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Francisco: el idiota

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«No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis y con la medida con que midiereis se os medirá. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo? ¿O cómo osas decir a tu hermano: Deja que te quite la paja del ojo, teniendo tú una viga en el tuyo. Hipócrita: quita primero la viga de tu ojo y entonces verás de quitar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7, 1-5).

Es lícito juzgar: «El juicio es lícito en tanto en cuanto es acto de justicia (…) se requieren tres condiciones: primera, que proceda de una inclinación de justicia; segundo, que emane de la autoridad del que preside; y tercera, que sea pronunciado según la recta razón de la prudencia» (Sto. Tomás – q. 60 a.2).

Para juzgar, es necesario:

1. Dar al otro -en ese juicio- lo que se merece;

2. Tener poder para dar ese juicio;

3. Dar el juicio de manera prudente.

Francisco, que no sabe nada de teología, ni de filosofía, explica así este pasaje: «Jesús quiere convencernos de que no juzguemos: un mandamiento que repite muchas veces. En efecto, juzgar a los demás nos lleva a la hipocresía. Y Jesús define precisamente «hipócritas» a quienes se ponen a juzgar» (texto).

El pobre confunde tantas cosas que da una doctrina imposible de sostenerse:

1. No juzgar no es un mandamiento de Jesús;

2. Jesús enseña a no juzgar de forma temeraria; a no juzgar la vida moral;

3. Juzgar no lleva a la hipocresía sino a la injusticia y a la imprudencia;

4. Jesús no define la hipocresía como aquellos que se ponen a juzgar. Jesús llama hipócritas a los que juzgan el pecado de una persona sin el poder de juzgar.

Esta enseñanza de Francisco es oscuridad en la Iglesia, porque la Iglesia enseña a juzgar. La Palabra de Dios enseña a juzgar. Los teólogos enseñan a juzgar. Cualquier santo enseña a juzgar. La mente del hombre enseña al hombre a juzgar. Todo el mundo juzga. El problema no está en juzgar, sino en discernir los juicios.

No se puede predicar: «Quien juzga se pone en el lugar de Dios y haciendo esto se encamina a una derrota segura en la vida porque será correspondido con la misma moneda». Hay que predicar: quien no discierne sus juicios, entonces se pone por encima del Juicio de Dios, entonces se hace dios en su pensamiento humano, entonces se hace un dictador de su propio juicio.

Jesús enseña que la vida moral de las personas no puede ser juzgada por nadie, sólo por aquellos que tienen el poder de juzgarla, que son los sacerdotes en el Sacramento de la Penitencia. Los demás, ante el pecado de otra persona, como no ven la intención con que esa persona peca, entonces no pueden dar el juicio moral sobre esa persona. Pero sí pueden dar el juico espiritual de esa persona.

El juicio moral es diferente al juicio espiritual: «Al contrario, el espiritual juzga de todo, pero a él nadie puede juzgarle. Porqué ¿quién conoció la Mente del Señor, para poder enseñarle? Mas nosotros tenemos el pensamiento de Cristo?» (1 cor 2, 15).

El juicio espiritual se hace siguiendo al Espíritu de la Verdad. Y, entonces, se juzga sin caer en ningún error y sin pensar mal de los demás. Se hace un juicio recto, que sólo Dios puede hacerlo, porque se hace un juicio en el Espíritu. Se da un juicio de la vida espiritual de una persona. No se juzgan los actos morales de la persona, sino sus actos espirituales, su camino espiritual, su vida en el Espíritu. Y todo aquel que no siga al Espíritu de la Verdad, entonces da su mentira, su error y es necesario combatirlo, juzgarlo, condenarlo. No se puede decir: el musulmán va por buen camino. Hay que hacer un juicio: la religión de Mahoma es condenación para el alma. Este juicio espiritual todos lo pueden hacer, porque existe la Verdad absoluta, que enseña al alma lo que es bueno y lo que es malo. La verdad Absoluta es lo que Dios revela en Su Palabra. Francisco anula la Palabra de Dios y pone el bien y el mal en su negro pensamiento humano. Y, por eso, no juzga a nadie, pero condena a todo el mundo. Tiene que caer, de manera irreversible, en su gran soberbia. En su mente, se apaña para expresar su lenguaje humano: no juzgo. Pero, en su interior, juzga a todo el mundo. Eso es la fina soberbia del fariseo, del hipócrita, del idiota.

El Señor se refiere, en este pasaje, al juicio moral. Y ese juicio moral no prohíbe el corregir una acción mala de otra persona, pero sí prohíbe el desprecio de la persona por su vida moral; sí prohíbe juzgar y condenar a otros por sospechas, por juicios temerarios, por imprudencias.

Una persona que vive en su pecado, se hace incapaz de juzgar a nadie. Su juicio natural, incluso, está oscurecido y no ve con sencillez las cosas de la vida. Y, por eso, el Señor manda no juzgar cuando se está en el pecado. No hay que estar viendo el pecado del otro, sino el propio pecado, la propia ceguera, para poder ver lo que el otro tiene. Y, cuando el hombre sale de su pecado, entonces puede corregir oportunamente la vida moral y espiritual de otras personas.

Por lo tanto, lo que enseña Francisco no puede sostenerse de ninguna manera. Hay que decirle que lea santo Tomas de Aquino y calle su boca, que es una boca llena de herejías, de mentiras: «Quien juzga se equivoca siempre». Esta sola frase indica la ceguera de ese hombre. Esta sola frase indica la estupidez de la mente de Francisco. Indica que no sabe leer la Palabra de Dios para aprender a juzgar, a emitir juicios rectos, verdaderos, ciertos, sin error. Su frase: «no soy quien para juzgar»; es el fruto de este pensamiento. Y este pensamiento viene de su soberbia: no quiere aprender de Dios a juzgar: «No te ayuntarás con hombre como con mujer; es una abominación» (Lv 18, 22). Francisco anula la Palabra de Dios, anula el Juicio de Dios sobre los homosexuales y coloca su juicio humano: no soy quien para juzgar = no juzgues al homosexual. Y haciendo eso, hablando como sacerdote, hablando como Obispo, cae en una aberración moral y espiritual. Por su sacerdocio tiene el poder de juzgar, no sólo espiritual, sino moralmente a los hombres. Si afirma que no juzga, entonces afirma que no es sacerdote. Y cae en la aberración de preferir el pensamiento y la vida de los hombres al Pensamiento de Dios sobre la vida de los hombres. Y eso significa sólo una cosa: la idolatría al hombre: el antropocentrismo: el culto a la vida del hombre.

El que juzga temerariamente se equivoca siempre. Esta Verdad, tan sencilla de predicar, es lo que no predica ese estúpido. Y hay que llamarle así: estúpido. Porque un hombre de ochenta años, con un sacerdocio y que no sepa las bases del juicio en la mente, es sencillamente estúpido, un hombre idiota en lo que dice y hace en la Iglesia.

Y llamarle estúpido e idiota no es ofenderle, no es faltarle el respeto: es darle el juicio que Francisco se merece. Te mereces, Francisco, que te llamen el idiota.

El hombre, por naturaleza, juzga: la razón da juicios. Esto lo sabe cualquier hombre. Esto lo sabe el filósofo. Esto lo saben hasta los demonios. Para no equivocarse, el hombre tiene que discernir sus juicios; tiene que ver sus pensamientos, sus ideas y quitar aquellas que no son correctas porque van contra alguna virtud. Sin vida espiritual, si no se sabe lo que es la virtud ni el vicio; si no se llama al pecado con el nombre de pecado, entonces tenemos a tanta gente en la Jerarquía que son idiotas. Quieren imponer la doctrina de la tolerancia: no juzgues al otro, no juzgues su pensamiento, su vida, sus obras. Déjale tranquilo, que si busca a Dios, si es buena persona, si hace el bien, todo va de perlas. Respeta su pensamiento humano, su error, su mentira, su abominación. Y, entonces se predica un moralismo sin moral, se hacen leyes sin la ley divina, se propone valores sin la referencia a Cristo. Y así se hace un hombre que se da culto a sí mismo, a su lenguaje humano, a su idea de la vida, a su ciencia, a sus obras, a sus conquistas en la vida.

«Y se equivoca porque se pone en el lugar de Dios, que es el único juez: ocupa precisamente ese puesto y se equivoca de lugar». Francisco está diciendo que todo error en el juicio es ponerse en el lugar de Dios. Y esto es lo que no se puede admitir. Porque muchos son los juicios que los hombres hacen al faltar a alguna virtud. Luego son muchos los errores por esos juicios. Y sólo los errores que llevan a cometer el pecado de herejía y de apostasía hacen que la persona se ponga en el lugar de Dios.

Francisco es un pobre hombre que no sabe nada de nada. No sabe de lo que está hablando. Y, por eso, él cae en muchos absurdos: no es capaz de juzgar a un homosexual y es capaz de juzgar a un corrupto, a un mafioso. Esto se llama fariseísmo, hipocresía, vividor de este mundo: vive para buscar una gloria en el mundo. Está sediento del aplauso de los hombres, de la gloria de los hombres. Para tener a los homosexuales contentos y para que los demás vean que sabe atacar a los que tienen dinero. Su negocio en la Iglesia es buscar dinero. Y, por eso, no sabe discernir entre lo que es la corrupción y lo que es la blasfemia contra el Espíritu Santo. Y si no sabe esto, es un idiota en su juicio: «decir de una persona que es un corrupto o una corrupta, es decir esto; es decir que está condenada; es decir que el Señor la dejó a un lado» (texto).

Que un Obispo predique esto públicamente es un escándalo para toda la Iglesia. El pecado de corrupción no es el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo: el Señor no deja a un lado a un alma corrupta. Luego, hay salvación. Por un pecado habitual se llega a la corrupción de la vida, que significa vivir para ese pecado. El avaricioso llega a la corrupción en su avaricia. El lujurioso, igual. Cualquier pecado habitual lleva al alma a la corrupción. Pero, para caer en el pecado contra el Espíritu, hace falta algo más que ser corrupto. Hay que ir en contra de tres virtudes: fe, esperanza y caridad. Hay que vivir, no sólo de la corrupción del pecado (dinero, sexo, etc.), sino de espaldas a la Verdad (herejía, apostasía, cisma, desesperanza, odios, etc.).

María Magdalena era corrupta en su pecado de lujuria: la poseían siete demonios. Y halló salvación. Porque en la debilidad de la carne, su corazón no estaba cerrado al don de Dios. Su corrupción no impedía su salvación. Esos siete demonios no la llevaron más lejos en el pecado. Y, por tanto, decir que una persona está corrupta es decir que todavía puede salvarse. Esto es lo que niega Francisco, porque es un hombre idiota. No sabe lo que está diciendo. Y, después, todo el mundo haciéndole coro a un idiota, quitándole las babas de su bocazas. Alguna Jerarquía ya son baberos del idiota: lo limpian todo para hacer la pelota al idiota.

¡Qué tristeza ver a la Iglesia llena de modernistas que enseñan a no juzgar, pero que son los primeros en juzgar a Cristo y a la Iglesia. Han anulado la Tradición Divina, el Magisterio auténtico de la Iglesia, para poner su dictadura de la mentira, que son sus juicios y condenas a la verdad!

Francisco condena el Pensamiento de Dios, la Mente del Cristo, la Inteligencia del Espíritu: y eso es una blasfemia contra el Espíritu.

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3 comentarios

  1. jose m dice:

    Cito al blogger, quien, a su vez, cita a Francisco:

    “decir de una persona que es un corrupto o una corrupta, es decir esto; es decir que está condenada; es decir que el Señor la dejó a un lado»

    fin de la cita.

    A mí no me sorprende lo afirmado por Francisco. Es más, cuadra perfectamente en su teología de la liberación. Si hacemos de lo material lo más importante, entonces quien tenga un pecado que incide en lo material (la codicia, la corrupción fruto de ella) es el mayor pecado a la luz de dicha pervertida teología. A los ojos de Francisco los pecados contra la pureza (cuya peor manifestación es la homosexualidad) son meros asuntos interiores. Sin embargo, aquellos pecados que inciden en el ámbito económico “ad extra” (puesto que con su codicia afectan a terceras personas), no son perdonables o, como mínimo, son los más graves.

    Es una anti-teología, pues todos los grandes santos han dejado siempre claro que la lucha empieza con uno mismo (“ad intra”) y, en particular, por la pureza. Sin pureza es muy difícil la práctica de las demás virtudes cristianas (por ejemplo, no ser codicioso).

    Curiosamente, Francisco dice que no se puede “juzgar” cuando juzgar se trata de denunciar pecados contra el sexto mandamiento. Sin embargo, cuando se trata de pecados que inciden en lo material o económico, entonces resulta ser el más implacable juzgador. Implacable y sin misericordia, puesto que los pecados que él juzga, saltándose a la torera la buena teología católica, ahora ya no son perdonables. Cualquier persona con dos dedos de frente tendría que ver las inconsistencias de su pensamiento. Pero en tiempos actuales, en donde nos pasamos el día atontados frente a un iphone, la capacidad de razonar está profundamente disminuida y las masas católicas se lo tragan todo, hasta que un día se despiertan y se dan cuenta que han perdido la Fe.

  2. José Manuel Guerrero dice:

    Rosseau y su masónica y revolucionaria teoria basada en condenar el delito y perdonar al delincuente, etc.. ha sido acogida y es adorada plenamente por esta nueva iglesia traidora a Cristo, la iglesia que se está inventando Francisco junto a sus mayordomos. Francisco vive de cara a la galeria. Busca la foto como un lobo busca su presa. Saca el hocico por la ventana para olisquear por donde corren los tiempos. Esos tiempos enaltecen al pecador. Y condena al que lo denuncia. Francisco es un masón cuyo fin es inocular de masonerìa satanista hasta el ùltimo rincón de la Iglesia.

    “Hoy, ofrecemos la Misa por estos – tantos, tantos – que pagan la corrupción, que pagan la vida de los corruptos. Estos mártires de la corrupción política, de la corrupción económica y de la corrupción eclesiástica.”

    No hay mártires “de la corrupción política, de la corrupción económica o de la corrupción eclesiástica”, como señala el falso papa. Los únicos mártires a los ojos de Dios son aquellos que mueren torturados o asesinados por defender su fe católica, víctimas de la persecución religiosa. ¿Dónde está la persecución religiosa o el odio contra Dios en los grupos que señala Francisco?. Este majadero se inventa las cosas, trastoca las palabras y manipula las enseñanzas católicas para su único fin, cubrirse de gloria a los ojos del mundo (del mundo!!) y de los hombres. Su antropocentrismo le puede. Y su amor por el pecado y el pecador le pesa.

  3. Raul Patiño dice:

    El llamado fariseo de Francisco a no juzgar está en la línea de tolerar, de con el pecado, de caer en un “todos pecamos por lo tanto hagámonos pasito”. Francisco lo que parece buscar es frenar la denuncia profética, mientras deja la idea de que la tibieza es lo más adecuado. Así, genera la idea de que hay católicos “radicales” y “fundamentalistas” porque “exigen más que lo que Dios pide, pues como ha dicho Francisco “Dios se enoja UN POCO”.
    Estas posturas de Francisco preparan la persecución a los verdaderos católicos, bajo el argumento de que “juzgan”, y son “fundamentalistas”. De esta campaña ya participa en Colombia el canal de TV CRISTOVISION, donde se ha llegado a decir que los tradicionalistas son fascistas.

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