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Bergoglio: servidor de Satanás

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«Esta es la hora de la confusión, la hora del Falso Profeta, que busca imponer a los hombres su propia doctrina inspirada por el espíritu del mal. Porque Mi Verdadero Evangelio no es doctrina de hombres, pues es de origen Divino» (Jesús a un alma escogida).

Es el tiempo de estar arraigados en la fe. Pero en esa fe divina y católica, dada por Jesús a Sus Apóstoles. En esa fe existe la claridad, la integridad, el conocimiento del bien y del mal. Sin esa fe, todo es oscuridad y confusión.

No existe otro Evangelio, sino el dado por Jesús.

Es la hora de la confusión, en la que Jesús sufre:

«Sufro terribles dolores en Mi Corazón Traspasado a causa del silencio e indiferencia de Mis sacerdotes y siervos consagrados, porque cuántos de vosotros sabéis que se está acercado la hora y no preparáis a las almas frente a los acontecimientos venideros, y por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

¡Cuántos de vosotros sabéis que es ya la hora!

La Jerarquía de la Iglesia sabe lo que está pasando. Y calla. Y no prepara a las almas hacia lo que viene. No hay excusa de su pecado.

Conocen el tercer secreto de Fátima y lo siguen escondiendo, siguen callando.

El silencio culpable de la Jerarquía y de los religiosos hace pecar a toda la Iglesia, y lleva a la condenación a muchos: «por culpa de vuestro silencio y cobardía muchos se perderán».

Muchos siguen la Iglesia oficial y se perderán. No hay camino si sigues obedeciendo a la Jerarquía oficial. Búscate a un sacerdote que crea y que se oponga a Roma. Sólo así te salvarás.

Esto es duro de predicar, pero es la única verdad.

La Jerarquía no se atreve a hablar claro y deja estar la situación de la Iglesia en un veremos qué pasa en el Sínodo. Ese veremos mata almas. Se las deja en manos de ese lobo vestido de Obispo, al cual tienen la desfachatez de llamarlo “santo padre”, y es sólo el servidor de Satanás, con la misión de engañar a la Iglesia y al mundo entero.

Bergoglio ya se ha quitado la careta, y aun así muchos no ven su juego.

Muchos intelectuales ven las herejías de Bergoglio, ven su descalabro, y lo siguen llamando “papa”. No tienen vergüenza. No son capaces de llamarlo por su nombre: falso profeta, bufón del Anticristo, usurpador, falso Obispo. Están agarrados a la palabra oficial de la Jerarquía. ¿Qué dice Roma? Si Roma no habla, la cosa sigue sin resolverse. Hay que seguir esperando. Hay que nombrar a Bergoglio como papa.

¡Este es el error garrafal de muchos! Ya no son los tiempos de esperar a que Roma hable. Es la hora de la confusión. Es la hora del Falso Profeta. No busquen una verdad en Roma porque no la van a encontrar.

«Dirijo estas palabras a todos Mis fieles que habéis reconocido ya los Signos de los Tiempos, y vivís bajo mi Guía preparándoos, día a día, a los grandes acontecimientos del Fin de los Tiempos, poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes. Si habéis decidido seguirme, estad listos para la prueba, armaos de valor y no os acobardéis, porque os señalarán y os enjuiciarán Mis mismos Pastores, como lo hicieron conmigo los Ancianos y los Maestros de la ley.  Lo hicieron primero conmigo, llamándome blasfemo, por proclamar la Verdad y defenderla. Ahora, a vosotros, os aborrecerán por denunciar la mentira y el engaño, habiendo descubierto al impostor, al que le llaman multitudes “santo padre”, a quien él mismo se dio el título de obispo de Roma, y es solamente un servidor del diablo, porque abandonó el Espíritu de la Verdad, el Espíritu Santo, para recibir el espíritu del mal, haciéndose servidor de Satanás, dejando de ser miembro de Mi Cuerpo Místico».

Es el fin de los tiempos: nadie lo cree. «…poco visibles para la gran mayoría, aun de entre vosotros Mis sacerdotes». La Jerarquía tiene un empacho de teología y no ve nada. No sabe discernir nada. Tanta teología que les va a llevar al infierno de cabeza. Carecen de auténtica vida espiritual.

San Juan escribió Su Evangelio para que creyeran que «Jesús es el Mesías» (Jn 20, 31).

Bergoglio, servidor de Satanás, enseña su doctrina para que las almas sean conducidas hacia el infierno, para que no crean en Jesús, sino en el concepto nuevo de Jesús.

Todo sacerdote de Cristo, cuando habla, cuando predica, lo hace para que las almas crean en la Palabra de Dios.

Todo servidor de Satanás, cuando habla, es para que las almas sólo crean en sí mismas, en sus vidas, en su humanidad, en lo que pueden ver y tocar, en su lenguaje humano. Son expertos en demoler el lenguaje dogmático para quedarse en su barato y blasfemo lenguaje humano, vacío de toda verdad.

Es difícil predicar para convertir a las almas hacia la Verdad. Es muy fácil hablar muchas cosas, y muy concertadas en la inteligencia, pero que no sirven para abrir el corazón de la persona a la fe en Cristo.

Es muy fácil hablar lo que el pueblo quiere escuchar. Eso lo hace la mayoría de la Jerarquía, que no quiere pringarse los dedos dando la doctrina que no cambia, la eterna, la inmutable, la que nadie quiere escuchar y vivir.

Hoy la Jerarquía no es testimonio de Cristo, de la Verdad. Son sólo eso: un conjunto de hombres veletas del pensamiento de Bergoglio. Y son ellos mismos los que producen la confusión dentro de la Iglesia.

Y hay que oponerse a ellos, sabiendo que ellos mismos van a perseguir a los verdaderos católicos: «os señalarán y os enjuiciarán mis mismos pastores».

No esperen de la Jerarquía, que sigue a Bergoglio, que se somete a su inteligencia humana, comprensión ni misericordia con ustedes. Si siguen a uno que no pertenece a la Iglesia Católica, tienen que atacar a los que están dentro de la Iglesia Católica, a los que siguen la doctrina católica, la de siempre.

Y, por seguirla, por permanecer fiel a esa verdad inmutable, deben juzgar y condenar a Bergoglio. Y esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia no admite: que se juzgue a Bergoglio, que no se le tenga como papa.

Roma ya no habla la verdad. Hay que juzgar y condenar a Roma.

Ellos van  hacer lo mismo que hicieron con Jesús: van a llamar blasfemos a todo aquel católico que critique, que denuncie a Bergoglio como el impostor que es. Van a querer que todos se sometan al juicio de los Obispos en el Sínodo. Quien no lo haga, será excomulgado.

No hay que tener miedo de esta Jerarquía que no pertenece a la Iglesia Católica, pero que está al frente de todas las parroquias del mundo. Hay que saber enfrentarse a ellos, sin miedo. Y si ellos, en público, exigen la obediencia a la doctrina de Bergoglio, entonces en público se les escupe a la cara y se abandona esa parroquia, como lugar tomado por Satanás para levantar su iglesia.

Quien no tenga las cosas claras de lo que pasa en la Iglesia, está totalmente perdido en esta hora: es la hora de la oscuridad. No hay luz por ninguna parte. En Roma no hay conocimiento de la Verdad. En la Jerarquía no hay sabiduría divina. Entre los fieles, sólo existe la opinión de la mayoría.

Nadie se atreve a dar la cara por la verdad. Tienen miedo a los hombres: a lo que piensan, a lo que dicen. Y no saben enfrentarse a ellos.

¿Qué es la mente de Bergoglio? Una cloaca de maldad. Y punto y final. Quien vea en Bergoglio alguna sabiduría, se ha vuelto loco de remate.

No se puede comulgar con una cloaca de impurezas para constituir la Iglesia de Cristo. No se puede excusar la mente de Bergoglio sólo para tenerlo contento a él. No se pueden limpiar las babas que continuamente salen de la boca de ese maldito. Hay que batallar en contra de ese ignorante y decirle que se marche, que viva su vida como quiera, pero que deje de hacer el idiota.

Todo católico está obligado a comulgar con el Papa Benedicto XVI si quiere salvar su alma. Y aquel que no lo haga no pertenece a la Iglesia Católica, no es católico.

«Os he permitido, hasta ahora, venir al lugar de Mi Santo Sacrificio para que ofrezcáis reparación ante lo que vuestros ojos del alma ven, y se os ha sido revelado, así como el Espíritu de la Verdad os guía a hacer la ofrenda y la unión espiritual y mística con Mi Verdadera Iglesia, guiada y sostenida por Mi Verdadero Vicario Benedicto XVI, y os abstenéis de la unión con Francisco, el obispo de Roma. Llegará el día en que debéis abandonar el Lugar Santo, y Yo mismo os enviaré a un lugar reservado en donde se Me dará un Verdadero Culto, y la Verdadera Adoración, en comunión de Mis sacerdotes escogidos para esta hora, porque para entonces el lugar en donde se celebrará Mi Santo Sacrificio estará terriblemente profanado y convertido en guarida de demonios».

Cuando en la Misa se conmemora el nombre de Francisco en la liturgia, se produce una comunión espiritual de los fieles con el apóstata Bergoglio.

Para no entrar en esa unión, los fieles tienen que ir a la Misa con la intención de reparar todos los pecados que se ven en la Iglesia. El pecado de haber puesto a un hereje como papa. El pecado de someterse a la mente de ese hereje. El pecado de callarse ante las herejías de ese hereje. El pecado de mantener a ese hereje en la Silla que no le corresponde. El pecado de nombrarlo en las misas. El pecado de predicar la doctrina de ese hereje. El pecado de alabar y ensalzar la persona de ese hereje. El pecado de amenazar a los fieles que no comulguen con ese hereje.

Si se va con esta intención, todo lo que ocurra en esa misa no contamina al alma. Se está en el Calvario, en la Presencia de Jesús, que sufre y muere por sus almas, por sus sacerdotes y religiosos que callan ante el desastre que ven en la Iglesia.

No tengan miedo a las palabras de la Jerarquía: son sólo hombres, que han perdido toda autoridad divina en la Iglesia. Actúan como hombres, piensan como hombres, miran la vida de la Iglesia como lo hacen los hombres.

«No temáis a los juicios de los hombres, porque a todo el que Me sigue se le perseguirá, y serán juzgados injustamente. El Ángel del Señor estará con vosotros para proteger a Mis Mensajeros hasta que cumplan con la misión que se les ha sido encomendada, y que libremente recibieron por amor a Mí y a Mi Padre del cielo».

Jesús es la Revelación del Padre, es decir, es la Palabra del Pensamiento del Padre. Jesús descubre lo que piensa Dios; Jesús obra lo que quiere Dios; Jesús vive como vive Dios.

Jesús ya todo lo ha dicho. Y ha puesto Su Revelación en la Iglesia Católica, que Él mismo ha fundado en Pedro.

Poner es confiar a la Iglesia, a la Jerarquía unida a Pedro, todo el Pensamiento de Su Padre.

Poner es hacer que la Iglesia, Su Jerarquía, custodie y propague toda la Vida de Dios, que se manifiesta en los Sacramentos.

Cuando la Jerarquía de la Iglesia ha perdido la fe en la Iglesia, es decir, cuando ya no cree en la Iglesia que Cristo ha fundado, cuando ya no custodia ni propaga la doctrina de Cristo, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia, porque se vuelve herética, vive en la apostasía de la fe, y obra el apartamiento de toda Autoridad Divina, de toda ley Eterna.

Dios ha confiado a la Iglesia custodiar en santidad y declarar infaliblemente la doctrina de fe y de costumbres. Si la Iglesia no hace esto, automáticamente pierde su autoridad doctrinal, que es divina. Ya la Iglesia no enseña con autoridad, con el poder divino, la verdad, lo que hay que creer; sino que se dedica a hablar de muchas cosas para no decir ninguna verdad. Se oculta la verdad divina para manifestar todo un conjunto de verdades a medias, de relativismos.

No hay que seguir ese hablar, ese lenguaje humano, porque no refleja el Poder de Dios, la Autoridad de Dios. Sólo está manifestando un poder humano, una obra humana, que no tiene nada que ver con la de Cristo. Sólo se refleja el pecado de orgullo.

Bergoglio es herejía pura:

«Me imagino ese susurro de Jesús en la Última Cena como un grito… El Bicentenario de aquel grito de Independencia de Hispanoamérica…. nacido de la conciencia de la falta de libertades, de estar siendo exprimidos, saqueados, sometidos a conveniencias circunstanciales de los poderosos de turno».

Bergoglio toma en vano el nombre de Jesús para predicar su blasfemia. Y tiene que pedir perdón por las atrocidades de los colonizadores:

«… pido humildemente perdón, no sólo por las ofensas de la propia Iglesia sino por los crímenes contra los pueblos originarios durante la llamada conquista de América».

Todo el problema de Bergoglio es que cree en lo que dice. Para el que lo lee, sólo hay una expresión: este tipo se ha vuelto loco.

¡Qué escándalo son estas palabras!

¡Qué ultrajante es este pensamiento del impostor!

¡Ofende a toda la Iglesia Católica! Y él tan contento. Y los que lo tienen como papa, felices de que muestre su odio a la Iglesia Católica

Este personaje sigue la teología de la liberación, en la cual los colonizadores trajeron de Europa un cristianismo sincrético, es decir, una síntesis entre la experiencia religiosa antigua de los griegos, romanos y bárbaros, con la tradición judeocristiana.

Para esta teología, los colonizadores no trajeron la fe auténtica, no predicaron la Verdad del Evangelio de Cristo, no enseñaron a ser Iglesia. Ellos no creen en Jesús como Dios, sino como un hombre más. Ellos no pueden creer en Jesús sin más; tienen que creer en la comunidad, es decir, en el Jesús de la historia, en el Jesús que cada comunidad, cada cultura, cada nación se inventa.

Jesús, para estos herejes, es alguien que se insertó en la historia humana y que dio sentido a los que lo seguían. Un sentido humano, un sentido contemporáneo para aquellos hombres. De esta manera, ese Jesús tiene que ser traducido de forma comprensible para las personas del tiempo presente. No se puede seguir al Jesús de los Evangelios, porque fueron escritos en una época determinada, con unas culturas, con unas creencias, con unos mitos. Cada pueblo tiene que inventar, adaptar ese Jesús del Evangelio a su vida de comunidad en particular.

Por eso, este hombre tiene que pedir perdón porque la Iglesia hizo su trabajo según la mentalidad de la época, y lo que tenía que hacer era acomodarse a las culturas que encontraba, sin enjuiciar ni condenar nada. Como no lo hizo, entonces cometieron muchos crímenes, como el de apropiarse de tierras indígenas, el de quedarse con el oro y la plata, y el de matar a los aborígenes. Por estos tres crímenes: saqueo, robo y muerte, ese hombre ha pronunciado unas palabras inadmisibles, llenas de injusticia, de oprobio y de vejámenes.

Bergoglio está en su marxismo y le duele lo que hicieron los conquistadores, porque es incapaz de ver la verdad histórica. Él sólo vive en la memoria de su pensamiento, en su fe fundante. Y, por eso, sis palabras producen un daño incalculable.

Por eso, Bergoglio presenta a un Jesús revolucionario: el grito de la Última Cena es el grito de la revolución de la independencia. Jesús pronunció ese grito de acuerdo a la mentalidad de aquella época. Hoy hay que hacerlo de otra manera.

«… digámoslo sin miedo: queremos un cambio, un cambio real, un cambio de estructuras. Este sistema ya no se aguanta, no lo aguantan los campesinos, no lo aguantan los trabajadores, no lo aguantan las comunidades, no lo aguantan los Pueblos… Y tampoco lo aguanta la Tierra, la hermana Madre Tierra…».

Hoy lo que impera en el mundo es el nuevo orden mundial. Y hay que gritar ese cambio: un cambio de estructuras. Hay que dejar los Estados, los países particulares y centrarse en un gobierno mundial. Y la razón: su comunismo. Sus campesinos, sus trabajadores, sus comunidades.

Bergoglio lanza dos ideas: la masónica o el idealismo puro, el orden mundial; y la comunista, el bien común global.

Además, mete la idea protestante: su panenteísmo. Hay que cuidar la madre tierra.

En estas tres ideas se basa toda la doctrina de Bergoglio, todo su magisterio, que no tiene ninguna autoridad doctrinal, porque no custodia la Revelación de Jesucristo, la doctrina que Jesús dio a Sus Apóstoles.

La autoridad doctrinal, en la Iglesia, está apoyada en la verdad absoluta e inmutable. Quien enseñe esta Verdad automáticamente tiene el poder de Dios. Lo hace con Autoridad, con la fuerza del Espíritu. Y nunca se equivoca en lo que enseña.

Pero quien enseñe una mentira en la Iglesia, automáticamente pierde el poder divino, y lo que enseña es con su poder humano, con su pobre autoridad humana, con las fuerzas de su mente y de su voluntad. Y, por lo tanto, quiere imponer su idea, su doctrina a los demás. El mentiroso da mil vueltas para imponer a los demás su visión de la vida. El que dice la verdad deja libre siempre a los demás, enseñando el verdadero camino.

Bergoglio impone su idea en Roma y en toda la Iglesia. Para ello tiene a la masonería, que ocultamente trabaja en todas las parroquias del mundo, haciendo que toda la Jerarquía enseñe el magisterio de Bergoglio.

Por eso, ahora los sacerdotes están obligados a defender a Bergoglio, a predicar su doctrina. Una vez que Bergoglio ha vomitado su Laudato Si, que es el magisterio de un heresiarca, la persecución dentro de la Iglesia se ha establecido.

Hay que decirlo sin miedo: Bergoglio es un loco de atar. Y hay que meterlo en un manicomio.

Bergoglio es un maldito endemoniado, con un odio visceral a la Iglesia Católica. Es un ser totalmente ciego, que vive la depravación de su conciencia. Él vive su conciencia global y tiene que atacar a los de conciencia aislada:

«Es el drama de la conciencia aislada, de aquellos discípulos y discípulas que piensan que la vida de Jesús es solo para los que se creen aptos. En el fondo hay un profundo desprecio al santo Pueblo fiel de Dios».

Los de conciencia aislada, en el lenguaje baboso de este hombre, son los verdaderos católicos que disciernen que el amor de Dios es exigente. Y quien no esté preparado no puede entrar en el Reino de los Cielos.

Esto lo ha enseñado hoy en la reunión con el clero boliviano: les enseña a comulgar con su doctrina. Y la Jerarquía asintiendo con su cabeza, callada como idiotas al matadero.

Bergoglio ha elegido el mal para su vida, y eso es lo único que le interesa en la vida. Y es lo único que ofrece a los demás, a los que le quieran seguir. Por eso, tiene que atacar la verdad, la Iglesia, la ley de Dios, la Autoridad de Dios.

Digámoslo sin miedo: queremos que Bergoglio se vaya a su casa y muera allí en la más absoluta miseria, olvidado de todos.

Digámoslo sin miedo: queremos que se muera Bergoglio. Desear la muerte de alguien, por su bien espiritual, es lo mejor que se puede hacer con este personaje. Si sigue viviendo, no hay salvación para su alma. Pero si tiene un accidente y muere, quizás se pueda salvar, aunque sólo sea por temor a lo desconocido. Bergoglio no cree en Dios, sólo cree en su concepto de Dios: él vive su idealismo puro, su ateísmo radical, mezclado de comunismo y protestantismo.

Jesús es la Revelación y ha puesto esta Revelación en Su Iglesia, en Su Jerarquía. Pero la Jerarquía tiene el deber y el derecho de custodiarla en santidad y de proclamar a los cuatros vientos el magisterio infalible, la doctrina de fe. Si la Jerarquía no hace esto, lo que diga oficialmente no hay que seguirlo en la Iglesia Católica.

No hay que escuchar lo que viene de Roma. No hay obediencia a los herejes, porque no son Iglesia. Son usurpadores de la Verdad.

Este es el punto que se le atraganta a muchos católicos: lo oficial y la Revelación de Jesús.

¿Todo lo que habla la Iglesia oficial, todo cuanto sale de la boca de la Jerarquía, es para decir la verdad pese a quien pese? O, por el contrario, ¿las palabras y las obras de la Jerarquía oficial no tienen nada que ver con la Revelación que Jesús ha confiado a la Iglesia?

Cuando la Jerarquía oficial predica herejías y vive la apostasía de la fe, entonces esa Jerarquía no pertenece a la Iglesia Católica, y el católico tiene el deber y la obligación de no obedecer a esa Jerarquía, de separarse de Ella. Si no hace esto, entonces la sigue y admite muchos pecados, que le apartan de la gracia de Dios.

«Sacerdotes, despertad, no durmáis que el Enemigo ya está entre vosotros y no lo reconocéis».

Si la Jerarquía no reconoce al demonio es que vive con el demonio, come con él y se acuesta con él: hace una vida de demonios. Son demonios encarnados.

Si la Jerarquía no reconoce a Bergoglio como enemigo de Cristo y de la Iglesia Católica es que se han vuelto enemigos de la verdad y se han unido a ese viejo verde para destruir la Iglesia.

 

Bergoglio es sólo tiniebla para toda la Iglesia

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«Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados…» (Mensaje a Cáritas en Roma)

Tocar la carne de Cristo, que está presente en los necesitados: ésta es la principal herejía de Bergoglio.

«Es el misterio de la carne de Cristo: no se comprende el amor al prójimo, no se comprende el amor al hermano, si no se comprende este misterio de la Encarnación. Yo amo al hermano porque también él es Cristo, es como Cristo, es la carne de Cristo. Yo amo al pobre, a la viuda, al esclavo, a quien está en la cárcel… Pensemos en el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados: Mateo 25. Amo a todos ellos porque estas personas que sufren son la carne de Cristo, y a nosotros que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo. Ir a las periferias, precisamente donde hay tantas necesidades, o hay —digámoslo mejor— tantos necesitados, tantos necesitados…» (Caserta, lunes 28 de julio 2014).

Bergoglio anula el culto a Dios en Jesús, para poner el culto al hombre: «yo amo al hermano porque…es la carne de Cristo»…«Amo a todos ellos… que sufren… porque… son la carne de Cristo»… «(los) que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo».

La carne de Cristo es la naturaleza humana de Cristo. Es la propia del Verbo Encarnado. Todo hombre, engendrado de mujer, tiene una carne, que es suya propia. Carne que pertenece a la naturaleza humana, pero es de cada hombre.

En el Misterio de la Encarnación, el Verbo asume una naturaleza humana, pero no asume a todo hombre.

Ésta es la herejía de Bergoglio: en ese misterio se asume a todo hombre. El hombre queda divinizado en la carne. Por eso, Bergoglio puede decir, según su herejía, la idolatría:

«Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que cuando entra el Señor».(Mensaje a Cáritas en Roma)

Su herejía le lleva a la idolatría. La idolatría es el culto al hombre. Es decir, es anular el culto a Dios. Es interpretarlo de una manera humana, con un lenguaje apropiado, lleno de errores, de oscuridades, en donde sólo el amor al hombre está presente.

Es habitual en Bergoglio hablar de muchas cosas, tratar muchos temas y no centrarse en el culto a Dios, en la adoración a Dios. Su hablar siempre hace referencia a su principal herejía: tocar la carne de Cristo en los hombres.

Todo hombre, para Bergoglio, es dios, es santo, es justo, es bueno. Al igual que todo lo creado. Todo participa de Dios, pero no por la gracia, no por la Presencia Omnipotente de Dios en todo lo creado, sino porque realmente las cosas son divinas.

Es su herejía del panenteísmo, que se ve en la fraternidad:

«Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Es la fraternidad, es esa relación entre los hombres por tener una misma naturaleza humana, por compartir el mismo origen, por tener la dignidad de persona humana, la que crea una red de comunicación, de relaciones entre los hombres.

Para Bergoglio, Dios  «creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la propia plenitud» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, 27 de octubre de 2014).

Bergoglio anula la Omnipotencia de Dios en el acto creador y el atributo de su Perfección, poniendo en todo lo creado un evolucionismo, que va desarrollando todas las cosas hacia su perfección, hacia su plenitud, de acuerdo a unas leyes internas. Dios no crea las cosas perfectas, sino de un modo imperfecto. No tiene ese poder para crearlo todo en su plenitud: «Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así» (Ib).

Por eso, cuando habla de la fraternidad, está hablando de una ley interna que Dios ha puesto en el hombre cuando lo ha creado. Y esa ley interna de la fraternidad lleva al hombre hacia su plenitud.

La familia humana nace de la fraternidad original. Este es su panenteísmo: la imagen y semejanza de Dios, en la creación del hombre, la tiene todo hombre, gracias a la fraternidad.

Adán y Eva crearon la primera fraternidad: «Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Adán y Eva no concibieron la primera fraternidad: no pudieron concebir hijos como Dios lo quería. Los concibieron en el pecado de Adán, por la astucia de Eva, engañada por el demonio. Luego, los hijos que tienen no pueden ser fraternales. No son hermanos y hermanas como Dios los quería. Vienen de la misma carne y sangre, pero no del Espíritu.

Y «lo que nace de la carne, carne es» (Jn 3, 14). Caín y Abel son carne. No tienen el Espíritu de Dios. Luego, no pueden amarse en Dios, según el amor de Dios. Consecuencia, es necesario que uno mate al otro, porque si no hay amor de Dios, tampoco hay amor al hermano, es imposible obrar este amor.

Esta verdad es la que niega constantemente Bergoglio. Porque él se centra en su idea de la fraternidad, como ley interna que lleva a la plenitud a todo hombre. Por esa ley interna, Adán y Eva conciben hijos fraternales, hijos que son hermanos.

Y el pecado de Caín es un error al pensamiento de la fraternidad: «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos» (Ib). Su pecado no es una ofensa a Dios, sino un rechazo a la vocación de ser hermanos, un rechazo a la ley interna de la fraternidad, que rige en todo hombre, la cual le lleva a su plenitud.

Esta vocación la renueva Cristo en el misterio de la Encarnación. Quien cree en Cristo, entra de nuevo en la fraternidad: «Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana» (Ib). La obra de Cristo es, para Bergoglio, volver al origen de la primera fraternidad. Y, además, se hace eso por medio de un imperativo: «El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión» (Ib).

Ya el ser hijo de Dios no es un don de la gracia, sino un imperativo: o te conviertes, o cambias de mentalidad, o no entras en la fraternidad.

Es un imperativo al modo de pensar humano: hay que convertirse, hay que predicar el Evangelio según los tiempos, según las culturas, según la perfección de la mente humana. De esta manera, se encuentra la perfección de la ley de la fraternidad, que Caín rechazó. No tenía alguien que le predicara, que le mostrara el evangelio de la fraternidad. Cristo viene a trae de nuevo la palabra mágica -fraternidad- que el olvidó en el Paraíso. Y la pone en su misma carne, la obra con su misma carne.

Adán y Eva concibieron el amor al prójimo, pero Caín rechazó esta vocación. Tuvo un error en la mente. Su mente no era perfecta en la ley de la fraternidad. Dios creó a Adán, pero no es un mago. No lo crea en perfección, sino con unas leyes internas que van llevando al hombre hacia su plenitud. De esa manera, Bergoglio explica el pecado de Adán y el todos los demás hombres. Hasta llegar a Cristo, que pone en el hombre el amor que ya no pasa, que es para siempre. Lo pone en la carne del hombre.

Lo tienen en cualquier homilía:

«El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él primero lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor está escrita una vez para siempre en el corazón del hombre…Jesús ha demostrado que el amor de Dios se obra en el amor al prójimo…Es un amor redentor, liberado del egoísmo. Un amor que dona a nuestro corazón la alegría…» (Regina Coeli, 10 de mayo del 2015

Cristo ha dado carne a su amor: lo ha materializado, lo ha puesto en el corazón del hombre. Y para siempre.

Este es el desvarío de este hombre.

«Yo pondré Mi Ley en ellos, y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán Mi Pueblo» (Jer 31, 33).

Jesús no da carne a su amor, sino que obra en su naturaleza humana el amor de Su Padre, el amor divino. Su mente humana tiene la idea divina, piensa lo divino. No puede apoyarse en ninguna idea humana. Su voluntad humana obra aquella idea divina, aquello que es Voluntad de Dios. La pone en acto. Y su carne humana es el instrumento para que se pueda obrar la idea divina, el Pensamiento de Su Padre.

Jesús nunca da carne a su amor. Jesús usa su carne humana para una obra divina.

En el panenteísmo de Bergoglio, la carne es algo divino. La carne misma obra lo divino, no es instrumento de lo divino. Por eso, Bergoglio tiene que caer en su idolatría, de manera necesaria.

Dios pone la Ley Eterna en la naturaleza humana: todo hombre tiene que regirse por esta Ley para ser de Dios, para adorar a Dios, para obrar el amor de Dios en su vida.

Dios pone en el corazón la gracia divina, la vida de Dios, para que el alma participe de la divinidad: sea Dios por participación, sea hijo de Dios por gracia, no por naturaleza.

El hombre ya ha perdido la imagen y semejanza de Dios, por el pecado de Adán: ya no es Dios por creación. Sólo es Dios por participación de la gracia divina.

Pero la gracia se puede perder por el pecado personal de cada hombre. Por eso, no está escrita para siempre en el corazón del hombre. Bergoglio siempre anula el pecado. Y, por tanto, pone al hombre como si fuera un dios, como si fuera un ser que nunca ha perdido la semejanza con Dios.

Dios crea al hombre a imagen y semejanza. Pero el hombre perdió las dos cosas: la imagen y la semejanza en su pecado.

Bergoglio, al poner la ley del amor escrita para siempre en el corazón, tiene que hablar de un amor redentor, liberado del egoísmo. Y, por eso, tiene que decir: el amor de Dios se obra en el amor al prójimo.

¡Gran disparate!

El amor de Dios se obra por sí mismo, en sí mismo, desde sí mismo. Nunca Dios obra en el otro, en el prójimo, desde el hombre, con el hombre.

Dios obra su Amor sin necesidad de nada ni de nadie.

Como Dios ha obrado todo por Su Amor, Dios da su Amor a todo lo creado. Pero, este dar Su Amor no es sacar lo creado de sí mismo, de lo divino. Dios lo crea todo de la nada, es decir, no existe el ser de nada.

El hombre es nada para Dios. La Creación es nada para Dios. No es algo. No pertenece a Dios. Es nada. Y de la nada, Dios saca todo lo creado.

Dios sólo se ama a Sí mismo. No ama nada fuera de Sí Mismo. Y cuando decide crear al hombre, pone en el hombre creado la capacidad para amar. Y esa capacidad es el Poder del Amor Divino, que sólo se puede obrar en la gracia y en el Espíritu.

Por eso, el amor de Dios se obra con la gracia, y así se realiza un amor al prójimo. El amor de Dios no se obra en el amor al prójimo. Se obra en la gracia, en la vida divina. La ley del amor necesita la ley de la gracia, en el corazón del hombre. Quien viva en el pecado, no puede ni amar a Dios ni amar al prójimo como a sí mismo. Hará un bien natural, un bien humano, un bien carnal, que no tiene la capacidad para salvar su alma, para poner la Voluntad de Dios en el otro. El que peca no puede amar a Dios. Sólo se ama a sí mismo en su obra de pecado.

Para Bergoglio, amor de Dios y amor al prójimo son dos cosas iguales: se confunden, se mezclan, se anulan. Es la ley de la fraternidad, que ha llegado a su plenitud con Cristo. En Cristo, amar a Dios es amar al prójimo. Es el lenguaje que él constantemente emplea para confundir a las almas que no conocen su fe. Es un imperativo moral: si amas a Dios tienes que amar al prójimo.

Nunca Bergoglio enseña el camino para amar al prójimo: que es usar la gracia divina, que es en la vida divina, en la Mente de Cristo, en los mandamientos de Dios.

Por eso, Bergoglio enseña su nueva y falsa espiritualidad:

«¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide!» (Homilía del 26 de abril del 2015)

Una espiritualidad sin discernimiento espiritual, porque «el amor de Dios se obra en el amor al prójimo». El amor de Dios no es una Ley Eterna en la naturaleza humana. Todos los hombres son hermanos, han sido concebidos en la fraternidad. Es la ley interna de la fraternidad. Por lo tanto, en todos los hombres está la carne de Cristo. No niegues la carne de Cristo negando el bautismo a tu hermano de carne y sangre.

«En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar» (Ib). Es una espiritualidad amorfa, sin justicia, sin rectitud. Es un perdón que no sirve para nada porque no juzga nada, no condena nada.

El perdón al prójimo viene del amor que juzga, del amor que castiga, del amor que es recto, del que ama en la verdad de la vida.

En la espiritualidad de Bergoglio, el amor de Dios es en el amor al prójimo: está condicionado por el amor al prójimo; depende del amor al prójimo; está limitado por el amor al prójimo. Y como el prójimo es tu hermano, entonces no puedes condenarlo. Tienes que ir a la plenitud de la fraternidad, para que no seas como Caín, que rechazó la vocación – la ley interna de su naturaleza humana- que tenía escrita  en su interior.

Así, los nuevos sacerdotes, que son falsamente ordenados por Bergoglio, se hacen voz del pueblo:

«Al celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad» (Ib).

Ya no son la voz de Dios al pueblo, a toda la humanidad. Ya no enseñan la verdad divina al pueblo, sino que hablan lo que el pueblo quiere escuchar. Son los servidores del pueblo, los instrumentos del pueblo, los veletas del pensamiento de los hombres.

Es así como se va formando el cuerpo místico del Anticristo.

Primero, haciendo de la gracia un saco roto. Ya no se vive en muchas almas la gracia de cada sacramento. Sólo se viven palabras humanas, lenguaje humano, imperativos morales: jamás niegues el bautismo, no juzgues cuando confieses, conviértete…

Una vez que los hombres hacen de los Sacramentos algo –un lenguaje- que no sirve para nada, viene el cambio en la liturgia de los sacramentos. Y aparecerán los nuevos sacramentos, que son sólo burdas imitaciones de la verdad. Pronto se van a ver estos nuevos sacramentos.

Ya, de hecho, hay sacerdotes que empiezan a confesar a través del teléfono, de las redes sociales. Ya se hace una caricatura del Sacramento de la Penitencia. Ya no hay que ir en busca del sacerdote, lo que supone una penitencia, en muchos casos, sino que con un dedo, con un botón, lo encuentras al momento, y te da una falsa absolución.

Es la revolución de la estupidez.

Mucha es la Jerarquía que calla ante las palabras de Bergoglio. Y se hacen estúpidos, como lo es Bergoglio.

Y muchos son los fieles auténticamente estúpidos, que se creen todas las palabras bellas de ese bastardo de la Sagrada Escritura, que es Bergoglio.

Bergoglio es tiniebla:

«Queridos hijos, rezad con el corazón y no os apartéis de la verdad. Llegará un día en que habrá desprecio en la Casa de Dios y lo sagrado será lanzado fuera. Un Xino estará en el Trono, contrariando a muchos, pero Dios es el Señor de la Verdad. Lo que os digo ahora, no lo podéis comprender, pero un día os será revelado y todo estará claro para vosotros. El espejo: éste es el misterio. Como criaturas, confiad. Como siervos, sed fieles. Dios está controlándolo todo…» (04.04.2005 – Mensagem de Nossa Senhora, n° 2.505)

Bergoglio es el Xino. La palabra Xino hay que leerla en el espejo, delante de un espejo: Onix.

La palabra Onix viene del griego o-νυξ, que significa la noche, la tiniebla, la oscuridad, la calamidad, la desgracia.

Esto es Bergoglio: una desgracia para toda la Iglesia. Una luz que no ilumina. Una tiniebla que combate, que persigue la luz. Una piedra negra, como el ónix, que brilla por lo exterior que da, en la superficialidad de la vida, para aparentar una riqueza que no se tiene.

Bergoglio está en el trono para contrariar a muchos, para producir confusión y división en todas partes. Pero Dios es el Dueño de la Verdad. Por eso, Bergoglio sólo puede hablar sus estupideces todos los días, pero no las puede poner en ley. No puede obligar a los demás a seguir sus idioteces. Quien lo sigue es porque es idiota, como él; porque vive lo mismo que ese sujeto, piensa lo mismo, porque tiene su negocio en la Iglesia –y no quiere soltarlo- como Bergoglio.

Bergoglio es la tuerca necesaria que el demonio necesitaba para poner su camino de destrucción de la Iglesia. Ahora, vendrá el que, de verdad, rompa la autoridad papal y deje a la Iglesia en el abandono más total ante el mundo.

Salgan de lo que se cuece en el Vaticano. Queda poco tiempo para entender los signos de los tiempos. Ya son muy claros. Y hay que vivir la vida de acuerdo a esos signos, que sólo se pueden discernir en el Espíritu.

No quieran conocer el futuro viendo lo que pasa en el Vaticano, porque donde reina el demonio, allí no hay conocimiento de la verdad. Sólo está el error y la mentira, que son la base para inventarse las fábulas que todo el mundo se las traga como verdaderas, como divinas. Bergoglio es un cuenta fábulas. Y no es otra cosa. Cuenta lo que el otro quiere escuchar. Y habla a cada uno en su lenguaje. Por eso, es tan popular. Usa el lenguaje de los necios, el propio que rige en el mundo actual.

En Roma suceden muchas cosas. Pero sólo se da a conocer lo que interesa, lo que vale para la propaganda del nuevo gobierno mundial. Lo demás, lo que no interesa revelarlo, se esconde para así tener un as debajo de la manga.

Como Bergoglio no sirve, hay que cambiarlo. Pero esto no se dice al público. Sino que se da la orden de sostener las palabras heréticas de ese hombre hasta que llegue el tiempo de su renuncia. Se le hace propaganda a ese hereje porque conviene a los planes de todos. Y así como ha sido puesto en el gobierno, por el imperativo de unos pocos, así será quitado, por el imperativo de esa gentuza, que es la jerarquía masónica en Roma.

El cuerpo místico del Anticristo

«Mira con desprecio lo más alto; es Rey de todos los soberbios» (Job 41, 25).

El Anticristo es la cabeza de todos los hijos del demonio, de todos los soberbios.

Nuestro constante enemigo es el diablo. Y hay que pedir al Señor que Él nos libre de la bestia que es más fuerte e inteligente que nosotros. Jesús nos enseñó a pedir al Padre: «Líbranos del malo», es decir, de Satanás.

El demonio siempre habla la mentira, porque es mentiroso. Siempre la obra, porque no puede pensar la verdad. Es padre de la mentira: engendra la mentira en su inteligencia demoniaca. Engendra soberbia.

Y todos los que se ponen bajo su yugo, son mentirosos y obradores de la iniquidad.

Cristo ha derrotado al diablo y ha dado a las almas los instrumentos para que también lo derrote. Arrojar al demonio de la vida es signo de que ha llegado el Reino de Dios. Pero vivir con el demonio en la vida es signo de pertenecer al Reino del Anticristo.

«El Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados» (Col 1, 13). Pero, son muchos los que viven en la Iglesia bajo el poder de las tinieblas. Y es sólo por culpa de ellos, porque no viven la gracia de los Sacramentos. Se hacen cuerpo místico del Anticristo.

El Sacramento es la acción misma de Jesucristo en el alma: es la obra de Cristo donando  la gracia que necesita el alma.

Las personas se casan, pero no dejan que el Espíritu de Cristo obre en sus matrimonios con la gracia del Sacramento; las personas reciben la Eucaristía, pero impiden que Cristo las una a su vida gloriosa; las personas se bautizan, pero no siguen al Espíritu de filiación para dejar el hombre viejo y transformarse en un hombre nuevo; las personas se confirman, pero no luchan bajo la bandera de Cristo, sino que se pasan al Enemigo con las obras de sus pecados.

En cada Sacramento obra Cristo: es una obra divina, santa, perfecta. Pero, necesita de la colaboración del alma, de su disponibilidad, de la obediencia del alma a la Voluntad de Dios.

Nadie se puede salvar sin los Sacramentos:

«Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que sin ellos o sin el deseo de ellos los hombres alcanzan de Dios la gracia de la justificación sólo por la fe, aunque no todos los sacramentos sean necesarios para cada uno de los hombres, sea anatema» (Conc.Tridentino en la ses. 7 cn. 4 – D 847).

No todos los sacramentos son necesarios para todos los hombres, pero nadie se puede salvar sin los sacramentos.

Los hombres necesitan los Sacramentos para salvarse. No sólo los miembros de la Iglesia Católica, sino todos los demás hombres del mundo. Esta es una verdad que el hombre ha olvidado de contemplar, de meditar, de vivirla.

Por eso, es necesario saber administrar bien los Sacramentos y tener las debidas disposiciones para recibirlos.

Los hombres se condenan, o porque los ministros administran mal los Sacramentos, o porque las almas no los reciben adecuadamente.

Bautizar a un bebé de personas homosexuales o lesbianas, es condenar al bebé. Se recibe el Sacramento del Bautismo, pero no se pone el camino para que ese bebé sea hijo de Dios.

Si la persona homosexual o lesbiana ha convertido su bautismo en una abominación, en un instrumento del demonio; si vive en su hombre viejo, dando culto a sus pecados, en contra de la ley natural, entonces ¿qué va a enseñar al bebé que bautiza? Le va a educar en su mismo pecado, en su misma abominación. ¿Para qué lo bautiza? Para condenarlo.

Nadie se puede salvar sin los Sacramentos; pero es necesario vivirlos, no poner un óbice.

La gracia se confiere al alma en virtud del sacramento, no por la disposición del que lo recibe, no por la obra del que lo administra. Pero el alma no recibe la gracia si hay un impedimento, un obstáculo, ya la conciencia de estado de pecado mortal, ya la falta de arrepentimiento interno.

León XIII (D 1963): «los sacramentos significan la gracia que realizan y realizan la gracia que significan».

Los Sacramentos confieren la gracia que significan. Es la gracia sacramental, que es distinta en cada Sacramento. Cada Sacramento significa una gracia distinta. En cada Sacramento hay un amor distinto, una vida divina distinta, una verdad que cada alma debe buscar y contemplar.

El Bautismo significa la gracia de ser hijo de Dios, de pertenecer a la familia de Dios, de ser regenerado, engendrado de nuevo, nacido de agua y del Espíritu. Con él se entra en el Reino de los Cielos, pero eso no significa estar salvado.

El bebé que se bautiza de un homosexual no está salvado. Entró en el Reino de los Cielos, pero ¿quién le va a enseñar a conquistarlo? Nadie. Va camino de condenación.

Quien no viva este Sacramento, entonces sale del Reino de los Cielos y entra en el Reino del demonio. De participar de la naturaleza divina se pasa a participar de la naturaleza del demonio. El hijo de Dios se transforma en un hijo del demonio.

Sólo hay dos bandos en el mundo: los hijos de Dios y los hijos del demonio. Y están perpetuamente enemistados:

«Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu descendencia y la suya. Ésta te aplastará la cabeza, mientras tú le morderás el calcañal» (Gn 3, 15).

La descendencia de los hijos de Dios, que son los que vienen de la Mujer, los que siguen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, siempre están combatiendo a la descendencia de los hijos de Satanás, que son los que siguen el pecado de herejía, que comenzó en el Paraíso y que se ha ido trasmitiendo, de generación en generación, hasta nuestros días.

Y son los hijos de Dios los que aplastan la cabeza de la herejía de los hijos de Satanás.

Una Iglesia que no luche en contra de la herejía no pertenece al Reino de Dios. Sus miembros no son hijos de Dios, sino hijos de Satanás.

¡Cuántos católicos son hijos de Satanás! Su Bautismo no lo viven: no mueren al hombre viejo, sino viven para obrar el pecado en sus vidas. Esos católicos pertenecen al Anticristo y no pueden salvarse. Sólo por su Bautismo, por no vivirlo, se condenan.

¡Muchas personas no saben lo que son los Sacramentos!

Si no eres capaz de vivir tu Bautismo, entonces no puedes entrar en el Reino de los Cielos. Estás fuera, aunque tengas el sello del Bautismo. Estás viviendo un mundo adecuado a tu vida humana: te casas, comulgas, te confiesas,… pero eres un hombre viejo. Piensas como los hombres, obras como ellos, vives según el estilo mundano, propio de un pagano. ¿De qué te sirven los otros Sacramentos si no eres un hijo de Dios, si no piensas como Dios lo hace, si no obras con Su Voluntad?

¿Por qué, ahora, todos están buscando que se dé la comunión a los malcasados, que se case a los homosexuales…? Porque no viven Su Bautismo. Entonces, los demás Sacramentos son sólo una función social, un cumplimiento que hay que vivir en la cultura de cada uno, una vida que no tiene ningún sentido divino.

El Cuerpo místico del Anticristo comienza en las almas que no viven su Bautismo. Aquí se inicia una participación del alma en la vida del demonio. El mundo pertenece al demonio. La mente humana es trabajada constantemente por el demonio. Quien no tenga el pensamiento divino como hijo de Dios, tiene sólo el pensamiento del demonio. Se va transformando en un hijo de Satanás.

La Confirmación significa la gracia de ser soldado de Cristo, de estar bajo la bandera de Cristo. Se otorga el Espíritu Santo para ser Soldado de Cristo, para estar en el mundo sin ser del mundo, batallando para conquistar el Cielo, luchando contra el demonio que quiere sacar al alma del Reino de los Cielos. Es un Sacramento que merece otro tipo de gracias, según la pelea que cada alma realice en su vida espiritual.

Por la Confirmación, el alma lucha por permanecer en el Reino de Dios, conquistando cada día el Cielo, mereciendo, con sus obras, la salvación y la santidad de vida.

Quien no lucha contra el mundo, ni contra el demonio ni contra la carne, entonces es un soldado del Anticristo. O se está bajo la bandera de Cristo o bajo la del Anticristo. Pero, no se pueden servir a dos señores. No se puede tener dos pensamientos. No se puede vivir una doble vida. O con Dios o con el demonio. O realizando las obras de Dios o llevando a cabo las obras del demonio.

El bautizado que no viva su bautismo, tampoco puede vivir su confirmación. Es imposible. Una gracia lleva a otra gracia:

«De su plenitud, todos hemos recibido gracia tras gracia» (Jn 1, 17). La gracia del Bautismo necesita la gracia de la Confirmación. No se puede entrar en el Reino de los Cielos y no conquistar ese Reino, no luchar por ese Reino. Es un absurdo. Y en este absurdo viven muchos católicos.

Quien no vive conquistando el cielo, vive conquistando el mundo. A esto se dedican muchos hombres y muchos católicos cada día. Sólo viven deseando las cosas terrenales, buscando un paraíso perdido acá en la tierra. Viven con el sueño de un futuro feliz que no existe en la realidad de la vida. Viven para una justicia social, para un derecho humano, para un amor al hombre. Pero se olvidan de la justicia divina, del derecho divino sobre todo hombre y del amor divino que todo hombre tiene que obrar en su vida.

No luchan para quitar el pecado que ofende a Dios, sino que luchan para resolver los muchos problemas de la vida que molestan a los hombres.

No luchan en contra de la mentira ni del error, sino que se pasan la vida relamiéndose con sus ideas relativas, que son los motores de sus obras de iniquidad.

Los que no viven su confirmación son los que destruyen la Iglesia Católica desde dentro. Son los falsos católicos, soldados del Anticristo, que enarbolan la bandera de la herejía y de la apostasía de la fe. Si no se lucha en contra del demonio, se lucha en contra de Cristo. Quien no está con Cristo, está en contra de Él.

Los falsos católicos son soldados que se ponen al mando de la falsa jerarquía, la cual utiliza su poder para levantar el culto al demonio dentro de la Iglesia.

El Orden significa la gracia de ser otro Cristo, de realizar las mismas obras de Cristo, de llevar a los miembros del Cuerpo de Cristo al Cielo. Es la gracia del poder de Dios en los hombres. Poder para salvar y santificar a las almas.

La Jerarquía es la idónea para llevar a cabo los actos legítimos en el culto verdadero a Dios. Por esos actos santifican a los hombres y se da a Dios la gloria que merece.

Cuando la Jerarquía hace de su ministerio una obra humana, mundana, social, terrenal, entonces están llevando a las almas hacia la condenación. Su Poder se transforma en condenación.

Es la Jerarquía la que enseña el culto a Dios.

Por eso, es una aberración congregar a más de 80 personas con sus respectivos chiguaguas dentro de una iglesia para realizar una ceremonia a un perro:

«Esta será una ceremonia de perros. Su cuerpo no estará allí, porque él va a ser embalsamado, pero nosotros llevaremos su pequeña camita blanca, con una foto puesta debajo. Hemos pedido difundir su CD, con la canción “yo soy Miss Chiguagua”. El sacerdote tomará la palabra para contarnos la vida de Miss chiguagua. Todos están bienvenidos» (video).

El sacerdote Francisco Lallemand ofició un culto al demonio: una falsa liturgia de la palabra fúnebre por un perro. Ningún animal tiene obligación de dar culto a Dios: no tienen conocimiento ni voluntad para relacionarse con Dios. Cuando se mueren, se aniquilan. Se rezan por las almas racionales, no por las almas sensitivas, irracionales. Un perro no tiene dignidad. El sacerdote usa su poder para confirmar a esas mujeres en la idolatría a sus perros. No les enseña lo que es un perro. No les enseña a no orar por sus perros. No les enseña el verdadero culto a Dios. De esta manera, se va haciendo el cuerpo místico del Anticristo.

El sacerdote está para poner el culto a Dios, para enseñarlo, para llevar a las almas hacia la adoración a Dios.

El Cardenal Vincent Nichols celebrará una misa para los católicos homosexuales este domingo 10 de mayo en el centro de Londres. Esta Misa señala el reino del Anticristo.

No se hace una misa para dejar a los homosexuales en sus vidas de pecado. Se hace una misa para convertirlos, para indicarles el camino de la salvación.

Pero la jerarquía falsa tergiversa el culto a Dios y pone el culto al hombre, a los animales. Si no son sacerdotes que combatan, en su bautismo, contra su hombre viejo; si no son sacerdotes que luchen, en su confirmación, contra el demonio, que ataquen los errores de los hombres en el mundo, que enseñen la penitencia para expiar los pecados, entonces esos sacerdotes no pueden vivir la gracia del orden. Y se dedican a hacer estas cosas. Y son los más culpables, porque todos los demás los imitan, los siguen. El poder que tienen de Dios es instrumento para condenar las almas.

Los tres Sacramentos principales son: Bautismo, Confirmación y Orden.

Las personas viven buscando recibir la comunión, pero se olvidan de que constantemente tienen que nacer de nuevo, quitando el hombre viejo, a base de oración y de penitencia. Se olvidan de luchar contra el demonio, contra las pasiones de su naturaleza humana, contra los errores y herejías que hay en el mundo y en la Iglesia.

¿De qué sirve comulgar si después llamas a Bergoglio como tu papa?

Recibes la Eucaristía, pero no obras tu Confirmación: no luchas en contra del hereje.

Te unes a Cristo en la Eucaristía y te unes a un hereje como cabeza de la Iglesia.

¡Este es el absurdo en que viven muchos católicos!

No se pueden servir a dos señores. O estás con Cristo o estás con Bergoglio, que es el bufón del Anticristo. No puedes estar con ambos.

La Eucaristía significa la gracia del amor divino, que alimenta al alma para que pueda alcanzar la santidad propia de Dios. Es la vida y la unión con Jesucristo. Una vida divina y una unión mística con Él.

Jesucristo es la Cabeza Invisible de la Iglesia. Y quien se une a Jesús en la Eucaristía, se une a la Cabeza visible de la Iglesia, de una manera mística: está unido al Papa verdadero y legítimo. No puede unirse a un usurpador, a un hereje, como su papa. No puede llamar a un hereje como su papa. Es una aberración. Y si se somete a él, entonces cae en el mismo pecado de ese hombre: pecado de herejía, de cisma y de apostasía de la fe. Y pertenece ya a la iglesia que encabeza ese hombre, que es la iglesia del anticristo, formando el cuerpo místico del Anticristo.

Quien no discierne lo que comulga, entonces se come su propia condenación.

¿Comulgas para seguir en la obediencia a un hereje? Te comes tu propia condenación.

Si vas a seguir en la obediencia a ese hereje, entonces te conviene no comulgar, porque no se puede dar lo santo a los perros (cf. Mt 7, 6).

¡Pocos han entendido lo que significa el cuerpo místico del Anticristo! ¡Pocos saben cómo se va formando! Y lo pueden ver cada día en la obediencia que muchos dan al hereje Bergoglio.

«En Él también vosotros…fuisteis sellados con el sello del Espíritu Santo prometido…» (Ef 1, 13); «habéis sido sellados para el día de la Redención» (4, 30).

En los Sacramentos también aparece el carácter, un signo espiritual e indeleble. Por este signo se distinguen los fieles de los infieles, y a los fieles entre sí.

El Bautismo es «una señal dada por Jesucristo a los fieles, así como el Anticristo dará a sus seguidores el signo de la bestia» (San Hipólito).

Jesucristo sella a sus fieles, formando una Iglesia «distinguida por el sello insigne» (Abercio – R 187). La Iglesia verdadera es la que tiene el sello de la verdad.

Este sello permanece en el alma aunque ésta haya caído en la apostasía, aunque se haya convertido en un hereje o produzca un cisma.

El carácter dispone al alma para la gracia sacramental, pero no da la gracia, no la exige. Configura al alma que lo posee con Jesucristo, poniendo en ella una triple misión, una triple obra que el alma tiene que realizar con la gracia del Sacramento.

Así, en el carácter del Bautismo, el alma se configura en la obra de la Redención de Jesucristo. El alma tiene una disposición para morir a todo lo humano y para sufrir por Cristo.

En el carácter de la Confirmación, el alma se dispone a la batalla, al padecimiento que viene de los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Por ese sello, la vida espiritual significa una lucha espiritual continua hasta la muerte para perseverar en la gracia obtenida, para merecer otro tipo de auxilios divinos en la vida.

En el carácter del Orden, el alma se configura con Cristo Sacerdote, con Su Obra en la Iglesia. Es un carácter sólo para los varones, no para las mujeres. Y los distingue de los laicos. Por este carácter, el sacerdote tiene el deber de sobresalir por encima de los demás. Es decir, tiene que vivir una vida auténticamente de Cristo, en santidad.

Tener el carácter no significa obrar la gracia. No perfecciona al alma que lo posee. Es un sello, es un grabado, un adorno en la sustancia del alma, que no puede destruirse en vida. Es un sello eterno que va a distinguir a las almas.

Tener el carácter no significa pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo. Es necesario obrar la gracia del sacramento. Si no se obra, entonces el Anticristo sella a esas almas ya selladas por Cristo.

El carácter es el sello de pertenencia a Cristo: el alma es de Cristo, porque éste la ha comprado con Su Sangre.

Pero el sello del Anticristo consiste en arrebatar las almas a Cristo. Y esto lo hace el demonio de muchas maneras, pero sobre todo haciendo que el alma no viva la gracia del Sacramento.

Y esto es lo que se observa en todas partes en la Iglesia: católicos que usan los Sacramentos indignamente; jerarquía que los administran sin la Voluntad de Dios, sin cumplir la ley divina. Sólo encuentran la condenación para sus vidas. Y, de esa manera, van formando el cuerpo místico del Anticristo, la falsa iglesia universal, en donde el pecado es el rey de los corazones y el demonio la cabeza de las mentes soberbias.

Bergoglio no es materialmente Papa

«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

nuevareligion

«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

masonx

Dos años contemplando el mismo pecado de orgullo y de idolatría.

pies

Dos años contemplando el mismo pecado de Bergoglio el Jueves Santo: lavar los pies a las mujeres.

Este pecado no sólo va contra las rúbricas del misal:

«Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca» (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).

Hay que lavar los pies a los varones, no a las mujeres, porque:

«nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia» (SC 22 §3).

Bergoglio no tiene autoridad para cambiar la liturgia: ninguna autoridad. Sin embargo, lo hace sólo movido por su orgullo.

No sólo Bergoglio incumple una ley humana, sino una ley divina.

La liturgia es la obra sacerdotal de Cristo: es una obra divina, no humana. Es una obra sagrada:

«se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7 – Presencia de Cristo en la liturgia).

Es una acción sagrada, que sólo se puede realizar en la ley divina, es decir, cumpliendo con los mandamientos de Dios.

Cristo está presente en el sacrifico de la misa en la persona del sacerdote, del Obispo.

Quien va a una misa, va a ver a Cristo en el sacerdote. Va a contemplar las obras de Cristo en el sacerdote.

Y el sacerdote o el Obispo tienen que realizar las mismas obras de Cristo, para que la misa o la oración que se hace sea una obra de Cristo, una obra sagrada, una obra divina.

Hay que imitar a Cristo en sus obras.

¿Qué hizo Cristo? ¿Lavó los pies a las mujeres? No; su obra fue lavar los pies a sus discípulos, que son sólo hombres.

El Evangelio es claro:

«…y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida» (Jn 13, 5).

¡No hay más ciego que el que no quiere ver! Y no ver la sencillez de esta Palabra es no creer en esta Palabra de Jesús. Y, por lo tanto, quien no cree en esta Palabra obra una acción humana, natural, carnal, mundana, profana, material en el lavatorio de los pies: lava los pies a las mujeres.

La liturgia es para hacer la misma obra de Cristo: lavar los pies a los varones.

Hacer esto es realizar una acción de Cristo, es decir, una obra divina, sagrada, celestial. Porque es imitar a Cristo en su obra del lavatorio de los pies.

Se es sacerdote, se es Obispo, para imitar las obras de Cristo, no para hacer lo que a uno le dé la gana en el lavatorio de los pies.

Bergoglio no sólo atenta contra una ley humana, en las rúbricas del Misal, sino que va en contra de la misma obra de Cristo en la acción litúrgica: es decir, realiza una obra en contra de la Voluntad de Dios en su sacerdocio. En otras palabras, realiza una obra que es pecaminosa, que no puede llevar a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo, a dar el culto verdadero a Dios.

La liturgia es «el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo»: es Jesús que obra su sacerdocio en la persona del sacerdote. No es el hombre sacerdote que obra algo humano en su sacerdocio. Es la obra de Cristo, como sacerdote eterno, que «realiza la santificación del hombre».

Lo que santifica al fiel, que contempla el lavatorio de los pies, es ver que el sacerdote lava los pies a los varones. Esto santifica al sacerdote, al varón al cual se le lavan los pies, y a toda la asamblea que está presente en ese rito del lavatorio de los pies.

El sacerdote está imitando la misma obra de Cristo: lavar los pies a los varones. Y eso es lo que da santidad al rito y a los que obran el rito.

Y ejercer esa santidad produce «el culto público íntegro» a Dios. Se adora a Dios, se da culto a Dios, en Espíritu y en verdad, obrando las mismas obras de Cristo, es decir, lavando los pies a los varones, en el rito del lavatorio.

Todo sacerdote, todo Obispo que lave los pies a las mujeres, está diciendo tres cosas:

  1. No hace una obra de Cristo, una obra sagrada, sino una obra humana, natural, profana;
  2. Deja en sus pecados a los hombres: nada profano salva, santifica. No hay gracia de conversión, no hay gracia de santificación…;
  3. Se da culto falso a Dios; en otras palabras, se da culto al demonio en ese rito. En otras palabras, se obra un pecado.

Es pecado de idolatría, contra el primer mandamiento de la ley de Dios, lavar los pies a las mujeres.

¡Qué pocos entienden este pecado!

La liturgia es una acción sagrada con el único fin de adorar a Dios en lo que se hace.

Quien abaja la liturgia a una acción humana, como es la de lavar los pies a las mujeres, ya no persigue la adoración de Dios, el culto verdadero a Dios. Sólo persigue un nuevo culto. Y quien no da culto a Dios, cae en la idolatría.

Dos años contemplando este pecado de idolatría de Bergoglio.

¿Por qué cae este hombre en este pecado? Sólo hay una razón: su orgullo.

Ahí están las leyes humanas, ahí está la Palabra de Dios, ahí está todo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que enseña a lavar los pies a los varones.

¡No hay excusa para el pecado de orgullo y de idolatría de Bergoglio!

Él lava los pies a las mujeres sólo porque le da la gana. No hay una ley, una norma en que pueda apoyar su obra humana y perversa en la misa. No existe esa norma.

Bergoglio se inventa su liturgia: es decir, hace una obra de teatro en el lavatorio de los pies. No hace una obra sagrada, no imita a Cristo en su obra, sino que se dedica a una cosa: a agradar a los hombres.

El problema de esto no es el orgullo de Bergoglio, sino otra cosa mucho más abominable en su persona.

¿Qué entiende Bergoglio como pecado?

Veámoslo en el nuevo libro que ha regalado hace poco:

«Por qué confesarse: ¡Porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio» (Custodia el Corazón)

Tienen que contemplar la maldad de la mente de Bergoglio.

El pecado, para el católico verdadero, es una ofensa a Dios, por la cual se desobedece una ley de Dios, un mandato divino que Dios da al hombre. El pecado es desobediencia a una ley de Dios, no a una Palabra de Dios. No se desobedece el Evangelio, sino una ley que el Evangelio, la Palabra de Dios, enseña a cumplir para no caer en el pecado.

Bergoglio está en la idea protestante del pecado: el hombre peca si va en contra del Evangelio. Es la fe fiducial: el hombre se salva si cree en el Evangelio. El hombre se condena si no cree en el Evangelio.

La fe católica pone la salvación del hombre en la gracia, que actúa por la fe en la Palabra de Dios. La gracia es salvación. Estar en gracia es estar en camino de salvación. Estar en pecado, es decir, estar sin gracia, es camino de condenación.

Bergoglio entiende el pecado como un pensamiento y una obra en contra del Evangelio. No entiende el pecado como un pensamiento y una obra en contra de la ley Eterna de Dios.

¡Vean la maldad de este personaje!

Bergoglio enseña que hay que obrar lo que está en el Evangelio para no pecar. Por lo tanto, está enseñando a lavar los pies a los varones. Eso es lo que está en el Evangelio. Eso lo ven todos, incluso el mismo Bergoglio.

Con la boca, Bergoglio enseña a lavar los pies a los varones en el rito del lavatorio de los pies.

Pero con las obras, Bergoglio enseña otra cosa: él lava los pies a las mujeres. Hoy, jueves, 2 de abril del 2015, Bergoglio ha lavado los pies a seis mujeres, que eran reclusas.

Lo que predica con su boca no es lo que obra con sus manos.

¿Por qué, Bergoglio, enseñas lo que no obras?

¿Por qué no obras, por qué no lavas los pies a los varones, si eso es lo que enseñas en tu libro?

¿No es, para ti, pecado hacer una obra en contra del Evangelio? ¿No es lavar los pies de las mujeres una obra en contra del Evangelio?

Entonces, has pecado, Bergoglio. Pero no eres capaz de reconocer tu mismo pecado, porque no reconoces tu misma palabra.

Bergoglio no cumple su palabra. Habla por hablar, para quedar bien con todo el mundo. Escribe un libro para estar en el salón de la fama, para decir que es católico. Después, obra siempre el pecado. Y no se arrepiente nunca de su pecado.

¿Ven la maldad?

¿Quién puede confiar en la palabra humana de Bergoglio? Nadie. Bergoglio siempre realiza una obra contraria a lo que predica, a lo que habla, a lo que escribe.

Esto revela que el alma de Bergoglio se ha acostumbrado, desde siempre, desde pequeño, a hacer su propia voluntad. Nunca se sometió a una ley, a una norma, a una doctrina inmutable. No importa lo que diga, hable, Bergoglio siempre va a realizar lo que a él le da la gana.

Cuando esto lo hace un hombre que es líder, que es cabeza de un gobierno, entonces se produce la dictadura, la anarquía y la tiranía desde ese gobierno.

El fariseísmo de Bergoglio es muy claro. Su hipocresía es manifiesta. Su relativismo está en toda su doctrina. Y es una pena que los católicos sigan ciegamente a este hombre sin verdad.

¿Qué leen los católicos al leer un escrito de Bergoglio? ¿Qué cosa disciernen?

¿No son capaces de ver la herejía de este hombre?

¿No son capaces de llamarlo por su nombre? Es un hipócrita: dice una cosa y obra lo contrario. Está engañando a toda la Iglesia. ¿No ven esto los católicos? ¿No ven esto la Jerarquía de la Iglesia?

Por supuesto, que sí se ve.

Pero ya no interesa ponerse en la Verdad, luchar por la Verdad, porque Bergoglio les da de comer a todos.

¡Ay de aquel que se oponga, claramente, a Bergoglio! ¡Pobrecito!

Han hecho de Bergoglio un pastor ídolo: lo han puesto en el salón de la fama del mundo.

Bergoglio es aplaudido por la gente más pervertida que tiene el mundo. Es un dios para toda esa gente.

Y los católicos que no disciernen nada, son más culpables que mucha gente del mundo.

Porque los católicos tienen la verdad, y toda la verdad. Luego, no hay excusa para seguir obedeciendo, atendiendo, a la mente de Bergoglio. No hay excusa.

Aquel católico que se ponga en la verdad tiene que tener IRA SANTA contra Bergoglio, y contra toda la Jerarquía y todos los fieles que están con él.

Lo que se ve en el Vaticano no es la Iglesia de Jesús. Es otra iglesia. La llaman como quieran. Pero no es la Iglesia que fundó Jesús en Pedro. Y es obligación de los católicos verdaderos combatir a esa iglesia falsa si quieren seguir en la verdad.

Si quieren, sin embargo, bailar con el demonio, entonces deben apuntarse al juego del lenguaje humano: decir una cosa y obrar otra. Éste es el camino de todo falso profeta: el engaño con la palabra para, después, obrar lo contrario a lo que se dice.

En otras palabras, es darle a la gente lo que quiere escuchar. Así se ganan prosélitos para la nueva y falsa iglesia. Hay que hacer obras que contenten a los hombres. Se habla de Dios, de muchas cosas bonitas, pero eso no importa nada. Porque todo es un relativismo: que cada cual lo entienda como pueda y quiera. La fuerza de la herejía no está en las palabras, sino en las obras. Son las obras las que mueven al mundo. Y en eso es maestro Bergoglio: maestro en hacer estas obras, que agradan a todos, menos a Dios.

Bergoglio es el pastor ídolo:

«¡Ay! del Pastor, que es ídolo y abandona al rebaño: la espada sobre su brazo, y sobre su ojo derecho: que quede seco su brazo, y se obscurezca su ojo derecho» (Zac 11, 17).

Bergoglio es el pastor que no cuida de las ovejas abandonadas. Ahí está, sentado en la Silla que no le pertenece, que ha usurpado con la ayuda, con la astucia de los hombres, que sólo permanecen en la Iglesia para cumplir su negocio en la vida. Bergoglio cuida su negocio en la Iglesia, pero no cuida al Rebaño. Desprecia las almas y, por tanto, desprecia su misión como Obispo en la Iglesia.

¿Para qué lava los pies a las mujeres? Su negocio, su gran negocio en la Iglesia: ¡Cuánto dinero traen los pobres!

Bergoglio está usando el rebaño como quiere; lo está empujando donde ellos lo desean: hacia la vida del protestantismo y del comunismo. Hoy las personas quieren vivir en su pecado y buscar, en su vida social, una obra común para que todos los hombres los tengan como justos en sus vidas de pecado. Un rebaño sin amo, sin cabeza, que es alimentado con la comida del pecado y de la lucha de clases.

Esas mujeres, a la cuales Bergoglio lavó los pies, ¿se van a convertir?, ¿van a dejar sus pecados?, ¿han encontrado el camino de santidad en ese lavatorio?

Bergoglio no convierte a nadie; Bergoglio no enseña lo que es el pecado; Bergoglio sólo muestra el camino de condenación a todas las almas.

Bergoglio nubla el pensamiento de las almas y les hace olvidar el bien divino, la ley eterna de Dios, corrompiendo sus inteligencias humanas con doctrinas malditas, con un magisterio de herejía, el cual no puede pertenecer a la Iglesia.

Todos los que siguen a Bergoglio como su papa se hacen esclavos de su mente humana, y ya no quieren ser libres para buscar la verdad: han renunciado a la verdad, que es la única que libera al alma, la única que da la libertad que ningún hombre puede poseer en su naturaleza humana: la libertad del Espíritu, la propia que tiene Dios, que está en la vida de Dios.

Renuncian a esa libertad espiritual, para ser empujados, literalmente, hacia el matadero: trabajan para Bergoglio en su fin lleno de pecado hacia toda la humanidad.

Bergoglio ha querido el cargo de Pedro para llenar estómagos de los pobres, para justificar con leyes oficiales los pecados de los pecadores, para llamar a una iglesia universal, ecuménica, a todos aquellos que no tienen fe verdadera, y para organizar un gobierno global que sea el adalid de su falsa adoración a su falso dios.

Desde hace 50 años, los pastores de la Iglesia han alimentado al rebaño con la grosura de un alimento putrefacto en su esencia: han ofrecido una doctrina que no es la católica. Es sólo un cúmulo de herejías bien puestas en un lenguaje humano atractivo al pensamiento del hombre.

Es la herejía del lenguaje humano, que triunfó en toda la Jerarquía, incluso entre los más perfectos. Son muy pocos los que se salvan de la quema de ese lenguaje humano. Son muy pocos los que saben discernir el verdadero magisterio de la Iglesia de las innumerables enseñanzas que muchos pastores han ofrecido, y que sólo son fábulas que convierten la Iglesia en un erial.

Lavar los pies a las mujeres es sólo una fábula más. ¡Cuántos creen en esta fábula! ¡Cuántos justifican esta fábula! ¡Cuántos defienden a Bergoglio por hacer lo que hace, por sus obras, no por sus palabras!

El oficio de Pedro es apacentar los corderos de Cristo: «Apacienta Mis Corderos». Y Pedro tiene dos poderes: el del amor y el de la justicia. Y hay que usar los dos en la Iglesia.

El poder del amor no sirve en aquellos hombres, que parecen buenos en lo exterior de sus vidas, pero que son demonios encarnados, con un corazón de piedra.

Si la Jerarquía de la Iglesia no castiga los pecados de las almas, tanto de los fieles como de la propia Jerarquía, de tantos sacerdotes y Obispos desviados de la verdad del Evangelio, entonces esa Jerarquía se hace cómplice del pecado, porque tiene miedo de llamar por su nombre al pecado que hay en muchos.

Hay que bramar contra los pecados de muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia.

Hay que tener una ira santa contra el pecado y el pecador, para que el mundo sepa que existe la justicia divina, que el mundo sepa que hay otra medida para medir lo que los hombres obran diariamente en sus vidas.

La Jerarquía representa la Justicia de Dios. Y hay que hablar en nombre de esa Justicia.

Hay que decir claramente que la doctrina de Cristo, que el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, no ha cambiado; porque una es la ley Eterna de Dios; uno es Dios; sólo existe un Dios; una es la Iglesia que Él ha fundado…Y, por lo tanto, hoy como ayer, el pecado sigue siendo pecado.

La Jerarquía tiene que seguir enseñando que Dios ordena no robar, no fornicar, no matar…Y esto es lo que la Jerarquía ha olvidado enseñar. Pero es maliciosa en su olvido. Quiere olvidar. Prefiere olvidar. Porque ya no le interesa el rebaño.

Ahora construyen sus frases ingeniosas para no hablar del pecado: como Dios no quiere que haya pobres, entonces hay que dedicarse a sacar de la pobreza a los pobres…Bergoglio es bueno, la curia es la que está corrompida….Cada uno construye sus frases….Cada uno defiende su parcela, su territorio en la Iglesia….Pero nadie defiende la Verdad en la Iglesia. Nadie.

Todos aplauden el pecado de orgullo y de idolatría de Bergoglio en el lavatorio de los pies. A nadie le interesa la verdad.

Todos tienen puesto su mirada en su ídolo: Bergoglio.

Buscáis a Bergoglio no porque veáis en él a Cristo, una obra sagrada; sino porque os da de comer. Os da lo que queréis ver y obrar en vuestras vidas.

¡Quedaos con vuestro ídolo!

Ese maldito sólo se merece el desprecio de todos los católicos. Y eso es ponerse en la verdad. Lo demás, es seguir a ese maldito y condenarse.

El pecado de superstición de la Jerarquía en Chile

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No es un pecado privado de un sacerdote o de un Obispo.
Es un pecado público de toda la Jerarquía. Y, por lo tanto, tiene mayor gravedad, mayor importancia para la vida de la Iglesia.
Católicos que dan culto a otros dioses: ya no son católicos. Ya no son de la Iglesia. Siguen ahí, pero ¿quién puede confiar en ellos? Si quieren adorar a sus dioses, ¿por qué no se van fuera de la Iglesia? ¿Por qué no dejan el sacerdocio y se dedican a sus obras de pecado?
Esta es la maldad que se contempla en la actualidad, en la Iglesia. Y nadie se escandaliza. Todo sigue como si nada.
Gran castigo es el que se avecina.

Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

Con Bergoglio la Iglesia no puede subsistir, sino que camina hacia su destrucción

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Todos hablan de una clara división en el Sínodo, pero nadie pone el dedo en la llaga de quién es la culpa de esta división.

El culpable: Bergoglio, falso Papa, al cual todos están sometidos. Le obedecen y no son capaces de discernir este falso Papado, que los va a llevar a todos hacia la destrucción de la Iglesia.

Toda división es una guerra civil, interna, espiritual, que trae siempre la mentira, nunca la verdad. Si los Obispos, sacerdotes están divididos entre ellos, entonces toda la Iglesia camina hacia la mentira, hacia un futuro de muerte, de desolación, de destrucción: «Todo reino dividido será desolado, y toda ciudad o casa en sí dividida no subsistirá» (Mt 12, 25b).

Con Bergoglio la Iglesia no puede subsistir. Esto hay que predicarlo fuertemente. Y no puede subsistir porque en sí misma está dividida.

Bergoglio, al no ser el Papa legítimo, divide el Papado. Y si se divide la cabeza, toda la Iglesia está en sí misma dividida: cardenales divididos, obispos divididos, sacerdotes dividido, fieles divididos. Luego, esta Iglesia así dividida no puede subsistir, sostenerse, no puede quedar en pie. Porque esta iglesia no es la de Cristo, no es la de Pedro, que une en la Verdad. Es la de Bergoglio que divide con la mentira. Y esta iglesia tiene que caer, y de manera estrepitosa, como nunca se ha visto en la historia.

Bergoglio ha dividido la cabeza, la gracia del Papado, la verdad de un Papa. Por eso, él no es Papa, sólo es un Obispo que en Roma está gobernando su estilo de iglesia, su estructura de iglesia, su sociedad religiosa, que es ecuménica, abierta a tres cosas: idea masónica, idea protestante e idea comunista.

Cuesta entender que el mal que Bergoglio ha hecho a la Iglesia Católica viene del mismo Bergoglio. No vienen de los anteriores Papas. Esto, muchos católicos –y católicos intelectuales- no saben discernirlo. Sólo critican a todo el mundo, a todos los Papas, al Concilio…. Y ponen una razón: su falso amor a la Iglesia, que nace de su falsa idea de la verdad.

Hoy, por amor a la Iglesia, se destruye la misma Iglesia.

Nadie es fiel a la Gracia para mantener a la Iglesia en su Ser Divino. Y ser fiel a la Gracia es poseer la Verdad como Verdad. Los hombres tienen una verdad en sus mentes que no reflejan la Verdad que está en la Mente de Cristo. La Gracia es Cristo, es un ser divino, que procede del mismo Corazón de Cristo, para obrar Su Iglesia en cada alma.

Y ser fiel a la Gracia es ser fiel a la Verdad como nace de la Mente de Cristo. Ser infiel a la Gracia, es quedarse en las verdades múltiples que todo hombre adquiere con su razón. Ser fiel a la Gracia es lo que se llama humildad.

Muchos dicen: es que no sé teología, no sé las leyes canónicas, y por eso, no juzgo si Bergoglio es Papa o no. Para mí es el Papa legítimo, porque está en la Silla de Pedro, un Cónclave lo ha elegido. Y conclusión: hay que unirse a esa figura extraña, a ese Papa que dice herejías, para estar en comunión con toda la Iglesia. Esta es la barbaridad que la Jerarquía propone a toda la Iglesia.

No hay que saber teología ni filosofía ni ser un canonista para discernir que Bergoglio no es Papa. Porque el Papa no es una cuestión de la ley canónica ni es el resultado de un análisis teológico de la situación de la Iglesia. El Papa es el fruto de la fidelidad a la Gracia. Si los Cardenales no son fieles a la Gracia del Papado, entonces siempre eligen a un falso Papa como Papa de la Iglesia.

No hay que saber teología para elegir a un Papa o para discernir si ese Papa es legítimo o no. Sólo hay que tener unión con Cristo. Sólo hay que ser humildes. Sólo hay que practicar la fe, profesar la fe verdadera, obrar la fe que Cristo da al alma en Su Iglesia.

Cardenales, sin oración y sin penitencia, eligieron a un falso Papa. Unos soberbios que sólo quieren la Iglesia para destruirla desde dentro, desde su misma vestidura sacerdotal.

Muchos no saben lo que es profesar la fe: no se saben los dogmas que hay que creer para salvarse. No saben lo que es la Verdad Absoluta. No saben leer el lenguaje de los hombres de Iglesia; cuando un sacerdote les predica no saben ver lo que les está diciendo, sino que se tragan todo lo que les dice como si fuera una verdad que hay que seguir en la Iglesia. No saben oponerse a ese lenguaje humano, que en la predicación o en las charlas o en los escritos, se les da.

Y no saben hacer esto por una sola cosa: son soberbios en sus mentes. No han aprendido a ser humildes, a abajar su cabeza. No saben lo que es la humildad. Y ponen la humildad en formas exteriores: como Bergoglio es el Papa, entonces hay que ser humildes y someterse a él en la Iglesia. Hay que unirse al Papa.

La vida de la Iglesia de un alma no es su vida espiritual propia. No se vive en la Iglesia como se vive en el interior de cada alma.

En la vida interior de cada alma, sólo Dios y el alma importan. Lo demás, no tiene interés alguno. Pero en la vida eclesial, lo que importa es la Verdad de la Iglesia: no el alma, no una Jerarquía, no unos hombres, no unas ideas, no un lenguaje humano.

En la Iglesia, el valor está en la Verdad, porque la Iglesia es Cristo. Y no es otra cosa que Cristo. Y cuesta entender que la Iglesia sea sólo Cristo, porque enseguida los hombres van buscando las obras de los hombres en la Iglesia.

En la Iglesia hay que buscar a Cristo. Y sólo a Cristo. Luego, interesa tener bien claro quién es Cristo. Y como esto es lo menos claro en la Iglesia actual, entonces todo el mundo buscando a los hombres, a sus lenguajes, a sus vidas acomodadas, a sus obras apostólicas.

Cristo y su doctrina es una misma cosa: no se puede separar a Cristo de lo que Él enseñó a Sus Apóstoles; y que la Iglesia, en su largo caminar, ha transmitido, ha enseñado. No se puede separar. Porque Cristo es la Palabra del Padre, que es la Obra del Espíritu. Su Palabra es una Obra. Su enseñanza es una obra divina en la Iglesia. No se puede admitir la doctrina de Cristo y hacer una obra diferente, una obra humana, en la Iglesia.

Quien acepta el dogma lo obra sin más, y es de Cristo. Quien no lo acepta, obra en contra del dogma, y es del Anticristo.

Esta es la división que contemplamos en el Sínodo: gente que ya no acepta el dogma, pero que con el ropaje exterior se dicen sacerdotes, Obispos, Cardenales… Se visten de sacerdotes, de otros Cristos, pero hablan como el mismo demonio y, por tanto, hacen las obras, en sus ministerios sacerdotales, que son del mismo demonio.

Esto, antes en el Sínodo no se veía: quien hablaba, era comedido. Se ceñía a la doctrina de siempre, aunque pensase otra cosa; aunque después obrara lo contrario, en lo oculto.

Pero ahora, no. Ahora, hablan con un lenguaje herético, que divide la asamblea: divide el Sínodo claramente. Y, después, vestidos como sacerdotes, como otros Cristos, dan a conocer a todo el mundo, ese lenguaje nuevo, como si fuera una verdad que la Iglesia tiene que seguir.

Esto es el cisma declarado desde la cabeza de la Iglesia: Bergoglio ha querido ese Sínodo para dar a conocer la voz de la gente, el pensamiento de los hombres, para producir el cisma de manera oficial.

Muchos no acaban de ver esto, porque no ven a Bergoglio como falso Papa.

¿No tenéis la inteligencia de la Gracia para ver que un Papa nunca puede decir herejías? Y, si las dice, entonces no es Papa. ¿No enseña esto el mismo Magisterio de la Iglesia? Entonces: no sois Iglesia, porque no obedecéis el Magisterio auténtico de la Iglesia. No obedecéis la doctrina de Cristo, que es Cristo mismo.

Y si no obedecéis a Cristo, en Su Iglesia, no tenéis la inteligencia para ver que Bergoglio no es el Papa verdadero.

Muchos están en la Iglesia sólo con una actitud humana, social, externa, sin ninguna vida espiritual. Hoy día, la Jerarquía da culto a Buda para hacer su misa en la Iglesia. Y los fieles, después de escuchar la misa, se van a adorar a tantos dioses que están instalados en su vida humana.

Nadie tiene vida espiritual, ni sabe lo que es eso. Y, ante un hombre que habla claro su herejía, como es Bergoglio, están de acuerdo con él, por sólo una razón: está gobernando la Iglesia. Como es el que lleva la batuta, ahora en la Iglesia, entonces hay que llamarlo Papa, y hay que hacer unión con él para estar en comunión con todos en la Iglesia.

Todos temen decir esto: Bergoglio destruye la Iglesia.

Hablan de la división que en la Iglesia se está produciendo desde hace 50 años; división conocida por todos, pero sujetada por un Papa legítimo. Y esa división no creó un cisma dentro de la Iglesia. Creó apostasía de la fe, creó herejías que no se combatieron. Pero no llegó al cisma, porque había una cabeza que impedía ese cisma. Una cabeza elegida por Dios, que regía la Iglesia en medio de una división que el mismo Dios ha querido.

En este Misterio nadie profundiza, porque ven la Iglesia con ojos humanos; pero no tienen las agallas de ponerse las lentes divinas para mirar lo que el hombre no es capaz de ver.

Si Dios le dio el permiso a Satán de destruir la Iglesia, entonces no podemos ver la división actual sin ir a esta profecía, sin penetrar en esta profecía, sin discernirla adecuadamente:

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«Vi demonios y oí sus crujidos, sus blasfemias, sus burlas. Oí la espeluznante voz de Satanás desafiando a Dios, diciendo que el podía destruir la Iglesia y llevar todo el mundo al infierno si se le daba suficiente tiempo y poder. Satanás pidió permiso a Dios de tener 100 años para poder influenciar al mundo como nunca antes había podido hacerlo» (Testimonio Monseñor Rinaldo Angeli, 13/10/1884; P. Domenico Pechenino – Ephemerides Liturgicae (1955) 58-59; cardenal Nasalli Rocca, Bolonia, 1946).

100 años que ya se han cumplido. 100 años que, para Dios y para Satanás, no son 100 años justos, medidos como el hombre los mide. Son 100 años espirituales, en que se da libertad al demonio de obrar lo que quiera entre los hombres del mundo y de la Iglesia.

No sólo el demonio obra en el mundo, que es lo natural, porque el mundo se halla en las manos del demonio; sino que obra también en la Iglesia.

Esto es lo que la Jerarquía de la Iglesia nunca ha entendido: este obrar del demonio en la misma Jerarquía, en el mismo Papado. Por eso, León XIII escribía en su exorcismo:

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«Los enemigos llenos de astucia han colmado de oprobios y amarguras a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado y le han dado de beber ajenjo, y sobre sus bienes más sagrados han puesto sus manos criminales para realizar todos sus impíos designios. Allí, en el lugar sagrado donde está constituida la Sede del beatísimo Pedro y Cátedra de la Verdad para iluminar a los pueblos, allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad, para que, con el designio inicuo de herir al Pastor, se dispersen las ovejas» (AAS 23(1890- 91), p.743)

Allí, en el trono de Pedro, está Satanás: «en el lugar sagrado… allí colocaron el trono de la abominación de su impiedad».

Esto es lo que vio León XIII: que el mismo Satanás se ponía como Papa.

Y nadie quiere profundizar en esta gran verdad.

En el trono de satanás está sentado, ahora mismo, Bergoglio, voz de satanás en la Iglesia, bufón del Anticristo, hombre poseído por la mente de su padre, el diablo. Por eso, Bergoglio es un hombre loco: está en su mente, dando vueltas a su idea de lo que debe ser la iglesia. No puede estar en la Mente de Cristo.

Sólo un Vicario de Satanás es capaz de destruir la Iglesia. No se puede destruir la Iglesia con un Vicario de Cristo, con un Papa legítimo. No se puede. En 50 años, el demonio no ha podido vencer a la Iglesia, porque tenía el katejón: el Papa legítimo. Y ese Papa legítimo es el mismo Cristo en la tierra.

Un Papa legítimo sostiene el cisma: lo impide.

Juan XXIII no destruyó la Iglesia convocando el Concilio. No la destruyó. Ninguno de los Papas que le sucedieron destruyeron la Iglesia con las obras que hicieron en Ella. Ninguno de ellos.

Sólo Bergoglio es el que destruye la Iglesia. Sólo él.

Sólo Bergoglio lanza el cisma en la Iglesia. Sólo él.

Han quitado al Papa legítimo, lo han hecho renunciar, y ahora, ¿cuál es el objetivo del Sínodo?

El objetivo de Bergoglio, del cardenal Walter Kasper, de todo el clan masónico que gobierna la Iglesia, y de la Iglesia de hoy (= de toda esa Jerarquía bergogliana, que sigue a Bergoglio; de todos esos fieles que han hecho de Bergoglio un ídolo para su ruina espiritual) es que la mayoría salga de ese Sínodo con un mandato a una pastoral más suelta, más cómoda, más liberal, independiente, sin estar sujeta a Roma, sino que cada uno decida en su diócesis lo que se va a hacer o no va a hacer, y –sobre todo- recalcando, diciendo que la doctrina no va a ser tocada.

Esta es la manipulación del Sínodo: y por eso, nadie conoce quién habla en el Sínodo, para que la gente en sus parroquias no se levanten. Y cada párroco, en el silencio, va a ir haciendo y deshaciendo en su diócesis, como le da la gana.

Este Sínodo extraordinario es sólo abrir una puerta falsa a la Iglesia: no tocamos la doctrina, pero hagan ustedes lo que quieran en sus diócesis. Saquemos un documento, con un lenguaje humano apropiado, en que no se toque el dogma, pero dejemos libertad para legitimar el pecado.

Ese lenguaje humano querido en este Sínodo: un lenguaje que trae división oficial. Si me han permitido decir en el sínodo que los homosexuales hay que acogerlos y darles la comunión, entonces hagámoslo realidad en la vida cotidiana de las diócesis.

¿En qué se han puesto de acuerdo todos los padres sinodales? En que se adelanten los procesos de nulidad del matrimonio. ¿En qué hay división? En la doctrina de Cristo. Todos divididos en la Verdad. Todos han querido la división en la Verdad. Todos exponen sus puntos de vista de cómo debe ser la pastoral hoy día. Pero nadie se ha preocupado por enseñar la Verdad de siempre, la Mente de Cristo, lo que quiere Cristo de Su Iglesia hoy día. A nadie le interesa la Verdad. A nadie le interesa Cristo. Nadie ama a Cristo. «El Amor no es Amado». El Amor es dejado a un lado por el lenguaje humano. Todos aman las bellezas de sus palabras humanas. Pero nadie ama la Palabra del Pensamiento del Padre.

¿Quién los ha dividido? Bergoglio, al convocar este Sínodo. Bergoglio, que ha dividido la cabeza, al poner al Papa legítimo como Papa emérito, divide a toda la Jerarquía: hablen lo que quieran en este Sínodo y como lo quieran. Pero eso sí, a puerta cerrada, para no escandalizar a los fieles en la Iglesia. Para que nadie entienda la jugada. Vamos a ponernos de acuerdo en el lenguaje de la Iglesia, que tiene que ser más realista, no tanto dogmático. Y todos, en sus parroquias a trabajar en este lenguaje moderno de la nueva iglesia, hasta el año que viene, en que ya quitemos los dogmas. ¿Ven el cisma ya declarado? ¿O todavía no lo ven?

Este Sínodo es ratificar lo que ya está sucediendo en toda la Iglesia, lo que durante 50 años se ha dado por los miembros de la Jerarquía, pero de manera oculta, como ha hecho Bergoglio toda su vida: declaraba una cosa a los medios, y con una llamada telefónica obraba otra.

Ya el pecado no hay que sujetarlo, no hay que permitirlo, sino aprobarlo, quererlo como un bien para toda la Iglesia.

Los anteriores Papas habían sujetado la división declarada en toda la Jerarquía.

Ahora, con una falsa cabeza es el “hágalo usted mismo” pastoral; con Bergoglio, no se sujeta la división, sino que se imprime la forma para que las almas cometan el pecado con la misma aprobación de la Jerarquía de la Iglesia.

Nadie quiere ver que el Papa León XIII está demostrando a toda la Iglesia que los Cardenales pueden elegir a un falso Papa en la Iglesia.

Un Papa ha hablado en la Iglesia, pero nadie le hace caso. Todos están pendientes de sus lenguajes humanos. Y eso es señal de que el dogma ya no es dogma en la Iglesia. Los hombres han cambiado el concepto de la misma Verdad. Ya la Verdad Absoluta es una evolución de la mente del hombre y, por eso, los dogmas hay que entenderlos según esa evolución, ese cambio.

Por eso, el tarado de Bergoglio ha dicho hoy que la ley santa no tiene fin en sí misma. Es esto: como yo concibo el concepto de Dios según mi mente, entonces yo pongo a la ley de Dios mi fin humano, social, interesado..

Así está la Iglesia: con un hombre que la lleva, a pasos agigantados, hacia su destrucción.

La comunión en la mano: culto a Satanás en la Iglesia

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«Un alma me contó de un cardenal alemán que estuvo bastante cerca de nosotros, aquí. El alemán y el italiano deben permanecer en el purgatorio hasta el día en que se prohíba recibir la Comunión en la mano, y el norteamericano deberá permanecer en el purgatorio hasta el día en que la Comunión en la mano se prohíba en todos los Estados Unidos y se reinstaure la Comunión en la lengua. Pasado un tiempo, pregunté de nuevo cuáles eran sus nombres pero tampoco recibí ninguna respuesta. Con respecto al cardenal alemán, me contó el padre Matt que en el lecho de su muerte expresó que había cometido un gran error al promover la Comunión en la mano. Como siempre ocurre, nunca se publica esta clase de hechos, y por lo tanto se produjo el daño» (Pag. 30 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

Entre los católicos hay mucha ignorancia y confusión sobre su fe. Y esto procede sólo de una cosa: no se cumple con los mandamientos de la ley de Dios.

Todo está en lo que Dios revela al hombre. En esa Verdad Revelada, el hombre conoce lo que tiene que hacer en su vida para poder salvarse y santificarse.

El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que hay que amar a Dios sobre todas las cosas. Y aquí viene el problema: ¿qué es amar? ¿qué es el amor? ¿un sentimiento humano? ¿cumplir una ley canónica? ¿obrar una serie de ritos y disposiciones litúrgicas?

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt. 22, 38). Este primer mandamiento integra los tres primeros mandamientos de la ley de Dios (del 1 al 3).

«El segundo mandamiento a éste es: Amarás al prójimo como a ti mismo» (v. 39). En este segundo, están los demás mandamientos (del 4 al 10). «De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40).

La ley de la Gracia, dada por Jesucristo, lleva a la perfección la ley divina, dada por Moisés y los Profetas. Perfección que sólo es posible alcanzar dentro de la Iglesia Católica. Fuera, no tienen la ley de la Gracia. Poseen los mandamientos de la ley de Dios y los diversos profetas de nuestro tiempo, que son ya inservibles para dar a conocer la Verdad que viene de Dios. Porque sólo la Verdad están dentro de la Iglesia que Jesús ha fundado.

Las almas, hoy día en la Iglesia, no viven en la ley de la Gracia y, por tanto, no pueden cumplir estos dos preceptos a la perfección. Y ni se salvan ni pueden llegar a la santidad de la vida. Están sin Gracia, en estado de pecado, y por tanto, vuelven a lo de antes, a como los hombres vivían en el tiempo de Moisés y los Profetas. Pero con un agravante: conocen lo que es la Gracia, pero la desprecian para estar en su vida de pecado. Y eso les hace convertirse, no sólo en católicos tibios, sino en auténticos fariseos, hipócritas, legistas; es decir, en católicos pervertidos en sus mentes. Están en la Iglesia para cumplir leyes: sale una ley que dice que se puede comulgar en la mano y, como no viven en Gracia, no son fieles a la Gracia, no pueden discernir la mentira de esa ley, el pecado que esa ley promulga, y cumplen la ley y juzgan a aquellos que no la cumplen. Y es más, defienden esa ley a capa y espada, porque lo dice la Iglesia, lo manda la Iglesia.

Para amar a Dios hay que darle tres cosas: corazón, alma y mente.

En el corazón está la Gracia y el Espíritu: el alma tiene que alejarse de todo pecado y, para eso, tiene el Sacramento de la Penitencia: si pecas, corre a confesar tu pecado, pero no permanezcas en estado de pecado. Ya es fácil permanecer en la Gracia, que es estar en la Verdad.

En el alma está la virtud: la persona tiene que practicar las diferentes virtudes si quiere cumplir el decálogo. Sin la práctica de las virtudes cristianas no se puede comprender lo que es el amor a Dios. Y, por tanto, no hay manera de comprender ni el amor a sí mismo ni el amor al prójimo.

Y en la mente está la obediencia a Dios: el hombre es un ser intelectual. Y, por tanto, el hombre se une a Dios con su entendimiento y voluntad. No se une a Dios con las solas obras de su voluntad, ni se une con su solo pensamiento. No está ni en pensar ni en obrar. Está en someter a Dios estas dos facultades: entendimiento y voluntad. De aquí nace el culto debido a Dios. El hombre es dependiente de Dios y le debe un culto que sólo Dios puede enseñar.

«Si alguno dijere que no es posible o que no conviene que el hombre sea enseñado por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele, sea anatema [cf. 1786]» (D-1807 2. [Contra los deístas.]).

Para conocer el culto debido a Dios, el hombre tiene que aprender del mismo Dios ese culto. Porque Dios ha puesto al hombre un fin sobrenatural en su vida. Por lo tanto, el hombre debe someter su inteligencia a ese fin sobrenatural, para poder obrar la Voluntad de Dios.

Y Dios ha revelado en los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, el culto debido que el hombre tiene que darle. El hombre no tiene que inventarse el culto a Dios, porque Dios ya ha revelado la religión verdadera al hombre. Y hay obligación grave de abrazar y ejercer esa religión revelada. Si no se abraza, se pierde el fin sobrenatural. Si el hombre no se somete a la doctrina de esa religión, el hombre no puede guardar los preceptos ni observar el culto debido a Dios.

«Para que la razón humana no sea engañada ni yerre en asunto de tanta importancia, es menester que inquiera diligentemente el hecho de la divina revelación, para que le conste ciertamente que Dios ha hablado, y prestarle, como sapientísimamente enseña el apóstol, un obsequio razonable» (Pío IX en su Encíclica “Qui pluribus” – Rom. 12,1 (D.1637).

Por eso, sólo en la Iglesia Católica se da el culto debido a Dios. Fuera de ella, hay un culto indebido, un culto falso y un culto sacrílego. Los hombres piensan en sus verdades y se inventan sus religiones, iglesias, sectas. Y, por tanto, el culto que dan a Dios es falso e, incluso, demoniaco.

Los protestantes, los ortodoxos, los musulmanes, los budistas, etc…, ni adoran a Dios ni le dan culto debido, porque no han aceptado la religión que Dios ha revelado. Han interpretado el AT y el NT, según su mente humana, según las culturas, los tiempos de los hombres. Es a «la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres» (D-1788 [De la interpretación de la Sagrada Escritura]).

Un católico no puede participar en las oraciones y liturgias de otras religiones, porque sólo en Su Iglesia se da culto debido a Dios. Lo que hace Francisco, cuando participa de los cultos de los judíos o de los protestantes, o cuando pide una bendición a un anglicano que no puede bendecir, o cuando bendice unas hojas de coca, o cuando pone una pelota de goma al lado del sagrario, o cuando se reúne en Roma con los judíos y musulmanes para orar por la paz,…, todo eso son obras en contra de los tres primeros mandamientos de la ley de Dios; es decir, va en contra del primer mandamiento que Jesús señala. Está pecando de muchas maneras, está mostrando su pecado a todo el mundo y los demás lo justifican y lo aplauden. Y eso es muy grave para toda la Iglesia Católica: si los hombres ya no saben amar a Dios, dándole el culto que se merece por ser Dios, tampoco saben amar a los demás. En la Iglesia Católica ya no se cumple la ley de la Gracia, porque nadie cumple los diez mandamientos de la ley de Dios. En la Iglesia, que está en el Vaticano, y que la llaman católica, no está ya el Espíritu de Dios.

Es fácil pecar, de muchas maneras, en los tres primeros mandamientos. Porque, desde el Concilio Vaticano II, la liturgia ha perdido la reverencia, la dignidad y la sacralidad que antes tenía. Por tanto, en muchas misas, oraciones y celebraciones litúrgicas de los diversos Sacramentos, se dan muchos elementos que no pertenecen al culto debido a Dios. No son elementos que Dios ha revelado para darle culto. El hombre los ha ido metiendo, quitando los verdaderos. Y queda algo profano, mundano, carnal, temporal, natural, demoniaco.

Así, hoy día, las misas del novo ordo no son capaces de santificar, porque han perdido la sacralidad: oraciones, frases, ritos que no son propios para dar culto a Dios. Brilla más lo humano, el lenguaje, la expresión profana, que lo sagrado. Esto no significa que la misa sea inválida. Sólo significa que esos ritos, esa estructura, no lleva a la devoción ni a la oración ni a la adoración de Dios a las almas.

Dar culto debido a Dios es ponerse el hombre en Presencia de Dios. Cuando el hombre quita toda presencia humana, material, profana, natural, entonces su alma entra en devoción. Un alma devota es la que está en la Presencia Divina, como Moisés, al entrar en el Santuario: su alma notaba la Presencia propia del Espíritu Divino.

Esa devoción que el alma tiene le lleva a la verdadera oración, que significa: escuchar a Dios, aprender de Él, estar atento a las cosas divinas, celestiales, espirituales que el alma va sintiendo en esa oración.

Las misas del novo ordo no ponen al alma ni en devoción ni en oración. No se siente la Presencia de Dios ni tampoco el alma se eleva de lo humano, de lo natural, de lo profano. Sino que es todo lo contrario. La gente se mete en un mundo humano para estar pendiente del otro: qué hace, cómo habla, etc.

Si no hay verdadera oración, si el entendimiento del hombre no se eleva por encima de lo humano para quedar atrapado en la atmosfera divina, entonces el corazón no puede abrirse a la verdadera adoración a Dios. Se adora con el corazón, cuando la mente se somete a Dios. El sometimiento a Dios se percibe cuando en la mente los pensamientos son sujetados por Dios. Si en la oración, por el pensamiento pasan cantidad de ideas, de sentimientos, de deseos, es que no se hace verdadera oración y, por tanto, no hay presencia divina en el alma. La oración comienza cuando la mente hace silencio. Y eso sólo Dios lo puede obrar en el alma. También el demonio sujeta la mente, la pone en blanco, para que la persona se meta en un mundo espiritual ficticio. Pero Dios nunca pone la mente en blanco, sino que sujeta el pensamiento para que no distraiga a la persona, para que el alma esté atenta sólo a Dios, a la voz de Dios.

Por eso, en las misas de hoy hay muchas cosas que hace que el alma desatienda a Dios. Los hombres están pendientes de lo que no deben estar. Y, de esa manera, no puede alcanzar la verdadera adoración a Dios. Y van a comulgar de cualquier manera. Como su interior no adora a Dios, después, en lo exterior, no se da el culto verdadero, legítimo, debido, que Dios quiere del alma. La vida interior se demuestra con actos externos. Si no hay vida interior, si no hay presencia de Dios, no hay oración, no hay adoración; entonces después la gente comulga en la mano y cree que está haciendo un acto agradable a Dios. Es la hipocresía de muchas personas.
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Jesús es Dios y está en la Eucaristía. Ante Dios, el hombre tiene que poner su frente en el suelo, porque «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Prov. 3,34).

Para comulgar a Jesús, es necesario demostrar externamente la humildad, el sometimiento de la mente a Dios. Y, por tanto, para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el hombre tiene que arrodillarse, tiene que abajarse, tiene que inclinar su cabeza, porque así como Jesús «se humilló a sí mismo» (Flp 2,8), así hay que «revestirse de entrañas de humildad» (Col 3,12) ante Dios. No se puede comulgar al Señor de pie, mirando a Dios a los ojos, con una actitud externa de tú a tú, porque «Jesús es el Señor» (1 Cor 12,3). Jesús no es un amigote, no es un compadre, no es cualquier hombre. Es Dios. Y la criatura, ante Dios, tiene que doblar su rodilla: «al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10), porque «toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para Gloria de Dios Padre» (v. 11).

Para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el alma tiene que ponerse de rodillas y recibirlo en la boca, de manos del sacerdote. Si hace esto, el alma adora a Dios en Espíritu y en Verdad. Porque la «humildad es la Verdad» (Sta. Teresa): el alma humilde se pone en reverencia y adoración a Dios, se abaja, se humilla, se pone en el lugar que le corresponde como criatura: dependiente de Dios. No se coloca en el lugar de Dios. «El humilde verdadero y perfecto rechaza la gloria que se le ofrece, y no busca lo que no tiene» (S. Alberto Magno). No quiere subir a donde está Dios, sino que se queda en su lugar, y deja a Dios que decida subirla, elevarla.

Si el alma no hace esto, entonces se produce una falsa humildad, que es lo que hay en muchas personas que comulgan de pie y en la mano: exteriormente parecen muy humildes, pero en su interior están cometiendo muchos pecados porque no dan a Dios, en la Eucaristía, el culto debido. Dan su culto o lo que otros les han enseñado o le han obligado con sus leyes.

La comunión en la mano nunca ha existido en la Iglesia. Siempre ha sido un recurso extraordinario, en circunstancias que así lo exigía la Justicia de Dios. Por ejemplo, San Tarsicio, que llevaba la comunión a los enfermos y encarcelados: “1277.- Este modo de distribuir la Santa Comunión (en la boca), considerado el estado actual de la Iglesia en su conjunto, debe ser conservado no solamente porque se apoya en un uso transmitido por una tradición de muchos siglos, sino principalmente porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la Eucaristía. Este uso no quita nada a la dignidad personal de los que se acercan a tan gran sacramento (…)”. “1278.- Con esta manera tradicional, se asegura más eficazmente que la Sagrada Comunión sea distribuida con la reverencia, el decoro y la dignidad que le son debidas” (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969).

La comunión en la mano muchos creen erróneamente que fue fruto del Concilio, pero no fue así: cuando se les preguntó a los obispos de todo el mundo sobre la posibilidad de permitir que se distribuyera la Comunión en la mano, la gran mayoría votó en contra (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969). Y, en ningún lugar de los documentos del Vaticano II se puede encontrar mencionada, ni siquiera una vez, la comunión en la mano. Los masones movieron todo para conseguir su objetivo.

La comunión en la mano es el triunfo de la masonería en la Iglesia: es comenzar a romper la Iglesia por donde más duele: la adoración a Jesucristo: “¿Cómo robar a los fieles su fe en la verdadera presencia? En primer lugar, debemos hacer que todos reciban la comunión de pie y después que se les ponga la Hostia en la mano. De este modo, acabarán viendo la Eucaristía como un mero símbolo de un banquete fraternal y así desaparecerá esa fe” (Extracto de un plan masónico de 1925). “Cuando hayamos conseguido que los católicos reciban la comunión en la mano habremos logrado nuestro objetivo” (Stanislas de Guaita, un ex-sacerdote, cabalista, satanista y modelo de masones)

El sacerdote es el encargado de administrar el Sacramento de la Eucaristía y, por lo tanto, ninguna mujer puede administrarlo: “Cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo. El tocar las Sagradas Especies, su distribución con las propias manos, es un privilegio de los ordenados” (Cf. la Carta Dominicae Cenae, de Juan Pablo II, a todos los obispos y sacerdotes, del 24 de febrero de 1980). Las mujeres no tienen que estar en al Altar, ni siquiera tienen que subir para leer las lecturas: «las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley» (1 Cor 14, 34)

Jesús puso el sacerdocio sólo en manos de hombres, no de las mujeres. Es el hombre el que ofrece a Cristo en la comunión. No es la mujer: “La comunión es un don del Señor, que se ofrece a los fieles por medio del ministro autorizado para ello. No se admite que los fieles tomen por sí mismos el pan consagrado y el cáliz sagrado, y mucho menos que se lo hagan pasar de uno a otro” (Cf. Instrucción Inestimabile Donum sobre algunas normas acerca del culto del Ministerio Eucarístico, del 3 de abril de 1980)

Por tanto, peca la mujer que administra la comunión y peca el que comulga de una mujer. Porque el culto debido a Dios, en la eucaristía, lo ofrece sólo el sacerdote; no la mujer. Se adora a Dios, en la Eucaristía, cuando el sacerdote administra la comunión, y cuando las almas la reciben de manos de los sacerdotes. No se adora a Dios, en la eucaristía, cuando una mujer lo administra y cuando las almas la reciben de las manos de las mujeres.

Se cometen muchos pecados de esa manera, porque la Iglesia es Cristo. Y todo fiel que quiera servir a Cristo tiene que someterse a su doctrina. No puede inventarse una doctrina, una nueva forma de dar culto a Dios, de administrar la Eucaristía.

De muchas maneras, se profana hoy día este Sacramento, porque existen leyes pecaminosas en la Iglesia Católica. Leyes que Dios no quiere y que los Papas no han podido quitarlas, porque la Jerarquía infiltrada en la Iglesia es muy fuerte. Tan fuerte que han hecho renunciar a un Papa y han puesto a un masón como falso Papa.

Si un sacerdote obliga a comulgar en la mano, no hay que aceptar esa comunión y hay que retirarse en silencio. Porque no se puede pecar cuando se adora a Dios. Antes morir que pecar. Muchos sacerdotes obligan a pecar, mandan pecar. Y, por eso, muchos están en el Purgatorio y en el Infierno por esto. Un sacerdote que mande pecar no es sacerdote para el alma. No se puede obedecer la mente de un hombre que mande un pecado. No se puede. En la Iglesia se obedece la Verdad, no la mentira que muchos sacerdotes ofrecen en sus misas.

La Iglesia entera está en las catacumbas, no en Roma. Roma fornica con la mente de muchos hombres que se creen sabios mostrando su pecado a todo el mundo. Y muchos católicos, sólo de nombre, de figura, se creen los mejores exaltando sus pecados como la gloria de la Iglesia.

«Si alguien necesita pruebas de que a Dios no le gusta el modo atolondrado en que hoy en día se hacen uso de los ministros extraordinarios de la Eucaristía, puedo contar la siguiente historia sobre algo que ocurrió muy cerca de aquí hace poco tiempo. No hace mucho falleció una mujer que solía repartir la Comunión y que había inducido a muchas otras mujeres a que obraran igual. Yo no la conocía muy bien, pero había oído hablar mucho de ella. Antes del funeral, el ataúd estaba abierto para que la familia y los amigos pudieran despedirse. En el momento previsto, se cerró el ataúd. Pero antes de que hubiera transcurrido una hora, un pariente cercano llegó tarde y le pidió al sacerdote que por favor lo abriera brevemente para poder despedirse de la difunta al igual que el resto. El sacerdote accedió y, con una o dos personas presentes, levantó la tapa y miró dentro. Fueron testigos de algo que no era lo que habían visto un rato antes. Las manos de la mujer se habían vuelto de color negro. Este signo, para mí, como para el resto, fue una confirmación de Dios de que las manos no consagradas no pueden distribuir a Jesús durante la Comunión» (Pag. 34 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

La falsa doctrina del Espíritu en Francisco

«el Espíritu Santo nos enseña el camino; nos recuerda y nos dice las palabras de Jesús; nos hace orar y decir Dios Padre, nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno y nos hace hablar en profecía» (texto).

Ésta es la blasfemia de Francisco sobre el Espíritu.

El Espíritu «nos enseña: es el Maestro interior». Sólo hay un Maestro: Jesucristo: «Ni llaméis padre a nadie sobre la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el que está en los Cielos. Ni os hagáis llamar maestro, porque uno sólo es vuestro Maestro, Cristo» (Mt 23, 9-10).

Dios Padre es el Padre de las almas; Dios Hijo es el Maestro de los corazones; y ¿qué es el Espíritu del Padre y del Hijo? El Amor en el hombre.

El Espíritu es el que lleva al hombre al Padre y al Hijo. No es el que enseña el camino. Jesús es el Camino. Jesús ha enseñado la manera de caminar por ese Camino. Jesús ha dado la doctrina. El Espíritu lleva a la Verdad de esa doctrina: «pero el Abogado, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en Mi Nombre, Él os enseñará todo y os traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho» (Jn 14, 26).

El Espíritu no enseña como maestro, sino como Amor. Jesús enseña como maestro, como doctor, como el que sabe la doctrina.

Pero el Espíritu enseña a vivir esa doctrina: enseña el amor. Jesús enseña la idea, la Palabra. El Espíritu hace que el hombre obre esa Palabra.

Por tanto, el Espíritu no «nos guía por el camino recto a través de situaciones de la vida». El Espíritu no guía por el camino, sino que mueve a obrar en el Camino, que es Jesús. El Espíritu es la moción divina en el corazón, para que el hombre, caminado, siguiendo las huellas de Cristo en su vida, pueda obrar la Voluntad del Padre. Es el que mueve a obrar el amor. No es el que guía. Cristo guía al alma en el Camino, que es Él Mismo. Y la guía con Su Palabra. Su Palabra es Luz para el alma, es conocimiento para la inteligencia del hombre. Pero Su Palabra también es Amor. Para que la Palabra sea Amor, es necesario el Espíritu: es el que mueve a obrar la Palabra. Es el que ama en el hombre, es el que pone el amor en el hombre, en su corazón.

El Espíritu Santo no «nos enseña a seguirlo (el camino), para andar en sus pasos». Enseña a obrar el amor, enseña a amar. Enseña a hacer la voluntad del Padre. Enseña a practicar el Evangelio, a vivir la Palabra de Dios, a imitar a Cristo en sus obras: «El que cree en Mí, ése hará también las obras que Yo hago, y las hará mayores que éstas, porque Yo voy al Padre; y lo que pidiereis en Mi nombre, eso haré» (Jn 14, 12-13). Cristo obra en el Espíritu. Cristo, que es la Palabra, obra –Su Palabra- en el Espíritu, que el Padre envía en Su Nombre.

Para hacer las obras de Cristo, y mayores que las que hizo Cristo, es necesario el Espíritu de Cristo: es el que obra la Palabra, que es Cristo. Por tanto, el Espíritu no enseña el Camino, no enseña a seguir a Cristo. Enseña a hacer las mismas obras que Cristo hizo.

«Más que un maestro de la doctrina, el Espíritu Santo es un maestro de la vida. Sin duda, es una parte de la vida, incluso sabiendo, conociendo, pero en el horizonte más amplio de la existencia cristiana y armonioso». El Espíritu no es el Maestro de la vida, sino el que enseña todas las cosas, pero no como maestro, no como doctor, no como filósofo. No enseña a vivir la vida; enseña a obrar la Vida Divina. El Espíritu no es «una parte de la vida», no convive con la vida del hombre, no es parte de la vida de los hombres, no acompaña la vida de los hombres. No da conocimientos a los hombres, no les da saberes, no les hace comprender. El Espíritu mete al hombre en la Vida Divina para que obre la Palabra y realice la voluntad del Padre, en esa obra de la Palabra.

El Espíritu enseña todas las cosas de la Vida Divina: enseña a usar la Gracia Divina, los dones divinos, los carismas para la Iglesia. Enseña a usar lo divino, a poner en práctica la Palabra Divina, que es la Vida de Dios.

El Padre engendra Su Palabra y el Espíritu obra lo que el Padre engendra. Y, por eso, la Virgen María concibe en su corazón la Palabra del Pensamiento del Padre y es el Espíritu el que la obra en su Seno Virginal. Sin Fe en la Palabra, el Espíritu no puede obrar en el hombre. El Espíritu obra en la medida en que el hombre, con su corazón, cree en la Palabra.

Francisco sólo habla de una enseñanza a la mente del hombre, de un conocimiento para el hombre, de una vida humana. Quien no tenga claro la doctrina sobre el Espíritu, entonces no sabe discernir las palabras de ese hombre. Decir que el Espíritu es un maestro interior tiene sabor a gnosticismo.

El Espíritu Santo «nos recuerda todo aquello que Jesús dijo: Es la memoria viviente de la Iglesia». El Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. Luego, no es una memoria. No es una inteligencia, no es un acto de recordar. El Espíritu trae a la memoria todo cuanto Jesús dijo para obrar la Profecía, para hacer profetas, para obrar el amor a la Verdad. El Espíritu no «nos hace entender las palabras del Señor…». No nos trae a la memoria para entender, sino para obrar. Con el Espíritu siempre se obra. Es la Palabra la inteligencia, la que hace entender. Es la Palabra el Maestro del alma. No es el Espíritu el que hace comprender la Palabra del Hijo, sino el que obra la Palabra del Hijo. Y, cuando el alma obra la Palabra en su vida, es cuando la Palabra le enseña los misterios de Dios. Es siempre Jesús el que enseña en la Obra del Espíritu. El Espíritu nunca enseña, siempre obra la Palabra que se cree. Si el hombre no cree, el Espíritu no obra.

El Profeta es el que obra la Verdad en medio de la Iglesia y del mundo. No es el que enseña el Evangelio. No es el que enseña la doctrina de Cristo. No es un teólogo; no es un filósofo. No es uno que da ideas. El Profeta da testimonio de la Verdad de la Palabra ante hombres que no creen, que viven su mentira, que viven en el error. Y se da testimonio de la Verdad, no para enseñar a los hombres, sino para obrar la Verdad ante los hombres.

Porque, siendo Cristo la Verdad, no es una Verdad en la sola inteligencia, en el solo conocimiento, en la sola idea. No es una verdad fría de la inteligencia. Es la verdad que se obra, que se vive, que trae la Presencia de Dios, que lleva a una vida piadosa, religiosa, llena del amor a la virtud. Y el Profeta pone esa Obra de la Palabra en medio de los hombres. Y, por eso, todo profeta, no sólo dice palabras de profecía, sino que obra sanaciones, liberaciones, milagros. Se obra la Verdad; se obra a Cristo en medio de la Iglesia.

Y, por eso, todo sacerdote es un Profeta: obra a Cristo en el Altar. Muy pocos sacerdotes se dan cuenta de lo que son. ¡Cuántos sacerdotes niegan las profecías, niegan a los profetas de Dios, y se están negando a sí mismos!

El Espíritu trae a la memoria las palabras del Señor para obrar la verdad, no para entender la Verdad. No «nos hace entrar cada vez más plenamente en el sentido de sus palabras…». Francisco no ha comprendido absolutamente nada de lo que es el Espíritu, porque no cree en Él.

En su fe sólo hay dos cosas: el Padre, que es Dios; y Jesús, que es el Maestro, pero no Dios, sino un hombre santo en la gloria. Para Francisco, el Espíritu es sólo una palabra para reflejar un concepto; es un término para poder interpretar el Evangelio según ese término humano. Es una memoria viviente: es decir, es un recuerdo que se pasa, en la Iglesia, a través de la historia de los hombres. Vive en cada miembro de la Iglesia. Vive como concepto, porque es una inteligencia, es un acto de recordar las palabras de Cristo.

«Un cristiano sin memoria no es un verdadero cristiano: es un cristiano a mitad de camino, es un hombre o una mujer prisionero del momento, que no sabe atesorar su historia, no sabe leerla y vivirla como una historia de salvación». Un cristiano sin fe es el que no es un verdadero cristiano. El cristiano sin memoria sigue siendo cristiano, si tiene fe. Francisco anula la fe para poner su fe fundante en la memoria, su memoria viviente, el legado de la memoria, del recuerdo.

Para Francisco, en la Iglesia hay que tener recuerdos de la palabra de Dios para no quedarse en el tiempo presente sin hacer nada, sino que debe renovar cada hombre su tiempo interpretando el Evangelio: «con la ayuda del Espíritu Santo, podemos interpretar las inspiraciones interiores y los acontecimientos de la vida a la luz de las palabras de Jesús. Y así crece en nosotros la sabiduría de la memoria, la sabiduría del corazón, que es un don del Espíritu». Esta es la herejía principal de este hombre.

El Espíritu es un término, un concepto, para interpretar las inspiraciones interiores y la vida de cada hombre. Se cogen las palabras de Jesús, y a la luz de esas palabras, usando la mente del hombre, haciendo memoria de las cosas que ha hecho Dios en la historia de los hombres, se llega a dar con un pensamiento, con una razón, que sirva para vivir el Evangelio en el tiempo de cada hombre. Es su fe universal: se recuerda el pasado para poner un futuro a la vida de los hombres. Se recuerda para interpretar el Evangelio a la luz de cada uno, de lo que uno piensa en la vida. Y ese conocimiento es el Espíritu. Es la gnosis de Francisco. Y, por eso, cae en el canalismo: «el Espíritu Santo nos hace hablar a los hombres en la profecía, es decir nos está haciendo CANALES, humildes y obedientes de la Palabra de Dios».

El Profeta es un canal de la Palabra de Dios: ésta es su blasfemia. Esto es hablar como un ocultista, como uno de la nueva Era. El profeta trae un mensaje que canaliza, que viene de un emisor, de una fuente, de uno que experimenta fenómenos paranormales, mentales, etc.

El Profeta no es un canal, sino uno que obra la Palabra de Dios. No es un transmisor de la Palabra, es un obrador de la Palabra. La Palabra de Dios no es un emisor de energías que hay que canalizarlas. La Palabra de Dios trae una obra divina que hay que ponerla en práctica, que hay que vivirla. No trae una obra humana: «La profecía se hace con franqueza, para mostrar abiertamente las contradicciones e injusticias, pero siempre con mansedumbre y la intención constructiva. Imbuidos del espíritu de amor, podemos ser signos e instrumentos de Dios que ama, que sirve, que da la vida». El profeta no muestra ni las contradicciones ni las injusticias, sino que da la Verdad como es, aunque los demás no quieran escucharla. Y es el Espíritu el que obra esa Verdad en el alma; no es el hombre el que se esfuerza por dar la Palabra. Es el Espíritu el que mueve al hombre para dar la Palabra. No hay que hacer la profecía con franqueza; porque el hombre no tiene que hacer nada. Sólo tiene que dejarse mover por el Espíritu e ir a aquel lugar que el Espíritu quiere y decir las palabras que el Espíritu pone en su boca.

Esta forma de comprender Francisco al Espíritu es signo de su falta de fe. No tiene la fe católica. No sabe guiar a la Iglesia hacia la Verdad. No sabe obrar la Verdad, porque no se deja mover del Espíritu. Busca la verdad entre los hombres, en el diálogo con ellos y es lo que enseña: «El Espíritu nos hace hablar a los hombres en el diálogo fraterno. Es útil hablar con otras personas en el reconocimiento de sus hermanos y hermanas; hablar con los amigos, con ternura, con dulzura, la comprensión de las angustias y esperanzas, tristezas y alegrías de los demás». Es el tema de Francisco: los hombres, charlar con ellos, hablar de tantas cosas que no hay tiempo para escuchar la Voz de Dios en el corazón. Es la fraternidad con los hombres. Y, por esa fraternidad, Francisco se ha puesto como dios en la Iglesia y no sabe de la vida espiritual nada de nada. No sabe hablar la Verdad. Sólo sabe decir sus mentiras desde que se levanta hasta que se acuesta. Y, por supuesto, no se le puede hacer caso en nada. Todo lo que hace en la Iglesia es nulo para la Iglesia Católica. Será valido para aquellos hombres que, con una venda en los ojos, lo siguen al precipicio del infierno.

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