar la liturgia. El trabajo de reforma litúrgica hizo un servicio al pueblo, releyendo el Evangelio a partir de una situación histórica completa. Sí, hay líneas de continuidad y de discontinuidad, pero una cosa es clara: la dinámica de lectura del Evangelio actualizada para hoy, propia del Concilio, es absolutamente irreversible. Luego están algunas cuestiones concretas, como la liturgia según el Vetus Ordo. Pienso que la decisión del papa Benedicto estuvo dictada por la prudencia, procurando ayudar a algunas personas que tienen esa sensibilidad particular. Lo que considero preocupante es el peligro de ideologización, de instrumentalización del Vetus Ordo».

  • La cultura contemporánea debe ser leída a la luz del Evangelio: con Bergoglio es al revés: el Evangelio se lee a la luz de la sabiduría del mundo, no ya del hombre. De lo que hay en cada cultura en el mundo. Las consecuencias de este pensamiento son claras: demos al mundo lo que pide. ¿Por qué no bendecir las hojas de coca?
  • La crisis de la fe es por la crisis de la liturgia: para Bergoglio, la Iglesia no ha gozado de tanta salud espiritual. Grandes y enormes frutos. Ya la liturgia sirve al pueblo, no a Dios. Es para dar culto al hombre, no a Dios. Las consecuencias son manifiestas: bautizar a los hijos de los homosexuales, casar a los homosexuales, romper el vínculo matrimonial, permitir la comunión a todo hombre por más pecador que sea.
  • El Evangelio es inmutable: para este hombre, la situación histórica ha cambiado el Evangelio. Por tanto, han evolucionado todos los dogmas. Los Misterios de Dios ya no son misterios, sino una forma de inteligencia humana, una función del lenguaje humano. La verdad es gradual, no objetiva.
  • La doctrina auténtica ha desaparecido, de hecho y de derecho: es el peligro de ideologización del Vetus Ordo. En otras palabras, la represión de la Tradición se desarrolla por medios de medidas autoritarias, fuera del derecho establecido. Esos son los casos de los Franciscanos de la Inmaculada; la remoción del Cardenal Burke, y otros.

Con Bergoglio la ruptura es innegable. No hay continuidad en su falso papado. Muchos reconocen esta ruptura, pero siguen llamando a este hombre como Papa.

El daño ya es abismal en toda la Iglesia: hay una clara división en la Jerarquía y en los fieles.

Bergoglio está llevando a toda la Iglesia hacia su autodestrucción: Ella misma se destruye porque no ataca la herejía que vive dentro de Ella, en su propia Jerarquía, en su propia cabeza que la gobierna, de una forma dictatorial.

Es una dictadura lo que vemos en la Iglesia: el dictado de la mente de un hombre. Su imposición como doctrina verdadera. Y, por lo tanto, Bergoglio tiene que enfrentarse a todos los verdaderos católicos. Es lo que hace todos los días en sus homilías desde Santa Marta. No hay una en que no martillee a los defensores de la Tradición, del dogma, que son los que cargan sobre los hombres pesos insoportables.

Bergoglio odia a todos los católicos verdaderos: los pisotea constantemente. Para ellos no hay ninguna misericordia. Y es lo normal en él y en todo su clan: tiene que levantar su iglesia en donde los moralistas, los tradicionalistas, todo lo que huela a doctrina eterna, inmutable, no puede tener cabida.

La doctrina de la Iglesia es inmutable. Y la práctica pastoral no puede contradecir a la doctrina. De hecho, se la está contradiciendo constantemente. Y eso conlleva la instalación, de una manera disfrazada, de una nueva doctrina. Es así como se hace siempre cuando se quiere destruir una verdad. Se le ataca, no frontalmente, sino de manera oculta, disfrazada, velada. Es la obra del masón: el trabajo oculto.

La doctrina de Kasper, que es lo que sigue al pie de la letra Bergoglio, contradice totalmente la doctrina de la Iglesia. Y esa doctrina ya ha sido lanzada por Bergoglio para poner clara división en toda la Jerarquía.

Es una batalla, que ha arrojado el demonio, a través de Bergoglio, para imponer un gran mal a toda la Iglesia. Y la verdadera Jerarquía está callada. No lucha como tiene que hacerlo. No batalla. Se conforma con lo que tiene. Y eso va a ser el triunfo del mal en toda la Iglesia. Tienen miedo de perder el plato de lentejas. Miedo. Y no hay otra razón. Las almas se condenan y ellos callan. Esto es gravísimo para toda la Iglesia. Esta es la tibieza, clara y manifiesta, en toda la Jerarquía verdadera.

Bergoglio no cree en la Divinidad de Jesús (“Jesús no es un Espíritu”) y, por lo tanto, tiene que construir su falsa espiritualidad y misticismo: la divinización del hombre:

«Mi hermano Domenico me decía que aquí se realiza la Adoración. También este pan necesita ser escuchado, porque Jesús está presente y oculto detrás de la sencillez y mansedumbre de un pan. Aquí está Jesús oculto en estos muchachos, en estos niños, en estas personas. En el altar adoramos la Carne de Jesús; en ellos encontramos las llagas de Jesús. Jesús oculto en la Eucaristía y Jesús oculto en estas llagas. ¡Necesitan ser escuchadas! Tal vez no tanto en los periódicos, como noticias; esa es una escucha que dura uno, dos, tres días, luego viene otro, y otro… Deben ser escuchadas por quienes se dicen cristianos. El cristiano adora a Jesús, el cristiano busca a Jesús, el cristiano sabe reconocer las llagas de Jesús. Y hoy, todos nosotros, aquí, necesitamos decir: «Estas llagas deben ser escuchadas». Pero hay otra cosa que nos da esperanza. Jesús está presente en la Eucaristía, aquí es la Carne de Jesús; Jesús está presente entre vosotros, es la Carne de Jesús: son las llagas de Jesús en estas personas» (4 de octubre 2013).

Bergoglio pone en el mismo plano la Eucaristía y la carne de los discapacitados. Esto sacraliza la carne de los hombres que sufren por muchos motivos. Sólo por analogía la carne de los pobres es la de Cristo, pero no de una manera unívoca.

En la Eucaristía, Jesús está presente, vivo, es verdadero; pero en los pobres, en las persona enfermas, Jesús no está presente. Su carne no es la carne de Jesús. Sus llagas no son las llagas de Jesús. Esta forma de hablar tiene el sabor de la herejía y lleva a la herejía.

Todo lo que se hace «al más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho» (Mt 25, 40), pero la Iglesia siempre ha enseñado y practicado el sentido de la pobreza evangélica, la de los pobres en espíritu. Quien viva esta espiritualidad, obra en consecuencia: ayudando con sus obras de misericordia a los pobres materiales por un sentido de expiación del pecado, no por un sentido de un bien humanitario.

Quien siga la doctrina de este hombre cae en dos pecados: antropocentrismo y la idolatría del pauperismo. Es decir, se mete de lleno en la doctrina comunista, del bien común, produciendo que la doctrina social de la Iglesia se anule totalmente.

El pobre no es Cristo. El Evangelio enseña la pobreza espiritual y a amar a los pobres. Pero eso no significa que el Evangelio consista en el mismo pobre o en la pobreza. Y, por lo tanto, no significa que el católico tenga que escuchar a los pobres. Se escucha la voz de Cristo. Y por mandato del Padre: «Este es Mi Hijo amado: escuchadlo». Ningún católico escucha a los hombres en la Iglesia. Para ser Iglesia hay que escuchar la Voz de Cristo en el corazón. Lo demás, es la falsa espiritualidad de los pobres materiales, de los machacados, de los discapacitados; y el falso misticismo de construir el cuerpo místico de los hombres, que es la divinización de todo lo humano. Es la iglesia de los pobres y para los pobres: de los hombres y para los hombres.

No se puede equiparar, como lo hace Bergoglio, el amor a los pobres con la adoración a Cristo. Cuidar a los pobres no es adorar a Cristo. Cada uno tiene su lugar en la creación. Los pobres siempre los tendréis, para hacer con ellos una obra de expiación del pecado. Pero no siempre a Cristo se le tiene, se le posee. El alma que no está en gracia no posee a Cristo. Lo tiene en el Altar, en el sagrario, pero no vive imitando a Cristo, siendo otro Cristo por participación de la gracia.

Como Bergoglio anula la Persona Divina de Jesús (“Jesús es sólo un hombre, una persona humana, pero en la gloria”), la encarnación se realiza en todos los hombres: «estas personas y sus llagas son la carne de Jesús». Jesucristo no se ha encarnado en la humanidad. Ha asumido una naturaleza humana, pero ésta no es la de todos los hombres, sino la del hombre Jesús. Su Persona Divina, el Verbo, que Bergoglio niega absolutamente, asume un alma humana y una carne humana, unidas entre sí de manera sustancial. Y producen un ser divino, que no es un hombre solamente: es Dios y Hombre verdadero, sin persona humana. Y se adora al Verbo Encarnado. No se adora a los pobres ni a ningún hombre en la tierra. Porque Jesús sólo está en la Eucaristía, no en los pobres. En los pobres está de manera mística, pero no espiritual. Está por sus pecados. Los pecados de los pobres, como los pecados de los ricos, como los pecados de todo hombre, ofenden al Verbo Encarnado de una manera mística. Y son por estos pecados la causa de la muerte de Cristo. Jesús no murió por los pobres, ni por los ricos, ni por ningún hombre. Murió por los pecados de todos los hombres.

Poniendo a Jesús presente en todos los hombres, se está diciendo que el Verbo se une con la naturaleza pecaminosa de cada hombre. De esa manera, hay que anular el dogma de la Inmaculada Concepción, el dogma del pecado original y el dogma de la Redención.

Si Jesús se encarna en cada hombre, todos los hombres tienen una huella divina perenne en su naturaleza. No se borra por más que pequen, haciendo del bautismo una gracia por naturaleza, no por adopción:

«El hijo de Dios se ha encarnado para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, de esta manera él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos hijos suyos y él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Dios nos ha indicado para encontrar la vía de la salvación y de las Bienaventuranzas» (1 de octubre 2013).

  • El Verbo se ha encarnado para redimir al hombre de su pecado: no se ha encarnado para dar al hombre un sentimiento de la hermandad. La auténtica hermandad nace de la Cruz, no del amor humano. En el alma del hombre no está la hermandad.
  • El amor de Cristo a los hombres, que es el ágape, es el punto de partida para poder amar a los hombres: no es el amor de cada uno de nosotros para los demás el camino de la salvación.
  • Todos somos criaturas. El Hijo de Dios es uno solo: El Verbo, el cual no ha sido creado sino generado por el Padre y se ha hecho hombre en el seno virginal de María. No se ha hecho hombre en toda la humanidad. Por lo tanto, no todos los hombres son hijos de Dios. Jesús, al encarnarse, cambia la naturaleza humana, la transforma con su gracia, la cual nos hace ser hijos de Dios por participación de la vida divina, que se da en los Sacramentos.
  • El hombre es hijo de Dios por adopción, no por naturaleza: somos hijos en el Hijo, si lo acogemos por fe. El hombre es hijo de Dios por adopción si cree en el Nombre de Jesús (Jn 1, 12). No es por el sacramento del Bautismo, sino por la fe en Cristo. Sin esa fe, el Bautismo y todo sacramento se vuelve inútil porque hay un obstáculo que impide que la vida divina pueda ser obrada por el hombre viador.
  • Dios da la gracia al hombre, pero no sustituye su naturaleza humana: sólo la transforma: «Todos nosotros, a cara descubierta, contemplamos la Gloria del Señor como en un espejo y nos transformamos en la misma Imagen, de gloria en gloria, a medida que obra en nosotros el Espíritu del Señor» (2 Cor 3, 18).
  • La salvación no es automática, sino que hay que acogerla. Y, por eso, el sentido de la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo: es la que enseña a salvarse. Es la que anuncia y proporciona la salvación que Cristo ha dado a todos los hombres. Es la Iglesia la que salva, no es el amor de los hombres para con los demás.

Constantemente, Bergoglio cae en esta idolatría del hombre. Cojan cualquier discurso, homilía y ahí tienen su clara herejía.

Bergoglio no cree en el Dios católico. Por lo tanto, levanta su falso ecumenismo. Y lo hace de su principio masónico: la realidad es superior a la idea.

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad. La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad. Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (EG – n. 231)

El diálogo, para Bergoglio, no tiene que separar idea y realidad. La idea de un Dios católico no es objetiva, sino gradual: hay una tensión bipolar entre la idea y la realidad. En el tiempo histórico, la idea de un Dios católico servía para esa realidad de la vida. En los tiempos modernos, esta idea está desfasada. Ha crecido tanto los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismos sin sabiduría, que la idea de un Dios católico ha alejado de la realidad de la vida.

La idea tiene que elaborarse, es decir, el dogma tiene que evolucionar, cambiar, buscando el bien común. No hay que buscar la verdad Absoluta. El bien común es superior a cualquier verdad. La vida de los hombres, sea ésta la que sea, vivan en pecado o vivan en santidad, es lo que vale, es lo superior, está por encima de la idea de un Dios católico.

Por lo tanto, Bergoglio tiene que ir a su falso ecumenismo, que es el camino del diálogo entre todas las religiones, para buscar la realidad de una iglesia universal, para todos, en la que la idea esté por debajo del bien común, del bien globalizante:

«el ecumenismo es un aporte a la unidad de la familia humana… No se trata sólo de recibir información sobre los demás para conocerlos mejor, sino de recoger lo que el Espíritu ha sembrado en ellos como un don también para nosotros… Una mirada muy especial se dirige al pueblo judío, cuya Alianza con Dios jamás ha sido revocada… Una actitud de apertura en la verdad y en el amor debe caracterizar el diálogo con los creyentes de las religiones no cristianas… Así aprendemos a aceptar a los otros en su modo diferente de ser, de pensar y de expresarse… Un diálogo en el que se busquen la paz social y la justicia es en sí mismo, más allá de lo meramente pragmático, un compromiso ético que crea nuevas condiciones sociales… La evangelización y el diálogo interreligioso, lejos de oponerse, se sostienen y se alimentan recíprocamente… Para sostener el diálogo con el Islam es indispensable la adecuada formación de los interlocutores, no sólo para que estén sólida y gozosamente radicados en su propia identidad, sino para que sean capaces de reconocer los valores de los demás, de comprender las inquietudes que subyacen a sus reclamos y de sacar a luz las convicciones comunes… el verdadero Islam y una adecuada interpretación del Corán se oponen a toda violenciaLos no cristianos, por la gratuita iniciativa divina, y fieles a su conciencia, pueden vivir justificados mediante la gracia de Dios, y así asociados al misterio pascual de Jesucristo… debido a la dimensión sacramental de la gracia santificante, la acción divina en ellos tiende a producir signos, ritos, expresiones sagradas que a su vez acercan a otros a una experiencia comunitaria de camino hacia Dios…. El mismo Espíritu suscita en todas partes diversas formas de sabiduría práctica que ayudan a sobrellevar las penurias de la existencia y a vivir con más paz y armonía…» (EG – n. 244-254).

  • El verdadero ecumenismo es el que salva a las almas del pecado: no es para producir la unidad de la familia humana. No existe esa unidad. Decir esto es buscar la unión entre las mentes y las obras de los hombres, una unión en la mentira, en el error. Es buscar una filosofía, un lenguaje humano, en la que la realidad de la familia humana está por encima de cualquier idea, de la verdad absoluta, del mismo Dios.
  • El Espíritu Santo no puede sembrar en los corazones que viven en el pecado. Al sembrar, una parte cae junto al camino, otra las aves se la comieron, otra cae en terreno pedregoso, otra entre cardos, otra en tierra buena (cf. Mc 4, 4- 8): no se puede recoger, en el diálogo, lo que no se ha sembrado. Hacer esto es anular la verdad para sólo fijarse en las obras, en las vidas de esos hombres que viven en sus pecados. Es la realidad por encima de la idea.
  • En el verdadero ecumenismo se enseña al otro la verdad absoluta, la verdad sin error, la verdad sin un lenguaje ambiguo. No se va al ecumenismo para aprender del otro, para aceptar al otro en su manera de pensar, de vivir, de obrar. Lo que una vez se condenó como herejía, como error, como maldad, no puede cambiar en el diálogo con los hombres. No se puede leer los escritos de Lutero para aceptar su mente herética. Lutero nunca estuvo en la verdad y nunca lo estará. Hay que leer los escritos de Lutero para criticarlos, juzgarlos, anatematizarlos con el Poder que Dios ha dado a Su Iglesia. No hacer esto es meterse en el juego del demonio, que quiere una iglesia sólo de herejes que se creen santos por lo que piensan, por lo que viven en la realidad de sus vidas. Nadie puede poner la mente de los hombres por encima de la Mente de Dios. La única realidad que existe es la divina. Quien acepta esa realidad, comprende su realidad humana, que siempre es limitada, relativa, condicionada, cambiante.
  • El verdadero ecumenismo es para hacer proselitismo: no es para dejar al otro radicado en su propia identidad. Nadie habla con el otro porque sea una buena persona, por su cara bonita. No se dialoga con los hombres, sino que se escucha a Dios y se da a los hombres lo que se ha escuchado de Dios. Y Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad. Dios no quiere que los hombres se queden en sus pecados, en sus vidas llenas de errores, de mentiras, de dudas, mirando sólo su identidad religiosa, humana, natural, carnal. Dios no busca cerdos que sigan mirando lo que comen: su bazofia humana en su mente pervertida. Dios busca almas humildes, que sepan dejar sus ideas maravillosas sobre la creación y sobre Dios y se pongan en la escucha silenciosa de la Palabra de Dios, que es la única que los puede salvar de su negra vida de pecado.
  • El verdadero ecumenismo es para ofrecer la gracia, la vida divina a las almas. Se enseña la Verdad Absoluta para obrarla en la vida, con la fuerza del Espíritu. Los no cristianos no tienen la gracia ni pueden tenerla. Su conciencia no les lleva a la gracia. Sólo el arrepentimiento de sus pecados, les lleva a conocer la verdad. Y una vez que la aceptan, que acogen por fe el Nombre de Dios, comienza la gracia en sus corazones. En el verdadero ecumenismo, se ofrece el perdón de los pecados. Y, por tanto, se enseña el verdadero arrepentimiento y la verdadera penitencia por el pecado.

Desde aquella amarga primavera del 2013, en la que a los fieles se les ha impuesto la visión rosa de la Iglesia, la alegría de ser del mundo, el alejamiento de la Cruz de Cristo, la idea de que todo va viento en popa, cuando la realidad de la vida de la Iglesia es totalmente contraria, sólo se ven en los católicos un conformismo con lo que ese hombre habla y obra. Sólo se capta la tibieza en todas partes. Y Dios vomita a los tibios. Dios tiene que aborrecer lo que en el Vaticano se está levantando y vendiendo como bueno, como verdad.

Para muchos católicos –que ya no son tales-  el signo de estar en comunión con esta falsa iglesia  es hacerse un selfie con Bergoglio, falso papa de los pervertidos. Es el sentimentalismo perdido de muchos católicos. Ya no saben pensar la verdad. No saben ver ni al hereje ni a la herejía. No saben llamar a los hombres por sus nombres, por su vida de pecado, por sus obras de maldad. Todos se suben a la carroza del humanismo que Bergoglio les ofrece cada día.

Bergoglio es el hombre del año, el papa del mundo. Quien está con él, tiene la vida arreglada. Quien no está con él, lo pisotean hasta hacerle callar. Quien se opone a este hombre, lo crucifican como peste dentro de la Iglesia.

Los verdaderos católicos nos quedamos solos, en la Iglesia y en el mundo. Todo apunta hacia una iglesia universal y un orden mundial donde no pueden entrar los verdaderos católicos. Al final, tendrán que aniquilar a los dos testigos del Apocalipsis. Uno de ellos: los verdaderos católicos

La Jerarquía sigue callando miserablemente las herejías de Bergoglio y de todos los matones de este hombre. Lo siguen teniendo como Papa verdadero. El daño va a ser irreversible en toda la Iglesia.

El Sínodo de los masones

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«Nadie en el mundo puede cambiar la Verdad. Lo que podemos y debemos hacer es buscar la verdad y servirla cuando la encontremos. El conflicto real es el conflicto interno. Más allá de los ejércitos de ocupación y las hecatombes de la los campos de exterminio, hay dos irreconciliables enemigos en la profundidad de cada alma: bien y mal, amor y pecado. ¿Y qué uso pueden tener las victorias en el campo de batalla si nosotros mismos somos derrotados en nuestro yo personal más interno?» (San Maximiliano María Kolbe “El Caballero de la Inmaculada” – Diciembre de 1940).

El Sínodo que viene no puede cambiar la Verdad, porque la Verdad es Cristo. Y los hombres de la Iglesia no pueden cambiar la Mente de Cristo con sus ideas.

Es lo que quiere hacer Kasper, que es el típico modernista, masón: «Depende de qué cosa es la verdad católica que no es un sistema cerrado sino abierto a posibles desarrollos» (ver).

La frase de Kasper es la respuesta de Pilatos a Jesús: «Todo el que es de la verdad oye Mi Voz. Y le dice Pilatos: ¿Qué es la Verdad?» (Jn 18, 37d-38).

Kasper sabe lo que es la verdad, porque conoce toda la teología, pero declara: la Verdad no es Absoluta, sino relativa. No hay una única verdad, cerrada en sí. Hay que descubrir muchas verdades. Hay que tener la mente abierta a todas las posibilidades que ofrece el desarrollo de la verdad, del dogma. Para Kasper, Cristo no es la verdad.

Para los Santos, Cristo es la verdad y, por eso, nadie en el mundo, nadie en el Sínodo, puede cambiar la Verdad.

Con esta idea del desarrollo de la verdad, este personaje quiere tumbar, también la Humanae Vitae: «Promever un sentido de que tener hijos es una buena cosa, eso es lo primario. Entonces, cómo hacerlo y cómo no hacerlo, eso es una cuestión secundaria. Por supuesto, los padres tienen que decidir cuántos hijos son posibles. Esto no puede ser decidido por la Iglesia o por un Obispo, esto es responsabilidad de los padres…los métodos naturales de planificación familiar pueden tener también un elemento artificial» (ver)

¿Ven el lenguaje del anticristo? «Cómo hacerlo y cómo no hacerlo, eso es una cuestión secundaria». Lo primario, en un matrimonio, no es tener hijos, sino el tenerlos en la Voluntad de Dios, que es lo que anula este hombre. Hay que tenerlos en la ley natural, en la ley divina y en la ley de la Gracia. Y, por tanto, hay que aconsejarse con un sacerdote por si hay dudas de cuántos hijos se deben buscar. Es Dios quien decide los hijos, no son los padres los que tienen que analizar, según sus circunstancias de la vida, cuántos hijos son posibles. Es Dios quien dice cuántos hijos quiere. Pero hay que tener vida espiritual para esto, que es lo que muchos católicos no tienen. Y, por eso, les gusta el lenguaje de Kasper: metamos también los métodos artificiales. ¿Por qué no? La Iglesia no decide los hijos. La Iglesia no es maestra, no enseña la verdad del matrimonio, no enseña la verdad de los hijos. La Iglesia está ahí para contentar a la gente y darle lo que ella pide.

¡Esto es Kasper! ¡Esto es Bergoglio! ¡Así hay muchos sacerdotes que enseñan lo mismo! ¿Y por qué? Porque no buscan la verdad ni la sirven. La destrozan con sus desarrollos de la verdad. Buscan las verdades que su razón va desarrollando, sintetizando, y a ésas sirven. Pero no pueden pararse en la verdad. No pueden apoyarse en una verdad que no cambia, que no puede cambiar, única. Y no lo pueden hacer sólo por su soberbia, que les impide ver la verdad, escuchar la voz de Cristo en sus corazones.

El conflicto real en el Sínodo es el conflicto interno en cada miembro de la Jerarquía. Si los Obispos, Cardenales, no quitan sus soberbias en ese Sínodo, entonces no van a ver al enemigo de sus almas, a ese enemigo que vive en cada alma, por el pecado original, y que batalla contra el bien, contra la verdad.

Y se van a encerrar en ese Sínodo mucha Jerarquía soberbia y orgullosa, que han echado a Cristo de sus vidas, y que realiza sus ministerios anulando toda la verdad. Jerarquía incapaz de luchar por la verdad porque el enemigo de sus almas ya los ha vencido con el pecado, con la mentira, con el error.

El Sínodo que viene no es como el Concilio Vaticano II. Es el Sínodo de la Jerarquía masónica, infiltrada en la Iglesia: Sacerdotes, Obispos, Cardenales masones, que trabajan para la idea masónica.

Ese Concilio trajo discordia, desunión y muchas almas que se dispersaron y se perdieron, a causa de los mismos Obispos infiltrados por la masonería. Este Sínodo va a traer condenación, justicia sin misericordia.

Ellos se unieron con toda clase de herejes y maestros falsos y así –muchos otros- quedaron engañados en el lenguaje de la paz y de la hermandad. Pero hubo una oposición a esos Obispos, hubo una lucha contra el mal en ese Concilio. Y se sacó un Concilio que no es herético, pero que hay que saber leerlo en la Verdad. El lenguaje resultante es espiritual, y sólo el sacerdote que está versado en teología y que es recto, no se pierde en ese lenguaje. Pero los demás, hacen del Concilio un dogma. Los fieles de la Iglesia no saben leerlo como conviene.

De ese Concilio entraron a la Iglesia muchos errores, haciendo de la Iglesia una iglesia del hombre, una iglesia sin la verdadera base, sin la verdad. Todo es el juego del lenguaje humano, que es ambiguo por los cuatro costados.

Y quienes abrieron la puerta a todos los errores no fueron los Papas, sino todos esos Obispos rebeldes, orgullosos, desobedientes, a los Papas. No fue el Papa Pablo VI el hereje. Fueron los Obispos infiltrados, que hicieron del Concilio, el juego del demonio.

«Satanás se sentó con este Concilio, y él observó su ventaja. Él ahora juega ajedrez con los Sombreros Rojos y los Sombreros Púrpuras, moviéndolos con gran felicidad a medida que observa cómo acelera el mal, y toda clase de personas que fluyen rápidamente a través de las puertas de la Santa Ciudad y de todos los cuerpos ecuménicos» (Verónica Lueken en Bayside – San Miguel, 18 de Marzo, 1976)

En el Concilio Vaticano II hubo lucha entre Cardenales y Obispos: entre la Jerarquía infiltrada y la verdadera. Ganó la infiltrada, pero no puedo romper toda la Iglesia. Sí pudo infiltrarla, imponer en Ella otros valores morales, otros mandamientos, que es la creación de Satanás.

Y muchos no comprendieron el juego del demonio y comenzaron a atacar a los Papas. Y nadie se preocupó de atacar a los verdaderos culpables: los Obispos y Cardenales que, unidos a los herejes, contaminaron a la verdadera Jerarquía en el Concilio.

¿Qué fue la comunión en la mano? La obra de unos rebeldes Obispos, que hicieron lo imposible para que el Papa firmara un documento que permitía eso. Y el Papa no pudo negarse. Esto es lo que muchos no comprenden. Y es muy fácil comprenderlo.

Los padres, en sus familias, muchas veces tienen que dejar a sus hijos viviendo en el pecado, porque no hay manera de que salgan de él. Se han vuelto tan desobedientes, tan rebeldes, que ningún castigo los transforma, ningún consejo les hace recapacitar. Y los papás, en sus casas, tienen que permitir el pecado. Y permitir el pecado no significa perder la fe, no es cambiar a Dios por la criatura, es dejar que cada uno decida libremente su vida: si mi hijo quiere seguir pecando, que lo siga haciendo.

Esto es lo que han hecho todos los Papas después del Concilio Vaticano II: ellos han visto la herejía, el cisma, la apostasía de muchos Obispos y sacerdotes, y ya no han podido hacer nada. Hay que dejarles en el pecado. Eso produce mucho mal social en la Iglesia. Pero eso es otra cuestión.

La Iglesia, como la conocíamos antes del Concilio, ya no existe. Y Roma no ha podido hacer nada al respecto. Los Papas no han podido hacer nada. Lo han sabido todo, pero han estado maniatados. El Papa Benedicto XVI tuvo que renunciar porque era imposible seguir gobernando una Iglesia con Obispos y Cardenales que lo dejaron literalmente solo en la Verdad: todos combatían el dogma, todos querían otra iglesia; y entonces ¿qué tiene que hacer un Papa? ¿Excomulgarlos a todos? Tuvo que irse, porque ya no se podía gobernar la Iglesia. Hay que dejarlos a todos en sus pecados: que hagan otra iglesia. Con el Papa Juan Pablo II, todavía se podía gobernar. Él fue valiente hasta el final. Pero Benedicto xVI sucumbió por la fuerza de los rebeldes. Y esos rebeldes ahora son los que están con Bergoglio.

Por eso, el Sínodo es totalmente diferente a lo que pasó en el Concilio. Después del Concilio, todavía había que seguir obedeciendo a los Papas. Hubo mucho mal, pero no era la culpa de los Papas. Ningún Papa legítimo es herético: son todos infalibles, es decir, no pueden caer en el pecado de herejía, de cisma, ni de la apostasía de la fe. Pueden caer en los demás pecados, porque no son inmaculados. Pero nunca en los pecados que ponen al alma fuera de la Verdad, de Cristo y de la Iglesia.

Satanás ha ido poniendo a sus agentes, a sus Obispos, a sus Cardenales, a sus sacerdotes, dentro de la Iglesia. Y la culpa de por qué la Iglesia tiene un Bergoglio, o un Kasper, o un Muller, no son de los Papas que los pusieron ahí. No echen la culpa a los Papas, porque no han podido hacer nada contra estos sujetos.

La culpa de por qué tenemos a un Bergoglio es de Bergoglio: no supo combatir el mal en su propia alma y se dedicó a escalar puestos en la Iglesia, hasta llegar a dónde quería: el Trono de Pedro.

¡Que nadie ataque a un Papa legítimo! ¡Que nadie juzgue a un Papa legítimo! Cada uno en la Iglesia tiene su culpa. Si quieren juzgar a alguien, busquen los sacerdotes, Obispos, Cardenales que rodearon a Pablo VI, a Juan Pablo II y a Benedicto XVI, y que no se sometieron a los que ellos decían. Y los Papas tuvieron que dejarles en sus pecados, en sus herejías, en sus rebeldías, sabiendo el mal que eso producía en toda la Iglesia. Permitieron el pecado, pero no se contaminaron con él.

Quien juzga a un Papa legítimo destruye la Iglesia. Es lo que contemplamos en todas partes desde el Concilio Vaticano II. Se ha perdido el respeto por el Papa. Y empezando por los propios Obispos, que han querido tener más independencia en el gobierno de sus diócesis y se han ido apartando, poco a poco, de Roma.

Ustedes no saben cómo está la Jerarquía en su estructura interna: sólo se dedica a cumplir leyes canónicas. Y todos imponen esas leyes si quieren trabajar en sus diócesis. Pero a nadie le interesa cumplir la ley de la gracia. Ningún Obispo está interesado por la vida espiritual de sus sacerdotes. Ninguno. Todos están abocados a la vida humana, a dar contento al pueblo. Y, por tanto, exigen una obediencia de sus sacerdotes a la mente del Obispo. Los sacerdotes tienen que pensar como piensa el Obispo. Y si no se le siguen el juego, si en algo no les gusta, el sacerdote tiene que buscarse otra diócesis para seguir trabajando. No hay vida espiritual en ninguna diócesis de la Iglesia. Todos los Obispos están contaminados de humanismo: el lenguaje preferido de Bergoglio. Y ¡ay si se predica algo que no va con el hombre! ¡No prediques infierno, pecado, purgatorio, cruz, sufrimiento, penitencia…! Si predicas eso, te echan de la diócesis. Hay que ir a lo que le gusta al pueblo: hay que tocar temas que son la comidilla del pueblo: derechos humanos, injusticiias sociales… Pero no prediques que Bergoglio o el Obispo de la diócesis son herejes, porque te echan sin más. No te metas con la Iglesia. Son todos muy santos. No te metas con las misas sacrílegas que muchos Obispos hacen en sus diócesis. ¡No hay vida espiritual en la Iglesia desde hace mucho!

Por lo tanto, ¿qué es el Sínodo que viene? La reunión de muchos Obispos contrarios totalmente al dogma, a Cristo y a la Iglesia. Son ellos los encargados de levantar la nueva iglesia que Bergoglio ha fundado en el Vaticano. Ya no habrá la oposición que existía en el Concilio Vaticano II.

¿Es que no tiene inteligencia? ¿Qué es Muller? Un hereje, un cismático y un apostata de la fe. ¿Y cómo Muller puede estar de acuerdo en que no se dé la comunión a los malcasados? ¿Es que se ha convertido? ¿Es que pertenece a la Iglesia Católica de nuevo? No. Ustedes tienen que comprender que entre los herejes, los cismáticos y los apóstatas, hay sus grados, sus perfecciones en el mal, en el error.

Bergoglio y Kasper son los que lo niegan todo: todos los dogmas y todas las partes de los dogmas: es decir, llegan hasta lo que es doctrina católica en teología, hasta lo cierto en teología. Para ellos, en teología no hay nada cierto. Todo es relativismo. No sólo niegan lo que es de fe divina y católica, sino todo lo demás que surge del dogma.

Pero Muller no llega a esa perfección y, por tanto, en su pensamiento herético, no ve la necesidad de dar la comunión a los malcasados. Pero eso no significa que ya dejó de negar la Resurrección, el pecado, la Inmaculada, etc. Él sigue en eso. Él es un hereje pertinaz, pero no perfecto en la herejía. No niega todas las verdades. Niega aquello que le conviene y se pone de parte de los buenos.

Esta es otra trampa. Eso es fariseísmo: soy santo con los santos y soy pecador con los pecadores. Doble vida es lo que muestra Muller. Y esta doble vida está en mucha Jerarquía del Sínodo. Defiendo que los malcasados no pueden comulgar, pero anulo la divinidad de Jesucristo. Esto es la maldad de la Jerarquía masónica. Esta es la maldad que hay en el Sínodo.

Por eso, son poquitos los Cardenales y Obispos que sean buenos en ese Sínodo y que puedan hacer lo se hizo en el Concilio Vaticano II. Ya no lo van a poder hacer. Ya no.

Se ha iniciado el tiempo de la Justicia. Ha sido consolidado la Cabeza de Apostasía en el Vaticano. Esa Cabeza ya no la mueve nadie. Se ha cumplido la primera parte del secreto de Fátima, que no ha sido revelado a la Iglesia. En esa parte, ocultada a todos, se hablaba de dos Papas en Roma y uno de ellos bajo Satanás.

En este tiempo del nuevo gobierno de la cabeza de Satanás, todos han tenido tiempo para ver la maldad en Roma. Y no hay excusa para nadie. Por muchos caminos se ve que Bergoglio no es Papa. Por muchos caminos. Dios ha dado luz a todo el mundo. Y ahora comienza el tiempo de la Justicia. Ahora, los que tienen que salir de Roma, saldrán. Pero los que han decidido quedarse con Bergoglio, ya no hay Misericordia para ellos, porque la cabeza de Apostasía ya ha sido consolidada por el demonio: ha sido aceptada por la Iglesia.

Y, por tanto, la nueva iglesia en el Vaticano ya no puede salvar; y es necesario salir de ella. Es la iglesia del demonio, que condena sin más, por el solo hecho de unirse a ella, de obedecer a su cabeza apóstata, de hacer lo que ellos dicen.

Y, por eso, el Sínodo condena a todos. Ya no sólo va a crear discordias, disensión, desunión. Quien lo acepte se condena, porque va a aceptar una mentira como verdad. Por tanto, va a quedar ciego para la verdad y perderá totalmente la fe. No puede salvarse. El sínodo condena. Y los que condenan son los propios Obispos, que son masones, son lobos vestidos de cordero, para matar la vida espiritual de las almas y dárselas al demonio.

En 1998, el fallecido P. Malachi Martin afirmó en el programa “The Art Bell Show” que, a principios de febrero de 1960, cuando era Secretario del Cardenal Bea, tuvo la oportunidad de leer el Tercer Secreto de Fátima, que, según él, estaba escrito en una sola hoja de papel.

Un oyente del programa intervino: «un sacerdote jesuita me dijo más sobre el tercer secreto de Fátima, hace años en Perth (Australia). Él me contó, entre otras cosas, que el último Papa estaría bajo el control de Satanás, pero fuimos interrumpidos antes de que pudiéramos oír el resto. ¿Algún comentario sobre esto, padre?»

El padre respondió: «Sí; me suena que esto que ellos estaban leyendo o se dijo, como el texto del tercer secreto de Fátima. Parece auténtico. Me hace titubear, pero suena como el secreto»

Lo tienen en el video: minuto 10:04 al 11.

El show de Judas Francisco

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Un hombre de fe huele, inmediatamente, a un hombre que no tiene fe, porque la fe es una obra divina. Y todo aquel que viva de fe hace obras divinas, santas, sagradas, celestiales, sobrehumanas.

Pero aquel hombre sin fe, sólo se dedica a hacer las obras de todo el mundo, lo que agrada a todos y habla sólo para ellos.

La palabra de fe es única y para cada alma. La palabra sin fe es para todos y no vale para ningún alma.

«Vive y deja vivir»: esto es hablar sin Autoridad ni humana ni divina. Esto es hablar como lo hacen las personas que están en el mundo. Vive tu vida, vive sin Dios, vive con Dios, vive en paz, vive en guerra, vive matando, vive en castidad… Sirve para todo el mundo, pero no vale para nadie. Todos tienen que poner su vida, sus obras, sus pensamientos a esa palabra.

Este tipo de frases son las propias de hombres que no saben discernir entre el bien y el mal. No saben lo que es ni el vicio ni la virtud. No saben distinguir entre la Voluntad de Dios y la de los hombres. No saben poner límites al mal, porque todo vale. Es la frase que gusta a todo el mundo porque todos pueden añadir algo a esa frase.

No es una frase dogmática, que anule la participación de unos hombres. Es la típica frase masónica: que convencen a todos, pero en la mentira. Es la frase que une a todos los hombres en el lenguaje, pero no en el concepto.

Todos, en sus lenguajes humanos, dicen que viven sus vidas; pero todos, en esas vidas, tienen concepciones diferentes. Se busca la frase que sirva para todo el mundo, pero no se busca el concepto que la palabra tiene. No se llega a la Verdad de la palabra, sino que se queda en el término del lenguaje.
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Esto se llama la herejía del lenguaje humano, que anula el concepto de la palabra. Lo anula porque no se dice, sino que se deja para que todos pongan su concepto propio. De esta manera, se anula la verdad dogmática para sólo estar pendiente del lenguaje, del término, de la idea que gusta, de la moda.

Hoy todos viven de lenguajes sin concepto; es decir, de términos que sirven para todas las cosas, para todo el mundo: amor, libertad, vida, misericordia, etc. Todos se llenan la boca con estos términos, con el solo fin de atraer a la masa hacia ellos. Y todos ponen sus nociones, definiciones, entendederas a estos términos.

“Hay una canción de los Beatles que dice All you need is love (Todo lo que necesitas es amor), entonces le quería preguntar a usted que, además de Papa, es técnico químico, ¿cuál es la fórmula de la felicidad?”.

Ante esta pregunta, el hombre de fe se levanta de la mesa y dejado plantado al periodista. Es una pregunta con malicia, con alevosía, queriendo encaminar la respuesta según una mentira: dicen los hombres que todo lo que el hombre necesita es amor…

No se pregunta a un Obispo sobre lo que piensan los hombres sobre el amor. Se pregunta a un Obispo lo que Dios piensa sobre el Amor. Porque, para esto está la Jerarquía de la Iglesia: para enseñar la Mente de Dios a los hombres, para dar las inteligencias divinas a las mentes humanas, y así aprendan a pensar adecuadamente en Dios, no en sus vidas humanas.

Esta pregunta la hace un hombre, lleno de mundo, a un Obispo que rebosa sed de la gloria del mundo, que está dispuesto a hablar, en cualquier medio, sólo para ser del mundo, para pensar como el mundo piensa, para estar en la mente y en la boca de los hombres del mundo. Un Obispo que quiere un puesto en la sociedad, en la política, en la ciencia humana, en las culturas del mundo.

Su respuesta es la propia de un hombre sin fe: «Acá los romanos tienen un dicho y podríamos tomarlo como un punto del hilo para tirar de la fórmula esa, que dice: ”Anda adelante y deja que la gente vaya adelante”. Vive y deja vivir, es el primer paso de la paz y la felicidad».

Un hombre que vive de dichos, de cuentos, de fábulas, de novelas para no dormir, de historias de la sociedad… Pero que es incapaz de tener en su mente la sabiduría de Dios. Coge un refrán italiano para escupir su vómito: si quieres ser feliz, se vas en busca de la paz en tu vida, entonces sólo vive y deja al otro vivir.

Con esta asombrosa respuesta, este hombre se llena de orgullo en su interior para explicar esta frase: “Los dos movimientos tienen que darse: movimiento hacia la interioridad y el movimiento hacia el darse a los demás. Si uno se estanca en este movimiento (el interior), corre el riesgo de ser egoísta. Y el agua estancada es la primera que se corrompe”.
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Vive, en tu interior, pero deja vivir en lo exterior. Vive en la libertad de tu pensamiento y, por lo tanto, vive como quieras, según la idea que tengas de tu vida, según lo que encuentres en tu interior, en tu conciencia. No vivas de lo que Dios revela, de lo que Dios te impone en unos mandamientos. La moral ya no viene impuesta desde fuera del interior del hombre, sino que el mismo hombre la encuentra dentro de él. En sí mismo, el hombre es ley, es moral, es su propio dios. Busca a dios en ti, en tus pensamientos, en tus sentimientos, pero no lo busques fuera de ti. Lo que tienes que buscar fuera de ti es al otro: la vida del otro, su mente, sus obras, sus problemas, sus ideales, sus errores, sus pecados, sus triunfos…. Porque si no buscas al otro, lo que tienes dentro de ti se pudre: es agua estancada.

Así piensa Francisco: un hombre sin fe: masónico, panteísta y comunista en las dos primeras frases.

Estas tres herejías son propias de este hombre en su magisterio ordinario en la Iglesia. Siempre cae en algún error que revela estas tres formas de mentir a los hombres. Porque la herejía es una manera elegante de decir una mentira, algo que va en contra de una verdad Revelada, que es necesario creer, aceptar, para estar en la Voluntad de Dios.

Dios es Vida, pero no manda al hombre vivir, sino amar. Francisco opina lo contrario. Si hubiera dicho: ama y deja amar, entonces hubiera hablado correctamente. Pero ha confundido la vida con el amor.

Se vive amando, pero no se vive pensando, buscando una idea para obrarla y hacer una vida de ella. Francisco impera vivir, pero no muestra el camino para vivir. El camino para la vida es la verdad. Y quien obra la verdad, ama. Y quien ama, vive lo que ama.

Francisco no dice: vive escuchando a Dios. No dice la verdad, no pone un camino. Y, por tanto, sólo expresa su idea masónica: vive en la libertad de tu pensamiento: vive como quieras, como lo pienses, como lo sientas. Cuando no se da al hombre un camino para encontrar la verdad, sino que se deja al hombre que busque su propio camino, su propia verdad, entonces se pone el camino, siempre, de la mentira, del error, del engaño, de la falsedad.

Esta manera de hablar de Francisco es la propia del político, del hombre mundano, de la persona que vive para el caos del momento: vive de modas, de sentimientos, de oportunidades. Almas que viven una vida sin un norte verdadero: son como juguetes del destino. Son veletas de los pensamientos de los hombres: hoy siguen a éste porque dijo esta frase; y mañana siguen a otro porque dijo otra frase que les gustó.

El amor es la obra de la Voluntad de Dios. Amar es dar al otro el Querer Divino y, por tanto, es siempre una cruz, un sufrimiento, un desprendimiento de algo que el hombre se suele aferrar. Amar es difícil y, por eso, vivir amando es lo más complicado que el hombre pueda obrar en la vida. Vivir haciendo la Voluntad de Dios en cada segundo de la vida es sólo de personas santas. No es de cualquier hombre.

Francisco no hace caso de la Voluntad de Dios, que es el Amor, sino de la vida: la humana, la natural, la material, la carnal. En su pensamiento humano no está la Vida Divina, la Gracia. Si hubiera estado, no hablaría de esa forma. Pero, este hombre, que ha puesto la vida en sus sentimientos humanos, es incapaz de poseer los sentimientos de Dios. Es incapaz de amar, porque ha puesto toda su capacidad en vivir. Es un vividor del hombre, del mundo, de la gloria humana. Pero no es un amante de la Verdad, de la Voluntad de Dios. Sólo se ama a sí mismo porque lo ve con su mente humana, no porque nace de su amor a Dios. No sabe amar a Dios, porque vive la libertad de su pensamiento humano. Vive lo que piensa, pero no ama lo que Dios quiere.

Y, entonces, tiene que caer en el panteísmo: busca a Dios en su interior, una vez que lo ha negado en el exterior. Y, claro, no lo puede encontrar nunca. Si no busca a Dios por amor en lo exterior de la vida, después no se puede hacer, como hizo San Agustín: encontrarlo en su interior. Dios se revela al alma que lo busca por amor. Pero Dios no puede revelarse a ningún alma que busca un pensamiento sobre Dios, una vida sobre lo divino, una inteligencia sobrehumana.

El alma que no aprende a amar a Dios porque es Dios, entonces sólo busca el don de Dios, pero no a Dios, no Su voluntad, no Su Amor.

Dios sólo manda que el hombre ame: no le manda que piense, que vaya en busca de una razón para amar. Dios le da al hombre las razones para amar: sus leyes divinas, sus mandamientos. Y con sólo eso, el hombre ya puede amar. Y quien ama cumple con los mandamientos divinos. Dios siempre pone el camino para amar: la verdad. Quien no se somete a esa Verdad, entonces hace lo que hace Francisco: vive, pero no ama. Vive sus caminos y encuentra sus verdades, pero no es capaz de amar a nadie: ni a Dios ni al prójimo ni a sí mismo.

Por eso, este hombre cae en su panteísmo, que le lleva a su comunismo: date al otro. Es un darse sin una verdad. Es un darse de muchas maneras. Es un darse sin darse, porque no hay amor. Sólo hay una concepción errada del amor.

Pero el orgullo de este hombre no le deja ver su arrogancia: “En Don Segundo Sombra hay una cosa muy linda, de alguien que relee su vida. El protagonista, en ese momento, le relee su vida. Dice que de joven era un arroyo impetuoso que se llevaba por delante todo; de adulto era un río que andaba adelante; y que en la vejez se sentía en movimiento, pero lentamente remansado. Yo utilizaría esta imagen linda de Güiraldes, lo utilizaría con ese último adjetivo: remansado. La capacidad de moverse remansadamente, con mansedumbre y humildad, es el remanso de la vida, que no es el agua queda. Es un agua que camina, pero…. Los ancianos tienen esa sabiduría, son la memoria de su pueblo. Y un pueblo que no cuida a su ancianos no tiene futuro”.

El hombre, de joven, es impetuoso; de adulto, vibrante; en la vejez, manso. Vive tu vida, pero dedícate al prójimo, como yo lo he hecho. Yo soy un viejo, un anciano, que tiene sabiduría, que es la memoria del pueblo, de la iglesia. Y ustedes, que me escucháis, me tienen que cuidar por mis obras pasadas, que son muchas y de gran valor.

Esta, su arrogancia le ciega en sí mismo y no le hace ver su maldad, su gran pecado en la Iglesia, que no es de ahora, sino que viene de antiguo.

Francisco se siente como un viejo que se mueve remansadamente. Ha alcanzado la perfección en su vivir y, ahora, no escucha a nadie. Se cree santo y justo en todo lo que ha hecho en su vida. Y, entonces, se mueve en su vida actual, remansadamente: le dicen hereje y él no se inmuta. Él lo toma con mansedumbre, con humildad. Mira al que lo llamó hereje y lo deja a un lado con mansedumbre, remansadamente. Le llama apóstata y él vive remansadamente, sin hacer caso de esos hombres que lo juzgan mal porque a él lo llaman Santidad.

Francisco no ve sus pecados pasados –y son muchos- y, por tanto, no es capaz de ver sus pecado actuales, que claman al cielo todos los días.

Es triste tener a un hombre ciego para la verdad, que sólo puede ver la mentira. Pero es más triste tener a una Jerarquía de la Iglesia que dice que estas entrevistas de este ciego son doctrina católica. Y da asco comprobar cómo existen limpiabas, como Lombardi y otros, que se apresuran clarificar la tiniebla de un ciego para poner más oscuridad a sus palabras.

Quien no llame a Francisco, a partir de ahora, como Judas Francisco, es que no se ha enterado de la película que hay en el Vaticano. Francisco es el entretenimiento del Vaticano. Con él ganan dinero y fama en el mundo del espectáculo. Francisco es la farándula de los hombres borrachos de mundo. Es la boca de los católicos que sólo están en la Iglesia porque tiene que haber de todo. Es el payaso que mueve a la masa con sus dichos, dimes y diretes.

No pierdan el tiempo con este idiota y majadero. Cultiven su fe católica, porque vienen tiempos muy graves para todos.
viveydejavivirs

El pecado social de la Iglesia: obedecer a un impostor

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«Preguntad y ved. ¿Es que paren los hombres? ¿Cómo, si no, veo a todos los varones con las manos en los lomos, como en parto, demudados y amarillos todos los rostros? ¡Ah! Es el día grande. No hay anda igual a él» (Jer 30, 6).

Tiempo de Justicia el que vive la Iglesia entera, en que muchos sacerdotes y Obispos se abren de piernas, como las mujeres, y siguen celebrando sus misas. ¡Mayor abominación no puede existir dentro de la Iglesia!

El homosexualismo está condenado por Dios en Su Palabra. El homosexualismo es una vida en la carne, no es sólo un pecado de lujuria. Es algo más que caer en ese pecado. Es vivir de ese pecado. Es caminar con ese pecado. Es llamar a ese pecado el derecho, el deber, la virtud, el bien que hay que realizar para ser homosexual.

No se nace homosexual (ni lesbiana). Se nace hombre o mujer. Y se vive como hombre o como mujer, porque «el cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo» (1 Cor 6, 13). Dios no puede dar un cuerpo glorioso a un hombre que se arrastra en lo carnal, en la lujuria, en la sodomía. Porque ha creado el cuerpo para un bien divino, para una obra divina, para Él. Y Dios no se une a un homosexual. Cristo no está en un sacerdote homosexual. La boca de ese sacerdote es la boca del demonio. Y sus obras, en la Iglesia, son las obras del demonio.

«¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?» (1 Cor 6, 15) Y, ¿cómo es que muchos sacerdotes y Obispos, hacen de sus cuerpos miembros de la abominación? No se puede comprender qué hace una Jerarquía en la Iglesia que se revuelca en sus lujurias. ¿Para qué celebra la misa? ¿Para qué predica? ¿Para qué está en la Iglesia?

Francisco, antes de sentarse en el Trono de Dios, aprobaba la homosexualidad:

Y, claramente, una vez que gobierna la Iglesia con un falso Papado, ha hecho de la homosexualidad el centro de su gobierno. Ésta es la primera abominación que su gobierno da en la Iglesia. Es su primer pecado, porque necesita hacer de la Iglesia una comunidad de hombres que viven, cada uno, con sus propias ideas. Y tiene que acoger las ideas de personas que son abominables para Dios y, por tanto, para toda la Iglesia Católica.

Pero este lenguaje no le gusta a Francisco porque él niega la Revelación de Dios: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lev 18, 22). Esta Palabra de Dios es Vida, es Tradición Divina: «Yo soy Yavé, vuestro Dios. No haréis lo que se hace en la tierra de Egipto, donde habéis morado, ni haréis lo que se hace en la tierra de Canaán, adonde Yo os llevo; no seguiréis sus costumbres. Practicaréis Mis Mandamientos y cumpliréis Mis Leyes; las seguiréis. Yo, Yavé, vuestro Dios» (Lv 18, 3-4).

Francisco es el que tiene labia fina y aguda: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Esta es la finura de la herejía. Ésta es la política de Francisco en la Iglesia. Éste es el pensamiento de ese hombre que es un falso Papa.

Hay que insistir que el homosexualismo es una abominación, porque el mundo ya no escucha la Palabra de Dios. Ya no le cree a Dios. Vive sus costumbres, sus culturas, pero no los mandamientos de Dios, no sigue las leyes divinas. Por tanto, un hombre que no insiste en que la homosexualidad es una abominación, entonces está cambiando la Palabra de Dios. Y quien la cambia, sencillamente, se aleja de la Verdad y camina hacia el infierno.

Hay que predicar, a tiempo y a destiempo, que la homosexualidad es un pecado. Y un pecado contra Dios, es decir, un pecado personal; y un pecado social, es decir, un pecado fruto del pecado personal, un pecado que se hace con otra persona: son dos personas que hacen una sociedad para pecar, para mostrar su pecado. Ése es el pecado social. No es un mal social, sino juntarse varias personas para pecar en el mismo pecado personal.

Pero, esto, a Francisco, le importa muy poco, porque no cree en el pecado, ni en el personal, ni en el social. Sólo cree en los males que los hombres hacen; pero es incapaz de ver la raíz de ese mal y dónde se fija: en el alma. “Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar” (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102). Es decir, que para Francisco, el pecado es una mancha que el hombre tiene en su mente, pero no en su corazón. Y, por ese pecado, los hombres hacen muchas cosas malas en sus vidas.

Para Francisco, el pecado no es una obra libre de la voluntad del hombre, sino una imposición de la mente del hombre. Es una idea mala que se impone al hombre y que hay que quitar. Francisco siempre juega con las palabras. En su lenguaje humano, nunca está la Verdad, nunca el concepto verdadero de la cosa, sino que él se ha inventado sus verdades, sus definiciones, sus ideas de lo que es bueno y malo.

«¿Cuándo deja de ser válida una expresión del pensamiento? Cuando el pensamiento pierde de vista lo humano, cuando le da miedo el hombre o cuando se deja engañar sobre sí mismo» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). Éste es su culto a la idea humana. Y, por eso, Francisco, no puede creer en la Palabra de Dios. La idea del hombre es buena porque ve lo humano. Es mala porque pierde de vista lo humano. De este culto a la idea del hombre, vienen sus obras humanas en la Iglesia.

La idea de un hombre es válida porque su pensamiento humano acepta la Palabra de Dios; la idea de un hombre es errónea porque su mente humana no acepta la Palabra de Dios. Pero este planteamiento, Francisco no lo puede seguir. Él vive en su grandiosa mente: es decir, él vive en su locura senil. Está dando vueltas y vueltas a su idea. Éso es la locura: dar vueltas a algo sin parar. Es la mente rota que no puede callar, que sólo ve su idea. Y si su idea cabalga con lo que pasa en el mundo, entonces la obra.

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¿Por qué ha bendecido las hojas de coca de la dirigente revolucionaria Milagro Sala, que son sagradas para ella? «Para nosotros esta hoja es sagrada, es sabiduría, es medicina y nuestros abuelos las leen. Es muy importante para nosotros, aunque algunos le hayan dado un mal uso» (Fuente Perfil ). Son una superstición, van contra el primer mandamiento de la ley de Dios que prohíbe dar culto a otros dioses. Y las ha bendecido porque su pensamiento humano está clavado en lo que hacen los hombres, en lo que viven los hombres, en lo que obran los hombres. Y, entonces, asiente a la maldad de esa mujer, porque está ciego como ella. Y, en esa bendición, Francisco comete el mismo pecado que esa mujer: idolatría, superstición, adivinanza. Y se pone a la par de la vida de esa mujer. Se abaja a su vida, a sus obras, y apoya el pecado de esa mujer. Colabora con ella para seguir pecando. Le muestra a esa mujer que su pecado es válido, que puede seguir pecando, que mientras ame a los hombres, no hay problema en lo que hace. Que siga dando culto a las hojas de coca. Esto se llama: condenar a un alma al infierno. Francisco no salva almas en lo que hace en la Iglesia, sino que les muestra el camino para seguir pecando. Y eso es abominable.

Esto es Francisco: de palabra fina y aguda, que dice que lo que antes era pecado, ahora ya no se considera así por la Iglesia, porque él lo dice: «El pensamiento de la Iglesia debe recuperar genialidad y entender cada vez mejor la manera como el hombre se comprende hoy, para desarrollar y profundizar sus propias enseñanzas» (Entrevista por el P. Antonio Spadaro, S.J. Director de La Civiltà Cattolica). El pensamiento de la Iglesia es la Mente de Cristo, que es Inmutable, que no tiene en cuenta el pensamiento de ningún hombre. A Cristo le importa muy poco las ciencias de los hombres, su sabiduría, sus culturas, «porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos son vuestros caminos» (Is 55, 9). Lo que piensa Francisco no es lo que piensa Cristo. Y, por tanto, la Iglesia no tiene que entender la manera como el hombre se comprende hoy. La Iglesia tiene que comprender que si no se abaja de su pensamiento humano, se condena por ser Iglesia apóstata, que está dando culto a la mente de un hombre que no es Papa.

Este es el pecado social de toda la Iglesia hoy: es el pecado personal de muchos: Pastores, religiosos, fieles. Están obedeciendo la mente de un hombre. Esto se llama idolatría: dar culto a la idea de un hombre. Cuando Cristo enseña la verdad; Cristo ha dado toda Su Mente a la Iglesia para que los hombres den culto a Su Mente Divina. Y viene un payaso, como es Francisco, con una labia de serpiente, y nadie se atreve a decir: vete de la Iglesia, Francisco, porque eres un idolatra de tu propio pensamiento humano.

Y muchos callan por miedo, dudas, temores, etc. Pero siguen siendo culpables de idolatría, porque enseñan a los demás a seguir obedeciendo a un impostor, a uno -que saben- que no está diciendo la Verdad. Y, por eso, tienen mayor pecado.

En este pecado social, toda la Iglesia está envuelta, porque no acaba de comprender la Palabra de Dios: «ha de manifestarse el hijo de la perdición, que se opone y se alza contra todo lo que se dice Dios o es adorado, hasta sentarse en el Templo de Dios y proclamarse dios a sí mismo» (2 Ts 2, 4). Muchos no han comprendido que el Anticristo es un falso Papa, uno que se sienta en la Silla del Vicario de Cristo, el Vicario del Hijo de Dios. Al Anticristo hay que buscarlo, ahora, sentado en el Trono de Pedro.

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Esta Verdad es la que no pueden creer. La Jerarquía no la puede tragar, porque se creen muy justos y muy santos. Y, por eso, callaron la boca a Sor Lucía. Va a subir a esa Silla -que ahora ocupa Francisco- el Anticristo. Y Francisco le está preparando el camino. Le pone la alfombre roja: el comunismo. Lleva a la Iglesia al redil del pecado: el protestantismo. Y hace de Cristo el payaso de la humanidad. Es lo que muestra como falso Papa. Se pone una nariz de payaso, pone en el sagrario una pelota, se coloca una pulserita gay, hace cosas que Cristo nunca las haría, porque es el Hijo de Dios, no es el hijo de los hombres. Es el verbo Encarnado que viene al mundo para que el hombre deje sus culturas, sus invenciones, sus ideas, y se someta a la idea del Padre, al plan del Padre sobre su vida humana.

Francisco se está oponiendo a Dios con su lenguaje barato y blasfemo, con su labia fina y mordaz, con sus obras de pecado. Es ya un anticristo. Es un falso Profeta. Pero no es el adecuado para romper la Iglesia. No sabe romperla porque no tiene ni idea de lo que le va a pasar. Ha sido puesto para una cosa: y ya lo ha hecho. Ahora, los mismos que lo pusieron, lo dejan en la cuneta, porque el demonio tiene prisa para destruir la Iglesia: le queda poco tiempo y el camino es otro de lo que piensa Francisco en la Iglesia.

Pero el problema de la Iglesia es su pecado social. Están todos con una venda en los ojos. Y ese pecado crece y no se dan cuenta de que ya la Iglesia no es de Cristo, porque sólo está en las manos de los enemigos de Cristo: los masones. Y hay que salir de esa iglesia porque ella ya no es la salvación, el camino de la Verdad. Llega el momento en que Cristo ya no va a reconocer los escombros de la Iglesia como Su Iglesia. Cuando la Jerarquía podrida en Roma quite la Eucaristía, entonces Cristo ya no reconocerá esa Iglesia, no podrá salvar a las almas que se queden en esa iglesia. Ahora, les muestra el camino de salida, hacia el desierto. Y muchos no acaban de entender que hay que salir de Roma, de las estructuras que Roma ha creado para ser Iglesia. Esas estructuras no valen para nada. Ahora es cuando hay que comenzar a hacer la Iglesia remanente, en el desierto del mundo, unida en la Eucaristía.

Es Cristo el que une a las almas en la Verdad de Su Iglesia. Y una Iglesia que no adora a Dios en el Altar, sino que se dedica a las cosas del mundo -como se está haciendo diariamente-, no es la Iglesia de Cristo. Y hoy muchos altares son abominación. Sacerdotes, Obispos, que viven de sus lujurias y que ponen al demonio encima del altar para que todos le den culto.

Aquel que cambia la Palabra de Dios en un punto, en una coma, no es de Cristo. Aquel que interprete el Evangelio según la cultura de los hombres no es de Cristo. Aquel que haga de la Misa una reunión de hombres, para hacer sus obras del mundo, no es de Cristo.

Se es de Cristo porque se posee su mismo Espíritu, no porque se tiene una teología y un sacerdocio. Aquella Jerarquía, con labia fina y herética, que se alaba a sí misma, es la del anticristo. «Hijitos, ésta es la hora postrera»: Cristo viene, su Segunda Venida está a la vuelta de la esquina. «y como habéis oído que está para llegar el Anticristo, os digo ahora que muchos se han hecho anticristos, por lo cual conocemos que ésta es la hora postrera» (1 Jn 2, 18).

Francisco se ha hecho un anticristo; en su gobierno horizontal todos ellos se han hecho unos anticristos; toda la Jerarquía que apoya a Francisco y a su gobierno, se han hecho unos anticristos. Mucha Jerarquía que calla y no da la Verdad, porque no les conviene hablar ahora, también se han hecho unos anticristos. Queda muy poca Jerarquía humilde. Muy poca. Y sólo ellos pertenecen a la Iglesia remanente.

Porque muchos se han hecho anticristos en la Iglesia, por eso, el Señor viene. Pero nadie le espera, porque ya no hay fe. Roma ha perdido la fe, como la virgen lo profetizó y los hombres no han querido creerlo. Porque nadie, en la Jerarquía, cree en las palabras de la Virgen. Nadie. Cuando la Virgen toca a Roma y a los sacerdotes, la Jerarquía niega a la Virgen. Quieren una Madre que sólo les habla de amor, pero no quieren a una Madre que los castigue por sus muchos pecados.

Los anticristos salen de la Iglesia Católica, no del mundo: «De nosotros han salido, pero no eran de los nuestros» (1 Jn 2, 19). Porque un anticristo tiene que conocer toda la doctrina de Cristo y oponerse en todo a ella. Es lo que hace Francisco y toda su panda de sinverguenzas en la Iglesia. En el mundo, la gente no tiene ni idea de lo que es Cristo y Su Iglesia. Pero la Jerarquía podrida sabe lo que está haciendo con la Iglesia en estos momentos, pero es maestra en mentir y en engañar a todo el mundo, y nadie cae en la cuenta. Hay mucha maldad en la Jerarquía: parecen santos y son todos unos demonios encarnados.

En la Silla de Pedro se sentará el Anticristo. Un falso Papa, un Papado renovado en todas las herejías es el que dará la bienvenida al Anticristo. Ese Anticristo no sólo será el jefe de la Iglesia, sino que será el jefe del mundo, porque el Anticristo tiene que oponerse en todo a lo que es un Papa verdadero, que nadie lo puede juzgar, que nadie lo puede tocar. Y, como la Iglesia va a caer en la herejía más terrible de todas, por eso, ese Anticristo se presentará como Cristo, como el Mesías en carne. Y, muchos, que comulgan y se confiesan lo van adorar como Dios.

Nadie medita lo que viene ahora a la Iglesia y al mundo. Todos están esperando a un Sínodo para actuar ????. Es lo más absurdo: reunirse bajo la obediencia de un impostor, de uno que no escucha a nadie, sino sólo a su cabeza humana, para sacar una verdad para la Iglesia. Y la única Verdad que la Iglesia debe entender ahora es: Francisco no es Papa, es un impostor. Porque un Papa legítimo nunca puede renunciar al Primado de Juridicción sobre la Iglesia. Y, por eso, todo el poder de Dios está sobre Benedicto XVI. Si esta Verdad no la comprenden la Jerarquía, ¿para qué han estudiado teología? Para condenar almas al infierno.

Francisco invoca al demonio en el Vaticano

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Se ha realizado en el Vaticano un encuentro para invocar la paz. ¿A quién? A nadie. Es sólo una reunión de hombres para hacer propaganda ante el mundo del camino del amor fraterno: nos amamos tanto como hombres, que nos reunimos para hacer una charla sobre la paz. Que vean todos cómo nos amamos. Una reunión sin la Verdad del Evangelio. ¡Ay de los sedientos de gloria humana que hacen invocaciones para conquistar una falsa paz entre los hombres!

Tres momentos ha tenido esta reunión blasfema:

1. Una oración a Dios por el don de la Creación y por haber creado al hombre miembro de la familia humana.

a. Gran desperdicio de tiempo el empleado por estos hombres, porque ya no se ora al Dios Creador, sino al Dios Redentor. Se ora a Jesucristo, que es el que ha creado los Cielos y la Tierra con Su Palabra, y que ha puesto a la Creación el camino para salir de la maldición (= «las criaturas están sujetas la vanidad» (Rom 8, 20)) en que ha caído por el pecado del hombre. Y el Camino es el mismo Jesucristo. Pero ninguno de esos hombres ha ido a arrodillarse ante Jesús Sacramentado para ser alabanza de la Gloria de Dios con su boca y con su corazón, sino que, bien sentados en sus cómodos asientos, han blasfemado palabras groseras en la Casa del Señor. «Mi Casa es casa de oración», no es para charlar palabras vulgares, llenas de mentira, que sólo se dicen para agradar los oídos de los hombres.

Jesús es la Nueva Creación del Padre, que reúne todas las cosas: «Bendito sea Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que en Cristo nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos (…) nos dio conocer el Misterio de Su Voluntad, conforma a su beneplácito, que se propuso realizar en Cristo en la plenitud de los tiempos, reuniendo todas las cosas, las de los cielos y las de la tierra» (Ef 1, 3.9-10). En Jesús, el Padre creó todo; y en Su Hijo Jesús, el Padre lo recrea todo. Luego, ya no hay que orar al Dios que crea, sino al Dios que lo recrea todo en Su Hijo. Es necesario orar a Jesucristo para dar gracias al Padre, no sólo por la Creación, sino por la Nueva Creación en Su Hijo.

«Vi un Cielo Nuevo y una Tierra Nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido; y el mar ya no existía» (Ap 21, 1). ¿Por qué perdéis el tiempo con mundo creado que va a desaparecer? Hemos sido, en Cristo, «heredados por la predestinación (…) a fin de que cuantos esperamos en Cristo seamos para alabanza de Su Gloria» (Ef 1, 11a.12b).

b. El deseo del hombre por fortalecer los lazos de fraternidad les ciega en sus planes de gobierno. Las naciones están ardiendo en discordias, luchas civiles, enfrentamientos de todo tipo por una sola razón: nadie cumple con la ley de Dios, con los mandamientos que el Señor ha revelado en Su Palabra. Y ¿os atrevéis a reuniros, sabiendo que faltáis en muchas cosas a la ley de Dios, para pedir paz entre los hombres? Si en vuestros corazones no está la paz con Dios, porque no guardáis los mandamiento divinos, ¿cómo queréis la paz en vuestros pueblos, la paz con los hermanos, si a nadie le importa el amor a Dios, las exigencias de ese amor entre los hombres y, por tanto, entre los diversos pueblos?

concesiones

¿Cómo esperan los hombres que Dios dé la paz a todos los pueblos, si cada uno tiene un culto diferente a Dios, si en cada pueblo hay un dios que no es el Dios verdadero? Si no se profesa la fe verdadera, la fe católica, si los hombres no reconocen a un solo Dios, que es Uno y Trino, ¿cómo se van a reconocer como hermanos, si cada hombre es hijo de su dios? Se quiere llegar a un ideal fraterno concebido sólo en la cabeza de los hombres, inventado por los hombres, que no es la realidad de la vida.

Si el hombre es hijo de Dios, entonces todos somos hermanos. Pero no somos hermanos, porque los hombres no tienen al mismo Dios como Padre: «Vosotros tenéis por padre al diablo, y queréis hacer los deseos de vuestro padre» (Jn 8, 44).

Francisco: tu padre es el diablo y, por tanto, no eres hijo de Dios. Consecuencia: no somos hermanos. No hay fraternidad contigo. Tolerancia cero.

A todos esos hombres, que se han reunido, movidos por su deseo de gloria humana: no hay fraternidad con ellos. A todos los que han apoyado ese evento: no hay fraternidad con ellos. Son hijos del demonio. Tolerancia cero.

Y lo enseña la Iglesia Católica: «Tales tentativas no pueden, de ninguna manera obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). No se puede aprobar la reunión que se ha hecho en el Vaticano, porque es una gran mentira. Un hombre que no cree en un Dios católico, invita a un encuentro para pedir la paz a un dios que no es católico. Mayor blasfema no puede haber. ¿Cómo se puede sustentar eso? Es que no entra en la cabeza de uno que tenga dos dedos de frente.

«Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco vienen a parar al naturalismo y ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Quien quiera apoyar a Francisco en esta reunión está declarando su naturalismo y su ateísmo. Ha perdido la visión de la doctrina católica. Ha dejado de ser Iglesia. Pertenece a la iglesia, fabricada en la mente de Francisco, para engañar a todos los hombres.

2. Pedir perdón a Dios por las veces que se ha fallado contra el prójimo y por los pecados contra Dios y contra el prójimo.

Para pedir a Dios perdón por los pecados y las faltas al prójimo, sólo hay un camino: la Penitencia, la expiación de los pecados, el Sacramento de la Reconciliación. Es necesario confesarse con un sacerdote y hacer vida de penitencia por los pecados. Ninguno de los asistentes a esa reunión se ha arrodillado ante un confesor para decir sus pecados, ni vive una vida de expiación por sus pecados ni por los del prójimo. Y, entonces, ¿para qué os llenáis la boca pidiendo perdón a Dios. Os confesáis directamente con Dios, que es la doctrina más fácil, y que a todo el mundo le gusta. Como ninguno de ellos tiene una fe católica, entonces sólo han proclamado su fariseísmo ante todo el mundo.

¡Ay de ti, Francisco, hipócrita y fariseo, que te llenas la boca de amor al prójimo y con tu arrogancia, destruyes la Tradición de la Iglesia!

¡Ay de ti, Francisco, que has perdido los papeles en la Iglesia y te has atrevido a ponerte por encima de Dios!

No dice Dios en su Palabra: “No tendrás otro Dios que a Mí” (Ex 20, 3). Y, ¿cómo te atreves a organizar un acto sabiendo que ni tú, ni los judíos ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen a la Santísima Trinidad como Dios en sus iglesias, en sus religiones, en sus naciones? Haces un encuentro para ponerte por encima de la autoridad de Dios, que es clara en Su Palabra Revelada. Pero tú no crees en la Revelación Divina, y, entonces, ¿por qué no se te cae la cara de vergüenza al pedir a Dios perdón por las faltas al prójimo, si no sabes ver tu propio pecado de orgullo y de soberbia ante Él? ¡Francisco: fariseo e hipócrita! ¡Tu mismo acto de invocación a la paz es una declaración de guerra a Dios y a los hombres!

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Francisco, has hecho un acto blasfemo, según el orden cronológico del origen de las tres confesiones, para enseñar tu mentira. Es más importante -para ti- la obra de los hombres, su historia, sus tiempos, que la Obra Eterna de Dios. Te fijas en el nacimiento histórico de las religiones, de las iglesias, pero no caes en la cuenta, -porque vives ciego en tu soberbia-, de que sólo hay una Iglesia Eterna, que no tiene su origen en el tiempo de los hombres, que no nace con una voluntad humana, que no es pensada por ninguna cabeza del hombre. Una Iglesia que es la depositaria infalible de toda la Verdad y que, por tanto, ni los judíos, ni los musulmanes, ni los ortodoxos, tienen nada que decir a la Iglesia. No hay en ellos ninguna verdad y, por tanto, el nacimiento de esas religiones es del demonio, es fruto del pecado de los hombres por no querer adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. ¡Qué gran mentira has realizado, hoy, ante todo el mundo. ¡Cómo vas a caer por tu orgullo, por ponerte por encima de la Palabra de Dios! ¡A quién habéis adorado, hoy, sino a vuestro padre el diablo!

3. Para pedir a Dios el don de la paz.

¿Cómo es posible que se unan los hombres, cada uno con sus ritos, con sus oraciones, con sus profetas, con sus dioses, y poder conservar un mismo sentir y un mismo juicio? Las oraciones del Corán, ¿no atacan a la Iglesia Católica? Y, entonces ¿por qué se pide la paz con las palabras del libro del Corán? Los judíos, con sus rabinos, ¿no enseñan la Tora, que es contraria al Evangelio de Jesucristo? Y, entonces, cómo es posible que Dios dé el don de la Paz a los hombres si éstos no hablan con la misma Palabra de Dios, sino que usan sus palabras, llenas de orgullo y de soberbia?

Francisco ha hecho un acto irrazonable. No tiene ni pies ni cabeza.

Pero, ¿qué paz puede haber entre hombres que defienden doctrinas contrarias? ¿No viene la paz de la unión de los corazones?. Y los corazones, ¿no se unen si no hay una misma fe, un mismo Bautismo, un sólo Señor, una sola Iglesia? Entonces, ¡qué gran montaje publicitario el de esos tres hombres de negocios!

Ninguno de los tres adora a Cristo realmente presente en la Sagrada Eucaristía. Ahí está el verdadero Dios. Los tres se adoran a sí mismos y sólo luchan por la gloria del mundo.

La unidad de todos los cristianos «no puede nacer más que de un solo magisterio, de una sola ley de creer y de una sola fe de los cristianos» (Mortalium Animos – PÍO PP. XI). Y donde hay diversidad de pareceres, de opiniones, de ideas, allí está el menosprecio de la Verdad, la anulación de todo dogma, la imposición de una mentira para salvaguardar las apariencias externas con los hombres.

Hay una única manera de unir a todos los cristianos: oración y penitencia, para que los hombres se alejen de sus cultos, de sus religiones, de sus iglesias, de sus pecados, y puedan entrar en la Iglesia Católica adorando a Jesucristo, que está presente en cada Sagrario del mundo.

Y si los hombres del mundo no van primero de rodillas a la Virgen María, dándole culto por ser la Madre de Dios, no es posible la conversión de nadie en el mundo, no es posible la paz en el mundo. Los hombres no pueden amarse como hermanos si no aman ser hijos de María. Es la Virgen María la Reina de la Paz en cada corazón que la tiene como Su Madre. El hombre que desprecie a Su Madre no puede ser hermano de otros hombres, sino un demonio que destruye a los hijos de Dios.

Realizar un acto de oración por la paz donde no han estado presente ni la Virgen María ni Su Hijo Jesucristo, es una blasfemia dentro de la Iglesia Católica.

Es Jesús nuestra Paz; es la Virgen María la que engendra la Paz de Su Hijo en cada corazón que vive en Gracia. ¡Pedís la paz y no queréis la Gracia que trae la Paz! Entonces, ¿para qué gastáis saliva pidiendo una mentira a un dios mentiroso?

eucaristia

La Iglesia está viviendo la mentira que los hombres han acaudalado en sus mentes soberbias. Un Francisco, arrogante en su gobierno, que sólo está buscando la gloria del mundo. Y lo manifiesta en esta charla sobre la paz. Una charla sin Verdad; unas palabras del demonio; un acto que abre el cisma en la Iglesia.

Cuando la misma Jerarquía no combate la mentira, se hace mentira en la Iglesia, se hace engaño en las palabras, se hace lujuria en las obras que ofrece en la Iglesia.

Una Jerarquía que no abre su boca para enseñar que no se puede comulgar con el acto de Francisco, sino que enseña a unirse a esa blasfemia, eso es el cisma en la Iglesia.

La Iglesia no está para abrir las puertas al mundo, sino para que los demás abran sus corazones a la Verdad, que debe resplandecer en cada miembro de la Iglesia.

Pero, cuando los miembros de la Iglesia sólo brillan por sus mentiras, por su silencio, por acomodarse a las circunstancias de la vida, entonces el mundo se regocija porque ve abierto el camino para destruir lo que nunca ha podido hacerlo porque había una cabeza que protegía la verdad.

Francisco no es un Papa Católico, un Papa que guarde la doctrina de Cristo, que batalle contra toda mentira, contra todo pecado; sino que es una cabeza, puesta por muchos, para destruir la Iglesia. Y si todavía no se entiende así a Francisco, es que pertenecéis a su misma iglesia.

Francisco es el que hace el cisma en la Iglesia. El cismático es el jefe, es el que gobierna con la mentira, alejándose de toda ley divina y natural. Francisco es el que ha dividido a Cristo y a la Iglesia con su doctrina del demonio. La Iglesia nunca divide cuando proclama la Verdad. La Iglesia nunca excluye cuando hace justicia a los que no quieren ponerse en la Verdad. Son los hombres, con sus pecados, con sus filosofías, con sus mentes, los que dividen la Verdad y la Obra de la Verdad, que es la Iglesia.

Y si los hombres no se empeñan en quitar sus ideas, los hombres se condenan por sus mismas ideas. Porque sólo el que sigue a Cristo tiene que tener en su mente la misma Mente de Cristo, que es el Pensamiento del Padre, la Palabra del Hijo y el Amor del Espíritu. Y aquel que no tenga la Mente de Cristo, sólo vive en la Iglesia adulándose a sí mismo con sus mismas inteligencias, con sus mismas razones, con sus misas ideas. Y se hacen ciegos que conducen a otros ciegos al precipicio.

¡Qué gran maldad la que se ha hecho este día! ¡Qué gran castigo viene a toda la Iglesia y a las naciones que han participado en ese acto del demonio!

Dios no da la paz porque los hombres lo expresen con sus palabras. Dios da la paz porque ve a los hombres humillarse hasta el polvo, poniendo su orgullo en el suelo y pidiendo a Dios perdón y misericordia para salir de su negra vida de pecado.

Y hasta que el hombre no comprenda el abismo de su pecado, Dios no da la paz al hombre. Hasta que el hombre no se ponga en el lugar que le corresponde, su nada, su miseria, su pecado, Dios se cruza de brazos y no da nada a nadie. Sólo observa cómo los hombres destruyen lo más valioso en la tierra: la Iglesia Católica.

¡Pobre Francisco: su caída va a ser sonada!

La ciudad de Babel en el Santo Sepulcro

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«Cuando cristianos de diversas confesiones sufren juntos, unos al lado de los otros, y se prestan los unos a los otros ayuda con caridad fraterna, se realiza el ecumenismo del sufrimiento, se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia» (Discurso de Francisco en el encuentro ecuménico en la Basílica del Santo Sepulcro).

Cuando un ortodoxo, un evangélico, un protestante, un católico, uno de cualquier secta cristiana o religión, sufren juntos, y se ayudan unos a otros, entonces se realiza el ecumenismo del sufrimiento.

Esta novedad es el cisma en la Iglesia Católica. Esto no se puede decir y quedarse tan tranquilo, como si esta predicación fuera sentida, verdadera, llena de unidad entre los hombres.

Hay que saber lo que se está diciendo, para no hablar disparates.

Jesús es el primero en desear que exista una verdadera unión entre las diversas iglesias, para que todas sea una en Él, que es la Cabeza de la Iglesia.

Cuando se dice: todos en uno, se está indicando que existe, entre muchos, una unidad. Y ésta sólo se da cuando el grupo que forma esta unidad tiene un mismo sentir, una sola alma, un solo corazón, una sola fe, un solo Bautismo y un solo Señor, Dios y Padre.

Esta sintonía espiritual debe estar en todos los miembros que forman el Cuerpo Místico. Si no está en todos, no es posible que todos sean uno, como el Padre y Jesús son uno. No es posible, cuando algo falla: si hay pensamientos discordantes, que dividen, que llevan al error, a la mentira; si los corazones no están en la Gracia, sino que permanecen cerrados al Espíritu, por el pecado; si no se siguen todos los dogmas, todas las verdades, la ley divina y la ley natural, sino que cada uno interpreta la verdad como le parece; si el sentimiento de lo divino se anula por el sentimiento de lo humano, poniendo lo humano como centro del culto divino; entonces, es claro, que Cristo no está en los miembros y ellos tampoco están en Él.

Para que se dé esa cohabitación entre el Creador y las criaturas, el hombre debe desterrar de su corazón el error y amar la verdad.

Consecuencia: por más que un católico, que sigue todas las verdades, todos los dogmas, sufra junto a un protestante, que no sigue ninguna verdad, que hace de la vida moral su propio pensamiento, su propio ideal, que da culto a su libertad por encima de la verdad; por más que se sufra juntos y se ayuden juntos, unos a otros, no existe unidad, unión, ni entre el católico con el protestante, ni entre Cristo y el protestante.

Esto, si no se tiene claro, se dice la herejía del ecumenismo del sufrimiento.

Tamaña barbaridad sólo puede venir de la boca de un hereje y de un cismático, como es Francisco, que en la mañana ha predicado su herejía del humanismo, para confirmarla, en la tarde, en el encuentro ecuménico.

Los sufrimientos humanos no nos unen a Cristo, no producen la unidad entre los cristianos y Cristo. Porque la unión entre el Padre y Jesús es la unión en la Voluntad Divina. Jesús hizo la Voluntad de su Padre, que consistía en sufrir y morir en la Cruz por todo el género humano. Para esto vino Cristo a la tierra. Y no para otra cosa.

«que todos sean uno; como tú, Padre, en Mí y Yo en ti» (Jn 17, 21). El Padre y Jesús son uno en la única Voluntad Divina. El Padre, en Jesús, es uno; Jesús, en el Padre, es uno. El Padre pone en Su Hijo, su Voluntad. Y el Hijo obra, en el Padre, su Voluntad. Sólo es posible ser uno en la Voluntad. El Hijo sufrió para hacer la Voluntad del Padre. Y no podía no sufrir, porque el Padre le mandó a la Cruz. El Hijo se mantuvo en la Voluntad de Su Padre en la Cruz, haciendo de su vida un camino a la muerte en Cruz. El Hijo vivió para morir en una Cruz. De esta manera, nunca se salió de la Voluntad de Su Padre.

Y Jesús enseña este camino al hombre: el de la Voluntad de Dios. Si los hombres no sufren para cumplir los mandamientos de Dios, las leyes divinas, las leyes naturales, entonces se salen de la Voluntad de Dios. Si los hombres no quitan de sus corazones los errores, los apegos a la vida, los proyectos que conciben para vivir bien, según sus voluntades humanas, entonces se desprenden de la Voluntad de Dios para sus vidas.

Y, por más que sufran en sus vidas humanas, por más que pasen hambre, estén enfermos, sientan el abandono de los hombres, reciban injusticias de los hombres, rechazos, si no sufren con Cristo, si no permanecen en la Gracia para dar valor a esos sufrimientos humanos; si se sufre por algo humano mientras se vive de espaldas a la ley de Dios, entonces Cristo no está en el que sufre, ni el que sufre está en Cristo.

La Voluntad de Dios no está en el sufrimiento de los hombres, no permanece en el hombre que sufre y que vive, al mismo tiempo, alejado de la verdad por sus pecados.

Ni el hombre que sufre viviendo en un estado de pecado habitual tiene en su corazón a Cristo. No puede tenerlo, porque el pecado impide la Gracia, que Cristo ha obtenido de Su Padre por ser Uno con Él, en el Calvario.

Este hombre, Francisco, dice su palabrería y la gente no sabe discernir lo que habla con su boca de dragón.

«Y habrá un solo rebaño, bajo el cayado de un solo Pastor» (Jn 10, 16). Francisco ha entrado por otra puerta en la Iglesia, saltando los muros, y camina y hace caminar a las almas por otros senderos: su humanismo. Y lleva a esas almas al precipicio de la condenación eterna.

«se realiza el ecumenismo de sangre, que posee una particular eficacia no sólo en los lugares donde esto se produce, sino, en virtud de la comunión de los santos, también para toda la Iglesia».

Así que los católicos, los ortodoxos, los protestantes, los evangélicos, etc…, son todos santos. Esto es lo que está diciendo ese hombre. Como todos están unidos, porque sufren juntos, porque se ayudan unos a otros, entonces sus obras son merecedoras del Cielo, ya que irradian la santidad en los lugares que se da esa unión, y Dios, a través de sus santos, confirma, para toda la Iglesia, esa unión.

Tamaña herejía sólo puede provenir de la boca de un hombre que no sabe hablar la Verdad, con el respeto que ésta tiene, por ser Cristo la verdad de todo hombre.

Francisco pretende enseñar a Dios y corregir los designios de Dios. Esta es su soberbia manifiesta. Está diciendo que los sufrimientos de todos los hombres son sagrados, santos, y que Dios lo confirma con la comunión de los santos. Esto es un espíritu soberbio, prepotente, orgulloso y arrogante, que quiere alcanzar el Cielo con las solas fuerzas humanas. Quiere llevar al Cielo a los hombres por el camino fácil: sus sufrimientos en sus vidas los salva. No necesitan creer en otras cosas. Esos sufrimientos nos unen en la Voluntad de Dios y nos dan, no solo la salvación sino la santificación.

Gran herejía porque el cisma está abierto ya en la Iglesia Católica.

Francisco no desea estar en la Iglesia ni llevar las almas al cielo. Lo único que desea es suplantar a Dios, ponerse en su lugar y mostrar al hombre el camino de su inteligencia humana: lo que él ha vivido toda su vida, eso es lo que enseña ahora sentado en la Silla de Pedro: su herejía del humanismo, del sentimiento de la ternura; una ternura que es vicio, que no procede de la virtud de la templanza ni del don de la sabiduría divina.

Por eso, Francisco está construyendo una iglesia que es la ciudad de Babel, que emerge hoy de las cenizas, porque jamás ha habido en la Iglesia tanta soberbia, orgullo, prepotencia y arrogancia, en toda la Jerarquía. Y ése es el sello de Satanás. Y esta soberbia induce a muchos hombres, a mucha gente de Iglesia, a levantarse contra Dios y contra Su Ungido, Jesucristo, y a creerse con derecho de dejar la Tradición, los dogmas, las enseñanzas de siempre, porque valoran, por encima de todo, sus vidas humanas y sus problemas como hombres.

«Los modernistas y apóstatas se sentirán liberados de las normas, de las Tradiciones y el Dogma, y trazarán un Magisterio a su capricho y acorde con el espíritu del mundo y no con el Espíritu Santo, por ello, perderán la Línea de la Gracia y no será ya la Iglesia que comenzó el día de Pentecostés, sino que quedará en una institución solamente humana como tantas otras. Se integrarán en eso que llamáis “globalización” y en una religión única que acoge a todas las religiones, respetando a cada una, con el nombre y el pretexto de la catolicidad, esto dará apertura a que un árabe como Maitreya, pueda introducirse en la religión “católica” y exponer su doctrina de Anticristo en los templos católicos, pues en las personas ya lo están haciendo hace años. Lo que hoy os parece un imposible se hará realidad, cumpliéndose la profecía de Daniel en los versículos 30 al 36 del capítulo 11» (Pequeña alma. España. 2001).

Cisma abierto en toda la Iglesia

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Muchos dicen: ¿por qué se le critica tanto a Francisco? ¿No ha dicho el Señor que no juzguen para no ser juzgados?

Las almas no han comprendido lo que es la vida espiritual, que es algo diferente a la vida moral.

Todos pueden juzgar el espíritu de otra persona: «el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2, 15).

Todos pueden juzgar a un homosexual, un ateo, a un masón, a un budista, a un protestante, a un comunista, etc., cuando el juicio es sobre su vida espiritual.

Jesús ya ha marcado el camino de la verdad en el Espíritu: las leyes divinas, las leyes naturales, los dogmas, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, la Palabra de Dios.

Todos aquellos que siguen la doctrina de Cristo juzgan a los demás: a los que la siguen y a los que no la siguen.

Los que no siguen la doctrina de Cristo no saben juzgar a los demás de manera espiritual, porque no tienen la Verdad, que viene del Espíritu de Cristo.

Todo aquel que permanece en la Verdad, que es Cristo, lo juzga todo, porque se apoya en esa Verdad, en Cristo mismo, en Su Mente; no se apoya en la verdad que tiene en su mente humana. Es la verdad que Dios ha dado al hombre y que nunca cambia, que es siempre la misma, aunque el hombre y el mundo cambien.

La ley divina dada a Moisés es para siempre, para todos los tiempos. La doctrina que enseñó Jesús a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por la Tradición, enseñada por el Magisterio auténtico de la Iglesia, y contenida en los Evangelios, es para siempre. No se puede cambiar una tilde, una palabra, a esa doctrina. Esa doctrina es la única verdad. La Verdad Absoluta. La verdad que todo hombre debe tener en su corazón, para que su mente piense la vida como Dios la ve.

Todo aquel que está en la Verdad, que se agarra a los dogmas, que no transige con la mente de los hombres ni con sus leyes, entonces lo puede juzgar todo, cualquier cosa y a cualquier persona, sea sacerdote, Obispo o Papa, en el aspecto espiritual.

Puede decir: ese sacerdote se equivoca porque no sigue el dogma, no sigue la verdad.

«Pero como todos sabemos, es el jardín de Dios una gran variedad de colores. No todos los que han nacido como un hombre se sentirán como un hombre, y también en el lado femenino. Ellos se merecen, como seres humanos, el respeto a la que todos tenemos derecho. Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito. (…) oren por él, por la bendición de Dios para su vida. ¿Una victoria de la tolerancia? (…) Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista» (Cardenal Christoph Schönborn – 15/05/2014).

Todos aquellos que siguen la Verdad pueden juzgar al Cardenal Schönborn porque se ha puesto en la mentira.

1. en el jardín de Dios, que es la Creación material sólo se da: hombre y mujer, varón y hembra, masculino y femenino. Es decir, no se dan ni los homosexuales, ni las lesbianas ni otra cosa que se invente el hombre;

2. en el jardín de Dios, se produjo el pecado de Adán y, por lo tanto, el demonio es el que crea a los homosexuales, las lesbianas, etc.

3. Dios juzga el pecado de los homosexuales y las lesbianas como abominación y lo castiga con una pena social: pena de muerte.

4. Si Dios juzga a la persona homosexual como abominación, todo hijo de Dios tiene la obligación de juzgar al homosexual como abominación. Porque el hijo de Dios sigue la mente de Dios; no sigue la mente de ningún hombre.

5. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado, en la Iglesia, a seguir la Mente de Dios y enseñarla a todas las almas. Quien no haga esto, automáticamente se pone fuera de la Iglesia.

6. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado a hacer oración y penitencia por los pecadores, para que reciban la gracia del arrepentimiento. Y están obligados a decir a un pecador público que quite su pecado si no quiere condenarse por él.

7. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, que no enseñe la ley divina, sino que se invente su ley divina en la Iglesia, y procure contentar a los hombres con sus bellas palabras humanas (=tolerancia) no pertenece a la Jerarquía verdadera, sino a la infiltrada, a la que no es de Cristo.

8. Todo fiel en la Iglesia está obligado a obedecer la Mente de Dios, no la mente de los hombres, aunque sean sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papa, cuando dicen, predican, obran lo contrario a la ley divina.

Esto es hacer un juicio espiritual: el Cardenal Schönborn pertenece a la Jerarquía infiltrada porque no enseña la Verdad sobre la homosexualidad ni sobre el acto creador divino sobre la naturaleza humana. Por tanto, no se le puede dar obediencia ni respetarlo como sacerdote ni como Obispo. Se le respeta como hombre, porque es libre de condenarse por sus pecados.

Hasta aquí el juicio espiritual, que todo el mundo puede hacer si está en la Verdad, que es Cristo.

Lo que Cristo prohíbe es el juicio moral sobre las personas.

Cada persona, independientemente de su vida espiritual, tiene una vida moral. Esa vida moral nace de su voluntad humana, que está regida por una razón.

Todo acto moral es una obra de la voluntad del hombre. Todo hombre, en su vida, elige una obra guiado por una razón: divina, humana, demoníaca. Y, según sea esa razón, así será su acto moral. Este acto moral sólo Dios puede juzgarlo, no el hombre.

Dios mandó al profeta Oseas buscar una prostituta. Y Oseas realizó un acto moral que, para los hombres es pecaminoso, pero no para Dios. Dios le mandó obrar una justicia en esa prostituta. Es un mandato divino.

Dios mandó a Abraham sacrificar a su hijo. Eso es ir en contra del mandamiento divino: «no matarás». Pero, como Dios lo manda en Su Justicia, para obrar una justicia por el pecado del hombre, entonces no es pecado y ese acto moral es bueno para Dios, para Abraham y para el hijo que se sacrifica. Igualmente, lo que hizo Oseas es un acto moral bueno, para él y para la prostituta.

Cuando Dios manda estas cosas, no se las dice a cualquiera, sino a personas de mucha vida espiritual, como Abraham y Oseas. Personas de gran fe en la Palabra de Dios. Y esto que manda Dios no es saltarse la ley divina, los mandamientos; no es una excepción en la regla; no es un capricho divino. Es una obra divina, santa, que sólo Dios sabe medir; no los hombres. Y sólo el que la obra, sabe por qué Dios se lo manda. Esta obra no es conocida por nadie. Por eso, Abraham la obró sin el conocimiento de nadie. Y lo mismo Oseas.

Pero si el hombre, en su acto moral, no sigue los mandamientos de Dios, la ley divina, entonces siempre comete un pecado. Se puede juzgar el pecado de esa persona, porque entra en la vida espiritual; pero no se puede juzgar a la persona, porque no se conoce la intención con que realizó ese pecado. No se puede juzgar su vida moral: su acto moral. Pero sí su pecado. Y, entonces, sólo queda un camino ante el acto moral de la persona: rezar por ella, hacer penitencia por su pecado.

Adán, siguiendo la mente del demonio engendró un hijo: Caín. Este acto moral es un pecado. Se juzga espiritualmente el pecado, pero no se juzga a Adán, su acto moral, que sólo Dios sabe medirlo y ponerle el camino de Su Justicia. Lo que hizo Adán es una obra de su voluntad humana según el orden de una razón demoníaca. Es un acto moral, no sólo del hombre, sino también del demonio en el hombre. Por eso, el demonio tiene derecho a la vida moral de los hombres; por el pecado de Adán.

Ante las declaraciones de este cardenal, se juzga su visión espiritual del homosexualismo, pero no su acto moral. Ha pecado con esas declaraciones. Y su pecado es muy grave, porque ha dicho una herejía y ha puesto el camino para el cisma. Pero no se puede decir que este Cardenal está condenado al fuego del infierno, porque no se le puede juzgar en su vida moral. Ésta la juzga Dios.

Lo que tiene que hacer toda alma, fiel a Jesucristo, es apartarse de este Cardenal, no seguir sus predicaciones, sus enseñanzas, porque son heréticas; y rezar para que deje lo que está haciendo en la Iglesia y busque ayuda espiritual para su alma. Porque si no ve su pecado, entonces es cuando se condena.

Estas cosas hay que tenerlas claras en la Iglesia. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla. Y se salva luchando contra el pecado y contra los hombres que ayudan a pecar, que son tentación para el pecado. Y, por tanto, en la Iglesia sobra la tolerancia humana, que es un pecado grave.

Una cosa es respetar a ese homosexual como hombre, porque es libre para obrar su pecado, donde quiera y ante quien quiera. Y otra cosa es defender la verdad ante el pecado de ese hombre.

Si no se defiende la Verdad, sino que se tolera la mentira, el pecado, el error, el engaño, entonces el pecado se anula, el pecado se apoya, se justifica, se ensalza, y se hace un mal mucho mayor. Porque quien alaba el pecado de un homosexual, quien no lo corrige, entonces no es capaz de hacer penitencia por su pecado para que su alma se salve. Sino que se le invita a seguir pecando, a seguir en el camino del pecado, y se le enseña una utopía: que Dios lo bendice en su pecado.

Es lo que este cardenal ha dicho: «oren por él, por la bendición de Dios para su vida». Lo que este Cardenal no sabe es el cisma que ha abierto con estas palabras. Este cardenal alaba el pecado del homosexual: «Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito». Esto es una grave herejía viniendo de un consagrado.

Hay que orar para que este homosexual diga un no a su pecado. No hay que orar para que Dios bendiga su vida. Dios no bendice si el alma no se aleja del pecado. Dios no derrama sus dones si el alma justifica su pecado. Dios no da nada al hombre que quiere pecar y que vive su pecado, sin poner ninguna traba a él.

Es muy grave lo que este Cardenal ha expresado. Gravísimo. Pero así es todo ahora. El culpable de estas declaraciones es Francisco. El comenzó con el juego del lenguaje: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J.- Director de La Civiltà Cattolica).

Yo soy hijo de la Iglesia, pero tenéis que pensar como yo pienso: no juzgues a los homosexuales. Hay que cambiar la ley divina en cuanto a los homosexuales.

¡Faltaría más!: yo soy hijo de la Iglesia, pero es mejor ser hijo del demonio en cuestión de los homosexuales. Es la propaganda que Francisco se hace a su orgullo, a su pecado. El que es de la Verdad dice la Verdad como es, no se anda con juegos semánticos, con licencias linguísticas, con eufemismos pegajosos.

Es que es necesario seguir insistiendo que el homosexual es una abominación. No hay que lanzar la doctrina de la tolerancia. No podemos ser tolerantes con la mentira, con la idea del demonio, con las ideas de los hombres. Porque el hijo de Dios sólo tiene la Mente de Dios. No posee ni siquiera su propia mente humana. El hijo de Dios no es de él mismo, sino de Su Padre Dios. Y, por eso, todo hijo de Dios lucha contra su mente humana y contra la mente de todo hombre, si es tentación para su vida espiritual, si es un peligro para la salvación de su alma y la de los demás.

La vida moral de las personas es para su vida espiritual. Y no es al revés. No es primero la vida espiritual: no es primero ser masón, budista, protestante, marxista, pecador, etc., para tener una vida moral. Esto es una aberración, y es lo que, hoy día, observamos en la Iglesia –y no digamos en el mundo.

Todo hombre debe cultivar su vida moral y, entonces, crece en la vida espiritual; y es capaz de juzgarlo todo; porque ya no es un niño en las cosas de Dios, sino un adulto, que sabe mirar a todos los hombres a su cara y decirles las verdades sin pestañear.

Porque los hombres se ponen por encima de la ley de Dios y de la ley natural, entonces caen en un absurdo: quieren vivir como ellos obran, según el capricho de sus voluntades. Y no se dan cuenta que para obrar, necesitan una razón. Y, como no saben discernir sus pensamientos, obran siempre una abominación, un absurdo, una ilusión, una utopía en sus vidas.

Hoy se da esa especie de culto a ser uno mismo, sin relación al ser, a la verdad, al bien y a la ley divina y a la natural.

El homosexual se da culto a sí mismo: quiere ser homosexual sin relación a su masculinidad; sin la verdad de que Dios lo ha creado para una mujer; sin el bien de un matrimonio con una mujer; sin hacer caso a la ley divina que le impone alejarse del pecado del homosexualismo, por ser una abominación; y queriendo ser ley natural para sí mismo: un gran absurdo.

Y este modo de ser uno mismo, se dice, que es signo de autenticidad y de madurez. Hasta aquí llega la oscuridad del hombre. Y que es lo que dice ese Cardenal: «Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista». Se es auténtico porque se vive en contra de la ley de Dios. Se vive poniéndose por encima de la autoridad de Dios.

Hay que tolerar a ese hombre, hay que respetarlo porque así él lo ha decidido su vida; hay que respetar su decisión personal de ser homosexual y hay que ayudarlo en ese camino.

Éste es el pensamiento de muchos con la doctrina de la tolerancia. Es un gran pecado pensar así. Y es pecado contra la fe cuando viene de un Cardenal.

En este pensamiento, que es el de muchos, se pone el bien y el mal, sólo en la persona humana. Y, entonces se cae en la herejía: como yo, en mi vida, decido ser homosexual, y no decido ser varón, entonces la verdad es lo que yo obro.

El decidir en sí mismo es aquello que funda la bondad o la maldad del ser humano. El hombre es él mismo la medida, la verdad, la bondad de todos sus actos libres. Ya no es algo fuera del hombre, ya no es la ley divina, la ley natural, la mente de Dios. Es el mismo hombre ley para sí mismo. Por eso, se clama por la tolerancia. Hay que respetar lo que otro decide sobre sí mismo. Una abominación en la vida.

Ésta es la abominación que se vive hoy día, y que predica Francisco y los suyos, con la doctrina de la tolerancia.

Y esta abominación tiene su origen en esto: en poner la vida como sola elección de la voluntad del hombre. La voluntad humana es la que ordena vivir, ordena elegir: haz lo que te dé la gana. Vive como quieras: sin ley, sin razón, sin conciencia. Sé tú mismo dios para tu vida. Ésta es la falsedad que se enseña.

Y no se cae en la cuenta de que la voluntad del hombre no puede ordenar nada sin un orden de la razón. Se tiende a algo según una razón, según una idea. En este caso, se pone la idea de que el hombre es dios en sí mismo y, por lo tanto, puede hacer lo que le dé la gana en su vida. Puede decidir lo que le parezca. Es el culto a la mente del hombre, a la vida del hombre, a las obras del hombre. Es el orgullo de ser uno mismo, independientemente de los demás.

Estamos en la Iglesia con el cisma abierto. Y, ahora, se escuchan barbaridades de sacerdotes, de Obispos, y de fieles que se creen con derecho de hacer su propia voluntad en la Iglesia, y que todos estén de acuerdo con esa voluntad. Es una gran abominación lo que vemos en toda la Iglesia.

Estamos en los tiempos del Anticristo

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Para que un Papa hable ex cathedra no es necesario que emplee un tipo especial de documentos, se llamen bulas, encíclicas, decretos, etc., en los que con toda solemnidad defina alguna verdad revelada. Lo único que se necesita que el Papa hable como Papa y sea maestro de la Verdad, determinando con autoridad suprema algún punto referente al depósito de la fe. Aunque esta enseñanza la publique en forma de carta, breve, homilía, etc., no deja de tener el carácter de documento ex cathedra.

Aunque el Papa se dirija a un hombre, en una carta, está enseñando a toda la Iglesia. Las entrevistas que hizo Juan Pablo II y las de Benedicto XVI (incluso las que ha hecho habiendo renunciado al Papado) son documentos ex cathedra. Un Papa nunca se desliga de la Iglesia cuando habla como Papa. Por eso, un Papa no puede tener vida privada. Es para toda la Iglesia y es para todo el tiempo en que vive, hasta su muerte.

Lo único que compromete la infalibilidad de un Papa es un error doctrinal. Otro tipo de errores (modo de resolver un asunto, etc.) no van contra la infalibilidad.

Por eso, nunca un Papa puede enseñar la herejía. Nunca. Si la enseña, entonces es necesario concluir que no es Papa.

De aquí es claro que Francisco no es Papa, porque enseña la herejía. Ahí tienen sus homilías, sus declaraciones a la prensa, sus encíclicas, que claramente no son el magisterio vivo de Pedro en la Iglesia.

Y muchos se confunden en esto de la enseñanza ex cathedra. Y, por eso, siguen sin ver a Francisco como lo que es: no es Papa. Sí, como hombre también se equivoca, pero dice cosas que están bien.

Un Papa nunca se equivoca en cuestiones doctrinales. Nunca. Por eso, mandar hacer una encuesta es una equivocación doctrinal; llamar por teléfono a una mujer malcasada, es el inicio de un cisma; convocar un sínodo para destruir la familia es consagrar la Iglesia a Satanás; poner como modelo de teología la obra de un hereje y de un cismático, como es Kasper, es hacer que el mundo se ponga a los pies de Francisco.

El colapso de la Iglesia Católica no es signo de división en Ella, sino sólo da a entender que se ha perdido la fe en mucha Jerarquía. Lo que divide la Iglesia es su participación en la creación de una nueva iglesia mundial, una religión mundial, que es lo que hemos visto desde hace más de un año, cuando Francisco inicia la falsedad de su Papado.

Francisco se ha ido al mundo para hablar a todos de hacer una nueva forma de adoración a Dios. Esas son sus dos declaraciones a la prensa, y sus diálogos con los judíos, protestantes, musulmanes y jefes de gobierno.

La liquidación del Papado, poniendo su gobierno horizontal con todo el aparato económico, es claro ejemplo de división en toda la Iglesia. El gobierno de la Iglesia es, en estos momentos, una dictadura. Todos tienen que obedecer lo que viene de Roma. Y lo que viene de ahí es el comunismo y el protestantismo. Ya no es el catolicismo. Ya de Roma no viene la Verdad, sino la mentira. Y una mentira que todos pueden ver.

Los Obispos del mundo están con la soga al cuello; porque ven la herejía en el que se sienta en la Silla de Pedro, pero tienen que callar. Y el que calla otorga, hace alarde de sabiduría mundana. Y, por eso, «cuando el error no es combatido termina siendo aceptado; cuando la verdad no es defendida termina siendo oprimida» (San Félix III, Papa).

Todos van a aceptar lo que proponga Francisco en el Sínodo: una herejía; porque ahora no combaten las palabras de Francisco y de Kasper. Sólo muy contados Obispos y Cardenales, viejos por experiencia, que tienen sabiduría divina, han hablado. Los demás, la mucha Jerarquía que queda, está dividida; y muchos dando coba a Francisco.

Ya la Verdad no se defiende en la Iglesia. La gente habla y habla de tantas cosas, da sus opiniones sobre todo, comienzan a criticar a todo el mundo, a los Papas anteriores y, después, siguen besando el trasero de Francisco, lo siguen llamando Papa. Es algo sin sentido común. Algo que no entra en la cabeza, cómo esta de ciega la gente.

Si se pierde la Verdad, se pierde el alma.

El alma sólo se alimenta de la Vida Divina. Y ésta es la Obra de la Palabra de Dios. Dios obra Su Palabra en el corazón de la persona que acepta la verdad. Y obrar la Palabra Divina es vivir de manera divina en lo humano.

Cuando no se enseña la Verdad, entonces se enseña a caminar hacia el infierno del alma.

Cuando no se combate el pecado, entonces éste se hace vida en las almas.

Cuando el amor no es vencido por la mentira, entonces hace caminar al alma hacia la verdad de su vida.

La muerte de muchas almas es porque han aceptado la mentira que viene de Roma, que está en la boca de Francisco todos los días, que es la propaganda de la Jerarquía que apoya a Francisco, que es la obra de tantos fieles de la Iglesia que se han creído maestros de todo en Ella.

La Iglesia no es un juego de los hombres, sino la posesión de la Verdad en el corazón del que cree en Jesús. Quien cree en la Palabra del Verbo Encarnado, obra la Iglesia. Quien no cree, la destruye con su palabra humana.

Quien no quiera poseer la Verdad, sino que va buscando las verdades de los hombres, entonces hace de la Iglesia su propio negocio entre los hombres.

La Iglesia se ha convertido en una ONG por la falta de fe de toda su Jerarquía. No es que la Jerarquía vaya tras el dinero o el puesto en el gobierno eclesial. Eso no es el problema, porque siempre el pecado de avaricia, de orgullo, de lujuria, está en todos los hombres. El problema de la Iglesia actual es que su Jerarquía no cree en nada. Sólo cree en lo que encuentra con su razonamiento humano en todas las cosas divinas. Han abajado a Dios a su concepción humana, a su visión humana, a su ley humana.

Y este problema: no hay fe; es lo que va a producir el cisma en toda la Iglesia.

El cisma significa alejarse de la Verdad. Y esto se puede hacer de muchas maneras.

Francisco ya lo ha hecho con el Papado: se ha alejado del dogma del Papado con su gobierno horizontal. Y nadie ha captado este cisma. Nadie lo llama cisma. Porque todos han perdido la fe en el Papado. Se han dedicado, durante 50 años, a triturar al Papa reinante. Y esa desobediencia de muchos Cardenales y Obispos, es el fruto del gobierno horizontal.

Ese gobierno no sólo lo componen ocho cabezas más los secretarios y otros elementos añadidos. Ese gobierno está compuesto por la Jerarquía infiltrada en la Iglesia, que son más de la mitad de Ella. Hay más Jerarquía que se viste de lobo, que Jerarquía auténtica. Son pocos los sacerdotes, los Obispos, que tengan fe en Cristo y en Su Obra, la Iglesia.

No se puede decir que son más los verdaderos, porque entonces no se puede comprender la situación a la que ha llegado toda la Iglesia: a un colapso en la fe, en la verdad. Si nadie lucha por toda la Verdad, entonces todos se pierden en la mentira, y van caminado hacia el infierno. Y la Jerarquía que ya no enseña la verdad lanza a las almas al fuego del infierno. Todos quieren ese gobierno horizontal porque es lo que han practicado durante 50 años a espaldas del Papa reinante. Claro, nadie lo llama cisma.

Muchos fieles se están alejando de la Verdad al aceptar la mentira que viene de Francisco todos los días. Si Francisco no es Papa, entonces lo que enseña siempre aleja de la verdad. A la larga, produce el alejamiento de la verdadera doctrina y eso lleva, de forma inevitable, al cisma.

No se cae en la cuenta de que Francisco es un falso Profeta. Y todo aquel que escucha y aprende de un falso Profeta, se coloca en la mentira, en el engaño, en el error.

No se cae en la cuenta de la gravedad de lo que significa tener a un usurpador sentado en el Trono de Pedro. Como lo ven una persona amable, humilde, cariñosa, buena,.., ahí está la trampa del demonio.

Francisco es el mayor engaño de Satanás a la Iglesia. A muchos les cuesta creer que un Papa pueda ser hereje y cismático. A mucha Jerarquía no les entra en la cabeza que la figura del Anticristo y del Papa sea una misma. Se aferran a la idea de que el Vicario es luz siempre en la Iglesia, la seguridad última para saber dónde está la Verdad, porque donde está el Papa está la Iglesia. No pueden entender que no haya Papa en la Iglesia o que un Papa sea el Anticristo.

Y no lo comprenden sólo por su falta de fe, porque viven de espaldas a la Palabra de Dios, que es clara cuando se trata de la Iglesia: «y las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella» (Mt 16, 18). En estas palabras se dice que la Iglesia es perdurable y, por tanto, la dignidad de Pedro también lo es. Si la Iglesia no perdura, no llega hasta el final, sino que es vencida por el demonio, entonces también la figura de Pedro se tiene que acabar.

Si Satanás pone su Papa en la Iglesia, es claro que la Iglesia ha acabado, porque ese Papa ya no tiene la dignidad de Pedro, no es el sucesor de Pedro. Y, por tanto, esa Iglesia, que lidera, no es la de Cristo, sino la del demonio.

Si no se puede creer que Satanás puede poner su Papa en la Silla de Pedro, entonces hay que anular la Palabra de Dios. Muchos lo hacen y, por eso, siguen llamando a Francisco como Papa. No ven el engaño del demonio en la Silla de Pedro. Y, por lo tanto, no ven la falsa iglesia que Francisco está montando sobre los restos de la Iglesia Católica.

Hoy las almas no atienden a la Verdad de la Palabra, sino que están en la Iglesia buscando sus verdades, sus razonamientos, sus ideales, sus políticas, sus espiritualidades. Todos se han inventado la Fe en Cristo y las obras en la Iglesia. Nadie vive de fe auténtica en Ella.

Por eso, se está al inicio de la mayor herejía de todas. Y esa herejía hará temblar al mundo, porque el mundo vive de lo que la Iglesia ofrece. Si ésta construye la Verdad, entonces el mundo camina hacia su salvación; pero si ésta destruye la Verdad, el mundo se impone en la misma Iglesia y lo acaba todo, lo destruye todo.

El orgullo de Francisco para legalizar el pecado

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«Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré Mi Iglesia»

Aquí, el Señor, da a Pedro – y sólo al Romano Pontífice- el Primado de honor y de jurisdicción en toda la Iglesia.

En otras palabras, por institución divina el Romano Pontífice es la Cabeza de toda la Iglesia. Él solo gobierna la Iglesia, sin necesidad de más cabezas. Así Dios lo ha decretado en Su Palabra.

Por derecho divino, todos los Obispos son iguales, tanto en razón del orden como en la jurisdicción. Todos los Obispos mandan, enseñan y santifican en la Iglesia. Pero el Señor ha puesto el Poder Divino sólo en el Romano Pontífice. Y si Pedro no delega su poder en los Obispos, éstos no pueden hacer nada en la Iglesia.

Pedro, al comunicar ese Poder a los demás Obispos, hace nacer la Jerarquía, la pirámide en la Iglesia, la verticalidad. Es una Jerarquía de jurisdicción, que imita la Jerarquía de orden. En la Jerarquía de orden están los tres grados: diacono, sacerdote, obispo. Por consiguiente, entre el Papa y los Obispos, emanan una serie de grados que, mediante el derecho eclesiástico, se van formando: arzobispos, obispos, primados, patriarcas y demás ordinarios. Pero todos ellos bajo Pedro.

Esta estructura vertical ha sido demolida por Francisco al poner ocho cabezas en el gobierno de la Iglesia. Automáticamente, Francisco queda sin Poder Divino; sólo con un poder humano, que da a los suyos poniendo otra estructura. Francisco tiene que cambiar todas las leyes eclesiásticas, porque ya no le sirven para su gobierno horizontal.

Francisco, por derecho divino, tiene el poder de jurisdicción; pero lo anula al colocar su gobierno horizontal. Y, por tanto, él se queda sólo con un poder humano en la Iglesia, haciendo una iglesia que no pertenece a Cristo, que no es la Iglesia de Cristo.

Los que sepan de derecho canónico, saben que Francisco no es Papa. Ha roto el orden en la jerarquía de jurisdicción. Se inventa su propio orden, que ya no puede ser una jerarquía, sino algo que imite a los gobiernos del mundo.

Por muchos caminos, se puede ver que Francisco no es Papa. Y es desalentador cómo la gente estudiosa, pierde el tiempo hablando de las canonizaciones y de las irregularidades que se han dado, para terminar su discurso diciendo que Francisco es Papa o tiene autoridad para hacer eso. Si comprobáis que para llevar a cabo esas canonizaciones se han dado muchas irregularidades, ¿por qué no termináis vuestro discurso con la sencilla verdad: Francisco no es Papa? ¿Por qué seguís manteniendo, a pesar de ver los errores, las herejías, las blasfemias que dice ese tipo, que Francisco es Papa?

La razón: los teólogos, los canonistas, los filósofos, tantos sacerdotes y Obispos, que se han puesto por encima del hombre, que se han colocado por encima de la Palabra de Dios, y ya no saben ni creer en la Palabra ni servir a las almas en la Iglesia con la verdad, porque buscan una idea de su mente para no creer. Todos están dando vueltas a sus ideas y tienen miedo de concluir: Francisco no es Papa. Se han inventado la obediencia a una estructura en la Iglesia. Pero ya no obedecen la Verdad en la Iglesia; no obedecen a Dios, sino a los hombres, a la idea de los hombres, a la ley que el Obispo de turno pone en su diócesis para gobernar la Iglesia. Están dando vueltas a los pensamientos de los hombres, aceptando leyes que impiden ver la verdad como es: Francisco no es Papa.

Y, claro, salen los locos de turno: quieren excomulgar a gente que viendo la Verdad -Francisco es un hereje- , la proclaman ante el mundo; pero como no gusta esa Verdad, hay que inventarse una nueva ley de excomunión. ¡No se puede excomulgar a nadie que diga la Verdad! ¡Es un absurdo! Sólo se excomulga a aquel que niega la Verdad, un dogma.

¡Es que está faltando el respeto al Papa! ¡Es que lo están criticando!

Pero, ¿decir la verdad de lo que es un hombre es faltarle al respeto? Decir que Francisco ha dicho esta herejía, ¿es mentir, es ir en contra de la fe en la Iglesia, es ir en contra de la Palabra de Dios, de un dogma, que dice que Pedro no puede equivocarse en la Iglesia?

«Sobre esta piedra, edifico Mi Iglesia»: sobre la fe de Pedro, la Iglesia es infalible, porque la fe de Pedro es infalible. El juicio a un Papa comienza cuando ese Papa es infiel a su fe. De esa manera, anula su infalibilidad.

La infidelidad de un sacerdote, de un Obispo, de un Papa, es por su falta de fe en la Palabra de Dios. Si no cree en Cristo, no puede servirlo y, entonces, hace su dictadura en la Iglesia. Cae en el error, en la mentira, en el engaño, da la oscuridad, se muestra como un ignorante en medio de la Iglesia. Son notas de que ese Papa no es Papa, no es infalible.

¡Qué sencillo es ver que Francisco es un impostor! ¡Cuántos caminos hay para contemplar esta Verdad! Y ¡cuánta es la Jerarquía que no ve nada! ¡Cuánta es la Jerarquía sin sentido común, sin dos dedos de frente!

Y esto es muy preocupante, porque es lo que está decidiendo la suerte de toda la Iglesia.

El cisma es la división de la unidad de la Iglesia Católica, la separación del Cuerpo Místico de Cristo.

El centro de esta unidad es el Romano Pontífice. El cisma es separarse de la obediencia al Papa, de la comunión con él.

Francisco es cismático porque ha usurpado el poder; pero también porque se ha separado de la unidad con el Papa. Estableciendo su gobierno horizontal, ha anulado el Papado, y ha convertido su liderazgo en un gobierno político. Y, por tanto, pone sus leyes en la Iglesia.

En el bautizo de la hija de la pareja lesbiana hay que contemplar estas cosas:

1. ¿Cuál es la condición para que se bautice lícitamente un niño? :

“868 § 1. Para bautizar lícitamente a un niño, se requiere: 1.- que den su consentimiento los padres, o al menos uno de los dos, o quienes legítimamente hacen sus veces; 2.- que haya esperanza fundada de que el niño va a ser educado en la religión católica; si falta por completo esa esperanza debe diferirse el bautismo, según las disposiciones del derecho particular, haciendo saber la razón a sus padres”.

2. ¿Cuál es la condición para ser padrino o madrina de un bautizo?:

“872. En la medida de lo posible, a quien va a recibir el bautismo se le ha de dar un padrino, cuya función es asistir en su iniciación cristiana al adulto que se bautiza, y, juntamente con los padres, presentar al niño que va a recibir el bautismo y procurar que después lleve una vida cristiana congruente con el bautismo y cumpla fielmente las obligaciones inherentes al mismo”.

“874 § 1. Para que alguien sea admitido como padrino, es necesario que: 3.- sea católico, esté confirmado, haya recibido ya el santísimo sacramento de la Eucaristía y lleve, al mismo tiempo, una vida congruente con la fe y con la misión que va a asumir”.

3. Para administrar válidamente el Sacramento, la Jerarquía tiene que tener intención. Y, aunque esa Jerarquía, sea herética, cismática, excomulgada, administra válidamente, pero de manera ilícita. La potestad de orden no se pierde por el pecado. Pero esta potestad de orden no es ilimitada, sino que se obra en la Voluntad de Dios.

Es claro que ese hijo no va a ser educado en la fe por su madre, porque vive en un pecado que no quiere quitar, que impide la fe. Y es clarísimo que esa madrina no tiene una vida congruente con la fe y lo que asume en esa fe. Pero no es tan claro, el tercer punto.

Nadie se puede poner por encima de la ley divina.

El poder que las criaturas tienen sólo se puede obrar en los límites de la Voluntad de Dios, no en todos los casos.

Un matrimonio homosexual es una aberración para Dios. Bautizar un hijo de ese matrimonio supone aprobar el matrimonio o esa unión aberrante. No se puede bautizar a un hijo de una pareja de lesbianas si no hay una causa gravísima, como es la inminente muerte de ese hijo. Bautizarlo, en condiciones normales, es aprobar el pecado de esa pareja en la Iglesia, es decir que se está de acuerdo con ese pecado. Es, además, un gran escándalo en toda la Iglesia.

Quien apruebe el matrimonio homosexual o la vida en común de dos homosexuales o lesbianas se pone por encima de la ley de Dios, legaliza un pecado. Y no es cualquier pecado, sino que es un pecado denominado por Dios como abominable. Eso significa una blasfemia contra el Espíritu Santo cuando la persona decide vivir con ese pecado, sin quitarlo y de forma pública. Y hace todos los actos necesarios para que justificar ese pecado ante la Iglesia.

La Jerarquía que aprueba el matrimonio homosexual, automáticamente, se pone fuera de la Iglesia. Y, por tanto, queda nulo todo cuanto haga en la Iglesia. Su poder queda limitado por la Voluntad de Dios. Si lo usa sin discernimiento, entonces ese poder no se obra. Porque el poder que tiene la Jerarquía es divino, no humano. Lo obra Dios en la Jerarquía. No puede obrarlo la Jerarquía con la sola voluntad humana. Tiene que intervenir Dios. Los Sacramentos se realizan por Dios y por el hombre al mismo tiempo; no son obra de los hombres solamente.

Para que se obre válidamente un Sacramento, cuando la Jerarquía se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es necesario discernir en Dios esa obra. La Jerarquía tiene que ver si Dios quiere que se dé ese Sacramento. Porque Dios tiene el poder para negar su acción en la obra del sacramento.

Este punto es el difícil de explicar a los hombres, porque se creen con poder para todo. El demonio tiene el poder que Dios le dio – a pesar de su pecado-, pero no puede usarlo en todos los casos. Siempre tiene que preguntar a Dios si le da poder para usarlo en determinadas circunstancias.

La Jerarquía, que se pone fuera de la Iglesia, está en la misma situación del demonio, por su pecado de orgullo, por querer legalizar el pecado. Y, entonces, no se puede afirmar que ese bautismo fue válidamente administrado. Tampoco se puede negar; sino que hay que discernir en Dios si Él dio poder a esa Jerarquía para obrar ese Sacramento.

Si la Jerarquía no preguntó a Dios, entonces es claro que Dios negó su poder para realizar ese Sacramento. Dios es el que tiene la sartén por el mango en los poderes que tiene la Jerarquía de la Iglesia. No son los mismos hombres. Todo tiene un límite. Los méritos de Cristo, por los cuales se realiza el Bautismo, no son dados a todas las obras de la Jerarquía. Si la Jerarquía permanece en la Verdad de la Iglesia, entonces el poder de Dios se da; pero si no permanece, si se pone fuera de la Iglesia por su pecado, es deber de esa Jerarquía preguntar a Dios cuando tiene que realizar un Sacramento. Como esto no se hizo, porque la orden vino de Francisco, entonces hay que concluir que no se dio el Sacramento del Bautismo en este caso.

Los hombres no pueden jugar con el poder que tienen en la Iglesia. La Jerarquía que es infiel a Dios, que puede conocer toda la teología, el derecho canónico, la filosofía, pero que no cree en la Palabra de Dios, entonces su poder siempre tiene un límite en la Iglesia. Y sólo Dios pone este límite, no el hombre.

Dios puede dar el poder a una Jerarquía infiel, herética, cismática, para salvar almas, por Su Misericordia. Y Dios puede negar su poder a esa Jerarquía porque así lo exige Su Justicia Divina.

La Jerarquía no es la dueña de la Iglesia ni de su potestad de orden. Si la Jerarquía no sirve a Cristo, como tiene la obligación de hacerlo, Dios no se somete en todo al pecado de esa Jerarquía, sino va usando, ya Su Misericordia, ya Su Justicia, en las obras de esa Jerarquía herética y cismática.

Hoy asistimos a una Jerarquía que se ha creído con poder para todo porque tiene un Sacramento del Orden. Y se pone por encima de los hombres, de las almas, en la Iglesia, poniendo sus leyes, sus teologías, sus filosofías, sus cánones, para justificar su pecado.

Por eso, hay tantas personas todavía ciegas por lo que es Francisco y la Jerarquía infiltrada en la Iglesia. Ciegas porque son engañadas por las palabras, por el lenguaje humano que emplea esa Jerarquía para tapar su pecado, para legalizar su pecado.

El bautismo de ese hijo es el comienzo claro de un cisma. Un cisma propiciado por la misma Jerarquía, por los mismos que están gobernado la Iglesia actualmente. A muchos les cuesta discernir este cisma y llamarlo por su nombre, porque están con la ilusión de que ese gobierno va a hacer algo por la Iglesia.

Y Francisco sólo se dedica a destruir la Iglesia. Y necesita legalizar el pecado de muchas maneras, pero no sabe cómo. Tiene que hacerlo con estas obras de orgullo. Porque aquí sólo se aprecia el orgullo de ese hombre, al que todos le obedecen para no quedar mal ante los hombres. Todos están tapando las herejías de Francisco. Y eso es muy grave. Esto es la división en toda la Iglesia. División que ya se palpa en muchas almas. División que va a traer más división en la unidad de la Iglesia.

Pero Dios no obedece al orgullo de Francisco; no se somete a su mente humana, sino que le muestra en todo Su Justicia. Y pronto tendrá que dejar todo lo que tiene, a lo que se ha subido, por la Justicia de Dios: todo cuanto sube tiene que bajar. Sólo los humildes, los que levanta Dios permanecen.

Si este bautizo se hubiera realizado en otra iglesia cristiana, no católica, hubiera sido válido, porque no se da el pecado de orgullo de la Jerarquía.

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