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Francisco adora el pensamiento del hombre

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«Mi Doctrina no es Mía, sino de Aquel que me ha enviado. Quien quiera hacer la Voluntad de Él conocerá si Mi Doctrina es de Dios o es Mía» (Jn 7, 16- 17).

En la Iglesia Católica seguimos una Doctrina sobrenatural, no humana, no natural, que no puede circunscribirse a nada de la vida de los hombres. No es una Doctrina de hombres, sino de Dios. Y, por tanto, nadie en la Iglesia Católica tiene el derecho de cambiar ni una tilde a esa Doctrina.

No se puede negar las Verdades que están en las Sagradas Escrituras y que toda la Tradición de la Iglesia, con Su Magisterio auténtico, enseña. Quien las niegue y obre en consecuencia, automáticamente se pone fuera de la Iglesia Católica.

Negar la fe Católica se puede hacer de muchas maneras. Desde negar una verdad, y eso convierte a la persona en un hereje; negando muchas verdades; y eso significa que la persona es apóstata de la fe; creando una nueva iglesia, y eso es el cisma.

En las virtudes teologales, no hay parvedad de materia. Es decir, cuando se niega una verdad de fe, se comete siempre un pecado mortal. En otras palabras, el hereje, por negar una verdad, automáticamente, sale fuera de la Iglesia por su pecado mortal de herejía. No son pecados veniales. No son cualquier pecado.

La herejía, la apostasía de la fe, el cisma; son pecados contra la fe; pecados de infidelidad a la Gracia y a la vocación que se ha recibido, por parte del Señor.

Un sacerdote, un Obispo, que cae en herejía o en apostasía, se pone en un camino de condenación. Porque la fe es un medio necesario para la salvación. No abrazar la fe, no asentir a los dogmas de la fe, es no salvarse. No hay excusa de pecado en quien cae en herejía o en la apostasía de la fe.

Un sacerdote que ya no cree en los dogmas, ya no se puede salvar por los caminos ordinarios que Dios ha puesto en la Iglesia. La fe divina se pierde por la herejía o apostasía formal, porque no hay parvedad de materia. O se cree en una Verdad como Absoluta, como dogma, o no se cree en esa Verdad. No creer que exista el Infierno es herejía. Y predicar que no existe el infierno o enseñarlo así, es ponerse fuera de la Iglesia Católica.

Ya estamos en el tiempo, no de los herejes, sino de la apostasía de la fe. El que apostata de la fe ya niega muchas verdades, no sólo una. Ya es infiel en muchas cosas. Y, en esa persona, ya no hay fe divina, no hay fe teológica. A la persona le parece que sigue creyendo en Dios, pero en la realidad no es así, porque obra lo que Dios no dice. En su pensamiento, dice que cree en Dios. Pero la fe no es un pensar sobre Dios, sino un obrar lo que Dios dice.

Estamos viviendo, dentro de la Iglesia, con sacerdotes, con Obispos, que se declaran católicos, pero que obran en contra de la fe divina, que enseñan muchas herejías. Y lo hacen revestidos de autoridad. Y eso crea confusión en toda la Iglesia. Y es la manera cómo el demonio la ataca.

La gente, en la Iglesia, no busca la Fe Verdadera, una Fe fuerte, consolidada en la Verdad, que es Cristo, para así estar en pie contra todo ataque del enemigo. Sino que muchos, dentro de la Iglesia, se conforman con una Fe débil, con un viento suave, agradable, que les gusta, porque ven a una Jerarquía amable, humana, cariñosa, dedicada a los asuntos de los hombres. Gente que no refuerza su Fe con la vida de los Sacramentos, con la oración, con la vida de la Gracia, sino que se deja llevar por muchas novedades que los sacerdotes, los Obispos, dan en la Iglesia. Gente que ya no pone de su parte y que cae en el pecado, cae en la herejía, cae en la apostasía de la fe, ante cualquier palabra amable, barata, de un sacerdote.

Francisco predica que Jesús no es un Espíritu, y todos se lo creen. Han caído, con los primeros vientos suaves de maldad, en la herejía. Son personas que no están preparadas para una batalla fuerte contra el mal, sino que se les cae la baba por la amabilidad de un personaje que no tiene Fe, que no sólo es un hereje, no sólo es un apóstata, sino que es un cismático: ha creado un nuevo cisma: un cisma en el cisma.

Mucha gente dentro de la Iglesia Católica ya no son católicos, es decir, ya no tienen la Fe teológica o Fe divina. Se han convertido en herejes, en apostatas de la fe, en cismáticos. Y es necesario defenderse contra esa gente, porque obran la maldad del demonio dentro de la Iglesia.

En la Iglesia Católica hay infiltración: sacerdotes, Obispos, que predican herejía y que enseñan a vivir sin fe. Y a esos sacerdotes, a esos Obispos, no se les puede escuchar, no se les puede obedecer, porque .por sus pecados de infidelidad, ya no pertenecen a la Iglesia Católica. Esos sacerdotes, esos Obispos, no vienen del Señor, no son Pastores de Cristo, no son sacerdotes para Cristo, no son los representantes fieles a Cristo que den una Fe firme para ganar el Cielo en la tierra. Sino que, todo lo contrario, enseñan una falsa fe, que condena al alma de manera automática.

Estamos ante una situación muy grave. Es un tiempo, no como los que se han vivido durante 50 años, sino totalmente nuevo. El cisma comienza a verse en todas partes. Un cisma en el cisma. Un cisma creado hace 50 años, pero que se manifiesta ahora, que rompe a luz ahora. Un nuevo cisma en que muchos se han endiosado: sus razones, sus pensamientos filosóficos, teológicos, son su dios dentro de la Iglesia Católica. Adoran a su mente humana. Adoran a hombres en sus obras. Y ya son incapaces de adorar al Verdadero Dios porque han perdido la Fe. Creen estar con Dios, servir a Dios, pero no hacen las obras de Dios, no hacen lo que Dios dice en Su Palabra.

«El mundo no puede aborreceros a vosotros, pero a Mí me aborrece, porque doy testimonio contra él de que sus obras son malas» (Jn 7, 7). Esos sacerdotes, esos Obispos, no hablan contra el mundo, sino a favor del mundo. Y, por tanto, el mundo los ama. El mundo está con ellos. Y ellos aman el mundo. Ellos yo no aman la Iglesia Católica.

Una Jerarquía que bautiza a una persona de un matrimonio lesbiano es una Jerarquía que ha apostatado de la Fe divina, que no obra en la Iglesia lo que Dios dice, sino que obra lo que su mente humana le dice.

Y esa Jerarquía, que hizo esa obra demoniaca en la Iglesia, ya no es de la Iglesia Católica, por su pecado de apostasía, de infidelidad a la Gracia y la vocación recibida. No hubo bautismo, por el pecado de la Jerarquía. Si esas dos mujeres hubiesen bautizado esa niña en otra iglesia no católica, entonces el bautismo sería válido, si en esa iglesia se bautiza con la intención que se hace en la Iglesia Católica. Pero como es bautizo lo realizó una Jerarquía apóstata de la fe, que ya no pertenece a la Iglesia, que por su pecado, no pueden dar sacramentos ni recibirlos, entonces no quedó bautizada esa persona. Esta es la maldad que nadie cuenta porque a nadie le interesa ya la vida espiritual de las almas. Sólo ven ese acto cono algo social, algo cultural, un derecho humano que hay que darle a ese niño, porque qué culpa tiene el niño.

Tres cosas son el eje del pensamiento de Francisco:

1. Su campaña política:

“Para mí, el corazón del Evangelio es de los pobres. He escuchado, hace dos meses, que por esta razón una persona dijo: ‘¡Este Papa es comunista!’. ¡No! Ésta es una bandera del Evangelio, no del comunismo: del Evangelio. La pobreza sin ideología, la pobreza… Y por este motivo creo que los pobres están al centro del anuncio de Jesús. Basta leerlo. El problema es que después esta actitud hacia los pobres, algunas veces, en la historia ha sido ideologizada” (entrevista de unos jóvenes belgas al Papa Francisco, el 31 de marzo del 2014, realizada en el Palacio Apostólico Vaticano)

Esta es la opinión de Francisco. Su opinión, que va en contra del Magisterio de la Iglesia, de la Palabra de Dios y de toda la Tradición. Francisco está haciendo su campaña política desde Roma. Está llenado la Iglesia de su ideología comunista, marxista, que es su teología de los pobres.

Decir que el corazón del Evangelio es de los pobres es, sencillamente, una herejía. Porque el corazón del Evangelio es la Palabra de Dios, es el Verbo, es el Padre, es el Espíritu Santo. Punto y final. Lo demás, son las ganas de Francisco de hacer su ideología comunista.

Y se atreve a juzgar que en la historia esta actitud hacia los pobres ha sido ideologizada, y no cae en la cuenta de que está haciendo política, demagogia, proselitismo: está dando su ideología sobre el evangelio y sobre los pobres. Éste es el fariseísmo de este hombre.

“¡Este Papa es comunista! ¡No! Ésta es una bandera del Evangelio, no del comunismo”. Francisco no es capaz de escuchar la Verdad: “Este Papa es comunista”. Sino que defiende su verdad: “ésta es una bandera del evangelio, no del comunismo”. Está haciendo, claramente su política en la Iglesia. Éste es su engaño, su palabra que miente, su palabra que da la falsedad siempre. Y no le importa quien esté a su lado. Habla la mentira como si se bebiese un vaso de agua.

El centro del Evangelio: Jesús. ¡Basta leerlo, Francisco! ¡Basta leerlo con un corazón sencillo, con una mente humilde, con un Espíritu abierto a la verdad! ¡Basta leerlo para comprender que tú, Francisco, no lees el Evangelio! ¡Que te dedicas a dar tus brillantes pensamientos a los tontos e idiotas como tú!

2. Derechos humanos:

“Todos somos hermanos. Creyentes, no creyentes, o de una confesión religiosa o de la otra, judíos, musulmanes… ¡Todos somos hermanos! El hombre está al centro de la historia, y para mí esto es muy importante: el hombre está al centro. En este momento de la historia, el hombre ha sido expulsado del centro, ha resbalado hacia la periferia, y al centro – al menos en este momento – está el poder, el dinero y nosotros tenemos que trabajar por las personas, por el hombre y la mujer, que son la imagen de Dios” (Ibidem)

Todos somos hermanos del error, de la mentira, del engaño, del fariseísmo, de la maldad, de la hipocresía, del pecado, del demonio. Esto es lo que no dice Francisco.

“Todos somos hermanos”. No, Francisco. Tú eres hijo del demonio. Pero no eres hijo de Dios. Tú eres un hombre, hijo de hombre, con una carne y con una sangre. Pero eres un hombre sin Verdad. Luego, no eres hermano de los hijos de Dios, de los hombres que tienen la Verdad en sus corazones. Tú eres un hombre que no posee, en su corazón, la Verdad. Luego, eres hermano de otros hombres que no poseen en sus corazones la Verdad. Tú eres infiel a la Verdad, porque eres fiel a tu pensamiento humano.

Dios no ha creado hermanos entre los hombres. Dios ha creado un Adán. Y ese Adán ya pasó, ya no sirve, ya no hay que mirar a Adán y sacar de Él los hermanos. No hay que mirar la Creación como algo bueno, porque Adán la anuló. Ahora, hay que mirar al Nuevo Adán.

En la Iglesia Católica tenemos al Nuevo Adán y a la Nueva Eva, que son Jesús y la Virgen María, que engendran hijos por la Gracia. Y los que viven en Gracia, son hermanos en la Fe en Cristo y en la Fe en Su Iglesia. Hermanos en una misma Fe, en un mismo Señor, en un mismo Bautismo.

Y los que no creen no tienen Fe. Y los que atacan la doctrina de Cristo, la Iglesia Católica, el Magisterio de la Iglesia, la Tradición, no tienen Fe. Y los que gobiernan la Iglesia con su gobierno horizontal, no tienen Fe. Y Francisco, que dice herejías continuamente, no tiene Fe.

¡No todos somos hermanos! En un mundo donde el 80 por cien de los que mueren diariamente se van al infierno, es claro, que no todos somos hermanos en la Fe.

Francisco no has comprendido: ¡No todos somos hermanos! ¡Es imposible! ¡Hasta un niño se da cuenta de que los hombres no son hermanos!

Pero no sólo hablas de que todos somos hermanos, sino que vas más allá: “El hombre está al centro de la historia, y para mí esto es muy importante: el hombre está al centro”. Clara blasfemia contra el Espíritu Santo.

La historia es de Dios, no de los hombres. La historia la escribe Dios con su Dedo, no la escriben los hombres con sus vidas humanas. ¡Cuántos hombres que no son historia divina, que no pertenecen a Dios! El centro de la Creación es Dios. El centro del Universo es Dios. El centro de la tierra es Dios. El centro de la historia es Dios. El hombre es sólo un ser que depende, de forma absoluta, de Dios. Sujeto a Dios, quiera o no quiere, le guste o no le guste. El hombre, en su alma, está marcado con un fin divino, que debe buscar y encontrar en su vida humana. El hombre está llamado a adorar a Dios dejando su vida humana aparcada, como inservible, como inútil, para revestirse, para transformarse en un ser divino, a Imagen y Semejanza de Dios.

Francisco, en esas palabras da culto al hombre, adora al hombre. Y pone los derechos del hombre por encima del derecho divino que Dios exige a todo hombre: salvar y santificar su alma.

Francisco trabaja por los derechos humanos, pero no trabaja para llevar al hombre al Cielo. Por eso, se esfuerza por reunir en una sola iglesia a todos los hombres: hay que respetar sus ideas humanas, sus derechos humanos, sus obras humanas, sus vidas humanas. El derecho divino para salvar al hombre del pecado queda anulado por el diálogo que Francisco quiere con todos los hombres para inventarse su nueva iglesia, que lleva a la condenación a todas las almas. Y, en consecuencia, debe caer en su gravísimo error:

3. Justicia Social:

“hemos entrado en una cultura del descarte”: “son expulsados los niños – no queremos niños- menos familias pequeñas: no se desean niños, son expulsados los ancianos: tantos ancianos mueren por una eutanasia escondida, porque no se ocupan de ellos y mueren. Y ahora son expulsados los jóvenes” (Ibidem).

Francisco anula la Justicia Divina, que es la que pone el camino de la Misericordia para salvar las almas del demonio y del pecado. Y lucha por su justicia social, por los males sociales, para crear una iglesia social, que se dedique a dar de comer, a resolver problemas humanos, a controlar la vida de los demás si no piensan como ellos.

Francisco llora por los niños, por los ancianos, por su cultura del descarte. Y no llora por sus almas, porque ha anulado el pecado como ofensa a Dios.

Francisco está negando a Cristo y a la Iglesia que Cristo ha fundado en Pedro. Y lo niega, no sólo con sus palabras baratas y blasfemas, sino con sus obras llenas de maldad en toda la Iglesia.

Y, por eso, a Francisco no se le puede seguir, no se le puede obedecer, no hay que escucharlo para aprender de él algo; hay que escucharlo para contraatacar su herejía y su blasfemia. Hay que oponerse al dictador Francisco para no caer fuera de la Iglesia, donde él está.

La gran obra de teatro en muchos Altares

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“ Te anunciamos la siguiente advertencia: Los discípulos que no son de Mi Evangelio están trabajando intensamente en estructurar, de acuerdo a sus propias ideas y bajo la influencia del enemigo de las almas, una nueva Misa que contenga conceptos odiosos a Mis designios. Cuando la fatal hora llegue, la fe de mis sacerdotes se pondrá a prueba; estos textos serán celebrados en el segundo periodo.

El primer periodo es aquel de Mis sacerdotes que viven sin Mí. El segundo es aquel de la persecución, cuando los enemigos de la Fe y de la Santa Religión impondrán sus fórmulas en el libro de la segunda celebración. Estos espíritus infames son aquellos que Me han crucificado y están esperando el reino del nuevo Mesías. Algunos de mis santos sacerdotes rechazarán este libro, sellado con las palabras del Abismo. Desafortunadamente, habrá muchos que lo aceptarán” (Marie-Julie Jahenny – Profecías).

El sacerdote es de Cristo, para Cristo y en Cristo.

El sacerdote no es para el pueblo, no es para la gente, no es para la sociedad, no es para la cultura de los hombres, no es para la política de las mentes humanas. El sacerdote no es un laico, sino un jerarca.

El sacerdote tiene que vivir con Cristo. Y si vive así, entonces es de la Iglesia, que es la Obra de Cristo.

“Aquellos que son ordenados se colocan a la cabeza de la comunidad. Están a la cabeza sí, pero para Jesús esto significa poner la propia autoridad al servicio de los otros” (Francisco, 26 de marzo de 2014). No; Francisco. Una vez más eres el que metes la pata hasta el fondo. Una vez más das tus fábulas sentado en la Silla que has robado al Papa Benedicto XVI. Una vez más, das tu palabra mentirosa a los hombres para que te aplaudan.

Los sacerdotes están a la cabeza, porque son jerarcas, son Autoridad, son Cabeza; pero para Francisco –no para Jesús- eso significa que deben servir al otro: poner la propia autoridad al servicio del otro. Esto se llama laicismo. Eso se llama anular la Jerarquía. Anular el sacerdocio de Cristo en la Iglesia.

El sacerdote no es un laico, sino una Jerarca; es decir, uno que tiene Autoridad Divina. El lacio es uno del pueblo, que pertenece al pueblo, que es de la gente; que no tiene autoridad. Vive en sus ideas humanas y hace su vida humana. El lacio católico es el que pone su mente humana a los pies de la Jerarquía. El laico del mundo es el que pone su mente humana por encima de la ley divina y la ley natural.

La Autoridad Divina es para obrar el Poder Divino. Y se obra con humildad, no con arrogancia. Por eso, hay que hacerse pequeño ante los demás; pero eso no significa poner la autoridad al servicio del otro. Eso sólo significa saber mandar, saber obrar la Voluntad de Dios con humildad, con sencillez, con verdad, aplicando la justicia en todo; imponiendo la ley divina a los hombres; exigiendo obediencia a Dios. La Jerarquía es para servir a Dios, a la Mente de Dios; no es para servir al pueblo, a la mente de los hombres. La Jerarquía tiene que obedecer a Dios, no al pueblo, no a la Iglesia, no a la comunidad.

Francisco anula la Jerarquía al poner la autoridad sirviendo al pueblo, a la comunidad. Es la idea masónica de servir al hombre, porque es necesario respetar el pensamiento de los hombres. Y, uno que manda, uno que tiene autoridad, tiene que mandar tolerando la idea del otro. Y, por eso, hay que poner la autoridad al servicio de la mente de los hombres, de las ideas de los hombres, de las vidas de los hombres, de las culturas de los hombres. En otras palabras, el que ejerce autoridad tiene que dar a los otros lo que ellos quieren. Y, por eso, Francisco dice su sentimentalismo herético: “Un obispo que no está al servicio de la comunidad no actúa bien; un cura o un sacerdote que no está al servicio de la comunidad, se equivoca” (Ibidem).

Ésta, su herejía, nace de su obsesión por el amor a los hombres; por poner su amor al hombre por encima del amor a Cristo.

Un Obispo que no es otro Cristo, que no imita a Cristo, entonces no actúa bien en la Iglesia, obra la maldad en la Iglesia, conduce hacia la mentira a las almas dentro de la Iglesia. Un Obispo que no está al servicio de la comunidad hace bien en la Iglesia. Porque el Obispo está sólo para servir a Dios, a los intereses de Dios en la Iglesia. Un Obispo que hace caso de los hombres en la Iglesia no es Obispo, no es Cabeza del sacerdocio.

Un sacerdote que no es otro Cristo, que no imita a Cristo, entonces siempre se equivoca en la Iglesia.

El sacerdote es Cristo en persona; actúa en la Persona de Cristo; obra en la Persona de Cristo. Es el mismo Cristo. Y si eso no lo vive el sacerdote, es mejor que no se hubiera hecho sacerdote.

La Iglesia no necesita sacerdotes para el pueblo, para la gente, para lo humano. La Iglesia necesita sacerdotes que sean otros Cristo, que den a Cristo, que vivan a Cristo, que hagan las mismas obras de Cristo.

Eso, por supuesto, no lo es Francisco. Francisco es un degenerado como sacerdote. Ha manchado su vestidura sacerdotal con la mente del demonio y con sus obras en la Iglesia. Por eso, la Iglesia Católica no tiene necesidad de Francisco, ni como sacerdote, ni como hombre. Si Francisco no respeta a Cristo en la Iglesia, que se vaya a su casa, pero que no esté en un sitio que no ama, que odia en su corazón.

Los sacerdotes están viviendo el primer período, que dice la estigmatizada: viven sin Cristo oficiando la Misa, siendo sacerdotes en la Iglesia. Viven como hombres dentro de la Iglesia y obedecen a hombres en Ella. Han dejado de obedecer a Cristo en sus sacerdocios.

El sacerdote es de Cristo, y de nadie más. No es del Obispo que lo consagra; no es de la Iglesia, de las almas que tiene asignadas; no es de la Cabeza a quien tiene que obedecer porque así lo ha puesto Cristo en Su Iglesia.

El sacerdote es de Cristo. Y la Misa es la vocación del sacerdote. Y quien no viva esa vocación divina, hace de la misa un teatro en la Iglesia.

La Liturgia no necesitaba ningún cambio, porque la Misa, en el rito antiguo, contenía la plenitud de gracias que el Nuevo Ordo no merece.

La Nueva Misa, la que los Cardenales introdujeron en la Iglesia, en desobediencia al Papa Pablo VI, sigue siendo válida, pero no da a las almas el fruto divino; es decir, no sirve para salvar y santificar a las almas. Los cambios en la liturgia dados después del Concilio Vaticano II no invalidan los sacramentos, como muchos predican en su ignorancia. Todos los sacramentos siguen siendo válidos, pero todos tienen un defecto: no dan la plenitud de gracia. Y, por eso, los sacerdotes que se ordenan con el nuevo rito, no reciben toda la gracia, que con el antiguo recibían. En consecuencia, están más dispuestos a pecar en sus vocaciones. Por eso, la relajación en todas partes en la Iglesia.

Las gracias se reciben de acuerdo a la disposición del alma y a lo que el alma obra en la Misa.

Cuando el texto que el sacerdote lee no está correcto, entonces se detiene el canal de gracias. Hay que pronunciar las palabras convenientemente, de acuerdo a la Tradición, al Evangelio, a la Voluntad de Dios.

Decir: “Esta es Mi Sangre que será derramada por vosotros y por todos”; impide que Dios derrame las gracias en esa Misa. Porque no hay que inventarse las Palabras del Evangelio, que son las de Cristo. Hay que decirlas como Cristo las dijo. Hay que decir: “Esta es Mi Sangre que será derramada por vosotros y por muchos”. El Papa Benedicto XVI logró cambiar el todos por muchos. Fue un Papa que luchó por la Misa. Francisco se ha dedicado a tumbar la Tradición en la Misa. Y, por eso, predica sus herejías en la Misa, y hace de ella una obra de teatro.

Cristo no derramó Su sangre por todos. En el deseo, quiso derramarla por todos los hombres, pero, de hecho, Cristo sólo derramó Su Sangre por los que se van a salvar, que sólo Dios sabe quiénes son. Siempre en Dios está presente la libertad de cada hombre. Y, en esa libertad, no todos quieren salvarse.

Dios quiere salvar a todos los hombres. Y Cristo va a la Cruz para todos los hombres. Cristo llama a todos los hombres a la salvación; pero, es claro, que no todos quieren salvarse. El ir a la Cruz por todos los hombres, para morir por todos, no significa salvarlos a todos. En la mente de Dios, la cosa es clara: Cristo derramó Su sangre por muchos, por aquellos que sí quieren salvarse.

A los hombres les cuesta siempre comprender el Pensamiento Divino. Y, por eso, les gusta modificar las Escrituras. Y no se puede modificar ni una palabra de lo que Cristo dijo. Hay que saber interpretarla en el Espíritu de la Palabra. Si Cristo dijo “por muchos”, es que no es “por todos los hombres”; es que no derrama Su Sangre por todos, sino por muchos. Y eso hay que decirlo en la Misa. Si no se dice correctamente, se obra una mentira. Y, en la mentira, no hay gracias, Dios no bendice.

Los Obispos cambiaron la Misa Tridentina, que contenía la plenitud de gracias para las almas en la Iglesia. Y pusieron una nueva Misa, válida, pero inútil para salvar y santificar.

Lo que un Papa prescribió en la Iglesia, que fue San Pío V, nadie lo puede anular, quitar. Pablo VI no quitó nada, no fue en contra de San Pío V; fueron los Obispos los que se rebelaron en contra de su autoridad divina en la Iglesia. Pusieron a un actor como falso Papa. E hicieron que los demás, después, culparan a Pablo VI de lo que nunca hizo. De ahí nació la desobediencia de muchos al Papa. Los culpables: los Obispos desobedientes al Papa. El Papa estaba enclaustrado, drogado, y no podía hacer nada ante la maldad de muchos. Y así permaneció hasta su muerte, que nadie sabe cuándo fue, porque en su funeral no estaba su cuerpo.

La Misa Tridentina es la mejor que existe, la verdadera, la buena, la que hace santos en la Iglesia.

Un fiel, en la Misa, que se dedica a hablar, a cantar, a ver un teatro, entonces su alma no está dispuesta para recibir las gracias. Un fiel, en la Misa, que comulga en la mano, detiene todas las gracias de Dios. Un fiel que no se arrodilla en la consagración, detiene las gracias de Dios. Un fiel que va a la misa por la rutina del domingo, porque hay que ir a misa, no recibe las gracias de Dios. Una mujer que lea las lecturas, antes del Evangelio, no recibe las gracias de Dios. La mujer que ayuda a dar la comunión, no recibe las gracias de Dios. Un fiel que no recibe la bendición final de rodillas, no recibe la gracia de esa bendición.

La Misa no es un teatro, una función de sobremesa, una comida o lo que sea. Es Cristo que da Su Gracia al hombre. Y el hombre tiene que obrar para merecer recibirla. Hay que merecer las gracias que Cristo da en la Misa. Hay que merecer la gracia de la comunión.

La Misa es el Calvario de Cristo. Y hay que saber estar en ese Calvario, como lo hizo la Virgen María y san Juan. Hay que saber contemplar el Dolor y la Muerte de Cristo.

Los fieles no tienen que hacer nada: sólo estar en oración en la Misa. Arrodillarse, cuando lo tienen que hacer. Y nada más. Así estuvo la Virgen María: en el silencio de la oración. Los fieles no tienen que entender las palabras que se dicen, ni del Evangelio ni de otra cosa en la Misa. No hace falta.

El evangelio lo explica el sacerdote en su homilía. Y eso basta para recibir las gracias de Dios. Aunque se entienda el evangelio, no por eso, se recibe la gracia. Se recibe la gracia cuando el fiel está atento a la homilía y acepta lo que el sacerdote le dice. Hay que escuchar al sacerdote, que es otro Cristo, que es Cristo el que habla por su boca.

Por supuesto, hoy día, en tantas misas con tantas homilías heréticas, el fiel no está obligado a escuchar al sacerdote. Cuando un sacerdote, comienza a predicar tonterías, mentiras, herejías, el fiel tiene que coger un Rosario o un libro y pasar su tiempo en oración para prepararse a la consagración, si es que ese sacerdote tiene fe. Si no la tiene, es mejor que busque otra misa.

Se ha quitado la ceremonia de aspersión del comienzo de la misa, en la que se rociaba a los fieles con el agua bendita y el sacerdote daba su absolución a toda la Iglesia. Hoy se reza una oración en la que se pide perdón a Dios y no se recibe ninguna gracia por esa oración. Porque la Misa es para quitar los pecados de toda la Iglesia, no para que los fieles pidan perdón por sus pecados. Y se quitan los pecados, con el agua bendita, con el incienso y con la absolución del sacerdote. Y eso hacía que todos los demonios se marcharan fuera del recinto de la Iglesia.

A nadie le incumbe, en la Iglesia, leer la Sagrada Escritura. Sólo al sacerdote. El sacerdote es Cristo y, por tanto, da la Palabra de Dios a la Iglesia. Él tiene la misión de leer las dos o tres lecturas, y el salmo correspondiente. Si los lee un fiel, entonces, no se alcanzan las gracias para las almas.

En las ofrendas del nuevo ordo se ha perdido el sentido de lo que se ofrece. Y sólo se dicen palabras a Dios; bonitas, pero que no merecen las gracias de Dios. No se ofrece a Cristo en las ofendas, sino sólo lo humano: el pan y el vino; que Dios no lo quiere. No hay que ofrecer el pan y el vino como cosas buenas humanas, sino como instrumentos para la salvación del hombre; que Cristo baje a ese pan y a ese vino, y lo haga Su Sacrificio por el pecado de los hombres. Y esto es lo que ya no se dice en el ofertorio. Y, entonces, no hay gracias de Dios.

Para consagrar a Cristo en el Altar es necesario una oración adecuada, digna, a esa obra divina. Y es necesario una serie de gestos que complementan la consagración. Ya nadie comienza la preparación a la consagración con el prefacio de la Santísima Trinidad, que era el único que había en la antigua Misa. Ahora, hay tantos prefacios que no sirven para alcanzar de Dios las gracias. La Misa es la Obra de la santísima Trinidad. Y, por tanto, hay que invocar ese Misterio con las palabras adecuadas. Si no se hace así, se pierden muchas gracias en esa Misa.

Hay que hacer las treinta y tres cruces, que ya nadie se acuerda de ellas. Porque estamos en el Calvario. Estamos ante la Cruz que salva. Estamos ante la muerte en Cruz. Estamos ante la victoria de Cristo en la Cruz. Y ese número de cruces representa muchas cosas en la Iglesia, no sólo los años de Cristo, sino los misterios de la vida de Cristo.

Hoy todo se ha perdido con el nuevo Ordo. Y son pocas las gracias que se reciben en una Misa. Por eso, la mayoría de Misas, son válidas, pero no producen en el alma todo el valor de una Misa, porque no se da la plenitud de la gracia.

Después del Concilio Vaticano II, se introdujo una primera redacción de la celebración de la Misa. Es la primera celebración, en la que se contienen palabras que no pertenecen al Evangelio, a la Tradición y que degradan los Sacramentos y toda la liturgia.

Falta la segunda redacción, que es la que ahora se está redactando en Roma y que contiene un juramento para que los sacerdotes oficien la nueva misa, los nuevos sacramentos, la nueva liturgia. Esa segunda redacción viene escrita por el demonio. Son palabras del demonio que anulan todo: ya los Sacramentos no serán válidos. Ya nada será válido. Y pocos sacerdotes comprenderán la jugada del demonio, porque muchos se han acostumbrado, en sus sacerdocios, a vivir sin Cristo, sólo mirando al hombre y dando gusto a los pensamientos de los hombres. Y, por eso, les cuesta imponerse en las Misas y dejan que los hombres, los laicos, hagan cosas que no quiere Dios en las Misas.

Pocos Sagrarios contienen ya a Cristo. En muchos hay sólo un poco de pan. Y se da eso, pan, un trozo de pan, en muchas misas, porque ya el sacerdote no tiene intención de consagrar. Aunque se digan las palabras correctas, si el sacerdote no tiene la intención de poner el Cuerpo y la Sangre de Cristo en el Altar, entonces sólo hay un poco de pan sobre el Altar.

Y la intención del sacerdote es fácil conocerla: aquel sacerdote que niegue las verdades, los dogmas, no posee esa intención. Si le predican herejías en la homilía, después no hay consagración. Si no se da la Palabra de Dios en el ambón, tampoco se da la Obra de la Palabra de Dios en el Altar.

Muchos sacerdotes hacen su teatro en la Iglesia. Francisco es uno de ellos. Por eso, es un bufón, un payaso. Se dedica a entretener a la gente, a estar con la gente, a darse el gusto de ser una persona social.

Francisco: asesino de almas en la Iglesia

Primer anticristo

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser”.

¡No hay mayor ciego que el que no quiere ver!

¿Qué hacen los sacerdotes, los Obispos, los Cardenales, los fieles, obedeciendo a un hombre que no cree en el Dios católico?

¿A qué se dedican en la Iglesia Católica? ¿Cuál es su negocio? ¿Para qué están en la Iglesia Católica?

Para Francisco no existe un Dios católico, entonces ¿qué hace gobernando la Iglesia Católica? ¿A qué se dedica en ese gobierno? ¿Qué valor tienen las palabras y las obras de un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad?

Resulta absurdo que muchos Pastores, que tienen cursos de filosofía y teología, no saben discernir lo que es Francisco.

¿Para qué tanta filosofía? ¿De qué les sirve su brillante teología?

Hay almas, sin tanta filosofía ni tanta teología, que saben ver la maldad de ese hombre con sólo mirarlo a los ojos, con sólo escuchar sus palabras, con sólo fijarse en una de sus obras en la Iglesia.

Un Papa verdadero nunca se equivoca, es infalible en materia de fe y costumbres. Esto es lo que enseña el Magisterio de la Iglesia, en su Constitución dogmática, «Pastor Eternus».

Y Francisco está hablando de una materia de fe, la más importante, que es la existencia de Dios. Y si Francisco fuera verdadero Papa, entonces tendría que decir: Yo creo en el Dios católico.

Pero Francisco dice lo contrario. Y la Santísima Trinidad, el Dios católico, el único Dios que Es, que Existe, es el primer dogma que el alma debe aceptar, creer, si quiere estar en la Iglesia, si quiere salvarse, si quiere santificarse.

La doctrina de la santísima Trinidad es irreformable, porque es una Verdad Absoluta.

Y, cuando un hombre no cree en la santísima Trinidad no tiene fe divina, no tiene la fe católica.

Y, si un sacerdote o un Obispo, niega la Santísima Trinidad, entonces queda excomulgado de la Iglesia.

Francisco dice que no cree en un Dios católico. Está diciendo que no cree en la Santísima Trinidad. Está diciendo que no tiene fe en la Santísima Trinidad. No posee la fe divina. No posee la fe católica. Francisco está excomulgado.

Francisco no usa un lenguaje de símbolos, un lenguaje abstracto, no está hablando en parábolas; sino que está siendo muy claro. Sencillamente, confiesa, da testimonio, y lo hace de forma pública, ante todos, ante el mundo, ante la Iglesia, que no tiene Fe: “Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios”.

Y, entonces, ¿por qué obedecéis a un hombre que no obedece a Dios?

¿Por qué os sometéis a un hombre que no se somete ni al Padre, ni al Hijo ni al Espíritu Santo?

¿Por qué vivís con la ilusión de que un hombre pueda dar solución a los problemas de la Iglesia cuando él no ve cuál es su problema: su falta de fe en Dios?

Francisco cree en su concepto de Dios, pero no cree en el Dios católico. Francisco cree en su dios, el que encontró en su mente humana.

¿Qué soluciones divinas puede dar un hombre que no cree en Dios, en el Dios verdadero, en el Dios único, en el Dios Absoluto?

¿Qué camino divino pone en la Iglesia un hombre que no camina hacia Dios en su pensamiento humano, que no sabe hace de su pensamiento humano la escuela de la Verdad?

¿Qué verdad puede dar a la Iglesia un hombre que sólo mira su mente humana?

¡Qué ciegos están todos en la Iglesia!

Y comenzando por Francisco, que es el mayor ciego, y acabando por los fieles, que sólo viven para dar un beso a Francisco, para decir, por sus bocas, lo bueno que es Francisco, para engañar a los demás con sus vanas palabras, y hacer de la Iglesia el reino de la mentira.

¿Qué os creéis que es la Iglesia? ¿Un conjunto de opiniones humanas? ¿Un reunirse para dialogar en la verdad y así transformar el mundo?

Pero, ¿qué os creéis que es la Verdad? ¿Ser tolerante con los pensamientos de los otros? ¿Admitirles sus errores, sus mentiras, sus pecados?

Francisco cree en un dios que está por encima del Dios católico, de la Santísima Trinidad. Un dios que todo lo incluye y todo lo abarca.

Pero es un dios simbólico, no un Dios teológico.

El Dios teológico es el Dios que se revela como Padre, Hijo y Espíritu Santo y que da una ley divina a los hombres. Es el Dios de la Iglesia Católica.

Pero el dios de Francisco es un padre que es la luz. Pero, ¿de qué luz está hablando Francisco? Es un padre que es Creador. Pero, ¿qué es lo que crea ese dios? Porque si no cree en el Dios que crea todo de la nada, entonces, ¿qué cosa crea ese dios? ¿Crea las cosas de la nada o es simplemente un constructor del universo? ¿Es un dios que coge una materia ya formada, ya creada, y empieza a transformarla hasta crear algo nuevo?

Y esa luz, que es Dios, ¿qué es lo que tiene? ¿De dónde viene? Esa luz, ¿ilumina o es oscuridad? Esa luz, ¿es algo divino, humano, preternatural, material?

Francisco ha dicho su idea de Dios, pero no ha enseñado la Verdad en la Iglesia Católica. Y, entonces, ustedes sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, ¿pueden obedecer a un Obispo que no enseña la Verdad, dentro de la Iglesia Católica?

Yo como sacerdote, me niego a obedecer a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad. Y no sólo me niego, sino que lo ataco porque está excomulgado por su mismo pecado. Un pecado que condena su misma alma, porque quien no cree en la Santísima Trinidad no puede salvarse.

Francisco no quiere salvarse. ¿Por qué siguen a uno que quiere condenarse? ¿Por qué aprenden de uno que quiere condenarse? ¿Por qué le hacen el juego a un hombre que vive para condenarse?

¿Todavía les cuesta discernir lo que es Francisco? Después de un año, en que Francisco ha sido claro en todas sus declaraciones, en todas sus homilías, en todas sus obras, ¿le siguen besando el trasero?

La fe de Francisco es una fe masónica. ¿Todavía lo no ven? ¿No lo captan?

Francisco se ha abierto a todo el conjunto de lo religioso, a todas las iglesias, a todas las confesiones. ¿Todavía no captan? Francisco está con los judíos, con los protestantes, con los musulmanes, con los ateos, con los cismáticos, con los católicos, con los no-católicos,… Y ¿todavía no captan?

Francisco cree en Dios. ¿En cuál dios? En un dios que es algo neutro, indefinido y abierto a toda comprensión. No es un Dios personal, como la santísima Trinidad. Un Dios que es Tres Personas. En ese Dios, Francisco no cree.

Francisco no cree en un conocimiento objetivo de Dios. Francisco cree en un concepto simbólico de Dios, en que cada hombre puede introducir, meter su representación de dios, como lo concibe en su mente humana, según el grado de su perfección intelectual.

Y, entonces, Francisco predica la revolución de la ternura, es decir, la revolución de la herejía: convivamos todos los seres humanos de todas las creencias, porque en cada mente humana hay un símbolo de lo que dios. Y cada mente humana debe trabajar por pulir ese concepto que tiene de dios. Un concepto válido, porque es necesario creer en algo para dar a la vida un sentido.

Entonces, hagamos un evangelio de la fraternidad, donde todos sean tolerantes con el pensamiento del otro, porque nadie puede llegar a definir lo que realmente, específicamente, es Dios. Dios es algo real, pero en la práctica de los hombres, dios es muchas cosas. Hagamos una iglesia que crea en dios, como un ser real, pero no especifiquemos, no pongamos dogmas, leyes divinas, leyes morales, porque eso es lo que divide a los hombres.

¿Todavía no captan la fe masónica de Francisco?

¡Hay que estar ciegos, realmente ciegos, para no saber discernir de las declaraciones de Francisco su claro pensamiento: él no cree ni en Cristo ni en la Iglesia Católica! Él se ha inventado su falso Cristo y su falsa Iglesia.

Su falso Cristo: “Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor”.

Sacerdotes, Obispos, Cardenales: ¿es Jesús la encarnación de Dios?

Cojan la teología. Repasen la teología. Jesús es el Verbo Encarnado. Jesús no es Dios Encarnado.

«Jesucristo, su encarnación». Encarnación, ¿de qué? ¿de quién?

El Padre envía a Su Hijo al mundo para que nazca en el seno de una Mujer: eso se llama la Encarnación del Verbo. El Verbo que une dos naturalezas: la humana y la divina. En Jesús hay una unión hipostática: la naturaleza humana está unida a la Persona Divina del Verbo. Jesús no tiene persona humana. El Verbo asume una humanidad, sin persona humana.

Esto es lo que enseña la teología.

Y Francisco, ¿qué enseña? Que Jesús es la Encarnación de dios. Por supuesto, de su dios, de su concepto de dios, que es algo abstracto, algo mental, una conquista del pensamiento humano; pero no es una persona, no es un ser específico, no es algo concreto, no es algo vital, no es divino. Para Francisco, Jesús es un hombre, una persona humana.

«Pero, ¿Jesús es un Espíritu? ¡Jesús no es un Espíritu! Es una persona, un hombre, con carne como la nuestra, pero en la gloria.» (Francisco, 28 de octubre 2013).

¿Todavía no captan la grave herejía de Francisco? Pone a Cristo en la gloria sin Persona Divina; con una persona humana. Jesús es un hombre glorioso, pero no es el Verbo.

Cojan sus teologías y vean lo que se deduce de esta herejía de Francisco. De esta simple frase, Francisco anula todo el dogma en la Iglesia. ¡Sólo por decir que Jesús no es un Espíritu, sino un hombre en la gloria.

¿Qué hacen ustedes, sacerdotes, Obispos, Cardenales, fieles, siguiendo al idiota de Francisco?

¿No ven que Francisco es un asesino de almas? ¿Todavía están ciegos?

Francisco ha matado su alma con su pensamiento humano, con su concepto de Dios, con su idea de la fraternidad, con su obsesión por el dinero, por su popularidad en el mundo.

Francisco es gente del mundo. Es un inútil. Es un don nadie. No se merece ni un abrazo, ni un saludo, ni una misericordia, porque está condenado almas, dentro de la Iglesia Católica, con su doctrina comunista y protestante. ¡Condenando almas! ¡Ése es su trabajo en la Iglesia Católica! Y eso significa: formar una nueva iglesia, una nueva estructura de iglesia, donde estén sacerdotes, Obispos, Cardenales y fieles, que sigan su mismo pensamiento humano.

¡La Iglesia Católica está dando culto a la mente de un hombre! ¡Eso es una abominación! Un hombre que, claramente, no dice la Verdad con sencillez, sino que todo lo retuerce, todo lo desvirtúa, para imponer su criterio en la Iglesia.

Y, ¿por qué sacerdotes, Obispos, Cardenales, seguís el pensamiento de ese hombre? Porque os habéis vuelto esclavos de vuestras mismas estructuras en la Iglesia. Os habéis fabricado vuestras propias obediencias. Y, claro, si no obedecéis, ahora, a Francisco, se os acaba vuestro negocio en la Iglesia: el dinero y el poder que tenéis. Preferís predicar una verdad que no moleste a Francisco, que la Verdad clara, oponiéndoos a lo que dice Francisco. Hacéis el juego a Francisco, sabiendo que está hablando herejías, porque si os oponéis perdéis el dinero y la posición en la Iglesia.

Esta es la verdad: aquel que quiera ser sacerdote, Obispo, Cardenal, en la Iglesia Católica tiene que hacer su ministerio en la soledad, en el abandono de toda una Jerarquía que ya no obedece a Cristo, a la Verdad, sino que tiene miedo de quedarse sola ante el mundo, ante los hombres, porque vive esclava de sus pasiones, de su dinero, de su confort en la vida, de sus conquistas humanas en la vida, de su popularidad entre los hombres.

Y, por eso, tenéis mayor pecado que Francisco: veis la Verdad, pero acogéis la mentira, sabiendo el gran daño que se produce en toda la Iglesia.

Y, por eso, se renueva, cada día, el pecado del Papa Benedicto XVI: puso a la Iglesia en manos de traidores. Ese pecado es el pecado de toda la Jerarquía que no se levanta en contra de Francisco.

La fe de Cristo no es la fe que predica Francisco

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Hay tan sólo una Fe que es la verdadera: la de Cristo Jesús, que ha de ser tal como Él la dio, una Fe divina para una obra divina.

La Fe no es un acto humano, sino divino, porque ningún hombre puede creer si Dios no le da el don, la gracia, el Espíritu para realizar un acto de fe.

Hoy se pone la fe como acto humano, pero sólo se está hablando de una fe humana, no de la fe divina.

El que cree en Dios asiente a la Palabra que Dios le revela. Cree en esa Palabra Divina, cree que Dios no miente cuando está hablando al alma, y cree porque es Dios quien habla.

El que tiene fe no cree en el lenguaje humano, en las razones o cosas que se dicen, sino que cree a Dios que habla sin mentir.

Por eso, no es fácil vivir de fe ni tener fe en Dios. Es muy fácil anclarse en una fe humana, en una visión humana de las cosas divinas. Es lo que vivimos en esta época, porque no hay fe divina, sino sólo fe humana.

Y, como existe esta fe, entonces no existe el pecado, ni el infierno, ni el purgatorio, ni la cruz, ni la gracia, ni nada de nada, porque los hombres ven las cosas de Dios, las cosas de la Iglesia, sólo con su diosa razón. Y, con ella, construyen su falso cristo, su falsa iglesia, su falso evangelio, su falsa cruz, su falsa fe.

Hoy día, todo es falso dentro de la Iglesia Católica. Y esto es lo que mucha gente no acaba de comprender, porque hace caso a una Jerarquía que no tiene fe divina y que, por lo tanto, transmite su fe humana dentro de la Iglesia.

Para tener la fe divina, la de Cristo Jesús, hay que fusionarse con ella, hacer de esa fe, de esas verdades, de esos dogmas, algo del alma, del corazón y del espíritu.

Como la gente vive metida en sus grandiosos pensamientos humanos, entonces no puede hacer suya la fe verdadera, sino que alrededor de su vida van girando muchos pensamientos, muchas doctrinas que impiden tener la fe que Cristo dio al hombre.

La fe no es algo que está en el alma a determinadas horas: muchos van a misa el domingo y ésa es su fe; o rezan unas oraciones o dan unas limosnas o hacen un apostolado, y ahí se acabó la fe.

La fe no es para un tiempo de la vida, porque la fe es la vida. Si hay fe divina, se vive divinamente; si hay fe humana, se vive de cara a los hombres, buceando en las cosas humanas y preocupándose por todos los intereses humanos.

Pocas almas, en la actualidad, tienen fe, viven de fe, obra la fe, porque están en todo lo humano. Y es imposible vivir la fe mirando al hombre.

Para vivir la fe hay que dejar de mirar al hombre: a su pensamiento, a su vida, a sus obras, a sus deseos, a sus planes humanos. Dejar todo eso, porque Dios da otra cosa muy distinta al hombre.

Dios da Su Vida Divina al hombre para que éste la ponga en práctica. Peor lo divino no se puede obrar si está por medio lo humano. Lo divino se obra en lo divino, con lo divino, en el camino divino.

Esto es lo que mucha gente, en la Iglesia, no quiere. Quiere hacer cosas para Dios, pero por caminos humanos. Nunca hace nada para Dios. Las cosas divinas Dios las hace, no el hombre. Y, por tanto, el hombre tiene que aprender de Dios a hacer esas cosas, en la manera que Dios quiere, en el tiempo que Dios quiere y para aquello que Dios quiere.

Y esto es lo que le cuesta al hombre: aprender de Dios a vivir la fe, el don que Él da al alma. El hombre, en la Iglesia, no quiere aprender de Dios, sino que quiere ser maestro de lo divino, porque tiene un oficio, unos estudios, una elección divina.

En la Iglesia todos estamos llamados a aprender de Dios, no a hacer cosas de Dios. Para obrar lo divino, hay que entender cómo se obra eso en Dios. Y esto es lo que la gente no se pone a hacer en su vida.

Por eso, viene un Francisco, que no tiene fe divina, sino que abunda en su fe humana, y a todo el mundo se le cae la baba con las tonterías que habla. ¿Por qué? Porque la Iglesia no tiene fe, no sabe lo que es la fe, no tiene ni idea de cómo se obra la fe verdadera, la que Cristo dio, la que nunca pasa, la que vale para todos los tiempos, para todas las culturas, para todos los momentos de la vida: en el sueño, al despertar, al comer, al trabajar, al hacer cualquier cosa, si no se hace con esa fe, lo que haces no vale para nada en tu preciosa vida de hombre.

La fe verdadera es la que da sentido a toda la vida, a todas las obras de lo hombres, a todos sus pensamientos, a todos sus deseos, porque la fe encamina todo hacia la verdad y, por tanto, aleja del hombre todo aquello que no pertenece a la verdad de la vida.

Pero hoy los hombres no buscan la Verdad. Y eso se ve en el entorno de la Iglesia. Se ve en las almas que vienen a Misa todos los días: gente sin fe porque ya no les interesa la Verdad, que es Jesús, sino sus verdades en la vida, que son sus muchas mentiras.

La gente que busca su pensamiento positivo de la vida cada día son gente sin fe divina, sólo con su fe humana.

La gente que escucha a Francisco y sigue diciendo que es Papa son gente sin fe divina, llena de sus pensamientos humanos, que son sus caminos en la vida.

La fe verdadera pone al hombre en la verdad. Y el hombre no se mueve de la verdad en esa fe. Y el hombre hace su vida de acuerdo a esa verdad. Por eso, el que tiene fe verdadera, la de Cristo, se rebela contra Francisco, porque ve en sus palabras y en sus obras la boca y las manos del demonio.

Quien tiene fe ve la acción del demonio en las demás almas. Y sabe entender qué alma está con Dios y cuál es del demonio. Porque el conocimiento que da la fe es luz para el alma: da la verdad tal cual la ve Dios. Y, por eso, el hombre de fe lo juzga todo y nadie lo puede juzgar, porque se pone en la Verdad de la vida y ve toda la vida en esa Verdad.

Los que no tienen la fe verdadera no saben juzgar nada y tiene miedo de juzgar a Francisco, porque viven en su mentira. Y, en esa mentira, todos los hombres son buenos y hay que respetarlos en lo que viven.

Pero quien posee la fe verdadera, entiende que todos los hombres son malditos por el pecado de Adán, que no hay ninguno que sea justo delante de Dios. Y, por tanto, sabe ver su propio pecado y el pecado de los demás. Y llama al pecado con el nombre de pecado. Y, por eso, lo puede juzgar todo, porque no tiene miedo de decir las cosas claras, como son en la realidad de la vida.

Pero las almas, hoy día, están llenas de miedos, de temores, de ideas humanas que impiden dar testimonio de la Verdad. Y todo eso hace callar al hombre cuando ve que algo va mal. Todo eso, hace que la persona se vaya acomodando a la vida de los hombres, a sus pensamientos, a sus obras y ya vea la mentira, el error, el engaño, como algo normal que hay que vivir y tener en la vida.

Eso es lo que pasa con Francisco. ¿Qué importa que diga sus opiniones en la Iglesia, sus herejías, sus mentiras, sus engaños? ¡Hay que vivir con eso! ¡Más vale pájaro en mano que cien volando! ¡Con este buey de Francisco hay que arar! Esto es lo que piensa mucha gente: señal de que no vive la fe, sino que se acomoda a cualquier pensamiento del hombre, a cualquier discurso del hombre, a su lenguaje bonito, y no hay más. ¡Y que todo el mundo haga lo mismo que ellos!

Así está la Iglesia en el 2014: ciega, mirando a un ciego, y dejándose guiar por muchos ciegos, que no saben lo que es la fe verdadera.

¿Qué fe puede dar un Francisco que no cree en el pecado, que sólo cree en la fraternidad como solución a los problemas de los hombres? Lo que da es una fe humana, una fe sentimental, una fe carnal, una fe material, una fe económica, una fe política, una fe natural. Y eso es lo que transmite en cada homilía. Y no otra cosa.

La fe que da Francisco no es la de Cristo Jesús. El Evangelio de Cristo es el Evangelio de la Redención de los hombres, en la que el hombre tiene que morir para ser salvo.

El evangelio de Francisco es el evangelio de la fraternidad, en la que los hombres tienen que vivir sus vidas humanas y así alcanzan la armonía en toda la creación.

Y muchos están siguiendo el evangelio de la fraternidad dentro de la Iglesia. Por eso, Francisco condena a muchas almas dentro de la Iglesia.

Una sola es la fe, una solo es el Evangelio, uno sola es la Verdad, una sola es la Cruz.

Francisco ha puesto una Cruz que no es la de Cristo. Y nadie ha dicho nada. Señal de que a nadie le interesa, en la Iglesia, la Cruz de Cristo, la sencilla Cruz de Cristo. Todos quieren, en la Iglesia, las modas que Francisco pone, lo nuevo que su cabeza se inventa.

En esto estamos en la Iglesia: con las modas de Francisco, con las opiniones de Francisco, con las ideas locas que tiene Francisco de quitar la hambruna del hombre y de resolver todos los problemas de los ancianos y jóvenes del mundo. En esta estupidez está la Iglesia. Y, por eso, eso que se ve en Roma no es la Iglesia de Cristo, porque no se predica el Evangelio de Cristo y, por tanto, no se da la fe divina, la que Cristo dio a toda la Iglesia.

Esto es claro para el que vive de fe. Pero no es tan claro para los demás. Si el hombre no asimila él mismo la fe que Cristo ha dado, entonces coge cualquier cosa que los hombres digan en la Iglesia.

El trabajo de la fe está en cada uno. Cada uno tiene que luchar por alcanzar la fe que Cristo ha ofrecido a la Iglesia. Y hay que luchar en contra de los hombres que predican otras cosas, más bonitas, pero que no sirven para tener la fe verdadera.

Once meses y la gente sigue sin luchar por ponerse en la Verdad de lo que ve. Se tiene miedo de decir que Francisco es un maldito, por el falso respeto humano, por la falsa obediencia, por el falso amor hacia los hombres.

El que ama a Francisco le dice que es un maldito. No puede mentir en sus palabras, porque todo el que ama da la Verdad, la Voluntad de Dios. Francisco es un maldito por sus pecados en la Iglesia que no quiere quitar. Y, hasta que no los quite, será un maldito. Dios no bendice a un pecador. Dios odia al pecador y llama a Su Justicia para que descargue sobre él. Y hasta que el pecador no quite su pecado, la espada de la Justicia permanece sobre la cabeza del pecador: “La cólera de Dios no hay quien la retenga; bajo Él se encorvan los más soberbios” (Job 9, 13).

Hay que vivir, en la Iglesia, de la Palabras de Dios, no de las palabras de Francisco. Francisco no es de la Iglesia, Francisco no hace Iglesia. Francisco ya ha hecho su iglesia en Roma. Y está dedicado a que esa nueva iglesia vaya creciendo. Lo demás, no le interesa. Por eso, muy pronto hay que ir saliendo de Roma, de una iglesia que sólo sirve para condenar a las almas al infierno.

No somos de la iglesia de Francisco

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La iglesia de Francisco ya está en marcha en Roma. Esa iglesia sólo condena a las almas, porque niega la Obra de la Redención de Cristo.

Es una iglesia que quiere velar por la doctrina de Cristo desde la Misericordia, no desde la Fe en la Palabra.

Jesús se bajó de Su Trono Celeste para encarnarse en una Virgen con el fin de salvar del pecado a los hombres. El camino hacia la verdad de la vida no es la Misericordia, sino la Palabra de Dios, que el hombre tiene que acoger con la fe, con un corazón humilde, abierto a esa Palabra que se encarna, que se hace carne para salvar del pecado.

Jesús se bajó de Su Trono celeste, pero no se alejó de la Gloria del Padre, no profanó su Gloria, no se hizo mundano, no se hizo profano, sino que conservó en su vida humana lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso, que, como Dios, le pertenece, y que comunica al hombre para que también lo posea.

El error en la nueva iglesia de Francisco es sólo éste: no pone el edificio de la doctrina de Cristo en la fe, sino en las obras humanas hacia el pobre.

Francisco quiere hacer creer que es mejor estar al lado del pobre que del verdadero Dios. Esa es su artimaña, que no tiene ninguna consistencia.

La señal del reinado de esa falsa cabeza, que es Francisco, es su humanismo descarnado de la Verdad de la doctrina de Cristo. Ese humanismo combate todo el dogma de la Iglesia, porque sólo se apoya en el hombre, en la visión que tiene el hombre de la Misericordia, pero no se apoya en la Fe, en la visión que tiene Dios de la Misericordia.

Una Misericordia hacia el pobre sin Justicia Divina es una falsa misericordia: es sólo dar de comer al pobre. Y nada más. Pero no es llevar al pobre a la santidad de la vida, a la verdad de la vida, a la obra del amor en la vida.

Que el pobre tenga para comer, para vestirse, para pasear en el metro, etc. Eso es todo el fin de la nueva iglesia de Francisco.

Pero lo más grave es que Francisco no está solo en este programa en su nueva iglesia, sino que está acompañado por muchos sacerdotes, Obispos y fieles que quieren, no dar de comer al pobre, sino destruir la Iglesia.

Se pone el aliciente del pobre, se pone la obra buena de ayudar a los demás, pero se esconde el fin verdadero con el que se hace eso, con el que se presenta esta falsa misericordia, que no se sostiene en la Iglesia verdadera, pero que es sostenida en la nueva iglesia de Francisco por motivos que se esconden a todos, que no se revelan, porque no conviene. Conviene ir, poco a poco, descubriendo el fin para el que se hace una cosa nueva en Roma: destruir todo lo sagrado, lo santo, lo divino, lo glorioso que tiene la Iglesia.

Esto es lo que se calla, con malicia, y sólo se dice lo que a todo el mundo le gusta: den de comer a los pobres. Eso es muy bonito, pero una falacia en la Iglesia de Cristo. Esto es el humanismo de Francisco, su gran error, su gran herejía, su cabeza humana.

Francisco presenta en Roma sólo una cabeza humana, no presenta la cabeza de un Papa. No puede. No le sale de dentro. Desde el principio de su reinado en Roma se vio claramente: un hombre vestido de Papa, pero no el Vicario de Cristo sobre la Tierra, no el que guarda íntegra toda la verdad de la Iglesia, toda la saludable doctrina de Cristo en la Iglesia. Quien vive de fe vio en Francisco al demonio desde el comienzo. Quien no vive de fe quedó en el engaño.

El día del engaño ha llegado. No hay más tiempo. No puede haberlo. El cambio ya se ha hecho en Roma. La iglesia que presenta Roma no es la Iglesia de Cristo, es la iglesia de Francisco.

Es la iglesia de un inútil, hombre si espíritu, hombre sin inteligencia, hombre sin autoridad, hombre sin vida para Dios.

Francisco sólo cree en su pensamiento humano. Un pensamiento que, basta leerlo, para darse cuenta que es el pensamiento de un loco, de un hombre roto en la idea. Comienza por una verdad, por una cita evangélica, por una cita del magisterio de la Iglesia, y continúa con otra cosa, que no tiene nada que ver con lo que empezó. No hay lógica, no hay trabazón en su pensamiento humano. Así piensan los locos. Pero esta locura no es natural, humana, sino impuesta por el demonio. El demonio ha poseído esa mente y la lleva hacia donde quiere. Por eso, en ese panfleto comunista, evangelii gaudium, no dice nada de la Verdad, sino sólo sus ideas, sin trabazón, sin conexión con la Verdad de la Iglesia, con el dogma, con la Tradición.

Un documento escrito en un lenguaje vulgar, que sólo él lo comprende, pero que nadie lo entiende, porque no tiene lógica humana, sólo demoniaca. Y hay que pensar como piensa el demonio para entender a Francisco. Si quieren leer a Francisco desde el punto de vista teológico o filosófico o desde la verdad Revelada, nunca lo van a comprender, porque rompe con todo esquema filosófico y teológico, rompe con la sagrada Escritura, con toda la Tradición, con todo el Magisterio de la Iglesia, para decir sólo lo que le interesa, lo que le conviene, lo que es necesario hablar en ese momento para contentar al que escucha.

Todo su discurso es llevar a quien lo lee o a quien lo escucha hacia una mentira: su culto al hombre, a las obras de los hombres, a las vidas de los hombres. Y, por eso, la insistencia, la obsesión en el dinero, cayendo en la doctrina marxista, pero rebajada con su teología de los pobres, que de teología no tiene nada, sino que son sus ideas utópicas, ilusorias, sin verdad, ni siquiera en lo humano. No se puede predicar que es necesario no tirar los alimentos para así ayudar a los que no lo tienen. Para él, si se hace eso, se consigue paliar la pobreza del mundo. Es su idea utópica, que nadie, por supuesto, sigue ni seguirá. Es su locura, pero impuesta por el demonio.

Y, sin embargo, son muchos los que se aficionan a Francisco, pero no para dar de comer a los pobres en su nueva iglesia, sino para arruinar la Iglesia totalmente.

El demonio no ha cogido Roma, no se ha sentado en la Silla de Pedro, no está vaciando la Sede de Pedro de toda Verdad, para dedicarse a dar de comer a los pobres. Pensar eso es engañarse totalmente, no saber cómo actúa el demonio.

El demonio, para hacer que los hombres le sigan, tiene que poner un incentivo, algo que guste a los hombres: los pobres. Y, sobre ese incentivo, moverse para conseguir su plan, que es sólo acabar con la Iglesia de Cristo. Acabar, es decir, que en Roma no quede ninguna verdad, ningún dogma. A eso se va. Y eso es sin retorno. Por eso, es necesario salir de Roma.

En la nueva iglesia de Francisco se quiere reformar el Papado. Es decir, con otras palabras, se quiere anular todo el Papado. Que el Papa sea sólo una figura, un comodín, uno que está para entretener a los hombres, mientras otros gobiernan. Esa es la idea y eso es lo que ha hecho Francisco en estos diez meses. Y son sus mismas palabras, dichas recientemente: “Yo siempre estoy presente en los encuentros, excepto el miércoles en la mañana por la audiencia. Pero no hablo, sólo escucho, y esto me hace bien“.

Francisco no gobierna, no se mete en el gobierno. Son las ocho cabezas las que deciden, las que estudian, las que ven. Él se dedica a los suyo: sus falsas homilías, su búsqueda de la popularidad en las audiencias de los miércoles, su negocio en el mundo con los políticos y las otras religiones, hablando en entrevistas, y su obra en Roma: que le aplaudan, que le digan que es santo, que le digan que está haciendo las cosas bien. Y, para esta obra, él ha puesto a sus guardias, para que hablen a todo el mundo sobre lo bueno que es Francisco, para que griten: que viva Francisco.

Muchos se engañan con Francisco creyendo que esa nueva iglesia es para los pobres y de los pobres. Una iglesia pobre que trabaja para los pobres. Este es la ilusión de muchos que siguen a Francisco y que lo ayudan en este trabajo. Y lo defiende a capa y espada, diciendo que hay que obedecer a Francisco porque es el Vicario de Cristo, que no se le puede oponer, que no puede encontrar resistencias por ser el Papa. Y si las hay, entonces, debe ser liquidadas enseguida.

Así piensan muchos y esto es la señal de que la nueva iglesia en Roma ya está funcionando. Ahora la desobediencia, que durante 50 años ha estado oculta, pero oponiéndose, en todas las cosas al Papa que reinaba, se ve, se refleja en aquellos que siguen a Francisco y que no les gusta que otros desobedezcan, se rebelen contra Francisco, imponiendo a la Iglesia la falsedad: como es Papa hay que obedecerlo. No permiten la desobediencia, ellos que se han pasado 50 años desobedeciendo al Papa. Esto se llama: dictadura de los rebeldes a la Verdad de Cristo que ponen cargas pesadas a los demás en la Iglesia, mientras ellos viven bien, en la abundancia de sus obras mentirosas.

Este es el engaño en que muchos están cayendo en la Iglesia. Por eso, la venda en los ojos de muchas almas por esa falsa obediencia a los hombres. Sin discernimiento espiritual no puede darse obediencia al hombre. Nunca. Siempre se caerá en el error, que es lo que ha pasado en estos diez meses en la Iglesia: el error de someterse a un hereje, de no querer discernir lo que hablaba, lo que decía, lo que obraba, porque, como era el Papa….

La Iglesia de Cristo es la que tiene la Verdad. Y, por eso, toda alma en la Iglesia de Cristo posee la Verdad. Pero el alma, para conocer la Verdad, tiene que vivirla en su interior. Si no la vive, entonces llama a la mentira con el nombre de verdad: llama a Francisco como Papa. Y se obedece a un Papa que no es Papa. Se cae en un pecado de idolatría, porque cuando se obedece a un hombre que no es Papa como si fuera Papa, se obedece sólo al pensamiento de ese hombre, no a la Mente de Cristo, porque no la posee. Se cae en ese pecado, se idolatra lo que piensa, lo que dice un hombre que no tiene el pensamiento de Cristo en su corazón, y que sólo habla como el demonio y para obrar las obras de su padre, el diablo.

Y, todavía hay muchos a los que les cuesta decir que Francisco no es Papa, y lo siguen obedeciendo, por su falta de vida espiritual, por su falta de fe, por no ponerse en la Verdad de la vida, en la verdad de la Iglesia, en la verdad de lo que debe ser un Papa en la Iglesia de Cristo.

Aquel que presente un Papa distinto a lo que es en la Iglesia de Cristo, sea anatema: “Mas aun si nosotros o un ángel del cielo os anunciare otro Evangelio del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gal 1, 8).

Anatema a Francisco, anatema a la iglesia de Francisco en Roma.

Cuesta ver la Verdad cuando el alma vive para sus verdades en la vida y se deja engañar por las mentiras de los hombres.

Cuesta ser de la Verdad, porque Jesús tiene muy pocos seguidores. Muchos se conforman con sus vidas humanas, con sus planteamientos de sus vidas humanas y no quieren luchar por la Verdad, sólo luchan por sus negocios en la vida y en la Iglesia.

Por eso, hay que salir de Roma y vivir sin hacer caso a Roma, pero enfrentándose a Roma, porque el que tiene fe, el que tiene la Verdad en su corazón, lucha contra la iniquidad del mundo. Y Roma ya se ha vuelto pagana, ya se ha vuelto del mundo. Luego, hay que combatirla, porque no somos del mundo, no somos de una Roma pagana, mundana. Somos de Cristo, somos de la Iglesia de Cristo, no somos de la iglesia de Francisco.

La vergüenza en toda la Iglesia

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Sólo existe un Dios: el Dios Uno y Trino. Tres Personas distintas en una sola Naturaleza Divina.

Y no existe otro Dios. No se da el dios de los protestantes, ni el dios de los judíos, ni el dios de los ateos, ni el dios de los budistas, ni el dios de los musulmanes, ni cualquier dios que los hombre se inventen.

El Dios de los católicos, el que forma la fe católica es el Dios de la Revelación, el Dios que enseña la Verdad a los hombres.

Y quien no quiera creer en este Dios no puede salvarse.

Es necesario creer en la Palabra de Dios que enseña que el Padre engendra a Su Hijo y que ambos producen el Espíritu Santo. Y este Misterio, revelado desde siempre, es el que no se cree hoy en la Iglesia.

“Yo creo en Dios, no en un Dios católico; no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su Encarnación. Jesús es mi maestro, mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser” (Francisco).

Como Francisco, hay muchos sacerdotes, Obispos, fieles en la Iglesia que creen en Dios, pero no creen en la Santísima Trinidad.

Y quien no cree en el Dios Uno y Tino, tampoco cree en nada más, en ninguna verdad más, sino que sólo cree en lo que le dice su cabeza, su filosofía de la vida, su pensamiento sobre Dios y sobre el mundo.

Son muy graves esas palabras de Francisco y ningún teólogo romano las ha combatido. Y todos los sacerdotes y Obispos en la Iglesia se están uniendo, están obedeciendo a un hereje, a un cismático, a un apóstata de la fe.

Y nadie en la Iglesia se ha destacado por enfrentarse a ese hereje. Nadie. Y lo siguen escuchando y apoyando como si no hubiera dicho nada en esa frase. Como si esa frase fuera una verdad que todos deben seguir y apoyar en sus vidas.

Hoy se combate a los Profetas de Dios, pero nadie combate a Obispos como Francisco que hacen de la Iglesia una ruina por declarar sus mentiras como verdades, que van en contra de toda la Tradición en la Iglesia, de todo el Dogma en la Iglesia, de todo el Magisterio Eclesiástico, de toda la ley divina y eclesiástica.

Es vergonzoso tener a un Obispo que no cree en la Santísima Trinidad sentado en la Silla de Pedro, haciendo que Roma sea una ramera de su pensamiento humano.

Porque Roma es lo que es su gobernante. Y el que gobierna Roma actualmente es un fornicador de la mente del demonio. Uno que ha hecho de su inteligencia humana la rebeldía a Cristo y a Su Iglesia.

Quien siga a Francisco en este pensamiento deja de obedecer a Cristo y comienza a obedecer en su vida al demonio.

Sólo se puede adorar en la Iglesia al Dios Uno y Trino. Los demás dioses hay que despreciarlos porque son todos una mentira para la vida de los hombres.

Y aquel que no enseñe esta verdad no pertenece a la Iglesia, sino al demonio, al pecado y al mundo.

Muchos sacerdotes y Obispos siguen con la venda puesta en sus ojos por no querer discernir la Verdad sobre Francisco y sobre la Iglesia. Tienen miedo a decir las cosas como son. A decir la verdad de forma sencilla para que todo el mundo la comprenda.

No hace falta ir a una Profecía para ver lo que es Francisco. Sólo hay que ir a él: él mismo se descubre en lo que es: un mentiroso que sólo obra su mentira en la Iglesia.

No estamos en la Iglesia para servir ni para obedecer a un hereje como Francisco. Estamos en la Iglesia para servir a la Verdad y para dar la Obediencia de la Fe en la Verdad.

Es hora de que la Iglesia se levante contra ese hereje, porque es un impedimento para ser Iglesia. Es una piedra de escándalo por su maldito pecado que no quiere quitar y que no va a quitar.

Es la clase de persona que hay que despreciar de por vida, porque sólo enseña la mentira de su pecado. Y no puede enseñar otra cosa a los hombres. Habla la mentira y obra la mentira.

Y sólo un necio, como es Francisco, puede seguir siendo lo que es en la Iglesia. Porque toda la Iglesia se ha vuelto necia, sin el sentido de la verdad, sin la comprensión de los Signos de los Tiempos en la Iglesia.

Por eso, la Iglesia, que ya no tiene la sabiduría divina para discernir la Verdad en Ella, va a sufrir el castigo que se merece por su pecado, por no haber luchado contra un hombre que se ha puesto por encima del Dios Uno y Trino en la Iglesia.

Castigo ejemplar para toda la Iglesia para que aprenda a seguir la Verdad, no la mentira camuflada en muchas verdades que dan los sacerdotes y los Obispos desde hace 50 años.

La Iglesia no es el conjunto de hombres que piensan lo mismo, que deciden lo mismo, que se unen según sus normas o leyes en la Iglesia.

La Iglesia es el Cuerpo de Cristo. Y no otra cosa. Y ese Cuerpo sólo está animado por el Espíritu de la Verdad, no por los pensamientos de los hombres.

El Espíritu de la Verdad no lo puede recibir el mundo ni los hombres que tienen el espíritu del mundo en sus venas, como Francisco y los que le siguen.

El Espíritu de la Verdad sólo lo reciben los humildes de corazón, los que combaten hasta la muerte contra el pecado, contra el demonio y contra todos los hombres.

“No améis al mundo ni las cosas que hay en el mundo” (1 Jn 2, 15), porque el mundo no conoce a los hijos de Dios (cf. 1 Jn 3,1), y hace de la Iglesia sólo la familia de los hombres, pero nunca la familia de los hijos de Dios.

Los hijos de Dios son aquellos que se revisten de lo Alto, del Espíritu Divino, y hacen de sus vidas sólo la Obra de la Voluntad de Dios.

Los demás viven de acuerdo a sus concupiscencias y a su orgullo de la vida.

Por eso, quien no cree en el Dios Uno y Trino se llama a sí mismo anticristo, porque “niega al Padre y al Hijo” (1 Jn 2, 22), porque batalla en contra de Cristo, porque se opone a Cristo y a Su Obra, que es la Iglesia en la Verdad de Su Palabra.

Francisco niega al Padre, porque sólo lo tiene como Creador, no como el que engendra a Su Hijo. Y Francisco niega al Hijo, porque sólo es la encarnación de una idea en su mente humana.

“Quien no cree a Dios, por mentiroso le tiene, por cuanto no ha creído en el testimonio que Dios ha testificado acerca de Su Hijo” (1 Jn 5, 10): “Este es Mi Hijo, escuchadlo”.

Francisco no escucha al Hijo del Padre en su corazón, no cree en las Palabras del Hijo, que son el Evangelio y, por tanto, no puede obedecer al Padre para hacer en la Iglesia la Voluntad de Dios, sino que él mismo se declara dios en medio de la Iglesia con su pensamiento. Y obra en la Iglesia sólo con su voluntad humana; no puede obrar lo divino en la Iglesia.

Y, por eso, Francisco pregona que hay que dar dinero a los pobres en la Iglesia: “El mal más grave que afecta al mundo en estos años es el paro juvenil y la soledad de los ancianos. Los mayores necesitan atención y compañía, los jóvenes trabajo y esperanza, pero no tienen ni el uno ni la otra; lo peor: que ya no los buscan más. Les han aplastado el presente. Dígame usted : ¿se puede vivir aplastado en el presente?¿Sin memoria del pasado y sin el deseo de proyectarse en el futuro construyendo un proyecto, un futuro, una familia? ¿Es posible continuar así? Este, en mi opinión, es el problema más urgente que la Iglesia tiene que enfrentar” (Francisco).

Y este pensamiento infame de ese hombre va en contra de la Palabra de Dios, que dice: “Buscad el Reino de Dios y lo demás se os dará por añadidura”.

Francisco, en la Iglesia busca su reino humano, material, carnal, natural, profano, pero no puede buscar el Reino de Cristo, que es un Reino espiritual, no humano, sagrado, santo, divino, porque dijo la Palabra hecha carne: “Mi Reino no es de este mundo”.

Francisco prefiere la añadidura que el Reino de Dios. Está más interesado en su obsesión: el dinero. Y hace caminar a toda la Iglesia hacia la riqueza mundana, carnal, humana.

Y, por eso, entran en la Iglesia los poderes del mundo. Si Francisco quiere alimentar a los pobres, entonces tendrá que buscar dinero fuera de la Iglesia, en el mundo. Y en el mundo, nadie da nada gratis. Si Francisco quiere dinero entonces el mundo quiere un trozo de poder en la Iglesia. Eso es lo que está pasando en la realidad, y que nadie ha comprendido porque no se ponen a discernir la Verdad sobre Francisco y los suyos.

Roma se ha abierto al mundo porque necesita dinero para alimentar a los pobres, para darles una felicidad a los hombres en sus vidas humanas.

Quien siga a Francisco se opone a Cristo y a su Iglesia. No se puede comulgar con el pensamiento de ese hereje. Hay que despreciar a ese hereje.

La iluminación de la conciencia

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“La relación que hay entre libertad del hombre y ley de Dios tiene su base en el corazón de la persona, o sea, en su conciencia moral: «En lo profundo de su conciencia —afirma el concilio Vaticano II—, el hombre descubre una ley que él no se da a sí mismo, pero a la que debe obedecer y cuya voz resuena, cuando es necesario, en los oídos de su corazón, llamándolo siempre a amar y a hacer el bien y a evitar el mal: haz esto, evita aquello. Porque el hombre tiene una ley escrita por Dios en su corazón, en cuya obediencia está la dignidad humana y según la cual será juzgado» (cf. Rm 2, 14-16)” (Juan Pablo II – Veritatis Splendor, n. 54).

La iluminación de la conciencia es un juicio de Dios en cada hombre, sea pecador, sea un demonio, sea un santo.

Iluminar la conciencia es hacer que el hombre mire su maldad en él mismo, como Dios la ve en el alma de cada hombre.

Al hombre le cuesta seguir su conciencia porque vive en lo exterior de la vida, vive para lo humano de la vida, pero no vive para el corazón.

La conciencia pertenece al corazón, no a la mente del hombre. Y sólo se ve la conciencia cuando el hombre entra en su corazón y, por tanto, cuando el hombre sale de sus pensamientos.

El hombre ha perdido el sentido del pecado y, por tanto, el sentido de la verdad en su vida.

Y el hombre, en esta perdida, se pierde en infinidad de caminos en la vida que no tienen una puerta de salida, de esperanza, de bien.

Sólo el que lucha contra el pecado camina con esperanza en la vida.

Pero el que vive su pecado, el que vive poniendo su pecado como norte en la vida, entonces, nada tiene sentido y la vida acaba siempre en un absurdo.

El hombre, en la Iglesia, está a punto de obrar el mayor absurdo de todos: quitar el amor. Y si se rompe el amor, si se divide el amor, sólo queda el odio, los falsos amores, las mentiras que hacen caminar hacia la destrucción y la lucha entre los hombres, las guerras.

Y eso produce que la conciencia del hombre se ensanche, crezca, se amplíe, y, por tanto, el hombre no ve su conciencia, no atiende a su conciencia, no hace caso a su conciencia, porque vive para otras cosas que no alimentan el corazón.

Quien vive en el odio no ve su conciencia. Quien vive amando, entonces capta su conciencia, porque la conciencia está dentro del corazón, es el sagrario del hombre.

La Iluminación de la conciencia purifica a las almas para prepararlas a la Voluntad de Dios.

Y las purifica haciendo que el alma busque el perdón de sus pecados.

Y esto lo tiene que hace el Señor por la dureza de los corazones de muchas almas que han perdido el norte de la Verdad en sus vidas. Y sólo viven mirando sus vidas humanas, sus pensamientos humanos, sus obras humanas, sus caprichos humanos.

Y, cuando se mira lo humano ya no se mira lo divino.

Muchas almas no viven la ley divina ni la ley natural en sus vidas humanas, sólo viven la ley positiva, la ley eclesiástica o las diferentes leyes que los hombres ponen en sus gobiernos.

Y el corazón de cada persona sólo se rige por la ley divina, no por otras leyes, ni siquiera las positivas. Las leyes positivas son necesarias para explicar la ley divina o la ley natural, pero nunca una ley positiva, una ley humana, una ley eclesiástica tiene que ponerse por encima de la ley divina o de la ley natural, que todo hombre posee en su corazón.

Y muchas almas, tanto en la Iglesia como en el mundo, no ven sus conciencias, no ven la ley natural ni la ley divina, puestas en sus conciencias, en sus corazones, y sólo se rigen por las diferentes leyes, y eso oscurece la mente del hombre y toda su vida humana.

Y, por eso, ya muchos no ven el pecado, sino que buscan una ley, una razón para admitir el pecado y para llamarlo algo bueno o algo inevitable en el hombre, para ya no para luchar contra el pecado.

Y quien no lucha contra su pecado, tampoco lucha contra los pecados que se dan en sus familias, en los trabajos, en las sociedades, en el mundo, y eso produce un ambiente totalmente contrario a la Verdad. Y el hombre, caminado así, se pierde él mismo haciendo cosas buenas en la vida, pero no haciendo lo que su conciencia le dice, no obrando lo que su corazón le pide.

Y, por eso, es necesaria la iluminación de la conciencia en cada hombre de la tierra, porque si no es imposible que los hombres vuelvan a la Verdad, porque ya se han acostumbrado a vivir en su pecado, a dar culto a su pecado ante todos los hombres.

Eso es lo que se ve en la Iglesia con esa cabeza falsa regida por francisco y su gobierno central: exaltan su pecado en medio de todos y todos lo aplaude, lo justifican, luchan por seguir en su pecado en la Iglesia.

La iluminación de la conciencia es un milagro de Dios para que el hombre vuelva a la fe, a la Verdad, al auténtico amor divino. Todo milagro que Dios hace lo obra porque los hombres no creen, han perdido su fe, han perdido el norte de la Verdad. Ya no saben amarse. Ya la caridad se ha enfriado en todos.

Y, por eso, esa iluminación de la conciencia viene acompañada de muchas cosas en lo terreno: terremotos, tormentas, inundaciones, cambio en el clima, para purgar la tierra inundada por el pecado de los hombres, que ya se ha hecho habitual en la vida de los hombres.

Muchos ya se han olvidado de confesar sus pecados. Y viven sin la gracia del arrepentimiento. Y, por eso, viven pecando y amando su pecado. Y eso produce una tierra, un mundo lleno de pecados, de demonios. Y, en ese mundo, no es posible el Reino Glorioso de Cristo en la Tierra.

El hombre, con sus pecados, destruye la misma naturaleza que Dios ha creado. Y es necesario renovar, purificar ese naturaleza y hacerla otra cosa, según el plan de Dios.

Por eso, no hay que temer a lo que viene ahora. Es necesario si el hombre quiere salvarse e irse al cielo. Porque ya nadie comprende la doctrina de Cristo, ya nadie hace Iglesia como Jesús quiere. Ya todos han convertido a Cristo y a Su Iglesia en otra cosa muy diferente.

Por la apostasía de la fe y por todos los errores doctrinales que, durante 50 años se ha difundido por muchos sacerdotes, por muchos Obispos, por muchos fieles en la Iglesia, la única manera de unir en la Verdad a todos los hombres, para que todos sean uno, es por la iluminación de la conciencia de cada uno, es por un milagro.

El verdadero ecumenismo es un acto divino obrado en un milagro encircunstancias totalmente contrarias a la vida de los hombres. No es como los hombres piensa la unión entre ellos. Es como Dios lo quiere y en la forma que lo quiere y en el tiempo que lo quiere.

Si el hombre no quita su pecado no puede unirse a otro hombre en la verdad. Se unirá en la mentira, y eso es siempre odio y destrucción.

Y el grave daño que han hecho muchos miembros en la Iglesia durante 50 años no es posible quitarlo de una manera normal, según la gracia, según el Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y es necesario un milagro para que la Iglesia siga caminando en la verdad.

Muchos sacerdotes, muchos Obispos han dividido la Iglesia durante 50 años y, de tal manera, que ya nadie escucha la Verdad en la Iglesia. Nadie. Todos siguen sus verdades, las que fabrican sus inteligencias humanas. Y un ejemplo de ello lo tenemos en Francisco y todos sus seguidores. Quieren su iglesia, pero no quieren la Iglesia de Cristo. Por eso, quitaron a Pedro y, ahora van a quitar la Eucaristía y todo lo demás.

Por eso, hicieron lo que hicieron cuando Benedicto XVI renunció: siguieron sus leyes eclesiásticas, que favorecían a los mentirosos en sus pecados, y eligieron a un farsante, pero nadie siguió la ley divina que impide elegir a un Papa estando vivo el anterior.

Por poner la ley eclesiástica por encima de la ley divina, se ha producido en la Iglesia la mayor división y nadie puede quitar esta división. Sólo un milagro de Dios. La conciencia de muchos se ha eclipsado, se ha abierto de tal manera que no es posible quitarse la venda de los ojos sin un milagro.

Pero este milagro de Dios no puede darse ahora, porque nadie entiende nada, nadie busca la verdad.

Sólo cuando a los hombres se les despoje de toda su vida humana, de toda su comodidad en la vida humana, de todos sus apoyos humanos, y comience a buscar la Verdad en sus vidas, entonces se producirá el milagro, y Dios preparará a su pueblo hacia el Reino Glorioso de Su Hijo, que no es como los hombres piensan, porque no es posible que Jesús vuelva en carne, se pasee por el mundo como lo hizo hace 20 siglos.

El Reino Glorioso es otra cosa muy diferente. Pero, para comprenderlo, hace falta vivir del Espíritu y obra la Verdad que el Espíritu enseña al corazón.

El verdadero ecumenismo

“La verdadera actividad ecuménica significa apertura, acercamiento, disponibilidad al diálogo, búsqueda común de la verdad en el pleno sentido evangélico y cristiano; pero de ningún modo significa ni puede significar renunciar o causar perjuicio de alguna manera a los tesoros de la verdad divina, constantemente confesada y enseñada por la Iglesia”. (Juan Pablo II – Redemptor hominis n.6).

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Este debe ser el espíritu en la Iglesia para buscar la unión entre todos los cristianos, pero, en la práctica nadie obedece a este mandamiento de Dios.

Dios quiere que todos los hombres se salven, pero eso no significa que todos los hombres tengan derecho natural a salvarse porque el pecado sea algo natural, puesto por el demonio en la naturaleza del hombre.

Dios ha puesto un camino para salvar al hombre. Y los hombres tienen que someterse a este camino si quieren encontrar la salvación y la verdad en sus vidas.

Pero los hombres no aceptan el camino de Dios. Y si no lo aceptan, entonces ellos mismos se quedan excluidos de la salvación y de la Iglesia.

Porque la Iglesia no puede renunciar a la Verdad y tiene que juzgar a quienes desprecian la Verdad con el objetivo de imponer sus mentiras y hacer que todos sigan sus mentiras.

Hay que dialogar con los hombres para ver si han quitado sus pecados, sus errores, sus herejías, sus obras de maldad. Y si no lo han quitado, entonces que sigan en sus pecados, que sigan fuera de la Iglesia, porque la Iglesia está para luchar contra el pecado, no para llenarla de pecadores.

Hay que dialogar con los hombres para entender si han comprendido lo que es la Verdad en la Iglesia, no para hacer un coloquio de la Verdad.

“Jesucristo sale al encuentro del hombre de toda época, también de nuestra época, con las mismas palabras: «Conoceréis la verdad y la verdad os librará». Estas palabras encierran una exigencia fundamental y al mismo tiempo una advertencia: la exigencia de una relación honesta con respecto a la verdad, como condición de una auténtica libertad; y la advertencia, además, de que se evite cualquier libertad aparente, cualquier libertad superficial y unilateral, cualquier libertad que no profundiza en toda la verdad sobre el hombre y sobre el mundo” (Juan Pablo II – Redemptor hominis, n. 12).

Todo hombre que busca la verdad se hace libre y pertenece a Cristo Jesús. Pero todo hombre que sólo busca sus verdades se hace esclavo de esas verdades, y quiere imponerlas bajo una libertad superficial, aparente, que no llega a la plenitud de toda la verdad.

La Iglesia no puede dejar de predicar la Verdad, de enseñar la Verdad, de gobernar con la Verdad, como ésta es, no como la piensan los hombres.

Jesús vino al mundo para dar testimonio de la Verdad, que es Él mismo. Y Jesús ha comparecido ante los hombres que lo juzgaban y ha muerto condenado por los hombres a causa de la Verdad, a causa de Él mismo.

Y es lo que la Iglesia teme hoy: no quiere ser juzgada por los hombres ni condenada a muerte por ellos. Y, por eso, teme decir la Verdad, las cosas claras a los hombres. Y, en consecuencia, lo que tenemos en Roma es un puro engaño de los hombres para conducir a la Iglesia hacia la mentira, hacia el mundo, para que entren en Roma toda clase de gentes que no buscan la Verdad en sus vidas, la auténtica Verdad, que sólo siguiendo a Jesús se puede encontrar.

Los hombres se dedican a seguir sus pensamientos humanos sobre Jesús, pero no siguen al Espíritu de Cristo para poseer la Verdad en sus corazones.

La Iglesia teme a los hombres porque ha dejado de temer a Dios, se ha metido en el pecado y no quiere salir de él. Y quiere resolver los problemas de todos los hombres viviendo en el pecado, y que nadie luche porque quitar sus pecados en sus vidas, que nadie luche contra el mundo, que nadie luche contra el demonio, que es el que obra todo pecado en el hombre.

La Iglesia sólo se ocupa de la dignidad humana del hombre, pero no se está ocupando de la dignidad de los hijos de Dios.

Es lo que no ha comprendido Francisco ni los que siguen a Francisco. Creen que el diálogo supone un abrir la Iglesia a todo el mundo, aceptando sus errores y destruyendo la verdad de la Iglesia.

Así piensa Francisco. Y no puede pensar como el Papa Juan Pablo II. No puede, porque no comulga con la doctrina del Magisterio de la Iglesia. Sólo coge lo que le interesa de ese Magisterio para poner su mentira en cuestión de ecumenismo. Él se inventa su ecumenisno espiritual, que significa: bailemos todos juntos en el error y en la mentira de la vida. Hagamos de la vida un paraíso en la tierra. Abracemos a los hombres porque son buenas personas. Hagamos de la Iglesia el culto de las obras de los hombres.

Francisco “no descansará mientras haya hombres y mujeres, de cualquier religión, golpeados en su dignidad, privados de lo necesario para su supervivencia, y a quienes han robado el futuro y obligados a ser refugiados o prófugos” (Francisco 21 de noviembre).

Esta frase le gusta a todo el mundo, pero no es la Verdad. Es sólo una cortina de humo en la Iglesia. Es sólo una pantalla en la Iglesia. Es sólo hablar por hablar. Hablar para quedar bien con todo el mundo, para buscar el aplauso de todo el mundo, para que todo el mundo diga: qué bueno que es Francisco, qué bien habla, qué palabras tan certeras.

La Iglesia no tiene que resolver los problemas de los demás: problemas humanos, materiales, naturales, carnales, problemas de la vida, que son muchos y que no interesan para vivir. Porque la vida no consiste en resolver problemas humanos, sino en obrar el amor divino. Y eso es lo que no tiene ni idea Francisco cómo se hace en la Iglesia, porque hace falta Espíritu. Y Francisco no cree en el Espíritu, sólo cree en su grandiosa mente humana.

Francisco no ha comprendido que si los protestantes, los judíos, los mahometanos, etc. tienen problemas de todo tipo, -porque se les persigue por lo que creen-, eso es sólo por sus pecados, sus malditos pecados, no por lo que creen. Y hasta que no quiten sus pecados, van a tener problemas. Lo que creen es fruto de sus malditos pecados.

El pecado de los judíos es no creer en Jesús. Y, por eso, han tenido todos los problemas en el mundo por la Justicia Divina, que lo ha querido así. Y seguirán teniendo problemas en todo el mundo hasta que no quiten su maldito pecado y crean en Jesús.

Y la Iglesia está para enseñar a los judíos que Jesús es el Mesías de ellos. Y si no quieren creer en Jesús, se va al infierno. Hay que enseñar la Verdad, no hay que tener miedo de decir la Verdad a los judíos, que es lo que teme toda la Jerarquía Eclesiástica: hablar con la verdad que duele a las almas. Y teme porque ellos tampoco viven la Verdad, que es Jesús. Sólo viven sus verdades, las que han fabricado en sus inteligencia humanas.

Y cuando los hombres aprendan a quitar sus pecados, a llamar al pecado con el nombre de pecado, entonces se podrán en la Verdad y se los podrá ayudar. Antes, no. Antes se pone el objetivo en hacer que la Iglesia renuncie a la Verdad, que es lo que persigue Francisco, para ayudar a los hombres.

Los hombres por un plato de lentejas dejan de servir a la Verdad, para servir a falsos dioses en el mundo.

Francisco habla al mundo y le dice lo que el mundo le gusta escuchar. Y Francisco cae en su propio absurdo, porque diciendo esta frase tan bella, obra, en la práctica, haciendo nada por los hombres que desea ayudar, porque la Verdad, que está en la Iglesia, él no puede quitarla ahora para ayudar a los hombres. No puede como cabeza. La masonería se lo impide, porque no es la cabeza que quiere la masonería para destruir la Iglesia. Vienen otros para hacer ese trabajo, porque hay que acabar con el dogma de 20 siglos de Iglesia. Y eso lleva su tiempo.

Por eso, Francisco se dedica a dar de comer a los pobres, que es lo único que puede hacer ahora. Y lo demás, es mandar mensajes al mundo para que comprendan lo que viene ahora a la Iglesia, pero que él está imposibilitado de obrar.

Francisco no puede obrar lo que dice, sus mentiras, porque tiene que enfrentarse a toda la Iglesia en la Verdad como gobernante. Él ya lo ha hecho como sacerdote y como Obispo, y nadie se ha dado cuenta porque la Iglesia ya ha perdido su conciencia del bien y del mal.

A Francisco no le dejan, porque no es cabeza inteligente, es un mediocre gobernante, que sólo quiere vivir su mentira en la Iglesia y que los demás también la vivan en la Iglesia. Que todo el mundo viva su mentira, que nadie se ponga en la Verdad: ese es el gobierno de Francisco. Por eso, predica siempre el error, la mentira, la falsedad en cada homilía para llegar a este efecto: que quien viva la mentira en la Iglesia, la siga viviendo, como él ya la vive.

Cuando no se enseña la Verdad, la gente se queda en la mentira de siempre. Nunca cambia hacia el bien que quiere Dios en la Iglesia. Siempre se quedan en los bienes y en las obras de los hombres en la Iglesia.

Esto es lo que ha enseñado Francisco durante ocho meses en la Iglesia: su mentira. Y, por supuesto, hay cantidad de sacerdotes católicos que lo siguen, porque es lo que viven en sus sacerdocios: de cara al hombre, de cara al mundo, solamente están en sus ministerios para agradar a los hombres, para hacer felices las vidas humanas de los hombres, para dar a la Iglesia la cara de los hombres.

¡Cuántos sacerdotes y Obispos son así en sus ministerios!

“La Iglesia a su vez, no obstante todas las debilidades que forman parte de la historia humana, no cesa de seguir a Aquel que dijo: «ya llega la hora y es ésta, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca. Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad»” (Redemptor hominis, n.12).

Estamos en esta hora, cuando Roma comienza a abrirse al mundo y a imponer la mentira a todo el mundo.

La expulsión de Benedicto XVI de la Silla de Pedro es la expulsión del Espíritu de la Iglesia de Roma.

En Roma ya no hay Espíritu. Roma ya no hace Iglesia. Fuera de Roma está el Espíritu. Y se encuentra en cada corazón que lucha contra el pecado, que lucha contra el demonio, que lucha contra el mundo y sus hombres para poder seguir a Cristo, que es el Rey de la Iglesia.

La Iglesia, ahora, está en cada corazón y no puede estar en ningún sitio, porque no hay Papa, no ha cabeza visible, no hay vicario de Cristo en la Tierra.

Y hasta que no llegue Pedro Romano, hasta que Jesús no ponga su Pedro, la Iglesia sólo permanecerá en los corazones dóciles al Espíritu, que adoran a Dios en Espíritu y en Verdad. Y sólo así se puede producir el verdadero ecumenismo.

Sólo de esta manera. Porque cuando los hombres han querido formar su estructura de la Iglesia en Roma, poniendo una falsa cabeza, han hecho que todas las miradas se centren en la Verdad y se pregunten: ¿Dónde está la Verdad, ahora? ¿Cómo puede haber Verdad en un Papa que renuncia a ser la Verdad? ¿Qué Iglesia es esa que se comporta como los hombres en el mundo y que decide otro Papa porque así lo piensan los hombres? Si el gobierno de la Iglesia es como el gobernó del mundo, entonces esa iglesia que está en Roma no es la Iglesia verdadera. Y hay que seguir buscando la verdadera Iglesia.

Hay que salir de Roma, porque es la misma Roma la que ha iniciado el Cisma. Son ellos, con sus engaños, con sus mentiras, con sus bellas frases dirigidas al mundo, los que han puesto el mayor obstáculo de todos: renunciar a la Verdad para complacer las verdades de los hombres.

Y no se está en la Iglesia para darle gusto a ningún hombre, a ningún sacerdote, a ningún Obispo.

Se está en la Iglesia para obedecer la Verdad. Y la Verdad sólo la da Pedro. Y, como en Roma han quitado a Pedro, entonces no hay que obedecer a Roma ni a nadie. Sólo queda la obediencia al Espíritu de Cristo y de la Iglesia. Y no queda otra cosa en la Iglesia.

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