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La Eucaristía es la gloria de los perfectos

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«De corazón creemos y con la boca confesamos una sola Iglesia, no de herejes, sino la Santa, Romana, Católica y Apostólica, fuera de la cual creemos que nadie se salva» (Papa Inocencio III , De la Carta Eius exemplo al arzobispo de Tarragona, de 18 de diciembre de 1208, D 423).

La Iglesia Santa no es la de los herejes.

La Iglesia, que Cristo ha levantado en la roca de Pedro, no es la de los herejes.

Bergoglio está construyendo la iglesia de los herejes. Esa iglesia no es la Iglesia Santa, Romana, Católica y Apostólica. Es una secta más, regida por el heresiarca Bergoglio.

¡Cómo cuesta de entender esta verdad!

Y la gente sigue pendiente de las noticias de un hombre que no sabe hablar con la verdad en su boca, porque saca de su cosecha lo propio que él tiene: la mentira.

Con su pensamiento engendra la mentira, y eso es lo que habla cada día.

¡Cuántos necios que van en busca de la palabra mentirosa de este heresiarca!

Esos católicos, que se glorían del nombre católico, son también criminales herejes.

Porque si el católico no rechaza al hereje sea anatema:

«Si alguno no anatematiza a Arrio, Eunomio, Macedonio, Apolinar, Nestorio, Eutiques y Orígenes, juntamente con sus impíos escritos, y a todos los demás herejes, condenados por la santa Iglesia Católica y Apostólica y por los cuatro antedichos santos Concilios, y a los que han pensado o piensan como los antedichos herejes y que permanecieron hasta el fin en su impiedad, ese tal sea anatema» (II Concilio de Constantinopla, 553  – D 223, can. 11).

Bergoglio piensa como Arrio, Macedonio, Nestorio, que han sido ya condenados por la Iglesia. Bergoglio permanece en su impiedad. Y se va a morir siendo un hereje público.

Bergoglio sigue a todos esos herejes en su criminal doctrina comunista. Bergoglio es anatema. Y todo católico que obedezca a Bergoglio es también anatema.

El católico no puede vivir pensando como piensa Bergoglio y compañía. Tiene que escupir el pensamiento de Bergoglio de su vida eclesial. Tiene que rechazar TODA la doctrina de Bergoglio si quiere pertenecer a la Iglesia verdadera, a la Iglesia católica, que sólo es una y que no es de herejes. En esa unidad no entran los herejes. No pueden entrar.

Los herejes no pertenecen a la Iglesia Católica, aunque estén vestidos con la sotana, o celebren una misa o administren sacramentos.

«¿Todavía no tenéis la inteligencia de la fe?» (Mc 4, 40)

Si «Jesús no es un Espíritu» (28 de octubre del 2013), entonces «la eucaristía no es un premio para los buenos, sino la fuerza para los débiles, para los pecadores. Es el perdón y el viático que nos ayuda a andar, a caminar» (4 de junio del 2015), porque «la eucaristía es un acto de memoria… el pan y el vino se transforman en el Cuerpo y en Sangre de Cristo» (LF, n. 44); es decir, la Eucaristía es una galleta, que es la fuerza para los pecadores, alimento de su pecado y estímulo para seguir en sus malditos pecados.

Bergoglio no cree en la Divinidad de Jesús. Ni siquiera cree en Dios: es sólo un ateo más que se ha aprendido el dogma para atacarlo desde dentro de la Iglesia.

Hay que saber, a estas alturas de la historia, después de dos largos años, quién es Bergoglio y cómo hay que llamar a Bergoglio.

Y no interesa que oficialmente esté donde no tiene que estar: sentado en la silla de Pedro. Eso no interesa.

Lo que le importa al católico es llamar a cada cosa por su nombre, porque esto es lo que se aprende en la Iglesia Católica que, por ser la Verdad, puede juzgar a todo el  mundo con esa Verdad y poner nombres a todo el mundo, como Adán hizo con todos los seres de la Creación.

La Iglesia, que Cristo ha fundado, es el Nuevo Paraíso. Y el Nuevo Adán ya ha puesto nombre a los que no quieren creer:

«Serpientes, raza de víboras, ¿cómo escapáis al juicio de la gehena?» (Mt 23, 32).

Bergoglio es una serpiente. Los católicos que obedecen a Bergoglio, sean fieles o jerarquía, son otras serpientes.

Y el católico tiene que saber dominar a la serpiente si no quiere ser alcanzado por su veneno mortal.

Todos los Papas de la Iglesia han llamado a los herejes criminales:

«…todos los herejes… se hallan en la perfidia de los judíos y de los paganos» (Concilio Romana, 382 – D 81).

Todos los herejes permanecen en la deslealtad, en la traición y en el quebrantamiento de la fe católica. Son criminales: con sus ideas matan las almas de los católicos.

La Eucaristía es premio para los buenos, porque «en la Eucaristía, antes de todo uso, está el autor mismo de la santidad» (Concilio de Trento – Cap. 3. De la excelencia de la santísima Eucaristía sobre los demás sacramentos – D 876). El que Es la Santidad, el que hace la santidad en las almas, hace un Sacramento para los santos, no para los pecadores.

En la Eucaristía está el Santo de los santos que enseñó:

«Sed perfectos (τελειοι) como vuestro Padre celestial es perfecto (τελειος)» (Mt 5, 48).

El resultado (τελος), el ideal, la cima, el más alto grado en la vida espiritual es ser como el Padre Celestial.

Y «escrito está: “Sed Santos porque Yo Soy Santo”. Y si invocáis al Padre, que sin acepción de personas juzga a cada uno según su obra, vivid en el temor durante el tiempo de vuestra peregrinación, sabiendo que no con cosas corruptibles, con oro y con plata, habéis sido redimidos, sino con la Preciosa sangre del Cristo, Cordero incontaminado e inmaculado» (1 Pe 1, 17-19).

«Vivid en el temor»: no pequéis; luchad contra vuestro pecado. Que el pecado es daga que abre en el alma el conocimiento de la maldad. Y quien piensa el mal, lo obra y lo vive. Se hace de la raza de los malditos, raza de víboras.

Los católicos somos una raza divina:

«… en Él vivimos, nos movemos y existimos, como algunos también de vuestros poetas lo han dicho: “Pues de él también linaje (γένος) somos”» (Act 17, 28).

El origen de los católicos es la Sangre de Cristo, que va purificando nuestros genes, nuestro adn hasta hacerlo lo más semejante a Él.

El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios, don divino que Adán perdió para todo el linaje humano. Y ha sido Cristo, con su Sangre, el que ha devuelto al hombre lo perdido en el pecado original; es Cristo en la Eucaristía el que lleva al hombre al origen de su creación: a la pureza de alma y de cuerpo. ¿Cómo puede habitar el Santo de los santos en un alma y en un cuerpo manchado por el pecado, sumergido en las aguas de su impureza, de su contaminación intelectual? Jesús no vive en un homosexual, ni en un ateo, ni en un hereje, ni en ninguna alma que no quite el pecado de su vida. Jesús no alimenta a un pecador para que siga siendo pecador. Jesús es sólo alimento de los santos porque Él es el Santo.

No hay Iglesia sin la Eucaristía, porque la Iglesia es el Calvario: es Cristo sufriendo y muriendo por los pecados de cada alma.

Hoy se va hacia una iglesia sin Cristo, sin la Eucaristía. Y, por eso, se ofrece la Eucaristía a los pecadores, a los que no quieren quitar sus pecados. Es necesario formar los nuevos sacramentos: los que abren en el alma la puerta al demonio, para que éste entre sin problemas en la vida de los hombres.

Es necesario recibir dignamente al Señor en el Sacramento de la Eucaristía. Y, por eso, no se puede dar a los pecadores, a los que viven en sus pecados, porque no es un galardón para ellos, no es un honor para ellos. Sus pecados no merecen al Santo de los santos.

No se premia al que ama su pecado, al que obra su pecado. Se premia al que se esfuerza por quitar su maldito pecado de su vida.

Para recibir a Jesús Eucaristía es preciso estar limpios de pecado mortal. De otra manera, la Eucaristía se convierte en un juicio contra la misma alma: se transforma en camino de condenación.

Aquel que comulga al Señor sin el pecado mortal, recibe en su alma la gracia que le santifica, que le lleva a la santidad, a asemejarse al Padre, por medio de Su Hijo. Porque

«Nadie va al Padre, sino por Mí» (Jn 14, 6).

No quieras ser santo como el Padre Celestial si te atreves a comulgar en pecado mortal a Su Hijo en la Eucaristía.

No quieras amar al Padre si odias al Hijo recibiéndolo en tu pecado.

Somos linaje de Cristo, que es inmaculado e incontaminado.

No somos una raza de pecadores insensatos, no somos maricones dados a la lujuria de su carne, no somos herejes que dan culto a los dioses de su razón humana, no somos apóstatas de la verdad que sólo miran la estupidez de sus vidas humanas.

Somos a semejanza de Dios, en Cristo Jesús.

«No podéis beber el cáliz del Señor y el cáliz de los demonios; no podéis participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios» (1 Cor 10, 21).

No puedes obedecer a Bergoglio como tu papa. No puedes sentarte a la mesa de su doctrina. No puedes partir el pan acudiendo a una celebración eucarística que él presida. No puedes pertenecer a la iglesia de Bergoglio. No puedes hacer eso y después comulgar a Cristo en la Eucaristía.

¿Comulgas y después tienes a Bergoglio como tu papa?

«… no es reprensible orar en cualquier disposición en la que uno se halle y acordarse del Señor en cualquier estado, ni pedir auxilio; pero es prohibido acercarse a las cosas santas y al Santo de los santos al que no sea completamente puro en alma y cuerpo» (San Dionisio de Alejandría, el Grande – Carta al obispo Basilides).

Está prohibido comulgar en pecado mortal, porque es necesario ser puro en alma y en cuerpo. Y completamente: hay que quitar el pecado, no sólo  mortal, sino incluso el venial; y hay que ajustarse al ayuno del cuerpo antes de recibir la Eucaristía.

Eres reprensible si tienes a Bergoglio como papa, si sigues su doctrina, si la publicas como algo que hay que leer. Estás pecando. Estás comulgando con un hereje. Y eso es pecado mortal. ¿Cómo te atreves a comulgar así?

Por eso, la Iglesia está sumergida en una gran oscuridad: la del pecado mortal. Todos están bailando al son del heresiarca Bergoglio.

Todos están partiendo el pan en la mesa del heresiarca Bergoglio.

Y no hay acepción de personas: ni siquiera Burke se salva de esta quema, de este gran desastre que viene para toda la Iglesia.

La Eucaristía es el pan de ángeles, no es el pan de los pecadores.

«Pan de ángeles comió el hombre (Salm 77, 25)… los que comieron aquel pan todos murieron en el desierto; mas este alimento que recibe, este pan vivo que bajó del cielo (Jn 6, 51), da la sustancia de la vida eterna, y cualquiera que lo coma no morirá eternamente, y es el cuerpo de Cristo… todo el que lo gusta con reverencia no podrá experimentar la corrupción» (San Ambrosio – Sobre los misterios).

Si hemos sido hechos dignos del pan del cielo, que es Jesucristo, entonces también es necesario llevar una vida digna, imitando al que comemos en la Eucaristía.

Hay que gustarlo con reverencia, con la reverencia de la gracia que está en el alma sin pecado. No con la reverencia de las palabras huecas y bonitas, que son blasfemas en la boca de los que no creen en el pecado.

Cristo no vivió para un premio en su vida, sino para realizar la Voluntad de su Padre. Vivió para una Cruz, un dolor, un sacrificio.

¿Vas a darle la comunión a uno que no mueve un dedo, que no se sacrifica para quitar su maldito pecado?

¿Qué es Cristo para muchos católicos? Sólo un lenguaje bello y barato. Pero no es una vida, no es el que marca su vida humana, no es el que da sentido a su vida humana. Cristo te da la sustancia de la vida divina: te hace divino. Te hace glorioso. Cristo Eucaristía es la gloria de los perfectos, es la gloria de los que buscan la santidad de su vida humana, la corona de gloria que no se marchita.

Los herejes premian a los herejes, hacen una comida para ellos: «la eucaristía es… la fuerza para los débiles, para los pecadores».

La eucaristía es la fuerza para el alma santa, manjar del espíritu, que otorga un aumento de gracia santificante.

El que vive en su pecado mortal no puede recibir esta fuerza santa, porque o se está con Dios o se está en contra de Dios. «No se pueden servir a dos señores».

La eucaristía une íntimamente con Jesucristo. Y allí donde esté el pecado, está la división, es imposible la unión con Dios.

La comunión le sirve a un pecador para su condenación, camino que traza el demonio en su vida desde el momento de la comunión sacrílega:

«Que ninguno, pues, sea fingido, ni lleno de maldad, ni tenga el pensamiento envenenado, para que no se haga partícipe de la condenación. Porque entonces, precisamente después de recibida la oblación, el diablo entró en Judas, no habiendo menospreciado el cuerpo del Señor, sino menospreciando a Judas por su desvergüenza, para que aprendas que con más frecuencia e intensidad entra e irrumpe el diablo en los que participan indignamente de los divinos misterios, como entonces le ocurrió a Judas. Pues los honores ayudan a los que son dignos de ellos, pero a los indignos los arrojan a un suplicio mayor» (San Juan Crisóstomo – Homilía sobre la traición de Judas).

Jesús menosprecia al alma que le comulga en pecado mortal. Porque ha dado al alma el conocimiento de lo que es bueno y de lo que es malo. Y según ese conocimiento, el alma lleva la espada de la justicia colgada sobre su cabeza.

Los honores ayudan a los que son dignos: se premia con más gracia a los que reciben santamente al Santo de los santos.

Pero a los indignos los arrojan a un suplicio mayor: entra en ellos Satanás para guiarlos al fondo del infierno.

Están levantando una iglesia para los pecadores, para hacer caminar al hombre en su pecado, y que así viva sólo mirando su pecado.

Se quiere dar la comunión a los divorciados, a los homosexuales, a los adúlteros, a los herejes… ¿Qué es lo que viene para la Iglesia?

Hombres poseídos por el demonio sólo por comulgar indignamente a Cristo en la Eucaristía: «entró en él Satanás». Sus almas quedarán poseídas y se condenarán con el aplauso oficial de toda la Jerarquía. Toda la Jerarquía, esos que hoy obedecen al heresiarca Bergoglio, van a ayudar a condenarse a muchas almas dentro de la Iglesia.

Llega la hora de seguir viviendo sin mirar lo que pasa en el Vaticano. Ya Roma no es el norte de la Verdad. No hay que estar haciendo caso a las palabras de un hereje. No hay que estar en la noticia de Bergoglio.

La Iglesia es Cristo: hay que vivir mirando a Cristo, haciendo la vida que Cristo quiere para el alma.

Muchos católicos van a seguir confundidos cuando ese hereje publique sus escritos sobre la ecología. No han sabido atacar al hereje en este tiempo. Tampoco lo sabrán hacerlo a partir de ahora.

Es hora de llamar a cada cosa por su nombre. Si todavía no lo has hecho, sencillamente eres un hereje como todos los demás.

Es tiempo de separar el trigo de la cizaña. Y eso se hace con castigos, con purificaciones, con sufrimientos, con persecuciones.

Y no hay más ciego que el que no quiere ver. Por eso, la Iglesia católica está llena de ciegos que no quieren ver. No les interesa ver. Lo que les interesa es seguir manteniendo a un hereje.

Al verdadero católico sólo le interesa escupirle a la cara a ese hereje. Pocos católicos hay que hagan esto porque se han vuelto políticamente correctos. Son veletas del pensamiento humano. Y pasan sus vidas dando besos y abrazos a todos los hombres para que les vean que son buenísimas personas.

Llamen a cada cosa por su nombre y se salvarán de lo que viene a la Iglesia. Sigan llamando a las cosas como los hombres las llaman, y el diablo entrará en sus almas para poseerles hasta el final.

La comunión en la mano: culto a Satanás en la Iglesia

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«Un alma me contó de un cardenal alemán que estuvo bastante cerca de nosotros, aquí. El alemán y el italiano deben permanecer en el purgatorio hasta el día en que se prohíba recibir la Comunión en la mano, y el norteamericano deberá permanecer en el purgatorio hasta el día en que la Comunión en la mano se prohíba en todos los Estados Unidos y se reinstaure la Comunión en la lengua. Pasado un tiempo, pregunté de nuevo cuáles eran sus nombres pero tampoco recibí ninguna respuesta. Con respecto al cardenal alemán, me contó el padre Matt que en el lecho de su muerte expresó que había cometido un gran error al promover la Comunión en la mano. Como siempre ocurre, nunca se publica esta clase de hechos, y por lo tanto se produjo el daño» (Pag. 30 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

Entre los católicos hay mucha ignorancia y confusión sobre su fe. Y esto procede sólo de una cosa: no se cumple con los mandamientos de la ley de Dios.

Todo está en lo que Dios revela al hombre. En esa Verdad Revelada, el hombre conoce lo que tiene que hacer en su vida para poder salvarse y santificarse.

El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que hay que amar a Dios sobre todas las cosas. Y aquí viene el problema: ¿qué es amar? ¿qué es el amor? ¿un sentimiento humano? ¿cumplir una ley canónica? ¿obrar una serie de ritos y disposiciones litúrgicas?

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt. 22, 38). Este primer mandamiento integra los tres primeros mandamientos de la ley de Dios (del 1 al 3).

«El segundo mandamiento a éste es: Amarás al prójimo como a ti mismo» (v. 39). En este segundo, están los demás mandamientos (del 4 al 10). «De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40).

La ley de la Gracia, dada por Jesucristo, lleva a la perfección la ley divina, dada por Moisés y los Profetas. Perfección que sólo es posible alcanzar dentro de la Iglesia Católica. Fuera, no tienen la ley de la Gracia. Poseen los mandamientos de la ley de Dios y los diversos profetas de nuestro tiempo, que son ya inservibles para dar a conocer la Verdad que viene de Dios. Porque sólo la Verdad están dentro de la Iglesia que Jesús ha fundado.

Las almas, hoy día en la Iglesia, no viven en la ley de la Gracia y, por tanto, no pueden cumplir estos dos preceptos a la perfección. Y ni se salvan ni pueden llegar a la santidad de la vida. Están sin Gracia, en estado de pecado, y por tanto, vuelven a lo de antes, a como los hombres vivían en el tiempo de Moisés y los Profetas. Pero con un agravante: conocen lo que es la Gracia, pero la desprecian para estar en su vida de pecado. Y eso les hace convertirse, no sólo en católicos tibios, sino en auténticos fariseos, hipócritas, legistas; es decir, en católicos pervertidos en sus mentes. Están en la Iglesia para cumplir leyes: sale una ley que dice que se puede comulgar en la mano y, como no viven en Gracia, no son fieles a la Gracia, no pueden discernir la mentira de esa ley, el pecado que esa ley promulga, y cumplen la ley y juzgan a aquellos que no la cumplen. Y es más, defienden esa ley a capa y espada, porque lo dice la Iglesia, lo manda la Iglesia.

Para amar a Dios hay que darle tres cosas: corazón, alma y mente.

En el corazón está la Gracia y el Espíritu: el alma tiene que alejarse de todo pecado y, para eso, tiene el Sacramento de la Penitencia: si pecas, corre a confesar tu pecado, pero no permanezcas en estado de pecado. Ya es fácil permanecer en la Gracia, que es estar en la Verdad.

En el alma está la virtud: la persona tiene que practicar las diferentes virtudes si quiere cumplir el decálogo. Sin la práctica de las virtudes cristianas no se puede comprender lo que es el amor a Dios. Y, por tanto, no hay manera de comprender ni el amor a sí mismo ni el amor al prójimo.

Y en la mente está la obediencia a Dios: el hombre es un ser intelectual. Y, por tanto, el hombre se une a Dios con su entendimiento y voluntad. No se une a Dios con las solas obras de su voluntad, ni se une con su solo pensamiento. No está ni en pensar ni en obrar. Está en someter a Dios estas dos facultades: entendimiento y voluntad. De aquí nace el culto debido a Dios. El hombre es dependiente de Dios y le debe un culto que sólo Dios puede enseñar.

«Si alguno dijere que no es posible o que no conviene que el hombre sea enseñado por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele, sea anatema [cf. 1786]» (D-1807 2. [Contra los deístas.]).

Para conocer el culto debido a Dios, el hombre tiene que aprender del mismo Dios ese culto. Porque Dios ha puesto al hombre un fin sobrenatural en su vida. Por lo tanto, el hombre debe someter su inteligencia a ese fin sobrenatural, para poder obrar la Voluntad de Dios.

Y Dios ha revelado en los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, el culto debido que el hombre tiene que darle. El hombre no tiene que inventarse el culto a Dios, porque Dios ya ha revelado la religión verdadera al hombre. Y hay obligación grave de abrazar y ejercer esa religión revelada. Si no se abraza, se pierde el fin sobrenatural. Si el hombre no se somete a la doctrina de esa religión, el hombre no puede guardar los preceptos ni observar el culto debido a Dios.

«Para que la razón humana no sea engañada ni yerre en asunto de tanta importancia, es menester que inquiera diligentemente el hecho de la divina revelación, para que le conste ciertamente que Dios ha hablado, y prestarle, como sapientísimamente enseña el apóstol, un obsequio razonable» (Pío IX en su Encíclica “Qui pluribus” – Rom. 12,1 (D.1637).

Por eso, sólo en la Iglesia Católica se da el culto debido a Dios. Fuera de ella, hay un culto indebido, un culto falso y un culto sacrílego. Los hombres piensan en sus verdades y se inventan sus religiones, iglesias, sectas. Y, por tanto, el culto que dan a Dios es falso e, incluso, demoniaco.

Los protestantes, los ortodoxos, los musulmanes, los budistas, etc…, ni adoran a Dios ni le dan culto debido, porque no han aceptado la religión que Dios ha revelado. Han interpretado el AT y el NT, según su mente humana, según las culturas, los tiempos de los hombres. Es a «la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres» (D-1788 [De la interpretación de la Sagrada Escritura]).

Un católico no puede participar en las oraciones y liturgias de otras religiones, porque sólo en Su Iglesia se da culto debido a Dios. Lo que hace Francisco, cuando participa de los cultos de los judíos o de los protestantes, o cuando pide una bendición a un anglicano que no puede bendecir, o cuando bendice unas hojas de coca, o cuando pone una pelota de goma al lado del sagrario, o cuando se reúne en Roma con los judíos y musulmanes para orar por la paz,…, todo eso son obras en contra de los tres primeros mandamientos de la ley de Dios; es decir, va en contra del primer mandamiento que Jesús señala. Está pecando de muchas maneras, está mostrando su pecado a todo el mundo y los demás lo justifican y lo aplauden. Y eso es muy grave para toda la Iglesia Católica: si los hombres ya no saben amar a Dios, dándole el culto que se merece por ser Dios, tampoco saben amar a los demás. En la Iglesia Católica ya no se cumple la ley de la Gracia, porque nadie cumple los diez mandamientos de la ley de Dios. En la Iglesia, que está en el Vaticano, y que la llaman católica, no está ya el Espíritu de Dios.

Es fácil pecar, de muchas maneras, en los tres primeros mandamientos. Porque, desde el Concilio Vaticano II, la liturgia ha perdido la reverencia, la dignidad y la sacralidad que antes tenía. Por tanto, en muchas misas, oraciones y celebraciones litúrgicas de los diversos Sacramentos, se dan muchos elementos que no pertenecen al culto debido a Dios. No son elementos que Dios ha revelado para darle culto. El hombre los ha ido metiendo, quitando los verdaderos. Y queda algo profano, mundano, carnal, temporal, natural, demoniaco.

Así, hoy día, las misas del novo ordo no son capaces de santificar, porque han perdido la sacralidad: oraciones, frases, ritos que no son propios para dar culto a Dios. Brilla más lo humano, el lenguaje, la expresión profana, que lo sagrado. Esto no significa que la misa sea inválida. Sólo significa que esos ritos, esa estructura, no lleva a la devoción ni a la oración ni a la adoración de Dios a las almas.

Dar culto debido a Dios es ponerse el hombre en Presencia de Dios. Cuando el hombre quita toda presencia humana, material, profana, natural, entonces su alma entra en devoción. Un alma devota es la que está en la Presencia Divina, como Moisés, al entrar en el Santuario: su alma notaba la Presencia propia del Espíritu Divino.

Esa devoción que el alma tiene le lleva a la verdadera oración, que significa: escuchar a Dios, aprender de Él, estar atento a las cosas divinas, celestiales, espirituales que el alma va sintiendo en esa oración.

Las misas del novo ordo no ponen al alma ni en devoción ni en oración. No se siente la Presencia de Dios ni tampoco el alma se eleva de lo humano, de lo natural, de lo profano. Sino que es todo lo contrario. La gente se mete en un mundo humano para estar pendiente del otro: qué hace, cómo habla, etc.

Si no hay verdadera oración, si el entendimiento del hombre no se eleva por encima de lo humano para quedar atrapado en la atmosfera divina, entonces el corazón no puede abrirse a la verdadera adoración a Dios. Se adora con el corazón, cuando la mente se somete a Dios. El sometimiento a Dios se percibe cuando en la mente los pensamientos son sujetados por Dios. Si en la oración, por el pensamiento pasan cantidad de ideas, de sentimientos, de deseos, es que no se hace verdadera oración y, por tanto, no hay presencia divina en el alma. La oración comienza cuando la mente hace silencio. Y eso sólo Dios lo puede obrar en el alma. También el demonio sujeta la mente, la pone en blanco, para que la persona se meta en un mundo espiritual ficticio. Pero Dios nunca pone la mente en blanco, sino que sujeta el pensamiento para que no distraiga a la persona, para que el alma esté atenta sólo a Dios, a la voz de Dios.

Por eso, en las misas de hoy hay muchas cosas que hace que el alma desatienda a Dios. Los hombres están pendientes de lo que no deben estar. Y, de esa manera, no puede alcanzar la verdadera adoración a Dios. Y van a comulgar de cualquier manera. Como su interior no adora a Dios, después, en lo exterior, no se da el culto verdadero, legítimo, debido, que Dios quiere del alma. La vida interior se demuestra con actos externos. Si no hay vida interior, si no hay presencia de Dios, no hay oración, no hay adoración; entonces después la gente comulga en la mano y cree que está haciendo un acto agradable a Dios. Es la hipocresía de muchas personas.
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Jesús es Dios y está en la Eucaristía. Ante Dios, el hombre tiene que poner su frente en el suelo, porque «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Prov. 3,34).

Para comulgar a Jesús, es necesario demostrar externamente la humildad, el sometimiento de la mente a Dios. Y, por tanto, para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el hombre tiene que arrodillarse, tiene que abajarse, tiene que inclinar su cabeza, porque así como Jesús «se humilló a sí mismo» (Flp 2,8), así hay que «revestirse de entrañas de humildad» (Col 3,12) ante Dios. No se puede comulgar al Señor de pie, mirando a Dios a los ojos, con una actitud externa de tú a tú, porque «Jesús es el Señor» (1 Cor 12,3). Jesús no es un amigote, no es un compadre, no es cualquier hombre. Es Dios. Y la criatura, ante Dios, tiene que doblar su rodilla: «al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10), porque «toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para Gloria de Dios Padre» (v. 11).

Para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el alma tiene que ponerse de rodillas y recibirlo en la boca, de manos del sacerdote. Si hace esto, el alma adora a Dios en Espíritu y en Verdad. Porque la «humildad es la Verdad» (Sta. Teresa): el alma humilde se pone en reverencia y adoración a Dios, se abaja, se humilla, se pone en el lugar que le corresponde como criatura: dependiente de Dios. No se coloca en el lugar de Dios. «El humilde verdadero y perfecto rechaza la gloria que se le ofrece, y no busca lo que no tiene» (S. Alberto Magno). No quiere subir a donde está Dios, sino que se queda en su lugar, y deja a Dios que decida subirla, elevarla.

Si el alma no hace esto, entonces se produce una falsa humildad, que es lo que hay en muchas personas que comulgan de pie y en la mano: exteriormente parecen muy humildes, pero en su interior están cometiendo muchos pecados porque no dan a Dios, en la Eucaristía, el culto debido. Dan su culto o lo que otros les han enseñado o le han obligado con sus leyes.

La comunión en la mano nunca ha existido en la Iglesia. Siempre ha sido un recurso extraordinario, en circunstancias que así lo exigía la Justicia de Dios. Por ejemplo, San Tarsicio, que llevaba la comunión a los enfermos y encarcelados: “1277.- Este modo de distribuir la Santa Comunión (en la boca), considerado el estado actual de la Iglesia en su conjunto, debe ser conservado no solamente porque se apoya en un uso transmitido por una tradición de muchos siglos, sino principalmente porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la Eucaristía. Este uso no quita nada a la dignidad personal de los que se acercan a tan gran sacramento (…)”. “1278.- Con esta manera tradicional, se asegura más eficazmente que la Sagrada Comunión sea distribuida con la reverencia, el decoro y la dignidad que le son debidas” (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969).

La comunión en la mano muchos creen erróneamente que fue fruto del Concilio, pero no fue así: cuando se les preguntó a los obispos de todo el mundo sobre la posibilidad de permitir que se distribuyera la Comunión en la mano, la gran mayoría votó en contra (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969). Y, en ningún lugar de los documentos del Vaticano II se puede encontrar mencionada, ni siquiera una vez, la comunión en la mano. Los masones movieron todo para conseguir su objetivo.

La comunión en la mano es el triunfo de la masonería en la Iglesia: es comenzar a romper la Iglesia por donde más duele: la adoración a Jesucristo: “¿Cómo robar a los fieles su fe en la verdadera presencia? En primer lugar, debemos hacer que todos reciban la comunión de pie y después que se les ponga la Hostia en la mano. De este modo, acabarán viendo la Eucaristía como un mero símbolo de un banquete fraternal y así desaparecerá esa fe” (Extracto de un plan masónico de 1925). “Cuando hayamos conseguido que los católicos reciban la comunión en la mano habremos logrado nuestro objetivo” (Stanislas de Guaita, un ex-sacerdote, cabalista, satanista y modelo de masones)

El sacerdote es el encargado de administrar el Sacramento de la Eucaristía y, por lo tanto, ninguna mujer puede administrarlo: “Cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo. El tocar las Sagradas Especies, su distribución con las propias manos, es un privilegio de los ordenados” (Cf. la Carta Dominicae Cenae, de Juan Pablo II, a todos los obispos y sacerdotes, del 24 de febrero de 1980). Las mujeres no tienen que estar en al Altar, ni siquiera tienen que subir para leer las lecturas: «las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley» (1 Cor 14, 34)

Jesús puso el sacerdocio sólo en manos de hombres, no de las mujeres. Es el hombre el que ofrece a Cristo en la comunión. No es la mujer: “La comunión es un don del Señor, que se ofrece a los fieles por medio del ministro autorizado para ello. No se admite que los fieles tomen por sí mismos el pan consagrado y el cáliz sagrado, y mucho menos que se lo hagan pasar de uno a otro” (Cf. Instrucción Inestimabile Donum sobre algunas normas acerca del culto del Ministerio Eucarístico, del 3 de abril de 1980)

Por tanto, peca la mujer que administra la comunión y peca el que comulga de una mujer. Porque el culto debido a Dios, en la eucaristía, lo ofrece sólo el sacerdote; no la mujer. Se adora a Dios, en la Eucaristía, cuando el sacerdote administra la comunión, y cuando las almas la reciben de manos de los sacerdotes. No se adora a Dios, en la eucaristía, cuando una mujer lo administra y cuando las almas la reciben de las manos de las mujeres.

Se cometen muchos pecados de esa manera, porque la Iglesia es Cristo. Y todo fiel que quiera servir a Cristo tiene que someterse a su doctrina. No puede inventarse una doctrina, una nueva forma de dar culto a Dios, de administrar la Eucaristía.

De muchas maneras, se profana hoy día este Sacramento, porque existen leyes pecaminosas en la Iglesia Católica. Leyes que Dios no quiere y que los Papas no han podido quitarlas, porque la Jerarquía infiltrada en la Iglesia es muy fuerte. Tan fuerte que han hecho renunciar a un Papa y han puesto a un masón como falso Papa.

Si un sacerdote obliga a comulgar en la mano, no hay que aceptar esa comunión y hay que retirarse en silencio. Porque no se puede pecar cuando se adora a Dios. Antes morir que pecar. Muchos sacerdotes obligan a pecar, mandan pecar. Y, por eso, muchos están en el Purgatorio y en el Infierno por esto. Un sacerdote que mande pecar no es sacerdote para el alma. No se puede obedecer la mente de un hombre que mande un pecado. No se puede. En la Iglesia se obedece la Verdad, no la mentira que muchos sacerdotes ofrecen en sus misas.

La Iglesia entera está en las catacumbas, no en Roma. Roma fornica con la mente de muchos hombres que se creen sabios mostrando su pecado a todo el mundo. Y muchos católicos, sólo de nombre, de figura, se creen los mejores exaltando sus pecados como la gloria de la Iglesia.

«Si alguien necesita pruebas de que a Dios no le gusta el modo atolondrado en que hoy en día se hacen uso de los ministros extraordinarios de la Eucaristía, puedo contar la siguiente historia sobre algo que ocurrió muy cerca de aquí hace poco tiempo. No hace mucho falleció una mujer que solía repartir la Comunión y que había inducido a muchas otras mujeres a que obraran igual. Yo no la conocía muy bien, pero había oído hablar mucho de ella. Antes del funeral, el ataúd estaba abierto para que la familia y los amigos pudieran despedirse. En el momento previsto, se cerró el ataúd. Pero antes de que hubiera transcurrido una hora, un pariente cercano llegó tarde y le pidió al sacerdote que por favor lo abriera brevemente para poder despedirse de la difunta al igual que el resto. El sacerdote accedió y, con una o dos personas presentes, levantó la tapa y miró dentro. Fueron testigos de algo que no era lo que habían visto un rato antes. Las manos de la mujer se habían vuelto de color negro. Este signo, para mí, como para el resto, fue una confirmación de Dios de que las manos no consagradas no pueden distribuir a Jesús durante la Comunión» (Pag. 34 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

Entre risas y esperpentos de la Jerarquía, las almas van al fuego del infierno

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«No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22).

Si los hombres creyeran en la Palabra de Dios, entonces no serían homosexuales, ni lesbianas, ni bestias, sino hombres para una mujer y mujeres para un hombre.

No hay católicos homosexuales; no hay cristianos homosexuales; no hay hijos de Dios homosexuales. Hay sólo demonios encarnados: sodomitas.

El homosexual ha perdido, no sólo la inteligencia espiritual y racional, sino también la natural. Es decir, es peor que un animal. Una bestia, en su naturaleza, nunca se une a otra del mismo sexo. Su ley natural se lo impide. Su instinto se lo impide. Su inteligencia sensible se lo impide.

El pecado de fornicación es un acto racional de la naturaleza humana, es un pecado natural, que no transforma al hombre en algo abominable. Pero el pecado de sodomía es un acto en contra de la naturaleza humana, que hace que el hombre sea un ser abominable: ya no es un hombre, sino un demonio encarnado. Y es un acto irracional, sin inteligencia humana. Es un acto guiado, en todo, por la mente del demonio en la persona homosexual. Por eso, es necesario hacer muchos exorcismos para sacar al demonio de un hombre o de una mujer que vive su sodomía, su abominación en el cuerpo.

Fornicar es algo propio del cuerpo; pero juntarse a otro hombre es algo propio del demonio que posee ese cuerpo. Es el demonio el que guía a un homosexual. No es el hombre el que elige esa vida. El hombre homosexual está poseído por el demonio, que le obliga a vivir una vida que no es suya, que es abominable, porque es la propia de un demonio en el infierno.

El hombre, que se une a otro hombre, o que penetra a una mujer por el vaso indebido, no sólo peca, sino que comete un acto en contra de su misma naturaleza humana. Va contra natura. Y eso es la abominación. Va contra el orden que Dios ha puesto en su naturaleza humana. Es un orden natural, que viene del orden divino.

Un animal nunca comete un acto contra natura, nunca se pone por encima de su naturaleza. Sólo el hombre puede cometerlo. Sólo el hombre se atreve a ponerse por encima de su naturaleza parar creerse otra cosa de lo que realmente es. El acto sodomítico es un acto de idolatría de sí mismo. Se idolatra el cuerpo como cuerpo. Se da culto a la carne como carne, como órgano físico. Y, cuando el hombre ensalza ese pecado, lo justifica ante la sociedad, lucha para poner un derecho, una ley que le permita vivir su pecado de abominación, entonces ha cometido la blasfemia contra el Espíritu Santo.

Y todo aquel que apoye a un homosexual en su vida abominable, que le ponga un camino para que tenga derechos en la sociedad, también comete el mismo pecado contra el Espíritu Santo. Todo aquel que no juzgue al homosexual, camina hacia el pecado contra el Espíritu Santo.

Dios ha enseñado lo que es un homosexual, para que el hombre aprenda de la Palabra de Dios y viva de acuerdo a esa Palabra. Viva rectamente su vida humana. Pero son muchos los que quieren vivir una vida de abominación: el orgullo de ser distintos a los demás porque así se concibe en la mente. El culto a la sodomía es el culto a la mente del demonio.

Todos los hombres, con sus bocas dicen que creen en Dios, que aman a Dios, que sirven a Dios y, después, no viven como Dios ha enseñado. Son muy pocos los hombres que, en la realidad de sus vidas humanas, cumplan con los mandamientos de Dios. Cada uno vive como le parece y hace de la sociedad otra Sodoma y Gomorra.
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Ni siquiera, entre la Jerarquía, hay sacerdotes, Obispos y Cardenales, que ataquen convenientemente el mundo de los homosexuales, que es un mundo demoníaco, sino que los dejan estar y, por eso, cada día, tienen más fuerza, porque no hay nadie que combata este pecado contra natura, esta plaga abominable. Hoy los sacerdotes ya no exorcizan sino que se han vueltos psicólogos y psiquiatras. Todo quieren resolverlo con su inútil cabeza humana.

¡Cuántos sacerdotes ya están enseñando a ser homosexuales; ya están bautizando a hijos de parejas homosexuales; ya están viviendo como sodomitas! Y lo hacen con la aprobación de la misma Jerarquía de la Iglesia. Es la abominación en la Iglesia. Es el esperpento entre los hombres. Es decirle no a Dios, claramente, y, por consiguiente, estar en la Iglesia para una sola cosa: condenarse y condenar al infierno.

Y, si desde el gobierno de los herejes y de los sodomitas, que guía actualmente a la Iglesia, se sienta uno que aplaude al homosexual y, después, tiene la osadía de juzgar a una Jerarquía que ha cometido el pecado de abuso sexual contra los niños, entonces es claro que estamos ante un mundo boca abajo. Estamos ante una Iglesia que ha caído en lo más bajo: reconocer al homosexual como un bien para la Iglesia y para la sociedad. Eso es llevar a toda la Iglesia hacia la Apostasía de la fe.

Francisco: ¿no juzgas al homosexual y juzgas a sacerdotes que son pederastas? ¡Has perdido la cabeza! No juzgas al homosexual, porque son hombres en el mundo, porque viven buscando el mundo, porque te agradan los homosexuales; y juzgas al sacerdote, porque es una Jerarquía en la Iglesia, porque vive buscando a Dios, porque odias el sacerdocio de Cristo. Conclusión: juzgas para destruir la Iglesia. Y no tiene otro sentido tus lágrimas sobre esos niños maltratados. Te conviene juzgar al clero pederasta porque estás en la Iglesia para destruirlo todo. Pero no te conviene juzgar a los homosexuales, porque no quieres destruir el mundo, sino que quieres construir un gobierno mundial con todos los homosexuales. Quieres construir un esperpento, una abominación. Es decir, amas el mundo, pero odias la Iglesia. Amas el pecado y odias la Verdad. Y, por eso, tu juicio es una abominación en la Iglesia. Tus palabras son una abominación en todo el mundo. Tus lágrimas son de cocodrilo.

«Ante Dios y su pueblo expreso mi dolor por los pecados y crímenes graves de abusos sexuales cometidos por el clero contra ustedes y humildemente pido perdón» (texto). Esta es la palabra de un hombre sin juicio, de un hombre que ha convertido la Silla de Pedro en una gloria humana, en un sitio para enseñar las vergüenzas del mundo.

¿Pides perdón por los pecados del clero y no pides perdón por levantar la bandera moral de los homosexuales? ¿No pides perdón por llevar una pulsera que escandaliza a los pequeños en la Iglesia ¿No sabes que llevándola te unes a la vida de cada persona homosexual? ¿No sabes que aplaudiendo la vida de un homosexual te conviertes en uno de ellos?

¿Pides perdón por el pecado de la Jerarquía y no pides perdón por haber dicho: no soy quién para juzgar a los homosexuales? ¿Qué significan tus palabras? ¿Quién puede dar crédito a lo que hablas en la Iglesia si exaltas el pecado de un homosexual y corriges el pecado de una Jerarquía que peca? ¿Por qué tienes acepción de personas? ¿No sabes que eso es un pecado mucho mayor que el que comete la Jerarquía cuando abusa sexualmente de los niños? ¿No sabes que juzgar a unos, porque así lo pienso, y no juzgar a otros porque así lo pienso, es una blasfemia contra el Espíritu Santo? Pones tu mente como el ideal de la justicia, como la medida de toda justicia. Eso es blasfemar contra Dios. Eso es blasfemar contra la Mente de Dios, contra la Mente de Cristo. Si no sabes juzgar según la Palabra de Dios, entonces cállate para no cometer el pecado contra el Espíritu. El hombre que juzga en Dios, arremete contra los homosexuales y contra la Jerarquía que peca. Pero el hombre que juzga en los hombres, que juzga según su medida humana, entonces tiene acepción de personas y pone su juicio como dios.

¿Pides perdón a Dios, que te enseña a juzgar a los homosexuales como abominación, haciendo una oración en la que muestras tu sodomía a Dios, tu amor al pecado de abominación de los homosexuales?

Si no juzgas a los homosexuales como tales, como abominación, es que eres otro homosexual. Y si te atreves a clamar a Dios por las víctimas de los abusos sexuales del clero contra los niños, ¿qué crees que te va a contestar Dios? ¿Crees que tu oración la escucha Dios, si no eres capaz de escuchar Su Palabra ni vivirla? ¿Es tu palabra humana más importante que la Palabra Divina? ¿Te crees con derecho de pedir a Dios perdón cuando no haces caso de la Palabra de Dios, para juzgar rectamente el pecado y al pecador? Pero, ¿quién te crees que eres? Pon tu cabeza en el suelo, humíllate y reconoce tu pecado primero. Y, después, pide perdón a Dios por los pecados de los otros. Pero nunca sabrás humillarte porque sólo has aprendido a ensalzarte a ti mismo. .Si no dices que hay que juzgar al homosexual, entonces no pidas perdón a Dios por los pecados de otros.

Estás mostrando tu sodomía al mundo y a la Iglesia. Pides perdón, por la sed de gloria que tienes del mundo. Buscas el aplauso de los hombres, que te digan: ¡por fin, alguien en la Iglesia ha hablado contra ese pecado! Sólo esto buscas, Francisco. Por eso, tus lágrimas, en esa Misa que celebraste, son tu condenación en la Iglesia. Son tu abominación en la Iglesia.

Los homosexuales se están condenando al infierno por culpa de tus palabras: no soy quien para juzgarlos. Y, ahora, ¿vienes pidiendo perdón a Dios por el pecado de un clero? ¡Por favor, Francisco, basta ya de fariseísmo, de hipocresía, de querer dar una de cal y otra de arena! Te quitas la careta, de una vez, y dices que eres homosexual, y todos tan contentos.

No se puede ser homosexual, impuro, lujurioso, con los homosexuales; y ser un santo, poner carita de casto, de pureza angélica, con el clero homosexual. No se puede, Francisco.

La gente ya no sabe ver lo que es Francisco: se lo traga todo. Está viendo a Francisco en versión política: ahora, conviene ir de la mano de un hombre y defender a los homosexuales; después conviene atacar duramente al clero homosexual. ¿Quién te cree, Francisco? Sólo los idiotas que te obedecen.

«Pido esta ayuda para que me ayuden a asegurar de que disponemos de las mejores políticas y procedimientos en la Iglesia Universal para la protección de menores y para la capacitación de personal de la Iglesia en la implementación de dichas políticas y procedimientos. Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¡Qué supina idiotez es la que muestra aquí Francisco!

La Iglesia no está para proteger a los menores ni para capacitar al personal en políticas, en procedimientos, en psicologías, en psiquiatrías, para quitar el pecado. ¡Pobrecitos los que sigan la mente de este energúmeno!

Se quita el pecado del clero atacando el pecado de lujuria, el pecado de sodomía, el pecado de bestialidad. Hay que enseñar al clero cómo se combate contra los demonios de la carne. ¿Sabes hacer eso, Francisco? No lo sabes, porque no crees en el demonio. Para ti, estos pecados del clero son cosa de la mente, un asunto psiquiátrico. Pero no son un asunto espiritual. Y, por eso, hablas de políticas, de procedimientos humanos, para no hacer nada en la Iglesia.

¡Qué absurdas son tus palabras: »Hemos de hacer todo lo que sea posible para asegurar que tales pecados no vuelvan a ocurrir en la Iglesia». ¿Sabes cómo se quitan estos pecados en la Iglesia? Con oración y con penitencia. Con una vida de castidad. Con el empleo de métodos espirituales, en los que el cuerpo sufre para que no siga el deleite carnal? ¿Has predicado esto en esa Santa Misa? Por supuesto, que no. Porque ya no crees en la Cruz de Cristo, sino que sólo crees en tus filosofías humanas, en tus psiquiatrías, en tus obras humanas en la Iglesia.

¡Cómo engaña Francisco a toda la Iglesia! ¡Qué bien lo hace!

«Agradezco este encuentro. Y por favor, recen por mí para que los ojos de mi corazón siempre vean claramente el camino del amor misericordioso, y que Dios me conceda la valentía de seguir ese camino por el bien de los menores». ¡Cómo te gusta ensalzarte, Francisco! Pero si eres un cegato y no eres capaz de ver el camino de la Misericordia. Pero si no sabes lo que es el amor misericordioso. La Misericordia exige al hombre quitar su pecado. Y tú, Francisco, exiges al hombre que siga en su pecado, que ame su pecado, que exalte su pecado. ¡Pero qué palabritas más hermosas y más blasfemas! ¡Cómo te gusta tu lenguaje humano! ¡Cómo te gusta que le gente diga: es que Francisco ha atacado al clero que peca!

¿Valiente, tú, Francisco? Eres un maldito cobarde, porque no sabes hablar con la Verdad en tu boca. La Verdad no te guía en tu vida, sino que tienes un demonio que te muestra el camino para condenar las almas en la Iglesia. Y eso es lo que cada día haces en esa Roma pervertida, que ya no pertenece a Dios, sino a tu padre, el demonio.

Estamos en la Iglesia para salvar almas, no para condenarlas. Y, por eso, estamos en la Iglesia para odiar al pecador y al pecado: «al hombre sanguinario y traicionero lo aborrece el Señor» (Salm 5, 7). Hoy, en la Iglesia, está la doctrina de que hay que amar al pecador, pero odiar su pecado. Y esto es un error. Hoy nadie quiere hablar con la Palabra de Dios. Todos hablan con sus lenguajes humanos: con sus interpretaciones de la Palabra de Dios.

Dios odia el pecado y al hombre que vive en su pecado: «odias a todos los obradores de la maldad» (Salm 5, 6)). Dios no puede amar al hombre si, primero, no lo saca de su pecado. Y para eso es la Misericordia: una mano del Señor para que el hombre atienda a su pecado, luche contra él y sea digno del amor de Dios. Una vez que el hombre ha batallado, de forma conveniente, contra su pecado, Dios le muestra el camino de la santificación, que es el camino del amor divino, no de la misericordia.
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La gente no sabe hablar, hoy día, de nada en la Iglesia: confunden la Misericordia con el Amor de Dios. Y, por eso, la Iglesia, siguiendo a Francisco, se ha hecho protestante y comunista: es decir, se predica una misericordia falsa, que sólo sirve para condenar a las almas. Una misericordia sin verdad, porque Dios todo lo perdona y se está en la Iglesia para llenar estómagos de la gente, no para salvarla.

Estamos en la Iglesia para odiar a Francisco y a su pecado. Y, por lo tanto, para odiar a todos aquellos que siguen, que obedecen, que trabajan para Francisco. No estamos en la Iglesia para hacer un doctrina de campanillas: te digo que eres hereje, pero te abrazo.

Estamos en la Iglesia para hablar como habla Dios a los hombres: con justicia y con misericordia. En Dios, no hay ternuritas, cariñitos, sentimentalismos baratos, besitos, abrazos.

La Virgen María no es la Virgen de la tierna misericordia como dice ese rufián. Es la Madre de Dios que juzga a Sus Hijos y les señala un camino de Misericordia para que puedan transformarse en Su Hijo. Y aquellos hijos que no quieran ese camino, la Virgen los manda al infierno, porque Ella es la Reina junto al Rey: tiene poder para salvar y para condenar. No es una criaturita más. Es la Madre de Dios. Y terrible castigo es el que da a los sodomitas, porque Ella no ha engendrado a los sacerdotes para que sean sodomitas, para que enseñen a ser homosexuales a las almas. Ella ha engendrado a los sacerdotes para salvar las almas de los sodomitas del demonio. Por eso, las lágrimas de la Virgen son abundantes, porque tiene que condenar a Sus Hijos predilectos al infierno.

Hoy la Virgen María no tiene sacerdotes que la amen como Madre de Dios. Ve, con tristeza, a tantos sacerdotes que la odian con sus palabras humanas. Sacerdotes que ya no saben rezar el Rosario ni, por tanto, saben crucificarse con Su Hijo en la Cruz de sus sacerdocios. Son sacerdotes para el mundo, pero no para la Madre de Dios. La Virgen María quiere sacerdotes puros, inmaculados, no lujuriosos, no dados a la vida del mundo y de la profanidad.

¡Qué gran desencanto para la Madre de Dios ver una Iglesia perdida en la sodomía! ¡Cómo llora esa Madre y no hay consuelo para Ella!
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Francisco es anatema

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El Romano Pontífice, es decir, la persona del Papa, cuando habla ex Cátedra, tiene el don de la infalibilidad.

El Papa como persona particular, como Obispo de la Iglesia, como Obispo de Roma, como Patriarca Occidental de la Iglesia es falible; pero el Papa como Sucesor de San Pedro en el Primado es infalible sobre la Iglesia.

Un Papa, cuando se dirige a la Iglesia, cuando enseña, cuando la guía en la Verdad, lo hace como sucesor de Pedro, no como persona particular, no como Obispo de Roma.

Por eso, un Papa que se llame Obispo de Roma no es el Papa verdadero. Francisco le gusta llamarse Obispo de Roma: y eso señala que no es Papa.

El Papa es el Vicario de Cristo, el que sucede a Pedro, en Su Trono; y por tanto, no tiene la misión del Obispo en la Iglesia. Su misión es dar a Cristo; es ser Voz de Cristo; es obrar las mismas obras de Cristo en la Iglesia.

Un Papa que no sea otro Cristo no es el Papa verdadero; un Papa que se dedique a dar declaraciones a los medios y enseñe una doctrina distinta a la de Cristo, como hace Francisco, no es el Papa verdadero, sino un impostor, un falso Papa, un usurpador del Papado.

Nunca un Papa legítimo da su opinión particular en la Iglesia, nunca habla como persona privada. Nadie, en la Iglesia, conoce la vida privada de un Papa, sino sólo su vida pública. Y, de su vida pública, los fieles tienen que atender a sus enseñanzas, a su doctrina, a la manera como obra entre los hombres, en el mundo.

Un Papa legítimo está representando a Cristo y, por tanto, a todo el Cuerpo de Cristo, a la Iglesia. Un Papa legítimo no se representa a sí mismo, no habla para sí mismo, no busca su propio interés en la Iglesia. Un Papa legítimo sólo busca la gloria de Dios en la Iglesia, cómo agradar a Dios, así tenga que ir en contra del mundo y de todos los hombres.

Un Papa legítimo guarda la doctrina de la fe, guarda el magisterio auténtico de la Iglesia, como un tesoro invaluable. Y no lo cambia ni por nada ni por nadie. No hace política de su gobierno en la Iglesia; no hace vida social cuando se reúne con las personas del mundo; no vive para agradar a ningún gobernante del mundo, sino que vive para combatir todos los errores, que los hombres ponen en sus gobiernos entre los hombres.

Es claro que Francisco es lo más opuesto a un Papa legítimo. Por eso, a Francisco se le conoce como falso Papa porque no guarda la doctrina de Cristo: propone una fe que no es la de Cristo, que no lleva a Cristo, que no puede dar las obras de Cristo en la Iglesia.

Francisco no sigue, en absoluto, lo que ha enseñado la Iglesia durante siglos: su magisterio es totalmente herético, abominable y cismático. Ahí están sus escritos, que revelan lo que hay en su alma: una total oscuridad, una tiniebla del demonio y una obra para condenar a las almas.

Francisco ha vendido a Cristo por el negocio de sus pobres: un gran negocio en lo político y en lo económico. En lo político, porque es la misma doctrina comunista, que la Iglesia ha combatido siempre; en lo económico, porque se dedica a pedir dinero a todo el mundo con la utopía de una nueva economía y un nuevo orden mundial.

Francisco vive para su vida social; no es capaz de vivir la vida eclesial. Nunca lo ha hecho, tampoco ahora que se ha sentado en donde no debe estar, en el Trono de Dios, que no le pertenece, porque no es de la Iglesia Católica. A pesar de que se viste como un Obispo, a pesar de que celebra una misa todos los días, a pesar de que da discursos a la gente, no es de los católicos porque no tiene la fe católica. Es un lobo, que se ha vestido de lo que más le gusta, -porque le trae un beneficio humano muy importante para su orgullo-, con el fin de destruir la Iglesia y de condenar las almas al fuego del infierno.

Francisco no combate el mundo, sino la Iglesia Católica. Lucha contra todas las almas que quieren ser fieles a la Verdad. La Verdad, para la mente de Francisco, es una invención de la cabeza de cada uno, es un producto mental, es algo que se puede vender en el mundo y conseguir aquello para lo que se vive: la gloria de los hombres.

Un hombre que ha puesto la referencia de la Iglesia en el mundo; que hace que la Iglesia salga hacia fuera, mire hacia el exterior, se impregne de aquello que no es divino, y haga de su vida un continuo gozar de lo humano. Francisco habla para el hombre, nunca para la vida del alma. Habla para agradar al hombre, pero no para enseñarle los misterios divinos al alma.

Para Francisco, el Evangelio es un mito, un simbolismo, una caricatura del hombre, una cultura que los hombres pueden desarrollar en sus vidas humanas. Para Francisco, Cristo es una historia, una vida en la historia, una serie de acontecimientos humanos que hay que recordarlos para ponerlos de otra manera en el mundo, según cada cual, en su mente, lo quiera.

Francisco hace de la Verdad su negocio en la Iglesia. Es el que compra los dones de Dios, como Simón el Mago. Y los compra con su inteligencia, con su filosofía, con su pensamiento que sólo baila al son de lo humano, de lo natural, de lo material, de lo carnal.

Francisco es un hombre carnal, no espiritual. No sabe lo que es la vida del Espíritu. Sólo sabe leer muchos libros y llenarse la cabeza de su demencia senil. Francisco es un loco de atar. Y los demás le hacen el juego en esa locura.

Un Papa verdadero habla ex Cátedra, es decir, habla la Cátedra de Pedro; en otras palabras, enseña algo a la Iglesia:

1. Lo enseña como Maestro de la Verdad, no como discípulo, no dando una opinión, un juicio propio, un pensamiento humano: enseña la Mente de Cristo, una Verdad que está en Cristo y que debe ser aceptada por la mente del hombre.

2. La enseña con la Autoridad Divina, al tener el Primado de Jurisdicción; Autoridad que le viene del Espíritu de Pedro, que ha recibido en su Elección.

3. Enseña esa Verdad, es Maestro pero, al mismo, tiempo es Pastor: está guiando a la Iglesia con esa verdad que enseña. No es una verdad que hay que entender, sino que hay que vivir si el alma quiere salvarse en la Iglesia. Es guía de las almas en la Verdad que enseña: no sólo enseña la Verdad sino la forma de vivir esa verdad. Enseña a caminar en esa Verdad.

4. Define esa Verdad para creerla, como un dogma de fe: obliga a la Iglesia a aceptar esa Verdad. Y es una obligación absoluta, no relativa.

El Papa que habla ex Cátedra es imposible que yerre, porque tiene la asistencia de Dios. Si el Papa, cuando enseña ex Cátedra, pudiera equivocarse, entonces el Papa no sería el principio eficaz de unidad en la Iglesia y la separaría de la Cabeza Invisible, que es Cristo. Nunca un Papa se equivoca porque da la misma Mente de Cristo, es el mismo Cristo el que habla por su boca. Nunca un Papa verdadero aparta de Cristo, sino que une más y más a Cristo. Y, por lo tanto, un Papa verdadero aleja del mundo, aleja a las almas de las modas del mundo, de los pensamientos de los hombres, de los proyectos sociales, de los gobiernos del mundo.

Francisco aleja siempre de Cristo; nunca atrae hacia el Corazón de Cristo. No sabe hablar de ese Corazón, sino que sólo habla de su idolatría: en los pobres está Cristo; la carne de los pobres, las vidas de los hombres, las obras humanas, son Cristo, son el mismo Cristo, son la misma vida de Cristo, su misma carne. Esta demencia senil de un hombre, que ya no puede con su cuerpo, le obliga a vivir para las cosas del mundo, haciendo todo en la Iglesia para conquistar el mundo, el gobierno del mundo, la política que se sigue en el mundo.

El Papa habla ex Cátedra o bien en un Concilio Ecuménico o bien en un escrito doctrinal en que se define un dogma de fe: la encíclica del Papa Martín I “Catholicae Ecclesiae universae”, en la cual promulga los decretos del sínodo de Letrán del año 649, con los cuales se condenan todas las herejías, y principalmente el Monotelismo, y se rechaza la Ectesis del Emperador Heraclio y la Estatua del Emperador Constante, es un documento ex Cátedra.

Las encíclicas del beato Juan Pablo II no son documentos ex cátedra, sino documentos de la Iglesia, que el Papa ha aprobado, y que enseña a los fieles, pero no de manera infalible. A estos documentos, se les debe asentimiento interno y religioso y cierto de la mente. Porque, como dice Pío XII, en la Encíclica Humani generis: «Y no hay que pensar que lo que se propone en las Cartas Encíclicas, no exige «per se» el asentimiento, al no ejercer en estas Encíclicas los Pontífices la potestad suprema de su Magisterio. Pues éstas Cartas Encíclicas son enseñadas haciendo uso del Magisterio ordinario, acerca del cual también tiene valor la frase del Señor en el Evangelio: «El que a vosotros escucha a Mí me escucha» (Lc 10,16); y las más de las veces lo que se propone e inculca en las Cartas Encíclicas, ya pertenece de otra parte a la doctrina católica. Y si los Sumos Pontífices en sus Actas emiten una sentencia con propósito deliberado acerca de un tema que hasta entonces ha estado controvertido, todos se dan cuenta con claridad que ese tema, según la mente y la voluntad de los mismos Pontífices, ya no puede ser considerado como una cuestión de libre disquisición entre los teólogos» (D 2313).

Una cosa es que el Papa hable ex cátedra y otra que recuerde las enseñanzas de la Cátedra de Pedro, recuerde los dogmas, las verdades de fe, la doctrina católica. Y, cuando está recordando lo que una vez se enseñó como infalible, el Papa no puede errar en lo que escribe, porque no está dando su opinión teológica sobre un aspecto de la Verdad, sino que está enseñando la Verdad, que una vez se definió en la Iglesia. Son documentos falibles, pero no en la sustancia, sino per accidens.

Y, por eso, el magisterio Papal se circunscribe a lo que los Papas anteriores han enseñado. Un Papa nunca cambia lo que los anteriores han hecho en la Iglesia. Un Papa verdadero siempre continúa la labor de los anteriores.

La Iglesia, los Obispos, los Concilios, los Sínodos, cuando se unen al Papa, cuando obedecen al Papa, son también infalibles. Un fiel de la Iglesia, un Obispo, un Sínodo que no esté unido al Romano Pontífice es siempre falible, siempre va a llevar hacia el error en la doctrina.

Francisco, al no ser Papa, sus escritos, sus encíclicas, su magisterio no es papal; y, por tanto, no es infalible. Francisco, al usurpar el Trono de Pedro, es sólo un Obispo. No tiene la dignidad del Romano Pontífice. Tiene sólo el nombre, porque se lo han dado otros; pero Dios no lo llama Papa; Cristo no lo llama Su Vicario.

Francisco, al ser un Obispo de la Iglesia, tiene el poder de Dios porque el Papa Benedicto XVI se lo da a todos los Obispos. Pero ese poder es inútil cuando no se obedece al Papa. Y es claro que Francisco no está bajo el Papa legítimo, no está bajo Pedro. Luego, su poder no sirve en la Iglesia. Ese poder divino es obstaculizado por su pecado de rebeldía contra el verdadero Papa.

Pero Francisco, no sólo se ha rebelado contra el Papa, sino que está guiando a la Iglesia como un falso Papa. Y, por tanto, su magisterio –como Obispo- no sólo es falible, sino herético y cismático. Es falible porque no obedece al verdadero Papa; es hereje, porque enseña una doctrina llena de fábulas, de errores doctrinales, que la Iglesia ha combatido; es cismático, porque ha puesto un nuevo gobierno dentro de la Iglesia, anulando la verticalidad del gobierno de Pedro.

Por tanto, Francisco, dentro de la Iglesia, aparta a toda la Iglesia de la Verdad. No sólo enseña algo falible, sino que guía hacia la mentira, pone el camino hacia el error.

En consecuencia, una Iglesia que se pone bajo Francisco, no sólo pierde la infalibilidad, sino que es falible, herética y cismática.

Unos Obispos que deciden obedecer a Francisco, pierden, -dentro de la Iglesia-, su infalibilidad, y hacen de sus vocaciones el instrumento del demonio. Por la boca de todos esos lobos vestidos de Obispos habla el demonio para condenar almas, para llevarlas a su reino de maldad.

Un Sínodo que se reúne en torno a una cabeza herética y cismática, no sólo es falible, no sólo es incapaz de dar una infalibilidad en los que haga, sino que es también herético y cismático como su cabeza.

Muchos, en la Jerarquía están esperando a ver qué pasa en el Sínodo: es el gran engaño. ¿Por qué esperan un Sínodo que es herético y cismático? De ese Sínodo no va a salir una doctrina infalible para la Iglesia, porque todos se reúnen bajo el falso Papa. Automáticamente, pierden la infalibilidad. Y, no sólo eso, es el camino para comenzar a destrozar toda la Iglesia.

Una Jerarquía despierta en la fe, que viva la vida espiritual, que sepa lo que es la Iglesia, lo que son las almas, tiene que oponerse, desde ya, a ese Sínodo. No asistir, no esperar de eso algo bueno, algo santo, algo infalible. La Jerarquía que está esperando al Sínodo para arreglar las cosas, se va a llevar una gran sorpresa. De por sí, es un Sínodo del demonio. Dios no lo quiere. Nada bueno viene de ese Sínodo para la Iglesia. Viene mucho mal.

Por tanto, los fieles de la Iglesia Católica, si quieren ser infalibles, si no quieren perder la infalibilidad que como Iglesia tienen, deben estar unidos a la verdadera Cabeza, que es el Papa Benedicto XVI. No pueden unirse a un falso Papa, porque enseguida caen en el error, en la mentira.

Es lo que le pasa a mucha Jerarquía: están atados al error porque obedecen a un usurpador del Papado.

No se puede dar asentimiento de la mente a ningún escrito de Francisco. Hay que despreciarlos todos, aunque parezcan verdaderos. Son sólo la apariencia de las palabras, del lenguaje humano lo que los hace verdaderos. Pero si el alma quita las bellas palabras, entonces se queda viendo el error, la mentira.

Francisco no puede dar ningún escrito infalible en la Iglesia. En su calidad de Obispo es sólo un hereje y un cismático. No es Papa; luego es imposible que hable, algún día, como Papa. Todo cuanto hace en la Iglesia es nulo. NULO. No vale para nada. Para los Católicos es un cero a la izquierda. Es sólo la vanidad de su pensamiento humano. Es sólo el vacío de sus ideas humanas. Es sólo el viento de su gloria mundana.

Francisco no sirve en la Iglesia Católica. No sirve para nada. Y, por eso, los Católicos sólo tienen que vivir en la Iglesia sin hacer caso a lo que diga Francisco ni a lo que diga la Jerarquía. Hay que vivir guardando la Verdad de siempre. Y que nadie ose quitar esa Verdad. Por eso, cuanto menos se lea a Francisco, cuanto menos se le haga caso, más pronto el Señor lo quita de en medio.

Los Católicos están para defender su fe de Francisco, porque “Tradidi quod et acceppi”: «Os he dado lo que he recibido» (1 Cor. 15,13). La fe es un don que se transmite por la Jerarquía que obedece a Cristo, que se somete a la Mente de Cristo. Y quien no crea en Cristo, no transmite a los demás la misma fe, sino sólo su pensamiento humano. Hay que defenderse de la mente de Francisco, que está llena de errores y que le lleva a predicar sus fábulas, y como dice San Pablo: “Si llegara a suceder que nosotros mismos o un ángel venido del cielo os enseñara otra cosa distinta de lo que yo os he enseñado, que sea anatema” (Gal.1, 8).

Francisco es anatema. Y así de claro hay que decirlo. Y no hay que tener pelos en la lengua, porque está en juego la salvación de las almas, y “Non sequeris turbam ad faciendum malum”: «No imitarás a la mayoría en el mal obrar» (Ex 23, 2). Si la masa de gente quiere condenarse siguiendo a un usurpador, allá ellos. La fe no es de la masa, la fe no pertenece a la Jerarquía de la Iglesia, la fe no se la inventa la cabeza de Francisco. La fe no es una opinión de la mayoría en la Iglesia. No es lo que piensa el pueblo, es lo que piensa Cristo.

La fe viene de la escucha de la Palabra de Dios. Y aquel que no hable las Palabras del Evangelio, sino que se dedique a hacer un evangelio para el pueblo, para conquistar amigos en el mundo, desligándose de la verdad del pasado, entonces hay que enseñarle la verdad: “La Iglesia (…) no tiene que desligarse de lo pasado, antes le basta anudar, con el concurso de los verdaderos obreros de la restauración social, los organismos rotos por la revolución, y adaptarlos, con el mismo espíritu cristiano de que estuvieron animados, al nuevo medio creado por la evolución material de la sociedad contemporánea, porque los verdaderos amigos del pueblo no son ni revolucionarios ni innovadores, sino tradicionalistas” [S.S. San Pío X, Papa].

Los que aman al pueblo son los tradicionalistas, no los libres pensadores modernistas que con su teología de la liberación quieren imponer a todos su comunismo en la Iglesia.

De Francisco viene el comunismo, la revolución de los pobres, la innovación de un nuevo orden mundial. Y hay que combatirle con la Tradición, con todos los santos, con toda la Verdad para seguir siendo la Iglesia Católica.

La falsa doctrina del Espíritu en Francisco

«el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos recuerda y nos dice las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Dios Padre, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y nos hace hablar en profecía» (texto).

Ésta es la blasfemia de Francisco sobre el Espíritu.

El Espíritu «nos enseña: es el Maestro interior». Sólo hay un Maestro: Jesucristo: «Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos. Ni os hagáis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro Maestro, Cristo» (Mt 23, 9-10).

Dios Padre es el Padre de las almas; Dios Hijo es el Maestro de los corazones; y ¿qué es el Espíritu del Padre y del Hijo? El Amor en el hombre.

El Espíritu es el que lleva al hombre al Padre y al Hijo. No es el que enseña el camino. Jesús es el Camino. Jesús ha enseñado la manera de caminar por ese Camino. Jesús ha dado la doctrina. El Espíritu lleva a la Verdad de esa doctrina: «pero el Abogado, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en Mi Nombre, Él os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

El Espíritu no enseña como maestro, sino como Amor. Jesús enseña como maestro, como doctor, como el que sabe la doctrina.

Pero el Espíritu enseña a vivir esa doctrina: enseña el amor. Jesús enseña la idea, la Palabra. El Espíritu hace que el hombre obre esa Palabra.

Por tanto, el Espíritu no «nos guía por el camino recto a través de situaciones de la vida». El Espíritu no guía por el camino, sino que mueve a obrar en el Camino, que es Jesús. El Espíritu es la moción divina en el corazón, para que el hombre, caminado, siguiendo las huellas de Cristo en su vida, pueda obrar la Voluntad del Padre. Es el que mueve a obrar el amor. No es el que guía. Cristo guía al alma en el Camino, que es Él Mismo. Y la guía con Su Palabra. Su Palabra es Luz para el alma, es conocimiento para la inteligencia del hombre. Pero Su Palabra también es Amor. Para que la Palabra sea Amor, es necesario el Espíritu: es el que mueve a obrar la Palabra. Es el que ama en el hombre, es el que pone el amor en el hombre, en su corazón.

El Espíritu Santo no «nos enseña a seguirlo (el camino), para andar en sus pasos». Enseña a obrar el amor, enseña a amar. Enseña a hacer la voluntad del Padre. Enseña a practicar el Evangelio, a vivir la Palabra de Dios, a imitar a Cristo en sus obras: «El que cree en Mí, ése hará también las obras que Yo hago, y las hará mayores que éstas, porque Yo voy al Padre; y lo que pidiereis en Mi nombre, eso haré» (Jn 14, 12-13). Cristo obra en el Espíritu. Cristo, que es la Palabra, obra –Su Palabra- en el Espíritu, que el Padre envía en Su Nombre.

Para hacer las obras de Cristo, y mayores que las que hizo Cristo, es necesario el Espíritu de Cristo: es el que obra la Palabra, que es Cristo. Por tanto, el Espíritu no enseña el Camino, no enseña a seguir a Cristo. Enseña a hacer las mismas obras que Cristo hizo.

«Más que un maestro de la doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de la vida. Sin duda, es una parte de la vida, incluso sabiendo, conociendo, pero en el horizonte más amplio de la existencia cristiana y armonioso». El Espíritu no es el Maestro de la vida, sino el que enseña todas las cosas, pero no como maestro, no como doctor, no como filósofo. No enseña a vivir la vida; enseña a obrar la Vida Divina. El Espíritu no es «una parte de la vida», no convive con la vida del hombre, no es parte de la vida de los hombres, no acompaña la vida de los hombres. No da conocimientos a los hombres, no les da saberes, no les hace comprender. El Espíritu mete al hombre en la Vida Divina para que obre la Palabra y realice la voluntad del Padre, en esa obra de la Palabra.

El Espíritu enseña todas las cosas de la Vida Divina: enseña a usar la Gracia Divina, los dones divinos, los carismas para la Iglesia. Enseña a usar lo divino, a poner en práctica la Palabra Divina, que es la Vida de Dios.

El Padre engendra Su Palabra y el Espíritu obra lo que el Padre engendra. Y, por eso, la Virgen María concibe en su corazón la Palabra del Pensamiento del Padre y es el Espíritu el que la obra en su Seno Virginal. Sin Fe en la Palabra, el Espíritu no puede obrar en el hombre. El Espíritu obra en la medida en que el hombre, con su corazón, cree en la Palabra.

Francisco sólo habla de una enseñanza a la mente del hombre, de un conocimiento para el hombre, de una vida humana. Quien no tenga claro la doctrina sobre el Espíritu, entonces no sabe discernir las palabras de ese hombre. Decir que el Espíritu es un maestro interior tiene sabor a gnosticismo.

El Espíritu Santo «nos recuerda todo aquello que Jesús dijo: Es la memoria viviente de la Iglesia». El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Luego, no es una memoria. No es una inteligencia, no es un acto de recordar. El Espíritu trae a la memoria todo cuanto Jesús dijo para obrar la Profecía, para hacer profetas, para obrar el amor a la Verdad. El Espíritu no «nos hace entender las palabras del Señor…». No nos trae a la memoria para entender, sino para obrar. Con el Espíritu siempre se obra. Es la Palabra la inteligencia, la que hace entender. Es la Palabra el Maestro del alma. No es el Espíritu el que hace comprender la Palabra del Hijo, sino el que obra la Palabra del Hijo. Y, cuando el alma obra la Palabra en su vida, es cuando la Palabra le enseña los misterios de Dios. Es siempre Jesús el que enseña en la Obra del Espíritu. El Espíritu nunca enseña, siempre obra la Palabra que se cree. Si el hombre no cree, el Espíritu no obra.

El Profeta es el que obra la Verdad en medio de la Iglesia y del mundo. No es el que enseña el Evangelio. No es el que enseña la doctrina de Cristo. No es un teólogo; no es un filósofo. No es uno que da ideas. El Profeta da testimonio de la Verdad de la Palabra ante hombres que no creen, que viven su mentira, que viven en el error. Y se da testimonio de la Verdad, no para enseñar a los hombres, sino para obrar la Verdad ante los hombres.

Porque, siendo Cristo la Verdad, no es una Verdad en la sola inteligencia, en el solo conocimiento, en la sola idea. No es una verdad fría de la inteligencia. Es la verdad que se obra, que se vive, que trae la Presencia de Dios, que lleva a una vida piadosa, religiosa, llena del amor a la virtud. Y el Profeta pone esa Obra de la Palabra en medio de los hombres. Y, por eso, todo profeta, no sólo dice palabras de profecía, sino que obra sanaciones, liberaciones, milagros. Se obra la Verdad; se obra a Cristo en medio de la Iglesia.

Y, por eso, todo sacerdote es un Profeta: obra a Cristo en el Altar. Muy pocos sacerdotes se dan cuenta de lo que son. ¡Cuántos sacerdotes niegan las profecías, niegan a los profetas de Dios, y se están negando a sí mismos!

El Espíritu trae a la memoria las palabras del Señor para obrar la verdad, no para entender la Verdad. No «nos hace entrar cada vez más plenamente en el sentido de sus palabras…». Francisco no ha comprendido absolutamente nada de lo que es el Espíritu, porque no cree en Él.

En su fe sólo hay dos cosas: el Padre, que es Dios; y Jesús, que es el Maestro, pero no Dios, sino un hombre santo en la gloria. Para Francisco, el Espíritu es sólo una palabra para reflejar un concepto; es un término para poder interpretar el Evangelio según ese término humano. Es una memoria viviente: es decir, es un recuerdo que se pasa, en la Iglesia, a través de la historia de los hombres. Vive en cada miembro de la Iglesia. Vive como concepto, porque es una inteligencia, es un acto de recordar las palabras de Cristo.

«Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un cristiano a mitad de camino, es un hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe atesorar su historia, no sabe leerla y vivirla como una historia de salvación». Un cristiano sin fe es el que no es un verdadero cristiano. El cristiano sin memoria sigue siendo cristiano, si tiene fe. Francisco anula la fe para poner su fe fundante en la memoria, su memoria viviente, el legado de la memoria, del recuerdo.

Para Francisco, en la Iglesia hay que tener recuerdos de la palabra de Dios para no quedarse en el tiempo presente sin hacer nada, sino que debe renovar cada hombre su tiempo interpretando el Evangelio: «con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu». Esta es la herejía principal de este hombre.

El Espíritu es un término, un concepto, para interpretar las inspiraciones interiores y la vida de cada hombre. Se cogen las palabras de Jesús, y a la luz de esas palabras, usando la mente del hombre, haciendo memoria de las cosas que ha hecho Dios en la historia de los hombres, se llega a dar con un pensamiento, con una razón, que sirva para vivir el Evangelio en el tiempo de cada hombre. Es su fe universal: se recuerda el pasado para poner un futuro a la vida de los hombres. Se recuerda para interpretar el Evangelio a la luz de cada uno, de lo que uno piensa en la vida. Y ese conocimiento es el Espíritu. Es la gnosis de Francisco. Y, por eso, cae en el canalismo: «el Espíritu Santo nos hace hablar a los hombres en la profecía, es decir nos está haciendo CANALES, humildes y obedientes de la Palabra de Dios».

El Profeta es un canal de la Palabra de Dios: ésta es su blasfemia. Esto es hablar como un ocultista, como uno de la nueva Era. El profeta trae un mensaje que canaliza, que viene de un emisor, de una fuente, de uno que experimenta fenómenos paranormales, mentales, etc.

El Profeta no es un canal, sino uno que obra la Palabra de Dios. No es un transmisor de la Palabra, es un obrador de la Palabra. La Palabra de Dios no es un emisor de energías que hay que canalizarlas. La Palabra de Dios trae una obra divina que hay que ponerla en práctica, que hay que vivirla. No trae una obra humana: «La profecía se hace con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones e injusticias, pero siempre con mansedumbre y la intención constructiva. Imbuidos del espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, que sirve, que da la vida». El profeta no muestra ni las contradicciones ni las injusticias, sino que da la Verdad como es, aunque los demás no quieran escucharla. Y es el Espíritu el que obra esa Verdad en el alma; no es el hombre el que se esfuerza por dar la Palabra. Es el Espíritu el que mueve al hombre para dar la Palabra. No hay que hacer la profecía con franqueza; porque el hombre no tiene que hacer nada. Sólo tiene que dejarse mover por el Espíritu e ir a aquel lugar que el Espíritu quiere y decir las palabras que el Espíritu pone en su boca.

Esta forma de comprender Francisco al Espíritu es signo de su falta de fe. No tiene la fe católica. No sabe guiar a la Iglesia hacia la Verdad. No sabe obrar la Verdad, porque no se deja mover del Espíritu. Busca la verdad entre los hombres, en el diálogo con ellos y es lo que enseña: «El Espíritu nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno. Es útil hablar con otras personas en el reconocimiento de sus hermanos y hermanas; hablar con los amigos, con ternura, con dulzura, la comprensión de las angustias y esperanzas, tristezas y alegrías de los demás». Es el tema de Francisco: los hombres, charlar con ellos, hablar de tantas cosas que no hay tiempo para escuchar la Voz de Dios en el corazón. Es la fraternidad con los hombres. Y, por esa fraternidad, Francisco se ha puesto como dios en la Iglesia y no sabe de la vida espiritual nada de nada. No sabe hablar la Verdad. Sólo sabe decir sus mentiras desde que se levanta hasta que se acuesta. Y, por supuesto, no se le puede hacer caso en nada. Todo lo que hace en la Iglesia es nulo para la Iglesia Católica. Será valido para aquellos hombres que, con una venda en los ojos, lo siguen al precipicio del infierno.

Francisco habla a la masa, nunca al alma

culto

«No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!» (EG – n. 4).

Francisco presenta a un Jesús Resucitado para encontrar la alegría del Espíritu, la paz del corazón. Y nunca hace referencia a la Cruz, al Crucificado, que es la Obra de la alegría.

Para Francisco, huir de Jesús Resucitado es morir. Y la fe nos dice que en la Cruz está la Vida, y quien huye de la Cruz, está muerto en sus pecados: es Cristo Crucificado «poder y sabiduría de Dios» (1 Cor 1, 24). Y «Dios a nadie ama sino al que mora con la sabiduría» (Sab 7, 28), al que habita con Cristo en Su Corazón, al que se encuentra con Cristo en el Sagrario, al que se despoja de todo lo humano, para seguir a Cristo: «Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. Vive sin voluntad ni amor propio, y ganarás siempre. Porque al punto que te renunciares sin reserva, se te dará mayor gracia» (Imitación de Cristo – Renuncia de sí mismo) .

Este ascetismo de la vida espiritual es el que niega Francisco. Él pone a un Jesús que no está en Cruz y, por lo tanto, que no exige la renuncia a todas las cosas humanas. Pone a un Jesús que invita a mirar al otro: «quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien» (EG – n. 9). Este centrar la vida en el otro es su amor desordenado al hombre, es su pecado más frecuente.

La dignidad de la vida, su plenitud sólo está en Cristo, en vivir a Cristo, en ser otro Cristo, que es el camino único para todo hombre que quiera dar sentido a su vida. Sin el Espíritu de Cristo, no es posible llegar a la plenitud de la Verdad, que no está en ningún pensamiento del hombre, sino sólo en Dios: «el Espíritu de la Verdad os guiará hacia la Verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras» (Jn 16, 13). Francisco está empeñado en que el hombre mire al pensamiento del hombre para llegar a un sentido de la vida sólo imperado por el hombre, pero que es una mentira en su mismo pensamiento humano.

«Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”» (EG – n. 14). Para Francisco, la predicación del Evangelio no es imponer una Verdad, sino el de compartir una vida humana. Si no se predica la vida de Cristo como una obligación para salvarse y santificarse, entonces sólo se predica para contentar la vida de los hombres y para hablarles lo que ellos quieren escuchar.

a. Cuando se da a Cristo no se comparte una alegría, sino que se vive la alegría del Espíritu, aunque el otro no quiere compartirla.

b. Cuando se da la Palabra de Dios se señala el camino de la Cruz, de la penitencia, de la mortificación, del ayuno, de la lucha contra el pecado, contra el demonio, contra el mundo. Esto no es señalar un horizonte bello, sino un Cielo difícil de conseguir si el hombre no sale de sus límites e inclinaciones humanas. Francisco señala el horizonte bello de lo humano, la alegría del mundo, el resplandor de lo que pasa con gran facilidad; pero no puede señalar el sufrimiento y la muerte de Cristo como camino para la verdadera alegría del corazón, como camino hacia la Gloria.

c. Cuando Jesús baja al Altar, en las especies eucarísticas, no se ofrece al mundo un banquete deseable, sino un Pan de Vida Divina, que hay que comulgarlo sin pecado, con discernimiento: «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). Francisco no enseña el pecado a las almas, sino la vida feliz, dar la comunión, hacerla desear a los que viven en el pecado, a los excluidos por su pecado, y que no quieren quitarlo. Por eso, quiere atraer: la Iglesia crece por atracción. Éste es su pensamiento humano de la vida de la Iglesia. Ésta es su mente diabólica, porque Cristo no atrajo hacia sí hasta que no se puso en Cruz: «y Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a Mí» (Jn 12, 32). Es sólo la Cruz la que atrae hacia la Verdad. Es sólo el alma crucificada con Cristo la que atrae hacia los demás hacia la Verdad; es sólo una vida de Cruz, de penitencia, de desarraigo de todo lo creado, lo que sirve en la Iglesia y en su apostolado. La Iglesia atrae cuando se crucifica, no cuando baila con el mundo, no cunado quiere hacer agradable la vida de los hombres en el mundo. Una Iglesia que no se crucifica y que no crucifica no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia no crece porque se atrae hacia lo humano, sino porque se lleva a lo divino a los hombres. Para atraer a lo divino, el alma debe poseer lo divino, porque nadie da lo que no tiene. Y no se posee a Dios en el corazón porque se tenga un bautismo u otro sacramento. Se posee a Dios en el corazón cuando éste está libre de pecado: «El que ha nacido de Dios no puede pecar» (1 Jn 3, 9) . Ya es posible amar a Dios sin el pecado, porque Cristo ha puesto el camino para quitar todo pecado: la Penitencia. Cristo da Su Gracia en el Sacramento de la Penitencia, para que las almas vivan sin pecado, es decir, vivan amando a Dios continuamente. El camino hacia el amor está puesto por Cristo; pero muy pocos lo recorren. Y, Francisco, nunca enseña este camino para estar en la alegría del Espíritu. No puede enseñarlo porque ha anulado el pecado como ofensa a Dios: «Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores. Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar» (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102).

Francisco no enseña a combatir el pecado, sino a estar en una Iglesia con los pecados: «El Señor nos quiere parte de una Iglesia que no sea casa de pocos, sino casa de todos, donde todos puedan ser renovados, transformados y santificados por su amor» (6 de octubre 2013). Francisco se olvida de que «el que comete pecado, ése es del diablo, porque el diablo desde el principio peca» (1 Jn 3, 8a). Y para esto es la Iglesia, «para esto se apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8b). Y la principal obra del demonio, entre los hombres, es el pecado. Luego, la Iglesia es para destruir el pecado, para vivir sin pecado dentro de Ella.

Para que la Iglesia sea una casa de todos, es necesario que todos quiten sus pecados. Esto es lo que no dice Francisco. Sólo le interesa resaltar que hay una Iglesia encerrada en unos dogmas y que impide que los demás sean parte de la Iglesia: «Tentación de algunos: La Iglesia es sólo la Iglesia de los puros, de los que son totalmente coherentes. Y los demás, alejados. Esto no es verdad. Es una herejía» (6 de octubre 2013). Esta es la herejía de Francisco: decir que es una herejía predicar que la Iglesia es sólo la Iglesia de los puros, de los santos. La Iglesia es santa y es para los santos, pero muchos se excluyen de Ella por sus propios pecados. La Iglesia nunca excluye, sino que es cada alma la que se excluye. Y todo el mundo puede ser santo en la Iglesia si quita sus pecados, si lucha en contra de sus pecados, si se arrepiente de sus pecados, si confiesa sus pecados en el Sacramento de la Penitencia. Porque un alma que esté en la Iglesia con sus pecados no confesados no ama a Dios, no puede amarlo, no puede hacer la Voluntad de Dios. Sigue estando en la Iglesia, pero con una vida que no es de la Iglesia, que no hace Iglesia, que no sirve a la Iglesia. La Iglesia es una Gracia, no es un pecado, no es el conjunto de hombres en sus vidas de pecado. Son hombres que luchan para no tener pecado en sus almas.

Muchos católicos no han aprendido a vivir su fe católica y están alejados de la Verdad porque viven en la Iglesia en sus pecados. Y no los confiesan nunca. Y quieren ser de la Iglesia, quiere hacer apostolados, quiere predicar, en sus vidas de pecados. Y eso es lo que no se puede permitir. Y es lo que Francisco no discierne. Muchos olvidan de que existe el Sacramento de la Penitencia y que -sin él- es imposible agradar a Dios en la Iglesia. Mientras estén en sus pecados, no pueden hacer obras de apostolado en la Iglesia. Esto es la vida espiritual. La fe en Cristo es para vivirla; pero si se vive en estado de pecado, no se puede hacer las obras de Cristo ni en las familias, ni en los pueblos, ni en las sociedades, ni en el mundo entero. Pero esta Verdad, hoy día, muy pocos la siguen. Quieren agradar a Dios con sus vidas de pecado. Y quieren hacer una Iglesia llena de pecadores. Y, por estar en pecado, eso no significa no pertenecer a la Iglesia; sino sólo significa no poder usar los Sacramentos ni el Apostolado que requiere la vida de la Gracia en la Iglesia.

¡Cuánta gente que predica y va a las misiones en su pecado! Y hace un gran mal a toda la Iglesia por no quitar sus pecados. Y es muy fácil quitarlos: el Sacramento de la Penitencia. Con ese Sacramento, en la Iglesia no hay pecadores. Por eso, es un insulto lo que predicaba Francisco a la Iglesia: «la Iglesia está formada por pecadores, lo vemos todos los días. Y esto es verdad: somos una Iglesia de pecadores» (6 de octubre 2013).

El Beato Juan Pablo II decía: «La madurez de la vida eclesial depende en gran parte de su redescubrimiento. El sacramento de la Reconciliación, de hecho, no se circunscribe al momento litúrgico-celebrativo, sino que lleva a vivir la actitud penitencia en cuanto dimensión permanente de la experiencia cristiana. Es “un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro con la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (“Reconciliatio et paenitentia”, 31,III) (Vaticano, 15 septiembre de 1999).

La madurez de la Iglesia está en confesar los pecados en el tribunal de la Penitencia. Y eso acerca a la santidad de Dios. Y, por tanto, la Iglesia no es una Iglesia de pecadores, sino de santos, de hombres que, cayendo en el pecado, corren a confesarlos en el Sacramento de la Penitencia. Y esto es lo que los hombres no hacen y, por eso, no gustan de la alegría de ser salvados, de ser santificados, de percibir la Presencia de Dios en sus vidas humanas. Y quieren, y corren, tras las alegrías del mundo, de la carne, de los hombres, que es lo que predica Francisco.

Francisco siempre insulta a la Iglesia porque se fija en lo que le interesa: en la Iglesia hay una historia de pecado, de corrupción, hay malos católicos, hay daño desde la Jerarquía por el pecado de muchos, y hay mucha gente que no sabe perdonar el pecado de otros. Pero la Iglesia nunca ha excluido a los pecadores de ser Iglesia, siempre ha enseñado cuál es el Camino para quitar el pecado. Y la Iglesia excomulga y ha excomulgado a pecadores para enseñarles el camino verdadero: o quitáis vuestros pecados o no hay salvación. Francisco quiere meter a todos en la Iglesia, y entonces arremete contra la verdad en la Iglesia: contra los excomulgados y contra las sentencias que la Iglesia ha dado para poner un límite, un muro, entre la santidad y el pecado. Francisco anula este muro y, ahora, en la Iglesia nadie combate ninguna herejía, ningún cisma; y, por eso, el gobierno de la Iglesia está lleno de herejes, de excomulgados, de gente pecadora que no pertenece a la Iglesia Católica, porque no tienen la fe católica.

Francisco insulta a toda la Iglesia al no hablar con verdad sobre el pecado y la santidad en la Iglesia. Un gran insulto.

Francisco habla de no excluir: «La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (EG – n. 23). «La comunidad evangelizadora (…) sabe adelantarse para tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos». (EG – n. 24). Esta obsesión por los excluidos es su forma de hablar sobre la salvación comunitaria, social; es decir su teología de los pobres. Cristo se ha encarnado para una obra social, no para salvar el alma.

Y, por eso, el que hace apostolado en la Iglesia «asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo» (EG – n. 25). Francisco cae en su herejía del pseudo-misticismo: la carne del hombre es la carne de Cristo. Esto es dar culto al hombre, divinizar el hombre, poner al hombre por encima de Dios. Y cae en esta herejía en su forma de hablar: la comunidad evangelizadora «asume la vida humana», encarna la vida del hombre, hace carne propia la vida de los demás; es decir, que todos tienen que llevar el peso de la vida humana, material, de los otros. Es su teología social, contraria a la doctrina de Cristo, que enseña que hay que cargar con el pecado de los demás, no con sus vidas humanas, no con sus problemas económicos, sociales, etc.

Para Francisco los que hacen apostolado «tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz» (EG – n. 25). Pero el que sigue a Cristo tiene que oler a Cristo no a oveja: «porque somos para Dios penetrante olor a Cristo en los que se salvan y en los que se pierden; en estos olor de muerte; en aquellos olor de vida para vida» (2 Cor 2, 15-16). Lo que enseña San Pablo es lo que niega Francisco: la predicación del Evangelio es causa de salud para quienes lo reciben y de ruina para quienes lo rechazan. Francisco no quiere excluir a nadie y, por eso, no es capaz de discernir ningún espíritu: todos se salvan, todos pertenecen a la Iglesia, la Iglesia está llena de pecadores, no de santos; no hay que hacer penitencia ni por nuestro pecado, ni por los de los demás. Ya Dios se encarga de salvar a todos, porque es muy bueno.

Pero hay algo más que dice Francisco: «éstas escuchan su voz». Cómo la comunidad evangélica «acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean», «encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados» (Ibidem), entonces, en el trabajo del hombre, en el esfuerzo social de los hombres, en resolverlos problemas de los hombres, las ovejas escuchan la Voz del Señor. Se quita la eficacia de la Palabra de Dios, que obra mientras todos duermen, para poner la eficacia del evangelio en las palabras, en las obras, en las ayudas que los hombres se hacen y realzan para los demás.

Esta doctrina de la teología de los pobres, de la liberación social, de la renovación de las estructuras del mundo, es la alegría para Francisco. Lo humano, lo social, lo económico, lo cultural, lo político, lo natural, lo científica, lo técnico. Si se resuelve esto, el hombre está en paz consigo mismo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres» (EG – n. 2).

La vida interior es para Cristo y sólo para Él. Y Cristo, en esa vida, enseña al alma a hacer las obras que Él quieren en los demás. Nunca la vida interior es para los demás. Nunca. Nunca en la vida interior hay espacio para los demás. El espacio es sólo de Dios. Dios es el Todo y Dios quiere Todo el corazón. No quiere un parte compartida con los demás. Por eso, en las palabras misma de Francisco se ve su ineptitud por la vida del Espíritu. Él no sabe hablar al alma, no sabe hablar al corazón del alma, no sabe alimentar con la Verdad el pensamiento del alma. Francisco sólo habla a la masa, para dar ideas a todo el mundo, para mover una masa de gente sin vida interior, sin vida de Gracia. Y, por eso, a cuántos engaña Francisco, porque en la Iglesia hoy se vive en masa, se piensa en masa, se obra en masa.

Jesús no ha venido por una masa de gente, sino por cada alma. Ha sufrido y ha muerto por cada alma. Y cada alma tiene que desprenderse de la masa para ser Iglesia. Y, por eso, no es posible la obediencia a Francisco en la Iglesia: él es un líder social para una masa social, no para el alma.

Francisco: un hombre que no quiere salvarse

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

La idolatría de un hombre oscurece la Iglesia Católica

«¿Y quien es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el Anticristo, que niega a la vez al Padre y al Hijo». (1 Jn 2, 23).

Francisco es el mentiroso, porque niega que Jesús sea el Mesías prometido por la Santísima Trinidad:

«Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». ( Entrevista a Francisco del fundador del periódico “la repubblica”).

Sólo por decir esta frase, lo que hace Francisco en la Iglesia Católica es NULO.

Nula su elección a la Silla de Pedro; nulas sus predicaciones, sus enseñanzas desde esa Silla; nulas sus obras en la Iglesia, porque todo aquel que niega al Padre y al Hijo es el anticristo.

Si Francisco no cree en un Dios católico, es más dice que no existe un Dios católico, entonces no cree en el Padre, que engendra a Su Hijo, y no cree en el Hijo, que es engendrado por Su Padre. Y, por tanto, no cree que el Hijo se encarnó para ser el Redentor de los hombres. Francisco cree en un dios al que llama Padre, y en un Jesús, al que llama la encarnación de ese dios. Y dice que la Iglesia Católica se ha inventado eso de un Dios católico. Y, ahora, hay que pensar como piensa Francisco a Dios. Ahora, la moda es no creer en un Dios católico. Ahora, esa es la cultura como hay que interpretar el Evangelio: según el concepto de dios que tiene Francisco en su cabeza. Según la fábula de ese hombre, así tiene que ser el culto a Dios en la Iglesia Católica.

Sólo por esto, no hay obediencia a Francisco. ¡Sólo por esto! No se puede obedecer a uno que ni cree en el Padre, ni en el Hijo, ni en el Espíritu Santo. No se puede obedecer a un hombre que niega la enseñanza de la Iglesia sobre Dios.

«Todo el que quiera salvarse, es preciso ante todo que profese la fe católica: Pues quien no la observe íntegra y sin tacha, sin duda alguna perecerá eternamente. Y ésta es la fe católica: que veneremos a un solo Dios en la Trinidad Santísima y a la Trinidad en la unidad. Sin confundir las personas, ni separar la substancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde igual gloria y majestad eterna. Cual es el Padre, tal es el Hijo, tal el Espíritu Santo. Increado el Padre, increado el Hijo, increado el Espíritu Santo. Inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso el Espíritu Santo. Eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno el Espíritu Santo. Y sin embargo no son tres eternos, sino un solo eterno. De la misma manera, no tres increados,ni tres inmensos, sino un increado y un inmenso.. Igualmente omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no tres omnipotentes, sino un omnipotente. Del mismo modo, el Padre es Dios, el Hijo es Dios, el Espíritu Santo es Dios. Y, sin embargo, no son tres Dioses, sino un solo Dios (…)» (símbolo Quicumque vult).

Francisco no quiere salvarse, porque no profesa la fe católica, sino su fe humana, su fe masónica, su fe comunista, su fe idólatra.

Un hombre que cree en dios, pero no en el Dios católico, en el Dios que enseña la fe católica, lo está negando TODO en la Iglesia.

Un hombre que no profesa la fe católica, ni se salva ni puede salvar a los demás.

No se puede obedecer a un hombre que da culto a su mente humana. Y, en ese mente humana, ha construido un dios para él mismo.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿para qué os sirve tanta teología si tenéis una venda en los ojos para no ver la Verdad?

Francisco, al decir que no cree en un Dios católico, ¿está actuando con la autoridad de Cristo en la Iglesia? ¿Le ha dado Cristo poder a Francisco para decir: Yo creo en Dios, no en un Dios católico? ¿Le ha dado Cristo a Francisco autoridad en Su Iglesia para enseñar lo que hay en su mente: no existe un Dios católico, existe Dios?

La respuesta es clara: Francisco no tiene ese poder de Cristo.

Entonces, viene la pregunta: ¿qué poder tiene Francisco para decir eso? ¿Si Cristo no se lo ha dado, quién se lo ha dado?

Respuesta: los hombres que han colocado a ese hombre en la Silla de Pedro, para que todo el mundo lo llame Papa, sin serlo. No ha sido Dios el que ha elegido a Francisco para Papa.

Sacerdotes teólogos, Obispos teólogos, ¿por qué obedecéis a uno que no es Papa? ¿Por qué la obediencia a un hombre que no habla en nombre de Cristo ni con la autoridad de Cristo? ¿Por qué obedecéis a un hombre que no habla las mismas palabras de Cristo, sino que se inventa el Evangelio según está en su cabeza?

Respuesta:

«(…) pues vendrá tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la Verdad para volverlos a las fábulas» (2 Timoteo 4:3,4).

No queréis escuchar la verdad de siempre, sino que os inquietáis en el asiento y saltáis como gacelas cuando os presentan los dogmas, las tradiciones, las enseñanzas de siempre. Huis de la Verdad para lanzaros a vuestra mentira, que nace de vuestras mentes, y que queréis enseñarla poniendo a Cristo por testigo de vuestras soberbias. Por eso, obedecéis las fábulas de ese hombre en la Iglesia.

Mas os valiera salir de la Iglesia para enseñar vuestras herejías, que quedaros dentro de Ella, oprimiendo a los humildes de corazón, porque quieren seguir la única Verdad, que es Cristo. Al Cristo, que es «ayer, hoy y siempre» (Heb 13, 8).

¿Quién se han creído los teólogos que es Francisco? ¿Qué hace tanta Jerarquía, que sólo están en la Iglesia tocándose el ombligo, y diciendo que, por pertenecer a la Iglesia Católica, obedecen a Francisco porque se sienta en la Silla de Pedro?

¿Se puede caer en mayor absurdo? Sí. Todavía la soberbia del hombre puede realizar mayor pecado de soberbia.

Si seguís a uno que no cree en el Dios católico, tampoco vosotros creéis en el Dios católico. Seguís la fábula de un hombre sobre Dios; ya no seguís el Evangelio que enseña que Dios es católico. Dios es como lo enseña la Tradición, el Magisterio auténtico de la Iglesia, la Palabra de Dios. Dios no es como lo enseña Francisco. Francisco no conoce a Dios, ¿cómo va a guiar a la Iglesia hacia la Voluntad de Dios? Francisco no ama a Dios, ¿cómo va a amar a los hombres si no sabe darles la Voluntad de Dios?

Por eso, ahora, os acomodáis para seguír una fábula y declaráis obediencia a uno que cuenta cuentos en la Iglesia. ¡Esto sí que es absurdo! Y arremetéis contra aquellos que no obedecen a Francisco. ¡Más absurdo todavía!

La verdad es mentira, y la mentira es la verdad. Es lo que mucha Jerarquía está predicando en la Iglesia, está enseñando en la Iglesia.

Francisco no soporta la sana doctrina:

«No podemos seguir insistiendo solo en cuestiones referentes al aborto, al matrimonio homosexual o al uso de anticonceptivos. Es imposible» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

Son sus mismas palabras: es imposible ver el aborto como siempre, ver el matrimonio homosexual como siempre, ver el uso de los anticonceptivos como siempre.

¿Todavía no tenéis inteligencia? ¿Todavía queréis pensar el aborto como un crimen social, pero no como una ofensa a Dios que exige la excomunión? ¿Todavía pensáis que no hay que juzgar al homosexual, porque es libre de vivir como le da la gana, según el invento de su mente humana, y no juzgarlo como lo juzga Dios: abominación? ¿Todavía os gusta pensar que la crisis de los matrimonios no es debido al uso de los anticonceptivos, sino a la opresión que la Iglesia hace a las pobres familias que tienen muchos hijos y que ya no aguantan más, y hay que procurarles el placer del pecado sin el remordimiento de la conciencia?

No podemos seguir insistiendo en el pecado como ofensa a Dios y, por tanto, ahora hay que meter la fábula del pecado como un mal que cada hombre se inventa en su bella cabeza humana, y que debe ser quitado atendiendo sólo a la mente del hombre. Veamos en la Iglesia otros caminos para dar un gusto a la gente en su vida humana. Salvemos a los hombres enseñándoles a pecar.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

El anticristo es el Vicario del Hijo de Dios. El que usurpa tal dignidad para su condenación y la de otros en la Iglesia Católica.

«Para las relaciones ecuménicas es importante una cosa: no solo conocerse mejor, sino también reconocer lo que el Espíritu ha ido sembrando en los otros como don también para nosotros» (Entrevista a Francisco con el P. Antonio Spadaro, S.J.1 Director de La Civiltà Cattolica).

¿Se puede obedecer a un hombre que no cree que en la Iglesia Católica está toda la Verdad? No; no se puede. Las demás iglesias son del demonio. Y si quieren salvarse, tienen que dejar sus pecados, porque la única Verdad que salva sólo la pueden encontrar en la Iglesia Católica.

Un hombre que enseña que en los judíos, en los musulmanes, en los ortodoxos, en los budistas, el Espíritu siembra la Verdad, eso no sólo es una herejía, no sólo es un cisma, sino una provocación a toda la Iglesia Católica.

Aquí estoy yo, como Papa, como Obispo de Roma, como el que se sienta en la Silla de Pedro, para que comprendáis que la Verdad también la poseen las demás iglesias. Hay que enseñar que Dios perdona todo pecado, porque ya no existe el pecado. Hay que enseñar a ser tiernos con la gente, a darles cariñitos, a ser amables con todo el mundo, porque todo el mundo es buenísimo.

Y, ante esto de Francisco, sólo queda una cosa:

«(…) no os mezcléis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón: con ese tal ni comer» (1 Cor 5, 11).

No estamos en la Iglesia para obedecer a un idólatra, como es Francisco. No hay unión con él, no hay obediencia a él, no hay ni siquiera respeto porque se siente en la Silla de Pedro, porque es un ladrón de esa Silla.

En la Iglesia, no estamos para ver qué cosa hace Francisco: ni comer con él. Ni alimentarnos de su palabra. Vomitar su palabra. Anular su palabra. Condenar su palabra. Escupirle a su rostro su misma palabra.

En la Iglesia Católica estamos para negar a Francisco, para tumbarle sus enseñanzas del demonio, para poner un camino de salvación a todo aquel que busca la Verdad y sólo la Verdad en la Iglesia Católica.

Porque «el que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama» (Mt 12, 30). Francisco no está con Cristo, sino contra Él y, por tanto, sus obras son para la condenación de muchas almas dentro de la Iglesia y fuera de Ella. Está desparramando la Gracia de Cristo, la está inutilizando, la está anulando. Y eso es muy grave dentro de la Iglesia Católica para estar pidiendo obediencia a Francisco.

Es hora de no obedecer a Francisco ni a ningún Obispo que apoye a Francisco.

En la Iglesia Católica hay que tener las cosas claras:

La Iglesia está donde está el Papa. La Iglesia es si hay un Papa.

Por tanto, la Iglesia no está en Francisco, porque no es Papa, no es el Vicario de Cristo, no es la Voz de Cristo. No es nada en la Iglesia Católica, porque no sigue la fe católica. Sigue su fe y se condenará por seguir esa fe. Y el Católico, si quiere salvarse, tiene que seguir al verdadero Papa: Benedicto XVI. Hasta que muera, en él está la Iglesia.

Y al verdadero Católico le trae sin cuidado que ese Papa haya renunciado, porque para Dios no hay tal renuncia. Y, aunque Benedicto XVI, no haga nada por la Iglesia y se dedique a otras cosas, sigue siendo el Papa; sigue estando en él todo el Papado. Porque se es Papa hasta la muerte. ¡Y ay de aquel que toque a Su Ungido!

Que un idólatra, como Francisco, no engañe a las almas en la Iglesia. Que se vaya a su ciudad, a su pueblo, a seguir su iglesia como le dé la gana. Que renuncie al cargo que otros le han encomendado hacer si quiere salvar su vida.

Pero, mientras siga en ese cargo, con Francisco ni comer, ni un saludo, ni sentarse a mirar qué cosa hace con todos los demás. A Francisco hay que humillarlo hasta que se le asomen las vergüenzas en su cara.

Francisco es un gran castigo para toda la Iglesia. Es una maldición. Y más le valiera morirse antes de que el Señor venga sobre su vida:

«(…) y el que escandalizare a uno de estos pequeñuelos que creen, mejor le sería que le echasen al cuello una muela asnal y le arrojasen al mar» (Mc 9, 42).

Cuando no se busca la verdad de la vida, el sentido de la vida, es mejor morir, porque se vive para condenarse. Y es preferible morir antes de cometer el pecado contra el Espíritu Santo, del cual no hay perdón. Un hombre que decide acabar su vida porque ha vivido de espaldas a la fe católica, un hombre que entiende eso, entonces tiene posibilidad de convertirse, antes de morir. Pero un hombre que no ha comprendido su pecado y que quiere seguir viviendo para continuar pecando, entonces llega a la perfección de su pecado, donde ya no hay salvación.

Por eso, Francisco: vete de la Iglesia, renuncia al gobierno en la Silla de Pedro, para poder salvarte. Si te empeñas en seguir, tu condenación es clara y segura.

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