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Francisco en la búsqueda de un gobierno mundial

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C. – «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero. Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común. De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos» (Evangelium gaudium – n 206).

I. «La economía, como la misma palabra indica, debería ser el arte de alcanzar una adecuada administración de la casa común, que es el mundo entero».

a. El oikos (griego:οἶκος, plural: οἶκοι) es la palabra griega que significa casa;

b. El nomos (griego: νόμος, en plural νόμοι) es la palabra griega que significa ley.

c. Oikonomia: significa la ley de la casa, la administración de la casa, el orden en la casa.

La creación es una economía divina: en ella se refleja la Ley Eterna, la ley divina, la ley natural. Todo está administrado por esta Ley Eterna, en que Dios ordena todas las acciones, tanto humanas como no humanas, hacia su fin.

En la Creación, cada criatura está ordenada a su propio acto y a su perfección. Es una ordenación divina: es la ley natural que Dios ha puesto en todo lo creado. Existe la Jerarquía de seres, en que los seres menos nobles se subordinan a los más nobles: los seres inferiores están bajo el hombre.

Cada criatura tiende a la perfección del universo. Y todo el Universo, con cada una de sus partes, está ordenado a Dios como a su fin.

Y en la Creación está la ley divina, que es lo que Dios ha revelado al hombre, y que debe cumplir para que todo permanezca en el orden divino.

El pecado de Adán produjo un desorden en toda la Creación. Y ese desorden trajo la Maldición de Dios sobre lo creado. Es una maldición en el ámbito moral, no en el ámbito de lo Creado. Lo creado sigue siendo bueno, pero no le sirve al hombre para alcanzar su fin.

Para que todo lo creado vuelva a su ser, era necesaria la Obra de la Redención. Con la Gracia, el hombre aprende a usar lo creado para Dios, a poner orden divino en la Creación.

Por tanto, la economía es un orden divino para un bien común. Ese bien común es diverso: el bien de una familia, el bien de una economía, el bien de la Iglesia, el bien de una política, el bien de una estructura social, etc. Pero nunca es el bien del mundo entero.

Hablar así supone negar el pecado original y ver la creación como buena, pero que los hombres la dañan por causas que no son el pecado como ofensa a Dios.

Decir que la economía es el arte para administrar la casa común, que es el mundo entero, es estar hablando del nuevo gobierno mundial, en que se quiere hacer una economía que funcione para todo el mundo, para todas las familias, para todas las políticas, para todas las Iglesias, etc. Y esto es un imposible, un absurdo, la negación de la Verdad de la Creación.

Es imposible hacer una economía que funcione para el mundo entero, porque:

• El mundo no pertenece a Dios, sino al demonio y, por tanto, no se rige por las leyes divinas, por un orden divino, moral, natural (el mundo debe ser comprendido en el orden moral, no en el orden de la Creación);

• El hombre es anterior al Estado y, por tanto, es antes la propiedad privada que la propiedad social; es antes la familia que la sociedad civil (cf. Pío xI Quadragesimo anno). Y, en consecuencia, se vive para el hombre, no para el mundo entero; se vive para una familia, no para todas las familias. Es antes el hombre que el mundo entero. Hay que legislar para el hombre, no para una globalización, no para un ente abstracto, sin personalidad, sin vida, regido sólo por leyes humanas para una masa impersonal de gente.

• Es necesario hacer desaparecer el Estado en donde se cree una estructura que administre cosas, pero que no gobierne a las personas. La gente, la masa de gente es la dueña de toda la humanidad, para vivir, para planificar lo que la masa quiera. Es aniquilar también al hombre para poner una voluntad para todos, un poder de todos, una inteligencia en todos. Es decir, un imposible, una utopía, un absurdo. Porque por más que se quiera imponer la masa, el hombre sigue siendo libre por Creación. Y siempre el hombre va a decidir sin la masa, sin hacer caso a la mayoría, a la opinión pública, al juicio de los hombres.

Cuando Francisco está hablando de una economía que administre el mundo entero, está indicando el plan del comunismo sobre un nuevo orden mundial. Y está yendo, en consecuencia, contra toda verdad en el hombre.

Cuando se habla de una administración del mundo entero, se está hablando de controlar la Creación divina. Administrar no sólo lo creado, sino la Creación, es decir, ponerse en el puesto de Dios y poner leyes adversas, contrarias, a la ley eterna, natural y divina. En muchos países ya se legisla en contra de la ley natural y la ley divina. Pero no pueden tocar la ley eterna.

II. «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo; por ello ningún gobierno puede actuar al margen de una responsabilidad común». Este es el ecologismo de Francisco: todo mal en la creación, en el cosmos, repercute, influye en todas partes. Es el mal social, el mal de muchos, el mal en una comunidad, el mal en una sociedad, el mal que se produce por muchos en la atmósfera, en las ciudades, en los pueblos. Y, por tanto, hay una responsabilidad común, de todos. Es el amor a la Creación puesto por encima del amor a Dios y el amor al hombre. Y, por tanto, como se hace un daño a la Creación, todos son culpables. Y, entonces, como en los países hay economías que matan, que excluyen, que discriminan, eso pasa a todo el mundo, a todo lo creado. Y todo el mundo debe tomar conciencia de ese mal común.

Dos cosas anula aquí Francisco:

a. El dogma del pecado, como acto personal que se realiza en contra de Dios

b. Los mandamientos de la ley de Dios, que son la base para el amor a Dios y al prójimo.

c. En consecuencia, queda un amor a lo creado, un amor natural, que todo hombre posee y que debe ser la guía de su vida. Si no se ama lo creado, entonces eso repercute en toda la Creación.

i. Este amor a lo creado viene de la idea de que todos los seres vivos están unidos, se relacionan entre sí. Y lo que a uno le pasa, se comunica, se irradia al otro. El bien o el mal de uno es el de toda la creación. Y en la creación, no existe tal unión, sino la subordinación de unos seres a otros. Existe una Jerarquía de seres, no una comunidad de seres.

«En las partes del universo, cada creatura es por su propio acto y perfección. En segundo lugar, empero, las creaturas inferiores son por las más nobles […], y cada una de las creaturas es por la perfección de todo el universo. Finalmente, todo el universo, con cada una de sus partes, se ordena a Dios como el fin, en cuanto la divina bondad se refleja en ellas por cierta imitación para la gloria de Dios» (Aquino, Tomás de. S.Th., q.65, a.2).

Dios ha puesto su ley eterna en la Creación. Y ésta posee un fin divino. Todas las criaturas obedecen a este fin divino en la Creación. Lo que obran en ella es siempre bueno. Porque la creación es la manifestación del orden con que Dios conduce todos los seres hacia sus fines propios y hacía sí Mismo como último fin. Dios, todo lo ha creado, para Él Mismo. Todo tiende hacia Dios.

Todos los seres inferiores al hombre: minerales, vegetales, animales irracionales están subordinados entre sí y según sus naturalezas. Son una Jerarquía con un fin propio en cada ser, pero ordenadas para un bien común, para un bien en la Creación.

Y, por tanto, cuando un animal mata a otro, no produce ningún daño a la creación, porque está obedeciendo la ley que Dios le ha puesto en su especie, una ley natural para un instinto de supervivencia. Y es una ley regida por la dependencia de unos seres hacia otros.

Estos seres inferiores están subordinados al hombre y, por tanto, son medios que el hombre tiene para alcanzar su fin. Si el hombre no sabe usar estos seres, entonces produce un daño en la Creación. Un daño moral: la crueldad contra el medio ambiente y contra los demás seres, que están al servicio del hombre, son causa de otros males por el pecado del hombre.

Por tanto, matar los animales para un fin que Dios ha puesto en el hombre (vgr. alimentarse, vestirse, etc) eso no repercute en la Creación, no daña lo creado. Pero matarlos por otros fines distintos a los que el hombre tiene, que son moralmente malos, entonces daña la Creación.

El que haya personas que sean pobres, que pasen hambre, no daña la Creación. Una economía de mercado si se rige por la ley divina, entonces no produce ningún daño moral. Cuando esa economía de mercado pasa los límites de la ley divina, de la moralidad, entonces daña la Creación y repercute en el hambre de algunas sociedades.

El pecado es el que se irradia en toda la Creación, es el que repercute en Ella. Pero decir: «Todo acto económico de envergadura realizado en una parte del planeta repercute en el todo» es una blasfemia. Francisco no sabe distinguir entre un acto económico moralmente malo y otro bueno. Todo lo engloba y dice una aberración: una fábrica que gaste millones en un producto bueno repercute en todo el planeta. Esto es algo sin sentido. Esto es el ecologismo.

Sólo los actos morales del hombre repercuten sobre su vida y la de los demás: es decir, los actos virtuosos y los actos pecaminosos. Los demás actos, no son nada en el Universo. Son actos de los hombres, actos carnales, actos materiales, etc., pero que no dañan la creación.

La Creación está dañada sólo por el pecado, no por los males o bienes de gran envergadura. Y, por tanto, cada persona tiene responsabilidad de su pecado o de su obra virtuosa. Pero ningún gobierno es responsable de actos no morales de los hombres.

Lo que daña la creación es el uso indebido de ella y, por tanto, se talan árboles, se eliminan especies, se trastoca la capa de ozono, se contaminan los ríos, se usa el dinero para fines de corrupción moral, etc., por el pecado de cada hombre, por un daño moral, pero no por un daño físico.

El hombre quiere controlar la creación, quiere meterse en el misterio de la vida, y entonces comienza a hacer daños morales. Y eso es lo que daña todo. Pero se daña no sólo por el pecado de cada hombre, sino por la maldición que la tierra tiene por el pecado de Adán: «Maldita Adán, la tierra, a causa tuya». Esa maldición de la creación influye en toda la vida de los hombres. Y, como el hombre ha crecido en su pecado de soberbia y quiere ser el dueño de lo Creado, sin la sabiduría divina, entonces la creación se vuelve contra el hombre. Es la ley Eterna, que rige todo lo Creado al margen de lo que piensen u obren los hombres.

Y el hombre quiere arreglar el mal que él ha hecho con su pecado, con una doctrina aberrante: antes de que nos quedemos sin alimento, sin vida en la tierra, entonces cuidemos la creación y busquemos un gobierno mundial para esto.

III. «De hecho, cada vez se vuelve más difícil encontrar soluciones locales para las enormes contradicciones globales, por lo cual la política local se satura de problemas a resolver. Si realmente queremos alcanzar una sana economía mundial, hace falta en estos momentos de la historia un modo más eficiente de interacción que, dejando a salvo la soberanía de las naciones, asegure el bienestar económico de todos los países y no sólo de unos pocos».

Es que no se puede alcanzar una sana economía mundial. Es necesario legislar desde el hombre, para la vida del hombre, para la vida de las familias, para la vida de las clases sociales, para la vida de los países, pero no para la vida del mundo entero. Esta es la aberración. Se habla para nada, para una utopía, para decir esta injuria a la Iglesia:

«Cualquier comunidad de la Iglesia, en la medida en que pretenda subsistir tranquila sin ocuparse creativamente y cooperar con eficiencia para que los pobres vivan con dignidad y para incluir a todos, también correrá el riesgo de la disolución, aunque hable de temas sociales o critique a los gobiernos. Fácilmente terminará sumida en la mundanidad espiritual, disimulada con prácticas religiosas, con reuniones infecundas o con discursos vacíos» (Evangelium gaudium – n 207).

Es claro el pensamiento comunista de este hombre, que no sabe nada de la doctrina social de la Iglesia. Como la Iglesia no se ocupa de los pobres, entonces es corrupta. Hasta aquí baja Francisco en su pensamiento. Hasta aquí se rebela contra la Iglesia, contra la Verdad que posee la Iglesia. Y se cree con autoridad y con sabiduría para decir estas palabras.

Aunque la Iglesia hable su doctrina social, y combata contra el mundo y los gobiernos, que ponen leyes en contra de los mandamientos divinos, eso no sirve para nada. Eso es causa de destrucción de la misma Iglesia, porque no se ocupa, de forma creativa, con eficiencia humana, de los pobres. ¡Comunismo! ¡Comunismo! ¡Comunismo! La Iglesia es infecunda en su doctrina social. No atiende al marxismo, al modernismo, al gran pensamiento de Francisco. Y entonces, Francisco va más allá y pone el párrafo de su orgullo:

«Si alguien se siente ofendido por mis palabras, le digo que las expreso con afecto y con la mejor de las intenciones, lejos de cualquier interés personal o ideología política. Mi palabra no es la de un enemigo ni la de un opositor. Sólo me interesa procurar que aquellos que están esclavizados por una mentalidad individualista, indiferente y egoísta, puedan liberarse de esas cadenas indignas y alcancen un estilo de vida y de pensamiento más humano, más noble, más fecundo, que dignifique su paso por esta tierra» (Evangelium gaudium – n 208).

Es su gran orgullo: Francisco dice que él es libre en su mente humana y que los demás son esclavos de una mentalidad que los hace egoístas, porque no se dedican a los pobres. ¡Este es su gran orgullo!. Él se pone como ejemplo a seguir para los demás, para la Iglesia, cuando él mismo no está dando la Verdad del Evangelio, cuando él quiere buscar una solución a los problemas de los hombres sólo por los caminos humanos, dejando a un lado la doctrina social de la Iglesia.

Francisco se siente libre porque ama a los pobres y habla de ellos y los besa con ternura. Y a los demás, que no hacen lo que él hace, los llama esclavos, les dice que tienen cadenas indignas y que, por eso, deben alcanzar otro pensamiento más noble, más perfecto, con más dignidad.

¡Qué desfachatez la de este hombre! ¡Qué injuria a la Iglesia! ¡Qué blasfemia al Espíritu Santo! ¡Cómo se ríe de todo el mundo sentado en una Silla que no le pertenece!

Muchos admiran a Francisco por su lenguaje humano, es decir, por su necedad en el hablar, por su soberbia en su pensamiento y por su orgullo en las obras que hace en la Iglesia. Y al admirar la mente de un hombre, vacía de la Verdad, ellos mismos se niegan a ver la maldad de este hombre.

Francisco no es cabeza de la Iglesia Católica, sino que es cabeza de su propia invención de iglesia, que está formando en el Vaticano.

Pero esto, mucha gente no se atreve a decirlo. La falsa obediencia a un hereje, el falso respeto a un cismático, la incredulidad de sus vidas en la Iglesia. No creen ni en ellos mismos. No saben para qué viven. Sólo son veletas del pensamiento de los hombres, de sus ideas. Creen que en la diversidad de pensamientos está la riqueza de la Iglesia. Y se olvidan de la Palabra de Dios:

«Porque no son Mis Pensamientos vuestros pensamientos, ni Mis Caminos vuestros caminos, dice Yavé. Cuanto son los Cielos más altos que la tierra, tanto están Mis Caminos por encima de los vuestros, y por encima de los vuestros, Mis Pensamientos» (Is 55, 8-9).

Pero, ¿quién te crees que eres Francisco? Si no eres capaz de dar la Mente de Cristo, entonces cállate en la Iglesia y no digas tonterías. Tú te crees que eres libre en tu mente y, sin embargo, tus mismas palabras revelan tu esclavitud al pensamiento del demonio. Hablas lo mismo que tiene el demonio en su mente. Y no te das cuenta de que eres esclavo, porque te crees libres y juzgas a los demás como esclavos.

Quieres hacer una economía para el mundo entero. En eso estás en el negocio de tu iglesia. Te has convertido en un jefe político que tratas los asuntos de la Iglesia, que son asuntos sagrados con tu profanidad, con tu mundanidad, con tu herejía en tu lenguaje humano. Eres el mismo demonio, porque te rige el Espíritu del Anticristo. Eres un falso Profeta y así debes ser tratado: como un embaucador de la Palabra de Dios. Contigo no hay parte en la Iglesia Católica porque, desde que te sentaste en esa Silla de Pedro, no has sido capaz de decir una VERDAD CATÓLICA. No eres capaz de dar una alegría al Espíritu. Sólo alegras vidas humanas, vidas sociales, vidas pecaminosas. Sólo ensalzas el pecado de muchos. Sólo das importancia a los que piensan como tú. Sólo vives para agradar al mundo. Tú vives tus verdades, tus libertades, tus sentimientos, tus necedades. Y enseñas a vivir el vacío de tu vida a muchas almas incautas, que sólo están en la Iglesia para que otros les acaricien, les den una palabra que los ciegue más en sus vidas. La ternura de tu palabra es la condenación para muchas almas. Por eso, tu orgullo no tiene excusa en la Iglesia. No hay que limpiarte las babas de tu boca; no hay que buscar una razón para callar tu herejía y para decir que aquí no pasa nada, que todo va viento en popa. Sólo hay que dar tus palabras en la Verdad del Evangelio para que tus mismas palabras te condenen.

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3 comentarios

  1. Laodicea dice:

    Hay una profecía o revelación privada que habla de que antes del gran aviso o del castigo la bandera roja comunista ondearía en el vaticano. Se referiría a que ya con Francisco el comunismo ha ocupado el vaticano o que realmente habrá una invasión comunista, quizás de China o Rusia?

    Un abrazo en Cristo

    • josephmaryam dice:

      Las dos cosas. Antes del Aviso, el Papa Benedicto XVI tendrá que huir de Roma. Dirán que ha muerto. Se hará un falso entierro.

  2. Matias Esteban dice:

    “Muy asombrosamente, en su carta apostólica sobre el Movimiento ‘Le Sillón’, en Francia, el Papa San Pío X predijo exactamente la aparición de esa falsa religión cuando habló sobre ”el gran movimiento de apostasía que se esta organizando en cada país para el establecimiento de una Única Iglesia Mundial que no tendría dogmas, ni jerarquía, ni disciplina de pensamiento, ni freno para las pasiones, y que, bajo el pretexto de libertad y dignidad humana,traería al mundo (si tal iglesia pudiera triunfar) el reinado de la astucia y de la fuerza legalizadas, y la opresión de los débiles, y de todos aquellos que trabajan y sufren”.

    Texto completo:http://www.fatima.org/span/crusader/cr82/cr82pg11.pdf

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