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Bergoglio es sólo tiniebla para toda la Iglesia

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«Cuánto quisiera esto, que se tocara la carne de Cristo presente en los necesitados…» (Mensaje a Cáritas en Roma)

Tocar la carne de Cristo, que está presente en los necesitados: ésta es la principal herejía de Bergoglio.

«Es el misterio de la carne de Cristo: no se comprende el amor al prójimo, no se comprende el amor al hermano, si no se comprende este misterio de la Encarnación. Yo amo al hermano porque también él es Cristo, es como Cristo, es la carne de Cristo. Yo amo al pobre, a la viuda, al esclavo, a quien está en la cárcel… Pensemos en el «protocolo» a partir del cual seremos juzgados: Mateo 25. Amo a todos ellos porque estas personas que sufren son la carne de Cristo, y a nosotros que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo. Ir a las periferias, precisamente donde hay tantas necesidades, o hay —digámoslo mejor— tantos necesitados, tantos necesitados…» (Caserta, lunes 28 de julio 2014).

Bergoglio anula el culto a Dios en Jesús, para poner el culto al hombre: «yo amo al hermano porque…es la carne de Cristo»…«Amo a todos ellos… que sufren… porque… son la carne de Cristo»… «(los) que vamos por esta senda de la unidad nos hará bien tocar la carne de Cristo».

La carne de Cristo es la naturaleza humana de Cristo. Es la propia del Verbo Encarnado. Todo hombre, engendrado de mujer, tiene una carne, que es suya propia. Carne que pertenece a la naturaleza humana, pero es de cada hombre.

En el Misterio de la Encarnación, el Verbo asume una naturaleza humana, pero no asume a todo hombre.

Ésta es la herejía de Bergoglio: en ese misterio se asume a todo hombre. El hombre queda divinizado en la carne. Por eso, Bergoglio puede decir, según su herejía, la idolatría:

«Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración del mismo modo que cuando entra el Señor».(Mensaje a Cáritas en Roma)

Su herejía le lleva a la idolatría. La idolatría es el culto al hombre. Es decir, es anular el culto a Dios. Es interpretarlo de una manera humana, con un lenguaje apropiado, lleno de errores, de oscuridades, en donde sólo el amor al hombre está presente.

Es habitual en Bergoglio hablar de muchas cosas, tratar muchos temas y no centrarse en el culto a Dios, en la adoración a Dios. Su hablar siempre hace referencia a su principal herejía: tocar la carne de Cristo en los hombres.

Todo hombre, para Bergoglio, es dios, es santo, es justo, es bueno. Al igual que todo lo creado. Todo participa de Dios, pero no por la gracia, no por la Presencia Omnipotente de Dios en todo lo creado, sino porque realmente las cosas son divinas.

Es su herejía del panenteísmo, que se ve en la fraternidad:

«Como hermanos y hermanas, todas las personas están por naturaleza relacionadas con las demás, de las que se diferencian pero con las que comparten el mismo origen, naturaleza y dignidad. Gracias a ello la fraternidad crea la red de relaciones fundamentales para la construcción de la familia humana creada por Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Es la fraternidad, es esa relación entre los hombres por tener una misma naturaleza humana, por compartir el mismo origen, por tener la dignidad de persona humana, la que crea una red de comunicación, de relaciones entre los hombres.

Para Bergoglio, Dios  «creó los seres humanos y los dejó desarrollarse según las leyes internas que Él dio a cada uno, para que se desarrollase, para que llegase a la propia plenitud» (Discurso a la Academia Pontificia de Ciencias, 27 de octubre de 2014).

Bergoglio anula la Omnipotencia de Dios en el acto creador y el atributo de su Perfección, poniendo en todo lo creado un evolucionismo, que va desarrollando todas las cosas hacia su perfección, hacia su plenitud, de acuerdo a unas leyes internas. Dios no crea las cosas perfectas, sino de un modo imperfecto. No tiene ese poder para crearlo todo en su plenitud: «Cuando leemos en el Génesis el relato de la creación corremos el riesgo de imaginar que Dios haya sido un mago, con una varita mágica capaz de hacer todas las cosas. Pero no es así» (Ib).

Por eso, cuando habla de la fraternidad, está hablando de una ley interna que Dios ha puesto en el hombre cuando lo ha creado. Y esa ley interna de la fraternidad lleva al hombre hacia su plenitud.

La familia humana nace de la fraternidad original. Este es su panenteísmo: la imagen y semejanza de Dios, en la creación del hombre, la tiene todo hombre, gracias a la fraternidad.

Adán y Eva crearon la primera fraternidad: «Hizo que Adán y Eva fueran padres, los cuales, cumpliendo la bendición de Dios de ser fecundos y multiplicarse, concibieron la primera fraternidad, la de Caín y Abel. Caín y Abel eran hermanos, porque vienen del mismo vientre, y por lo tanto tienen el mismo origen, naturaleza y dignidad de sus padres, creados a imagen y semejanza de Dios» (Mensaje para la Jornada mundial de la paz del 2015, 8 de diciembre del 2014).

Adán y Eva no concibieron la primera fraternidad: no pudieron concebir hijos como Dios lo quería. Los concibieron en el pecado de Adán, por la astucia de Eva, engañada por el demonio. Luego, los hijos que tienen no pueden ser fraternales. No son hermanos y hermanas como Dios los quería. Vienen de la misma carne y sangre, pero no del Espíritu.

Y «lo que nace de la carne, carne es» (Jn 3, 14). Caín y Abel son carne. No tienen el Espíritu de Dios. Luego, no pueden amarse en Dios, según el amor de Dios. Consecuencia, es necesario que uno mate al otro, porque si no hay amor de Dios, tampoco hay amor al hermano, es imposible obrar este amor.

Esta verdad es la que niega constantemente Bergoglio. Porque él se centra en su idea de la fraternidad, como ley interna que lleva a la plenitud a todo hombre. Por esa ley interna, Adán y Eva conciben hijos fraternales, hijos que son hermanos.

Y el pecado de Caín es un error al pensamiento de la fraternidad: «El asesinato de Abel por parte de Caín deja constancia trágicamente del rechazo radical de la vocación a ser hermanos» (Ib). Su pecado no es una ofensa a Dios, sino un rechazo a la vocación de ser hermanos, un rechazo a la ley interna de la fraternidad, que rige en todo hombre, la cual le lleva a su plenitud.

Esta vocación la renueva Cristo en el misterio de la Encarnación. Quien cree en Cristo, entra de nuevo en la fraternidad: «Todos los que respondieron con la fe y la vida a esta predicación de Pedro entraron en la fraternidad de la primera comunidad cristiana» (Ib). La obra de Cristo es, para Bergoglio, volver al origen de la primera fraternidad. Y, además, se hace eso por medio de un imperativo: «El ser hijo de Dios responde al imperativo de la conversión» (Ib).

Ya el ser hijo de Dios no es un don de la gracia, sino un imperativo: o te conviertes, o cambias de mentalidad, o no entras en la fraternidad.

Es un imperativo al modo de pensar humano: hay que convertirse, hay que predicar el Evangelio según los tiempos, según las culturas, según la perfección de la mente humana. De esta manera, se encuentra la perfección de la ley de la fraternidad, que Caín rechazó. No tenía alguien que le predicara, que le mostrara el evangelio de la fraternidad. Cristo viene a trae de nuevo la palabra mágica -fraternidad- que el olvidó en el Paraíso. Y la pone en su misma carne, la obra con su misma carne.

Adán y Eva concibieron el amor al prójimo, pero Caín rechazó esta vocación. Tuvo un error en la mente. Su mente no era perfecta en la ley de la fraternidad. Dios creó a Adán, pero no es un mago. No lo crea en perfección, sino con unas leyes internas que van llevando al hombre hacia su plenitud. De esa manera, Bergoglio explica el pecado de Adán y el todos los demás hombres. Hasta llegar a Cristo, que pone en el hombre el amor que ya no pasa, que es para siempre. Lo pone en la carne del hombre.

Lo tienen en cualquier homilía:

«El mandamiento de Cristo es nuevo porque Él primero lo ha realizado, le ha dado carne, y así la ley del amor está escrita una vez para siempre en el corazón del hombre…Jesús ha demostrado que el amor de Dios se obra en el amor al prójimo…Es un amor redentor, liberado del egoísmo. Un amor que dona a nuestro corazón la alegría…» (Regina Coeli, 10 de mayo del 2015

Cristo ha dado carne a su amor: lo ha materializado, lo ha puesto en el corazón del hombre. Y para siempre.

Este es el desvarío de este hombre.

«Yo pondré Mi Ley en ellos, y la escribiré en su corazón, y seré su Dios y ellos serán Mi Pueblo» (Jer 31, 33).

Jesús no da carne a su amor, sino que obra en su naturaleza humana el amor de Su Padre, el amor divino. Su mente humana tiene la idea divina, piensa lo divino. No puede apoyarse en ninguna idea humana. Su voluntad humana obra aquella idea divina, aquello que es Voluntad de Dios. La pone en acto. Y su carne humana es el instrumento para que se pueda obrar la idea divina, el Pensamiento de Su Padre.

Jesús nunca da carne a su amor. Jesús usa su carne humana para una obra divina.

En el panenteísmo de Bergoglio, la carne es algo divino. La carne misma obra lo divino, no es instrumento de lo divino. Por eso, Bergoglio tiene que caer en su idolatría, de manera necesaria.

Dios pone la Ley Eterna en la naturaleza humana: todo hombre tiene que regirse por esta Ley para ser de Dios, para adorar a Dios, para obrar el amor de Dios en su vida.

Dios pone en el corazón la gracia divina, la vida de Dios, para que el alma participe de la divinidad: sea Dios por participación, sea hijo de Dios por gracia, no por naturaleza.

El hombre ya ha perdido la imagen y semejanza de Dios, por el pecado de Adán: ya no es Dios por creación. Sólo es Dios por participación de la gracia divina.

Pero la gracia se puede perder por el pecado personal de cada hombre. Por eso, no está escrita para siempre en el corazón del hombre. Bergoglio siempre anula el pecado. Y, por tanto, pone al hombre como si fuera un dios, como si fuera un ser que nunca ha perdido la semejanza con Dios.

Dios crea al hombre a imagen y semejanza. Pero el hombre perdió las dos cosas: la imagen y la semejanza en su pecado.

Bergoglio, al poner la ley del amor escrita para siempre en el corazón, tiene que hablar de un amor redentor, liberado del egoísmo. Y, por eso, tiene que decir: el amor de Dios se obra en el amor al prójimo.

¡Gran disparate!

El amor de Dios se obra por sí mismo, en sí mismo, desde sí mismo. Nunca Dios obra en el otro, en el prójimo, desde el hombre, con el hombre.

Dios obra su Amor sin necesidad de nada ni de nadie.

Como Dios ha obrado todo por Su Amor, Dios da su Amor a todo lo creado. Pero, este dar Su Amor no es sacar lo creado de sí mismo, de lo divino. Dios lo crea todo de la nada, es decir, no existe el ser de nada.

El hombre es nada para Dios. La Creación es nada para Dios. No es algo. No pertenece a Dios. Es nada. Y de la nada, Dios saca todo lo creado.

Dios sólo se ama a Sí mismo. No ama nada fuera de Sí Mismo. Y cuando decide crear al hombre, pone en el hombre creado la capacidad para amar. Y esa capacidad es el Poder del Amor Divino, que sólo se puede obrar en la gracia y en el Espíritu.

Por eso, el amor de Dios se obra con la gracia, y así se realiza un amor al prójimo. El amor de Dios no se obra en el amor al prójimo. Se obra en la gracia, en la vida divina. La ley del amor necesita la ley de la gracia, en el corazón del hombre. Quien viva en el pecado, no puede ni amar a Dios ni amar al prójimo como a sí mismo. Hará un bien natural, un bien humano, un bien carnal, que no tiene la capacidad para salvar su alma, para poner la Voluntad de Dios en el otro. El que peca no puede amar a Dios. Sólo se ama a sí mismo en su obra de pecado.

Para Bergoglio, amor de Dios y amor al prójimo son dos cosas iguales: se confunden, se mezclan, se anulan. Es la ley de la fraternidad, que ha llegado a su plenitud con Cristo. En Cristo, amar a Dios es amar al prójimo. Es el lenguaje que él constantemente emplea para confundir a las almas que no conocen su fe. Es un imperativo moral: si amas a Dios tienes que amar al prójimo.

Nunca Bergoglio enseña el camino para amar al prójimo: que es usar la gracia divina, que es en la vida divina, en la Mente de Cristo, en los mandamientos de Dios.

Por eso, Bergoglio enseña su nueva y falsa espiritualidad:

«¡Jamás hay que negar el Bautismo a quien lo pide!» (Homilía del 26 de abril del 2015)

Una espiritualidad sin discernimiento espiritual, porque «el amor de Dios se obra en el amor al prójimo». El amor de Dios no es una Ley Eterna en la naturaleza humana. Todos los hombres son hermanos, han sido concebidos en la fraternidad. Es la ley interna de la fraternidad. Por lo tanto, en todos los hombres está la carne de Cristo. No niegues la carne de Cristo negando el bautismo a tu hermano de carne y sangre.

«En el confesonario estaréis para perdonar, no para condenar» (Ib). Es una espiritualidad amorfa, sin justicia, sin rectitud. Es un perdón que no sirve para nada porque no juzga nada, no condena nada.

El perdón al prójimo viene del amor que juzga, del amor que castiga, del amor que es recto, del que ama en la verdad de la vida.

En la espiritualidad de Bergoglio, el amor de Dios es en el amor al prójimo: está condicionado por el amor al prójimo; depende del amor al prójimo; está limitado por el amor al prójimo. Y como el prójimo es tu hermano, entonces no puedes condenarlo. Tienes que ir a la plenitud de la fraternidad, para que no seas como Caín, que rechazó la vocación – la ley interna de su naturaleza humana- que tenía escrita  en su interior.

Así, los nuevos sacerdotes, que son falsamente ordenados por Bergoglio, se hacen voz del pueblo:

«Al celebrar los sagrados ritos y elevando en los diversas horas del día la oración de alabanza y de súplica, os haréis voz del pueblo de Dios y de toda la humanidad» (Ib).

Ya no son la voz de Dios al pueblo, a toda la humanidad. Ya no enseñan la verdad divina al pueblo, sino que hablan lo que el pueblo quiere escuchar. Son los servidores del pueblo, los instrumentos del pueblo, los veletas del pensamiento de los hombres.

Es así como se va formando el cuerpo místico del Anticristo.

Primero, haciendo de la gracia un saco roto. Ya no se vive en muchas almas la gracia de cada sacramento. Sólo se viven palabras humanas, lenguaje humano, imperativos morales: jamás niegues el bautismo, no juzgues cuando confieses, conviértete…

Una vez que los hombres hacen de los Sacramentos algo –un lenguaje- que no sirve para nada, viene el cambio en la liturgia de los sacramentos. Y aparecerán los nuevos sacramentos, que son sólo burdas imitaciones de la verdad. Pronto se van a ver estos nuevos sacramentos.

Ya, de hecho, hay sacerdotes que empiezan a confesar a través del teléfono, de las redes sociales. Ya se hace una caricatura del Sacramento de la Penitencia. Ya no hay que ir en busca del sacerdote, lo que supone una penitencia, en muchos casos, sino que con un dedo, con un botón, lo encuentras al momento, y te da una falsa absolución.

Es la revolución de la estupidez.

Mucha es la Jerarquía que calla ante las palabras de Bergoglio. Y se hacen estúpidos, como lo es Bergoglio.

Y muchos son los fieles auténticamente estúpidos, que se creen todas las palabras bellas de ese bastardo de la Sagrada Escritura, que es Bergoglio.

Bergoglio es tiniebla:

«Queridos hijos, rezad con el corazón y no os apartéis de la verdad. Llegará un día en que habrá desprecio en la Casa de Dios y lo sagrado será lanzado fuera. Un Xino estará en el Trono, contrariando a muchos, pero Dios es el Señor de la Verdad. Lo que os digo ahora, no lo podéis comprender, pero un día os será revelado y todo estará claro para vosotros. El espejo: éste es el misterio. Como criaturas, confiad. Como siervos, sed fieles. Dios está controlándolo todo…» (04.04.2005 – Mensagem de Nossa Senhora, n° 2.505)

Bergoglio es el Xino. La palabra Xino hay que leerla en el espejo, delante de un espejo: Onix.

La palabra Onix viene del griego o-νυξ, que significa la noche, la tiniebla, la oscuridad, la calamidad, la desgracia.

Esto es Bergoglio: una desgracia para toda la Iglesia. Una luz que no ilumina. Una tiniebla que combate, que persigue la luz. Una piedra negra, como el ónix, que brilla por lo exterior que da, en la superficialidad de la vida, para aparentar una riqueza que no se tiene.

Bergoglio está en el trono para contrariar a muchos, para producir confusión y división en todas partes. Pero Dios es el Dueño de la Verdad. Por eso, Bergoglio sólo puede hablar sus estupideces todos los días, pero no las puede poner en ley. No puede obligar a los demás a seguir sus idioteces. Quien lo sigue es porque es idiota, como él; porque vive lo mismo que ese sujeto, piensa lo mismo, porque tiene su negocio en la Iglesia –y no quiere soltarlo- como Bergoglio.

Bergoglio es la tuerca necesaria que el demonio necesitaba para poner su camino de destrucción de la Iglesia. Ahora, vendrá el que, de verdad, rompa la autoridad papal y deje a la Iglesia en el abandono más total ante el mundo.

Salgan de lo que se cuece en el Vaticano. Queda poco tiempo para entender los signos de los tiempos. Ya son muy claros. Y hay que vivir la vida de acuerdo a esos signos, que sólo se pueden discernir en el Espíritu.

No quieran conocer el futuro viendo lo que pasa en el Vaticano, porque donde reina el demonio, allí no hay conocimiento de la verdad. Sólo está el error y la mentira, que son la base para inventarse las fábulas que todo el mundo se las traga como verdaderas, como divinas. Bergoglio es un cuenta fábulas. Y no es otra cosa. Cuenta lo que el otro quiere escuchar. Y habla a cada uno en su lenguaje. Por eso, es tan popular. Usa el lenguaje de los necios, el propio que rige en el mundo actual.

En Roma suceden muchas cosas. Pero sólo se da a conocer lo que interesa, lo que vale para la propaganda del nuevo gobierno mundial. Lo demás, lo que no interesa revelarlo, se esconde para así tener un as debajo de la manga.

Como Bergoglio no sirve, hay que cambiarlo. Pero esto no se dice al público. Sino que se da la orden de sostener las palabras heréticas de ese hombre hasta que llegue el tiempo de su renuncia. Se le hace propaganda a ese hereje porque conviene a los planes de todos. Y así como ha sido puesto en el gobierno, por el imperativo de unos pocos, así será quitado, por el imperativo de esa gentuza, que es la jerarquía masónica en Roma.

El cuerpo místico del Anticristo

«Mira con desprecio lo más alto; es Rey de todos los soberbios» (Job 41, 25).

El Anticristo es la cabeza de todos los hijos del demonio, de todos los soberbios.

Nuestro constante enemigo es el diablo. Y hay que pedir al Señor que Él nos libre de la bestia que es más fuerte e inteligente que nosotros. Jesús nos enseñó a pedir al Padre: «Líbranos del malo», es decir, de Satanás.

El demonio siempre habla la mentira, porque es mentiroso. Siempre la obra, porque no puede pensar la verdad. Es padre de la mentira: engendra la mentira en su inteligencia demoniaca. Engendra soberbia.

Y todos los que se ponen bajo su yugo, son mentirosos y obradores de la iniquidad.

Cristo ha derrotado al diablo y ha dado a las almas los instrumentos para que también lo derrote. Arrojar al demonio de la vida es signo de que ha llegado el Reino de Dios. Pero vivir con el demonio en la vida es signo de pertenecer al Reino del Anticristo.

«El Padre nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino del Hijo de su amor, en quien tenemos la redención y la remisión de los pecados» (Col 1, 13). Pero, son muchos los que viven en la Iglesia bajo el poder de las tinieblas. Y es sólo por culpa de ellos, porque no viven la gracia de los Sacramentos. Se hacen cuerpo místico del Anticristo.

El Sacramento es la acción misma de Jesucristo en el alma: es la obra de Cristo donando  la gracia que necesita el alma.

Las personas se casan, pero no dejan que el Espíritu de Cristo obre en sus matrimonios con la gracia del Sacramento; las personas reciben la Eucaristía, pero impiden que Cristo las una a su vida gloriosa; las personas se bautizan, pero no siguen al Espíritu de filiación para dejar el hombre viejo y transformarse en un hombre nuevo; las personas se confirman, pero no luchan bajo la bandera de Cristo, sino que se pasan al Enemigo con las obras de sus pecados.

En cada Sacramento obra Cristo: es una obra divina, santa, perfecta. Pero, necesita de la colaboración del alma, de su disponibilidad, de la obediencia del alma a la Voluntad de Dios.

Nadie se puede salvar sin los Sacramentos:

«Si alguno dijere que los sacramentos de la Nueva Ley no son necesarios para la salvación, sino superfluos, y que sin ellos o sin el deseo de ellos los hombres alcanzan de Dios la gracia de la justificación sólo por la fe, aunque no todos los sacramentos sean necesarios para cada uno de los hombres, sea anatema» (Conc.Tridentino en la ses. 7 cn. 4 – D 847).

No todos los sacramentos son necesarios para todos los hombres, pero nadie se puede salvar sin los sacramentos.

Los hombres necesitan los Sacramentos para salvarse. No sólo los miembros de la Iglesia Católica, sino todos los demás hombres del mundo. Esta es una verdad que el hombre ha olvidado de contemplar, de meditar, de vivirla.

Por eso, es necesario saber administrar bien los Sacramentos y tener las debidas disposiciones para recibirlos.

Los hombres se condenan, o porque los ministros administran mal los Sacramentos, o porque las almas no los reciben adecuadamente.

Bautizar a un bebé de personas homosexuales o lesbianas, es condenar al bebé. Se recibe el Sacramento del Bautismo, pero no se pone el camino para que ese bebé sea hijo de Dios.

Si la persona homosexual o lesbiana ha convertido su bautismo en una abominación, en un instrumento del demonio; si vive en su hombre viejo, dando culto a sus pecados, en contra de la ley natural, entonces ¿qué va a enseñar al bebé que bautiza? Le va a educar en su mismo pecado, en su misma abominación. ¿Para qué lo bautiza? Para condenarlo.

Nadie se puede salvar sin los Sacramentos; pero es necesario vivirlos, no poner un óbice.

La gracia se confiere al alma en virtud del sacramento, no por la disposición del que lo recibe, no por la obra del que lo administra. Pero el alma no recibe la gracia si hay un impedimento, un obstáculo, ya la conciencia de estado de pecado mortal, ya la falta de arrepentimiento interno.

León XIII (D 1963): «los sacramentos significan la gracia que realizan y realizan la gracia que significan».

Los Sacramentos confieren la gracia que significan. Es la gracia sacramental, que es distinta en cada Sacramento. Cada Sacramento significa una gracia distinta. En cada Sacramento hay un amor distinto, una vida divina distinta, una verdad que cada alma debe buscar y contemplar.

El Bautismo significa la gracia de ser hijo de Dios, de pertenecer a la familia de Dios, de ser regenerado, engendrado de nuevo, nacido de agua y del Espíritu. Con él se entra en el Reino de los Cielos, pero eso no significa estar salvado.

El bebé que se bautiza de un homosexual no está salvado. Entró en el Reino de los Cielos, pero ¿quién le va a enseñar a conquistarlo? Nadie. Va camino de condenación.

Quien no viva este Sacramento, entonces sale del Reino de los Cielos y entra en el Reino del demonio. De participar de la naturaleza divina se pasa a participar de la naturaleza del demonio. El hijo de Dios se transforma en un hijo del demonio.

Sólo hay dos bandos en el mundo: los hijos de Dios y los hijos del demonio. Y están perpetuamente enemistados:

«Pongo perpetua enemistad entre ti y la Mujer. Y entre tu descendencia y la suya. Ésta te aplastará la cabeza, mientras tú le morderás el calcañal» (Gn 3, 15).

La descendencia de los hijos de Dios, que son los que vienen de la Mujer, los que siguen el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, siempre están combatiendo a la descendencia de los hijos de Satanás, que son los que siguen el pecado de herejía, que comenzó en el Paraíso y que se ha ido trasmitiendo, de generación en generación, hasta nuestros días.

Y son los hijos de Dios los que aplastan la cabeza de la herejía de los hijos de Satanás.

Una Iglesia que no luche en contra de la herejía no pertenece al Reino de Dios. Sus miembros no son hijos de Dios, sino hijos de Satanás.

¡Cuántos católicos son hijos de Satanás! Su Bautismo no lo viven: no mueren al hombre viejo, sino viven para obrar el pecado en sus vidas. Esos católicos pertenecen al Anticristo y no pueden salvarse. Sólo por su Bautismo, por no vivirlo, se condenan.

¡Muchas personas no saben lo que son los Sacramentos!

Si no eres capaz de vivir tu Bautismo, entonces no puedes entrar en el Reino de los Cielos. Estás fuera, aunque tengas el sello del Bautismo. Estás viviendo un mundo adecuado a tu vida humana: te casas, comulgas, te confiesas,… pero eres un hombre viejo. Piensas como los hombres, obras como ellos, vives según el estilo mundano, propio de un pagano. ¿De qué te sirven los otros Sacramentos si no eres un hijo de Dios, si no piensas como Dios lo hace, si no obras con Su Voluntad?

¿Por qué, ahora, todos están buscando que se dé la comunión a los malcasados, que se case a los homosexuales…? Porque no viven Su Bautismo. Entonces, los demás Sacramentos son sólo una función social, un cumplimiento que hay que vivir en la cultura de cada uno, una vida que no tiene ningún sentido divino.

El Cuerpo místico del Anticristo comienza en las almas que no viven su Bautismo. Aquí se inicia una participación del alma en la vida del demonio. El mundo pertenece al demonio. La mente humana es trabajada constantemente por el demonio. Quien no tenga el pensamiento divino como hijo de Dios, tiene sólo el pensamiento del demonio. Se va transformando en un hijo de Satanás.

La Confirmación significa la gracia de ser soldado de Cristo, de estar bajo la bandera de Cristo. Se otorga el Espíritu Santo para ser Soldado de Cristo, para estar en el mundo sin ser del mundo, batallando para conquistar el Cielo, luchando contra el demonio que quiere sacar al alma del Reino de los Cielos. Es un Sacramento que merece otro tipo de gracias, según la pelea que cada alma realice en su vida espiritual.

Por la Confirmación, el alma lucha por permanecer en el Reino de Dios, conquistando cada día el Cielo, mereciendo, con sus obras, la salvación y la santidad de vida.

Quien no lucha contra el mundo, ni contra el demonio ni contra la carne, entonces es un soldado del Anticristo. O se está bajo la bandera de Cristo o bajo la del Anticristo. Pero, no se pueden servir a dos señores. No se puede tener dos pensamientos. No se puede vivir una doble vida. O con Dios o con el demonio. O realizando las obras de Dios o llevando a cabo las obras del demonio.

El bautizado que no viva su bautismo, tampoco puede vivir su confirmación. Es imposible. Una gracia lleva a otra gracia:

«De su plenitud, todos hemos recibido gracia tras gracia» (Jn 1, 17). La gracia del Bautismo necesita la gracia de la Confirmación. No se puede entrar en el Reino de los Cielos y no conquistar ese Reino, no luchar por ese Reino. Es un absurdo. Y en este absurdo viven muchos católicos.

Quien no vive conquistando el cielo, vive conquistando el mundo. A esto se dedican muchos hombres y muchos católicos cada día. Sólo viven deseando las cosas terrenales, buscando un paraíso perdido acá en la tierra. Viven con el sueño de un futuro feliz que no existe en la realidad de la vida. Viven para una justicia social, para un derecho humano, para un amor al hombre. Pero se olvidan de la justicia divina, del derecho divino sobre todo hombre y del amor divino que todo hombre tiene que obrar en su vida.

No luchan para quitar el pecado que ofende a Dios, sino que luchan para resolver los muchos problemas de la vida que molestan a los hombres.

No luchan en contra de la mentira ni del error, sino que se pasan la vida relamiéndose con sus ideas relativas, que son los motores de sus obras de iniquidad.

Los que no viven su confirmación son los que destruyen la Iglesia Católica desde dentro. Son los falsos católicos, soldados del Anticristo, que enarbolan la bandera de la herejía y de la apostasía de la fe. Si no se lucha en contra del demonio, se lucha en contra de Cristo. Quien no está con Cristo, está en contra de Él.

Los falsos católicos son soldados que se ponen al mando de la falsa jerarquía, la cual utiliza su poder para levantar el culto al demonio dentro de la Iglesia.

El Orden significa la gracia de ser otro Cristo, de realizar las mismas obras de Cristo, de llevar a los miembros del Cuerpo de Cristo al Cielo. Es la gracia del poder de Dios en los hombres. Poder para salvar y santificar a las almas.

La Jerarquía es la idónea para llevar a cabo los actos legítimos en el culto verdadero a Dios. Por esos actos santifican a los hombres y se da a Dios la gloria que merece.

Cuando la Jerarquía hace de su ministerio una obra humana, mundana, social, terrenal, entonces están llevando a las almas hacia la condenación. Su Poder se transforma en condenación.

Es la Jerarquía la que enseña el culto a Dios.

Por eso, es una aberración congregar a más de 80 personas con sus respectivos chiguaguas dentro de una iglesia para realizar una ceremonia a un perro:

«Esta será una ceremonia de perros. Su cuerpo no estará allí, porque él va a ser embalsamado, pero nosotros llevaremos su pequeña camita blanca, con una foto puesta debajo. Hemos pedido difundir su CD, con la canción «yo soy Miss Chiguagua». El sacerdote tomará la palabra para contarnos la vida de Miss chiguagua. Todos están bienvenidos» (video).

El sacerdote Francisco Lallemand ofició un culto al demonio: una falsa liturgia de la palabra fúnebre por un perro. Ningún animal tiene obligación de dar culto a Dios: no tienen conocimiento ni voluntad para relacionarse con Dios. Cuando se mueren, se aniquilan. Se rezan por las almas racionales, no por las almas sensitivas, irracionales. Un perro no tiene dignidad. El sacerdote usa su poder para confirmar a esas mujeres en la idolatría a sus perros. No les enseña lo que es un perro. No les enseña a no orar por sus perros. No les enseña el verdadero culto a Dios. De esta manera, se va haciendo el cuerpo místico del Anticristo.

El sacerdote está para poner el culto a Dios, para enseñarlo, para llevar a las almas hacia la adoración a Dios.

El Cardenal Vincent Nichols celebrará una misa para los católicos homosexuales este domingo 10 de mayo en el centro de Londres. Esta Misa señala el reino del Anticristo.

No se hace una misa para dejar a los homosexuales en sus vidas de pecado. Se hace una misa para convertirlos, para indicarles el camino de la salvación.

Pero la jerarquía falsa tergiversa el culto a Dios y pone el culto al hombre, a los animales. Si no son sacerdotes que combatan, en su bautismo, contra su hombre viejo; si no son sacerdotes que luchen, en su confirmación, contra el demonio, que ataquen los errores de los hombres en el mundo, que enseñen la penitencia para expiar los pecados, entonces esos sacerdotes no pueden vivir la gracia del orden. Y se dedican a hacer estas cosas. Y son los más culpables, porque todos los demás los imitan, los siguen. El poder que tienen de Dios es instrumento para condenar las almas.

Los tres Sacramentos principales son: Bautismo, Confirmación y Orden.

Las personas viven buscando recibir la comunión, pero se olvidan de que constantemente tienen que nacer de nuevo, quitando el hombre viejo, a base de oración y de penitencia. Se olvidan de luchar contra el demonio, contra las pasiones de su naturaleza humana, contra los errores y herejías que hay en el mundo y en la Iglesia.

¿De qué sirve comulgar si después llamas a Bergoglio como tu papa?

Recibes la Eucaristía, pero no obras tu Confirmación: no luchas en contra del hereje.

Te unes a Cristo en la Eucaristía y te unes a un hereje como cabeza de la Iglesia.

¡Este es el absurdo en que viven muchos católicos!

No se pueden servir a dos señores. O estás con Cristo o estás con Bergoglio, que es el bufón del Anticristo. No puedes estar con ambos.

La Eucaristía significa la gracia del amor divino, que alimenta al alma para que pueda alcanzar la santidad propia de Dios. Es la vida y la unión con Jesucristo. Una vida divina y una unión mística con Él.

Jesucristo es la Cabeza Invisible de la Iglesia. Y quien se une a Jesús en la Eucaristía, se une a la Cabeza visible de la Iglesia, de una manera mística: está unido al Papa verdadero y legítimo. No puede unirse a un usurpador, a un hereje, como su papa. No puede llamar a un hereje como su papa. Es una aberración. Y si se somete a él, entonces cae en el mismo pecado de ese hombre: pecado de herejía, de cisma y de apostasía de la fe. Y pertenece ya a la iglesia que encabeza ese hombre, que es la iglesia del anticristo, formando el cuerpo místico del Anticristo.

Quien no discierne lo que comulga, entonces se come su propia condenación.

¿Comulgas para seguir en la obediencia a un hereje? Te comes tu propia condenación.

Si vas a seguir en la obediencia a ese hereje, entonces te conviene no comulgar, porque no se puede dar lo santo a los perros (cf. Mt 7, 6).

¡Pocos han entendido lo que significa el cuerpo místico del Anticristo! ¡Pocos saben cómo se va formando! Y lo pueden ver cada día en la obediencia que muchos dan al hereje Bergoglio.

«En Él también vosotros…fuisteis sellados con el sello del Espíritu Santo prometido…» (Ef 1, 13); «habéis sido sellados para el día de la Redención» (4, 30).

En los Sacramentos también aparece el carácter, un signo espiritual e indeleble. Por este signo se distinguen los fieles de los infieles, y a los fieles entre sí.

El Bautismo es «una señal dada por Jesucristo a los fieles, así como el Anticristo dará a sus seguidores el signo de la bestia» (San Hipólito).

Jesucristo sella a sus fieles, formando una Iglesia «distinguida por el sello insigne» (Abercio – R 187). La Iglesia verdadera es la que tiene el sello de la verdad.

Este sello permanece en el alma aunque ésta haya caído en la apostasía, aunque se haya convertido en un hereje o produzca un cisma.

El carácter dispone al alma para la gracia sacramental, pero no da la gracia, no la exige. Configura al alma que lo posee con Jesucristo, poniendo en ella una triple misión, una triple obra que el alma tiene que realizar con la gracia del Sacramento.

Así, en el carácter del Bautismo, el alma se configura en la obra de la Redención de Jesucristo. El alma tiene una disposición para morir a todo lo humano y para sufrir por Cristo.

En el carácter de la Confirmación, el alma se dispone a la batalla, al padecimiento que viene de los tres enemigos del alma: mundo, demonio y carne. Por ese sello, la vida espiritual significa una lucha espiritual continua hasta la muerte para perseverar en la gracia obtenida, para merecer otro tipo de auxilios divinos en la vida.

En el carácter del Orden, el alma se configura con Cristo Sacerdote, con Su Obra en la Iglesia. Es un carácter sólo para los varones, no para las mujeres. Y los distingue de los laicos. Por este carácter, el sacerdote tiene el deber de sobresalir por encima de los demás. Es decir, tiene que vivir una vida auténticamente de Cristo, en santidad.

Tener el carácter no significa obrar la gracia. No perfecciona al alma que lo posee. Es un sello, es un grabado, un adorno en la sustancia del alma, que no puede destruirse en vida. Es un sello eterno que va a distinguir a las almas.

Tener el carácter no significa pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo. Es necesario obrar la gracia del sacramento. Si no se obra, entonces el Anticristo sella a esas almas ya selladas por Cristo.

El carácter es el sello de pertenencia a Cristo: el alma es de Cristo, porque éste la ha comprado con Su Sangre.

Pero el sello del Anticristo consiste en arrebatar las almas a Cristo. Y esto lo hace el demonio de muchas maneras, pero sobre todo haciendo que el alma no viva la gracia del Sacramento.

Y esto es lo que se observa en todas partes en la Iglesia: católicos que usan los Sacramentos indignamente; jerarquía que los administran sin la Voluntad de Dios, sin cumplir la ley divina. Sólo encuentran la condenación para sus vidas. Y, de esa manera, van formando el cuerpo místico del Anticristo, la falsa iglesia universal, en donde el pecado es el rey de los corazones y el demonio la cabeza de las mentes soberbias.

Bergoglio no es materialmente Papa

«¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración, así como hacen cuando entra el Señor!» (Bergoglio, 28 de abril del 2015, a los huéspedes de los centros de Cáritas de Roma)

Arrodillarse…así como hacen cuando entra el Señor: cuando Jesús entra en la Eucaristía, todos se ponen de rodillas para adorarlo. Y se hace esto porque Jesús es Dios. Y sólo a Dios hay que darle culto de latría, adoración.

Enseñar que cuando un pobre, un hombre, entra en la iglesia, todos tienen que hacer lo mismo que se hace cuando entra Jesús en la Eucaristía, es enseñar la idolatría, pecado gravísimo que no admite parvedad de materia.

Es preciso sufrir la muerte antes que adorar a un pobre o a un hombre en la Iglesia.

No se puede obedecer el deseo de la mente de Bergoglio sin caer en la desgracia del pecado mortal.

Es una gran injuria contra Dios, no sólo adorar a un hombre, sino enseñar a dar culto al hombre, como si fuera un dios,  y hacerlo desde la Silla de Pedro.

Los hombres ya no saben medir las palabras de Bergoglio. Continuamente, ese hombre está blasfemando contra Dios, contra Cristo y contra la Iglesia. Y lo siguen manteniendo como si no pasara nada.

¿Acaso pueden juzgar las obras injustas de Bergoglio y no ser capaces de juzgar a Bergoglio como falso papa?

Quien lo tenga por su papa no puede juzgar sus obras, sus pensamientos, sus homilías, sus charlas…. Debe callar y obedecer la mente de Bergoglio.

¡Muchos católicos – y buenos católicos- no han aprendido a obedecer en la Iglesia! ¡Por tanto, no saben lo que es un Papa en la Iglesia! ¡No saben obedecer a un Papa verdadero! ¡No saben oponerse a Bergoglio, a un falso papa!

Las ideas de un Papa son las ideas de la Mente de Cristo. Y esas ideas no cambian de un Papa a otro. Son siempre las mismas, en todas las épocas, porque la doctrina de Cristo es eterna, no es temporal.

No se obedecen, en un Papa, las ideas humanas, que todo hombre tiene. Sino que se obedece a las ideas de Cristo, que el Papa da, enseña, ofrece, interpreta con la ayuda del Espíritu Santo.

Todos han caído en el mismo juego: obediencia a la mente humana de un Papa. No han sabido nunca obedecer en la Iglesia. Ni siquiera la misma Jerarquía sabe obedecer. Ahora, es un mundo para todos desobedecer a un falso papa. Muchos quedan perplejos.

Se obedece a la Verdad. Y la Verdad no la posee la mente humana de ningún hombre, ni siquiera el Papa. La Verdad es Cristo. Hay que dejar que actúe la Persona de Cristo en el hombre sacerdote, o en el hombre Obispo, para dar la Verdad a la Iglesia.

Todos dicen: sí, Bergoglio es hereje; pero materialmente es papa.

¡Gran absurdo! ¡Gran injuria!

Porque si Bergoglio es hereje, entonces no es Papa, porque el hereje no pertenece a la Iglesia, ni material ni formalmente.

El pecado de herejía es una obra que saca espiritualmente de la Iglesia de Cristo: no se está unido a Cristo ni a Su Cuerpo Místico. Se puede estar en la Iglesia de una manera exterior. Esa exterioridad no significa pertenecer a la Iglesia visible. Un hereje es como un muro, una pared de ladrillos: se ve el muro, pero ahí no está la Iglesia.

La Iglesia visible no son las parroquias ni los hombres que nuestros ojos observan. La Iglesia visible son las almas en gracia unidas a Cristo, que trabajan en una parroquia, en una capilla, en un lugar concreto.

La Iglesia es Cristo y sus almas. Si desaparecen las estructuras exteriores, la Iglesia permanece visible en las obras de sus almas.

Materialmente, las parroquias, los lugares de culto pertenecen a la Iglesia. Los hombres, en sus pecados de herejía, pueden hacer obras materiales, pero no dan el Espíritu, la Gracia en esas obras.

Un hereje que celebre una misa, materialmente hace una obra en un lugar material. Pero no hace una obra de la Iglesia. No hace una obra espiritual, regida por el Espíritu de Cristo. Su Misa no es una misa. Su sacerdocio no es el sacerdocio de Cristo. Materialmente, se viste como sacerdote. Pero no es sacerdote porque es hereje. Ni siquiera cuando celebra la misa, esa obra material, es materialmente hecha por el sacerdote.

Porque el sacerdocio es una gracia, algo espiritual, que se coloca en el corazón del alma, que es también algo espiritual. La herejía destruye la gracia del sacerdocio: pone un obstáculo que impide que el sacerdote obre con el Espíritu de Cristo. Materialmente, el sacerdote hace una obra; pero no se produce -en él, en su alma- la obra del Espíritu de Cristo.

Por la herejía, su alma no puede unirse a Cristo para actuar como sacerdote, en la Persona de Cristo. Actúa en su propia persona humana, pero no es otro Cristo: no se revela -en él, en su alma- la Persona de Cristo. Posee el sello del Sacramento del Orden, que lo marca como sacerdote de Cristo. Pero ese sello es de índole espiritual, no material. No es un sello en su cuerpo, sino en su corazón. Un sello indeleble, que no se pierde por la muerte del cuerpo, ni por el fuego del infierno.

Ser sacerdote no es hacer obras materiales en la Iglesia. Es actuar en la Persona de Cristo: es Cristo el que obra en el hombre sacerdote. Y esa obra, un hereje, nunca puede mostrarla. Cristo no obra materialmente en un sacerdote hereje. Cristo obra materialmente en un sacerdote pecador, que no ha caído en el pecado de herejía. Cristo no se une al alma de un sacerdote hereje: no aparece la Persona de Cristo en el hombre sacerdote. El pecado de herejía impide que se manifieste, material y formalmente, la Persona de Cristo en el hombre sacerdote.

Así, un hombre –como Bergoglio- que se sienta en la Silla de Pedro y que, por su herejía, no es Papa. Materialmente, está sentado en el Trono de Pedro. Pero espiritualmente, no tiene el carisma de Pedro: en él no puede revelarse, manifestarse, ser el Vicario de Cristo en la tierra. No posee, ni formal ni materialmente, el Poder Divino. No puede hablar como Cristo, no puede comunicar la Mente de Cristo, no puede actuar como Cristo en la Iglesia. Actúa en su propia persona humana, porque no tiene el carisma de Pedro. No se le puede llamar Papa por más que materialmente haga obras en la Iglesia. El oficio de Papa no es un asunto material en la Iglesia. No es un nombre que se lleva en la Iglesia.

Es algo divino: es Cristo quien guía Su Iglesia a través de Su Papa. Es Cristo quien se manifiesta a Su Iglesia a través de Su Papa. Aquellos que dicen que Bergoglio materialmente es Papa están injuriando a Cristo en la Iglesia. Cristo no puede guiar la Iglesia a través de un Obispo hereje. No la guía ni material ni formalmente.

Cristo sigue guiando Su Iglesia en el Papa Benedicto XVI: pero ya no la guía formal, sino materialmente. Benedicto XVI ya no gobierna formalmente la Iglesia. Pero la Iglesia es guiada por Cristo, a través de Benedicto XVI, materialmente. Benedicto XVI tiene el Poder Divino, pero ya no lo puede usar: no sirve el Poder Divino, no gobierna formalmente como Papa. Ese Poder Divino –que permanece en el alma de Benedicto XVI- sirve para poner un dique material a toda la obra del Anticristo. Mientras permanezca vivo el Papa Benedicto XVI, materialmente el Anticristo no puede revelarse. Tiene que ser removido el Poder Divino en el Papa, no sólo formal, sino materialmente, para que comience todo.

Han removido formalmente el gobierno del Papa en la Iglesia, poniendo un usurpador; pero queda materialmente el Poder Divino en el Papa Benedicto XVI. Y queda materialmente, porque permanece en un hombre que todavía no ha muerto. El carisma permanece en el alma de Benedicto XVI, pero materialmente. Benedicto XVI no puede usarlo formalmente. Para usarlo tiene que enfrentarse con el usurpador. Pero, Cristo, que es la Cabeza invisible de la Iglesia, lo usa materialmente para frenar al Anticristo: mantiene vivo al Papa verdadero.

Por eso, la vida de Benedicto XVI peligra. Hay que quitarlo de en medio, y cuanto antes. El demonio tiene prisa por acabar su obra.

El carisma de ser Pedro es diferente a ser sacerdote. En el sacerdocio, es Cristo quien obra en el sacerdote, es la Persona del Verbo en el sacerdote. En Pedro, es Cristo quien guía a la Iglesia, quien obra en la Iglesia, quien enseña a la Iglesia, a través de Su Papa. Es Cristo en Su Poder Divino, es Cristo en la Obra de Su Espíritu. No es Cristo en Su Persona Divina. Por eso, la Iglesia es la Obra del Espíritu de Cristo. El sacerdocio es la Obra de Cristo como Persona Divina.

El gobierno de un Papa, en la Iglesia, es la manifestación del Espíritu en toda la Iglesia. En la obediencia al Papa, el Espíritu obra en todas las almas, para que la Iglesia siga enseñando la Verdad, sea guía en la Verdad y muestre al mundo y a los hombres el único camino de salvación, que es Cristo.

El gobierno de un Papa no es imponer sus deseos humanos a los hombres. Esto es lo que hace habitualmente Bergoglio: «¡Cuánto quisiera que las comunidades parroquiales en oración, al entrar un pobre en la iglesia, se arrodillaran en veneración…!». Bergoglio sólo está en sus ideas humanas, en sus caprichos, en sus errores, en sus herejías. Y es lo que da a la Iglesia. Bergoglio sólo se predica a sí mismo. Sólo le interesan sus pobres, su cultura del encuentro, su diálogo, su comunismo, sus ideas protestantes, acaparar la gloria de los hombres y del mundo.

Pero, a Bergoglio, no le interesa ni Cristo ni la Iglesia. Y eso lo palpan, lo viven, todos los verdaderos católicos. Hay una persecución interna a todo lo que huela a catolicidad.

La obra de un Papa, en la Iglesia, es luchar en contra del error, de la herejía; es excomulgar a los herejes; es definir nuevos dogmas. Porque el Poder Divino, en la Iglesia, se muestra en llevar a toda la Iglesia hacia la plenitud de la Verdad. Todo Papa muestra Su Poder Divino enseñando la verdad, defendiendo la verdad, guardando el tesoro de la verdad, guiando a todos hacia la verdad plena.

En un Papa, es Cristo el que obra en Su Espíritu. Por eso, el Señor les mandó a Sus Apóstoles «esperar la promesa del Padre»: «recibiréis la virtud del Espíritu Santo, que descenderá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda la Judea, en Samaría y hasta los extremos de la tierra» (Act 1, 8).

Ya Pedro había sido elegido como Papa, pero no podía actuar como Papa. Tenía el Poder divino en su alma, pero de manera material. Era necesario que viniera el Espíritu para que Pedro pudiera obrar formalmente como Papa: para poder gobernar la Iglesia en el Espíritu, en la obra del Espíritu.

Un Papa gobierna siempre en la Obra del Espíritu, nunca fuera de Ella. Por eso, un Papa nunca puede equivocarse, es infalible, porque es el Espíritu quien lo mueve todo para que la Iglesia sea testigo de Cristo, sea testimonio de la Verdad que Cristo ha enseñado a Sus Apóstoles. Es el Espíritu el que recuerda esta Verdad inmutable, el que la muestra, no sólo al Papa, sino a toda la Iglesia.

Por eso, la Obra del Espíritu no se refiere a los pensamientos humanos de un Papa. Nunca se obedece a la mente humana de un Papa. Sólo se obedece a la Mente de Cristo que el Papa ofrece en la Iglesia.

Es la Obediencia a la Verdad que muchos, fieles y Jerarquía, nunca han comprendido. En estos 50 años, muchos han caído en la trampa, que ha puesto el demonio para desbaratar la obediencia a un Papa. Y ahora no saben desobedecer a un falso papa. Ahora, les cuesta esta parte. Por eso, muchos tienen a Bergoglio como materialmente Papa. Y no caen en la cuenta de que Bergoglio no ha sido elegido por Dios para que posea el Poder Divino. Dios nunca elige a un hombre hereje. Son los hombres los que ponen a sus herejes, no sólo en el sacerdocio, sino en la Silla de Pedro.

Ahora, quien tenga a Bergoglio como su papa, necesariamente tiene que dar obediencia a la mente de ese hombre. Porque Bergoglio no es capaz de dar la Mente de Cristo, la Verdad, a la Iglesia.

En los otros Papas, se podía discernir entre la mente humana del Papa y la Mente de Cristo en el Papa. Y se daba la obediencia al Papa porque se veía claro la Mente de Cristo en él.

Pero, con Bergoglio, es imposible este discernimiento: sólo se ve en él su mente humana. Bergoglio sólo vive dentro de su pensamiento humano. Pero no es capaz de dar el Pensamiento Divino en la Iglesia. Por eso, todo su magisterio no es papal. En todo su magisterio no se refleja el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia. Es el magisterio propio de un hereje. Y es la obra propia de un cismático. Y es la vida propia de un apóstata de la fe.

Y esto es lo que muchos están apoyando, justificando, aplaudiendo: la herejía, el cisma y la apostasía. Al tener a Bergoglio como su papa, ya material ya formalmente.

Es una gran injuria contra Dios llamar a Bergoglio con el nombre de Papa. Porque es caer en el pecado de idolatría. Como Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo, entonces se tiene que obedecer, necesariamente, su idea humana en la Iglesia. Y esto es dar culto a la mente de un hombre. Esto es buscar miles de razones para justificar el pecado de Bergoglio, para mantener en el cargo a Bergoglio. Al final, siempre son los demás los que se han equivocado porque no han comprendido lo que ha querido decir Bergoglio. Bergoglio siempre queda como el justo, como el santo. Es la idolatría en que caen muchos al tenerlo como su papa.

Ahora, tienen que enseñar, en la Iglesia, a arrodillarse ante los pobres. Es justo que se haga eso: están obedeciendo a los deseos de un hombre. Se están sometiendo a la mente de un hombre. Y ya nadie es capaz de ver que Bergoglio no puede dar la Mente de Cristo. Todos han quedado oscurecidos, en sus mentes, para no ver la Verdad. Y eso es una Justicia Divina en la Iglesia. Preferís las palabras baratas y blasfemas de un hombre que la Mente de Cristo. Entonces, quedaos con ese hombre y levantad vuestra falsa iglesia, que os va a llevar a lo más profundo del infierno.

Cristo sigue guiando a toda la Iglesia en Su Papa Benedicto XVI. La guía materialmente, manteniendo vivo a Su Papa para que los verdaderos católicos tengan tiempo de salir al desierto. Es en el desierto en donde está toda la Iglesia en Pedro, en la oración, en la penitencia, en la vida escondida. Y allí tiene que vivir y ser alimentada durante un tiempo. No es en Roma ni en la Jerarquía en donde se ve a la Iglesia.

Ya todos los Papas han cumplido su misión en la Iglesia. Una vez que muera Benedicto XVI, hay un tiempo de sede vacante, necesario para que aparezca el falso profeta y el Anticristo y hagan su obra.

Pero, la Iglesia sigue siendo la Obra del Espíritu. No es la obra de ninguna cabeza humana. Nadie dicta la fe en la Iglesia. La Jerarquía de la Iglesia no impone lo que hay que creer o lo que no hay que creer. La fe divina no es el dictado de los hombres. Es un don divino al hombre. Y sin humildad, ese don divino no puede funcionar en ningún hombre.

Por eso, lo que ahora observamos en toda la Iglesia son hombres: con sus ideas, con sus planes, con sus obras. Que es la manifestación del pecado de soberbia en los fieles y en la Jerarquía. Y, en ese pecado de soberbia, el pecado de orgullo, que se revela principalmente en quienes gobiernan la iglesia. Son ellos los que hacen lo que les da la gana en la Iglesia, poniéndose por encima de toda ley divina, de todo el magisterio de la Iglesia, quitando a su capricho lo que no les gusta o no va con su estilo de vida.

nuevareligion

«Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, y postrándose a sus pies, le adoró. Pedro le levantó, diciendo: Levántate, que yo también soy hombre» (Act 10, 25).

Si no hay que arrodillarse ante el Papa para adorarlo, porque es un hombre, menos hay que hacerlo ante un pobre. La adoración es debida y conviene a solo Dios. A las demás criaturas, ni por el cargo que ejercen, ni por la posición social que tienen, ni por otra cualidad o circunstancia, se les debe la adoración. Sólo el respeto que toda persona humana merece.

Sólo hay que arrodillarse ante Cristo, ante Jesús en la Eucaristía. Y quien lo hace ya no puedo hacerlo ante un hombre. El único Hombre ante el cual todo hombre debe arrodillarse es Cristo. Porque la carne de Cristo está sólo en la Eucaristía, no en los pobres. Y aquel que ponga la carne de Cristo en los pobres, como hace Bergoglio, sólo está diciendo que no ama la Eucaristía porque no cree en Ella. Y no cree en Ella porque, para él, Jesús no es Dios, sino un hombre cualquiera.

«Adorar al Dios de Jesucristo, que se hizo pan partido por amor, es el remedio más válido y radical contra las idolatrías de ayer y hoy. Arrodillarse ante la Eucaristía es una profesión de libertad: quien se inclina ante Jesús no puede y no debe postrarse ante ningún poder terreno, por más fuerte que sea. Los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios, ante el Santísimo Sacramento, porque sabemos y creemos que en él está presente el único Dios verdadero, que ha creado el mundo y lo ha amado hasta el punto de entregar a su Hijo único» (Homilía, 22 de mayo del 2008, Benedicto XVI en la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo)

Bergoglio cae en esta idolatría porque no cree en Dios. Es un ateo que no cree en la existencia de Dios, sino que se ha inventado, con su mente humana, su concepto de Dios. Un dios no real, no verdadero. Un dios que es el fruto de su desvarío como hombre. Su vida le lleva a ese concepto de dios. Y vive para esa mentalidad propia de un hombre que no ha sabido adorar a Dios en Espíritu y en Verdad.

Aquel que enseña a adorar a un hombre está diciendo que no adora a Dios, que no ha sabido nunca adorarlo. Bergoglio nunca se ha sometido a Dios. Siempre con la cabeza levantada ante Dios, como un orgulloso. Nunca ha sabido inclinarse, poner su cabeza en el suelo. No puede. Su soberbia se lo impide.

Bergoglio mira a un hombre, mira a un pobre, y no sabe ver su alma: no sabe buscar a Dios en el alma de ese pobre. Sólo está interesado en la vida humana, en la vida social, en la vida carnal de los hombres

Quien no ve el alma, que es algo invisible para el hombre, sólo está pendiente de los cuerpos de los hombres, de lo exterior, de una vida natural. Pero no sabe tratar con las almas. No sabe vivir con ellas. No sabe enseñarlas el camino del cielo. Sino que sólo les da una doctrina que es puro demonio. Y tiene que caer en esta abominación de enseñar a adorar a los hombres.

«Apártate, Satanás, porque está escrito: “Al Señor tu Dios adorarás y a Él solo darás culto”» (Mt 4, 10).

Esto es lo que hay que decirle a Bergoglio: Apártate, Satanás. Enseñas a adorar a los hombres. Eres un demonio encarnado. Enseñas el camino del infierno a todas las almas. Sólo a Dios se le debe adoración. Es un precepto divino positivo.

Pero, Bergoglio no entiende de preceptos: no cree en el derecho natural, por el cual a Dios se le da culto, ya interno, ya externo, ya individual, ya social, al ser el principio y el fin de todas las cosas.

Para Bergoglio, el principio de todas las cosas es su mente humana: con ella se inventa su dios, su cristo, su iglesia, su religión, su vida. Y si su mente es el inicio de una vida de blasfemia, entonces el fin de su vida es lo que encuentra en su mente. Bergoglio vive para lo que estamos viendo en la Iglesia: para su idea masónica de la fraternidad, para su idea protestante de una iglesia llena de pecadores, y para su idea comunista de un gobierno global, en la cual poder culminar su gran negocio en la vida.

Bergoglio no cree en el derecho divino, por el cual Dios ha dado al hombre mandamientos que debe cumplir para que ame a Dios.

Sólo cree en su soberbia, sólo obra con su orgullo y sólo ama en su lujuria de la vida.

¡Pobre aquel que tenga a Bergoglio como su papa! ¡Idolatra, no sólo al hombre, sino a todo hombre! Y se dedica a hacer su negocio en la Iglesia:

masonx

Dos años contemplando el mismo pecado de orgullo y de idolatría.

pies

Dos años contemplando el mismo pecado de Bergoglio el Jueves Santo: lavar los pies a las mujeres.

Este pecado no sólo va contra las rúbricas del misal:

«Los varones designados, acompañados por los ministros, van a ocupar los asientos preparados para ellos en un lugar visible a los fieles. El sacerdote (dejada la casulla, si es necesario) se acerca a cada una de las personas designadas y, con la ayuda de los ministros, les lava los pies y se los seca» (Misal Romano: reimpresión actualizada de 2008, p. 263).

Hay que lavar los pies a los varones, no a las mujeres, porque:

«nadie, aunque sea sacerdote, añada, quite o cambie cosa alguna por iniciativa propia en la Liturgia» (SC 22 §3).

Bergoglio no tiene autoridad para cambiar la liturgia: ninguna autoridad. Sin embargo, lo hace sólo movido por su orgullo.

No sólo Bergoglio incumple una ley humana, sino una ley divina.

La liturgia es la obra sacerdotal de Cristo: es una obra divina, no humana. Es una obra sagrada:

«se considera la Liturgia como el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo. En ella los signos sensibles significan y, cada uno a su manera, realizan la santificación del hombre, y así el Cuerpo Místico de Jesucristo, es decir, la Cabeza y sus miembros, ejerce el culto público íntegro. En consecuencia, toda celebración litúrgica, por ser obra de Cristo sacerdotes y de su Cuerpo, que es la Iglesia, es acción sagrada por excelencia, cuya eficacia, con el mismo título y en el mismo grado, no la iguala ninguna otra acción de la Iglesia» (SC 7 – Presencia de Cristo en la liturgia).

Es una acción sagrada, que sólo se puede realizar en la ley divina, es decir, cumpliendo con los mandamientos de Dios.

Cristo está presente en el sacrifico de la misa en la persona del sacerdote, del Obispo.

Quien va a una misa, va a ver a Cristo en el sacerdote. Va a contemplar las obras de Cristo en el sacerdote.

Y el sacerdote o el Obispo tienen que realizar las mismas obras de Cristo, para que la misa o la oración que se hace sea una obra de Cristo, una obra sagrada, una obra divina.

Hay que imitar a Cristo en sus obras.

¿Qué hizo Cristo? ¿Lavó los pies a las mujeres? No; su obra fue lavar los pies a sus discípulos, que son sólo hombres.

El Evangelio es claro:

«…y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a enjugárselos con la toalla que tenía ceñida» (Jn 13, 5).

¡No hay más ciego que el que no quiere ver! Y no ver la sencillez de esta Palabra es no creer en esta Palabra de Jesús. Y, por lo tanto, quien no cree en esta Palabra obra una acción humana, natural, carnal, mundana, profana, material en el lavatorio de los pies: lava los pies a las mujeres.

La liturgia es para hacer la misma obra de Cristo: lavar los pies a los varones.

Hacer esto es realizar una acción de Cristo, es decir, una obra divina, sagrada, celestial. Porque es imitar a Cristo en su obra del lavatorio de los pies.

Se es sacerdote, se es Obispo, para imitar las obras de Cristo, no para hacer lo que a uno le dé la gana en el lavatorio de los pies.

Bergoglio no sólo atenta contra una ley humana, en las rúbricas del Misal, sino que va en contra de la misma obra de Cristo en la acción litúrgica: es decir, realiza una obra en contra de la Voluntad de Dios en su sacerdocio. En otras palabras, realiza una obra que es pecaminosa, que no puede llevar a la Iglesia, al Cuerpo de Cristo, a dar el culto verdadero a Dios.

La liturgia es «el ejercicio del sacerdocio de Jesucristo»: es Jesús que obra su sacerdocio en la persona del sacerdote. No es el hombre sacerdote que obra algo humano en su sacerdocio. Es la obra de Cristo, como sacerdote eterno, que «realiza la santificación del hombre».

Lo que santifica al fiel, que contempla el lavatorio de los pies, es ver que el sacerdote lava los pies a los varones. Esto santifica al sacerdote, al varón al cual se le lavan los pies, y a toda la asamblea que está presente en ese rito del lavatorio de los pies.

El sacerdote está imitando la misma obra de Cristo: lavar los pies a los varones. Y eso es lo que da santidad al rito y a los que obran el rito.

Y ejercer esa santidad produce «el culto público íntegro» a Dios. Se adora a Dios, se da culto a Dios, en Espíritu y en verdad, obrando las mismas obras de Cristo, es decir, lavando los pies a los varones, en el rito del lavatorio.

Todo sacerdote, todo Obispo que lave los pies a las mujeres, está diciendo tres cosas:

  1. No hace una obra de Cristo, una obra sagrada, sino una obra humana, natural, profana;
  2. Deja en sus pecados a los hombres: nada profano salva, santifica. No hay gracia de conversión, no hay gracia de santificación…;
  3. Se da culto falso a Dios; en otras palabras, se da culto al demonio en ese rito. En otras palabras, se obra un pecado.

Es pecado de idolatría, contra el primer mandamiento de la ley de Dios, lavar los pies a las mujeres.

¡Qué pocos entienden este pecado!

La liturgia es una acción sagrada con el único fin de adorar a Dios en lo que se hace.

Quien abaja la liturgia a una acción humana, como es la de lavar los pies a las mujeres, ya no persigue la adoración de Dios, el culto verdadero a Dios. Sólo persigue un nuevo culto. Y quien no da culto a Dios, cae en la idolatría.

Dos años contemplando este pecado de idolatría de Bergoglio.

¿Por qué cae este hombre en este pecado? Sólo hay una razón: su orgullo.

Ahí están las leyes humanas, ahí está la Palabra de Dios, ahí está todo el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, que enseña a lavar los pies a los varones.

¡No hay excusa para el pecado de orgullo y de idolatría de Bergoglio!

Él lava los pies a las mujeres sólo porque le da la gana. No hay una ley, una norma en que pueda apoyar su obra humana y perversa en la misa. No existe esa norma.

Bergoglio se inventa su liturgia: es decir, hace una obra de teatro en el lavatorio de los pies. No hace una obra sagrada, no imita a Cristo en su obra, sino que se dedica a una cosa: a agradar a los hombres.

El problema de esto no es el orgullo de Bergoglio, sino otra cosa mucho más abominable en su persona.

¿Qué entiende Bergoglio como pecado?

Veámoslo en el nuevo libro que ha regalado hace poco:

«Por qué confesarse: ¡Porque somos pecadores! Es decir, pensamos y actuamos de modo contrario al Evangelio» (Custodia el Corazón)

Tienen que contemplar la maldad de la mente de Bergoglio.

El pecado, para el católico verdadero, es una ofensa a Dios, por la cual se desobedece una ley de Dios, un mandato divino que Dios da al hombre. El pecado es desobediencia a una ley de Dios, no a una Palabra de Dios. No se desobedece el Evangelio, sino una ley que el Evangelio, la Palabra de Dios, enseña a cumplir para no caer en el pecado.

Bergoglio está en la idea protestante del pecado: el hombre peca si va en contra del Evangelio. Es la fe fiducial: el hombre se salva si cree en el Evangelio. El hombre se condena si no cree en el Evangelio.

La fe católica pone la salvación del hombre en la gracia, que actúa por la fe en la Palabra de Dios. La gracia es salvación. Estar en gracia es estar en camino de salvación. Estar en pecado, es decir, estar sin gracia, es camino de condenación.

Bergoglio entiende el pecado como un pensamiento y una obra en contra del Evangelio. No entiende el pecado como un pensamiento y una obra en contra de la ley Eterna de Dios.

¡Vean la maldad de este personaje!

Bergoglio enseña que hay que obrar lo que está en el Evangelio para no pecar. Por lo tanto, está enseñando a lavar los pies a los varones. Eso es lo que está en el Evangelio. Eso lo ven todos, incluso el mismo Bergoglio.

Con la boca, Bergoglio enseña a lavar los pies a los varones en el rito del lavatorio de los pies.

Pero con las obras, Bergoglio enseña otra cosa: él lava los pies a las mujeres. Hoy, jueves, 2 de abril del 2015, Bergoglio ha lavado los pies a seis mujeres, que eran reclusas.

Lo que predica con su boca no es lo que obra con sus manos.

¿Por qué, Bergoglio, enseñas lo que no obras?

¿Por qué no obras, por qué no lavas los pies a los varones, si eso es lo que enseñas en tu libro?

¿No es, para ti, pecado hacer una obra en contra del Evangelio? ¿No es lavar los pies de las mujeres una obra en contra del Evangelio?

Entonces, has pecado, Bergoglio. Pero no eres capaz de reconocer tu mismo pecado, porque no reconoces tu misma palabra.

Bergoglio no cumple su palabra. Habla por hablar, para quedar bien con todo el mundo. Escribe un libro para estar en el salón de la fama, para decir que es católico. Después, obra siempre el pecado. Y no se arrepiente nunca de su pecado.

¿Ven la maldad?

¿Quién puede confiar en la palabra humana de Bergoglio? Nadie. Bergoglio siempre realiza una obra contraria a lo que predica, a lo que habla, a lo que escribe.

Esto revela que el alma de Bergoglio se ha acostumbrado, desde siempre, desde pequeño, a hacer su propia voluntad. Nunca se sometió a una ley, a una norma, a una doctrina inmutable. No importa lo que diga, hable, Bergoglio siempre va a realizar lo que a él le da la gana.

Cuando esto lo hace un hombre que es líder, que es cabeza de un gobierno, entonces se produce la dictadura, la anarquía y la tiranía desde ese gobierno.

El fariseísmo de Bergoglio es muy claro. Su hipocresía es manifiesta. Su relativismo está en toda su doctrina. Y es una pena que los católicos sigan ciegamente a este hombre sin verdad.

¿Qué leen los católicos al leer un escrito de Bergoglio? ¿Qué cosa disciernen?

¿No son capaces de ver la herejía de este hombre?

¿No son capaces de llamarlo por su nombre? Es un hipócrita: dice una cosa y obra lo contrario. Está engañando a toda la Iglesia. ¿No ven esto los católicos? ¿No ven esto la Jerarquía de la Iglesia?

Por supuesto, que sí se ve.

Pero ya no interesa ponerse en la Verdad, luchar por la Verdad, porque Bergoglio les da de comer a todos.

¡Ay de aquel que se oponga, claramente, a Bergoglio! ¡Pobrecito!

Han hecho de Bergoglio un pastor ídolo: lo han puesto en el salón de la fama del mundo.

Bergoglio es aplaudido por la gente más pervertida que tiene el mundo. Es un dios para toda esa gente.

Y los católicos que no disciernen nada, son más culpables que mucha gente del mundo.

Porque los católicos tienen la verdad, y toda la verdad. Luego, no hay excusa para seguir obedeciendo, atendiendo, a la mente de Bergoglio. No hay excusa.

Aquel católico que se ponga en la verdad tiene que tener IRA SANTA contra Bergoglio, y contra toda la Jerarquía y todos los fieles que están con él.

Lo que se ve en el Vaticano no es la Iglesia de Jesús. Es otra iglesia. La llaman como quieran. Pero no es la Iglesia que fundó Jesús en Pedro. Y es obligación de los católicos verdaderos combatir a esa iglesia falsa si quieren seguir en la verdad.

Si quieren, sin embargo, bailar con el demonio, entonces deben apuntarse al juego del lenguaje humano: decir una cosa y obrar otra. Éste es el camino de todo falso profeta: el engaño con la palabra para, después, obrar lo contrario a lo que se dice.

En otras palabras, es darle a la gente lo que quiere escuchar. Así se ganan prosélitos para la nueva y falsa iglesia. Hay que hacer obras que contenten a los hombres. Se habla de Dios, de muchas cosas bonitas, pero eso no importa nada. Porque todo es un relativismo: que cada cual lo entienda como pueda y quiera. La fuerza de la herejía no está en las palabras, sino en las obras. Son las obras las que mueven al mundo. Y en eso es maestro Bergoglio: maestro en hacer estas obras, que agradan a todos, menos a Dios.

Bergoglio es el pastor ídolo:

«¡Ay! del Pastor, que es ídolo y abandona al rebaño: la espada sobre su brazo, y sobre su ojo derecho: que quede seco su brazo, y se obscurezca su ojo derecho» (Zac 11, 17).

Bergoglio es el pastor que no cuida de las ovejas abandonadas. Ahí está, sentado en la Silla que no le pertenece, que ha usurpado con la ayuda, con la astucia de los hombres, que sólo permanecen en la Iglesia para cumplir su negocio en la vida. Bergoglio cuida su negocio en la Iglesia, pero no cuida al Rebaño. Desprecia las almas y, por tanto, desprecia su misión como Obispo en la Iglesia.

¿Para qué lava los pies a las mujeres? Su negocio, su gran negocio en la Iglesia: ¡Cuánto dinero traen los pobres!

Bergoglio está usando el rebaño como quiere; lo está empujando donde ellos lo desean: hacia la vida del protestantismo y del comunismo. Hoy las personas quieren vivir en su pecado y buscar, en su vida social, una obra común para que todos los hombres los tengan como justos en sus vidas de pecado. Un rebaño sin amo, sin cabeza, que es alimentado con la comida del pecado y de la lucha de clases.

Esas mujeres, a la cuales Bergoglio lavó los pies, ¿se van a convertir?, ¿van a dejar sus pecados?, ¿han encontrado el camino de santidad en ese lavatorio?

Bergoglio no convierte a nadie; Bergoglio no enseña lo que es el pecado; Bergoglio sólo muestra el camino de condenación a todas las almas.

Bergoglio nubla el pensamiento de las almas y les hace olvidar el bien divino, la ley eterna de Dios, corrompiendo sus inteligencias humanas con doctrinas malditas, con un magisterio de herejía, el cual no puede pertenecer a la Iglesia.

Todos los que siguen a Bergoglio como su papa se hacen esclavos de su mente humana, y ya no quieren ser libres para buscar la verdad: han renunciado a la verdad, que es la única que libera al alma, la única que da la libertad que ningún hombre puede poseer en su naturaleza humana: la libertad del Espíritu, la propia que tiene Dios, que está en la vida de Dios.

Renuncian a esa libertad espiritual, para ser empujados, literalmente, hacia el matadero: trabajan para Bergoglio en su fin lleno de pecado hacia toda la humanidad.

Bergoglio ha querido el cargo de Pedro para llenar estómagos de los pobres, para justificar con leyes oficiales los pecados de los pecadores, para llamar a una iglesia universal, ecuménica, a todos aquellos que no tienen fe verdadera, y para organizar un gobierno global que sea el adalid de su falsa adoración a su falso dios.

Desde hace 50 años, los pastores de la Iglesia han alimentado al rebaño con la grosura de un alimento putrefacto en su esencia: han ofrecido una doctrina que no es la católica. Es sólo un cúmulo de herejías bien puestas en un lenguaje humano atractivo al pensamiento del hombre.

Es la herejía del lenguaje humano, que triunfó en toda la Jerarquía, incluso entre los más perfectos. Son muy pocos los que se salvan de la quema de ese lenguaje humano. Son muy pocos los que saben discernir el verdadero magisterio de la Iglesia de las innumerables enseñanzas que muchos pastores han ofrecido, y que sólo son fábulas que convierten la Iglesia en un erial.

Lavar los pies a las mujeres es sólo una fábula más. ¡Cuántos creen en esta fábula! ¡Cuántos justifican esta fábula! ¡Cuántos defienden a Bergoglio por hacer lo que hace, por sus obras, no por sus palabras!

El oficio de Pedro es apacentar los corderos de Cristo: «Apacienta Mis Corderos». Y Pedro tiene dos poderes: el del amor y el de la justicia. Y hay que usar los dos en la Iglesia.

El poder del amor no sirve en aquellos hombres, que parecen buenos en lo exterior de sus vidas, pero que son demonios encarnados, con un corazón de piedra.

Si la Jerarquía de la Iglesia no castiga los pecados de las almas, tanto de los fieles como de la propia Jerarquía, de tantos sacerdotes y Obispos desviados de la verdad del Evangelio, entonces esa Jerarquía se hace cómplice del pecado, porque tiene miedo de llamar por su nombre al pecado que hay en muchos.

Hay que bramar contra los pecados de muchos sacerdotes y Obispos en la Iglesia.

Hay que tener una ira santa contra el pecado y el pecador, para que el mundo sepa que existe la justicia divina, que el mundo sepa que hay otra medida para medir lo que los hombres obran diariamente en sus vidas.

La Jerarquía representa la Justicia de Dios. Y hay que hablar en nombre de esa Justicia.

Hay que decir claramente que la doctrina de Cristo, que el magisterio auténtico e infalible de la Iglesia, no ha cambiado; porque una es la ley Eterna de Dios; uno es Dios; sólo existe un Dios; una es la Iglesia que Él ha fundado…Y, por lo tanto, hoy como ayer, el pecado sigue siendo pecado.

La Jerarquía tiene que seguir enseñando que Dios ordena no robar, no fornicar, no matar…Y esto es lo que la Jerarquía ha olvidado enseñar. Pero es maliciosa en su olvido. Quiere olvidar. Prefiere olvidar. Porque ya no le interesa el rebaño.

Ahora construyen sus frases ingeniosas para no hablar del pecado: como Dios no quiere que haya pobres, entonces hay que dedicarse a sacar de la pobreza a los pobres…Bergoglio es bueno, la curia es la que está corrompida….Cada uno construye sus frases….Cada uno defiende su parcela, su territorio en la Iglesia….Pero nadie defiende la Verdad en la Iglesia. Nadie.

Todos aplauden el pecado de orgullo y de idolatría de Bergoglio en el lavatorio de los pies. A nadie le interesa la verdad.

Todos tienen puesto su mirada en su ídolo: Bergoglio.

Buscáis a Bergoglio no porque veáis en él a Cristo, una obra sagrada; sino porque os da de comer. Os da lo que queréis ver y obrar en vuestras vidas.

¡Quedaos con vuestro ídolo!

Ese maldito sólo se merece el desprecio de todos los católicos. Y eso es ponerse en la verdad. Lo demás, es seguir a ese maldito y condenarse.

Es la Noche Santa

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Es la Noche Santa: noche para contemplar al Niño Dios.

Y no hay que hacer nada más: imitar lo que hicieron José y María en el nacimiento de Su Hijo. Si hacen eso, entonces todo lo demás tiene sentido. Pero si no hacen eso, si lo hacen por la rutina de siempre, entonces no han comprendido el Espíritu de la Navidad.

Dios no quiere que los hombres pasen la Noche más importante del año compartiendo con los demás, haciendo fraternidad, diciéndose a sí mismos que son muy buenas personas y que tenemos un Dios que nos ama.

Dios quiere que el hombre aprenda a adorarle en Espíritu y en Verdad. Y, por eso, es necesario sentirse solo en Navidad, sin nadie al lado de uno, dejando los problemas de la vida a un lado, porque sólo importa una cosa: amar a Dios, adorar a Dios. Lo demás, la comida, los regalos, etc…., sobran en un día como hoy.

Pero los hombres han perdido este Espíritu y pasan la Navidad como lo suelen pasar: emborrachándose de vacío, de vanidades, de fraternidades que no van a ninguna parte.

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«He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles.

María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de Ella crecía por momentos.

Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego, ya no vi más la bóveda.

Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los Cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo Eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.

Vi a Nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla.

La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda Ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho. Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.

Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra. Se acercó, prosternándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del Cielo.

María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi a María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. “¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!”

He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía. Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza.

José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Yo veía a la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido blanco, que la envolvía por entero. Pude verla allí durante los primeros días sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo; pero nunca la vi enferma ni fatigada».

(Ana Catalina Emmerick, Visiones y Revelaciones Completas, Tomo Segundo, Libro I – IV parte: Visiones de la vida de Jesucristo y de su Madre Santísima – Época primera: Desde el nacimiento de María hasta la muerte de San José – Cap. XLIV, Nacimiento de Jesús, pág. 219-220)

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«Un inicio de luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre. Parece un filo de incorpórea plata que buscase a María. Se alarga a medida que la luna va elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la orante, nimbándosela de candor.

María levanta la cabeza como por una llamada celeste y se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas. ¡Oh, qué hermoso es este momento! Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la luna, y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente? Sólo Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad. Yo sólo veo que en torno a Ella la luz aumenta, aumenta, aumenta; parece descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.

Su vestido, azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el foco de un inmenso zafiro pálido. Ese color, que me recuerda, a pesar de ser más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en la visión de la venida de los Magos, se va extendiendo progresivamente sobre las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.

El cuerpo de María despide cada vez más luz, absorbe la de la luna, parece como si Ella atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo. Ahora ya es Ella la Depositaria de la Luz, la que debe dar esta Luz al mundo. Y esta beatífica, incontenible, inmensurable, eterna, divina Luz que de momento a otro va a ser dada, se anuncia con una alba, un lucero de la mañana, un coro de átomos de luz que aumenta, aumenta como una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un velo…

La luz aumenta cada vez más. El ojo no la resiste. En ella desaparece, como absorbida por una cortina de incandescencia, la Virgen…y emerge la Madre.

Sí. Cuando mi vista de nuevo puede resistir la luz, veo a María con Su Hijo recién nacido en los brazos. Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con una manitas del tamaño de un capullo de rosa; que menea sus piececitos, tan pequeños que cabrían en el corazón de una rosa; que emite vagidos con su vocecita trémula, de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menuda fresa de bosque, y mostrando una lengüecita temblorosa contra el rosado paladar; que mena su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una cabecita redonda que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos, mirando a su Niño, adorándoles, llorando y riendo al mismo tiempo…Y se corva para besarle, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre sus corazoncito que palpita, que palpita por nosotros…en donde un día se abrirá la Herida. Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado…

José, que casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le rodeaba, también torna en sí, y por entre los dedos apretados contra el rostro ve filtrarse la extraña luz. Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se vuelve. El buey, que está en pie, oculta a María, pero Ella le llama: “José, ven”.

José acude. Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia, y está casi para caer de rodillas en ese mismo lugar; pero María insiste: “Ven, José” y, apoyando la mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su corazón al Infante, se alza y se dirige hacia José, quien, por su parte, se mueve azarado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser irreverente.

Junto a la cama para el ganado los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con beatitud.

“Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre”, dice María. José se pone de rodillas. Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes, alza a su Criatura en sus brazos y dice: “Heme aquí – por Él, ¡Oh Dios!, te digo esto-, heme aquí para hacer Tu Voluntad. Y con Él yo, María, y José, mi esposo. He aquí a tus siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en todo lo que suceda, Tu Voluntad, para Gloria Tuya y por Amor a Ti”.

Luego María se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante le dice: “Toma, José”.

“¿Yo? ¿A mí? ¡Oh, no! ¡No soy digno!”. José se siente profundamente turbado, anonadado ante la idea de deber tocar a Dios.

Pero María insiste sonriendo: “Bien digno eres de ello tú, y nadie lo es más que tú, y por eso, el Altísimo te ha elegido. Toma, José, tenle mientras yo busco su ropita”.

José, rojo como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de frío; una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de mantenerle separado de sí por respeto, sino que lo estrecha contra su corazón rompiendo a llorar fuertemente: “¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!”; y se inclina para besar los piececitos. Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y le recoge en su regazo, y con su indumento marrón y con las manos trata de cubrirle, calentarle, defenderle del cierzo de la noche. Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta. Mejor quedarse donde está, o, mejor todavía, entre los dos animales que hacer de escudo al aire y dan calor…»

(María Valtorta, El Evangelio como me ha sido revelado, Volumen I – Nacimiento y vida oculta de Jesús – Capítulo 29, Nacimiento de Jesús. La eficacia salvadora de la divina maternidad de María, pág. 143-144)

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«El sagrado Evangelista San Lucas dice que la Madre Virgen, habiendo parido a su Hijo primogénito, le envolvió en paños y le reclinó en un pesebre. Y no declara quién le llevó a sus manos desde su virginal vientre, porque esto no pertenecía a su intento.

Pero fueron ministros de esta acción los dos príncipes soberanos San Miguel y san Gabriel, que como asistían en forma humana corpórea al Misterio, al punto que el Verbo humanado, penetrándose con su virtud por el tálamo virginal, salió a luz, en debida distancia le recibieron en sus manos con incomparable reverencia, y al modo que el sacerdote propone al pueblo la sagrada Hostia para que la adore, así estos dos celestiales ministros presentaron a los ojos de la divina Madre a Su Hijo Glorioso y Refulgente.

Todo esto sucedió en breve espacio. Y al punto que los santos Ángeles presentaron al Niño Dios a Su Madre, recíprocamente se miraron Hijo y Madre Santísima, hiriendo Ella el Corazón del dulce Niño, y quedando juntamente llevada y transformada en Él.

Y desde las manos de los dos santos príncipes, habló el Príncipe Celestial a Su feliz Madre, y la dijo:

“Madre, asimílate a Mí, que por el ser humano que me has dado quiero desde hoy darte otro nuevo ser de Gracia más levantado, que siendo de pura criatura se asimile al Mío, que soy Dios y Hombre por imitación perfecta”.

Respondió la prudentísima Madre:

“Llévame, Señor, tras de ti y correremos en el olor de tus ungüentos” (Ct 1, 3).

Aquí se cumplieron muchos de los ocultos misterios de los Cantares…

Con las palabras que oyó María Santísima de la boca de Su Hijo dilectísimo juntamente la fueron patentes los actos interiores de su Alma Santísima unida a la Divinidad, para que imitándolos se asimilase a Él. Y este beneficio fue el mayor que recibió la fidelísima y dichosa Madre de Su Hijo, Hombre y Dios verdadero, no sólo porque desde aquella hora fue continuo por toda su vida, pero porque fue el ejemplar vivo de donde Ella copió la suya, con toda la similitud posible entre la que era pura criatura y Cristo Hombre y Dios verdadero…

Doctrina de la Reina Santísima:

“Hija mía, si los mortales tuvieran desocupado el corazón y sano juicio para considerar dignamente este gran sacramento de piedad que el Altísimo obró por ellos, poderosa fuera su memoria para reducirlos al camino de la vida y rendirlos al amor de su Criador y Reparador.

Porque siendo los hombres capaces de razón, si de ella usaran con la dignidad y libertad que deben, ¿quién fuera tan insensible y duro que no se enterneciera y moviera a la vista de su Dios humanado y humillado a nacer pobre, despreciado, desconocido en un pesebre entre animales brutos, sólo con el abrigo de una Madre pobre y desechada de la estulticia y arrogancia del mundo?

En presencia de tan Alta Sabiduría y Misterio, ¿quién se atreverá a amar la vanidad y soberbia, que aborrece y condena el Criador de Cielo y tierra con su ejemplo? Ni tampoco podrá aborrecer la humildad, pobreza y desnudez que el mismo Señor amó y eligió para sí, enseñando el medio verdadero de la vida eterna.

Pocos son los que se detienen a considerar esta verdad y ejemplo, y con tan fea ingratitud son pocos los que consiguen el fruto de tan grandes sacramentos.

Pero si la dignación de Mi Hijo Santísimo se ha mostrado tan liberal contigo en la ciencia y luz tan clara que te ha dado de estos admirables beneficios del linaje humano, considera bien, carísima, tu obligación y pondera cuánto y cómo debes obrar con la luz que recibes.

Y para que correspondas a esta deuda, te advierto y exhorto de nuevo que olvides todo lo terreno y lo pierdas de vista, y no quieras ni admitas otra cosa del mundo más de lo que te puede alejar y ocultar de él y de sus moradores, para que desnudo el corazón de todo afecto terreno, te dispongas para celebrar en él los misterios de la pobreza, humildad y amor de tu Dios humanado.

Aprende de mi ejemplo la reverencia, temor y respeto con que le has de tratar, como yo lo hacía cuando le tenía en mis brazos; y ejecutarás esta doctrina cuando tú le recibas en tu pecho en el venerable Sacramento de la Eucaristía, donde está el mismo Dios y Hombre verdadero, que nació de Mis Entrañas. Y en este Sacramento le recibes y tienes realmente tan cerca, que está dentro de ti misma con la verdad que yo le trataba y tenía, aunque por otro modo.

En esta reverencia y temor santo quiero que seas extremada, y que también adviertas y entiendas, que con la obra de entrar Dios Sacramentado en tu pecho te dice lo mismo que a Mí me dijo en aquellas razones: Que me asimilase a Él, como lo has entendido y escrito. El bajar del Cielo a la tierra, nacer en pobreza y humildad, vivir y morir en ella con tan raro ejemplo y enseñanza del desprecio del mundo y de sus engaños, y la ciencia que de estas obras te ha dado, señalándose contigo en alta y encumbrada inteligencia y penetración, todo esto ha de ser para ti una voz viva que debes oír con íntima atención de tu alma y escribirla en tu corazón, para que con discreción hagas propios los beneficios comunes y entiendas que de ti quiere mi Hijo Santísimo y Mi Señor los agradezcas y recibas, como si por ti sola hubiera bajado del Cielo a redimirte y obrar todas las maravillas y doctrina que dejó en su Iglesia Santa”»

(Agreda de Jesús – Mística Ciudad de Dios, parte IX – Capítulo X: Nace Cristo, Nuestro Bien, de María Virgen en Belén de Judea, núm. 480,481, 486-488)

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Feliz Navidad para toda alma que ha aprendido a abrir su corazón al Amor que nace, y que llama a seguirle por el camino de la cruz. Sólo el que ama da a su vida el sentido del sufrimiento y de la renuncia de todas las cosas humanas, para asemejarse, lo más posible, a Su Redentor, Cristo Jesús. «Asimílate a Mí».

La comunión en la mano: culto a Satanás en la Iglesia

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«Un alma me contó de un cardenal alemán que estuvo bastante cerca de nosotros, aquí. El alemán y el italiano deben permanecer en el purgatorio hasta el día en que se prohíba recibir la Comunión en la mano, y el norteamericano deberá permanecer en el purgatorio hasta el día en que la Comunión en la mano se prohíba en todos los Estados Unidos y se reinstaure la Comunión en la lengua. Pasado un tiempo, pregunté de nuevo cuáles eran sus nombres pero tampoco recibí ninguna respuesta. Con respecto al cardenal alemán, me contó el padre Matt que en el lecho de su muerte expresó que había cometido un gran error al promover la Comunión en la mano. Como siempre ocurre, nunca se publica esta clase de hechos, y por lo tanto se produjo el daño» (Pag. 30 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

Entre los católicos hay mucha ignorancia y confusión sobre su fe. Y esto procede sólo de una cosa: no se cumple con los mandamientos de la ley de Dios.

Todo está en lo que Dios revela al hombre. En esa Verdad Revelada, el hombre conoce lo que tiene que hacer en su vida para poder salvarse y santificarse.

El primer mandamiento de la ley de Dios nos dice que hay que amar a Dios sobre todas las cosas. Y aquí viene el problema: ¿qué es amar? ¿qué es el amor? ¿un sentimiento humano? ¿cumplir una ley canónica? ¿obrar una serie de ritos y disposiciones litúrgicas?

“Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y primer mandamiento” (Mt. 22, 38). Este primer mandamiento integra los tres primeros mandamientos de la ley de Dios (del 1 al 3).

«El segundo mandamiento a éste es: Amarás al prójimo como a ti mismo» (v. 39). En este segundo, están los demás mandamientos (del 4 al 10). «De estos dos preceptos penden toda la Ley y los Profetas» (v. 40).

La ley de la Gracia, dada por Jesucristo, lleva a la perfección la ley divina, dada por Moisés y los Profetas. Perfección que sólo es posible alcanzar dentro de la Iglesia Católica. Fuera, no tienen la ley de la Gracia. Poseen los mandamientos de la ley de Dios y los diversos profetas de nuestro tiempo, que son ya inservibles para dar a conocer la Verdad que viene de Dios. Porque sólo la Verdad están dentro de la Iglesia que Jesús ha fundado.

Las almas, hoy día en la Iglesia, no viven en la ley de la Gracia y, por tanto, no pueden cumplir estos dos preceptos a la perfección. Y ni se salvan ni pueden llegar a la santidad de la vida. Están sin Gracia, en estado de pecado, y por tanto, vuelven a lo de antes, a como los hombres vivían en el tiempo de Moisés y los Profetas. Pero con un agravante: conocen lo que es la Gracia, pero la desprecian para estar en su vida de pecado. Y eso les hace convertirse, no sólo en católicos tibios, sino en auténticos fariseos, hipócritas, legistas; es decir, en católicos pervertidos en sus mentes. Están en la Iglesia para cumplir leyes: sale una ley que dice que se puede comulgar en la mano y, como no viven en Gracia, no son fieles a la Gracia, no pueden discernir la mentira de esa ley, el pecado que esa ley promulga, y cumplen la ley y juzgan a aquellos que no la cumplen. Y es más, defienden esa ley a capa y espada, porque lo dice la Iglesia, lo manda la Iglesia.

Para amar a Dios hay que darle tres cosas: corazón, alma y mente.

En el corazón está la Gracia y el Espíritu: el alma tiene que alejarse de todo pecado y, para eso, tiene el Sacramento de la Penitencia: si pecas, corre a confesar tu pecado, pero no permanezcas en estado de pecado. Ya es fácil permanecer en la Gracia, que es estar en la Verdad.

En el alma está la virtud: la persona tiene que practicar las diferentes virtudes si quiere cumplir el decálogo. Sin la práctica de las virtudes cristianas no se puede comprender lo que es el amor a Dios. Y, por tanto, no hay manera de comprender ni el amor a sí mismo ni el amor al prójimo.

Y en la mente está la obediencia a Dios: el hombre es un ser intelectual. Y, por tanto, el hombre se une a Dios con su entendimiento y voluntad. No se une a Dios con las solas obras de su voluntad, ni se une con su solo pensamiento. No está ni en pensar ni en obrar. Está en someter a Dios estas dos facultades: entendimiento y voluntad. De aquí nace el culto debido a Dios. El hombre es dependiente de Dios y le debe un culto que sólo Dios puede enseñar.

«Si alguno dijere que no es posible o que no conviene que el hombre sea enseñado por medio de la revelación divina acerca de Dios y del culto que debe tributársele, sea anatema [cf. 1786]» (D-1807 2. [Contra los deístas.]).

Para conocer el culto debido a Dios, el hombre tiene que aprender del mismo Dios ese culto. Porque Dios ha puesto al hombre un fin sobrenatural en su vida. Por lo tanto, el hombre debe someter su inteligencia a ese fin sobrenatural, para poder obrar la Voluntad de Dios.

Y Dios ha revelado en los libros del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, el culto debido que el hombre tiene que darle. El hombre no tiene que inventarse el culto a Dios, porque Dios ya ha revelado la religión verdadera al hombre. Y hay obligación grave de abrazar y ejercer esa religión revelada. Si no se abraza, se pierde el fin sobrenatural. Si el hombre no se somete a la doctrina de esa religión, el hombre no puede guardar los preceptos ni observar el culto debido a Dios.

«Para que la razón humana no sea engañada ni yerre en asunto de tanta importancia, es menester que inquiera diligentemente el hecho de la divina revelación, para que le conste ciertamente que Dios ha hablado, y prestarle, como sapientísimamente enseña el apóstol, un obsequio razonable» (Pío IX en su Encíclica “Qui pluribus» – Rom. 12,1 (D.1637).

Por eso, sólo en la Iglesia Católica se da el culto debido a Dios. Fuera de ella, hay un culto indebido, un culto falso y un culto sacrílego. Los hombres piensan en sus verdades y se inventan sus religiones, iglesias, sectas. Y, por tanto, el culto que dan a Dios es falso e, incluso, demoniaco.

Los protestantes, los ortodoxos, los musulmanes, los budistas, etc…, ni adoran a Dios ni le dan culto debido, porque no han aceptado la religión que Dios ha revelado. Han interpretado el AT y el NT, según su mente humana, según las culturas, los tiempos de los hombres. Es a «la santa madre Iglesia, a quien toca juzgar del verdadero sentido e interpretación de las Escrituras santas; y, por tanto, a nadie es lícito interpretar la misma Escritura Sagrada contra este sentido ni tampoco contra el sentir unánime de los Padres» (D-1788 [De la interpretación de la Sagrada Escritura]).

Un católico no puede participar en las oraciones y liturgias de otras religiones, porque sólo en Su Iglesia se da culto debido a Dios. Lo que hace Francisco, cuando participa de los cultos de los judíos o de los protestantes, o cuando pide una bendición a un anglicano que no puede bendecir, o cuando bendice unas hojas de coca, o cuando pone una pelota de goma al lado del sagrario, o cuando se reúne en Roma con los judíos y musulmanes para orar por la paz,…, todo eso son obras en contra de los tres primeros mandamientos de la ley de Dios; es decir, va en contra del primer mandamiento que Jesús señala. Está pecando de muchas maneras, está mostrando su pecado a todo el mundo y los demás lo justifican y lo aplauden. Y eso es muy grave para toda la Iglesia Católica: si los hombres ya no saben amar a Dios, dándole el culto que se merece por ser Dios, tampoco saben amar a los demás. En la Iglesia Católica ya no se cumple la ley de la Gracia, porque nadie cumple los diez mandamientos de la ley de Dios. En la Iglesia, que está en el Vaticano, y que la llaman católica, no está ya el Espíritu de Dios.

Es fácil pecar, de muchas maneras, en los tres primeros mandamientos. Porque, desde el Concilio Vaticano II, la liturgia ha perdido la reverencia, la dignidad y la sacralidad que antes tenía. Por tanto, en muchas misas, oraciones y celebraciones litúrgicas de los diversos Sacramentos, se dan muchos elementos que no pertenecen al culto debido a Dios. No son elementos que Dios ha revelado para darle culto. El hombre los ha ido metiendo, quitando los verdaderos. Y queda algo profano, mundano, carnal, temporal, natural, demoniaco.

Así, hoy día, las misas del novo ordo no son capaces de santificar, porque han perdido la sacralidad: oraciones, frases, ritos que no son propios para dar culto a Dios. Brilla más lo humano, el lenguaje, la expresión profana, que lo sagrado. Esto no significa que la misa sea inválida. Sólo significa que esos ritos, esa estructura, no lleva a la devoción ni a la oración ni a la adoración de Dios a las almas.

Dar culto debido a Dios es ponerse el hombre en Presencia de Dios. Cuando el hombre quita toda presencia humana, material, profana, natural, entonces su alma entra en devoción. Un alma devota es la que está en la Presencia Divina, como Moisés, al entrar en el Santuario: su alma notaba la Presencia propia del Espíritu Divino.

Esa devoción que el alma tiene le lleva a la verdadera oración, que significa: escuchar a Dios, aprender de Él, estar atento a las cosas divinas, celestiales, espirituales que el alma va sintiendo en esa oración.

Las misas del novo ordo no ponen al alma ni en devoción ni en oración. No se siente la Presencia de Dios ni tampoco el alma se eleva de lo humano, de lo natural, de lo profano. Sino que es todo lo contrario. La gente se mete en un mundo humano para estar pendiente del otro: qué hace, cómo habla, etc.

Si no hay verdadera oración, si el entendimiento del hombre no se eleva por encima de lo humano para quedar atrapado en la atmosfera divina, entonces el corazón no puede abrirse a la verdadera adoración a Dios. Se adora con el corazón, cuando la mente se somete a Dios. El sometimiento a Dios se percibe cuando en la mente los pensamientos son sujetados por Dios. Si en la oración, por el pensamiento pasan cantidad de ideas, de sentimientos, de deseos, es que no se hace verdadera oración y, por tanto, no hay presencia divina en el alma. La oración comienza cuando la mente hace silencio. Y eso sólo Dios lo puede obrar en el alma. También el demonio sujeta la mente, la pone en blanco, para que la persona se meta en un mundo espiritual ficticio. Pero Dios nunca pone la mente en blanco, sino que sujeta el pensamiento para que no distraiga a la persona, para que el alma esté atenta sólo a Dios, a la voz de Dios.

Por eso, en las misas de hoy hay muchas cosas que hace que el alma desatienda a Dios. Los hombres están pendientes de lo que no deben estar. Y, de esa manera, no puede alcanzar la verdadera adoración a Dios. Y van a comulgar de cualquier manera. Como su interior no adora a Dios, después, en lo exterior, no se da el culto verdadero, legítimo, debido, que Dios quiere del alma. La vida interior se demuestra con actos externos. Si no hay vida interior, si no hay presencia de Dios, no hay oración, no hay adoración; entonces después la gente comulga en la mano y cree que está haciendo un acto agradable a Dios. Es la hipocresía de muchas personas.
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Jesús es Dios y está en la Eucaristía. Ante Dios, el hombre tiene que poner su frente en el suelo, porque «Dios resiste a los soberbios y da su gracia a los humildes» (Prov. 3,34).

Para comulgar a Jesús, es necesario demostrar externamente la humildad, el sometimiento de la mente a Dios. Y, por tanto, para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el hombre tiene que arrodillarse, tiene que abajarse, tiene que inclinar su cabeza, porque así como Jesús «se humilló a sí mismo» (Flp 2,8), así hay que «revestirse de entrañas de humildad» (Col 3,12) ante Dios. No se puede comulgar al Señor de pie, mirando a Dios a los ojos, con una actitud externa de tú a tú, porque «Jesús es el Señor» (1 Cor 12,3). Jesús no es un amigote, no es un compadre, no es cualquier hombre. Es Dios. Y la criatura, ante Dios, tiene que doblar su rodilla: «al nombre de Jesús doble la rodilla cuanto hay en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2, 10), porque «toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para Gloria de Dios Padre» (v. 11).

Para dar culto debido a Dios en la Eucaristía, el alma tiene que ponerse de rodillas y recibirlo en la boca, de manos del sacerdote. Si hace esto, el alma adora a Dios en Espíritu y en Verdad. Porque la «humildad es la Verdad» (Sta. Teresa): el alma humilde se pone en reverencia y adoración a Dios, se abaja, se humilla, se pone en el lugar que le corresponde como criatura: dependiente de Dios. No se coloca en el lugar de Dios. «El humilde verdadero y perfecto rechaza la gloria que se le ofrece, y no busca lo que no tiene» (S. Alberto Magno). No quiere subir a donde está Dios, sino que se queda en su lugar, y deja a Dios que decida subirla, elevarla.

Si el alma no hace esto, entonces se produce una falsa humildad, que es lo que hay en muchas personas que comulgan de pie y en la mano: exteriormente parecen muy humildes, pero en su interior están cometiendo muchos pecados porque no dan a Dios, en la Eucaristía, el culto debido. Dan su culto o lo que otros les han enseñado o le han obligado con sus leyes.

La comunión en la mano nunca ha existido en la Iglesia. Siempre ha sido un recurso extraordinario, en circunstancias que así lo exigía la Justicia de Dios. Por ejemplo, San Tarsicio, que llevaba la comunión a los enfermos y encarcelados: «1277.- Este modo de distribuir la Santa Comunión (en la boca), considerado el estado actual de la Iglesia en su conjunto, debe ser conservado no solamente porque se apoya en un uso transmitido por una tradición de muchos siglos, sino principalmente porque significa la reverencia de los fieles cristianos hacia la Eucaristía. Este uso no quita nada a la dignidad personal de los que se acercan a tan gran sacramento (…)». «1278.- Con esta manera tradicional, se asegura más eficazmente que la Sagrada Comunión sea distribuida con la reverencia, el decoro y la dignidad que le son debidas» (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969).

La comunión en la mano muchos creen erróneamente que fue fruto del Concilio, pero no fue así: cuando se les preguntó a los obispos de todo el mundo sobre la posibilidad de permitir que se distribuyera la Comunión en la mano, la gran mayoría votó en contra (Cf. Instrucción Memoriale Domini, de la Sagrada Congregación para el Culto Divino del 29 de mayo de 1969). Y, en ningún lugar de los documentos del Vaticano II se puede encontrar mencionada, ni siquiera una vez, la comunión en la mano. Los masones movieron todo para conseguir su objetivo.

La comunión en la mano es el triunfo de la masonería en la Iglesia: es comenzar a romper la Iglesia por donde más duele: la adoración a Jesucristo: «¿Cómo robar a los fieles su fe en la verdadera presencia? En primer lugar, debemos hacer que todos reciban la comunión de pie y después que se les ponga la Hostia en la mano. De este modo, acabarán viendo la Eucaristía como un mero símbolo de un banquete fraternal y así desaparecerá esa fe» (Extracto de un plan masónico de 1925). «Cuando hayamos conseguido que los católicos reciban la comunión en la mano habremos logrado nuestro objetivo» (Stanislas de Guaita, un ex-sacerdote, cabalista, satanista y modelo de masones)

El sacerdote es el encargado de administrar el Sacramento de la Eucaristía y, por lo tanto, ninguna mujer puede administrarlo: «Cuán elocuente, aunque no sea primitivo, es en nuestra ordenación latina el rito de la unción de las manos, como si precisamente a estas manos fuera necesaria una especial gracia y fuerza del Espíritu Santo. El tocar las Sagradas Especies, su distribución con las propias manos, es un privilegio de los ordenados» (Cf. la Carta Dominicae Cenae, de Juan Pablo II, a todos los obispos y sacerdotes, del 24 de febrero de 1980). Las mujeres no tienen que estar en al Altar, ni siquiera tienen que subir para leer las lecturas: «las mujeres cállense en las asambleas, porque no les toca a ellas hablar, sino vivir sujetas, como dice la Ley» (1 Cor 14, 34)

Jesús puso el sacerdocio sólo en manos de hombres, no de las mujeres. Es el hombre el que ofrece a Cristo en la comunión. No es la mujer: «La comunión es un don del Señor, que se ofrece a los fieles por medio del ministro autorizado para ello. No se admite que los fieles tomen por sí mismos el pan consagrado y el cáliz sagrado, y mucho menos que se lo hagan pasar de uno a otro» (Cf. Instrucción Inestimabile Donum sobre algunas normas acerca del culto del Ministerio Eucarístico, del 3 de abril de 1980)

Por tanto, peca la mujer que administra la comunión y peca el que comulga de una mujer. Porque el culto debido a Dios, en la eucaristía, lo ofrece sólo el sacerdote; no la mujer. Se adora a Dios, en la Eucaristía, cuando el sacerdote administra la comunión, y cuando las almas la reciben de manos de los sacerdotes. No se adora a Dios, en la eucaristía, cuando una mujer lo administra y cuando las almas la reciben de las manos de las mujeres.

Se cometen muchos pecados de esa manera, porque la Iglesia es Cristo. Y todo fiel que quiera servir a Cristo tiene que someterse a su doctrina. No puede inventarse una doctrina, una nueva forma de dar culto a Dios, de administrar la Eucaristía.

De muchas maneras, se profana hoy día este Sacramento, porque existen leyes pecaminosas en la Iglesia Católica. Leyes que Dios no quiere y que los Papas no han podido quitarlas, porque la Jerarquía infiltrada en la Iglesia es muy fuerte. Tan fuerte que han hecho renunciar a un Papa y han puesto a un masón como falso Papa.

Si un sacerdote obliga a comulgar en la mano, no hay que aceptar esa comunión y hay que retirarse en silencio. Porque no se puede pecar cuando se adora a Dios. Antes morir que pecar. Muchos sacerdotes obligan a pecar, mandan pecar. Y, por eso, muchos están en el Purgatorio y en el Infierno por esto. Un sacerdote que mande pecar no es sacerdote para el alma. No se puede obedecer la mente de un hombre que mande un pecado. No se puede. En la Iglesia se obedece la Verdad, no la mentira que muchos sacerdotes ofrecen en sus misas.

La Iglesia entera está en las catacumbas, no en Roma. Roma fornica con la mente de muchos hombres que se creen sabios mostrando su pecado a todo el mundo. Y muchos católicos, sólo de nombre, de figura, se creen los mejores exaltando sus pecados como la gloria de la Iglesia.

«Si alguien necesita pruebas de que a Dios no le gusta el modo atolondrado en que hoy en día se hacen uso de los ministros extraordinarios de la Eucaristía, puedo contar la siguiente historia sobre algo que ocurrió muy cerca de aquí hace poco tiempo. No hace mucho falleció una mujer que solía repartir la Comunión y que había inducido a muchas otras mujeres a que obraran igual. Yo no la conocía muy bien, pero había oído hablar mucho de ella. Antes del funeral, el ataúd estaba abierto para que la familia y los amigos pudieran despedirse. En el momento previsto, se cerró el ataúd. Pero antes de que hubiera transcurrido una hora, un pariente cercano llegó tarde y le pidió al sacerdote que por favor lo abriera brevemente para poder despedirse de la difunta al igual que el resto. El sacerdote accedió y, con una o dos personas presentes, levantó la tapa y miró dentro. Fueron testigos de algo que no era lo que habían visto un rato antes. Las manos de la mujer se habían vuelto de color negro. Este signo, para mí, como para el resto, fue una confirmación de Dios de que las manos no consagradas no pueden distribuir a Jesús durante la Comunión» (Pag. 34 – ¡Sáquennos de aquí! Entrevista a María Simma por Nicky Eltz).

Ruptura con la Tradición en la Iglesia

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«¿Por qué la recepción del Concilio, en grandes zonas de la Iglesia, se ha realizado hasta ahora de un modo tan difícil? Pues bien, todo depende de la correcta interpretación del Concilio o, como diríamos hoy, de su correcta hermenéutica, de la correcta clave de lectura y aplicación. Los problemas de la recepción han surgido del hecho de que se han confrontado dos hermenéuticas contrarias y se ha entablado una lucha entre ellas. Una ha causado confusión; la otra, de forma silenciosa pero cada vez más visible, ha dado y da frutos» (S.S. Benedicto XVI a la curia romana, el 22 de diciembre del 2005).

El Concilio Vaticano II ha de ser leído a la luz de la Tradición. Y, por eso, no puede ser interpretado desde una ruptura de la Tradición, con una visión moderna de los dogmas. Es necesario ir a la Verdad Revelada, que la Tradición nos da. La Verdad, que nunca cambia, que siempre permanece, pero que se revela a los hombres según su Fe en la Palabra.

La Verdad se esconde a aquellas almas soberbias, que no la buscan, sino que sólo se buscan a sí mismas en la Palabra de Dios.

La Verdad sólo se revela al corazón humilde, sencillo, abierto a la enseñanza del Espíritu de la Verdad. Es el Espíritu el que obra la Verdad en el alma humilde. Es el Espíritu el que muestra el camino para obrar esa Verdad. Es el Espíritu el que manifiesta al alma la plenitud de la Verdad.

Se trata de descubrir la intención del autor del Concilio, es decir, no sólo lo que está en los textos sino, sobre todo, aquello que está en su contexto que no es otro que el depósito de la Fe, que Cristo ha confiado a la Iglesia. No se puede tomar un texto y sacarlo del contexto; no se puede instrumentalizar el Concilio; hacer política, ideología con él.

El Concilio Vaticano II es pastoral, no es dogmático. Y, por tanto, es necesario conocer el fin del ordenamiento jurídico y pastoral de la Iglesia: «tener en cuenta la salvación de las almas, que debe ser siempre la suprema ley en la Iglesia» (CIC – canon 1752).

Un escrito es pastoral cuando atiende a la salvación de las almas. Un escrito es dogmático cuando quiere enseñar una Verdad, que hay que creer para salvarse y, por lo tanto, cuando declara los errores y herejías que van en contra de esa Verdad.

El Concilio Vaticano II habla para la vida espiritual del alma; no habla para enseñar una verdad. La Verdad ya ha sido enseñada en otros Concilios. En este Concilio se expone la verdad, pero no se enseña un dogma: «La Iglesia anuncia el mensaje de la salvación a quienes todavía no creen, a fin de que todos los hombres conozcan al único verdadero Dios y a su enviado, Jesucristo, y cambien su conducta haciendo penitencia (cf. Jn 17, 3; Lc 24, 27). Y tiene el deber de predicar siempre la fe y la penitencia a los creyentes disponiéndolos, además a recibir los sacramentos, enseñándoles a observar todo cuanto Cristo ha mandado (cf. Mt 28, 20) e incitándoles a realizar todas las obras de caridad, de piedad y de apostolado a fin de manifestar, por medio de esas obras, que los seguidores de Cristo, aunque no son de este mundo, son sin embargo la luz del mundo y rinden gloria al Padre delante de los hombres» (Constitución sobre la Sagrada Liturgia, o.c., n.9).

Siete notas da el Concilio para la teoría y praxis pastoral:

1. El deber de anunciar el Evangelio a todos los no creyentes: el Concilio enseña que no puede darse un cristianismo anónimo, es decir, que no hay vías de salvación distintas al Camino, que es Cristo.

2. El deber de predicar a los fieles la fe: enseña a combatir contra el humanismo ateo, que niega a Dios y lo ignora, como exigencia de un progreso científico, filosófico, artístico, histórico, legislativo que oculta la Verdad, la Fe en Cristo.

3. El deber de predicar a los fieles la penitencia: enseña que la renovación de la Iglesia sólo se produce en el espíritu de penitencia y de expiación.

4. El deber de disponer a los fieles a los sacramentos: enseña que la única manera para alcanzar la santidad es usando los medios de los Sacramentos. No hay otros medios en la Iglesia para la perfección del alma y de la misma Iglesia.

5. El deber de enseñar a los fieles todos los mandamientos: enseña la disociación en muchas almas entre la fe que profesan y su vida cotidiana. Y esto es el grave error en nuestro tiempo. Eso supone la anulación de los mandamientos, sin los cuales no es posible la salvación.

6. El deber de promover el apostolado de los laicos: el Concilio condena el laicismo, es decir, la idolatría de las cosas temporales que hace que el alma religiosa se dedique sólo a hacer sus obras humanas, creyendo que eso es camino para servir a Dios en la Iglesia.

7. El deber de promover la vocación de todos a la santidad: enseña a los seguidores de Cristo a imitarlo, para ser luz del mundo sin ser del mundo.

Existen, dentro de la Iglesia católica, grupos que hacen un enorme abuso del carácter pastoral del Concilio y de sus textos escritos. No han comprendido que el Concilio no quería presentar enseñanzas propias definitivas e irreformables. El Concilio habla un lenguaje espiritual para el alma; habla para enseñar la vida espiritual. Y, por tanto, esos textos están abiertos para precisiones doctrinales, que deben ser dadas por quienes enseñan el Concilio y la vida espiritual.

El Concilio no es un tratado de teología, sino una exposición de la teología para que las almas comprendan la vida espiritual. Y, por tanto, quedan muchas cosas que no se dicen, porque, tampoco hace falta. El Concilio no dogmatiza, sino que enseña qué hay que hacer para vivir la Verdad en la Iglesia.

Por eso, existen dos grupos dentro de la Iglesia, que sostienen una teoría de la ruptura:

1. Grupos que protestantizan la vida de la Iglesia, que llevan la doctrina, la liturgia y la pastoral al campo protestante y comunista, queriendo también meter los errores de los griegos ortodoxos (los sacerdotes se pueden casar, y los divorciados, casados nuevamente, pueden comulgar). La Teología de la liberación es ejemplo de este grupo. Estos dogmatizan el Concilio y sacan sus herejías de él.

2. Grupos tradicionales que, en nombre de la Tradición, rechazan el Concilio y se substraen a la sumisión al supremo y viviente Magisterio de la Iglesia, que es el Papa, sometiéndose sólo a la Cabeza invisible de la Iglesia, en espera de tiempos mejores. Estos anulan la enseñanza espiritual del Concilio y viven anclados en su mente humana.

Entre estos dos grupos, está todo en la Iglesia. Todo el desbarajuste que se contempla es por esta división interna en la Iglesia.

Francisco pertenece al primer grupo. Él no ha comprendido el Concilio Vaticano II y, por eso, da su ideología sobre el Concilio.

El Concilio ha sido claro con la Teología de la Liberación: «La misión propia que Cristo confió a Su Iglesia no es de orden político, económico o social: en efecto, el fin que le asignó es de orden religioso» (Constitución pastoral sobre la Iglesia en el mundo, n. 42).

Francisco ha puesto su orden político, económico y social en la Iglesia. Ha anulado el orden espiritual. Está en la Iglesia para resolver la hambruna del mundo. Para dedicarse a los asuntos temporales de los hombres, a la vida social, cultural. Eso es todo su evangelium gaudium y su gobierno de ocho cabezas.

Francisco se opone al espíritu del Concilio Vaticano II y lo ha anulado completamente.

La Constitución Gaudium et Spes cita las siguiente palabras de Pío XII: «Su Divino Fundador, Jesucristo, no ha conferido a la Iglesia ningún mandato ni fijado ningún fin de orden cultural. La tarea que Cristo le asigna es estrictamente religiosa. La Iglesia debe conducir a los hombres a Dios para que se donen a Él sin reservas. La Iglesia no puede jamás perder de vista este fin estrictamente religioso, sobrenatural. El sentido de toda acción suya, hasta el último canon de su Código, no puede sino referirse a ello directa o indirectamente» (S.S. Pío XII, Discurso a los cultores de historia y arte, 9 de marzo de 1956. AAS 48 (1956), p. 2).

Francisco rompe con la Tradición. Francisco ha perdido el fin de la Iglesia: salvar almas. Y ha fijado un fin cultural, político, social en la Iglesia. Él interpreta el Evangelio según la cultura de los tiempos, según la ciencia de los hombres, según la vida de cada hombre. Esto está recogido en sus declaraciones a Scalfarri y en su evangelium gaudium. En esto dos documentos se puede ver su plan pastoral en la Iglesia, que es el propio de la teología de la liberación o, como él la llama, teología de los pobres. Anula la Iglesia, la obra de la Iglesia, que es la salvación de las almas.

En su documento, Lumen Fidei, se recoge su herejía sobre la fe en Cristo. En este documento anula a Cristo, la fe en Cristo, presentando una fe totalmente herética y cismática.

El único interprete auténtico de los textos conciliares no es otro que el Concilio mismo conjuntamente con el Papa. Nadie puede interpretar el Concilio a su caprichosa manera humana.

Pablo VI se expresa así: «Nos pensamos que sobre este línea debe desarrollarse la nueva psicología de la Iglesia: clero y fieles encontrarán un magnífico trabajo espiritual a realizar para la renovación de la vida y de la acción según Cristo el Señor; y a este trabajo Nos invitamos a Nuestros Hermanos y a Nuestros Hijos: aquellos que aman a Cristo y a la Iglesia están con nosotros en el profesar más claramente el sentido de la verdad, propio de la tradición doctrinal que Cristo y los Apóstoles inauguraron: y con ellos el sentido de la disciplina y de la unión profunda y cordial que nos hace a todos confidentes y solidarios, como miembros de un mismo cuerpo» (S.S. Paulo VI, Discurso en la octava pública del Concilio Vaticano II, 18 de noviembre de 1965, p. 1054).

Han sido dos los impedimentos para que la verdadera intención del Concilio y su magisterio pudieran dar frutos abundantes y duraderos.

1. La revolución cultural y social de los años 60: el cambio en el mundo, fuera de la Iglesia, que contamina a la misma Iglesia, la contagia, al penetrar en la Iglesia un espíritu de ruptura con toda la Verdad Revelada.

2. La falta de fe de la Jerarquía de la Iglesia, que no ha sabido vivir su fe en Cristo en medio de un mundo totalmente apostático, herético, cismático. En un mundo sin Dios, han sido escasos los Pastores intrépidos en su fe, valientes en dar la Verdad, luchadores del Bien Divino, sabios para Dios. Muchos han sido lo contrario. Muchos se han dejado contagiar del espíritu de la época y han apagado su fe y la de muchas almas a su cargo.

No existe ya una Jerarquía enraizada en la tradición de la Iglesia. Este es el punto más trágico. Y es lo que observamos en todas partes. ¿Qué hace la Jerarquía en la Iglesia? Hace su negocio. Cada uno el suyo. Pero son pocos los que viven de fe auténtica. Son pocos los que de verdad dan la cara y dicen las cosas como son. Todos se callan porque les conviene callarse. Hay muchos sacerdotes que rompen con lo doctrinal, con lo litúrgico, y que enseñan nuevas cosas en la Iglesia. Enseñan lo que les da la gana. Y a eso lo llaman dogma. Por eso, tenemos en todas partes una confusión en la doctrina, en la liturgia, en lo pastoral. Nadie enseña las verdades que enseña el Concilio. Todo el mundo a criticar el Concilio. Todo el mundo haciendo su política del Concilio.

Es necesario estar en la Verdad para no ser destruido por las corrientes que actualmente circulan por la Iglesia. Son corrientes de maldad, de mentira, de engaño. Ya nadie da la Verdad, dice la verdad como es, sino que todos hablan sus verdades, que son sus mentiras. Ahora, todo el mundo quiere opinar sobre los Papas, sobre los dogmas, sobre la Tradición, sobre el Magisterio de la Iglesia. Y nadie se pone con el Papa, nadie acude a los Vicarios de Cristo que son los que dan la Verdad en la Iglesia. Por eso, todos siguen a un falso Papa, a uno que se las da de persona inteligente, cuando es menos que vulgar, plebeyo, inculto, ignorante, un tarado en la vida espiritual.

Francisco es signo de destrucción, de ruptura con toda la Verdad. Francisco rompe con Cristo y con la Iglesia. Y se inventa su cristo y su iglesia. Y todos contentísimos con ese palurdo del demonio. Y sólo sabe enseñar esto a los jóvenes: «Que hagáis lío, ya os los dije. Que no tengáis miedo a nada, ya os lo dije. Que seáis libres, ya os los dije» (vídeo mensaje del 26 de abril un a los jóvenes de Buenos Aires en ocasión de la Pascua de la Juventud). Esto no es enseñar la vida espiritual. Francisco no enseña la fe, ni la penitencia, ni a cumplir con los mandamiento, ni la santidad de vida. Esto no es un Papa. Esto es propio de un hombre que se burla de la verdad en la Iglesia, que se ríe a carcajadas de todas las almas, que pregona su injustica por todas partes.

Francisco condena a todas las almas al infierno. Y esto merece una justicia divina. Nadie que se ha elevado por sí mismo a un trono que no le pertenece puede perseverar en ese trono mucho tiempo. Los días están contados para Francisco.

El Anticristo es un astro divino

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Dios es Espíritu, Satanás es espíritu. Dios es Espíritu de Perfección; Satanás es espíritu de pecado, sin ninguna perfección.

El hombre tiene que alcanzar la espiritualidad; pero debe elegir uno u otro espíritu.

Los que siguen a Cristo, siguen su Espíritu, que los lleva a la perfección del Amor.

Los que siguen a Satanás matan su espíritu, hacen de su espíritu una carne y una sangre corrompida y repugnante, porque en el pecado no hay perfección, no hay belleza, no hay armonía, orden ni vida.

Sólo hay una batalla en la vida: la del Bien contra el Mal. De esta lucha se originan todos los enfrentamientos, contiendas, guerras.

Desde hace 20 siglos, la Palabra de Dios, que es Perfección, ha hablado a todos; pero han sido pocos los que la han escuchado y la han puesto en práctica. Muchos han hecho de esa Palabra su política, su negocio, su filosofía, su iglesia, su espiritualidad.

Muchos han hecho de la Perfección la cultura de sus mentes, la ciencia de sus labios, la técnica de sus lujurias. Pero pocos viven de Fe; pocos son los que aceptan la Palabra sin poner nada de su inteligencia humana.

Satanás pone su mente para formar su espiritualidad, y ofrece al hombre un camino de pecado, donde el pecado no existe.

Satanás es el que remeda al Espíritu Divino en todo: todo lo imita, todo lo obra, pero nada es perfecto en sus obras, sino sólo es abominación lo que hace.

«Será persona que estará muy en alto, en los alto como un astro. No un astro humano que brille en un cielo humano. Sino un astro de una esfera sobrenatural, el cual, cediendo al halago del Enemigo, conocerá la soberbia después de la humildad, el ateísmo después de la fe, la lujuria después de la castidad, el hambre de oro después de la evangélica pobreza, la sed de honores después de la ocultación» (María Valtorta – 20 de agosto).

Satanás produce Su Anticristo: es un Cristo que sigue al espíritu del demonio. Un Obispo, que ha dejado de ser Obispo –porque perdió el Espíritu de Cristo- y se ha transformado en un hombre, que se viste como Obispo, pero que tiene el espíritu de Satanás. Se ha transformado en una abominación.

Satanás lo imita todo: imita un sacerdocio que vive la pobreza, la obediencia, la castidad; un sacerdocio que hace actos de humildad, que predica una auténtica fe. Pero que, llegado un tiempo, todo eso se transforma, se cambia, se desvirtúa, porque no era verdadero en el corazón de la persona. Era algo estudiado; algo adquirido; pero nunca vivido.

El Anticristo no es un astro humano que brilla en el cielo humano: no es un hombre del mundo, un gobernante del mundo, un economista, un masón, un judío, un científico y menos un filósofo.

El Anticristo vivió en una esfera sobrenatural, porque es un astro del Sacerdocio, del cielo divino; un astro divino. El Anticristo pertenece a la Jerarquía de la Iglesia; sale de la Iglesia Católica, pero no es de la Iglesia porque ha perdido el Espíritu de Cristo.

Por tanto, el Anticristo es un Obispo que ataca a Cristo y a Su Iglesia. Es un hombre que se viste de Obispo, pero que no es Obispo. Tiene la careta de Obispo, que se la pone para predicar en la Iglesia las cosas de Dios; pero posee otra vida, una doble vida, en la que se quita la careta, y habla y obra como es: como un demonio.

Ese Obispo no es conocido en su vida privada. En su vida pública sólo se ve lo exterior de pertenecer a la Jerarquía: predica, celebra misa, da charlas, sacramentos, etc.

Pero lo que hace es sin el Espíritu de Cristo: son sólo cosas exteriores, apariencia externa, ritos, palabras, obras, sin Espíritu. Es sólo representar una comedia, una obra de teatro. Es algo que se ha aprendido durante muchos años y se hace con rutina. Se hace con la mente puesta en otra vida, no en la que se está representando en la Iglesia.

Pero ese Obispo tiene una vida privada que nadie conoce y nadie sabe cómo es.

«Será menos espantoso ver caer una estrella del firmamento que ver precipitar en las espirales de Satanás a esta criatura ya elegida, la cual copiará el pecado de su padre de elección. Lucifer, por soberbia, se convirtió en Maldito y el Oscuro. El Anticristo, por soberbia en esta hora, se convertirá en el Maldito y el Oscuro después de haber sido un astro de Mi Ejército» (Ibidem).

Este Obispo fue elegido por el Señor para ser Obispo; como Lucifer fue creado por Dios para ser Ángel de Luz. Este Obispo es una criatura ya elegida por Dios, con una perfección, con una vocación divina, porque tiene el Espíritu de Cristo. Pero su pecado, que es el mismo de Lucifer, lo precipitó en las espirales de Satanás. Y perdió esa perfección, esa vocación. Y se convirtió en una abominación en su vocación al sacerdocio.

Lucifer dijo: «No serviré». El Anticristo dice lo mismo. Lucifer, cuando fue creado por Dios, lo vio todo con su entendimiento angélico, pero no se sometió al Entendimiento Divino. Una vez que comprendió la Verdad que Dios le ponía a sus ojos, dijo, con su voluntad: «No me someto a esa Verdad».

El Anticristo, una vez que ha comprendido con su inteligencia humana toda la Verdad Revelada, toda la Fe que Cristo ha dado a Su Iglesia, dice: «No quiero esa Verdad Revelada; no me someto». Y, para decir, eso hay que ser un Obispo de lo alto. Un Obispo de la Alta Jerarquía, la que convive con los Papas, la que sabe de los asuntos privados de los Papas, la que sabe cómo funciona todo en el Vaticano. No es un Obispo cualquiera. Es un Obispo en el que todos han confiado porque es un astro elegido: cuando habla en público no dice ninguna herejía; es recto en todo, porque se ha aprendido muy bien la doctrina de Cristo, pero no es capaz de ponerla en práctica. Por eso, su caída es espantosa. Cae en los lazos de Satanás, que es el espíritu de la mente. Está en las espirales de las ideas humanas, dando vueltas a muchas cosas, sin centrarse en la Verdad.

«Como premio por su abjuración, que sacudirá los Cielos bajo un estremecimiento de horror y hará temblar las columnas de Mi Iglesia en el temor que suscitará su precipitar, obtendrá la ayuda completa de Satanás, quien le dará las llaves del pozo del abismo para que lo abra» (Ibidem).

El Anticristo ya está en la Iglesia Católica, pero nadie sabe decir quién es. Es uno de los Obispos. Un Cardenal, uno de gran rango, de gran posición en la Jerarquía. Pero es un Obispo que ha abjurado de su Fe en Cristo. Esa abjuración es algo secreto, que nadie conoce, pero real. Es decir, se ve, se palpa en el ambiente de la Iglesia: hizo temblar las columnas de la Iglesia. En su abjuración, la Eucaristía y la Virgen María temblaron. Estos dos dogmas, estas dos verdades, que son el sostenimiento de la fe en las almas. Un alma, para seguir a Cristo, para imitar a Cristo, sólo tiene que alimentarse de Cristo y de Su Madre: Comunión y Santo Rosario.

En la abjuración de este Obispo se produjo un hecho en contra de estas dos columnas, que hizo que la devoción a la Eucaristía y al Santo Rosario, se fuera perdiendo, diluyendo. Hace 50 años, casi se anula la Eucaristía. Señal de que en ese tiempo sucedió esa abjuración. Y la devoción a la Virgen María ha caído en picado.

Y no hay que pensar en el Anticristo como un hombre ya entrado en años. Se puede ser Cardenal sin ser Obispo. Por eso, no es fácil discernir a ese Obispo, a ese astro divino. Fue una persona con una gran inteligencia para hacer el bien, que conoce toda la verdad, pero que abjuró de Ella completamente.

Y esa persona tiene las llaves del pozo del abismo para que lo abra y salgan todos los demonios en la Iglesia.

Ese pozo ya fue abierto, pero nadie sabe quién lo abrió. Sólo pusieron a un bufón como falso Papa para ir calentando el ambiente y dar el camino al Anticristo. Un hombre sin inteligencia, que habla lo que el Anticristo quiere. Habla vulgaridades, habla para tapar la verdad, habla para confundir, habla para obrar, después, en lo oculto, con una llamada telefónica, la maldad. Un hombre que no sabe esconder su maldad, sino que la dice para buscar publicidad entre los hombres. El Anticristo se esconde y obra la maldad sin que nadie se dé cuenta. Francisco es sólo un payaso, que hace sus payasadas, pero que le llegó el turno, porque es necesario abrir ese pozo del todo.

«Pero que lo abra del todo para que salgan los instrumentos de horror que Satanás ha fabricado durante milenios para llevar a los hombres a la total desesperación, de tal modo que, por sí mismos, invoquen a Satanás como Rey y corran al séquito del Anticristo, el único que podrá abrir de par en par las puertas del Abismo para hacer salir al Rey del Abismo, así como Cristo ha abierto las puertas de los Cielos para hacer salir la gracia y el perdón, que hacen a los hombres semejantes a Dios y reyes de un Reino Eterno, en el que Yo Soy el Rey de Reyes» (Ibidem).

El Anticristo no se dedica a llenar estómagos de la gente, no se dedica a dialogar con los hombres de otras religiones, no se dedica a fraternizar con nadie. El Anticristo va contra Cristo y contra Su Iglesia; es decir, contra toda Verdad Revelada. Su misión: destruir la Iglesia completamente.

Y usa todas las herejías que Satanás ha inventado durante 20 siglos. Por eso, la Nueva Era anuncia ese instrumento de horror que Satanás ha fabricado. En la nueva Era están todos los errores, mentiras, engaños, que una mente humana puede vivir. Es una abominación, una abjuración de la Verdad.

Pero ese cúmulo de errores hay que llevarlo dentro de la Iglesia. Hay que hacer que la Iglesia dé culto a la mente de Satanás. Hay que sacar nuevos libros, nuevos reglamentos, nuevas liturgias, un nuevo evangelio; porque hasta que no se anule toda Verdad en la Iglesia, el Anticristo no se muestra, no es reconocido por nadie. Hasta que no se quite de Roma lo externo de 20 siglos, el Anticristo no aparece. El Anticristo aparece en su iglesia, no en la de Cristo. Él destruye todo lo que lleve a Cristo. No deja nada, por su abjuración.

Y tiene la misión de hacer salir al Rey del Abismo, «a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca» (2 Ts 2, 8b).

El Anticristo no es cualquier personaje del mundo. Hay muchos anticristos en el mundo y en la Iglesia, pero ninguno es el Anticristo. Nadie puede conocer a esa persona, porque se esconde detrás de una máscara. Y hoy día es muy fácil ponerse una máscara artificial, no sólo espiritual, para pasar desapercibido, para ocultarse de todos.

«Así como el Padre me ha dado a Mí todo poder, Satanás le dará a él todo poder, y especialmente el poder de seducción, para arrastrar a su séquito a los débiles y a los corrompidos por las fiebres de las ambiciones como lo está él, su jefe. Pero en su desenfrenada ambición aún encontrará demasiado escasas las ayudas sobrenaturales de Satanás y buscará otras ayudas en los enemigos de Cristo, los cuales, armados con armas cada vez más mortíferas, cuanto les podía inducir a crear su libídine hacia el Mal para sembrar desesperación en las muchedumbres, le ayudarán hasta que Dios no diga su Basta y les aniquile con el fulgor de su figura» (Ibidem).

Las hablas del Anticristo son fáciles de discernir: hablar para seducir; nunca habla para decir una verdad. Si dice una verdad, es para, a continuación, decir su mentira. Seduce con su palabra, seduce con sus obras. Sólo sabe seducir, llevar a la mentira, al engaño, porque su mente se opone a toda Verdad Revelada. Ante un dogma, siempre tiene una razón, una idea, una filosofía que anula ese dogma.

Pero no se para sólo en la seducción, sino que va al mundo para ponerlo en contra de Cristo y de Su Iglesia. Y mete en la Iglesia el mundo. Abre la Iglesia a las ideas del mundo. Rebaja lo sagrado, lo divino, lo perfecto, a una razón humana, a un concepto simbólico, a una parte de la inteligencia humana.

El Anticristo da culto a su sabiduría humana; sólo vive expectante de los descubrimientos de su ciencia; sólo hace caso de lo que su pensamiento puede entender. Es incapaz de creer, de seguir al Espíritu, porque ha perdido el conocimiento de la Verdad. Sólo puede conocer lo que su mente dice como verdad. Sólo puede obedecer lo que su mente le dice que es recto. Sólo, para él, la vida consiste en amar su inteligencia humana.

Por eso, en su mente humana llega a la total abominación de toda verdad. No puede comprender ninguna verdad. Y, por eso, no puede ser salvado. Él mismo, en su inteligencia humana, se ha salvado: ha encontrado una idea para ser salvo. Y, por eso, se convierte en un Mesías, en el Salvador de los hombres.

El Anticristo sabe jugar con todas las ideas de los hombres: siempre tiene una razón ante cualquier pensamiento humano. No es capaz de aprender de otro hombre: él lo sabe todo, lo entiende todo, lo puede todo.

Por eso, él viene haciendo cosas maravillosas, milagros que el demonio sabe hacer. Él no viene sólo predicando y dando dinero a los pobres. Él tiene un poder que ningún hombre posee. Por eso, puede llegar a todas las inteligencias humanas. Puede llegar a la mente de los hombres. Puede ver sus mentes, lo que piensan, de una forma mágica, por el poder que tiene de Satanás.

El Anticristo no es un hombre vulgar, como Francisco. Es un hombre de calidad, de inteligencia sobrehumana, que sabe medir sus palabras, que sabe hablar cuando hay que hacer, que sabe esconderse para no ser notado, que sabe destruirlo todo a su paso.

Por eso, los que promulgan el sedevacantismo desde el Beato Juan XXIII, desconocen las manipulaciones perpetradas por el Anticristo en la Iglesia, a través de la Jerarquía infiltrada, que sirve a la masonería.

Si esos Papa hubieran tenido parte con el Anticristo, entonces la Iglesia habría desaparecido hace mucho. El Anticristo atacó a cada uno de esos Papas, para impedir, de muchas maneras sus Pontificados en la Iglesia.

Si esos Papas hubiesen sido verdaderamente heréticos, es decir, excomulgados y desposeídos de su cargo, la Iglesia ya se habría disuelto por el poder del Anticristo. Y lo que impidió que se manifestase ese poder es el Papa: «sólo falta que el que lo retiene sea apartado» (2 Ts 2, 7b). Una vez, apartada la Cabeza de la Iglesia, entonces se abre todo el pozo del abismo. El Anticristo es para la última hora de los últimos tiempos. No es para estar 50 años llenos de maldades, esperando nada. El Anticristo viene a salvar ( a ser Salvador, Mesías), no viene a hacer proselitismo, a hacer propaganda, política desde la Silla de Pedro.

La Iglesia no hubiera sobrevivido 50 años con Papas herejes. Es un imposible teológico, metafísico y espiritual. Es insostenible el sedevacantismo. Y menos decir que la sucesión petrina ha sido continuada, en forma clandestina, desde la elección del Papa Juan XXIII, por el cardenal Siri. La Iglesia no la sostienen los pensamientos de los hombres, sino el Espíritu de Cristo, que es el que sabe luchar contra el Anticristo.

Ni los lefebvrianos ni los que ahora se oponen a todos los Papas, saben batallar contra el demonio, porque se han dejado seducir por él, se han dejado ganar de su juego mental, de las ideas que el demonio pone en la mente de los hombres y las hace ver como divinas. No saben ver lo que significa ser Papa en la Iglesia: el que se opone al Anticristo. Se quita el Papa, la puerta abierta a todo mal.

Es con Francisco, cuando se nota más la presencia del Anticristo en la Iglesia. Es con él, cuando el impedimento se ha quitado, aunque no del todo, porque todavía vive el Papa verdadero. Y mientras viva, sigue siendo el Papa, el Vicario de Cristo, el que se opone al Anticristo, sigue siendo la piedra que el Señor usa para combatir al Goliat de la Masonería.

Por eso, hay que rezar mucho por el Papa Benedicto XVI, porque es la piedra que ahora sostiene todo el edifico de la Iglesia.

«Y mirarán al que traspasaron»

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«Soy Yo, soy Yo quien por Amor de Mí borro tus pecados y no Me acuerdo más de tus rebeldías» (Is 43, 25).

Jesús muere por Amor de Su Padre; Jesús no muere por Amor al hombre.

La muerte de Cristo se realiza por Voluntad del Padre. La muerte de Cristo no es debida a una injusticia social sobre Cristo. No son los hombres los que matan a Cristo (una calumnia no mató a Cristo); es Cristo el que va a la muerte por Amor de Sí, el Amor de la Santísima Trinidad, Amor Divino, inefable, que no se puede expresar con palabras humanas.

Apartarse de este punto es iniciar el cisma en la Iglesia.

Presentar la muerte de Cristo como un problema social, político, económico, cultural, es caer en el mismo pecado que los Apóstoles obraron en la Pasión.

Jesús es un Rey Espiritual y, por tanto, Su Reino no es de este mundo (cf. Jn 18, 36).

El pecado de los Apóstoles es comprender a Jesús como Mesías político y, en consecuencia, esperar un reino humano, político, material, social, económico.

Por eso, Pedro saca la espada en el huerto para defender a Jesús (cf. Jn 18, 10). Y Jesús le enseña: «¿O crees que no puedo rogar a Mi Padre, que Me enviaría, al instante, doce legiones de ángeles» (Mt 26, 53). Jesús enseña a Pedro lo que él va a negar: «¡Yo no conozco a ese hombre!» (Mt 26, 74).

Pedro no conoce lo que es Jesús. Pedro conoce lo que él piensa de Jesús. Pedro no tiene el conocimiento verdadero que viene de la Fe en Cristo. Pedro tiene el conocimiento falso de su interpretación de las Sagradas Escrituras. No ha sabido leer con el corazón el Antiguo Testamento donde se hablaba del Mesías. Ha leído a los Profetas con su mente y se ha inventado un Mesías humano, político, terrenal. Y, por eso, esperaba de Jesús un reino de la tierra, un reino comunista, un reino para el hombre.

Este pensamiento de Pedro es su pecado contra Jesús. Pedro piensa de esta manera, Pedro peca contra la Verdad, que es Jesús. El tiempo de estar con el Mesías no le ha servido para quitar esta idea de su cabeza. Ha seguido a Jesús con esta idea humana. Y esta idea le llevó a su pecado.

Por la idea del hombre viene siempre el pecado. Y, cuando el hombre encumbra su idea por encima de todas las cosas, es cuando comete la blasfemia contra el Espíritu Santo: no se deja enseñar por el Espíritu, no se abre a la Verdad que viene de la Palabra del Espíritu, sino que permanece en su idea humana, luminosa, pero pecaminosa.

Y es la negación de Pedro lo que marca el comienzo de la Pasión. Mientras es juzgado Su Maestro, Su Mesías, Pedro lo niega. En el juicio a Su Mesías, la negación del Mesías. Y lo niega el que ha sido puesto como fundamento de la Iglesia, que es la Obra de Cristo, que es el Reino espiritual de Cristo. Cristo es juzgado en Su Divinidad; Cristo en negado en Su Divinidad.

Jesús, por Amor a Su Padre, inicia, en la negación de Su Vicario, Su Pasión.

Jesús inicia solo, sin Pedro, Su Calvario como Cabeza de la Iglesia.

Jesús sufre el abandono de Su Vicario en la Obra de la Redención del Género Humano.

Jesús marca así el camino para todo hombre: no hay que seguir a ningún hombre para salvarse. No hay que seguir la idea de un hombre para salvarse. No hay que hacer caso a la teología de nadie para salvarse. No hay que dedicarse a hacer obras buenas humanas para salvarse. No hay que vivir con un fin humano, bueno, perfecto, para conquistar el Cielo. Sólo hay que seguir a Jesús por el Camino del Calvario.

El camino de salvación no está en proclamar los derechos humanos de los hombres, ni en luchar por las justicia sociales, ni en promover la fraternidad de los hombres para constituir un bien común, un orden social, una estructura económico-política: «La Justicia del justo no le salvará el día en que pecare (…) no vivirá el justo por su justicia el día en que pecare» (Ez 33, 12).

No te salva el bien común, la obra social, la empresa humana, el dinero que da para ayudar a los hombres; no salva la medicina del hombre; no salva la ciencia de los hombres; no salva el hombre. Porque el hombre, peca. Y, cuando peca, lo que ha hecho no tiene mérito para quitar su pecado; no tiene valor, no sirve para salvarlo del mal.

El camino que salva es la Cruz. Y sólo la Cruz. Hay que negar al hombre, a su vida humana, a su vida social, a su vida económica, a su vida cultural, a su vida política. Esto es lo que muchos no comprenden porque no miran a Jesús en la Cruz.

«Y mirarán al que traspasaron» (Jn 19, 37).

Sólo hay que alzar los ojos a Cristo, que sufre y muere en la Cruz, y el alma conoce la Verdad de su vida. El alma se conoce como Dios la ve. El alma se comprende como Dios la mira. El alma se entiende como Dios lo quiere.

Cristo en la Cruz es el conocimiento de la Verdad. Y no hay otra inteligencia para el hombre sobre la Verdad.

La Verdad es la Vida Divina. Y, por tanto, todo aquello que no es la Vida de Dios es, simplemente, una mentira, un engaño, una ilusión.

El hombre, si quiere despertar de su sueño, tiene que mirar al Crucificado. En Él está toda su Vida, todo el misterio de su humanidad.

En un gusano pinchado en un palo: ahí está el verdadero amor que el hombre tiene que aprender.

Y esto es lo que el hombre no hace: mirar al Crucificado.

El hombre se dedica a mirar a los hombres, a las cosas del mundo, a las obras de otros hombres, y no da valor ni importancia a la Muerte de Cristo.

La Vida Eterna sólo ha sido posible por la Muerte de Cristo en la Cruz.

El pecado de Adán y Eva quitó la Vida Eterna al hombre. La muerte de Cristo da la Vida al hombre, la Vida que siempre Es, la Vida que permanece, la Vida que no posee ninguna imperfección ni pecado.

Cristo, en Su Muerte en Cruz, salva al hombre del infierno, porque éste es el destino de todo hombre cuando nace con el pecado original: nace para condenarse.

La Muerte de Cristo señala a todo hombre que tiene que morir, como Cristo murió, a todo lo humano, aun lo bueno y perfecto humano.

Porque la tierra, después del pecado original, se ha convertido en una pobre imitación del Paraíso: «Maldita, Adán, la Tierra por tu causa» (Gn 3, 17). La perfección del hombre es solo una imperfección, una nada, una ilusión de bien humano.

Hay que morir a todo lo humano para tener Vida. Esto es lo que el hombre no acaba de entender.

Cuando no se muere a todo lo humano, entonces se comienza a poner lo humano por encima de lo divino. Se comienza a poner al hombre como el centro de todo. Se da al hombre el valor que no tiene, la importancia que no merece, la obra que no sirve para nada.

Comprender la Muerte de Cristo es ponerse en la Verdad.

La Iglesia nace en la Muerte del Redentor. Ahí, en los brazos de Su Madre, inicia la andadura de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Es la Madre la que lleva a la Iglesia, el Cuerpo de Su Hijo, al sepulcro de Su Corazón para que renazca allí el Amor de toda la Humanidad a Dios.

La Resurrección de Jesús es el inicio de la Iglesia como comunidad de fieles.

La Iglesia inicia en la muerte de Cristo, pero sólo pertenecen a Ella, Jesús y María, el Redentor y la Corredentora, el Rey la Reina.

Pero la Iglesia es el Cuerpo Glorioso de Cristo. Y, por eso, la Iglesia siempre va a permanecer, nunca las fuerzas del Infierno podrán contra Ella, porque Jesús ha vencido a la Muerte.

Y es esencial comprender este punto para entender la Iglesia.

La Iglesia es un organismo espiritual, divino, celestial, glorioso; que tiene hombres que viven en unos países, en unas familias, en unas culturas, en unas sociedades.

Los miembros de la Iglesia forman, en lo humano, una vida social, económica, política, cultural, etc. Todo eso no pertenece a la Iglesia, sino a los hombres en su humanidad.

Cristo no funda Su Iglesia para una vida social, ni para un orden económico, ni para una estructura política, ni para manejar las diferentes culturas de los hombres.

Aquella Jerarquía que predique el Evangelio de Jesús para constituir un orden económico o social o político, no pertenece a la Iglesia Católica, no es la Jerarquía verdadera, sino la infiltrada. Hoy día, existe mucha jerarquía infiltrada, que exteriormente son buenas personas, pero que son unos demonios: piden dinero para resolver los problemas de los hombres, para luchar por los derechos de los hombres, para su ideología comunista.

Y piden dinero predicando el Evangelio: tomando frases de Jesús y acomodándolas a su negocio en la Iglesia. De esa forma, dan una interpretación nueva del Evangelio, que no está en la Tradición ni en el Magisterio auténtico de la Iglesia.

Sólo hay que darse una vuelta por internet, por los distintos Obispados, y buscar las homilías de los Obispos y verán su ideología comunista. Ya no predican el Evangelio como es, sino siguen lo que Francisco predica todos los días en su negra iglesia de Roma.

Toda esa Jerarquía hace política en la Iglesia y busca el reino material, humano, social, cultural. Pero se han olvidado de para qué es la Iglesia.

La Iglesia no es para dar de comer, como lo quiere Francisco y su cuadrilla de gente. La Iglesia es para dos cosas:

1. Luchar contra el demonio;

2. Luchar contra el pecado de cada uno.

Estas dos cosas son toda la Iglesia.

Cristo muere en la Cruz para dos cosas:

1. Para quitar el pecado, que Adán metió en la Creación;

2. Para liberar a las almas de la acción del demonio.

Esta es toda la Muerte de Cristo.

Si los hombres se unen a esa Muerte, entonces los hombres tienen el poder de hacer dos cosas:

1. Quitar su pecado;

2. Luchar contra el demonio.

Haciendo estas dos cosas, el hombre vive en Gracia, obra en Gracia, ama en Gracia.

Si el hombre persevera en la Gracia, entonces alcanza dos cosas:

1. La salvación para su alma

2. La santificación para su alma y la salvación para otras almas.

Se está en la Iglesia sólo para este fin: salvar y santificar.

Lo demás, a Jesús no le interesa. Y ¿por qué?

Porque el mundo, todavía es del demonio.

Luego, es imposible hacer un orden social, económico, político, donde no haya pecado, no haya males. ¡Es imposible! El demonio está suelto por el mundo. No está atado. Luego, tiene libertad para hacer el mal en todo el mundo.

Jesús sólo pone en Su Iglesia, la Gracia en el Matrimonio; pero no en la sociedad, no en los países, no en las culturas.

Un hombre y una mujer que vivan en Gracia, que vivan imitando a Cristo en su matrimonio, hacen de ese matrimonio la obra de Dios en la creación. Ponen a Dios en medio del infierno, que es este mundo.

Los demás matrimonios, uniones, son todas del demonio; incapaces de dar lo divino en lo humano.

Por tanto, es una ilusión trabajar por un ideal humano, social, cultural, económico, en la Iglesia. Un auténtico absurdo.

Por eso, tienen que aprender que no toda la Jerarquía de la Iglesia es la verdadera, que no todos los fieles que están en la Iglesia son de la Iglesia.

La Jerarquía verdadera se dedica a batallar contra el demonio en las almas, a enseñar la Palabra de Dios, a poner un camino de santidad a las almas en la Iglesia.

La Iglesia verdadera es de muy pocas personas. Es una comunidad pequeña, es un pueblo de Dios pequeño.

Mientras haya pecado en el mundo, hasta que el demonio no sea atado; la Iglesia, en la tierra, es de pocos, muy pocos.

Por eso, llega el momento de irse de Roma, para atacar a la Jerarquía infiltrada, esa Jerarquía que se ha inventado una nueva iglesia sobre los escombros de la verdadera.

Porque lo que hay en el Vaticano ya son sólo escombros: nadie vive la vida espiritual y ni le interesa vivirla. Todos son cuentos para seguir aplaudiendo a un idiota -con todo el significado que tiene esta palabra en el Evangelio-, que es Francisco.

Francisco sólo concibe a Jesús como líder político y, por tanto, concibe la Iglesia como un asunto de los hombres, como una estructura social, como un gobierno donde muchas cabezas deciden muchas cosas.

Francisco, no solo peca con el mismo pecado de Pedro, sino que tiene el pecado de Judas. Reúne ambos pecado. Es incapaz de creer en Jesús y pone el amor al dinero, el amor a los pobres, al amor a su vida social, por encima del amor a Cristo.

Pero Francisco tiene otro pecado más: su orgullo. Y, por este orgullo, vive su amor propio en la Iglesia. Vive su narcisismo. Busca su popularidad, el caer bien a todo el mundo. Por eso, su sonrisa es de Lucifer; luciferina. Tiene el mismo pecado que Lucifer. Se ríe de la misma forma como lo hace Lucifer.

Es una pena que la Jerarquía siga ciega, buscando en la inteligencia rota de Francisco un agua para la vida espiritual. Quien lea a Francisco enseguida se da cuenta de la estupidez que es este hombre. Y esto lo saben muchos sacerdotes, pero callan su boca porque quieren recibir el salario de ese loco. Y, claro, tienen que componer sus predicaciones invitando a la gente a compartir su dinero, porque ahora la moda es la fraternidad. Ahora, ya no hay que juzgar a nadie. Ahora hay que amar a todos, incluso al mismo demonio. Hay que bailar con el demonio para ser feliz en la vida. Por eso, le besan el trasero a Francisco. No son capaces de levantarse y ponerse en contra de él. Y tampoco saben hacerlo.

La negra homilía de Francisco el Domingo de Ramos

Así comienza un verdadero Papa su homilía, el día de los Ramos: «El Domingo de Ramos es el gran pórtico que nos lleva a la Semana Santa, la semana en la que el Señor Jesús se dirige hacia la culminación de su vida terrena. Él va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo a sí a la humanidad de todos los tiempos y ofrecer a todos el don de la redención».(Homilía del Santo Padre Benedicto XVI – Plaza de San Pedro- 1 de abril del 2012).

Así comienza un falso Profeta la Semana Santa, en su negra homilía, el día de Ramos: «Esta semana comienza con una procesión festiva con ramas de olivo: todo el pueblo acoge a Jesús. Los niños y los jóvenes cantan, alaban a Jesús. Pero esta semana va adelante en el misterio de la muerte de Jesús y de su resurrección» (Francisco, 13 de abril 2014)

¿Ven la diferencia?

El verdadero Papa centra el tema: Jesús va a Jerusalén para que se cumplan las Escrituras y para ser colgado en la Cruz, su Trono, Su Reino, la Salvación del Género Humano.

El falso Profeta, que actúa como un Papa impostor, que obra lo que no es, -obra otra cosa a lo que exteriormente muestra-, dice que la Semana Santa comienza con una fiesta, en la que todo el mundo acoge a Jesús. Es una fiesta -y sólo una fiesta-, que introduce a la muerte de Jesús. Y si este falso Profeta no sabe decir lo que es el Domingo de Ramos, lo que en verdad significa para Jesús, -no para el pueblo-, entonces, cuando llegue el Viernes Santo, ¿qué cosa va a predicar?, ¿cómo va a interpretar ese Misterio de la Cruz? ¿qué es para Francisco esa muerte de Jesús y su Resurrección, si él no cree en la divinidad de Jesús?

Francisco presenta el día más importante de la Semana Santa como una fiesta.

El Domingo de Ramos es el pórtico de la Semana Santa. En este Domingo está representada toda la Semana Santa. Por eso, se lee el Evangelio de la Pasión. Y Francisco la presenta como un baile, con una alabanza, y no ha comprendido el misterio de todo eso.

Y a ¿qué se ha dedicado ese idiota en su homilía? A esto: «Hemos escuchado la Pasión del Señor. Nos hará bien preguntarnos ¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo ante mi Señor? ¿Quién soy yo, delante de Jesús entrando en Jerusalén en este día de fiesta? ¿Soy capaz de expresar mi alegría, de alabarlo? ¿O tomo las distancias? ¿Quién soy yo, delante de Jesús que sufre? Hemos oído muchos nombres: tantos nombres» (Ibidem).

Hemos escuchado tantos nombres… ¿Cuál de ellos es usted? ¿A quién se parece usted?

Esta es la estupidez de ese idiota.

Pope Benedict XVI Leads Palm Sunday Mass

No sabe explicar por qué la gente alaba a Jesús. Y decía el verdadero Papa en su homilía: «Los antiguos Padres de la Iglesia han visto un símbolo de todo esto en el gesto de la gente que seguía a Jesús en su ingreso a Jerusalén, el gesto de tender los mantos delante del Señor. Ante Cristo – decían los Padres –, debemos deponer nuestra vida, nuestra persona, en actitud de gratitud y adoración».

El Papa Benedicto XVI enseña la Verdad del Domingo de Ramos. Nos lleva a la Tradición, que es la verdadera intérprete de la Sagrada Escritura. Nos enseña a ser humildes, a poner nuestro corazón a los pies del Señor; nos enseña a entregarnos a Dios.

Pero, ¿qué enseña Francisco? No habla de ninguna Tradición. No da el Magisterio de la Iglesia sobre el Domingo de Ramos. Se dedica a interpelar a la gente: «¿Soy yo como Judas? ¿Soy yo como Pilatos? ¿A cuál de éstas personas yo me parezco?»

Uno lee a este idiota y se le cae el alma a los pies. ¿Cómo te atreves a hacer una homilía interpelando a la gente y poniendo ejemplos de almas pecadoras y de almas virtuosas?

¿Cómo te atreves a juzgar a Pilatos, a Judas, a tantas almas que hicieron su parte en la Pasión, tú que no juzgas a nadie, tú que no sabes lo que es el Juicio de Dios?

¿Cómo te atreves a nombrar a almas virtuosas, que hicieron su parte en la Pasión, tú que no sabes nada de la virtud, de la santidad de vida, porque –para ti- el pecado no es una mancha que hay que quitar? ¿Para qué hablas del bien que hicieron unas almas a Jesús si tú no sabes hacer los mismo que ellas hicieron, porque no existe el pecado en tu mente humana ni, por tanto, la virtud, la gracia para poder obrar lo divino?

¿Quién te crees que eres, Francisco, para hablar así, para seguir confundiendo a la gente, que ciega y sorda te sigue escuchando? Todas esas babosidades que dices traen confusión a toda la Iglesia y demuestran lo que tú eres: un falso Profeta, un usurpador de la Silla de Pedro, uno que continuamente dice la mentira y el engaño por su boca.

Para hablar de Pilatos, tienes que comprender su pecado; para nombrar a Judas, tienes que ver su alma de pecado; para hablar de la negación de Pedro, tienes que mirar su corazón cerrado a la Verdad; para hablar del pecado de una persona tienes que creer en el pecado.

Pero como no crees en el pecado como ofensa a Dios, entonces muestras los hechos de esas personas como males sociales, males humanos.

Te dedicas, en tu homilía, a un pecado de tu mente: a juzgar a todos, a criticar a todos. Y tú te quedas como el que sabe lo que dice, como el santo, como el justo. Y, en tu homilía, no has dicho nada, porque no has sabido penetrar en el Misterio del Domingo de Ramos; das tu pecado a la masa de la gente, lo encumbras ante ellos, hablas de tu pecado; y quedas como injusto ante la historia.

Un hombre que comienza a decir nombres, porque el Evangelio es muy largo y aparecen muchas personas. ¡Qué gran idiota este Francisco! ¡Qué babosas son sus palabras! Cuando todo es tan fácil para el que cree. Pero tu alma está negra por tu pecado. Y, por eso, tus palabras son negras.

Y dejas tus palabras a la masa de la gente, dejas tus pensamientos: «¿A cuál de éstas personas yo me parezco? Que esta pregunta nos acompañe durante toda la semana». No has comprendido lo que es la Semana Santa. No has comprendido la muerte de Jesús. No has comprendido lo que tiene que hacer el alma para salvarse.

No hay que mirar a Pilatos a ver si nos parecemos a él; ni a Judas, ni a las Santas Mujeres. No hay que fijarse en el pecado del otro. En la Semana Santa, cada alma tiene que fijarse en su pecado, y llorar su pecado a los pies del Crucificado, que ha muerto sólo por el pecado de cada alma. Y el pecado de cada uno es de cada uno. No hay dos pecados iguales porque no hay dos almas iguales. Esto es lo que no enseña ese idiota.

Mirar nuestro pecado. Eso es la Semana Santa. No hay que mirar a ver a quién nos parecemos. Hay que mirar a Cristo, que es el que limpia nuestro pecado, que es el que libera el alma del pecado, que es el que muestra el camino para salir del pecado. La Semana Santa es para mirar a Cristo que sufre y muere en la cruz por nuestros pecados. Y todavía habrá almas que se les caiga la baba antes las estupideces que predica este idiota.

Pope leads Palm Sunday mass at Vatican

Y ¿qué es lo que dejó el verdadero Papa, al final de su homilía?

« En conclusión, escuchemos de nuevo la voz de uno de estos antiguos Padres, la de San Andrés, obispo de Creta:

«Así es como nosotros deberíamos prosternarnos a los pies de Cristo, no poniendo bajo sus pies nuestras túnicas o unas ramas inertes, que muy pronto perderían su verdor, su fruto y su aspecto agradable, sino revistiéndonos de su gracia, es decir, de él mismo… Así debemos ponernos a sus pies como si fuéramos unas túnicas… Ofrezcamos ahora al vencedor de la muerte no ya ramas de palma, sino trofeos de victoria. Repitamos cada día aquella sagrada exclamación que los niños cantaban, mientras agitamos los ramos espirituales del alma: “Bendito el que viene, como rey, en nombre del Señor”» (PG 97, 994). Amén.»

El Papa Benedicto XVI nos deja la Verdad, nos deja la santidad de vida, nos deja un camino para salvar y santificar nuestra alma: revistámonos de gracia de Cristo.

Pero, tú, Francisco, ¿qué nos has dejado? Tu estúpido pensamiento.

Y yo lo rechazo porque está lleno de tu pecado. Eres incapaz de elevar el alma hacia el Cielo, sino que siempre estás pensando en las cosas de la tierra, en tu reino material, humano, y ves a Jesús, y ves la Iglesia, como algo humano, como algo político, como algo económico.

Vives en tu lujuria de la vida, que tu vida social, pero no vives alimentando tu alma de la Verdad, porque no crees en la Verdad. Sólo crees en tu maldito pensamiento humano.

Y das lo que tienes en tu corazón: el odio a Cristo y a Su Iglesia. Y si odias la verdad, que es Cristo, tampoco sabes amar a ningún hombre, porque sólo estás lleno de tu amor propio, de tu narcisismo.

Hablas todas esas palabras para que la gente te alabe, te adore, diga que bueno es ese hombre, qué sencillo en sus hablar, que sentimientos hacia el hombre tiene.

Pero tú, Francisco, no hablas para dar a Cristo, para obrar las obras de Cristo, para señalar a Cristo. Sólo hablas para señalar tu mente, tu opinión sobre Cristo y la Iglesia.

Y ya estamos hartos de este imbécil, que sólo se mira a sí mismo, que sólo se ama a sí mismo, que sólo sabe hablar para hacer daño a todos, y para dañar la doctrina de Cristo, poniendo su doctrina humana.

¡Qué absurda homilía la que ha predicado ese idiota! Y la gente lo sigue escuchando, los sigue aplaudiendo. Más idiotas son ellos por querer respetar un lenguaje humano, de un hombre que ya no tiene fe en Cristo, y que no saben luchar por el sentido de la fe en Cristo. Sólo luchan por el sentido de un lenguaje, de una verborrea humana. Y obedecen a Francisco por su lenguaje. Y no saben atacarlo porque ya perdieron la fe, la verdad en sus corazones, como Francisco la ha perdido.

No hay que respetar a Francisco por lo que dice. Hay que coger todo lo que dice y quemarlo, porque es del demonio. Y hay que hablar de Francisco atacando su pensamiento humano, su lenguaje humano, su palabra barata y blasfemia. Si no se hace así, los hombres se convierten en herejes y luchan por la herejía que obra ya Francisco en la Iglesia.

El Papa Benedicto XVI es el que sigue guiando a la Iglesia. En esta Semana Santa no hagan caso de Francisco. Él no va a enseñar el Misterio de la Cruz, sino que va a aniquilar ese Misterio con su palabra de estupidez. No signan a quien no es el Papa. La vida es para Cristo, no para un impostor. El alma necesita alimentarse de la Verdad, no de las patrañas de un idiota que sólo vive para su mente humana.

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