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Bergoglio lleva a los jóvenes en carroza al infierno

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El Reino de la Paz

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«… En hacer Tu Voluntad, Dios mío, tengo mi complacencia, y dentro de mi corazón1 está Tu Ley» (Sal 40 (39), 9).

Cuando se habla de corazón, se habla del hombre interior, de ese interior del hombre que está en su vértice. El hombre es: espíritu, alma y cuerpo (cf. 1 Ts 5, 23). Lo superior de la naturaleza humana es el espíritu, que es lo sobrenatural, la semejanza que el hombre tiene con Dios.

Dios crea al hombre, a su imagen y a su semejanza (cf. Gn 1, 26), lo crea con un espíritu, semejante a Dios, que es Espíritu (Jn 4, 24); y lo crea en la gracia: en la imagen divina, en su vida divina, para que el hombre sea Dios por participación. Para quien contemple al hombre vea la imagen de Dios, su misma vida divina, en una criatura.

La palabra corazón designa toda la vida interior del hombre, su vida espiritual, no la vida racional. El corazón no es el hombre en su humanismo, sino que es el hombre en su espíritu.

Las personas suelen confundir el corazón con la mente. Son dos cosas distintas:

«Amarás a Yavhé, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas» (Dt 6, 5; Mt 22, 37).

Corazón y alma se distinguen en el hombre: en el alma está la mente, lo que es racional. En el corazón, está el ser espiritual: lo que no es la idea racional, lo que viene de la fe, de la Mente de Dios. Lo que es oscuridad, tiniebla, a la mente del hombre.

Para Bergoglio, el corazón es la mente del hombre, la vida humana, racional : «nuestro corazón concentra al ser humano en su totalidad y unidad de cuerpo y alma» (ver texto)

El corazón no concentra al ser humano en su totalidad, sino sólo en su vida interior. Es la totalidad de la vida espiritual.

La totalidad del hombre es: corazón, mente y fuerzas de la naturaleza humana. Es la totalidad de la vida interior más la totalidad de la vida racional.

Y de ahí nace la enseñanza de Jesús: el amor total: corazón, alma y fuerzas.

Lo que importa, en la vida espiritual, es el amor total, que brota de Dios, del Corazón de Jesús, y que nace de lo íntimo del corazón del hombre.

Ese amor, que es lo único importante, que es lo que hace válida una vida, sólo se puede lograr mediante la íntima unión con Jesús. Para esa intimidad, el corazón del hombre –no su mente, no sus fuerzas-  debe colocarse en el Corazón de Dios, abierto a la gracia y al Espíritu Divino. Es una apertura sin reservas, sin condiciones, sin límites, con un abandono pleno a la Voluntad de Dios. Si el corazón está unido con Dios, entonces en la mente está la Verdad y, esa Verdad, se obra con las fuerzas del ser humano en toda su vida.

Si el corazón del hombre se inflama con el amor de Dios, entonces la voluntad del hombre, que está en su alma, va a tender, necesariamente, hacia el bien divino, va a obrar la Voluntad de Dios, no sus voluntades humanas, no sus bienes humanos.

Poner el corazón en el ser humano en su totalidad es no comprender, en absoluto, lo que es la vida espiritual, que es diferente a la vida racional.

«Para la cultura semita el corazón es el centro de los sentimientos, de los pensamientos y de las intenciones de la persona humana»: este hombre –para definir el corazón- va a lo que dice la cultura semita, la sabiduría humana, pero no va a las fuentes de la Revelación, que es la Palabra de Dios, que es lo que Dios ha dado a conocer al hombre, la sabiduría divina. Y, entonces, Bergoglio sólo enseña doctrina de hombres, con un lenguaje sentimental, barato, bello y blasfemo. Pero no es capaz de enseñar la verdad a las almas. Bergoglio confunde corazón y mente, los une en una sola cosa. Y, de esa manera, es cómo nacen las falsas espiritualidades.

Lo característico del pensamiento de muchos católicos es poner la espiritualidad por encima de la religión. Por eso, se aboga por una fraternidad que no se llene de individualismo, sino de humanismo.

La religión2 es dar culto verdadero a Dios. Para eso es necesario la Ley de Dios, las normas que rigen ese culto divino.

El hombre, con su mente, se crea la espiritualidad. Y, por lo tanto, se pone por encima de lo religioso, de la ley de Dios. De esa manera, a muchos católicos no les van los dogmas, no les gustan los proselitismos, no entienden una fe que ciega el entendimiento, que somete la razón a la Mente Divina.

Para muchos católicos, el corazón es lo importante, pero lo entienden mal. Entienden un corazón que no se cierra ni renuncia a los errores, a las experiencias que se viven en otras religiones, que se ofrecen en las diversas filosofías. Es un corazón que quiere abarcarlo todo del hombre: lo bueno y lo malo, la verdad y la mentira, pero que es incapaz de obedecer a Dios, incapaz de someterse a los dones y a las gracias de Dios.

Son católicos que siempre van con la excusa de que el hombre, a lo largo de toda la historia, ha manipulado las cosas, que con el poder quiere someter a los demás a la visión que ellos tienen de la vida. Son católicos que no se someten a nada, pero que exigen que los demás se sometan a sus pensamientos humanos, que los demás les merezcan respeto a lo que ellos piensan. Y hablan de humildad y de sencillez, pero no es la humildad de corazón, ni es la sencillez de la vida espiritual. Es sólo su lenguaje humano, muy bonito, pero sin ninguna verdad en el corazón.

Si el corazón es para la vida interior, entonces lo que impide esa vida interior es siempre el pecado. De ahí que es necesario purificar el corazón: la penitencia interior.

Hoy se pone el pecado, no como un ser espiritual, sino como un ser filosófico y social.

El pecado es una obra en contra de la Voluntad de Dios. Es, por lo tanto, una ofensa a Dios.

Para el modernista, el pecado es una obra en contra del hombre, de la sociedad, del mundo, de la creación. En consecuencia, en el pecado se ofende al hombre o a la sociedad. La limpieza del corazón sólo atañe a la vida humana o social del hombre:

«…se trata sobre todo de algo que tiene que ver con el campo de nuestras relaciones. Cada uno tiene que aprender a descubrir lo que puede ”contaminar” su corazón».

Se trata de algo que está en lo social, entre las relaciones de los hombres. Limpiar el corazón no es un asunto de la vida interior del hombre, sino de la vida social.

Bergoglio no entiende lo que es el Espíritu ni, por tanto, la vida espiritual. Bergoglio sólo comprende al hombre y lo encierra en los límites de su mente humana. Y ahí construye su fábula: una colección de cuentos que va predicando, aquí y allá, y que sólo se alimentan de ellos los pervertidos como él en su mente. Y de estos pervertidos la Iglesia está llena.

«Si hemos de estar atentos y cuidar adecuadamente la creación, para que el aire, el agua, los alimentos no estén contaminados…»: es el deseo humano de que todo lo exterior al hombre sea perfecto. Pero, ¿cómo el hombre pretende conseguir la perfección en la creación si no posee la perfección en su vida interior? Si el corazón es impuro, las obras exteriores son impuras, contaminan toda la creación… Pero hay que estar atentos a no dejar caer un trozo de papel al suelo: ¡es una ofensa contra la fraternidad universal!

No hay que estar atentos y cuidar la creación: eso no sirve de nada. Eso lleva al fariseísmo de mucha gente, que se inventa una vida para luchar por lo que no tiene ninguna importancia: las aves, los animales, las plantas, las aguas, el cuerpo, etc… El mundo ecológico, el mundo carnal, el mundo material.

«Los ejercicios corporales sirven para poco; en cambio la piedad es provechosa para todo, pues tiene la promesa de la vida, de la presente y de la futura»  (1 Tim 4, 7 s).

No te canses cuidando la creación, cuidando tu cuerpo, cuidando el parque…No es eso la vida del corazón.

«… golpeo mi cuerpo y lo esclavizo; no sea que, habiendo proclamado a los demás, resulte yo mismo descalificado» (1 Cor 9, 27).

Si sabes dominar tu cuerpo con la mortificación, entonces sabes cuidar la creación como Dios quiere. Pero si das a tu cuerpo el regalo que te pide, entonces, por más que luches para que la creación no se corrompa, se va a corromper porque todos buscan en ella el regalo para sus cuerpos.

Esta es la ley del pecado. Por eso, todos los que hablan, como Bergoglio, de ecología humana, están locos de remate. No tienen ninguna vida espiritual. No son hombres de vida interior. Son comunistas, socialistas, liberales, modernistas, panteístas, pelagianistas, etc…

«…mucho más tenemos que cuidar la pureza de lo más precioso que tenemos: nuestros corazones y nuestras relaciones.  Esta ”ecología humana” nos ayudará a respirar el aire puro que proviene de las cosas bellas del amor verdadero, de la santidad»: esto es sólo la palabrería barata de Bergoglio, de la cual muchos insensatos se alimentan.

¡Respirar el aire puro que viene de la santidad, del amor verdadero!: ¡Qué chiste tan malo! ¿Quién puede hacer caso a esta babosidad? Muchos.

La Cuaresma no es ecología humana, sino penitencia interior, vida interior en la cual el hombre combate sólo contra sí mismo, no contra el mundo ni contra el demonio.

Esta es la penitencia3 que la Iglesia Católica ha perdido: llorar por nuestros pecados. Y sólo por los nuestros. Sin mirar lo demás. Penitencia por nuestros pecados. Si se hace esto, entonces se hace penitencia por todo lo demás.

Hay que pasar las noches en insomnio, para violentar la propia naturaleza que quiere descanso. No hay descanso cuando hay tanto que expiar.

Hay que pasar por la oración callada, con el rostro en la tierra, mirando la fealdad de ella para verse reflejado, sin pedir nada a Dios, sin desear nada. Sólo ofreciendo a Dios nuestras miserias, que es lo único que podemos darle.

Hay que dormir en el suelo, hay que sentarse en sillas incómodas, hay que dar al cuerpo dolor, para que el alma se acostumbre a pensar que en esta tierra no hay felicidad ni puede haberla.

Hay que estar mirando, continuamente, nuestros pecados para golpearse el pecho por la ofensa que hice a Dios. Hay que lamentarse, sollozar por haber pecado tanto. Hay que dar voces de angustia hasta comprender que un solo pecado mortal es merecimiento del más profundo infierno.

Hoy día la Cuaresma es cualquier cosa menos penitencia interior.

«..lo que da sentido a nuestra vida es sabernos amados incondicionalmente por Dios»: esto es lo que oyen ustedes a todos los sacerdotes y Obispos. Dios es amor, Dios te ama, qué bueno es Dios. Dios no castiga. Dios no juzga.

Nadie descubre a las almas lo que son ante los ojos de Dios. Tienen miedo, porque ya no viven una vida interior, el hombre nuevo de la gracia. Viven para lo exterior de su vida, para la superficialidad de un ambiente social, familiar, para el desorden de una cultura sin el culto verdadero a Dios.

«…ningún ser viviente puede justificarse en la Presencia del Señor; que hay que rogarle para que no entre en juicio con sus siervos» (San Agustín – De los méritos y perdón de los pecados – Libro II, cap. XIV –“Todos somos pecadores”).

¡Que Dios no entre en juicio con el alma! Esto es predicar la verdad. No esa falsedad de que Dios es amor.

Lo que da sentido a nuestra vida es sabernos pecadores. De esa manera, el alma pide a Dios que le muestre cómo quitar el pecado para que Dios no entre en juicio con ella.

Esta gran verdad es la que ya no se predica. Se predica un amor sentimental, propio de un nuevo pelagianismo, que es la babosería de Bergoglio:

«¿Recuerdan el diálogo de Jesús con el joven rico?  El evangelista Marcos dice que Jesús lo miró con cariño,  y después lo invitó a seguirle para encontrar el verdadero tesoro.  Les deseo, queridos jóvenes, que esta mirada de Cristo,  llena de amor, les acompañe durante toda su vida».

Jesús no dialogó con el joven rico, sino que le enseñó el camino de la perfección:

«Ya sabes los mandamientos: no matarás, no adulterarás, no robarás, no levantarás falso testimonio, no harás daño a nadie, honra a tu padre y a tu madre» (Mc 10, 19). Enseñanza moral. Jesús le recuerda los mandamientos de Dios, la ley divina. Jesús no pierde el tiempo charlando con los hombres. Cuando habla es para enseñar la verdad.

No lo invitó a seguirle, sino que le manifestó la obligación de seguirle:

«Una sola cosa te falta: vete, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; luego, ven y sígueme»  (Mc 10, 21b). No fue invitando a una fiesta, sino exigiendo del alma la renuncia de todo para seguir a Cristo. Jesús no invita a nadie, sino que exige al alma. Y de esa exigencia, el joven rico se fue triste, porque la comprendió.

Jesús miró el alma de ese joven para ver su intención en el hablar:

«Jesús, poniendo en él los ojos, lo amó4» (Mc 10, 21a): Jesús puso los ojos en el alma del joven, porque lo que iba a decirle era el amor espiritual, el amor total, que exige todo el corazón, toda la mente y todas las fuerzas de la persona. Jesús lo amó con el amor de caridad, no con un cariñito. Es el ágape, que significa siempre el amor divino hacia el alma. Jesús no da cariñitos a nadie, ni besitos ni abrazos. Jesús, cuando ama pone en el alma un peso de amor, un dolor, un sufrimiento, una cruz. Es lo que sintió el joven rico: la exigencia del amor divino, la cruz del amor divino.

Pero Bergoglio está en su cháchara:

«Durante la juventud, emerge la gran riqueza afectiva que hay en sus corazones, el deseo profundo de un amor verdadero, maravilloso, grande. ¡Cuánta energía hay en esta capacidad de amar y ser amado!»: todo sentimentalismo el de este hombre. No lleva a los jóvenes a la verdad del amor, a ese amor verdadero, como lo hizo Jesús con el joven rico. Bergoglio no exige a los jóvenes el desprendimiento de todo lo humano, sino todo lo contrario: el apego a todo lo humano.

Lo que emerge en todo hombre es un amor falso que hay que quitar del corazón a base de penitencias. Un amor que no es energía para amar y ser amado. Es una fuerza demoníaca que le cierra el corazón al verdadero amor. ¡Ningún hombre que nace en el pecado original nace con este dese profundo de un amor verdadero! ¡Esta es la fábula este hombre! ¡Qué bien la cuenta!

Todo hombre nace en su corazón con un odio profundo a Dios. Eso es el pecado original.

«Yo, en cambio, les pido que sean revolucionarios, les pido que vayan contracorriente;  sí, en esto les pido que se rebelen contra esta cultura de lo provisional,  que, en el fondo, cree que ustedes no son capaces de asumir responsabilidades,  cree que ustedes no son capaces de amar verdaderamente.  Yo tengo confianza en ustedes, jóvenes, y pido por ustedes.  Atrévanse a ”ir contracorriente”. Y atrévanse también a ser felices»: este es el lenguaje de un político, pero no de un director espiritual, de una persona con cura de almas, no de un Obispo que tienen que velar por la vida de las almas en el mundo.

No se puede pedir al hombre que sea revolucionario: eso lo piden los políticos, los hombres del mundo, que apelan a la revolución para implantar su idea o su obra en el mundo.

No existe la cultura de lo provisional: existe el pecado en cada hombre. ¿Qué es la cultura de lo provisional? Lo que cada uno piense. Si los hombres banalizan el sexo, o el matrimonio, lo hacen por su pecado, no por la cultura, no por el ambiente que viven; no por el mundo que les rodea. Se pone el mal en la sociedad. Y entonces se habla como los revolucionarios: rebélense contra  esa idea cultural. El alma que no es capaz de asumir sus responsabilidades no es por una cultura, no es por ese pensamiento que flota en el ambiente. Es por el pecado de esa alma, que huye de la ley de Dios, que quiere hacer su vida como le parece, como le gusta.

Para Bergoglio, el pecado es un ser social, cultural, pero no una ofensa a Dios. Por tanto, no lleva al alma al arrepentimiento de su pecado, para que sea responsable en su vida. Lleva al alma a la revolución de la mente, de la idea social que impera en esa cultura. Y así se llega a imponer la cultura del encuentro: la idea de la fraternidad universal.

¡Qué pocos entienden el lenguaje herético de este hombre!

¡Qué pocos ven su descaro!:

«Ustedes, jóvenes, son expertos exploradores.  Si se deciden a descubrir el rico magisterio de la Iglesia en este campo,  verán que el cristianismo no consiste en una serie de prohibiciones que apagan sus ansias de felicidad,  sino en un proyecto de vida capaz de atraer nuestros corazones»: esto es hablar con malicia, con perversidad de mente.

Todo aquel que vaya al Magisterio auténtico de la Iglesia tiene que ver las prohibiciones, la regla de la fe, los principios de la moral, que tienen que apagar las ansias de toda felicidad humana, natural, carnal, material, sentimental, afectiva de los hombres. Y que ponen al alma en el camino de las bienaventuranzas: en el camino hacia el cielo, que es un camino de cruz.

Pero Bergoglio predica a los jóvenes: «atrévanse a ser felices». Esto no es la predicación del Evangelio. Esto no es la Palabra de Dios. Esto no es la verdad.

Bergoglio tiene, lo que se llama, la añoranza del Paraíso: «En los Salmos encontramos el grito de la humanidad que, desde lo hondo de su alma, clama a Dios: ”¿Quién nos hará ver la dicha si la luz de tu rostro ha huido de nosotros?”».

¡El grito de la humanidad!

La humanidad ha perdido la felicidad original. La humanidad está en angustia: «La ”brújula” interior que los guiaba en la búsqueda de la felicidad pierde su punto de orientación y la tentación del poder, del tener y el deseo del placer a toda costa los lleva al abismo de la tristeza y de la angustia». Es lo que se vive: esa cultura del pesimismo, de la tristeza, de la angustia… Por eso, se necesita el evangelio de la alegría, de la felicidad. Hay que ser revolucionarios, hay que ir en contra de esa angustia. Hay que ser felices, no hay que temer miedo de ser felices:

«Pero no tengamos miedo ni nos desanimemos: en la Biblia y en la historia de cada uno de nosotros vemos que Dios siempre da el primer paso: Él es quien nos purifica para que seamos dignos de estar en su presencia».

Ya Dios te purifica. Tú vive feliz. No subas a la Cruz. No renuncies a tus sueños. No hagas nada por salvar tu alma del pecado. Da pan al que no lo tiene. Y eso basta para ver a Dios.

«Queridos jóvenes,  para entrar en la lógica del Reino de Dios es necesario reconocerse pobre con los pobres.  Un corazón puro es necesariamente también un corazón despojado,  que sabe abajarse y compartir la vida con los más necesitados».

Sólo habla del despojo cuando es necesario soltar el dinero. Esto es siempre toda la Jerarquía que predica su humanismo. ¡Hay que gente que pasa hambre: dame tu dinero, despójate de tu dinero. Es la lógica del Reino de Dios. Eso es tener un corazón puro.

¡Qué fácil es engañar a los católicos! ¡Continuamente lo hace este hombre!

Esto es llevar a las almas a la condenación.

Bergoglio les cuenta a los jóvenes la fábula de cómo se perdió «la espléndida bienaventuranza», que había en el Paraíso, y cómo Jesús vino y «nos descubre nuevos horizontes, impensables hasta entonces». Todo un cuento bellísimo, apto para dar al alma una gran oscuridad en su vida espiritual.

¿Quién es Cristo?

«Y así, en Cristo, queridos jóvenes, encontrarán el pleno cumplimiento de sus sueños de bondad y felicidad».

En Cristo, el hombre encuentra su sueño humano, su idea de la vida: sus obras buenas humanas y sus felicidades para lo humano.

Bergoglio ha anulado, completamente, la obra de la Redención.

La gente va buscando un Cristo a la medida de sus sueños, de sus ideales humanos, de su mente humana. Por eso, el falso ecumenismo: toda idea de Cristo vale, no importa que sea budista, protestante, judía, musulmana, etc.. Es el sueño del hombre lo que cuenta. No es la obra de Cristo en la Cruz.

Es muy hábil, Bergoglio, en elegir el lenguaje adecuado para engañar. Él es un maestro de la oratoria. Se sabe todos los trucos de cómo llegar a la mente y al afecto de los hombres. Y la gente cae en ese lenguaje porque ya no piensa la verdad. Vive su vida sin pensar, como un estúpido, como un idiota de la vida.

«No se va en carroza al Paraíso. Las almas no se compran con dinero; al Reino de los Cielos se sube a través del sendero de la oración y del sufrimiento» (Padre Pío de Pietrelcina).

Bergoglio: no se lleva a los jóvenes en carroza al Cielo. No se les dice: sean felices. Hay que subirlos a la Cruz. Hay que hacer que amen la cruz, que amen al Crucificado, que amen el dolor. Si esto no se hace en una predicación, entonces se lleva a los jóvenes en carroza al fuego del infierno.

¡Cuántos jóvenes se van a condenar por este escrito de este infame!

01

1 Καρδιας: καρα: vértice, superior;  δια: entre, en medio. Lo que está en el medio del vértice, de la vida superior. Κοιλιας: Las entrañas del hombre. Estas dos palabras son sinónimas en los LXX y, por el influjo del texto hebraico, se emplean indiscriminadamente. En los LXX, se tiene la palabra entrañas (κοιλιας); y en el códice B del Vaticano gr. 1209, se tiene corazón (καρδιας). Ambas significan la parte interior del hombre.

2 «Ya se llama religión de la relectura frecuente, ya de la elección iterada de quién fue perdido negligentemente, ya se lo llame por la religación, la religión lleva propiamente consigo un orden a Dios. Porque a Él, es a quien debemos ligarnos principalmente como a un principio indeficiente, al cual se debe dirigir también con asiduidad nuestra elección como al último fin, a quién también perdimos pecando negligentemente, y que debemos recuperar creyendo y prestándole fe» ( 2,2,q.81 a.1). Por tanto, la religión es el conjunto de verdades, obligaciones y ritos por los cuales el hombre se liga a Dios, y reconoce su suprema excelencia y dominio. Comprende, en consecuencia, los actos del entendimiento y voluntad, y otros, por los cuales el hombre reconoce esta dependencia de Dios.

3 «Penitencia es un modo de renovar el santo Bautismo. Penitencia es acordar con Dios una nueva vida. Penitente es el hombre que compra humildad. Penitencia es repudio perpetuo de todo consuelo corporal. Penitente es aquel que permanentemente se está acusando y condenando, el cual tiene un corazón descuidado de sí mismo por el continuo cuidado de satisfacer a Dios. Penitencia es hija de la esperanza y destierro de la desesperación. Penitente es el reo que está libre de confusión por la esperanza que tiene en Dios. Penitencia es reconciliación con el Señor, mediante la buena obra opuesta al pecado. Penitencia es purificación de la conciencia. Penitencia es sufrimiento voluntario de toda pena. Penitente es el artífice de su propio castigo. Penitencia es una fuerte aflicción del vientre, y una vehemente aflicción, y un gran dolor del alma». (San Juan Clímaco – La santa Escala, n. 140, a.2).

4 «Lo amó» = ηγαπησεν. El verbo αγαπη se usa en contraposición al verbo φιλη. «Como el Padre me amó (= ηγαπησεν), también yo os amé (= ηγαπησαμεν); permaneced en Mi Amor (= αγαπη)» (Jn 15, 9). El Padre ama a Su Hijo en el Amor del Espíritu, amor divino = αγαπη. Y, en ese amor, Jesús ama el alma y el alma permanece en el amor de Jesús, que es un amor en el Espíritu, en la Verdad que da el Espíritu. «Si me amarais (= αγαπατε), guardaréis Mis Mandamientos» (Jn 14, 15). Sólo se puede amar a Jesús en el Amor del Espíritu, en al amor divino. En ese amor, el alma  es capaz de guardar los mandamientos de Dios. Fuera de ese amor, el alma va hacia el pecado. «Quien ama (= φιλω) su vida, la pierde» (Jn 12, 25): la vida humana, natural, material, carnal, sólo se puede amar de manera humana, con lazos materiales, carnales, sentimentales. Si se ama así, se pierde la vida del Espíritu. Quien aborrece su vida humana, entonces gana la vida del Espíritu. Jesús siempre ama en el αγαπη, pero nunca en el πιλω.

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7 comentarios

  1. ana dice:

    Juan Pablo,entre en el link que nombras,no lo con ocia,si bien me extraño que llama verdaderos profetas a Enoc y a Luz de Maria,los cuales ya nos dijo el padre joseph no son verdaderos,es x ello han provocado mi rechazo.

    • Juan Pablo dice:

      Por lo menos en los mensajes que yo he visto, nunca vi que nombrara al falso Enoch y a la falsa Luz de María. Raro porque se contradecirían absolutamente especialmente respecto de Bergoglio.
      De todos modos si el Padre lo considera conveniente, borre mis comentarios con referencia a ese link.

  2. n t dice:

    Simplemente…gracias

  3. Ana dice:

    El vaticano le da asientos preferenciales a homosexuales el miércoles de ceniza:
    http://www.semana.com/mundo/articulo/vaticano-dio-sillas-vip-catolicos-homosexuales/418348-3

  4. kaoshispano dice:

    y lo que nos queda con el rebaño mudanizado clerical post CVII

    con musica de megaSTAR y voz demoniada del Guarrocanal, en los sures catolicones SPAIN de la borregada de paco1 JESUITAS el Demoledor.

  5. Empera dice:

    Hola hermanos presten atención miren de nuevo el video en el mín1: 31 Bergoglio ni siquiera dijo “El cuerpo de Cristo” Él distribuye la hostia como galletas sin decir nada. Esto puede ser una cena protestante pero no la celebración del sacrificio de la Santa Misa.

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