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La mente de Francisco es su evangelio

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El pecado es una «palabra, una obra, un deseo humano contra la ley eterna» (San Agustín). El pecado es una ofensa que el hombre hace a Dios; no es una ofensa que el hombre hace al hombre. El pecado es un acto contra la ley eterna divina, contra la Mente de Dios. No es un acto contra las leyes de los hombres, contra los pensamientos humanos.

No se hace mal a nadie porque se combate su pensamiento humano. Se hace el mal porque se combate el Pensamiento Divino.

La sola regla fundamental de toda moralidad, de toda razón, de toda voluntad, es la ley eterna o el pensamiento de Dios, su Voluntad.

Cuando Dios manda algo, ahí nace el bien y el mal moral. Cuando el hombre manda algo, no hay obligación de obedecerle, porque la fuente de la moralidad sólo está en la Voluntad de Dios, no en la voluntad de los hombres.

La bondad de un acto humano es cuando el hombre se conforma con la Voluntad de Dios, con el Pensamiento Divino. La maldad de un acto humano es cuando el hombre se aleja de esa Voluntad Divina para obrar su propia voluntad humana.

Por eso, cualquier cosa que el hombre, así sea buena y perfecta, si Dios no lo quiere, es pecado. Y, por eso, es muy importante en la vida espiritual discernir la Voluntad de Dios para no pecar.

«Quien tiene Mis Mandamientos y los guarda, éste es el que Me ama; y quien Me ama, será amado de Mi Padre, Y Yo también lo amaré y Me manifestaré a él» (Jn 14, 21). Amar a Dios no es decir con la boca: Señor, te amo. Sentir el Amor de Dios no es predicar: Dios es Amor. El amor se manifiesta cuando el alma cumple con la Ley Eterna, con aquello que Dios ha revelado para que el alma lo obre: los mandamientos divinos, la doctrina de Cristo.

Los hombres, en la actualidad, ni cumplen la ley de Dios ni la ley de la Gracia. Cada uno vive su ley, la que su mente humana le pone en su vida.

«Cada uno tiene su propia idea del Bien y del Mal y debe elegir seguir el Bien y combatir el Mal como él lo concibe. Bastaría eso para cambiar el mundo» (Entrevista de Scalfarri). Francisco pone el bien y el mal en la mente del hombre, no en la mente de Dios. Lo coloca en la ley de los hombres, en las estructuras humanas y, por eso, Francisco vive para cambiar estructuras, leyes, normas, viejas, caducas, porque pertenecen a los hombres. Pero no vive amando la Voluntad de Dios porque la ha anulado con su pensamiento humano. El pecado, para Francisco no es una ofensa a Dios, sino una ofensa al hombre. La virtud, para Francisco, es lo que hace el hombre en su vida humana, pero no es una obra de la gracia divina en el alma. Y, por tanto, en la Iglesia se está para hacer obras humanas y para vivir vidas humanas. La Iglesia es la obra de una mente humana, pero no es la obra del Espíritu de Cristo, no es para hacer la obra del Padre, no es para llevar a las almas a la Redención de Cristo, a la Cruz, donde sólo mora el Amor; sino que, en la Iglesia, los hombres opinan y juzgan de lo que es bueno y lo que es malo. Lo que diga la mayoría, lo que diga el pueblo de Dios, eso es lo que hay que vivir en la Iglesia.

En esta concepción del bien y del mal, todo se anula: toda Revelación Divina. Se trata de pensar el bien y el mal. No se trata de escuchar a Dios, que habla en cada corazón, que dice lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer. Se trata de vivir un racionalismo, un pelagianismo, un indiferentismo: todo vale, toda idea del hombre es la que hace la vida, todo en el hombre es su mente. Es como el hombre concibe su vida: en su mente, en su cabeza, en sus proyectos. Dios es sólo el lenguaje del hombre. Cristo es sólo el lenguaje del hombre. La Iglesia es sólo un lenguaje humano. El bien y el mal son como a cada uno le parezca. Si el ateo quiere vivir sin pensar en la existencia de Dios, eso es bueno, eso es un logro, eso es una virtud en la vida. Si el homosexual quiere vivir su abominación, no juzguemos eso, porque esa idea que tiene ese hombre es su bien y es su mal. Dios no decide lo que es bueno ni lo que es malo. Cuando Dios habló a Moisés y le dio las tablas de la ley, eso fue para el tiempo de esa humanidad, de esa cultura. Pero, actualmente, en el lenguaje de los hombres, Dios lo salva todo, y lo perdona todo, y no juzga a nadie ni a nada.

Por eso, Francisco dice: «para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar». Es decir, no es un acto humano en contra de la Voluntad de Dios. No es algo que el hombre, al hacerlo, sienta en sí mismo un mal. Sino que, ante el pecado, «lo que debo hacer es pedir perdón y reconciliarme (…) debo ir a encontrarme con Jesús, que dio su vida por mí (…) Dicho de otra manera: el pecado asumido rectamente es el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador, del redescubrimiento del profundo sentido que Él tiene para mí. En fin, es la posibilidad de vivir el estupor de haberme salvado». Y, por eso, termina exclamando: «la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores» (El Jesuita: entrevista la Cardenal Bergoglio- pag. 100 y 101).

Esta concepción del pecado se llama pelagianismo. El ateo que ve que falla, que ve su mal, su error, que siente dolor por haberse equivocado, que quiere salir de ese problema en su vida, de esa situación, se engrandece en su mal (= la única gloria que tenemos es ser pecadores). Ese pecado o ese error es un crecimiento para su vida humana, es un progreso en su vida, es una ciencia para ese hombre, es una filosofía de la vida, es una mentalidad que trae salvación al alma.

Y, ¿qué dice San Pablo? «Cuanto a mí, no quiera Dios que me gloríe sino en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo está crucificado para mí, y Yo para el mundo» (Gal 6, 14). Y uno se pregunta: ¿qué Evangelio lee Francisco? Y sólo queda una respuesta: el evangelio de su mente humana, de su palabra humana, de su idea humana, de su lenguaje humano. No hay otra explicación a la aberración mental: «la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores». En su mente, Francisco vive en su pecado, Francisco ama su pecado, Francisco es su pecado. Y eso que concibe en su mente, lo pone al descubierto en la Iglesia: «Por sus obras los conoceréis» (Mt 7, 15). Por sus obras de su mente humana, que nacen de su continuo pensar las cosas divinas -y dividirlas- porque no se cree en Dios, sino que sólo se cree en lo que la mente adquiere, medita, investiga, estudia; por sus obras de su mente, Francisco se condena y condena a muchas almas.

Como el bien y el mal están en la mente de cada uno –y no en la Mente de Dios, ni en la Mente de Cristo-, el camino para salir de ese mal está en uno mismo, en reconocer el propio error mental. Y haciendo eso, se sale de la mala situación. Y, entonces, hay que «pedir perdón y reconciliarse»: todo es un hablar, no es un arrepentirse del pecado ante Dios. La confesión es para hablar de nuestros errores, no de nuestras ofensas a Dios. No se ofende a Dios, sino a nuestra inteligencia, que ha pensado mal la cosa. «Debo ir a encontrarme con Jesús»: pero, ¿dónde está Jesús? ¿En el sacerdote que juzga en el Sacramento de la Penitencia? ¿Dónde encuentro a Jesús? ¿Dónde encuentro el perdón? En uno mismo, porque Jesús es el «que dio su vida por mí», pero no el que murió por mis pecados.

El pecado es un error en uno mismo: «el pecado asumido rectamente». El hombre que ve su error en su mente es el que asume rectamente su pecado. Es un fallo que el hombre tiene consigo mismo. Cuando el hombre ve su fallo, entonces ese pecado es «el lugar privilegiado de encuentro personal con Jesucristo Salvador». Esto es el misticismo: la experiencia del alma sin el dogma, sin la verdad. En esa experiencia que el hombre hace de su error, encuentra en su mente a Jesús, una libertad que antes no tenía. Sin la ayuda de la Gracia, el mismo hombre ve su error y quiere salir de su error, y eso le coloca enfrente de Jesús. Y el hombre vive «el estupor de haberse salvado» por Jesús.

En la mente de Francisco, ha desaparecido la Cruz de Cristo, la Obra Redentora de Jesús. Jesús es el que muere. El que da la vida. Y la da porque otros se la quitan, no por Voluntad de Su Padre. Francisco no puede aceptar que Jesús muere porque lo quiere Su Padre. El bien divino de esa muerte no lo puede comprender la mente de Francisco, porque el bien divino él lo ha puesto en la mente del hombre, no en la mente de Dios. Y, entonces, la ve como un mal del hombre: los judíos se equivocaron con Jesús y lo mataron. Los judíos erraron en su concepción del bien y del mal. Y, por eso, Jesús es el que da la vida por un error humano. Por eso, para Francisco, los judíos siguen siendo el pueblo escogido de Dios. Sus ritos, sus liturgias siguen valiendo. Es que en el tiempo de los judíos, hubo un error intelectual con Jesús.

Por eso, Francisco no puede juzgar a nadie. Cada uno se juzga en sí mismo. Cada uno es juez de sí mismo. Cada uno sale de sus propios errores y pecados y se pone de cara a Dios, de cara a Jesús, que trae la vida.

Y, entonces, uno se pregunta ¿quién es Jesús para Francisco? Si Jesús no salva del pecado, no libera del pecado, no perdona el pecado, no quita el pecado, sino que es uno mismo el que se libera, el que se desprende del pecado, ¿cuál es el papel de Jesús en esta dialéctica del pecado? ¿Qué es eso de que Jesús da la vida?

Jesús es un hombre histórico, pero no es Dios-hombre; que trae al hombre una vida humana, un amor humano, unas obras humanas: Jesús dio su vida humana para que el hombre tenga vida humana.

«El Hijo de Dios se encarnó para infundir en el alma de los hombres el sentimiento de la fraternidad. Todos hermanos y todos hijos de Dios. Abba, como Él llamaba al Padre. Yo os trazo el camino, decía. Seguidme y encontraréis al Padre y seréis todos sus hijos y Él se complacerá en vosotros. El ágape, el amor de cada uno de nosotros hacia todos los demás, desde los más cercanos hasta los más lejanos, es precisamente el único modo que Jesús nos ha indicado para encontrar el camino de la salvación y de las Bienaventuranzas»(Entrevista de Scalfarri).

Lo único que salva, el único camino de salvación: el amor entre los hombres, el amor fraterno, el amor humano.

Francisco rompe con la divinidad de Jesús e interpreta la encarnación del Verbo con un misticismo, que lleva a un panteísmo.

En Jesús se da una encarnación, es decir una unión de lo divino con lo humano. En la concepción de Francisco, Dios es sólo el Padre, no el Hijo: «Y yo creo en Dios. No en un Dios católico, no existe un Dios católico, existe Dios. Y creo en Jesucristo, su encarnación. Jesús es mi maestro y mi pastor, pero Dios, el Padre, Abba, es la luz y el Creador. Este es mi Ser». Jesús es la encarnación de lo divino, que es Dios. Esto se llama misticismo. Y, en esa encarnación, Jesús trae un amor fraternal para todos los hombres. Esto se llama panteísmo. Se infunde en los hombres un amor universal, un amor para todos, un amor común, que todos pueden pensar con su mente: ¿por qué no dialogamos con los judíos, con los musulmanes, con los protestante, para así amarnos, para así tolerarnos, para así comprender lo que cada uno tiene en su mente sobre el bien y sobre el mal?

Jesús no es el que salva del pecado, sino que el que da un amor universal al hombre. Y esto es lo único que salva. Este panteísmo le lleva a Francisco al masonismo: necesita encontrar el sentido del ser humano. El hombre, ¿qué es para sí mismo? Si el hombre tiene en él el concepto del bien y del mal, entonces, ¿cuál es el sentido de la vida del mismo hombre? Si el hombre todo lo sabe en su intelecto humano, entonces ¿por qué el mal, los errores? ¿Por qué un mundo desigual? ¿Por qué un holocausto? Y él responderá: es el error intelectual de los hombres, es la verguenza que tenemos que cargar.

Por eso, su idea de una Iglesia universal, de un fe universal, de la apertura al mundo. Es necesario hacer esa Iglesia para encontrar la solución a sus problemas. En la Iglesia Católica no ha podido resolver la cuestión. Sólo ha vivido para su progresismo: su comunismo, sus pobres, su teología de la liberación. Pero no ha podido amar a los hombres como lo tiene en su mente humana. Por eso, Francisco es un fracaso en su vida de sacerdote, de Obispo. Está en una Iglesia con una idea humana sin poderla desarrollar. Y, ahora, sentado en la Silla de la Verdad, ve que tampoco puede hacerlo. Sus ganas de unir a los judíos y a los musulmanes son sólo eso: ganas. Es sólo la publicidad, pero –en la práctica- Francisco tiene que seguir con lo de siempre, porque no sabe romper el dogma; pero sí se sabe vivir lo que le da la gana en la Iglesia. Y, claro, muchos no pueden seguirlo, porque no se puede obedecer la mente de un hereje, de un hombre que solo vive para su idea del bien y del mal.

Esta visión del pecado, de Jesús y del amor le viene de su racionalismo: «La fe nos abre el camino y acompaña nuestros pasos a lo largo de la historia. Por eso, si queremos entender lo que es la fe, tenemos que narrar su recorrido, el camino de los hombres creyentes, cuyo testimonio encontramos en primer lugar en el Antiguo Testamento» (LF n.8).

El racionalista sólo acepta como verdadero lo que la misma razón puede probar como verdadero.

Francisco quiere entender lo que es la fe. Y la fe es un don sobrenatural por el cual el hombre acepta, bajo el influjo de la Gracia, la verdad que Dios revela. Y lo acepta, no en virtud de un conocimiento racional, sino por la autoridad de Dios, que se revela a sí mismo. Dios lo manda, Dios lo dice, Dios lo obra, el hombre tiene que asentir, abajar su inteligencia humana y comenzar a creer en las obras de Dios, en las palabras divinas. Para creer sólo se necesita que el hombre sea libre, que el hombre quiera creer, que el hombre se humille en su inteligencia humana.

Francisco quiere narrar el camino de la fe para comprender la fe, para comprender a los hombres que han creído. Y, entonces, cae en muchos errores. Destroza toda la doctrina de los Sacramentos, toda la fe de la Iglesia y se abaja al mundo. Hace una teología del misticismo, queriendo encontrar una unión del hombre con lo divino que es una blasfemia. Por eso, muchos se engañan leyendo a Francisco: creen que Francisco tiene una alta espiritualidad, y es sólo su basura intelectual, que nace sólo de su mente, de darle vueltas constantemente a la verdad para destruirla en su totalidad.

Francisco cae en todos los impedimentos para tener fe. Es un hombre racionalista, que sólo quiere comprender lo divino con su cabeza. Y, como no es inteligente, sino un vividor, un lujurioso de la vida, por eso, dice cada día sus estúpidas ideas en la Iglesia. Y eso es lo que entretiene a los tontos como él. La gente está analizando su estilo de gobierno. Y es lo más absurdo que hay. Nunca idiota ha tenido tanta publicidad en la Iglesia. Porque así está llena la Iglesia: de gente estúpida que se lo cree todo.

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6 comentarios

  1. Tere dice:

    Muchas gracias, Dios nos bendiga y nos guarde

  2. José Manuel Guerrero dice:

    Hace un par de dìa, en su habitual cháchara inservible, tontorrona, hereje y hortera en Casa Santa Marta, el falso papa señor Bergoglio afirmó desvergonzadamente sobre Juan el Bautista que su muerte “humillante” se debiò a un “capricho”. Es decir, no hizo ninguna referencia al verdadero motivo de su condena a muerte: señalar el pecado de adulterio del rey. Para él, el degollamiento del Bautista fue la venganza encaprichada de la furcia del sátrapa. Un capricho. Un dtalle del rey para con su geisa. Cosas de la vida, ya saben.

    Este hijo del demonio está preparando poco a poco, sibilinamente, concienzudamente, pero sin temor a nada ni a nadie, la abolición del sentido del pecado que siempre hemos tenido los católicos. Está en ello, y tampoco, puede disimularlo.

    De los 400 frailes de la Inmaculada, 40 ya se han largado de la Iglesia de Roma. Y a este paso no va a quedar ni el apuntador.

  3. Tere dice:

    el domingo pasado “Día de Corpus”, en misa el Padre tomo el misal y leyó (“El PAN de los ángles”),cuando daba la homilía,y luego en el momento de la consagraciíon al levantar el CUERPO DE CRISTO,,dijo este es “el pán de los hijos”?, (me pueden aclarar algo), muchas gracias

    • josephmaryam dice:

      No sabemos a qué se refiere con el pan de los ángeles. Y si al consagrar dijo: este es el pan de los hijos, entonces en esa misa no hubo consagración y todos pecaron con un pecado de idolatría: dieron culto a un pan y a un vino. Si el fiel, en la consagración escucha esto, entonces, de manera inmediata, sin esperar a nada, tiene que levantarse e irse de esa misa, porque allí no hay misa, sino una obra de teatro. Y aquel sacerdote que no dice las palabras correctas de la consagración, sino dice estas blasfemias, no pone a Cristo en el Altar, sino que pone al demonio encima del Altar.
      Busquen otro sacerdote, busquen una misa donde se hagan las cosas de siempre, no los inventos de los modernistas.

  4. Raul Patiño dice:

    Es correcto lo dicho por José. De hecho cada vez que puede, Francisco ataca también a los defensores de la tradición intentando asimilarles a fariseos y poniéndoles como fundamentalistas. Respecto de la Santa Misa Tridentina, por algo fue declarada como obligatoria a perpetuidad por San Pio V.

  5. Jose M dice:

    Francisco será indiferentista con las liturgias de las religiones falsas; sin embargo, cuando se trata de la liturgia de la verdadera religión, la católica, demuestra una nula tolerancia con la Santa Misa de siempre, la Tridentina. Es un odio a la fe difícilmente disimulado.

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