Lumen Mariae

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Las sorpresas del demonio

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M = ¿Qué ocurrirá con la Santa Misa, su liturgia, y qué cambios sufrirá?
Maestro = De la presencia de Dios no quedará nada; imaginaros el cambio que sufrirá, las cosas que se suprimirán, porque hay que modernizarse para ir con los tiempos ¿pero qué quedará de aquello que Yo prediqué y mis discípulos llevaron a cabo? Nada, absolutamente nada.Amén.
M = ¿Qué ocurrirá con el Santísimo, que ya se encuentra “desplazado” en muchos templos hoy en día?
Maestro = Será como un adorno, porque ni habrá devoción, ni adoración; será como un símbolo que, poco a poco, se irá quitando y haciendo creer que, como estoy en cada uno de ustedes, verdad, pero transformado por ellos, para qué hacer eso de tanta adoración si Jesús fue un pobre como uno de tantos, quitémosle y querámoslo de otra forma. Son muy diestros en los cambios, para que lo veáis todo como muy normal. Amén
M = ¿Qué ocurrirá con las imágenes de los Santos, con las de la Virgen María, o de Jesús crucificado, soporte espiritual de tanto tiempo en el pasado?
Maestro = Algo parecido a lo que ya se está haciendo, cambiando el Crucificado por un pastor que ni parece Jesús; o cruces que no saben muy bien lo que es; y ya ved lo ven bien, y lo están cambiando. Con las imágenes irán quitando o cambiando por aquellas que nada dicen del Cielo. Amén.
M = ¿Qué ocurrirá con la Santa Comunión, que cada día está más devaluada?
Maestro = Qué ya no se presentará como un sacrificio sino como un aperitivo, algo para ganarse al pueblo pero sin la presencia Real de Dios. Amén.” (MENSAJES PERSONALES DE OCTUBRE DEL 2013 DADOS A UNA HERMANA ELEGIDA POR DIOS EN EL BARRIO DEL PILAR – PDF)

Francisco está haciendo su Iglesia, la de él, renovada según su mente humana y haciendo que todo vaya como lo planeó antes de subir a la Silla de Pedro.

Él da en la Iglesia lo que quiere oír el pueblo y, por eso, muchos lo tiene por santo, por justo, por un buen hombre.

Son muchos los engañados en la Iglesia por Francisco, pero son muchos más los que no se deciden a oponerse a Francisco, porque tienen miedo de ser excluidos de la Iglesia, de ser señalados por todos en la Iglesia.

Pero, más tarde o más temprano hay que tomar una decisión en la Iglesia, un camino a favor en contra de quien ahora está sentado donde no le corresponde.

El Papa Benedicto XVI es Papa hasta la muerte. Y, por tanto, a él le corresponde gobernar la Iglesia. Pero no puede hacerlo si no sale de su pecado.

Fue obligado a renunciar porque su vida corría peligro. Y prefirió la vida antes que darla por Cristo. El Señor es el que tiene que juzgar ese pecado de Benedicto XVI, pero a las almas de la Iglesia les corresponde discernir los Tiempos en la Iglesia debido a ese pecado de Benedicto XVI.

Cada alma tiene que ver la Verdad de su vida, ahora, en la Iglesia, porque los momentos son graves para todos.

Juzgar y discernir son cosas diferentes en la vida espiritual. Juzgar se hace con la mente humana, con las razones, con los juicios, con las filosofías. Y siempre el que juzga se equivoca en su juicio, porque el hombre no puede ver toda la Verdad de las cosas o de los acontecimientos de las personas en sus vidas. Y el Señor manda no juzgar a nadie.

Pero el Señor nada discernirlo todo. Y se discierne, no con la mente, sino en el Espíritu.

Y el Espíritu va enseñando al alma a pensar la realidad de lo que ve. a ver las cosas como las ve Dios. A no entenderlas como los hombres lo hacen.

Todo tiene un tiempo para el Espíritu. Y el Espíritu sabe los cambios en las vidas de los hombres. Y va preparando a los hombres a esos cambios.

Por eso, desde la renuncia de Benedicto XVI, Dios ha dado un tiempo a Su Iglesia para que discierna el Espíritu dentro de la Iglesia. Y Dios no ha mandado castigos conforme al pecado de Benedicto XVI, porque sabe cómo está el alma de la Iglesia, cómo viven las almas en Su Iglesia, y cómo todo se halla en la tibieza espiritual.

Por eso, el Señor aguanta y espera a que las almas despierten y decidan sus vidas en la Iglesia.

Y ha habido tiempo suficiente para ver lo que pasa en la Iglesia y para estar precavidos, porque en cualquier momento, todo puede tomar un giro inesperado. Se sienta en la Silla de Pedro un impostor, uno que engaña desde el principio y, por tanto, no se puede confiar en él de ninguna manera.

Estamos en un tiempo crítico en toda la Iglesia y en el mundo. No es un tiempo fácil para nadie. Pero sólo los que siguen al Espíritu pueden caminar en este tiempo tan oscuro.

Seguir al Espíritu es la tarea de la vida espiritual que ya nadie enseña en la Iglesia. Sólo se enseña a darles a los hombres lo que les gusta en la Iglesia.

Seguir al Espíritu supone dar a la vida el camino del Espíritu, no el camino de los hombres. y, por tanto, supone enfrentarse a los hombres, a sus vidas, a sus obras, a sus pensamientos, a todo lo que impide dar a Dios Su Voluntad.

Por eso, viene a la Iglesia muchas sorpresas, que nadie espera. Y es normal que no se esperen, porque las almas han despertado después de nueve meses, pero lo han hecho mal, sin discernir nada, sin ponerse en la Verdad, sólo pensando que hay que seguir de alguna manera en la Iglesia aunque se tenga a un hombre que dice barbaridades constantemente.

A las almas les cuesta ser Iglesia y hacer Iglesia. Viven su vida humana y, después, se contentan con cualquier cosa para dar a Dios. Y, por eso, no despiertan del todo, siguen en la dormición de su vida humana.

Es triste ver cómo está la Iglesia en todas partes. Es triste observar que nadie quiere hacer nada por la Iglesia, que se tiene miedo de hablar la verdad y de obrarla sin más. Y es triste pensar que esto va a ir cada día en peor, que la situación no va a a cambiar, sino, todo lo contrario, se va a degenerar en odio, en guerras, en avaricias, en mentiras, en falsedades y engaños dentro de la misma Iglesia.

Francisco comenzó su reinado en la Iglesia como un falso profeta, sin serlo. No podía comenzar como un anticristo, no podía oponerse nada más llegar a la Silla de Pedro y actuar en contra de Cristo y de Su Iglesia. Tenía que mostrar esa faceta de ser el primer anticristo poco a poco. Y hasta que no puso su gobierno horizontal, actuó como falso Profeta, pero sin ser falso profeta porque él niega el Espíritu de la Profecía. Y fue falso profeta a su modo humano. Y, por eso, las declaraciones que hizo y sus obras con los judíos y demás en la Iglesia.

En esas declaraciones se ve su propósito de ser anticristo, de obrar como anticristo, que es lo que ha hecho en la práctica.

Y el documento último que ha sacado es sólo su legado en la Iglesia, pero no es una obra del anticristo, porque sólo dice herejías, mentiras, pero no anula ninguna verdad en la Iglesia.

Es un libro más lleno de herejías, pero no es algo oficial de su iglesia, de la iglesia que él quiere. Exhorta a las almas a seguir su pensamiento renovador en la Iglesia, pero no manda seguirlo. Quiere que todos los sigan, pero es un deseo ineficaz, sin valor, porque, en la realidad, no está actuando como gobernante de la Iglesia.

Él se ocupa de sus pobres. Y no más. Que otros cambien los dogmas. Él no se ha metido en eso porque ya vive sin dogmas. Y ni le interesa meterse en eso, porque no tiene inteligencia para eso. Otro tiene que hacer el documento y él firmarlo. Pero sólo está en sus pobres. Sólo quiere aparecer santo ante los demás porque da a sus pobres lo que ellos quieren.

Y esto es todo en Francisco: un pobre hombre que no sabe nada ni de Cristo ni de la Iglesia. Sólo sabe vivir su vida humana. Es un vividor de su orgullo.

Por eso, quien vaya discerniendo los tiempos, se da cuenta de que falta algo más en la Iglesia para tumbarla, para que quiten los dogmas. Porque no se puede vivir este documento que ha lanzado Francisco con los dogmas en la Iglesia.

Por eso, si no empiezan a quitar verdades, ¿para qué sacan un documento que no sirve para nada en la Iglesia? Es necesario que comiencen. Pero ¿cómo van a hacerlo? Porque ya se ve la oposición. Ya la gente comienza a leer y ver que eso que lee no es de Dios. Ya se comienza a despertar. Y, entonces, ¿cuál será la jugada del demonio para ir comenzado a quitar dogmas en la Iglesia?

Sólo una: la sorpresa. Como sorpresa fue para toda la Iglesia la renuncia de Benedicto XVI, ahora todo en la Iglesia será una sorpresa. Porque no hay manera de hacerlo de otro modo. Hay gente en la Iglesia que sabe las herejías que ha dicho Francisco. Hay teólogos que ven el desastre que es ese documento. Pero callan. Porque, ahora, en la Iglesia todos callan. Es una orden de arriba. Es lo propio de la masonería. Obrar pero en silencio, sin que nadie se dé cuenta. Y cuando ya está todo preparado: el bombazo, la sorpresa.

Así es siempre el demonio: cuando menos uno le espera. Las cosas de Dios con paz y con confianza. El alma espera y sabe esperar todas las cosas sin inquietarse con nada. Y Dios va enseñando al alma todo lo que viene, todos los problemas, todas las circunstancias que trae la vida a las almas para que pongan el camino adecuado a todo eso.

Pero el demonio, para imponer su obra, lo hace sin avisar, sin preguntar, sin pedir consejo ni opinión.

Por eso, es necesario la segunda división en la Iglesia: que quiten la Eucaristía, que se quede “como un aperitivo, algo para ganarse al pueblo pero sin la presencia Real de Dios”. Lo importante es el pueblo, los pobres. Y todo debe girar alrededor de los pobres.

Hay que dar gusto sólo a los pobres. Y como hay muchos pobres que no pueden comulgar, por su pecado, hay que hacer que la Eucaristía sirva para todos, incluso los más pecadores. Se quita la Eucaristía, se queda sólo la Misa como una comida. Y ya todos pueden comer esa comida sin más, sin confesarse porque es sólo una comida en la nueva iglesia, un aperitivo para otra cosa que se hará en la nueva misa.

Ya los divorciados podrán comulgar, con su pecado, porque es una comida. Los judíos podrán participar de esa comida. Nada se lo impide, ´porque es sólo una comida.

Todo es muy sencillo cuando en un documento se anula la Eucaristía. Sencillísimo. Pero todo es complicado si se quiere meter a los divorciados a la fuerza para comulgar o a los judíos o a todo el mundo.

Por eso, una vez quiten la Eucaristía, ¿para qué seguir en Roma?, ¿para qué seguir en esa nueva iglesia?. Es una pérdida de tiempo.

Todo viene en la sorpresa del demonio en la Iglesia. Que nos pille preparados esa sorpresa, con los ojos abiertos, despiertos. No nos dejemos engañar por palabritas hermosas, bellas, dulces, inicuas.

Evangelii gaudium: panfleto comunista

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Para hablar de la doctrina social de la Iglesia, es necesario diferenciar dos cosas:

1. El Estado y la Iglesia son sociedades perfectas, incompatibles entre sí y con fines distintos. El Estado tiene un fin humano en todo; la Iglesia, un fin divino.

2. Estado e Iglesia se unen sólo para hacer que las personas puedan vivir con estos dos fines, pero regido en todo por la ley divina y la ley natural.

Por tanto, le compete a la Iglesia dar normas, una moral, una ética para que las personas, en el Estado, puedan seguir su fin divino, propia de su pertenencia a la Iglesia. Los que son de la Iglesia y tiene que estar en el mundo, en un gobierno, en una economía, en una cultura, necesitan de normas derivadas de la ley divina y de la ley natural, para no ser del mundo, para no revestirse del espíritu del mundo.

Por tanto, no compete a la Iglesia decir qué gobierno o qué clase social, o qué economía tiene que regir en un Estado. Porque el Estado, en su perfección como sociedad humana, no es perfecta como sociedad espiritual y, por tanto, no posee toda la Verdad, que sólo la Iglesia posee, al ser una sociedad perfecta en el ámbito humano y espiritual.

Si la Iglesia se decanta por un gobierno o por otro, o por una economía o por otra, siempre yerra, porque no hay gobierno verdadero ni economía verdadera en el Estado. Siempre habrá errores, divisiones, mentiras, etc. La Iglesia solamente pone las normas y las leyes para que las almas puedan moverse en esos gobiernos o en esas economías sin pecar. Y, por tanto, sepan elegir, en cada tiempo de la vida, aquel gobierno o aquella economía que no haga perder el fin divino en sus vidas.

Y tenemos en este documento lo más contrario a unas normas morales y éticas en cuanto a la doctrina social de la Iglesia.

Es sólo un panfleto comunista, que se decanta en todo por el comunismo.

Este documento se supone que es para evangelizar a las almas, para darles la verdad en sus vidas. Y se muestra todo lo contrario a esa evangelización.

“tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata” (n. 53): esto es claramente comunista. Francisco no quiere una economía que suponga una distinción de clases, de ricos y pobres, de personas de clase social alta y baja. Francisco quiere que todos sean iguales en los medios de producción y, por tanto, de riqueza y de status social. Y esto no es la doctrina social de la Iglesia.

“No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida.” (n. 53): esto es puro comunismo. No otra cosa. Esto es utopía pretender que no haya ancianos que mueran de frío, que no haya gente que tire la comida, que no haya personas que tengan más dinero y más poder que otras. Es una utopía que todas las personas del mundo tengan trabajo, tengan una vida digna, tengan una salida.

Si no se contempla el pecado original, que es la razón de la desigualdad social, entonces Francisco cae en el error más grave de todos: luchar por una ilusión, por una utopía en la Iglesia y en el mundo.

Por eso, su obsesión por el dinero que marca su obsesión por los pobres. Obsesión por el dinero que viene de su condición marxista-comunista.

“Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar… Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»”: pero esto es por el pecado de avaricia de los hombres, no por la economía, ni por la política. Porque los hombres pecan, y quieren el dinero y el poder, entonces usan y tiran a los hombres. Y si la Iglesia no pone una moralidad y una ética a los gobiernos y a las personas de negocios, entonces siempre se va a tener lo mismo. Porque, desde el pecado de Adán y Eva, los hombres explotan continuamente, de muchas maneras, a los hombres. Hoy se hace a través del poder y del dinero. En otra épocas, con otras formas, pero es siempre por lo mismo: por el pecado de avaricia y de orgullo entre los hombres.

“Casi sin advertirlo, nos volvemos incapaces de compadecernos ante los clamores de los otros, ya no lloramos ante el drama de los demás ni nos interesa cuidarlos, como si todo fuera una responsabilidad ajena que no nos incumbe” (n. 54): Y ¿qué espera Francisco cuando no existe el amor en el mundo? Quien no ama no se ocupa de nadie, sino que excluye a todo el mundo. La solución no está en criticar lo que se hace en el mundo, sino en poner un camino moral y ético para quitar este pecado. Y, como él no lo pone, entonces se esfuerza por dar a entender que hay que compadecerse de los demás porque son hombres, que hay que cuidar a los demás porque son hombres, que hay que interesarse por los demás porque son hombres. Siempre cae en el mismo error, en su error: el humanismo. Nunca pone en alto al amor de Dios, sino el amor a los hombres.

Por eso cae en este error: “La crisis financiera que atravesamos nos hace olvidar que en su origen hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano!” (n. 55). La crisis financiera que atravesamos es por el pecado, no porque se niegue la dignidad del ser humano. Quien peca no respeta a ningún hombre. Quien ama respeta al hombre y le da un camino para la verdad en su vida. Pero lo primero en la vida no es la dignidad del hombre, sino el amor que Dios tiene al hombre, y que éste debe responda con el mismo amor a Dios. Y si el hombre vive su pecado, el mismo hombre se degenera en su dignidad personal. El hombre no es digno porque sea hombre, porque viva una vida humana digna, sino porque vive dependiendo de Dios, sujeto a Dios, obedeciendo la ley divina y la ley natural en su ser de hombre.

“Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común” (n. 56): esto huele a comunismo puro. Así hablan los comunistas: el bien común, no a la especulación financiera, no al control de los mercados, de los dineros, no al crecimiento de beneficios. Francisco no pone una solución real a este problema, sino que da una utopía al mundo y a la Iglesia.

“¡El dinero debe servir y no gobernar! El Papa ama a todos, ricos y pobres, pero tiene la obligación, en nombre de Cristo, de recordar que los ricos deben ayudar a los pobres, respetarlos, promocionarlos. Os exhorto a la solidaridad desinteresada y a una vuelta de la economía y las finanzas a una ética en favor del ser humano” (n. 58): Y ¿cuál es esa ética en favor del ser humano? ¿No tirar la comida? ¿Cuidar a todos los ancianos del mundo? ¿Qué los ricos se hagan pobres para que no haya fuertes, poderosos entre los hombres? ¿Dar trabajo a todo el mundo? Francisco no dice ninguna norma ni moral ni ética que tenga que ser puesta por los gobiernos y los economistas del mundo y, mucho menos, para las almas que son de la Iglesia y que tiene que estar en esos gobiernos del mundo sin perder el alma. Francisco plantea una utopía y lo deja todo sin resolver. Son sólo ganas de hablar por su obsesión por el dinero.

“hasta que no se reviertan la exclusión y la inequidad dentro de una sociedad y entre los distintos pueblos será imposible erradicar la violencia”(n. 59): sólo una clase social: los pobres. Si no se llega a esto, entonces siempre habrá violencia entre los hombres. No dice qué cosa hay que hacer para quitar la violencia, las guerras, las opresiones.

“Cuando la sociedad –local, nacional o mundial– abandona en la periferia una parte de sí misma, no habrá programas políticos ni recursos policiales o de inteligencia que puedan asegurar indefinidamente la tranquilidad” (n. 59): como se han olvidado de los pobres, ningún gobierno sirve. Sólo aquel que recoja a los pobres, que atienda a los pobres. Marxismo puro. Sólo le interesa resaltar su comunismo, no quiere dar solución a los problemas de las naciones.

Y ¿qué jefe de gobierno en el mundo va a seguir a Francisco en este dictado comunista que propone? Nadie. Porque en el mundo ya se sabe a qué conduce el comunismo. Y el comunismo ha sido y siempre lo será un fracaso para todos los pueblos del mundo, porque no quiere normas divinas ni naturales para regir a los hombres. Sólo le interesa el bienestar social de nadie, porque sólo unos pocos tienen el poder y el dinero en los países comunistas.

“Si cada acción tiene consecuencias, un mal enquistado en las estructuras de una sociedad tiene siempre un potencial de disolución y de muerte. Es el mal cristalizado en estructuras sociales injustas, a partir del cual no puede esperarse un futuro mejor. Estamos lejos del llamado «fin de la historia», ya que las condiciones de un desarrollo sostenible y en paz todavía no están adecuadamente planteadas y realizadas” (n. 59): pone el mal en las clases sociales injustas, no pone el mal en el pecado de cada hombre. Para Francisco sólo se da un pecado social: una clase alta, con dinero, con poder, que excluye, que destroza, que aniquila a la clase pobre, sin dinero, sin poder, que es un desecho para la sociedad. Es la lucha de clases, la lucha por el poder, la lucha por el dinero, que eso es lo que vive Francisco en la Iglesia: por un dinero y por poder que eleve su humanidad a la gloria.

Consecuencia: tenemos ante nosotros el legado de un comunista a la Iglesia. No es el legado de un jefe de la Iglesia que se preocupa por la vida espiritual de las almas en la Iglesia. Sino que sólo quiere hacer de la Iglesia la apertura del bien de los hombres a poderes que son totalmente contrarios a la vida del Espíritu en la Iglesia.

Con Francisco se inicia la destrucción de la Iglesia, quitando la Jerarquía, que es la clase alta de la Iglesia que oprime a la clase baja. los fieles. Y los fieles, para él, es todo el mundo pobre, sin Dios, sin trabajo, sin un lugar entre los hombres.

Quien siga a Francisco es claro lo que le espera: vivir en el mundo siendo del mundo para condenarse en el mundo.

El sentido del pecado

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En la Iglesia se ha perdido el sentido del pecado.

Muchos son los católicos que no practican la fe. Y eso quiere decir dos cosas:

1. ya no tienen fe;

2. ya no creen en el pecado.

Es fácil no creer en el pecado cuando el hombre comienza a ver su vida desde el punto de vista humano o natural.

Porque, humanamente, todos los hombres tienen errores, son débiles, fácilmente caen en la mentira.

Y, entonces, el pecado es algo natural, propio de todo hombre.

Y el Misterio de Iniquidad nos dice que el pecado es espiritual, obrado por un espíritu angélico que, pecando, se transformó en un espíritu de demonio.

Y ese demonio sedujo al hombre en el Paraíso y, desde entonces, el hombre nace endemoniado, esclavo del demonio, atado a ese Misterio de Iniquidad.

Y, a pesar de que el hombre se bautice, el pecado sigue en el hombre, su concupiscencia que obra la división en el ser humano.

Y esa división es un asunto espiritual en el hombre, no un asunto humano o natural.

Es fácil caer en el pecado: “es pecado mortal lo que tiene como objeto una materia grave y que, además, es cometido con pleno conocimiento y deliberado consentimiento” (Juan Pablo II – Reconciliatio et paenitentia, n. 17).

Sólo se necesita tener pleno conocimiento de las cosas en materia grave. Y el hombre vive su vida con pleno conocimiento. No vive su vida dormido o soñando. Sabe lo que vive, sabe lo que piensa, sabe lo que obra.

Y si es fácil caer en el pecado mortal, más fácil es caer en el pecado venial, porque no hace falta el pleno conocimiento de las cosas, sino otro conocimiento, que puede ser variado: pleno, semipleno, débil, en materia leve.

El hombre justo peca siete veces al día: “Porque el justo, siete veces cae y se levanta” (Prov. 24, 16). Y son pecados reales, no son debilidades o errores humanos que todos cometen. Son actos humanos que van contra la ley divina que todo hombre tiene en su corazón.

El pecado es ir en contra de la ley de Dios y, por tanto, ir en contra del mismo hombre y de la naturaleza del hombre.

No sólo se peca contra Dios, sino contra el hombre. Y no sólo contra uno mismo, sino contra los demás hombres.

El Misterio del pecado en Eva en el Paraíso fue esto: Eva concibió del demonio un pecado y se lo dio a Adán. Eva pecó, y pecó contra Dios y contra ella. Pero Eva no se quedó en su pecado. Si se hubiera quedado en su pecado, entonces Adán no hubiese pecado. Pero Eva, en su pecado, se movió a obrar su pecado en Adán. Y lo hizo pecar en el mismo pecado de ella.

Nunca el que peca se queda solo en su pecado. Sino el que peca busca a otro para pecar, para hacerle partícipe de su pecado.

Esto es siempre.

Es igual que el Ángel cuando pecó, arrastró en su pecado a la tercera parte de los ángeles y se convirtieron en demonios.

Eva arrastró a Adán en su pecado y, por la naturaleza de su pecado, toda la humanidad peca en Adán y Eva.

Todos nacemos en el pecado para una vida de pecado y para obrar el pecado: eso es el pecado original.

El Bautismo quita el pecado original, pero no el deseo de pecar, no la atracción hacia el pecado.

Y no puede quitarlo por el Misterio del pecado.

En ese misterio, quien peca tiene que cargar con el pecado hasta la muerte. No hay en la vida humana ningún hombre que pueda santificarse antes de la muerte.

Los santos alcanzan su santificación, precisamente, en la muerte, antes de morir. En su vida humana, los santos caen siete veces al día, por el Misterio del pecado.

Y, por eso, querer esconder el pecado, como hoy se hace, es mentirle a todo hombre que ve, en su vida, su pecado continuamente.

Todos pecamos (cf. Rm 3,23-24) y, por tanto, nadie está excluido de ver su pecado, de contemplar su pecado, de luchar contra su pecado, de arrepentirse de su pecado.

Y quien no lo haga “sucumbe en su pecado” (Prov. 24, 16).

Quien vive en su pecado es un impío, en un maldito, es un demonio. No puede ser llamado hombre, porque no quita su pecado, porque se reviste de su pecado, porque llama continuamente en su vida a su pecado, a obrar su pecado.

Lucifer, en su pecado, se convirtió en otra cosa diferente a su ser angélico. Recibió el ser demoniaco, que consiste en no poder amar a Dios nunca. No poder obrar la Voluntad de Dios nunca. No poder llegar a la Santidad que Dios quiere en cada criatura.

Y cada hombre que vive su pecado, que obra su pecado, recibe ese ser demoniaco en su ser de hombre, en su naturaleza humana. Y vive para obrar su pecado. Y no puede vivir para obrar el amor de Dios en su vida. No puede ponerse en la Verdad, porque vive sujeto a su mentira en su vida.

Por eso, quien ama no puede pecar. Pero quien peca, no puede amar a Dios ni al prójimo.

En la Iglesia se ha perdido este sentido del pecado y se invita a amar al prójimo en el pecado, obrando el pecado. Eso es hacer demonios en la Iglesia.

Esa es la herejía que Francisco y los suyos promulgan ahora en la Iglesia al abrirse al mundo.

Hay que ser buenas personas con todos, hay que dar de comer a todos, hay que ayudar a todos, hay que cuidar a los enfermos, y eso se hace sin quitar el pecado.

Y, entonces, no se obra el amor divino, sino que sólo se obra para agradar a los hombres, para que todos los hombres estén contentos y felices en sus vidas. Que se abracen y se quieran mucho porque todos somos buenas personas y todos tenemos nuestros errores en la vida.

Así se concibe la Iglesia hoy día. Y esto es lo que predican tantos sacerdotes y Obispos: un amor falso al prójimo que nace de vivir el pecado y de obrar el pecado.

Pero no se predica el amor santo de Dios, que nace de la lucha contra el pecado y, por tanto, hace amar al otro de una manera totalmente diferente a como se ama en el mundo. Hay que amar al prójimo practicando las virtudes, para discernir la verdad en el amor.

Este es el amor falso que hay en Roma, porque ya se han abierto las puertas para pecar en Roma, para acoger el pecado de muchos que quieren amar a Dios según su manera de vivir en el mundo, es decir, según su pecado.

Porque el Príncipe del mundo es el demonio. Y, por tanto, el mundo sólo vive y sólo obra el pecado. No puede obrar el amor de Dios. Nunca. Por el misterio del pecado.

Una Iglesia que se abre al mundo es una Iglesia que recibe en Ella el espíritu del demonio para pecar y obrar el pecado en Ella.

Por eso, hay que salir de Roma para no contaminarse con el mundo que ya está dentro de Roma, con el pecado que ya obra Roma.

Juan Pablo II: el Papa de la Gran Tribulación

“Este Papa es el Don más grande, que Mi Corazón Inmaculado os ha dado, para el tiempo de la Purificación y de la Gran Tribulación” (La Virgen al P. Gobbi – 13 de mayo 1995).

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Juan Pablo II es el Papa de la Virgen. En él está la Luz del Corazón Inmaculado. Quien no siga el magisterio de Juan Pablo II se pone como enemigo de la Virgen y de la Iglesia.

Muchos han dividido la Iglesia con las críticas y los juicios condenatorios a Juan Pablo II. Son ellos como Francisco: enemigos de la Iglesia.

Francisco destruye la Iglesia porque es un anticristo. Pero los que juzgan a Juan Pablo II destruyen también la Iglesia porque no se someten al Magisterio de la Iglesia en Juan Pablo II. No se someten a la Voz de Cristo en Juan Pablo II.

Nadie tiene excusa cuando juzga a un Papa puesto por Dios. Nadie. Porque no se puede juzgar a un Papa. No se puede criticar a un Papa. No se puede hablar mal de un Papa.

El juicio sobre el Papa sólo le corresponde a Dios. Y a nadie más. Y, por eso, para hablar de un Papa hay que pedir primero la luz del Espíritu Santo y, después, pisotear nuestra mente humana, nuestro orgullo humano, y no hacer caso de lo que los hombre dicen del Papa. Despreciar todo lo que los demás opinan sobre el Papa. Porque en la Iglesia no hay opiniones, diálogos con nadie. En la Iglesia sólo hay fe en la Palabra de Dios. Lo demás, es el cuento de los hombres para no tener fe.

Si no se hace eso, entonces el que habla de un Papa sin discernimiento espiritual, con el solo discernimiento humano o racional, se hace enemigo de Cristo y de Su Iglesia.

Y muchos desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI se han dedicado a criticar a los Papas y, por tanto, a dividir la Iglesia con sus mentiras, que sacan de sus necios pensamientos.

Quien esté en la Iglesia criticando a un Papa es mejor que salga de la Iglesia para no caer en el fariseismo, que es el pecado de muchos.

Muchos fariseos están en la Iglesia adorando sus pensamientos humanos sobre lo que debe ser un Papa en la Iglesia. Muchos son los soberbios que ensalzan su soberbia en la Iglesia como luz en la Iglesia.

Muchos no ponen su cabeza en el suelo y no desprecian sus estúpidos razonamientos porque se creen con poder para juzgarlo todo.

Aquel que juzga a un Papa es un demonio en la Iglesia.

Aquel que quiera destruir al Papa con sus críticas y habladurías es sólo un enviado de Satanás a la Iglesia para acabar con Ella.

Nadie ha comprendido los sufrimientos de los Papas durante 50 años. Nadie. Todo el mundo ha echado mano de sus soberbios pensamientos para ir en contra del Papa por todo lo que han visto en esto 50 años. Cosas que no se pueden explicar con el pensamiento estúpido de los hombres, con su sabiduría humana. Y nadie ha captado que lo único que ha sucedido en estos 50 años en la Iglesia es la desobediencia de muchos sacerdotes y de muchos Obispos al Papa.

Y esa desobediencia ha traído al Papa un camino de amargura en su Pontificado que nadie sabe medir, que nadie sabe apreciar, porque es muy fácil criticarlo todo, pero ¡qué difícil es comerse las propios juicios contra el Papa y callar la bocaza ante lo que no es entiende!

Todos los hombres son iguales: les gusta pensar y juzgarlo todo. Y no son capaces de quitar sus juicios porque aman sus soberbios razonamientos humanos, y quieren tener la razón, aunque para ello tengan que destrozar a la Iglesia como lo han hecho.

A quien deberían criticar y tumbar en la Iglesia es a Francisco, que de Papa sólo tiene el nombre, y de sacerdote es sólo una imagen sin vida espiritual. Es un hombre que se viste túnica talar para vivir su pecado en la Iglesia, y con el aplauso de todos.

Es el primer enemigo de la Iglesia al que todos alaban y reverencian sin ningún motivo divino para ello, sin ningún motivo santo para ello, porque todo lo que predica y obra en la Iglesia es su maldito pecado.

Y cuántos le hacen el juego a Francisco ahora. Y tienen miedo de confrontarlo y de desnudarlo en medio de la Iglesia. Y no saben oponerse a aquellos que alaban a Francisco y lo tienen como Papa.

Aquí se está para decirle a Francisco que es un maldito. Y punto. Y a quien no le guste, que siga su camino.

Y aquí se está para defender a todos los Papas de la Iglesia hasta Benedicto XVI.

Y quien no quiera defenderlos, que siga su camino.

Pero aquí no se admite división en el Papado, no se admite crítica a ningún Papa, aunque haya sido un demonio en vida, como algunos lo fueron.

Un Papa puesto por Dios es el que da unidad a toda la Iglesia. Y no importa si el Papa es pecador o demonio. Porque Dios guía al Papa con un carisma especial, sólo para él y para nadie más. Y ese Carisma hace que las obras de un Papa verdadero sean las mismas obras de Cristo en la Iglesia. Y que la voz de un Papa verdadero sea la misma Voz de Cristo en la Iglesia.

Y lo demás hay que dejarlo al juicio de Dios. Nadie tiene que meterse en juzgar cosas que ve y que no entiende en un Papa.

Hay que callar la boca y bajar la cabeza, y punto y final.

Y quien no haga eso, no es Iglesia, no hace Iglesia, sino que produce división en la Iglesia.

Porque para ser Iglesia hay que someterse al Papa, que es el da la unidad. Si se critica al Papa, se rompe la unidad con la mentira y con la crítica, y se crea división en la Iglesia, la opinión en la Iglesia, el diálogo en la Iglesia, la democracia en la Iglesia.

Y eso conlleva la destrucción de toda la Iglesia, que ha sido el esfuerzo del demonio en 50 años.

Ahora tenemos una Iglesia totalmente rota por la desobediencia y por los juicios de muchos contra el Papa.

Ahora todo el mundo quiere arreglar la Iglesia con sus estúpidos razonamientos humanos, con sus críticas humanas, con su necia inteligencia humana.

Nadie quiere ponerse en la Verdad cuando se trata de un Papa. A todos les gusta criticar. Son demonios encarnados que sólo sabe hacer su trabajo: matar la fe en la Iglesia.

Vemos en la Iglesia que cada uno lucha por sus verdades, por sus soberbias, por sus orgullos en la vida. Y nadie lucha por la Verdad.

Es el resultado de 50 años. Y Francisco se ha aprovechado de los desobedientes y de los que han criticado a los Papas para acabar de destruirlo todo en la Iglesia.

Todo el mundo le hace el juego a Francisco cuando se ponen a criticar a los Papas. Todos en el mismo juego del demonio. Todos bailando con el anticristo.

Todos siguen destruyendo la Iglesia de una manera o de otra.

Y nadie quiere construirla. Nadie. A nadie la importa lo que es la Iglesia actualmente. A nadie.

Hay que llorar por la Iglesia, que nadie lo hace, porque todos se creen contentos y felices dentro de la Iglesia.

Y la Iglesia ya no existe.

Ahora sólo hay un conjunto de idiotas en Roma fabricando su iglesia. Y los demás, fuera de Roma criticando la Iglesia de siempre, a los Papas y sus magisterios. ¿Dónde está la Iglesia? En ninguna parte.

Y nadie se pone en la Verdad: enfrentar a Roma, desnudar a Francisco, liquidarlo hasta que muera, hasta que lo echen de Roma.

Todos tiene al enemigo sentado en la Silla de Pedro y todos lo adoran como si fuera un dios.

Todos ven al enemigo de la Iglesia y cada uno sigue viviendo su estúpida vida en la Iglesia.

A nadie le interesa la Iglesia. A todos les interesan sus necios razonamientos humanos sobre la Iglesia y sobre los Papas.

Estamos en el tiempo de la Purificación, y ya entrando en la Gran Apostasía de la Fe.

Y Juan Pablo II es el único que se puede seguir en este tiempo. A los demás, no.

Dios puso a este Papa para ser la luz en las tinieblas que han comenzado ya en la Iglesia. Para ser la luz después de muerto, no antes. Antes, nadie le hizo ni caso.

Ahora, deben tener todas sus encíclicas a mano, todas sus enseñanzas a mano, porque eso es lo único que queda en la Iglesia en este tiempo.

La única luz divina en la Gran Tribulación el Magisterio de Juan Pablo II. Y quien no obedezca a ese Magisterio, se llena de tiniebla y se pierde en esa densa oscuridad.

Y muchos, por sus juicios contra Juan Pablo II, han perdido ya el Espíritu de la Iglesia y no van a saber enfrentarse a lo que viene ahora en la Iglesia. Van a seguir dando coba al gobernante de turno y a seguir criticando a los Papa anteriores.

Quien no obedezca a Juan Pablo II no hace unidad en la Iglesia.

Quien lo siga criticando y siga buscando sus errores no hace unidad en la Iglesia.

Que cada uno haga lo que quiera, pero aquí no se permite nada en contra de Juan Pablo II. Es mejor que callen lo que quieran decir, porque no se les va a hacer ni caso.

Aquí se ama a Juan Pablo II y se odia a Francisco. Y es un amor a muerte y es un odio a muerte.

Porque la salvación de la Iglesia está pendida de esto: o se sigue el Magisterio Auténtico que Juan Pablo II legó a la Iglesia o se siguen todos los cambios que un impostor, como Francisco, ha empezado a introducir en el Magisterio Auténtico de la Iglesia que dio Juan Pablo II.

Francisco está en contra de Juan Pablo II. Es el primero que se enfrentó al Papa en su Pontificado. Y Francisco hace el juego que le gusta a muchos bobos en la Iglesia: ¿queréis que lo proclame santo? Pues eso haré para ganarme el aplauso de esos bobos.

Pero Dios no va a permitir que ese hereje proclame santo a nadie, porque ese hereje tiene los días contados en Roma.

No existe la Iglesia de los pobres

El Cuerpo Místico de Cristo se halla totalmente dividido en su interior.

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Muchos católicos piensan que la Jerarquía de la Iglesia se ha encerrado en los esquemas del pasado en cuestiones de la familia, de la ley natural, del sexo, del matrimonio.

Y piensan así sólo porque siguen al espíritu del mundo que les habla de los tiempos que han cambiado, tiempos nuevos en que no se puede cuidar la vida repitiendo el pasado.

Y entonces muchos católicos caen un una herejía: buscar a Dios en la vida, en los gozos y dolores de la vida. Ya no buscan a Dios en Su Palabra, en Su Evangelio, porque eso es texto y letra del pasado.

Así piensan muchos católicos. Y, por tanto, la enseñanza de la Iglesia, la fe católica, la doctrina de la Iglesia, es cosa del pasado, es cosa muerta, porque los tiempos históricos han cambiado para el hombre.

Este es el problema de la teología de los pobres, que sigue al dedillo Francisco.

Con esta teología, Francisco quiere hacer su iglesia de los pobres, que es sólo su iglesia. Porque la Iglesia de Jesús no es la iglesia de los pobres.

Nunca lo ha sido y nunca lo será.

Es el juego de las palabras que gusta tanto a los católicos de hoy y a los teólogos de Roma.

La Iglesia de Jesús es la Iglesia de los Santos. Y no otra cosa.

Y la iglesia de los pobres es la iglesia de los pecadores que no quieren quitar sus pecados, y que hacen de sus vidas la obra de sus pecados.

Esta es la iglesia que comienza en Roma ya y a la que muchos católicos van a seguir porque les da lo que viven en sus vidas de pecado: les da su pecado.

Muchos católicos, y Francisco a la cabeza, dicen que el Espíritu de Dios no puede encerrarse en las doctrinas y en el Evangelio del pasado.

Que los dogmas de la Iglesia tienen que cambiar según los tiempos del hombre, según las culturas de los hombres. Y, por supuesto, el Evangelio hay que interpretarlo según la vida de cada cual, según el necio pensamiento de cada uno. Necio para Dios, pero para los hombres un valor incalculable.

Esto es lo que se vive actualmente en la Iglesia. Así piensa mucha gente que comulga y se confiesa, que hace oración y que se dedica en sus tiempo libre a adorar a Satanás en miles de cosas que la vida trae y que no disciernen porque han perdido la fe.

Para ellos la vida humana no se puede encerrar en el Evangelio de Jesús ni en las doctrinas de la Iglesia.

La familia tiene que abrirse a los horizontes que el mundo le ofrece hoy día. Y no importa acabar con lo sagrado, porque es más importante nuestra vida humana. Ahí está lo sagrado de la vida.

Y, por eso, se cae en tantas herejía dentro de la Iglesia porque querer ser hombres. Y hombres sin pecado, sin moral, sin ética, sin discernimiento, porque así ya viven muchos católicos, que se creen santos porque dicen sus cosas libremente en la Iglesia y obran sus cosas libremente sin que nadie se oponga a ello, sino que buscan a sacerdotes que piensan como ellos para vivir así: en su pecado.

Esto es una realidad en la Iglesia actual: es la división en la Iglesia.

Pero división que ha puesto la misma Jerarquía de la Iglesia. Lo que pasa en la Iglesia, en el Cuerpo Místico de Cristo, es sólo culpa de los sacerdotes y de los Obispos, que enseñan esto en sus teologías de la liberación y del pueblo.

Muchos católico piensan que se debe escuchar al Espíritu en cada hombre y en cada mujer, en sus vidas propias humanas. Que lo que digan esos hombres y esas mujeres es lo que dice Dios sobre Su Iglesia. Este es el gran error de muchos. Y de muchos que tienen títulos de teología y carreras universitarias. De muchos sacerdotes que han hecho de la sabiduría humana su dios en la Iglesia.

Hay que abajarse al pobre y conocer sus necesidades, no sólo materiales y humanas, sino su vida concreta en lo espiritual, en su pecado. Hay que atender su pecado para que nunca más lo llame pecado, sino que aprenda del pecado a realizar la vida de la iglesia, porque esa debe ser la iglesia, así debe formarse la iglesia: la iglesia tiene que recoger a todos los pobres para darles lo material, pero que no quiten sus pecados. Hay que enseñarle que sus pecados no son pecados, sino cosas de la vida que los tiempos traen.

Este es el pensamiento de muchos católicos. Y así piensa Francisco. Francisco atrae a la gente porque pronuncia palabras de misericordia y aliento que conduce a no mirar las verdades y las normas de antes, porque ya son obsoletas, no tienen sentido en un mundo que vive ya otra cosa a lo que se enseñó en el pasado en la Iglesia.

Así está la Iglesia: totalmente corrompida, porque Roma ha perdido la Fe en la Palabra y la Fe en la Iglesia.

Ahora todo consiste en poner otro evangelio, adecuado a los tiempos que corren, y poner otra doctrina que guste a todos los hombres, porque todos tiene que estar en la iglesia. Esta es la consigna de Francisco: todo adentro.

Es la iglesia de los pobres hombres que tienen que lidiar en este mundo con tantos problemas y que necesitan el cariño de un necio en la Iglesia, que les dé el sentimiento de amor humano, de amor falsificado, de amor embrutecido por todo lo humano de sus vidas.

Esto es lo que quieren muchos. Esto es lo que persiguen muchos en la Iglesia. Esto es lo que anhela la mayoría de los católicos. Por eso, les encanta Francisco. Francisco hace su trabajo: el de acariciar la voluntades de los hombres para ofrecerles lo que ellos piden: sus caprichos en la vida.

Francisco es el hombre para el hombre. El hombre que se desvive por los hombres. El hombre que se ha hecho pobre para meter en su iglesia a los pobres hombres sin vida moral, sin vida espiritual, sin vida ética, sin doctrina verdadera, sin culto divino. Eso no importa. Lo que importa es que todo el mundo entre en la Iglesia y se divierta en la Iglesia porque la vida trae muchos problemas para todos. Y la Iglesia no puede estar poniendo problemas a los hombres con sus dogmas y con sus doctrinas de siempre. Debe cambiar.

Esta iglesia de los pobres es lo que enseña Francisco en todas sus homilías. Es su teología favorita. Ya para salvarse no hay que hacer nada. Dios no salva porque somos tan buenas personas, somos sus favoritos, es tan misericordioso, que sólo quiere que los hombres estén felices en sus vidas humanas.

Esta iglesia de los pobres es la iglesia de los demonios. Y no otra cosa. Que quieren dar contento a los hombres.

Esto es lo que se escucha por todas partes: Donde hay amor hay sacramento, se casen los novios o no, y donde no hay amor no hay sacramento, por canónicamente casados que estén.

El amor es lo principal para muchos en la Iglesia, desconociendo la enseñanza de Jesús sobre el amor. Hoy ya nadie atiende a la Palabra Divina sobre el amor, sino que cada cual se fabrica su amor.

Si la pareja está en dificultades, entonces sólo será de Dios aquello que les ayude a resolver sus dificultades y a volver a quererse, si pueden: este es el pensamiento de muchos en la Iglesia.

Lo primero es buscar resolver las dificultades de los hombres. Esto es lo primero. Y, por tanto, lo divino se somete a esto primero.

Como todos creemos en Dios, como todos nos amamos, entonces busquemos la manera de ayudar a los hombres en la Iglesia para que sigan adelante con sus vidas. Y qué importa si en esa manera cae la ley divina, la ley natural, el dogma católico, la vida moral, la vida ética. ¿Qué importa eso? Lo que importa es que muchos sean felices en sus vidas humanas. Es la iglesia de los pobres hombres que buscan su felicidad en esta vida de ricos.

Por eso, no hay sacramentos, sólo hay amor entre los hombres. Eso es lo que enseñó Jesús para muchos: el amor humano.

Y Jesús enseñó lo contrario: ¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos? Aquellos que hacen la Voluntad de Dios.

Pero para la iglesia de los pobres es al revés. No existe la Voluntad de Dios, sino sólo la voluntad de los hombres. Y aquello que ayude a realizar esa voluntad humana se llama voluntad de dios, que es sólo la voluntad del demonio.

Así está la Iglesia hoy día. Y la culpa de Francisco. No hay que echar la culpa a nadie ahora sino sólo al que se sienta en la Silla de Pedro y que ha hecho de la Iglesia su negocio particular.

Y, por eso, se desprecia a Francisco y se le da lo propio de los condenados: el infierno.

Para él no hay misericordia porque está demostrando que no entiende lo que es la Misericordia en la Iglesia que llama al pecador a ver su pecado, a luchar contra su pecado, y a aniquilar en él toda forma de pecado.

Y Francisco peca en la Iglesia, y exalta su pecado en la Iglesia, y justicia su pecado en la Iglesia,y llama a su pecado voluntad de Dios. Y eso significa estar condenado en vida.

Y ¿qué quieren? ¿Que se aplauda a Francisco porque se dedica a resolver problemas económicos en la Iglesia?

Jesús no enseñó a quitar los problemas económicos de los hombres. Jesús enseñó a luchar contra el demonio, contra el pecado, contra los hombres y contra el mundo. Ese es su Evangelio. Y no hay otro. Ése es el Evangelio de la Vida, porque quita el pecado que trae siempre la muerte al hombre.

La Iglesia sólo tiene que centrarse en la vida espiritual de las almas. Y darles el alimento adecuado para que vivan según la gracia y según el Espíritu en la Iglesia.

Una Iglesia dedicada a las cosas del mundo, como es la iglesia de los pobres, hace que la Iglesia provoque ella misma el cisma.

Es que ya no se puede estar en esta Iglesia de Roma. Con todo esto que ya viven la mayor+ia de los católicos, es para irse de una iglesia que no es la Iglesia de Cristo. Es la iglesia fundada por la memoria de Francisco y los suyos: el hombre tiene que recordarse a sí mismo y ser feliz consigo mismo. Eso es todo en la nueva iglesia de Roma. Y nada más que eso. Y para tener esa iglesia, entonces lo mejor es no tenerla y seguir con la Verdadera fuera de Roma.

Hay que salir de Roma muy pronto porque llega el tiempo de lo enfrentamiento con todo el mundo. Es la división. Es el cisma que la misma Roma ha creado.

La condenación de las almas

Todo para aquel que cree la vida debe consistir en seguir al Espíritu en su corazón. Porque es el Espíritu el que enseña el camino del hombre. No es el pensamiento del hombre el que hace el camino en la vida.

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Las almas no saben seguir al Espíritu porque no entienden lo que significa esto en la realidad.

Las almas suelen escuchar sus voces humanas, sus ideas humanas, sus planes humanos, pero no saben escuchar la voz de Dios en su corazón.

Y es un trabajo de toda la vida. Es un trabajo que sólo el Espíritu enseña al hombre para que vaya dejando todo aquello que impida realizar la Voluntad de Dios en la vida.

Son muchas cosas que los hombres no saben lo que hacen un muro para ver la Verdad. Por eso, decía el Señor: “No pido que los saque del mundo, sino que les preserves del Maligno” (Jn 17, 15).

Es el Maligno el que obra el pecado en todos los hombres. Y lo obra de muchas maneras, porque el hombre nace abierto al pensamiento del demonio.
Lo que hoy se enseña por todas partes: hay que abrir la mente. Eso sólo significa el culto a Satanás en el hombre.

El hombre adora al demonio en propia mente, cuando se dedica a buscar un pensamiento para impedir la verdad o para obrar una mentira.

Abrir la mente es escuchar la voz de demonio que pone ideas, razones, juicios, pensamientos, recuerdos, imágenes, ilusiones, sueños, al hombre para que el hombre siga eso como una verdad en su vida.

Y si el hombre no concibe su vida como una batalla contra su propia mente, entonces no sabe luchar ni contra el pecado ni contra el demonio ni contra los hombres. Se deja arrastrar de cualquier pensamiento bello, positivo, bueno que cualquier hombre le ofrece para vivir.

Siempre ha sido así desde que el hombre es hombre.

El hombre nace mirando su pensamiento. Y vive mirando su pensamiento y no sabe desprenderse de su pensamiento.

Y este es el camino que Jesús ha puesto a todo hombre si quiere seguirlo, si quiere servirlo, si quiere pertenecer a Su Iglesia.

Y este es el camino que la Iglesia no quiere seguir como lo vemos en toda la Jerarquía de la Iglesia instalada en Roma.

Hoy ya no se comulga con la doctrina de Cristo dentro de la Iglesia. No es posible por la apostasía de la fe que comenzó hace 50 años y que ya ha dado sus frutos, sus obras maduras, que ya las comen muchos en la Iglesia y se alimentan de esos frutos corrompidos.

Y no hay manera de volver a lo primitivo, a lo de siempre en la Iglesia, a lo que Jesús puso como Verdad en la Iglesia.

No hay manera. Porque los hombres sólo viven para sus pensamientos, para buscar un pensamiento que les guste, que les atraiga, que les endulce la vida. Pero ya no buscan la verdad de sus vidas.

Y este es el juego que hay ahora en la Iglesia.

Un juego dado por el demonio y que utiliza a todos los hombres en sus pensamientos.

Como todo está en el hombre, en sus ideas, en sus razones, en sus juicios para formar la Iglesia, entonces hagamos en la Iglesia la Iglesia de todos, en la que todos puedan opinar y presentar sus inquietudes en la vida. Y esa iglesia de todos hagamos que la mayoría presente un ideal de vida para que todos acepten eso como doctrina verdadera.

La mayoría son todos los Obispos que se unen a Francisco. Que todos los Obispos presente su carta en la Iglesia y que expongan cómo solucionar todos los problemas de la Iglesia de una forma real, concreta.

Porque ya el Papa es la voz de los Obispos. Y el Papa escucha esas voces y decide lo mejor para la Iglesia. Y como todos en la Iglesia estamos bajo el Papa, obedeciendo al Papa, entonces lo que diga el Papa eso es.

Esto es lo que hay ahora en la Iglesia. Esto es lo que significa el gobierno horizontal. No tiene otra explicación. No se puede explicar el gobierno horizontal como una ayuda al Papa. Eso ni se lo creen en Roma. Eso sólo se lo creen los bobos que siguen a Francisco.

La Iglesia es, en esto momentos, la habladuría de los hombres, es decir, lo que los hombres piensan y hablan. Y no es más que eso.

En la Iglesia se ha perdido el sentido espiritual de la vida humana. Y todo se ve desde la condición del hombre, desde la filosofía del hombre, desde la política del hombre, desde la cultura del hombre, desde el hombre.

Y no se ve de otra manera, porque para toda la Jerarquía Dios es el hombre, Dios habla a través del hombre, Dios está en cada pensamiento del hombre, Dios está en cada vida humana, Dios está en cada obra del hombre.

Así se piensa en la Iglesia. Así piensan muchos sacerdotes y Obispos. Así se predica hoy en muchas parroquias. Todo es el hombre. Jesús se encarnó y comenzó el camino del hombre.

En esta herejía es como vive la Iglesia desde hace 50 años. No es de ahora. La Iglesia obra sólo para el hombre. Ya no obra para Dios. Ya no ve a Dios en la vida de cada hombre. Sólo ve los problemas de los hombres y quiere dar solución a todos esos problemas pero olvidando la vida espiritual de cada alma.

Ya no se atiende a la doctrina de Cristo. Eso ya no interesa. Sólo se atiende a resolver problemas. Y no más.

“La invitación que deriva para toda la Iglesia es escuchar los problemas y expectativas que están viviendo hoy en día tantas familias, mostrase cerca de ellas y ofrecerles de forma creíble la misericordia de Dios y la belleza de la respuesta a su llamada” (arzobispo Bruno Forte).

Esto es lo que no se debe hacer en la Iglesia.

La Iglesia no está para escuchar los problemas y las expectativas que viven los hombres. La Iglesia sólo está para escuchar la Voz de Dios, que ya sabe los problemas de todo el mundo. Y es la Voz de Dios la que indica el camino para resolver los problemas de todo el mundo.

Pero como la Jerarquía de la Iglesia se niega a escuchar la Voz de Dios, entonces se invitan su invitación a toda la Iglesia. Se hace un sínodo para nada. Igual que se hizo un Concilio Vaticano II para nada.

A los hombres les encanta escuchar a los demás hombres. Se pasan la vida así. Y, por eso, cuando el hombre no cuida sus sentidos, el hombre peca por sus sentidos.

Para que la Iglesia camine tiene que seguir la Voz del Espíritu. No puede seguir la voz de los hombres.

Porque sigue esa voz desde hace 50 años tenemos la Iglesia que le gusta a los hombres, que apasiona a los hombres, pero que deja a Dios a un lado.

Y esta es la condenación para muchos.

Hoy día que no se habla del infierno, tenemos en Roma al mismo infierno, que ha puesto un camino en Roma para que las almas se condenen sin más.

La nueva iglesia es la iglesia de la condenación. Porque si Roma era la Iglesia de la salvación, ahora es lo contrario. No puede ser menos.

Si Roma antes salvaba, ahora Roma condena.

Si en Roma antes se encontraba a Dios, ahora en Roma se encuentra al demonio.

Esto es una verdad, que nadie quiere creer.

A muchos les asusta este lenguaje. Pero es la verdad.

Cuando el Espíritu de la Verdad indica el camino el hombre ve las mentiras que están fuera del camino. Y la Verdad ya no está en Roma, sino en otra parte. Roma ha quedado fuera del camino y es sólo una mentira más que hay que rechazar en la vida.

Y cuesta rechazar a Roma por lo que ha sido Roma durante siglos. Pero hay que rechazarla para seguir al Espíritu de la verdad que marca otro camino diferente al que maca Roma.

Los hombres les cuesta ver la Verdad en la vida. Y más en la Iglesia, porque sólo ven la Iglesia como algo social, como algo religioso, como algo que hay que tener en la vida igual que se tienen otras cosas.

A los hombres les cuesta vivir de fe, porque les es fácil vivir de sus pensamientos humanos.

Y, por eso, ante hombres como Francisco, que dan a los hombres lo que les gusta en la vida, lo que para ellos es la verdad de sus vidas, no se preguntan por la Verdad. Ya ven en lo que Francisco ofrece la verdad para sus vidas.

Así hay muchos hombres, no sólo entre los fieles, en el común de la Iglesia. Hay muchos en la Jerarquía que no buscan en sus sacerdocios la verdad de lo que es y debe ser un sacerdote en la Iglesia.

Y, por eso, caen ante Francisco. No ven su maldad. Y si la ven, callan, porque ellos mismos ya viven mal. Ellos mismos se acomodan a su vida mala y aquello que Francisco les presenta.

Este acomodarse a lo bello de la vida humana, a lo placentero de la vida humana, a conseguir sacar a adelante la vida humana es lo propio de las almas que se quieren condenar.

Así obra toda alma que no lucha por la Verdad, sino que lucha por sus verdades en la vida.

Esta es la condenación real de las almas. Muchos viven así: contentos en sus vidas humanas, pero no tienen ninguna virtud, ningún aprecio por las cosas divinas, por las cosas santas, por las cosas sagradas. Sólo aprecian lo humano, lo profano, lo natural. Y ensalzan eso en sus vidas. Y dan importancia a sólo eso en sus vidas.

La Iglesia se encuentra en estos momentos estancada en lo humano. No sabe caminar hacia lo divino. No comprende lo divino. No capta lo divino.

Por eso, hay muchas almas en la Iglesia que no son capaces de discernir nada, sino que se lo tragan todo: la verdad y la mentira. Todo lo ponen en un saco. Y todo vale.

La Iglesia es para hacer el camino hacia la verdad de la vida en cada alma. Se está en la Iglesia para que el alma encuentre ese camino en su vida.

Y es un camino para el alma. No es un camino en general, para todos. Porque el amor de Dios es para cada alma, no se da de forma general, universal. Se da a cada alma, y cada alma tiene que darlo a todo el mundo, pero como Dios lo quiere.

Porque las almas no saben vivir este amor divino en concreto en sus vidas, entonces buscan en la Iglesia un amor que no es capaz de llenarles el corazón, un amor general, un amor para todos, un amor en el que hay muchas mentiras y muchos errores.

Este es el amor que se ofrece en la nueva iglesia en Roma. Un amor abastecido por el hombre. Un amor inventado por los hombres. Un amor para solucionar los problemas de los hombres y hacer que ellos estén felices en sus vidas.

Es un amor manipulado por los hombres. Un amor adulterado por los hombres. Un amor falsificado por los hombres. Un amor que sólo da palabras para tratar de convencer a los hombres de que todo va de maravilla en la Iglesia, de que eso es lo que Dios quiere en la Iglesia.

El problema de los hombres es siempre el amor de Dios. Cuando el hombre no posee ese amor divino en su corazón, entonces hace la Iglesia del demonio siempre. Sólo el que tenga el amor de Dios en su corazón sabe obrar ese amor sin poner una mentira en la Iglesia.

La Iglesia es la obra de la gracia. Y aquel que no esté en gracia no obra la verdad en la Iglesia, sino que obra su mentira.

Dios ha dado a cada alma la gracia para obrar su amor en la Iglesia. Y si las almas no viven en gracia, por más que obren en la Iglesia no hacen nada ni para Dios, ni para el mundo ni para la Iglesia.

La gracia es el principio de la salvación en los hombres. No es la fe. Sin la gracia no se puede hacer las obras divinas en la Iglesia.

Porque por mucho que las obras de los hombres sean buenas, si no se hacen en gracia, no las mira Dios nunca en su Iglesia.

Así hay muchos que se esfuerzan en hacer cosas buenas en la Iglesia, pero no se esfuerzan en quitar su pecado que les impide la gracia.

Es lo que vemos continuamente desde Roma en que la Jerarquía Eclesiástica sólo habla de cosas buenas que hay que hacer en la Iglesia, pero ninguno quita su pecado de en medio de la Iglesia. Ninguno. Todos se llama a sí mismo pecadores, porque eso queda buen decirlo en público, pero nadie lucha por quietar su pecado de su vida.

Y entonces se hace una Iglesia llena de gente farisea, que pone cara de humilde, cara de buenos amigos, pero que después traiciona a la Iglesia con sus obras de pecado.

Por eso, sólo se ve en la Iglesia la condenación de muchas almas. Ya la gente no busca salvarse ni santificarse en la Iglesia. Ya sólo busca su vida cómoda, la que ellos se han inventado en sus pensamientos humanos, la que otros le ofrecen en el mundo, la que se origina de la herejía del humanismo que pone al hombre como el centro de todo.

La intención de consagrar

“Mi Promesa es proveeros con el Alimento de Vida – Mi Cuerpo y Sangre – y sin embargo, vais, una vez más, a negarme. Haréis esto al remover la Sagrada Eucaristía del Templo de Dios y la vais a reemplazar con un cadáver. La sustitución será imperceptible y tomará un tiempo antes que os déis cuenta de la maligna acción, que será impuesta a vosotros. Mientras Mi Cuerpo, a través de la Sagrada Eucaristía os sustenta, la Muerte de Mi Cuerpo, Mi Iglesia, traerá muerte a las almas de los que me descartáis” (Jesús – 28 de marzo 2013).

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Dentro de poco se removerá la Sagrada Eucaristía de la Iglesia. De hecho, ya está removida, pero encubiertamente, sin que se note al exterior, porque no se ha dado a conocer la nueva forma de la Eucaristía.

La Eucaristía es la Vida Divina.

No es una memoria de esa Vida, no es un recuerdo de esa Vida, no es actualizar lo que pasó hace 2000 años y ponerlo hoy de una manera diferente o acomodada al pensamiento del hombre.

La Eucaristía es el mismo Dios. Y Dios no tiene ni pasado, ni futuro, ni presente. Dios es Eterno. Y, por tanto Su Vida es Eterna. Su Vida es ahora y siempre. No cambia con los tiempos de los hombres, con las culturas de los hombres, con los pensamientos de los hombres.

Siempre es la Vida en Dios.

Y, por tanto, para que la Eucaristía valga en la Iglesia, se produzca en la Iglesia, para que la Carne y la Sangre sea en verdad eso y no otra cosa, es necesario tener la intención de hacer lo que hizo Cristo en la Última Cena.

Y ¿qué cosa hizo?

Algo sencillo:

“Tomando Jesús un pan…dijo: Tomad y comed; esto es Mi Cuerpo” (Mt 26, 26). ”Haced esto en conmemoración Mía” (Lc 22, 19). “Y tomando un Cáliz…dijo: Bebed de él todos, porque ésta es Mi Sangre de la Alianza, que por muchos es derramada para la remisión de los pecados” (Mt 26, 28).

Quien no tenga la intención del mismo Cristo, no puede consagrar el pan y el vino y, por tanto, no puede darse la Carne y la Sangre de Cristo.

Es necesario tener la intención de Cristo. No es suficiente con hacer lo que hace la Iglesia. Porque esto significa muchas cosas y nada al mismo tiempo.

Hay que tener la intención que hace la Iglesia cuando se consagra con la intención de Cristo. Pero cuando no se consagra con esta intención, entonces lo que hace la Iglesia no sirve.

El sacerdote que no tenga esta intención, no consagra.

Y ¿en qué consiste esta intención de Cristo?

Sólo en una cosa: transubstanciar el pan y el vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo.

Eso sólo.

Esto significa una sola cosa: la fe del sacerdote en la Palabra de Dios. No la fe de la Iglesia en la Palabra de Dios.

La fe del sacerdote en las Palabras del Evangelio. Creer que cuando dice esas palabras se está obrando el Misterio, el Milagro de la Eucaristía. Aunque no lo vea, aunque no lo sienta.

Si el sacerdote, aunque diga las palabras correctas de la consagración, no cree en esas palabras, no cree en lo que está diciendo, entonces no consagra el Milagro Eucarístico.

La validez de una Santa Misa sólo está en la fe del sacerdote.

La validez de una Santa Misa no está en la Fe de la Iglesia.

Son dos cosas distintas.

Quien pone en el Altar el Milagro de Cristo es sólo el sacerdote, no la fe del Pueblo. Por más que crea el Pueblo en la Palabra de Dios, por más que la Iglesia ponga ritos adecuados a esa Palabra de Dios, si el sacerdote no cree en esas Palabras Divinas, no hay Eucaristía.

El gran peligro está en una cosa: poner la Fe de la Santa Misa, poner la fe en la Eucaristía en lo que hace el Pueblo.

Este es el gran error que se introdujo con la Misa de Pablo VI. Y en este error estamos. Y este error lleva a anular la Eucaristía de la Iglesia.

La intención de consagrar está sólo en el sacerdote. Si el sacerdote no cree, sólo hace una obra de teatro en la Iglesia aunque diga todas las palabras correctas de la Misa, y aunque haga todas las oraciones de la Misa de Pio V.

No está ni en las oraciones ni en los ritos ni en nada la validez de una Santa Misa.

Para que una Misa valga, el sacerdote tiene que unirse místicamente a la intención de Cristo en la última Cena.

Esa unión mística significa que la mente del sacerdote se somete en todo a la Mente de Cristo en la última Cena.

Se somete: es decir, que la mente del sacerdote no pone un juicio o un pensamiento contrario a lo que Cristo hizo allí.

Solamente da las palabras de Cristo, tal como Él las dijo y con la intención con que las dijo.

No basta decir las palabras, es necesario decir la intención.

Y, para decir la intención, sólo hay que tener fe en esas palabras, es decir, no añadir ni quitar nada a esas palabras. No razonar esas palabras. Ver la obra que Cristo hizo cuando dijo esas palabras.

La maldad para quitar la Eucaristía va a estar en decir que la intención para consagrar la Eucaristía es sólo hacer lo que hace la Iglesia. Eso destruye la Eucaristía. Hagamos en la Iglesia nuestra santa Misa, pero non hagamos en la Iglesia lo que hizo Cristo en la Última Cena.

Cristo enseña a sus sacerdotes a realizar el misterio eucarístico. Cristo no enseña al Cuerpo Místico cómo se realiza el Sacrificio. Porque la Iglesia es la Jerarquía, no es el Pueblo de Dios.

Cuando Cristo consagra en la Última Cena está obrando dos cosas: primero el Milagro Eucarístico; y segundo está ordenando a los discípulos sus sacerdotes. Les da el sacramento del orden. Y sólo se lo da a la Jerarquía de la Iglesia, no al Pueblo de Dios.

Poner la intención de consagrar sólo en lo que hace la Iglesia, es poner la intención sólo en el Pueblo de Dios, no en el sacerdote.

En la Iglesia, le fe primero está en el sacerdote. Y sin esa fe, no se hace Iglesia, no se es Iglesia. Un sacerdote que no cree no hace Iglesia, no pertenece a la Iglesia.

Este es el punto que, hoy día, se combate por la Jerarquía Eclesiástica: quieren quitar la fe del sacerdote cuando consagra. Poner la fe de la Iglesia, porque dicen que la Iglesia es el Pueblo de Dios, es la comunidad del Pueblo de Dios. Poner la fe en la Iglesia, cuando la Fe está en la Palabra de Dios, en Cristo, que es la Cabeza de la Iglesia. La Fe no está en el Cuerpo Místico de la Iglesia. Esta herejía, que es la que dice Francisco en su encíclica, lleva a anular la Eucaristía. Por eso, ya está anulada, pero la gente no ha comprendido.

Francisco y los suyos es lo que predican de la Iglesia: la ven sólo como reunión del Pueblo de Dios. No hay clérigos, no hay laicos, todos somo uno en la Iglesia.

Ya la Iglesia no es la Jerarquía por el gobierno horizontal. Ya no existe la Jerarquía en la Iglesia, porque no puede darse la obediencia que se daba en la verticalidad. La Jerarquía es vertical, no horizontal. En la nueva iglesia el Papa es sólo la voz de los Obispos, la voz del Pueblo de Dios, pero no es la Voz de Cristo. Ya ese falso Papa no tiene la intención de Cristo porque no escucha la Voz de Cristo, sólo escucha la voz de los hombres en la Iglesia.

Por eso, en sí ya no existe la Eucaristía. Pero tienen que decirlo con un documento firmado pro el falso Papa, como se hizo con el gobierno horizontal.

Si el sacerdote no cree, vana es la santa Misa en la Iglesia. La fe del Pueblo de Dios, la fe de la Iglesia, la intención que tenga la Iglesia sobre la Eucaristía no sirve para consagrar el pan y el vino.

Por eso, se va a utilizar la palabra conmemoración para definir que la intención de la Eucaristía está sólo en la unión de todos los fieles en la Iglesia: sacerdotes y fieles juntos. Y eso conmemora la Eucaristía.

Por eso, se va a dar esta fórmula en la Iglesia y nadie caerá en la cuenta de la herejía que se está diciendo.

Y cuando se dé esta fórmula, entonces automáticamente, deja de estar la Eucaristía en la Iglesia.

Es muy grave lo que viene ahora a la Iglesia. Muy grave.

Todos somos santos con Francisco

“Y si me dijeses, padre: “¡El mundo está tan turbado! ¿De qué modo llegará a la paz?” Os digo de parte de Cristo crucificado: tres cosas principales os conviene obrar con vuestro poder. Una es que del jardín de la Santa Iglesia arranquéis las flores hediondas, llenos de inmundicia y de avaricia, hinchadas de soberbia… esto es, los malos pastores y prelados, que envenenan y corrompen este jardín. ¡Ay de mi, gobernador nuestro, usad de vuestro poder para desarraigar esas flores! Arrojadlas fuera, que no tengan ya que gobernar. Procurad que traten de gobernarse a sí mismos en santa y buena vida. Plantad en este jardín flores olorosas, pastores y prelados que sean verdaderos siervos de Jesucristo, que no atiendan a más sino a la honra de Dios y a la salud de las almas y que sean padres de los pobres” (Carta de Santa Catalina a Gregorio XI).

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Usad de vuestro poder para desarraigar esas flores hediondas, llenas de inmundicia y de avaricia, hinchadas de soberbia que son muchos sacerdotes y Obispos.

Esto es lo que le ha faltado a la Iglesia siempre. Mano dura contra la Jerarquía de la Iglesia. Y, por no tener mano dura, la Iglesia vive en estos momentos una crisis espantosa de fe.

Crisis que nadie puede quitar porque es la pérdida de la verdadera fe en Cristo y en la Iglesia.

Hoy nadie cree en Cristo y nadie cree en la Iglesia.

Todos creen en su Jesús y todos forman la Iglesia como les da la real gana.

Y así no se puede seguir, con una Iglesia que, en verdad, ya no sirve para nada.

Las inútiles homilías de Francisco sólo hacen ver su absoluta ceguera sobre lo que es la Iglesia. No tiene ni idea de lo que pasa en la Iglesia porque está muy atareado en construir su nueva iglesia que le haga brillar su cara de lobo en todo el mundo.

Francisco es un demonio que enseña la doctrina del demonio en todas sus homilías. Y no hay ninguna que se escape, que se pueda decir: ¡qué enseñanza verdadera!

Ha dicho Francisco hoy, en la homilía de la catequesis de los miércoles: “el término “santos” se refiere a aquellos que creen en el Señor Jesús y por él se incorporan a la Iglesia a través del bautismo”.

Esto un Papa nunca puede decirlo porque es una tremenda herejía. Y todos la escuchan y como si nada.

Aquí acaba de proclamar Francisco que todo el que cree en el Señor Jesús y está bautizado es santo.

Si la santidad fuera eso, entonces con sólo creer en el Evangelio y meterse en la Iglesia está todo hecho.

Pero la santidad es mucho más que eso: consiste en hacer la Voluntad de Dios cada segundo de nuestra vida. Y eso cuesta toda una vida realizarlo. Eso no se consigue porque se tenga un bautismo y porque se lea el Evangelio. Eso supone ir en contra del demonio, del mundo y de la carne. Pero esto Francisco no lo enseña porque no lo vive. Él enseña lo que vive: su comunión con el demonio.

Y dice más ante la multitud asombrada por tamaña doctrina: “el amor de Dios abrasa nuestro egoísmo, nuestros prejuicios, nuestras divisiones internas y externas… El amor de Dios abrasa también nuestros pecados”.

Cuando uno lee esto, enseguida le viene a la cabeza aquello de un santo del desierto: no queráis meter a Dios en vuestros pecados, sino inflamaos en vuestros pecados para arder por siempre en el infierno.

El amor de Dios abrasa al alma que quita sus pecados. El alma arde en el fuego del amor divino para hacer las obras divinas. Es un fuego que no tiene nada que ver con la purificación del pecado del alma.

Una cosa es el fuego que purifica el pecado del alma, que no es fuego de amor divino, sino de justicia divina. Y otra cosa es el fuego divino que une el alma en Dios y la hace parecer divina.

Pero Francisco no ha leído a los santos, a los santos contemplativos, a los santos que se despojaron de todo para unirse a Dios, como fue San Francisco de Asís que ardió en el fuego divino para ser sólo de Dios. Sus pecados no ardieron en ese fuego divino. Aquí se ve la gran idiotez de Francisco cuando enseña a la Iglesia su gran herejía del amor humano.

Y, claro, tiene que continuar con otra herejía: “La fe necesita el apoyo de los demás, especialmente en tiempos difíciles… en esos tiempos difíciles es importante encontrar el coraje y la humildad para estar abiertos a los demás”.

Es lo que menos necesita la fe cuando el alma decae de su fervor. La fe necesita de un corazón puro, noble, humilde, sencillo, valiente para seguir siendo fe en tiempos difíciles. Es precisamente en tiempos difíciles cuando nadie cree. Y ¿el alma se va a apoyar en quien no cree? Semejante estupidez sólo la da Francisco. La fe no está en la comunidad, en la gente. La fe está en el corazón que se abre a la Verdad y que obra esa Verdad aunque le vengan todas las dudas del mundo.

No hay que estar abiertos a los demás en tiempos difíciles, sino abiertos a Dios, con el corazón entregado sólo a Dios, que es lo que nunca va a enseñar Francisco porque su corazón está cerrado a Dios.

Y dice más en su gran herejía: “Todos los bautizados aquí, en la tierra, las almas del Purgatorio y los beatos que ya están en el paraíso forman una grande y única familia”.

Es decir, que el Cielo está lleno de pecadores, de herejes, de cismáticos, de mentirosos y, además, hay una comunión entre el Cielo y la Tierra. Todos formamos una gran familia.

Esto es lo que ha dicho en esa frase. Para Francisco eso consiste el bautismo que va a poner en su nueva iglesia.

En ese bautismo se va a echar agua a la persona, pero no se le va a quitar el pecado original. Sólo con echarle el agua es suficiente. Y, de esta manera, los hombres alcanzan el cielo porque están bautizados.

Esto es lo que está enseñando en esa frase. Y esto es enseñar además que en la Iglesia entran todos, porque ya no hay pecado.

Todos somos hermanos en un falso Cristo. Todos somos familia en una falsa iglesia. Todos nos unimos porque nos amamos mucho en nuestros pecados.

Es “una unión espiritual que nace en el bautismo y no se rompe con la muerte”. No hay pecado que rompa la obra del bautismo en el alma. Ni la muerte rompe esa obra. En conclsuión: Todos salvados porque lo dice Francisco. Así lo enseña el lobo que se sienta en la Silla de Pedro y que todos aplauden porque es tan humano, tan cariñoso, tan cordial, tan idiota con los idiotas.

Esta doctrina de Francisco indigesta a quien la lee. Le da dolor de cabeza y de espanto porque no entiende qué hace ese hombre ahí buscando el agrado de todos los hombres en la Iglesia. Es una verguenza que en la Iglesia esté ocurriendo esto.

Francisco es el fruto de no tener mano dura con los sacerdotes y Obispos. Aquí está el ejemplo de su vida, el ejemplo de su enseñanza. Francisco condena a muchos en la Iglesia. Ese es su trabajo y no otro.

Francisco sólo está para llevar a la Iglesia hacia su destrucción. Y no está para liberarla del mal, porque no cree en el mal.

Francisco es un hombre libre que se ha puesto en la Iglesia para hacer libres a todos y así correr hacia el infierno sin ninguna cortapisa, sin ninguna atadura, sin ninguna moral.

La perdición de las almas en la Iglesia

“Muchos cardenales, muchos obispos y muchos sacerdotes están sobre el camino hacia la perdición y se están llevando a muchas almas con ellos.” (Nuestra Señora de Garabandal, 18 de Junio, 1965)

Salette

Esta verdad que da la Virgen María muchos no la comprenden, porque ven a la Jerarquía Eclesiástica como unos hombres que no se equivocan, que no pecan, que, por estar en un cargo de la Iglesia, necesariamente tienen que hablar las palabras de Dios.

La Virgen dice esto de sus hijos predilectos porque sabe lo que es el hombre: el hombre es un ser necio que no comprende la vida espiritual.

El hombre cree tener la verdad en sus pensamientos, en sus libros, en sus estudios, en sus obras, y, en realidad, sólo encuentra la mentira.

La Iglesia está llena de mentirosos. Esta es una verdad de siempre. Esto no es de ahora.

Pero esta verdad es ahora cuando está más clara, porque quien se sienta en la Silla de Pedro es un mentiroso, no es un Papa verdadero.

Y decir que no es un Papa verdadero es una verdad que escuece a muchos, que irrita a muchos, que quita la paz a muchos.

Pero la Verdad es la Verdad. Y no hay otra Verdad en la Iglesia que la que es Jesús.

Y Jesús es muy claro en su dogma del Papado: no se puede elegir Papa cuando el anterior sigue vivo.

Esta es la Verdad le guste o no le guste a la gente. La entienda o no la entienda. La Verdad no hay que comprenderla para que sea Verdad. La Verdad es la Verdad.

Por eso, la Verdad está por encima de toda mente humana. No pertenece a un hombre, por más listo que sea, por más inteligente que sea, por más estudios que tenga en filosofía y en teología.

La Verdad es la Verdad. ¡Y cuánto cuesta aceptar la Verdad! ¡Y qué fácil es buscar una razón para tapar la Verdad!

Es lo que continuamente se está haciendo en la Jerarquía: llevan cincuenta años especializándose en re-escribir el Evangelio de Cristo para dar sus verdades en la Iglesia.

Los Obispos de Roma se han descarriado. Y eso ha producido que el rebaño se disperse. Desde hace cincuenta años, gente descontenta con todo lo que ve en la Iglesia, se ha marchado a otra parte, porque ven un desastre en la Iglesia.

Los Obispos se han unido con toda clase de herejes y gente falsa. El libro de cabecera de cada Obispo es un teólogo protestante. No encontrarán libros de santos, de santos padres, del magisterio de la Iglesia, de la tradición de la Iglesia.

Los Obispos comenzaron con buenas intenciones en el Concilio Vaticano II, pero cayeron todos engañados por la filosofía del humanismo, que ofrecía la búsqueda de la paz y de la hermandad.

El humanismo trae el comunismo y el ateísmo, al mismo tiempo. De esto están llenos toda la Jerarquía Eclesiástica. No hay uno que se salve.

Y este congraciarse con lo humano es permitir que en la Iglesia entre toda clase de errores, sin darse cuenta. Errores que no se combaten, sino que permanece ahní porque son cosas buenas, que todos quieren en la vida. Y así el alma se va apartando del camino de la Cruz, que nadie quiere en la vida.

Satanás ofreció esta doctrina del humanismo para un fin: poner en marcha la formación del Consejo Mundial de las Iglesias, es decir, poner las bases para consolidar la iglesia del hombre, en la que todos forman parte, todos pueden entrar sin condiciones, sin límites, porque el fin es: la paz y el ser hermanos unos con otros. Hay que amarse mucho, hay que unirse en todos los pensamientos humanos porque todos son buenos.

Esa nueva iglesia nació en 1998: “El 666 enunciado 3 veces, es decir por 3, expresa el año 1998, mil novecientos noventa y ocho. En este período histórico, la masonería, ayudada por la eclesiástica, logrará su gran objetivo: construir un ídolo para ponerlo en lugar de Cristo y de Su Iglesia. Un falso Cristo y una falsa Iglesia” (P. Gobbi. El número de la bestia: 666. 7 de junio 1989).

Ese ídolo fue construido en el pensamiento de muchos Obispos que pertenecían a la Jerarquía Eclesiástica. Pero ese pensamiento no podía obrarse en esa época, porque era necesario quitar al Papa.

Y Juan Pablo II no quiso irse, a pesar de que hasta el último suspiro de su vida fue presionado para abandonar el cargo. Y Benedicto XVI fue muy débil y sucumbió ante la ferocidad de los Obispos. Y ha sido Francisco el que ha comenzado esta nueva iglesia con su gobierno horizontal, que promulgó al mes de ser elegido, pero que no hizo efectiva hasta el 28 de septiembre del año 2013.

En esta fecha comienza la nueva iglesia, que es sólo una iglesia de hombres, donde no se da el Espíritu de la Iglesia, porque no tiene la verdadera base de la Iglesia, que es el gobierno vertical en Pedro.

Muchos Obispos están ahora en el camino de la perdición. Y la gente todavía no ha despertado ante esta Verdad. No ve esta Verdad. Vive su vida como si todo estuviera bien.

Muchos Obispos fueron engañados y aceptaron un nuevo camino en la Iglesia, el que desarrolló el humanismo y el modernismo. Y ahora son los Obispos los que engañan a la Iglesia imponiendo una mentira como verdad.

La mentira del gobierno horizontal que anula el Papado de raíz. Y esta mentira la siguen todos como algo verdadero. Y quien diga lo contrario es ya un hereje, un cismático.

“La apostasía será entonces generalizada porque casi todos seguirán al falso Cristo y a la falsa Iglesia” (P. Gobbi. El número de la bestia: 666. 7 de junio 1989).

Esto es lo que estamos viendo y no otra cosa. Todo el mundo contentísimo con el lunático de Francisco.

Todos engañados por la Jerarquía de la Iglesia que eligió un Papa sin tener derecho divino, en contra de la Voluntad de Dios, y engañados por la cursilería de Francisco con su amor a los pobres.

La gente no sabe ver la Verdad porque también vive sus verdades, las que a ellos les conviene. Y, por tanto, ahora hay que reír con Francisco porque es tiempo de eso.

Todo es un engaño de Satanás. Y nadie se ha dado cuenta. Todos dicen que Dios quiere ese gobierno horizontal para la Iglesia.

Y lo que Dios permite es que el hombre y la Iglesia vayan rápidamente por el camino de su propia destrucción, porque los hombres y la Iglesia entera han hecho del pecado sus vidas, sus obras, sus pensamientos, sus caprichos.

Y, cuando se hace eso, entonces los hombres se alejan completamente de la Verdad y sólo siguen sus brillantes verdades que sus pensamientos les ofrece en sus vidas.

Entonces, ante una Jerarquía que da sus mentiras en Roma y las publica como verdaderas no es posible comprometerse con esa Jerarquía, no es posible obedecer a esa Jerarquía, no es posible estar con los brazos cruzados viendo que esa Jerarquía destroza la Verdad de la Iglesia con sus verdades de sus necios pensamientos humanos.

Roma se ha hecho enemiga de Cristo, enemiga de la Verdad, enemiga de la Cruz de Cristo. Y no es posible la unión con los enemigos de Cristo. Porque todo aquel que conoce a Cristo y niega que Él sea el Hijo de Dios, el Mesías, entonces se separa de Cristo y de Su Iglesia. Y se convierte en un anticristo.

Eso es lo que ha hecho Francisco al poner su gobierno horizontal: ha negado a Cristo, ha negado la Verdad en Jesús, la Verdad de Jesús, la Verdad que es Jesús. Ha negado la base de la Iglesia de Jesús, que es la Roca de la Verdad en Pedro. Luego, Francisco es un anticristo. Y todo aquel que se una Francisco y predique lo mismo que él, y enseñe lo mismo que él y obre lo mismo que él, es otro anticristo.

Dios los cría y ellos se juntan. Eso es lo que se va contemplando ahora en este tiempo de gobierno horizontal. Van apareciendo gente de mala calaña. Gente necia que quiere seguir esa nueva iglesia porque le interesa un puesto en esa nueva iglesia y tener el bolsillo lleno de dinero.

La esencia de la Santa Misa

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“Pues yo recibí del Señor lo mismo que os transmití a vosotros: que el Señor Jesús, la noche que era entregado, tomó pan, y, habiendo dado gracias, lo partió y dijo: «Esto es Mi Cuerpo, que se da por vosotros: haced esto en conmemoración mía». Asimismo, tomó el cáliz, después de haber comido, diciendo: «Este es el Cáliz del Nuevo Testamento en Mi Sangre: haced esto, cuantas veces bebiereis, en conmemoración mía». Porque cuantas veces coméis este pan y bebéis el cáliz, anunciáis la Muerte del Señor, hasta que venga” (1 Cor 11, 23-26).

En estas palabras del Apóstol San Pablo están contenidas la esencia de la Misa.

La Misa no es la Cena del Señor, sino el Sacrificio del Señor en la Cruz.

Es un Sacrificio visible, no una representación simbólica. Es el mismo sacrificio cruento que se realizó en la Cruz. Y esa obra se hizo para quitar los pecados de los que creen en Jesús. Es una Obra Redentora, es un Dolor, no es una fiesta, ni una discoteca, ni un baile, ni un compartir la mesa para hablar de nuestras cosas.

Jesús ofreció a Dios Padre Su Cuerpo y Su sangre para quitar los pecados del mundo. Y eso lo obra Jesús en cada sacerdote que cree en la Palabra de Jesús, y se manifiesta bajo las especies de pan y de vino.

Este don del Señor al sacerdote debe ser transmitido por éste de forma íntegra, sin quitar las palabras del Evangelio ni poner o añadir otras que no pertenecen al Misterio.

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La esencia de la Misa está en decir:

1. «Esto es Mi Cuerpo». No se puede decir: «Este es el Cuerpo de Cristo». Hay muchos que ya dicen eso en las misas que celebran. Si se dice eso, se anula la Misa. No hay consagración. Lo que pasa allí es sólo una obra de teatro.

2. «Este es el Cáliz en Mi Sangre». No se puede decir: «Esta es la Sangre de Cristo en el cáliz».

3. «Haced esto en conmemoración Mía» o «Cuantas veces hicieres esto, hacedlo en conmemoración Mía». No se puede decir: «Haced esto en memoria mía» o «cuantas veces hiciereis esto, hacedlo en memoria mía».

Ya hay muchos libros litúrgicos adulterados con esta nueva doctrina, que separa la Verdad del evangelio con los razonamientos de tantos teólogos que ya no creen en las palabras del Señor.

La Palabra de Dios es clara: La Misa no es el recuerdo de Cristo o de la Cena como un acontecimiento histórico, sino que es realizar lo mismo que Cristo hizo en la Pasión.

Decir: “haec quotiescumque feceritis, in mei memoriam facietis”, es decir: «cuantas veces lo hiciereis, hacedlo en memoria mía», es sólo expresar algo de la historia, recordar con las palabras lo que obró Cristo en un momento de la historia, es separarse de la Palabra de Dios, que dice en griego: “eis ten emou anamnesin”.

Esta frase se traduce así: “hacia Mi Memoria”. No se traduce: “en mi memoria”.

No es un recuerdo en la vida de Cristo. Es el recuerdo vivo que Cristo da en la Misa, realizar lo que Él hizo y del mismo modo que Él lo hizo. El sacerdote va hacia ese acontecimiento de Cristo. Y sólo puede ir en el Espíritu. El Espíritu de Cristo lo lleva a la Pasión de Cristo. Y ese llevar produce el Sacrifico de Cristo en el Altar. Es ir hacia la Memoria de Cristo, hacia la Vida de Cristo, hacia la Obra de Cristo.

Los teólogos, los exegetas de la Sagrada Escritura parten esta Verdad y dan el error a toda la Iglesia.

El Espíritu levanta al sacerdote a la misma Vida de Cristo. Esto es lo que significa anamnesin: levantar hacia el recuerdo. No es quedarse en el recuerdo. Es ir a la obra de Cristo: “haec quotiescumque feceritis, in meam commemoriam facietis”.

El Espíritu eleva espiritualmente al sacerdote para que se realice en él la esencia de la Pasión de Cristo. Y la esencia es que el sacerdote ponga en el Altar el Cuerpo y la Sangre de Cristo, que es lo que ofrece Jesús a Su Padre para quitar los pecados del mundo.

Decir que la Misa es la memoria de Cristo es sólo decir que la Misa es algo humano. Hay que ir a Misa para una cena, para una comida, para estar un rato juntos y pasarlo lo más placentero posible.

Ya se pierde la santidad de la Misa, porque se rebaja, se anula la esencia de la Misa.

Las palabras de la Consagración no son una narración histórica de lo que pasó en la Cena, sino el mismo acontecimiento, invisible, que no se palpa con los sentidos humanos, que se dio en el Calvario. Es algo incruento de un hecho cruento.

Para realizar una Misa, como la quiere Jesús, es necesario vivir en Cristo, consagrarse completamente a Él, para que en Él y por Él se dé gloria al Padre.

La Misa necesita de un culto interior en la persona del sacerdote. Si no existe este culto interior a Cristo, entonces el sacerdote no tiene fe en Cristo y sólo hace una obra de teatro en lo que celebra en la Iglesia.

Hay muchos sacerdotes de esta manera: sólo ven a Cristo de una forma histórica, externa, cultural, del tiempo. Y, entonces, sólo dan un culto exterior a Cristo. Eso no es suficiente para obrar el Misterio de la Misa.

“Vosotros sabéis, venerables hermanos, que el divino Maestro estima indignos del sagrado templo y arroja de él a quienes creen honrar a Dios sólo con el sonido de frases bien hechas y con posturas teatrales, y están persuadidos de poder muy bien mirar por su salvación eterna sin desarraigar del alma los vicios inveterados” (Pío XII – Mediator Dei).

La Misa no es para cantar o para hablar o para hacer unos ritos más o menos buenos, agradables a todos, sino para postrarse a los pies del Redentor y así profesarle amor y veneración.

Hoy tenemos misas sacrílegas en que el culto a Dios se ha vuelto sólo una enseñanza pagana. Y se meten en las misas muchas cosas del mundo, de la cultura, del arte, de los hombres, porque ya no se da culto interno a Dios.

La adoración a Dios es en Espíritu y en Verdad. Se adora, hoy en la Iglesia, en el espíritu del demonio y en la mentira que da el demonio.

Y eso está pasando en muchas parroquias y nadie hace nada para quitarlo, porque quien lo debería quitar, la Jerarquía eclesiástica, ya no cree en la Palabra de Dios. Ha anulado el Evangelio, ha cambiado las palabras del Evangelio, ha tergiversado el significado de la santa Misa. Y, por eso, vemos lo que vemos. Es que es normal contemplar, hoy, al demonio en las Misas de muchos sacerdotes, que se creen que hacen bien realizando esas Misas porque tienen documentos de Roma que los acreditan como la verdad de lo que es una Misa.

Desde 1958 todos los libros litúrgicos fueron cambiados. La Sagrada Escritura ha sido desvirtuada. Para coger la auténtica Palabra de Dios hay que ir a las ediciones de la Biblia antes de 1958. A partir de esa fecha y, sobre todo, a partir de 1980, no hay biblia que sirva. Todas tienen errores en cualquier parte, fruto de esta exégesis de muchos teólogos que sólo quieren dividir la verdad.

Y los Misales auténticos de la Misa de Pio V han sido adulterados, porque ya no se quiere la Misa como antes. Ya sólo se quiere la Misa como una cena, como una fiesta, como un acontecimiento de la Iglesia para que todos estén felices en sus vidas humanas.

El Concilio de Trento dice: «Si alguien dijere que el Sacrificio de la Misa es sólo de alabanza y de acción de gracias o una mera conmemoración del sacrificio realizado en la cruz, pero no propiciatorio; o que sólo aprovecha al que lo recibe y que no debe ser ofrecido por los vivos y difuntos, por los pecados, penas, satisfacciones y otras necesidades, sea anatema» (D.S. 1753).

La Misa es un propiciatorio, un sacrifico cruento, un dolor real, una muerte real, un calvario real. No es una memoria de todo eso que pasó hace 2000 años. Es poner en el Altar al mismo Cristo en su Obra Redentora.

Y Cristo se ofreció al Padre para salvar a los hombres. Y aquél sacerdote que no se ofrece a Cristo, no es sacerdote. Aquel sacerdote que da la misa para agradar a los hombres, para tenerlos contentos, para contarles sus batallas diarias en la vida, para hacer de la misa una payasada, un entretenimiento, no es sacerdote.

El sacerdote es para Cristo, no para las almas. Y quien no viva este Misterio sólo obra su teatro en la Iglesia y nada más.

Ahora, se va a cambiar esta liturgia y se va a imponer que sólo la Misa es un recuerdo de la Pasión de Cristo. Cuando esto suceda, entonces hay que irse a buscar una Misa en las catacumbas, en aquellos lugares que todavía crean en el Sacrifico del Altar.

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