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Ley, Gracia y Espíritu

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«personas que se preparen para la nueva evangelización, reconociendo que el Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: urge que el mundo comprenda que el cristianismo es la religión del amor» (Juan Pablo II – Mensaje para la conmemoración de la consagración de la humanidad al Sagrado Corazón).

El Corazón de Jesús es el corazón de la Iglesia: para ser Iglesia, hay que ser Cristo; es decir, tener su misma Mente Divina, hacer sus mismas Obras Divinas.

No se puede ser Iglesia buscando una nueva forma de lenguaje humano, haciendo de la Palabra de Dios la obra de la historia, el paso del tiempo, la evolución del pensamiento humano.

El Evangelio no es el pensamiento de una época en la historia de los hombres: es la Palabra de Dios inspirada en almas dóciles a la Voluntad de Dios. Inspiración que no pasa nunca, que es siempre camino para todo hombre. Inspiración divina que es ley para el hombre.

«Jesucristo es el mismo ayer y hoy y siempre y por los siglos» (Hb 13, 8), porque es una Persona Divina, que no cambia en el tiempo, que permanece siempre siendo la misma. Y lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles es su misma Mente Divina. Y la Mente de Dios no pide interpretación de los hombres, no se somete ni a la filosofía ni a la teología del hombre, no depende ni del análisis ni de la síntesis humana. La Mente de Dios no puede ser expresada con el lenguaje humano: no existe una forma humana del lenguaje para alcanzar la Mente de Dios. Es Dios mismo el que habla su lenguaje divino acomodado a los hombres.

Cuando Dios habla, el hombre tiene que callar en su entendimiento humano para poder comprender lo que Dios dice. Callar es obedecer a Dios que, cuando habla, nunca miente. Callar es someterse a la Autoridad de Dios, que tiene Poder para obrar lo que dice. Callar es hacer de la vida humana un instrumento para la obra de Dios.

Jesús es una doctrina viva: no es conjunto de ideas, de normas, de satisfacciones humanas.

Quien ama a Jesús ama su doctrina: no existe un Jesús sin su doctrina, sin su Mente Divina. Jesús no es una persona humana, sino divina. No se puede predicar a Jesús y hablar para entretener a la masa.

Hoy, gran parte de la Jerarquía, predica un Jesús sin doctrina. Predica fábulas, cuentecillos, cosas que entretienen a los hombres: «No os dejéis llevar de doctrinas varias y extrañas» (Hb 13, 9).

La gente busca a esa Jerarquía, la gente aplaude las herejías de Bergoglio porque está ávida de un pensamiento humano, pero no de la Verdad. No quieren seguir la Escritura, que es «divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y consumado en toda obra buena» (2 Tim 3, 16-17).

Toda esa Jerarquía vive al margen de las obras de Jesús, que son sólo divinas y por lo tanto, perfectas y sagradas. Viven en su humanismo, buscando el bien para los hombres, pero sin la gracia de Dios: son una Jerarquía «que con una apariencia de piedad están en realidad lejos de ella» (2 Tim 3, 5), viven al margen de la vida misma de Jesús. Y hay que guardarse de toda esa Jerarquía, que gobierna a muchas almas sin la autoridad divina, porque han convertido su ministerio en una cueva de demonios: «resisten a la verdad como hombres de entendimiento corrompido, reprobados en la fe» (2 Tim 3, 8).

El Corazón de Cristo es el corazón de la Iglesia: Cristo pone en Su Iglesia tres dones:

  1. Su Eucaristía;
  2. Su Madre;
  3. Su Cruz.

«¿Quién podrá dignamente describir los latidos del Corazón divino, signo de su infinito amor, en aquellos momentos en que dio a los hombres sus más preciados dones: a Sí mismo en el Sacramento de la Eucaristía, a su Madre Santísima y la participación en el oficio sacerdotal?» (Pío XII – Haurietis aquas, n. 20).

Son tres dones, unidos entre sí, que no se pueden separar. Sin la Cruz, no hay Eucaristía ni es posible tener una Madre Divina en la tierra.

Es imprescindible participar en el Misterio de la Redención, en la Obra Redentora que Cristo vino a hacer en este mundo, en donde el demonio es el rey.

Jesús viene para mostrar un camino a los hombres: Su Cruz. Un camino en la ley Eterna, que se rige – en todo- por la ley natural, por la ley divina, por la ley de la gracia y por la ley del Espíritu.

Es un camino que crucifica la voluntad de los hombres, que está sujeta al pecado. Sólo atándose el hombre al orden que Dios ha puesto, tanto en su naturaleza humana como en la Creación, tanto en la Iglesia como en el mundo, los hombres pueden conocer la Verdad y vivir de acuerdo a ese conocimiento divino.

Si el hombre no se ata a la ley de Dios, a una norma de moralidad, que nunca cambia, entonces la vida del hombre carece de sentido divino. Y sólo posee el sentido que cada hombre quiera darle con su inteligencia humana. Hoy el hombre vive asomado a su mente humana: y sólo dentro de ella mora y vive, sin posibilidad de salir de ella. Y la razón: no se crucifica; no pone dolor en su vida: no expía sus pecados. Vive para sí mismo.

El Camino es la Cruz y, por eso, hay que morir a todo lo humano: «Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Este es el amor al que Cristo llama a todos los hombres: un amor victimal; un amor de sacrificio; un amor divino.

No quieras amar a tus hijos si no te sacrificas por ellos; no quieras amar a tu cónyuge si no vives para llevarlo al cielo; no quieras amar a Cristo sin Su Cruz, sin Sus llagas, sin Su Sangre, sin Sus Dolores místicos.

Hoy la gente sólo quiere consuelos para su vida humana y espiritual, pero se ha olvidado de amar la Cruz de Cristo.

Amarse a sí mismo es crucificarse por amor a Cristo: nadie tiene amor más grande por sí mismo si no da su vida misma en oblación a Cristo. La vida es para Cristo, no para uno mismo.

Si el amor hacia sí mismo no tiene otra meta que uno mismo, entonces no merece la pena vivir. Cada hombre que mira su vida, su alma, su pensamiento, acaba detestándose: lo que encuentra no es vida, no tiene ningún valor, si Dios no se lo da, no se lo muestra.

Es necesario que el hombre dé la vida a Cristo: ofrezca su voluntad humana a Cristo. Es al único al que se puede ofrecer, porque Jesús es el Camino, la verdad y la Vida.

Por eso, lo primero para amar a Cristo es amar la ley: «Si me amáis, guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). La mayor oblación del alma a Cristo no es morir como un mártir, sino dejar la propia voluntad humana, las propias leyes, la propia visión de la vida, para cumplir la Voluntad de Dios, la ley que Dios ha revelado, y que ha puesto en las entrañas del ser humano.

Y si se guardan los mandamientos, entonces el hombre tiene la fuerza del Espíritu para obrar la verdad de su vida: «y Yo rogare al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre, el Espíritu de la Verdad» (Jn 14, 16).

Cumplir la ley es tener en el corazón la Verdad, que el Espíritu enseña al alma. Sin el camino de la Cruz, sin crucificar la propia voluntad, el hombre no puede seguir al Espíritu de Cristo, que es el único que puede llevar al hombre, a su mente y a su corazón, a la plenitud de toda la Verdad.

Si no hay ley, si no hay amor a Cristo, no hay Espíritu, no hay Verdad. Y si el hombre no es capaz de obrar la Verdad en su vida, entonces su existencia es un continuo estar en el error, en la oscuridad, en la mentira, en la duda, en el temor, en la angustia, en la desesperación.

Para poder alcanzar este Amor, Jesús mismo se queda en la Eucaristía.

La Eucaristía es Espíritu: «Yo Soy el Pan de la Vida» (Jn 6, 48). Es un alimento para el alma y el corazón del hombre. No es un alimento para la carne del hombre ni para su sentimiento.

En la Eucaristía se da la vida divina al alma, la misma vida de Dios. Y en Dios no puede haber pecado. Y, por lo tanto, comulgar a Dios es rechazar, combatir, enfrentarse al pecado. No se puede comulgar en pecado: es ofender al mismo Dios que entra en el alma. Es herirlo en lo más íntimo de su vida. Es comerse la propia condenación, el propio pecado.

Sin la Eucaristía es imposible tener el mismo amor de Cristo, que es un amor Redentor, que conduce hacia la Cruz, hacia la oblación de la propia voluntad humana. Y sin ese amor Redentor es imposible salvarse: «En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la Carne del Hijo del Hombre y no bebéis Su Sangre, no tendréis Vida en vosotros» (Jn 6, 51).

La Vida que Jesús da a las almas es una Gracia, un don de Él Mismo. Para eso se hace carne, para habitar en cada corazón que cree en Él (cf. Jn 1, 14). Habita por la Gracia.

La Eucaristía es la Gloria de Dios, que mora entre los hombres. Y para poder dar la Eucaristía a los hombres son necesarios los sacerdotes. Y se necesita una Madre que los engendre a la Vida de la Gracia; una Madre que les enseñe a ser como Su Hijo; una Madre que los guíe por el mismo Camino de Su Hijo; una Madre que los lleve a la santificación de su alma sacerdotal.

El Camino de la Cruz necesita la Vida de la Gracia, que sólo la Virgen María puede dar a las almas: «para encontrar la gracia, hay que encontrar a María» (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Cumplir la ley es una gracia; perseverar en ella es otra gracia; luchar contra el pecado es una gracia; combatir al demonio es otra gracia; comulgar debidamente es una gracia. Todo es gracia. Nada se puede hacer, en la vida espiritual, sin la Virgen María, Madre de la gracia.

Ella es el Canal de gracias, por la que Dios se comunica con todos los hombres. Por la Virgen María se derraman al mundo todas las gracias divinas. Por eso, Ella es la plena de gracia: lo tiene todo para darlo todo. Tiene toda la Vida de Dios; engendra toda la Vida de Dios; lleva al alma al culmen de la Vida Divina.

«Dios la escogió como tesorera, administradora y distribuidora de todas sus gracias. De suerte que Él comunica su vida y sus dones a los hombres, con la colaboración de María». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 11).

Amar a Cristo es amar a Su Madre: es imitarla en sus virtudes: humildad, obediencia, esclavitud. Sin estas virtudes, la vida de la Gracia no puede fluir en las almas.

Nadie puede quitar el pecado si no es humilde; nadie puede cumplir los mandamientos sin la obediencia; nadie puede crucificar su voluntad humana sin la esclavitud a la Voluntad de Dios.

Para caminar con Cristo, hacia Su Cruz, se necesita una Madre a quien imitar. Sin Ella, los hombres se pierden en el laberinto de sus amores y deseos humanos.

«Que una madre no da a luz la cabeza sin los miembros, ni los miembros sin la cabeza. Por consiguiente, quien quiera ser miembro de Jesucristo, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,14), debe dejarse formar en María por la gracia de Jesucristo». (San Luis María Grignion de Montfort – El secreto de María – n. 6).

Amar a María es amar con el amor de Dios, con el amor de hijo de Dios. No se puede amar a la Virgen con un amor, con un deseo, con un sentimiento humano.

La Virgen engendra en el alma la vida divina: un hijo para Dios, en la gracia. Y todo hijo de la Virgen tiene que amar a Su Madre en la gracia, no en lo humano. Buscarla en la Gracia.

La Gracia sólo se puede dar por medio de los Sacramentos: sin Sacramentos, no hay Gracia, no hay Vida. Por eso, es necesaria una vida de oración y de penitencia, una vida interior, en la que la práctica de las virtudes sea el pan de cada día. Y eso conduce al alma a la Gracia y a su permanencia en Ella. Sin Cruz, el alma vuelve a su pecado de siempre, que es su vida humana, material, natural, carnal de siempre. Sin la negación de sí misma, por el solo amor a Cristo y a Su Madre, el alma se autoafirma en ella misma, alcanzando sólo su perdición eterna.

Una Jerarquía que no se sacrifica por Cristo, sino que sólo se dedica a vivir su humanismo, pone la Gracia en un saco roto, y hace que muchas almas caminen hacia el fuego del infierno.

El Camino de la Cruz conduce hacia la Vida de Dios. Pero sólo se puede alcanzar esa Vida en la Verdad. No se puede ir al Cielo en la mentira del pecado. No se puede entrar en el Reino de los Cielos si las almas viven de sus pensamientos humanos y de sus obras sociales. El bien del hombre no lleva a la salvación del alma. Sólo cuando los hombres se despojan de sus bienes humanos, sociales, terrenales, materiales, es entonces cuando caminan hacia el Paraíso.

Hoy el mundo camina en busca de un paraíso en la tierra: camina sin Dios, sin verdad, sin vida, sin camino. Caminante no hay camino: éste el ideal de muchos. Un norte sin norte. El hombre quiere hacer su camino él mismo. Y el camino ya está hecho: es Cristo. Caminante hay un camino: Cristo. Y es un camino para lo divino, no para lo humano.

Por eso, la Misericordia de Dios no es para el pecador que quiera seguir en su pecado: no hay una Misericordia para todos los hombres: «que no de todos es la fe» (2 Ts 3, 3). La Misericordia exige al hombre quitar su pecado para poder alcanzar el Reino de los Cielos. Y hay hombres perversos y malvados que han nacido para pecar, para vivir en el error.

En el pecado no puede haber verdad inmutable. Ninguna obra de pecado permanece siempre en sí misma. Todo pecado cambia, porque el que vive en su mentira no puede permanecer en algo inmutable. Sólo el que ama permanece en la verdad de la vida; pero el que no ama, el que peca, cambia constantemente de forma de vida: está en la mentira de su vida, que es el propio engaño que cultiva en su mente, en su ley.

Por eso, hay muchos católicos de los cuales hay que separarse: «no os mezcléis con ninguno que, llevando el nombre de hermano, sea fornicario, avaro, idólatra, maldiciente, borracho o ladrón; con esos, ni comer» (1 Cor 5, 11).

Con esa falsa iglesia que están levantando Bergoglio y los suyos: ni comer. Llevan el nombre de católicos, pero son del demonio. «Vosotros extirpad el mal de entre vosotros mismos» (1 Cor 5, 13). Es lo que no hace ningún Obispo viendo el desastre que hay en el Vaticano. Todos callados aplaudiendo el mal que ven, acogiéndolo, invitando a pecar a todo el mundo.

El que sigue a un hereje se vuelve él mismo hereje: acaba pensando y obrando como el hereje.

El hombre necesita de la fe para permanecer en la Verdad.

Es la Verdad la que hace libre al alma: «Si permanecéis en Mi Palabra, seréis en verdad discípulos Míos y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres» (Jn 8, 31).

Permanecer en la Palabra de Dios es permanecer en la doctrina de Cristo; en esa Verdad inmutable, que no cambia porque los hombres o el mundo cambie.

Pedro no cambia en la Iglesia, es la Voz de Cristo, la Voz de la Verdad. Bergoglio es un hombre de palabra ambigua y herética. Luego, Bergoglio no puede ser Papa nunca, no puede representar a Pedro en la Iglesia de Cristo. Sólo representa al hombre en su falsa iglesia. Sólo es líder de una iglesia sin camino, sin vida y sin verdad.

La Verdad es Cristo; la Verdad es la Palabra del Pensamiento del Padre. La Verdad no la posee ningún hombre. Todo hombre que quiera conocer la Verdad tiene que creer en la Verdad. La fe en Cristo conduce al conocimiento del Corazón de Cristo. Sin fe, el alma permanece en su vida de veleidades, de superficialidades, de exterioridades.

Quien permanece en lo inmutable se hace libre, vive en la libertad del Espíritu, y puede caminar hacia la Vida de Dios: puede obrar las obras divinas en su vida humana. Hace -en todo- la Voluntad de Dios.

Pero quien es un veleta del pensamiento humano, del lenguaje de los tiempos, es esclavo -no sólo de los hombres-  sino de sí mismo, de su propia inteligencia, de su propia vida. Y va buscando en su vida humana una ley, una norma, una forma de obrar que nunca puede saciar el anhelo del cielo que su alma constantemente tiene.

El Camino de la Cruz necesita de una Verdad inmutable: el dolor necesita del amor divino.

Cuando los hombres no permanecen en la doctrina, sino que la van cambiando, según sus interpretaciones, sus culturas, sus artes, sus ciencias, su progreso, entonces es claro que el alma ha dejado de hacer penitencia, ha dejado el camino de la cruz, para andar otros caminos, los cuales son tan variados como el pensamiento del hombre. Y quien deja la cruz, deja el amor.

«El justo anda por caminos derechos, bienaventurados sus hijos después de él» (Prov 20, 7).

El hombre que no busca una sociedad en la ley del Señor, una sociedad que busque la Cruz de Cristo, edifica para sus hijos un auténtico infierno. Lo que vemos en el mundo actual es por el pecado de muchas generaciones pasadas. Es el fruto de andar por caminos extraviados: los hombres producen, con sus vidas, con sus obras, con sus pensamientos, una maldición en todos sus hijos.

«Al hombre siempre le parecen buenos sus caminos, pero es el Señor quien pesa en los corazones» (Prov 21, 2).

¿Te parece bueno el camino de la Iglesia que se levanta en el Vaticano? ¿Tu mente humana te dice que es bueno lo que habla Bergoglio?

El Señor es el que pesa en el corazón: no sigas lo que hay en Roma. Es todo maldad encubierta. Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

El hombre se ha apartado de la Gracia, no ha mirado a la Virgen María, no ha practicado las virtudes, no puede permanecer con Cristo, con la Verdad. Tiene que construir un mundo de mentira, una iglesia de hombres falsos, que llevan inevitablemente hacia la destrucción del propio hombre.

La Cruz está fija una doctrina inmutable: no se puede arrancar la muerte de Cristo de la Verdad que enseñó a Sus Apóstoles. Cristo dio su vida por la Verdad. Y sólo por la Verdad inmutable. Esa Verdad que es Él Mismo.

No se puede arrancar la Iglesia de la doctrina de Cristo: no se puede obviar 20 siglos de magisterio infalible, para estar siguiendo a un hombre que sólo habla su vanidad.

«… tú permanece en lo que has aprendido y te ha sido confiado» (2 Tim 3, 14):  no sigas a Bergoglio y su doctrina.

Es el gran pecado de la Iglesia en la actualidad: le gusta la palabra barata y blasfema de un espantapájaros, de un esperpento humano. Y reniega  así de la Doctrina de Cristo. Ya no quiere la Verdad, sino que va en busca de los cambios en la Iglesia.

¿Qué amor a la Cruz hay en Bergoglio? Ninguno. Sólo ama al hombre sin la doctrina de Cristo, sin la verdad que el Señor ha enseñado en Su Palabra.

¿Qué Iglesia está levantando? No la de Cristo, en Pedro, sino la suya propia, la que tiene en su mente, en muchas cabezas, que son cabezas de orgullo y de soberbias declaradas.

¿Qué obras son las de Bergoglio en la Iglesia? No las de Cristo: no son obras para salvar y santificar a las almas; no son obras de redención. Son obras de condenación.

¿Y por qué la gente lo sigue? Porque piensan igual que él. Y no hay otra razón. Si tuvieran la Mente de Cristo crucificarían a Bergoglio, no lo aplaudirían. Pero ellos tienen el líder que se merecen sus pecados en la Iglesia. Viven sin piedad filial ni a Cristo ni a Su Madre.

«Todos los que aspiran a vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecuciones» (2 Tim 11).

Ésta es la señal del amor a Cristo: si amas la verdad te persiguen por lo que amas.

La Eucaristía enseña a amar la Verdad: enseña a amar a Cristo. Enseña a cumplir la doctrina de Cristo: a vivirla, a ponerla por obra. Una obra de reparación del pecado; una obra victimal; una obra divina.

Todo aquel que comulgue y, después, obre la mentira en su vida, es que no comulgó a Cristo, es que no se dejó enseñar por Cristo en la comunión.

En cada Eucaristía se ama la Verdad: el alma conoce la Verdad y la ama: la pone por obra, la vive en su vida humana.

Y, por eso, cada sacerdote debe predicar, en su misa, sólo la Verdad. Si predica una mentira, ¿qué cosa va a poner en el Altar? Si Cristo es la Verdad, no se puede obrar esa Verdad con la palabra de un mentiroso.

La Cruz vive en la Verdad; pero si no se cree en la Verdad, entonces el alma sólo vive en su mentira, que es su razón humana. Vive en sus placeres y busca a los hombres para que les den un camino ancho, en donde la verdad brilla por su ausencia.

Si el hombre no cree en la Verdad Crucificada: si el hombre no mira a Cristo Crucificado para contemplar sus pecados y expiarlos, entonces el hombre sólo se mira a sí mismo para obrar sus pecados.

Hay que creer en el Crucificado para amar la Eucaristía. Para recibir a Cristo en la Eucaristía, el alma tiene que vivir una vida de penitencia, de mortificación, de despojo de todos sus apegos y pecados.

¡Cuántos comulgan sin confesarse! ¡Cuántos reciben a Cristo sin las debidas disposiciones en su cuerpo y en su alma! ¿Cómo pretenden permanecer en la gracia si no viven rechazando el pecado? Si la vida no es una lucha en contra del mundo, del demonio y de la carne, entonces ¿cuál es la lucha del hombre en su vida terrena? ¿Por qué lucha en su vida? ¿Cuál es el fin de su vida?

«La Santísima Eucaristía es el gran medio para aspirar a la perfección; pero es preciso recibirla con el deseo y el compromiso de eliminar del corazón todo lo que desagrada a quien queremos recibir» (P. Pío).

El Corazón de Cristo es: Ley, Gracia y Espíritu. Y, por eso, el Sagrado Corazón da a Su Iglesia tres dones:

  1. La Cruz, que es el camino para cumplir con la Ley del Señor;
  2. La Virgen, que es la maestra en la vida divina de la Gracia;
  3. La Eucaristía, que transforma el alma en otro Cristo por medio del Espíritu.

La devoción al Sagrado Corazón es «la más segura espiritualidad» (León XIII – Annum sacrum). Lo tiene todo para salvar y santificar el alma.

«en esta espiritualidad, ¿no es verdad que se encierra la síntesis de todo el cristianismo y la mejor norma de vida, porque es la que con más facilidad lleva a conocer íntimamente a Cristo y con más eficacia impulsa a amarle con ardor y a imitarle con exactitud?» (Pío XI – Miserentissimus Redemptor).

Son muy pocos los devotos del Corazón de Jesús. Es una devoción que exige la práctica diaria de todas las virtudes cristianas. Y la gente no suele vivir para esto, sino para su vida humana y mundana.

«Es la mejor manera de practicar la religión cristiana» (Pío XII – Haurietis Aquas): Mandamientos, penitencia y Santo Rosario. Esto es todo para ser santo, para ser Iglesia, para ser otro Cristo.

«que en el origen del ser cristianos está el encuentro con una Persona» (Benedicto XVI – Carta pontificia al Prepósito General de la Compañía de Jesús): esto es lo que falta en muchos católicos: el encuentro con la Persona Divina de Cristo. El encuentro con un Dios que no pasa nunca de moda, que enseña en toda las épocas lo mismo. Un Dios que sufre y muere siempre por amor a los hombres, cuya naturaleza humana ha asumido para poner al hombre el camino del Cielo.

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Es la Noche Santa

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Es la Noche Santa: noche para contemplar al Niño Dios.

Y no hay que hacer nada más: imitar lo que hicieron José y María en el nacimiento de Su Hijo. Si hacen eso, entonces todo lo demás tiene sentido. Pero si no hacen eso, si lo hacen por la rutina de siempre, entonces no han comprendido el Espíritu de la Navidad.

Dios no quiere que los hombres pasen la Noche más importante del año compartiendo con los demás, haciendo fraternidad, diciéndose a sí mismos que son muy buenas personas y que tenemos un Dios que nos ama.

Dios quiere que el hombre aprenda a adorarle en Espíritu y en Verdad. Y, por eso, es necesario sentirse solo en Navidad, sin nadie al lado de uno, dejando los problemas de la vida a un lado, porque sólo importa una cosa: amar a Dios, adorar a Dios. Lo demás, la comida, los regalos, etc…., sobran en un día como hoy.

Pero los hombres han perdido este Espíritu y pasan la Navidad como lo suelen pasar: emborrachándose de vacío, de vanidades, de fraternidades que no van a ninguna parte.

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«He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles.

María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de Ella crecía por momentos.

Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego, ya no vi más la bóveda.

Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los Cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo Eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.

Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla.

La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda Ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.

Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, prosternándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo.

María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. “¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!”

He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía. Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza.

José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Yo veía a la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido blanco, que la envolvía por entero. Pude verla allí durante los primeros días sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo; pero nunca la vi enferma ni fatigada».

(Ana Catalina Emmerick, Visiones y Revelaciones Completas, Tomo Segundo, Libro I – IV parte: Visiones de la vida de Jesucristo y de su Madre Santísima – Época primera: Desde el nacimiento de María hasta la muerte de San José – Cap. XLIV, Nacimiento de Jesús, pág. 219-220)

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«Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María. Se alarga a medida que la luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor.

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas. ¡Oh, qué hermoso es este momento! Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente? Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad. Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta; parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido. Ese color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos, se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo. Ahora ya es Ella la Depositaria de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo. Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste. En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen…y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con Su Hijo recién nacido en los brazos. Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con una manitas del tamaño de un capullo de rosa; que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa; que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menuda fresa de bosque, y mostrando una lengüecita temblorosa contra el rosado paladar; que mena su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos, mirando a su Niño, adorándoles, llorando y riendo al mismo tiempo…Y se corva para besarle, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre sus corazoncito que palpita, que palpita por nosotros…en donde un día se abrirá la Herida. Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado…

José, que casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí, y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz. Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve. El buey, que está en pie, oculta a María, pero Ella le llama: “José, ven”.

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia, y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar; pero María insiste: “Ven, José” y, apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se alza y se dirige hacia José, quien, por su parte, se mueve azarado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.

“Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre”, dice María. José se pone de rodillas. Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos y dice: “Heme aquí – por Él, ¡Oh Dios!, te digo esto-, heme aquí para hacer Tu Voluntad. Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, Tu Voluntad, para Gloria Tuya y por Amor a Ti”.

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante le dice: “Toma, José”.

“¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, no! ¡No soy digno!”. José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero María insiste sonriendo: “Bien digno eres de ello tú, y nadie lo es más que tú, y por eso, el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenle mientras yo busco su ropita”.

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío; una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerle separado de sí por respeto, sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente: “¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!”; y se inclina para besar los piececitos. Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y le recoge en su regazo, y con su indumento marrón y con las manos trata de cubrirle, calentarle, defenderle del cierzo de la noche. Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta. Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales que hacer de escudo al aire y dan calor…»

(María Valtorta, El Evangelio como me ha sido revelado, Volumen I – Nacimiento y vida oculta de Jesús – Capítulo 29, Nacimiento de Jesús. La eficacia salvadora de la divina maternidad de María, pág. 143-144)

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«El sagrado Evangelista San Lucas dice que la Madre Virgen, habiendo parido a su Hijo primogénito, le envolvió en paños y le reclinó en un pesebre. Y no declara quién le llevó a sus manos desde su virginal vientre, porque esto no pertenecía a su intento.

Pero fueron ministros de esta acción los dos príncipes soberanos San Miguel y san Gabriel, que como asistían en forma humana corpórea al Misterio, al punto que el Verbo humanado, penetrándose con su virtud por el tálamo virginal, salió a luz, en debida distancia le recibieron en sus manos con incomparable reverencia, y al modo que el sacerdote propone al pueblo la sagrada Hostia para que la adore, así estos dos celestiales ministros presentaron a los ojos de la divina Madre a Su Hijo Glorioso y Refulgente.

Todo esto sucedió en breve espacio. Y al punto que los santos Ángeles presentaron al Niño Dios a Su Madre, recíprocamente se miraron Hijo y Madre Santísima, hiriendo Ella el Corazón del dulce Niño, y quedando juntamente llevada y transformada en Él.

Y desde las manos de los dos santos príncipes, habló el Príncipe Celestial a Su feliz Madre, y la dijo:

“Madre, asimílate a Mí, que por el ser humano que me has dado quiero desde hoy darte otro nuevo ser de Gracia más levantado, que siendo de pura criatura se asimile al Mío, que soy Dios y Hombre por imitación perfecta”.

Respondió la prudentísima Madre:

“Llévame, Señor, tras de ti y correremos en el olor de tus ungüentos” (Ct 1, 3).

Aquí se cumplieron muchos de los ocultos misterios de los Cantares…

Con las palabras que oyó María Santísima de la boca de Su Hijo dilectísimo juntamente la fueron patentes los actos interiores de su Alma Santísima unida a la Divinidad, para que imitándolos se asimilase a Él. Y este beneficio fue el mayor que recibió la fidelísima y dichosa Madre de Su Hijo, Hombre y Dios verdadero, no sólo porque desde aquella hora fue continuo por toda su vida, pero porque fue el ejemplar vivo de donde Ella copió la suya, con toda la similitud posible entre la que era pura criatura y Cristo Hombre y Dios verdadero…

Doctrina de la Reina Santísima:

“Hija mía, si los mortales tuvieran desocupado el corazón y sano juicio para considerar dignamente este gran sacramento de piedad que el Altísimo obró por ellos, poderosa fuera su memoria para reducirlos al camino de la vida y rendirlos al amor de su Criador y Reparador.

Porque siendo los hombres capaces de razón, si de ella usaran con la dignidad y libertad que deben, ¿quién fuera tan insensible y duro que no se enterneciera y moviera a la vista de su Dios humanado y humillado a nacer pobre, despreciado, desconocido en un pesebre entre animales brutos, sólo con el abrigo de una Madre pobre y desechada de la estulticia y arrogancia del mundo?

En presencia de tan Alta Sabiduría y Misterio, ¿quién se atreverá a amar la vanidad y soberbia, que aborrece y condena el Criador de Cielo y tierra con su ejemplo? Ni tampoco podrá aborrecer la humildad, pobreza y desnudez que el mismo Señor amó y eligió para sí, enseñando el medio verdadero de la vida eterna.

Pocos son los que se detienen a considerar esta verdad y ejemplo, y con tan fea ingratitud son pocos los que consiguen el fruto de tan grandes sacramentos.

Pero si la dignación de Mi Hijo Santísimo se ha mostrado tan liberal contigo en la ciencia y luz tan clara que te ha dado de estos admirables beneficios del linaje humano, considera bien, carísima, tu obligación y pondera cuánto y cómo debes obrar con la luz que recibes.

Y para que correspondas a esta deuda, te advierto y exhorto de nuevo que olvides todo lo terreno y lo pierdas de vista, y no quieras ni admitas otra cosa del mundo más de lo que te puede alejar y ocultar de él y de sus moradores, para que desnudo el corazón de todo afecto terreno, te dispongas para celebrar en él los misterios de la pobreza, humildad y amor de tu Dios humanado.

Aprende de mi ejemplo la reverencia, temor y respeto con que le has de tratar, como yo lo hacía cuando le tenía en mis brazos; y ejecutarás esta doctrina cuando tú le recibas en tu pecho en el venerable Sacramento de la Eucaristía, donde está el mismo Dios y Hombre verdadero, que nació de Mis Entrañas. Y en este Sacramento le recibes y tienes realmente tan cerca, que está dentro de ti misma con la verdad que yo le trataba y tenía, aunque por otro modo.

En esta reverencia y temor santo quiero que seas extremada, y que también adviertas y entiendas, que con la obra de entrar Dios Sacramentado en tu pecho te dice lo mismo que a Mí me dijo en aquellas razones: Que me asimilase a Él, como lo has entendido y escrito. El bajar del Cielo a la tierra, nacer en pobreza y humildad, vivir y morir en ella con tan raro ejemplo y enseñanza del desprecio del mundo y de sus engaños, y la ciencia que de estas obras te ha dado, señalándose contigo en alta y encumbrada inteligencia y penetración, todo esto ha de ser para ti una voz viva que debes oír con íntima atención de tu alma y escribirla en tu corazón, para que con discreción hagas propios los beneficios comunes y entiendas que de ti quiere mi Hijo Santísimo y Mi Señor los agradezcas y recibas, como si por ti sola hubiera bajado del Cielo a redimirte y obrar todas las maravillas y doctrina que dejó en su Iglesia Santa”»

(Agreda de Jesús – Mística Ciudad de Dios, parte IX – Capítulo X: Nace Cristo, Nuestro Bien, de María Virgen en Belén de Judea, núm. 480,481, 486-488)

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Feliz Navidad para toda alma que ha aprendido a abrir su corazón al Amor que nace, y que llama a seguirle por el camino de la cruz. Sólo el que ama da a su vida el sentido del sufrimiento y de la renuncia de todas las cosas humanas, para asemejarse, lo más posible, a Su Redentor, Cristo Jesús. «Asimílate a Mí».

La grandeza de la mujer es ser camino para el hombre

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El matrimonio es un contrato divino entre hombre y mujer, un pacto que los dos hacen ante Dios, el cual constituye un vínculo perpetuo e indisoluble, que es lo esencial en el matrimonio. El matrimonio «en tanto es oficio de la naturaleza, se establece por derecho natural; en tanto es oficio de la comunidad, se establece por derecho civil; en tanto es sacramento, se establece por derecho divino» (Sto. Tomás – Parte III, q.50 ad 4).

«El mismo Dios es el autor del matrimonio» (GS 48, 1). Luego, el matrimonio «no es una norma, que admita o no excepciones, no es un ideal hacia el cual haya que ir» (Cardenal Caffarra). El matrimonio es creado por Dios, cuando hombre y mujer fueron creados: «No es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18a). Hombre y mujer han sido creados el uno para el otro. Pero, en la mujer, está la raíz del matrimonio.

La mujer es carne de la carne del hombre: «Esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne» (Gn 2, 23). La mujer es la otra mitad del hombre, su igual, la que es semejante al hombre, que es dada por Dios como ayuda: «voy a hacerle una ayuda semejante a él» (Gn 2, 18b).

La soledad del hombre es para encontrar una ayuda para su vida. El hombre está solo ante la creación; es decir, no ve en la Creación un ser semejante a él, un ser con el cual compartir la vida, un ser con el cual relacionarse y obrar el fin que Dios le ha puesto.

El hombre está puesto por Dios para regir la tierra, para administrarla: «Tomó, pues, Yavhé Dios al hombre, y le puso en el jardín de Edén para que lo cultivase y guardase» (Gn 2, 15). Pero no puede hacer eso solo. Necesita una ayuda adecuada para este fin. El hombre fue puesto en el Paraíso y Dios le dio un mandato: «De todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás» (Gn 2, 17).

Este árbol no es una planta en el Paraíso. Este árbol simboliza lo que está en la misma naturaleza humana. Hombre y mujer son vida en ellos. Son portadores de la vida. El hombre, en su sexo, porta la vida; la mujer, en su sexo, crea la vida. El árbol del bien y del mal es el uso del sexo. Según se use, entonces la vida es buena o es mala; la vida tiene un fin para una obra divina, o tiene un fin para una obra demoníaca.

El hombre está solo ante la vida que él mismo porta en su naturaleza humana. No puede usar su vida con ninguna criatura del Paraíso. Está solo en su vida. No puede unirse a un animal, porque no es semejante a su naturaleza humana. Dios le hace al hombre una ayuda, en su naturaleza humana, que le permita obrar la vida que él porta en su sexo.

La mujer crea la vida que el hombre le da: eso significa ser ayuda semejante al hombre. La mujer ayuda al hombre para crear, para poner esa vida portadora, en un fruto, en un hijo. La mujer es la que hace que esa vida fructifique, dé fruto en la naturaleza humana: «Fue necesaria la creación de la mujer, como dice la Escritura, para ayudar al varón no en alguna obra cualquiera, como sostuvieron algunos, ya que para otras obras podían prestarle mejor ayuda los otros hombres, sino para ayudarle en la generación» (Sto. Tomás, Parte 1ª, q. 92 art. 1).

Y sólo el amor es la obra de la vida. Sólo la mujer puede obrar esa vida que el hombre porta. El hombre solo no puede obrar la vida que tiene. Sólo la puede derramar y, entonces, hace un acto en contra de la vida. Por eso, la masturbación es pecado grave. Y no sólo grave, sino que va en contra de la misma naturaleza del hombre. El hombre, en sus ser de hombre, es vida. El hombre, cuando se masturba, se mata a sí mismo. Mata su vida. La vida es para darla, para obrarla, no para matarla, no para derramarla. La vida no es para un placer, sino para una obra de vida. Por eso, el uso de los anticonceptivos es matar la vida, es negar el sentido de la vida.

La mujer es la que obra esa vida cuando se une al hombre. Y, por eso, la mujer es el amor en la naturaleza humana. Es la criatura que ayuda al hombre a poner esa vida en movimiento. Y, entonces, el hombre encuentra un camino para su vida, para la vida que porta en su sexo.

La mujer es siempre camino para el hombre. Pero puede ser un camino para ir a Dios o un camino para ir al demonio. La mujer, con el hombre, puede obrar una vida para Dios o una vida para el demonio. Puede hacer un hijo de Dios o un hijo del demonio.

El hombre estaba solo, con su vida, en el Paraíso. Y, en esa soledad, el hombre recibe el mandato de Dios: No te unas a otros seres; no uses tu sexo con otros seres.

El hombre no encontraba un ser semejante a su naturaleza humana para poder unirse a él y crear una vida.

«Hizo, pues, Yavhé Dios caer sobre el hombre un profundo sopor; y dormido tomó una de sus costillas, cerrando en su lugar con carne, y de la costilla que del hombre tomara, formó Yavhé Dios a la mujer» (Gn 2, 21). Dios crea a la mujer del hombre, de la costilla del hombre.

No fue formado el varón de la mujer, sino la mujer del varón (cf. 1 Cor 11, 8); no «fue creado el varón para la mujer, sino la mujer para el varón» (1 Cor 11, 9). La vida que el hombre porta en su sexo no es para usar la mujer, para encontrar en ella un placer, no es para tener a la mujer como objeto de su sexo. No se derrama la vida por un placer que se encuentra en el uso de la mujer.

Es la mujer la que se crea para el varón; para que la mujer ponga un camino al placer que el hombre encuentra en ella. Por eso, el matrimonio es para algo más que una unión carnal. Exige un fin, un objetivo diferente al placer. Los novios que se unen para un placer van en contra del matrimonio. Hombre y mujer que no saben esperar al matrimonio, hacen del sexo una obra para el demonio. Y, después, en el matrimonio tienen muchos problemas por causa del demonio. El sexo hay que usarlo en la Voluntad de Dios. Y, entonces, se hace una obra divina, se llega a un fruto divino.

La mujer es formada de la costilla del varón. Esta costilla no es un trozo de carne en el hombre, o una parte de su anatomía. Esta costilla es el corazón espiritual del hombre.

Dios crea a la mujer del hombre. La naturaleza humana ya está creada. Dios no la vuelve a crear cuando forma a la mujer. Dios pone en la mujer aquello que está en el hombre, que puso en el hombre cuando lo creó del «polvo de la tierra» (Gn 2, 7).

«La costilla pertenecía a la perfección de Adán, no en cuanto individuo, sino como principio de la especie; así como el semen pertenece a la perfección del sujeto que engendra, y se echa en una operación natural que va acompañada de placer. Por lo tanto, mucho más con el poder divino pudo formarse de la costilla del varón el cuerpo de la mujer sin dolor» (Sto. Tomás, parte 1ª, q. 92 art. 3). La perfección de Adán es su espíritu. El hombre no es sólo alma y cuerpo, sino también espíritu. Dios toma una de las costillas de Adán. El espíritu humano es Espíritu y corazón. En el Espíritu está lo divino, porque es el mismo Dios. En el corazón, están los dones divinos que Dios da al hombre para que pueda vivir espiritualmente. En el alma, está la Gracia necesaria para poder usar esos dones divinos.

Dios toma una de las costillas del hombre y se lo pone a la mujer. Dios no toma Su Espíritu, porque entonces dejaría al hombre sin Espíritu. Dios toma el corazón espiritual, que tiene el hombre, y lo pone en la mujer. De esta manera, el hombre se queda sin corazón espiritual, pero sigue teniendo el Espíritu y la Gracia en su alma. Dios hace eso para dar a la mujer el sentido de su vida.

La mujer es corazón; el hombre es placer. La mujer, porque tiene el corazón del hombre, pone el amor en la relación sexual. El hombre sólo pone el placer; es decir, no sabe usar su sexo para el amor; sólo sabe usarlo para el placer. La mujer, entonces, es camino para el placer del hombre; camino para el amor, para que el hombre encuentre en el placer, el amor que no tiene.

Por eso, nunca el uso del sexo es para el placer solamente. Hoy se ha degradado el sexo. Y sólo se mira para el placer. Dios tuvo que quitar del hombre el amor, para que buscara en la mujer aquello que no tenía. El hombre tiene, en su sexo, el placer; pero no tiene el amor. La mujer tiene, en su sexo, el amor, y recibe del hombre, el placer.

Si Dios no hubiera hecho esto, entonces la mujer no tendría sentido en la Creación. La mujer sería un ser más, en el cual el hombre se uniría pero sin buscar un fin, una verdad, un amor, una camino.

Dios forma a la mujer como camino para el hombre. Esta es la grandeza de toda mujer, que los hombres no saben ver, no saben discernir, no saben entender.

Dios creando al hombre y a la mujer, de esta manera, está creando su Iglesia.

«Fue conveniente que la mujer fuera formada de la costilla del varón. Primero, para dar a entender que entre ambos debe haber una unión social. Pues la mujer no debe dominar al varón (1 Tim 2,12); por lo cual no fue formada de la cabeza. Tampoco debe el varón despreciarla como si le estuviera sometida servilmente; por eso no fue formada de los pies. En segundo lugar, por razón sacramental. Pues del costado de Cristo muerto en la cruz brotaron los sacramentos, esto es, la sangre y el agua, por los que la Iglesia fue instituida» (Sto. Tomás, parte 1ª, q. 92 art. 3). El misterio de la creación del hombre y de la mujer es el misterio de la Iglesia: «Gran misterio es éste. Yo lo entiendo de Cristo y de la Iglesia» (Ef 5, 32).

Dios al crear al hombre y a la mujer quiere crear hijos de Dios. Los hijos de Dios son los que forman la Iglesia. Por eso, le pone al hombre el mandato de no usar su sexo con nada del Paraíso. Sólo puede usar su sexo con la mujer que Dios le ponga. No puede usarlo con otra criatura.

El hombre estaba solo en el Paraíso cuando recibió ese mandato. Luego, en el Paraíso había una criatura a la cual el hombre podía unirse para usar el sexo. Cuando recibió ese mandato, la mujer todavía no estaba creada. No se da un mandato sin una razón. No se prohíbe algo si el hombre ve que hay un camino para hacerlo. Existía en el Paraíso una criatura, que no era la mujer, a la cual el hombre podía unirse. Y esa fue la prohibición de Dios al hombre, a Adán. Y el pecado original viene porque Adán se saltó esa prohibición, fue en contra de la Voluntad de Dios.

Dios hace el matrimonio indisoluble: «Lo que Dios ha unido que no los separe el hombre» (Mt 19, 3). Toda matrimonio natural es indisoluble. No se puede romper: «Nada de lo que sobreviene al matrimonio puede disolverle… el vínculo conyugal subsiste entre los esposos mientras viven» (Sto. Tomás). El matrimonio natural es de suyo perfecto. El problema viene por el pecado original. Y, por eso, Moisés tuvo que permitir el líbelo de repudio, que no es una ley de divorcio, sino dispensar del vínculo por autoridad divina. Dios puede, en algunos casos, romper el vínculo por una razón mayor, por un bien mayor, más perfecto, para el hombre y la mujer. Por eso, en algunos casos se da la anulación del matrimonio. Pero esto es sólo por el pecado original. El matrimonio, en el principio, cuando fue creado en el Paraíso, es indisoluble. La maldad del pecado original hace que Dios tenga que dispensar este vínculo, para poder poner un camino de salvación al hombre o a la mujer.

Hoy se da la plaga del divorcio: «Deseo atraer hoy vuestra atención hacia la plaga del divorcio, por desgracia tan difundida. Aunque en muchos casos está legalizada, no deja de constituir una de las grandes derrotas de la civilización humana». (Juan Pablo II, Meditación del Angelus, 10 de julio de 1994). Sólo se puede romper un vínculo por autoridad divina, no por autoridad civil. El poder civil sólo tiene autoridad sobre las cosas sociales, materiales, del matrimonio, pero no sobre lo moral entre un hombre y una mujer. La gente que se divorcia queda con el vínculo en muchos casos, porque el matrimonio es un contrato natural, que hombre y mujer hacen ante Dios. Y eso es indisoluble. Jesús elevó ese contrato natural a Sacramento para hacer hijos de Dios.

Si un divorciado se volviera a casar, en realidad no está contrayendo un nuevo vínculo conyugal, al permanecer el anterior. Y ese nuevo casamiento es pecaminoso, puesto que el vínculo anterior permanece. Estaría en estado de adulterio: «El divorcio es una ofensa grave a la ley natural… El hecho de contraer una nueva unión, aunque reconocida por la ley civil, aumenta la gravedad de la ruptura: el cónyuge casado de nuevo se halla entonces en situación de adulterio público y permanente» (Catecismo de la Iglesia Católica n.2384). Son pocos los que ponen de relieve este mal fundamental del divorcio, que es causa de numerosos adulterios públicos y permanentes.

Por eso, la propuesta de Kasper es una locura. Y la llamada de Francisco a esa mujer malcasada es el principio del cisma en la Iglesia. Nadie cuida hoy el matrimonio, la familia. Ya no se ve como Dios la ve, como Cristo lo quiere en Su Iglesia. Y, por tanto, la Iglesia es sólo un conjunto de hombres que viven en sus pecados y que ya no atienden a la verdad de sus vidas.

Dios es Amor

ImagenMariaMediadora

Dios es Amor (1 Jn 4, 8).

Esta Verdad Absoluta nadie la comprende, porque el hombre sólo quiere mirar a Dios con su inteligencia humana. Sólo quiere entender el Amor con su cabeza humana. Sólo quiere fijarse en las realidades humanas para alcanzar las divinas.

Dios es Amor. Por tanto, el hombre no es Amor. Es decir, el hombre no sabe Amar, no conoce el Amor, no sabe obrar el Amor.

El hombre llama amor a muchas cosas, pero no sabe obrar el Amor cuando obra esas cosas.

El Amor, que es Dios, sólo se puede obrar en Dios. No se puede obrar fuera de Dios. Es decir, sólo Dios obra Su Amor en el hombre.

El Amor Divino es una moción divina, un movimiento, que nace de Dios y se queda en Dios. Ese movimiento es algo espiritual, algo que no se puede medir con la razón, que no se puede explicar con las palabras humanas.

Dios mueve a obrar al alma Su Amor Divino.

Para hacer esto, Dios necesita un hombre humilde, sencillo, simple, obediente, que se acomode, en todo, a la Voluntad de Dios.

Sin un corazón humilde, Dios no puede obrar Su Amor en el alma. No puede mover el alma hacia lo divino. No puede encaminarla hacia la obra divina que el Señor quiere de ese alma.

El amor no es un pensamiento humano, ni una conquista social, ni un logro de un bien humano. El amor no se lo puede inventar ningún hombre. El hombre llama amor a muchas cosas, que, en la realidad, no son el Amor.

El hombre puede amar humana, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, en ninguno de estos casos, obra el Amor Divino.

El hombre puede hacer un bien humano, social, material, carnal, sentimental, natural; pero, nunca hará, en esos bienes, el bien divino.

El hombre no sabe amar. El hombre sabe hacer buenas o malas obras; pero no amar. Porque Dios es Amor. El hombre no es Amor.

Toda naturaleza creada por Dios hace obras buenas de su naturaleza.

Un animal hace obras buenas animales, propias de su naturaleza animal. Y esas obras buenas no son obras del Amor.

El hombre hace obras buenas humanas, propias de su naturaleza racional. Pero ninguna de ellas son obras del Amor. Son obras humanas, que nacen de un pensamiento humano y de una voluntad humana. Pero no son obras humanas que nazcan de un pensamiento divino y de una Voluntad Divina. Son obras humanas hechas con las fuerzas humanas. Pero no son obras humanas que mueva el Espíritu en el hombre, guiadas por el Espíritu el el hombre.

Dios es Amor. Es decir, Su Esencia es Amor. Sólo Dios puede hacer obras buenas divinas, propias de su Naturaleza Divina, que son obras del Amor.

Esta es la grandeza de Dios: Su Amor.

Pero hay otra cosa que Dios ha hecho. Y que no ha hecho con sus ángeles, sino sólo con el hombre.

Dios, en Su Verbo, se ha encarnado. Es decir, ha asumido una carne. En otras palabras, el Verbo de Dios tiene dos naturalezas, la divina y la humana, que se unen en la Persona Divina del Verbo.

Y esta maravilla de la Encarnación hace que Jesús sea Amor. Jesús no es un hombre, sino que es Hombre y Dios. Por tanto, la esencia de Jesús es la misma que la de Dios. Y cualquier obra de Jesús, entre los hombres, es una obra divina que tiene el sello del amor divino. Jesús no puede hacer obras buenas humanas. Sólo puede hacer obras divinas. Sólo obra el amor divino en toda su vida humana.

Jesús se encarna, pero el hombre sigue sin poder amar, sin ser amor.

La Encarnación del Verbo no consiste en que el hombre ya pueda realizar obras divinas, en que ya el hombre viva santamente, en que ya el hombre tenga que olvidarse de que es pecador.

El hombre, aunque Jesús se ha encarnado, sigue siendo nada, sigue sin saber amar, sin saber pensar, sin saber obrar lo divino, lo santo, lo sagrado.

Para que el hombre pueda hacer las obras de Cristo, que son obras divinas, que tienen el sello del amor divino, el hombre tiene que morir a todo lo humano, a todo lo social, a todo lo que signifique amor entre los hombres.

Los hombres no saben amarse porque reciban la comunión o porque tengan un Bautismo.

Los hombres se aman porque imitan a Cristo en sus vidas. Imitan las obras de Cristo en sus vidas humanas. Las obras de Cristo son amor divino y sólo amor divino.

Esta imitación de Cristo supone una renuncia a cualquier bien humano, social, material, natural, espiritual.

Para llegar al amor divino hay que ir por donde no sabes. Si el hombre va por sus amores humanos, nunca llega a lo divino.

Para poseer el Amor Divino no hay que poseer los amores humanos, naturales, sociales, carnales.

Cuanto más el alma tenga en su corazón el amor divino, más naturalmente es humano, es social, es carnal. Es decir, en lo natural, obra lo divino sin esfuerzo; en lo humano, obra lo divino sin esfuerzo; en lo carnal obra lo divino sin esfuerzo.

Cuanto más el hombre quiera pensar el amor divino, menos obra lo divino y sólo se dedica a obrar sus amores humanos, naturales, carnales, etc.

Para cumplir el mandamiento del amor al prójimo, primero el hombre tiene que cumplir el mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas. Nadie puede amar al prójimo sin el amor divino. Nadie.

Un Bautismo o la Eucaristía no producen ese amor, porque se necesita la voluntad del hombre, la libertad del hombre a Dios, que la de sin condiciones, sin límites. Y eso es la vida espiritual: un entregar a Dios lo que al hombre más le cuesta dar: su voluntad libre.

Cuanto más el hombre crucifica su voluntad, más obra lo divino en toda su vida humana. Y más es social, humano, natural. Más valora la sociedad, la naturaleza, la Creación de Dios.

Lo divino es el sello del amor divino. Es el sello de la santidad. Por eso, cuesta ser santos. Es difícil, porque es muy fácil dedicarse a hacer obras sociales, humanas, materiales, carnales, naturales. Eso lo hace hasta el demonio. Hasta los animales hacen muchas obras buenas.

Pero no se trata de hacer obras buenas. Se trata de permitir que Dios me mueva hacia la obra que Él quiere en mi vida humana. ¡Esta es la dificultad en la vida espiritual!

“Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. Sois Templo de Dios y el Espíritu de Dios habita en vosotros”.

Dios construye su Casa en el corazón del hombre. Pero es Dios quien la construye. Dios sabe cómo es el hombre: pecador. Y, por tanto, Dios exige al hombre que luche contra su pecado, que luche contra el demonio, que es el que obra el pecado en el hombre.

El Amor de Dios hacia el hombre es una exigencia divina, en la que el hombre tiene que estar, constantemente en guardia, contra el mal. Es el mal lo que impide que el amor divino se obre en las almas.

Cuando un hombre ya no atiende a su pecado, ya no llama pecado a los males que ve en la sociedad, sino que solo los llama males, entonces, por más bien social que haga ese hombre, no hace nada en la sociedad, no hace nada para los hombres.

Dios enseña a quitar los males sociales quitando primero el pecado en el alma. El alma tiene que arrancar su pecado para poder santificar a la familia, a la sociedad, el trabajo que realiza en medio del mundo.

Y arrancar el pecado es un trabajo hasta la muerte. Es una perseverancia en la ley de Dios, en la ley natural, en la norma de moralidad. Perseverar en la Verdad Absoluta. Y sólo así, de forma natural, el hombre va haciendo bienes divinos en la familia, en la sociedad, en el trabajo, que santifican a los demás y que construyen una Iglesia para Dios.

Los hombres quieren construir una sociedad, un mundo, un matrimonio, una familia, pero apoyada en sus ideas humanas, en sus doctrinas humanas, con sus obras buenas humanas. Y, entonces, el hombre trabaja en vano.

El hombre siempre se olvida de que no es Amor. De que el único que es Amor es Dios. Y que, por tanto, para amar a los enemigos, hay que tener el amor de Dios en el corazón. Si el hombre no aprende de Dios a amar, el hombre no sabe amar a su prójimo, por mas que tenga un mandamiento del amor.

El Señor construye su Casa en el corazón del alma. La construye con piedras vivas. La edifica con la Palabra del Verbo.

Dios no construye su Casa con obras sociales, humana, naturales, que pueda hacer la persona humana.

Dios no edifica su Casa con palabras, con razonamientos humanos de la vida social de las personas.

Dios pone en el corazón del Hombre Su Espíritu. Y es el Espíritu el que lleva al hombre a la plenitud de la Verdad, del Amor, de la Vida Divina.

Lo que siempre le cuesta al hombre es seguir al Espíritu, porque se acomoda fácil a toda su vida humana, a toda su vida familiar, a toda su vida social.

Este acomodo de muchos católicos es una exigencia para un castigo divino en sus almas, en sus vidas.

Porque los católicos ya lo tienen todo para obrar lo divino, para obrar el amor divino, desde que se levantan hasta que se acuestan.

Ya los católicos no pueden hacer obras humanas, ni sociales, ni naturales, ni carnales. Porque tienen la Gracia, que es tener el Pensamiento de Dios, para poder obrar sólo lo divino.

Por eso, tan necesario es la fidelidad a la Gracia en un mundo que empuja constantemente a separase de la Gracia. Si el hombre no batalla por ser fiel a la Gracia, sino que lucha por ser fiel a los hombres, a sus culturas, a sus religiones, a sus ideas a la vida, a sus vidas sociales, a sus obras humanas, entonces el hombre se pierde en todo lo humano.

Muchos no han comprendido las exigencias de la Gracia en el alma. Muchos no saben medir el Amor Divino en la Iglesia. Muchos no saben imitar a Cristo en la Iglesia. Muchos no saben abajarse de su humanidad, de sus grandes pensamientos humanos, sociales, culturales, artísticos. Y pretenden cambiar el mundo con su idea humana del amor fraterno.

Muchos se llenan de palabras cuando hablan de la caridad divina y del amor fraterno. Pero pocos viven lo que es ser hijo de Dios.

“Mirad, qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos! El mundo no nos conoce, porque no le conoció a Él” (1 Jn 3, 1).

Somos hijos de Dios, pero todavía no se ha manifestado lo que significa ser hijo de Dios. Porque es necesario la purificación del hombre para que pueda obrar como hijo de Dios en plenitud. Necesita el hombre no ser hombre, dejar de ser hijo de hombre; dejar de pensar, de actuar, como hombre, como un ser social.

El hombre tiene que pensar como piensa Dios; el hombre tiene que obrar como obra Dios. Y, entonces, construye una sociedad divina, una familia divina, un matrimonio divino, un trabajo divino.

Pero si el hombre se empeña en ser más hombre, en ser social, entonces acaba sólo siendo hombre, pero no hijo de Dios.

Cuando se manifieste eso que somos, entonces seremos semejantes a Dios (cf. 1 Jn 3, 3). No hay que buscar la semejanza con los hombres; buscar una sociedad igualitaria, justa. Eso es algo imposible.

Dios es Amor. El hombre es nada. Cuando el hombre se queda en su nada, entonces Dios hace lo divino en su vida humana. Dios construye lo divino en su obrar humano.

El pecado de los hombres es creerse que ya lo pueden todo porque Dios les ha dado Su Gracia.

Y la Gracia sólo actúa en la nada del hombre, en la debilidad del hombre, en la ignorancia del hombre, en la inutilidad del hombre.

Dios no tiene necesidad de ninguna obra buena humana. Dios sólo quiere que el hombre vaya al Cielo. Lo demás, las conquistas sociales de los hombres, no le interesa para nada.

Francisco y Tony Palmer: la unidad en la mentira

Resulta preocupante que un Obispo de la Iglesia Católica pase su tiempo mandando mensajitos a personas que no creen en Cristo ni en la Obra de Cristo, que es la Iglesia Católico.

Las palabras de Francisco deben llenar de inteligencia divina a las almas que están viendo todo lo que sucede en la Iglesia.

Francisco da su mensaje porque así se ha comportado con los hombres, con los protestantes, con los judíos, con todas las personas que no tienen fe, durante toda su vida. Para él, esto no es nuevo. Es su pan cotidiano. De esta manera, él vive su vida como sacerdote y como jefe de una Iglesia, que no es la suya, que no pertenece a Ella por su pecado.

Pero estas verdades no interesan, hoy día, a la gente, sino que las personas están más atentas al lenguaje humano de Francisco que a su vida espiritual. Y se engañan cuando escuchan palabras bellas, llenas de ternura, llenas de amor, pero que las dice un hombre sin fe en Cristo ni fe en la Iglesia.

El lenguaje del corazón que usa Francisco es un lenguaje sin verdad, sin apoyarse en la Verdad del Evangelio. Y, por tanto, es un lenguaje del hombre para la mente del hombre, para el sentimiento del hombre; pero no es un lenguaje que penetre el corazón del hombre.

Al hombre le gusta este lenguaje, porque viven en la idea, en la palabra, en la razón, en los ideales humanos. Pero, una vez que se acaba el sentimiento, el corazón empieza a experimentar un vacío, porque se llenó de nada, de vacío; se quedó sin alimento. Se alimentó la mente o el sentimiento del hombre, pero no encontró una verdad; una eterna, permanente, inmutable verdad.

Francisco siempre es lo mismo cuando habla: sentimiento humano. Él predica la revolución de la ternura, es decir, la herejía del sentimiento humano.

Tienes que sentir la vida para amar al otro. Tienes que hacerle sentir bien. Tienes que agradarle con una sonrisa, con un bello pensamiento, con algo que el otro se dé cuenta de que estás pendiente de él.

Y, por eso, Francisco cae en su error, que es un error que nace de su herejía: ama al otro porque es tu hermano, porque es hombre, como tú lo eres, porque pasa necesidades, como tú las pasas.

Ya no es capaz, Francisco, de amar al otro en la verdad; porque quiere sentir el amor; quiere experimentar el amor; quiere que el otro se dé cuenta de que se le ama. Francisco no sabe dar la Voluntad de Dios al otro porque sólo mira su mente humana; sólo busca la idea humana que llegue al otro, que ponga contento al otro, que dé una satisfacción al otro.

Y, por eso, Francisco pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios.

Es más importante fijarse en el otro, en su vida humana, en sus problemas, en sus proyectos, en sus necesidades, que poner los ojos en Dios.

Francisco no puede elevar su mente a Dios porque está todo el día dando vueltas a lo que hay en su cabeza. No sabe salir de sus pensamientos. Y, por eso, es necesario que anule el pecado, y que conciba el pecado como algo común, social, de todos, que viene por la confluencia de los diversos entendimientos humanos.

Todos los hombres quieren vivir su vida según lo que encuentran en sus mentes, según sus capacidades intelectuales, según la evolución de sus filosofías, de sus normas de vida. Y, entonces, por necesidad, los hombres chocan unos con otros en sus pensamientos.

Todos los hombres son soberbios. Pero esto no lo dice Francisco.

Para Francisco, cada hombre vive bien su vida; porque cada hombre tiene una inteligencia y, de acuerdo a esa inteligencia, obra en su vida. Y, por eso, para Francisco hay que respetar el pensamiento de cada hombre; hay que ser tolerantes con los demás, porque no todos pueden llegar a un entendimiento perfecto, en donde no se den errores comunes, sociales, etc.

Por eso, Francisco tiene que poner la fraternidad por encima de Dios, como lo más importante en la vida. La unión fraterna entre los hombres, el abrazo entre los hombres, estar con los hombres, mirar a los hombres, obrar como los hombres hacen.

Francisco y el amor sin verdad a los hombres. Francisco cree en una moral, pero no en la que viene de Dios; Francisco cree en una ética, pero no la que se encuentra escrita en cada corazón. Francisco quiere tratar a todos los hombres por igual, y cae en una blasfemia contra el Espíritu Santo.

Si Dios no trató por igual ni al ángel caído ni a Adán, sino que les puso, a cada uno, un camino de Justicia, entonces no se pueden tratar a los hombres de forma igualitaria.

La igualdad en el amor no existe. Porque el amor es algo divino, no humano. Y Dios, ni siquiera cuando crea a un hombre, a un ángel, crea dos iguales. Cada alma, cada espíritu es diferente. Tiene dones, carismas, gracias, que le ponen un camino particular a cada alma.

Y en la vida de los hombres, cada hombre tiene que seguir el camino que Dios le ponga. Y, por eso, no vale buscar igualdades en lo humano o en lo político o en lo económico, porque es imposible que se puedan dar; y menos en el estado de pecado original como nacen todos los hombres.

Francisco, al buscar la fraternidad, lo hace en un pecado contra el Espíritu: no tiene fe en Dios; no cree en el Espíritu de Dios, sino que sólo cree en su concepto de Dios. Por eso, él tiene que decir que no existe un Dios católico. Y la consecuencia: tiene que buscar a los no católicos para obrar su fraternidad; porque entre los católicos, él sabe que no puede.

En este mensaje de Francisco se observan dos cosas:

1. Su falta de fe en la Iglesia;

2. Su amor a la mentira.

1. Para solucionar el ecumenismo, la Iglesia no tiene que ofrecer nada a los demás; sino que son ellos, los que están en pecado, en sus errores, en sus herejías, en sus cismas, los que tienen que volver a la Iglesia. Si ellos no se preocupan por volver, la Iglesia no tiene que perder el tiempo con nadie, porque tiene su propio camino en el mundo.

2. Desde el comienzo del mensaje, Francisco habla con la mentira en su boca. Y no la deja hasta el final. No hay una frase llena de verdad. Francisco no dice una Verdad, sino muchas medias verdades entre grandes mentiras.

La perfección de la ley está en un corazón purificado de toda maldad

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«No penséis que he venido a abrogar la Ley o los Profetas: no he venido a abrogarla, sino a consumarla» (Mateo 5, 17).

¿Cómo Cristo consuma la ley mosaica? Con lo que dice San Pablo: «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Gal 5, 14).

La ley mosaica es ley moral, litúrgica, social y penal. Y Jesús no viene a suprimirla, sino a llevarla a su perfección en la caridad. Y, por eso, dice: «que antes pasarán el cielo y la tierra que falte una jota o una tilde de la ley hasta que todo se cumpla» (v. 18). Es decir, que no se puede descuidar ninguno de los preceptos más pequeños, menos importantes, porque hay que cumplir la ley como está.

Y, entonces, viene el problema, el gravísimo problema que no resuelve Francisco, porque él dice que basta la intención para cumplir la ley, para que sea perfecta: “Jesús no da importancia sólo a la observancia disciplinar y a la conducta externa. Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas” (Francisco, 16 de febrero 2014).

Y si todo está en la intención, entonces ¿para qué Cristo viene a dar cumplimiento de la ley? ¿Para qué quiere llevarla a la perfección? Si basta la intención, entonces sobra lo demás. Si tengo intención recta, entonces ¿importa cumplir la ley en sus pequeños detalles? Esto es lo que no resuelve Francisco. Él se va por peteneras. Él habla de otras cosas, para él más importantes, que dar la verdad del Evangelio.

Una cosa es la intención en la obra de la ley y otra muy distinta es cumplir la ley a rajatabla, en sus más mínimos detalles.

Para cumplir la ley toda entera es necesario el Espíritu que se dio a la Ley. Ese Espíritu no lo tenía el pueblo de Dios. Dios da la Ley Divina, los mandamientos, pero no Su Espíritu. Moisés hace la ley, los preceptos, pero no da el Espíritu. Y, entonces, los judíos se llenan de leyes que no les sirven para cumplir la Ley de Dios, porque son leyes sin Espíritu; son leyes que los hombres ponen para poder cumplir la ley de Dios, los mandamientos de Dios.

Jesús viene a dar cumplimiento a Su Ley, es decir, a sus mandamientos. Y sólo se puede hacer con el Espíritu. Y los que cumplen los mandamientos de Dios, pueden cumplir los demás preceptos de la Ley. Pero los que no cumplen esos mandamientos, tampoco alcanzan los demás preceptos.

El pueblo judío se llenó de leyes que nadie cumplía, porque no había Espíritu, porque se quería cumplir la Ley Divina midiendo con el pensamiento humano esa Ley. En consecuencia, los judíos se llenaron de una jurisdicción, de unas normas jurídicas aplastantes para los hombres, que les impedía cumplir la ley de Dios. Y habían hecho de esas normas jurídicas la norma férrea, pero totalmente externa, de su vida individual y colectiva. Y los fariseos exigían que todo el mundo cumpliese esas leyes externas, pero ellos no lo hacían. Era una carga para todo el pueblo, menos para ellos. Y, entonces, nadie cumplía la ley de Dios, porque estaba sofocada por multitud de leyes o preceptos humanos.

Esto, al no explicarlo Francisco, hace que su homilía sea herética. Él se dedica a resaltar el amor al prójimo, pero no explica de qué forma se tiene que cumplir con los pequeños mandamientos, preceptos, reglas, que tiene la ley y que son su perfección.

Entonces, Francisco es un mismo fariseo: habla del amor al prójimo, pero no dice cómo amar al prójimo. Habla cosas bonitas, pero no enseña a realizarlas, sino que impone su pensamiento, su punto de vista.

La perfección de la ley está en el Amor, pero la pregunta es: ¿cómo amando puedo cumplir los pequeños preceptos de la ley? Francisco responde: la intención. No dice nada, no resuelve nada. Porque si la intención es buena o es mala, no se sabe si se cumple o no se cumple con toda la ley. Puedo tener intención mala y cumplir toda la ley y, por tanto, no hago una obra buena al cumplir la ley. Y puedo tener una intención buena y, sin embargo, no cumplo toda la ley. En consecuencia, la intención buena no avala el cumplimiento de toda la ley.

Entonces, ¿cómo se llega a los mínimos preceptos y se tiende a la perfección?

El problema no está en el aspecto externo o interno a la hora de practicar la ley. Hay muchas almas que externamente hacen lo correcto y tienen buena intención pero no llegan a la perfección de la ley. Las pequeñas cosas no las hacen, no las cumplen.

Y hay otras almas que internamente hacen lo correcto, con buena intención, pero tampoco llegan a la perfección de la ley.

El problema que Francisco no resuelve es éste: de los preceptos humanos hay que quitar aquello que impide tener el Espíritu de la Ley para poder llegar a la perfección de la ley.

Los escribas se llenaron de normas que no servían para tener el Espíritu, que impedían el Espíritu y, por tanto, sus leyes no servían en la práctica. Todo lo legislaban y no dejaban al alma libre para obrar en el Espíritu. Y, entonces, la vida espiritual era raquítica. Todo consistía en cumplir pequeñas normas externas sin el Espíritu; dando valor sólo a esas normas pequeñas. Y, entonces, si no se lavaban las manos, incurrían en la impureza.

Y Jesús viene a dar cumplimiento de la Ley pero quitando lo que no sirve en esos preceptos. Y, entonces, pone la norma del amor.

«Habéis oído que se dijo a los antiguos: no matarás; el que matare será reo de juicio. Pero Yo os digo que todo el que se irrita contra su hermano será reo de juicio; el que le dijere «raca» será reo ante el Sanedrín; y el que le dijere «loco» será reo de la gehena del fuego» (v. 21-22).

Jesús dice que la perfección de esa Ley está en el prójimo. Los judíos habían formulado preceptos muy severos para esta ley, y se habían olvidado del prójimo, porque se mata a alguien, primero, en la mente, después, en la boca y, por último, con las manos. Y, entonces, para cumplir la ley en sus pequeños detalles, no sólo hay que legislar la muerte física de la persona, sino la muerte que dan los pensamientos y las palabras.

Porque si se atiende a quitar el pensamiento y la palabra que mata, entonces no se llega a matar físicamente y se cumple a la perfección, en los mínimos detalles toda la ley.

En consecuencia, no está en la intención la perfección de la ley, sino que está en cumplir el mandamiento del amor. Y ese mandamiento lleva al alma a fijarse en aquellos pensamientos y palabras que tienen una injuria hacia el prójimo.

Hoy día la psiquiatría llama locos a los hombres. Eso es una injuria que el Señor dice que tiene castigo del infierno. Hoy día el lenguaje filosófico de los hombres es como los escribas y fariseos: sin amor al prójimo. Con un falso amor al hombre se llama loco a los hombres, porque así lo han investigado esos filósofos con su ciencia humana. Y hoy día muchos alaban a los psiquiatras y juzgan a los hombres con esa sabiduría humana. Y están pecando contra el amor al prójimo.

Ningún sabiduría humana tiene derecho a declarar loco a ningún hombre por su comportamiento en la sociedad. Cuando se hace eso, se anula el pecado. Y ya el hombre es enfermo mental, pero no pecador. Y eso es diabólico. Y eso es digno de castigo eterno.
Hoy los hombres legislan con sus ciencias humanas la vida de los hombres: miden a los hombres con sus filosofías y van en contra del amor al prójimo.

Y cuánto sacerdotes son psiquiatras, que ven a las almas con los ojos de la filosofía, de la psiquiatría, y anulan la vida espiritual de las almas. Y eso es reo del fuego del infierno.

Cuantos sacerdotes niegan las revelaciones privadas y llaman a los que la reciben locos de mente. Tienen una enfermedad mental. Se volvieron locos. Y eso va en contra del amor de Dios.

Santa Gema Galgani no pudo entrar en el convento porque la Jerarquía la llamó loca. Y, después, de su muerte, es la santa de los Pasionistas. Ella se ganó el Cielo con las injurias de muchos sacerdotes. Y esas injurias merecían el infierno para esos sacerdotes. Porque hay cuidar los mínimos pensamientos para no pecar mortalmente. Esto es lo que enseña Jesús.

No hay que cuidar las cosas pequeñas externas, que son sólo un tumulto de normas que no sirven para nada. No hay que atender a eso, si el alma no atiende a sus más mínimos pensamientos. Hay que cuidar esos mínimos pensamientos y entonces se cumple toda la Ley.

Por eso, Francisco no explica nada de esto y su homilía es una herejía.

El que tiene ira contra su hermano, ya es juzgado, es decir, ya ha pecado. Por eso, hay que practicar la virtud de la paciencia, del silencio interior y exterior, del dominio del cuerpo, y entonces, se vence la ira.

El que dice una palabrota tiene un juicio externo; es decir, todos lo pueden juzgar, es reo del Sanedrín, porque habla mal en público contra el prójimo. Aquí no habla el Señor del pecado de la mentira, ni de la calumnia, ni de la difamación, ni de los chismes, sino de las malas palabras. Malas palabras que nacen de la ira contra el prójimo, que nacen de la envidia, del odio, del rencor. Y, por tanto, producen un mal social, una revuelta social. Y para acallar eso, para expiar eso, es necesario un juicio público.

Por tanto, no es la intención lo que lleva a la perfección de la ley. Es poner en práctica el mandamiento del amor en sus más mínimos detalles en el hombre. Que el hombre no sólo atienda a las cosas exteriores de la obras, a lo más importante de una obra, sino a las cosas pequeñas, a las raíces de donde nace la obra; porque el hombre es soberbio y, entonces, si no ama al prójimo, siempre acaba juzgándolo. Y, para no juzgarlo, tiene que cuidar sus más mínimos pensamientos y palabras.

El hombre tiene que cuidar su soberbia, echar su soberbia a un lado, para poder tener la sabiduría divina. Si no hace eso, anda en sus sabidurías humanas juzgando a todo el mundo.

El hombre tiene que quitar su pecado de soberbia para amar con sabiduría al prójimo.

El hombre tiene que practicar las virtudes para poder dar el amor recto al prójimo.

Y sólo así se cumple la ley en sus pequeñas cosas. Y esto no lo explica Francisco. No dice nada. Sólo habla de lo que le interesa hablar. Entretiene a la gente con muchas cosas que no enseñan la verdad del Evangelio.

Si el corazón humano no se purifica de sus pecados, entonces no puede amar al prójimo. Francisco se detiene en esto: “Él va a la raíz de la Ley, centrándose especialmente en la intención y por tanto en el corazón humano, donde se originan nuestras acciones buenas o malas”. Y no enseña a purificar el corazón, que es donde está la perfección del amor.

Un corazón que no se purifica no puede amar. Un corazón que no ve su maldad para luchar en contra de ella, no puede amar. Un corazón que no sabe discernir entre el bien y el mal, entonces no puede amar.

La raíz de la Ley no está en la intención ni en el corazón. La raíz de la Ley está en el Corazón de Dios. La Ley es Divina. El hombre, para cumplirla, tiene que tener intención recta y un corazón purificado de toda maldad. Por eso, el que peca no puede amar. Los hombres hacen obras buenas en su vida de pecado, y hacen obras perfectas en su vida de pecado: no aman; no cumplen la ley de Dios; sino que se condenan por lo que obran, porque lo hacen en su pecado. Con buena intención, pero con un corazón podrido por el pecado.

Existe la buena intención y la malicia de la obra. Una obra mala se puede realizar con buena intención. Esa es la maldad farisaica. Es una maldad al cuadrado. Es dar una sonrisa y clavar un puñal. Así son muchos hombres. Así eran los fariseos. Así es Francisco: con una sonrisa destruye la Iglesia. Con su buena intención de amar a todo el mundo, destruye la Verdad en la Iglesia.

El evangelismo de Francisco

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Un hombre, como Francisco, que no tiene a Dios en su corazón, no puede enseñar lo que es el amor divino. Enseña su concepción del amor, su ley de amor, que es contraria al Evangelio de Cristo.

El amor entre unos y otros nace de la caridad de Dios. Y, por eso, Dios da Su Espíritu para que el hombre pueda amar a otro hombre (cf. 1 Jn 4, 13). Por tanto, el amor no es lo concreto, como dice Francisco: “El amor cristiano es concreto” (9 de enero 2014).

Esto no lo enseña el Evangelio de San Juan. Esto sólo lo enseña Francisco.

Hoy, en la Iglesia, existe la doctrina del evangelismo, que significa sacar de un texto del evangelio un pensamiento humano, y ese pensamiento humano ponerlo como Palabra de Dios. Y, por tanto, cada cual puede interpretar el Evangelio a su manera humana, según su vida, su cultura, su filosofía, sus obras en lo humano. En esta doctrina, todos tienen el Espíritu para poder entender el evangelio, porque se concibe el Espíritu como la capacidad para pensar, para meditar, para sintetizar cosas espirituales, divinas. Esto lleva a la libre interpretación de las Sagradas Escrituras, que es lo que seguía Lutero.

¿De dónde saca Francisco que el amor cristiano es concreto? Sólo de su cabeza humana. Nada más. Él no se apoya en nada. Sólo dice: “El mismo Jesús, cuando habla del amor, nos habla de cosas concretas: dar de comer a los hambrientos, visitar a los enfermos y tantas cosas concretas” (9 de enero 2014).

Si uno abre el evangelio y empieza a buscar lo que dice Jesús sobre el amor, no halla nada de esto que predica Francisco. Halla otras cosas, totalmente diferentes.

El problema de la doctrina de Francisco sobre el amor es que no está apoyada en los mandamientos de Dios. Como hay que hacer cosas concretas, entonces, lo concreto es lo que vale. Hay que fijarse en eso, en lo puntual, en el problema inmediato. Y, de esa manera, el hombre siempre va a errar en hacer una obra concreta.

Jesús no manda dar de comer a los hambrientos. Jesús manda salvarse. Y, para salvarse, hay que hacer penitencia, limosnas, sacrificios. Y un sacrifico que se puede hacer es alimentar a una persona que tiene hambre. Pero se hace eso no porque sea una cosa concreta, no porque sea un bien humano, no porque agrada al otro, sino porque Dios lo quiere, porque es la Voluntad de Dios que esa limosna purgue los pecados que tenga y me ayude a mi salvación.

Esto es la doctrina de siempre en la Iglesia: “Si me amáis, guardaréis mis Mandamientos; y Yo rogaré al Padre, y os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre” (Jn 14, 15-16).

Para practicar el amor fraterno, primero hay que cumplir los mandamientos. Y si se cumplen, entonces el alma recibe el Espíritu para que pueda caminar entre los hombres y darle a ellos la Verdad, que el mundo no puede tener porque no puede recibir el Espíritu de la Verdad (cf. Jn 14, 16).

Luego, amar es dar la Verdad a cada hombre. Amar es dar la Voluntad de Dios a cada hombre. Y sólo se puede hacer eso porque el alma recibe el Espíritu.

Esto es lo que enseña el Evangelio del día nueve de enero. Francisco, no enseña lo que está en el Evangelio, sino que se va por las ramas, para hacer su evangelismo, para dar su interpretación del Evangelio.

Como hay que hacer cosas concretas, entonces: ¿por qué no admitir a los divorciados a la comunión? ¿por qué no casar a los homosexuales? ¿por qué no bautizar a los niños de las pareja gays? ¿por qué no acoger los ritos de los budas en la iglesia para formar una fraternidad, una comunidad en la que todos nos besemos y nos abracemos y hagamos cosas concretas en la vida?

Hacer cosas concretas es siempre un error en la vida, pero nunca es un camino. Todo el mundo hace cosas concretas en su vida, pero el problema de la vida no es eso. El problema es hacer la Voluntad de Dios. Cuando se hace, entonces la vida tiene siempre una puerta, un camino, una solución. Pero cuando no se hace la Voluntad de Dios, entonces las cosas concretas son problemas en la vida, son caminos que atascan la vida.

Jesús no manda hacer cosas concretas, sino hacer la Voluntad de Dios. Y, para eso, da Su Espíritu, para que el hombre se ponga en la verdad, en lo recto, en la ley, en lo que es agradable a Dios, y haga eso concreto que Dios quiere. No hay que hacer lo concreto que uno le parece, ni lo concreto que los hombres dicen, ni, por supuesto, lo concreto que predica Francisco. Porque todo eso no salva al alma. No la santifica, no le pone un camino de Verdad en su vida.

Amar es dar el sentido divino a la vida humana. Y eso cuesta hacerlo, porque hay que discernir muchas cosas antes de hacer una obra concreta. No hay que hacer las cosas por hacerlas, porque son buenas o porque los hombres las quieren. Hay que hacer las cosas porque Dios lo quiere. Y la Voluntad de Dios es un trabajo de discernimiento espiritual.

Amar es discernir la vida. Amar no es obrar cosas. Amar es ver la verdad y obrar esa verdad ante los hombres. Sólo así se puede dar testimonio de Cristo entre los hombres. Pero si nos dedicamos a hacer cosas concretas, ¿de quién se da testimonio ante los demás? Sólo de uno mismo, de su propio pensamiento, de sus intereses, egoísmos, que no valen para hacer el bien divino en la humanidad.

El problema de los hombres es que se llenan de bienes humanos, de obras humanas, de vidas humanas sin un camino de verdad, de autenticidad, de rectitud, de justicia divina. Y creen que esos bienes humanos son queridos por Dios, porque son buenos para los hombres. Por eso, el empeño en dar de comer a los pobres o en hacer que los homosexuales vivan sus vidas, es siempre el gran error de los hombres que sólo se apoyan en sí mismos para vivir sus ideales de vida.

Y esto es la doctrina de Francisco: lo humano. Por eso, a la gente le gusta Francisco, porque vive en lo humano, buceando lo humano y queriendo buscar en el Evangelio lo que Jesús no dijo, para contentar su vida humana, sus ideales humanos.

Francisco apoya al hombre, para que viva su ideal de vida como éste lo quiera. Por eso, no juzga al homosexual; por eso, se dedica a pedir dinero para quitar la hambruna del hombre. Francisco sólo busca al hombre, pero no da al hombre el camino divino, la vida divina, las obras divinas, el amor divino. Sólo propone su ideal: su amor humano, su amor sentimental, su amor amanerado, su amor flaco, débil, insulso, lleno de mentiras, de compromisos con el mundo. Francisco no se compromete con la Verdad, porque sigue sólo la verdad de su mente, que es la mentira de su vida. Y los que siguen a Francisco hacen lo mismo: se acomodan a las verdades que su mente ha alcanzado, pero no aceptan la Verdad. No pueden, porque la vida, para ellos, consiste en buscar caminos nuevos al Evangelio, ideas nuevas, pensamientos positivos, brillantes, que den color a los problemas de los hombres.

La espiritualidad de Francisco es totalmente profana, mundana, carnal, material, humana, natural, pero no tiene nada de divina, de celestial, de sagrada. Porque Francisco cae en esta herejía: como el pecado es una cosa natural y propia de los hombres, que está en la naturaleza humana, que no se puede quitar, porque es un conflicto que tiene el hombre consigo mismo, entonces el pecado ya no es lo importante en la vida de los hombres. Hay que vivir con el pecado a cuestas. Hay que venir a la Iglesia con el pecado. Todos somos pecadores. Aunque te confieses, sigues con el pecado. Entonces, no hay que mirar al pecado, no hay que luchar contra el pecado, sino que hay que hacer cosas concretas en la vida, y eso es lo que nos hace santo a los ojos de Dios. Hagamos el bien a los demás. Ya Dios se ocupa del pecado que siempre tengo y que no puedo quitar. Con la conciencia basta para no pensar en el pecado.

Este pensamiento de Francisco está en todos sus escritos. El pecado no es, para él, un acto de desobediencia a Dios. Y, por tanto, el hombre, igual que peca, pude no pecar. El hombre puede obedecer a Dios. El hombre tiene capacidad para no pecar. Pero como el pecado, es un conflicto en el hombre, ya no un acto humano de desobediencia a Dios, entonces el hombre tiene que vivir en ese conflicto quiere o no quiera. Y nada hace el hombre estando fijo en el pecado, en algo que no puede resolver él. ¿Cómo se resuelve? Dando de comer a los pobres, haciendo cosa concretas y, por eso, la fraternidad quita las guerras.

Éste es su evangelio de la fraternidad, su evangelismo, su doctrina demoniaca sobe el amor de dios y el amor entre los hombres.

Quien siga a este hereje, se hace hereje como él y vive enseñando sus herejías.

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