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El lenguaje comunista de Francisco en su enseñanza social

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A.- «La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada. La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde. Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces » (Evangelium gaudium – n 189).

1. «La solidaridad es una reacción espontánea de quien reconoce la función social de la propiedad y el destino universal de los bienes como realidades anteriores a la propiedad privada»: Una es la propiedad privada y otra es la propiedad social. La propiedad privada mira el individuo; la social mira al bien común.

La propiedad privada ha sido dada por Dios mismo al hombre, en su naturaleza humana. Y, por tanto, es la primera en el orden. No es antes la propiedad social, sino la individual, por Creación.

Y ésta ha sido dada por Dios para que cada hombre provea sus necesidades y a las de su familia.

Una cosa es el derecho a la propiedad privada y otra cosa es el uso de los bienes privados. Y, por tanto, la justicia manda respetar la división de los bienes y no invadir el derecho ajeno. Hay que cuidar la propiedad privada de cada uno. Esto por justicia conmutativa. Pero el uso de los bienes no es por justicia, sino por la práctica de las virtudes. Y la solidaridad no es algo espontáneo, ni intuitivo, sino que es una virtud que debe ser practicada en la verdad.

Para ser solidarios hay que practicar la virtud de la prudencia. Sto. Tomás enseña que existe la prudencia económica, que se ordena al bien común de la casa o de la familia (economía familiar); la prudencia política, que se ordena al bien común o a la economía de la ciudad, del Estado, de una comunidad.

Enseña que para regir una multitud, es necesario la prudencia según la clase de multitud. Y así se da una prudencia personal, otra familiar, otra gubernativa o legislativa, otra política y otra militar. Porque los bienes sociales son distintos según la multitud, según el grupo de personas: “las partes de la prudencia, tomadas propiamente, son la prudencia por la cual alguien se rige a sí mismo, y la prudencia por la cual alguien rige la multitud…: y así, la prudencia que rige a la multitud se divide en diversas especies según las diversas especies de multitud. Existe cierta multitud congregada en orden a algún negocio especial, como el ejército reunido para luchar: de la cual la prudencia que rige es la militar. Otra es la multitud reunida para toda la vida: como la multitud de una casa o familia, de la cual la prudencia que rige es la económica. Y la multitud de una ciudad o reino, de la cual es directiva en el príncipe la prudencia real, en los súbditos la prudencia política simplemente dicha” (Summa Theologiae, II-II ps., q. 48, a. 1, co).

Entonces, la solidaridad no es algo espontáneo de quien reconoce la propiedad social como algo anterior a la propiedad privada. Tres cosas está diciendo Francisco: tres errores.

a. La solidaridad es algo espontáneo, no es el ejercicio de la virtud de la prudencia;

b. La propiedad social es anterior a la propiedad privada. Y, por derecho de Creación, es antes la propiedad privada;

c. Se pone la propiedad social por encima de la libertad del hombre: el hombre es esclavo de lo social, dependiente de la sociedad. Está obligado a un bien común sin la virtud de la prudencia, movido sólo por el pensamiento de los hombres o sus necesidades materiales o humanas.

2. «La posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde».

a. La propiedad privada se justifica por sí misma. Es por justicia conmutativa el derecho a la propiedad privada, es la que justifica esta propiedad.

b. El uso de la propiedad privada no es por justicia conmutativa, sino por gracia y por virtud. Es la gracia la que enseña cómo usar los bienes privados para el bien común. Y ese bien común son muchas cosas y distintas, según los hombres se unan.

c. Por tanto, una cosa son los pobres, otra cosa es el bien común en la sociedad, en lo política, en lo legislativo, en lo militar. Y a los pobres hay que darles ese bien común según el Evangelio. Y el Evangelio no enseña a devolverle al pobre lo que le corresponde, sino a hacer obras de penitencia con los bienes privados.

d. Devolverle al pobre lo que le corresponde es ir en contra de la propiedad privada. El cumplimiento del bien común hacia los pobres no se puede reclamar por justicia, por una acción legal, por unas leyes económicas. La propiedad privada y el uso honesto de ellas no se encierran en un mismo límite. Son órdenes diferentes; tienen fines diferentes. La propiedad privada la pone Dios en cada hombre para un fin humano, natural, de supervivencia en el mundo. El uso de esa propiedad privada es para un fin espiritual y, por tanto, de salvación del alma. Luego, ningún hombre está obligado a dar nada a otro hombre, sea pobre, tenga las necesidades materiales o humanas que tenga, por justicia, por acción legal, ni siquiera por un bien humano. Se obliga a hacer limosnas por un fin espiritual: para salvar el alma.

No es por un motivo de solidaridad, sino de la virtud, y de tres virtudes, cómo los hombres deben usar sus bienes privados: «Tampoco se dejan al omnimodo arbitrio del hombre sus rentas libres; aquéllas, se entiende que no necesita para sustentar conveniente y decorosamente su vida; antes bien, la Sagrada Escritura y los Santos Padres de la Iglesia con palabras clarísimas declaran a cada paso que los ricos están gravísimamente obligados a ejercitar la limosna, la beneficencia y la magnificencia» ( PIO XI – Del dominio o derecho de propiedad [De la Encíclica Quadragesimo anno, de 15 de mayo de 1931]). Limosna, beneficencia y magnificencia.

i. La limosna, para expiar el pecado;

ii. la beneficiencia, es el acto de caridad «que inclina a los seres superiores a proveer a las necesidades de los inferiores» (Sto Tomás II-II q. 31 a.2 – De la beneficencia) . Pero no de forma absoluta, sino según las circunstancias, ya morales ya humanas: «Se debe pues socorrer al pecador en cuanto al sostenimiento de su naturaleza; mas no respecto al fomento de la culpa, pues esto no sería hacer bien, sino mal» (Ibidem). Por tanto, no se puede dar dinero a los pobres, como enseña Francisco, para devolverles lo que les corresponde. Este es su marxismo, su teología de los pobres, descarnada de la verdad.

iii. La magnificencia es lo que aspira a lo grande, que requiere la práctica de otras virtudes y, por tanto, de gran vida espiritual: magnanimidad, confianza, seguridad, humildad, constancia, tolerancia y firmeza. Y en ninguna de ellas se manda dar a los pobres lo que ellos necesitan.

3. «Estas convicciones y hábitos de solidaridad, cuando se hacen carne, abren camino a otras transformaciones estructurales y las vuelven posibles. Un cambio en las estructuras sin generar nuevas convicciones y actitudes dará lugar a que esas mismas estructuras tarde o temprano se vuelvan corruptas, pesadas e ineficaces»: esta es la conclusión de Francisco. Por poner la solidaridad en algo vacío, en algo espontáneo, en una amistad hacia los hombres, en un amor a los hombres sin la práctica de las virtudes, cuando se pone el amor al prójimo por encima del amor a Dios, cuando se hace carne esto, entonces comienza el derrumbe de las estructuras de la Verdad, se quita el edificio de la Verdad para poner la mentira, para levantar esas estructuras con las bases del error del marxismo y del comunismo. Y, entonces, se llama corrupto a lo anterior, a las estructuras nacidas de la verdad.

Este es el lenguaje humano de Francisco. En un solo párrafo, tiene muchos errores cuando quiere hablar de la inclusión social de los pobres. No ha comprendido ni lo que son los pobres ni lo que es la propiedad social, ni del uso -en la gracia- que se debe hacer de los bienes privados. No sabe nada de nada. Sólo habla su lenguaje humano, que es donde se encuentra su herejía y su cisma, que es clarísimo para el que quiera verla.

Pero si se quiere entender lo que dice Francisco para sacar una verdad para la Iglesia, entonces es cuando el hombre se ciega y no sabe ver lo que es Francisco.

B.«Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad. Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida. Se considera al ser humano en sí mismo como un bien de consumo, que se puede usar y luego tirar. Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes». (Evangelium gaudium – n 53).

Decía León XIII «que las riquezas de los Estados, no de otra parte nacen, sino del trabajo de los obreros» (León XIII, Encicl. Rerum Novarum, 15-5-1891). Y, por tanto, no se va de la pobreza a la riqueza sino por medio del trabajo de las personas. Por tanto, ni el trabajo es malo ni la pobreza es mala ni la riqueza es mala. El problema está en el uso de estas tres cosas: trabajo, dinero y las leyes divinas.

«No puede existir el capital sin trabajo, ni trabajo sin capital» (Ibidem). La riqueza o la pobreza de las sociedades es por causa de la eficaz colaboración de ambas cosas: capital y trabajo. Se trabaja y se tiene riqueza. No se trabaja y se posee pobreza. Pero es necesario la ley de Dios, la ley natural, para usar el trabajo y el capital para una obra divina en la sociedad.

a. «Así como el mandamiento de «no matar» pone un límite claro para asegurar el valor de la vida humana, hoy tenemos que decir «no a una economía de la exclusión y la inequidad». El quinto mandamiento prohíbe no matar porque es una ofensa a Dios. Pero el quinto mandamiento no asegura la vida humana, porque Dios es el dueño de toda vida humana. Dios decide la vida y la muerte del hombre. Dios, con un castigo, puede hacer desaparecer toda la humanidad. El hombre no tiene dignidad humana porque nace, sino porque es creado por Dios. El quinto mandamiento sólo asegura no pecar. Quien lo cumple no peca contra Dios, pero no da seguridad de que esa persona que no se mata sea digna de vivir. Es digna de vivir porque Dios ha creado su alma y le da un camino de prueba en su vida para salvarse y santificarse. Pero no es digna porque vive una vida humana. Si vive en su pecado, es mejor morir: «Mejor le fuera, si una muela de un molino de asno le fuera puesta al cuello, y le lanzasen en el mar, que escandalizar a uno de estos pequeñitos» (Lc 17, 2). Hay un orden moral por encima de la dignidad del hombre en su vida. El quinto mandamiento prohíbe hacer una obra de pecado. Pero Dios puede mandar un castigo en que los hombres mueran, a causa de sus pecados. Luego, el quinto mandamiento no asegura el valor de la vida humana, sino que asegura el valor de la ley divina, los derechos de Dios; no los derechos del hombre a vivir su vida humana.

b. Una economía de exclusión y de inequidad es porque los hombres, cada persona en particular, usan mal el trabajo, el capital y la ley de Dios. No se puede decir no a na economía de exclusión sin poner la causa de esa mal económico: el pecado de avaricia, de usura, de orgullo. Y los Estados, las economías, las hacen los pecados o las virtudes de cada persona. Las riquezas de los Estados son del trabajo de cada una de las personas que integran ese Estado. Si se trabaja mal, sin buscar la voluntad de Dios, entonces el Estado excluye muchas cosas, y se da la desigualdad en muchas cosas. Pero el origen: el pecado de cada uno. No el pecado o mal social, no el conjunto de leyes o de obras o de circunstancias que producen una inequidad o una discriminación social. Francisco habla su lenguaje propio comunista, de luchas de clases, de jerarquía de pensamientos humanos.

c. «Esa economía mata. No puede ser que no sea noticia que muere de frío un anciano en situación de calle y que sí lo sea una caída de dos puntos en la bolsa. Eso es exclusión. No se puede tolerar más que se tire comida cuando hay gente que pasa hambre. Eso es inequidad». La caída en la bolsa no excluye la muerte de un anciano por el frío. Son dos cosas totalmente diferentes: una pertenece al orden económico, a un bien legislativo o político; otra al orden personal o familiar. Son dos bienes comunes distintos, que no se excluyen, sino que se complementan. Y el problema en el orden económico incide en ese bien común, pero no el otro bien común de la persona. El mal uso del dinero en el Estado, en un orden legislativo o político trae consecuencias en ese orden, pero eso no es causa de que la gente se muera de frío o pase hambre o tenga otras necesidades. Habrá muchas causas para que la gente se muera de frío, pero no necesariamente por la economía. El modo de hablar de Francisco – no es noticia-, hace que su lenguaje sea ambiguo y lleno de confusión. Está hablando para una cosa: poner su idea marxista de la economía. Pero no le interesa ni los pobres, ni los ancianos que se mueren de frío. Si hubiera interés verdadero, no hablaría así. Usa esas imágenes para lo que le importa: su teología de los pobres, su comunismo.

d. «Hoy todo entra dentro del juego de la competitividad y de la ley del más fuerte, donde el poderoso se come al más débil. Como consecuencia de esta situación, grandes masas de la población se ven excluidas y marginadas: sin trabajo, sin horizontes, sin salida».

i. Entre el capital y el trabajo es necesario la competitividad. Una persona amorfa, que no trabaje por virtud, por ser más en la vida, por una calidad en la vida, por un honor en la vida, no trabaja. El trabajo es con el sudor de la frente, es un sacrificio, es una responsabilidad, es una disciplina en la persona. Y eso conlleva el ser competitivo. El alcanzar una metas que otras personas, porque no trabajan bien, no llegan, no pueden tener. Y, como siempre, todo está en el uso del trabajo y del capital. Si hay derecho natural para tener una propiedad privada y, por tanto, para trabajar con esa propiedad privada, el problema de que haya pobres no sólo es porque se usa mal la propiedad privada, sino porque la gente no quiere trabajar buscando una sana competitividad. Hay mucha gente que no le gusta trabajar, sino que va al trabajo más cómodo. Y, después, quieren tener de todo en la vida. Y eso es a lo que hay que combatir, no a la sana competitividad. Y, en esas reglas del juego, unos se imponen sobre los otros, pero no por malicia, sino por la calidad de su trabajo. Y si existen leyes humanas que oprimen a los hombres, no son por el trabajo, sino por el pecado de las personas. Que el poderoso se coma al más débil eso es sólo comunismo, pero no la realidad.

ii. «La tierra no deja de servir a la utilidad de todos, por diversa que sea la forma en que esté distribuida entre los particulares» (León XIII, Encicl. Rerum Novarum, 15-5-1891 ). Es claro, que no sirve cualquier distribución de bienes y riquezas entre los hombres para obrar la propiedad social. Hay una utilidad de todos, hay una justicia social que prohíbe que una clase excluya a otra de la participación de los beneficios. Los ricos violan esta ley, pero por su pecado de avaricia. Pero también violan esta ley los pobres, que reclaman el único derecho que reconocen: el suyo. Y lo hacen también por avaricia, no por virtud, no por justicia. Si alguien quiere sobresalir en la sociedad humana, que trabaje, y que compita en su trabajo, porque “si alguno no quiere trabajar, tampoco coma”, tampoco tenga capital, tampoco tenga derecho a una economía que ve injusta porque no trabaja con dignidad, porque quiere abolir el derecho natural a tener una riqueza y no compartirla por Voluntad de Dios. Por eso, no se puede decir que los poderosos se comen a los pobres. La gente que trabaja con dignidad, cumpliendo con la Voluntad de Dios, y, por tanto, con una riqueza por su trabajo, no se está comiendo a los pobres, a los débiles. Esta forma de hablar de Francisco produce mucho daño entre los hombres y en la Iglesia.

e. «Hemos dado inicio a la cultura del «descarte» que, además, se promueve. Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y de la opresión, sino de algo nuevo: con la exclusión queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está en ella abajo, en la periferia, o sin poder, sino que se está fuera. Los excluidos no son «explotados» sino desechos, «sobrantes»». Esto es no tener las ideas claras sobre la propiedad privada y la propiedad social. Porque Francisco pone la propiedad social antes que la propiedad privada, entonces tiene que hablar así. Como los hombres, en sus negocios, por su pecado de avaricia, no se ocupan de los demás y, además, los oprimen con sus leyes económicas injustas, entonces esos pobres, esos débiles sociales son desechos de la sociedad. Hasta aquí llega la incultura de este hombre, su suma ignorancia de la doctrina social de la Iglesia. Si hay desechos en la sociedad es por el mismo juego: capital, trabajo, ley divina. Si los hombres no saben usar bien esto, entonces habrá muchos males, pero por el pecado de cada uno en la sociedad.

Es claro, que no se puede seguir el lenguaje de un hombre que no da la Verdad en lo que habla. Miente y sólo miente para su negocio comunista en la Iglesia.

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5 comentarios

  1. Juan Pablo dice:

    Si todo “El Evangelio de la Alegría” es así, es evidente que es el de la falsa alegría del mundo, porque no se ve ni por asomo algo trascendental o referido a las almas. Esto es solamente solución de los problemas sociales en el mundo, pero esa no es la misión de la Santa Iglesia y aquí todo es pedestre y engañoso con tendencia al escándalo si alguien manda trabajar a los pobres. Porque, hay! que insensibilidad! será uno acusado. Este hombre está claramente en contra de la propiedad privada.
    Parece ser que por el solo hecho de ser pobre, se es santo, al menos en el concepto de santidad de Bergoglio. Pero yo no conozco la historia particular (que es lo que cuenta) de cada hombre. Si alguien se empobreciera por dilapidar sus bienes por ser un jugador compulsivo, por ejemplo, no se dónde queda la afirmación de “la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde”. Ese hombre se ganó lo que buscó. Realmente no me cuadra este lenguaje tan confuso.

  2. Matias Esteban dice:

    Permitanme una pequeña observación, después de hacer padecido al marxismo en lo económico y político y al francisquismo en lo religioso; no despreciar la experiencia de la Iglesia argentina, que sufrió al mismo tiempo un gobierno progresista (“marxismo pop”) con los Kirchner al frente y a Bergoglio como cardenal, durante mas de 10 años…lo que no es poco.

    Lo que puedo decir de estos 10 años es que estos sujetos dicen muchas cosas lindas y se escudan en los pobres y marginados, pero en verdad, están envenenando las mentes de estas personas, para que odien a aquellos que por su esfuerzo y trabajo, tienen mejores vidas.

    Los envenenan con sus gestos y discursos, les lavan sus cerebros con su propaganda, les destruyen sus corazones inyectándole dosis constantes de odio al prójimo y acaban por corromper sus almas, negandoles la existencia de Dios Uno y Trino y la disponibilidad de Su Gracia por y en los Santos Sacramentos de la Santa Iglesia Católica.

    Bergoglio, hoy Francisco, esta haciendo globalmente, lo que ya intento hacer en Argentina.

    Mixturar la política y la religión, una síntesis entre marxismo y cristianismo, en cristiano: teología de la liberación.

    Una abominación.

    Dios y su Madre los bendigan

  3. José Manuel Guerrero dice:

    Francisco: “Piedad no es pietismo ni poner cara de estampita”

    Mas quisiera el payaso Bergoglio tener las caras piadosas de las estampitas que llevo en mi cartera: Fray Leopoldo, San Martin de Porres y Santa Teresa de Jesús. Casi nada.

    Hay que ser malvado, por cierto, y no es la primer vez que intenta denigrar “las estampitas” de los santos, para hablar de esta manera tan despreciable y bajuna de un símbolo tan católico como es el de las estampitas. Esas “estampitas” sagradas para muchos al que este saco de grasa y estiércol al que algunos idiotas llaman “papa” desprecia profundamente nos acompañan en el hospital, en el trabajo, en los momentos buenos, en los graves, en el funeral de un familiar.

    Éste hombre realmente no es de Cristo…, y lo sabe. Lo demuestra diariamente con gestos y palabras. Ningún católico habla con tanto desprecio de lo sagrado.

  4. Matias Esteban dice:

    Padre: recuerdo a Francisco, siendo Cardenal aquí en Buenos Aires, dando uno de sus “shows” al aire libre. cuando celebro una Misa en el barrio de Constitución (para los que no saben es un barrio situado al sur de Buenos Aires, donde se encuentra una gran estación de ferrocarriles, y se genera alrededor una curiosa combinación de pobres, prostitutas, narcotraficantes, inmigrantes, niños pidiendo o robando a los transeúntes, comercios con precios bajos, hoteles de baja categoría, prostíbulos, travestis, etc).

    Y celebro allí el Divino Sacrificio, pero no para dar gracias al Señor, sino para hacer un acto político en contra de la trata de personas, para fines de comercio sexual.

    img

    Lo que me a mi me llamo la atención es que, no les predico a las personas que allí transitan, para que encuentren el Amor de Dios y puedan cambiar sus vidas y salvar sus almas, sino que se apropio de la liturgia de la Iglesia, para hacer su propaganda.

    No condenó el pecado de adulterio o la fornicación, sino que condenó a la sociedad que toleraba estas practicas.

    Dios lo bendiga

  5. Jose M dice:

    Gracias por sus posts que contribuyen a que me siga sintiendo católico, pues lo que se predica por Francisco y en el 99% de las iglesias es un bodrio “buenista/socialista” (o socio-listo, pues barren para casa) que me haría entrar en un crisis de fe. Si ser católico es ser un baboso “buenista” en donde se sacrifica a la persona en el altar de lo colectivo (y encima quieren que te dejes pisar por la masa estulta con cara sonriente), en donde no hay pecado, sino solo malas conductas fruto de las “estructuras” sociales (o sea, negación del pecado original), etc, entonces sería antes ateo que gilipuertas, pues ese cuento no se lo puede creer ninguna persona con dos dedos de frente. Menos mal que el blogger y otro pocos nos recuerdan que durante 2000 años los católicos fuimos, por la gracia de Dios, el bastión de la sana doctrina y racionalidad (sujeta a la fe) y que distábamos mucho de ser babosos “buenistas” o pseudo-místicos irracionales.

    Además estos teólogos (sic) de la liberación parecen olvidar que los pobres también tienen pecado original y que muchos bienes puestos en sus manos acaban siendo destruidos o infra utilizados (razón por la cual la propiedad privada es importante: las buenas manos la harán crecer). Si bien el rico puede tener el pecado de codicia, muchos pobres (no todos) tienen pecados como la pereza, la falta de ahorro (por ejemplo malgastar la luz, destrozar la ropa por mal uso, ser incapaces de un pequeño ahorro hoy, etc.),falta de capacidad productiva fruto de una vida de incuria, etc. En consecuencia, sacrificar al que sea más productivo en el altar de los que, mediando culpa, no han querido serlo, es una tamaña injusticia. Pero de los pecados de los “pobres” (no todos) parecen olvidarse nuestros teólogos modernos.

    En fin, su blog es aire fresco y hace bien a aquellos que seguimos creyendo en una salvación individual.

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