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Bergoglio: un hombre que vive de utopías

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«Mi Iglesia será reducida tan rápidamente como la noche se convierte en día, y aquellos en su interior no entenderán lo que les ha sucedido. Hay quienes dentro de Mi Iglesia, se colocan a sí mismos en tal posición como si fueran Yo mismo. Hacen juicios y utilizan su autoridad para provocar lo que no viene de Mí. Yo digo: ay, de tal persona, pues Yo la derribaré. Tendrá mucho que padecer bajo Mi Justicia por las mentiras y engaños que han sido propagados en contra de la Verdad y en contra de Mi Obra. Sólo cuando sea traído de rodillas él reconocerá que no soy Yo, sino Mi siervo, y tan solo un pobre siervo. Tales como ellos no traen almas a Mí: ellos Me traen nada más que vergüenza. Su fe no existe. Es como si sirvieran a otro dios, y no a Mí». (Christina Gallagher – Septiembre de 2012).

Tiempo de Justicia es el que se ha iniciado ya dentro de la Iglesia.

En este tiempo, no hay Misericordia. Es decir, no es tiempo para convertir, sino para condenar. Se convierten los que tienen que convertirse, pero es el tiempo para llevar a la condenación, porque el Anticristo ya está dentro de la Iglesia.

La primera en sufrir la Justicia es la misma Jerarquía de la Iglesia, que viven con un sentimiento de seguridad terrenal, pero que carecen de la visión sobrenatural para poder comprender que el piso que pisan es falso, que la cabeza a la cual siguen es la puerta para el alejamiento de toda verdad. Cabeza de Apostasía.

Una cabeza que dice: «Ya el libro del Génesis, al presentarnos de un modo poético las primeras pinceladas de este inmenso cuadro…» (Bergoglio – «Educar, un compromiso compartido» – Mensaje a las Comunidades Educativas, 2007). Bergolgio es una cabeza que arrastra a toda la Iglesia hacia la apostasía de la fe.

Para Bergoglio, la creación de Dios y el pecado de Adán y Eva fueron poesía; luego, todo lo demás es una fábula que hay que contar, de muchas maneras, para tener a la gente contenta.

Un hombre que vive de sueños, no de la Verdad: «Un escritor latinoamericano decía que tenemos dos ojos: uno de carne y otro de vidrio. Con el de carne miramos lo que vemos, con el de vidrio miramos lo que soñamos. Pobre una mujer o un hombre, pobre un pueblo, que clausura la posibilidad de soñar, que se cierra a las utopías. Por ello, es parte de la dignidad trascendente del hombre su apertura a la esperanza» (Ibid.).

Usted, como católico, ¿puede obedecer a un hombre que persigue utopías en su vida, que persigue vientos de doctrinas, fábulas?

La vida es una utopía: es el pensamiento de Bergoglio: «…pobre un pueblo… que se cierra a las utopías». La Iglesia, ¿es una Iglesia de utopías? ¿Persigue utopías? Muchos católicos dirán que sí, como Bergoglio.

Usted, como Jerarquía de la Iglesia, ¿puede dar su obediencia a un hombre abierto al engaño, a la ilusión, a la duda, a la falsedad…? Todo es un sueño, una utopía… nada es estable… Vive tu sueño, vive para agarrar una ilusión, un viento que viene y se va….. Sé una veleta de la vida, pero no permanezcas en algo estable, permanente, inmutable, porque no existe…. No te cierres a un dogma, sino ábrete a una utopía. ¿Captan el pensamiento de Bergoglio?

No te clausures a las utopías, sino que vive de una ilusión, de un absurdo, de un camino sin esperanza, sin posibilidad de encontrar el sentido a la vida. La esperanza, para este hombre, es la conquista de una utopía. La Iglesia, que vive de unos dogmas, está equivocada, porque se cierra a la utopía, a un mundo idealizado, inventado por cada uno en su mente.

Para Bergoglio, cada uno se inventa el bien y el mal: «Todo ser humano posee su propia visión del bien y del mal. Nuestra tarea reside en incitarlo a seguir el camino que el considere bueno (…) No dudo en repetirlo: cada uno tiene su propia concepción del bien y del mal, y cada uno debe escoger seguir el bien y combatir el mal según su propia idea. Bastaría eso para cambiar el mundo.»

¿Y ustedes pueden obedecer a un hombre abierto a la utopía? Un hombre que mira el mundo como un ideal en su mente, como una perfección que nunca se puede dar en la realidad de la vida. Eso es la utopía. Bergoglio vive en su mente idealizada y persigue un mundo, una iglesia utópica, que sólo existe en su pensamiento. Es el bien que concibe en su mente; es el mal que atrapa su mente. Pero no es la realidad de la vida; no es la verdad que enseñó Cristo sobre el bien y el mal. No es la Iglesia de Cristo.

¿Es Cristo una utopía o la verdad, la única Verdad? Si Cristo es la verdad, ¿por qué continúan mirando a un mentiroso y le siguen en la Iglesia? ¿Por qué hacen caso de lo que un engañabobos está construyendo en la Iglesia?

¿Pueden llamar Papa a uno que caza utopías en la vida, que caza vientos con su cabeza? ¿Lo pueden hacer? Hay muchos que sí lo hacen.

Para este hombre no existe la esperanza cristiana:

«Hace algunos años les decía que la esperanza no es un “consuelo espiritual”, una distracción de las tareas serias que requieren nuestra atención, sino una dinámica que nos hace libres de todo determinismo y de todo obstáculo para construir un mundo de libertad, para liberar a esta historia de las consabidas cadenas de egoísmo, inercia e injusticia en las cuales tiende a caer con tanta facilidad» (Ib).

No hay norma de moralidad, sólo existe la libertad de pensar. Y, con esa libertad, libres de toda ley moral, se construye el mundo que queremos, la iglesia que queremos, el evangelio que más nos gusta. ¡Este es el pensamiento de Bergoglio!

La esperanza cristiana es vivir para conquistar el cielo. Esto, para Bergoglio, es «una distracción de las tareas serias» de la vida. Hay que vivir, según su mente diabólica, para ser independientes en todo: ser libres de todo determinismo = no hay leyes que determinen la vida del hombre, su pensamiento y sus obras; son todas –esas leyes- un obstáculo. Hay que construir un mundo de libertad; hay que liberar al hombre de tantas cadenas que su historia le ha puesto. Bergoglio es el nuevo mesías del hombre histórico: el que salva al hombre de su historia mal contada por su mente.

Esto lo predicaba Bergoglio el día de la Pascua del 2007. Y, después, de siete años, él no ha cambiado de mentalidad. Sigue con lo mismo, dando culto al hombre en su mente, porque vive dentro de su propio pensamiento humano. No vive en Cristo; no posee la mente de Cristo. No es otro Cristo; es un demonio encarnado.

Sacerdotes, Obispos, Cardenales, que han perdido la verdad en sus mentes y se dedican a hacer el juego a este hombre, que sólo habla para conquistar un aplauso del mundo, que hace de sus homilías un juego de la poesía, un lenguaje agradable a todos, la búsqueda de un ideal utópico, pero con una idea maquiavélica en su interior.

Bergoglio está sediento de la gloria del mundo. ¿Todavía no lo han captado? Y arrastra a toda la Jerarquía para que le apoyen en este negocio. Hay que abrirse al mundo, porque este el pensamiento clave en Bergoglio.

Para Bergoglio, la verdad no consiste en abajar la mente a la doctrina de Jesús. No puede ser eso, porque todo es poesía, todo es una utopía, un mundo que hay que construir en la mente, una fábula. No está la verdad en someterse a lo que dice Jesús. La verdad consiste en fabricar una doctrina ideal, utópica, sobre Jesús.

«lo importante de la prédica es el anuncio de Jesucristo, que en teología se llama el kerygma» (El Jesuita – Entrevista al Cardenal Bergoglio – pag 89). Lo importante en la homilía, no es dar la verdad, sino dar una serie de palabras. Esto es la palabra kerygma: proclamar, anunciar, gritar unas palabras, un credo, una publicidad sobre Jesucristo.

La misma Palabra de Dios nos enseña que no hay que anunciar a Jesucristo, sino que hay que predicar el Evangelio:

«Id, pues, enseñad a todas las gentes…, enseñándoles a observar todo cuanto Yo os he mandado» (Mt 28, 19ª.20). Hay que predicar lo que Jesús enseñó a Sus Apóstoles. El Evangelio es una moral y un dogma. Es algo firme, inmutable, permanente, eterno, sin posibilidad de cambio. Es la doctrina que Jesús dió a Sus Apóstoles y que la Iglesia ha enseñado durante 20 siglos. Hay que enseñar esto. Y sólo esto. No hay que predicar a Jesús. Todo el mundo predica sobre su Jesús, sobre la idea que ellos tienen de Jesús; pero nadie predica la misma doctrina de Jesús.

No hay que enseñar que «Jesucristo es Dios, se hizo hombre para salvarnos, vivió en el mundo como cualquiera de nosotros, padeció, murió, fue sepultado. Eso es el kerygma, el anuncio de Cristo, que provoca estupor….Cada uno tiene su manera de llegar a creer. La fe es el encuentro con Jesucristo» (Ib). No hay que recitar el credo, como un papagayo, anunciando una serie de palabras, sin el concepto que les corresponde. No hay que predicar un lenguaje muy sentimental y bonito.

Hay que darle al alma la forma de creer, la manera de llegar a Jesús, de cómo convertirse, cómo el alma encuentra a Jesús. ¿De qué sirve recitar el credo? ¡De nada! Hay que creer en lo que se recita. Hay que hacer vida el credo.

¿De qué sirve predicar que Jesucristo es Dios? ¡De nada! Hay que explicarle a la gente que para llegar a este pensamiento, para creer que Jesús es Dios, tiene el alma que quitar de su pensamiento propio muchos errores, filosofías, conceptos, apegos a la vida, que le impiden creer. Si la gente no sabe lo que significa que Jesús es Dios, si no se sabe la moral y el dogma que este pensamiento trae, ¿cómo va a encontrar a Jesús? ¿cómo se va a convertir del pecado? No puede. La fe no es el encuentro con Jesucristo. Esto es muy bonito, pero un error. La fe es un don de Dios, con el cual el alma obra la Voluntad de Dios en su vida. La fe es una obra divina. No es hacer poesía sobre Jesús.

Si cada uno tiene su manera de llegar a creer, entonces cada uno tiene su punto de partida y hay que sentarse a dialogar sobre la fe de cada uno, para tomar experiencias y así ser más de Jesús:

«Después del encuentro con Jesucristo viene la reflexión, que sería el trabajo de la catequesis. La reflexión sobre Dios, Cristo y la Iglesia, de donde se deducen luego los principios, las conductas morales religiosas, que no están en contradicción con las humanas, sino que le otorgan una mayor plenitud» (Ib).

¿Ven el gran error? Después de contar una fábula sobre Jesús, después de un poco de poesía, de sentimentalismo barato sobre los tesoros de Jesús, viene el ponerse a hablar y sacar conceptos que no contradigan al hombre: «conductas morales religiosas, que no están en contradicción con las humanas». Y es muy importante que no contradigan al hombre, a su pensamiento, a su vida, a sus obras.

Lo moral está por debajo de lo humano. Primero es el hombre, después lo moral. Lo moral es la creación de la mente humana. No es algo impuesto por Dios al hombre. No es una ley divina. No es una doctrina moral y dogmática. Es sólo un concurso de los hombres, un diálogo, un consenso. Así piensa mucha Jerarquía. Así hacen sus apostolados en la Iglesia: primero el hombre, primero dar de comer, después hablamos un poco de poesía sobre Jesús; fabriquemos nuestras fábulas, nuestros mundos utópicos.

«En que no se le presta atención al kerygma y se pasa a la catequesis, preferentemente al área moral. Basta escuchar algunas homilías, que deben ser kerygmáticas con algo de catequesis, pero que terminan siendo morales, a lo sumo catequéticas. Y dentro de la moral —aunque no tanto en las homilías como en otras ocasiones— se prefiere hablar de la moral sexual, de todo lo que tenga algún vínculo con el sexo. Que si esto se puede, que si aquello no se puede. Que si se es culpable, que si no se es culpable. Y entonces, relegamos el tesoro de Jesucristo vivo, el tesoro del Espíritu Santo en nuestros corazones, el tesoro de un proyecto de vida cristiana que tiene muchas otras implicancias más allá de las cuestiones sexuales. Dejamos de lado una catequesis riquísima, con los misterios de la fe, el credo y terminamos centrándonos en si hacemos o no una marcha contra un proyecto de ley que permite el uso del preservativo» (Ib. Pag 90).

¿Entienden ahora aquello de: «No podemos seguir insistiendo sólo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. (…) Las enseñanzas de la Iglesia, sean dogmáticas o morales, no son todas equivalentes. Una pastoral misionera no se obsesiona por transmitir de modo desestructurado un conjunto de doctrinas para imponerlas insistentemente» ? ¿Lo han captado? Hay que hacer poesía en las homilías y, después, dejar que la gente viva su vida como quiera. No hay que hacer una marcha contra un proyecto de ley que permita el preservativo, ni organizar una marcha pro-vida, para que anulen las leyes que permiten abortar. No hay que enfrentarse a los homosexuales, sino que hay que casarlos en la Iglesia….

Que cada uno viva su vida como le parezca, porque «No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable» (EG, §129). No pienses el dogma, no te apoyes en una verdad que no puede cambiar. Es que eso no existe. No hay nada absoluto: «no hay palabras que expresen un contenido absolutamente invariable». Cristo no es la Verdad, sino una utopía. Hay que ir en busca de esa iglesia ideal, que le gusta a todos los hombres, que pone contentos a todos los hombres. Y, por eso, él predica tan tranquilo: «Si un niño recibe su educación de los católicos, protestantes, ortodoxos o judíos, eso no me interesa. A mí lo que me interesa es que lo eduquen y le quiten el hambre.»

¿Ven lo que es este hombre? La homilías tienen que ser kerygmáticas: tienen que anunciar algo; pero no la doctrina de Jesús. No tienen que ser catequéticas. Tienen que ser sentimentales: pintar un Jesús amable, amoroso, misericordioso, que nos salva a todos, que es muy bueno con todos, que a todos perdona… Pero no hables de moral, de dogma: no toques el infierno, el pecado, el purgatorio, la lujuria… no digan que esto se puede hacer y esto no…. No te metas en eso…. No juzgues a nadie…. «¿quién soy yo para juzgar?»…Si haces eso, entonces relegas el tesoro de Jesús vivo.

¿Ven la falacia del pensamiento de este hombre? ¿Ven la forma de engañar a todos desde hace 18 meses? Todas sus homilías son así, según la estructura que tiene en su mente diabólica. Demos una fábula a la gente, toquemos un tema, pero dando vueltas a todo, sin tocar tierra, sin decir, esto es pecado, esto no se puede hacer, sino que hagamos una predicación, un kerygma para el hombre, para satisfacer las ideas del hombre, para agradar los oídos de los hombres. Porque lo que importa en la vida es dar de comer al hambriento. Lo demás, es la utopía de cada uno en su mente.

Esta es la predicación del 19 de septiembre sobre la resurrección y la última de hoy, 25 de septiembre, sobre la vanidad: un dar vueltas a las cosas, dando un poco de poesía sobre la vanidad, sobre la resurrección, para al final, no decir nada. Al final: dame dinero para mis pobres.

Es el tiempo de la Justicia. Es el tiempo en que toda la Jerarquía será despojada de su autoridad y de la seguridad que ahora tienen. Muchos de ellos se creen dioses y son, como todos, hombres sin inteligencia espiritual, pervertidos en sus juicios, incapaces de luchar por un bien divino, porque han hecho de sus vidas sacerdotales el columpio de lo humano. A pesar de tener tanta teología encima, no saben tener dos dedos de frente cuando hablan; no saben discernir a un hereje. ¿De qué les sirve tanta teología?

La Jerarquía está usando su autoridad para crear confusión en toda la Iglesia. Enseñan fábulas a la gente y, después, piden obediencia a esas fábulas.

La Jerarquía tenía que poner en guardia a toda la Iglesia sobre la falsedad de Bergoglio. Ellos tienen el poder de hacer eso. ¿Y qué han hecho con ese poder? ¿A qué se dedican en la Iglesia? A callar y a torear a Bergoglio.

A mostrar la mierda pinchada en un palo, que es la doctrina de Bergoglio, como un alimento precioso para todos. ¡A esto se dedica toda la Jerarquía! A llamar doctrina católica a una doctrina claramente herética y del demonio, que lleva necesariamente a la apostasía de la fe a toda la Iglesia.

Se dedican a cumplir las formalidades externas con un viejo verde, que acaba de ser proclamado por la televisión holandesa OUTtv la superestrella mediática del año. ¡Un maricón de mierda es Bergoglio! Esto no se atreven a decirlo la Jerarquía. Y es lo que piensan muchos.

Los cristianos que están en el mundo ven a Bergoglio como lo que es: un falso poeta. Y todavía los católicos no han despertado del sueño en que viven, de la utopía que muchos se han inventado en sus cabezas. Y lo siguen llamando Papa. Y esto es señal de la gran corrupción espiritual que se vive dentro de la Iglesia Católica. Ya nadie conoce la fe católica, la doctrina que Jesús enseñó desde el principio y que nunca ha cambiado. Porque la Verdad no admite cambios, desarrollos, invenciones nuevas. La verdad es como es, guste o no guste. Y esto es lo que muchos católicos, con sus teologías ambiguas, ya no encuentran: la verdad. Ya viven en la utopía y no saben llamar a Bergoglio como lo que es: un hereje. No lo pueden hacer. Y nunca lo harán, porque son malos como Bergoglio: viven en su maldad. Viven para romper la Verdad, a base de su inteligencia humana pervertida.

Pero, ¿qué creen que vienen ahora? Una panda de falsos profetas, de falsos pastores, que apoyan la doctrina de Bergoglio.

La Jerarquía de la Iglesia se sabe toda la filosofía y toda la teología. Sabe la Verdad y sabe dónde está esa Verdad. Pero están pervertidos en sus inteligencias: ven la verdad y dicen, prefiero mi verdad, mi interpretación, mi estilo de vida. Y son maestros en liar a las almas, que no conocen el lenguaje teológico, para presentar una mentira, una mierda pinchada en un palo, como alimento exquisito, como verdad, como dogma a seguir.

Este es el tiempo de los que «vocean pomposidades vacías… prometiéndoles libertad, cuando ellos son esclavos de la corrupción» (2 Pe 2, 18.19). Esto es Bergoglio y todo su clan abominable. Pero, en la Iglesia, hay que tener la valentía de llamar a cada uno por su nombre para ser de Cristo. Y esto es lo que muchos ya no saben hacer. Tienen respeto humano. Quieren quedar bien con todo el mundo. Quieren ser los que construyen la unidad apoyándose en la mentira, en la boca de un mentiroso.

El show de Judas Francisco

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Un hombre de fe huele, inmediatamente, a un hombre que no tiene fe, porque la fe es una obra divina. Y todo aquel que viva de fe hace obras divinas, santas, sagradas, celestiales, sobrehumanas.

Pero aquel hombre sin fe, sólo se dedica a hacer las obras de todo el mundo, lo que agrada a todos y habla sólo para ellos.

La palabra de fe es única y para cada alma. La palabra sin fe es para todos y no vale para ningún alma.

«Vive y deja vivir»: esto es hablar sin Autoridad ni humana ni divina. Esto es hablar como lo hacen las personas que están en el mundo. Vive tu vida, vive sin Dios, vive con Dios, vive en paz, vive en guerra, vive matando, vive en castidad… Sirve para todo el mundo, pero no vale para nadie. Todos tienen que poner su vida, sus obras, sus pensamientos a esa palabra.

Este tipo de frases son las propias de hombres que no saben discernir entre el bien y el mal. No saben lo que es ni el vicio ni la virtud. No saben distinguir entre la Voluntad de Dios y la de los hombres. No saben poner límites al mal, porque todo vale. Es la frase que gusta a todo el mundo porque todos pueden añadir algo a esa frase.

No es una frase dogmática, que anule la participación de unos hombres. Es la típica frase masónica: que convencen a todos, pero en la mentira. Es la frase que une a todos los hombres en el lenguaje, pero no en el concepto.

Todos, en sus lenguajes humanos, dicen que viven sus vidas; pero todos, en esas vidas, tienen concepciones diferentes. Se busca la frase que sirva para todo el mundo, pero no se busca el concepto que la palabra tiene. No se llega a la Verdad de la palabra, sino que se queda en el término del lenguaje.
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Esto se llama la herejía del lenguaje humano, que anula el concepto de la palabra. Lo anula porque no se dice, sino que se deja para que todos pongan su concepto propio. De esta manera, se anula la verdad dogmática para sólo estar pendiente del lenguaje, del término, de la idea que gusta, de la moda.

Hoy todos viven de lenguajes sin concepto; es decir, de términos que sirven para todas las cosas, para todo el mundo: amor, libertad, vida, misericordia, etc. Todos se llenan la boca con estos términos, con el solo fin de atraer a la masa hacia ellos. Y todos ponen sus nociones, definiciones, entendederas a estos términos.

“Hay una canción de los Beatles que dice All you need is love (Todo lo que necesitas es amor), entonces le quería preguntar a usted que, además de Papa, es técnico químico, ¿cuál es la fórmula de la felicidad?”.

Ante esta pregunta, el hombre de fe se levanta de la mesa y dejado plantado al periodista. Es una pregunta con malicia, con alevosía, queriendo encaminar la respuesta según una mentira: dicen los hombres que todo lo que el hombre necesita es amor…

No se pregunta a un Obispo sobre lo que piensan los hombres sobre el amor. Se pregunta a un Obispo lo que Dios piensa sobre el Amor. Porque, para esto está la Jerarquía de la Iglesia: para enseñar la Mente de Dios a los hombres, para dar las inteligencias divinas a las mentes humanas, y así aprendan a pensar adecuadamente en Dios, no en sus vidas humanas.

Esta pregunta la hace un hombre, lleno de mundo, a un Obispo que rebosa sed de la gloria del mundo, que está dispuesto a hablar, en cualquier medio, sólo para ser del mundo, para pensar como el mundo piensa, para estar en la mente y en la boca de los hombres del mundo. Un Obispo que quiere un puesto en la sociedad, en la política, en la ciencia humana, en las culturas del mundo.

Su respuesta es la propia de un hombre sin fe: «Acá los romanos tienen un dicho y podríamos tomarlo como un punto del hilo para tirar de la fórmula esa, que dice: ”Anda adelante y deja que la gente vaya adelante”. Vive y deja vivir, es el primer paso de la paz y la felicidad».

Un hombre que vive de dichos, de cuentos, de fábulas, de novelas para no dormir, de historias de la sociedad… Pero que es incapaz de tener en su mente la sabiduría de Dios. Coge un refrán italiano para escupir su vómito: si quieres ser feliz, se vas en busca de la paz en tu vida, entonces sólo vive y deja al otro vivir.

Con esta asombrosa respuesta, este hombre se llena de orgullo en su interior para explicar esta frase: “Los dos movimientos tienen que darse: movimiento hacia la interioridad y el movimiento hacia el darse a los demás. Si uno se estanca en este movimiento (el interior), corre el riesgo de ser egoísta. Y el agua estancada es la primera que se corrompe”.
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Vive, en tu interior, pero deja vivir en lo exterior. Vive en la libertad de tu pensamiento y, por lo tanto, vive como quieras, según la idea que tengas de tu vida, según lo que encuentres en tu interior, en tu conciencia. No vivas de lo que Dios revela, de lo que Dios te impone en unos mandamientos. La moral ya no viene impuesta desde fuera del interior del hombre, sino que el mismo hombre la encuentra dentro de él. En sí mismo, el hombre es ley, es moral, es su propio dios. Busca a dios en ti, en tus pensamientos, en tus sentimientos, pero no lo busques fuera de ti. Lo que tienes que buscar fuera de ti es al otro: la vida del otro, su mente, sus obras, sus problemas, sus ideales, sus errores, sus pecados, sus triunfos…. Porque si no buscas al otro, lo que tienes dentro de ti se pudre: es agua estancada.

Así piensa Francisco: un hombre sin fe: masónico, panteísta y comunista en las dos primeras frases.

Estas tres herejías son propias de este hombre en su magisterio ordinario en la Iglesia. Siempre cae en algún error que revela estas tres formas de mentir a los hombres. Porque la herejía es una manera elegante de decir una mentira, algo que va en contra de una verdad Revelada, que es necesario creer, aceptar, para estar en la Voluntad de Dios.

Dios es Vida, pero no manda al hombre vivir, sino amar. Francisco opina lo contrario. Si hubiera dicho: ama y deja amar, entonces hubiera hablado correctamente. Pero ha confundido la vida con el amor.

Se vive amando, pero no se vive pensando, buscando una idea para obrarla y hacer una vida de ella. Francisco impera vivir, pero no muestra el camino para vivir. El camino para la vida es la verdad. Y quien obra la verdad, ama. Y quien ama, vive lo que ama.

Francisco no dice: vive escuchando a Dios. No dice la verdad, no pone un camino. Y, por tanto, sólo expresa su idea masónica: vive en la libertad de tu pensamiento: vive como quieras, como lo pienses, como lo sientas. Cuando no se da al hombre un camino para encontrar la verdad, sino que se deja al hombre que busque su propio camino, su propia verdad, entonces se pone el camino, siempre, de la mentira, del error, del engaño, de la falsedad.

Esta manera de hablar de Francisco es la propia del político, del hombre mundano, de la persona que vive para el caos del momento: vive de modas, de sentimientos, de oportunidades. Almas que viven una vida sin un norte verdadero: son como juguetes del destino. Son veletas de los pensamientos de los hombres: hoy siguen a éste porque dijo esta frase; y mañana siguen a otro porque dijo otra frase que les gustó.

El amor es la obra de la Voluntad de Dios. Amar es dar al otro el Querer Divino y, por tanto, es siempre una cruz, un sufrimiento, un desprendimiento de algo que el hombre se suele aferrar. Amar es difícil y, por eso, vivir amando es lo más complicado que el hombre pueda obrar en la vida. Vivir haciendo la Voluntad de Dios en cada segundo de la vida es sólo de personas santas. No es de cualquier hombre.

Francisco no hace caso de la Voluntad de Dios, que es el Amor, sino de la vida: la humana, la natural, la material, la carnal. En su pensamiento humano no está la Vida Divina, la Gracia. Si hubiera estado, no hablaría de esa forma. Pero, este hombre, que ha puesto la vida en sus sentimientos humanos, es incapaz de poseer los sentimientos de Dios. Es incapaz de amar, porque ha puesto toda su capacidad en vivir. Es un vividor del hombre, del mundo, de la gloria humana. Pero no es un amante de la Verdad, de la Voluntad de Dios. Sólo se ama a sí mismo porque lo ve con su mente humana, no porque nace de su amor a Dios. No sabe amar a Dios, porque vive la libertad de su pensamiento humano. Vive lo que piensa, pero no ama lo que Dios quiere.

Y, entonces, tiene que caer en el panteísmo: busca a Dios en su interior, una vez que lo ha negado en el exterior. Y, claro, no lo puede encontrar nunca. Si no busca a Dios por amor en lo exterior de la vida, después no se puede hacer, como hizo San Agustín: encontrarlo en su interior. Dios se revela al alma que lo busca por amor. Pero Dios no puede revelarse a ningún alma que busca un pensamiento sobre Dios, una vida sobre lo divino, una inteligencia sobrehumana.

El alma que no aprende a amar a Dios porque es Dios, entonces sólo busca el don de Dios, pero no a Dios, no Su voluntad, no Su Amor.

Dios sólo manda que el hombre ame: no le manda que piense, que vaya en busca de una razón para amar. Dios le da al hombre las razones para amar: sus leyes divinas, sus mandamientos. Y con sólo eso, el hombre ya puede amar. Y quien ama cumple con los mandamientos divinos. Dios siempre pone el camino para amar: la verdad. Quien no se somete a esa Verdad, entonces hace lo que hace Francisco: vive, pero no ama. Vive sus caminos y encuentra sus verdades, pero no es capaz de amar a nadie: ni a Dios ni al prójimo ni a sí mismo.

Por eso, este hombre cae en su panteísmo, que le lleva a su comunismo: date al otro. Es un darse sin una verdad. Es un darse de muchas maneras. Es un darse sin darse, porque no hay amor. Sólo hay una concepción errada del amor.

Pero el orgullo de este hombre no le deja ver su arrogancia: “En Don Segundo Sombra hay una cosa muy linda, de alguien que relee su vida. El protagonista, en ese momento, le relee su vida. Dice que de joven era un arroyo impetuoso que se llevaba por delante todo; de adulto era un río que andaba adelante; y que en la vejez se sentía en movimiento, pero lentamente remansado. Yo utilizaría esta imagen linda de Güiraldes, lo utilizaría con ese último adjetivo: remansado. La capacidad de moverse remansadamente, con mansedumbre y humildad, es el remanso de la vida, que no es el agua queda. Es un agua que camina, pero…. Los ancianos tienen esa sabiduría, son la memoria de su pueblo. Y un pueblo que no cuida a su ancianos no tiene futuro”.

El hombre, de joven, es impetuoso; de adulto, vibrante; en la vejez, manso. Vive tu vida, pero dedícate al prójimo, como yo lo he hecho. Yo soy un viejo, un anciano, que tiene sabiduría, que es la memoria del pueblo, de la iglesia. Y ustedes, que me escucháis, me tienen que cuidar por mis obras pasadas, que son muchas y de gran valor.

Esta, su arrogancia le ciega en sí mismo y no le hace ver su maldad, su gran pecado en la Iglesia, que no es de ahora, sino que viene de antiguo.

Francisco se siente como un viejo que se mueve remansadamente. Ha alcanzado la perfección en su vivir y, ahora, no escucha a nadie. Se cree santo y justo en todo lo que ha hecho en su vida. Y, entonces, se mueve en su vida actual, remansadamente: le dicen hereje y él no se inmuta. Él lo toma con mansedumbre, con humildad. Mira al que lo llamó hereje y lo deja a un lado con mansedumbre, remansadamente. Le llama apóstata y él vive remansadamente, sin hacer caso de esos hombres que lo juzgan mal porque a él lo llaman Santidad.

Francisco no ve sus pecados pasados –y son muchos- y, por tanto, no es capaz de ver sus pecado actuales, que claman al cielo todos los días.

Es triste tener a un hombre ciego para la verdad, que sólo puede ver la mentira. Pero es más triste tener a una Jerarquía de la Iglesia que dice que estas entrevistas de este ciego son doctrina católica. Y da asco comprobar cómo existen limpiabas, como Lombardi y otros, que se apresuran clarificar la tiniebla de un ciego para poner más oscuridad a sus palabras.

Quien no llame a Francisco, a partir de ahora, como Judas Francisco, es que no se ha enterado de la película que hay en el Vaticano. Francisco es el entretenimiento del Vaticano. Con él ganan dinero y fama en el mundo del espectáculo. Francisco es la farándula de los hombres borrachos de mundo. Es la boca de los católicos que sólo están en la Iglesia porque tiene que haber de todo. Es el payaso que mueve a la masa con sus dichos, dimes y diretes.

No pierdan el tiempo con este idiota y majadero. Cultiven su fe católica, porque vienen tiempos muy graves para todos.
viveydejavivirs

Cisma abierto en toda la Iglesia

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Muchos dicen: ¿por qué se le critica tanto a Francisco? ¿No ha dicho el Señor que no juzguen para no ser juzgados?

Las almas no han comprendido lo que es la vida espiritual, que es algo diferente a la vida moral.

Todos pueden juzgar el espíritu de otra persona: «el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle» (1 Cor 2, 15).

Todos pueden juzgar a un homosexual, un ateo, a un masón, a un budista, a un protestante, a un comunista, etc., cuando el juicio es sobre su vida espiritual.

Jesús ya ha marcado el camino de la verdad en el Espíritu: las leyes divinas, las leyes naturales, los dogmas, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, la Palabra de Dios.

Todos aquellos que siguen la doctrina de Cristo juzgan a los demás: a los que la siguen y a los que no la siguen.

Los que no siguen la doctrina de Cristo no saben juzgar a los demás de manera espiritual, porque no tienen la Verdad, que viene del Espíritu de Cristo.

Todo aquel que permanece en la Verdad, que es Cristo, lo juzga todo, porque se apoya en esa Verdad, en Cristo mismo, en Su Mente; no se apoya en la verdad que tiene en su mente humana. Es la verdad que Dios ha dado al hombre y que nunca cambia, que es siempre la misma, aunque el hombre y el mundo cambien.

La ley divina dada a Moisés es para siempre, para todos los tiempos. La doctrina que enseñó Jesús a Sus Apóstoles, y que ha sido transmitida por la Tradición, enseñada por el Magisterio auténtico de la Iglesia, y contenida en los Evangelios, es para siempre. No se puede cambiar una tilde, una palabra, a esa doctrina. Esa doctrina es la única verdad. La Verdad Absoluta. La verdad que todo hombre debe tener en su corazón, para que su mente piense la vida como Dios la ve.

Todo aquel que está en la Verdad, que se agarra a los dogmas, que no transige con la mente de los hombres ni con sus leyes, entonces lo puede juzgar todo, cualquier cosa y a cualquier persona, sea sacerdote, Obispo o Papa, en el aspecto espiritual.

Puede decir: ese sacerdote se equivoca porque no sigue el dogma, no sigue la verdad.

«Pero como todos sabemos, es el jardín de Dios una gran variedad de colores. No todos los que han nacido como un hombre se sentirán como un hombre, y también en el lado femenino. Ellos se merecen, como seres humanos, el respeto a la que todos tenemos derecho. Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito. (…) oren por él, por la bendición de Dios para su vida. ¿Una victoria de la tolerancia? (…) Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista» (Cardenal Christoph Schönborn – 15/05/2014).

Todos aquellos que siguen la Verdad pueden juzgar al Cardenal Schönborn porque se ha puesto en la mentira.

1. en el jardín de Dios, que es la Creación material sólo se da: hombre y mujer, varón y hembra, masculino y femenino. Es decir, no se dan ni los homosexuales, ni las lesbianas ni otra cosa que se invente el hombre;

2. en el jardín de Dios, se produjo el pecado de Adán y, por lo tanto, el demonio es el que crea a los homosexuales, las lesbianas, etc.

3. Dios juzga el pecado de los homosexuales y las lesbianas como abominación y lo castiga con una pena social: pena de muerte.

4. Si Dios juzga a la persona homosexual como abominación, todo hijo de Dios tiene la obligación de juzgar al homosexual como abominación. Porque el hijo de Dios sigue la mente de Dios; no sigue la mente de ningún hombre.

5. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado, en la Iglesia, a seguir la Mente de Dios y enseñarla a todas las almas. Quien no haga esto, automáticamente se pone fuera de la Iglesia.

6. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, está obligado a hacer oración y penitencia por los pecadores, para que reciban la gracia del arrepentimiento. Y están obligados a decir a un pecador público que quite su pecado si no quiere condenarse por él.

7. Todo sacerdote, Obispo, Cardenal, Papa, que no enseñe la ley divina, sino que se invente su ley divina en la Iglesia, y procure contentar a los hombres con sus bellas palabras humanas (=tolerancia) no pertenece a la Jerarquía verdadera, sino a la infiltrada, a la que no es de Cristo.

8. Todo fiel en la Iglesia está obligado a obedecer la Mente de Dios, no la mente de los hombres, aunque sean sacerdotes, Obispos, Cardenales, Papa, cuando dicen, predican, obran lo contrario a la ley divina.

Esto es hacer un juicio espiritual: el Cardenal Schönborn pertenece a la Jerarquía infiltrada porque no enseña la Verdad sobre la homosexualidad ni sobre el acto creador divino sobre la naturaleza humana. Por tanto, no se le puede dar obediencia ni respetarlo como sacerdote ni como Obispo. Se le respeta como hombre, porque es libre de condenarse por sus pecados.

Hasta aquí el juicio espiritual, que todo el mundo puede hacer si está en la Verdad, que es Cristo.

Lo que Cristo prohíbe es el juicio moral sobre las personas.

Cada persona, independientemente de su vida espiritual, tiene una vida moral. Esa vida moral nace de su voluntad humana, que está regida por una razón.

Todo acto moral es una obra de la voluntad del hombre. Todo hombre, en su vida, elige una obra guiado por una razón: divina, humana, demoníaca. Y, según sea esa razón, así será su acto moral. Este acto moral sólo Dios puede juzgarlo, no el hombre.

Dios mandó al profeta Oseas buscar una prostituta. Y Oseas realizó un acto moral que, para los hombres es pecaminoso, pero no para Dios. Dios le mandó obrar una justicia en esa prostituta. Es un mandato divino.

Dios mandó a Abraham sacrificar a su hijo. Eso es ir en contra del mandamiento divino: «no matarás». Pero, como Dios lo manda en Su Justicia, para obrar una justicia por el pecado del hombre, entonces no es pecado y ese acto moral es bueno para Dios, para Abraham y para el hijo que se sacrifica. Igualmente, lo que hizo Oseas es un acto moral bueno, para él y para la prostituta.

Cuando Dios manda estas cosas, no se las dice a cualquiera, sino a personas de mucha vida espiritual, como Abraham y Oseas. Personas de gran fe en la Palabra de Dios. Y esto que manda Dios no es saltarse la ley divina, los mandamientos; no es una excepción en la regla; no es un capricho divino. Es una obra divina, santa, que sólo Dios sabe medir; no los hombres. Y sólo el que la obra, sabe por qué Dios se lo manda. Esta obra no es conocida por nadie. Por eso, Abraham la obró sin el conocimiento de nadie. Y lo mismo Oseas.

Pero si el hombre, en su acto moral, no sigue los mandamientos de Dios, la ley divina, entonces siempre comete un pecado. Se puede juzgar el pecado de esa persona, porque entra en la vida espiritual; pero no se puede juzgar a la persona, porque no se conoce la intención con que realizó ese pecado. No se puede juzgar su vida moral: su acto moral. Pero sí su pecado. Y, entonces, sólo queda un camino ante el acto moral de la persona: rezar por ella, hacer penitencia por su pecado.

Adán, siguiendo la mente del demonio engendró un hijo: Caín. Este acto moral es un pecado. Se juzga espiritualmente el pecado, pero no se juzga a Adán, su acto moral, que sólo Dios sabe medirlo y ponerle el camino de Su Justicia. Lo que hizo Adán es una obra de su voluntad humana según el orden de una razón demoníaca. Es un acto moral, no sólo del hombre, sino también del demonio en el hombre. Por eso, el demonio tiene derecho a la vida moral de los hombres; por el pecado de Adán.

Ante las declaraciones de este cardenal, se juzga su visión espiritual del homosexualismo, pero no su acto moral. Ha pecado con esas declaraciones. Y su pecado es muy grave, porque ha dicho una herejía y ha puesto el camino para el cisma. Pero no se puede decir que este Cardenal está condenado al fuego del infierno, porque no se le puede juzgar en su vida moral. Ésta la juzga Dios.

Lo que tiene que hacer toda alma, fiel a Jesucristo, es apartarse de este Cardenal, no seguir sus predicaciones, sus enseñanzas, porque son heréticas; y rezar para que deje lo que está haciendo en la Iglesia y busque ayuda espiritual para su alma. Porque si no ve su pecado, entonces es cuando se condena.

Estas cosas hay que tenerlas claras en la Iglesia. La Iglesia es para salvar el alma y santificarla. Y se salva luchando contra el pecado y contra los hombres que ayudan a pecar, que son tentación para el pecado. Y, por tanto, en la Iglesia sobra la tolerancia humana, que es un pecado grave.

Una cosa es respetar a ese homosexual como hombre, porque es libre para obrar su pecado, donde quiera y ante quien quiera. Y otra cosa es defender la verdad ante el pecado de ese hombre.

Si no se defiende la Verdad, sino que se tolera la mentira, el pecado, el error, el engaño, entonces el pecado se anula, el pecado se apoya, se justifica, se ensalza, y se hace un mal mucho mayor. Porque quien alaba el pecado de un homosexual, quien no lo corrige, entonces no es capaz de hacer penitencia por su pecado para que su alma se salve. Sino que se le invita a seguir pecando, a seguir en el camino del pecado, y se le enseña una utopía: que Dios lo bendice en su pecado.

Es lo que este cardenal ha dicho: «oren por él, por la bendición de Dios para su vida». Lo que este Cardenal no sabe es el cisma que ha abierto con estas palabras. Este cardenal alaba el pecado del homosexual: «Me alegro mucho por Thomas Neuwirth, quien con su aparición como Conchita Wurst, tiene tanto éxito». Esto es una grave herejía viniendo de un consagrado.

Hay que orar para que este homosexual diga un no a su pecado. No hay que orar para que Dios bendiga su vida. Dios no bendice si el alma no se aleja del pecado. Dios no derrama sus dones si el alma justifica su pecado. Dios no da nada al hombre que quiere pecar y que vive su pecado, sin poner ninguna traba a él.

Es muy grave lo que este Cardenal ha expresado. Gravísimo. Pero así es todo ahora. El culpable de estas declaraciones es Francisco. El comenzó con el juego del lenguaje: «No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible. Yo he hablado mucho de estas cuestiones y he recibido reproches por ello. Pero si se habla de estas cosas hay que hacerlo en un contexto. Por lo demás, ya conocemos la opinión de la Iglesia y yo soy hijo de la Iglesia, pero no es necesario estar hablando de estas cosas sin cesar» (Entrevista del P. Antonio Spadaro, S.J.- Director de La Civiltà Cattolica).

Yo soy hijo de la Iglesia, pero tenéis que pensar como yo pienso: no juzgues a los homosexuales. Hay que cambiar la ley divina en cuanto a los homosexuales.

¡Faltaría más!: yo soy hijo de la Iglesia, pero es mejor ser hijo del demonio en cuestión de los homosexuales. Es la propaganda que Francisco se hace a su orgullo, a su pecado. El que es de la Verdad dice la Verdad como es, no se anda con juegos semánticos, con licencias linguísticas, con eufemismos pegajosos.

Es que es necesario seguir insistiendo que el homosexual es una abominación. No hay que lanzar la doctrina de la tolerancia. No podemos ser tolerantes con la mentira, con la idea del demonio, con las ideas de los hombres. Porque el hijo de Dios sólo tiene la Mente de Dios. No posee ni siquiera su propia mente humana. El hijo de Dios no es de él mismo, sino de Su Padre Dios. Y, por eso, todo hijo de Dios lucha contra su mente humana y contra la mente de todo hombre, si es tentación para su vida espiritual, si es un peligro para la salvación de su alma y la de los demás.

La vida moral de las personas es para su vida espiritual. Y no es al revés. No es primero la vida espiritual: no es primero ser masón, budista, protestante, marxista, pecador, etc., para tener una vida moral. Esto es una aberración, y es lo que, hoy día, observamos en la Iglesia –y no digamos en el mundo.

Todo hombre debe cultivar su vida moral y, entonces, crece en la vida espiritual; y es capaz de juzgarlo todo; porque ya no es un niño en las cosas de Dios, sino un adulto, que sabe mirar a todos los hombres a su cara y decirles las verdades sin pestañear.

Porque los hombres se ponen por encima de la ley de Dios y de la ley natural, entonces caen en un absurdo: quieren vivir como ellos obran, según el capricho de sus voluntades. Y no se dan cuenta que para obrar, necesitan una razón. Y, como no saben discernir sus pensamientos, obran siempre una abominación, un absurdo, una ilusión, una utopía en sus vidas.

Hoy se da esa especie de culto a ser uno mismo, sin relación al ser, a la verdad, al bien y a la ley divina y a la natural.

El homosexual se da culto a sí mismo: quiere ser homosexual sin relación a su masculinidad; sin la verdad de que Dios lo ha creado para una mujer; sin el bien de un matrimonio con una mujer; sin hacer caso a la ley divina que le impone alejarse del pecado del homosexualismo, por ser una abominación; y queriendo ser ley natural para sí mismo: un gran absurdo.

Y este modo de ser uno mismo, se dice, que es signo de autenticidad y de madurez. Hasta aquí llega la oscuridad del hombre. Y que es lo que dice ese Cardenal: «Sí, nuestro mundo necesita una verdadera tolerancia, es decir, el respeto a los demás, incluso si usted no comparte su punto de vista». Se es auténtico porque se vive en contra de la ley de Dios. Se vive poniéndose por encima de la autoridad de Dios.

Hay que tolerar a ese hombre, hay que respetarlo porque así él lo ha decidido su vida; hay que respetar su decisión personal de ser homosexual y hay que ayudarlo en ese camino.

Éste es el pensamiento de muchos con la doctrina de la tolerancia. Es un gran pecado pensar así. Y es pecado contra la fe cuando viene de un Cardenal.

En este pensamiento, que es el de muchos, se pone el bien y el mal, sólo en la persona humana. Y, entonces se cae en la herejía: como yo, en mi vida, decido ser homosexual, y no decido ser varón, entonces la verdad es lo que yo obro.

El decidir en sí mismo es aquello que funda la bondad o la maldad del ser humano. El hombre es él mismo la medida, la verdad, la bondad de todos sus actos libres. Ya no es algo fuera del hombre, ya no es la ley divina, la ley natural, la mente de Dios. Es el mismo hombre ley para sí mismo. Por eso, se clama por la tolerancia. Hay que respetar lo que otro decide sobre sí mismo. Una abominación en la vida.

Ésta es la abominación que se vive hoy día, y que predica Francisco y los suyos, con la doctrina de la tolerancia.

Y esta abominación tiene su origen en esto: en poner la vida como sola elección de la voluntad del hombre. La voluntad humana es la que ordena vivir, ordena elegir: haz lo que te dé la gana. Vive como quieras: sin ley, sin razón, sin conciencia. Sé tú mismo dios para tu vida. Ésta es la falsedad que se enseña.

Y no se cae en la cuenta de que la voluntad del hombre no puede ordenar nada sin un orden de la razón. Se tiende a algo según una razón, según una idea. En este caso, se pone la idea de que el hombre es dios en sí mismo y, por lo tanto, puede hacer lo que le dé la gana en su vida. Puede decidir lo que le parezca. Es el culto a la mente del hombre, a la vida del hombre, a las obras del hombre. Es el orgullo de ser uno mismo, independientemente de los demás.

Estamos en la Iglesia con el cisma abierto. Y, ahora, se escuchan barbaridades de sacerdotes, de Obispos, y de fieles que se creen con derecho de hacer su propia voluntad en la Iglesia, y que todos estén de acuerdo con esa voluntad. Es una gran abominación lo que vemos en toda la Iglesia.

El aborto no pertenece a la cultura del descarte

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“La paz además se ve herida por cualquier negación de la dignidad humana, sobre todo por la imposibilidad de alimentarse de modo suficiente. No nos pueden dejar indiferentes los rostros de cuantos sufren el hambre, sobre todo los niños, si pensamos a la cantidad de alimento que se desperdicia cada día en muchas partes del mundo, inmersas en la que he definido en varias ocasiones como la “cultura del descarte”. Por desgracia, objeto de descarte no es sólo el alimento o los bienes superfluos, sino con frecuencia los mismos seres humanos, que vienen “descartados” como si fueran “cosas no necesarias”. Por ejemplo, suscita horror sólo el pensar en los niños que no podrán ver nunca la luz, víctimas del aborto, o en los que son utilizados como soldados, violentados o asesinados en los conflictos armados, o hechos objeto de mercadeo en esa tremenda forma de esclavitud moderna que es la trata de seres humanos, y que es un delito contra la humanidad” (Francisco, 13 de enero de 2014).

Tirar comida no es pecado y, por lo tanto, no va contra la dignidad humana. El que haya personas en el mundo que pasen hambre eso no es pecado, eso no niega al hombre, eso no dice nada de la persona humana.

Que haya niños que sufran hambre eso es problema de los hombres que no aman, sino que se dedican a decir que hay hambre en el mundo, pero no hacen nada.

Francisco pone su desazón humana en la cultura del descarte. Porque el hombre descarta, entonces hace un mal al hombre, entonces rebaja la dignidad del hombre. Esto no se puede consentir en un Obispo de la Iglesia Católica. Son palabras injuriosas contra Cristo. Son palabras que revelan lo que es Francisco: un comunista, que hace su proselitismo en la Iglesia, que habla de política para contentar a los pobres hombres del mundo, que lo escuchan como si dijera alguna arcana sabiduría.

“Pobres siempre tendréis”: luego, la pobreza de muchos, el que muchos pasen hambre es necesario para Dios. Para el hombre es inconcebible, porque no sabe medir el Pensamiento de Dios. Jesús no vino a quitar la pobreza de los hombres, sino su pecado. Y, por eso, dejó a los pobres en el mundo, pero quitó el pecado.

“Pobres siempre tendréis”, por lo tanto, el que se tire la comida no es pecado. El pecado no está en descartar comida o cosas materiales. El pecado es no obrar lo que Dios quiere. Y siempre todo pecado rebaja la dignidad del hombre.

Por tanto, un Obispo no puede hablar así como Obispo. Sólo puede hablar así como hombre mundano, como lo es Francisco: un hombre que habla las palabras que le gustan oír a la gente del mundo.

Hablar de que se tira la comida y meter el aborto, eso es lo que no se puede consentir en un Obispo. Decir que el aborto es producto de la cultura del descarte, eso es lo inadmisible.

Los hombres del mundo les importa un bledo el pecado. Tirar la comida lo hacen porque les da la gana. Y no por otra cosa. Predicar a gente del mundo para que se preocupe por no tirar la comida es sólo un poco de bondad humana para las personas del mundo. Se les recrimina para que no tiren la comida y la guarden para alimentar a los pobres. Esto es una estupidez de la mente de Francisco porque nadie en el mundo se preocupa por recoger alimentos desechables para los pobres. Nadie. Si la gente del mundo va a hacer un bien a otro, no le da el alimento que le sobra. Harán el bien que quieran.

Pero meter a los abortos en la cultura del descarte es, no sólo una gran locura, sino un gran pecado de Francisco. Se peca cuando no se enseña la verdad de un pecado. Es lo que hace Francisco en este discurso: enseña a seguir pecando, a seguir abortando. Cuando el hombre no descarte un aborto y dé un hijo, entonces seguirá abortando, porque ya cumplió con no descartar a un hijo, como cumple con no descartar un trozo de comida.

El que aborta no piensa en descartar ese hijo, sino en pecar, en matar una vida, en aniquilar lo sagrado que Dios ha puesto en el hombre: su naturaleza humana. Porque el descarte es tiro lo que me sobra y, después, busco más alimentos. Desecho lo que no sirve, pero no odio lo que desecho.

El aborto no es un descarte, sino un odio. Y el que aborta no busca más hijos. Y si los busca es que se arrepintió de ese aborto. Es que vio el aborto como lo que es: un pecado ante Dios.

Si Francisco quiere animar a la gente del mundo a que dé alimentos, que pierda el tiempo en esa estupidez, pero que no meta ni el aborto ni a los niños maltratados, porque ésto hay que tratarlo como conviene: como pecados. Y si no se trata así, entonces el aborto y lo demás es cuestión de descarte, pero no de pecado.

Francisco no cree en el pecado. En este discurso se ve bien claro. La gente del mundo no cree en el pecado. Por eso, hay que hablarles como les habla ese hereje: les da un lenguaje que gusta a la gente del mundo porque no se menciona el pecado, para no turbar las conciencias de los hombres, para dejarlos ciegos en sus vidas humanas, y hacer que piensen que hacen un bien a la humanidad no descartando cosas, no descartando el aborto. Lenguaje engañoso de un lobo disfrazado de piel de oveja.

Francisco nunca da testimonio de la Verdad ante los hombres. Aquí lo tienen. No da la Mente de Cristo en la Iglesia. No les predica a esa gente que no hay que abortar porque eso es un pecado. Y que las leyes que los gobiernos han promulgado son contrarias a Dios y es una abominación. No aborten, pero no quiten sus leyes humanas que les manda abortar. Nada dice Francisco sobre las leyes que permiten el aborto, porque no le interesa eso. Le interesa su juego en la Iglesia: sus pobres.

Como esto no lo predica, entonces Francisco va buscando el halago de los hombres, la fraternidad de los hombres, la armonía del Universo: no descarten los abortos y entonces conseguiremos la armonía en la Creación, todos seremos hermanos unos con otros.

Este es el tufillo comunista de Francisco que nadie ve. Un hombre que sólo le interesa el aspecto material de la vida humana: los cuerpos. Y destroza las almas con su doctrina de la fraternidad.

¡Da pena cómo va la Iglesia! ¡Da pena ver que Francisco tiene a su alrededor gente de la misma calaña que él! Gente que aplaude a un comunista en la Iglesia, y que quiere el comunismo en la Iglesia.

Y, entonces, ¿qué va a ser de la Iglesia? Muy pocos serán los que vivan la Verdad de forma íntegra, sin cambiar nada a la fe que Cristo dio en Su Iglesia. Sin cambiar un dogma, una verdad, una tradición, una enseñanza de la Iglesia.

Francisco lo está cambiando todo porque es un hombre anticristo. Es un precursor del anticristo. ¿Es que quieren más discernimiento? ¿Todavía no han aprendido a ver lo que es Francisco con sólo leer una frase suya?

Es que es un hombre que no hay quien lo digiera en el pensamiento. Si ustedes se ponen a descifrar su pensamiento, les da un dolor de cabeza, porque no tiene lógica. Es un sentimentaloide cargado de amaneramiento por los hombres: habla sentimientos para acariciar a los hombres, para poner la cosa bonita en los odios de los hombres. Y no más. Después, les ofrece su engañosa sonrisa y les da su mirada llena de odio.

Las homilías de Francisco son los apuntes de un subnormal en la Iglesia. No valen para nada. No enseñan ninguna verdad. No ponen el camino hacia la santidad de la vida. No sirven para luchar contra el error y la mentira. Son un conglomerado de pensamientos nacidos en su mente obtusa para hacer que los hombres los sigan porque los dice él.

Francisco no sirve para gobernar la Iglesia. ¿Es que no se han dado cuenta? Él está preocupado por buscar la manera de quitar la hambruna del mundo. Y no más. Lo demás, ¿qué importa? Lo demás: hagamos cuenta que eso tiene que caer un día u otro. Sigamos haciendo el teatro en la Iglesia mientras buscamos los dineros para hacer los milagros de la multiplicación de los panes.

A Francisco no le interesa la Iglesia. Lo que hace en la Iglesia, mientras no se ocupa en dar discursitos, es sólo una obra de teatro. Y no otra cosa. Francisco es el judas de Cristo: ha vendido la doctrina de Cristo, por unos dineros, para poner su evangelio de la fraternidad. Y, como consecuencia de esa venta, el poder del mundo está en la Iglesia.

Quien maneja la Iglesia es ya el mundo. Y, por eso, a Francisco lo liquidan. Tiene que irse, y muy pronto.

Francisco ha sido sólo un gobernante de transición: es decir, uno que toma el poder para dárselo a otro más fuerte que él. Uno que, tomando ese poder, lo destroza y pone el camino para que otro siga en los nuevos fundamentos que se han puesto.

Francisco se ha cargado el gobierno vertical. Eso nadie lo ha meditado. Pero esa ha sido la obra de este gobernante que no sirve para nada, sólo para destrozar el poder divino y poner un nuevo poder: el gobierno horizontal. Para hacer esto sólo se necesitaba un gobierno de transición. No más. Una vez quitado lo que impide lo demás, viene rápido el destrozo de la Iglesia. Y viene muy rápido.

Los tiempos han finalizado. Estamos en el fin de todo. Los cuatro reinos de Daniel (cf Dn 7, 4ss.) ya se han hecho y establecido en todo el mundo y en la Iglesia. Ahora sólo queda la aparición del Anticristo. Y en eso estamos. Pero, para que pueda aparecer, hay que cambiar la faz de Roma. Hay que darle un lavado de 20 siglos. Por eso, Roma quedará destruida y la volverán a construir para que el Anticristo venga a poner su Reino donde estaba el Reino de Cristo.

Porque el Anticristo no puede instalarse en aquello que huela a santidad. Tiene que poner su ponzoña en todo y aniquilar todo rastro de Verdad. Y, por eso, lo que vemos en Roma es un solo una obra de teatro, porque hay que preparar los nuevos libros litúrgicos y las nueva biblias para que todos estén enterados de la nueva doctrina, la de la fraternidad.

Francisco predica esa basura y nadie le hace ni caso. Hay que obligar a que la gente siga esa basura. Pero, para eso, hay que quitar a ese necio y poner a un hombre inteligente en el gobierno, que no dé sentimentalismos, sino que vaya al grano.

Francisco es un hombre viejo, sin futuro, sin camino para los hombres. No sabe hacer caminar a nadie por la vida, porque él ha pasado su vida haciendo muchas cosas y no haciendo nada. Así es la vida de muchos: se esfuerzan en conseguir algo humano y, después, ven su vacío en la vida.

Porque ya el pecado de los hombres no es como con Adán. Adán y pecó y siguió en su pecado. No tuvo remordimiento. Cuando se dio cuenta de lo que había hecho, ya era demasiado tarde. La vida le fue descubriendo su pecado. Ni siquiera las palabras de Dios pudieron cambiarle en su pecado. Dios dio a Adán la Justicia que se merecía y le puso un camino de misericordia para que entendiera su pecado. Por eso, Adán le costó entender su pecado.

Pero, con Cristo, ya el pecado no funciona así. Con Cristo, la Gracia vive y actúa en todos los hombres, aunque sean los más viles y pecadores. La Gracia amonesta al pecador; la Gracia castiga al pecador; la Gracia condena al pecador. Y, por eso, todo hombre que peca, ve su pecado al momento. Lo ve en su conciencia y en su interior. Rechaza esa luz, pero queda el remordimiento por hacer las cosas mal.

Adán no tenía ese remordimiento. Sentía vergüenza de su pecado, pero no remordimiento. Sentía que había hecho una cosa mal, pero no se encontraba vacío por hacer ese mal.

Hoy día, los hombres, cuando pecan, sienten un vacío en su interior. Eso es la llamada de la gracia. No sólo sienten que han hecho algo malo, no sólo hay una vergüenza, hay más: el vacío que deja en el interior la obra del pecado. Si eso lo siente un hombre del mundo; más lo siente un hombre de la Iglesia, un sacerdote, un Obispo.

Por eso, Francisco se esfuerza en dar una doctrina que va en contra de la Verdad, que es Cristo, que es un pecado, y no puede dormir tranquilo, como Adán. Tiene que sentirse vacío en su obra de pecado. Y, por eso, quien vea a Francisco como un alma en la Iglesia, ve su desconcierto en la Iglesia: no sabe por dónde tirar. Quiere romper con todo, pero no puede. Se dedica a romper cositas: bautiza a un hijo de padres casados por lo civil. Rompe cositas, pero no se atreve a dar el mazo. No tiene carácter, porque no es inteligente.

Eso se ve claro: predica que hay que dar dinero a los pobres y enfurece a los ricos del mundo, porque habla como un comunista. Y eso no gusta al mundo económico que sabe lo que es el marxismo. Francisco no es inteligente ni siquiera para pedir dinero. No sabe. Por eso, hay que cambiarlo. Una buena persona para lo que sirve: para condenarse y condenar a muchos. Pero no sabe poner un camino ni siquiera al demonio. El demonio lo usa mientras prepara el golpe. Cuando esté listo el golpe, el demonio lo aniquila, porque no le sirve para nada.

Francisco no es lo que parece. Ha hecho mucho mal en la Iglesia, pero no va a quedar de él ni su nombre en la Iglesia.

Las babas de Francisco

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Francisco trata la Palabra de Dios como herejía y, de esa manera, el engaño es presentado al mundo, como si su palabra representara la Verdad: “La Iglesia aunque ciertamente es una institución humana e histórica, con todo lo que esto comporta, no tiene una naturaleza política, sino esencialmente espiritual: es el pueblo de Dios”. (Francisco, 16-03-13).

Dice la Palabra de Dios: “Tú eres Pedro y, sobre esta piedra, edificaré Mi Iglesia”. Por tanto, la Iglesia es una institución divina, no humana. Es una Obra de Jesús. Y, como Jesús es Dios, entonces la Iglesia es una obra divina, es algo divino, es algo que nace de Dios; y sus miembros son los hijos de Dios, no los hijos de los hombres.

La Iglesia es para los hijos de Dios, no para los hombres. Luego, nunca puede ser una institución humana ni histórica. Está compuesta de hombres que tienen un Bautismo que los hace ser hijos de Dios. Ya no son hombres. Pero es necesario vivir ese Bautismo, seguir al Espíritu de filiación divina para ser de la Iglesia. Si no se sigue al Espíritu, entonces por más que se esté bautizado, no se pertenece a la Iglesia, no se es Iglesia, no se hace Iglesia.

Y, segundo, la Iglesia no tiene una naturaleza espiritual, sino una vida espiritual que se la da el Espíritu de la Iglesia. La naturaleza de la Iglesia no es un ser como los hombres, como los ángeles, como los animales, etc. La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. No es otra cosa: es algo místico, no es algo espiritual.

La Iglesia está unida a Su Cabeza, porque es el Cuerpo de esa Cabeza. Y es una unión mística, no espiritual. Y, en esa unión mística, se dan muchas almas que se unen en el Espíritu, en una vida espiritual. Esto es la Iglesia. Pero esto no es lo que es la Iglesia para Francisco.

Para Francisco la Iglesia es el Pueblo de Dios. Y ese concepto, esa definición sólo está en la cabeza de Francisco, no está en la Revelación. El Concilio Vaticano II habla de la Iglesia como Pueblo de Dios, pero no define que la Iglesia sea eso. Es su lenguaje pastoral para hablar de la Iglesia, como Jesús habla del rebaño, de las ovejas, de los pastores. Es un lenguaje para dar a entender algo de la Iglesia. Las almas, unidas, forman un pueblo. Eso lo entienden todos. Pero la Iglesia es otra cosa.

Francisco yerra en su definición de lo que es la Iglesia. Y yerra gravemente. Eso que dice Francisco no se puede seguir en la Iglesia de Cristo. Eso lo seguirá Francisco y los que se unan a él. La Verdad no es lo que dice Francisco. La verdad es lo que siempre el Magisterio de la Iglesia ha enseñado sobre lo que es la Iglesia. ¿Por qué, ahora, se hace caso a un hereje que sólo dice lo que le conviene para tener contentos a todo el mundo?

Porque la Jerarquía de la Iglesia ha dejado la Verdad y ha puesto la mentira como dogma, como Verdad. Y, entonces, todos callan ante Francisco, porque su palabra es un dogma en la nueva iglesia. ¡Lo ha dicho Francisco! Esta es la ceguera de toda la Iglesia.

“El mensaje de Jesús es éste: misericordia. Para mí, lo digo con humildad, es el mensaje principal del Señor: la misericordia. El mismo lo ha dicho: “No he venido por los justos: los justos se justifican solos (…) Yo he venido por los pecadores” (Francisco, 17-03.13).

“Para mí”: ésta es la opinión de Francisco. Y, un verdadero Papa, nunca da su opiniones en la Iglesia. Nunca. Aquí se ve que Francisco no es Papa. Francisco quiere meter su idea, la de él, pero que no es la de Jesús.

¿Qué dice la Palabra de Dios?: “He aquí que vengo –en el volumen del libro está escrito de Mí- para hacer, ¡oh Dios!, Tu Voluntad” (Hb 10, 7). Esta es la misión de Jesús en la Iglesia. Éste es su mensaje. Por eso, dice el Señor que no quiere sacrificios, sino Misericordia. No quiere los sacrificios antiguos, sino el sacrifico que lleva a la Misericordia: sacrificar la propia voluntad para hacer la Voluntad de Dios. Y, por eso, viene a perdonar el pecado, no a lapidar al pecador. Viene a que los pecadores hagan penitencia por sus pecados, no viene a salvarlos porque sí, no viene a juzgarlos, como se hacía en el antiguo testamento. Viene para ponerles un camino de salvación y de santidad en su vida.

“Padre, si quieres, aparta de Mí este cáliz; pero no se haga Mi Voluntad, sino la Tuya” (Lc. 22, 41). Jesús quiere salvar a todos los hombres, pero Su Padre, no. En Su Padre pesa la Justicia del pecado de los hombres y, por eso, hay muchos que no quieren salvarse porque prefieren seguir pecando. Y el Padre no regala la salvación a todos los hombres, sino sólo a aquellos que creen en Su Palabra, a aquellos pecadores que, a través de la penitencia, se liberan de su pecado y pueden seguir a Jesús sin la carga del pecado.

Esta es la Verdad que Francisco no dice, porque sólo le conviene predicar una cosa: que Dios no ama, que Dios es Misericordiosos, y todos tan contentos en la vida. Francisco no enseña a hacer penitencia por el pecado, no enseña que no sólo en Dios hay Misericordia, sino también Justicia; y no enseña que no puede darse la salvación natural de todos los hombres. Los hombres no tienen derecho natural a salvarse, que es el fondo de la predicación de Francisco: tú te salvas porque eres una bellísima persona, eres una buena gente que te dedicas a hacer el bien en tu vida. No importa que peques y vuelvas a pecar; ya Dios te perdona siempre: “Bueno, el problema es que nosotros nos cansamos de pedir perdón! Pero El nunca se cansa de perdonar; somos nosotros los que , a veces, nos cansamos de pedir perdón. Y no tenemos que cansarnos nunca, nunca” (Francisco, 17-03.13).

El problema no está en que uno se cansa de pedir perdón. El problema está en que el alma no hace penitencia por su pecado y cae, de nuevo, en su pecado. Hay muchos que piden perdón a Dios, pero siguen pecando, no quieren quitar el pecado, no quieren arrepentirse del pecado. Éste es el problema. Cuando se cae repetidamente en un pecado, la cosa no está en que Dios lo perdona, sino en que el alma no quiere quitar el pecado, y eso trae la Justicia de Dios sobre el alma. Porque aquella alma que no hace penitencia por su pecado, desprecia la Misericordia. La Misericordia no consiste en perdonar el pecado, sino en poner un camino al pecador para que quite su pecado. Un camino de penitencia, que es lo que no enseña Francisco. ¿Pecas? Bueno, pide perdón a Dios, que Él te abraza, te besa y se olvida de tu pecado. Recuerda que tienes que pedir perdón a Dios para que te perdone. Pero Francisco no dice: recuerda que tienes que hacer penitencia para no caer en el mismo pecado.

Francisco nunca enseña la vida espiritual en su nueva iglesia, sino sólo palabras bonitas, hermosas, que a todo el mundo le gusta. Enseña sus babas, que son sus mentiras, lo que él piensa de Jesús, lo que él piensa de la Iglesia, lo que él piensa que es el amor de Dios, la misericordia divina. ¿A quién no le gusta oír que Dios es Misericordioso y que todo lo perdona? Pero ése no es el mensaje de Jesús. Jesús es la Verdad. Y es lo que Francisco nunca puede dar en su nueva iglesia, porque en esa iglesia la mentira es el dogma, es nueva la verdad que hay que seguir. Y la Verdad se convierte, en esa iglesia, en herejía.

Francisco no custodia la Verdad, que es Jesús, en la Iglesia, sino que custodia al mundo:”la vocación de custodiar (…) tiene una dimensión que antecede y que es simplemente humana, corresponde a todos” (Francisco, 19-03-13). En la Iglesia se está para guardar la Verdad, para custodiarla y, por tanto, la custodia tiene una dimensión divina y, lo divino, está antes que lo humano. El hombre custodia su vida humana porque adora a Dios en su corazón, porque custodia a Dios en su corazón.

Francisco dice que la vocación de custodiar tiene una dimensión que es humana. Y, por eso, dice: “Es custodiar a la gente, el preocuparse por todos, por cada uno, con amor, especialmente por los niños, los ancianos, quienes son más frágiles y que a menudo se quedan en la periferia de nuestro corazón” (Francisco, 19-03-13). Esta es la vertiente humanista de Francisco en la Iglesia. Es su sentimentalismo, su afecto por ser hombre y por agradar a los hombres.

Y nadie dice que no hay que hacer un bien a los hombres, pero no como lo quiere Francisco. Dios no manda al hombre custodiar la Creación, sino sólo su corazón: “De todos los árboles del Paraíso puedes comer, pero del árbol de la ciencia del bien y del mal no comas, porque el día que de él comieres ciertamente morirás” (Gn 2, 16). Dios puso al hombre en el Paraíso para que lo cultivase y lo guardase, pero le mandó otra cosa. Primero alejar del corazón la tentación y el pecado y, entonces, se puede guardar la Creación de Dios, los dones de Dios.

Esto es lo que no enseña Francisco. Francisco enseña a amar a todos los hombres, que son sus babas. Es que no se puede amar a todos sin practicar las virtudes, porque muchos hombres no quieren ser amados, sino que hacen daño si se les hace un bien.

¿Dónde está en el Evangelio que hay que preocuparse por todos? Eso sólo está en la cabeza de Francisco, pero no en la Mente de Cristo. Es una frase muy hermosa, tan bonita: preocuparse por todos; pero es un utopía, es un imposible. Sólo Dios puede conocer a todo el mundo y estar en la vida de todo el mundo al mismo tiempo. Dios no manda cosas utópicas al hombre. Dios le da una realidad al hombre: preocúpate de no pecar y, entonces, todo estará bien en tu vida y en la vida de los demás.

Francisco, desde que se sentó en la Silla de Pedro, no hay puesto el dedo en la llaga de lo que es el problema del hombre actual: su pecado que no quiere quitarlo porque no cree en él. Éste es el problema de toda la Iglesia actual. Por eso, no hay uno digno que se pueda sentar en la Silla de Pedro, porque todos los hombres estamos inmersos en el mayor pecado de todos: la apostasía de la fe. No hay una cabeza que diga la Verdad. Y, por eso, Francisco predica cosas bonitas que agradan a la gente que ya no vive para quitar su pecado, para luchar contra su pecado, sino que sólo vive en su pecado, de su pecado, dando culto a su vida de pecado. Francisco está sentado en esa Silla para animar a la gente a que siga pecado en su vida. Esas son sus reales babas en la nueva iglesia que ha construido en Roma.

Francisco es un gran hereje. Tienen que ver todo lo que ha predicado, hablado, obrado en la Iglesia. No es que haya dicho una mentira y, después, haya seguido dando la Verdad en la Iglesia. Es que no ha parado de decir mentiras en la Iglesia desde el principio, como el demonio. Y las ha dicho con palabras bonitas, con su lenguaje doble, con su múltiple cara, dando una de cal y otra de arena, dando un gusto uno y otro gusto a otros.

Las babas de Francisco son desde el principio, no son desde ahora. En su último panfleto comunista-marxista evangelii gaudium se ven claramente las babosidades de Francisco. ¡Es que hay que estar ciegos para no verlas! Sólo el que vive en el pecado, como lo hace Francisco, puede decir que Francisco es un santo, que se atiene al Magisterio de la Iglesia, que es la nueva primavera de la Iglesia.

Sólo los estúpidos pueden decir esto. Sólo los que besan el trasero de Francisco dicen cosas como éstas: “El Papa responde porque él interpreta efectivamente el amor de Dios Padre hacia todas sus creaturas” (Padre Lombardi 28-12-13). ¡Qué manera de dogmatizar la mentira en la Iglesia! Asi se habla ahora en la Iglesia.

Francisco es el que interpreta el amor de Dios hacia todas sus criaturas. ¡Dios mío, qué gran santo tenemos en Roma! “El haber concentrado el anuncio en el amor de Dios, en su misericordia, en su cercanía a todos, en su deseo de bien y de salvación para todas sus creaturas”(Padre Lombardi 28-12-13), ha sido el logro de Francisco.

Cristo es el que interpreta el amor de Dios hacia todas sus criaturas. No es Francisco. Y no porque sea un hereje, sino porque Francisco no sabe lo que es el amor de Dios. El que ama, con el amor de Dios, no puede pecar. Francisco, peca. Luego, no tiene ni idea de lo que es el amor de Dios. No sabe interpretarlo. Francisco peca y no quiere quitar su pecado. Entonces, ¿cómo quiere interpretar el amor de Dios hacia todo el mundo? Con frases bonitas, hermosas, llenas de vacío espiritual. Con sus mentiras diarias, con sus engaños en la Iglesia, son sus obras de maldad. Y todos aplaudiendo a Francisco, porque, ahora se dogmatiza el pecado, la mentira. Así hablan en Roma ahora, porque ya no creen en la Verdad. Se han abierto al mundo, a fornicar con el mundo y a poner en la Iglesia el amor al pecado de todo el mundo.

¡Qué pocos en la Iglesia disciernen lo que es Francisco! Porque viven lo mismo que él vive: se negación a la Verdad. Quieren entender el amor de Dios con sus brillantes pensamientos, con sus dedicaciones en la vida, con sus interpretaciones. Y así cualquiera es maestro de los idiotas y de los estúpidos, como el Padre Lombardi, que no sabe ni lo que está diciendo en su estupidez.

Quien quiera seguir dando culto al pensamiento de Francisco, a sus opiniones en la Iglesia, que lo siga haciendo. Allá él, que trabaje por el reino del demonio en Roma. Pero la Verdad no pide interpretaciones de nadie: en la Iglesia estamos para decir las cosas como son. Y a quien no le guste que se aguante, pero que no opine que Francisco es el grande entre los grandes porque sabe interpretar el amor de Dios con su humanismo, con su comunismo, con su marxismo, con sus sentimentalismos. Eso funciona en la nueva iglesia en Roma, pero eso es la herejía que Francisco da en la Iglesia de Cristo.

Ahora, se habla un doble lenguaje, desde Roma. Se habla para los interesados en las opiniones de Francisco, para ganar adeptos a la nueva iglesia en Roma. Y, por tanto, se habla en contra de la Verdad, en contra de la Iglesia de Cristo.

No esperen que la Jerarquía de la Iglesia condene a Francisco. No. Cada uno de ellos le besa el trasero y da culto a su mente humana, desviada totalmente de la Verdad. No se crean lo que unos idiotas, llevados por su autoridad en la Iglesia van a hacer ahora: poner en la Iglesia el dogma de la mentira, el dogma de la opinión de Francisco y de sus sucesores. Porque Francisco se va, se tiene que ir. Eso es claro para el que no tiene una venda en los ojos. Pero viene el temido, el arrogante, el que va a destrozar todo el dogma poniendo la mentira como Verdad y anulando toda la Verdad en la Iglesia.

Francisco ya ha hecho lo que tenía que hacer: romper el fundamento de la unidad de la Iglesia, que es Pedro. Ya no hay verdad. Sólo queda lo que ocho herejes den en la Iglesia, el dogma de la mentira que viven esos ocho herejes. ¿Qué esperan de Cardenales que niegan los dogmas, en el gobierno de la Iglesia? ¿Una primavera? ¿Un camino espiritual hacia la verdad y el bien? El hereje que gobierna sólo da su herejía, su mentira, su infierno en la Iglesia. ¿Es que todavía no han comprendido que no se puede gobernar con la mentira en el corazón, viviendo la mentira? ¿Es que no hay suficiente experiencia en el mundo, en los gobiernos del mundo, para darse cuenta de la trampa que es el gobierno horizontal que ha puesto el bobo de Francisco? ¿Por qué no disciernen las cosas como son? ¿Por qué siguen creyendo en un idiota como es Francisco? Porque viven su misma vida. Y no hay otra respuesta. Cada uno lucha por el ideal que tiene en su corazón. El que es del demonio lucha por dar culto al demonio. El que es de Dios lucha por hacer la Voluntad de Dios así le cueste la vida.

Las babas de Francisco son los nuevos dogmas en la nueva iglesia, en la falsa iglesia que se ha levantado ya en Roma. Y la Verdad ha quedado oculta para todos. Sólo aquel que luche por Cristo tendrá la Verdad en su corazón, pero aquel que luche por agradar a los hombres, por darle un alimento, un pan material a los hombres, sólo será llevado por el demonio hacia su condenación.

Francisco: ambigüedad, utopía y comunismo

guadalupe

El reinado de Francisco en Roma son tres cosas fundamentales: ambigüedad, utopía y comunismo.

Estas tres realidades son desde el principio, desde que fue elegido falsamente por lo Cardenales.

Francisco ha sido elegido lícitamente por la ley de la Iglesia, según los cánones del derecho de la Iglesia, pero de una forma inválida por la ley divina. Por tanto, no es el hombre que profetiza San Francisco que se eleva al Pontificado para llevar a muchos al error.

Ese hombre es el que sustituye a Francisco de una forma ilícita e inválida.

Francisco es el primero de muchos que pasarán por el gobierno comunista de Roma para imponer la doctrina del demonio al mundo, formando una nueva iglesia, una falsa iglesia.

Francisco, en su reinado desdichado en Roma, es un hombre que no sabe gobernar, que no tiene las ideas claras de lo que es estar en una cabeza para poner una guía a las almas en la Iglesia. Eso se ha visto desde el principio de su elección. Eso es claro para que el que tenga dos dedos de frente.

Francisco comenzó su reinado como falso profeta, es decir, engañando con la palabra a toda la Iglesia. Pero su profecía falsa no viene del espíritu, sino de su cabeza, porque él no cree ni siquiera en la existencia del demonio. Él habla del demonio y del pecado pero como entes no reales, sino que están en la imaginación o en la cabeza de muchos.

Francisco sigue los pasos de idealismo, es decir, todo es fruto de la mente del hombre. El hombre se inventa la realidad de todo lo que ve. La verdad está en la mente y eso, después, se transforma en algo real.

Pero el problema de este idealismo de Francisco es que no es como el de Kant o el de Hegel, sino que es utópico, es decir, son ideas que son imposibles de poner en la práctica, en la realidad. Kant, en su idealismo era un hombre práctico en su vida. Francisco no. Francisco vive su vida y predica una utopía, un idealismo que no siquiera él sigue, porque no puede.

No se puede decir que hay que dar de comer a mil millones de personas. Eso, no es sólo un idealismo, sino una utopía. Escandalizarse porque haya hambrientos en el mundo es de personas utópicas, que no ven el mundo en su realidad, como es, sino que lo ven en su pensamiento, en su idea. Y, por tanto, estas personas, para poner un camino a su utopía, lo hacen con una idea absurda, imaginaria, falsa, una fábula: piden dinero para ayudar a toda la humanidad.

Si todo consistiera en pedir dinero, entonces fácil es quitar el hambre en el mundo. Esto lo ven todos, menos él.

Francisco está obsesionado, no por lo pobres, sino por el dinero. Una persona inteligente pone un camino inteligente para resolver un problema económico. Pedir dinero no es camino para nadie en el mundo. Los políticos piden dinero, pero de otra forma, mediante impuestos, etc. Pero no piden dinero sin más. Piden dinero inteligentemente, es decir, con malicia, para su avaricia.

Francisco es el único que pide dinero sin más. Es su utopía, que nace de su comunismo o humanismo.

El humanismo de Francisco es sólo su comunismo, su querer poner en común todos los bienes de los hombres para resolver sus problemas humanos. Así piensa todo comunista en la mente, en la razón, en la filosofía. Después, en la práctica, es otra cosa, como la experiencia nos enseña con Rusia.

Francisco no presenta a un Jesús Redentor, con una Obra Redentora en la Iglesia. Hace mucho Francisco dejó de creer en la Divinidad de Jesús. Por tanto, sólo puede hablar de Jesús en su realidad histórica, humana, natural, carnal, pero no espiritual.

Para Francisco Jesús es una memoria del pasado, en la historia, que hay que hacerla actual, hay que modernizarla, hay que obrarla en este mundo de hoy, siguiendo las coordenadas del mundo, de los hombres. Por eso, para él la interpretación del Evangelio es según la cultura, la ciencia, la filosofía que predomine en el mundo o ente los hombres. No se puede interpretar el Evangelio según el Espíritu de Cristo.

Por eso, en un mundo con problemas económicos, Francisco acomoda el Evangelio según las necesidades materiales de este mundo. Y, por eso, pide dinero y dice que la Iglesia está para dar solución a los problemas de los hombres en sus vidas humanas.

Para Francisco, al anular la Obra de la Redención de Jesús, sólo se puede dar la obra humana de ayudar y de resolver problemas humanos.

Para él la vida no es una elección: cielo o infierno, Dios o demonio, gracia o pecado, verdad o mentira.

Para Francisco la vida consiste en que los hombres vivan bien humanamente y tenga de todo en sus vidas. Que los hombres puedan desarrollarse, crecer para lo humano, pero no para lo espiritual. Lo espiritual, para él, es un ideal, pero no una vida. Es algo que todos los hombres tienen en sus vidas: cada uno cree en su dios, vive una vida religiosa, tiene su moral o es amoral, etc. Cada uno vive en su mente una forma de adorar a Dios y de buscarle. Pero la vida, para él, no es eso. Sino que la vida es lo humano, buscar el reino del hombre en la tierra.

Francisco cae siempre en lo de todos los fariseos en el tiempo de Jesús, que esperaban a un Mesías humano para un Reino humano.

Por eso, Francisco anuncia al Anticristo, precede al Anticristo, que será un Rey humano para un reino o gobierno de hombres en el mundo.

Francisco nunca va a predicar el Reino de Dios en la tierra, porque ni siquiera cree en la Iglesia.

Por eso, Francisco, como falso profeta, tiene un lenguaje ambiguo, doble, de muchas palabras que no dicen nada, que no llevan a nada. Palabras sencillas, pero para bobos, para palurdos, para gente que no sabe nada de la vida. No son palabras sencillas que nacen de una sabiduría, de una inteligencia. Son palabras de una persona inculta, ignorante de todas las cosas, aun las más mínimas de la vida. Sólo le interesa en ese discurso ambiguo su vida humana, su bienestar en la vida humana. Por eso, tiene que predicar que Dios es amor y que ama a todos y que salva a todos. Pero nunca pone un camino para salvarse, para tener misericordia, para quitar el pecado, etc. Sólo va a lo que le interesa: hagan un bien humano y ya se salvan. Como todos los hombres somos muy buenos, Dios nos salva por nuestras obras buenas humanas.

Francisco cae en todas las herejías. No tiene una en que no caiga. Las pose todas, pero como no las fundamenta en algo filosófico o teológico, entonces la gente no cae en la cuenta de la herejía.

Sus herejías las pone en obra sin más, sin pensar, porque así vive desde hace mucho tiempo. Vive para su mentira, porque su mentira es su verdad.

Y, por eso, tiene que dar a la Iglesia un camino de mentira y de pecado, porque es lo que vive. Pero lo malo en la Iglesia no es tener a este hombre. Lo malo es que la Iglesia lo sigue, es decir, no se enfrenta a su ambigüedad, a su utopía, a su comunismo. Esto es lo preocupante para toda la Iglesia.

Si la Iglesia tuviera un poco de fe, si las almas que están en la Iglesia supieran discernir sus vidas a la luz del Evangelio, entonces la cosa sería de otra forma con Francisco. Pero todos le siguen el juego. Y eso es la ruina de la Iglesia. Quien sigue a un hereje, se hace hereje.

Ahora todo en Roma consiste en una predicación para el hombre: “la trata de personas es un crimen para la humanidad”, “hay que amar y proteger la creación”, “es necesario tener una fe religiosa en nombre de la humanidad”, etc. Todo consiste en lo opuesto a la Obra de la Redención de Jesús, que vino a salvar y a santificar. Y, por tanto, no hizo una religión para la humanidad, sino que hizo una Iglesia para cada alma.

El bien que hay que hacer al otro es sólo un bien concreto. El prójimo es una persona, no es la humanidad. Este es el fallo del humanismo de Francisco. Francisco no ve a la persona, sino a la humanidad.

Jesús sólo ve a cada alma, a cada persona en particular. Y pone a cada uno un camino para salvarse y santificarse.

A Francisco no le interesa la persona, sino la humanidad. Eso es lo propio del comunismo. Por eso, él habla de una fe para la humanidad, de un amor para la humanidad. Hay que creer en el hombre, hay que amar al hombre en general. Está cayendo en su utopía, porque es imposible amar la humanidad.

Jesús nunca amó a la humanidad, sino que ama a cada hombre en particular, y hace una Iglesia para cada hombre, para cada alma. Y nos une a todos en Su Iglesia, pero en el Espíritu, no en lo humano. En el amor del Espíritu, no en el amor de los hombres.

Francisco quiere unir a todos los hombres según su ideal, que es una cosa totalmente ambigua, sin sentido. Francisco nunca va al problema espiritual del hombre actual, sino que se esfuerza por resolverlo todo según lo humano y acudiendo a los hombres. Por eso, sólo tiene bellas palabras sobre los problemas de los hombres, pero no da una solución concreta a nada.

No da la solución de Cristo: ¿tienes hambre? Quita tu pecado. ¿Hay guerras en el mundo, drogas, armas, maltrato social, etc? Que cada uno quite su maldito pecado. Y todo se soluciona.

Pero esta solución, que es la doctrina de Cristo, que es la Vida de Cristo, no es lo que predica Francisco.

Jesús vino a cargar con los pecados de los hombres, no vino a dar de comer a nadie, no vino a solucionar los problemas de las drogas, de la mafia, etc. En la Iglesia no hay que esforzarse por dar solución a los problemas de los hombres.

En la Iglesia estamos para ser víctimas y así salvar y santificar las almas. Jesús vino a ser mártir, a dar Su Sangre por los hombres. Nuestra fe se apoya en una Sangre Divina derramada para salvar y santificar. Nuestra fe no se apoya en un vago ideal de amor hacia la humanidad, como es la que presenta Francisco.

Toda su predicación es sólo eso: “los cristianos reconocemos el rostro de Jesucristo, que se ha identificado con los más pequeños y los más necesitados.” Esta su fe ambigua, que no es la fe en la Palabra de Dios. No es una fe robusta, no es una fe viril, que no tiene miedo de dar la Verdad y de decir la Verdad a los hombres: si queréis paz, quiten sus pecados.

Francisco predica para dar gusto a todos los hombres. Cosas hermosas, pero utópicas. No se pueden realizar, de ninguna manera, porque no existe el amor a la humanidad. Sólo existe el amor concreto a cada persona. No existe el ideal del amor, existe la obra del amor. Y esa obra lleva a una muerte, a una crucifixión, aun despojo de todo lo creado, de todo lo humano.

El mundo sólo se salva con almas víctimas, no con gente que dé su dinero y que proponga planes para resolver los muchos problemas que hay en el mundo. Cuando más hablan de paz los hombres, más cerca está la guerra entre ellos.

La Iglesia, con Francisco, a la cabeza, sólo habla de la paz entre los hombres. Malísimo. La Palabra de Dios es una espada cortante, y Jesús viene a poner división, guerra entre los hombres, en las familias. Jesús no viene a hermanar a nadie. No somos hermanos porque seamos hijos de Dios, que es lo que están predicando todos ahora.

Somos hijos de Dios para ir al Cielo. Y quien no quiera ir al Cielo es un hijo del demonio. Y los hijos de Dios se enfrentan a los hijos del demonio en el mundo y en la Iglesia. Luego, no puede darse la hermandad entre los hombres nunca. Es una utopía decir que los hombres somos todos hermanos y que existe ese amor entre todos los hombres. Es una idea necia y utópica, imposible de llevarla a la práctica de cada día. Lo que hay que practicar, cada día, son las virtudes para poder amar a aquellas personas con las que nos topamos en el día. Ahí está el amor concreto y difícil de la vida: dar la Voluntad de Dios al prójimo. Eso es una batalla diaria de discernimiento espiritual.

En la vida de la Iglesia hay siempre una lucha que nunca termina: contra el demonio, contra el linaje del demonio. Y aquel que en la Iglesia no quiera luchar en contra de los hombres, es sólo un demonio más en la Iglesia, que está en la Iglesia para destruirla, porque sigue a su padre, el diablo.

Francisco es un demonio que gobierna muchos demonios como él. Es cabeza de demonios. Pero tendrá que dejar su gobierno a otro más capaz para hacer lo que el demonio quiere en la Iglesia. El demonio contenta a la Iglesia ahora con las fábulas de Francisco. Pero no se va a aquedar en las utopías de un hombre que no sabe ni siquiera lo que es el poder del demonio.

El demonio quiere destruir la Iglesia. Y no se destruye dando de comer a los pobres, sino aniquilando toda verdad, todo dogma en la Iglesia.

El camino ya lo ha puesto Francisco al anular el Papado. Esa ha sido su obra como anticristo: ha echado del centro de la Iglesia a Cristo. Es decir, quien gobierne la Iglesia ya no es el Vicario de Cristo, la Voz de Cristo, sino el vicario de Satanás, la voz de Satanás. Ahora el centro de la nueva iglesia es el demonio.

Pero no es suficiente con quitar el centro. Hay que quitar el amor de la Iglesia: que es la Eucaristía, que es el motor de toda la Iglesia. Se ha quitado la cabeza, pero no el corazón. Ahora comienzan a quitar el corazón. Y cuando se pare, cuando deje de latir, se acabó la Iglesia en Roma. Habrá que irse de esa Roma que ya es la Ramera de todo el mundo.

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