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El pecado de la cabeza

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Muchos no comprenden el pecado de una cabeza puesta por Dios.

Adán es cabeza del género humano. Dios lo creó como cabeza. Y de él iba a salir una humanidad para Dios.

Pedro es Cabeza de la Iglesia. Dios lo puso para llevar a los hombres al Cielo. Es la nueva humanidad, la de los hijos de Dios por la Gracia en Cristo.

Dios puso sus Reyes en el Antiguo Testamento (Saúl, David, Salomón). Ellos eran cabezas de naciones, para gobernar al hombre en su vida humana, social, cultural, para salvarlos de sus enemigos.

Cuando Dios pone una cabeza, entonces el pecado de esa cabeza se transmite a todos los miembros. Así el pecado de Adán se transmite siempre a todos los hombres, vía generación, porque su pecado fue en el sexo.

El pecado de Pedro, como cabeza de la Iglesia, se transmite a todos los miembros de la Iglesia. La misión de Pedro en la Iglesia es guardar la Verdad, luchar por la Verdad, enseñar la Verdad a todo el Cuerpo Místico. Un Papa que no haga esto, peca como Cabeza de la Iglesia y su pecado pasa a toda la Iglesia. El pecado del Papa Benedicto XVI, renunciando al Papado, es un pecado como cabeza, no es un pecado personal del Papa. Y ese pecado se transmite, vía espíritu, a toda la Iglesia. La Iglesia queda oscurecida en la Verdad, herida en la Verdad, porque un Papa no ha sabido ser Papa hasta la muerte. No luchó por la verdad de su misión en la Iglesia, por el llamado divino a su alma, y hace pecar a toda la Iglesia en él.

El pecado de un gobernante, elegido por Dios, para regir un país, se transmite, vía espíritu, a todos los que integran ese país. Si ese gobernante peca contra la misión que Dios le ha puesto en ese país, entonces hace pecar a todos los demás hombres que lo integran.

El pecado de una cabeza es sólo de la cabeza, es decir el culpable de ese pecado es la cabeza, no de los miembros de la Iglesia o del país o de la humanidad.

El culpable del pecado de Adán es Adán. Los demás hombres no tienen culpa de lo que hizo Adán, pero sí sufren la culpa de Adán, por la esencia del pecado de Adán. Si Adán sólo hubiera pecado de soberbia, entonces el pecado no hubiera pasado a toda la humanidad. El pecado de Adán pasa a los demás hombres porque Adán quiso hacer una humanidad para el demonio. Usó el sexo para la obra del demonio, en contra de la Voluntad de Dios. Por eso, todos los hombres nacen bajo el demonio de Satanás.

Todos los hombres son inocentes del pecado de Adán, no tienen culpa de ese pecado; pero no se pueden salvar, porque nacen con el pecado original, con el pecado de Adán. Nacen con un demonio. Y el demonio se encarga de hacer pecar a cada hombre para validar ese pecado original. No hay hombre que no haya pecado personalmente, con pecado propio, por la fuerza que tiene el pecado original en todo hombre.

Ese pecado de Adán, en cada hombre, no es un pecado social. No es que cada hombre cometa el pecado original. Es el pecado de una cabeza, que Dios ha puesto como inicio de una humanidad. Es el pecado que se transmite, que está en todo hombre y que es principio de los pecados personales de cada hombre.

Los pecados de los gobernantes, que no son elegidos por Dios, que rigen los distintos países del mundo no son pecados de la cabeza, porque Dios no los ha puesto directamente. Dios tiene que decir que ese hombre es cabeza. Dios crea una cabeza. Y la creó en Adán, en Pedro, en Saúl, en David, en Salomón; pero en todos los demás.

Dios ha puesto, en Su Iglesia, una Jerarquía. Y ésta es cabeza de la Iglesia. Y, por tanto, todo sacerdote, todo Obispo, que está en la Iglesia, tiene a su cargo almas, personas, unidas a él como cabeza. Esa cabeza las rige y esa cabeza tiene la misión de salvar a esas almas, de llevarlas a la verdad, al cielo.

Nadie, en la Iglesia se salva solo ni se condena solo. Por eso, si un sacerdote sale de la Iglesia y funda otra cosa, como fue Lutero, entonces eso que funda, el Protestantismo, tiene un cabeza, que ha puesto Dios para Su Iglesia, pero que es dirigida por el demonio, para una nueva iglesia. Y el pecado de ese sacerdote, de Lutero, se transmite a todos los que componen el protestantismo, por ser Lutero un sacerdote, una cabeza puesta por Dios.

Por eso, los pecados de la Jerarquía son más graves que los pecados de cualquier hombre, porque son pecados de la cabeza. Imitan el pecado de Adán; es decir, pasan su pecado a todos los demás miembros. Los demás miembros no son culpables de ese pecado de la cabeza, pero sí tienen que sufrir, que soportar al demonio en sus vidas. Y es un pecado que inicia otros muchos pecados en las almas.

Por tanto, el holocausto y cualquier mal que se haya dado en las guerras no son pecados sociales. No fue culpa de los alemanes o de otros hombres, que lideran los gobiernos. Hitler tuvo su pecado, pero no era cabeza divina de Alemania. La matanza de los judíos fue el pecado de muchos, que siguieron un pensamiento humano; pero el pecado de Hitler no es el pecado de Alemania. Llorar por este pecado, como lo hace Francisco, es una necedad, porque no es el pecado de una cabeza. Es sólo los pecados de muchos hombres, que siguieron un plan diabólico. Por tanto, no se expía ese pecado poniéndose como alma víctima por él, que es lo que hace Francisco: «‘Adán, ¿dónde estás?’. Aquí estoy, Señor, con la vergüenza de lo que el hombre, creado a tu imagen y semejanza, ha sido capaz de hacer. Acuérdate de nosotros en tu misericordia». Esta es la herejía de un hombre que no ha comprendido el pecado del holocausto, porque niega el pecado original y, sólo existe, para él, los pecados sociales.

El pecado del holocausto se expía cargando con los pecados de todos los hombres que obraron ese holocausto. Es una reparación espiritual, que Dios sólo sabe cómo hacerla. Y, cada alma, tiene que pedir a Dios la manera de expiar esos pecados.

Los pecados que se dan en las guerras son lo mismo: pecados de los hombres. No son pecados, ni de los jefes de las fuerzas armadas, ni de los gobernantes de turno, etc. Cada uno tendrá su pecado en esos conflictos y añadirán más o menos maldad. Y cada uno es culpable de su pecado en esas guerras. No se da nunca el pecado social de un país en una guerra. Se dan las consecuencias de los pecados personales.

Pero el pecado de una cabeza es Dios quien tiene que ponerle un nuevo camino. No son los hombres, los que expiando el pecado de la cabeza, redimen la cabeza.

Así, el pecado de Adán necesitaba un Nuevo Adán: Jesucristo. Adán hizo una humanidad para el demonio. El Nuevo Adán hace una humanidad para Dios.

El pecado de los reyes (Saúl, David, Salomón) necesita un rey de Dios que se dedique a lo que quiere Dios en un Reino: «Yavhé te unge por príncipe de su heredad. Tú reinarás sobre el pueblo de Yavhé y le salvarás de la mano de los enemigos, que lo rodean» (1 Sam 10, 1). Con el pecado de Salomón, los reinos de toda la tierra se corrompieron y no hay gobierno, no hay país en el mundo que no tenga el pecado de esa cabeza, que pasó de Saúl a Salomón. Y, por eso, existen profecías sobre el Gran Monarca, que es el que va a reparar los pecados de esos reyes: «El quinto período de la Iglesia, el cual empieza cerca de 1520, terminará con el arribo de santo Papa y el poderoso Monarca quien es llamado “Ayuda de Dios” debido a que el restaurará todo. El quinto período es uno de aflicción, desolación, humillación, y pobreza para la Iglesia. Jesús Cristo purificará Su gente a través de crueles guerras, hambrunas, plagas, epidemias, y otras horribles calamidades. El también afligirá y debilitara la Iglesia Latina con muchas herejías. Este es un período de deserciones, calamidades y exterminios. Aquellos cristianos que sobrevivan a la espada, plagas y hambrunas, serán solo algunos en la tierra» (Ven. Bartolomeo Holzhauser (siglo xvii)).

«El gran Monarca y el gran Papa precederán al Anticristo. Las naciones estarán en guerras por cuatro años y gran parte del mundo será destruida. El Papa se ira a través del mar llevando el signo de la Redención en la frente. El gran Monarca volverá a restaurar la paz y el Papa compartirá la victoria.» (Abate Werdin D’orante (Siglo Xiii)).

El pecado del Papa Benedicto XVI tiene Dios que remediarlo con un nuevo Papa, que será Pedro Romano. Hasta que Dios no lo ponga, como dicen las profecías estará la Sede Vacante, una vez que muera el Papa Benedicto XVI: «Antes de que rompa nuevamente la guerra, la comida será escasa y cara. Habrá poco trabajo para los obreros, y los padres oirán a sus niños llorar por la comida. Habrá terremotos y señales en el sol. Hacia el fin, la oscuridad cubrirá la tierra. Cuando todos crean que la paz está asegurada, cuando nadie lo espere, el gran acontecimiento comenzará. La revolución romperá casi al mismo tiempo en Italia como en Francia. Durante algún tiempo la iglesia estará sin un Papa». (El extático de tours, siglo XIX).

El pecado de una cabeza es siempre el pecado de todos sus miembros, pero éstos no son culpables de ese pecado, pero sí sufren sus consecuencias.

Ahora, la Iglesia sufre las consecuencias del pecado del Papa Benedicto XVI, un Papa que no se mantuvo en la verdad católica ni luchó hasta la muerte por esa verdad. Y, por eso, no pudo llevar al mundo las consignas del Catolicismo, sino que ha dado tinieblas y oscuridades en su pecado. Y ha abierto la puerta a todas las herejías con su pecado; herejías que presionaban a la Iglesia desde hace 50 años, pero que los Papas pusieron un dique, un muro, para que no se desbocasen. El Papa Benedicto XVI se bajó de la Cruz y, todavía, sigue en su pecado. Permitió tanta oscuridad en la Iglesia al dejar que los Cardenales eligiesen a un impostor. Y él sabe que Francisco no es Papa legítimo.

Y, ahora, el problema es para toda la Iglesia. Porque Francisco, por ser cabeza, por su sacerdocio, ha iniciado una nueva iglesia, en su casa del Vaticano. Ha hecho como Lutero, pero sin irse de la Iglesia.

Dentro de la Iglesia, de los muros del Vaticano, está levantando su pecado. Y es el pecado de una cabeza. Y ese pecado se transmite a todos los que comulgan con Francisco: sacerdotes, Obispos, fieles, hombres del mundo, etc. En esa nueva iglesia, se da el pecado de la cabeza. La cabeza es la culpable de ese pecado, pero los demás también lo tienen. Y, al poseerlo en sus almas, es el origen de nuevos pecados en esa iglesia.

Por tanto, quien siga a Francisco, sencillamente se llena del pecado de Francisco, y comienza a obrar otros pecados y, de esa manera, se va al infierno directamente, sin posibilidad de salvación, por el pecado de Francisco. El pecado de este hombre es el culto al hombre: su humanismo. Es la perfección del pecado humanista, que comenzó en el siglo XV, con el Renacimiento. Es un pecado que cierra totalmente el corazón a la Gracia y que todo lo mide con el pensamiento del hombre. Por eso, Francisco no cree en ningún dogma. No es católico. Sólo cree en lo que se inventa cada día con su cabeza humana.

Francisco no hace escuela intelectual, porque su pecado va hacia la vida del hombre, no hacia su mente. Su pecado no es para conquistar las mentes de los hombres, sino para arrastrar a los hombres a la vida del hombre. Por eso, él emplea siempre el sentimiento, la ternura humana, el cariño, las lágrimas, lo que le gusta a la gente. Pero no sabe hablar. Cuando habla es el primer idiota de todos, sin ninguna inteligencia. Y, por eso, cala en los hombres que viven de sus sensiblerías en la vida espiritual. A los hombres les gusta sentir la vida, pero no creen en la Palabra de Dios. A los hombres les gusta escuchar que Dios los ama y que Dios lo perdona todo. Y se conforman con un hombre así, que les entienda en su vida humana. Pero no les interesa un hombre de dogmas, de verdades absolutas, de leyes divinas. Por eso, Francisco es el hombre para el hombre, para el pueblo, para el mundo, pero no para la Iglesia Católica. No sabe decir ninguna Verdad sin poner su mente humana, su idea, su visión, su opinión. Y éste es su dogma en la nueva iglesia, su única verdad: lo que hay en es mente.

Por eso, en estas circunstancias de la vida de la Iglesia no se puede obedecer a ninguna Cabeza. Ahora, la Iglesia está sin Cabeza. Y esto es muy importante discernirlo. La Cabeza renunció. Luego, no hay obediencia. Porque la Iglesia es el Papa. Si el Papa no quiere ser cabeza, nadie es cabeza en Ella. Nadie. Porque Cristo guía a Su Iglesia sólo con Su Papa, no con la Jerarquía de la Iglesia, por más santa que sea.

Ahora, la Iglesia sólo es guiada por el Espíritu. Y aquel que quiera ser Iglesia tiene que hacer un acto de renuncia a todo lo que hay en el Vaticano. A toda obediencia que venga del Vaticano. No se puede obedecer a una Jerarquía totalmente dividida, como la que la Iglesia está presentando en todas partes. Unos están con Francisco, pero no lo siguen en todo; otros están en algunas cosas y en otra no; otros no están con nada ni con nadie, ni siquiera con ningún Papa. Todo es una calamidad en la Iglesia. Y este es el fruto del pecado del Papa Benedicto XVI: se vive de opiniones en la Iglesia. No se vive de la Verdad.

Ahí tienen la prueba en Francisco, en este viaje del demonio que hace por Jerusalén, y en todos los que le acompañan. Todos dice sus barbaridades, sus herejías. Y todos quieren contentar a un hereje. Y nadie se opone a su herejía ni a su cisma.

Y quien no renuncie a lo que viene de Roma, queda pillado, en su alma, por el pecado de esa cabeza.

Es muy importante entender el pecado de una cabeza, que Dios ha puesto para el bien, pero que el demonio hace su juego para obrar el mal dentro de la Iglesia.

El pecado de Francisco condena automáticamente, por ser el pecado de una cabeza, de una jerarquía. Y quien obedezca a Francisco o a los que le sucedan en su gobierno, obedecen a una mentira siempre.

Quien, todavía, no sepa discernir que Francisco no es Papa, entonces su alma está en un gran peligro de condenación. Y quien vea las herejías de ese hombre, pero le siga obedeciendo, por las estructuras que hay entre el Vaticano y los demás Ordinarios, su alma está en un gran peligro. Muchos, por un plato de lentejas, respetan la figura de Francisco. Y no saben oponérsele como hay que hacerlo: con la verdad. Sino que juegan al ratón y al gato; y esperan que todo cambie para seguir en sus negocios en la Iglesia.

Es tiempo de no dar obediencia ni a Francisco ni a ningún Obispo en la Iglesia. Porque viene un pecado mayor en esa nueva iglesia. Y ese pecado oscurece, de tal manera al alma, que no puede salir de eso sin una ayuda de Dios, que no merece. Por eso, hay que rezar mucho por la Jerarquía, porque quedará atrapada en ese pecado, y sólo por las oraciones de las almas que creen, que ya forman la Iglesia Remante, podrán salir.

El pecado de una cabeza es lo más importante en la vida espiritual. No se da el pecado personal sin el pecado de Adán. Y, por eso, el pecado de Adán es un misterio para todo hombre, porque lo tenía todo y lo perdió todo en un abrir y cerrar de ojos.

Y el varón es cabeza de la mujer. Es una cabeza que Dios ha puesto a la mujer. Y, por eso, el pecado del varón, como cabeza de un matrimonio, de una familia, de unos hijos, sólo Dios sabe cómo se repara en cada matrimonio. Porque es el pecado de una cabeza. Y la mujer, cuando su hombre peca, su vida se desintegra de tal manera que necesita recurrir a la gracia divina y pedirle al Señor cómo camina en su vida, en su matrimonio, sin la cabeza del varón.

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