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No se puede defender la Tradición juzgando a los Papas

Virgen de Guadalupe

Corazón de Jesús

El Gran Milagro

Infiltración en la Iglesia

El Reino de la Paz

herejias

«Como la Sede de Pedro y los puestos de autoridad de Roma están ocupados por anticristos, la destrucción del Reino de Nuestro Señor avanza aceleradamente…»   (Marcel Lefebvre, une vie, Clovis 2002, 2ª ed, Bernard Tissier, pág. 578).

Lefebvre llamó anticristos a cada Papa y a toda la Curia Romana: se escandalizó de los errores y horrores postconciliares. Se escandalizó del pecado de muchos, dando la responsabilidad de esos pecados al Concilio, a los Papas y a las reformas de la liturgia.

Pero éste no fue el pecado principal de Lefebvre. Esto es la consecuencia de su pecado de orgullo.

No se puede pertenecer a la Iglesia si no se cree en el Papado. No se puede hacer Iglesia sin el Papa. Se hace una blasfemia contra Dios:

«La situación del papado a partir de Juan XXIII y sus sucesores va planteando problemas cada vez más graves… Éstos han fundado una Iglesia conciliar nueva… ¿Esta Iglesia es todavía apostólica y católica?… ¿Debemos considerar que este Papa es católico?» (Tissier 569).

Lutero destrozó la roca que sostiene el edificio de la Iglesia: la fe en la enseñanza de la Iglesia apostólica. Fe en los Obispos que enseñan una doctrina verdadera en un Concilio. Fe en el Papa legítimo, que obra en un Concilio. Fe en el Magisterio de la Iglesia, que es infalible y sagrado. Fe que exige la obediencia de la persona, su sometimiento.

El papa León X, en la bula Exurge, Domine (1520), condena esta proposición de Lutero:

«Tenemos camino abierto para enervar la autoridad de los Concilios y contradecir libremente sus actas y juzgar sus decretos y confesar confiadamente lo que nos parezca verdad, ora haya sido aprobado, ora reprobado por cualquier Concilio» (n.29: DS 1479).

Lefebvre es lo mismo que Lutero: anula la fe en el magisterio ordinario y extraordinario de la Iglesia; aplasta la autoridad divina de la Iglesia. ¿La Iglesia sigue siendo apostólica, católica? ¿El Papa sigue siendo católico? Preguntarse esto es anular todo en la Iglesia.

Nadie puede juzgar a un Papa legítimo en la Iglesia. Nadie puede juzgar a la Iglesia. La Iglesia es la Obra del Espíritu; quien juzga a la Iglesia, juzga al Espíritu. Y quien juzga a Dios, se condena.

Lefebvre está condenado, en el infierno. Pero esto, muchos, no lo creen. Y no pueden creerlo, porque están en la Iglesia luchando por sus verdades, no por la Verdad, que es Cristo. No son de Cristo, son de los hombres; no se someten a la Mente de Cristo, sino que se esclavizan a la mente de los hombres.

Y los que conciben estos 50 años como el levantamiento de una nueva iglesia en Roma, en cada Papa, sólo pueden ver a Bergoglio como el continuador de este desastre. Bergoglio es el que continúa la acción demoledora que los Papas, desde Juan XXIII hasta Benedicto XVI, han hecho en la Iglesia, porque han levantado una Iglesia conciliar nueva.

Son muchos los católicos que piensan así. Y si continúan en este pensamiento, no podrán salvarse nunca. Es un pensamiento cismático, no sólo herético, porque les lleva a poner la Iglesia Católica en su iglesia cismática, en una persona no elegida por Dios para decidir en la Iglesia lo que es bueno y lo que es malo, lo que es verdadero y lo que es falso: se creen salvadores de la Iglesia; se creen los sabios en Ella.

Un gran pecado fue el que hizo Lefebvre, y el que continúa en toda esa comunidad cismática.

Ellos mismos lo declaran: en las conversaciones habidas entre la FSSPX y la Santa Sede «es preciso distinguir el fin que persigue Roma del que tenemos nosotros. Roma indicó que existían problemas doctrinales con la Fraternidad y que los mismos debían aclararse antes de un reconocimiento canónico –problemas que, tratándose de la aceptación del Concilio, obviamente provendrían de nuestra parte. Para nosotros, en cambio, se trata de otra cosa: queremos exponer a Roma lo que la Iglesia siempre enseñó, y con eso, señalar las contradicciones existentes entre esta enseñanza multisecular y lo que sucede después del Concilio. De nuestra parte, ése es el único objetivo que perseguimos» (Entrevista concedida por el Superior General de la FSSPX (2-II-2011), Mons. Bernard Fellay, en el Seminario de Santo Tomás (Winona, EE.UU.)).

Es el pecado de orgullo: ellos son los sabios, los entendidos, los que exponen a Roma lo que siempre la Iglesia enseñó, los que no están en excomunión. Es Roma la equivocada, la necia, la maldita, la excomulgada.

«ellos no aceptan reconocer las contradicciones entre el Vaticano II y el Magisterio anterior (…) se trata de hacer oír en Roma la fe católica y, más aún incluso, de hacerla oír en toda la Iglesia» (Ib.)

En el Magisterio auténtico de la Iglesia hay contradicciones. La fe católica procede de la obra cismática de Lefebvre, no de Roma, no de los Papas legítimos, no del Vaticano II. Esta es la locura de esta gente, que se llaman tradicionalistas y son sólo hijos del demonio, como Bergoglio.

Si se afirma que esos Papas han fundado una nueva iglesia, se está cayendo en el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo; es negar todos los dogmas, es recorrer el camino de condenación en vida. Es levantar un cisma en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II fue sagrado. Esto es lo que se le atraganta a todos aquellos que siguen el espíritu lefebvriano. ¿Sagrado el Vaticano II?

Allí donde un Papa legítimo se reúne con los Obispos para tratar asuntos de la Iglesia, de la salvación de las almas, siempre es infalible, siempre enseña la verdad, siempre da la santidad en la Iglesia.

El Papa es infalible; y los Obispos, cuando enseñan una doctrina, bajo la autoridad del Romano Pontífice, para ser aceptada por todos, son infalibles.

Y lo que se enseña, de manera infalible, es camino de salvación y de santificación en la Iglesia: es una doctrina sagrada. Y sagrado es todo aquello que conduce a la salvación y a la santificación de las almas.

Los Obispos se reunieron, bajo el Papa, en el Concilio Vaticano II, y de allí surgió una doctrina infalible y sagrada, una doctrina que llama a la santidad de vida. Y, por eso, hay que decir, como San Ambrosio: «Del Concilio de Nicea, no podrá separarme ni la muerte ni la espada» (R 1250).

O como San Gregorio Magno: «Confieso que yo acepto y venero los cuatro Concilios así como los cuatro Libros del Santo Evangelio… porque han sido constituidos los Concilios con el mutuo acuerdo universal. Por consiguiente quien quiera que piensa otra cosa, sea anatema» (R 2291).

Sean anatemas los que no aceptan el Concilio Vaticano II.

Muchos católicos, que tienen el espíritu lefebvriano, que son hijos espirituales de Lefebvre, no son capaces de decir: del Concilio Vaticano II no podrá separarme ni los pensamientos de todos los sedevacantistas, ni la de aquellos tradicionalistas que comienzan a cuestionar si los Papas anteriores eran masones. No pueden: ellos son los sabios, lo entendidos, los que poseen la Tradición de la Iglesia. Ellos han luchado por una verdad, su idea humana de lo que debe ser la Tradición, anulando otra verdad: el Papado. Se han quedado fuera de la Iglesia, por seguir su verdad. Es el pecado de siempre en la Iglesia: pecado de soberbia y de orgullo.

Muchos no comprenden este acto cismático de Lefebvre, su pecado de orgullo, y tratan de excusarlo juzgando a todos los Papas: es que el Papa Juan Pablo II hizo un acto en Asís en nombre del ecumenismo, es que besó el Corán, es que hizo oraciones en el muro de las lamentaciones…Juzgan la autoridad de un Papa legítimo; juzgan el Poder Divino en el Papa; juzgan a Dios en el Papa. Y si hacen esto, no pueden comprender los actos del Papa.

Muchos católicos es lo que están haciendo: autodemoliendo la Iglesia con sus juicios a todos los Papas. Y esto no es nuevo:

«La Iglesia se encuentra en una hora inquieta de autocrítica o, mejor dicho, de autodemolición. Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio. La Iglesia está prácticamente golpeándose a sí misma» (Disc. al Seminario Lombardo, Roma 7-XII-1968).

El error de Mons, Lefebvre, y de sus seguidores, fue acusar al Concilio Ecuménico Vaticano II, y a los Papas que lo siguieron, como los causantes principales de todo este desastre que se ve en la Iglesia.

¡Gravísimo error!

El error de muchos católicos es acusar a todos los Papas y defender sus propias ideas en la Iglesia.

Si no comprenden un acto de un Papa legítimo, es mejor callar la boca, para no cometer un pecado de desobediencia y de juicio al Papa, que es un pecado de soberbia y de orgullo.

El desastre que vemos en la Iglesia es por el pecado de la Jerarquía, que no se ha sometido ni a los Papas ni al Magisterio; y de todos aquellos fieles que han acompañado a esta Jerarquía rebelde a la Verdad.

«¡Cuánta suciedad en la Iglesia y entre los que, por su sacerdocio, deberían estar completamente entregados a él! ¡Cuánta soberbia, cuánta autosuficiencia! ¡Qué poco respetamos el sacramento de la Reconciliación, en el cual él nos espera para levantarnos de nuestras caídas! (…) La traición de los discípulos, la recepción indigna de su Cuerpo y de su Sangre, es ciertamente el mayor dolor del Redentor, el que le traspasa el corazón» (Cardenal Raztinger)

Los sacerdotes no están entregados a las cosas de Dios, sino del mundo. Y, por eso, cogen el Vaticano II y lo tuercen. Y cada uno tiene su pecado.

El Concilio Vaticano II no niega ni silencia la salvación, la condenación, la existencia del demonio; no invita a que los matrimonios no tengan hijos, que busquen soluciones anticonceptivas para dedicarse a una vida más social, placentera, humana, sin la responsabilidad del sexo; no predica doctrinas heréticas ni gravemente desviadas; no enseña el feminismo ni los diversas liberacionismos que los hombres persiguen en el mundo; no lleva al desprecio de la ley natural, divina, eclesiástica, civil…. El Concilio Vaticano II no enseña a pecar, no enseña a hacer un cisma, no enseña a apartarse de la Iglesia, no enseña a juzgar a la Iglesia ni a los Papas…

Si la gente hace esto, es por ellos mismos: ellos quieren pecar. No echen la culpa de sus pecados ni al Papa, ni al Concilio ni a nadie.

Acusar al Concilio Vaticano II de todos esos males que se ven, tanto en la Iglesia como en el mundo, es una gran falsedad, una calumnia y una ofensa al Espíritu Santo.

Aquel católico que no defienda el Concilio Vaticano II no es católico, sino que es un falso católico.

Aquel católico que se pregunte si Juan XXIII, o los otros Papas, eran masones, no son católicos, sino falsos católicos.

La Apostasía de la Iglesia no se inició en el tiempo del Concilio; fue preparada, durante muchos años antes, hasta llegar al Concilio. Si una falsa jerarquía entró en el Concilio para querer desbaratarlo, es que esa jerarquía, ya antes, estaba obrando ocultamente en la Iglesia. El Concilio sólo fue el tiempo para que lo oculto se viera a la luz. Y como en el Concilio había un Papa legítimo, entonces todo ese trabajo de esa falsa jerarquía no pudo conseguir su objetivo. El Concilio salió intacto.

Pero el trabajo de la falsa jerarquía no acabó al finalizar el Concilio. Se incrementó. Y, por eso, el Papa Pablo VI dice: «Es como una inversión aguda y compleja, que nadie se habría esperado después del Concilio». Si no consiguieron su objetivo en el Concilio, se pusieron a trabajar para conseguirlo. Y les ha costado 50 años hasta que han puesto a su falso Papa: Bergoglio.

Ha sido la lucha espiritual entre el bien y el mal, en la Iglesia.

Muchos son del mal: los lefebvrianos, que son blasfemos del Espíritu de la Iglesia. Son los fariseos de la Tradición de la Iglesia. La culpa de todo: el Papa. Ellos, los que no se sometieron al Papa, los inmaculados, los intachables, los tradicionalistas, los que saben de qué va la Iglesia. Y han combatido, y siguen combatiendo, contra la Iglesia Católica. Ellos no son católicos; ellos no son Iglesia.

El pecado de Lefebrve no fue a causa del Concilio: él nunca puso en duda la validez ni la ortodoxia de la Nueva Misa, ni de la elección del Papa Juan Pablo II:

«1) Que no tengo ninguna duda acerca de la legitimidad y validez de su elección y, por tanto, no puedo afirmar que no se dirigen a Dios las oraciones prescritas por la Santa Iglesia a Su Santidad. Yo ya lo tenía aclarado y lo sigo haciendo, cara a cara, con algunos seminaristas y sacerdotes que reciben alguna influencia de algunos clérigos ajenos a la Hermandad.

2) Que estoy plenamente de acuerdo con el juicio de Su Santidad sobre el Concilio Vaticano II, del 06 de noviembre 1978 en la reunión del Sacro Colegio, que señala “que el Concilio debe entenderse a la luz de la Sagrada Tradición y sobre la base de la enseñanza constante de la Santa Iglesia”.

3) En cuanto a la Misa del Novus Ordo , a pesar de todas las reservas que debo tener al respecto, yo nunca dije que es, en sí misma, inválida o herética» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 08 de marzo de 1980).

El problema de Lefebrve fue su pecado de orgullo: no someterse al Papa. Y de ese pecado, nace después, por el pecado de soberbia, todo lo demás, su obra cismática:

«Es para guardar intacta la Fe de nuestro Bautismo que debimos enfrentarnos al espíritu del Vaticano II y a las reformas por él inspiradas.

El falso ecumenismo, que está en la base de todas las innovaciones del Concilio, en la liturgia, en las nuevas relaciones de la Iglesia y el mundo, en la concepción de la misma Iglesia, conduce a la Iglesia a su ruina y a los católicos a la apostasía.

Radicalmente opuestos a esta destrucción de nuestra Fe y resueltos a permanecer en la doctrina y en la disciplina tradicionales de la Iglesia, especialmente en lo que concierne a la formación sacerdotal y a la vida religiosa, experimentamos la necesidad absoluta  de tener autoridades eclesiásticas que compartan nuestras preocupaciones y nos ayuden a precavernos contra el espíritu del Vaticano II y contra el espíritu de Asís…» (Carta de Monseñor Lefebrve al Papa Juan Pablo II, el 2 de Junio de 1988).

Su pecado de orgullo- no obedecer al Papa- le hace esconder su pecado de soberbia: no obedecer al Espíritu del Vaticano II. En su orgullo, acepta la interpretación que da el Papa Juan Pablo II del Concilio. Pero ocho años después manifiesta su pecado de soberbia a las claras. Y, por tanto, lo obra, produciendo el cisma, al ordenar los cuatro Obispos para su obra, para su ideal de iglesia, para su idea de lo que es la Tradición. En este pecado, de orgullo y de soberbia, se ve, claramente, lo que es este hombre.

Aceptó el Concilio Vaticano II, pero sólo la letra, no Su Espíritu, que es el Espíritu de la Iglesia. Aquí se aprecia su fariseísmo: como algunas cosas de ese Concilio no las podía integrar con la Tradición de la Iglesia, entonces tiene que quedarse en la idea de su verdad, en el lenguaje humano de cómo se expresa la verdad en la Iglesia. Eso que ve en los textos del Concilio no entra en su idea de la Tradición, no entra en su mente.

Este fariseísmo es propio de las personas inteligentes, que se saben la teología y la filosofía, y si una idea no concuerda con lo que tienen en la mente, aparece este fariseísmo: se quedan en la idea, en el texto, en la palabra, pero no pueden interpretar, no pueden llegar al Espíritu de la Palabra.

Tres errores son los que señala Lefebvre por su mala interpretación del Concilio Vaticano II:

«Hay tres errores fundamentales, que, de origen masónico, son profesados públicamente por los modernistas que ocupan la Iglesia.

[1] La sustitución del Decálogo por los Derechos del Hombre [en referencia a la libertad religiosa]…

[2] Este falso ecumenismo que establece de hecho la igualdad entre las religiones…

[3] Y la negación del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo mediante la laicización de los Estados…

La situación es, pues, extremadamente grave, porque todo indica que la realización del ideal masónico haya sido cumplido por la misma Roma, por el Papa y los cardenales. Es esto lo que los francmasones siempre han deseado, y lo han conseguido no por sí mismos sino por los propios hombres de la Iglesia» (ver texto).

Su mala interpretación del Concilio constituye su fariseísmo: se queda en su lenguaje humano de lo que tiene que ser la libertad religiosa, el ecumenismo y el gobierno en los Estados. No puede ver que, en esos tres frentes, el Concilio Vaticano II no cambió nada con referencia a los anteriores Concilios. Es una cuestión de verdadera interpretación de la palabra del Concilio.

Este fariseísmo le lleva a anularlo todo. Desde ese momento, ellos solos se gobiernan a sí mismo, totalmente al margen del Papa y de los Obispos. Y sin ningún problema de conciencia, ejercitan ilícitamente sus ministerios episcopales y sacerdotales, celebrando Misas, matrimonios, confesiones, confirmaciones, ordenaciones, catequesis, etc., pues estiman que su situación en la Iglesia es perfectamente lícita, ya que viene exigida por la Providencia divina «para la continuidad de la Iglesia».

Y, por ellos, mucho mal ha venido a toda la Iglesia. De ella ha nacido, y se ha fortalecido, toda la corriente del sede vacantismo. Ellos no se declaran tales en la teoría, pero sí en la práctica. Con sus obras anulan la Iglesia Católica en Roma, anulan a un Papa, para erigirse ellos como salvadores de la Iglesia. En ellos está la verdadera sucesión apostólica, no en Roma.

Su obra es un gran cisma, y muchos católicos la siguen. Se les ve cuando comienzan a criticarlo todo. Y, por eso, esos católicos no saben ver lo que es Bergoglio. Todo lo confunden, pero se quedan tan tranquilos. Son los nuevos santos, los nuevos justos, los que deciden quién es santo y quién es pecador en la Iglesia.

Todas las herejías se han desprendido, siempre, de la Iglesia, como algo inútil, como algo necio, como algo sin valor para salvar el alma.

El espíritu lefebvriano no sirve para ir al Cielo; no sirve para vivir una vida espiritual de amor a Dios; no sirve para enseñar la Verdad, no sirve para obedecer ni a Dios ni a los hombres, por más que luchen por la Tradición de la Iglesia.

Hay que permanecer en la Verdad, pero no en la que los hombres comprenden con sus inteligencias humanas, sino en la Verdad, que es Dios. Y la Verdad, Dios no la comprende como lo hace el hombre: Dios no necesita de un lenguaje humano, de una palabra humana, de una razón humana, de una interpretación humana. Dios es la Verdad. Y, por tanto, para el hombre la Verdad sigue siendo un Misterio inalcanzable para su mente. Cuando el hombre se quiere quedar en su interpretación de la Verdad Inmutable, en su lenguaje, en su idea, en su filosofía de la vida, entonces no permanece en la Verdad, no entiende la Verdad.

El hombre tiene que obedecer, con su mente, la Verdad que Dios le revela. Y eso es un acto de la gracia, del amor divino en el alma; no es un acto humano, racional, intelectual. Es un acto de fe pura, en donde la razón se queda en el suelo, para que el corazón se llene del amor. Y cuando el corazón ama, la mente comprende.

Muchos hombres no saben vivir de fe, del corazón, porque andan metidos en sus razones, en sus vidas, en sus conquistas, en sus justificaciones humanas. Quieren comprender, pero no saben amar.

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13 comentarios

  1. Mariela dice:

    Para serle sincera padre, este artículo en el que usted compara a Mons. Lafebvre con Lutero me ha dejado perpleja. No soy Lefebvriana, es más, nunca he tenido la oportunidad siquiera de poder asistir a una misa tradicional; solo que, hace un tiempo (antes de que Bergoglio usurpara la silla de Pedro) ví este documental: http://www.youtube.com/watch?v=PHdeYwmeM2o, el cual me hizo advertir en este hombre a un verdadero apóstol de nuestro Señor (que nunca tuvo el espíritu del sedevacantismo -ver desde min. 1:10:40-)
    Como Ud. habrá notado, no soy sedevacantista ni nada por el estilo… estoy con Benedicto hasta las últimas consecuencias.

    Un saludo en Cristo y María.

    P.D: Coloco este comentario sin ánimo de disputar con nadie, solo con la intención de que, quien quiera, vea el video enlazado más arriba.

    • josephmaryam dice:

      Todo aquel que desobedece a un Papa legítimo queda oscurecido en su mente y en su corazón.
      Lefebvre fue excomulgado de la Iglesia y, ¿todavía lo defienden?
      Lefebvre no quiso volver a la Iglesia, a la unidad con el Papa, y, ¿lo siguen defendiendo, por eso?
      Quien está con el Papa, unido a él, está en la Iglesia y se salva. Fuera de Ella no hay salvación. En la comunidad lefebvriana no es posible salvarse.
      Quien está fuera de la Iglesia está condenado.
      ¿Es tan difícil de comprender un dogma en la Iglesia?
      ¿Es tan difícil de sacar las consecuencias, en la vida espiritual, para aquellos que no se someten al Papa?
      ¿Es tan difícil pensar la fe en el Espíritu Santo?

      Lefebvre caminaba bien en 1980: se sometía al Papa. Estaba en el buen camino.
      Y es lo que le pasa a todos: por su desobediencia a la Autoridad, se vuelven profetas del demonio.
      En 1988 se rebeló contra el Papa. Y quedó excomulgado.
      Entonces, ¿es un santo?
      ¿Hay que imitar a Lefebvre y no hay que imitar al Papa Juan Pablo II?
      ¿Hay que seguir a Lefebvre y no hay que seguir al Papa Juan Pablo II?
      Vean ustedes todos los documentos que los hombres hacen, ¿y de qué vale todo eso?
      ¿Ustedes viven de fe en la Iglesia o viven de documentos, de lo que otros dicen o no dicen?
      ¿Ustedes en qué creen?
      Quien no permanece en la verdad, se condena.
      Es así de sencillo: «El que no permanece en Mí es echado fuera, como el sarmiento, y se seca, y los amontonan y los arrojan al fuego para que ardan» (Jn 15, 6)
      La Iglesia se construye en Pedro. Y Pedro es el que tiene las llaves, el poder de atar y desatar.
      Juan Pablo II echó fuera de la Iglesia a Lefebvre porque no permaneció en Jesús: no obedeció a Pedro.
      Esto es lo que dice la Palabra.
      Y Lefebvre, fuera de la Iglesia, se secó: se volvió un demonio. Y su comunidad, y todo aquel que siga su espíritu, es marcado para el infierno, como dice la Palabra.
      ¿Creen en la Palabra o creen en documentos que otros hacen, porque no comprenden la verdad de lo que es la Iglesia al no someterse a un Papa?
      Estamos en el tiempo en que se defiende a los hombres herejes, cismáticos, que han apostatado de la fe: Lutero, Lefebvre, y tanta Jerarquía y fieles que se han creído hijos de la Iglesia sin obedecer al Papa.
      Es el Papa el fundamento de la unidad en la Iglesia: no es Jesús, no es la Tradición, no es la Misa, no es el Magisterio…Es el Papa.
      Lo demás, las fábulas que ustedes se hacen en sus cabezas.
      Crean en sus mentes y acabarán condenándose.

  2. Devoto dice:

    Pero hay cosas como que no rechaza los errores de los Papas posteriores al Concilio. Dice que, por ejemplo, Juan Pablo II es Papa y no se le puede juzgar, pero entonces cuando besó el Corán o puso a un Buda en el Sagrario ¿debemos aceptarlo y seguirlo en sus errores?
    Porque vaya tela con las actitudes de los Papas conciliares, vaya tela.

    • josephmaryam dice:

      Hombres de poca fe, hombres llenos de fariseísmo, hombres que juzgan sin discernir la verdad de los hechos.
      Aprendan a callar sus mentes ante un Papa legítmo y no vayan en busca de gente que les lía más la cabeza con sus inteligencias erradas:

      «Pero cuando Cefas fue a Antioquía, en su misma cara le resistí, porque se había hecho reprensible. Pues antes de venir algunos de los de Santiago, comía con los gentiles; pero en cuanto aquellos llegaron, se retraía y se apartaba por miedo a los de la circuncisión» (Gal 2, 11-12).

      Pedro dejó a un lado los prejuicios judaicos si no era visto por los de Santiago, que eran fariseos convertidos al catolicismo, pero por respeto humano a ellos, ya no trataba con los gentiles cuando regresaron a Jerusalén.

      El fariseo no come con los gentiles, pero el católico sí come con ellos.

      El fariseo se cree justo en su fe y, por eso, aborrece al que vive una vida de pecado.

      Pero el católico no se cree justo en su fe, porque vive el don de la fe como una gracia, no como una conquista de su inteligencia o de su voluntad humana. Y, por eso, como todo es Gracia, comprende al alma que vive en el pecado y no la juzga por su vida, sino que le muestra el camino para que encuentre esa gracia que le salve de su pecado.

      Pedro comía con los gentiles; Juan Pablo II se fue a Asís a una jornada de oración, que él mismo dirigía. Y tenía el poder de hacerlo.
      Jesús nunca rehusó a los gentiles, a los hombres pecadores: comía, se reunía con gente pecadora.
      Nunca juzguen los actos de un verdadero Papa, sino que intenten comprenderlos.

      El mismo Juan Pablo II dio la razón del encuentro de Asís:

      ver texto

      ¿Por qué no le creen a un Papa y creen a infinidad de gente que desvaría en sus apreciaciones?

      El Cardenal Ratzinger hizo otro tanto:

      ver texto

      Y para interpretar los gestos del beso del Corán y de la marca en la frente de Shiva, gestos que son ambiguos, porque en ellos no se declaran la intención con la que se recibe; sin embargo, hay que interpretarlos en el contexto en que se recibieron, y si esos gestos comprometen o no la fe en la salvación de los paganos.

      Nunca el Papa Juan Pablo II dejó a los paganos en su paganismo, sino que fue a ellos para convertirlos, para predicarles el Evangelio.

      Cefas hacía lo mismo cuando iba a comer con los gentiles. Y en esa comida, recibía de ellos sus presentes, sus agasajos, que Pedro no rechazaba. Por tanto:

      a. En el Corán: Juan Pablo II, al besar ese libro, ponía el amor de Dios por el hombre pecador, amor inmenso, amor que le mueve a misericordia, pero no a una falsa compasión por el hombre, sino para que el hombre se convierta de su pecado. No se besa el Corán para demostrar la veneración por Mahoma, sino para revelar el amor de Dios hacia todo hombre, aunque sea un gran pecador.

      b. Recibiendo en la frente la marca de Shiva que una señora india le imponía con afectuoso respeto, Juan Pablo II en modo alguno expresaba su sintonía con los mitos del hinduismo, sino que simplemente agradecía sonriente el acto, como si en Hawái le impusieran un collar de flores. Nunca Juan Pablo II se convirtió al hinduismo ni predicó cosas de esa religión. Sepan poner los gestos en sus sitio y no los saquen de sus casillas.

      Sólo un Papa puede hace esto con el poder divino que tiene. Los demás, para hacerlo tienen que pedir permiso al Papa o a su Obispo.

      Estos gestos no se pueden realizar en jornadas de pecado, como se han hecho en la falsa iglesia que promueve Bergoglio. Bergoglio y los suyos no enseñan a los paganos a dejar su pecado, sino que se mezclan con ellos para que todos continúen en sus pecados. Y, por eso, esos gestos son abominables. Bergoglio carece de fe católica y, por eso, sus gestos son clara señal de herejía, apostasía y cisma en el Vaticano.

      Pero nunca Juan Pablo II dejó su fe católica: nunca hubo en él una herejía; nunca se apartó de la Verdad del Evangelio, nunca se alejó de las enseñanzas de la Iglesia. Nunca. Y eso es señal de que esos gestos eran queridos por Dios. Y nadie puede juzgar lo que quiere Dios en Su Papa legítimo y verdadero.

      Nadie puede juzgar a un Papa, porque es juzgar a Dios.

      Todos, en la Iglesia, tienen que discernir las acciones de un Papa para no pecar. Es lo que no hacen muchos. Son fariseos.

      San Pablo corrigió a San Pedro, y éste continúo comiendo con los gentiles sin tener respeto humano.

      Por el contrario, nos parecen vergonzosas y totalmente disparatadas las declaraciones que Mons. Lefebvre hizo, una y otra vez, sobre el Papa con ocasión de Asís-1986.

      «Nos enfrentamos con un dilema gravísimo que, creo yo, esto nunca ha existido en toda la historia de la Iglesia: que el que está sentado en la Sede de Pedro participe en cultos de falsos dioses. No lo sé. Me lo pregunto. Pero es posible que estemos obligados a creer que este papa no es papa»(Écône, hom. del domingo de Pascua 1986; Tissier 564).

      Mons. Lefebvre dijo otras barbaridades enormes: «Realmente creo que puedo decir que no ha habido nunca una iniquidad más grande en la Iglesia que la jornada de Asís» (Sermón en la ordenación cismática de Obispos, 18-VI-1988).

      No se puede juzgar a un Papa legítimo. Ése fue el pecado de Lefebvre. Y por juzgarlo, su inteligencia se oscureció y ya no supo caminar en la Verdad, en la luz del Evangelio.
      Es lo que pasa a muchos en la Iglesia: lo critican todo, pero no son capaces de discernir nada. Falta de fe, falta de vida espiritual, infidelidad a la gracia recibida.

    • kaoshispano dice:

      los de LA CURIA MASONIL le hicieron ya senil hacer tal acto horrendo de besar el libraco mahometano… los mismos que derribaron a BXVI, y se cargaron a JPI.

  3. Apocalipsis dice:

    Pero los hechos van dejando que esa confusión se vaya aclarando .

    Después de ver tanta diversidad de opiniones ,este blog para mí há sido un lugar fiable,porque el padre Joseph sabe lo que dice .

  4. Devoto dice:

    Cada uno va por donde le da la gana, unos que si tal persona no es papa, otros que sí lo es y que es otro el que no lo es, otros que ninguno, en fin. La confusión reina y es parte de este castigo de tinieblas.

  5. Apocalipsis dice:

    Ana Maria , le sugiero que lea con atención algunos temas antes de criticar a este blog , se dará cuenta que lo que escribe el padre es cierto.
    Lamentablemente muchos católicos se dejan llevar por alguien que dice ser Papa , cuando la realidad es otra muy distinta .

  6. Maria dice:

    Además…con qué autoridad se pone a juzgar este blog??. Esa autoridad se la dio el Espíritu Santo??
    Yo no me dedico a ir blog chupa medias de Bergoglio por blog chupa medias de Bergoglio a atacarlos….el tiempo es corto…y mi tiempo lo dedico a este blog…porque acá se enseña el CATOLICISMO….lo que Cristo fundo en su Iglesia con su Santisima Sangre en la Cruz…..
    Si un fulano niega a un Dios Católico…..pues…ya esta todo dicho….
    Dejen de atacar a este blog….que esta protegido por el Espíritu Santo….
    Y de la verdad no se vuelve….el asunto es llegar a ella….la Iglesia Católica y no entretenerse en el camino….
    La puerta es estrecha….lo dice Cristo….o acaso tb se va a seguir pisoteando la palabra de Dios.?

  7. kaoshispano dice:

    es innegable que lo ha venido modernista post CVII, mundanizante marxistoide (progre) o burgués de egos pastoral y de grupos y movimientos (neocón), y la apostasia demente y cameladora de Bergoglio ya al fin, no sería posible si no hay un proceso en el que han colaborado por pasiva o siendo parte activa muchos de Roma ( comunistos y masones infiltrados), y mismos papas. Cúanto, quienes y cómo, eso solo lo pueden decir protagonistas directos y juzgarlo al fin el mismo Dios.

    que su Juicio es muy cercano…

  8. Anamaria Holley dice:

    Este comentario me parece curioso. ¿Qué es lo que hacen ustedes, si no es criticar al papa Francisco? Entonces caen en lo mismo que están diciendo ¿o no se dan cuenta de ello?

    A mí me gustaría que ustedes expongan las situaciones pero no descalifiquen ni juzguen a nadie, para que Dios, por medio de la Gracia del Espíritu Santo ilumine nuestro discernimiento y tomemos nuestra posición.

    No vaya a ser que nosotros también estemos cayendo en el fariseísmo que tanto criticamos.

    Anamaría

    • josephmaryam dice:

      El punto de partida es éste: Francisco Bergoglio no es Papa.
      Usted juzga lo que juzgamos; pero usted no discierne lo que juzgamos.
      Al no ser Francisco Bergoglio el Papa de la Iglesia católica, automáticamente se le puede juzgar. Es automático.
      Y al poner Francisco Bergoglio su gobierno horizontal en Roma, automáticamente la Sede Apostólica cae en el juicio de todos los católicos, porque en Roma hay dos iglesias: una que no se la puede juzgar y otra que es necesario cuestionar y juzgar con el Espíritu de Dios.
      Si usted no se pone en el punto de partida, entonces dice lo que dice.
      En el momento en que se ve la Verdad, se la discierne, en ese momento no hay fariseísmo. En ese momento, hay juicio verdadero.
      El fariseismo comienza cuando el hombre se queda en una idea en su mente, y la defiende por encima de la verdad.
      Primero usted tiene que discernir lo que es Francisco Bergoglio y no atacar nuestro juicio.
      Si usted no discierne a ese hombre, no ve la verdad en ese hombre, no venga aquí a poner sus temores. Son los suyos, no los nuestros.
      No venga aquí a enseñar sus mentiras, las suyas, no las nuestras.
      Que cada uno elija en la Iglesia a quién quiere seguir: a Cristo o al demonio. Aquí no se impone a nadie el camino. Aquí se señala el camino, en estos momentos, de gran oscuridad en la Iglesia.
      Si ustedes quieren seguir al demonio en Bergoglio, háganlo. Son libres. Pero no vengan a excusar, a justificar, a ensalzar su pecado en este blog.
      Aquí odiamos a Bergoglio, con el santo odio que tiene Dios a los pecadores que ensalzan su pecado por encima de Su Ley Eterna.
      Por tanto, aquí no hacemos caso de gente como usted.
      Viva su vida como desee, pero no enseñe su error como una verdad, porque eso es, precisamente, el fariseísmo.

  9. Jacobo B. dice:

    Querido padre Joseph,
    Muchas gracias por aclarar muchas dudas que tenía.
    DLB

Los comentarios están cerrados.

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