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Bergoglio: ese loco que vive en Santa Marta

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«La fe es por la predicación, y la predicación por la Palabra de Cristo» (Rm 10, 17).

Dios no dialoga con los hombres, sino que les da Su Palabra. Y en Su Palabra, Dios enseña al hombre a vivir su vida sólo para Dios, no para los hombres.

El hombre tiene que creer en la Mente de Dios; es decir, tiene que obedecer la Palabra de Dios, someterse a Ella, asentir a lo que Dios le revela, sin poner su juicio propio. Esta es la obediencia de la fe: «Obedecer (ob-audire) en la fe es someterse libremente a la palabra escuchada, porque su verdad está garantizada por Dios, la Verdad misma. De esta obediencia, Abraham es el modelo que nos propone la Sagrada Escritura. La Virgen María es la realización más perfecta de la misma». (CIC, n. 144).

Para Bergoglio, la fe es un acto de la mente, no una obediencia, no un asentir con la mente a la verdad que Dios revela, no es someterse a la palabra que se escucha, no es una confesión, no es un creer, sino un hablar, un dialogar sobre la palabra que se escucha:

«El creer se expresa como respuesta a una invitación, a una palabra que ha de ser escuchada y que no procede de mí, y por eso forma parte de un diálogo; no puede ser una mera confesión que nace del individuo» (LF, n. 39).

Por tanto, Bergoglio va buscando la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección en el diálogo. No busca, en la fe, una verdad, sino su interpretación, su visión humana, un lenguaje humano apropiado a la vida, a la historia, a los problemas de los hombres. Por eso, Bergoglio es idealista, sigue los postulados de Hegel:

«Existe también una tensión bipolar entre la idea y la realidad» (EG, n. 231).

El problema del hombre que vive su idea es encontrar una relación, una tensión entre su idea y la realidad. Éste es el problema de todo idealista, de todo filósofo que no comprenda que la razón sólo sirve a la fe, no es guía de la fe.

Todo hombre se comporta de esta manera: piensa y obra lo que piensa. Por tanto, la realidad de su vida son sus obras, que nacen de su idea, de su meditación, de su síntesis, de su análisis. El hombre, cuando piensa, no se pregunta la relación, la tensión que hay entre lo que piensa y la realidad. Su idea le lleva al acto.

El problema de todo hombre es el pecado: no siempre obra lo que piensa. Y, por tanto, la realidad de la vida se vuelve complicada para el mismo hombre. Es el «no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago» (Rm 7, 15) de San Pablo.

Dios da al hombre la fe, es decir, su Mente Divina, para que el hombre viva de una manera divina en su humanidad: piense de forma divina y, por tanto, obre de forma divina. El hombre de fe ya no es sólo una vida racional, sino espiritual. El hombre, creyendo en lo que Dios le revela, encuentra la libertad de su vida:

«(…) la obediencia en la fe es la verdadera libertad, la auténtica redención, que nos permite unirnos al amor de Jesús en su esfuerzo por conformarse a la voluntad del Padre» (Homilía – Benedicto XVI, 27 de marzo del 2012).

Bergoglio, en su idealismo, tiene que convertir su vida en un diálogo:

«La realidad simplemente es, la idea se elabora. Entre las dos se debe instaurar un diálogo constante, evitando que la idea termine separándose de la realidad» (EG, n. 231).

«La realidad es, la idea se elabora»: el hombre ideal trabaja para elaborar su idea. El hombre, con los pies en el suelo, trabaja para que su idea sea conforme a la verdad. Esta es la distinción entre verdad e idealismo. El idealista no busca la verdad, sino que se la inventa, la elabora, la trabaja, la reinterpreta.

Este es el problema de Bergoglio: elabora su verdad, su perfección en su mente humana. No busca, primero, la verdad en Dios y se conforma con esa verdad, se somete a esa verdad. No busca entender a Dios, asimilar a Dios, cambiar su mentalidad humana, que es la propia de un hombre racional, para ser hijo de Dios, para ser un hombre que piense como Dios piensa, un hombre que tenga la Mente de Cristo.

No; Bergoglio quiere dialogar: «se debe instaurar un diálogo constante»; pero no quiere poner en la realidad de la vida, la verdad que encuentra en Dios, sino la mentira que su mente elabora. Esto es lo propio del idealista.

La realidad es como es; pero la idea es, también, como es. Idea y realidad son como son. No hay que elaborarlas, no hay que establecer un diálogo entre ambas. Hay que ver la idea que se tiene en la mente y discernirla con la idea que viene de Dios. Ese es el trabajo en la vida espiritual: que la razón obedezca a la fe, a la Mente de Dios, a la Mente de Cristo; no que la razón humana elabore la fe.

Si la idea del hombre se somete a Dios, entonces la realidad de la vida pertenece a Dios; pero si la idea que tiene el hombre no es de acuerdo a lo que Dios le revela, entonces la realidad de la vida no es para Dios, sino para el Enemigo de las almas y de Dios, que es el demonio.

La vida espiritual es siempre una lucha espiritual: Dios o el demonio. Hay que dar a Dios lo que es de Dios y al demonio lo que es del demonio. Por eso, la realidad de la vida es conforme a lo que el hombre obra, no a lo que el hombre piensa. Se hacen obras para Dios u obras para el demonio. Se sirve a Dios o se sirve al demonio. Se construye una familia, una sociedad, una iglesia para Dios o para el demonio. Esto es lo que Bergoglio anula: esta distinción fundamental para poder comprender la realidad de la vida. Para el idealista, no existe este discernimiento porque va buscando esa tensión, ese diálogo, esa comunicación entre la mente del hombre y la realidad de lo que ve, de lo que piensa, de lo que obra.

Decir que «la idea se termina separando de la realidad», es decir que el hombre es el que tiene que construir la realidad según su idea. Tiene que buscar una idea que no se separe de la realidad sino que se integre en ella. La idea y la realidad son dos cosas diferentes. Siempre están separadas una de otra. Buscar una idea que no esté separada de la realidad es inventarse, necesariamente, esa realidad. Bergoglio, no sólo cae en un idealismo, sino en un realismo: va buscando su realidad, una realidad perfecta, en donde no haya separación entre idea y realidad. Por eso, dice:

«Es peligroso vivir en el reino de la sola palabra, de la imagen, del sofisma. De ahí que haya que postular un tercer principio: la realidad es superior a la idea» (Ib).

«La realidad es superior a la idea»: Bergoglio no es racionalista, sino realista. Toda idea racional lleva a un acto racional, conduce a obrar, en la realidad, algo que el hombre quiere. Es poner, en la realidad, algo que el hombre busca en su inteligencia. El que hombre que piensa, va formando su vida de acuerdo a ese pensamiento. Si es un hombre de fe, el hombre vive una vida, no sólo racional, sino espiritual. El hombre de fe vive una realidad racional, humana, natural, pero también espiritual.

Pero, para Bergoglio, la realidad está por encima de la vida racional. ¿Cómo entender esa realidad con la mente? No se puede, porque es superior: no hay una idea racional que nos lleve a esa realidad. Y, por eso, dice:

«Esto supone evitar diversas formas de ocultar la realidad: los purismos angélicos, los totalitarismos de lo relativo, los nominalismos declaracionistas, los proyectos más formales que reales, los fundamentalismos ahistóricos, los eticismos sin bondad, los intelectualismo sin sabiduría» (Ib). Este párrafo es lo que predicó, hace poco, en su discurso al Parlamento Europeo. Está haciendo gala de la búsqueda de la perfección de su entendimiento humano, que es buscar la perfección de su realidad. Por eso, él propone una iglesia universal, ecuménica; un gobierno mundial con una economía para todos, etc…Porque va en busca de esta vida, de esta realidad que está por encima de toda idea, de todo dogma, de toda tradición, de cualquier verdad que el hombre haya adquirido o creído en toda su historia. Esto es anular la verdad de la Iglesia Católica y poner su mentira, su falsa iglesia.

El hombre piensa muchas cosas que ocultan la realidad, que no le procuran esa realidad que está por encima de su vida racional. Y, entonces, Bergoglio lo ataca todo. Va buscando una idea que le haga subir a la realidad ideal, perfecta, que le haga entender esa realidad, que le haga mirar su realidad.

Esto es el realismo: la primacía de lo real, independientemente del acto cognoscitivo. La realidad es como es, las cosas son como son sin que se les sobrepongan interpretaciones, teorías, filosofías, teologías, dogmas, que impidan ver esa realidad. Por eso, Bergoglio busca su idea que le lleve a lo real, que no tape lo real.

¿Y cómo es esa idea?

«Es hora de saber cómo diseñar, en una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones. El autor principal, el sujeto histórico de este proceso, es la gente y su cultura, no es una clase, una fracción, un grupo, una élite. No necesitamos un proyecto de unos pocos para unos pocos, o una minoría ilustrada o testimonial que se apropie de un sentimiento colectivo. Se trata de un acuerdo para vivir juntos, de un pacto social y cultural» (EG, n. 239).

Esa idea es la «búsqueda de consensos y de acuerdos»: es la unidad en la diversidad de pensamientos humanos. Es encontrar un lenguaje humano apropiado a todos los hombres. Esto es lo que quiso hacer el Sínodo extraordinario, poner esta base: Bergoglio va en busca de su iglesia perfecta, en la que no es posible ninguna exclusión, ninguna excomunión; en la que se viva de la memoria humana, del comportamiento de los hombres, de su historia; y en la que el pecado ya no sea llamado como tal, sino una perfección en el obrar del hombre, porque nace de su mente, de su historia, de su vida. El pecado está en su ADN y, por lo tanto, Dios no se lo imputa.

Es una idea que no está separada de una «sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones»: aquí se resume su fe: fe fiducial, fe masónica y fe comunista.

Una sociedad justa, en la que entren todos, en la que a nadie se le juzgue por su vida, en la que Dios no impute el pecado; una sociedad memoriosa, que haga gala de la memoria de los hombres, de sus experiencias en la vida, de sus obras en la historia, de sus culturas, tradiciones, filosofías; una sociedad sin excluir a las clases más bajas, luchando contra las clases altas, pudientes, autoritarias.

Por tanto, en este diálogo entre idea y realidad, Bergoglio no busca el Reino de Dios, sino su reino humano, material, carnal, natural, histórico, de tejas para abajo, donde la persona es sagrada, es el centro del universo.

«El común reconocimiento de la sacralidad de la persona humana sustenta la compasión, la solidaridad y la ayuda efectiva a los que más sufren» (Discurso en la Diyaner del 28 de noviembre – OR, n. 49, pag. 7). Éste es el grave problema de Bergoglio: la persona humana es sagrada. Y, por tanto, necesita de compasión, de solidaridad, de ayudas humanitarias.

Y Bergoglio anula que la vida humana es sagrada, porque Dios es Vida, «en Él era la Vida» (Jn 1, 4), y es Dios quien da la Vida y quien la quita. Es la vida, y toda vida, lo que es sagrada, porque toda vida viene de Dios. El hombre no puede producir la vida, no la puede obrar. Pero lo que no es sagrado es el fruto de la vida: ya sean los vegetales, los animales, el hombre, el ángel.

El hombre idealista abaja lo divino a lo humano: al no creer en Dios como es, al querer interpretarlo, poner una relación material entre Dios y el hombre, al buscar una tensión entre lo divino y lo humano, debe anular a Dios y poner al hombre como dios, como sagrado, como santo.

La persona humana nunca es sagrada. Se hace sagrada cuando recibe de Dios lo sagrado: un sacerdote es sagrado porque recibe el sacramento del Orden que le hace sagrado. Un objeto se hace sagrado porque recibe una bendición de Dios.

Dios, al crear al hombre no le hace sagrado cuando lo crea. Dios le da dones y gracias a ese hombre para que viva lo sagrado, para que obre lo sagrado, para que ordene su existencia humana hacia lo sagrado.

Por eso, Bergoglio, en su discurso, lleva al hombre hacia la negación de Dios:

«Nosotros, los musulmanes y los cristianos, somos depositarios de inestimables riquezas espirituales, entre las cuales reconocemos elementos de coincidencia, aunque vividos según las propias tradiciones: la adoración de Dios misericordioso, la referencia al patriarca Abraham, la oración, la limosna, el ayuno… elementos que, vividos de modo sincero, pueden transformar la vida y dar una base segura a la dignidad y la fraternidad de los hombres» (Ib, pag. 8). No hay un solo Dios, sino dos dioses: el de los musulmanes y el de los cristianos. Hay dos iglesias, hay dos confesiones, hay dos fes, hay dos tradiciones, hay dos magisterios y, por lo tanto, esos elementos son aptos para una cosa: esa realidad en la que se viva la fraternidad universal. Hay que buscar esa religión que no oculte esta realidad. Se niega a Dios que ha puesto Su Iglesia donde sólo es posible que se dé esa realidad. Es una realidad gloriosa, no humana, no material. Es una unidad que sólo Dios puede hacerlo en Su Reino Glorioso. Pero Bergoglio no va buscando esta Verdad Revelada, sino su “verdad” en su diálogo:

«Un diálogo es mucho más que la comunicación de una verdad»: no se dialoga para permanecer en la verdad, para enseñar una verdad, para guiar a la verdad Revelada. La verdad no es el centro en la vida de Bergoglio. La verdad no le interesa a Bergoglio. Hay que comunicar una belleza, una palabra bonita, llena de sentimientos que agraden al hombre:

«En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien. No se trata de verdades abstractas o de fríos silogismos, porque se comunica también la belleza de las imágenes que el Señor utilizaba para estimular a la práctica del bien» (EG, n. 142). La belleza de las imágenes, de lo sensible, de lo sentimental. Bergoglio sólo está en la humanidad. Al no ver la Verdad como Palabra de Dios, tiene que transmitir una verdad que agrade al hombre, una verdad puesta en una bandeja de plata, adornada con frases, con imágenes, con palabras, con sensiblerías que gusten al hombre, que le acaricien el oído, que le hagan sentir bien en su vida. Por eso, Bergoglio nunca predica del infierno, de la justicia de Dios, del castigo, del pecado, de la penitencia, de la cruz, del desprendimiento de lo humano, etc… Son verdades que no gustan al hombre, que no vienen con una belleza. No valen para la homilía, para hacer un diálogo.

Bergoglio tiene que predicar que todos nos salvamos o que los animales van al cielo. Es su desvarío mental.

Para Bergoglio, la conversión no nace del encuentro con la verdad, sino en el diálogo:

«Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana, junto al pozo, donde ella buscaba saciar su sed» (EG, n. 72); «La samaritana, apenas salió de su diálogo con Jesús, se convirtió en misionera, y muchos samaritanos creyeron en Jesús por la palabra de la mujer» (EG, n. 120).

«Apenas salió de su diálogo»: la samaritana no fue a someter su mente a la Palabra que Jesús le hablaba. No salió de ese encuentro para confesar su fe. Fue a Jesús para hablar con él. Y Jesús fue a ella para dialogar con ella, no para enseñarle el camino para salvar su alma. Dios, cuando ama a un alma, no le enseña la verdad de su vida, sino que sólo habla de muchas cosas con ella para tenerla entretenida.

A Bergoglio no le importa la verdad, sino el diálogo:

«El diálogo con la multiculturalidad. En Estrasburgo hablé de una Europa multipolar. Pero también las grandes ciudades son multipolares y multiculturales. Y debemos dialogar con esta realidad, sin miedo. Se trata, entonces, de adquirir un diálogo pastoral sin relativismos, que no negocia la propia identidad cristiana, sino que quiere alcanzar el corazón del otro, de los demás distintos a nosotros, y allí sembrar el Evangelio» (27 de nov del 2014 – OR, n. 49, pag. 4).

Bergoglio no negocia con la propia identidad cristiana: que los musulmanes sigan siendo lo que son; los judíos en su religión, los evangélicos en sus ideales…. Hay que negociar con la verdad: hay que dialogar con esta realidad: un mundo multicultural, multipolar. Gran cantidad de ideas humanas, de obras, de vidas, de filosofías, de economías, de estructuras, que es necesario juntar, unir de una manera que sirva para los intereses de unos pocos, pero que hay que transmitir la idea que es para el bien de toda la humanidad, que todos se van a beneficiar de ese diálogo, de esa realidad en la que ninguna idea la puede ocultar. Una realidad que tiene todas las ideas de los hombres. Es la idea masónica de la búsqueda de un orden mundial, de una iglesia para todos.

Para Bergoglio, es primero el dialogar y después sembrar el Evangelio:

«En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando  el  anuncio fundamental:  el  amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad» (EG, n.128).

Primero es llenar la cabeza de mentiras, de oscuridades, de dudas, de temores, de errores, de un lenguaje bello, atractivo en que los que dialogan se sientan contentos, se sientan plenos de los humano, comprendidos, consolados…Y después da una palabra del evangelio, o una cita de un santo o lo que dijo un hombre en la historia. Pero eso no es lo que importa, sino recordar que Dios nos ama a todos, que Dios es amigo de todos los hombres, que Dios salva a todo el mundo, incluso a las mascotas.

Esto es Bergoglio: un idealista, un realista, un hegeliano, pero no un Obispo de Cristo. No es una Jerarquía de Dios, sino del demonio en la Iglesia. Y, por tanto, está en la Iglesia para destruirla con su diálogo. Y muchos quedan atrapados por sus frases, por su lenguaje barato. No saben discernirlo porque viven como él vive: en su pecado. Y llaman a su pecado con el nombre de santidad, de voluntad de Dios.

Muchos que dudan de Bergoglio le siguen todavía como Papa. Y se alegran porque proclama santos en la Iglesia o decide nuevos santos. Se alegran porque siguen escribiendo cosas bonitas o porque predica, de vez en cuando, algo interesante. Y no saben ver el juego de Bergoglio.

Si Bergoglio no es Papa, entonces no puede atar ni desatar nada en la Iglesia. ¿Cuándo van a aprender a discernir a Bergoglio? ¿Por qué no cogen el dogma del Papado y disciernen lo que es Bergoglio? Porque, a muchos, ya no les interesa el dogma, la verdad revelada y enseñada por la Iglesia desde siempre. Todos se apuntan al carro del diálogo. Y, por eso, no saben combatir a Bergoglio ni a toda la Jerarquía que se somete a su mente humana. No saben discernir las palabras de ese hombre. No saben ver lo que está construyendo ese hombre en el Vaticano.

No saben creer ni en Cristo ni en Su Iglesia. Sólo saben seguir a los hombres en sus pensamientos y en sus obras.

La iglesia que está en el Vaticano, liderada por Bergoglio, no es la de Cristo. Es la de la masonería, gobernada por ellos, que se abre a un mundo masón en su totalidad y que quiere abarcar el mundo entero poniendo a su hombre ideal: el Anticristo.

Bergoglio es un anticristo, porque rompe con la doctrina de Cristo en su misma Iglesia. Pero es algo más que un falso profeta: es el inicio de una nueva iglesia, una nueva estructura de espiritualidad, en donde no hay una sola verdad. No puede haberla. Es la búsqueda de una realidad común, universal, en la que ninguna idea humana pueda taparla, oscurecerla. Es la locura de poner la mente del hombre por encima de la Mente de Dios.

Por eso, Bergoglio es un loco que vive en santa Marta y que obra esta locura: buscar esa realidad ideal, que sólo es posible en su mente, pero que al querer hacerla en la práctica de la vida tiene que destrozarlo todo, tiene que ir en contra del mismo hombre: para buscar la realidad ideal, la unidad de todas las mentes humanas, hay que destruir la verdad y a Dios mismo en la mente de cada hombre. Hay que darle al hombre un sucedáneo de la verdad: una verdad ideal, una verdad que le guste para su vida, una verdad que no sea plena, sino que vaya evolucionando, según sea el diálogo que los hombres procuren con los demás. Hay que darle al hombre un concepto de Dios, un ideal de iglesia, una terapia de la verdad.

La verdad se oculta con Bergoglio: sólo su locura se trasluce en todo lo que habla y en todo lo que obra en su gobierno en la Iglesia.

Quien habla con los hombres se vuelve más hombre y más capaz para hacer del hombre su dios en su vida.

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12 comentarios

  1. LAODICEA dice:

    Gracias una vez más por sus refutaciones a Bergoglio qué son una catequesis excelente.

    Ya que ha salido el tema de si las mascotas van al cielo o no, o si tienen alma (animal) o no. Qué nos podría decir sobre este tema Padre?

    Mi opinión al respecto es de que los animales superiores dotados de inteligencia tendrían un alma animal y qué sí podrían habitar en el cielo, la propia Enmmerick en sus visiones creo que menciona la presencia de animales puros en el cielo. No así los animales inmundos o inferiores que supongo dejarían de existir al morirse si nunca tuvieron alma o bien si tuvieran algún tipo de alma animal se irían a algún lugar destinado para ellos que no sea el cielo, no lo se?, son especulaciones mías, si nos pudiera decir algo sobre este tema se lo agradecería pues mi trabajo lo realizo con animales.

    Muchas Gracias y que Dios y su bendita Madre les bendigan.

    • josephmaryam dice:

      Es clara la filosofía y la teología.
      La creación de Dios es en lo material y en lo espiritual. Y, por tanto, se dan muchos seres, de acuerdo a lo que Dios crea.
      Están los seres vegetativos, que tienen un alma vegetal; están los seres animales, que tienen un alma sensible; están los seres racionales, que tienen una alma intelectiva.
      Tener un alma es distinto a las potencias que posee el alma.
      La potencia de ver está en el alma sensible del animal y en el alma racional del hombre.
      Pero, en el hombre, ver significa ir hacia un fin; en el animal, el ver es un medio para un fin.
      El animal tiene un conocimiento sensible, pero no intelectual.
      El hombre conoce para un fin; el animal conoce para un medio, no para un fin.
      El animal no puede proponerse los fines para su vida, para su obra. El hombre, sí.
      El animal usa un palo para conseguir la comida; el hombre usa el palo para muchos fines. El hombre se propone el fin; el animal, no.
      El hombre es inteligente, tiene voluntad libre; el animal no tiene inteligencia, sólo es sensible, sólo el instinto le mueve a algo. El hombre no se mueve por su instinto, sino por su razón.
      El hombre es razón; el animal es instinto.
      El hombre tiene alma racional; el animal tiene alma sensitiva.
      El hombre tiene una vida racional; el animal tiene una vida sensitiva, llena de sentidos.
      El hombre conoce intelectualmente: es libre en su conocimiento. Y, por tanto, puede elegir un cielo o un infierno.
      El animal conoce sensitivamente: no es libre en su conocimiento; su instinto le guía. Por tanto, no puede elegir el cielo ni el infierno.
      El hombre, cuando muere, su alma es inmortal.
      El animal, cuando muere, su alma se destruye, se aniquila. Ya no existe más. No puede ir a otro lugar cuando muere, porque ya no existe: no tiene un alma inmortal, sino un alma mortal. Es sólo para su tiempo de vida vegetativa o animal.
      No hay animales en el cielo. No hacen falta. El Cielo es la perfección de la vida divina.
      El animal no es perfecto en su vida sensitiva: le falta la racionalidad, la libertad de la voluntad.
      Una roca no es perfecta en su ser, en su vida material. Le falta la forma sustancial, el alma, el principio de la vida.
      Un planta no es perfecta en su vida vegetal: sólo come, sólo vive, sólo muere. No piensa, no decide, no es libre. Cuando muere, se aniquila en la vida, no va a otra vida.
      En el Cielo se ve a Dios: se le ama, se le conoce, se obra lo que Él quiere.
      Un animal en el cielo no puede amar a Dios, no puede conocerlo, no puede obrar libremente lo que Dios quiere.
      Los animales, las plantas obran la Voluntad de Dios siempre, porque son regidas por el instinto, que es una voluntad de Dios en la naturaleza; pero no son regidas por la gracia, porque no tienen libertad.
      El Cielo es para los hombres en la gracia; no para los animales y seres vivos sin gracia. No para los seres inanimados, que no poseen ni la vida ni la gracia.
      La gracia es una vida divina. Eso es el cielo. Un animal, un vegetal no posee la vida divina. No puede ir al cielo.
      Un hombre puede poseer la vida divina por la gracia: entonces, merece el cielo.
      Que los santos ven animales en el cielo, eso está en la Sagrada Escritura. Pero hay que entender esa visión en el Espíritu. No significa algo literal, que ese animal esté en el cielo.

    • Juan Pablo dice:

      Lo extraño (o no tanto), es que ésta explicación, que parece tomado de Santo Tomás, Francisco-Bergoglio lo tiene que haber estudiado y sabido de memoria. Por lo tanto ¿a qué viene hacer demagogia con los niños y hacerles oír lo que ellos quieren oír?

    • LAODICEA dice:

      Gracias Padre por desengañarme, había llegado a creer que los mamíferos superiores podían tener alma transcendente inmortal, se les ve tan perfectos, con capacidad de sentir afectos, de jugar, de sentir gran apego a sus dueños sobre todo ya digo en el caso de los mamíferos superiores cómo los perros. El hecho de que al morir dejan su existencia me está costando de asimilar pues mi trabajo lo desarrollo con mascotas.
      Quizás si hubiera leído a Santo Tomás supongo que no me hubiera echo esa idea. En las Universidades no se estudia ni Teología ni Filosofía, he estudiado mucho en mi vida para poder desarrollar mi profesión y lo sigo haciendo pero son estudios técnicos y prácticos, los filosóficos y teológicos los tengo que aprender por mi cuenta en mis ratos libres gracias a blogs cómo el que usted realiza.

      Gracias Padre y que Dios le bendiga.

  2. José Manuel Guerrero dice:

    ” Pío XII nos liberó de esa cruz tan pesada que era el ayuno eucarístico. Alguno de vosotros quizás se acuerda. No se podía ni beber un sorbo de agua. ¡Ni eso! Y para lavarse los dientes, se tenía que hacer de manera que el agua no se tragara”

    Para un obsesivo compulsivo arrastrado por el pecado de la gula como lo es Bergoglo, esa “cruz” debió ser insoportable, e intolerable. Una falta de respeto. Le ha faltado añadir que el ayuno eucaristico es “una solemne tonteria”. Miedo me da pensar que opina este hombre de la mortificación.

    • Elías dice:

      Y yo que en mi infancia casi adolescencia guardaba las tres horas de ayuno eucarístico y no me supuso ni cruz ni trauma, es más hace tiempo decidí retomar esta costumbre porque creo que le agrada más a Dios.

    • josephmaryam dice:

      Si para Bergoglio el pecado no es una ofensa a Dios que manche el alma, entonces no existe la penitencia para expiar el pecado. El ayuno es sólo una tradición molesta del pasado que fue bueno que el Papa la quitara porque esclavizaba el pensamiento.
      Bergoglio no le gusta lo que ata su pensamiento para ser libre de pensar lo que quiera y de hacer lo que quiera. Bergoglio va en busca de la libertad del pensamiento. El católico va en busca de la libertad del Espíritu.
      Son dos cosas diferentes. Por eso a Bergoglio, no le gustan las reglas, las disciplinas que le obliguen a pensar algo que vaya en contra de su libertad de pensamiento.
      Para Bergoglio no hay penitencias ni ayunos ni nada de eso. Si se ayuna es por algo social, no por algo religioso.

    • Elías dice:

      Siempre me enseñaron que el agua no rompe el ayuno

    • josephmaryam dice:

      Es un hombre que miente siempre y que se apoya en la Sagrada Escritura, en los santos, en el Magisterio de la Iglesia, para ofrecer su mentira como una verdad. Este hombre no sabe discernir entre disciplina de la Iglesia, en materia de ayuno, y la obligación de todo católico de ayunar, que pertenece al dogma de la Redención.
      El Papa no quitó la obligación de ayunar, sino que cambió la disciplina. Y eso no es herejía. Sólo es cambiar las leyes, las reglas externas en cuanto al ayuno.
      Pero como este hombre brilla porque no tiene una verdad en su mente, entonces tuerce el argumento para calumniar a toda la Iglesia que ayuna, que cumple con el mandato del Señor.
      Y ahí se ve cómo constantemente ataca a la Iglesia, por todos los lados. Y la Jerarquía verdadera sigue en silencio. Y los verdaderos católicos siguen en silencio. Tienen miedo de hablar, de tratar a Bergoglio como lo que es: un loco que se ha creído santo y justo diciendo sus mentiras, sus oscuridades, sus errores, cada día. Nadie lo ataca como hay que hacerlo porque ya nadie le interesa la verdad de la Iglesia.
      Todos defienden al hombre, al lenguaje humano de ese hombre. Nadie defiende a Cristo ni a Su Iglesia. Y, por tanto, a nadie le interesa la Verdad.
      Todos se han conformado con lo que hay: seguir a un pedante, a uno que no tiene ni idea de lo que es la disciplina de la Iglesia, a uno que no sabe lo que es el dogma en la Iglesia, a uno que le da igual todo, menos su negocio en la Iglesia, del cual saca mucho dinero para su bolsillo. Y seguirlo como Papa. Esa es la condenación de muchos.
      Por defender a Bergoglio, muchos se van a condenar.
      Hay un tiempo para hablar en contra de Bergoglio.
      Hay un tiempo para alejarse de Bergoglio.
      Y hay un tiempo para decidir un camino fuera de la nueva iglesia que se levanta en el Vaticano.
      Y estamos entrando en el tiempo de la decisión: o sigues con Bergoglio, en el camino hacia el infierno, con su nueva iglesia, o te vas al desierto y allí el Señor te muestra el camino de Su Iglesia.
      Irse al desierto significa salir de las estructuras caducas, que ya no sirven, en la Iglesia: capillas, parroquias, templos, Roma, etc…
      Salir de todo eso y ver, desde fuera, cómo la jerarquía que no es de Dios lo destroza todo.
      Es necesario ser Iglesia remanente; es decir, no pertenecer a nadie en la Iglesia: a ninguna Jerarquía. Y muchos no acaban de entender esto y, por eso, están buscando sus hombres, sus sacerdotes, sus Obispos, sus Cardenales, para seguir siendo Iglesia. Y éste es el gran error.
      La Iglesia ya no está en Roma, en una cabeza; ya no está en la Jerarquía. Ya se ven las autoridades que no son de Cristo, que no son de Dios, rigiendo la Iglesia.
      Salgan de todo eso si quieren permanecer siendo Iglesia.»
      Pero si continúan esperando algo de gente sin verdad, entonces se van a condenar.
      Es tiempo de salir de Roma y caminar sin cabeza, esperando lo que el Señor ponga en el desierto de la vida, del corazón y del espíritu.

  3. Juan Pablo dice:

    Gracias por seguir “Diseccionando” al impostor inquilino de Santa Marta, Bergoglio. Y disección se le hace a un cadáver que es lo que es éste hombre en lo espiritual.
    Esas citas del Evangelii Gaudium son una mezcla de proyecto programático de un político y de filosofía barata. (E.G. n.239). Pero nunca de una verdadera Encíclica Papal. Nunca. No hay nada de Doctrina Católica.
    Enseña que una homilía debe ser mentirosa y relativista: “En la homilía, la verdad va de la mano de la belleza y del bien”. Yo entendía que el Evangelio manda hablar “si-si, no-no” y todo lo demás de mal procede.
    “Necesitamos contemplarlo para lograr un diálogo como el que el Señor desarrolló con la samaritana”. Sabe Bergoglio que el Señor del cual él habla es el Divino Maestro??. El maestro no dialoga por dialogar, si no que ENSEÑA. Es lo más parecido a una blasfemia decir que el Señor dialoga. El Señor enseña. Y la samaritana no es nadie. Qué pobreza la de éste hombre. La samaritana, en todo caso se convirtió ya que no era ninguna santa. Pero no en misionera. No es lo mismo convertir el alma, a convertirse en misionera, médica o ingeniera. Pero él no lo dice.
    En la cita EG. n.128, ¿qué tiene que ver esa blandenguería con las predicaciones de San Pablo, por ejemplo, llenas de fuego y verdad? Todo ese párrafo 128 es muy ridículo.
    Y por último lo de los animalitos que van al Cielo. Si los animalitos van al cielo, si a los marcianos hay que bautizarlos, si “todos, todos nos encontraremos en el cielo” como dijo hace poco, me pongo celoso con los animales porque los hombres podemos ir al Cielo o al Infierno dependiendo de creer o no en la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, pero los animales no. Todos al cielo. O sea tienen alma.
    ¿Cómo soporta la Jerarquía a éste bufón titiritero en la Sede de Pedro?

  4. kaoshispano dice:

    Beryi paco1 jesuitas ES UN POSESO del final de la Demolición progre-masona de Roma, en su mandato usurpador PORNO-STAR del show que los clanes apostatas que llevan Roma han colocado por FIN.

    Un payasete con un clan ya asentandose para DEMOLER LO POCO QUE QUEDABA, EL TODO, cuyo uno de los engaños claves es actuar contra determinados dementes denegerados eclesiales, como el Miguel Rosendo de la NUEVA SECTONA postCONCILIAR Los Miguelianos… ASI CAMELA a la borregada masa ex-catolica, que si lo fuera ya lo habrían derribado y juzgado Sumario eclesial.

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Allí donde está Pedro, allí está la Iglesia, allí se encuentra a Dios

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