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Francisco habla a la masa, nunca al alma

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«No huyamos de la resurrección de Jesús, nunca nos declaremos muertos, pase lo que pase. ¡Que nada pueda más que su vida que nos lanza hacia adelante!» (EG – n. 4).

Francisco presenta a un Jesús Resucitado para encontrar la alegría del Espíritu, la paz del corazón. Y nunca hace referencia a la Cruz, al Crucificado, que es la Obra de la alegría.

Para Francisco, huir de Jesús Resucitado es morir. Y la fe nos dice que en la Cruz está la Vida, y quien huye de la Cruz, está muerto en sus pecados: es Cristo Crucificado «poder y sabiduría de Dios» (1 Cor 1, 24). Y «Dios a nadie ama sino al que mora con la sabiduría» (Sab 7, 28), al que habita con Cristo en Su Corazón, al que se encuentra con Cristo en el Sagrario, al que se despoja de todo lo humano, para seguir a Cristo: «Hijo, déjate a ti y me hallarás a Mí. Vive sin voluntad ni amor propio, y ganarás siempre. Porque al punto que te renunciares sin reserva, se te dará mayor gracia» (Imitación de Cristo – Renuncia de sí mismo) .

Este ascetismo de la vida espiritual es el que niega Francisco. Él pone a un Jesús que no está en Cruz y, por lo tanto, que no exige la renuncia a todas las cosas humanas. Pone a un Jesús que invita a mirar al otro: «quien quiera vivir con dignidad y plenitud no tiene otro camino más que reconocer al otro y buscar su bien» (EG – n. 9). Este centrar la vida en el otro es su amor desordenado al hombre, es su pecado más frecuente.

La dignidad de la vida, su plenitud sólo está en Cristo, en vivir a Cristo, en ser otro Cristo, que es el camino único para todo hombre que quiera dar sentido a su vida. Sin el Espíritu de Cristo, no es posible llegar a la plenitud de la Verdad, que no está en ningún pensamiento del hombre, sino sólo en Dios: «el Espíritu de la Verdad os guiará hacia la Verdad completa, porque no hablará de sí mismo, sino que hablará lo que oyere y os comunicará las cosas venideras» (Jn 16, 13). Francisco está empeñado en que el hombre mire al pensamiento del hombre para llegar a un sentido de la vida sólo imperado por el hombre, pero que es una mentira en su mismo pensamiento humano.

«Todos tienen el derecho de recibir el Evangelio. Los cristianos tienen el deber de anunciarlo sin excluir a nadie, no como quien impone una nueva obligación, sino como quien comparte una alegría, señala un horizonte bello, ofrece un banquete deseable. La Iglesia no crece por proselitismo sino “por atracción”» (EG – n. 14). Para Francisco, la predicación del Evangelio no es imponer una Verdad, sino el de compartir una vida humana. Si no se predica la vida de Cristo como una obligación para salvarse y santificarse, entonces sólo se predica para contentar la vida de los hombres y para hablarles lo que ellos quieren escuchar.

a. Cuando se da a Cristo no se comparte una alegría, sino que se vive la alegría del Espíritu, aunque el otro no quiere compartirla.

b. Cuando se da la Palabra de Dios se señala el camino de la Cruz, de la penitencia, de la mortificación, del ayuno, de la lucha contra el pecado, contra el demonio, contra el mundo. Esto no es señalar un horizonte bello, sino un Cielo difícil de conseguir si el hombre no sale de sus límites e inclinaciones humanas. Francisco señala el horizonte bello de lo humano, la alegría del mundo, el resplandor de lo que pasa con gran facilidad; pero no puede señalar el sufrimiento y la muerte de Cristo como camino para la verdadera alegría del corazón, como camino hacia la Gloria.

c. Cuando Jesús baja al Altar, en las especies eucarísticas, no se ofrece al mundo un banquete deseable, sino un Pan de Vida Divina, que hay que comulgarlo sin pecado, con discernimiento: «Quien come el Pan y bebe el Cáliz del Señor indignamente, será reo del Cuerpo y de la Sangre del Señor» (1 Cor 11, 27). Francisco no enseña el pecado a las almas, sino la vida feliz, dar la comunión, hacerla desear a los que viven en el pecado, a los excluidos por su pecado, y que no quieren quitarlo. Por eso, quiere atraer: la Iglesia crece por atracción. Éste es su pensamiento humano de la vida de la Iglesia. Ésta es su mente diabólica, porque Cristo no atrajo hacia sí hasta que no se puso en Cruz: «y Yo, si fuere levantado de la tierra, atraeré todos a Mí» (Jn 12, 32). Es sólo la Cruz la que atrae hacia la Verdad. Es sólo el alma crucificada con Cristo la que atrae hacia los demás hacia la Verdad; es sólo una vida de Cruz, de penitencia, de desarraigo de todo lo creado, lo que sirve en la Iglesia y en su apostolado. La Iglesia atrae cuando se crucifica, no cuando baila con el mundo, no cunado quiere hacer agradable la vida de los hombres en el mundo. Una Iglesia que no se crucifica y que no crucifica no es la Iglesia de Cristo.

La Iglesia no crece porque se atrae hacia lo humano, sino porque se lleva a lo divino a los hombres. Para atraer a lo divino, el alma debe poseer lo divino, porque nadie da lo que no tiene. Y no se posee a Dios en el corazón porque se tenga un bautismo u otro sacramento. Se posee a Dios en el corazón cuando éste está libre de pecado: «El que ha nacido de Dios no puede pecar» (1 Jn 3, 9) . Ya es posible amar a Dios sin el pecado, porque Cristo ha puesto el camino para quitar todo pecado: la Penitencia. Cristo da Su Gracia en el Sacramento de la Penitencia, para que las almas vivan sin pecado, es decir, vivan amando a Dios continuamente. El camino hacia el amor está puesto por Cristo; pero muy pocos lo recorren. Y, Francisco, nunca enseña este camino para estar en la alegría del Espíritu. No puede enseñarlo porque ha anulado el pecado como ofensa a Dios: «Suelo decir que la única gloria que tenemos, como subraya San Pablo, es ser pecadores. Por eso, para mí el pecado no es una mancha que tengo que limpiar» (Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti, El Papa Francisco. Conversaciones con Jorge Bergoglio, pp. 101-102).

Francisco no enseña a combatir el pecado, sino a estar en una Iglesia con los pecados: «El Señor nos quiere parte de una Iglesia que no sea casa de pocos, sino casa de todos, donde todos puedan ser renovados, transformados y santificados por su amor» (6 de octubre 2013). Francisco se olvida de que «el que comete pecado, ése es del diablo, porque el diablo desde el principio peca» (1 Jn 3, 8a). Y para esto es la Iglesia, «para esto se apareció el Hijo de Dios, para destruir las obras del diablo» (1 Jn 3, 8b). Y la principal obra del demonio, entre los hombres, es el pecado. Luego, la Iglesia es para destruir el pecado, para vivir sin pecado dentro de Ella.

Para que la Iglesia sea una casa de todos, es necesario que todos quiten sus pecados. Esto es lo que no dice Francisco. Sólo le interesa resaltar que hay una Iglesia encerrada en unos dogmas y que impide que los demás sean parte de la Iglesia: «Tentación de algunos: La Iglesia es sólo la Iglesia de los puros, de los que son totalmente coherentes. Y los demás, alejados. Esto no es verdad. Es una herejía» (6 de octubre 2013). Esta es la herejía de Francisco: decir que es una herejía predicar que la Iglesia es sólo la Iglesia de los puros, de los santos. La Iglesia es santa y es para los santos, pero muchos se excluyen de Ella por sus propios pecados. La Iglesia nunca excluye, sino que es cada alma la que se excluye. Y todo el mundo puede ser santo en la Iglesia si quita sus pecados, si lucha en contra de sus pecados, si se arrepiente de sus pecados, si confiesa sus pecados en el Sacramento de la Penitencia. Porque un alma que esté en la Iglesia con sus pecados no confesados no ama a Dios, no puede amarlo, no puede hacer la Voluntad de Dios. Sigue estando en la Iglesia, pero con una vida que no es de la Iglesia, que no hace Iglesia, que no sirve a la Iglesia. La Iglesia es una Gracia, no es un pecado, no es el conjunto de hombres en sus vidas de pecado. Son hombres que luchan para no tener pecado en sus almas.

Muchos católicos no han aprendido a vivir su fe católica y están alejados de la Verdad porque viven en la Iglesia en sus pecados. Y no los confiesan nunca. Y quieren ser de la Iglesia, quiere hacer apostolados, quiere predicar, en sus vidas de pecados. Y eso es lo que no se puede permitir. Y es lo que Francisco no discierne. Muchos olvidan de que existe el Sacramento de la Penitencia y que -sin él- es imposible agradar a Dios en la Iglesia. Mientras estén en sus pecados, no pueden hacer obras de apostolado en la Iglesia. Esto es la vida espiritual. La fe en Cristo es para vivirla; pero si se vive en estado de pecado, no se puede hacer las obras de Cristo ni en las familias, ni en los pueblos, ni en las sociedades, ni en el mundo entero. Pero esta Verdad, hoy día, muy pocos la siguen. Quieren agradar a Dios con sus vidas de pecado. Y quieren hacer una Iglesia llena de pecadores. Y, por estar en pecado, eso no significa no pertenecer a la Iglesia; sino sólo significa no poder usar los Sacramentos ni el Apostolado que requiere la vida de la Gracia en la Iglesia.

¡Cuánta gente que predica y va a las misiones en su pecado! Y hace un gran mal a toda la Iglesia por no quitar sus pecados. Y es muy fácil quitarlos: el Sacramento de la Penitencia. Con ese Sacramento, en la Iglesia no hay pecadores. Por eso, es un insulto lo que predicaba Francisco a la Iglesia: «la Iglesia está formada por pecadores, lo vemos todos los días. Y esto es verdad: somos una Iglesia de pecadores» (6 de octubre 2013).

El Beato Juan Pablo II decía: «La madurez de la vida eclesial depende en gran parte de su redescubrimiento. El sacramento de la Reconciliación, de hecho, no se circunscribe al momento litúrgico-celebrativo, sino que lleva a vivir la actitud penitencia en cuanto dimensión permanente de la experiencia cristiana. Es “un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro con la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (“Reconciliatio et paenitentia”, 31,III) (Vaticano, 15 septiembre de 1999).

La madurez de la Iglesia está en confesar los pecados en el tribunal de la Penitencia. Y eso acerca a la santidad de Dios. Y, por tanto, la Iglesia no es una Iglesia de pecadores, sino de santos, de hombres que, cayendo en el pecado, corren a confesarlos en el Sacramento de la Penitencia. Y esto es lo que los hombres no hacen y, por eso, no gustan de la alegría de ser salvados, de ser santificados, de percibir la Presencia de Dios en sus vidas humanas. Y quieren, y corren, tras las alegrías del mundo, de la carne, de los hombres, que es lo que predica Francisco.

Francisco siempre insulta a la Iglesia porque se fija en lo que le interesa: en la Iglesia hay una historia de pecado, de corrupción, hay malos católicos, hay daño desde la Jerarquía por el pecado de muchos, y hay mucha gente que no sabe perdonar el pecado de otros. Pero la Iglesia nunca ha excluido a los pecadores de ser Iglesia, siempre ha enseñado cuál es el Camino para quitar el pecado. Y la Iglesia excomulga y ha excomulgado a pecadores para enseñarles el camino verdadero: o quitáis vuestros pecados o no hay salvación. Francisco quiere meter a todos en la Iglesia, y entonces arremete contra la verdad en la Iglesia: contra los excomulgados y contra las sentencias que la Iglesia ha dado para poner un límite, un muro, entre la santidad y el pecado. Francisco anula este muro y, ahora, en la Iglesia nadie combate ninguna herejía, ningún cisma; y, por eso, el gobierno de la Iglesia está lleno de herejes, de excomulgados, de gente pecadora que no pertenece a la Iglesia Católica, porque no tienen la fe católica.

Francisco insulta a toda la Iglesia al no hablar con verdad sobre el pecado y la santidad en la Iglesia. Un gran insulto.

Francisco habla de no excluir: «La alegría del Evangelio es para todo el pueblo, no puede excluir a nadie» (EG – n. 23). «La comunidad evangelizadora (…) sabe adelantarse para tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos». (EG – n. 24). Esta obsesión por los excluidos es su forma de hablar sobre la salvación comunitaria, social; es decir su teología de los pobres. Cristo se ha encarnado para una obra social, no para salvar el alma.

Y, por eso, el que hace apostolado en la Iglesia «asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo» (EG – n. 25). Francisco cae en su herejía del pseudo-misticismo: la carne del hombre es la carne de Cristo. Esto es dar culto al hombre, divinizar el hombre, poner al hombre por encima de Dios. Y cae en esta herejía en su forma de hablar: la comunidad evangelizadora «asume la vida humana», encarna la vida del hombre, hace carne propia la vida de los demás; es decir, que todos tienen que llevar el peso de la vida humana, material, de los otros. Es su teología social, contraria a la doctrina de Cristo, que enseña que hay que cargar con el pecado de los demás, no con sus vidas humanas, no con sus problemas económicos, sociales, etc.

Para Francisco los que hacen apostolado «tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz» (EG – n. 25). Pero el que sigue a Cristo tiene que oler a Cristo no a oveja: «porque somos para Dios penetrante olor a Cristo en los que se salvan y en los que se pierden; en estos olor de muerte; en aquellos olor de vida para vida» (2 Cor 2, 15-16). Lo que enseña San Pablo es lo que niega Francisco: la predicación del Evangelio es causa de salud para quienes lo reciben y de ruina para quienes lo rechazan. Francisco no quiere excluir a nadie y, por eso, no es capaz de discernir ningún espíritu: todos se salvan, todos pertenecen a la Iglesia, la Iglesia está llena de pecadores, no de santos; no hay que hacer penitencia ni por nuestro pecado, ni por los de los demás. Ya Dios se encarga de salvar a todos, porque es muy bueno.

Pero hay algo más que dice Francisco: «éstas escuchan su voz». Cómo la comunidad evangélica «acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean», «encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados» (Ibidem), entonces, en el trabajo del hombre, en el esfuerzo social de los hombres, en resolverlos problemas de los hombres, las ovejas escuchan la Voz del Señor. Se quita la eficacia de la Palabra de Dios, que obra mientras todos duermen, para poner la eficacia del evangelio en las palabras, en las obras, en las ayudas que los hombres se hacen y realzan para los demás.

Esta doctrina de la teología de los pobres, de la liberación social, de la renovación de las estructuras del mundo, es la alegría para Francisco. Lo humano, lo social, lo económico, lo cultural, lo político, lo natural, lo científica, lo técnico. Si se resuelve esto, el hombre está en paz consigo mismo: «Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres» (EG – n. 2).

La vida interior es para Cristo y sólo para Él. Y Cristo, en esa vida, enseña al alma a hacer las obras que Él quieren en los demás. Nunca la vida interior es para los demás. Nunca. Nunca en la vida interior hay espacio para los demás. El espacio es sólo de Dios. Dios es el Todo y Dios quiere Todo el corazón. No quiere un parte compartida con los demás. Por eso, en las palabras misma de Francisco se ve su ineptitud por la vida del Espíritu. Él no sabe hablar al alma, no sabe hablar al corazón del alma, no sabe alimentar con la Verdad el pensamiento del alma. Francisco sólo habla a la masa, para dar ideas a todo el mundo, para mover una masa de gente sin vida interior, sin vida de Gracia. Y, por eso, a cuántos engaña Francisco, porque en la Iglesia hoy se vive en masa, se piensa en masa, se obra en masa.

Jesús no ha venido por una masa de gente, sino por cada alma. Ha sufrido y ha muerto por cada alma. Y cada alma tiene que desprenderse de la masa para ser Iglesia. Y, por eso, no es posible la obediencia a Francisco en la Iglesia: él es un líder social para una masa social, no para el alma.

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4 comentarios

  1. Jose M dice:

    Hoy, en la Sta Misa que me tocó soportar, se hizo durante la homilía un acto de “unión con la oración del Papa con el patriarca, y los presidentes de Israel y Palestina”. No puede aguantar más y me salí de la Iglesia hasta que acabarán con eso. Mi conciencia me impedia quedarme. Acabado el “acto de unión”, me reincoporé a la continuación de la Sta Misa.

  2. josephmaryam dice:

    Francisco no sigue el Magisterio Papal:

    “ni la Sede Apostólica puede en manera alguna tener parte en dichos Congresos, ni de ningún modo pueden los católicos favorecer ni cooperar a semejantes intentos; y si lo hiciesen, darían autoridad a una falsa religión cristiana, totalmente ajena a la única y verdadera Iglesia de Cristo” ( Mortalium Animos -PÍO PP. XI). Está haciendo su nueva iglesia en Roma: la iglesia que da culto al demonio.

  3. José Manuel Guerrero dice:

    Francisco en el encuentro con carismåticos en Roma: “Señor, concédenos un Papa como la gente, digno de la sede de Pedro”.

    Francisco pide tener don de gente para gobernar la Igkesia. Para Francisco la dignidad se encuentra en la gente. No en la persona, no en el alma de un hombre o en su corazón. La digindad se encuentra en la gente, esa masa amorfa sin corazón ni espìritu fácil de manipular y dispuesta a dejarse engañar por el primer cantamañana que le prometa la felicidad en la tierra.

    Hazte “papa” para acabar pidiendo lo que pide un relaciones pùblicas o el comercial de una fábricas de embutidos ibéricos a Papa Noel: don de gente. Su galopante y enfermiza obseción por agradar a la gente, por licuarse con el magma de la gente, ese brebaje hecho de demagogia y populismo a partes iguales, le lleva a practicar de manera virtuosa y refinada el gentuzismo, pensamiento filósofico que entronca con la Escuéla teológica de Chichinabo. Francisco es maestro de Gentuzismo. Es el profeta del Gentuzismo. Él no pide para el papado don de sabidurìa, ni de descernimieno ni de fe, el pide que tenga don de gente. Que la Iglesia se parezca a la gente. Se rìe de sus seguidores. Se rìe de la Iglesia, la traiciona, la escupe. Maldito demonio saltarìn y culón… !!!!!

    • elias dice:

      José Manuel esa frase es parecida a la definición que muchos hacen de “democracia”: “la soberanía reside en el pueblo”, frase aduladora bien distinta a lo que dijo Jesús, “no tendrías autoridad sobre Mí si no se te hubiera dado de lo Alto”, indicando como toda autoridad viene de Dios.
      Ni la gente ni nadie somos dignos de Dios.

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